GA069d Munich, 12 de febrero de 1911 - Disposición, talento y educación del ser humano

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CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

Disposición, talento y educación del ser humano

Munich, 12 de febrero de 1911

¡Estimados asistentes! Cuando buscamos el conocimiento a través de la ciencia espiritual, eso significa que sentimos en nuestro interior el impulso de asomarnos al mundo espiritual que se encuentra más allá de nuestro mundo sensible, mundo en el cual podemos alcanzar mejor la solución a los enigmas de la existencia que en el entorno sensible. Cuando dejamos que los resultados de la ciencia espiritual actúen sobre nuestra alma, entonces, —como hemos visto en las diversas conferencias que he tenido el honor de impartir aquí—, no son solo conocimientos abstractos y teóricos, sino que son alimento para nuestra alma y fuerzas que nos sostienen, que nos revelan nuestro destino, nos dan esperanza y seguridad en la vida, y nos hacen comprender que los seres humanos necesitamos estos resultados de la ciencia espiritual para nuestra vida. A través de todo lo que el ser humano ve a su alrededor y reconoce, en mayor o menor medida, en su propio ser, llega al espíritu que debe integrarse en su conocimiento.

Nuestra relación con el mundo es de una naturaleza completamente diferente si nuestra tarea no consiste únicamente en penetrar en el espíritu mediante el conocimiento, sino cuando tenemos la misión de sacar a la luz el espíritu vivo, real y activo de su ocultamiento, o al menos allanar el camino desde ese ocultamiento hasta su revelación. Nos relacionamos con el mundo y con la vida de esta manera cuando tenemos ante nosotros el espíritu en formación en el ser humano en desarrollo: esa espiritualidad indeterminada con la que el ser humano entra en la existencia al nacer y que, al principio, tan indistinta como si procediera de una oscuridad impenetrable, se nos presenta en los rasgos aún indeterminados del rostro humano al comienzo de su vida terrenal. Tenemos ante nosotros el espíritu humano, que yace como oculto en las profundidades y se impone semana tras semana, mes tras mes, año tras año, al impregnar la existencia material que se nos presenta desde el principio en el niño que crece, y que poco a poco transforma esta existencia material en una imagen de sí mismo.

Como educadores que aspiran al conocimiento, estamos llamados a buscar el espíritu que descansa en lo más profundo, no solo para satisfacer nuestra propia alma, sino que, precisamente como educadores, estamos llamados a plasmar en la realidad todo aquello que en el proceso de conocimiento es aún más o menos intelectual, a introducir el espíritu mismo en la vida como algo que se desarrolla de manera real. Desde este punto de vista, la ciencia espiritual se convierte, en un sentido muy diferente, en la base de una práctica vital inmediata, en lugar de limitarse a ayudarnos a conocer los misterios de la existencia.

Ahora bien, de las conferencias que tuve ocasión de impartir aquí anteriormente ya ha quedado claro, —y esto nos servirá hoy, dado que nos ocupamos de un tema muy concreto, por así decirlo, como punto de partida—, que, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, partimos de la existencia de un núcleo espiritual , al que no solo seguimos en su recorrido entre el nacimiento y la muerte, sino que vemos entrar, en la existencia físico-sensorial, a través del nacimiento, desde otro mundo, un mundo suprasensible, y volver a pasar a otro mundo cuando atraviesa la puerta de la muerte para vivir nuevas etapas de desarrollo en ese otro mundo. Sí, no solo hablamos de que atribuimos a este núcleo espiritual y anímico de la esencia una existencia antes del nacimiento y una existencia después de la muerte, sino que también le atribuimos vidas terrenales repetidas, de modo que, desde nuestra vida actual, miramos hacia atrás a muchas vidas terrenales que hemos vivido anteriormente y miramos hacia adelante a muchas vidas terrenales que tendremos que vivir en el futuro.  Por lo tanto, a lo largo de toda la vida del ser humano debemos distinguir entre los períodos que se pasan en el cuerpo físico, entre el nacimiento y la muerte, y los períodos intermedios, es decir, los intervalos entre la muerte y un nuevo nacimiento, en los que el núcleo espiritual-anímico del ser humano tiene su morada y sus condiciones de existencia en mundos puramente espirituales-anímicos. Si consideramos las cosas así, entonces también tenemos claro que, en el mundo físico, debemos adoptar una postura diferente frente al ser humano en formación, que si viéramos que lo espiritual-anímico, en sus fases de desarrollo entre el nacimiento y la muerte, solo se viera influido por lo físico-material. Cuando contemplamos así las sucesivas vidas terrenales y las etapas de desarrollo espiritual intermedias del ser humano, vemos en el ser humano que llega a la existencia mediante el nacimiento algo así como un misterio sagrado. Vemos cómo lo espiritual se abre paso hacia la existencia a través de lo indeterminado del gesto, de la fisonomía, a través de lo indeterminado de las capacidades y aptitudes, cómo se va infiltrando cada vez con mayor fuerza en el gesto, la fisonomía, los talentos, los movimientos, haciéndose cada vez más dueño de todo lo que son los medios de expresión y las herramientas externas de este ser humano, de modo que, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, vemos en el ser humano, —aunque en última instancia reconozcamos la unidad de su naturaleza—, una dualidad.

En primer lugar, tenemos aquello que ha heredado de sus padres y antepasados en cuanto a las características de su cuerpo y su alma; en resumen, de las generaciones anteriores de las que desciende. Pero luego nos fijamos en el verdadero centro espiritual y anímico del ser humano, en su esencia anímico-espiritual , que en un principio no tiene nada que ver con las características y los hechos que nos presentan los antepasados, sino que proviene de una vida anterior del ser humano y ahora solo se apropia de las características y rasgos que se heredan, se envuelve en ellos, por así decirlo, para expresarse a través de ellos. Por lo tanto, debemos distinguir entre lo que el ser humano trae consigo como lo más profundo de su ser de vidas anteriores y lo que adquiere a través de la línea hereditaria. Y solo alcanzaremos la perspectiva correcta sobre el ser humano en formación si buscamos esa interacción entre las fuerzas que pasan de una vida a otra y las fuerzas heredadas directamente de los padres y los antepasados. Si queremos comprender esto correctamente, debemos familiarizarnos primero con dos características fundamentales de nuestra vida anímica, que deben presentarse con toda claridad ante nuestro ojo interior si queremos captar la esencia completa del ser humano.

En primer lugar, tenemos el hecho importante de que, cuando el ser humano se nos presenta en el mundo como una personalidad, todas las fuerzas que posee, —las facultades del alma, el temperamento, los rasgos de carácter, los impulsos de la voluntad, los afectos, etc.—, interactúan formando un todo. Pero, además, debemos reconocer otro hecho importante, a saber, que estas facultades y fuerzas ya formadas que se nos presentan en la personalidad del ser humano, aunque interactúen entre sí, son, en cierta medida, independientes unas de otras en lo que respecta a su predisposición, de modo que una no es necesariamente la condición de la otra.

 Esto nos queda claro de inmediato cuando observamos la vida y vemos, por ejemplo, que una persona tiene un tipo de aptitudes muy particular, ya que tal vez sea musical, pero no tenga el más mínimo talento para las matemáticas o para la vida práctica. Otro, por su parte, no tiene ninguna aptitud musical, pero sí cierta predisposición para la vida práctica o para las matemáticas. Es decir, las aptitudes y capacidades de las personas pueden darse de forma totalmente independiente unas de otras, pero también pueden interactuar entre sí. Ahora bien, ya a simple vista queda claro que todo lo que el ser humano posee en cuanto a capacidades, talentos, aptitudes, destrezas o características físicas remite a sus padres y antepasados. Y enseguida veremos de qué manera tan precisa las características del niño son atribuibles a sus padres y antepasados.

Pero con el nacimiento surge también aquello que no tiene nada que ver con la herencia genética, es algo que se trae de vidas anteriores como el verdadero núcleo espiritual y anímico del ser humano. Este núcleo esencial, que se sustrae a la observación inmediata, se nos presenta cuando, como verdaderos educadores, observamos el desarrollo del ser humano y lo vemos, por así decirlo, surgir de la oscuridad indefinida, como un matiz fundamental, como un tono básico de toda la personalidad en formación. Lo que entra así en la existencia, de tal manera que resume y agrupa las capacidades del ser humano, sus aptitudes, sus impulsos, y, por así decirlo, juega con ellos y forma un todo a partir de ellos, no podemos atribuirlo únicamente a los padres y antepasados. Mientras que las características individuales del ser humano, digamos sus aptitudes para tal o cual ciencia o habilidad, pueden atribuirse por regla general a tales o cuales características de los antepasados, admitamos desde el principio que la forma en que estas capacidades, estas diversas fuerzas de los antepasados, se mezclan entre sí en la personalidad, depende de algo distinto de la herencia: depende del núcleo espiritual y anímico del ser humano.

Podemos decir que, por ejemplo, alguien hereda de su padre tal o cual temperamento, y de su madre tal o cual capacidad, tal vez el don de la imaginación. Y ahora se nos presenta como una persona con un temperamento especial y con el don de la imaginación, que de alguna manera se han entremezclado. El temperamento concreto que tiene y el don de la imaginación podemos atribuirlos al padre o a la madre. Pero la forma en que estos dones se entremezclan, cómo se agrupan, debemos atribuirla al núcleo espiritual-anímico del ser. Y ahora se nos revela que este núcleo espiritual-anímico, antes del nacimiento, se siente atraído como por un imán precisamente por una pareja de padres determinada, para, por así decirlo, tomar de un progenitor unas cualidades y del otro otras, las que necesita para obtener precisamente la mezcla que corresponde a lo que trae consigo de vidas anteriores. Podemos indicar aquí leyes muy concretas sobre cómo el núcleo espiritual-anímico del ser humano mezcla entre sí los rasgos heredados, cómo toma unos del lado paterno y otros del lado materno, y cómo la proporción de la mezcla es obra propia del ser humano que entra en la vida.

Si ahora se quiere hacer referencia a leyes muy concretas en este sentido, es necesario ponerse de acuerdo en que dichas leyes deben entenderse como leyes físicas. Si el físico nos enseña, por ejemplo, que una piedra lanzada al aire cae siguiendo una trayectoria parabólica, podemos comprenderlo a partir de las condiciones físicas correspondientes. Si entonces alguien viene y no tiene en cuenta que esta trayectoria general de lanzamiento puede variar, digamos por la fricción del aire o por otras circunstancias, podría decirnos: «Has establecido una ley errónea, porque la piedra no vuela siguiendo una parábola». - Sin embargo, al físico no le importa incluir en la ley las circunstancias externas que la modifican, sino descubrir la ley a partir de las condiciones esenciales. Lo mismo debemos aplicar a las leyes que rigen la vida espiritual. Debemos decirnos: las leyes que se presentan ante nuestro ojo espiritual tienen el mismo significado que las leyes físicas; por lo tanto, se podrían refutar con la misma facilidad que las leyes físicas, pero con tal refutación no se consigue nada especial.

Así pues, si ahora se elaboran unas leyes hereditarias muy concretas, es evidente que podrían darse mil y una circunstancias que influyeran en dichas leyes, del mismo modo que la trayectoria de una piedra que vuela se ve influida por la resistencia del aire. Pero estas condiciones modificadoras de carácter secundario no alteran en nada la validez de la ley. Y solo podemos comprender los acontecimientos del mundo si sabemos expresar en leyes lo esencial de las cosas, tanto en el ámbito físico como en el espiritual. Nuestra observación del mundo espiritual puede ser tan fiel como lo es respecto al mundo físico. Se puede observar en cientos y miles de casos que, en los descendientes directos, ciertas fuerzas y dotes se remontan a la línea hereditaria paterna y ciertos rasgos a la línea materna; es decir, que el núcleo espiritual y anímico del ser humano toma ciertas fuerzas y dotes de la línea materna y ciertos rasgos de la línea paterna, que luego se manifiestan mezclados en los hijos.

Por lo tanto, podemos dividir el ámbito de nuestra vida anímica en dos subámbitos claramente diferenciados. En nuestra alma tenemos, en primer lugar, lo que podemos llamar el ámbito de nuestro interés, de nuestra atención, de nuestra simpatía por esto o aquello. Las personas se diferencian, en efecto, en cuanto a aquello hacia lo que se dirige su interés, la simpatía de su alma: uno es de una manera, otro de otra, según el color fundamental de su interés, según los rasgos característicos fundamentales de su alma. De este ámbito del alma que acabamos de caracterizar se distingue claramente lo que podemos llamar el ámbito intelectual, al que también queremos incluir la imaginación, que nos da la capacidad de representarnos el entorno y la vida humana en imágenes. El talento imaginativo, el talento intelectual, es el otro ámbito.

Si analizamos así la vida anímica del ser humano en su conjunto, se nos revela que, en general, el ámbito de interés y el carácter general de la personalidad se remontan a la línea hereditaria paterna; es decir, que el núcleo espiritual y anímico del ser humano extrae principalmente de la línea hereditaria paterna lo que constituyen el temperamento, los afectos y las pasiones. Lo que se refiere a nuestra intelectualidad, es decir, la agilidad de nuestras representaciones, la capacidad de plasmar el mundo exterior en determinadas imágenes y de visualizarlas mediante ideas, se obtiene, en general, de la línea hereditaria materna. De la forma en que el núcleo espiritual y anímico del ser humano mezcla estos dos ámbitos depende el carácter y la peculiaridad de nuestra personalidad. Pero no debemos limitarnos a considerar este carácter tan general de la herencia, sino que debemos profundizar en él con mayor precisión.  Y ahí se pone de manifiesto que las características del ser humano no solo se transmiten de forma general, sino que se transforman en el proceso de herencia, que sufren cambios muy concretos, y además esenciales. Se pone de manifiesto —y esto se puede comprobar en cientos y miles de casos— que lo que vive en la madre como intelectualidad, como agilidad del alma, como inclinación del alma hacia el procesamiento de ideas, de imágenes, de conceptos y similares, tiene más tendencia a pasar al hijo que a la hija y, por lo general, al pasar al hijo, desciende, por así decirlo, un peldaño [hacia lo físico]. Así ocurre, por ejemplo, que una cierta agilidad de las ideas, una capacidad especial para concebir esto o aquello, tal vez para plasmarlo artísticamente, por ejemplo en el ámbito de la poesía, está bien presente en el alma de la madre, pero que ella solo se mueve en el círculo más cercano de sus conocidos y de su entorno más cercano y no posee ni desarrolla los medios adecuados para poner en práctica estas capacidades también hacia el exterior. Así pues, podemos decir que, aunque la Madre posee estas cualidades, no dispone de los instrumentos vinculados a la corporeidad exterior que le permitan aprovechar plenamente lo que hay y hacer que surta efecto en la humanidad.

Si ese es el caso de la madre, entonces esa predisposición puede manifestarse en el hijo, por así decirlo, plasmada en sus propias predisposiciones orgánicas, —integrada en sus instrumentos físicos—. La madre puede, pues, tener tal o cual predisposición anímica, pero no la predisposición orgánica, es decir, no el cerebro o los complejos orgánicos correspondientemente desarrollados, para poder vivir realmente en mayor medida aquello para lo que está predispuesta y hacerlo visible para el mundo. En el hijo, la predisposición de la madre se integra en la estructura orgánica, en el cerebro y en otros complejos orgánicos, para que ciertas capacidades puedan dar fruto en círculos más amplios de la humanidad. Por el contrario, las cualidades paternas, que residen más en la personalidad exterior y tienen su origen en la estructura orgánica, tienden a ascender en las hijas hacia lo anímico y se nos presentan allí transformadas anímicamente, transformadas en su naturaleza anímica. Y, por lo tanto, podemos afirmar que una hermosa ley del progreso de la vida generacional humana es que el alma de la madre tiende a perdurar en las aptitudes y capacidades personales de los hijos varones, mientras que las predisposiciones orgánicas del padre, toda la configuración de su personalidad, ascienden y perduran en el alma de las hijas, o al menos tienden a hacerlo. El padre, pues, se perpetuará, —hasta en la disposición de su personalidad física en la vida exterior—, en el alma de las hijas. Lo anímico de la madre, —que permanece en el círculo más cercano y tiene pocas posibilidades de desarrollar plenamente sus capacidades anímicas—, perdurará en las disposiciones orgánicas de los hijos, en aquellas que se manifiestan en el mundo exterior.

Esta ley, que arroja una luz extraordinaria sobre la comprensión de la vida, no puede, por supuesto, demostrarse aquí en una breve hora con cientos de ejemplos. Solo se puede explicar, tal y como se hace también en física. Y me gustaría explicarla, en primer lugar, a través del caso de Goethe, que todos conocemos. ¿Quién no sabe que todo lo que estaba presente en Goethe como predisposición orgánica, de modo que pudiera manifestarlo a través del cerebro y otros instrumentos del organismo, fue atribuido por él mismo al «gusto por fabular» de su madre, quien, en su círculo íntimo, con la agilidad de su espíritu y con todo su gusto por fabular, ya lo tenía todo, salvo precisamente las predisposiciones orgánicas? Pero lo que fluía en el alma de la anciana consejera se filtró hacia abajo y formó las predisposiciones orgánicas del hijo. De Goethe no solo podemos remontarnos a su madre, sino también a su padre, el anciano concejal de Fráncfort Caspar Goethe. Cuando conocemos en él al hombre capaz y ambicioso, sentimos ante todo una especie de respeto por su meticulosidad y, a veces, también por su silenciosa resignación. Pero, por otro lado, debemos tener claro que, aunque todas las cualidades que poseía le permitieron ascender un poco en la escala social, no fueron ni mucho menos suficientes para proporcionarle en Fráncfort la influencia y el ámbito de acción a los que aspiraba, de modo que, en cierto modo, estaba condenado a una vida ociosa.

En la constitución del anciano Goethe hay algo de fuerza y obstinación, también algo de sobriedad, pero una minuciosidad en esa sobriedad, e incluso una cierta armonía entre estos rasgos. Si comparamos estos rasgos del padre de Goethe con los del hijo, comprenderemos fácilmente que ambos se repelían en cierta medida. Y así fue, como es bien sabido. Pero imaginemos por un momento este rasgo del padre «espiritualizado», —si se nos permite acuñar el término—, elevado al ámbito del alma; imaginemos que una cierta minuciosidad del alma, combinada a su vez con esa timidez que tenía el viejo Goethe y que le impedía llegar a nada en serio, revive en el alma de su hija Cornelia: Entonces podemos encontrar fácilmente en el alma de la hija Cornelia una cierta suavidad de carácter, mezclada en lo anímico con una cierta obstinación, una mente aguda, mezclada con una cierta indulgencia sentimental, la necesidad de entregarse, de acurrucarse contra el mundo, y sin embargo la incapacidad de entregarse realmente a alguien.  Toda la situación vital del viejo Goethe, —que aspiraba a ocupar un puesto destacado y, sin embargo, no pudo lograrlo—, puede reflejarse en el alma de su hija de tal manera que ella sintiera la necesidad de refugiarse en un marido y, sin embargo, no pudiera encontrar satisfacción en el matrimonio. Solo tenemos que trasladar al ámbito del alma los rasgos de carácter que se remontan a la estructura orgánica del viejo Goethe, y tendremos por completo el alma de Cornelia, la hermana de Goethe. Y todo aquello que Goethe rechazaba, que por así decirlo le repugnaba de su padre, le resultaba profundamente atractivo en su hermana, que durante su corta vida se complementó tan bellamente con él, a quien tanto amaba. Todo lo paterno surtió un efecto tan beneficioso en el joven Goethe a través de esta «anima gemina» que era su hermana.

Traten ustedes de hacer lo mismo con Hebbel. Lean sus diarios. Intenten comprender a partir de ellos, —que, por lo demás, son un tesoro de la literatura alemana—, cómo Hebbel heredó de su padre toda la exterioridad del carácter, es decir, la forma de interesarse por el mundo, pero aquello que le llevó desde su más temprana juventud a aspirar a ser comprendido nos lleva al alma de su madre, aunque esta no fuera más que una simple mujer de albañil. En la observación histórica podemos constatar en todas partes que todo lo que nos encontramos en la constitución de los hombres se debe a sus madres. Fíjense en la madre de Alejandro Magno, en la madre de los macabeos, en la madre de los Gracos, —donde quieran—; lo verán en todas partes. Quien tenga sensibilidad para profundizar realmente en los caracteres humanos, lo encontrará confirmado en todas partes como una ley, tal y como ocurre con las leyes físicas.

En la ciencia espiritual interpretamos este hecho de tal manera que el núcleo espiritual y anímico del ser humano asume las cualidades paternas y maternas, no solo las mezcla, sino que también las transforma, las eleva o las rebaja un nivel; es decir: las cualidades que en el padre están ligadas a las predisposiciones orgánicas se «espiritualizan» en las hijas, y las cualidades anímicas que en las madres aún no tienen predisposiciones orgánicas se transforman en predisposiciones orgánicas en los hijos. Así pues, la herencia no se produce de forma inmediata, sino de tal manera que a veces la vemos encubierta, oculta, y solo nos queda deducir cómo, en realidad, el núcleo espiritual y anímico del ser humano utiliza los rasgos que encuentra en la línea paterna y materna para modelarlos plásticamente de acuerdo con su individualidad y hacerlos valer en el mundo.

Ahora bien, podría ocurrir fácilmente que, si alguien estableciera su convicción basándose únicamente en unas pocas observaciones de la vida o en prejuicios, pudiera refutar con gran facilidad algunos datos concretos de la ciencia espiritual. Por eso hay que señalar que solo el conjunto completo de una verdadera observación de la vida puede confirmar lo que la ciencia espiritual presenta como ley universal para la vida espiritual. Y ahí se nos muestra también en la vida cómo este núcleo espiritual-anímico se envuelve, por así decirlo, con las cualidades heredadas, a las que se une y con las que se mezcla. Alguien podría decir: Sí, muéstranos cómo funciona ahora este núcleo espiritual-anímico, cómo se envuelve con los rasgos heredados. — Se trata de que, al realizar tal demostración, sigamos el camino correcto. En el ser humano individual, al que tenemos ante nosotros desde el nacimiento como una personalidad cerrada en sí misma, vemos crecer las capacidades.  Vemos una unidad armoniosa, —por supuesto, no hace falta que nos lo recuerden—, vemos una unidad en lo que se va configurando poco a poco en tal o cual capacidad. Y no es fácil distinguir en cada persona qué y hasta qué punto actúa el núcleo espiritual y anímico de su ser, y qué es lo que ha adquirido del exterior en forma de aptitudes físicas heredadas.

Pero si ampliamos un poco la base de la observación de la vida, si miramos a nuestro alrededor, entonces sí que vemos cuán diferentes se muestran las personas, dependiendo de si su núcleo espiritual-anímico, tal y como entra en la existencia al nacer, es más rico en contenido, está dotado de una disposición más significativa y profunda o menos profunda y significativa, o si, a partir de encarnaciones anteriores, tiene un contenido más rico, por el cual está llamado a realizar mucho por el mundo en la nueva encarnación. ¿Cómo le irá a un núcleo de este tipo?

Le llevará mucho tiempo abrirse paso a través de todas las resistencias que le llegan desde el exterior a través de la línea hereditaria; tendrá que esculpir durante más tiempo, ya que los rasgos hereditarios externos no encajarán de inmediato con el núcleo de su ser. Esto se nos confirma de manera maravillosa cuando vemos cómo precisamente los grandes espíritus de la humanidad, Newton, Humboldt o Leibniz, eran en realidad malos alumnos, porque su rica esencia espiritual y anímica necesitó mucho tiempo para abrirse camino y dar forma a aquello con lo que se envuelve y a lo que se une. Por eso, alguien que solo ve la vida con prejuicios puede considerar precisamente a los grandes hombres como tipos sin talento o personas incapaces, porque al principio tal vez incluso se muestren torpes, ya que necesitan mucho tiempo para desarrollar su rico núcleo espiritual y anímico.  Pero lo que opine alguien que no conoce la vida no es lo que importa, sino que lo que importa es la verdad. Hebbel hizo en sus diarios una bonita observación sobre cómo sería si, en una clase de instituto, el profesor estuviera repasando a Platón con sus alumnos y el propio Platón, reencarnado, se encontrara entre ellos y fuera el que peor entendiera lo que el profesor presentara como su correcta concepción e interpretación de Platón, de modo que el Platón reencarnado tuviera que quedarse continuamente castigado.

Así vemos cómo el núcleo espiritual y anímico del ser humano se va integrando en los rasgos heredados del exterior; y vemos que, precisamente cuando es rico, encuentra las mayores resistencias, a través de las cuales debe abrirse camino. A veces, estas personas tardan bastante en integrar correctamente el material heredado del exterior. Los niños prodigio rara vez tienen un núcleo espiritual y anímico rico y, por lo tanto, les cuesta menos integrar el material heredado externamente. Se desarrollan rápidamente, pero también sabemos que estas capacidades, que al principio parecen sorprendentes, se desvanecen y desaparecen rápidamente. Si se observa la vida desde una perspectiva más amplia, se ve cómo, en cada persona, lo que se manifiesta como su personalidad completa integra los rasgos heredados en el núcleo del ser de una manera diferente a como lo hace en otra persona. Sí, podemos corroborar y comprobar esto de nuevo en Goethe.

Sin embargo, debo decir algo que quizá pueda malinterpretarse. Pero quien, como yo, se haya dedicado a Goethe de forma intensa y apasionada durante más de treinta años, puede permitirse decir tal herejía. La comprensión de Goethe y la devoción por su grandeza no tienen por qué verse afectadas si admitimos que la esencia de Goethe solo se abrió paso muy lentamente hacia la existencia a través de los obstáculos físicos externos. De hecho, si queremos profundizar en lo que Goethe tuvo que lograr, —siempre que no estemos contaminados por los prejuicios de algunos estudiosos de Goethe—, vemos que sus obras de juventud aún no alcanzan su plena altura; y podemos admitir, al referirnos a las primeras obras de Goethe: «Este es aún el Goethe en formación, que aún no ha superado los obstáculos externos de su esencia; allí aún permanece oculto lo que Goethe realmente debía llegar a ser». No se menoscaba la grandeza de la primera parte de la obra «Fausto» cuando se señala que ese es aún el Goethe en formación, que su rica esencia aún yace en las profundidades y debe abrirse camino.

Sin embargo, hoy en día se considera casi un rasgo característico de las mentes verdaderamente elevadas el hecho de que, en cierto modo, tiendan a preferir en la literatura las obras de juventud de los poetas. Se observa esta tendencia: sí, debemos acudir a los poetas en su primera etapa, pues ahí se encuentra lo que brota directamente del alma, ahí está lo esencial que, en realidad, constituye su grandeza. - Y, en el caso de Goethe, también ha surgido un público que dice: Bueno, el viejo Goethe ya se ha debilitado un poco, en la segunda parte de «Fausto» ya no está a la altura, no se le entiende; la primera parte de «Fausto», sí, esa tiene una fuerza original. - Quienes opinan así seguramente no se plantean si tal vez el problema radica en ellos mismos, si no harían mejor en esforzarse por comprender una obra de este tipo, como la segunda parte de «Fausto», que Goethe compuso en el apogeo de su creatividad.

Goethe tenía una opinión diferente al respecto. Señalaba que la primera parte de «Fausto» era una obra de juventud en la que aún no había aflorado la esencia de su ser espiritual y anímico. Goethe dejó algunas líneas en las que se pronuncia con claridad sobre este asunto, refiriéndose a la primera parte de «Fausto»:

Alaban a Fausto, 
y todo lo demás 
que bulle en mis escritos, 
a su favor; 
las viejas tonterías, 
eso les alegra mucho; 
la chusma cree que ya no existe.

Así se expresaba el propio Goethe al respecto. En Goethe vemos cómo, a lo largo de casi toda una vida, el rico núcleo del alma —que no podemos deducir de los rasgos hereditarios— lucha contra los elementos contrarios de la herencia y contra las resistencias que le asaltan desde el exterior. Podemos seguir, año tras año, cómo su rico núcleo anímico se manifiesta armoniosamente; vemos cómo, durante su viaje por Italia, se vuelve cada vez más maduro y cómo se funde por completo con las cualidades de su núcleo espiritual y anímico.

Los rasgos [de carácter] del ser humano se van definiendo a lo largo del desarrollo de su ser en sus envolturas; en cambio, las capacidades, que están vinculadas principalmente al interior, pueden manifestarse con fuerza ya en la juventud. Dado que aún no hay mucha envoltura, el talento existente para la música, las matemáticas o la poesía debe manifestarse ya en esa etapa. Pero si nos fijamos en la destreza para la vida práctica, sabemos que esta y todo lo demás que se necesita para hacer frente al mundo exterior deben adquirirse a lo largo del transcurso de la vida. Y solo al final llega el verdadero elemento [espiritual], la mística, la mirada hacia el mundo espiritual. Entonces lo importante no es solo estar entusiasmado por los hechos espirituales, sino haber desarrollado las capacidades y haber formado los órganos para la visión espiritual, a fin de lograr así la armonía entre el conocimiento de lo que se manifiesta en lo exterior y lo que el mundo vive y sacude en lo más íntimo.

Ya en la juventud madura se puede ser seguidor de un místico, se le puede interpretar, pero solo es posible aportar algo propio en este ámbito cuando hemos alcanzado la mediana edad. Por lo tanto, si uno quiere encontrar en sí mismo la posibilidad de entrar en armonía con el espíritu universal del mundo, debe tener ya unos cuarenta años, ya que antes no es posible. Hay que darse tiempo, hay que ocuparse antes de otras cosas, con la tendencia de convertirse en seguidor de una corriente espiritual mundial y, al mismo tiempo, crear la armonía entre el propio núcleo interior del ser y los órganos que se están formando. Quien no transgreda tales leyes, tal y como aquí solo se han podido esbozar, se integrará mejor en la vida y se separará cada vez más de las fuerzas que le obstaculizan en la línea hereditaria natural, hasta superarlas. Al examinar más detenidamente las relaciones hereditarias naturales, podemos ver que debe existir una diferencia entre los hijos de cónyuges jóvenes y los hijos de una unión que ya existe desde hace tiempo o que se ha contraído a una edad avanzada. Dado que el ser humano se encuentra en un proceso de desarrollo ascendente hasta cierta etapa de su vida, en la madurez se hacen cada vez más evidentes, en los gestos, en la fisonomía, —es decir, en la personalidad exterior—, las consecuencias del trabajo realizado por el núcleo interior del ser. Hacia los veinte años de edad ya se ha desarrollado una parte, pero se puede percibir que aún no se ejerce toda la influencia del núcleo espiritual-anímico, sino que una parte de ella sigue anclada en lo profundo. Solo poco a poco se va configurando completamente el verdadero ser humano y sale así a la superficie. Solo entonces tendrá una fuerza mayor para transmitir sus rasgos hereditarios a su descendencia, porque ahora se ha vuelto mucho más maduro. Un núcleo espiritual-anímico que, por su propia fuerza interior, quiera desarrollarse de la forma más independiente posible, se sentirá por tanto atraído como por un imán hacia un padre joven que le ofrezca menos resistencia; en cambio, una individualidad más débil se verá atraída por un padre mayor con un carácter ya plenamente desarrollado. Desde estos puntos de vista se aclaran ya enormes enigmas de la vida. Tales relaciones se pueden demostrar, naturalmente, con mayor claridad en los casos típicos, aunque a menudo se dan las variaciones más diversas.

Ahora veamos cómo las distintas características del alma pueden ser independientes entre sí y cómo se heredan, pero también cómo todas las cualidades se fusionan en un tono fundamental y son procesadas por el núcleo espiritual y anímico del ser. Así, por ejemplo, a través de este núcleo se puede heredar la soberbia de la madre y la torpeza del padre, y agruparlas. Las cualidades anímicas dejan de lado algunas de las cosas que los padres pueden ofrecer y, a su vez, dan preferencia a otras. Algunas teorías enrevesadas de la ciencia externa son a menudo muy ilógicas. Así, por ejemplo, esta ciencia afirma que el genio puede demostrarse en sus raíces a través de los rasgos de las generaciones anteriores; lo que ya existía en forma de rasgos notables en los antepasados individuales, se ve en el genio surgido de esta línea ancestral como si se hubiera reunido y potenciado en un punto focal. Con ello se pretende demostrar que no existe ningún núcleo espiritual y anímico. Sin embargo, es un error suponer que las cualidades favorables puedan sumarse y potenciarse tan fácilmente solo a través de los mecanismos de la herencia natural. Al contrario, si se habla de herencia en este contexto, las circunstancias son tales que el genio se encuentra al principio, y no al final, de una línea hereditaria. El genio, en sus peculiaridades personales externas, solo se ve teñido al atravesar la línea de herencia física, del mismo modo que alguien se moja al caer al agua.

Podemos aplicar en la práctica todo lo dicho si lo tomamos como base para una tarea educativa que se nos presenta y la convertimos en una especie de problema de comprensión de la vida. Ya hemos dicho que tenemos que resolver un misterio sagrado en el ser humano que se esfuerza por alcanzar la existencia, y debemos tratar de reconocer todo lo que encierra en sí mismo aquello que se abre camino hacia arriba. Debemos tratar de adquirir una sensibilidad fina para observar correctamente cómo el núcleo del ser espiritual y anímico se libera de los oscuros fondos; debemos prestar mucha atención a qué características del joven en desarrollo se refieren al padre y cuáles a la madre —en las predisposiciones orgánicas, en las cualidades anímicas y en su interacción, bajo la influencia de la individualidad, con las envolturas externas.

 Aunque hoy en día se clama en muchas ocasiones por la individualidad, todo ello no pasa de ser una simple frase mientras no se pueda profundizar en los detalles y su origen. Si no se hace esto y, partiendo de esa frase, se quiere juzgar y afirmar que el niño al que se educa debe hacer ahora esto o aquello, se seguirá siendo muy teórico. A veces, es cierto, el educador no estará a la altura de la esencia individual a la que debe ayudar a existir. Tampoco tiene por qué estar a la altura del alumno, pero sí debe estar a la altura de la educación. Es necesario educar al ser humano de tal manera que pueda entrar en la vida de forma autónoma y sea capaz de afrontar todo con destreza. No siempre es posible, ni depende del educador, transmitirle al alumno todo poco a poco y siempre a su debido tiempo, de acuerdo con observaciones y reflexiones teóricas; a menudo intervienen circunstancias que surgen de la propia familia o del exterior y que suponen un obstáculo. Además, a veces la individualidad en desarrollo se ve incluso mejor servida cuando esto y aquello viene dictado por circunstancias externas ineludibles, pues entonces, —incluso en tales circunstancias—, no se intenta resolver el enigma individual mediante la educación teórica, sino que todo lo que proviene de oscuros fondos del pasado, de trayectorias vitales anteriores, se lleva a una interacción armoniosa con las circunstancias actuales.

En la ciencia espiritual no solo podemos encontrar lo espiritual para nuestra propia satisfacción, sino que la ciencia espiritual también puede servir de guía para ayudar a que lo espiritual —que desea revelarse en el niño en crecimiento— llegue a existir, de modo que pueda integrarse bien en la interacción viva entre las personas. De este modo, podemos convertirnos, en nuestra modesta medida, en salvadores de los seres humanos, es decir, de su núcleo espiritual, que se esconde tras la apariencia exterior. Así, con esta concepción, la ciencia espiritual se introducirá cada vez más profundamente en la vida humana, porque llega a impregnar la vida con objetivos prácticos. Encontramos esto en Goethe, en su firmeza al mantenerse sobre una base vital segura e interior, en quien percibimos un espíritu que nunca se detiene en lo ya alcanzado, sino que también se revela en nosotros, actuando y reproduciéndose en el futuro, si dejamos que su palabra surta efecto en nosotros de manera correcta:

Si tienes claro y a la vista el ayer,
hoy actuarás con fuerza y libertad,
y podrás esperar un mañana
que no sea menos feliz.

Y eso es lo que podemos esperar para nosotros mismos, pero también para las personas cuyo desarrollo intelectual y espiritual se nos ha confiado como educadores.

Traducido por J.Luelmo - marzo, 2026

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