CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

Mostrando entradas con la etiqueta año 1909. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta año 1909. Mostrar todas las entradas

GA108 Karlsruhe, 18 de enero de 1909 - ¿Cómo adquirir la actitud correcta para pensar?

   Índice


¿CÓMO ADQUIRIR LA ACTITUD CORRECTA PARA PENSAR?

Rudolf Steiner

Karlsruhe, 18 de enero de 1909



Pensar de forma realmente práctica y meros hábitos de pensar.  ¿Cómo adquirir la actitud correcta para pensar? El entrenamiento del pensar mediante ejercicios. Profundizar en las facultades del pensar. Ejercicios para Fortalecer la memoria.  Ejemplos de errores del pensar. Sobre la importancia de pensar correctamente.

Podría parecer extraño que precisamente la antroposofía se sienta llamada a hablar sobre la formación práctica del pensar, dado que quienes están fuera a menudo opinan que la antroposofía es algo sumamente poco práctico y que no tiene nada que ver con la vida. Esta visión solo puede existir cuando se ven las cosas desde fuera, de manera superficial. Pero en realidad, lo que se propone debe ser una guía para la vida más cotidiana; debe poder transformarse en cada momento en sensación y sentimiento, y permitirnos enfrentarnos a la vida con seguridad y mantenernos firmes en ella.

La gente que se auto considera práctica, se imagina que actúa según los principios más prácticos. Pero cuando se examinan las cosas más de cerca, se verá que el llamado «pensamiento práctico» a menudo no es pensar en absoluto, sino un improvisar con juicios y hábitos de pensamiento adquiridos. Si se observa de manera absolutamente objetiva el pensar de los prácticos y se analiza lo que normalmente se llama práctica del pensar, se descubrirá que en realidad tiene muy poco de práctico real detrás; lo que se llama práctica consiste en haber aprendido: ¿cómo pensaba el maestro, cómo pensaba quien fabricó esto o aquello antes, y cómo se sigue eso? - Y quien piensa diferente se le considera una persona poco práctica; porque el pensamiento no coincide con lo que uno ha aprendido a lo largo del tiempo.


Pero cuando realmente se inventó algo práctico, este no fue hecho inicialmente por un profesional. Tomemos como ejemplo nuestro sello de correos actual. Lo más lógico sería pensar que fue inventado por un especialista en correos. Pero no es así. A principios del siglo pasado, enviar una carta aún era algo muy complicado. Si alguien quería enviar una carta, tenía que ir al lugar correspondiente, donde se podían enviar cartas, y allí consultar diversos libros y lidiar con todo tipo de complicaciones. Tener una tarifa uniforme como la que conocemos hoy es algo de hace apenas unos sesenta años (1880). Y nuestro sello postal actual, que lo hace posible, no fue inventado por un trabajador postal práctico, sino por alguien alejado del correo, el inglés Hill.

Y cuando se inventó el sello postal, el ministro correspondiente en el Parlamento inglés, que en aquel entonces estaba a cargo del servicio postal, dijo: Sí, primero no se puede asumir que realmente, por esta simplificación, el tráfico se incrementaría tanto como este poco práctico Hill se imagina, y segundo, incluso suponiendo que fuera así, entonces el edificio de correos en Londres no sería suficiente para ese tráfico. - A este gran práctico ni se le ocurrió remotamente que el edificio de correos debería ajustarse al tráfico y no al revés. Ahora, en un tiempo relativamente breve, se ha impuesto lo que en ese entonces un “poco práctico” tuvo que luchar contra un “práctico”: hoy en día es completamente normal que la carta se envíe con un sello.

Algo similar ocurre con el ferrocarril. Cuando en el año 1835 se iba a construir el primer ferrocarril en Alemania, de Núremberg a Fürth, el colegio médico bávaro, que fue consultado al respecto, emitió un informe de expertos diciendo que no era recomendable construir ferrocarriles; pero si aún así se tenía la intención de hacerlo, al menos se debía levantar a ambos lados del ferrocarril una alta pared de tablones, para que las personas que cruzaran no sufrieran sacudidas nerviosas o cerebrales.

Cuando se iba a construir la línea ferroviaria Potsdam-Berlín, el director general de correos Nagler dijo: Yo dejo que dos carruajes de correos vayan diariamente a Potsdam, y no van llenos; si la gente quiere tirar su dinero absolutamente por la ventana, entonces que lo hagan directamente. - Las realidades de la vida simplemente superan a los “practicos”, a aquellos que creen ser practicos. Hay que distinguir entre lo que es pensamiento verdadero y el llamado pensar práctico, que no es más que juzgar según hábitos mentales adquiridos.

Quisiera contarles una pequeña experiencia que yo mismo viví una vez y ponerla ante nuestra reflexión de hoy: Durante mis años de estudio, un joven colega vino a mí lleno de alegría, de esa alegría que se nota en las personas que han tenido una idea bastante ingeniosa, y dijo: Tengo que ir ahora mismo al profesor Radinger, -que en aquel entonces representaba la ingeniería mecánica en la universidad-, porque he hecho un gran invento: he descubierto cómo, usando muy poca energía de vapor una sola vez, se puede lograr una cantidad enorme de trabajo mediante una máquina. - No pudo decirme más, tenía mucha prisa por ir al profesor. Pero no encontró al profesor en cuestión, y regresó y me explicó todo el asunto. La historia me olió enseguida un poco a perpetuum mobile - pero, ¿verdad?, ¿por qué algo así no podría ser posible algún día? - Pero después de que me explicó todo, tuve que decirle: Mira, la idea es bastante ingeniosa, pero en la práctica es algo que se puede comparar exactamente con que alguien se meta en un vagón de tren, empuje con todas sus fuerzas y piense que el vagón va a moverse solo. Así es el principio de pensamiento en tu invento. - Entonces él también lo entendió y no volvió a ir al profesor.

De cierta manera, uno puede encerrarse con su pensar. En casos muy especiales y raros, ese encerrarse se muestra claramente; pero en la vida, muchas personas se encierran así, y no siempre se nota tan evidentemente como en nuestro ejemplo. Sin embargo, quien pueda observar la cosa un poco más de cerca, sabe que así transcurre una gran parte de los procesos de pensamiento humano: a menudo ve, por así decirlo, a las personas 'plantadas' en el carro empujando hacia adentro y pensando ahora que son ellos quienes hacen avanzar el carro. Muchas de las cosas que ocurren en la vida serían muy distintas si la gente no fuera de esos que empujan el carro 'así plantadas'.

La verdadera práctica del pensar supone que uno adopte la actitud correcta, el sentimiento adecuado hacia el pensamiento. ¿Cómo se puede adquirir una postura correcta ante el pensamiento? Nadie puede tener el sentimiento correcto hacia el pensamiento si cree que el pensar es algo que solo ocurre dentro de la persona, en su cabeza o en su alma. Quien tenga esta idea se distraerá continuamente con un sentimiento falso y no buscará una práctica correcta del pensar ni exigirá lo necesario a su pensar. Quien quiera adquirir el sentimiento correcto hacia el pensar debe decirse: Si mediante el pensar, puedo reflexionar sobre las cosas, si puedo profundizar en las cosas, entonces los pensamientos deben estar primero en las cosas. Las cosas deben estar construidas según los pensamientos, solo así puedo extraer los pensamientos de las cosas.

El ser humano debe imaginar que lo que ocurre afuera en el mundo con las cosas, es comparable a como con un reloj. El hecho de comparar el organismo humano con un reloj se usa con mucha frecuencia; pero la gente muchas veces olvida lo más importante: que también existe un relojero. Hay que tener claro que los engranajes no se han combinado por si solos, ni que la máquina funciona por sí sola, sino que en algún momento tubo que haber un relojero que ensambló ese reloj. No se debe olvidar al relojero. Cuando el reloj se hizo realidad se hizo mediante el pensar, los pensamientos fluían casi directamente en el reloj, en la cosa. También todo lo que son obras de la naturaleza, sucesos de la naturaleza, hay que imaginarlos así. Con lo que es fruto del obrar humano, eso se puede ilustrar fácilmente; pero con las obras de la naturaleza, la gente no puede notarlo tan fácilmente, y obstante también son actividades espirituales, y detrás de ellas hay entidades espirituales. Y cuando un ser humano piensa sobre las cosas, solo reflexiona sobre lo que previamente fue depositado en ellas. La fe de que el mundo ha sido creado mediante el pensamiento y que continúa manifestándose de este modo, es lo que realmente hace provechosa la práctica interna del pensar.

Siempre es la incredulidad hacia lo espiritual, lo que provoca en el mundo, incluso sobre una base científica, la peor práctica incorrecta del pensar. Por ejemplo, cuando alguien dice: Nuestro sistema planetario se formó así, que primero hubo una nebulosa original que empezó a girar, se compactó en un cuerpo central, de él se separaron anillos y esferas, y así se formó mecánicamente todo el sistema planetario -, quien lo dice comete un gran error de pensamiento. Hoy en día se enseña esto de forma muy bonita a la gente. En un experimento bonito se muestra esto hoy en cualquier escuela: se pone una gota de grasa en un vaso de agua, se pasa una aguja por la gota de grasa y se pone todo a girar. Entonces, del gran gota se separan pequeñas gotitas, y se tiene un sistema planetario en miniatura, y al estudiante, -según se cree-, se le muestra visualmente cómo se puede formar de manera puramente mecánica. Sólo un pensamiento poco práctico puede sacar tales conclusiones de este experimento bonito, porque la persona que lo transfiere al gran sistema del mundo usualmente olvida algo, que tal vez sería bueno olvidar, se olvida a sí mismo, se olvida que ha sido él mismo quien puso la cosa en rotación. Si él no hubiera estado ahí ni hubiera hecho todo, nunca se habría producido la división de la gota de grasa en pequeñas gotas. Si la persona también observa esto y lo traslada al sistema planetario, entonces sí que se estaría aplicando un pensamiento completo. Estos errores de pensamiento hoy en día, especialmente en lo que hoy se llama ciencia, juegan un papel enorme. Estas cosas son mucho más importantes de lo que uno suele pensar.

Si uno quiere hablar de una verdadera práctica del pensar, debe saber que los pensamientos solo pueden sacarse de un mundo en el que ya existen tales pensamientos. Así como solo se puede sacar agua de un vaso que realmente contiene agua, también solo se pueden extraer pensamientos de cosas que realmente los contienen. El mundo está construido según pensamientos; únicamente por eso se pueden extraer pensamientos de él. Si esto no fuera así, no podría surgir ninguna práctica del pensar. Pero cuando la persona siente hasta el final lo que aquí se ha expresado, entonces será fácil superar todo pensamiento abstracto. Cuando la persona tiene plena confianza en que detrás de las cosas hay pensamientos, que los hechos reales de la vida transcurren conforme a pensamientos, entonces, cuando tiene esta sensación, le será fácil volverse hacia una práctica del pensar que esté construida sobre la realidad.

Ahora queremos mostrar algo de esa práctica del pensar que es especialmente importante para quienes se encuentran en el terreno antroposófico. Quien esté impregnado de la idea de que el mundo de los hechos se desenvuelve en pensamientos, verá la importancia de desarrollar un pensar correcto. Supongamos ahora que alguien dice: Quiero enriquecer mi pensar de manera que éste realmente siempre sepa orientarse en la vida; entonces tiene que seguir lo que se va a decir ahora. Y lo que se indica a continuación debe entenderse de manera que sean realmente principios prácticos, y que, si uno se esfuerza una y otra vez por organizar su pensar según ellos, tienen ciertos efectos, haciendo que el pensar se vuelva práctico, aunque al principio no lo parezca. En efecto, si se aplican tales principios, se presentan experiencias totalmente diferentes para el pensar.

Supongamos que alguien intenta lo siguiente: Hoy observa cuidadosamente un proceso en el mundo que está a su alcance, que puede observar lo más precisamente posible, digamos por ejemplo el clima. Observa la configuración de las nubes por la tarde, la manera en que se ha puesto el sol y así sucesivamente, y ahora se forma exactamente la imagen de lo que ha observado. Intenta mantener la idea, esta imagen, durante un tiempo en todos sus detalles; conserva tanto como pueda de esta idea y busca mantenerla hasta mañana. Mañana observa aproximadamente a la misma hora, o quizás en otro momento, nuevamente las condiciones climáticas, e intenta hacerse otra vez una imagen exacta de las condiciones.

Si de esta manera se hace imágenes precisas de estados consecutivos, se le volverá extraordinariamente claro cómo se enriquece e intensifica gradualmente por dentro su pensar, porque lo que hace que el pensamiento sea poco práctico es que la gente suele estar demasiado inclinada a omitir los detalles de los procesos consecutivos en el mundo y quedarse solo con ideas generales y vagas. Lo valioso, lo esencial que fecunda el pensamiento, es precisamente formarse imágenes exactas de los procesos consecutivos y luego decirse a sí mismo: ayer la cosa era así, hoy es así; y al mismo tiempo acercar lo más posible estas dos imágenes que están separadas en el mundo real también frente al alma.

Esto no es nada más que una expresión especial de la confianza en los pensamientos sobre la realidad. No se espera que la persona saque de inmediato alguna conclusión y a partir de lo que observó hoy determine cómo será el clima mañana. Eso corrompería su pensamiento. Más bien, debe tener confianza en que las cosas en la realidad exterior están conectadas, que lo de mañana tiene de alguna manera relación con lo de hoy. No debe especular sobre ello, sino simplemente reflexionar primero sobre lo que ocurre sucesivamente en imágenes mentales lo más precisas posible, y luego dejar que esas imágenes estén juntas y se mezclen entre sí. Este es un principio de pensamiento muy específico que hay que seguir si se quiere desarrollar un pensamiento realmente adecuado. Es bueno aplicar este principio especialmente a cosas que aún no se entienden, en las que aún no se ha penetrado en la conexión interna. Por eso, incluso en procesos que aún no comprendemos, como el clima, debemos confiar en que, al estar conectados en el exterior, también producen conexiones en nosotros; y eso debe ocurrir con abstención del pensamiento, solo en imágenes. Hay que decirse: Aún no conozco la conexión, pero dejaré que estas cosas vivan dentro de mí, y si me abstengo de toda especulación, producirán algo en mí. Será fácil creer que, si la persona, de esta manera, con abstención del pensamiento, se hace imágenes mentales lo más precisas posible de los procesos sucesivos, algo puede ocurrir en los miembros invisibles del ser humano.

El ser humano tiene el cuerpo astral como portador de la vida de las ideas. Este cuerpo astral es, mientras el ser humano especula, el esclavo del yo. Pero no se limita a tener esta actividad consciente; también mantiene cierta relación con todo el cosmos.

En la medida en que nos abstenemos de dejar que nuestra voluntad de pensar actúe, en que nos limitamos simplemente a formar imágenes de ideas de eventos consecutivos, en esa misma medida los pensamientos internos del mundo actúan en nosotros y se imprimen en nuestro cuerpo astral sin que lo sepamos. Así como nos adaptamos al curso del mundo observando los sucesos del mundo y captando las imágenes lo más puramente posible en nuestros pensamientos y dejándolas actuar en nosotros, en esa misma medida vamos haciéndonos más sabios en los miembros que están fuera de nuestra conciencia. Si luego logramos, en tales sucesos que tienen una conexión interna, dejar que una nueva imagen pase a la otra, tal como se desarrolla esa transición en la naturaleza, veremos después de un tiempo que nuestro pensar ha adquirido algo así como cierta suavidad.

Así debemos proceder con cosas que aún no entendemos; pero ante cosas que sí comprendemos, debemos comportarnos un poco de la misma manera, por ejemplo, frente a los sucesos de nuestra vida cotidiana que tienen lugar a nuestro alrededor. Por ejemplo, alguien, tal vez el vecino, hizo esto o aquello. Reflexionamos: ¿Por qué lo hizo? - Pensamos que lo hizo hoy más fácilmente como preparación para algo que quiere hacer mañana. Ahora no decimos nada más, sino que nos imaginamos exactamente lo que hizo e intentamos ahora hacernos una idea de lo que hará mañana. Nos imaginamos: Esto es lo que hará mañana - y esperamos a ver qué hace realmente. Puede ser que mañana notemos que realmente hace lo que nos imaginamos. También puede ser que haga algo diferente. Veremos qué ocurre y trataremos de mejorar nuestros pensamientos en base a eso.

Así que buscamos en el presente eventos que seguimos en nuestra mente hacia el futuro y esperamos a ver qué sucede. Podemos hacer esto con lo que hacen las personas y con otras cosas. Donde entendemos algo, tratamos de hacernos una idea de lo que creemos que sucederá. Si lo esperado ocurre, entonces nuestro pensamiento fue correcto; y eso está bien. Si sucede algo distinto a lo que esperábamos, entonces intentamos pensar en qué nos equivocamos y así tratar de corregir nuestros pensamientos incorrectos observando y revisando calmadamente cuál fue el error, de dónde surge que haya pasado así. Si acertamos, sin embargo, queremos cuidarnos especialmente de presumir nuestra profecía: ¡Sí, ya lo sabía ayer, que esto iba a pasar!

Eso era, a su vez, un principio que surgía de la confianza de que hay una necesidad interna en las cosas y los acontecimientos, que en los hechos mismos hay algo que impulsa las cosas hacia adelante. Y lo que trabaja ahí de un día para otro son fuerzas del pensar. Si nos sumergimos en las cosas, tomamos conciencia de estas fuerzas del pensar. Hacemos presentes estas fuerzas del pensar en nuestra conciencia a través de ejercicios de este tipo, y entonces estamos en sintonía con ellas cuando se cumple lo que habíamos previsto; entonces, a través de nuestra actividad mental, estamos en una conexión interna con la realidad. Así nos acostumbramos a pensar no de forma arbitraria, sino por la necesidad interna, por la naturaleza de las cosas.

Pero también podemos entrenar nuestra práctica de pensar en otra dirección. Algún evento que ocurre hoy también está relacionado con lo que sucedió ayer, por ejemplo, algún niño se ha portado mal; ¿cuáles podrían ser las causas? Seguimos los acontecimientos hoy hacia atrás hasta ayer, construimos las causas que no conocemos. Nos decimos: Creo que porque esto pasa hoy, entonces eso o aquello se preparó ayer o antes de ayer mediante esto o aquello.

Luego uno se informa sobre lo que realmente ocurrió y así reconoce si pensó correctamente. Si ha encontrado la causa correcta, está bien; si se hizo una idea equivocada, entonces intente aclarar los errores para sí mismo y encontrar cómo se desarrolló el proceso de pensamiento y cómo ocurrieron las cosas en la realidad.

Lo importante es llevar a cabo estos principios: que realmente encontremos tiempo para mirar las cosas como si estuviéramos dentro de ellas con nuestro pensar, que nos sumerjamos en las cosas, en la actividad interna del pensamiento de las cosas. Si hacemos eso, nos daremos cuenta poco a poco de cómo prácticamente nos fusionamos con las cosas, cómo ya no sentimos que las cosas estén afuera y nosotros adentro pensando sobre ellas, sino que sentimos como si nuestro pensamiento se moviera dentro de las cosas. Cuando una persona alcanza esto en un alto grado, muchas cosas pueden volverse claras para ella.

Una persona que había alcanzado en gran medida lo que se podía alcanzar, un pensador así, que siempre estaba dentro de las cosas con sus pensamientos, ese era Goethe. El psicólogo Heinroth dijo en 1822 en su «Manual de Antropología» que el pensamiento de Goethe era un pensamiento objetivo. Goethe mismo se alegró de este comentario. Esto debía significar que tal pensamiento no se separa de las cosas; permanece dentro de las cosas, se mueve dentro de la necesidad de las cosas. El pensamiento de Goethe era al mismo tiempo una contemplación, y su contemplación al mismo tiempo un pensamiento.

Goethe llegó muy lejos con un pensamiento tan desarrollado. Así que ocurrió más de una vez: Goethe planeaba algo, se acercaba a la ventana y le decía a quien estaba ahí presente: En tres horas lloverá, - y así sucedía. Podía, desde el pequeño fragmento del cielo que veía por la ventana, predecir lo que iba a ocurrir en las siguientes horas en las condiciones del clima. Su pensamiento fiel, que permanecía en las cosas, le había permitido sentir lo que se estaba preparando a partir de lo que había venido antes como el evento posterior.

Realmente se puede lograr mucho más a través del pensar práctico de lo que uno suele imaginar. - Cuando uno tiene lo que se ha descrito como principios para el pensamiento, entonces se da cuenta de que el pensamiento se vuelve realmente práctico, que la perspectiva se amplía y que uno aborda las cosas del mundo de manera completamente diferente a como lo haría sin esto. Poco a poco, la persona empieza a relacionarse de manera muy distinta con las cosas y también con los demás. Es un proceso real que ocurre en él, que cambia completamente su comportamiento. Puede ser de enorme importancia que la persona realmente intente crecer junto con las cosas a través de su pensamiento; porque es un principio para el pensamiento eminentemente práctico, hacer este tipo de ejercicios.

Otra cosa es un ejercicio que deberían hacer especialmente aquellas personas a las que normalmente no se les ocurre lo correcto en el momento adecuado. Lo que estas personas deberían hacer consiste, ante todo, en intentar no solo pensar de manera que se entreguen en cada instante a lo que el curso del mundo trae consigo, a lo que las cosas traen consigo. Lo más común es que, cuando una persona puede acostarse por media hora para descansar, deje que sus pensamientos jueguen. Entonces se enredan hasta el ciento y el mil. O tal vez le preocupa este o aquel asunto en la vida; de repente se apodera de su conciencia y queda completamente ocupado por ello. Si una persona hace esto, nunca logrará tener la idea correcta en el momento adecuado. Si quiere lograrlo, debe comportarse de la siguiente manera. Si tiene media hora para descansar, debe decirse a sí mismo: Quiero pensar, siempre que tenga tiempo, en algo que yo mismo elija, algo que solo lleve a mi conciencia por mi propia voluntad. Por ejemplo, ahora quiero pensar en algo que quizá haya experimentado antes, tal vez durante un paseo hace dos años; quiero traer deliberadamente esas experiencias a mi pensamiento y reflexionar sobre ellas, aunque solo sea cinco minutos. ¡Todo lo demás, fuera durante esos cinco minutos! Yo mismo elijo sobre qué quiero pensar. La elección ni siquiera tiene que ser tan difícil como acabo de decir. En principio, no se trata de influir en tu proceso de pensamiento a través de ejercicios difíciles, sino de arrancarte de aquello en lo que te arrastra la vida. Solo tiene que ser algo que sobresalga de lo que te envuelve el curso normal del día. Y si sufres de falta de imaginación, si simplemente no se te ocurre otra cosa, puedes ayudarte a ti mismo abriendo un libro y reflexionando sobre lo que lees a primera vista. O también, puedes decirte: Hoy voy a pensar en lo que vi cuando fui a la tienda a determinada hora de la mañana y que normalmente hubiera pasado por alto. Tiene que ser algo que se salga del curso habitual de la vida, sobre lo que normalmente no hubieras reflexionado.

Si uno hace estos ejercicios sistemáticamente una y otra vez como él, entonces ocurre que se tienen ideas en el momento adecuado, que se nos ocurren en el momento correcto cosas que deben ocurrírsenos. El pensamiento se volverá entonces más ágil, y eso es enormemente importante para la persona en la vida práctica.

Otro ejercicio es especialmente adecuado para influir en la memoria. Primero se intenta recordar, de manera general, como uno normalmente recuerda las cosas, algún acontecimiento, digamos de ayer. Por lo general, los recuerdos de las personas son grises; normalmente uno se conforma con recordar solo el nombre de la persona que encontró ayer. Pero no debemos conformarnos con eso si queremos desarrollar nuestra memoria. Debemos tener eso claro. Debemos hacer sistemáticamente lo siguiente, debemos decirnos a nosotros mismos: Quiero recordar con mucha precisión a la persona que vi ayer, también a qué esquina de la calle la vi; qué había alrededor de ella. Quiero visualizar la imagen con detalle, también su chaqueta, su chaleco quiero imaginarlo con exactitud. Allí la mayoría de las personas notarán que no pueden hacerlo, que les resulta imposible. Se darán cuenta de cuánto les falta para tener una verdadera imagen visual de lo que encontraron ayer y de lo que vivieron ayer.

Ahora debemos partir principalmente de la gran mayoría de los casos en los que la persona no es capaz de recordar lo que vivió ayer. La observación de las personas es realmente extremadamente inexacta. - Un experimento de un profesor universitario con sus alumnos mostró que de treinta presentes, solo dos observaron el hecho correctamente, mientras que los otros veintiocho lo hicieron de manera incorrecta. - Sin embargo, una buena memoria es el fruto de una observación fiel. Para desarrollar la memoria, precisamente importa observar con atención. Se logra una buena memoria mediante la observación cuidadosa; a través de cierto camino psicológico, la memoria fiel nace como hijo de una buena observación.

Pero si ahora no se puede hacer eso, primero hay que recordar con precisión lo que se vivió ayer, ¿qué se hace entonces? Primero, trate de recordar lo más exactamente posible, y donde no recuerde, entonces intente imaginarse algo falso, solo que debe ser completo. Supongamos que ha olvidado por completo si alguien que encontró llevaba una falda marrón o negra, pues imagínese más fácilmente que llevaba una falda marrón y pantalones marrones; que tenía tales y cuales botones en el chaleco, la corbata era amarilla, y allí estaba esa situación, la pared era amarilla, a la izquierda pasó una persona grande, a la derecha una pequeña, y así sucesivamente.

Aquello a lo que uno recuerda, eso se coloca dentro de la imagen; solo aquello a lo que no se puede recordar, eso se completa, para obtener en la mente una imagen completa. La imagen inicialmente está equivocada, pero al esforzarse por obtener una imagen completa, eso lo guía a observar con más precisión a partir de ahora. Y continúa haciendo tales ejercicios. Y cuando lo hayas hecho cincuenta veces, la cincuenta y una vez sabrás exactamente cómo lucía la persona que encontraste, qué llevaba puesto; recordarás todo con exactitud, salvo los botones del chaleco. Ya no pasarás nada por alto, y cada detalle se grabará en tu memoria. Primero has agudizado tu sentido de la observación con los ejercicios y luego has mejorado la fidelidad de tu memoria como consecuencia del sentido de la observación.

Es especialmente bueno enfocarse en observar, no solo en recordar nombres y algunos rasgos principales de aquello que uno quiere recordar, sino en intentar obtener representaciones lo más vívidas posible, que se extiendan a todos los detalles; y si uno no puede recordar algo, primero se busca completar la imagen, construirla como un todo. - Entonces pronto veremos cómo, por caminos indirectos, parece -, que nuestra memoria se vuelve fiel poco a poco.

Así vemos cómo, de hecho, se puede indicar, –como movimientos manuales–, aquello a través de lo cual el ser humano puede hacer su pensamiento cada vez más práctico. Especialmente importante es lo siguiente: el ser humano tiene cierta tendencia, cuando reflexiona sobre algo, a llegar a un resultado. Piensa cómo hacer esto o aquello y llega a este o aquel resultado. Ese es un impulso muy comprensible. Pero eso no es lo que conduce al pensamiento práctico. Cualquier apresuramiento en el pensamiento no avanza, sino que retrocede. Uno debe tener paciencia en estas cosas.

Por ejemplo, deberías llevar a cabo esto o aquello: puedes hacerlo de una manera o de otra, hay diferentes posibilidades. Ahora, ten paciencia e intenta imaginar lo que pasaría si lo hicieras de esta manera, y también intenta imaginar cómo se vería si lo hicieras de otra forma. Siempre habrá razones para preferir una opción sobre la otra, pero por ahora abstente de tomar una decisión inmediata, y en su lugar trata de imaginar las dos posibilidades y luego decirte a ti mismo: Bueno, ya está, ahora dejo de pensar en esto.

Habrá personas que se pondrán inquietas por esto; y luego es difícil superar esa inquietud, pero es enormemente útil superarla y decirse a uno mismo: Así va, así va, y ahora no pienso en ello por un rato. Si se puede, uno debería posponer el asunto, la acción, hasta el día siguiente y mantener frente a sí las dos posibilidades de nuevo, y se descubrirá que las cosas han cambiado mientras tanto, que al día siguiente decidiremos de manera diferente, al menos más a fondo, de lo que habríamos decidido el día anterior. Las cosas tienen una necesidad interna, y si no actuamos impacientemente de manera arbitraria, sino que dejamos que esa necesidad interna funcione en nosotros, —y funcionará en nosotros—, aparecerá enriqueciendo nuestro pensamiento al día siguiente y nos permitirá tomar una decisión más correcta. ¡Esto es enormemente útil!

Por ejemplo, alguien puede pedirte consejo sobre esto o aquello, o tienes algo que decidir. Ahí hay que tener paciencia, no lanzarse de inmediato con decisiones, sino primero considerar varias posibilidades y no tomar una decisión dentro de uno mismo, sino dejar que las opciones actúen tranquilamente. También se dice popularmente que uno debe 'dormir sobre algo' antes de decidir. Pero solo dormir sobre ello no es suficiente. Es necesario considerar dos o, mejor, más opciones, que luego sigan trabajando dentro de ti, como si tu yo consciente no estuviera presente, y luego volver a la cuestión más tarde. Verás que de esta manera se estimula la capacidad de pensar interna y el pensamiento se vuelve cada vez más adecuado y práctico.

Y sea lo que sea que el ser humano haga en el mundo, ya sea que esté en el tornillo de banco o detrás del arado, o que pertenezca a una de las llamadas clases profesionales privilegiadas, en las cosas más cotidianas se convertirá en un pensador práctico si practica estas cosas. Así, al practicar, toma y observa las cosas del mundo de una manera completamente diferente. Y aunque estas prácticas parezcan internas al principio, son justamente para el mundo exterior, llevan en sí la mayor importancia posible para el mundo exterior; tienen consecuencias importantes.

Quiero mostrarles con un ejemplo lo necesario que es pensar realmente de manera práctica sobre las cosas: alguien ha subido a un árbol con una escalera y ha hecho algo allí; se cae, se golpea y muere. Bueno, ¿verdad?, es un pensamiento obvio que
al caer se golpeó hasta morir. Se dirá que la caída fue la causa y la muerte el efecto. Parece que causa y efecto están relacionadas. Pero aquí pueden ocurrir confusiones terribles. - Puede ser que haya sufrido un infarto mientras estaba arriba, de modo que cayó a causa del ataque al corazón. Exactamente lo mismo habría pasado si hubiera caído estando vivo, habría pasado por las mismas cosas que realmente podrían haber sido la causa de su muerte. - Así se puede confundir completamente causa y efecto. En este ejemplo es evidente; pero muchas veces no es tan evidente lo que se ha pasado por alto. Estos errores de pensamiento ocurren muchísimo, de hecho, hay que decir que hoy en día, en la ciencia, a diario se emiten juicios en los que se confunden causa y efecto de esta manera. Los humanos simplemente no lo comprenden porque no se mantienen conscientes de las posibilidades de pensamiento.

Se dará todavía un ejemplo que puede mostrarles claramente cómo surgen tales errores de pensamiento, y que les demuestra que a una persona que ha hecho ejercicios como los que se indicaron hoy, ya no le ocurrirán. Supongamos lo siguiente: un erudito se dice a sí mismo que el ser humano, tal como es hoy, desciende del mono; es decir, lo que aprendo del mono, las capacidades en el mono, se perfeccionan, y de eso surge después el ser humano. - Ahora, para mostrar el sentido de la idea, hagamos la siguiente suposición: imaginemos que el hombre que debe sacar esta conclusión fuera, por alguna circunstancia, colocado completamente solo en la Tierra. Además de él, solo estarían esos monos de los que su teoría dice que de ellos pueden surgir los humanos. Ahora estudia esos monos muy de cerca, se hace una idea de los detalles de lo que hay en los monos. Entonces debe intentar, a partir del concepto del mono, generar el concepto del ser humano, sin que jamás haya visto uno. Se dará cuenta de que nunca lo logrará: su concepto de “mono” nunca se transforma en el concepto de ser humano.

Si tuviera hábitos de pensamiento correctos, debería decirse: Entonces, mi concepto no se transforma en mí de tal manera que del concepto del mono pase al concepto del ser humano, por lo tanto, lo que veo en el mono no puede convertirse en humano, porque de lo contrario mi concepto también tendría que cambiar. Entonces debe añadirse algo más, que no puedo ver. - Este ser humano, por lo tanto, tendría que ver algo extra sensorial detrás del mono sensorial, algo que no puede percibir, que luego podría convertirse en humano.

No vamos a entrar en la imposibilidad del asunto, sino solo mostrar el error de pensamiento que se encuentra detrás de esa teoría. Si el ser humano pensara correctamente, se vería llevado a que no puede pensar de esa manera, si no quiere suponer algo sobrenatural. Si reflexiona sobre el asunto, verá que aquí hay un error de pensamiento abrumador cometido por toda una serie de personas. Tales errores ya no serán cometidos por quien entrene su pensamiento de la manera indicada.

Una gran parte de toda nuestra literatura actual, especialmente la científica, se convierte para quien realmente sabe pensar bien, en una fuente de efectos hasta dolor físicos, debido a esos pensamientos torcidos y contradictorios, cuando tiene que leer a través de ellos. - No se quiere decir con esto nada en absoluto contra la enorme cantidad de observaciones que se han obtenido gracias a esta ciencia natural y sus métodos objetivos.

Ahora llegamos a un capítulo que está relacionado con la miopía del pensar. Es realmente así: generalmente la persona no sabe que su pensar no es muy razonable, sino que en gran medida es solo el resultado de hábitos de pensamiento. Así, los juicios, para quien comprende el mundo y la vida, se formarán de manera completamente diferente que para quien no los comprende o los comprende poco, por ejemplo, un pensador materialista. Convencer a alguien así mediante razones, por más sólidas y buenas que sean, no es fácil. Intentar convencer con razones a quien conoce poco la vida suele ser un esfuerzo inútil, porque ni siquiera comprende las razones por las que algo se puede afirmar. Si se ha acostumbrado a ver en todo, por ejemplo, solo materia, entonces se aferra precisamente a este hábito de pensamiento.

Hoy en día, por lo general no son las razones lo que lleva a alguien a hacer afirmaciones, sino que detrás de las razones están los hábitos de pensamiento que ha adquirido y que influyen en todo su sentir y percibir. Cuando presenta razones, solo se le pone frente a su sentir y percibir la máscara del pensamiento habitual. Así que a menudo el padre del pensamiento no es solo el deseo, sino que todos los sentimientos y hábitos de pensamiento son los padres de los pensamientos. Quien conoce la vida sabe lo poco que alguien se deja convencer por razones lógicas en la vida. En el alma decide algo mucho más profundo que las razones lógicas.

Por ejemplo, si tenemos nuestro movimiento antroposófico, ciertamente tiene buenas razones para que lo tengamos y para que trabaje en sus ramas. Cada uno nota, al colaborar un tiempo en el movimiento, que ha adquirido una forma diferente de pensar, sentir y percibir. Porque, al trabajar en las ramas, no solo uno se ocupa de encontrar las razones lógicas para algo, sino que adquiere un sentir y percibir más completo.

Como solía burlarse hace unos años una persona que escuchaba por primera vez una conferencia de ciencia espiritual y hoy, ¡cuántas cosas le son completamente claras y transparentes que tal vez tiempo atrás habría considerado algo sumamente absurdo! Al participar en el movimiento antroposófico, no solo transformamos nuestros pensamientos, sino que aprendemos a introducir toda nuestra alma en una perspectiva más amplia. Debemos tener claro que la coloración de nuestros pensamientos proviene de niveles mucho más profundos de lo que normalmente se piensa. Hay ciertas sensaciones, ciertos sentimientos que imponen una opinión al ser humano. Las razones lógicas a menudo son solo un disfraz, solo máscaras para los sentimientos, sensaciones y hábitos de pensamiento.

Lograr que los motivos lógicos nos den algún sentido de algo requiere aprender a amar la lógica en sí misma. Solo cuando aprendemos a amar la objetividad y lo adecuado, los motivos lógicos se volverán decisivos. Poco a poco se aprende a pensar objetivamente, por así decirlo, independientemente de la predilección por este o aquel pensamiento, y entonces la perspectiva se amplía y uno se vuelve práctico; no tan práctico como para solo poder juzgar siguiendo caminos ya establecidos, sino tan práctico como para aprender a pensar a partir de las cosas mismas.

La verdadera práctica es un hijo del pensar adecuado, del pensamiento que fluye de las cosas. Solo empezamos a dejarnos inspirar por las cosas cuando hacemos tales ejercicios; y estos ejercicios deben hacerse con cosas sanas. Son aquellas cosas en las que la cultura humana tiene la menor influencia posible, que son las menos distorsionadas
es decir: los objetos de la naturaleza. Practicar con objetos naturales de la manera que hemos descrito hoy nos convierte en pensadores prácticos. Eso es realmente práctico. La actividad más cotidiana se abordará de manera práctica si entrenamos el elemento fundamental, o sea: el pensar. Al ejercitar el alma humana de la manera que se ha expuesto, se forma una orientación práctica del pensar

Debe ser el fruto del movimiento de las ciencias espirituales que realmente genere practicantes en la vida. No es tan importante que la persona pueda considerar esto o aquello como verdadero, sino que llegue a ver las cosas correctamente. Mucho más importante es la manera en que la antroposofía penetra en nuestra alma y nos guía hacia la actividad de nuestra alma y amplía nuestra mirada, que simplemente teorizar más allá de las cosas sensoriales y hacia lo espiritual. En esto, la antroposofía es algo verdaderamente práctico.

Esa es una misión importante del movimiento antroposófico: que a través de él se ponga en movimiento el pensamiento del ser humano, se entrene de tal manera que piense que el espíritu está detrás de las cosas. Si el movimiento antroposófico enciende esta actitud, entonces establecerá una cultura de la que nunca surgirá un pensamiento como el de personas que quieran empujar el carro desde dentro. Eso fluye por sí mismo hacia el alma. Cuando el alma ha aprendido a pensar sobre los grandes hechos de la vida, entonces también piensa correctamente sobre la cuchara de sopa. Y no solo con respecto a la cuchara de sopa las personas se volverán más prácticas, sino que también aprenderán a clavar un clavo más prácticamente, a colgar un cuadro más prácticamente, de lo que lo habrían hecho de otra manera. Es de gran importancia que aprendamos a considerar la vida espiritual-alma como un todo y que, a través de esta visión, aprendamos a hacer todo cada vez más práctico.

Traducido por J.Luelmo -ago 2026-

GA112 Kassel, 07 de Julio de 1909 - La Tierra como Cuerpo de Cristo y como Nuevo Centro de Luz

  Índice

LA TIERRA COMO CUERPO DE CRISTO 

Y COMO NUEVO CENTRO DE LUZ

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner


Kassel, 07 de Julio de 1909
conferencia XIV

Sin embargo, a las personas desprevenidas les puede haber resultado un tanto extraño que ayer se relacionara el nombre del Espíritu Padre del mundo con el nombre de la muerte. Pero deben tener en cuenta que al mismo tiempo se dijo que la forma en que la muerte se presenta al ser humano en el mundo físico no es la verdadera forma, y que, por lo tanto, aunque el mundo sensorial exterior nos parezca afectado por la muerte, este mundo sensorial exterior, precisamente por ser como es, por tener que parecer afectado por la muerte, no es la verdadera forma de lo que realmente lo sustenta, no es la verdadera forma de la entidad espiritual-divina que realmente lo sustenta. En el fondo, esto no significa otra cosa que lo siguiente: el ser humano se entrega a una ilusión, a un gran engaño, a una maya sobre lo que se extiende ante sus sentidos en el espacio que le rodea y lo que percibe. Si reconociera la verdadera forma, no tendría la imagen sensorial, sino que tendría el espíritu. Si reconociera la muerte en su verdadera forma, vería en ella la expresión que debe tener este mundo sensorial para poder ser la expresión del Espíritu divino del Padre.

Para que nuestro mundo terrenal pudiera surgir, un mundo anterior, sobrenatural, tuvo que condensarse hasta la materia física, hasta la sustancia física, en el sentido terrenal. De este modo, el mundo exterior pudo convertirse en la expresión de un mundo divino-espiritual, un mundo divino-espiritual que tiene algo así como criaturas junto a sí y fuera de sí. Todas las formas anteriores de nuestra existencia en el mundo eran tales que estaban más o menos dentro de la esencia divina. En el antiguo Saturno aún no existía nuestro aire, ni nuestra agua, ni nuestra tierra, es decir, nuestros cuerpos sólidos. Todo Saturno era aún un cuerpo compuesto únicamente de calor, el antiguo Saturno era un espacio de calor. Y todas las entidades que había en Saturno estaban todavía en el seno del Espíritu divino del Padre. Lo mismo ocurría en el antiguo Sol, aunque ya se había condensado hasta convertirse en aire. Este planeta de aire, el antiguo Sol, contenía en su seno, y por tanto en el seno de la entidad divina y espiritual, a todas sus criaturas. Y lo mismo ocurría con la antigua Luna. Solo en la Tierra emergió la creación del seno de la entidad divina-espiritual, convirtiéndose en algo junto a la entidad divina-espiritual. Pero además de la esencia divina y espiritual, y que también se había convertido en el vestido, el envoltorio, la corporeidad física del ser humano, fue entretejiendose poco a poco, a lo que ahora se había convertido, fue integrandose poco a poco todo lo que quedaba de los espíritus que se habían quedado atrás. Pero, como consecuencia, no se convirtió en una criatura tal y como debería haber sido si se hubiera convertido en una imagen de la entidad divina y espiritual. La entidad divina y espiritual, después de haber llevado en su seno a todas las criaturas, nuestro actual reino mineral, vegetal, animal y humano, las despidió a todas, por así decirlo, extendiéndolas a su alrededor como una alfombra. Y eso era ahora una imagen de la entidad divina-espiritual. Así debería haber permanecido. Pero entonces se entrelazó todo lo que había quedado atrás, lo que antes había sido expulsado por la entidad divina-espiritual. Todo eso se integró y, de ese modo, la criatura quedó, por así decirlo, empañada, menos valiosa de lo que habría sido de otro modo.

Esta opacidad surgió en la época en que la Luna se separó de la Tierra, en aquella época de la que hemos dicho: si no hubiera ocurrido nada más y la Luna no hubiera sido expulsada, la Tierra ya se habría convertido en un desierto. Pero el ser humano debía ser cuidado de tal manera que pudiera alcanzar su independencia. Por lo tanto, tenía que encarnarse en una materia física terrenal externa. Desde la época de Lemuria y a lo largo de la época atlante, el ser humano tenía que ser guiado de tal manera que llegara cada vez más a encarnarse en una materia física y sensorial. Pero en esta materia física y sensorial se encontraba lo que quedaba de las entidades atrasadas. Por lo tanto, el ser humano no tenía más remedio que encarnarse en envolturas corporales en las que se encontraban las entidades atrasadas.

En la época de la Atlántida existían ciertos seres que eran compañeros de los seres humanos. En aquella época, el ser humano aún se encontraba en una materia blanda. Lo que hoy es la carne humana aún no era como lo es hoy. Si se hubiera observado al ser humano en la antigua Atlántida, donde el aire estaba completamente lleno de densas y pesadas masas de niebla acuática y donde el ser humano era un ser acuático, se podría haber dicho: era similar a ciertos animales gelatinosos que hoy en día viven en el agua del mar y que apenas se pueden distinguir del agua que los rodea. Así era el ser humano. Todos los órganos ya estaban predispuestos. Pero solo poco a poco se fueron endureciendo los órganos, solo poco a poco el ser humano fue adquiriendo huesos, etc. Es decir, las delicadas predisposiciones materiales estaban presentes, pero solo con el paso del tiempo se endurecieron.

En los primeros tiempos de la evolución de la Atlántida aún existían seres que eran, por así decirlo, compañeros del ser humano, en la medida en que este era entonces clarividente y podía ver también a aquellos seres que en realidad habían establecido su morada en el sol, pero que le brillaban en los rayos del sol. Porque no solo la luz física del sol llegaba al ser humano, sino que en la luz física del sol se le aparecían seres que el ser humano podía ver. Y cuando el ser humano se encontraba en un estado que se podría comparar con el dormir, podía decir: ahora estoy fuera de mi cuerpo y me encuentro en la esfera donde caminan los seres solares.

Pero entonces llegó el momento, hacia la mitad y el último tercio del periodo atlante, en el que la Tierra se volvió cada vez más densa en su materia física y el ser humano adquirió la capacidad de desarrollar su autoconciencia. Entonces, el ser humano ya no pudo ver a esos seres. Estos tuvieron que retirarse de la Tierra, de la vista del ser humano en la Tierra. La influencia luciférica atrajo al ser humano cada vez con más fuerza hacia la materia densa. Entonces, un ser que debemos llamar ser luciférico pudo anidar en el cuerpo astral humano de tal manera que el ser humano descendió cada vez más hacia un cuerpo físico denso. Pero los seres que antes eran sus compañeros se elevaron entonces cada vez más y más. Ellos dijeron: «¡No queremos tener nada que ver con los seres que se han quedado atrás!». Se separaron de ellos. Los seres luciféricos se introdujeron en el cuerpo astral humano. Pero los seres superiores se separaron de ellos, los empujaron hacia abajo diciendo: «No debéis seguir subiendo, ¡debéis ver cómo os las arregláis abajo!».

Una de estas entidades está representada en Miguel, que empujó a las entidades luciferinas al abismo, para que se movieran en el ámbito de la Tierra. Y en la entidad astral de los seres humanos buscaron ejercer su influencia. Y el lugar de estas entidades ya no era el «cielo». Aquellas entidades cuyo escenario se encontraba en el cielo, las empujaron hacia la Tierra. Pero todo lo malo, todo lo malo tiene su lado bueno y está fundamentado en la sabiduría del mundo. Estas entidades tuvieron que quedarse atrás en el mundo para arrastrar al ser humano a la materia física, dentro de la cual solo podía aprender a decirse «yo» a sí mismo, para poder desarrollar su autoconciencia. Sin el enredo en el maya, el ser humano no habría aprendido a decirse «yo» a sí mismo. Pero el ser humano habría sucumbido a la ilusión si esta y sus poderes, —Lucifer, Ahriman—, hubieran logrado mantenerlo dentro de ella.

Ahora debo decir algunas cosas que les ruego, —quiero decir—, que escuchen con toda la prudencia cognitiva. Porque solo si desarrollan estas ideas y las toman al pie de la letra, pero no en el sentido en que una visión materialista suele tomarlas al pie de la letra, las comprenderán correctamente. 

¿Qué pretendían las entidades luciféricas-ahrimánicas con el mundo físico? ¿Qué pretendían con todas las entidades que ahora están en el mundo y sobre las que podían influir, una vez que se habían unido al desarrollo humano en la época atlante?

Estas entidades, —Lucifer-Ahriman—, no querían nada menos que mantener a todas las entidades que están en la Tierra en la forma en que están entretejidas en la densa materia física. Por ejemplo, cuando una planta crece, brota de su raíz, se eleva hoja tras hoja hasta florecer, entonces Lucifer-Ahriman tienen la intención de llevar este crecimiento y desarrollo cada vez más lejos, es decir, hacer que esta entidad que se desarrolla allí se parezca a la forma física, mantenerla tal como es y, con ello, arrancarla del mundo espiritual. Porque si lograran hacer que esta entidad del mundo espiritual se pareciera a la forma física, arrancarían el cielo de la tierra, por así decirlo. Y también en todos los animales, las entidades luciféricas-ahrimánicas tienden a hacerlos similares al cuerpo en el que se encuentran y a hacerles olvidar su origen divino-espiritual dentro de la materia. Y lo mismo ocurre con los seres humanos.

IMPORTANCIA DE LA MUERTE

Para que esto no pudiera suceder, vino el Padre divino-espiritual y dijo: Es cierto que los seres de la Tierra han alcanzado en su cima, en el ser humano, el conocimiento externo en el yo; ¡pero ahora no debemos dejarles la vida! Porque la vida se configuraría de tal manera que las entidades serían arrancadas en esta vida de su raíz divina y espiritual; el ser humano se integraría en el cuerpo físico y olvidaría para siempre su origen divino y espiritual. Solo así pudo el Espíritu divino del Padre salvar el recuerdo del origen divino, otorgando a todo lo que aspira a la materia el beneficio de la muerte. Así fue posible que la planta, al crecer, se elevara hasta el momento en que se produjera la fecundación, y en ese mismo instante la forma vegetal se marchitara y una nueva forma vegetal surgiera de la semilla. Pero al entrar la planta en la semilla, se encuentra por un momento en el mundo divino-espiritual y se renueva a través de él. Y lo mismo ocurre especialmente con el ser humano. El ser humano quedaría cautivo en la Tierra y olvidaría su origen espiritual-divino si la muerte no se extendiera por la Tierra, si el ser humano no recibiera siempre nuevas fuentes de energía entre la muerte y el nuevo nacimiento para no olvidar su origen divino-espiritual.

La muerte, si la examinamos, ¿dónde está en la tierra? Preguntemos a cualquier ser que nos alegra como planta. Un ser que alegra nuestra vista con hermosas flores, en unos meses ya no estará ahí. La muerte ha llegado a ella. Veamos un animal que nos es fiel, o cualquier otro animal: en poco tiempo ya no estará. La muerte se ha apoderado de él. Veamos a un ser humano tal y como se encuentra en el mundo físico: al cabo de un tiempo, la muerte se apoderará de él. Ya no estará, porque si siguiera aquí, olvidaría su origen divino y espiritual. Observemos una montaña. Llegará un momento en que la actividad volcánica de nuestra Tierra la habrá devorado: la muerte la ha alcanzado. Observemos lo que queramos: no hay nada en lo que la muerte no esté entretejida. ¡Todo en la Tierra está sumergido en la muerte! Así, la muerte es el benefactor que libera a los seres humanos de una existencia que los alejaría por completo del mundo divino-espiritual. Pero este ser humano tenía que venir al mundo físico-sensorial. Porque solo en el mundo físico-sensorial le era posible alcanzar su autoconciencia, su yo humano. Si tuviera que pasar siempre por la muerte sin poder llevarse nada de este reino de la muerte, entonces podría volver al mundo divino-espiritual, pero inconsciente, sin yo. Debe entrar en el mundo divino-espiritual con su individualidad. Por lo tanto, debe poder fecundar el reino terrenal, en el que la muerte está completamente entretejida, de tal manera que la muerte se convierta en la semilla de una individualidad en lo eterno, en lo espiritual.

Sin embargo, esta posibilidad de que la muerte, que de otro modo sería destrucción, se transforme en la semilla de la identidad eterna, ha sido dada por el impulso crístico. En el Gólgota se presentó por primera vez ante la humanidad la verdadera forma de la muerte. Y al unirse con la muerte el Cristo, la imagen del Espíritu del Padre, el Hijo del Espíritu del Padre, la muerte en el Gólgota se convirtió en el comienzo de una nueva vida y, como vimos ayer, de un nuevo sol. Y ahora, de hecho, todo lo que antes era el tiempo de aprendizaje del ser humano, después de que el ser humano ha conquistado un yo para la eternidad, ahora todo lo anterior puede desaparecer, y el ser humano puede entrar en el futuro con su yo salvado, que se convertirá cada vez más en una réplica del yo crístico. 

Tomemos como ejemplo de lo que acabamos de decir un candelabro de siete brazos que se enciende gradualmente y consideremos la primera llama de su séptima parte como un símbolo del primer periodo del desarrollo humano, el desarrollo de Saturno. Cada evolución se divide en siete subdivisiones más pequeñas. Así, en la primera llama de la septenaria del candelabro tenemos un símbolo de las fuerzas que fluyeron hacia el ser humano durante la era de Saturno. Si pasamos a la segunda llama dentro de la septenaria de este candelabro, tenemos en ella un símbolo de las fuerzas que fluyeron hacia el ser humano desde la antigua evolución solar. Del mismo modo, en la tercera llama de la septenaria tenemos un símbolo de las fuerzas que fluyeron hacia el ser humano durante la antigua era lunar. Y en la cuarta tenemos un símbolo de todo lo que fluyó hacia el ser humano desde la era terrestre. Imaginemos ahora que la luz del medio está encendida, y las siguientes aún arden con llamas oscuras: allí donde está la luz del medio, allí está el momento en que la luz de Cristo se incorporó a la evolución. Las otras luces nunca podrían encenderse, los siguientes tiempos de desarrollo nunca podrían llegar si el impulso crístico no hubiera entrado en el desarrollo de la humanidad. Hoy en día siguen estando oscuras.

Si quisiéramos representar el desarrollo futuro de forma igualmente simbólica, tendríamos que dejar que la primera luz se apagara, mientras la siguiente luz después de la del medio se enciende y se vuelve cada vez más brillante. Al encenderse la siguiente, tendríamos que dejar que la segunda se apagara, y así sucesivamente. ¡Porque aquí está el comienzo de un nuevo desarrollo solar! Y cuando las luces ardan hasta la última, podremos ver cómo se apagan las primeras, porque sus frutos han fluido hacia las últimas luces, han pasado al futuro. 

Así, en el pasado se produjo una evolución que recibió sus fuerzas del Espíritu del Padre. Si el Espíritu del Padre siguiera actuando de la misma manera, todas las luces se apagarían poco a poco, porque Lucifer-Ahriman se ha entretejido en ellas. Pero gracias a la llegada del impulso crístico, ahora brilla una nueva luz. Comienza un sol mundial.

Sí, la muerte tenía que estar entretejida en toda la existencia natural, porque en ella está entretejido Lucifer-Ahriman. Y sin Lucifer-Ahriman, la humanidad no habría alcanzado la independencia. Pero con Lucifer-Ahriman solo, la independencia se habría vuelto cada vez más fuerte y finalmente habría provocado el olvido del origen divino-espiritual. Por eso, incluso nuestro cuerpo tenía que estar mezclado con la muerte. Ni siquiera podríamos llevar nuestro yo a la eternidad si la expresión externa del yo, que se encuentra en la sangre, no estuviera mezclada con la muerte.

Tenemos en nosotros una sangre de vida: la sangre roja. Y tenemos en nosotros una sangre de muerte: la sangre azul. Para que nuestro yo pueda vivir, en cada instante la vida que fluye en la sangre roja debe ser destruida en la sangre azul. Si no fuera destruida, el ser humano se hundiría en la vida hasta tal punto que olvidaría su origen divino y espiritual. 

El esoterismo occidental tiene un símbolo para estos dos tipos de sangre, dos columnas, una roja y otra azul: una simboliza la vida que fluye del Espíritu divino del Padre, pero en una forma en la que se perdería a sí misma; la otra simboliza la destrucción de la misma. La muerte es la más fuerte, la más poderosa, la que provoca la destrucción de lo que de otro modo se perdería en sí mismo. Pero la destrucción de lo que de otro modo se perdería significa un llamamiento a la resurrección.

Así pueden ver cómo, mediante una interpretación correcta del Evangelio de Juan, podemos comprender el sentido de toda la vida. Lo que hemos logrado ayer y hoy no es otra cosa que el hecho de que, en el momento de nuestra evolución temporal, que comienza con un nuevo «1» en el calendario cristiano, ha ocurrido algo que es de suma importancia para toda la evolución de la Tierra y, en la medida en que la evolución cósmica está relacionada con la Tierra, también para la evolución cósmica. Sí, con el acontecimiento del Gólgota se ha creado un nuevo centro. Desde entonces, el espíritu de Cristo está unido a la Tierra. Poco a poco se ha ido acercando y, desde entonces, está en la Tierra. Y se trata de que los seres humanos aprendan a reconocer que el espíritu de Cristo está en la Tierra desde ese momento, que el espíritu de Cristo está en cada producto de la Tierra, y que cuando no ven el espíritu de Cristo en ello, es porque todo lo interpretan desde el punto de vista de la muerte pero cuando ven el espíritu de Cristo en ello, es porque todo lo interpretan desde el punto de vista de la vida.

Estamos solo al comienzo de lo que es el desarrollo cristiano. El futuro de este desarrollo consiste en que veamos en toda la Tierra el cuerpo de Cristo. Porque Cristo ha entrado en la Tierra desde aquel tiempo, ha creado en ella un nuevo centro de luz, la impregna, ilumina el mundo y está eternamente entretejido en el aura terrestre. Por eso, si hoy miramos la Tierra sin el espíritu de Cristo que la sustenta, nos estamos fijando solo en lo que se descompone, en lo que se pudre, en el cadáver en descomposición. Si miramos la Tierra como compuesta por un montón de partículas pequeñas, sin entender a Cristo, solo vemos el cadáver en descomposición de la Tierra. Dondequiera que veamos solo materia, vemos la falsedad.

Por eso, no encontrarán la verdad si estudian al ser humano de la Tierra; solo estudian su cadáver en descomposición. Pues, si estudian su cadáver, en consecuencia, solo pueden juzgar los elementos de la Tierra diciendo: «La Tierra está compuesta por átomos de materia », sin importar si se trata de átomos espacialmente extendidos o de centros de fuerza, eso no importa. Cuando vemos los átomos que supuestamente componen nuestra Tierra, vemos el cadáver de la Tierra, aquello que está en constante descomposición y que dejará de existir cuando la Tierra deje de existir. Y la Tierra se disuelve.

Cuando sepamos ver en cada átomo una parte del espíritu de Cristo, presente en él desde aquel tiempo, solo entonces reconoceremos la verdad. ¿De qué está compuesta la Tierra desde que el espíritu de Cristo la impregnó? ¡Desde aquel momento, la Tierra está compuesta de vida hasta el átomo más pequeño! Cada átomo solo tiene valor y solo puede ser reconocido si vemos en él una envoltura que contiene algo espiritual. Y ese algo espiritual es una parte de Cristo.

Ahora tomen cualquier cosa de la tierra. ¿Cuándo la reconocen correctamente? Cuando dicen: «¡Esto es parte del cuerpo de Cristo!». ¿Qué podía decir Cristo a aquellos que querían reconocerlo? Al partir el pan, que proviene del grano de la tierra, Cristo podía decir: «¡Esto es mi cuerpo!» ¿Qué podía decirles al darles el jugo de la vid, que proviene del jugo de las plantas? — «¡Esto es mi sangre!» Al haberse convertido en el alma de la tierra, podía decir de lo sólido: « Esto es mi carne », y del jugo de las plantas: « Esta es mi sangre», al igual que ustedes dicen de su carne: «Esta es mi carne», y de su sangre: «Esta es mi sangre». Y aquellos seres humanos que son capaces de comprender el verdadero significado de estas palabras de Cristo, crean imágenes mentales que atraen al pan y al jugo de la vid el cuerpo y la sangre de Cristo, que atraen al espíritu de Cristo en su interior. Y se unen al espíritu de Cristo.

Así se convierte en realidad, el símbolo de la Cena del Señor.

Sin el pensamiento que se vincula con Cristo en el corazón humano, no se puede desarrollar ninguna atracción hacia el espíritu de Cristo en la Cena del Señor. Pero a través de esta forma de pensamiento se desarrolla tal atracción. Y así, para todos aquellos que necesitan el símbolo externo para realizar un acto espiritual, es decir, la unión con Cristo, la Cena del Señor será el camino, el camino hasta donde su fuerza interior sea tan fuerte, donde estén tan llenos de Cristo, que puedan unirse con Cristo sin la mediación física externa. La escuela preparatoria para la unión mística con Cristo es la Cena del Señor, la escuela preparatoria. Así debemos entender estas cosas. Y así como todo se desarrolla desde lo físico hacia lo espiritual bajo la influencia cristiana, así también deben desarrollarse primero bajo la influencia de Cristo las cosas que estaban allí primero como un puente: desde lo físico hacia lo espiritual debe desarrollarse la Cena del Señor para conducir a la verdadera unión con Cristo. Solo se puede hablar de estas cosas de forma insinuante, porque solo cuando se aceptan en toda su dignidad sagrada se comprenden en el sentido correcto.

El hecho de que, desde el momento del Gólgota, Cristo estuviera presente en la Tierra era algo que los seres humanos debían reconocer. Debían reconocerlo cada vez más y dejarse impregnar cada vez más por ese conocimiento.

Pero para ello se necesitaba un mediador. Y uno de los primeros grandes mediadores fue aquel que pasó de ser Saulo a ser Pablo. ¿Qué podía saber Saulo, ya que era una especie de iniciado judío? Podemos expresar lo que Saulo podía saber con las siguientes palabras, aproximadamente.

Él sabía lo que era propio de la doctrina secreta hebrea. Lo que Zaratustra había visto como Ahura Mazdao, lo que Moisés había visto en la zarza ardiente y en los truenos y relámpagos del Sinaí como «ehjeh asher ehjeh», él sabía que había llegado a la Tierra como Yahvé o Jehová, que se había acercado y que algún día estaría en un cuerpo humano y, en ese cuerpo humano, haría que la Tierra experimentara una renovación. Pero ahora estaba bajo la influencia del juicio de su tiempo y de las leyes judías. Había presenciado el acontecimiento del Gólgota. Pero no podía decirse a sí mismo que aquel que había terminado en la cruz era el portador del Cristo. Los acontecimientos que había experimentado y vivido no le habían convencido de que aquel a quien debía esperar según la iniciación judía se encarnara en Jesús de Nazaret. ¿Qué tenía que experimentar para convencerse de que en el Gólgota, en el cuerpo moribundo de Jesús de Nazaret, había estado realmente el espíritu inmortal de Cristo?

Gracias a su iniciación hebrea, él sabía, que cuando el espíritu de Cristo ha estado en un cuerpo humano y este cuerpo humano ha muerto, entonces Cristo debe estar presente en el aura terrestre. Entonces, para aquel que puede ver con su ojo espiritual en el aura terrestre, debe ser posible que Cristo se le haga visible. Él lo sabía. Solo que hasta entonces no había sido capaz de ver dentro del aura terrestre. Era un iniciado en la sabiduría, pero no un clarividente. Pero tenía una condición previa para convertirse en clarividente de una manera anómala, y él mismo expresa esta condición previa. La expresa de tal manera que la describe como una gracia que le ha sido concedida desde arriba: dice de sí mismo que es un prematuro, lo que normalmente se traduce como «un nacimiento prematuro». Él no fue gestado en el vientre materno, pues descendió del mundo espiritual al mundo físico cuando aún no estaba completamente inmerso en todos los elementos de la existencia terrenal. Él vino al mundo antes de lo habitual, antes de que uno se separe de aquellas conexiones en las que aún pertenece inconscientemente a los poderes espirituales. El acontecimiento de Damasco fue posible porque se le abrió el ojo espiritual como a un niño nacido prematuramente. Así, como un bebé prematuro, se le abrió el ojo espiritual; miró dentro del aura terrestre y vio que Cristo estaba allí. Por lo tanto, el momento en que este Cristo se había transformado en un cuerpo humano físico ya debía haber llegado. Se le había proporcionado la prueba de que Cristo había muerto en la cruz. Porque aquel de quien sabía que vencería a la muerte en la Tierra se le había aparecido como un ser espiritual vivo. Ahora comprendía el significado del acontecimiento del Gólgota. Sabía que Cristo había resucitado. Porque aquel a quien había visto no podía verse antes en el aura terrestre. Ahora comprendía las palabras:

«Te resultará difícil luchar contra el aguijón» (Hechos 9:5).

¿Qué es el aguijón? Pablo mismo lo expresó: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Corintios 15:55). En vano lucharás contra el aguijón. Porque si lo hicieras, solo reconocerías la muerte. Pero ahora ya no puedes luchar contra la muerte, porque has visto a aquel que la ha vencido.

Así, Pablo se convirtió en el predicador del cristianismo que, por encima de todo, anunciaba al Cristo vivo, al Cristo espiritualmente vivo.

¿Por qué se podía ver a Cristo en la aura terrestre? Porque en Cristo Jesús, como primer impulso del desarrollo terrestre hacia el futuro, el cuerpo etérico estaba nuevamente impregnado por completo por Cristo. Naturalmente, el cuerpo etérico de Jesús de Nazaret estaba completamente impregnado por Cristo. Por lo tanto, era un cuerpo etérico que tenía todo el cuerpo físico bajo su dominio y que, al ser el gobernante absoluto del cuerpo físico, podía restaurarlo después de la muerte, es decir, podía aparecer de tal manera que todo lo que había en el cuerpo físico volvía a estar allí, pero gracias al poder del cuerpo etérico. Por lo tanto, cuando se vio a Cristo después de la muerte, era el cuerpo etérico de Cristo. Pero para aquellos que, gracias al poder que habían adquirido a través de los acontecimientos, eran capaces de reconocer no solo un cuerpo físico-sensorial como un cuerpo real, sino también un cuerpo etérico con todas las apariencias del cuerpo físico, Cristo había resucitado como un ser corpóreo. Y en realidad lo era.

Pero también en el Evangelio se nos dice que cuando el ser humano ha avanzado tanto que lo perecedero desarrolla lo imperecedero, entonces también tiene una visión superior. Y también se dice que aquellas personas que en aquel entonces ya se habían elevado a una visión superior, pudieron reconocer al Cristo. Esto se nos dice con suficiente claridad, pero los seres humanos no tienen la voluntad de leer realmente lo que dice el Evangelio. Tomemos, por ejemplo, la primera aparición de Cristo después de la muerte. Allí se dice:

«María, sin embargo, permaneció junto al sepulcro, llorando afuera. Mientras lloraba, miró dentro del sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, uno a la cabecera y otro a los pies, donde habían depositado el cuerpo de Jesús.

Y ellos le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Ella les respondió: Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto.

Y al decir esto, se volvió y vio a Jesús de pie, sin saber que era Jesús.

Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el jardinero, le dijo: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo recogeré». Jesús le dijo: «María». Ella se volvió y le dijo: «Rabbuni», que significa: «Maestro». (20, 11-16)

Ahora imagínense lo siguiente: han visto a alguien hace unos días y lo vuelven a ver al cabo de unos días. ¿Se atreverían a no reconocerlo? ¿Se atreverían a preguntarle si es el jardinero y dónde lo han colocado, si lo ven ustedes mismos? Pero eso es lo que se debe creer de María, o de aquella a quien aquí se denomina María, si se quiere suponer que cada ojo físico habría reconocido a Cristo y lo habría visto de la misma manera que lo vio antes un ojo físico. ¡Lean los Evangelios según el espíritu!

Primero tuvo que penetrar en la mujer como fuerza, el poder sagrado de las palabras. ¡Era necesario! Entonces, el eco de las palabras resonó en ella y reavivó todo lo que había visto anteriormente. Y eso hizo que su ojo espiritual fuera capaz de ver al Resucitado. ¿No nos dice lo mismo Pablo?

En el caso de Pablo, nunca se dudará de que vio a Cristo con su ojo espiritual, cuando este Cristo se encontraba de nuevo solo en las alturas de lo espiritual, en el aura terrestre. Pero, ¿qué dice Pablo? Como prueba de que Cristo vive, cita que este se le apareció. Y cita como apariciones equivalentes, en primer lugar,

«...que fue visto por Cefas, y luego por los doce.

Después fue visto por más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos aún viven, aunque algunos ya han fallecido. Después fue visto por Santiago, y luego por todos los apóstoles. Por último, fue visto también por mí, como por un nacimiento prematuro.

Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol». (1 Corintios 15:5-9)

Él presenta las apariciones que tuvieron los demás como iguales a las suyas, que fueron posibles para el ojo espiritual. Por eso Pablo dice literalmente: «Así como yo he visto a Cristo, así lo han visto los demás». Pablo dice que, a través de lo que experimentaron, se encendió en ellos la fuerza para ver a Cristo como un resucitado.

Ahora entendemos lo que quiere decir Pablo. Y la visión de Pablo es tal que se reconoce inmediatamente como antroposófica-espiritual, es decir, que nos dice: existe un mundo espiritual. Si contemplamos este mundo espiritual con el impulso que nos da la fuerza de Cristo, penetramos en él de tal manera que también encontramos en este mundo espiritual al propio Cristo, aquel que pasó por el acontecimiento del Gólgota. Eso es lo que quería decir. Y el ser humano puede, especialmente a través de lo que se denomina «iniciación cristiana», poco a poco, con paciencia y perseverancia, convertirse, por así decirlo, en un seguidor de Pablo, adquirir gradualmente las habilidades para mirar dentro del mundo espiritual y ver a Cristo de rostro espiritual a rostro espiritual.

En otras conferencias he explicado a menudo las etapas iniciales por las que ascendemos hasta contemplar la esencia misma de Cristo. El discípulo debe revivir lo que se nos describe en el Evangelio de Juan. Solo esbozaré muy brevemente cómo puede ascender el ser humano al mundo espiritual, mundo donde la luz de Cristo brilla desde el acontecimiento del Gólgota, cuando decide atravesar una determinada escala de sentimientos.

Lo primero es que el ser humano se dice a sí mismo: «Miro la planta. Crece a partir del suelo mineral, crece y florece». Pero si la planta pudiera desarrollar conciencia como el ser humano, tendría que mirar hacia abajo, al reino mineral, a la tierra mineral de la que brota, y tendría que decir: Tú, piedra, eres un ser inferior a mí entre los seres actuales de la naturaleza, pero sin ti, reino inferior, ¡no puedo existir! Y del mismo modo, si el animal se acercara a la planta y pudiera sentir cómo esta constituye la base de su existencia, tendría que decirse: Yo, como animal, soy un ser superior a ti, planta, pero sin ti, planta, ¡no podría existir! Y con humildad, el animal tendría que inclinarse ante la planta y decir: ¡A ti, planta inferior, te debo mi existencia! Y en el reino humano tendría que ser así: todos los que han ascendido en la escala deberían mirar hacia abajo en relación espiritual con los que están por debajo de ellos y decir: «Es cierto que pertenecéis a un mundo inferior, pero así como la planta debe inclinarse ante la piedra y el animal ante la planta, el ser humano en un nivel superior debería decir: ¡A ti, inferior, te debo mi existencia!».

El lavado de pies a sus discípulos

Entonces, cuando el ser humano, a lo largo de semanas, meses o quizás años, bajo la guía de su maestro correspondiente, se sumerge por completo en esos sentimientos de humildad universal, llega a comprender el significado del «lavatorio de pies». Porque ante él se presenta una visión espiritual inmediata de lo que hizo Cristo cuando, como ser superior, se inclinó ante los doce y les lavó los pies. Y todo el significado de este acontecimiento se revela entonces al discípulo como una visión, de modo que sabe que este acontecimiento del lavatorio de pies tuvo lugar. El vínculo del conocimiento le lleva a no necesitar más pruebas, sino que ahora mira directamente al mundo espiritual y ve a Cristo en la escena del lavatorio de los pies.

La flagelación

Entonces, el maestro puede guiar a esa persona para que tenga la fuerza de decir: «Soportaré con firmeza todos los sufrimientos y dolores que me puedan sobrevenir en el mundo y no me quejaré. Me endureceré de tal manera que esos sufrimientos y dolores ya no sean sufrimientos y dolores para mí, sino que sabré que son necesidades del mundo». Cuando la persona se ha fortalecido lo suficiente en su alma, de esta observación brota en su alma el sentimiento del «flagelo», y la persona siente espiritualmente el flagelo en sí misma. Pero esto le abre el ojo espiritual para ver por sí misma el flagelo, tal y como se describe en el Evangelio de Juan.

La coronación de espinas

Entonces, el ser humano es guiado para desarrollar esa fuerza que está un nivel más arriba, donde no solo es capaz de soportar el sufrimiento y el dolor de todo el mundo, sino también de decirse a sí mismo: tengo algo sagrado por lo que estoy dispuesto a darlo todo. Aunque todo el mundo me llene de burlas y escarnio, esto es lo más sagrado para mí. El escarnio y la burla de todos los lados no me apartarán de lo más sagrado, aunque esté solo. ¡Yo lo defiendo! Entonces el ser humano experimenta espiritualmente en su interior la «coronación de espinas». Y sin ningún documento histórico, su ojo espiritual le transmite la escena del Evangelio de Juan que se describe como la coronación de espinas.

La cruz a cuestas

Y cuando, con la orientación adecuada, el ser humano llega a contemplar su existencia física de una manera completamente diferente a como lo hacía antes, cuando aprende a considerar su propio cuerpo como algo que lleva consigo externamente; cuando se ha convertido en un sentimiento y una sensación naturales decir: ¡Llevo mi cuerpo físico por el mundo como una herramienta externa!, —entonces ha llegado al cuarto nivel de la iniciación cristiana, el «llevar la cruz». Esto no significa que se haya convertido en un asceta débil, sino que entonces aprendemos a manejar lo que tenemos como instrumento físico con mucha más fuerza que antes. Cuando se haya aprendido a ver el cuerpo como algo que se lleva consigo, se habrá llegado al cuarto nivel de la iniciación cristiana, que se denomina «llevar la cruz». Y entonces se alcanzará el conocimiento de ver espiritualmente aquella escena en la que Cristo lleva su cruz a la espalda, tal y como se ha aprendido a llevar el cuerpo como si fuera madera gracias al poder elevado del alma.

Descenso a los infiernos

Pero entonces ocurre algo que puede considerarse como una quinta etapa de la iniciación cristiana, lo que se denomina «muerte mística». A través de nuestra maduración interior, todo lo que nos rodea, todo el mundo físico y sensorial, nos parece como borrado. La oscuridad nos rodea. Y entonces llega un momento en el que esa oscuridad se rasga como una cortina y vemos más allá del mundo físico, en el mundo espiritual. Pero durante ese momento ocurre algo más. Ahora hemos conocido todo lo que es pecado y maldad en su verdadera forma, es decir, en esta etapa hemos conocido lo que es «descender al infierno».

El enterramiento

Y entonces no solo aprendemos a ver nuestro cuerpo como algo ajeno, sino también a considerar todo lo demás como parte de nosotros mismos, al igual que nuestro cuerpo; a ver todo lo que hay en la Tierra como parte de nosotros mismos, tal y como se hacía antiguamente en la clarividencia. Y también aprendemos a ver el sufrimiento de otras personas como parte de nosotros mismos, como parte de un gran organismo. Entonces nos unimos a la Tierra en la medida en que lo reconocemos. Entonces experimentamos el «ser depositados en la Tierra», el «entierro». Y al estar unidos a la Tierra, también resucitamos de ella. Porque con ello hemos saboreado lo que significa: ¡la Tierra está en un nuevo devenir solar!

Pero a través de estos cuartos, quintos y sextos grados de la iniciación cristiana hemos alcanzado lo que nos capacita para ver el acontecimiento del Gólgota con nuestros propios ojos, para vivirlo desde dentro. Entonces ya no necesitamos ningún documento. El documento nos ha servido para ascender por los peldaños.

La ascensión

Luego viene el séptimo nivel, que se llama «Ascensión», es decir, el renacer en el mundo espiritual. Este es el nivel del que se dice con razón que no se puede expresar con una palabra tomada de nuestro lenguaje, que solo puede imaginarlo aquel que ha adquirido la capacidad de pensar sin el instrumento del cerebro. Solo pueden pensar en los milagros de la resurrección aquellos que ya no dependen del instrumento del cerebro físico para pensar.

Debido a que aquellos que estaban presentes como creyentes cuando tuvo lugar el acontecimiento del Gólgota eran personas cuyos ojos espirituales estaban abiertos y podían ver lo que sucedía, habrían sido capaces de ver al Cristo tal y como se lo he descrito, es decir, verlo dentro de la aura terrestre, cuando se les reveló a sus ojos espirituales abiertos. Así habrían podido ver al Cristo, —aunque, en cierto sentido, hubiera permanecido siempre con la misma apariencia que tenía entonces—, si él mismo, el Cristo, como entidad espiritual, no hubiera logrado algo al vencer a la muerte. Y ahora llegamos a un concepto que, sin embargo, es difícil de comprender.

El ser humano aprende sin cesar, desarrollándose cada vez más en el nivel en el que se encuentra. Pero no solo el ser humano, sino todos los seres, desde los más bajos hasta los seres divinos más elevados, aprenden desarrollándose cada vez más. Lo que Cristo, como entidad divina, hizo en el cuerpo de Jesús de Nazaret, lo hemos descrito hasta ahora en su efecto y en su fruto para la humanidad. Pero ahora nos preguntamos: ¿Experimentó Cristo también en sí mismo algo que lo llevó a un nivel superior? Sí, lo hizo. También las entidades divinas y espirituales experimentan algo que las lleva a un nivel superior. Pero lo que él experimentó, su ascenso a un mundo aún más elevado que aquel en el que se encontraba antes, lo hizo aparecer a aquellos que eran sus compañeros en la Tierra como su Ascensión. Por eso, incluso aquel que vive como no iniciado, como no clarividente, a través del instrumento del cerebro físico, puede comprender, aunque no vea por sí mismo, los seis primeros niveles de la iniciación cristiana. Pero el séptimo nivel, la ascensión, solo puede comprenderlo el clarividente que ya no está atado al instrumento del cerebro físico, que ha visto por sí mismo lo que significa pensar sin el cerebro y ver sin el cerebro. Así es como se relacionan estas cosas.

Así se desarrolló el mundo en la época de la que hemos tenido la oportunidad de hablar en estas catorce conferencias.

Ya hemos visto que Cristo había insinuado que en aquel que había nacido ciego y a quien él había curado, debía manifestarse lo que había pecado en él en una vida anterior. Así pues, Cristo se presentó ante la humanidad para enseñarle, en la medida en que esta podía comprenderlo, la idea de la reencarnación. Enseñó el karma, la transmisión de las causas de una encarnación a otra. Lo enseñó como se hace cuando se enseña de manera práctica para la vida. Él quería decir que; habrá un futuro en el que todos los seres humanos reconocerán el karma, en el que comprenderán que cuando el ser humano hace algo malo, no necesita ser castigado por un poder terrenal externo, porque ese mal necesariamente conlleva la compensación en esta encarnación o en una siguiente. Entonces solo tenemos que inscribir su acto en el gran libro de la Crónica Akáshica, en el mundo espiritual. Entonces no necesitamos juzgarlo como seres humanos, entonces podemos estar ante él como seres humanos y dejar lo que ha hecho en manos de las leyes espirituales, para que quede en el mundo espiritual; ¡podemos dejar al ser humano en manos del karma!

«Pero Jesús se fue al Monte de los Olivos.
Y temprano por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo acudió a él; y él se sentó y les enseñó.
Pero los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio y le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la ley que a tales mujeres se las apedrease; ¿tú qué dices?

Pero ellos decían esto para ponerlo a prueba, para tener algo de qué acusarlo. Jesús, sin embargo, se agachó y escribió con el dedo en la tierra» (8, 1-6).

¿Qué escribió? Él inscribió el pecado en el mundo espiritual. ¡Y desde el mundo espiritual el pecado encontrará su compensación! Pero a los demás les recuerda si ellos mismos son conscientes de algún pecado. Porque solo si no tuvieran nada que compensar, solo entonces podrían decirse a sí mismos que no tienen nada que ver con el pecado de esta mujer y podrían juzgarla. Pero así no saben si ellos mismos no han sido la causa en vidas anteriores de lo que ahora les afecta; no pueden saber si en vidas anteriores no han llevado a esta mujer a romper su matrimonio, si ellos mismos no han cometido este pecado en vidas anteriores o han sido la causa del mismo. Todo está escrito en el karma. Jesús inscribió en la Tierra, que ya había impregnado con su luz espiritual; es decir, confió a la Tierra lo que debía ser el karma para la adúltera.

 Él quiso decir: ¡Seguid los caminos que ahora os trazo! Convertíos en personas que digan: «No juzguemos, dejemos que el karma se encargue de lo que hay en el ser humano». Si las personas siguen esto, entonces llegarán al karma. No es necesario enseñar el karma como un dogma. Se enseña a través de la acción. Así lo enseñaba Cristo.

Sin embargo, solo aquel de sus discípulos y seguidores que había sido iniciado por él mismo podía escribir tales cosas: Lázaro-Juan. Por eso, solo este discípulo comprendió en su justa medida cómo actúa cuando un ser se ha esforzado, desde el bautismo de Juan, por dominar poco a poco el cuerpo físico partiendo del cuerpo etérico, por convertir el cuerpo etérico en el animador. Por eso, el autor del Evangelio según San Juan comprendió que es posible transformar lo que exteriormente parece agua, de tal manera que, cuando el hombre lo bebe, se transforma en vino al ser absorbido por los órganos humanos. Por eso comprendió que es posible tener una pequeña cantidad de peces y panes y, mediante el poder del cuerpo etérico, actuar de tal manera que las personas se sacien. Pero eso nos lo ha dicho el autor del Evangelio de Juan, si tomamos en serio el Evangelio. ¿Nos dice en algún lugar que incluso los pocos panes y los pocos peces se comieron como se come físicamente? No lo dice en ninguna parte, y si revisan todo el Evangelio de Juan. Les dice clara y claramente, si toman cada palabra al pie de la letra, que Cristo partió el pan, pero que dirigió una oración de agradecimiento al cielo:

«Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a los discípulos, y los discípulos a los que estaban sentados; e hicieron lo mismo con los peces, dando a cada uno cuanto quería» (6,11).

Pero el significado de estas palabras, si las tomamos en el texto original, —que está mal traducido al alemán—, es más o menos el siguiente: los discípulos repartieron los panes y los peces, y dejaron que cada uno hiciera con ellos lo que quisiera; pero nadie quería otra cosa que sentir en ese momento la fuerza que emanaba del poderoso cuerpo etérico de Cristo Jesús. Nadie quería otra cosa. ¿Y cómo se saciaron? En el versículo 23 se dice:

«Pero otras barcas de Tiberíades se acercaron al lugar donde habían comido el pan, gracias a la acción de gracias del Señor».

¡Habían comido el pan gracias a la oración del Señor! Habían comido pan sin que se hubiera producido el acto físico. Y así, Cristo Jesús pudo interpretar lo sucedido diciendo: «¡Yo soy el pan de vida!».

¿Qué habían comido entonces? ¡Habían comido la fuerza del cuerpo de Cristo! ¿Qué podía quedar? ¡Solo podía quedar la fuerza del cuerpo de Cristo! Su efecto era tan fuerte que después se podía recoger.

Según la visión oculta, cada cuerpo consta de doce miembros. El miembro superior se llama Aries; el siguiente, Tauro; el miembro donde están las dos manos, Géminis; el pecho se llama Cáncer; lo que está en la zona del corazón del ser humano, Leo; lo que sigue hacia abajo en el tronco, Virgo; luego la cadera, Libra; luego viene hacia abajo Escorpio; luego sigue: Sagitario, muslo; Capricornio, rodilla; Acuario, pantorrilla, y los pies son Piscis.

El cuerpo humano se divide en doce partes, lo cual está bien fundamentado. Si ahora se recoge lo que queda después de haber utilizado la fuerza del cuerpo de Cristo para saciarse, ¡hay que recogerlo en doce medidas!

«Entonces recogieron y llenaron doce cestas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron de los que habían comido» (6, 13).

No habían comido los panes de cebada. Habían comido la fuerza que emanaba de Cristo. Y se habían saciado con la fuerza que emanaba de Cristo a través de la acción de gracias, al invocar Cristo a aquellas esferas de las que había descendido.

Así debemos comprender el efecto del mundo espiritual en el mundo físico. Y así podemos comprender cómo los acontecimientos individuales se inscriben en el acontecimiento fundamental del devenir solar de la Tierra. Todos ellos se inscriben como poderosos acontecimientos de fuerza en el devenir solar de la Tierra. Por eso también podremos comprender que lo que en aquel entonces se comunicó a la Tierra como un poderoso impulso, solo pudo llegar a los seres humanos de forma lenta y gradual. Por lo tanto, debe ser revelado a la humanidad de forma lenta y gradual.

Como se indicó ayer, el Evangelio de Marcos fue el primero en ser adecuado para acercar las grandes verdades a las personas que estaban preparadas para ello. Eso fue en los primeros siglos. Las personas debían reconquistar por sus propios medios aquello de lo que habían salido. Intentemos comprender cómo descendió el ser humano desde las alturas divino-espirituales hasta el punto más bajo, punto que se produjo en la época en que el acontecimiento del Gólgota provocó de nuevo el ascenso. Fue como un poderoso impulso que volvió a elevar al ser humano. El ser humano había descendido de las alturas divino-espirituales, y había caído cada vez más y más.  Entonces, gracias al impulso crístico, después de haberse impregnado de la luz espiritual recién nacida, obtuvo la fuerza para reconquistar poco a poco todo lo anterior, y lo hizo de la siguiente manera: en los tiempos inmediatamente posteriores al acontecimiento crístico, el ser humano tuvo que recuperar lo que había perdido en los últimos siglos antes de Cristo. Lo consiguió gracias al Evangelio de Marcos. Lo que había perdido en una época aún más temprana, tuvo que reconquistarlo en la época siguiente mediante un evangelio que lo orientaba más hacia la interioridad. Ese fue el Evangelio de Lucas.

El Budha y el evangelio de Lucas

Pero también hemos dicho que seiscientos años antes de la aparición de Cristo en la Tierra, todo lo que se había dado espiritualmente a la humanidad en siglos anteriores y que había ido perdiendo poco a poco, fue resumido por la gran entidad del Buda. En aquel entonces, seis siglos antes de Cristo, la entidad Buda vivió y resumió la sabiduría ancestral que existía en el mundo, lo que la humanidad había perdido y de lo que Buda se convirtió en mensajero. Por eso se nos dice que, cuando Buda viene al mundo, su nacimiento es anunciado previamente a su madre Maya. Se cuenta además que se nos presenta alguien que anuncia lo siguiente sobre el niño: «Este es el niño que se convertirá en Buda, el salvador, el guía hacia la inmortalidad, la libertad y la luz». Luego, algunas leyendas budistas nos cuentan que el Buda se perdió cuando era un niño de doce años y que fue encontrado debajo de un árbol, rodeado de los cantores y sabios de la antigüedad a quienes él enseñaba. En mi obra «El cristianismo como hecho místico» podrán ver cómo, seis siglos después de Buda, en el Evangelio de Lucas vuelven a aparecer las mismas leyendas que se cuentan sobre Buda, cómo a través del Evangelio de Lucas vuelve a aparecer, en una nueva forma, lo que fue revelado por Buda. Por lo tanto, en el Evangelio de Lucas aparece lo que ya estaba contenido en las leyendas de Buda. Hasta tal punto coinciden las cosas cuando las consideramos a la luz de la investigación espiritual.

Así llegamos a la conclusión de que un documento como el Evangelio de Juan y los evangelios posteriores contienen una profundidad infinita. Hemos examinado estas profundidades en una serie de conferencias. Si pudiéramos continuar estas conferencias y duplicar su duración, podríamos seguir descubriendo nuevas y nuevas profundidades en los evangelios. Y si pudiéramos duplicar el doble de tiempo, y duplicar el doble de tiempo otra vez, ¡podríamos descubrir nuevas profundidades! Y tendríamos una idea de que, en el futuro de la humanidad, se podrán descubrir profundidades cada vez nuevas a partir de los fundamentos de estos documentos. La verdad es que los seres humanos nunca terminan de aprender a interpretar estos documentos. No necesitamos aportar nada, solo prepararnos para descubrir, a través de las verdades ocultas, lo que realmente hay en los Evangelios. Entonces se nos revelará en los Evangelios todo el contexto universal de la humanidad y, a su vez, la relación de este contexto de la humanidad con el cosmos, y aprenderemos a mirar cada vez más profundamente en el mundo espiritual.

Pero cuando hemos escuchado un ciclo de conferencias como estas, debemos decirnos a nosotros mismos: no solo hemos adquirido una suma de conocimientos, no solo hemos asimilado una suma de verdades individuales. Aunque esto es indispensable, sería lo menos necesario; solo que no podemos obtener lo otro sin esto. Pero lo que debe surgir de tales reflexiones como un fruto especial es que todo lo que hemos asimilado con nuestra mente, cuando lo bajamos ahora a nuestro corazón, se convierta en un sentimiento por la causa, en sensaciones, en impulsos de voluntad. Cuando el calor del corazón se convierte en lo que hemos asimilado con la mente, entonces se convierte en fuerza en nosotros, en fuerza curativa para lo espiritual, lo anímico y lo físico. Y entonces nos decimos:  Durante nuestras reflexiones espirituales nos hemos sumergido en la vida espiritual. A lo largo de catorce días de reflexión hemos adquirido muchas cosas a través de esta vida espiritual, pero no solo hemos adquirido conceptos e ideas vacíos, sino verdades, conceptos e ideas que son capaces de brotar en el alma y convertirse en una fuerza viva de nuestros sentimientos y sensaciones. Y estos sentimientos y sensaciones permanecerán con nosotros, son inalienables para nosotros; con ellos seguimos viviendo en el mundo. No solo hemos aprendido algo, sino que nos hemos vuelto más vivos gracias a lo que hemos aprendido. Si abandonamos este ciclo asimilando esos sentimientos, la ciencia espiritual se convertirá en el sentido de nuestra vida; entonces la ciencia espiritual se convertirá en algo que no nos aleja de la vida exterior, sino que se convertirá en algo como una imagen de lo más elevado, que se nos ha caracterizado en estas conferencias. Se nos ha caracterizado que, aunque la muerte tenía que existir en el mundo, la visión que tenemos de ella no es la correcta; que Cristo nos ha enseñado la visión correcta de la muerte. De este modo, la muerte se ha convertido en la semilla de una vida superior.

Externamente, fuera del ámbito de estas conferencias, brota la vida, fluye la existencia exterior. Las personas viven en ella. La investigación espiritual no reducirá esta vida ni un ápice, no le quitará nada. Pero la visión que se tiene habitualmente de la vida antes de comprenderla con el espíritu es errónea, y esta errónea visión debe parecernos la ilusión de la vida. Debemos dejar que esta ilusión de la vida muera en nosotros; entonces, la semilla que hemos adquirido a través de una ilusión se convertirá en nosotros en una vida superior. Pero esto solo puede suceder si acogemos en nosotros la visión espiritual viva. De este modo, no nos volvemos ascéticos en la vida, sino que precisamente así aprendemos a reconocer la vida en su forma real y llevamos a la vida un verdadero dominio de la vida, un fruto verdadero.  De este modo, cristianizamos la vida en la medida en que experimentamos la ciencia espiritual como cristiana, y experimentamos una imagen de cómo la muerte se convierte en una imagen de la vida. En la misma medida en que hacemos de la ciencia espiritual nuestra actitud, no nos alejamos de la vida, sino que aprendemos a reconocer lo que es incorrecto en nuestras opiniones sobre esta vida. Y entonces, fortalecidos por una visión correcta, nos adentramos en esta vida, nos adentramos en ella como trabajadores, sin rehuirla, después de haber ganado fuerza y energía dentro de una contemplación que nos introduce en el mundo espiritual.

Si hemos logrado en cierta medida diseñar estas conferencias de tal manera que resulten provechosas en la vida, que contribuyan un poco, aunque sea solo un poco, a que aprendan a sentir el conocimiento espiritual como una elevación de la vida, como calor vital en sus sentimientos, pensamiento y voluntad, en su trabajo, entonces la luz que hemos extraído de la cosmovisión antroposófica puede brillar como el fuego del calor vital, como el fuego de la vida. Y si este fuego es lo suficientemente fuerte como para mantenerse y seguir ardiendo en la vida, entonces se habrá logrado lo que me propuse cuando decidí dar estas conferencias.

Con estas palabras, permítanme recomendarles que mediten interiormente sobre los sentimientos que acabo de expresar y despedirme de ustedes hasta otra ocasión.

Traducido por J.Luelmo feb. 2026