CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA165 Berna, 9 de enero de 1916 - La diversidad de los seres humanos en cuanto a su forma física

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 RUDOLF STEINER. 

LA UNIFICACIÓN ESPIRITUAL DE LA HUMANIDAD MEDIANTE EL IMPULSO CRÍSTICO

La diversidad de los seres humanos en cuanto a su forma física

Berna, 9 de enero de 1916

En el fondo, todas las ciencias espirituales tienen como objetivo último conocer al ser humano en su esencia, en sus tareas y aspiraciones, en sus aspiraciones necesarias a lo largo de su desarrollo. Los malentendidos de los que a menudo tenemos que hablar, que se plantean desde fuera de las ciencias humanas, se deben en gran parte a que la humanidad actual aún no se ha acostumbrado a ciertas verdades fundamentales que simplemente deben reconocerse y comprenderse si se quiere alcanzar algún tipo de comprensión de la vida y la esencia del ser humano.

¿De dónde proviene realmente, —abordemos hoy esta cuestión en primer lugar—, la cientificidad cuyos grandes y significativos triunfos en los últimos cuatro siglos deberían ser plenamente reconocidos, precisamente por la ciencia espiritual? Proviene de lo que percibe en el ámbito de la existencia física, de lo que se manifiesta en el ámbito de la existencia física. Ahora bien, es realmente evidente que, en primer lugar, se confía en lo que se percibe como la llamada realidad en el entorno y se intenta explicar esta realidad a partir de todo lo que existe en ella. Por supuesto, es difícil darse cuenta desde el principio de que esta realidad en sí misma podría contener una apariencia, que esta realidad en sí misma podría engañar. Quien realmente quiera comprender la ciencia espiritual debe superar primero este escollo. Debe aprender a comprender que la realidad que nos rodea puede engañarnos, que puede seducirnos para que la interpretemos de manera errónea. Y mucho de lo que hemos aprendido a lo largo de los años en el campo de las ciencias espirituales nos ha convencido de que esta realidad que nos rodea directamente puede engañarnos. Hoy queremos partir de un punto muy concreto, un punto que, sin embargo, solo puede alcanzarse dentro de la ciencia espiritual. En la ciencia espiritual, primero hay que comprender las cosas y, una vez comprendidas, se puede comprobar que lo comprendido se verifica en la realidad. Precisamente las cosas más importantes deben entenderse primero en la ciencia espiritual antes de poder observarlas. Se podría argumentar fácilmente que este es un método que también se aplica con frecuencia en el mundo exterior, y en particular en el mundo científico exterior. Pero hoy queremos ahorrarnos eso. No siempre se pueden desarrollar todas las cosas desde cero.

Un hecho que, en el sentido más eminente, es susceptible de engañar sobre la realidad exterior debido a la apariencia, a la fisonomía de esta misma realidad, es la diferencia, las diversidades de los seres humanos en la Tierra. Si echamos un vistazo a los seres humanos que habitan la Tierra, nos decimos: en el fondo, no hay dos seres humanos iguales en el ámbito físico. Todos los seres humanos son diferentes entre sí en el plano físico. Y entonces es muy natural que se acepte esta diferencia entre los seres humanos en la Tierra como un hecho, —me refiero ahora a la diferencia del cuerpo físico—, y que se parta de ahí para descubrir de alguna manera, a partir de los hechos de la vida terrenal, por qué los seres humanos son diferentes, por qué tienen un aspecto diferente.

Sin embargo, la observación desde el punto de vista de las ciencias espirituales nos muestra algo muy diferente. Nos muestra que, si solo tuviéramos en cuenta la observación de lo que puede convertirse en formas a partir del cuerpo físico de la Tierra mediante las fuerzas terrestres, los seres humanos no podrían ser diferentes en la Tierra, sino que todos serían iguales, ¡todos tendrían las mismas formas! Las fuerzas que existen en la Tierra para dar forma física al ser humano son, de hecho, tales que todos los seres humanos, si solo actuaran sobre ellos las fuerzas formadoras de nuestra Tierra, tendrían que tener la misma forma física exterior. Esto se consigue preparando suficientemente el cuerpo físico del ser humano. Sabemos que ha sido preparado por los periodos de Saturno, del Sol y de la Luna.  Todo está tan preparado por las fuerzas que han actuado durante estas tres épocas, que las fuerzas de la Tierra misma no pueden actuar sobre el cuerpo humano de otra manera que no sea dándole formas uniformes en toda la Tierra, si solo se tuviera en cuenta esta Tierra. Me gustaría decir: el ser humano, gracias a las fuerzas que se han incorporado a su cuerpo físico durante las épocas de Saturno, el Sol y la Luna, está tan blindado contra todas las diversidades de las fuerzas terrestres que, si se le dejara solo a las fuerzas terrestres, tendría que ser igual en toda la Tierra. La ciencia espiritual debe partir, por tanto, de la base de que las fuerzas terrestres han predeterminado una forma igual para el ser humano.

Si ahora consideramos la diferencia entre lo masculino y lo femenino, lo que acabamos de decir también se aplica a esta diferencia entre lo masculino y lo femenino. Porque esta diferencia tampoco es provocada por lo que las fuerzas terrestres han formado en el ser humano, sino por fuerzas completamente diferentes, de las que hablaremos enseguida, de modo que podemos suponer una cierta suma de fuerzas terrestres que actúan formando al ser humano y que solo buscan producir formas humanas absolutamente iguales en toda la Tierra. Ahora, por supuesto, podemos preguntarnos: ¿de dónde viene entonces que los seres humanos sean tan diferentes?

Sabemos que no solo tenemos que ver con el cuerpo físico terrenal del ser humano, sino que detrás de él se encuentra el cuerpo etérico. Ahora bien, la observación científica espiritual nos muestra que, aunque en lo que respecta al cuerpo físico terrenal todos los seres humanos deberían ser iguales, en lo que respecta al cuerpo etérico deben ser diferentes, y ello por la razón de que sobre el cuerpo etérico no solo actúan las fuerzas terrestres. Es un error total creer que sobre el cuerpo etérico del ser humano solo actúan las fuerzas terrestres. Sobre el cuerpo etérico del ser humano actúan fuerzas procedentes del cosmos, del universo, que son las que lo forman y lo configuran. Por lo tanto, debemos distinguir entre las fuerzas terrestres uniformes que actúan sobre la Tierra, que harían que todas las formas humanas fueran iguales, y las fuerzas que actúan sobre la Tierra desde el universo, que hacen que los cuerpos etéricos de los seres humanos sean diferentes. A través de la observación científica espiritual se puede seguir la diversidad de los cuerpos etéricos humanos. Hay cuerpos etéricos humanos que, diría yo, se encuentran en un extremo, que tienen fuerzas poderosas, cuerpos etéricos en los que se puede observar que son extraordinariamente resistentes, de modo que, cuando se observan, mantienen su forma casi como lo hace una forma física. Ese es un tipo de cuerpos etéricos.

Un segundo tipo de cuerpos etéricos es aquel en el que el cuerpo etérico es tan móvil, diría yo, como algo completamente en movimiento, más bien aleteante, en contraste con la forma fija, que es fluida y móvil. Los cuerpos etéricos de estas dos formas se manifiestan de tal manera que se pueden describir como bastante uniformes en su matiz interior. Otro tipo de cuerpos etéricos son aquellos que están matizados interiormente, matizados de forma iridiscente, es decir, que no son uniformes en su color, sino matizados interiormente, teñidos interiormente. Un cuarto tipo de cuerpos etéricos son aquellos que, aunque muestran un color básico, por así decirlo, a lo largo de toda su sustancia, cambian en el tiempo sin que se pueda decir que sean cambiados por algo más que por su interior. Por lo tanto, estos no están teñidos de forma iridiscente, no están matizados con diferentes colores, sino que son uniformes, pero con el paso del tiempo muestran siempre diferentes coloraciones, cuerpos etéreos camaleónicos. Luego hay cuerpos etéricos que tienen una fuerte tendencia a iluminarse y clarificarse interiormente, que en ciertos momentos se vuelven cada vez más luminosos. Otros cuerpos etéricos tienen una gran capacidad para reproducir la armonía de las esferas. Y luego se observan aquellos cuerpos etéricos que aparecen especialmente en personas inventivas y geniales, aquellos cuerpos etéricos que ya muestran en sí mismos fuerzas que son extrañas y singulares en la Tierra. Mientras que los seis tipos anteriores de cuerpos etéricos muestran que son de tal naturaleza que se encuentran en las personas, incluso en las personas normales, el último tipo de cuerpos etéricos da lugar al tipo de personas que tienen fuertes capacidades, de las que se dice que no son «nacidas de la tierra»: poetas, artistas y similares.

No es una suposición arbitraria del número siete lo que nos lleva a distinguir estas siete formas del cuerpo etérico en los seres humanos. Hay que contarlas. No se encuentran otras que las que acabo de describir como típicas y, por lo tanto, hay siete, sin otra razón, siete tipos de cuerpo etérico. Realmente hay siete tipos diferentes de cuerpos etéricos en los seres humanos. En los cuerpos etéricos tenemos fuerzas que, en cierto modo, no son terrenales, que provienen del cosmos. Ahora bien, el cuerpo etérico tiene un efecto formador sobre el cuerpo físico, y así sucede que, mientras que en relación con el cuerpo físico todos los seres humanos serían iguales debido a las fuerzas terrestres, el cuerpo etérico los forma de manera diferente, mientras que la diferencia entre, por ejemplo, los cuerpos masculinos y femeninos solo se produce a través del cuerpo astral, a través de las fuerzas que el cuerpo astral desarrolla, especialmente en el paso entre la muerte y un nuevo nacimiento, donde el ser humano se prepara para el sexo que debe tener en la próxima encarnación según el karma.

Sigamos por ahora con la observación del cuerpo etérico. Podemos decir que, mientras que el cuerpo físico, si nos referimos únicamente a las fuerzas terrestres, está predispuesto a la igualdad en toda la Tierra, los seres humanos se dividirían en siete grupos en toda la Tierra debido a que sus cuerpos etéricos, procedentes del cosmos, de fuera de la Tierra, están predispuestos de diferentes maneras, están configurados de diferentes maneras, están sustanciados de diferentes maneras. Este es el hecho, esto es a lo que se llega poco a poco cuando se intenta investigar desde el punto de vista científico-espiritual la relación mutua entre el cuerpo etérico del ser humano y su cuerpo físico. Ahora bien, esta diversidad que se da está relacionada con las predisposiciones, con las diferencias de las razas en toda la Tierra. En el fondo, las razas siempre pueden reducirse al número siete debido a esta diferencia de los cuerpos etéricos. Aunque algunas formas típicas se atrofian y tal vez en la ciencia externa se distingan menos de siete razas fundamentales, en realidad existen siete diferencias fundamentales de razas en toda la humanidad. Pero estas son causadas en realidad por los cuerpos etéricos y no tienen su origen en las fuerzas terrestres durante nuestro desarrollo, sino que tienen su origen en las fuerzas cósmicas.

Si ahora seguimos el desarrollo de la Tierra hacia atrás, hasta la época atlante y lemúrica, vemos que originalmente existían predisposiciones impulsos que, según las predisposiciones originales, no deberían haber dado lugar en la Tierra a la fisonomía que el cuerpo físico del ser humano ha adquirido por la fuerza del cuerpo etérico, es decir, a la diversidad que se ha manifestado. No debería haber sido así, sino que si todo hubiera transcurrido de una determinada manera, —ya veremos cómo—, el cuerpo etérico de siete colores habría provocado diferencias en la configuración del ser humano, pero de forma sucesiva, tan sucesiva que habría existido una determinada forma de ser humano, provocada por el cuerpo etérico, en el quinto período atlante, una segunda en el sexto período atlante, una tercera en el séptimo período atlante, una cuarta en el primer período postatlante, una quinta en el segundo período postatlante, una sexta en el tercer período postatlante, una séptima en la época grecolatina, el cuarto período postatlante.  Así es como habría sucedido: sucesivamente se habrían manifestado diferentes tipos de seres humanos, uno tras otro. En cierto modo, los seres humanos se habrían desarrollado de tal manera que en el quinto período atlante habrían existido seres humanos en cuya constitución física habría influido especialmente una forma del cuerpo etérico, en el sexto período atlante la segunda de las formas caracterizadas, y así sucesivamente hasta llegar al cuarto período postatlante. Eso era lo que estaba predispuesto.

Lucifer y Ahriman se resistieron a ello, no querían que eso sucediera. Esa era la tendencia evolutiva que seguía el curso regular del desarrollo de la humanidad. Lucifer y Ahriman se opusieron a ello. Ellos provocaron todo el asunto de tal manera que los desarrollos se desplazaron, de modo que, mientras que en realidad el desarrollo estaba predispuesto a que apareciera esencialmente una forma de seres humanos en el quinto período atlante y esta se hubiera transformado gradualmente en otra forma de ser humano, Lucifer y Ahriman mantuvieron la forma del quinto período atlante en el sexto, y de nuevo del sexto período atlante al séptimo, y de nuevo a través del diluvio atlante. De modo que, en realidad, lo que debería haber desaparecido en su forma ha permanecido, y en lugar de que las diferencias raciales se hubieran desarrollado sucesivamente, como debería haber ocurrido, las antiguas formas raciales han permanecido, se han mantenido estacionarias, y las más recientes se han introducido, por así decirlo, de modo que se ha desarrollado una coexistencia en lugar de una sucesión, que era lo que realmente estaba destinado. Y así sucedió que razas tan diferentes físicamente poblaron la Tierra y la siguen poblando hasta nuestros días, cuando este desarrollo debería haber transcurrido tal y como lo he descrito. Vemos en todas partes, ya solo con observar lo que proviene del desarrollo del cuerpo etérico, vemos en todas partes que Lucifer y Ahriman desempeñan su papel en el desarrollo terrenal de la humanidad.

 Ahora debemos preguntarnos: ¿qué significaba realmente, en el contexto mundial, que los seres humanos se desarrollaran sucesivamente hasta la época grecolatina? Sabemos que, aproximadamente en la época que he denominado Atlante, las almas descendieron gradualmente, —es decir, a partir del quinto período atlante—, de los planetas a los que habían ascendido. ¿Recuerdan, tal y como se describe en mi obra «La ciencia oculta en líneas generales», que las almas ascendieron y volvieron a descender, y que a partir del momento en que descendieron, comenzó realmente la vida de encarnación en la Tierra? Vemos, pues, que los yoes de los seres humanos, las individualidades propiamente dichas, habrían pasado por estas diferentes configuraciones en las épocas sucesivas. Nuestros yoes habrían pasado por una forma humana en el quinto período atlante, por otra forma humana en el sexto, por otra en el séptimo, por otra en el primer período postatlante, y así sucesivamente. Se habrían completado gradualmente estos tipos humanos sucesivos, estas formas humanas. Y así estaba previsto que los seres humanos completaran de esta manera lo que era necesario para formar la individualidad humana, lo que era necesario para pasar por diferentes formas etéricas, que luego habrían tenido un efecto diferenciador en la forma física, que todo eso se hubiera experimentado. De hecho, podría haber aparecido en la Tierra un tipo de ser humano, —así estaba previsto originalmente—, que habría sido el resultado de siete períodos de desarrollo sucesivos, cada uno de los cuales habría contribuido a la perfección. Y el quinto período postatlante habría sido tal que se habría establecido un tipo de ser humano armonioso en toda la Tierra.

Lucifer y Ahriman lo impidieron. No había otra posibilidad que la de que los griegos soñaran con un tipo ideal y supranatural, al que intentaron dar forma de diversas maneras: al estilo de Apolo, al estilo de Zeus, al estilo de Atenea, etc. No lo comprendieron por completo, porque no existía en la realidad. Pero si se tiene sensibilidad por la escultura griega, se puede sentir cómo la civilización griega sueña con lo que debería haber surgido como un tipo humano uniforme, perfecto y bello. Lucifer y Ahriman impidieron que esto sucediera, ya que siempre conservaron las formas raciales que se habían creado, de modo que la sucesión se convirtió en coexistencia.

Así, en el cuarto período postatlante, la época grecolatina, la evolución humana se enfrentaba al hecho de que, debido a la influencia luciférica-ahrimánica, no se había podido alcanzar lo que los dioses que impulsaban la Tierra habían destinado a este mundo en lo que respecta a las formas externas. Los espíritus de la jerarquía de la forma querían lograr que, gracias a la interacción de las diferentes jerarquías de la forma, este tipo humano perfecto pudiera realmente surgir en su configuración física. Así, los griegos solo podían soñar con él, solo podían vivirlo en el arte.

Hay algo profundamente conmovedor cuando, en el curso de la investigación en ciencias espirituales, uno llega a preguntarse: ¿por qué los griegos crearon algo tan perfecto en la escultura? Porque, diría yo, captaron como con una herramienta espiritual y anímica las decepciones que Lucifer y Ahriman causaron a las buenas entidades divinas y espirituales, que querían algo diferente para la humanidad de lo que finalmente pudo surgir. Lo que debería haber surgido gracias a las buenas entidades divinas y espirituales estaba en el alma de los griegos, y querían al menos darle forma, después de que no hubiera podido surgir en lo exterior, en lo real. La visión de estas fuerzas internas del desarrollo de la humanidad, que se manifiestan en algo así como formas artísticas que quieren capturar lo que no se ha podido alcanzar en la realidad exterior, resulta grandiosa, imponente y conmovedora. Entonces se mira con un sentido completamente diferente este arte griego, que precisamente en esa época griega experimentó una configuración tan peculiar, que nunca más podrá repetirse.

Pero con ello también llegó el momento en que, debido a la influencia luciférica-ahrimánica, la humanidad entró en una crisis. Lucifer y Ahriman lograron que las razas, en lugar de vivir unas detrás de otras, vivieran unas junto a otras. Pero al mismo tiempo se paralizaron todas aquellas fuerzas que originalmente habían infundido los espíritus formadores, los espíritus de la forma, en el desarrollo humano de la Tierra. No podían hacer nada más que fertilizar la imaginación griega para que fuera lo que he expuesto. En cierto modo, los espíritus de la forma se vieron ante la necesidad de decirse: ¿Debe ahora la raza humana seguir desarrollándose de tal manera que los seres humanos nunca más se reencuentren en la evolución de la Tierra? Porque así habría tenido que ser.  Si el desarrollo de la Tierra hubiera continuado simplemente desde el cuarto período, la época grecolatina, se habría dividido en siete partes, debido a las fuerzas luciféricas y ahrimánicas, en siete grupos humanos en la Tierra, que se habrían separado, tan diferentes como se separan los distintos grupos de animales. Así como los distintos grupos de animales no se comprenden entre sí, sino que se ven como seres diferentes, hacia el final del cuarto período cultural, la época grecolatina, y a partir de la quinta era, en la que vivimos, habría tenido que desarrollarse cada vez más la idea de que aún no se habría alcanzado la perfección máxima, lo que aquí significa en realidad la imperfección máxima, pero que en la Tierra habría tenido que producirse poco a poco, de modo que en la Tierra se hubieran formado siete grupos humanos. no se habría llegado aún a la perfección extrema, lo que aquí significa en realidad la imperfección extrema, pero habría tenido que llegar a la Tierra poco a poco, —que en la Tierra se hubieran formado gradualmente siete grupos humanos que se hubieran considerado mutuamente como seres completamente diferentes. El nombre «ser humano» para todas las personas de la Tierra no habría resultado ser el adecuado, sino que se habrían tenido siete denominaciones para siete grupos diferentes de seres en la Tierra, y no una denominación única para los seres humanos de toda la Tierra.

Se trataba de que precisamente en este cuarto período postatlante, esta época grecolatina, se tomara una especie de precaución en el universo para que lo que amenazaba con suceder no pudiera llevarse a cabo en el transcurso del desarrollo de la Tierra, para que no llegara el momento en que la Tierra alcanzara el punto final de su desarrollo , en el que siete grupos de seres, denominados de forma diferente, como se denominan de forma diferente las diferentes especies animales, que no se consideran iguales, y a los que, como mucho, se les habría transmitido alguna imitación de las formas griegas, como la figura de Zeus o la de Apolo, que se habrían considerado algo extraño, algo que nunca podría haber existido en la Tierra. Había que tomar medidas contra esta evolución. Pero la evolución física ya había avanzado demasiado, ya no se podía cambiar nada. Por lo tanto, era necesario tomar una medida con respecto al cuerpo etérico del ser humano. Era necesario introducir en el cuerpo etérico del ser humano un impulso que contrarrestara esta fragmentación de la humanidad terrestre en siete partes. Y este impulso, que estaba destinado en el plan mundial a contrarrestar esta fragmentación de la humanidad terrestre, este impulso, que estaba destinado a hacer posible que el nombre del ser humano conservara un significado real en toda la Tierra y que, además, lo adquiriera cada vez más, este impulso es, —y aquí llegamos a un nuevo punto de vista de este hecho—m, el misterio del Gólgota. El primer intento, por así decirlo, que se había hecho con la humanidad terrestre antes de que el impulso luciferico-ahrimánico interviniera en el desarrollo de la Tierra, fue el de crear unidad en toda la humanidad a través de la configuración del cuerpo físico. Este intento de los espíritus de la forma ha fracasado. Ha fracasado debido a la influencia luciferina-ahrimánica. Pero no debía fracasar en su totalidad, había que hacer algo para que lo que Ahriman y Lucifer habían provocado pudiera ser paralizado, equilibrado. Ya no se podía actuar sobre el cuerpo físico como se había previsto originalmente. Pero se podía actuar sobre el cuerpo etérico. Y eso sucedió cuando ese ser espiritual-divino del que hemos hablado tantas veces, el ser de Cristo, se unió a la forma humana en aquella época del desarrollo humano en la que aún existía la mayor posibilidad de conservar el arquetipo original de la humanidad.

 ¿En qué momento del desarrollo humano se produce esto? Todas las fuerzas que contrarrestan la disposición original del cuerpo físico actúan en el ser humano de tal manera que pueden influir durante los primeros siete años, cuando el cuerpo físico se encuentra en una fase de desarrollo blando. No lo dejan igualarse, sino que lo varían desde dentro. También pueden hacerlo durante los segundos siete años, hasta la madurez sexual. También pueden hacerlo en los terceros y cuartos siete años, durante el desarrollo del cuerpo astral y del alma sensible. Pero cuando llega a la mitad del alma racional, precisamente el miembro del desarrollo humano que se desarrolló preferentemente en la cuarta época postatlante, la época grecolatina, es cuando las fuerzas extraterrestres pueden acercarse menos al ser humano, y menos aún en el centro, es decir, en el período de la vida humana que se extiende entre los veintiocho y los treinta y cinco años, y allí, de nuevo, en el centro. Si añadimos dos años antes y quitamos dos años después, es el periodo comprendido entre los treinta y los treinta y tres años. Después viene el tiempo en el que las fuerzas extraterrestres vuelven a tener la mayor influencia sobre el ser humano; de hecho, el ser humano es tal que las fuerzas extraterrestres tienen la mayor influencia sobre él. Pero ahora, desde los treinta hasta los treinta y tres años, lo que más prevalece es que solo las fuerzas terrestres actúan sobre el ser humano. Y en este tiempo, en estos tres años, aunque se mantuviera la diferencia de desarrollo que actuó en los años más jóvenes y se sumara lo que aparece en los años posteriores, si ahora solo actuara lo que actúa sobre el ser humano en este tiempo, entre los treinta y los treinta y tres años, los seres humanos serían mucho más iguales en la Tierra.

Cristo tuvo que aprovechar especialmente estos tres años, —son tres años muy especiales—, para entrar en comunión con las fuerzas terrenales del ser humano, en las que aún se conservaba en mayor medida lo terrenal del ser humano. Para ello se preparó, como hemos explicado, a través de los dos cuerpos de Jesús, hasta los treinta años el cuerpo de Cristo, y luego, desde los treinta hasta los treinta y tres años, Cristo tomó posesión de este cuerpo. Allí donde aún actuaban en mayor medida las fuerzas terrenales y donde podía producirse una deformación, ya no había desarrollo, sino que se producía la muerte física. Así entró realmente en la esfera terrenal esta entidad solar de Cristo y se unió, como ya he descrito a menudo, con todo el cuerpo etérico de la Tierra, pasó a la aura terrestre y ahora sigue actuando en ella.  Pero para el ser humano debe actuar de tal manera que comprenda cada vez más que en Cristo se le ha enviado a la Tierra ese espíritu divino, mediante el cual lo que el adversario Lucifer-Ahriman había aislado y diferenciado de los impulsos originales de la humanidad, se vuelve a integrar desde dentro. En la naturaleza exterior del ser humano, las buenas entidades espirituales colaboran con Lucifer y Ahriman. Pero lo que originalmente se le había propuesto al ser humano al comienzo físico de la Tierra, tener desde fuera: igualdad en toda la Tierra, posibilidad del nombre humano en toda la Tierra, eso debía ser traído ahora por el espíritu de Cristo desde el ser más íntimo del ser humano. Uno de los significados múltiples y variados del misterio del Gólgota era que, con el espíritu crístico, se le dio a la Tierra algo que, si se entiende en el sentido correcto, vuelve a hacer posible el nombre humano en toda la humanidad terrestre. Si lo que realmente constituye el contenido del cristianismo, lo que ya ha sido revelado en parte por el cristianismo, lo que descubrirán aquellos que, con la mirada puesta en Cristo, busquen en el mundo espiritual lo que Cristo revela continuamente según su palabra: «Estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos», si poco a poco se va revelando lo que se puede comunicar a la humanidad desde el interior en nombre de Cristo, entonces se podrá compensar cada vez más lo que Lucifer y Ahriman han causado en la humanidad terrenal.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿tiene sentido que se haya dado este rodeo? Y esta pregunta, que yo calificaría de infantil, la plantean muy a menudo personas que quieren ser más inteligentes que la sabiduría del mundo, y son muchas las personas que quieren serlo. Precisamente aquellas personas que quieren ser más inteligentes que la sabiduría del mundo dicen: si hay que creer en seres divinos poderosos, ¿no podrían estos haber eliminado la influencia luciférica-ahrimánica al comienzo del desarrollo de la Tierra, para que su obra no se viera estropeada? Ciertamente, eso es sabiduría humana, pero en el sentido de Pablo «locura ante la sabiduría divina». Eso es sabiduría humana.

Ahora debemos considerar las cosas tal y como las vemos. Entonces nos parece natural que lo que surge de la oposición, lo que surge del otro lado a través de la enemistad entre Lucifer y Ahriman, no sea algo absolutamente malo, sino solo relativamente malo. Consideremos también el otro lado de la cuestión. Imaginemos que se hubiera cumplido el plan divino original para la Tierra; realmente habría llegado, de manera regular, como he indicado, el período grecolatino, y ese tipo humano bello y armonioso con el que soñaban los griegos no solo habría sido esculpido por los escultores griegos, sino que habría caminado entre los seres humanos y habría ocupado cada vez más espacio en toda la Tierra. Poco a poco, todas las demás formas humanas habrían desaparecido, y solo lo que vivía en la predisposición del tipo Apolo, Zeus, Diana y Atenea habría caminado por la Tierra y, al reconocerse en la visión exterior, se habría dado el nombre humano. El nombre humano se habría hecho posible, y también se habría hecho posible la sensación de la igualdad de todos los seres humanos. Se podría decir que una humanidad con la belleza griega se habría extendido gradualmente por la Tierra, y en nuestra época ya se vería cómo la humanidad tendería a acercarse cada vez más a este tipo humano griego bello, que habría alcanzado su plenitud cuando la Tierra llegara a su destino en el séptimo período postatlante y avanzara hacia otro nivel de existencia. Pero los seres humanos habrían llegado a esta comunidad humana en condiciones de falta de libertad, debemos señalar. El ser humano se habría visto obligado a considerarse a sí mismo como un ser igual en toda la Tierra.  Todo lo que ha llevado a los seres humanos a considerarse desiguales, de modo que uno no ve al otro como a sí mismo, uno no ama al otro como a sí mismo, todo eso ha sido posible precisamente porque no se ha producido esa igualdad. Quizás puedan sentir que, si realmente hubiera sucedido que, en el exterior, los seres humanos se hubieran vuelto tan iguales como debían haber sido por las fuerzas divinas y espirituales originales, sin la influencia luciférica-ahrimánica, entonces también se habría desarrollado el sentimiento de que hay que amar al prójimo como a uno mismo; no se habría podido hacer de otra manera. Cualquier otra cosa habría sido un disparate, un disparate del sentimiento, un disparate del sentir. Pero aquello que no podía venir del exterior, porque habría convertido al ser humano en una capacidad de amor automático, en alguien que habría amado a su semejante, pero sin saber qué fuerza le impulsaba a ese amor, aquello que habría supuesto una falta de libertad, se preparó precisamente para la libertad al permitirse la oposición. Esta admisión de la oposición forma parte, pues, del plan original de la sabiduría. Se puede incluso decir que, si se retrocede más en la evolución de la Tierra, primero se crea la oposición contra las fuerzas divinas y espirituales que avanzan de manera uniforme, para que luego esta oposición pueda existir y lograr la libertad.

Nos encontramos en un punto en el que hay que reconocer que los conceptos deben cambiar ligeramente en cuanto se pasa de la observación física a una observación superior. Quizás algunos de ustedes sepan que en filosofía se habla de antinomias, que Kant incluso demostró: Se puede demostrar con el mismo derecho que «el mundo es espacialmente infinito» y que «el mundo es espacialmente limitado»; que «el mundo tuvo un comienzo» y que «el mundo nunca tuvo un comienzo»; una cosa y otra se pueden demostrar de la misma manera como estrictamente necesarias. ¿Por qué? Porque la lógica se detiene cuando se llega a lo que ya no se puede comprender físicamente. Hay que aprender a comprender finalmente que esta lógica física humana no solo se detiene ante lo que han descubierto los filósofos, sino que se detiene por completo cuando se echa un vistazo a otras formas de existencia distintas de la física. No hay que quedarse ahí parado y contemplar la oposición entre Lucifer y Ahriman como se contempla la oposición entre un hombre bueno y un hombre malo en la Tierra. Los errores surgen precisamente por el hecho de que se traslada constantemente lo terrenal a lo extraterrenal. La mayoría de las personas se imaginan a Lucifer y Ahriman como seres malignos, solo que muy intensificados, muy, muy intensificados hasta el infinito. Pero no es así, sino que hay que saber al mismo tiempo que ciertos matices de sentimiento terrenales que asociamos con los conceptos pierden su sentido cuando se trasciende lo terrenal. Por lo tanto, no se puede decir: por un lado tenemos a los dioses buenos y, por otro, a los dioses malvados Lucifer y Ahriman, y luego concluir que en realidad debería celebrarse un juicio en el universo; que un jurista mundial de alto rango debería sentarse en el tribunal mundial y encarcelar de una vez por todas a Lucifer y Ahriman; en realidad deberían estar encarcelados para que solo los dioses buenos pudieran actuar.  Ciertamente, encerrar a alguien puede tener sentido en la vida terrenal. En el universo, sin embargo, no tendría sentido, ya que allí esos conceptos pierden su significado. Los dioses buenos crearon ellos mismos esas oposiciones, aunque en una época anterior, para poder emplear así toda su fuerza en la dirección de desarrollo que he indicado. Para que pudiera entrar la libertad, para que el ser humano no pudiera llegar a un amor sin libertad por medio de un orden externo de las formas, ellos incorporaron el elemento luciférico y arimánico, para que el ser humano pudiera llegar desde dentro a una unidad del nombre humano en toda la Tierra, desde dentro. Primero han dejado que los seres humanos se fragmenten, por así decirlo, a través de la oposición, para que luego, una vez fragmentada la corporeidad, pudieran volver a darles la unidad en la espiritualidad, en Cristo.

Y ese es también el sentido del misterio del Gólgota, la conquista de la unidad de los seres humanos desde dentro. Los seres humanos son cada vez más diferentes en lo exterior, y eso provocará precisamente que no haya uniformidad, sino diversidad en toda la Tierra. Eso hará que los seres humanos tengan que emplear aún más fuerza desde dentro para alcanzar la unidad. Siempre habrá retrocesos contra esta unidad de los seres humanos en toda la Tierra. Vemos aparecer tales retrocesos. Lo que en realidad estaba destinado a una época anterior se mantiene en una época posterior. Lo que estaba destinado a provocar diversidad durante un período determinado se yuxtapone. Los seres humanos forman diferentes grupos y, mientras conquistan su unidad sobre la Tierra a través del nombre de Cristo, a través del impulso de Cristo, la diversidad permanece como referencia y siempre seguirá existiendo, ya que los seres humanos solo podrán conquistar su unidad poco a poco, y siempre habrá grupos humanos individuales que lucharán a muerte entre sí en lo que respecta a la vida exterior. Hay referencias de épocas anteriores que, en el fondo, van en contra del impulso crístico, no con el impulso crístico. Sin embargo, se nos revela un significado profundo, muy profundo, de este impulso crístico. A partir de un conocimiento real, podemos decir: Cristo es el salvador de la humanidad de la fragmentación en grupos. El hecho de que la humanidad aún no pueda comprenderlo plenamente se debe precisamente a que simultáneamente se ha mantenido lo antiguo. Si hoy vemos lo poco que la humanidad comprende aún uno de los nervios, la comunidad de vida en el impulso crístico, esto se debe a que esta comprensión debe partir de la esencia más íntima del ser humano. Hay que darse cuenta de cómo, en los casi dos mil años en que el impulso crístico ha actuado dentro de la aura terrestre, este impulso crístico ha actuado sin ser comprendido. Porque, como hemos subrayado a menudo, solo puede comprenderse plenamente a través de lo que nos aporta la ciencia espiritual. Solo cuando un número cada vez mayor de personas comprenda, piense y sienta lo que realmente ha influido en la evolución terrenal de la humanidad en este cuarto período postatlante, se irá adquiriendo una comprensión cada vez mayor. Todavía no se puede exigir plenamente a la humanidad actual. Porque piensen en lo poco que la gente de hoy está dispuesta a reconocer que este cuarto período postatlante, la época grecolatina, tiene una importancia tan fundamental, tan grande en toda la evolución de la humanidad. Piensen en lo poco que la gente de hoy en día está dispuesta a reconocer siquiera la existencia de un período postatlante y a situar la época grecolatina en el centro. Para ello es necesario haber asimilado estas ideas de la ciencia espiritual. De lo contrario, no se llega a comprender, es decir, no se puede entender cómo se desarrolla la humanidad si no se han asimilado estos conceptos.

Por lo tanto, es necesario comprender todo el significado de los espíritus de la forma, de cómo estos espíritus de la forma quisieron formar una raza humana unificada, pero que, por así decirlo, intentaron formar en siete etapas sucesivas, y cómo esta raza humana unificada fue fragmentada por Lucifer-Ahriman, y cómo, gracias al impulso crístico, se ha revitalizado desde dentro aquella fuerza que, a pesar de todas las diferencias externas, quiere extender de manera significativa el nombre humano unificado por toda la Tierra hasta el final de los tiempos terrestres.

Comprender que Cristo se sitúa en medio, entre Lucifer y Ahriman, y lo que él significa frente a Lucifer y Ahriman, es una de las tareas principales del futuro próximo. Por eso, en la reflexión humana tendrá que aparecer una y otra vez que se nombra a Lucifer y Ahriman y que el impulso crístico es lo que los combate, lo que salva a la Tierra del impulso unilateral luciférico-ahrimánico. Esto tendrá que representarse cada vez más de esta forma.

Por eso, en nuestro edificio de Dornach, en el lugar más destacado, se coloca el tipo humano tal y como estaba predispuesto y tal y como debe ser recreado desde dentro por Cristo, y alrededor de él, lo luciférico-ahrimánico. Ese será precisamente el significado de la estatua central de nuestro edificio de Dornach. Al contemplar esta figura central, uno podrá decirse: sí, eso es lo que querían los dioses buenos. Primero se fragmentó, aparecieron Lucifer y Ahriman, pero triunfa el impulso crístico, que recrea desde dentro, desde el interior del ser humano, lo que originalmente estaba predispuesto desde fuera, y lo recrea así en su libertad.

Lo que se pretende lograr en cuanto a la comprensión del desarrollo humano es precisamente lo que se le presentará a la humanidad a través de nuestra construcción y de lo que habrá en ella. Lo que es más necesario para la humanidad en el futuro próximo es el objetivo de este edificio: observar y escuchar el desarrollo humano para descubrir lo que es más necesario para el futuro próximo y ponerlo en práctica.

Ciertamente, se pueden plantear muchas objeciones. Ya nos han planteado objeciones de este tipo. Al contemplar las obras pictóricas y escultóricas de nuestro edificio, algunas personas han dicho: una verdadera obra de arte es solo aquella que todo el que la contempla entiende de inmediato, sin necesidad de explicaciones previas; cuando la gente entra allí, primero hay que explicarles las cosas de forma teórica. Eso es lo que suele decir la gente. ¡Si la gente pensara un poco! Imagínese a una persona que es totalmente turca y no entiende nada más que lo que está en el Corán, que nunca ha oído hablar de Cristo más que para combatir el cristianismo, imagínese a un turco auténtico; ni siquiera quiero decir un chino, sino un turco, y llévelo ante la Madonna Sixtina y simplemente preséntesela, sin darle ninguna explicación, ¡imagínese eso! Por supuesto, solo puede comprender una obra de arte quien vive en toda la corriente espiritual de la que surgió la obra de arte.  Así, solo aquellos que se encuentran en esta corriente podrán comprender nuestra figura ideal con Ahriman y Lucifer. Pero lo que las obras de arte tienen en común a lo largo de todos los tiempos es que solo son comprensibles para aquellos que se encuentran dentro de esta corriente espiritual. Solo pueden ser verdaderas obras de arte dentro de esta corriente espiritual, pero la orientación espiritual debe estar presente en ellas. Del mismo modo que quien comprende la Madonna Sixtina o, por ejemplo, la Transfiguración de Cristo de Rafael, debe saber algo de la corriente espiritual de la que surge la imagen, quien haya contemplado algo en nuestro edificio debe tener en su alma, en su corazón, lo que pertenece a nuestra corriente espiritual. Pero entonces, cuando se tiene eso en el alma, la obra de arte debe hablar por sí misma, y nadie necesita escribir nada en ella como explicación, un nombre o algo por el estilo.

Así pues, cuando una persona mira una de nuestras vidrieras y ve abajo una especie de ataúd con un muerto dentro y, más arriba, ve un camino sinuoso, algo que reconoce como un camino tortuoso, por ejemplo, un anciano, un joven, una doncella y un niño. Cuando haya captado nuestra corriente espiritual, verá que se trata de la retrospectiva. Cuando se ha atravesado directamente la puerta de la muerte, se ve la vida terrenal en retrospectiva. Por supuesto, hay que saber esto. Pero entonces la imagen, por lo que contiene, tiene el mismo efecto que la Madonna Sixtina: para quien conoce la historia cristiana, la imagen tiene un efecto por lo que contiene, pero no tiene ningún efecto sobre los turcos. Del mismo modo, lo que aparece en nuestra construcción no puede tener ningún efecto sobre quien no ha captado esta corriente espiritual. Solo hay que ver estas cosas de la manera correcta. 

Quería dejar claro, ante todo, que Cristo fue, en el curso de la evolución terrenal, el espíritu del universo que trajo de manera espiritual aquello que debía ser predispuesto en forma externa, pero que no pudo completarse en esa forma externa, porque de lo contrario el ser humano se habría convertido en un autómata del amor y la igualdad humana. En el plano físico, es una ley fundamental que todo debe actuar a través de opuestos, a través de polaridades. No es que, como podría decir una sabiduría infantil, la acción divina pudiera enviar a Cristo al comienzo del desarrollo terrestre, porque entonces nunca habría surgido esta oposición entre la dispersión exterior y la concentración interior. Pero la humanidad debe vivir bajo esta oposición, bajo esta polaridad. Entonces se le brindan a Cristo los sentimientos correctos, de modo que él pueda convertirse cada vez más en el ser que llena nuestro propio yo en lo más profundo, cuando se le considera como el salvador de la humanidad terrenal de la dispersión. En todas partes donde se es capaz de comprender realmente esta unión de toda la humanidad a través de Cristo en la Tierra, allí está el cristianismo. En el futuro, poco importará si lo que es Cristo seguirá llamándose Cristo, pero importará mucho que se busque en Cristo al unificador de toda la humanidad por una vía espiritual y que se acepte la idea de que la diversidad exterior será cada vez mayor en el mundo.

 Pero también habrá que aceptar que aún se producirán muchos reveses contra esta comprensión espiritual del impulso crístico. Aquello que ha surgido simultáneamente, en lugar de sucesivamente, seguirá desencadenando durante mucho tiempo fuerzas en la Tierra que lucharán contra una comprensión espiritual de la igualdad humana en todo el mundo. Habrá muchas, muchas tormentas terribles, y en gran parte estas tormentas tienen el sentido de continuar la lucha luciférico-ahrimánica contra el impulso crístico. Y será uno de los logros más grandes, más hermosos y más significativos si en nuestra época podemos ser al menos un pequeño grupo de personas que comprendan esta idea de unificación de toda la humanidad, que comprendan cómo los atrasos luciferico-ahrimánicos en la Tierra aspiran a algo especial en grupos humanos individuales, excluyendo a otros grupos humanos. Es realmente difícil decir hoy una última palabra sobre estas cosas. Una última palabra sobre estas cosas, tal y como son los corazones humanos, tendría hoy más bien un efecto provocador, más bien perturbador, más bien provocaría resistencia, tal vez incluso odio e insultos, en lugar de actuar en el sentido del impulso crístico. Pero todo lo que se pueda decir sobre este principio del impulso crístico, que es la salvación de la humanidad de la fragmentación física hacia la unificación espiritual, debe ser expresado, porque debe ser eficaz y cada vez más eficaz en el desarrollo de la humanidad. Hay que poder afrontar con calma y valentía la diversificación de la naturaleza humana, porque sabemos que podemos llevar a todas las diferencias humanas una palabra que no es solo una palabra hablada, sino una palabra de fuerza. Pueden aparecer grupos que luchan entre sí dentro de la existencia terrenal, podemos pertenecer a uno u otro de estos grupos, pero sabemos que podemos aportar a cada uno de ellos algo que puede decir: «No yo, sino el Cristo en mí», y lo que es el «Cristo en mí» no provoca agrupaciones, sino que hace que la gloria del nombre humano pueda extenderse realmente por toda la Tierra. Esa es una de las facetas prácticas, una de las facetas morales y éticas de nuestros esfuerzos en el campo de la ciencia espiritual, que puede cobrar vida a través de la comprensión de nuestra ciencia espiritual, que, independientemente del grupo humano en conflicto al que llevemos nuestro yo, llevamos a los grupos humanos en conflicto la fuerza que proviene de la palabra «No yo, sino Cristo en mí». De este modo, aportamos algo que pertenece a toda la humanidad, no a un solo grupo, y eso es lo único que puede conducir a la verdadera comprensión espiritual del cristianismo.

Los grandes caminos espirituales del mundo siempre se expresan en palabras sencillas. Intentemos ahora expresar con palabras sencillas toda la esencia del cristianismo, que lleva casi dos milenios penetrando en el mundo. Pero estas palabras sencillas solo se alcanzan sobre la base de amplios desarrollos. Estas palabras sencillas en las que se puede resumir el cristianismo no existían desde el principio, sino que tuvieron que ganarse. Ahora bien, debemos tener muy claro que pertenecemos a aquellos que primero tienen que trabajar para que algún día se encuentren palabras muy, muy sencillas que resuman, de una manera sumamente primitiva, las verdades que hoy debemos difundir y desarrollar. Pero sin este desarrollo, lo sencillo nunca podría llegar. De una cosa podemos estar seguros: aunque hoy en día aún no seamos capaces de formular en ningún idioma las palabras sencillas que resuman nuestros esfuerzos en las ciencias espirituales, diría yo, en un cuarto de página, de modo que puedan resultar comprensibles para todo el esfuerzo espiritual humano, como realmente ocurre con el cristianismo, con el cristianismo tal y como surgió hace dos mil años, en estas sencillas formulaciones habrá algo de lo que hoy he intentado insinuarles, algo que dirigirá la mirada espiritual hacia el desarrollo de la humanidad, hacia el significado de la época grecolatina, hacia la irrupción del misterio del Gólgota en esta época, hacia la oposición, hacia la polaridad de Cristo y Lucifer-Ahriman. Lo que se puede reconocer en todo se condensará en unas pocas palabras que luego se transmitirán a la humanidad futura, como cuando hoy decimos: «Amarás a Dios por encima de todo y a tu prójimo como a ti mismo». Como hay en ello algo que ha tenido que ser conquistado a lo largo de un largo desarrollo, más tarde se resumirán las cosas en palabras sencillas. Entonces serán comprensibles para los seres humanos.

Pero nuestro trabajo espiritual es necesario para ello, porque lo sencillo en el desarrollo espiritual de la humanidad solo surge cuando los seres humanos han decidido conocer los detalles a lo largo de un período prolongado. Ustedes están llamados a participar en este desarrollo, que conducirá a que algo se presente ante la humanidad con una claridad sencilla y luminosa, algo que hoy en día aún no se puede expresar porque aún no disponemos de las palabras en los idiomas para ello, pero hacia lo que debe tender nuestra ciencia espiritual. Si se sienten identificados con esta corriente espiritual y les gusta formar parte de ella porque la reconocen como una necesidad dentro del desarrollo de la humanidad, entonces están en este movimiento espiritual con el sentido correcto, están en este movimiento espiritual de tal manera que ven de la manera correcta lo más grande a lo que tiende este movimiento espiritual, desde una comprensión cada vez mejor de la oposición entre Cristo y Lucifer-Ahriman y de la necesidad de esta oposición.

Esto es lo que quería presentarles hoy ante sus almas. Está relacionado con la cuestión del sentido de toda nuestra evolución terrenal. Cuando los espíritus de otros planetas miran hacia la Tierra y se preguntan: «¿Cuál es el sentido de esta evolución terrenal?», reconocerán ese sentido cuando conozcan algo del misterio del Gólgota. Porque todo lo que ocurre en el curso de la evolución terrenal solo adquiere su sentido a través del misterio del Gólgota. Este irradia al espacio cósmico y da a todo lo demás que irradia desde la Tierra su sentido, ¡su sentido central!

Traducido por J.Luelmo ene 2026

GA125 Bremen, 26 de noviembre de 1910 - Cuestiones vitales a la luz de la reencarnación y el Karma

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RUDOLF STEINER

Cuestiones vitales a la luz de la reencarnación y el Karma


Bremen, 26 de noviembre de 1910



Hoy, en esta reunión de la rama, queremos tomar como punto de partida algunas cuestiones vitales que afectan a la vida humana inmediata. Luego queremos ascender un poco a aspectos espirituales más elevados. Me gustaría partir de dos cualidades humanas, dos defectos o vicios humanos que se perciben como algo poco atractivo, como algo que disminuye el valor de una persona. Queremos hablar de lo que se llama envidia y falsedad.

Si miramos a nuestro alrededor en la vida, encontraremos fácilmente que existe una antipatía bastante natural hacia estas dos cualidades humanas. E incluso si observamos a personas que en la vida son  líderes para los demás, veremos que conceden gran importancia a no tener estos dos defectos . Goethe, por ejemplo, que pasaba mucho tiempo practicando el conocimiento del alma, reflexionando sobre sus defectos, menciona: «Tengo tal o cual defecto, tal o cual mérito, pero lo que me parece más importante es que no puedo contar la envidia real entre mis defectos». -Y el gran Benvenuto Cellini dice que se alegra de no tener que acusarse a sí mismo de mentir.- Así vemos que estas grandes personalidades sentían la importancia de combatir estas dos cualidades o defectos humanos. Y la persona más sencilla e ingenua coincide con los líderes de la humanidad en su juicio o antipatía hacia estos vicios.

Si nos preguntamos por qué se condenan instintivamente estos dos defectos, nos daremos cuenta de que la envidia y la mentira carecen de un mínimo que se corresponda con una de las cualidades terrenales más importantes. No se corresponden en absoluto con lo que llamamos simpatizar con los demás. Porque si envidiamos a alguien, no nos sentimos inclinados a entregarnos a esa virtud que llega a lo más profundo, a lo más íntimo del ser, a la divinidad de la otra persona. Porque la compasión sólo tiene valor cuando no sólo somos compasivos, sino que podemos apreciar el núcleo, la esencia espiritual de la otra persona. El aprecio del ser humano, sin embargo, como base de la compasión, implica que podamos reconocer los méritos de la otra persona y alegrarnos de los éxitos y etapas de desarrollo de otras personas. Y todo esto excluye la envidia. La envidia es una característica estrechamente relacionada con el egoísmo más fuerte del hombre.

Lo mismo puede decirse de la mentira. Si decimos una falsedad, transgredimos la ley de establecer un vínculo que aglutine a todos los hombres con respecto a la verdad. Lo que es verdad es verdad para todos los hombres, y en nada como en la verdad, podemos practicar tanto el desarrollo de una conciencia que abarque a todos los hombres. Si decimos una falsedad, cometemos una ofensa contra el vínculo que debe ir de corazon a corazón humano. Así son las cosas cuando las consideramos como seres humanos. Y si las consideramos espiritualmente, sabemos que nuestras encarnaciones anteriores tienen un efecto en esta vida y que estamos expuestos a muchas influencias. Una y otra vez hay que pasar por dos grandes influencias: las dos influencias que llamamos luciférica y ahrimánica. Hoy no pretendemos hablar cosmológicamente de esto, lo que queremos es quedarnos en la vida humana e imaginar que hemos pasado por muchas encarnaciones, y que al pasar por la primera encarnación, el poder luciférico hizo efecto en nuestro cuerpo astral. Desde entonces, ese poder luciférico ha sido el poder tentador sobre nuestro cuerpo astral. En nuestro cuerpo astral existen fuerzas que son ejercidas por Lucifer. Básicamente el empeño de Lucifer es el de ganar influencia sobre el cuerpo astral humano en nuestra tierra. Tenemos que descubrirlo en todo lo que lo arrastra hacia abajo. Debemos buscarlo en todas las características que viven en el cuerpo astral como pasiones egoístas, deseos, impulsos y anhelos, y así darnos cuenta de que la envidia es una de las peores influencias de Lucifer. Todo lo que puede vivir en nuestra alma y puede ser inscrito bajo la envidia pertenece a su dominio, y cada vez que tenemos un asomo de envidia, Lucifer nos agarra por los instintos en nuestro cuerpo astral.

Ahriman, por su parte, tiene una influencia sobre nuestro cuerpo etérico, y todo lo relacionado con las perturbaciones del buen discernimiento puede atribuirse a él, tanto lo involuntario, cuando hacemos un juicio erróneo, como lo arbitrario, cuando decimos una mentira. Si somos presa de la falsedad, Ahriman actúa en nuestro cuerpo etérico.

Es interesante que los seres humanos sintamos estas influencias tan intensamente, que sintamos una antipatía tan fuerte cuando se producen, y que la gente haga todo lo posible por combatir estas dos características, la mentira y la envidia. No será fácil que haya personas que confiesen conscientemente: Quiero ser envidioso. Es cierto que en la lengua se ha colado un uso lingüístico como el de: no sabes cuanto te envidio. Pero no es una mala intención. La gente no quiere decir envidia de verdad. En cuanto nos damos cuenta de que tenemos envidia, de que estamos mintiendo, hacemos todo lo posible por combatirla. Así que tomamos la lucha contra Lucifer y Ahriman en esta área.

Ahora, sin embargo, a menudo ocurre algo que debemos tener en cuenta cuando nos dedicamos a la ciencia espiritual. Podemos luchar contra los impulsos concretos de la envidia y la mentira, pero si estos defectos se asientan en nuestra alma, si los hemos adquirido en encarnaciones anteriores y ahora luchamos contra ellos, entonces aparecen como otros defectos. Cuando intentamos luchar contra una tendencia a la envidia de encarnaciones anteriores, la envidia adopta una máscara. Lucifer dice: El hombre me combate, se ha dado cuenta de su envidia. Le entrego esta persona a mi hermano Ahriman. Y se produce otro efecto, que es consecuencia de combatir la envidia. Los defectos combatidos aparecen enmascarados. Y la envidia que combatimos entonces aparece a menudo en la vida de tal manera que nos entra el deseo de buscar las faltas de otras personas y reprocharlas ácidamente. En la vida, conocemos a algunas personas que, como si tuvieran un cierto poder clarividente, siempre encuentran los defectos y los lados oscuros de otras personas, y si llegamos al fondo de este fenómeno, éste consiste en que la envidia se ha convertido en un deseo de culpar, y esto para la persona en cuestión parece ser una característica muy correcta. Es bueno, según ellos, llamar la atención sobre la presencia de estas malas cualidades. Pero detrás de esa censura no se esconde otra cosa que una envidia transformada y enmascarada. Y debemos aprender a reconocer cuando esos defectos son originales o cuando se han transformado a partir de otros. Debemos considerar si alguien fue envidioso en su juventud. Tal vez hemos expulsado de él esa envidia y ahora se ha convertido en una persona adicta a culpabilizar.

Las mentiras también cambian muy a menudo en la vida y aparecen con distintos disfraces. La mentira puede hacer que nos avergoncemos de ella. Pero no la erradicamos fácilmente, muy a menudo se convierte en una cierta superficialidad hacia la verdad. Es importante que sepamos algo así, pues así prestaremos atención a lo que encontramos en otra persona en la vida. Tales personas se dan por satisfechas con una respuesta que nosotros nos preguntamos: ¿Cómo puede quedar satisfecho con semejante respuesta? - Ellos fácilmente dicen: ¡Sí, sí, así es, así es! - muy a menudo esto es la transformación resultado de la falsedad real. Debemos examinar la ley del karma en particular en busca de tales defectos. La gente no le presta atención, pues son la raza más olvidadiza en relación con todas las demás que se afirman en los diversos planos. 

Por ejemplo, si conocemos a una persona y permanecemos cercanos a lo largo de los años, podemos observar cómo cambian algunas cosas en esta persona. Si todavía estamos cerca después de treinta años, podríamos encontrar conexiones notables dentro de la vida de esa persona cuando miremos hacia atrás a lo largo de una vida juntos, mientras que la persona en cuestión no sabe nada al respecto y lo ha olvidado todo. Sin embargo, realmente deberíamos observar tales cosas en la vida. Se hacen evidentes conexiones importantes. Por ejemplo, cierta persona siente envidia cuando era niño. Más tarde, la envidia ya no es evidente, pero a una edad más tardía aparece transformada como una falta de independencia en la persona en cuestión, de querer depender de los demás. Aparece en forma de ideas de ser incapaz de valerse por sí mismo, de necesitar siempre a otras personas a su alrededor para aconsejar y ayudar. Una debilidad moral específica aparece como consecuencia de la transformación de la envidia. Cuando alguien tiene esta debilidad moral, siempre encontraremos que esta es la consecuencia kármica de la envidia transformada.

Y en la edad madura, esa falsedad transformada produce un carácter tímido. Aquellos que fueron mentirosos en su juventud no se atreven a mirar a la gente a los ojos en la vejez. En el ambiente rural, la gente tiene un conocimiento instintivo y elemental de esto, que no se reviste en conceptos. Dicen que no hay que fiarse de la gente que no sabe mirarte a los ojos. La timidez, la reticencia, no por modestia, sino por miedo a enfrentarse a otras personas, es la consecuencia kármica de haber mentido ya en una encarnación.

Lo que aparece como debilidad moral en una encarnación tiene un efecto organizador en la encarnación siguiente. La debilidad del alma, que es el resultado de la envidia, no puede destruir particularmente este cuerpo en la encarnación actual, donde el cuerpo ya está construido. Pero cuando pasamos por la muerte y volvemos a una nueva encarnación, estas fuerzas actúan de tal manera que se vuelven orgánicamente constructoras de debilidad, y vemos aquellas personas que en una encarnación anterior han tenido la envidia transformada, ahora tienen que enfrentarse a la debilidad de su cuerpo. Cuando decimos que un hombre es débil, -pero sin prejuicios, pues los hombres deben saber lo que es débil o fuerte-, cuando un hombre es fácilmente susceptible a tal o cual influencia, no tiene poder de resistencia, entonces sabemos que su cuerpo es débil y que tiene este cuerpo débil como resultado de la envidia transformada anterior.

Ahora debemos decirnos a nosotros mismos: Si un niño nace en un determinado entorno como un niño débil, no sólo debemos pensar que este karma interno se ha hecho efectivo, sino también que nos juntamos con las personas de nuestro entorno por razones, no por casualidad. Este aspecto del karma, que estamos adaptados a nuestro entorno, es muy fácil de entender. Un edelweiss, por ejemplo, sólo puede prosperar en el entorno al que está adaptado. También el hombre sólo puede prosperar en un entorno adaptado a él. La lógica más simple tendría que decir esto, porque sólo se puede entender la vida si se tiene esto en cuenta. Todo ser está adaptado a su entorno, nada es accidental.

Por eso nacemos entre aquellas personas a las que hemos envidiado o a las que hemos criticado. Y es por eso por lo que nacemos con un cuerpo débil, conviviendo entre aquellas personas a las que, en la encarnación anterior hemos envidiado por lo que han conseguido, o cosas por el estilo. Es de infinita importancia saber esto, porque sólo considerándolo podemos comprender la vida. Cuando un niño nace en un ambiente con un cuerpo débil, debemos preguntarnos: ¿Cómo debemos comportarnos? - El comportamiento más correcto debe ser el que moralmente es más sensato: perdonar. Esto también conducirá al mejor resultado en este caso, y también es la mejor educación para la persona afectada. Tiene un efecto tremendamente educativo si podemos perdonar amorosamente a un niño débil que nace en nuestro entorno. Cualquiera que haga esto de una manera verdaderamente poderosa verá que el niño se vuelve cada vez más fuerte como resultado. Perdonar con amor debe tener efecto hasta en el pensamiento, porque esto permite al niño reunir fuerzas para cambiar su karma pasado y llevarlo en la dirección correcta. El niño también se fortalecerá físicamente. Un niño así muestra a menudo características desagradables. Si lo amamos, -hasta lo más profundo de nuestro corazón-, esto actuará como el remedio más intensivo, y pronto descubriremos lo efectivo que es este remedio.

Lo mismo ocurre si tomamos la otra característica, la falsedad. En una encarnación, una persona se vuelve tímida en la vejez. Esta es una cualidad del alma. Pero en la siguiente encarnación esta cualidad actúa como arquitecto del cuerpo. Allí el niño no sólo se muestra débil, sino de tal manera que no puede relacionarse adecuadamente con su entorno en absoluto, que es deficiente mental. Debemos pensar que somos las personas a las que esa persona solía mentir, y debemos compensar lo malo que él nos causó con lo mejor que podamos hacer por él. Debemos tratar de enseñar a tal persona gran parte de las verdades de la vida espiritual, y entonces veremos cómo florece. Debemos tener siempre presente este pensamiento: Esa persona nos engañó mucho en encarnaciones anteriores, y debemos hacer todo lo posible para establecer una verdadera relación entre ese niño y su entorno.

Aquí vemos, cuando consideramos estas cosas, que nosotros como seres humanos siempre estamos llamados a ayudar a otras personas a que lleven a cabo su karma de la manera correcta. El que crea que debe dejar a la gente a su karma no ha comprendido nada del karma. Si encontramos a una persona que nos ha mentido y creemos que tiene que llevar a cabo su karma, demostraríamos que no entendemos el karma correctamente. Porque la idea correcta sería prestar ayuda primero si es posible. Si se dice que debemos dejar al hombre a su karma, como mucho se podría decir en el campo esotérico, pero nunca en la vida.

Pensemos que nos esforzamos por ayudar a otras personas según su karma. Tomemos a una persona que tiene una naturaleza tímida. Nos esforzamos amorosamente en ayudarle. Entonces establecemos una conexión entre esta persona y nosotros. Entonces veremos que a nosotros volverá algo cuando esta persona sea vieja. Pero debemos dejar eso al karma, no debemos especular sobre ello. Ayudar a otra persona, es algo que debemos ver como nuestro deber. Y aquí llego a una ley sutil. Cualquier cosa que hagamos por la otra persona para soportar y superar su karma siempre dará como resultado no sólo ayudar a la otra persona, sino también hacer algo por nosotros mismos. Pero si lo que hacemos lo hacemos por nosotros mismos, por ejemplo para salir adelante bastante rápido, por lo general no nos ayudará mucho. Sólo lo que una persona hace por los demás puede ser de provecho para ella. No podemos hacer nada bueno por nosotros mismos. Si ayudamos a una persona a superar su karma, se producen los mejores efectos, porque lo que hacemos por los demás es una ganancia para la humanidad. No podemos hacer nada por nosotros mismos, otros tienen que hacerlo por nosotros. Por eso tenemos que pensar en el sentido más elevado: Compasión por los demás. Si desarrollamos esta compasión en el sentido más elevado, entonces también sentimos este deber de compasión hacia otras personas en relación con la envidia y la mentira. De este modo desarrollamos un sentido de solidaridad que se extiende a todas las almas humanas.

La humanidad es generalmente propensa para que cada ser humano individual siempre sienta su conexión con la humanidad entera. Y este sentimiento en sus diversas expresiones de vida debe vivir también en sus batallas contra Lucifer y Ahriman. Al tratar de ayudar a las personas débiles que tienen un cuerpo físico que se ha debilitado bajo la influencia de la envidia superada, al darnos cuenta de cómo debemos comportarnos con estas personas, puede quedarnos claro que el mundo está lleno de estos impulsos de Lucifer y Ahriman, y cómo pueden ser superados en el curso de la evolución terrenal. Cuando cada ser humano persigue tales conexiones en sus sentimientos, necesariamente llega a tener un sentimiento cada vez más profundo de la humanidad en general. Hasta cierto punto, existe la posibilidad de que cada ser humano sienta algo que pueda conectarle con todas las personas. Este sentimiento ha cambiado mucho a lo largo de la evolución humana.

Si nos remontamos tres o cuatro milenios atrás, el sentimiento de lo que la gente tenía como humanidad general era claramente pronunciado en todas las personas. Si retrocedemos más y más, a lo largo de las culturas postatlantes, hasta la antigua Atlántida, -donde también estuvimos encarnados-, y si retrocedemos aún más, llegamos a una encarnación en la que por primera vez descendimos a un cuerpo físico. Hace tres o cuatro milenios, la gente se decía a sí misma que antes de eso estábamos en un cuerpo espiritual. En todas las personas de esta época, encontramos sentimientos así de sabios. Y el alma se preguntaba: ¿Qué eres porque eres un ser humano? Y se respondía a sí misma: Antes de descender a mi cuerpo por primera vez, antes estaba en un mar de vida y tejido divino-espiritual.  Yo estaba en ella, y también todas las demás almas humanas. Ese era nuestro punto de origen común. Un sentimiento tan básico en las almas humanas hacía posible sentirse fraternal, universalmente humano, porque se sentía que el origen de todas las almas humanas era común. Y si recordamos cómo en todas las antiguas escuelas de misterios se trabajaba con las personas para hacerlas buenas personas, en todas partes se daba el caso de que para hacer a las personas buenas personas y hacerlas receptivas a los sentimientos más profundos, más íntimos, más conmovedores, se hacía referencia al origen común, al origen común de todos los seres humanos a partir de la fuente divina común. Y era fácil tocar esta fibra sensible del alma. Pero cada vez resultaba más difícil. Por ejemplo, si se hubiera tocado esta fibra sensible con un número tan grande de personas como las que están aquí sentadas, en aquel momento habría causado una impresión abrumadora.

Pero los sentimientos de la humanidad hacia este origen común se fueron enfriando cada vez más. Esto tuvo que suceder porque la humanidad tuvo que pasar por un cierto punto en su desarrollo. Si quisiera describir este punto, tendríamos que mirar al futuro humano, a la meta del desarrollo terrenal.

Al igual que el origen es común y todas las almas humanas han surgido de una fuente común, también todas las almas humanas se unirán en una meta común. ¿Y cómo podemos los humanos encontrar esta meta para poder seguir desarrollándonos cuando la tierra haya alcanzado su meta y se desintegre y hunda como esfera material bajo nosotros, los humanos? ¿Cómo podemos comprender esta meta de tal manera que podamos adentrarnos juntos en un futuro? La conciencia de este carácter común debe llegar hasta las fibras más profundas del alma. Esto sólo será posible cuando los humanos aprendamos a sentir hacia el futuro lo mismo que los antiguos sentían hacia el origen de la humanidad. Este sentimiento se ha ido enfriando cada vez más en la humanidad. Pero debe prenderse cada vez más en las almas la vivencia, el sentimiento, la certeza de que algo puede ser común a todos los seres humanos como meta humana. Independientemente de que tengamos tal o cual grado de desarrollo, independientemente de dónde nos encontremos en la vida, el hecho de que seamos seres humanos debe permitir que algo se produzca en nuestras almas para que podamos decirnos a nosotros mismos: Todos nos esforzamos por alcanzar una meta. Y mirando hacia esa meta, debemos ser capaces de decirnos a nosotros mismos: Esto es algo que puede concernir a todo ser humano. Debemos ser capaces de encontrar algo en nuestro interior más profundo en el que coincidamos todos en un mismo punto.

En el ocultismo esto se da con el nombre de Cristo. Porque así como hace miles de años se podía sentir, presentir y saber que nuestras almas nacen todas del origen y fuente común de Dios, así los hombres aprenderán cada vez más a decirse a sí mismos: Igual que nosotros, cuando pensamos, nos encontramos juntos en un terreno común, igual que podemos estar unidos en un pensamiento común, igual que esto puede vivir en todas las cabezas humanas, así hay algo que puede vivir como un terreno común en todos los corazones. Hay algo que puede confluir como una sangre vital en todos los corazones humanos. Si esto resplandece a través de nosotros cada vez más en las encarnaciones siguientes, entonces éstas procederán de tal manera que cuando la tierra haya alcanzado su meta, para que pase al futuro estado planetario, Júpiter, las almas humanas se unirán en lo común, el Cristo, todas serán una. Por eso, para que esto sucediera, tuvo que producirse el Misterio del Gólgota. Para ello el Cristo se hizo hombre en Jesús, para que esta corriente común de calor pueda fluir de un corazón humano a otro corazón humano. El sentimiento por la meta humana común emana de la cruz del Gólgota. De este modo se unen el pasado y el futuro. Esta es la meta del desarrollo futuro de la humanidad. El hecho de que los hombres conserven este nombre común de Cristo no es la cuestión, sino que todos los hombres aprendan a comprender que el mismo sentimiento que los hombres tenían originalmente sobre su origen común, se transformará en un sentimiento de un futuro común en la tierra.

El desarrollo de la Tierra se divide en estas dos mitades: Una va hasta la cruz en el Gólgota y la otra desde la cruz en el Gólgota hasta el fin de la tierra. Y la humanidad tiene mucho, mucho que hacer para comprender al Cristo y su desarrollo. Y cuando esto se comprenda, entonces la humanidad se encontrará en una meta común para la evolución de Júpiter. Y todas nuestros conocimientos individuales nos llevan a encontrar este principio del Cristianismo.

Si hoy hemos intentado reconocer el modo que tiene el karma para modelar el cuerpo de una encarnación a otra, entonces comprenderemos cómo pueden las personas volverse cada vez más perfectas a medida que pasan por las encarnaciones. Seguimos hablando del Cristo, sin llamarle Cristo. Apartamos la mirada de lo personal. Cuando tenemos delante a un niño que nos miente, nos decimos: Este niño nos ha mentido. ¿Cómo podemos ayudarle a cambiar su karma? No nos planteamos si nos está haciendo daño. Nos fijamos en el núcleo del ser del niño, y con eso sacamos el karma adelante. De este modo, la profunda empatía humana será cada vez más frecuente en el mundo.

Así pues, lo que llamamos ciencia espiritual, si por tal realmente entendemos la comprensión de los procesos de la vida en el sentido de la reencarnación y el karma, es la preparación para una verdadera comprensión del impulso crístico en el mundo. No es cuestión de cómo una persona exprese sus palabras, sino que quien realmente comprende la ley del desarrollo no puede ser otra cosa que un cristiano, sea hindú o mahometano o miembro de otro sistema religioso. Lo que importa es que uno recoja el impulso en el alma, que es el impulso hacia el objetivo común de la humanidad, igual que el impulso que una vez vivió en los antiguos de mirar hacia el origen común de la humanidad.

Por eso la ciencia espiritual siempre conduce al impulso crístico. No puede hacer otra cosa. Así pues, se podría entender sencillamente la ciencia espiritual tal como aparece hoy en día, de tal manera que se podría decir: Aunque la persona que llega a conocerla tal vez no quería saber nada del cristianismo cuando se hace antroposófica, ya está siendo conducida a Cristo en verdad. En realidad ya sería conducido allí, aunque quisiera luchar contra ello con palabras.

Así que hoy hemos acercado a nuestras almas lo que está directamente relacionado con la vida. Hemos visto cómo debemos comportarnos cuando un niño miente o siente envidia. Debemos darnos cuenta de que el hilo kármico recorre todas las encarnaciones del alma humana, que el karma se hila para ella según el destino, y que cuando miramos hacia atrás, hacia el origen en Dios, y luego miramos hacia la meta humana, estamos mirando de nuevo hacia Dios.

Nos remontamos a la cultura de los antiguos rishis. Ellos se referían al origen del hombre. Señalaban el mundo en el que estaba el hombre antes de descender a sus encarnaciones. Esta enseñanza penetró a través de los siglos y milenios. El gran Buda la enseñó diciendo: «Todo esto se ha perdido para el hombre por la tendencia a encarnarse, que creó la conexión con el mundo del origen». Nos exhortó a abandonar el mundo de las encarnaciones para que el alma pueda vivir de nuevo en los mundos espirituales del origen. Y al proclamar al Cristo, los profetas señalaron un futuro en el que las personas volverán a encontrar su destino correcto en la Tierra. Y entonces el Cristo mismo estará allí, entonces cumplirá el Misterio del Gólgota. Y entonces, a través de este Misterio del Gólgota, el hombre podrá ser conducido hacia el futuro divino-espiritual en la tierra. Quizá haya pocas cosas tan chocantes como dos dichos similares a los de Buda y Cristo, que pueden traernos a la mente el contraste entre los viejos y los nuevos tiempos. Buda, de pie entre sus discípulos, les señala el cuerpo y dice: «Miro hacia atrás, de encarnación en encarnación, cómo he entrado una y otra vez en un cuerpo humano como el que ahora llevo. Y este templo corporal siempre ha sido construido de nuevo para mí por los dioses. Y una y otra vez el alma trató de entrar en este templo corporal en nuevas encarnaciones. Pero ahora sé que ya no necesito volver a un templo del cuerpo. Sé que las vigas están rotas, los pilares podridos. A través de mi conocimiento he liberado mi alma de este cuerpo. Muerto es el anhelo y el deseo de volver a tal cuerpo. Ese fue un gran, un tremendo resultado del antiguo tiempo de mirar hacia atrás al origen del hombre. Buda y con él sus discípulos y seguidores se esforzaron por liberarse del cuerpo. Qué tremenda diferencia cuando el Cristo se presenta ante sus discípulos íntimos y habla así, -independientemente de cómo lo entendamos; lo tomamos como las palabras del Cristo tal como son. Cristo dice: «Derribad el templo de mi cuerpo, y yo lo reedificaré en tres días». - Él, el Cristo, no anhela liberarse de este templo del cuerpo. Quiere reconstruirlo.

No como si el propio Cristo volviera a estar allí en encarnaciones posteriores en tal cuerpo físico. Sino que lo que enseña a sus discípulos y a todos los seres humanos es a volver a este templo terrenal de encarnación en encarnación para que el impulso crístico sea cada vez mayor y más intenso en cada una de ellas, para que los seres humanos podamos absorber cada vez más de la existencia terrenal para finalmente estar allí de tal manera que podamos decir: Hemos trabajado en estas encarnaciones para parecernos más al Cristo. Y nos parecemos más a él absorbiendo en este templo corporal lo que el Cristo desde la cruz del Gólgota dejó fluir como su propio ser. Dejamos que fluya de un alma humana a otra, porque sólo así nos entendemos ahora. Esto es lo que tienen en común todas las almas humanas del futuro en la tierra. Y entonces llegará el tiempo en que la Tierra desaparecerá como planeta, en que se hará añicos, se atomizará, y en que la gente pasará a la siguiente encarnación en otro planeta en un estado espiritualizado.

La frase del gran Buda: Siento que los postes del templo de mi cuerpo ya no me sostienen, que las vigas se derrumban, -esto puede presentarse ante nuestra alma como un punto final del origen común del hombre. Y cuando miramos lo que Cristo dice a sus discípulos: «Construiré este templo del cuerpo en tres días», -esto puede ser como el comienzo del tiempo que indica la meta en la tierra. Y podemos ampliar esta frase, pues podemos decir: Que este templo caiga en la muerte, pero sabemos que utilizaremos los mejores poderes que hemos adquirido en esta encarnación para nuestra próxima encarnación. Hemos recibido estos poderes entregando nuestras almas al conocimiento de Cristo. Continuaremos progresando de esta manera de encarnación en encarnación. Cuando las personas construyan este templo corporal por última vez, habrán llegado a comprender el futuro, el objetivo común en la Tierra.

Sólo el Misterio del Gólgota puede ser el impulso común para el desarrollo de la humanidad y de la tierra.
Traducido por J.Luelmo mar,2025

GA211 Dornach, 2 de abril de 1922. Cristianismo exotérico y Cristianismo esotérico

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RUDOLF STEINER


Cristianismo exotérico y Cristianismo esotérico

CONFERENCIA 7 

Dornach, 2 de abril de 1922.

El desarrollo de la humanidad ha quedado preservado en aquellos documentos que se han conservado como documentos religiosos o como otros documentos de cosmovisión. Pero siempre hay que subrayar que además de estos documentos, que hablan a toda la humanidad a través de los tiempos y que tienen su justificación profunda en su obra externa, existen los que podemos llamar documentos esotéricos. Cuando se ha hablado en un sentido más profundo del conocimiento humano y de la visión humana del mundo, siempre se ha distinguido entre una enseñanza exotérica, a través de la cual se reconocen las cosas más externamente, y una enseñanza esotérica, que sólo puede ser penetrada por aquellos que han adquirido la preparación adecuada para ello en su propia mente. Así pues, hay que distinguir entre la visión exotérica y la visión esotérica para el propio cristianismo, especialmente para el centro espiritual del cristianismo, el Misterio del Gólgota. La visión exotérica está contenida en los Evangelios para todo el mundo. Junto a esta visión exotérica siempre ha habido un cristianismo esotérico para aquellos que querían preparar sus mentes de una manera apropiada para la recepción de tal cristianismo esotérico. Ahora bien, lo más importante en este cristianismo esotérico es lo que puede saberse del trato del Cristo resucitado, el Cristo que pasó por la muerte, con aquellos de sus discípulos que fueron capaces de comprenderle. Como ustedes saben, en realidad los Evangelios sólo hablan del diálogo de Cristo con sus discípulos de forma alusiva y temporal. Si bien lo que se dice en los Evangelios sobre este contacto entre el Cristo resucitado y sus discípulos, permite intuir que al desarrollo terrenal se incorporó algo muy especial, a través del Cristo resucitado, sin embargo, si no se avanza hacia lo esotérico, no deja de ser mas que una mera corazonada. Sin embargo, estos presentimientos encuentran un importante aporte cuando añadimos la confesión de Pablo. Esta confesión de Pablo parece tener una importancia muy especial en relación con el desarrollo terrenal, pues Pablo expresa su convicción de que sólo pudo creer en Cristo a partir del momento en que Cristo se le apareció a través del acontecimiento de Damasco, fue entonces cuando pudo tener la impresión de que Cristo había pasado por la muerte y seguía vivo después de la muerte. Pablo recibió la visión del Cristo vivo a través del acontecimiento de Damasco, y sólo hay que considerar lo que esto significa en boca de Pablo. 
¿Entonces, por qué Pablo no pudo convencerse de la verdad del ser de Cristo antes de pasar por el suceso de Damasco? Hay que darse cuenta de lo que significaba para Pablo, que en cierto modo estaba iniciado en las enseñanzas hebreas, que según el juicio humano el ser que estaba allí como el Cristo Jesús fuera condenado a una muerte ignominiosa en la cruz. Al principio Pablo no podía imaginarse que de alguna manera las antiguas profecías pudieran haberse cumplido en relación con un ser que según la ley pudiera haber sido condenado por los hombres a una muerte ignominiosa en la cruz. Al principio Pablo no podía imaginarlo. Hasta el acontecimiento de Damasco, dicha clase de muerte fue, por así decirlo, la prueba plena para Pablo de que Jesús de Nazaret no podía haber sido el Mesías, porque tuvo que sufrir la muerte ignominiosa en la cruz. Y sólo cuando Pablo hubo experimentado la aparición de Damasco, a pesar de la cual Jesús de Nazaret, o más bien el ser encarnado en Jesús de Nazaret, había pasado por la muerte ignominiosa en la cruz, sólo después de que Pablo pudo obtener esta certeza del acontecimiento, de la aparición de Damasco, se convenció de la verdad del Misterio del Gólgota. 
Así que esto significa algo extraordinariamente grande, precisamente porque Pablo lo revela como su convicción. Ahora bien, las tradiciones que aún existían en los primeros siglos cristianos ya no existen hoy. A lo sumo, siguen existiendo como notas históricas externas en sociedades secretas individuales que no las comprenden. Lo que va más allá de la escasa información sobre el Cristo después del Misterio del Gólgota, debe ser encontrado de nuevo hoy a través de la ciencia espiritual antroposófica. Hay que volver a encontrarlo, por así decirlo: ¿Qué dijo Cristo resucitado? ¿Qué dijo a aquellos discípulos que estaban presentes y que no se recogen en los Evangelios? Pues lo que se recoge en los Evangelios de los discípulos que se encontraron con Cristo Jesús en el camino de Emaús, por ejemplo, o lo que por otra parte se recoge de los apóstoles, está siempre inmerso en una tradición tal que se trata de las mentes más simples posibles que no pudieron penetrar hasta lo esotérico. Así que hay que ir más allá y preguntar: ¿Qué dijo Cristo a sus discípulos verdaderamente iniciados después de su resurrección? Si se quiere entender esto, hay que empezar desde el punto de vista de cómo la gente en la antigüedad podía sintonizarse en toda su constitución anímica con el Misterio real del Gólgota, y cómo podían entonces sintonizarse por este acontecimiento del Gólgota. 
Es extraordinariamente difícil para la gente de hoy comprender una verdad importante sobre los primeros tiempos del desarrollo humano en la tierra, la verdad de que las primeras personas que caminaron sobre la tierra no tenían el tipo de conocimiento que hoy llamamos conocimiento. A través de sus atávicas habilidades clarividentes, estas primeras personas que caminaron sobre la tierra pudieron recibir la sabiduría de los dioses. Esto significa nada menos que: pudieron ser enseñados por entidades divinas que descendieron a la tierra desde el reino de las jerarquías superiores, naturalmente de forma espiritual, y luego también enseñaron a las almas de forma espiritual. Tales enseñanzas de los propios seres divinos, que descendían de los mundos espirituales a la tierra, eran bien conocidas en los tiempos antiguos de la evolución humana en la tierra. Se trataba de un estado de éxtasis en el que los hombres podían entrar, -sobre todo los que habían pasado por la iniciación en los Misterios-, estado durante el cual se encontraban en su mayor parte fuera de su cuerpo con su alma, de modo que no dependían de las percepciones sensoriales externas, no dependían de una conversación externa, por ejemplo, que hubiera tenido que llevarse a cabo con la boca, sino que podían recibir mensajes de los dioses de una manera espiritual. No recibían en lo que hoy llamamos un sueño, sino en un diálogo espiritual vivo con los seres divino-espirituales lo que ellos consideraban su sabiduría real. Esta sabiduría se refería en primer lugar a la información que los dioses daban al hombre sobre la estancia de las almas humanas en el mundo divino-espiritual antes de su descenso a un cuerpo terrenal. Lo que las almas experimentaban antes de descender a un cuerpo terrenal a través de la concepción fue enseñado al hombre por los dioses en el estado que he descrito. La gente tenía la sensación de que en realidad sólo se les recordaba algo. Pensaban que al darles los dioses estos mensajes se les estaba recordando lo que habían experimentado en el mundo anímico-espiritual antes del nacimiento o de la concepción. Todavía se puede oír en Platón que tal cosa era ciertamente así en los tiempos antiguos. De modo que hoy podemos remontarnos a una sabiduría divino-espiritual que los hombres recibían aquí en la tierra en los estados caracterizados, no se puede decir en absoluto en el sentido impropio, sino en el sentido muy propio: de los propios dioses. Esta sabiduría era de un tipo muy especial. Pues era tal que los hombres de la tierra no sabían nada de la muerte, por extraño que esto suene al hombre moderno. Como he dicho, hoy les sonará extraño, y sin embargo es así que los habitantes más antiguos de la tierra no sabían nada de la muerte; porque el niño no sabe nada de la muerte. Las personas que fueron enseñadas de esta manera, como he indicado, y que a su vez extendieron esta enseñanza a otras personas que también tenían clarividencia atávica, estas personas se dieron cuenta inmediatamente de que sus almas habían descendido de mundos divino-espirituales, habían entrado en un cuerpo y volverían a salir del cuerpo, y contemplaron este progreso de la vida anímico-espiritual. El nacimiento y la muerte se les aparecían como una transformación, no como algo que es el principio y el fin de algo. Si se quisiera dibujar esquemáticamente, se podría decir que el alma humana era vista como capaz de seguir desarrollándose, y la vida terrenal era percibida como un punto de inflexión.
Pero el punto a y el punto b, no se veían como el principio y el fin, sino que veían la vida espiritual fluyendo. También se veía que la gente moría. 
No esperarán que compare precisamente a estas personas más antiguas con los animales, porque estas personas más antiguas, aunque eran cercanas a los animales en cuanto a su apariencia externa, tenían una vida anímico-espiritual superior en su interior. Una vez expliqué esto aquí. Pero así como un animal de hoy tampoco comprende algo de la muerte cuando ve a otro animal muerto, lo que aquella gente comprendía de la muerte era tan poco, que sólo tenía el concepto de que lo anímico-espiritual se escapaba. La muerte pertenecía a la maya, a la gran ilusión. No causaba ninguna impresión especial en la gente. Sólo conocían la vida. Aunque veían la muerte, no la conocían. No estaban implicados en la muerte con su vida anímico-espiritual. Solo veían la vida humana desde adentro. Cuando miraban detrás del nacimiento, esta vida humana se extendía más allá del nacimiento hacia lo espiritual. Cuando miraban detrás de la muerte, la vida anímico-espiritual se extendía de nuevo más allá de la muerte hacia lo espiritual. El nacimiento y la muerte no tenían importancia para la vida. La gente sólo conocía la vida, no la muerte. La gente emergía gradualmente de este estado. Y si ustedes siguen el desarrollo de la humanidad en su progresión desde los primeros tiempos hasta el Misterio del Gólgota, pueden decir que la gente se fue familiarizando cada vez más con la muerte como algo que les causaba impresión. Su alma se entrelazaba con la muerte y se convertía en una cuestión emocional: ¿Qué le ocurría al alma cuando una persona pasaba por la muerte? En los primeros tiempos, la gente no se enfrentaba a la cuestión de la muerte como el final. Como mucho, se preguntaban por el tipo especial de transformación. Se preguntaban si es el aliento el que sale del ser humano y fluye, y así el alma pasa a la eternidad, o tenían una idea diferente de cómo fluye la vida anímico-espiritual. Pensaban en la naturaleza de este flujo, pero no pensaban en la muerte como fin de la vida. Cuando se acercó el Misterio del Gólgota, sólo entonces la gente sintió realmente que la muerte tiene un significado, que la vida terrenal es algo que tiene un final. Por supuesto, no se trataba de una cuestión científica formulada filosóficamente, sino que se depositaba en el alma como un sentimiento. La gente tenía que llegar a este sentimiento en la vida terrenal, porque el entendimiento, el intelecto, tenía que penetrar en la vida terrenal para el desarrollo de la humanidad. Pero el intelecto depende de que seamos capaces de morir. Esto lo he explicado a menudo. Así que el hombre tuvo que enredarse en la muerte. El hombre tuvo que aprender sobre la muerte. la gente de los tiempos antiguos, en los que no se conocía la muerte, carecía de intelecto. La gente obtenía sus ideas a través de inspiraciones del mundo espiritual, no las pensaban. No tenían intelecto. Pero el intelecto debía afianzarse. Y este intelecto sólo puede afianzarse debido al hecho de que, -expresémoslo de un modo espiritual-, el hombre puede morir, de que lleva continuamente dentro de sí las fuerzas de la muerte. De un modo físico se podría decir: la muerte sólo puede producirse porque el ser humano deposita sales no sólo en el resto de su cuerpo, sino también dentro de su cerebro, es decir, deposita componentes minerales-sólidos, componentes muertos. El cerebro contiene constantemente la tendencia a los depósitos de sales (* ver GA128), a las formaciones óseas que no se han materializado. Así, el cerebro contiene continuamente la tendencia a la muerte. Esta inoculación de la muerte tenía que venir sobre la humanidad. 
Y de esta necesidad, de que la muerte desempeñara realmente un papel en la vida humana, lo único que surgió fue el conocimiento externo de la muerte. Si las personas hubieran seguido siendo como eran en la antigüedad, que en realidad no conocían la muerte en absoluto, entonces nunca podrían haber desarrollado un intelecto, porque el intelecto sólo es posible en un mundo en el que reina la muerte. Así es como puede verse desde el lado humano. Pero también se puede ver desde el lado de las jerarquías superiores. La situación es algo diferente. Las jerarquías superiores contienen en su esencia las fuerzas que formaron Saturno, el sol, la luna y finalmente la tierra. Si las jerarquías superiores hubieran pronunciado entre sí, por así decirlo, su enseñanza hasta el Misterio del Gólgota, habrían dicho: 
Podemos formar la tierra a partir de Saturno, el sol y la luna. Pero si la tierra, sólo contuviera dentro de sí lo que pudimos incorporar de Saturno, el sol, la luna, nunca se habrían desarrollado seres que sepan algo de la muerte, que puedan por tanto desarrollar el intelecto dentro de sí. Nosotros, como tales jerarquías superiores, somos capaces de dejar surgir de la Luna una Tierra en la que los seres no saben nada de morir, pero en la cual tampoco pueden desarrollar el intelecto. Es imposible para nosotros, jerarquías superiores, modelar la tierra de tal manera que proporcione las fuerzas para que las personas desarrollen el intelecto. Allí debemos permitirnos involucrarnos con un ser completamente diferente, un ser que viene de caminos distintos a los nuestros, el ser ahrimánico. Ahriman es un ser que no pertenece a nuestra jerarquía. Ahriman entra en la corriente evolutiva de una manera diferente. Debemos involucrarnos con este Ahriman. Si toleramos a Ahriman dentro de la evolución terrestre, si le concedemos una parte, entonces nos trae la muerte y, por tanto, el intelecto, y podemos dar cabida en el ser humano a la muerte y el intelecto. Ahriman conoce la muerte. La conoce porque está entrelazado con la tierra, porque ha recorrido caminos a través de los cuales está conectado con el desarrollo de la tierra. Es un conocedor, un sabio de la muerte. Por lo tanto, también es el maestro del intelecto. Los dioses tuvieron que involucrarse con Ahriman, si se puede decir así. Tuvieron que decirse a sí mismos: La evolución no puede progresar sin Ahriman. 
La cuestión es que Ahriman puede ser absorbido por la evolución. Pero si Ahriman es absorbido por la evolución y ahora se convierte en el señor de la muerte y, por tanto, del intelecto, entonces la tierra ya no es nuestra, entonces Ahriman, que sólo tiene interés en intelectualizar toda la tierra, reclama la tierra para sí.

Los dioses se enfrentaban a la gran cuestión de perder en cierto modo el control de la tierra a manos de Ahriman. Sólo había una posibilidad: que los propios dioses aprendieran algo que no podían haber aprendido en sus mundos de dioses, que no estaban impregnados por Ahriman, que los propios dioses aprendieran sobre la muerte en la tierra a través de uno de sus emisarios, el Cristo. Un dios tenía que morir en la tierra, y tenía que morir de tal manera que esto no se debiera a la sabiduría de los dioses, sino al error humano que se impondría si sólo Ahriman tuviera el dominio. Un dios tenía que pasar por la muerte, y tenía que vencer a la muerte. De modo que el Misterio del Gólgota significó para los dioses: el enriquecimiento de sus conocimientos a través de la sabiduría de la muerte. Si ningún dios hubiera pasado por la muerte, la tierra se habría vuelto completamente intelectualista sin entrar nunca en la evolución que los dioses habían previsto para ella desde el principio.

La gente no conocía la muerte en la antigüedad. Pero aprendieron sobre la muerte. Tuvieron que enfrentarse a la sensación: Con la muerte, es decir, con el intelecto, entramos en una corriente de desarrollo completamente diferente de aquella de la que venimos. Ahora bien, el Cristo enseñó a sus iniciados que había venido de un mundo en el que la muerte era desconocida; había aprendido sobre la muerte en la tierra, había vencido a la muerte. - Si se comprende esta conexión entre el mundo terrenal y el mundo divino, entonces se sabe cómo reconducir el intelecto hacia la espiritualidad. Así es como se podría expresar aproximadamente el contenido de las enseñanzas esotéricas que el Cristo dio a sus discípulos iniciados. Lo que les dio fue precisamente la enseñanza de la muerte tal como aparece desde el escenario del mundo de los dioses. Si uno desea darse cuenta de toda la profundidad de esta enseñanza esotérica, ha de quedar claro para el hombre que comprende toda la evolución de la humanidad, que los dioses han conquistado a Ahriman aprovechando sus poderes para la tierra, pero han debilitado su poder al llegar a conocer ellos mismos la muerte en el ser del Cristo. En efecto, los dioses han introducido a Ahriman en la evolución terrestre, pero al utilizarlo le han obligado a descender a la evolución terrestre, no a llevar a cabo su propio gobierno hasta el final. Quien ha llegado a conocer a Ahriman desde el Misterio del Gólgota, y quien lo conoció antes, sabe que Ahriman ha estado esperando el momento histórico-mundial en que pudiera intervenir de tal manera que este efecto no sólo se ejerciera sobre el inconsciente y el subconsciente de los hombres, como ha sido desde los tiempos atlantes -lo saben por mi «Ciencia Oculta»-, sino que también pudiera intervenir en la conciencia de los hombres. 

Si se quieren aplicar expresiones humanas a la voluntad divina, debería decir: Ahriman esperó con anhelo el momento en que pudiera penetrar la conciencia humana con su poder. Ahora se sorprendió al descubrir que no había sabido antes sobre la decisión divina de enviar a la tierra a un ser, el Cristo, que atravesó la muerte. Esto hizo posible la intervención de Ahriman, pero su dominio real se vio truncado. Desde entonces Ahriman ha aprovechado todas las oportunidades para llevar a las personas al mero uso de su intelecto; incluso hoy Ahriman no ha renunciado a la esperanza de que logrará llevar a las personas al mero uso de su intelecto. ¿Qué significaría eso? Si Ahriman lograra inculcar completamente en la gente la convicción, de modo que toda otra convicción desapareciera de la tierra, de que el hombre sólo puede vivir en su cuerpo, de que no puede separarse de su cuerpo como ser anímico-espiritual, entonces el alma humana estaría tan embargada por la idea de la muerte que Ahriman podría ejecutar fácilmente sus planes. Esto es lo que Ahriman siempre espera. Y se puede decir, por ejemplo, que en la mente de Ahriman, -si se puede hablar de mente con Ahriman, pero es comparativo-, había una alegría especial, -siempre uso expresiones humanas para eso para lo que en realidad habría que idear otras-, que en la mente de Ahriman había una alegría especial en el tiempo desde los años cuarenta del siglo XIX hasta hacia finales del siglo XIX, porque en el dominio predominante del materialismo Ahriman podía esperar de nuevo su dominio sobre la tierra. Incluso fue posible que la teología se volviera materialista durante este período. He mencionado cómo la teología se ha vuelto anticristiana, cómo el teólogo de Basilea Overbeck escribió un libro en el que intentaba demostrar que la teología moderna ya no es cristiana en absoluto. Otra vez Ahriman podría esperar. Y una oposición a Ahriman en realidad sólo está presente hoy en día en tales enseñanzas como las que fluyen a través de la antroposofía. Cuando, a través de la antroposofía, la independencia del ser anímico-espiritual, independiente del ser físico, se vuelve clara para las personas, entonces Ahriman debe primero renunciar a su esperanza.

Esta lucha del Cristo contra Ahriman ya es posible de nuevo, de modo que una idea de ella puede surgir en el Evangelio en el relato de la tentación. Pero el asunto sólo puede comprenderse plenamente si uno se da cuenta, como he explicado a menudo aquí, de que Lucifer desempeña un papel más importante en el desarrollo anterior de la humanidad y que Ahriman sólo ha tenido influencia sobre la conciencia humana desde la época del Misterio del Gólgota. Antes de eso también tuvo una influencia sobre la humanidad, pero no realmente sobre la conciencia. Si se mira dentro de la mente humana, hay que decir que el punto más importante en la evolución terrenal de la humanidad es cuando el hombre aprende a reconocer que en el impulso Crístico vive un poder a través del cual él mismo, cuando se une a él, vence a la muerte en sí mismo. Visto desde el mundo espiritual exterior, esto significa que desde el lado de las jerarquías pertenecientes a Saturno, Sol, Luna, Tierra, etc., Ahriman ha sido atraído hacia la evolución terrestre, pero sus pretensiones de poder han sido limitadas al ponerlas al servicio de la evolución terrestre. En cierto modo, Ahriman se ha visto obligado a entrar en la evolución terrestre. Sin él, los dioses no habrían podido introducir el intelectualismo en la humanidad. Si a través del acontecimiento Crístico no se hubiera roto la cúspide del dominio de Ahriman, éste habría intelectualizado interiormente toda la Tierra y la habría materializado exteriormente. En el Misterio del Gólgota no sólo se trata de un acontecimiento místico interior, sino ciertamente de un acontecimiento exterior que, sin embargo, no debe representarse en el sentido de una investigación histórica material externa, sino que debe representarse de tal manera que signifique la incorporación del ahrimanismo al desarrollo terrenal, pero al mismo tiempo, en cierto modo, la superación del ahrimanismo. Así tenemos una batalla de los dioses que tuvo lugar a través del Misterio del Gólgota. El hecho de que allí tuviera lugar una batalla de los dioses era algo que también formaba parte del contenido de las enseñanzas esotéricas que el Cristo enseñó a sus discípulos iniciados después de su resurrección.
Si describiéramos lo que prevalecía allí como cristianismo esotérico, entonces podríamos decir que la gente en los antiguos tiempos de la evolución terrenal sabía que estaba conectada con los mundos de los dioses. Conocían los mundos de los dioses a través de las revelaciones que les he descrito. Pero de estos mundos de los dioses no podía llegarles ninguna comunicación sobre la muerte, porque en estos mundos de los dioses la muerte no existía, y para el propio hombre la muerte no existía, en el sentido de que sólo se podía reconocer la progresión firme y continua de su alma y su espíritu a través de las instituciones de los dioses. El hombre veía acercarse aquí el sentido de la muerte. Pudo adquirir un cierto poder de aferrarse al Cristo para superar la muerte, es decir, el desarrollo humano interior. Pero la enseñanza esotérica que el Cristo proporcionó a sus discípulos iniciados consistió precisamente en el hecho de que él les contó, que lo ocurrido en el Gólgota es el reflejo de acontecimientos sobrenaturales, de una relación que tuvo lugar entre los mundos de los dioses, que están conectados con Saturno, el sol y la luna, y con la tierra anterior, y Ahriman. Que uno no puede limitarse a mirar la cruz del Gólgota como la expresión de algo terrenal, sino que la cruz del Gólgota tiene un significado para todo el cosmos, ese era el contenido del cristianismo esotérico. Tal vez se pueda tener una idea de lo que se entiende por cristianismo esotérico si se expresa el asunto así: Supongamos que dos discípulos esotéricos de Cristo, que avanzaban cada vez más en su aceptación del cristianismo esotérico, hablaban entre sí cuando aún luchaban por salir de la duda. Uno podría haberle dicho al otro: El Cristo que nos enseña ha descendido de los mundos conocidos desde la antigüedad. Sabían de los dioses, pero de aquellos dioses que no podían hablar de la muerte. Si sólo hubiéramos permanecido con ellos, nunca habríamos aprendido de la naturaleza de la muerte. Los propios dioses tuvieron primero que enviar un ser a la tierra para aprender la naturaleza de la muerte a través de uno de los suyos. Lo que los dioses tuvieron que hacer para conducir el desarrollo terrenal hacia el fin correcto parece que nos lo enseña Cristo tras su resurrección. Cuando le seguimos, aprendemos algo que la gente no ha podido saber hasta ahora. Aprendemos lo que los dioses han hecho entre bastidores de la existencia del mundo para promover el desarrollo terrenal de la manera correcta. Aprendemos cómo trajeron a las fuerzas de Ahriman y no permitieron que se convirtieran en la ruina de la humanidad, sino para el beneficio de la humanidad. Había algo profundamente conmovedor en lo que se le impartió a los discípulos iniciados, como una enseñanza esotérica del Cristo resucitado.
Y un discípulo como el que acabo de citar podría haber seguido diciendo: Hoy ya no sabríamos nada en absoluto de los dioses, porque estamos enredados en la muerte, si el Cristo no hubiera muerto y resucitado y, tras su resurrección, nos hubiera comunicado las experiencias de los dioses a través de la muerte. Como humanos, nos hundiríamos en una época en la que ya no podríamos saber nada de los dioses. Los dioses buscaron un camino para poder hablarnos de nuevo. Y este camino pasaba por el Misterio del Gólgota. El hecho de que la gente volviera a acercarse a lo divino, del que se había distanciado, fue lo esencial que pasó del cristianismo esotérico a los discípulos. Los discípulos estaban imbuidos de esta enseñanza estremecedora en los primeros tiempos del desarrollo cristiano. Y muchos hombres, de los que en la historia sólo se nos habla por detalles externos, llevaban dentro de sí el conocimiento que sólo podía haberles llegado o bien por haber tenido la enseñanza del propio Cristo resucitado en los primeros tiempos, o bien por haber estado en relación con maestros que habían tenido esta misma enseñanza. Más tarde todas estas cosas se exteriorizaron. Se exteriorizaron tanto que los primeros predicadores del cristianismo concedían gran importancia a poder decir que habían tenido un maestro que seguía siendo alumno de un discípulo de los apóstoles. Se trataba de un desarrollo continuo, de modo que el que les enseñaba aún había visto a uno que había visto a un apóstol y, por tanto, a uno que había llegado a conocer al Señor mismo después de su resurrección. Este desarrollo vivo todavía se valoraba en los primeros siglos; pero al llegar a la humanidad posterior, ya se había exteriorizado. Se había convertido en una representación histórica externa. Pero esencialmente se remonta a lo que acabo de caracterizar para ustedes aquí. Y la incorporación del intelecto, que comienza sobre todo en el siglo IV, V después del Misterio del Gólgota, que experimenta luego el vuelco especial en el siglo XV, donde comienza el quinto período post-atlante, este desarrollo del intelecto lo llevó al punto de que ya no se tenía la antigua sabiduría, a través de la cual aún se podían comprender tales cosas, y la nueva sabiduría aún no estaba desarrollada. 
La gente olvidó durante una época, por así decirlo, lo que era esotéricamente importante en el cristianismo. Como ya he dicho, quedaron notas al respecto en las sociedades secretas, pero sus miembros, en todo caso en los tiempos modernos, ya no comprenden a qué se refieren estas notas; en realidad se refieren al hecho de que las enseñanzas fueron dadas por el Cristo resucitado a ciertos discípulos iniciados. Supongamos que la antigua enseñanza hebrea no hubiera sido regenerada por el cristianismo, porque tendría que haber sido aquello de lo que Pablo estaba absolutamente convencido antes del suceso de Damasco. Pablo pensaba algo así: Existe una doctrina tradicional. Originalmente existía como una revelación divino-espiritual que había llegado a las personas espiritualmente en tiempos primitivos, como acabo de caracterizarla hoy. Después fue preservada a través de la palabra escrita. En el pueblo hebreo había escribas que sabían por las Escrituras lo que se había conservado de la antigua sabiduría de los dioses. De estos escribas surgió el juicio que condenó a muerte a Cristo Jesús. Así que un hombre como Pablo, cuando todavía era Saulo, se fija en la antigua sabiduría de los dioses.
A partir de esto fluye hasta los escribas de su tiempo lo que esta sabiduría de los dioses ha llegado a ser para el hombre. Cuando hombres destacados se dedicaron a las Escrituras, esta sabiduría de los dioses sólo podía conducir a que se pronunciaran sentencias justas. Un hombre inocente condenado a la muerte de cruz: ¡imposible, imposible! si todo ocurriera como en la condena de Cristo Jesús. Sólo el gobernador romano Poncio Pilato, que ya estaba instintivamente enredado en una visión del mundo completamente distinta, fue capaz de pronunciar la palabra significativa: ¿Qué es la verdad? - Para Pablo, cuando aún era Saulo, no había posibilidad siquiera de pensar que lo que había ocurrido después del justo juicio no debía ser verdad. ¿A qué convicción tuvo que llegar Pablo? A la convicción de que lo que una vez vino de los dioses como verdad puede ser error entre los hombres, que los hombres han sido capaces de convertirlo en error, en un error tan fuerte que el más intachable pasa por la muerte de cruz. Para que quede bien claro, hagamos un dibujo esquemático de esto:
Sabiduría original de los dioses, desciende hasta la sabiduría de los escribas, contemporáneos del Misterio del Gólgota dentro del hebraísmo (blanco). Allí sólo puede haber verdad, debió pensar Saulo. Pero había que pensar de otra manera. Pablo, cuando todavía era Saulo, se dijo: «Si éste es realmente el Cristo, el Mesías, que ha pasado por la muerte de cruz, entonces debe haber error en esta corriente (rojo). Debe haber error mezclado con la verdad, porque debe ser el error el que llevó al Cristo a la cruz; es decir, la antigua verdad de Dios debe haberse convertido en error en el hombre. Por supuesto, Saulo sólo podía convencerse por el hecho de que esto es así. Sólo el propio Cristo pudo convencerle cuando se le apareció, como sucedió en el suceso de Damasco. Pero, ¿qué significaba esto para Saúl? Significaba que la antigua sabiduría de los dioses ya no existía, sino que lo Ahrimánico había fluido en ella. Así Pablo llegó a comprender que el desarrollo de la humanidad había sido tomado por un enemigo, y que este enemigo era la fuente del error en la tierra. Al traer el intelecto, trae también la posibilidad del error, y cuando el error aparece en su forma más grande, se convierte en el error que lleva a la cruz a los que no tienen culpa. Primero hay que llegar a la convicción de que los inocentes pueden ir a la cruz. Esta fue la primera manera de comprender cómo Ahriman se abrió camino en la evolución de la humanidad, y cómo un acontecimiento suprasensible y sobrenatural estuvo presente en la evolución del yo humano cuando tuvo lugar el Misterio del Gólgota. Lo esotérico nunca puede ser meramente místico. Siempre es un gran malentendido reinterpretar el mero misticismo como esoterismo. Lo esotérico es siempre un reconocimiento de hechos que ocurren en el mundo espiritual como tal, que están detrás del velo de lo sensorial. Y detrás del velo de lo sensorial está el desbordamiento entre el mundo de los dioses y el mundo ahrimánico, tal como tiene lugar a través de la muerte de Cristo Jesús en la cruz. Sólo en un mundo, -como Pablo podía sentir ahora-, en el que el ser humano está apresado por los poderes ahrimánicos, puede producirse el error que podría haber conducido a la muerte en la cruz. Y ahora, cuando había comprendido esto, reconocía la verdad del cristianismo esotérico. Por lo tanto, Pablo era definitivamente uno de los que pertenecían a los iniciados en este sentido. 

Pero esta iniciación se fue desvaneciendo bajo la influencia del intelectualismo. Y hoy necesitamos volver a un conocimiento del cristianismo esotérico. Hoy necesitamos volver a saber que no sólo lo exotérico pertenece al cristianismo, del que los Evangelios pueden, en efecto, despertar premoniciones. Todavía hoy se habla poco de lo esotérico. Pero la humanidad debe volver a aquello para lo que apenas existen documentos externos, aquello que debe ser visto a través de la ciencia espiritual antroposófica, aquello que el propio Cristo enseñó a sus discípulos iniciados después de su resurrección con la condición de que sólo podía enseñarlo después de haber tenido una experiencia en la tierra que no podría haber tenido en el mundo de los dioses de arriba, pues en el mundo de los dioses no hay muerte hasta el Misterio del Gólgota. Ningún ser había pasado por la muerte allí. Cristo es el primogénito que pasó por la muerte desde el mundo de las jerarquías relacionadas con la evolución terrena en Saturno, Sol y Luna. 
La incorporación de la muerte a la vida, ése es el secreto del Gólgota. Antes se conocía la vida sin la muerte, ahora se aprendía la muerte como un componente de la vida, como una experiencia que fortalece la vida. La vida que vivió la humanidad cuando aún no conocía la muerte era más débil. La humanidad debe vivir más fuerte si quiere atravesar la muerte y seguir viviendo. Y la muerte, en este sentido, también significa intelecto. Las personas necesitaban un sentido de la vida relativamente débil cuando aún no tenían que luchar con el intelecto. La antigua humanidad, que recibían el conocimiento de los mundos divinos en sus revelaciones interiores, no morían interiormente. Ellos siempre permanecían vivos. Podían reírse de la muerte porque permanecían vivos internamente. Los griegos aún hablan de lo felices que eran los antiguos porque antes de morir estaban tan anestesiados interiormente, por así decirlo, que no se daban cuenta de que se acercaban a la muerte. Pero eso ya era el último vástago de esta visión del mundo, que no sabía nada de la muerte. El hombre más nuevo experimenta el intelecto. El intelecto nos hace interiormente fríos, nos hace interiormente muertos. El intelecto nos paraliza. Cuando desarrollamos el intelecto, en realidad no vivimos. Sólo tenemos que sentir que en realidad no vivimos si pensamos que estamos vertiendo nuestra vida en imágenes intelectuales muertas, y que necesitamos una vida fuerte para sentir como una vida creadora, lo que está en la formación muerta del intelecto, si entramos en ese reino donde los impulsos morales provienen del poder del pensar puro, donde aprendemos a comprender la libertad del hombre a partir de los impulsos del pensar puro. Intenté describirlo en mi «Filosofía de la libertad». Esta «filosofía de la libertad» es en realidad una visión moral que quiere ser una guía para revitalizar los pensamientos muertos como impulsos morales, para llevarlos a la resurrección. En este sentido, el cristianismo interior forma parte definitivamente de esa filosofía de la libertad. He querido utilizar hoy estos argumentos para poner ante sus almas algo del cristianismo esotérico desde un cierto punto de vista. Es necesario en nuestro tiempo, cuando hay tanta controversia sobre la naturaleza exotérica-histórica del cristianismo, señalar esta enseñanza esotérica del cristianismo. Eso es lo que quería hacer hoy. Espero que estas cosas no se tomen a la ligera, sino que se sientan con la gravedad necesaria. Uno siempre tiene la sensación, cuando habla de estas cosas, de que es difícil introducirlas en las palabras ya abstractas del lenguaje actual. 
Por eso ayer traté de sintonizar sus almas con esto, representando en imágenes los procesos interiores del hombre, para conducirlos hoy, por así decirlo, del ser humano individual a lo que ahora es, en sentido esotérico, el desarrollo histórico de la humanidad, que retoma el Misterio del Gólgota como algo esencial en sí mismo. Cuando regrese del viaje, tal vez tengamos la oportunidad de considerar la relación del alma humana con el desarrollo del mundo a un nivel diferente. 

Traducido por J.Luelmo nov,2024