CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD
Rudolf Steiner
Disposición, talento y educación del ser humano a la luz de la Ciencia Espiritual
Basel, 23 de febrero de 1911
¡Estimados asistentes! Cuando, en relación con los objetivos generales de la humanidad, la ciencia espiritual se propone la tarea de adentrarse en el mundo espiritual que se encuentra más allá de nuestro mundo sensible, —el mundo que podemos percibir con los sentidos y comprender con el entendimiento ligado a nuestro cerebro—, entonces esta ciencia espiritual busca obtener del mundo espiritual, mundo en el cual se halla el origen mismo del ser humano, la fuerza y la confianza para la vida de las personas. Y, al hacerlo, busca fomentar al ser humano individual mediante el conocimiento de lo que yace en las profundidades de las cosas.
Nos enfrentamos al mundo espiritual de una manera totalmente diferente cuando no buscamos, en general, las fuentes de la vida espiritual solo para nuestro propio conocimiento, sino cuando nos ocupamos, por así decirlo, de la redención del espíritu, del espíritu real que se esconde tras la existencia material, y cuando frente a este espíritu real puede surgir la tarea de ayudarle, por así decirlo, a que logre abrirse paso a través de lo físico-material. En cuántos casos nos encontramos ante el ser humano en formación —el ser humano al que vemos cómo, desde la primera infancia, tiene que sacar a la luz, por así decirlo, el espíritu desde las profundidades ocultas de su ser, el espíritu que se apodera cada vez más de los miembros físicos y de las capacidades espirituales y anímicas ligadas al instrumento exterior del cuerpo. Cuando, como educadores, nos enfrentamos a este espíritu real, que descansa en el misterio mismo del ser humano y que debe ser extraído, nos encontramos, en un sentido aún más elevado, ante una búsqueda del espíritu que va más allá del mero conocimiento que buscamos, por así decirlo, como satisfacción del anhelo de nuestra alma.
Hoy en día, el investigador del mundo espiritual se encuentra en una situación especial cuando desea observar al ser humano en formación —ese ser humano en formación que, poco a poco, va revelando sus aptitudes y capacidades y que exige que nos dediquemos a su educación—. El investigador espiritual se encuentra, por tanto, en una situación especial frente al ser humano en formación, porque ante esta vida real del espíritu debe señalar de inmediato uno de los grandes hechos de la ciencia espiritual, que hoy en día no goza en absoluto del favor especial del mundo culto. Este hecho debería saltar a la vista del observador atento de la vida cuando ve cómo, desde el primer instante de la existencia humana, lo espiritual descansa, por así decirlo, en las capas profundas del ser humano, pero que luego se va perfilando luego día a día, de semana en semana, de año en año, de tal manera que no puede sino ver este desarrollo en la cada vez mayor definición de la fisonomía, los gestos, los movimientos de las distintas extremidades y las capacidades que yacen latentes en lo más profundo del ser humano. Allí observamos lo que, desde las profundidades ocultas del ser humano en formación, va aflorando a la superficie, y debemos preguntarnos: ¿Dónde debemos buscar el origen de esas predisposiciones, de esas capacidades que poco a poco van manifestándose? — Y en lo que respecta a esa búsqueda, el ser humano de nuestra época no se muestra en absoluto dispuesto a abordar aquellos hechos a los que la investigación espiritual debe señalar. Hemos señalado este hecho en diversas ocasiones; hoy solo lo tomaremos como base para nuestra reflexión propiamente dicha. En un nivel superior, este hecho es una repetición de otro hecho que tampoco se conoce desde hace mucho tiempo en la evolución de la humanidad.
Ya he señalado en más de una ocasión, —oh, la memoria humana suele ser muy corta en este sentido—, que en el siglo XVII no solo los legos, sino también los naturalistas eruditos estaban convencidos de que la materia, el lodo por ejemplo, podía generar animales por sí misma, peces y similares, sin que se hubiera introducido ningún germen de vida en ese lodo, sino por sí misma. Supuso un cambio radical para la ciencia cuando, en el siglo XVII —¡piensen, nada menos que en el siglo XVII!—, el gran naturalista Francesco Redi defendió por primera vez aquella tesis que abrió nuevas perspectivas a escala mundial para el conocimiento científico: lo vivo solo puede proceder de lo vivo. —Si creéis —dijo—, que de la arcilla de los ríos pueden surgir seres vivos, es que no la habéis examinado con detenimiento; de lo contrario, habríais descubierto que en el germen reside la fuente de la vida y que este germen solo atrae la materia para manifestarse. A menudo ocurre con las verdades lo mismo que le sucedió a Francesco Redi. Escapó por los pelos del destino de Giordano Bruno, ya que también él fue considerado hereje. Hoy podemos abarcar desde los haeckelianos más radicales hasta los detractores de Haeckel: dentro de ciertos límites, la frase «lo vivo solo puede proceder de lo vivo» es reconocida por todos. Se da por sentada. Ese es el destino de las grandes verdades. Primero se consideran herejías y, después de un tiempo, se dan por sentadas. Entonces, la gente no puede comprender cómo se pudo creer alguna vez otra cosa.
Las ciencias espirituales tienen hoy la tarea de defender esta idea desde un nivel superior. Es una observación imprecisa afirmar que aquello que, como algo misterioso, lucha por manifestarse en el ser humano en formación y se expresa cada vez con mayor claridad en los gestos y los rasgos faciales, proviene únicamente de los rasgos heredados del padre y la madre, y así sucesivamente. Si se procede científicamente, esto es tan poco explicable a partir de esos rasgos heredados como se puede suponer el surgimiento de la lombriz de tierra a partir de la materia del lodo del río sin un germen de lombriz. La ciencia espiritual demuestra hoy que, en lo que respecta a la vida humana, aquello que entra en la existencia al nacer como núcleo esencial del ser humano debe remontarse a otra existencia, una existencia totalmente anímica, en la que reside su germen espiritual-anímico. Y del mismo modo que el germen de la lombriz de tierra atrae la sustancia física exterior para crecer, también en el ser humano este germen espiritual-anímico atrae únicamente las cualidades y las fuerzas de los padres y los antepasados para formarse con su ayuda.
Lo anímico-espiritual debemos atribuirlo a lo anímico-espiritual. Del mismo modo que debemos remontarnos a un germen anímico para explicar lo anímico presente en el ser humano, también debemos remontarnos a un germen espiritual para explicar lo espiritual en su desarrollo posterior. Y al aceptar esto, llegamos al hecho de las vidas terrenales repetidas, que hoy en día no solo molesta a tanta gente, sino que muchas personas perciben como un ensueño o una fantasía, como algo totalmente abominable. La concepción de las vidas terrenales repetidas nos dice que la vida que vivimos ahora, y en la que se desarrollan las capacidades y cualidades, es la repetición de vidas terrenales anteriores y la base de vidas posteriores. Las etapas de la vida en las que estamos envueltos en el cuerpo físico se alternan con otras formas de existencia, para llevar a la vida espiritual aquello que hemos asimilado en la vida actual, lo que hemos experimentado en la escuela de la vida, para luego, una vez hecho esto, volver a entrar en una nueva existencia física, en la que un nuevo germen vital extrae de la sustancia aquello que necesita en cuanto a cualidades y capacidades para encarnarse en un cuerpo.
Podemos decir, pues, que adoptamos una perspectiva científico-espiritual cuando vemos al ser humano, partiendo de los fundamentos misteriosos de su existencia, como un núcleo espiritual y anímico que se despliega de acuerdo con su vida anterior y que se desarrolla en la existencia actual, al incorporar los rasgos heredados de su padre y su madre y de sus antepasados. Esta es otra de esas verdades que poco a poco se irá arraigando en la educación humana. Hoy en día ya no se quema a los herejes, pero se dice que quienes afirman algo así no saben nada de ciencia exacta, cuando precisamente [las investigaciones de la ciencia espiritual] se basan en la ciencia más exacta. Se les tacha de herejes de la forma en que se tacha de herejes hoy en día. Pero la verdad de la reencarnación se irá arraigando, y a todas las personas con capacidad de juicio ya no les parecerá una locura, sino algo natural.
Así, a partir de lo que se manifiesta en el niño como capacidades en desarrollo, debemos mirar hacia atrás, a lo que el ser humano ha adquirido en vidas terrenales anteriores y expresa en esta vida. Si se observa la ciencia actual, hay que decir que reina una cierta confusión en todas partes, en todos los ámbitos. La ciencia cree que solo tiene que señalar lo que proviene del padre y la madre, de los abuelos y así sucesivamente, lo que se ha heredado, y se da por satisfecha cuando puede demostrar que las características que se manifiestan aquí o allá también estaban presentes, de una u otra forma, en el padre o el abuelo.
Observemos todas las relaciones de aquello que se cristaliza desde el centro del ser humano, traído de existencias anteriores; observemos la relación de este núcleo con los rasgos heredados. Si contemplamos todo lo que el ser humano aporta a la existencia en cuanto a cualidades y talentos, podemos discernir dos hechos que guardan una relación lógica en el alma humana. El primero es lo que se manifiesta en un ser humano tanto en cuanto a cualidades anímicas como a capacidades: la mayoría de las cuales son, en cierta medida, independientes entre sí, de modo que unas no dependen de otras. Esto lo demuestra el simple hecho de que alguien pueda ser muy musical y, sin embargo, no tener la más mínima aptitud para las matemáticas o cualquier otra disciplina científica. Una capacidad puede brillar en nuestra alma sin que podamos afirmar que ello implique la presencia de otras capacidades. En este sentido, las capacidades individuales son independientes entre sí. Pero lo mismo ocurre con respecto a las cualidades [anímicas]. En una persona puede coexistir cierta arrogancia junto con otras cualidades del alma bastante simpáticas. Y, a su vez, la arrogancia no depende de las demás cualidades. Esto es lo primero que debemos tener en cuenta si queremos echar un vistazo a la vida del alma humana.
El segundo hecho es que las capacidades y los rasgos que el ser humano tiene en su alma están unidos por un cierto centro, que denominamos «yo», y que se encuentran en armonía o en desarmonía entre sí. Todos ellos, que interactúan a través del yo, son en cierto modo independientes entre sí y actúan conjuntamente porque el ser humano tiene en su interior un núcleo esencial especial. Si nos atenemos a estos dos hechos, mediante una observación sana de la vida podemos obtener una visión clara de cómo se transmiten las cualidades y capacidades de los padres y antepasados a los hijos y descendientes. Ahí se ven realmente cómo las distintas cualidades y aptitudes pasan rápidamente de los progenitores a los descendientes. Por un lado, observamos que, si un niño es altivo, ha heredado esa altivez de su madre; otro tiene talento musical, y encontramos esa misma predisposición en su padre o en su madre. Sin embargo, la forma en que procesa esos rasgos, cómo los relaciona, vemos claramente que depende de su propia esencia. Y cuanto más detenidamente, cuanto más exactamente observamos esta vida humana, más se nos revela la naturaleza de esta dependencia. Lo mejor que podemos hacer es decir: El ser humano hereda de sus antepasados las cualidades individuales, —la altivez, la humildad, el corazón compasivo, etc.—, así como los talentos, pero la forma en que las integra en su alma nos remite a su existencia anterior, a su esencia espiritual y anímica con todo lo que su alma ha logrado en vidas pasadas. Si observamos este peculiar funcionamiento de las predisposiciones hereditarias, podremos describir la situación con mucha mayor precisión. Al referirme a las leyes de la herencia, quiero señalar que se trata de leyes que la ciencia espiritual no debe investigar en el mismo sentido que las leyes físicas y químicas. Por eso pido que se tenga en cuenta que no es una objeción cuando se dice contra una ley de la ciencia espiritual: «Sí, si se observa la vida, se ve que la herencia no ocurre de la manera como se ha dicho aquí». Pero debemos tomar las leyes como se toman las leyes físicas. Por ejemplo, la física enseña que la trayectoria que recorre una piedra lanzada es una parábola; la piedra cae siguiendo una parábola. Pero la resistencia del aire hace que la trayectoria de la piedra lanzada no sea una parábola exacta. Si ahora alguien viene y dice que la trayectoria de la piedra lanzada no forma una parábola, eso no es correcto. La ley física sigue siendo válida, y solo podemos llegar a comprender la trayectoria de la piedra si aceptamos una ley general. Y si alguien dice: «Sí, pero la piedra se desvía hacia un lado, una ráfaga de viento la ha desviado», la presencia del viento no contradice en modo alguno la ley física como tal. En este sentido deben entenderse también las leyes de la ciencia espiritual; pueden verse modificadas por las circunstancias, pero siguen siendo válidas de tal manera que solo a través de estas leyes, cuando las conocemos, comprendemos los procesos. Consideremos ahora al ser humano en relación con sus características, dividiendo el alma humana en dos ámbitos, que, por supuesto, pueden distinguirse claramente entre sí en la vida humana. Dondequiera que mire en la vida humana, encontrará claramente diferenciado un ámbito que puede denominarse el ámbito de los intereses que tiene el ser humano, hacia donde se dirigen su atención, su simpatía y antipatía, sus afectos, impulsos y pasiones; este ámbito de la naturaleza volitiva y afectiva es el primer ámbito. El otro es el ámbito que podríamos denominar «intelectual» o «racional», es decir, la forma en que el ser humano forma sus ideas: si es rico o pobre en conceptos e imágenes, si estos son flexibles, si es capaz de crear símbolos o carece de imaginación, si posee los elementos intelectuales necesarios para uno u otro ámbito. En primer lugar, hay que distinguir estos dos ámbitos en el ser humano en desarrollo. Con la misma precisión con la que obtenemos las leyes físicas a través de una observación sana de la vida, podemos encontrar para estos dos ámbitos leyes que revelen la relación entre los progenitores y los descendientes.
Vemos así que todo lo que atañe al ámbito de los intereses, los afectos, la simpatía y la antipatía, las pasiones, es decir, a la vertiente instintiva del ser humano, se debe siempre y exclusivamente a la herencia paterna, mientras que lo que se refiere al desarrollo de los elementos del intelecto, de lo racional, se debe a la herencia materna. Tales leyes se derivan de una observación fiel de la vida. Por supuesto, no es posible entrar en detalle sobre los cientos de casos que podrían citarse fácilmente a partir de una observación atenta de la vida. Solo cabe señalar que la vida confirma en todas partes que lo intelectual y lo imaginativo provienen del lado materno, y que el elemento temperamental, el interés, ya sea que seamos vivaces, indiferentes o apáticos, proviene más del lado paterno.
No puedo entrar ahora en consideraciones generales de carácter afirmativo, sino que, por el momento, solo puedo ilustrar lo dicho con ejemplos. Basta con señalar un gran ejemplo, el de Goethe, quien se describió a sí mismo de manera tan hermosa con estas palabras:
De mi padre heredé la estatura,La seriedad con que vivo la vida,De mi madre, el carácter alegreY el gusto por la fantasía.
Esto lo podemos encontrar en cientos de casos si observamos la historia del mundo o la vida. Y como una fiel observación de la vida nos confirma estas palabras por doquier, nos hacen ver la vida con tanta luminosidad.
Sin embargo, nuestro enfoque sigue siendo demasiado abstracto cuando consideramos la vida solo en términos generales. Dije que, en general, el elemento intelectual se debe a la herencia materna. Pero no es tan sencillo, sino que las características, al transmitirse, sufren una transformación: se metamorfosean. La ciencia espiritual aún no se toma en serio hoy en día; de lo contrario, ya se podría comprender hasta qué punto puede resultar enriquecedora para la ciencia natural. Si se observa cómo una fuerza de la naturaleza se transforma en otra, por ejemplo, el calor en electricidad, eso ya es lo suficientemente instructivo; pero la ciencia espiritual traslada este modo de observar [también a otros ámbitos], y dirá que, por ejemplo, en el ámbito de la herencia solo se llega a algo si se tiene en cuenta la transformación de las características.
Y ahí se pone de manifiesto cómo los rasgos maternos y paternos se entrelazan al transmitirse a los hijos. Vemos cómo los rasgos maternos, al transmitirse, tienden a pasar preferentemente a los hijos varones. Si observamos los rasgos anímicos de la madre, podemos decir: estos rasgos anímicos tienden preferentemente a transmitirse a los hijos varones, pero tienden a transformarse en el proceso. Lo que en la madre es un rasgo anímico fundamental, quizá la madre no pueda desarrollarlo en habilidades especiales, porque le faltan los órganos necesarios. Para ello se necesitan, claro está, las predisposiciones correspondientes. Mientras que la madre debe permanecer en el círculo más íntimo con sus impulsos anímicos, vemos cómo en los hijos las predisposiciones de la madre se proyectan, por así decirlo, un paso más allá hacia lo físico, de modo que esas mismas predisposiciones reaparecen en el hijo. Y el hijo nos muestra entonces, a través de sus capacidades, con las que puede actuar en el mundo, lo que estaba predispuesto en el alma de la madre. La madre lo tiene como predisposición anímica; el hijo lo tiene de tal manera que puede dejarlo fluir hacia los órganos físicos para llevarlo al mundo, para ofrecerlo al mundo en forma de logros. Vemos en los hijos, hasta en lo físico, las cualidades anímicas de la madre transformadas.
Tenemos, pues, la siguiente afirmación: las cualidades anímicas de la madre tienden a penetrar en los órganos físicos de los hijos y a manifestarse a su vez en las fuerzas del alma vinculadas a dichos órganos. Basta con una mirada lúcida a la vida y al desarrollo general de la humanidad para encontrar confirmación de ello. Podemos volver a fijarnos en Goethe o también en otras personalidades, por ejemplo, en Hebbel. Este peculiar dramaturgo de la naturaleza, Hebbel, que nunca se entendió con su padre, tenía un gran talento poético; nos muestra este talento de tal manera que heredó la sencilla y primitiva predisposición para ello de su madre, que no era más que la esposa de un albañil. Esto se puede seguir en las anotaciones de su diario. Y este talento se manifiesta en él de tal manera que la naturaleza anímica de la madre se ha transformado en una predisposición orgánica, ha descendido a la predisposición física del hijo, donde se manifiesta de esta manera.
Lo curioso, sin embargo, es que la observación fiel de la vida revela una tendencia opuesta en el caso de los rasgos paternos, que se han arraigado más en lo físico, que residen en mayor medida en la personalidad en su conjunto, incluidas las dotes físicas. Las cualidades que posee el padre tienden a elevarse un nivel en la hija y a manifestarse en el alma de esta como una transformación en lo espiritual-anímico. De este modo, lo que en el padre resulta sobrio y pedante, se presenta como algo amable en el alma de la hija.
Me gustaría citar brevemente un ejemplo de cómo se manifestaba esta relación en Goethe. Se puede señalar que, de hecho, la anciana señora Rat Goethe poseía en su alma el arte de la fabulación; tenía toda la agilidad y el talento imaginativo, y vemos cómo este tipo de talento se manifestaba plenamente en ella en los círculos de amigos. Vemos cómo en el hijo este tipo de talento se tradujo en su máxima expresión en una predisposición innata, de modo que condujo a hechos trascendentales. Por otro lado, vemos al padre, el anciano consejero Goethe. Quien, como yo, se haya ocupado durante más de treinta años de Goethe y de todo lo que le rodea, no será malinterpretado de manera superficial si dice, a modo de caracterización, que Goethe tiene razón cuando escribe: «De mi padre heredé la estatura, la forma seria de llevar la vida». El hijo hereda esta base de carácter del padre sin transformarla.
El viejo Goethe es una persona absolutamente sensata, despierta, honesta y, dentro de ciertos límites, incluso digna; pero es una persona que, diría yo, por su forma de ser y por cómo se manifiesta su personalidad, no logra desenvolverse en la vida, no consigue llevar nada a buen término; no alcanza una posición sólida en el Consejo de Fráncfort, se queda a medio camino. Su temperamento influye incluso en sus capacidades físicas. Imaginemos ahora esto trasladado al ámbito anímico: ¿cómo se nos presentaría en lo anímico este quedarse a medio camino, este no llegar nunca al final? Podría manifestarse en el alma de tal manera que, por un lado, sintiera la necesidad de unirse a los demás, pero sin querer decidirse nunca a ello y retrocediendo una y otra vez ante la decisión. Ahí tenemos, como cualidades anímicas, lo que se nos presenta en el Consejo de Goethe como sobriedad intelectual. Pero también podemos tener ante nosotros esa sobriedad transformada en algo anímico, en sentimentalismo. Es fácil descubrir dónde, —traducido al plano anímico—, perduran los rasgos externos del viejo consejero Goethe: en Cornelia, la hermana de Goethe, que, sin embargo, murió joven. En ella vemos todos los rasgos anímicos como una transformación de los rasgos del viejo consejero Goethe. Y ahora comprendemos también por qué Goethe, que heredó de su padre los rasgos externos, pero de su madre aquello que le definía, aquello en lo que se basaba su grandeza, no se llevaba bien con su padre, y cómo ambos se repelían. En la hermana, sin embargo, estos rasgo,s —transformados en amabilidad, en pasión, en una ligera vanidad—, actuaron de tal manera que ella se convirtió en una querida compañera para él, en la que [los rasgos del padre], transformados en el alma, estaban a su lado. Toda la forma en que se nos presenta la vida de Goethe en el hogar paterno muestra cómo precisamente las capacidades ligadas a las aptitudes orgánicas activas pasan del padre a la hija.
También se podría señalar que no solo hay que tener en cuenta al padre, sino a toda la estirpe paterna, y lo mismo por parte de la madre. Vemos cómo en Goethe se repiten la imaginación radiante y la predisposición mística de los antepasados maternos, transformadas en dotes superiores. Y en el carácter de su hermana, a quien Goethe apreciaba tanto y de quien tuvo que decir que, en el fondo, carecía de fe, esperanza y amor, pues era un ser problemático que además se marchitó prematuramente, vemos la ascendencia paterna. Pero ahí debemos pensar que esas cualidades, que se manifestaban en la hermana, se transformaron de lo físico a lo anímico. Sabemos, en efecto, que uno de los tíos de Goethe se convirtió en un holgazán. Era un hombre tal que hay que decir de él que no tenía cabeza y que, por lo tanto, no pudo llegar a nada. Todo el carácter diletante de esta ascendencia, que solo alcanzó cierta grandeza en el padre de Goethe, lo vemos transformado en lo anímico en el carácter problemático de la hermana de Goethe.
Si se quisiera, se podrían encontrar en toda la historia madres que transmiten lo que llevan en el alma a las características físicas de sus hijos. Por eso se representa tan a menudo a las madres, para que podamos comprender a los hijos. Así, también en el cuarto libro de los Macabeos se nos presenta a la madre de los siete hijos asesinados precisamente en su peculiar estado anímico, que se manifiesta en los hijos como una predisposición que ha descendido un peldaño y se ha materializado en lo físico. Para apreciar este hecho hay que remontarse a las leyes, del mismo modo que cuando se quiere investigar la fuerza dinámica de una ráfaga de viento. Y ahí puede resultar a menudo que el talento de un hijo, con toda su intimidad, se remonte a la peculiaridad de las luchas anímicas de la madre. Quizás haya pocos casos tan interesantes como la relación que el alma de la madre de Conrad Ferdinand Meyer, —por su disposición de carácter, por su triste destino—, tenía con toda la forma y el estilo poético de su hijo. Y cuando visualizamos en nuestra mente cuán profundamente vinculado estaba Conrad Ferdinand Meyer a la personalidad de su madre, vemos en esa religiosidad maravillosamente distinguida y tan discreta, en la delicada forma de afrontar la vida y en la plena comprensión de las situaciones trágicas, lo que ha quedado del alma de la madre.
Así, podríamos citar a cientos de grandes figuras de la historia y de la vida espiritual-cultural, así como a personas que conocemos en nuestra vida cotidiana, y encontraríamos en todos los casos una confirmación de esta ley. Así pues, se puede decir que lo que constituye al padre tiende a manifestarse en el alma de la hija, y lo que constituye el alma de la madre, en la constitución orgánica de los hijos. Al contemplar esta ley, se nos abre una perspectiva sobre numerosas circunstancias de la vida; y muchas cosas nos resultan comprensibles en cuanto a la relación y las motivaciones de diversas personas.
¿Qué nos dice, pues, la investigación espiritual sobre la herencia? Nos dice que sería un error limitar nuestra búsqueda a las características heredadas del ser humano. Más bien debemos remontarnos, más allá de todas las características heredadas, al núcleo central del ser humano, de naturaleza espiritual y anímica, que proviene de vidas anteriores y que integra y asimila las características que encuentra, del mismo modo que el germen del gusano de tierra integra la sustancia exterior, la absorbe en sí mismo y crece de acuerdo con su propia esencia. Así vemos en el núcleo del ser humano aquello que, como por fuerzas magnéticas, es atraído hacia una familia en la que el padre y los demás antepasados poseen las cualidades adecuadas para ese núcleo anímico, de modo que el alma, mediante la combinación adecuada de esas cualidades y su transformación, pueda expresar lo que es su propia esencia interior. Un alma que en vidas anteriores ha adquirido la capacidad de, digamos por ejemplo, crear algo poético, —para lo cual necesita el don de la imaginación—, se siente atraída por una madre que posea el don de la fabulación: el don de pensar en imágenes y de transformar esas imágenes con una agilidad del alma. Pero al transmitirse esta capacidad de la madre al hijo, existe la tendencia a trasladar estas características hasta el plano físico, y el núcleo espiritual y anímico debe mezclar lo que encuentra en las predisposiciones del alma. Los rasgos de carácter del padre se elevan al ámbito anímico, a las almas de las hijas, donde se transforman; pero cuando aparecen directamente en los hijos, no se transforman.
Si queremos explicar el vínculo que hace que el verdadero núcleo del ser humano se sienta atraído por las cualidades de ciertas personas que luego se convertirán en sus padres, y cómo ese núcleo mezcla y armoniza esas cualidades de tal manera que pueda manifestar su propia esencia en ellos, debemos fijarnos en relaciones más complejas. La ciencia espiritual, sin embargo, no solo ve lo que se ha mezclado y transformado a partir de los rasgos y aptitudes de los antepasados, sino que también dirige la mirada hacia el núcleo espiritual del ser, al que vemos entrar en la existencia y al que debemos remontarnos hasta formas de existencia anteriores, en las que se ha apropiado de lo que le capacita para mezclar aquellos rasgos y aptitudes que puede recibir en la línea hereditaria.
Ahora bien, se podría decir que la ciencia espiritual es tremendamente fácil de refutar; basta con recurrir a los conceptos más cotidianos y triviales para refutarla con suma facilidad. Yo mismo señalé, en un epílogo al pequeño escrito «Teosofía y cristianismo», lo fácil que resulta refutar ciertas interpretaciones de la teosofía si se parte exclusivamente de los prejuicios de la época actual. Se podrían multiplicar los ejemplos allí citados de fácil refutabilidad. Frente a lo que se considera rasgos hereditarios, la teosofía debe señalar la individualidad humana. Debe decir: el sentido humano sano tiene en cada individualidad humana, en cada núcleo espiritual y anímico del ser humano, el mismo interés que tiene en el animal por la especie, por una especie animal. - Sentimos el mismo interés por cada ser humano individual que, por ejemplo, por el género de los leones. Nos interesa la individualidad humana con el mismo interés que nos interesa un género animal. Basta con malinterpretar esta frase o, si está escrita, no leerla con atención, para refutarla con enorme facilidad.
Alguien podría decir: «Pero, ¿qué es lo que afirman estos investigadores del mundo espiritual? Parecen ignorar que se puede escribir la biografía de un perro o de un gato, con todas sus características individuales, igual que se hace con un ser humano; también en ese caso se pueden enumerar todas las diferencias entre los distintos animales». —Es tremendamente fácil esgrimir algo así contra la ciencia espiritual. Pero esta ciencia espiritual nunca ha afirmado que eso no se pueda hacer. Yo mismo estuve en una clase en la que un profesor se esforzó por escribir la biografía de una pluma de acero. Todo se puede trasladar. Pero sí se puede afirmar que el interés que sentimos por un gato concreto, y así sucesivamente, no es el mismo interés que sentimos por un ser humano. El interés que sentimos por un individuo concreto de una especie animal puede ser incluso mayor que el que sentimos por un ser humano concreto. Pero se trata de un interés diferente, no es el mismo; surge de otras raíces anímicas. La ciencia espiritual exige que los conceptos se definan con precisión. Si alguien no lo hace, entonces puede esgrimir esas refutaciones que se encuentran en la calle. En el ser humano nos encontramos ante un núcleo espiritual-anímico, y la ciencia espiritual no solo lo remonta hasta los padres y antepasados, sino que afirma: este núcleo atrae hacia sí las cualidades de esos padres, del mismo modo que la semilla del gusano de tierra atrae la materia que necesita para su crecimiento. Ahora bien, se puede preguntar a la ciencia espiritual: ¿hay algo que demuestre, a partir del curso de la vida humana, que realmente existe tal núcleo espiritual y anímico? A partir de la observación de la vida individual de cada persona, será difícil distinguir entre lo que es naturaleza envolvente y lo que es núcleo esencial. En lo que respecta al ser humano individual, partimos de la idea de que la interacción entre los envolventes y el núcleo del ser se va desarrollando poco a poco. En el caso de un individuo concreto, no nos resulta fácil distinguir esto, pero si dirigimos nuestra mirada hacia una base más amplia y general, hacia el ser humano en general, se nos revela la particularidad de que las personas son muy diferentes entre sí en lo que respecta a su desarrollo. Supongamos que esta afirmación de la ciencia espiritual es correcta. Entonces, por ejemplo, en un ser humano vive un núcleo del ser que se remonta a una vida en la que este ser humano adquirió una fuerte individualidad. A un núcleo del ser así le costará mucho superar las resistencias que se le oponen en los rasgos heredados. Le costará mucho moldear estos rasgos de manera que se correspondan con sus capacidades espirituales. Un núcleo de ser fuerte tarda mucho tiempo en integrar y moldear las capacidades que provienen de la herencia. Por el contrario, un núcleo de ser espiritual que aún ha adquirido pocas capacidades propias se integrará fácilmente en los rasgos de la herencia.
Esto se manifiesta en que las personas que poseen una personalidad más fuerte, que tienen un núcleo interior sólido y que llegan con un rico bagaje de vidas anteriores, solo son capaces de superar lentamente la resistencia que proviene de la herencia genética. Y aquí recordamos el hecho de que precisamente los grandes espíritus no son los llamados niños prodigio, sino que a menudo los maestros los consideran lo contrario. Recordemos solo a Alexander von Humboldt, a quien en su juventud se le consideraba tonto. Su núcleo esencial tardó mucho tiempo en sacar a la luz las capacidades que en él reposaban. En él había llegado un rico núcleo de ser, y este tuvo mucho que hacer hasta que transformó los rasgos de la herencia, de acuerdo con el contenido de su alma. Pero a través de este contenido del alma, que ha trabajado durante mucho tiempo en los rasgos de la herencia, también se produce algo que puede tener un gran impacto en la humanidad. Por el contrario, si observamos almas que, por así decirlo, traen consigo poco de vidas anteriores, estas se adaptarán rápidamente a los nuevos envolventes y desarrollarán con facilidad los rasgos de la herencia. Estos son los niños prodigio, que en los primeros años de vida parecen ser los más talentosos, pero que muy pronto dejan de serlo.
Supongamos que el núcleo espiritual del ser debe abrirse camino a través de lo que se le presenta desde el exterior. Basta con una observación clara y correcta de la vida para reconocer que precisamente los rasgos físicos se basan en la herencia. En la forma de los dedos podemos constatar la forma de la herencia. Por el contrario, lo que se encuentra como germen en el alma será tanto menos explicable mediante la superación externa de los rasgos heredados, cuanto más las propiedades en cuestión tengan su sede en el interior del alma. De ahí que lo que pertenece a lo subjetivo del alma, —los talentos para la música, las matemáticas, etc.—, se manifieste en los primeros años, como lo demuestran los numerosos casos de niños prodigio. Por el contrario, los talentos cuyo desarrollo requiere superar más de lo heredado aparecerán más tarde. En resumen, todo lo que se nos presenta al observar la vida con atención demuestra que en el ser humano se va forjando un núcleo esencial a partir de todo aquello que, en forma de rasgos hereditarios, pretende envolvernos. Si observamos a las personas con atención, podemos ver cómo las individualidades más grandes superan muy lentamente la resistencia de la naturaleza volitiva humana exterior. Hoy no queremos centrarnos más en estos hechos, pero entre las individualidades más grandes se puede observar esto.
Solo quiero recordar una vez más a Goethe. En él podemos ver, si realmente lo comprendemos en toda su grandeza, cómo se nos presenta el Goethe anciano en la plenitud de su vida, en la cima del arte y la sabiduría; podemos ver que ha necesitado toda su vida para forjar su individualidad frente a las capas que se le resistían. Y solo alguien miope podría decir [sobre las últimas obras de Goethe]: Goethe se ha hecho viejo. Hoy en día, al juzgar a las grandes personalidades, podemos observar la tendencia a exagerar su juventud y a menospreciar su vejez. Incluso se oye decir que las obras de la vejez son cosas viejas y apagadas, mientras que las de la juventud son frescas. Hoy se pone a la venta un libro en el que se presentan a los lectores los verdaderos poetas, las verdaderas individualidades, a partir de sus obras de juventud.
No se suele tener en cuenta que quizá sea precisamente gracias a nuestra propia singularidad como somos capaces de comprender mejor a los jóvenes. Sería mejor seguir el ritmo de esa individualidad en cuestión y no dar por sentado que, con la edad, la individualidad se ha vuelto más torpe. Eso es lo que ya ocurrió con Goethe en vida. La gente leyó la primera parte de su «Fausto» y dijo: «Hay una fuerza juvenil desbordante en ella»; pero lo que Goethe escribió en la vejez es tal que hay que ser indulgente con el anciano. Sin embargo, quien contemple lo que Goethe representa desde esta perspectiva dirá: «Ahí, en la primera parte del «Fausto», aún no ha surgido plenamente la individualidad de Goethe; vemos cómo se abre camino a través de ella, y vemos cómo esta fuerte individualidad, que se educa a sí misma a lo largo de toda su vida, se abre paso a través de la resistencia de sus envolturas. Por eso dice Goethe de los críticos de su «Fausto»:
Alaban a Fausto,y todo lo demásque bulle en mis escritos,a su favor;las viejas tonterías,eso les alegra mucho;la chusma cree que ya no existe.
Quien conoce la evolución de la naturaleza humana sabe que la individualidad, cuanto más fuerte es, más tiempo tarda en abrirse camino.
Ya vemos aquí una diferencia entre lo que constituye el núcleo más íntimo del ser, cuyo origen debemos buscar en otro lugar, y lo que es la envoltura exterior, que se une a ese núcleo. Esta diferencia se hace especialmente patente cuando observamos la relación entre padres e hijos. El ser humano se encuentra inmerso en una especie de desarrollo a lo largo de toda su vida. Este desarrollo es ascendente y descendente. Al primero se le atribuye el periodo hasta los treinta, cuarenta o cincuenta años, en el que el núcleo del ser actúa desde dentro, de modo que lo que experimenta en forma de dolor y sufrimiento se convierte en experiencia vital y se expresa en la corporalidad, en los gestos y en las expresiones faciales. En estas edades vemos siempre cómo el núcleo interior del ser actúa sobre las envolturas externas y finalmente las moldea, de modo que podemos decir que, en la línea ascendente, el ser humano se va pareciendo cada vez más a su núcleo interior. Si observamos al ser humano a los cuarenta años, si observamos su fisonomía, en la que ha trabajado durante cuarenta años, podemos decir: aquí el exterior se asemeja más al interior que a los veinte años, cuando aún estaba latente en su interior, era solo una capacidad y se esforzaba por salir de dentro hacia fuera. Así, el ser humano, en su cuerpo físico y según su propia esencia, se parece más a sí mismo en la vida posterior que en la anterior; a los cuarenta años se parece más a sí mismo que a los veinte. Esto explica un hecho importante de la vida, que a su vez parece importante para muchas cosas en los hechos externos. ¿Cuál es este hecho y por qué existe tal diferencia [entre las diferentes edades]?
Para quien observa la vida, se aprecia una diferencia entre los hijos de parejas de padres jóvenes y los nacidos en una etapa posterior del matrimonio. Solo quien no es un observador de la vida no percibe esta diferencia. El núcleo esencial de un niño que se ha instalado en una pareja de padres jóvenes encontrará poca resistencia en sus envolturas, porque los padres aún no han incorporado mucho en su físico. Así, la individualidad podrá integrarse aún más en sus envolturas; en ellas aún no encuentra una configuración tan plástica de las características que se transmiten en la línea hereditaria. Por eso podemos decir que los niños concebidos por padres aún jóvenes pueden configurar mejor al ser humano en su totalidad a partir de su propia individualidad. Los niños que nacen en una etapa más tardía del matrimonio son aquellos cuyo núcleo esencial es más débil y, por lo tanto, se ven atraídos por rasgos muy concretos que el padre o la madre han impreso en ellos. Por eso vemos que los hijos que nacen más tarde suelen heredar más rasgos de su padre y su madre que los nacidos antes, ya que en el cuerpo de los padres ya se han desarrollado las características que pasan a la herencia. Así vemos cómo el trabajo de los padres sobre sí mismos se manifiesta de diversas maneras en los hijos. Las personalidades fuertes, menos parecidas a los padres, son las de los hijos nacidos en los primeros años de un matrimonio joven. Las personalidades menos fuertes, más parecidas a los padres, son las de los hijos nacidos de parejas de mayor edad.
La ciencia espiritual arroja luz sobre estos hechos, del mismo modo que la ciencia natural lo hace sobre los hechos naturales. Y cuando contamos con esta ley, disponemos del medio para influir en el ser humano de manera educativa, por así decirlo, en la vida cotidiana. Entonces adoptamos una actitud muy concreta. Quien, como educador de niños, adopta esta actitud que emana de la ciencia espiritual, siempre se dice a sí mismo: Lo que ha entrado en la existencia con el nacimiento y se va revelando cada vez más, debes considerarlo como un misterio sagrado que hay que resolver; es algo que proviene de vidas anteriores. Para ello, debes dirigir la mirada hacia los antepasados, de donde proceden esos rasgos. De ello se deriva, para la mirada educativa, esa armonía entre el querer y el poder, ese sentido de la responsabilidad hacia el ser humano en formación como un enigma sagrado que hay que desentrañar. Cuando asimilamos esa sabiduría, que nos sitúa así ante el alumno, se nos graba en la mente esa seriedad que —sin teorizar— encuentra el ritmo educativo para resolver realmente el enigma en cada caso concreto. De ese sentido del ritmo se deriva, en cada caso individual, lo que debemos hacer para fertilizar el espíritu de la manera correcta. Nos despedimos entonces de las frases tan populares hoy en día en la pedagogía.
¿Qué frase se oye hoy en día con más frecuencia que esta: «Debéis educar la individualidad del ser humano»? De forma individual, no según un patrón [es como debéis educar], sin hacer nada que contradiga la individualidad. Pero quien se sitúa ante la vida como un verdadero observador de la misma se pregunta: ¿qué es eso en realidad, la educación individual? Esta palabra seguirá siendo una frase hecha mientras no se sepa cómo se relaciona la esencia con lo que la envuelve. Por eso es una frase hecha lo que se dice allí sobre la educación individual. En la mayoría de los casos no somos capaces de sacarle mucho partido. Debemos educar según se presenten las exigencias de la vida práctica. Debemos comprender que no podemos salir adelante con esta frase, sino que debemos decir: debemos educar a partir de lo que está innato. Estamos llamados, ante todo, a dar al ser humano aquello que lo convierte en un miembro útil de la sociedad humana. Debe ser capaz de hacer lo que se exige en ciertos círculos, lo que su época y las circunstancias le exigen. —La individualidad no debe poner en entredicho esta exigencia. Quien ve cómo la ciencia espiritual capta la relación del ser humano con el mundo entero, no se encuentra en absoluto impotente ante las exigencias de la vida. Puede ser necesario, por ejemplo, que un hijo que tiene tal o cual cualidad ocupe tal o cual posición en la vida; las relaciones familiares así lo exigen. Quien realmente comprende la ley de las cosas sabe que las personas no son tan unidimensionales como para que se pueda decir que solo sirven para esto o aquello. Se las convierte en personas útiles cuando no se desarrolla solo un aspecto. Las personas son más polifacéticas de lo que se suele suponer. Y quien realmente ve más allá de la combinación de los rasgos hereditarios y se fija en el núcleo espiritual y anímico del ser, es capaz de relacionar los diversos procesos, extraordinariamente instructivos, con lo que se presenta como un proceso real ante la mirada del investigador del espíritu. Cuando se busca lo que constituye la individualidad en el alumno, surge precisamente de las exigencias prácticas de la vida la necesidad de considerar la individualidad de otra manera, distinta a como se suele considerar de forma retórica. Hay que decir que quien se deja inspirar por los conocimientos de las ciencias espirituales adquiere, como algo que fluye hacia todo su ser, un fino sentido del ritmo y no solo el sentido de la responsabilidad, sino también toda la capacidad que necesita para hacer lo correcto en el momento adecuado. Es muy curioso que, siempre que se dan esas condiciones, uno sepa en el momento adecuado qué hay que hacer. Por poner un ejemplo: me confiaron la educación de un niño al que se le negaban todos los talentos, porque se había desarrollado de una manera extraña hasta los once años, de modo que se podía decir: «De este granuja no va a salir nada; ¡ni siquiera ha aprendido a leer y escribir correctamente!». Cuando me confiaron a este niño y empecé a ejercer cierta influencia sobre él, pude decir: «Todo eso no es más que una apariencia engañosa». Solo existía la dificultad de romper la coraza exterior para revelar el núcleo interior del niño. Había que descubrir el núcleo de su ser. Han pasado veinte años desde entonces, y se ha demostrado que era tal y como yo había dicho. En poco tiempo fue posible ayudar a que el núcleo espiritual de su ser saliera a la luz y demostrar lo que aquí se ha dicho.
Así, la observación del ser humano en formación nos muestra lo necesario que es no limitarse únicamente al cuerpo físico exterior, sino mirar más allá, hacia lo espiritual, que subyace en todas partes tras lo sensible y que podemos percibir si adquirimos la capacidad para ello. Para nuestro conocimiento también en esta dirección, es importante que podamos adquirir conceptos e ideas como los que ofrece la ciencia espiritual.
Para la vida práctica es importante que creamos en el espíritu y lo busquemos detrás de la materia física; esto se nos revela cuando nos encontramos ante el ser humano en formación y tenemos que resolver, en la educación, el verdadero enigma de cómo el espíritu se derrama en la materia física. La ciencia espiritual está ahí no solo para hablar de manera teórica sobre los tres conceptos de cuerpo, alma y espíritu, sino para enriquecer la vida práctica de tal manera que, mediante una educación adecuada, se pueda lograr un resultado inmediato.
Si contemplamos al ser humano de este modo, al participar en su desarrollo a través de la educación, el alma humana se impregna de esa elevada verdad sobre la misión del ser humano en su existencia terrenal. Entonces intuimos que, aunque los seres humanos nos encontramos plenamente inmersos en el mundo físico-sensorial, estamos llamados a introducir en este mundo físico-sensorial aquello que podemos crear a partir del espíritu. A partir de este reconocimiento podemos decir: estamos rodeados de manifestaciones físico-sensoriales; pero detrás de ellas se encuentra el espíritu actuante. En el ser humano en formación se nos presenta el ser físico con talentos indeterminados, con una fisonomía indeterminada, pero al mismo tiempo, en él, el espíritu que debe abrirse paso a través de la materia física y al que debemos ayudar a pasar de lo misterioso a la existencia en el mundo físico. Allí donde contemplamos nuestra tarea práctica en la vida, el ser humano está llamado a imprimir el espíritu en la materia. En todas partes se cumplen las palabras con las que podemos resumir la reflexión de hoy: también el espíritu que lucha por existir nos muestra la verdad que puede expresarse con estas palabras:
Desde las profundidades del mundo,enigmática, se impone a los sentidos humanos,la rica abundancia de la materia;
Desde las alturas del mundo, llena de significado,fluye hacia lo más profundo del alma,la luz clarificadora del espíritu.
Para encontrarse en el interior del ser humano,en una realidad llena de sabiduría.
Traducido por J.Luelmo - marzo, 2026
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