Revista Lucifer - Gnosis mayo de1908
RUDOLF STEINER
CUESTIONES VITALES DEL MOVIMIENTO TEOSÓFICO 2
01 de Mayo de 1908
La Teosofía y las corrientes intelectuales del presente
Quien conoce la esencia de la corriente teosófica y las razones por las que, precisamente en la actualidad, ha pasado de ser una cuestión espiritual de unos pocos a convertirse en objeto de conferencias públicas, revistas, obras literarias, etc., también sabe en qué medida debe demostrar su valía en la vida espiritual de las personas. Lo que la sustenta es necesario como fuerza activa para esta vida espiritual; y no solo será aceptado por ella, sino incluso exigido. Sin embargo, lo importante no son los nombres y las denominaciones, sino la esencia. El hecho de que el nombre «teosofía» como denominación de esta corriente espiritual pase a un segundo plano, ya sea por razones justificadas o por prejuicios, es indiferente para el tipo de concepción que nos ocupa y para su labor en la vida.
Sin embargo, es importante que aquellos que profesan este tipo de ideas no se hagan ilusiones sobre las dificultades que entraña la aceptación de sus ideas y sentimientos, especialmente en la vida intelectual actual. Y en nuestra época hay muchas cosas que dificultan la comprensión de la verdadera esencia del pensamiento teosófico en círculos más amplios. Es natural que alguien que no se adentra profundamente en esta esencia juzgue la peculiaridad de la teosofía según lo que le parece característico de aquellas actividades espirituales que él mismo agrupa con ella. Por mucho que se señale que el modo de pensar teosófico traicionaría sus principios si cayera en el «sectarismo», aquellos que no tienen la voluntad de profundizar en él no dejarán de calificar a sus adeptos de «secta». ¿Quién aceptaría, por ejemplo, que se calificara de secta a un grupo de personas que han adquirido ciertos conocimientos sobre la naturaleza? ¿Y quién acusaría de «sectarismo» a una sociedad que se ha fijado como objetivo cultivar una determinada rama del conocimiento de la naturaleza? Sin embargo, hay quienes tachan de «secta» a aquellas personas que se esfuerzan por adquirir ciertos conocimientos sobre el alma y el espíritu. Y quienes lo hacen no quieren comprender que las personas que se unen socialmente para cultivar ciertos conocimientos sobre la vida del alma y el espíritu no necesitan hacerlo con otra intención que la que lleva a la unión de un grupo de personas que se propone cultivar las verdades científicas.
Contra los prejuicios que surgen de tales fundamentos, un debate no servirá de mucho. Sin embargo, será útil tener claro cuáles son las bases de tales prejuicios.
Para el hombre actual existen tres motivos principales que le pueden llevar a aceptar la concepción teosófica. El primero es una cierta intuición sana de la verdad de esta corriente de pensamiento. La segunda se deriva de emprender el camino que se traza en estos cuadernos como el que conduce al «alcance del conocimiento de los mundos superiores». La tercera es una reflexión filosófica profunda y exhaustiva que llega hasta las últimas consecuencias. El primer camino puede ser el de muchos. Estos no se involucrarán en mucha filosofía, en especulaciones; no querrán profundizar ampliamente en las representaciones científicas a favor y en contra. Dejan que lo que se presenta en la teosofía actúe sobre su sentimiento inmediato, y este sentimiento sano, no empañado por la filosofía y la crítica científica, les dice que lo que se presenta es correcto. Entre este tipo de adeptos a la teosofía se encuentran muchos de aquellos que en la vida no han tenido la oportunidad o la ocasión de familiarizarse con las enseñanzas filosóficas o científicas, pero que, sin embargo, por su propia constitución mental, no pueden conformarse con lo que el mundo ofrece para satisfacer las grandes incógnitas de la existencia. Aquellos que se convierten en adeptos de la teosofía de esta manera son, en cierto sentido, los más importantes y valiosos. Cuando se les tilda a menudo de creyentes «ciegos», que aceptan ciertos conocimientos basándose en su confianza sin examinarlos a fondo, no se tiene en cuenta que este «sentimiento» humano no se basa en el error, sino en la verdad. Una persona cuya salud emocional no ha sido mermada por una mente calculadora, siente realmente la verdad. Y si el teósofo es al mismo tiempo un buen conocedor de la naturaleza humana, tendrá motivos para sentir la más profunda satisfacción precisamente por estos seguidores de su corriente de pensamiento. Porque reconocerá en ellos personas con un sentido de la verdad auténtico, sano y original. Nunca caerá en el error de hablar de falta de juicio cuando la sensación juzga con tanta certeza. Y hay que decir que será muy beneficioso para el presente y el futuro próximo que muchos de aquellos que, por una u otra razón, no pueden entrar en el camino del conocimiento superior ni tienen la posibilidad de adentrarse en profundas reflexiones filosóficas, profesen las verdades teosóficas a partir de su sano sentido de la verdad.
El segundo camino consiste en adquirir las capacidades superiores de conocimiento. En los artículos de esta revista que tratan sobre ello se da mucha información al respecto. La situación actual es tal que cada vez se abrirán más posibilidades para guiar al buscador sincero al menos en los primeros pasos de este camino. Hasta dónde llegue cada uno depende de muchos factores. La primera condición es que la fuente de la que obtiene sus instrucciones para el conocimiento superior sea correcta y sincera. El buscador no tiene a su disposición ningún otro medio que la confianza que puede depositar en quien le imparte esas instrucciones. Muchos pueden considerar esta confianza como algo cuestionable. Solo se les puede responder: si esta confianza se basa en sentimientos tranquilos y serenos por parte del buscador, si no hay nada apasionado en cierto sentido, si no hay egoísmo en juego, entonces lo cuestionable desaparece. Sin embargo en este ámbito, la precaución es algo que nunca se puede recomendar lo suficiente. Quien se vea invadido por un deseo y una pasión desenfrenados por alcanzar un conocimiento superior, sin duda puede ser fácilmente engañado. Quien se auto-examine seriamente para determinar si su aspiración surge del deber que todo ser humano tiene de elevar sus capacidades tanto como le sea posible, difícilmente se dejará engañar. Y con todas estas instrucciones, que existen con razón, el buscador pronto podrá adquirir la sensación de que hay algo verdadero y bueno en ellas. Y aunque esta sensación es mucho más íntima que la descrita anteriormente para las verdades teosóficas, también puede ser una guía infalible.
Un segundo factor que hay que tener en cuenta es el grado de desarrollo espiritual del buscador. Debido a ello, unos avanzarán más rápido y otros más lentamente. Algunos podrán ver pronto los primeros indicios, que interpretarán como pruebas de su penetración en los mundos superiores; en otros, tras años de lucha, no se observará nada por el estilo. No sería del todo correcto afirmar que el progreso correspondiente depende del grado de desarrollo del buscador. También depende de si la fuente de la que proceden las instrucciones encuentra lo adecuado para la personalidad en cuestión y de la velocidad de progreso que un maestro puede y quiere asumir como responsabilidad con respecto al buscador. Esto último depende de muchas circunstancias. Y en nuestra época hay muchas cosas que obligan al maestro a no ir demasiado lejos en algunos casos. Porque él, por su parte, está sujeto a la estricta ley de no dañar a nadie. Los profanos solo pueden hacerse una idea muy vaga de la severidad de esta ley. Pero hay que insistir una y otra vez: un verdadero maestro en este campo no perjudica a nadie en realidad.
Cuantas más personas de los círculos que profesan la teosofía emprendan este camino, mejor será para muchas cosas en el presente y en el futuro próximo. Sin embargo, nadie debe ser llevado a ello por otra cosa que no sea su libre albedrío sin nubes. Porque para lo que la teosofía, por su naturaleza, debe querer, solo pueden ser significativos aquellos buscadores cuya búsqueda se desarrolla de tal manera que en su interior se desarrolla una lealtad cada vez mayor e inquebrantable hacia los conocimientos espirituales y una comprensión creciente de la esencia de los mundos espirituales. Por el contrario, si se instala la impaciencia y el sentimiento de decepción porque se cree que no se avanza lo suficientemente rápido en el camino emprendido, esto es perjudicial tanto para el buscador como para la humanidad. Y es fácil comprender que alguien que ha avanzado en su búsqueda sienta tal decepción. Y, sin embargo, este progreso no tiene por qué faltar realmente. Puede estar presente de cierta manera y pasar desapercibido para el buscador durante mucho tiempo. Sin menospreciar por ello ciertas experiencias superiores elementales y desordenadas, —algo que el verdadero maestro ciertamente no hace—, es cierto que, en muchos casos, el maestro secreto preferirá que el progreso se produzca en otros ámbitos distintos de las experiencias superiores elementales. A menudo, el desarrollo puede ser más seguro si al principio, e incluso durante mucho tiempo, esas experiencias brillan por su ausencia. De todos modos, llegarán con certeza en algún momento. Y entonces el buscador comprenderá que fue bueno haber tenido que esperar tanto tiempo.
La tercera de las vías indicadas es aquella en la que el ser humano es conducido al modo de pensar teosófico a través de una filosofía profunda y del conocimiento científico. Es cierto que de esta manera no se pueden hacer descubrimientos en los mundos superiores. Para investigar lo que ocurre en estos mundos ni qué seres hay allí, se necesitan las capacidades de percepción suprasensoriales del ser humano, desarrolladas a través del camino del conocimiento. Pero una vez que las cosas han sido investigadas y comunicadas por un investigador, quien tiene una formación filosófica profunda puede comprender su posibilidad y veracidad. Puede encontrar todo lo que se puede llamar razones intelectuales para la verdad de lo investigado en los mundos superiores. Sin embargo, esto requiere una filosofía verdaderamente profunda, no una que se quede a medio camino. Porque, así como una filosofía perfecta y una ciencia profunda conducen al reconocimiento del modo de pensar teosófico, la ciencia superficial y la filosofía incompleta constituyen los mayores obstáculos para su comprensión. Son precisamente ellas las que tienen que declarar que lo que propone la teosofía es fantasía, ensoñación, «mística» salvaje, etc., etc. Sería muy beneficioso que muchas personas se comprometieran a formarse en una filosofía tan profunda, pero eso no será el caso en la actualidad. La filosofía profunda requiere una gran dedicación a muchas cosas que a mucha gente solo les interesan mínimamente. Muy pocos comprenderán de inmediato que algo así es beneficioso. Y algunos, tras dar los primeros pasos en un estudio adecuado, pronto abandonarán la tarea. O bien descubrirán que no están lo suficientemente preparados, o bien no serán capaces de reunir la energía necesaria para la renuncia. Puede parecer más tentador llegar a la visión inmediata en el camino del conocimiento, pero no hay que olvidar que, incluso para el investigador en los campos superiores de la existencia, el trabajo intelectual serio no es en absoluto un añadido superfluo, sino el mejor apoyo imaginable.
Si ahora nos preguntamos cómo se posicionan, según las condiciones actuales, otros círculos respecto a estos tres caminos que conducen inicialmente a la teosofía, pronto nos daremos cuenta de los muchos obstáculos que se interponen en el camino de una comprensión imparcial.
Muchas personas carecen del sentido común de la verdad descrito anteriormente porque se dejan llevar por lo que a menudo se presenta como «hechos científicos rigurosos». La forma en que las personalidades y los círculos influyentes presentan estos hechos es un factor a tener en cuenta. Y no es nada fácil ver más allá de ellos. Por eso, en la mayoría de los casos es perfectamente comprensible que las personas que se dejan influir por los resultados científicos lleguen a la conclusión de que, frente a los hechos seguros de la ciencia, las «afirmaciones» de la teosofía son meras fantasías, descabelladas ensoñaciones. Y es cierto que, desde su punto de vista, esas personas tienen razón. Pero no es menos cierto que los teósofos serían unos locos si afirmaran cosas que contradicen los hechos comprobados de la ciencia. Ninguna verdad teosófica puede contradecir seriamente a la ciencia sensorial y racional. Sin embargo, en las presentaciones de los resultados científicos no solo se comunican los hechos constatados, sino que, junto con los hechos, se transmite al estudiante y al lector una forma de pensar muy concreta. Esto ocurre en mayor medida en las denominadas representaciones «populares» de los resultados científicos, pero tampoco los logros eruditos y «estrictamente científicos» están exentos de ello. En la mayoría de los casos, los autores no son conscientes de hasta qué punto ocurre esto. Y los estudiantes y lectores, menos aún. Muchos creen que solo están comunicando hechos, pero su presentación está totalmente dominada por una cosmovisión que se transmite al alumno y al lector. Este último recibe una inspiración, y este hecho se le escapa de tal manera que cree haber formado un juicio basándose únicamente en los hechos. Pero aquello que él ha recibido de los hechos por inspiración, —sugestión es una palabra inadecuada, pero muy utilizada hoy en día—, le impide reconocer cualquier posibilidad de realidad en los hechos anímico-espirituales. Si se pensara detenidamente en lo que se dice con estas cosas, se vería con otros ojos la enseñanza y la literatura actuales, como ocurre en muchos casos. Se sabría que no solo el «enigma del mundo» de Haeckel, sino incluso algunas representaciones aparentemente inofensivas de hechos zoológicos, botánicos, geológicos y astronómicos, inculcan en realidad una cosmovisión. Y muchos no serían «monistas» crédulos, etc., si no se les inculcara de esta manera, de forma imperceptible para ellos, junto con los hechos.
A esto se suman los sentimientos y emociones de la época. Estos tienden además a reconocer como real solo aquello que es tangible y perceptible por los sentidos. Si alguien es «experto» en un campo determinado, entonces, sin ser consciente de ello, debe menospreciar al «fantasioso aficionado» y al «entusiasta», como solo puede parecerle el confesor de la teosofía. (A continuación se encuentra otro artículo: «Prejuicios de la supuesta ciencia», que ilustra las verdades anteriores con algunos ejemplos concretos. Este último artículo se incluye aquí porque se pretende ofrecer una imagen lo más completa posible de los obstáculos a los que se enfrenta actualmente la cosmovisión teosófica). En la actualidad, los juicios «expertos» llegan a los círculos más amplios de mil y una maneras. Y si hoy en día algo se hace bajo la bandera de la «ciencia», entonces esta sola palabra ya domina toda capacidad de juicio propia. La teosofía debe afrontar claramente esta situación. Debe comprender de dónde provienen las objeciones en su contra. Aquellos que han sido inculcados con la cosmovisión descrita anteriormente criticarán mucho la «falta de criterio» de quienes profesan la teosofía simplemente por su sentido de la verdad, y dirán que no tienen ni idea de lo ridícula que es su «fe» frente a los hechos establecidos de la ciencia. No se puede negar que hay seguidores de la teosofía que, cuando reciben objeciones por parte de la «ciencia», se comportan de manera bastante torpe, incluso infantil. Esto es un regalo para aquellos que quieren ridiculizar la «superstición» ciega de los teósofos. Pero por eso sigue siendo válido que, frente al sano sentido de la verdad de muchos, los juicios inculcados por aquellos que se basan en su cosmovisión «científicamente fundamentada» no significan nada. Cuando se aprenda a representar únicamente los hechos perceptibles por los sentidos y sus consecuencias racionales, se reconocerá que el verdadero conocimiento de la naturaleza puede constituir la base perfecta de la teosofía.
Por el momento, sin embargo, la situación es peor para los círculos realmente eruditos y sus seguidores. No son los hechos que investigan y cuyo descubrimiento es una bendición para la humanidad, sino la forma de pensar y la cosmovisión habituales en estos círculos lo que los envuelve en prejuicios. Esto es tan cierto que, de hecho, para un miembro de esos círculos no solo es comprometedor, sino completamente imposible acercarse a la teosofía. No es necesario aplicar un criterio crítico severo a tales hechos. Es mejor tratar de entenderlos como un fenómeno temporal necesario. Entonces se sabrá que algunos, debido al contexto espiritual en el que se encuentran, no pueden sino rechazar estrictamente la teosofía. Esto no se dice en absoluto en referencia a aquellos que llegan a tal rechazo por consideraciones externas. Se refiere más bien a aquellas numerosas almas fundamentalmente honestas que, con su criterio, son prisioneras de su contexto espiritual.
Ahora bien, en lo que respecta al camino denominado «camino del conocimiento», es inevitable que muchos tengan una comprensión limitada del mismo. Porque todo lo que se rumorea en la actualidad sobre los «límites necesarios» del conocimiento humano se opone a él. Se habla mucho del desarrollo: pero cuando alguien dice que las capacidades de conocimiento que el ser humano tiene en su respectivo punto de vista no son definitivas, sino que pueden desarrollarse conscientemente hasta un grado superior, tal afirmación se encuentra con una duda total o con indiferencia. Se intentará una y otra vez determinar lo que el ser humano es capaz de conocer en función de sus capacidades; muchos no quieren admitir que, mediante el aumento de estas capacidades, el ser humano es capaz de adentrarse en nuevos mundos. El teósofo nunca afirmará que con las capacidades de las que hablan muchos de sus detractores se pueda penetrar en mundos superiores; sin embargo, sabe que el ser humano es capaz de despertar en sí mismo aquellas capacidades que conducen a esos mundos. Muchos contemporáneos consideran arrogancia y presunción que alguien hable de capacidades para penetrar en mundos suprasensibles. Pero, ¿es arrogancia hablar de lo que se puede percibir bajo ciertas condiciones, o más bien sea arrogancia considerar que todo aquello de lo que no se tiene conocimiento o no se quiere tener conocimiento, es una tontería y una fantasía? La teosofía solo puede adoptar la postura de que no se debe juzgar aquello que se desconoce.
También en relación con la tercera de las vías indicadas hacia la teosofía, nuestras circunstancias actuales plantean grandes dificultades. Es muy difícil hablar de estas dificultades, porque lo que hay que decir puede interpretarse fácilmente como presunción. Sería preferible guardar silencio sobre este punto, si no fuera porque resulta útil, incluso necesario, señalar de vez en cuando los hechos precisamente en esta dirección. La formación filosófica de nuestra época no es en absoluto elevada ni profunda. Hay muchas razones que explican por qué es así. Nuestra filosofía es estéril en lo que se refiere al pensamiento libre, que podría enfrentarse a los hechos de la experiencia sensorial con una capacidad de juicio soberana. Está lastrada por un temor, inconsciente para los filósofos, a perder el terreno firme bajo sus pies. Buscando por todas partes apoyos y fundamentos para sus afirmaciones, pero no allí donde se encuentran, en ciertos hechos internos del pensamiento que se produce a sí mismo y se da a sí mismo su certeza. No se puede negar que aquí y allá se pueden encontrar algunos enfoques prometedores. Pero la mentalidad actual pesa sobre todo sobre el pensamiento filosófico. Y esta mentalidad contemporánea tiene la debilidad de no buscar las fuentes de la certeza en el interior del ser humano, sino de dejar que algo ajeno al ser humano le proporcione la certeza. En las ciencias naturales, esto puede ser una bendición en algunos aspectos, ya que una filosofía indisciplinada puede caer fácilmente en el entusiasmo; pero para la filosofía, esta mentalidad es paralizante. La situación es realmente grave en las investigaciones epistemológicas. Actualmente se practican con mucho entusiasmo, y lo fueron aún más en las últimas décadas. Pero no pueden dar lugar a la salud mientras no se supere el prejuicio de que el ser humano solo vive en sus ideas y que estas no absorben la realidad objetiva. Para algunos teóricos del conocimiento es algo monstruoso, pero hay que decirlo: la afirmación de que nada de la realidad entra en la imaginación es como decir que nada del metal del sello entra en la huella del lacre. Es cierto que nada de la materia del sello pasa a la huella del sello, pero lo que importa se ve completamente en la huella. Lo mismo ocurre con el mundo de las ideas humanas. El mundo entero, con todos sus secretos, puede ser descubierto a través de ella, si no nos dejamos engañar desde el principio por el hecho, indudable pero insignificante, de que la «mesa en sí misma» no entra en la «idea» de la mesa. (En mi «Filosofía de la libertad» se puede leer exhaustivamente sobre estas cuestiones). Por desgracia, es muy cierto que la filosofía actualmente vigente resulta poco adecuada para conducir a la teosofía. Y quien se encuentra bajo la autoridad de esta filosofía solo encuentra en ella un obstáculo para llegar a comprender los mundos superiores.
Este último hecho es especialmente perjudicial para la teosofía, ya que le hace parecer que se rebela contra todos los avances científicos legítimos. Sin embargo, para los teósofos no habría nada mejor que poder señalar en todas partes aquello que merece su pleno reconocimiento y aprobación. La teosofía no tiene en absoluto vocación de oposición, y deberá evitarla en la medida de lo posible. Quien observe con más detenimiento, podrá reconocer fácilmente que la teosofía auténtica solo aporta aspectos positivos y que, en realidad, no quiere presentarse como adversaria en ningún ámbito. Pero tampoco puede cerrar los ojos ante el hecho de que, debido al clima actual, surgen adversarios muy concretos. Y debe caracterizar con serenidad a estos adversarios en su singularidad. Si no lo hiciera, gran parte de su trabajo quedaría sin fruto. Porque sus oponentes naturales llegarían a la conclusión, con razón, de que los teósofos son personas ajenas al mundo que no comprenden las refutaciones contundentes de sus «afirmaciones». La teosofía no tendría por qué preocuparse por esta creencia si se tratara únicamente de una refutación teórica. Esta podría dejarse completamente de lado. Pero lo importante es trabajar con los ojos abiertos y organizar el trabajo de tal manera que este no choqué inútilmente contra las resistencias que se levantan a partir de los sentimientos y prejuicios del presente.
Traducido por J.Luelmo ene, 2026
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