CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD
Rudolf Steiner
El desarrollo, los dones y el destino del ser humano a la luz de la ciencia espiritual
Düsseldorf, 6 de febrero de 1911
¡Estimados asistentes! La ciencia espiritual o teosofía es, por lo que nos aporta como seres humanos para el conocimiento, al mismo tiempo una base para la práctica de la vida. Al permitirnos ver más allá de lo perceptible por los sentidos, más allá de lo comprensible únicamente para el entendimiento exterior, hacia lo suprasensible, esta ciencia espiritual es una herramienta que nos permite sentirnos parte del mundo suprasensible. De este modo, la teosofía nos proporciona ese alimento de conocimiento que se derrama como sangre espiritual por toda nuestra organización espiritual, y obtenemos seguridad y fuerza vital al asimilar un conocimiento del mundo suprasensible. Pero solo lo somos en tal caso si intentamos incorporar lo suprasensible a nuestro conocimiento. Otra cosa muy distinta es cuando nos encontramos ante el ser humano en formación, tal y como entra en la existencia al nacer, tal y como se ve obligado, a lo largo del curso normal de la vida, a hacer valer, poco a poco a través de lo material del cuerpo, aquello que, como espíritu humano, tiene sus raíces en profundidades indefinidas y va aflorando cada vez más a medida que avanza el desarrollo. Nos encontramos entonces en un caso distinto al de cuando adquirimos conocimiento, pues no solo buscamos el espíritu mediante el conocimiento, sino que, a través de nuestra ayuda y nuestras acciones, debemos sacar al espíritu de su ocultamiento y llevarlo a la existencia real. Esta perspectiva, que va de lo físico exterior a lo espiritual, deberá presentarse ante nuestra alma ante una cuestión como la que constituye el objeto de nuestra reflexión de hoy.
Hay que destacar desde el principio que, para abordar esta cuestión, es necesario partir de un supuesto propio de la ciencia espiritual. La ciencia espiritual va más allá de lo que se nos presenta en la vida humana entre el nacimiento, —o incluso desde el desarrollo prenatal—, y la muerte, como vida individual. Penetra hasta el núcleo esencial del ser humano, hasta lo espiritual-anímico que existe antes del nacimiento y que permanece después de la muerte; hasta el núcleo que, mediante la investigación espiritual, puede seguirse de vida en vida, pues hablamos, como es sabido, de vidas terrenales repetidas. Distinguimos estrictamente entre estas vidas que el ser humano repite entre el nacimiento y la muerte en la Tierra, y aquellas vidas que se encuentran entre ellas en un mundo puramente espiritual. Cuando un ser humano, en su aspecto anímico-espiritual, entra en la existencia a través del nacimiento, lo hace trayendo a esta vida todos los efectos de aquellas causas que hay que buscar en vidas anteriores. Cuando contemplamos al ser humano en formación, vemos cómo se va revelando, a la manera de un misterio sagrado, lo que ha adquirido en vidas anteriores y que trae consigo a esta vida. El ser humano entra en la vida actual y se realiza espiritualmente, pero se envuelve en las cualidades, rasgos y capacidades que le ha transmitido la línea hereditaria. Así, el ser humano trae a su vida el núcleo espiritual y anímico de su ser, y experimenta, en cierta medida, las fuerzas y capacidades que le pueden aportar los talentos, el carácter y otras cualidades de sus antepasados. Para el desarrollo del ser humano entra en juego la interacción entre lo que este trae consigo del mundo espiritual y lo que ha heredado de sus antepasados. Para dar una respuesta real a la cuestión de la educación en un sentido más íntimo, debemos poder comprender la relación entre las predisposiciones heredadas y el núcleo espiritual-anímico del ser humano.
Si consideramos estas vidas terrenales repetidas y los efectos de las vidas anteriores sobre las posteriores como un hecho de la ciencia espiritual, esto suscita la oposición de muchas personas que no desean informarse con precisión sobre las pruebas que la ciencia espiritual puede aportar. No hay otra forma [que no sea la práctica] de llegar a la convicción de que esta verdad existe realmente. Se puede discutir largo y tendido sobre si un trozo de hierro del que se afirma que es un imán lo es realmente. Se pueden aducir muchas razones en contra; alguien podría decir que la persona que lo afirma da una impresión creíble, y así sucesivamente, y se puede discutir sobre ello indefinidamente. Pero hay una prueba si se toma un pequeño trozo de hierro y se comprueba si es atraído. La práctica proporciona las pruebas. En un sentido similar, uno puede convencerse de las verdades de la ciencia espiritual.
El educador puede decir ahora: «Lo que encuentro en el niño me plantea un enigma; debo intentar averiguar si lo que afirman las ciencias espirituales es cierto, si realmente hay algo que llega al mundo como esencia espiritual y anímica». Entonces se verá que tal principio resulta fructífero para la educación, ya que nos capacita para enriquecer la vida del niño y para adivinar y sacar a la luz sus aptitudes. Debemos fijarnos precisamente en la naturaleza de las aptitudes si queremos distinguir entre el núcleo espiritual-anímico y lo que el niño ha heredado. Para ello, debemos dejar que la predisposición del ser humano —todo lo que se nos presenta gradualmente en forma de cualidades, capacidades, talentos, etc.— pase a primer plano ante nuestra mirada, y entonces descubriremos que es propio del alma humana hacer que las distintas fuerzas actúen conjuntamente, de modo que se apoyen y se sostengan mutuamente en un organismo global. Sin embargo, vemos que las facultades del alma humana, —por ejemplo, el pensar, el sentir y la voluntad, u otras facultades—, se manifiestan con una intensidad independiente unas de otras; tan independientes, de hecho, que encontramos personas en las que la facultad de pensar está tan desarrollada que pueden ser buenos pensadores, mientras que, por el contrario, la fuerza de voluntad queda en un segundo plano. Otros, en cambio, son personas de voluntad y están siempre dispuestos a pasar a la acción, pero no siempre son capaces de mantener los pensamientos de forma coherente y seguirlos de manera lógica. Actúan, pero no reflexionan mucho. Hay otras personas que se ven impulsadas por sus sentimientos a hacer esto o aquello sin pensarlo mucho. Así pues, vemos que las distintas capacidades pueden estar desarrolladas en mayor o menor medida. Una persona, por ejemplo, es muy musical, y las demás capacidades quedan en un segundo plano. Algunas personas, por su parte, carecen por completo de la capacidad de realizar cálculos matemáticos de forma exhaustiva, y así sucesivamente.
Las facultades son, pues, independientes entre sí, pero se unen para formar un organismo completo. Si nos fijamos así en las fuerzas anímicas de una persona, se hace evidente que esta entra en la existencia con una tendencia y una disposición muy concretas para poner en relación y en conexión las fuerzas anímicas. Si dirigimos la mirada hacia lo que se hereda, es decir, hacia la línea hereditaria, y luego hacia lo que entra en la existencia desde una vida anterior, podemos ver qué es lo que conecta las fuerzas y las aptitudes. Y es que ocurre lo siguiente: lo que el ser humano trae consigo como resultado de vidas anteriores tiene la capacidad de ordenar las aptitudes y configurarlas en un organismo completo. Las predisposiciones anímicas, los rasgos de carácter, los talentos, etc., nos remiten a la línea hereditaria. No hay observación más interesante que ver, por un lado, cómo el núcleo del ser espiritual-anímico trabaja para conectar las fuerzas del alma y formar un organismo completo y, por otro lado, cómo las fuerzas individuales se heredan de los antepasados.
Las ciencias humanas son capaces de establecer leyes muy concretas sobre la relación entre estos dos elementos. Estas pueden entenderse como leyes naturales, pero en un ámbito superior. Cuando se enuncian tales leyes, no se puede pretender refutarlas con observaciones obtenidas a la ligera. Eso es pan comido, incluso en el ámbito químico-físico. Supongamos que un físico constata que la trayectoria que describe una piedra lanzada al aire es una parábola. Si alguien sigue esa trayectoria desde fuera, verá que no es exacta. La resistencia del aire y otras circunstancias externas hacen que la línea varíe, pero solo se llega a la verdad si se vuelve a la ley. Solo se llega a lo que subyace a la vida espiritual como ley si se penetra tras los bastidores de la existencia.
Ahora bien, en la vida anímica del ser humano se nos revelan dos tipos de fuerzas; a uno de ellos podemos denominarlo más bien el principio intelectual, o también el de la facultad imaginativa: todo lo que el ser humano posee como vida imaginativa, la forma en que se representa las cosas, si pasa lentamente de una idea a otra o si es capaz de establecer rápidas conexiones entre pensamientos, si puede seguir los pensamientos con agudeza y amplitud, y cosas por el estilo. A aquellas personas que desarrollan fácilmente representaciones pictóricas, que son capaces de revestir los hechos con imágenes de la imaginación, en definitiva, que tienen especialmente activo el elemento intelectual e imaginativo, que poseen inventiva y la capacidad de que se les ocurran muchas cosas, debemos considerarlas representantes de un lado de la vida anímica. El lado de los afectos, por el contrario, de las pasiones y los instintos, la forma en que alguien se siente rápidamente cautivado por esto o aquello, si tiene muchos intereses o es insensible, y así sucesivamente, ese es el otro lado. Con este último se asocia más lo que llamamos el elemento del carácter, mientras que con el primero se asocia más lo reflexivo, la interiorización. Debemos distinguir claramente estos dos aspectos, pues, como observadores de la vida, las leyes del desarrollo solo se nos revelan cuando podemos seguir cómo el núcleo espiritual y anímico del ser humano, que pasa de una vida a otra, se apropia de uno u otro elemento.
En general, observamos que el niño hereda del padre la faceta relacionada con el interés, las pasiones y la atención; el núcleo espiritual y anímico del ser humano toma prestados estos elementos del padre, donde encuentra lo que son las pasiones, lo que se enfrenta a los acontecimientos de la vida, lo que interviene en la vida exterior. Cuando un ser humano desea encarnarse, se siente atraído como por un imán hacia el padre, quien puede transmitirle las cualidades del interés, la fortaleza de carácter y demás, adecuadas a su singularidad. Busca al padre que le brinde esa posibilidad. Las cualidades intelectuales y de la imaginación las hereda más bien de la madre. En general, si no se tienen en cuenta causas más específicas, se puede decir que el carácter espiritual del niño surge porque el núcleo del ser espiritual-anímico crea una especie de mezcla entre el intelecto y la imaginación de la madre y el temperamento y los instintos del padre. La forma en que se mezclan estas cualidades depende de la predisposición general del núcleo del ser espiritual-anímico. Podemos explicar cómo son los elementos que pertenecen a la naturaleza de la voluntad y de la naturaleza pasional fijándonos en el padre. Lo que el núcleo del ser tiene de imaginación y de intelecto debemos buscarlo en la madre. Los hijos de una misma pareja de padres son tan diferentes porque el núcleo espiritual y anímico del ser mezcla de diversas maneras los elementos paternos y maternos.
Pero debemos profundizar aún más en ello y distinguir entre descendientes masculinos y femeninos. La observación real de la vida también confirmará esta ley, —es decir, si la salvedad se hace de la misma manera que en las leyes físicas y no se elevan las circunstancias secundarias a la categoría de lo principal—. Porque lo que hay en el carácter anímico de la madre se hereda más fácilmente en los hijos, y de tal manera que en el hijo se transforma en cierto modo. Si la madre es imaginativa, pero solo actúa en su círculo más cercano, el alma de la madre actúa de tal manera que, por así decirlo, desciende un peldaño en el hijo y le dota de la predisposición orgánica externa, de modo que él expresa esa predisposición en mayor medida. La madre permanece en el elemento anímico dentro de su círculo más cercano; el hijo muestra lo que ella tiene en el alma, pero grabado en el cerebro como su instrumento. Él posee como capacidad para el mundo lo que ella vivió en su círculo más cercano. De este modo puede surgir un talento para el que la madre muestra la predisposición. Y lo que desciende a través de la madre hacia la predisposición física se mezcla y se impregna de lo heredado del padre. Así ocurre con los hijos.
En el caso de las hijas es diferente. Allí se manifiesta cómo lo que el padre vive en lo concreto, —en su profesión y demás—, se expresa más en la personalidad en su conjunto. Lo que en el padre es una predisposición orgánica, el ser humano exterior y físico, se manifiesta ascendiendo hacia el alma de la hija. Lo que el padre tenía en cuanto a cualidades externas se traduce en lo anímico. En la hija se nos presenta de forma espiritualizada lo que en el padre era más bien el ser físico. Es especialmente interesante, y se puede afirmar casi como una ley de la naturaleza, que la madre desciende en el hijo en lo que respecta a su alma y se manifiesta en lo físico, mientras que el padre, con lo que es en el ser físico, asciende en el alma de la hija.
Esto podría demostrarse en cientos y miles de casos, y la vida nos dará la razón en todos ellos. Aquí solo se explicará con un ejemplo especialmente característico: el de Goethe, en quien esta ley general se manifiesta con especial claridad: lo que en la madre se admiraba como cualidad espiritual en su círculo más cercano, se manifestó en el hijo «de forma más evidente» y fue admirado por el mundo. La señora Rat Goethe tenía el gusto por la fabulación, lo que en su círculo más cercano podía resultar estimulante. En Goethe se había convertido en una disposición cerebral, de modo que se convirtió en una personalidad de influencia mundial.
En él vemos también lo contrario de una manera maravillosa, concretamente en su hermana Cornelia. El consejero Goethe resultaba extraordinariamente simpático por su fuerte carácter y su porte serio. En la vida exterior se mostraba firme, como un hombre metódico y serio. Veamos cómo se comporta Goethe con respecto a su padre. Lo peculiar es que los rasgos de carácter externos, el temperamento, la rigurosidad y demás se heredan en el hijo. Cuando personas con las mismas predisposiciones conviven, a veces se repelen. Entre el padre y el hijo Goethe nunca hubo una relación íntima. La hermana, sin embargo, había elevado a lo anímico la minuciosidad del padre como profundidad anímica y seriedad, y la había mezclado con la intimidad, como suele ocurrir cuando los rasgos externos se nos presentan transformados en anímicos. Por eso los hermanos eran compañeros tan fieles, porque los rasgos que a Goethe no le resultaban simpáticos en el padre habían penetrado en lo anímico de la hermana.
¿No podemos ver en todas partes esta peculiar perdurabilidad de los rasgos del alma materna en las características físicas del hijo? A lo largo de toda la historia del mundo observamos las relaciones de los hijos con sus madres, por ejemplo, en el caso del poeta Hebbel. Era hijo de un albañil. Si se le conoce y se le ha tenido delante, se sabe que lo rudo y pedante que había en él ya se notaba en su aspecto exterior. Las manos eran demasiado largas, las piernas aún más, y la falda más aún, y los movimientos eran angulosos. Todo eso lo había heredado de su padre, pero no se llevaba bien con él. En cambio, era el carácter sencillo de su madre el que él sabe describirnos tan bellamente. Vemos cómo su mundo interior, descendido un peldaño, resurge en su personalidad de poeta. De ahí surgió el entendimiento entre ambos, y fue solo su madre quien le permitió escapar al destino de convertirse en albañil. Dondequiera que miremos, tanto en la vida cotidiana como en la historia, podemos ver que esta ley es válida de manera general.
Pero, ¿cómo debe actuar un educador cuando observa esta interacción entre los rasgos heredados y el núcleo espiritual y anímico del ser? Deberá, en la medida de lo posible, fijarse en la forma en que ciertos rasgos que observamos en los niños se encuentran, en otro nivel, en los padres. Pero no debemos considerar al niño como una copia [de los padres], pues entonces no tendríamos en cuenta la transformación, cómo los rasgos anímicos de la madre descienden hasta lo físico en el hijo y cómo, a la inversa, lo físico del padre se transforma en el alma de la hija. Hoy en día, el ser humano tiende a admitir las transformaciones de las fuerzas de la naturaleza; la ciencia natural muestra, por ejemplo, cómo las sustancias naturales se transforman en calor. Sin embargo, no se admite que estas leyes se apliquen también a lo espiritual. Solo entonces podrá surgir un verdadero arte de la educación, cuando las personas tomen conciencia de que la ciencia espiritual puede extenderse hasta ámbitos de la vida como la educación.
Siempre se habla de individualidad. ¿Qué es, en realidad, la individualidad? Hoy en día, solo se hace referencia a este término de forma muy abstracta. Sin embargo, cuando se sabe cómo surge la individualidad, —al absorber el núcleo espiritual y anímico del niño las cualidades del padre y la madre, y no solo eso, sino transformarlas—, se puede comprender de manera concreta. Entonces, la pedagogía pasa de lo abstracto a lo concreto, de la abstracción materialista a la verdadera realidad. Ahora bien, desde algún lado se podría objetar: nos dices que el núcleo espiritual-anímico se envuelve en lo que se le da en forma de fuerzas heredadas. Pero nosotros vemos al ser humano como un ser unitario, y ¿cómo podemos distinguir entonces entre lo heredado y el núcleo espiritual?
Si nos limitamos a observar el desarrollo de forma superficial y solo vemos al individuo en sí, no llegaremos a ninguna parte. Sin embargo, la vida nos ofrece pruebas, pruebas suficientes, para mostrar cómo el núcleo espiritual y anímico del ser envuelve y penetra lo que proviene de los padres y antepasados. Precisamente genios como Newton o Humboldt, que lograron grandes cosas, no progresaban especialmente bien en la escuela y eran considerados de escaso talento. Se podrían citar muchas otras personas de renombre que también se desarrollaron lentamente, mientras que los niños prodigio avanzan rápidamente. En el caso de Newton, Humboldt u otros, lo que ocurre es que trajeron a esta vida un núcleo de ser rico, que en el alma brota y florece mucho, y que esta integración en lo que les fue heredado por los padres tuvo que llevarse a cabo lentamente. El rico núcleo del ser necesita más tiempo, pues primero debe pulir las fuerzas heredadas, transformarlas, graduarlas con precisión, etc. Las naturalezas ricas, pues, que están llamadas a dar mucho, deben trabajar más tiempo en la adaptación del material heredado.
Esto se hará cada vez más evidente, pues hoy en día el ser humano que aporta fuertes fuerzas anímicas tiene que luchar contra todas las duras resistencias, ya que se heredan dotes genéticas muy rígidas, sobrias y bien definidas, que ofrecen poca flexibilidad, de modo que se necesita mucho tiempo para adaptarlas con precisión al núcleo individual del ser. Los niños prodigio se cansan rápidamente, ya que procesan con rapidez las capacidades que se encuentran en la línea hereditaria y las asimilan de manera unilateral. Pero pronto se hace evidente que sus dotes se agotan, se secan. Si observamos estos casos extremos, vemos cómo, tanto en el genio de desarrollo lento como en el niño prodigio de desarrollo rápido, y en todos los grados intermedios, la esencia espiritual y anímica se abre camino a través de los obstáculos.
Este lento proceso de maduración lo encontramos también en Goethe. Quien, como yo, se ha dedicado con humildad y en profundidad al estudio de Goethe durante tres décadas, puede afirmar sin temor a ser malinterpretado: al repasar la vida de Goethe, se aprecia un lento avance en el desarrollo de sus aptitudes y talentos. - Es cierto que ya encontramos en él la tendencia hacia lo que llegó a ser cuando, de niño, ofrecía sacrificios al gran Dios, pero ¡cuánto esfuerzo le costó a lo largo de su vida hacer aflorar lo que llevaba dentro a través de las numerosas resistencias de su naturaleza física! Lo reconocemos allí donde expone sus grandes pensamientos, por ejemplo en la segunda parte de «Fausto», como un hombre maduro junto al joven Goethe, quien, en comparación con el Goethe maduro, escribió muchas cosas inmaduras. Cómo contraviene lo que aquí se dice al juicio de nuestra época, en la que se elogian especialmente las ediciones de las obras de juventud —allí, se cree, es donde realizó su mayor logro. Se dice que del joven Goethe brotaban cosas grandiosas y poderosas. Se le ensalza hasta no se sabe a qué alturas. Y del Goethe maduro, algunos dicen que, ya en su vejez, «cometió» la segunda parte de «Fausto». Muy pocos comprenden que se desarrolló y profundizó de forma lenta y gradual, que el mundo italiano lo estimuló interiormente y que su esencia eliminó cada vez más los obstáculos externos. En resumen, no comprenden al Goethe anciano porque les resulta demasiado elevado. Ya en vida tuvo que sufrir que sus últimas obras fueran tachadas de productos de la vejez. Él mismo lo expresa en el siguiente verso:
Alaban a Fausto,y todo lo demásque bulle en mis escritos,a su favor;las viejas tonterías,eso les alegra mucho;la chusma cree que ya no existe.
En Goethe se hace especialmente patente que el núcleo de su esencia intelectual y espiritual alcanza su apogeo en la segunda mitad de su vida, y nadie lo comprende quien crea que todo el Goethe ya estaba presente en sus escritos de juventud. Es cierto que la gente entiende mejor al joven Goethe, pero no lo atribuyen al hecho de que no entiendan al viejo Goethe, sino a que este haya decaído. Así, también en este gran espíritu podemos comprobar cómo el núcleo espiritual y anímico se abre camino hacia las envolturas externas.
Ahora bien, alguien podría objetar: «Habláis de un núcleo esencial que debe existir para agrupar y organizar las capacidades. Pero basta con señalar que las características más importantes residen, no obstante, en la línea hereditaria y deben explicarse a partir de ella. Por ejemplo, en la familia Bach ha habido entre 25 y 28 músicos en los últimos siglos». ¿Cómo podéis decir, pues, que lo esencial es lo principal? Del mismo modo, en la familia Bernoulli de Basilea hubo toda una serie de matemáticos destacados. En ellos se puede ver con especial claridad cómo parece actuar la mera herencia, pues algunos de ellos estaban destinados a algo completamente diferente, pero aun así la herencia los llevó a la matemática en su vida posterior.
Para comprender esto correctamente, hay que tener muy presente la relación entre el núcleo espiritual-anímico del ser y la predisposición y el talento heredados. Para ser músico se necesita oído musical; pero esto forma parte del organismo físico, es decir, de la envoltura. Del mismo modo que se hereda la forma de la nariz, de las manos, etc., también se heredan los órganos internos más sutiles que se ocultan bajo la superficie del cuerpo físico. Un núcleo del ser anímico-espiritual que aspira a obtener los instrumentos físicos para la musicalidad se sentirá atraído por aquellas familias que pueden transmitir órganos musicales. ¿En qué se basa el talento musical? No en el cerebro, que es el órgano de la lógica, sino en la conformación de los conductos auditivos. Hay que examinar con detenimiento las relaciones individuales. Esos huesecillos auditivos de una forma determinada se heredan de generación en generación. Algo similar ocurre con los Bernoulli. Quien necesita predisposiciones para la geometría, elige una familia que se las proporcione. Así, lo que nos muestra la vida coincide una vez más con lo que afirma la ciencia espiritual. Podemos comprender y esclarecer mejor la vida si nos planteamos de este modo la relación entre la herencia y la predisposición, y la armonía o la desarmonía que de ello se deriva.
Si distinguimos entre el núcleo espiritual-anímico del ser y aquello en lo que este se integra, la vida significa una interacción de estos dos elementos. Fijémonos en un niño en las primeras semanas de su vida. Sus rasgos aún son indefinidos, los órganos aún no son plenamente funcionales; todavía no puede caminar, y así sucesivamente. Pero si pensamos con rigor, sabemos que allí donde aún hay rasgos y capacidades indefinidos, el núcleo del ser aún descansa y solo poco a poco va aflorando hacia la superficie para alcanzar la determinación. Lo que el ser humano llegará a ser más adelante va surgiendo de lo indefinido de los movimientos, los gestos y demás. Va aflorando desde profundidades indefinidas hacia la superficie, y cada vez más la envoltura exterior se convierte en una expresión de lo que vive en el interior del ser humano. En la edad madura, el exterior expresa mucho más cómo es realmente el ser humano. En el niño, fresco y juvenil, aún yacen latentes las fuerzas que un día se expresarán en sus rasgos, en sus gestos con las manos y demás. En la edad madura, el ser humano muestra la huella del carácter interior del alma en lo físico. Lo exterior, lo envolvent, se convierte cada vez más en [un espejo] de sí mismo; en lo físico se manifiesta lo que es como ser espiritual.
En los primeros años de vida, el ser humano se centra más en su aspecto físico. A este hecho se le asocia, a su vez, algo muy interesante, y ello con la misma regularidad que una ley física. En lo que respecta a las relaciones hereditarias, hay que distinguir entre lo que heredan los hijos nacidos en los primeros años del matrimonio y lo que heredan aquellos que nacen en años posteriores. En los primeros hijos se manifiesta de manera notable la capacidad de moldear los rasgos heredados con la mayor libertad; pueden hacerlo de una manera más individual, independiente de los padres. Los hijos posteriores se ven más obligados a ceder ante el fuerte elemento de la herencia; se convierten en una réplica más fiel de los padres. A los hijos que nacen en los primeros años de un matrimonio les resulta más fácil mezclar entre sí los rasgos heredados; la herencia se manifiesta en ellos de forma menos tiránica. Los hijos nacidos en los últimos años del matrimonio deben emplear más fuerzas, ya que el poder de la herencia actúa con mayor intensidad en ellos. Por eso vemos cómo estos hijos se parecen cada vez más a sus padres. Por supuesto, esto puede verse alterado por las más diversas circunstancias, pero, según la investigación científica actual, se trata de una ley.
Si contemplamos estas leyes de la herencia, se pone de manifiesto la relación correcta entre predisposición, talento y educación del ser humano. Tales leyes solo pueden ser aprovechadas para la vida anímica cuando no se quedan meras teorías y conocimientos, sino que se transforman en sensaciones y sentimientos. Es curioso cómo esos sentimientos, avivados por el conocimiento, nos dotan del talento para adivinar con tacto qué cualidades luchan por manifestarse en una persona. Si tenemos buena voluntad y sensibilidad, nos encontramos ante el ser humano en formación como ante un misterio sagrado, y el secreto de la educación consiste en que, cuando nos acercamos a él con ese sentimiento, es él mismo quien nos desvela el misterio. Él mismo nos muestra qué capacidades pueden desarrollarse en él. Entonces no hace falta especular mucho, sino que el tacto nos da la orientación adecuada para no agobiar al niño con algo que no se le puede inculcar en absoluto. De este modo, el educador establece la relación correcta con el niño. Entonces nos encontramos ante el ser humano al que tenemos que educar como ante un misterio sagrado y no, —como suelen hacer muchos educadores—, como ante un recipiente sobre el que se puede debatir qué es lo mejor que se le puede verter. ¡Ese es un punto de vista totalmente superficial! No debemos olvidar que la vida a menudo nos obliga a orientar al niño hacia algo que, en nuestra opinión, no se ajusta a su individualidad, para que pueda progresar en la vida. Pero, en general, todo lo que se dice sobre la educación tiene que ver, en su mayor parte, no tanto con aquello para lo que el niño está más o menos dotado, sino con las relaciones familiares y con una educación acorde con el estatus social. Sin embargo, debemos comprender las exigencias de la vida y de la individualidad en un sentido concreto, armonizar la esencia psíquico-espiritual con las aptitudes heredadas y esforzarnos por resolver el enigma de las circunstancias de la vida. Un enigma puede resolverse de diversas maneras, pero hay que reconocerlo; solo así se puede permitir que el niño se convierta en algo diferente; de lo contrario, por mucho que se especule, a menudo no se dará en el clavo.
Precisamente en ámbitos como la educación se pone de manifiesto la utilidad de la ciencia espiritual para la vida. La ciencia espiritual no es mera teoría, sino algo que puede demostrar su validez en la vida cotidiana, a cada hora, y que lo hace, en beneficio del progreso de toda la humanidad y de cada persona. Nos introduce en la vida de tal manera que adquirimos la seguridad, la fuerza y la confianza que necesitamos para vivir. Así, este capítulo sobre la predisposición, el talento y la educación nos demuestra que, de hecho, el ser humano, al haber atravesado muchas vidas, lleva en lo más profundo de su ser un enigma, y que la vida, en su sentido más amplio, debe ser una solución a ese enigma.
Cuanto mejor encontremos una respuesta al enigma que hay en nosotros, más feliz, segura y plena será la vida de una persona; esto es lo que debemos adoptar como lema. El núcleo espiritual y anímico que atraviesa muchos nacimientos y muertes es un enigma, y la vida es la solución. Y dichoso aquel cuya esencia espiritual es un enigma bastante profundo y que tiene la oportunidad de resolverlo. Porque cuanto más profundo es el enigma, mayor es la oportunidad de enriquecer la vida, más plena será nuestra vida, más vigorosa y feliz será nuestra vida en su conjunto y mayor será nuestra capacidad de ayudar a nuestros semejantes.
Traducido por J.Luelmo -marzo, 2026