CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA233 Dornach, 31 de diciembre de 1923 El incendio de Éfeso y el incendio del Goetheanum

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RUDOLF STEINER

 HISTORIA DEL MUNDO A LA LUZ DE LA ANTROPOSOFÍA

Dornach, 31 de diciembre de 1923

VIII conferencia

Hoy nos encontramos bajo el signo de un doloroso recuerdo, y en el signo de ese doloroso recuerdo quiero situar el tema de nuestra conferencia de hoy. La conferencia que pude pronunciar hace exactamente un año en nuestro anterior Goetheanum, -aquellos de ustedes que estuvieron presentes recordarán que dicha conferencia partía de las descripciones de la Naturaleza, de las relaciones que pueden observarse en la Naturaleza en la Tierra, y desde éstas conducía hasta los mundos espirituales y las revelaciones de los mundos espirituales en la escritura de las estrellas. Y recordarán cómo pudimos entonces llevar el corazón humano, el alma y el espíritu humanos en toda su naturaleza y ser a una estrecha conexión con lo que se encuentra cuando uno sigue el camino que se aleja de lo terrenal hacia los distantes espacios estelares, donde lo espiritual escribe su Escritura Cósmica. Y las palabras que escribí entonces en la pizarra, escribiendo por última vez en la habitación que tan pronto nos sería arrebatada, llevaban dentro este impulso y este propósito: elevar el alma humana a las alturas espirituales.

Así pues, aquella tarde entramos en contacto directo y estrecho con aquello a lo que nuestro Goetheanum estaba dedicado en toda su intención y carácter. Y hoy me permitirán que les hable de nuevo de estas cosas, como si fuera la continuación de la conferencia que se dio aquí hace un año.

En los días que precedieron a la quema de Éfeso, cuando los hombres hablaban de los Misterios, siempre que fueran hombres que tuvieran alguna comprensión y sentimiento por ellos, hablaban de ellos más o menos de la siguiente manera: El conocimiento humano, la sabiduría humana tiene un hogar y una morada en los Misterios. Y cuando en aquellos antiguos tiempos los Guías Espirituales del Universo hablaban de los Misterios, cuando se hablaba de los Misterios en los mundos suprasensibles, -permítaseme esta expresión, aunque por supuesto es sólo una figura retórica para describir cómo el pensamiento y la influencia descendían de los mundos suprasensibles a los mundos sensibles-, cuando, por lo tanto, se hablaba de los Misterios en los mundos suprasensibles, se hacía de la siguiente manera: «En los Misterios los hombres erigen lugares donde nosotros, los Dioses, podemos encontrar a los hombres que efectúan el sacrificio y que nos comprenden en el sacrificio».

Porque, en efecto, esa era la conciencia general del mundo antiguo de quienes sabían que los dioses y los hombres se reunían en los lugares de misterio y que todo lo que sostiene y mantiene al mundo depende de lo que ocurre en los misterios entre los dioses y entre los hombres.

Pero hay una palabra que también se transmite externamente de manera histórica, que puede conmover al corazón humano a partir de esta tradición histórica, pero que habla de manera particularmente conmovedora cuando uno la ve formarse a partir de acontecimientos muy especiales, como si estuviera escrita en la historia de la humanidad con letras de hierro, pero sólo visible por el momento en el espíritu. Y creo que una palabra así siempre puede verse cuando la mirada espiritual se dirige hacia la acción de Eróstratos, la quema de Éfeso. En estas llamas de fuego se puede encontrar la antigua palabra: la envidia de los dioses.

Yo creo, sin embargo, que entre las muchas palabras que se han transmitido desde la antigüedad, que pueden verse en la vida de los tiempos antiguos de la manera que acabo de describir, ésta es una de las más terribles en este mundo físico: la envidia de los dioses. En aquellos tiempos antiguos se designaba con la palabra Dios a todo lo que vivía en un ser suprasensible de tal manera que nunca necesitaba aparecer en un cuerpo físico en la tierra, y en aquellos tiempos antiguos se distinguía entre las más diversas familias de dioses. Y muy ciertamente, esas entidades divino-espirituales que están tan conectadas con la humanidad que el hombre, según su ser más íntimo, ha llegado a existir a través de ellas y ha sido enviado a través del curso del tiempo, esas entidades divino-espirituales, que sentimos a través de la majestad y a través de las más pequeñas manifestaciones de la naturaleza exterior, que sentimos a través de lo que vive dentro de nosotros, esas entidades divino-espirituales no pueden llegar a ser envidiosas. Pero en la antigüedad la envidia de los dioses significaba algo muy real. Si seguimos el período en que se desarrolló la raza humana hasta Éfeso, encontraremos que los individuos humanos más avanzados han tomado para sí mucho de lo que los dioses buenos se complacían en darles en los misterios. Porque tenemos toda la razón cuando decimos: Existe una relación íntima entre los buenos corazones humanos y los buenos dioses, que se hizo cada vez más firmemente ligada en los Misterios, de modo que se antepuso a las almas de ciertas otras deidades luciférico-ahrimánicas, de modo que el hombre fue atraído cada vez más cerca de las buenas deidades. Y surgió la envidia de los dioses hacia el hombre. Y una y otra vez debemos oír en la historia cómo el hombre que lucha por el espíritu, cuando cae en un destino trágico, es descrito en la antigüedad de tal manera que su destino trágico se une a la envidia de los dioses.

Los griegos sabían que esta envidia de los dioses existía, y mucho de lo que ocurrió externamente en el desarrollo de la humanidad se lo atribuían a esta envidia de los dioses. Con el incendio de Éfeso se hizo realmente evidente que sólo es posible un cierto desarrollo espiritual ulterior de la humanidad si las personas toman conciencia de ello: Hay dioses, es decir, seres suprasensibles, que están celosos del progreso ulterior del hombre. - Esto, después de todo, da el color especial a toda la historia que siguió a la quema de Éfeso, -también podría decir el nacimiento de Alejandro. Y la comprensión correcta del Misterio del Gólgota también incluye esto: contemplar un mundo que está lleno de la envidia de ciertas cohortes de dioses. Sí, en realidad la atmósfera espiritual en Grecia ya estaba llena de los efectos de esta envidia de los dioses desde poco después de la Guerra Persa. Y lo que se hizo entonces en el período macedónico tuvo que hacerse con plena conciencia del hecho de que sobre la superficie de la tierra reinaba en la atmósfera espiritual la envidia de los dioses. Pero se hizo con valentía, con audacia, desafiando las incomprensiones de dioses y hombres.

Y en esta atmósfera, que estaba llena de la envidia de los dioses, se sumergió la gesta del Dios capaz del mayor amor que puede existir en el mundo. El misterio del Gólgota sólo puede verse bajo la luz adecuada si podemos añadir a todo lo demás la imagen de los nubarrones en el mundo antiguo, en Hellas, en Macedonia, en Oriente Próximo, en el norte de África, en el sur de Europa; la imagen de los nubarrones que son la expresión de la envidia de los dioses. Y maravillosamente cálido, suavemente radiante, el amor que fluye a través del misterio del Gólgota cae en esta atmósfera llena de nubarrones.

Lo que en aquellos tiempos, si se me permite decirlo, era un asunto que tenía lugar entre dioses y hombres, en nuestra época, en la era de la libertad humana, debe tener lugar más abajo, en la vida física del hombre. Y ya se puede describir cómo tiene lugar. En la antigüedad, cuando se pensaba en los Misterios, se hablaba de ellos en la tierra: El conocimiento humano, la sabiduría humana tiene un hogar en los Misterios. Cuando uno estaba entre los dioses, se decía: Cuando descendemos a los Misterios, encontramos los sacrificios de los hombres, y en el hombre que sacrifica somos comprendidos. Básicamente, el incendio de Éfeso fue el comienzo de la época en la que el sistema de misterios desapareció gradualmente en su antigua forma. Ya les he dicho cómo continuó existiendo aquí y allá, magníficamente, por ejemplo, en los misterios de Hibernia, donde el misterio del Gólgota se celebraba en el culto al mismo tiempo que estaba teniendo lugar físicamente allá en Palestina. Ellos tenían conocimiento de ello sólo a través de la mediación espiritual entre Palestina e Hibernia, no a través de la mediación física. Pero sin embargo, la esencia de los misterios en el mundo físico declinaba cada vez más. Las moradas exteriores, que eran lugares de encuentro entre dioses y hombres, perdieron cada vez más su importancia. Se habían perdido casi por completo en los siglos XIII, XIV d.C. Pues si se quería encontrar el camino al Santo Grial, por ejemplo, debía de saberse recorrer caminos espirituales. Los caminos físicos se recorrían en la antigüedad, antes del incendio de Éfeso. En la Edad Media había que recorrer caminos espirituales.

Sin embargo, a partir de los siglos XIII y XIV, y sobre todo a partir del siglo XV, había que seguir caminos espirituales para obtener una verdadera enseñanza rosacruz. Pues los templos rosacruces estaban profundamente ocultos a la experiencia física externa. Muchos Rosacruces reales eran visitantes de los templos, pero ningún ojo humano físico externo podía encontrar los templos. Pero podía haber discípulos que acudían a estos antiguos Rosacruces, que se encontraban aquí y allá como ermitaños del conocimiento y de la santa actividad humana, para ser encontrados por aquellos que pueden oír el lenguaje de los dioses desde el suave brillo de sus ojos. No estoy diciendo nada que no sea auténtico. No quiero expresar una imagen, quiero expresar una verdad que era ciertamente una realidad significativa en la época a la que me refiero.  Al maestro rosacruz se le encontraba cuando uno había adquirido por primera vez la capacidad de oír el lenguaje celestial en el leve brillo físico de los ojos. Entonces, en el entorno menos exigente, en las condiciones humanas menos exigentes, en los siglos XIV y XV en Europa Central, se encontraron estas extrañas personalidades que estaban interiormente llenas de Dios, que estaban interiormente conectadas con los templos espirituales que existían, pero a los que el acceso era realmente tan difícil como el acceso al Santo Grial descrito en la conocida leyenda.

En tales ocasiones, al observar lo que ocurría entre tal maestro rosacruz y su discípulo, se pueden escuchar muchas conversaciones que, incluso en la forma de tiempos más recientes, representan la sabiduría de los dioses que caminan sobre la tierra. Las enseñanzas eran profundamente concretas. En aquel lugar un maestro rosacruz era encontrado en su soledad por un discípulo que se había propuesto buscarlo y encontrarlo. Después uno de los discípulos miraba a los ojos de mirada suave, de los que habla el lenguaje de los dioses, y allí recibía modestamente la siguiente enseñanza.

Hijo mío, mira dentro de ti. Dentro de ti llevas el cuerpo que ven tus ojos físicos exteriores. El centro de la tierra envía a este cuerpo las fuerzas que lo hacen visible. Este es tu cuerpo físico. Pero mira a tu alrededor en el entorno de ti mismo en la tierra. Ves las piedras, a ellas se les permite estar en la tierra por sí mismas, están en casa en la tierra. Una vez que han tomado una forma, pueden conservar esta forma a través de las fuerzas de la tierra. Mira el cristal: lleva su forma dentro de sí, retiene esta forma de su propia esencia a través de la tierra. Tu cuerpo físico no puede hacer eso. Si tu alma lo abandona, entonces la tierra lo destruye, lo disuelve en polvo. La tierra no tiene poder sobre tu cuerpo físico. Si lo tiene para poder dar forma y mantener las formaciones cristalinas transparentes y de formas maravillosas, pero no tiene poder para mantener la forma de tu cuerpo físico, debe disolverlo en polvo. Tu cuerpo físico no es de la tierra. Tu cuerpo físico es de alta espiritualidad. Los serafines, los querubines, los tronos, lo que es la forma y la figura de tu cuerpo físico les pertenece. Este cuerpo físico no pertenece a la tierra, este cuerpo físico pertenece a los más altos poderes espirituales inicialmente accesibles para ti. La tierra puede destruirlo, nunca podrá construirlo.

Y dentro de este cuerpo físico tuyo habita tu cuerpo etérico. Llegará el día en que tu cuerpo físico será aceptado por la tierra para su destrucción. Luego tu cuerpo etérico se disolverá en la inmensidad del cosmos. La inmensidad del cosmos puede disolver este cuerpo etérico, pero no puede construirlo. Sólo aquellos seres divino-espirituales que pertenecen a la Jerarquía de Dynamis, Exusiai, Kyriotetes pueden construirlo. A ellos les debes tu cuerpo etérico. 

Tú combinas las sustancias físicas de la tierra con tu cuerpo físico. Pero aquello que está dentro de ti transforma las sustancias físicas de la tierra de tal manera que se hace desigual en ellas a todo lo que es físico en la vecindad del cuerpo físico. Tu cuerpo etérico mueve en ti todo lo que es líquido, lo que es agua en ti. Los jugos que circulan allí, que transitan allí, están bajo la influencia de tu cuerpo etérico. Pero mira tu sangre: Exusiai, Dynamis, Kyriotetes, son ellos los que hacen que esta sangre circule por tus venas como fluido. Sólo eres humano como cuerpo físico. En tu cuerpo etérico sigues siendo un animal, pero un animal espiritualizado por la segunda jerarquía.

Lo que aquí les resumo, aunque en pocas palabras, era objeto de una larga lección por parte de aquel maestro en cuya dulce mirada el discípulo oía el lenguaje del cielo. Entonces se señalaba al discípulo el tercer miembro del ser humano, que llamamos cuerpo astral. Se le decía al alumno con claridad que este cuerpo astral contiene los impulsos para la respiración, para todo lo que es aire en el organismo humano, para todo lo que pulsa como aire en el organismo humano. Pero aunque la tierra se empeñe, durante mucho tiempo después de que el ser humano haya atravesado la puerta de la muerte, en retumbar, por decirlo así, en el aire, y durante años el retumbar de los cuerpos astrales de los difuntos pueda ser percibido por un ojo clarividente en los fenómenos atmosféricos de la tierra, ésta con su entorno no puede, sin embargo, hacer otra cosa hacia los impulsos del cuerpo astral que disolverlos. Pues sólo los seres de la tercera jerarquía, Arkai, Arcángeles, Ángeles, pueden formarlos. 

Y así, tocando al discípulo en el corazón, el Maestro le decía: Perteneces a tu cuerpo físico en la medida en que tomas el reino mineral en ti y lo cambias, en la medida en que tomas el reino humano en ti y lo procesas, perteneces a los Serafines, Querubines, Tronos. En la medida en que eres un cuerpo etérico, eres animal en lo etérico, pero perteneces a los espíritus que se describen como pertenecientes a la segunda jerarquía: Kyriotetes, Dynamis, Exusiai, y en la medida en que vives en el elemento fluido, no perteneces a la tierra, sino a esta jerarquía. Y en la medida en que gobernáis en el elemento aeriforme, no pertenecéis a la tierra, sino a la Jerarquía de los Ángeles, Arcángeles, Archai.

Y después que el discípulo recibiera esta instrucción de manera suficiente, ya no se sentía miembro de la tierra. Partiendo de sus cuerpos físico, etérico y astral, sentía, por así decirlo, las fuerzas que lo conectan a través del mundo mineral con la primera Jerarquía, a través del acuoso terrestre con la segunda Jerarquía, a través del mundo aéreo con la tercera Jerarquía. Y estaba claro para él: vive en la tierra sólo a través de aquello que lleva dentro de sí como elemento de calor. De este modo, el discípulo rosacruz percibía el calor que lleva dentro de sí, el calor físico que lleva dentro de sí, como lo propiamente terrestre-humano. Y aprendía cada vez más a sentir el calor del alma y el calor del espíritu en relación con este calor físico. Y mientras que el hombre posterior ha ignorado cada vez más que su sustancia física, su sustancia etérica, su sustancia astral está conectada con lo Divino a través de lo sólido, de lo líquido, de lo aeriforme, el discípulo rosacruz lo ha sabido muy bien y lo ha conocido: lo verdaderamente humano-terrenal es el elemento calor. En el momento en que el discípulo del Maestro Rosacruz había comprendido este secreto de la conexión entre el elemento calor y lo humano-terrenal, en ese momento sabía cómo vincular su parte humana con la espiritual.

Y en aquellos hogares, a menudo muy poco pretenciosos, donde vivían tales maestros rosacruces, ocurría que antes de entrar, los alumnos eran preparados de una manera a menudo no buscada, de hecho aparentemente milagrosa, al ser concienciados, -uno de esta manera, el otro de aquella otra, a menudo parecía exteriormente una coincidencia-, al ser concienciados: Debes buscar dónde tu parte espiritual pueda conectarse con lo cósmico-espiritual. Y cuando el discípulo hubo recibido la instrucción de la que acabo de hablarles, entonces, sí, entonces podía decir a su maestro: Ahora me alejo de ti con el mayor consuelo que podría haberme llegado en la tierra. Porque al mostrarme que el hombre terrenal tiene verdaderamente su elemento en el calor, me has dado la oportunidad de conectar con mi físico al alma y a lo espiritual. No llevo lo espiritual a los huesos sólidos, a la sangre líquida, a la respiración aérea. Lo llevo al elemento calor.

Y era una tremenda calma con la que los así instruidos partían de sus maestros en aquellos tiempos. Y a partir de la calma del semblante, que expresaba el resultado de la gran consolación, de la calma del semblante se desarrollaba gradualmente esa mirada suave desde la que puede hablar el lenguaje del cielo. Y así una profunda instrucción espiritual estuvo básicamente presente hasta el primer tercio del siglo XV, oculta a los acontecimientos relatados en la historia externa. Pero allí tuvo lugar una instrucción que se apoderaba de todo el ser humano, una instrucción que permitía al alma humana conectar su propio ser con la esfera de lo cósmico-espiritual.

Todo este ánimo espiritual se ha perdido en los últimos siglos. Ya no está contenido en nuestra civilización. Y una civilización exterior, ajena a Dios, se ha extendido por los lugares que antaño vieron lo que acabo de describirles. Hoy uno se encuentra allí con el recuerdo, que sólo puede invocarse en el espíritu, en la luz astral, de muchas escenas similares a la que acabo de describirles. Este es el estado de ánimo básico que tenemos hoy cuando miramos hacia atrás, hacia aquellos tiempos, que a menudo se describen como tan oscuros, y luego miramos hacia adelante, hacia nuestro tiempo. Pero cuando se mira hacia atrás, las revelaciones espirituales que han estado a disposición de la gente desde el último tercio del siglo XIX dan lugar a un profundo anhelo en el corazón el impulso de hablar a la gente de una manera espiritual. Y el camino espiritual no puede ser anunciado sólo a través de palabras abstractas, el camino espiritual exige muchos signos para poder hablar de una manera abarcante. Y tal lenguaje, que debía ser encontrado para aquellos seres espirituales que deben comunicar a la humanidad moderna, tal forma de lenguaje, eran las formas de nuestro Goetheanum, que fue quemado hace un año. Verdaderamente, era en estas formas en las que debía seguir pronunciándose lo que se hablaba desde el podio de las ideas a los oyentes. Y así, en cierto modo, algo estaba presente con el Goetheanum que realmente podía recordarnos lo antiguo en una forma completamente nueva.

Cuando el iniciado entraba en el templo de Éfeso, su mirada se dirigía a la estatua de la que he hablado en estos días, a la estatua que realmente le gritaba las palabras en el lenguaje del corazón: Únete al éter del mundo y verás lo terrenal desde las alturas etéricas. Así es como muchos discípulos de Éfeso veían lo terrenal desde las alturas etéricas. Y cierta raza de dioses sintió envidia. Pero contra la envidia de los dioses, siglos antes del Misterio del Gólgota, personas valerosas encontraron, sin embargo, la posibilidad de propagar, -aunque en forma debilitada, pero sólo en la forma debilitada en que podía seguir funcionando-, lo que había funcionado desde los antiguos años sagrados del desarrollo humano hasta la quema de Éfeso. Y si nuestro Goetheanum hubiera estado completamente terminado, entonces desde la entrada en el oeste la mirada habría recaído en esa estatua en la que el hombre habría encontrado la invitación a conocerse a sí mismo como un ser cósmico, situado entre los poderes de lo Luciférico y los poderes de lo Ahrimánico, en un equilibrio de la naturaleza interior, transmitido desde Dios. Y si se observaban las formas de las columnas, los arquitrabes, expresaban un lenguaje, un lenguaje que era la continuación del lenguaje que interpretaba lo espiritual desde el podio hasta las ideas. Las palabras seguían resonando a lo largo de los moldes, que tenían formas escultóricas. Y en lo alto de la cúpula podíamos ver aquellas escenas que podían acercar el desarrollo de la humanidad a la mirada espiritual. Para los que podían sentir, este Goetheanum ya recordaba al templo de Éfeso.

Pero el recuerdo se hizo terriblemente doloroso cuando, de un modo nada distinto al antiguo, justo en el punto de su desarrollo en que el Goetheanum debería haber pasado por sí mismo a convertirse en portador de la renovación de la vida espiritual, la antorcha incendiaria fue arrojada a este Goetheanum.

Queridos amigos, nuestro dolor era profundo. Nuestro dolor era indescriptible. Pero tomamos la decisión de continuar nuestra labor en favor del mundo espiritual, sin que nos lo impidiera lo más triste y trágico que podía habernos ocurrido. Pues podíamos decirnos en nuestros corazones: Si vemos las llamas que se elevan desde Éfeso, la envidia de los dioses aparece inscrita en las llamas en una época en la que la gente aún tenía que seguir sin libertad la voluntad de los dioses buenos y malos.

En nuestro tiempo, la gente se organiza hacia la libertad. Hace un año, en Nochevieja, miramos hacia las llamas devoradoras. La llamarada roja se elevaba hacia el cielo. Líneas de llamas azuladas, rojizas y amarillas parpadeaban en el mar de fuego general, procedente de los instrumentos metálicos que contenía el Goetheanum, un gigantesco mar de fuego con los más variados contenidos de color. Y cuando se miraba este mar de llamas con las líneas de colores en él, había que interpretar, dirigiéndose al dolor del alma: la envidia de los hombres.

Así se articula lo que de época en época describe la evolución de la humanidad, incluso en la mayor desgracia. Desde la palabra que expresa una desgracia mayor discurre un nexo de unión, partiendo del tiempo en que los hombres aún miraban a los dioses esclavizados, pero debían liberarse de la esclavitud, un nexo de desarrollo espiritual, -desde aquella desgracia, donde se veía inscrito en las llamas: la envidia de los dioses-, hasta nuestra desgracia, donde el hombre debe encontrar en sí mismo el poder de la libertad y donde inscrito en las llamas estaba: la envidia de los hombres. En Éfeso la estatua de los dioses; aquí en el Goetheanum la estatua del hombre, la estatua del representante de la humanidad, el Cristo Jesús, en quien pensábamos, identificándonos con él, fundirnos con toda humildad en el conocimiento de la misma manera que en su día los discípulos de Éfeso se fundieron a su manera con Diana /Artemisa de Éfeso de una manera ya no del todo comprensible para la humanidad actual.

Cuando se observa desde un punto de vista histórico lo que nos deparó la Nochevieja del año pasado, el dolor no disminuye. Cuando se me permitió subir por última vez al estrado, que se erigió en armonía con todo el edificio, la mirada del público en aquel momento, la mirada del alma, debía dirigirse hacia la ascensión de las regiones terrestres a las regiones estrelladas, que expresan la voluntad y la sabiduría, la luz del cosmos espiritual. Sé bien que en ese momento estaban presentes los padrinos, los espíritus de aquellos que en la Edad Media enseñaban a sus discípulos de la manera que les he descrito.

Una hora después de haber pronunciado la última palabra, me llamaron al fuego del Goetheanum. En el fuego del Goetheanum pasamos toda aquella noche de Año Nuevo.

Basta pronunciar estas palabras para que ocurran cosas indecibles en todos nuestros corazones, en todas nuestras almas. Pero cuando algo así ha pasado por encima de algo sagrado en el desarrollo de la humanidad, siempre ha habido algunos que han jurado seguir trabajando después de la disolución de lo físico en el espíritu al que lo físico estaba dedicado. Y creo que ya que estamos reunidos en el momento del aniversario de nuestra desgracia del Goetheanum, podemos recordar que nuestras almas tienen el estado de ánimo adecuado para este nuestro permanecer juntos, si todos juramos continuar en espíritu a través de la ola de progreso de la humanidad lo que fue puesto ante el ojo físico a través de la forma física, la imagen física, el diseño físico con el Goetheanum y fue retirado del ojo físico a través de un acto de Herostratos.

Nuestro dolor se aferra al viejo Goetheanum. Sólo nos hacemos dignos a través de lo que nos impone el hecho de que se nos permitiera construir este Goetheanum, si nos hacemos hoy en la memoria el voto de permanecer fieles a los impulsos espirituales que tuvieron su forma exterior en aquel Goetheanum, cada uno ante lo mejor divino que lleva en su alma. Este Goetheanum nos puede ser arrebatado. El espíritu de este Goetheanum no puede, si realmente lo deseamos honesta y sinceramente, ser arrebatado de nosotros. Y menos nos será arrebatado si, en esta hora grave y solemne, que nos separa sólo un poco del momento en que, hace un año, ardieron las llamas de nuestro querido Goetheanum, no sólo volvemos a sentir el dolor en este momento, sino que desde este dolor juramos permanecer fieles al espíritu al que se nos permitió construir este lugar durante diez años. Entonces, queridos amigos, si este voto interior brota hoy honesta y sinceramente de nuestros corazones, si podemos transformar el dolor y el sufrimiento en el impulso para actuar, entonces transformaremos también el triste acontecimiento en una bendición. El dolor no puede disminuirse con esto, pero nos corresponde a nosotros encontrar el impulso para la acción, para la acción en el espíritu, precisamente a partir del dolor.

Y así, queridos amigos, recordemos las terribles llamas de fuego que nos llenaron de tan indecible dolor. Pero hoy, encomendándonos a las mejores fuerzas divinas que hay en nosotros, sintamos en nuestros corazones la llama sagrada que ha de iluminar y calentar espiritualmente lo que se pretendió con el Goetheanum, llevando adelante esta voluntad a través de las olas del progreso de la humanidad. En este momento estamos repitiendo en profundidad las palabras que se me permitió pronunciar allí hace un año más o menos por la misma época. En aquella ocasión dije algo así como: Estamos viviendo un Año Nuevo, debemos vivir hacia un nuevo año mundial. ¡Oh, si el Goetheanum estuviera aún entre nosotros, este llamamiento podría repetirse en este momento! Ya no está entre nosotros. Precisamente porque ya no está entre nosotros, creo que puede pronunciarse con mucho más vigor esta Nochevieja. Llevemos el alma del Goetheanum al nuevo año mundial y esforcémonos por erigir en el nuevo Goetheanum un monumento digno, un monumento digno al cuerpo del antiguo.

Esto, queridos amigos, ata nuestros corazones al viejo Goetheanum, que tuvimos que entregar a los elementos. Pero que esto ate nuestros corazones al espíritu, al alma de este Goetheanum. Y con este compromiso con nuestro mejor ser interior no sólo queremos vivir en el nuevo año, queremos vivir en el nuevo año mundial, enérgicos, portadores de espíritu, conductores de alma.

Queridos amigos, me habéis recibido levantándoos en la memoria del viejo Goetheanum. Vivís en el recuerdo de este viejo Goetheanum. Levantémonos ahora en señal de que nos comprometemos a seguir trabajando en el espíritu del Goetheanum con las mejores fuerzas que podamos encontrar a imagen de nuestro ser humano. Que así sea. Amén.

Y así mantengámoslo, queridos amigos, mientras podamos, según la voluntad que une nuestras almas humanas con las almas de los Dioses, a los que queremos permanecer fieles en el espíritu por el que buscamos esta fidelidad a ellos en un determinado momento de nuestras vidas cuando buscamos la ciencia espiritual del Goetheanum. Y sepamos cómo mantener esta fidelidad.

Traducido por J.Luelmo ago,2024

GA104a Munich, 1 de mayo de 1907 El Apocalipsis representa cómo los misterios antiguos se transformaron en misterios cristianos.

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El Apocalipsis representa cómo se transformaron los misterios antiguos en misterios cristianos.

RUDOLF STEINER


Munich, 1 de mayo de 1907

segunda conferencia

Hace ocho días, explicamos primero algunas cosas sobre la comprensión del lenguaje de Juan: cómo leer el Apocalipsis, qué se esconde detrás de algunas expresiones misteriosas, por ejemplo detrás del cordero como la bestia con los siete ojos y los siete cuernos. Luego intentamos explicar el animal con dos cuernos y el número 666 como ejemplo de cómo tenemos que vivir nuestras vidas en este misterioso libro. Hoy queremos visualizar de nuevo el significado de este libro.

Los documentos del Nuevo Testamento son documentos de iniciación. Hemos visto en el ejemplo de las parábolas individuales el profundo significado que contienen. Todas las parábolas nos han mostrado que el significado más profundo posible sobre el desarrollo del mundo se expresa de forma figurada en los Evangelios. Alguien podría preguntarse por qué hay contradicciones en cada uno de los Evangelios, por qué no se parecen entre sí. En mi libro "El cristianismo como hecho místico" ya he explicado lo necesario. Los Evangelios no son documentos de la biografía de Cristo Jesús, sino documentos de la iniciación. El Apocalipsis, sin embargo, es el documento más profundo. Una palabra utilizada por San Agustín es: Lo que ahora se llama "religión cristiana" es la antigua religión verdadera. Lo que era la verdadera religión se llama ahora la religión cristiana.

Entendemos esta palabra cuando visualizamos la frase central del cristianismo: "Bienaventurados los que no ven y sin embargo creen". (Juan 20:29) Esto significa que algo completamente nuevo ha llegado al mundo a través del cristianismo. Las enseñanzas también están contenidas en otros sistemas religiosos. Pero entre aquellos círculos que entendieron lo que es el "Cristo", nunca se le dio el valor principal al contenido de la enseñanza. El contenido de la doctrina también puede probarse a partir de otros documentos de épocas anteriores; el Cristo es precisamente lo que esta individualidad significa para la humanidad. La forma más fácil de entenderlo es echar un vistazo a los antiguos centros de iniciación.

Hasta la época de Cristo Jesús, sólo unos pocos elegidos fueron iniciados. Después de difíciles pruebas eran admitidos a las enseñanzas de los mundos superiores, tal como se encuentran ahora en mi libro "Teosofía". Tuvieron que permanecer mucho tiempo hasta que fueron conducidos a los grados superiores de visión. Sólo los más iniciados conocían la tradición del cumplimiento de la iniciación. Si alguien quería convertirse en discípulo, tenía que dar este paso primero, este paso después, y así sucesivamente. La iniciación concluía con el discípulo habiendo pasado por las etapas preparatorias y siendo conducido hasta los misterios mismos por el sabio. Esto ocurría en una especie de estado de conciencia llamado "éxtasis", en una morada fuera del cuerpo físico. Se vinculaba a un oscurecimiento de la conciencia, pero al mismo tiempo a una visión de los mundos espirituales. Por medio de un entrenamiento interior provocado por impulsos de la voluntad, meditaciones, purificación de las pasiones, el discípulo era llevado tan lejos que podía dar el último paso. Después, durante tres días y medio, el iniciador lo sumía en un estado como en el que nos encontramos cuando nos dormimos por la noche. Las impresiones sensoriales externas desaparecieron. En nuestro caso, nada ocupa el lugar de las impresiones visuales y auditivas que desaparecen cuando dormimos; pero en el caso del iniciado aparecía un mundo nuevo. Se encontraba rodeado de un mundo nuevo, un mundo de luz astral. Nada de lo oscuro, nada de lo que el hombre de hoy siente mientras duerme, aparecía allí. La oscuridad estaba entremezclada con una luz espiritual y seres que se encarnaban dentro de la luz espiritual. Estos seres se hacían visibles en la luz astral. Después de algún tiempo, el mundo astral, impregnado de luz, comenzaba a resonar en la armonía de las esferas. Lo que antes sólo podía verse comenzaba a oírse; era música puramente espiritual. La música exterior es sólo una imagen sombría de los sonidos de las esferas, que son escuchados por el vidente que también percibe el ser interior de las entidades espirituales. Cuando entramos en una sala y allí hay personas que luego comienzan a hablar, nos revelan su interior. Así es en los mundos espirituales. Primero, los seres se hacen visibles y, después, su interior nos habla. Esa es la armonía de las esferas.

Entonces, cuando el iniciado era llevado de vuelta a la visión física, se sentía completamente transformado como una persona nueva. Todos los que regresaban de este modo pronunciaban entonces cierta frase que era típica. Era: "¡Dios mío, Dios mío, cómo me has glorificado!". (cf. Mt 27,46 y Mc 15,34).

Así venía de nuevo, un heraldo del mundo espiritual desde su propia experiencia, desde sus propias vivencias. Se le consideraba entonces como un mensajero de los mundos espirituales. Lo que habían experimentado hasta entrar en los mundos espirituales estaba precisamente prescrito paso por paso.

Aunque los ritos de iniciación no estuvieran exactamente escritos, existían cánones de iniciación en los que se prescribían todas las etapas. Ya fuera según la escuela hermética egipcia, ya fuera según la escuela persa, ya fuera según los misterios griegos, ya fuera según los misterios druidas o drot, en todas partes había reglamentos típicos y tradicionales sobre lo que debía experimentar el que iba a convertirse en iniciado: a saber, debía experimentar que la vida en el espíritu vencería a la muerte. Estos libros de iniciación contenían todo aquello por lo que había que pasar.

Dondequiera que se describan las vidas de los grandes apóstoles de la religión y la cosmovisión, siempre aparecen rasgos típicos y similares. Las vidas de Orfeo, Pitágoras, Hermes y Buda tienen muchos rasgos comunes que son importantes para todos los grandes héroes religiosos. ¿De dónde proviene esto? Los investigadores externos creían que uno había tomado prestado de los otros. Pero no era así. Sin embargo, todos estos héroes religiosos típicos habían pasado por estas etapas hasta el más alto nivel de iniciación. En la antigüedad no había biografías en las que se tuviera en cuenta la vida exterior. Cuanto más retrocedemos en el tiempo, menos importancia encontramos concedida a lo externo. Los más grandes héroes de la humanidad no contaban para nada lo que experimentaban externamente en el plano físico. Su vida estaba enteramente dedicada a la iniciación. Cuando ellos contaban la historia de la iniciación, contaban su vida. Lo principal con un Hermes, un Buda, era lo que había vivido hasta la iniciación. Como las etapas de la iniciación eran similares en todas partes, había que obtener una descripción espiritual de la vida de los grandes iniciados.

Lo que antes sólo se había vivido en secreto, en el cristianismo se había convertido en un hecho histórico. Hermes había vivido lo que se podía describir de él en los misterios interiores, en lugares que eludían la mirada profana.

En el Cristianismo, lo que de otro modo había tenido lugar en los Lugares de Misterio se experimentaba ahora por primera vez como un acontecimiento físico externo. El proceso vital crístico es el mismo proceso vital que habían experimentado todos los iniciados cuando habían separado por primera vez el cuerpo etérico del cuerpo físico. Todo lo que fue experimentado físicamente por Cristo Jesús en el plano físico, ellos lo habían experimentado en el etérico. Las últimas palabras con ellos fueron también: "¡Dios mío, Dios mío, cómo me has glorificado!". Ellos habían experimentado previamente en el cuerpo etérico lo que el Cristo Jesús experimentaba ahora en el cuerpo físico. Así sucedió que se cumplieron las profecías de los profetas. Este acontecimiento único forma el mayor punto de inflexión en nuestra historia mundial y la divide en dos partes.

Los evangelistas no escribieron una biografía externa, sino que tomaron los libros iniciáticos canónicos existentes. Los cuatro evangelios deben considerarse escritos iniciáticos, desde cuatro perspectivas diferentes. Sin embargo, dado que la iniciación se describe de la misma manera en todas partes, los cuatro evangelios coinciden en las cosas más importantes. Podemos describir la vida del iniciado si la consideramos como una vida dedicada a la iniciación. A los evangelistas les habría parecido impío dar una biografía histórica externa del Cristo Jesús. Tuvieron que tomar las bases de sus escritos de los propios libros de misterios. Así se cumplió en cierta medida lo que los profetas habían podido predecir.

El Apocalipsis representa en cierto sentido un nuevo tipo de iniciación, representa cómo los antiguos misterios se transformaron en los misterios cristianos. Cuando miramos hacia atrás en los antiguos misterios, vemos una característica más o menos uniforme en ellos. Esta consistía en lo siguiente: Si vamos a Egipto, o a Persia, o a la India, si nos sumergimos en los Misterios Órficos o en los Eleusinos, encontramos allí coincidencia en un rasgo: una referencia profética a Uno que ha de venir. Este rasgo también estaba presente en los misterios nórdicos europeos: allí se llamaba "Sig" a un antiguo iniciado. Los Misterios Drot que había en Rusia y Escandinavia, los Misterios Druidas en Germania, todos descendían de un iniciado con el nombre Sig, que fue el fundador de los Misterios Nórdicos. Lo que sucedió en los misterios se ha conservado en los diversos mitos y leyendas del pueblo alemán y de otros pueblos germánicos. Los mitos y sagas son representaciones pictóricas de lo vivido. En la saga de Sigfrido, el rasgo que apunta hacia un fin es más pronunciado. Se expresa, mitificado, en el crepúsculo de los dioses. Este es el rasgo en todos los misterios nórdicos.

En toda la mística se utilizaba la imagen de lo femenino para el alma, que Goethe también utiliza en el "Chorus mysticus". Es lo eterno en el hombre, el alma divina que atrae al hombre. Así como la iniciación se describía en el antiguo Egipto y Persia como la unión del alma con lo espiritual, también se describía aquí en el Norte. Aquí en el norte se entendía mejor que el hombre se mantiene firme en el campo de batalla. Entre los que valían algo en el norte, era así que se les honraba como guerreros caídos en el campo de batalla; éstos eran los que entraban en la vida eterna, los demás morían la muerte de paja. Los guerreros caídos eran recibidos por las Valquirias, sus propias almas; la unión con la Valquiria era la unión con lo eterno. Sigfrido se dice que ya se había unido con la Valquiria aquí en la tierra; esto indica que era un iniciado. El significado de la historia de que Sigfrido experimenta la unión con la Valquiria ya en la tierra es que era un iniciado. Esta leyenda nos dice una cosa sobre la muerte de Sigfrido. Cuando se experimentaba la iniciación en los antiguos misterios, se les decía: "Nosotros podemos llevarte hasta cierto punto; sólo otro puede llevarte más lejos; este otro es el Cristo Jesús; todo lo que podemos darte se oscurecerá cuando venga el que trae la nueva iniciación". La espalda de Siegfried es vulnerable a Hagen porque todavía no existe lo que yacerá en ese lugar con el que sustituirá a la vieja iniciación. Este lugar se hará un día invulnerable cuando la cruz haya sido colocada sobre él. Así es como los misterios nórdicos se referían a Cristo Jesús.

En todos los misterios antiguos se esperaba al que había de venir, que viviría en el plano físico para establecer un nuevo orden mundial. Lo que iba a suceder a través de los impulsos que dio es la nueva iniciación. Encontramos un relato de esto en el Apocalipsis. Nos dice cómo tendrá lugar la iniciación hasta que Cristo Jesús regrese en una nueva forma. El Apocalipsis es una referencia al tiempo en que se desarrollará el órgano para recibir al Cristo. El tiempo hasta el regreso de Cristo Jesús se describe en el Apocalipsis. Podemos entender las palabras individuales si nos ponemos en la mentalidad de alguien que ha experimentado tal iniciación. Si recordamos la palabra de Cristo aquí, comprenderemos también el Apocalipsis: "Antes que Abraham existiera, yo existo". (Juan 8:58) Cristo vuelve su mirada del pasado al presente, porque para él existe un presente eterno.

Si queremos entender lo que se quiere decir con esto, sólo tenemos que recordar el ser humano de cuatro miembros. Éste consta de cuatro miembros: el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo. Cuando el Yo se manifiesta en el curso del desarrollo, entonces el cuerpo astral y el cuerpo etérico y finalmente también el cuerpo físico cambian: este Yo está allí para la eternidad; nace del vientre de la espiritualidad superior. Sin importar si miramos al pasado o al futuro, este yo es lo eterno. Si miramos al ser humano individual, podemos preguntarnos: ¿Qué cambios ha sufrido su yo? Cuando miramos hacia atrás, al gran diluvio atlante y luego más atrás, no encontramos al yo en un cuerpo como el actual; entonces era un estado en el que aún no podíamos pensar tan bien como ahora. Cuando miramos hacia el futuro, encontramos al yo en cuerpos cada vez más perfectos, cuya perfección  todavía no podemos imaginar a través de nuestro pensamiento. <Ahora no podemos imaginar la perfección del pensar, la pureza del sentir y demás en los cuerpos del futuro. Aquellos que son iniciados deben utilizar el moldeado del hombre tal como es en ese momento. El Cristo, también, tuvo que utilizar la forma que era habitual en aquella época; pero si miramos más profundamente, vemos en él una etapa de desarrollo que la humanidad sólo alcanzará en un futuro lejano. El Cristo Jesús fue el primogénito entre los que pueden vencer a la muerte.

Comparemos los dos tipos de evolución. Ahora el hombre nace, pasa por el curso de la vida, muere, pasa por un estado astral, por el Devacán, y luego renace. Si retrocedemos a los seres que había antes de la mitad del período lemúrico, ellos son seres que no mueren ni renacen. Ellos cambian constantemente de envoltura, como hacemos nosotros entre el nacimiento físico y la muerte física. Entonces se produce una cierta revolución. La vida espiritual y física se alternan en el ser humano actual. Con las almas grupales de los animales ocurre que se desprenden de los animales individuales, pero ellas mismas no fallecen.

Si tratamos de imaginar al ser más elevado, aquel que estaba tan desarrollado al principio como lo estarán los demás al final del desarrollo, entonces tenemos la imagen de Cristo: Él era el yo que ya era tan perfecto al principio como lo será el hombre al final. "Gracia a vosotros y paz de parte del que es, del que era y del que ha de venir" (Hch 1,4) Él es el primero y el último.

Así se describe al que entrega el Apocalipsis a Juan. Es un libro cristiano; lo prueba el pasaje que dice: "y de Jesucristo, que es el testigo fiel y el primogénito de entre los muertos y el príncipe de los reyes de la tierra. Quien nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reyes y sacerdotes ante Dios y su Padre; a quien sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén". (Hechos 1, 5 y 6)

El cristianismo representa la máxima individualización posible del hombre, la libertad del hombre como individuo. Al principio de la raza humana, vemos pequeñas comunidades unidas por lazos de sangre. Aquello que es dee la misma sangre se ama. Pero ahora Cristo Jesús viene y extiende todas las comunidades étnicas a toda la humanidad. Todas las religiones populares son superadas por él. El cristianismo es una religión mundial. En ella sólo hay personas; el cristianismo sólo conoce a las personas. El cristianismo nunca podría hablar de comunidad de religiones, sino de comunidad de personas. Comenzó un tiempo en que los misterios secretos se hicieron accesibles a todos a través del Misterio del Gólgota, que se sitúa en el centro del mundo. Gradualmente, todos los que están allí como sacerdotes y reyes elegidos dejan de existir. Se hace referencia a un estado final en el que todos son sacerdotes y reyes, a un estado que barre todas las diferencias, que hace a los hombres iguales entre sí. Por eso habla de ello el Apocalipsis: "y nos ha hecho reyes y sacerdotes ante Dios y su Padre" (Hch 1,6).

El libro representa una verdadera iniciación, una ascensión inicialmente a través del aprendizaje en el plano físico. Esta etapa está ilustrada por las siete cartas a las siete iglesias. Las siete cartas representan lo que hay que aprender primero. Luego siguen una serie de imágenes que nos conducen al plano astral. Luego vemos grupos de entidades que están en el luz astral: "y el que estaba sentado era semejante a una piedra de jaspe y a un sardio; y alrededor del trono había un arco iris semejante a una esmeralda". (Hechos 4:3) - "Y delante del trono había un mar de vidrio semejante al cristal" (Hechos 4:6) - La naturaleza de la luz astral está indicada por la transparencia. En la luz astral se puede ver a través de los objetos, parecen transparentes. Todo el mundo astral es como un mar de cristal.

Luego siguen los cuatro animales; se supone que éstos representan las almas grupales humanas. Estaban llenos de ojos por fuera y por dentro y no tenían descanso ni de día ni de noche: porque hay movimiento constante en el astral y porque los ojos astrales están en todas partes y todo es transparente para ellos, por dentro y por todas partes.

Así vemos cómo primero se describen los secretos del plano físico y luego las imaginaciones astrales emergen del libro cerrado. Se nos presentan en imágenes.

Cuando el vidente ha percibido durante un tiempo a los seres espirituales en la luz astral, éstos comienzan a sonar. Cuando se abre el sexto sello, esto se describe en el sonido de las trompetas. Este es el estado devachánico: el vidente se vuelve clariaudiente, su oído clariaudiente se abre.

Luego sigue la etapa en la que el vidente expande su conciencia por todo el mundo. Esto está indicado por la devoración del libro. Expresa el ascenso a la región de los mundos espirituales superiores.

Traducido por J.Luelmo jun,2024


GA227 Penmaenmawr, 20 de agosto de 1923 - Inspiración e intuición

   Índice

    RUDOLF STEINER 

Conocimientos de Iniciación

INSPIRACIÓN E INTUICIÓN

 Penmaenmawr, 20 de agosto de 1923

segunda conferencia

Evoquemos una vez más ante nuestras almas hacia dónde lleva la Iniciación moderna, después de haber dado con éxito los primeros pasos hacia el conocimiento Imaginativo. El hombre llega entonces al punto en que su anterior mundo de pensamientos, abstracto y puramente ideal, se impregna de vida interior. Los pensamientos que vienen a él ya no son inertes, adquiridos pasivamente; son un mundo interior de fuerza viva que siente de la misma manera que siente el latido de su sangre o la corriente que entra y sale del aire que respira. Se trata, pues, de sustituir el elemento ideal del pensamiento por una experiencia interior de la realidad. Entonces, las imágenes que antes constituían los pensamientos de un hombre ya no son meras proyecciones abstractas y sombrías del mundo exterior, sino que están llenas de una existencia interior y vívida. Son verdaderas Imaginaciones experimentadas en dos dimensiones, como se indicó ayer, pero no es como cuando se esta delante de un cuadro en el mundo físico, pues entonces puede experimentar visiones, no Imaginaciones. Más bien es como si, habiendo perdido la tercera dimensión, él mismo se moviera dentro del cuadro. Por lo tanto, no es como ver algo en el mundo físico; cualquier cosa que tenga el aspecto del mundo físico será una visión. La Imaginación Genuina sólo nos llega cuando, por ejemplo, ya no vemos los colores como en el mundo físico, sino cuando los experimentamos. ¿Qué significa esto?

Cuando ustedes ven los colores en el mundo físico, les producen experiencias diferentes. Perciben el rojo como algo que les ataca, que quiere saltar sobre ustedes. Un toro reaccionará violentamente ante este rojo agresivo; lo experimenta de forma mucho más vívida que el hombre, en quien toda la experiencia está atenuada.

Cuando ustedes perciben el verde, les da una sensación de equilibrio, una experiencia ni dolorosa ni particularmente agradable; mientras que el azul induce un estado de ánimo de devoción y humildad. Si permitimos que estas diversas experiencias de color penetren en nosotros, podemos darnos cuenta de cómo cuando algo del mundo espiritual se nos presenta de la forma agresiva en que lo hace el rojo en la vida física, es algo que corresponde al color rojo. Cuando nos encontramos con algo que nos suscita un estado de ánimo de humildad, esto tiene el mismo efecto que la experiencia del azul o del azul-violeta en el mundo físico. Podemos simplificarlo diciendo: hemos experimentado el rojo o el azul en el mundo espiritual. De lo contrario, en aras de la precisión, tendríamos que decir siempre: hemos experimentado algo allí del modo en que se experimenta el rojo, o el azul, en el mundo físico. Para evitar tantas palabras, se dice simplemente que se han visto colores áuricos que pueden distinguirse como rojo, azul, verde, etcétera.

Pero debemos darnos cuenta cabal de que este abrirnos paso hacia lo suprasensible, este dejar de lado todo lo que nos llega a través de los sentidos, está siempre presente como una experiencia concreta. Y en el curso de esta experiencia siempre tenemos la sensación que describí ayer, como si el pensar se hubiera convertido en un órgano del tacto que se extiende por todo el organismo humano, de modo que espiritualmente sentimos que se abre un mundo nuevo y que lo estamos tocando. Este no es todavía el mundo espiritual real, sino lo que podría llamar el mundo etérico o de fuerzas formativas. Quien quiera aprender a conocer lo etérico debe captarlo de esta manera. Porque ninguna especulación, ninguna reflexión abstracta, sobre lo etérico puede conducir al verdadero conocimiento de ello. En este pensar que se ha vuelto real vivimos con nuestras propias fuerzas formativas o cuerpo etérico, pero es un tipo de vida diferente de la vida en el cuerpo físico. Quisiera describir esta otra forma mediante una comparación.

Cuando ustedes miran uno de sus dedos, lo reconocen como un miembro vivo de su organismo. Si se lo cortan, ya no es lo que era; muere. Si este dedo suyo tuviera conciencia, diría: No soy más que una parte de tu organismo, no tengo existencia independiente. Eso es lo que un hombre tiene que decir directamente cuando entra en el mundo etérico con la cognición imaginativa. Ya no se siente a sí mismo como un ser separado, sino como un miembro de todo el mundo etérico, de todo el cosmos etérico. Después se da cuenta de que sólo por tener un cuerpo físico se convierte en una personalidad, en una individualidad. Es el cuerpo físico el que individualiza y hace de uno un ser separado.

En efecto, veremos cómo incluso en el mundo espiritual podemos individualizarnos, pero hablaré de ello más adelante. Si entramos en el mundo espiritual de la manera descrita, al principio nos sentiremos sólo como un miembro de todo el Cosmos etérico; y si nuestro cuerpo etérico se separase del éter cósmico, significaría para nosotros la muerte etérica. Es muy importante comprender esto, para poder entender bien lo que se dirá más adelante sobre el paso del hombre por la puerta de la muerte.

Como señalé ayer, esta experiencia imaginativa en lo etérico, que se convierte en un cuadro de toda nuestra vida desde el nacimiento hasta el momento presente de nuestra existencia en la Tierra, va acompañada de un sentimiento extraordinariamente intenso de felicidad. Y la inundación de todo el mundo de imágenes por este sentimiento interior, maravillosamente placentero, es la primera experiencia superior del hombre.

Entonces debemos ser capaces, -como también mencioné ayer-, de tomar todo aquello por lo que nos hemos esforzado a través de la Imaginación, mediante la panorámica de nuestra vida, y hacer que todo desaparezca a voluntad. Sólo cuando hayamos vaciado así nuestra conciencia, comprenderemos cómo son realmente las cosas en el mundo espiritual. Porque entonces sabemos que lo que hemos visto hasta ahora no era el mundo espiritual, sino sólo una representación imaginativa de él. Sólo en esta etapa de conciencia vacía, -así como el mundo físico llega a nosotros a través de nuestros sentidos-, el mundo espiritual llega a nosotros a través de nuestro pensar. Aquí comienza nuestra primera experiencia real, nuestro primer conocimiento real del mundo espiritual objetivo. La panorámica de la vida era sólo de nuestro propio mundo interior. La cognición imaginativa sólo revela este mundo interior, que aparece al conocimiento superior como un mundo de imágenes, un mundo de imágenes cósmicas. El propio Cosmos, junto con nuestro verdadero ser, tal como era antes del nacimiento, antes de nuestra existencia terrenal, aparecen primero en la etapa de la Inspiración, cuando el mundo espiritual fluye hacia nosotros desde el exterior. Pero cuando hemos llegado a ser capaces de vaciar nuestra conciencia, toda nuestra alma se despierta; y en esta etapa de pura vigilia debemos ser capaces de adquirir una cierta quietud y paz interiores. Esta paz sólo puedo describirla de la siguiente manera.

Imaginemos que estamos en una ciudad muy ruidosa y oímos el estruendo a nuestro alrededor. Esto es terrible -decimos- cuando, de todas partes, el tumulto asalta nuestros oídos. Supongamos que se trata de una gran ciudad moderna, como Londres. Pero ahora supongamos que salimos de esta ciudad, y gradualmente, con cada paso que damos al alejarnos, se vuelve más y más silenciosa. Imaginemos vívidamente este desvanecimiento del ruido. Cada vez más tranquilo. Por fin llegamos a un bosque en el que todo está en silencio; hemos alcanzado el punto cero en el que no se oye nada.

Pero podemos ir aún más allá. Para ilustrar cómo puede suceder esto, utilizaré una comparación bastante trivial. Supongamos que tenemos en nuestro monedero una cierta suma de dinero. A medida que lo gastamos día a día, va disminuyendo, igual que disminuye el ruido a medida que nos alejamos de la ciudad. Al final llega un día en que no queda nada: la bolsa está vacía. Podemos comparar esta nada con el silencio. Pero, ¿Qué hacemos ahora para no pasar hambre? Nos endeudamos. No es una recomendación, sino una comparación. ¿Cuánto tenemos entonces en nuestro monedero? Menos que nada; y cuanto mayor es la deuda, tanto mas aumenta ese menos que nada.

Y ahora imaginemos que ocurre lo mismo con este silencio. No sólo habría la paz absoluta del punto cero del silencio, sino que iría más allá y llegaría al negativo del oír, más silencioso que la quietud, más silencioso que el silencio. Y esto debe suceder de hecho cuando, de la manera descrita ayer, somos capaces a través de poderes aumentados de alcanzar esta paz interior y este silencio. Sin embargo, cuando llegamos a este negativo interior de audibilidad, a esta paz mayor que el punto cero de la paz, entonces estamos tan profundamente en el mundo espiritual que no sólo lo vemos sino que lo oímos resonar. El mundo de las imágenes se convierte en un mundo de vida resonante; y entonces estamos en medio del verdadero mundo espiritual. Durante los momentos que pasamos allí estamos, por así decirlo, en la orilla de la existencia; el mundo ordinario de los sentidos se desvanece, y sabemos que estamos en el mundo espiritual. Ciertamente, -diré más sobre esto más adelante-, debemos estar debidamente preparados para poder regresar en todo momento. Pero hay algo más, una experiencia desconocida hasta ahora. En cuanto se alcanza esta paz en la conciencia vacía, lo que he descrito como un sentimiento cósmico de felicidad que se experimenta interiormente y que lo abarca todo, da paso a un dolor que también lo abarca todo. Llegamos a sentir que el mundo está construido sobre una base de sufrimiento cósmico, de un elemento cósmico que el ser humano sólo puede experimentar como dolor. Aprendemos la penetrante verdad, tan voluntariamente ignorada por aquellos que buscan la felicidad fuera de sí mismos, de que todo en la existencia tiene finalmente que nacer en el dolor. Y cuando, a través del conocimiento iniciático, esta experiencia cósmica del dolor ha dejado su impronta en nosotros, entonces, a partir de un verdadero conocimiento interior, podemos decir lo siguiente:

Si estudiamos el ojo humano, -el ojo que nos revela la belleza del mundo físico, y que es tan importante para nosotros que a través de él recibimos nueve décimas partes de las impresiones que componen nuestra vida entre el nacimiento y la muerte-, encontramos que el ojo está incrustado en una cavidad corporal que tiene su origen en una herida. Lo que se hizo originalmente para crear las cavidades oculares, sólo podría hacerse hoy en día cortando realmente un hueco en el cuerpo físico. El relato ordinario de la evolución da una impresión demasiado descolorida de ello. Estas cuencas en las que se insertaron los globos oculares desde el exterior, -como muestra el registro físico de la evolución-, se ahuecaron en un momento en el que el hombre era todavía un ser inconsciente. Si hubiera sido consciente de ello, habría supuesto una dolorosa herida para el organismo.

De hecho, todo el organismo humano ha surgido de un elemento que para la conciencia actual sería una experiencia de dolor. En esta etapa del conocimiento tenemos la profunda sensación de que, al igual que la aparición de las plantas significa dolor para la Tierra, así toda la felicidad, todo lo que en el mundo nos produce placer y bendición, tiene sus raíces en un elemento de sufrimiento. Si como seres conscientes pudiéramos transformarnos de repente en la sustancia del suelo bajo nuestros pies, el resultado sería un aumento sin fin de nuestro sentimiento de dolor.

Cuando estos hechos revelados del mundo espiritual se exponen ante personas de mentalidad superficial, dicen: "Mi idea de Dios es muy diferente. Siempre he pensado que Dios en Su poder fundamenta todo en la felicidad, tal como nosotros desearíamos." Tales personas son como aquel Rey de España a quien alguien estaba mostrando un modelo del universo y el curso de las estrellas. El Rey tuvo la mayor dificultad en comprender cómo ocurrían todos estos movimientos, y finalmente exclamó: "Si Dios me lo hubiera dejado a mí, habría hecho un mundo mucho más simple".

En rigor, ése es el sentimiento de muchas personas en lo que se refiere al conocimiento y a la religión. Si Dios les hubiera dejado la creación, habrían hecho un mundo más sencillo. ¡No tienen ni idea de lo ingenuo que es esto!

El verdadero conocimiento iniciático no puede limitarse a satisfacer el deseo de felicidad de los hombres; tiene que guiarlos hacia una verdadera comprensión de su propio ser y de su destino, tal como salen del mundo en el pasado, en el presente y en el futuro. Para ello son necesarios hechos espirituales, en lugar de algo que proporcione un placer inmediato. Pero hay otra cosa que estas conferencias deben poner de manifiesto. Precisamente experimentando tales hechos, aunque sólo sea conociéndolos conceptualmente, la gente ganará mucho que satisfará una necesidad interior para su vida aquí en la Tierra. Sí, ganarán algo que necesitan para ser seres humanos en el sentido más pleno, del mismo modo que para ser completos necesitan sus miembros físicos.

El mundo que encontramos de este modo cuando vamos más allá de la Imaginación hacia la quietud de la existencia, a partir de la cual el mundo espiritual se revela en color y en sonido, -este mundo difiere esencialmente del mundo percibido por los sentidos. Cuando vivimos con él, -y tenemos que vivir con el mundo espiritual cuando está presente para nosotros-, vemos cómo todas las cosas y procesos físicos perceptibles por los sentidos, proceden realmente del mundo espiritual. Por lo tanto, como hombres terrenales sólo vemos una mitad del mundo; la otra mitad está oculta, oculta para nosotros. Y a través de cada abertura, de cada acontecimiento, en el mundo físico-material, se podría decir, esta mitad oculta revela su naturaleza espiritual primero en las imágenes de la Imaginación, y luego a través de su propia actividad creadora en la Inspiración. En el mundo de la Inspiración podemos sentirnos como en casa, pues aquí encontramos los orígenes de todas las cosas terrenales, de todas las creaciones terrenales. Y aquí, como he indicado, descubrimos nuestra propia existencia preterrenal.

Siguiendo una antigua imagen, he llamado a este mundo, que se encuentra más allá del de la Imaginación, el mundo astral, -el nombre no es importante-, y lo que traemos con nosotros desde ese mundo, y hemos llevado a nuestros cuerpos etérico y físico, podemos hablar de nuestro cuerpo astral. En cierto sentido, encierra la organización del Yo. Por consiguiente, para el conocimiento superior, el ser humano consta de cuatro miembros: cuerpo físico, cuerpo etérico o de fuerzas formativas, cuerpo astral y organización del Yo. El conocimiento del Yo, sin embargo, implica un paso suprasensible adicional, que en mi libro Conocimiento de los Mundos Superiores he denominado "Intuición". El término Intuición puede malinterpretarse fácilmente porque, por ejemplo, cualquier persona con dotes imaginativas y poéticas dará a menudo el nombre de intuición a su sentimiento sensible del mundo. Este tipo de intuición es sólo un sentimiento tenue; sin embargo, tiene alguna relación con la Intuición de la que estoy hablando. Pues así como el hombre terrenal tiene sus percepciones sensoriales, así también en su sentir y en su voluntad tiene un reflejo de la clase más elevada de cognición, de la Intuición. De otro modo no podría ser un ser moral. Los débiles impulsos de la conciencia son un reflejo, una especie de imagen en la sombra, de la verdadera Intuición, la forma más elevada de conocimiento posible para el hombre en la Tierra.

El hombre terrestre tiene en sí algo de lo que es más inferior, y también esta imagen en la sombra de lo que es más superior, accesible sólo a través de la Intuición. Los que le faltan son los grados intermedios; por eso tiene que adquirir la Imaginación y la Inspiración. También tiene que adquirir la Intuición en su pureza, en su cualidad interior llena de luz. Actualmente, donde posee una imagen terrenal de lo que surge como Intuición, es en su sentimiento moral, en su conciencia moral. De ahí que podamos decir que cuando un hombre con conocimiento Iniciático se eleva al conocimiento Intuitivo real del mundo, del cual previamente sólo ha conocido las leyes naturales, el mundo se vuelve tan íntimamente conectado con él en la tierra como sólo lo está ahora el mundo moral. Y ésta es, en efecto, una característica significativa de la vida humana en la Tierra: que a partir de un tenue presentimiento interior nos conectamos con el reino más elevado de todo lo que, en su verdadera forma, sólo es accesible a una cognición mejorada.

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El tercer paso en el conocimiento superior, necesario para llegar a la Intuición, sólo puede alcanzarse desarrollando al máximo una facultad que, en nuestra era materialista, no se reconoce como una fuerza cognitiva. Lo que se revela a través de la Intuición sólo puede alcanzarse desarrollando y espiritualizando al máximo la capacidad de amar. El hombre debe ser capaz de convertir esta capacidad de amar en una fuerza cognitiva. Una buena preparación para ello es liberarnos en cierto sentido de la dependencia de las cosas externas; por ejemplo, haciendo que nuestra práctica habitual sea imaginar nuestras experiencias pasadas no en su secuencia habitual, sino en orden inverso.

En el pensar pasivo ordinario puede decirse que aceptamos los acontecimientos del mundo de una manera totalmente servil. Como dije ayer: En nuestras propias representaciones mantenemos lo anterior como lo anterior, lo posterior como lo posterior; y cuando estamos viendo el curso de una obra en el escenario, el primer acto viene primero, luego el segundo, y así sucesivamente hasta un posible quinto. Pero si nos acostumbramos a imaginarlo todo empezando por el final y volviendo desde el quinto acto al primero, pasando por el cuarto, el tercero y el segundo, romperemos con la secuencia ordinaria: iremos hacia atrás en lugar de hacia delante. Pero no es así como suceden las cosas en el mundo: tenemos que esforzarnos al máximo para sacar de nuestro interior la fuerza necesaria para imaginar los acontecimientos al revés. Al hacerlo, liberamos la actividad interior de nuestra alma de sus habituales hilos conductores, y gradualmente permitimos que las experiencias internas de nuestra alma y espíritu alcancen un punto en el que el alma y el espíritu se desprendan del elemento corporal y también del etérico. Un hombre puede prepararse bien para esta ruptura si cada noche hace un examen retrospectivo de sus experiencias durante el día, comenzando por la última y retrocediendo. Cuando sea posible, incluso los detalles deben ser concebidos en una dirección hacia atrás: si usted ha subido las escaleras, imagínese primero en el escalón superior, luego en el escalón de abajo, y así sucesivamente hacia atrás por todas las escaleras.

Probablemente dirán: "Pero hay tantas horas durante el día, llenas de experiencias". Entonces, primero traten de tomar episodios -imaginando, por ejemplo, esto de subir y bajar escaleras a la inversa. Así se adquiere movilidad interior, de modo que en tres o cuatro minutos se llega gradualmente a ser capaz de volver atrás en la imaginación a lo largo de un día entero.

 Pero eso, después de todo, no es mas que la mitad negativa de lo que se necesita para mejorar y entrenar espiritualmente nuestra capacidad de amar. Esto debe llevarse al punto en el que, por ejemplo, seguimos con amor cada etapa del crecimiento de una planta. En la vida ordinaria, este crecimiento sólo se ve desde fuera, no participamos en él. Debemos aprender a entrar en cada detalle del crecimiento de la planta, a sumergirnos en ella, hasta que en nuestra propia alma nos convirtamos en la planta, creciendo, floreciendo, dando fruto con ella, y la planta llegue a ser tan querida para nosotros como nosotros mismos. Del mismo modo, podemos ir más allá de las plantas para imaginar la vida de los animales y descender hasta los minerales. Podemos sentir en el cristal, cómo el mineral se forma a sí mismo y sentir placer interior en la formación de sus planos, esquinas, ángulos, y tener una sensación como de dolor en nuestro propio ser cuando los minerales se separan. Entonces, en nuestras almas, entramos no sólo con simpatía sino con nuestra voluntad en cada uno de los acontecimientos de la naturaleza.

Todo esto debe ir precedido de una capacidad de amor que se extienda a la humanidad en su conjunto. No podremos amar a la naturaleza como es debido hasta que no hayamos conseguido amar a todos nuestros semejantes. Cuando hayamos alcanzado de este modo un amor integral por toda la naturaleza, lo que primero se hizo perceptible en los colores del aura y en el resonar de las esferas, se redondea y adopta los contornos de los Seres espirituales reales.

Sin embargo, la experiencia de estos Seres espirituales es diferente de la experiencia de las cosas físicas. Cuando tengo delante un objeto físico, por ejemplo este reloj, yo estoy aquí con el reloj allí, y sólo puedo experimentarlo mirándolo desde fuera. Mi relación con él está determinada por el espacio. De esta manera nunca se podría tener una experiencia real de un Ser espiritual. Sólo podemos tenerla entrando directamente en el Ser espiritual, con la ayuda de la facultad de amar que hemos cultivado primero hacia la naturaleza. La intuición espiritual sólo es posible aplicando, -en la quietud y el vacío de conciencia-, la capacidad de amar que podemos aprender primero en el reino de la naturaleza. Imagínense que ustedes han desarrollado esta capacidad de amar a los minerales, las plantas, los animales y también al hombre; ahora se encuentran en medio de una conciencia completamente vacía. Todo a su alrededor es la paz que se encuentra más allá de su punto cero. Sienten ustedes el sufrimiento en el que se basa toda la existencia del mundo, y este sufrimiento es al mismo tiempo una soledad. Todavía no hay nada. Pero la capacidad de amar, que fluye desde el propio interior en múltiples formas, les lleva a entrar con su propio ser en todo lo que ahora aparece visiblemente, audiblemente, como Inspiración. A través de esta capacidad de amor entran primero en un Ser espiritual, luego en otro.

Estos Seres descritos en mi libro La Ciencia Oculta, estos Seres de las Jerarquías superiores, -ahora aprendemos a vivir en nuestra experiencia de ellos-, se convierten para nosotros en la realidad esencial del mundo. Así experimentamos un mundo espiritual concreto, del mismo modo que a través del ojo y el oído, a través del sentimiento y el calor, experimentamos un mundo físico concreto.

Si alguien desea adquirir conocimientos particularmente importantes para sí mismo, debe haber avanzado hasta esta etapa. Ya he mencionado que a través de la Inspiración surge en nuestra alma la existencia espiritual preterrenal, aprendiendo de este modo lo que éramos antes de descender a un cuerpo terrenal. Cuando a través de la capacidad de amar somos capaces de entrar clarividentemente en Seres espirituales, de la manera que he descrito, también se revela lo primero que hace de un hombre, en su experiencia interior, un ser completo. Se nos revela lo que precede a nuestra vida en el mundo espiritual; se nos muestra lo que éramos antes de ascender a la última vida espiritual entre la muerte y el renacimiento. Se revela la vida terrena precedente y, una tras otra, las vidas terrenas anteriores. Porque el verdadero Yo, presente en todas esas vidas repetidas en la Tierra, sólo puede manifestarse cuando la facultad de amar se ha acrecentado tanto que cualquier otro ser, ya sea fuera en la naturaleza o en el mundo espiritual, se ha vuelto tan querido para un hombre como en su amor propio se quiere a sí mismo. Pero el verdadero yo, -el yo que pasa por todos esos nacimientos y muertes repetidos-, sólo se manifiesta al hombre cuando ya no vive egoístamente para el conocimiento momentáneo, sino en un amor que puede olvidar el amor propio y puede vivir en un Ser objetivo de la manera que en la existencia física vive en el amor propio. Pues este Yo de vidas anteriores en la Tierra se ha vuelto entonces tan objetivo para su vida presente como una piedra o una planta lo es para nosotros cuando estamos fuera de ella. Debemos haber aprendido para entonces a comprender en el amor objetivo algo que, para nuestra personalidad subjetiva actual, se ha vuelto bastante objetivo, bastante extraño. Para poder comprender la existencia terrenal precedente, tenemos que habernos dominado a nosotros mismos durante nuestra existencia actual.

Cuando hemos alcanzado este conocimiento, vemos la vida completa de un hombre que pasa rítmicamente por las etapas de la existencia terrenal, desde el nacimiento o concepción hasta la muerte, y luego por las etapas espirituales entre la muerte y el renacimiento, para luego regresar de nuevo a la Tierra, y así sucesivamente. Una vida terrenal completa se revela como un paso repetido por el nacimiento y la muerte, con períodos intermedios de vida en mundos puramente espirituales. Sólo a través de la Intuición puede adquirirse este conocimiento como conocimiento real, derivado directamente de la experiencia.

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Para empezar, he tenido que describirles a grandes rasgos, el camino de conocimiento iniciático que debe seguirse en nuestra época, en esta etapa actual de la evolución humana, a fin de llegar al verdadero conocimiento espiritual del mundo y del hombre. Pero desde que existe el ser humano, existe el conocimiento iniciático, aunque haya tenido que tomar diversas formas según los diferentes períodos evolutivos. Como el hombre es un ser que atraviesa cada vida terrena sucesiva de manera diferente, las condiciones de su desarrollo interior en las diversas épocas de la evolución del mundo tienen que variar considerablemente. En el transcurso de los próximos días aprenderemos más sobre estas variaciones; hoy sólo quiero decir que los conocimientos iniciáticos que debían impartirse en los primeros tiempos eran muy diferentes de los que deben impartirse hoy en día. Podemos remontarnos miles de años atrás, a una época muy anterior al Misterio del Gólgota, y comprobar cómo la actitud de los hombres, tanto hacia el mundo natural como hacia el espiritual, difería enormemente de la actual, y por consiguiente, sus conocimientos iniciáticos eran muy diferentes de los que son apropiados hoy en día. 

Tenemos ahora una ciencia natural muy desarrollada; no voy a hablar de su faceta más avanzada, sino sólo de lo que se imparte a los niños de seis o siete años, como conocimiento general. A esta edad relativamente temprana, un niño tiene que aceptar las leyes relativas, digamos, al sistema copernicano del mundo, y sobre este sistema se construyen hipótesis sobre el origen del universo. Se propone entonces la teoría de Kant-Laplace, que, aunque ha sido revisada, sigue siendo válida en lo esencial. La teoría se basa en una nebulosa primitiva, demostrada en física mediante un experimento destinado a mostrar las primeras condiciones del sistema del universo. Esta nebulosa primitiva puede simularse experimentalmente, y de ella, mediante la rotación de ciertas fuerzas, se supone que surgieron los planetas, y el sol quedó atrás. Uno de los anillos desprendidos de la nebulosa se habría condensado en la forma de la Tierra, y sobre esta base, todo lo demás, -minerales, plantas, animales y, finalmente, el hombre mismo-, habría evolucionado. Y todo esto se describe de una manera completamente científica.

El proceso se hace comprensible para los niños mediante una demostración práctica que parece mostrarlo muy claramente. Se toma una gota de aceite, suficientemente fluida para flotar en un poco de agua; se coloca sobre un trozo de cartulina donde se supone que pasa la línea del ecuador; se atraviesa  la cartulina con un alfiler y se la hace girar. Entonces se puede mostrar cómo, una tras otra, las gotas de aceite se desprenden y giran, y se puede obtener un sistema planetario en miniatura del aceite, con un sol en el centro. Cuando eso se nos ha mostrado en la infancia, ¿por qué habríamos de pensar que es imposible que nuestro sistema planetario haya surgido de la nebulosa primitiva? Con nuestros propios ojos hemos visto reproducirse el proceso.

Ahora bien, en la vida moral puede ser admirable que seamos capaces de olvidarnos de nosotros mismos, pero en una demostración de fenómenos naturales no es tan recomendable. Todo este asunto de la gota de aceite nunca habría funcionado si no hubiera habido alguien allí que hiciera girar el alfiler. Eso hay que tenerlo en cuenta. Para que esta hipótesis sea válida, habría tenido que haber un maestro gigante en el Cosmos, para hacer girar la nebulosa primitiva y mantenerla girando. De lo contrario, la idea carece de realidad.

Es característico de esta era materialista, sin embargo, concebir sólo una fracción de la verdad, un cuarto, un octavo, o incluso menos, y esta fracción vive entonces con un poder terriblemente sugestivo en las almas de los hombres. Así persistimos hoy en día en ver un solo lado de la naturaleza y de las leyes de la naturaleza.

Podría darles muchos ejemplos, de diferentes esferas de la vida, que muestran claramente esta actitud hacia la naturaleza: cómo, -porque un hombre absorbe esto con la cultura del día-, considera que la naturaleza se rige por lo que se llama la ley de causa y efecto. Esto tiñe toda la existencia humana actual. En el mejor de los casos, un hombre todavía puede mantener cierta conexión con el mundo espiritual a través de la tradición religiosa, pero si desea elevarse al mundo espiritual real, debe emprender un entrenamiento interior a través de la Imaginación, la Inspiración, la Intuición - tal como las he descrito. Debe ser conducido por el Conocimiento Iniciático lejos de esta creencia en la naturaleza como impregnada en su totalidad por la ley, y hacia una verdadera comprensión de lo espiritual. Hoy en día, el conocimiento iniciático debe tener como objetivo conducir a los hombres desde la interpretación naturalista del Cosmos, que ahora se da por sentada, hacia la comprensión de su espiritualidad.

En el antiguo conocimiento iniciático, hace miles de años, prevalecía justamente lo contrario. Los sabios de los Misterios, los guías de aquellos centros que eran escuela, iglesia y escuela de arte al mismo tiempo, tenían a su alrededor personas que no sabían nada de la naturaleza en el sentido copernicano, pero que en su alma y espíritu tenían una experiencia instintiva e íntima del Cosmos, expresada en sus mitos y leyendas, que en la civilización ordinaria de hoy en día ya no se entienden. Sobre esto también tendremos más que decir. La experiencia que los hombres tenían en aquellos primeros tiempos era instintiva; una experiencia anímica y espiritual. Llenaba sus horas de vigilia con las imágenes oníricas de la imaginación; y de estas imágenes procedían las leyendas, los mitos, los dichos de los dioses, que constituían su vida. El hombre se asomaba al mundo, experimentando sus imaginaciones oníricas; y otras veces vivía en el ser de la naturaleza. Veía el arco iris, las nubes, las estrellas y el sol surcando velozmente los cielos; veía los ríos, las colinas surgir; veía los minerales, las plantas, los animales.

Para el hombre primitivo, todo lo que veía mediante sus sentidos era un gran enigma. Pues en la época de la que estoy hablando, unos miles de años antes del Misterio del Gólgota, -hubo épocas anteriores y posteriores en las que la civilización era diferente-, el hombre tenía un sentimiento interior de ser bendecido cuando le venían imaginaciones oníricas. El mundo externo de los sentidos, donde todo lo que percibía del arco iris, las nubes, el sol en movimiento, y los minerales, plantas, animales, era lo que el ojo podía ver, mientras que en el mundo estrellado sólo veía lo que el sistema precopernicano, ptolemaico, registraba. Este mundo externo se presentaba a la gente generalmente de una manera que les llevaba a decir: "Con mi alma estoy viviendo en un mundo divino-espiritual, pero ahí fuera hay una naturaleza abandonada por los dioses. Cuando con mis sentidos miro un manantial de agua, no veo nada espiritual allí; no veo nada espiritual en el arco iris, en los minerales, plantas, animales o en los cuerpos físicos de los hombres." La naturaleza aparecía a estas personas como un mundo entero que se había alejado de la espiritualidad divina.

Así era como se sentían los hombres en aquella época en la que todo el Cosmos visible tenía para ellos la apariencia de haberse alejado de lo divino. Para conectar estas dos experiencias, la experiencia interior de Dios y la exterior de un mundo de los sentidos caído, no necesitaban simplemente un conocimiento abstracto, sino un conocimiento que pudiera consolarles por pertenecer a este mundo de los sentidos caído con sus cuerpos físicos y etéricos. Necesitaban un consuelo que les asegurase que este mundo de los sentidos caído estaba relacionado con todo lo que experimentaban a través de sus imaginaciones instintivas, a través de una experiencia de lo espiritual que, aunque tenue y onírica, era adecuada para las condiciones de aquellos tiempos. El conocimiento tenía que ser consolador.

Era consuelo, también, lo que buscaban aquellos que se dirigían ávidamente a los Misterios, bien para recibir sólo lo que se podía dar externamente, bien para convertirse en alumnos de los hombres de sabiduría que podían iniciarlos en los secretos de la existencia y en los enigmas a los que se enfrentaban.

Estos sabios de los antiguos Misterios, que eran al mismo tiempo sacerdotes, maestros y artistas, aclaraban a sus alumnos a través de todo lo que contenían sus Misterios, -aún por describir-, que incluso en este mundo caído, en sus manantiales nacientes, en los árboles y flores florecientes, en los minerales que forman cristales, en el arco iris y las nubes a la deriva y el sol viajero viven esos poderes divino-espirituales que se experimentaban instintivamente en la imaginación onírica de los hombres. Mostraban a estas gentes cómo reconciliar el mundo olvidado de Dios con el mundo divino percibido en sus imaginaciones. A través de los Misterios les dieron un conocimiento consolador que les permitió volver a ver la naturaleza como llena de lo divino.

De ahí que aprendamos de lo que se cuenta de esas épocas pasadas, -contado incluso de la época griega-, que el conocimiento que ahora se enseña a los niños más pequeños en nuestras escuelas, que el sol se detiene y la tierra gira a su alrededor, por ejemplo, es el tipo de conocimiento que en los antiguos Misterios se conservaba como oculto. Lo que para nosotros es conocimiento para todos, en aquella época era conocimiento oculto; y las explicaciones de la naturaleza eran una ciencia oculta. Como puede ver cualquiera que siga el curso del desarrollo humano durante nuestra civilización, la naturaleza y las leyes de la naturaleza son la principal preocupación de los hombres de hoy; y esto ha hecho que el mundo espiritual se retraiga. Las antiguas imaginaciones oníricas han cesado. El hombre siente la naturaleza como algo neutro, no totalmente satisfactorio, que no pertenece a un Universo caído y pecador, sino a un Cosmos que, por necesidad interior, tiene que ser como es. Entonces se siente más agudamente consciente de sí mismo; aprende a encontrar la espiritualidad en ese único punto, y descubre un impulso interior a unir este yo interior con Dios. Todo lo que necesita ahora, -además de su conocimiento de la naturaleza y en conformidad con ella-, es que un nuevo conocimiento iniciático le conduzca al mundo espiritual. El antiguo conocimiento iniciático podía partir del espíritu, que entonces el hombre experimentaba instintivamente, y, encarnado en los mitos, podía conducirle a la naturaleza. El nuevo conocimiento iniciático debe comenzar con la experiencia inmediata del hombre de hoy, con su percepción de las leyes de la naturaleza en las que cree, y desde ahí debe señalar el camino de regreso al mundo espiritual a través de la imaginación, la inspiración y la intuición.

Así, en la evolución humana, algunos miles de años antes del Misterio del Gólgota, vemos el momento significativo del tiempo en que los hombres, partiendo de una experiencia instintiva del espíritu, encontraron su camino hacia conceptos e ideas que, como la forma más externa de la ciencia oculta, incluían las leyes de la naturaleza. Hoy en día estas leyes de la naturaleza nos son conocidas desde la infancia. Frente a esta actitud indiferente y prosaica ante la vida, a este naturalismo, el mundo espiritual se ha retirado de la vida interior del hombre. Hoy, el conocimiento iniciático debe remontar de la naturaleza al espíritu. Para los hombres de antaño, la naturaleza estaba en tinieblas, pero el espíritu era luminoso y claro. El antiguo Conocimiento Iniciático debía llevar la luz de este resplandor del espíritu a las tinieblas de la naturaleza, para que la naturaleza también se iluminase. El conocimiento iniciático actual tiene que partir de la luz arrojada sobre la naturaleza, de forma externa y naturalista, por Copérnico, Giordano Bruno, Galileo, Kepler, Newton y otros. Esta luz debe entonces ser rescatada, vivificada, para abrirle el camino al espíritu, que debe buscarse en su propia luz por el camino opuesto al de la antigua Iniciación.

Traducido por J.Luelmo ago,2023