GA069b Hamburgo, 24 de mayo de 1910 Conocimiento e inmortalidad - 2 -

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CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

Mas sobre en conocimiento y el destino humano

Hamburgo, 24 de mayo de 1910


¡Estimados asistentes! La palabra «conocimiento» evoca en el ser humano algo que sin duda le hace sentir que se trata de algo que se integra en la vida con un propósito y en relación con todo el destino humano. Y íntimamente ligada a esta sensación está la de que, al adquirir conocimiento, el ser humano se procura una posición dentro de su existencia y dentro de todo el desarrollo humano que se corresponde con su verdadero destino, con sus objetivos.

Ahora bien, en los campos del conocimiento relacionados con la investigación de la naturaleza, y tal vez también con la investigación de ciertas ramas de la vida humana, pronto se puede ver que nos proporcionan leyes, que nos muestran ciertas fuerzas de la naturaleza u otras fuerzas que nos permiten intervenir en la vida. Solo tenemos que recordar cómo los conocimientos sobre la naturaleza nos convierten, en cierta medida, en dueños de las fuerzas naturales, cómo las leyes de la naturaleza que reconocemos nos permiten dotarnos de herramientas y aparatos que mejoran la vida y ayudan al ser humano a seguir adelante en la existencia. Y si dejamos que los campos de conocimiento más remotos se apoderen de nuestra alma, sentiremos en algún lugar la conexión entre las leyes que adquirimos a través del conocimiento y las acciones mediante las cuales elevamos nuestra vida de manera útil y significativa, de modo que, con tales conocimientos, que se traducen directamente en nuestras acciones y comportamientos, comprendemos sin más que no solo satisfacen nuestra curiosidad, no solo corresponden a un cierto impulso de actuar, sino que surgen del impulso mucho más elevado de dar forma a la vida y la existencia de manera cada vez más perfecta. Así, ante estos conocimientos, tenemos la sensación de que tienen una cierta misión, una tarea en nuestra vida.

Ahora bien, todo el mundo sabe que hay otros campos del conocimiento en los que, cuando se piensa en esta misión, lo que llamamos dignidad humana, destino humano, humanidad y felicidad humana cobra aún más importancia en el alma. Pero se trata de conocimientos que, tal y como se acaba de describir, no son directamente aplicables a los fines y objetivos de la vida práctica. Son conocimientos que, según se dice, el ser humano adquiere por sí mismo. El ser humano siente que tiene un impulso por explorar y conocer los misterios de la existencia; siente que el conocimiento es simplemente esclarecedor. Es algo que satisface al alma, incluso cuando no puede aplicar este conocimiento de forma inmediata, es decir, cuando no puede convertirlo en instrumentos y herramientas externas o en acciones de la vida cotidiana relacionadas con los objetivos externos de la humanidad.

Un conocimiento por sí mismo, un conocimiento que surge de una profunda necesidad del alma humana y que debe satisfacer al ser humano por sí mismo: el ser humano busca ese conocimiento, y lo busca tanto más cuanto más profundas son las necesidades internas de su alma. Quizás lo busque menos cuando se siente inmerso en una vida que va de acontecimiento en acontecimiento, de sensación en sensación, de trabajo en trabajo en la vida cotidiana. Quizás lo busque menos cuando la vida lo distrae y lo mantiene constantemente ocupado con sus exigencias externas. Pero precisamente en aquellos momentos en los que el ser humano —quizás ni siquiera por su propia voluntad, sino por aquellos acontecimientos y experiencias que nos arrancan de la vida cotidiana— puede estar en silencio consigo mismo, despierta el impulso hacia ese otro tipo de conocimientos.  Quizás sean momentos en los que el ser humano sufre grandes pérdidas en la vida, instantes en los que se le arrebata lo más preciado, en los que cree que sus esperanzas vitales se han desvanecido. Son momentos en los que se despierta en el alma un anhelo que nunca podrá ser satisfecho por la vida exterior. Y son las personas que tienen estas necesidades de conocimiento las que poco a poco llegan a profundizar cada vez más en su vida espiritual. Estas personas comienzan entonces a comprender, primero a través del mero sentimiento, de la sensación, que los conocimientos que están lejos de lo cotidiano pueden actuar como una fuente de valor y fuerza allí donde el ser humano se debilita, que tales conocimientos pueden actuar como un bálsamo allí donde el alma está desolada y llena de dolor. Sí, entonces el alma puede desarrollarse hasta un punto en el que siente que no quiere vivir sin ese conocimiento, que la existencia le parece sin valor y desolada sin ese conocimiento.

Cuando se reflexiona sobre una experiencia así del alma humana, puede surgir la siguiente idea: si ya sentimos que los conocimientos cotidianos, por ejemplo, los conocimientos sobre la naturaleza o sobre las leyes de la convivencia humana o similares, solo cumplen su función cuando no solo satisfacen la curiosidad de nuestro cerebro, sino cuando estimulan la fuerza de nuestras manos y nos impulsan a moverlas en la existencia terrenal, entonces cabría preguntarse: ¿con qué tareas del ser humano, con qué objetivos están relacionadas las otras cogniciones, de las que tan fácilmente se piensa que existen por sí mismas y que no encuentran una confirmación práctica inmediata? ¿Acaso esos conocimientos no tienen ninguna función que desempeñar en la vida humana y estimular algo que conduzca a hechos, a acciones? Esa es la gran pregunta que uno puede plantearse sobre el conocimiento y su función en la vida.

Cuando uno tiene claro cómo el alma, en su estado de insatisfacción con la existencia exterior, siente la necesidad del conocimiento, es decir, cuando se alcanza una cierta comprensión de que este conocimiento íntimo puede ser necesario para el ser más íntimo de nuestra alma, entonces se pensará que tal conocimiento, que trasciende la vida exterior inmediata, debe estar relacionado con las cualidades más elevadas, con las aspiraciones más elevadas de nuestra humanidad, en otras palabras, con la esencia misma del ser humano. Y pronto se notará que hay que buscar la conexión entre lo que el ser humano llama conocimiento en un sentido superior y la esencia misma del ser humano. Pero entonces habrá que orientar la búsqueda del conocimiento hacia una comprensión así adquirida. Uno se dirá: debes orientar la búsqueda de tal manera que se tenga en cuenta la esencia más profunda e íntima del ser humano. Quien crea que toda la existencia se agota únicamente en el mundo sensorial exterior, que toda la ciencia se agota en los conocimientos que obtenemos mediante el procesamiento intelectual de las apariencias sensoriales exteriores, en resumen, quien crea que la observación de la vida exterior y la ciencia dirigida al ser exterior pueden ser la única ciencia, será poco apto para dar respuesta a la pregunta que acabamos de plantear.

La posibilidad de responder gradualmente a esta pregunta nos la brinda otra ciencia, la llamada ciencia espiritual o «teosofía», —si se quiere utilizar este término tan mal utilizado y malinterpretado—, la ciencia que se refiere a lo espiritual, a lo que trasciende el mundo sensorial; se dedica a la investigación que solo ella puede conducirnos a la esencia del ser humano. Con la ayuda de esta ciencia se puede sentir que la esencia más íntima del ser humano proviene del espíritu y que lo mejor que hay en nosotros, —lo que realmente nos gobierna—, es algo espiritual. Solo la ciencia espiritual puede investigar esta nuestra esencia más íntima, y así también se puede esperar que a través de esta ciencia espiritual se obtenga un conocimiento de la verdadera esencia del ser humano y que de esta manera se encuentre el misterioso fundamento que de otro modo solo se manifiesta en la vida a través de un oscuro sentimiento que dice: quiero un conocimiento que me dé algo que todo lo demás no puede darme.

Sin embargo, la ciencia espiritual sigue otros métodos, busca otros caminos distintos a los de la ciencia externa convencional, pero en nuestra época actual todavía hay poca inclinación a ver en ella algo más que extravíos excéntricos o tristes de personas individuales. En amplios círculos aún no se es consciente de que esta ciencia espiritual trabaja con los mismos medios rigurosos de conocimiento con los que trabajan las ciencias naturales, que aplica los mismos medios rigurosos de conocimiento, pero solo en un ámbito diferente, es decir, no en el ámbito de la vida natural externa, sino en la vida espiritual. A lo largo de la conferencia podremos señalar algunas cosas que introducen a las personas en los mundos espirituales y los métodos mediante los cuales el ser humano obtiene una visión del otro mundo, el mundo suprasensible. Pero tomemos como punto de partida lo cotidiano. Al elevarse racionalmente por encima de la vida cotidiana, es decir, también a partir de la mera razón, se puede obtener una especie de intuición de la posibilidad de llegar al conocimiento del mundo espiritual.

¿Cómo se manifiesta esto en la vida exterior del ser humano? Consideremos al ser humano en cuatro puntos significativos, dos de los cuales no solemos percibir porque los experimentamos de forma habitual. Sin embargo, hay otras dos cosas que intervienen en cada vida, una de ellas interrogativa y la otra conmovedora. Estas cuatro cosas se denominan estar despierto y estar dormido, vivir y morir. En estas cuatro palabras se encuentra, en el fondo, todo el misterio de la vida humana. Quien sea capaz de obtener una explicación satisfactoria verá que las oscuridades de la vida se vuelven claras y luminosas. El estar despierto y el dormir se alternan en nuestra vida cotidiana. Desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, en nuestra alma surgen y desaparecen impresiones que debemos a nuestra mente. Sabemos que cuando dormimos nos aislamos del placer y el dolor, de los instintos y los deseos. Así vemos cómo transcurre nuestra vida desde que nos despertamos hasta que nos dormimos. Luego, al dormirnos, vemos cómo todas las experiencias y actividades del alma descienden a una oscuridad indefinida. Todas las percepciones e ideas se hunden. Nos sentimos como si nos invadiera un desmayo; dejamos de estar en contacto con el entorno. Entonces nos sentimos trasladados de lo consciente a lo inconsciente.

¿Qué ocurre realmente cuando el ser humano experimenta ese momento de quedarse dormido? Solo una opinión que no se ajusta a las leyes de la lógica puede creer que todo el mundo, que por la noche se sumerge en la oscuridad, renace por la mañana, que todo lo que el ser humano ha dejado atrás en el mundo físico renace. Cada uno debe plantearse la siguiente pregunta: ¿Dónde está realmente aquello que se piensa y se medita durante el día, lo que se siente como placer, sufrimiento y dolor, lo que siente la fuerza para pasar a la acción? ¿Dónde está? No es difícil comprender que lo que podemos llamar el verdadero interior del ser humano, lo que sentimos como impulso interior, no puede simplemente desaparecer [al dormirnos] y tener que renacer [al despertarnos]. Por lo tanto, no es difícil comprender lo que el investigador espiritual debe decir a partir de sus investigaciones. Él dice: lo que permanece en la cama, ese ser humano, no es el ser humano completo. Ese ser humano que duerme por la noche ha desprendido de sí mismo aquello que durante el día constituye su esencia más íntima. ¿Cómo es posible que no se vea ni se pueda observar lo que sale? Cada uno puede darse la respuesta: se puede observar tan poco como un ciego puede observar los colores. Quien afirme que no hay nada que salga del cuerpo y que esté fuera del cuerpo durante la noche, es como el ciego que dice: «¡Ay, qué tonterías contáis con vuestras fantasías absurdas, con colores rojos y azules! ¡Eso no existe! Lo que no se percibe, no existe».

 Ciertamente, solo la ciencia espiritual puede investigar lo que escapa a los sentidos. Pero a veces la conciencia cotidiana ya da un cierto comienzo, aunque solo en ciertos estados excepcionales y anormales de la vida humana. Hay experiencias que, en realidad, cualquier persona podría tener, que incluso tiene más a menudo de lo que cree, pero que solo duran un instante y, por lo tanto, la mayoría de las personas no las perciben, porque las impresiones externas tienen un efecto demasiado abrumador sobre el alma. Se necesita cierta práctica y paz interior, una formación especial en investigación espiritual, para que el ser humano pueda tener esos momentos. Hay personas que los tienen y describen que, en el momento de dormirse, pueden experimentar algo que no se suele experimentar. Al igual que los químicos describen cualquier proceso químico, los observadores de este campo describen lo que experimentan en el momento de dormirse.  

Experimentan, por así decirlo, una especie de distanciamiento de todo lo que hacen en su vida sensorial. Experimentan la impotencia de mover las manos, sienten la impotencia de mover la lengua; sienten cómo los sentidos pierden poco a poco la capacidad de interactuar con el mundo exterior. Y entonces el ser humano siente de una manera especialmente penosa, como con graves reproches hacia sí mismo, todos los errores e injusticias que ha cometido. Y entonces llega el momento en el que se produce una especie de experiencia que se sabe libre de la necesidad de percepciones sensoriales externas, pero que no es inconsciente, sino que siente que el alma está en el mundo [espiritual]: Es una sensación subjetiva. Hay una luz más intensa, una mayor claridad de la que jamás puede haber en la vida sensorial exterior. Se produce un momento dichoso de sentirse libre. Entonces, en aquellos que son observadores habituales, sigue algo que se percibe como un rápido espasmo, de lo que se tiene conciencia: ahora se ha separado de la corporeidad exterior lo que durante el día ha recorrido las manos y los pies para trabajar, lo que ha vivido en los ojos, lo que ha vivido en el cerebro; ahora se ha desprendido. Pero entonces se produce lo que se puede llamar una transición a la inconsciencia. Se produce una breve sensación intensa, acompañada del deseo: ¡Ay, ojalá este momento durara eternamente!

Son experiencias que forman parte de la realidad tanto como cualquier otra. No se pueden descartar diciendo que solo las tienen personas que experimentan un éxtasis subjetivo especial en su alma porque tienen una vida espiritual anómala. No se pueden refutar estas dudas más que diciendo: sí, pero la ciencia espiritual sabe, por sus medios y métodos, que tiene razón cuando dice: no puedo demostrarlo, solo ciertas personas lo experimentan; tú también puedes experimentarlo si intentas metódicamente, mediante medios educativos normales, extender el equilibrio interior en tu alma. Sin embargo, no se llegaría muy lejos si solo se pudieran citar tales rarezas de la capacidad de observación humana. Lo único que puede conducir a la investigación, a la ciencia en este campo, es el entrenamiento metódico, a través del cual el ser humano puede realmente alcanzar lo que le capacita para experimentar conscientemente, casi por casualidad, el proceso de conciliar el sueño. Si debe existir tal ciencia, debe ser posible no depender únicamente de tales rarezas anormales, sino experimentar realmente lo que ocurre casi por casualidad de forma sistemática y con plena conciencia del alma. Es decir, debe ser posible ver, percibir e investigar esta salida del ser interior real del ser humano, evitando que, precisamente cuando quiere percibir lo que está fuera de su cuerpo, se vea imposibilitado de observarlo porque está inconsciente.

Entonces, ¿cómo es posible conocer lo que el ser humano solo experimenta inconscientemente, es decir, el mundo espiritual en el que se encuentra mientras duerme? Si esto fuera posible en un nivel superior, lo que se podría comparar con [la experiencia] de un ciego de nacimiento que recupera la vista gracias a una operación, si fuera cierto que en el alma hay fuerzas que no pueden manifestarse en el cuerpo exterior, pero que permanecen latentes en el ser humano y que pueden ser liberadas mediante ciertos métodos, —el autocontrol y el entrenamiento del alma—, entonces podría producirse el momento de una capacidad de visión espiritual superior, y entonces podría ser que el ser humano experimentara aquello de lo que tiene que decir: «Sé que existe un mundo espiritual».

 Esta posibilidad existe cuando el ser humano continúa con lo que hemos destacado como condición previa natural: infundir calma y equilibrio interior en el alma. Y si hacemos cada vez más en nuestra alma para que también pueda tener experiencias que no reciba a través de impresiones externas, entonces llevamos al alma a percibir por sí misma. Aquí solo puedo describirlo brevemente, pero en mis ensayos «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?» y en mi libro «La ciencia oculta en líneas generales» encontrará una explicación más detallada. No es ningún cuento de hadas, sino que puede ser confirmado por aquellos que lo han logrado: el alma del ser humano es capaz de experimentar conscientemente, en medio de la vida cotidiana, el momento de quedarse dormido. Se puede caracterizar con las siguientes palabras: Podemos provocar ese momento en el que reprimimos consciente y arbitrariamente las impresiones externas, en el que nos sustraemos con nuestra capacidad de percepción de lo que nos impresiona como luz, color y sonido, como calor y frío, incluso como presión y golpe, como dolor y alegría. Si somos capaces de detener todas las impresiones externas mediante un fuerte entrenamiento de la voluntad, entonces también somos capaces de vaciar conscientemente nuestra alma, tal y como la vaciamos cuando caemos dormidos en la inconsciencia. Es cierto que quien despierta la fuerte voluntad de eliminar conscientemente las impresiones externas, llega a ser capaz de pasar conscientemente a un estado en el que, aunque está vacío de la expresión de su alma, está interiormente impregnado y entretejido por lo que podemos llamar actividad interior, conciencia interior de que somos algo y de que podemos hacer algo. Sin embargo, lo que hasta ahora se ha destacado de tales esfuerzos conduce a tener un alma vacía, que aunque no es inconsciente, su conciencia se ha reducido al sentimiento básico: estás ahí, pero no tienes nada en ti; te tienes a ti mismo, pero no hay nada en ti.

Si el ser humano quiere penetrar en los mundos espirituales, es necesario algo más. Es necesario que su alma ya no permanezca vacía. Si nada pudiera penetrar en su alma, no habría ningún medio que pudiera llevar al ser humano, en sentido científico, a la convicción de la existencia de un mundo espiritual. Si, en un intento de este tipo, que excluye las impresiones externas, el alma permaneciera completamente vacía, eso sería una prueba real de que el mundo sensorial externo es el centro y el origen de toda la existencia. Pero quien quiera convertirse en investigador espiritual, continuará con este trabajo de autodisciplina y educación de su alma, y tratará ahora, mediante una fuerte voluntad, de evocar aquellas ideas que pueden denominarse simbólicas, que no representan cosas externas, sino que tienen otras características. Cuando el ser humano se entrega a la meditación y a la concentración, siente y experimenta que estas ideas provocan sentimientos y sensaciones en lo más profundo de su alma, del mismo modo que las impresiones externas provocan placer y disgusto.

Así pues, cuando el ser humano está centrado en sí mismo, cuando deja que vivan en su alma ideas fuertes y poderosas que no significan nada externo, entonces, con suficiente paciencia, —a veces se necesitan años—, puede experimentar que algo se abre paso en su alma, algo que sabe con certeza que es realidad. Entonces comienza a experimentar otro mundo superior, penetra en el mundo suprasensible. Y sigue avanzando cada vez más con su observación. Cuando se duerme, puede seguir lo que ahora se retira de la corporeidad y se adentra en el mundo espiritual y la realidad, y lo que desde que se duerme hasta que se despierta está rodeado por el lugar de donde proviene el hogar original del ser humano: está rodeado por el mundo espiritual. Entonces, a través de su investigación metódica y ordenada, brota de su alma el conocimiento de que el ser humano, con su esencia interior real, se retira de su ser exterior al dormirse, que sigue viviendo en el mundo espiritual y que, al despertar, vuelve a sumergirse en la corporeidad exterior.

Si los investigadores espirituales nos presentan estos hechos con la misma certeza con la que se nos presenta una verdad química o física, podemos preguntarnos: ¿no hay algo en la vida que nos permita ver las cosas con mayor claridad y nitidez? Examinemos la vida para ver si confirma lo que dicen los investigadores espirituales. Sin duda, la mayoría de las personas actuales tienen derecho a decir: «Bueno, nosotros no somos investigadores espirituales; puede que haya quienes puedan afirmar algo así, pero lo dicho debería encontrarse confirmado en la vida». Por lo tanto, examinemos la vida, suponiendo que haya algo que pueda ayudar a confirmar los mensajes del investigador.

Vemos que la vida transcurre de tal manera que el ser humano entra en la existencia al nacer y sale de ella al morir. Vemos que la vida alterna entre el dormir y el despertar. Entonces nos preguntamos: ¿tiene algún sentido interno, algún significado legítimo, el hecho de que el ser humano alterne constantemente entre el despertar y el dormir? Bueno, los fenómenos comunes de la vida cotidiana podrían hacer que el ser humano se diera cuenta de que debe tener algún significado. No tengo en cuenta las hipótesis de las ciencias naturales, pero tampoco estoy en contra de ellas. Lo que se deriva de la ciencia espiritual está en perfecta armonía con los hechos de la ciencia natural más moderna. El investigador espiritual siempre podría demostrarlo. Solo hay que tener cuidado de no confundir las opiniones científicas con los hechos científicos. Las opiniones a menudo contradicen duramente los hechos. Lamentablemente, hoy no hay tiempo para profundizar en ello. Cada día nos encontramos con un fenómeno que nos recuerda la importancia del dormir: el cansancio. El ser humano se cansa y, al cansarse, siente que sus fuerzas se debilitan. Al despertarse, siente cómo las fuerzas que le permiten ocuparse de la vida desde que se despierta hasta que se duerme le invaden, le inundan. El ser humano nunca podría reemplazar lo que ha perdido con el cansancio si permaneciera siempre en su cuerpo físico. Solo al entrar por la noche en otro mundo, en su hogar primigenio, puede el ser humano extraer de él las fuerzas que vierte en su cuerpo al despertar por la mañana, con las que compensa todo lo que ha consumido el día anterior. No vamos a entrar aquí en la hipótesis científica sobre el cansancio. Son solo las fuerzas espirituales las que debemos verter en nuestro interior si queremos compensar lo que perdemos en el mundo físico, el mundo sensorial. Nunca podremos encontrar estas fuerzas en el mundo sensorial. El ser humano puede llegar a la fatal conclusión de que nunca podrá extraer estas fuerzas del mundo sensorial cuando se da cuenta de lo que significa que el sueño no tenga un efecto compensatorio. Por lo tanto, necesitamos el sueño para sumergirnos en los depósitos espirituales de los que extraemos las fuerzas que nos permiten vivir.

Hemos visto lo que el ser humano aporta al despertar del estado dormido. Pero, ¿qué lleva consigo al dormirse? Son aquellos hechos que tienen lugar entre el nacimiento y la muerte y que englobamos en la palabra: nos desarrollamos hacia estados siempre nuevos, hacia capacidades siempre diferentes. ¿Qué nos capacita para otras capacidades nuevas en épocas posteriores de la vida? Tomemos el hecho de que podemos escribir, que podemos expresar nuestros pensamientos a través de la escritura. Recordemos cómo adquirimos la capacidad, por ejemplo, al empezar a escribir con la pluma. Sería terrible si todo lo que fue necesario practicar para ello permaneciera en la conciencia. Tenemos toda una serie de experiencias a nuestras espaldas que ya no están presentes, solo en la forma en que nos han capacitado para escribir. Las experiencias se han vertido en la capacidad de escribir. Lo que hemos experimentado en el mundo físico ha formado, en conjunto, la capacidad que ahora brota desde nuestro interior. ¿Qué ha sucedido?

 Esto se puede apreciar en un fenómeno sencillo que se da en aquellas personas que necesitan memorizar mucho para su profesión. Todo el mundo se dará cuenta de que le cuesta mucho aprender cuando se esfuerza por estudiar y empollar sin descanso. Pero irá mejor si se interrumpe con un buen dormir, que tendrá un efecto fortalecedor y ampliará lo que hemos aprendido y lo que hemos adquirido anteriormente. En algo tan cercano a nuestra alma como es la memorización, se nota lo importante que es el estado de dormir. Quien observe esto, ya no podrá dudar de lo que dice el investigador espiritual. Mientras dormimos, lo que hemos vivido durante el día se transforma en capacidad y fuerza. El investigador espiritual nos muestra que esto es así en todos los ámbitos de la vida. No aprenderíamos a escribir si no fuéramos capaces de absorber una y otra vez en nuestro interior las experiencias del aprendizaje de la escritura, salir de ellas y, durante el estado entre el dormir y el despertar, transformarlas en habilidades. En su hogar original, el ser humano encuentra las fuerzas para transformar las experiencias de la vida en habilidades, para tejerlas.

Vemos que, efectivamente, el ser humano lleva consigo algo de la vida cotidiana a su estado dormido. Lleva consigo lo que adquiere en el mundo sensorial para poder ejercer sus fuerzas y actuar de manera fructífera, ya que allí las experiencias se entrelazan con las capacidades. Hoy en día se sabe poco sobre estas cosas. Pero hubo épocas en la evolución de la humanidad en las que los guías de la humanidad conocían esos secretos y los expresaban en poemas que no son poemas cotidianos, sino que demuestran su validez al perdurar durante milenios. En ese arte, que realmente merece ese nombre, actúa el conocimiento más profundo y verdadero.

Supongamos que un poeta, sabiendo que las experiencias de la vida física se transforman en habilidades mientras dormimos, hubiera querido expresar cómo alguien impide que el alma adquiera una determinada habilidad, un determinado poder. Por ejemplo, hubiera querido mostrar cómo se puede impedir el desarrollo de la capacidad de amar. Describiría a una persona que se encarga de que lo que las experiencias externas del día envían [al durmiente] y lo que se entrelaza durante la noche se vuelva a separar, se disuelva. Homer quería dar una descripción de este tipo cuando mostró cómo Penélope, la esposa de Odiseo, estaba rodeada de pretendientes que hacían todo lo posible para que ella desarrollara la capacidad de amarlos. Pero ella lo impedía, disolviendo por la noche lo que se había entretejido durante el día.

Sé bien que la estética ligera de la actualidad, que cree poder comprender todos los secretos del arte a partir de una cierta comprensión obvia, se percibirá como la cúspide de la interpretación. Pero eso no es lo importante, sino otra cosa: quien penetra en el espíritu humano reconocerá que los grandes artistas han depositado grandes secretos en sus obras de arte y que estas obras han influido en las almas y los corazones de las personas a lo largo de las épocas. Esto es todo lo que hay que decir para ilustrar lo que se ha expuesto sobre el significado de estar despierto y dormir.

Por lo tanto, debemos decir que el ser humano avanza en la vida, cuando mediante el dormir es capaz de desarrollar capacidades que antes no tenía y que ahora puede utilizar en el mundo sensorial para actuar de manera significativa e inteligente en la vida; así, el ser humano se dota de nuevas capacidades para su actividad. Las experiencias se transforman al poder entrar en el hogar espiritual original del alma, al que se accede mediante el acceso al dormir. Todo perfeccionamiento depende de que el ser humano transforme las experiencias del mundo sensorial en habilidades a través de su conexión con el mundo espiritual, para luego, por la mañana, verter las experiencias en su ser exterior.

Todo lo que se ha descrito hasta ahora tiene, por supuesto, sus límites. Podemos visualizar estos límites si pensamos en ciertas aptitudes y características que el ser humano ha traído consigo al nacer en lo que respecta a su corporalidad y su físico. En lo que se refiere a ciertas fuerzas relacionadas con nuestro ser más íntimo, podemos perfeccionarnos a través de lo que experimentamos. Sin embargo, esto tiene un límite en la naturaleza de nuestro cuerpo. Y por muchas capacidades que adquiramos a través de nuestras experiencias, no podemos transformar estas experiencias si encontramos límites en nuestra corporeidad exterior, porque para ello es necesario que las capacidades que el alma desarrolla como fuerzas se unan a toda la configuración del cuerpo. El cuerpo es siempre el mismo cuando nos despertamos por la mañana. Solo podemos expresar las capacidades que se refieren a la corporeidad exterior. Podemos influir en ellas hasta cierto punto.

Esto se puede comprender claramente si se piensa en lo que se observa cuando se sigue a una persona durante diez años y se ve cómo integra [en su cuerpo físico] los conocimientos adquiridos durante ese tiempo. En ello se refleja todo lo que se puede llamar batallas y victorias internas y, a veces, también derrotas o declives internos. En alguien que, por ejemplo, ha perfeccionado el conocimiento en sí mismo durante diez años, se puede ver cómo ese conocimiento, cómo esa transformación del alma penetra hasta en la corporeidad exterior, cómo se expresa en la fisonomía, en la mirada, y cómo, de hecho, el ser humano, allí donde el alma impregna tan fuertemente la corporeidad, es capaz de incorporarlo a su cuerpo. Pero cuando vemos que alguien ha tenido la oportunidad de vivir experiencias en el ámbito musical [y creemos] que, gracias a estas experiencias, podría simplemente llegar a progresar no solo en lo que respecta a la sensibilidad musical, sino también a la comprensión musical y a la actividad musical, hay que decir que que le será imposible incorporar esta capacidad a su cuerpo si tiene un oído poco musical. Aquí vemos en la delicada estructura de los órganos de nuestro cuerpo físico la limitación que se nos impone; existe porque dependemos de ella para descender cada mañana al mismo cuerpo.

 Hay que plantearse la siguiente pregunta: ¿Son irrelevantes para la vida y el desarrollo del ser humano aquellas experiencias que, al transformarse en habilidades, encuentran su límite en el cuerpo físico? No podemos responder a esta pregunta si nos quedamos estancados en la vida entre el nacimiento y la muerte. Solo podemos responderla si, con los profundos conocimientos de la ciencia espiritual, salimos más allá de lo que se encuentra tras la misteriosa puerta que atravesamos con la muerte. Y así como hemos intentado explicar de forma plausible a partir de la ciencia espiritual que el ser humano [mientras duerme] no se adentra en la nada de la inconsciencia, sino en un mundo espiritual, podemos preguntarnos: ¿qué le sucede al ser humano cuando atraviesa la puerta de la muerte y no regresa a su cuerpo físico? La ciencia externa no podrá perseguirlo, pero la ciencia espiritual sí puede. Llega a una relación legal que hoy en día todavía afecta a muchas personas de tal manera que la consideran una fantasía, una locura, tal vez una tontería: la ley de la reencarnación, de las vidas terrenales repetidas, que no es más que la formación del conocimiento de que lo espiritual y lo anímico solo pueden provenir de lo espiritual y lo anímico.

Hace solo unos siglos, investigadores eruditos afirmaban que las lombrices y los peces podían surgir del lodo de los ríos. Con la misma seguridad, aún antes, en los siglos VI y VII, se enseñaba que de la materia en estado de descomposición surgía nueva vida. Si se trituraba el cadáver de un caballo, la materia era capaz de generar abejas, y si se hacía lo mismo con el cadáver de un buey, este era capaz de generar avispas y avispones. No fue hasta el siglo XVII cuando Francesco Redi enseñó que lo vivo solo puede surgir de lo vivo. Y eso no significa otra cosa que: si alguien afirma que del lodo del río surgen seres vivos, solo puede hacerlo como resultado de una observación imprecisa. Pero también hay que decir que solo se debe a una observación imprecisa cuando vemos nacer a un ser humano y creemos que adquiere todas las cualidades y características de sus antepasados. Una observación precisa revela que lo anímico-espiritual solo proviene de otro anímico-espiritual que lucha por existir y atrae las sustancias y los jugos del entorno, desarrollándose así. Así, lo espiritual-anímico proviene de algo espiritual-anímico y no tiene nada que ver con los rasgos hereditarios del cuerpo. Por lo tanto, cuando un niño viene al mundo, hay que remontarse a otro espiritual-anímico para encontrar su origen espiritual-anímico. No tiene nada que ver con la línea ancestral. El niño heredará los rasgos faciales y demás de su padre y su madre. Pero del mismo modo, el aspecto espiritual y anímico del niño nos llevará a un aspecto espiritual y anímico anterior, ya que el aspecto espiritual y anímico del niño no nos llevará a las características de los antepasados. Así, la ciencia espiritual nos remite a nuestra propia vida terrenal anterior.

Hablamos, pues, de vidas terrenales repetidas. La vida actual es la repetición de innumerables vidas anteriores y es un requisito previo para el futuro. Esta ley de las vidas terrenales repetidas desempeña hoy el mismo papel que la ley de Redi en el siglo XVII. En aquella época, Redi escapó por los pelos del destino de Giordano Bruno. Hoy en día, quien habla de la ley de la reencarnación es considerado un hereje tan grande como lo fue Redi en su época para aquellos que querían aferrarse a lo antiguo. En aquel entonces, quemar a los herejes estaba de moda. Hoy en día está de moda condenar a quienes enseñan nuevas leyes como necios y fantasiosos. Pero con la ley de las vidas terrenales repetidas ocurrirá lo mismo que con la ley de Redi. Llegará un momento en que los seres humanos no podrán comprender cómo se pudo creer alguna vez que un ser humano solo heredaba sus capacidades de sus antepasados. Goethe dice de sí mismo:

De mi padre heredé la estatura,
la seriedad en la vida,
de mi madre, el carácter alegre,
y la pasión por inventar historias.
[...]

¿Qué hay de original en todo este personaje?

Traten de averiguar qué es lo que se puede considerar original y qué es lo que ha adquirido de su linaje para obtener aquellas cualidades que le hacen importante para la humanidad.

Así vemos que tenemos ante nosotros una ley que quiere incorporarse a la cultura y la formación humanas, una ley que hoy todavía puede parecer fantástica, pero de la que más adelante se dirá: es incomprensible que los seres humanos hayan podido creer alguna vez en otra cosa que no fuera el desarrollo de la humanidad en el sentido de esta ley. Si entendemos la vida de esta manera, podemos preguntarnos: ¿qué hacemos con las experiencias que no podemos transformar en habilidades dentro de los límites de nuestra corporeidad? ¿Qué hacemos si en la vida hemos querido adquirir habilidades musicales a través de experiencias musicales y nos hemos encontrado con los límites de un oído poco musical? Cuando pasamos por la muerte, dejamos atrás el cuerpo y vivimos en un mundo puramente espiritual, en el que ahora, durante todo el tiempo entre la muerte y el nuevo nacimiento, nos preparamos para poder llevar a la vida, a través del nuevo nacimiento, habilidades completamente diferentes y superiores. Ahora tenemos la oportunidad de construir un nuevo cuerpo, de colaborar y dar forma plástica a nuestra nueva corporeidad. Entonces, con vistas al nuevo nacimiento, debemos prepararnos para la configuración de tal manera que transformemos en habilidades para la nueva vida lo que se descuidó en la vida anterior, y que transformemos lo que no podemos utilizar para nuestro perfeccionamiento en una configuración cada vez más elevada mediante estados cambiantes. Así avanzamos verdaderamente de vida en vida. Aunque podamos sufrir reveses por otras influencias, la vida en su conjunto es ascendente, y lo que aprovechamos en vidas posteriores es productivo, creativo y edificante para nuestro ser.

Podemos preguntarnos: ¿cuáles son las habilidades más importantes y significativas que una persona puede adquirir? Para ello, observamos la vida de aquellas personas que son más visibles para la humanidad que otras. Consideremos las creaciones de un gran artista, como Rafael o Miguel Ángel. Tales creaciones surgieron de la interacción con el mundo exterior. La victoria sobre la materia es lo que nos habla desde las paredes, eleva el alma y nos satisface. Pero luego dirigimos nuestra mirada a otros hechos, por ejemplo, al cuadro de Leonardo «La última cena». Goethe lo vio en toda su belleza en su juventud, ahora está destruido. Si lo pensamos bien, seguramente se nos ocurrirá una idea que sin duda es cierta. Todo lo que personas importantes han plasmado en tales obras está condenado a desaparecer, está condenado al destino de hundirse. Y llegará un momento en el que todas estas obras se convertirán en polvo. Pero si todo está condenado a desaparecer y desaparecerá, ¿no se salvará nada para la eternidad de lo que ha reinado en la Tierra?

Solo tenemos que tener claro que Rafael y Miguel Ángel se convirtieron en otras personas después de haber creado estas obras. No solo se crea algo que se comunica al mundo exterior, sino que también penetra en el alma humana. Al trabajar en el mundo exterior, algo se conecta con el alma y la transforma. Lo que se transforma está conectado con esta alma, y si realmente comprendemos interiormente los principios de la reencarnación, entonces nos decimos: pueden desaparecer las obras que Rafael creó en el mundo físico, pero la capacidad permanece y encenderá nuevas capacidades en una nueva existencia, y estas llevarán a los seres humanos cada vez más lejos, de un nivel a otro. Así vemos que el fruto de nuestro trabajo se extiende a través de diversas encarnaciones. Aunque nuestro trabajo exterior desaparezca, lo que lo conecta con el alma seguirá viviendo con esa alma. Las almas conservarán los frutos de sus creaciones. Las creaciones perecerán, pero los frutos espirituales de estas creaciones seguirán viviendo en las almas. Pero, ¿cuáles son las capacidades más profundas e íntimas? Son aquellas que hacen que el ser humano sea capaz de evocar lo que alegra a millones de almas y que puede plasmarse en las obras del arte y de la vida. Estas capacidades están relacionadas con los aspectos externos de nuestra vida.

Pero hay algo en la vida humana que está entretejido con la esencia interior de nuestra alma; hay algo que sabemos que nos afecta de manera diferente a lo que podríamos llamar instinto, impulso, por ejemplo, el impulso que llevó a Rafael a pintar sus cuadros. Los instintos actúan en nosotros, pero sentimos que los instintos también tienen algo que se puede describir como talento. Los instintos son cambiantes, algo indefinido para el ser humano, en lo cual el ser humano no participa plenamente. Nadie puede convertirse en pintor si no ha acumulado habilidades especiales. Pero hay algo que no se adquiere, es algo que surge como impulso desde lo más profundo de nuestro ser. Por lo tanto, este impulso no puede limitarse a que lo realicemos externamente, sino que debe surgir de lo espiritual mismo, y ese es el impulso hacia el conocimiento, un impulso que vive [en lo más profundo] de nosotros. Si el alma quiere actuar [en el mundo], necesitamos materiales externos; para lo que llamamos el impulso hacia el conocimiento, solo necesitamos la vida misma. Y solo este impulso puede estimularnos a desarrollar esa fuerza del pensamiento que nos permite penetrar en el mundo de la imaginación y el pensamiento y unir sus secretos con nuestro ser. Aquí es donde sentimos la transición entre el pensamiento y la imaginación, por un lado, y el conocimiento, por otro.

 El ser humano que cree alcanzar el conocimiento mediante el mero pensar se equivoca profundamente. Solo quien llena sus ideas con un contenido que no se encuentra en el mundo exterior llegará al conocimiento de lo que hay detrás del mundo exterior. Lo que se ha adquirido en la vida se conecta con el yo más íntimo, que es similar al ser más íntimo de nuestro yo. El espíritu [en el mundo] es similar al espíritu que hay en nosotros mismos; así, el espíritu del mundo exterior se conecta con lo espiritual que llevamos dentro. De este modo, obtenemos el máximo provecho de lo que podemos adquirir en la vida consciente. El conocimiento es la actividad del ser humano mediante la cual obtenemos el máximo provecho de nuestras experiencias, es la actividad del ser humano que se transforma en la vida en capacidades, para las que, sin embargo, encontramos límite tras límite a la hora de representarlas exteriormente en la vida. Pero el conocimiento hace que traslademos las capacidades a través de la muerte [al mundo espiritual]. Y en la muerte, el conocimiento, al ser una capacidad espiritual fundamental, no solo nos da la seguridad de que trasladaremos los frutos de la vida actual a perfecciones que se renuevan constantemente, sino que también nos da la seguridad de que adquiriremos capacidades que durarán tanto como el espíritu mismo, que deben durar tanto porque tienen las mismas características que el espíritu. En el conocimiento nos unimos al espíritu, y de esta unión surge no solo la certeza de reconocer la inmortalidad, sino también la fuerza de fundar la inmortalidad, de fundarla en nosotros mismos, de modo que con el conocimiento adquirimos la fuerza de llevar nuestro núcleo esencial a través de las encarnaciones. Así, la adquisición de los poderes que consideramos inmortales está íntimamente relacionada con lo que llamamos conocimiento. Es la actividad entre el nacimiento y la muerte la que nos da, precisamente más allá de la muerte, la inmortalidad de nuestro ser más individual, nuestro yo, porque es este ser más individual el que debe adquirir el conocimiento a través de su impulso más íntimo y elegido por sí mismo.

El conocimiento y la inmortalidad están íntimamente relacionados con el ser humano. Es cierto lo que los investigadores espirituales han transmitido a lo largo de los tiempos: el ser humano tiene una vida que fluye hacia la eternidad, pero solo a través de todas las [fuerzas] que [la vida en] el mundo material ha depositado en él. Es cierto lo que dicen los investigadores espirituales: En ningún lugar del espacio exterior puedes encontrar lo que te garantice esta inmortalidad. Solo cuando llegas, a través del conocimiento, a lo que vive en ti como centro, como espíritu, obtienes en tu interior la íntima conexión entre lo que aspiras en el sentido más noble y lo que crea en ti, en forma de conocimiento, una elevación cada vez mayor de tu ser. Así vemos que el conocimiento no solo satisface la curiosidad, sino que trabaja en nuestra alma, que transforma el alma, al igual que el conocimiento externo transforma las fuerzas de la naturaleza. El conocimiento es precisamente lo que hace realidad lo que la investigación espiritual nos transmite con las siguientes palabras: 

Los seres se alinean en los espacios infinitos,
los seres se suceden en el transcurso del tiempo.
Si deseas salir del reino de lo efímero
y entrar en el reino de lo eterno,
haz un pacto con el conocimiento,
porque solo así encontrarás lo eterno
en ti, lo eterno fuera de ti,
más allá de toda la infinidad espacial,
más allá de todos los cursos del tiempo.

Traducido por J.Luelmo feb. 2026

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