CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 21

Siento una fuerza desconocida, fecunda, que afianzándose me da confianza en mi mismo. Ahí percibo el germen que madura y la intuición que en mi interior teje luminosa por el poder de mi Yo.

GA069a Stuttgart, 19 de fe brero de 1913 - El poder destructivo del error

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VERDADES Y  ERRORES DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU

Rudolf Steiner

El poder destructivo del error


Stuttgart, 19 de febrero de 1913

Nota previa: No existe ninguna transcripción de la conferencia sobre «Verdades de la investigación espiritual» que se dio el día anterior, el 18 de febrero de 1913 en Stuttgart.

¡Estimados asistentes! En el ámbito de la ciencia espiritual es casi tan importante tener claras las vías del error como las de la verdad, pues tanto en este campo como en la vida exterior, las verdades no solo deben buscarse sino que hay que conquistarlas. Y esas luchas internas del alma, a través de las cuales hay que conquistar las verdades en el ámbito de las ciencias espirituales, esas luchas nos llevan a menudo a atravesar errores que acechan a cada paso y que hay que superar, que ante todo, hay que reconocer en toda su naturaleza y significado. Tanto en la vida exterior como en la ciencia exterior, los errores se refutan; en el ámbito de la vida espiritual hay que combatirlos como fuerzas reales que se nos oponen en nuestro camino hacia la verdad. Y así, la conferencia de ayer sobre las verdades de la ciencia espiritual se completará y se desarrollará más a fondo mediante la reflexión sobre las fuentes del error. Tampoco en este caso es posible afirmar que tal o cual cosa sea un error de la investigación espiritual, sino que, una vez más, se trata de la cuestión de cómo el alma que investiga y busca puede caer en el error.

Ahora bien, no solo ayer, sino a lo largo de los años, se ha señalado una y otra vez que el investigador espiritual debe auto convertirse en el instrumento a través del cual penetra en los mundos espirituales. Lo que el investigador espiritual debe desarrollar son órganos espirituales. Así como nosotros, como personas de la vida cotidiana, tenemos órganos físicos para percibir físicamente el mundo exterior, también podemos adquirir órganos espirituales mediante lo que ya se esbozó ayer. A través de los órganos sensoriales espirituales, —si la expresión no resultara contradictoria—, accedemos al mundo espiritual para poder reconocer su naturaleza y sus misterios. Debemos además adquirir la capacidad de alcanzar, con plena conciencia, aquello que puede experimentarse a través de tales órganos espirituales. Ahora bien, aunque a muchos les parezca superfluo, hay que recordar una y otra vez que estos órganos espirituales no son en absoluto comparables a los órganos sensoriales. Son órganos suprasensoriales. Del mismo modo que el mundo al que accedemos a través de ellos es en sí mismo suprasensible, no visible ni perceptible desde el exterior, también los órganos que desarrollamos son órganos puramente anímico-espirituales. Y la conciencia es, en cierto sentido, una conciencia diferente, una conciencia superior a la de la vida cotidiana y de la ciencia convencional.

No obstante, si conocemos las fuentes de los errores en el ámbito espiritual, podemos entendernos. Partamos, a modo de comparación, de las diversas fuentes de error en el ámbito sensorial y físico. ¿Cómo podemos llegar a cometer errores en la percepción externa del mundo sensorial? Pongamos un ejemplo concreto. Si tenemos algún defecto en la vista, puede ocurrir que, debido a ese defecto, veamos las cosas constantemente de forma errónea. Citemos, entre los cientos de ejemplos que podrían mencionarse, a un naturalista muy conocido que padece tal defecto visual. Él mismo cuenta cómo, una y otra vez, al atardecer, creía siempre que tal o cual figura se alzaba ante él, y que la veía con claridad. Esto se debe únicamente a un defecto ocular. Una vez, al doblar una esquina en una ciudad desconocida y sintiendo desconfianza ante los peligros de aquel lugar, su vista le engañó y creyó que una persona que se le acercaba quería hacerle daño. Llegó incluso a sacar su arma de defensa para ahuyentar a aquella figura inexistente.

Los órganos defectuosos provocan una visión defectuosa del mundo sensible. Ahora bien, podemos decir, a modo de comparación, que también en la investigación espiritual los órganos defectuosos, —los «ojos del espíritu» defectuosos, por utilizar esta expresión de Goethe—, de los que nos dotamos mediante el autodesarrollo y la autoeducación esbozados ayer, provocan una visión errónea y errores en nuestra concepción del mundo espiritual.

¿Cómo llegamos a tener órganos tan defectuosos? Hay que destacar desde el principio que lo que el investigador espiritual alcanza mediante la autoformación y el autodesarrollo depende siempre del punto de partida que adopte su alma. El desarrollo personal se basa, en efecto, en que desarrollemos aún más las capacidades y las fuerzas anímicas que ya poseemos en la vida cotidiana, elevándolas a niveles superiores. Y todo depende de que partamos de una vida anímica sana, de un alma sana en todos los aspectos, y que, a partir de ahí, desarrollemos los órganos espirituales. Para que, a través de este desarrollo caracterizado, lleguemos a poseer órganos espirituales sanos que nos transmitan verdades y no errores en nuestras percepciones del mundo espiritual, es necesario que partamos de lo que en la vida cotidiana se denomina sentido común, es decir, un juicio sano. Sobre esta base hay que seguir construyendo. 

Resulta perjudicial para el desarrollo espiritual, para la correcta formación de los órganos espirituales, sobre todo cualquier tipo de entusiasmo exagerado, cualquier tipo de fantasía. Porque aquello que se adhiere al alma en forma de entusiasmo y fantasía, de juicio erróneo o falso sobre las cosas aquí en el mundo sensible, permanece adherido a ella de cierta manera a lo largo de su posterior desarrollo espiritual, y esto conduce finalmente a que se formen órganos espirituales que no funcionan correctamente, que pueden compararse con un ojo que ve de forma errónea.

Nos encontramos ante un punto, muy estimados asistentes, que es necesario abordar si queremos que los fundamentos de la investigación espiritual sean sólidos. Ya ayer se señaló desde otra perspectiva que los defensores de la ciencia espiritual, de la investigación espiritual, cometen un error cuando ven de antemano en una persona que sabe relatar cosas del mundo espiritual a alguien especial, por el mero hecho de que se le considere un vidente. En el fondo, el don de la visión no debería entenderse más que como algo que se ha desarrollado como una capacidad especial del ser humano para asomarse al mundo espiritual, —del mismo modo que uno se forma científicamente para convertirse en botánico, zoólogo o matemático. Y cuanto más tengan claro los seguidores de la ciencia espiritual que una persona no es especial por el mero hecho de ser un vidente o un investigador espiritual, mejor será. No debemos hacer que el valor de una persona dependa de su don de clarividencia, y ella misma tampoco debe hacerlo en absoluto. El valor de una persona, incluso como vidente, depende de que ya aquí, en el mundo físico, posea un juicio sano y sentido común. Esto conduce, cuando se aplican los métodos mencionados al desarrollo del alma, a unos órganos espirituales sanos. El sentido común erróneo conduce a una visión malsana del mundo espiritual, que presenta este mundo bajo una forma falsa y errónea. Eso es lo que hay que decir.

Lo otro que importa es que podamos formarnos un juicio correcto y consciente dentro del mundo espiritual, que podamos orientarnos de la manera adecuada, de modo que no nos dejemos llevar por ningún engaño ni por ninguna ceguera, ni a través de nuestros órganos sanos ni a través de la propia conciencia.

Ahora bien, al investigador esotérico le puede ocurrir algo comparable, —por poner otra vez un ejemplo—, a lo que sucede aquí, en el mundo sensible, cuando la conciencia del ser humano se encuentra como desmayada, adormecida, somnolienta o paralizada, de modo que la persona en cuestión, debido a su conciencia desmayada y adormecida, no logra orientarse correctamente en el mundo físico.

Al investigador espiritual puede afectarle un fenómeno similar, si este a su vez, no parte de un punto de partida adecuado. El punto de partida adecuado para tener una conciencia clara que ilumine correctamente el campo de visión espiritual es un estado de ánimo y una disposición anímica moralmente sanos. Del mismo modo que un juicio poco sano da lugar a órganos defectuosos y poco sanos, un sentido moral débil provoca una especie de desorientación, incluso se podría decir de aturdimiento, de embriaguez de la conciencia superior.

Así pues, vemos que, para reconocer las fuentes de los errores en el ámbito espiritual, es necesario que el investigador espiritual, en su desarrollo del alma, parta de un sentido común sano, de un juicio moral sano y firme, y de una disposición moral sana y firme. Pero esto no hace más que confirmar que el vidente no es una persona especial por el hecho de poseer el don de la visión, sino que debe ser juzgado en su valía humana al igual que el resto de las personas: según su sano criterio y su estado moral del alma. Solo que estas dos cosas revisten una importancia infinitamente mayor en el ámbito de la investigación espiritual que en la vida cotidiana, ya que son, en realidad, las condiciones fundamentales para el descubrimiento de verdades y para evitar errores.

Podemos señalar otras fuentes de error o, mejor dicho, describir de otra manera los caminos que conducen al error. Y para entendernos, lo mejor es que partamos de nuevo de la observación sensorial habitual de las cosas. Todos sabemos, muy estimados presentes, que existe una forma muy extendida de contemplar las cosas del mundo exterior que se denomina materialismo, una visión materialista del mundo exterior. Ahora bien, se trata de que, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, tengamos claro cómo puede manifestarse en el ser humano esta actitud materialista en el mundo físico ordinario. La ciencia espiritual —como ha quedado claro a través de todas las reflexiones que he podido exponer aquí ante ustedes—, la ciencia espiritual nos lleva a reconocer que detrás de todo, incluso detrás de la existencia material, actúa lo espiritual, que la existencia material no es más que la expresión de las fuerzas espirituales que hay detrás. Así pues, también en el ámbito en el que actúa lo material, en realidad es el espíritu el que actúa.

¿Cómo es posible, entonces, que las personas sean, a pesar de todo, materialistas? ¿Cómo llegan a ignorar que, allí donde aparece la materia, esta no es más que una manifestación del espíritu? Si reconocemos el espíritu en todas partes, estimados presentes, también debemos buscar en el espíritu las causas por las que las personas pueden llegar a ser materialistas. Y de hecho, son razones espirituales en el alma humana, fuerzas que actúan desde el mundo espiritual sobre esa alma, las que llevan al ser humano a adoptar una mentalidad materialista. Entre esas fuerzas espirituales que nos da a conocer la investigación espiritual, encontramos, —por favor, tomen esta expresión como un término técnico—, las llamadas fuerzas ahrimánicas, fuerzas a las que denominamos «ahrimánicas» en referencia al espíritu persa Kahriman. Se trata de determinadas fuerzas espirituales que actúan sobre el alma humana de tal manera que, por así decirlo, ocultan ante ella todo aquello «que no se manifiesta en la materialidad densa». Es totalmente cierto lo que han dicho Goethe y otros, lo que han dicho todos aquellos que realmente entienden algo de estas cosas: la percepción externa de los sentidos no se equivoca; es el juicio el que se equivoca cuando se ve engañado por ciertas fuerzas presentes en el alma humana. Las manifestaciones materiales que se nos presentan no nos dicen que sean meramente materia. Las almas humanas juzgan lo que es revelación de lo espiritual como si fuera mera materia. Ciertas fuerzas actúan en estas almas humanas, adormeciéndolas de tal manera que no pueden ver que lo material no es más que la expresión de lo espiritual. Lo que Goethe expresó corresponde a un significado profundo, a una esencia real en el alma humana: Las fuerzas ahrimánicas o mefistofélicas han penetrado en el alma, actúan allí, y cuando se habla de estas cosas, uno querría llegar, de manera totalmente acertada, a la conclusión de que la mentalidad materialista, por su mera existencia, para el investigador espiritual  es una verdadera prueba de aquellas fuerzas que engañan al ser humano, que le ocultan lo espiritual; esas fuerzas son las mefistofélicas que hacen que el ser humano se aleje de lo espiritual.

Si queremos asomarnos al interior del alma misma para ver qué ocurre en ella, de modo que no pueda encontrar lo espiritual en lo material, podemos preguntarnos: ¿por qué, en realidad, el ser humano adopta una mentalidad materialista? Debemos tener claro que el contenido del alma humana no se limita a lo que ocurre en su conciencia habitual, sino que existen profundidades ocultas en el alma humana, que existe una vida anímica subconsciente. A menudo se denomina «vida anímica subconsciente» a esa incursión en las profundidades del alma que no llega a las regiones en las que el ser humano es consciente de sí mismo. Porque todo lo que puede surgir en la conciencia puede sumergirse en regiones inconscientes y actuar allí. Sería un prejuicio absurdo creer que lo que no se conoce no tiene efecto. Un ejemplo drástico de la acción [del subconsciente] en el alma, que se manifiesta de forma muy diferente, es el siguiente: Lutero dijo una vez: «Cuando estoy muy enfadado, es cuando mejor rezo y predico». - Él lo ha expresado así, y todo conocedor del alma lo comprende. Las fuerzas que actúan en el alma pueden transformarse de las formas más variadas. 

LA IRA

La ira no es más que una fuerza del alma; cuando se sumerge en las profundidades del alma, puede manifestarse en la conciencia de una manera totalmente diferente. Si dejamos que la ira se adentre en nosotros, si la llevamos a la región subconsciente del alma, puede manifestarse como algo que parece su contrario. Rezar y predicar no suele parecerse a un arrebato de ira; pero Lutero sabía que era entonces cuando mejor podía rezar y predicar, [cuando estaba enfadado]. Así ocurre con muchos impulsos del alma. No se pueden demostrar en el sentido habitual, pero se revelan mediante la observación del alma. Quien examina el alma, del mismo modo que se examinan las sustancias químicas en sus componentes y su descomposición, descubre qué caminos siguen las diversas fuerzas de la vida anímica, cómo se transforman, cómo cambian cuando están en la conciencia y cómo lo hacen de otra manera cuando se sumergen en las regiones inferiores de la vida anímica. 

EL MIEDO, EL ODIO

Hay algo a lo que debemos referirnos como una fuerza, una fuerza que todo el mundo conoce cuando se manifiesta en las regiones superiores de la conciencia: el miedo. Para quien conoce el alma, está emparentado con el odio. A menudo, en la región superior del alma, odiamos aquello a lo que tememos; pero el miedo ya lo hemos relegado al subconsciente. El odio y el miedo están íntimamente relacionados entre sí. Pero el miedo también está relacionado con otra cualidad humana muy extendida, con una cualidad que se manifiesta y actúa en todas partes del mundo: la comodidad. Y para quien conoce el alma, resulta evidente que se despierta la tendencia cómoda a mantener esto o aquello, a no cambiar esto o aquello, por miedo a la incertidumbre en la que uno se adentra cuando actúa de forma diferente [a como está acostumbrado]. Las personas se aferran tanto a lo tradicional porque tienen miedo al cambio. La comodidad es el miedo presente en la conciencia ordinaria, reprimido en el subconsciente.

Cuando uno se adentra en el ámbito espiritual, se encuentra con experiencias como las que ayer se pudieron describir aquí, experiencias de las que se puede decir que el ser humano pierde el suelo bajo sus pies, como si se encontrara ante la nada, para ganar algo nuevo. El alma siente a veces, en lo más profundo de su subconsciente, aquello que no logra llevar a la conciencia. Es el miedo, simplemente el miedo del alma ante todo lo que hay que experimentar al adentrarse en el mundo espiritual; ese miedo no llega a la conciencia, pero quien tiene una mentalidad materialista lo lleva en lo más profundo de su alma. Para quien conoce el alma, resulta evidente que uno adopta una mentalidad materialista porque, en lo más profundo del alma, siente miedo ante la incertidumbre en la que se adentra al sumergirse en lo espiritual. Sin embargo, resulta extraño que, al investigar el alma, haya que caracterizar al materialista como un temeroso en el ámbito espiritual; pero así es. No es más que el enmascaramiento del miedo a la vida espiritual, mediante el cual se reprime dicha vida espiritual, lo que lleva al alma a insensibilizarse frente al espíritu. De este modo, lo que actúa detrás de ello permanece oculto para el alma. Los demonios del miedo, los espíritus ahrimánicos, se desatan en el ánimo, en el alma del ser humano de mentalidad materialista. Y así, el ser humano de mentalidad materialista es una prueba viviente de la acción de lo espiritual. Es lo espiritual mismo lo que seduce al materialista para que sea materialista. Esto nos recuerda una frase del poeta, que resulta demasiado cierta cuando se ve cómo el materialista es seducido por los espíritus ahrimánicos para que sea materialista y cómo expresa su miedo enmascarado al querer aceptar únicamente lo material en todas partes:

«El pueblo nunca percibe al diablo, ni siquiera aunque lo tuviera agarrado por el cuello».

Nada recuerda más esta prueba que el hecho de que el materialista, en su miedo inconsciente, se resista a la incertidumbre inicial en la que uno se ve sumido. Ese es el verdadero proceso anímico que conduce al materialismo.

Pero para nosotros solo es importante aquí lo siguiente: ¿Qué provoca esta exposición a los demonios del miedo y la angustia, a las fuerzas que adormecen el alma? Para describir esta disposición del alma, hemos tomado como punto de partida el mundo exterior, físico y sensorial, donde esta disposición  anímica nos lleva a adoptar una mentalidad materialista.

Pero esa misma disposición anímica también puede darse en una persona que está atravesando un proceso de desarrollo espiritual o que, debido a circunstancias especiales, ha llegado a tener una especie de visión del mundo espiritual. Los demonios del miedo mencionados no solo actúan sobre las almas de mentalidad materialista, sino también sobre aquel que quizá ya sea capaz de vislumbrar el mundo espiritual. En ese caso, tienen un efecto diferente. Pero ese efecto puede describirse, a su vez, comparando las profundas experiencias que allí vivimos con lo que nos hemos encontrado. Así como al materialista todo le aparece en una densa condensación material, estos demonios actúan sobre el alma de una persona que tiene la misma disposición que el materialista, de tal manera que solo le permiten ver lo que no es espiritual, sino lo que es denso y surge como un fantasma. Lo espiritual, en su sutileza, se le escapa. Ni siquiera busca lo espiritual, pues le resulta demasiado fugaz, demasiado enigmático. No se refiere a lo espiritual como tal; debe mostrarse tan densificado, tan burdo, que sea, por así decirlo, solo una apariencia material transformada en algo espiritual. Busca esas visiones, esas imaginaciones que no son espirituales, sino fantasmales.

Ahora bien, esto no quiere decir que estas impresiones, que surgen con tanta intensidad, no sean impresiones verdaderas. Si se han producido tal y como se describieron aquí ayer, son, por supuesto, totalmente verdaderas. Pero la interpretación suele ser errónea. Una persona así ve en esas cosas que se le presentan desde el mundo espiritual, —y que anhela como si fueran fantasmas, porque no acepta lo verdaderamente espiritual—, lo único real. Busca solo fantasmas, en lugar de espíritus. De este modo, aunque llega a percepciones espirituales, a hechos del mundo espiritual, les da una valoración errónea. Pongamos un ejemplo. Una persona con esta capacidad de visión espiritual llega, mediante los métodos de los que ya se ha hablado aquí, a mirar retrospectivamente hacia sus vidas terrenales anteriores. Cuando mira retrospectivamente , pueden aparecer ante él imágenes, hechos que le muestran la apariencia de sus vidas terrenales anteriores. Pero, en realidad, no es así. En realidad, no ve lo que realmente fue, sino lo que se ha desprendido de él como cáscaras, lo que muere, lo que se desvanece. Ve lo que no debería ver si quiere contemplar la realidad verdadera, en constante evolución. Y así, por ejemplo, cuando una persona así contempla un alma que ha atravesado la muerte, ve, en lugar del mundo espiritual real, una especie de mundo fantasmal. Percibe una realidad [y la considera] la realidad verdadera del difunto, pero lo que percibe no es la realidad verdadera, sino aquello de lo que el difunto acaba de despojarse, lo que se está desmoronando, lo que está muriendo, —mientras que la realidad continua, la que sigue desarrollándose, no se ve. Porque, debido a esa disposición del alma, el vidente considera como algo difuso aquello que no le interesa. Esa disposición del alma que, en realidad, no nos conduce hacia lo espiritual, sino que, precisamente, siempre nos induce a interpretar erróneamente lo que vemos. Creemos ver un alma viva, algo que se desarrolla, pero confundimos lo que se destruye, lo que se desintegra, lo que está condenado a la muerte, con algo que se desarrolla.

Vemos, pues, que en el ámbito espiritual la cuestión del error es algo diferente. El error en el mundo ordinario suele ser refutable; en el mundo espiritual, lo que podemos buscar para que ese mundo tenga sentido para nosotros es lo que da vida, lo que surge, lo que brota y florece, y confundimos ese brotar y florecer con lo que está condenado a la muerte, lo enfermizo, lo que se autodestruye. La oposición es diferente en el ámbito espiritual que en el ámbito exterior. Los conceptos de verdadero y falso se transforman en el mundo espiritual, de modo que, en lugar de lo que se desarrolla en el mundo espiritual, —lo fructífero, lo que brota, lo que germina, lo luminoso, lo que ilumina—, vemos lo que se destruye, lo que se desintegra. Y el hecho de que en el mundo físico-sensorial confundamos la verdad con el error, en el mundo espiritual, se corresponde con el de que confundamos lo consagrado a la vida con lo consagrado a la muerte. Las relaciones son, pues, completamente diferentes. Al entrar en el mundo espiritual, hay que acostumbrarse a sentir este mundo de manera muy distinta y a desarrollar conceptos e ideas completamente nuevos. De ello se desprende, a su vez, cuál es la naturaleza del error. Si se considera que los conceptos e ideas que uno ha adquirido en el mundo cotidiano son suficientes para el ámbito espiritual, esto ya constituye un grave error. 

Me gustaría recurrir a otra comparación que caracterice un error muy frecuente en este campo. Supongamos que nos enfrentamos a lo que se ha formado en el fondo de una mina gracias a las fuerzas que actúan y operan en el interior de la Tierra. Supongamos que se abriera una grieta hasta la superficie terrestre. La luz del sol penetra a través de esa grieta; puede iluminar de la manera más maravillosa todo lo que se ha formado allí abajo, en la oscuridad. Podemos percibir como algo hermoso y maravilloso el modo en que la luz del sol incide sobre todo aquello que no podría surgir en la superficie de la Tierra. Lo que la luz del sol crea en la superficie de la Tierra no puede crearse de la misma manera en las profundidades; y, a su vez, lo que se ha formado en las profundidades puede mostrarse ante nosotros como un deleite para la vista cuando la luz del sol penetra a través de una grieta.

Es totalmente cierto lo que se ha descrito anteriormente: si el investigador espiritual traduce lo que ha visto en el mundo espiritual a conceptos del sentido común y lo interpreta, cualquiera puede comprender estas cosas. El mundo espiritual no solo se puede comprender si uno mismo es investigador espiritual, sino también a partir del sentido común. Sin embargo, este mundo espiritual solo puede ser explorado por quien sea capaz de adentrarse en él con el alma de un investigador espiritual. Pero cuando las descripciones de los mundos suprasensoriales se expresan en conceptos e ideas, uno se siente impulsado a comparar tal descripción con la luz del sol que penetra en la mina a través de una grieta en la tierra, y entonces también las personas comunes, que no pueden acceder a esas regiones de la verdad espiritual con los conceptos del mundo sensible, [pueden comprenderlas].

También debemos tener claro que es la propia alma la que debe dar el paso hacia el mundo espiritual, si queremos que, desde ese mundo espiritual, se revelen los hechos y las entidades. Ese es el escollo: que ciertas fuerzas espirituales actúan sobre el alma y, por miedo, la llevan por caminos erróneos... [espacio en blanco en la transcripción].

Otro escollo se presenta cuando el alma se ve atrapada precisamente por aquello de lo que se acaba de decir que debe ser vencido. Para que se entienda, —sin pretender recomendar la figura del médium—, hemos dicho que todo lo propio del médium debe ser eliminado para que este pueda integrarse [en el ser del mundo]. Sin embargo, cuando el investigador espiritual que investiga conscientemente, se enfrenta al mundo espiritual, también debe eliminar conscientemente su individualidad. Pero cuando el ser humano se enfrenta a sí mismo en este punto como si fuera un ser ajeno, como una figura extraña, en la que, por así decirlo, se sitúa fuera de sí mismo y mira hacia atrás, cuando experimenta todo eso, solo entonces se da cuenta de cómo actúa realmente en el ser humano, aquello que se podría denominar amor propio. Cuando se habla así, es fácil que alguien venga y diga: «Sí, ahí nos está hablando de la superación del yo y cosas por el estilo; pero eso son cosas fáciles». Quien habla así, solo habla de lo que conoce como amor propio, como amor a uno mismo. El investigador espiritual llega a conocer algo muy distinto del amor propio; en el momento en que se ha separado de sí mismo, ese amor propio se convierte en una fuerza de la naturaleza; llega a tal punto que, en un primer momento, parece invencible. Y resulta invencible en un caso concreto: cuando el investigador o el buscador espiritual no llega a ese punto en el que pueda realmente separar de sí mismo todo lo que constituye su propio yo. Si realmente se reconoce el amor propio de tal manera que se supera y se vence, entonces se desarrolla en el alma algo que normalmente no se reconoce de forma adecuada. Queda en su alma algo del amor propio, que habita en ella de forma tan sutil y refinada que el investigador del alma, el propio investigador espiritual, interpreta de manera totalmente errónea y equivocada aquello que vive en su interior. Y aquí se produce un fenómeno muy peculiar:

Debido a que el investigador espiritual cree que ha conseguido arrancar de sí mismo el amor propio, se dice a sí mismo: «Has desterrado el amor propio; lo que ahora encuentras en tu interior es algo distinto de ti mismo». - A eso lo llama entonces lo divino en sí mismo. Pero como no ha logrado arrancar por completo el amor propio de su interior, se convierte en un falso místico. Él mira en su interior y cree reconocer su yo divino, pero solo adora lo que le queda de amor propio de su propio yo. Muchos de los dioses adorados por la mística falsa, la mística que se encuentra en caminos erróneos, no son más que el propio ser adorado, no son más que el propio yo adorado. A menudo el amor a Dios en los místicos, no es más que amor propio enmascarado.

Allí uno se encuentra ante un terreno peligroso de errores en la ciencia espiritual. Y en la historia del desarrollo de la mística, a menudo resulta muy difícil distinguir en qué momentos el místico ha avanzado realmente hacia un conocimiento espiritual objetivo, y en cuáles se limita a venerar como algo superior en su interior esa parte de sí mismo que ya no reconoce como parte de su propio yo.

Podemos volver a encontrar, en el ámbito sensorial habitual, en el mundo físico exterior, algo que nos permita comprender lo que le ocurre al místico que se encuentra en el camino equivocado. Para ello, «solo tenemos que señalar una determinada corriente científica que surgió, concretamente, a mediados del siglo XIX. Esta corriente científica no se presenta como materialista; ni siquiera cree que lo sea, pues habla de ideas en la historia, de efectos y pensamientos en la historia. Así, hay muchos investigadores que, en el sentido más estricto de la palabra, rechazarían hablar de la existencia de almas -(espíritus)- nacionales o almas -(espíritus)- de la época como realidades, de que existan en absoluto entidades que se revelen realmente como tales a lo largo del proceso de desarrollo de la humanidad. En el siglo XIX se consideraba más correcto, más libre de prejuicios, hablar únicamente de ideas a lo largo de la historia. Esto ha resultado especialmente grotesco en el debate reciente sobre la cuestión de la vida de Jesús. Surgió entonces una corriente que afirmaba que: «El Jesús histórico no existió en absoluto; que la idea de Cristo surgió precisamente dentro de la comunidad, en el desarrollo de la Iglesia». - Se ha alegado que es una visión más elevada no reconocer la realidad de Cristo Jesús, sino solo la idea que se ha introducido en la historia. ¿Cómo se le presentan esas ideas en la historia a quien ve las cosas con claridad? Se le presentan como si quisiera afirmar que un pintor que solo está pintado en un cuadro, pudiese pintar un cuadro; del mismo modo, una idea puede actuar en la historia. Solo pueden actuar las entidades, pero no las ideas ni los pensamientos. Y este llamado «idealismo de la historia» se refuta simplemente demostrando cómo desde el punto de vista del conocimiento, procede de forma errónea al caer en el error que salta a la vista de inmediato cuando uno se pregunta si un pintor que solo está pintado puede pintar un cuadro. Las entidades que se manifiestan de alguna manera encarnadas como personas pueden actuar, pero no las ideas ni los pensamientos; estos se desvanecen hasta convertirse en meras sombras cuando se prescinde de la entidad y de lo esencial. Del mismo modo que la realidad, para esas personas, la verdad se desvanece hasta convertirse en meras sombras mentales, aquello que debería ser una realidad espiritual, una verdad espiritual para las personas que se han convertido en místicos a partir de un amor propio desconocido y enmascarado, se convierte en algo que no puede existir fuera de su alma, algo que solo actúa en su propia alma. Y la consecuencia de ello es que esas almas no pueden llegar hasta aquellas entidades espirituales que tienen su propia existencia independientemente de ellas. Solo pueden llegar hasta aquello que pueden introducir en su propio ser, aquello que, por así decirlo, pueden consumir espiritualmente.

Si quisiéramos hacer una comparación bastante burda, —les pido disculpas, pero puede servir para aclarar el concepto—, podríamos decir lo siguiente: quien quiera convertirse en un vidente espiritual debe ser capaz de ver entidades espirituales que sean independientes de sí mismo, del mismo modo que con los ojos físicos se pueden ver entidades físicas; debe ser capaz de ver, por poner un ejemplo comparativo, un lechón que esté separado de él. Pero supongamos que alguien no pudiera ver un lechón, sino que solo pudiera comerlo y disfrutarlo una vez que hubiera sido sacrificado y troceado. Un tal hedonista espiritual es precisamente ese tipo de místico. El sibarita espiritual no dirige su mirada hacia entidades que estén objetivamente separadas de él, sino hacia el mundo espiritual en general; no absorbe entidades, sino únicamente sustancias espirituales, que consume y absorbe, pero nunca alcanza lo que es un yo enriquecido interiormente, sino más bien un yo vaciado, de modo que, al final, su yo se hincha hasta convertirse en una especie de universo espiritual. Y precisamente porque impregna así su yo con aquello que encaja en él, se oculta el camino hacia las auténticas entidades espirituales y verdades, y solo contempla aquello que se teje y actúa en su propio interior. La historia de la mística es tan difícil de estudiar precisamente porque hay que distinguir con precisión entre aquellos místicos que realmente han logrado separarse de su propio yo y contemplan lo esencial, y aquellos místicos que, en realidad, solo confunden el amor propio con el amor a Dios y perciben todo aquello que llena a su propio yo; en el fondo, solo viven de su propio yo.

Por un lado, [la contemplación de lo espiritual] en una condensación material burda, a modo de visión fantasmal; y, por otro lado, la adoración mística del propio yo: estos son los dos caminos principales del error en el ámbito espiritual.

Todo depende de que el alma encuentre los caminos hacia la verdad sacando de sí misma y contemplando objetivamente lo que realmente es el ser humano; de ahí que sea tan necesario iniciarse en la investigación espiritual y también en el estudio de la ciencia espiritual, para llegar a la verdad y no al error en aquellas cuestiones que más pueden protegernos del amor propio.

Si un investigador espiritual, que quisiera explorar las intimidades de la vida y al principio se esforzara por visitar en el mundo espiritual, a personas que han fallecido recientemente, es decir, si una persona se convirtiera en buscador espiritual por amor al prójimo, sería muy fácil para él desviarse hacia un lado u otro. El interés debería enfocarse primero en lo que nos lleva al gran cosmos, lo que nos lleva al escenario de los acontecimientos históricos y de las grandes apariciones cósmicas, que no nos afectan tanto personalmente, porque frente a lo que no nos toca personalmente podemos liberarnos más fácilmente de nuestra personalidad que frente a lo que nos afecta personalmente. Al visitar el espíritu de alguien que acaba de fallecer, estamos expuestos a todo tipo de errores personales. Si investigamos qué cambios ha experimentado el alma a lo largo de su desarrollo, tendemos fácilmente a mirar la cuestión de manera subjetiva desde nuestras propias intenciones.

En mi «Ciencia Oculta» he intentado partir de lo que no solo interesa al individuo, sino a todos los seres humanos. Porque eso es lo importante si queremos convertirnos en investigadores del espíritu y liberarnos cada vez más del error, aprendiendo a reconocernos a nosotros mismos como un producto del mundo entero. Así como reconocemos a otros seres y cosas como productos del mundo entero, por ejemplo, cuando miramos y contemplamos una planta, no solo observamos la planta en sí externamente, sino también el suelo, el sol, el viento, las condiciones geográficas en las que vive; así, por así decirlo, tomamos en cuenta todo el entorno para explicar el detalle, la individualidad de la planta. De la misma manera, también podemos explicarnos a nosotros mismos como seres humanos a partir del universo en su totalidad, especialmente considerando nuestro ser anímico-espiritual. De hecho, como se dice con frecuencia, somos un microcosmos en el macrocosmos. Somos una imagen, una impresión del gran universo, y comparar lo que el ser humano posee en su alma, en su esencia espiritual, con todo el universo, encierra una profunda verdad espiritual. Pero no podemos hacer esto mientras permanezcamos atrapados en nosotros mismos. Solo cuando realmente salgamos de nosotros mismos, cuando podamos observarnos como seres humanos separados de nosotros, podremos comparar lo que ahora tenemos como un objeto objetivo con el mundo.

¿No resulta sorprendente que aquello que ha surgido en las ciencias espirituales, le parezca a muchos como una fantasía tonta? En física, por ejemplo, se perdona que se distingan siete colores; en teoría musical, que haya siete tonos y que el octavo tono sea la octava. Pero no se le perdona al científico espiritual que conciba la naturaleza humana como algo con siete partes y que la relacione con siete mundos interconectados. Y, sin embargo, es el mismo pensamiento el que encuentra siete colores en física, siete tonos en la octava y siete miembros de la naturaleza humana en las ciencias del espíritu. Es la misma idea, lo uno no es más que lo otro.

Pero solo se puede reconocer la relación de la naturaleza humana con el gran universo si uno ve esa naturaleza humana de manera que se considere en su totalidad. El ser humano es un ser anímico-espiritual. La mente solo puede observar sensorialmente. Para llegar a verdades espirituales, y no a errores espirituales, uno debe ser capaz de reconocer al ser humano fuera de sí mismo como un producto de todo el universo. Esto es extraordinariamente importante. Hay que poder observar el universo en su efecto sobre el ser humano. Mientras uno solo considere los efectos sobre su propia esencia, no se llegará a la verdad, solo al error. El ser humano debe situarse fuera de sí mismo y luego observarse en relación con el universo; debe haberse desprendido de sí mismo. Esa es la primera condición para que el ser humano esté en posición de que todo lo que desarrolla en sí, lo que ha formado en sí, no quede atrapado en la esfera del amor propio. ¿Qué significa eso? Bueno, ¿Qué hace que nos desarrollemos animico-espiritualmente? Hacemos ciertos ejercicios para el desarrollo del alma: meditación, concentración y demás, que ya se esbozaron ayer y con frecuencia aquí. A través de esto surgen ciertos procesos del alma en nosotros mismos. Mientras los practiquemos de manera que incluso tengamos la más mínima sensación de que somos nosotros mismos los que se están desarrollando, no podremos protegernos del error.

Ese es un lado de la cosa. Ese es el lado que el místico tiene tanta dificultad en superar, el que se pierde en su propio yo, solo de manera refinada. Lo que ocurre en nosotros para levantarnos hacia mundos más elevados, debe ser un proceso del universo, no un proceso individual. Tenemos que reconocer al ser humano fuera de nosotros, tenemos que sentir y experimentar el universo dentro de nosotros. Esos son los dos grandes secretos que conducen al camino hacia la verdad y a evitar los errores. Reconocer la esencia del ser humano fuera de nosotros, no en nosotros, y experimentar el universo no solo fuera de nosotros, sino en nosotros como mundo objetivo, eso es lo segundo.

Quien toma estas dos importantes directrices como metas para alcanzar el mundo espiritual, llega poco a poco a un punto en que puede alcanzar el conocimiento de la verdad a través de la experiencia. Si uno posee la verdad en el ámbito espiritual, entonces se convierte en aquello que ha reconocido como verdad, porque se proyecta en esos seres. Experimentamos el mundo y lo sentimos al vivirlo como una antorcha que nos ilumina el mundo espiritual. Lo sentimos como un elemento vivificante que se demuestra fructífero, que nos ayuda al guiarnos de nivel en nivel, paso a paso en nuestro camino. Sentimos el mundo al manifestarse en nosotros y para nosotros los humanos como aquello que germina y brota y se muestra eficaz. Si uno puede sentir así, puede estar seguro de que vive en la verdad espiritual. El error, en cambio, es frío, gélido, es lo que oscurece la verdad espiritual. El error en el mundo espiritual es una fuerza; los errores son fuerzas, son entidades, pero fuerzas que apagan y oscurecen. Cuanto más nos adentramos en el error, más podemos sentir: al pretender usarlo para aclarar el mundo, lo oscurece todo. Cuando uno se acerca con el error, se encuentra que en todas partes la vida parece paralizarse por una fuerza de muerte, como si se convirtiera en putrefacción,. El error se muestra como algo real, que actúa como algo destructivo, devastador. Tenemos que vencerlo, eliminarlo, tenemos que hacer que crezcan fuerzas, -no solo juicios u opiniones-, para refutarlo y que se aleje de nosotros. Entonces llegamos a la verdad. Por eso, buscar la verdad en el ámbito espiritual es justamente luchar contra el error, y por eso es importante saber cuáles son los caminos del error. Por eso también había que señalar con atención los caminos del error, al igual que los caminos de la verdad.

Quizás, muy estimados presentes, estos dos conferencias han podido transmitir una sensación de lo real, de lo verdadero que es el camino del alma que conduce a las regiones espirituales, una sensación que, sin embargo, solo puede experimentar quien contempla sin prejuicios lo que aquí se ha presentado de manera esquemática, y que es difícil de transmitir a quien solo se acerca con prejuicios. Pero aún así, tras tales reflexiones, uno podría decirse: mucha gente juzga a estos investigadores del espíritu, pero se ve por lo que dicen cuánto saben realmente al respecto. - Se puede incluso descubrir si las objeciones son justificadas o injustificadas, si frente a lo que se dice uno se plantea la pregunta: ¿Sabe acaso la persona en cuestión algo de lo que la investigación espiritual busca? ¿Sabe algo de las arduas luchas, de la superación y la redención, de los sufrimientos que deben atravesarse? - Para ello debería surgir un sentimiento de que estas cosas no deben tomarse a la ligera por quienes necesitan familiarizarse primero con lo que el alma debe experimentar para llegar a verdades de la investigación espiritual.

Después, sin embargo, se puede tener una experiencia peculiar: aquellos que se acercan a los resultados de la investigación espiritual con seriedad y dignidad ya no son enemigos. Quizás en ningún otro campo tanto como en el de la investigación espiritual se puede decir con toda razón: los enemigos, en el fondo, son solo aquellos que no conocen la materia. En el área donde se conoce, ya no hay enemigos. Los enemigos, por lo general, se convierten en reconocedores cuando llegan a conocer la materia. Esto puede dejarse al criterio de cada uno para convencerse. Se puede reconocer, a partir de muchas cosas hostiles que se dicen, que toda esa enemistad se basa precisamente en el desconocimiento de la materia en el ámbito de la ciencia espiritual. Los conocedores ya no son enemigos.

En este sentimiento podemos resumir, tal vez no tanto lo que se habló anteayer y hoy, sino cómo se ha intentado presentar las cosas. Esta vez he intentado deliberadamente representar las cosas totalmente según la experiencia del alma, tal como el alma es guiada paso a paso y lo que experimenta. Así, quizá se pueda captar la sensación de la seriedad de la investigación espiritual. Primero hay que tener esta sensación, luego surge que en el campo de la ciencia espiritual, más que en cualquier otro, aplica una frase maravillosamente bella de Goethe, que él dijo y vivió profundamente a partir de una experiencia vital profunda. Como Goethe defendió varias cosas que tocan de cerca el campo de la ciencia espiritual, encontró oposiciones, lo cual se comprende especialmente si uno es un investigador del espíritu. Y frente a estos adversarios, él comprimió sus sentimientos en la breve frase que, al ser una sabiduría de vida, una verdad lograda, es justamente en su simplicidad tan hermosa que también nosotros podemos expresar lo que sentimos frente a los oponentes de la ciencia espiritual en esta frase, al decir con Goethe:

Una enseñanza falsa no se puede refutar, porque se basa en la convicción de que lo falso es verdadero. Pero lo contrario se puede, se debe y se tiene que repetir.

Entonces, cuando esto también ocurre con respecto a las ciencias del espíritu, entonces las ciencias del espíritu se convertirán en parte de nuestra cultura intelectual, como debe ser. Y aunque errores opuestos intenten imponerse, la verdad encontrará su camino en el mundo en todas partes, aunque tenga que abrirse paso entre estrechas grietas en la orilla rocosa: la verdad encontrará su camino. Sobre lo que es verdad, por eso no necesitamos preocuparnos. Si representamos la falsedad debido a un error personal, estamos convencidos de que esta falsedad no hará daño. Pero si defendemos la verdad, entonces encontrará su camino a través de las grietas más estrechas de la roca, tal como siempre ha tenido que forzarse para poder integrarse en el desarrollo de la humanidad. Porque así está concebido el nacimiento de la humanidad: la humanidad solo encuentra su desarrollo en la verdad. Y con esta conciencia se puede mirar a las ciencias del espíritu, especialmente cuando se considera la verdad y el error a través de ellas.

Los errores se eliminan precisamente por el hecho de que el investigador espiritual los reconoce, y la verdad triunfará porque debe triunfar por su propia fuerza.

Traducido por J.Luelmo -ago 2026-

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