CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA100 Kassel, 28 de junio de 1907 - El Entrenamiento Rosacruz

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Evolución humana y conocimiento de Cristo
RUDOLF STEINER

El Entrenamiento Rosacruz

Kassel, 28 de junio de 1907


13 conferencia, 

Hoy y mañana mi tarea consistirá en mostrarles el camino hacia los mundos superiores que resulta especialmente adecuado para el presente, el cual se cultiva desde los siglos XIV y XV en el marco de la llamada formación secreta y que es el más adecuado para el ser humano actual. Comprenderemos mejor de qué se trata si echamos primero un vistazo al desarrollo futuro del ser humano.

Hemos hablado del desarrollo del ser humano a través de los estados de Saturno, el Sol, la Luna y la Tierra. Ahora bien, para quien solo piensa en términos del presente, es difícil imaginar cómo se puede saber algo sobre el futuro. Pero deben tener claro que ciertas grandes leyes actúan en el futuro igual que actúan en el presente. 

Quien conoce estas leyes puede echar un vistazo al futuro. En el campo de la realidad material, nadie duda ya de que se pueden hacer predicciones proféticas, por ejemplo, calcular eclipses solares y lunares y otras constelaciones estelares en un futuro lejano. En el campo de la realidad material, nadie lo pone en duda. Todo el mundo sabe que, si se le dice que se mezclan tales y cuales sustancias en el matraz, el científico puede decir lo que sucederá cuando se mezclen. Se trata de una profecía que se refiere a hechos sensoriales externos; se puede ejercer la profecía porque se conocen las leyes según las cuales actúan las sustancias. Del mismo modo, en la ciencia espiritual se aprenden las leyes según las cuales se desarrolla la vida humana y, por lo tanto, se puede saber de antemano algo de lo que sucederá en el futuro.

Por supuesto, surge una objeción que se han planteado los filósofos de todos los tiempos: sí, si se pudiera prever lo que sucederá en el futuro, entonces no se podría hablar de libertad humana. Pero ahí es donde la gente confunde ver el futuro con estar predestinado. Por eso, en todas las filosofías se encuentran las afirmaciones más extrañas al respecto, porque ningún filósofo ha sido capaz de hacer esta distinción. ¡En realidad, solo Jakob Böhme! Para aclararlo, me gustaría recurrir a un ejemplo.

Me gustaría comparar el tiempo con el espacio. Imagínense que están aquí y que fuera, en la calle, hay dos personas. Ven a lo lejos lo que hacen. ¿Son acaso ustedes, quienes determinan lo que ellos hacen? No, ustedes lo ven, pero los otros dos actúan con total libertad. Su mirada no determina en absoluto lo que ellos hacen. Ahora imaginen que el clarividente ve lo que sucederá en el futuro. Pero él solo lo ve; eso no determina los acontecimientos. Si estos acontecimientos estuvieran determinados por el futuro, es decir, si ya estuvieran determinados en el presente, no se trataría de una visión. Solo se comprende claramente esta diferencia cuando se reflexiona detenidamente sobre la diferencia entre predestinación y previsión.

Hoy me gustaría describirles, no tanto cómo será la Tierra cuando llegue la era de Júpiter y Venus, sino decirles otra cosa, algo que les permita hacerse una idea del desarrollo del ser humano en el futuro; quiero mostrarles algo que proviene de los misterios cristianos más antiguos, de la misma escuela cristiana del auténtico Dionisio, como una enseñanza que siempre se ha impartido en las escuelas esotéricas cristianas. Se partía de la siguiente comparación: yo les hablo aquí. Ustedes oyen mis palabras, oyen mis pensamientos, que primero están en mi alma y que podría ocultarles si no los tradujera en palabras. Los traduzco en sonidos; si no hubiera aire entre ustedes y yo, no podrían oír las palabras. Cuando pronuncio cualquier palabra aquí, en ese momento se mueve el aire de la habitación; cada vez que hablo, pongo todo el espacio aéreo en un cierto estado de vibración; todo el aire vibra al ritmo de mis palabras. Vayamos un poco más allá. Imaginen que pudieran convertir el aire en líquido y luego en sólido. Hoy en día ya es posible solidificar el aire; saben que el agua puede existir en forma de vapor, que puede enfriarse y convertirse en líquido, y que puede solidificarse en forma de hielo. Ahora imaginen que pronuncio la palabra «Dios» a través del espacio aéreo. Si en el momento en que las ondas sonoras llegaran aquí pudieran solidificar el aire, entonces caería una forma, por ejemplo, la forma de una concha. Con la palabra «mundo» caería otra onda. Podrían captar mis palabras y a cada palabra le correspondería una forma de aire cristalizada.

Este ejemplo existía de hecho en las escuelas cristianas. Primero es algo una palabra pronunciada, luego se solidifica, adquiere una forma sólida; antes, antes de solidificarse, era un pensamiento oculto en el interior. Ahora el cristiano se imaginaba: así como se crea algo aquí en el espacio, así es la creación en el universo. La creación partió del pensamiento de las cosas; luego, la divinidad pronunció el pensamiento en el espacio. Lo que ven afuera en las plantas, los minerales, son palabras de Dios que se han solidificado. Podrían imaginar que todo se disuelve en vibraciones sonoras de la palabra divina del mundo. El cristiano se decía, todo lo que veo, lo veo como una palabra de Dios solidificada. Y entonces supo distinguir, en cierta relación, al «Padre en lo oculto», que aún no se ha expresado, la «Palabra» o el «Hijo», que resuena a través del espacio, y luego la palabra solidificada, la «Revelación». Así se hace comprensible, en un sentido más profundo, el comienzo del Evangelio de Juan: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios. Todo fue hecho por medio de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho existiría». Todo lo que ha sido hecho, ha sido hecho por medio del Verbo. Debemos tomar las cosas lo más literalmente posible, entonces reconoceremos fácilmente lo creativo de la Palabra o Logos. En el sentido cristiano, lo que ocupa el segundo lugar es la Palabra, o el Logos. «Logos» no debe traducirse de otra manera que como «Palabra», pues se entiende que todo lo que existe en la creación exterior se basa en la Palabra creadora no pronunciada, que resonó como Palabra y que en ella se encuentra el origen de todo lo que existe. Si retrocediéramos lo suficiente en el tiempo, oiríamos todos los objetos que conocemos como animales, plantas, minerales, seres humanos, resonar como «palabra» a través del espacio cósmico, tal y como ustedes oyen hoy mis palabras, porque en aquel entonces el aire aún no se había enfriado lo suficiente como para que pudieran caer en forma de figuras.

 Si lo tienen presente, pueden decirse a sí mismos: la palabra fue en otro tiempo creadora. El ser humano es hoy un principiante en lo que antes hacían sus antepasados, los dioses que estaban por encima de él. En otro tiempo, los dioses pronunciaron el mundo en el espacio, y entonces esta creación se transformó en lo creado, lo que tenemos a nuestro alrededor. Lo que hoy podemos producir en lo vegetal, lo animal y lo humano en lo sexual es solo una forma transformada de la antigua palabra creadora divina. El ser humano también lleva en sí una naturaleza superior y otra inferior. Lo más acabado es lo que el sexo lleva en sí mismo; y el ser humano tiene el comienzo de una nueva reproducción en la laringe. Cuando emite la palabra, es el comienzo de lo que más tarde alcanzará. Lo que una vez realizaron los dioses, hoy lo tiene el ser humano en sus inicios. — En lugar de la antigua reproducción, surgirá otra. Y así como el ser humano hoy produce palabras con  su laringe,  más adelante su laringe será un órgano de producción; producirá creaciones cada vez más elevadas y densas. Lo que hoy es solo aire, en el futuro será esencia. Cuando la Tierra se haya transformado en Júpiter, la palabra será creadora en el reino mineral; en el estado de Venus, la laringe producirá plantas; y así continuará hasta que sea capaz de producir a sus semejantes. Solo surgió en la forma en que es hoy cuando pudo enviar el aire al exterior a través de los pulmones en forma de sonido. Lo que hoy solo podemos decirnos, lo podremos producir en futuros estados de desarrollo de la Tierra de tal manera que permanezca. Y, por último, la laringe será el órgano a través del cual el ser humano producirá a sus semejantes en pureza, sin sexualidad. Transformará su laringe en un órgano reproductor.

Ahí vemos cómo será el ser humano del futuro, a qué está predestinada su laringe. Un fenómeno enigmático puede indicarnos cómo se relaciona realmente la vida de la laringe con ciertos estados de desarrollo: en el hombre, la madurez sexual provoca un cambio en la voz, el joven «muta». La laringe está en su comienzo, la sexualidad en su fin. Así de delicadamente están relacionadas las cosas en la naturaleza. Lo que tenemos en la vida sexual es algo que muere; lo que tenemos en la laringe, en la palabra, será en el futuro un órgano de producción de nosotros mismos.

Podríamos citar muchos ejemplos de cómo el ser humano desarrollará gradualmente aquellos órganos que hoy solo están presentes en estado embrionario, que ha adquirido para su sistema respiratorio en la Tierra, pero que pertenecen al sistema cardíaco.

Ahora veremos cómo, gracias a la formación introducida en Europa desde el siglo XIV, se pueden anticipar realmente los estados futuros de la humanidad y cómo se puede acelerar el desarrollo interior más rápidamente que si simplemente nos dejáramos llevar por el curso del mundo. La formación que se conoce como la formación rosacruz es la más adecuada para el ser humano actual. El rosacrucismo es algo que, en realidad, tiene mala fama entre aquellos que solo han oído hablar de él una vez. Y si fuera cierto lo que escriben los libros al respecto y lo que saben los eruditos, entonces el rosacrucismo no sería más que ese engaño por el que se le considera. Pero la verdad es que aquellos que juzgan así al rosacrucismo solo conocen el engaño. Pero hoy queremos considerar el verdadero rosacrucismo, que surgió de la individualidad que se oculta bajo el nombre de Christian Rosenkrentz y que en 1459 dio impulso al movimiento rosacruz.

Quiero señalar expresamente que lo que digo es solo un ejemplo, al igual que lo que les dije ayer en la formación cristiana. Por lo tanto, voy a enumerar ahora los siete puntos principales de la formación rosacruz, que no todo el mundo recorre en el mismo orden, pero vamos a enumerar primero estos niveles, que son aplicables a todos en el sentido de la Rosacruz.

  • El primero es lo que se denomina «estudio». 
  • El segundo es «la adquisición del conocimiento imaginativo». 
  • El tercero es «la adquisición de la escritura oculta o secreta». 
  • El cuarto es «la preparación de la piedra filosofal». 
  • El quinto es lo que se denomina «correspondencia entre el mundo pequeño —el microcosmos— y el mundo grande —el macrocosmos—». 
  • El sexto es «vivir en el macrocosmos», 
  • El séptimo es lo que se denomina «divinidad».

El camino de la Rosa Cruz es el que conduce de manera más segura y profunda al conocimiento del cristianismo; solo que el camino cristiano es más adecuado para aquellos que pueden perseverar en la fe y son capaces de despertar en su interior los sentimientos que les describí ayer. El camino de la Rosa Cruz, sin embargo, es para aquellas personas que pueden conectar las verdades cristianas con las verdades del mundo exterior. Solo entonces se podrá defender el cristianismo contra cualquier ataque externo. El cristianismo es una cosmovisión tal que nunca se puede ser lo suficientemente sabio para comprenderlo por completo. No hay un grado lo suficientemente alto como para comprender por completo cómo el cristianismo está ahí para los más sabios de los sabios. No obstante, el camino de los Rosacruces es el más adecuado para el hombre actual.

EL ESTUDIO

Estudiamos en el sentido Rosacruz, cuando tenemos pensamientos que ya no tienen nada que ver con nuestro mundo sensorial. En realidad, el mundo occidental solo conoce en geometría lo que se denomina «pensamiento libre»; por eso, las escuelas cristianas gnósticas también utilizaban el nombre «mathesis» para referirse a lo que tenía que ver con las verdades superiores, con Dios y con los mundos superiores, porque hay que comprenderlo independientemente de toda sensorialidad, al igual que hay que comprender las matemáticas independientemente de toda sensorialidad. Un círculo dibujado con tiza es muy imperfecto; el único círculo real solo se puede imaginar, y todo lo que se puede aprender sobre el círculo solo se puede tener mentalmente. Precisamente en matemáticas se aprende a pensar con independencia sensorial, en el círculo que se construye mentalmente, en el triángulo que se construye mentalmente, cuyos ángulos suman ciento ochenta grados. Es bastante incómodo aprender a pensar sin las cosas sensoriales externas, y para la mayoría de las personas no hay otro campo de estudio para ello que la teosofía. Ya les dije en la primera clase: lógicamente, sus conocimientos son absolutamente comprensibles. Pero si alguien quiere descubrir las verdades por sí mismo, necesita la clarividencia. La lógica es suficiente para comprenderlas.

Solo nuestra época materialista ha podido «inventar» las máquinas calculadoras, con las que se aprende a pensar sin sensorialidad. El niño debe aprender precisamente a captar las cosas sin sensorialidad. Para el arte de la educación será enormemente valioso cómo influye en la educación el conocimiento espiritual. La ciencia espiritual es también una buena formación en el pensamiento sin sensorialidad. Porque todo lo que he contado sobre Saturno, el Sol, los miembros del ser humano, no se puede ver; hay que comprenderlo con un pensamiento libre de sensorialidad, y nadie debe creer que puede formarse bien sin comprender primero las cosas teóricamente. Lo bueno es precisamente que estas cosas no existen para la sensorialidad; así es como se adquiere un pensamiento que trasciende la sensorialidad. Por eso, a algunos les basta con aceptar primero simplemente lo que la teosofía dice sobre las cosas que no se pueden comprender con los sentidos. En el fondo, esos eran siempre los pensamientos que se transmitían a las personas en las escuelas rosacruces, y se les inculcaba debidamente.

Si se quiere seguir adelante, se encuentra un buen medio para entrenarse en el pensamiento puro en mis libros «Verdad y ciencia», GA03, y «Filosofía de la libertad», GA04. Estos libros son simplemente un ejercicio del pensamiento, libre de sensorialidad. En otros libros, por lo general, no se puede cambiar mucho si se traslada un pensamiento a otro lugar. En estos libros, los pensamientos no se pueden trasladar a otro lugar. Estos libros se han creado de tal manera que mi personalidad solo ha dado la oportunidad de que estas construcciones de pensamientos entraran en la sensorialidad. Simplemente había que entregarse para que estos pensamientos se generaran por sí mismos, se extendieran por sí mismos. Quien quiera profundizar y dedique medio año a ello, —no es fácil, pero este esfuerzo es lo mejor que se puede conseguir—, y quien pueda leerlo hasta el final, habrá sacado de sí mismo una fuerza que estaba oculta en su interior.

EL CONOCIMIENTO IMAGINATIVO

Lo segundo es la imaginación, el conocimiento pictórico, que está totalmente bajo la influencia de la hermosa frase de Goethe: «Todo lo efímero es solo una parábola». En realidad, solo aquellos que han adquirido seguridad en su pensamiento deberían involucrarse en ello. Quienes no la tienen podrían caer fácilmente en la fantasía. Por lo tanto, el requisito previo es haber adquirido primero una mente clara; nada impide más desviarse del camino que un pensamiento claro. Y nada induce más a ello que un pensamiento confuso, que la ilógica.

 En el sentido más amplio, el imaginar podría describirse como mirar todo lo que nos rodea como se mira a una persona. Se observa el rostro de una persona: se ven arrugas que se forman y desaparecen; no solo se describen, sino que se las califica de sonrisa o tristeza. La sonrisa de la persona le revela un estado de ánimo alegre en su interior. No solo se deduce el interior a partir del exterior, sino que para ustedes es un signo directo del interior. O puede que vean rodar una lágrima: ustedes no son meros físicos que juzgan una lágrima solo según la ley de la gravedad, sino que saben que la lágrima es una expresión de la tristeza interior del alma. Y así, todo lo exterior es para ustedes una expresión del estado interior del alma. Y el discípulo rosacruz llega a la conclusión de que todo lo que ve en el exterior es para él una expresión, digamos, del espíritu de la tierra: una determinada planta, el colchico, se convierte para él en realidad en la expresión de la existencia terrenal en duelo, otras plantas en la expresión de la existencia terrenal alegre. Del mismo modo que la expresión sonriente es para él la expresión del estado de ánimo alegre del alma, las flores se convierten para él en la expresión del estado de ánimo alegre o triste de la Tierra. Y Goethe no se refería solo a una imagen exterior cuando habla del espíritu de la Tierra en «Fausto»:

En las mareas de la vida, en la tormenta de las acciones,
Me agito arriba y abajo,
¡tejiendo de un lado a otro!
Nacimiento y tumba,
Un mar eterno,
Un tejido cambiante,
Una vida ardiente:
Así creo en el veloz telar del tiempo
Y tejo el vestido viviente de la divinidad.

El espíritu de la tierra se convierte poco a poco en algo que vive en la tierra, y él establece una relación espiritual y anímica con toda la naturaleza que le rodea. Me gustaría aclararles especialmente un estado de ánimo dentro de esta naturaleza.

El discípulo rosacruz camina por los campos y ve cómo las pequeñas gotas de rocío cuelgan sobre todas las plantas. Entonces recuerda el antiguo Nebelheim, donde el aire estaba lleno de niebla y donde los seres humanos tenían una relación muy diferente con la naturaleza. Cuando el discípulo rosacruz camina por los campos y ve las gotas de rocío, se dice a sí mismo: eso es lo que se disolvía en el aire atmosférico de la antigua Nebelheim. Y entonces surge en él un profundo recuerdo de la época atlante.

La imaginación estaba especialmente desarrollada entre los alumnos de las escuelas medievales de los Rosacruces, así como entre los discípulos del Santo Grial. Pretendo plasmar en un diálogo algo que era una enseñanza, porque no sé cómo expresarlo de otra manera.

El maestro le decía al alumno: «Observa cómo brota la planta del suelo, cómo abre hacia arriba el cáliz con los órganos de fecundación y cómo los rayos del sol descienden, hacen florecer la flor y madurar el fruto». El alumno de la Orden Rosacruz y también el discípulo del Santo Grial debían evocar esta imagen, esta idea, en su alma. Ahora bien, incluso en la ciencia materialista hay algo profundamente significativo: se compara la planta con el ser humano. Pero entonces habría que comparar la raíz con la cabeza y la flor con lo que en el ser humano son los órganos de fecundación y lo que él oculta pudorosamente; la raíz es la cabeza de la planta. El ser humano es la planta invertida, el animal es solo la planta medio invertida. Por eso los rosacruces decían: mira la planta, la raíz en la tierra, los órganos reproductores castamente extendidos hacia el rayo del sol. Mira al animal: la columna vertebral horizontal, y luego al ser humano: completamente transformado. ¡La planta, el animal y el ser humano en su desarrollo simbolizados por la cruz! La cruz es planta, animal y ser humano. — Y ahora comprenderemos las palabras de Platón: «El alma del mundo está vinculada a la cruz del mundo». — El alma del mundo, que lo impregna todo, está vinculada a la planta, al animal y al ser humano.

Entonces se le inculcaba al discípulo rosacruz lo siguiente: observa la planta. Ella en su especie es inferior a ti, aún no tiene conciencia ni pensamiento; pero su materia es pura y casta; extiende su cáliz hacia el sol, sin deseo ni lujuria, extiende su órgano reproductor hacia el rayo del sol, la sagrada lanza del amor. Pero ahora la materia está impregnada de lo que es la lujuria. Y tú imagina el ideal futuro, que la materia se purifique de nuevo, que procree en pura castidad. Y le señalaban la laringe, donde el ser humano habrá recuperado en pureza la castidad del cáliz de la planta. Imagina el cáliz de la planta, que aún no tiene deseo. Se desarrolla a través del deseo, pero volverá a ser puro y volverá a procrear en castidad, al dejarse fecundar por el rayo solar transformado en espiritual, por la lanza sagrada del amor. — Y un presagio de esta lanza sagrada del amor es la lanza con la que fue traspasado el corazón de Cristo Jesús en la cruz.

Ayer vimos cómo esta sangre que brotó de la herida del Redentor expulsó el egoísmo de la Tierra. Así, esta lanza es un presagio de la lanza superior, que es el rayo solar transformado en espiritual. Y el Santo Grial apunta al cáliz de la humanidad, que se desarrolla a partir de la laringe, que será precisamente el órgano reproductor purificado del futuro, como lo es hoy en día la planta.

Este es el significado más profundo del Santo Grial, y así se le explicaba al alumno rosacruz y al discípulo del Santo Grial en el nivel imaginativo. Comparen lo que ahora ven en estas imágenes: el cáliz vegetal, el sexo sumergido en el deseo, el Santo Grial, el cáliz libre de deseos... Comparen esto con el concepto árido y sobrio que les ofrece la ciencia actual, y entonces comprenderán la diferencia entre la imaginación y el mero pensamiento racional, ¡que abarca todos los procesos del mundo! Esto es importante porque los meros conceptos intelectuales, tal y como los tiene el ser humano hoy en día, no son creativos; para aquellos que unen estos conceptos para formar una imagen, estas imágenes son realmente creativas. Esto se sentía en la antigüedad, y debe tenerse en cuenta incluso en la educación del niño. Me gustaría discutir una cuestión de actualidad al respecto.

Hoy en día es fácil decir: ¡Vaya tonterías que nos enseñaban nuestros antepasados con el cuento de la cigüeña! Hoy en día tenemos que decirles la verdad a los niños. Si nuestros descendientes nos tratan como nosotros tratamos a nuestros antepasados, también se reirán de nosotros y dirán: «¡Nuestros antepasados pensaban que el ser humano se gestaba mediante la interacción material!». Y recordarán aquella época en la que los seres humanos explicaban este proceso a los niños de forma espiritual. Los ancianos, en la época en que surgió el cuento de la cigüeña, creían en él porque sabían muy bien que, cuando nace un ser humano, el alma desciende del mundo espiritual; siempre lo relacionaban con algo alado. Y esto todavía se puede encontrar en las canciones infantiles, por ejemplo, en la cancioncilla:

Flieg, Käfer, flieg!
Dein Vater ist im Krieg!
Deine Mutter ist im Pommerland.
Pommerland ist abgebrannt!
Flieg, Käfer, flieg!

Este «flieg-vuela» se entiende como una imagen del alma humana, porque se tenía una idea del espacio astral, de los cuerpos que vuelan allí y que desde allí entran en el mundo físico. ¿Y qué es «Pommerland»? «Pommer», o lo que es lo mismo: «Pummerle», no es más que el nombre de un niño pequeño; y Pommerland, Pummerleland, es el país de los niños, de donde la madre va a buscar al niño pequeño. Solo hay que explicarlo desde el punto de vista espiritual. Si recuerdan que, en realidad, esta imagen de la cigüeña que trae a los niños es una imagen de un proceso espiritual, el de la reencarnación, entenderán lo infinitamente importante que es que el ser humano primero capte algo a través de la imagen, porque su estado mental es muy diferente cuando se le enseña primero al niño la imagen del proceso espiritual, de modo que pueda escuchar el proceso físico con sagrado respeto.

Ahora, sabiendo esto, podrán creer en la cigüeña por si mismos: ¡esta cigüeña es para ellos la imagen del alma que desciende! Su enseñanza estimulará la imaginación del niño, y cuando comprendan la verdad, de dicha imagen emanará un aura misteriosa que se transmitirá al niño. Así ocurre con todas las imaginaciones. Se puede enseñar todo a los niños.

Si se le plantea la pregunta: «¿Qué hay de la vida después de la muerte?», muéstrenle al niño una crisálida de mariposa: al igual que la mariposa sale de la crisálida, el alma sale del cuerpo, solo que no se puede ver. Pero solo lo enseñará con convicción al niño quien lo crea él mismo y para quien la salida de la mariposa de la crisálida en un nivel inferior es lo mismo que lo que ocurre con el alma en un nivel superior. Cuando la ciencia espiritual sumerja a los seres humanos en la comprensión del mundo espiritual, de modo que las imágenes cobren vida en sus corazones, entonces los seres humanos podrán educar de una manera completamente diferente y no impartirán a los niños verdades intelectuales áridas que endurecen el corazón. Solo hay que evitar caer en lo grotesco y lo cómico, y tener claro qué cosas importantes de la vida hay detrás.

LA ESCRITURA OCULTA

La tercera cosa que el ser humano debe adquirir para allanar su camino es «aprender la escritura oculta». Esto consiste en no aprender una escritura como en la vida cotidiana. Es cierto que en muchos casos nuestros caracteres se remontan a imágenes ocultas, pero no son en absoluto lo que es la escritura oculta. Se trata de adentrarse en las grandes fuerzas reales del mundo que actúan en el exterior. Y todo lo que registramos allí debe ser tal que un proceso de desarrollo se transmita a los demás. Tomemos una planta: lleva semillas; en la semilla tenemos el punto de partida para una nueva planta. Pero si pudiéramos examinar realmente el proceso, veríamos que nada de la planta antigua pasa a la nueva. En realidad, toda la planta antigua se desintegra materialmente; la nueva planta se construye completamente de nuevo, solo pasa a la nueva planta una especie de proceso de movimiento. Aquí tienen lacre y allí un sello; presionan el sello sobre el lacre y, sin embargo, nada del sello ha pasado al lacre; solo se transfiere la forma. Así ocurre en todo proceso de desarrollo. La materia antigua, al morir, solo da la oportunidad de que la nueva forma resurja en el sentido de la antigua. Esto se representa con dos espirales entrelazadas que nunca se unen. Tal transición tuvo lugar después de la cultura atlante; esta desaparece como etapa cultural y surge una nueva en la India, de modo que también habría que representar esto con dos espirales. Como ya les he dicho fue en el año 800 cuando el sol salía aproximadamente en la constelación de Aries,♈ antes en Tauro,♉ antes aún en Géminis ♓ y más atrás aún en Cáncer ♋. La cultura grecolatina, que contenía la nuestra en su origen, coincide con la época en la que el sol salía en Aries; la cultura anterior, la caldea-asiria-babilónica-egipcia, coincidió con la época en la que el sol se encontraba en la constelación de Tauro; antes de eso, tenemos la cultura persa, que coincide con la época en la que el sol salía en Géminis, y la antigua cultura india se desarrolló cuando el sol estaba en Cáncer: y ahí es también donde se escribió por primera vez el signo de Cáncer, las dos espirales entrelazadas.

 Así podría explicarles cada signo del zodíaco a partir de su verdadero significado. Los caracteres se crean a partir de la naturaleza y son una expresión de las fuerzas y leyes que rigen en ella. Cuando se conocen los caracteres ocultos, se empieza a salir de uno mismo y se penetra en los secretos subterráneos de la naturaleza.

Así se vislumbran un poco los tres primeros escalones del camino rosacruz: el «estudio», el «conocimiento imaginativo» y el tercero: la «apropiación de la escritura oculta».

Mañana hablaremos de los demás escalones y comenzaremos con la «preparación de la piedra filosofal».

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA127 Mannhein, 5 de enero de 1911 - Las Diferentes épocas de la Evolución Humana y su Influencia en los Miembros del Ser Humano

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RUDOLF STEINER


Las Diferentes épocas de la Evolución Humana y su Influencia en los Miembros del Ser Humano

Mannhein, 5 de enero de 1911

Ha pasado algún tiempo desde que pudimos celebrar una reunión de la rama aquí en Mannheim, y hoy estamos de nuevo en condiciones de cumplir tal tarea. Ahora bien, queridos amigos, en los últimos tiempos habéis adquirido con atención y entusiasmo los conocimientos que pueden denominarse las ideas y percepciones más importantes de nuestra cosmovisión científico-espiritual. Por lo tanto, tal vez no sea inapropiado que hablemos hoy de algo que, por un lado, dirige nuestra atención al conjunto de nuestro movimiento científico-espiritual y, por otro, también nos da la oportunidad de utilizar un poco del conocimiento espiritual que hemos adquirido, a saber, sobre el hombre y su desarrollo, para utilizarlo, por así decirlo, en el servicio al que todo ser humano debería dedicarse, y que debería adoptar una forma especial precisamente para los antropósofos a través de sus percepciones, a través de lo que pueden obtener en sensaciones de la cosmovisión científico-espiritual. 

Ustedes saben, mis queridos amigos, que el desarrollo de la humanidad está progresando, que una época sigue a otra, una edad sigue a otra, y cada edad tiene su propia tarea especial. En el desarrollo histórico de la humanidad podemos distinguir entre edades mayores y menores, y en cada edad hay a su vez puntos muy especiales en el tiempo en los que es necesario no descuidar penetrar en la tarea real, en la misión real de esa edad. Podemos notar que en los sucesivos periodos de tiempo a la gente se le dan tareas desde los mundos espirituales, tareas que son muy especiales para esta o aquella era, y para nosotros los humanos es entonces una cuestión de hacer lo correcto para saber algo sobre estas tareas, para absorber un conocimiento de estas tareas en nuestras almas.

Realmente vivimos en una época en la que es urgentemente necesario que una serie de personas adquieran de nuevo conocimientos sobre lo que hay que hacer preferentemente en el campo espiritual hoy o en nuestro presente. Deseo ante todo poner ante vuestra alma sólo dos períodos de tiempo que nos son muy próximos, nos son próximos porque uno pertenece al pasado y mucho de él alcanza todavía a nuestro presente en cuanto a bienes espirituales y productos espirituales; el segundo período, sin embargo, apenas está comenzando. Estamos al comienzo de un nuevo periodo, un ciclo o periodo menor de la humanidad, en el límite, por así decirlo. Por eso es especialmente importante analizar un poco estos dos periodos. Un período abarca aproximadamente la época que comenzó con San Agustín y terminó con la llegada del siglo XVI. En la ciencia oculta se dice que este período abarca desde Agustín hasta Calvino, y luego tenemos otro período que le sigue, que abarca desde Calvino hasta el último tercio del siglo XIX. Y de nuevo nos encontramos en el punto de partida de un periodo con nuevas tareas, cuyo cumplimiento es extremadamente importante para el futuro próximo de la humanidad. Hagámonos una pequeña idea de lo que ocurre en estos puntos de partida de nuevos periodos. Cuando un periodo de tiempo se funde con otro, algo se vuelve viejo y algo es joven. Algo se acerca a su decadencia, y otra cosa vuelve a estar presente de forma germinal, como una raíz, como un nuevo amanecer para un sol que se prepara como el sol de una nueva era. Y la peculiaridad de tal edad de transición, -ya saben, se habla de edades de transición en varios sentidos, pero hoy estamos realmente ante una edad de transición en un sentido muy significativo-, es que deben añadirse nuevas fuerzas a la cultura de la humanidad.

Para describirlo, me gustaría centrarme en una de las principales tareas de la humanidad en su conjunto: la aparición del cristianismo. Si queremos hacernos una idea de cómo surgió el cristianismo, tenemos que decir que, en realidad, fue rechazado por quienes estaban en la vanguardia de la civilización. Pero al mismo tiempo, los que estaban a la vanguardia de la cultura estaban en declive. Intenten hacerse una idea de la cultura romana en decadencia e intenten hacerse una idea de cómo eran las iglesias a las que predicaba Pablo. Eran personas, por así decirlo, ingenuas, pero que se enfrentaban a la cultura con un vigor fresco, con un sentido vivo de lo que estaba por venir, que  ellos realmente no se contaban entre la flor y nata de la cultura de aquella época. Eran las nuevas fuerzas, pero a veces nacían incluso de los estratos más bajos del pueblo. Porque la compleja vida social de los altos círculos dirigentes, una vez que se ha desarrollado durante un tiempo, debe declinar, y la ciencia en particular, con sus conceptos, ideas y demás, llega a un punto en el que no puede desarrollarse más, algo nuevo, algo popular, debe intervenir. Tenemos ante nosotros una gran conmoción. En cierto sentido, hoy nos enfrentamos de nuevo a un viraje. Lo que se ha logrado con gran dedicación como pensamientos e ideas científicas ha llegado en realidad a un punto en el que todo aquel que tenga una visión debe decirse a sí mismo: realmente no puede ir más allá, -los conceptos e ideas científicas que se están impulsando en las corrientes oficiales hoy en día están al borde de la decadencia. Y en general, toda la forma en que se enfoca la vida espiritual, doquiera que fluyan las grandes corrientes de esta vida espiritual, está en plena decadencia. Quisiera describir en pocas y crudas palabras cómo esta decadencia podría realmente ser observada con pasos relativamente rápidos por aquellos que observan tales cosas de verdad.

Si uno participaba en la vida tal como se vivía en la literatura, a través de los libros y similares, en la ciencia, entonces crecía con una seriedad, con una cierta seriedad que ahora se considera anticuada, que ya no se entiende. El tono de las revistas semanales, por ejemplo, era muy diferente en los años setenta, (del siglo XIX). Era, si se nos permite la expresión, mucho, mucho más digno. Por aquel entonces, había puntos de vista muy específicos dentro de este movimiento intelectual sobre cómo relacionarse con el teatro, la poesía, etcétera. Así se pensaba entonces. También había una cierta forma de escribir poesía en aquellos días en la que se cumplían requisitos menos estrictos, por ejemplo escribiendo dramas para pequeñas ocasiones festivas, más para divertirse, para bromear. A veces había bastante talento en ello. En particular, los estudiantes representaban obras de teatro en sus reuniones, en las que había bastante talento. Ahora te ibas haciendo un poco mayor y podías echar un vistazo a las tendencias literarias, y entre ellas encontrabas productos valiosos, pero eran exactamente lo mismo que antes sólo considerabas maduro para el día. Esto se convirtió en literario para el movimiento intelectual. Para no ofender demasiado, no quiero mencionar nombres. Hoy ya hemos llegado a un punto en el que no tenemos más que trivialidades impresas por todas partes en el más amplio vecindario, -librerías enteras están llenas de ellas. Hace treinta o cuarenta años, uno habría lamentado la tinta para escribirlas. Cuando el hombre se encuentra en tal estado de agitación, no juzga las cosas con la suficiente severidad, pero así es como la historia cultural tendrá que caracterizar algún día el final del siglo XIX. En efecto, nos encontramos ante un declive de la vida intelectual tradicional, y esto podría demostrarse fácilmente por el declive de las teorías científicas. Por lo tanto, no debemos sorprendernos si aquello que va a aparecer como un nuevo movimiento espiritual, que va a aportar algo nuevo al desarrollo humano, encuentra poco favor entre lo que hoy se llama vida espiritual oficial; si los miembros de estos círculos dicen: «Existen tales asociaciones de medio tontos que se llaman a sí mismos teósofos, en el fondo son gente bastante inculta en su mayoría, -y cosas así. -Estas son necesidades que existen en toda época de transición. Las fuerzas frescas deben venir de abajo, y lo que brota de esta manera se convertirá en lo que es necesario para la edad posterior con el fin de establecer realmente un movimiento ascendente.

Como ya he dicho: hemos visto pasar dos épocas. La época que va de Agustín a Calvino, por ejemplo, fue una época que buscaba preferentemente interiorizar todas las potencias del alma, todas las potencias del hombre. Durante este tiempo, la interiorización se manifestaba en todos los ámbitos; se perseguía menos la ciencia natural externa, la mirada del hombre se dirigía menos hacia las leyes y fenómenos externos de la naturaleza. En el punto de partida del propio Agustín, en el que vemos en cierto modo prefigurada nuestra organización espiritual-científica del hombre, encontramos la idea de la influencia de poderes suprasensibles que utilizan al hombre como instrumento. En el curso ulterior de esta época, encontramos fenómenos extraños, el misticismo de Meister Eckhart, Suso, Johannes Tauler y muchos otros. Aunque la ciencia externa retrocedió a un segundo plano en esta época, encontramos en ella otra extraña forma de abrazar la naturaleza con una ingeniosa mirada intuitiva. Vemos cómo esto se acentúa en personas como Agrippa von Nettesheim. Fenómenos como Paracelso y Jakob Böhme se nos aparecen como frutos de esta profundización del alma humana en esos siglos. Semejante corriente sólo puede durar cierto tiempo. Tiene una dirección ascendente, una culminación, un clímax y una línea descendente. Por regla general, tal dirección es sustituida por algo que en cierto modo parece una contraimagen.

De hecho, los siglos siguientes son como una contraimagen de esta corriente. La imagen interiorizada del alma humana se olvida poco a poco. Aparecen los tiempos en los que la ciencia natural alcanzó triunfos tan infinitos. Aparecen los grandes fenómenos de Copérnico, Kepler y Galileo, hasta llegar a los del siglo XIX como Julius Robert Mayer, Darwin, etc. Sale a relucir un gran número de hechos externos. Y, sin embargo, las personas del comienzo de la nueva época eran diferentes de las que vinieron después. Un hombre como Kepler, por ejemplo, que tuvo un impacto tan significativo en la ciencia física, era un hombre piadoso, un hombre que se sentía profundamente conectado con el cristianismo. Y Kepler, el descubridor de las tres leyes de Kepler, que en el fondo no son más que las leyes del tiempo y del espacio disfrazadas de fórmulas matemáticas, es decir, algo bastante mecánico, oh, este Kepler, -dedicó mucho más tiempo que a tales descubrimientos a explicar cómo sucedían las cosas en el gran universo durante la época en que tuvo lugar el Misterio de Palestina en la tierra; se dedicó a observar cómo estaban Saturno, Júpiter y Marte en relación unos con otros cuando nació el Cristo Jesús. Esto era lo que el gran Kepler tenía en mente. Fue capaz de dar a la humanidad lo que tenía que decir sobre la ciencia del espacio estelar en términos puramente matemáticos. Lo que llevaba en el corazón, en lo más profundo de su ser, lo siguió manteniendo en privado en una época que sólo servía para la vida exterior.

Por ejemplo, Newton. ¿Dónde no se habla de Newton como el descubridor de las leyes de la gravitación? Pero ¿Dónde se destacaría, -por ejemplo, cuando Haeckel habla del fenómeno de Newton que hizo época-, dónde se destacaría que Newton era tan cristiano que en sus horas más tranquilas y santas escribió un comentario sobre el Apocalipsis a su manera? Pero no pudo ofrecérselo a la humanidad. Él pudo darnos la ley puramente mecánica de la gravedad en la época dedicada a la síntesis externa de los fenómenos naturales. Y esta era expiró en el último tercio del siglo XIX.

Ahora comienza una época que debe representar necesariamente una contraimagen de la anterior. Y la tarea de preparar esta contraimagen, que es seguir trabajando de tal manera que pueda venir todo aquello de lo que hemos hablado a menudo, es la visión espiritual-científica del mundo, que a su vez debe traer una profundización del alma humana. Pero cada época debe trabajar de forma diferente a las anteriores. Sería un error limitarse a estudiar como fue el caso desde Agustín hasta Calvino. Podemos permitir que tales fenómenos tengan un efecto en nosotros, pero debemos saber que hoy, después de tal época de ciencia natural, debemos buscar el mundo espiritual de manera diferente a como lo hicimos entonces.  ¿Hay algo más, aparte de lo que el hombre puede pensar en abstracto, a partir de lo cual uno pueda reconocer que el hombre está realmente obligado y forzado a comprender el mundo de nuevo en cada época?

Si se profundiza en Paracelso hoy en día, por ejemplo, para la investigación externa tan trivial de hoy en día, realmente es un espíritu insondable un espíritu que miró particularmente profundo en los secretos de la curación, de la medicina. Y cualquiera que profundice en lo que tenía que decir sobre la curación de tal o cual forma de enfermedad podrá aprender de Paracelso algo bastante poderoso y grandioso. Supongamos que un médico que estuviera a la altura, a la verdadera altura de la vida espiritual de nuestro tiempo profundizara en sus conocimientos de tal manera que quisiera hacer práctica esta profundización, que quisiera aplicar lo que resultara de las instrucciones de Paracelso, -para ciertas cosas grandiosas seguiría habiendo cosas bastante correctas; pero algunas cosas ya no podrían ser apropiadas por el médico del presente. Porque si utilizara algunos de los medios allí indicados, no serviría de nada, puesto que desde el siglo XVI, la naturaleza humana ha cambiado porque todo en el mundo cambia y todo progresa. Las cosas de fuera no obedecen a nuestro conocimiento arbitrario y paso a paso. Avanzan y nosotros tenemos la tarea de investigar con nuestro conocimiento, nuestra sapiencia. Debemos aprender de nuevo, como aprendió Paracelso. Y si hacemos lo más fielmente posible como él, encontraremos algo completamente diferente para muchas cosas en ciertos aspectos. Así que tenemos tareas espirituales muy especiales en nuestro tiempo.

Ahora quisiera describir a grandes rasgos cómo está escrito en las estrellas que la cultura de la humanidad debe progresar en un futuro próximo. No está sólo en manos del hombre orientar esta civilización. Los antiguos puntos de vista no encajarían con el cambio de las condiciones reales. Las cosas siguen su curso, y la ciencia espiritual tiene la tarea de decirnos qué curso están tomando las cosas; nos da la guía para comprender nuestro tiempo.

Estamos en los albores de una vida humana y una forma de pensar completamente nuevas. Tres cosas son de especial significación e importancia en la vida espiritual humana, y éstas son: en primer lugar la religión, en segundo lugar la ciencia, y en tercer lugar la convivencia de las personas en general, los sentimientos y afectos que las personas desarrollan unas por otras, lo que tiene lugar en las relaciones sociales. Estas tres son las más importantes, por lo que es de particular importancia rastrear en las épocas sucesivas qué formas han de adoptar estas tres, lo que entra en consideración como religión, como ciencia o como vida social. Y hay ciertas exigencias que el hombre simplemente debe comprender, que no están en sus propias manos. 

¿Por qué la religión, la ciencia y la convivencia social tienen que cambiar de una época a otra? Sencillamente porque la naturaleza humana cambia. No en vano aprendemos que la naturaleza humana consta de diferentes partes. No aprendemos que el hombre consta de un cuerpo físico, un cuerpo vital y un cuerpo astral con un alma sensible, un alma racional y un alma consciente por el mero hecho de una enumeración teórica, para que unos pocos tengan algo que hacer y puedan adoptar estas categorizaciones. Aprendemos estas categorizaciones porque tienen un significado profundo para la vida humana. Y se puede percibir este significado omnipresente si se piensa en cómo, por ejemplo, en la cultura egipcio-caldea, lo que importaba principalmente era el alma sensible. Los seres superiores tenían un efecto particular sobre ellos. Y en el período grecolatino, la época en que surgió el cristianismo, todo lo que se abría paso en la humanidad desde las alturas divino-espirituales tenía un efecto sobre el alma racional. Y hoy afecta al alma consciente. No entendemos nada de la relación del hombre con las grandes fuerzas del mundo si no sabemos cómo está organizada esta naturaleza humana. ¿Qué estamos preparando al dedicarnos hoy a la comprensión científico-espiritual? En nuestra época se cultiva sobre todo el alma consciente. Todo pensamiento y conocimiento externo, todo pensamiento útil, este pensamiento según el principio de utilidad, se basa en cierta medida en el desarrollo del alma consciente. Pero ya se está abriendo camino en él algo así como una luz separada del yo espiritual. Lo extraño es que en nuestro tiempo hay dos corrientes que corren una al lado de la otra, una que se precipita hacia la decadencia y otra que se eleva hacia el futuro florecimiento. La que se precipita hacia la decadencia aún no ha llegado a la decadencia. Al mismo tiempo, de ella surgen los grandes descubrimientos, que aún tienen un tremendo futuro. También esto tiene sus efectos beneficiosos. Ciertamente, la humanidad seguirá siendo bendecida durante mucho tiempo por lo que, sin embargo, se acerca a la decadencia. Pero el tipo de pensamiento que inventa globos es el de la decadencia. Y el pensamiento que se ocupa de la organización de la humanidad es el pensamiento del futuro de la humanidad.

Pero estos dos muestran una transición común. Podemos verlo en todos los ámbitos. En primer lugar, me gustaría darles un ejemplo muy práctico: el ámbito de las transacciones monetarias. Esto cambió considerablemente en el siglo XIX. Hubo un cambio tremendo. Si nos fijamos en el periodo inmediatamente anterior al último tercio del siglo XIX, toda la especulación monetaria se basaba en la individualidad, en la personalidad. Fue el genio puramente financiero y especulativo de los Rothschild el que llevó el dinero a todas partes y lo condujo de nuevo hacia y desde los centros monetarios. Y si seguimos la historia de las grandes casas bancarias, encontramos por todas partes en aquella época modelos de cómo las transacciones monetarias procedían enteramente de la naturaleza humana, que se basaba en el alma consciente, en el ser humano individual. Eso ha cambiado. Pero aún no se habla mucho de ello, porque no ha hecho más que empezar. Hoy ya no es exclusivamente el alma consciente la que rige en las transacciones monetarias, hoy prevalece una especie de síntesis: el capital social, la sociedad, la asociación, lo suprapersonal. 

Traten ustedes de seguir lo que hoy apenas empieza a manifestarse y lo que vendrá cada vez más. Hoy es casi irrelevante quién está aquí o allá como personalidad. Lo que la gente ha trabajado en la circulación del dinero ya está funcionando sin personalidad, ya está funcionando por sí mismo. Aquí tienen ustedes, en una corriente descendente, la llegada del alma consciente al yo espiritual.

Lo tenemos aquí en la corriente de la decadencia; y lo tenemos en la corriente de la vida ascendente, donde buscamos aquello que la personalidad capaz individual ha logrado, donde buscamos obtener por medio de la inspiración la ayuda de aquellos poderes que nos volverán a inspirar desde el mundo espiritual. También aquí ascendemos de lo personal a lo suprapersonal. Así pues, hay características comunes a las épocas, tanto en lo que se refiere a las corrientes en decadencia como a las ascendentes. En particular, sin embargo, uno debe tener cuidado de no tener en cuenta en cualquier época lo que está surgiendo actualmente como autoridad en esa época. A menos que uno tenga perspicacia espiritual, puede equivocarse mucho.

Este es particularmente el caso en un área de la cultura humana, en el campo de la medicina materialista, donde vemos cuán decisivo es precisamente lo que la autoridad tiene en sus manos y está reclamando cada vez más, donde esto se dirige hacia algo que es mucho, mucho más terrible, más horrible que nunca cualquier regla de autoridad de la tan acusada Edad Media. Ya estamos en ello hoy, y se hará cada vez más fuerte. Cuando la gente se burla tan terriblemente de los fantasmas de la superstición medieval, uno bien podría decir: sí, ¿ha cambiado algo en particular a este respecto? ¿Ha desaparecido el miedo a los fantasmas? ¿No teme la gente a los fantasmas mucho más hoy que en el pasado? - Lo que ocurre en el alma humana cuando se lo cuentan es mucho más terrible de lo que se piensa: Hay 60000 gérmenes en la palma de tu mano. En América se ha calculado cuántos de esos gérmenes hay en un solo bigote masculino. ¿No deberíamos por tanto decidirnos a decir: estos fantasmas medievales eran al menos fantasmas decentes, pero los fantasmas de los bacilos de hoy son fantasmas demasiado crujientes, demasiado indecentes para justificar el miedo, que no ha hecho más que empezar, y que está haciendo caer a la gente en una terrible creencia en la autoridad, especialmente en el campo de la salud?

Tenemos que decir que vemos el carácter de la época de transición en todas partes. Sólo hay que mirar los fenómenos de la manera correcta, vemos este carácter en todas partes.

Ahora nos preguntamos: ¿Qué nos dicen las estrellas, las enseñanzas y las revelaciones de la Teosofía sobre el desarrollo ulterior en estos tres ámbitos más importantes de la vida? ¿Cómo debe llegar a ser en el futuro y cómo debemos trabajar para que el yo espiritual creador y fecundo en el sentido espiritual pueda ser canalizado en el alma consciente de la manera correcta? Las estrellas proféticas, es decir, las enseñanzas de la ciencia espiritual, nos dicen lo siguiente sobre esta forma futura: La religión, según toda la forma en que se ha intentado en los siglos pasados introducir la religión en las corrientes de la humanidad, es una amalgama de dos cosas, una de las cuales no puede llamarse realmente religión en el sentido estricto de la palabra; la otra es religión.

¿Qué es la religión en realidad? Es algo que debemos caracterizar como un estado de ánimo del alma humana: el estado de ánimo por lo espiritual, por lo infinito. Básicamente, podemos caracterizarla bien si partimos de lo básico de estos estados de ánimo, que luego sólo hay que elevar al nivel más alto. Si caminamos por el prado y tenemos el alma abierta a lo que allí reverdece y florece, sentiremos algo de alegría por los esplendores que se revelan a través de las flores y las hierbas, por lo que se refleja en el paisaje, lo que brilla en el rocío. Si estamos en ese estado de ánimo, si nuestro corazón está abierto, eso aún no es religión. Sólo puede convertirse en religión cuando aumenta este sentimiento por lo infinito, que está detrás de lo finito, por lo espiritual, que está detrás de lo sensorial. Cuando nuestra alma siente de tal manera que percibe la comunión con lo espiritual, entonces este estado de ánimo corresponde al que vive en la religión. Cuanto más podamos aumentar este estado de ánimo por lo eterno en nosotros, más fomentaremos la religión en nosotros mismos o en otras personas.

Ahora, sin embargo, el necesario desarrollo del tiempo lo ha llevado al punto de que lo que básicamente deberían ser impulsos que dirigen la percepción y el sentimiento humanos de lo transitorio a lo imperecedero se ha entrelazado con ciertas ideas y puntos de vista sobre cómo es el reino de lo suprasensible, cómo es allí. De este modo, sin embargo, la religión se ha vinculado en cierto sentido con lo que en realidad es ciencia espiritual, con lo que en realidad debe considerarse ciencia. Y hoy vemos cómo la religión en tal o cual forma sólo puede mantenerse en esta fe eclesiástica si al mismo tiempo se mantienen determinadas doctrinas. Esto, sin embargo, produce lo que puede llamarse una rígida adhesión dogmática a ciertas ideas sobre el mundo espiritual. Tales ideas tendrían naturalmente que progresar, porque el espíritu humano progresa. El verdadero sentimiento religioso debería regocijarse más por tal progreso, porque este progreso muestra las glorias del mundo divino-espiritual tanto más grandes y significativas.

El verdadero sentimiento religioso no habría condenado a Giordano Bruno a la hoguera, sino que habría dicho: Oh, es grande para Dios que envíe a la tierra a hombres de esta clase y revele tales cosas a través de ellos». - Esto habría reconocido necesariamente, junto a lo religioso, el campo de la investigación científica, que se extiende tanto al mundo exterior como al mundo espiritual. Ésta debe progresar, debe adaptarse de época en época al espíritu humano, que progresa. Con respecto a esta investigación científica, se produjo un gran cambio al acercarse el siglo XVI. Antes de la época de Copérnico, Kepler y Galileo, las cosas parecían muy extrañas en las escuelas y universidades. Aristóteles es ciertamente un gran sabio, pero lo que hizo fue lo más grande para su época. Lo que la Edad Media hizo con él fue juzgar muy mal su espíritu, y al final la gente ya no lo entendía en absoluto, ya no tenía ni idea de lo que quería decir. Sin embargo, la gente siempre ha enseñado según él.

Para mostrarles cómo debe cambiar el conocimiento de época en época según el progreso del espíritu humano, para que no surjan malentendidos, me gustaría profundizar en un acontecimiento relacionado con Aristóteles. Aristóteles trabajó en una época en la que la gente aún era consciente de que también había un cuerpo etérico en la naturaleza humana, no sólo sangre, fibras nerviosas y demás. Si se registrara el cuerpo etérico, por ejemplo, se obtendría un dibujo completamente distinto al que los anatomistas actuales encuentran y registran en el ser humano. En la época de la obra de Aristóteles, no se concedía gran importancia a la forma en que se registra hoy, porque el ser humano etérico seguía siendo conocido. Si se quisiera dibujar, habría que ver un centro aquí, donde está el corazón, y dibujar rayos que salen de ahí, rayos importantes, pero que luego van al cerebro y tienen que ver con toda la forma de pensar de una persona. El pensar se regula cuando miramos el cuerpo etérico, desde un punto central que está cerca del corazón físico. Y esto es lo que Aristóteles describió para ilustrar la peculiaridad del pensamiento. Más tarde, la gente ya no entendía lo que quería Aristóteles, y empezaron a confundir la palabra que corresponde a nuestra palabra «nervio» con el nervio material, que es el factor determinante en el organismo para el órgano del pensar. Se creía que Aristóteles se refería a las fibras nerviosas físicas con lo que describía como las corrientes etéricas. Con el paso a la era materialista, Aristóteles dejó de ser comprendido. Así que ustedes pueden ver que ellos aprendieron algo completamente equivocado. Se decía que los nervios principales procedían del corazón. Luego vino la investigación científica materialista, como la inauguraron Copérnico y Galileo, y la gente se dio cuenta de que los nervios procedían del cerebro, es decir, de las fibras físicas. Y entonces empezaron a decir: Aristóteles está equivocado. Los adversarios de Aristóteles fueron Copérnico, Galileo y Giordano Bruno. Los aristotélicos medievales no se atenían a las enseñanzas de Aristóteles, sino a lo que soñaban que Aristóteles les había enseñado. Así, cuando Galileo mostró a un amigo aristotélico que los nervios van al cerebro, éste prefirió confiar en Aristóteles antes que en su propio juicio. Creía en lo que imaginaba que era la enseñanza de Aristóteles. Así vemos cómo en aquella época la corriente de la ciencia espiritual de Aristóteles, la ciencia del cuerpo etérico, se trasladó a la ciencia material, cuyos méritos no deben negarse, que ha trabajado y trabaja para la bendición y la salvación de la humanidad. Ahora, sin embargo, estamos en una época en la que debemos ascender a lo espiritual.

Estamos al borde de una época en la que la ciencia tendrá que aprender de nuevo a comprender lo que es realmente espiritual, en la que la ciencia tendrá que convertirse en lo que en ocultismo se llama pneumatología, es decir, enseñanza espiritual. ¿Qué era la ciencia en el siglo XIX? La enseñanza de ideas abstractas y leyes de la naturaleza, que ya no tenían ninguna relación con la vida espiritual real. La ciencia está en el punto en que debe convertirse en pneumatología, en que debe volver al espíritu. Esto está escrito en las estrellas de la Teosofía. Y puesto que la religión siempre debe traer el estado de ánimo para lo espiritual, la ciencia y la religión en realidad sólo pueden trabajar en armonía en aquellas épocas en las que la ciencia trabaja el espíritu en pneumatología. Allí la ciencia puede ser la correcta explicadora de la vida espiritual y apoyar el estado de ánimo que a su vez debe vivir en la religión.

Así pues, lo que empieza contrasta totalmente con lo que ha terminado. Tomemos, por ejemplo, lo que ha sucedido en las diversas confesiones protestantes: Cómo se han esforzado por no permitir ningún pensamiento científico en el ámbito que se supone dedicado a la fe. Pensemos en Lutero y Kant. Kant dice que debe abolir el conocimiento para tener un camino despejado para la fe en la libertad, la inmortalidad y Dios.

En aquella época, la ciencia se centraba en lo externo, lo sensual, lo físico, y no sabía interpretar lo sobrenatural, lo espiritual. Por tanto, era necesario conservar lo menos adulterados posible los documentos sagrados que se habían transmitido. Esto estaba bien justificado. Ahora nos encontramos ante otra época, en la que la Teosofía nos conduce al mundo espiritual, y ahora veremos cómo se acerca gradualmente el momento en que lo que está surgiendo ha de lograrse apoyando e iluminando a la ciencia precisamente a través de la Teosofía. La religión y la ciencia volverán a trabajar juntas en la próxima era. La ciencia se convertirá en algo que deberá aplicarse gradualmente a todas las personas. Se volverá comprensible para todo ser humano. Por lo tanto, lo que se avecina como un curso paralelo de la religión y la ciencia producirá en el sentido más amplio lo que podríamos llamar individualismo en la religión: cada corazón individual encontrará su camino hacia el mundo espiritual de una manera religiosa individual. Esto está predeterminado para nuestra época, que de la manera más individual, más personal, lo que puede ser ciencia común en lo espiritual servirá como explicador, como guía en el campo religioso.

Una vez más, vemos de forma extraña cómo el momento personal de la decadencia apunta también a algo suprapersonal. Los signos de la decadencia también lo demuestran. ¿Y cómo se manifiesta este apuntar a algo suprapersonal en ciertas relaciones eclesiásticas? ¿En qué consistía básicamente que en una determinada iglesia se apelara a la inspiración a través de quienes son sus guardianes? Ciertamente, las cosas deben verse en relación con su carácter espiritual. Mucho de lo que es evidente hoy, especialmente en la vida religiosa de las diversas confesiones, apunta a este resplandor del yo espiritual en lo que llamamos el alma consciente, tanto en el sentido ascendente como descendente.

Esto es particularmente evidente en la tercera de las tres áreas de la vida espiritual humana. Allí se extenderá una toma de conciencia de la que, en realidad, la práctica de la vida actual no tiene la menor idea. Un principio de esta toma de conciencia será que la felicidad de un individuo nunca puede comprarse a expensas de la menor felicidad de los demás. En el futuro, el momento personal se transformará en suprapersonal, y lo egoísta en supraegoísta, en aquello que une a las personas. Poco a poco, una persona no querrá ser feliz sin saber que los demás lo son en la misma medida. Este estado de ánimo, cuyo contrario es la práctica de la vida actual, se está preparando por sí mismo. Sólo hay una manera de crear este estado de ánimo, y es reconocer el núcleo real de la naturaleza humana y su composición, tal como nos lo da la ciencia espiritual. Hay que conocer al ser humano si se quiere ser humano.

iVemos estas tres cosas en el punto de partida de su desarrollo. ¿Qué debe hacer la ciencia espiritual? Debe enseñarnos a comprender todo lo que debe venir. Ahora quiero decir radicalmente cómo puede la gente relacionarse con ella. Voy a suponer hipotéticamente por un momento que lo que es hoy la Teosofía, que todavía es una corriente muy pequeña, sería considerada por los que entran en contacto con ella como fantasía y sueño, y que sería suprimida. Los que adoptan el punto de vista de la anti-Sofía simplemente harían imposible que la teosofía floreciera, pues la ciencia se dirige hacia la anti-Sofía. Entonces no se podría comprender lo que se les ha descrito como el desarrollo necesario de la ciencia, la religión y la práctica de la vida humana escrita en las estrellas. Entonces la gente se autoexcluiría de la comprensión de estas cosas. ¿En qué situación estarían entonces la gente? La gente estaría entonces en la tierra como una manada de algún tipo de animal, que habría acabado en condiciones climáticas completamente extrañas en las cuales no puede encuadrarse. La consecuencia sería que los animales se marchitarían y perecerían gradualmente. Los humanos serían todos presa de la decadencia, el decaimiento, la desaparición prematura. No por extinción, por ejemplo. Perecerían, lo que sería mucho peor que la extinción, de modo que sólo las bajas pasiones e instintos y deseos seguirían realmente vivos; que la gente sólo desearía comer esto o aquello, y todo su pensamiento se emplearía en poder producir este mismo alimento. Construirían fábricas para producir la mejor harina, el mejor pan, barcos y aeronaves para traer los frutos de los lugares más lejanos y entregar los productos que quisieran disfrutar. Utilizarían un tremendo ingenio para el «auge de la cultura», porque así es como llamarían a la cultura. Para ello utilizarían su infinita inteligencia y fuerza espiritual, pero sólo para poner la mesa al final. Piensa desde este punto de vista lo que significa la expresión «cultura ascendente». ¿No es esa su esencia, utilizando para ello la fuerza espiritual infinita? Si sólo lo usamos para telegrafiar: Necesito tantos y tantos sacos de harina - entonces se utiliza un gran poder espiritual para producir algo que en última instancia sólo sirve a lo que puede llamarse el animal en el hombre. Espiritualidad e inteligencia son dos cosas totalmente distintas. La era materialista conduce a un apogeo de la inteligencia y de la cultura inteligente. Pero eso no tiene nada que ver con la espiritualidad. Supongamos que la gente estuviera tan desconectada. ¿Qué tendrían que hacer los dioses? Se dirían a sí mismos: Ahora hemos tenido una generación que no ha entendido lo que es la misión terrestre. Habremos de enviar otra generación, una generación de almas que lleven a cabo la misión terrestre. 

Sin embargo, reducidos círculos encontrarán ya comprensión para lo que debe ser la vida espiritual del futuro, y por lo tanto la misión terrestre será llevada a su fin por los hombres, y lo que sustituirá a nuestra quinta cultura post-atlante, dedicada al alma consciente, como la sexta, será ya logrado por un pequeño núcleo de hombres que se distribuirán entre todo el resto de la humanidad. Pero esto sólo podrá lograrse si interviene el libre albedrío de las personas. Pues una vez que el yo ha entrado en la naturaleza humana, el ser humano también debe desarrollar el libre albedrío para el despliegue del yo. Así que depende de cada individuo si quiere mostrar comprensión para la espiritualización o si quiere dirigirse hacia el descenso que la humanidad está tomando hoy en día.

La práctica de la vida debe desarrollarse con vistas a alcanzar el principio de que la felicidad del individuo no puede lograrse a expensas de la felicidad de los demás. Si el hombre no quiere comprender esto, fomentará el desarrollo descendente, marchito, de la humanidad. Hoy, en cierto sentido, nosotros, como seres humanos, nos enfrentamos a esta decisión: querer la ciencia espiritual o no quererla, y eso significa querer o el ascenso o el declive de la humanidad. Debemos sentir esto en todo lo que hacemos en detalle, debemos sentir que hemos sido colocados a través de nuestro karma como nuevo material en el desarrollo de la humanidad, como aquellos que deben dar sus poderes como fuerzas elementales que deben abrirse camino hacia arriba.

Cuando nos sentimos así, la Teosofía se convierte ya en un sentimiento práctico, en una sensibilidad práctica en nosotros, y la conciencia de lo que realmente estamos haciendo se instala en nuestros corazones cuando desarrollamos la aparentemente insignificante actividad que desarrollamos en tales ramas antroposóficas. No como un pasatiempo, un capricho de individuos, sino como una comprensión de las necesidades más profundas de una nueva era emergente.

He querido mostrarles cómo se entrelazan las cosas para que podamos comprender realmente el progreso de la humanidad. Piensen por un momento en la proposición de que el hombre es un ser autoconsciente, que por lo tanto debe saber lo que es, y que sólo autoconociéndose en su esencia puede cumplir su destino en el mundo; que por lo tanto todos aquellos que no quieren saber nada sobre la esencia del hombre no tienen la voluntad de situarse en el mundo de la manera correcta. Recuerden cómo hablaba un espíritu que presintió mucho de lo que hoy surge como Teosofía. Johann Gottlieb Fichte hablaba una vez de sus elevadas ideas en las conferencias «Sobre el Destino del Erudito». Cuando quiso escribir un prefacio a estas conferencias, se le ocurrió que ahora saldría a la gente, pero sólo dirían: Sí, ideas muy bonitas, pero poco prácticas. ¿Cómo se puede introducir en la vida lo que allí se dice? - Pero Fichte era muy consciente de que la vida está constantemente guiada por ideas.

Merece la pena mencionar aquí un ejemplo. ¿Quién construyó el túnel de Simplón? Ningún ingeniero puede trabajar hoy sin cálculo diferencial e integral. Leibniz, que inventó el cálculo diferencial e integral, construyó básicamente todos los túneles y puentes de nuestro tiempo. Lo espiritual es el principio rector en todo en la vida, y podemos aprender de lo que escribió Fichte, aprender a fortalecer nuestra conciencia teosófica cuando la gente dice: «Oh, estas son ideas tan raras, nada prácticas. con este propósito, dice Fichte: El hecho de que las ideas no puedan trasladarse tan directamente a la vida es algo que los demás también sabemos, al igual que quienes nos lo echan en cara. Tal vez incluso lo sepamos mejor. Pero el hecho de que los demás no quieran saber nada en absoluto sobre las ideas sólo prueba que el sabio gobierno del mundo, el divino gobierno del mundo, no podrá contar con ellos. Que la naturaleza benévola, en la que ellos creen, les dé lluvia y sol en el momento oportuno, una buena digestión y, si es posible, ¡algunos buenos pensamientos!

En cierto sentido podemos fortalecernos diciéndonos a nosotros mismos: sabemos que como teósofos debemos cultivar la comprensión de lo que debe venir. Que una naturaleza bondadosa dé a los demás lo que dijo Fichte, pero también lo que necesitan en espíritu, lo que creen que no necesitan. Que el espíritu les dé pensamientos cada vez más sabios, para que también ellos no consideren la ciencia espiritual como un ensueño, sino que la reconozcan como un impulso importante para la humanidad.

Traducido por J.Luelmo ene,2025

GA062 Berlín, 12 de diciembre de 1912 Ciencias naturales e investigaciones espirituales

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GA062 Rudolf Steiner


CIENCIAS NATURALES E INVESTIGACIONES ESPIRITUALES 


sexta conferencia
Berlín, 12 de diciembre de 1912
     
Entre las acusaciones lanzadas contra la ciencia espiritual y la investigación espiritual en la actualidad, una de las más significativas es probablemente la de que esta ciencia espiritual o investigación espiritual se opone a los resultados bien establecidos de la ciencia natural, esa ciencia natural que es virtualmente, y con toda razón, llamada el orgullo de nuestra vida espiritual actual, de hecho, de toda nuestra vida cultural actual. Si esta acusación estuviera justificada, de que la ciencia espiritual y la investigación espiritual pretenden oponerse a estos resultados bien fundados de la ciencia natural, entonces sería verdaderamente malo para esta investigación espiritual.  Esto no sólo pondría en peligro su capacidad de acceder al entendimiento y al corazón del hombre contemporáneo, sino que también sería perjudicial para su justificación en general. Por lo tanto, a todo lo que se ha dicho en las conferencias anteriores sobre la relación entre la investigación espiritual y la ciencia natural, cabe añadir hoy esta reflexión episódica especial sobre la relación entre la investigación espiritual y la ciencia natural, antes de considerar a continuación una figura que sólo es accesible a la ciencia espiritual en un sentido eminente: la figura de Jakob Böhme.

La investigación espiritual, tal como se entiende aquí en estas reflexiones, se presenta sin duda como algo que, comparado con los hábitos de pensamiento y los afanes espirituales de nuestro tiempo actual, aparece a menudo como algo nuevo, como algo que se sale de estos modos habituales de pensar, de los modos de pensar de la vida espiritual contemporánea. Y la pregunta es obvia: ¿Cómo es que precisamente en una época en la que la persona culta, que se interesa por las cuestiones espirituales en general, deposita toda su esperanza en lo que puede dar de sí la ciencia natural? ¿Cómo es que se sitúa en mitad del cortejo triunfal del pensamiento científico? Época tal en la que esta ciencia espiritual quiere afirmarse.

Quizás sea más fácil responder a esta pregunta si echamos un vistazo a la vida intelectual del último tercio o quizás de la segunda mitad del siglo XIX. Esta es la época en la que la investigación científica no sólo se elevó gloriosamente, experimentando victoria tras victoria, hasta su apogeo, sino que es también la época en la que crecieron cada vez más las esperanzas de que toda la información posible sobre el significado de lo que puede llamarse espíritu y vida espiritual tendría que venir también del lado de la ciencia. Quien experimentara la vida espiritual del último tercio del siglo XIX con plena conciencia, o digamos, quien estuviera en condiciones de dejar que las grandes esperanzas de esta vida espiritual del siglo XIX surtieran efecto en él, por ejemplo en los años ochenta del siglo XIX, podría advertir cómo en aquella época, llegaban desde todos los ámbitos de la investigación científica las preguntas que parecían tener que situar todo el pensamiento humano sobre una base nueva que rompiera con lo antiguo.

Sólo hay que señalar una cosa. En los años setenta y ochenta, los interesados en la vida espiritual pudieron familiarizarse con lo que en aquel momento era más o menos nuevo en el campo de las ciencias naturales, por ejemplo con la teoría mecánica del calor. En aquella época, quienes ya estaban familiarizados con el conocimiento científico veían algo como la teoría mecánica del calor como un tremendo logro del espíritu humano. Pero quizá nos interese menos el punto de vista de una persona así que el de alguien que se ocupaba principalmente de la cuestión espiritual de la cognición. ¿Qué veía una persona así?

Tal persona puede haber notado que entre las diversas impresiones sensoriales que asaltan al hombre en el uso de sus sentidos está la sensación de lo que se llama calor o, digamos, calor y frío. Al igual que el color, la luz y el sonido, el calor es inicialmente una impresión sensorial. El hombre siente a través de sus sentidos cómo el mundo que le rodea se encuentra en un cierto estado de calor, y percibe primero este calor como una impresión en sus sentidos.  En aquella época, de la que acabamos de hablar, se consideraba como un hecho, probado por las investigaciones de la época, que lo que el hombre llama calor, que cree que se extiende en el espacio de la manera que él lo percibe, impregna los cuerpos y afecta a los seres, no era objetivamente otra cosa que el movimiento de las partes más pequeñas del cuerpo fuera en la naturaleza. Así que podrías decirte uno a sí mismo: Si pones tu mano en agua tibia y percibes un cierto estado de calor, entonces esta sensación de un estado de calor es sólo una apariencia. Lo que te aparece allí como la impresión inmediata es sólo una apariencia, es sólo un efecto en tu organismo que es causado por algo que está fuera. Es sólo una especie de movimiento a pequeña escala; tú no percibes el movimiento. Las partes más pequeñas del agua están en movimiento, pero no es el movimiento lo que percibes; más bien, dado que el movimiento es tan rápido, no lo percibes como tal, pero te da la impresión de calor. Cuando en aquella época aparecieron libros como «El calor, considerado como un tipo de movimiento», se consideró un gran logro de la época, y los más jóvenes tuvimos que estudiar cómo las partes moleculares más pequeñas se mueven en un líquido, en un gas, chocan contra las paredes en su agitación, chocan entre sí en su interior, y quedó claro que lo que es agitación interior da la apariencia de lo que en percepción se llama calor.

De allí emanó un cierto hábito de pensamiento, una cierta manera de ver los fenómenos naturales, y yo mismo aún recuerdo cómo, cuando era pequeño, mi director, entusiasmado con este logro científico de su tiempo, consideraba todas las fuerzas naturales como tales, desde la gravedad hasta el calor y las fuerzas químicas y magnéticas, etcétera, como una mera apariencia y veía lo real en esos movimientos, en esos sutiles estados de movimiento en el interior de los cuerpos. Por ejemplo, aquel director, -Heinrich Schramm era su nombre-, veía la gravedad, la fuerza de gravedad, la gravitación, sólo como un movimiento de las partes más pequeñas de los cuerpos. Dentro de tal visión de la naturaleza, había realmente algo que podía llevar a decir: ¡Así que todo lo «real» es sólo, digamos, el espacio extendido hasta el infinito, la materia situada en este espacio, dividida en las partes más pequeñas, y los movimientos de esta materia! Y bien podría surgir la esperanza de que, al igual que el calor, la electricidad, el magnetismo y la luz, por ejemplo, podrían explicarse como una reactividad sutil de las partículas más pequeñas de la materia, también sería posible un día explicar la actividad del pensamiento, la actividad del alma, como una reactividad sutil de esa materia que compone el cuerpo humano o animal.

 Después vinieron varias fases en el desarrollo del pensamiento científico-teórico. Mientras que en los años ochenta del siglo XIX, por ejemplo, la luz y todo el mundo del color, si uno era físico, debían entenderse como una especie de apariencia y debían estudiarse movimientos y movimientos infinitamente complicados y sutiles dentro de la materia y el éter, luego se vio en el transcurso de los años ochenta que uno se confundía con estos movimientos sutiles y se limitaba más a visualizar los fenómenos, los hechos tal como se presentan, a expresarlos mediante el cálculo, a describirlos, y no tanto a especular sobre aquello que se supone que no es perceptible después de todo, sino que sólo se supone que subyace a todo: sobre las más sutiles reactividades de la materia y el éter. Eso pertenecía más bien al campo de la física.

En dicho ámbito físico, cuando se consideraban estas sutiles reactividades de la materia, era de tal modo que no se veía ninguna posibilidad real de salir del hábito de pensar que surgía con respecto a algo que debería permitir captar lo espiritual en su inmediatez. El considerar lo espiritual de la manera que se ha expuesto aquí en las últimas conferencias, hacía retroceder, por así decirlo, a la ciencia natural. A esto hay que añadirle también otras cosas. Quienquiera que estuviera implicado en el desarrollo de la ciencia natural en aquella época, no sólo se enfrentaba a lo que se acaba de describir, sino también al desencadenamiento de todo cuanto, por ejemplo, habían revelado los grandes descubrimientos de Schleiden y Schwann en la primera mitad del siglo XIX, gracias a los cuales se encontraron las partes más pequeñas, las células, dentro del organismo vegetal y animal. Esto no sirvió para demostrar la realidad de los átomos y las moléculas, pero contribuyó a que las formas orgánicas se remontaran a los bloques de construcción más pequeños, a las células, que en sus formas sólo eran accesibles al microscopio. Después se desencadenó lo que va vinculado al nombre de Darwin, y la gran obra de Ernst Haeckel, que había extendido la teoría de Darwin a los seres humanos en los años sesenta, siguió causando impresión.

De este modo se tenía ante sí una forma científica de ver las cosas, que empezaba por lo más simple en el mundo vegetal y animal y observaba cómo se iban perfeccionando, desde los seres imperfectos a los más perfectos y hasta el hombre, los propios órganos individuales de tal manera que se podía determinar el desarrollo de los órganos individuales que eran más complejos, a partir de los más simples por comparación, por así decirlo. Se compiló una enorme cantidad de perspectivas de conocimientos. La amplitud y extensión de este material era realmente tan grande que en los años setenta del siglo XIX, por ejemplo, uno de los expertos en Anatomía Comparada más importantes de la actualidad, Carl Gegenbaur, pudo decir en su «Anatomía Comparada» (1878) que en las últimas décadas se había reunido una enorme cantidad de hallazgos individuales que mostraban lo emparentados que están los seres vivos en relación con sus órganos, y que cabía esperar la posibilidad, -pensaba Gegenbaur-, de elevar los hallazgos a «conocimientos»; y se prometía a sí mismo que a través del método darwiniano sería posible demostrar lo que la comparación de los órganos de los seres vivos más elevados con los de los seres menos perfectos mostraría irrefutablemente, que también había una descendencia de los seres vivos perfectos a partir de los imperfectos en el sentido físico. Así pues, la cadena se veía cerrarse, por así decirlo, en la evolución desde los seres vivos imperfectos hasta los perfectos, por supuesto, hasta el hombre, y uno podía decirse a sí mismo que mediante una suma oficial de aquellas fuerzas y actividades que ya prevalecen abajo en los seres vivos más simples, sí, incluso mediante una suma de las fuerzas y actividades en la naturaleza sin vida misma, surgiría finalmente el ser más complejo que conocemos, el físico humano.

Se depositaron inmensas esperanzas en este ideal científico. En aquella época era difícil distinguir entre lo que eran hechos científicos y lo que se añadía a los hechos, se especulaba sobre ellos, porque para cualquiera que pensara detenidamente había una diferencia entre los hechos y las teorías. La diferencia consistía en que podía uno decirse a sí mismo: Si uno trabajara tan cuidadosamente, tan sutilmente como lo hizo el propio Darwin, especialmente en sus primeros años, entonces encontraría una enorme cantidad de relaciones mutuas, de puntos de comparación mutuos entre los seres vivos concretos, desde los imperfectos reinos animal y vegetal hasta el hombre. Pero había, podríamos decir, una diferencia entre lo que surgía como un hecho de la semejanza de la estructura externa, o de la semejanza de los procesos internos, y lo que sólo se podía imaginar: la hipótesis, la suposición de la descendencia de los seres vivos perfectos a partir de los imperfectos, porque esta descendencia no se podía rastrear según los hechos conocidos hasta el momento. Teníamos ante nosotros la suma total de los seres vivos, los más perfectos y los menos perfectos. La descendencia como tal, sin embargo, seguía siendo sólo una hipótesis para aquellos que podían pensar a fondo, si querían permanecer en terreno científico. Pero el material era impresionante.

Lo que surgía de la investigación científica penetraba profundamente en el alma de las personas, a veces destrozándolas con los grandes conocimientos que se podían obtener. También había muchas otras cosas. Hay que hacer algunos puntos individuales en la conferencia orientadora de hoy. Por ejemplo, Helmholtz hizo un tremendo descubrimiento en el campo de los fenómenos de la luz y los efectos de la luz en el órgano humano del ojo, como Helmholtz también lo hizo con respecto a los fenómenos del sonido y el tono y el efecto del sonido y el tono en el oído humano, en el órgano humano de la audición. Esto nos familiarizó con el proceso visual, que antes seguía siendo un misterio. También se aprendió a reconocer lo que ocurría en el oído, por ejemplo, qué complicada estructura milagrosa, se podría decir que en el oído se encuentra un aparato parecido a un piano. Muchas cosas que antes parecían meramente imaginarias eran ahora reemplazadas por una comprensión más precisa de la estructura de los órganos humanos. Uno podía decirse a sí mismo: Lo que afuera es sólo movimiento, actividad, se transforma, -tal transformación resultaba, como acabamos de ver, muy esencialmente de la teoría mecánica del calor-, a través de las cosas maravillosas que ahora se dilucidaban en los órganos en relación con las percepciones que viven en las almas. Y la vida interior del alma se construye finalmente a partir de lo que nuestros órganos forman de los efectos de la materia y del espacio.

Se puede describir realmente de muchas maneras, todo el proceso espiritual que tuvo lugar en las almas en aquel tiempo, de tal manera que se puede decir: Las almas se quedaron atónitas por todo lo que se encontró allí a gran escala y en detalle. Uno tenía que decirse a sí mismo: Una época anterior no sabía nada de todo esto. Algunas de las tradiciones que existían sobre la vida del alma humana parecían ahora obsoletas cuando se empezó a estudiar por primera vez el efecto de la materia y sus movimientos sobre el organismo humano, a estudiarlo científicamente en el verdadero sentido de la palabra. 

Para el científico espiritual todo el asunto era, digamos, menos importante por los detalles que porque uno tenía que admitirse a sí mismo que para entrar en las amplias perspectivas que se abren en un mundo puramente de hechos, se necesita algo que inicialmente uno no cree que esté presente en las antiguas observaciones de la vida del alma o de la vida del espíritu. En muchas almas que vivieron todo esto en el último tercio del siglo XIX, surgió el siguiente sentimiento. Las almas podían decirse a sí mismas: «Ciertamente, la antigüedad se atrevió a pensar muchas cosas sobre las grandes cuestiones, por ejemplo, sobre la alternancia de la vigilia y del dormir, sobre la cuestión de la inmortalidad del alma humana, sobre las cuestiones de la muerte y la vida, sobre el entorno de la existencia, etcétera. Pero si se tiene en cuenta todo el proceder metódico de pensar, todo el modo en que se llevaba a cabo la investigación espiritual en aquellos tiempos antiguos, de los cuales surgen tales tradiciones de investigación del alma, y se compara con el modo estricto y concienzudo de la investigación científica moderna, entonces lo que nos ha llegado de aquellos tiempos antiguos simplemente queda por detrás del método estricto y concienzudo de la investigación científica actual. Aunque el investigador espiritual no se viera afectado por los resultados de la investigación natural, aunque tal vez no se dejara llevar por los resultados, una cosa también tenía un poderoso efecto sobre el investigador espiritual: la cantidad de pensamiento científico natural, la concienciación, el tremendo sentido de la verdad del pensamiento científico natural.

Ante tal hecho, tuvo que desarrollarse en quienes querían tener algo que ver con la ciencia, ya fuera ciencia natural o ciencia espiritual, un impulso que puede caracterizarse así: La ciencia en el sentido más serio de la palabra, que puede dar el tono a la vida espiritual del presente, sólo puede buscar su salvación en ese pensamiento riguroso, en esa investigación verdaderamente concienzuda, como la que puede aprenderse de la ciencia natural. Tal instinto se transforma gradualmente, y debe transformarse también en el investigador científico-espiritual, en una especie de conciencia científica. Se podría decir: Ciertamente, como en todos los tiempos, también en los tiempos modernos el alma tiene la urgencia y el impulso de conocer su propia naturaleza y su propio ser, de conocer sobre todo los procesos que van más allá del nacimiento y de la muerte.  Pero, para quienes miran con claridad e imparcialidad, lo único que puede dejar huella en la cultura de nuestro tiempo es lo que se adelanta al tiempo según el patrón del pensamiento científico. Sin duda hemos visto aparecer en el mercado espiritual muchas cosas sobre todo tipo de cuestiones espirituales, -uno quisiera decir hoy-. Hemos visto mucho que estaba y sigue estando verdaderamente alejado del concienzudo método de pensamiento formado en la ciencia natural; pero podríamos decirnos: Tales cosas pueden a veces causar una impresión aquí o allá por un tiempo a causa de la frivolidad, a causa del convencionalismo del pensamiento contemporáneo, pero tal impresión no puede durar mucho tiempo, porque incluso los más cómodos se preguntarán en última instancia: ¿Qué puede decir el pensamiento concienzudo formado en la ciencia natural sobre lo que supuestamente se ha investigado acerca del mundo espiritual?

Así surgió la necesidad de que los investigadores del alma llevaran a cabo investigaciones totalmente según el modelo de la ciencia natural. Se podría decir que la psicología, la teoría del alma de Franz Brentano, que ya se ha mencionado aquí, es una especie de ideal que no se ha completado. De todos estos volúmenes, sin embargo, sólo se publicó uno, el primero, en la primavera de 1874, y aunque se prometió que el siguiente volumen aparecería en el otoño del mismo año, aún no ha aparecido.

Brentano no procedía según el patrón de aquellos investigadores del alma de los cuales se dijo la última vez que excluyen por completo las grandes cuestiones, por ejemplo, sobre la naturaleza de la alternancia del dormir y la vigilia, la cuestión de la inmortalidad del alma humana y similares, sino que quería tratar todas estas cuestiones enteramente según el patrón de la estricta metodología científica. Él fracasó. ¿Y por qué fracasó? Franz Brentano nunca pudo decidirse a tomar el camino que se ha mostrado necesario para el presente, ¿Por qué un espíritu como el de Brentano fracasó? Pues precisamente porque no quiso tomarlo. Este camino ha sido caracterizado en las conferencias pasadas y especialmente la última vez. De este camino se mostró que él es el único apto para conducirnos a los reinos superiores, a los reinos espirituales de la existencia, a aquello que también va más allá del nacimiento y de la muerte. Franz Brentano no pudo decidirse por este camino. Demostró formalmente de manera negativa que hay que ir por este camino si se quiere llegar a un fin, a una meta, por el hecho de que su teoría del alma se quedó en el primer volumen, que todavía no tiene nada que ver con todas las grandes cuestiones que se acaban de mencionar, que todavía no podía llegar a las grandes cuestiones como él pretendía.

He intentado ofrecerles una imagen de la vida espiritual de los años ochenta del siglo XIX, en la que estaban inmersos quienes buscaban entonces su camino en los reinos espirituales. Si ustedes dejaran que todo lo que ahora se ha mencionado calara hondo, no podrían seguir fácilmente los productos inicialmente esporádicos de la floreciente ciencia espiritual que surgió en aquella época. En primer lugar, me gustaría llamar la atención sobre el hecho de que no sólo en medio de la propia investigación científica, sino también en medio de la educación científica de la época, apareciera una obra como el «Budismo esotérico» de A. P. Sinnett.

No discutiré ahora la cuestión del título, que el budismo aquí no tiene nada que ver con el Buda y el budismo tal y como se entiende como credo religioso, sino que señalaré que este libro, que se dio a conocer en las regiones alemanas en los años ochenta del siglo XIX, ofrecía en primer lugar una visión general de los fenómenos mundiales, del gran curso de los acontecimientos cósmicos y también de las cuestiones que tienen que ver con la naturaleza del hombre, así como con las relaciones de una vida que va más allá del nacimiento y la muerte. Lo que se comunicaba en este libro podía parecer sorprendente al principio. Porque cualquiera que dirigiera su mirada a las cosas espirituales podría, como tal, estar de acuerdo hasta cierto punto con gran parte de lo escrito en el «Budismo Esotérico» de Sinnett. Algunas cosas no contradecían lo que uno podía y estaba autorizado a pensar, incluso si uno se mantenía estrictamente en terreno científico. Pero había una cosa que contradecía la educación científica de la época, una cosa que hacía imposible aceptar este libro como un fenómeno contemporáneo interesante, pero imposible estar de acuerdo con él tan fácilmente: Por ejemplo, que este libro, en toda su forma de presentación, en el resumen de las cosas y en la manera en que estas cosas se sacaban de sus fuentes, no se justificaba de ninguna manera ante la estricta educación científica y la veracidad, y que una persona educada científicamente, por mucho que estuviera de acuerdo con los resultados individuales y los mensajes de este libro, tenía que sentirse repelida por toda la forma de presentación.

Lo mismo pasaba con muchas otras obras que aparecían en este campo. Pasó incluso en el caso del libro de la justamente famosa H. P. Blavatsky, aparecido a finales de los ochenta y principios de los noventa: «La Doctrina Secreta». Quien tenía que tratar con estas cosas podía decirse a sí mismo: En este libro se puede encontrar un profundo conocimiento y comprensión de las cosas espirituales, pero toda la forma de presentación es tan caótica, tan mezclada con diletantismo natural-científico, que es particularmente evidente en la lucha contra las teorías e hipótesis natural-científicas, que el instruido en las ciencias naturales no puede seguir con este libro en absoluto.

De ahí que surgieran dos cosas, por así decirlo: para alguien que tuviera corazón y mente para la existencia de un mundo espiritual, existía por un lado el modo de pensar científico, todo el modo de pensar científico. Podía entrenar su conciencia científica en ello, podía liberarse de todo diletantismo si se comprometía seriamente con ello. Pero también podría aprender de él cómo llevar a cabo una investigación rigurosa de los hechos y cómo, a través de esa investigación de los hechos, llegar a resultados fiables que tengan un impacto real en la vida, que sean fundamentos no sólo para una teoría, sino para los hechos de la vida. Por otra parte, sin embargo, tal persona podría decirse a sí misma: Pero allí donde se pretende obtener algo de la propia ciencia natural para una interpretación espiritual de los fenómenos de la vida, allí donde la ciencia natural lo intenta precisamente a través de sí misma, poco se puede exprimir de ella para lo espiritual, tanto menos cuanto más estrictamente proceda en el terreno de lo fáctico. Por lo tanto, probablemente había razón para que tal persona, que estaba tan interesada en el asunto, mirara un poco hacia atrás en la historia del desarrollo de la humanidad. Allí pudo aprender que, aun prescindiendo de la investigación científica espiritual, algo se ha recogido en los diversos documentos espirituales de pueblos y épocas, algo yace allí en una forma documental puramente externa, que incluye un grandioso núcleo espiritual de conocimiento, que, si uno lo mira más de cerca, no es fácil de asimilar. Pero cuanto más se profundiza en este material recopilado, más ofrece una visión de la vida espiritual, aunque uno no pueda acercarse a la forma en que está representado, o a la forma en que debe haberse encontrado según este oficio de representación.

Sólo para aquellos que lo miran superficialmente lo que contiene la antigua sabiduría egipcia o caldea puede ser sólo una suma de sueños humanos. Pero quien la examine más profundamente no encontrará ensueños, sino que verá de hecho cuánta información perspicaz sobre la naturaleza del espíritu y su eficacia está contenida en estas cosas en muchas formas que parecen grotescas al día de hoy. Y al igual que con la sabiduría egipcia o caldea, esto es particularmente válido para la antigua sabiduría india, en las proporciones en que ha sido transmitida. Por supuesto, algo como la sabiduría india, con la grandiosa y significativa impresión que debe causar en todo el mundo, no debe verse con el ojo de un filósofo moderno, como Deußen, por ejemplo, sino que habrá que empatizar imparcialmente con aquello que sea internamente plausible respecto a ciertas conexiones espirituales. Pero se puede notar una cosa: por la manera en que se presenta el conjunto, es evidente que un conocimiento espiritual del tipo al que nos enfrentamos no se obtiene de la misma manera y menos aún con un método como el de nuestros métodos actuales de investigación, gracias a los cuales la ciencia natural avanza de triunfo en triunfo. Cuando se tiene precisamente la suficiente imparcialidad para reconocer con certeza la ciencia natural por un lado, y por otro abrirse a la forma en que resuenan desde la antigüedad un logro espiritual y una obra espiritual, entonces ya podrá dejar que las abrumadoras percepciones llenas de luz de la vida espiritual surtan efecto en uno mismo y también verá al mismo tiempo lo completamente diferentes que debieron ser los métodos con los que se obtuvieron esas percepciones científico-espirituales en la antigüedad.

Ahora bien, la propia investigación espiritual nos muestra de qué manera tan diferente se adquiere lo que podemos llamar con razón la antigua sabiduría india, por ejemplo, que nos muestra percepciones que penetran profundamente en la esencia de las cosas. Allí encontramos que esta sabiduría no se obtiene a través de la observación externa, ni a través del tipo de pensamiento que hoy llamamos científico, sino de un modo similar de autoconocimiento espiritual, como podríamos caracterizarlo aquí para los tiempos modernos. Se aplicaban métodos de yoga, métodos de autoeducación del alma.Éstos llevaban al alma a no limitarse ya a ver, percibir y reconocer del mismo modo que se percibe y reconoce en la vida cotidiana ordinaria, sino a sentir surgir en su interior facultades superiores de conocimiento, que pueden ver los mundos espirituales que se abren a nuestro alrededor, si tan sólo abrimos los órganos para ellos en nuestro interior. Pero para la existencia dentro de la vida física, todo lo que se nos presenta como actividad del alma está, sin embargo, ligado en cierto modo al instrumento del cuerpo físico. Y ahora una investigación espiritual nos muestra cómo la antigua investigación india estaba a su vez ligada al instrumento del cuerpo físico de una manera diferente a nuestra investigación actual, como es común en la ciencia natural. La ciencia natural actual investiga a través de los sentidos y a través de la mente, que está ligada al instrumento del cerebro. ¿A qué llevaba al hombre el método del yoga? Lo que le aportaba sólo puede indicarse brevemente aquí, porque sólo queremos orientarnos en la relación entre la ciencia natural y la ciencia espiritual.


Con los métodos del yoga, la gente desconectaba inicialmente el instrumento pensante del cerebro hasta cierto punto, e incluso desconectaba todo lo que interviene el resto del sistema nervioso superior. El instrumento de esta visión estrictamente interior en los métodos del yoga era precisamente esa parte del sistema nervioso humano que hoy nos aparece en la ciencia natural como una parte subordinada, pero que está en el sentido más estrechamente ligado a las funciones del propio organismo humano, lo que llamamos el plexo solar y el sistema nervioso simpático. Del mismo modo que nuestra investigación científica actual está ligada al sistema nervioso superior, los antiguos métodos de iluminación estaban ligados a ese sistema nervioso que hoy consideramos en cierto sentido como inferior. Pero dado que este sistema nervioso subordinado está ligado a las fuerzas de la existencia y a las fuerzas de la vida y está íntimamente conectado con aquello a través de lo cual el hombre mismo está inmerso en la existencia divino-espiritual, dado que por lo tanto está conectado con las fuentes de la existencia humana, con la ayuda de este instrumento uno no sólo reconoce el resplandor de lo espiritual en el organismo humano; sino que, al igual que se mira en los mundos de la luz con sus ojos, también se miraba en los mundos espirituales con el instrumento del sistema nervioso simpático y se veían en ellos hechos y entidades concretas.

Quien sea capaz de comprender a alguien que está tan inmerso en sus propias profundidades, incluso según el instrumento, en cómo es capaz de relacionarse con el universo, comprende también cómo ha llegado hasta nosotros esa antigua sabiduría oriental. Si seguimos las antiguas sabidurías, las encontramos mostrándose por todas partes, saliendo a la superficie del pensamiento humano a través de antiguos métodos de investigación, a través de antiguos métodos de yoga. Entre los pueblos más diversos encontramos las más diversas sabidurías, y si sólo nos ocupamos de ellas, penetramos cada vez más en sus profundidades y reconocemos cómo la humanidad llegó a ellas en aquellos tiempos en que sabía relativamente poco de la astronomía física, la anatomía, la fisiología, etc. actuales. En la antigua sabiduría india no se sabía cómo era realmente el cuerpo físico del hombre, tal como se conoce hoy; pero era posible ponerse en el lugar de una actividad del organismo sirviéndose del sistema nervioso más profundo. Y lo mismo ocurría con otros pueblos.

Ahora bien, dejando vagar la mirada, por así decirlo, sobre todo lo que fue efectivo como tal sabiduría antigua hasta el siglo VI de la era precristiana, se puede penetrar hasta, por ejemplo, los antiguos tiempos griegos. Allí encontramos, aparte de todo lo demás, un pensador excepcional, un pensador que ha sido tan a menudo malinterpretado en términos de bien como de mal: Aristóteles, que estuvo activo apenas unos siglos antes de la fundación del cristianismo. Hoy nos sigue pareciendo extraño. Si lo analizamos de este modo, en primer lugar encontramos en él algo de lo que hoy llamamos ciencia natural en muchos ámbitos. Porque en la sabiduría antigua no existe la ciencia natural en el sentido moderno. Incluso en el siglo XIX, las personas que querían situarse estrictamente en el terreno y sólo en el terreno de la ciencia natural hablaban en los términos más elogiosos de lo que Aristóteles transmitió sobre la ciencia natural. Así pues, en Aristóteles encontramos los puntos de partida de lo que aún hoy puede llamarse investigación científica. Además, encontramos en él una doctrina desarrollada del alma humana.

No entraremos en los detalles de su doctrina del alma, sino que sólo llamaremos la atención sobre cómo se relaciona la doctrina de Aristóteles sobre el alma humana con lo que resplandece desde la antigüedad sobre el alma humana y su conexión con los grandes mundos espirituales. Sólo se puede comprender lo que Aristóteles escribió sobre el alma si uno se da cuenta de que todo esto es relatado por él como una tradición del viejo y antiguo pensamiento, tradición adquirida de la manera que acabamos de describir. Aristóteles ya no está familiarizado con los métodos de investigación de la antigüedad; le son más lejanos. Pero lo que él pudo decir sobre la organización, sobre la división del alma humana, sobre la diferencia entre la parte del alma humana que está ligada sólo al cuerpo físico y por lo tanto también a la muerte, sobre lo que después de pasar por la muerte participa de una vida espiritual en la eternidad, lo que Aristóteles es capaz de decir sobre todo esto es como una tradición de la antigüedad, que él conoce en su contenido, que él recibió de tal manera que pudo decir: tiene sentido para mi mente. Pero sólo conoce los miembros individuales, lo que él llama, por ejemplo, el alma vegetativa, el alma espiritual, etcétera. Ya no sabe cómo están conectados los miembros individuales con el mundo espiritual.

Él puede enumerar las partes individuales, describirlas y clasificarlas de acuerdo con la razón, y también puede hacerlas plausibles para la mente, pero ya no puede mostrar cómo se conectan estas partes del alma humana con el mundo espiritual.

La corriente aristotélica pasó luego a épocas posteriores. La ciencia natural se fue desarrollando cada vez más. Hubo, por supuesto, la baja época medieval y el nuevo amanecer de la ciencia natural al comienzo de la nueva era, pero si uno hace caso omiso de esto, se puede decir que la ciencia natural se desarrolló cada vez más.

¿Cuál es la base de la relación del hombre con la ciencia y los objetos de la ciencia natural? Pensemos para nosotros mismos, si el hombre estuviera solo con sus sentidos, si no pudiera abrir sus sentidos, para conectarlos, por así decirlo, a los reinos de la naturaleza que se despliegan a nuestro alrededor, ¿Qué sería de la vida humana individual sin la integración en la naturaleza? Examinemos la cuestión de forma elemental. Si no pudiéramos conectar nuestros ojos con la naturaleza, « quizás podríamos apretarlos y así tener algo que sería como un resplandor de luz interior. Pero comparemos la miserable vida interior en todo el mundo físico, que el hombre sólo podría tener a través de sí mismo si no pudiera conectarse con los reinos de la naturaleza. Compárese con la rica vida que se abre cuando el hombre abre sus ojos y otros órganos sensoriales a los reinos de la naturaleza y sus impresiones. Somos seres humanos en el sentido de que no sólo vivimos en nuestro interior, sino que abrimos nuestros órganos a los reinos de la naturaleza que se despliegan a nuestro alrededor, y en el sentido de que interactuamos con estos reinos.

Si sólo pudiésemos saber lo que el ojo, lo que los otros órganos de los sentidos pueden producir por sí mismos, ¡qué pobres de contenido seríamos como seres humanos aquí en el mundo físico! Esto hay que compararlo con lo que la vida del alma llegó a ser gradualmente en los tiempos en que la ciencia natural estaba apenas emergiendo y yendo de triunfo en triunfo.

En cuanto a la vida del alma, se continuó, por así decirlo, lo que había proporcionado Aristóteles. Uno sólo se ocupaba de la contemplación de los fenómenos del alma en sí mismos. Pero eso es como permitir que los sentidos sólo actúen en sí mismos, y hasta el día de hoy la ciencia oficial del alma lo ha hecho así. Hasta nuestros días, el contenido de la ciencia oficial del alma no es más que lo que puede compararse con la mera actividad interior de nuestros órganos de los sentidos o de nuestro cerebro, cuando los pensamientos del cerebro no se dirigen hacia el mundo. Pero ya hemos visto en las conferencias anteriores cómo a través de los métodos de la ciencia espiritual, y éste era también el caso de la antigua ciencia espiritual, el alma se vincula hacia arriba con reinos espirituales que son tan concretos e interiormente formados como los reinos que nos rodean en el mundo físico a los que están vinculados los órganos de los sentidos.

Durante cierto tiempo no se tuvo acceso a estos reinos espirituales, a estos hechos y entidades espirituales muy concretos, lo que permitió que madurara la investigación científica externa, y así el conocimiento de la vida del alma se empobreció cada vez más porque faltaba la perspectiva espiritual tras las confirmaciones concretas de la aflicción espiritual. En el mejor de los casos, todavía se exploraba el alma en su vida interior, como hizo Franz Brentano en los años setenta del siglo XIX, como puede verse en su «Psicología».

Pero su investigación es como si uno fuera a investigar el ojo sólo en relación con lo que puede hacer a través de sí mismo, y no en relación con lo que puede hacer cuando se dirige hacia el exterior a los hechos de la naturaleza.

Ahora bien, puede decirse que precisamente debido a la atención cada vez mayor que se presta a los procesos físicos del ser humano, se ha desviado la atención de los mundos espirituales con los que el alma está conectada. Por un lado, el alma está conectada con estos mundos espirituales, que la acogen cuando ha atravesado la puerta de la muerte, o cuando entra en otro mundo mediante el dormir. Pero el alma, a través de sus órganos, de todo el sistema nervioso y de toda la circulación sanguínea, se halla vinculada con el mundo físico. A medida que la ciencia natural ha ido adquiriendo más y más importancia en sus métodos, la atención del hombre se ha visto atraída hacia esa conexión del alma que surge entre el alma y las conexiones físicas. Los resultados de la ciencia natural fueron tan grandiosos en este sentido que llenaron por completo a la gente, por ejemplo, de cómo el alma se vive a sí misma en sus vínculos con la circulación sanguínea, etcétera. Cada nuevo triunfo de la ciencia natural fue en cierto modo perjudicial para dirigir la mirada del alma a la vinculación con el mundo espiritual.

Hay algo más incluso. Quien quiera conocer un reloj, lo conocerá mal en todo su organismo si dice: «Veo cómo las manecillas del reloj se mueven hacia delante, tal vez haya un pequeño demonio en su interior que mueve las manecillas hacia delante». Si quien dijera tal cosa se sintiera superior a quien se limita a estudiar el mecanismo del reloj, se reirían de él, pues el reloj sólo puede ser conocido por quien realmente estudia su mecanismo. Y otra es aprender sobre el mecanismo del reloj y la vida intelectual del relojero o de la persona que inventó el reloj. Se puede ir en ambas direcciones: examinar el movimiento mecánico del mecanismo del reloj y aprender sobre el proceso de pensamiento humano que llevó a la invención del reloj. Sin embargo, no tendría sentido que alguien quisiera deducir algún tipo de demonio que puso en marcha todo el movimiento.

Esto, (aprender sobre el proceso de pensamiento humano que llevó a la invención del reloj), se fue perdiendo poco a poco para la humanidad a causa de la investigación humana, que en el caso del reloj correspondería a seguir el mecanismo espiritual hasta los pensamientos del inventor. Pues correspondería al alma humana seguir los pensamientos hasta las entidades del mundo espiritual. Por lo tanto, en la ciencia natural se pasó triunfalmente de hecho en hecho, es decir, a lo que corresponde al «mecanismo del reloj». Y se puede hacer una observación interesante: al mismo tiempo, los conocimientos que se transmitieron desde la antigüedad suelen perderse para la humanidad en aquellas épocas en las que un determinado conocimiento puede analizarse científicamente con precisión. Muy notablemente, a finales del siglo XVI y principios del XVII, vemos como el filósofo Descartes sigue teniendo cierta idea de que un ser semejante a un espíritu actúa en el hombre desde el corazón hasta la cabeza del hombre. Descartes todavía menciona ciertos espíritus de vida que no son de naturaleza física, pero cuyos poderes actúan entre el corazón y la cabeza. Después vemos cómo tal conocimiento desaparece cada vez más en la vida espiritual de la humanidad.

Quien se pregunte por qué esto es así puede recibir la siguiente respuesta. Aquí se constata históricamente, que simultáneamente a esta desaparición de la sabiduria de los procesos espirituales relativos al corazón, surgieron los conocimientos del organismo físico del corazón y de la circulación de la sangre. A principios del siglo XVII vemos por primera vez como el médico inglés Harvey publica su descubrimiento de la circulación de la sangre, y como Mamcello Malpighi en Bolonia muestra por primera vez como anatomista sobre la circulación sanguínea de la rana lo hábil que es toda la circulación de la sangre. De modo que la vista se fue orientando hacia el proceso sensorial. La sabiduria de los hechos espirituales fue, por así decirlo, desplazada hacia abajo por el conocimiento exacto del proceso sensorial. Si bien supuso un triunfo para la ciencia natural que Francesco Redi, nacido en 1624, propusiera la frase, que contradecía muchas afirmaciones anteriores, de que «todos los seres vivos proceden de seres vivos», si bien esta frase es un triunfo, podemos decir: al llegar a reducir lo orgánico como tal al germen, a lo físicamente indeterminado del germen orgánico, la humanidad se "olvidó" de cómo interviene en el desarrollo lo espiritual mismo, independientemente del germen orgánico,. La humanidad perdió el saber acerca del germen espiritual. Así fue poco a poco. Cuanto más conquistaba la ciencia natural, más se perdía la visión del mundo espiritual.

Estas cosas no son meras coincidencias, ni algo que se pueda culpar o criticar, sino que son procesos evolutivos necesarios en la modelación de la humanidad en su conjunto. Así debe ser. A menudo, mientras una cosa asciende y se desarrolla hacia arriba, la otra desciende. Lo que hoy admiramos de la ciencia natural, es más, lo que reconocemos como necesario, se nos presenta, si somos verdaderos conocedores del desarrollo de la ciencia natural, de tal manera que decimos: la ciencia espiritual no tiene la menor razón para combatir en modo alguno a la ciencia natural, siempre y cuando ésta se mantenga dentro de sus límites, ni tampoco tiene motivos para quejarse de la unilateralidad de la ciencia natural. Porque sólo no interfiriendo con todo tipo de especulaciones en la investigación científica, sino centrándose serenamente en los procesos físico-sensoriales, han llegado hasta nuestros días los grandes logros de la ciencia natural. De hecho, es precisamente en los albores de la vida intelectual moderna donde se puede rastrear cómo sólo mediante la resistencia al aristotelismo, y a su vez a lo que el aristotelismo justificaba en términos de contenido, espíritus como Galileo o Giordano Bruno lograron sus éxitos al negarse a interferir con nada que no fuera lo que se extendía ante sus sentidos y era suficientemente instructivo.

Hoy en día el investigador científico-espiritual debe enfrentarse al investigador en ciencias naturales de tal manera que diga: Cuanto más se mantenga la propia investigación científica pura de toda especulación y de todo filosofar, cuanto más se vuelva la mirada puramente a los hechos y no se invente todo tipo de esencias espirituales, sino que sólo se tome lo que realmente se puede investigar, mejor será para las ciencias naturales. El investigador científico-espiritual en particular quisiera defender la pureza de los hechos científicos de toda especulación científica natural o científico-espiritual. Por eso hoy se puede ser investigador científico-espiritual por un lado y por otro defender la autenticidad y justificación de la investigación científica natural. Y creer que el investigador espiritual tiene que ponerse en contra de la ciencia natural, no es mas que un prejuicio.

Otra cosa es cuando se trata de numerosas teorías que ya se acercan a la Ciencia Espiritual y que se quieren derivar de las teorías científicas. En este caso, el propio investigador de ciencias naturales se entromete en el terreno de la Ciencia Espiritual, en el cual, la mayoría de las veces está muy poco familiarizado. Pero del conocimiento científico natural, hay algo que permanece, incluso para la ciencia espiritual y la investigación espiritual: es la metodología concienzuda ya descrita anteriormente, el sentido concienzudo de la verdad, del que hemos hablado a menudo y que también hemos descrito en las conferencias anteriores, el atenerse a los hechos.

¿Cómo se producen estos hechos? Ya lo hemos visto:

Por el hecho de que en el alma humana se despliegan ciertas capacidades, que desde esta alma dan lugar a la conexión con las dimensiones superiores, del mismo modo que los sentidos dan lugar a la conexión con el mundo físico. Del mismo modo que los sentidos deben captar los hechos del mundo físico y mantenerlos intactos, sin estropearlos con especulaciones, así tampoco se trata de filosofar ni especular sobre los resultados de la observación clarividente, sino de adoptar aquí también el punto de vista estricto de los hechos. Entonces uno se sitúa estrictamente en el punto de vista de la ciencia espiritual, pero de manera muy similar en su campo, como uno se sitúa con seguridad en su terreno con respecto a la ciencia natural. Este es el tipo de ciencia espiritual que se representa aquí.

Únicamente esto es lo que puede ser la investigación espiritual, que se sienta responsable frente a las necesidades espirituales de nuestro tiempo. Y esto también surge inmediatamente en una investigación científica estricta, cuando la ciencia natural, comprendiéndose a sí misma, llega a sus límites en relación con los hechos de que dispone la ciencia espiritual.

Aquí nuevamente, los hechos me llevan a resultados bastante extraños. Sólo quiero recordarles lo que resulta si tomamos los puntos de vista del gran científico natural Du Bois-Reymond tal como los expresaba en sus conferencias. La conferencia más importante fue quizá la que pronunció sobre los «Límites del conocimiento natural», en la cuadragésima quinta reunión de científicos naturales y médicos alemanes, celebrada en Leipzig el 14 de agosto de 1872. Hay un pasaje en él, -y aún recuerdo la profunda impresión que me causó este pasaje cuando era muy joven y escuché por primera vez este discurso-, un pasaje que dice algo así como: «Cuando tenemos al hombre ante nosotros en su vida de vigilia, la ciencia natural no puede decir nada acerca de cómo la sensación, la imaginación, el deseo, la pasión o el afecto surgen de la actividad de las partes más pequeñas de su cerebro. "Qué conexión existe entre ciertos movimientos de ciertos átomos en mi cerebro, por una parte, y, por otra, los hechos que son originales para mí, no puede definirse más, no puede negarse: siento dolor, siento placer; pruebo la dulzura, huelo el aroma de las rosas, oigo el sonido de un órgano, veo el rojo, y la certeza que fluye igual de directamente de esto: Es absolutamente y para siempre incomprensible que un número de átomos de carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, etc. Los átomos no deben ser indiferentes a cómo reposan y se mueven, ni cómo reposarán y se moverán.»

Du Bois-Reymond consideraba imposible comprender científicamente la vida del alma en estado de vigilia de una persona. Por ello dijo: Si tenemos ante nosotros al ser humano dormido, en el que se extingue la vida de sensaciones, ideas, deseos, afectos, pasiones, entonces podemos explicar científicamente al ser humano dormido; entonces tenemos ante nosotros algo que podemos llamar una actividad, una actividad orgánica interior. Pero tan pronto como la vida entra en este organismo al despertar, -sensación, deseo, imaginación, etc.-, las cosas cambian. Entonces esta vida, este contenido anímico, no puede explicarse científicamente a partir de lo que el científico natural puede reconocer. El ser humano dormido, dice Du Bois-Reymond, es científicamente comprensible, el despierto no.

Eso por un lado. Por otro lado, lean los tratados más recientes sobre la naturaleza del dormir: encontrarán por todas partes admitido que la ciencia natural no sabe nada, por así decirlo, sobre las causas del dormir, que no sabe nada sobre el ser humano dormido, que, según Du Bois-Reymond, debería ser insondable. Por un lado, vemos la prueba del brillante progreso de la ciencia natural, que entonces admite sus límites en el hecho de que el ser humano despierto, con su vida anímica, no es científicamente comprensible. Por otro lado, sin embargo, tenemos, como en nuestros días, la admisión de que el dormir del hombre no puede ser explicado hasta el día de hoy. ¿Por qué no? No se debe a que el dormir pertenezca a esos ámbitos en los que el espíritu interviene en la vida ordinaria, el hecho de que no podamos explicar el dormir se debe a que no podemos explicar la vigilia.

En una de las primeras conferencias de este semestre de invierno, ya expuse cómo, en el mejor de los casos, se puede concebir en la ciencia natural un mecanismo que automáticamente, al cabo de cierto tiempo, produce el impulso de desconectar la conciencia y la actividad sensorial para eliminar el cansancio. Pero, como dije, si queremos limitarnos a la idea de que el dormir se produce por una especie de proceso independiente del organismo que procede como automáticamente, entonces no tenemos explicación para el retirado que ya no trabaja y, sin embargo, se echa la siesta por la tarde, y tampoco la tenemos para el dormir del niño pequeño que duerme más. Por otra parte, yo señalaba entonces que el dormir sólo puede explicarse si suponemos que en el ser humano dormido sólo tenemos el cuerpo físico y el cuerpo etérico tendidos en la cama, y que al dormirse un ser espiritual real, a saber, el cuerpo astral y el yo, se desplaza fuera de la entidad del ser humano. ¿Qué sucede como resultado del hecho de que durante el dormir el alma real del ser humano está, por así decirlo, fuera del cuerpo físico y del cuerpo etérico? Hablaremos de estas cosas con más detalle. Hoy sólo indicaremos lo siguiente.

Cuando el alma verdadera abandona el cuerpo físico y su vivificador, (cuerpo etérico o cuerpo vital), se produce algo que es lo contrario de la actividad de vigilia del alma. En la actividad de vigilia el alma está activa. Ningún miembro se mueve sin que el alma lo sepa. Mucho menos se evocan ideas sin que el alma haga uso del instrumento del cerebro. El alma debe estar activa en el estado de vigilia. Lo contrario ocurre mientras dormimos. Ahí podemos decir: El alma goza de su propia corporeidad en la vida dormida. Cuando procedemos según la investigación espiritual, hemos, de diferenciar, la actividad del alma y el goce del alma en el estado de vigilia y en el estado dormido, y comprendemos la interrelación entre el trabajo del alma y la actividad del alma y el goce del alma, que debe verterse en la actividad del alma si quiere continuar de manera correspondiente. Ahora ya no nos refuta el retirado que se echa la siesta por la tarde aunque no esté cansado en absoluto, sino que sabemos que el alma, cuando disfruta de su cuerpo, puede exagerar, y que se puede dormir cuando no se está cansado en absoluto. Esto lo comprendemos cuando sabemos cómo en ciertas constituciones el goce del cuerpo puede experimentarse en grado exagerado.

Todo esto puede entenderse si sabemos explicar el dormir desde el punto de vista de la ciencia espiritual. En otras palabras, hay una zona en la que la ciencia natural cree tener un dominio ilimitado y en la que la ciencia espiritual sólo puede interferir en la medida en que el espíritu lo impregna todo, incluidos los procesos naturales. Pero entonces comienza una zona donde ya no hay nada que pueda ser investigado por la ciencia natural, donde hay hechos, pero hechos que sólo pueden ser vistos si el ver no es un ver sensorial, sino un ver suprasensible. Si la ciencia espiritual procede con la misma conciencia y se acostumbra a pensar tan estrictamente en su campo como la ciencia natural lo hace en el suyo, no puede entrar en colisión con la ciencia natural. Sin embargo, de este modo, la ciencia espiritual se sitúa en un terreno que en muchos aspectos contradice lo que se ha desarrollado gradualmente en el curso de la vida espiritual de la humanidad.

Así vemos cómo aquellos que pueden considerarse precursores de la auténtica investigación espiritual, Goethe por ejemplo, tuvieron que luchar contra aquello que surgía en contra de la actividad investigadora espiritual. Lo vemos más claramente cuando observamos cómo se defendió Goethe una vez contra Kant. Después de todo, fue Kant el primero que trató de establecer cómo está ligado el conocimiento que ha surgido en los tiempos modernos, al instrumento del cerebro, el cual debe limitarse a la experiencia externa y no puede penetrar en los fundamentos del mundo con el que está conectada nuestra vida anímico-espiritual. De ahí la estricta frontera de Kant entre «ciencia» y lo que él llama «fe»; y para Kant, los reinos superiores sólo son accesibles a la fe. Por eso, en lugar del conocimiento de un mundo de eternidad o de lo divino-espiritual, coloca una fe que ha de insistir en el «imperativo categórico». Es por eso que decreta lo que debe ser el conocimiento en la ciencia espiritual como una mera creencia. Pero Goethe dice en su bello ensayo sobre «Anschauende Urteilskraft» con referencia a Kant: Si ya se puede tantear el camino hacia una región espiritual en la que arraiga lo divino-espiritual, de la cuál brota lo moral, ¿Por qué el espíritu humano, cuando se eleva hacia esta región espiritual, no ha de subsistir también realmente la aventura de la razón? Pues Kant llamaba «atrevida aventura de la razón» al hecho de que el hombre pretenda penetrar en zonas en las que, -según Kant-, no puede haber conocimiento.

Para el pensamiento occidental, la pregunta es: ¿Cómo se pasa de la ciencia natural a la ciencia espiritual? Se empieza no necesitando luchar contra la ciencia natural, sino reconociéndola plenamente, efectivamente, se puede ser un fiel reconocedor de sus éxitos, sin embargo la Ciencia Espiritual, siguiendo el patrón de la investigación científico-natural, extiende el conocimiento humano, completamente hacia aquellas áreas, con las que el alma en sus fundamentos espirituales está conectada, en aquellos impulsos que le dan vida, incluso cuando ha dejado el cuerpo físico y se prepara de nuevo para la formación de una nueva corporeidad posterior.

Será tarea de la verdadera investigación espiritual alejarse cada vez más de una ridiculización injustificada o del deseo de menospreciar las pretensiones justificadas de la ciencia natural de nuestro tiempo. Esto dependerá, naturalmente, del hecho de que la investigación espiritual sólo puede ser reconocida como justificada si conoce el estado de la investigación científica en el presente y si, por tanto, no va diletantemente en contra de lo que puede exigirse legítimamente a la educación científica del presente. Así como el científico natural no puede quedarse meramente en el examen de la naturaleza interna del ojo, del oído, del sentido del calor, etc., sino que al igual que el hombre tiene que dirigir lo que los sentidos son capaces de experimentar dentro de sí hacia el rico entorno concreto de lo físico, así también lo anímico debe ser reconocido, mediante la autoeducación, -a través de un nuevo tipo de entrenamiento de yoga, como se describió la última vez, pero de un nuevo tipo que difiere esencialmente de todos los tipos antiguos-, ella vive junto con aquello con lo que está conectada en lo espiritual, y que justo comienza allá donde la investigación científico-natural tiene su límite.

He aquí precisamente la relación, la relación entre la ciencia natural y la ciencia espiritual, pero también tenemos la posibilidad de una existencia real y de paz y comprensión mutua entre la ciencia natural y la investigación científico-espiritual. Si lo que ya se ha dicho en las conferencias pasadas a este respecto se mantiene junto con lo que se me ha permitido decir hoy de nuevo a grandes rasgos sobre la relación entre la ciencia natural y la investigación de la ciencia espiritual, entonces también se podrá obtener comprensión para la justificación de la investigación de la ciencia espiritual, y también comprensión para la posibilidad de que la investigación espiritual se sitúe en pie de igualdad con la ciencia natural en nuestro tiempo actual. Y cabe esperar que las justificadas objeciones, los justificados recelos que todavía hoy existen por parte de los científicos naturales vayan desapareciendo cuando éstos vean cómo en el campo de la investigación espiritual no sólo figuran todo tipo de cosas confusas, ni afirmaciones arbitrarias y supersticiones, sino cómo la investigación espiritual conoce bien lo que exige la educación científica del presente.

Si esto sucede, entonces la investigación espiritual aparecerá cada vez más justificada ante la conciencia científica actual, y entonces también se podrá comprender gradualmente, -partiendo de lo que surgirá dentro de los hechos de la vida espiritual-, que la investigación espiritual es realmente posible y está realmente justificada, y que las objeciones a la investigación espiritual pertenecen en realidad a un ámbito del que se puede decir algo parecido, que Goethe dijo una vez en relación con otro ámbito, a saber en relación con el aumento de la certidumbre por encima de toda incomprensión y de toda ilógica.

Al resumir la relación del investigador espiritual con quienes aparecen como enemigos de la investigación científico-espiritual, me gustaría concluir con unas palabras para recordarles algo que Goethe dijo una vez en relación con algo muy diferente. Goethe estaba pensando en una antigua doctrina y constatación griega sobre el movimiento, que, sin embargo, en muchos casos seguía desempeñando un papel en la filosofía más reciente, una doctrina que dice: si cualquier objeto está en movimiento, puede ser observado en cualquier momento, y en cualquier momento, incluso en el punto de tiempo más corto, está en reposo. Está en reposo, aunque sólo sea por un instante. Entonces no podría haber «movimiento» en absoluto, porque en cada instante de tiempo un cuerpo en movimiento está en reposo y, por tanto, no tiene movimiento. Esta es la conclusión Zenoniana del movimiento, y así es como el Helenismo ha perseguido hasta los tiempos modernos.

A Goethe le pareció muy extraña esta objeción al movimiento, y en una ocasión pronunció las hermosas palabras:
La hostilidad puede aparecer, 
Mantén la calma, permanece en silencio; 
Y si te niegan el movimiento, 
Camina delante de sus narices.

Yo debo tener presente este dicho cuando en tiempos más recientes algunos dicen: Lo espiritual, lo que ustedes llaman «espíritu», es el resultado de mi actividad material, de procesos y movimientos materiales; lo espiritual surge de la materia. Así como el movimiento, -en el sentido de lo que se acaba de decir-, surge sólo del reposo y no es nada real, así también el espíritu no es nada real aparte de la materia.

Si uno trata de obtener conocimiento de lo espiritual en el sentido en que estamos tratando de penetrar en el mundo espiritual en estas reflexiones, y así familiarizarse realmente con la esencia de lo que es lo espiritual, entonces, tal vez pueda describirse lo que la investigación científico-espiritual revela sobre el espíritu en su relación con los adversarios y enemigos de la ciencia espiritual, con una ligera modificación de las palabras de Goethe que acabamos de citar -y con esto quisiera resumir hoy lo que tengo que decir sobre la relación entre la ciencia natural y la ciencia espiritual-, que la actitud correcta del verdadero investigador espiritual en relación con sus enemigos puede caracterizarse de la siguiente manera:
Pueden ocurrir cosas hostiles,
¡Pero mantén la calma, mantén la alegría!
Aunque nieguen el espíritu,
no les des más vueltas,
Y finalmente dales la razón:
¡Algo en sus mentes está mal!

Traducido por J.Luelmo oct,2024