GA069a Praga, 25 de marzo de 1911 - Cómo se defiende la Teosofía

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VERDADES Y  ERRORES DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU

Rudolf Steiner

Como defender la Teosofía


Praga, 25 de marzo de 1911

¡Estimadas personas presentes! La conferencia que se dio aquí el pasado domingo, «¿Cómo refutar la Teosofía?», debería dar, de alguna manera, el tono general para las explicaciones que hemos de hacer llegar a nuestra alma hoy. En dicha conferencia se pretendía, en particular, mostrar que en este estado de ánimo, en el que debe encontrarse quien se impregna de Teosofía, no debería haber nada, absolutamente nada, de fanatismo, de defender de manera fanática cualquier suposición, afirmación, hipótesis o similar. Tal vez haya quedado claro a partir de todo el tono de la conferencia mencionada, que los motivos que se expusieron contra la Teosofía, no deben tomarse como si ahora, en esta conferencia de hoy, fueran a refutarse uno por uno. Más bien, deben considerarse como una parte de esas consideraciones, sensaciones y sentimientos, aunque solo una parte, que de manera necesaria surgen en el alma de quien se acerca a la Teosofía desde la conciencia de nuestro tiempo. En otras palabras, los motivos presentados contra la teosofía no deben ser considerados como injustificados, sino, por el contrario, como motivos en alto grado justificados según la conciencia de nuestro tiempo, como aquellos que se revelan como dificultades reales y no meramente aparentes, especialmente cuando la persona busca hoy el camino hacia la teosofía con conciencia científica y moral. A partir de esto, quisiera también, en cierto modo, derivar el derecho de poder hablar en la conferencia de hoy de manera que todo lo que hoy se plantea sobre la teosofía se vea bajo la misma luz con la que, hasta cierto punto, se pudo provocar mediante la refutación de la teosofía ofrecida el domingo pasado casi como un «ensayo».

El contenido de la Teosofía se describió de manera breve con pocas palabras, y se decía cómo se debe pensar sobre las fuentes de la Teosofía, sobre los verdaderos orígenes de esos conocimientos que deben ser transmitidos a través de la Teosofía. Estas fuentes no se revelan a la conciencia normal y común, tal como se ha desarrollado en el estado actual del hombre, sino que solo se revelan cuando el alma del hombre se somete a ciertos ejercicios internos que van más allá de la experiencia que se puede tener en el horizonte de la conciencia normal.

En la última conferencia ya se dijo que esto causa especialmente controversia en la ciencia actual: que uno quiera ascender a una percepción del mundo que solo se revela después de pasar por ciertas experiencias internas del alma, en las que, por así decirlo, el sujeto humano se aleja de las impresiones externas, se vacía de las percepciones habituales del mundo físico y también de aquellos pensamientos que se pueden vincular a esas percepciones. Cuando el sujeto humano, por así decirlo, provoca deliberadamente el momento que normalmente ocurre al quedarse dormido, —pero de manera radicalmente diferente—, de manera que todas las demás impresiones callan, así como todos los pensamientos y sensaciones que esas impresiones externas han despertado, y cuando entonces, a través de los procesos de la vida interior del alma, no se produce la inconsciencia del dormir, sino que se despliegan fuerzas internas tan fuertes que la conciencia permanece, y desde el alma se extraen fuerzas que normalmente yacen dormidas bajo la superficie de la conciencia, entonces surge en el alma lo que podría llamarse: una percepción superior, que con una frase de Goethe puede denominarse «ojos del espíritu» y «oídos del espíritu». Un alma así se encuentra entonces en un nivel superior en la misma situación que un ciego de nacimiento que tiene la suerte de poder ver mediante una operación, y ante quien ahora se abre el mundo de la luz y los colores. Así como para el ciego de nacimiento ya existían las realidades de la luz y los colores antes de la operación, (aunque él no las percibiera), en el mismo sentido, a nuestro alrededor están todas las cosas y entidades del mundo espiritual, de las que habla la teosofía o la ciencia espiritual; pero sólo pueden llegar a hacerse conscientes para nosotros cuando los ojos espirituales, los oídos espirituales, por así decirlo, son despertados de su sueño, a través de energías internas anímico-espirituales,. Entonces surge un nuevo mundo ante la persona.

Se ha dicho que, precisamente por eso, la ciencia externa debería obstaculizar esta cuestión, porque esta ciencia se esfuerza con todo su ser y con profunda conciencia, por hacer que el contenido del conocimiento sea independiente del sujeto humano, es decir, de lo que experimentamos en nuestro interior. Porque se argumenta con razón que lo que el hombre experimenta en su interior no es otra cosa que algo subjetivo, experiencia que cada uno vive de manera diferente y que por tanto, solo puede tener un valor individual y subjetivo para nosotros. Por eso, aunque a partir de estas experiencias subjetivas del alma, el hombre llegue a cualquier tipo de convicción sobre un mundo distinto al mundo físico, -podría decir un crítico de la teosofía-, que lo haga consigo mismo, ya que no se puede demostrar de la misma manera que aquello que obtenemos como conocimiento a través del experimento, la observación científica o la investigación histórica. - Por eso, seguramente algunos se resignarán ante estas cosas y dirán: Claro, la investigación externa tiene sus límites; no puede guiarnos hacia los ámbitos que, según los anhelos de nuestra alma, quizá sean los más valiosos; pero lo que va más allá de la investigación externa debe ser una experiencia íntima del alma humana, que cada uno debe resolver por sí mismo, porque también cada persona, según la manera en que ha desarrollado su vida interior, tendrá su propia visión de lo que va más allá de la percepción sensorial.

Si fuera cierto que cada uno debe tener su propia imagen de lo que va más allá de la observación sensorial, entonces la teosofía no tendría sentido, y todo lo que queremos sacar de las fuentes de la ciencia espiritual sería simplemente algo que cada persona tendría como su convicción subjetiva, y no podría reclamar de ninguna manera una validez objetiva. Pero no es así. Y que no sea así, solo puede mostrárselo al ser humano el hecho de pasar por los ejercicios del alma por sí mismo; solo puede mostrarlo el experimento interno que realiza la persona para llegar a esas fuentes del conocimiento suprasensible.

Ahora bien, en una conferencia orientativa como esta solo se puede indicar de manera esquemática de qué se trata. Al comparar el estado de vigilia, que nos transmite las impresiones externas y los pensamientos que se derivan de ellas, con el estado dormido, en el que las impresiones externas callan, se deduce que nuestro mundo interior, tal como se encuentra en estado de vigilia, al dormir se debilita con sus propias fuerzas y ya no es capaz de extraer de sus profundidades, capacidades cognoscitivas; por eso, al quedarse dormido, se extiende la oscuridad y la inconsciencia. Por eso, quien quiera experimentar conscientemente este estado, debe provocar artificialmente esos momentos de aislamiento del mundo exterior, momentos en los que aun así tenga una experiencia interior, debiendo despertar fuerzas internas fuertes. Esto se logra mediante ese proceso del alma que se llama meditación y a través de la concentración del pensar, sentir y de las sensaciones. Cuando dejamos de utilizar simplemente lo que nos da el mundo exterior, como algo que nos proporciona conocimientos o como impulsos para nuestra acción cotidiana, incluso para nuestra acción moral, sino que empezamos a profundizar internamente en impresiones importantes y fuertes del mundo exterior, separándolas de su uso inmediato y dejando que actúen en nuestra alma por sí mismas, esto nos lleva poco a poco al desarrollo de fuerzas dormidas en el alma. Esto se puede mostrar con un ejemplo.

Podemos ver en el mundo cómo una persona ayuda a otra, cómo actúa con benevolencia hacia los demás. Esto puede provocar en nuestra alma un impulso tan fuerte de compasión que nos haga poner los ojos llorosos. Podemos estar tan inclinados que cada vez que vemos una acción así, sentimos ese impulso de compasión. Esto puede estar tan desarrollado en nosotros que, cuando nos enfrentamos a la necesidad de otra persona, actuemos con benevolencia, nos pongamos en la piel del otro y dejemos que la impresión del mundo exterior nos motive a una acción de empatía. Quizás podemos lograr llevarlo tan lejos que podamos experimentar la misma emoción interna que nos lleva a llorar, incluso solo con la imagen de tal acción. Hay personas, y son muy numerosas, que por ejemplo, cuando durante la lectura de una novela llegan a un punto donde se muestra solo la imagen de la miseria humana y la compasión humana ante nuestra alma, se les llenan los ojos de lágrimas. Se conmueven tanto por lo que es no mas que una imagen de la realidad externa, que en su alma se despierta un impulso similar al que normalmente solo una impresión externa de la realidad física puede provocar.

Pero supongamos ahora que, simplemente pensamos en tal acción, en la conciencia común y normal, ya sentiremos lo infinitamente más débil que es este impulso, cómo no podemos intensificarlo hasta el punto de que nos haga llorar. Si ahora mediante ejercicios internos del alma llegamos a pensar un pensamiento relacionado con la compasión humana, con la disposición a ayudar, con ponernos en el lugar de otra persona, sin que el mundo exterior nos motive de ninguna manera, si dejamos que tal pensamiento surja libremente desde impulsos internos en nuestra alma y podemos sumergirnos en ese pensamiento de manera que nos identifiquemos completamente con él, tal vez aún seamos capaces de recrear la imagen de la realidad externa ante nuestros ojos, y si hacemos que esta imagen se vuelva tan fuerte que sacuda nuestra alma como normalmente solo lo hace una impresión externa, entonces habremos comenzado con lo que se puede llamar una «meditación de sentimientos». Si se posee la paciencia de hacer una meditación de este tipo sobre las sensaciones, no una, ni cincuenta veces, sino una y otra vez en el alma, entonces se nota que sumergirse en esas sensaciones separadas de la realidad externa saca de nuestra alma fuerzas que educan nuestro interior. Quien realiza estos ejercicios, ve estas imágenes aún más vivas que, por ejemplo, las imágenes de fantasía que nos creamos en la vida cotidiana. Cuando uno se sumerge en tales meditaciones una y otra vez, realmente se siente como si estuviera lleno de vida interior, de penetración interior, como solo se siente cuando la interioridad se ha impregnado en el cuerpo exterior.

Sí, al recurrir al alma de esta manera, al dejar que el alma se impregne de lo que emana de la meditación como algo que entra directamente en nuestra conciencia, uno experimenta algo así como decirse: Con todo aquello de lo que normalmente te separas mientras duermes, de tu cuerpo físico, ahora vives en ello tan intensamente y con tanta vitalidad como solo puedes hacerlo cuando estás con tu alma en tu cuerpo físico y tus ojos, oídos y los demás órganos sensoriales te traen las impresiones externas.

Lo que describo aquí no se puede probar de alguna manera teórica, sino que solo se puede experimentar. Pero si se experimenta, entonces está presente en nuestra conciencia como una sensación interna inmediata: Ahora estás libre de tu cuerpo externo; sin embargo, no vives en la nada, sino en una esencia espiritual y anímica que es tan real para ti como lo son normalmente las experiencias del cuerpo físico. - Una conciencia así debe preceder a la investigación y al conocimiento en el mundo espiritual. Y quien haya logrado desarrollar tal conciencia en sí mismo está aproximadamente al nivel de alguien que, para un experimento externo, ha reunido y preparado todo, de modo que solo necesita poner en movimiento todas las cosas que entran en consideración para reconocer una ley de la naturaleza a través de ese experimento. Está en tal nivel que puede avanzar hacia las fuentes del mundo espiritual, que siempre están a nuestro alrededor como la luz y los colores siempre están alrededor de un ciego de nacimiento, pero solo pueden ser vistos por él una vez que se ha vuelto capaz de ver mediante una operación.

Pero siempre debe enfatizarse que tales ejercicios del alma solo son necesarios para investigar y experimentar en el mundo espiritual, pero que no son necesarios para entender lo que el investigador espiritual, que se ha preparado de esa manera, saca de los mundos espirituales y relata como resultados de la investigación espiritual. Porque lo que se comunica en la teosofía puede ser comprendido plenamente a través del sentido natural de la verdad y de la lógica saludable del ser humano. Por lo tanto, los hechos y entidades del mundo espiritual solo pueden ser investigados por el investigador espiritual, mientras que cualquier persona con un sentido natural de la verdad y lógica saludable, que no esté prejuiciada por ningún sesgo, puede comprenderlos de manera razonable.

Así que debemos decir: Las fuentes de esta cosmovisión, que llamamos «Teosofía», solo se alcanzan mediante un desarrollo del alma. Si alguien quisiera objetar: Todo lo que el ser humano produce como conocimiento, que está desconectado de la realidad externa, sería lo opuesto a la ciencia en el sentido actual, porque en realidad es algo individual y cada persona necesariamente llega a algo diferente, entonces, por otro lado, hay que enfatizar que lo que se dice es totalmente cierto, pero solo para ciertas etapas preparatorias del desarrollo del alma. La persona debe, si quiere alcanzar tal conocimiento, abrirse paso a través de muchas luchas del alma difíciles y serias, a través de muchas cosas que solo tienen un significado subjetivo para él, y aprende a reconocer lo difícil que es en cierto modo, aislarse del mundo con estas experiencias internas y subjetivas del alma, en el que, de todas formas, estamos entrelazados. Esto da lugar a una gran serie de dificultades verdaderamente enormes. En nosotros hay muchas cosas que solo tienen validez para nosotros mismos. Pero luego en el desarrollo del alma, se alcanza un punto, donde uno sabe directamente por su conciencia: ahora has superado lo subjetivo; ahora experimentas en tu alma verdades, lo esencial, que están libres de todo lo que proviene de ti mismo y se mezcla en tu conocimiento. Ahora se tiene la sensación inmediata de que se ha penetrado en el mundo de las realidades anímico-espirituales. Un razonamiento sencillo muestra que incluso dentro de nuestras ciencias habituales hay una que destaca especialmente, en la que se alcanzan conocimientos como se ha descrito, y esa es la matemática. Incluso con las operaciones matemáticas más simples, puedes darte cuenta de que las verdades se alcanzan con el alma completamente aislada. Pero quien ha encontrado tal verdad sabe que cualquiera que realice las mismas operaciones debe llegar absolutamente a los mismos resultados. Nadie puede reconocer el teorema de Pitágoras de manera diferente, incluso si se vivencian las operaciones mentales en la pizarra, que experimentando internamente las conexiones relevantes. Quien una vez ha trabajado internamente el teorema de Pitágoras sabe que cualquier otra persona debe llegar al mismo resultado. Así es con todo conocimiento matemático. Y ahora podemos decir que el método de la investigación espiritual sigue el mismo principio que las matemáticas, consideradas la más segura de las ciencias. Pueden ser millones de personas pensando algo diferente sobre un teorema matemático, pero quien lo ha vivido internamente sabe que es verdadero. Y así también ocurre con los conocimientos obtenidos en el mundo espiritual.

Quien quiera hacer objeciones epistemológicas podría decir: Aunque en el conocimiento matemático sea como dices, las verdades matemáticas se alcanzan en lo más profundo del alma, pero no se pueden aplicar directamente al ser. —Alguien podría decir—, con los conocimientos matemáticos podemos comprender relaciones en el ser, relaciones en la realidad, pero ninguna matemática puede decidir si también existen realmente entidades que encarnen estas leyes matemáticas; la realidad misma hay que experimentarla de otra manera que no sea mediante juicios matemáticos.

Esta objeción está completamente justificada. Incluso pertenece a aquellas que desearía que se le presentaran de manera contundente al teósofo, para que no le resulte fácil defender la teosofía. Es una objeción importante. Pero lo que se considera frente a ella es que, cuando el ser humano experimenta juicios matemáticos, no experimenta algo que sí experimenta cuando se eleva hacia un mundo suprasensible, como se ha descrito. Lo que ningún juicio matemático puede brindar es la intuición del propio yo, la objetivación del propio yo, el enfrentarse a sí mismo, como si saliéramos de nuestra personalidad y nos observáramos a nosotros mismos. Por muy numerosos que sean nuestros juicios matemáticos, —en los juicios matemáticos que llenan nuestro horizonte de conciencia—, no podemos encontrar nuestro yo como objeto. Esto es lo esencial que las matemáticas no pueden darnos: la experiencia intuitiva de nuestro propio yo. En los juicios matemáticos permanecemos dentro de nuestra personalidad; por medio de ellos no podemos penetrar en la realidad externa. En el momento en que nos enfrentamos a nosotros mismos, hemos avanzado con una parte de nuestra esencia y hemos entrado en la objetividad, y nos sentimos dentro de las cosas, dentro de la realidad. Esa es la diferencia: que las matemáticas pueden llegar a la certeza interna, pero no abren el camino hacia la realidad. En cambio, el conocimiento suprasensible sí abre el camino hacia la realidad. Por eso, quien avanza por el camino de la investigación espiritual también obtiene un nuevo concepto, una nueva idea de la realidad. Y con este nuevo concepto de la realidad, que al mismo tiempo es intuición, el ser humano puede nuevamente acercarse a la contemplación de la vida humana. Vamos a mostrarnos esto con un ejemplo.

Observemos cómo transcurre la vida del ser humano desde el nacimiento hasta la muerte. Para la percepción sensorial, el ser humano entra en la existencia con el nacimiento y cierra su vida con la muerte. Para el tiempo antes del nacimiento o la concepción y para el tiempo después de la muerte, la percepción sensorial externa, la percepción externa, no puede revelar nada sobre la esencia objetiva del ser humano. Pero cuando la persona se enfrenta a sí misma y ha aprendido a mirar, de la forma antes descrita, al ser humano desde afuera, también se le muestra que a todo este devenir externo del ser humano, que los sentidos pueden percibir, le subyace algo suprasensible, que es el verdadero artífice, el constructor, el moldeador y organizador de este organismo sensorial. Y se da cuenta de que, a partir del momento del nacimiento, que tan enigmáticamente se presenta ante nuestros ojos, comienza de manera misteriosa el desarrollo humano. Ahí podemos ver cómo, desde lo más profundo del ser humano, ciertas características se van imprimiendo poco a poco en los rasgos aún indefinidos del niño con el paso de los años, cómo sus gestos y habilidades se desarrollan de adentro hacia afuera de manera cada vez más definida. Incluso el cerebro, la herramienta de nuestro pensar, no alcanza su pleno desarrollo inmediatamente después del nacimiento; éste sigue siendo remodelado y organizado. Pero el cerebro es la herramienta de nuestra experiencia espiritual. Ahora bien, si observamos la vida humana con la perspectiva que nos da la ciencia espiritual, tenemos que plantearnos la siguiente pregunta: en la vida de una persona ¿Cuál es el momento en que lo anímico-espiritual está plenamente capacitado para usar su herramienta, el cerebro? Esto no ocurre durante los primeros años de infancia. De otra manera, el niño no tendría que adquirir tantas cosas a través de las impresiones del mundo exterior y la imitación, ni tendríamos que educarlo. Es solo durante los primeros años de vida que crecemos en la posibilidad de usar la herramienta del cerebro. Desde el punto de vista de la ciencia espiritual, podemos expresarlo así: nuestro cerebro solo se vuelve capaz, a lo largo de nuestra vida, de convertirse en la herramienta del yo.

Si ahora pensamos en el momento de la vida en que tenemos unos veinte años, o incluso un poco después de los veinte, cuando ya hemos aprendido plenamente a usar nuestro cerebro, y retrocedemos a épocas anteriores de la vida, a la observación de las ciencias del espíritu se muestra que el cerebro, que nuestro yo usa más tarde como instrumento, solo se desarrolla y se configura en los primeros años de la infancia. Ahí se revela al investigador del espíritu, que observa el desarrollo humano con el ojo abierto del vidente, que aquello que más tarde en el ser humano sirve para usar el cerebro es exactamente lo mismo que ha estado actuando en la formación y configuración del cerebro con fuerzas que ningún ojo sensible puede ver. Quien quiera acercarse a estas cosas con la razón, puede decir: Entonces nos dices que ves como una especie de atmósfera espiritual infantil alrededor de la cabeza del niño y que a través de esta atmósfera infantil, a modo de aura de la cabeza, irradian fuerzas espirituales que trabajan en el cerebro del niño para moldearlo de manera que más tarde pueda convertirse en un instrumento del yo. Entonces, dices, esta aura de la cabeza, esa formación de luz visible solo para el ojo del vidente, que rodea la cabeza del niño como una formación astral, se desliza hacia el interior, para luego desde dentro usarlo como una herramienta en la que ella misma había participado durante la infancia. Así que afirmas que, de hecho, lo que más tarde usa el cerebro, es reconocible para el ojo suprasensible del vidente como una formación espiritual, como un aura del cerebro, está presente en la infancia, avanzando desde fuera hacia adentro, primero trabajando en el organismo humano, luego entrando en su interior y como yo, ahora con la herramienta que ha surgido gracias a su propia fuerza, mira y comprende el mundo.

Cuando la razón se enfrenta a esta declaración de la conciencia clarividente, puede considerar que toda herramienta debe haber surgido de fuerzas que están relacionadas con las fuerzas que usan esa herramienta. Ninguna herramienta puede ser puesta al servicio de la cultura humana inteligente si no ha sido creada por la propia inteligencia humana. Y la razón puede fácilmente desarrollar el pensamiento de que, de hecho, la herramienta que más tarde será utilizada por fuerzas del yo, debe haber sido formada a partir de esas mismas fuerzas del yo.

Cuando uno ha avanzado con la intuición espiritual hasta el punto de ver cómo lo anímico-espiritual del ser humano trabaja en la configuración de la forma humana, tal como se desarrolla en la vida, entonces ya no queda muy lejos de decirse a sí mismo: Así, en el fondo, lo anímico-espiritual está involucrado en lo que es su parte física. - Y luego también se puede seguir diciendo: Entonces debemos reconocer lo anímico-espiritual de tal manera que tenga existencia antes de lo físico-corpóreo, porque lo físico-corpóreo aún debe ser formado. - Sin embargo, hay que seguir observando y preguntarse: Lo que se ha formado en el ser humano por su propia entidad espiritual, lo que se ha desarrollado como su cerebro, Se nos presenta de manera tal que tenemos que preguntarnos: Lo que elabora en el ser humano antes del nacimiento, ¿Es lo mismo para cada persona? O se nos presenta de manera que debemos decir: ¿Es algo individual para cada persona?

Una verdadera observación de la vida no podrá sino admitir que cada persona está hecha de manera individual, que por ello también tiene habilidades individuales, que dependen del uso de sus instrumentos externos, de sus fuerzas externas, y por eso no puede ser construida solo a partir de una naturaleza humana general, sino que debe ser construida a partir de una individualidad humana.

Eso significa que, si subimos hasta el formador de la figura humana, que se muestra al ojo clarividente en el aura del niño, debemos decir: ya está individualmente formado. Y si, como un educador conocedor, observamos al ser humano en crecimiento, podemos ver cómo ciertos talentos humanos, ciertas habilidades humanas, se abren paso en la vida, de una manera en una persona y de otra manera en otra. Y de estos talentos y habilidades específicos debemos decir: buscan lo que está presente en una determinada región cultural; por ejemplo, un talento se orienta hacia lo artístico, otro hacia lo manual, un tercero más hacia lo intelectual, y así sucesivamente, y eso se convierte en lo que existe en la Tierra en nuestra vida actual.

¿Pero de dónde viene eso que está presente en nuestra vida actual? ¿Qué es eso, si vemos en el niño en desarrollo el momento en que se inclina hacia esas actividades que existen en nuestra cultura? Lo que el niño busca en eso, se ha desarrollado completamente fuera del niño. El niño tiene esta o aquella capacidad específica, este o aquel talento especial. Pero si queremos reconocer esa conexión, entonces debemos retroceder en nuestra cultura hasta etapas anteriores. Si una individualidad infantil no tuviera ninguna relación con lo que ocurre en la Tierra, entonces podría tener inclinación hacia algo general, pero no hacia algo específico que surgió de nuestra vida cultural. Por eso será comprensible que lo que aparece como individualidad infantil debe haber adquirido anteriormente ciertas relaciones con lo que busca dentro de la cultura para su capacidad. Por eso no podemos pensar de otra forma que la siguiente: las almas que descienden y muestran esta o aquella capacidad, ya estuvieron en la Tierra antes y se prepararon entonces para desarrollar esas relaciones.

Sin embargo, en la conciencia normal solo tenemos la posibilidad de pensar esto. Pero entonces vemos que la ciencia espiritual puede ascender, partiendo de esta mera posibilidad de pensar, hasta la intuición de los hechos. Y uno podría preguntarse ahora: ¿Dónde se muestra para la observación externa aquello que el investigador espiritual llama el aura infantil, que primero se sumerge en el interior para usar el cerebro como su herramienta?

Sí, este momento se marca de manera muy fuerte. Se marca porque cada persona que piensa retrospectivamente, que intenta recordar sus condiciones de vida anteriores, solo llega hasta cierto punto: a partir del cual luego la memoria se interrumpe, y como mucho los padres o aquellos que estaban alrededor durante la juventud pueden contarle lo que pasó antes. Sin embargo, cada persona debe asumir que su yo ya existía también en los tiempos que no puede recordar. Para el observador preciso, el momento hasta el que la persona llega retrocediendo con la memoria, coincide con el momento en que el niño aprende a decir «yo», es decir, donde aparece la conciencia del yo. Hasta ese momento llega también la memoria de una persona. Lo que está antes del despertar de la conciencia del yo está fuera del recuerdo. Aquí tenemos la marca en la vida humana: el niño que antes decía «Karlito está aquí», «Mariecita está aquí», ahora dice: «Yo estoy aquí». En el tiempo en que la persona empieza a sentirse como yo, la conciencia clarividente ve la inserción de lo que se ha llamado aura infantil.

A partir de este hecho, podemos concluir que nuestra memoria retrospectiva en ningún caso es determinante para la existencia de nuestro yo. También podemos enfatizar que, sin duda, en nuestra vida humana hay un momento en que el yo está presente y, sin embargo, la persona no puede encontrar este yo en la memoria retrospectiva. Solo llega hasta cierto punto. Pero quien quisiera creer que el yo solo despierta entonces o que se imprime en la persona en el momento en que el niño aprende a decir “yo”, estaría creyendo algo absurdo. Si nuestro yo se extiende más hacia el pasado de lo que alcanza nuestra memoria, tampoco debemos sorprendernos si la ciencia espiritual dice que es posible extender todavía más el yo, incluso previo al nacimiento hacia vidas anteriores. Pero precisamente para la percepción del yo en esas etapas del desarrollo, para las cuales en el desarrollo normal no puede llegar a la conciencia, uno puede avanzar poco a poco mediante ejercicios espirituales específicos, meditaciones, y demás. Aquí solo se describirá lo más elemental de esos ejercicios espirituales.

Si el ser humano quiere mirar al futuro, debe desarrollar en sí mismo un estado de ánimo muy específico, para el cual se puede usar la palabra «serenidad». Si puede mirar al futuro con serenidad, con absoluta ecuanimidad, entonces ha ganado mucho para alcanzar la visión superior. Este estado de ánimo se puede describir más o menos así: la persona se dice a sí misma: Puede que el mundo nos elogie, puede que el mundo nos condene, puede que esto o aquello del futuro caiga sobre nosotros, cosas horribles o agradables; yo me mantendré erguido y aceptaré con ecuanimidad todo lo que pueda venir y enfrentaré el futuro sin miedo. - Es fácil de describir, pero solo se puede conseguir mediante un largo entrenamiento del alma de tipo meditativo, como se describió al inicio de la conferencia de hoy. Pero si la persona desarrolla este estado en sí misma, aprende primero a atravesar la puerta que el conocimiento ordinario cierra a las experiencias humanas de los primeros años de infancia; luego aprende a mirar primero esos primeros años y después más allá. En resumen, se abre así a lo que podemos llamar la retrospección en vidas terrestres anteriores. Podemos mencionar como un método particular para ello el logro de un estado de ánimo intrépido frente al futuro. A través de una completa serenidad hacia el futuro, adquirimos la posibilidad de seguir el curso de nuestro yo hasta el punto donde la conciencia del yo aparece en la conciencia normal en la vida entre el nacimiento y la muerte. Sin embargo, el investigador del espíritu no tiene que detenerse ahí, sino que puede expandir su conciencia más allá de lo habitual, y lo que llamamos vidas repetidas en la Tierra puede convertirse para él en una verdadera percepción.

En contra de cuanto se ha mencionado hoy, todavía se pueden presentar muchos argumentos. Pero solo quería indicar los caminos a través de los cuales se pueden encontrar los métodos para defender la teosofía. Solo pude hacer un inicio de manera esquemática, pero seguir este camino puede, gradualmente, llevar a una defensa de la teosofía frente a aquellos ataques que desde otro punto de vista son completamente justificados.

Lo mismo ocurre cuando estos ataques se sitúan, por ejemplo, en el ámbito moral que también se mencionó en la última conferencia. Ahí tuvimos que reconocer que aquellos que dicen: 'Vuestra enseñanza sobre las vidas repetidas en la Tierra y sobre la influencia de la vida de una existencia a otra sostiene, en primer lugar, ¡prácticamente el egoísmo!’ tienen cierta razón. Porque eso permite que la gente se diga a sí misma: 'Debo hacer el bien, porque si hago el mal, tendré que sufrir las consecuencias del mal en la próxima vida; pero si hago el bien, también experimentaré las consecuencias del bien.' Así que lo que se deriva de que la vida pase de una a otra no es más que un egoísmo refinado. Y esto también se puede ampliar en el sentido más amplio a lo que se llama el efecto del karma.

Si queremos profundizar en esta idea, podríamos decirnos algo como lo siguiente. Consideremos, por ejemplo, a una persona que se dice a sí misma: Quiero hacer el bien, porque el bien me trae buenos frutos, y es desventajoso hacer el mal, porque de todos modos tengo que cargar con los frutos del mal, así que lo evito. - Comparemos a esta persona con otra, que de una manera no poco noble, reflexiona entre el nacimiento y la muerte sobre las cosas que debe hacer, digamos, por ejemplo, padres que se proponen como principio educar a sus hijos para que sean personas verdaderamente capaces. Ahora, si pudiéramos preguntar a estos padres de manera honesta por qué lo hacen, quizás recibiríamos la respuesta: Cuando seamos mayores, tendremos hijos que se han vuelto personas capaces en la vida, que nos podrán apoyar y sostener, mientras que de los hijos a quienes dejamos incapaces, en la vejez no tendríamos respaldo. - Ahí tenemos un caso que nos muestra cómo se hace el bien por los frutos que se esperan en algún momento, porque sin duda una crianza así por parte de los padres también se realizaría desde un punto de vista egoísta. Pero preguntémonos ahora: ¿A qué puede llevar un punto de vista así, aunque sea egoísta? Porque que las personas tengan el objetivo de criar a sus hijos como personas capaces, para que en la vejez tengan en ellos un apoyo, eso es, en principio - visto de manera totalmente objetiva - algo que no se logra con meras declaraciones morales; es más bien algo que se alcanza con la frase del filósofo: Predicar la moral es fácil, fundamentarla es difícil. - Pero no se trata de decir que uno no debería educar a sus hijos desde esa actitud, sino que se trata de reconocer los hechos y observar cómo se han vuelto las personas bajo esas influencias. Si los padres ponen todo su cuidado en criar a sus hijos para que sean personas capaces, y los hijos luego llegan a ser competentes en la vida, entonces no solo ayudan a los padres, sino que realmente se convierten en miembros útiles de la sociedad humana. Pero también podemos ver otro efecto. Porque si los padres empiezan a criar a sus hijos de esa manera, —aunque su perspectiva al principio fuera tan egoísta—, pronto algo no egoísta despierta con esa educación. Lo que era egoísta por naturaleza se transforma en algo altruista, y de hecho se logra lo que seguro no podría alcanzarse solo con predicar moral: la vida misma nos educa del egoísmo al altruismo, a la liberación del egoísmo.

Así como en la educación, lo mismo sucede con el principio que podríamos tener si ahora hacemos el bien y evitamos el mal, para que en la próxima vida tengamos los frutos de la vida presente. Eso es, al principio, egoísta, pero debemos reconocer que la naturaleza humana tiene ese egoísmo. Sin embargo, no se trata de que esto sea así, sino de la pregunta: ¿Cómo se supera realmente el egoísmo a través de la vida real?

Ahí podemos ver que una persona puede aceptar la enseñanza del karma de tal manera que se diga a sí misma: voy a evitar el mal porque me da malos frutos, y voy a hacer el bien porque así obtendré los buenos frutos, pero aún así, bajo la influencia de esta ley, la actitud egoísta se va transformando poco a poco en una actitud no egoísta. Y vemos que en la realidad, gradualmente, de ese egoísmo surge lo no egoísta.

Por eso debemos decir: Si una ética establece principios muy bonitos, aún así, si solo predica el bien, en realidad se parece a una persona que se pone frente a un horno y dice: Mira, querido horno, que en tu naturaleza está calentar la habitación. - Ahí puedes quedarte predicando largo rato; eso no calentará nada. Pero si nos ahorramos la predicación y nos comportamos con el horno de modo que pueda ocurrir un proceso de combustión, es decir, si le damos carbón, entonces calentará la habitación, y de esa manera fundamentamos su moral de horno, sin necesidad de predicar. Así ocurre también con las personas. Para quien entiende de psicología, está claro lo poco que se logra en la vida solo predicando moral. La moral debe fluir como fuerza en la naturaleza humana. Si nos ahorramos toda predicación sobre principios bonitos y solo podemos poner la enseñanza del karma como una fuerza viva en el alma humana, algo así como combustible para el alma, entonces quizás al principio se acepte esta enseñanza por egoísmo, pero se activarán las fuerzas del alma, de modo que a partir del egoísmo puede surgir la acción desinteresada que nace de la compasión.

Así, la Teosofía con respecto a la ética es una realidad que no simplemente adquirimos como doctrina, sino que la absorbemos como un conjunto de ideas que actúan en el alma y nos transforman en otras personas. Y nadie, -salvo que tenga una disposición anormal-, va a entender la enseñanza del karma de manera que diga: Todavía tengo muchas vidas por delante; todavía tengo tiempo hasta la próxima vida para ser una buena persona. - Nadie puede pensar así. Quien se impregna de la enseñanza del karma sabe: experimentas los frutos de tu vida actual en la próxima vida; si ahora pones los cimientos de ser una persona decente, en la próxima vida podrás serlo; pero si ahora no creas las causas para ser una buena persona, no podrás serlo en la próxima, y por lo tanto estarías colocando las causas para ser una persona desordenada, quizá incluso mala. - Con la enseñanza del karma correctamente entendida, es imposible llevar el egoísmo hasta el extremo; porque bien comprendida, siempre nos llevará no solo a transformar el egoísmo en altruismo, sino también a darnos cuenta de que no construimos nuestra vida de manera fatalista según un destino impuesto. Reconocemos que nosotros mismos pusimos las causas en la vida que luego actúan en el karma.

Ahora podemos ocuparnos de lo que desde el punto de vista religioso podría oponerse a la teosofía. Se puede decir: sí, el teósofo reconoce que en el ser humano vive un Supremo, que es como una gota del mar de lo Divino. Así que lo que el ser humano debe adquirir, lo que puede alcanzar, se coloca, por así decirlo, como una fuerza divina en su propia alma, y entonces uno no puede desarrollar con la actitud que surge de tal postura esa entrega, ese sacrificio de fundirse en aquel Ser que permea y vive en el mundo. -Alguien podría decir-. La actitud que siente la persona verdaderamente religiosa en la entrega más desinteresada a la divinidad que impregna todo, se vería afectada por la actitud teosófica, que coloca una chispa de lo divino en el mismo ser humano ¿Pero acaso no es posible de otra manera? Si uno toma lo representado en el mejor sentido, podrá decirse a sí mismo: Así que hay en ti una parte del poder de Dios. No solo existes para ti mismo, sino que estás allí con una parte del poder de Dios. Y si has 'continuado' por un tiempo, —en esta o en otra vida—, entonces mira una vez cuál era tu deber. Era tu deber desarrollar la semilla, el germen del poder de Dios que ha sido puesto en ti; en otras palabras, hacerte cada vez más y más semejante a lo que ese poder espera de ti. El desarrollo gradual, la perfección gradual se convierte en un deber, de modo que el poder de Dios en ti pueda brotar cada vez más activamente. La teosofía no exige un sentimiento religioso que consista solo en la entrega al divino, sino uno que se diga: Debo trabajar en mi perfección, porque si no lo hago, dejaré que la semilla de Dios dentro de mí quede sin desarrollar y entonces no seré una semejanza, sino una caricatura de lo divino. Pero no debo convertirme en eso. Tengo el deber de perfeccionarme. como su «yo superior», que poco a poco se abre camino hasta la posición que Pablo caracterizó al decir: ¡no yo, sino Cristo en mí!, - donde se une con la esencia de Cristo o con lo que la teosofía reconoce en general como tal esencia. Y hay que decirlo: allí todo lo que el hombre puede reconocer se aísla de lo que el universo vive y atraviesa.

Esto es una entrega activa y práctica a lo divino. Es un estado religioso que llama a las personas a hacer cada vez más por su conocimiento, a ocuparse cada vez más de su moralidad, y a esforzarse cada vez más por desarrollar esas fuerzas que están puestas en el alma como fuerzas divinas. Así vivimos con un espíritu religioso hacia el futuro, que no solo nos transmite una entrega pasiva a la divinidad, sino con un estado que nos insta a hacer nuestro yo cada vez más divino. Frente a lo divino, que atraviesa y vive el mundo, sería la mayor violación del deber si dejáramos nuestro yo incompleto. No podemos dejar sin usar la libra que se nos ha dado, tenemos que multiplicar esa libra. Este estado más auténtico y activo debe ser considerado cuando se habla del elemento religioso que puede venir de la teosofía.

Así se puede ver que hay muchas cosas que primero deben ser mencionadas en los elementos, para mostrar que la Teosofía, por un lado, puede fortalecer la vida, transformar el egoísmo en altruismo y provocar un estado de ánimo religioso que pueda desarrollar cada vez más una religiosidad activa para el futuro. Ese es el otro aspecto de la cuestión que vimos la última vez. Por lo tanto, debemos decir: ciertamente, los objeciones y refutaciones que se pueden presentar contra la Teosofía son justificadas, pero entonces podemos enfrentarnos a esas objeciones tal como se ha mencionado ahora, y podemos interrogar a toda nuestra persona, no solo unilateralmente a nuestra razón y nuestro pensamiento, y podemos decirnos: Tal vez sea verdad que existen cosas que son así, que deben ser reconocidas, que solo comienzan donde la razón se detiene. Entonces debemos poner en movimiento a toda nuestra persona y esa persona debe decidir. Sin embargo, esta decisión puede ser tomada por cada alma, por cada individualidad. Por lo tanto, la Teosofía es el elemento espiritual que más intensamente habla a la individualidad humana, llamando a la individualidad humana a decidir por sí misma incluso frente a la razón.

Cuando la persona se siente inmersa en impulsos tan vivos y sagrados, poco a poco encuentra a través de estos impulsos el camino que le permite darse cuenta: Estás aquí en esta tierra; perteneces con todo lo que hay en ti como ser humano físico-sensorial al mundo físico-sensorial de los seres humanos en la tierra, y perteneces con todo lo que puede fluir desde el mundo espiritual hacia tu mundo espiritual-sentimental, a un mundo espiritual.

Recibes tu misión del mundo espiritual, y tienes que grabar en todo el proceso de desarrollo de la Tierra lo que puedes traer desde el mundo espiritual. Tu misión es ser intermediario entre el proceso de la Tierra y lo espiritual que desea fluir hacia la Tierra. Si aprendes, a través del estudio teosófico, a reconocer que esto es así, y si puedes transformar la profundización teosófica en una actitud que te dé esa infinita y bendita realización del espíritu y del corazón, que se puede expresar en la conciencia de la conexión tanto con lo temporal y finito como con lo infinito y atemporal, —lo eterno y lo efímero—, entonces puedes decirte a ti mismo que estás arraigado con tu ser en lo eterno, que aunque como humano sensorial estás ligado a la Tierra, es solo para dar cumplimiento a lo eterno en forma terrestre a través de tu misión.

Una actitud así puede convertirse en teosofía cuando se transforma en el ser humano a través de un estado de ánimo general, que se puede expresar artísticamente con las palabras:

A los sentidos humanos hablan
Las cosas en las vastedades del espacio
Se transforman en el curso del tiempo
El alma humana vive reconociendo
Las vastedades del espacio sin límites
Y sin dejarse desviar por el curso del tiempo
En el reino de la eternidad del espíritu.

Traducido por J.Luelmo - ago 2026-

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