GA069d Heidelberg, 26 de febrero de 1913 - La esencia del alma humana y los mundos sobrenaturales

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MUERTE  E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

La esencia del alma humana y los mundos sobrenaturales


 Heidelberg, 26 de febrero de 1913

¡Estimados asistentes! Cualquiera que hable hoy en día sobre los mundos suprasensibles no debe esperar en absoluto que sea aceptado de forma generalizada lo que tenga que decir, ni siquiera de alguna manera, ya que la investigación del mundo suprasensible no forma parte, por así decirlo, de los hábitos de pensamiento y la forma de concebir las cosas de nuestra época; y la oposición, la hostilidad hacia los conocimientos obtenidos de los mundos suprasensibles, los cuales no son más comprensibles para nadie más que para aquellos que quieren situarse en el terreno de esta investigación suprasensible. Los grandes logros, los grandes triunfos del espíritu humano, tanto en siglos pasados como en nuestro presente, se han producido en un ámbito distinto al de la investigación suprasensorial. Desde que la humanidad asistió al amanecer de las nuevas ciencias naturales, estas han ido de triunfo en triunfo, y se puede decir que no solo han logrado avances significativos en la comprensión del mundo exterior y sensorial y sus interrelaciones, sino que también han contribuido de manera muy significativa al progreso humano en lo que respecta a la cultura material. Hoy en día, basta con echar un vistazo a la vida para darnos cuenta de cómo todo lo que nos rodea y todo aquello de lo que depende nuestra vida está hoy en día interrelacionado con los grandes avances en el campo de las ciencias naturales. 

Si la ciencia espiritual quiere llegar al corazón de las personas, ciencia cuya pretensión es la de investigar el mundo suprasensible, nunca debe entrar en conflicto real con la ciencia natural, que en los tiempos modernos, se ha impuesto, y con razón. Pero quien se deja influir por todo el espíritu de la investigación científica, quien se sumerge en lo que las ciencias naturales pueden lograr, tendrá que decir precisamente lo siguiente: cuanto más avanzan las ciencias naturales, cuanto más fieles se mantienen a sus propios fundamentos, más deben alejarse de la investigación de los ámbitos suprasensibles de la existencia.

Sin embargo, el alma humana nunca puede prescindir de estos ámbitos suprasensibles de la existencia. Aunque aún no los haya explorado, tiene una vaga intuición de que lo más importante para ella es el conocimiento de su propia esencia y que este conocimiento está relacionado con el conocimiento del mundo superior. Por eso, hoy en día, muchas personas, incluso aquellas con una mentalidad científica, levantan la vista de los estrechos límites y se adentran en la respuesta a las grandes preguntas de la existencia. Se puede observar, estimados asistentes, cómo se despierta cada vez más en el alma humana el anhelo de saber algo sobre el mundo suprasensible. sentir que este conocimiento no solo está relacionado con un amplio campo del conocimiento humano, sino también con las dos cuestiones más importantes del alma, los enigmas del alma, enigmas que no solo encontramos en el ámbito de la ciencia, sino también en la vida, una y otra vez, cada día y cada hora, se podría decir que en cada momento. Sí, el campo de la investigación suprasensorial es muy amplio, pero se estructura, por así decirlo, cuando toca los intereses del alma humana en dos cuestiones: una es la del destino humano y la otra es la que se resume en las palabras «inmortalidad» o «enigma de la muerte».

 Vemos a una persona nacida en una existencia predestinada desde el principio a la miseria, una persona con pocas capacidades, nacida además en un entorno del que no puede recibir nada bueno. Vemos a otra persona entrar en la existencia, cuidada y mimada, dotada de brillantes capacidades, predestinada a una existencia útil y feliz. Al observar todo lo que hay entre medias, la cuestión del destino se convierte en algo candente. Teóricamente, se puede negar lo candente de esta cuestión, pero aunque el alma intente, en su pensamiento, en su sentir consciente, pasar por alto la cuestión, tal vez por prejuicio, la profundidad oculta del alma humana depende, sin embargo, de la respuesta a estas preguntas enigmáticas. En la vida podemos encontrarnos con personas de las que se puede decir que no se preocupan por estas cuestiones. Pero estas personas se nos presentan de mal humor, inseguras en la vida, con un alma más o menos enferma. A menudo es el estado de ánimo del alma lo que nos indica lo insatisfactorio que hay en ella, porque no es capaz de dar respuesta a estas preguntas. Pero esto convierte la pregunta [sobre el destino] en una cuestión vital, porque interviene en el estado de ánimo, en la constitución del alma. Son preguntas profundas sobre la vida, estrechamente relacionadas con el alma, aunque esta no sea consciente de ello.

Lo mismo ocurre con la cuestión de la inmortalidad. Es cierto que hoy en día la mayoría de las personas aún no plantean esta cuestión desde un punto de vista científico. El miedo a la muerte, la esperanza y el deseo, el anhelo de continuar con la vida más allá de la puerta de la muerte, no solo es el motivo de la pregunta, sino también el motivo para responderla de una forma u otra. En este ámbito, el deseo suele ser el padre de la respuesta que el alma se da a sí misma a esta pregunta. Y la forma en que esta cuestión se ha configurado bajo la influencia del pensamiento científico en el siglo XIX y hasta nuestros días nos permite ver mejor cómo puede plantearse esta cuestión de forma científica o no científica. En verdad, no son las almas innobles las que tienen la creencia de que la vida debe terminar con la muerte física, y creen que todo anhelo de inmortalidad del alma proviene del egoísmo. Y se puede sentir que es más noble ir con estas almas que con aquellas que, por miedo, se inventan una respuesta a la pregunta de la inmortalidad. Cuando esas almas dicen: «Sí, lo que hemos logrado está destinado a la humanidad en general, y cuando el ser humano atraviesa la puerta de la muerte, está llamado a entregar su creación a la sociedad humana; ¡con gusto lo sacrificamos todo en el altar de la humanidad!», se percibe un sentimiento altruista en tales almas.

Pero hay otra forma de preguntarlo, y es la siguiente. Precisamente cuando nos sumergimos en la vida del alma, podemos preguntarnos: ¿qué la caracteriza? El hecho de que haya experimentado y creado individualmente en sí misma lo más valioso que puede conquistar. Lo más valioso del ser humano no es lo que podemos tener en común con los demás, sino lo que cada uno elabora de forma totalmente individual en sí mismo. Está tan estrechamente ligado al alma que ni siquiera se puede expresar con palabras. No se puede transmitir a otra persona. Si se extinguiera con la muerte, se extinguiría para siempre. Por lo tanto, si el alma humana se extinguiera en su conciencia con la muerte, también se extinguiría el bien individual. Pero eso entraría en contradicción con una de las leyes universales que podemos observar en todas partes, la ley de la economía mundial general. En todos los casos en los que vemos que las fuerzas pasan a un estado [completamente diferente], solo vemos que cambian, pero nunca que se destruyen. Llegaríamos, por así decirlo, a la absurda conclusión de que en todas partes de la naturaleza las fuerzas se acumulan y almacenan para ser utilizadas, pero solo en el caso del ser humano se acumulan para ser destruidas. Aquí es donde la cuestión, dejando de lado el miedo a la muerte y similares, comienza a ser científica.

Si ahora, imbuidos de la importancia de esta cuestión, echamos un vistazo a los hábitos de pensamiento que se han desarrollado hoy en día a partir de la tan alabada ciencia natural, podremos decir lo siguiente: precisamente cuando esta ciencia desarrolla plenamente su esencia, no podrá responder a las dos preguntas mencionadas. ¿Por qué no puede responder a estas preguntas? La ciencia natural no puede decir nada sobre la causa y el efecto tal y como se manifiestan en el destino humano, ya que se trata de un ámbito ajeno a ella. Y en relación con la cuestión de la inmortalidad, hay que decir que la ciencia natural es grande precisamente porque utiliza un método que se dirige al intelecto, que está ligado al cerebro, y a los sentidos.  Pero estas son partes del ser humano que mueren con la muerte. ¿Cómo se puede saber algo sobre el mundo que hay tras la puerta de la muerte con estas herramientas, con los sentidos y la mente, que mueren con la muerte? Con lo que muere con la muerte no se puede responder a la pregunta de qué ocurre después de la muerte.

Si nos adentramos en la relación del alma humana con su corporeidad, hay que decir que toda la vida del alma, tal y como se desarrolla en la vida cotidiana, está ligada a la corporeidad del ser humano. ¿En qué viven realmente las almas humanas? Pues bien, viven en todo aquello que deben a las impresiones del mundo sensorial y en todo aquello que hacen con las impresiones del alma. Todo lo que influye en el alma durante el día depende de los sentidos, los órganos sensoriales físicos. En la vida cotidiana nunca estamos solos con nuestra alma. Siempre estamos acompañados de lo que el alma capta a través de los sentidos. Pero no del todo. El ser humano tiene la posibilidad de estar solo con su alma. Pero esta posibilidad es de naturaleza peculiar. ¿Cuándo se da esta posibilidad? Cuando la mente, que está ligada al cerebro, calla, cuando los sentidos callan, cuando el ser humano se sumerge en el sueño. En el fondo, con esta palabra no se dice nada que no admitan también los investigadores científicos [referencia a Du Bois-Reymond].

Quien tenga una idea correcta de la investigación científica estará totalmente de acuerdo con la siguiente afirmación: cuanto más avance la ciencia natural, cuanto más consciente sea de su peculiaridad, más tendrá que limitarse a observar al ser humano en la medida en que está impregnado por el ser espiritual, pero no podrá explicar este ser espiritual.

Ahora bien, sería absurdo creer que todo lo que el ser humano experimenta desde la mañana hasta la noche desaparece al dormirse y vuelve a surgir al despertarse. Pero si no se puede encontrar eso en el ser humano dormido, entonces sería lógico no atribuirlo a él, aceptar lo que dice la investigación espiritual, es decir, que lo que durante el día está en el cuerpo, durante el sueño se encuentra fuera del cuerpo. Puesto que no puede explicarse a partir del cuerpo humano, hay que explicarlo de otra manera. Pero cuando el ser espiritual se separa del cuerpo del ser humano dormido, este se encuentra en un estado en el que está solo consigo mismo; solo que, lamentablemente, se produce el extraño fenómeno de que el ser humano no es consciente de sí mismo y no puede explorarse a sí mismo. De ello se desprende inmediatamente lo que tendría que suceder para que el alma tomara conciencia de su propio ser. Tendría que producirse un estado similar al del sueño, pero al mismo tiempo el alma tendría que poder explorarse a sí misma. Tendría que estar viva interiormente en el ser que está inactivo durante el sueño. Y, en realidad, toda la investigación del alma depende de que algunas personas puedan activar y dar vida a lo que de otro modo sería inconsciente para el ser humano. En este estado, el alma debe independizarse de las impresiones de los sentidos. Pero, a diferencia del sueño, el estado debería ser tal que el alma pudiera percibirse a sí misma interiormente.

En la vida cotidiana, el alma humana es realmente comparable al reflejo que ve una persona cuando se mira en un espejo. Imaginemos tres espejos colocados uno al lado del otro. El ser humano pasa por delante de estos tres espejos; ante cada espejo percibirá su imagen, pero no entre los espejos. Lo mismo ocurre con el alma humana. Cuando, al despertar, entra en la corporeidad, esta actúa como un espejo. El alma no toma conciencia de sí misma en su interior, sino a través de su reflejo, la corporeidad. Y así como un reflejo depende de la forma del espejo, lo que el alma sabe de sí misma depende de su cuerpo. El ser humano solo puede saber algo de sí mismo si no solo observa su reflejo, sino que también percibe algo de sí mismo fuera del momento en que se mira en el espejo. El alma debe saber de sí misma, debe percibirse a sí misma.

Así debe ser el alma del investigador espiritual si quiere emprender el camino hacia el mundo suprasensible. No debe limitarse a contemplar la vida del alma tal y como se experimenta como reflejo de la corporeidad, sino que debe aprender a percibir realmente el alma, que durante el sueño es a la vez perceptible e imperceptible. ¿Y cómo puede suceder esto? Solo puede suceder mediante la concentración, la contemplación y la meditación. ¿Qué es eso?

Estimados asistentes, es necesario llamar la atención una y otra vez sobre estos métodos de la ciencia espiritual, porque constituyen la única forma de activar el alma para que se produzca el estado descrito. Es cierto que en la vida cotidiana nos hacemos ideas y conceptos, pero solo consideramos valiosas estas ideas y conceptos cuando nos representan algo. Sin embargo, las ideas que solo se forman y se valoran de esta manera no son lo importante en la formación del investigador espiritual, sino que, en lo que el investigador espiritual tiene que experimentar en su alma, lo importante es que los conceptos y las ideas que evoca en su conciencia despierten fuerzas internas.

La concentración, la contemplación y la meditación se basan en que situemos las ideas, a ser posible ideas limitadas y comprensibles, en el centro de nuestra conciencia y luego concentremos toda nuestra conciencia en esa única idea. En un primer momento, no importa que cada persona necesite meditaciones diferentes. Primero debemos dirigir toda nuestra fuerza espiritual hacia una única idea durante un periodo prolongado. No hay que centrar la atención en lo que significa la idea, sino en concentrar toda la fuerza espiritual en un único punto de dicha idea. De este modo, se puede concentrar toda la vida espiritual en una única idea durante periodos cada vez más largos. Si se hace esto durante un tiempo, se notará que, de hecho, uno se está educando a sí mismo para alcanzar un estado mental muy especial, un estado que aún hoy es poco conocido. La vida interior del alma se transforma, renace por segunda vez. De hecho, se adquiere cada vez más la capacidad de poner al cuerpo en un estado similar al del sueño. Por voluntad propia, se pueden excluir todas las impresiones sensoriales, excluir también todos los recuerdos, todas las preocupaciones, todo lo que piensa la mente. Se vive en lo que es independiente de lo físico, en lo que es espiritual.

 El investigador espiritual sabe muy bien todo lo que pueden objetar las personas que se basan en un fundamento materialista o, como se dice hoy en día de forma más elegante, monista. Sería demasiado extenso refutar todas estas objeciones, pero hay algo que se puede decir: si se analizan las objeciones, se verá que provienen de personas que aún no han experimentado [este estado], que aún no han pasado por él. Las personas que lo han experimentado una vez ya no plantean estas objeciones. Lo que significa estar activo interiormente, independientemente de la corporeidad, hay que experimentarlo, vivirlo. Por muchas teorías que se planteen, para quien experimenta la cosa en sí, las objeciones no tienen ningún valor.

Cuántas veces se han descubierto hechos importantes que se han declarado imposibles porque no encajaban en el sistema existente. Lo mismo ocurre con los resultados de la investigación espiritual. Sin embargo, no se llega a ser investigador espiritual mediante herramientas externas, sino solo transformando el propio alma.

Cuando el investigador espiritual aplica los métodos mencionados, entra en un estado en el que ya no es necesario que evoque ciertas ideas en su conciencia, como las que acabamos de describir, sino que esas ideas e imágenes surgen por sí solas en su alma. Este es un momento importante en la experiencia personal del investigador espiritual. Hay que decir que entonces se ha activado una vida interior del alma. Es como si el alma dormida viera el alma fuera del cuerpo y, sin embargo, tuviera en sí misma un mundo puramente espiritual a su alrededor. El investigador espiritual tiene inicialmente a su alrededor un mundo así. Ahora llega el momento más importante, en el que uno se da cuenta de que, en el desarrollo del alma hacia la investigación espiritual, lo más importante es la autoeducación, la educación para tomar una decisión, para alcanzar un estado de ánimo.

Quien piensa de manera materialista puede decir: cuando surgen tales ideas, se trata de visiones enfermizas, alucinaciones. Sin embargo, solo una vida anímica completamente sana se considera válida como punto de partida para la investigación del alma. — Externamente, sin embargo, el materialista no ve ninguna diferencia entre los estados anímicos patológicos, —visiones o alucinaciones—, y el estado descrito por el investigador del espíritu. Aquí hay que tener en cuenta lo siguiente. A las almas enfermas no se les puede convencer de que sus alucinaciones no son reales. ¿Por qué es así? Hay que llamar la atención sobre algo que solo se puede ver a través de la verdadera investigación espiritual; hay que tener en cuenta lo que se podría llamar: el amor propio, el egoísmo. El alucinado cree tan firmemente en sus visiones porque se pierde en ellas, porque ama esas ideas que se han convertido en una parte de él.  Quien quiera convertirse en investigador espiritual debe desarrollar una gran fuerza espiritual, y esa fuerza espiritual es lo que importa. Debe ser capaz de juzgar y saber que lo que a menudo surge en él con maravillosa belleza no es más que un reflejo de su propia vida espiritual, proyecciones de su propio yo. Quien tiene delirios cree que sus visiones son apariencias objetivas. Pero el investigador espiritual sabe que lo que él mismo ha creado, aunque parezca un mundo, no es más que su reflejo. Hay que ser capaz de vencer el gran amor propio que ahora entra en el alma como una fuerza de la naturaleza. El investigador espiritual, al mismo tiempo que se prepara para desarrollar tales estructuras en su alma, debe ser capaz de llegar a saber que estas imágenes no son más que reflejos de su alma. Debe tener la firme voluntad de eliminar de su vida anímica aquello que él mismo ha invocado y volver a vaciar todo el horizonte de su conciencia. Pero para ello se necesita una voluntad fuerte, porque nada es tan dichoso como cuando el ser humano llega a un mundo nuevo. El investigador espiritual debe ser capaz de eliminar este nuevo mundo. ¿Qué significa eliminar? Sí, en nuestra visión habitual y cotidiana del mundo, nos enfermaríamos si solo pudiéramos ver una cosa. Tenemos que mirar ahora esto, ahora aquello, de lo contrario no obtendremos un conocimiento externo del mundo. En el ámbito del conocimiento suprasensible, comparar precisamente esta mirada es borrar aquello a lo que se ha llegado con tanto esfuerzo. No se puede apartar el alma, hay que borrar las estructuras. Hay que ser capaz de tomar la decisión desinteresada de borrar lo que se ha conseguido.

Cuando se llega a este punto, suele producirse una experiencia espiritual que, sin embargo, puede caracterizarse porque es típica [referencia al libro «Ein Weg zur Selbsterkenntnis des Menschen» (Un camino hacia el autoconocimiento del ser humano)]. Tal y como se describe allí, no tiene por qué ser así, pero suele ocurrir en la mayoría de los casos. Cuando se describe una experiencia así, la gente tiende a preguntar: ¿cómo se puede ver algo objetivo en una experiencia así? La gente olvida por completo las matemáticas, la geometría, etc. [Laguna en la transcripción]

Cuando el ser humano se entrena de esta manera, llega a lo siguiente. Un día se dice a sí mismo: ¿Qué te está pasando? Te sientes como un ser, pero completamente disuelto. Esto actúa como una fuerza de la naturaleza, como si cayera un rayo. El ser humano se dice a sí mismo: Es como si te arrebataran tu corporeidad.

Estimados asistentes, esto se describe de manera muy sencilla, pero es una experiencia formidable. Es una experiencia de la que se puede decir que es el momento en el que la muerte te toca. Es como estar fuera de toda corporeidad. Al principio es solo una experiencia visual, pero uno la vive con su voluntad de tal manera que adquiere un conocimiento de ella. Y cuando entonces aparecen ante el alma hechos, acontecimientos y seres, se trata de realidades espirituales. Entonces el ser humano sabe que ya no tiene ante sí reflejos de su propio ser, sino que ahora sabe cómo es el mundo espiritual y puede describirlo. Ahora conoce la naturaleza del mundo suprasensible, y la conoce porque ha visto a su lado la herramienta con la que antes se acercaba al mundo. Ha salido de lo que antes llamaba su esencia y se ha visto a sí mismo como un ser entre otros seres.

Aquí también se pueden plantear objeciones sobre las objeciones. Por ejemplo, alguien podría decir: «Sí, pero ¿cómo ha llegado el investigador espiritual a este estado? ¿No podría ser imaginación, fantasía? Hay personas que pueden tener una imaginación muy viva».

A través de la vida misma se puede distinguir entre imaginación y realidad. [Cita de los siguientes ejemplos: limonada real y limonada imaginaria, un trozo de hierro caliente]. Cien táleros posibles y cien táleros reales no se diferencian en la idea, pero con los táleros posibles no se pueden pagar las deudas. Schopenhauer: El mundo es mi imaginación. Hay que dejar que la vida actúe en todas partes, entonces la vida es también la mejor crítica de la imaginación y la realidad. Esto es válido en el mundo sensual, pero también lo es en el mundo suprasensual. El investigador espiritual sabe exactamente lo que se le presenta en el mundo espiritual.

Hoy en día, grandes eruditos ya se posicionan a favor de lo espiritual y lo anímico. Pero, ¿hasta dónde llegan las personas que hoy admiten que existe el espíritu, que existe el alma? Solo se refieren al espíritu y al alma en términos generales. Es como si dijeran: id al prado, allí encontraréis árboles, flores, todo tipo de plantas, todo es naturaleza. Y en el laboratorio químico, en todo lo que podéis ver, veis naturaleza, naturaleza, naturaleza. La gente diría: «Sí, pero no nos basta con que siempre hables de naturaleza, naturaleza. Por supuesto, cuando se trata de la naturaleza, siempre se exige lo concreto, los detalles. En mi escrito «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?» se encuentra lo concreto, lo particular en el ámbito espiritual, pero allí no se perdona.

Lo característico del presente es que el alma exige lo que aún no quiere admitir en lo más profundo de sí misma. Y cada vez más, nuestra época llegará a reconocer que el mundo suprasensible puede contemplarse en detalle, [así] como el mundo sensible puede contemplarse en detalle.

Algo importante que el ser humano puede experimentar ahora en el mundo suprasensible es que aprende a reconocer su propia alma como la artífice de su corporeidad. Aprende a ver su vida con otros ojos. Ahora sabe que lo físico no es el creador de lo que vive en el alma, sino que es el alma la que actúa creando en el cuerpo. Ahora sabe, cuando mira al niño que viene al mundo, que lo heredado se une a algo que proviene del mundo suprasensible. Sabe que su existencia no se limita a lo visible, sabe que el alma trabaja más intensamente en la corporeidad durante los primeros años de vida. Y cuando vemos cómo los rasgos y aptitudes innatos del niño se vuelven cada vez más pronunciados, cómo lo interior domina lo exterior, entonces sentimos que el alma solo puede concebirse como creadora, creadora en el cuerpo. El escultor del cuerpo es el alma.

Si se considera todo esto, se llega al punto en el que se puede comprender cómo la investigación espiritual tiene que lograr en el mundo actual algo similar para el mundo suprasensible, como lo logró hace no mucho tiempo la ciencia natural para el mundo sensible. Hasta el siglo XVII se creía que del lodo de los ríos podían formarse seres vivos, que de él podían surgir animales vivos. Fue Francesco Redi quien dijo por primera vez: «Lo vivo solo puede provenir de lo vivo». Demostró que en el lodo del río había [gérmenes] de animales vivos del pasado, a partir de los cuales se desarrollaron nuevos animales. Todo se volvió contra Francesco Redi; por muy poco escapó al destino de Giordano Bruno y otros eruditos que se atrevieron a aportar algo nuevo a la humanidad. Hoy en día se es algo más indulgente a la hora de juzgar y condenar a este tipo de personas. Hoy en día no se les quema, solo se les tacha de fantasiosos, a veces también de locos.

Hoy en día se sigue creyendo que lo que el ser humano trae consigo al nacer proviene únicamente de la herencia física. Sin embargo, la ciencia espiritual ha demostrado que creer que lo físico se concentra [en la herencia] es fruto de una observación inexacta. En realidad, lo espiritual solo puede provenir de lo espiritual, y lo que provoca la acumulación de lo heredado es el alma, que desciende del mundo suprasensible a la existencia física. En lo espiritual-anímico debemos remontarnos a la misma individualidad. Y ahí llegamos lógicamente a la concepción de las vidas terrenales repetidas. Lo que nos convierte en el ser espiritual-anímico de hoy es solo el resultado de una vida terrenal anterior. Lo que creamos en una vida terrenal entra por la puerta de la muerte en un mundo puramente espiritual. Luego vuelve a la vida terrenal [siguiente] y se fusiona con las fuerzas que adquirimos en una nueva vida terrenal. Y en una próxima vida volvemos a entrar en la existencia terrenal como el escultor que crea el cuerpo. Así pasamos de una vida a otra.

Hoy en día, esta verdad puede parecer una locura para muchos. El investigador espiritual comprende perfectamente que el destino de la investigación espiritual es que hoy en día se siga considerando una locura. Ya he dicho antes que antiguamente se quemaba a las personas que traían algo nuevo al mundo. Hoy en día se es un poco más indulgente. Hoy en día, a las personas que hablan de investigación espiritual solo se las llama locas. Pero al investigador espiritual no le importa. Entiende muy bien a las personas que deben ser sus oponentes. Schopenhauer dijo una vez: «Siempre ha sido el destino de la verdad que, cuando entraba en una época, no se la entendía». Y en su escrito sobre los fundamentos de la moral, Schopenhauer dice:

A lo largo de los siglos, la pobre verdad ha tenido que sonrojarse por ser paradójica: y sin embargo, no es culpa suya. No puede adoptar la forma del error general reinante. Entonces, suspirando, mira hacia su dios protector, el tiempo, que le promete victoria y gloria, pero cuyos aleteos son tan grandes y lentos que el individuo muere antes de alcanzarlos.

Pero la verdad vencerá, aunque las individualidades mueran y se siga experimentando el dolor del error. El investigador espiritual ve, pues, como una necesidad la oposición que hoy debe existir, porque los hábitos de pensamiento no pueden adaptarse inmediatamente a tales ideas. [Laguna en la transcripción]

Pero entonces, cuando hayamos explicado la vida humana, tendremos la esencia del alma y la conexión del alma con los mundos suprasensibles de una forma que se corresponde completamente con la ciencia natural. Vemos el destino del ser humano, pero vemos [también] que ese destino es el efecto de lo que el ser humano ha sembrado en sí mismo como causa en una vida anterior. Cuando vemos el alma en la desgracia, sabemos que esa desgracia la hemos provocado nosotros mismos. Entonces los seres humanos pueden decir: sí, el investigador espiritual nos dice algo hermoso. Pero esta concepción puede convertirse en una fuente de felicidad. Les pondré un ejemplo: un joven pierde a su padre a los dieciocho años y, al mismo tiempo, toda la fortuna; el padre era un hombre muy rico. Si la fortuna se hubiera conservado, el joven nunca habría aprendido nada, nunca habría tenido que trabajar.  Ahora tenía que enfrentarse a la vida de otra manera, tenía que trabajar y se convirtió en un miembro útil de la sociedad humana. Cuando le golpeó el destino, lo sintió como una gran desgracia. Más tarde tuvo que reconocer que la gran desgracia le había golpeado por su propio bien. Sin la desgracia, habría seguido siendo incapaz, se habría convertido en un hombre inútil.

No siempre somos los jueces adecuados de nuestro destino, y menos aún cuando estamos inmersos en la desgracia. Hay que esperar el momento oportuno para poder decidir sobre el valor total de nuestro destino. Mirando atrás, a menudo podremos decir: sí, sabiendo realmente lo que hacía, me preparé esta o aquella desgracia. Por ejemplo, una persona que ha luchado durante diez años por alcanzar el conocimiento, que ha luchado con las cuestiones de la existencia, después de esos diez años tiene un aspecto muy diferente al que tenía antes. Sus rasgos llevarán las huellas del trabajo interior. Si se le preguntara a una persona así: «Si pudieras elegir entre las alegrías que has vivido y los sufrimientos que has superado, ¿qué preferirías?», respondería: «Renunciaría a la alegría y la felicidad, pero no a mis sufrimientos y dolores, porque solo a ellos debo mi profundización».

Debemos ver en el destino el gran medio educativo de la vida, entonces la visión de las repetidas vidas terrenales nos dará satisfacción. Hay felicidad en decirse a uno mismo: con las fuerzas que acumulo aquí, construyo fuerzas y capacidades espirituales; y cuando se me conceda una nueva vida terrenal, el cuerpo será la expresión de mi experiencia espiritual. Esta concepción de la vida nos llena de fuerza.

Alguien podría decir que la ciencia natural debe reconocer la herencia como la única verdad. Al investigador espiritual no se le ocurriría rebelarse contra las verdades de la ciencia natural. Pero, ¿porque una cosa sea cierta, no puede serlo también la otra? Supongamos que dos personas observan a una tercera. Una dice: «Sé por qué vive esta persona, tiene dos pulmones con los que respira, por eso puede vivir». La otra dice: «Eso no es cierto». Hace quince días, ese hombre se ahorcó; yo lo corté a tiempo, por eso hoy está vivo». Ambos tienen razón. Así, pueden coexistir la visión de la herencia de las características físicas, que defiende la ciencia natural, y la visión de la ciencia espiritual, según la cual el ser humano ha incorporado sus características en una vida anterior.

Pasemos ahora a la cuestión de la inmortalidad. No se nos plantea al reflexionar sobre un vacío temporal infinito. Vemos a un ser humano vivir, vemos las fuerzas que ha desarrollado y que conforman su individualidad. Y lo que ha llegado a ser en la vida es la garantía de una nueva vida terrenal. La inmortalidad se compone de sus partes individuales, exactamente en el sentido de la ciencia natural. Ahora se puede decir: sí, el investigador espiritual ve eso, pero no todo el mundo puede ser investigador espiritual. Tampoco es necesario que todo el mundo sea pintor para poder mirar y comprender un cuadro. El hecho de que el investigador espiritual reconozca los mundos suprasensibles no es suficiente; debe ser capaz de transmitir a los demás una imagen de estos mundos espirituales en ideas y conceptos.  Y así como una persona que mira y comprende una imagen no tiene por qué ser pintor, tampoco es necesario ser investigador espiritual para comprender las concepciones de los mundos suprasensibles cuando se expresan en términos comprensibles para el sentido común. Si uno deja que lo que describe el investigador espiritual surta efecto en él, puede reconocer todo lo que este tiene que ofrecer sin ser él mismo un investigador espiritual. Para ello solo se necesita el sentido común. No todo el mundo puede convertirse en investigador espiritual, pero tampoco es necesario. ¿Qué nos aporta la ciencia espiritual? Nos presenta el mundo suprasensible en conceptos e ideas, en representaciones e imágenes; y lo que esto aporta a nuestra vida nos aclara nuestra propia vida anímica. Lo que experimenta el investigador espiritual no puede serle útil hasta que lo haya reducido [a ideas y conceptos]. Solo entonces la ciencia espiritual se convierte en consuelo y seguridad para el alma. La mera contemplación del mundo espiritual no nos sirve de nada. Lo que necesitamos para estar seguros de que el alma es indestructible no se obtiene mirando dentro del mundo espiritual, sino a través de lo que se puede comprender con el sentido común.

Cuando la ciencia espiritual penetre en la cultura espiritual y en la educación de los jóvenes, el ser humano, al envejecer, sentirá cuán cierta es la frase de Goethe: «En la vejez, el ser humano se convierte en místico». Sentirá que, a pesar de la desaparición del cuerpo exterior, ha crecido en él un núcleo interior del alma. Al igual que la planta muere en otoño para florecer en primavera, el ser humano sabrá que desarrollará la semilla de su alma cuando entre en la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento. Sentimos en nuestro interior cómo se fortalece aquello que pasa de una vida terrenal a otra. Hoy aún no podemos hablar del fin de estas repeticiones. Pero de lo expuesto se desprende que lo que se asegura a través de las repetidas vidas terrenales no consiste solo en teorías, sino que actúa como fuerza para la propia vida terrenal. Lo que nos puede dar la ciencia espiritual se convierte así en elixir de vida, en seguridad vital. Nos da consuelo en el sufrimiento y el dolor, porque aprendemos a ver la vida de la manera correcta. Precisamente la práctica de la vida que se deriva del conocimiento suprasensible es lo más importante, lo esencial. Cuando el ser humano se equipa con lo esencial, alcanza una estabilidad interior que hoy en día ya puede ser fuerte, si el ser humano tiene la paciencia suficiente para penetrar de tal manera que alcance un conocimiento real en el ámbito de lo suprasensible, que pueda comportarse con sus adversarios, sus enemigos, que quieren negar el mundo suprasensible, tal y como Goethe se comportó una vez en otro asunto. Goethe vio acercarse muchas cosas que le parecían contrarias [a su opinión]. Así también la opinión, ya expresada en la Antigüedad, de que no existía el movimiento. Siempre ha tenido y sigue teniendo defensores que dicen, por ejemplo: una flecha disparada se encuentra siempre en un punto de reposo durante su vuelo, por lo que el movimiento es un reposo continuo, es decir, no existe el movimiento. A Goethe le parecía una caricatura, lo cual, de hecho, es estrictamente demostrable y, sin embargo, es una tontería. Goethe tenía una bonita frase para estos negadores del movimiento:

Puede que se vislumbre algo hostil,
mantén la calma, permanece en silencio;
y si te niegan el movimiento,
pásales por delante.

Él cree que esa es la mejor prueba del movimiento. La vida, captada espiritualmente, proporciona una seguridad tal como la que Goethe tenía frente a los negadores del movimiento. Y si hoy en día hay personas que se muestran hostiles hacia la doctrina de la inmortalidad del alma humana y del mundo suprasensible, entonces, armados con la seguridad vital que nos proporciona la ciencia espiritual, podemos resumir lo que sentimos ante tal oposición en las siguientes palabras:

Puede que sucedan cosas hostiles,
pero tú mantén la calma, mantén la serenidad,
y si llegan a negar el espíritu,
no le des más vueltas.
Sí, al final, dale la razón,
porque su espíritu está en mal estado.


GA069d Augsburgo, 13 de marzo de 1913 - La esencia del alma humana y el enigma de la muerte

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MUERTE  E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

La esencia del alma humana y el enigma de la muerte


 Augsburgo, 13 de marzo de 1913

Cuando hoy en día se habla de las ciencias espirituales en el sentido en que se abordarán en la conferencia de hoy, no se está hablando en absoluto de algo reconocido en nuestra época, ni siquiera remotamente de algo popular. Al contrario, todos los hábitos de pensamiento, las formas de pensar que se han desarrollado en gran parte de nuestros contemporáneos, tienen sus raíces en un ámbito desde el que se cree que todo lo que estas ciencias espirituales tienen que aportar no es en absoluto científico, sino que en muchos aspectos es solo una ensoñación, una fantasía. Y hay que decir que no hay que sorprenderse en absoluto por este hecho. Precisamente aquel que está familiarizado con toda la esencia de la ciencia espiritual, tal y como se entiende aquí, y con su tarea en el presente, se sorprendería incluso si pudiera encontrar fácilmente eco en nuestros contemporáneos. Todos los grandes logros de nuestro tiempo, todos los triunfos del conocimiento de nuestra época, se basan en un ámbito diferente al que la ciencia espiritual tiene sus raíces. Y por muy cierto que sea que precisamente esta ciencia espiritual reconoce plenamente todo lo que ha logrado el pensamiento científico desde los albores de la ciencia moderna, desde la aparición de la cosmovisión copernicana, por muy cierto que sea que la ciencia espiritual, y precisamente ella, lo reconoce y lo valora plenamente, es comprensible que muchas personas crean hoy en día que solo pueden mantenerse firmes en el terreno de la ciencia natural si rechazan todo lo que impulsa la ciencia espiritual, y ello, —como se esbozará en esta conferencia—, a partir del modo de pensar, de la misma lógica de la que proviene la propia ciencia natural.

Aunque no se trate de algo popular o reconocido, se trata por contra, de algo profundamente relacionado con todos los anhelos del corazón y el alma humanos, con todas las grandes cuestiones enigmáticas de la existencia, sin cuya respuesta el alma humana no puede sobrevivir a largo plazo; que no se nos presentan como tantos enigmas científicos, sino como enigmas que se nos presentan en cada hora, por así decirlo, de nuestra existencia, sí, a cada paso. Y aunque la ciencia espiritual abarca un amplio campo, tan amplio como todo el universo —, hay que decir que lo que tiene que investigar en el amplio campo de la actividad y la existencia espirituales se concentra, en primer lugar, en dos cuestiones vitales importantes, que se denominan cuestiones del destino y que pueden denominarse cuestiones de la muerte o de la inmortalidad.

Esta cuestión decisiva se nos presenta realmente a cada paso. Si pensamos en cómo llega el ser humano a la existencia con el nacimiento, rodeado desde el principio por manos benéficas, creciendo hasta desarrollar plenamente las capacidades y fuerzas que hay en él, de modo que, en cierto modo, se puede prever que será un miembro útil de la sociedad humana. El otro ser humano [está], y como parece a primera vista, al igual que el primero sin mérito alguno, sin culpa alguna, rodeado desde la cuna de condiciones de vida [en las que] se puede decir que tendrá que librar las luchas más amargas a lo largo de toda su vida, que tendrá pocas oportunidades de desarrollar sus aptitudes y fuerzas, de modo que se puede decir que se convertirá en un miembro poco útil de la sociedad humana. Entre los extremos más absolutos, ¡cuántos matices tiene la cuestión del destino que se plantea ante el alma de las personas! No es como otras cuestiones, digamos, científicas, que el ser humano siempre formula con precisión; quizá esta o aquella persona no exprese estas cuestiones con palabras claras, pero eso no importa, cada alma debe planteárselas. Y aunque no pregunte: «¿Qué hay del destino?», por su contacto con el mundo exterior se siente de una manera u otra, se siente feliz o insatisfecha, trabaja con alegría, es tal que avanza con confianza por la vida o tal que llora en todo momento. Aunque no siempre sea evidente, sino tal y como se siente cada alma humana en un momento dado, —por la forma en que se presenta ante los demás, por cómo se comporta cuando está sola consigo misma—, se nota que, en el fondo de su alma, sin expresarlo, es ella misma un enigma del alma humana.

Y no de la misma manera que otras cuestiones: las cuestiones existenciales se plantean a cada paso. No siempre se plantean de tal manera que parezcan científicas. Cuando el ser humano se enfrenta al enigma de la muerte, sin duda intervienen siempre los afectos, los sentimientos, las esperanzas, todo ello interviene. El miedo a la muerte, los deseos de otra existencia, todos ellos intervienen en la pregunta y en la respuesta que se dan muchas personas; y hay que decir que, precisamente en las últimas décadas, en las que muchos de nuestros contemporáneos afirman tener que rechazar toda vida después de la muerte, han surgido bastantes personalidades que no eran poco nobles, pero que han sacado el materialismo de sus opiniones, una iluminación del enigma de la muerte de la que hay que decir que, en el fondo, es mucho mejor, mucho más noble que muchas respuestas que se da tal o cual alma por miedo a la muerte, por anhelo de vida. Algunas personas de mentalidad materialista rechazaban cualquier tipo de vida para el alma humana una vez que ésta había cruzado el umbral de la muerte. Pero se decían para sus adentros: «Todo lo que he logrado en mi alma, todo lo que he cultivado entre el nacimiento y la muerte, todo lo que he hecho posible, quiero considerarlo de tal manera que silencie todo egoísmo, todo egocentrismo y todo amor propio y, tal y como exigen mis conocimientos científicos, lo sacrifique gustosamente en el altar del desarrollo general de la humanidad».

Por lo tanto, si se piensa no todo es vil, que es mejor y más noble no desear llevar a través de las puertas de la muerte lo que se ha desarrollado en el alma, sino entregarlo gustosamente a las generaciones posteriores, que pueden disponer de ello a su antojo. Precisamente en estos sentimientos, que no pueden calificarse en absoluto de innobles, se puede apreciar que existe una postura científica sobre la cuestión de la inmortalidad, ya que si se observa con un poco de imparcialidad y sin reservas la peculiaridad del alma humana, todo lo que el ser humano trabaja y cultiva hasta las puertas de la muerte, entonces se encuentra con una peculiaridad del alma humana que si se examina más de cerca esta alma humana, no se puede ignorar. Uno puede [preguntarse]: ¿Qué es lo más valioso, lo más significativo del alma humana? Pues resulta, que lo incomparable, lo ideal, lo que configura el alma humana de tal manera que no puede cederlo a ningún otro poder, a ningún otro elemento, no puede ser cedido por el alma humana individual a la especie humana. Y precisamente al observarlo con imparcialidad se ve que esto desaparecería en la nada si el alma humana desapareciera en la nada, [que] se elaboraría algo que no podríamos describir de otra manera que como el trabajo de toda una vida humana, [para que] adquiera fuerza interior, se enriquezca y [lo que] se convierte, por así decirlo, en un fin en sí mismo, para que [luego] desaparezca. Pero esto contradice la economía general. En ninguna parte del mundo vemos que este tipo de fuerzas se unan, por así decirlo, para alcanzar la máxima tensión y, una vez alcanzada, desaparezcan de repente. 

Así pues, se llega a una pregunta que surge de la admiración por la economía mundial, independientemente de todo temor a la muerte, de toda esperanza humana, de intereses personales, tan objetivamente a través de la contemplación del mundo, como se puede llegar a tal contemplación objetivamente a través de la contemplación de cualquier otro ser o cosa del mundo exterior. Así pues, existe una forma científica de plantear la cuestión de la inmortalidad. Por supuesto, todo lo que se acaba de exponer no conduce [todavía] a una respuesta, sino solo a una pregunta. El objeto de la reflexión de hoy es precisamente que se puede llegar a una respuesta mediante la investigación en ciencias espirituales.

Ahora bien, hay que subrayar desde el principio que todo lo que el ser humano puede observar en el mundo exterior, todo lo que puede conocer de ese mundo exterior a través de las ciencias externas, se basa en una actividad interna que está totalmente ligada a los órganos de la corporeidad externa. Nadie puede imaginar que podría observar lo que el ser humano reconoce como realidad sensorial si no tuviera sentidos. Pero es una certeza inmediata que los sentidos desaparecen con la muerte. Del mismo modo, el ser humano puede reconocer que su entendimiento habitual está ligado al cerebro y que piensa y trabaja basándose en los sentidos. Debe partir de la premisa de que su entendimiento, la actividad de su alma, está ligada a la corporeidad externa y debe desaparecer con la muerte.  Esto es tan cierto como que nuestros órganos sensoriales externos y el cerebro externo también desaparecen. Así vemos cómo la cuestión se reduce a si el ser humano es capaz de percibir en sí mismo algo que sea independiente de sus sentidos, de su corporeidad externa. Y es imposible afirmar de antemano que algo más que lo que es independiente de la corporeidad externa perdure más allá de la muerte.

Pero, ¿tenemos alguna vez en la vida cotidiana motivos para ver en nuestra propia alma algo que sea independiente de la corporeidad exterior? Conscientemente, desde luego que no. Pero el hecho de que tengamos que darlo por sentado nos sugiere la observación de un estado cambiante en la vida humana que, sin embargo, en la vida cotidiana no siempre se observa suficientemente y cuya importancia no se reconoce, porque el ser humano pasa fácilmente por alto lo que experimenta habitualmente. Y algunas de estas cosas son precisamente las que llevan al investigador a profundizar en los secretos de la vida. Nos referimos a lo que le ocurre al alma cada día: el dormir y el estar despierto. Basta con que observemos de forma cotidiana el momento de quedarse dormido para hacernos una idea de la naturaleza del dormir. Hay que decir desde el principio que, por supuesto, en una breve reflexión vespertina no se deben examinar hipótesis científicas recientes, que serían extraordinariamente interesantes de considerar. Existen reflexiones sumamente interesantes sobre la naturaleza del dormir; y [aunque] se pudiera demostrar que las reflexiones de las ciencias espirituales no contradicen en absoluto a las ciencias naturales, [hoy] hay que dejarlo de lado [y], basándonos únicamente en las ciencias espirituales, [decir]: Cuando observamos el momento de quedarnos dormidos, vemos que en el instante en que el ser humano se duerme, pierde su corporeidad. El ser humano pierde el dominio del alma sobre sus miembros, que quedan sometidos a la gravedad; estos quedan entregados única y exclusivamente a la gravedad y al resto de fuerzas de nuestra Tierra, fuerzas que no dependen del alma. El ser humano pierde el uso de sus sentidos, que poco a poco comienzan a callar; aquel vaiven de deseos, instintos y pasiones, ideas e ideales, se sumerge en una oscuridad indefinida; la memoria calla. Ahora bien, aquel que afirma no poder pensar de otra manera debido a sus premisas científicas dirá: la quietud no es más que un efecto secundario de la corporeidad. Cuando tenemos el cuerpo humano durmiendo en la cama, se trata solo de otra forma de efecto mediante la cual él evoca lo que llamamos vida espiritual.

Ahora bien, la ciencia natural siempre reconocerá, —y, con imparcialidad, ya está en camino de hacerlo—, que todo lo que ocurre en el cuerpo humano dormido no tiene nada que ver con lo que fluye y refluye en el alma despierta como vida interior. No solo Du Bois-Reymond reconoció plenamente en los años setenta del siglo XIX lo siguiente: cuando tenemos ante nosotros el cuerpo humano dormido, este es reconocible para la ciencia natural, pero nunca se reconocerán las leyes que hay en este cuerpo humano, lo que surge, lo que habla en esta existencia en forma de pasiones, sensaciones, impulsos, ideas. Más bien, siempre se reconocerá plenamente lo siguiente:  Sí, cuando tenemos ante nosotros el cuerpo humano dormido, dentro de ese cuerpo humano dormido tienen lugar todos los procesos químicos y físicos. Pero de ello no surgen pensamientos, sensaciones, pasiones ni instintos, del mismo modo que de los procesos vitales de la alimentación o de los pulmones no pueden surgir oxígeno ni aire. Al igual que el aire está fuera y es absorbido por los pulmones a través del proceso de respiración y entra en el cuerpo humano, hay que suponer que todo lo que llamamos vida anímica entra en el ser humano al despertar, como el aire al inhalar, y que eso no tiene nada que ver con los procesos que tienen lugar en el cuerpo humano dormido.

Hoy en día, en nuestra época, esto es solo un conocimiento de la ciencia espiritual, pero precisamente en este campo la ciencia espiritual siempre contará con la ayuda de la ciencia natural. Se reconocerá que sería tan absurdo derivar los procesos de la experiencia interior del alma [del] cuerpo como es imposible derivar el aire como entidad de los pulmones. Esto nos da, en primer lugar, el derecho de decir, desde el punto de vista de las ciencias espirituales, —al menos como hipótesis, queremos creer que se convertirá en certeza—: Bueno, sí, es cierto que el núcleo espiritual y anímico del ser humano fluye fuera de él cuando se duerme y se encuentra en un mundo puramente espiritual, y que al despertar vuelve a fluir hacia el cuerpo humano. Esto se puede comparar lógicamente con la inhalación y la exhalación, solo que inhalamos una sustancia material y la exhalamos rápidamente, mientras que al dormir inhalamos un ser espiritual y anímico. Se podría decir que el estado de transición entre el dormir y el despertar es como una inhalación y exhalación espiritual del alma, solo que en intervalos mucho más largos que la inhalación y exhalación físicas de aire. Pero la humanidad siempre reconocerá que es imposible separar lo espiritual y lo anímico de la corporeidad física. Al igual que el aire se busca en el exterior, ya que tiene su origen fuera del organismo, la vida espiritual y anímica tiene su origen espiritual fuera de la corporeidad humana y es absorbida por la corporeidad humana al despertar.

Así pues, podríamos suponer en primer lugar, —sin entrar en demasiados detalles—, que el ser humano, con su esencia espiritual y anímica, se encuentra fuera de su cuerpo físico. Sin embargo, debemos decir, —si podemos suponerlo hipotéticamente—, que, mientras duerme, el ser humano está consigo mismo en el plano anímico, separado del cuerpo, pero no es consciente de ello. La inconsciencia se produce en el momento de quedarse dormido; está rodeado de oscuridad y tinieblas cuando se queda dormido. Pero de ello se desprende cuál es la condición previa para reconocer lo anímico-espiritual. Dejemos por ahora en completo suspenso lo que hay fuera del cuerpo humano cuando el ser humano se queda dormido. Podemos convertirlo en certeza si somos capaces de provocar conscientemente el mismo estado que se produce cuando dormimos: independizar lo anímico-espiritual de lo físico y, entonces, no experimentarlo inconscientemente, sino activarlo interiormente, a pesar de que lo anímico se haya separado del cuerpo físico. ¿Puede ser así? ¿Es posible?

Todas las posibilidades de las ciencias espirituales dependen, en realidad, de la respuesta a esta pregunta. Y esto es lo que convierte a las personas en verdaderos investigadores espirituales, lo que les ayuda a ver el mundo espiritual, [...] les transporta exactamente al mismo estado en el que se encuentran cuando duermen, solo que [ahora], en lugar de estar inconscientes, se encuentran en un estado de conciencia interior. Y esto último se consigue mediante métodos espirituales muy concretos, que son métodos al igual que los que se utilizan en el mundo exterior para cualquier experimento químico, solo que los métodos externos se aplican con las manos u otras herramientas, mientras que la única herramienta con la que el ser humano puede penetrar en el mundo espiritual es su propia alma, [...] no hay otros métodos que los espirituales, [pero solo entonces] si conquista estas fuerzas [y] las transforma.

¿Cuándo se pueden conquistar? Solo cuando uno llega a decirse: «El ser humano está inconsciente, inmóvil interiormente y sin vida mientras duerme porque ciertas fuerzas están tan poco desarrolladas que ni siquiera él mismo es consciente de ellas». Si el ser humano llega a percibir las fuerzas de su alma, que normalmente están dormidas y no son perceptibles, [entonces puede] sacar a relucir fuerzas que lo convierten en un ser consciente cuando es independiente de su corporeidad. Entonces se demuestra mediante la experiencia [y] se puede observar que el alma humana también es algo cuando es independiente de la corporeidad.

Pues bien, si esto no es una afirmación fantástica, debe ser posible un estado que, por un lado, sea similar al estado dormido y, por otro, radicalmente diferente de él. Similar en el sentido de que el ser humano no mueve sus miembros como cuando duerme, ni deja que nada afecte a sus sentidos como cuando duerme, sino que, por voluntad propia, rechaza todas las preocupaciones y aflicciones de la vida. El ser humano debe llegar a provocar en su alma un estado tal que esta sea independiente del cuerpo, como en cuando duerme, de modo que el cuerpo no participe en la vida del alma. Pero entonces, y ahora de forma radicalmente diferente a cuando se duerme, esta alma, después de renunciar a todos los estímulos externos, incluso a todos los recuerdos, debe despertar fuerzas latentes en sus propias profundidades mediante lo que se denomina meditación, concentración, contemplación.

¿En qué consiste? Se trata de ciertas actividades del alma, que en un primer momento no son perceptibles, pero que transforman el alma, la convierten en un ser nuevo en muchos aspectos, al menos para sí misma. Si queremos hacernos una idea de lo que es la meditación, la concentración y la contemplación, que todo investigador del alma debe aplicar en gran medida a sí mismo, debemos decir lo siguiente: En la vida cotidiana formamos conceptos, nos dejamos inspirar por las cosas [para] crear ideas y conservamos estas ideas en nuestra mente. ¿Cuánto quedaría en nuestra imaginación si solo tuviéramos lo que viene del exterior? Pero el investigador espiritual debe apartar toda su atención de todo lo que es esencial en el estado normal; y entonces, cuando la conciencia está completamente vacía, debe ser capaz, mediante un mayor desarrollo de su voluntad, de situar en el centro de su conciencia algunas o una sola idea o sensación o un solo impulso de voluntad, mientras que en la vida normal es muy fácil volver a caer en el sueño. Así, cuando el investigador espiritual quiere convertir su alma en un instrumento, todo se coloca en el centro de la conciencia por su propia voluntad.

Ahora bien, se puede decir que lo importante no es qué idea, sensación o sentimiento se toma, sino que se concentre y se reduzca toda la vida anímica, que normalmente se distribuye entre muchas ideas e impresiones, en una sola idea. Mientras que en la vida cotidiana se pasa rápidamente de una idea a otra, hay que dejar que esa idea permanezca en la conciencia durante mucho tiempo. Al hacerlo, en un momento en el que normalmente la vida anímica cambia de una idea a otra, toda la vida anímica se esfuerza por concentrarse en ese único punto. Y eso es lo que importa. Sabemos que también en el mundo exterior atraemos fuerzas al ejercitarlas; lo vivo atrae sus fuerzas cuando las ejercita. Aquí lo importante son las fuerzas que se encuentran en lo más profundo del alma humana y que, como mucho, se encuentran bajo la superficie de la conciencia, pero que ahora se tensan y se esfuerzan.

En general, se puede decir que no importa qué ideas se utilicen, pero algunas son más adecuadas que otras. Sin embargo, para no hablar de forma abstracta, como si se tratara de una teoría, vamos a centrarnos directamente en algo concreto. En general, en la investigación espiritual no se llega muy lejos en la preparación del alma si se toma cualquier idea; pero si se toman las llamadas ideas simbólicas, pictóricas, se llega más lejos: las ideas pictóricas. Ahora bien, las personas de mentalidad materialista pueden decir muy fácilmente que estas ideas no tienen ningún valor, porque no expresan nada externo. Pero lo importante no es lo que representan, ni si tienen valor para tal o cual cosa externa, sino lo que esta idea provoca en el alma al concentrar toda su fuerza en ella.

Un ejemplo que, en un primer momento, puede parecer una locura: imagínese dos vasos, uno con agua y otro vacío. Al verter el agua del primero al segundo, el contenido de agua del primero aumenta, en lugar de disminuir. Lo importante es que esta idea puede ser un símbolo significativo de un proceso vital, un proceso que lo impregna todo en la vida: la eficacia del amor. Por muy descabellada que parezca esta idea, se puede decir que hay algo en la vida del ser humano que, en el fondo, funciona como este símbolo. Una persona que, impulsada por los impulsos más íntimos de su alma, realiza constantemente actos de amor, no empobrece su alma, sino que la enriquece cada vez más. Esta relación del amor con el alma humana puede expresarse simbólicamente a través de una idea que, por lo demás, carece de sentido.

Ahora bien, uno puede configurar su conciencia de tal manera que tenga una sensación de fondo que dé calidez a la imagen, [de modo] que el alma se impregne de calidez; por lo demás, [hay que] apartar arbitrariamente la atención de toda la vida exterior, como solo se hace al dormir, y luego dirigir toda la fuerza del alma hacia esta única idea cuando se realizan tales ejercicios. Cómo realizar estos ejercicios se explica en mi libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». Allí se describe cómo realizar estos ejercicios, cómo el ser humano puede recurrir a esos medios en su alma, a través de los cuales realmente llega poco a poco a excluir todo lo demás excepto la meditación. Y si tiene paciencia y perseverancia para trabajar y educar su vida interior del alma de tal manera que realice una y otra vez esos ejercicios de concentración y meditación, entonces se dará cuenta de que, de hecho, aparece en su alma algo de lo que antes no sabía nada. Antes [solo existían] los estados dormido y despierto, ahora [hay] un nuevo estado del alma que surge al igual que el momento de quedarse dormido, solo que de forma arbitraria; que se produce cuando el cuerpo se entrega a sus propias condiciones, a su gravedad, cuando rechazamos todas las ideas, todo lo que nos estimula desde el exterior, cuando solo queda en el alma lo que queremos; cuando nos concentramos en sacar del alma las fuerzas que, de otro modo, permanecerían sin ejercitar. Entonces sentimos que somos como una persona dormida, pero no inconscientes, sino internamente activos. Y nos damos cuenta de ello, —cuando hemos llegado tan lejos como investigadores del espíritu—, porque vemos que llega un momento en el que ya no tenemos que evocar imágenes ante nuestra alma por nuestra propia voluntad, sino que ahora hemos llegado a un punto en el que brotan por sí solas, aparecen por sí solas.

 Entonces, poco a poco, llega un estado en el que una visión del mundo completamente nueva, una imagen llena de diversidad que antes no conocíamos, se presenta ante el alma. Al igual que por la mañana, antes de que salga el sol, primero aparece el amanecer en las nubes, así [nos] aparece un mundo de figuras e impresiones. Al haber fortalecido [en nosotros] lo que antes era débil, al haber provocado mediante la actividad interior el estado en el que ahora nuestra alma percibe algo completamente nuevo, que antes no era perceptible; al haberse vuelto activa, se enfrenta a un mundo nuevo; así como solo se puede enfrentarse al mundo de los colores y la luz cuando se tienen ojos, ahora nos enfrentamos a un mundo nuevo porque ahora nos hemos dotado de los órganos necesarios para ello.

Ahora bien, a aquellos que se oponen a la existencia de tales capacidades del alma con ligereza, conviene recordarles las palabras del gran filósofo Fichte, quien en 1811 y 1813 dijo:

Imaginemos un mundo de personas ciegas de nacimiento, que solo conocen las cosas y sus relaciones a través del sentido del tacto. Acérquense a ellas y háblenles de los colores y otras relaciones que solo son perceptibles a través de la luz. O bien les hablas de nada, y esto es lo más afortunado, si lo dicen; porque de esta manera pronto te darás cuenta del error y, si no eres capaz de abrirles los ojos, dejarás de hablar en vano. [...] O bien, por alguna razón, quieren entender tu enseñanza: solo pueden entenderla a partir de lo que conocen a través del tacto: querrán sentir la luz y los colores y las demás condiciones de la visibilidad, creerán sentir, inventarán y mentirán dentro de la sensación algo a lo que llaman color. Entonces malinterpretarán, tergiversarán, interpretarán erróneamente. [...]

Esta enseñanza presupone un sentido nuevo y especial, un instrumento sensorial.

Este mundo aún no es el mundo de los investigadores del espíritu, pero para él es la parte de la investigación del espíritu a la que ya había llegado; era consciente de que, sin órganos, habla de la «nada», de la ensoñación, y por eso dice que se presupone un mundo de ciegos de nacimiento. Así, según Fichte, se trata de crear un nuevo órgano del alma.

Pero solo [el investigador espiritual] es capaz de convertir el alma en un órgano de este tipo mediante los métodos indicados. Y ahora hay que decir: cuando ha llegado a este punto, es cuando comienza para él lo más difícil, lo que debe observarse con mayor atención. Porque ahora se encuentra realmente en un mundo nuevo. Quien tenga una mentalidad materialista dirá, y desde su punto de vista con razón, que el investigador espiritual puede comprenderlo todo, pero que su oponente no lo comprende, que las imágenes también aparecen en el alma enferma, en las alucinaciones, las visiones y los delirios, aunque no externamente, sino más bien internamente. [...] Que [la percepción interior del investigador espiritual] se distinga del mundo delirante de un alma enferma, depende precisamente de que él [vea] algo diferente de lo que surge del alma enferma. En el caso de las ilusiones, visiones y alucinaciones, lo esencial, —como sabemos por desgracia—, es que la persona afectada tiene una fe tan inquebrantable en ellas que las considera un mundo nuevo, un mundo objetivo. Y quizá muchos de ustedes sepan que a algunas personas que sufren así les resulta más fácil convencerlas de que lo que ven con sus propios ojos no son alucinaciones, delirios y cosas por el estilo, que algunas inventan sistemas lógicos estrictos para justificar esos delirios de forma estrictamente lógica. Pero para el investigador espiritual lo importante es responder a la pregunta: ¿por qué es así, por qué imágenes que son solo reflejos del propio alma, por qué lo ve como una realidad objetiva? 

Si se intenta encontrar una respuesta con la mirada del investigador del alma, se llega a algo que, en la observación habitual de los seres humanos, no se toma tan en serio como debería. En realidad, la base de esto es el egoísmo, se podría decir, el amor propio; solo que no debemos tomarlo tal y como lo conocemos en la vida cotidiana. En la vida cotidiana, el egoísmo es amor propio; pero sabemos que hay ciertos grados y que, al tratarse de cualidades del alma, se pueden vencer. Los fenómenos naturales externos son diferentes de lo que hay en el alma. No se puede luchar contra los relámpagos y los truenos como se lucha contra el amor propio cuando este aparece en el alma y nos tienta. No podemos ordenar al relámpago que se detenga, ni prohibir al trueno que retumbe y se oiga. Tenemos control sobre nuestro interior, pero no sobre nuestro exterior. Pero debido a que el alma enferma tiene ante sí reflejos de su propio ser, tales realidades internas se elevan a la categoría de necesidad, de modo que permanecen como hechos naturales; que no se puede hacer nada contra ellas, como contra el destello de un rayo. Lo peculiar es que todo lo que proviene del amor propio, del egoísmo, se convierte en una actividad interna del alma y permanece como un hecho natural.

Para ello, la formación adecuada del investigador espiritual debe llevarlo no solo a conquistar la actividad interior, sino también a ser capaz, precisamente cuando se encuentra en este punto, de vencer el egoísmo, que se ha vuelto más fuerte, y que nos evoca un mundo «objetivo». Ahí radica el punto más importante de su desarrollo. Todo lo que ha hecho antes debe ser superado, [en el sentido] descrito en mi libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». Paralelamente, el investigador espiritual debe haber llevado a cabo una autoeducación tal que no solo sepa que este mundo de imágenes que aparece en el horizonte de su conciencia no es más que un reflejo de su propia alma; no solo debe saberlo, sino que debe haber entrenado su alma de tal manera que sea capaz de eliminar y borrar estas imágenes en cualquier momento.  Esto requiere un gran esfuerzo de superación personal, que a su vez actúa como una fuerza natural. Porque piensen, estimados asistentes, lo que significa primero realizar todos los esfuerzos posibles para que el alma cobre vida interiormente, de modo que se le revele un mundo nuevo, y luego, después de haber realizado todos los esfuerzos posibles, ser capaz de borrar ese mundo. La experiencia práctica demuestra que esto forma parte de la superación del alma, porque en la vida cotidiana nunca es necesario provocar lo que se acaba de describir. Se puede borrar este mundo, y mediante la superación, mediante la superación continua, se puede borrar hasta cierto punto, pero hay un resto que no se puede borrar, que permanece. ¿Qué es ese resto? Solo se conoce realmente cuando se llega a ese punto. Porque ahora, para el investigador espiritual, cuando ha hecho todo lo posible hasta esta época, ocurre algo que es una de las experiencias más conmovedoras que el alma humana puede vivir. Los que lo han sabido a lo largo de la evolución de la humanidad han acuñado una expresión que solo entiende quien ha llegado a ese punto. Esa expresión es: llegar al umbral de la muerte. He intentado caracterizarla en mi obra «Un camino hacia el autoconocimiento del ser humano». Puede manifestarse de cientos y miles de formas diferentes en el alma humana, pero [siempre] tiene un cierto carácter típico. Puede ser que, en un momento determinado, después de haber realizado estos ejercicios durante el tiempo suficiente, —y «tiempo suficiente» significa cosas muy diferentes para cada persona en esta vida o más adelante—, llegue un momento en el que uno se despierta en medio del sueño o en medio de las actividades de la vida cotidiana, y experimente ese momento de la siguiente manera: en cierto modo, uno tiene todo lo que hasta ahora ha considerado como su yo, como su propia personalidad, como sí mismo, como ser humano, a su lado, como algo externo. Uno siente como si realmente hubiera salido de su cuerpo mientras dormía y se hubiera llevado consigo todas las apariencias habituales de la vida cotidiana. [Uno tiene junto a sí] su entidad como si fuera otra entidad, no un sentimiento, [uno tiene] la sensación de que algo le ha atravesado como un rayo que ha caído quitándoosle lo que hasta ahora llamaba su yo, su propia entidad. Ahora aprende a acercarse al umbral de la muerte, [todavía] no a la muerte, porque primero la reconoce en una imagen. [Está ahí] lo que uno tiene ante sí cuando ha atravesado la puerta de la muerte, todo lo que uno debe entregar cuando atraviesa la puerta de la muerte. Uno aprende lo que significa llamar simplemente «tú» a aquello a lo que hasta ahora se había llamado «yo».

Al mismo tiempo, ocurre algo, —y el investigador espiritual debe ser capaz de llegar a este punto, de controlarse en este momento—, que puede describirse más o menos de la siguiente manera: el ser humano tiene la sensación de que todas las percepciones en las que se ha basado hasta ahora, se hallan ahora fuera de él; aunque ahora es consciente en su alma con una agilidad interior, a su lado no hay nada. 

Ahora se vive como si se estuviera al borde de un abismo, todos los apoyos han desaparecido, todo se ha desvanecido, solo queda el abismo y el vacío. La sensación que se produce es muy, muy parecida al miedo, pero un miedo que surge en el alma con la fuerza de un fenómeno natural, que ya no es una característica del alma, sino como un rayo y un trueno sobre los que no se tiene control. Por eso, uno se educa para que, cuando surja este miedo, sea capaz de vencerlo. Porque los caminos de la investigación espiritual no son meras enseñanzas teóricas y prácticas, sino la victoria sobre la vida, la superación de la vida. Y se vence lo que se presenta como miedo al vacío. Y entonces uno se da cuenta aún más: lo que te queda y lo que no puedes borrar, eso eres tú en realidad, esa es tu verdadera esencia. Lo demás se descarta. Pero lo que ahora experimentas es lo que traes contigo cuando entras en el mundo físico a través del nacimiento o, digamos, la concepción, y lo que vuelve a salir cuando cruzas la puerta de la muerte.

 De este modo, uno aprende a reconocerse interiormente, y esto conlleva algo más. En el momento en que uno se ha experimentado tal y como es, en el que todo lo que hasta entonces era la realidad del mundo ha quedado atrás, en ese momento aparece el mundo real, los seres y los hechos espirituales. Y frente a este mundo se tiene una certeza diferente a la que se tiene frente al alma enferma, esa certeza es la certeza de la vida. distinguir la realidad de los hechos y seres espirituales de las fantasías y meras ideas del alma enferma, del mismo modo que en el mundo físico se puede distinguir la realidad de la mera idea. Schopenhauer intentó en parte [engañar] a las personas [al considerar] el mundo como una idea, aunque [con ello] quisiera decir algo diferente. [.. ...] Si uno se imagina que se coloca una pieza de hierro [caliente] a 90 grados centígrados [...] en la cara, [entonces] esa pieza de hierro [solo imaginaria] no quema, [pero una pieza de hierro realmente caliente sí nos quemaría]. No hay otra prueba de la realidad que la prueba de la vida; y esta prueba es válida. No se puede refutar la afirmación de Kant de que diez monedas posibles no contienen más que diez monedas reales. Pero hay una diferencia considerable: con diez monedas posibles es difícil pagar deudas, con monedas reales sí se puede. Cuando se dijo esto en una conferencia, se planteó una objeción: sí, pero si la vida es la única prueba del mundo espiritual, entonces hay que recordar que algunas personas tienen tal poder de egoísmo que [laguna en la transcripción]. Que alguien pueda sentir el sabor de la limonada en la lengua con solo pensar en ella y sin dejar que [ella] le baje por la garganta, eso puede ser, no se puede negar. Pero la «prueba a través de la vida» no se ha llevado a cabo: se puede sentir el sabor de la limonada, pero con ello no se puede saciar la sed. Solo hay que seguir siempre la prueba de la vida hasta el final. Y así como solo existe la prueba de la vida para demostrar que algo es real, pero esta prueba de la vida es suficiente, lo mismo ocurre con los hechos y las entidades del mundo suprasensible al que accede el investigador espiritual. De hecho, entra en un mundo que le muestra entidades espirituales que están espiritualmente a su lado, al igual que él está espiritualmente al lado de estas entidades, entidades que no son físicamente visibles en el mundo sensorial, sino que, como él, se encuentran en un estado por el que él pasa cuando atraviesa la puerta de la muerte.

Les he mostrado que la esencia del ser humano es de tal naturaleza que no puede ser reconocida mediante la introspección habitual, sino que solo puede ser percibida cuando uno se sumerge en la actividad interior y luego toma conciencia de sí mismo, después de despertar, por así decirlo, a una nueva esencia: esta nueva esencia es la misma que pasa a través del nacimiento y la existencia y vuelve a salir a través de la muerte. Esta vida es solo una escuela y un trabajo. Esta alma es una suma de fuerzas que también vemos actuar en el ser humano, pero solo de forma externa. Cuando el ser humano entra en la existencia a través del nacimiento, los rasgos faciales de un ser humano que entra en la vida humana son [todavía] indeterminados, se vuelven cada vez más definidos a medida que la fuerza del alma se abre paso hacia la superficie desde ese núcleo interior del ser al que ahora nos acercamos cada vez más: lo que ahora debe ver el investigador espiritual cuando el alma ha llegado a reconocer su verdadera esencia. Porque el investigador espiritual reconoce que lo que el padre y la madre han aportado se une al núcleo espiritual y anímico que proviene del mundo espiritual, uniendose a lo que proviene del padre y de la madre. Precisamente en los primeros años, [este núcleo espiritual y anímico] trabaja sobre todo para dar forma plástica a la corporeidad. Lo que el investigador espiritual aprende a reconocer, es decir aquello que entra en existencia a través del nacimiento, es lo que vemos trabajar aquí; pero cuando, a través de los procesos descritos, aprende a reconocer lo que realmente tiene en sí mismo, entonces aprende a conocer en sí mismo eso que, entre el dormir y el despertar, entra desde fuera y sustituye a las fuerzas gastadas: las fuerzas anímicas; aprende a conocer el núcleo espiritual y anímico del ser humano. De este modo, el investigador espiritual se encuentra en una situación similar a la del naturalista no hace mucho tiempo, en el siglo XVII. [En] el lodo fluvial, [así se pensaba entonces], la actividad interna del propio lodo fluvial da lugar a animales inferiores, incluso animales más cálidos y peces; [fue Francesco] Redi [quien demostró que se había] observado de forma imprecisa; la observación precisa revela que [estos] se originaron porque en el lodo fluvial había un germen [presente]. Lo vivo [surge] solo de lo vivo; [esto] se expresó científicamente por primera vez en el siglo XVII. En aquella época [surgió] tal contradicción, [ya que esto contradecía] [la doctrina vigente en aquel entonces], [que Redi] escapó por los pelos del destino de Giordano Bruno.  La moda actual ha cambiado, no es más tolerante, sino más quejumbrosa: hoy en día ya no se quema a la gente, como se hacía antes, pero en cierto sentido interno la cosa sigue igual. En aquel entonces [existía] la mayor contradicción, hoy viene el investigador espiritual y muestra: [Es] un error creer que las cualidades y fuerzas del alma provienen únicamente de la línea hereditaria, del padre y la madre, del abuelo y la abuela, etcétera; cometen entonces una observación tan inexacta como la de que los animales inferiores surgen del lodo del río . Más bien debéis reconocer que debe existir un núcleo espiritual y anímico anterior que capta las cualidades físicas al igual que los gérmenes en el lodo del río. Lo espiritual y anímico solo proviene de lo espiritual y anímico.

Y cuando se profundiza en la esencia del ser humano, se llega a la conclusión, —si tengo el honor de volver a hablar ante ustedes, podré desarrollarla más—, de que esta esencia espiritual y anímica se revela como la repetición de vidas terrenales anteriores. Así como la semilla repite en el cuerpo físico externo la esencia de la especie, el núcleo esencial es lo ideal, y la vida actual está tan ligada a la vida que, con la ayuda de la investigación espiritual, reconocemos que lo que entra en existencia con el nacimiento lo hemos [logrado] a través de una serie de vidas terrenales anteriores. Lo llevamos con nosotros a través de la puerta de la muerte, vivimos entonces una vida puramente espiritual con las fuerzas que hemos adquirido, que no desaparecen en la nada, construimos con ellas una nueva vida, y así una y otra vez.  Es solo la consecuencia de la afirmación de que lo espiritual y lo anímico solo proviene de lo espiritual y anímico, no de otra persona, sino solo de uno mismo, porque es ideal; es decir, proviene de sus vidas terrenales anteriores. Al igual que [en su día con] Redi, hoy en día [se sigue luchando] contra la afirmación de las vidas terrenales repetidas. Siempre es así: al principio parece absurdo, ridículo; después de un tiempo, se da por sentado. Y así como desde Haeckel hasta Du Bois-Reymond se admite que lo vivo solo proviene de lo vivo, más tarde se admitirá que lo espiritual-anímico solo proviene de lo espiritual-anímico, porque está ligado a la individualidad, no a la especie. La investigación real solo puede derivarse, naturalmente, de la investigación real del espíritu. Pero entonces tendremos ante nosotros la solución del enigma del destino. ¿En qué consiste el enigma del destino? Nos vemos envueltos en unas u otras fuerzas que hemos desarrollado en vidas terrenales anteriores; sufrimos golpes del destino a los que nos hemos condenado en vidas anteriores, de modo que nos atraen aquellos acontecimientos que corresponden precisamente a lo que hemos creado en vidas anteriores. Y si esto se considera cruel, si se dice entonces: entonces [no solo hay que soportar] el destino, sino que [uno] incluso se lo ha ganado; — hay que responder que [solo hay que] verlo desde la perspectiva correcta, entonces aparece al mismo tiempo como algo diferente. Tomemos una comparación: un joven de dieciocho años, que vive de la abundancia del dinero de su padre, sufre la desgracia de perder la fortuna de la casa. Tiene que trabajar y poco a poco se convierte en una persona competente. ... A los cincuenta años se dice a sí mismo:] Para mi padre quizá fue un destino doloroso, pero para mí fue una condición para mi perfección actual; de lo contrario, no me habría convertido en la persona que soy ahora y no estaría en la posición de juzgar injustamente al destino. En la vida anterior [uno se predispone a] imperfecciones que solo se pueden compensar superando ese destino. Entonces [uno] se fortalece en su alma, entonces el destino no solo encuentra su explicación, sino también su gran reconciliación, porque así [vemos] [cómo] la humanidad avanza en su desarrollo de vida en vida y [cómo] el destino se compone de causa y efecto. 

Hoy en día [se plantea] a menudo la pregunta: ¿tuvo la Tierra un comienzo? Nosotros encontramos otra respuesta. La cuestión del destino se resolverá realmente para el ser humano cuando se reconozcan las repetidas vidas terrenales dentro de la corriente del destino del ser humano. Y lo que llamamos eternidad, el ser inmortal, [lo experimentamos] al encontrarnos completamente inmersos en la contemplación suprasensible del mundo.

[Tomemos otra comparación: al igual que podemos observar la] planta [que se desarrolla] de hoja en hoja, [hasta] la flor, luego [hasta] la semilla, en la que las fuerzas vitales están tan concentradas que ya contienen la garantía del surgimiento de una planta al año siguiente, así contemplamos [también] a un ser humano que siempre adquiere fuerzas [y] lleva consigo esta semilla de vida a través de la puerta de la muerte, llevándola en su interior, tan cierto como que la planta lleva en su interior la semilla de la vida. Esto garantiza que construya una vida, al igual que el germen [de la planta] reconstruye la vida. [En realidad, no se puede] hablar de inmortalidad en general, sino que [esta] se compone de vidas individuales [que llevan en sí mismas] los gérmenes de la vida siguiente. Del mismo modo, la vida sigue a la vida, como una planta sigue a otra planta. Ciertamente, estimados presentes, si se aborda estas cuestiones con los hábitos de vida y pensamiento de la época actual, es comprensible la oposición y [también] que muchos lo consideren fantástico y soñador. Pero aquí ocurre lo mismo que con todas las grandes verdades. Schopenhauer [dice sobre] la pobre verdad:

A lo largo de los siglos, la pobre verdad ha tenido que sonrojarse por ser paradójica; y, sin embargo, no es culpa suya. No puede adoptar la forma del error general reinante. Por eso, suspirando, mira hacia su dios protector, el tiempo, que le promete victoria y gloria, pero cuyos aleteos son tan grandes y lentos que el individuo muere antes de alcanzarlos.

Así es. Sin embargo, algunos deberían decirse a sí mismos —hoy solo puedo esbozarlo— que quien conozca la literatura de la investigación espiritual, quien se adentre en ella, podría decirse entonces que no existe la más mínima contradicción con las ciencias naturales. Solo lo creen aquellos que ven la verdad en los hábitos de pensamiento de las ciencias naturales. Quien dice que la herencia es un hecho científico, simplemente contradice lo que dicen las vidas terrenales anteriores, [pasa por alto]: las cosas no se contradicen en absoluto. [Tomemos un ejemplo]. Si hay una persona delante de nosotros, y otra persona: [una] vive porque hay aire fuera y pulmones dentro. No, [se podría decir que eso no es cierto, porque el otro vive porque se] ahorcó, [pero fue rescatado a tiempo]. ¿Es uno cierto y el otro falso, o son ambos ciertos? Así son las cosas:  Es cierto lo que es la herencia, y tan cierto como este hecho científico [acaba de mencionarse] que vivimos porque hay aire fuera y pulmones dentro, pero también es cierto que estos hechos hereditarios existen porque las razones [por las que el ser humano se encarna en esta corriente hereditaria] se encuentran en vidas terrenales anteriores.

Quien se adentre en la ciencia espiritual verá que esta ciencia espiritual conoce muy bien las objeciones, y que algunos solo las plantean porque aún no las conocen. Pero cuando la ciencia espiritual se vaya conociendo poco a poco, no solo como teoría, como ciencia espiritual abstracta, sino como un elixir de vida que puede derramarse en el alma del ser humano, [entonces todo esto quedará claro], y [no hay que] creer que hay que ser un investigador espiritual para comprenderla; solo se pueden investigar estas cosas si se es investigador espiritual, pero cuando se reducen a conceptos para la mente física, cualquiera puede comprender hoy en día al investigador espiritual, como se describe [también] en «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». Pero estas cosas son como lo que se forma bajo la tierra y lo que es iluminado por el sol sobre la tierra. [Cuando] se excava una mina [y luego] es iluminada por el sol, [entonces] es como ocurre con los logros de la ciencia espiritual. [Hay que] ser un investigador espiritual para ascender a los mundos espirituales, [para] reconocer a los seres [que] viven allí, [para] ver lo que allí ocurre. Pero una vez [investigadas], [se pueden] iluminar, como el sol [ilumina] lo que puede surgir a través de ellas [los tesoros de la mina], entonces se reconoce gracias a la acción de la luz solar, se ve por primera vez en sus matices individuales, [se puede] absorber en las sensaciones y sentimientos de la mente física. Ya sea el investigador espiritual o [aquel] que solo lo comprende, cuando [los conocimientos espirituales] se absorben, significan un elixir de vida, porque entonces no solo sabemos de la inmortalidad, sino que nos damos cuenta de la vida del alma que atraviesa la muerte en nosotros; esa [vida del alma] se fortalece [de la misma manera] que la planta debe sentir cuando la semilla crece [y ella] sabe: El próximo verano [ella] volverá a aparecer con la misma apariencia. La vitalidad invisible, la seguridad de la vida [proviene de lo que se adquiere a través de la ciencia espiritual]. De este modo, [le da al ser humano] la seguridad de que la pregunta no solo se responde de forma teórica, sino también práctica, como fuerza vital, como seguridad vital, de modo que tiene lo que necesita en la vida: seguridad y fuerza para el trabajo, esperanza, confianza en el núcleo de su vida, que ninguna fuerza externa puede quebrantar. Fichte [dice]:

Levanto mi cabeza con audacia hacia las amenazantes montañas rocosas, hacia la furiosa cascada, hacia las nubes que se rompen y nadan en un mar de fuego, y digo: Soy eterno y desafío vuestro poder. Caed todos sobre mí, y tú, tierra, y tú, cielo, mezclaos en un tumulto salvaje, y todos vosotros, elementos, espumad, rugid y triturad en una lucha salvaje la última mota de polvo solar del cuerpo que llamo mío; - solo mi voluntad, con su firme plan, flotará audaz y fría sobre las ruinas del universo; porque he alcanzado mi destino, y este es más duradero que vosotros; es eterno, y yo soy eterno, como él.

Así dice [también] el alma cuando ha asimilado la ciencia espiritual, [cuando] ha obtenido de ella el apoyo interior. Y siempre lo necesitará, pero entonces también lo tendrá. La verdad se abre paso a través de finas grietas y fisuras, y también la encuentra. Lo mismo ocurre con la ciencia espiritual. Y quien la tiene, quien ha captado su esencia, sabe de su existencia segura, de tal manera que puede estar seguro de la vida a través de ella; y entonces se enfrenta a los adversarios que niegan la inmortalidad del alma y demás, como la frase de Goethe frente a las opiniones contrarias que él [Goethe] consideraba absurdas, frente a las concepciones filosóficas, pues existe la concepción filosófica, ya en la antigua Grecia, de que no hay movimiento, [ya que la flecha disparada] [se encuentra en cada momento de su vuelo] siempre en un lugar, es decir, siempre en reposo; [por lo tanto, no hay] realmente movimiento, porque [ella] siempre está en un lugar. Esto se puede demostrar de forma estrictamente racional. Pero Goethe contraponía [la] certeza de la vida a la prueba racional. Lo expresó [así], no de forma especialmente profunda, pero sí con seguridad:

Puede que se vislumbre algo hostil,
mantén la calma, permanece en silencio;
y si te niegan el movimiento,
pásales por delante.

Goethe creía haber dado así la prueba; es una prueba de vida. El científico espiritual puede, sin ofender en lo más mínimo, decir una palabra en la que resumamos las reflexiones de esta noche, no de forma teórica, sino según nuestro sentir, como una certeza frente a lo que ellos niegan. A quien se sienta conmovido interiormente por lo que la ciencia espiritual puede ofrecer, se le puede decir:

Puede que sucedan cosas hostiles,
pero mantén la calma, mantén la serenidad,
y si te niegan el espíritu,
no sigas dándole vueltas,
es más, al final, dale la razón:
quizás su espíritu esté en muy mal estado.

Traducido por J.Luelmo feb. 2026