GA112 Kassel, 05 de Julio de 1909 - Declive de la Sabiduría Primordial y su renovación mediante el Impulso Crístico.

  Índice

DECLIVE DE LA SABIDURIA PRIMORDIAL 

Y SU RENOVACIÓN MEDIANTE EL IMPULSO CRÍSTICO

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner


Kassel, 05 de Julio de 1909
conferencia XII

Nos encontramos ahora en un punto importante de nuestras reflexiones, en cierto modo en su punto álgido. Es evidente que para ello tendremos que superar todo tipo de pasajes difíciles en la explicación de los Evangelios. Por eso, antes de continuar con lo que dejamos ayer, me permito hoy, al comienzo de estas reflexiones, ofrecer un breve resumen de lo que se dijo ayer en relación con los principios fundamentales.

Sabemos que en la antigüedad la evolución de la humanidad tenía una forma muy diferente a la actual. Y sabemos que cuanto más nos remontamos en el tiempo, más diferente nos parece lo que es «humano». Ya hemos mencionado que podemos retroceder desde nuestra época, que podríamos llamar la época cultural centroeuropea, hasta la época grecolatina, que podemos retroceder aún más hasta la época egipcio-caldea y luego hasta la época en que el pueblo proto-persa era guiado por Zaratustra. Luego llegamos, en ese pasado remoto, a la cultura india, muy diferente de la nuestra, y con ello entramos ya en una época de desarrollo cultural que fue precedida de una gran y terrible catástrofe. Y esta catástrofe, que se desarrolló en tormentosos procesos en los elementos aire y agua, provocó que aquella tierra que la humanidad había habitado antes de la cultura india, la antigua Atlántida, situada entre Europa, África y América, desapareciera, que los seres humanos emigraran hacia el oeste y el este, colonizando por un lado América y por otro los países de Europa, Asia y África, que poco a poco habían ido adquiriendo su forma actual. La época atlante vio una humanidad que, en lo que respecta al alma, especialmente en épocas más antiguas, era muy diferente de la humanidad actual. Y en cuanto a la evolución de la humanidad, a nosotros nos interesa en primer lugar lo anímico porque sabemos que todo lo físico es una consecuencia de la evolución anímico-espiritual. ¿Cómo era entonces la vida del alma en la antigua época atlante?

Sabemos que en la época atlante el ser humano tenía una conciencia muy diferente a la que tuvo más tarde, que en cierta medida poseía entonces una antigua clarividencia, pero aún no tenía la capacidad de tener una autoconciencia claramente definida, una conciencia del yo. Porque esta conciencia del yo solo se conquista aprendiendo a diferenciarse de los objetos externos. Sin embargo, en aquella época el ser humano no podía diferenciarse completamente de los objetos externos. Imaginemos cómo serían las cosas en nuestra época actual si el ser humano, en las condiciones actuales, no pudiera diferenciarse de su entorno.

En la actualidad, el ser humano se pregunta, —dejemos que esto se refleje en nuestra alma—: ¿Dónde está el límite de mi esencia? Y desde su punto de vista actual, afirma con cierta razón: El límite de mi esencia humana está donde mi piel me separa del mundo exterior. El ser humano cree que solo le pertenece lo que se encuentra dentro de su piel y que todo lo demás son objetos externos que se le oponen, de los cuales se diferencia. Lo dice porque sabe que ya no es ni puede ser un ser humano completo si se le quita una parte de lo que se encuentra dentro de su piel. Que si le cortan un trozo de carne ya no es un ser humano completo, desde cierto punto de vista es cierto. Pero también sabemos que el ser humano inhala aire con cada respiración. Y si preguntamos: ¿dónde está ese aire? - Debemos responder que nos rodea, que está en todas partes, donde nuestro entorno limita con nosotros; está el aire que en el siguiente instante estará dentro de nosotros. Ahora está fuera, en el siguiente instante estará dentro de nosotros. si de corta este aire, si se elimina este aire ya no se podrá vivir! ¡Será menos que un ser humano completo, como si le cortaran una mano que está dentro de su piel!

Por lo tanto, lo correcto sería decir: ¡No es cierto que nuestra frontera esté donde termina nuestra piel! El aire que nos rodea forma parte de nosotros, entra y sale constantemente, y no debemos establecer el límite arbitrario que supone nuestra piel. Si el ser humano quisiera darse cuenta de ello, tendría que hacerlo de forma teórica, ya que la percepción no le proporciona esta observación, y tendría que reflexionar sobre lo que no le impone el mundo exterior. En el momento en que el ser humano viera en todo momento el flujo de aire que entra en él, cómo se expande en su interior, cómo cambia en él y cómo lo abandona de nuevo, si lo tuviera presente en todo momento, no se le ocurriría decir: esta mano me pertenece más que el flujo de aire que entra en mí. Consideraría el aire como parte de sí mismo y se vería a sí mismo como alguien que tiene alucinaciones si se dijera: «Soy un ser independiente que podría existir sin el entorno».

El atlante no podía entregarse a esta ilusión, porque su observación le mostraba claramente algo diferente: no veía los objetos de su entorno con contornos definidos, sino rodeados de auras de colores. No veía una planta tal y como la vemos nosotros, sino que, al igual que vemos las farolas en la calle en una brumosa tarde de otoño, lo veía todo rodeado de una gran aura de colores. Esto se debía a que entre todas las cosas que hay en el mundo exterior hay espíritu, hay seres espirituales, que él aún podía percibir con su visión clarividente, entonces aún embotada. Al igual que la niebla entre las luces de las farolas, también hay seres espirituales por todas partes en el espacio. El atlante veía estas entidades espirituales como ustedes ven la niebla. Por lo tanto, las entidades espirituales formaban para él una especie de aura neblinosa que se extendía sobre los objetos externos.  Los objetos externos en sí mismos no le resultaban claros. Pero como veía el espíritu, también veía todo lo espiritual que fluía hacia él y desde él. Sin embargo, también se veía a sí mismo como un miembro más de todo su entorno. Veía corrientes entrando en su cuerpo por todas partes, corrientes que hoy en día no se pueden ver. El aire es lo más burdo, hay corrientes mucho más sutiles que entran en el ser humano. El ser humano ha olvidado ver lo espiritual porque ya no tiene la antigua clarividencia crepuscular. El ser humano en la Atlántida veía las corrientes espirituales entrar y salir, como el dedo, si fuera consciente, vería que la sangre entra y sale, y que se marchitaría si se lo arrancaran. Así como se sentiría el dedo, así se sentía el atlante como parte de un organismo. Sentía lo siguiente: «Las corrientes fluyen a través de mis ojos y mis oídos, etc. Y si me alejo de ellas, ya no puedo ser humano». Se sentía integrado en todo el mundo exterior. El ser humano veía el mundo espiritual, pero no podía diferenciarse de él, no tenía el fuerte sentido del yo, la autoconciencia en el sentido actual. Le fue posible desarrollarlo porque lo que le había hecho ver su dependencia del entorno ante su ojo espiritual se retiró de su observación. Al volverse invisible, se le abrió la posibilidad de desarrollar la autoconciencia, el yo.

Esta tarea de desarrollar la autoconciencia y el yo le correspondería al ser humano de la época postatlante. Tras la gran catástrofe atlante, los pueblos de la época postatlante se organizaron de tal manera que el mundo espiritual se retiró de su conciencia y que poco a poco aprendieron a ver cada vez con mayor claridad y nitidez el mundo físico-sensorial exterior. Pero en el mundo todo lo que se desarrolla no lo hace de golpe, sino poco a poco; se lleva a cabo de forma lenta y gradual. Y así, la antigua clarividencia crepuscular se fue perdiendo lenta y gradualmente. Sí, todavía existe hoy en día en ciertas personas que lo han heredado y en personas con dotes mediúmnicas bajo ciertas condiciones. Lo que alcanzó su apogeo en una determinada época muere lenta y gradualmente.

En los tiempos más antiguos de la era postatlante, la gente común aún poseía en gran medida el don de la clarividencia. Y lo que estas personas veían en el mundo espiritual era constantemente complementado, ampliado y estimulado por los iniciados, quienes, mediante métodos especiales, eran introducidos en el mundo espiritual de la manera que les he descrito, convirtiéndose así en mensajeros de lo que antes, en cierta manera, todos los seres humanos habían visto. Las leyendas y los mitos nos conservan lo que es verdadero de los tiempos antiguos, mejor que cualquier investigación histórica externa, sobre todo las leyendas y mitos relacionados con los oráculos. Allí sucedía que personas especiales eran conducidas a estados anormales, —como se podría decir: a un estado de sueño, a un estado mediúmnico—, al ser trasladadas a un estado de conciencia más apagado y oscuro que el estado habitual de lucidez diurna.  Se encontraban en un estado de conciencia reducido, en el que, aunque estaban dentro de los objetos del mundo exterior, no los veían. Tampoco se trataba del antiguo estado clarividente, sino de un estado intermedio, mitad onírico, mitad clarividente. Si se quería saber algo sobre ciertas relaciones del mundo, sobre cómo comportarse en tal o cual asunto, se consultaba a los oráculos, es decir, allí donde existían antiguos estados clarividentes crepusculares como herencia de la antigua forma.

Así pues, al comienzo de su evolución, al ser humano se le concedió la sabiduría. La sabiduría fluyó en él. Pero poco a poco esa sabiduría se fue agotando. E incluso los iniciados, en su estado también anormal, —pues tenían que ser introducidos en el mundo espiritual mediante la elevación del cuerpo etérico—, también ellos solo podían llegar poco a poco a observaciones inciertas en el mundo espiritual. Pero esto había provocado en aquellos que no solo estaban iniciados en el sentido antiguo, sino que avanzaban con su tiempo, que al mismo tiempo eran profetas del futuro, el reconocimiento de que era necesario un nuevo impulso en la humanidad. A la humanidad se le había concedido un antiguo tesoro de sabiduría cuando descendió de las alturas divinas y espirituales, pero este tesoro se fue oscureciendo cada vez más. Antes lo poseían todos los seres humanos, luego solo unos pocos que eran conducidos a estados especiales en los oráculos, y finalmente solo los iniciados.

Llegará un tiempo, —así lo decían los iniciados, que conocían los signos de los tiempos—, en que este antiguo acervo de sabiduría se agotará tanto en la humanidad que ya no podrá guiar ni dirigir a los seres humanos. Entonces, el ser humano caerá en la incertidumbre en el mundo. Esto se manifestará en su voluntad, en sus actos y en sus sentimientos. Y a medida que la sabiduría fuera desapareciendo poco a poco, los seres humanos se guiarían a sí mismos sin sabiduría. Su yo aumentaría cada vez más, de modo que, cuando la sabiduría se retirara, cada uno comenzaría a buscar la verdad en su propio yo, a desarrollar sus propios sentimientos, a desarrollar su voluntad, cada uno por su cuenta, y los seres humanos se separarían cada vez más, se volverían cada vez más extraños entre sí y se comprenderían cada vez menos. Dado que cada uno quiere tener sus propios pensamientos, que no le llegan de la sabiduría unificada, uno no puede comprender los pensamientos del otro. Y dado que sus sentimientos no están guiados por la sabiduría unificada, se llegará a un punto en el que los sentimientos de las personas se opondrán entre sí. Y lo mismo ocurriría con sus acciones. Todos actuarían, pensarían y sentirían unos contra otros, y la humanidad acabaría fragmentándose en individuos enfrentados entre sí.

¿Y cuál fue el signo físico externo que nos pareció la expresión de esta evolución? Fue el cambio que experimentó la humanidad en su sangre. En la antigüedad existían los matrimonios entre parientes cercanos, como sabemos. Las personas solo se casaban dentro de la tribu con la que tenían parentesco consanguíneo. Pero, cada vez más, el matrimonio cercano fue sustituido por el matrimonio lejano. La sangre ajena se mezcló con la sangre ajena y, por eso, los legados de la antigüedad fueron disminuyendo cada vez más. Recordemos una vez más las palabras de Goethe que pronunciamos ayer:

«De mi padre heredé la estatura,
la seriedad en la vida,
de mi madre, el carácter alegre
y la pasión por contar historias».

Ayer atribuimos esto al hecho de que el elemento materno, tal y como se hereda de generación en generación, es el origen de lo que hay en el cuerpo etérico del ser humano, de modo que cada persona lleva en su propio cuerpo etérico la herencia del elemento materno, del mismo modo que lleva en su cuerpo físico la herencia del elemento paterno. Al existir el parentesco consanguíneo, la herencia que se transmitía de cuerpo etérico en cuerpo etérico era grande, y la antigua capacidad de clarividencia dependía de esta herencia. Los seres humanos que procedían de matrimonios cercanos heredaban con la sangre, con la sangre emparentada en su cuerpo etérico, la antigua capacidad de sabiduría. A medida que la sangre se mezclaba cada vez más, que más y más tribus extranjeras se mezclaban entre sí en matrimonios lejanos, la posibilidad de heredar la antigua sabiduría se reducía cada vez más. Porque, como ya dijimos ayer: la sangre de los seres humanos cambió, se transformó debido a la mezcla de sangre, de tal manera que los seres humanos oscurecieron cada vez más la antigua sabiduría. En otras palabras: la sangre, portadora de las características maternas heredadas, se volvió cada vez menos apta para transmitir el antiguo don de la clarividencia. La sangre se desarrolló de tal manera que los seres humanos se volvieron cada vez más incapaces de ver el mundo espiritual. Físicamente, por lo tanto, debemos decir: la sangre de los seres humanos evolucionó de tal manera que se volvió cada vez menos capaz de transmitir la antigua sabiduría que guiaba con seguridad a los seres humanos, y cayó cada vez más en el otro extremo, el de ser portadora del egoísmo, es decir, de lo que enfrenta a los seres humanos entre sí y unos contra otros. Y con ello se volvió cada vez menos capaz de unir a los seres humanos en el amor.

 Por supuesto, todavía estamos inmersos en este proceso de deterioro de la sangre humana. Porque este proceso, en la medida en que este deterioro de la sangre proviene de tiempos antiguos, sigue su curso lentamente hasta el final de la era terrenal. Por lo tanto, tenía que llegar a la humanidad un impulso capaz de mejorar lo que se había deteriorado a través de la sangre. En lo que respecta a su parentesco consanguíneo, los seres humanos serían conducidos al error y la miseria. Eso es lo que nos dicen los antiguos sabios a través de sus leyendas y mitos. Los seres humanos ya no podían confiar en lo que les había sido legado como herencia de la sabiduría antigua: Aunque envíes al oráculo y le preguntes: «¿Qué va a suceder?», el oráculo solo te dirá aquello que te llevará a la disputa y la discordia más feroces. Por ejemplo, el oráculo predijo que Layo y Jocasta tendrían un hijo que mataría al padre y se casaría con la madre. Pero, a pesar de la existencia de esta herencia de sabiduría antigua, la sabiduría del oráculo, en aquella época ya no se pudo evitar que la sangre cayera cada vez más en el error: Edipo mata a su padre y se casa con su madre, comete parricidio e incesto.

La antigua sabiduría quería decir: los seres humanos tuvieron sabiduría en otro tiempo. Pero aunque se hubiera conservado, los seres humanos habrían tenido que continuar con el desarrollo de su yo, y el egoísmo se habría desarrollado con tanta fuerza que la sangre habría luchado contra la sangre. La sangre ya no es adecuada para elevar a los seres humanos, guiándose solo por la antigua sabiduría. Es por eso que aquel que como iniciado clarividente, había dado la imagen original de la leyenda de Edipo, quiso presentar una imagen aleccionadora ante los hombres y decirles: «Así os irá si no se produce nada más que la antigua sabiduría del oráculo». Y en la leyenda de Judas se nos ha conservado aún más claramente lo que habría sido de la antigua sabiduría del oráculo. También a la madre de Judas se le predijo que su hijo mataría al padre y se casaría con la madre, lo que provocaría una miseria indescriptible. ¡Y todo se cumplió! Esto significa que la antigua sabiduría heredada no es capaz de preservar al ser humano de aquello en lo que debe caer si no llega un nuevo impulso a la humanidad.

Ahora preguntémonos cuáles son las razones exactas por las que esto ha sucedido. Preguntémonos: ¿por qué la sabiduría ancestral tuvo que volverse poco a poco ineficaz en lo que respecta al dominio de la humanidad? Podemos obtener una respuesta a esta pregunta si examinamos más de cerca el origen de la sabiduría ancestral en relación con la humanidad.

Ya les he indicado que en la antigua época atlante, existía entre el cuerpo físico humano y el cuerpo etérico humano una relación muy diferente a la que existe hoy en día. De los cuatro miembros de la naturaleza humana, hoy en día se considera que el cuerpo físico y el cuerpo etérico están tan conectados entre sí que prácticamente coinciden, y esto es especialmente cierto en la parte de la cabeza del ser humano. Pero esto solo es así en la actualidad. Si nos remontamos a la época atlante, encontramos una relación tal que el cuerpo etérico humano sobresalía mucho por todas partes en relación con la cabeza. En la época atlante, el cuerpo etérico del ser humano, especialmente en relación con la cabeza, sobresalía mucho del cuerpo físico. Ahora bien, la evolución atlante es tal que el cuerpo etérico se fue cubriendo cada vez más con el cuerpo físico, especialmente en relación con la cabeza. El cuerpo etérico se adentra cada vez más en el cuerpo físico y, naturalmente, también cambia este miembro del ser humano. Así pues, lo esencial en relación con este aspecto del desarrollo humano es que la parte etérica de la cabeza humana se adentra cada vez más en la parte física de la cabeza y que ambas se superponen. Ahora bien, mientras el cuerpo etérico estaba fuera de la cabeza física, se encontraba en una situación completamente diferente a la posterior. Lo que ocurría era que estaba conectado por todas partes con corrientes, con otras entidades espirituales; y lo que fluía hacia fuera y hacia dentro le daba a este cuerpo etérico humano, en la época atlante, la capacidad de la clarividencia. Así pues, esta capacidad de clarividencia se debe a que el cuerpo etérico aún no estaba completamente dentro del cuerpo físico en lo que respecta a la cabeza, y a que por todos lados entraban corrientes en la cabeza y le daban a este cuerpo etérico la capacidad de clarividencia.

Llegó entonces el tiempo en que el cuerpo etérico se introdujo en el cuerpo físico. Entonces, el cuerpo etérico se separó de alguna manera, —no del todo—, de estas corrientes. Así, comenzó a aislarse de las influencias que le habían dado la capacidad de la clarividencia para contemplar la sabiduría del mundo. Por el contrario, cuando alguien era iniciado en la antigüedad y su cuerpo etérico se elevaba, su cabeza etérica se conectaba de nuevo a las corrientes circundantes y, de este modo, volvía a ser clarividente. Si de repente, a mediados de la época atlante, el cuerpo etérico se hubiera aislado por completo del contacto con el mundo exterior, el ser humano habría perdido mucho más rápidamente toda la clarividencia antigua. Entonces tampoco habrían quedado restos de esta antigua clarividencia para la época postatlante, y el ser humano habría llegado a la época posterior sin recuerdo alguno de la clarividencia. Sin embargo, el ser humano siguió estando vinculado en cierta medida a las corrientes externas, y ocurrió algo más. Este cuerpo etérico del ser humano, que se había separado de las corrientes de su entorno, conservó en sí mismo restos de la antigua capacidad de sabiduría. Ahora se darán cuenta: al final de la época atlante, después de que el ser humano hubiera incorporado su cuerpo etérico, en este cuerpo etérico aún quedaba un fondo, un resto de lo que el cuerpo etérico había tenido fuera, un «colocón», por así decirlo. Es como cuando un hijo tiene un padre. El padre gana dinero y el hijo recibe continuamente de su padre esto o aquello que necesita.  Así, el ser humano obtenía la sabiduría que necesitaba de su entorno hasta que se separaba de su cuerpo etérico.

Pero sigamos con nuestra comparación: el hijo pierde al padre, solo le queda una parte determinada y no gana nada más; entonces, una vez que se le acabe, no tendrá nada más. En esta situación se encontraba el ser humano. Se había separado de la sabiduría de su padre, no había ganado nada más, había vivido de ello hasta la época cristiana. Sí, hasta nuestros días sigue viviendo de lo que ha heredado, no de lo que ha adquirido. Vive, por así decirlo, del capital. En los tiempos más antiguos de la evolución postatlante, el ser humano aún tenía algo del capital, aunque sin haber adquirido la sabiduría por sí mismo; vivía, por así decirlo, de los intereses y, a veces, recibía una asignación de los iniciados. Pero al final, la moneda de la antigua sabiduría dejó de ser válida. Y cuando se le pagó a Edipo con esta antigua moneda, ya no tenía valor. Esta antigua sabiduría no le protegió del error más terrible, ni tampoco protegió a Judas.

Hasta ahí había llegado el desarrollo de la humanidad. ¿De dónde provenía, en realidad, que el ser humano hubiera consumido gradualmente su capital de sabiduría? Se debía a que anteriormente había acogido en sí mismo dos tipos de entidades espirituales: primero, las entidades luciféricas y, a continuación, como consecuencia de las entidades luciféricas, las entidades arimánicas o mefistofélicas. Estas le impedían adquirir algo más que la antigua sabiduría. Porque actuaban en su esencia de la siguiente manera: las entidades luciféricas corrompían más las pasiones, corrompían los sentimientos, y las entidades arimánicas y mefistofélicas corrompían externamente nuestra visión del mundo, nuestra observación. Si las entidades luciféricas no hubieran intervenido en la evolución de la Tierra, el ser humano no habría adquirido el interés por el mundo físico que lo arrastra por debajo de su nivel. Si las entidades mefistofélicas, arimánicas o satánicas no hubieran intervenido como consecuencia de las entidades luciféricas, el ser humano sabría y siempre habría sabido que detrás de cada cosa sensible exterior hay algo espiritual. Y vería a través de la superficie del mundo sensible exterior lo espiritual. Pero Ahriman ha mezclado en su visión algo parecido a un humo oscuro, y así el ser humano no puede ver a través de lo espiritual. A través de Ahriman, el ser humano se ve envuelto en la mentira; por ello, se ve envuelto en la maya, en la ilusión. Estas dos naturalezas le impiden adquirir algo más que el antiguo tesoro de sabiduría que el ser humano recibió en su día. Y así, se agotó y perdió poco a poco por completo su utilidad.

Pero, en cierto sentido, la evolución sigue su curso. En la época atlante, el ser humano se sumergió con su cuerpo etérico en el cuerpo físico. Esa fue, por así decirlo, su desgracia, ya que, en cierto sentido, abandonado por Dios, experimentó en este mundo físico, dentro de su cuerpo físico, las influencias de Lucifer y Ahriman. Fue su perdición. Y la consecuencia fue que, precisamente por la influencia del cuerpo físico, por la vida en el cuerpo físico, la antigua sabiduría se volvió inútil. ¿Cómo sucedió esto? Antes, el ser humano no vivía en el cuerpo físico. Por así decirlo, tomaba la sabiduría del tesoro de su padre, de los antiguos tesoros de sabiduría, es decir, tenía su tesoro fuera de su cuerpo físico, porque estaba fuera con su cuerpo etérico. Esta fuente se fue agotando poco a poco. El ser humano debería haber tenido una fuente en su propio cuerpo para aumentar su sabiduría. Pero no la tenía. Y así sucedió que, como el ser humano no tenía en su propio cuerpo una fuente para renovar la sabiduría, cada vez que salía de su cuerpo físico tras la muerte, había menos sabiduría en su cuerpo etérico. Cada vez después de la muerte, después de cada encarnación, había menos sabiduría en su cuerpo etérico. El cuerpo etérico se empobrecía cada vez más en sabiduría.

Pero el curso de la evolución continúa, y al igual que en la época atlante el ser humano evolucionó de tal manera que su cuerpo etérico se sumergió en su cuerpo físico, la evolución se lleva a cabo, a medida que avanzamos hacia el futuro, de tal manera que el ser humano se separa gradualmente de su cuerpo físico. Mientras que antes el cuerpo etérico se había retraído y había seguido retrocediendo hasta la aparición de Cristo, ahora llegó el momento en que el curso de la evolución cambió. En el momento en que apareció Cristo, el cuerpo etérico comenzó a salir de nuevo, y hoy en día ya está menos conectado con el cuerpo físico que en la época de la presencia de Cristo. El cuerpo físico se ha vuelto aún más burdo.

Así pues, el ser humano se encamina hacia un futuro en el que su cuerpo etérico se separará cada vez más, y poco a poco volverá a llegar a un punto en el que su cuerpo etérico estará tan alejado como en la época atlante. Podemos continuar nuestra comparación un poco más.

Si el hijo, que antes vivía de la hucha de su padre, lo gasta todo y no gana nada, su situación será cada vez más sombría. Pero si ahora también tiene un hijo, este hijo, es decir, el nieto, no estará en la misma situación que su padre. El padre al menos heredó algo y pudo seguir gastando. El nieto ya no tiene nada, tampoco hereda nada, se queda sin nada al principio. Así fue, en cierta relación, el curso del desarrollo de la humanidad. El cuerpo etérico, cuando entró y se llevó la suma de la sabiduría divina de las arcas de la Deidad, trajo consigo sabiduría a su cuerpo físico. Pero en el cuerpo físico, los espíritus luciféricos y ahrimánicos impidieron que la sabiduría se multiplicara, que se añadiera algo. Cuando ahora el cuerpo etérico vuelve a salir, no se lleva nada del cuerpo físico. Y la consecuencia sería, si no hubiera ocurrido nada más, que el ser humano se encaminaría hacia un futuro en el que su cuerpo etérico le pertenecería, pero no tendría nada de sabiduría, nada de conocimiento. Y mientras el cuerpo físico se marchita por completo, el cuerpo etérico tampoco tendría nada, ya que no puede obtener nada del cuerpo físico que se marchita. Por lo tanto, para que el cuerpo físico no se marchite en ese futuro, hay que dotar al cuerpo etérico de fuerza, de la fuerza de la sabiduría. Este cuerpo etérico, al salir del cuerpo físico, debería haber recibido en el cuerpo físico la fuerza de la sabiduría. Allí dentro debería haber recibido algo que se lleva consigo al salir. Cuando está fuera y ha recibido esta sabiduría, vuelve a actuar sobre el cuerpo físico y le da vida, no deja que se seque.

Hay dos posibilidades para esta evolución de la humanidad. Una posibilidad es la siguiente:

El ser humano evoluciona sin Cristo. En este caso, el cuerpo etérico no podría aportar nada del cuerpo físico, ya que no ha recibido nada allí, sale vacío. Pero como el cuerpo etérico no tiene nada, tampoco puede dar vida al cuerpo físico, no puede protegerlo de su desgaste, ni de su desecación. El ser humano perdería gradualmente todos los frutos de la vida física, estos no podrían aportarle nada del cuerpo físico y tendría que abandonar el cuerpo físico. Ahora bien, los seres humanos han venido a la Tierra precisamente para obtener un cuerpo físico que complemente sus predisposiciones anteriores. La predisposición al cuerpo físico ha llegado antes. Pero sin la configuración del cuerpo físico, el ser humano nunca alcanzaría la misión terrenal. Ahora bien, las influencias de Lucifer y Ahriman han llegado a la Tierra. Si el ser humano no gana nada en su cuerpo físico, su cuerpo etérico sale de nuevo del cuerpo físico sin poder llevarse nada nuevo, habiendo consumido incluso el antiguo acervo de sabiduría, entonces la misión terrenal habrá fracasado. Entonces, la misión de la Tierra se habrá perdido para el universo. El ser humano no llevará nada al futuro. ¡Traería consigo el cráneo etérico vacío que había traído lleno al desarrollo de la Tierra!

Pero supongamos ahora que ocurriera algo en el momento oportuno, por lo que el ser humano, al retirar su cuerpo etérico del cuerpo físico, fuera capaz de darle algo a este cuerpo etérico, de revivirlo, de impregnarlo de nuevo con sabiduría. Entonces, el cuerpo etérico también saldría hacia el futuro, pero ahora tendría nueva vida, nueva fuerza. Podría utilizarla para revitalizar el cuerpo físico. Ahora podría devolver la fuerza y la vida al cuerpo físico. Pero primero tendría que tenerla él mismo; primero tendría que recibir él mismo fuerza y vida. Pero si puede recibir fuerza y vida, entonces se salva el fruto terrenal del ser humano. Entonces el cuerpo físico no solo se descompone, sino que el cuerpo físico, lo perecedero, toma la forma del cuerpo etérico, lo imperecedero. Y se salva la resurrección del ser humano con los logros del cuerpo físico.

Por lo tanto, tenía que llegar a la Tierra un impulso que renovara lo que se había agotado del antiguo acervo de sabiduría, mediante el cual se implantara nueva vida en el cuerpo etérico, de modo que lo físico, que de otro modo estaría destinado a la descomposición, pudiera atraer lo incorruptible y llenarse de un cuerpo etérico que lo hiciera incorruptible, que lo salvara de la evolución terrestre. Pero esto, esta vida en el cuerpo etérico, lo trajo Cristo. Por lo tanto, está relacionado con Cristo que lo que de otro modo estaría condenado a la muerte, el cuerpo físico del ser humano, se transforme, se preserve de la descomposición, que obtenga la capacidad de atraer lo incorruptible. ¡El impulso crístico ha infundido nueva vida en el cuerpo etérico del ser humano, después de que la vida se había agotado! Y el ser humano, cuando mira hacia el futuro, debe decirse a sí mismo: cuando mi cuerpo etérico se separe del cuerpo físico, habré tenido que desarrollarme de tal manera que el cuerpo etérico esté completamente impregnado por Cristo. Cristo debe vivir en mí. ¡Poco a poco, a lo largo de mi evolución terrenal, debo impregnar completamente mi cuerpo etérico con Cristo!

Lo que les he descrito ahora son los procesos más profundos que escapan al ojo exterior. Son lo espiritual que hay detrás de la evolución física del mundo. Pero, ¿cuál debía ser la forma exterior? 

¿Qué fue lo que entró en el cuerpo físico a través de las entidades luciféricas y arimánicas? Lo que entró en el cuerpo físico fue la predisposición a la descomposición, la predisposición a la disolución, la predisposición a la muerte, en otras palabras. La semilla de la muerte había entrado en el cuerpo físico. Esta semilla de la muerte solo se habría manifestado plenamente al final de la evolución terrestre, si Cristo no hubiera venido. Porque entonces el cuerpo etérico sería incapaz de revivir al ser humano en todo el futuro. Y cuando la evolución de la Tierra hubiera terminado, todo lo que se hubiera creado como cuerpo físico humano caería en descomposición, y la propia misión terrenal sucumbiría a la muerte. Cada vez que hoy contemplamos la muerte, esta muerte actual es un símbolo de lo que sería la muerte general al final de la evolución de la Tierra. Lenta y gradualmente se agota lo que una vez se le dio a la humanidad. El hecho de que el ser humano pueda renacer una y otra vez, pasar de una encarnación a otra, solo ha sido posible gracias a que se le ha dotado de un fondo vital. Para la vida puramente exterior en encarnaciones sucesivas, toda posibilidad de vida moriría precisamente al final de la evolución terrestre. Pero poco a poco se iría manifestando que los seres humanos mueren. Esto se llevaría a cabo lentamente, parte por parte, y el cuerpo físico se iría secando cada vez más. Si no hubiera llegado el impulso crístico, el ser humano moriría miembro a miembro hacia el final de la evolución terrestre. Ahora bien, el impulso crístico se encuentra solo en el comienzo de su desarrollo. Solo poco a poco se irá integrando en la humanidad, y lo que Cristo será para la humanidad solo lo revelarán completamente los tiempos futuros, hasta el final de la evolución terrestre.

Pero no todas las actividades y cosas humanas han sido afectadas por el impulso crístico de la misma manera. Hoy en día hay muchas cosas que no han sido afectadas en absoluto por el impulso crístico, que solo lo serán en el futuro. Quiero darles un ejemplo claro de cómo en nuestra época hay todo un campo de actividad humana que actualmente no ha sido afectado por el impulso crístico.

Cuando la era precristiana llegó a su fin, aproximadamente en los siglos VII y VI a. C., la sabiduría y el poder ancestrales se agotaron en lo que respecta al conocimiento humano. En lo que respecta a otros aspectos de la vida, conservó durante mucho tiempo una fuerza joven y fresca, pero en lo que respecta al conocimiento, se agotó. De los siglos VIII, VII y VI antes de Cristo quedó algo que se puede describir como un resto del resto. Si hubieran acudido a la sabiduría egipcio-caldea o a la sabiduría persa e india primitivas, habrían encontrado esta sabiduría impregnada en todas partes de verdaderas concepciones espirituales, de resultados de la clarividencia ancestral.  Aquellos que no eran muy clarividentes tenían los informes de los clarividentes. La ciencia sin la base de la clarividencia no existía y nunca ha existido, ni en la época india y persa ni en épocas posteriores. Tampoco en los primeros tiempos de la civilización griega existía la ciencia sin una investigación clarividente subyacente. Pero entonces llegó el momento en que la investigación clarividente se agotó para la ciencia humana. Y ahora vemos surgir por primera vez una ciencia humana en la que la clarividencia ha desaparecido, o al menos se está eliminando poco a poco.

¿Por qué desaparece la clarividencia? Porque ahora el cuerpo etérico ya comienza a emerger de nuevo en lo alto. Ya se muestran los primeros indicios. La clarividencia se agota, la fe en los mensajes de los clarividentes se agota, y eso se fundamenta en la época del séptimo y sexto siglo antes de la aparición de Cristo, lo que se puede llamar una ciencia humana, de la que se expulsan cada vez más los resultados de la investigación espiritual. Y eso sigue y sigue. En Parménides, Heráclito, Platón y hasta Aristóteles, se puede demostrar en todas partes, en los escritos de los naturalistas, en los antiguos médicos, que lo que se llama ciencia estaba originalmente impregnado de los resultados de la investigación espiritual. Pero la ciencia espiritual se fue agotando cada vez más, se fue reduciendo cada vez más. En lo que respecta a nuestra capacidad espiritual, sigue existiendo, en lo que respecta al sentir y al querer, sigue existiendo; en lo que respecta al pensamiento humano, se va agotando poco a poco.

Así pues, en lo que respecta al pensamiento humano, al pensamiento científico, la influencia del cuerpo etérico sobre el cuerpo físico ya había comenzado a desaparecer cuando apareció Cristo. Todo sucede poco a poco, gradualmente. Entonces vino Cristo y dio el impulso. Pero, naturalmente, no todos aceptaron inmediatamente el impulso de Cristo, y en ciertos ámbitos, en particular, no fue aceptado. Fue aceptado en diferentes ámbitos, pero fue rechazado de plano en los ámbitos científicos. Fíjense en la ciencia de la época imperial romana. Fíjense en Celso. Allí pueden encontrar todo tipo de cosas que escribió sobre Cristo. Este Celso, que era un gran erudito, pero que no entendía nada del pensamiento humano del impulso crístico, relata: Se dice que en Palestina vivió una vez un matrimonio llamado José y María, y a ellos se vincula la secta de los cristianos. Pero todo lo que se cuenta al respecto son supersticiones. La verdad es que la mujer de José le fue infiel una vez con un capitán romano llamado Panthera. José, sin embargo, no sabía quién era el padre de su hijo.

Es uno de los relatos más conocidos de aquella época. Quienes siguen la literatura contemporánea sabrán que ciertas personas de la época actual aún no han superado a Celso. Es cierto que en algunos ámbitos el impulso crístico se está integrando lentamente, pero en relación con los ámbitos de los que hablamos ahora, aún no ha podido integrarse hasta el día de hoy. Aquí vemos uno de los miembros que se marchita. Vemos que algo se marchita en el cerebro humano, mientras que, cuando este cerebro se vea influido por el impulso crístico, revivirá la ciencia de una forma completamente diferente. Por extraño que parezca en nuestra época de fanatismo científico, es así: la parte del cerebro humano que está llamada a pensar científicamente está muriendo lentamente.  Por lo tanto, vemos cómo, muy lentamente, paso a paso, las viejas reliquias desaparecen del pensamiento científico. Vemos cómo Aristóteles todavía conserva relativamente mucho de ello, pero cómo poco a poco la ciencia se ve exprimida por las viejas reliquias, y cómo la ciencia, a través de lo que obtiene más tarde en observaciones externas, se ve abandonada por Dios en lo que respecta al pensamiento, cómo ya no tiene nada del antiguo fondo. Y vemos cómo es posible que, por mucho que se experimente a Cristo, ya no se pueda encontrar ninguna conexión entre el impulso crístico y lo que la humanidad ha conquistado en el ámbito de la ciencia. Hay pruebas externas de ello.

Imaginemos que en el siglo XIII hubiera existido una persona profundamente conmovida por el impulso crístico y que hubiera dicho: «Tenemos el impulso crístico». Como una suma de nuevas y poderosas revelaciones, nos llega desde el Evangelio, ¡y podemos impregnarnos de él! Y supongamos que esta persona se hubiera asignado la tarea de crear un vínculo entre la ciencia y el cristianismo: ¡ya en el siglo XIII no habría encontrado nada al respecto en la ciencia contemporánea! Habría tenido que recurrir a Aristóteles. Y con Aristóteles, no con la ciencia del siglo XIII, sino solo con Aristóteles, habría podido interpretar el cristianismo. La ciencia era tal que se volvía cada vez más incapaz de coincidir con el principio crístico. Por eso, los hombres del siglo XIII tuvieron que remontarse al antiguo Aristóteles. Él aún poseía el antiguo legado de la sabiduría y podía proporcionar los conceptos que permitían conciliar la ciencia con el cristianismo. Luego, la ciencia se empobreció cada vez más en conceptos, precisamente al enriquecerse cada vez más en observaciones. Y entonces llegó el momento en que todos los conceptos de la sabiduría antigua desaparecieron de la ciencia.

Los grandes hombres son, por supuesto, hijos de su tiempo en lo que respecta a su ciencia. Galileo no podía pensar más allá de lo absoluto, solo podía pensar en términos de su época. Y precisamente por eso es grande, porque establece el pensamiento puramente abandonado por Dios, el pensamiento puramente mecanicista. Con Galileo se produce ante nuestros ojos un gran cambio. El fenómeno más común, tal y como se explica hoy en día en física, se describía de forma diferente antes de Galileo que después de él. Por ejemplo, alguien lanza una piedra. Hoy en día se dice que la piedra mantiene su movimiento por inercia hasta que otra fuerza la detiene. Antes de Galileo se pensaba de manera muy diferente; se estaba convencido de que, para que la piedra siguiera su trayectoria, alguien tenía que empujarla. Algo activo estaba detrás de la piedra que volaba. Galileo enseñó a la gente a cambiar completamente su forma de pensar, pero de tal manera que aprendieron a concebir el mundo como un mecanismo. Y hoy en día se considera casi un ideal explicar el mundo de forma mecánica, mecanicista, y expulsar todo espíritu. Esto se debe precisamente a que aquellas partes del cerebro humano, el instrumento del pensar, que son el órgano del pensamiento científico, están hoy tan atrofiadas que no pueden insuflar nueva vida a los conceptos, de modo que estos se empobrecen cada vez más.

Se podría demostrar fácilmente que la ciencia, por mucho que acumule detalles sobre detalles, no ha enriquecido a la humanidad con ningún concepto. Hay que tener en cuenta que las observaciones no son conceptos. No digan que cosas como el darwinismo y similares han enriquecido a la humanidad con conceptos. Otros lo han hecho, no los científicos, sino personas que tenían fuentes completamente diferentes. Una de esas personas fue Goethe. Él enriqueció a la humanidad con conceptos procedentes de fuentes completamente diferentes. Sin embargo, por ello los científicos lo consideran un diletante.

La realidad es que la ciencia no se ha enriquecido con conceptos. Los conceptos se encuentran mucho más vivos, elevados y grandiosos en tiempos antiguos. Los conceptos del darwinismo están exprimidos como un limón. Solo ha recopilado observaciones y las ha relacionado con conceptos empobrecidos. Esta corriente científica es algo que nos muestra muy claramente el proceso de muerte gradual. En el cerebro humano hay un miembro que se está secando. Es el miembro que hoy trabaja en la ciencia. Y la razón de ello es que la parte del cuerpo etérico humano que debería animar este cerebro que se está secando aún no ha alcanzado el impulso crístico. Hasta que el impulso crístico no fluya también en esta parte del cerebro humano, que debe abastecer a la ciencia, no habrá vida en esta ciencia. Esto se basa en las grandes leyes del mundo.  Si la ciencia sigue así, cada vez tendrá menos conceptos, cada vez más conceptos se extinguirán. Y cada vez habrá más personas en la ciencia que comparen una observación con otra y tengan un miedo terrible a quien empieza a pensar. Hoy en día es terrible para un profesor que un joven le traiga una tesis doctoral en la que haya aunque sea un poco de pensamiento.

¡Pero hoy en día ya existe la antroposofía! Y esta antroposofía hará cada vez más comprensible el impulso crístico de la humanidad y, con ello, aportará cada vez más vida al cuerpo etérico. Y será capaz de aportarle tanta vida que también derretirá la parte seca del cerebro que hoy en día ha dado lugar a nuestra forma de pensar científica. Este es un ejemplo de cómo el impulso crístico, al integrarse gradualmente en la humanidad, revive los miembros moribundos. De cara al futuro de la humanidad, cada vez más miembros irían muriendo. Pero frente a cada miembro que muere, el impulso crístico fluirá hacia la humanidad, y al final de la evolución terrestre, todos los miembros que de otro modo habrían muerto serán revividos por el impulso crístico, que entonces habrá impregnado todo el cuerpo etérico, con el que el cuerpo etérico humano se habrá unido. Y el primer impulso para esta gradual revitalización de la humanidad, el primer impulso para la resurrección de la humanidad, se produjo en un momento que el Evangelio de Juan nos describe maravillosamente.

Imaginemos que Cristo entró en el mundo de forma totalmente universal y que primero realizó la Gran Obra desde un cuerpo etérico completamente iluminado por Cristo. Porque eso es lo que Cristo hizo con el cuerpo etérico de Jesús de Nazaret, que este cuerpo etérico también pudiera dar vida al cuerpo físico. En el momento en que el cuerpo etérico de Jesús de Nazaret, en el que ahora se encontraba Cristo, se convirtió en un animador completo del cuerpo físico, ¡el cuerpo etérico de Cristo apareció transfigurado! Y el autor del Evangelio de Juan nos describe este momento:

«Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y lo glorificaré otra vez. Entonces la gente que estaba allí y escuchaba dijo: Es un trueno».

Se dice: Los que estaban allí oyeron un trueno. Pero nunca se dice que alguien que no estuviera preparado para ello también lo oyera.

«Los demás, sin embargo, decían: Un ángel le ha hablado. Jesús respondió y dijo: Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros».

¿Por qué? Para que todos los que le rodeaban comprendieran lo que había sucedido. Y Cristo habla de lo que ha sucedido:

«Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será expulsado» (12, 28-31).

¡Lucifer-Ahriman ha sido expulsado en este momento del cuerpo físico de Cristo! El gran ejemplo está ahí, y debe cumplirse en el futuro en toda la humanidad: ¡los obstáculos de Lucifer-Ahriman deben ser expulsados del cuerpo físico por el impulso crístico! Y el cuerpo terrenal del ser humano debe ser animado por el impulso crístico, de modo que los frutos de la misión terrenal sean llevados a los tiempos que sucederán a los tiempos terrenales.

Traducido por J.Luelmo feb, 2026

No hay comentarios: