CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA211 Dornach, 25 de marzo de 1922. De la anterior percepción directa de lo anímico-espiritual, a la percepción actual del cadáver de la naturaleza,

   Índice

RUDOLF STEINER


De la anterior percepción directa de lo anímico-espiritual, a la percepción actual del cadáver de la naturaleza,

CONFERENCIA 3 

Dornach, 25 de marzo de 1922.

A menudo hemos vuelto la mirada hacia los puntos de vista de épocas más antiguas, hoy queremos hacer lo mismo en cierto sentido, es decir, con el objetivo de obtener algunos puntos de vista para la comprensión histórica de la humanidad y de su desarrollo. Si retrocedemos miles de años en ese desarrollo, por ejemplo, a los tiempos a los cuales nos referimos en nuestra terminología, con el nombre de período cultural de la antigua India, allí descubrimos, que la forma de ver las cosas de la gente en aquella época era muy diferente, -comparado con un período muy alejado de éste-, de la forma de ver las cosas en nuestro tiempo. Cuando retrocedemos a aquellos tiempos más antiguos, descubrimos que la gente simplemente no veía la naturaleza como la vemos hoy en día. La gente la veía de tal manera que todavía percibía directamente entidades espirituales en todo, en los elementos individuales de la superficie terrestre, en las montañas y los ríos, pero también en todo lo que rodea inicialmente a la tierra, en las nubes, en la luz, etcétera. Para una persona de tiempos tan antiguos, habría sido impensable hablar de la naturaleza como lo hacemos nosotros. Porque se habría sentido como nos sentiríamos nosotros si pudiéramos sentarnos frente a una colección de cadáveres, -la imagen es un tanto grotesca, pero sin duda se corresponde con los hechos-, y luego decir que estábamos entre seres humanos. 
Lo que hoy se presenta al hombre como naturaleza, miles de años antes de nuestra época, el hombre lo habría percibido sólo como el cadáver de la naturaleza. Pues en todo lo que le rodeaba él percibía espiritualidad. Sabemos que cuando la humanidad de hoy oye en la poesía o en los relatos de mitos y leyendas de antaño, que muestran que aquellas gentes creían que había espiritualidad en el manantial, en el río que fluye, en el interior de la montaña, etc., se hacen la idea de que ellos dejaban trabajar su imaginación, que escribían poesía. Pues bien, ése es un punto de vista ingenuo. Los antiguos no escribían poesía en absoluto, sino que percibían lo anímico-espiritual como se perciben los colores, como se perciben los movimientos de las hojas de los árboles, etcétera. Ellos percibían directamente lo anímico-espiritual, y habrían considerado que lo que hoy llamamos naturaleza no es mas que el cadáver de la naturaleza. Pero en cierto sentido, algunos individuos de entre estas gentes antiguas se esforzaban por obtener una visión diferente de la que era la visión general. Saben, hoy en día, cuando las personas se esfuerzan por obtener un punto de vista diferente del común, y si son capaces de hacerlo en absoluto, entonces se convierten en «personas estudiadas», entonces reciben conceptos sobre lo que de otro modo sólo ven externamente. Luego absorben la ciencia, como se la denomina. Esta ciencia no existía en los tiempos de los que hablamos ahora. Sin embargo, los individuos también se esforzaban por ir más allá de la visión general, más allá de lo que se conocía en la vida cotidiana. Pero no estudiaban de la misma manera que se estudia hoy en día. Ellos hacían ciertos ejercicios. Estos ejercicios no eran como aquellos de los que hablamos hoy en la antroposofía, sino que eran ejercicios que estaban más estrechamente ligados al organismo humano, especialmente en aquellos tiempos más antiguos. Por ejemplo, eran ejercicios mediante los cuales el proceso respiratorio se desarrollaba en algo distinto de lo que es por naturaleza. Así que no se sentaban en laboratorios, ni se realizaban experimentos, pero sí se llevaban a cabo experimentos sobre uno mismo, por así decirlo. Se regulaba la respiración. Por ejemplo, se aspira, se contiene la respiración y se intenta experimentar lo que ocurre dentro del organismo cuando la respiración cambia de esta manera. Tales ejercicios respiratorios no deberían repetirse hoy en día. Pero ciertamente fueron una vez un medio por el cual la gente creía que podía llegar a conocimientos mayores que los que podían alcanzar cuando miraban la naturaleza con sus puntos de vista habituales, cuando veían las cosas externas de la naturaleza como las vemos nosotros, pero también veían lo anímico-espiritual en todas las cosas naturales. Cuando la gente se dedicaba a tales ejercicios, cuya esencia, aunque debilitada, se ha conservado en lo que hoy se describe desde Oriente como ejercicios de yoga, cuando cambiaban su respiración en comparación con la respiración ordinaria, entonces lo anímico-espiritual desaparecía de la vista del entorno, y era precisamente a través de tal respiración como la naturaleza se convertía para esta gente en lo que hoy vemos. 
Así pues, para ver la naturaleza como la vemos hoy, esas personas tenían que hacer primero ejercicios en aquellos tiempos antiguos. De lo contrario, las entidades anímico-espirituales les saltaban encima desde todos los seres de su entorno. Hasta cierto punto, expulsaban estas entidades cambiando su proceso respiratorio. De este modo, se esforzaban, -si se me permite utilizar la expresión que es de uso común hoy en día para aquellos que se esfuerzan por ir más allá de la visión general-, por dejar de tener la naturaleza a su alrededor de forma espiritualizada, para tenerla a su alrededor de tal manera que la sentían como una especie de cadáver. También se podría decir que estas personas, mirando a la naturaleza, se sentían como si estuvieran en un universo anímico-espiritual arqueado, ondulante, pero se sentían en él como se sentiría una persona del presente si estuviera soñando con imágenes vívidas y apenas pudiera despertar de estos sueños. Así es como se sentían. ¿Pero qué conseguían estos individuos, -los llamaremos los eruditos de aquella época antigua-, cuando, mediante ejercicios tan especiales, se elevaban fuera de esta vida viva y pujante y la amortiguaban en su percepción, de modo que realmente tenían la sensación de que ahora tenían un cuerpo muerto y cadavérico a su alrededor? ¿Por qué se esforzaban? Estaban esforzándose por tener una mayor sensación de sí mismos. Se esforzaban por conseguir algo a través de lo cual se experimentaban a sí mismos, a través de lo cual se sentían a sí mismos. La gente de hoy dice «yo soy» a cada momento. Para ellos, «yo» es una palabra que pronuncia muy a menudo, de la mañana a la noche, porque le resulta natural, le sale de forma natural. Para aquellos antiguos, decir «yo» o incluso «yo soy» no formaba parte natural de la vida cotidiana. Tuvieron que adquirirlo. Primero tuvieron que hacer ejercicios como éste. Y haciendo estos ejercicios, llegaron a tal experiencia interior que pudieron decir con cierta verdad: «Yo soy». Primero tomaron conciencia de su propio ser. Así que aquello que para nosotros es algo evidente por sí mismo, para estas personas sólo se convirtió en experiencia cuando se esforzaron en un proceso de respiración interior. Primero tuvieron que mitigar su entorno, por así decirlo, en aras de la contemplación, para despertarse a sí mismos. A través de esto llegaron a la convicción de que son ellos mismos, de que podían decirse a sí mismos «Yo soy».
Pero con este «yo soy» se les otorgó algo que hoy en día volvemos a dar por sentado. Se les otorgó el desarrollo interno de su intelecto. Desarrollaron así la posibilidad de tener un modo de pensar interior, separado. Cuando nos remontamos a los tiempos en que las antiguas visiones orientales marcaban la pauta de la civilización, por aquel entonces precisamente se daba el caso de que las personas sentían una naturaleza animada en la vida cotidiana, pero tenían un sentido del yo muy débil, casi nulo, no resumían en absoluto este sentido del yo en la convicción "yo soy", sino que solo un reducido grupo de personas formadas a través de los centros de Misterios, eran llevadas a experimentar este "yo soy". Pero incluso en tales circunstancias, no experimentaban este «yo soy» de la forma en que hoy lo damos por supuesto, sino que en el momento en que su proceso respiratorio les permitía poder decirlo por convicción interior, por experiencia interior, experimentaban algo que incluso las personas de hoy no experimentan realmente en un primer momento. Piensen ustedes en su infancia: pueden llegar hasta cierto punto, luego se detiene. Una vez fueron también un bebé, y no obstante desconocen cómo vivían interiormente cuando eran bebés. Llega un día en que su memoria se detiene. Seguro que ustedes ya estaban allí, gateando por la tierra, siendo acariciados por su madre o su padre. Puede que retozaran allí, que movieran las manos, pero para su conciencia ordinaria, ignoran por completo lo que experimentaban interiormente. Pero era una vida anímica más activa, más intensa que la posterior. Porque esta vida anímica más intensa, por ejemplo, moldeaba su cerebro de un modo plástico, penetraba en el resto de su cuerpo y lo moldeaba de un modo plástico. Había una intensa vida anímica presente, y el antiguo indio se sentía transportado a esta vida anímica en el mismo momento en que se decía a sí mismo: «Yo soy». Imagínense vívidamente cómo era eso. 
Él no se sentía en el tiempo presente cuando se decía a sí mismo "yo soy", se sentía transportado a su infancia, se sentía como se había sentido en su infancia, y desde allí se decía "yo soy" a toda su vida posterior. No tenía la sensación de poder decirse «yo soy» a sí mismo ahora, sino que tenía que volver a su primera infancia para hacerlo. Entonces, por así decirlo, el poder que dice «Yo soy» fluía desde esa primera infancia hacia todos los años posteriores. 
Esta regresión era algo bastante natural. Pero relacionado con ello había algo más. Cuando la gente se ponía de nuevo en este camino, decían en cierto modo, -ahora lo estoy expresando de forma un tanto grotesca, pero es una verdad-: ahora estoy volviendo a la cabecita que tenía cuando era un bebé, porque dentro hay una vida anímica, que ahora se me hace transparente, que dice «yo soy». Este es todavía el caso de la gente hoy en día, sólo que ellos no saben nada al respecto, pero en la antigüedad adquirieron un conocimiento de ello. Pero a través de esto él estaba dentro de esta vida anímica del bebé, y sabía que esta vida anímica del bebé no es de este mundo. Eso lo trajo consigo de la época en que aún no tenía cuerpo. Lo tenía en el mundo espiritual. Fue allí donde sentía, percibía y experimentó mi «yo soy» más intensamente, lo trajo consigo, y cuando dispuso de un cuerpo, fluyó hacia fuera, externamente, por así decirlo, en la forma corporal . Y entonces, después de fluir hacia la forma del cuerpo, su propia vida anímica volvió a el desde dentro. Pero sólo fue atraída a este ser interior después de haber vivido previamente en el mundo anímico-espiritual. En otras palabras, al retrotraerse primero a sus días de bebé a través de su proceso de respiración, este antiguo Yogui indio tomaba conciencia del tiempo anterior a su existencia terrenal. Eso le parecía como un recuerdo. Igual que cuando una persona recuerda hoy algo que experimentó hace diez años, así era como la aparición de un recuerdo en el momento en que el «yo soy» se proyectaba a través del alma, cuando en este período de la antigua India el hombre se fortaleció interiormente mediante ejercicios de respiración y mitigaba el mundo exterior que le rodeaba, pero en cambio dio vida a lo que no era su mundo exterior ahora, sino lo que era el mundo exterior antes de que el hombre hubiera descendido al mundo físico terrestre.
En aquella época se era realmente, -si quiero describirlo de nuevo con una expresión moderna, pero que por supuesto suena infinitamente filistea cuando la uso para aquellos antiguos tiempos-, elevado fuera de la existencia terrenal presente y hacia la existencia anímico-espiritual a través de los estudios del Yoga. Por lo tanto, debíamos nuestra elevación a los mundos anímico-espirituales al estudio en aquella época. Ellos tenían una conciencia algo diferente a la que tenemos hoy en día. Pero justo cuando alguien era un estudioso del yoga en el sentido de aquel tiempo, uno era capaz de pensar, -las otras personas no podían pensar, las otras personas sólo podían soñar-, pero se pensaba en el mundo suprasensible desde el que había descendido a la existencia terrenal. 
Esto es al mismo tiempo una peculiaridad de aquella época de la evolución de la Tierra que, caracterizándola un poco a grandes rasgos, precedió, por ejemplo, a los puntos de vista grecorromanos en el cuarto período post-atlante. En aquel entonces el «yo soy» ya había penetrado más en el ser humano en la conciencia cotidiana ordinaria. El lenguaje todavía tenía el yo dentro del verbo, todavía no estaba tan separado como lo está con nosotros, pero ya había una clara experiencia del yo. Esta clara vivencia del yo era ahora un hecho natural y evidente de la vida interior. Pero la naturaleza exterior ya estaba más o menos desolada. El griego aún tenía la capacidad de experimentar los dos puntos de vista lado a lado, sin ningún entrenamiento especial. El griego todavía experimentaba lo anímico-espiritual en la primavera, en el río, en la montaña, en el árbol, aunque más débilmente que la gente de épocas más antiguas. Pero al mismo tiempo era capaz de dejar de lado lo anímico-espiritual, de experimentar lo muerto en la naturaleza y de tener un sentido de sí mismo. Esto, en particular, confiere al helenismo su carácter especial.
Los griegos aún no tenían la misma visión del mundo que nosotros. Ellos eran capaces de desarrollar conceptos e ideas del mundo al igual que nosotros, pero al mismo tiempo eran capaces de tener en cuenta seriamente aquellos puntos de vista que aún se daban en imágenes. Ellos vivían de forma diferente a como lo hacemos hoy en día. Por ejemplo, nosotros vamos al teatro para entretenernos. En Grecia, la gente sólo iba al teatro para entretenerse, -si se me permite la expresión- en tiempos de Eurípides, difícilmente en tiempos de Sófocles, y desde luego no en tiempos de Esquilo, ni siquiera en épocas más antiguas. Entonces la gente acudía a las representaciones dramáticas con otros fines. Tenían la clara sensación de que en todo, en árbol y arbusto, en manantial y río, viven entidades anímico-espirituales. Cuando uno experimenta estas entidades anímico-espirituales, tiene momentos de la vida en los que no tiene un fuerte sentido de sí mismo. 
Pero cuando se desarrolla este fuerte sentido del yo, que los antiguos todavía tenían que buscar a través del entrenamiento del yoga, y que los griegos ya no tenían que buscar a través de tal entrenamiento, entonces todo lo que nos rodea se vuelve muerto, entonces uno no ve mas que el cadáver de la naturaleza, por así decirlo. Pero esto le devoraba. Se decían a sí mismos: la vida consume al hombre. Los griegos sentían que era una especie de enfermedad anímica y física contemplar sólo a la naturaleza muerta. En la Grecia antigua se sentía vívidamente que la vida cotidiana le enferma a uno, que uno necesita algo que te recupere: y ése algo era la tragedia. 

Para curarse, porque uno sentía que se estaba consumiendo a sí mismo, que se estaba enfermando en cierto sentido, necesitaba una cura si quería seguir siendo completamente humano, era por eso que acudía a la tragedia. Y la tragedia todavía se representaba en tiempos de Esquilo de tal manera que la persona que creaba la tragedia, que la moldeaba, era percibida como el médico que, en cierto sentido, hacía que la persona agotada volviera a estar sana. Los sentimientos que despertaban el miedo, la piedad por los héroes que aparecían, actuaban como una medicina. Penetraban en la persona, y al superarlos, estos sentimientos de miedo y lástima formaban una crisis en ella, igual que se forma una crisis en la neumonía, por ejemplo. Y al superar la crisis, uno se cura. Así que las obras se representaban para curar a las personas que se sentían agotadas como seres humanos. Este era el sentimiento que la gente tenía hacia la tragedia y el drama en la antigua época griega. Y eso era porque la gente se decía a sí misma: si sientes tu yo, entonces el mundo se des-diosiza. La obra vuelve a presentar al dios, porque era esencialmente una presentación del mundo divino y del destino que incluso los dioses tienen que soportar, es decir, una presentación de lo que se afirma tras el mundo como lo espiritual. Esto era lo que se presentaba en la tragedia. Así que para los griegos, el arte seguía siendo una especie de proceso curativo. Y al revivir lo que se dio en la encarnación del Cristo en Jesús y sobre lo que se puede reflexionar y empatizar en los Evangelios: el acercamiento del Cristo Jesús al sufrimiento y la muerte en la cruz, a la resurrección, a la ascensión, experimentaron una tragedia interior, por así decirlo. Por eso llamaban a Cristo cada vez más el médico, el salvador, el gran médico del mundo. En los tiempos antiguos, los griegos sentían este poder curativo en su tragedia. La humanidad iba a llegar gradualmente a experimentar y sentir lo histórico, lo históricamente curativo en la visión, en la experiencia emocional del Misterio del Gólgota, la gran tragedia del Gólgota. En la antigua Grecia, especialmente en la época anterior a Esquilo, cuando lo que antes sólo se celebraba en la oscuridad de los misterios ya se había hecho más público, la gente acudía a la tragedia. ¿Qué veía la gente en esta tragedia más antigua? El dios Dioniso aparecía, era el dios Dioniso quien se abría camino desde las fuerzas de la tierra, desde la tierra espiritual. El dios Dionisio, porque se abrió camino desde las fuerzas espirituales y penetraba en la superficie de la tierra, compartiendo el sufrimiento de la tierra. Él sintió, por así decirlo, como Dios espiritualmente, -no como en el caso del Misterio del Gólgota, también físicamente-, lo que significaba vivir entre seres que pasan por la muerte. No aprendió a experimentar la muerte en sí mismo, sino que aprendió a mirarla. Se sintió el dios Dionisio, que sufre profundamente entre los hombres porque tuvo que ver todo lo que sufren los hombres. Al principio sólo había un ser en el escenario, el dios Dioniso, el sufriente Dioniso, y a su alrededor un coro que hablaba recitando para que la gente pudiera oír lo que pasaba en el dios Dioniso. Porque ésta fue la primera forma de la obra, de la tragedia, que la única persona que realmente actuaba era el dios Dioniso, y a su alrededor el coro, que recitaba lo que ocurría en el alma de Dioniso. Poco a poco, la única persona que representaba al dios Dioniso en los tiempos antiguos se convirtió en varias personas, y luego la única obra se convirtió en el drama posterior. Así el dios Dioniso fue experimentado en la imagen. Y más tarde en la realidad, como hecho histórico del desarrollo de la humanidad, se experimentó al Dios sufriente y moribundo, el Cristo. Una vez como hecho histórico esto debía tener lugar ante la humanidad, para que todos los hombres pudieran sentir lo que de otro modo se había experimentado en Grecia en la obra de teatro. 
Pero a medida que la humanidad vivía hacia este gran drama histórico, el drama, que era tan sagrado en la antigua época griega que se percibía como el salvador, la medicina milagrosa de la humanidad, fue cada vez más, me gustaría decir, desposeído de su significado y se convirtió en materia de entretenimiento, como ya es el caso de Eurípides. La humanidad vivió a contracorriente de la época en que necesitaba algo más que que le mostraran el mundo anímico-espiritual en imágenes, después de que la naturaleza hubiera sido profanada para su contemplación. La humanidad necesitaba el misterio histórico del Gólgota. El estudiante de yoga de los tiempos de la antigua india había tomado el aliento, retenido el aliento en su propio cuerpo, por así decirlo, para sentir en esta respiración: El divino impulso yo vive en ti. Como estudiante de yoga, el hombre experimentaba al Dios dentro de sí mismo a través del proceso de la respiración. Llegaron tiempos posteriores. El hombre ya no experimentaba el impulso divino en sí mismo a través del proceso respiratorio. Pero había aprendido a pensar, y decía: A través de la respiración el alma entró en el ser humano. 
El antiguo discípulo de yoga pasó por esto. El hombre posterior dijo: «él se ha convertido en un alma». El antiguo discípulo de yoga experimentó esto, el hombre posterior lo expresó diciéndolo. Y al decirlo en la antigüedad hebrea, ya se experimentaba en cierto sentido abstractamente lo que antes se había experimentado concretamente. Pero uno no buscaba en la antigüedad hebrea, sino en la griega. Una cosa siempre tenía lugar en una parte de la tierra, la otra en otra parte de la tierra. Ya no experimentaban al Dios en sí mismos como el antiguo estudiante de yoga, sino que experimentaban la existencia del Dios a imagen en el hombre. Y esta experiencia en la imagen de la existencia de Dios en el hombre estaba ciertamente presente en el antiguo drama griego. Pero este drama se convirtió ahora en un acontecimiento histórico-mundial. 
Este drama se convirtió en el Misterio del Gólgota. Pero ahora la imagen también fue dejada de lado. La imagen se convirtió en una mera imagen, al igual que el proceso de la respiración seguía representándose meramente en el pensamiento. El estado completo del alma humana se volvió diferente. El hombre vio el mundo exterior muerto, y eso fue para él lo elemental, lo natural, que viera el mundo exterior muerto. Divinizado lo vio. Se vio a sí mismo como el mundo exterior, como el mundo exterior corporal, desdivinizado. Pero tenía el consuelo de que una vez el Dios real había bajado a este mundo desdivinizado, el Cristo, y había vivido en un ser humano, y a través de la resurrección había pasado a todo el desarrollo terrenal como el impulso Crístico. Y así el hombre podía ahora desarrollar una cierta visión de la siguiente manera. Podría decirse a sí mismo: Veo el mundo, pero es un cadáver. No se lo decía a sí mismo, por supuesto, porque permanecía en el inconsciente, el hombre no sabe que ve el mundo como un cadáver. Pero poco a poco el cadáver en la cruz, el Cristo Jesús muerto, se formó en su mente. Y si miran al crucifijo, al Cristo Jesús muerto, entonces tienen la naturaleza. Tienen la imagen de la naturaleza, la naturaleza en la que el hombre está crucificado. Y si miran al que resucitó de la tumba, que entonces fue experimentado por los discípulos y por Pablo como el Cristo que vive en el mundo, entonces tienen lo que se veía en toda la naturaleza en tiempos más antiguos. Ciertamente, en una multiplicidad, en muchos seres espirituales, en gnomos y ninfas, en sílfides y salamandras, en toda clase de otros seres de las jerarquías terrenales, se veía lo divino-espiritual; se veía la naturaleza espiritualizada y animada. Sin embargo, pronto surgió la necesidad de resumir lo que estaba disperso en la naturaleza a través del ya floreciente intelectualismo. Tal resumen se plasmó en el Cristo Jesús muerto en la cruz. Ya se ve en Cristo Jesús todo lo que se ha perdido en la naturaleza exterior. Mirando al hecho de que el Cristo, el Espíritu de Dios, que superó la muerte, ha resucitado de este cuerpo y toda alma humana puede ahora participar de su ser, en tal hecho se ve toda la espiritualidad. Hemos perdido la capacidad de ver lo divino-espiritual en el entorno de la naturaleza. Se ha ganado en cuanto a la capacidad de volver a encontrar lo Divino-Espiritual en Cristo en vista del Misterio del Gólgota. Así es el desarrollo. Lo que la humanidad ha perdido le ha sido devuelto en Cristo. En lo que ha perdido, ha ganado egoísmo, la posibilidad de un sentimiento del yo. 
Si la naturaleza no se hubiera vuelto muerta para la percepción humana, el hombre nunca habría llegado a la experiencia de «yo soy». Él llegó a la experiencia del «yo soy», podía sentirse a sí mismo, experimentarse interiormente, pero necesitaba un mundo exterior espiritual. Esto se convirtió en el Cristo. Pero el «yo soy», la yoidad, está construida sobre el cadáver de la naturaleza. Esto es lo que sintió Pablo. Construyamos este sentimiento de Pablo. Alrededor del cadáver de lo que la gente había visto en la antigüedad. La gente veía la naturaleza como el cuerpo de lo divino, lo anímico-espiritual. Así como hoy vemos nuestros dedos, así esta gente veía las montañas. 
fig. a

No se les ocurría pensar en las montañas como naturaleza sin vida, igual que nosotros no pensamos en el dedo como un miembro sin vida; sino que ellos decían: Hay una cosa anímica-espiritual, que es la tierra; tiene miembros, y uno de esos miembros es la montaña. Pero la naturaleza se volvió muerta. El hombre la experimentaba desde fuera, para que permaneciera externa, ahora debía llevarla al yo. Debe ser capaz de decir, levantándose del cotidiano «yo soy»: No yo, sino el Cristo en mí. Si representamos esquemáticamente lo que había, podríamos decir: El hombre sintió una vez la naturaleza a su alrededor (verde), pero esta naturaleza en todas partes se impregnó y espiritualizó (rojo). Esto fue en una época más antigua de la humanidad. En épocas posteriores, el hombre también sintió la naturaleza, pero sintió la posibilidad de percibir su propio «yo soy» (amarillo) frente a la naturaleza, que ahora había sido vaciada de sus almas. Para ello, sin embargo, necesitaba la imagen del dios presente en el hombre, y la percibió en el dios Dioniso, que se le presentó en el drama griego.
fig. b

En épocas aún más tardías, el hombre volvió a sentir la naturaleza animada (verde), en sí mismo el «yo soy» (amarillo). Pero el drama se convierte en un hecho. La cruz se alza en el Gólgota. Pero al mismo tiempo, lo que el hombre había perdido en un principio surge en él e irradia (rojo) desde su interior: No yo, sino el Cristo en mí. ¿Qué decía el hombre de antaño? No podía decirlo, pero lo experimentaba: No yo, sino lo divino-espiritual a mi alrededor, en mí, en todas partes. - El hombre ha perdido esto; lo ha encontrado de nuevo en sí mismo y en un sentido consciente dice ahora lo mismo que originalmente experimentaba inconscientemente: No yo, sino el Cristo en mí» 
El “hecho primigenio” que se experimentaba inconscientemente en la época anterior a que el hombre experimentara su yo, se convierte en un hecho consciente, en una experiencia del Cristo en el interior humano, en el corazón humano, en el alma humana. ¿No ven ahí, cuando se registra un esquema tan trivial, formalmente lo que luego hay que representar en ideas? ¿No ven el mundo entero lleno del espíritu de Cristo que surge dentro del hombre, que primero entra en el hombre desde el cosmos? Y si se dan cuenta del significado que tiene la luz del sol para el hombre, de cómo el hombre físicamente no puede vivir sin la luz del sol, de cómo la luz nos rodea por todas partes, entonces también podrán comprender cuando les digo que en aquellos tiempos más antiguos de los que he hablado hoy, el hombre ciertamente se sentía luz en la luz. Sentía que pertenecía a la luz. No decía «yo soy», percibía los rayos del sol que caían sobre la tierra y él no era diferente de los rayos del sol. Donde percibía la luz, también se percibía a sí mismo, porque se sentía allí. Cuando llegó la luz, se sintió en las ondas de la luz, en las ondas solares, del sol. Con el Cristo, esto se hizo efectivo en su propio interior. Es el sol que entra en el propio ser interior y se hace efectivo en el propio ser interior. Esta comparación del Cristo con la luz se encuentra por supuesto a menudo en la Biblia, pero si la antroposofía quiere hoy llamar la atención sobre el hecho de que se trata de una realidad, entonces aquellas personas cuya facultad figura en los directorios universitarios como «conocimiento de Dios» son las que más se rebelan. 
Realmente rechazan el conocimiento de estas cosas. Y es un hecho profundamente significativo que había una vez tal erudito de Dios en Basilea, que también era amigo de Nietzsche: Overbeck, que escribió el libro sobre el cristianismo de la teología actual. Con este libro quiso en realidad afirmar como teólogo que aún tenemos cristianismo, que en aquella época, en los años setenta del siglo XIX, este cristianismo aún existía, pero que en gran parte ya se había vuelto anticristiano, y que en cualquier caso la teología ya no era cristiana. Esto es lo que Overbeck, profesor de teología en la facultad de teología de Basilea, quiso demostrar con su libro sobre el cristianismo de la teología actual.  Y lo ha conseguido con creces. Y cualquiera que se tome el libro en serio llegará a la conclusión: Todavía puede haber algunas cosas cristianas hoy en día, pero la teología moderna se ha vuelto ciertamente anticristiana. Y puede que todavía hoy haya algunas cosas cristianas, pero cuando los teólogos empiezan a hablar de Cristo, sus palabras ciertamente ya no son cristianas. Estas cosas no suelen tomarse suficientemente en serio. Pero deberían tomarse en serio, porque si se tomaran en serio, entonces uno no sólo se daría cuenta de la necesidad del trabajo antroposófico hoy en día, sino que también se daría cuenta de todo el significado de la Antroposofía. Y sobre todo, uno se daría cuenta de la responsabilidad que tiene hoy ante la humanidad actual con respecto a algo así como el conocimiento antroposófico. Porque este conocimiento antroposófico debería en realidad subyacer a todo el conocimiento actual. Todo conocimiento, especialmente el conocimiento social, debería extraerse de este conocimiento antroposófico. Porque al aprender que la luz de Cristo vive en ellos, -Cristo en mí-, al experimentar esto plenamente, las personas aprenden a verse a sí mismas como algo distinto de lo que uno obtiene cuando sólo ve al ser humano como perteneciente al cadáver de la naturaleza. 
Pero nuestro presente antisocial ha surgido de esta visión de que el hombre pertenece a la naturaleza, que se ha convertido en un cadáver. Y una visión real, que a su vez pueda convertir a los hombres en hermanos, que a su vez pueda traer impulsos morales reales a la humanidad, sólo puede surgir cuando el hombre penetra en la comprensión de la Frase: No yo, sino el Cristo en mí -, cuando el Cristo, precisamente en el trato del hombre con el hombre, se descubre como un poder eficaz. Sin esta comprensión no podemos avanzar. Necesitamos esta comprensión, y hay que encontrarla. Si avanzamos hasta ella, también avanzaremos más allá, entonces llegaremos a la cristianización de nuestra vida social.
Traducido por J.Luelmo nov.2024


GA211 Dornach, 26 de marzo de 1922. Cambios del proceso respiratorio, a lo largo de la historia -( Sofia - Ciencia)

    Índice

RUDOLF STEINER


Cambios del proceso respiratorio, a lo largo de la historia

CONFERENCIA 4 

Dornach, 26 de marzo de 1922.

En nuestra época se habla mucho de la diferencia entre fe y conocimiento y, en particular, a menudo se afirma que la Antroposofía, según lo que dice, no debería describirse como ciencia, sino como contenido de la fe, como convicción de fe. En el fondo, sin embargo, todas las distinciones que se hacen de este estilo provienen del hecho de que la gente tiene muy poca idea de lo que ha surgido como fe en el curso del desarrollo humano, y que en realidad no tiene mucha idea de lo que es el conocimiento. Toda la fe, todo lo que está relacionado con la palabra fe, se remonta en realidad a tiempos muy antiguos en la evolución de la humanidad. Se remonta a aquellos tiempos en los que el proceso de respiración desempeñaba un papel mucho más importante en la vida del hombre que en la actualidad. Una persona con su actual condición anímica en realidad no presta atención a su proceso de respiración. Inspira y espira, pero no percibe ninguna experiencia particular. Las creencias de épocas más antiguas siempre han hecho hincapié en la importancia de la respiración. Baste recordar, -como ya he señalado estos días-, que en el Antiguo Testamento la creación del hombre está relacionada con la inhalación del aliento, y baste recordar lo que he dicho sobre el empeño que existía en la antigua India, por ejemplo, por alcanzar un conocimiento superior regulando el proceso respiratorio de una determinada manera. Este empeño tenía sentido en la época en que el hombre prestaba más atención a su respiración. Les decía que este empeño tuvo lugar en la época en que el hombre no sólo percibía a su alrededor la naturaleza muerta que hoy percibimos, sino que el hombre veía la actividad de lo anímico-espiritual en todas las cosas naturales y actos de la naturaleza, cuando percibía la actividad de lo anímico-espiritual en cada manantial, en cada nube, en el río y en el viento. Durante este tiempo, el objetivo era hacer la respiración más y mas consciente: regular la inhalación, la retención del aliento y la exhalación.
Y a través de esta regulación del proceso respiratorio se creó lo que puede llamarse autoconciencia, la experiencia del yo, del «yo soy». Pero era una época en la que la percepción, la experiencia de la respiración desempeñaba un cierto papel en la vida humana. El ser humano del presente, desde su conciencia ordinaria, no puede formarse una idea de cómo era aquello. Me gustaría ofrecerles esa idea. Es cierto que el proceso respiratorio se divide en inhalar, contener la respiración y volver a exhalar. Este proceso respiratorio está regulado inicialmente por la naturaleza humana. Los estudiosos del yoga de los que he hablado lo regulaban de otra manera. Al igual que los que estudian hoy en día desarrollan una forma de pensar que no es la de la vida cotidiana, en los tiempos en que la respiración desempeñaba un papel especial en la vida, la gente también desarrollaba una forma de respirar diferente a la de la vida ordinaria. 
Pero no nos fijemos en la respiración del yoga, en la respiración desarrollada, sino en la respiración ordinaria. Puedo ilustrarlo mejor esquemáticamente. Si suponemos que se trata del organismo torácico humano, podemos decir que distinguimos entre el proceso de inhalación, el proceso de contención de la respiración, -que no describiré en detalle-, y el proceso de exhalación. Cuando el hombre inhalaba en tiempos antiguos, lo experimentaba como si con la inhalación, es decir, con el aire inhalado del mundo exterior, entrara lo que había de espiritual en los seres y hechos del mundo exterior. Así pues, en lo que aquí he calificado de corriente de inhalación rojiza, el hombre experimentaba, digamos, gnomos, ninfas, todo lo que había de espiritual en la naturaleza circundante. 

Y al exhalar (azul), es decir, al enviar el aire que respiraba hacia el exterior, estas entidades volvían a ser invisibles al exhalarlas. En cierto sentido, se perdían en la naturaleza circundante. Uno respiraba y sabía: lo anímico-espiritual existe afuera en la naturaleza, porque en la inhalación uno sentía el efecto de lo anímico-espiritual. Se sentían conectados con los aspectos espirituales y anímicos de la naturaleza externa. En aquellos tiempos antiguos, esto tenía un efecto embriagador sobre el hombre, -pero sólo comparativamente hablando-, en cierto modo. Se embriagaba con lo anímico-espiritual del entorno. Y al exhalar de nuevo, recuperaba la sobriedad. Así que vivía en una embriaguez y una sobriedad. Y en esta embriaguez y sobriedad había una interacción con lo anímico-espiritual del mundo exterior. Pero había algo más. Al inhalar, al embriagarse, por así decirlo, con lo anímico-espiritual, el hombre sentía cómo ascendían silenciosamente los seres anímicos-espirituales desde la corriente de aliento hasta su cabeza, cómo lo llenaban interiormente, cómo se unían con su propio ser corporal. De modo que lo que el hombre sentía allí puede expresarse más o menos así: Inhalo lo anímico-espiritual del entorno. Me llena la cabeza. Lo siento, lo percibo. Luego se retiene la respiración. Y al exhalar, la persona diría: Devuelvo mi sensación de lo anímico-espiritual. Pero esto tenía una conexión íntima con la vida. Fijémonos en una cosa muy sencilla: aquí hay una tiza. Si hoy cogen esta tiza, la miran, extienden la mano y la cogen. Así no se hacía antiguamente. Nosotros tenemos la idea de mirar la tiza y luego cogerla. Ese no era el caso del hombre antiguo, sino que la miraba, inspiraba lo que emanaba espiritualmente de la tiza, espiraba, y sólo cuando espiraba agarraba la tiza, de modo que para él inspirar era lo mismo que observar, espirar era lo mismo que estar activo. 
Era una época en la que el hombre vivía en una especie de interacción rítmica con su entorno. Esta interacción rítmica se ha conservado para épocas posteriores, pero sin la conciencia viva y contemplativa de antaño. Imaginemos cómo se trillaba todavía a mano en el campo en nuestra juventud: mirar, golpear, mirar, golpear, en una actividad rítmica. Esta actividad rítmica correspondía a un determinado proceso respiratorio. Inspirar = observar, espirar = hacer. Para un desarrollo posterior de la humanidad podemos decir: esta experiencia de la inhalación cesó en la percepción humana, y el hombre percibió o percibe sólo lo que sube a su cabeza por la respiración. En la antigüedad, pues, el hombre percibía cómo lo que inhalaba, que para él era una embriaguez, continuaba hasta su cabeza y allí se conectaba con las impresiones sensoriales. Más tarde ya no fue así. Más tarde, el hombre pierde la conciencia de lo que ocurre en su organismo torácico.
Él ya no percibe este flujo ascendente de la respiración porque las impresiones sensoriales se hacen más fuertes. Extinguen lo que surge en la respiración. Cuando hoy vemos u oímos, el proceso de ver y también el de oír contienen el proceso de la respiración. En el hombre antiguo, la respiración era una parte muy importante de la visión y la audición; en el hombre actual, la visión y la audición son tan fuertes que la respiración está completamente apagada. De modo que podemos decir que lo que era percibido por el hombre antiguo en el proceso de respiración en su ser interior, embriagadoramente fluyendo a través de su cabeza, ya no está vivo, de modo que se decía: ¡Ah, las ninfas! ¡Ah, los gnomos! ¡Las ninfas, así giran en su cabeza, los gnomos, así martillean en su cabeza, las ondinas, así ondulan en su cabeza! Hoy en día, este martilleo, ondulación, torbellino es ahogado por lo que proviene de la visión, de la audición y es de lo que se llena la cabeza hoy en día. Así que hubo un tiempo en el que el hombre percibía este flujo ascendente de la respiración en su cabeza con más fuerza. Esto sucedía en la época en la que el hombre todavía percibía confusamente, en la que todavía percibía algo de las secuelas del martilleo gnómico, del ondular ondino, del girar ninfa, en la que todavía percibía algo de la conexión de estas secuelas con las percepciones del sonido, la luz y el color. Pero después todo lo que todavía percibía del proceso respiratorio desaparecía. Y las personas que aún conservaban un vestigio de la conciencia de que la respiración había introducido en el ser humano los aspectos anímico-espirituales del mundo, llamaban «Sophía» a lo que quedaba, a lo que se establecía a partir de la percepción sensorial en relación con la respiración. 
Pero la respiración ya no se percibía. Así, el contenido espiritual de la respiración quedaba aniquilado, o más bien paralizado por la percepción sensorial. Esto lo sintieron especialmente los griegos. Los griegos no tenían una idea de la ciencia como la que tenemos hoy en día. Si a los griegos se les hubiera hablado de la ciencia tal y como se enseña hoy en nuestras universidades, les habría parecido como si alguien les hubiera estado perforando constantemente el cerebro con pequeños alfileres. No se habrían dado cuenta de que esto podía proporcionar satisfacción a una persona. Si hubieran tenido que absorber el tipo de ciencia que tenemos hoy en día, habrían dicho: Hace daño al cerebro, hiere al cerebro, escuece. Pues aún querían percibir algo de esa agradable propagación del aliento embriagador en el que se vertían lo que oían y veían. Había, pues, una percepción de una vida interior en la cabeza de algunos griegos, una vida interior como la que ahora les estoy describiendo. Y llamaban a esta vida interior Sophía. Y aquéllos otros que amaban desarrollar esta Sophía dentro de sí mismos, que tenían una inclinación especial a entregarse a esta Sophía, se llamaban a sí mismos filósofos. La palabra filosofía apunta ciertamente a una experiencia interior. Esa aceptación horriblemente pedante de la filosofía, por la que uno simplemente, -como se dice en la vida estudiantil-, se familiariza con esta ciencia, eso no se conocía en Grecia. Sino que lo que se expresa en la palabra filosofía, es  la experiencia interior de «amo a Sophía» Pero al igual que el proceso respiratorio que entra en el cuerpo es absorbido por las percepciones sensoriales de la cabeza, el resto del cuerpo absorbe lo que sale como aire exhalado. Al igual que las percepciones sensoriales fluyen hacia la cabeza a través de lo que se oye, y de lo que se ve, fluyen hacia la embriaguez del aire inhalado, en el organismo metabólico de los miembros, junto con el aire exhalado también fluyen las sensaciones físicas, las experiencias. El efecto aleccionador del aire exhalado, el efecto de extinción de la percepción, fluía junto con las sensaciones físicas que se despertaban al caminar y trabajar. El estar activo, el hacer, estaba ligado al espirar. Y al estar activo, al hacer algo, el ser humano sentía, por así decirlo, cómo lo anímico-espiritual fluía fuera de él. De modo que cuando hacía algo, trabajando en algo, sentía como si dejara fluir lo anímico-espiritual en las cosas. Al asimilar lo anímico-espiritual, embriago mi cabeza, me conecto con lo que veo, con lo que oigo. Hago algo, espiro. Lo anímico-espiritual desaparece. Se va en lo que martilleo, se va en lo que agarro, se va en todo lo que trabajo. Libero de mí mismo lo anímico-espiritual. Lo transfiero, por ejemplo hirviendo leche, haciendo algo externamente, dejo que lo anímico-espiritual fluya en las cosas.
Ese era el sentimiento, esa era la sensación. Así era en la antigüedad. Pero esta percepción del proceso de exhalación, esta percepción de desencanto, simplemente cesó, y sólo quedó un rastro de ella en la época griega. En la época griega, la gente todavía sentía algo, como si todavía estuvieran entregando algo agradable a las cosas al estar activas. Pero después todo lo que había en el proceso de respiración se paralizaba por la sensación del cuerpo, por la sensación de esfuerzo, de fatiga al trabajar. Así como el proceso de inhalación estaba paralizado hacia la cabeza, el proceso de exhalación estaba paralizado hacia el resto del organismo. Este proceso espiritual de exhalación estaba paralizado por la sensación del cuerpo, es decir, por la sensación de esfuerzo, de calentarse, etc., por aquello que vivía en el hombre, de modo que éste sentía su propia fuerza, que utilizaba esforzándose, haciendo algo. Ahora no sentía el proceso de exhalación como fatiga, sentía un efecto de poder en su interior, sentía el cuerpo imbuido de energía, de poder. Este poder que vivía dentro del ser humano era pistis, la fe, el sentimiento de lo divino, el poder divino que hace que uno trabaje:  
Sophía = contenido espiritual de la respiración, paralizado por la percepción sensorial 
 Pistis (fe) =  el proceso espiritual de exhalación, paralizado por la sensación corporal           
Así, la sabiduría y la fe confluían en el hombre. La sabiduría fluía hacia la cabeza, la fe vivía en todo el ser humano. La sabiduría era sólo el contenido de las ideas. Y la fe era el poder de este contenido de ideas. Ambas cosas confluían. Por eso también este único escrito gnóstico que se ha conservado de la antigüedad, el escrito Pistis Sophía. De modo que en la Sophía se tenía una dilución de la inhalación, en la fe una condensación de la exhalación. Después, la sabiduría se diluyó aún más. Y en la dilución ulterior, la sabiduría se convirtió en ciencia. Y luego la fuerza interior se concentró más. El hombre sólo sentía su cuerpo: la conciencia de lo que es realmente la fe, la pistis, desapareció de él. Y entonces sucedió que, debido a que ya no podían sentir la conexión, los hombres separaron lo que debía surgir subjetivamente, por así decirlo, del ser interior como mero contenido de la fe, y lo que estaba conectado con la percepción sensorial exterior. Primero fue Sophía, luego Scientia, la ciencia ordinaria, que es una Sophía diluida. También se podría decir que originalmente Sophía era un ser espiritual real que el hombre sentía como habitante de su cabeza. Hoy sólo tiene el fantasma de este ser espiritual. Porque la ciencia es el fantasma de la sabiduría. Esto es algo que en realidad debería recorrer el alma del hombre de hoy como una especie de meditación, que la ciencia es el fantasma de la sabiduría. Y del mismo modo, por otra parte, la fe, -que hoy suele llamarse así; aquí no hemos captado realmente una diferencia particular en las palabras-, la fe que vive hoy no es la fe interiormente experimentada de la antigüedad, Pistis, más bien es lo subjetivo lo que está estrechamente relacionado con el egoísmo. Es la fe condensada de la antigüedad. En la fe que aún no estaba condensada, aún se sentía lo divino objetivo en el hombre. Hoy la fe se encuentra sólo subjetivamente, por así decirlo, saliendo como humo del cuerpo. De modo que podría decirse que, al igual que la ciencia es el fantasma de la sabiduría, la fe actual es el peso de la fe anterior, el lastre de la fe anterior.
Estas cosas deben mantenerse unidas de esta manera, entonces ya no se harán juicios tan superficiales como los que hacen muchas personas hoy en día, que dicen que la antroposofía es sólo un contenido de la fe. Esa gente no sabe de lo que habla porque nunca se ha dado cuenta de toda la conexión entre fe y sabiduría, de esta unidad interior de fe y sabiduría, de la historia real de la humanidad. ¿Dónde se habla hoy de la historia en la forma en que tenemos que presentarla aquí? ¿Dónde se habla hoy de lo que antaño fue para el hombre el proceso de la respiración, de cómo representaba una experiencia completamente distinta de lo que es hoy? ¿Dónde se evidencia lo abstracto, por un lado, y lo sólidamente material, por otro, en que se ha convertido lo que antaño era, por un lado, lo anímico-espiritual real y, por otro, lo anímico-corporal real? 
Cuando el desarrollo de la fe llegó a cierto punto, se hizo necesario que la humanidad incluyera algo bastante definido en este contenido de la fe. En la antigüedad, el hombre tenía lo divino dentro del contenido de su fe. Experimentaba lo divino en el proceso de exhalación. Pero el proceso de exhalación se perdió para su conciencia. Ya no tenía la conciencia de que lo divino pasa a las cosas. El hombre necesitaba una revitalización de lo divino para su conciencia, y recibió esta revitalización a través del hecho de que ahora recibió en sí mismo un concepto que no tiene realidad externa en la tierra. 
En la tierra no tiene realidad externa que los muertos se levanten de sus tumbas. Pero el misterio del Gólgota no tiene ningún contenido real para el hombre cuando describe el curso de la vida de Jesús, hasta que muere. Al fin y al cabo, eso no tiene nada de especial. Por eso Jesús tampoco es ya nada especial para la teología moderna. Porque el hecho de que una persona pase por algún tipo de experiencia y luego muera, tal como la teología moderna retrata la vida de Jesús, no es nada especial. El misterio sólo comienza con la resurrección, con la vida viva del ser de Cristo después de que el cuerpo físico haya pasado por la muerte. Y cualquiera que, -y esto también está en consonancia con las palabras de San Pablo-, no acepte esta idea de la resurrección en su conciencia, no ha aceptado nada del cristianismo, razón por la cual la teología moderna sólo es en realidad una Jesús-logía, no realmente cristianismo en absoluto. 
El cristianismo necesita una idea así, que se refiera a una realidad que no tiene lugar en esta tierra como percepción inmediata de los sentidos, sino que como idea eleva ya al hombre a lo suprasensible. Por medio de una experiencia interior, el hombre de la antigüedad era elevado a lo suprasensible. En estos días les he mostrado, cómo el estudiante de yoga era conducido a la experiencia interior de ser un bebé. Se experimentaban las primeras impresiones de ser un bebé, aquello que se forma vívidamente en el ser humano. A través de los ejercicios de yoga de los que les he hablado, uno se volvía consciente de aquello de lo que de otro modo no sabe nada, pero al mismo tiempo de todo lo prenatal, o más bien de la vida que yace antes de la concepción, donde el alma del ser humano estaba arriba en el mundo espiritual antes de descender y tomar un cuerpo físico. 
De esto sólo quedó una imagen descriptiva. Esta imagen también está contenida en los Evangelios: Si no os hacéis como niños, no podréis entrar en los reinos de los cielos. -Esta frase se refiere a eso, sólo que en ese momento ya no tenía vida inmediata. En cierto modo, esta frase era un recordatorio de que algún día se podía volver a la infancia y experimentar los reinos del cielo, de los que se descendía a través del nacimiento, a la existencia física. Difícilmente la gente de hoy, cuando oye hablar de los reinos del cielo en los Evangelios o en cualquier otra lengua antigua, se imagina algo significativo al respecto. Entonces probablemente piensa: Bueno, he visto que aquí en la tierra - Francia, Inglaterra y demás, que se dividen en reinos. Lo que hay en la tierra en términos de reinos también está arriba, también están los reinos del cielo. - De lo contrario, el hombre no puede realmente hacerse una idea concreta de los reinos del cielo si no puede visualizar lo que hay allá arriba. Creo que incluso se dice en inglés, si no me equivoco: the kingdoms of heaven. Sí, no se hace una idea de lo que hay en la expresión modernizada «los reinos del cielo». El Evangelio incluso suele decirlo de tal manera que es aún más difícil ver lo que significa en realidad, incluso dice: el reino de Dios. Y, sin embargo, el hombre apenas piensa en nada, sino que simplemente pronuncia una frase.
Pero en la antigüedad los cielos eran precisamente lo que, -si la tierra está aquí (centro)-, se extendía como una esfera del mundo (blanco, azul). Y «esfera», ¿Qué era eso? Prescindamos de toda filología y utilicemos la observación que puede dar el propio método antroposófico. "Reich" = Lo que se extiende, lo que abarca, lo rodea, es el alcanzar, el sonar, el hablar, de modo que uno debe elevarse a la imaginación: A través de estos cielos, para el que aprende a percibir, el alma espiritual suena a través de ellos. Él percibe no sólo los cielos, sino la palabra del mundo que resuena y llega a través de los cielos.
Quien no puede llegar a ser como los niños pequeños no puede percibir la palabra de los cielos, la palabra que habla en todas partes desde los cielos. Si uno llama a los reinos terrenales «reinos» y a los gobernantes terrenales «gobernantes de estos reinos», habría que tener la idea secreta de que estos gobernantes pueden hablar o cantar tan alto que su voz resuena en todo su reino. En las ideas más antiguas y legendarias existe también algo así como una resonancia del imperio. Y simbólicamente esto se expresaba por el hecho de que se daban leyes que se proclamaban con trompetas a las regiones celestiales, con lo que el reino se hacía realidad. El reino no era la zona en la que vivía la gente, sino que el reino era lo que los ángeles de las trompetas llevaban a la inmensidad como contenido de las leyes. Pero era un recuerdo. Tenía que venir otra concepción que se relacionara más con la voluntad, -la anterior se relacionaba con la idea, con el pensamiento-, con aquello que acompaña al hombre cuando atraviesa la puerta de la muerte. Queda la voluntad como su desarrollo energético. Se va con él a través de la puerta de la muerte con el contenido del pensamiento del mundo. La voluntad humana, llena de pensamientos del mundo, entra con él en los mundos espirituales cuando el hombre muere. Y es a esta voluntad a la que se dirige el nuevo concepto del Cristo resucitado, del que vive, aunque haya muerto en la tierra.

Esa era la poderosa, la formidable idea que no sólo recordaba la infancia, sino que apuntaba a la muerte, y que apelaba en el hombre a lo que él lleva consigo a través de la puerta de la muerte. Así encontramos en el desarrollo de la propia humanidad la razón misma de la irrupción del concepto de Cristo, de todo el impulso Crístico. Ahora, sin embargo, se puede decir que incluso hoy en día todavía hay muchas personas en la tierra que no saben nada de Cristo. Las personas que hoy saben de él, en su mayoría lo saben mal, pero aprenden algo del Cristo, aunque, según el sentido del materialismo actual, no tengan realmente el concepto del Cristo, el sentimiento del Cristo, que tienen dentro de sí. Pero hay muchas personas en la tierra que viven otras formas de religión más antiguas. Y aquí es donde surge la gran pregunta que ya insinué ayer. Decía que el misterio del Gólgota es un hecho. El Cristo murió por todos los hombres. El impulso crístico se ha convertido en una fuerza para toda la tierra. En este sentido objetivo, separado de la conciencia, el Cristo está ahí para judíos, gentiles, cristianos, hindúes, budistas, etcétera. Él está ahí. Desde el Misterio del Gólgota vive en las fuerzas del desarrollo de la humanidad en la tierra. Pero no es lo mismo vivir en un ámbito cristiano que en un ámbito no cristiano. 

La diferencia que existe aquí sólo puede estudiarse si se ve la conexión entre la vida que el hombre desarrolla entre la muerte y un nuevo nacimiento y la vida en la tierra. Si un hombre ha pasado por la muerte y fue, digamos, budista o hindú en vida, si por lo tanto no ha recibido ninguna concepción, ninguna sensación del Cristo, se lleva consigo para el universo más allá de la muerte lo que el hombre puede experimentar aquí en la tierra del entorno exterior, de la naturaleza. En los cielos no se sabría nada de la naturaleza, si el hombre, al entrar por la muerte en los reinos celestes, no llevara allí el conocimiento de la tierra. El hombre lleva lo que toma aquí en la tierra al reino de lo suprasensible al pasar por la muerte, pues es a través de ésta que los mundos suprasensibles tienen algún conocimiento de lo mineral, lo vegetal, lo animal en la tierra. Pero el que conoce algo de Cristo, el que puede tener la idea de que Cristo vive en él, el que experimenta la palabra paulina: «No yo, sino el Cristo en mí», ahora no sólo lleva el conocimiento de la tierra a los mundos suprasensibles, sino también el conocimiento del hombre terrenal. De este modo, ambos son llevados también por el hombre de hoy. Los cristianos llevan al mundo suprasensible las noticias del hombre terreno, de la formación corporal terrenal del hombre. Los hindúes, los budistas, etc. llevan a los cielos el mensaje de lo que rodea al hombre. Incluso hoy en día los hombres se complementan en lo que aportan a los mundos suprasensibles al pasar por la muerte. 

Por supuesto, cada vez es más necesario que todos los secretos que el hombre puede experimentar en sí mismo, a través de sí mismo, sean llevados a los cielos, que el hombre sea así canalizado cada vez más a fondo. Pero sobre todo es importante que lo que el hombre experimenta sólo como tal respecto a los demás hombres aquí en la tierra, sea llevado a través de la muerte por medio del cristianismo. Téngase en cuenta que ésta es una verdad extraordinariamente importante, una verdad muy esencial. Tomemos, por ejemplo, al hindú o al budista. Lo que experimenta al mirar el mundo, al sentir el mundo, al percibir el mundo, lo que experimenta en pensamientos sobre minerales, en sensaciones sobre plantas, en sentimientos sobre animales, todo esto lo lleva a través de la puerta de la muerte y enriquece el conocimiento de los dioses en el mundo suprasensible con lo que él experimenta. Lo que el cristiano experimenta al entrar en relación social con sus semejantes, al desarrollar vínculos sociales, es decir, lo que sólo puede experimentarse como ser humano entre seres humanos, lo que se experimenta en la fraternidad humana en la tierra, lo lleva el cristiano a través de la puerta de la muerte. 

Podría decirse: el budista lleva la belleza del mundo a través de la puerta de la muerte, el cristiano lleva la bondad a través de la puerta de la muerte. Ambos se complementan. Pero el progreso del cristianismo consiste en que precisamente las condiciones sociales terrenales adquieren un significado para los mundos celestiales. No importaba cuántas personas fueran decapitadas por los tiranos de Oriente, poco importaba para los mundos del más allá. Sólo los conmovía en la medida en que el hombre recibía impresiones externas: las impresiones externas de repugnancia, etc., eran llevadas a través de la puerta de la muerte. Lo que se despliega hoy a través de las miserables condiciones sociales de desamor entre los hombres, lo que se propaga en la tierra como falso socialismo a través de la mala apreciación de las relaciones sociales, tiene también una gran importancia para los mundos suprasensibles en los que el hombre entra a través de la puerta de la muerte. Y si hoy, bajo la bandera de la implantación del socialismo, se está desarrollando una violencia terrible y destructiva en el este de Europa, entonces lo que se está experimentando allí también se llevará a los mundos del más allá como un resultado terrible. Y cuando en la era del materialismo se desarrollan relaciones sin amor entre las personas, esto se lleva a través de la puerta de la muerte a los mundos suprasensibles como resultado del aborrecimiento de los mundos divino-espirituales. A través del cristianismo, el hombre debe llevar los resultados de su desarrollo terrenal a los mundos suprasensibles. 

Lo que el hombre mismo desarrolla en la tierra, llega a ser capaz de llevarlo a los mundos espirituales a través del pensamiento del Cristo resucitado, el pensamiento de un ser vivo que pasó por la muerte y, sin embargo, vive. Por eso las personas que hoy no quieren que sus actos sociales pasen por la muerte tienen tanto horror a reconocer al Cristo resucitado. El mundo sensual-físico está definitivamente conectado con el mundo suprasensible, y no se entiende lo uno si no se entiende en conexión con lo otro. Una vez más, debemos llegar a comprender lo que sucede en la tierra comprendiendo los acontecimientos espirituales del universo. Debemos aprender a no hablar abstractamente de espíritu y materia, sino que debemos aprender a mirar al hombre tal y como una vez sintió una conexión en el proceso de respiración con el alma divino-espiritual del mundo, y así debemos llegar a experimentar lo anímico-espiritual del mundo de la forma en que podemos experimentarlo en nuestro tiempo. De ninguna otra manera pueden curarse las condiciones sociales de la Tierra. La gente clamará por una mejora social, pero no conseguirá nada; al contrario, todo se irá arruinando cada vez más si esta tranquilidad no se apodera de la gente, pero debe centrarse en lo real, no en la mera pronunciación de frases sin sentido en las que la gente se embriaga. A los antiguos se les permitía embriagarse con el aliento. Los nuevos no deben embriagarse con las frases. Las frases no deben embriagarles, sino algo que se mantiene en el espíritu de Sophía, algo que penetra sabiamente en el ser humano. Estas son las cosas a través de las cuales la antroposofía señala también lo que es importante en las relaciones sociales de hoy. Y quiere expresar algo de esto en su propio nombre, esta antroposofía, anthroposophía, que también es sabiduría. En la época griega, el ser humano era algo evidente por sí mismo. Sophía era ya una sabiduría humana, porque el hombre estaba todavía lleno de luz y de sabiduría. Hoy, cuando se dice: Sophía, la gente sólo piensa en el fantasma de Sophía, de la ciencia. Por tanto, debemos apelar a la persona a la que apelamos, al Anthropos: Anthroposophía. Hay que llamar la atención sobre el hecho de que se trata de algo que sale del ser humano, que brilla en el ser humano, que florece a partir de las mejores facultades del ser humano. Debemos señalar esto. Pero esto también hace de la Antroposofía algo que vivifica la existencia humana en la tierra. Porque es algo que sólo es experimentado por el hombre de un modo más espiritual, pero no menos concreto, de lo que era experimentada la antigua Sophía, y que al mismo tiempo pretende contribuir a lo que había entonces en el hombre como un todo, el contenido de la fe, Pistis. La Antroposofía no es en modo alguno un contenido de la fe, sino un verdadero contenido del conocimiento, pero que otorga al hombre un poder que sólo la fe contenía en épocas más antiguas. 

Traducido por J.Luelmo nov.2024

GA062 Berlín, 3 de abril de 1913 La moral a la luz de la ciencia espiritual

     Índice

GA062 Rudolf Steiner


LA MORAL A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL


décimo tercera conferencia
Berlín, 3 de abril de 1913
     
Cuando Platón, el gran filósofo griego, quiso definir o caracterizar hasta cierto punto lo divino, lo describió como el «bien». Y Schopenhauer, que en muchos aspectos tomó como modelo a Platón, dijo una vez en sus escritos que a su visión filosófica él podía llamarla «ética», con mayor motivo de lo que se le atribuía a Spinoza, por la razón de que él, Schopenhauer, había basado toda su visión del mundo en la fuerza elemental de la voluntad, y así, de algo que está simultáneamente conectado con los impulsos morales más íntimos del alma humana, él había hecho la fuerza fundamental del universo; mientras que Spinoza -según Schopenhauer- había construido su sistema de tal manera que lo moral, lo ético como tal no estaba aún contenido en los principios más elevados del mundo.

Schopenhauer, al igual que Platón, quiso dar a entender, -y muchas cosmovisiones filosóficas han hecho lo mismo-, que todo lo que llamamos moral en la evolución de la humanidad, está tan íntima y profundamente basado en esta evolución, que en definitiva es impensable, que el ámbito de lo moral no abarque todos los acontecimientos meramente naturales, que no esté en la raíz de todo cuanto el hombre puede desentrañar en el mundo natural o espiritual, como principio y naturaleza básica de las cosas. Así pues, en opinión de tales filósofos, la moral en el hombre sería un captar y resplandecer de la moral divina que ilumina el mundo entero. De modo que se daría ya por supuesto, que naturalmente toda elevación, -en el sentido de una cosmovisión-, hacia los fundamentos primigenios de la existencia, tendría también que llevar al hombre cada vez más cerca de las fuentes de los impulsos morales de largo alcance.

Si bien no es en absoluto necesario estar completamente de acuerdo con tales cosmovisiones filosóficas, se puede decir no obstante, que tales cosmovisiones llegan a tal opinión, tal perspectiva, como la esbozada por Platón y Schopenhauer, precisamente porque sienten la plena dignidad y significación de lo moral en el desarrollo de la humanidad y, por tanto, no quieren pasar por alto los impulsos morales en los fundamentos primigenios de la existencia del mundo. Aunque no se esté en completo acuerdo teórico con tales cosmovisiones, se podrá, no obstante, aprender de ellas y encontrar justificación para el hecho de que cualquier cosmovisión que haya de intervenir en la vida y en la acción humanas, debe aparecer hasta cierto punto justificada ante el juicio moral, debe aparecer de tal modo que la moral pueda decirle un sí incondicional. Por lo tanto, es necesario que toda cosmovisión se comprometa con los impulsos morales de la existencia. Por este motivo se ha elegido el tema de la reflexión de hoy, que consiste en tratar la relación de lo que aquí se entiende por ciencia espiritual con los principios e impulsos morales del alma humana.

Ahora bien, cuando se abordan cuestiones morales, es necesaria desde el principio una cierta, podríamos decir santa timidez respecto al ámbito en el que uno se adentra, para tener una visión razonablemente sensata de las cosas. Después de todo, cuando uno se adentra en el terreno que mira hacia juicios que quieren decidir en el sentido más intensivo sobre el valor y la indignidad del alma humana, uno sospecha inmediatamente, que está llegando a profundidades insondables del alma humana, a profundidades tan insondables que no quiere tomarse a la ligera ningún juicio determinante en este terreno. También a este respecto Schopenhauer hizo una significativa afirmación, a menudo citada: «Predicar la moral es fácil, justificar la moral es difícil». ¿Qué quiere decir Schopenhauer con esta afirmación?

En cuanto se adentra uno un poco en la vida humana, se da cuenta de que predicar la moralidad es fácil. Pues casi nada se predica tanto en esta vida humana como la moralidad. Nada se juzga tanto como el valor moral o el desprecio moral del alma. Y si se considera a fondo esta vida humana, hay que decir de nuevo: ¡De qué poco sirven los sermones morales actuales para llegar realmente a las almas, a fin de captar estas almas de tal manera que los principios morales que uno u otro piensa, aunque sean claramente comprendidos, puedan ser también verdaderos impulsos morales en las almas! Ciertamente, qué fácil es para algunos predicarse la moral a sí mismos, ante los cuales se hace bastante difícil seguir impulsos verdaderamente morales. Schopenhauer cree que todo lo que uno pueda predicar en términos de principios, fórmulas morales o reglas morales no tiene realmente sentido. Para él, sólo tiene sentido si se puede demostrar una fuerza anímica, un impulso anímico en el alma humana, que es una realidad en el alma y a partir de la cual surge la acción moral. Entonces se podría decir que en el alma humana se descubre algo que, si se la deja a sí misma, impulsa a la acción moral; en ese caso se ha encontrado la razón de la acción moral en el alma. La moralidad ha sido establecida porque ha sido encontrado en el alma el impulso real. En cuyo caso uno no se ha limitado a predicar la moralidad.

Con semejante exigencia, que sea lo más justificada posible, ahora uno se da cuenta precisamente, de lo difícil que es penetrar en esas profundidades del alma humana, donde realmente yacen dormidos los impulsos morales, donde se encuentran esos impulsos a partir de los cuales surgen las cosas morales o inmorales. Es difícil penetrar en esas profundidades con nuestro juicio. Tomemos un caso particular, un caso que puede enseñarnos cuán difícil es para un alma consciente, formarse un juicio acerca del valor o desprecio moral de una acción humana. Supongamos que alguna persona eminente se sube a un caballo y sale cabalgando. En el camino, esta importante personalidad encuentra a una pobre mujer agachada en el camino. Este personaje, que galopa a caballo, ve a la mujer, mete la mano en el bolsillo, saca la cartera llena y se la arroja a esta mujer.

Ahora tenemos una acción ante nosotros. La pregunta ahora es: ¿Cómo queremos juzgar tal acción a la luz de la moralidad? Herman Grimm, de quien ya he hablado, dice sobre esta acción que realmente sucedió una vez en el mundo. -Sucedió lo siguiente: Supongamos que la mujer era supersticiosa y que había planeado cometer un robo en un futuro próximo para sus hijos, que se encuentran en extrema necesidad. Gracias al hecho de que este hombre le dio la billetera, ella quedó liberada de cometer el robo y causar aún mayor miseria a la miseria de su familia. Pero ella es supersticiosa, dice Herman Grimm. ¿Por qué no debería decir la mujer: Por medio de este hombre se me apareció un ángel de los mundos superiores y por medio de él fui salvada del abismo?

He ahí pues una especie de tratamiento moral de las cosas, que bien pueden ocurrir en el alma de esta mujer. Pero supongamos, dice Herman Grimm, que este personaje, que ha arrojado la bolsa llena a esta mujer, llega después a la compañía de varias personas. La primera de las personas que oye decir a esta persona misma que ha hecho esto, piensa: ¡Bueno, siempre he oído decir que esta persona es extraordinariamente avara; ahora veo lo insignificantes que son tales juicios en todas partes! Y tal personalidad podría ahora, además, salir en defensa de este hombre, -dice Herman Grimm-, y podría, por así decirlo, contribuir en todas partes a rectificar el rumor sobre la tacañería de esta personalidad de alto rango, difundiendo la «magnanimidad» de esta personalidad. Pero supongamos, dice Herman Grimm, que un segundo personaje oyera la misma historia y se sintiera peculiarmente conmovido por ella; pues este personaje, supongamos, hacía poco tiempo que había querido pedir prestada a aquel hombre una suma mucho menor que la que había en el monedero, y el hombre no le había prestado la suma. ¿No haría esta persona un juicio completamente diferente? O podría estar presente un tercer personaje, -piensa Herman Grimm-, que, en cuanto oye esto, se ve impulsado a decir: Sí, me da vergüenza; ¿No puedo yo mismo conseguir algo? Tal personalidad podría ahora llegar a un juicio que sería muy diferente tanto del de la mujer como del de las otras personalidades. Una cuarta personalidad podría tal vez saber, cuando se cuenta este incidente, que el hombre en cuestión tenía enormes deudas en aquel preciso momento, y esta personalidad vería ahora a su vez la acción bajo una luz moral completamente diferente. Ella podría decir que es una gran injusticia tirar la cartera con tanta facilidad cuando uno está obligado a pagar sus deudas, que los acreedores esperan por todas partes. Otra persona podría saber, -dice Herman Grimm-, que la cartera no pertenecía al propio hombre, sino a su mujer, y que el hombre tiró la cartera a su mujer por descuido, y la mujer podría quejarse del descuido del hombre. Y cabría la posibilidad de otros puntos de vista.

Así vemos cómo personas que parten de puntos de vista diferentes podrían juzgar una acción semejante de forma muy distinta y no tendrían por qué hacer de lo que vivía en el alma el verdadero impulso. Herman Grimm trata este caso en particular porque quiere mostrar hasta qué punto los juicios morales han de tomarse con cierta reserva cuando los encontramos sobre una personalidad tan importante, por ejemplo en las memorias. Todos esos juicios podrían hacerse en las memorias, pues todo el asunto que he estado tratando aquí tuvo lugar realmente en una situación similar, a saber, con el gran poeta Lord Byron. Y al hablar de uno de sus escritores de memorias que conoció a Byron, Herman Grimm se refiere al caso. La razón por la que se le cita aquí es que ilustra con bastante claridad todos los juicios vitales que hemos emitido de muy diversas maneras cuando nos disponemos a juzgar las acciones morales de alguien. Así que hay que decir, en efecto, que si ya es difícil en general, en el sentido de Schopenhauer, justificar la moralidad, entonces se hace francamente imposible abordar la vida anímica de una persona, con un juicio moral concluyente en un caso individual, de tal manera que este juicio moral concluyente acierte realmente con los hechos.

Pero uno no debe juzgarse a sí mismo a partir de estos supuestos como si tuviera que ser indiferente a la moral. Al contrario. Quien capte la vida en su totalidad considerará, sin embargo, la moral como lo más sagrado de la vida humana y llegará a la opinión de que a lo más sagrado de la vida humana también hay que acercarse con una sagrada timidez. Pues en muchos aspectos enfrentarse a otra persona con un juicio moral, es algo osado, en vista de lo mucho que separa un alma de otra.

Después de estas premisas, presentemos ahora lo que se ha dicho aquí sobre el carácter de la ciencia espiritual en estas diversas conferencias. La ciencia espiritual, por una parte, nos conduce más profundamente a los fundamentos espirituales de las cosas. Pero al mismo tiempo hemos visto cómo es capaz de hacer esto: es posible exponiendo las fuerzas más profundas de nuestra vida anímica, de modo que sólo podemos captar los fundamentos espirituales del mundo, haciendo surgir las fuerzas adormecidas en las profundidades del alma humana. Por tanto, estamos utilizando los métodos de la investigación espiritual para acercarnos a las profundidades más hondas del alma humana, esas profundidades a partir de las cuales surgen los impulsos morales a menudo de forma tan misteriosa. Y la pregunta debe ser: ¿Qué ocurre cuando esas investigaciones en las profundidades del alma, que quieren sacar a la luz, se encuentran con los impulsos morales? Después de todo, es en la vida cotidiana ordinaria del mundo físico, donde los impulsos morales pueden hablar con plena certeza desde lo más profundo al alma humana más simple, al alma humana más inculta. Y muchos hombres muy instruidos, hombres que tal vez se cuentan entre los filósofos o son científicos, pueden quedar avergonzados en el campo moral por una personalidad sencilla que no se precie de tener muchos conocimientos y que, sin embargo, desde lo más profundo de su alma es capaz en los casos más difíciles de realizar los actos más abnegados de auténtico amor humano. El conocimiento ordinario, el conocimiento físico externo, no tiene por qué conducir a las profundidades de las que brotan los impulsos morales, los impulsos en los que se ha de basar la moralidad.

De inmediato se ve que si la ciencia espiritual quiere ascender a las fuentes espirituales primigenias de la existencia, es necesario que el alma humana desarrolle en cierto modo tres cosas si quiere llegar a ser un investigador espiritual. En el curso de estas conferencias de invierno se han definido estas tres cosas como las tres etapas del conocimiento suprasensible. En primer lugar, lo que llamamos cognición imaginativa, es decir, la cognición que aparece ante el alma humana cuando ésta se ha liberado completamente de toda observación de los sentidos y de toda actividad intelectual ligada al instrumento del cerebro. Una vez que el alma ha alcanzado el punto en el que siente surgir de sus profundidades un mundo de imágenes, con un mayor entrenamiento del investigador espiritual, éstas se convertirán, en imágenes de las verdaderas realidades espirituales que existen tras el mundo sensorial exterior. El conocimiento imaginativo es el primero. Estas etapas del conocimiento suprasensible también se describen en el libro «¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?».

La segunda cosa a la que tiene que llegar el alma humana, que sólo se puede expresar más o menos pictóricamente y de la cual ya se ha hablado, pero que hoy conviene mencionar brevemente para evitar malentendidos, consiste en que lo que primero ha aparecido pictóricamente, pero que no se puede comparar con las imágenes de un único significado, surge como si surgiera de sí mismo a través de un «lenguaje universal» como conocimiento inspirado. Esto significa que cuando la capacidad de inspiración del investigador espiritual se ha despertado, los seres y hechos espirituales que se encuentran más allá del mundo de los sentidos le hablan.

La tercera etapa, por la que el investigador espiritual penetra realmente en la esencia de los hechos y entidades espirituales, se llama intuición. No se trata de la intuición que a veces se designa con esta palabra en un lenguaje trivial, sino de algo que es un verdadero trascender de la propia vida anímica hacia otros seres, por lo cual el hombre, al conectar su ser con otros seres, llega a ser capaz de penetrar en el interior de seres espirituales fuera de sí mismo. La imaginación, la inspiración y la intuición se oponen, pues, en otros niveles de la cognición a lo que es la cognición de los sentidos y la cognición intelectual.

Por medio de estos tres niveles de conocimiento, el alma humana penetra en el mundo espiritual. Las facultades de la imaginación, o sea, de ver imágenes del mundo suprasensible, así como las facultades de la inspiración, o sea, de oír lo que los hechos espirituales y los seres espirituales de lo suprasensible tienen que revelarnos, y las facultades de la intuición, están latentes en toda alma humana. Las hacemos surgir a través de los métodos que también se han descrito aquí. Por consiguiente, el alma humana debe penetrar en sus profundidades como investigador espiritual para llegar a los fundamentos primigenios de la existencia.

Ya se ha llamado la atención sobre la importancia del punto de partida desde el que el alma alcanza los estadios de su existencia en los que puede ver el mundo espiritual, especialmente cuando expusimos los "errores de la investigación espiritual". Allí se hizo especial hincapié en que aquella alma que no parte de la capacidad moral, de la disposición moral, sufre una especie de impotencia respecto al conocimiento del mundo espiritual. Tal alma mostrará una cierta anestesia para los mundos superiores y sólo podrá revelar de estos mundos superiores lo que se ve a través de una especie de anestesia, que por lo tanto está distorsionada. Ya se ha señalado la conexión entre la disposición moral del alma en el punto de partida y lo que el alma puede alcanzar cuando entra realmente en los mundos espirituales por medio de la imaginación, la inspiración y la intuición. Pero podemos caracterizar de forma aún más precisa el significado de la disposición moral del alma para los niveles superiores de cognición.

En el investigador espiritual la imaginación se produce de tal modo que previamente surgen, como en el horizonte de su conciencia, imágenes de su vida anímica y luego de la esencia de la vida espiritual general. Estas imágenes, que surgen de este modo, y cuyo significado ya hemos descrito, deben ser diferentes según que la persona parta de tal o cual disposición anímica, que ya posea aquí en el mundo físico. Tal alma, que aquí en el mundo físico desarrolla el sentido para la conexión correcta y verdadera de los hechos, cuando asciende a la imaginación mediante los métodos descritos, llevará a los mundos superiores la constitución interior para la conexión verdadera de las cosas para consigo misma. Por consiguiente, podemos decir que un alma que sabe vivir verdaderamente dentro de los hechos del mundo físico sensorial, lleva su veracidad hasta los mundos espirituales. Mientras que un alma que se caracteriza por la inexactitud, -y de la inexactitud, como ya se ha dicho, al error, incluso a la falsedad, sólo hay un pequeño paso-, que se caracteriza por la falta de veracidad aquí en relación con los hechos sensoriales del mundo físico, tal alma lleva la condición interior de la falta de veracidad al mundo en el que han de surgir las imaginaciones, las imágenes del mundo espiritual. Y la consecuencia de esto es que a partir de su falsedad, que no se corresponde con el mundo, sino que brota sólo de su propio ser interior, se construye tal mundo de imágenes que en sí mismo no es más que un desbordamiento de la personalidad en cuestión.

La falsedad, por consiguiente, allí donde el alma asciende a las imaginaciones, hará que tal alma no pueda revelar otra cosa de los mundos espirituales que lo que sólo es el reflejo de su propia falsedad. Por consiguiente, con todo adiestramiento hacia el mundo espiritual, el alma, antes de entrar en el mundo imaginativo, tiene que consolidarse ya aquí en el mundo físico, como preparación para el conocimiento imaginativo por medio de lo que se puede llamar ser fiel a los hechos. Y hay que subrayar, enfáticamente, que todo lo que se aleja de ese ser fiel a los hechos no puede proporcionar una preparación adecuada para la contemplación del mundo espiritual. Para el que quiera convertirse en investigador espiritual será una buena preparación abstenerse en lo posible de toda crítica meramente personal y subjetiva, de todo juicio de las cosas «desde su punto de vista», de toda afirmación: «Creo que esto está bien», «Creo que esto está mal». Por el contrario, una buena preparación para el conocimiento espiritual, es cuando uno intenta lo mejor que puede y tanto como puede aquí en el mundo físico, abstenerse de todo juicio desde el propio punto de vista personal, de toda afirmación del propio punto de vista subjetivo personal; si uno se esfuerza por dejar que los hechos de la vida hablen sólo por sí mismos. Por lo tanto, encontraremos a aquel que está en el camino correcto hacia el mundo espiritual esforzándose, en todo lo que cuenta o describe, no en exponer lo que él opina sobre las cosas, sino en dejar que las cosas hablen por sí mismas esforzándose en reunir más justamente los hechos.

Por tanto, si nos enfrentamos a una persona que dice en cada oportunidad: Esto o aquello ha sucedido aquí o allá, lo encuentro desagradable; algo ha sucedido aquí o allá, no lo encuentro bueno; algo ha sucedido aquí o allá, lo encuentro feo, lo encuentro bello, -y cualesquiera que sean las gradaciones, tal persona no está en el camino correcto para penetrar en los mundos espirituales. Está más bien en un buen camino si se esfuerza por suprimir tal juicio y simplemente cuenta los hechos, si mira los hechos y los deja hablar por sí mismos y los convierte en su principio: Cuando impongo mi criterio a alguien, es mi criterio, - entonces no sólo se le insta a creerme que lo que digo es verdad, sino también que tengo un criterio. Pero si me propongo contarle a la persona lo que he encontrado aquí y allá, ella puede formarse su propio juicio. Cuanto más se fuerza uno a esta última forma de ver el mundo y de contar las cosas, más se equipa con ser fiel a los hechos y se prepara para la cognición imaginativa. Quien quiera prepararse para la cognición imaginativa debe abandonar el hábito de decir con cada experiencia: encuentro las cosas de esta o aquella manera. Debería considerar insignificante lo que pueda encontrar sobre las cosas y esforzarse por ser sólo la herramienta a través de la cual hablan las cosas o los hechos.

Cuando se tiene esto en cuenta, se percata de que una virtud muy esencial, la veracidad, ha de formar parte desde el principio de los medios preparatorios adecuados para un adiestramiento metódico para el conocimiento de los mundos superiores. Uno no puede avergonzarse dudando de que un correcto entrenamiento para el conocimiento de los mundos superiores es, o al menos debe ser, moralmente propicio. Sí, aquí el asunto se presentará desde otra perspectiva. Se puede argumentar que alguien no se está preparando para los mundos superiores mediante la veracidad que se acaba de describir. Después, basta con que se someta al adiestramiento anímico adecuado, a los ejercicios apropiados, para que, en efecto, pueda despertar los poderes dormidos de su alma y, por fin, se encuentre ante un mundo imaginativo. ¿Pero qué es entonces? Este mundo no es entonces otra cosa que la imagen especular de su propio ser. Y debido a que en el momento en que uno prescinde del mundo de los sentidos, cuando prescinde también del intelecto, que está ligado al cerebro, tiene ante sí este mundo imaginativo como algo real, independientemente de que exprese algo real o de que sólo sea el reflejo de su propio ser, quien lo tiene, quien no está debidamente preparado por la veracidad también tendrá ante sí un «mundo imaginativo», porque le engaña haciéndole creer que es real y, sin embargo, no es más que el reflejo de su propia alma, de su propio ser interior. Este mundo es entonces una tentación constante a la falsedad. Por lo tanto, se puede decir que aquel que no penetra en el mundo espiritual practicando la veracidad se pone en una posición en la que las tentaciones de la falsedad y la mentira están constantemente presentes en su entorno cuando percibe en el mundo suprasensible. De esto debe deducirse por sí mismo que todo ascenso al mundo suprasensible debe estar relacionado con el fomento de la virtud de la veracidad, con el fomento sobre todo la fidelidad a los hechos. Pues sólo si guardamos fidelidad a los hechos, una fidelidad para el contexto de los hechos en el mundo físico fuera de nosotros mismos, podemos educarnos para ser veraces.

Lo mismo ocurre de forma similar con la inspiración, sólo que en este ámbito se vuelve aún más vívida, aún más significativa. A través de la inspiración las cosas que están espiritualmente presentes en nuestro entorno comienzan, por así decirlo, a hablarnos; se nos revelan, nos revelan su naturaleza. No las oímos a través de voces y sonidos similares a los externos, sino que las oímos espiritualmente.

Para que el ser humano no se limite a escuchar lo que su propio ser le revela, sino que conozca un mundo objetivo y real, es necesaria otra preparación. Esto requiere la elevación de una virtud muy especial del alma. Tales cosas sólo pueden comprobarse a través de la experiencia. Quien desee alcanzar la inspiración debe desarrollar en sí mismo la virtud del valor moral, la firmeza y la fortaleza en un grado superior al necesario para el mundo ordinario. Porque sólo aquellos que tienen coraje moral, que no se arredran ante nada que pueda poner en peligro su propia personalidad, podrán soportar lo que se les dice a través de la inspiración de las realidades espirituales. Y quien no haya desarrollado suficientemente la fortaleza y el coraje moral antes de entrar en los mundos espirituales, muy pronto se dará cuenta, -o más bien no se dará cuenta tan fácilmente, pero los demás que entienden algo del asunto se darán cuenta-, de que ciertas cosas le hablan efectivamente desde el mundo espiritual, pero que todo lo que le habla de este modo no es más que un eco de su propio ser. Porque cuando su alma no es lo suficientemente fuerte, debido a que no tiene pleno apoyo en sí misma, no puede retener dentro de sí lo que es, sino que lo irradia, y por eso vuelve a ella lo que ella misma es. Un alma que no está preparada para la inspiración mediante el valor moral, muy pronto se presentará como alguien que oye algo así como «voces espirituales», solo que estas voces espirituales no serán otra cosa que lo que ella lleva dentro de sí, que no es más que un eco de su propio ser. Cuando tal alma se dé cuenta entonces de que éste es el caso, tanto más le sobrevendrá el desaliento por lo que le llega del mundo espiritual.

Así pues, nuevamente vemos que una cualidad esencial del alma, una cualidad a la que no se le puede negar su carácter moral, debe ser fortalecida y fortificada si esta alma quiere penetrar hacia arriba en el mundo suprasensible, esa cualidad no es otra que el valor moral, la fortaleza moral. Esto es indispensable como preparación para la verdadera inspiración. De ello se deduce fácilmente que ante todo hay que fortalecer el valor moral ya en el mundo físico antes de querer convertirse en investigador espiritual, para que el alma pueda percibir realmente las revelaciones de lo que se da a través de las imaginaciones también a través de las inspiraciones.

Muchas personas que no entendieron el asunto lo suficientemente a fondo creyeron que podían confiar en el valor moral de tal o cual alma, luego le dieron a ésta los medios para ascender al mundo suprasensible, después de algún tiempo pudieron encontrarse con el alma, -y ésta no reveló otra cosa que sólo el reflejo de su propio ser, que ella interpretaba como «sonidos», como «palabras».

Por lo tanto, el entrenamiento espiritual está íntimamente relacionado con el aumento de la fuerza moral y, por lo tanto, todo entrenamiento espiritual correctamente comunicado trabajará sobre todo para el fortalecimiento y la consolidación de la fuerza moral. Por lo tanto, dondequiera que ustedes encuentren la descripción de los métodos por medio de los cuales se penetra en los mundos superiores, por ejemplo en mi escrito «¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?», encontrarán también referencias a la necesidad de fortalecer la fuerza moral. Pues la fuerza moral no debe permanecer meramente tal como es en la vida ordinaria del mundo físico, sino que debe ser aumentada y fortalecida.

Pero cuando pasamos a la intuición, por medio de la cual el alma, convertida en investigadora espiritual, es casi capaz de ponerse en el interior de otro ser espiritual o de otro hecho espiritual, nos encontramos especialmente ante lo que es necesario a este respecto. Aquí nos encontraremos con que resulta casi imposible empatizar realmente con otros seres después del entrenamiento espiritual si no nos hemos ocupado ya aquí, en el mundo físico, de aumentar lo que puede llamarse interés abierto por todo lo que nos rodea, interés libre, abierto. Toda la estrechez de miras del alma, todo el repliegue del alma sobre sí misma, todo lo que sea evitar dirigir la atención del alma hacia la compasión y la alegría de los semejantes, mas todo cuanto ya nos rodea en el mundo sensorial, todo esto impide al alma, cuando ha ascendido al mundo espiritual, llegar a la verdadera intuición, al verdadero conocimiento de los seres superiores. Y aquí nos encontramos en el terreno en el que nuestras consideraciones tocan lo que Schopenhauer llama su «justificación de la moral».

Schopenhauer no era en absoluto un científico espiritual en el sentido en que aquí se entiende la ciencia espiritual. Por eso, también para él, el alma que desciende a sus profundidades no se separa de tal modo que desarrolle una trinidad de fuerzas correspondientes a los tres estadios de la cognición, -imaginación, inspiración, intuición-, sino que para él todo se funde. El «alma» es una nebulosa de todas las fuerzas que viven en sus profundidades. Así, Schopenhauer tampoco puede separar las virtudes morales, cuya formación debe ser la preparación para la educación espiritual: Para la Imaginación: el atenerse a los hechos como base de la virtud de la veracidad, la fortaleza como base de la que conduce a la inspiración, y la tercera, -que Schopenhauer discute a fondo-, la que yace latente en las profundidades del alma y que en general puede llamarse interés por el entorno y los seres circundantes. Pero Schopenhauer llama la atención sobre algo más, y aquí se muestra en cierto sentido profundamente ingenioso. El llama la atención sobre, -algo que de hecho es una de las pocas características anímicas e impulsos anímicos que ya muestran en el mundo físico-, que entre alma y alma existe una conexión subterránea, por así decirlo, directa. Schopenhauer llama la atención sobre la compasión, mejor dicho, sobre la simpatía. Basta con mencionar la palabra piedad, compasión, de la que Schopenhauer dice que debe estar presente en toda alma que pueda llamarse moral, y se sentirá, en primer lugar, que con esta compasión se toca algo que está realmente conectado con el impulso moral más íntimo, con aquello que realmente puede establecer la moralidad. Por otra parte, hemos de admitir que con la palabra compasión estamos tocando algo que es una intuición ya presente en el mundo físico, una transferencia de la propia alma al alma del otro. Una prueba de que existe una conexión sub física entre alma y alma, una prueba de que el espíritu con sus poderes está presente entre alma y alma, una prueba de ello para todo aquel que pueda mirar el mundo con sensatez, es lo que se puede describir con la palabra compasión.

Schopenhauer, -y muchos otros que han indagado en estas cosas-, llama con razón compasión, simpatía, al verdadero misterio del alma humana, que ya puede observarse aquí en el mundo físico. Pues hay algo infinitamente profundo cuando un alma encerrada en un cuerpo siente algo por lo que la otra alma se alegra, o por lo que la otra alma sufre, de modo que en el traspaso una y otra vez de las potencias de un alma a la otra hay realmente una especie de misterio espiritual ya aquí en el mundo físico. Por eso Schopenhauer dice: Por mucho que se predique la moralidad: La moralidad se basa en este vivir de un alma en la otra alma, la moralidad sólo se basa en la compasión, o en la piedad. Por lo tanto, se puede decir muy bien que, en el sentido de Schopenhauer, hay tanta moralidad en el mundo como compasión. Schopenhauer tenía razón al señalar que sería insoportable escuchar la frase: «Este hombre es virtuoso, pero no conoce la compasión». Schopenhauer dice: Todo el mundo sentirá la imposibilidad de que pueda pronunciarse tal frase, de que la virtud y la falta de compasión puedan combinarse en una misma alma. Por eso Schopenhauer piensa que es insoportable oír la frase: «Es un hombre injusto y malvado y, sin embargo, es muy compasivo», aunque se puede decir, en efecto, que las razones internas del alma humana son a veces tan confusas que también se puede experimentar esto, cómo alguien puede, sin duda, hacer actos bastante malos, poco virtuosos y, sin embargo, desarrollar un cierto sentimiento, por ejemplo, hacia las palomas y animales similares. En conjunto, sin embargo, puede decirse que Schopenhauer toca aquí las profundidades del razonamiento moral, cuando habla de la compasión.

Si se habla en el sentido de la ciencia espiritual, entonces hay que extender el principio de la compasión un poco más, y entonces se presenta ante nuestra alma, lo que se puede describir como el interés participativo, como la atención participativa por todo lo que sucede en el entorno que nos rodea. Porque una persona no tiene un interés verdadero e interior en una alegría que se experimenta si no puede experimentar esta alegría, y una persona no tiene un interés verdadero y profundo en el sufrimiento de otro ser si no puede sufrir el sufrimiento dentro de sí misma. En muchos aspectos la piedad, la compasión y el interés coinciden. Tener verdadero y real interés es tener amor. Pues no se puede tener interés sin tener amor en el verdadero sentido de la palabra, sin compasión.

Ahora bien, la preparación correcta para un conocimiento intuitivo aquí, en el mundo físico, es la que tiene por objeto, en la medida de lo posible, fortalecer el alma, vigorizarla, de modo que el alma se acostumbre a interesarse por todo lo que vive, respira y es, a ser capaz de prestar atención a todo lo que la rodea. Cuanto más profundo pueda ser nuestro interés, mejor nos prepararemos como investigadores espirituales para la intuición de los mundos superiores. Por lo tanto, puede decirse que para la ciencia espiritual en particular, el fulgor de la compasión en el mundo físico aparece como un reflejo del hecho de que esos poderes profundos del alma que conducen a la intuición sólo pueden desarrollarse verdadera y correctamente si el alma se prepara para ello interesándose realmente por el entorno, es decir, amando, teniendo compasión.

Por eso, dondequiera que se hable del camino recto hacia la preparación espiritual, vemos que este camino recto es inseparable de aquello que es, al mismo tiempo, la virtud moral más importante del hombre. Pues las virtudes morales más significativas, es más, las más fundamentales radican, por así decirlo, en el amor interesado, en la mirada atenta a todo sufrimiento y a toda alegría, a toda existencia en general, en la firmeza de carácter del alma y en la veracidad. Quien quiera comprender cualquier virtud, por ejemplo una virtud como es la lealtad sin duda, podrá reconocerla fácilmente como una forma especial de firmeza. La persona que es firme también sabrá ser fiel de la forma adecuada. Todas las virtudes, podría decirse el ámbito de las virtudes, se resumirán en cierto modo a estas tres cualidades del alma.

Ahora bien, si se ha de describir la relación de la ciencia espiritual con la moral, también hay que llamar la atención sobre el modo en que el hombre, cuando llega realmente a contemplar el mundo espiritual, ya sea mediante el adiestramiento espiritual o simplemente aceptando con mente imparcial lo que la investigación espiritual le ofrece, se enfrenta a un mundo que le plantea exigencias muy especiales, exigencias que sin duda incluirán lo que el alma necesita en términos de confianza, esperanza, fortaleza, etcétera. Pero el hombre también llega a un punto en el que se enfrenta a sí mismo, en el que hasta cierto punto ha salido de su esfera personal en pleno conocimiento de sí mismo, en el que ha entrado en un mundo que ya no es sólo portador de sus intereses personales, de sus intenciones personales. En el camino de la investigación espiritual, nuestra alma llega a este punto, en el que se enfrenta a sí misma, en el que se enfrenta a su personalidad, en el que se enfrenta al ser que ha sido hasta ahora. Ya se ha señalado que en la investigación espiritual esta confrontación con el ser que uno ha sido hasta ahora se describe como el encuentro con el guardián del umbral, ese umbral que separa el mundo suprasensible del mundo físico ordinario. Con este guardián del umbral se da uno cuenta por primera vez de lo que uno es, de lo que antes llamaba su personalidad, de sus intereses, de lo que deseaba, de lo que sentía como algo relacionado con simpatía o antipatía. Todo esto se presenta ante uno, como un ser ajeno que sale de uno mismo. Lo ve uno como un ser extraño y aprendes a decir: Todo esto lo has dicho hasta ahora. Ahora lo tiene uno ante sí y se le muestra como otro ser; está uno fuera de sí. Lo mismo sucede con el sentimiento, y con la voluntad del hombre en el momento del encuentro con el Guardián del Umbral. Cuando se experimenta esto, uno se da cuenta también de lo fuertes que son todas las fuerzas magnéticas que le atraen hacia la personalidad que era y que, en realidad, debe abandonar.

Esta es la experiencia significativa, mencionada aquí antes como demoledora, donde uno se da cuenta: Sí, uno debe deshacerse de sí mismo, pero este ser que uno era, al que uno se enfrenta, no quiere soltarlo, tira de uno con cien y cien fuerzas. - Y si uno es presa de estas fuerzas, si uno no puede liberarse de lo que antes llamaba «uno mismo», entonces no puede entrar en el mundo espiritual. Al conocerse a sí mismo, uno llega a conocer el vínculo entre el mundo superior, entre los poderes superiores de cognición que siempre están latentes en el hombre, y lo que uno es en el mundo físico. sino que la intensidad de las fuerzas vinculantes también crecen al alejarse de uno mismo, de modo que uno siente que todo lo que quiere tirar de uno hacia atrás se hace más fuerte cuanto más se aleja de uno mismo. Cada vez es uno más consciente de lo que le atrae de la personalidad ordinaria, y también es cada vez más consciente de lo necesario que es haber adquirido previamente fuerzas para resistir a estas fuerzas magnéticas. Esto significa que la entrada real en el mundo espiritual debe ir precedida, en realidad, de un fortalecimiento tal de las fuerzas anímicas en lo bueno, en lo moral, de una inclinación tal hacia lo que el espíritu exige de nosotros, que uno pueda resistir las tentaciones de la personalidad inferior con una fuerza mayor que la necesaria en el mundo físico.

Por eso, sólo cuando uno se encuentra ante el acontecimiento estremecedor descrito, se da cuenta de cómo todo acercamiento al espíritu es al mismo tiempo un acercamiento a exigencias morales. Por tanto, a través de la experiencia, volvemos a tener algo de lo que Platón, el gran filósofo griego, justifica cuando llama a lo divino «el bien». Cuanto mas nos abstengamos de juicios morales al enfrentamos a fenómenos naturales, tanto más correcto será nuestro juicio sobre ellos. ¿Quién juzgaría moralmente un cristal de sal o una planta atrofiada en su desarrollo? En el mundo físico ordinario el orden natural y el orden moral del mundo convergen, de modo que uno sólo siente la profundidad del orden moral del mundo, cuando se da cuenta de que sólo se es realmente admitido en el mundo espiritual con fuerza moral. Por eso se considera un principio del mundo espiritual, y esto es de nuevo una experiencia: Cualquiera puede llegar hasta el Guardián del Umbral; sólo quien lo supera mediante su fuerza moral puede superarlo. Pero aquel que sólo llega hasta él y luego tiene que retroceder, entonces tiene ante sí un mundo espiritual que sólo es el reflejo de su propio mundo interior. Pues quien puede creer que tiene todo un mundo espiritual ante sí, también puede fingir ante otras personas lo que cree tener como mundo espiritual ante sí.  Y otras personas pueden creer que es un mundo espiritual que corresponde a la verdad. Si él no ha podido traspasar el guardián del umbral a través de su fuerza moral y a través de la condición moral de su alma, entonces su mundo espiritual no está impregnado de verdad, ni de objetividad. Por lo tanto, será evidente que todo conocimiento real del mundo espiritual ofrecerá tal representación de las condiciones espirituales que, por la naturaleza de su representación en el alma, no sólo predica la moralidad, sino que también la establece.

Esto resulta especialmente claro cuando se considera lo que aquí se ha presentado a menudo como un conocimiento necesario de la ciencia espiritual desde los más diversos puntos de vista: la vida del alma humana a través de repetidas vidas terrenas. Todo lo que somos en una vida forma las causas de las cualidades que tenemos en la vida siguiente. Y al igual que somos del modo que somos en una vida, también las cualidades que llevamos dentro son los efectos de vidas terrenas anteriores. Un alma que no desarrolla el atenerse a los hechos, por causa de no ajustarse a los hechos, preparará en su siguiente vida terrenal tales circunstancias que formarán las disposiciones para un alma que desde el principio muestra falsedad en su disposición. La falsedad, por así decirlo, practicada a través de tal vida anímica, produce disposiciones de falsedad para la siguiente vida terrenal. Sólo la veracidad, practicada en una vida anímica, produce veracidad para la siguiente vida terrena ya en la disposición, en el talento exterior, de modo que si se muestra la veracidad como preparación necesaria para la formación espiritual, al mismo tiempo se apunta a algo que, más allá de la muerte, moldea el alma para la siguiente vida terrena con mayor moral de lo que estaba antes.

Si en lugar de fortaleza, de coraje moral, en el alma se desarrolla una cierta indiferencia, una cierta ligereza interior, un cierto alejamiento en el alma de la fidelidad a uno mismo, de llevar a cabo lo que uno ha reconocido como verdadero y correcto, entonces, puesto que esto tiene un efecto sobre la inspiración, tal vida anímica, en la que se prescinde de esta educación para la fortaleza, asentará, por así decirlo, tales causas que, como por inspiración, actúan en la vida siguiente y allí hacen al alma egoísta, engreída. El egoísmo en una vida es, por así decirlo, inspirado a partir de la vida precedente por el hecho de que en esta última no prevaleció en el alma el valor moral. Y practicar la indiferencia hacia todo el mundo exterior, el desinterés, la falta de atención, la cerrazón egoísta, obra de tal modo que, como una intuición por así decirlo, envía a este ser presente a la siguiente encarnación, a la siguiente vida en la tierra, y lo intuye de tal modo que esta siguiente vida también da los frutos de ello, es decir, que entonces ya produce en sus disposiciones una alienación con el entorno, una falta de cohesión con el entorno.

¿Pero qué significa estar «alienado del entorno» en el alma humana? Oh, significa mucho. Quien está alienado del entorno, quien no está adaptado al entorno, le afecta de tal manera que le enferma constantemente, y por consiguiente esto no sólo afecta al alma, sino que también afecta al cuerpo. Las predisposiciones enfermizas, malsanas, son enviadas como una intuición de una vida anterior en la tierra a una vida posterior por el hecho de que esta alma vaga por la vida sin interés, sin prestar atención. Lo que es más espiritual en una encarnación, -falta de interés, falta de compasión por el mundo que nos rodea-, se profundiza en la siguiente encarnación, en el ser físico, y aparece como enfermedad. A menudo se dice que cuando la ciencia espiritual habla de vidas terrenas repetidas en el sentido de que el karma equilibrará en una vida posterior lo que una persona ha experimentado en alegría o sufrimiento, esto justifica un cierto egoísmo. Pero si uno no polemiza sobre las palabras, sino que mira lo que es importante, si uno no quiere hablar meramente de prédica moral, sino de razones morales, entonces hay que decir: <Para ser cada vez más y más moral, el alma debe ser cada vez más y más perfecta, es decir, deben demostrarse los impulsos interiores para que sea cada vez más perfecta. Hay que mostrar, pues, cómo se relacionan los impulsos morales con la perfección o imperfección del alma. Cuando se trata de mostrar la relación de la ciencia espiritual con la moral, entonces podemos decir: Esta ciencia espiritual se justifica ciertamente ante las legítimas exigencias de la moral, pues entre sus requisitos más importantes debe incluir al mismo tiempo las exigencias morales. Hasta cierto punto, justifica ciertamente, aquellos impulsos que prevalecían en un pensador como Platón, por ejemplo, que describía lo divino-espiritual como el «bien», mostrando que lo espiritual sólo puede tolerar el bien, es decir, que debe estar íntimamente relacionado con el bien.

Por tanto, la ciencia espiritual puede considerarse como algo que ya contiene en sí los principios que establecen la moralidad, no de un modo externo, sino interno. Y además de muchas otras cosas, de las que tendremos que hablar en la próxima conferencia, que la ciencia espiritual debe dar al hombre para el apoyo interior de su alma, para la salud de su alma, para todo lo que necesita en fuerza para trabajar, en seguridad para sostenerse en la vida exterior y para penetrar en lo que es su tarea, a todo esto la ciencia espiritual puede darnos algo más, que es un importante añadido a la concepción de la vida humana, que debe satisfacer al alma humana. Al principio de esta conferencia llamamos la atención sobre cómo la moral y el juicio moral apuntan a aquellas profundidades del alma humana en las que el alma calla ante la otra alma con santa timidez porque es consciente de la dificultad de penetrar hasta donde residen los impulsos morales en el alma. Habiendo visto pues, que quien habla de principios morales en la vida toca esas profundidades desconocidas del alma humana, ante las cuales debemos detenernos con el mayor respeto, de tal manera que debemos decirnos a nosotros mismos que toda intervención injustificada en esta alma humana, es en sí misma una cosa inmoral; la moral hace que nos posicionemos ante cada uno de nuestros semejantes de tal manera que inmediatamente sospechamos: -al vez estamos allí con el juicio moral ante las profundidades de su alma-, de modo que la ciencia espiritual nos muestra que estas profundidades del alma humana, cuando están fortalecidas, cuando están vigorizadas y consolidadas, conducen efectivamente al mundo espiritual objetivo, sólo entonces hacen del alma un conciudadano de los mundos espirituales.

Habiendo visto pues, que quien habla de principios morales en la vida toca esas profundidades desconocidas del alma humana, ante las cuales debemos detenernos con el mayor respeto, de tal manera que debemos decirnos a nosotros mismos que toda intervención injustificada en esta alma humana, es en sí misma una cosa inmoral; la moral hace que nos posicionemos ante cada uno de nuestros semejantes de tal manera que inmediatamente sospechamos: -tal vez estamos allí con el juicio moral ante las profundidades de su alma-, de modo que la ciencia espiritual nos muestra que estas profundidades del alma humana, cuando están fortalecidas, cuando están vigorizadas y consolidadas, conducen efectivamente al mundo espiritual objetivo, sólo entonces hacen del alma un conciudadano de los mundos espirituales. 

De este modo, la concepción científico-espiritual de la moral nos reconcilia con lo que podemos llamar el verdadero valor del alma humana. Pone en nuestra boca las palabras que, frente a mucho de lo que necesitamos, -en fuerza de alegría y abundancia, en fuerza de espíritu y alma, en consuelo para muchos de los sufrimientos de la vida-, nos permiten suponer que en cada situación del alma humana, aunque esta alma no sea consciente de esto o de aquello, hay mucho en lo que el alma puede decir de sí misma: ¡Aunque esté muy escondido, hay algo en mí que profesa ser bueno! Y eso contribuye más, cuando el alma necesita fuerza para mantenerse, contribuye más a la fuerza de la vida y a la fuerza del trabajo, cuando el alma humana, a pesar de muchas aberraciones en la esfera moral, puede sin embargo decirse a sí misma, -y puede decírselo a sí misma gracias al conocimiento de la ciencia espiritual- lo que dice Theone en el drama "Helena" del poeta griego Eurípides:

Quiero el bien por naturaleza, y lo amo,
¡porque debo respetarme a mí misma!

Traducido por J.Luelmo oct.2024