CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA069d Hannover, 5 de marzo de 1911 ¿Cómo podemos obtener conocimiento del mundo espiritual?

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MUERTE  E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

¿Cómo podemos obtener conocimiento del mundo espiritual?

 Hannover, 5 de marzo de 1911


En varias ocasiones he tenido la oportunidad de hablarles sobre temas relacionados con las ciencias espirituales o, como se suele decir, la teosofía. Esto nos lleva naturalmente a la pregunta: ¿qué caminos debe seguir el alma para llegar al conocimiento del mundo espiritual?

Estos caminos difieren mucho de lo que se suele llamar científico. Es muy fácil decir: sí, estos métodos no pueden llamarse científicos. Hoy en día se entiende por «científico» algo completamente diferente. Por eso es necesario examinar primero qué es «científico».

¿Qué exige hoy en día el investigador de un método para calificarlo de «científico»? En respuesta a esta pregunta, el hombre actual ha llegado a la siguiente conclusión: lo que sea científicamente demostrable debe, en primer lugar, poder ser investigado en cualquier momento por cualquier persona y, en segundo lugar, debe ser totalmente independiente de lo que se denomina «subjetivo».

El experimento cumple estos requisitos y, en gran medida, también todo lo que se hace en el laboratorio. El experimento es independiente de la simpatía y la antipatía, etc., en resumen, de todo lo que depende de lo que ocurre subjetivamente en nuestro interior.

No ocurre lo mismo con la investigación del mundo espiritual. Debemos elegir precisamente el camino que es totalmente independiente del mundo sensorial, es decir, de aquello en lo que se basa exclusivamente la ciencia actual. Precisamente lo que la ciencia actual quiere excluir es lo que necesitamos. Si hablamos primero de la ciencia espiritual en sentido figurado, utilicemos una frase de Fichte. Él dice: «Lo que tengo que decirles no se puede investigar con el entendimiento común, pues para ello se necesita un sentido especial, superior, como si a un ciego de nacimiento se le diera de repente la posibilidad de ver los colores y la luz, así sería si se alcanzara este sentido especial, el «ojo espiritual», como dice Goethe».

Si el ser humano necesita primero tener un nuevo sentido para reconocer un mundo nuevo y diferente, esto ya indica que esto no es posible en cualquier lugar, en cualquier momento, para cualquier persona, etc., como exige la ciencia externa.

Si tomamos la vida humana común, esta experiencia interior difiere mucho de una persona a otra. Sin embargo, esto debe excluirse precisamente en la ciencia externa; en lo que las personas experimentan en su interior sobre el mundo espiritual, no puede haber nada coincidente. Pero este juicio es muy superficial.

Sin embargo, todo esto se puede refutar muy fácilmente. En el apéndice a «Teosofía y cristianismo» de Seiling he indicado un método para refutar la teosofía. Pero esta fácil refutación solo es posible mientras la vida del alma no siga la estricta regularidad de la que voy a hablar ahora. Mientras la vida del alma siga fluyendo sin regularidad, mientras uno se detenga ahí, no es un investigador espiritual. Cuando esta vida del alma avanza de forma suficientemente metódica, finalmente llega a un punto interno. Si dejamos de lado todo lo que surge en nosotros como placer y dolor a través de las impresiones del mundo exterior, ¿qué queda realmente en la vida anímica normal? Un hecho nos da una pista: el dormir, en el que todos los instrumentos externos se cansan y se relajan y ya no nos aportan nada [ninguna impresión sensorial].

Nadie admitirá que el ser humano, con su esencia interior, deja de existir por la noche y vuelve a empezar por la mañana. Pero esta esencia interior queda inconsciente desde el momento en que cesa la experiencia, en que, por decirlo de forma figurada, muere.

¿No es concebible que el alma humana pueda crear algo por sí misma [para mantener la conciencia], esta alma que en las personas normales es demasiado débil cuando duermen, si se fortalece? Es concebible que el alma ya no necesite las impresiones del exterior. Tendríamos que aprender a distinguir entre la inconsciencia del ser humano cuando duerme y una retirada arbitraria de esta esencia del ser, en la que se extrae la vida de la propia alma. Las impresiones de la vida exterior están ligadas a los órganos sensoriales externos. El alma debe retirarse artificialmente de estas impresiones sensoriales externas. Sí, ¿cómo puede hacerlo? Nos quedamos vacíos cuando no tenemos las impresiones sensoriales externas, ya que toda nuestra vida anímica se nutre únicamente de estas impresiones.

Si solo queremos alimentar nuestra vida interior a través de estas impresiones externas, nunca llegaremos a experimentar nada más. Para experimentarlo, no debemos utilizar las impresiones sensoriales externas solo para obtener conocimientos del entorno, sino para aprender a verlas como símbolos.

Veamos, por ejemplo, la planta: está arraigada en el suelo, la savia verde la recorre, se mantiene casto, sin impulsos ni instintos. Y comparémosla con el ser humano: está lleno de impulsos, deseos, instintos; está lleno de sangre. La sangre roja es la portadora de la vida instintiva. Así, la savia verde puede aparecer como símbolo de la vida casta, y la sangre roja como símbolo de la vida instintiva y pulsional. El ser humano debe convertirse en un ser sin pulsiones, como lo es la planta. Veamos, por ejemplo, la rosa, que ha transformado la casta savia verde en el color de la sangre pulsional. La rosa es entonces un símbolo del ser humano que ha transformado la vida instintiva de la sangre en castidad. Esto se expresa en las palabras de Goethe:

Y mientras no tengas esto:
Morir para devenir,
no eres más que un huésped sombrío
en la oscura tierra.

«Morir y devenir»: eso es lo que importa. No debemos querer lograrlo de forma ascética, sino con toda nuestra fuerza. ¿Por qué podemos golpear con un martillo? Porque somos objetivos con él. Así, nuestro cuerpo debe convertirse en una herramienta poderosa que ponemos al servicio de los mundos superiores; debemos morir, volvernos apáticos hacia el cuerpo, hacia la vida instintiva. El «muere y deviene» debe tomarse en serio. Un símbolo del «muere y deviene» de Goethe es la rosa cruz. El «muere» lo tenemos en la cruz negra muerta de la madera, nuestra sangre, que ha muerto para los instintos y los deseos bajos, y en las rosas tenemos el «devenir». Sí, el ser humano puede «llegar a ser» algo. El símbolo de ello son las rosas rojas que brotan. Ahora se puede decir: sí, pero esas son ideas tomadas del mundo sensorial. Pero de la madera negra nunca brotan rosas. La madera negra y las rosas rojas están tomadas del mundo sensorial, pero la combinación solo se ha creado como símbolo para el alma.

[Otro símbolo propicio es el bastón con la serpiente. Podemos comparar la vida con un bastón; la vida superior conduce directamente hacia arriba, las líneas serpenteantes son las impresiones externas a través de las cuales el ser humano se eleva].

Ningún científico establecería un símbolo así. Todo lo que dicen los científicos es cierto, como si se pudiera ver en todas partes de la sala. Por el contrario, lo que el científico espiritual establece como tales símbolos es una composición arbitraria.

Pero estos símbolos tienen un efecto curioso en nuestra alma. Imaginemos que cerramos todos nuestros órganos sensoriales y sumergimos estos símbolos muy, muy profundamente en nuestra alma. Al principio, estas imágenes no nos transmitirán verdades, pero actuarán como una fuerza viva en nuestra alma. Si el ser humano se deja influir una y otra vez por estos símbolos, experimentará algo. Pero es importante dejarse influir una y otra vez. Hay que tener paciencia. Hay que hacer este ejercicio cincuenta veces y luego otras cincuenta. La gota constante horada la piedra, no basta con una ni con cincuenta gotas de lluvia sobre una piedra, sino que debemos despertar nuestra voluntad una y otra vez, no solo para dejar que las impresiones externas nos alcancen, sino para hacer que esos símbolos cobren vida en nosotros con nuestra voluntad, una y otra vez. Esto nos revitaliza interiormente, de modo que finalmente podemos hacer que cobren vida en nosotros de forma arbitraria. Cuando la persona ha practicado esto, finalmente se despierta por la mañana sintiendo que se sumerge en el cuerpo físico y que puede volver a utilizar sus órganos. Experimenta que puede vivir fuera de su cuerpo, que puede actuar fuera de su cuerpo físico. A través de este ejercicio, uno aprende a reconocer que puede, por así decirlo, abandonar su cuerpo y actuar, actuar espiritualmente. Esto es lo que diferencia este estado del dormir. Uno puede pensar, puede sentir sin su cuerpo. Se llega a esta conclusión después de haber realizado estos ejercicios. Esto resulta molesto para algunas personas hoy en día, pero es así.

 Nuestro cuerpo físico actúa como un espejo. Nuestra conciencia es el reflejo en nuestro cuerpo físico de nuestra vida espiritual. Pero los científicos actuales afirman que el cerebro debe estar completamente intacto para que nuestra conciencia sea auténtica. Sí, eso es totalmente cierto. Del mismo modo, nos vemos muy diferentes según nos miremos en un espejo liso o en un espejo cóncavo. Estos ejercicios han separado nuestra conciencia del reflejo corporal externo habitual, y solo como ser espiritual el ser humano percibe que vive junto a otros seres espirituales. 

Esta primera etapa es el «conocimiento imaginativo». Aquí solo dependemos de estos símbolos combinados, compuestos por elementos extraídos del mundo sensorial. Debemos dejarlos atrás, debemos dejar atrás la cruz y las rosas. Debemos abandonar estas impresiones externas y ahora pensamos: ¿cómo fue tu actividad al componer esto, cuando compusiste el bastón con la serpiente y la cruz? Lo que tenemos entonces es algo que ya no está estimulado por el exterior. El mundo exterior no estimula a nadie a crear símbolos; el ser humano lo hace desde lo más profundo de su alma. Se reflexiona sobre la actividad interior del alma; este proceso es puramente espiritual y anímico, sin influencias, ni siquiera estimulado por el mundo exterior. A esto se le llama meditación. Surgen fuerzas internas reales que nos conectan con los mundos espirituales. A este tipo de conocimiento espiritual lo llamamos «conocimiento inspirado». Independientemente de lo físico, existe un mundo, eso lo hemos experimentado. Ahora conocemos este mundo por nosotros mismos. Al igual que cuando se llega a una costa que aparece en el horizonte lejano y se va conociendo poco a poco, así es con el conocimiento de los mundos espirituales.

Debemos ir más allá de este inspirador descubrimiento. También debemos abandonar la actividad del alma. Se puede describir como un dormir consciente, algo que puede ocurrir, que puede ocurrir de forma totalmente consciente. Pero también puede ocurrir que conozcamos el mundo espiritual de tal manera que nos fusionemos con él, que nos fundamos en él. A esto se le llama «intuición». No debe confundirse con lo que hoy llamamos «intuición» cuando de repente se nos ocurre algo. Es algo completamente diferente. Para la intuición se necesita el mayor esfuerzo del alma. Todo lo subjetivo debe ser eliminado del alma, tal y como exigen los científicos para que sea realmente científico. El alma es un escenario en el mundo intuitivo. Todo lo subjetivo se elimina, incluso la actividad que nos ha traído hasta aquí. [El alma se convierte en el escenario donde las cosas expresan su esencia].

Tal y como se ha descrito aquí, el camino parece muy abstracto, pero en realidad no lo es en absoluto, sino que quien quiera recorrerlo tendrá que librar luchas muy, muy duras. La renuncia y las luchas forman parte de este camino. Nuestra vida interior nos atrapa como con tentáculos cuando renunciamos a los estímulos externos. Los impulsos morales e inmorales, en la medida en que están en el alma, afloran entonces. Entonces se nos presenta ante el alma lo que realmente somos. Aparece el autoconocimiento. Los místicos han escrito sobre ello, sobre las tentaciones y las pruebas morales, cuando se dan cuenta, cuando quieren descender al alma: eras una persona de tal o cual naturaleza, regida por las convenciones, las costumbres, las tradiciones, pero ahora es cuando surge la verdad del alma. Las personas juran por las cosmovisiones más opuestas, lo han examinado todo moralmente. El monista acepta su visión desde el sentimiento, al igual que el espiritualista. Solo ahora el ser humano reconoce por qué ha adoptado esta o aquella opinión; ahora vemos qué ilusiones teníamos cuando creíamos ser lógicos.

Resulta un tanto irónico cuando la gente viene y dice que los estudiosos de la ciencia espiritual son fantasiosos y cosas por el estilo, sin saber lo poco que ellos mismos han mirado detrás del telón de la fantasía y la ilusión. Solo se puede superar lo que uno ha tenido dentro de sí mismo. Y eso no se consigue sin dolor. No solo con los pensamientos, sino también con la felicidad, uno se ha aferrado a lo que ve hundirse en la ilusión, y no solo a la ilusión, sino también a la fuente de esa ilusión; hay que renunciar a ambas cosas con una fuerza heroica. Si el ser humano también quiere superar la inspiración, le sucede que se encuentra muy «ligero». La lógica no sirve de nada, con la lógica no se puede combatir la impotencia. No se puede lograr nada, ni siquiera la entrega a la felicidad sirve de nada; se llega a pensar así. Se llega a la región de la duda, de la desesperación, y todas las dudas del mundo exterior no son nada, son algo insignificante en comparación con la duda en este nivel. Solo así podemos superar esta terrible región de hielo, no llegando allí sin estar preparados, sino adquiriendo antes la fuerza necesaria.

Es difícil llegar hasta allí, muy difícil. Solo es un esbozo, pero no es imposible, y nadie debería dejarse disuadir por ello. Hay formas de superar las dificultades. Para explorar y experimentar el mundo espiritual es necesario penetrar en él, pero para comprenderlo se necesita una lógica clara.

Sin embargo, hoy es difícil permitir que prevalezca una lógica clara. Por lo tanto, lo que se demuestra no siempre se cree. Lo que importa es que se crea en la evidencia. Todo lo que dicen los investigadores espirituales se puede probar, pero la gente a menudo no acepta esta evidencia en absoluto. Cualquiera puede convertirse en un investigador espiritual, pero antes basta con un sano sentido de la verdad y una lógica clara. Nos parece que la perspectiva más hermosa es que la gente recibe cada vez más alimento espiritual y que la gente lo entrega cada vez más a la vida física. Y esa es la misión de la ciencia espiritual: hacer descender esta vida espiritual, este jugo espiritual, y dejarlo fluir en lo que los sentidos transmiten y en lo que se encuentra en el ser humano total, pleno, que podemos resumir en las palabras:

Se empuja hacia el alma humana desde las profundidades del mundo, enigmático, la riqueza de lo material. Fluye hacia lo más profundo del alma desde las alturas del mundo, lleno de contenido, clarificando el espíritu. Se encuentran con el interior de las personas para crear una realidad llena de sabiduría.

Respuesta a preguntas

Pregunta: ¿No es arrogancia querer saber acerca de los mundos espirituales en esta vida?

Rudolf Steiner: Al contrario; Es humildad cuando no quieres quedarte como estás. Es orgullo cuando uno no quiere utilizar los poderes que están dentro de nosotros. Te rodeas de la máscara del consuelo que no quiere ascender a los mundos espirituales.

Traducido por J.Luelmo feb, 2026

GA062 Berlín, 3 de abril de 1913 La moral a la luz de la ciencia espiritual

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GA062 Rudolf Steiner


LA MORAL A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL


décimo tercera conferencia
Berlín, 3 de abril de 1913
     
Cuando Platón, el gran filósofo griego, quiso definir o caracterizar hasta cierto punto lo divino, lo describió como el «bien». Y Schopenhauer, que en muchos aspectos tomó como modelo a Platón, dijo una vez en sus escritos que a su visión filosófica él podía llamarla «ética», con mayor motivo de lo que se le atribuía a Spinoza, por la razón de que él, Schopenhauer, había basado toda su visión del mundo en la fuerza elemental de la voluntad, y así, de algo que está simultáneamente conectado con los impulsos morales más íntimos del alma humana, él había hecho la fuerza fundamental del universo; mientras que Spinoza -según Schopenhauer- había construido su sistema de tal manera que lo moral, lo ético como tal no estaba aún contenido en los principios más elevados del mundo.

Schopenhauer, al igual que Platón, quiso dar a entender, -y muchas cosmovisiones filosóficas han hecho lo mismo-, que todo lo que llamamos moral en la evolución de la humanidad, está tan íntima y profundamente basado en esta evolución, que en definitiva es impensable, que el ámbito de lo moral no abarque todos los acontecimientos meramente naturales, que no esté en la raíz de todo cuanto el hombre puede desentrañar en el mundo natural o espiritual, como principio y naturaleza básica de las cosas. Así pues, en opinión de tales filósofos, la moral en el hombre sería un captar y resplandecer de la moral divina que ilumina el mundo entero. De modo que se daría ya por supuesto, que naturalmente toda elevación, -en el sentido de una cosmovisión-, hacia los fundamentos primigenios de la existencia, tendría también que llevar al hombre cada vez más cerca de las fuentes de los impulsos morales de largo alcance.

Si bien no es en absoluto necesario estar completamente de acuerdo con tales cosmovisiones filosóficas, se puede decir no obstante, que tales cosmovisiones llegan a tal opinión, tal perspectiva, como la esbozada por Platón y Schopenhauer, precisamente porque sienten la plena dignidad y significación de lo moral en el desarrollo de la humanidad y, por tanto, no quieren pasar por alto los impulsos morales en los fundamentos primigenios de la existencia del mundo. Aunque no se esté en completo acuerdo teórico con tales cosmovisiones, se podrá, no obstante, aprender de ellas y encontrar justificación para el hecho de que cualquier cosmovisión que haya de intervenir en la vida y en la acción humanas, debe aparecer hasta cierto punto justificada ante el juicio moral, debe aparecer de tal modo que la moral pueda decirle un sí incondicional. Por lo tanto, es necesario que toda cosmovisión se comprometa con los impulsos morales de la existencia. Por este motivo se ha elegido el tema de la reflexión de hoy, que consiste en tratar la relación de lo que aquí se entiende por ciencia espiritual con los principios e impulsos morales del alma humana.

Ahora bien, cuando se abordan cuestiones morales, es necesaria desde el principio una cierta, podríamos decir santa timidez respecto al ámbito en el que uno se adentra, para tener una visión razonablemente sensata de las cosas. Después de todo, cuando uno se adentra en el terreno que mira hacia juicios que quieren decidir en el sentido más intensivo sobre el valor y la indignidad del alma humana, uno sospecha inmediatamente, que está llegando a profundidades insondables del alma humana, a profundidades tan insondables que no quiere tomarse a la ligera ningún juicio determinante en este terreno. También a este respecto Schopenhauer hizo una significativa afirmación, a menudo citada: «Predicar la moral es fácil, justificar la moral es difícil». ¿Qué quiere decir Schopenhauer con esta afirmación?

En cuanto se adentra uno un poco en la vida humana, se da cuenta de que predicar la moralidad es fácil. Pues casi nada se predica tanto en esta vida humana como la moralidad. Nada se juzga tanto como el valor moral o el desprecio moral del alma. Y si se considera a fondo esta vida humana, hay que decir de nuevo: ¡De qué poco sirven los sermones morales actuales para llegar realmente a las almas, a fin de captar estas almas de tal manera que los principios morales que uno u otro piensa, aunque sean claramente comprendidos, puedan ser también verdaderos impulsos morales en las almas! Ciertamente, qué fácil es para algunos predicarse la moral a sí mismos, ante los cuales se hace bastante difícil seguir impulsos verdaderamente morales. Schopenhauer cree que todo lo que uno pueda predicar en términos de principios, fórmulas morales o reglas morales no tiene realmente sentido. Para él, sólo tiene sentido si se puede demostrar una fuerza anímica, un impulso anímico en el alma humana, que es una realidad en el alma y a partir de la cual surge la acción moral. Entonces se podría decir que en el alma humana se descubre algo que, si se la deja a sí misma, impulsa a la acción moral; en ese caso se ha encontrado la razón de la acción moral en el alma. La moralidad ha sido establecida porque ha sido encontrado en el alma el impulso real. En cuyo caso uno no se ha limitado a predicar la moralidad.

Con semejante exigencia, que sea lo más justificada posible, ahora uno se da cuenta precisamente, de lo difícil que es penetrar en esas profundidades del alma humana, donde realmente yacen dormidos los impulsos morales, donde se encuentran esos impulsos a partir de los cuales surgen las cosas morales o inmorales. Es difícil penetrar en esas profundidades con nuestro juicio. Tomemos un caso particular, un caso que puede enseñarnos cuán difícil es para un alma consciente, formarse un juicio acerca del valor o desprecio moral de una acción humana. Supongamos que alguna persona eminente se sube a un caballo y sale cabalgando. En el camino, esta importante personalidad encuentra a una pobre mujer agachada en el camino. Este personaje, que galopa a caballo, ve a la mujer, mete la mano en el bolsillo, saca la cartera llena y se la arroja a esta mujer.

Ahora tenemos una acción ante nosotros. La pregunta ahora es: ¿Cómo queremos juzgar tal acción a la luz de la moralidad? Herman Grimm, de quien ya he hablado, dice sobre esta acción que realmente sucedió una vez en el mundo. -Sucedió lo siguiente: Supongamos que la mujer era supersticiosa y que había planeado cometer un robo en un futuro próximo para sus hijos, que se encuentran en extrema necesidad. Gracias al hecho de que este hombre le dio la billetera, ella quedó liberada de cometer el robo y causar aún mayor miseria a la miseria de su familia. Pero ella es supersticiosa, dice Herman Grimm. ¿Por qué no debería decir la mujer: Por medio de este hombre se me apareció un ángel de los mundos superiores y por medio de él fui salvada del abismo?

He ahí pues una especie de tratamiento moral de las cosas, que bien pueden ocurrir en el alma de esta mujer. Pero supongamos, dice Herman Grimm, que este personaje, que ha arrojado la bolsa llena a esta mujer, llega después a la compañía de varias personas. La primera de las personas que oye decir a esta persona misma que ha hecho esto, piensa: ¡Bueno, siempre he oído decir que esta persona es extraordinariamente avara; ahora veo lo insignificantes que son tales juicios en todas partes! Y tal personalidad podría ahora, además, salir en defensa de este hombre, -dice Herman Grimm-, y podría, por así decirlo, contribuir en todas partes a rectificar el rumor sobre la tacañería de esta personalidad de alto rango, difundiendo la «magnanimidad» de esta personalidad. Pero supongamos, dice Herman Grimm, que un segundo personaje oyera la misma historia y se sintiera peculiarmente conmovido por ella; pues este personaje, supongamos, hacía poco tiempo que había querido pedir prestada a aquel hombre una suma mucho menor que la que había en el monedero, y el hombre no le había prestado la suma. ¿No haría esta persona un juicio completamente diferente? O podría estar presente un tercer personaje, -piensa Herman Grimm-, que, en cuanto oye esto, se ve impulsado a decir: Sí, me da vergüenza; ¿No puedo yo mismo conseguir algo? Tal personalidad podría ahora llegar a un juicio que sería muy diferente tanto del de la mujer como del de las otras personalidades. Una cuarta personalidad podría tal vez saber, cuando se cuenta este incidente, que el hombre en cuestión tenía enormes deudas en aquel preciso momento, y esta personalidad vería ahora a su vez la acción bajo una luz moral completamente diferente. Ella podría decir que es una gran injusticia tirar la cartera con tanta facilidad cuando uno está obligado a pagar sus deudas, que los acreedores esperan por todas partes. Otra persona podría saber, -dice Herman Grimm-, que la cartera no pertenecía al propio hombre, sino a su mujer, y que el hombre tiró la cartera a su mujer por descuido, y la mujer podría quejarse del descuido del hombre. Y cabría la posibilidad de otros puntos de vista.

Así vemos cómo personas que parten de puntos de vista diferentes podrían juzgar una acción semejante de forma muy distinta y no tendrían por qué hacer de lo que vivía en el alma el verdadero impulso. Herman Grimm trata este caso en particular porque quiere mostrar hasta qué punto los juicios morales han de tomarse con cierta reserva cuando los encontramos sobre una personalidad tan importante, por ejemplo en las memorias. Todos esos juicios podrían hacerse en las memorias, pues todo el asunto que he estado tratando aquí tuvo lugar realmente en una situación similar, a saber, con el gran poeta Lord Byron. Y al hablar de uno de sus escritores de memorias que conoció a Byron, Herman Grimm se refiere al caso. La razón por la que se le cita aquí es que ilustra con bastante claridad todos los juicios vitales que hemos emitido de muy diversas maneras cuando nos disponemos a juzgar las acciones morales de alguien. Así que hay que decir, en efecto, que si ya es difícil en general, en el sentido de Schopenhauer, justificar la moralidad, entonces se hace francamente imposible abordar la vida anímica de una persona, con un juicio moral concluyente en un caso individual, de tal manera que este juicio moral concluyente acierte realmente con los hechos.

Pero uno no debe juzgarse a sí mismo a partir de estos supuestos como si tuviera que ser indiferente a la moral. Al contrario. Quien capte la vida en su totalidad considerará, sin embargo, la moral como lo más sagrado de la vida humana y llegará a la opinión de que a lo más sagrado de la vida humana también hay que acercarse con una sagrada timidez. Pues en muchos aspectos enfrentarse a otra persona con un juicio moral, es algo osado, en vista de lo mucho que separa un alma de otra.

Después de estas premisas, presentemos ahora lo que se ha dicho aquí sobre el carácter de la ciencia espiritual en estas diversas conferencias. La ciencia espiritual, por una parte, nos conduce más profundamente a los fundamentos espirituales de las cosas. Pero al mismo tiempo hemos visto cómo es capaz de hacer esto: es posible exponiendo las fuerzas más profundas de nuestra vida anímica, de modo que sólo podemos captar los fundamentos espirituales del mundo, haciendo surgir las fuerzas adormecidas en las profundidades del alma humana. Por tanto, estamos utilizando los métodos de la investigación espiritual para acercarnos a las profundidades más hondas del alma humana, esas profundidades a partir de las cuales surgen los impulsos morales a menudo de forma tan misteriosa. Y la pregunta debe ser: ¿Qué ocurre cuando esas investigaciones en las profundidades del alma, que quieren sacar a la luz, se encuentran con los impulsos morales? Después de todo, es en la vida cotidiana ordinaria del mundo físico, donde los impulsos morales pueden hablar con plena certeza desde lo más profundo al alma humana más simple, al alma humana más inculta. Y muchos hombres muy instruidos, hombres que tal vez se cuentan entre los filósofos o son científicos, pueden quedar avergonzados en el campo moral por una personalidad sencilla que no se precie de tener muchos conocimientos y que, sin embargo, desde lo más profundo de su alma es capaz en los casos más difíciles de realizar los actos más abnegados de auténtico amor humano. El conocimiento ordinario, el conocimiento físico externo, no tiene por qué conducir a las profundidades de las que brotan los impulsos morales, los impulsos en los que se ha de basar la moralidad.

De inmediato se ve que si la ciencia espiritual quiere ascender a las fuentes espirituales primigenias de la existencia, es necesario que el alma humana desarrolle en cierto modo tres cosas si quiere llegar a ser un investigador espiritual. En el curso de estas conferencias de invierno se han definido estas tres cosas como las tres etapas del conocimiento suprasensible. En primer lugar, lo que llamamos cognición imaginativa, es decir, la cognición que aparece ante el alma humana cuando ésta se ha liberado completamente de toda observación de los sentidos y de toda actividad intelectual ligada al instrumento del cerebro. Una vez que el alma ha alcanzado el punto en el que siente surgir de sus profundidades un mundo de imágenes, con un mayor entrenamiento del investigador espiritual, éstas se convertirán, en imágenes de las verdaderas realidades espirituales que existen tras el mundo sensorial exterior. El conocimiento imaginativo es el primero. Estas etapas del conocimiento suprasensible también se describen en el libro «¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?».

La segunda cosa a la que tiene que llegar el alma humana, que sólo se puede expresar más o menos pictóricamente y de la cual ya se ha hablado, pero que hoy conviene mencionar brevemente para evitar malentendidos, consiste en que lo que primero ha aparecido pictóricamente, pero que no se puede comparar con las imágenes de un único significado, surge como si surgiera de sí mismo a través de un «lenguaje universal» como conocimiento inspirado. Esto significa que cuando la capacidad de inspiración del investigador espiritual se ha despertado, los seres y hechos espirituales que se encuentran más allá del mundo de los sentidos le hablan.

La tercera etapa, por la que el investigador espiritual penetra realmente en la esencia de los hechos y entidades espirituales, se llama intuición. No se trata de la intuición que a veces se designa con esta palabra en un lenguaje trivial, sino de algo que es un verdadero trascender de la propia vida anímica hacia otros seres, por lo cual el hombre, al conectar su ser con otros seres, llega a ser capaz de penetrar en el interior de seres espirituales fuera de sí mismo. La imaginación, la inspiración y la intuición se oponen, pues, en otros niveles de la cognición a lo que es la cognición de los sentidos y la cognición intelectual.

Por medio de estos tres niveles de conocimiento, el alma humana penetra en el mundo espiritual. Las facultades de la imaginación, o sea, de ver imágenes del mundo suprasensible, así como las facultades de la inspiración, o sea, de oír lo que los hechos espirituales y los seres espirituales de lo suprasensible tienen que revelarnos, y las facultades de la intuición, están latentes en toda alma humana. Las hacemos surgir a través de los métodos que también se han descrito aquí. Por consiguiente, el alma humana debe penetrar en sus profundidades como investigador espiritual para llegar a los fundamentos primigenios de la existencia.

Ya se ha llamado la atención sobre la importancia del punto de partida desde el que el alma alcanza los estadios de su existencia en los que puede ver el mundo espiritual, especialmente cuando expusimos los "errores de la investigación espiritual". Allí se hizo especial hincapié en que aquella alma que no parte de la capacidad moral, de la disposición moral, sufre una especie de impotencia respecto al conocimiento del mundo espiritual. Tal alma mostrará una cierta anestesia para los mundos superiores y sólo podrá revelar de estos mundos superiores lo que se ve a través de una especie de anestesia, que por lo tanto está distorsionada. Ya se ha señalado la conexión entre la disposición moral del alma en el punto de partida y lo que el alma puede alcanzar cuando entra realmente en los mundos espirituales por medio de la imaginación, la inspiración y la intuición. Pero podemos caracterizar de forma aún más precisa el significado de la disposición moral del alma para los niveles superiores de cognición.

En el investigador espiritual la imaginación se produce de tal modo que previamente surgen, como en el horizonte de su conciencia, imágenes de su vida anímica y luego de la esencia de la vida espiritual general. Estas imágenes, que surgen de este modo, y cuyo significado ya hemos descrito, deben ser diferentes según que la persona parta de tal o cual disposición anímica, que ya posea aquí en el mundo físico. Tal alma, que aquí en el mundo físico desarrolla el sentido para la conexión correcta y verdadera de los hechos, cuando asciende a la imaginación mediante los métodos descritos, llevará a los mundos superiores la constitución interior para la conexión verdadera de las cosas para consigo misma. Por consiguiente, podemos decir que un alma que sabe vivir verdaderamente dentro de los hechos del mundo físico sensorial, lleva su veracidad hasta los mundos espirituales. Mientras que un alma que se caracteriza por la inexactitud, -y de la inexactitud, como ya se ha dicho, al error, incluso a la falsedad, sólo hay un pequeño paso-, que se caracteriza por la falta de veracidad aquí en relación con los hechos sensoriales del mundo físico, tal alma lleva la condición interior de la falta de veracidad al mundo en el que han de surgir las imaginaciones, las imágenes del mundo espiritual. Y la consecuencia de esto es que a partir de su falsedad, que no se corresponde con el mundo, sino que brota sólo de su propio ser interior, se construye tal mundo de imágenes que en sí mismo no es más que un desbordamiento de la personalidad en cuestión.

La falsedad, por consiguiente, allí donde el alma asciende a las imaginaciones, hará que tal alma no pueda revelar otra cosa de los mundos espirituales que lo que sólo es el reflejo de su propia falsedad. Por consiguiente, con todo adiestramiento hacia el mundo espiritual, el alma, antes de entrar en el mundo imaginativo, tiene que consolidarse ya aquí en el mundo físico, como preparación para el conocimiento imaginativo por medio de lo que se puede llamar ser fiel a los hechos. Y hay que subrayar, enfáticamente, que todo lo que se aleja de ese ser fiel a los hechos no puede proporcionar una preparación adecuada para la contemplación del mundo espiritual. Para el que quiera convertirse en investigador espiritual será una buena preparación abstenerse en lo posible de toda crítica meramente personal y subjetiva, de todo juicio de las cosas «desde su punto de vista», de toda afirmación: «Creo que esto está bien», «Creo que esto está mal». Por el contrario, una buena preparación para el conocimiento espiritual, es cuando uno intenta lo mejor que puede y tanto como puede aquí en el mundo físico, abstenerse de todo juicio desde el propio punto de vista personal, de toda afirmación del propio punto de vista subjetivo personal; si uno se esfuerza por dejar que los hechos de la vida hablen sólo por sí mismos. Por lo tanto, encontraremos a aquel que está en el camino correcto hacia el mundo espiritual esforzándose, en todo lo que cuenta o describe, no en exponer lo que él opina sobre las cosas, sino en dejar que las cosas hablen por sí mismas esforzándose en reunir más justamente los hechos.

Por tanto, si nos enfrentamos a una persona que dice en cada oportunidad: Esto o aquello ha sucedido aquí o allá, lo encuentro desagradable; algo ha sucedido aquí o allá, no lo encuentro bueno; algo ha sucedido aquí o allá, lo encuentro feo, lo encuentro bello, -y cualesquiera que sean las gradaciones, tal persona no está en el camino correcto para penetrar en los mundos espirituales. Está más bien en un buen camino si se esfuerza por suprimir tal juicio y simplemente cuenta los hechos, si mira los hechos y los deja hablar por sí mismos y los convierte en su principio: Cuando impongo mi criterio a alguien, es mi criterio, - entonces no sólo se le insta a creerme que lo que digo es verdad, sino también que tengo un criterio. Pero si me propongo contarle a la persona lo que he encontrado aquí y allá, ella puede formarse su propio juicio. Cuanto más se fuerza uno a esta última forma de ver el mundo y de contar las cosas, más se equipa con ser fiel a los hechos y se prepara para la cognición imaginativa. Quien quiera prepararse para la cognición imaginativa debe abandonar el hábito de decir con cada experiencia: encuentro las cosas de esta o aquella manera. Debería considerar insignificante lo que pueda encontrar sobre las cosas y esforzarse por ser sólo la herramienta a través de la cual hablan las cosas o los hechos.

Cuando se tiene esto en cuenta, se percata de que una virtud muy esencial, la veracidad, ha de formar parte desde el principio de los medios preparatorios adecuados para un adiestramiento metódico para el conocimiento de los mundos superiores. Uno no puede avergonzarse dudando de que un correcto entrenamiento para el conocimiento de los mundos superiores es, o al menos debe ser, moralmente propicio. Sí, aquí el asunto se presentará desde otra perspectiva. Se puede argumentar que alguien no se está preparando para los mundos superiores mediante la veracidad que se acaba de describir. Después, basta con que se someta al adiestramiento anímico adecuado, a los ejercicios apropiados, para que, en efecto, pueda despertar los poderes dormidos de su alma y, por fin, se encuentre ante un mundo imaginativo. ¿Pero qué es entonces? Este mundo no es entonces otra cosa que la imagen especular de su propio ser. Y debido a que en el momento en que uno prescinde del mundo de los sentidos, cuando prescinde también del intelecto, que está ligado al cerebro, tiene ante sí este mundo imaginativo como algo real, independientemente de que exprese algo real o de que sólo sea el reflejo de su propio ser, quien lo tiene, quien no está debidamente preparado por la veracidad también tendrá ante sí un «mundo imaginativo», porque le engaña haciéndole creer que es real y, sin embargo, no es más que el reflejo de su propia alma, de su propio ser interior. Este mundo es entonces una tentación constante a la falsedad. Por lo tanto, se puede decir que aquel que no penetra en el mundo espiritual practicando la veracidad se pone en una posición en la que las tentaciones de la falsedad y la mentira están constantemente presentes en su entorno cuando percibe en el mundo suprasensible. De esto debe deducirse por sí mismo que todo ascenso al mundo suprasensible debe estar relacionado con el fomento de la virtud de la veracidad, con el fomento sobre todo la fidelidad a los hechos. Pues sólo si guardamos fidelidad a los hechos, una fidelidad para el contexto de los hechos en el mundo físico fuera de nosotros mismos, podemos educarnos para ser veraces.

Lo mismo ocurre de forma similar con la inspiración, sólo que en este ámbito se vuelve aún más vívida, aún más significativa. A través de la inspiración las cosas que están espiritualmente presentes en nuestro entorno comienzan, por así decirlo, a hablarnos; se nos revelan, nos revelan su naturaleza. No las oímos a través de voces y sonidos similares a los externos, sino que las oímos espiritualmente.

Para que el ser humano no se limite a escuchar lo que su propio ser le revela, sino que conozca un mundo objetivo y real, es necesaria otra preparación. Esto requiere la elevación de una virtud muy especial del alma. Tales cosas sólo pueden comprobarse a través de la experiencia. Quien desee alcanzar la inspiración debe desarrollar en sí mismo la virtud del valor moral, la firmeza y la fortaleza en un grado superior al necesario para el mundo ordinario. Porque sólo aquellos que tienen coraje moral, que no se arredran ante nada que pueda poner en peligro su propia personalidad, podrán soportar lo que se les dice a través de la inspiración de las realidades espirituales. Y quien no haya desarrollado suficientemente la fortaleza y el coraje moral antes de entrar en los mundos espirituales, muy pronto se dará cuenta, -o más bien no se dará cuenta tan fácilmente, pero los demás que entienden algo del asunto se darán cuenta-, de que ciertas cosas le hablan efectivamente desde el mundo espiritual, pero que todo lo que le habla de este modo no es más que un eco de su propio ser. Porque cuando su alma no es lo suficientemente fuerte, debido a que no tiene pleno apoyo en sí misma, no puede retener dentro de sí lo que es, sino que lo irradia, y por eso vuelve a ella lo que ella misma es. Un alma que no está preparada para la inspiración mediante el valor moral, muy pronto se presentará como alguien que oye algo así como «voces espirituales», solo que estas voces espirituales no serán otra cosa que lo que ella lleva dentro de sí, que no es más que un eco de su propio ser. Cuando tal alma se dé cuenta entonces de que éste es el caso, tanto más le sobrevendrá el desaliento por lo que le llega del mundo espiritual.

Así pues, nuevamente vemos que una cualidad esencial del alma, una cualidad a la que no se le puede negar su carácter moral, debe ser fortalecida y fortificada si esta alma quiere penetrar hacia arriba en el mundo suprasensible, esa cualidad no es otra que el valor moral, la fortaleza moral. Esto es indispensable como preparación para la verdadera inspiración. De ello se deduce fácilmente que ante todo hay que fortalecer el valor moral ya en el mundo físico antes de querer convertirse en investigador espiritual, para que el alma pueda percibir realmente las revelaciones de lo que se da a través de las imaginaciones también a través de las inspiraciones.

Muchas personas que no entendieron el asunto lo suficientemente a fondo creyeron que podían confiar en el valor moral de tal o cual alma, luego le dieron a ésta los medios para ascender al mundo suprasensible, después de algún tiempo pudieron encontrarse con el alma, -y ésta no reveló otra cosa que sólo el reflejo de su propio ser, que ella interpretaba como «sonidos», como «palabras».

Por lo tanto, el entrenamiento espiritual está íntimamente relacionado con el aumento de la fuerza moral y, por lo tanto, todo entrenamiento espiritual correctamente comunicado trabajará sobre todo para el fortalecimiento y la consolidación de la fuerza moral. Por lo tanto, dondequiera que ustedes encuentren la descripción de los métodos por medio de los cuales se penetra en los mundos superiores, por ejemplo en mi escrito «¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?», encontrarán también referencias a la necesidad de fortalecer la fuerza moral. Pues la fuerza moral no debe permanecer meramente tal como es en la vida ordinaria del mundo físico, sino que debe ser aumentada y fortalecida.

Pero cuando pasamos a la intuición, por medio de la cual el alma, convertida en investigadora espiritual, es casi capaz de ponerse en el interior de otro ser espiritual o de otro hecho espiritual, nos encontramos especialmente ante lo que es necesario a este respecto. Aquí nos encontraremos con que resulta casi imposible empatizar realmente con otros seres después del entrenamiento espiritual si no nos hemos ocupado ya aquí, en el mundo físico, de aumentar lo que puede llamarse interés abierto por todo lo que nos rodea, interés libre, abierto. Toda la estrechez de miras del alma, todo el repliegue del alma sobre sí misma, todo lo que sea evitar dirigir la atención del alma hacia la compasión y la alegría de los semejantes, mas todo cuanto ya nos rodea en el mundo sensorial, todo esto impide al alma, cuando ha ascendido al mundo espiritual, llegar a la verdadera intuición, al verdadero conocimiento de los seres superiores. Y aquí nos encontramos en el terreno en el que nuestras consideraciones tocan lo que Schopenhauer llama su «justificación de la moral».

Schopenhauer no era en absoluto un científico espiritual en el sentido en que aquí se entiende la ciencia espiritual. Por eso, también para él, el alma que desciende a sus profundidades no se separa de tal modo que desarrolle una trinidad de fuerzas correspondientes a los tres estadios de la cognición, -imaginación, inspiración, intuición-, sino que para él todo se funde. El «alma» es una nebulosa de todas las fuerzas que viven en sus profundidades. Así, Schopenhauer tampoco puede separar las virtudes morales, cuya formación debe ser la preparación para la educación espiritual: Para la Imaginación: el atenerse a los hechos como base de la virtud de la veracidad, la fortaleza como base de la que conduce a la inspiración, y la tercera, -que Schopenhauer discute a fondo-, la que yace latente en las profundidades del alma y que en general puede llamarse interés por el entorno y los seres circundantes. Pero Schopenhauer llama la atención sobre algo más, y aquí se muestra en cierto sentido profundamente ingenioso. El llama la atención sobre, -algo que de hecho es una de las pocas características anímicas e impulsos anímicos que ya muestran en el mundo físico-, que entre alma y alma existe una conexión subterránea, por así decirlo, directa. Schopenhauer llama la atención sobre la compasión, mejor dicho, sobre la simpatía. Basta con mencionar la palabra piedad, compasión, de la que Schopenhauer dice que debe estar presente en toda alma que pueda llamarse moral, y se sentirá, en primer lugar, que con esta compasión se toca algo que está realmente conectado con el impulso moral más íntimo, con aquello que realmente puede establecer la moralidad. Por otra parte, hemos de admitir que con la palabra compasión estamos tocando algo que es una intuición ya presente en el mundo físico, una transferencia de la propia alma al alma del otro. Una prueba de que existe una conexión sub física entre alma y alma, una prueba de que el espíritu con sus poderes está presente entre alma y alma, una prueba de ello para todo aquel que pueda mirar el mundo con sensatez, es lo que se puede describir con la palabra compasión.

Schopenhauer, -y muchos otros que han indagado en estas cosas-, llama con razón compasión, simpatía, al verdadero misterio del alma humana, que ya puede observarse aquí en el mundo físico. Pues hay algo infinitamente profundo cuando un alma encerrada en un cuerpo siente algo por lo que la otra alma se alegra, o por lo que la otra alma sufre, de modo que en el traspaso una y otra vez de las potencias de un alma a la otra hay realmente una especie de misterio espiritual ya aquí en el mundo físico. Por eso Schopenhauer dice: Por mucho que se predique la moralidad: La moralidad se basa en este vivir de un alma en la otra alma, la moralidad sólo se basa en la compasión, o en la piedad. Por lo tanto, se puede decir muy bien que, en el sentido de Schopenhauer, hay tanta moralidad en el mundo como compasión. Schopenhauer tenía razón al señalar que sería insoportable escuchar la frase: «Este hombre es virtuoso, pero no conoce la compasión». Schopenhauer dice: Todo el mundo sentirá la imposibilidad de que pueda pronunciarse tal frase, de que la virtud y la falta de compasión puedan combinarse en una misma alma. Por eso Schopenhauer piensa que es insoportable oír la frase: «Es un hombre injusto y malvado y, sin embargo, es muy compasivo», aunque se puede decir, en efecto, que las razones internas del alma humana son a veces tan confusas que también se puede experimentar esto, cómo alguien puede, sin duda, hacer actos bastante malos, poco virtuosos y, sin embargo, desarrollar un cierto sentimiento, por ejemplo, hacia las palomas y animales similares. En conjunto, sin embargo, puede decirse que Schopenhauer toca aquí las profundidades del razonamiento moral, cuando habla de la compasión.

Si se habla en el sentido de la ciencia espiritual, entonces hay que extender el principio de la compasión un poco más, y entonces se presenta ante nuestra alma, lo que se puede describir como el interés participativo, como la atención participativa por todo lo que sucede en el entorno que nos rodea. Porque una persona no tiene un interés verdadero e interior en una alegría que se experimenta si no puede experimentar esta alegría, y una persona no tiene un interés verdadero y profundo en el sufrimiento de otro ser si no puede sufrir el sufrimiento dentro de sí misma. En muchos aspectos la piedad, la compasión y el interés coinciden. Tener verdadero y real interés es tener amor. Pues no se puede tener interés sin tener amor en el verdadero sentido de la palabra, sin compasión.

Ahora bien, la preparación correcta para un conocimiento intuitivo aquí, en el mundo físico, es la que tiene por objeto, en la medida de lo posible, fortalecer el alma, vigorizarla, de modo que el alma se acostumbre a interesarse por todo lo que vive, respira y es, a ser capaz de prestar atención a todo lo que la rodea. Cuanto más profundo pueda ser nuestro interés, mejor nos prepararemos como investigadores espirituales para la intuición de los mundos superiores. Por lo tanto, puede decirse que para la ciencia espiritual en particular, el fulgor de la compasión en el mundo físico aparece como un reflejo del hecho de que esos poderes profundos del alma que conducen a la intuición sólo pueden desarrollarse verdadera y correctamente si el alma se prepara para ello interesándose realmente por el entorno, es decir, amando, teniendo compasión.

Por eso, dondequiera que se hable del camino recto hacia la preparación espiritual, vemos que este camino recto es inseparable de aquello que es, al mismo tiempo, la virtud moral más importante del hombre. Pues las virtudes morales más significativas, es más, las más fundamentales radican, por así decirlo, en el amor interesado, en la mirada atenta a todo sufrimiento y a toda alegría, a toda existencia en general, en la firmeza de carácter del alma y en la veracidad. Quien quiera comprender cualquier virtud, por ejemplo una virtud como es la lealtad sin duda, podrá reconocerla fácilmente como una forma especial de firmeza. La persona que es firme también sabrá ser fiel de la forma adecuada. Todas las virtudes, podría decirse el ámbito de las virtudes, se resumirán en cierto modo a estas tres cualidades del alma.

Ahora bien, si se ha de describir la relación de la ciencia espiritual con la moral, también hay que llamar la atención sobre el modo en que el hombre, cuando llega realmente a contemplar el mundo espiritual, ya sea mediante el adiestramiento espiritual o simplemente aceptando con mente imparcial lo que la investigación espiritual le ofrece, se enfrenta a un mundo que le plantea exigencias muy especiales, exigencias que sin duda incluirán lo que el alma necesita en términos de confianza, esperanza, fortaleza, etcétera. Pero el hombre también llega a un punto en el que se enfrenta a sí mismo, en el que hasta cierto punto ha salido de su esfera personal en pleno conocimiento de sí mismo, en el que ha entrado en un mundo que ya no es sólo portador de sus intereses personales, de sus intenciones personales. En el camino de la investigación espiritual, nuestra alma llega a este punto, en el que se enfrenta a sí misma, en el que se enfrenta a su personalidad, en el que se enfrenta al ser que ha sido hasta ahora. Ya se ha señalado que en la investigación espiritual esta confrontación con el ser que uno ha sido hasta ahora se describe como el encuentro con el guardián del umbral, ese umbral que separa el mundo suprasensible del mundo físico ordinario. Con este guardián del umbral se da uno cuenta por primera vez de lo que uno es, de lo que antes llamaba su personalidad, de sus intereses, de lo que deseaba, de lo que sentía como algo relacionado con simpatía o antipatía. Todo esto se presenta ante uno, como un ser ajeno que sale de uno mismo. Lo ve uno como un ser extraño y aprendes a decir: Todo esto lo has dicho hasta ahora. Ahora lo tiene uno ante sí y se le muestra como otro ser; está uno fuera de sí. Lo mismo sucede con el sentimiento, y con la voluntad del hombre en el momento del encuentro con el Guardián del Umbral. Cuando se experimenta esto, uno se da cuenta también de lo fuertes que son todas las fuerzas magnéticas que le atraen hacia la personalidad que era y que, en realidad, debe abandonar.

Esta es la experiencia significativa, mencionada aquí antes como demoledora, donde uno se da cuenta: Sí, uno debe deshacerse de sí mismo, pero este ser que uno era, al que uno se enfrenta, no quiere soltarlo, tira de uno con cien y cien fuerzas. - Y si uno es presa de estas fuerzas, si uno no puede liberarse de lo que antes llamaba «uno mismo», entonces no puede entrar en el mundo espiritual. Al conocerse a sí mismo, uno llega a conocer el vínculo entre el mundo superior, entre los poderes superiores de cognición que siempre están latentes en el hombre, y lo que uno es en el mundo físico. sino que la intensidad de las fuerzas vinculantes también crecen al alejarse de uno mismo, de modo que uno siente que todo lo que quiere tirar de uno hacia atrás se hace más fuerte cuanto más se aleja de uno mismo. Cada vez es uno más consciente de lo que le atrae de la personalidad ordinaria, y también es cada vez más consciente de lo necesario que es haber adquirido previamente fuerzas para resistir a estas fuerzas magnéticas. Esto significa que la entrada real en el mundo espiritual debe ir precedida, en realidad, de un fortalecimiento tal de las fuerzas anímicas en lo bueno, en lo moral, de una inclinación tal hacia lo que el espíritu exige de nosotros, que uno pueda resistir las tentaciones de la personalidad inferior con una fuerza mayor que la necesaria en el mundo físico.

Por eso, sólo cuando uno se encuentra ante el acontecimiento estremecedor descrito, se da cuenta de cómo todo acercamiento al espíritu es al mismo tiempo un acercamiento a exigencias morales. Por tanto, a través de la experiencia, volvemos a tener algo de lo que Platón, el gran filósofo griego, justifica cuando llama a lo divino «el bien». Cuanto mas nos abstengamos de juicios morales al enfrentamos a fenómenos naturales, tanto más correcto será nuestro juicio sobre ellos. ¿Quién juzgaría moralmente un cristal de sal o una planta atrofiada en su desarrollo? En el mundo físico ordinario el orden natural y el orden moral del mundo convergen, de modo que uno sólo siente la profundidad del orden moral del mundo, cuando se da cuenta de que sólo se es realmente admitido en el mundo espiritual con fuerza moral. Por eso se considera un principio del mundo espiritual, y esto es de nuevo una experiencia: Cualquiera puede llegar hasta el Guardián del Umbral; sólo quien lo supera mediante su fuerza moral puede superarlo. Pero aquel que sólo llega hasta él y luego tiene que retroceder, entonces tiene ante sí un mundo espiritual que sólo es el reflejo de su propio mundo interior. Pues quien puede creer que tiene todo un mundo espiritual ante sí, también puede fingir ante otras personas lo que cree tener como mundo espiritual ante sí.  Y otras personas pueden creer que es un mundo espiritual que corresponde a la verdad. Si él no ha podido traspasar el guardián del umbral a través de su fuerza moral y a través de la condición moral de su alma, entonces su mundo espiritual no está impregnado de verdad, ni de objetividad. Por lo tanto, será evidente que todo conocimiento real del mundo espiritual ofrecerá tal representación de las condiciones espirituales que, por la naturaleza de su representación en el alma, no sólo predica la moralidad, sino que también la establece.

Esto resulta especialmente claro cuando se considera lo que aquí se ha presentado a menudo como un conocimiento necesario de la ciencia espiritual desde los más diversos puntos de vista: la vida del alma humana a través de repetidas vidas terrenas. Todo lo que somos en una vida forma las causas de las cualidades que tenemos en la vida siguiente. Y al igual que somos del modo que somos en una vida, también las cualidades que llevamos dentro son los efectos de vidas terrenas anteriores. Un alma que no desarrolla el atenerse a los hechos, por causa de no ajustarse a los hechos, preparará en su siguiente vida terrenal tales circunstancias que formarán las disposiciones para un alma que desde el principio muestra falsedad en su disposición. La falsedad, por así decirlo, practicada a través de tal vida anímica, produce disposiciones de falsedad para la siguiente vida terrenal. Sólo la veracidad, practicada en una vida anímica, produce veracidad para la siguiente vida terrena ya en la disposición, en el talento exterior, de modo que si se muestra la veracidad como preparación necesaria para la formación espiritual, al mismo tiempo se apunta a algo que, más allá de la muerte, moldea el alma para la siguiente vida terrena con mayor moral de lo que estaba antes.

Si en lugar de fortaleza, de coraje moral, en el alma se desarrolla una cierta indiferencia, una cierta ligereza interior, un cierto alejamiento en el alma de la fidelidad a uno mismo, de llevar a cabo lo que uno ha reconocido como verdadero y correcto, entonces, puesto que esto tiene un efecto sobre la inspiración, tal vida anímica, en la que se prescinde de esta educación para la fortaleza, asentará, por así decirlo, tales causas que, como por inspiración, actúan en la vida siguiente y allí hacen al alma egoísta, engreída. El egoísmo en una vida es, por así decirlo, inspirado a partir de la vida precedente por el hecho de que en esta última no prevaleció en el alma el valor moral. Y practicar la indiferencia hacia todo el mundo exterior, el desinterés, la falta de atención, la cerrazón egoísta, obra de tal modo que, como una intuición por así decirlo, envía a este ser presente a la siguiente encarnación, a la siguiente vida en la tierra, y lo intuye de tal modo que esta siguiente vida también da los frutos de ello, es decir, que entonces ya produce en sus disposiciones una alienación con el entorno, una falta de cohesión con el entorno.

¿Pero qué significa estar «alienado del entorno» en el alma humana? Oh, significa mucho. Quien está alienado del entorno, quien no está adaptado al entorno, le afecta de tal manera que le enferma constantemente, y por consiguiente esto no sólo afecta al alma, sino que también afecta al cuerpo. Las predisposiciones enfermizas, malsanas, son enviadas como una intuición de una vida anterior en la tierra a una vida posterior por el hecho de que esta alma vaga por la vida sin interés, sin prestar atención. Lo que es más espiritual en una encarnación, -falta de interés, falta de compasión por el mundo que nos rodea-, se profundiza en la siguiente encarnación, en el ser físico, y aparece como enfermedad. A menudo se dice que cuando la ciencia espiritual habla de vidas terrenas repetidas en el sentido de que el karma equilibrará en una vida posterior lo que una persona ha experimentado en alegría o sufrimiento, esto justifica un cierto egoísmo. Pero si uno no polemiza sobre las palabras, sino que mira lo que es importante, si uno no quiere hablar meramente de prédica moral, sino de razones morales, entonces hay que decir: <Para ser cada vez más y más moral, el alma debe ser cada vez más y más perfecta, es decir, deben demostrarse los impulsos interiores para que sea cada vez más perfecta. Hay que mostrar, pues, cómo se relacionan los impulsos morales con la perfección o imperfección del alma. Cuando se trata de mostrar la relación de la ciencia espiritual con la moral, entonces podemos decir: Esta ciencia espiritual se justifica ciertamente ante las legítimas exigencias de la moral, pues entre sus requisitos más importantes debe incluir al mismo tiempo las exigencias morales. Hasta cierto punto, justifica ciertamente, aquellos impulsos que prevalecían en un pensador como Platón, por ejemplo, que describía lo divino-espiritual como el «bien», mostrando que lo espiritual sólo puede tolerar el bien, es decir, que debe estar íntimamente relacionado con el bien.

Por tanto, la ciencia espiritual puede considerarse como algo que ya contiene en sí los principios que establecen la moralidad, no de un modo externo, sino interno. Y además de muchas otras cosas, de las que tendremos que hablar en la próxima conferencia, que la ciencia espiritual debe dar al hombre para el apoyo interior de su alma, para la salud de su alma, para todo lo que necesita en fuerza para trabajar, en seguridad para sostenerse en la vida exterior y para penetrar en lo que es su tarea, a todo esto la ciencia espiritual puede darnos algo más, que es un importante añadido a la concepción de la vida humana, que debe satisfacer al alma humana. Al principio de esta conferencia llamamos la atención sobre cómo la moral y el juicio moral apuntan a aquellas profundidades del alma humana en las que el alma calla ante la otra alma con santa timidez porque es consciente de la dificultad de penetrar hasta donde residen los impulsos morales en el alma. Habiendo visto pues, que quien habla de principios morales en la vida toca esas profundidades desconocidas del alma humana, ante las cuales debemos detenernos con el mayor respeto, de tal manera que debemos decirnos a nosotros mismos que toda intervención injustificada en esta alma humana, es en sí misma una cosa inmoral; la moral hace que nos posicionemos ante cada uno de nuestros semejantes de tal manera que inmediatamente sospechamos: -al vez estamos allí con el juicio moral ante las profundidades de su alma-, de modo que la ciencia espiritual nos muestra que estas profundidades del alma humana, cuando están fortalecidas, cuando están vigorizadas y consolidadas, conducen efectivamente al mundo espiritual objetivo, sólo entonces hacen del alma un conciudadano de los mundos espirituales.

Habiendo visto pues, que quien habla de principios morales en la vida toca esas profundidades desconocidas del alma humana, ante las cuales debemos detenernos con el mayor respeto, de tal manera que debemos decirnos a nosotros mismos que toda intervención injustificada en esta alma humana, es en sí misma una cosa inmoral; la moral hace que nos posicionemos ante cada uno de nuestros semejantes de tal manera que inmediatamente sospechamos: -tal vez estamos allí con el juicio moral ante las profundidades de su alma-, de modo que la ciencia espiritual nos muestra que estas profundidades del alma humana, cuando están fortalecidas, cuando están vigorizadas y consolidadas, conducen efectivamente al mundo espiritual objetivo, sólo entonces hacen del alma un conciudadano de los mundos espirituales. 

De este modo, la concepción científico-espiritual de la moral nos reconcilia con lo que podemos llamar el verdadero valor del alma humana. Pone en nuestra boca las palabras que, frente a mucho de lo que necesitamos, -en fuerza de alegría y abundancia, en fuerza de espíritu y alma, en consuelo para muchos de los sufrimientos de la vida-, nos permiten suponer que en cada situación del alma humana, aunque esta alma no sea consciente de esto o de aquello, hay mucho en lo que el alma puede decir de sí misma: ¡Aunque esté muy escondido, hay algo en mí que profesa ser bueno! Y eso contribuye más, cuando el alma necesita fuerza para mantenerse, contribuye más a la fuerza de la vida y a la fuerza del trabajo, cuando el alma humana, a pesar de muchas aberraciones en la esfera moral, puede sin embargo decirse a sí misma, -y puede decírselo a sí misma gracias al conocimiento de la ciencia espiritual- lo que dice Theone en el drama "Helena" del poeta griego Eurípides:

Quiero el bien por naturaleza, y lo amo,
¡porque debo respetarme a mí misma!

Traducido por J.Luelmo oct.2024



GA202 Dornach, 28 de noviembre de 1920 La luciferización de la cultura pre cristiana - la Ahrimanización de la civilización

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RUDOLF STEINER

El puente entre la espiritualidad mundial y el ser humano físico.


La luciferización de la cultura pre cristiana

Dornach, 28 de noviembre de 1920

Cuando repasamos una vez más lo que discutimos ayer y anteayer, debe revelársenos una relación más íntima del ser humano con el universo circundante. Ya pudimos establecer la relación del cuerpo físico del hombre con todo el cosmos según la organización cefálica, la organización rítmica, la organización metabólica; también pudimos establecer la relación del hombre anímico y del hombre espiritual con todo el cosmos. Lo que a ustedes puede parecerles como la relación del hombre con el cosmos, como toda la posición interior del hombre en el mundo, en la antigüedad tuvo que ser considerado de manera diferente de lo que debe ser considerado ahora y tendrá que ser considerado cada vez más a medida que la humanidad progrese hacia el futuro. A menudo hemos mencionado que en la antigüedad se extendía sobre la humanidad una sabiduría primigenia instintiva; una sabiduría que el hombre no elaboraba interiormente, sino que el sentía, podría decirse, como medio en sueños. Esta le era dada, y en realidad no tenía que hacer otra cosa que abrir los órganos receptivos de su alma y aceptar lo que le llegaba desde el cosmos como un regalo de los dioses.

Puesto que el hombre es un ser tripartito, la relación global del hombre también debía aparecer a esta sabiduría primigenia instintiva como tripartita. Cuando el hombre dirigía su atención más hacia aquello a lo que pertenecía antes de su nacimiento y que en el tiempo entre el nacimiento y la muerte  resplandecía como ser espiritual, que es esencialmente lo que aparece en la extensión del cosmos, el hombre hablaba de que la que se le muestra allí es la belleza; el cosmos en belleza, y el hombre en relación con su organización de la cabeza, con su organización de la representación, en relación con su vigilia nacida de este mundo de belleza. Así pues, el hombre primitivo sentía que los que se revelaban a su alrededor eran seres espirituales bondadosos; pues el hombre primitivo no veía los fenómenos de la naturaleza tan seca y sobriamente como los vemos hoy, con sólo entregarnos a la conciencia ordinaria. El hombre primitivo veía lo espiritual y lo anímico revelándose por todas partes. Esto se revelaba ante él. Y este cosmos, que era la revelación de lo espiritual y lo anímico y que se revelaba a su conciencia instintiva como en poderosas imágenes oníricas, era llamado por el hombre primitivo el cosmos en belleza.

Entonces el hombre sentía que estaba en su planeta, de alguna manera. Se sentía conectado a su planeta. De él le llegaban alimentos, en él tenía su sitio. Hasta cierto punto sentía su poder, que le impregnaba físicamente, que se manifestaba en el alma como voluntad, que le fortalecía desde el estado durmiente. Él sentía este poder a su vez como el regalo de seres divino-espirituales benévolos y lo llamaba fuerza. El planeta me fortalece en fuerza, -aproximadamente así era como el hombre primitivo sentía lo que, sin embargo, no podía expresar con palabras nítidamente moduladas.

Así que se sentía, por así decirlo, inmerso en lo que estaba tomando forma en su cabeza, visualizado en sus representaciones, iluminado en su conciencia despierta. Y se sentía erguido sobre el planeta en relación con aquello que vivía como fuerza en sus extremidades, una fuerza que sentía que le era  comunicaba desde el planeta. Se decía a sí mismo: Eso mismo que actúa como fuerza en la piedra cuando cae a la tierra, que abre un agujero cuando la piedra impacta, vive en mis piernas cuando camino. Esto me conecta a través de mis piernas al planeta tierra como mi fuerza. Esto también vive en mis brazos cuando trabajo, esto impregna mi fuerza muscular. Y se sentía de pie entre la belleza y la fuerza, y sentía que se le había encomendado la tarea de lograr el equilibrio en el ritmo entre lo de arriba, la belleza, y lo de abajo, la fuerza, en la sabiduría. Y además se sentía llevado por los seres espirituales que eran los portadores de la sabiduría, que le iluminaban con sabiduría, en el sentido de que su cometido era lograr este equilibrio entre la belleza y la fuerza.

Por eso el hombre sentía lo que el cosmos le daba como belleza, sabiduría y fuerza. Para el hombre primitivo, la belleza, la sabiduría y la fuerza eran, a partir de la enseñanza de los misterios luminosos de largo alcance, aquello a través de lo cual se sentía conectado con todo el universo, a través de lo cual se sentía a sí mismo potenciado. Por así decirlo, lo exterior que le rodeaba, lo interior que sentía dentro de sí, y el equilibrio de ambos, lo sentía como belleza, sabiduría, fuerza.

En las diversas sociedades secretas, lo que ha permanecido son los eslóganes sabiduría, belleza, fuerza, por lo que a veces resulta bastante claro hasta qué punto en realidad sólo han permanecido las palabras, hasta qué punto falta la comprensión más profunda. Porque para la humanidad ha amanecido una época que ha empujado este sentimiento y este conocimiento, aunque sea un conocimiento instintivo, de nuestras conexiones con el cosmos más hacia la oscuridad. El hombre vivía, por así decirlo, en representaciones supeditadas, en sensaciones supeditadas. Él empujaba los impulsos de su voluntad a partir de elementos supeditados de su propio ser. Se olvidó de lo que una vez sintió en la belleza, la sabiduría y la fuerza, pues debía convertirse en un ser libre. De su caos interior tenía que surgir, por así decirlo, una fuerza central, a la que no se le revelara lo que al hombre original se le revelaba luminosa y poderosamente. Pero la humanidad más actual no avanzará a menos que resucite desde dentro lo que una vez se le revelaba desde el universo como belleza, sabiduría y fuerza. Desde el exterior el cosmos ya no se revelará de nuevo en belleza a la humanidad mientras ésta sea la humanidad terrenal. Aquellos tiempos fueron los tiempos de la sabiduría primigenia instintiva. Aquellos tiempos fueron tiempos pasados. Tales tiempos no son aquellos en los que se desplegaba el ser humano libre, sino en los que sólo podía desplegarse el ser humano que, por así decirlo, se impulsaba desprovisto de libertad, en los instintos. Dichos tiempos no volverán, sino que a partir de su propio ser interior el hombre debe resucitar lo que le ha llegado de fuera en sabiduría, belleza y fuerza.

Lo que fue absorbido, digamos, aspirado como fuerza de belleza del universo, el hombre lo absorbió hasta cierto punto en las antiguas, en las antiquísimas vidas terrestres. En las vidas terrestres medias que siguieron, por las que pasamos en la era egipcia, en la griega, en la moderna, en estas vidas terrestres también se absorbió, pero no llegó ante la conciencia humana. Ahora la humanidad está madura para extraerlo de la conciencia, y está siendo extraído. Lo que ha sido absorbido como el poder de la belleza surgirá de nuevo desde dentro del ser humano, y la ciencia espiritual es la guía de cómo debe surgir desde dentro del ser humano. Esto surgirá desde dentro por medio de la imaginación. Y todo lo que ahora se imparte conscientemente por medio de la imaginación en la ciencia espiritual no es otra cosa que la vida resucitada de la belleza tal como estaba presente dentro de la sabiduría primordial. Y aquello que el hombre experimentaba en sí mismo sintiendo el poder de su planeta, pero en lo que se resumía todo lo que era el poder del cosmos, sólo que estaba centrado en el planeta o está centrado en el planeta, todo eso, debe ser resucitado por el hombre comprendiéndolo desde dentro a través del conocimiento de la intuición. La belleza, succionada del universo, se convierte en imaginación para el futuro de la humanidad desde el presente. La fuerza se convierte en intuición, arrebatada por el propio poder libre del hombre, y la sabiduría en inspiración.

Así que el hombre ha dejado atrás un tiempo en el que la belleza, la sabiduría y la fuerza le fueron dadas desde el exterior. Me gustaría decir que en ciertas sociedades secretas, en las órdenes masónicas y demás, sólo se han repetido como loros estos lemas de sabiduría, belleza y fuerza, sin ninguna comprensión interior. Si se comprendiera interiormente el asunto, se sabría que se trata de antiguas tradiciones que deben revivir como imaginación, como inspiración, como intuición. Es mas bien, por tanto, una sabiduría supeditada cuando todo tipo de miembros de tal o cual orden vienen y encuentran una similitud entre lo que aparece en la ciencia espiritual y lo que ellos tienen como tradición, que en su mayoría no comprenden. En la ciencia espiritual se acentúa la conexión desde el propio conocimiento del espíritu.

Los hombres han dejado así una edad antigua en la que los secretos del universo se les revelaban en belleza, sabiduría y fuerza. Los hombres deben acercarse a una época en la que los secretos del universo les sean revelados a partir de la imaginación, la inspiración y la intuición de aquellos que quieran o deban llegar a estos poderes del conocimiento y que puedan alcanzarlos de alguna manera. Todo el mundo puede comprender ya lo que se desprende de la inspiración, la intuición y la imaginación con sólo que lo pretenda.

Ahora, sin embargo, aquella época antigua estaba expuesta a un cierto peligro. Y este peligro, me gustaría decir, surgió con más fuerza hacia finales del 2º milenio A.C. en el mundo civilizado de entonces, a lo largo de Egipto, el Cercano Oriente, la India, etcétera. El peligro consistía en no recibir de forma correcta lo que se revelaba del universo por gracia, digamos, como por sí mismo, al ser humano, el cual sólo tenía que recibirlo en su conocimiento instintivo. Podía llegarse a sucumbir a este peligro de la siguiente manera.

Deben hacerse ustedes una idea de lo que significa que en la naturaleza que rodea a la humanidad no sólo se revelaba lo que hoy aparece a la sobria conciencia como naturaleza y que se nos presenta como leyes naturales, sino que la grandiosa belleza, es decir, el bello esplendor, se revelaba en poderosas revelaciones pictóricas de seres espirituales que asomaban de cada manantial, de cada nube, de todo. Especialmente en esta época, hacia el final del 2º milenio de la era precristiana, no como en épocas aún más antiguas, donde por supuesto todo esto también estaba allí; pero allí estaba, quisiera decir, más naturalmente. En aquel tiempo, el hombre tenía que participar de esta gracia haciendo algo por sí mismo. No tenía que hacerlo de la manera en que ahora buscamos un desarrollo espiritual más elevado desde la plena conciencia, sino que podía, -y era incluso una capacidad bastante dudosa-, desarrollar deseos de esa espiritualidad, que se revelaba en la naturaleza, él podía encender sus poderes de necesidad, sus fuerzas motrices; entonces lo espiritual se le revelaba desde la naturaleza por así decirlo. Y en este alimentar las fuerzas motrices, las fuerzas de la necesidad, residía un fuerte don luciférico.

La mayoría de ustedes saben lo natural que era para el hombre la aparición de seres elementales en los antiguos tiempos atlantes. Pero esta aparición aún resuena en la clarividencia de la época post atlante. Pero poco a poco se fue desvaneciendo esta clarividencia, y después el hombre mediante sus facultades de necesidad la conoció, pudo en cierto modo también evocarla a partir de los fenómenos naturales. Este fue el peligro luciférico que surgió. El ser humano podía, por así decirlo, conmoverse a sí mismo, hasta cierto punto, encenderse a sí mismo para unir lo espiritual consigo mismo. Pero este tipo de agitación era algo luciférico en él. Por lo tanto, hacia finales del 2º milenio de la era precristiana, el mundo de la cultura y la civilización de entonces estaba fuertemente infestado de Lucifer,. En otras ocasiones nos hemos referido a esta infestación luciférica desde otros puntos de vista (ver GA193); la he rastreado hasta sus otras causas; pero ahora considerémosla desde el punto de vista asumido en estas tres conferencias.

A esta infestación Luciférica del mundo en ese momento se opone otra, la Ahrimánica. Y esta infestación Ahrimánica está actualmente en ascenso, con una fuerza enormemente poderosa. Es bastante terrible ver cómo el hombre civilizado del presente está dormido frente a lo que realmente se está desarrollando. Sólo hay que considerar cómo se han desarrollado en los últimos tiempos las fuerzas mecánicas, las fuerzas de las máquinas. Ya he hablado de esto desde otros puntos de vista. No hace tanto tiempo que los hombres tenían que hacer con sus fuerzas musculares lo que en cierto sentido pueden dejar ahora a las máquinas, a las que basta con tocar unas teclas. Lo que ocurre en las máquinas se basa en las fuerzas que el hombre saca de la tierra al extraer el carbón. El carbón proporciona la fuerza que luego funciona en nuestras máquinas.

Cuando una persona llega al punto en que una máquina trabaja a su lado, es como si cediera a la máquina lo que antes tenía que hacer él mismo. La máquina lo hace. Se pone la máquina y hace el trabajo que antes tenía que hacer él mismo. Se mide lo que produce la máquina por caballos de fuerza, y si se quiere medir a gran escala, se mide lo que se produce dentro de un determinado territorio por la fuerza que produce un caballo en un año cuando realiza su trabajo diario. Ahora tomemos lo siguiente: en 1870, -se puede calcular a partir de la producción de carbón-, se trabajaron dentro de Alemania seis años enteros y siete décimas partes de un millón de caballos de fuerza, -estoy eligiendo específicamente el año de la guerra, muy deliberadamente-. En otras palabras, además del trabajo de la gente, las máquinas trabajaron seis años enteros y siete décimos millones de caballos de fuerza. Se trata, por tanto, de una potencia que ha sido producida por las propias máquinas. ¡En la misma Alemania en 1912, 79 millones de caballos-año fueron producidos por la fuerza de las máquinas!

 Dado que Alemania tiene casi 79 millones de habitantes, esto significa que un caballo trabaja junto a cada humano durante todo el año. ¡Y consideren el aumento de 6,7 millones de caballos-año a 79 millones de caballos-año en tan sólo unas décadas!

Y ahora consideremos estas proporciones en relación con el estallido de la terrible catástrofe de la guerra. En el mismo año, 1912, Francia, Rusia y Bélgica juntas podían reunir 35 millones de caballos de fuerza-año; Gran Bretaña 98 millones de caballos de fuerza-año. La guerra de 1870 fue librada esencialmente por hombres, porque no era mucho lo que se podía movilizar mediante fuerzas mecánicas. En Alemania sólo había 6,7 millones de años caballo de fuerza. En unas pocas décadas se había cambiado. Ya saben, en esta guerra las máquinas esencialmente trabajaron uno contra la otra. Lo que se enfrentaba en los frentes provenía de las máquinas, de modo que los años caballo de los mecanismos eran realmente conducidos al frente.

Ahora, sin embargo, la situación era tal que Gran Bretaña sólo podía movilizar sus 98 millones de caballos de fuerza-año durante un período de tiempo más largo. Pero entonces lo que procedía de la potencia mecánica de estos imperios sumaba 133 millones de caballos-año frente a los 79 millones de caballos-año de Alemania; unos 92 millones de caballos-año se obtendrían si se añadiera Austria. Esto compensaba inicialmente en cierta medida el hecho de que, como ya he dicho, Gran Bretaña no podía convertir sus caballos-año tan rápidamente del cultivo de la tierra al frente. En esta terrible catástrofe de la guerra, lo que realmente se enfrentó no fue la sabiduría de los generales, -aunque sí marcaron ciertas direcciones-, sino que lo esencial que se enfrentó fueron las fuerzas mecánicas que chocaban en los frentes, y que no dependían de los generales, sino de los inventos que el hombre había hecho previamente de su ciencia natural.

¿Y qué tenía que pasar, por así decirlo, con la férrea necesidad, fatalmente? Supongamos que los años caballos de fuerza de los Estados Unidos de América con 139 millones de años caballos de fuerza fueron enviados ahora al frente.

Ya lo ven, al margen del genio de los generales, el destino del mundo estaba predeterminado por lo que el hombre había producido en unas pocas décadas de potencia de las máquinas. Y contra este destino del mundo, contra esta necesidad, en la que los resultados de las fuerzas mecánicas simplemente chocaban en los frentes, no había nada que hacer.

Sí, ¿Qué está pasando aquí realmente? El hombre ha construido los mecanismos a partir de su pensar. Al construirlos, había colocado su intelecto, el intelecto que había obtenido de la ciencia natural, en los mecanismos. En cierto sentido, el intelecto se había escapado de su cabeza y se había convertido en el caballo de fuerza de su entorno. Ahora, después de escaparse, trabajaban por sí mismos. No es fácil para el adormecido hombre civilizado de hoy en día imaginar la furiosa velocidad con la que se ha producido esta creación de un mundo inhumano-extrahumano en las últimas décadas.

Aquellos seres humanos a los que me he referido, a finales del 2º milenio de la era precristiana, tenían a su alrededor la contaminación luciférica; las entidades espirituales gracias a las cuales desarrollaban sus necesidades y que se le aparecían desde la naturaleza. Si se trata de un objeto natural, el ser espiritual aparecía en él (es dibujado). Ahora el hombre deja fluir su espíritu en la materia, en los mecanismos. Esto se convierte ahí dentro de tal manera que, por ejemplo, en Alemania cada ser humano ha creado un caballo a su lado a partir del intelecto humano, que ahora trabaja a su lado, que no era un caballo, sino que era fuerza mecánica. Esta está separada del hombre, igual que antes estos seres elementales estaban separados del hombre, sólo que en un sentido diferente. Estaban separados hasta tal punto que el hombre tenía que volcar en ellos su poder lúcido. Ahora le aplica su poder ahrimanico Ahora lo ahrimaniza, lo mecaniza. Vivimos en la era de la contaminación ahrimánica. La gente ni siquiera se da cuenta de que en realidad se está retirando del mundo, y que está incorporando su intelecto al mundo y creando un mundo junto a sí misma que se está independizando. Y el gran, yo diría, experimento diabólico se ha llevado a cabo desde el año 1914; año en que una entidad ahrimánica básicamente ha inclinado la balanza en contra de la otra entidad ahrimánica. Hemos tenido que lidiar con una batalla ahrimánica casi sobre toda la tierra. Ha tomado el carácter ahrimánico debido al hecho de que el hombre ha creado un nuevo mundo ahrimánico en el propio mecanismo que le rodea. Y es un nuevo mundo ahrimánico. Si se fijan en las cifras: De 6,7 millones a 79 millones de caballos-año en sólo unas décadas, la potencia mecánica extrahumana ha aumentado - la proporción es la misma en los demás países - ¡qué rápido ha crecido Ahriman en las últimas décadas!

¿No cabe preguntarse si el hombre debe perder completamente lo que está depositado en su voluntad, lo que está depositado en su poder de iniciativa? ¿Se puede plantear la cuestión de si el hombre debe ser conducido cada vez más hacia la ilusión de creer que es él quien hace las cosas, cuando en verdad son las fuerzas ahrimánicas, fuerzas que se pueden calcular por años caballos de fuerza, trabajan unas contra otras? Foch y Ludendorif y Haig, por ejemplo, sólo interesan a quienes observan el mundo desde un punto de vista moral. Desde el punto de vista de la plena realidad, le interesan esas fuerzas que vienen del carbón y que chocan en los frentes, que son conducidas desde los talleres mecánicos a los frentes, en función de las fuerzas inventivas de los años anteriores, y que hacen de simple ejemplo aritmético de lo que debe suceder.

En consecuencia, la Ahrimanianización del mundo es un simple ejemplo de cálculo para saber lo que debe suceder. ¿Y cómo se sitúa el hombre a su lado? Puede situarse a su lado como el estúpido, cuyas máquinas acaban por correr en su contra cuando encuentra combinaciones de fuerzas aún más complicadas.

Esta Ahrimanización es la contraparte moderna de la Luciferización del mundo de la que hablé antes. Esto es lo que se tiene que ver. Después de todo, ¿no es esto quizás lo más ilustrativo para probar la necesidad de que el hombre debe ahora crear desde dentro? No detendremos esta ahrimanización, ni debemos hacerlo, pues de lo contrario estaríamos ante cada nueva mecanización como el Colegio de Médicos de Nuremberg en 1839 o como el jefe de correos de Berlín antes de que se construyera el ferrocarril, que dijo: La gente quiere hacer funcionar un ferrocarril de Berlín a Potsdam -¡Yo dejo que salgan los vagones de correo dos veces por semana y no hay nadie en ellos! -No se puede detener la mecanización, porque la cultura tiene que avanzar en esa dirección. La cultura exige ahrimanización. Pero debe ir acompañada de lo que ahora trabaja desde el interior humano, lo que a su vez extrae sabiduría, belleza, fuerza, es decir, poder del interior humano en la imaginación, en la intuición, en la inspiración. Porque los mundos que surgirán allí serán mundos humanos, serán los que estén ante nosotros en el espíritu, en el alma, mientras afuera corren las fuerzas de la máquina ahrimánica. Y estas fuerzas, que surgen de la imaginación, de la inspiración, de la intuición, tendrán el poder de dirigir lo que de otro modo tendría que abrumar al hombre a su alrededor  a partir del ritmo frenético de la ahrimanización. Lo que surge del mundo espiritual, de la imaginación, de la inspiración, de la intuición, es más fuerte que todos los caballos de fuerza que aún pueden brotar de la mecanización del mundo. Pero las fuerzas mecanizadoras abrumarían al hombre si no encontrara el contrapeso para ellas en lo que puede encontrar de las revelaciones del mundo espiritual, por las que debe esforzarse.

No se trata de una invención, ni de un ideal abstracto, ni de una consigna, que aparece con la ciencia espiritual y que se esfuerza por la comprensión de la imaginación, de la inspiración, de la intuición, sino que es algo que se puede leer en su necesidad de manera tangible en el curso del desarrollo humano. Y hay que señalar que el hombre se vería desbordado por lo extrahumano, que él mismo ha creado en un mundo ahrimanizado en potencia calculable. Cuando el hombre recibía de fuera lo que le daba sabiduría, belleza y fuerza, no tenía todavía el mundo ahrimanizado a su alrededor, podía absorberlo en gracia, o absorberlo a través de la gracia, y tenía en la tierra lo que había adquirido a lo sumo a través del poder del fuego o a través de las herramientas mecánicas más simples, que no añadían mucho a su propio poder. Y sólo desde aproximadamente la segunda mitad del siglo XIX tenemos un nuevo mundo, quisiera decir, una nueva y poderosa capa geológica que cubre la tierra. Además de todas las capas, diluvio, aluvión, existe la capa ahrimánica de las fuerzas mecanizadas, que forma como una costra sobre la tierra. Así que de las profundidades surge lo que abruma al hombre si éste no se sitúa en el mundo exterior con ese mundo que le viene del espíritu, es decir, de la imaginación, la intuición, la inspiración.

Hay impulsos verdaderamente fuertes procedentes del conocimiento del devenir del mundo, que apuntan a la necesidad de una cultura y civilización espiritual-científica. Estas son ya hoy necesidades cuantificables. Después de todo, ¿Acaso no es terrible que esta capa, digamos, suprageológica surja junto a las personas con tanta rapidez, como una nueva corteza terrestre, y que muchas personas hoy en día sigan pensando como cuando, por ejemplo, en Alemania sólo se producían 6,7 millones de caballos de fuerza-año gracias a la mecanización? ¿Piensa la gente por dónde transcurre realmente el devenir del mundo? ¿Son conscientes de lo que ocurre en realidad? No lo somos, de lo contrario veríamos realmente a partir de la constatación de lo que está sucediendo la necesidad de encontrar una nueva forma para impregnar al hombre de lo que las épocas pasadas llamaron belleza, sabiduría, fuerza, y de lo que debemos llamar imaginación, inspiración, intuición, de acuerdo con el curso que debe seguir la personalidad humana para alcanzarlo.

Estamos, pues, ante un mundo de infestación ahrimánica. He dicho a menudo: no quiero emplear descuidadamente la palabra "período transitorio", porque en el fondo todo tiempo es un período transitorio; pero un tiempo en el que algo tan especial como la Ahrimanización se ha desarrollado tan rápidamente, como desde el último tercio del siglo XIX, tal tiempo no existe siempre. Y el período Biedermeier que lo precedió inmediatamente para una gran parte de Europa Central no puede compararse verdaderamente con lo que ha sucedido en realidad en las últimas décadas. Hay que sentir toda la gravedad de estos acontecimientos modernos. Y hay que sentir lo siguiente.

Cuando se observa un acontecimiento como la guerra de 1870/71 en Europa Central: se podría pensar en ello, se podría seguir con el pensamiento. ¡Pero basta con ver cómo la gente sigue intentando visualizar los acontecimientos de los últimos años de la misma manera! ¡Todavía piensan como la gente pensaba cuando sólo había 6,7 millones de caballos de fuerza años en Alemania! ¡No se dan cuenta de que tienen que pensar de otra manera cuando est´tán trabajando 79 millones de caballos de fuerza-año fuera del hombre! Esto requiere una forma de pensar completamente diferente. Sin recurrir a la ciencia espiritual, los enigmas que surgen de estos acontecimientos no se resolverán en absoluto. Si el hombre mecaniza el mundo que le rodea mediante la ciencia externa, con mayor razón debe permitir que surja de su interior una ciencia interna, que a su vez es sabiduría. Esto tendrá el poder de dirigir lo que de otro modo le abrumaría.

Traducido por J.Luelmo feb.2024