CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA091 Haubinda, 14 de agosto de 1905 - Reencarnación del ser humano

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 RUDOLF STEINER. 

EL SER HUMANO, LA NATURALEZA Y EL COSMOS   

REENCARNACIÓN DEL SER HUMANO


Haubinda, 14 de agosto de 1905

La encarnación o la reencarnación no son lo mismo en todos los casos. Llamamos reencarnación a la vida entre el nacimiento y la muerte. Es arbitrario decir que el ser humano ha muerto después de la muerte y que su encarnación está aquí. Imaginemos un ser que nunca se haya encarnado en la Tierra ni en el plano astral; un ser así observaría a los seres humanos en el devacán. Vería desaparecer al ser humano cuando fuera a la Tierra y luego lo vería regresar. Este ser diría: nace cuando llega y muere cuando desaparece. Depende totalmente del punto de vista del observador. Cuando un discípulo oculto desarrolla conocimientos superiores, la visión devacánica, lo primero que conoce en el devacán es la zona entre la muerte y un nuevo nacimiento por la que pasa el ser humano. Por eso se dice que lo primero que ve un vidente se encuentra en medio del devacán. Cuando asciende aún más, no le ilumina la cadena planetaria con sus manvantaras, sino que primero se iluminan los pralayas. Esto es importante porque ahora debemos ascender a otro tipo de reencarnación, una que no tiene el devacán y el pralaya en el mismo sentido que el ser humano: los espíritus de la raza.

Tomemos los espíritus de la quinta subraza de los atlantes y la primera, segunda, tercera y cuarta subraza de los arios, es decir, cinco espíritus que están mucho más avanzados en su desarrollo que los seres humanos. Debido a que son considerablemente superiores, se encarnan de manera algo diferente. En su caso, el ciclo de la vida ya no se ve interrumpido por el nacimiento y la muerte. Más adelante, el ser humano también entrará en este tipo de encarnación. Un ser así no muere, sino que su cuerpo se debilita cada vez más y, a medida que se debilita, se construye un segundo cuerpo. En el caso del ser humano, son ciclos intermitentes los que debe atravesar. El espíritu de la raza construye un segundo y luego un tercer [cuerpo] cuando el anterior está en decadencia. El cuerpo está formado por las personas individuales de una raza. Una raza tampoco muere tan repentinamente, sino que decae muy gradualmente, mientras que la otra surge. Así es como el espíritu de la raza hace la transición. En el caso de los seres humanos, hay un cambio entre la vida en la Tierra y la vida en el Devacán. En el centro de la vida del Devacán se encuentra la explicación de la vida terrenal exterior; por lo tanto, en el centro entre las encarnaciones también se encontrará la explicación de lo que se encarna. De hecho, esto también es así en el caso del espíritu racial. El espíritu racial también encontrará su explicación a través de ciertos puntos. [Esto es lo que nos ocupará ahora.

Piense en lo siguiente: si el ser humano quiere encontrar una explicación para sí mismo, para su vida, mira hacia el Devachan. Si quiere encontrar una explicación para la raza, debe existir en la propia raza la posibilidad de que se revele el espíritu de la raza. Esto es lo que ocurre en realidad. En determinados puntos se revela el espíritu de la raza. ¿Qué nos tenía que decir en la quinta subraza de la cuarta raza raíz? Que en un punto determinado aparecería el guía cósmico ascendente, es decir, que Cristo se revelaría.

En el devachán lo que brota es el manas del ser humano. El espíritu de la raza se encuentra un escalón más arriba; como palabra redentora se manifiesta lo que en el ser humano corresponde al manas, y eso es budhi, la palabra. De modo que toda la quinta raza raíz se apresura a revelar la palabra de Cristo. Cada vez, en los intervalos entre las cinco subrazas en cuestión, se proclama de nuevo el mensaje del Cristo venidero, y esta proclamación se llama el Evangelio para toda la raza raíz. Y al bendito espíritu de la raza entre la quinta subraza de la cuarta raza raíz y la primera de la quinta raza raíz se le llama Mateo; al segundo, entre la primera y la segunda subraza: Marcos; al tercero, entre la segunda y la tercera: Lucas; y al cuarto, entre la tercera y la cuarta subraza: Juan. Por eso siempre se dice «según Mateo». Por eso hay cuatro evangelios, porque hay cuatro estados intermedios, cuatro buenas nuevas entre las [cinco] subrazas.

El primer evangelio representa, por así decirlo, la encarnación física, por lo que también narra la [sucesión generacional] de Cristo. El segundo evangelio representa el cuerpo etérico de la raza; este se otorga mediante la purificación del cuerpo racial. El evangelio de Lucas es la proclamación desde el punto de vista kamico. El Evangelio de Juan es el más espiritual de todos. Se ha malinterpretado completamente a Ireneo. [Él determinó cuántos de los evangelios debían considerarse correctos y lo consideró arbitrario. Pero eso no es correcto].

Traducido por J.Luelmo nov,2025

GA181 Berlín, 2 de abril de 1918 - Reflexiones sobre la vida entre la muerte y el renacimiento.

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RUDOLF STEINER

REFLEXIONES SOBRE LA VIDA

ENTRE LA MUERTE Y EL NUEVO NACIMIENTO


Berlín, 2 de abril de 1918

Con las ideas que expuse ayer aquí, quería señalar en particular que, en el marco de la evolución de la humanidad, necesitamos interiorizar ciertas ideas nuevas de la cultura espiritual que aún no existen, al menos en el ciclo temporal actual. Esto es algo que pertenece a lo esencial, que ciertas ideas que ahora no existen, o al menos no son viables, vuelvan a entrar en la vida espiritual humana. Si se sigue la vida espiritual de los tiempos modernos en sus diversas ramificaciones, lo característico es que, a pesar de toda la arrogancia, a pesar de toda la presunción que a veces se manifiesta en esta vida espiritual, esta vida espiritual no ha surgido con nuevas ideas. Aunque han surgido todo tipo de cosmovisiones en el ámbito ético, artístico, filosófico y otros ámbitos científicos, todas ellas operan con ideas antiguas, válidas desde hace mucho tiempo, que luego se mezclan como en un caleidoscopio. Pero necesitamos nuevas ideas. Precisamente las que faltan son esas nuevas ideas, tal y como deben surgir,. Por eso, por ejemplo, hoy en día no se pueden comprender ciertas verdades antiguas, verdades que surgieron en la antigüedad y que se han transmitido a lo largo de la historia, ideas como las que aparecen en Platón o en Aristóteles, como las más recientes en este sentido. En épocas anteriores tenían una importancia aún mayor, pero hoy en día o bien no se comprenden en absoluto o bien se rechazan, aunque solo sea por el hecho de no comprenderse. Les voy a presentar un ejemplo de una idea de este tipo.

Cuando hoy en día el ser humano ve algo, piensa: ahí fuera está el objeto que le envía la luz; la luz llega al ojo y allí se produce, de una manera que no se puede calificar de misteriosa, pero sí de pasiva, lo que el alma experimenta, por ejemplo, como sensación del color. Por el contrario en Platón encontramos otra idea. Aparece algo que, si se toma al pie de la letra, no se puede entender de otra manera que como si el ojo enviara algo hacia el objeto que lo captara de una manera misteriosa; como si el ojo extendiera un sensor que se extendiera hacia el objeto, eso es lo que ocurre en Platón. Por supuesto, la visión científica más reciente no puede hacer nada con esto, no puede entenderlo. Es una idea que se puede encontrar en los libros de texto habituales o en los libros académicos de historia de la filosofía. Pero estos libros no le servirán de mucho, porque tales ideas se basan en algo que existía en la antigüedad: una cierta clarividencia o clarisensibilidad atávica que se ha extinguido, pero que en nuestra época debe recuperarse de otra manera. Desde la antigüedad se han perdido ideas que deben reconquistarse.

Estas ideas se han perdido, sobre todo, porque Europa, y en particular Europa occidental, se vio inundada por lo que podríamos denominar la cultura latina o romana. El estudio de esta cultura latina o romana en su expansión por Europa arrojaría mucha luz si se analizara correctamente. Hay que tener claro que, en lo que respecta a la sangre de los llamados antiguos romanos, hoy en día ya no queda nada en Italia. Así pues, los italianos actuales pueden ser responsables de muchas cosas en nuestro presente, pero no son responsables de lo que voy a decir ahora. Lo que se irradió desde la civilización romana se extendió culturalmente solo por Europa, pero fue realmente abrasador, devastador para ciertos conceptos fundamentales, conceptos que, por así decirlo, deben ser rescatados de su tumba. 

Basta recordar un hecho como el que, con la destrucción de aquella ciudad, que fue arrasada poco antes del nacimiento de Cristo, Alesia, en el actual departamento de Côte d'Or, en Francia, los romanos exterminaron por completo una parte de la antigua cultura celta-galia. En este lugar de la antigua Alesia destruida, Napoleón III mandó erigir un monumento a Vercingétorix. César fue un destructor de lo que era un centro de la antigua cultura celta-druida. Era una enorme institución educativa, como se llamaría hoy en día. Decenas de miles de europeos estudiaban allí la ciencia tal y como se estudiaba en aquella época. Todo ello fue exterminado y en su lugar se extendió lo que se conoce como la cultura romana. Esto es solo una observación histórica que pretende mostrar que también en Europa existían antiguas creencias en antiguos centros culturales que fueron exterminados.

 Hoy quiero llamar su atención sobre dos conceptos que deben incorporarse a la ciencia y a la vida en general para que sea posible comprender mejor el mundo. El primero es lo que nos da una idea de cómo se produce realmente la percepción del mundo a través de los sentidos. Esto tiene lugar de la siguiente manera.

Cuando nos encontramos ante un objeto de color, este sin duda nos afecta. Pero lo que ocurre entre el objeto de color y el organismo humano es un proceso de destrucción en el organismo humano, —lo he subrayado a menudo—, es en cierto modo una muerte en pequeño, y el sistema nervioso es el órgano responsable de los procesos de destrucción continuos. Sin embargo, estas destrucciones que se producen continuamente en nuestro propio organismo por la influencia del mundo exterior se compensan con la influencia de la sangre. En el organismo humano se produce continuamente un proceso de intercambio entre la sangre y los nervios. Este proceso de intercambio consiste en que la sangre emite un proceso vivificante, mientras que los nervios emiten una especie de proceso de muerte, una especie de proceso destructivo.  Cuando nos enfrentamos a un objeto, por ejemplo uno de color, que nos impacta desde el mundo exterior, en nuestro sistema nervioso se produce un proceso de destrucción. Tanto en el cuerpo físico como en el cuerpo etérico, algo se destruye. Al producirse un proceso de destrucción que sigue una trayectoria muy determinada, se abre una especie de canal en nuestro organismo. De modo que cuando vemos algo, se perfora un canal desde el ojo hasta la corteza cerebral. No se produce nada que se disuelva desde la corteza cerebral hasta el ojo, sino todo lo contrario: se perfora un agujero y, a través de él, se desliza el cuerpo astral para poder ver el objeto. Esto ya lo vio Platón. Se podía percibir gracias a la clarividencia atávica, y hay que volver a recuperarlo conociendo realmente el organismo humano en la clarividencia moderna, conociendo este canal que se crea, este agujero que se abre como un túnel desde el ojo hasta la corteza cerebral, a través del cual el yo se une con lo que actúa desde el exterior. La humanidad debe aprender a no formarse ideas como las que son habituales en la teoría del conocimiento o la fisiología actuales, sino que debe aprender a decir: desde el ojo hasta la corteza cerebral se perfora un canal, un túnel, y a través de él se abre una puerta por la que el cuerpo astral y el yo entran en contacto con el mundo exterior. Este es un concepto que en el presente no se tiene en cuenta en absoluto. De ahí que tampoco conozca las consecuencias fisiológicas que se derivan de ello. Hoy en día, los estudiantes aprenden fisiología en las universidades y aprenden exactamente lo que acabo de desmontar como ideas habituales; solo que no aprenden cómo son las cosas en realidad, sino que aprenden lo contrario, que no tiene sentido. Esa es una idea de ese tipo.

Hoy en día es muy frecuente encontrar otra idea cuando, dentro de ese ámbito que se denomina, con toda razón, el de la erudición actual, nos topamos con el siguiente concepto. Se describe, —y hoy en día no puede ser de otra manera—, que el ser humano nace como un ser sin desarrollar; luego, poco a poco, su alma y su espíritu se desarrollan, de modo que, gradualmente, a través de la organización cada vez más compleja y refinada del cuerpo, salen a la luz el alma y el espíritu. Esto lo pueden encontrar en los psicólogos, en general en los eruditos de la actualidad, también en los libros populares, en todas partes, en los libros populares. Así es como se lo imagina la gente. Pero lo que parece es maya. En muchos aspectos, lo primero que se nos ocurre es lo contrario de la verdad. Y así, ese concepto es lo contrario de lo que es verdad. En lugar de eso, habría que decir, —solo tengo que recordar lo que se expone en «La educación del niño», donde se expresa de forma ligeramente diferente lo mismo que ahora quiero explicar—: cuando el niño es muy pequeño, el alma y el espíritu son aún pura alma y espíritu, y a medida que crece, el alma y el espíritu se transforman gradualmente en materia, en cuerpo físico. El alma y el espíritu se vuelven poco a poco corporales; el ser humano se convierte poco a poco en una imagen completa del alma y el espíritu. Es muy importante tener este concepto. Porque cuando se tiene, ya no se habla de lo que camina sobre dos piernas por la tierra como si fuera simplemente el ser humano, sino que se toma conciencia de que es la imagen del ser humano, de que el ser humano, cuando nace de forma suprasensible, crece gradualmente junto con el cuerpo y crea en él su imagen completa. El espíritu y el alma se sumergen en el cuerpo, se vuelven cada vez menos evidentes en su naturaleza propia. Por lo tanto, hay que adoptar precisamente la idea contraria a la que se suele tener. Hay que saber por qué, por ejemplo, se ha llegado a los veinte años: porque el espíritu se ha sumergido en el cuerpo, porque el espíritu se ha transformado en cuerpo, porque lo que es cuerpo es una imagen exterior del espíritu. Entonces se comprenderá también que, al envejecer, se produce gradualmente la transformación inversa. El cuerpo se calcifica, se saliniza; pero el espíritu vuelve a ser más espiritual y anímico. Solo que entonces el ser humano no tiene la posibilidad de retenerlo, porque se enfrenta al mundo físico y quiere expresarse a través del cuerpo. Lo que se vuelve cada vez más independiente y autónomo solo se manifiesta completamente después de la muerte. Así que no es que lo espiritual y anímico se embote con la edad, sino todo lo contrario: se vuelve cada vez más libre. Naturalmente, cuando se le plantea esta idea, el pensador materialista objeta muy a menudo que, por ejemplo, incluso Kant, que fue un hombre muy inteligente, se debilitó con la edad; por lo tanto, lo espiritual y anímico no pudo haberse liberado. Pero el pensador materialista solo objeta esto porque no puede tener en cuenta lo espiritual y lo anímico, que ya se había integrado gradualmente en el mundo espiritual. Para muchas personas será muy difícil aceptar que ahora deben decir: a medida que los seres humanos envejecen, no se vuelven débiles ni dementes, sino más espirituales y anímicos. Solo que entonces el cuerpo está desgastado y a través de él no se puede manifestar lo espiritual y anímico que se ha desarrollado. Al fin y al cabo, es lo mismo que ocurre con un pianista, que podría llegar a ser cada vez mejor intérprete, pero si el piano está desgastado, no se nota nada. Si solo quiere conocer sus habilidades como pianista a partir de su forma de tocar, pero el piano está desafinado y tiene cuerdas rotas, no podrá apreciar mucho su interpretación. Así, Kant, cuando era un anciano y estaba demente, no se volvió demente para el mundo espiritual, sino glorioso.

Por lo tanto, hay que invertir ciertas ideas cuando se llega a la realidad. Hay que tomarse muy en serio la opinión de que en este mundo nos enfrentamos a Maya, al gran engaño, porque hay que invertir algunos conceptos. Si nos tomamos en serio que en la realidad física exterior nos enfrentamos al gran engaño, también podremos tomarnos en serio que el ser humano físico exterior, cuando tiene setenta años y parece débil, ya tiene su espíritu en otro lugar que no es el plano físico. Los obstáculos para comprender la ciencia espiritual radican en muchos casos en la incapacidad de formarse conceptos correctos sobre lo que ocurre en el plano físico ordinario.  Se tienen ideas erróneas sobre lo que ocurre en el plano físico, y la consecuencia es que estas ideas erróneas nos separan del mundo real, que no nos permiten llegar al mundo real. Si se forman ideas como la segunda que he mencionado, entonces ya no se estará muy lejos del conocimiento que ahora la ciencia espiritual debe aplicar al ser humano inmediatamente después de la muerte, a partir de sus investigaciones.

Al entrar el ser humano en la vida física mediante el nacimiento, se va relacionando cada vez más con su cuerpo físico. Ahora ya conocemos una idea correcta de esta relación. Debido a que hay demasiado que analizar, no siempre se menciona que algo similar ocurre también entre la muerte y un nuevo nacimiento. También se puede representar de manera similar el tiempo entre la muerte y el nuevo nacimiento. Se puede decir que el ser humano entra gradualmente en una relación con algo similar a lo que tiene aquí con su cuerpo físico. Nuestra corporeidad física no es solo una corporeidad física, sino que, como sabemos, abarca el cuerpo físico, el cuerpo etérico o cuerpo de fuerzas formativas y el cuerpo astral o el alma exterior, el cuerpo del alma. Así como tenemos que apropiarnos de estas tres capas o envolturas para la vida física, también tenemos que revestirnos de tales envolturas para el tiempo entre la muerte y el próximo nacimiento, y también son tres envolturas, a las que voy a dar nombre para que no se confundan con otras: el ser anímico humano, la vida anímica o alma vital y el yo anímico. Así como aquí nos apropiamos del cuerpo físico para el mundo físico, entre la muerte y el nuevo nacimiento nos apropiamos del ser espiritual; así como aquí nos apropiamos del cuerpo etérico o cuerpo de fuerzas formativas, allí nos apropiamos entonces de la vida anímica o alma vital, y así como aquí nos apropiamos del cuerpo astral, el cuerpo anímico, para el mundo, allí nos apropiamos después de la muerte del yo anímico. Elijo estos términos para que no se confunda con lo que el ser humano adquirirá de otra manera para las épocas de Júpiter, Venus y Vulcano, que es similar; pero como se encuentra en otro nivel de existencia, hay que diferenciarlo. Sin embargo, los términos no son lo importante. Solo es necesario que estudiemos un poco cómo se adquieren estas envolturas mencionadas.

Cuando el ser humano entra en esa vida que transcurre entre la muerte y un nuevo nacimiento, lo primero que le caracteriza es que se encuentra rodeado de una serie de imágenes. Todas estas imágenes provienen de las experiencias vividas entre el último nacimiento y la última muerte, o incluso de épocas anteriores. Pero quedémonos primero con lo que estaba presente en la última vida terrenal. Así pues, primero aparecen las imágenes que provienen de la última vida; estas se encuentran en el entorno del ser humano. Lo esencial es que estén en el entorno del difunto. Lo curioso es que el difunto tiene al principio cierta dificultad para desarrollar la conciencia de que estas imágenes son suyas. De todo este mundo de imágenes que lo rodea, lo que se describe en el libro «Teosofía» como las experiencias en el mundo del alma, esa retrospección en imágenes, es solo una parte. Además de estas imágenes, hay otras, y la vida del difunto consiste en reconocer gradualmente que estas imágenes le pertenecen. En eso consiste la acción de la conciencia: reconocer plenamente que estas imágenes le pertenecen de la manera correcta.

Solo se comprende completamente de qué se trata cuando uno toma conciencia de que la vida que se lleva aquí, entre el nacimiento y la muerte, es mucho más rica que la vida consciente. Imagínense lo siguiente, que ustedes viven en determinadas circunstancias, en una comunidad, con estas o aquellas personas. De lo que ocurre entre ustedes, aquello que sucede de forma consciente es en realidad solo una parte. Constantemente suceden cosas. Deben tener en cuenta que la vida aquí transcurre de tal manera que solo se presta atención a una pequeña parte de lo que se experimenta. Tomemos un acontecimiento cotidiano: esta noche se han reunido aquí, cada uno ha entablado alguna relación con los demás. Pero si reflexionan detenidamente sobre cuánto de ello han tomado conciencia, verán que es muy poco. Porque cuando uno se aleja tres metros de otra persona y luego se acerca a ella, ese acercamiento desde tres metros de distancia supone toda una serie de impresiones faciales; uno ve el rostro de forma diferente a medida que se acerca, y así sucesivamente. Con la mente física habitual es imposible imaginar lo que realmente se experimenta durante la vida física. Solo se experimenta conscientemente una pequeña parte de ello. Lo más significativo permanece en el subconsciente.

Por ejemplo, cuando lee una carta, por lo general es consciente de su contenido. Pero en su subconsciente ocurre mucho más; no solo ocurre que, sin ser consciente de ello, siempre se enfada o se alegra un poco por la bonita o fea caligrafía, sino que realmente, con la caligrafía, con cada trazo de la caligrafía del escritor, algo se transmite a usted, algo que no nota con su conciencia superior, pero que vive como un sueño que atraviesa continuamente toda la vida. Por eso nos cuesta tanto comprender realmente los sueños, porque en ellos aparece mucho de lo que no se tiene en cuenta en la conciencia diaria. Supongamos que aquí está sentada una señora y allí otra. Si a una de ellas no se le llama la atención sobre el hecho de que hay otra señora sentada allí y no la mira con atención, puede ocurrir que una de las señoras no se fije en la otra, que no se dé cuenta de los gestos que hace la otra ni de lo que hace en general. Pero esto queda grabado en el subconsciente, y precisamente en los sueños puede aparecer aquello de lo que no nos hemos ocupado en la conciencia diaria. Esto ocurre precisamente cuando en la conciencia diaria se dedica la individualidad a algo especial, por ejemplo, cuando se camina pensativo por la calle y un amigo pasa a su lado. Quizás ni siquiera se le preste atención, pero se sueña con él, a pesar de que no se sabe que ha pasado a su lado. Es que en la vida suceden muchas, muchas cosas, y muy pocas llegan a la conciencia diaria. Pero todo lo que ocurre en la vida del ser humano, especialmente aquello que se refiere al alma, pero que permanece en el subconsciente, todo ello se convierte en una imagen que rodea al ser humano. Al haber venido hoy aquí y al marcharse, la imagen de toda la sala permanecerá vinculada a uno, aunque en mayor medida en la medida en que todo ello ha causado una impresión más profunda en el alma, y el alma no tiene límites fijos.

De esta manera, innumerables imágenes se conectan con la vida humana. Todo ello está enrollado, —no encuentro otra expresión para describirlo—, en la vida del ser humano. Uno lleva millones de imágenes enrolladas a lo largo de su vida. Y lo que ocurre inmediatamente después de la muerte es un desbordamiento de las imágenes, así se podría llamar, el desenrollamiento de las imágenes, de las imaginaciones post mortem. Alrededor del ser humano se forma gradualmente un mundo imaginativo; y su conciencia consiste en ese mundo imaginativo, auto-reconociéndose en este mundo imaginativo. 

Esto se describe, desde otros puntos de vista, en las conferencias de Viena, (GA153), sobre la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento; pero hay que considerar las cosas desde los puntos de vista más diversos. — Despliegue de las imágenes: Se puede comparar con cómo somos cuando somos niños pequeños, recién nacidos y con un cuerpo aún sin configurar. Algunas personas, que no son precisamente las madres de los niños en cuestión, dicen: «Todos los niños pequeños parecen ranas; aún no son del todo humanos, pero poco a poco van configurándose». Del mismo modo que el niño se configura, a medida que crece, podemos decir que lo tenemos dentro de nosotros cuando vivimos materialmente, se produce un crecimiento de la vida que se puede llamar despliegue de las imágenes de la vida. Porque en este despliegue de imágenes se forma el ser humano anímico, un miembro del ser human específico. Deben imaginar que lo que hay después de la muerte se extiende y que, en primer lugar, en las imaginaciones crece el ser humano anímico, el ser humano de imágenes, la corporeidad imaginativa del espíritu que se construye allí.

Y es aquí donde se puede ayudar enormemente al difunto desde la Tierra física, si se repasan con él tales representaciones, que son al mismo tiempo representaciones de la ciencia espiritual, o tales como las que desarrollamos ayer de la Tierra azul-rojiza con la Jerusalén dorada. Son representaciones que el difunto anhela, porque anhela imaginaciones que le orienten y le ordenen. Así se le ayuda. Concretamente, se le ayuda cuando se repasa con él lo que se ha vivido juntos, porque así pueden surgir las imágenes cuando quieran desplegarse. Si uno se imagina cosas que en realidad no se tenían en cuenta en la vida y las repasa con el difunto, este se beneficia especialmente de ello. Quiero decir, por ejemplo, que si conservan en la memoria cómo, cuando aún vivía, cruzaba la puerta al salir de su trabajo y llegar a casa, cómo se saludaban, es decir, cómo se expresa lo espiritual de forma pictórica. Puede haber infinito amor en estas cosas, aunque, por supuesto, también puede ser de otra manera. Entonces también se reunirá con el difunto en sus pensamientos. He mostrado de diversas maneras cómo se puede mezclar ese mundo de imágenes en el que el difunto debe desarrollarse, en el que debe expandirse su conciencia, con las propias representaciones. Las ideas que el difunto ha perseguido, que no ha podido alcanzar plenamente y que le explican algo, se convierten en su mundo de imágenes. Así se colabora en la formación de su ser espiritual.


Por supuesto, en el difunto, en el tiempo que sigue a la muerte, los otros miembros ya están formados: la vida anímica o alma vital y también el yo anímico. Pero precisamente estos miembros se forman cada vez más y de manera más definida, de modo que el difunto, inmediatamente después de la muerte, los percibe primero como algo futuro, que solo desarrolla poco a poco. En este sentido, el difunto tiene la sensación de que debe trabajar para desarrollar el ser anímico, pero debe dejar que el alma vital se desarrolle, debe desarrollarse poco a poco. Por supuesto que ya está ahí, al igual que la inteligencia está presente en los niños, pero al igual que la inteligencia, ésta debe antes desarrollarse,. De este modo, inmediatamente después de la muerte, surge en el difunto una fuerza inspiradora. Pero esta se desarrolla, se vuelve cada vez más y más fuerte. Y precisamente cuando se ayuda al difunto, se le ayuda también en el desarrollo de esta fuerza inspiradora. Porque de las imágenes debe surgir gradualmente algo que se dirija al difunto. Deben ser más que un simple recuerdo de la vida, deben decirle algo nuevo, algo que la vida aún no le ha podido decir. Porque lo que le dicen ahora debe convertirse en el germen de lo que él desarrollará en su siguiente vida terrenal.

Así entra en desarrollo la vida anímica, el alma vital, y las imágenes se vuelven cada vez más elocuentes. Esto es así porque el difunto, en un primer momento, si se me permite expresarlo así, dirige su mirada preferentemente hacia la Tierra. Así como nosotros dirigimos nuestros pensamientos hacia el mundo espiritual, el difunto dirige su alma siempre hacia la Tierra. Él la ve, por ejemplo, como describí ayer, como la Tierra azul en la mitad oriental y rojiza en la mitad occidental; ahí surgen estas imágenes, ahí se entrelazan. En primer lugar, él siempre ve su vida en la imagen general de la Tierra; ve su vida con nosotros. Por eso también podemos ayudarle a lidiar con estas imágenes. Es cierto que abandona la Tierra, pero no la abandona con el ojo de su alma. Y poco a poco la Tierra se vuelve sonora, a medida que la inspiración se desarrolla cada vez más. Poco a poco le va diciendo cada vez más lo que son las imágenes.

A menudo se pregunta si esta ayuda a los difuntos solo se puede prestar poco después de la muerte o también después de años o décadas. Pero eso no cesa. Nadie puede vivir tanto tiempo en la Tierra como para que resulte innecesario ayudar a alguien que ha fallecido antes que nosotros. Aunque alguien lleve muerto treinta o cuarenta años, la conexión, si era kármica, siempre permanece. Por supuesto, hay que tener claro que el alma, si no está desarrollada, —el alma de quien está aquí—, puede tener al principio una conciencia más clara de esta conexión. Al principio, esta conciencia de la conexión con el difunto puede sentirse y percibirse con mucha intensidad, porque las imágenes aún son pasivas y contienen esencialmente lo mismo que contenían en la Tierra. Pero entonces comienzan a sonar, entonces la música celestial resuena en ellos. Es algo extraño. Y solo se puede obtener una explicación al respecto a partir de la ciencia espiritual, sabiendo lo que sucederá en las épocas futuras de la Tierra. Pero no es tan frecuente que durante décadas exista una necesidad tan viva de acercarse a los muertos como inmediatamente después de su partida. Entre los vivos, —esta es la experiencia que se tiene—, la inclinación hacia los muertos desaparece gradualmente, el sentimiento vivo hacia ellos se extingue. Por eso, esta es también una de las razones por las que, con el paso del tiempo, la conexión con los muertos se siente menos viva.

Esto nos hace conscientes de que el primer periodo de la vida, entre la muerte y el nuevo nacimiento, está dedicado preferentemente a la formación del ser humano espiritual, aquello que flota alrededor del ser humano como un mundo imaginativo. El período posterior, —aunque, por supuesto, está presente desde el principio—, está dedicado a la fuerza inspiradora del alma, el alma vital. Y ante sí, como un ideal, el difunto tiene lo que se puede llamar el yo anímico. También está ahí desde el principio, porque el yo anímico le da la conciencia individual. Al igual que en el niño debe formarse primero la razón, a pesar de que está ahí desde el principio, el ser humano forma primero el yo anímico entre la muerte y el nuevo nacimiento. Y a esta formación del yo anímico en su máxima expresión se dedica entonces ya ese tiempo en el que se vuelve lentamente a la vida terrenal. Cuando el ser humano florece espiritualmente en la juventud durante el tiempo entre la muerte y el nuevo nacimiento, hay que decir que su yo espiritual se encuentra en su máximo desarrollo. Aquí en la Tierra se dice: uno envejece; en el mundo espiritual entre la muerte y el nuevo nacimiento hay que decir: uno rejuvenece. Aquí se dice: «Se envejece con la edad»; allí hay que decir: «Se florece con la juventud». Estas cosas eran bien conocidas hace no mucho tiempo. Solo recuerdo el «Fausto» de Goethe, donde se dice: «joven en la edad de la niebla», lo que significa: nacido en el mundo septentrional. Antes no se decía: alguien ha nacido, sino: se ha hecho joven, con lo que se aludía a su vida antes del nacimiento. Y Goethe todavía utilizaba esta expresión: «joven en la edad de la niebla».

El último periodo entre la muerte y el nuevo nacimiento es, por tanto, aquel en el que el alma desarrolla preferentemente la parte intuitiva. En el primer periodo tras la muerte, la parte imaginativa del alma, es decir, el ser humano anímico, está viva. Luego, poco a poco, se desarrolla hasta su máxima altura la parte inspirativa del alma, el alma vital. Y después se desarrolla lo que le da al alma su plena individualidad, el yo anímico, lo intuitivo, la capacidad de fundirse en lo otro, de encontrarse en lo otro. ¿En qué se encuentra el alma? ¿De qué se intuye preferentemente?

Entre la muerte y el nuevo nacimiento, en un determinado momento de la vida, el alma comienza a sentirse emparentada con la sucesión generacional que conduce al padre y a la madre. El alma se siente cada vez más emparentada con los antepasados, con la forma en que se unen en matrimonios, tienen hijos, etc. Inmediatamente después de la muerte, se sienten las imágenes, el despliegue de las imágenes, y al mirar hacia abajo, hacia la Tierra, estas imágenes se resumen en contextos imaginativos más amplios. Y al volver a la vida terrenal, uno se vuelve cada vez más intuitivo. Y la imagen que desarrollé ayer se presenta ante el alma de forma más amplia: la esfera de la Tierra, sobre Asia, India y África Oriental, brillando con un resplandor azulado; al otro lado, ya que se orbita alrededor de la Tierra, donde está América, brillando con un resplandor rojizo; y entre medias, los tonos verdes y los demás. Y la Tierra también resuena en los tonos más variados: melodías, armonías, coros de música celestial. Y poco a poco se mueven hacia allí las imágenes que uno ha tenido: las primeras imágenes, las que se han tenido de la sucesión de generaciones. Poco a poco se aprende a reconocer a la trigésimo sexta y trigésimo quinta pareja de antepasados, luego a la trigésimo cuarta, luego a la trigésimo tercera, trigésimo segunda pareja, hasta llegar al padre y a la madre. Se aprende a reconocerlos, entretejidos en la imaginación. Y en ello se imprime la intuición, hasta llegar al padre y a la madre. Esta impronta es realmente una fusión con lo que vive a través de las generaciones. La segunda mitad de la vida, entre la muerte y el nuevo nacimiento, es tal que el ser humano se acostumbra intensamente a vivir en el otro, en lo que hay abajo, a vivir ya de antemano en ese otro, en lo que luego será el entorno más cercano y más lejano, a vivir no en sí mismo, sino en el otro. La vida entre la muerte y el nuevo nacimiento se comienza viviendo en el otro; se termina esta vida de tal manera que se puede vivir preferentemente en el otro. Entonces se nace y, al principio, se conserva algo de esta otra vida. Por esta razón hay que decir: durante los primeros siete años, el ser humano es un imitador; imita todo lo que percibe. Lean lo que se describe al respecto en el libro «La educación del niño desde el punto de vista de la ciencia espiritual». Es una última réplica de este vivir en el otro, que continúa en la vida física. Es la cualidad más excelente, transformada en espiritual, entre la muerte y el nuevo nacimiento, y es la primera cualidad que aparece en el niño: imitar todo lo que hay. No se comprenderá esta imitación del niño si no se sabe que proviene de la magnífica vida intuitiva del alma espiritual en el último período entre la muerte y el nuevo nacimiento. 

Aquí tenemos otra idea que deberá captar el desarrollo espiritual del futuro. En la antigüedad, gracias principalmente a que los seres humanos conocían el espíritu a través de la clarividencia atávica, la fe en lo que hoy en día se ha vuelto dudoso para los seres humanos cuando piensan de forma materialista, es decir, la inmortalidad, estaba muy viva a través de la contemplación directa. Antes lo sabían. Pero en el futuro, la idea de la inmortalidad será estimulada por el lado opuesto. Se comprenderá que esta vida aquí es la continuación de una vida espiritual. Así como antes se veía naturalmente la continuación de la vida después de la muerte, en el futuro se aprenderá cada vez más a ver toda la vida aquí como una continuación de la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento. Sin embargo, las iglesias han levantado barreras contra esto. Porque nada era tan herético para la Iglesia como la idea de la preexistencia del alma, y es bien sabido que el antiguo padre de la Iglesia Orígenes es un padre de la Iglesia tan mal considerado precisamente porque aún conocía la preexistencia del alma. No se trata solo de que, como ya he dicho, en el siglo IX, en el Concilio de Constantinopla, se aboliera el espíritu al establecer el dogma de que el ser humano no está compuesto por cuerpo, alma y espíritu, sino solo por cuerpo y alma, y se admitiera que el alma tiene algo de espiritual en sí misma. Está prohibido pensar, dijo el concilio, que el ser humano está compuesto por cuerpo, alma y espíritu; tiene un alma similar al espíritu, pero solo está compuesto por cuerpo y alma. Esto sigue siendo, por supuesto, una norma hoy en día. Pero hay algo más relacionado con ello, ¡es al mismo tiempo «ciencia sin prejuicios»! Y eso es lo más interesante. Encontrará en todas partes a los filósofos dividiendo al ser humano en cuerpo y alma; la división en cuerpo, alma y espíritu todavía se lleva a cabo muy poco. Lea al famoso Wundt y verá que es «ciencia sin prejuicios» dividir al ser humano en cuerpo y alma. ¡No es ciencia imparcial! Es el último vestigio del dogma del octavo concilio ecuménico. Solo que los filósofos lo han olvidado y lo consideran ciencia imparcial. Esa es una barrera: la abolición del espíritu. La otra barrera que ha erigido la Iglesia es la prohibición de la creencia en la preexistencia. Incluso las personas sin prejuicios no pueden aceptar la creencia en la preexistencia. Solo recuerdo al famoso teólogo filosófico o filósofo teológico, —como se prefiera decir— Frobschammer, de Múnich. Sus libros están en el índice. Pero eso no le ha impedido oponerse a la idea de la preexistencia del alma, porque dice: Si realmente el alma existiera antes, si no fuera creada al mismo tiempo, los padres solo crearían un animalito que luego recibiría el alma. —Para él, esa es una idea inquietante. Lo he mencionado como nota en mi obra «Seelenrätseln» (Enigmas del alma). Pero no es así. Si se sabe que el ser humano está conectado a través de más de treinta generaciones por la sangre que fluye a través de ellas, entonces no se puede decir que los padres solo engendran un animalito, sino que todo el proceso espiritual que atraviesa más de treinta generaciones forma parte de ello. Solo hay que ser consciente de ello.

Así pues, en el futuro no solo se prestará atención a la pregunta: «¿Continúa esta vida más allá de la muerte?», sino que, precisamente al estudiar correctamente la vida física terrenal, se podrá decir: «¡Esta vida física terrenal es la continuación de una vida espiritual!». En el futuro se prestará mucha atención a esto. Se reconocerá que la vida espiritual continúa en lo mortal, lo mortal en lo inmortal, y al reconocer lo mortal en lo inmortal, se tendrá una base segura para el conocimiento de lo inmortal. Si se comprende correctamente esta vida terrenal, ya no se querrá comprenderla solo desde uno mismo. Para ello es necesario, por supuesto, adquirir otras ideas, como las que acabo de exponer.

Oh, es necesario corregir algunos conceptos. Algunos conceptos que son válidos en la vida se adquieren con mucha dificultad, y el lenguaje popular es un gran obstáculo en este sentido. Hay que tener en cuenta el lenguaje popular, porque de lo contrario no se nos entiende. Pero es un gran obstáculo pensar que la semejanza se hereda directamente de los padres, cosa que es una tontería. También he dicho en una conferencia pública que nuestra actividad científica se ve muy perjudicada por el hecho de que lo que es habitual en relación con la ciencia de lo inorgánico no se aplica también a lo orgánico. Nadie querrá deducir la fuerza magnética de un imán a partir de la pieza de hierro en forma de herradura, sino que se explicará el magnetismo del imán o de la aguja magnética a partir de lo cósmico.  Pero cuando el huevo se forma en la gallina o el embrión en el ser humano, eso no debe explicarse desde el cosmos. Sin embargo, el cosmos actúa en todas partes. Y por extraño que parezca: al igual que en la impresión sensorial se abre un canal en el ojo para abrir la puerta al yo y permitirle salir, la reproducción también se basa en que se haga espacio. Lo que ocurre es que el organismo de la madre se prepara de tal manera que se crea espacio. Y lo que surge después, surge del cosmos, de todo el macrocosmos. Es un proceso complejo, pero en la madre solo se prepara el espacio, la organización de la madre se interrumpe hasta tal punto que se crea una cavidad donde puede entrar lo macrocosmico. Eso es lo esencial, y la propia embriología lo comprenderá en poco tiempo. Comprenderá que lo más importante del embrión es donde no hay nada, donde la materia de la madre se retrae porque el macrocosmos quiere entrar. Pero en este macrocosmos, que se prepara durante tanto tiempo que el ser humano, —en el caso más largo, a lo largo de treinta y dos a treinta y cinco generaciones—, ya está intuitivamente presente en sus antepasados, ya está conectado con las fuerzas que actúan desde el cosmos; ya las ve. Desde su región estelar, a la que está asignado el ser humano, ve caer el rayo sobre la Tierra, ve dónde se encarnará. Luego se acerca gradualmente a la Tierra.

Son cosas que, en mi opinión, también pueden llenar nuestra mente con una impresión significativa. Las ciencias espirituales no se pueden asimilar como las matemáticas, sino que se asimilan como algo que se conecta profundamente con nuestra mente, que en realidad nos convierte en personas diferentes, que enriquece profundamente la vida humana y sienta las bases para una verdadera conciencia del mundo. Este efecto vivificante, refrescante en el mejor sentido de la palabra, del conocimiento científico-espiritual es algo esencial e importante. Sin embargo, no debemos pasar por alto que, en la época actual, nos encontramos en cierto modo en un período de transición en lo que respecta a las cosas a las que nos referimos aquí. Nuestra época debe asumir esto como su karma. Hoy en día todavía se dice con facilidad: «Válgame Dios, ¿Tengo que asimilar conceptos tan complejos para comprender lo que me aporta tu enseñanza sobre el destino humano?». ¡Otros lo hacen más fácil! - Ciertamente, el Dr. Johannes Müller, por ejemplo, se lo pone más fácil a la gente. Pero se trata de que vivimos en una época de transición y que hoy en día estas ideas aún son desconocidas para la gente. Pero tendrán que acostumbrarse a ellas. Llegará el momento en que se enseñarán estas cosas a los niños de la manera adecuada. Se podrá hacer y se descubrirá algo, a saber: que los niños lo entenderán sorprendentemente bien. Entenderán mucho mejor que otros lo que proviene de las imágenes de la ciencia espiritual. Porque ellos traen consigo, gracias a su capacidad de imitación, muchas cosas del mundo espiritual que primero les quitamos, que no tenemos en cuenta, sino que a veces rechazamos de manera muy brutal. De lo contrario, habría que admitir que algunos niños dicen cosas muy inteligentes, a menudo mucho más inteligentes que las que dicen los mayores. A veces, lo que dice un niño es mucho más interesante, porque está más relacionado con la esencia del mundo, que lo que dice un profesor. Estas cosas deberían poder asimilarse con cierta ética, entonces no resultará difícil si se transmiten de la manera adecuada a la mente infantil. Por supuesto, la transición es incómoda, por eso a la gente le gusta rechazarla. Pero precisamente a partir de algunas preguntas de la mente infantil, si se presta atención a la dirección y al timbre de tales preguntas, se reconocerá que el niño tiene recuerdos de una vida anterior.

Solo hay que tomarse muy en serio lo que se entiende por Ciencia del Espíritu y considerar que debe integrarse en la vida social, de la que también forman parte la educación y la enseñanza. En este sentido, hoy en día se podría hacer mucho más de lo que normalmente se cree posible. Porque es totalmente cierto lo que comenté hace poco: cuando se examina hoy en día a quienes quieren ser profesores o educadores, se presta especial atención a los conocimientos que han adquirido, lo cual es en realidad totalmente innecesario. Porque lo que necesitan para enseñar, lo pueden consultar siempre en un compendio adecuado cuando se preparan. Lo que se ha aprendido para el examen se olvida rápidamente después. Esto se ve claramente si recordamos cómo es nuestra vida universitaria. Una vez tuve que hacer un examen.  En la fecha prevista, el profesor en cuestión enfermó. Fui a ver al asistente, y él me dijo: "Entiendo perfectamente que tenga que desplazarse en esta situación tan embarazosa y que dentro de ocho días lo haya olvidado todo, ¡pero no hay otra solución!".Así que se da por sentado que uno olvidará muy pronto lo que debe soltar en el examen. Al fin y al cabo, la vida es solo una comedia. Pero lo que importará será ver qué tipo de persona es la que se deja suelta entre los jóvenes. Se trata de ver en cada uno al ser humano, no solo lo que ha encajonado en el mecanismo de su vida imaginativa. Lo que importa es que el ser humano real sea capaz de establecer esa relación misteriosa con la juventud que es necesaria. Entonces no será tan difícil transmitir a la juventud lo que la ciencia espiritual puede desarrollar para ella. 

Hoy quería llamar su atención preferentemente sobre aquellos hechos de la vida humana en general que pueden hacerles comprender que no solo hay que conservar los viejos conceptos, sino que se necesitan nuevos conceptos, que nuestra capacidad de comprensión debe enriquecerse con muchas cosas. Notarán cómo se les acoge con agrado cuando se difunde algo como la ciencia espiritual. La gente lleva mucho tiempo demandándolo. La mayoría prefiere ahorrarse tener que asimilar muchos conceptos. Por eso les gusta tanto asistir a conferencias con diapositivas u otras conferencias ilustrativas, en las que pueden mirar sin tener que asimilar muchos conceptos. Por regla general, cuando se les presenta algo nuevo, la gente se pregunta: «¿Qué es lo que quiere realmente?». Pero, ¿qué es lo que quiere la gente cuando se pregunta eso? Quieren que se les traduzca el asunto a lo que ellos ya saben. Pero eso no es lo que ocurre en el campo de la ciencia espiritual; allí hay que adoptar nuevos conceptos que aún no existen, que en parte existían en tiempos antiguos, en otra forma, pero que hoy aún no existen. Hay que decidirse a adentrarse en nuevos conceptos. A menudo esto resulta muy difícil para las personas. Porque si realmente aceptaran los nuevos conceptos, no se preguntarían: «¿Qué quiere decir realmente?», sino que los asimilarían. En el futuro, una pregunta mucho más útil será: «¿Qué debo pensar realmente?», y no: «¿Qué quiere decir realmente?». Entonces se vería cómo lo que se desarrolla como opinión también libera fuerzas vitales en uno mismo, de modo que se entra en la realidad. Se vería que la contemplación es algo sutil, pero no tan lejano. Para ello, sin embargo, habrá que superar los prejuicios. 

Por ejemplo, hay un librito muy popular titulado «Introducción a la filosofía». En él aparecen conceptos como los que critiqué ayer y hoy. Pero el autor se vuelve especialmente extraño cuando habla del supranaturalismo. Considera que el supranaturalismo, lo sobrenatural, es especialmente perjudicial porque cree que lo natural es algo sobre lo que cada persona puede formarse su propia opinión y examinar; en cambio, en lo supranatural, en el supranaturalismo, existe el peligro de que no todo el mundo pueda juzgar por sí mismo, sino que acepte algo por la autoridad de otros. Esto, por supuesto, también está relacionado con la otra frase: que el sacerdocio de todos los tiempos se ha aprovechado de ello, ya que el supranaturalismo ha corrompido a las personas, porque las ha hecho dependientes de la fe en la autoridad.  Pero si se observan las circunstancias reales, se puede decir que cuando los filósofos oficiales hablan hoy en día de lo supranatural, se vuelven realmente infantiles. Porque es una visión infantil, y parece como si el hombre no tuviera ni idea de lo tremendamente extendida que está la creencia en la autoridad en nuestro presente, aunque la gente quiera mantenerse al margen de ella. ¿Cuántas personas saben, por ejemplo, en qué se basa la doctrina copernicana? La aprenden de tal manera que se le muestra a alguien que se le coloca una silla en el universo y se le muestra: ahí se mueve el sol y los planetas se mueven a su alrededor. Pero todo eso es una tontería. Si se les mostrara a las personas todo lo que realmente se les puede revelar, tendrían una idea completamente diferente y verían lo inciertas que son todas las hipótesis. Pero piensen en lo infinitamente grande que es lo que la gente cree hoy en día por autoridad. ¡Cuán felices están hoy en otro ámbito, —por recordar esto como un efecto secundario—, cuando un gobierno bolchevique les revela documentos secretos de los que depende el destino de innumerables personas! Entonces hay tal examen de la cuestión en relación con lo natural, que todo el mundo puede comprobarlo; pero en relación con lo supranatural, se cree que las personas perderían su independencia. Sin embargo, eso significa poner las cosas patas arriba. Y una de las tareas de la ciencia espiritual consistirá, en muchos aspectos, en volver a poner las cosas en su sitio. Que las cosas se pongan patas arriba es algo muy natural: era necesario que se desarrollara el alma consciente. Pero ahora hay que volver a ponerlas en su sitio.

La próxima vez continuaremos con este tema y veremos que esta imagen de «poner en su sitio» no es tan irreal, sino que tiene un significado más profundo.

 Traducido por J.Luelmo nov.2025

GA181 Berlín, 9 de julio de 1918 - En Occidente, círculos angloamericanos iniciados luchan contra el resurgimiento de la conciencia de las vidas terrenales repetidas.

    Indice


RUDOLF STEINER

EN OCCIDENTE, CIRCULOS ANGLOAMERICANOS LUCHAN CONTRA EL

 RESURGIMIENTO DE LA CONCIENCIA DE LAS VIDAS TERRENALES SUCESIVAS


Berlín, 9 de julio de 1918

La vida, la vida completa del alma humana, es, como se desprende de las reflexiones que estamos realizando ahora, algo complejo. Muchos hilos unen el alma humana a muchos ámbitos, a muchas fuerzas, a muchos centros del universo. Recordemos lo que se expuso aquí hace quince días para establecer un vínculo con las verdades que hoy queremos comenzar a presentar ante nuestra alma y que tal vez nos permitan contemplar los acontecimientos mundiales desde un cierto punto de vista que nos resulte significativo. Solo quiero recordar con unas pocas palabras lo que se expuso aquí hace quince días, (25 de junio de 1918).

Les decía que en realidad solo se conoce a una persona cuando no solo se sigue su conciencia habitual, que domina en ella desde que se despierta hasta que se duerme, sino que se toma plena conciencia de que dentro de esta conciencia existen otros estados de conciencia más tenues y estados de conciencia crepusculares, pero que solo se puede llegar a ellos si se tiene en cuenta la tripartición del ser humano, que lo presenta como un ser humano de cabeza, un ser humano de tronco y un ser humano de extremidades. Sin duda, todo el ser humano utiliza la cabeza para tener la conciencia que conocemos. Pero también hemos podido demostrar que, a través de esta cabeza humana, el ser humano tiene una conciencia onírica que solo queda amortiguada por la conciencia ordinaria, y que a través de esta conciencia onírica puede mirar atrás a sus vidas terrenales anteriores.  Asimismo, hemos podido demostrar que el ser humano de las extremidades, pero en conexión con el ser humano en su totalidad, desarrolla continuamente una conciencia onírica de la próxima vida terrenal. Por lo tanto, lo que presentamos dentro de nuestra ciencia espiritual como una teoría sobre las vidas terrenales repetidas es ya una realidad en el alma humana. Es una realidad de la conciencia, pero una realidad de la conciencia sorda y crepuscular. Además, hemos mencionado que el ser humano también desarrolla, a través de su proceso de exhalación, que pertenece a la organización del tronco, una conciencia onírica de la vida desde la última muerte hasta el nacimiento; y a través del proceso de inhalación, que también pertenece a la organización del tronco, el ser humano tiene una conciencia confusa de la vida desde la próxima muerte hasta el nuevo nacimiento. En resumen, en el ser humano se entremezclan las diferentes conciencias. Todo esto les hará darse cuenta de que en el ser humano completo nos encontramos ante una organización finamente entretejida y que lo que se suele decir del ser humano, lo que la gente se aclara sobre el ser humano, es en realidad solo una parte muy pequeña de la totalidad del ser humano, solo lo más burdo de esta totalidad.

Ahora bien, el ser humano es un ser tan complejo que, con los diferentes miembros de todo su ser, está integrado en mundos que, en un primer momento, son desconocidos para la conciencia ordinaria, que son suprasensibles para la conciencia ordinaria. Lo que está tan integrado en el ser humano en un mundo espiritual, lo que también resulta estar integrado en una vida anímica no muy refinada, incluso en la existencia humana común, que debe considerarse a través de las diferentes vidas terrenales, no es tan sencillo. Y, sin embargo, solo se llega al significado global de la vida humana cuando se contempla todo este complicado ser humano en su paso por diferentes vidas terrenales. Este delicado tejido está, en realidad, bastante oculto, enmascarado, para la visión humana actual. Todavía tendremos que hablar de este enmascaramiento. En realidad, solo se conoce el enmascaramiento del ser humano, pues lo que desciende del mundo espiritual, lo que, en cierto modo, establece su morada en el ser humano físico y vuelve a ascender al mundo espiritual a través de la muerte, no se manifiesta de manera muy burda en la vida humana, sino que en la vida humana ocurren muchas cosas que son tan burdas que, en realidad, los procesos que llevan al ser humano de una vida terrenal a otra se ocultan, se enmascaran. La complejidad de la vida humana se aprecia cuando se observa a lo largo de períodos de tiempo prolongados. Y les pido que, al seguirla durante largos períodos de tiempo, no tengan en cuenta que lo que voy a describir aquí, cuando describo la verdadera vida del alma humana a lo largo de largos períodos de tiempo, difiere mucho de lo que cuenta la historia exterior. Ya hemos insinuado varias veces por qué es así. Aprovecharemos esta ocasión para discutirlo con más detalle más adelante.

 Un período importante, —ya lo señalé hace algún tiempo—, en el desarrollo de la humanidad en su conjunto, en particular de nuestra humanidad cultural occidental, es el comprendido entre los siglos VII y VIII antes del misterio del Gólgota. En ese período se produjo un cambio significativo en las almas humanas, especialmente en la humanidad cultural occidental. Sabemos que en aquella época el tercer período cultural post-atlante se transformó en el cuarto. Antes, antes de los siglos VII y VIII, las almas humanas tenían principalmente el carácter del alma sensible. En aquella época adquirieron el carácter del alma racional. Luego, en el siglo XV de nuestra era, es decir, no hace tanto tiempo, se produjo otro importante cambio: el alma humana adquirió el carácter de alma consciente. Ahora bien, el carácter del alma que se adquiere también cambia el carácter de la retrospectiva onírica de una encarnación anterior. Tomemos como ejemplo a una persona al comienzo del período cultural grecolatino, es decir, en los siglos III y IV antes de Cristo. Si había alcanzado un nivel normal de desarrollo en Occidente o en una zona limítrofe, vivía con el carácter del alma racional o intelectual. Pero lo que en él soñaba con vidas terrenales anteriores se remontaba a esas vidas terrenales anteriores, en las que el alma tenía el carácter del alma sensible. Sin embargo, a lo largo del cuarto período cultural post-atlante, la capacidad de percibir directamente las vidas terrenales repetidas desapareció gradualmente. Pero muchas personas la tenían; y las que la tenían miraban hacia atrás de tal manera que, si se me permite expresarlo así, se veían a sí mismas como poseedoras del alma sensible. Era relativamente grande la diferencia entre cómo se veían los seres humanos a sí mismos en aquel tiempo, es decir, en el presente de entonces, y lo que se les presentaba al alma cuando el sueño se hacía objetivo: así eras tú en tu vida terrenal anterior. Esto hacía que muchas personas se diferenciaran mucho en su encarnación actual de lo que veían como su encarnación anterior. Debido a que en su encarnación actual se sentían como almas intelectuales o racionales, tenían la sensación de que en su encarnación anterior habían sido almas sensibles. — ¿Qué significa tener la sensación de ser un alma sensible en la encarnación anterior? Las personas actuales ya casi no tienen, ya no pueden tener, la sensación correcta de ser un alma sensible, que las personas de los primeros siglos de la cuarta era post-atlante aún recordaban muy vívidamente. Los egipcios y los caldeos de la tercera época cultural postatlante se sentían almas sensibles. Sentirse alma sensible significa que uno no sabe casi nada de que es un ser humano pensante; no le da ninguna importancia a tener pensamientos, sino que se encuentra en un sentimiento vivo y continuo de estar en conexión con el mundo exterior, pero con un mundo exterior impregnado de espíritu. Es extremadamente difícil describir esta conciencia de ser un alma sensible, porque esta conciencia es tan viva a nivel sensorial que uno siente constantemente que por los lugares del espacio por los que ha pasado, ha quedado como una sombra. Por ejemplo, si uno se ha sentado en una silla, en el sentido actual, y se ha ido un rato, tiene la sensación de que sigue sentado allí durante mucho tiempo. La sensación de conexión con las cosas externas era muy viva. Sobre todo, se tenía continuamente ante sí una visión completamente clara y concreta de la imagen espacial, y también se tenía continuamente ante sí una sensación de la imagen espacial. Debido a que esta sensación espacial era tan fuerte, la doctrina de la reencarnación, que en aquel entonces se exponía de manera consciente, era también muy intensa; pues al mirar atrás, al tomar conciencia de estos sueños sobre sus vidas terrenales anteriores, las personas tenían una imagen viva de su ser espacial. Se veían a sí mismas tal y como eran en diferentes situaciones.

Durante el cuarto período cultural post-atlante, se perdió esta visión viva de sí mismo. Como consecuencia, el ser humano ya no fue capaz de reunir la fuerza necesaria para captar lo que existía en él como recuerdo onírico de vidas terrenales anteriores, especialmente porque más tarde, los seres humanos que renacieron en este sueño, a través del cual recordaban vidas terrenales anteriores, no recordaban un alma sensible tan viva, sino un alma intelectual o racional, que de todos modos no es muy objetiva, que es algo difuso, algo interno. El ser humano no puede captar eso. Por eso, la conciencia de las vidas terrenales anteriores desapareció gradualmente por completo. Pero en el transcurso del quinto período cultural post-atlante, esta conciencia de las vidas terrenales repetidas reaparecerá de una manera muy concreta. Y nadie comprende realmente el desarrollo de la humanidad si no comprende verdades como las que ahora dejamos entrar en nuestra alma.

Lo que ocurre en la humanidad ocurre de diversas maneras en los más variados ámbitos de nuestra Tierra. A menudo he señalado que en el futuro se espera que vuelva a producirse un momento así, y que será especialmente significativo en el tercer milenio, cuando nadie podrá evitar echar la vista atrás a vidas terrenales anteriores y, sobre todo, sin una clara conciencia de que puede tener vidas terrenales futuras. Pero precisamente esta conciencia se manifestará de diversas maneras en función de las diferentes regiones de la Tierra, y es extremadamente importante comprenderlo.

Consideremos los grandes territorios en los que esto se manifestará de manera diferente: los territorios del este, que comienzan claramente en el este de Europa y se extienden hacia Asia, es decir, el territorio de Oriente; y luego consideremos especialmente el territorio del oeste de Europa y América. En ambas regiones se está preparando de diversas maneras esta futura capacidad de contemplar vidas terrenales repetidas. En Occidente, los círculos iniciados ya lo saben con toda certeza, y la importancia de Occidente radica precisamente en que se cuenta con capacidades ocultas y se pretende aplicarlas también en la vida exterior. Quien no tenga esto en cuenta, comprenderá muy mal el desarrollo de Occidente y toda su influencia en la historia de la humanidad. Precisamente las cosas más importantes que suceden en Occidente, que provienen principalmente de la raza angloamericana, tienen lugar bajo la influencia de conocimientos más secretos e íntimos de los acontecimientos humanos como tales.  Cuando se describe de qué se trata todo esto, naturalmente se corre el riesgo de caer en la paradoja, porque hay que describir cosas de las que la persona inteligente, —¡que siempre es inteligente y astuta!—, dice: «Sí, ¿por qué no lo saben los iniciados?». Pero solo hay que pensar que tengo que contarles todo lo que hacen y sienten Lucifer y Ahriman, y entonces llega el ser humano y cree que ha sido más inteligente que Lucifer y Ahriman y que no ha hecho lo que ellos hicieron, y entonces dice: «Yo no he hecho eso, pero ellos sí». todo lo que hacen, sienten y, sobre todo, lo que han hecho, y entonces viene el ser humano y piensa que él habría sido más inteligente que Lucifer y Ahriman y que no habría hecho lo mismo, como quedarse atrás y demás. Hay que ver estas cosas con la perspectiva adecuada. Se pueden hacer ciertas cosas precisamente porque, en cierto modo, se es más inteligente que el ser humano.

En Occidente, concretamente, se está imponiendo desde ciertos círculos ocultos la tendencia a combatir las vidas terrenales repetidas. Una lucha contra las vidas terrenales repetidas del futuro se está imponiendo en ciertos círculos muy iniciados de la raza angloamericana. Esa es la paradoja que hay que señalar al respecto. De cierta manera, desde ciertos centros espirituales de Occidente se quiere lograr que esas vidas terrenales repetidas, —es decir, esa vida regular entre el nacimiento y la muerte, luego otra vez entre la muerte y el siguiente nacimiento, y luego otra vez entre el nacimiento y la muerte—, cesen gradualmente. En última instancia, se quiere lograr una organización completamente diferente de la vida humana, y hay medios por los que se puede lograr tal organización. Lo que se quiere es lo siguiente: Se quiere, mediante un cierto entrenamiento, mediante una cierta concesión de tales o cuales fuerzas, poner el alma humana en un estado tal que, después de la muerte, se sienta cada vez más y más relacionada con las condiciones terrenales, con las fuerzas terrenales, que adquiera una cierta fuerte inclinación hacia las fuerzas terrenales, —por supuesto, hacia las fuerzas espirituales-terrenales—, y que, tras la muerte, se aleje lo menos posible de las regiones terrenales, permanezca muy cerca de ellas, mantenga así cierta influencia sobre las regiones terrenales tras la muerte y, al permanecer cerca de las regiones terrenales, al seguir viviendo en cierto modo como alma muerta con las regiones terrenales, se vea también liberada de la necesidad de volver a entrar realmente en un cuerpo físico. La raza angloamericana aspira a un ideal curioso: no volver a encarnarse en cuerpos terrenales, sino ejercer una influencia cada vez mayor sobre la Tierra con sus almas, volviéndose cada vez más terrenales con ellas. De esta manera, aspiramos a un ideal que hace que la vida aquí en la Tierra y la vida post mortem, la vida después de la muerte, sean similares. Esto se logra, —ahora solo en aquellos que son educados en esta dirección, pero cada vez será más común indicar tal educación—, despertando en el ser humano un sentimiento terrenal mucho mayor y más fuerte que el llamado normal. Si durante los periodos Lemúrico y Atlante no se hubiera manifestado una cierta influencia luciférica y ahrimánica sobre el ser humano, el alma del ser humano se sentiría hoy menos relacionada con el cuerpo físico de lo que ya se siente. Esto se manifestaría en que habría muchas personas, —la mayoría de las personas serían así—, que considerarían su cuerpo como parte de la Tierra, que sentirían: «Vives dentro de tu cuerpo», de forma similar a como se siente hoy en día: «Caminas sobre la tierra firme». Hoy en día, debido a la influencia luciférica, consideramos que nuestro cuerpo está muy cerca de nosotros, pero no la Tierra. Decimos que la Tierra está fuera de nosotros. Pero consideramos que nuestro cuerpo está cerca de nosotros. Desde un cierto punto de vista espiritual superior, estamos tan fuera de nuestro cuerpo, incluso cuando estamos despiertos, como estamos fuera de la Tierra. En cierto modo, solo estamos presentes con nuestra alma en nuestro cerebro; por lo tanto, es el soporte de nuestro pensar. Hoy en día debido a la influencia luciférica y ahrimánica no se sabe esto. Si no fuera por ella, nos sentiríamos mucho más ajenos a nuestro cuerpo como almas; lo consideraríamos como una colina en la Tierra, aunque móvil, en la que nos apoyamos, como nos apoyamos en las colinas de arena.

Ciertos círculos del mundo angloamericanismo convierten esto en una sabiduría práctica. Desarrollan especialmente aquellas capacidades sensoriales del cuerpo humano que refuerzan lo que acabo de expresar, es decir, la unión del ser humano con el cuerpo, añadiendo fuerzas que no solo están en el cuerpo, sino que conectan el cuerpo con la tierra. Mediante ejercicios especiales, los seres humanos de estos círculos angloamericana deben adquirir gradualmente una fuerte sensación de que su cuerpo pertenece a la tierra. No solo deben sentir: «Yo soy mi brazo, yo soy mi pierna», sino que también deben sentir: «Yo soy también la fuerza de la gravedad que pasa por mis piernas; yo soy también el peso que carga mi mano, mi brazo». Se debe inculcar un fuerte sentimiento de afinidad física entre el cuerpo humano y los elementos terrestres. Este fuerte sentimiento de afinidad con el cuerpo físico y las condiciones terrenales está hoy en día especialmente presente en ciertos géneros de simios. Lo tienen, es en realidad su vida anímica. También se puede estudiar desde el punto de vista fisiológico-zoológico. Lo que existe allí se puede incorporar poco a poco a un sistema de educación humana; solo hay que incorporar cada vez más la estrecha relación del ser humano con la naturaleza a un sistema de educación corporal. De este modo, —y no pretendo con ello criticar ni expresar nada especialmente crítico, sino solo exponer hechos—, se puede practicar una especie de darwinismo práctico, haciendo que el ser humano se sienta más emparentado con lo que le une a la Tierra. En cierto sentido, se puede «simiesquizar» al ser humano. Esa es la contrapartida práctica. Esto se muestra de forma instintiva en el culto a la forma especial de los deportes y cosas similares, cultivado en un alto grado, aparentemente de manera instintiva, pero bien guiado. Sin embargo, este culto ata al alma al verterla en los sentimientos físicos de afinidad con lo terrenal, con la Tierra, y así se logra lo que antes he presentado como un ideal espiritual. De este modo, se superan, en cierto modo, estos continuos cambios entre la vida espiritual y la vida física, y poco a poco se irá realizando el ideal: vivir en los futuros períodos de la evolución de la Tierra como una especie de fantasmas, habitar la Tierra como una especie de fantasmas. En este sentido, es sumamente interesante que este ideal solo pueda cultivarse preferentemente en la población masculina y, por lo tanto, a pesar de todas las políticas externas. Los esfuerzos, —que aparentemente pretenden lo contrario, pero en realidad, en una relación más profunda, a menudo se quiere internamente algo muy diferente de lo que se quiere políticamente en el exterior—, provocarán una contradicción cada vez mayor en la cultura angloamericana entre la masculinidad y la feminidad. Lo que es la vida espiritual angloamericana llegará a la posteridad esencialmente a través de la feminidad, mientras que lo que vivirá en los cuerpos masculinos aspirará a los ideales que he descrito. Esto también dará forma al futuro de la raza angloamericana. Adquirirá una configuración que se corresponderá con lo que he descrito. Si miramos ahora hacia el este, nos encontramos con un panorama completamente diferente. Y mirar hacia el este es muy apropiado para los habitantes actuales de Europa Central, ya que lo que se desarrollará en el este de Europa está hoy completamente enmascarado, completamente reprimido, en realidad. Lo que se ha establecido actualmente en el este de Europa es, por supuesto, lo contrario de lo que debe desarrollarse a partir del este de Europa. Porque lo que se ha establecido, por ejemplo, en la llamada Gran Rusia, -NdT. conviene recordar que esta conferencia se produjo en 1918, recién instaurada la revolución bolchevique-, es la lucha contra toda vida espiritual, es la lucha contra todos los fundamentos espirituales de la humanidad, mientras que ciertos fundamentos espirituales de la humanidad deben desarrollarse precisamente en el este. Y nuestra época es poco propensa a abrir realmente los ojos y mantener despierta la mente con respecto a lo que está sucediendo. Se deja que todo pase dormido, aunque sería absolutamente necesario, precisamente en nuestra época, adquirir la capacidad de juzgar lo que está sucediendo en nuestra contemporaneidad. Personas como Lenin y Trotski deberían poder ser juzgadas por nuestros contemporáneos, deberían poder ser juzgadas de tal manera que se les pudiera considerar los enemigos más grandes e intensos del verdadero desarrollo espiritual de la humanidad, como no lo fueron en la época del imperio romano, siempre descrito como tan abominable, ni en la época de los infames héroes del Renacimiento. Los Borgia, por ejemplo, son verdaderos inocentes en comparación con lo que hay en personas como Lenin y Trotski en lo que respecta a la lucha contra lo espiritual. Son cosas que el hombre actual no percibe en absoluto, pero es necesario llamar la atención sobre ellas de vez en cuando. Porque hay algo hacia lo que realmente habría que dirigir las almas hoy en día. Estos cuatro años deberían haber enseñado a la gente que la vieja leyenda histórica, que se ha plasmado en tantos refranes, no debería seguir existiendo. Debería establecerse una vez por todas que, en comparación con los acontecimientos actuales, la impronta que dejaron el cesarismo romano o la historia del Renacimiento debería denominarse en adelante «historias infantiles»; y quien quiera quedarse en las historias infantiles, no necesita que le corrijan con lo que hoy se puede aprender al evaluar el nuevo pasado. Por lo tanto, si se quiere ver lo que se está preparando en Oriente, hay que prestar atención, naturalmente, a lo que en realidad se oculta al género humano dormido, mucho más oculto de lo que lo estaba hace algún tiempo, cuando se juzgaba a Oriente más por sus creadores espirituales, en los que, sin embargo, se encuentra algo muy acertado de lo que se puede llamar: los inicios de una verdadera comprensión del Este europeo. Este Este europeo irá produciendo poco a poco, —aunque no en un futuro muy próximo—, personas que también desarrollarán una visión general de las repetidas vidas terrenales, pero de una manera diferente a la que he descrito para Occidente. En Occidente se impondrá una especie de lucha contra las vidas terrenales repetidas; en Oriente será una aceptación, una asimilación de la verdad de las vidas terrenales repetidas. En Oriente habrá un anhelo de educar a las almas humanas para que tomen conciencia de lo que vive en ellas, no solo entre el nacimiento y la muerte, sino lo que vive de vida terrenal en vida terrenal. En la educación se señalará ciertas cosas que precisamente estas personas orientales experimentarán con gran intensidad. Ya se indicará a los niños que hay algo en el ser humano que se puede sentir, percibir, y que no se agota en la vida del cuerpo. Los mayores explicarán lo siguiente a los jóvenes desde el punto de vista educativo. Les dirán: «Siéntete a ti mismo, ¿qué sientes en tu alma?». Al formularle esta pregunta de diversas maneras, él llegará a la siguiente conclusión: siento como si hubiera algo ahí; algo ha entrado en mi cuerpo, ya ha estado antes en la Tierra, ha pasado por la muerte y volverá más tarde; pero es una sensación muy confusa. Intenta seguir indagando: ¿Cómo se relaciona esta sensación confusa con tu otra vida espiritual? Así se intentará seguir educando a este joven. Y entre las diferentes formulaciones de la pregunta, se encontrará la adecuada, él lo descubrirá y dirá: Lo que siento, lo que seguirá viviendo una y otra vez, es algo que destruye mi pensamiento; no me deja pensar, quiere matar mis pensamientos. Y ese será un sentimiento muy importante, que surgirá y se cultivará, pero que se cultivará de forma natural entre los pueblos orientales. Tendrán la sensación de que hay algo en ellos que pasa de una vida a otra, pero que, tal y como son como seres humanos terrenales, les impide pensar, les adormece, les vacía, les mata: No puedo pensar con claridad, mi pensamiento se embota cuando siento lo más profundo de mi ser humano; lo más profundo de mi ser humano entierra mi pensamiento; siento algo en mí que es mi eternidad, pero lo siento casi como un asesino interno de mis pensamientos.

Será una sensación así. Entre las muchas cosas extraordinariamente interesantes desde el punto de vista psicológico que el mundo aún experimentará del Oriente, también estará esta. Y me parece que aquellos que solo han considerado al Oriente en lo que respecta a su arte y literatura, descubrirán que tales cosas en realidad ya se han anunciado. En los escritos de Dostoievski no se está lejos de tal anuncio, donde los seres humanos aspiran a lo mejor, a lo más excelente; pero cuando lo descubren, sienten algo así como un asesino interior, un sepulturero interior de sus pensamientos. Esto se debe a que allí, de una forma muy especial, el alma consciente debe vivir plenamente, y ella es, como ya he explicado, la parte de la vida anímica humana más ligada a la tierra. Y al acercarse al futuro y sentir el alma la capacidad de percibir las repetidas vidas terrenales, no sentirá lo mismo que se sentía en la época precristiana, por ejemplo en la antigua Grecia, donde se veía el alma sensible en toda su vivacidad; no, entonces se sentirá gradualmente el alma racional como algo más lejano y como lo que mata inmediatamente los pensamientos.

Y entonces continuará la educación. Estas almas se sentirán como una tumba interior de su propio ser, pero una tumba que deja espacio para la revelación del mundo espiritual, y ese será el siguiente sentimiento, que ahora quiero caracterizar de la siguiente manera. Las almas se dirán a sí mismas: Es cierto que, cuando siento verdaderamente mi eternidad, que va de vida en vida, es como si matara mi esfuerzo mental; mi pensamiento es apartado, pero el pensamiento divino fluye y se extiende sobre la tumba de mis propios pensamientos. El yo espiritual llega; el alma consciente entra en la tumba y el yo espiritual aparece de esta manera. Ya no describo solo de forma esquemática: primero está el alma consciente, luego viene el yo espiritual, sino que quiero introducirles en el alma humana, tal y como será cuando el yo sienta gradualmente la transición del alma consciente al yo espiritual. Quiero mostrar cómo amanece en Oriente y cómo se percibirá allí: lo eterno se ha convertido en la Tierra, que desde la época grecolatina está en declive, de tal manera que el pensamiento común, que solo brota del ser humano, se ve perturbado por lo eterno en el ser humano; uno se vacía, pero no se vacía en vano: en ese vacío entra gradualmente la nueva revelación espiritual, y primero en la forma en que se extiende en el alma humana como el yo espiritual.

Estas cosas no suceden sin un importante drama interior, sin una tragedia interior. Innumerables personas, especialmente en el Este, experimentarán una profunda tragedia interior, un profundo sufrimiento interior, al sentir que su ser interior está matando sus pensamientos. Y una cierta fatiga, una cierta apatía se apoderará de las personas, porque precisamente lo que consideran el ideal, la búsqueda del ser humano, no les aporta ninguna liberación en un primer momento, sino más bien algo así como un entumecimiento, un adormecimiento, un cansancio interior.

Que se pueda ver objetivamente estas circunstancias, que se puedan entender, que se pueda orientarse en ellas, para eso está realmente la humanidad centroeuropea. Solo cumple su tarea cuando realmente examina tales circunstancias. Pero para alcanzar este objetivo, la humanidad centroeuropea debe recordar lo que en mi libro «El enigma del ser humano» he denominado una corriente olvidada de la vida intelectual, de la vida espiritual. Es muy, muy importante que lo que hoy en día está en gran parte olvidado, lo que una vez existió como capacidad de comprensión espiritual en relación con el mundo entero, se vuelva a comprender precisamente en Europa Central. ¿Quién sabe hoy en día la grandiosa comprensión de toda la cultura humana que aportaron personalidades como, por ejemplo, Friedrich Schlegel? ¿Quién sabe hoy en día las profundas y significativas percepciones del desarrollo humano que aportaron espíritus como Schelling, Flegel o Fichte? Hoy en día se habla mucho de Fichte. No hace falta decir que quienes más hablan de tales espíritus son los que menos los comprenden. ¡Y qué decir de la estimulación del entendimiento que sería posible si nos impregnáramos, en el sentido auténtico y verdadero de la palabra, del espíritu de Goethe! Pero para ello se necesitan muchas cosas. Hoy en día ni siquiera es tan importante mencionar que ya deberíamos haber vuelto al espíritu de Goethe, pero sí es importante mencionar que el mundo nos juzga erróneamente cuando da la impresión de que ya no tenemos nada que ver con el espíritu de Goethe. La relación, por ejemplo, entre nuestra construcción de Dornach y el espíritu de Goethe... No creo que mucha gente entienda esto. Y, sin embargo, no sería algo sin importancia.

Lo que hoy he intentado ofrecerles desde una perspectiva científico-espiritual como una característica de Occidente y Oriente es, en realidad, algo de lo que tanto los espíritus de Occidente como los de Oriente hablan.  Solo hay que entenderlos correctamente. Hoy en día solo hay que interpretar correctamente lo que se desprende de los discursos políticos occidentales y hay que ser capaz de percibir ciertos instintos que surgen en el contexto adecuado del desarrollo del alma humana. El instinto de conquista de la Tierra, tal y como prevalece en el angloamericanismo, está íntimamente relacionado con el ideal de querer convertirse en un espectro terrenal en el futuro. Y lo que se anuncia en Oriente impregna por completo la curiosa conferencia que Rabindranath Tagore dio sobre el «espíritu de Japón», que ahora también se puede encontrar aquí en cualquier librería. Por supuesto, esto no figura en lo que voy a decir ahora, pero impregna todas las sensaciones de lo que un tal espíritu de Oriente, aunque sea del Oriente más lejano, —lo que se anuncia en el Oriente más lejano es más significativo—, expresa sobre lo que se está desarrollando actualmente en el Oriente europeo. Pero sería necesario que tanto en Occidente como en Oriente, en todo el mundo, se conociera lo que contiene la sustancia espiritual centroeuropea. Por supuesto, la gente se fija primero en lo que se manifiesta exteriormente, físicamente. ¿Cómo podría precisamente en Oriente, —y precisamente allí, en Asia, han aparecido ahora escritos significativos, solo recuerdo una vez más a Ku Hung Ming—, cómo podría un hombre de Oriente mirar otra cosa, cuando se trata del nombre de Goethe, que la «Sociedad Goethe», que tiene su centro en la ciudad desde la que se irradió en su día la influencia espiritual de Goethe?

Pero allí se cultiva, de la manera más extraña, esta vida intelectual goethiana, de una forma que nunca antes se había visto. Se habría tenido la oportunidad de aprovechar la generosidad principesca para una vida intelectual de gran alcance, pues lo que la gran duquesa Sofía hizo por el goetheanismo es inconmensurablemente grandioso. Desde ese punto de vista, se estaba a la altura de las circunstancias. Pero los demás no estaban en absoluto a la altura. Se fundó una sociedad dedicada a Goethe. Ahora bien, si se observa esta sociedad desde fuera: ¿quién la representa? ¿Quién la representa? ¿Alguien en quien vive el espíritu de Goethe? ¡Es muy característico de nuestra época que la represente un antiguo ministro de Hacienda! Hay que tener en cuenta todos los sentimientos, todos los impulsos del alma que conducen a algo así. Lo único esperanzador en este asunto es el nombre de pila de este ministro de Hacienda: Kreuzwendedich, un nombre habitual en esta familia. Pero este tipo de cosas suelen pasarse por alto, y no deben pasarse por alto. Porque lo que debe desarrollarse aquí es precisamente la comprensión de las cosas que suceden en el mundo.

Recientemente señalé cómo, además de los mil quinientos millones de personas que viven en la Tierra, se suman otros quinientos cuarenta millones de seres mecánicos, fruto del desarrollo de los últimos siglos. Esto ha introducido un elemento esencialmente arimánico en la evolución de la humanidad. Este elemento arimánico se basa en algo que se ha vuelto absolutamente necesario: la investigación científica del entorno humano. Esto es lo que hemos visto la última vez. Pero esta investigación científica ha hecho necesario, a lo largo de los últimos cuatro siglos, que el ser humano se haya dedicado realmente a estudiar la naturaleza en sus detalles, a conocer las leyes y las entidades de la naturaleza en sus detalles.  El ser humano aplica esta forma de observar científicamente incluso a todo tipo de ámbitos, por ejemplo, a la historia, donde no tiene cabida. Nadie se atrevería a decir en el ámbito de las ciencias naturales solo «¡naturaleza! ¡naturaleza! ¡naturaleza!», estableciendo así una especie de pan-naturalismo, una naturaleza universal. Con la naturaleza universal no se habría promovido mucho la cultura moderna, pero hay mentalidades humanas que quieren quedarse en este pan-naturalismo. Les daré un ejemplo.

Cuando un investigador de Nínive, Layard, le preguntó una vez al cadí de Mosul sobre el carácter de cada uno de sus súbditos y sobre la historia de cada uno de los estados, al cadí de Mosul le pareció que se trataba de un pensamiento científico demasiado concreto. No podía comprender que se pudiera estudiar el carácter de cada uno de los súbditos como si se tratara del paisaje, o incluso estudiar la historia de los estados. En su opinión, eso provenía de la tontería europea de querer estudiar la naturaleza. Y le dijo al investigador: «Escucha, hijo mío, la única verdad real que existe es creer en Dios. Y esta verdad, creer en Dios, debería disuadirnos de querer investigar sus actos. Mira hacia arriba: allí arriba ves una estrella alrededor de la cual gira otra estrella. Y ves una estrella que tiene cola; le ha llevado muchos años llegar hasta aquí; le llevará muchos años salir de nuestro círculo.  ¡Quién sería tan insensato como para querer investigar cuáles son las órbitas de esta estrella! La mano que la creó también la guiará y la dirigirá. Escucha, hijo mío, dices que no es curiosidad, sino que solo eres más ávido de conocimiento que yo. Bueno, si tu conocimiento te ha llevado a ser mejor persona de lo que eras antes, te lo agradezco doblemente; pero no pretendas que me preocupe por ello. No me preocupa ningún conocimiento que no sea la fe en Dios. Desprecio todo otro conocimiento. O te pregunto: ¿acaso ese conocimiento que husmea por todas partes te ha llevado a tener un segundo estómago? ¿O acaso tus ojos te han abierto la vista a un paraíso? —Dijo el cadí de Mosul, queriendo referirse al conocimiento naturalista.

Quizás les haga sonreír interiormente que el cadí de Mosul, representante típico de esta opinión, pudiera expresar esta actitud. Pero esta actitud también se aplica con mucha fuerza a la ciencia espiritual, aunque trasladada a otro ámbito. Estos «cadíes de Mosul» están muy extendidos. Repiten una y otra vez: «Oh, no es en absoluto necesario que el ser humano se preocupe en el mundo espiritual por otra cosa que no sea lo que le da confianza en Dios». Así como el cadí de Mosul rechazaba las ciencias naturales externas, en nuestras regiones hay mucha gente, —precisamente representantes oficiales de la vida espiritual—, que rechaza la ciencia espiritual. Acaba de aparecer un librito en el que, aunque por lo demás está escrito con mucha benevolencia, se puede leer la siguiente frase: Lo malo de la ciencia espiritual es que quiere saber algo sobre el mundo espiritual, mientras que el verdadero significado de la vida religiosa reside precisamente en no saber nada sobre el mundo espiritual y, sin embargo, tener la confianza, la gran confianza, de creer en aquello de lo que no se sabe nada. Lo que distingue al ser humano es precisamente que puede admitir: «No sé nada, pero acepto lo divino». Hoy en día aún no se ve con claridad, pero debería verse, que esto es exactamente la misma visión del mundo espiritual que la que tenía el cadí de Mosul con respecto al mundo físico-sensorial y su conocimiento, y sobre la que usted acaba de sonreír discretamente. Pero eso es precisamente lo que importa, que la humanidad encuentre la transición al conocimiento de lo espiritual, al igual que ha encontrado la transición al conocimiento de lo natural. Esto debe verse con fuerza y claridad. Porque de ello depende que tengamos o no una cosmovisión para el futuro que sea capaz de fundamentar la estructura social humana. Esta estructura social humana ciertamente no se fundamentará en lo que hoy se denomina economía política o similares. Todo lo que hasta ahora existe como economía política o visión económica es o bien un legado de tiempos antiguos que ya no es útil, o bien es una maleza de paja, tonta y seca, materia muerta.  Solo habrá economía nacional cuando el pensamiento esté impregnado de ideas procedentes del mundo espiritual. Lo que se enseña en las escuelas oficiales como economía nacional o como doctrina para la felicidad humana acaba en las mentes de enemigos de la humanidad como Lenin y Trotski; esas son las últimas consecuencias. Pero lo que debe impregnar a las personas con fuerzas que actúen sobre el futuro debe provenir del conocimiento del mundo espiritual. Hoy en día puede ser una paradoja hablar del Occidente y del Oriente como lo he hecho yo. ¡Pero esta paradoja contiene las realidades espirituales! Y sin el conocimiento de estas realidades espirituales no se podrá encontrar una configuración saludable para el futuro de las condiciones terrenales, que se sumergen cada vez más en el caos. Conceptos que hace solo unos años tenían significado y validez, hoy ya no tienen ninguno. Es necesario aprender de nuevo en todos los ámbitos. Las religiones solo podrán seguir siendo importantes para las personas si se impregnan de un conocimiento real de los mundos espirituales. Para ello tendrán que aprender, —no me refiero a su contenido, sino a la forma que han ido adquiriendo gradualmente—, tendrán que aprender que esas formas no son adecuadas para hablar realmente al interior del ser humano, sino que solo hablarán al interior del ser humano cuando se apele a las fuerzas reales que provienen del mundo espiritual. «Los cadíes de Mosul», bueno, precisamente los que no son de Mosul, sino de, no quiero decir de dónde, también deben dejar de intervenir en la vida pública. Lo digo hoy de forma sencilla y sin pretensiones, pero creo que sentirán que con ello se ha dicho mucho, muchísimo.

Ahora nos queda por considerar una cuestión concreta: ¿cómo es posible que los seres humanos no sean conscientes de que el alma humana ha experimentado transformaciones tales como las que, digamos, se han producido desde el siglo XII hasta hoy, y en un sentido más amplio, desde los siglos VII y VIII antes de Cristo hasta hoy? Esto se debe a que en la naturaleza humana aún hay algo de otro mundo, y esto. Este algo de otro mundo es uno de los misterios más profundos de la humanidad. Solo se puede conocer al ser humano si se conoce un poco este otro mundo, que tiene un interés constante en no manifestarse. Hablaremos de ello la próxima vez.

Traducido por J.Luelmo nov.2025


GA181 Berlín, 16 de julio de 1918 - Retrospectiva de vidas terrenales anteriores, tal y como se desarrollaron en el plano físico

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RUDOLF STEINER

RETROSPECTIVA DE LAS VIDAS TERRENALES ANTERIORES,

TAL Y COMO SE DESARROLLARON EN EL PLANO FÍSICO.


Berlín, 16 de julio de 1918

Quisiera continuar con las reflexiones que hice sobre el recorrido del alma humana a través de sus diferentes vidas terrenales para nuestro ciclo humano, de tal manera que las experiencias que se mencionen nos puedan servir para evaluar los acontecimientos de nuestro presente inmediato. Con este objetivo, hoy quisiera desarrollar ante ustedes una observación más centrada en lo externo, y dentro de ocho días daré otra más centrada en lo interno.

Hemos explicado que el alma humana, en su paso por las sucesivas vidas terrenales, -si nos fijamos en los tres periodos que nos interesan en primer lugar: el periodo egipcio-caldeo, el periodo grecolatino y nuestro tiempo, durante los cuales el alma humana ha pasado por diferentes encarnaciones-, el modo en que esta alma humana, —entendida como alma, como yo—, experimenta cada vez algo nuevo, algo diferente a lo que experimentó en una encarnación anterior. Solo tenemos que recordar una vez más cómo será con las almas que ahora, en nuestra época, pasan por la encarnación terrenal y que luego regresan después de un tiempo relativamente normal, como no lo hacen todas las personas, pero sí muchas.

Ya hemos señalado esto en varias ocasiones y lo hemos repetido la última vez: las almas que atraviesan la actual encarnación terrenal volverán esencialmente de tal manera que, de alguna forma, —y la última vez desarrollé la forma más precisa—, podrán saber con certeza, por su propia experiencia interior, que hay vidas terrenales repetidas. En la próxima era se producirá este importante cambio, por el que pasarán las almas de la actual incertidumbre sobre las vidas terrenales repetidas al conocimiento de las mismas. Como ya he dicho, la última vez abordamos los detalles. Pero hay algo más que me gustaría destacar.

Como ya les he señalado, existe un período importante que comienza aproximadamente en el siglo VII u VIII antes del misterio del Gólgota. En los primeros siglos de este período, debido a las antiguas costumbres clarividentes, un número relativamente grande de almas aún podían ver sus vidas terrenales anteriores, mirando retrospectivamente. Pero como miraban retrospectivamente de tal manera que en la vida terrenal de entonces el alma sensible estaba especialmente desarrollada, las almas, al mirar retrospectivamente, veían el comportamiento del ser humano en el mundo exterior. En cierto modo, se hacían una idea clara de cómo se comportaba el ser humano en el mundo exterior, una idea de lo que le sucedía en el mundo exterior. Sin embargo, en el futuro próximo, según nuestras previsiones, las almas no podrán tener esta capacidad.  La retrospectiva se centrará más en lo espiritual. Se tendrá menos percepción de cómo se mueve el ser humano en el espacio, de lo que le sucede en el espacio, etc.; se tendrá menos contenido pictórico real en el sentido sensorial, sino que se tendrá más una retrospectiva de lo espiritual.

Menciono esto una vez más porque así pueden ver que en las sucesivas vidas terrenales, las almas experimentan de manera muy, muy diferente. Y entonces a cada uno le surge una pregunta en el alma: ¿cómo es que el mundo exterior, cuando se mira hacia atrás en períodos históricos anteriores, opina que en realidad no ha cambiado nada especialmente en relación con el ser humano? Tomemos las representaciones históricas convencionales, —algunas de ellas, no todas, tienen buenas intenciones—: una y otra vez se encontrará que, en realidad, se remonta a un momento determinado, hasta el que llegan las noticias y los documentos históricos. Pero se piensa que la estructura del alma humana es la misma para todos esos tiempos. Se piensa en una cierta evolución, pero no tan radical como debería ser en el sentido de la descripción que podemos hacer basándonos en los resultados de las ciencias espirituales. ¿De dónde viene que en realidad no se tenga una conciencia adecuada de la transformación del alma humana? Esta pregunta se impondrá ante el alma.

 Sin embargo, si se observan los acontecimientos históricos desde una perspectiva espiritual, se podría decir que, en realidad, durante mucho tiempo todo ha sucedido de tal manera que, en el fondo, al ser humano se le ha impedido conocer su propia alma, en lugar de guiarle hacia ella. Solo cuando se alcanza el autoconocimiento, el verdadero autoconocimiento, se puede comprender realmente cómo cambia el alma humana de encarnación en encarnación. Pero este autoconocimiento ha sido muy reprimido por los acontecimientos que ahora debemos evaluar. Podríamos señalar ejemplos significativos de cómo se ha reprimido el autoconocimiento, precisamente en la historia reciente de la humanidad. Una cierta hermandad, que todos ustedes conocen, llamada la Hermandad Masónica, cree, —y algunos de sus hermanos, con buenas intenciones—, que sin duda anima a las personas a alcanzar el autoconocimiento dentro de sus filas. Esta hermandad tiene varios símbolos que, tan pronto como se abordan con conocimientos de ciencias espirituales, se perciben como símbolos profundos y significativos, todos ellos aptos para conducir al autoconocimiento humano. Pero no lo hacen. Es muy curioso: cuando se leen las historias oficiales que han surgido de los círculos masónicos, de la masonería, los más ilustrados opinan que solo hay que remontarse al siglo XVIII o XVII para conocer la masonería más reciente. Pero lo que hay en los símbolos de la masonería ha sido ocultado desde el siglo XVII, se ha transformado en algo que se mira, en algo en lo que se participa y que cada vez se siente menos necesidad de comprender. Si nos acercáramos a esta simbología masónica con talento para comprenderla, esto ya nos proporcionaría un camino hacia el autoconocimiento del ser humano. Porque todos estos símbolos están predispuestos a ello. Pero el verdadero desarrollo de la masonería ha tomado otro camino: ocultar el autoconocimiento, imposibilitarlo al involucrarse únicamente de manera externa en el simbolismo. Y así, desde el punto de vista de la verdad, se podría decir: el desarrollo de la masonería moderna es, en el fondo, el desarrollo de una comunidad para hacer incomprensibles los símbolos que viven dentro de esta comunidad. Es como si imperara, de forma inconsciente, el programa de hacer incomprensibles los símbolos, porque precisamente en esta época, sobre la que se extiende la masonería moderna, —entre los masones ilustrados, no entre los místicos—, el miedo al autoconocimiento se ha apoderado de las personas en grado sumo. Se habla mucho del autoconocimiento; se habla mucho de que el ser humano debe buscar su yo divino, su yo superior, etcétera. Pero todo eso son solo palabras. En realidad, todo eso sirve más para obstaculizar el verdadero camino hacia el autoconocimiento que para allanarlo. Y debemos preguntarnos: ¿de dónde viene esta aversión, este miedo a un cierto autoconocimiento? Y hoy me gustaría empezar por considerar el asunto desde un punto de vista algo más externo.

Vemos que esto no solo ocurre en este ámbito concreto, el de la masonería, sino que también está presente de una manera muy notable en toda la cultura moderna. Vemos cómo esta cultura moderna, especialmente en la expansión del cristianismo, sigue en realidad el camino de ocultar, de encubrir el autoconocimiento. Y ese es un camino extraordinariamente interesante y significativo. Hoy en día, pocas personas se toman la molestia de comparar realmente las mejores descripciones, tomadas de siglos muy distantes entre sí, y aún menos personas reflexionan sobre cómo son realmente las cosas que se presentan ante su alma. Es un experimento anímico aún poco significativo, pero no por ello menos interesante, el que se puede realizar si se toma un escrito como «La vida de Miguel Ángel», de Herman Grimm. En realidad, es un escrito más sobre la época de Miguel Ángel, un escrito que trata sobre la época de la que él surgió. Pero basándose en este escrito, traten de imaginar cómo sería el mundo que les rodea si dieran un paseo por el mundo que Herman Grimm describe como el de Miguel Ángel; y traten de comparar ese mundo con el que viven ahora: ¡La diferencia es enorme! Pero eso no significa gran cosa, porque los siglos a los que nos referimos no están muy alejados entre sí. Sin embargo, se obtiene un resultado diferente si se analiza con detenimiento la época, con sus preparativos y sus repercusiones, en la que se produjo el gran cambio en los tiempos modernos.  

Si echamos la vista atrás a los tres grandes periodos que, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, se nos presentan inicialmente para nuestro ciclo terrestre actual, el tercer periodo concluye aproximadamente en el siglo VII u VIII antes de Cristo, y el cuarto periodo concluye con el comienzo del siglo XV de nuestra era. Allí, con el comienzo del siglo XV, ya se produce un cambio importante y significativo en la vida anímica de la humanidad cultural, que no está muy lejos de nosotros. Sin embargo, esto apenas se refleja en la historia. Uno se pregunta: ¿por qué no se refleja? En el fondo, se debe al miedo al autoconocimiento y al conocimiento de la vida espiritual humana. Por ejemplo, sería interesante leer descripciones de una personalidad como la de San Bernardo de Claraval. Bernardo, quizás la personalidad más importante del siglo XII, la personalidad más importante de la época en la que la cuarta era cultural post-atlante llega a su fin, presenta una estructura anímica que más tarde, después del siglo XV, ya no es posible en Europa. Lo que había en el alma de una persona así es algo que resulta extremadamente difícil de describir, incluso para las personas de hoy en día, porque en realidad faltan todas las condiciones previas para poder imaginar cómo era esa alma. Pero les aconsejo que lean las biografías de San Bernardo, porque en ellas podrán ver las impresiones que otras personas tuvieron sobre la vida espiritual de San Bernardo. Al leer estas biografías, uno se pregunta: ¿qué son, en comparación, los relatos milagrosos de los Evangelios? Los pocos enfermos que, según los Evangelios, Cristo Jesús mismo curó, siempre según los Evangelios, son una nimiedad en comparación con la descripción enormemente amplia de los milagros de San Bernardo, ¡casi doce siglos después! El número de personas de las que se dice que hizo ver a los ciegos y andar a los cojos no se puede comparar con las cifras que se obtienen al calcular los relatos similares de los Evangelios. La descripción de las impresiones que causaban los sermones de San Bernardo es tal que uno siente que, cuando hablaba en algún lugar, lo que decía era como la propagación de un aura espiritual de gran intensidad. En las palabras de este hombre vivía una realidad que hoy en día ya no podemos imaginar. Si se quisiera describir todo lo que caracteriza la impresión que causaba esta personalidad incluso en aquella época, hoy en día nos encontraríamos, naturalmente, con personas incrédulas, porque si se parte de lo que ocurre hoy en día, no hay ninguna posibilidad de hacerse una idea, de la visión que se tenía entonces de una personalidad como la de San Bernardo. Ahora bien, como ya he dicho, hoy en día es difícil profundizar en la estructura interna de su alma porque, incluso en este círculo, faltan las condiciones previas para ello. Pero hay algo que sí puedo resaltar.

En esta personalidad vivía una enorme devoción por el mundo espiritual, una absorción absoluta en el mundo espiritual. Hoy en día, a las personas les parece totalmente natural que, cuando se proponen algo, quieran llevarlo a cabo, y si no lo consiguen, dudan de si lo que se propusieron era lo correcto. Una personalidad como la de San Bernardo nunca duda, porque lo que se propone o aconseja a los demás, siempre lo ha consultado antes con su Dios en los mundos espirituales. E incluso ante fracasos como los que vivió en las cruzadas, donde todo lo que aconsejó fracasó, no duda ni por un momento de que sus pensamientos eran absolutamente correctos y que la discrepancia entre lo que sucedió en la realidad del mundo sensorial exterior y lo que él pensó bajo la influencia del mundo espiritual se justificaría de alguna manera, se aclararía. Pero al destacar a una personalidad así, en realidad se está diciendo sobre un individuo, —aunque sea excepcional—, lo que se puede decir. Sin embargo, no es algo que se limite al individuo, sino que es la firma de toda una época. Es la firma de la época en Europa, que comienza aproximadamente en los siglos III y IV d. C. y se prolonga hasta los siglos XIII, XIV y XV. Por supuesto, dentro de esta época también se está preparando algo diferente. Pero lo que se prepara como algo diferente, que influye profundamente en la época y le imprime su sello, solo se manifiesta después de los siglos XIV y XV. La época comprendida entre los siglos III y XV es la de la fuerza de la fe, que se consolida cada vez más, es la época en la cual, bajo la influencia de esta fuerza de la fe, se llevan a cabo los acontecimientos de la época. Por favor, al comentar este capítulo, tengan en cuenta algo que siempre pido en estas conferencias, pero que en estos casos es especialmente importante: elijo las palabras de tal manera que no puedan ser sustituidas por otras. En el momento en que se quieren sustituir las palabras bien elegidas por otras, ya no se describe la historia de forma correcta. Por lo tanto, quien sustituyera lo que acabo de decir: «Era la época de la consolidación de la fuerza de la fe», por la frase: «Era la época de la consolidación de la piedad», estaría representando algo totalmente erróneo. No es eso lo que quiero decir en absoluto. Fue el poder de la fe, tal y como lo he caracterizado en Bernhard. Bernhard es sin duda también un hombre piadoso. Pero también se puede ser piadoso como carácter personal. Sin embargo, lo que actuó y se vivió en los acontecimientos de los siglos de los que he hablado está bajo la influencia del poder de la fe. La fuerza de la fe está presente en todas las épocas. Pero la fuerza de la fe no es determinante para lo histórico en todas las épocas. Nuestra época actual también será sustituida por otra en la que la fuerza de la fe volverá a desempeñar, de forma temporal y esporádica, un papel importante. Sin embargo, en la actualidad aún no es así. Por ejemplo, la superstición en la medicina materialista adoptará en el futuro formas grotescas. La fuerza de la fe seguirá desempeñando un papel importante, pero por el momento aún no ha llegado ese momento. En la actualidad, la humanidad se encuentra más bien en un estado de letargo, de adormecimiento, lo cual tiene una gran importancia y desempeña un papel muy significativo en los acontecimientos históricos. Ahora se puede plantear la pregunta: ¿cómo es que esta fuerza de la fe se convierte en Europa en un impulso histórico tan importante, el impulso que, en realidad, inicia de manera más significativa lo que luego surge en el siglo XV como el quinto período cultural post-atlante, en el que vivimos ahora?

En primer lugar, fue algo aparentemente bastante superficial lo que sentó las bases para el surgimiento del poder de la fe, que es lo que esencialmente provocó la caída del Imperio Romano. Los impulsos históricos que prevalecían desde los siglos III y IV d. C. hasta el siglo XV sustituyeron a los impulsos del Imperio Romano. Por supuesto, hay toda una serie de impulsos que provocaron la caída del Imperio Romano, pero uno muy importante es que, a lo largo de la historia romana, el dinero se fue desviando gradualmente hacia Oriente. Con la expansión del Imperio Romano, las legiones tuvieron que desplazarse cada vez más hacia los confines del gran imperio; había que pagar la soldada a la gente cada vez más en dinero, y no en especie, como era posible mientras el Imperio Romano era más compacto. Sin embargo, con la expansión del imperio, la riqueza monetaria se desplazó gradualmente hacia Oriente, y una característica esencial de Europa durante siglos, especialmente en los primeros tiempos de estos siglos, desde el III y IV, es su pobreza monetaria, concretamente su pobreza en moneda metálica. Hay otras cosas relacionadas con esto, y es importante no dejarse llevar por el entusiasmo místico, sino mantener una visión realista de la realidad. El «arte de fabricar oro», la alquimia, se desarrolló en parte en Europa debido a que el oro se había desplazado hacia Oriente, y se pensaba que se podía fabricar, que se podía crear, que se podía volver a ser rico.  Detrás de la alquimia, tal y como se desarrolló en los primeros siglos de la Edad Media, se esconde en muchos casos como motivo el empobrecimiento monetario provocado por la expansión del Imperio romano. Esto está relacionado con el hecho de que, durante esos siglos, el empobrecido Imperio Romano fue invadido por pueblos procedentes del norte, que tenían creencias, cultura y sensibilidades paganas, y que entendían poco de la estructura social que se había ido haciendo cada vez más poderosa en el Imperio Romano, precisamente bajo la influencia del dinero. Los romanos lo encontraron bastante incómodo, después de que el dinero se hubiera ido a Oriente. Los pueblos germánicos que llegaron después se sintieron muy a gusto con ello.

En este ambiente del Imperio Romano se produce la expansión del cristianismo. Hoy en día ya no se representa así, pero lo cierto es que en los primeros tiempos, sobre las olas de la expansión del cristianismo, existía una profunda visión espiritual. Hoy en día existe un miedo casi irracional, especialmente en los círculos teológicos, hacia la llamada gnosis. A menudo, cuando se pregunta por qué a las personas, especialmente en los círculos teológicos, no les gusta nuestra ciencia espiritual, e incluso la temen, se obtiene con frecuencia la respuesta de que esta ciencia espiritual podría conducir a una renovación de la gnosis. Y eso ya es motivo suficiente para rechazarla. La gnosis no es otra cosa, —por supuesto, en nuestra época actual debe presentarse de forma diferente a como lo hacía en los primeros siglos del cristianismo—, que un conocimiento positivo del mundo espiritual, la capacidad del ser humano de obtener percepciones de los mundos espirituales, del mismo modo que a través de los sentidos se obtienen percepciones de los mundos físicos. Hoy en día se puede encontrar gente que se burla de las disputas que hubo en su día sobre si el Espíritu procede del Padre o del Hijo, o si está relacionado de alguna otra manera con el Padre y el Hijo. Hoy en día, la gente ya no se imagina nada con esos conceptos. En aquella época, sí que se les atribuían significados. Quien escribiera con verdadero conocimiento la historia de los primeros siglos del cristianismo vería que en el origen de este dogma ya estaba presente el Espíritu, solo que hoy en día ya no se encuentra. En las oleadas del cristianismo en expansión ya existía una concepción espiritual profundamente significativa, y se puede rastrear cómo se prolongó esta concepción espiritual en el cristianismo en expansión hasta el siglo IX.  Si se estudian los detalles de esta expansión del cristianismo, se descubre que la opinión posterior, según la cual la visión religiosa debía limitarse a impregnarse de la fuerza de la fe y a involucrarse lo menos posible en los detalles del mundo espiritual, surgió de una cierta visión acertada de los pueblos que iban a conformar la nueva Europa. Eran pueblos paganos, pero también pueblos que no habían avanzado mucho en el pensamiento, en la conexión y en la formación de conceptos que condujeran al mundo espiritual; eran personas fuertes, vigorosas y elementalmente sanas, pero no precisamente personas cuya predisposición espiritual les llevara a formarse ideas muy concretas sobre algo espiritual.

Por eso, para difundir el cristianismo, se adaptaron a estos pueblos. Como estas personas tenían menos capacidad de razonamiento, se recurrió más al sentimiento, como se dice, a la fuerza de la fe. Así, se ve cómo en el siglo X todo lo espiritual había desaparecido más o menos del cristianismo, pero todo se había concentrado en la fuerza de la fe. Y lo que se contemplaba en la fuerza de la fe, lo que se creía tener a su lado en la fuerza de la fe, se había convertido poco a poco en el contenido del alma de las personas. Las almas ya vivían de otra manera que ahora. Hay que imaginarse lo que experimentaba entonces un alma así con una leyenda. Solo quiero contar una leyenda sencilla, pero que en aquella época se difundió por todas partes y que tiene sentido. Dice así: San Bernardo iba una vez montado en un burro. Le acompañaba un monje. Este monje padecía, como se diría hoy, epilepsia. Se caía constantemente. San Bernardo lo vio cuando este monje le acompañaba y le guiaba el burro. Entonces se dirigió a su Dios para que, a partir de entonces, este monje nunca volviera a sufrir un ataque epiléptico sin saberlo de antemano. Y la leyenda continúa diciendo que el monje vivió veinte años más y que, cada vez que volvía a sufrir un ataque, lo sabía de antemano; podía acostarse en la cama y no se rompía los huesos cuando volvía a caerse.

Es algo sencillo e inocuo, pero que tuvo un profundo efecto y se contó por todas partes en aquella época. Porque se sentía fuerte el alma cuando se podía percibir la fuerza de la realidad de la fe, y la gente vivía en el aura de ese sentimiento. 

Ahora bien, no habría sido posible que la fuerza de la fe se consolidara de tal manera si Europa no se hubiera aislado, en cierto modo, a lo largo de los siglos que he mencionado. El dinero se había ido a Oriente, con lo que el comercio había ido desapareciendo poco a poco. Durante un tiempo, Europa se limitó esencialmente a la agricultura. Pero es un síntoma profundamente significativo para el desarrollo de Europa en esos siglos que un tercio del suelo europeo pasara a manos de quienes eran portadores de esa fuerza de la fe: un tercio del suelo pasó a ser propiedad de la Iglesia en esa época. Es como si lo que había vivido, solo interrumpido por el elemento romano, se hubiera concentrado en esta fuerza de la fe durante todo el cuarto período postatlante. Pero con este fortalecimiento de la fuerza de la fe, se perdió precisamente algo: se perdió el progreso en la conciencia crística propiamente dicha. No hay que olvidar que, en los primeros siglos del cristianismo, se conocía a Cristo en su máxima expresión entre aquellos que podían situar la figura y la esencia de Cristo en el contexto global de las fuerzas del mundo espiritual. Para aquellos que se sintieron conmovidos por primera vez por la figura de Cristo, la razón de su conmoción fue que miraban hacia el mundo espiritual y, en cierto modo, veían el acercamiento de la figura de Cristo a la Tierra a través de los mundos espirituales a lo largo de eones, y podían relacionar todos estos acontecimientos del Gólgota con todo lo que sucedía en el cosmos. Lo conmovedor del acontecimiento del Gólgota fue que quienes lo interpretaron por primera vez lo interpretaron de tal manera que lo que sucedió en la Tierra fue el descenso de un acontecimiento de los mundos del gran acontecimiento cósmico.

Sé muy bien que hoy en día se presenta esto de otra manera. Pero cuando se dice que hay que volver a las ideas sencillas y simples que se tenían de Cristo Jesús en los primeros siglos, solo se está hablando de las propias aficiones, porque se quiere ocultar la grandeza de la idea de Cristo y la profunda comprensión que se tenía en los primeros siglos del misterio del Gólgota. Por eso se planteó la idea favorita: todo era sencillo, todo era tal que Cristo Jesús no era más que, como dicen algunos hoy en día, «el hombre sencillo de Nazaret». Quizás estas cosas sorprendan menos cuando se encuentran en personas jóvenes. Sin embargo, las personas mayores deberían saber que, incluso en nuestra época, hemos experimentado un cambio significativo en relación con estas cosas. A menudo he oído decir: «No se pueden entender cosas como las que se describen en la ciencia espiritual; son muy difíciles de comprender». Sí, ¡si no hubiera obstáculos, obstáculos externos! Hace solo treinta años, precisamente la gente sencilla del campo habría comprendido perfectamente estas cosas. Pero en el transcurso de las últimas décadas, la situación ha cambiado.  Las personas mayores aún podrían saber algo al respecto, ya que escritos como los de Jakob Böhme o Eckartshausen, escritos que intentan introducirnos en la concreción del mundo espiritual, fueron aceptados hace décadas precisamente por las mentes sencillas de los campesinos. Nuestra vida espiritual se ha vuelto superficial debido a la burguesía. Esta ha expresado cada vez más su idea favorita de que lo verdadero, como se dice, debe ser «simple», con lo que no se quiere decir otra cosa que debe poder ser comprendido por todos de manera cómoda, sin pensar mucho. Hoy en día, sin embargo, ya no hay muchas pruebas, ni siquiera en las mentes sencillas, de que en los primeros siglos del cristianismo se pudiera hablar, precisamente a esas mentes sencillas, de cosas espirituales elevadas cuando se hablaba de Cristo Jesús. Pero eso significa que lo que ocurrió en los siglos siguientes se hizo, en cierto modo, para ocultar a su vez el conocimiento de Cristo a la humanidad, para no dejar que el conocimiento de Cristo se acercara demasiado a las gentes.

En estas cuestiones es necesario mirar la realidad, no lo que uno se imagina. Una de las exigencias más profundas de nuestra época es que volvamos a aprender a mirar las realidades. Siempre me viene a la mente un ejemplo muy ilustrativo. Una vez di una conferencia sobre el cristianismo y la sabiduría en Colmar. En esta conferencia también estaban presentes dos clérigos católicos. Por supuesto, nunca habían oído hablar de algo así, pero como aún no habían oído nada al respecto, —lo cual influyó—, se acercaron a mí después de la conferencia, porque lo que había dicho no les pareció tan malo. Probablemente solo les habría parecido malo si hubieran oído algo al respecto de sus superiores, y entonces probablemente habrían oído tonterías. Solo objetaron una cosa. Dijeron: «Todo lo que dice es muy bonito; hablar así del mundo espiritual es bonito». Pero la humanidad no entiende eso. Nosotros hablamos de manera que la humanidad pueda entenderlo. Yo dije: «Monseñor, usted sabe que la forma de dirigirse a la humanidad no la podemos interpretar ni usted ni yo según nuestras máximas favoritas. Esas máximas favoritas no importan, porque, evidentemente, si quisiéramos juzgar según nuestras máximas favoritas, a usted le gustaría la forma en que habla y a mí me gustaría la forma en que hablo. Pero eso no es lo importante. Lo importante es lo que nos obliga nuestra época: no responder a preguntas como las que usted plantea según nuestras máximas favoritas, sino dejar que la realidad nos dé la respuesta. Y hay una respuesta obvia. Le pregunto: ¿acude hoy todo el mundo a su iglesia, ya que usted cree que se dirige a todo el mundo? Lo único que podría decir con sinceridad es que algunos se quedan fuera. A esto podría responder: ¡Esa es la respuesta de la realidad! Hablo en nombre de aquellos que permanecen fuera, y ellos también tienen derecho a encontrar el camino hacia Cristo Jesús. No se lo pregunten a ustedes mismos, pregúntenle a la realidad, pregúntenle a la época. Porque lo que pueden obtener como respuesta por sí mismos, ya lo saben. Parece muy sencillo, pero aprender a asumir la obligación que nos impone la época no es tan fácil. Y solo si se reflexiona mucho consigo mismo se puede comprender lo que realmente hay detrás de lo que acabo de decir.

Lo que la humanidad necesita hoy en día es precisamente esto: ser objetiva, aprender a convivir con el entorno. Si comprendemos el impulso al que se refiere aquí, entonces podremos aceptar la verdad de que, bajo la influencia de los acontecimientos históricos de los siglos a los que me he referido, el conocimiento superior, la visión de la conexión espiritual entre el misterio del Gólgota y los acontecimientos cósmicos, ha ido desapareciendo gradualmente en Europa. Cristo se ha alejado de las mentes europeas; se ha reducido a lo que se prefería comprender, a lo que se prefería imaginar. Pero lo importante es comprender la realidad, no lo que se prefiere comprender. Hoy en día se oye muy a menudo que el ser humano debe buscar a su Dios, que lo encontrará en su interior; que debe unirse en su interior con su yo divino, y entonces encontrará a Dios. A la gente le molesta especialmente que la ciencia espiritual tenga que insistir en que, cuando salimos del mundo en el que vivimos y entramos en el mundo espiritual, encontramos jerarquías, y que, al igual que aquí encontramos un mundo físico ricamente estructurado, allí encontramos un mundo espiritual igualmente rico y estructurado. Pero entonces a la gente le resulta más fácil y cómodo decir: diríjase directamente, inmediatamente, al único Cristo; cada persona lo encuentra. No importa que uno se lo imagine, sino que reconozca lo que realmente encuentra en lo espiritual. ¿Qué encuentran aquellas personas que hoy en día suelen decir: «He encontrado una relación interior con mi Dios»? Lo que allí se llama Dios no es a menudo más que el ser espiritual más cercano de la jerarquía de los Angeles, el ángel protector inmediato, que es venerado como el ser supremo. Lo importante no es que creamos que tenemos a Dios, sino que comprendamos la realidad de esta experiencia interior que tiene el ser humano. Cuando alguien cree que está impregnado interiormente por algo divino, lo más probable es que solo esté impregnado por un ser de la jerarquía de los ángeles, o bien por su propio yo, tal y como era entre la última muerte y este nacimiento, tal y como vivía en el mundo espiritual antes de unirse a este cuerpo físico. ¿No es interesante que haya una palabra cuyo origen se desconoce? Si abren los diccionarios, encontrarán muchas cosas bonitas sobre muchas palabras. Pero hay una palabra cuyo origen no pueden encontrar ni los lexicógrafos filológicos más eruditos, que no saben qué significa, ni siquiera filológicamente: ¡esa palabra es Dios! Consúltenlo en el diccionario alemán. Es la palabra cuyo significado se desconoce. ¡Muy significativo, muy revelador! Porque lo que realmente se quiere decir cuando hoy en día se habla mucho de su Dios, es el ángel individual o incluso el propio yo en el tiempo entre la última muerte y el nacimiento actual. Lo que realmente se experimenta allí, —y ahora solo pienso en experiencias propias realmente sinceras y honestas—, es realidad. Eso es lo que importa, y no que uno se entregue al engaño: la gente adora a un Dios único. Solo tienen una palabra para la experiencia de su ángel o incluso de su propio yo, cuando aún no se ha encarnado o ya se ha encarnado, por así decirlo.

Que uno intuya esto, que uno intuya: a través de la ciencia espiritual hay que descubrir lo que muy a menudo se entiende por la llamada experiencia de Dios de los seres humanos, lo que hace que a uno le disguste tanto que esta ciencia espiritual se difunda, pues es capaz de descubrir este hecho tan tremendamente significativo que acabo de destacar. Todo el desarrollo histórico desde el siglo III hasta el X, e incluso hasta el XV, tiende a ocultar más los misterios de Cristo Jesús, a encubrirlos, en lugar de revelarlos. Lo que digo no es una crítica, sino una mera descripción. Porque si no se es capaz de aceptar objetivamente esta descripción, nunca se comprenderá bajo qué fuerzas surge la época que comienza con el siglo XV, la época del alma consciente propiamente dicha.  Me gustaría decir que esta era se avecina con fuerza, y todo en el mundo espiritual tiende a que esta alma consciente, con sus dos polos, el materialista y el espiritual, tenga que salir a la luz. Pero desde este punto de vista hay que considerar primero el devenir histórico. Hay que poner ante el alma imágenes como esta: de estados de ánimo como este, que nos aparecen en su grado más elevado en San Bernardo, surge, de una fuerza de fe reforzada y consolidada, la tendencia europea a sustituir Roma por Jerusalén, a fundar el cristianismo con el centro en Jerusalén como cristianismo antirromano. — Porque eso es lo que realmente subyace a las cruzadas. Godofredo de Bouillón no es un enviado de los papas romanos, sino el que emprende las cruzadas para erigir un baluarte en Jerusalén contra Roma, con el fin de independizar al cristianismo de Roma. Fue una idea que, en el fondo, dominó durante muchos siglos. Enrique I, el Santo, la plasmó entonces en forma de una Ecclesia catholica non romana.

¡Vemos cómo la fuerza de la fe europea envía su aura a aquellos reinos a los que los romanos enviaron su oro! Con el oro y sus consecuencias en Oriente, los cruzados chocan, con el oro romano por un lado y la gnosis oriental por el otro. Hay que tener en cuenta esta aura bajo la que surgieron las cruzadas. Es totalmente el aura de la fuerza de la fe europea. Ese es el tono, el tono de color de la imagen. Pero pongamos en este tono de color, —si quisiéramos pintarlo, solo podríamos pintarlo como una tonalidad coloreada—, otra imagen de la era naciente del alma consciente. ¿Cómo habría que ponerla?

Enrico Dandolo Duce de Venecia

De tal manera que se coloca al dux Dandolo de Venecia, nacido en 1108, aquel dux que estuvo en Constantinopla, donde fue cegado por los bizantinos, pero que era la encarnación del espíritu ahrimánico y que, a pesar de no poder ver, era señor de Venecia, esa Venecia que introdujo el espíritu ahrimánico en el espíritu que acabo de describir. Es un momento significativo de la historia mundial cuando este dux Dandolo conquistó Constantinopla y transformó el espíritu original de las cruzadas en el espíritu posterior de las cruzadas. ¿Cómo fue eso?

Inicialmente fue por eso por lo que partieron los cruzados hacia Oriente, para encontrar allí lo que quedaba de santuarios y reliquias, con el fin de que la fuerza de la fe pudiera vincularse a ellos. Eso era lo que buscaban, eso era lo que querían traer a Europa en señal de reverencia. Querían establecer un vínculo real entre la fuerza de su fe y los acontecimientos reales del misterio del Gólgota. Cuando Venecia intervino, ¿qué pasó con las reliquias? ¡Todo se recogió, pero todo se convirtió en la base de la formación de capital! Bajo la influencia de Venecia, las reliquias se trataron poco a poco como valores bursátiles; subieron y subieron. La era capitalista se extendió: ¡Dandolo, la encarnación del espíritu ahrimánico!

Nos preguntamos: ¿cómo logró Venecia revertir lo que había sucedido? Volvió a dirigir el comercio desde Oriente hacia Europa; en cierto modo, reavivó lo que antes no podía ser: la vida comercial. Surge una pregunta: ¿cómo pudo Venecia llegar a ser tan poderosa precisamente en el ámbito comercial, cuando Europa estaba, en el fondo, empobrecida?

El comercio era un intercambio. Básicamente, durante la primera parte del periodo del que he hablado hoy, Europa estaba aislada de Oriente, al que había proporcionado inicialmente su moneda metálica. No se tenía, se intercambiaba. Hay que destacar una y otra vez, como es un hecho histórico, el papel pionero que desempeñó Venecia en este ámbito. Podemos demostrar que Venecia realizó una gran venta a Alejandría y Damieta para volver a intercambiar las mercancías orientales. ¿Qué se vendía desde Venecia? Una cosa se puede demostrar fácilmente con documentos, pero se podrían añadir muchas otras; entonces, investigando en esta dirección, se podría avanzar más. ¡Lo que se vendió fueron mil personas! El nuevo comercio con Oriente se inició con personas. Se vendían personas a Oriente. Y quien investiga qué fue de esas personas en Oriente llega a una conclusión sorprendente, que sin embargo la historia oficial apenas menciona: que de esas personas vendidas descendían los guerreros más importantes con los que se llevaron a cabo con éxito las grandes campañas militares desde Asia hacia Europa. Las tropas principales de los pueblos asiáticos que más tarde invadieron Europa estaban formadas por los descendientes de las personas vendidas a Oriente por Venecia y otras ciudades italianas.

Es necesario ver algo más allá de los bastidores de la historia mundial, no quedarse con esa leyenda que tan a menudo se presenta a la gente como historia mundial. Esta leyenda debe finalmente sucumbir al destino, hay que decir: es una historia de patio de colegio, aunque la haya escrito Ranke. Nuestra época es demasiado seria como para no insistir en que hay que aprender. Y lo más importante será lo que se obtenga de estas cosas: que se adquiera un juicio para seguir el presente no con una conciencia dormida, sino con una conciencia despierta. Algo monstruoso está sucediendo en el presente, pero la gente no lo ve y no quiere verlo, solo quiere ver todas las cosas distorsionadas y confusas. Si se toca aquí o allá una nota que proviene de las profundidades del ser humano, se es rechazado con las frases que hoy se obtienen en la superficie de la lectura de revistas o periódicos, y que están lo más lejos posible de la verdad, de la verdad fecunda.

Hoy he tenido que llamar su atención de manera externa sobre algo relacionado con aquella época en la que, en el siglo XV, se produjo el cambio del alma racional al alma consciente. Porque nos gustaría mucho que tales cosas calaran en las mentes de las personas. Hoy en día se necesita, se necesita en todos los ámbitos. Hoy en día se habla mucho de cómo debe desarrollarse la estructura social en el futuro. Esta mañana he vuelto a leer una frase de una persona que se cree tremendamente inteligente, que al menos cree haber comprendido los fundamentos de la verdad económica. Y he aquí que lo profundo que dice en medio de su ensayo es que hay que entender la sociedad, la convivencia social de las personas, como un organismo. La gente cree tener algo importante cuando dice que no hay que entender la convivencia social como un mecanismo, sino como un organismo.  ¡Es el peor wilsonianismo entre nosotros! Ya he dicho en varias ocasiones que la esencia del wilsonianismo consiste precisamente en que no puede aportar otros conceptos para la convivencia social que no sean los del organismo. Pero lo importante es comprender que los seres humanos deben llegar a conceptos más elevados que el del organismo si quieren comprender la estructura social. Esta estructura social nunca puede entenderse como un organismo; debe entenderse como psique, como pneumatismo, porque el espíritu actúa en toda convivencia social de los seres humanos. Nuestra época se ha empobrecido en conceptos. No podemos fundar una economía nacional sin sumergirnos en el conocimiento espiritual, porque solo allí encontramos el metaorganismo; allí encontramos lo que va más allá del mero organismo.

Así, se observa en todas partes que hoy en día las personas carecen de la buena voluntad necesaria para penetrar directamente en el espíritu. Pero esto debe suceder. Porque las consecuencias serían imprevisibles si no fuera así. Como saben, ya he señalado cómo en el siglo XVII, —ya lo mencioné en el último número de la revista «Das Reich»—, Johann Valentin Andreae escribió la historia de «Las bodas químicas de Christian Rosenkreutz». En estas «bodas químicas» se recogen realmente muchos de los impulsos relacionados con el cambio que se produjo en el siglo XV. La historia de las «Bodas químicas» también se sitúa en el siglo XV. Es muy interesante ver que Johann Valentin Andreae escribió esta historia de las «Bodas químicas de Christian Rosenkreutz» cuando era un joven de diecisiete años. Tenía diecisiete años, era inmaduro en su inteligencia exterior y más tarde la combatió. Porque el teólogo pietista Andreae, que escribió más tarde, escribe en realidad todo lo posible para combatir lo que se dice en Las bodas químicas. Es muy interesante: la vida de Andreae muestra que no tiene ni la más mínima comprensión de lo que escribió en Las bodas químicas. Los mundos espirituales querían revelar algo a la humanidad, algo que, sin embargo, está relacionado con el sentimiento general de la época. Hace poco estuve en un castillo de Europa Central en el que hay una capilla en la que se encuentran simbolizados los pensamientos de este cambio de era. En la escalera hay pinturas bastante primitivas, pero a lo largo de toda la escalera, ¿qué es lo que está pintado, aunque las pinturas sean primitivas? ¡Las «Bodas químicas de Christian Rosenkreutz»! Se atraviesa esta «Boda química» y se llega a una capilla del Grial. Entonces estalló la Guerra de los Treinta Años, después de que se escribiera Las bodas químicas, y con las turbulencias de la Guerra de los Treinta Años se perdió el significado de lo que se quería decir. Esto debe servir de lección, porque no debe volver a suceder una segunda vez. Lo que se exige a la humanidad desde el siglo XV: el desarrollo espiritual, debe producirse gradualmente. La próxima vez hablaremos de ello desde un punto de vista más íntimo.

Traducido por J.Luelmo nov,2025