CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA125 Munich, 11 de diciembre de 1910 - Efectos kármicos, la envidia y la mentira en una parte de la vida, devienen en crítica-censura y en debilidad-timidez en otra parte de esa misma vida

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RUDOLF STEINER

Efectos kármicos, la envidia y la mentira en una parte de la vida, devienen en crítica-censura y en debilidad-timidez en otra parte de esa misma vida


Munich, 11 de diciembre de 1910



Hoy quisiera hablar sobre algunas cuestiones antroposóficas de la vida y luego ascender desde estas cuestiones de la vida, desde lo cotidiano hasta lo abarcante, lo fundamental. Esa debería ser la mayor recompensa de nuestros esfuerzos, que aprendamos cada vez más a través de la ciencia espiritual, a juzgar la vida en su verdad, en su realidad, aprender a juzgarla de tal manera, que este juicio en sí mismo pueda conducirnos de la manera más eficiente, más enérgica. Cómo la vida puede colocarnos en el lugar que tenemos que ocupar según nuestro karma, que tenemos que ocupar según cuál sea nuestra mayor o menor misión en el tiempo en que estamos encarnados en el cuerpo terrenal.

Y aquí me gustaría empezar con algunas de las cualidades de la vida que encontramos cada día en nosotros mismos o en nuestro entorno, cualidades de cuyo alcance y significado sólo podemos darnos cuenta cuando podemos verlas a la luz de la ciencia espiritual. Quisiera comenzar con dos vicios de la vida y luego hablar de algunas virtudes, las virtudes de la benevolencia y el sentimiento de satisfacción, y los vicios de la falsedad y la envidia. 

Consideremos primero estos dos vicios con los que a menudo nos encontramos en la vida. No se puede negar que en los círculos más amplios, tanto entre las personas más sencillas como entre las que ya pertenecen, por así decirlo, a los líderes de la vida, existe una profunda, una profunda aversión y antipatía hacia lo que podemos llamar envidia y falsedad. Para nombrar a esas personas que han figurado entre los líderes de la vida, me remito al escultor Benvenuto Cellini y a esos pasajes de su autobiografía en los que dice que debe acusarse a sí mismo de muchos vicios en una buena autoobservación, pero puede decir, sin embargo, que nunca se ha caracterizado por una falsedad que pueda llamarse realmente grave. Este artista encuentra así una cierta satisfacción en el hecho de poder excluir la falsedad de sus rasgos de carácter en su auto-observación. Y a su vez Goethe dice, como resultado de su autoobservación, que debe acusarse a sí mismo de muchas cosas, pero que la envidia, ese feo vicio, en realidad no le había carcomido el corazón. Así vemos, por así decirlo, en las cumbres de la vida, que tanto la mentira como la envidia se perciben antipáticamente, como se dice uno a sí mismo en todas partes donde se está acostumbrado a mirar la vida algo más profundamente, incluso por así decirlo, donde grandes facultades de la vida son peculiares del alma: Debes cuidarte de estos mismos vicios. ¿Y quién negaría que esta profunda antipatía por la falsedad y la envidia atraviesa todos, todos los estratos de nuestra humanidad? Basta con que recuerden lo mucho que les corroería el corazón si tuvieran que decirse a sí mismos en un momento dado con una introspección realmente honesta y correcta: Soy una persona envidiosa. Si tuvieran que admitir esto resueltamente ante ustedes mismos, sentirían sin duda, incluso en esta admisión, que tendrían que emprender algo dentro de ustedes como una lucha contra esta envidia, una batalla contra la envidia. Es un sentimiento profundamente arraigado que la falsedad y la envidia son feas cualidades humanas. 

¿Por qué nos sentimos así? En efecto, la gente no siempre se da cuenta plenamente de por qué siente una antipatía tan profunda hacia esto o aquello. A menudo no se dan cuenta plenamente de lo que yace latente en la parte más o menos subconsciente de su vida anímica y que sin duda está ahí. Ante la envidia y la falsedad, el hombre siente que está ofendiendo algo que está relacionado con el valor más y más humano. Basta pronunciar una palabra y lo sentiremos. La ciencia espiritual debería hacernos comprender poco a poco que, aparte de las personalidades individuales encarnadas en la carne, existe algo así como una humanidad unificada, universal, que mora del mismo modo en todas las almas de la misma manera que lo hace lo divino-humano. Y precisamente es la ciencia espiritual la que nos presenta esto como un gran ideal y nos lleva gradualmente a la comprensión de lo que es universalmente humano. Y en todos los corazones humanos hay algo que, de un modo emocional, siempre se expresa de una determinada manera: Prueben ustedes de buscar un vínculo que mantiene unidas a todas las personas, que siempre serpentea de alma a alma, y lo encontrarán. Y el sentimiento correspondiente se expresa en la palabra «compasión». La compasión es una cualidad humana tan general que tenemos que decir: En esta compasión el lazo que va de un alma a otra se anuncia como oscurecido. Y ahí de nuevo se siente inconscientemente que, precisamente con la falsedad y la envidia se atenta contra la compasión, contra el reconocimiento de lo que es común en todos los seres humanos en el sentido más eminente.

Y cuando envidiamos a alguien, ya sea por sus capacidades o por otras cosas de la vida, entonces pecamos contra la compasión de tal manera que no reconocemos a la persona como lo que realmente debería ser para nosotros, como algo que nos pertenece y de cuyos méritos y dones y buena fortuna deberíamos alegrarnos realmente si nos sintiéramos realmente unidos a ella.

Así que cuando somos envidiosos y mentirosos pecamos contra lo más hermoso de la vida humana, contra la compasión. ¿Y por qué se expresa esto realmente con tanta vehemencia en nuestro desagrado hacia estas dos cualidades? ¿A qué se debe? Pues bien, ambas cualidades o mas bien defectos, pueden mostrarnos realmente cómo se propaga lo que hay en nuestra alma, cómo progresa hacia las envolturas de nuestro ser y qué significado tiene para estas envolturas.

La envidia es algo que, para la observación oculta, -si está presente en un ser humano-, se expresa claramente en una constitución muy específica del cuerpo astral. Y una persona envidiosa, por mucho que sea capaz de ocultar esta envidia al mundo exterior, esa envidia la revela en su cuerpo astral. Nuestro cuerpo astral tiene características básicas muy específicas. Aunque sea diferente en cada persona y muestre las más variadas diferencias en diferentes personas, tiene sin embargo, ciertas características básicas. Y si lo observamos con visión clarividente como un aura, tiene características de color muy específicas. En la persona envidiosa éstas se desvanecen de forma alarmante, se vuelven débiles y apagadas. Y el cuerpo astral de una persona envidiosa se vuelve hasta cierto punto pobre en fuerza, fuerza que debería suministrar a todo el organismo humano.

En el caso de la falsedad, ésta, al igual que todas las mentiras, se expresa en el cuerpo etérico. El cuerpo etérico pierde vitalidad y energía vital cuando una persona es mentirosa. Esto puede observarse incluso externamente. Aunque suene extraño para nuestra época, es cierto que en las personas que mienten mucho, por ejemplo, las heridas son más difíciles de curar que en las personas sinceras, en igualdad de condiciones. Por supuesto, no debemos sacar conclusiones absolutas; también puede haber otras razones. Pero en igualdad de condiciones, las heridas son más difíciles de curar en las personas que mienten que en las que dicen la verdad. Es bueno prestar atención a estas cosas en la vida. Y es fácil de explicar. El cuerpo etérico del hombre es el principio real de la vida, es el que debe contener las fuerzas de la vida. Pero éstas están minadas por la falsedad. De modo que el cuerpo etérico no puede liberar suficiente vitalidad como es necesaria para la curación, debido a la falsedad este cuerpo etérico ha sido privado de su vitalidad, si no tiene eso, que siempre ha estado impregnado por esos movimientos, por esos hechos, que derivan de la veracidad. Deberíamos prestar atención a esas cosas, pues comprenderemos mejor la vida en muchos aspectos si lo hacemos.

Ahora saben que debemos ver lo que se acerca al hombre a la luz de dos poderes que ejercen su influencia sobre la vida humana a medida que ésta se desarrolla de encarnación en encarnación. Debemos considerar la vida humana bajo la influencia de los poderes luciféricos y ahrimánicos. Las potencias luciféricas son aquellas que actúan sobre nuestro cuerpo astral, que irradian sus efectos de poder en nuestro cuerpo astral y nos tientan en relación con él. Los poderes ahrimánicos son los que nos tientan en relación con nuestro cuerpo etérico. Es Lucifer quien nos agarra por el cuello, por así decirlo, cuando somos personas envidiosas. La envidia es realmente un defecto luciférico, una cualidad que viene de Lucifer. Mientras que la falsedad es un defecto proveniente de Ahriman. Porque Ahrimán envía las fuerzas y los poderes que irradian en nuestro cuerpo etérico.

Ahora podemos decir: Fue absolutamente necesario que Lucifer y Ahriman fueran designados por las sabias potencias universales para que pudieran trabajar sobre nuestra independencia. Al hacernos abusar de nuestra independencia, son en cierto sentido enemigos del desarrollo superior de la humanidad. Pero aunque sean en cierto modo enemigos del hombre en su desarrollo superior, son muy amistosos y hacen entre ellos compromisos muy extraños. Podemos hablar de estos compromisos cuando consideramos cualidades, (o defectos) tales como la envidia y la falsedad.

¡Envidia! En el momento en que una persona, -salvo que sea un depravado total-, tiene que decirse a sí mismo: Soy de naturaleza envidiosa, hará realmente de todo, no hace falta ser particularmente elevado para hacer de todo para luchar contra esta envidia. Pero las cosas a veces son mucho más profundas de lo que nuestra capacidad de conciencia puede alcanzar. Y el hombre a veces se imagina demasiado fácilmente cómo es luchar contra tales cosas. Entonces sucede que lucha contra tales cosas porque las encuentra feas, solo que no desaparecen, que en realidad solo cambian de forma, que reaparecen en otro ámbito. Entonces aparecen enmascaradas, disfrazadas. Y como uno odia tanto la envidia, la combate, pero si el alma aún no es lo bastante fuerte para combatirla a fondo, desaparece como envidia, pero aparece bajo otra forma.

Todos ustedes conocen esa característica de las personas que es tan común y que se podría llamar: La crítica y la censura, la atención a los defectos de quienes nos rodean. Cuando alguien tiene que decirse a sí mismo: Soy una persona envidiosa, no quiero que mis semejantes tengan ventajas, se siente mal. Siente que tiene que luchar contra ello. Pero si puede decirse a sí mismo: Esta o aquella persona ha hecho tal o cual cosa terrible, entonces siente que el deseo de culpar está justificado en cierto modo, entonces se siente realmente en su elemento. Piensen que si no fuera por eso, cuántas fiestas de café y cervezas sociales tendrían que cancelarse, donde básicamente no se hace nada más que dejar que esta crítica y censura tomen las riendas. Y entonces la gente se justifica a sí misma. Se dice a sí mismo: Sí, ves los errores, tienes que verlos, no puedes cerrar los ojos. Sólo se trata de saber por qué vemos los defectos de nuestros semejantes, si es que los vemos con la intención de mejorar la vida o si seguimos una tendencia de nuestra alma que a menudo no es más que envidia disfrazada. La gente lucha contra la envidia porque la odia, pero no puede desarraigarla porque es demasiado débil. Así que se disfraza de censura y recorre el alma de esta manera. En ese caso no se ha combatido la envidia, sólo se la ha forzado a otra metamorfosis. 

En verdad, lo que ha sucedido es que el hombre ha luchado contra Lucifer porque él es el soberano sobre la envidia, como lo es sobre muchas cosas. Pero Lucifer dice entonces a Ahrimán, si puedo expresarme así: «Mira, querido Ahrimán, el hombre odia mi reino de la envidia, no quiere ser envidioso. ¡Bueno pues tómalo tu en relación con esta cualidad! Entonces Ahriman dice: Sí, entonces se la imprimiré en el cuerpo etérico. Y se imprime allí como censura, como crítica, como juicio equivocado del mundo que nos rodea. Porque el juicio siempre tiene algo que ver con los movimientos y las fuerzas del cuerpo etérico. Entonces la soberanía sobre nuestra alma pasa de Lucifer a Ahriman. Y muchas cualidades o vicios que odiaríamos y a los que combatiríamos si se nos mostraran en su forma original, aparecen enmascarados. A veces aparecen de tal manera que en realidad las encontramos muy justificables e incluso les atribuimos cierto mérito por el hecho de que podemos elevarnos para ver lo que es correcto en la vida. Entonces estamos realmente atrapados en los tentáculos del otro poder, el poder Ahrimánico. No debemos olvidar que una característica es mucho más peligrosa cuando aparece enmascarada que cuando aparece en su forma original. Por lo tanto, siempre es bueno preguntarse cuando vemos esto o aquello en la vida: ¿No será acaso otro vicio transformado? - Es sumamente importante que aprendamos a ver la vida en su verdad. Básicamente, sólo podemos hacerlo si utilizamos las pautas que nos da la sabiduría antroposófica para mirar la vida correctamente.

Ahora debemos decir: Aquello que aparece en la vida como tal o cual vicio, sea en forma verdadera o en una máscara, lo vemos a menudo como kármicamente efectivo en una misma encarnación. No necesitamos esperar la transición de una encarnación a otra. En una encarnación ya podemos ver el efecto kármico de una característica que aparece en una u otra época de la vida. Y quien realmente quiera observar la vida y prestar un poco de atención al hecho de que no se llega a conocer la vida olvidando siempre mañana lo que ocurrió hoy, sino observando períodos de vida más largos de las personas, encontrará que el karma ya tiene efecto en una misma encarnación, en una misma vida. Es realmente necesario prestar mucha, mucha atención a la forma en que los pecados de la vida básicamente se hacen patentes apenas décadas más tarde. Pero los seres humanos son una raza olvidadiza. De todas las razas que comienzan con la raza humana y se extienden hasta todos los mundos superiores, los seres humanos son realmente la raza más olvidadiza. Aunque conozcamos a alguien desde hace décadas, olvidamos lo que salió a la luz hace diez años, nos gusta dejar que se desvanezca de nuestra memoria.

Puede que ya haya mencionado aquí un pequeño ejemplo, pero que a su vez puede mostrarnos cómo tenemos que observar la vida en periodos de tiempo más amplios si queremos reconocerla en su verdadera forma: algo externo que sólo quiero insertar. En esta época tuve la oportunidad de observar a muchos niños en diferentes familias. Cuando se educa a los hijos, no sólo hay que observar a los niños que uno mismo tiene que educar, sino también a los vástagos más o menos pequeños de tíos, tías, sobrinos y demás. Y se pueden tomar apuntes para toda la vida. Bueno, fue hace mucho tiempo, las modas cambian. Por aquel entonces, cuando yo educaba a los niños, estaba de moda que las personas que los tenían a su cargo, dieran a los niños pequeños bastantes dosis de vino tinto a la hora de comer para fortalecerlos. Así era, se pensaba que era algo bueno. Si en aquel entonces se tomaba nota: este y aquel niño recibían vino tinto y el otro no, ahora, cuando se tiene la oportunidad de nuevo, -como yo siempre intento hacer-, de observar qué ha sido de estos niños, se pueden recabar algunas percepciones extrañas. Puedo decir que los niños de dos, tres o cuatro años de entonces, -ahora personas de veintisiete, veintiocho, veintinueve años-, a los que se les dio vino tinto de niños son personas inquietas y nerviosas a las que a veces les resulta extremadamente difícil encontrar su camino en la vida. Por supuesto, no se pueden hacer observaciones en períodos de sólo cinco años. Hoy en día es muy común probar esto o aquello, y si muestra algún éxito en los meses siguientes, se convierte rápidamente en un remedio muy extendido. La gente también es olvidadiza en este ámbito. La gente también ha olvidado cuántos remedios aplicados a la población, al cabo de cinco años ya han pasado de moda. Pero, como ya he dicho, si uno extiende su observación a lo largo de décadas, entonces ya puede sentir cómo funciona la vida. Realmente hay una gran diferencia entre los niños a los que se les dio vino tinto entonces y los que no. Pero harían falta tres décadas de observación para verlo. Y así son las cosas. He querido insertar esto para mostrar que, si se quiere ver el karma en acción, es necesario no ser olvidadizo, sino prolongar las observaciones durante períodos de tiempo más largos. Es lo mismo con lo que sale a la luz de una manera más espiritual.

Si se observa la segunda mitad de la vida de una persona en relación con la primera, se puede ver ciertamente cómo surge el efecto ya kármicamente en la segunda mitad de la vida, si la persona fue mentirosa o envidiosa en una época determinada, o tuvo envidia bajo la máscara de la censura,. Las personas mentirosas siempre muestran un efecto kármico muy específico de la mentira ya en una encarnación: una cierta timidez, una imposibilidad, podríamos decir, de mirar a las personas directamente a los ojos. Esto se materializará sin duda. Intenten observarlo. Se confirmará. Los proverbios populares a veces tienen un núcleo profundo y sabio. No en vano se dice en muchas regiones que hay que tener cuidado con una persona que no puede mirar a otra a los ojos. Porque éste es el efecto kármico de la falsedad.

La envidia, por otra parte, o la envidia disfrazada de censura y crítica, se manifiesta en una época posterior de la vida de la misma encarnación de tal manera que la persona en cuestión tiene la peculiaridad de no poder valerse por sí misma, de modo que anhela apoyarse en los demás, que necesita consejo sobre cada pequeña cosa, preferiría correr siempre hacia otra persona para que le diera consejo. La independencia en la vida se pierde por causa de la envidia, la crítica y la censura. Una persona así se vuelve emocionalmente débil.

Ahora cuando observamos una encarnación, estas cualidades con sus efectos kármicos se nos presentan anímicamente. Más adelante veremos cómo se hacen sentir los efectos kármicos cuando pasamos de una encarnación a otra.

Pero ahora, para que no seamos unilaterales, también queremos considerar las buenas cualidades: Benevolencia y satisfacción. Todo el mundo sabe lo que es una persona benevolente. Una persona benevolente es alguien que se siente satisfecho de cierta manera cuando otra persona tiene éxito, logra esto o aquello, cuando nota buenas cualidades en esta o aquella persona. La benevolencia está presente cuando uno vivencia lo que experimenta la otra persona como si fuera propio. Esta benevolencia, a su vez, tiene un efecto muy específico en nuestro cuerpo astral, que es todo lo contrario del efecto de la envidia. Cuando el ser humano expresa benevolencia, vemos cómo brillan las luces del cuerpo astral. El cuerpo astral se vuelve más brillante y radiante cuando hay impulsos de benevolencia en el alma humana. El aura se vuelve más brillante, más radiante y por lo tanto más rica, se satura más en sí misma, y entonces es capaz de derramar en la persona primero algo así como calidez anímica y luego incluso algo parecido a una sensación de salud.

Y cuando vemos ante nosotros a una persona contenta, una persona que no tiende a estar malhumorada por todo desde el principio, a estar insatisfecha por todo, entonces el cuerpo etérico nos muestra características muy específicas. Es importante que prestemos cierta atención a esto. Porque, en realidad, deberíamos darnos cuenta de hasta qué punto nuestra insatisfacción depende realmente de nosotros mismos. No puede uno hacer lo suficiente para buscar en todas partes lo que pueda producirle insatisfacción. Y sentimos que éstas naturalezas no son sólo más felices, sino también mejores naturalezas, que son capaces de prestar mucha atención al hecho de que, aunque nos enfrentemos constantemente a cosas tan malas, seguimos teniendo motivos para alegrarnos por esto o por aquello. Esas razones existen, y quienes no quieren admitir que tales razones existen, ellos mismos son los culpables. 
El sentimiento de satisfacción, sobre todo cuando es provocado por una mejor calidad de nuestra alma, fortalece el cuerpo etérico en lo que respecta a su fuerza vital. Y también ocurre, -siempre que todas las demás condiciones sean del mismo tipo-, que las heridas u otras cosas se curan más fácilmente en una persona contenta, que tiene ciertos motivos para estar fácilmente satisfecha, para no disgustarse mucho por lo que le ocurre, que en la persona gruñona e insatisfecha, que se disgusta por todo y se va insatisfecha por todo, como he dicho en circunstancias por lo demás iguales.

Ahora de nuevo podemos ver con bastante claridad en una vida, -y esto es importante que prestemos mucha atención a tales cosas cuando tenemos que educar-, que en alguien que está tan imbuido de satisfacción en una determinada época de la vida y se esfuerza por buscar las cosas que pueden satisfacerle, quizá a pesar del dolor y el sufrimiento, que se produce en él un efecto kármico en la misma vida, aunque sólo sea al cabo de decenios, que se expresa en particular por el hecho de que tal persona que se ha esforzado así por adquirir la satisfacción, en una determinada época de su vida, irradia un cierto equilibrio agradable de vida a su entorno. Ustedes saben que esto existe. Hay quienes, cuando están cerca de otros, se ponen nerviosos con mucha facilidad, y quienes, simplemente por estar allí, calman a los demás. Las personas que se han esforzado por estar contentas en una época de su vida adquieren esta posibilidad de tener un efecto armonizador en su entorno como efecto kármico para la siguiente época de la misma vida, de ser benefactores para su entorno por el mero hecho de existir, por así decirlo.

Las personas benévolas, -siempre podemos observarlo-, que se han esforzado por ser benévolas, consiguen el efecto kármico de que en una época posterior de la vida extrañamente tienen éxito en todas las cosas que dependen de ellas, que se han propuesto. A veces nos parece inexplicable que algunas personas tengan éxito en todo, que se sientan a la altura de todo lo que emprenden, y que otras no tengan éxito, que fracasen en todo lo que intentan. Esto nos lleva de nuevo a la causa kármica de la benevolencia o la desaprobación. Pueden ustedes observar estas cosas, que les estoy dando como pautas, en su vida. Si excluyen las fuentes de error que existen, verán que la vida confirma lo que he dicho.

Si ahora pasamos de una encarnación a otra, debemos decir: En una encarnación los efectos kármicos realmente sólo pueden mostrarse en el alma, sólo pueden mostrarse anímicamente. Los efectos de la envidia se manifiestan en ciertas debilidades y en la falta de independencia, los efectos de la falsedad en la timidez, los efectos de la benevolencia y de la satisfacción, como ya les he descrito. En una sola encarnación no tenemos esas influencias minuciosas y profundas en nuestro organismo corporal que nos permitan ir, -con los efectos kármicos-, más allá de una base anímica. Es en la siguiente encarnación cuando estas cosas actúan en el cuerpo, en su estructura y organización. Y mientras en una encarnación, por causa de la envidia y la censura, nos convertimos anímicamente en personas dependientes, éstas cualidades o defectos tienen un débil efecto constitutivo en el cuerpo de la encarnación actual, dejando para la siguiente encarnación sus efectos kármicos. La debilidad de un cuerpo es consecuencia de que esa persona, en una encarnación anterior vivió plagado de envidia o de envidia enmascarada, de censura y de crítica.

Pero ahora debemos decir también, si hemos estudiado un poco de lo que por otra parte nos muestra la ciencia espiritual, en lo referente a que cuando nos juntamos con tal o cual persona en una nueva encarnación, realmente no es por casualidad. Somos guiados hacia aquella familia, hacia aquel entorno con el que tenemos algo que ver. Y por eso no les parecerá muy extraño si digo: Si alguien fue una persona envidiosa en una encarnación, renacerá junto a las personas, -ya sean sus padres u otras-, a las que envidió, de las que juzgó o chismorreó, a las que criticó. Se reencontrará con ellos. Y puede que al ser traídos a este entorno entremos en el con un organismo débil. Aquí es donde las cosas se vuelven muy prácticas, donde la doctrina del karma se acerca a la práctica de la vida. Podemos decir que cuando un niño humano nace con un organismo débil: Este es el resultado de la disposición envidiosa de la encarnación anterior, y nosotros, nosotros somos aquellos que fueron envidiados, y este niño humano se ha juntado con nosotros kármicamente porque nosotros somos aquellos detrás de los cuales estaba por lo tanto con su envidia y su adicción al chisme. Esto es provechoso si nos decimos: Si el karma tiene algún significado, entonces está justificado que lo veamos así. Así que mirémoslo de esta manera.

Por supuesto, el asunto sólo se vuelve provechoso cuando nos preguntamos: ¿Qué debemos hacer con un niño humano así de débil? Sólo tenemos que preguntarnos: En la vida ordinaria cuando alguien nos persigue con su envidia y su censura ¿Qué nos parece moralmente mejor? Tal vez en la vida cotidiana ordinaria no siempre sea posible hacer lo mejor. Pero, ¿Qué nos parece lo mejor? Pues bien, el perdón nos parece ciertamente lo mejor. Se puede decir:
Puede que nuestra vida no nos permita perdonar siempre, pero lo mejor es sin duda el perdón, y lo más eficaz y también lo más fecundo en la vida es el perdón. Si de la vida ordinaria podemos decir que perdonar es lo mejor, aunque no podamos hacerlo siempre, entonces está claro que en cualquier circunstancia la verdadera aplicación del principio del perdón está en el lugar adecuado cuando tenemos que reconocer como un efecto kármico de encarnaciones anteriores, lo que les he explicado. Si en nuestro entorno ha nacido, o se ha juntado con nosotros, un niño humano débil, entonces debemos decirnos: Puesto que el karma no debe quedarse en una mera idea teórica, debemos pensar que fuimos nosotros quienes fuimos envidiados, quienes fuimos criticados. 

Bueno, podemos practicar el sentimiento del perdón en lo más profundo de nuestro corazón en cualquier circunstancia. Podemos, por así decirlo, envolver a ese niño humano en una atmósfera de sentimientos de perdón que se revitalizan constantemente. Si hiciéramos esto en la vida, si nos sintiéramos reunidos con personas débiles, y si no nos limitáramos a captar la idea del perdón en teoría, sino que despertáramos constantemente en nuestra alma el sentimiento de tengo algo que perdonarte, quiero perdonarte, y renováramos constantemente este sentimiento, entonces esto sería una introducción práctica de la actitud antroposófica en la vida. Ya se vería el efecto. Intenten ponerlo en práctica y verán que las personas que son perdonadas de esta manera y a las que siempre se les renueva el sentimiento de perdón, cuando nacen débiles en nuestro entorno, entonces florecen, que nuestro sentimiento tiene un efecto saludable y floreciente en ellas. Y podemos convertirnos en sanadores, sanadores de las personas con las que el karma nos ha reunido. Así la antroposofía, si no la consideramos sólo como una suma de ideas que nos interesan, se vuelve fecunda. En el fondo es bastante egoísta si empezamos a entusiasmarnos por la antroposofía porque las ideas de la antroposofía nos inspiran, porque nos parecen verdaderas. Porque entonces, ¿Qué estamos satisfaciendo? Satisfacemos nuestro anhelo de una visión armoniosa del mundo. Eso está muy bien. Pero lo más importante es cuando toda nuestra vida está impregnada de lo que surge de estas ideas; cuando las ideas entran en nuestras manos, en cada uno de nuestros pasos y en todo lo que experimentamos y hacemos. Sólo entonces la antroposofía se convertirá en un principio vital, y hasta que no lo haga, no tendrá ningún valor.

También podemos hablar de forma similar en relación con las otras cualidades. Por ejemplo, si hemos sido personas mentirosas en una encarnación y volvemos a nacer, entonces nos juntamos con aquellos a quienes podemos haber mentido. Muy a menudo, si se es un verdadero investigador ocultista, se puede constatar que un niño humano nace en un entorno con el que no puede establecer una relación adecuada, que no lo comprende y que no lo entiende. A veces ocurre que tenemos un efecto peculiar sobre nuestro entorno. No sé si ya habrán observado que esto, básicamente, tiene un impacto mucho más amplio que sólo en las personas. Existen ciertas personas que cuando quieren cultivar flores, éstas florecen, tienen buena mano para ello. Porque son ellos los que las cultivan, estas prosperan. Otras personas pueden hacer todo lo que quieran, que las flores mueren. Eso ocurre. Entre las entidades particulares de la existencia hay relaciones mucho más misteriosas de lo que solemos pensar. Estas relaciones misteriosas son, por supuesto, principalmente de persona a persona. Y cuando nos juntamos a través del karma con un niño humano que nos ha mentido en la encarnación anterior, es para que nos resulte difícil relacionarnos con este niño. Debemos tener esto en cuenta. No debemos juzgar esto simplemente según nuestro temperamento, sino kármicamente. Deberíamos decir: Esto viene del hecho de que quizás este niño humano nos ha mentido a menudo. Ahora podemos a su vez ayudar a este niño humano, fortalecerlo y fortificarlo.

¿Cuál es la mejor manera de perdonar algo que puede exteriorizarse en la que otra persona te diga una mentira? La mejor manera de perdonar es enseñarle la verdad. La otra manera, rectificando la mentira, con la rectificación ya está haciendo algún bien, pero no ha llevado a la persona más lejos. Se le lleva más lejos si se intenta enseñarle una verdad útil. Hay que seguir una especie de política en el trato con el hombre; eso llevará al hombre más lejos. Si nos vemos obligados a mirar el asunto kármicamente, es especialmente ventajoso que nos esforcemos por ser bastante sinceros con las personas con las que estamos kármicamente unidos y que sabemos que porque son tímidas con nosotros, no tienen ninguna relación con nosotros. Entonces veremos cómo estas personas, a su vez, florecen bajo nuestra franqueza y cómo esta franqueza es de gran beneficio para ellas. Así vemos cómo podemos adquirir principios de vida observando prácticamente la acción del Karna.

Lo que antes hemos descrito como el efecto que tiene ya en una sola vida, la benevolencia, podemos verlo de tal manera que realmente produce algo así como una armonización de la vida, pero ante todo anímicamente. Encontramos que las personas en las que esto tiene efecto de una encarnación a otra nacen realmente con un organismo más feliz, que podemos llamar «hábil». La benevolencia y la satisfacción en una encarnación traen consigo en otra encarnación, la flexibilidad y la habilidad. Es cierto que esto es así, pues siempre se puede demostrar en el campo de la investigación ocultista. Y uno puede observarse muy bien a sí mismo y aprender algo de cómo la encarnación anterior afecta a la actual. Podemos estar bastante seguros de que es el caso de las personas cuyos dedos son bastante inadecuados para coser un botón que se rompe, o de las personas que, cuando deben llevar un vaso al armario, lo tiran alegremente al suelo, -ahora estoy exagerando un poco. Pero en pequeños matices hay muchísimas personas que tienen un tipo de organismo que les imposibilita mover los dedos de la manera correcta, que siempre son torpes. Que uno puede utilizar valientemente su instrumento corporal o que éste le ofrece traicioneros obstáculos a cada momento, por así decirlo, esto tiene un profundo significado para la vida,. Esto es sumamente importante. Y cuando vemos crecer a un niño poco hábil, debemos suponer en la mayoría de los casos que le faltó satisfacción y buena voluntad en la encarnación anterior. Si vemos surgir la destreza, de modo que cuando una persona emprenda algo, pueda hacerlo literalmente de antemano, entonces se trata con toda seguridad del efecto kármico de la buena voluntad y la satisfacción.

Si lo miramos de esta manera, podemos decir que realmente podemos trabajar de una manera maravillosa de una encarnación a la siguiente. Tenemos la oportunidad de empezar a trabajar realmente en vista a nuestra próxima encarnación. Y cambiaremos muchas cosas para nuestra próxima encarnación si decidimos seriamente observar si no tenemos un poco de censura y crítica en nosotros. Si intentamos examinarnos a nosotros mismos para ver si tenemos un poco de esto en nosotros, podemos incluso descubrir que lo tenemos en un grado considerable. Es bueno que intentemos comprobar si tenemos un poco de eso en nosotros. Entonces empezamos a trabajar en nosotros mismos. Y podemos salvarnos de nacer débiles y pálidos en la próxima encarnación, salvarnos en esta vida de convertirnos, por así decirlo, en hijos humanos dependientes.

Si tenemos en cuenta estas cosas, nos diremos: Ya no es una fantasía resumir las encarnaciones individuales como eslabones de la cadena humana y considerar realmente la Tierra como una especie de entrenamiento a través del cual aprendemos a utilizar lo que se nos ofrece en las encarnaciones individuales de tal manera que llegamos cada vez más alto, progresamos cada vez más. Pues en esencia, ¿Por qué, estamos encarnados? Podemos hacernos una mejor idea de ello si nos preguntamos por las dos grandes diferencias, las grandes diferencias que existen entre nuestras encarnaciones en los antiguos tiempos precristianos y nuestras encarnaciones actuales, que pasan después de que ha llegado el impulso crístico. Pues hay una diferencia muy, muy considerable.

Esta diferencia entre nuestras encarnaciones en los antiguos tiempos precristianos y nuestras encarnaciones actuales podría describirse mejor diciendo: Si miramos hacia atrás a las encarnaciones de la gente en los tiempos precristianos, hasta cierto punto en aquel entonces las almas en estos tiempos precristianos habían conservado todas algo de lo que todas las almas tenían al comienzo de sus encarnaciones en la tierra. Había una visión curativa natural para todas las almas, una visión del mundo espiritual. Y el progreso de las encarnaciones consiste precisamente en que esta herencia del mundo espiritual, del origen espiritual, se ha ido perdiendo poco a poco, en que los hombres han ido bajando cada vez más al plano físico, en que el mundo espiritual se ha ido alejando cada vez más de ellos. El impulso crístico significa que cuando encontramos la posibilidad de recibir al Cristo en nosotros, de conectarlo con nuestro yo, empezamos de nuevo a ascender más y más a lo que éramos al principio, sólo que más enriquecidos. El hecho de que al final de las encarnaciones volvamos a estar en lo espiritual de la misma manera que estábamos al principio de nuestras encarnaciones se debe a la absorción del poder crístico, si utilizamos nuestras próximas encarnaciones de tal manera que absorbamos cada vez más del Cristo. Estas son las grandes diferencias entre las encarnaciones precristianas y postcristianas. En realidad, todavía estamos en una época de transición. Para todo lo que es conocimiento humano normal en el plano físico, estamos profundamente desplazados a la mera percepción física, y de hecho hoy es un punto álgido en cuanto a la percepción física. 

Porque el impulso crístico está apenas en sus comienzos, y en las encarnaciones subsiguientes las personas realmente absorberán al Cristo, primero llegarán a amar estas encarnaciones, porque les dan la oportunidad de experimentar lo que sólo puede experimentarse a través de la existencia terrenal: la absorción del impulso crístico en el alma. Podemos observar esto incluso en las grandes personalidades, cómo hay una tremenda diferencia, por así decirlo, entre las encarnaciones anteriores al impulso crístico en la Tierra y las posteriores. Quisiera contarles un detalle.

Hace algún tiempo fui incitado a hablar durante algunos días en nuestra rama europea más meridional, -quiero decir, en la medida en que hablamos de Teosofía Rosacruz-, en Palermo. Y cuando llegué a Sicilia en barco desde Nápoles, ya tenía la sensación muy definida de que allí había algo que aprender sobre hechos ocultos que es difícil investigar meramente en el norte. Porque hay una personalidad, una individualidad que ha aparecido, que no puedo nombrar ahora, que desempeñó un cierto papel en el cambio de la Edad Media y la nueva era, que ha hecho mucho ruido en nuestra región y en las vecinas y sobre la que al ocultista le gusta preguntarse: ¿Cuál era la situación con la encarnación anterior de esta personalidad? Esta era una importante cuestión de investigación para mí y, curiosamente, esperaba averiguar algo sobre esta cuestión a través de la investigación ocultista que allí era posible. Y ese fue el caso muy pronto. Por supuesto, es algo íntimo lo que se cuenta, pero dentro de nuestras ramas ya no hay necesidad de contenerse del todo con estas cosas íntimas. Algo se ha vertido en toda la atmósfera espiritual de Sicilia, -no me refiero a la atmósfera externa, sino a la espiritual-, algo muy, muy extraño. Y la búsqueda de esta cosa extraña realmente condujo al final a su origen, a un gran sabio que trabajó en Sicilia, quien, en la historia de la filosofía, también es mencionado apenas con unas pocas palabras, pero que en realidad se conoce muy poco exotéricamente. Se trata de Empédocles.

Si ahora queremos describir a este Empédocles como ocultista, -y se lo describiré dentro de un momento-, entonces debemos decir: en ciertos aspectos, Empédocles estaba muy adelantado a su tiempo, estaba demasiado maduro para su época. En otros aspectos, sin embargo, no podía ir más allá de su tiempo. Había una profunda dicotomía en su alma. Empédocles es realmente una gran personalidad polifacética. Trabajó en Sicilia no sólo como filósofo, no sólo como guía de los misterios, sino también como estadista, como arquitecto, como todo tipo de cosas, -era una especie de planificador, este maravilloso Empédocles. Empédocles vivió en Sicilia unos cuatro o cinco siglos antes del impulso de Cristo, y se adelantó a su tiempo en el sentido de que tenía el impulso de sumergirse en los aspectos materiales del mundo. En el pasado, la gente nunca se había limitado a sumergirse en la materia de forma tan externa como ahora. Cuando hablaban del agua, como lo hacía Tales, se referían a algo espiritual. Empédocles fue quien, en cierto sentido, anticipó un principio materialista al componer toda la existencia a partir de los cuatro elementos, que él consideraba materiales. Y mezclando y desmezclando esta materia, concibió la constitución del mundo. Lo espiritual se perdió para él porque, -precisamente como personalidad oculta, mirando hacia atrás en sus encarnaciones-, debería haber encontrado el impulso crístico; habría sido llamado a ello. Si hoy miramos hacia atrás en la Crónica Akáshica, encontramos el impulso crístico en un lugar muy concreto; pero la persona que vivió antes del impulso crístico no pudo. No podía recibirlo como un impulso terrestre, porque aún no había existido físicamente. A Empédocles le faltaba esto, no pudo verterse en su alma. No poseía el contrapeso contra ese materialismo que ya brotaba en él. Pero como era una personalidad con fuertes impulsos, pero con los impulsos del ocultista, esto le llevó a vivir esta desarmonía. Eso es lo que resultó ser la verdad. Le hizo querer ser uno con lo material de los cuatro elementos, igual que uno suele querer unirse en espíritu con lo espiritual cuando busca la verdad. Y se lanzó al Etna. Realmente se lanzó para ser uno con los elementos. Materialmente, buscaba la identificación con lo divino, que se le aparecía en la imagen material. Y me gustaría decir: Este producto de la combustión de Empédocles en las ardientes erupciones del Etna sigue presente hoy en la atmósfera de Sicilia como un agente fecundador, como el efecto de un sacrificio. Hay algo grande, algo poderoso, pero se basa en este, podríamos decir, falso, displicente, erróneamente fijado en el tiempo, -no se malinterprete el término «erróneo»- materialismo. Empédocles, que, mirando hacia atrás, no pudo encontrar al Cristo, aunque debería haberlo encontrado, tira su vida por la borda. Por eso volvió a la vida de forma tan extraña al comienzo de la nueva era y luego vivió de forma muy diferente. Todavía no es el momento de hablar de la personalidad en la que renació.

Esto proporciona una maravillosa visión de lo que es realmente el impulso crístico en el transcurso de la evolución. Entre la encarnación anterior y la posterior de Empédocles se encuentra el acontecimiento crístico. Y en la individualidad de Empédocles se puede ver, si se comparan las dos encarnaciones, cuál es el efecto, si uno puede mirar hacia atrás como espíritu perteneciente a la contemplación más reciente y encontrar el impulso crístico, o si no lo encuentra. Eso supone una gran diferencia. Así como las almas en la antigüedad tenían que retroceder de encarnación en encarnación para ver cómo se habían aliado con el ser divino-espiritual en encarnaciones anteriores, así también nosotros debemos tener la posibilidad, si retrocedemos desde nuestra propia encarnación y rastreamos el tiempo desde nuestro nacimiento hasta la muerte anterior y de nuevo desde ésta hasta el nacimiento anterior y así sucesivamente, -de encontrar el impulso crístico de esta manera. El investigador espiritual en particular debe encontrarlo. Este impulso crístico enciende una luz para él, mientras que de otro modo estaría sumido en las tinieblas en este momento y todo lo que hubiera allí estaría en la oscuridad. Necesitamos el impulso crístico como una antorcha, especialmente en el campo de la investigación espiritual, de lo contrario habrá oscuridad, de lo contrario no seremos capaces de mirar clarividentemente en las verdaderas razones de la Crónica Akáshica de los tiempos antiguos. Esto se puede observar de manera maravillosa en un ejemplo como el de Empédocles. Entonces se tiene una idea de cómo se suceden estas encarnaciones en nuestra existencia terrena, en cómo se ha movido, por así decirlo, el hombre en dirección descendente hasta el impulso crístico, en cómo se ha alejado cada vez más en el plano físico, y cómo estamos de nuevo en el proceso de ascender gradualmente al reino espiritual. El último gran espíritu de descenso es el gran Buda, el primer gran impulso de ascenso es el de Cristo Jesús, y tal vez ninguna otra cosa pueda hacer sentir tan profundamente en el interior la tremenda diferencia entre el principio búdico y el principio de Cristo Jesús como cuando se considera lo que el gran Buda dijo una vez a sus discípulos más íntimos, refiriéndose a su iluminación, que simbólicamente se llama la iluminación bajo el árbol Bodhi. El Buda dice: «Cuando miro hacia atrás a encarnaciones anteriores, veo cómo partí de la fuente divino-espiritual del mundo, cómo fui de encarnación en encarnación, morando siempre con el núcleo espiritual de mi ser en el templo corporal exterior, descendiendo al mundo físico. Pero ahora, en esta encarnación, he encontrado la posibilidad de no tener que volver más a una encarnación. He ido de templo corporal en templo corporal, en cada encarnación la deidad ha erigido el templo de mi cuerpo para mí. Pero ahora, estando encarnado en él por última vez, siento cómo se agrietan las vigas de este templo corporal, y que ya no necesito volver a tal templo. Pues proclamó que el verdadero empeño debe ser salir de esta actividad terrenal, no tener ya relación con este templo corporal, sino esforzarse por salir de él hasta la última encarnación, para vivir sólo en lo espiritual. Esta fue la última referencia a la descendencia del hombre, al recuerdo que los hombres pueden tener de la sabiduría original, de lo que está en el origen de la raza humana.

Oh, debe embargarnos cuando vemos al Buda de pie, diciendo: «De templo en templo del cuerpo he caminado; ahora siento que es por última vez». Si comparamos esto -y dejamos a un lado todos los trasfondos metafísicos, con una frase íntima que Cristo dijo a sus discípulos íntimos, con la frase: «Derribad este templo, y en tres días volveré a edificarlo», vemos que en el Buda había un gran anhelo de que las vigas del templo del cuerpo se resquebrajaran y que ya no hubiera necesidad de volver a él; pero que en el Cristo estaba la promesa: «Derribadlo, y en tres días volveré a edificarlo.» El amor por el mundo terrenal se expresa en las siguientes encarnaciones de las personas, en las que encuentran la oportunidad de construir su templo corporal una y otra vez, para poder aprender una y otra vez y elevarse más alto; para que luego, cuando la tierra haya alcanzado su meta, la tierra misma se convierta en un cadáver, por así decirlo, desprendiéndose del alma de toda la humanidad, al igual que nuestro cuerpo se desprende del alma cuando atravesamos la puerta de la muerte. Pero entonces la humanidad habrá llegado cada vez más alto. A medida que las personas se hayan eternizado, podrán vivir en nuevos niveles de existencia como humanidad global. La frase de Cristo no significa que él mismo quiera volver al cuerpo físico, sino que volverá al principio de la construcción del cuerpo, que permanecerá con la existencia terrenal hasta el fin de la tierra.

Intenté expresar esto en lo que digo a través de Teodora, la vidente en el drama misterio, donde se puede ver cómo el Cristo se hará cada vez más familiar a la vida humana, aunque no regrese a un cuerpo físico. Sino que será experimentado en los templos corporales físicos de los seres humanos. Y en este dicho suyo: «Derribad este templo y yo lo reconstruiré en tres días», está la promesa: Sí, quiero hacer realidad que puedo entrar en el alma de las personas para que vengan cada vez más personas que puedan decir en el sentido de Pablo: «¡No yo, sino el Cristo en mí!».

Vemos pues, que podemos observar la ciencia espiritual a pequeña escala como un principio de vida al obtener la posibilidad de ver ciertas cualidades de nuestro carácter, de nuestra alma, ya kármicamente efectivas entre el nacimiento y la muerte, y al ver que éstas se traspasan al organismo corporal de la siguiente encarnación.

Y también a gran escala, vemos que la ciencia espiritual nos presenta los ideales más elevados y nos dice lo que será de nosotros, -seres humanos eternizados-, cuando la tierra se convierta en un cadáver y se desprenda del alma del hombre, cuando el hombre sea llamado a progresar hacia otros estados planetarios. La ciencia espiritual puede, por tanto, darnos los más grandes ideales y puede desembocar en las más pequeñas condiciones de vida. De este modo se vuelve práctica en la vida, y esto puede y debe ser cada vez más. Cuando lleguemos a ser antropósofos en el sentido de que todo nuestro comportamiento, -aunque sea en tal o cual lugar de la vida, aparentemente tan alejado de la actividad antroposófica real-, esté impregnado en cada detalle por una actitud antroposófica, por sentidos y pensamientos antroposóficos, sólo entonces habrá llegado lo que puede llamarse la plenitud de nuestro ser con la antroposofía. La Antroposofía no debe ser considerada como una teoría, sino al mismo tiempo como una práctica vital, pero como una práctica vital que hay que aprender. Y básicamente debemos darnos cuenta de que si la Antroposofía ha de ser una práctica vital para nosotros, debemos esforzarnos por evitar decir que gracias al verdadero contenido concreto de la Antroposofía: Entiendo esto de la Antroposofía, y esto es lo correcto, -sino que primero nos familiaricemos profunda, profundamente con lo que la ciencia espiritual tiene que decirnos. Entonces debe convertirse para nosotros en la fuerza de la vida. Y sólo puede hacerlo cuando nosotros penetramos en ella. Pero entonces llega a serlo en lo más pequeño y en lo más grande, entonces se abre ante nosotros la perspectiva para las conexiones del progreso humano y para los hechos más pequeños de la vida cotidiana.
Traducido por J.Luelmo mar,2025

GA062 Berlín, 3 de abril de 1913 La moral a la luz de la ciencia espiritual

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GA062 Rudolf Steiner


LA MORAL A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL


décimo tercera conferencia
Berlín, 3 de abril de 1913
     
Cuando Platón, el gran filósofo griego, quiso definir o caracterizar hasta cierto punto lo divino, lo describió como el «bien». Y Schopenhauer, que en muchos aspectos tomó como modelo a Platón, dijo una vez en sus escritos que a su visión filosófica él podía llamarla «ética», con mayor motivo de lo que se le atribuía a Spinoza, por la razón de que él, Schopenhauer, había basado toda su visión del mundo en la fuerza elemental de la voluntad, y así, de algo que está simultáneamente conectado con los impulsos morales más íntimos del alma humana, él había hecho la fuerza fundamental del universo; mientras que Spinoza -según Schopenhauer- había construido su sistema de tal manera que lo moral, lo ético como tal no estaba aún contenido en los principios más elevados del mundo.

Schopenhauer, al igual que Platón, quiso dar a entender, -y muchas cosmovisiones filosóficas han hecho lo mismo-, que todo lo que llamamos moral en la evolución de la humanidad, está tan íntima y profundamente basado en esta evolución, que en definitiva es impensable, que el ámbito de lo moral no abarque todos los acontecimientos meramente naturales, que no esté en la raíz de todo cuanto el hombre puede desentrañar en el mundo natural o espiritual, como principio y naturaleza básica de las cosas. Así pues, en opinión de tales filósofos, la moral en el hombre sería un captar y resplandecer de la moral divina que ilumina el mundo entero. De modo que se daría ya por supuesto, que naturalmente toda elevación, -en el sentido de una cosmovisión-, hacia los fundamentos primigenios de la existencia, tendría también que llevar al hombre cada vez más cerca de las fuentes de los impulsos morales de largo alcance.

Si bien no es en absoluto necesario estar completamente de acuerdo con tales cosmovisiones filosóficas, se puede decir no obstante, que tales cosmovisiones llegan a tal opinión, tal perspectiva, como la esbozada por Platón y Schopenhauer, precisamente porque sienten la plena dignidad y significación de lo moral en el desarrollo de la humanidad y, por tanto, no quieren pasar por alto los impulsos morales en los fundamentos primigenios de la existencia del mundo. Aunque no se esté en completo acuerdo teórico con tales cosmovisiones, se podrá, no obstante, aprender de ellas y encontrar justificación para el hecho de que cualquier cosmovisión que haya de intervenir en la vida y en la acción humanas, debe aparecer hasta cierto punto justificada ante el juicio moral, debe aparecer de tal modo que la moral pueda decirle un sí incondicional. Por lo tanto, es necesario que toda cosmovisión se comprometa con los impulsos morales de la existencia. Por este motivo se ha elegido el tema de la reflexión de hoy, que consiste en tratar la relación de lo que aquí se entiende por ciencia espiritual con los principios e impulsos morales del alma humana.

Ahora bien, cuando se abordan cuestiones morales, es necesaria desde el principio una cierta, podríamos decir santa timidez respecto al ámbito en el que uno se adentra, para tener una visión razonablemente sensata de las cosas. Después de todo, cuando uno se adentra en el terreno que mira hacia juicios que quieren decidir en el sentido más intensivo sobre el valor y la indignidad del alma humana, uno sospecha inmediatamente, que está llegando a profundidades insondables del alma humana, a profundidades tan insondables que no quiere tomarse a la ligera ningún juicio determinante en este terreno. También a este respecto Schopenhauer hizo una significativa afirmación, a menudo citada: «Predicar la moral es fácil, justificar la moral es difícil». ¿Qué quiere decir Schopenhauer con esta afirmación?

En cuanto se adentra uno un poco en la vida humana, se da cuenta de que predicar la moralidad es fácil. Pues casi nada se predica tanto en esta vida humana como la moralidad. Nada se juzga tanto como el valor moral o el desprecio moral del alma. Y si se considera a fondo esta vida humana, hay que decir de nuevo: ¡De qué poco sirven los sermones morales actuales para llegar realmente a las almas, a fin de captar estas almas de tal manera que los principios morales que uno u otro piensa, aunque sean claramente comprendidos, puedan ser también verdaderos impulsos morales en las almas! Ciertamente, qué fácil es para algunos predicarse la moral a sí mismos, ante los cuales se hace bastante difícil seguir impulsos verdaderamente morales. Schopenhauer cree que todo lo que uno pueda predicar en términos de principios, fórmulas morales o reglas morales no tiene realmente sentido. Para él, sólo tiene sentido si se puede demostrar una fuerza anímica, un impulso anímico en el alma humana, que es una realidad en el alma y a partir de la cual surge la acción moral. Entonces se podría decir que en el alma humana se descubre algo que, si se la deja a sí misma, impulsa a la acción moral; en ese caso se ha encontrado la razón de la acción moral en el alma. La moralidad ha sido establecida porque ha sido encontrado en el alma el impulso real. En cuyo caso uno no se ha limitado a predicar la moralidad.

Con semejante exigencia, que sea lo más justificada posible, ahora uno se da cuenta precisamente, de lo difícil que es penetrar en esas profundidades del alma humana, donde realmente yacen dormidos los impulsos morales, donde se encuentran esos impulsos a partir de los cuales surgen las cosas morales o inmorales. Es difícil penetrar en esas profundidades con nuestro juicio. Tomemos un caso particular, un caso que puede enseñarnos cuán difícil es para un alma consciente, formarse un juicio acerca del valor o desprecio moral de una acción humana. Supongamos que alguna persona eminente se sube a un caballo y sale cabalgando. En el camino, esta importante personalidad encuentra a una pobre mujer agachada en el camino. Este personaje, que galopa a caballo, ve a la mujer, mete la mano en el bolsillo, saca la cartera llena y se la arroja a esta mujer.

Ahora tenemos una acción ante nosotros. La pregunta ahora es: ¿Cómo queremos juzgar tal acción a la luz de la moralidad? Herman Grimm, de quien ya he hablado, dice sobre esta acción que realmente sucedió una vez en el mundo. -Sucedió lo siguiente: Supongamos que la mujer era supersticiosa y que había planeado cometer un robo en un futuro próximo para sus hijos, que se encuentran en extrema necesidad. Gracias al hecho de que este hombre le dio la billetera, ella quedó liberada de cometer el robo y causar aún mayor miseria a la miseria de su familia. Pero ella es supersticiosa, dice Herman Grimm. ¿Por qué no debería decir la mujer: Por medio de este hombre se me apareció un ángel de los mundos superiores y por medio de él fui salvada del abismo?

He ahí pues una especie de tratamiento moral de las cosas, que bien pueden ocurrir en el alma de esta mujer. Pero supongamos, dice Herman Grimm, que este personaje, que ha arrojado la bolsa llena a esta mujer, llega después a la compañía de varias personas. La primera de las personas que oye decir a esta persona misma que ha hecho esto, piensa: ¡Bueno, siempre he oído decir que esta persona es extraordinariamente avara; ahora veo lo insignificantes que son tales juicios en todas partes! Y tal personalidad podría ahora, además, salir en defensa de este hombre, -dice Herman Grimm-, y podría, por así decirlo, contribuir en todas partes a rectificar el rumor sobre la tacañería de esta personalidad de alto rango, difundiendo la «magnanimidad» de esta personalidad. Pero supongamos, dice Herman Grimm, que un segundo personaje oyera la misma historia y se sintiera peculiarmente conmovido por ella; pues este personaje, supongamos, hacía poco tiempo que había querido pedir prestada a aquel hombre una suma mucho menor que la que había en el monedero, y el hombre no le había prestado la suma. ¿No haría esta persona un juicio completamente diferente? O podría estar presente un tercer personaje, -piensa Herman Grimm-, que, en cuanto oye esto, se ve impulsado a decir: Sí, me da vergüenza; ¿No puedo yo mismo conseguir algo? Tal personalidad podría ahora llegar a un juicio que sería muy diferente tanto del de la mujer como del de las otras personalidades. Una cuarta personalidad podría tal vez saber, cuando se cuenta este incidente, que el hombre en cuestión tenía enormes deudas en aquel preciso momento, y esta personalidad vería ahora a su vez la acción bajo una luz moral completamente diferente. Ella podría decir que es una gran injusticia tirar la cartera con tanta facilidad cuando uno está obligado a pagar sus deudas, que los acreedores esperan por todas partes. Otra persona podría saber, -dice Herman Grimm-, que la cartera no pertenecía al propio hombre, sino a su mujer, y que el hombre tiró la cartera a su mujer por descuido, y la mujer podría quejarse del descuido del hombre. Y cabría la posibilidad de otros puntos de vista.

Así vemos cómo personas que parten de puntos de vista diferentes podrían juzgar una acción semejante de forma muy distinta y no tendrían por qué hacer de lo que vivía en el alma el verdadero impulso. Herman Grimm trata este caso en particular porque quiere mostrar hasta qué punto los juicios morales han de tomarse con cierta reserva cuando los encontramos sobre una personalidad tan importante, por ejemplo en las memorias. Todos esos juicios podrían hacerse en las memorias, pues todo el asunto que he estado tratando aquí tuvo lugar realmente en una situación similar, a saber, con el gran poeta Lord Byron. Y al hablar de uno de sus escritores de memorias que conoció a Byron, Herman Grimm se refiere al caso. La razón por la que se le cita aquí es que ilustra con bastante claridad todos los juicios vitales que hemos emitido de muy diversas maneras cuando nos disponemos a juzgar las acciones morales de alguien. Así que hay que decir, en efecto, que si ya es difícil en general, en el sentido de Schopenhauer, justificar la moralidad, entonces se hace francamente imposible abordar la vida anímica de una persona, con un juicio moral concluyente en un caso individual, de tal manera que este juicio moral concluyente acierte realmente con los hechos.

Pero uno no debe juzgarse a sí mismo a partir de estos supuestos como si tuviera que ser indiferente a la moral. Al contrario. Quien capte la vida en su totalidad considerará, sin embargo, la moral como lo más sagrado de la vida humana y llegará a la opinión de que a lo más sagrado de la vida humana también hay que acercarse con una sagrada timidez. Pues en muchos aspectos enfrentarse a otra persona con un juicio moral, es algo osado, en vista de lo mucho que separa un alma de otra.

Después de estas premisas, presentemos ahora lo que se ha dicho aquí sobre el carácter de la ciencia espiritual en estas diversas conferencias. La ciencia espiritual, por una parte, nos conduce más profundamente a los fundamentos espirituales de las cosas. Pero al mismo tiempo hemos visto cómo es capaz de hacer esto: es posible exponiendo las fuerzas más profundas de nuestra vida anímica, de modo que sólo podemos captar los fundamentos espirituales del mundo, haciendo surgir las fuerzas adormecidas en las profundidades del alma humana. Por tanto, estamos utilizando los métodos de la investigación espiritual para acercarnos a las profundidades más hondas del alma humana, esas profundidades a partir de las cuales surgen los impulsos morales a menudo de forma tan misteriosa. Y la pregunta debe ser: ¿Qué ocurre cuando esas investigaciones en las profundidades del alma, que quieren sacar a la luz, se encuentran con los impulsos morales? Después de todo, es en la vida cotidiana ordinaria del mundo físico, donde los impulsos morales pueden hablar con plena certeza desde lo más profundo al alma humana más simple, al alma humana más inculta. Y muchos hombres muy instruidos, hombres que tal vez se cuentan entre los filósofos o son científicos, pueden quedar avergonzados en el campo moral por una personalidad sencilla que no se precie de tener muchos conocimientos y que, sin embargo, desde lo más profundo de su alma es capaz en los casos más difíciles de realizar los actos más abnegados de auténtico amor humano. El conocimiento ordinario, el conocimiento físico externo, no tiene por qué conducir a las profundidades de las que brotan los impulsos morales, los impulsos en los que se ha de basar la moralidad.

De inmediato se ve que si la ciencia espiritual quiere ascender a las fuentes espirituales primigenias de la existencia, es necesario que el alma humana desarrolle en cierto modo tres cosas si quiere llegar a ser un investigador espiritual. En el curso de estas conferencias de invierno se han definido estas tres cosas como las tres etapas del conocimiento suprasensible. En primer lugar, lo que llamamos cognición imaginativa, es decir, la cognición que aparece ante el alma humana cuando ésta se ha liberado completamente de toda observación de los sentidos y de toda actividad intelectual ligada al instrumento del cerebro. Una vez que el alma ha alcanzado el punto en el que siente surgir de sus profundidades un mundo de imágenes, con un mayor entrenamiento del investigador espiritual, éstas se convertirán, en imágenes de las verdaderas realidades espirituales que existen tras el mundo sensorial exterior. El conocimiento imaginativo es el primero. Estas etapas del conocimiento suprasensible también se describen en el libro «¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?».

La segunda cosa a la que tiene que llegar el alma humana, que sólo se puede expresar más o menos pictóricamente y de la cual ya se ha hablado, pero que hoy conviene mencionar brevemente para evitar malentendidos, consiste en que lo que primero ha aparecido pictóricamente, pero que no se puede comparar con las imágenes de un único significado, surge como si surgiera de sí mismo a través de un «lenguaje universal» como conocimiento inspirado. Esto significa que cuando la capacidad de inspiración del investigador espiritual se ha despertado, los seres y hechos espirituales que se encuentran más allá del mundo de los sentidos le hablan.

La tercera etapa, por la que el investigador espiritual penetra realmente en la esencia de los hechos y entidades espirituales, se llama intuición. No se trata de la intuición que a veces se designa con esta palabra en un lenguaje trivial, sino de algo que es un verdadero trascender de la propia vida anímica hacia otros seres, por lo cual el hombre, al conectar su ser con otros seres, llega a ser capaz de penetrar en el interior de seres espirituales fuera de sí mismo. La imaginación, la inspiración y la intuición se oponen, pues, en otros niveles de la cognición a lo que es la cognición de los sentidos y la cognición intelectual.

Por medio de estos tres niveles de conocimiento, el alma humana penetra en el mundo espiritual. Las facultades de la imaginación, o sea, de ver imágenes del mundo suprasensible, así como las facultades de la inspiración, o sea, de oír lo que los hechos espirituales y los seres espirituales de lo suprasensible tienen que revelarnos, y las facultades de la intuición, están latentes en toda alma humana. Las hacemos surgir a través de los métodos que también se han descrito aquí. Por consiguiente, el alma humana debe penetrar en sus profundidades como investigador espiritual para llegar a los fundamentos primigenios de la existencia.

Ya se ha llamado la atención sobre la importancia del punto de partida desde el que el alma alcanza los estadios de su existencia en los que puede ver el mundo espiritual, especialmente cuando expusimos los "errores de la investigación espiritual". Allí se hizo especial hincapié en que aquella alma que no parte de la capacidad moral, de la disposición moral, sufre una especie de impotencia respecto al conocimiento del mundo espiritual. Tal alma mostrará una cierta anestesia para los mundos superiores y sólo podrá revelar de estos mundos superiores lo que se ve a través de una especie de anestesia, que por lo tanto está distorsionada. Ya se ha señalado la conexión entre la disposición moral del alma en el punto de partida y lo que el alma puede alcanzar cuando entra realmente en los mundos espirituales por medio de la imaginación, la inspiración y la intuición. Pero podemos caracterizar de forma aún más precisa el significado de la disposición moral del alma para los niveles superiores de cognición.

En el investigador espiritual la imaginación se produce de tal modo que previamente surgen, como en el horizonte de su conciencia, imágenes de su vida anímica y luego de la esencia de la vida espiritual general. Estas imágenes, que surgen de este modo, y cuyo significado ya hemos descrito, deben ser diferentes según que la persona parta de tal o cual disposición anímica, que ya posea aquí en el mundo físico. Tal alma, que aquí en el mundo físico desarrolla el sentido para la conexión correcta y verdadera de los hechos, cuando asciende a la imaginación mediante los métodos descritos, llevará a los mundos superiores la constitución interior para la conexión verdadera de las cosas para consigo misma. Por consiguiente, podemos decir que un alma que sabe vivir verdaderamente dentro de los hechos del mundo físico sensorial, lleva su veracidad hasta los mundos espirituales. Mientras que un alma que se caracteriza por la inexactitud, -y de la inexactitud, como ya se ha dicho, al error, incluso a la falsedad, sólo hay un pequeño paso-, que se caracteriza por la falta de veracidad aquí en relación con los hechos sensoriales del mundo físico, tal alma lleva la condición interior de la falta de veracidad al mundo en el que han de surgir las imaginaciones, las imágenes del mundo espiritual. Y la consecuencia de esto es que a partir de su falsedad, que no se corresponde con el mundo, sino que brota sólo de su propio ser interior, se construye tal mundo de imágenes que en sí mismo no es más que un desbordamiento de la personalidad en cuestión.

La falsedad, por consiguiente, allí donde el alma asciende a las imaginaciones, hará que tal alma no pueda revelar otra cosa de los mundos espirituales que lo que sólo es el reflejo de su propia falsedad. Por consiguiente, con todo adiestramiento hacia el mundo espiritual, el alma, antes de entrar en el mundo imaginativo, tiene que consolidarse ya aquí en el mundo físico, como preparación para el conocimiento imaginativo por medio de lo que se puede llamar ser fiel a los hechos. Y hay que subrayar, enfáticamente, que todo lo que se aleja de ese ser fiel a los hechos no puede proporcionar una preparación adecuada para la contemplación del mundo espiritual. Para el que quiera convertirse en investigador espiritual será una buena preparación abstenerse en lo posible de toda crítica meramente personal y subjetiva, de todo juicio de las cosas «desde su punto de vista», de toda afirmación: «Creo que esto está bien», «Creo que esto está mal». Por el contrario, una buena preparación para el conocimiento espiritual, es cuando uno intenta lo mejor que puede y tanto como puede aquí en el mundo físico, abstenerse de todo juicio desde el propio punto de vista personal, de toda afirmación del propio punto de vista subjetivo personal; si uno se esfuerza por dejar que los hechos de la vida hablen sólo por sí mismos. Por lo tanto, encontraremos a aquel que está en el camino correcto hacia el mundo espiritual esforzándose, en todo lo que cuenta o describe, no en exponer lo que él opina sobre las cosas, sino en dejar que las cosas hablen por sí mismas esforzándose en reunir más justamente los hechos.

Por tanto, si nos enfrentamos a una persona que dice en cada oportunidad: Esto o aquello ha sucedido aquí o allá, lo encuentro desagradable; algo ha sucedido aquí o allá, no lo encuentro bueno; algo ha sucedido aquí o allá, lo encuentro feo, lo encuentro bello, -y cualesquiera que sean las gradaciones, tal persona no está en el camino correcto para penetrar en los mundos espirituales. Está más bien en un buen camino si se esfuerza por suprimir tal juicio y simplemente cuenta los hechos, si mira los hechos y los deja hablar por sí mismos y los convierte en su principio: Cuando impongo mi criterio a alguien, es mi criterio, - entonces no sólo se le insta a creerme que lo que digo es verdad, sino también que tengo un criterio. Pero si me propongo contarle a la persona lo que he encontrado aquí y allá, ella puede formarse su propio juicio. Cuanto más se fuerza uno a esta última forma de ver el mundo y de contar las cosas, más se equipa con ser fiel a los hechos y se prepara para la cognición imaginativa. Quien quiera prepararse para la cognición imaginativa debe abandonar el hábito de decir con cada experiencia: encuentro las cosas de esta o aquella manera. Debería considerar insignificante lo que pueda encontrar sobre las cosas y esforzarse por ser sólo la herramienta a través de la cual hablan las cosas o los hechos.

Cuando se tiene esto en cuenta, se percata de que una virtud muy esencial, la veracidad, ha de formar parte desde el principio de los medios preparatorios adecuados para un adiestramiento metódico para el conocimiento de los mundos superiores. Uno no puede avergonzarse dudando de que un correcto entrenamiento para el conocimiento de los mundos superiores es, o al menos debe ser, moralmente propicio. Sí, aquí el asunto se presentará desde otra perspectiva. Se puede argumentar que alguien no se está preparando para los mundos superiores mediante la veracidad que se acaba de describir. Después, basta con que se someta al adiestramiento anímico adecuado, a los ejercicios apropiados, para que, en efecto, pueda despertar los poderes dormidos de su alma y, por fin, se encuentre ante un mundo imaginativo. ¿Pero qué es entonces? Este mundo no es entonces otra cosa que la imagen especular de su propio ser. Y debido a que en el momento en que uno prescinde del mundo de los sentidos, cuando prescinde también del intelecto, que está ligado al cerebro, tiene ante sí este mundo imaginativo como algo real, independientemente de que exprese algo real o de que sólo sea el reflejo de su propio ser, quien lo tiene, quien no está debidamente preparado por la veracidad también tendrá ante sí un «mundo imaginativo», porque le engaña haciéndole creer que es real y, sin embargo, no es más que el reflejo de su propia alma, de su propio ser interior. Este mundo es entonces una tentación constante a la falsedad. Por lo tanto, se puede decir que aquel que no penetra en el mundo espiritual practicando la veracidad se pone en una posición en la que las tentaciones de la falsedad y la mentira están constantemente presentes en su entorno cuando percibe en el mundo suprasensible. De esto debe deducirse por sí mismo que todo ascenso al mundo suprasensible debe estar relacionado con el fomento de la virtud de la veracidad, con el fomento sobre todo la fidelidad a los hechos. Pues sólo si guardamos fidelidad a los hechos, una fidelidad para el contexto de los hechos en el mundo físico fuera de nosotros mismos, podemos educarnos para ser veraces.

Lo mismo ocurre de forma similar con la inspiración, sólo que en este ámbito se vuelve aún más vívida, aún más significativa. A través de la inspiración las cosas que están espiritualmente presentes en nuestro entorno comienzan, por así decirlo, a hablarnos; se nos revelan, nos revelan su naturaleza. No las oímos a través de voces y sonidos similares a los externos, sino que las oímos espiritualmente.

Para que el ser humano no se limite a escuchar lo que su propio ser le revela, sino que conozca un mundo objetivo y real, es necesaria otra preparación. Esto requiere la elevación de una virtud muy especial del alma. Tales cosas sólo pueden comprobarse a través de la experiencia. Quien desee alcanzar la inspiración debe desarrollar en sí mismo la virtud del valor moral, la firmeza y la fortaleza en un grado superior al necesario para el mundo ordinario. Porque sólo aquellos que tienen coraje moral, que no se arredran ante nada que pueda poner en peligro su propia personalidad, podrán soportar lo que se les dice a través de la inspiración de las realidades espirituales. Y quien no haya desarrollado suficientemente la fortaleza y el coraje moral antes de entrar en los mundos espirituales, muy pronto se dará cuenta, -o más bien no se dará cuenta tan fácilmente, pero los demás que entienden algo del asunto se darán cuenta-, de que ciertas cosas le hablan efectivamente desde el mundo espiritual, pero que todo lo que le habla de este modo no es más que un eco de su propio ser. Porque cuando su alma no es lo suficientemente fuerte, debido a que no tiene pleno apoyo en sí misma, no puede retener dentro de sí lo que es, sino que lo irradia, y por eso vuelve a ella lo que ella misma es. Un alma que no está preparada para la inspiración mediante el valor moral, muy pronto se presentará como alguien que oye algo así como «voces espirituales», solo que estas voces espirituales no serán otra cosa que lo que ella lleva dentro de sí, que no es más que un eco de su propio ser. Cuando tal alma se dé cuenta entonces de que éste es el caso, tanto más le sobrevendrá el desaliento por lo que le llega del mundo espiritual.

Así pues, nuevamente vemos que una cualidad esencial del alma, una cualidad a la que no se le puede negar su carácter moral, debe ser fortalecida y fortificada si esta alma quiere penetrar hacia arriba en el mundo suprasensible, esa cualidad no es otra que el valor moral, la fortaleza moral. Esto es indispensable como preparación para la verdadera inspiración. De ello se deduce fácilmente que ante todo hay que fortalecer el valor moral ya en el mundo físico antes de querer convertirse en investigador espiritual, para que el alma pueda percibir realmente las revelaciones de lo que se da a través de las imaginaciones también a través de las inspiraciones.

Muchas personas que no entendieron el asunto lo suficientemente a fondo creyeron que podían confiar en el valor moral de tal o cual alma, luego le dieron a ésta los medios para ascender al mundo suprasensible, después de algún tiempo pudieron encontrarse con el alma, -y ésta no reveló otra cosa que sólo el reflejo de su propio ser, que ella interpretaba como «sonidos», como «palabras».

Por lo tanto, el entrenamiento espiritual está íntimamente relacionado con el aumento de la fuerza moral y, por lo tanto, todo entrenamiento espiritual correctamente comunicado trabajará sobre todo para el fortalecimiento y la consolidación de la fuerza moral. Por lo tanto, dondequiera que ustedes encuentren la descripción de los métodos por medio de los cuales se penetra en los mundos superiores, por ejemplo en mi escrito «¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?», encontrarán también referencias a la necesidad de fortalecer la fuerza moral. Pues la fuerza moral no debe permanecer meramente tal como es en la vida ordinaria del mundo físico, sino que debe ser aumentada y fortalecida.

Pero cuando pasamos a la intuición, por medio de la cual el alma, convertida en investigadora espiritual, es casi capaz de ponerse en el interior de otro ser espiritual o de otro hecho espiritual, nos encontramos especialmente ante lo que es necesario a este respecto. Aquí nos encontraremos con que resulta casi imposible empatizar realmente con otros seres después del entrenamiento espiritual si no nos hemos ocupado ya aquí, en el mundo físico, de aumentar lo que puede llamarse interés abierto por todo lo que nos rodea, interés libre, abierto. Toda la estrechez de miras del alma, todo el repliegue del alma sobre sí misma, todo lo que sea evitar dirigir la atención del alma hacia la compasión y la alegría de los semejantes, mas todo cuanto ya nos rodea en el mundo sensorial, todo esto impide al alma, cuando ha ascendido al mundo espiritual, llegar a la verdadera intuición, al verdadero conocimiento de los seres superiores. Y aquí nos encontramos en el terreno en el que nuestras consideraciones tocan lo que Schopenhauer llama su «justificación de la moral».

Schopenhauer no era en absoluto un científico espiritual en el sentido en que aquí se entiende la ciencia espiritual. Por eso, también para él, el alma que desciende a sus profundidades no se separa de tal modo que desarrolle una trinidad de fuerzas correspondientes a los tres estadios de la cognición, -imaginación, inspiración, intuición-, sino que para él todo se funde. El «alma» es una nebulosa de todas las fuerzas que viven en sus profundidades. Así, Schopenhauer tampoco puede separar las virtudes morales, cuya formación debe ser la preparación para la educación espiritual: Para la Imaginación: el atenerse a los hechos como base de la virtud de la veracidad, la fortaleza como base de la que conduce a la inspiración, y la tercera, -que Schopenhauer discute a fondo-, la que yace latente en las profundidades del alma y que en general puede llamarse interés por el entorno y los seres circundantes. Pero Schopenhauer llama la atención sobre algo más, y aquí se muestra en cierto sentido profundamente ingenioso. El llama la atención sobre, -algo que de hecho es una de las pocas características anímicas e impulsos anímicos que ya muestran en el mundo físico-, que entre alma y alma existe una conexión subterránea, por así decirlo, directa. Schopenhauer llama la atención sobre la compasión, mejor dicho, sobre la simpatía. Basta con mencionar la palabra piedad, compasión, de la que Schopenhauer dice que debe estar presente en toda alma que pueda llamarse moral, y se sentirá, en primer lugar, que con esta compasión se toca algo que está realmente conectado con el impulso moral más íntimo, con aquello que realmente puede establecer la moralidad. Por otra parte, hemos de admitir que con la palabra compasión estamos tocando algo que es una intuición ya presente en el mundo físico, una transferencia de la propia alma al alma del otro. Una prueba de que existe una conexión sub física entre alma y alma, una prueba de que el espíritu con sus poderes está presente entre alma y alma, una prueba de ello para todo aquel que pueda mirar el mundo con sensatez, es lo que se puede describir con la palabra compasión.

Schopenhauer, -y muchos otros que han indagado en estas cosas-, llama con razón compasión, simpatía, al verdadero misterio del alma humana, que ya puede observarse aquí en el mundo físico. Pues hay algo infinitamente profundo cuando un alma encerrada en un cuerpo siente algo por lo que la otra alma se alegra, o por lo que la otra alma sufre, de modo que en el traspaso una y otra vez de las potencias de un alma a la otra hay realmente una especie de misterio espiritual ya aquí en el mundo físico. Por eso Schopenhauer dice: Por mucho que se predique la moralidad: La moralidad se basa en este vivir de un alma en la otra alma, la moralidad sólo se basa en la compasión, o en la piedad. Por lo tanto, se puede decir muy bien que, en el sentido de Schopenhauer, hay tanta moralidad en el mundo como compasión. Schopenhauer tenía razón al señalar que sería insoportable escuchar la frase: «Este hombre es virtuoso, pero no conoce la compasión». Schopenhauer dice: Todo el mundo sentirá la imposibilidad de que pueda pronunciarse tal frase, de que la virtud y la falta de compasión puedan combinarse en una misma alma. Por eso Schopenhauer piensa que es insoportable oír la frase: «Es un hombre injusto y malvado y, sin embargo, es muy compasivo», aunque se puede decir, en efecto, que las razones internas del alma humana son a veces tan confusas que también se puede experimentar esto, cómo alguien puede, sin duda, hacer actos bastante malos, poco virtuosos y, sin embargo, desarrollar un cierto sentimiento, por ejemplo, hacia las palomas y animales similares. En conjunto, sin embargo, puede decirse que Schopenhauer toca aquí las profundidades del razonamiento moral, cuando habla de la compasión.

Si se habla en el sentido de la ciencia espiritual, entonces hay que extender el principio de la compasión un poco más, y entonces se presenta ante nuestra alma, lo que se puede describir como el interés participativo, como la atención participativa por todo lo que sucede en el entorno que nos rodea. Porque una persona no tiene un interés verdadero e interior en una alegría que se experimenta si no puede experimentar esta alegría, y una persona no tiene un interés verdadero y profundo en el sufrimiento de otro ser si no puede sufrir el sufrimiento dentro de sí misma. En muchos aspectos la piedad, la compasión y el interés coinciden. Tener verdadero y real interés es tener amor. Pues no se puede tener interés sin tener amor en el verdadero sentido de la palabra, sin compasión.

Ahora bien, la preparación correcta para un conocimiento intuitivo aquí, en el mundo físico, es la que tiene por objeto, en la medida de lo posible, fortalecer el alma, vigorizarla, de modo que el alma se acostumbre a interesarse por todo lo que vive, respira y es, a ser capaz de prestar atención a todo lo que la rodea. Cuanto más profundo pueda ser nuestro interés, mejor nos prepararemos como investigadores espirituales para la intuición de los mundos superiores. Por lo tanto, puede decirse que para la ciencia espiritual en particular, el fulgor de la compasión en el mundo físico aparece como un reflejo del hecho de que esos poderes profundos del alma que conducen a la intuición sólo pueden desarrollarse verdadera y correctamente si el alma se prepara para ello interesándose realmente por el entorno, es decir, amando, teniendo compasión.

Por eso, dondequiera que se hable del camino recto hacia la preparación espiritual, vemos que este camino recto es inseparable de aquello que es, al mismo tiempo, la virtud moral más importante del hombre. Pues las virtudes morales más significativas, es más, las más fundamentales radican, por así decirlo, en el amor interesado, en la mirada atenta a todo sufrimiento y a toda alegría, a toda existencia en general, en la firmeza de carácter del alma y en la veracidad. Quien quiera comprender cualquier virtud, por ejemplo una virtud como es la lealtad sin duda, podrá reconocerla fácilmente como una forma especial de firmeza. La persona que es firme también sabrá ser fiel de la forma adecuada. Todas las virtudes, podría decirse el ámbito de las virtudes, se resumirán en cierto modo a estas tres cualidades del alma.

Ahora bien, si se ha de describir la relación de la ciencia espiritual con la moral, también hay que llamar la atención sobre el modo en que el hombre, cuando llega realmente a contemplar el mundo espiritual, ya sea mediante el adiestramiento espiritual o simplemente aceptando con mente imparcial lo que la investigación espiritual le ofrece, se enfrenta a un mundo que le plantea exigencias muy especiales, exigencias que sin duda incluirán lo que el alma necesita en términos de confianza, esperanza, fortaleza, etcétera. Pero el hombre también llega a un punto en el que se enfrenta a sí mismo, en el que hasta cierto punto ha salido de su esfera personal en pleno conocimiento de sí mismo, en el que ha entrado en un mundo que ya no es sólo portador de sus intereses personales, de sus intenciones personales. En el camino de la investigación espiritual, nuestra alma llega a este punto, en el que se enfrenta a sí misma, en el que se enfrenta a su personalidad, en el que se enfrenta al ser que ha sido hasta ahora. Ya se ha señalado que en la investigación espiritual esta confrontación con el ser que uno ha sido hasta ahora se describe como el encuentro con el guardián del umbral, ese umbral que separa el mundo suprasensible del mundo físico ordinario. Con este guardián del umbral se da uno cuenta por primera vez de lo que uno es, de lo que antes llamaba su personalidad, de sus intereses, de lo que deseaba, de lo que sentía como algo relacionado con simpatía o antipatía. Todo esto se presenta ante uno, como un ser ajeno que sale de uno mismo. Lo ve uno como un ser extraño y aprendes a decir: Todo esto lo has dicho hasta ahora. Ahora lo tiene uno ante sí y se le muestra como otro ser; está uno fuera de sí. Lo mismo sucede con el sentimiento, y con la voluntad del hombre en el momento del encuentro con el Guardián del Umbral. Cuando se experimenta esto, uno se da cuenta también de lo fuertes que son todas las fuerzas magnéticas que le atraen hacia la personalidad que era y que, en realidad, debe abandonar.

Esta es la experiencia significativa, mencionada aquí antes como demoledora, donde uno se da cuenta: Sí, uno debe deshacerse de sí mismo, pero este ser que uno era, al que uno se enfrenta, no quiere soltarlo, tira de uno con cien y cien fuerzas. - Y si uno es presa de estas fuerzas, si uno no puede liberarse de lo que antes llamaba «uno mismo», entonces no puede entrar en el mundo espiritual. Al conocerse a sí mismo, uno llega a conocer el vínculo entre el mundo superior, entre los poderes superiores de cognición que siempre están latentes en el hombre, y lo que uno es en el mundo físico. sino que la intensidad de las fuerzas vinculantes también crecen al alejarse de uno mismo, de modo que uno siente que todo lo que quiere tirar de uno hacia atrás se hace más fuerte cuanto más se aleja de uno mismo. Cada vez es uno más consciente de lo que le atrae de la personalidad ordinaria, y también es cada vez más consciente de lo necesario que es haber adquirido previamente fuerzas para resistir a estas fuerzas magnéticas. Esto significa que la entrada real en el mundo espiritual debe ir precedida, en realidad, de un fortalecimiento tal de las fuerzas anímicas en lo bueno, en lo moral, de una inclinación tal hacia lo que el espíritu exige de nosotros, que uno pueda resistir las tentaciones de la personalidad inferior con una fuerza mayor que la necesaria en el mundo físico.

Por eso, sólo cuando uno se encuentra ante el acontecimiento estremecedor descrito, se da cuenta de cómo todo acercamiento al espíritu es al mismo tiempo un acercamiento a exigencias morales. Por tanto, a través de la experiencia, volvemos a tener algo de lo que Platón, el gran filósofo griego, justifica cuando llama a lo divino «el bien». Cuanto mas nos abstengamos de juicios morales al enfrentamos a fenómenos naturales, tanto más correcto será nuestro juicio sobre ellos. ¿Quién juzgaría moralmente un cristal de sal o una planta atrofiada en su desarrollo? En el mundo físico ordinario el orden natural y el orden moral del mundo convergen, de modo que uno sólo siente la profundidad del orden moral del mundo, cuando se da cuenta de que sólo se es realmente admitido en el mundo espiritual con fuerza moral. Por eso se considera un principio del mundo espiritual, y esto es de nuevo una experiencia: Cualquiera puede llegar hasta el Guardián del Umbral; sólo quien lo supera mediante su fuerza moral puede superarlo. Pero aquel que sólo llega hasta él y luego tiene que retroceder, entonces tiene ante sí un mundo espiritual que sólo es el reflejo de su propio mundo interior. Pues quien puede creer que tiene todo un mundo espiritual ante sí, también puede fingir ante otras personas lo que cree tener como mundo espiritual ante sí.  Y otras personas pueden creer que es un mundo espiritual que corresponde a la verdad. Si él no ha podido traspasar el guardián del umbral a través de su fuerza moral y a través de la condición moral de su alma, entonces su mundo espiritual no está impregnado de verdad, ni de objetividad. Por lo tanto, será evidente que todo conocimiento real del mundo espiritual ofrecerá tal representación de las condiciones espirituales que, por la naturaleza de su representación en el alma, no sólo predica la moralidad, sino que también la establece.

Esto resulta especialmente claro cuando se considera lo que aquí se ha presentado a menudo como un conocimiento necesario de la ciencia espiritual desde los más diversos puntos de vista: la vida del alma humana a través de repetidas vidas terrenas. Todo lo que somos en una vida forma las causas de las cualidades que tenemos en la vida siguiente. Y al igual que somos del modo que somos en una vida, también las cualidades que llevamos dentro son los efectos de vidas terrenas anteriores. Un alma que no desarrolla el atenerse a los hechos, por causa de no ajustarse a los hechos, preparará en su siguiente vida terrenal tales circunstancias que formarán las disposiciones para un alma que desde el principio muestra falsedad en su disposición. La falsedad, por así decirlo, practicada a través de tal vida anímica, produce disposiciones de falsedad para la siguiente vida terrenal. Sólo la veracidad, practicada en una vida anímica, produce veracidad para la siguiente vida terrena ya en la disposición, en el talento exterior, de modo que si se muestra la veracidad como preparación necesaria para la formación espiritual, al mismo tiempo se apunta a algo que, más allá de la muerte, moldea el alma para la siguiente vida terrena con mayor moral de lo que estaba antes.

Si en lugar de fortaleza, de coraje moral, en el alma se desarrolla una cierta indiferencia, una cierta ligereza interior, un cierto alejamiento en el alma de la fidelidad a uno mismo, de llevar a cabo lo que uno ha reconocido como verdadero y correcto, entonces, puesto que esto tiene un efecto sobre la inspiración, tal vida anímica, en la que se prescinde de esta educación para la fortaleza, asentará, por así decirlo, tales causas que, como por inspiración, actúan en la vida siguiente y allí hacen al alma egoísta, engreída. El egoísmo en una vida es, por así decirlo, inspirado a partir de la vida precedente por el hecho de que en esta última no prevaleció en el alma el valor moral. Y practicar la indiferencia hacia todo el mundo exterior, el desinterés, la falta de atención, la cerrazón egoísta, obra de tal modo que, como una intuición por así decirlo, envía a este ser presente a la siguiente encarnación, a la siguiente vida en la tierra, y lo intuye de tal modo que esta siguiente vida también da los frutos de ello, es decir, que entonces ya produce en sus disposiciones una alienación con el entorno, una falta de cohesión con el entorno.

¿Pero qué significa estar «alienado del entorno» en el alma humana? Oh, significa mucho. Quien está alienado del entorno, quien no está adaptado al entorno, le afecta de tal manera que le enferma constantemente, y por consiguiente esto no sólo afecta al alma, sino que también afecta al cuerpo. Las predisposiciones enfermizas, malsanas, son enviadas como una intuición de una vida anterior en la tierra a una vida posterior por el hecho de que esta alma vaga por la vida sin interés, sin prestar atención. Lo que es más espiritual en una encarnación, -falta de interés, falta de compasión por el mundo que nos rodea-, se profundiza en la siguiente encarnación, en el ser físico, y aparece como enfermedad. A menudo se dice que cuando la ciencia espiritual habla de vidas terrenas repetidas en el sentido de que el karma equilibrará en una vida posterior lo que una persona ha experimentado en alegría o sufrimiento, esto justifica un cierto egoísmo. Pero si uno no polemiza sobre las palabras, sino que mira lo que es importante, si uno no quiere hablar meramente de prédica moral, sino de razones morales, entonces hay que decir: <Para ser cada vez más y más moral, el alma debe ser cada vez más y más perfecta, es decir, deben demostrarse los impulsos interiores para que sea cada vez más perfecta. Hay que mostrar, pues, cómo se relacionan los impulsos morales con la perfección o imperfección del alma. Cuando se trata de mostrar la relación de la ciencia espiritual con la moral, entonces podemos decir: Esta ciencia espiritual se justifica ciertamente ante las legítimas exigencias de la moral, pues entre sus requisitos más importantes debe incluir al mismo tiempo las exigencias morales. Hasta cierto punto, justifica ciertamente, aquellos impulsos que prevalecían en un pensador como Platón, por ejemplo, que describía lo divino-espiritual como el «bien», mostrando que lo espiritual sólo puede tolerar el bien, es decir, que debe estar íntimamente relacionado con el bien.

Por tanto, la ciencia espiritual puede considerarse como algo que ya contiene en sí los principios que establecen la moralidad, no de un modo externo, sino interno. Y además de muchas otras cosas, de las que tendremos que hablar en la próxima conferencia, que la ciencia espiritual debe dar al hombre para el apoyo interior de su alma, para la salud de su alma, para todo lo que necesita en fuerza para trabajar, en seguridad para sostenerse en la vida exterior y para penetrar en lo que es su tarea, a todo esto la ciencia espiritual puede darnos algo más, que es un importante añadido a la concepción de la vida humana, que debe satisfacer al alma humana. Al principio de esta conferencia llamamos la atención sobre cómo la moral y el juicio moral apuntan a aquellas profundidades del alma humana en las que el alma calla ante la otra alma con santa timidez porque es consciente de la dificultad de penetrar hasta donde residen los impulsos morales en el alma. Habiendo visto pues, que quien habla de principios morales en la vida toca esas profundidades desconocidas del alma humana, ante las cuales debemos detenernos con el mayor respeto, de tal manera que debemos decirnos a nosotros mismos que toda intervención injustificada en esta alma humana, es en sí misma una cosa inmoral; la moral hace que nos posicionemos ante cada uno de nuestros semejantes de tal manera que inmediatamente sospechamos: -al vez estamos allí con el juicio moral ante las profundidades de su alma-, de modo que la ciencia espiritual nos muestra que estas profundidades del alma humana, cuando están fortalecidas, cuando están vigorizadas y consolidadas, conducen efectivamente al mundo espiritual objetivo, sólo entonces hacen del alma un conciudadano de los mundos espirituales.

Habiendo visto pues, que quien habla de principios morales en la vida toca esas profundidades desconocidas del alma humana, ante las cuales debemos detenernos con el mayor respeto, de tal manera que debemos decirnos a nosotros mismos que toda intervención injustificada en esta alma humana, es en sí misma una cosa inmoral; la moral hace que nos posicionemos ante cada uno de nuestros semejantes de tal manera que inmediatamente sospechamos: -tal vez estamos allí con el juicio moral ante las profundidades de su alma-, de modo que la ciencia espiritual nos muestra que estas profundidades del alma humana, cuando están fortalecidas, cuando están vigorizadas y consolidadas, conducen efectivamente al mundo espiritual objetivo, sólo entonces hacen del alma un conciudadano de los mundos espirituales. 

De este modo, la concepción científico-espiritual de la moral nos reconcilia con lo que podemos llamar el verdadero valor del alma humana. Pone en nuestra boca las palabras que, frente a mucho de lo que necesitamos, -en fuerza de alegría y abundancia, en fuerza de espíritu y alma, en consuelo para muchos de los sufrimientos de la vida-, nos permiten suponer que en cada situación del alma humana, aunque esta alma no sea consciente de esto o de aquello, hay mucho en lo que el alma puede decir de sí misma: ¡Aunque esté muy escondido, hay algo en mí que profesa ser bueno! Y eso contribuye más, cuando el alma necesita fuerza para mantenerse, contribuye más a la fuerza de la vida y a la fuerza del trabajo, cuando el alma humana, a pesar de muchas aberraciones en la esfera moral, puede sin embargo decirse a sí misma, -y puede decírselo a sí misma gracias al conocimiento de la ciencia espiritual- lo que dice Theone en el drama "Helena" del poeta griego Eurípides:

Quiero el bien por naturaleza, y lo amo,
¡porque debo respetarme a mí misma!

Traducido por J.Luelmo oct.2024