CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA052 Berlín, 30 de mayo de 1904 - La historia del Espiritismo

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LA HISTORIA DEL ESPIRITISMO

Rudolf Steiner

Berlín, 30 de mayo de 1904



Hoy me corresponde hablarles sobre un tema que, por un lado, podemos decir que tiene millones de seguidores entusiastas en el mundo, y por otro lado, ha encontrado a sus más feroces oponentes; no solo a adversarios que combaten de manera severa este campo del llamado espiritismo, sino también a quienes lo ridiculizan, lo mezclan con la superstición más oscura o con lo que ellos llaman superstición oscura; oponentes que solo quieren desecharlo con palabras vacías de burla y mofa.

Bueno, quizás no sea del todo fácil, especialmente en nuestra época, hablar sobre un tema así, donde generalmente en el «a favor y en contra» se encienden de inmediato las pasiones más intensas. Y me gustaría, por un lado, pedirle a aquellos de ustedes que tal vez sean entusiastas seguidores del espiritismo, que si alguna de las explicaciones que voy a dar no coincide del todo con sus opiniones, no juzguen de inmediato, teniendo en cuenta que los representantes de la teosofía estamos al menos unidos con los espiritistas en una cosa: en la intención de explorar los mundos espirituales superiores, aquellos mundos que van más allá de lo que uno puede escuchar con los oídos, ver con los ojos o tocar con las manos en la vida cotidiana. En eso estamos de acuerdo. Por otro lado, me gustaría pedir también a los científicos que tengan claro que el movimiento en cuyo nombre hablo no ha elegido su lema como una simple frase publicitaria, sino en el sentido más serio del término: Ninguna opinión humana prevalece sobre la verdad. — Quisiera hacer notar que quizás también el científico debería tener en cuenta cómo las concepciones científicas han estado sujetas al cambio a lo largo del tiempo, y cómo aquello que hoy se considera científicamente establecido, no puede considerarse así para siempre.

Así que permítanme, sin tomar partido por un lado o por otro, y recordando que ninguna opinión humana puede superar la verdad, hablar de manera esquemática y resumida sobre el desarrollo del movimiento espiritista.

Quiero subrayar ante todo que los fundadores del movimiento teosófico, la señora Helena Petrowna Blavatsky, y el gran organizador, el coronel Henry Steel Olcott, partieron del movimiento espiritista, eran conocedores exactos del movimiento espiritista y solo después de haber buscado energéticamente la verdad dentro del movimiento espiritista,
pero sin haberlo encontrado, se volcaron al movimiento teosófico.

Para la teosofía no se trata de querer combatir el espiritismo, sino de buscar la verdad donde se pueda encontrar.

Quisiera destacar otra cosa, que quizás sorprenda a algunos, pero que a otros, que están informados, probablemente ni siquiera les resultará sorprendente. Permítanme decirlo: la última palabra sobre el espiritismo y cosas similares jamás la podrán escuchar de personas que, como yo, se ven obligadas a hablar al respecto. Ustedes saben que en todas las ciencias existe un mandato, que simplemente se justifica a través de los métodos científicos, y esto es la obligación de presentar los resultados de la ciencia de manera popular ante un público más amplio. Pero cuando se desea conocer más íntimamente estos resultados, cuando se desea descubrir la verdad más profunda, entonces es necesario un camino más largo: un camino a través de los diversos métodos entrando en todos los detalles. Generalmente, los investigadores no son capaces de presentar en conferencias populares lo que ocurre dentro de los laboratorios, en el núcleo más íntimo de las estrellas. Si esto sucede en la ciencia física, también ocurre en los grandes movimientos espirituales del mundo respecto a lo que se llaman percepciones espirituales; para aquel que es perspicaz, para quien está autorizado a pronunciar palabras, existe la obligación de retener la última palabra, ya que las últimas palabras son de una naturaleza completamente distinta. Son de un tipo que apenas se puede discutir públicamente. Y así, nunca podrán escuchar la última palabra en este asunto de alguien que se llama ocultista, - a menos que estén dispuestos y sean capaces de seguir sus caminos más íntimos -. Pero para aquellos que están informados sobre el asunto, la manera en que se dice algo también puede revelar algo que no solo se encuentra entre líneas, sino muy probablemente también entre palabras.

Después de esta introducción, permítanme pasar al tema en sí, que sin duda debe tener un enorme significado histórico y cultural, incluso para quien quiera ridiculizar el asunto. Permítanme hablar del tema en un sentido que realmente sea esclarecedor, a saber, desde el punto de vista: ¿Qué busca el espiritismo de hoy? ¿Busca algo nuevo, o lo que busca es algo antiguo? ¿Los caminos por los que busca son completamente nuevos, o también han sido recorridos por la humanidad durante siglos o incluso milenios? - Si nos planteamos estas preguntas, llegamos al objetivo respecto a la historia del espiritismo de la manera más rápida. Lo primero que buscan los espiritistas es, sin duda, el conocimiento de aquellos mundos que están más allá de nuestro mundo sensorial, y segundo, la importancia de estos mundos para el propósito, para la destinación de nuestra raza humana.

Hagámonos la siguiente pregunta: ¿No han sido estos problemas las tareas de la humanidad desde que se esfuerza y tiene aspiraciones en nuestra Tierra? — Y debemos responder: Sí. — Y dado que, sin duda, son las tareas más elevadas, resultaría absurdo desde el principio que, en relación con estas cuestiones, hubiera surgido algo completamente nuevo en la historia del mundo. Parece, cuando echamos un vistazo al movimiento espiritista, tanto al antiguo como al nuevo, como si estuviéramos ante algo completamente nuevo. Sus detractores más acérrimos alegan que ha traído al mundo algo totalmente nuevo, y otros detractores afirman que nunca antes los seres humanos habían tenido tanta necesidad de combatir este movimiento como hoy en día. Debe de haberse producido un cambio en la humanidad en cuanto a la forma de abordar el asunto. Esto nos queda claro de forma repentina cuando nos damos cuenta de que la humanidad se ha posicionado de tres maneras distintas ante las cuestiones que hoy denominamos «espiritistas».

Ahí tenemos un modo, que se puede encontrar en toda la antigüedad, un tipo que solo cambia en los tiempos cristianos. Luego tenemos un segundo modo de enfrentarse a estas preguntas, durante toda la Edad Media, hasta entrado el siglo XVII. Solo en el siglo XVII empieza, en esencia, a tomar una forma concreta lo que hoy se puede llamar, con razón, espiritismo.

Las preguntas que el espiritista pretende responder hoy, fueron durante toda la antigüedad objeto de los llamados misterios. Solo con unas pocas líneas queremos intentar aclararnos sobre lo que se entiende por misterios. En la antigüedad no era costumbre anunciar la sabiduría públicamente. Se tenía una visión completamente diferente sobre la sabiduría y la verdad. Durante toda la antigüedad se solía creer que, para el conocimiento de las verdades sobrenaturales, era necesario desarrollar primero órganos suprasensibles. Se era consciente de que en cada ser humano yacían fuerzas espirituales que no están desarrolladas en la persona corriente, que en la naturaleza humana existen fuerzas espirituales que se pueden despertar y desarrollar mediante largos ejercicios, mediante etapas de desarrollo que los seguidores de los misterios describían como muy difíciles. Cuando uno había desarrollado tales fuerzas en sí mismo y se convertía en un buscador de la verdad, se pensaba que el buscador de la verdad se comportaba frente al ser humano común como un vidente frente a un ciego de nacimiento. Eso era lo que se pretendía dentro de los misterios sagrados. Se pretendía en el ámbito espiritual algo similar a lo que hoy el médico busca con el ciego de nacimiento, cuando lo opera para que pueda ver. Se entendía claramente que, así como en una persona ciega de nacimiento a la que se le realiza una operación aparecen los colores de la luz y las formas de las cosas, en aquel cuyas facultades internas son despertadas surgirá un mundo nuevo que la mente común no puede percibir.

Así buscaba, el seguidor de los misterios, convertir a un ser humano de tipo inferior en uno de nivel de desarrollo superior, un iniciado. Y solo el iniciado debía ser capaz de percibir las verdades supra-sensibles a través de la visión directa, mediante la intuición espiritual. A las masas solo se les podían comunicar las verdades mediante imágenes. Los mitos de la antigüedad, las leyendas sobre dioses y la creación del mundo, que hoy nos parecen, —y en cierto sentido con razón—, simplemente como percepciones infantiles de la humanidad, no son más que disfraces de verdades supra-sensibles. En la imagen, el iniciado comunicaba al pueblo lo que había podido contemplar dentro de los secretos del templo. Todas las mitologías orientales, las griegas y romanas, la mitología germánica y las mitologías de los pueblos más primitivos no son más que representaciones figurativas y simbólicas de verdades supra-sensibles. Esto, por supuesto, solo puede comprenderlo plenamente quien se ocupa de estos mitos no solo como se hace en antropología o etnología, sino también con su espíritu. Tal persona ve que un mito como el de Hércules representa una profunda verdad interna; ve que la búsqueda del Vellocino de Oro por Jasón representa un conocimiento profundo que debe ser contemplado en su verdad.

Luego, con nuestro cálculo del tiempo, surgió otro tipo. Solo puedo insinuar de manera aproximada y cruda los contornos de lo que tengo que decir. Se estableció una cierta base de verdades superiores y espirituales, y se convirtió en el objeto de las comunidades religiosas, especialmente de la cristiana. Y esta base de verdades espirituales quedó ahora apartada de toda investigación humana, alejándose del esfuerzo humano inmediato. Aquellos que estudiaron la historia del Concilio de Nicea sabrán a qué me refiero, y también aquellos que comprendan las palabras de San Agustín, quien dijo: Yo no creería en la verdad de la revelación divina si no me obligara la autoridad de la Iglesia. - La fe, que fija una cierta base de verdades, ocupa el lugar de las antiguas verdades de los misterios, que se mantienen en imágenes. Y ahora sigue la época en la que las grandes masas ya no reciben las verdades en imágenes, sino simplemente mediante la autoridad, las verdades que deberían dar información sobre el mundo suprasensible. Esta es la segunda manera en la que la gran masa y quienes debían guiarlos se relacionaban con las verdades más elevadas. Los misterios las transmitían a la gran masa mediante la contemplación; en la Edad Media, las transmitían y sostenían por la fe a través de la autoridad.

Pero además de aquellos que tenían la tarea de mantener a la gran masa firme a través de la fe y la autoridad, también hubo en los siglos XII y XIII, —los ha habido en todos los tiempos, aunque no se manifestaban públicamente—, quienes querían desarrollarse hacia la verdad más elevada mediante la propia contemplación directa. La buscaban por los mismos caminos que se habían recorrido dentro de los misterios. Así, en la Edad Media encontramos junto a quienes son solo sacerdotes, también místicos, teósofos y ocultistas, personas que para los materialistas y racionalistas de hoy hablan en un lenguaje difícil de entender, casi incomprensible. Encontramos quienes, por caminos que escapan a los sentidos, habían accedido a los secretos. Y en un lenguaje aún más incomprensible hablaban aquellos que, como sacerdotes de misterios, tenían el control del espíritu en sus manos. Así escuchamos de uno que había tenido la capacidad de enviar sus pensamientos a distancias de millas; otro se jactaba de que podría transformar todo el mar en oro, si fuera posible. También oímos a otro hablar de poder construir una herramienta, un vehículo, con el que podría moverse por el aire.

Hubo épocas en las que no se sabía qué hacer con tales afirmaciones, ya que no se tenía ni idea de cómo debían entenderse. Además, los prejuicios contra este tipo de investigación florecían desde los tiempos más antiguos. Pronto comprenderemos de dónde venían estos prejuicios. Cuando la cultura cristiana se expandió por los países del Mediterráneo, en los primeros siglos de nuestra era, se mostró que los rituales y ceremonias del cristianismo y también la mayoría de los dogmas cristianos coincidían con antiguas tradiciones paganas, y no eran tan diferentes, —aunque de forma atenuada—, de lo que ocurría en los antiguos templos paganos de Mitra. Entonces, aquellos cuyo deber era defender la reputación de la iglesia dijeron: los espíritus malignos habrían dado estas ideas a los paganos; habrían imitado lo que Dios había revelado a la iglesia cristiana dentro del mundo pagano. ¡Pero es una imitación curiosa, porque antecede al original! Todo el cristianismo fue imitado en los misterios paganos, —si usamos la palabra de los acusadores—, es decir, lo que la iglesia encontró después. Es comprensible que cualquier otro camino que no pasara por la fe autoritaria, como la describió Agustín, y a través del cristianismo, fuera considerado incorrecto y con el tiempo se viera como algo que no venía de buenas fuerzas; porque las buenas fuerzas debía mediarlas la iglesia.

Así continuaron estas tradiciones a lo largo de toda la Edad Media. Aquellos que querían llegar a las verdades más altas y sobrenaturales por sus propios caminos e independientemente, eran vistos como brujos, aliados del mal o de los espíritus malignos. El punto clave es la leyenda de Fausto. Fausto es el representante de aquellos que quieren llegar a los secretos mediante su propio conocimiento, por lo que debía estar entregado a los poderes malignos. Solo en los textos transmitidos debía investigarse, solo la fe en la autoridad debía conducir a los poderes sobrenaturales. No obstante, los espíritus iniciados, aunque fueran calumniados y perseguidos como magos, tenían claro que debía llegar el tiempo en que se avanzara hacia la verdad por caminos humanos propios.

Así vemos que desde la Edad Media comienzan a surgir en Europa nuevamente sociedades secretas, que guiaban a sus miembros hacia el desarrollo de capacidades intuitivas superiores, de la misma manera que lo habían hecho los antiguos misterios. De modo que dentro de estas sociedades secretas se seguía, —solo mencionaré la que fue la más profunda y significativa, la de los Rosacruz, fundada por Christian Rosenkreutz—, al estilo de los misterios, el camino hacia las verdades más elevadas. Este proceso puede rastrearse históricamente hasta el siglo XVIII. No puedo detallar cómo ocurrió; solo puedo dar un ejemplo, el gran representante de la ciencia oculta de los siglos XVI y XVII, Robert Fludd. Él muestra, para quienes tienen conocimiento en estos ámbitos, en todos sus escritos, que conoce los caminos para llegar a las verdades, que sabe cómo se deben desarrollar ciertas fuerzas, que son de un tipo completamente distinto a las fuerzas dentro de nosotros que ven algún cuerpo de luz delante de sí. Muestra que existen caminos misteriosos para alcanzar las verdades más elevadas. También habla de la sociedad de los Rosacruz de tal manera que para cualquier iniciado la relación queda clara.

Solo quiero plantearte tres preguntas para mostrarte cuán encubiertas se discutieron estas preguntas en su momento, de las cuales él dice que cualquiera que haya llegado al nivel más bajo debe poder responder con comprensión. A los racionalistas y materialistas estas preguntas y también sus respuestas les parecerán bastante sin sentido.

  • La primera pregunta que debe responder quien quiera elevarse dignamente a esferas espirituales superiores es: ¿Dónde vives? — Y la respuesta es: Vivo en el templo de la sabiduría, en la montaña de la razón. — Entender realmente esta única frase, tener la experiencia interior de ella, ya significa haber abierto ciertos sentidos internos.
  • La segunda pregunta era esta: ¿De dónde te viene la verdad? — Y la respuesta es: Me viene del Productivo —, y ahora viene una palabra que no se puede traducir al español: del Más Alto... del poderoso Espíritu Universal, que habló a través de Salomón y que quiere enseñarme alquimia, magia y la cábala... — Esa era la segunda pregunta.
  • Y la tercera pregunta es: ¿Qué vas a construir? - Y la respuesta a eso es esta: Quiero construir un templo como el tabernáculo, como el templo de Salomón, como el cuerpo de Cristo y... como algo más que no se puede pronunciar.

Pueden ustedes ver, — no necesito ni puedo profundizar más en estas preguntas —, que para todos los no iniciados en tales sociedades, lo que se llama verdades suprasensibles se ha envuelto en una oscuridad misteriosa y enigmática, y que el no iniciado debía primero hacerse digno y alcanzar un punto culminante moral e intelectual. Quien no había pasado las pruebas, quien no tenía la fuerza dentro de sí para encontrar las experiencias en su interior, no era considerado digno y no se le permitía la iniciación. Se consideraba peligroso conocer estas verdades. Se sabía que el conocimiento está ligado a un poder enorme, a un desarrollo de poder que el hombre promedio ni siquiera sospecha. Solo aquel es capaz, sin peligro para la humanidad, de poseer estas verdades y este poder, quien haya alcanzado esa altura moral e intelectual. De lo contrario, se decía: sin haber alcanzado esa altura, quien posea estas verdades y este poder se verá como un niño enviado con fósforos a un depósito de pólvora.

Durante todo este tiempo también se consideraron las revelaciones sobre fenómenos, tal como se cuentan en el hablar popular en todas partes y como el pueblo ha contado durante milenios: fenómenos como los que hoy ofrece el espiritismo, posibles solo para quienes poseen las más altas verdades suprasensoriales. Lo que el espiritismo reconoce hoy no son cosas nuevas, sino algo muy antiguo. En tiempos muy antiguos se hablaba de que el ser humano podía influir en otros de una manera que de otro modo no sería posible: ciertas personas logran que se oigan golpeteos a su alrededor, que los objetos se muevan, con o sin contacto, en contra de las leyes de la gravedad, que los objetos vuelen por el aire sin aplicar fuerza física y demás. Desde tiempos remotos se sabía que hay personas que pueden ser puestas en ciertos estados, hoy llamados estados de trance, en los cuales hablan de cosas de las que nunca podrían haber hablado estando conscientes, y también hacen comunicaciones sobre otros ámbitos que no pertenecen a nuestro mundo sensorial. Se sabía que hay personas que se comunican mediante señales sobre lo que ven en esos mundos suprasensibles. También se sabía que hay personas capaces de ver eventos a millas de distancia y también de informar sobre ellos; personas que pueden prever y predecir eventos futuros gracias a su don profético. Todo esto, hoy no lo examinemos en cuanto a su veracidad, es tradición antiquísima. Quienes creen poder aceptarlo como verdad lo consideran algo natural. Tales fenómenos, ni físicos ni sensoriales, fueron considerados verdaderos durante toda la Edad Media. Aunque la Iglesia medieval los veía como provocados por artes malignas, eso no nos interesa aquí. En todo caso, en los siglos XVII y XVIII no se buscaba el camino al mundo suprasensible a través de estos fenómenos. Hasta entonces, nadie había afirmado que una mesa danzante, un fantasma que aparece de algún modo y que se ve con los ojos o en trance, pudiera revelar algo sobre un mundo suprasensible. Aunque alguien contara que desde aquí veía un incendio en Hannover, se le creía; pero nadie veía en ello algo que pudiera dar información seria sobre el mundo sobrenatural. Aquellos que querían tener percepciones sensoriales trataban de lograrlas desarrollando fuerzas interiores en sociedades secretas. Y para los perspicaces, era natural pensar que no se puede buscar lo sobrenatural de esa manera.

Llegó otra época en el desarrollo del mundo occidental; llegó el tiempo en que se empezó a buscar toda la verdad por el camino que hoy llamamos científico. Surgió la concepción del mundo copernicana y las investigaciones de la fisiología; llegaron la técnica, el descubrimiento de la circulación sanguínea, el descubrimiento del óvulo, y así sucesivamente. Se lograron obtener conocimientos de la naturaleza a través de los sentidos. Quien no se acerque a la Edad Media con prejuicios, sino que quiera conocer la concepción del mundo medieval en su verdadera forma, pronto se convencerá de que ese pensamiento medieval no concebía el cielo y el infierno como lugares físicos en el espacio, sino que los veía como algo espiritual. A ninguna persona sensata se le ocurría en la Edad Media defender la concepción del mundo que hoy se atribuye a los eruditos medievales. El copernicanismo no es algo nuevo en ese sentido. Es nuevo en un sentido completamente diferente; en el sentido de que desde el siglo XVI lo decisivo para la verdad se volvió la percepción sensorial; aquello que se puede ver, que se puede percibir con los sentidos. La visión del mundo que tenía la Edad Media no era falsa en el sentido en que hoy se presenta a menudo, sino que era solo una visión que no se veía con ojos físicos. La materialización física era un símbolo de algo espiritual. Incluso Dante no imaginó su infierno y su cielo de manera terrenal; debían interpretarse de manera espiritual.

Se rompió con este punto de vista. Eso es lo que el verdadero psicólogo del desarrollo de la humanidad descubre. Lo sensorial fue elevado, y ahora la sensualidad conquistó el mundo poco a poco. Pero el ser humano se acostumbró a esto sin darse cuenta. Solo el psicólogo investigador, que sigue el desarrollo, puede formarse una idea de ello. El ser humano se acostumbra a tales cambios. Con su percepción, con sus sentidos, se observa todo, y ahora solo lo sensorial se considera verdadero. Sin saberlo, se convirtió en un principio de la naturaleza humana aceptar solo lo que de alguna manera se puede ver, de lo que uno puede convencerse a través de la evidencia sensorial. No se valoraba nada de los círculos que hablaban de una iniciación y conducían a verdades suprasensibles por caminos secretos; todo debía demostrarse sensorialmente.

¿Qué pasó entonces con la percepción sobrenatural del mundo? ¿Cómo podía alguien encontrar lo sobrenatural en un mundo donde se quería buscar la verdad solo en los efectos de los sentidos? Allí estaban las apariciones individuales que no podían explicarse con las fuerzas de la naturaleza conocidas hasta entonces, raras, llamadas apariciones anormales; apariciones que el físico o el investigador de la naturaleza no podía explicar, y que se negaban simplemente en aquellos lugares donde solo se quería aceptar lo que se podía explicar con los sentidos. Allí estaban esas apariciones que se habían transmitido a lo largo de milenios, a las que el hombre ahora recurría; ahora se las buscaba. Frente al impulso que se aferraba solo a lo aparente para los sentidos, el impulso hacia lo sobrenatural se refugiaba en tales apariciones. Lo que no podía explicarse para la crítica científica, eso se quería conocer; se quería saber cómo era de hecho. Cuando se comenzó a buscar en estas cosas testimonios de otro mundo, entonces se había dado la hora de nacimiento del espiritismo moderno. Podemos indicar la hora de nacimiento y el lugar donde ocurrió. Fue en el año 1716, cuando un miembro de la Royal Society publicó un libro, una descripción de las islas occidentales de Escocia. Allí se recopilaba todo lo que se podía saber sobre la «segunda vista». Esto es, por lo tanto, lo que no se puede percibir con ojos comunes, sino algo que solo se podía conocer mediante investigación sobrenatural. Aquí tienen el precursor de todo lo que más tarde se haría desde la llamada ciencia para investigar los fenómenos espiritistas.

Y ahora ya estamos también en la puerta de entrada de todo el movimiento espiritista de los tiempos modernos. La personalidad de la que surgió todo el movimiento espiritista es una de las más notables del mundo: Swedenborg. Todo el siglo XVIII estuvo bajo su influencia. Incluso Kant debatió con él. Tal como era Swedenborg, tenía que ser la personalidad capaz de dar vida al movimiento espiritista moderno. Nació en 1688 y murió en 1772. En la primera mitad de su vida fue un investigador de la naturaleza, que estaba a la cabeza de la ciencia de su tiempo. La comprendía. Nadie tiene derecho a atacar a Swedenborg como un ignorante. Sabemos que no solo fue un especialista completo de su época, sino que también anticipó muchas verdades científicas que solo más tarde se descubrieron en las universidades. Así, en la primera mitad de su vida no solo se encontraba completamente en la posición científica, que quería investigar todo mediante la experiencia sensorial y los cálculos matemáticos, sino que también estaba muy adelantado a su tiempo en este sentido. Luego se dedicó completamente a lo que se llama la visión de espíritus. Lo que Swedenborg, llámelo vidente o visionario mientras vivía, veía era un grupo muy específico de apariciones. Y quien esté mínimamente familiarizado con este campo sabe que Swedenborg solo podía experimentar este grupo de apariciones.

Solo se mencionarán aquí algunos ejemplos. Swedenborg vio un incendio desde un lugar que estaba a sesenta millas de Estocolmo. Compartió esto inmediatamente con la compañía en la que se encontraba, y algún tiempo después se oyó que el incendio había ocurrido tal como Swedenborg lo había contado. Otro ejemplo: una personalidad de alto rango preguntó por un secreto que un hermano no había revelado por completo antes de morir, porque falleció antes. La personalidad se dirigió a Swedenborg con la intención de que lo encontrara y preguntara qué había querido decir. Swedenborg cumplió con la tarea de tal manera que la persona en cuestión no pudo tener dudas de que Swedenborg había penetrado en ese secreto.

Un tercer ejemplo más para mostrar cómo Swedenborg se movía en el mundo suprasensible. Un erudito y amigo fue a visitar a Swedenborg. El sirviente le dijo: Pero debe esperar un poco. El erudito se sentó y escuchó una conversación desde la habitación contigua. Pero solo escuchaba hablar a Swedenborg; no oyó respuestas. La cosa se volvió aún más sorprendente cuando escuchó la conversación desarrollarse en un maravilloso latín clásico, y especialmente cuando lo oyó hablar de manera íntima sobre los estados del emperador Augusto. Luego Swedenborg fue a la puerta, hizo una reverencia y habló con alguien que el amigo no podía ver en absoluto. Después regresó y le dijo al amigo: Disculpe que lo haya hecho esperar. Tenía una visita ilustre: Virgilio estaba conmigo.

La gente puede pensar lo que quiera sobre tales cosas. Pero una cosa es segura: Swedenborg creyó en ellas y las consideraba reales. Dije: solo una personalidad como la de Swedenborg podía llegar a ese tipo de investigación. Justamente el hecho de que estuviera consolidado en la ciencia de su tiempo lo llevó a esa percepción de la naturaleza suprasensible. Era un hombre que, en la época de la floreciente ciencia natural, se había acostumbrado a considerar sólo lo sensorial y lo observable, eso lo sabe cualquiera que lo conozca; las razones se volverán claras en la conferencia que daré la próxima vez aquí sobre el tema: «Hipnotismo y sonambulismo» - y así también dependía de eso como alguien que ve lo espiritual en el mundo. Así como insistió en reconocer como correcto únicamente lo que podía calcular y percibir con los sentidos, así también lo suprasensible fue formado por él de la manera en que tenía que ser; el mundo suprasensible fue arrastrado a una esfera más profunda bajo la influencia de los hábitos de pensamiento de la ciencia natural. He dado las razones de que se nos presente de una manera semejante, similar a las percepciones del mundo sensorial. La próxima vez escucharemos cómo se produce algo así. Pero las condiciones previas para ello son dadas por el desarrollo mental propio de las personas acostumbradas a lo perceptible por los sentidos.

No quiero hablar ahora sobre el significado y el núcleo de verdad de lo que vio Swedenborg, sino sobre el hecho de que, en cuanto uno entra en este campo, que es la base de las concepciones de Swedenborg, dentro de ese campo se ve aquello para lo que uno mismo está predispuesto; se ve lo que uno ha desarrollado en sí mismo. Una prueba de ello puede ser un simple ejemplo.

Cuando la ola espiritista se extendió en la segunda mitad del siglo XIX, también se hicieron intentos en Baviera. Resultó que en los experimentos a los que asistieron incluso eruditos y que tuvieron lugar en diferentes lugares, se produjeron manifestaciones espirituales muy diversas. En una de esas reuniones se preguntó si el alma humana se transmite a través de la herencia de los padres, es decir, si el alma también se hereda, o si se crea de nuevo en cada persona. En esa sociedad espiritista se respondió: Las almas se crean de nuevo. Casi al mismo tiempo, en otra sociedad se hizo la misma pregunta. La respuesta fue esta: El alma no se crea, sino que se hereda de los padres a los hijos. Se descubrió que en una sociedad había seguidores de la llamada teoría de la creación, y en la otra sociedad había algunos eruditos presentes que eran partidarios de la otra teoría. Las respuestas se dieron en su sentido, en el sentido de los pensamientos que vivían en ellos. Cualesquiera que sean los hechos, cualesquiera que sean las razones de esos hechos, se ha demostrado que lo que la persona recibe como revelación corresponde a cómo ve estas cosas. No importa si esto le aparece sólo como una manifestación intelectual o como una visión frente a sus ojos; lo que la persona ve está basado en sus propias disposiciones.

Así sucedió que esta búsqueda de pruebas sensibles más allá de lo sensible se convirtió precisamente en un hijo de la ciencia natural de la época materialista. Y de hecho, también se estableció el principio de que el mundo suprasensible debía buscarse de la misma manera que se busca lo sensible. Así como uno se convence en el laboratorio de la realidad de las fuerzas magnéticas o de las fuerzas de la luz, así se quería convencer de la existencia del mundo suprasensible a través de la apariencia sensorial, de lo que acontece ante los ojos. La gente había olvidado cómo mirar lo espiritual de manera puramente espiritual. Habían olvidado desarrollar la fe en fuerzas suprasensibles y aprender a reconocer aquello que no es ni sensible ni análogo a lo sensible, sino que solo puede captarse mediante la intuición espiritual. Habían adoptado la costumbre de recibir todo por vías sensibles, y así también querían recibir estas cosas por vías sensibles. La investigación se movía por este camino. Así vemos cómo la corriente suevonbargiana continúa. Nada nuevo ofrece lo que se nos muestra; ¡el espiritismo no ofrece nada nuevo! Más adelante lo revisaremos y entonces también lo entenderemos mejor.

Todos los fenómenos que conoce el espiritismo fueron explicados de esta manera. Vemos allí al sureño alemán Oetinger, quien formuló la teoría de que existe una sustancia sobrenatural que puede verse como una aparición física. Solo que, dice él, la materia sobrenatural no tiene las propiedades gruesas de la materia física, no ofrece la resistencia impenetrable ni la mezcla burda. Aquí tenemos la sustancia de la que se toman las materializaciones.

Luego tenemos a otro, el Dr. Johann Heinrich Jung, llamado Stilling, quien publicó un informe detallado sobre fantasmas y apariciones y describió todas estas cosas en él. Intentó comprender todo de tal manera que, como cristiano creyente, hiciera justicia a las apariciones. Como estaba inclinado a ser un cristiano devoto, el mundo entero le parecía no revelar nada más que las verdades de la enseñanza cristiana. Y al mismo tiempo que la ciencia natural hacía valer sus derechos, vemos en su presentación una mezcla del punto de vista puramente cristiano con el de la ciencia natural. En el camino que llamamos oculto, los fenómenos se explican mediante la entrada de un mundo espiritual en nuestro mundo.

Usted ve todas estas apariciones registradas en las obras de aquellos que han escrito sobre espiritismo, demonología, magia y demás, en las cuales también puede encontrar cosas que van más allá del espiritismo, como en Ennemoser, por ejemplo. Incluso vemos cuidadosamente anotado cómo una persona puede ponerse en la situación de percibir los pensamientos de otros que están en habitaciones lejanas. Tales instrucciones las encuentra en Ennemoser, también en otros. Ya en el siglo XIX, encontrará en un tal Meyer, que escribió un libro desde el punto de vista del espiritismo sobre el Hades como una revelación de manipulaciones espiritistas, la llamada doctrina de la reencarnación o doctrina de la reincorporación. Ahí encontrará una teoría que la teosofía nos ha vuelto a mostrar, y que nos muestra que los antiguos cuentos para el pueblo eran una expresión de verdades superiores. Meyer llegó a esto a través de exhibiciones sensoriales.

Con Justinus Kerner, destacado por el peso moral del autor, encontramos todos los fenómenos que conoce el espiritismo. Allí encontramos, por ejemplo, que cerca de la vidente de Prevorst las cosas — cucharas y demás — son repelidas por ella; también se cuenta cómo esta vidente interactúa con seres de otros mundos. Justinus Kerner registra todas las comunicaciones que recibe de ella. Ella le dice personalmente que ve seres de otros mundos que, aunque pasan a través de ella, aún puede percibir, y que incluso puede ver tales seres cuando han entrado con otras personas. Sobre estas cosas, algunos podrían decir: Kerner fantaseó y se dejó engañar mucho por su vidente. Pero solo quiero decir una cosa: todos ellos conocían a David Friedrich Strauss, que era amigo de Justinus Kerner. Él sabía cómo estaban las cosas con la vidente de Prevorst. También saben que lo que él logró va en una dirección que se opone a la corriente espiritualista. Él dice que los hechos que la vidente de Prevorst comunica son verdaderos como hechos —sobre eso no se puede discutir entre quienes saben algo al respecto—, los consideraba más allá de toda duda.

Aunque entonces también había un mayor número de personas que todavía se interesaban un poco por esas cosas, el interés fue disminuyendo cada vez más. Esto se debía a la influencia del enfoque que la ciencia adoptaba. Rechazaba considerar tales fenómenos como declaraciones verdaderas en la época de los años cuarenta, cuando se descubrió la ley de conservación de la energía y con ello se establecieron las bases de nuestra física, cuando se encontró la teoría celular, cuando el darwinismo se estaba preparando. Lo que surgió en ese tiempo no podía ser favorable para los pneumatólogos. Por lo tanto, fueron estrictamente rechazados. Así que se olvidó todo lo que tenían que decir.

Entonces ocurrió un evento que significó una victoria para el espiritismo. El evento no sucedió en Europa, sino en el país donde el materialismo en ese tiempo celebraba sus mayores triunfos, donde la gente se había acostumbrado en espíritu a considerar como verdadero solo lo que se puede tocar con las manos. Esto sucedió en América, en el país donde el hábito de pensamiento materialista que he mencionado se había desarrollado a gran escala. Surgió de las apariciones que, en sentido más burdo, pertenecen a aquellas que aunque son anormales, deben llamarse sensoriales. Los conocidos golpes, las manifestaciones del movimiento de mesas y los golpes que ocurrían durante esto, la audibilidad de ciertas voces que resonaban por el aire, acompañadas de comunicaciones inteligentes para las cuales no había una razón sensorial: fueron ellos los que, en América, en el país donde se da mucha importancia a las apariencias externas, indicaron de manera tan tangible lo sobrenatural. Como un torbellino, la percepción ganó reconocimiento de que existe un mundo sobrenatural, que entidades que no pertenecen a nuestro mundo pueden manifestarse y revelarse en nuestro mundo sensorial. Como una tormenta, esto se extendió por el mundo.

Un hombre, Andrew Jackson Davis, que se ocupaba de estas apariciones, fue llamado para explicar estas cosas. Era, de manera similar a Swedenborg, un vidente, solo que no tenía la profundidad de Swedenborg. Era un estadounidense sin educación, criado como niño de granja, mientras que Swedenborg era un sueco erudito. En el año 1848 escribió una obra: «La filosofía del comercio espiritual». En esta obra presentó un escrito que surgió de las necesidades más modernas, que habían surgido dentro de la lucha moderna, en la que solo se quería admitir lo sensorial, en la que cada uno quería llevar su egoísmo personal al campo, en la que cada uno quería acumular y ser feliz tanto como pudiera. En este mundo, según los hábitos de pensamiento que solo se aferraban a lo material, ya no se podía tener sentido para una fe que condujera más allá del mundo de los sentidos. Se quería ver y se quería una fe que satisficiera las necesidades y deseos de la humanidad moderna. Sobre todo, Davis dice con claridad que los modernos no pueden creer que un número de personas sea bendecido y otro condenado. Eso era lo que los modernos no podían soportar; allí debía intervenir una idea de desarrollo. Y entonces, Davis dejó que se le comunicara una verdad que representa una fiel imagen del mundo sensorial. Se caracterizará mediante un ejemplo.

Cuando la primera esposa de Davis murió, él tuvo la idea de casarse con una segunda mujer. Tenía dudas al respecto, pero una manifestación sobrenatural hizo que se diera permiso para ello. En esta manifestación, su primera esposa le dijo que ella se había vuelto a casar en la tierra del sol; así que él se consideró autorizado a casarse aquí por segunda vez. Al comienzo de la primera parte de su libro nos dice que, de niño campesino, fue criado cristianamente, pero pronto llegó a comprender que la fe cristiana no podía proporcionar convicción, porque el hombre moderno debe entender el qué y el por qué, y hacia dónde conduce el camino. “Fui”, dice él, “enviado por mis padres al campo. Allí apareció una serpiente. Me lancé hacia ella con el rastrillo, pero se rompió un diente. Tomé el diente y recé. Estaba convencido de que la oración debía ayudar. Pero ve [el texto continúa en la transcripción]. ¿Cómo puedo creer en un Dios que me hace pasar por esto?”, se decía. Y así se volvió incrédulo. Gracias a sesiones espiritistas en las que participó, luego pudo entrar en trance y se convirtió en uno de los escritores espiritistas más prolíficos. Él enfatiza que en ese mundo se ve aproximadamente igual que en el mundo de los sentidos. Sería una incredulidad pensar que un buen padre no se preocupe por sus hijos, ya que para ese propósito el padre realiza largos viajes, y así sucesivamente.

Verás, el mundo terrenal se traslada al otro mundo. Por eso, esta forma de pensar se difundió como un reguero de pólvora por todo el mundo. En poco tiempo, se podía contar a los seguidores del espiritismo por millones. Ya en el año 1850 se podían encontrar miles de médiums en Boston, y también se podía reunir rápidamente un capital de 1.200.000 marcos para fundar un templo espiritista. No se puede negar que esto tiene una gran importancia cultural e histórica. Sin embargo, con la mentalidad moderna, este movimiento solo tenía posibilidad de éxito si la ciencia se hiciera con él, es decir, si la ciencia creyera en ello.

Si diera una conferencia sobre la teosofía, podría hablar detenidamente de que hay otras fuerzas detrás de la puesta en escena de los fenómenos espiritistas. Detrás del telón actúan profundos poderes ocultos. Pero hoy eso no puede ser mi tarea. En alguna ora ocasión hablaré de quién es realmente el verdadero organizador de estos fenómenos. Pero esto es seguro: si este organizador oculto quisiera que estos fenómenos convencieran a la humanidad pensante materialista, de que existe un mundo más allá de los sentidos, y si pretendiese que se creyera en ellos a largo plazo, entonces había que conquistar los círculos científicos. Y estos círculos científicos no eran tan difíciles de conquistar. Justamente entre los más perspicaces, entre aquellos que podían pensar de manera profunda y lógica, había muchos que se acercaron al movimiento espiritista. En América fueron Lincoln, Edison; en Inglaterra Gladstone, el naturalista Wallace, el matemático Morgan. También en Alemania hubo un gran número de destacados eruditos, que tenían firmeza en su campo, y que se dejaron convencer por los fenómenos espiritistas a través de médiums, como Weber y Gustav Theodor Fechner, el fundador de la psicofísica. También se incluye Friedrich Zöllner, de quien sólo pueden decir que enloqueció quienes no entendieron los famosos experimentos que hizo con Slade. Además, hay una personalidad que aún hoy está subestimada: el barón Hellenbach, fallecido en 1887. En sus numerosos libros, en su libro sobre el magnetismo biológico y en el libro sobre la magia de los números, presentó de manera tan genial sus experiencias en el ámbito espiritista que estos libros serán un verdadero tesoro para estudiar qué camino tomó este movimiento, especialmente entre las mentes más iluminadas de la segunda mitad del siglo XIX.

Hubo un impulso europeo hacia el movimiento estadounidense y este provenía de un hombre que estaba inmerso en la cultura europea, un discípulo de Pestalozzi, y surgió en un momento que ya era significativo por otros descubrimientos. Este espíritu es Allan Kardec, quien en el año 1858 escribió su «Teoría del mundo de los espíritus», en el mismo año en que muchas otras obras en los más diversos campos aparecieron y marcaron época para la educación occidental. Algunas de estas obras solo necesitan ser mencionadas para sugerir la importancia de la vida intelectual de esa época. Una es «El origen de las especies» de Darwin, otra es una obra fundamental sobre el ámbito psicofísico de Fechner. La tercera es un trabajo de Bunsen, que nos familiariza con el análisis espectral y da la posibilidad de descubrir por primera vez algo sobre la composición material de las estrellas. La cuarta fue la obra de Karl Marx: «El Capital». La quinta fue una obra de Kardec, una obra espiritista, pero de un tipo completamente diferente a las obras estadounidenses. Él defendía la idea de la reencarnación, la reencarnación del alma humana. Este espiritismo francés tuvo en poco tiempo una cantidad de seguidores tan numerosa como el americano. Se difundió por Francia, España y especialmente también por Austria. Fue él quien estaba en consonancia con las antiguas enseñanzas de sabiduría de la teosofía. Era un espiritismo que atraía incluso a espíritus como Hellenbach. Y así, el político social fundamental Hellenbach, que desempeñó un papel importante en los asuntos políticos de Austria en los años sesenta y setenta del siglo XIX, y cuya claridad y agudeza de pensamiento se demuestra en cada uno de sus pasos, defendió esta forma de espiritismo que fundó Kardec: el espiritismo en forma científica. Así ocurrió que en Alemania el espiritismo adquiriera una forma científica. Incluso aquellos que, a diferencia de Hellenbach o de Gladstone, Wallace, Crookes, quienes aceptaban espíritus del antiguo cristianismo con forma de ángel, sino que solo querían hablar de los seres humanos que se reencarnan una y otra vez y de la irrupción de seres desconocidos cuya forma Hellenbach deja indeterminada, también esos espíritus fundaron el espiritismo científico en Alemania. Pero incluso aquellos que en absoluto quieren saber nada de un mundo más allá, ya no podían evitar aceptar los hechos tal como son. Personas como Eduard von Hartmann no querían saber nada de las teorías de los espiritistas, pero decían que los hechos no podían negarse. Tampoco se dejaban confundir por el periodo de desenmascaramientos. El más famoso fue el del médium Bastian por el príncipe heredero Rudolf y el archiduque Juan de Austria. Los medios que habían convencido a nuestros círculos científicos, de hecho, fueron desenmascarados con el medio Bastian. Cualquiera que tenga siquiera un poco de conocimiento en este campo sabe lo acertado que está Hellenbach cuando dice: Nadie va a afirmar que no existen pelucas. ¿Deberíamos entonces creer que no existen pelos reales solo porque se han descubierto pelucas? - Y para quienes trabajan en el ámbito oculto, vale el dicho de que se puede demostrar con certeza que algunos bancos son bancos fraudulentos; sí, pero ¿no hizo también este banco negocios reales en el pasado? La valoración de las verdades espiritualistas se oculta detrás de comparaciones como estas.

Hemos visto que los hábitos de pensamiento científicos y materialistas desde el siglo XVIII —podemos considerar el año 1716 como el año de nacimiento del espiritismo— se han adaptado completamente al pensamiento moderno, incluidas las concepciones materialistas. Se buscó una nueva forma de poder acercarse a las verdades superiores y sobrenaturales, y cada uno que se enfrentaba a estos hechos trataba de comprenderlos a su manera. La fe cristiana encontró en esto una confirmación de su antigua creencia eclesiástica; incluso algunos ortodoxos se involucraron para encontrar pruebas favorables para su causa. Otros, desde la perspectiva del pensamiento materialista, que juzga todo según las condiciones materiales, también encontraron su cuenta. Incluso aquellos que eran investigadores científicos rigurosos, como Zöllner, Weber, Fechner y también varios matemáticos conocidos como Simony, entre otros, trataron de acercarse al asunto pasando de lo tridimensional a lo cuatridimensional. Los individualistas filosóficos, que no podían creer que en el mundo espiritual existiera un desarrollo individualista como en el físico, fueron llevados por la investigación exhaustiva a darse cuenta de que la forma humana de ser sensorial —ver con ojos corporales, oír con oídos corporales— es solo una entre las muchas posibles formas de ser. Los representantes de un espiritismo sobrenatural como Hellenbach también encontraron sus ideas confirmadas en los hechos espiritistas. Y si te imaginas a una persona que sabía adaptarse a las particularidades de cada médium, que sabía ajustarse a las circunstancias más difíciles, de manera que era un verdadero placer encontrársela, ese era un hombre como Hellenbach. Incluso aquellos que solo hablaban de una fuerza psíquica, en la que no se piensa mucho y no hace falta pensar demasiado, también estos seguidores de una fuerza psíquica, como Eduard von Hartmann o incluso espíritus como tu Prel, de los que hablaré la próxima vez, todos interpretaban los hechos a su manera. Hubo muchas teorías, desde las interpretaciones populares del pueblo, que se ocupaba de los espíritus que se manifestaban, de los médiums de escritura, de los médiums hablantes, de los mensajes a través de golpes y demás, de estos buscadores creyentes a la antigua, hasta los espíritus más iluminados: cada uno interpretaba estos fenómenos a su manera. Esto fue en una época en la que reinaba la incertidumbre en todos los ámbitos, en una época en que los fenómenos ya no podían ser negados, pero los espíritus de los hombres demostraron ser totalmente incapaces de estar a la altura del mundo sobrenatural.

En ese tiempo también se sentaron las bases para una renovación del camino místico, para una renovación de aquel camino que en épocas anteriores se había seguido en la ciencia oculta y en los misterios, pero de una manera que fuera accesible para cualquiera que quisiera recorrerlo. Para abrir un entendimiento de los caminos, la Sociedad Teosófica fue fundada por la señora Helena Petrovna Blavatsky. La investigación de la sabiduría, tal como se practicaba en los misterios y entre los rosacruces en la Edad Media, ha sido revivida a través del movimiento teosófico. El movimiento teosófico busca difundir aquello que en tiempos recientes se ha buscado por otros medios. Se basa en los antiguos movimientos, pero también en las investigaciones más recientes.

Quien se acerque más al movimiento teosófico, encontrará que el camino de la Teosofía o ciencia del espíritu, que conduce a las verdades suprasensibles, por un lado es realmente espiritual, y por otro responde las preguntas: ¿De dónde viene el ser humano, hacia dónde va, cuál es su destino?

Sabemos que se debía hablar de una manera a los hombres de la antigüedad, de otra manera a los del medioevo, y de otra manera a los hombres modernos. Los hechos de la Teosofía son muy antiguos. Pero verán, si buscan por el camino de la Teosofía o ciencia del espíritu, que cuando se entienden, comprenden y penetran en su forma más propia, cumplen con cualquier exigencia de la ciencia moderna. Sería un mal teósofo quien quisiera abandonar alguna de las verdades científicas por el bien de la teosofía. Conocimiento por un camino claro y brillante de verdadera cientificidad, sí, pero no un conocimiento limitado a lo sensorial, limitado a lo que ocurre en el ser humano entre su nacimiento y su muerte, sino también conocimiento y saber de lo que está más allá del nacimiento y la muerte. Sin la justificación que tiene la ciencia del espíritu, no puede hacer esto, especialmente en una era materialista. Ella es consciente de que, al final, todos los movimientos espirituales deben converger en un gran objetivo, que los espiritistas finalmente encontrarán en la ciencia del espíritu. Pero ella busca los caminos espirituales por otras vías, más amplias; sabe que no se puede alcanzar lo espiritual en el mundo de los sentidos y tampoco únicamente a través de eventos meramente sensoriales, tal vez sí mediante una visión que es análoga a la sensorial. Sabe que existe un mundo al que solo se puede acceder si se pasa por una especie de operación espiritual, similar a la operación de un nacido ciego que se vuelve capaz de ver. Sabe que no es correcto que el hombre moderno diga: Muéstrame sensorialmente lo suprasensorial. — Sabe que la respuesta es: Hombre, elévate a las esferas superiores del mundo espiritual, haciéndote cada vez más espiritual, para que la conexión con el mundo espiritual sea entonces como lo es la conexión con el mundo sensorial a través de tus ojos y oídos.

La teosofía o ciencia del espíritu tiene ese punto de vista que expresó un creyente de la Edad Media, un místico profundo, el maestro Eckhart, al caracterizar que lo verdaderamente espiritual no se puede buscar de la misma manera que lo sensorial. En los siglos XIII y XIV lo expresó de manera significativa, diciendo que no se puede obtener lo espiritual a través de eventos sensoriales, ni a través de algo que sea análogo a lo sensorial. Por eso dice la gran verdad guía que conduce a lo suprasensorial: La gente quiere ver a Dios con los ojos, como si miraran y amaran a una vaca. Quieren ver a Dios como si estuviera allí y aquí. No es así. Dios y yo somos uno en el conocimiento.

No a través de eventos que nos presenten el mundo superior como algo llamado supra-sensorial, aunque de manera similar al mundo sensorial que nos rodea, a través de golpes o de otros eventos sensoriales, no por esos eventos aparentemente supra-sensoriales que él caracteriza diciendo: ‘Esas personas quieren mirar a Dios como miran a una vaca’, sino desarrollando nuestros ojos espirituales, podremos ver lo espiritual, de manera similar a como la naturaleza nos ha desarrollado ojos físicos para que podamos ver lo físico. La naturaleza nos ha equipado con sentidos externos para percibir lo sensorial. Pero el camino para desarrollarnos más allá de lo sensorial hacia lo espiritual, para poder ver lo espiritual con ojos espirituales, este camino espiritual debemos recorrerlo nosotros mismos mediante un desarrollo libre, incluso según el sentido del desarrollo moderno.

Traducido por J.Luelmo -may 2026-

GA052 Berlín, 7 de marzo de 1904 Teosofía y sonambulismo

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TEOSOFÍA Y SONAMBULISMO

Rudolf Steiner

Berlín, 7 de marzo de 1904


Hoy les voy a hablar sobre un capítulo reciente de la historia del espíritu, que aunque repite una historia antigua en cierta forma, lo hace de una manera tan peculiar y característica, que quizás nada más que este capítulo sea adecuado para mostrar lo difícil que es llevar ciertos grandes fenómenos en la vida del espíritu, en la vida del ser humano en general, a lo que se llama erudición oficial. Hoy serán necesarias algunas palabras que quizá puedan parecer un poco duras respecto a este capítulo. No tomen algunas palabras dichas en este sentido como si provinieran de la pasión, como si fueran dictadas por el sentimiento. Les puedo asegurar que tengo el máximo respeto por algunos eruditos en cuanto a sus investigaciones, en cuanto a su competencia científica, y que sin embargo, hay que decirles algunas palabras que, casi podría decir dolorosas, cuando se habla del capítulo que hoy queremos tratar en un breve bosquejo histórico: el capítulo del hipnotismo. Al mismo tiempo, queremos vincular con esto una pequeña referencia a algo relacionado, al sonambulismo.

Muchos hoy en día creen que el hipnotismo es algo completamente nuevo, que es algo que la ciencia apenas ha descubierto hace poco más de cincuenta años, (1850 aprox). Bueno como contrapartida, permítanme presentarles un testimonio del siglo XVII. El testimonio que quiero presentarles proviene de un libro que, sin embargo, hoy se lee poco, del libro del padre jesuita Athanasius Kircher, y data del año 1646. Quisiera transmitirles en un lenguaje más o menos moderno las palabras de este padre jesuita. Están en un libro que Goethe trató extensamente en su historia de la teoría del color, porque este padre también desempeña un papel muy importante en la historia de la teoría del color. En este libro también se habla de lo que el padre jesuita llama actinobolismo. Eso significaría algo como: la fantasía resplandeciente. «Esta gran fuerza de la imaginación aparece incluso en los animales. Los pollos disfrutan, según creo, de una imaginación tan fuerte, que al ver un simple cordel quedan inmóviles y como atrapados por un extraño aturdimiento. La verdad de esta afirmación se demuestra con la siguiente experiencia: Experimento maravilloso sobre la imaginación del pollo. Coloca un pollo, con los pies atados, en cualquier tipo de suelo; al principio, sintiéndose atrapado, intentará sacudirse la atadura de todas las maneras posibles golpeando con las alas y moviendo todo el cuerpo. Pero al final, tras esfuerzos inútiles y casi desesperado por escapar, se calma y se somete a la voluntad del que lo domina. Ahora bien, mientras el pollo yace tranquilo, dibuja desde su vista en el suelo una línea recta con forma del cordel, usando tiza u otro material de color, y después, suelta sus ataduras y déjalo en paz: así, digo, aunque esté libre de las ataduras, el pollo no volará, aunque se le provoque a hacerlo. La explicación de este comportamiento se basa únicamente en la vívida imaginación del animal, que confunde la línea dibujada en el suelo con la cuerda que lo ataba. He realizado este experimento muchas veces, para asombro de los espectadores, y no dudo de que también funcione con otros animales. Sin embargo, el lector curioso debería informarse al respecto.»

Una comunicación similar sobre este estado de los animales fue hecha más o menos por la misma época por otro escritor alemán, Caspar Schott, en un libro que él llama: «Entretenimiento de la imaginación humana». En él, el escritor en cuestión, que era amigo de Athanasius Kircher, nos dice que sacó la información de este libro de numerosos experimentos de un escritor médico francés. Lo que se nos comunica en este libro no es otra cosa que lo que llamamos hipnotismo en animales. Ya he hablado en una conferencia anterior sobre las relaciones entre el hipnotismo y el sonambulismo; por eso hoy solo puedo recapitular brevemente este capítulo.

Usted sabe, por hipnotismo se entiende un estado parecido al adormecido, en el que la persona es llevada artificialmente mediante los diversos medios que aún queremos señalar durante el transcurso de la conferencia. En este estado parecido al dormir, la persona muestra varias propiedades que no posee en la conciencia de vigilia, incluso propiedades que no tiene en el dormir común. Así que usted puede pinchar a una persona en sueño hipnótico con agujas; se muestra insensible. Puede usted, cuando una persona está en un cierto estadio del adormecimiento, simplemente estirarla, alargar sus extremidades; estas se volverán tan rígidas y firmes que podrá colocar a la persona sobre dos sillas, y el hombre más pesado todavía podrá pararse sobre este cuerpo que se ha vuelto rígido.

Aquellos que hayan visto los experimentos del realmente extraordinario hipnotizador Hansen en los años ochenta del siglo XIX, saben que Hansen, después de haber puesto a la gente en sueño hipnótico, los colocaba con una superficie muy pequeña sobre dos sillas y luego se parapetaba sobre ellos ¡este pesado Hansen! Los cuerpos hipnotizados se comportaban casi como una tabla.

Además, es bien sabido que quien ha puesto a una persona en un estado similar al de dormir, puede darle lo que se llaman órdenes sugestivas. Si has puesto a alguien en este estado, puedes decirle: Ahora te levantarás, irás al centro de la habitación y te quedarás allí como clavado; ¡no avanzarás más, no podrás moverte! — Él hará todo eso y luego se quedará allí como paralizado. Sí, puedes hacer aún más. Puedes decirle a la persona, en una habitación llena de gente: Aquí en esta habitación no hay ni una sola persona más que tú y yo. — Te dirá: Aquí no hay nadie, la habitación está completamente vacía. — O también puedes decirle: Aquí no hay luz — y no verá ninguna. Esas son alucinaciones negativas. Pero también puedes inducirle otro tipo de alucinaciones. Puedes decirle algo dándole una papa en la mano: Esto es una pera, ¡tómala y cómela! —y puedes ver que él cree estar comiendo una pera. De manera similar, puedes darle agua para beber y él creerá que es champán.

Podría dar muchos otros ejemplos, pero solo quiero mencionar algunas cosas especialmente curiosas. Si a un hipnotizado le provocas una alucinación visual y, por ejemplo, le dices: Ves un círculo rojo en la pared blanca —él verá un círculo rojo en la pared blanca. Si luego, después de haber tenido esta alucinación, le muestras el mismo círculo rojo a través de un prisma, se demuestra que esta alucinación aparece refractada exactamente según las leyes de refracción del prisma, es decir, como una aparición normal. Las alucinaciones visuales producidas en los hipnotizados siguen las leyes externas de refracción; también siguen otras leyes ópticas, pero sería demasiado largo detallarlas todas. Es especialmente importante saber: Si le damos a un hipnotizado una orden que no debe ejecutar de inmediato, sino más tarde, eso también puede suceder. Pongo a una persona en hipnosis, le digo: Vendrás mañana a mi encuentro, me saludarás y luego me pedirás un vaso de agua. - Si el experimento se realiza de manera que se cumplan todas las condiciones previas, al despertar no sabrá nada del experimento; pero mañana, en el momento que le indiqué, sentirá un impulso irresistible y realizará lo que le pedí. Esto es una sugestión post-hipnótica. Puede aplicarse a cosas curiosas, especialmente a sugerencias de citas. Puedo sugerir a un hipnotizado que durante tres veces diez días realice cierta acción; pero antes deben haberse realizado muchas otras acciones. No te asustes por eso. Pasar por alto las condiciones necesarias quizá solo sea posible para el ocultista; sin embargo, la persona ejecutará puntualmente la orden que se le dio durante esos tres veces diez días.

Son fenómenos que hoy en día casi nadie niega, ni siquiera los eruditos que se han ocupado de estas cuestiones. Es casi imposible para alguien que ha estudiado estas cosas negar los datos que he proporcionado. Lo que va más allá, sin embargo, muchos lo niegan. Pero también hemos visto que en las últimas décadas los fisiólogos y psicólogos han admitido tal cantidad de cosas que uno no sabe cuánto más se sumará a lo ya concedido.

Bueno, les he mostrado que tales estados anormales de conciencia también se insinuaban en los libros del siglo XVII de los que les hablé. También podría indicar en relación con otros fenómenos que entre los ocultistas existía un conocimiento de lo que llamamos estado hipnótico, entre los investigadores secretos de todos los tiempos. Sin embargo, no se puede demostrar que los antiguos egipcios, y especialmente los antiguos sabios sacerdotes de la India, supieran exactamente solo lo que les he comunicado aquí como los fenómenos del hipnotismo —y estos son los más elementales—: estos sabios sabían mucho más. Y dado que sabían mucho más, eso les impedía compartir su sabiduría con las grandes masas. Todavía veremos por qué. Pero hay algo curioso. Se nos cuenta que aquel jesuita Kircher recibió esta sabiduría a través de una vía indirecta desde la India. Recordemos por un momento esta historia del siglo XVII, de que esta sabiduría fue transmitida desde la India.

Los siglos siguientes, desde el siglo XVII, no fueron particularmente favorables para cosas de este tipo en la ciencia externa. Esta ciencia externa hizo grandes progresos, especialmente en los campos de la física, la astronomía y el estudio de los hechos sensibles externos. Ya he explicado la última vez cuál fue la importancia de estos avances para el pensamiento humano. He mostrado que estos avances, sobre todo, acostumbraron a los seres humanos a buscar la auténtica verdad solo en lo visible y sensible, de manera que las personas se acostumbraron a no aceptar lo que no puede ser visto con los ojos, tocado con las manos, o comprendido con la mente combinatoria. Después de todo, es la época de la Ilustración a la que nos acercamos, esa época en la que la comprensión media humana se volvió dominante, en la que se quiso conocer todo de la manera en que se reconocen los fenómenos físicos. Y en los fenómenos físicos, si solo se establecen correctamente las condiciones previas, los experimentos deben tener éxito. Cualquiera puede cumplir con estos requisitos. Pero en el ámbito del hipnotismo, se necesita algo más. Ahí es necesario el influjo directo de vida a vida, sí, es necesario el influjo directo de persona a persona o de persona a ser vivo. Las manipulaciones que la persona debe realizar con el pollo, como en el experimento que ya nos contó el padre jesuita Kircher en el siglo XVII, esas manipulaciones debían ser realizadas por el ser humano. Y también todas las otras cosas de las que he hablado deben ser llevadas a cabo por un ser humano sobre otro ser humano o ser vivo. Ahora bien, podría ser, —y aquí está la pregunta más importante—, que, debido a que las personas son muy diferentes entre sí, los seres humanos tengan caracteres tan diversos que influyan de manera totalmente diferente en otros seres vivos, sobre todo en otros humanos. Y así podría suceder también que, dado que se requiere un ser humano para provocar fenómenos de hipnosis, un hombre no tenga las cualidades necesarias para hipnotizar a otra persona, mientras que otro hombre sí las posee. No deberíamos sorprendernos si esto fuera así. Todos sabemos que se produce una interacción entre las cosas que estamos considerando, comparable a la que ocurre entre un imán y virutas de hierro. Las virutas de hierro permanecen en reposo si pones madera entre ellas; pero si colocas un imán, estas virutas se ordenan de una manera determinada.

Ahora debemos suponer que los seres humanos son tan diferentes entre sí que uno puede provocar ciertos efectos, como un imán, mientras que otro no puede provocar ningún efecto, como la madera. Una perspectiva así nunca será aceptada por la ilustración puramente racional. Esta supone que una persona es como otra. Se toma al estándar promedio como medida, y nunca se aceptará que alguien pueda ser un erudito destacado en cuanto a razón, pero que no tenga la capacidad, no tenga las cualidades para inducir el estado hipnótico. Quizás podría darse el caso de que importe menos la persona que es hipnotizada y más la que hipnotiza, la que actúa. Tal vez incluso se puedan provocar artificialmente en una persona las cualidades que ejercen sobre otra un poder tan grande que ocurran esas apariciones de las que hemos hablado, e incluso que ocurran apariciones mucho más significativas. La explicación racional, que no hace distinción entre una persona y otra, no lo permitiría. Pero aquellos que se han ocupado de estas cosas tenían claro esto hasta la era de la Ilustración. Quien siga el curso de la historia encontrará una concepción de la ciencia completamente diferente de la que tenemos hoy. A veces son solo tradiciones orales que se han transmitido de escuela en escuela. En todo esto nunca se nos dice nada sobre el estado de los hipnotizados, sobre el estado de quienes deben ser hipnotizados; a eso no se le da importancia. En cambio, se nos indican métodos que capacitan a otra persona, el hipnotizador, para generar dentro de sí tales fuerzas que pueda ejercer una influencia tan grande sobre los demás. Entonces, en las escuelas secretas se enseñan métodos muy concretos mediante los cuales la persona obtiene un poder de tal magnitud sobre los demás. Pero también se exige en todas las escuelas que aquel que desarrolla tal poder en sí mismo debe pasar por un cierto desarrollo que involucra a toda la humanidad. No ayuda la mera erudición intelectual, no basta solo pensar o estudiar. Solo aquellos que conocen y practican los métodos misteriosos, que se esfuerzan por alcanzar un alto nivel de desarrollo moral, que pasan por las diferentes etapas de prueba intelectual, espiritual y moral, se elevan por encima de los demás y se convierten en sacerdotes de la humanidad. Esto los lleva a que les sea imposible usar tal poder de otra manera que no sea para el bienestar de los demás. Y como tal conocimiento otorga la máxima fuerza, porque se logra mediante una transformación completa de la persona, por eso se mantenía en secreto. Solo cuando otras perspectivas empezaron a surgir, se obtuvieron también otras visiones, otros objetivos, otras intenciones sobre estos fenómenos. Así, las tradiciones de la ciencia secreta han sustentado esta cuestión durante siglos, y lo que realmente importa es esto: ¿Qué exigencias debe cumplir quien recibe este poder, y qué métodos son necesarios para que una persona pueda adquirir tal influencia sobre los demás?

Así se mantuvo esta cuestión hasta la era de la Ilustración. Solo en los albores de la Ilustración se pudo revelar algo sobre estos fenómenos de una manera popular y científica por parte de alguien como el padre jesuita que mencioné. Antes, nadie que conociera el asunto y la forma de tratarlo se hubiera atrevido a hablar de estos fenómenos en libros públicos. Solo a través de la indiscreción algo de esto pudo salir a la luz. Fue solo cuando ya no se sabía lo importante que era el dicho: ‘El conocimiento es poder’, y en los momentos en que, por así decirlo, se jugaba con un conocimiento potencialmente tan desastroso como un niño con fuego, sin saber qué hacer con él, que fue posible discutir este conocimiento, que no significa otra cosa que el dominio del espíritu sobre el espíritu, de manera popular. Por lo tanto, no es sorprendente que la verdadera erudición oficial, que tal como la conocemos es un producto de los últimos siglos, no supiera qué hacer con estos fenómenos.

En particular, ella no sabía qué hacer con esto, ya que estas apariciones se le presentaban de una manera sorprendentemente inesperada. Esto fue a finales del siglo XVIII debido a Mesmer, quien por un lado fue muy criticado y por el otro elevado al cielo. Esta personalidad puso la cuestión en circulación entre los estudiosos. El nombre de mesmerismo proviene de él. Fue una personalidad muy peculiar, una personalidad que quizás apareció en mayor número en el siglo XVIII de lo que podría ocurrir hoy; una personalidad que, como veremos, necesariamente tuvo que ser malinterpretada por muchos, pero que por otra parte, gracias a una valentía, —que, claro, para el observador externo parecía gusto por la aventura o charlatanería—, fue capaz de poner este tema en circulación. En 1766 apareció un tratado de Mesmer sobre la 'Influencia de los planetas en la vida humana', que el erudito de hoy tendría que considerar como algo completamente fantástico. El muy estimado por mí, —tomemos esta palabra en serio, porque no se trata de un prejuicio, sino de una caracterización—, Preyer, el biógrafo de Darwin, mostró una tremenda imparcialidad precisamente en esta cuestión, lo cual creo que debo valorar, y por eso lo elijo especialmente como ejemplo de lo poco que la ciencia cambiada del siglo XIX puede hacer justicia a lo que se escribió en el siglo XVIII bajo premisas completamente distintas. Así, Preyer examinó con toda buena voluntad las obras de Mesmer y no pudo encontrar en ellas otra cosa que palabras vacías. Quien no sea fantasioso, sino que juzgue estas cosas con conocimiento, lo entenderá, y quizás incluso recelará de algunos otros que creen poder defender a Mesmer frente a Preyer. Para juzgar correctamente, las condiciones previas para tal juicio están mucho más profundas de lo que normalmente se cree. Pero no es este primer tratado lo que nos interesa, porque para quien ve con profundidad no muestra más que Mesmer, desde un punto de vista bastante elevado y con una visión amplia, supo dominar la ciencia de su tiempo. Quiero destacar esto para que no surja la creencia de que él, como aficionado, se ocupaba de estas cosas. Por lo tanto, Mesmer era un joven académico sin tacha cuando escribió su tesis doctoral, sin duda alguna, y lo que escribió se puede encontrar en innumerables disertaciones de personas que se convirtieron en académicos muy decentes y competentes del siglo XVIII e incluso del XIX.

Este Mesmer apareció en Viena en el último tercio del siglo XVIII con las llamadas curas magnéticas. Para estas curas magnéticas, inicialmente utilizó ciertos métodos que en ese tiempo ya eran bastante comunes. Era entonces tradición, que nunca había muerto del todo, que mediante métodos como los que mencionaré se pudieran lograr curaciones. Esta tradición se había mantenido viva en esa época. Él usó un método que no tenía nada comprometedor: se suponía que al colocar imanes de acero sobre la parte enferma del cuerpo o cerca de ella, se obtenía alivio o incluso curación del dolor, ya sea de forma aparente o real. Mesmer usó estos imanes en su instituto durante bastante tiempo. Pero luego notó algo muy especial. Tal vez ni siquiera se dio cuenta de ello en ese momento, o tal vez ya lo sabía y solo quería usar un método más aceptable como cubierta. Es decir, él apartó los imanes y dijo que la fuerza provenía únicamente de su propio cuerpo, que como fuerza curativa simplemente se transmitía de su propio cuerpo al cuerpo enfermo correspondiente, de modo que la curación era una interacción entre una fuerza que él desarrollaba en su cuerpo y otra fuerza que estaba en el cuerpo enfermo de la otra persona. A esta fuerza la llama magnetismo animal. Lo cuento de manera general y cruda; detallarlo y explicarlo más fino tomaría demasiado tiempo. Pronto, sin hablar de los éxitos de su tratamiento, surgieron diferencias en Viena. Tuvo que dejar la ciudad y se dirigió luego a París. Al principio tuvo allí un éxito extraordinario. Tenía una afluencia inusual de gente. Sin embargo, los académicos no podían aceptar que Mesmer ganara seis mil francos al mes, lo cual es algo bastante incómodo desde el punto de vista de un médico, si alguien gana tanto. Eso era, por supuesto, típico de la ciencia en ascenso, inclinada al materialismo.

Ustedes saben que en el siglo XVIII estamos en pleno siglo de la Ilustración, que en Francia las cosas se agitaban mucho y que no se quería aceptar nada que no se pudiera ver con los ojos, tocar con las manos o combinar con la razón. Y entenderán que la ciencia oficial, que más o menos estaba bajo la influencia de la corriente de pensamiento materialista, se escandalizaba con cosas que no podía comprender. Por eso las curaciones de Mesmer se convirtieron en un escándalo público. Se decía: estas no pueden ser enfermedades reales, sino solo imaginarias, de manera que las histéricas solo se curaban en la fantasía, o que los enfermos se liberaban del dolor en la fantasía. En todo caso, se negaba el método de Mesmer. Como consecuencia, por orden del rey se pidió a dos corporaciones que emitieran un informe sobre el mesmerismo. Quiero presentárselos para que vean cómo la ciencia de aquella época realmente se enfrentaba a estos temas; para que vean que no se deben observar estas cosas con pasión, pero al mismo tiempo también para que vean cómo entonces era necesario malinterpretar el punto de vista que se debía tener frente a Mesmer.

A una mujer le vendaron los ojos y le dijeron que habían traído al señor d'Elon, quien la iba a magnetizar. Tres de los representantes de la comisión estaban presentes: uno para preguntar, otro para escribir y otro para mesmerizar. La mujer no fue magnetizada. Después de tres minutos, la mujer sintió la influencia, se quedó rígida, se puso de pie desde la silla y golpeó con los pies. Ahora estaba la crisis presente. De esta crisis también se hablaba en las curaciones de Mesmer, se le atribuía el éxito.

Trajeron a una histérica a la puerta. Le dijeron que el magnetizador estaba adentro. Ella empezó a tiritar, a sentir frío, y apareció la crisis.

La comisión había constatado que algo extraño estaba ocurriendo, algo que la comisión no podía haber esperado. Y habían constatado algo que apenas les permitía dictar otro juicio que no fuera que todo el procedimiento de Mesmer era un engaño. Cualquiera que entendiera algo de eso podría haber predicho que llegarían a este resultado con una probabilidad de noventa y cinco a cien, y que con sus premisas no podrían llegar a otra explicación. ¡Pero la comisión sí podría haber llegado a otros resultados! ¿Acaso no significa nada que una mujer, con solo pensar en una persona, llegue a todos los estados que se nos cuentan aquí, tanto la mujer dentro de la habitación como la mujer afuera? Sobre todo, debemos preguntar, y la comisión también debió hacerlo de manera honesta y correcta en su momento: ¿Podrían haber esperado, desde su posición racionalista y esclarecedora, tal efecto del pensamiento? ¿Hubieran tenido con sus recursos materialistas alguna posibilidad, alguna enorme posibilidad, de explicar el efecto del pensamiento sobre los estados físicos? Aunque concedamos a la comisión el derecho de condenar a Mesmer, jamás se le puede conceder el derecho de dejar esto de lado. El asunto debía ser investigado más a fondo, precisamente por la comisión, porque sin duda se trata de una cuestión científica muy especial.

Hay un hecho que quiero destacar, que dice mucho a quien sabe del tema, pero que hasta ahora solo se ha juzgado de manera despectiva. A Mesmer se le ofreció una gran suma de dinero para que compartiera su secreto con otras personas. También se dijo que recibió el dinero, pero que guardó el secreto para él y no lo contó a otros. Muchos lo consideran un engaño. Pero poco tiempo después aparecieron en toda Francia unas llamadas sociedades herméticas, en las cuales se practicaban esas mismas artes, aunque en cierto grado. No se decía que él hubiera revelado su secreto, pero había quienes practicaban sus métodos. Quien sepa algo de estas cosas entiende que él solo compartía sus secretos con personas de confianza. No significa nada que no publicara sus secretos en los periódicos. Relaciona esto con la idea de que quienes realmente saben algo sobre estas cosas no lo comparten, porque no se trata de compartir, sino de desarrollar ciertas cualidades que lo hacen surgir.

Ahora comprenderá de dónde vienen las sociedades. Aquí no importan en absoluto los experimentos; de hecho, los experimentos deberían estar prohibidos si los realiza alguien no autorizado. Lo único importante es desarrollar al hipnotizador. Los científicos de aquel tiempo apenas podían darse alguna explicación de estos fenómenos. Por eso, estos fenómenos fueron inicialmente desestimados, tanto por la Academia Francesa como por toda la comunidad científica. Pero seguían apareciendo una y otra vez. E incluso en Alemania se discutían constantemente esos fenómenos. Se fundaron periódicos especialmente para eso. Las personas que creen que tal influencia puede ejercerse de persona a persona explican el hecho suponiendo que un fluido, una sustancia fina, pasa del hipnotizador al hipnotizado y ejerce la influencia. Pero incluso quienes no niegan la influencia no pueden ir más allá del materialismo; dicen para sí: la materia sigue siendo materia, sin importar si es gruesa o fina. - No podían imaginarse nada más que algo material como lo espiritualmente efectivo. Que en aquel entonces estos fenómenos se interpretaran así es consecuencia del hecho de que se intentó explicarlos en una época materialista.

Ahora no puedo describir con detalle las diferentes décadas que siguieron a Mesmer. Solo quiero mencionar que las apariciones nunca se olvidaron por completo, y de hecho, siempre han surgido personas que tomaron estas apariciones muy en serio. Incluso hubo profesores universitarios que describieron estas apariciones con detalle y que ya sabían varias cosas que hoy agrupamos bajo el término: apariciones hipnóticas. Sabían sobre lo que llamamos sugestión verbal. Por ejemplo, afirmaban mucho más de lo que la ciencia actual está dispuesta a aceptar. Un erudito afirmaba que podía leer un libro bastante bien con los ojos cerrados; que podía leer desde el pecho y, en tal estado, leer palabras con solo tocar la página de un libro. Se afirmaba que también se podía llegar a ver acontecimientos lejanos mediante un sonambulismo artificial, es decir, convertirse en vidente.

Ahora estos fenómenos fueron puestos nuevamente en movimiento, y lo curioso de esto es que los eruditos del siglo XIX tuvieron que toparse con ellos de frente; fueron puestos en movimiento por hipnotizadores itinerantes como Hansen, que en los años cuarenta viajaban por Estados Unidos mostrando los fenómenos al gran público y cobrando por ello. A menudo provocaban efectos enormes en sus espectadores. Se les llamaba domadores de almas. Especialmente Justinus Kerner llama a estas personas domadores de almas, porque provocaban efectos en las almas simplemente con mirar o contemplar. Este toparse con los fenómenos de frente tiene, sin embargo, lados peligrosos, porque por un lado hay riesgos para los sujetos de prueba y, por otro, ciertos charlatanes engañan al público de la manera más increíble.

Quisiera contarles un experimento que se ha hecho a menudo y del que personalmente estoy convencido de que siempre y una y otra vez ha dejado perplejas y engañadas a las almas en grandes reuniones públicas. El experimento consiste en lo siguiente. Aquí está sentado un médium con los ojos vendados. No puede ver nada. El empresario en cuestión recorre al público y dice desde lo más atrás de la sala: Dígame algo al oído o haga una pregunta, y veremos si el médium puede saber algo de eso. O escriba en un papel una palabra o una frase para mí. Se hace una de las dos cosas, y después de muy poco tiempo, el médium, que está sentado al frente de la mesa, muy lejos del empresario, anuncia la palabra que se le susurró o que se escribió. Nadie más que esas dos personas sabe algo al respecto, y el empresario en cuestión puede mostrar el papel o pedir al interesado que confirme si la comunicación del médium es correcta. En realidad, en muchos casos, donde yo estuve presente, no ocurría nada más que lo siguiente. El hombre que caminaba por ahí era un ventrílocuo muy hábil. El médium movía los labios en el momento en que debía pronunciar la palabra. Todo el público miraba los labios del médium, y el empresario decía él mismo la palabra o la frase correspondiente. Siempre he visto una y otra vez que apenas había dos personas en la sala que tuvieran una explicación para este experimento. Este tipo de cosas, por supuesto, siempre se mezclaban una y otra vez con hechos auténticos. Hay que saber esto para no dejarse engañar por magnetizadores ambulantes. Por eso considero lamentable que los académicos tengan que ser advertidos sobre este asunto. ¡Hay ventrílocuos que pueden producir melodías enteras, tocar el piano y demás a través del ventriloquismo! Quien conoce estas cosas y sabe de ellas, no será fácilmente engañado en estos temas.

En los años cuarenta y cincuenta, los eruditos volvieron a ser señalados por los domadores de almas itinerantes. En particular, fue un tal Stoney quien causó mucho revuelo y se hizo notar. Sin embargo, ya antes, un exhibidor de este tipo había llevado a un erudito a estudiar estos fenómenos de manera más detallada. De él tenemos, de los años cuarenta, tratados de estilo científico sobre estas apariciones. Se centraban principalmente en el método de fijación, en la acción de mirar fijamente un objeto brillante. Ahora bien, este erudito señaló de inmediato que todos estos fenómenos no podían deberse a que los hipnotizadores ejercieran una influencia especial o específica sobre las personas a hipnotizar. Y precisamente este experimento de fijación fue tan importante para él, porque quería mostrar que estos fenómenos eran un estado anormal de la persona que participaba en el experimento. Quería demostrar que no ocurría ninguna interacción, sino que todo lo que sucedía no era más que un fenómeno fisiológico causado por un simple proceso cerebral. Le importaba demostrar que el mesmerismo, en el que la persona en cuestión debía tener propiedades especiales, era un disparate. Con esto se estableció en esencia el tono en el que la ciencia oficial trataría estas cuestiones durante toda la segunda mitad del siglo XIX. Salvo contadas excepciones, esta cuestión se abordó como si pudiera tratarse como un experimento científico común, como si no fuera más que un hecho que solo tiene importancia en la medida en que puede ser reproducido como cualquier otro experimento científico, que se puede realizar y repetir en cualquier momento. Esta exigencia se aplicó también a este experimento. Bajo esta exigencia, también la ciencia accedió a estudiar los fenómenos. Pero el estudio coincidió con una época bastante desfavorable. Para caracterizarles lo desfavorable que era la época de los años cincuenta y sesenta, quiero mencionar algo que es lo más significativo para quien examine el desarrollo del siglo XIX, pero que la ciencia oficial generalmente pasa por alto.

Mucho antes de Stone, mucho antes de la erudición catedrática, apareció en París un hombre que antes había sido sacerdote católico, luego se había ido a la India con los brahmanes, y que en París, según los métodos que había conocido en la India, utilizaba el hipnotismo y la sugestión, es decir, la inspiración de persona a persona, para curaciones. Este hombre, llamado Faria, explicaba todos los fenómenos de una manera esencialmente diferente. Decía que solo había una cosa importante: que lo importante era que el hipnotizador pudiera provocar en la persona a hipnotizar un estado mental muy específico, que fuera capaz de poner la masa de ideas del hipnotizado en un estado de concentración, de recogimiento. Cuando se logra esta concentración, es decir, cuando toda la masa de ideas del interesado se concentra en un punto determinado, el estado correspondiente debe surgir. Y entonces también deben aparecer los otros fenómenos, y también los aún mucho más complicados que Faria mostraba.

Ahí tienes una vez una explicación e interpretación de manera apropiada de alguien que realmente entendía el asunto. Pero no fue comprendido. Se pasó por alto. Y eso también es comprensible. - He dicho que el padre jesuita, que primero discutió este asunto, y que también obtenía su sabiduría de la India, insinuaba la explicación en el título. Pero los eruditos entendieron poco de ello, tanto que el académico Preyer todavía en el año 1 %JJ dijo que, si la Iglesia atribuía estas apariciones a la fantasía, eso solo mostraba cuánta fantasía tenía la Iglesia. Se expresó de manera ofensiva sobre el sacerdote católico que se había convertido en brahmán. Pero siempre se encuentra que el hipnotismo se ha utilizado para curaciones y para aliviar el dolor en operaciones. Los que tenían relación con Faria lograron que, mediante la influencia mental, no se percibiera dolor en la persona que iba a ser operada. En el año 1847 se descubrió el cloroformo, un medio que los investigadores materialistas podían creer, y con razón decían, que era adecuado para impedir el dolor durante las operaciones. Durante mucho tiempo se perdió así la comprensión del otro analgésico. Solo algunos investigadores realmente pensantes se ocuparon de estos fenómenos en el tiempo siguiente. Quien observa con atención, encuentra una y otra vez que los médicos conocen muy bien los métodos pertinentes, pero de vez en cuando dejan entrever que detrás de los fenómenos hay algo que no comprenden. Y aquellos que son más perspicaces advierten expresamente de involucrarse siquiera con estos fenómenos, con este campo que está tan sujeto al engaño que incluso grandes eruditos pueden ser engañados; por lo tanto, no se puede advertir lo suficiente.

Desde este punto de vista estaban ciertos eruditos, ante quienes de otro modo uno debía tener el más alto respeto. Solo menciono al investigador vienés Benedikt, a quien yo apreciaba mucho en esta dirección, que ya en los años setenta había señalado una y otra vez estos fenómenos. Es el mismo investigador que formuló la idea de la llamada locura moral, que normalmente no se entiende. No es necesario estar de acuerdo con la teoría, ni con lo que él dice sobre el hipnotismo y el magnetismo. Ya de joven se había interesado en el mesmerismo y había descubierto que había algo detrás; pero nunca se dedicó a ello de la manera en que lo hicieron, por ejemplo, Liébeault y Bernheim de la escuela de Nancy. Fue Benedikt quien se opuso con firmeza y enfatizó que incluso Charcot había advertido contra los intentos de interpretar estos fenómenos. En ningún lugar puede uno encontrar en Benedikt una razón plausible para su oposición a toda la teoría de la hipnosis, pero sus declaraciones instintivas se mueven en una línea curiosamente correcta. Siempre dice: quien realiza experimentos en este campo debe ser consciente de que las personas con las que hace tales experimentos pueden engañarlo igual de bien, quizá sin saberlo, como también pueden transmitirle algo verdadero. Por otro lado, ha enfatizado que de la forma en que la ciencia quiere apropiarse de las cosas, no se llega a ningún resultado.

Ahora vemos, después de que un hipnotizador itinerante, Hansen, les mostró a la gente los experimentos más horribles, que fueron reproducidos en el laboratorio por científicos y en parte tuvieron éxito, cómo las revistas se apoderan del tema, cómo se escriben libros gruesos que el periodismo explota, cómo poco a poco estos asuntos se vuelven preguntas cotidianas y se escriben textos populares para que cada uno pueda tener una guía sobre estas cosas en el bolsillo. Fueron especialmente los científicos de la escuela de Nancy, Liebeault y Bernheim, quienes interpretaron estos fenómenos de manera científica. A estos fenómenos se les tuvo que atribuir una propiedad que los hiciera equivalentes y significativos frente a otros fenómenos científicos. Así vemos que lo externo, lo que para los materialistas es innegable, debe ser determinante para inducir una hipnosis. Bernheim llegó al punto de excluir todos los métodos y admitir solo la sugestión verbal: la palabra que le digo al interesado actúa de tal manera que entra en ese estado. La hipnosis en sí es un efecto de la sugestión. Si digo: ¡Usted duerma! - o: ¡Baje los párpados! - y así sucesivamente, se provoca la idea correspondiente y esta provoca el efecto.

Así, el materialismo había enterrado satisfactoriamente las apariencias de la hipnosis; así había quedado en segundo plano lo que todos aquellos que conocen estos asuntos saben: que lo importante es la influencia de una persona sobre otra; que una persona o bien tiene la disposición natural para ello, o la desarrolla mediante métodos especiales, y así se convierte en una personalidad poderosa y significativa para los demás. Y justamente el hecho de que esta influencia personal funcionara había sido completamente ignorado. Se quería que prevaleciera el punto de vista del sentido común promedio, que ve a todas las personas como iguales y no admite un desarrollo del ser humano hacia cierto nivel de formación moral e intelectual. Lo que realmente importa había sido enterrado.

Desde este punto de vista se ha elaborado toda la literatura moderna. En particular, es el filósofo Wundt quien no sabe qué hacer con esto, y lo explica por la ineficacia de una parte determinada del cerebro. También mi amigo, a quien aprecio mucho, el Dr. Hans Schmidkunz, escribió una psicología de la sugestión, en la cual detalla que estos procesos solo son un aumento de fenómenos observables en la vida cotidiana, que se producen de manera natural, pero que aún no se sabe dónde debe buscarse la explicación.

Al haber examinado la historia de este hecho, hemos entrado en una especie de callejón sin salida. Nadie podrá encontrar algo diferente en la literatura contemporánea sobre este capítulo que una acumulación más o menos grande de hechos simples y elementales. La influencia de un ser humano sobre otro revela intentos de explicación bastante materialistas que dicen más bien poco. Pero, sobre todo, uno se dará cuenta de que la ciencia oficial no estaba a la altura de estos hechos, y que nada es más injustificado que la medicina de hoy se atreva a apropiarse de estos fenómenos, reclamando que exclusivamente corresponda al campo de la medicina ocuparse de ellos. Para cualquiera que tenga una verdadera comprensión, está claro que la medicina, desde su posición actual, no sabe qué hacer con estos hechos, y que tienen razón, sobre todo, aquellos que advierten sobre el peligro de estas cosas. No es en vano que personas como Moritz Benedikt hayan advertido sobre una ocupación científica en el sentido habitual con estos asuntos. No es en vano que hayan dicho que incluso un Charcot debería tener cuidado, porque estos estados, que él provoca como observador objetivo, podrían afectarlo a él subjetivamente igual de bien. No es en vano que hayan querido proteger la ciencia del tratamiento que la escuela de Nancy practicaba, que no logró nada para el verdaderamente consciente más que intentos de registro o explicación inútiles, que en el fondo no significan nada. Con toda razón, Benedikt señaló que en toda la literatura de la escuela de Nancy no se puede distinguir qué es un logro superficial y qué es uno positivo, si uno se ha entregado al autoengaño o ha sido engañado.

Este es el juicio instintivo de un hombre que, de hecho, es muy apreciado por espíritus médicos más profundos en la actualidad, el juicio nada menos que del profesor Benedikt. Este juicio es significativo porque, instintivamente, nos muestra la verdadera situación. Instintivamente, Benedikt señala lo que realmente importa. Lo primero es que estas cosas —y Benedikt lo expresa claramente con palabras decididas— no deben mezclarse con otras para experimentar con ellas. Por eso él solo examina los hechos que se presentan a él por sí mismos. Si alguien entra en hipnosis natural y no sufre ningún cambio por parte del hipnotizador, entonces hemos investigado científicamente estos fenómenos. Pero tan pronto como ejercemos influencia sobre otras personas en este contexto, lo hacemos de persona a persona, de la energía de una persona a la de otra, entonces cambiamos el estado de la otra persona, y entonces depende —lo saben quienes conocen los métodos superiores, que la ciencia aún no tiene— de lo que hay en nuestra propia persona, de cómo es esa persona. Si eres una mala persona, de alguna manera una persona inferior, y ejerces una influencia hipnótica sobre los demás, entonces les estás haciendo daño. Si quiere ejercer tal influencia de manera adecuada, de modo que las fuerzas cósmicas extensas no se vean afectadas de manera dañina, entonces debe estar familiarizado con los secretos de la vida espiritual superior, y eso solo es posible si ha desarrollado su fuerza a un nivel más alto. No se trata de experimentar aquí y allá. Estas apariciones son cosas que ocurren continuamente a nuestro alrededor. No puede entrar en un espacio sin que en ese lugar, si hay otras personas presentes, se produzcan interacciones que son análogas a lo que ocurre en los fenómenos hipnóticos desde otras condiciones. Si se quiere ejercer conscientemente tal influencia, primero hay que ser digno y capaz de ejercerla.

Por eso, en este campo solo volverá a haber una vida saludable cuando no exista la exigencia de estudiar estos fenómenos desde el punto de vista de la ciencia, sino cuando se renueve el antiguo método, que consiste en que quien ha despertado el poder en sí, y por lo tanto puede ser hipnotizador, primero debe desarrollar en sí ciertas fuerzas superiores. Eso se sabía antes. Se sabía cómo eran los fenómenos. Lo importante era preparar a las personas para que pudieran realizar tales fenómenos. Solo cuando nuestra formación médica vuelva a ser completamente diferente, cuando toda la humanidad sea llevada de nuevo a un nivel moral, espiritual e intelectual más alto y el ser humano haya demostrado ser digno, y solo cuando se lleve a cabo la prueba en este sentido, se podrá hablar de un desarrollo fructífero de este campo. Por lo tanto, no hay nada que esperar del tratamiento académico actual del hipnotismo y la sugestión. Se entienden de una manera completamente equivocada. Deben ser considerados nuevamente de la manera correcta. Cuando eso ocurra, se verá que estos fenómenos, en realidad, son más comunes de lo que se suele creer. Entonces se comprenderán muchas cosas en nuestro entorno. También se sabrá que no se puede popularizar más allá de cierto grado estas manifestaciones, porque más allá de ese grado, estas manifestaciones pertenecen al desarrollo interno del ser humano. El poder más alto no se adquiere mediante la vivisección viva del espíritu, sino a través del desarrollo de fuerzas profundas que están en nosotros. El desarrollo moral, espiritual y mental superior será lo que nos haga nuevamente dignos de hablar con claridad y firmeza en estos ámbitos.

Entonces también volveremos a entender a nuestros antepasados, que no querían saber nada de mostrar estas cosas a la profana mundo en su significado más profundo. No se quería decir otra cosa cuando se hablaba de la imagen velada de Isis, que nadie debía levantar el velo si era culpable. Con eso se quería señalar que el ser humano solo puede reconocer las verdades más altas si primero se hace digno de ellas. Esto le dará un nuevo significado y una nueva luz al dicho: El conocimiento es poder. – Sí, el conocimiento es poder. Y cuanto mayor es el conocimiento, mayor es el poder. La dirección de la historia mundial se basa en ese poder. La caricatura de esto es lo que hoy la ciencia quiere mostrarnos. Pero un conocimiento que despierte los corazones, un poder que pueda intervenir en otros corazones y en su libertad, solo se puede adquirir mediante una comprensión que al mismo tiempo sea una felicidad para el ser humano, ante la cual se queda reverente. Que nuestro conocimiento abrace a todo nuestro ser, que nos pongamos frente a las verdades más altas y reconozcamos que la verdad, que se vive en nosotros, es una revelación divina que consideramos algo sagrado, debe ser nuestro ideal. Entonces volveremos a experimentar el conocimiento como poder, cuando el conocimiento sea nuevamente una comunión con lo divino. Quien se une con lo divino a través del conocimiento está destinado a realizar el dicho: El conocimiento es poder.

Traducido por J.Luelmo -may 2026-