CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 27

GA073a Dornach, 7 de abril de 1920 - La atención de la salud como cuestión social

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RUDOLF STEINER


LA ATENCIÓN DE LA SALUD COMO CUESTIÓN SOCIAL *


Dornach,  7 de abril de 1920

¡Honorables miembros del público! No cabe duda de que la cuestión social es uno de los asuntos que, en círculos cada vez mas amplios, nos preocupan más hoy en día, y allí donde se tiene un poco de corazón para lo que surge en el presente del desarrollo de la historia humana, para los impulsos que amenazan o que hay que tratar para el futuro, esto se puede resumir bajo el nombre de cuestión social. Hay que decir, sin embargo, que la consideración y el tratamiento de esta cuestión social en el presente adolece del mal fundamental del que adolecen tantas cosas en nuestra vida cognoscitiva, en nuestra vida moral, de hecho en toda nuestra vida civilizada, a saber, del intelectualismo de nuestro tiempo, que adolece del hecho de que sus problemas se sitúan tan a menudo meramente en la perspectiva de una visión intelectualista. La cuestión social se debate desde este o aquel punto de vista, que está más a la derecha o a la izquierda. El intelectualismo de tales debates se evidencia en el hecho de que se basan en ciertas teorías, en la suposición de que esto o aquello debe ser de tal o cual manera, que esto o aquello debe ser abolido. Al hacerlo, se tiene poco en cuenta a las personas en sí mismas. Se trata a las personas como si existiera algo genérico como "ser humano", como si no existiera algo que se desarrolla individualmente en cada persona en un determinado aspecto. No dirigimos nuestra atención a la peculiaridad e idiosincrasia del ser humano individual. Por tanto, toda nuestra consideración de la cuestión social adquiere también algo abstracto, algo que hoy tan poco pasa a los sentimientos sociales, a las actitudes que intervienen entre persona y persona. Lo que se evidencia aquí como una deficiencia de la consideración social, lo percibimos más claramente cuando dirigimos nuestra atención a un ámbito concreto, un ámbito que quizá sea más adecuado que muchos otros para ser sometido a la consideración social, por ejemplo, cuando nos fijamos en el ámbito de la higiene, en la medida en que la higiene es un asunto público que no concierne al individuo, sino a la comunidad humana.

Es cierto que aún hoy no faltan instrucciones higiénicas, tratados y escritos sobre el cuidado de la salud como asunto público. Pero hay que preguntarse: ¿Cómo encajan estas instrucciones, estas consideraciones sobre la higiene, en la vida social? - Y aquí tenemos que decir: se colocan de tal manera que los discursos individuales sobre el cuidado adecuado de la salud, se publican como el resultado de la ciencia médica, fisiológica, medicinal, por lo que se supone que la confianza que uno tiene en un tema cuya esencia interna no está en condiciones de examinar, constituye en cierta medida la base para la aceptación de tales normas.  Sólo sobre la base de la autoridad pueden los círculos más amplios, a los que sí concierne, -porque concierne a todas las personas-, aceptar lo que surge de las cámaras de estudio y de las salas de examen, de los laboratorios de examen de la profesión médica acerca de la higiene. 

Pero si uno está convencido de que en el transcurso de la historia moderna, en el transcurso de los últimos cuatro siglos, ha surgido en la humanidad un anhelo por el ordenamiento democrático de todos los asuntos, pero hoy en día se enfrenta, aunque a muchos les parezca grotesco, con el carácter completamente antidemocrático de la pura creencia en la autoridad que se exige en el ámbito higiénico. El carácter antidemocrático de esta creencia en la autoridad contrasta con el anhelo de democracia, que en la actualidad ha alcanzado a menudo un punto culminante -aunque, podría decirse, de forma muy paradójica. 

Sé muy bien que la frase que acabo de pronunciar es percibida por muchos como paradójica, sencillamente porque la manera en que alguien recibe lo relacionado con la asistencia sanitaria, no se concilia con la exigencia democrática de que la comunidad de estas personas mayores de edad, juzgue también los asuntos públicos que conciernen a toda persona mayor de edad, ya sea directamente o a través de sus representantes. Sin duda hay que decirlo:  Puede que no sea posible que algo como un concepto de higiene, un cuidado higiénico de la vida pública, se viva de una manera completamente democrática, porque depende del juicio de aquellos que buscan el conocimiento en un campo concreto. Pero, por otra parte, debe plantearse la siguiente pregunta: ¿No sería posible aspirar a una mayor democratización de la que hoy es posible en las condiciones actuales en un ámbito tan cercano, tan infinitamente cercano a cada persona y, por tanto, a la comunidad humana, como es el de la sanidad pública? No cabe duda de que hoy en día se nos dice mucho sobre la manera en que el hombre debe posicionarse en la vida con respecto al aire y a la luz, con respecto a la alimentación, con respecto a la evacuación de los residuos producidos por el propio hombre o por su entorno, etcétera, etcétera. Pero lo que se impone a la humanidad en forma de reglas sobre estas cosas, es en su mayor parte incomprobable para aquellas personas sobre las cuales se va a aplicar. 

Ahora bien, no quiero que se me malinterprete, en el sentido de que estoy adoptando una posición particular a favor de algo en esta conferencia, que se va a dedicar al tema de la "Higiene como cuestión social". No pretendo tomar partido por lo que hoy en día tiende a tratarse desde un punto de vista partidista o desde el punto de vista de una determinada convicción científica. No quiero, -quizá me permitan esta pequeña aparente desviación del papel en la introducción-, no pretendo tomar partido por la vieja superstición de que los diablos y demonios andan por ahí entrando y saliendo de las personas como enfermedades, ni tampoco quiero tomar partido por la superstición moderna de que los gérmenes y bacterias entran y salen de las personas causando enfermedades. Que se trate de una superstición espiritualista de antaño o de una superstición materialista de la actualidad, eso puede preocuparnos menos. Pero me gustaría tocar algo que impregna toda la formación cultural de nuestro tiempo, especialmente en la medida en que esta formación depende de las convicciones científicas básicas de nuestro tiempo.  

Aunque muchas personas afirman que hoy el materialismo, tal como se afirmaba a mediados del siglo XIX, y en el último tercio del siglo, ha sido superado científicamente. Pero para aquellos que realmente ven a través de la esencia del materialismo y de su contrario, esta afirmación no puede ser válida, pues este materialismo ha sido superado a lo sumo por algunas personas que ven que los hechos científicos actuales ya no permiten declarar rotundamente: Todo lo que existe es sólo algún proceso mecánico, físico o químico que tiene lugar en la materia. No basta con que algunos hayan llegado a esta convicción, forzados por el peso de los hechos. Pues en contraste con esta convicción está el otro hecho de que ahora, a pesar de esta convicción, incluso los que la tienen, -y los otros con mayor razón-, cuando se trata de explicar algo concretamente, de formarse una opinión sobre algo concreto, adoptan sin embargo la dirección materialista en su modo de pensar. También se dice que los átomos y las moléculas son inofensivas denominaciones técnicas, de las que no se pretende afirmar otra cosa que son cosas del pensamiento. Pero el punto de vista ha seguido siendo por tanto atomista, molecularista. Nos explicamos los fenómenos del mundo a partir del comportamiento y la relación de los átomos o de los procesos moleculares entre sí, y no importa si nos imaginamos que algún pensamiento, algún sentimiento o algún otro proceso está conectado justo con los procesos materiales de los átomos y las moléculas, sino que lo que importa es qué dirección toma toda nuestra constitución anímica, qué dirección toma nuestro espíritu cuando toma como base de sus explicaciones sólo lo que se piensa atomísticamente, lo que surge de lo más pequeño, de lo más pequeño inventado. No depende de si uno está literal o mentalmente convencido de que hay algo distinto de los efectos atomísticos, de los efectos atómicos materiales, sino de si tiene la posibilidad de hacer de otras explicaciones del mundo el principio rector de su espíritu mas que la derivación de los fenómenos a partir de lo atomístico. Lo que importa no es [lo que] creemos, sino cómo explicamos, cómo nos comportamos en el alma. Y aquí, en este lugar, debe mantenerse la convicción de que sólo la verdadera, la auténtica ciencia espiritual, la ciencia espiritual de orientación antroposófica, puede ayudar a superar el mal que puede caracterizarse de este modo, como yo acabo de hacerlo. 

Me gustaría demostrar concretamente que esto puede ser así. No hay casi nada que nos resulte más confuso que las diferencias que a menudo se afirman hoy en día entre el cuerpo humano y el alma o el espíritu humano, diferencias entre lo que son enfermedades físicas y lo que son las llamadas enfermedades del alma o espirituales. En relación con la comprensión del modo de concepción materialista-atomista, lo que adolece es precisamente la debida distinción y la debida correlación de tales hechos de la vida humana, tales como el cuerpo enfermo o el alma aparentemente enferma.  Después de todo, ¿Cuál es la esencia del materialismo que ha surgido gradualmente como la nueva visión del mundo de muchas personas y que no ha sido superado en absoluto, sino que de hecho está floreciendo en la actualidad? ¿Cuál es la esencia? La esencia del materialismo no es que uno se fije en los procesos materiales, o en qué procesos materiales tienen lugar en el cuerpo humano, ni tampoco que uno estudie con devoción la estructura milagrosa y la actividad milagrosa del sistema nervioso humano y de los demás órganos humanos o del sistema nervioso de los animales o de los órganos de otros seres vivos; Que se estudien estas cosas no lo convierte a uno en materialista, sino que uno se convierte en materialista, cuando en el estudio de los procesos materiales, se abandone el espíritu, que se mire al mundo de la materia, y sólo se vea materia y procesos materiales. 

Pero eso es lo que la ciencia espiritual debe afirmar, -hoy sólo puedo hablar de este punto muy someramente-, que en todas partes donde los procesos materiales nos aparecen exteriormente para los sentidos, esos procesos que sólo la ciencia actual quiere aceptar como observables y exactos, que en todas partes allí estos procesos materiales son sólo la apariencia exterior, la revelación exterior de poderes y fuerzas espirituales que trabajan detrás de ellos y en ellos. No es característico de la ciencia espiritual mirar al hombre y decir: Oh, he ahí su cuerpo; este cuerpo es una suma de procesos materiales, pero el hombre no puede existir sólo en él, sino que aparte de su cuerpo, él tiene su alma inmortal independiente de él; y que ahora uno empiece a formarse toda clase de teorías abstractas, toda clase de visiones abstractas de un modo bastante místico sobre esta alma inmortal independiente del cuerpo, no se puede caracterizar en absoluto por una cosmovisión espiritual. Ciertamente, puede decirse que, además de su cuerpo, que consiste en procesos materiales, el hombre también posee un alma inmortal que después de la muerte es llevada a algún reino espiritual. Por lo tanto, todavía no es un científico espiritual en el sentido de la ciencia espiritual de orientación antroposófica. 

Sólo se es un científico espiritual cuando uno se da cuenta de que este cuerpo material con sus procesos materiales es obra de la labor del alma, cuando uno comprende en detalle cómo trabaja esa alma, que ya  estaba allí antes del nacimiento o digamos antes de la concepción del hombre, en cómo va dándole  forma, cómo se plastifica en la construcción, es más, en la sustanciación del cuerpo humano. Si uno es capaz de comprender realmente en todas partes la unidad inmediata de este  cuerpo y de lo anímico, y si es capaz de comprender cómo, mediante la acción de lo espiritual-anímico en el cuerpo, este  cuerpo como tal se va desgastando, cómo este cuerpo muere parcialmente  cada minuto y cómo, entonces, en el momento  de la muerte, solo, me gustaría decir que tiene lugar la configuración radical de aquello que ocurre en cada instante por la influencia de lo anímico-espiritual sobre el cuerpo, si se comprende esta interacción viva, esta acción continua del alma en el cuerpo, se comprende en lo concreto y detallado, si uno se esfuerza por decir: lo  anímico se desglosa en procesos muy concretos, así se traslada a los procesos de  la actividad hepática, así se traslada a los procesos  de la  respiración, así a los procesos de la actividad cardíaca, así como en los procesos de la actividad cerebral; en resumen, cuando, al describir lo material en el ser humano, uno sabe presentar lo corporal del ser humano como el resultado de lo espiritual, entonces es un científico de lo espiritual.

Esto es lo que importa por un lado. Por otro lado, es importante que uno se proteja de todas las habladurías abstractas y chismosas sobre un tipo de alma independiente del ser humano [físico], sobre la cual sólo se puede fantasear en la medida en que la vida, -y por tanto las vivencias-, tiene lugar entre el nacimiento y la muerte. Pues entre el nacimiento y la muerte, con excepción del período en que se duerme, lo anímico-espiritual está tan entregado a los efectos corporales que vive en ellos, vive a través de ellos, se presenta en ellos. Debe uno llegar a ser capaz de estudiar lo anímico-espiritual fuera del curso humano de la vida y aceptar el curso humano de la vida entre el nacimiento y la muerte como resultado de lo anímico-espiritual. Entonces uno observa la unidad real y concreta de lo anímico-espiritual con el cuerpo físico. Entonces uno impulsa la ciencia espiritual de orientación antroposófica, porque entonces uno tiene la perspectiva de que este ser humano con todas sus estructuras individuales se presenta ante uno como resultado de lo anímico-espiritual, también para la cognición. El punto de vista teosófico místico, que plantea bellas teorías de toda clase de espiritualidades sin cuerpo, no puede servir a las ciencias concretas de la vida, no puede servir a la vida en absoluto, sólo puede servir a la lujuria intelectualista o psíquica, que quiere acabar con la vida, con la vida exterior lo más rápidamente posible y luego, para tener una satisfacción interior, para poder entregarse a una lujuria interior, teje toda clase de fantasías sobre e lo anímico-espiritual. 

Aquí, en este movimiento espiritual de orientación antroposófica, se trata de trabajar muy seriamente para cultivar una ciencia espiritual que sea capaz de vivificar la física, las matemáticas, la química, la fisiología, la biología y la antropología. De modo que no se trata aquí de afirmar religiosa o filosóficamente por un lado que el hombre lleva en sí un alma inmortal, y luego practicar antropología, biología, física y química como si sólo se tuvieran ante sí procesos materiales, de lo que se trata aquí es de aplicar a los detalles de la vida, lo que se puede obtener en el conocimiento sobre lo anímico-espiritual, de indagar en la estructura milagrosa del propio cuerpo. Se puede decir ciertamente, aunque a algunos les suene paradójico, que algunos quieren ser buenos místicos o buenos teósofos y quieren hablar todo tipo de cosas sobre cómo el ser humano consta de cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, yo y demás, pero ni siquiera tienen idea de lo que es una expresión del alma, por ejemplo, cuando te suenas la nariz. Es importante no ver la materia como materia, sino ver la materia como la manifestación del espíritu. Entonces también se obtienen puntos de vista sanos y llenos de contenido del espíritu, pero entonces también se obtiene una ciencia espiritual que puede ser fructífera para las ciencias de la vida. 

Pero con ello se consigue también algo más. Esto nos permitirá superar aquello que en los últimos tiempos, precisamente por el carácter materialista del conocimiento científico, nos ha empujado a la especialización. Realmente no quiero hacer una critica contra la especialización, porque conozco muy bien su justificación.  Sé que ciertas cosas hoy en día hay que perseguirlas desde la especialización simplemente porque requieren una técnica especializada. Pero la cuestión es que el que se aferra a lo material, cuando se convierte en especialista, nunca puede adquirir una visión del mundo que pueda aplicarse en la vida, porque los procesos materiales son un campo infinito. Son un campo infinito tanto fuera en la naturaleza como en el hombre. Si sólo se estudia el sistema nervioso humano de acuerdo con todo lo que hoy está disponible, se puede dedicar mucho tiempo a ello, al menos tanto tiempo como el que los expertos suelen querer dedicar a sus estudios especializados. Pero si, de lo que ocurre en el sistema nervioso, sólo tienes ante ti lo que son los procesos materiales, sólo lo que se expresa en los conceptos abstractos que hoy son objeto de la ciencia, entonces nada te lleva a lo universal que pueda convertirse en la base de una visión del mundo. En el momento en que se empieza a considerar el sistema nervioso humano en términos de ciencia espiritual, digamos, no es posible considerar este sistema nervioso en absoluto sin que lo que se encuentre activo en él como espíritu les conduzca inmediatamente a lo que ahora pertenece al sistema muscular, al sistema óseo. El sistema sensorial se basa en lo anímico-espiritual, pues lo espiritual no es algo que esté dividido en partes individuales como lo material, sino que lo espiritual es algo, -al menos sólo se caracteriza por esto-, que se extiende como un miembro, como un organismo. Y del mismo modo que no puedo mirar a una persona limitándome a observar sus cinco dedos y cubriéndola de otro modo, tampoco puedo mirar a una individualidad espiritualmente sin que aquello que percibo en esta individualidad como anímico espiritual me conduzca a una totalidad. Si somos conducidos a tal totalidad, -aunque tal vez también sólo pueda ser un especialista en la investigación del cerebro o de los nervios-, entonces podremos, no obstante, obtener una imagen global del ser humano observando esta parte individual del organismo humano; entonces seremos conducidos a la posición de obtener ahora realmente algo universal para una visión del mundo, y entonces existe la peculiaridad de que entonces también podemos empezar a hablar de algo que puede ser comprensible para todas las personas que tienen una mente sana y un entendimiento totalmente sano. 

Esta es la gran diferencia entre cómo puede hablar del hombre la ciencia espiritual y cómo debe hablar del hombre la ciencia especializada, materialista.  Veamos, tomemos el simple caso de cómo la ciencia especializada, materialista, se les presenta a ustedes en cualquiera de los manuales en uso hoy en día. Si ustedes, como personas corrientes que no han aprendido mucho sobre el sistema nervioso, cogen un manual sobre el sistema nervioso, - bueno, probablemente pronto dejarán de leer de nuevo, o en todo caso no obtendrán mucho que pueda darles una base para mirar al hombre como un verdadero ser humano en su valor, en su dignidad. Pero si desde los cimientos de la ciencia espiritual, ustedes escuchan lo que se puede decir sobre el sistema nervioso humano, entonces en todas partes tal discusión es seguida por aquella que luego conduce al ser humano completo, que confiere tal iluminación sobre el ser humano completo, que en la idea que les llega está presente algo del valor, naturaleza y dignidad del ser humano con quien ustedes están tratando. Y en nada es esto más evidente que cuando consideramos no sólo al hombre sano en relación con cualquiera de sus miembros, sino que es particularmente evidente cuando consideramos al hombre enfermo, a este hombre enfermo con sus tantas desviaciones de lo llamado normal, especialmente cuando estamos en condiciones de considerar al hombre completo cuando está bajo la influencia de tal o cual enfermedad. Lo que la naturaleza pone ante nuestras almas en el ser humano enfermo, es adecuado para conducirnos profundamente a las conexiones del mundo, para mostrarnos cómo está organizado este ser humano y cómo, debido a su organización, las influencias atmosféricas, incluso extraterrestres, pueden afectar a este ser humano, cómo este organismo humano está conectado con estas o aquellas sustancias de la naturaleza, que luego resultan ser remedios y así sucesivamente. 

Somos guiados a amplios contextos, y uno puede decir: Si uno complementa lo que puede ser reconocido de esta manera acerca de la persona sana, con lo que uno puede reconocer a través de la persona enferma, entonces uno obtiene una visión profunda de todo el contexto y el significado más profundo de la vida. Pero todo lo que se abre es la base de un conocimiento de la naturaleza humana, la base de algo que luego se puede llevar a formas de expresión que se puedan decir a todas las personas. Por supuesto, hoy todavía no estamos en esa fase, porque la ciencia espiritual en el sentido que aquí se entiende sólo ha podido trabajar durante poco tiempo. Por eso las conferencias que se dan aquí, como dijo antes el Dr. Boos en sus observaciones introductorias, a menudo sólo pueden considerarse como un comienzo. Pero la tendencia de esta ciencia espiritual, es elaborar lo que está presente en las ciencias individuales en tal forma que lo que cada hombre debe saber sobre el hombre, pueda realmente ser llevado a cada hombre.  Y ahora imaginen, si la ciencia espiritual tiene primero tal efecto transformador sobre la ciencia y si esta ciencia espiritual logra entonces conformar formas de conocimiento para el ser humano sano y enfermo, que puedan hacerse accesibles a la conciencia humana general, si esto tiene éxito, -cuán diferente será la posición del hombre frente al hombre en la vida social, cuán diferente será la confrontación del hombre individual con el otro hombre de una manera comprensiva que hoy, donde cada uno pasa al lado del otro y no tiene comprensión para la individualidad especial de este otro hombre. La cuestión social sólo saldrá de su intelectualismo cuando surja de la experiencia en los más diversos ámbitos de la vida, cuando se base en las experiencias concretas de la vida. Esto es especialmente evidente en el ámbito de la asistencia sanitaria. Pues piensen en el efecto social de dar a las personas una comprensión de lo que es sano en otras personas y de lo que es enfermo en otras personas; piensen en lo que significa: la asistencia sanitaria se lleva de la mano con la comprensión por parte de toda la humanidad. Por cierto, con esto no se pretende fomentar un diletantismo científico o médico, -eso debe ser válido-, sino pensar que simplemente se despierta una simpatía, no sólo un sentimiento, sino una comprensión de lo que está sano y enfermo en nuestros semejantes, una comprensión basada en una visión del ser humano. Piensen en el efecto social de tal cosa, y tendrán que decirse a sí mismos: Aquí ven que la reforma social, la reconstrucción social debe surgir de la pericia en las áreas individuales, no de teorías generales, sean marxistas, sean teorías de Oppenheimer, sean teorías de un tipo u otro, que miran más allá del ser humano, que quieren modelar el mundo a partir de conceptos abstractos.  La salvación no puede surgir de esto, sino del reconocimiento devoto de las áreas individuales. Y el cuidado de la salud, la higiene, es un campo tan especial, porque nos acerca, quisiera decir, a todo lo que nuestro prójimo tiene de alegría a través de su modo de vida sano y normal o de dolor y sufrimiento, de restricciones a través de lo que reposa en él como más o menos enfermo. 

Esto es algo que nos remite de inmediato a la forma social especial en que la ciencia espiritual puede contribuir al ámbito de la higiene. Porque si, en este sentido, el estudioso de la ciencia espiritual, el estudioso de lo que es el ser humano sano y enfermo, y también aquel que se especializa como médico, se integra en la sociedad humana con tal conocimiento, entonces estará en condiciones de aportar esclarecimiento dentro de esa sociedad humana, pues encontrará comprensión. Y no solo se establecerá tal relación del médico con la sociedad que, a menos que se sea precisamente su amigo o pariente, uno pase por delante de su casa y lo llame cuando le duela algo o se haya roto una pierna, sino que se establecerá una relación con el médico tal que en la que el médico sea el maestro y guía permanente del cuidado sanitario preventivo, de modo que, de hecho, exista una intervención continua por parte del médico, no solo para curar a las personas cuya enfermedad ha avanzado hasta el punto de que la noten, sino también para mantener sanas a las personas, en la medida de lo posible. Se producirá una interacción social dinámica entre el médico y el resto de la humanidad. Entonces, la salud que emana de tal conocimiento se reflejará en la propia medicina, pues, precisamente debido a que el materialismo se ha extendido también a la visión médica de la vida, nos hemos visto envueltos en concepciones verdaderamente extrañas.

Por un lado, tenemos las enfermedades físicas. Se estudian detectando las alteraciones de los órganos o lo que se supone que son procesos físicamente perceptibles o concebidos como tales dentro del cuerpo humano, y se presta especial atención a que se puedan subsanar las lesiones que allí se encuentren. En este sentido, se piensa de forma totalmente materialista sobre el cuerpo humano, tanto en su estado normal como en el anormal. Junto a ello aparecen las llamadas enfermedades del alma o mentales. Estas enfermedades del alma o mentales, debido al pensamiento materialista, se han reducido a meras enfermedades cerebrales o, en otros casos, a trastornos del sistema nervioso, y probablemente también se han buscado sus causas en el resto del sistema orgánico del ser humano. Pero como no se había desarrollado en absoluto una visión de cómo actúan el espíritu y el alma en la corporalidad humana, no se pudo llegar a comprender la relación entre las enfermedades mentales, —las llamadas enfermedades mentales—, y lo que, por lo demás, es el ser humano. Y así, diría yo, por un lado están las enfermedades mentales; incluso hoy en día están abarcadas por una extraña ciencia híbrida, el psicoanálisis, que piensa de forma materialista, pero que no comprende en absoluto lo materialista; ahí están, estas enfermedades mentales y del alma, sin que se pueda relacionarlas de manera razonable con lo que realmente ocurre en el organismo humano.

La ciencia espiritual puede demostrar ahora, —y ya lo he señalado—, que lo que aquí expongo no es solo un programa, sino que se lleva a la práctica en detalle, precisamente con motivo de la celebración de un curso para médicos que ha tenido lugar aquí durante estas semanas. La ciencia espiritual puede demostrar, sin lugar a dudas y en detalle, cómo todo lo que se conoce como enfermedades mentales y del alma se basa en trastornos orgánicos, en degeneraciones, agrandamientos o reducciones de órganos en el organismo humano. En algún lugar del corazón, del hígado, de los pulmones, en algún sitio hay algo que no funciona bien cuando, al mismo tiempo o más tarde, se manifiesta lo que se denomina una enfermedad mental. Una ciencia espiritual que llegue a reconocer la actividad del espíritu en un corazón sano, una ciencia espiritual así es también capaz, —y no tiene por qué avergonzarse de ello—, de buscar en la degeneración del corazón, en los fallos del corazón, una causa de lo que se denomina «mente enferma» o «alma enferma».

El error principal del materialismo no consiste, en realidad, en que niegue el espíritu, —en ese caso, la religión podría encargarse de que el espíritu siguiera siendo reconocido—, sino que el error principal del materialismo radica en que no reconoce la materia, porque solo observa su aspecto exterior. Precisamente esa es la carencia del materialismo: que no logra penetrar en la materia, por ejemplo, en el tratamiento meramente psicoanalítico, en la mera observación de algo que ha tenido lugar en el alma y que el psicoanálisis denomina «islas del alma», es decir, un concepto abstracto. Más bien hay que seguir cómo ciertas impresiones anímicas, que el ser humano recibe en tal o cual momento de su vida y que, de manera normal, están vinculadas al organismo normal, chocan con órganos defectuosos, —en lugar de, por ejemplo, con un hígado sano, con uno enfermo—; tal impacto puede manifestarse quizá en un momento totalmente distinto al momento en que el defecto se hizo perceptible a nivel orgánico.

Las ciencias del espíritu no deben rehuir demostrar que las llamadas enfermedades mentales o del alma siempre están relacionadas con algún aspecto del cuerpo humano. La ciencia de la mente debe señalar de manera tajante que, si solo se estudia lo anímico, el complejo anímico, las desviaciones de lo anímico respecto a la llamada vida anímica normal, no se obtiene más que, como mucho, un diagnóstico parcial. Por eso, el psicoanálisis nunca puede ser más que, como mucho, algo diagnóstico; nunca puede conducir a una terapia real en este ámbito. Por esta razón, dado que la terapia de las enfermedades mentales debe comenzar precisamente con el tratamiento corporal, por eso hay que conocer, hasta en sus partes más íntimas, las ramificaciones de lo espiritual en la materia, si se quiere saber dónde hay que intervenir en el cuerpo material, —que, sin embargo, está impregnado de espíritu—, dónde hay que intervenir para curar aquello que, en condiciones psíquicas anormales, solo se manifiesta de forma sintomática. Precisamente esto es lo que la ciencia espiritual debe subrayar con mayor firmeza: que las llamadas enfermedades mentales y del alma deben investigarse hasta llegar a la organología del ser humano. Pero solo se puede penetrar en la organología anómala del ser humano si se es capaz de seguir al espíritu hasta las partes más pequeñas de la materia.

Y a la inversa: Aquello que aparentemente son solo manifestaciones de la vida relacionadas con lo anímico o que actúan en lo anímico, —es decir, aquello que se manifiesta en los temperamentos y en la actividad de los temperamentos del ser humano, lo que se manifiesta en toda la forma en que el ser humano juega cuando es un niño pequeño, en cómo camina, en lo que hace, todo aquello que hoy en día solo se entiende desde el punto de vista espiritual y anímico—, también tiene su lado corporal. Y un error en relación con algunos aspectos de la educación del niño puede manifestarse más adelante en forma de una enfermedad física totalmente común. Sí, en ciertos casos, cuando nos enfrentamos a enfermedades mentales, nos vemos literalmente llevados a fijarnos en lo físico para investigar allí lo que realmente importa, y en el caso de las enfermedades físicas, a fijarnos en lo espiritual para investigar allí lo que realmente importa. Porque eso es lo esencial de la ciencia espiritual: que no habla en abstracciones de un mundo espiritual nebuloso, como hacen los místicos o los teósofos unilaterales, sino que persigue al espíritu hasta sus efectos materiales, que en ningún caso concibe lo material tal y como lo concibe la ciencia exterior actual, sino que, al observar lo material, penetra en todo momento hasta el espíritu y así puede observar también dónde se manifiesta una vida anímica anómala a través de una vida corporal anómala, aunque esta pueda estar oculta exteriormente.

Hoy en día, hasta en los círculos más amplios, se tienen ideas totalmente erróneas sobre la ciencia espiritual de orientación antroposófica, tomada en serio; quizá a veces con razón, cuando se oye hablar a quienes no quieren abordar verdaderamente de qué se trata en realidad, y solo hablan de teorías abstractas, de que el ser humano está compuesto por tal y tal, y de que existen vidas terrenales repetidas, etcétera. Estas cosas son, por supuesto, de suma importancia y muy hermosas. Pero cuando se trata de trabajar con especial seriedad en este movimiento de ciencias espirituales, hay que abordar los distintos capítulos, los distintos ámbitos de esta vida. Y, en el sentido más amplio, esto conduce a su vez a una convivencia entre las personas con vocación social. Porque cuando se observa cómo el alma que parece enferma irradia sus impulsos hacia el organismo, cuando se puede sentir esta relación entre el organismo y el alma que parece enferma, —sentirlo con comprensión—, si, por otro lado, se sabe cómo influyen las instituciones sociales también en la salud física del ser humano, cómo lo espiritual, que en las instituciones sociales parece existir solo de manera externa, incide en el cuidado de la salud física del ser humano, si se tiene una visión de conjunto de todo ello, entonces se está inmerso en la sociedad humana de una manera completamente diferente. De este modo, se empieza a adquirir una verdadera comprensión del ser humano y se trata a los demás de forma muy diferente; se observa su carácter de manera muy distinta. Se sabe que ciertos rasgos están relacionados con esto o aquello, se sabe cómo comportarse ante esos rasgos y, sobre todo cuando se tienen tareas relacionadas con ellos, se sabe cómo integrar correctamente los temperamentos de las personas en la sociedad y, sobre todo, cómo desarrollarlos de la manera adecuada.

Un ámbito social se verá especialmente influido, desde el punto de vista higiénico, por ese conocimiento del ser humano así adquirido: se trata del ámbito de la educación, el ámbito de la enseñanza. En realidad, sin conocer a fondo al ser humano, es imposible comprender lo que significa que los niños se sienten en el colegio con la espalda encorvada, de modo que su respiración se ve constantemente alterada, o que no se les anime a hablar en voz alta y clara, articulando bien las vocales y las consonantes. Toda la vida posterior depende, en esencia, de si el niño respira correctamente en la escuela y de si se le anima a hablar en voz alta, con claridad y de forma articulada.

En este tipo de cuestiones, —solo voy a citar algunos ejemplos, pues se podría aplicar algo similar a otros ámbitos—, se pone de manifiesto la especialización de la higiene general en el ámbito escolar, y precisamente ahí se revela toda la importancia social de la higiene, pero también se pone de manifiesto cómo la vida nos exige que no sigamos especializándonos, sino que reunamos lo especializado en una visión global. No solo necesitamos aquello que capacita al profesor para saber que, según ciertas normas pedagógicas, hay que educar a un niño de una forma u otra, sino que necesitamos aquello que capacita al profesor para formarse una opinión sobre lo que significa que haga que el niño pronuncie tal o cual frase de forma clara y articulada, o que, después de haber dicho media frase, le permita ya volver a respirar, y así sucesivamente, en lugar de velar por que se agote el aire mientras se pronuncia la frase. Ciertamente, también hay muchos puntos de referencia y reglas al respecto, pero la forma correcta de reconocimiento mutuo y la aplicación adecuada de estas cosas solo calan en nuestro corazón cuando valoramos todo su significado para la vida humana y para la salud social, pues solo entonces la cuestión se convierte en un impulso social.

Estas consideraciones fueron las que me sirvieron de base cuando, en los inicios de la fundación de la escuela Waldorf de Stuttgart, impartí el curso pedagógico-didáctico a los profesores de allí; esa consideración de que se necesitan profesores que puedan trabajar desde toda la profundidad de una cosmovisión que comprenda al ser humano para la educación y la enseñanza de los niños. Todo lo que se ha plasmado en las frases que se han expresado como «arte pedagógico-didáctico» tiene como objetivo convertir a los niños que son educados e instruidos en personas en las que, más adelante, —gracias a que se les anima a desempeñar correctamente las funciones vitales desde la infancia—, los pulmones, el hígado, el corazón y el estómago estén en buen estado, porque el alma ha trabajado en ello de la manera correcta.

Esta visión del mundo nunca interpretará de forma materialista el viejo dicho: «En un cuerpo sano vive un alma sana». —Desde una perspectiva materialista, esto significaría que, si se tiene un cuerpo sano, si se le ha curado con todos los medios físicos posibles, entonces se convertiría por sí mismo en portador de un alma sana. Eso es una tontería. Lo que tiene sentido es lo siguiente: «En un cuerpo sano vive un alma sana» solo si se procede de la siguiente manera, es decir, si uno se dice a sí mismo: «Tengo ante mí un cuerpo sano, lo que me demuestra que ha sido construido, moldeado y sanado por la fuerza de un alma sana». A partir de este cuerpo, reconozco que en él ha actuado un alma sana y autónoma. —Ese es el sentido de la frase. Pero solo así esta afirmación puede servir de base para una higiene saludable; en otras palabras: no necesitamos, además de los profesores que trabajan únicamente desde una ciencia pedagógica abstracta, un médico escolar que, como mucho, pase por el colegio una vez cada catorce días y que tampoco sepa qué hacer de forma sensata; no, necesitamos una conexión viva entre la ciencia médica y el arte pedagógico. Necesitamos un arte pedagógico que, en todas sus medidas, eduque e instruya a los niños de manera higiénicamente correcta. Eso es lo que convierte a la higiene en una cuestión social, pues la cuestión social es, en esencia, una cuestión educativa, y la cuestión educativa es, en esencia, una cuestión médica, pero solo una cuestión de aquella medicina que se nutre de las ciencias espirituales, de una higiene que se nutre de las ciencias espirituales.

Estas cuestiones apuntan además a algo que reviste una importancia extraordinaria, precisamente en relación con el tema «La higiene como cuestión social». Porque, estimados asistentes, cuando se cultivan las ciencias espirituales y estas suponen algo concreto para el ser humano, entonces este sabe que en lo que recibe de ellas reside algo que se distingue de lo que encuentra en el mero intelectualismo, —y también la ciencia natural actual es mero intelectualismo —, de lo que tiene en el mero intelectualismo, o en las ciencias naturales formadas de manera meramente intelectualista, o en la historia o el derecho de hoy en día, formados de manera meramente intelectualista. Todas las ciencias son hoy intelectualistas; si afirman ser ciencias empíricas, ello se debe únicamente a que interpretan de manera intelectualista los resultados empíricos observados sensorialmente. Lo que se ofrece en la ciencia espiritual se distingue de manera muy esencial de esos resultados de las ciencias naturales u otros, interpretados de manera intelectualista. Sería incluso bastante triste que lo que vive en nuestra cultura intelectualista no fuera solo una imagen, sino un poder real que actuara más profundamente sobre el ser humano. Y es que todo lo intelectualista se queda únicamente en la superficie del ser humano. Esta afirmación tiene un sentido totalmente amplio.

Quien aborda la ciencia espiritual de forma meramente intelectualista, es decir, quien se limita a tomar notas: que existe un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral, un «yo», vidas terrenales repetidas, un karma, etcétera, —y que anota todo ello tal y como se hace en las ciencias naturales o en las ciencias sociales actuales—, no practica la ciencia espiritual en serio, pues se limita a trasladar la forma de pensar que tiene habitualmente a lo que se le presenta en la ciencia espiritual. Pero lo esencial de la ciencia espiritual es que debe pensarse de otra manera, sentirse de otra manera y vivirse anímicamente de una forma totalmente distinta a la intelectualista. Por eso, la ciencia espiritual es algo que, por sí misma, mantiene una relación viva con el ser humano sano y con el enfermo, aunque de una manera algo diferente a como a menudo se nos hace creer. Seguramente la gente ya se habrá convencido lo suficiente de lo impotente que resulta lo que, ya sea como advertencia o como persuasión, se intenta hacer en la cultura puramente intelectualista frente al llamado enfermo mental. El enfermo mental afirma que oye voces que le hablan; usted le dice todo lo que se le ocurre basándose en su razón intelectual, pero es en vano, pues él le plantea todo tipo de objeciones. Esto ya podría indicar que no se trata de una enfermedad de la vida anímica consciente ni tampoco de la subconsciente, sino de una enfermedad del organismo.

La ciencia del espíritu enseña a reconocer que, sin embargo, tampoco por un camino como ese, —que se supone que es el llamado «espiritual», en el que se recurre, por ejemplo, a la hipnosis y la sugestión—, se pueden tratar las llamadas enfermedades mentales o del alma, sino que hay que abordarlas por la vía denominada «física», es decir, mediante curaciones orgánicas, para lo cual, sin embargo, se necesita más que nunca un conocimiento espiritual del ser humano. El conocimiento del espíritu sabe que, precisamente en el ámbito de las llamadas enfermedades mentales, en realidad no debería intervenir con meros procedimientos espirituales o anímicos, porque la enfermedad mental consiste precisamente en que el miembro espiritual del ser humano se ve expulsado, como solo ocurre normalmente mientras se duerme, y se encuentra débil en ese estado de exclusión, sino que hay que curar el órgano para que vuelva a acoger al alma y al espíritu de manera sana. En cambio, aquello que no surge del intelecto, de la cabeza, sino de todo el ser humano como resultado de la ciencia espiritual, —cuando se manifiesta como imaginación, inspiración o intuición, y cuando es asimilado por el ser humano—, incide en todo su organismo. Lo que realmente es la ciencia espiritual interviene de forma sanadora en la organización física del ser humano.

Por el contrario, no es ninguna prueba de que algunos soñadores de las ciencias espirituales se sientan incómodos dentro de estas o que, precisamente, demuestren lo contrario de lo que acabo de expresar. Hay, precisamente, un número infinito de personas que no son científicos espirituales, sino recopiladores intelectualistas de resultados de las ciencias espirituales. Pero difundir realmente las ciencias espirituales en su esencia es, en sí mismo, una forma de higiene social, pues actúa sobre el ser humano en su totalidad y normaliza, a su vez, su organología cuando esta amenaza con desarrollar, a raíz de sueños o de algún otro aspecto, tal o cual tendencia hacia una desviación hacia lo anormal. Esa es la enorme diferencia entre lo que se ofrece en las ciencias espirituales y lo que se da en la ciencia meramente intelectualista: que los conceptos que destacan en el ámbito del intelectualismo son demasiado débiles, —porque son meramente figurativos—, para incidir en el ser humano y poder ejercer sobre él un efecto sanador. Los conceptos de las ciencias espirituales, en cambio, se extraen del ser humano en su totalidad. En la configuración de los conceptos de las ciencias espirituales no ha intervenido únicamente el cerebro, sino también los pulmones, el hígado, el corazón y el ser humano en su totalidad; y, si se me permite decirlo así, lo que estos conceptos obtienen de la fuerza del ser humano en su totalidad los impregna en una configuración plástica. Y cuando uno se impregna de estos conceptos de la ciencia espiritual, cuando los asimila de forma consciente a través del sentido común, estos, a su vez, repercuten de manera higiénica en el ser humano en su totalidad. Esto es lo que, partiendo de la ciencia espiritual, puede influir de manera determinante en el ámbito de la higiene como cuestión social.

Pero también de muchas otras maneras, —solo puedo citar algunos ejemplos—, la ciencia espiritual influirá de forma orientadora en toda la vida de la salud de la humanidad, cuando esta ciencia espiritual se afiance realmente entre la humanidad con toda su seriedad. Solo quiero señalar una cosa. Entre los capítulos que deben estudiarse una y otra vez a través de la ciencia espiritual se encuentra la relación entre el ser humano despierto y el ser humano dormido, así como la enorme diferencia que existe entre la organización humana en estado de vigilia y la organización humana en el estado dormido. Cómo se comportan el espíritu y el alma en el estado de vigilia, cuando la corporeidad, lo espiritual y lo anímico del ser humano se interpenetran; cómo se comportan cuando están temporalmente separados entre sí, como ocurre durante el estado dormido: esto es precisamente lo que se estudia minuciosamente a través de la ciencia espiritual.

Ahora bien, puedo, —y diría que solo a título de referencia—, citar una afirmación que, sin embargo, constituye un resultado totalmente contrastado de la ciencia espiritual. En la vida vemos aparecer las llamadas enfermedades epidémicas, enfermedades que afectan a multitudes enteras y que, por lo tanto, son sin duda alguna, al mismo tiempo, un asunto social. La ciencia materialista convencional las estudia en el organismo físico humano. Desconoce la enorme importancia que reviste, precisamente para las epidemias y para la predisposición a las enfermedades epidémicas, el comportamiento anormal del ser humano en lo que respecta a la vigilia y al dormir. Lo que ocurre en el organismo humano durante el estado dormido es algo que, si se produce en exceso, por ejemplo, predispone en gran medida a las llamadas enfermedades epidémicas. Las personas que, al dormir demasiado, provocan en el organismo humano procesos que no deberían producirse, —pues el dormir no debería interrumpir la vida de vigilia durante tanto tiempo—, están predispuestas de una manera muy diferente a las enfermedades epidémicas y, además, se ven afectadas por las epidemias de una forma totalmente distinta.

Ahora puede valorar por sí mismo lo que significa concienciar a la gente sobre el equilibrio adecuado entre el dormir y estar despierto. Eso no se consigue con normas. A lo sumo, puede obligar a la gente a que no envíe a sus hijos al colegio si tienen escarlatina; no puede dar charlas cuando hay una epidemia de gripe: la gente se resiste, —porque hoy en día el ser humano tiende a la libertad, quiero decir, porque el sentido de la autoridad no es tan grande como en épocas anteriores—, así que la gente se resiste. No digo que no tengan razón al resistirse, no tengo nada en contra de lo que ocurre de esta manera, pero es imposible imponer a la gente de la misma forma: «Tenéis que dormir siete horas». —Sin embargo, es más importante que las demás normas que las personas que lo necesiten duerman siete horas, que las demás, que no lo necesiten, puedan dormir mucho menos, y así sucesivamente. Sin embargo, este tipo de cuestiones, que están tan íntimamente relacionadas con lo más personal de la vida humana, tienen un impacto social enorme. De hecho, depende de lo más íntimo del ser humano cómo se producen esas repercusiones sociales, por ejemplo, si un número mayor o menor de personas se ve apartado de tal o cual profesión, lo que, en determinadas circunstancias, puede tener un efecto en un lugar completamente diferente. De hecho, la higiene interviene de manera tremenda en la vida social. Al margen de lo que se piense sobre el contagio o el no contagio, en caso de epidemias este elemento interviene en la vida social. En este ámbito no se puede actuar mediante normas externas, sino que solo se puede actuar si se introduce en la sociedad un público no especializado que, sin embargo, con comprensión humana, se enfrente al médico que actúa de forma esclarecedora en materia de profilaxis, siempre que, para la preservación de la salud, pueda producirse una interacción viva entre el médico experto y el profano con comprensión humana.

Si analizamos todas estas cuestiones, nos diremos a nosotros mismos: aquí hemos descrito una faceta de la higiene como cuestión social que, en el sentido más eminente, depende de que tengamos una vida espiritual libre, de que tengamos de hecho una vida espiritual en la que, dentro del ámbito espiritual, aquellos que se dedican al cuidado de la vida espiritual, —incluso en la medida en que esta se extienda a sus distintos ámbitos prácticos, como, por ejemplo, la higiene—, sean totalmente independientes de todo lo demás que no sea el conocimiento puro, de todo lo que no sea el propio cuidado de la vida espiritual. Lo que cada individuo puede aportar para el bien de sus semejantes debe surgir exclusivamente de sus propias capacidades; no debe haber normas estatales al respecto, ni debe existir dependencia alguna de los poderes económicos; debe situarse en la esfera de la dependencia personal de cada individuo y, además, debe basarse en la confianza comprensiva que las personas que necesitan la aplicación de sus capacidades pueden depositar en el individuo capaz.

Para ello se necesita una vida espiritual que sea totalmente independiente de toda autoridad, tanto estatal como económica, y que actúe de forma competente basándose exclusivamente en las fuerzas espirituales. Precisamente cuando reflexione sobre lo que la higiene puede aportar realmente, algo que está íntimamente ligado a un conocimiento profundo del ser humano y a un comportamiento social sensato, cuando aborde con pericia cada rama concreta, como la higiene, entonces llegará a la conclusión, —y esto es precisamente lo que exige cada ámbito concreto—, y al igual que en el caso de la higiene, podría demostrarse también para otros ámbitos—, que el espíritu debe ser gestionado por quienes participan en su cuidado. Por mucho que las teorías abstractas se opongan a la autonomía de la vida espiritual, cada ámbito concreto exige que los administradores de lo espiritual no sean meros especialistas que trabajan como expertos en los ministerios, sino que quienes actúan en la vida espiritual sean también los administradores de dicha vida espiritual, y precisamente los únicos administradores de la misma. Entonces, cuando exista una higiene que sea realmente una institución social, surgida de la vida espiritual libre y basada en una visión social, se podrá trabajar de manera económica para esta higiene de una forma totalmente diferente, precisamente en una vida económica independiente, en una vida económica estructurada tal y como la he descrito en mi obra «Puntos clave de la cuestión social», tal y como se ha descrito en repetidas ocasiones en las revistas que defienden esta idea de la tripartición del organismo social, por ejemplo, en la revista suiza «Soziale Zukunft», editada por el Dr. Boos.

Si, de hecho, aquello que está latente, lo que yace en el seno de la sociedad humana en forma de fuerzas destinadas al cuidado de la higiene, si la sociedad lo acoge con comprensión humana, si se convierte en norma general, entonces podrá incorporarse a la vida económica, a la vida económica independiente, todo aquello que, partiendo de esa vida económica independiente, sin tener en cuenta ninguna dependencia de los impulsos lucrativos o de los impulsos estatales, pueda surgir puramente de esa vida económica independiente: aquello que debe cultivarse al servicio de una higiene auténtica y verdadera. Solo entonces —y únicamente entonces— podrá introducirse en la vida económica ese sentido elevado que es necesario para que se pueda cuidar la higiene en la vida humana. Si predomina el mero afán de lucro en nuestra vida económica —que tiende cada vez más a integrarse en el Estado unitario— y si la opinión general es que hay que producir aquello con lo que más se gana, entonces tampoco podrán imponerse los impulsos autónomos de una vida espiritual libre cultivada en este ámbito de la higiene; entonces esta vida espiritual se vuelve dependiente de lo extraspiritual, de lo estatal o de lo económico, y lo económico se convierte en señor de lo espiritual. Lo económico no debe convertirse en señor de lo espiritual. Esto se pone de manifiesto sobre todo cuando se trata de generar aquello que el espíritu exige en la vida económica, cuando se trata de servir a una higiene auténtica y verdadera. 

Las fuerzas de la vida económica, de la vida económica libre, se sumarán, en el organismo social tripartito, a la visión que se convierte en un asunto público y a la comprensión del ser humano que se convierte en un asunto público. Y si, por un lado, las personas se sumergen en una vida espiritual libre, en la que se pueda cultivar una higiene verdaderamente basada en fundamentos objetivos, y si, por otro lado, las personas desarrollan ese sentido elevado, gracias al cual, en la vida económica, cada uno se acercará a la producción con comprensión —pero con una comprensión que no provenga meramente del afán de lucro, sino de las percepciones que surgen de la actividad espiritual libre—, entonces, cuando exista ya esta comprensión social del ser humano basada en la perspicacia, las personas podrán reunirse democráticamente en los parlamentos o en otros foros, pues entonces se forjará, a partir de la vida espiritual libre, la comprensión de la necesidad de la higiene como fenómeno social. Y lo que es necesario para el cuidado de la higiene vendrá determinado por la vida económica, sustentada en lo objetivo y lo técnico, a través del sentido elevado que se desarrollará en ella. Entonces, las personas que hayan alcanzado la madurez podrán negociar, en el marco de la vida jurídica, por un lado, desde su perspicacia y su comprensión del ser humano y, por otro, desde sus relaciones con la vida económica, que está al servicio de la higiene. Entonces, las personas podrán negociar en pie de igualdad, en el marco de la vida estatal o jurídica, sobre las medidas que puedan adoptarse en materia de higiene y de salud pública. Entonces, sin embargo, no serán los legos ni los diletantes quienes curen, pero, con comprensión, la persona madura se enfrentará en pie de igualdad a quien le diga esto o aquello: el médico experto. Al profano, en cambio, su comprensión de la naturaleza humana le permite, en el marco de lo que se cultiva junto con el médico en la vida social, acoger con comprensión los conocimientos especializados, de tal manera que, en un parlamento concebido democráticamente, pueda decir «sí» no solo por autoridad, sino basándose en una cierta comprensión.

Precisamente cuando analizamos objetivamente, en un ámbito tan específico como este, cómo interactúan los tres miembros del organismo social, entonces, estimados asistentes, encontramos toda la justificación de esta idea de la tripartición del organismo social. Solo se puede rechazar esta idea de la tripartición del organismo social si, en un primer momento, se ha entendido de forma meramente abstracta.


*  existe otra versión de esta conferencia incluida en la GA314

Traducida por J.Luelmo sept 2026

Emil Bock - El arcángel Miguel y las bestias del Abismo: Doble Máscara del Mal.

                                Emil Bock 

(del libro comentarios sobre el Apocalipsis)

                                             Parte VII

El arcángel Miguel y las bestias del Abismo:

Doble Máscara del Mal.

A los capítulos 12 y 13 del Apocalipsis

No hace mucho, la principal afirmación del cristianismo sobre su superioridad sobre las religiones precristianas era la afirmación de que el cristianismo estaba, de hecho, libre de mitología. Esta postura se ha visto muy afectada recientemente. Basándose en los hechos, hay que decir que esta afirmación es errónea. La religión cristiana no está en absoluto exenta de mitología. En cierto sentido, el cristianismo es la culminación y consumación de toda mitología.

Es cierto que el ámbito de la visión pictórica, es decir, imaginativa (pictorial), de la que surgió la mitología, permanece sin desarrollar y sin comprender desde que el pensamiento cristiano no traspasaba sus estrechos límites y no era consciente de que el Apocalipsis de San Juan es una parte orgánica que constituye la Esencia del cristianismo. En este último libro del Nuevo Testamento, la «mitología» cristiana revela su grandeza y plenitud. Este documento conclusivo, que se encuentra en el Nuevo Testamento, contiene la clave para comprender el universo y el destino de una época como la nuestra, que adquiere dimensiones mitológicas. El Apocalipsis de San Juan, una vez comprendido y asimilado, nos convencerá de que no es necesario recurrir a las mitologías de épocas antiguas como si fueran algo que, supuestamente, formara parte del cristianismo.

No obstante, es necesario ver una diferencia fundamental entre la mitología precristiana y la mitología cristiana. El Antiguo Testamento, el principal ejemplo de documentos religiosos de la era precristiana, comienza con un mito. Las imágenes descritas en el Génesis, el Mito de la Creación al principio de la Biblia, seguido por los libros del Antiguo Testamento, continúan más allá, guiándonos cada vez más desde los Salones de Dios hasta los hombres. En el Nuevo Testamento, todo es diferente. El mito ha terminado. La mitología es el punto más alto, la culminación de todo lo que la precedió. Toda la mitología precristiana, ya sea el Antiguo Testamento o las mitologías del antiguo Egipto, Babilonia, Grecia o los teutones (alemanes), existe en la realidad, pero en retrospectiva, es decir, en el pasado. Atrás quedaron los tiempos que ahora se recuerdan como si fueran un sueño, los tiempos de épocas antiguas, cuando los destinos de los hombres y los destinos de los dioses aún estaban entrelazados. Superando con creces la capacidad de la memoria de una sola persona, los Iniciados en diferentes naciones han revivido eventos mitológicos, comenzando por los primeros pasos del desarrollo de toda evolución. Estos Iniciados, contemplativos, miraban atrás a los tiempos en que los Dioses no solo "esculpían" las formas del Universo, sino que también estaban activos entre las personas y se sentaban en las mesas de las personas como Invitados. Y en contraste con todo el pasado, el Mito cristiano, tal como se presenta en el Apocalipsis de San Juan Evangelista, es totalmente profético, lleno de previsión que lleva en sí el Futuro. Y en lugar de un estado somnoliento y confuso en la cognición retrospectiva, hay golpes activos y persistentes en la puerta del Futuro, esperando el levantamiento del Velo ante los Misterios, que solo pueden revelarse y entenderse plenamente en eones futuros.

Pero hay otra gran diferencia entre la mitología precristiana y la mitología cristiana. Los mitos del pasado no son mas que los últimos frutos de la antigua, antigua clarividencia que poseía la humanidad cuando aún estaba en su infancia. Los mitos de épocas precristianas son en sí mismos una prueba convincente de que hace miles de años la humanidad era clarividente y poseía una conciencia completamente diferente, mucho más pictórica e imaginativa que la conciencia conceptual abstracta de la era moderna. En las épocas primitivas, los seres humanos poseían la capacidad de percibir y contemplar a los seres suprasensoriales en el reino de la naturaleza. Toda la mitología antigua se nutría de sueños y visiones —que se desvanecían y desaparecían gradualmente, y que se entremezclaban— de seres divinos, tanto en el cielo estrellado como en la naturaleza terrenal. Con la última extinción de la clarividencia antigua, con la extinción de esta capacidad, necesaria para la aparición y desarrollo de una comprensión clara y diurna del mundo visible y, además, para la sensación de libertad, estaba destinado a llegar un periodo de intelectualismo, considerado superior al mitológico – la gente llegó a convencerse de que la mitología equivalía a la superstición. El apocalipsis, en cambio, surge de las nuevas cualidades del alma. El poder clarividente de San Juan Evangelista representa un comienzo completamente nuevo. Este fue el primer fruto de la Nueva Visión a un nivel superior y más consciente. La estrecha conexión con la Revelación de Juan Evangelista, cuando la Nueva Clarividencia se manifestó por primera vez con toda su fuerza, puede ser un estímulo maravilloso para los descendientes humanos que están dotados de la Nueva Conciencia que hoy se está reviviendo en almas modernas que avanzan caóticamente hacia la Luz. El Sol Espiritual Brillando desde el Apocalipsis puede facilitar la maduración de las Nuevas Fuerzas de la percepción clarividente de una manera cristiana sana y segura.

En la intensidad culminante del Libro, es decir, en el momento de la Séptima Trompeta, la mitología cristiana se revela de manera majestuosa. Como espectadores, estamos presentes en el desarrollo del Drama en los capítulos 12 y 13; aquí es donde se encuentra el foco principal del Mito Cristiano. Y, en particular, en las tres Figuras, aquí se recopilan y reviven los conceptos más antiguos de Dios. Y el Primer Milagro, como un presagio visible en los cielos, es una mujer vestida con el sol y de pie con los pies sobre la luna, con una cabeza coronada con 12 estrellas. Va a dar a luz a un hijo. La Segunda Figura es el Dragón, tumbado junto a la Mujer y esperando el nacimiento del Niño*; La tercera figura es el Arcángel Miguel, que con su ejército logra una victoria sobre la Bestia y su cortejo.

La imaginación de la Reina del Cielo, la Gran Madre Divina, que da a luz a su hijo (o que ya lo lleva en sus brazos) no es solo cristiana. Esta Imaginación representa la Propiedad Universal de todas las razas en la Tierra. En el antiguo Egipto, la gente miraba a Isis sosteniendo a Horus en sus brazos, su Hijo; los antiguos griegos adoraban a Deméter, la Gran Madre de Eleusis, y cuando representaron a esta Deidad con una mazorca de maíz en la mano, querían mostrar que todo lo creado en el globo es Su Hijo—aquí Deméter-Ceres apareció solo como una variante, una variación de la Madre Celestial llevando al Niño en sus Manos. Y en la gruta de Chartres, que más tarde se convirtió en la capilla subterránea de la catedral, la gente ya rendía culto al cuadro de «La Virgen Madre» dando a luz a su Hijo en tiempos precristianos. Incluso en el Lejano Oriente, la imagen de la Virgen Madre era conocida por doquier como un rostro de una ternura misteriosa y sobrenatural que conmovía nuestras almas.**

* Traducción: El dragón espera a que nazca un niño para devorarlo 

** Nota de E. Bock: Tesoros, riquezas de gran interés, se encuentran en María en el Lejano Oriente de R. Cartutz.

En resumen, las pinturas de la Madonna cristiana de Rafael y otros artistas no pueden entenderse plenamente si solo se aceptan como imágenes históricas de María, y no como el prototipo cósmico que es el contenido fundamental del mito de la humanidad. La segunda figura es la quintessencia de innumerables motivos mitológicos — es el Dragón, informe y amorfo, algo repugnante, rojo fuego, situado a los pies de la Madre Celestial. Está obsesionado con la pasión de atrapar y llevarse al Niño tan pronto como nace y devorarle. Y de nuevo, todas las ciencias conocen esta imagen. Los babilonios, en su mito de la Creación del Mundo, mencionaron la Serpiente del Mundo Tiamat, que salió del Abismo, de debajo de todas las cosas creadas, amenazando a la humanidad, que acababa de nacer del vientre de la Madre Cósmica. Los antiguos egipcios llamaban a la figura del dragón Tifón, mientras que los antiguos griegos la llamaban Pitón. El dragón Pitón, amenazante, se acerca a Leto, que tenía un Hijo del Padre de los Dioses en su vientre y estaba a punto de darle a luz: Apolo. El Libro del Apocalipsis de San Juan nos dice que el Niño que nace es "llevado a Dios y a su Trono", salvándole así del Dragón. De manera similar, el mito griego antiguo narra cómo Leto fue liberada del Dragón al encontrarse en la rocosa isla de Delos, donde pudo dar a luz de forma segura y a salvo a su hijo divino. Los antiguos egipcios también cuentan cómo Isis dio a luz a Horus en una zona apartada, donde fue colocada para evitar los ataques de Tifón.

En La imagen del arcángel Miguel, el Apocalipsis muestra al Héroe Radiante, el Conquistador del Dragón, un Evento que la mitología de todas las razas conocía, aunque bajo nombres diferentes. Los babilonios llamaban a este Conquistador Marduk; hindúes – Indra; los persas, Mitras; los griegos Apolo, y finalmente la mitología teutónica, dieron al Cazadragones el nombre de Sigfrido, quien llegó a ser conocido como la Figura de Miguel (esto fue descubierto por los iniciados posteriores del Norte). La tradición cristiana veneraba a la primera figura cristiana de San Jorge como un reflejo humano, un reflejo como el Conquistador Celestial del Dragón, y por tanto como santo patrón de todos los caballeros cristianos.

Sin embargo, el paralelo más llamativo con el mito dramático descrito en el capítulo 12 del Apocalipsis es que no se encuentra en ninguna otra mitología, sino solo entre los tranquilos acontecimientos históricos del cristianismo. Cuando María dio a luz a su Hijo en Belén y lo llevó en sus brazos, la Imagen Celestial, destinada a vivir eternamente como Verdad Cósmica, se reflejó en el ámbito humano. Incluso el Dragón, el Adversario que espera el nacimiento del Niño, está presente en el relato navideño y se nos opone bajo forma humana, como Herodes. Debe estar aquí, pues el drama místico que comenzó en el cosmos desciende ahora a la Tierra. Y al igual que en el drama mitológico el Dragón desea devorar al Niño cuando nazca, también en el drama histórico Herodes planea matar al Niño. Y la huida a Egipto es el paralelo terrenal y humano de los acontecimientos del Drama Celestial, cuando la Mujer se refugia en un lugar apartado y seguro para proteger al Niño del Dragón que ansía devorarlo.

Este es el mito del alma humana, del que se habla en el "Corazón" del Apocalipsis. La mujer en el Cielo que se le apareció al compilador de la Revelación era vista por las almas clarividentes de los antiguos y era descrita como la Madre Celestial, pues en esta Imaginación aparecía la Propia Alma Universal. Todo nuestro Cosmos, al que pertenecen no solo la Tierra, sino también el Sol, la Luna y las Estrellas, puede compararse con el Hombre. Al igual que el hombre, el Cosmos también tiene un Alma. Vemos el Cuerpo del Cosmos con nuestros ojos físicos, aunque no somos capaces de comprenderlo en su totalidad. Nosotros, los humanos, somos una parte demasiado pequeña del Cosmos para formar toda su Imagen universal y reconocer todos los detalles del Cosmos como formaciones orgánicas de Su Cuerpo. El Alma que Vive en este Cuerpo Cósmico, el Alma Universal, es invisible para nuestros ojos externos. La intuición de los pueblos clarividentes precristianos una vez contempló a Esta Alma como la Mujer Celestial, y después apareció ante el Iniciado Juan, la primera en adquirir la Nueva Facultad de Contemplación Clarividente. En la Revelación de San Juan Evangelista, prevemos el momento en que la humanidad, bajo la Sombra de la Divina Madre, podrá abrir de nuevo el Ojo Espiritual.

El majestuoso Don y Misterio de la existencia humana radica en el hecho de que cada persona, por pequeña partícula del Cosmos que sea, lleva en su alma humana una copia, una repetición del Alma del Mundo. Cada alma humana es un microcosmos, análogo a la Madre Divina Macrocósmica, el Alma del Mundo. Al mirar en esta Imaginación como en el Espejo Celestial de nuestro propio ser, leemos de ella lo que Dios pensó, Llamando a la vida a las almas tanto en el Cosmos como en el Hombre. Una mujer que aparece en el Cielo aparece como un Organismo de tres partes. Todo su ser brilla bajo los rayos del sol, con los que parece estar envuelta y brillando como en una prenda solar. Bajo sus pies está la Luna, y Su Cabeza está adornada con Estrellas como una corona. El pensamiento, el sentimiento y la voluntad son inherentes al Alma Universal, así como nosotros los humanos poseemos esta tríada: pensar en la cabeza, sentir en el corazón y voluntad en las extremidades. La Mujer Celestial aparece en las Túnicas del Sol; esto indica que donde hay un Corazón, el Sol siempre Brilla. La observación materialista de la Naturaleza intenta convencernos de que el sol que vemos en el cielo no es más que una bola de materia incandescente y llameante moviéndose en el universo. Pero, en realidad, el Sol es el Símbolo del Corazón en el Cosmos, visible a simple vista. Y si el Sol en el Gran Cosmos se corresponde con el corazón en el pequeño cosmos humano, de ello se deduce que el corazón humano está destinado a convertirse en el Sol. Y por muy trivial o sentimental que nos pueda parecer el sonido de las Palabras de la invocación: «¡Que arda la Luz del Sol en tu corazón!», algún día comprenderemos, al captarlas en toda su plenitud y profundidad, que apuntan a la Verdad, pues expresan los Misterios del Cosmos.

El cuarto plateado de la luna (media luna) es la copa en la que habita el Sol. Es un símbolo de la Voluntad que sirve al Corazón. El Sol es la Esencia, la Luna es el Portador, el Recipiente.

El Alma del Mundo también tiene Pensamientos: la Mujer Celestial lleva una Corona de 12 Estrellas en la cabeza. Al dirigir nuestra mirada hacia las estrellas del cielo nocturno, los Pensamientos del Alma Universal aparecen ante nuestra mirada contemplativa. Las estrellas no son solo formaciones de gas que están a muchos años luz de nosotros. Son la Corona en la Cabeza del Alma del Mundo.

Al leer el Apocalipsis, dejamos de hablar superficialmente del Sol, la Luna y las Estrellas, y empezamos a reconocer en ellos las Imaginaciones Cósmicas de Pensamiento, Sentimiento y Voluntad. Y nuestras almas se elevan hacia la realización de nuestra propia misión después de que se entiende la Conexión entre el Alma del Mundo y el alma humana con el Sol, la Luna y las Estrellas.

La tensión dramática, que se disipa, está entrando ahora en la etapa pastoralmente equilibrada de la Experiencia del Alma del Mundo. Pero el Dragón rojo de fuego se levanta, las Fuerzas del Abismo esperan el momento decisivo del cambio: el nacimiento de un niño. Del "Principio Eternamente Femenino" del Cosmos debe nacer el Principio Masculino, el Ego Cósmico, el Yo. El propio Cosmos crece hasta convertirse en aquello que es solo un Elemento del Alma, concentrando en el Alma todo lo Espiritual en lo que puede llamarse el Núcleo, el Centro, el Foco. Y en ese momento, el Dragón se mueve emocionado.

La imaginación del Apocalipsis se distribuye en ciclos grandes y pequeños, así como en proporciones y proporciones macrocósmicas y microcósmicas. La imaginación de la Mujer Vestida de Sol, que da a luz a su Hijo, también pertenece a las Fases de la evolución. Cada vez que el Universo entra en un Nuevo Gran Ciclo de Evolución, comienza un Nuevo Eón, y la Madre Celestial se convierte en la Guardiana de Su Alma de Genio y, experimentando gran sufrimiento, genera de Su Alma el Genio de la Nueva Creación. En un Momento Solemne tan largo como la evolución humana, nació un Niño en el Mundo Espiritual, lo que significa que el Ego de la humanidad ha despertado por primera vez. En ese momento, tuvo lugar una transformación radical en la humanidad, tanto en el alma como en el espíritu.* 

* Nota de E. Bock: Según las enseñanzas de la Ciencia Espiritual Antroposófica, este Evento tuvo lugar en mitad de la Época "Atlante"; véase la nota al pie en la página 73 del original

En ese instante, el elemento anímico —el Principio femenino original de la humanidad— fue dotado del elemento masculino primigenio, la Forma del Ego, la Forma del Yo: la posibilidad potencial y real del surgimiento de la individualidad espiritual. El Ego masculino de la humanidad nació del seno materno cósmico del Alma. Pero entonces ocurrió algo que es mejor entendido por la imaginación del mito cristiano que por definiciones "estrictas" y otras definiciones. Cuando el alma humana dio a luz a su Hijo, se lo arrebataron a la Madre. Y para protegerse de los peligros cósmicos, el ego humano fue removido de las almas humanas. Hubo una "huida" cósmica hacia Egipto. Los Guías Divinos de la Vida del Universo han asegurado el sutil y tierno Ser Espiritual nacido en el reino del alma de la humanidad. El Apocalipsis dice que el Niño "fue llevado a Dios, a Su Trono." Y al mismo tiempo, la Mujer en el Cielo que se ha convertido en Madre es enviada a un lugar apartado. El niño fue elevado a las Alturas del Espíritu; La Madre tuvo que abandonar los Reinos Espirituales en los que había residido anteriormente y retirarse a una zona desolada en la Tierra física.

El Apocalipsis nos ofrece un profundo misterio sobre el hombre cuando habla del Vuelo Cósmico hacia Egipto y la transferencia del Niño al Trono de Dios. Cuando el Ego, el Ser, se formó, no se quedó allí, en el lugar donde estaba destinado a estar solo más tarde. Como protección contra las Fuerzas del Reino Inferior, tuvo que ser trasladado a los Reinos Espirituales durante un tiempo. Así que la Evolución del Yo realmente comenzó; nuestros verdaderos Yos, nuestros Egos, flotan sobre nosotros — aún no están en nosotros. Lo que la humanidad ha logrado hasta ahora es la forma del ego, ya no somos simplemente almas "alegres"; Hemos recibido el estatus de estabilidad. Cada uno de nosotros ha empezado a tallar el sello de nuestra propia personalidad, nuestro propio Ser. Empezamos a sufrir de una sensación de nuestros límites estrechos, por estar presos, por así decirlo, dentro de los límites estrictos y rígidos de la armadura de nuestro pequeño yo; sufrimos de auto-concentración, de egocentrismo, y por tanto podemos apreciar por qué lucha la Tercera Figura, es decir, el Arcángel Miguel, en el drama apocalíptico central.

Y así como la Mujer en el Cielo es una Imaginación del Principio Eternamente Femenino, la Figura del Arcángel Miguel es una Imaginación del Principio Eternamente Masculino en la Evolución Cósmica. El niño, como principio masculino que genera una mujer, es el Yo Humano, el Ego Humano. Pero aún no ha madurado completamente; Aún no puede actuar por sí mismo. El Espíritu Divino actúa en su lugar. El Arcángel Miguel es el Representante y Ayudante del yo humano futuro. Seguirle significa tener una Conexión con las Esferas en las que habita nuestro Verdadero Ego.

Las pruebas del alma aún no han terminado tras la victoria de Miguel sobre el Dragón. Al contrario, es a partir de ese momento cuando realmente comienzan. Las imágenes que se despliegan ante nuestros ojos son los prototipos de la tragedia: se nos muestra el propio principio de la tragedia. ¿Cómo puede Michael competir con el Dragón en los Cielos? ¿Cómo aparece el Enemigo, en general, en el Mundo Espiritual, en el Cielo? El concepto antiguo, superficial y dualista, afirma que Dios vive en el Mundo del Espíritu, y el Diablo en el Infierno; Sin embargo, esto es un error muy grave. Al comienzo del libro de Job, que tenemos derecho a llamar el Fausto bíblico, somos testigos de una conversación entre Dios y Satanás sobre Job: "Llegó el día en que los Hijos de Dios se presentaron ante Dios, pero Satanás apareció entre ellos." El Señor le pregunta a Satanás: "¿De dónde has venido?" El enemigo responde: "En mis viajes, he visitado todos los países de la Tierra." Dios pregunta más: "Entonces, ¿has conocido a Mi siervo Job?" Satanás, avanzando con energía, comenzó a acusar a Job, escupiendo blasfemias, acusando a Job de muchas cosas. Y finalmente, Satanás pidió permiso a Dios para burlarse de él tanto como pudo, "golpeándole", derrotándolo y persiguiéndole. Nos sorprende inmensa e inimaginablemente la inesperada Respuesta positiva de Dios. ¿Cómo es eso? En lugar de proteger y prohibir que Job, el fiel siervo de Dios, sea acosado, Dios responde a Satanás: "¡Pues inténtalo! ¡Perderás!" Este "Perderás" lo explica todo: ¡La Confianza Ilimitada en el Hombre fue el verdadero motivo por el que Dios lo dijo!*

Goethe tomó prestada esta idea y la aplica en su Fausto, en el Prólogo en el Cielo. Los hijos de Dios aparecen en escena: los arcángeles Rafael, Gabriel y Miguel. Y allí, entre ellos, está Mefistófeles; vemos también al Enemigo como habitante del Cielo. Tendrá lugar una conversación similar. Dios permite que Mefistófeles persiga a Fausto con todas sus fuerzas. Dios confía en el valiente poder del corazón del hombre:

"¡Está bajo tu cuidado!
Y, si puedes, derriba
En tal abismo de hombres,
Para que arrastre detrás,
Seguro que has perdido.
Por instinto, por tu propia voluntad
Saldrá del estancamiento"

(Goethe, Fausto, Introducción teatral, traducción de B. Pasternak)

* Nota del traductor al ruso: Y a pesar de nuestra extraña y sorprendente perplejidad, deberíamos entender: ¿Cómo es posible? ¿Por qué Dios no protege a Su propio siervo, prohibiéndole a Satanás hacer lo que Satanás quiera con él? Hay una respuesta sencilla a esto, pero solo puede ser aceptada por una persona que haya desarrollado suficiente valor interior y fortaleza en la confianza firme e inquebrantable del propio Hombre en Dios y, por otro lado, tal persona no tiene ni una gota de duda en la Confianza Inquebrantable y la Absoluta Confianza de Dios Mismo en el Poder del Hombre Mismo nacido por Él, en el Poder para resistir victoriosamente cualquier prueba de cualquier fuerza enemiga. Por eso Dios responde a Satanás: "¡Pues inténtalo! ¡Vas a perder!" (Véase el Libro de Job en el Antiguo Testamento)

Dios confía más en el Hombre, Dios confía más en el Hombre que el Diablo; esta es la esencia de toda la tragedia. Los dioses creen que cuanto mayor es un Hombre, más severas deben ser las pruebas, sufrimientos y pérdidas; Los dioses están seguros de que, después de pasar por todo, el hombre solo hará más maduro y rico. Por la Voluntad de Dios y con Su Consentimiento, el Hombre tendrá que enfrentarse a las Fuerzas del Mal.

Cuando el Dragón aparece por primera vez, está allí junto con los demás Espíritus. El dragón y su ejército de espíritus son derrotados y luego arrojados a la Tierra por Miguel y sus ángeles. Los poderes del Enemigo han sido retirados del Mundo Espiritual. Los cielos se regocijan: el dragón es expulsado. Pero en la Tierra hay lamento y lamentación: "Ay de los habitantes de la tierra y del mar, porque Satanás se ha manifestado entre vosotros. Está en un estado terrible de ira." La tierra es un desierto, un lugar salvaje donde la Mujer Celestial tuvo que retirarse. El niño fue salvado. ¿Pero qué pasó con Su Madre cuando se encontró en la Tierra? La misma Voluntad Divina, que al principio protegía a la Madre y al Hijo, ahora permite que las fuerzas demoníacas amenace y se oponga al Alma. Aquí están presentes la fe y la confianza en lo Divino en el alma humana, y el prototipo de la tragedia comienza a desarrollarse. La séptima trompeta, del que se origina este drama, es al mismo tiempo la tercera pena y la desgracia. Pero gracias a la Victoria del Arcángel Miguel, el alma humana ahora puede luchar con confianza contra las Fuerzas del Abismo. La era tranquila de la vida humana ha terminado: los enemigos se alinean en la víspera de la batalla contra el Hombre, con el permiso de los Dioses. Pero en todas las dificultades y luchas que esperan al Hombre en la Tierra, está la Consolación: el Enemigo ya ha sido derrotado en el Mundo Espiritual y su espalda ha sido rota. Pero, sin embargo, esta consolación solo ayuda si con Él aumenta el valor y la disposición de la Persona a resistir. En la Tierra, la victoria debe seguir siendo ganada por el Hombre.

Durante unos 70 años, hemos vivido bajo la guía del Arcángel Miguel. Hacia 1500, el erudito abad Trithemius Sponheim y su discípulo Agripa Nettesheim publicaron el Calendario de los Arcángeles, que fue aprobado en principio por Rudolf Steiner como resultado de la investigación espiritual. En ciclos regulares, 7 arcángeles se suceden y cada uno de ellos se convierte en el Líder Espiritual de un determinado periodo histórico: Gabriel, Miguel, Orifiel, Anael, Zacairel, Rafael, Samuel. Cada periodo dura aproximadamente tantos años como los días de un año, y cada Arcángel deja su influencia en la humanidad. En 1879, el Arcángel Gabriel, el Arcángel de la Luna, fue reemplazado por el Arcángel Miguel, el Arcángel del Sol. Aproximadamente desde mediados del siglo XIX, tuvo lugar una verdadera batalla en el Mundo Espiritual. Esta batalla proyectó su sombra sobre la vida de la Tierra, mientras las hordas derrotadas del Dragón eran arrojadas a la Tierra, continuando sus batallas, pero en el ámbito de la vida humana. (Este es precisamente el Fundamento Suprasensible responsable de la caída catastrófica; por ejemplo, la vida cultural de Europa Central se vio afectada, al caer desde las alturas solares de la época de Goethe y acabar en las llanuras sombrías y lúgubres del materialismo burdo.)

Es extremadamente importante que, en la estructura general del Apocalipsis, la parte superior de este Libro esté en el centro exacto, por así decirlo, en una especie de núcleo, justo cuando se menciona el Nombre del Arcángel Miguel durante el Sonido de la Séptima Trompeta. En este centro, el Apocalipsis revela su Secreto Central: declararse el Libro de Miguel. Y aunque el Nombre de Miguel no se menciona en ningún sitio, Miguel "pasa" por todo el Libro del Apocalipsis. Es el director en el Drama Cósmico, el Espíritu que lo pone en marcha.

La alternancia de las estaciones de un año terrenal ordinario, especialmente la otoñal, indica una introducción milagrosa que habla de la calidad y el ánimo del Arcángel Miguel. Al comienzo del otoño, celebramos la Fiesta de San Miguel y de Todos los Ángeles. Este es el tiempo de la Revelación. Septiembre sigue lleno de agradables recuerdos del verano. Estamos esperando el momento de madurez durante el periodo de cosecha. En este mes, el Sol, visible desde la Tierra, pasa por el llamado signo de la Virgen. En esos días, el Símbolo Apocalíptico de la Mujer Vestida con el Sol se revela en el Cielo. Más tarde, en noviembre, el Sol pasa por el signo de Escorpio. El mundo se vuelve desnudo, sin hogar, frío. Los colores se desvanecen. La Señal del Dragón reina en los Cielos. El tiempo de San Miguel cae justo a la mitad. Entonces el Sol está en Libra. El Arcángel Miguel, sosteniendo Libra, aparece entre Virgo y Escorpio, entre la Mujer Celestial y el Dragón. El poder de Michael domina entre ángeles y demonios. Cuando se cruza el umbral del otoño, cada año participamos conscientemente en el Drama descrito por el Apocalipsis en el capítulo 12.

Cuando el Mal aparece por primera vez en el Libro, se percibe como concentrado en la figura del Dragón. Más tarde, el Mal surge en forma de las Dos Bestias (Capítulo 13). El dragón, derrotado y desterrado por Miguel, regresa del Inframundo como si estuviera duplicado. El Iniciado Juan se encuentra en la frontera de dos mundos: en la orilla entre la tierra y el agua. Y desde aquí, ve surgir otro Monstruo con Siete Cabezas y Diez Cuernos. De pie sobre tierra firme, Juan ve a otra Bestia. Tiene significado y puede confundirse con el cordero. Las imaginaciones apocalípticas se sienten en dinámicas constantes, en constante cambio; Uno sigue al otro, ya que en un caleidoscopio, se forma una nueva imagen como resultado del movimiento y la transformación de la anterior. La transición de la Imaginación del Dragón en el Capítulo 12 a la Imaginación de la Bestia de Dos Cuernos en el Capítulo 13 es similar, recordando el cambio de la Imaginación de las Bestias Celestiales de cuatro cuernos en el Capítulo 4 a la Imaginación del Cordero en el Capítulo 5. Cuando contemplamos a las Cuatro Criaturas Divinas Vivientes, fuimos testigos de cierta síntesis: los Cuatro se convierten en Uno. El Cordero apareció como el Foco y Agregado de Estos Cuatro Seres Celestiales. Y ahora, viendo cómo surge la Bestia demoníaca del Abismo, volvemos a ser espectadores de una transformación análoga, una transformación: la transición se realiza de uno a dos, de unidad a dualidad. El mal manifiesta su esencia dicotómica y dual. Si estamos listos para continuar la lucha contra el Mal en la Tierra, la lucha, el primer acto que fue en el Cielo, donde participó el Ejército de Miguel, entonces ya aquí, abajo, debemos entrar en la batalla en dos frentes.

La dualidad de las figuras animales es significativamente importante para la comprensión de la imaginación en el capítulo 10, donde en medio de las tormentas cósmicas aparece un ángel excelso y poderoso con un rostro brillante como el sol, cuyas grandiosas piernas se extienden como pilares en tierra y mar. Ya lo hemos mencionado antes, cuando hablamos de la humanidad acercándose al Mundo del Espíritu. Debes pasar por el Pasaje formado de esta manera. Y ahora, en el mismo lugar donde está el Ángel, dos Bestias emergen del Inframundo. Donde está el Pie del Ángel Poderoso en el océano, aparece un monstruo serpentino con siete cabezas y diez cuernos; y donde el Pie está en tierra, aparece una Bestia sombría y siniestra de dos cuernos.  La humanidad es incapaz de cruzar el Umbral del Mundo del Espíritu sin encontrarse con estos dos enemigos demoníacos en las Puertas del Umbral; es aquí donde se manifiesta de forma inmediata y directa, «cara a cara», la naturaleza dual del Mal. Las fuerzas que, desde ambos lados, impiden a la humanidad cruzar el Umbral, son visibles y permanecen en guardia. A partir de la Nueva Experiencia Supersensible, resulta absolutamente necesario tener una idea clara y comprensible de la naturaleza dual del Mal. El Apocalipsis narra esto a través de imágenes.

La Bestia de dos cuernos es, además, un fragmento renacido de la mitología antigua. La mitología griega clásica ya conocía la dualidad del mal. En las andanzas de Odiseo se narra el vagar del alma humana, a la que le espera, al final, el paso entre Escila y Caribdis. El héroe mitológico debe enfrentarse a un peligro inminente: o bien perecer bajo los escombros de las rocas que se hacen añicos, o bien ahogarse en los remolinos. Pero hay que recordar que Escila y Caribdis no son simples acantilados y remolinos; representan Fuerzas hostiles suprasensibles, capaces de constituir peligros externos que amenazan con acabar con el viajero.

El Antiguo Testamento llama a esta doble figura de Leviatán Maligno y Behemot. En los escritos apócrifos del Antiguo Testamento encontramos paralelismos con el capítulo 13 del Apocalipsis. En el sexto capítulo de los Apócrifos, el Libro de Enoc, escrito en griego y siríaco, leemos: «Y aquel día, los dos Monstruos se separaron; el Monstruo femenino, Leviatán, se retiró a las profundidades del océano en busca de las fuentes de agua. Y el Monstruo masculino, Behemot, ocupó con su pecho el lugar desértico de Duidain… y le rogué a otro Ángel que mostrara el poder de estos Monstruos, cómo se separaron de repente: uno se precipitó a las profundidades marinas, y el otro quedó en tierra firme, en un lugar desértico». La bestia de dos cabezas aparece también al final del Libro de Job. Job, tras superar todas las pruebas gracias a los sufrimientos soportados, alcanzó gracias a ellos las Puertas tras las cuales se encuentra el Mundo del Espíritu. Y allí se le dice a Job: «Mira a Behemot… sus huesos son fuertes como trozos de cobre; su cuerpo está formado por placas de hierro». Así pues, la Bestia de dos cabezas se describe aquí como una fría máquina demoníaca, una forma sin alma, que destruye y despedaza todo con sus garras y sus dientes. A continuación, Job oye estas palabras: «¿Conoces al Leviatán? De su boca brotan antorchas ardientes y se lanzan llamaradas de fuego. De sus fosas nasales sale humo, como de un caldero hirviente. Su aliento enciende las brasas… su corazón es duro como una piedra, oh sí, duro como la muela inferior del molino». Así como Behemot es frío, Leviatán es, en igual medida, ardiente y se calienta hasta ponerse al rojo vivo. Lo más misterioso es lo que se le dijo a Job sobre el Behemot: «Él es el principio de los caminos de Dios». Esto significa, sin lugar a dudas, que allí donde se encuentran estas dos bestias, allí está el Umbral. Aquí terminan los senderos humanos y comienzan los caminos de Dios; las bestias se esfuerzan por impedir que el hombre cruce el Umbral del Mundo Espiritual.

La mitología teutónica y germánica refleja la misma dualidad de poder en el Enemigo. Habla de la Serpiente Midgard y Fenris el lobo, bestias calientes y frías. El Nuevo Testamento también menciona una imagen similar. Los poderes del mal reciben dos nombres diferentes. El poder mencionado en el Apocalipsis como proveniente del mar se llama el Diablo en el Nuevo Testamento, mientras que la Bestia que surge de la tierra se llama Satanás. De esto se puede ver que en nuestro tiempo se repite correspondientemente un conocimiento del pasado, y esto es a lo que se refiere Rudolf Steiner en Ciencia Espiritual, usando los antiguos nombres Lucifer (Diablo), Ahriman (Satanás). Este hecho concuerda con la imagen imaginativa del Apocalipsis: la Bestia de siete cabezas y diez cuernos es el Poder de Lucifer; la bestia de dos cuernos es el poder de Ahriman. La imaginación nos enseña que el peligro luciférico nos amenaza en un mar de emociones, sentimientos de naturaleza espiritual: la primera Bestia surge del océano; y el peligro de Ahriman nos espera desde el lado de la vida externa: esta segunda Bestia surge de la tierra. La correlación es la siguiente: las tentaciones, las tentaciones de pasiones ardientes son un ataque de demonios luciféricos a nuestra vida personal, mientras que todo tipo de distorsiones, perversiones de una naturaleza fría y sin alma actúan más como el Mal social en los lazos impersonales de la civilización. La fuerza luciférica que surge del mar otorga al hombre una sensación de superioridad sobre los demás. Esta fuerza tiene 7 cabezas y 10 cuernos, y vive en sentimientos de vanidad, ambición, orgullo y el deseo de dominar. Allí donde el alma orienta su vida sin partir del «yo», del ego, o sin guiarse por lo que emana del Espíritu, allí reina Lucifer: ahí surge el peligro de que el alma se quede sin Espíritu. Todos los errores morales tienen su origen precisamente en este hecho. El Apocalipsis describe cómo todo el mundo "se maravilla" ante esta Bestia y cree plenamente en sus palabras grandilocuentes y pomposas. Las personas bajo la influencia de Lucifer dejan huella en el mundo que les rodea con mucha facilidad. Muchos están listos para arrodillarse inmediatamente ante un "extraño alto e incomprensible" que promete generar exaltación en sus almas, un estado de entusiasmo eufórico y emoción cuando la vida se vuelve monótona e insulsa para estas personas. Bajo el efecto de la brillante grandeza, magnificencia, grandeza y belleza luciféricas, imaginan que por fin han encontrado la Vida real, real entre todo lo que está muerto. Lucifer suele ser muy "exitoso".

Este Bestia Lucifer, según nos dicen, tiene blasfemia asomando alrededor de su cabeza. El ridículo ingenioso, la burla y la mofa, junto con el cinismo, son cualidades características de la personalidad luciférica. Lucifer hace que el Hombre se sienta como una deidad; la humildad y la piedad religiosa se ciernan en algún lugar detrás; La religión, en particular, parece demasiado sencilla para esas personas, no es precisamente una ocupación brillante. La fama del "genio" superficial interfiere con la reflexión calmada y la contemplación de las capas más profundas de la vida, y la vida misma se percibe como envuelta en los vapores de la ilusión y la fantasía.

Y ahora se añade un detalle enigmático: una de las siete cabezas de la Bestia sufre una herida mortal; pero, de repente, se recupera. ¿Qué sutil secreto se esconde tras esta imagen? Reflexionemos, pues, de la siguiente manera: si alguien tiene una «considerable vanidad», cabe preguntarse si eso indica que esa alma es, por lo general, débil. Detrás de la fanfarronería de Lucifer se esconde la miseria de la vida interior. Una persona de carácter fuerte recorre la vida con modestia y sin pretensiones; en cambio, un carácter débil necesita darse a conocer constantemente. Lucifer triunfa aquí, ganándose publicidad a costa del complejo de inferioridad: esa es precisamente la herida que se encuentra en una de las siete cabezas.

¿Cómo se cura esta herida? El complejo de inferioridad, para usar una expresión de moda, está suprimido. Y parece que ha desaparecido; ¿Pero es realmente así? Complejos reprimidos transformados, sin trabajar, así como algunos detalles de la experiencia rechazados por la persona por alguna razón, por ejemplo, tareas previamente asignadas y no cumplidas; todo esto sigue generando conflictos, interferencias, ansiedades y preocupaciones en las profundidades ocultas de la naturaleza humana. Estas partes de la experiencia que han sido abandonadas se incluyen, por así decirlo, en el ámbito físico. Esta circunstancia crea y da forma a ciertas formaciones, denominadas en el Apocalipsis «cuernos»; se trata de unas formas llenas de tensión que conducen, en última instancia, a la aparición de enfermedades escleróticas y cancerígenas. Es cierto que la herida puede parecer, por así decirlo, curada en el alma; sin embargo, los efectos de los impulsos luciféricos ya se manifestarán en el sistema corporal. Leviatán-Lucifer tiene más cuernos en la cabeza que el Dragón. Todo lo inmoral, por el hecho de basarse en debilidades del alma inconscientes y no reconocidas, debe envenenar la naturaleza humana, formando al mismo tiempo endurecimientos que obstaculizan el verdadero desarrollo espiritual.

Frente a la imposición del éxito externo por parte de los seguidores de la Bestia, existe un principio que utilizan quienes superan la tentación luciferina: «Aquí está la paciencia y la fe de los santos. El que tenga oídos, que oiga». Aquellos que siguen con humildad su camino, sostenidos por una fe activa en el Espíritu, pueden desarrollar la paciencia necesaria. Serán capaces de cultivar en sí mismos la confianza y la seguridad cuando se vean en apuros o se enfrenten directamente a la muerte: «El que lleva a otros al cautiverio, será llevado él mismo al cautiverio; el que mata a espada, debe ser muerto a espada». Todo aquel que ejerza poder sufrirá inevitablemente, por efecto rebote, lo mismo que aquel sobre quien o sobre lo que ejerce ese poder: esta es la Ley Cósmica, que siempre se cumple, tarde o temprano. Los métodos luciféricos tienen el carácter de un bumerán. Cualquier persona que viva con la paciencia y la confianza que nacen de la fuerza interior no debe temer los obstáculos ni los reveses. Esa persona avanza, y aunque sus pasos sean pequeños, cada uno de ellos la conduce, no obstante, hacia su Meta Espiritual.

El Enemigo Ahrimánico que surge de la tierra es mucho más peligroso que la Bestia que surge del mar agitado. Ariman parece inusualmente modesto, sin pretensiones e inocente, bueno, ¡como una oveja! Pero en sus dos cuernos guarda un arma mortal. La Primera Bestia es el prototipo del alma sin el Espíritu; la segunda bestia es el prototipo del Espíritu sin alma. Todo esto es el peligro más terrible de nuestro tiempo. Incluso se puede decir que esto es una característica distintiva de nuestra época.

Hoy en día, las fuerzas "ahrimánicas" dominan, reemplazando a las "luciféricas" de tiempos pasados. Las fuerzas "ahrimánícas" están activas en la mentalidad fría asociada en nuestra época con la mecanización y con máquinas de varios tipos. Sería una tontería ignorar los logros de la ciencia técnica, pero el Ojo Incorruptible y Apocalíptico debe ser vigilado cuidadosamente para que las fuerzas ahrimánicas sigan teniendo una influencia beneficiosa y no perjudiquen el progreso humano. Aprendemos de la vida como experiencias amargas, y eso nos muestra que no podemos seguir siendo seres humanos verdaderos si, a medida que triunfamos externamente, no nos desarrollamos internamente.

En la concepción materialista del mundo, que se supone está fundamentada científicamente, y que incluso las iglesias aceptan como base de la vida, aunque es en esta cosmovisión donde el Mal está activo, esta es la característica más generalizada de nuestro tiempo. Pero solo podremos conocer las fuerzas ahrimánicas si nos esforzamos por abrirnos paso hasta una percepción físico-sensorial liberada de todo lastre y llegar al Pensamiento Verdadero, es decir, al Pensamiento Espiritual, que tiene en cuenta las Realidades suprasensibles. El tiempo demostrará que la obra de Rudolf Steiner fue una contribución única en este sentido; El éxito de "Michael" es una hazaña de la más alta categoría, es una victoria espiritual, gracias a la cual los errores del concepto materialista del mundo fueron erradicados y superados. Una imagen del mundo que no incluye la Realidad Suprasensorial es una mentira. El poder ahrimánico ha logrado hipnotizarnos, haciéndonos creer que el mundo exterior es todo lo que existe. Bajo esta hipnosis, las almas se volvieron moralmente débiles. Y Lucifer, siguiendo los pasos de Ahriman, encuentra muchas víctimas. El concepto materialista del mundo destruye la conciencia humana. Dentro de los límites de una escala enorme, en "sistemas" colectivos y bien establecidos impuestos a la sociedad humana según los principios de la mecanización —"estado total", "guerra total", etc.— la vida humana ha perdido su Valor y Dignidad; Al final, incluso dejaron de notar cómo la vida ya se había destruido brutalmente.

El Apocalipsis nos describe que la Segunda Bestia no se muestra en su totalidad, sino inteligentemente, en algún lugar detrás, para exponer mejor a la humanidad a la Primera Bestia, el Mal moral luciférico. La Bestia de Dos Cuernos lanza polvo a los ojos de la gente. Con brillantez y esplendor intelectual, pero dirigido únicamente a la estructura material del mundo, erige una gran ilusión luciférica. El propio concepto mundial del materialismo es un reflejo, una imagen de la Bestia, pues considera al Hombre como un animal. De este modo, el Hombre se distancia astutamente, hábil e insidiosamente y se aliena de su Verdadera Esencia y de su Destino. El dogma del origen animal del hombre, y por tanto su predeterminación, transmitido por herencia, debe conducir en última instancia a la pérdida, que debe reflejarse en los rostros de los hombres, de su Dignidad, Nobleza y Grandeza como Hombre; y más tarde la aparición de la Marca de la Bestia en la frente, sobre las cejas. Queda dar un paso más y la Marca de la Bestia quedará grabada en la mano derecha del hombre. Y no solo una teoría, ni solo fundamentos y principios teóricos, sino cualquier práctica, cualquier experiencia, se convertirá en víctima de Ahriman. Leyendo en el Apocalipsis de la llegada del tiempo en que cualquiera que no tenga la Marca de la Bestia ya no podrá comprar ni vender, nos enfrentamos a la terrible perspectiva de que todo el sistema económico será firmemente atrapado por Ahriman. Y todo lo que quede de la Verdadera Humanidad y de la Verdadera Hermandad será eliminado, reprimido y aniquilado mediante la violencia y la coacción generalizadas por parte de supra organismos dotados de tecnología avanzada, con la crueldad bestial del utilitarismo —es decir, el principio de la utilidad— y con un egoísmo sin límites.

Justo antes del final del Libro del Apocalipsis, la Bestia de dos cuernos es reconocida por un Número secreto con la ayuda de un Misterio Especial: "La sabiduría está en acción aquí. El que tiene entendimiento, que cuente y entienda el Número de la Bestia, porque este Número de hombres es 666" (Capítulo 13, versículo 18). Los comentaristas a menudo pensaban que se trataba del emperador romano Nerón. La realidad es que el nombre Nerón, escrito en hebreo, podría leerse como 666. Pero el Número buscado también tiene un significado espiritual cualitativo. Suena la séptima trompeta: El ciclo septenario está llegando a su fin. Esto sugiere el significado del Número 666: debe leerse no en decimal, sino en septenario. En el Sistema de Números Apocalíptico, una nueva serie de números no comienza con cada décima, sino con cada séptimo número. El número 6 es seguido por el 10, y el número 66 por el número 100. Por tanto, en lugar de "666", se deberían contar 6-6-6. El dígito delante, es decir, el número 666, está en el sistema decimal, pero en realidad se escribe en el septenario, es decir, en el ritmo del siete dentro del Gran Ciclo: el dígito del medio indica la posición en el ciclo medio, y el último dígito indica la posición en el ciclo menor. Así, el número 6-6-6 significa que en todas partes, en los grandes Ciclos, así como en los Ciclos intermedios y en los menores, la última de las siete etapas alcanza la etapa de completación. Solo es necesario avanzar un último paso más en el ciclo pequeño para completar tanto el ciclo medio como el mayor. Como resultado de esta numeración, este número 6-6-6 está justo antes del Gran Logro, que significa 1000 en el sistema decimal. De ello se deduce que el número 666 ocupa la misma posición en el sistema septenario que el número 999 en el sistema decimal. Esta posición parece proclamar: Escuchad: queda un minuto para la medianoche, un momento más, y entonces todo será demasiado tarde. Tal comprensión revela, exponiendo la astucia ahrimanía-satánica: la Bestia de dos cuernos, al dar a luz, implanta en la humanidad la ilusión de la necesidad desesperada de prisa y acción precipitada. El latigazo del látigo ya suena — la caza ha comenzado: ¡Rápido! ¡No hay tiempo! ¡Ni un solo momento perdido! Hoy estamos llenos de orgullo, y estamos seguros de que aún existe el "Tiempo", y seguimos mirando con desprecio a quienes no han podido, ni han logrado, dejarse arrastrar por el frenético torbellino, el paso y el ritmo de la vida moderna. Pero... De hecho, silbar es una mentira monstruosa, y esto puede refutarse fácilmente, porque en los tiempos tranquilos, en la época de vida tranquila y medida, se ha logrado mucho más, incluso en términos cuantitativos, de lo habitual hoy en día. La sugerencia inspiradora al hombre sobre la necesidad de una prisa desenfrenada, imparable y desconcertada es un truco particularmente insidioso de Ahriman. No hay táctica más precisa y para lograr objetivos que esta: primero mantener a las personas y luego alejarlas de los Intereses Espirituales. Y si las personas caen en esta trampa, ya no quedará tiempo para la paz y la tranquilidad interiores, ni para la serenidad necesaria para relacionarnos unos con otros. El problema de «tener tiempo» no es una cuestión relacionada con una falta real de tiempo, sino que tiene que ver únicamente con la paz y la tranquilidad interiores. Si una persona pierde su paz espiritual, se verá privada no solo de tiempo, sino también de su verdadera conexión con la vida y, en última instancia, consigo misma. Porque solo gracias a su estrecha conexión con el reino sereno del espíritu es posible evitar la tentación y el engaño ahrimánicos, así como el auto-despojo, expresado en el número 666.

Si tomamos en serio el conocimiento del aspecto bifacial del Mal, como nos enseña el Apocalipsis en el capítulo 13, y la continuación de la imaginación de la Guerra en el Cielo, entonces podemos tomar conciencia del dualismo tradicional engañoso de simplemente enfrentar el Bien y el Mal. El mal no está en oposición al Bien, sino en oposición a otro tipo de Mal. ¿Dónde podemos entonces encontrar el Bien? Encontramos el Bien en la Medida Áurea, es decir, en el punto de equilibrio, equilibrio entre los extremos opuestos de dos oponentes, dos Enemigos. Por eso el Arcángel Miguel suele aparecer con Libra en la mano. El principio de la Medida Áurea, nacido de la Enseñanza ética de la Antigua Grecia, que supera con creces el principio de rentabilidad y conveniencia, es la Clave para el Conocimiento de los Misterios de la Vida Moral. Lucifer debe ayudarnos: sin el poder luciférico, los talentos artísticos y no pueden nacer artes; y no podemos prescindir de los servicios de Ahriman, porque necesitamos ciencia y tecnología de materiales. Conviene al hombre estar en el centro, sosteniendo a la Bestia, por así decirlo, bajo control y manteniéndole alejado de los dos Abismos opuestos. El problema del mal debe abordarse "en tres aspectos". El Misterio Divino, una vez entendido como tres en uno, resolverá todos los acertijos de la Existencia, incluido el problema del Mal. ¿Qué es ese Poder en el centro, el Poder que nos muestra el camino entre el Diablo y Satanás, entre Lucifer y Ahriman? La misma expresión "Medio Áureo" ya vale la pena como oro puro: en el centro está el Sol del Espíritu, el Corazón Dorado del Universo, el propio Cristo. Y Miguel es el Ángel del Sol y el Arcángel de Cristo: por tanto, como Siervo del Equilibrio Dorado, ayuda a derrotar y vencer a las Bestias.

Cabe preguntarse: ¿qué puede enseñarnos el drama que se desarrolla en los capítulos XII y XIII del Apocalipsis a nosotros, que vivimos en medio del conflicto espiritual de la época actual? Debemos imitar el ejemplo de la Mujer que se retiró a un lugar apartado, «desértico». Una vez «allí», en soledad y reflexión, se nos garantiza la ayuda de Miguel: se nos regalarán las alas del águila. Y no en vano el águila es el símbolo de Juan el Teólogo, el evangelista y el iniciado. Las alas de águila de la visión apocalíptica nos elevarán a esas moradas supremas, desde donde se nos revelará la imagen universal de la esencia de nuestro siglo, así como el conocimiento del aspecto espiritual de los acontecimientos mundiales. Esto repercutirá favorablemente en nuestra capacidad para alcanzar la victoria sobre el mundo anímico luciferino, carente de Espíritu, y sobre la espiritualidad arimánica, carente de alma. Solo entonces podremos esperar la iluminación de nuestra alma por el Espíritu y la penetración de la espiritualidad en el alma; solo entonces alcanzaremos el dominio y el poder internos en ambas esferas extremas. Esta es la religión de la serenidad, la paz y el silencio en el justo medio: la esfera de Cristo. Y, al mismo tiempo, es la esfera del arcángel Miguel. Y aunque suene paradójico cultivar la tranquilidad, en realidad es la forma más eficaz de combatir el Mal. No siempre tenemos que ser agresivos cuando libramos una Batalla Espiritual. Del alma, llena de Paz y Tranquilidad, nace una Nueva Moralidad. Y luego, finalmente, podremos hacer lo que decidimos hacer, y hacerlo en un plazo razonable. Nuestras almas se han debilitado por culpa de Ahriman, pero al vivir en un estado de calma en la Medida Áurea, podemos volver a ser fuertes, firmes y decididos. Esta es la batalla que debemos librar hoy. Antes de la descripción en el Apocalipsis de San Juan Evangelista de la batalla del Arcángel Miguel contra el Dragón, leemos en el último versículo del capítulo XI: "El templo del Señor se manifestó en el Cielo y se vio el Arca de la Alianza de Dios." Frente al Altar del Templo Abierto se libraron batallas y se ganó la victoria sobre el mal. En el Aura de la Esfera del Altar, sin duda podremos resistir el Mal en el Espíritu de Cristo.