CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA063 Berlín, 26 de febrero de 1914 - Voltaire desde el punto de vista del conocimiento espiritual

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RUDOLF STEINER

Voltaire desde el punto de vista del conocimiento espiritual


Berlín, 26 de febrero de 1914

Poco después de la muerte de Voltaire, que falleció en 1778, se publicó la obra de Lessing «La educación del género humano», y podría decirse que en cierto sentido el punto de partida de un enfoque de la historia en el sentido de la ciencia espiritual, puede encontrarse en esta obra. Esta obra de Lessing, «La educación del género humano», ha sido mencionada repetidamente en estas conferencias. Trata, desde la conciencia del siglo XVIII, de encontrar fundamentos racionales para aquello por lo que la ciencia espiritual, desde su tipo de posición, debe volver a levantarse hoy: por las repetidas vidas del hombre sobre la tierra.

Cualquiera que intente reflexionar sobre los argumentos de Lessing en esta obra, la más madura de su vida, en el testamento, por así decirlo, de su obra intelectual, comprobará que las ideas de esta obra aportan coherencia a toda la estructura del desarrollo histórico humano. En este desarrollo histórico del hombre vemos épocas sucesivas que difieren entre sí. Si nos remontamos a épocas antiguas, encontramos que el alma humana experimenta otras cosas, que busca sus ideales en otras cosas de las de épocas posteriores. Hasta cierto punto podemos decir que las diferentes épocas del desarrollo histórico se distinguen claramente unas de otras por el carácter de lo que son capaces de ofrecer a las almas humanas. Y en todo este devenir histórico cobra sentido y coherencia pensar que esta alma humana, que según la creencia de que la vida humana es una sola vez, que sólo podía, por así decirlo, participar de las bendiciones culturales y de las impresiones culturales de una época cultural, que esta alma humana, en el sentido de Lessing y de la ciencia espiritual más reciente, aparece una y otra vez en las repetidas vidas terrenas; que toma de cada época lo que es capaz de proporcionar al alma humana, que luego pasa por una vida entre la muerte y el siguiente nacimiento en un mundo puramente espiritual y que luego reaparece en la siguiente época, naturalmente con algunas desviaciones en la vida individual, para llevar a la siguiente los frutos, los resultados y las impresiones de la época anterior. Podemos decir, por tanto, que lo que el alma humana es para nosotros vive a través de todo el desarrollo histórico, que participa en todas las épocas. Y así, si retomamos la idea de Lessing, podemos hablar realmente de una especie de educación del alma humana a través del espíritu de las sucesivas épocas de la vida histórica sobre la tierra. Si, desde el punto de vista de la más reciente ciencia del espíritu, examináramos más detenidamente lo que, digamos, subyace en las ideas de Lessing sobre la educación del género humano, entonces, en el campo de la observación histórica, en el campo en el que sobre todo se desarrolla nuestra alma, sólo estaríamos tan avanzados como creemos estarlo hoy en el campo puramente científico. Básicamente, sólo entonces tendremos una historia. Sólo entonces daremos sentido y coherencia al organismo del desarrollo histórico; sabremos cómo se construye una época tras otra, qué obtienen las almas de las diferentes épocas, por qué están situadas en las diferentes épocas... en otras palabras: sabremos el funcionamiento y el reinado legítimos de las épocas históricas del mismo modo que hoy estamos aprendiendo a conocer el funcionamiento y el reinado de las fuerzas de la naturaleza que pueden ser identificadas por la ciencia natural. 

Entonces lo que la ciencia espiritual tiene que decir ya no parecerá algo tan fantástico como todavía puede parecer a tanta gente hoy en día. Entonces la gente comenzará a sonreír menos por el hecho de que la ciencia espiritual no sólo debe reconocer una envoltura físico-corporal para el ser humano, que se teje alrededor del ser humano a través del nacimiento y que consiste en los diversos miembros, sino que debe reconocer un ser interior anímico-espiritual del ser humano, que, sin embargo, debe ser considerado de tal manera que desarrolle sus diversas formaciones y estructuras en el transcurso de las distintas épocas humanas.

En el sentido de la ciencia espiritual, en realidad distinguimos tres divisiones en el alma humana, tal como se ha desarrollado hasta la época actual. Se podría decir que la parte más primitiva de esta división, en la que las pasiones ciegas son aún más activas y palpitan los instintos y los afectos, pero en la que también tiene efecto lo que transmite las percepciones del mundo físico exterior, es lo que llamamos alma sensible en el sentido de la ciencia espiritual. En contraste con esta alma sensible hablamos de otro miembro del alma que ya nos muestra al ser humano con una mayor interioridad, nos lo muestra tal como puede captarse a sí mismo una vez que aparta su mirada de todo el entorno físico y se eleva por encima de lo que rige en él como pulsiones y afectos y pasiones más inconscientes.  A tal miembro superior del alma humana lo llamamos alma racional, en la que ya está más interiorizada la vida espiritual del ser humano. Y como miembro más elevado del alma humana, como aquel miembro en el que sobre todo se expresa el pensar que se dirige de nuevo a sí mismo, la plena autoconciencia del hombre, el sentido más puro del yo y de la autoconciencia, llamamos al alma consciente en el sentido de la ciencia espiritual. Pero no hablamos de estos tres miembros como abstracciones o como conceptos e ideas establecidos arbitrariamente: Hablamos de ellos de tal manera que vemos al mismo tiempo cómo, en el curso del desarrollo histórico de la humanidad, estos tres miembros del alma se despliegan gradualmente.

Si nos remontáramos muy atrás en la historia, a los tiempos en que cantaban Homero y Hesíodo, en que vivían los trágicos griegos y surgía la filosofía griega, encontraríamos lo que aún hoy reconocemos en los ecos de la antigua cultura egipcio-caldea. Mucho de esto ya ha sido sacado a la luz por la investigación externa. La ciencia espiritual, sin embargo, muestra que en la época que va más allá de los siglos VIII a X antes de nuestra era y hasta el segundo o tercer milenio, las almas humanas, es decir, nuestras almas tal como estaban encarnadas en aquel tiempo, pasaron por algo que todavía no se puede comparar con la vida actual, ni con toda la configuración y el modo en que vivimos hoy. Lo que hoy llamamos pensamiento, lo que nos parece natural en la visión científica del mundo, habría sido imposible en aquella época. También habría sido imposible que el alma humana, podríamos decir, se sintiera tan estrictamente separada del resto de la naturaleza en los aspectos más importantes de su vida, como aislada en sí misma. Todo esto era aún imposible en aquella época. El hombre y su alma se sentían como si formaran parte de todo el cosmos, de todo el resto de la naturaleza, se sentían como si formaran parte del resto de la naturaleza, del mismo modo que la mano, si pudiera tener conciencia, tendría que sentirse como si formara parte del organismo.  Sólo con la ayuda de la ciencia espiritual podemos imaginar la vida completamente distinta del alma que duró hasta alrededor del siglo VIII - X antes de nuestra era. Cuando una persona de entonces decía: mis instintos me impulsan a poner un pie adelante, o cuando decía: «Voy a avanzar: Respiro- o cuando sentía la sensación de hambre o saciedad, sentía algo en esta transición de la experiencia interior al movimiento corporal, que afrontaba del mismo modo que afrontaba esas otras experiencias cuando se decía a sí mismo: hay relámpagos, truenos, o el viento corre entre los árboles. El hombre no había separado lo que experimentaba en su alma de lo que ocurría fuera; estaba dentro del resto de la naturaleza con toda su vida interior. 

Pero debido a la circunstancia de que aún no podía separarse del resto de la naturaleza, de que seguía sintiéndose miembro del gran organismo en su conjunto, también poseía una clarividencia original, una visión del mundo espiritual. No veía la naturaleza como se la ve hoy, sino que está impregnada de seres espirituales, a los que hoy estamos abriéndonos camino de nuevo a través de los métodos de la ciencia espiritual. En aquellos tiempos era natural mirar la naturaleza tanto a través del alma como del espíritu; pero no era posible experimentar los procesos de la naturaleza en pensamientos tales como los concebimos nosotros, sino que se veían en imágenes, y las imágenes eran lo que las leyes de la naturaleza son para nosotros, y algo de estas imágenes se ha conservado hasta nuestros días en las leyendas y mitologías de los pueblos, incluso en los verdaderos cuentos de hadas. En la antigüedad, el hombre tenía una imaginación pictórica. - Espero que en la nueva edición de mi «Welt- und Lebens-anschauungen im neunzehnten Jahrhundert», -pero ahora ampliada con una prehistoria de toda la vida espiritual occidental-, habré logrado mostrar lo que intenté mostrar: que se puede mirar la vida espiritual puramente filosófica, y que entonces se puede encontrar cómo una concepción pictórica, que sólo gradualmente pasó a la concepción greco-latina, estaba presente en los tiempos primitivos, y cómo el alma humana, a través de esta antigua concepción, que todavía era pictórica, se sentía colocada en el organismo total del mundo, que era capaz de imaginar a través del alma. Esto ocurría preferentemente en el alma sensible.

Sin embargo, la imaginación grecorromana, que perduró hasta los siglos XIV y XV de nuestra era postcristiana, se ocupaba principalmente del alma racional. Con motivo de las conferencias sobre Rafael y Miguel Ángel, ya he intentado describir la sensibilidad y la imaginación tan diferentes de aquellos tiempos. He explicado cómo, debido a que en el mundo griego el alma racional estaba preferentemente desarrollada, el griego, y más tarde también fue el caso de los miembros de la cultura latina, seguía sintiéndose completamente uno con su «cuerpo anímico», cómo se sentía a sí mismo con su alma al mismo tiempo en cada uno de los miembros de su cuerpo. Si una época más antigua, que vivía sobre todo en el alma sensible, tenía conciencia de que el hombre es miembro de toda la naturaleza, el griego tenía conciencia de que lo que vivía en todo su cuerpo y lo que este cuerpo puede darle es para él al mismo tiempo la visión directa y verdadera de la naturaleza.

Esto ha cambiado en épocas más recientes; incluso hoy en día, debido a que todavía no queremos penetrar en la ciencia espiritual, no examinamos estas cosas con total minuciosidad. Esto ha sido particularmente diferente a partir del florecimiento de la ciencia natural en los albores del pensamiento moderno, desde los tiempos de Copérnico, Kepler, Galileo, Giordano Bruno. Porque fue entonces cuando comenzó a desarrollarse lo que llamamos el alma consciente. Y comenzó a desarrollarse de tal manera que el hombre sólo ahora se convirtió realmente en un enigma para sí mismo, en el sentido de que sólo ahora comenzó a sentir que él y su alma independiente estaban separados del resto de la naturaleza, mientras que al mismo tiempo sentía que experimentaba su alma como algo especial junto a lo físico. Por extraño que parezca, no deja de ser cierto que cuando surgió la corriente más materialista en las ciencias naturales, puede decirse de esta época que el alma humana se sintió más separada de la naturaleza. 

¿Qué particularidad ha llegado a la civilización occidental desde el siglo XV? La particularidad de que nuestro tiempo extiende sobre la naturaleza, por así decirlo, una red de leyes que se extienden en extensiones ilimitadas de espacio. Nos parece grande y poderoso cuando Giordano Bruno, en los albores de los tiempos modernos, imagina el poder de las leyes de la naturaleza extendiéndose hasta la infinita extensión de los cielos. Pero en esas extensiones espaciales no se encuentra lo que el hombre experimenta en su alma. Cuando un miembro de la antigua cultura egipcia o de la antigua cultura caldea miraba a las estrellas, sentía que de la constelación de las estrellas emergía una fuerza que estaba conectada con su propia experiencia moral de tal o cual manera. Cuando el antiguo astrólogo miraba a las estrellas y percibía en ellas el destino humano, esta visión de la naturaleza aún le permitía pensar en el alma dentro de la naturaleza. Pero llegó un tiempo en que al hombre le resultaba cada vez más imposible pensar en el alma dentro de la naturaleza. Fue precisamente con el auge de la ciencia natural moderna, en tiempos más recientes, cuando el hombre comenzó a enfrentarse a la cuestión: ¿Cómo me relaciono con el funcionamiento de la naturaleza, que ya no permite que nada anímico irradie hacia mí? El alma humana tuvo que llegar a cuestionar la posición de la ciencia natural para con su propia alma. Vemos esta lucha en Giordano Bruno. Él piensa en su propia alma como una mónada. Aunque piensa en el mundo en términos de la ciencia natural más reciente, sigue pensando que está animado por mónadas.

Leibniz, que tanto influyó todavía en los espíritus del siglo XVIII, también piensa en el alma como una mónada, y la piensa de tal manera que pueda estar en una relación con el resto del mundo que sea posible en su propia naturaleza. Así, Leibniz se pregunta: ¿cómo debe ser el alma humana para que tenga un lugar en lo que debo hacerme como visión de la naturaleza? Y no puede responder a esta pregunta de otro modo que formando él mismo esta visión de la naturaleza de un modo muy concreto. De nuevo, para Leibniz todo se convierte en un ensamblaje de mónadas. Cuando observamos cualquier cosa en la naturaleza, encontramos mónadas subyacentes inspiradas. Para Leibniz, lo que vemos es como mirar un enjambre de mosquitos que parece una formación de nubes; si nos acercamos, esta formación de nubes se disuelve en los mosquitos individuales, y el enjambre de mosquitos sólo nos parece así al principio porque no lo miramos de cerca. Debo, dice Leibniz, pensar la visión de la naturaleza de tal manera que el alma humana pueda existir en ella. Sólo podría hacerlo si la considerase como una mónada entre las mónadas. De ahí que distinga entre las mónadas a las mónadas que viven dulcemente, luego duermen, luego sueñan, luego son como el alma humana. Pero todo lo demás que surge sólo surge porque todo lo que vemos surgir sólo se nos aparece parecido a un enjambre de mosquitos que nos parecen una nube. Y podríamos enumerar los espíritus más destacados hasta nuestros días, y nos encontraríamos con que la lucha por la comprensión del alma humana en relación con la imagen más nueva de la naturaleza, se presenta de tal manera que el alma humana siente lo siguiente: tengo que poder formarme una representación tanto en relación con lo que puede surgir como visión de la naturaleza, como con lo que ya no me ofrece nada de natural anímico. Comparado con esta lucha, aquello que se presenta como un monismo de color más o menos materialista, y que incluso el alma humana quisiera pensar como una forma de la naturaleza - lo que sucede en el alma humana, aquello por lo que los filósofos se han esforzado desde que la naturaleza ya no puede considerarse como inspirado, -comparado con esto, todo monismo es sólo un episodio que pasará: Pero el alma humana, separada de lo que tiene que representar como visión de la naturaleza, se esforzará cada vez más por llegar a un contenido en sí misma, es decir, por llegar a lo que en épocas antiguas extraía de la propia naturaleza. 

Por eso podemos decir que desde la época del florecimiento de la ciencia natural moderna, todo ha sido diseñado para ahondarse el alma humana en sí misma, y todo apunta al punto de la ciencia espiritual moderna que buscamos y que aquí se defiende: que el alma humana, al experimentarse en un mundo espiritual, pueda llegar a conocerse en todo el cosmos, a conocerse llevada por poderes espirituales-divinos cuya expresión externa e imagen externa es la naturaleza externa. Tan cierto como que el hombre, cuando aún vivía en su alma sensible, se sabía parte de toda la naturaleza, tan cierto como que la época grecolatina, que aún se experimentaba en el alma racional, aún no se experimentaba separada del ser corporal, así de cierto es también que la época más reciente se experimenta en el alma consciente, pero se sabe separada de la naturaleza puesto que tiene que formarse una representación de ella que ya no contiene nada anímico. Para poder evocar desde sí misma la abundancia de experiencias espirituales que le devolvieran la seguridad que tenía cuando aún se sentía miembro del cosmos, el alma humana tuvo que fortalecerse y potenciarse.

Así pues, el alma humana moderna ha experimentado el desarrollo del alma consciente desde el siglo XIV. Anteriormente desde el siglo VIII o X antes de Cristo hasta el siglo XIV o XV después de Cristo, duró el desarrollo del alma racional. Aquello que experimentamos, aquello en lo que estamos desde hace unos cuatro siglos, y que debemos reconocer, es que comprendemos que la vida espiritual que el alma humana suscita de sí misma se enriquecerá cada vez más, de modo que pueda volver a vivir en una tierra espiritual. Aquello que experimentamos como la comprensión interior del alma consciente se originó en los siglos XIV a XVI de nuestra era. Por lo tanto, llevamos viviendo en este período unos cuatro siglos.

En medio de esta época, que ahora intentamos comprender en su lucha interior, en su lucha y esfuerzo por experimentarse a sí misma en el alma consciente, uno quisiera decir: en medio entre nosotros y la iluminación del esfuerzo por el desarrollo del alma consciente, vivió Voltaire. Y se comprende este espíritu si se le puede situar históricamente en esta época de la experiencia del alma consciente. Porque Voltaire, con todas sus brillantes cualidades espirituales, con toda su soberana actividad intelectual, con todo lo bueno que había en él, es una prueba sintomática de la lucha por el desarrollo del alma consciente, al igual que lo es con todas sus cualidades, podríamos decir, malas, malignas, alarmantes. Hubo dos cosas a las que tuvo que enfrentarse en la época que puede llamarse del desarrollo del alma consciente. La primera es que en los últimos siglos se desarrolló una visión de la naturaleza cada vez más gloriosa y esplendorosa, que no podemos admirar lo suficiente, y que sólo alcanzó su máximo esplendor en la ciencia natural de los tiempos más recientes, una visión maravillosa de la naturaleza, en la que, sin embargo, no hay hasta cierto punto lugar para la propia alma humana consciente. Y junto a esto, las mentes más preclaras, muchas de las cuales podríamos nombrar, se esforzaron por resolver este enigma: 
¿Cómo llega el alma humana a una concepción mediante la cual pueda mantenerse en relación con esta imagen más nueva de la naturaleza? La visión de la naturaleza se hace cada vez más gloriosa; el esfuerzo del alma humana por mantenerse, por dotarse de seguridad interior, aparece cada vez más de tal modo que la vemos como en una ola que sube y baja. Pues así es como vemos al alma humana, como si quisiera acercarse una y otra vez para encontrarse a sí misma en relación con la visión de la naturaleza, pero siempre retrocede precipitadamente porque es impotente para encontrar en sí misma lo que en este momento debe evocarse desde el alma consciente. Y así estamos todavía en medio de la lucha que es, después de todo, la razón más importante por la que una ciencia espiritual debe situarse en el presente: en la lucha por el cosmos interior, del que se ha hablado aquí en estas conferencias, y que debe ser buscado por los hombres. Así vemos a espíritus como Cartesius, Hume, Berkeley, Locke, todos esforzándose por responder, por así decirlo, a este enigma: ¿qué debo hacer con mi alma en relación con la visión de la naturaleza exterior? Se podría tomar cualquiera de los espíritus que se nos presentan allí. Tomemos a Locke, por ejemplo.

Locke, que es, podría decirse, una expresión sintomática de lo que se buscaba a comienzos de la época de Voltaire, en el ámbito de la vida intelectual inglesa, para comprender el alma, se nos presenta de la siguiente manera. Locke se siente, por así decirlo, completamente conquistado por el poder de la visión de la naturaleza, se siente tan conquistado que tiene que decir: En el fondo no podemos encontrar nada en nuestra alma sino lo que esta alma ha absorbido antes de la naturaleza exterior a través de los sentidos. Tan poderosa es la visión de la naturaleza, tan imponente, que Locke desea confinar toda la vida anímica humana, en la medida en que desarrolla el conocimiento, al principio a aquello que encendemos sobre la base de los sentidos, y que la mente puede combinar como una imagen del mundo; y así se sitúa ante el mundo, diciéndose a sí mismo: No encontramos nada en esta alma humana que no la haga solitaria, que no la presente como una «tabula rasa», como una hoja en blanco, antes de que lleguen las impresiones sensoriales de la naturaleza exterior, que el alma procesa a continuación. Así vemos cómo el poder de la visión de la naturaleza tiene inicialmente un efecto tan grande y poderoso que pierde la fe en encontrar algo en absoluto en la propia alma humana. Sobre todo, debemos considerar el lado moral-espiritual de la posición de Locke. En lo que ofrecían las antiguas tradiciones, religiones y costumbres existía para el hombre una conexión con el mundo espiritual. Hasta la época de la ciencia natural moderna, se creía que estaba conectado con el mundo espiritual, también a través de vínculos espirituales. Ahora en cambio había una visión de la naturaleza que tenía un efecto tan abrumador que el alma humana no se atrevía a pensar en sí misma. Ahora el alma estaba allí, - y la visión con la que estaba allí emanaba sobre todo de espíritus como Locke. Las almas se decían a sí mismas: «Como almas humanas no podemos saber ni reconocer nada que no se nos transmita a través de los sentidos y a través del intelecto, que está limitado a los sentidos». Y ahora se trataba de desarrollar tanto temperamento espiritual, tanta fuerza espiritual, a partir de las viejas tradiciones y sentimientos que aún afloraban de épocas anteriores, que, además de lo que sólo podía reconocerse como visión de la naturaleza externa, se reconocía algún mundo espiritual-divino, del que, sin embargo, había que admitirse a sí mismo: aunque se crea en él, no se puede llegar a él a través de ningún conocimiento. La visión de la naturaleza adoptó inicialmente una forma que desechaba toda conexión cognitiva entre el alma humana y el mundo divino-espiritual.

De ahí surgieron la visión del mundo y el sentimiento por la vida y la convivencia en los que Voltaire, que nació en 1694 y pasó así su juventud a principios del siglo XVIII, se vio inmerso en un primer momento. Al principio estaba tan al frente del espíritu de su tiempo que le causó una tremenda impresión cuando huyó a Inglaterra, porque se había visto perseguido muy pronto en Francia, y allí conoció precisamente esa filosofía de la Ilustración que limitaba todo el conocimiento humano a la contemplación de la visión de la naturaleza y sólo se aferraba a un mundo divino-espiritual, por así decirlo, sobre la base del temperamento del alma. El ser más íntimo de Voltaire fue así tomado, por así decirlo, por esta experiencia del mundo, por este sentimiento del alma, y en su alma tan inquieta y, sin embargo, tan inteligente, surgió la convicción inmediata siguiente: Se está en terreno seguro cuando se está en el terreno de la ley aplastante de la naturaleza.  Pero lo que acabo de llamar temperamento religioso era fuerte y vigoroso en él. El alma no abandonaba la conciencia de la fe en una conexión con un mundo espiritual y divino. Y así vemos cómo, por un lado, Voltaire desarrolló una admiración infinitamente amplia por lo que había aportado la ciencia natural más nueva y la visión de la naturaleza que tenía ante sí, y una admiración por disputas filosóficas como las que había aportado Locke, por ejemplo; y, por otra parte, surge en él la necesidad de reunir todas las razones que la mente humana puede reunir en favor de tal concepción de la naturaleza - y, sin embargo, aferrarse a la vieja idea de la inmortalidad del alma humana, de una conexión del hombre con toda la existencia del mundo, de una libertad del alma humana mantenida dentro de ciertos límites. Y ahora nos encontramos con un rasgo peculiar en este hombre Voltaire, un rasgo que nos muestra cómo en él hay una expresión enteramente sintomática de lo que ha vivido a través del tiempo.

Lo que se encuentra en Voltaire es quizá más vívido si se menciona otra obra que apareció casi al mismo tiempo que la «Educación del género humano» de Lessing, a saber, la «Crítica de la razón pura» de Kant, si se menciona el kantismo en general. Desde su juventud, Kant vivió en condiciones muy parecidas a las de Voltaire respecto a la visión de la naturaleza. Kant era devoto del «espíritu de la ilustración» en el sentido más pleno de la palabra. Al fin y al cabo, de él procede la frase «Ilustración significa para el alma humana tener el valor de hacer uso de su razón» en el bello ensayo «¿Qué es la Ilustración?». En Kant surge para Voltaire algo así como la consecuencia más plena de los impulsos de la Ilustración. Kant, como Locke y más tarde Hume, se opone al poder de la visión de la naturaleza, que muestra cómo llegan a existir el mundo y el alma humana. Pues lo que ha surgido como visión de la naturaleza no puede ser rechazado. ¡Era impresionante! Y tan impresionante fue esta visión de la naturaleza para Locke que rechazó todo conocimiento que no pudiera provenir de las impresiones sensoriales y del intelecto. Kant procede «por principio». Es el hombre minucioso, de principios, que debe conducir todo a los principios, y por eso escribe su «Crítica de la razón pura». En ella muestra cómo el hombre sólo puede tener conocimiento de lo que es la naturaleza externa, y cómo el alma humana puede recibir una fe práctica pero innegable de un lado completamente distinto de aquel del que procede el conocimiento externo. En la segunda edición de su Crítica de la razón pura, en el prefacio, Kant revelaba cómo enfocaba las cosas: «Tuve, pues, que abolir el conocimiento para hacer sitio a la fe». Kant exige un ámbito para la fe donde entra la conciencia, donde habla el imperativo categórico, que no es conocimiento, pero que sin embargo proporciona un impulso al que el hombre debe adherirse, y que sin embargo conduce a la idea de Dios y a la idea de libertad. Así pues, Kant tuvo que atacar la cuestión de principio planteando la pregunta: Si el alma humana no puede alcanzar el conocimiento de sí misma bajo el impulso de la concepción más nueva de la naturaleza, ¿cómo podemos mantener para ella una fe justificada? Y le dio al alma humana una fe fundamentada desechando el conocimiento del ámbito en el que se puede decir algo sobre el alma humana, limitando el conocimiento al mundo exterior.

Voltaire no tenía todavía lo que Kant tenía que aportar a un principio sin el cual no habría podido vivir, un principio del que se alimentaría todo el periodo posterior. Sólo tenía el lado lógico, que decía: toda cognición se limita únicamente al conocimiento natural. Necesitaba extraer de la fuerza de su personalidad lo que Kant extraía de un principio, de algo completamente impersonal. Y así vemos a Voltaire a lo largo de su vida, que es idéntica a una faceta de toda la vida intelectual del siglo XVIII, aquello que Kant trató de derivar del principio, a saber, el imperativo categórico, vemos a Voltaire evocándolo una y otra vez desde su temperamento, desde su mente ágil. Lo vemos esforzarse repetidamente en su larga vida por ejercitar su ingenio y su astucia para decirse a sí mismo: No podemos saber nada comparado con la visión de la naturaleza. Pero ahora, alma humana, entra en la brecha y trata con ingenio y astucia de llevar todas las razones, cualesquiera que sean, buenas o malas, para mantener lo que debe mantenerse en comparación con la visión de la naturaleza.

Así, podría decirse, vivía en el temperamento de Voltaire, en el espíritu ágil de Voltaire, lo que en Kant se reduce a un principio que puede considerarse impersonal. Y quien quiera juzgar las almas humanas debe tratar de hacerse una idea de la estructura de un alma con todas sus luchas, que debe, por así decirlo, sostener a lo largo de toda su vida algo que puede desvanecerse continuamente por el poder y la significación de la visión de la naturaleza. Si observamos a Voltaire de este modo, y a partir de esta observación básica dirigimos nuestra mirada a lo que él creó en detalle, entonces encontraremos que se hace comprensible. Porque mientras estaba allí con su alma, tal y como he intentado retratarla con unos pocos trazos como en un dibujo al carboncillo, en el fondo tenía un mundo en su contra. Lo que Voltaire buscaba era una visión espiritual del mundo en la que Dios, la libertad y la inmortalidad tuvieran cabida, pero que pudiera estar a la altura de la imagen de la naturaleza. Pues Voltaire se convirtió en un defensor cada vez más ardiente y cada vez más prejuicioso de la concepción científica más nueva, y este empeño vivió en él y se desarrolló, -ya que estaba en él, por así decirlo, como el fundamento de su ser, con todas las formas que a veces adquirieron un carácter bastante desagradable en el curso de su vida.

Precisamente en la época en que vemos a Voltaire, por así decirlo, como la expresión más enérgica de la lucha del alma humana por encontrarse a sí misma como alma consciente, precisamente en esta época era cuando menos se podía comprender cómo se relaciona esta lucha del alma humana con una lucha más antigua del alma humana en épocas anteriores. Voltaire, por ejemplo, no podía en modo alguno llegar a una visión pura y noble de la cultura griega. Para él, lo que su época quería, lo que su época sobre todo quería aportar como concepción científica en comparación con la griega, le parecía mucho más significativo y más grande que lo que los griegos habían querido con su visión de la naturaleza, que al mismo tiempo contenía la visión del alma, de la vida espiritual y del tejido. Puesto que en Voltaire vivía el nervio de toda la lucha del alma consciente, en cierta medida no debió reconocer una época en la que toda forma de cultura seguía representando una conexión entre el alma humana y el resto del mundo. Todavía encontramos este tipo de conexión en los personajes creados por Homero, Esquilo, Sófocles y Eurípides, estos grandes trágicos griegos. Para Voltaire, estos trágicos griegos no podían compararse con lo que la humanidad había logrado en su época. Para él, los griegos, sobre todo, en todas sus visiones del mundo, parecían hombres que habían producido fábulas sobre la naturaleza; mientras que la época de los grandes descubridores científicos le parecía la que había llevado a la humanidad más lejos en poco tiempo que todas las épocas anteriores juntas. Sí, en efecto, en la época en que el alma humana tenía que esforzarse por mantenerse en relación con la visión de la naturaleza, en esta época tenía que llegar a ser injusta en comparación con épocas anteriores en las que el alma humana podía, por así decirlo, seguir extrayendo su fuerza de la naturaleza circundante sin ninguna acción por su parte.

De este modo, vemos que la relación de Voltaire con épocas anteriores adquiere un carácter casi trágico; y le vemos situado en su entorno como en completa oposición al mundo del que realmente surgió.

Si echamos la vista atrás, a la época de la vida intelectual francesa de la que surgió Voltaire, podemos decir que a este mundo todavía le importaban poco los grandes enigmas que ahora se planteaban al enfoque científico y a la naciente alma consciente. Este mundo aún vivía en aquellas tradiciones que, por así decirlo, le fueron dadas para que pudiera desarrollarse tranquilamente en la era de la iluminación sobre sí mismo, en la era de la asimilación dentro de sí mismo. Voltaire se vio rodeado por un mundo, -y su mundo francés estaba todavía impregnado por el principio católico más rígidamente intolerante-, que quería extraer de la tradición todo lo que tenía alma, todo lo que tenía espíritu, y que rechazaba lo que era querido y valioso para él: ese ponerse en relación con la visión de la naturaleza. Y así surgió en Voltaire una tremenda aversión a todo el mundo intelectual que le rodeaba, aversión que expresó tan pronto en las acusaciones de su vida que, podría decirse, ya había tenido una vida bastante accidentada. Estuvo dos veces en la Bastilla, en 1717 y 1726; luego tuvo que huir a Inglaterra en 1726, donde permaneció hasta 1729. Después regresó a Francia y, a partir de 1734, vivió recluido durante mucho tiempo en el castillo de la marquesa du Châtelet, en Cirey, Lorena, donde se sumergió en estudios científicos que pretendían mostrarle cómo puede entenderse la visión del mundo desde el punto de vista de la ciencia natural moderna. Lo que desarrolló allí fue una visión de las condiciones básicas necesarias, de las condiciones espirituales básicas de la era moderna. Por mucho que se diga en su contra que adulaba, mentía, engañaba a sus amigos, que a menudo intentaba conseguir algo con los medios más bajos, todo esto no era agradable; pero además había en él un entusiasmo santo, que se expresaba a través de la forma a menudo cínica-frivola: 

Los impulsos del alma humana exigen que el alma encuentre una visión del mundo desde dentro de sí misma, que se renueve en una visión del mundo que pueda poner ante sí. Al principio no se le podía dar otra cosa que la imagen de la naturaleza. Por eso su ingenio dio lugar a un ferviente odio hacia el catolicismo. Ante todo, quería penetrar con su visión del mundo lo que se le oponía. Todos los medios eran adecuados para él. Mientras se enfrentaba así al catolicismo, se encontraba, por una parte, aislado de todo lo que pudiera relacionarle con él; pues odiaba todas las instituciones y costumbres del catolicismo, los rituales, las formas de culto; no veía ninguna relación con lo que se desprendía de su visión del mundo, que quería basar en las ciencias naturales. La otra era que se aferraba a Dios, a la libertad y a la inmortalidad sólo a través de su temperamento, a través de su alma ágil e inteligente; pero los medios por los que podía aferrarse a ellos eran pensamientos abstractos, ideas vagas.

Cuando el griego miraba hacia aquellas regiones donde el hombre obtenía sus impulsos según su conocimiento, veía que allí reinaba lo Divino-Espiritual. Veamos las obras de los trágicos griegos. En ellas vemos el mundo humano representado como vecino de un mundo divino-espiritual, vemos el mundo de los dioses trabajando en el mundo humano y los destinos de los hombres entretejidos con los destinos de las entidades espirituales, y vemos cómo, especialmente en las representaciones de la antigüedad, vivían los contenidos de conciencia de esas entidades espirituales, algo que podía cobrar vida en la poesía. Así como los seres humanos podían cobrar vida en la tragedia, en la epopeya, estos contenidos de conciencia podían cobrar vida en la poesía. Y ¡cómo cobraron vida en los poemas de Homero! Y ahora, en la época en que el alma humana se distinguía del resto de sus congéneres, ¡cómo vemos que ha perdido su conexión con tales entidades! Podemos comprobar cómo las figuras suprasensibles aún vivas en la poesía griega se van haciendo cada vez más abstractas, cada vez más conceptualizadas, desde Virgilio hasta épocas más recientes, -con la única excepción de Dante, que formó su «Divina Comedia» a partir de una intuición clarividente, y en quien estas figuras vuelven a estar vivas ante él, aunque en la forma en que pudo verlas. Por lo demás, sin embargo, vemos por todas partes cómo, hacia la edad del alma consciente en la que vivió Voltaire, estas figuras se desvanecen cada vez más, y cómo los hombres están cada vez más abandonados a sí mismos. Vemos cómo los poetas se ven cada vez más obligados, si quieren describir la vida humana, a prescindir de un mundo sobrenatural que ya no está ante ellos.

Podría decirse que Voltaire era demasiado grande para poder abstenerse de contemplar a los seres espirituales en su visión general de la vida. Su temperamento era demasiado grande, demasiado amplio para eso. Y eso estaba en su disposición. De ahí lo extraño, lo maravilloso que ya se nos presenta, por así decirlo, en su epopeya juvenil, en la «Henriada», donde describe el destino del rey Enrique IV. Allí vemos que no puede, -ni quiere-, limitarse a lo que sucede en el mundo exterior, al que quiere restringirse la cosmovisión científica. Por otra parte, vemos que se siente limitado por todas partes en su planteamiento, de modo que las palabras de las que extrae ideas de libertad, inmortalidad y Dios sólo están relacionadas con abstracciones. Su alma está demasiado desarrollada para que en su «Henriada» haya querido representar la vida como alguien que sólo mira al ser humano con una visión científica y que sólo capta la otra vida humana como ideas abstractas de Dios, libertad e inmortalidad, a pesar de todas las batallas que se libraban entre los diversos partidos religiosos y políticos de la época. Su alma es demasiado grande para eso. De ahí que veamos que Voltaire anhela poner el alma humana en conexión con un mundo suprasensible; pero también vemos que le resulta imposible ver un mundo suprasensible humanamente posible a partir del catolicismo, al que odia. Para él, la historia de los santos no era más que una representación de leyendas, y Cristo un entusiasta más o menos piadoso y bonachón. Voltaire, sin embargo, no podía decidirse a dejar que la vida humana, en sus acontecimientos más importantes, se desarrollara sólo como en torno a Enrique IV de Francia, como aparece cuando se explora con los sentidos externos y se combina con el intelecto. Así aparecen extrañas figuras en la Henriada: la «Discordia», la discordia. ¡Extraña, en Voltaire, el representante de la Ilustración del siglo XVIII, esta figura de la Discordia! Mira con desprecio los acontecimientos de Francia, que no se desarrollan como ella quiere. Quiere más y más desunión entre la gente para poder conseguir sus objetivos. Contempla con desagrado lo que ocurre contra Roma y se propone llegar a un acuerdo con ella. Así pues, vemos a una figura mitológica, la Discordia, moldeada por Voltaire, que mira con desagrado lo que ocurre en Francia, y luego la vemos emprender el viaje hacia Roma. Ahora se podría decir: ¡todo esto es alegoría! Pero es precisamente por impulsos poéticos por lo que hay que decir lo que acabo de decir: este discurso adopta formas completamente realistas, de modo que ya no puede considerarse una mera alegoría, por ejemplo cuando se describe cómo llega al Papa, cómo se queda a solas con él y cómo consigue que el Papa recapacite. Se comporta como un personaje coqueto de la época de Voltaire, practicando todo tipo de trucos de seducción. Precisamente desde los impulsos poéticos quiero decir: ¡No confío en que Allegorien haga nada parecido a lo que consigue hacer para que el Papa cambie de opinión a favor del partido político en Francia! Y con lo que el Papa puede darle, vuelve a Francia, actúa como agitadora, a veces apareciendo bajo la apariencia de San Francisco, a veces como San Agustín ante los monjes, va de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, y luego, cuando le interesa que Enrique III no gane, consigue seducir al monje dominico Jacques Clément.  Voltaire puso en esta representación todo lo que tenía en su mente contra el catolicismo en el sentido de su librepensamiento religioso. Es interesante ver hasta dónde llega Voltaire en su descripción de este monje dominico, que ahora va a ser persuadido por la Discordia para provocar la caída de Enrique III. En la Henriada se menciona una oración que Clément, el monje, envía al cielo. Quisiera leerles esta oración en la traducción de Krafft, para que renueven el sentimiento que deben tener cuando se familiarizan con Voltaire respecto a lo que vivía en su alma contra el catolicismo, al que espera que uno de sus piadosos seguidores eleve al cielo la siguiente oración:

¡Oh Dios! Cuya vengativa justicia debe descender
para aplastar al tirano y defender tu fe
¿Es ahora el asesinato, y la herejía tu preocupación?
¿Tu ira injusta? ¿Debemos soportar nosotros, tus hijos?
Demasiado tiempo soportamos la prueba parcial,
Demasiado tiempo un monarca sin Dios reina seguro.
Levanta tu temible brazo, ¡oh Dios! Salva a tu pueblo,
Desciende sobre el rey, que tu cólera provocó;
Espíritus de ruina anuncian su llegada,
Los cielos anuncian su ira con llamaradas.
Sus huestes temblorosas, relámpagos vengadores estallan,
Sus jefes, sus soldados perecen hasta el final.
Que sus dos reyes mueran ante mis ojos,
Que se marchiten como las hojas cuando se levantan las tormentas;
Salvados por tu brazo, tu Liga alzará su voz
Y sobre sus cuerpos sin aliento cantará tu alabanza.
Detenida por estos acentos en medio de su carrera,
La discordia, en el aire suspendida para oír;
Cayó al infierno, y de sus mazmorras sacó
El más fiero demonio que esas ardientes regiones conocieron;
¡Fanatismo! La naturaleza aborrece ese nombre,
Desconocido vino el monstruo de la Religión;
Amamantado en su seno, armado para su defensa,
Su objetivo la destrucción, el celo su justa pretensión.

El monje dominico reza esto para provocar la muerte de Enrique III y IV, rogando al cielo que Dios envíe la muerte. Y la Discordia, la discordia, es atraída por esta oración del monje, entra en la celda del monje y llama al «fanatismo» desde los reinos del infierno como confederado. ¡Otra figura que Voltaire nos presenta de manera muy real! ¿Y cómo habla del fanatismo, que según él encuentra su mejor apoyo en los tiempos modernos en los principios del sentimiento popular? Así habla de él:

Es el que está en Rabá, en el valle de Arnón,
que una vez guió al pueblo del desdichado hijo de Amón,
Cuando Moloch, su dios, se colmó de mujeres en pena
En su brazo de fuego puso los cuerpos de los niños.
A Jefté le dio el juramento de perdición,
y clavó su acero en el corazón de la bella doncella.
Incitado por él, Calcas dijo una vez palabras perversas,
e incitó el asesinato de Ifigenia.
En tus bosques, oh Francia, permaneció largo tiempo;
A Teutates feroz blandió en alto el incensario.
No has olvidado los santos estrangulamientos,
obra de druidas, practicada para complacer a los ídolos.
Desde el alto capitolio su palabra resonó horrorizada:
«¡Apresad al pueblo cristiano, destrozadlo, exterminadlo! »
Pero desde la ciudad eterna reconoció al Hijo de Dios,
desde las ruinas del Capitolio se dirigió a la iglesia.
En los corazones de los cristianos vertió su furia:
Los perseguidores se convirtieron en aquellos que una vez derramaron su sangre.
En la torre creó la impetuosa secta,
que manchó su mano impúdica con el regicidio.
En Lisboa y Madrid encendió la llama
De palos de madera consagrados, en los que la tribu de Judá
En solemne pompa por sacerdotes fue enviada,
porque no se había apartado de la fe de los padres.
Y siempre caminaba en su huella
Con el santo atuendo de la iglesia y el clero; ...

Discordia saca a este oficial del pozo del infierno. Y es de este oficial de quien Clément obtiene la daga con la que hiere a Enrique III, que muere de la herida.

Así vemos cómo los poderes espirituales intervienen en la poesía de Voltaire. Vemos además cómo San Luis, el antepasado de la familia real, es enviado por Dios para hablar con Enrique IV, para infundirle sabiduría, por así decirlo, y Voltaire no duda en poner en boca de San Luis todo lo que se supone que ha sucedido en la historia de Francia. Vemos además cómo conecta el mundo que describe, la época de Enrique IV, en un sentido aún más perverso, ya que, después de que Enrique avanzara primero victoriosamente y luego flaqueara, atribuye esto al hecho de que la discordia le condujo al «templo del amor», donde flaqueó y se cansó en un amor desafortunado hasta que fue llamado a luchar de nuevo. Leed esta narración, este relato del Templo del Amor, tal como él lo representa, como una especie de servicio mágico al que se dedican los adversarios de Enrique IV, como una especie de servicio del diablo con todos los altares y rituales que, según él, desempeñan un papel con ciertos partidos, -y uno se dirá a sí mismo cómo Voltaire, no por su razón, ni por su intelecto, ni por lo que llega a ser de su lucha por la consecución del alma consciente, sino por lo que es por todo su temperamento móvil, por la suma de sus sentimientos, se inclina a poner toda la vida humana en conexión con un mundo espiritual, -que Herman Grimm, con razón, encuentra pajizo, abstracto. Pero ahí, en esa lucha del alma humana, tal como tiene lugar en la antesala de la vida espiritual, antes de que se pudiera pensar en una ciencia espiritual, ahí radica la tragedia del alma de Voltaire, que allí donde realmente quiere representar verdaderas experiencias genuinas, grandes experiencias fuertes de la vida humana, allí debe buscar la conexión de la vida exterior con un mundo espiritual, -y sin embargo sólo puede encontrar esta conexión de un modo insuficiente. Por eso la Henriade aparece hoy como un poema «ilegible», porque todo lo que Voltaire pudo reunir en cuanto a la conexión entre el mundo humano y el mundo espiritual se basa esencialmente en tradiciones que no quiere, que odia, porque se siente incapaz de describir de algún modo las fuerzas secretas que recorren la condición humana. Hay que decir que requería toda la movilidad del alma de Voltaire, esa movilidad que, sin embargo, conducía a las deficiencias del alma antes mencionadas, para mantenerse frente al hecho de que esta alma sentía en sí misma cómo la imagen exterior de la naturaleza le privaba cada vez más de la posibilidad de un alma interior. Y ya en la Henriada, en esas figuras que son figuras mitológicas y no parecen meras alegorías, se advierte cómo esta alma de Voltaire lucha y busca algo a lo que aferrar la vida humana, y cómo sigue sin encontrar nada. Hay que considerar este lado de Voltaire y entonces se apreciará en su justo sentido lo que él hizo para comprender el desarrollo humano. Por eso su maravillosa caracterización de Carlos XII o Luis XIV, a pesar de todos sus defectos, es tan ejemplar, porque para él encierra el mayor enigma: ¿Cómo se vive el devenir histórico? ¿Qué fuerzas actúan en él, qué fuerzas actúan en el entorno del devenir humano?

Después de la fuerza con la que le afectó la visión de la naturaleza, no pudo evitar hablar con todas sus fuerzas y todo su cinismo, saltando por todos lados, por así decirlo, por ejemplo cuando atribuye a la Doncella de Orleans todo lo que tiene en su mente contra las supersticiones de todos los tiempos. Pero el alma de Voltaire es precisamente un alma tal, gracias a la cual se puede reconocer cómo se sienten las almas que se enfrentan al pulso del tiempo de tal manera que no lo oyen latir, en el sentido más pleno de la palabra, pero que, sin embargo, sienten en el latido de su propia sangre: una época está llegando a su fin, - pero que, sintiendo el vacío en su interior, se dicen por ello: ¡La nueva época no ha llegado todavía! - Uno percibe la tragedia del alma de Voltaire cuando la sitúa de tal manera que la ve como interrogándose: ¿Cómo encuentra el alma humana su equilibrio frente a la nueva visión de la naturaleza? Hoy diríamos: ¿Cómo se las arregla el alma consciente del hombre? Y encontramos la respuesta a esto cuando miramos a Voltaire, en cómo dirige su mirada a todo lo que Francia ha sido capaz de producir en el camino de la cultura externa, en cómo los viejos poderes tradicionales transmitidos desde tiempos prehistóricos se han vuelto abstractos para él, pues vemos cómo describe el cielo, el infierno, en cierto sentido incluso un gran cielo, al que Enrique IV es conducido por San Luis, cuando describe cómo las fuerzas espirituales dividen las fuerzas de la naturaleza, en cómo los mundos se confunden, - y cómo todo esto ahoga los fundamentos subconscientes más profundos del alma, que buscan el ancla donde el alma pueda anclarse con su esencia, con su ser divino más profundo. Pero Voltaire no puede encontrar esta ancla.

Al acercarse la década en que murió Voltaire, había en un alma el germen de buscar en el propio hombre la fuente de un conocimiento que no sólo alcanza a la naturaleza, sino que es capaz de profundizar en el universo espiritual. Cuando murió Voltaire, Goethe llevaba dentro la idea de su «Fausto», ese Fausto en el que vemos que él extrae realmente de lo que Voltaire habría llamado las ideas más supersticiosas del alma una figura como la de Fausto, que nos muestra cómo el anhelo más profundo, el deseo más profundo y el conocimiento más elevado han de buscarse en relación con esta alma humana. Y bajo la influencia de esta introspección en lo más profundo del alma humana, a la que Voltaire no podía asomarse, porque la fuerza de la visión de la naturaleza ejercía sobre él un efecto demasiado fuerte, y porque Dios, la libertad y la inmortalidad, todo el mundo espiritual, seguían siendo para él, en el fondo, ideas abstractas, bajo la influencia de esta introspección en el alma humana, surgió finalmente en Goethe lo que presenta una figura bastante parecida a la de Voltaire: Mefistófeles, salvo que Fausto, que busca el nacimiento del alma consciente de un modo diferente, le dice a Mefistófeles: «¡En tu nada yo espero encontrar el Todo!». Y, en el fondo, ésta es la palabra que le llega a Voltaire de Goethe, quien, de un modo diferente a Voltaire, buscaba el empeño de la época más reciente por encontrar el alma consciente en el interior y anclarla en los mundos espirituales. Voltaire se presenta como la estrella de un mundo en decadencia, un mundo en el que todo esfuerzo se dirige a la consecución del alma consciente, y en el que brilla lo que ejerce la más fuerte compulsión hacia el alma consciente: la visión científica del mundo. Sin embargo, Voltaire es la mayor estrella de este mundo en decadencia, aunque no pueda encontrar nada que expanda de nuevo el alma humana hacia un mundo espiritual. Nada es más característico de Voltaire que una afirmación que hizo sobre Corneille en su Historia de Luis XIV. Allí dice que Corneille había publicado también una traducción francesa del opúsculo de Thomas von Kempen «La imitación de Cristo», y que había oído decir que este opúsculo había pasado por treinta y dos ediciones en la traducción francesa. No puede creerlo y dice al respecto: «Porque me parece tan increíble que un alma sana pueda terminar de leer este libro una sola vez». Aquí vemos en un momento cómo esta alma de Voltaire no podía encontrar en sí misma la posibilidad de abrir una fuente al mundo espiritual. 

Hoy hablamos de cómo la ciencia espiritual es una auténtica continuación de lo que la cosmovisión científica natural obliga al hombre, pero también hablamos de cómo esta ciencia espiritual es una auténtica continuación de la cosmovisión de Goethe. Hablamos de un segundo ser humano que habita en el hombre y que puede experimentarse a sí mismo espiritualmente, hablamos de lo que el hombre es en serio, lo que se expresa en las palabras de Goethe: 
«Dos almas moran, ay, en mi pecho». Pero hablamos de ello de tal manera que lo anímico-espiritual del hombre busca y puede encontrar su hogar anímico-espiritual. Además, en la ciencia espiritual hablamos de un mundo espiritual al que el hombre pertenece con su ser espiritual del mismo modo que pertenece al mundo físico con su corporeidad. Voltaire, sin embargo, está tan abrumado por el poder de la visión de la naturaleza que no siente nada por el «segundo hombre» en el hombre. Mientras que Goethe, poco después de él, hace que su Fausto luche con todas sus fuerzas por ese segundo hombre que se esfuerza por salir del hombre físico-corpóreo hacia los mundos espirituales, vemos en Voltaire cómo no puede captar nada de tal segundo hombre. Muy característica es una afirmación que hace precisamente con referencia a esta segunda persona: «Por mucho que me esfuerzo en descubrir que somos dos, al final he descubierto que sólo soy uno». Él es incapaz de admitir que hay un segundo hombre en él. Se ha esforzado, pero ésa es su tragedia: al final sólo puede descubrir que sólo es uno, atado a su cerebro. Esa fue su tragedia profunda, que Voltaire se ayudó a sí mismo a superar con su cinismo, incluso con su frivolidad. Las profundidades subconscientes del alma, un segundo ser humano dentro de un ser humano en conexión con un mundo espiritual, el supraconsciente no podía admitirlo ante sí mismo. El supraconsciente necesitaba anestesia. Podía encontrarla en la experiencia exterior, porque la experiencia exterior se entregaba a la gran visión inteligente del mundo que podía crear dentro de las experiencias anímicas más contradictorias. Así que podemos entender que a Voltaire le costara bastante reconciliarse consigo mismo y que necesitara mucha anestesia. Hay que ver la grandeza de este hombre para entender algo tan grandioso y paradójico como el hecho de que un día, en Suiza, donde había hecho tantas obras de bien, se presentara como enfermo terminal para que el cura viniera a darle el sacramento de la muerte; y después de recibir el sacramento, saltara y declarara que todo era una broma y se burlara del cura. Pero basta vivir en un mundo tan «desviado», que no tiene la conexión real del alma humana con los mundos espirituales, como vivió Voltaire en un mundo así, para no llegar a la conexión a la que quería llegar.

Volvamos a Goethe: Él se sirve de un «vagabundo» -Fausto- para mostrar cómo surgen los impulsos más profundos en el alma humana. Y si seguimos toda la vida de Goethe, veremos cómo trata de encontrar la plenitud del carácter humano en las almas más sencillas. Voltaire vive enteramente en una esfera derivada, en su esfera de educación, donde todo está desarraigado; allí no puede encontrar lo que une el alma humana con un mundo espiritual, y por eso sólo puede hablar a esa esfera derivada. Difícilmente podemos comprender hoy que un espíritu como Voltaire diga: «No me permito escribir para zapateros y sastres; para darles algo en lo que creer, para eso sirven los apóstoles, no yo». Y no quiere que lo que él tiene por su convicción más sagrada sea tratado como nos gustaría hoy: que penetrara en todas las almas humanas; sino que hace la declaración característica de que sólo escribe para las clases cultas porque ha salido de ellas: El cielo y la tierra que se rinden a mi mente ilustrada sólo pueden ser comprendidos por una clase superior; ¡la jauría es tal que el cielo más estúpido y la tierra más estúpida son justamente los mejores!». También en este aspecto, Voltaire vive en un ámbito de cultura que agoniza. Ésa es su tragedia. Pero tales esferas culturales también tienen la posibilidad de desarrollar madurez en relación con ciertas corrientes. Y Voltaire desarrolló esa madurez. Esta madurez se expresa en su juicio penetrante e inteligente, que no se confunde ni siquiera en el ingenio, y en su manera sana, incluso en la frivolidad, todavía sana, de actuar en el mundo y de relacionarse con el mundo. Así puede entenderse que una mente tan grande en muchos aspectos como la de Federico el Grande pudiera sentirse atraída por Voltaire, pudiera repelerlo de nuevo, pudiera, por así decirlo, echarlo de nuevo al cabo de un tiempo, pero siempre tuviera que volver a él, y emitir un juicio sobre él: este Voltaire no merece nada mejor que la suerte de un esclavo erudito, pero yo valoro lo que puede darme como su francés. Y podría darle mucho más que el elemento lingüístico. Eso es lo que he intentado insinuar hoy.  Se puede comprender que aquel siglo XVIII, que por un lado tenía que poner bajo la luz correcta todo aquello que obstaculizaba la emergencia del alma consciente, pero que tenía que mostrar una cierta grandeza precisamente en el espíritu descendente de la corriente cultural, -se puede comprender que esto tuviera que expresarse de una manera tan peculiar precisamente en Voltaire. Y se ve a Voltaire bajo la luz correcta si se presenta como contraimagen lo que hemos encontrado como lo positivo, como el efecto continuador en el sentido de Lessing o Goethe para el esfuerzo del alma humana hacia el elemento de la conciencia. En verdad, lo que me he tomado la libertad de decirles hoy sobre Voltaire seguramente sólo puede ayudar a tomar conciencia de lo difícil que es hacerse una idea objetiva de este hombre peculiar, de este hombre peculiar de quien podemos decir: Mucho de aquello por lo que luchó, por lo que se esforzó, vive hoy como algo evidente en nosotros, incluso en aquellos que ni siquiera piensan en leer los escritos de Voltaire. De hecho, con Voltaire en particular, se puede decir: la humanidad puede crecer más allá de sus escritos; no puede crecer más allá de lo que él fue como fuerza, pues siempre tendrá que seguir siendo un eslabón en los esfuerzos espirituales de la humanidad. Porque lo que tuvo que surgir como liberación del alma humana se basa en el hecho de que algo tuvo primero que ser desgastado por un espíritu tan desintegrador, tan puramente disolvente, se podría decir, tan puramente mefistofélico como lo fue el de Voltaire.  Y no es de extrañar que la imagen anímico-espiritual que Voltaire tiene de la Historia sea similar a la que sufrieron sus huesos. Primero fueron enterrados en el lugar de honor del Panteón de París; cuando otra corriente política tomó el poder, fueron sacados de nuevo y esparcidos; luego, cuando una tercera corriente política sustituyó a la anterior, fueron reunidos de nuevo y enterrados. Y ahora algunos afirman que estos huesos recuperados no son los auténticos. Hasta entonces, será correcta la imagen histórica de Voltaire, que, de un lado y de otro, pronto será presentado como un salvador de la esclavitud, un apóstol de la tolerancia, ¡pero que del otro lado volverá a ser objeto de todo tipo de menosprecios! Y con toda la complejidad de la personalidad de Voltaire, puede suceder muy fácilmente, si uno se esfuerza por ser objetivo acerca de la visión de la historia de Voltaire, que algunos digan que no es la correcta - al igual que algunos dicen que los huesos enterrados en el Panteón no son auténticos.

Sin embargo yo les digo, que si la ciencia espiritual puede cumplir su tarea en el presente y en el futuro, entonces la imagen del gran desgarrador, del gran disolvente, de aquel que ha limpiado tanto, podrá tal vez surgir ante la ciencia espiritual en su plena objetividad. Porque esto puede decirse:

Voltaire es un hombre, -él mismo se lo dijo a Federico el Grande-, con todos los defectos de un hombre y, hasta podría decirse, un hombre con todas las «maravillas» de un hombre, tan apto para cumplir el dicho del poeta:

Confundido por el favor y el odio de las partes,
su carácter fluctúa en la historia.

Su personalidad era tal que su imagen sólo puede «fluctuar». Pero aunque todo en él fluctúe, la imagen de Voltaire siempre tendrá que ser reconocida, tanto por los que le aprecian como por los que le detestan, como un gran hombre que ocupó un lugar en lo que también puede llamarse ciencia espiritual: ¡una educación continua del género humano hacia las alturas de la experiencia humana espiritual y mental que se conoce a sí misma en el mundo!

Traducido por J.Luelmo dic, 2024

GA062 Berlín, 12 de diciembre de 1912 Ciencias naturales e investigaciones espirituales

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GA062 Rudolf Steiner


CIENCIAS NATURALES E INVESTIGACIONES ESPIRITUALES 


sexta conferencia
Berlín, 12 de diciembre de 1912
     
Entre las acusaciones lanzadas contra la ciencia espiritual y la investigación espiritual en la actualidad, una de las más significativas es probablemente la de que esta ciencia espiritual o investigación espiritual se opone a los resultados bien establecidos de la ciencia natural, esa ciencia natural que es virtualmente, y con toda razón, llamada el orgullo de nuestra vida espiritual actual, de hecho, de toda nuestra vida cultural actual. Si esta acusación estuviera justificada, de que la ciencia espiritual y la investigación espiritual pretenden oponerse a estos resultados bien fundados de la ciencia natural, entonces sería verdaderamente malo para esta investigación espiritual.  Esto no sólo pondría en peligro su capacidad de acceder al entendimiento y al corazón del hombre contemporáneo, sino que también sería perjudicial para su justificación en general. Por lo tanto, a todo lo que se ha dicho en las conferencias anteriores sobre la relación entre la investigación espiritual y la ciencia natural, cabe añadir hoy esta reflexión episódica especial sobre la relación entre la investigación espiritual y la ciencia natural, antes de considerar a continuación una figura que sólo es accesible a la ciencia espiritual en un sentido eminente: la figura de Jakob Böhme.

La investigación espiritual, tal como se entiende aquí en estas reflexiones, se presenta sin duda como algo que, comparado con los hábitos de pensamiento y los afanes espirituales de nuestro tiempo actual, aparece a menudo como algo nuevo, como algo que se sale de estos modos habituales de pensar, de los modos de pensar de la vida espiritual contemporánea. Y la pregunta es obvia: ¿Cómo es que precisamente en una época en la que la persona culta, que se interesa por las cuestiones espirituales en general, deposita toda su esperanza en lo que puede dar de sí la ciencia natural? ¿Cómo es que se sitúa en mitad del cortejo triunfal del pensamiento científico? Época tal en la que esta ciencia espiritual quiere afirmarse.

Quizás sea más fácil responder a esta pregunta si echamos un vistazo a la vida intelectual del último tercio o quizás de la segunda mitad del siglo XIX. Esta es la época en la que la investigación científica no sólo se elevó gloriosamente, experimentando victoria tras victoria, hasta su apogeo, sino que es también la época en la que crecieron cada vez más las esperanzas de que toda la información posible sobre el significado de lo que puede llamarse espíritu y vida espiritual tendría que venir también del lado de la ciencia. Quien experimentara la vida espiritual del último tercio del siglo XIX con plena conciencia, o digamos, quien estuviera en condiciones de dejar que las grandes esperanzas de esta vida espiritual del siglo XIX surtieran efecto en él, por ejemplo en los años ochenta del siglo XIX, podría advertir cómo en aquella época, llegaban desde todos los ámbitos de la investigación científica las preguntas que parecían tener que situar todo el pensamiento humano sobre una base nueva que rompiera con lo antiguo.

Sólo hay que señalar una cosa. En los años setenta y ochenta, los interesados en la vida espiritual pudieron familiarizarse con lo que en aquel momento era más o menos nuevo en el campo de las ciencias naturales, por ejemplo con la teoría mecánica del calor. En aquella época, quienes ya estaban familiarizados con el conocimiento científico veían algo como la teoría mecánica del calor como un tremendo logro del espíritu humano. Pero quizá nos interese menos el punto de vista de una persona así que el de alguien que se ocupaba principalmente de la cuestión espiritual de la cognición. ¿Qué veía una persona así?

Tal persona puede haber notado que entre las diversas impresiones sensoriales que asaltan al hombre en el uso de sus sentidos está la sensación de lo que se llama calor o, digamos, calor y frío. Al igual que el color, la luz y el sonido, el calor es inicialmente una impresión sensorial. El hombre siente a través de sus sentidos cómo el mundo que le rodea se encuentra en un cierto estado de calor, y percibe primero este calor como una impresión en sus sentidos.  En aquella época, de la que acabamos de hablar, se consideraba como un hecho, probado por las investigaciones de la época, que lo que el hombre llama calor, que cree que se extiende en el espacio de la manera que él lo percibe, impregna los cuerpos y afecta a los seres, no era objetivamente otra cosa que el movimiento de las partes más pequeñas del cuerpo fuera en la naturaleza. Así que podrías decirte uno a sí mismo: Si pones tu mano en agua tibia y percibes un cierto estado de calor, entonces esta sensación de un estado de calor es sólo una apariencia. Lo que te aparece allí como la impresión inmediata es sólo una apariencia, es sólo un efecto en tu organismo que es causado por algo que está fuera. Es sólo una especie de movimiento a pequeña escala; tú no percibes el movimiento. Las partes más pequeñas del agua están en movimiento, pero no es el movimiento lo que percibes; más bien, dado que el movimiento es tan rápido, no lo percibes como tal, pero te da la impresión de calor. Cuando en aquella época aparecieron libros como «El calor, considerado como un tipo de movimiento», se consideró un gran logro de la época, y los más jóvenes tuvimos que estudiar cómo las partes moleculares más pequeñas se mueven en un líquido, en un gas, chocan contra las paredes en su agitación, chocan entre sí en su interior, y quedó claro que lo que es agitación interior da la apariencia de lo que en percepción se llama calor.

De allí emanó un cierto hábito de pensamiento, una cierta manera de ver los fenómenos naturales, y yo mismo aún recuerdo cómo, cuando era pequeño, mi director, entusiasmado con este logro científico de su tiempo, consideraba todas las fuerzas naturales como tales, desde la gravedad hasta el calor y las fuerzas químicas y magnéticas, etcétera, como una mera apariencia y veía lo real en esos movimientos, en esos sutiles estados de movimiento en el interior de los cuerpos. Por ejemplo, aquel director, -Heinrich Schramm era su nombre-, veía la gravedad, la fuerza de gravedad, la gravitación, sólo como un movimiento de las partes más pequeñas de los cuerpos. Dentro de tal visión de la naturaleza, había realmente algo que podía llevar a decir: ¡Así que todo lo «real» es sólo, digamos, el espacio extendido hasta el infinito, la materia situada en este espacio, dividida en las partes más pequeñas, y los movimientos de esta materia! Y bien podría surgir la esperanza de que, al igual que el calor, la electricidad, el magnetismo y la luz, por ejemplo, podrían explicarse como una reactividad sutil de las partículas más pequeñas de la materia, también sería posible un día explicar la actividad del pensamiento, la actividad del alma, como una reactividad sutil de esa materia que compone el cuerpo humano o animal.

 Después vinieron varias fases en el desarrollo del pensamiento científico-teórico. Mientras que en los años ochenta del siglo XIX, por ejemplo, la luz y todo el mundo del color, si uno era físico, debían entenderse como una especie de apariencia y debían estudiarse movimientos y movimientos infinitamente complicados y sutiles dentro de la materia y el éter, luego se vio en el transcurso de los años ochenta que uno se confundía con estos movimientos sutiles y se limitaba más a visualizar los fenómenos, los hechos tal como se presentan, a expresarlos mediante el cálculo, a describirlos, y no tanto a especular sobre aquello que se supone que no es perceptible después de todo, sino que sólo se supone que subyace a todo: sobre las más sutiles reactividades de la materia y el éter. Eso pertenecía más bien al campo de la física.

En dicho ámbito físico, cuando se consideraban estas sutiles reactividades de la materia, era de tal modo que no se veía ninguna posibilidad real de salir del hábito de pensar que surgía con respecto a algo que debería permitir captar lo espiritual en su inmediatez. El considerar lo espiritual de la manera que se ha expuesto aquí en las últimas conferencias, hacía retroceder, por así decirlo, a la ciencia natural. A esto hay que añadirle también otras cosas. Quienquiera que estuviera implicado en el desarrollo de la ciencia natural en aquella época, no sólo se enfrentaba a lo que se acaba de describir, sino también al desencadenamiento de todo cuanto, por ejemplo, habían revelado los grandes descubrimientos de Schleiden y Schwann en la primera mitad del siglo XIX, gracias a los cuales se encontraron las partes más pequeñas, las células, dentro del organismo vegetal y animal. Esto no sirvió para demostrar la realidad de los átomos y las moléculas, pero contribuyó a que las formas orgánicas se remontaran a los bloques de construcción más pequeños, a las células, que en sus formas sólo eran accesibles al microscopio. Después se desencadenó lo que va vinculado al nombre de Darwin, y la gran obra de Ernst Haeckel, que había extendido la teoría de Darwin a los seres humanos en los años sesenta, siguió causando impresión.

De este modo se tenía ante sí una forma científica de ver las cosas, que empezaba por lo más simple en el mundo vegetal y animal y observaba cómo se iban perfeccionando, desde los seres imperfectos a los más perfectos y hasta el hombre, los propios órganos individuales de tal manera que se podía determinar el desarrollo de los órganos individuales que eran más complejos, a partir de los más simples por comparación, por así decirlo. Se compiló una enorme cantidad de perspectivas de conocimientos. La amplitud y extensión de este material era realmente tan grande que en los años setenta del siglo XIX, por ejemplo, uno de los expertos en Anatomía Comparada más importantes de la actualidad, Carl Gegenbaur, pudo decir en su «Anatomía Comparada» (1878) que en las últimas décadas se había reunido una enorme cantidad de hallazgos individuales que mostraban lo emparentados que están los seres vivos en relación con sus órganos, y que cabía esperar la posibilidad, -pensaba Gegenbaur-, de elevar los hallazgos a «conocimientos»; y se prometía a sí mismo que a través del método darwiniano sería posible demostrar lo que la comparación de los órganos de los seres vivos más elevados con los de los seres menos perfectos mostraría irrefutablemente, que también había una descendencia de los seres vivos perfectos a partir de los imperfectos en el sentido físico. Así pues, la cadena se veía cerrarse, por así decirlo, en la evolución desde los seres vivos imperfectos hasta los perfectos, por supuesto, hasta el hombre, y uno podía decirse a sí mismo que mediante una suma oficial de aquellas fuerzas y actividades que ya prevalecen abajo en los seres vivos más simples, sí, incluso mediante una suma de las fuerzas y actividades en la naturaleza sin vida misma, surgiría finalmente el ser más complejo que conocemos, el físico humano.

Se depositaron inmensas esperanzas en este ideal científico. En aquella época era difícil distinguir entre lo que eran hechos científicos y lo que se añadía a los hechos, se especulaba sobre ellos, porque para cualquiera que pensara detenidamente había una diferencia entre los hechos y las teorías. La diferencia consistía en que podía uno decirse a sí mismo: Si uno trabajara tan cuidadosamente, tan sutilmente como lo hizo el propio Darwin, especialmente en sus primeros años, entonces encontraría una enorme cantidad de relaciones mutuas, de puntos de comparación mutuos entre los seres vivos concretos, desde los imperfectos reinos animal y vegetal hasta el hombre. Pero había, podríamos decir, una diferencia entre lo que surgía como un hecho de la semejanza de la estructura externa, o de la semejanza de los procesos internos, y lo que sólo se podía imaginar: la hipótesis, la suposición de la descendencia de los seres vivos perfectos a partir de los imperfectos, porque esta descendencia no se podía rastrear según los hechos conocidos hasta el momento. Teníamos ante nosotros la suma total de los seres vivos, los más perfectos y los menos perfectos. La descendencia como tal, sin embargo, seguía siendo sólo una hipótesis para aquellos que podían pensar a fondo, si querían permanecer en terreno científico. Pero el material era impresionante.

Lo que surgía de la investigación científica penetraba profundamente en el alma de las personas, a veces destrozándolas con los grandes conocimientos que se podían obtener. También había muchas otras cosas. Hay que hacer algunos puntos individuales en la conferencia orientadora de hoy. Por ejemplo, Helmholtz hizo un tremendo descubrimiento en el campo de los fenómenos de la luz y los efectos de la luz en el órgano humano del ojo, como Helmholtz también lo hizo con respecto a los fenómenos del sonido y el tono y el efecto del sonido y el tono en el oído humano, en el órgano humano de la audición. Esto nos familiarizó con el proceso visual, que antes seguía siendo un misterio. También se aprendió a reconocer lo que ocurría en el oído, por ejemplo, qué complicada estructura milagrosa, se podría decir que en el oído se encuentra un aparato parecido a un piano. Muchas cosas que antes parecían meramente imaginarias eran ahora reemplazadas por una comprensión más precisa de la estructura de los órganos humanos. Uno podía decirse a sí mismo: Lo que afuera es sólo movimiento, actividad, se transforma, -tal transformación resultaba, como acabamos de ver, muy esencialmente de la teoría mecánica del calor-, a través de las cosas maravillosas que ahora se dilucidaban en los órganos en relación con las percepciones que viven en las almas. Y la vida interior del alma se construye finalmente a partir de lo que nuestros órganos forman de los efectos de la materia y del espacio.

Se puede describir realmente de muchas maneras, todo el proceso espiritual que tuvo lugar en las almas en aquel tiempo, de tal manera que se puede decir: Las almas se quedaron atónitas por todo lo que se encontró allí a gran escala y en detalle. Uno tenía que decirse a sí mismo: Una época anterior no sabía nada de todo esto. Algunas de las tradiciones que existían sobre la vida del alma humana parecían ahora obsoletas cuando se empezó a estudiar por primera vez el efecto de la materia y sus movimientos sobre el organismo humano, a estudiarlo científicamente en el verdadero sentido de la palabra. 

Para el científico espiritual todo el asunto era, digamos, menos importante por los detalles que porque uno tenía que admitirse a sí mismo que para entrar en las amplias perspectivas que se abren en un mundo puramente de hechos, se necesita algo que inicialmente uno no cree que esté presente en las antiguas observaciones de la vida del alma o de la vida del espíritu. En muchas almas que vivieron todo esto en el último tercio del siglo XIX, surgió el siguiente sentimiento. Las almas podían decirse a sí mismas: «Ciertamente, la antigüedad se atrevió a pensar muchas cosas sobre las grandes cuestiones, por ejemplo, sobre la alternancia de la vigilia y del dormir, sobre la cuestión de la inmortalidad del alma humana, sobre las cuestiones de la muerte y la vida, sobre el entorno de la existencia, etcétera. Pero si se tiene en cuenta todo el proceder metódico de pensar, todo el modo en que se llevaba a cabo la investigación espiritual en aquellos tiempos antiguos, de los cuales surgen tales tradiciones de investigación del alma, y se compara con el modo estricto y concienzudo de la investigación científica moderna, entonces lo que nos ha llegado de aquellos tiempos antiguos simplemente queda por detrás del método estricto y concienzudo de la investigación científica actual. Aunque el investigador espiritual no se viera afectado por los resultados de la investigación natural, aunque tal vez no se dejara llevar por los resultados, una cosa también tenía un poderoso efecto sobre el investigador espiritual: la cantidad de pensamiento científico natural, la concienciación, el tremendo sentido de la verdad del pensamiento científico natural.

Ante tal hecho, tuvo que desarrollarse en quienes querían tener algo que ver con la ciencia, ya fuera ciencia natural o ciencia espiritual, un impulso que puede caracterizarse así: La ciencia en el sentido más serio de la palabra, que puede dar el tono a la vida espiritual del presente, sólo puede buscar su salvación en ese pensamiento riguroso, en esa investigación verdaderamente concienzuda, como la que puede aprenderse de la ciencia natural. Tal instinto se transforma gradualmente, y debe transformarse también en el investigador científico-espiritual, en una especie de conciencia científica. Se podría decir: Ciertamente, como en todos los tiempos, también en los tiempos modernos el alma tiene la urgencia y el impulso de conocer su propia naturaleza y su propio ser, de conocer sobre todo los procesos que van más allá del nacimiento y de la muerte.  Pero, para quienes miran con claridad e imparcialidad, lo único que puede dejar huella en la cultura de nuestro tiempo es lo que se adelanta al tiempo según el patrón del pensamiento científico. Sin duda hemos visto aparecer en el mercado espiritual muchas cosas sobre todo tipo de cuestiones espirituales, -uno quisiera decir hoy-. Hemos visto mucho que estaba y sigue estando verdaderamente alejado del concienzudo método de pensamiento formado en la ciencia natural; pero podríamos decirnos: Tales cosas pueden a veces causar una impresión aquí o allá por un tiempo a causa de la frivolidad, a causa del convencionalismo del pensamiento contemporáneo, pero tal impresión no puede durar mucho tiempo, porque incluso los más cómodos se preguntarán en última instancia: ¿Qué puede decir el pensamiento concienzudo formado en la ciencia natural sobre lo que supuestamente se ha investigado acerca del mundo espiritual?

Así surgió la necesidad de que los investigadores del alma llevaran a cabo investigaciones totalmente según el modelo de la ciencia natural. Se podría decir que la psicología, la teoría del alma de Franz Brentano, que ya se ha mencionado aquí, es una especie de ideal que no se ha completado. De todos estos volúmenes, sin embargo, sólo se publicó uno, el primero, en la primavera de 1874, y aunque se prometió que el siguiente volumen aparecería en el otoño del mismo año, aún no ha aparecido.

Brentano no procedía según el patrón de aquellos investigadores del alma de los cuales se dijo la última vez que excluyen por completo las grandes cuestiones, por ejemplo, sobre la naturaleza de la alternancia del dormir y la vigilia, la cuestión de la inmortalidad del alma humana y similares, sino que quería tratar todas estas cuestiones enteramente según el patrón de la estricta metodología científica. Él fracasó. ¿Y por qué fracasó? Franz Brentano nunca pudo decidirse a tomar el camino que se ha mostrado necesario para el presente, ¿Por qué un espíritu como el de Brentano fracasó? Pues precisamente porque no quiso tomarlo. Este camino ha sido caracterizado en las conferencias pasadas y especialmente la última vez. De este camino se mostró que él es el único apto para conducirnos a los reinos superiores, a los reinos espirituales de la existencia, a aquello que también va más allá del nacimiento y de la muerte. Franz Brentano no pudo decidirse por este camino. Demostró formalmente de manera negativa que hay que ir por este camino si se quiere llegar a un fin, a una meta, por el hecho de que su teoría del alma se quedó en el primer volumen, que todavía no tiene nada que ver con todas las grandes cuestiones que se acaban de mencionar, que todavía no podía llegar a las grandes cuestiones como él pretendía.

He intentado ofrecerles una imagen de la vida espiritual de los años ochenta del siglo XIX, en la que estaban inmersos quienes buscaban entonces su camino en los reinos espirituales. Si ustedes dejaran que todo lo que ahora se ha mencionado calara hondo, no podrían seguir fácilmente los productos inicialmente esporádicos de la floreciente ciencia espiritual que surgió en aquella época. En primer lugar, me gustaría llamar la atención sobre el hecho de que no sólo en medio de la propia investigación científica, sino también en medio de la educación científica de la época, apareciera una obra como el «Budismo esotérico» de A. P. Sinnett.

No discutiré ahora la cuestión del título, que el budismo aquí no tiene nada que ver con el Buda y el budismo tal y como se entiende como credo religioso, sino que señalaré que este libro, que se dio a conocer en las regiones alemanas en los años ochenta del siglo XIX, ofrecía en primer lugar una visión general de los fenómenos mundiales, del gran curso de los acontecimientos cósmicos y también de las cuestiones que tienen que ver con la naturaleza del hombre, así como con las relaciones de una vida que va más allá del nacimiento y la muerte. Lo que se comunicaba en este libro podía parecer sorprendente al principio. Porque cualquiera que dirigiera su mirada a las cosas espirituales podría, como tal, estar de acuerdo hasta cierto punto con gran parte de lo escrito en el «Budismo Esotérico» de Sinnett. Algunas cosas no contradecían lo que uno podía y estaba autorizado a pensar, incluso si uno se mantenía estrictamente en terreno científico. Pero había una cosa que contradecía la educación científica de la época, una cosa que hacía imposible aceptar este libro como un fenómeno contemporáneo interesante, pero imposible estar de acuerdo con él tan fácilmente: Por ejemplo, que este libro, en toda su forma de presentación, en el resumen de las cosas y en la manera en que estas cosas se sacaban de sus fuentes, no se justificaba de ninguna manera ante la estricta educación científica y la veracidad, y que una persona educada científicamente, por mucho que estuviera de acuerdo con los resultados individuales y los mensajes de este libro, tenía que sentirse repelida por toda la forma de presentación.

Lo mismo pasaba con muchas otras obras que aparecían en este campo. Pasó incluso en el caso del libro de la justamente famosa H. P. Blavatsky, aparecido a finales de los ochenta y principios de los noventa: «La Doctrina Secreta». Quien tenía que tratar con estas cosas podía decirse a sí mismo: En este libro se puede encontrar un profundo conocimiento y comprensión de las cosas espirituales, pero toda la forma de presentación es tan caótica, tan mezclada con diletantismo natural-científico, que es particularmente evidente en la lucha contra las teorías e hipótesis natural-científicas, que el instruido en las ciencias naturales no puede seguir con este libro en absoluto.

De ahí que surgieran dos cosas, por así decirlo: para alguien que tuviera corazón y mente para la existencia de un mundo espiritual, existía por un lado el modo de pensar científico, todo el modo de pensar científico. Podía entrenar su conciencia científica en ello, podía liberarse de todo diletantismo si se comprometía seriamente con ello. Pero también podría aprender de él cómo llevar a cabo una investigación rigurosa de los hechos y cómo, a través de esa investigación de los hechos, llegar a resultados fiables que tengan un impacto real en la vida, que sean fundamentos no sólo para una teoría, sino para los hechos de la vida. Por otra parte, sin embargo, tal persona podría decirse a sí misma: Pero allí donde se pretende obtener algo de la propia ciencia natural para una interpretación espiritual de los fenómenos de la vida, allí donde la ciencia natural lo intenta precisamente a través de sí misma, poco se puede exprimir de ella para lo espiritual, tanto menos cuanto más estrictamente proceda en el terreno de lo fáctico. Por lo tanto, probablemente había razón para que tal persona, que estaba tan interesada en el asunto, mirara un poco hacia atrás en la historia del desarrollo de la humanidad. Allí pudo aprender que, aun prescindiendo de la investigación científica espiritual, algo se ha recogido en los diversos documentos espirituales de pueblos y épocas, algo yace allí en una forma documental puramente externa, que incluye un grandioso núcleo espiritual de conocimiento, que, si uno lo mira más de cerca, no es fácil de asimilar. Pero cuanto más se profundiza en este material recopilado, más ofrece una visión de la vida espiritual, aunque uno no pueda acercarse a la forma en que está representado, o a la forma en que debe haberse encontrado según este oficio de representación.

Sólo para aquellos que lo miran superficialmente lo que contiene la antigua sabiduría egipcia o caldea puede ser sólo una suma de sueños humanos. Pero quien la examine más profundamente no encontrará ensueños, sino que verá de hecho cuánta información perspicaz sobre la naturaleza del espíritu y su eficacia está contenida en estas cosas en muchas formas que parecen grotescas al día de hoy. Y al igual que con la sabiduría egipcia o caldea, esto es particularmente válido para la antigua sabiduría india, en las proporciones en que ha sido transmitida. Por supuesto, algo como la sabiduría india, con la grandiosa y significativa impresión que debe causar en todo el mundo, no debe verse con el ojo de un filósofo moderno, como Deußen, por ejemplo, sino que habrá que empatizar imparcialmente con aquello que sea internamente plausible respecto a ciertas conexiones espirituales. Pero se puede notar una cosa: por la manera en que se presenta el conjunto, es evidente que un conocimiento espiritual del tipo al que nos enfrentamos no se obtiene de la misma manera y menos aún con un método como el de nuestros métodos actuales de investigación, gracias a los cuales la ciencia natural avanza de triunfo en triunfo. Cuando se tiene precisamente la suficiente imparcialidad para reconocer con certeza la ciencia natural por un lado, y por otro abrirse a la forma en que resuenan desde la antigüedad un logro espiritual y una obra espiritual, entonces ya podrá dejar que las abrumadoras percepciones llenas de luz de la vida espiritual surtan efecto en uno mismo y también verá al mismo tiempo lo completamente diferentes que debieron ser los métodos con los que se obtuvieron esas percepciones científico-espirituales en la antigüedad.

Ahora bien, la propia investigación espiritual nos muestra de qué manera tan diferente se adquiere lo que podemos llamar con razón la antigua sabiduría india, por ejemplo, que nos muestra percepciones que penetran profundamente en la esencia de las cosas. Allí encontramos que esta sabiduría no se obtiene a través de la observación externa, ni a través del tipo de pensamiento que hoy llamamos científico, sino de un modo similar de autoconocimiento espiritual, como podríamos caracterizarlo aquí para los tiempos modernos. Se aplicaban métodos de yoga, métodos de autoeducación del alma.Éstos llevaban al alma a no limitarse ya a ver, percibir y reconocer del mismo modo que se percibe y reconoce en la vida cotidiana ordinaria, sino a sentir surgir en su interior facultades superiores de conocimiento, que pueden ver los mundos espirituales que se abren a nuestro alrededor, si tan sólo abrimos los órganos para ellos en nuestro interior. Pero para la existencia dentro de la vida física, todo lo que se nos presenta como actividad del alma está, sin embargo, ligado en cierto modo al instrumento del cuerpo físico. Y ahora una investigación espiritual nos muestra cómo la antigua investigación india estaba a su vez ligada al instrumento del cuerpo físico de una manera diferente a nuestra investigación actual, como es común en la ciencia natural. La ciencia natural actual investiga a través de los sentidos y a través de la mente, que está ligada al instrumento del cerebro. ¿A qué llevaba al hombre el método del yoga? Lo que le aportaba sólo puede indicarse brevemente aquí, porque sólo queremos orientarnos en la relación entre la ciencia natural y la ciencia espiritual.


Con los métodos del yoga, la gente desconectaba inicialmente el instrumento pensante del cerebro hasta cierto punto, e incluso desconectaba todo lo que interviene el resto del sistema nervioso superior. El instrumento de esta visión estrictamente interior en los métodos del yoga era precisamente esa parte del sistema nervioso humano que hoy nos aparece en la ciencia natural como una parte subordinada, pero que está en el sentido más estrechamente ligado a las funciones del propio organismo humano, lo que llamamos el plexo solar y el sistema nervioso simpático. Del mismo modo que nuestra investigación científica actual está ligada al sistema nervioso superior, los antiguos métodos de iluminación estaban ligados a ese sistema nervioso que hoy consideramos en cierto sentido como inferior. Pero dado que este sistema nervioso subordinado está ligado a las fuerzas de la existencia y a las fuerzas de la vida y está íntimamente conectado con aquello a través de lo cual el hombre mismo está inmerso en la existencia divino-espiritual, dado que por lo tanto está conectado con las fuentes de la existencia humana, con la ayuda de este instrumento uno no sólo reconoce el resplandor de lo espiritual en el organismo humano; sino que, al igual que se mira en los mundos de la luz con sus ojos, también se miraba en los mundos espirituales con el instrumento del sistema nervioso simpático y se veían en ellos hechos y entidades concretas.

Quien sea capaz de comprender a alguien que está tan inmerso en sus propias profundidades, incluso según el instrumento, en cómo es capaz de relacionarse con el universo, comprende también cómo ha llegado hasta nosotros esa antigua sabiduría oriental. Si seguimos las antiguas sabidurías, las encontramos mostrándose por todas partes, saliendo a la superficie del pensamiento humano a través de antiguos métodos de investigación, a través de antiguos métodos de yoga. Entre los pueblos más diversos encontramos las más diversas sabidurías, y si sólo nos ocupamos de ellas, penetramos cada vez más en sus profundidades y reconocemos cómo la humanidad llegó a ellas en aquellos tiempos en que sabía relativamente poco de la astronomía física, la anatomía, la fisiología, etc. actuales. En la antigua sabiduría india no se sabía cómo era realmente el cuerpo físico del hombre, tal como se conoce hoy; pero era posible ponerse en el lugar de una actividad del organismo sirviéndose del sistema nervioso más profundo. Y lo mismo ocurría con otros pueblos.

Ahora bien, dejando vagar la mirada, por así decirlo, sobre todo lo que fue efectivo como tal sabiduría antigua hasta el siglo VI de la era precristiana, se puede penetrar hasta, por ejemplo, los antiguos tiempos griegos. Allí encontramos, aparte de todo lo demás, un pensador excepcional, un pensador que ha sido tan a menudo malinterpretado en términos de bien como de mal: Aristóteles, que estuvo activo apenas unos siglos antes de la fundación del cristianismo. Hoy nos sigue pareciendo extraño. Si lo analizamos de este modo, en primer lugar encontramos en él algo de lo que hoy llamamos ciencia natural en muchos ámbitos. Porque en la sabiduría antigua no existe la ciencia natural en el sentido moderno. Incluso en el siglo XIX, las personas que querían situarse estrictamente en el terreno y sólo en el terreno de la ciencia natural hablaban en los términos más elogiosos de lo que Aristóteles transmitió sobre la ciencia natural. Así pues, en Aristóteles encontramos los puntos de partida de lo que aún hoy puede llamarse investigación científica. Además, encontramos en él una doctrina desarrollada del alma humana.

No entraremos en los detalles de su doctrina del alma, sino que sólo llamaremos la atención sobre cómo se relaciona la doctrina de Aristóteles sobre el alma humana con lo que resplandece desde la antigüedad sobre el alma humana y su conexión con los grandes mundos espirituales. Sólo se puede comprender lo que Aristóteles escribió sobre el alma si uno se da cuenta de que todo esto es relatado por él como una tradición del viejo y antiguo pensamiento, tradición adquirida de la manera que acabamos de describir. Aristóteles ya no está familiarizado con los métodos de investigación de la antigüedad; le son más lejanos. Pero lo que él pudo decir sobre la organización, sobre la división del alma humana, sobre la diferencia entre la parte del alma humana que está ligada sólo al cuerpo físico y por lo tanto también a la muerte, sobre lo que después de pasar por la muerte participa de una vida espiritual en la eternidad, lo que Aristóteles es capaz de decir sobre todo esto es como una tradición de la antigüedad, que él conoce en su contenido, que él recibió de tal manera que pudo decir: tiene sentido para mi mente. Pero sólo conoce los miembros individuales, lo que él llama, por ejemplo, el alma vegetativa, el alma espiritual, etcétera. Ya no sabe cómo están conectados los miembros individuales con el mundo espiritual.

Él puede enumerar las partes individuales, describirlas y clasificarlas de acuerdo con la razón, y también puede hacerlas plausibles para la mente, pero ya no puede mostrar cómo se conectan estas partes del alma humana con el mundo espiritual.

La corriente aristotélica pasó luego a épocas posteriores. La ciencia natural se fue desarrollando cada vez más. Hubo, por supuesto, la baja época medieval y el nuevo amanecer de la ciencia natural al comienzo de la nueva era, pero si uno hace caso omiso de esto, se puede decir que la ciencia natural se desarrolló cada vez más.

¿Cuál es la base de la relación del hombre con la ciencia y los objetos de la ciencia natural? Pensemos para nosotros mismos, si el hombre estuviera solo con sus sentidos, si no pudiera abrir sus sentidos, para conectarlos, por así decirlo, a los reinos de la naturaleza que se despliegan a nuestro alrededor, ¿Qué sería de la vida humana individual sin la integración en la naturaleza? Examinemos la cuestión de forma elemental. Si no pudiéramos conectar nuestros ojos con la naturaleza, « quizás podríamos apretarlos y así tener algo que sería como un resplandor de luz interior. Pero comparemos la miserable vida interior en todo el mundo físico, que el hombre sólo podría tener a través de sí mismo si no pudiera conectarse con los reinos de la naturaleza. Compárese con la rica vida que se abre cuando el hombre abre sus ojos y otros órganos sensoriales a los reinos de la naturaleza y sus impresiones. Somos seres humanos en el sentido de que no sólo vivimos en nuestro interior, sino que abrimos nuestros órganos a los reinos de la naturaleza que se despliegan a nuestro alrededor, y en el sentido de que interactuamos con estos reinos.

Si sólo pudiésemos saber lo que el ojo, lo que los otros órganos de los sentidos pueden producir por sí mismos, ¡qué pobres de contenido seríamos como seres humanos aquí en el mundo físico! Esto hay que compararlo con lo que la vida del alma llegó a ser gradualmente en los tiempos en que la ciencia natural estaba apenas emergiendo y yendo de triunfo en triunfo.

En cuanto a la vida del alma, se continuó, por así decirlo, lo que había proporcionado Aristóteles. Uno sólo se ocupaba de la contemplación de los fenómenos del alma en sí mismos. Pero eso es como permitir que los sentidos sólo actúen en sí mismos, y hasta el día de hoy la ciencia oficial del alma lo ha hecho así. Hasta nuestros días, el contenido de la ciencia oficial del alma no es más que lo que puede compararse con la mera actividad interior de nuestros órganos de los sentidos o de nuestro cerebro, cuando los pensamientos del cerebro no se dirigen hacia el mundo. Pero ya hemos visto en las conferencias anteriores cómo a través de los métodos de la ciencia espiritual, y éste era también el caso de la antigua ciencia espiritual, el alma se vincula hacia arriba con reinos espirituales que son tan concretos e interiormente formados como los reinos que nos rodean en el mundo físico a los que están vinculados los órganos de los sentidos.

Durante cierto tiempo no se tuvo acceso a estos reinos espirituales, a estos hechos y entidades espirituales muy concretos, lo que permitió que madurara la investigación científica externa, y así el conocimiento de la vida del alma se empobreció cada vez más porque faltaba la perspectiva espiritual tras las confirmaciones concretas de la aflicción espiritual. En el mejor de los casos, todavía se exploraba el alma en su vida interior, como hizo Franz Brentano en los años setenta del siglo XIX, como puede verse en su «Psicología».

Pero su investigación es como si uno fuera a investigar el ojo sólo en relación con lo que puede hacer a través de sí mismo, y no en relación con lo que puede hacer cuando se dirige hacia el exterior a los hechos de la naturaleza.

Ahora bien, puede decirse que precisamente debido a la atención cada vez mayor que se presta a los procesos físicos del ser humano, se ha desviado la atención de los mundos espirituales con los que el alma está conectada. Por un lado, el alma está conectada con estos mundos espirituales, que la acogen cuando ha atravesado la puerta de la muerte, o cuando entra en otro mundo mediante el dormir. Pero el alma, a través de sus órganos, de todo el sistema nervioso y de toda la circulación sanguínea, se halla vinculada con el mundo físico. A medida que la ciencia natural ha ido adquiriendo más y más importancia en sus métodos, la atención del hombre se ha visto atraída hacia esa conexión del alma que surge entre el alma y las conexiones físicas. Los resultados de la ciencia natural fueron tan grandiosos en este sentido que llenaron por completo a la gente, por ejemplo, de cómo el alma se vive a sí misma en sus vínculos con la circulación sanguínea, etcétera. Cada nuevo triunfo de la ciencia natural fue en cierto modo perjudicial para dirigir la mirada del alma a la vinculación con el mundo espiritual.

Hay algo más incluso. Quien quiera conocer un reloj, lo conocerá mal en todo su organismo si dice: «Veo cómo las manecillas del reloj se mueven hacia delante, tal vez haya un pequeño demonio en su interior que mueve las manecillas hacia delante». Si quien dijera tal cosa se sintiera superior a quien se limita a estudiar el mecanismo del reloj, se reirían de él, pues el reloj sólo puede ser conocido por quien realmente estudia su mecanismo. Y otra es aprender sobre el mecanismo del reloj y la vida intelectual del relojero o de la persona que inventó el reloj. Se puede ir en ambas direcciones: examinar el movimiento mecánico del mecanismo del reloj y aprender sobre el proceso de pensamiento humano que llevó a la invención del reloj. Sin embargo, no tendría sentido que alguien quisiera deducir algún tipo de demonio que puso en marcha todo el movimiento.

Esto, (aprender sobre el proceso de pensamiento humano que llevó a la invención del reloj), se fue perdiendo poco a poco para la humanidad a causa de la investigación humana, que en el caso del reloj correspondería a seguir el mecanismo espiritual hasta los pensamientos del inventor. Pues correspondería al alma humana seguir los pensamientos hasta las entidades del mundo espiritual. Por lo tanto, en la ciencia natural se pasó triunfalmente de hecho en hecho, es decir, a lo que corresponde al «mecanismo del reloj». Y se puede hacer una observación interesante: al mismo tiempo, los conocimientos que se transmitieron desde la antigüedad suelen perderse para la humanidad en aquellas épocas en las que un determinado conocimiento puede analizarse científicamente con precisión. Muy notablemente, a finales del siglo XVI y principios del XVII, vemos como el filósofo Descartes sigue teniendo cierta idea de que un ser semejante a un espíritu actúa en el hombre desde el corazón hasta la cabeza del hombre. Descartes todavía menciona ciertos espíritus de vida que no son de naturaleza física, pero cuyos poderes actúan entre el corazón y la cabeza. Después vemos cómo tal conocimiento desaparece cada vez más en la vida espiritual de la humanidad.

Quien se pregunte por qué esto es así puede recibir la siguiente respuesta. Aquí se constata históricamente, que simultáneamente a esta desaparición de la sabiduria de los procesos espirituales relativos al corazón, surgieron los conocimientos del organismo físico del corazón y de la circulación de la sangre. A principios del siglo XVII vemos por primera vez como el médico inglés Harvey publica su descubrimiento de la circulación de la sangre, y como Mamcello Malpighi en Bolonia muestra por primera vez como anatomista sobre la circulación sanguínea de la rana lo hábil que es toda la circulación de la sangre. De modo que la vista se fue orientando hacia el proceso sensorial. La sabiduria de los hechos espirituales fue, por así decirlo, desplazada hacia abajo por el conocimiento exacto del proceso sensorial. Si bien supuso un triunfo para la ciencia natural que Francesco Redi, nacido en 1624, propusiera la frase, que contradecía muchas afirmaciones anteriores, de que «todos los seres vivos proceden de seres vivos», si bien esta frase es un triunfo, podemos decir: al llegar a reducir lo orgánico como tal al germen, a lo físicamente indeterminado del germen orgánico, la humanidad se "olvidó" de cómo interviene en el desarrollo lo espiritual mismo, independientemente del germen orgánico,. La humanidad perdió el saber acerca del germen espiritual. Así fue poco a poco. Cuanto más conquistaba la ciencia natural, más se perdía la visión del mundo espiritual.

Estas cosas no son meras coincidencias, ni algo que se pueda culpar o criticar, sino que son procesos evolutivos necesarios en la modelación de la humanidad en su conjunto. Así debe ser. A menudo, mientras una cosa asciende y se desarrolla hacia arriba, la otra desciende. Lo que hoy admiramos de la ciencia natural, es más, lo que reconocemos como necesario, se nos presenta, si somos verdaderos conocedores del desarrollo de la ciencia natural, de tal manera que decimos: la ciencia espiritual no tiene la menor razón para combatir en modo alguno a la ciencia natural, siempre y cuando ésta se mantenga dentro de sus límites, ni tampoco tiene motivos para quejarse de la unilateralidad de la ciencia natural. Porque sólo no interfiriendo con todo tipo de especulaciones en la investigación científica, sino centrándose serenamente en los procesos físico-sensoriales, han llegado hasta nuestros días los grandes logros de la ciencia natural. De hecho, es precisamente en los albores de la vida intelectual moderna donde se puede rastrear cómo sólo mediante la resistencia al aristotelismo, y a su vez a lo que el aristotelismo justificaba en términos de contenido, espíritus como Galileo o Giordano Bruno lograron sus éxitos al negarse a interferir con nada que no fuera lo que se extendía ante sus sentidos y era suficientemente instructivo.

Hoy en día el investigador científico-espiritual debe enfrentarse al investigador en ciencias naturales de tal manera que diga: Cuanto más se mantenga la propia investigación científica pura de toda especulación y de todo filosofar, cuanto más se vuelva la mirada puramente a los hechos y no se invente todo tipo de esencias espirituales, sino que sólo se tome lo que realmente se puede investigar, mejor será para las ciencias naturales. El investigador científico-espiritual en particular quisiera defender la pureza de los hechos científicos de toda especulación científica natural o científico-espiritual. Por eso hoy se puede ser investigador científico-espiritual por un lado y por otro defender la autenticidad y justificación de la investigación científica natural. Y creer que el investigador espiritual tiene que ponerse en contra de la ciencia natural, no es mas que un prejuicio.

Otra cosa es cuando se trata de numerosas teorías que ya se acercan a la Ciencia Espiritual y que se quieren derivar de las teorías científicas. En este caso, el propio investigador de ciencias naturales se entromete en el terreno de la Ciencia Espiritual, en el cual, la mayoría de las veces está muy poco familiarizado. Pero del conocimiento científico natural, hay algo que permanece, incluso para la ciencia espiritual y la investigación espiritual: es la metodología concienzuda ya descrita anteriormente, el sentido concienzudo de la verdad, del que hemos hablado a menudo y que también hemos descrito en las conferencias anteriores, el atenerse a los hechos.

¿Cómo se producen estos hechos? Ya lo hemos visto:

Por el hecho de que en el alma humana se despliegan ciertas capacidades, que desde esta alma dan lugar a la conexión con las dimensiones superiores, del mismo modo que los sentidos dan lugar a la conexión con el mundo físico. Del mismo modo que los sentidos deben captar los hechos del mundo físico y mantenerlos intactos, sin estropearlos con especulaciones, así tampoco se trata de filosofar ni especular sobre los resultados de la observación clarividente, sino de adoptar aquí también el punto de vista estricto de los hechos. Entonces uno se sitúa estrictamente en el punto de vista de la ciencia espiritual, pero de manera muy similar en su campo, como uno se sitúa con seguridad en su terreno con respecto a la ciencia natural. Este es el tipo de ciencia espiritual que se representa aquí.

Únicamente esto es lo que puede ser la investigación espiritual, que se sienta responsable frente a las necesidades espirituales de nuestro tiempo. Y esto también surge inmediatamente en una investigación científica estricta, cuando la ciencia natural, comprendiéndose a sí misma, llega a sus límites en relación con los hechos de que dispone la ciencia espiritual.

Aquí nuevamente, los hechos me llevan a resultados bastante extraños. Sólo quiero recordarles lo que resulta si tomamos los puntos de vista del gran científico natural Du Bois-Reymond tal como los expresaba en sus conferencias. La conferencia más importante fue quizá la que pronunció sobre los «Límites del conocimiento natural», en la cuadragésima quinta reunión de científicos naturales y médicos alemanes, celebrada en Leipzig el 14 de agosto de 1872. Hay un pasaje en él, -y aún recuerdo la profunda impresión que me causó este pasaje cuando era muy joven y escuché por primera vez este discurso-, un pasaje que dice algo así como: «Cuando tenemos al hombre ante nosotros en su vida de vigilia, la ciencia natural no puede decir nada acerca de cómo la sensación, la imaginación, el deseo, la pasión o el afecto surgen de la actividad de las partes más pequeñas de su cerebro. "Qué conexión existe entre ciertos movimientos de ciertos átomos en mi cerebro, por una parte, y, por otra, los hechos que son originales para mí, no puede definirse más, no puede negarse: siento dolor, siento placer; pruebo la dulzura, huelo el aroma de las rosas, oigo el sonido de un órgano, veo el rojo, y la certeza que fluye igual de directamente de esto: Es absolutamente y para siempre incomprensible que un número de átomos de carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, etc. Los átomos no deben ser indiferentes a cómo reposan y se mueven, ni cómo reposarán y se moverán.»

Du Bois-Reymond consideraba imposible comprender científicamente la vida del alma en estado de vigilia de una persona. Por ello dijo: Si tenemos ante nosotros al ser humano dormido, en el que se extingue la vida de sensaciones, ideas, deseos, afectos, pasiones, entonces podemos explicar científicamente al ser humano dormido; entonces tenemos ante nosotros algo que podemos llamar una actividad, una actividad orgánica interior. Pero tan pronto como la vida entra en este organismo al despertar, -sensación, deseo, imaginación, etc.-, las cosas cambian. Entonces esta vida, este contenido anímico, no puede explicarse científicamente a partir de lo que el científico natural puede reconocer. El ser humano dormido, dice Du Bois-Reymond, es científicamente comprensible, el despierto no.

Eso por un lado. Por otro lado, lean los tratados más recientes sobre la naturaleza del dormir: encontrarán por todas partes admitido que la ciencia natural no sabe nada, por así decirlo, sobre las causas del dormir, que no sabe nada sobre el ser humano dormido, que, según Du Bois-Reymond, debería ser insondable. Por un lado, vemos la prueba del brillante progreso de la ciencia natural, que entonces admite sus límites en el hecho de que el ser humano despierto, con su vida anímica, no es científicamente comprensible. Por otro lado, sin embargo, tenemos, como en nuestros días, la admisión de que el dormir del hombre no puede ser explicado hasta el día de hoy. ¿Por qué no? No se debe a que el dormir pertenezca a esos ámbitos en los que el espíritu interviene en la vida ordinaria, el hecho de que no podamos explicar el dormir se debe a que no podemos explicar la vigilia.

En una de las primeras conferencias de este semestre de invierno, ya expuse cómo, en el mejor de los casos, se puede concebir en la ciencia natural un mecanismo que automáticamente, al cabo de cierto tiempo, produce el impulso de desconectar la conciencia y la actividad sensorial para eliminar el cansancio. Pero, como dije, si queremos limitarnos a la idea de que el dormir se produce por una especie de proceso independiente del organismo que procede como automáticamente, entonces no tenemos explicación para el retirado que ya no trabaja y, sin embargo, se echa la siesta por la tarde, y tampoco la tenemos para el dormir del niño pequeño que duerme más. Por otra parte, yo señalaba entonces que el dormir sólo puede explicarse si suponemos que en el ser humano dormido sólo tenemos el cuerpo físico y el cuerpo etérico tendidos en la cama, y que al dormirse un ser espiritual real, a saber, el cuerpo astral y el yo, se desplaza fuera de la entidad del ser humano. ¿Qué sucede como resultado del hecho de que durante el dormir el alma real del ser humano está, por así decirlo, fuera del cuerpo físico y del cuerpo etérico? Hablaremos de estas cosas con más detalle. Hoy sólo indicaremos lo siguiente.

Cuando el alma verdadera abandona el cuerpo físico y su vivificador, (cuerpo etérico o cuerpo vital), se produce algo que es lo contrario de la actividad de vigilia del alma. En la actividad de vigilia el alma está activa. Ningún miembro se mueve sin que el alma lo sepa. Mucho menos se evocan ideas sin que el alma haga uso del instrumento del cerebro. El alma debe estar activa en el estado de vigilia. Lo contrario ocurre mientras dormimos. Ahí podemos decir: El alma goza de su propia corporeidad en la vida dormida. Cuando procedemos según la investigación espiritual, hemos, de diferenciar, la actividad del alma y el goce del alma en el estado de vigilia y en el estado dormido, y comprendemos la interrelación entre el trabajo del alma y la actividad del alma y el goce del alma, que debe verterse en la actividad del alma si quiere continuar de manera correspondiente. Ahora ya no nos refuta el retirado que se echa la siesta por la tarde aunque no esté cansado en absoluto, sino que sabemos que el alma, cuando disfruta de su cuerpo, puede exagerar, y que se puede dormir cuando no se está cansado en absoluto. Esto lo comprendemos cuando sabemos cómo en ciertas constituciones el goce del cuerpo puede experimentarse en grado exagerado.

Todo esto puede entenderse si sabemos explicar el dormir desde el punto de vista de la ciencia espiritual. En otras palabras, hay una zona en la que la ciencia natural cree tener un dominio ilimitado y en la que la ciencia espiritual sólo puede interferir en la medida en que el espíritu lo impregna todo, incluidos los procesos naturales. Pero entonces comienza una zona donde ya no hay nada que pueda ser investigado por la ciencia natural, donde hay hechos, pero hechos que sólo pueden ser vistos si el ver no es un ver sensorial, sino un ver suprasensible. Si la ciencia espiritual procede con la misma conciencia y se acostumbra a pensar tan estrictamente en su campo como la ciencia natural lo hace en el suyo, no puede entrar en colisión con la ciencia natural. Sin embargo, de este modo, la ciencia espiritual se sitúa en un terreno que en muchos aspectos contradice lo que se ha desarrollado gradualmente en el curso de la vida espiritual de la humanidad.

Así vemos cómo aquellos que pueden considerarse precursores de la auténtica investigación espiritual, Goethe por ejemplo, tuvieron que luchar contra aquello que surgía en contra de la actividad investigadora espiritual. Lo vemos más claramente cuando observamos cómo se defendió Goethe una vez contra Kant. Después de todo, fue Kant el primero que trató de establecer cómo está ligado el conocimiento que ha surgido en los tiempos modernos, al instrumento del cerebro, el cual debe limitarse a la experiencia externa y no puede penetrar en los fundamentos del mundo con el que está conectada nuestra vida anímico-espiritual. De ahí la estricta frontera de Kant entre «ciencia» y lo que él llama «fe»; y para Kant, los reinos superiores sólo son accesibles a la fe. Por eso, en lugar del conocimiento de un mundo de eternidad o de lo divino-espiritual, coloca una fe que ha de insistir en el «imperativo categórico». Es por eso que decreta lo que debe ser el conocimiento en la ciencia espiritual como una mera creencia. Pero Goethe dice en su bello ensayo sobre «Anschauende Urteilskraft» con referencia a Kant: Si ya se puede tantear el camino hacia una región espiritual en la que arraiga lo divino-espiritual, de la cuál brota lo moral, ¿Por qué el espíritu humano, cuando se eleva hacia esta región espiritual, no ha de subsistir también realmente la aventura de la razón? Pues Kant llamaba «atrevida aventura de la razón» al hecho de que el hombre pretenda penetrar en zonas en las que, -según Kant-, no puede haber conocimiento.

Para el pensamiento occidental, la pregunta es: ¿Cómo se pasa de la ciencia natural a la ciencia espiritual? Se empieza no necesitando luchar contra la ciencia natural, sino reconociéndola plenamente, efectivamente, se puede ser un fiel reconocedor de sus éxitos, sin embargo la Ciencia Espiritual, siguiendo el patrón de la investigación científico-natural, extiende el conocimiento humano, completamente hacia aquellas áreas, con las que el alma en sus fundamentos espirituales está conectada, en aquellos impulsos que le dan vida, incluso cuando ha dejado el cuerpo físico y se prepara de nuevo para la formación de una nueva corporeidad posterior.

Será tarea de la verdadera investigación espiritual alejarse cada vez más de una ridiculización injustificada o del deseo de menospreciar las pretensiones justificadas de la ciencia natural de nuestro tiempo. Esto dependerá, naturalmente, del hecho de que la investigación espiritual sólo puede ser reconocida como justificada si conoce el estado de la investigación científica en el presente y si, por tanto, no va diletantemente en contra de lo que puede exigirse legítimamente a la educación científica del presente. Así como el científico natural no puede quedarse meramente en el examen de la naturaleza interna del ojo, del oído, del sentido del calor, etc., sino que al igual que el hombre tiene que dirigir lo que los sentidos son capaces de experimentar dentro de sí hacia el rico entorno concreto de lo físico, así también lo anímico debe ser reconocido, mediante la autoeducación, -a través de un nuevo tipo de entrenamiento de yoga, como se describió la última vez, pero de un nuevo tipo que difiere esencialmente de todos los tipos antiguos-, ella vive junto con aquello con lo que está conectada en lo espiritual, y que justo comienza allá donde la investigación científico-natural tiene su límite.

He aquí precisamente la relación, la relación entre la ciencia natural y la ciencia espiritual, pero también tenemos la posibilidad de una existencia real y de paz y comprensión mutua entre la ciencia natural y la investigación científico-espiritual. Si lo que ya se ha dicho en las conferencias pasadas a este respecto se mantiene junto con lo que se me ha permitido decir hoy de nuevo a grandes rasgos sobre la relación entre la ciencia natural y la investigación de la ciencia espiritual, entonces también se podrá obtener comprensión para la justificación de la investigación de la ciencia espiritual, y también comprensión para la posibilidad de que la investigación espiritual se sitúe en pie de igualdad con la ciencia natural en nuestro tiempo actual. Y cabe esperar que las justificadas objeciones, los justificados recelos que todavía hoy existen por parte de los científicos naturales vayan desapareciendo cuando éstos vean cómo en el campo de la investigación espiritual no sólo figuran todo tipo de cosas confusas, ni afirmaciones arbitrarias y supersticiones, sino cómo la investigación espiritual conoce bien lo que exige la educación científica del presente.

Si esto sucede, entonces la investigación espiritual aparecerá cada vez más justificada ante la conciencia científica actual, y entonces también se podrá comprender gradualmente, -partiendo de lo que surgirá dentro de los hechos de la vida espiritual-, que la investigación espiritual es realmente posible y está realmente justificada, y que las objeciones a la investigación espiritual pertenecen en realidad a un ámbito del que se puede decir algo parecido, que Goethe dijo una vez en relación con otro ámbito, a saber en relación con el aumento de la certidumbre por encima de toda incomprensión y de toda ilógica.

Al resumir la relación del investigador espiritual con quienes aparecen como enemigos de la investigación científico-espiritual, me gustaría concluir con unas palabras para recordarles algo que Goethe dijo una vez en relación con algo muy diferente. Goethe estaba pensando en una antigua doctrina y constatación griega sobre el movimiento, que, sin embargo, en muchos casos seguía desempeñando un papel en la filosofía más reciente, una doctrina que dice: si cualquier objeto está en movimiento, puede ser observado en cualquier momento, y en cualquier momento, incluso en el punto de tiempo más corto, está en reposo. Está en reposo, aunque sólo sea por un instante. Entonces no podría haber «movimiento» en absoluto, porque en cada instante de tiempo un cuerpo en movimiento está en reposo y, por tanto, no tiene movimiento. Esta es la conclusión Zenoniana del movimiento, y así es como el Helenismo ha perseguido hasta los tiempos modernos.

A Goethe le pareció muy extraña esta objeción al movimiento, y en una ocasión pronunció las hermosas palabras:
La hostilidad puede aparecer, 
Mantén la calma, permanece en silencio; 
Y si te niegan el movimiento, 
Camina delante de sus narices.

Yo debo tener presente este dicho cuando en tiempos más recientes algunos dicen: Lo espiritual, lo que ustedes llaman «espíritu», es el resultado de mi actividad material, de procesos y movimientos materiales; lo espiritual surge de la materia. Así como el movimiento, -en el sentido de lo que se acaba de decir-, surge sólo del reposo y no es nada real, así también el espíritu no es nada real aparte de la materia.

Si uno trata de obtener conocimiento de lo espiritual en el sentido en que estamos tratando de penetrar en el mundo espiritual en estas reflexiones, y así familiarizarse realmente con la esencia de lo que es lo espiritual, entonces, tal vez pueda describirse lo que la investigación científico-espiritual revela sobre el espíritu en su relación con los adversarios y enemigos de la ciencia espiritual, con una ligera modificación de las palabras de Goethe que acabamos de citar -y con esto quisiera resumir hoy lo que tengo que decir sobre la relación entre la ciencia natural y la ciencia espiritual-, que la actitud correcta del verdadero investigador espiritual en relación con sus enemigos puede caracterizarse de la siguiente manera:
Pueden ocurrir cosas hostiles,
¡Pero mantén la calma, mantén la alegría!
Aunque nieguen el espíritu,
no les des más vueltas,
Y finalmente dales la razón:
¡Algo en sus mentes está mal!

Traducido por J.Luelmo oct,2024