GA052 Berlín, 8 de marzo de 1904 - ¿Que encuentra el hombre de hoy en la Teosofía?

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¿QUE ENCUENTRA EL HOMBRE DE HOY EN LA TEOSOFÍA?

Rudolf Steiner

Berlín, 8 de marzo de 1904


En lo referente al mundo suprasensible, La cosmovisión teosófica es apropiada, para aquellos que necesitan una base más sólida para sus conceptos e ideas y para aquellos que buscan una fundamentación más profunda del conocimiento sobre el alma y el espíritu. Y en verdad, en nuestra época no son pocos los que pertenecen a este grupo.

Vemos que la ciencia cultural ha estado desde hace mucho tiempo interesada en investigar el origen de las religiones. La ciencia cultural busca el origen de las religiones en los pueblos primitivos, en los llamados pueblos originarios, para entender cómo se han formado las ideas religiosas a lo largo del tiempo, y en estas ideas religiosas está, en esencia, lo que el ser humano ha concebido en distintas épocas sobre el mundo sobrenatural, y anímico-espiritual. Ahí vemos cómo, por un lado, los investigadores se esfuerzan por reducir todas las religiones a una veneración de la naturaleza que surge en el ser humano simple, infantil y ingenuo. Por otro lado, vemos a otros investigadores rastrear el origen de las religiones en la manera en que el hombre simple e ingenuo observa que su semejante deja de vivir, deja de respirar, y cómo la muerte llega sobre él, y no puede imaginar que no quede nada; como tiene el hombre primitivo, -a partir de sus diferentes experiencias—, más intensamente que el hombre culto con respecto al mundo sobrenatural, de sus experiencias en sueños y de experiencias espirituales, se forma la idea de que el ancestro, el antepasado que ha muerto, en realidad todavía está ahí, que sigue activo como alma, extendiendo su mano protectora y cosas por el estilo. Al culto de los antepasados, al culto de las almas, algunos investigadores atribuyen así el origen de las religiones. Podríamos mencionar toda una serie de otros estudios similares que intentan enseñar cómo surgió la religión en el mundo. Hoy en día, el ser humano busca un apoyo sólido para la pregunta: ¿están también nuestras ideas sobre la vida después de la muerte, sobre un reino más allá que no se encuentra dentro del mundo de los sentidos, están nuestras ideas sobre la vida eterna bien fundamentadas? ¿Y cómo llega la gente a tener tales ideas? — Esa es una manera de cómo hoy en día la gente intenta fundamentar estas ideas sobre lo sobrenatural.

La cosmovisión teosófica no busca de la misma manera ofrecer esta fundamentación para la humanidad actual. Cuando la investigación cultural se basa en la experiencia del ser humano primitivo, simple, ingenuo, infantil, la cosmovisión teosófica se centra más bien en la experiencia religiosa del ser humano más perfecto, de aquel que ha alcanzado un nivel superior en la percepción espiritual, lo que puede desarrollar como su visión, sus experiencias, sus vivencias sobre el mundo suprasensible. Aquello que ha adquirido la persona que ha desarrollado su vida interior, ciertas fuerzas y habilidades que aún no están al alcance del ser humano medio de hoy, aquello que tal persona es capaz de experimentar sobre el mundo superior, se convierte en la base de lo que la cosmovisión teosófica quiere aportar para fundamentar su percepción. La experiencia que va más allá de lo sensual, que se basa en lo que se llama autoconocimiento del alma y del espíritu, esta experiencia superior es la que fundamenta la cosmovisión teosófica. ¿Qué es esta experiencia superior? ¿Qué significa conocer algo sobre el mundo anímico-espiritual ? Esto para una gran parte de la humanidad actual, será incluso algo difícil de entender. No era así en tiempos antiguos. Pero hoy, el ser humano se ha volcado hacia sus experiencias en lo que llamamos el mundo sensorial, el mundo de las apariencias externas. En este mundo de apariencias externas, el hombre de hoy se ha acomodado. Se pregunta cómo se ve algo a la vista, cómo se siente eso al tacto, cómo se puede entender esto o aquello con la mente. Solo ve el mundo de las apariencias externas. Así, ante él se abre el mundo de las experiencias sensoriales.

Veamos qué nos puede aportar esta experiencia sensorial. Queremos entender cómo se nos presenta esta experiencia sensorial. Observemos algo que pertenezca a estas apariencias externas. Observemos cualquier ser, cualquier cosa del mundo. Podemos comprobar en todas estas cosas del mundo que alguna vez surgieron; se formaron y alguna vez no existieron. Están hechas por la naturaleza o por la mano del hombre, y después de algún tiempo habrán desaparecido. Esa es la característica de todas las cosas que pertenecen a la experiencia externa: que surgen y desaparecen. Esto no solo podemos decirlo de las cosas inanimadas, también podemos decirlo de todos los seres vivos, incluso del propio ser humano. Cuando lo consideramos como una apariencia externa, él surge y desaparece. Lo mismo podemos decir de comunidades enteras. Solo hace falta echar un vistazo rápido a la historia del mundo y se verá cómo pueblos que durante siglos han sido dominantes, han realizado grandes y poderosas hazañas, así como también han desaparecido de la historia del mundo, por ejemplo los ostrogodos y los visigodos. Y partiendo de eso, pasemos a los fenómenos que se consideran creaciones humanas, a lo que se percibe como lo más alto, lo más grandioso en el ámbito de las realizaciones humanas. Si miramos una obra de Miguel Ángel o de Rafael, o podemos considerar cualquier otra cosa, una obra técnica importante, tendremos que decirnos: estas obras duran siglos o milenios; y aunque los ojos humanos se deleiten al ver obras de Rafael o Miguel Ángel, y los corazones humanos se emocionen ante tales obras, no se puede evitar pensar que lo que aquí se manifiesta externamente algún día se desmoronará y desaparecerá en el polvo. Nada queda de lo que se llama apariencia externa. Sí, podemos ir aún más lejos. Hoy, la ciencia natural nos enseña que nuestra Tierra, que nuestro Sol se originaron en un momento determinado del desarrollo del universo, y el físico ya afirma que casi se puede calcular cuándo debió ocurrir ese momento, en el que nuestra Tierra ha llegado al final de su desarrollo, en el que cae en un estado de rigidez, de manera que es imposible que se siga desarrollando. Entonces se produce el fin en la apariencia externa. Entonces todo aquello que se ha vivido de manera sensible, que de alguna manera ha actuado y creado, habrá desaparecido. Y así puedes seguir todo el reino de lo que llamamos formas externas, o apariencias externas, formas; verás que en todas partes de este mundo se encuentra: surgir y desaparecer; o si subimos al reino de lo vivo, llamamos surgir y desaparecer: nacimiento y muerte. Nacimiento y muerte rigen en el reino de las formas, en ese reino accesible a la experiencia sensible.

Nos preguntamos: ¿Es este reino el único que se encuentra ante nosotros? Nos preguntamos, ¿Ese reino en el que nacimiento y muerte rigen sin cesar, es el único que es accesible para los seres humanos? Para aquel que solo acepta la percepción sensorial, que no quiere saber nada del autoconocimiento del espíritu, de habilidades que pueden ir más allá de la mera contemplación de formas, más allá de la observación de las apariencias externas, para esa persona puede parecer que todo es un flujo y reflujo, un surgir y desaparecer, nacimiento y muerte. Tampoco se puede llegar a una percepción superior mediante la misma observación de la naturaleza y del espíritu, a través de la cual se obtiene la experiencia externa. No se puede trascender el nacimiento y la muerte de la misma manera, a través de los sentidos. Para ello es necesario profundizar en capacidades espirituales superiores; no en habilidades espirituales anormales, que solo poseen personas especiales, sino únicamente en la profundización en esas fuerzas del alma que, por así decirlo, yacen ocultas bajo la capa superficial exterior. Si alguien se adentra en esa región del alma, entonces será capaz de, mediante una contemplación sensorial y más profunda, obtener una percepción diferente sobre las cosas y las entidades. Mira esto de la manera más simple: la vida de las plantas. Ahí ves cómo la vida y la muerte se alternan eternamente. Ves cómo un lirio surge del germen y luego ves cómo el lirio desaparece después de haber deleitado la vista y alegrado el corazón por un tiempo. Si ya no miras con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del espíritu, entonces ves aún más. Ves que el lirio se desarrolla a partir del germen, que después de la etapa de desarrollo vuelve a ser germen, y que luego surge un nuevo lirio que a su vez produce un germen. Observa un grano de semilla; ahí ves cómo en este mundo la forma surge y la forma se desvanece, pero cómo cada forma ya contiene de nuevo la semilla y el germen para una nueva forma. Esa es la naturaleza de la vida; esa es la naturaleza de lo que se llama fuerza, que va más allá de la simple forma y la simple apariencia.

Ahí entramos en un nuevo reino, que solo podemos ver con los ojos del espíritu, que para el ojo del espíritu es tan seguro y verdadero, como lo es la forma externa para el ojo físico. Las formas aparecen y desaparecen; pero lo que aparece una y otra vez, lo que siempre está presente con cada nueva forma, eso es la vida misma. Porque la vida no se puede entender de ninguna manera con ninguna ciencia de la naturaleza, ni con ninguna percepción externa. Pero a través de la percepción del espíritu, a través de las formas que surgen y desaparecen, sí se puede ver ese fluir. ¿Cuál es el carácter de la vida? Aparece una y otra vez. Así como el nacimiento y la muerte son propiedades de las apariencias externas, de las formas, la reencarnación, la renovación continua, es la propiedad de la vida. La forma que llamamos viva tiene en sí misma el poder, la misma fuerza que es capaz de hacer que surja una nueva forma en un nuevo nacimiento en lugar de la antigua. Reencarnación y otra vez reencarnación son la esencia, lo característico en el reino de los seres vivos, así como el nacimiento y la muerte son lo característico en el reino de las formas, de las apariencias externas. Y cuando subimos hasta el ser humano, cuando el hombre se contempla a sí mismo, echa un vistazo a su alma, entonces encontrará que en él hay algo que representa un nivel superior al de la vida que hemos seguido en la planta; pero esta vida debe tener la misma cualidad que la vida en la planta, que salta de forma en forma.

Hemos dicho que la fuerza es la que permite que la nueva forma renazca de la antigua. Mira la semilla; es discreta en su apariencia externa. Pero lo que no puedes ver es la fuerza, y esta fuerza, no la apariencia externa, es la creadora de la nueva planta. De la semilla insignificante surge el nuevo lirio, porque en la semilla duerme la fuerza para la nueva flor. Si miras una semilla, verás algo insignificante exteriormente, y por la forma en que ha formado la vida, puedes hacerte una idea de la fuerza. Pero si miras dentro de tu propia alma, entonces puedes ver la fuerza mediante la cual esa alma actúa, mediante la cual se manifiesta en el mundo de las formas; entonces puedes percibir la fuerza en ti mismo con los ojos del espíritu.

¿Cuáles son las fuerzas del alma? Estas fuerzas, que no se pueden comparar para nada con otras fuerzas, sino que se encuentran en un nivel más alto, y no son idénticas a la fuerza vital que brota de la planta, estas fuerzas son —para resumir de manera general todo lo que llamamos la vida del alma—: simpatía y antipatía. A través de esto, el alma se manifiesta en la vida y realiza acciones. ¿Por qué realizo una acción? Porque alguna simpatía presente en mi alma me impulsa. ¿Y por qué siento aversión? Porque siento en mí una fuerza que se puede llamar antipatía. Si intentas comprender, mediante la contemplación interna, esta vida siempre en movimiento del alma, encontrarás estas dos fuerzas en el alma una y otra vez y podrás relacionarlas con la simpatía y la antipatía. Esto debe llevar a quien observe el alma con sentido a preguntarse: ¿Cómo es en realidad? ¿Qué fuerzas deben actuar en el alma? —Si preguntas: ¿De dónde surgió el lirio? —y dijeras: Este lirio surgió de la nada— no se imaginaba que surgiera de la semilla, en la cual ya estaba puesta la fuerza de la planta anterior; tampoco se suponía que de la semilla pudiera surgir una nueva forma. La nueva forma debe su existencia a la forma antigua, muerta y pasada, que no dejó nada más que la fuerza para la creación de una nueva. Así como nunca comprenderemos cómo surge un lirio, si no fuera porque otro lirio liberó las fuerzas para que uno nuevo pudiera nacer, de la misma manera no podemos comprender cómo el vaivén de la vida del alma, que se compone de simpatía y antipatía, podría existir si no lo rastreamos hasta su origen. Así como debemos tener claro que cada planta en su forma debe remontarse a una anterior, también debemos tener claro que la fuerza no puede haber surgido de la nada. Y de la misma manera que la fuerza del lirio no puede desaparecer en la nada, la fuerza del alma tampoco puede desaparecer en la nada. Debe encontrar su efecto, su desarrollo posterior, en la realidad exterior. Encontramos la reencarnación en el reino de lo vivo, y también la encontramos en una profunda meditación del alma en el reino del ámbito espiritual. Solo necesitamos mantener estos pensamientos de la manera correcta. Solo necesitamos imaginar esa consecuencia infinita, y podremos pasar fácilmente del pensamiento de la reencarnación a la fuerza que debe animar el alma, sin la cual el alma no puede ser concebida, a menos que uno quiera imaginar que un alma surgió de la nada y debe desaparecer en la nada. Así llegamos también a la reencarnación en la vida del alma, y solo necesitamos preguntarnos: ¿Cómo debe ser la reencarnación en la vida del alma? - Aquí se trata de no aferrarse a la percepción sensorial, sino de desarrollar en uno mismo la percepción de la vida espiritual, para captar el eterno cambio de las formas en relación con la vida constante. Solo necesitas dejar que un gran espíritu alemán influya realmente en ti, y entonces obtendrás una idea de cómo se puede contemplar la vida que fluye de forma a forma con el ojo del espíritu. Solo necesita tomar en sus manos los escritos científicos de Goethe, que están escritos de manera tan encantadora, donde se tienen observaciones de la vida de manera vivida, con el ojo del espíritu, y verá cómo se debe contemplar la vida. Y si uno traslada estas observaciones a la percepción de la vida del alma, entonces se llega a decir que nuestras simpatías y antipatías están desarrolladas, que han surgido a partir de una semilla, así como la planta surge de una semilla en cuanto a su forma. Esta es la primera idea primitiva que subyace a un pensamiento central de la cosmovisión teosófica, la idea de la reencarnación de la vida del alma. Lo que nos preguntamos desde el punto de vista del pensamiento sensato es: ¿Cómo deberíamos imaginar la complicada vida del alma si no queremos creer en la reencarnación del alma? - Se podría objetar: Sí, sería un milagro del alma, sería una superstición del alma, si tuviera que admitir que la vida del alma presente en mí, surgió de repente, y que también debería tener su efecto. - Se podría objetar: Sí, pero la forma anterior del alma no necesita haber estado en nuestra Tierra, y su efecto tampoco necesita estar de alguna manera en esta Tierra. - Pero incluso ahí pueden superar la aparente cumbre con un poco de pensamiento sensato. El alma entra en el mundo; el alma tiene un conjunto de predisposiciones, estas están desarrolladas y no surgieron de la nada. Tan poco de lo que es del alma surge de lo corporal, tan poco lo espiritual surge de lo material, como un gusano de lluvia podría surgir del barro. Así como la vida solo surge de lo vivo, el alma solo puede surgir de lo espiritual. El origen del alma no puede estar en otro lugar que no sea nuestra Tierra. Porque si las capacidades vinieran de mundos lejanos, entonces no encajarían en nuestro mundo, entonces el alma no estaría adaptada a la vida del mundo de las apariencias. Así como todo ser está adaptado a su entorno, el alma en su surgimiento está directamente adaptada a su entorno. Por lo tanto, no necesitan buscar primero las condiciones previas de la vida del alma actual en algún mundo desconocido, sino en este mundo. Con esto hemos captado la idea de la reencarnación.

De modo que, cualquiera puede llegar mediante el pensamiento puro y sensato, -si realmente quiere profundizar-, a la idea de la reencarnación del alma. En este sentido, eso es lo que ha llevado a todos los espíritus destacados, que supieron comprender la naturaleza viva, a la idea de la migración del alma en el sentido de una migración del alma de forma en forma, una migración del alma que nosotros llamamos renacimiento, reencarnación.

Quiero señalar también a uno de los espíritus más destacados de los tiempos modernos, a Giordano Bruno, quien en su contemplación del ser humano expresó la reencarnación del alma como su credo. Bruno sufrió la muerte de mártir por ser el primero en aceptar abiertamente a Copérnico, el padre de la ciencia moderna. Entonces, aceptará que él entendía cómo juzgar la forma externa en su apariencia sensible. Pero entendía aún más. Entendía cómo contemplar la vida que fluye de forma en forma, y con eso fue llevado naturalmente hacia la reencarnación. — Y si seguimos adelante, encontramos en Lessing, en 'La educación de la humanidad', esta enseñanza sobre la reencarnación. También en Herder la encontramos mencionada. Finalmente, la vemos insinuada de varias maneras en Goethe, aunque Goethe, por su carácter cauteloso, no se expresó muy claramente; Jean Paul y muchísimos otros podrían aún ser citados. Lo que ha llevado a los espíritus modernos, de los cuales depende toda nuestra vida cultural y que también han influido en las ideas más importantes, no es solo el intento de satisfacer al ser humano, sino que a través de esta enseñanza se ha creado principalmente una idea que hace posible la explicación del mundo. El alma está continuamente involucrada en la reencarnación. La simpatía y la antipatía han existido y siempre existirán. Eso es lo que se puede decir sobre el alma desde la perspectiva de la cosmovisión teosófica.

Y ahora volvamos a nuestro punto de partida. Digamos una vez más que hemos visto que figura tras figura, forma tras forma cambia en nuestro mundo sensorial, que todo surgimiento y desaparición, nacimiento y muerte ocurre. Hemos visto que incluso las obras más maravillosas que se crean, desaparecen. Pero preguntémonos: ¿solo la obra mismo está involucrada en la obra? ¿En la creación de un Rafael o un Miguel Ángel o incluso en las creaciones humanas más simples y primitivas, no interviene nada más que la obra? - Debemos distinguir entre la obra y la actividad que el ser humano ha empleado, la actividad que cualquier ser ha empleado para realizar un trabajo, una obra o algo que pueda llamarse creación. La obra se entrega al mundo exterior de las formas y figuras, y en esa forma externa la obra también queda sujeta al destino de esas formas externas, al surgimiento y desaparición. Pero la actividad, la actividad que ocurre en el ser mismo, aquello que sucedió en el alma de un Rafael o un Miguel Ángel cuando creaban sus obras, esa actividad es también lo que el alma, por así decirlo, retrae nuevamente hacia su propio ser, es la actividad que no se ha vertido en la obra. Como la impresión de un sello en un lacre, así ha quedado esta actividad en el alma; y con ello llegamos a algo que en el alma no permanece solo por un tiempo corto, sino que permanece en el alma de manera imperecedera. Porque observemos a Miguel Ángel algún tiempo después. ¿Acaso su actividad pasó en vano? ¡No! Esta actividad contribuyó al aumento de sus capacidades internas, y cuando se enfrenta a una nueva obra, no solo crea con lo que ya estaba en él, sino que crea a partir de aquella fuerza que surgió gracias a su actividad en trabajos anteriores. Sus fuerzas se han elevado, se han consolidado y enriquecido gracias a su primera actividad. Así, la actividad del alma crea nuevas capacidades, que a su vez se reflejan en la obra, se ponen de nuevo en acción y vuelven al alma para dar fuerzas a nuevas actividades. Ninguna actividad del alma puede perderse. Lo que el alma desarrolla como actividad siempre es el origen, la causa de un aumento del ser espiritual y del desarrollo de nuevas actividades.

Eso es lo que reside en el alma como actividad, como vida, eso es lo imperecedero, eso es lo que realmente da forma, eso no es solo forma, no es solo vida, eso es fuerza creadora. A través de mi actividad no solo afilo la obra, sino que soy la causa de una nueva actividad, y siempre creo a través de la anterior una nueva actividad.

Eso es la base de todas las grandes cosmovisiones. De una manera muy bonita, un antiguo escrito indio explica cómo se debe imaginar esta actividad en el interior de un ser. Se cuenta cómo todas las formas desaparecen en un mundo infinito de formas, cómo el nacimiento y la muerte gobiernan en el mundo exterior de las formas, cómo el alma renace una y otra vez. Pero aunque el lirio surja sobre otro lirio, llegará un momento en que ya no surgirá ningún lirio nuevo, llegará un momento en que el alma ya no vivirá en simpatía ni en antipatía. La vida orgánica renace una y otra vez; pero lo que no deja de existir es la actividad, que siempre crece, se intensifica y es inmortal.

Este es el tercer nivel del existir, la actividad que siempre se incrementa más y más, y este nivel del existir y lo característico del espíritu se distingue al mismo tiempo por el hecho de que ni lo perecedero ni lo creador constante le está adherido. En el primer nivel, nuestra forma es un ser sensible, un ser siempre renacido como alma, y es un ser imperecedero, un ser superior al espíritu. Que la simpatía y la antipatía también deben surgir y desaparecer, aunque su tiempo de existencia sea mucho más largo que el de la forma externa, se desprende de la consideración de lo espiritual mismo y de sus demandas. ¿Qué exige de la persona el espíritu, cuando se sumerge en este espíritu? Este espíritu tiene algo en sí mismo que siempre nos recuerda, que nos recuerda con energía y fuerza: que nunca puede estar satisfecho solo con el alma, la simpatía y la antipatía. Este espíritu nos dice que una simpatía está justificada, mientras que otra no. Este espíritu es nuestro guía en el reino de la simpatía y la antipatía, nuestro guía en la acción dentro del reino del alma. Y estamos, cuando no queremos desarrollarnos como seres humanos, llamados a organizar nuestra simpatía y antipatía según las demandas de la vida del espíritu, que nos debe guiar a las alturas del desarrollo. Con esto se le concede de antemano al espíritu la superioridad sobre el mero mundo de la simpatía y la antipatía, sobre lo meramente psíquico, y si el espíritu constantemente supera el mundo de la simpatía y la antipatía injustificadas y menores, esto representa un ascenso del alma hacia el espíritu. Hay estados iniciales del alma; allí está enredada en las formas de la realidad externa. Allí su simpatía se dirigía hacia formas externas. Pero el alma más desarrollada es la que escucha la demanda del espíritu, y así el alma se desarrolla desde la inclinación hacia lo sensorial hasta su inclinación hacia la simpatía por el propio espíritu.

Puedes seguir esto de otra manera. El alma es, ante todo, un ser deseante. El alma está llena de simpatía y antipatía, del mundo de los deseos, del mundo del querer. Pero el espíritu le muestra al alma, después de algún tiempo, que no solo debe desear. Cuando el alma, mediante la decisión del espíritu, ha superado el deseo, entonces no permanece inactiva; así como del alma no desarrollada fluye el deseo, del alma desarrollada fluye el amor. Deseo y amor, esas son las dos fuerzas opuestas entre las cuales el alma se desarrolla. El alma todavía atrapada en la sensualidad y en la forma externa es el alma deseante; el alma que desarrolla su conexión y armonía con el espíritu es aquella que ama. Eso es lo que lleva al alma a lo largo de sus vidas de reencarnación, a que pase de ser un alma deseante y codiciosa a un alma que ama, a que sus obras se conviertan en obras de amor.

Con esto hemos señalado la tercera forma de los sentimientos, y al mismo tiempo hemos desarrollado las propiedades básicas del espíritu, mostrando su eficacia en el ser humano y demostrando que es el gran educador del alma, llevándola del deseo al amor, y que atrae el alma hacia sí como con una fuerza magnética. Ahora, vemos por un lado el mundo de las formas y figuras, y por otro lado el mundo del espíritu inmortal, ambos conectados a través del mundo del alma. En esta exposición, sólo he considerado una contemplación sensata de uno mismo, que cualquier persona, si encuentra la tranquilidad necesaria dentro de sí y no está atrapada solo en la percepción externa, es capaz de ver con el ojo del espíritu. Sin embargo, aquel que ha desarrollado dentro de sí las facultades espirituales superiores, un ocultista, aprende algo completamente diferente. No solo sabe alcanzar estos tres mundos mediante una contemplación sensata, sino que tiene una percepción de la vida y del espíritu, así como el ojo externo tiene una percepción de la realidad sensible externa. Como el ojo distingue la luz y la oscuridad, como el ojo distingue diferentes colores, así distingue el ojo espiritual, desarrollado y abierto del ocultista la luz superior y resplandeciente del espíritu, que no es luz sensorial, que es una luz más brillante en mundos superiores, en esferas superiores, y esta luz radiante del espíritu es para el ocultista tan real como nuestra luz solar es real para nuestra percepción. Y vemos en cosas individuales que la luz solar se refleja. Así distingue el ocultista la luz propia y radiante del espíritu del destello peculiar de la luz que se refleja desde el mundo de las formas, como llama del alma. Alma significa luz del espíritu reflejada, espíritu significa luz creadora que se irradia. Estos tres ámbitos son el mundo espiritual, el mundo del alma y el mundo de las formas, porque así se presentan al ocultista. No solo son diferentes los ámbitos de la existencia. - La forma exterior es para el ocultista el vacío, la oscuridad, aquello que en el fondo no es nada, y la gran, única realidad es la noble, resplandeciente luz del espíritu. Y eso que sentimos como luz brillante, que se posa alrededor de las formas y es absorbida, es el mundo del alma, que nace una y otra vez hasta que llega a ser alcanzado por el espíritu, hasta que este lo eleva completamente hacia sí y se une con él. Este espíritu aparece en formas variadas en el mundo, pero la forma es solo la expresión externa del espíritu. Hemos reconocido al espíritu en su actividad, en su actividad siempre creciente, y a esta actividad la hemos llamado karma.

Bueno, ¿cuál es ahora lo realmente significativo y característico de esta actividad del espíritu? Este espíritu no puede permanecer sin influencias en su actividad por el acto que una vez realizó en el nivel que ocupó en su momento. Quiero que entiendan cómo debe tener efecto esta actividad del espíritu. Consideren lo siguiente: imaginen que tienen frente a ustedes un recipiente con agua y lanzan en él una bola de metal caliente. Esta bola calienta el agua; por lo tanto, este es el efecto de la bola. Pero, a través de lo que la bola ha provocado, ella misma ha sufrido un cambio. El cambio permanece hasta que ocurra un nuevo cambio. Cuando la bola ha realizado esta labor, entonces lleva impresas las huellas de su trabajo, y lleva consigo esta marca. Si sumergen la bola en un segundo recipiente, entonces, como consecuencia de su primera actividad, no podrá calentar nuevamente este segundo agua. En resumen, cómo actúa la segunda vez es una consecuencia de cómo actuó la primera vez. A través de esta simple parábola se puede entender cómo actúa el espíritu en su actividad. Cuando el espíritu realiza una obra determinada, no solo la obra recibe su sello, sino que la propia actividad del espíritu también queda marcada con el mismo sello. Así como la bola se enfría y de esa manera obtiene algo permanente, el espíritu de manera duradera recibe su firma, su marca, a través de su acción. Sean buenas o malas las acciones, estas no pasan sin dejar rastro en lo que en el alma es permanente. Tal como fue la acción, así también es el sello que la acción recibió y que de ahora en adelante lleva.

Esto es lo que nos lleva a reconocer que cada acción, como dice el gran místico Jakob Böhme, «lleva impresa una señal que no se puede quitar más que con una nueva acción, con una nueva experiencia, de modo que el antiguo sello es reemplazado por uno nuevo». Eso es el karma que experimenta cada individuo. A medida que el alma pasa de reencarnación en reencarnación, las acciones quedan impresas en ella, la firma, la huella que adquirió durante las acciones, y en una nueva experiencia solo se pueden seguir los antiguos aprendizajes. Esta es la estricta enseñanza del karma, desarrollando los conceptos de causa y efecto, que nos ofrece la visión teosófica del mundo. Soy el resultado de mis acciones anteriores, y mis acciones actuales tendrán efecto en sus continuaciones en experiencias futuras. Con esto, se ha pronunciado la ley del karma para el ser humano, y quien quiera considerarse completamente como un espíritu en sus acciones debe verse a sí mismo en este sentido, debe tener claro que cada acción tiene una consecuencia, que en el mundo moral existe la misma ley de causa y efecto que en el mundo externo y sensible de las formas.

Estas son las tres leyes fundamentales de la visión del mundo teosófica: el nacimiento y la muerte solo dominan en el mundo de las formas, la reencarnación domina en el mundo de la vida, y el karma, o la actividad eternamente formativa y creciente, domina en el reino del espíritu. La forma, la figura es perecedera, la vida se renueva continuamente, pero el espíritu es eterno.

Estas son las tres leyes fundamentales de la visión del mundo teosófica, y con esto también has recibido todo lo que la visión del mundo teosófica puede introducir en la vida humana. El espíritu educa al alma deseante hacia el amor. El espíritu es lo que se percibe de todo dentro de la naturaleza humana cuando esta naturaleza humana se sumerge en su interior. La figura individual solo tiene interés en aquello que le pertenece como figura individual. Por eso, esta figura individual actúa únicamente para sí misma, y esta acción para sí misma es la acción en egoísmo, es la acción en ego. Y este egoísmo es en todo el mundo de las formas, de las figuras externas, la ley que marca la pauta. Pero el alma no se agota dentro de la figura individual, pasa de figura en figura. Tiene el deseo de renacer una y otra vez. Sin embargo, el espíritu tiene el afán de desarrollar cada vez más lo que se va formando, de lo imperfecto a lo perfecto. Así, el alma en su deseo de vida en vida, así el espíritu en su educación del alma la conduce de lo no divino a lo divino; porque lo divino no es otra cosa que lo perfecto, hacia lo cual el espíritu educa al alma. La educación del alma por el espíritu de lo no divino a lo divino, eso es la visión del mundo teosófica. Y con eso también se da la ética de la visión del mundo teosófica. Así como el espíritu no puede hacer otra cosa que educar al alma en el amor y transformar el deseo en amor, la visión del mundo teosófica tiene como principio fundamental fundar una comunidad humana basada en el amor. Y con eso, la enseñanza moral de la visión del mundo teosófica se ha alineado con las leyes eternas del espíritu. Nada más que lo que el espíritu debe reconocer como su esencia más íntima, la transformación del deseo en amor, ha llevado a la fundación de una sociedad teosófica que abarca a toda la humanidad con el fuego del amor del alma. Esto es lo que se presenta como la cosmovisión ética del movimiento teosófico. Y preguntémonos: ¿Encuentra el ser humano que reflexiona actualmente satisfacción en esta cosmovisión? — El ser humano actual está acostumbrado a no creer ya únicamente en tradiciones externas, ni solo en percepciones externas o en una autoridad, sino que cada vez más tiende a buscar una cosmovisión que satisfaga sus pensamientos, que satisfaga aquello que él llama el autoconocimiento de su espíritu. Cuando el ser humano moderno se esfuerza por alcanzar ese autoconocimiento, entonces no hay para él otra cosa más que esta visión teosófica, que en realidad no excluye ninguna confesión, sino que las incluye a todas. Porque esta visión teosófica realmente ofrece al alma lo que busca. El alma debe plantearse continuamente preguntas sobre el destino humano y su desigualdad. ¿Puede el alma sensible soportar que por un lado personas inocentes vivan en amargura y miseria, y por otro lado, aparentemente, personas que no lo merecen, se deleiten en la felicidad? Esa es la gran pregunta que el alma humana debe hacer al destino. Mientras solo consideremos la vida entre el nacimiento y la muerte, nunca encontraremos una respuesta a este enigma. Nunca encontramos consuelo para el alma. Pero si consideramos la ley del karma, entonces sabemos que todas las amarguras, toda la miseria, son resultados de causas que existieron en vidas anteriores. Entonces diremos, por un lado: lo que el alma experimenta hoy como su destino es el efecto de experiencias pasadas. No puede ser de otra manera. Este razonamiento se convierte inmediatamente en consuelo cuando miramos hacia el futuro, porque decimos: quien hoy experimenta dolor o amargura y sufrimiento, no solo puede lamentarse de su destino, sino que debe decirse: Amargura, sufrimiento del corazón, tienen un efecto en el futuro. Lo que hoy es tu dolor, afecta tu vida futura de la misma manera que el dolor de un niño cuando se cae: gracias a eso aprende a caminar. Así, todo sufrimiento es una causa para elevar la vida del alma, y el consuelo llega de inmediato al alma si se dice: Nada es sin efecto. La vida que experimento hoy debe dar su fruto en el futuro.

Ahora quiero mencionar otra manifestación, que es la manifestación de la conciencia. Esta manifestación es primero inexplicable. Se vuelve inmediatamente comprensible cuando la entendemos en su proceso de desarrollo. Si sabemos que cada alma representa un cierto nivel de desarrollo, entonces admitiremos que en el alma no desarrollada vive la tendencia hacia la forma. Pero cuando el espíritu la ha atraído hacia sí, cuando el espíritu se ha ido uniendo cada vez más a ella, entonces en cada desarrollo, el espíritu habla de simpatía y antipatía, y este hablar del espíritu desde el alma, lo percibe la persona como la voz de la conciencia. Esta conciencia solo puede aparecer siempre en un cierto nivel del desarrollo humano. Nunca vemos la voz de la conciencia en pueblos primitivos. Solo más adelante, cuando el alma ha pasado por diferentes personalidades, entonces el espíritu habla al alma.

Con esto, tienen los conceptos principales de la cosmovisión teosófica, y han visto cuán iluminadora es esta perspectiva para el mundo que nos aparece como el mundo de las formas externas. Sí, nunca comprenderíamos este mundo de las formas si no lo entendiéramos desde el espíritu. Pero aquel que solo vive en la forma externa, que se deja arrastrar por el mundo de las formas, está en la etapa de lo pasajero, está en el nivel donde desarrolla el egoísmo y la autoindulgencia, porque nuestra forma externa solo se interesa por la forma. Pero del egoísmo uno se desarrolla, porque el espíritu se vuelve cada vez más expresivo. Este espíritu, que es el mismo en todos los seres humanos, solo lo reconoceremos cuando nos elevemos a la contemplación de lo eternamente imperecedero, del núcleo más íntimo del ser humano. Solo reconoceremos al ser humano en su esencia más profunda cuando alcancemos su espíritu. Al reconocer el núcleo más íntimo del ser humano, entonces reconocemos el espíritu en nosotros. Pero el espíritu en el otro ser humano solo lo comprende quien ve al otro como hermano; solo lo comprende cuando aprende a valorar plenamente la fraternidad.

Por eso, el movimiento teosófico considera la fraternidad como el ideal que la humanidad desea alcanzar en su desarrollo espiritual bajo la influencia de esta cosmovisión.

Esto, estimados presentes, es lo que el hombre moderno encuentra en el movimiento teosófico. Porque este movimiento ofrece al hombre moderno lo que busca, ha logrado, a lo largo de los años de su existencia, extenderse a todos los países del mundo. Lo encontramos en India, Australia, América, en todos los países de Europa occidental. Está en todas partes porque poco a poco proporciona a este hombre moderno ideas claras y comprensibles. Esto es lo que la Teosofía ofrece al hombre de hoy. Es algo que el hombre de hoy busca, es algo que el hombre de hoy siente, algo que todos aquellos que han sabido mirar con un ojo perspicaz la naturaleza y la vida humana han percibido clara y distintamente, encontrando lo que esta visión espiritual transmite e imprime: aquello que da satisfacción, consuelo, valor, aquello que da vida. Es la idea de que lo perecedero, que el nacimiento y la muerte no son lo único, sino que en esta vida transitoria y cambiante del mundo exterior se manifiesta el ser interior del espíritu. Entonces miramos confiados al pasado y valientes al futuro, cuando esta idea se ha convertido en nuestra convicción. Y entonces decimos desde lo más profundo del alma, de manera reconfortante y valiente, aquello que el poeta ha expresado con plena convicción:


El tiempo es un campo en flor,
La naturaleza es un gran ser vivo,
Y todo es fruto, y todo es semilla.
Traducido por J.Luelmo -may 2026-