CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA181 Berlín, 18 de marzo de 1918 - Una sensación de comunidad y un sentido de gratitud, un puente hacia los muertos

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RUDOLF STEINER

UNA SENSACIÓN DE COMUNIDAD Y UN SENTIDO DE GRATITUD

UN PUENTE HACIA LOS MUERTOS


Berlín, 18 de marzo de 1918

Hace una semana hablamos sobre cuestiones más íntimas de la vida espiritual humana, sobre cuestiones que preparan la mente para comprender la relación entre los llamados vivos, es decir, los seres humanos que viven en un cuerpo físico, y las almas desencarnadas, aquellos seres humanos que viven entre la muerte y un nuevo nacimiento. Ahora se trata de que, precisamente cuando discutimos un tema así, nos familiaricemos con ciertas ideas fundamentales que pueden introducirnos de manera adecuada en la forma en que el ser humano debe y puede pensar en una relación de este tipo. Porque la realidad de esta relación no depende en absoluto de que el ser humano que vive aquí en la Tierra sea consciente de que tiene alguna relación con un difunto o, en general, con tal o cual entidad del mundo espiritual. En realidad, lo que ahora digo es evidente para quien reflexiona sobre estas cosas; pero precisamente en el ámbito de la ciencia espiritual a veces es necesario aclarar lo que es evidente.

El ser humano siempre está en relación con el mundo espiritual, siempre está en cierta relación con aquellos difuntos que están vinculados kármicamente con él. Por lo tanto, es muy diferente hablar de la realidad de esta relación o de la conciencia más fuerte o más débil que podemos tener de ella. Sin embargo, es importante para todos, —incluso para aquellos que solo pueden creer que tal conciencia les es completamente ajena—, experimentar lo que dice esa conciencia, porque en realidad le dice a cada uno realidades en las que siempre está inmerso. Precisamente en relación con la relación de los llamados seres humanos vivos con los llamados muertos, hay que tener claro lo siguiente: en cierto sentido, esta relación es más difícil de tomar conciencia que la relación con otras entidades del mundo espiritual. Ver, contemplar y alcanzar una conciencia de los seres de las jerarquías superiores, e incluso recibir ciertas revelaciones de las jerarquías superiores, es relativamente más fácil que tomar conciencia de una relación muy concreta con los muertos, es decir, tomar conciencia de ello de una manera verdaderamente correcta. Y esto se debe a la siguiente razón.

Conforme pasa el tiempo entre la muerte y un nuevo nacimiento, el ser humano vive en condiciones de existencia muy diferentes a las del mundo físico. Basta con echar un vistazo a lo que se dice en el ciclo de conferencias «La esencia interior del ser humano y la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento» para ver qué ideas y conceptos, diferentes de la concepción física del mundo, hay que aplicar para hablar de la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento. ¿Por qué son tan diferentes estas ideas que hay que aplicar de lo que estamos acostumbrados en la conciencia ordinaria? Esto se debe a que, debido a ciertas condiciones, —lo discutiremos a lo largo de este invierno—, el ser humano, entre la muerte y el nuevo nacimiento, ya anticipa de cierta manera lo que serán las condiciones de vida de la próxima encarnación terrenal, la naturaleza de júpiter. Sin embargo, el ser humano vive, por así decirlo, en un refinamiento espiritual, vive de tal manera que lo que ahora experimenta entre la muerte y el nuevo nacimiento ya le recuerda lo que serán las primeras condiciones de vida del desarrollo de Júpiter. Debido a que el ser humano, en cierto modo, ha conservado aquí, en su vida durante la encarnación terrenal, algo de las encarnaciones anteriores de la Tierra, —de la existencia lunar, solar y de Saturno-—, por eso vuelve a absorber algo del futuro en la vida que atraviesa entre la muerte y un nuevo nacimiento. Por el contrario, las entidades de las jerarquías superiores, en la medida en que pueden ser percibidas con la visión humana, están todas vinculadas, —vinculadas de manera actual—, por supuesto, con todo el mundo espiritual, pero en la medida en que este se manifiesta actualmente de alguna forma. En el futuro revelarán lo que está por venir. Por paradójico que pueda parecer lo que digo ahora, así es. Suena paradójico porque puede surgir la pregunta de cómo los seres de las jerarquías superiores desarrollan su actividad [en relación] con los muertos, ya que los muertos ya llevan en sí mismos el futuro. Por supuesto, los seres de las jerarquías superiores también llevan en sí mismos el futuro y tienen la posibilidad de formarlo. Pero no lo hacen sin formar algo que es inmediatamente característico del presente. Y eso es lo que ocurre con los muertos. Por esta razón, para tomar conciencia del contacto con los muertos, como preparación, es necesario ver lo que realizan las jerarquías superiores. Y solo cuando se ha logrado una sensación anímica más o menos consciente hacia los seres de las jerarquías superiores, esta alma, gracias a su capacidad de percepción y sensación hacia las jerarquías superiores, puede gradualmente tomar conciencia de algo sobre la comunicación con los muertos. No quiero decir con esto que haya que captar de forma clarividente las jerarquías superiores, sino que hay que comprender, en la medida en que la ciencia espiritual lo permite, —y lo permite—, lo que fluye de las jerarquías superiores hacia la existencia. En todas estas cosas lo importante es comprender. Entonces, sin embargo, cuando uno se esfuerza por comprender estas cosas desde el punto de vista de la ciencia espiritual, pueden darse también aquellas condiciones de existencia que ya evocan en la conciencia algo de una conexión entre los llamados vivos y los llamados muertos. Para comprender esto es necesario tener en cuenta lo siguiente.

El mundo espiritual, en el que se encuentra el ser humano entre la muerte y el nuevo nacimiento, tiene sus condiciones de existencia muy particulares, condiciones de existencia que en nuestra vida terrenal habitual apenas tenemos en cuenta y que, cuando se nos presentan dentro de una concepción de la vida, nos parecen bastante paradójicas y curiosas. Hay que tener en cuenta, sobre todo, que si el ser humano quiere percibir conscientemente estas cosas, debe adquirir ante todo un sentimiento que yo llamaría un verdadero sentimiento de comunión con las cosas de la existencia. En realidad, es un requisito para la continuación del desarrollo espiritual de la humanidad a partir de nuestro presente, de este presente catastrófico, que el ser humano desarrolle gradualmente este sentimiento de comunidad con las cosas de la existencia. En el subconsciente existe este sentimiento de comunidad, aunque sea de forma rudimentaria. Pero no debemos hablar en términos generales, como hacen los panteístas, de un espíritu universal, no debemos hablar en términos generales de este sentimiento de comunidad; sino que debemos aclararnos en cada caso concreto cómo se puede hablar de tal sentimiento de comunidad, cómo se va construyendo poco a poco en el alma. Porque este sentimiento de comunidad es el resultado de la vida. Hay que tener en cuenta lo siguiente.

Habrán oído a menudo que cuando los delincuentes, en los que el instinto subconsciente tiene una gran influencia, han hecho algo, han cometido algún delito, tienen un instinto peculiar: se sienten impulsados a volver al lugar del delito, buscan el lugar del delito, un sentimiento indefinido los lleva allí. Pero en casos como estos, solo en situaciones especiales se expresa lo que es comúnmente humano en relación con muchas cosas. Porque cuando hemos hecho algo, hemos realizado algo, aunque sea la acción aparentemente más insignificante, queda en nosotros, —no se puede expresar de otra manera, aunque, por supuesto, se exprese de nuevo en una especie de imaginación—, algo de lo que hemos hecho, de la cosa que hemos tocado al hacerlo; una cierta fuerza de la cosa que hemos tocado, con la que hemos hecho algo, permanece conectada con nuestro yo. El ser humano no puede evitar establecer ciertas conexiones con todos los seres que encuentra y con las cosas que toca, —y no me refiero solo al contacto físico—, con las que hace algo en la vida.  Dejamos nuestras huellas por todas partes, y en nuestro subconsciente permanece la sensación de estar conectados con las cosas con las que hemos entrado en contacto a través de nuestras acciones. Esto se manifiesta de forma anómala en las personas a las que me he referido anteriormente, porque el subconsciente aflora de forma muy instintiva en la conciencia habitual; pero subconscientemente, todos tenemos la sensación de que debemos volver a aquello con lo que hemos entrado en contacto a través de nuestras acciones.

Eso es también lo que fundamenta nuestro karma; de ahí proviene nuestro karma. Y de este sentimiento subconsciente, que al principio solo se impone de forma nebulosa en la existencia, tenemos el sentimiento general de comunión con el mundo. Puesto que en realidad dejamos nuestra huella en todas partes, tenemos ese sentimiento de comunión con el mundo. Se puede, por así decirlo, captar este sentimiento de comunión, se puede percibir en sí mismo. Pero para ello hay que tener en cuenta ciertas intimidades de la vida. Hay que intentar realmente ponerse en situación: imaginen que están caminando por una calle, y luego crucen la calle, y después de haberla cruzado, sigan imaginándose que siguen caminando. Al evocar constantemente algo así, se expulsa del alma ese sentimiento general de comunión con el mundo. En aquellos que son conscientes de este sentimiento de comunidad en un sentido más concreto, se forma de tal manera que al final se dicen a sí mismos: existe una conexión, aunque sea invisible, con todas las cosas, como entre los miembros de un solo organismo. Así como cada dedo, cada lóbulo de la oreja, todo lo que forma parte de nuestro organismo, está conectado con el resto, también existe una conexión entre todas las cosas y todo lo que sucede, en la medida en que ese suceder interviene en nuestro mundo.

Los seres humanos actuales aún no tienen plena conciencia de este carácter comunitario, de esta penetración orgánica en las cosas. Todavía no lo tienen en su conciencia, permanece en el inconsciente. Durante la evolución de Júpiter, este sentimiento será fundamental, y al avanzar gradualmente desde el quinto período cultural post-atlante hacia el sexto, trabajamos en la formación de tal sentimiento, de modo que su formación, que será necesaria desde nuestro período hasta el futuro próximo, debe proporcionar una base especialmente ética, una base especialmente moral para la humanidad, que debe ser mucho más viva de lo que lo es hoy en día de alguna manera. Esto se entiende de la siguiente manera.

Hoy en día, algunas personas no ven nada malo en enriquecerse a costa de otras personas, en vivir a costa de otras. No solo no incluyen esta forma de vida a costa de otros en su autocrítica moral, sino que ni siquiera piensan en ello. Si lo hicieran, se darían cuenta de que uno vive mucho más a costa del otro de lo que se imagina. Porque todos viven a costa de los demás. Ahora se desarrollará la conciencia de que vivir a costa de los demás, también en la comunidad, significa lo mismo que si algún órgano de un organismo se desarrollara de manera ilegítima a costa de otro órgano, y que la felicidad de un individuo no es realmente posible sin la felicidad del conjunto. Por supuesto, hoy en día la gente aún no lo intuye, pero poco a poco debe convertirse en un principio básico de la verdadera moral humana. Hoy en día, cada uno busca primero su propia felicidad, sin pensar que la propia felicidad solo es posible si todos los demás son felices.

Por lo tanto, existe una relación entre el sentimiento de comunidad del que he hablado y la sensación de que, en realidad, toda la vida en comunidad es un organismo. Esto puede intensificarse mucho, puede intensificarse extraordinariamente para el ser humano. Puede desarrollar un sentimiento íntimo de comunión con las cosas que le rodean. Si se intensifica este sentimiento íntimo, se abre la posibilidad de percibir gradualmente lo que en la última conferencia describí como ese resplandor que se proyecta más allá de la muerte en nuestro desarrollo entre la muerte y el nuevo nacimiento, que percibimos y a partir del cual formamos nuestro karma. Solo quiero señalar esto. Pero cuando se desarrolla ese sentimiento de comunidad, se obtiene algo más, a saber, la posibilidad de vivir realmente con las peculiaridades, las situaciones, los pensamientos y las acciones de otra persona como si fueran propios.  Esto conlleva cierta dificultad para la vida espiritual: ponerse en el lugar de una persona de tal manera que lo que hace, piensa y siente lo percibamos como propio. Pero si se quiere recordar de manera fructífera lo que se compartió con los difuntos que estaban vinculados kármicamente con uno en vida, solo se puede lograr alcanzarlos realmente como personas desencarnadas si somos capaces de recordar lo que vivimos juntos, por pequeño que sea, tal y como lo pensamos cuando tenemos ese sentimiento de comunidad. Imaginemos, pues, que pensamos en algo que ocurrió entre nosotros y un difunto cuando nos sentamos a la mesa con él o dimos un paseo, o cualquier otra cosa, y que, como se ha dicho, sea lo más insignificante. Pero el alma solo tiene la posibilidad de identificarse con ello de tal manera que alcance la realidad si realmente tiene en sí misma el sentimiento de comunidad; de lo contrario, no tiene suficiente fuerza para identificarse con el asunto. Porque compréndalo bien: solo desde un lugar así, —si ahora hablo de forma comparativa, pero ustedes me entenderán—, en el que proyectamos este sentimiento de comunidad, el difunto puede hacerse consciente de nosotros. Pueden imaginárselo de forma muy espacial. Por supuesto, tendrán que tener presente que solo se están imaginando una imagen, pero imaginen una imagen de una realidad auténtica.

Vuelvo a lo que decía antes: Imagínense una situación concreta, por ejemplo, que están sentados a la mesa con un difunto o que dan un paseo con él; entonces toda su vida anímica se orienta hacia ese pensamiento. Si con el difunto desarrollan en este pensamiento solo una unión espiritual que corresponda a este sentimiento de comunidad, entonces su mirada desde el mundo espiritual puede encontrar este pensamiento, al igual que su pensamiento, la dirección de su pensamiento, encuentra la realidad a la que se dirigen estos pensamientos. Al dejar que este pensamiento sobre el difunto esté presente en su alma con amor, en la medida en que lo he indicado, su mirada espiritual se encuentra con la mirada espiritual del difunto. De este modo, el difunto puede hablarle. Solo puede hablarle desde el lugar al que apunta la dirección de su sentimiento de comunidad con él. Así es como se relacionan las cosas. Aprendamos, en cierto modo, a sentir nuestro karma, adquiriendo una idea de cómo dejamos huellas mentales por todas partes. Si aprendemos a identificarnos con las cosas, desarrollaremos el sentimiento que nos lleva a una conexión cada vez más consciente con los difuntos. Solo así es posible que el difunto nos hable.

Lo otro que es necesario es que podamos oírlo, que con el tiempo podamos percibirlo realmente. Para ello, debemos tener en cuenta, sobre todo, lo que, por así decirlo, debe quedar como «aire» entre nosotros y el difunto, para que él pueda hablarnos. Si lo comparo con algo físico: si hubiera un espacio sin aire entre nosotros, ustedes no podrían oír lo que digo; el aire debe transmitirlo. Así debe haber algo entre los vivos y los muertos, si el difunto quiere acercarse a nosotros. En cierto modo, debe haber un aire espiritual, y ahora podemos hablar de en qué consiste este aire espiritual en el que vivimos junto con los muertos. ¿En qué consiste este aire espiritual?

Si queremos comprenderlo, debemos recordar lo que ya he explicado en otro contexto, a saber, cómo se forma la memoria humana, porque todas las cosas están interrelacionadas. La psicología convencional dice sobre la memoria humana: ahora tengo una impresión del mundo exterior que evoca una idea en mí; esta idea deambula de alguna manera por mi subconsciente, se olvida y, cuando hay un motivo especial para ello, vuelve a salir del subconsciente y entonces la recuerdo. Porque, en realidad, casi todas las psicologías, en lo que respecta a la memoria, tienen la sensación de que ahora, debido a una impresión, se tiene una idea, pero después de un tiempo ya no se tiene, se olvida y queda en el subconsciente, y luego, por alguna razón, vuelve a la conciencia. Uno recuerda y cree tener la misma idea que se formó al principio, Pero eso es una completa tontería, una tontería que, aunque se enseña casi sin excepción en todas las psicologías, no deja de ser una tontería. Porque lo que se dice allí no ocurre en absoluto. Cuando nos formamos una impresión a través de una experiencia externa y más tarde la recordamos, no es la idea que se formó inicialmente la que vuelve a nosotros. Sino que, mientras imaginamos, se produce un proceso subconsciente, un segundo proceso; que no llega a la conciencia durante la experiencia externa, pero que sin embargo tiene lugar. Y a través de procesos que no voy a discutir ahora, mañana se repetirá en nuestro organismo lo que ha sucedido hoy, pero que ha permanecido inconsciente. Y así como hoy la impresión externa provoca la idea, mañana lo que se ha producido en el fondo provocará la nueva idea. Una idea que tengo hoy desaparece, ya no está ahí; no deambula por el subconsciente, sino que, si mañana tengo la misma idea en la memoria, es porque hay algo en mí que provoca esa misma idea. Pero eso se ha generado de forma subconsciente. Quien crea que las ideas son absorbidas por nuestro subconsciente, deambulan por él y finalmente vuelven a salir del alma, debería, si quiere recordar dentro de unos tres días que algo le ha llamado la atención, algo que no quiere olvidar y que, por ejemplo, anota, debería imaginarse inmediatamente lo siguiente: la persona que quiere recordar también está ahí dentro, en lo que ha anotado, y al cabo de tres días esa persona vuelve a salir del cuaderno. — Al igual que en el cuaderno solo hay signos, en el recuerdo también solo hay un signo, y este evoca, aunque en menor medida, lo que hemos vivido. Se pueden citar muchas cosas relacionadas con esto desde el punto de vista de las ciencias espirituales, —lo haremos más adelante, y eso aclarará lo que voy a explicar ahora—, pero hoy solo quiero recordar una cosa.

Quien quiera memorizar o aprender de alguna manera algo que desea retener, lo que a menudo se denomina «empollar» en la juventud, sabe muy bien que no basta con lo que se lleva a cabo como operación cuando solo se percibe algo, sino que a veces se recurre a ayudas muy externas para incorporar algo a la memoria. Observen a alguien que quiere memorizar algo y verán los esfuerzos que hace para ayudar a esta actividad inconsciente que se lleva a cabo. Se trata de ayudar de alguna manera al subconsciente. Son dos cosas muy diferentes: incorporar algo a la memoria y representar algo en el presente. Si uno puede estudiar a las personas, observar sus caracteres, pronto descubrirá, como también demuestra el estudio del ser humano, que se trata de dos cosas diferentes: descubrirán que hay personas que captan rápidamente las cosas, pero que tienen una memoria terriblemente mala; y, a la inversa, hay personas que son muy torpes a la hora de captar rápidamente una cosa, pero que tienen buena memoria, es decir, una buena capacidad de representación y de juicio. Estas dos cosas van de la mano, y la ciencia espiritual tendrá que llamar la atención sobre los hechos reales en muchos aspectos.

Cuando percibimos esto o aquello en la vida, y desde primera hora de la mañana, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, percibimos algo del mundo, hacemos nuestras simpatías o antipatías más o menos conscientes a través de lo que percibimos, y la mayoría de las veces nos sentimos satisfechos cuando hemos percibido algo. Pero esta actividad, que luego conduce al recuerdo, es mucho más amplia que la necesaria para captar las impresiones. En realidad, hay mucho que ocurre de forma subconsciente en nuestra alma, y lo que ocurre de forma subconsciente a veces contradice de manera extraña lo que ocurre de forma consciente en nosotros. A veces puede ocurrir que sintamos antipatía por una impresión que algo nos causa. El subconsciente no siente esta antipatía en absoluto; de hecho, percibe las impresiones de forma muy diferente a la conciencia habitual. El subconsciente desarrolla una extraña sensación ante todas las impresiones, una sensación que no puedo describir de otra manera, —aunque siempre es comparativamente cuando se aplican expresiones tomadas del mundo físico al mundo espiritual; pero la expresión encaja muy bien aquí—, como si quisiera decir: El subconsciente desarrolla siempre, independientemente de lo que ocurra en la conciencia, un cierto sentimiento de gratitud hacia cada impresión. No es del todo incorrecto decir que una persona puede estar delante de usted y que la impresión consciente que tiene de ella puede ser terriblemente desagradable. Esa persona puede lanzarle las mayores groserías a la cara, pero la impresión subconsciente tiene hacia ella un cierto sentimiento de gratitud. Este sentimiento de gratitud existe por la sencilla razón de que todo lo que en la vida se acerca a los elementos más profundos de nuestro ser enriquece nuestra vida, la enriquece de verdad. Todas las impresiones desagradables también enriquecen nuestra vida. Esto no tiene nada que ver con cómo debemos comportarnos conscientemente ante las impresiones externas. Que tengamos que reaccionar de una manera u otra de forma consciente no tiene nada que ver con lo que ocurre en el subconsciente. En el subconsciente, todo conduce a un cierto sentimiento de gratitud. El subconsciente acepta cada impresión como un regalo por el que debe estar agradecido. Eso es lo que hacemos en nuestro subconsciente.

Es sumamente importante que nos demos cuenta de este hecho que transcurre bajo el umbral de la conciencia. Lo que actúa allí y se descarga en un sentimiento de gratitud, actúa en nosotros de manera similar a lo que nos impresiona del mundo exterior y que luego se convierte en recuerdo, va de la mano con la imaginación, y solo el ser humano puede tomar conciencia de estas cosas, cuando además tiene la clara sensación de que sueña continuamente desde que se despierta hasta que se duerme. Ya he dicho en una conferencia pública que, en lo que respecta a nuestros sentimientos y nuestra voluntad, dormimos y soñamos continuamente, incluso en la vida despierta. Cuando dejamos que el mundo actúe sobre nosotros de esta manera, nuestras impresiones e ideas se suceden continuamente; pero debajo de ellas soñamos con todas las cosas, y esta vida onírica es mucho más rica de lo que creemos. Solo se ve eclipsada por la imaginación consciente, igual que una luz débil se ve eclipsada por una luz fuerte. Se puede obtener información sobre estas circunstancias de forma experimental, por así decirlo, si uno presta atención a las diferentes intimidades de la vida. Por ejemplo, traten de hacer el siguiente experimento consigo mismo: imaginen que están tumbados en una cama y se despiertan. Por supuesto, en ese momento la persona no se fija en sí misma, porque inmediatamente después el mundo le causa todo tipo de impresiones. Pero puede ocurrir que cuando se despierta permanezca un poco tranquilo. Entonces puede darse cuenta de que, en realidad, ya había percibido algo antes de despertarse. Esto se puede observar especialmente cuando alguien ha llamado a la puerta y no ha vuelto a llamar. Puede constatarlo, pero al despertarse sabe que ha ocurrido algo. Se deduce claramente de la situación general.

 Cuando el ser humano observa algo así, no está lejos de reconocer lo que la ciencia espiritual afirma: que percibimos nuestro entorno en un ámbito mucho más amplio que el de la percepción consciente. Es cierto que cuando van por la calle y se encuentran con una persona que acaba de doblar la esquina y que, por lo tanto, no han podido ver, tienen la sensación de que ya la habían visto antes; en innumerables ocasiones pueden tener la sensación de que ya han visto algo antes de que realmente haya sucedido. Es cierto: ya estamos conectados mental y espiritualmente con lo que percibiremos después. Es así, solo que nos abruma la percepción sensorial posterior y realmente no prestamos atención a lo que ocurre en lo más íntimo de nuestra vida espiritual.

Esto es otra cosa que ocurre de manera subconsciente, de forma similar a la formación de la memoria o a lo que he descrito como el sentimiento de gratitud hacia todos los fenómenos que nos rodean. Los difuntos solo pueden hablarnos a través del elemento que atraviesa los sueños que entretejen nuestra vida. Los muertos hablan en esta percepción íntima y subconsciente. Y pueden hacerlo si somos capaces de compartir con ellos el mismo aire espiritual y anímico. Porque para ellos es necesario, si quieren hablarnos, que tengamos conciencia de lo que acabo de desarrollar como el sentimiento de gratitud, un sentimiento de gratitud hacia todo lo que se nos revela. Si no hay nada de este sentimiento de gratitud en nosotros, si no somos capaces de agradecer al mundo que nos permita vivir, que enriquezca continuamente nuestra vida con nuevas impresiones, si no somos capaces de profundizar en nuestra alma recordando una y otra vez que, en realidad, toda la vida es un regalo, los muertos no encontrarán el aire común con nosotros. Porque solo pueden hablar con nosotros a través del sentimiento de gratitud, de lo contrario hay un muro entre nosotros y ellos.

Ahora veremos cuántos obstáculos hay cuando se trata precisamente de la comunicación con los muertos; porque, como hemos visto en otros contextos, siempre se trata de la comunicación con aquellos muertos con los que estamos conectados kármicamente. Si los hemos perdido, deseamos que vuelvan a la vida, no podemos animarnos a pensar: «Estamos agradecidos por haberlos tenido, sin perjuicio de que ahora ya no los tengamos», entonces, precisamente frente al ser al que queremos acercarnos, nuestro sentimiento de gratitud no está presente; entonces no nos encuentra, o al menos no puede hablarnos. Precisamente los sentimientos que se tienen muy a menudo hacia los muertos cercanos son un obstáculo para que los muertos puedan hablarnos. Otros difuntos que no están vinculados kármicamente con nosotros suelen hablarnos con más dificultad; pero en relación con nuestros seres queridos, no sentimos lo suficiente que les estamos agradecidos por lo que han significado para nosotros en vida, y que no debemos aferrarnos a la idea de que ya no los tenemos, porque este es un sentimiento ingrato en el sentido más amplio de la vida.  Solo hay que darse cuenta de cuánto prevalece el sentimiento de pérdida sobre el otro, y entonces se podrá comprender todo el alcance de lo que digo. Pensamos que hemos perdido a un ser querido. Entonces debemos ser capaces de elevarnos al sentimiento de gratitud por haberlo tenido. Debemos ser capaces de pensar desinteresadamente en lo que él significó para nosotros hasta su muerte, y no en lo que sentimos ahora por no tenerlo más. Porque cuanto mejor podamos sentir lo que él significó para nosotros durante su vida, más fácil le resultará comunicarse con nosotros, más fácil le resultará llegar a nosotros con sus palabras a través del aire común de la gratitud.

Sin embargo, para entrar cada vez más consciente en el mundo del que surge algo así, se necesitan otras muchas cosas. Supongamos que uno ha perdido a un hijo. El sentimiento de comunidad que es necesario se puede activar, por ejemplo, imaginando que uno está sentado con el niño, jugando con él, de modo que el juego le interesa tanto como al propio niño. Y si puede pensar en un niño de tal manera que el juego le interese tanto como al niño mismo, tendrá el correspondiente sentimiento de comunidad, ya que solo tiene sentido jugar con un niño si uno es tan juguetón como el niño mismo. Esto crea una atmósfera necesaria para el sentimiento de comunidad. Así que, si uno se imagina que está jugando con el niño y se pone en su lugar de forma muy viva, entonces se crea el lugar en el que pueden recaer nuestras miradas y las suyas. Si entonces soy capaz de comprender lo que dice el difunto, entonces estoy en conexión consciente con él. Esto también puede fomentarse de diversas maneras.

A algunas personas, por ejemplo, les resulta extraordinariamente fácil pensar. Dirán: «¡Eso no es cierto!». Sin embargo, hay personas a las que les resulta extraordinariamente fácil pensar. Si a las personas les resulta difícil, en realidad se trata de otra sensación. Precisamente las personas a las que les resulta más fácil pensar son las que lo encuentran más difícil. Esto se debe a que, en realidad, son perezosas a la hora de pensar. Pero lo que quiero decir es que, en realidad, a la mayoría de las personas les resulta fácil pensar. Ni siquiera se puede decir lo fácil que es, porque es tan terriblemente fácil como piensan las personas; solo se puede decir que piensan, que no se dan cuenta de que también podría ser difícil. Simplemente piensan; captan sus ideas, las tienen y viven en ellas. Pero entonces se les presentan otras cosas, y voy a poner nuestro ejemplo: la ciencia espiritual.  La ciencia espiritual no es rechazada por tanta gente porque sea difícil de comprender, sino porque requiere un cierto esfuerzo asimilar sus conceptos. Las personas rehúyen ese esfuerzo. Y quien profundiza cada vez más en las ciencias espirituales, se da cuenta poco a poco de que comprender los conceptos realmente requiere un esfuerzo de voluntad, que no solo se requiere un esfuerzo de voluntad para levantar pesos enormes, sino también para comprender conceptos. Pero eso es precisamente lo que la gente no quiere; prefieren pensar con facilidad. Precisamente quien avanza en el pensamiento se da cuenta de que piensa cada vez con más dificultad, cada vez con más pesadez, si se me permite decirlo así, porque siente cada vez más que, para que un pensamiento pueda fijarse en él, debe realizar un esfuerzo. En realidad, no hay nada más propicio para penetrar en el mundo espiritual que cuando cada vez resulta más y más difícil captar los pensamientos, y en realidad, el más afortunado en el progreso de la ciencia espiritual sería aquel que ya no pudiera aplicar el criterio del pensamiento fácil, al que uno está acostumbrado en la vida, sino que se dijera a sí mismo: pero en realidad, este pensamiento es un trabajo de trillador; ¡hay que esforzarse como si se estuviera golpeando con un mayal!

Solo puedo insinuar tal sentimiento, pero puede formarse. Es bueno, es favorable que sea así. Hay muchas otras cosas relacionadas con ello, por ejemplo, que poco a poco desaparezca lo que muchas personas tienen. Muchos son tan rápidos en su pensamiento que basta con que alguien mencione un complejo de ideas para que ya hayan captado el contexto del todo, lo sepan y sepan dar una respuesta de inmediato. Pero, ¿qué sentido tendría la conversación en los salones si pensar fuera difícil? Sin embargo, se puede observar que, a medida que el ser humano se familiariza con las circunstancias internas de las cosas, le resulta más difícil charlar y estar siempre preparado para responder a todo, ya que eso es fruto del pensamiento fácil. A medida que avanza el conocimiento, uno se vuelve cada vez más socrático, sabe cada vez más que hay que esforzarse mucho y que solo con esfuerzo se gana el derecho a expresar una opinión sobre esto o aquello.

Esta sensación de que el esfuerzo de la voluntad forma parte de la comprensión de los pensamientos está relacionada con otra sensación que a veces tenemos cuando memorizamos, cuando tenemos que estudiar y no conseguimos asimilar lo que debemos asimilar. Se puede sentir perfectamente la relación entre estas dos cosas: la dificultad de retener algo en la memoria y la dificultad de hacer un esfuerzo de voluntad en el propio pensamiento para comprender algo. Pero también se puede practicar; se puede aplicar lo que yo llamaría: Conciencia, sentido de la responsabilidad hacia el pensamiento. A algunas personas, por ejemplo, cuando alguien dice algo basado en una determinada experiencia vital: «Él o ella es una buena persona», rápidamente responden: «¡Una persona terriblemente buena!». Piensen solo en cuántas veces en la vida las respuestas consisten únicamente en responder con el comparativo en lugar del positivo. Por supuesto, no hay nada que indique que el asunto corresponda al comparativo, es solo la falta más absoluta de lo que se debe pensar; uno tiene la sensación de que debería haber experimentado algo de lo que se quiere expresar, de lo que se quiere hablar. Por supuesto, no se debe exagerar demasiado esta exigencia de la vida, porque de lo contrario se produciría un gran silencio en muchos salones.

Pero la cuestión es la siguiente: este sentimiento, que surge del sentido de la responsabilidad hacia el pensamiento, de la sensación de que pensar es difícil, este sentimiento fundamenta la posibilidad y la capacidad de recibir iluminaciones. Porque una iluminación no llega de la misma manera que los pensamientos llegan a la mayoría de las personas; una iluminación siempre llega siendo tan difícil como algo que precisamente consideramos difícil. Primero debemos aprender a percibir el pensamiento como algo difícil, primero debemos aprender a percibir que la retención similar a la memoria es algo más que el mero pensamiento. Entonces podremos sentir esa débil y onírica aparición de pensamientos en el alma, que en realidad no quieren quedarse, que en realidad ya quieren desaparecer cuando llegan, que son difíciles de captar. Nos ayudamos a nosotros mismos cuando desarrollamos una sensación de vivir realmente con los pensamientos. — Piensen por un momento en lo que ocurre en su alma cuando, por ejemplo, ha tenido la intención de ir a algún sitio y luego llegan a su destino. Es cierto que el ser humano no suele pensar en ello, pero también se puede reflexionar sobre lo que ocurre en el alma cuando se ha tenido una intención, se ha llevado a cabo y luego se ha alcanzado lo que se pretendía.  De hecho, se ha producido un cambio en el alma. A veces puede resultar bastante llamativo cuando un alpinista tiene que esforzarse mucho para llegar a la cima de una montaña, jadeando y jadeando, y finalmente, cuando llega arriba, exclama: «¡Gracias a Dios que hemos llegado!». Entonces se siente que se ha producido un cierto cambio en sus sentimientos. Pero también se puede adquirir una sensibilidad más sutil en este sentido, y esta sensibilidad más sutil puede extenderse a la vida íntima del alma. Entonces es similar al siguiente sentimiento: quien comienza a imaginar una situación con un difunto, quien comienza a intentar tener intereses comunes con el difunto, a conectarse con sus pensamientos y sentimientos, se sentirá como si estuviera en un camino. Y entonces llega el momento en el que uno se siente en paz con este pensamiento. Quien es capaz de esto: primero moverse en un pensamiento y luego encontrar el equilibrio con este pensamiento, siente como si se hubiera detenido, mientras que antes caminaba. Con ello se ha hecho mucho para proporcionar de manera adecuada las iluminaciones que un pensamiento puede dar. También se puede procurar la iluminación a través de los pensamientos utilizando a todo el ser humano en lugar de lo que normalmente se utiliza en la vida. Por supuesto, esto conduce a una mayor intimidad en esta experiencia.

Quien recupere un poco en su conciencia ese sentimiento de gratitud del que hablaba antes, notará inmediatamente que este sentimiento de gratitud, que de otro modo permanecería inconsciente, cuando surge en la conciencia no actúa como el sentimiento habitual de gratitud; sino que hace que uno quiera conectar con toda la persona, al menos con sus brazos y manos. Debo llamar la atención sobre lo que he dicho acerca de esta parte de la sensibilidad humana, donde se captan las ideas comunes, pero las ideas más íntimas pasan por el cerebro como por un tamiz, y en realidad los brazos y las manos son los órganos receptores de las mismas. Pero también se puede experimentar realmente. Por supuesto, uno puede permanecer tranquilo, pero puede sentir como si tuviera que expresar con los brazos ese sentimiento de gratitud y otros sentimientos similares —por ejemplo, el asombro, el respeto— ante ciertas impresiones de la vida.  Las expresiones fragmentarias de esta experiencia, que se manifiesta en forma de espasmos en los brazos y las manos para experimentar los impulsos subconscientes de las impresiones, se expresan, por ejemplo, cuando la persona se siente impulsada a juntar las manos ante la belleza de la naturaleza o a cruzarlas ante algo que le ha sucedido. Todas las cosas que nos han sucedido inconscientemente se expresan de forma fragmentaria en la vida. Frente a lo que se podría llamar «la voluntad de las manos y los brazos con las impresiones externas», el ser humano puede permanecer tranquilo; entonces solo se mueve su cuerpo etérico, las manos etéricas y los brazos etéricos. Cuanto más consciente se es de ello, cuanto más se es capaz de sentir con el organismo del brazo lo que son las impresiones externas, más se desarrolla una sensación que se expresa así: Cuando se ve el rojo, se desea hacer ese movimiento con la mano, porque forma parte de ello; cuando se ve el azul, se desea hacer ese otro movimiento con la mano, porque también forma parte de ello. Cuanto más consciente se es de ello, más se desarrolla el sentido de la iluminación, de lo que debe llegar al alma, de lo que debemos recibir como impresiones. Cuando nos hemos entregado como he descrito en el caso del niño que juega, nos perdemos en la impresión, pero nos encontramos a nosotros mismos. Pero entonces llega la iluminación, cuando nos hemos capacitado para tener a toda la persona preparada para una impresión, cuando, incluso al sumergirnos en nuestros propios pensamientos, podemos conectar con el difunto esa misma inmersión con el sentimiento de comunión y, al despertar después, podemos conectarlo en la experiencia real con todo el ser humano, como acabo de describir, cuando podemos sentir la gratitud que nos invade las manos y los brazos. Porque la esencia espiritual en la que se encuentra el difunto entre la muerte y el nuevo nacimiento se comunica con los vivos de tal manera que se puede decir: lo encontramos cuando podemos reunirnos en un lugar espiritual común con un pensamiento que él también ve, cuando podemos reunirnos en este pensamiento común con un sentimiento de completa comunión. Y tenemos los materiales para ello a través del medio del sentimiento de gratitud. Porque desde el espacio tejido por el sentimiento de comunidad, a través del aire formado por el sentimiento de gratitud general hacia el mundo, los muertos hablan a los vivos.

Traducido por J.Luelmo nov,2025

GA181 Berlín, 5 de marzo de 1918 - Pensamiento realista - La conexión de los vivos con los muertos

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RUDOLF STEINER

PENSAMIENTO REALISTA.

LA CONEXIÓN DE LOS VIVOS CON LOS MUERTOS


Berlín, 5 de marzo de 1918

En una de las últimas reflexiones que hemos compartido aquí, hablé de la relación que las almas humanas encarnadas en el cuerpo pueden tener, o más bien siempre tienen, con las almas humanas desencarnadas, con los llamados muertos. Hoy me gustaría continuar con estas reflexiones con algunas observaciones más.

Sabemos por diversas fuentes, que han llegado a nuestras almas a través de la ciencia espiritual, que el espíritu humano también experimenta su propio desarrollo a lo largo de la evolución terrestre. Sabemos además que el ser humano solo puede auto-conocerse planteándose de manera provechosa la siguiente pregunta: ¿Cómo se relaciona el ser humano en una determinada encarnación, en esta encarnación en la que se encuentra, con los mundos espirituales, con los reinos espirituales? ¿Qué nivel de desarrollo ha alcanzado la humanidad en general cuando nosotros mismos vivimos en una determinada encarnación?

Sabemos que una observación más detallada de esta evolución general de la humanidad nos lleva a comprender que en épocas anteriores, en épocas anteriores de la evolución humana, se había vertido sobre la humanidad una cierta clarividencia, que hemos llamado atávica, que en tales épocas anteriores de la evolución humana el alma humana estaba, por así decirlo, más cerca de los mundos espirituales. Mientras entonces estaba más cerca de los mundos espirituales, más lejos estaba de su propia libertad, de su propio libre albedrío, al cual, por el contrario, está más cerca en nuestra época, en la que, en general, se encuentra más alejado de los mundos espirituales. Si se conoce realmente la esencia del ser humano en el presente, hay que decir que, en el inconsciente, en lo verdaderamente espiritual del ser humano, existe naturalmente la misma relación con todo el mundo espiritual. Pero en el conocimiento, en la conciencia, el ser humano de hoy en día no puede, en general, visualizar esta relación de la misma manera; algunos individuos pueden hacerlo, pero en general el ser humano no puede visualizarlo como era posible en épocas anteriores. Si nos preguntamos por qué el ser humano actual no es consciente de la relación de su alma con el mundo espiritual, que por supuesto sigue existiendo con la misma intensidad que siempre, aunque de otra manera, se debe a que ya hemos superado la mitad del ciclo evolutivo terrestre, nos encontramos, por así decirlo, en la corriente descendente de la existencia terrenal, y que con nuestro organismo físico, —aunque esto no sea perceptible en la anatomía y fisiología externas—, nos hemos vuelto más físicos de lo que éramos antes, y que, por lo tanto, durante el tiempo que transcurre entre el nacimiento o la concepción y la muerte, ya no disponemos de la organización necesaria para tomar plena conciencia de nuestra conexión con el mundo espiritual. Hoy en día experimentamos realmente, —y debemos ser muy conscientes de ello—, en las regiones subconscientes del alma, por muy materialistas que seamos, mucho más de lo que generalmente podemos percibir.

Pero esto va más allá. Y aquí se llega a un punto muy importante en la actual evolución de la humanidad. Se llega al extremo de que, en general, el ser humano actual no es capaz de pensar, sentir y experimentar realmente todo lo que podría pensar, sentir y experimentar en su interior. El ser humano de hoy está predispuesto a pensamientos, sentimientos y sensaciones mucho más intensos de lo que puede tener debido a la, diría yo, burda materialidad de su organismo. Esto tiene una cierta consecuencia, a saber, que en la actual etapa evolutiva de la humanidad no somos capaces de completar el desarrollo de nuestras facultades en nuestra vida terrenal. En el fondo, poco influye si morimos jóvenes o viejos. Tanto para los que mueren jóvenes como para los que mueren viejos, lo cierto es que el ser humano actual, debido a la densidad de su organismo, no puede vivir plenamente lo que viviría si estuviera organizado de forma más sutil e íntima en relación con su cuerpo. Y por lo tanto, ya sea que crucen la puerta de la muerte los jóvenes o los ancianos, como se ha dicho, durante nuestra organización terrenal queda un cierto residuo de pensamientos, sensaciones y sentimientos no procesados que, por la razón indicada, realmente no podemos procesar. Hoy en día, todos morimos, en cierto modo, dejando pensamientos, sentimientos y sensaciones sin procesar. Estos pensamientos, sentimientos y sensaciones, —y debo insistir una y otra vez en que, aunque muramos jóvenes o viejos, el resultado es el mismo—, permanecen sin procesar, y cuando hemos atravesado la puerta de la muerte, en realidad todos seguimos teniendo el impulso de seguir pensando en lo terrenal, de seguir sintiendo en lo terrenal, de seguir percibiendo en lo terrenal.

 Pensemos por un momento en lo que esto implica. Después de la muerte, seremos libres para desarrollar ciertos pensamientos, sentimientos y sensaciones. Lograríamos mucho más en la Tierra si pudiéramos vivir plenamente estos pensamientos, sentimientos y sensaciones durante nuestra vida física. Pero no podemos. De hecho, cada ser humano podría lograr mucho más en la Tierra de lo que realmente logra, en función de las aptitudes que tiene. Esto no era así en épocas anteriores del desarrollo de la humanidad, cuando los organismos eran más delicados y existía una cierta visión consciente del mundo espiritual, y los seres humanos podían actuar desde el espíritu. En general, las personas realizaban todo lo que podían según sus aptitudes. Aunque hoy en día el ser humano esté tan orgulloso de sus aptitudes, la situación es la descrita.

Siendo así las cosas, también se podrá reconocer la necesidad, en la época actual, de que lo que los muertos llevan consigo sin haberlo procesado a través de la puerta de la muerte no se pierda para la vida terrenal. Esto solo puede ser así si, en el sentido mencionado anteriormente, cultivamos y mantenemos realmente la conexión con los muertos según las instrucciones de la ciencia espiritual, si nos esforzamos por hacer que la conexión con los muertos con los que estamos vinculados kármicamente sea consciente, plenamente consciente. Entonces, los pensamientos no vividos de los muertos se introducen en el mundo a través de nuestra alma, y a través de esta introducción, estos pensamientos más fuertes, —los pensamientos que el muerto puede tener porque está liberado del cuerpo—, pueden actuar en nuestras almas. Tampoco podemos llevar nuestros propios pensamientos a su plena formación, pero estos pensamientos pueden actuar.

De ello deducimos lo siguiente: lo que nos ha aportado el materialismo debería hacernos conscientes al mismo tiempo de lo necesario, de lo absolutamente necesario que es buscar una relación concreta y real con los espíritus de los muertos, tanto para el presente como para el futuro próximo. La pregunta es: ¿cómo podemos acoger en nuestras almas los pensamientos, las sensaciones y los sentimientos que quieren entrar desde el reino en el que se encuentran los muertos? También sobre esto ya hemos dado algunos puntos de vista, y en una última reflexión hablé aquí de los momentos importantes que el ser humano debería tener en cuenta: el momento de dormirse y el momento de despertar. Hoy quiero caracterizar con más detalle algunos aspectos relacionados con ello.

El muerto no puede entrar directamente en este mundo en el que vivimos nuestra vida cotidiana, que percibimos desde fuera y en el que actuamos según nuestra voluntad, basada en nuestros instintos. Al atravesar la puerta de la muerte, se ha alejado de este mundo. Pero aún así podemos tener un mundo en común con los muertos si, impulsados por la ciencia espiritual, hacemos el intento, —que, sin embargo, en nuestra época materialista actual es un intento difícil—, de disciplinar tanto el mundo interior de nuestro pensamiento como el mundo de nuestra vida y no dejarlos correr libremente, como estamos acostumbrados a hacer. Podemos desarrollar ciertas habilidades que nos asignen un terreno común con los espíritus que han atravesado la puerta de la muerte. Por supuesto, en la actualidad existen muchos obstáculos en la vida cotidiana para encontrar este terreno común. El primer obstáculo es aquel que quizá haya abordado menos. Pero lo que hay que decir al respecto ya se desprende de otras consideraciones que también se han planteado aquí. El primer obstáculo es que, en general, en nuestra vida somos demasiado derrochadores con nuestros pensamientos. Hoy en día, en nuestro presente, todos somos derrochadores en lo que respecta a nuestra vida pensante, o podría decir también: somos excesivos en lo que respecta a la vida pensante. ¿Qué se quiere decir con esto?

 El hombre actual vive casi por completo bajo la influencia del proverbio: «Los pensamientos son libres». Esto significa que, en realidad, uno debe dejar pasar por la mente casi todo lo que quiera pasar por ella. Piensen por un momento que el habla es un reflejo de nuestra vida pensante, y piensen en qué tipo de vida pensante se deduce del habla de la mayoría de las personas hoy en día, cuando parlotean, pasan de un tema a otro, dejan que los pensamientos fluyan tal y como vienen, es decir: ¡desperdician la fuerza que se nos ha concedido para pensar! Y seguimos desperdiciándola, somos muy disolutos en nuestra vida pensante. Nos permitimos cualquier pensamiento. Queremos algo que se nos ocurre en ese momento, o lo omitimos insertando otro pensamiento. En resumen, somos reacios a controlar nuestros pensamientos en cierta medida. Por ejemplo, qué desagradable resulta a veces que alguien empiece a hablar, le escuches durante uno o dos minutos y, de repente, cambie de tema. Pero tú sigues teniendo ganas de seguir hablando de lo que habías empezado. Puede ser importante. Entonces hay que llamar la atención: ¿de qué estábamos hablando? Esto sucede hoy en día a cada momento, de modo que, si realmente se quiere llevar la vida con seriedad, hay que recordar la conversación que se ha iniciado. Este desperdicio de la fuerza del pensar, esta dispersión de la fuerza del pensar, impide que desde lo más profundo de nuestra vida anímica surjan aquellos pensamientos que no son nuestros, sino que compartimos con lo espiritual, con el espíritu que reina en general. Esta urgencia de pasar de un pensamiento a otro de cualquier manera nos impide esperar, en estado de vigilia, a que los pensamientos surjan de las profundidades de nuestra vida anímica, nos impide esperar las inspiraciones, si se me permite expresarlo así. Pero esto es algo que, especialmente en nuestra época, por las razones indicadas, debería cultivarse, cultivarse de tal manera que realmente se forme en el alma esa disposición que consiste en ser capaces de esperar despiertos hasta que los pensamientos surjan, por así decirlo, de las profundidades del alma, anunciándose claramente como lo que se nos ha dado, lo que no hemos creado nosotros. No hay que creer que crear tal estado de ánimo sea algo que se pueda hacer rápidamente. No es así. Es algo que hay que cultivar. Pero si se cultiva, si realmente nos esforzamos por estar simplemente despiertos, y no por excluir los pensamientos involuntarios, por quedarnos dormidos, sino simplemente por estar despiertos y esperar lo que se nos inspira, entonces poco a poco se va formando este estado de ánimo. Entonces se forma en nosotros la posibilidad de recibir en nuestra alma pensamientos que provienen de lo más profundo del alma y, por lo tanto, del mundo que va más allá de nuestro egoísmo. Si realmente desarrollamos algo así, percibiremos que en el mundo no solo existe lo que vemos con los ojos, oímos con los oídos, percibimos con los sentidos externos y cómo nuestra mente combina estas percepciones, sino que existe una red objetiva de pensamientos en el mundo. Hoy en día, muy pocas personas tienen esta experiencia como algo propio. Esta experiencia de la red general de pensamientos en la que realmente se encuentra el alma no es una experiencia significativa u oculta; es algo que cualquier persona puede tener si desarrolla en sí misma el estado de ánimo indicado. Entonces puede tener la experiencia de decirse a sí mismo: En la vida cotidiana, estoy en el mundo que percibo a través de mis sentidos y que he combinado con mi mente. Pero entonces me encuentro en una situación como si, estando de pie en la orilla, me sumergiera en el mar y nadara en el agua ondulante. Así, estando de pie en la orilla de la existencia sensorial, puedo sumergirme en el mar ondulante de los pensamientos; entonces estoy realmente como dentro de un mar ondulante. — Entonces se puede tener la sensación de que se intuye al menos una vida más fuerte e intensa que la mera vida onírica, pero que, sin embargo, tiene entre sí y la realidad sensorial exterior una frontera similar a la que tiene la vida onírica para la realidad sensorial.

Si se quiere, se puede decir que tales experiencias son sueños. ¡Pero no son sueños! Porque el mundo en el que nos sumergimos, ese mundo de pensamientos ondulantes que no son nuestros pensamientos, sino los pensamientos en los que nos sumergimos, es el mundo del que surge nuestro mundo físico-sensorial, que en cierto modo se condensa y asciende. Nuestro mundo físico-sensorial es como los bloques de hielo, los trozos de hielo en el agua: el agua está ahí, los trozos de hielo se endurecen y flotan en ella. Al igual que el hielo está compuesto por la materia del agua, solo que en otro estado de agregación, nuestro mundo físico-sensorial surge de este mar de pensamientos ondulantes y agitados. Ese es el verdadero origen. La física solo habla de su «éter», de los átomos que giran, porque no sabe cuál es la verdadera materia primigenia. Shakespeare se acercó más a esta verdadera inmaterialidad cuando hizo decir a uno de sus personajes: «El mundo de la realidad está tejido de sueños». Los seres humanos se dejan engañar con demasiada facilidad por este tipo de cosas. Quieren encontrar un mundo atomístico y tosco detrás de la realidad física. Pero si se quiere hablar de algo «detrás de la realidad física», hay que hablar del tejido objetivo de los pensamientos, del mundo objetivo de los pensamientos. Sin embargo, solo se llega a ello si se pone fin al despilfarro y al derroche en relación con los pensamientos y se desarrolla ese estado de ánimo que surge cuando se es capaz de esperar lo que popularmente se denomina inspiración.

 Para aquellos que se dedican a las ciencias espirituales, no es tan difícil desarrollar el estado de ánimo aquí descrito. Porque el tipo de pensamiento que hay que desarrollar cuando se practican las ciencias espirituales de orientación antroposófica guía al alma a desarrollar tal disposición. Y cuando se practican seriamente estas ciencias espirituales, surge la necesidad de desarrollar en uno mismo ese íntimo entramado de pensamientos. Pero esta trama de pensamientos nos ofrece la esfera común en la que, por un lado, estamos nosotros y, por otro, los llamados muertos. Ese es el terreno común donde uno puede encontrarse con los muertos. Los muertos no entran en el mundo que percibimos con nuestros sentidos y combinamos con nuestra mente, sino que entran en el mundo que acabo de caracterizar.

Hay un segundo ejemplo en lo que comenté el año pasado: la observación de las relaciones sutiles e íntimas de la vida. Ustedes recordarán que, para explicar lo que quiero decir, mencioné un ejemplo que se puede encontrar en la literatura psicológica. Schubert también lo señala; es de la literatura antigua, pero se pueden encontrar ejemplos similares una y otra vez en la vida. — Una persona está acostumbrada a dar un paseo diario. Un día, al hacerlo, al llegar a un punto determinado del camino, tiene la sensación de que debe detenerse, apartarse a un lado, y se le ocurre la idea de si realmente es correcto pasar el tiempo dando este paseo. En ese momento, una piedra que se ha desprendido de la roca cae sobre el camino y le habría golpeado con toda seguridad si sus pensamientos no le hubieran llevado a apartarse a un lado. 

Es una experiencia dura que llama la atención de cualquiera a quien le suceda algo así en la vida. Pero este tipo de experiencias, aunque sean más sutiles, se cuelan a diario en nuestra vida cotidiana. Por lo general, no les prestamos atención. Solo contamos con lo que sucede en la vida, pero no con lo que podría haber sucedido y no sucedió porque ocurrió algo que nos impidió hacer esto o aquello. Contamos con lo que ha sucedido cuando nos hemos retrasado un cuarto de hora en casa y ahora salimos un cuarto de hora más tarde de lo previsto. A menudo, si pensáramos en todo lo que habría cambiado si no nos hubiéramos retrasado y hubiéramos salido de casa un cuarto de hora antes, se nos ocurrirían cosas muy curiosas.

Intente observar sistemáticamente en su vida lo que habría cambiado si, en el último momento, cuando estaba a punto de marcharse, no hubiera aparecido alguien con quien quizá estaba muy enfadado y que le retuvo unos minutos. Todo lo que podría haber sido diferente se impone continuamente en la vida humana según su predisposición. Buscamos una relación causal entre lo que realmente sucede en la vida. No pensamos en atravesar la vida con la sutileza que implicaría la suposición de una interrupción de las cadenas de acontecimientos predeterminadas, de modo que, digamos, continuamente se derrama sobre nuestras vidas una atmósfera de posibilidades.

Si tenemos esto en cuenta, siempre tenemos la sensación de que, cuando hacemos algo a las doce del mediodía, después de haber sido retenidos durante diez minutos por la mañana: lo que hacemos a las doce del mediodía a menudo, —aunque también puede ser al contrario—, no solo está influenciado por los acontecimientos anteriores, sino también por las innumerables cosas que no han sucedido, de las que nos han impedido hacer. Al relacionar lo posible, y no solo lo real exterior y sensible, con nuestra vida, llegamos a intuir cómo nos encontramos realmente en la vida, de modo que es una forma bastante parcial de ver la vida buscar conexiones entre lo que sigue y lo que precede.  Cuando realmente nos hacemos este tipo de preguntas, se despierta en nuestra mente algo que, de otro modo, permanecería inactivo. Llegamos, por así decirlo, a leer entre las líneas de la vida; llegamos a conocer la vida en toda su ambigüedad. Llegamos, en cierto modo, a vernos a nosotros mismos dentro del entorno, a ver cómo nos moldea, cómo nos hace avanzar poco a poco en la vida. Por lo general, prestamos muy poca atención a esto. La mayoría de las veces solo prestamos atención a las fuerzas internas que nos guían de un nivel a otro. Tomen cualquier ejemplo sencillo y común en el cual puedan ver cómo relacionan lo externo con lo interno de una manera muy fragmentaria.

Traten de fijarse en la forma en que suelen imaginar cómo se levantan por la mañana. Si tratan de aclararlo, en la mayoría de los casos tendrán una idea muy clara: la idea de cómo se ven impulsados a levantarse, pero quizá también se lo imaginen de forma bastante difusa. Pero traten de pensar durante unos días en el pensamiento que realmente le impulsa a levantarse de la cama; traten de aclarar completamente qué pensamiento concreto le impulsa a levantarse de la cama, es decir, traten de aclarar: Ayer te levantaste porque oíste que se estaba preparando el café en la habitación de al lado; eso te llamó la atención y te hizo sentir la necesidad de levantarte; hoy te ha pasado algo diferente. Me refiero a que se aclaren concretamente, no lo que les ha impulsado a levantarse de la cama, sino cuál ha sido el impulso externo.  El ser humano suele olvidarse de buscarse a sí mismo en el mundo exterior, por eso encuentra tan poco de sí mismo en él. Quien preste un poco de atención a esto, volverá a desarrollar fácilmente ese estado de ánimo ante el que las personas de hoy en día sienten un temor casi sagrado, no, «profano», ese estado de ánimo que consiste en tener al menos un pensamiento secundario sobre toda la vida, algo que en realidad no se tiene en la vida cotidiana. Por ejemplo, el ser humano entra en una habitación, se traslada a algún lugar, pero piensa poco en ello: ¿Cómo cambia el lugar cuando entra? Otras personas tienen a veces una idea de ello, pero incluso esta idea desde fuera no está muy extendida hoy en día. No sé cuántas personas tienen la sensación de que, cuando un grupo de personas se encuentra en una habitación, una persona está a menudo doblemente presente que otra; una está muy presente, la otra débilmente. Es algo que depende de los imponderables. Es fácil comprobarlo: una persona entra en una sociedad, se cuela rápidamente y vuelve a salir, y uno tiene la sensación de que ha sido un ángel el que ha entrado y salido rápidamente. Otros, en cambio, tienen una presencia tan fuerte que no solo están allí con sus dos piernas visibles, sino también con todo tipo de piernas invisibles, por así decirlo. Los demás suelen prestarle muy poca atención, aunque para ellos puede ser muy perceptible, pero la persona en sí misma no le presta ninguna atención. El ser humano no suele tener ese matiz que se puede tener del cambio que provoca con su presencia en el entorno; uno se queda en sí mismo, no pregunta al entorno qué cambio está provocando. Pero se puede educar la intuición para percibir el eco de la propia existencia en el entorno. Y piensen solo en cómo la vida exterior ganaría en intimidad si esto se enseñara de forma más sistemática, si las personas no solo poblaran los lugares con su presencia, sino que tuvieran una sensación de lo que significa estar en un lugar, hacerse valer allí, provocar un cambio por el simple hecho de estar allí.

Esto es solo un ejemplo. Se podrían citar ejemplos similares para todas las situaciones posibles de la vida. En otras palabras, se puede densificar el medio de la vida de una manera muy saludable, —no pisándose constantemente a uno mismo, sino de una manera muy saludable—, para sentir lo que uno mismo hace como un corte en la vida. De esta manera se aprende el comienzo de lo que es la sensación del karma, la sensación del destino. Porque si uno sintiera plenamente lo que ocurre al hacer esto o aquello, al estar aquí o allá, si tuviera siempre ante sí, por así decirlo, la imagen que produce en su entorno con sus «actos», con su «ser», entonces tendría una clara sensación de su karma, ya que el karma se teje a partir de lo que se vive conjuntamente.

Pero ahora solo quiero señalar cómo se enriquece la vida con la incorporación de tales intimidades, cuando observamos entre las líneas de la vida, cuando aprendemos a mirar la vida de tal manera que, en cierto modo, nos damos cuenta de que estamos ahí, cuando estamos ahí con «conciencia». Entonces, a través de tal conciencia, desarrollamos a su vez algo de la esfera común con los muertos. Y si desarrollamos tal conciencia, que puede mirar hacia estos dos pilares que acabo de caracterizar: el seguimiento concienzudo de la vida y la austeridad, no el despilfarro en los pensamientos; si desarrollamos tal estado de ánimo interior, entonces estará acompañado por el éxito, el éxito necesario para el presente y el futuro, cuando nos acerquemos a los muertos de la manera descrita. Cuando desarrollamos pensamientos que nos vinculan, no solo con la presencia racional de un difunto, sino con una presencia emocional e interesada, cuando continuamos desarrollando esos pensamientos sobre situaciones de la vida con el difunto, pensamientos sobre cómo vivimos con él, de modo que se creó un vínculo emocional entre nosotros, si nos vinculamos así no a una convivencia indiferente, sino a momentos en los que nos interesaba cómo pensaba, vivía y actuaba, y en los que a él le interesaba lo que le estimulábamos, entonces podemos aprovechar esos momentos para continuar, en cierto modo, la conversación de los pensamientos. Y cuando se puede dejar reposar este pensamiento, de modo que se pasa a una especie de meditación, en la que este pensamiento se ofrece, por así decirlo, en el altar de la vida espiritual interior, entonces llega el momento en el que, en cierto modo, recibimos una respuesta del difunto, en el que él puede volver a comunicarse con nosotros. Solo tenemos que tender un puente entre lo que desarrollamos en el difunto y aquello gracias a lo cual él, por su parte, puede volver a acercarse a nosotros. Sin embargo, esto será especialmente útil si somos capaces de desarrollar realmente en lo más profundo de nuestra alma una imagen de la esencia del difunto. Esto es algo que está muy lejos de la época actual porque, como ya he dicho en reflexiones anteriores, las personas se cruzan sin prestarse atención, a menudo conviven en el círculo más íntimo de su vida y luego se separan sin conocerse. Conocerse no tiene por qué basarse en el análisis. Quien se sabe analizado por quienes conviven con él, si es un alma sensible, se siente también maltratado. Por lo tanto, no es importante analizarse. La mejor forma de conocer al otro es cuando los corazones están en sintonía; no es necesario analizarse de ninguna manera.

He partido de la base de que, en nuestra época, es especialmente necesario cuidar la relación con los llamados muertos, precisamente porque no vivimos en la era del materialismo por capricho, sino simplemente por la evolución de la humanidad, porque no somos capaces, antes de atravesar la puerta de la muerte, de desarrollar y dar forma a todas nuestras aptitudes en cuanto a pensamientos, sentimientos y sensaciones. Porque algo permanece cuando hemos atravesado la puerta de la muerte, es necesario que los vivos mantengan la comunicación con los muertos, para que la vida cotidiana de las personas se enriquezca con esta comunicación con los muertos. ¡Ojalá se pudiera inculcar a las personas de hoy en día que la vida se empobrece cuando se olvida a los muertos! Y solo aquellos que de alguna manera estaban vinculados kármicamente con los muertos pueden desarrollar un recuerdo adecuado de ellos.

Si aspiramos a una comunicación directa con los muertos, que se configure como la comunicación con los vivos, —también he hablado de que las cosas suelen percibirse como especialmente difíciles porque no son conscientes; pero no todo lo que es real es consciente, y no todo lo que no se percibe es por ello irreal; si cultivamos la comunicación con los muertos de esta manera, entonces existe, entonces los pensamientos de los muertos, no desarrollados en vida, influyen en esta vida. Es cierto que lo que se dice aquí es una exigencia excesiva para nuestra época. Sin embargo, se dice algo así cuando se está convencido, por los hechos espirituales, de que nuestra vida social, nuestra vida ética y nuestra vida religiosa se verían infinitamente enriquecidas si los vivos se dejaran aconsejar por los muertos. Hoy en día ya se es reacio a dejar que las personas lleguen a cierta edad para poder aconsejarlas. Piense solo por un momento que hoy en día se considera lo más adecuado que las personas se incorporen lo más jóvenes posible a las tareas municipales y estatales, porque cuanto más jóvenes son, más maduras están para todo tipo de cosas, según la opinión actual. En épocas en las que se tenía un mejor conocimiento de la naturaleza humana, se esperaba a que las personas alcanzaran una cierta edad para formar parte de tal o cual consejo. Ahora, sin embargo, se espera a que los demás mueran para poder recibir su consejo. Sin embargo, precisamente nuestra época debería estar dispuesta a escuchar los consejos de los muertos. Solo se podrá alcanzar la salvación cuando se esté dispuesto a escuchar los consejos de los muertos de la manera indicada.

 Las ciencias espirituales exigen al ser humano una gran energía. Esto hay que entenderlo, hay que comprenderlo. Las ciencias espirituales exigen una cierta orientación, que el ser humano busque realmente la coherencia y la claridad. Y hoy nos enfrentamos a la necesidad de buscar la claridad en medio de nuestros catastróficos acontecimientos, ya que esta búsqueda de la claridad es lo más importante. Más de lo que se cree, las cosas que se han vuelto a discutir hoy están relacionadas con las grandes exigencias de nuestro tiempo. Ya este invierno señalé aquí cómo, muchos años antes de que se desatara esta catástrofe mundial, intenté insinuar en mis ciclos de conferencias sobre las almas de los pueblos europeos algunas cosas que hoy se pueden encontrar en el contexto general de la humanidad. Si consultan el ciclo sobre «La misión de las almas individuales en relación con la mitología germánica-nórdica», que impartí una vez en Kristiania, podrán comprender en cierta medida lo que está sucediendo en los acontecimientos actuales. No es demasiado tarde, y sucederán muchas cosas que podrá comprender gracias a este ciclo, incluso en los próximos años.

Tal y como se relacionan hoy en día los seres humanos en la Tierra, solo aquellos que son capaces de percibir los impulsos espirituales pueden comprender verdaderamente sus relaciones. Y cada vez se acerca más el momento en el que será necesario que los seres humanos se planteen la siguiente pregunta: ¿cómo se relacionan, por ejemplo, el sentir y el pensar de Oriente con el pensar y el sentir de Europa, concretamente de Europa Central? ¿Y cómo se relaciona esto a su vez con el pensamiento de Occidente, con el pensamiento de América? Esta pregunta debería plantearse al alma humana en todas las variantes posibles. Ya ahora deberíamos preguntarnos un poco: ¿cómo ve hoy Europa el oriental? El oriental, que mira mucho a Europa, tiene hoy la sensación de que la vida cultural europea se encamina hacia un callejón sin salida, se ha conducido a un abismo. El oriental tiene hoy la sensación de que no debe perder la espiritualidad que ha acumulado desde tiempos antiguos si quiere aprovechar lo que Europa puede ofrecerle.  El oriental no desprecia las máquinas europeas, por ejemplo, pero hoy se dice a sí mismo, y estas son las palabras de un famoso oriental, lo que yo expreso aquí: «Aceptemos lo que los europeos han creado en forma de máquinas y herramientas, pero pongámoslo en los cobertizos, no en los templos ni en las casas, como hacen los europeos». El oriental dice que el europeo ha perdido la capacidad de contemplar el espíritu en la naturaleza, de contemplar la belleza en la naturaleza. Al fijarse el oriental en lo que solo él puede ver, mientras que el europeo solo quiere quedarse en lo mecánico exterior, en lo sensual exterior en la acción y en la contemplación —pues eso es lo único que puede ver—, el oriental cree que está llamado a despertar de nuevo la antigua espiritualidad, a salvar la antigua espiritualidad de la humanidad terrenal. El oriental, que habla de manera concreta de seres espirituales —Rabindranath Tagore lo ha hecho recientemente, por ejemplo—, dice: los europeos han incorporado a su cultura aquellos impulsos que solo pueden incorporarse atando a Satanás a su carro cultural; utilizan el poder de Satanás para avanzar. Los orientales están llamados —opina Rabindranath Tagore— a eliminar de nuevo a este Satanás y «traer la espiritualidad a Europa».

Se trata de un fenómeno que, lamentablemente, hoy en día se pasa por alto con demasiada frecuencia. Hemos vivido muchas cosas, —de las que hablaré próximamente—, pero, por ejemplo, en nuestra evolución hemos dejado de lado muchas cosas que habríamos incorporado a ella si, por ejemplo, la sustancia espiritual tal y como la entiende Goethe, —por citar solo un nombre—, estuviera realmente viva en nuestra evolución cultural. Ahora bien, alguien podría decir: el oriental puede mirar hoy a Europa y saber que Goethe vive en esta vida europea. Puede saberlo. ¿Lo ve? Se puede decir que los alemanes han fundado, por ejemplo, una sociedad, la «Goethe-Gesellschaft», no me refiero a la «Goethe-Verein». Y supongamos que el oriental quisiera conocerla, —la gran cuestión de Oriente y Occidente ya se ha puesto en marcha, pero en última instancia depende de impulsos espirituales—, quisiera informarse sobre la Goethe-Gesellschaft y afrontar la realidad. Entonces se diría a sí mismo: Goethe tuvo tal influencia que incluso en la década de 1880 se presentó la oportunidad de aprovechar de una manera excepcional a Goethe para la cultura alemana, una circunstancia favorable, por así decirlo, que se presentó gracias a que una princesa con todo su entorno, como fue la gran duquesa Sofía de Sajonia-Weimar, se hizo cargo del legado de Goethe en los años ochenta del siglo XIX para cuidarlo como nunca antes se había cuidado. Eso está ahí. Pero consideremos como instrumento externo la Sociedad Goethe. También está ahí. Hace unos años, el puesto de presidente de esta Sociedad Goethe volvió a quedar vacante. En toda la amplitud de la vida intelectual, solo se encontró a un exministro de Finanzas, al que se nombró presidente de la Sociedad Goethe. Eso es lo que se ve desde fuera. Estas cosas son más importantes de lo que realmente se cree. Lo que sería más necesario es que, por ejemplo, los orientales, apasionados y entendidos en espiritualidad, tuvieran la oportunidad de saber que dentro de la cultura europea también existe algo como una ciencia espiritual de orientación antroposófica. Pero él no puede saberlo. No puede llegar a él porque no puede atravesar lo que hay por otra parte, y no solo en una manifestación, por supuesto. Es solo sintomático que el presidente de la Sociedad Goethe sea un antiguo ministro de Finanzas, etc. Podría seguir con muchos ejemplos más.

Esto es, diría yo, una tercera exigencia: un pensamiento radical y vinculado a la realidad, un pensamiento con el que no nos quedemos estancados en ambigüedades, en compromisos vitales poco claros. En mi último viaje, alguien me entregó un documento sobre un hecho que ya conocía bien. Solo les daré un breve extracto del asunto: «Quien haya pisado alguna vez las aulas de un instituto recordará con nostalgia las horas en las que «disfrutaba» de las conversaciones entre Sócrates y sus amigos en Platón, nostalgia por el fabuloso aburrimiento que desprendían esas conversaciones.  Y quizá se recuerde que las conversaciones de Sócrates se consideraban realmente estúpidas, pero, por supuesto, nadie se atrevía a expresar esta opinión, porque, al fin y al cabo, se trataba de Sócrates, el «filósofo griego». El libro «Sócrates, el idiota», de Alexander Moszkowski (editorial Dr. Eysler & Co., Berlín), acaba con esta sobrevaloración totalmente injustificada del buen ateniense. El polígrafo Moszkowski se propone en esta pequeña y entretenida obra nada menos que despojar a Sócrates casi por completo de su dignidad filosófica. El título «Sócrates, el idiota» debe entenderse en sentido literal. No es descabellado suponer que el libro dará lugar a debates científicos.

Lo siguiente que le viene a la mente al ser humano cuando se entera de algo así es decirse: «¿Qué es eso tan extraño de que alguien como Alexander Moszkowski quiera demostrar que Sócrates era un idiota?». Eso es lo más obvio que siente la gente. Pero se trata de una sensación de compromiso que no proviene de un pensamiento claro y profundo, que no proviene de una confrontación con la verdadera realidad.

Quiero comparar esto con otra cosa. Hoy en día ya hay libros escritos desde el punto de vista psiquiátrico sobre la vida de Jesús. En ellos se examina todo lo que hizo Jesús desde el punto de vista de la psiquiatría actual y se compara con todo tipo de actos patológicos, y luego los psiquiatras modernos demuestran a partir de los Evangelios que Jesús debía de ser un enfermo, un epiléptico, que todos los Evangelios solo pueden entenderse desde el punto de vista paulino, etcétera. Hay informes detallados sobre este tema.

 Una vez más, es muy fácil pasar por alto estas cosas con ligereza. Pero la cuestión es algo más profunda. Si uno se adhiere completamente al punto de vista de la psiquiatría actual, si acepta este punto de vista de la psiquiatría actual tal y como está oficialmente reconocido, entonces, al reflexionar sobre la vida de Jesús, debe llegar a la misma conclusión que los autores de estos libros. No puede pensar de otra manera, porque de lo contrario estaría mintiendo, no sería un psiquiatra moderno en el verdadero sentido de la palabra. Y no es un psiquiatra moderno en el verdadero sentido de la palabra, según la opinión de Alexander Moszkowski, si no piensa que Sócrates era un idiota. Y Moszkowski se diferencia de aquellos que también son partidarios de estas teorías y no consideran a Sócrates un idiota, solo en que estos últimos son falsos, y él es verdadero; no hace concesiones.  Porque no hay forma de ser sincero, de defender el punto de vista filosófico de Alexander Moszkowski y no considerar a Sócrates un idiota. Si se quiere ambas cosas, si se quiere ser partidario de la visión científica moderna del mundo y, al mismo tiempo, aceptar a Sócrates sin considerarlo un idiota, se está siendo falso. Es un hombre moderno, un psiquiatra y un psiquiatra moderno. Pero el hombre moderno no quiere llegar a esta clara postura, porque entonces tendría que plantearse la cuestión de una manera muy diferente. Más información: Bien, no considero a Sócrates un idiota, lo conozco mejor, pero eso me exige también rechazar una cosmovisión como la de Moszkowski; y veo en Jesús al mayor portador de ideas que jamás haya entrado en contacto con la vida terrenal; pero eso requiere que rechace la psiquiatría moderna, ¡que no la acepte!

De eso se trata: de un pensamiento realista y claro, que no acepta los compromisos perezosos habituales que existen en la vida, pero que solo pueden eliminarse de ella si se comprenden en su verdad. Es fácil pensar o indignarse cuando hay que reconocer la prueba de que, según Moszkowski, Sócrates es un idiota. Pero lo correcto es sacar las consecuencias de la cosmovisión moderna, que desde su punto de vista ve a Sócrates como un idiota. Pero la gente no quiere sacar esas consecuencias: rechazar algo como la cosmovisión moderna. Porque, de lo contrario, podrían encontrarse en una situación aún más desagradable: habría que hacer concesiones y tal vez darse cuenta de que Sócrates no es un idiota; pero entonces, ¿quizás se llegaría a la conclusión de que Moszkowski es un idiota? Él no es un hombre poderoso, pero si se trata de personas más poderosas, ¡podrían suceder todo tipo de cosas mucho peores!

Sí, para penetrar en el mundo espiritual es necesario «pensar» de forma realista. Por otro lado, esto requiere tener una visión clara de cómo son las cosas. Los pensamientos son realidades, y los pensamientos falsos son realidades malignas, inhibidoras y destructivas. No sirve de nada ocultarse tras una niebla de falsedad, queriendo aceptar tanto la cosmovisión de Moszkowski como la de Sócrates. Porque es un pensamiento falso colocar ambas cosmovisiones una al lado de la otra en el alma, como hace el hombre moderno. Solo se es verdadero cuando se tiene presente que o bien se está en el punto de vista del puro mecanismo científico como Moszkowski, en cuyo caso hay que considerar a Sócrates como un idiota; entonces se es verdadero. O bien se sabe por otras fuentes que Sócrates no era un idiota; entonces es necesario aclarar hasta qué punto hay que rechazar lo contrario. La veracidad es un ideal que el alma del ser humano actual debería tener ante sí. Porque los pensamientos son realidades. Y los pensamientos verdaderos son realidades sanadoras. Y los pensamientos falsos, por mucho que se cubran con el manto de la indulgencia hacia el propio ser, los pensamientos falsos, concebidos en el interior del ser humano, son realidades que hacen retroceder al mundo y a la humanidad.

Traducido por J.Luelmo nov.2025 

GA150 Erfurt, 13 de abril de 1913 De la influencia de los difuntos en el mundo de los vivos

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RUDOLF STEINER

ADVERTENCIA!!!

De las conferencias de los años 1913/14, que se enumeran en la bibliografía con los números 150, 152 y 154, las que tratan del tema “Preliminares al Misterio del Gólgota” se publicaron en un solo volumen (Bibl. No. 152). bajo este título. Las conferencias restantes, complementadas con algunas otras de esta época, aparecen ahora en la edición completa en dos volúmenes: en el presente volumen Bibl.No. 150 y en la Bibl. núm. 154 “¿Cómo se adquiere comprensión del mundo espiritual?”. En muchos aspectos ofrecen adiciones al volumen “Estudios ocultos sobre la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento” (Bibl. No. 140), particularmente en lo que respecta a la influencia concreta de los muertos en el mundo de los vivos. Las transcripciones en general pueden describirse como buenas. Sólo en las conferencias del 13 de abril de 1913 (mañana y tarde) y en la conferencia del 5 de mayo de 1913 el texto es inadecuado en algunos lugares y no puede describirse sistemáticamente como una reproducción literal de lo que dijo Rudolf Steiner. La conferencia del 12 de enero de 1913, de la que sólo se registran notas, se colocó al final del volumen.

DE LA INFLUENCIA DE LOS DIFUNTOS EN EL MUNDO DE LOS VIVOS

Erfurt, 13 de abril de 1913

Debe ser una gran alegría para nosotros que desde los distintos lugares de nuestro trabajo antroposófico hayamos podido reunirnos en esta ciudad, donde algunos de nuestros amigos llevan mucho tiempo trabajando juntos para intentar desarrollar la vida antroposófica para el desarrollo espiritual en circunstancias a veces conflictivas. Y el fruto de este trabajo es esta rama Johannes Raffael. Al reunirnos aquí desde el extranjero con nuestros amigos de Erfurt y poder inaugurar esta rama, podemos comenzar dirigiendo nuestras almas con algunos pensamientos al significado del trabajo antroposófico del presente para el desarrollo de la humanidad en general.

Queridos amigos, ¿Cómo nacen nuestras ramas antroposóficas? Si se piensa en ello, en realidad nacen de un modo milagroso. Porque florecen aquí y allá, como productos espirituales de la naturaleza, por así decirlo, y aquellos que se sienten llamados por su entusiasmo por la causa a fundar tal rama, se mantienen allí como un poder espiritual a través de sus sentimientos y a través de las fuerzas ocultas que hay detrás de estos sentimientos. Ellos sienten que tienen que hacer algo. Una rama no la funda la cultura externa de nuestro tiempo, sino el corazón de quienes se sienten llamados a ello. En la cultura actual no hay nada que pueda acercarse a las personas y sugerirles desde fuera, por así decirlo, que participen en el trabajo antroposófico. Los que se deciden a trabajar con la Antroposofía tienen mucho más que esperar del fomento de nuestros esfuerzos que comodidad y reconocimiento.  Entre las corrientes y esfuerzos habituales de la actualidad no existe ninguna que pretenda ganar almas para la Antroposofía, y cualquiera que observe lo que es nuestro movimiento antroposófico dará testimonio del hecho de que no se procede de manera agitadora en el sentido habitual. Aparte del hecho de que las circunstancias externas no permiten a los conferenciantes ir a otro lugar que donde son llamados, comprendemos la naturaleza del movimiento de tal manera que nos esforzamos por hacer todo lo posible para ofrecer a la gente la oportunidad de oír algo; pero deben acercarse a la obra antroposófica. Cuando se vea que se hace propaganda, se verá que esto no tiene nada que ver con la corriente que representamos, y así es como debe actuar todo movimiento que se levanta sobre el terreno del ocultismo. Hay que dejar que las propias almas vengan aquí. Y entonces este movimiento ve que aquí y allá florecen ramas antroposóficas, porque lo que afluye al movimiento sigue trabajando en la secuencia kármica correcta. Y generalmente resulta que las ramas son llevadas hacia el movimiento existente. Hay que subrayar que las ramas surgen a pesar de todos los prejuicios que prevalecen. Debe haber almas entusiastas que, por voluntad propia, avancen para fundar tales ramas.

No podemos contar con una gran eficacia desde el principio, y quienes se entusiasmen con nuestro trabajo no deben rehuir el ridículo y la burla. Deben familiarizarse con esto y también con el hecho de que el trabajo será inicialmente difícil y lleno de renuncias. En ningún otro lugar hemos experimentado decepción tras decepción. Se organizan conferencias públicas una y otra vez, pero en realidad sólo hemos tenido fracasos allí donde nos dejamos disuadir por los fracasos iniciales. Cuando hemos observado con calma cómo a la primera conferencia asistían cinco personas, la segunda permanecía completamente vacía, y aun así hemos continuado con el trabajo, por fin hemos tenido éxitos. Deberíamos independizarnos de los éxitos inmediatamente visibles, porque sentirse animado por los éxitos es fácil, pero no desfallecer es difícil. Esto último presupone que no tenemos apoyo externo. Así resulta que nuestras ramas a menudo tienen que trabajar desde una edad temprana. La incomprensión sigue a la incomprensión, pero uno debe educarse para encontrar lo que es correcto.

A veces también encontrábamos otro eco. Me llamaron a una ciudad -no diré el nombre- dos o tres veces para dar conferencias. Cuando no hubo éxito, la persona en cuestión dijo: Ya está bien, que la gente venga a pedirnos que demos conferencias. - Le dije que para eso tendríamos que esperar mucho tiempo, y todavía estamos esperando. Soy muy consciente de que es oportuno hablar aquí en agradecimiento a nuestros amigos tras años de duro trabajo. Los que han venido aquí con nosotros sentirán la gratitud. Los pensamientos que canalizan nuestros amigos aquí tendrán un efecto fortalecedor, y llegaremos más lejos si nos mantenemos fielmente unidos. Para el trabajo espiritual lo principal es el apoyo de las almas, cuanto más se les brinde este apoyo, mejor será el éxito del trabajo. Me gustaría decir que esta rama de Erfurt en particular ha expresado a través de un signo externo lo estrechamente que se siente conectada con nuestra forma de trabajar y actitud, y este sentimiento de conexión será un impulso espiritual interior para el éxito del trabajo.

Hasta cierto punto es un atrevimiento entrar en los detalles concretos de la investigación antroposófica, y en cierto sentido puedo calificar de logro de nuestro trabajo que la familiarización de nuestros amigos con la antroposofía nos haya llevado a desarrollar en algunas personas el sentimiento de que no sólo es posible desarrollar teorías, sino que el trabajo conduce al conocimiento. Se pueden desarrollar teorías, pero ese trabajo lleva al conocimiento. Es precisamente en estos campos donde uno hace los descubrimientos más extraños. Es curioso que personas de fuera que no conocen nada del trabajo antroposófico se pongan a criticar investigaciones concretas sin tener ni idea del trabajo espiritual necesario para establecer, por ejemplo, lo que se dice en mi libro "La dirección espiritual del hombre y de la humanidad". Se esfuerzan en criticar cómo se lleva a cabo la investigación en este campo. Por ejemplo, critican a los dos niños Jesús. Si uno se atiene a las verdades generales, puede que la gente se una a ellas. Pero cuando se trata de lo particular, no se puede hacer otra cosa que callar. Cada persona tendría que decirse a sí misma: Me resulta extraño cuando se hacen tales afirmaciones, pero no son de mi incumbencia.

Pero es tanto más valioso si nuestros amigos de Erfurt se sienten vinculados a estas cosas especiales. Pues no se comunican más cosas que las que pueden verificarse con los medios de que disponemos. Una de esas verdades es que Juan el Bautista es la misma alma que Rafael. Por eso me parece un hermoso acto espiritual llamar a esta rama la rama Juan Rafael, para expresar la comprensión íntima de una verdad espiritualmente investigada. Por eso esta consagración es también una consagración íntima. Al apoyarnos en una verdad tan oculta dándole un nombre, damos a conocer que nos mantenemos unidos en la fidelidad con respecto a las cosas que nos son más íntimas. Y entonces las palabras, pronunciadas por el portador del nombre como Novalis, que llegaron a nuestros oídos al comienzo de nuestra celebración de hoy, se convierten en algo profundo.

Debemos buscar lo más importante en los sentimientos y emociones que nos unen. Ellos no pueden surgir de otra manera que no sea sobre la base de nuestro conocimiento. Pero no debemos sentirnos cómodos. El conocimiento debe saber como prender un sentimiento de unión, y si corresponde a las intenciones de nuestros amigos cuando hago la consagración con unas palabras, entonces puedo decir tranquilamente: Pronunciar estas palabras es sumamente satisfactorio, es una consagración que corresponde al corazón. Por tanto, puedo decir: Que lo que os diga sea un impulso para lo que hemos comenzado. Trabajaréis bajo la protección de los poderes y fuerzas que sabemos que actúan invisiblemente entre nosotros: los maestros de la sabiduría y la armonía de los sentimientos, si realizamos nuestro trabajo con amor y fidelidad. Lo que estaba actuando a través de ustedes cuando intentaron dar un nombre a su rama por un impulso íntimo, puedo expresarlo en este momento: A los poderes protectores que velan por nosotros y nos dan impulsos para nuestro trabajo, que conocemos como los maestros de la sabiduría y la armonía de los sentimientos, invoco a los protectores del trabajo para que la rama florezca y sea un centro en esta ciudad, de lo que anhelamos como progreso espiritual. Y esto les brinda la oportunidad de enlazar con algo que he dicho para los amigos reunidos en Weimar, de enlazar en cierto modo, sin que sea necesario que cada uno de nosotros lo haya oído.

Se trata de la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Se ha dicho que después de abandonar el plano físico una persona puede tener en cierto modo dificultades para mantener el contacto con los que ha dejado atrás en la tierra. Puede existir la posibilidad de que el que ha atravesado la puerta de la muerte sepa de alguien que ha dejado atrás, sepa que yo experimenté esto con él hasta que hube atravesado la puerta de la muerte. En la conciencia de los muertos vive lo que se ha convivido en la tierra. A menudo, sin embargo, tal conexión no puede establecerse si la persona dejada atrás desarrolla pensamientos que no son de naturaleza espiritual.

Si alguien ha permanecido en la tierra y rara vez llena su alma de pensamientos espirituales, entonces se trata de un alma a la que el alma del difunto no tiene acceso. Esto se refiere a la forma en que la persona viva puede conectar con el difunto.

Una cierta línea de investigación me proporcionó una curiosa visión del contacto con los muertos. En primer lugar, podría parecer asombroso que Juan el Bautista trajera al mundo la actividad profética impregnada por los impulsos de la voluntad y luego reapareciera en esta alma de Rafael de una forma tan maravillosamente unificada, completamente volcada a una profunda entrega al mundo. Muchas cosas nos parecen asombrosas en la investigación espiritual. Muchas cosas nos parecen peligrosas porque son tan obvias. Y cuando después se profundiza en las cosas, éstas tienen un efecto demoledor en el alma cuando se ve que algunas cosas son diferentes de lo que se pensaba. Para aquellos que han reconocido como cierto un hecho como el que aquí se ilumina, la identidad de Juan y Rafael, es importante que mantengan una sensación de asombro. Puedo asegurar a aquellos que no pueden investigar tales hechos que algo no sale a la luz cuando se busca; tales cosas vienen sin ser buscadas. Pensar mucho en tales cosas ayuda muy poco. Mantener la calma y esperar hasta que llegue la inspiración ayuda más. Y entonces es bueno si uno puede sorprenderse en cierto modo de lo que surge.

Para la investigación ocultista no sirve el camino estricto de la razón. El asombro conduce a la comprensión gradual de que lo asombroso resulta ser comprensible. Así que un día me di cuenta de que Rafael, que pintaba de forma asombrosa, algo más estaba repercutiendo en su alma, y pude descubrir que lo que reververaba allí no era otra cosa que lo que emanaba de su padre. Su padre murió cuando Rafael tenía sólo diez años. Este padre quizás podría haber vivido un poco más, lo digo hipotéticamente por supuesto. Podría haber tenido la fuerza para vivir incluso más tiempo, pero llevó esta fuerza al mundo espiritual, y bajo ciertas circunstancias esta fuerza puede tener un poderoso efecto desde allí. El padre no era un gran pintor, pero interiormente era un pintor, vivía en ideas pictóricas que no podía plasmar a la realidad mientras permaneciera en el cuerpo físico. Envió sus poderes a su hijo desde el mundo espiritual, y por eso este joven Rafael pudo convertirse en un gran pintor. Adquirió la habilidad de pintar mediante lo que su padre le envió desde el mundo espiritual. Por supuesto, Rafael no se vio disminuido por esto, sino que fue sólo para mostrar cómo actúan las fuerzas del mundo espiritual en el mundo físico. Lessing hizo una afirmación curiosa. Dijo que Rafael se habría convertido en un gran pintor aunque hubiera nacido sin manos.

Si lográsemos comprender la influencia del mundo espiritual en el mundo físico, la vida progresaría enormemente.

Yo trabajé como educador durante mucho tiempo. Mi tarea era enseñar a los niños que habían perdido a su padre. Si educas a conciencia, tienes que tener en cuenta todas las circunstancias. Tienes que preguntarte cuáles son sus disposiciones, qué efecto tiene el entorno, etcétera. Yo había intentado considerar todo lo que se podía considerar externamente, pero seguía siendo una dificultad. Entonces me dije que el padre había muerto y que tenía ciertas intenciones para sus hijos. Cuando a continuación tuve en cuenta la voluntad del padre, funcionó. La fuerza de voluntad del padre estaba ahí. Ahí pueden ver cómo los muertos trabajan a su vez en el reino de los vivos.

No obstante, hay que insistir en que los muertos no pueden saber lo que hacen sus seres queridos en la Tierra, tal como se ha dicho esta mañana. Cuando alguien ha atravesado la puerta de la muerte, y sabe que sus impulsos están actuando en el mundo físico, para él puede representar un dolor no poder percibir nada de sus seres queridos. La persona muerta puede sentir un malestar interior si no puede saber lo que está ocurriendo ahí abajo. Pero si le enviamos comida, esta sensación desaparecerá. Como vivos, nosotros mismos debemos crear la oportunidad para que los muertos nos perciban. Ahora tengan en cuenta que podemos encender fácilmente la vida espiritual en nuestra alma a través de un pensamiento, por así decirlo. Ya constituye un pensamiento positivo importante el hecho de que sepamos que la persona fallecida está ahí, accesible para nosotros, cuando ha atravesado la puerta de la muerte, pues se trata de un pensamiento que nunca puede ser provocado por la preocupación por el mundo sensual-físico. En nuestra vida anímica debemos llevar claramente la convicción de que el difunto vive.

Ahora bien, en los tiempos en que no había nada por lo que conmoverse, no era exactamente necesario que existiera la antroposofía, pero los tiempos cambian en el transcurso de la evolución de la humanidad. Mientras que no hace tanto tiempo cada alma, aunque estuviera en contacto con la ciencias en uso en aquella época, podía convencerse de la vida de los difuntos, hoy el hombre está confundido. No sólo están confundidos los que dudan de la existencia de los muertos, sino también otras almas, y ésa es también la razón por la que la antroposofía tuvo que venir al mundo. Sabemos que los muertos viven. Lo que albergamos en el fondo de las almas es lo que importa y a menudo no tenemos ni idea de ello. Estamos en plena era mecánica, que nos ha dado ferrocarriles, barcos, telégrafos y otros inventos. ¿Qué significa, por ejemplo, viajar en un ferrocarril eléctrico, frente al hecho de que no hace tanto tiempo no se podía viajar en un ferrocarril eléctrico? Significa que se está rodeado de un conjunto puramente mecánico. Pero no deja de estar ahí y actúa en el alma de tal modo que es capaz de arrebatarnos la creencia en la vida del alma después de la muerte. Esta vida es arrancada de raíz. Contra los antiguos coches de caballos, la fe seguía en pie, pero no contra los medios de transporte actuales, en los que se necesitan fuerzas mayores y más potentes.

Ahora quisiera partir de algo que he dicho a menudo. Algunas personas quieren detener el movimiento antroposófico. Cuando se iba a construir el primer ferrocarril, se preguntó al Colegio de Médicos qué opinaba del proyecto desde el punto de vista de la salud de los viajeros. Los médicos expresaron serias reservas sobre el funcionamiento del ferrocarril y lo desaconsejaron enérgicamente. Sin embargo, si el ferrocarril se construía de todos modos, era absolutamente esencial que se erigieran altos muros de tablones a lo largo de la vía, pues de lo contrario los pasajeros sufrirían sin duda conmociones cerebrales por el rápido cambio de imágenes. Pero esta opinión experta no pudo detener el progreso, y tampoco se detendrá el movimiento antroposófico por los esfuerzos contrarios. No pretendía burlarme del Consejo Médico, sólo quería decir que el progreso no puede ser detenido por un dictamen pericial de este tipo; sigue su curso a pesar de sus oponentes. De hecho, los ferrocarriles han puesto más nerviosa a la gente, y la humanidad ha cambiado como resultado de los ferrocarriles. Toda la estructura de la vida mental ha cambiado, la gente habría permanecido más encerrada en sí misma si los ferrocarriles no hubieran existido. El informe del experto puede haberse equivocado, pero tenía razón.
El transcurso de la evolución de la Tierra es tal que tenía que llegar como llegó. La Antroposofía no querrá recortar nada, pero estará claro que la fe se podía sobreponer contra las antiguas diligencias, pero no contra los ferrocarriles.

La Antroposofía trabaja en el subconsciente y la creencia en el mundo espiritual será un factor importante en el desarrollo ulterior de las personas. En los círculos más amplios la fe ya no es sincera. Por lo tanto, hay que poner en práctica las razones que emanan de la Antroposofía. Si consideramos esto, entonces encontramos que en tiempos más antiguos la gente tenía una inclinación espiritual hacia los muertos, podían darles suficiente fuerza. Hoy es necesario el conocimiento espiritual y vemos que el pensamiento espiritual de la continuidad de la vida del alma debe ser alimentada por el conocimiento. Podemos decir: Debido a que nuestro tiempo ha tomado una forma determinada, era necesario dejar que la antroposofía fluyera en este tiempo y esta corriente hará posible de nuevo que los vivos se sientan conectados con los muertos. El hombre no tiene por qué estar desolado porque permanezca aquí, ya que puede convertirse en apoyo para los difuntos.

Pero los difuntos también pueden convertirse en nuestros ayudantes. Algunas personas saben muy bien cuánto les deben a los difuntos. En términos de conocimiento espiritual, se pueden deber muchas cosas a los muertos, y esta experiencia, por ejemplo, siempre fue extremadamente importante para mí, que los muertos, los que murieron pronto, fueron precisamente ayudantes. No siempre se da el caso de que la persona que ha atravesado la puerta de la muerte tenga que haber destacado intelectualmente aquí en la tierra para poder ayudar a los vivos. A menudo mueren niños pequeños y, sin embargo, suelen ser almas avanzadas en el mundo espiritual y pueden decirnos mucho. Quien sólo mire el asunto intelectualmente no podrá penetrar en tales secretos.


Antes dije que los muertos pueden mostrarnos esto y aquello. ¿Cómo es esto posible? Permítanme que les ponga un ejemplo. Anteriormente he mencionado a menudo cómo ocurre con el cuadro de Rafael "La escuela de Atenas". Se suele considerar que las dos figuras del centro son Platón y Aristóteles. Esto es una tergiversación, y cualquiera que mire el cuadro a la manera de Baedecker, que dice que las figuras individuales representan a estas o aquellas personalidades, no podrá sacar mucho provecho de este importante cuadro. La única figura es Pablo, que aparece en Atenas entre los filósofos. Muchas cosas me quedaron claras cuando utilicé la Crónica Akáshica para rastrear lo que había llevado a Rafael hasta el cuadro. Otras investigaciones me habían convencido de cómo surgieron los Evangelios, que no están relacionados con la "Escuela de Atenas". Los escritores de los Evangelios habían determinado a veces las fechas según las estrellas, es decir, habían practicado la astrología. Esto es un hecho en sí mismo y en un principio no tiene ninguna relación con el cuadro de Rafael. Ahora bien, tuve la suerte o la gracia: un alma que murió relativamente pronto me llamó la atención sobre la relación entre los lados derecho e izquierdo del cuadro y me dijeron que las palabras del Evangelio de San Lucas, que estaban sobre el cuadro, se habían pintado después encima y sobre ellas se habían escrito palabras de la escuela pitagórica. Ahora se entiende también el gesto de que allí se señala la astronomía con el compas, y pude determinar que Rafael debía mostrar la astronomía a la derecha. Y lo que allí fuese reconocido se escribía y recopilaba en el otro lado. Así que los evangelios fueron escritos a partir de la astronomía. Bueno, ya ven, era importante para mí para llamar su atención sobre la conexión entre los vivos y los muertos. La persona que emprende algo así cuando ha atravesado la puerta de la muerte puede enfrentarse a los acontecimientos espirituales del mismo modo que un niño se enfrenta a la naturaleza. Observa la naturaleza pero no la comprende. Sin embargo, puede comunicar cosas maravillosas por intuición.

Lo que se desarrolla con pensamientos intelectuales no llega a los muertos. Los vivos deben estar disponibles para los muertos. El muerto debe poder volverse hacia los pensamientos de los vivos, y lo que experimenta debe poder verse a partir del reflejo de los pensamientos de los vivos en él.

La antroposofía nunca existiría en el mundo espiritual si las personas no la hubieran adquirido en la tierra. Por lo tanto es verdad que los iniciados que trabajan en la tierra tienen en sus almas los pensamientos mediante este camino indirecto, y que los muertos pueden aceptar estos pensamientos. No se puede decir, por qué queremos leer a los muertos, ya que los muertos viven en el mundo del cual tenemos pensamientos. Los niños también viven en el mundo del que hablamos. Los niños no tienen en la tierra lo que aporta la ciencia, pero pueden absorber la antroposofía en el mundo espiritual. Sin embargo, esta antroposofía sólo puede llegar a los muertos desde la tierra.

Espero que nos entendamos en esto. En efecto, es evidente que la persona que se presenta ante uno como un muerto, experimenta en su interior algo así como un anhelo. Pero él no sabe de qué se trata este anhelo. Uno se junta con él, y si es llevado por esto a entrar en una relación con él, en ese caso se puede trabajar con los muertos en todas las relaciones. Si uno se mantiene en la sabiduría espiritual, se ilumina, y esa luz la perciben los muertos. Pero si el alma no absorbe la sabiduría espiritual, permanece oscura y los muertos no pueden percibir esa alma. El hecho de que los muertos puedan vivir con nosotros depende de lo que podamos ofrecerles.

Esta es la otra faceta de lo que hemos discutido esta mañana. Llevamos a cabo aquello que proporciona a los muertos satisfacción interior, y ése será en verdad el fruto más hermoso de la vida y el trabajo antroposóficos, que no sólo se tiene fe en la vida de los muertos, sino que cada vez más se convertirá en una obra, una obra del alma, que atrae a los muertos. Y esto cada vez será más necesario para el desarrollo de la cultura. Cuanto menos se llene el hombre de sabiduría espiritual, menos permanecerá conectado a lo que permanece de la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. En el mundo físico, las almas se empobrecerán y enfriarán cada vez más si no se vuelven hacia la vida espiritual. Sólo se asimilarán mediante el trato con el mundo espiritual.

Se permitirá que un pensamiento viva fortaleciéndose en nuestras almas: que nuestro trabajo no puede darse por concluido cuando hayamos atravesado la puerta de la muerte, no puede darse por concluido para el progreso de la cultura, sino que más bien podemos trabajar hacia abajo si nuestro trabajo ha de retomarse abajo. Si el mundo espiritual nos fuera accesible sin que el hombre hiciera nada por acceder a él, se volvería laxo. El hombre debe hacer algo por él. Esta es precisamente para nosotros la prueba de la verdad fundamental que se desprende de la Antroposofía.

Traducido por J.Luelmo mar,2024