CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 22

GA069c Oslo, 13 de junio de 1910 -Acerca de la existencia real de Cristo

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

Acerca de la existencia real de Cristo

Oslo, 13 de junio de 1910

¡Estimados presentes!

Este año también quiero expresar, que lamento muchísimo no poder dar en su idioma, las explicaciones que hoy tengo que dar. Solamente, no es posible, y por eso les pido disculpas, si me veo en la necesidad de hablar sobre el tema que forma el objeto de la conferencia de hoy, en un idioma que les es ajeno.

Es necesario, desde el punto de vista de las ciencias del espíritu, que se hable de este tema de la investigación espiritual. Esto ya indica que todo el modo de tratamiento, de presentación, al que se someterá la consideración sobre Cristo en el siglo XX, pertenece a un campo que hoy aún es poco popular, ya que las ciencias del espíritu o la teosofía no solo son impopulares en amplios círculos de nuestro mundo educativo actual, sino también bastante desconocidas. Sin embargo, precisamente las ciencias del espíritu llevan en sí la misión de tener que hablar sobre los asuntos más importantes, sobre los hechos más íntimos del corazón humano en nuestro tiempo y en el futuro mas próximo. Una breve consideración de lo siguiente puede mostrarnos esto con claridad, especialmente en relación con nuestro tema de hoy.

El año pasado, tuve la oportunidad de hablar aquí sobre un tema similar, desde entonces se ha desarrollado en Alemania una intensa discusión. En los últimos meses, en todas las ciudades más grandes de Alemania, se podían leer en los titulares de los anuncios las palabras: «¿Ha vivido Jesús?» Se han impartido numerosas conferencias que se han centrado, —a favor o en contra—, en esta cuestión, sobre si Jesús realmente existió. Es significativo que no haya ninguna prueba [externa] de que Jesús de Nazaret fuera realmente una personalidad histórica, él, a quien millones de personas han admirado como portador de las mayores esperanzas, como el punto de partida del consuelo en el sufrimiento más profundo. Es un hecho relevante que la ciencia de nuestro tiempo tenga que plantearse la pregunta de si este amado y santificado ser alguna vez existió, y que no se disponga de pruebas históricas de que realmente haya vivido.

Así como es significativo que la ciencia haya llegado a este punto en la investigación de hechos externos, también es significativo que en nuestro tiempo, poco reconocido por nuestra educación actual, se esté imponiendo una corriente espiritual que, basándose únicamente en los hechos de la investigación espiritual, deba decir: Estos hechos de la investigación espiritual muestran la realidad de Jesús con una certeza que ningún documento externo ni ninguna tradición externa puede dar. Allí donde la investigación de hechos externos pierde la posibilidad de probar al Jesús histórico, entra la investigación espiritual, que cada vez más será capaz de demostrar con absoluta seguridad la realidad de Cristo Jesús como un hecho histórico.

Nuestro tiempo ha logrado cosas grandes y poderosas en relación con la investigación de hechos físicos externos, y con razón se enorgullece de ello. Sin embargo, la investigación del espíritu tiene la obligación de señalar que es posible crear otros instrumentos, otras herramientas, que no se realizan con las manos externas ni se ven con los ojos externos, pero que pueden ser generadas por el ser humano si desarrolla más allá del nivel normal las fuerzas que ya existen en su vida interior ordinaria: las fuerzas del pensar, del sentir y de la voluntad. La ciencia espiritual debe señalar que las fuerzas del pensar, del sentir y de la voluntad, tal como las tiene el ser humano al desarrollarse normalmente, se pueden aumentar, y que incluso hoy, como ha habido desde tiempos antiguos, hay investigadores del espíritu que no solo utilizan instrumentos externos y herramientas externas para su investigación, sino que también desarrollan aquellas fuerzas internas que yacen dormidas en el alma humana.

Quien se convierte en investigador haciéndolo de esta manera, obtiene nuevos órganos de conocimiento que le permiten descubrir algo que de otra forma no habría podido ver: órganos mediante los cuales se produce, en un nivel superior, lo mismo que en un nivel inferior le ocurre a un ciego de nacimiento, cuando lo operan [y gracias a ello puede ver], pudiendo ver los colores y formas a su alrededor, de los que antes solo sabía por los relatos de otras personas. Así pasa con el mundo espiritual: es real, pero solo se convierte en un hecho que puede experimentar por sí mismo, cuando la persona es capaz de elevar las fuerzas dormidas en su interior hasta el nivel de la clarividencia —la verdadera, no la patológica—.

En la investigación espiritual se aplica lo mismo que en cualquier otra investigación: así como una persona en la vida cotidiana no puede siempre ponerse en un laboratorio y trabajar con matraces y otras herramientas para arrancarle secretos a la naturaleza, del mismo modo, por supuesto, el hombre común tampoco puede dedicarse a todo lo que realiza el investigador espiritual. Sobre esto pueden encontrar bastante en mi libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». Pero siempre hay que subrayar que se da la misma situación que con lo que el químico investiga en su laboratorio: uno se entera de lo que él ha investigado con sus herramientas, y lo investigado puede luego ser comprendido por la voluntad natural hacia la verdad. Lo mismo ocurre en la ciencia espiritual o teosofía: algunos pueden convertirse en investigadores y desarrollar sus capacidades de clarividencia, entonces pueden informar sobre lo que se puede observar en el mundo espiritual, y eso puede luego ser entendido mediante la razón, mediante el pensar natural [racional]. Hoy queremos que se nos presente un resultado de la investigación espiritual, de manera que ustedes, –les pido–, que lo reciban como si un químico les contara lo que ha investigado en su laboratorio.

En relación con la concepción de Cristo y nuestra postura frente al problema de Cristo, hoy nos encontramos en una época importante y destacada en el desarrollo de la humanidad. Créanme, quien se encuentra desde el punto de vista de la ciencia espiritual no es generoso con la palabra: estamos en una época de transición. — Sabe que para cada era ya se ha usado esta palabra. Solo la utiliza cuando las relaciones de los hechos espirituales lo requieren, cuando en una época determinada ocurre algo muy especial. Vivimos en un tiempo que la investigación espiritual solo puede comparar con la época aún más significativa de los últimos siglos antes de la iniciación del cristianismo, cuando las expectativas de las personas estaban al máximo nivel por un evento que debía llegar y que se expresó en las palabras de Juan el Bautista: Cambien su estado espiritual, porque los reinos de los cielos, —el mundo espiritual—, se han acercado. Hoy el investigador espiritual vive con una expectativa similar, y de manera similar podemos hablar a la humanidad actual: Estamos ante una nueva revelación de Cristo. Sin embargo, será de un tipo completamente diferente al de hace 1900 años.

¿Qué entiende ahora la ciencia espiritual por Cristo cuando habla de la nueva revelación de Cristo en el siglo XX? Para la ciencia espiritual, Cristo es el impulso más elevado que ha intervenido en el desarrollo de la humanidad. Todos aquellos que alguna vez pudieron ver con ojo clarividente la vida espiritual de la humanidad, siempre hablaron de Cristo, aunque usaran otros nombres. Incluso los grandes maestros de la India antigua, conocidos generalmente como los santos Rishis, hablaron de Cristo. Pero, ¿cómo hablaban de él? Hablaban de tal manera que todos los que los entendían podían saber: cuando hablaban de «Vishvakarman» - ese era el nombre con el que designaban a Cristo -, entonces hablaban del poder espiritual más alto al que el ser humano puede elevarse, si, -prescindiendo de todo lo que brinda la percepción externa y sensorial-, se sumerge en sus propias fuerzas del alma, y mira hacia los grandes hechos del mundo o hacia su propio interior. Cuando la persona mira al mundo y comprende lo que se extiende en el espacio y ocurre en el tiempo como Maya, como ilusión, y mira detrás de los velos de Maya, viendo lo que subyace al mundo sensorial, la enseñanza védica llama a eso «Brahman». Cuando la persona mira hacia su interior, a su verdadero yo, como parte de lo que teje y vive en el mundo, la enseñanza lo llama «Atman». Así, la antigua enseñanza védica de Vishvakarman llama a lo que teje a través del espacio y del tiempo «Brahman» y a lo que se revela internamente como «Atman». Pero algo que los maestros védicos siempre recalcaban a sus oyentes es que solo cuando la persona se libera de toda percepción sensorial y de todo lo que es visible en el mundo exterior, puede adquirir comprensión del verdadero ser de Vishvakarman, de Brahman y de Atman.

Luego llegó el tiempo en que otro gran líder del desarrollo de la humanidad señaló hacia Cristo. Quien pueda mirar más allá de nombres y denominaciones, sabe que el gran Zoroastro o Zaratustra habló de la revelación de Cristo. ¿Qué expresaba Zaratustra con su clarividencia, que había adquirido de la misma manera como hoy se ha hablado de la clarividencia, cuando señalaba a sus oyentes hacia el sol que brilla en el espacio exterior? ¿Cómo hablaba del sol? -Hablaba así:- Si ustedes miran hacia el sol y ven su luz física, esa luz física solo es el ropaje del ser espiritual. Este cuerpo del ser espiritual se relaciona con lo que verdaderamente vive en el sol, como la corporalidad externa del ser humano se relaciona con lo que espiritualmente, como alma, recorre, atraviesa y vive el cuerpo humano. - Pero Zoroastro lo llamaba, -no importa la palabra exacta ahora-, «Aura» o «Ahura Mazdao». Para el ojo interior, es perceptible como luz interna frente a la corporalidad externa. Para el ojo clarividente, un aura es lo que atraviesa espiritualmente a la persona. Así, Zaratustra señalaba a los humanos hacia el sol: La luz externa del sol es la corporalidad para el espíritu solar, que él, en contraste con la pequeña luz interna en el humano, llamó la «gran aura». La gran aura solar era para Zaratustra lo que vive y actúa en todo el desarrollo de la humanidad. Para él, eso también era lo que la persona alcanza cuando toma la fuerza interior del alma, cuando se sumerge en sí misma. Así hablaba Zoroastro o Zaratustra del gran espíritu solar, pero lo describía de tal manera como una espiritualidad real y verdadera que impregna y atraviesa el mundo.

La ciencia natural estudia la materia que compone al ser humano y que también actúa en el espacio exterior. En lo que respecta a la corporalidad, ve al ser humano como parte del macrocosmos. Pero nunca se ha apagado en el ser humano el anhelo no solo de reconocer su pertenencia al gran universo de manera material y sensorial, sino también de encontrar la conexión entre lo espiritual que lo atraviesa y llena de vida con lo espiritual en el universo. Hoy en día, en muchas personas vive el deseo de aquello que Zoroastro proclamó como el aura solar, como la gran aura. Él hablaba del espíritu que fluye hacia el corazón humano, de la misma manera en que la luz del sol fluye hacia la Tierra despertando la vida en las plantas. Lo expresó de manera especialmente impactante con las siguientes palabras:

Quiero hablar, así que vengan y escúchenme, ustedes, que vienen de cerca y de lejos y llevan el deseo. Quiero hablar de aquel que puede hacerse evidente para el espíritu. Y que el sentido engañoso ya no confunda a las personas, que se atan a la materialidad y a la naturaleza inferior. Quiero hablar de lo que en el mundo es lo primero y lo más grande, lo que me ha revelado, el gran espíritu del sol, Ahura Mazda.
Así quería Zaratustra sugerir que es posible reconocer los hechos espirituales de la misma manera que los materiales, que llenan el espacio y se desarrollan en el tiempo.

Hoy, el ser humano siente el impulso, el anhelo, de reconocer que su alma y su espíritu han nacido del espíritu del mundo. Pero no existe un puente que cruce el abismo [entre el mundo sensible y el mundo suprasensible]. Sin embargo, este puente quiere construirlo la ciencia espiritual, y lo hace desarrollando las fuerzas superiores dentro del alma humana. La ciencia espiritual nos muestra cómo se ha desarrollado la humanidad, a lo largo del tiempo. Como objetivo de este desarrollo se revela lo que el investigador espiritual, el científico espiritual, logra al liberarse de todo lo que está ligado a la naturaleza exterior, a la corporalidad externa. Esto ofrece a la humanidad en una forma completamente diferente, lentamente y gradualmente. Justamente la ciencia espiritual nos hace ver claramente que en relación con la naturaleza interna del ser humano existe un verdadero progreso, un verdadero desarrollo. Observemos lo que es capaz de hacer el investigador espiritual: él es capaz de mirar dentro del mundo espiritual, no con la percepción ordinaria y cotidiana, sino solo si, mediante un fuerte acto de voluntad interior, eleva a su ser superior por encima del ser inferior, si se libera de la percepción común y cotidiana; entonces puede ver lo que, por ejemplo, es objeto de una reflexión como la de hoy. Para el científico espiritual es necesario crear circunstancias muy especiales. Lo que se llama clarividencia, y que se produce por sí misma, es algo completamente diferente a lo que el investigador espiritual provoca mediante un acto de voluntad fuerte y con lo cual, independiente de cualquier corporalidad, puede mirar dentro del mundo espiritual. Pero lo que él alcanza en un nivel más alto de la investigación espiritual, poco a poco se convertirá en una habilidad de las fuerzas naturales de la humanidad. El ser humano se desarrolla de época en época, de era en era. Siempre se adquieren fuerzas de conocimiento más elevadas. Por eso el científico espiritual puede decir que en el progreso de la humanidad se desarrolla lentamente una nueva capacidad de conocimiento. El investigador espiritual puede, —esto hay que decirlo—, en cierto sentido, también prever algo de manera profética, si observa la naturaleza de las almas en una determinada época, las fuerzas que tienden hacia un cierto objetivo. Y hoy estas fuerzas tienden hacia un cierto objetivo.

Cuando miramos atrás a la manera en que la gente se ha referido a Cristo a través de las distintas épocas, siglos y milenios, —aunque usando otros nombres—, encontramos una diferencia enorme con la forma en que hoy hay que hablar. En todos los tiempos antes del inicio de nuestra era cristiana, los verdaderamente conocedores hablaban del Cristo como de alguien que había de venir, como alguien que en el futuro aún se revelaría a la humanidad de una manera muy diferente. Los investigadores espirituales de entonces decían: ahora solo pueden ver al Cristo aquellos que pueden elevarse a los mundos superiores; ellos ven al Cristo en la esfera suprasensible, en la esfera espiritual. — Así, los videntes de la India veían al Vishvakarman, así como Zaratustra veía al Ahura Mazda.

Pero siempre señalaban que Cristo también se mostraría alguna vez a otras capacidades de percepción humanas, no solo a las aumentadas, sino a las capacidades de percepción humanas ordinarias, a las fuerzas naturales del conocimiento humano. Así, toda investigación espiritual habla de Cristo no solo como una fuerza espiritual, un poder espiritual que vive en la humanidad, sino que habla de Cristo de manera que queda claro que Cristo, esa entidad de la que siempre se ha hablado y de la que se seguirá hablando en el campo de la ciencia espiritual en el futuro, realmente una vez tomó forma humana y que realmente vivió alguna vez como el histórico Jesús.

Para las ciencias del espíritu, Jesús de Nazaret es algo muy especial. Podemos compararlo con lo que una vez dijo el gran mecánico Arquímedes. Él dijo: Dame un punto fijo para mi palanca, y moveré la Tierra. — Él pedía un punto fijo en el que todo se pudiera basar. Solo así se entiende algo en el espacio, que tienes un punto fijo sobre el cual referirlo. De la misma manera, para las ciencias del espíritu, se vuelve comprensible lo que transcurre en el tiempo porque hay un punto fijo en el desarrollo histórico. Y todos los iniciados, todos los investigadores del espíritu antes del comienzo de nuestra era, señalaban este punto fijo como algo que vendría en el futuro. Pero nosotros señalamos este punto fijo como algo que ya se estableció en el pasado, y a este punto fijo, a este Hypomochlion, referimos todos los eventos que alguna vez ocurrirán. Por eso, dentro de las ciencias del espíritu, basándonos en los hechos y resultados de estas ciencias, hablamos del Jesús histórico como de una realidad. Las ciencias del espíritu también son capaces de comprender los evangelios de una manera nueva, iluminando sus profundidades. Si te adentras más en las ciencias del espíritu, verás que justamente ellas aportan nueva luz al entendimiento de los evangelios. Pero las ciencias del espíritu no dependen de estos documentos para su conocimiento sobre Cristo Jesús. Todo lo que dicen lo dicen de manera independiente de toda tradición histórica. Y solo comparando sus resultados con los evangelios, estos se iluminan más profundamente.

¿Qué significado tiene el hecho de que el Cristo haya caminado entre los humanos en el cuerpo físico de Jesús?, ¿Que haya cumplido lo que llamamos el misterio de Gólgota?, ¿Que nos puede enseñar que lo espiritual siempre triunfa sobre lo corporal?, ¿Que la vida siempre vence a la muerte? ¿Qué significa este impulso en la evolución de la humanidad? Desde el momento en que el Cristo habitó en el cuerpo físico de Jesús de Nazaret, ahora el ser humano, si desciende a su propia alma, puede experimentar en sí mismo lo que antes era solo cósmico, lo que solo podía alcanzar estando fuera de su cuerpo, como una fuerza espiritual. Nunca podrá entender el impulso del Cristo, aquel que, desde su forma de ver el mundo, no puede aceptar que una fuerza del cosmos haya penetrado en las almas humanas individuales, se haya introducido para ser una fuerza que actúe en estas almas,.

No antes, sino únicamente a partir del acontecimiento de Palestina, surgió en las almas humanas un nuevo impulso. Desde entonces, hay algo en las almas humanas que antes no existía. La gente comprende fácilmente que en las mezclas químicas externas, cuando se añade una nueva sustancia, surge algo nuevo. Eso lo entienden más fácilmente que el hecho de que en aquellos tiempos, cuando Jesús caminaba sobre la Tierra, sucedió algo con toda la humanidad porque desde los ámbitos suprasensibles llegó algo nuevo a las almas humanas. Así como una nueva sustancia actúa en una mezcla de sustancias, desde entonces actúa en las almas humanas una fuerza totalmente nueva, una fuerza que lleva a estas almas humanas cada vez más lejos. La ciencia espiritual nos muestra que, de hecho, desde la aparición de Cristo en la Tierra, el ser humano en relación con su esencia más profunda está destinado a algo completamente nuevo a algo para lo que antes no estaba destinado. Eso debe ser recalcado por la ciencia espiritual con toda claridad, se podría decir, con todo idealismo.

Pero ahora la investigación espiritual nos muestra que este impulso, que en aquel entonces quedó sembrado en las almas de las personas, solo puede desarrollarse lentamente, que al principio apenas se hizo perceptible y que solo poco a poco, hasta el futuro más lejano, llevará a la humanidad a niveles cada vez más altos. Para entender lo que está ocurriendo en el ser humano, debemos tener en cuenta otro hecho que la ciencia espiritual investiga. Hablar de esto, sin embargo, es algo arriesgado en nuestros días, porque en la actualidad pocas personas están dispuestas a seguir lo que aquí debe decirse desde la ciencia espiritual. Ella nos muestra, —y aquí nos apartamos por un momento de nuestro tema principal—, lo siguiente: nos muestra lo más profundo de la naturaleza humana, nos muestra algo que la humanidad en constante desarrollo comprenderá en un tiempo relativamente corto, pero que hoy en día es considerado por muchos como fantasía o como el mayor sinsentido. Lo que nos muestra la ciencia espiritual se puede comparar en un nivel superior con algo que la humanidad ha considerado verdadero en un nivel más bajo solo desde hace relativamente poco tiempo, —esto debe repetirse constantemente.

En el siglo XVII no solo los laicos, sino también los investigadores eruditos, que se mantenían firmes en el terreno de la ciencia natural, creían que del lodo de los ríos podían desarrollarse gusanos, insectos e incluso peces, sin que se hubiera depositado un germen correspondiente. Y fue entonces el gran naturalista Francesco Redi quien, en el siglo XVII, pronunció la significativa frase: Lo vivo solo puede venir de lo vivo. - En un escrito del siglo VII después de Cristo, por ejemplo, se explica cómo lo vivo se desarrolla sin germen, —con la misma seguridad con la que en aquella época se afirmaban las cosas en algunos escritos científicos. Allí se presenta lo siguiente: si se golpea hasta descomponerse un cadáver de caballo, surgen abejas, y si se golpea hasta descomponerse un cadáver de burro, surgen avispas. Todo esto se esquematizaba de manera similar a como hoy en día se hace en muchos aspectos. Y cuando en el siglo XVII Redi expresó lo que solo en el siglo XIX recibiría una prueba científica, —lo vivo solo puede venir de lo vivo—, fue considerado un hereje y solo escapó por poco al destino de Giordano Bruno. En aquel entonces se quemaba a quienes afirmaban algo así; hoy eso ya no está de moda. Pero hoy, las personas que, en un ámbito superior, es decir, en el ámbito del espíritu, difunden la misma verdad y muestran que lo anímico-espiritual solo puede venir de lo anímico-espiritual, son consideradas herejes terribles.

Hoy se afirma que lo anímico-espiritual de una individualidad humana, —eso que crece día a día como características y rasgos del alma—, proviene únicamente de las cualidades del padre y la madre, del abuelo y la abuela, etcetera. Ahora bien, la ciencia espiritual muestra que procedente de un pasado espiritual, un ser anímico-espiritual se introduce en lo que se hereda del padre y la madre, del abuelo y la abuela, y así sucesivamente, de la misma manera que una semilla debe colocarse en la materia del suelo y luego desarrollarse en ella, y que en lo que se hereda se despliega lo autónomo, lo individual, que proviene de una existencia anterior de naturaleza anímico-espiritual. Muestra que lo anímico-espiritual no puede ser reducido a lo que está en la línea de herencia física, sino a algo anímico-espiritual que no tiene nada que ver con lo físico. La moda ha cambiado: hoy se castiga a quienes enseñan algo así llamándolos tontos. Hoy en día, ya se considera una autoridad a quien dice: Lo vivo solo puede provenir de lo vivo. —De la misma manera, la otra verdad, que lo anímico-espiritual solo puede provenir de lo anímico-espiritual, se convertirá, en un futuro no muy lejano, en un bien común de la humanidad. Para ese entonces no se podrá comprender, cómo la humanidad pudo haber creído alguna vez otra cosa.

Pero ahora, esta visión, si se sigue hasta sus últimas consecuencias, no es más que lo que se llama la doctrina de la reencarnación, la doctrina de las vidas terrestres repetidas: ese ser anímico-espíritual que vive en la vida terrestre presente ya vivió en una vida terrestre anterior, y la vida terrestre actual es el punto de partida para una futura. Lo anímico-espiritual del pasado busca un terreno fértil en el que pueda establecerse, el terreno fértil de padre y madre, abuelo y abuela, y así sucesivamente. Una cosa es tan necesaria como la otra. Para quien ha adquirido clarividencia y clariaudiencia, la visión de las vidas terrestres repetidas es algo evidente.

Todos saben que la enseñanza de las vidas terrestres repetidas es una doctrina muy antigua y que fue difundida con particular fuerza en Oriente por Buda y la comunidad religiosa que él fundó, llegando a millones y millones de almas. Pero la investigación espiritual moderna no toma esta enseñanza del budismo; esto debe subrayarse. Sería un malentendido decir que la teosofía moderna o la ciencia espiritual, han tomado del budismo la enseñanza de las vidas repetidas. No se necesita una enseñanza antigua para ello. Así como no hace falta recurrir a los escritos de Euclides para demostrar que la suma de los ángulos de un triángulo es de 180 grados, tampoco hace falta acudir al budismo para demostrar la reencarnación. Incluso hoy se puede investigar la verdad sobre las vidas terrestres repetidas.

Para aquel que realmente comprende el impulso de Cristo, la verdad de las vidas terrenales repetidas se presenta de manera diferente que para el seguidor de Buda. Buda siempre enfatizó el hecho de las vidas terrenales repetidas. Él presentó a la humanidad sus llamadas «cuatro nobles verdades»: nacer es sufrimiento, enfermar es sufrimiento, morir es sufrimiento, no estar unido a lo que uno ama y estar unido a lo que uno no ama es sufrimiento. - Liberarse del karma, de tener que descender repetidamente desde lo espiritual a un cuerpo terrenal, liberarse lo antes posible del impulso de existir, liberarse del instinto de encarnarse: ese es el impulso de la enseñanza de Buda. En la enseñanza de Buda, la doctrina de la reencarnación se nos presenta de manera unilateral. La enseñanza de Buda no tiene el impulso de introducir en las almas humanas lo que actúa a través de las reencarnaciones sucesivas y que despierta continuamente nuevas fuerzas en cada persona. En cambio, la ciencia espiritual, la teosofía moderna, ve en el impulso de Cristo algo que impacta en el alma humana, que toma la voluntad, la educa y la desarrolla, que actúa en el alma de tal manera que, si en una encarnación el alma es tocada por el impulso de Cristo, en la siguiente encarnación renace de manera nueva, de modo que el impulso de Cristo actúa en la próxima encarnación. Y porque actúa, este alma puede desplegar sus fuerzas, que aumentadas por la fuerza del impulso de Cristo, pueden desarrollarse hasta alturas aún mayores.

Por consiguiente en el impulso Crístico, vemos lo que continúa actuando en el alma humana de encarnación en encarnación, lo que da a las siguientes encarnaciones un nuevo sentido y un nuevo contenido. Por eso no hablamos de que debamos liberarnos lo antes posible del ciclo de la reencarnación, sino de que queremos impregnarnos cada vez más del impulso vivo de Cristo. Gracias a que Cristo descendió al plano físico, se ha hecho posible que nos impregnemos del impulso de Cristo como de una sustancia espiritual. Con razón se llama a la religión budista una religión de salvación. La religión cristiana no es una religión de salvación, sino una religión de resurrección. Lo que Cristo nos mostró con el misterio de Gólgota, al vencer la muerte mediante el espíritu, se repite una y otra vez cuando resucitamos en una nueva encarnación, fecundados por el impulso Crístico.

¿No debemos decirnos acaso: Llegarán tiempos en los que las obras de arte, que han encantado a miles y miles de almas humanas, se desharán en polvo? De igual manera es, tanto para con lo más grande como para con lo más pequeño, así es cómo los seres humanos pueden llegar, en nuestro mundo físico, a disolverse en polvo. Pero si la cuestión de las vidas terrestres repetidas, la vemos en el sentido de la reencarnación, entonces nos decimos: El artista ha incorporado algo de su alma en la materia; pero así también su alma se ha transformado, su obra ha influido en la materia, pero también ha repercutido de vuelta en el alma. – Así sucede con cada persona, en el caso del artista se muestra más claramente. En una nueva encarnación trabajamos con las fuerzas que adquirimos en la encarnación anterior. Estas fuerzas renacen, resucitan, se despiertan a una nueva vida. Así, tampoco es absurdo decir: Toda la Tierra algún día se convertirá en polvo. Así como el cuerpo de cada persona se descompone en polvo, toda la Tierra, el cuerpo de nuestra existencia planetaria, se descompondrá. Pero las almas humanas habrán alcanzado algo que pasa a nuevos niveles de existencia. El cuerpo terrestre desaparece y la humanidad pasa a nuevas formas. Y el impulso que vive en esto es el impulso de Cristo.

La ciencia espiritual observa con la mirada clarividente del investigador del espíritu una época que se encuentra temporalmente muy cerca de nosotros, donde ciertos eventos anteriores darán frutos. Todas las almas que a lo largo de la Edad Media procesaron en sí mismas el impulso de Cristo, que experimentaron los profundos misterios cristianos de la Edad Media, entonces experimentarán el impulso de Cristo en el sentido de Pablo: No soy yo quien vive, no soy yo quien actúa, es Cristo. - Verán su interior iluminado por la luz de Cristo. Este es el hecho importante al que se debe señalar. Este hecho puede preverse por la ciencia espiritual con tanta certeza como un eclipse de sol o de luna por la astronomía. Aquellas personas que entonces recibieron el impulso de Cristo en sus almas, que impregnaron su voluntad, su sentir y su pensar en el sentido paulino, volverán. Y los frutos de su reencarnación se mostrarán, ya que lo que vivieron entonces resurgirá como fuerza en su alma. ¿De qué manera resurgirá?

Las ciencias espirituales nos muestran que, en un futuro relativamente cercano y luego cada vez más en el próximo milenio, se desarrollará en el interior de las personas una nueva fuerza espiritual, que no se puede describir de otra manera que señalando el hecho de cómo se manifestó por primera vez en Pablo como una capacidad natural. Pablo no pudo ser convencido por todo lo que había oído contar en Palestina sobre Jesús el Cristo en el plano físico. Pero se dio cuenta de que el Cristo había vivido y resucitado, cuando, a través de sus órganos de percepción extrasensorial abiertos, mediante clarividencia natural, vio lo que llamamos el evento de Damasco. Allí, el Cristo se convirtió en un hecho para él mediante la experiencia interior, el Cristo que había realizado el misterio del Gólgota.

Aquellos que afirman que la aparición de Damasco fue solo una visión, al mismo tiempo sostienen que el hecho más importante de la cultura occidental, la religión de Cristo, se basa en una visión vacía. Pablo dice que ha comprendido a Cristo internamente y, por lo tanto, puede ver algo completamente nuevo que subyace al mundo, algo que antes no podía ver. Al principio, solo unas pocas personas se desarrollarán hasta ver de la manera en que Pablo veía antes de Damasco. Estamos en el siglo XX, (N.d T.-Para el lector de hoy ya estamos en siglo XXI), ante una nueva revelación de Cristo desde el mundo espiritual. Surgirán personas, primero pocas, después cada vez más, que verán vivir y tejer lo espiritual, que también está en ellos, afuera en el espacio, del mismo modo que ven vivir y tejer la materia, que también está en su cuerpo material, afuera en el espacio. Y para ellos será verdad lo que enseñaba Zaratustra, cuando se les muestre como experiencia el evento de Damasco, cuando miren hacia el espacio y el origen del ser del que provienen nuestro ser espiritual y material, y cuando vean esto a la luz espiritual.

Así que estamos frente a la puerta de entrada de una nueva evolución histórica, una nueva revelación de Cristo. El impulso de Cristo sigue actuando de tal manera que, al final, los misterios del ser de Cristo son vividos por las almas como experiencia. Físicamente, Cristo estuvo en el mundo solo una vez, como nos muestra la ciencia espiritual, y es un malentendido de todo el ser de Cristo si se pensara que una segunda vez aparecería un ser físico que pudiera llamarse Cristo. Este es el Hypomochlion: el impulso de Cristo siempre genera nuevas capacidades en el alma humana, y a las capacidades recién despertadas Cristo se irá revelando cada vez más. Cristo no ha dado el impulso para que siempre tenga que venir en forma física y la humanidad deba quedarse exactamente donde estaba. En ella se ha despertado la capacidad de verlo espiritualmente. Ha venido para que lo comprenda espiritualmente y lo reciba de manera cada vez más elevada.

Así estamos ante una revelación espiritual de Cristo; esta enviará la luz espiritual a las personas y les dará la fuerza para entender a Cristo cada vez más. En particular, el impulso de Cristo nos revela la certeza de que nuestras encarnaciones hacia el futuro ya no despertarán en nosotros la necesidad de liberarnos del ser, sino de penetrarlo cada vez más. La confesión de Cristo es una religión de la resurrección, a diferencia del budismo, que es una religión de la salvación. Ese es el mensaje que la ciencia espiritual o teosofía puede dar a la humanidad de nuestro tiempo: que estamos ante una nueva revelación de Cristo, que poco a poco nuevas capacidades de conocimiento llegarán al ser humano y que las personas podrán mirar en lo espiritual y ver a Cristo, y sabrán: ¡Él está allí! Se desarrollarán nuevas capacidades de conocimiento, a través de las cuales el Cristo eterno y vivo se revelará primero a unos pocos, luego a más y más personas y finalmente a todos los que sigan los caminos correspondientes.

Este es el mensaje que las ciencias espirituales quieren traer a Occidente. Y, en esencia, las ciencias espirituales no son nada más que aquello que desea llamar la atención sobre este gran hecho que no debemos pasar por alto. La gente debe comprender lo que va a suceder. Preparar el terreno para esta nueva revelación, preparar el terreno en la cultura occidental para el Cristo del siglo XX es lo que quiere la moderna teosofía, las ciencias espirituales. Quiere ser servidora de la humanidad en desarrollo. Así como el precursor del Cristo tuvo que decir: Cambiad la disposición del alma, porque el reino de los cielos se ha acercado —es decir, ha entrado en la mente humana—, así las ciencias espirituales de hoy deben decir: Cambiad la actitud, prestad atención a lo que se anuncia en las almas humanas como una fuerza nueva, como la fuerza de una nueva visión. Prestad atención, cambiad la disposición del alma. - Al ser humano que se impregna del impulso del Cristo le es posible penetrar en los reinos de lo Eterno e Inmortal. Y así resumimos nuestra reflexión:

El ser sigue al ser en la inmensidad del espacio,
El ser sigue al ser en el transcurso del tiempo.
Si permaneces en la inmensidad del espacio, en el transcurso del tiempo,
Entonces tú, oh ser humano, estás en el reino de la transitoriedad.
Pero tu alma se eleva poderosamente por encima de ella,
Cuando, al sentir o conocer, contempla lo imperecedero
Más allá de la inmensidad del espacio, más allá del transcurso del tiempo.

Traducido por J.Luelmo

GA069c Stuttgart, 22 de febrero de 1912 - Cristo y el siglo XX -

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

 Cristo y el siglo XX

Stuttgart, 22 de febrero de 1912




¡Estimados presentes!

La cuestión sobre Cristo hoy despierta interés en los más amplios círculos. En nuestra era tan ilustrada, esta cuestión se dispone a convertirse en una de las más importantes. Si se observa la huella de toda nuestra cultura, este interés es comprensible. La figura de Cristo fue tal que durante muchos siglos dio a la cultura occidental el impulso más profundo. En la actualidad, en ciertos análisis, esta figura parece desvanecerse, como si se cayera de las manos. Ante la mirada de la investigación histórica, la figura de Cristo se desmorona, por así decirlo. Frente a esto, existe la tendencia de buscar simplemente un entendimiento más profundo de la esencia de Jesús de Nazaret. Pero incluso se pone en duda la existencia histórica de esta figura. «¿Vivió Jesús?» - Así se pregunta con frecuencia hoy. Tal pregunta toca profundamente todos los espíritus. Al igual que con todos los demás fenómenos históricos, se puede preguntar si Cristo Jesús fue una entidad histórica. Pero los Evangelios no son documentos como otros, como los documentos históricos comunes. Desde el punto de vista de la investigación histórica moderna, con cierto derecho, la fe en la figura de Cristo en quienes buscan un sustento histórico, debe ser simplemente sacudida. Esta es una de las razones por las que en el pasado el impulso fue tan significativo para las personas y por la que hoy esta investigación debe recibir tanto interés: precisamente por el miedo de la gente a perder una fe fundamentada en la figura de Cristo.

Sobre este problema recién señalado se va a decir ahora, desde un punto de vista científico-espiritual, algo, aunque solo sea de manera esquemática. Pero lo que estas ciencias espirituales tienen que decir es tal que de ello se desprende la esperanza fundamentada: el Cristo, que fue arrebatado a los humanos de manera irreparable, puede serles devuelto. La figura de Cristo, tal como se deriva de las ciencias espirituales, es algo que va en contra de las confesiones y juicios generales, es prácticamente repugnante para ellos. Lo que se dirá esta noche no solo encontrará oposición, sino que también se tomará como un sueño o una fantasía. Dentro del marco de una sola conferencia no es posible recopilar todo sobre esta cuestión, pero al compartir lo que las ciencias espirituales han encontrado, tal vez surjan aún algunas cosas más después. En realidad, la cuestión solo se hace transparente si miramos hacia atrás a las distintas concepciones de los seres humanos sobre Cristo a lo largo de los siglos.

Debe admitirse que la concepción de Cristo en los primeros siglos tiene algo desconcertante para nosotros los humanos actuales; ya era así en aquel entonces, y con el tiempo lograr una comprensión se volverá más y más imposible. Así se ha desarrollado el punto de vista actual: la ciencia espiritual llega en relación con Cristo a algo similar a lo que en su momento la ciencia gnóstica de los primeros siglos alcanzaba. A los gnósticos les gusta que se les llame sectas, pero se elevaron a las más altas alturas del pensar y el sentir humanos, por lo que el ser humano de hoy no puede tener mucho interés. Los adeptos de la gnosis estaban Muy lmejos de adoptar concepciones monistas, una palabra elegante para «materialista». El gnóstico no encuentra al ser humano primordial en el reino animal, sino que para él es un ser aún espiritual; este no ha asumido exteriormente un cuerpo de carne en el reino animal, sino que progresivamente se ha integrado, como ser humano espiritual, con las leyes del cuerpo físico. La encarnación ha colocado al hombre en la posición en la que se encuentra ahora.

Y así preguntaban los gnósticos: ¿Cómo encontramos al proto-hombre? ¿Cada uno en sí mismo? Por un lado encontramos lo que también hemos llegado a ser en relación con la vida del alma, por otro lado un afán, una fe en una naturaleza humana superior. De esto, el hombre puede liberar ciertas fuerzas en su interior, de modo que puede auto elevarse. Descubre su naturaleza superior. Así, está oculta una suma de fuerzas en la naturaleza humana superior. Esta es la visión de los gnósticos: El hombre está destinado a una vida en esferas superiores; su vida en la Tierra es más baja, está por debajo de lo que podría ser según su espíritu. La vida corporal del hombre no coincide con su naturaleza superior; pero no se pierde; solo es importante para el progreso físico en la Tierra. Lo Superior se ha conservado en el mundo espiritual. Finalmente, este ser supra-humano pudo descender y actuar en la naturaleza humana; en cierto momento pudo descender, por así decirlo, un ser proto-humano y actuar en la naturaleza humana, que hasta entonces se había conservado en el mundo espiritual. Los gnósticos concebían esta entidad como el Cristo. Él contiene en sí mismo el impulso hacia lo más alto que el hombre puede alcanzar. Este momento del descenso coincide, -simbólicamente hablando-, con el bautismo de Juan.

Desde la perspectiva de la Gnosis los seres humanos están en parte más o menos avanzados. La Gnosis veneraba a Jesús de Nazaret como el ser humano más elevado, como el más destacado en la evolución de la Tierra. Lo que le sucedió a él a los treinta años, podemos caracterizarlo sin provocar un shock en los demás: un ser humano crece, muestra este o aquel desarrollo, hasta un cierto punto en la vida, en el que tiene lugar un quiebre, en la vida del alma entra algo completamente nuevo, algo que no parecía estar preparado. Algunos lo presentan como algo imposible, pero en la vida humana hay cambios radicales, quiebres profundos. Imagínese un cambio de este tipo, –llevado al máximo–, aunque este cambio se produzca solo en lo más pequeño, el ser humano se siente como un ser nuevo, que antes no era. De un cambio así parten los gnósticos cuando hablan de lo que le ocurrió a Jesús de Nazaret a los treinta años.

El hombre primordial se estableció en el alma de Jesús de Nazaret. Esta alma era como un recipiente exterior; en el sentido de los gnósticos, se la considera, como la portadora de Cristo. Por lo tanto, no se puede afirmar que Cristo fuese idéntico a Jesús de Nazaret. Pero no se trató de una nueva etapa evolutiva en la vida de Jesús de Nazaret: aquello que siempre había estado en las alturas celestiales, aquello que se había conservado desde el principio, descendió a la Tierra y vivió durante tres años en el cuerpo de Jesús. Esa es la infinita profundidad espiritual de la idea: la evolución de la humanidad ha ascendido hasta lo Más Alto junto con Dios, y se ha visto, por así decirlo, saciada por esta fuerza de lo Más Alto. Un pequeño círculo de gnósticos pudo comprender la gran importancia del acontecimiento, que a la humanidad se le restituyó lo que se había preservado.

No podemos pasar por todas las etapas individuales de las visiones que se tenían de Cristo, pero podemos mencionar algunas, por ejemplo, en los pensadores profundos de la Edad Media. En ellos predominaba la fe más intensa, pero no les era posible elevarse a conceptos gnósticos. En la Edad Media era imposible pensar sobre la gnosis cristiana. Tal pensamiento habría parecido fantasioso. En la Edad Media, la mirada se limitaba a lo que estaba por debajo de la esfera de los gnósticos. Ellos se nutrían de Aristóteles, cuya cosmovisión fue creada cuatrocientos años antes de Cristo; Aristóteles era entonces el «marcador de pautas». El vuelo espiritual se atribuía al ámbito de la fe. Aristóteles decía: todo lo que subyace en los reinos de la naturaleza es espiritual; solo que él no aceptaba la reencarnación del núcleo del alma humana. A él le interesaba lo que podía reconocerse de manera regular, solo le interesaba un Dios unitario. Según su concepto, en cada nacimiento la esencia del alma humana se desprende de la sustancia divina unitaria. Pero después de la muerte, el alma no vuelve a lo divino, sino que permanece como individuo en el mundo espiritual. Para Aristóteles, todo el mundo suprasensible es puramente cognoscible. Tras su muerte, el ser humano mira su vida terrenal y encuentra entonces su recompensa o su tormento, castigo y recompensa eternos. Esto está relacionado con la ciencia de Aristóteles, — Franz Brentano, un gran conocedor de Aristóteles, se expresó extensamente sobre ello en sus obras. Los eruditos medievales señalaban que existía un conocimiento sobre el mundo espiritual, pero para ellos estaba excluido el acceso cognoscitivo a lo espiritual, -el ámbito de la gnosis-, al que uno puede acceder mediante el conocimiento.

Así pues, cabe preguntarse: ¿Qué le falta a la fe del hombre medieval? Pues bien, lo que le falta es la conciencia, el reconocimiento consciente, de que el ser humano ha cometido también intelectualmente una caída en el pecado. La ciencia espiritual quiere elevarlo por encima de este inconsciente; esto constituye entonces una nueva conciencia crística, al margen de todo lo mitológico y legendario. La imbuición que se produjo en Jesús de Nazaret con el Espíritu dominante, no era más que fe, pero no conocimiento. Así, la humanidad llegó a un punto en el que ya no podía imaginarse lo que significa que Cristo se apoderase de Jesús; para el pensamiento materialista de la nueva era, es un disparate que desde las alturas espirituales, haya descendido hasta los seres humanos la esencia de Cristo como algo real. Así pues, solo queda el Jesús de Nazaret como un ser humano excepcional.

Pues bien, cuando se buscó aclaración en los cuatro documentos, -los Evangelios-, surgieron contradicciones con facilidad y se encontraron diferencias. Es realmente muy fácil demostrar que -en muchos aspectos- no coinciden. Y uno se pregunta: ¿Es que antes no se había notado esto? A los antepasados se les atribuye fácilmente cualquier tontería, se actúa como si nunca hubieran leído los Evangelios. De este modo, Jesús de Nazaret se ha ido desdibujando cada vez más; para muchos en la época moderna no es más que una persona especialmente buena. Esto resulta halagador para el hombre moderno, para quien Jesús de Nazaret es un ser humano como cualquier otro, solo que un poco superior: como Platón o Sócrates. Así, Jesús se convirtió en el «hombre sencillo de Nazaret». Cuanto más sencilla y común se hacía su imagen, más se apreciaba y más se creía que se correspondía con la verdad histórica. A eso se le llama «investigación imparcial». Solo se considera objetivo aquello que aparentemente se reconoce como tal. Los teólogos más destacados opinaban que había que abordar el tema sin prejuicios, sin dar nada por cierto, pero  ¿qué hacen?  Simplemente van y tachan en los Evangelios  lo que no les resulta comprensible. De ahí surge entonces la pregunta: «¿Existió Jesús?». No era posible ningún otro resultado con tal forma de pensar. Externamente, desde el punto de vista histórico, la existencia de Jesús no es demostrable. El profesor Drews y los suyos tienen toda la razón en la forma en que lo plantean. Cualquier otra cosa sería como dar vueltas en torno a algo que, al fin y al cabo, no se puede demostrar.

La ciencia espiritual se inserta en la cultura; llega a conocimientos sobre el curso espiritual de la evolución de la humanidad mediante ciertos métodos, como se ha expuesto en el libro «El cristianismo como hecho místico». Este título no se eligió al azar: no se trata de misticismo cristiano en sí, sino de que el impulso de Cristo debe entenderse como la fuerza motriz de aquello que se encuentra en la realidad externa y física. El impulso más importante en el desarrollo de la Tierra es el impulso de Cristo; es el eje de todo este desarrollo histórico. La ciencia espiritual retoma lo que la gnosis buscaba, pero lo hace de manera completamente independiente. El alma humana funcionaba en tiempos precristianos de manera muy diferente a como lo hace hoy. Es un mal hábito no reconocer que el alma humana era diferente. [...] Antes, la clarividencia onírica era un tercer estado entre dormir y despertar. La persona sabía entonces que existen seres espirituales, lo mismo que hoy da por sabido que existen plantas y animales. Los antiguos cuentos y mitos son imágenes de lo que el ser humano percibía. Los mitos son experiencias clarividentes antiguas traducidas a historias. Pero esta clarividencia tuvo que perderse, porque era un preludio para la formación del yo en el desarrollo evolutivo de la humanidad, para la formación del yo completo del ser humano en el mundo físico, del ser construido sobre sí mismo del ser humano.

Este es el curso de la evolución de la humanidad: partiendo de la clarividencia difusa debe llegar a la clarividencia clara y consciente, que en el futuro estará firmemente consolidada. En la antigüedad no existía ningún conocimiento sobre los fundamentos de la existencia que se hubiera adquirido de otra forma que no fuera a través de la clarividencia. Aunque Deussen afirme lo contrario, hay que decir: solo a partir de la época griega surgió el conocimiento racional del mundo exterior, en realidad, solo con Tales; Tales fue el primero. Lo que proviene de la clarividencia atávica no es filosofía. Los lugares donde el ser humano traspasaba el estado ordinario eran, en la Antigüedad, los centros de los misterios, desde la perspectiva actual, una mezcla entre universidad e iglesia. En estos centros de los misterios, las personas podían alcanzar la iniciación]. Los iniciados comprendieron que el espíritu solo se revela en el yo, no en las fuerzas del alma; el yo es el centro del ser anímico. Pero al principio el espíritu solo se revelaba como Dios, que vivía en todo el pueblo, como ocurría entre los antiguos hebreos. La esencia más profunda del ser humano es directamente divina; el cuerpo y el alma solo lo son de forma indirecta. Mediante ciertas normas y ejercicios, la vida del alma puede independizarse del cuerpo. Lo divino vive en el ser humano común tal y como es en la vida; se revela desde el núcleo de su ser, el «yo». Existían diversas normas de iniciación, cuatro en esencia. en el Misterio del Gólgota, los misterios se convierten en un hecho histórico: ¡ese fue el impulso crístico! Cristo es el Espíritu universal; su vida se desarrolló ante toda la humanidad en el plano físico, no se vivió a pequeña escala, —de forma insignificante, ante unos pocos, ante los apóstoles y otros—, sino de manera representativa ante toda la humanidad. Así, se produjo una sustitución de los antiguos misterios por el Único. En el «Yo», en lo más íntimo del ser del alma, reside la fuerza más elevada de la humanidad. Así podemos levantarnos de nuevo de la caída en el pecado.

El momento en que el «yo» pasó a depender de sí mismo precedió al impulso de Cristo en solo seiscientos años. A partir de ese momento, el ser humano se encuentra plenamente sumergido en el mundo, que él percibe únicamente a través de los sentidos externos. En la evolución natural nos encontramos en todas partes con saltos, y esto también se aplica a la evolución de la humanidad. Así, cada época es una época de transición, y la nuestra lo es de manera muy especial.

Algunas formas antiguas, tanto morales como intelectuales, están desapareciendo. El ser humano se encuentra en la cúspide de su propia personalidad. Hasta ahora ha sido un tiempo de preparación, se podía tomar en serio o no; pero en la naturaleza humana, ahora deben entrar en juego fuerzas superiores. Las almas están experimentando una elevación de sus fuerzas. La última vez que esto ocurrió fue en la época griega, seiscientos años antes de Cristo; entonces se introdujo en el desarrollo de la humanidad, aquel impulso que dio lugar al inicio del pensamiento autónomo]. Hoy nos encontramos en un momento similar al de seiscientos años antes de Cristo. Pero en aquel entonces el alma humana era guiada hacia el exterior, hacia el mundo físico; ahora su único punto de apoyo es su «yo»; y en ese «yo» del ser humano debe instalarse la presencia de Cristo. Es una especie de repetición, pero ahora hacia el interior, interiorizada.

En este «yo» se encuentra el centro del mundo. Con nuestra interiorización surgirán los impulsos más elevados capaces de existir en el ser humano: se trata de un retorno espiritual de Cristo en nuestro interior; se desarrollarán fuerzas del alma capaces de percibir a Cristo en una nueva forma; experimentable para la contemplación espiritual, no en el mundo físico. Esta experiencia no es idéntica a la vivencia del Cristo interior y místico, es decir, de algo que ya estaba ahí. La ciencia espiritual nos muestra al Cristo interior y místico y al Cristo histórico. Quien solo quiera creer en el Cristo interior y místico, y no en el Cristo histórico, va por mal camino. También se necesita al Cristo histórico, pues no habría Cristo interior y místico sin el Cristo histórico. El sentir de Cristo en nosotros depende del sol espiritual lo mismo que el ojo depende de la luz: depende del Cristo histórico. Sin él no existe la posibilidad del Cristo interior; es el Cristo histórico quien creó el órgano para la experiencia de Cristo en los corazones de los seres humanos.

Traducido por J.Luelmo

GA069c Köln, 6 de mayo de 1912 - Cristo y el siglo XX -

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

 Cristo y el siglo XX

Köln, 6 de mayo de 1912


¡Estimados presentes!

Quien hoy en día habla de Cristo se encuentra con diversas opiniones que, -de una u otra manera-, se defienden. Estas pueden clasificarse principalmente en dos perspectivas, con las que debe contar especialmente quien hable de la cuestión de Cristo en el sentido en que lo haremos esta noche, quien hable desde el punto de vista que ya he tenido ocasión de defender aquí en varias ocasiones en relación con otras cuestiones, con otros problemas de la vida; me refiero al punto de vista de las ciencias espirituales o teosófico.

En primer lugar, nos encontramos con aquel punto de vista que, en su esencia, se asienta firmemente en la visión de Cristo; es decir, el punto de vista según el cual Cristo es una fuerza vital auténtica y real. Se trata del punto de vista religioso, el punto de vista de las distintas confesiones religiosas. Si lo analizamos detenidamente, vemos que, en la mayoría de los casos, —por muy tolerante y liberal que se muestre en cierta dirección—, en el fondo no está dispuesto a admitir que se pueda hablar de Cristo de otra manera que no sea la que él mismo utiliza. El punto de vista religioso, en sus más diversas variantes, simplemente no admite que sea posible un avance en lo que respecta a las ideas sobre Cristo.

El otro punto de vista con el que uno se encuentra, es aquel que también defienden en la actualidad, quienes buscan la verdad con auténtica seriedad; es el punto de vista que, partiendo de los criterios de una determinada corriente científica, afirma: Si se investiga el acontecimiento de Cristo, —es decir, lo que se supone que ocurrió en Palestina al comienzo de nuestra era—, con los mismos métodos de investigación estrictamente histórica que se aplican a otros acontecimientos, la interpretación del acontecimiento de Cristo, tal y como se defiende, no puede sostenerse. - Se sabe que este punto de vista se ha ido gestando desde hace mucho tiempo; se sabe que, a lo largo de los últimos siglos, las personas han llegado a comparar cada vez más los Evangelios, y que creían tener que deducir, a partir de las contradicciones entre los distintos Evangelios, que estos no podían ser documentos históricos.

Y después de haber intentado durante mucho tiempo extraer de los Evangelios, por así decirlo, algo que pudiera constituir una imagen de Cristo Jesús, hoy en día ya hay, —no solo en Alemania, sino también en otros países—, mucha gente que cree, por así decirlo, que su conciencia científica les obliga a admitir que, en realidad, no se debería hablar de un Jesús histórico, de un evento Crístico.

Así pudo surgir la opinión de que hoy en día solo se puede encontrar a Cristo entre las personas religiosas, quienes a través de la fe, creen elevarse hasta Cristo, pero que ante una ciencia cada vez más avanzada, la idea de Cristo, el pensamiento de Cristo, debe desaparecer. Y son muchos los que ya sueñan hoy con que lo que es el poder de Cristo, dejará, sin duda, de tener importancia en el futuro. Sin embargo, estos no creen en absoluto que la religión pueda desaparecer alguna vez de la humanidad.

Sin embargo, ante ciertos hechos de la actualidad, parece que esta fe no puede mantenerse. En nuestra época observamos, en efecto, el fenómeno peculiar de que, no solo los creyentes, ni tampoco solo aquellos que, desde lo más profundo de su corazón, han acogido los Evangelios como un medio de edificación y formación, hablan de algo que, en definitiva, se corresponde con la idea de Cristo, sino que personas serias, cultas y que buscan la verdad señalan, con toda su sensibilidad espiritual, algo a lo que solo se le puede atribuir el nombre de Cristo. En cualquier caso, resulta característico que un librepensador de la actualidad, -que no es más que uno de los muchos, el estadounidense Ferguson-, sea capaz de decir:

Cristo se ha convertido de nuevo en el pionero de una nueva era, que unirá a América con Europa en el futuro, capaz de penetrar hasta lo más profundo del alma de cada persona. 

Este hombre es sin duda, el hombre del presente por excelencia. Un hombre que, por lo demás, difunde ideas librepensadoras, habla de Cristo como si este se moviera hoy de persona en persona, como si Cristo caminara directamente entre nosotros. Así pues, incluso las personas librepensadoras comienzan a sentir la presencia de Cristo como algo que tiene una relación directa con los seres humanos. Aunque hoy en día se le preste aún menos atención, esa tendencia se abrirá camino hacia una fuerza, la búsqueda de esa fuerza que solo puede designarse con el nombre de Cristo. El hombre que más se distinguió por la introducción del darwinismo en América, John Fiske, pronunció las siguientes palabras:

Todas las religiones afirman dos verdades. La primera es que todas las cosas están relacionadas entre sí; todas las religiones proclaman esta verdad, que para cualquier persona que reflexione es innegable. La segunda verdad es que lo que llamamos bien o mal guarda alguna relación con un poder que se encuentra fuera del espíritu humano.

Cito expresamente las palabras de personalidades que, con todo su pensamiento y sus sentimientos, se sitúan plenamente en el terreno del presente, pero que han logrado abrirse camino desde una visión exterior hasta las fuerzas más profundas de la existencia. Estas fuerzas no son solo de naturaleza física y química, sino también de naturaleza espiritual. La idea de Cristo, tal y como se acaba de describir, se presenta, —como un amanecer, como una especie de preparación para algo completamente diferente—, ante quien se asienta en el terreno de la cosmovisión teosófica. No quisiera que se me malinterpretara cuando hablo de la idea de Cristo tal y como previsiblemente se configurará en el siglo XX. La ciencia espiritual debe estar lo más alejada posible de todo sectarismo, de todo aquello que no pertenece a nuestra época. Y cuando el científico espiritual habla de lo que está por venir en la evolución de la humanidad, no se siente de otra manera que cuando el científico natural predice un eclipse solar o un tránsito de Venus. El investigador de las ciencias espirituales no se atribuye la condición de profeta. Simplemente, en la vida actúan fuerzas que pueden investigarse espiritualmente, del mismo modo que en el mundo físico pueden investigarse las fuerzas de la naturaleza. No obstante, hay que echar un vistazo al destino de la idea de Cristo en el pasado. En verdad, a lo largo de los siglos, esta idea ha sufrido una transformación enorme. Si echamos la vista atrás hasta el origen de la idea de Cristo, en los primeros siglos nos encontramos con un hecho curioso. Vemos cómo, por un lado, el cristianismo popular se extiende por todo el Imperio Romano, y se puede decir que: mientras que la antigua cultura romana se desarrolla sobre todo en las clases altas de la población y luego entra en una especie de decadencia, vemos cómo, precisamente entre aquellos que son puestos a prueba por la vida y tienen que sufrir dolor, se va arraigando lenta y gradualmente un cristianismo popular y cómo se va perfilando cada vez más la idealización de Jesús de Nazaret; hasta que esta figura es elevada a una altura divina. Este cristianismo popular contiene en sus confesiones más sensaciones y sentimientos que conceptos e ideas. Pero, junto a este cristianismo popular, vemos ahora, por otro lado, cómo las mentes más ilustradas de la época, que se ocupan del cristianismo, emplean sus ideas más elevadas y sus conceptos más significativos para responder a la pregunta: ¿Quién es, en realidad, este Cristo? —Y, de entre la abundancia de respuestas que han dado estas mentes ilustradas, solo se destacarán algunas.

Así, en el gnosticismo, hacia el que la teosofía no pretende en absoluto volver, sino que lo estudia como un fenómeno del pasado, vemos, en diversos matices, esbozos de pensamiento de la más alta calidad sobre la idea de Cristo. En esencia, se podría caracterizar de la siguiente manera: este gnosticismo, este anhelo de formar la idea de Cristo a partir de los conceptos más elevados, es un desarrollo espiritual de lo más maravilloso. Sin embargo, para el ser humano que, desde el presente, se ha formado la idea de que todo en el ser humano se ha desarrollado única y exclusivamente a partir de criaturas subordinadas, a partir de los animales, paso a paso, desde los animales cada vez más inferiores hasta los más imperfectos, para ese ser humano la doctrina gnóstica no es más que una ensoñación, una fantasía.

El gnóstico también remonta el origen de la evolución, pero mucho más atrás que el naturalista actual. Según él, en tiempos inmemoriales encontramos una época en la que las formas animales ya existían en la Tierra de tal manera que, si hubiera habido un ser humano en aquel entonces, este habría podido contemplar las formas animales, hasta las más elevadas. El gnóstico se refiere así a una época de la evolución en la que el reino humano aún no existía. Pero de ello no deduce que el reino humano se haya desarrollado a partir de los animales, sino que haya descendido del mundo espiritual. También lo animal, lo vegetal y lo mineral habrían descendido en su día del mundo espiritual, se habrían densificado a partir de él, de modo que debemos suponer que para el gnóstico, también los animales, las plantas y los minerales tienen su origen en el mundo espiritual.

Y el gnóstico continúa diciendo: Pero hubo un tiempo en el que el ser humano aún no había adoptado una forma física, sino que esperaba en el mundo espiritual hasta el momento en que se dieran otras condiciones de vida en la Tierra. No es que no existieran los seres humanos en aquellos tiempos: existían, pero no como seres visibles, sino como seres espirituales. Vivía en el entorno espiritual de la Tierra; no había descendido a ella, porque las condiciones de aquellos tiempos eran tales que aún no habrían permitido el desarrollo humano. Así pues, el gnóstico considera que el momento más importante es aquel en el que el ser humano, —más tarde que los demás reinos—, descendió a la Tierra.

Pero ahora el gnóstico se dice a sí mismo: si el ser humano hubiera pasado por su encarnación física de la misma manera que el resto de los reinos de la naturaleza, entonces no habría podido desarrollarse algo que, sin embargo, tenía que desarrollarse, a saber, el pensamiento autónomo y libre del ser humano; en definitiva, todo aquello que llamamos el yo auténtico, el yo interior del ser humano, que actúa desde lo más profundo y que entre el nacimiento y la muerte experimenta una evolución. El desarrollo de un animal se completa dentro de ciertos límites. El ser humano puede, a través de la educación y las experiencias, progresar de una manera muy diferente a la del animal. — El gnóstico dice ahora: para que el ser humano pudiera hacerlo, estableció una conexión más íntima con lo material de la que habría tenido que establecer si hubiera tenido que permanecer sin libertad, dependiente de sus aptitudes innatas como los demás seres que le rodeaban. El ser humano se ha adentrado más profundamente en la materia para ser más independiente de sus dotes innatas.

Pues bien, partiendo de estas premisas, el gnóstico dirige su mirada hacia la aparición de Cristo, y para él cobra especial importancia el momento que en la Biblia se denomina «el bautismo de Juan». El gnóstico afirma que, hasta ese momento, en Jesús se había desarrollado un ser humano extraordinario, pero solo un ser humano. Pero cuando se le administró el bautismo de Juan, ocurrió algo que resulta difícil de comprender en la actualidad. Sin embargo, pensemos en lo siguiente: para algunas personas existe ese momento en el que tienen que decirse a sí mismas: «Algo ha entrado en mi alma, gracias a lo cual he experimentado un cambio en toda mi vida». - Muchas personas pueden decirse a sí mismas: Si repaso mi vida desde el nacimiento hasta un momento determinado, me doy cuenta de que, en ese instante, algo entró en mi alma que me hizo renacer espiritualmente. - Si se imagina esto, —lo que puede sucederle a cada persona—, llevado al extremo, como algo único, entonces se piensa lo mismo que pensaban los gnósticos sobre el bautismo de Juan en el Jordán.

Precisamente aquello que había permanecido en el mundo espiritual, aquello que había estado esperando, pero que desde el principio formaba parte del ser humano, descendió del mundo espiritual como una corriente y se instaló en ese ser humano singular, Jesús de Nazaret. Y ahora, durante tres años, este Jesús de Nazaret no es un ser humano transformado, sino un ser humano que lleva en su interior, de toda la humanidad, aquello que había permanecido en los albores de los tiempos y que ahora se hundió en este Jesús para impregnar fecundamente a la humanidad: durante tres años, Jesús de Nazaret se convirtió en el portador del Cristo suprahumano. Y ahora el gnóstico dice: lo que hasta entonces estaba en el mundo espiritual se sumergió una vez en el cuerpo humano, del mismo modo que sumergimos la semilla en la tierra. Y así como la semilla perece, lo mismo ocurrió con este impulso espiritual; tuvo que sumergirse en la tierra, tuvo que perecer en ella para resurgir cien y mil veces como semilla en todo el proceso terrestre. Lo espiritual tuvo que pasar por la muerte, igual que la semilla debe pasar por la muerte. Y no quedó infructuoso, sino que se derramó en las corrientes de desarrollo espiritual de la Tierra. Está ahí, sigue viviendo en múltiples frutos.

Así, según la gnosis, hay que distinguir entre una historia de la humanidad anterior a Cristo y una historia posterior al acontecimiento del Gólgota: una historia de la humanidad en la que el impulso crístico actúa de forma viva, de tal manera que Cristo se introduce en las almas. Para los gnósticos, ¡el impulso crístico se ha convertido en el contenido de la historia, del devenir histórico! Aunque esto pueda resultar extraño para el hombre de hoy, hay que decir que, precisamente, las ideas de las ciencias naturales actuales, —que, al fin y al cabo, solo han adoptado un carácter materialista en su punto de partida—, nos impulsarán cada vez más a comprender una idea gnóstica de este tipo y, posteriormente, a captarla en su realidad. Para demostrar que, precisamente desde el presente, nos estamos acercando a lo que la gnosis ofrecía en su día, basta con citar lo siguiente.

Sin embargo, hay que decir que esto solo parece algo elemental, un primer paso. ¿No es cierto? ¿Durante cuánto tiempo creyeron las ciencias naturales que pisaban terreno firme? ¿Durante cuánto tiempo, basándose en el darwinismo, —que, sin duda, puede calificarse de grandioso—, creyó tener que afirmar que todo en el ser humano se había desarrollado a partir de orígenes animales, y que el verdadero motor fuera algo así como, por ejemplo, la lucha por la existencia? Así se decía: todos los seres posibles habían sido, por así decirlo, lanzados a la vida, pero surgía la lucha por la existencia, y no era de extrañar que, tras un cierto tiempo, los más perfectos hubieran vencido a los más imperfectos. De este modo, los seres se habrían perfeccionado cada vez más, hasta alcanzar finalmente el nivel del ser humano. «Lucha por la existencia» se convirtió en el lema. Hoy, sin embargo, existe otra idea que ciertos investigadores se ven obligados a aceptar por un sentido puro y sincero de la verdad. Dicen: si hoy observamos al ser humano y lo comparamos con los animales más perfectos, no podemos en absoluto suponer que el ser humano se haya desarrollado en línea recta a partir de esos animales. Más bien debemos suponer que el ser humano se remonta a una forma primigenia que hoy ya no se encuentra. Y ahora estos investigadores suponen que existió una forma primigenia de la que, por un lado, se desarrolló el ser humano y, por otro, los animales. Y estos destacados investigadores añaden otro dato más. Se preguntan: ¿cómo pudo el ser humano desarrollarse de una manera tan diferente, mientras que los animales también se desarrollaron? —Y, curiosamente, no mencionan en absoluto la lucha por la existencia. Defienden la opinión de que el ser humano, en su forma, se encontraba en un lugar especialmente protegido, donde pudo mantener las condiciones de la forma primigenia, mientras que los demás seres entraron en decadencia. Así pues, hoy ya tenemos la reducción del ser humano a una forma primigenia que ya no es visible, la cual solo pudo desarrollarse gracias a que estaba protegida en un lugar donde el ser humano no tuvo que entrar en la lucha por la existencia. Lo único que limita a estos investigadores es una única ficción: que buscan ese lugar protegido en el ámbito de la existencia sensible y real. También el gnosticismo parte de una forma primigenia, pero no la sitúa en el mundo sensible, sino allí donde, de hecho, está mejor protegida: en el mundo espiritual. Y si ya se parte de la idea de que el ser humano entró más tarde en la vida, entonces también se puede partir de la otra; es decir, también se puede decir: Si observamos el curso de la historia, vemos cómo toda la humanidad está, en cierto modo, dividida en naciones y razas distintas; vemos cómo existen muchas confesiones religiosas que se configuran según las diferentes tribus. Antiguamente, la humanidad solo podía desarrollar aquello que estaba arraigado en una tribu, lo que se había inculcado a cada persona a través de su pertenencia a la tribu. Pero aquella fuerza espiritual y aquella esencia que hacen del ser humano un ser humano en primer lugar, que hacen que el ser humano encuentre en el ser humano al ser humano, y no lo tribal, que le pertenece por herencia genética, esa fuerza tenía que volver a ser concedida al ser humano. La humanidad no pudo asimilar este impulso hasta que estuvo madura para ello. Así pues, en los primeros siglos del cristianismo nos encontramos con ideas de desarrollo de un carácter especial y elevado, de modo que debemos decir: lo que hoy vemos en las ciencias naturales como un comienzo que primero debe despojarse de su caparazón de crisálida, ya había sido anticipado en la gnosis en grandiosas concepciones intelectuales. Esto solo pudo ser así porque la evolución, el desarrollo, de hecho está presente en la historia de la humanidad.

Si nos remontamos a los tiempos, a las épocas en las que el ser humano descendió a la vida, nos encontramos con una vida anímica completamente diferente. Si queremos compararla con la vida anímica actual, debemos decir: esta depende de la percepción a través de los sentidos; [solo puede, mediante los sentidos] experimentar y conocer aquello que está vinculado al cerebro. De tiempos antiguos nos han llegado maravillosos conocimientos en forma de imágenes. Esto es también, exteriormente, una imagen de lo que la ciencia espiritual reconoce con sus medios, a saber, que el alma del ser humano no siempre percibía su entorno como lo hace hoy, sino que existía la clarividencia. El ser humano aún no se sentía tan inmerso en su yo; aún se sentía fundido con las cosas: estados de conciencia oníricos le conducían a lo más profundo de las cosas. La clarividencia onírica era el tipo de conocimiento a través del cual se revelaban al hombre primitivo los misterios de las cosas. Era una experiencia similar a la que se tiene hoy en día cuando se vive un sueño. Así, el hombre primitivo, que había descendido de las alturas espirituales, experimentaba los misterios del mundo espiritual como sueños clarividentes. Sin embargo, el progreso de la evolución consistió en que los seres humanos descendieron cada vez más profundamente en la existencia física y, de este modo, fueron perdiendo cada vez más la antigua clarividencia. No hay que considerar esto como algo triste, pues si el ser humano no hubiera perdido la antigua clarividencia, nunca habría alcanzado la libre conciencia de sí mismo. Solo así fue posible que el ser humano pudiera convertirse en protagonista de su propia vida. La pérdida de ese antiguo conocimiento clarividente, con el que se había penetrado en los misterios del mundo espiritual, se produjo de forma lenta y gradual.

En una época en la que la humanidad ya estaba, en realidad, totalmente conectada con el mundo exterior, este conocimiento clarividente seguía conservándose en lugares que tenían su origen en los círculos de discípulos de los antiguos misterios. Estos habían protegido ese patrimonio de sabiduría ancestral, que se había transmitido de generación en generación. Y después de que se produjera el acontecimiento crístico en la evolución de la Tierra, los gnósticos siguieron conservando ese antiguo acervo de sabiduría transmitido a partir del conocimiento clarividente de la humanidad y, a partir de esos antiguos conocimientos, formaron la idea de Cristo. Se trata, pues, de una reminiscencia de tiempos remotos: un conocimiento que no se había adquirido mediante una libre conciencia de sí mismo. Los gnósticos aplicaron a la aparición de Cristo lo que los antepasados habían sabido y lo explicaron a partir de ello. La época en la que floreció la gnosis fue el ocaso del antiguo conocimiento clarividente. Así sucedió que, en épocas posteriores, en la Edad Media, ya no fue posible para las personas seguir trabajando con el antiguo acervo de sabiduría de la gnosis y, de ese modo, comprender a Cristo. Entonces, algo diferente ocupó el lugar de la gnosis.

Ahora vemos cómo, en los siglos siguientes, una vez que la gnosis se había perdido para la humanidad, las personas también querían comprender la aparición de Cristo, pero partiendo del conocimiento y el entendimiento humanos propiamente [externos], desde la ciencia humana. Así vemos cómo, para comprender a Cristo, las mentes más iluminadas de la Edad Media aplicaron, en lugar de la gnosis, la doctrina del antiguo filósofo Aristóteles. Llegaron a la conclusión de que debían decirse a sí mismos: si tomamos el sistema del mundo de Aristóteles, solo llegamos hasta un punto determinado; el verdadero conocimiento espiritual de Cristo se encuentra más allá de lo que el ser humano puede conocer. — Sin embargo, en un aspecto, la cosmovisión de la Edad Media se basa en una idea fundamental de Aristóteles. A Aristóteles no se le ocurrió, claro está, llegar hasta la concepción del materialismo moderno. Si analizamos la visión de Aristóteles sobre la interacción entre el alma y el cuerpo, vemos que está muy lejos de creer que lo que el ser humano percibe como su vida interior sea meramente el resultado de la herencia, inculcada en él por sus padres, abuelos y así sucesivamente. Más bien llega a la idea de que a cada ser humano que viene al mundo, por así decirlo, se le extrae una gota de la sustancia espiritual universal, de la divinidad, y se une a su naturaleza corporal. Así, cada vez que nace alguien, un núcleo espiritual y anímico procedente de lo espiritual universal se une al ser humano [corporal].

Pero Aristóteles va más allá. Tiene una cualidad que, en realidad, es bastante rara de encontrar en la actualidad: saca las verdaderas consecuencias de sus investigaciones y reflexiones. Se dice a sí mismo: si el alma cruza la puerta de la muerte, entonces es un ser real que existe por sí mismo; entonces asciende al mundo espiritual. Mientras que antes del nacimiento no era un ser particular, tras la muerte sigue existiendo en el mundo espiritual como un ser individual e independiente. ¿Qué puede experimentar entonces tras la muerte? Allí ya no puede experimentar nada, pues para ello tendría que estar envuelta en un cuerpo; su único contenido es la retrospectiva de su vida terrenal. El alma humana vive eternamente; contempla su vida terrenal, el bien o el mal que ha hecho, y vive en esta imagen de su propia vida terrenal. - En realidad, es aquí donde, a través de Aristóteles, se sentaron las bases de la doctrina de la eternidad del castigo infernal; a partir de este punto, dicha doctrina se integró en la doctrina católica de la Edad Media. Cabe señalar desde el principio que Aristóteles no podía hacer otra cosa que mantener al alma así, inmutable a lo largo de todos los futuros eternos, en la contemplación de lo que había realizado en su vida terrenal.

La ciencia espiritual moderna, o teosofía, reconoce ahora que, tras la muerte, el alma tiene en sí misma la posibilidad de mirar atrás hacia la vida terrenal, —como en un recuerdo—; pero no tiene por qué permanecer en ese estado; más bien, el ser humano se lleva de esta vida, como fruto más hermoso, la posibilidad de desarrollar o transformar en el mundo espiritual aquello que aquí ha realizado, ya sean buenas o malas acciones. Así, no tiene por qué permanecer para toda la eternidad en el mundo espiritual, sino que, al entrar en una nueva vida, al volver a la existencia a través del nacimiento, puede superar por sí mismo, mediante el equilibrio kármico, aquello que hizo o dejó de hacer en vidas anteriores. Así pues, el alma atraviesa la puerta de la muerte y se lleva consigo los impulsos para volver una y otra vez a la existencia, con el fin de lograr un equilibrio en las vidas posteriores.

Aristóteles no podía aceptar una idea así, porque desde el principio él afirmaba que antes del nacimiento, el alma era separaba de la sustancia espiritual. La ciencia del espíritu, por el contrario, debe afirmar: la vida actual tiene como requisito previo otras vidas. Aristóteles, por así decirlo, ahogó él mismo su propio conocimiento. - Esta idea de la reencarnación no estaba, pues, presente en Aristóteles, a quien los sabios medievales llamaban el «precursor del Señor en lo que respecta al conocimiento de la naturaleza» —el «praecursor domini in rebus naturalibus»—. Vemos, pues, hasta dónde llegó Aristóteles en la cuestión de la inmortalidad y cómo trasladó el fruto de la vida a una contemplación eterna del alma. De ello se derivó, como por sí solo, la imposibilidad de elevar la mirada hacia el mundo espiritual y reconocer la naturaleza de Cristo. Cristo queda alejado del pensamiento medieval, relegado al ámbito de la fe, donde el conocimiento no puede penetrar. La antigua tradición de la gnosis se había perdido; Aristóteles no llegó al conocimiento espiritual de Cristo. Por eso se trazó una línea divisoria entre lo que se puede conocer y lo que solo hay que creer. Quedó una consecuencia de la idea aristotélica: la Iglesia hizo hincapié en la eternidad de los castigos del infierno.

La era moderna dio un tercer paso. Poco a poco, la devoción por la fe fue desapareciendo cada vez más entre las personas. Se volcaron cada vez más en lo meramente sensorial y tangible. Ahora vemos que, para la idea de Cristo, el resultado fue que Cristo pasó cada vez más a un segundo plano y la visión de Cristo se volvió cada vez más materialista. En lugar del principio espiritual de los gnósticos, en lugar del Cristo de la Edad Media, al que se podía experimentar en el sentimiento de fe más puro, la época moderna no situó en el punto de partida de nuestro calendario a un ser humano imbuido de algo cósmico, sino, cada vez más, al «hombre sencillo de Nazaret», un ser humano igual que los demás. Ya no se sabía lo que los gnósticos ya habían comprendido. Se prefería entender a Cristo de forma material, como cualquier otro fenómeno histórico común. Y al concebirlo únicamente como humano, uno se veía obligado a examinar su figura con los medios de la historia común. Sin embargo, se podría haber tenido en cuenta lo siguiente: tomar todo el asunto desde un punto de vista histórico es, de hecho, lo más fácil que hay, pues ¿qué puede ser más fácil que examinar los Evangelios y demostrar que contienen contradicciones? El núcleo de esta investigación es lo más elemental que puede existir. Además, en realidad habría que suponer que todos los que vivieron en el pasado eran tan ignorantes que ni siquiera se percataron de las contradicciones tan evidentes. No se interpretaban los Evangelios como una formación del alma, a través de la cual esta pudiera elevarse hasta la visión espiritual de Cristo. No es de extrañar, pues, que se aplicara a los Evangelios el criterio de la historia; no es de extrañar que surgiera un movimiento que, en Alemania, se vincula al nombre de Drews y que ha llegado a la negación total de Cristo. ¡Esto ocurre precisamente en la misma época, en el mismo presente, en el que surge la ciencia espiritual! Y la ciencia espiritual revela precisamente lo que ya se ha caracterizado, a saber, que el ser humano no vive con lo que lleva en su interior únicamente en esta vida, sino que lo ha traído consigo de otras vidas que han transcurrido. En otro tiempo, el ser humano vivía en un mundo espiritual. Luego descendió de ese mundo espiritual, pero no se encarnó en un cuerpo físico solo una vez, sino que, tras haber asimilado los frutos de cada vida individual en un estado intermedio espiritual, volvió a descender una y otra vez a la existencia física. Esta ley ya se ha mencionado en numerosas ocasiones en este mismo lugar. Nos muestra cómo vive el ser humano a lo largo de toda la evolución histórica del mundo. Pero la vida solo cobra sentido de forma evidente si partimos de la base de que todos hemos vivido en la Tierra para asimilar lo que la prehistoria podía ofrecernos, con el fin de seguir desarrollándonos en las épocas posteriores, más perfectas. Si se examina esto con más detenimiento, surge algo bastante peculiar; surge, precisamente, lo que podríamos llamar: la misión del ser humano en la Tierra.

Como ya he señalado en otras ocasiones, hoy también debo recordar que aquello que ha surgido como la conciencia actual —[ordinaria]— del ser humano no es algo que pueda constituir la única forma de conciencia. El ser humano puede, de hecho, desarrollarse; puede elevarse hasta alcanzar la clarividencia mediante un auténtico entrenamiento espiritual; puede hacerlo si aplica a su alma el [método de] la meditación. Del mismo modo que, cuando contemplamos un objeto que brilla intensamente, podemos entrar en un estado que excluye todo lo demás de la vida —aunque esto no debe tomarse como ejemplo a seguir—, nos colocamos en un —aunque no tan limitado— — cuando, por nuestra propia voluntad, situamos en el centro de nuestra conciencia únicamente lo espiritual y anímico que nos hemos adquirido y hacemos caso omiso de todo lo demás. Entonces irradian en nuestra alma fuerzas a través de las cuales se hace realidad para nosotros lo que se podría expresar más o menos así: el ser humano se libera de su cuerpo. El ser humano experimenta realmente lo que se puede expresar así: ya no percibo a través del ojo, ya no pienso a través del cerebro, sino que experimento como un ser espiritual independiente de su cuerpo; percibo lo que vive y se teje en un mundo espiritual. Esta elevación hacia lo espiritual puede alcanzarse mediante el entrenamiento, y sus estrictas leyes se describen en algunas de mis obras.

Aquel que ha vivido emocionalmente algo que podría describirse más o menos así: quien se altera con facilidad, quien se deja llevar en gran medida por sus afectos y sensaciones, no podrá ascender fácilmente al mundo espiritual; pero quien se enfrenta al mundo exterior con una cierta ecuanimidad de calma y serenidad interior, en él vive, por así decirlo, una reserva, un depósito de sensaciones y sentimientos —y es precisamente allí donde irradia la luz espiritual que encendemos en nuestro interior mediante la meditación. Una persona que se centra mucho en sí misma no puede convertirse fácilmente en un clarividente entrenado. Pero quien es capaz de empatizar fácilmente con los demás, quien puede desarrollar un amor desinteresado, quien no vive únicamente de sus sensaciones, esa persona posee un plus en el alma que puede impregnar con las fuerzas que adquiere mediante el entrenamiento espiritual. El poder clarividente del ser humano brota de un sentimiento que no se consume en el egoísmo.

Cuando el ser humano ha llegado al punto en que le es posible vivir en el mundo espiritual, lo que allí experimenta, puede ir trasladándolo poco a poco a los conceptos habituales y comunicarlo de tal manera que pueda ser comprendido por el sentido común. Del mismo modo que no todas las personas tienen que acudir a un laboratorio para convencerse por sí mismas de lo que afirma la ciencia exterior, tampoco todas las personas tienen que convertirse en clarividentes. Quien tiene que comunicar los resultados de su investigación clarividente no teme al sentido común. Quien [en este sentido] goza de buena salud mental, da la razón al investigador espiritual; solo le da la razón a quien aborda las verdades espirituales sin prejuicios. Así ocurre con la ciencia espiritual [y sus resultados], que se obtienen mediante la investigación clarividente, y de esta manera el ser humano puede ascender a un mundo de experiencia espiritual.

Lo que el investigador de las ciencias espirituales alcanza hoy en la supra conciencia, en el futuro podrá alcanzarlo, hasta cierto punto, todo el mundo. Y eso es precisamente lo que le espera al siglo XX: comprender que el alma se desarrolla, que a lo largo de la existencia terrenal pasa de una vida a otra y que deja que actúe sobre ella aquello que, a partir de la cultura de cada época, debe actuar sobre ella.

Si observamos al ser humano en toda la Tierra con una visión amplia, destacan en él dos cualidades que en tiempos remotos no poseía. Basta con examinarlo para comprobar que no las tenía. Estas dos cualidades son la compasión y la conciencia. A medida que el ser humano pase por un proceso de formación de la vida anímica, ambas se irán desarrollando cada vez más. La compasión y la conciencia no aparecen hasta que avanza el desarrollo. Sin embargo, gran parte de lo que se oye sobre la compasión no son más que palabras vacías. En realidad, la compasión es algo que el ser humano siente cuando se desprende de sí mismo, cuando se traslada a otro ser, cuando percibe el sufrimiento de este con sus propios sentimientos. En la compasión, el ser humano olvida su propio yo y vive en el otro. Imaginemos por un momento que la naturaleza estuviera dispuesta de tal manera que, en el instante en que el ser humano se desprende moralmente de su propio y estrecho yo, experimentara lo mismo que vive cada día durante el sueño: cuando el ser humano ya no puede controlar sus miembros, cuando el cerebro ya no puede seguir siendo una herramienta del alma, cuando el ser humano se duerme, entonces pierde la conciencia. De hecho, el ser humano también puede perder la conciencia en el ámbito de los sentimientos, —en ese caso, se desmaya—: entonces no puede entregar su yo a los sentimientos del otro ser. ¡Eso es egoísmo en su máxima expresión, es un defecto moral!

La compasión es una de las dos cosas a través de las cuales el ser humano sale de sí mismo sin perder la conciencia; la otra es la conciencia moral. Nos habla desde dentro. El ser humano se somete a una voz que le habla desde su yo; al hacerlo, somete su yo a otro que va más allá de sí mismo. La compasión y la conciencia son las fuerzas que desarrolla el ser humano. Y la conciencia, basándose en las formas que han adoptado la compasión y la conciencia, desarrollará aquello que, de otro modo, solo era posible en una conciencia anómala: la clarividencia. Esto no es una profecía, es algo que se deriva de un riguroso enfoque científico. 

Gracias al conocimiento de lo que la compasión y la conciencia provocan en el alma humana, en el siglo XX, el ser humano podrá llegar a una experiencia [espiritual] inmediata, incluso en su conciencia cotidiana,. Podrá comprender algo de lo que se dirá: por un lado, vemos cómo el ser humano, al entrar en la existencia mediante el nacimiento, hereda algo de sus antepasados; como ser espiritual, debe integrarse en una familia y se ve revestido de cualidades que le han sido transmitidas. Los seres humanos conocían esta herencia mucho antes de que existiera nuestra ciencia natural; simplemente le daban otro nombre, a saber, «pecado original». Quien conozca el [significado del] pecado original en el Antiguo Testamento sabe que debe entenderse en un sentido mucho más amplio de lo que aún hoy lo hace la ciencia natural, es decir, que también debe aplicarse a las cualidades morales. Sin embargo, aquel en quien la compasión y la conciencia han dado fruto se dirá a sí mismo: «Del mismo modo que, por mi nacimiento, estoy ligado a unas predisposiciones de las que no puedo escapar, también hay en mí algo que me libera de la materia y me permite trascenderme a mí mismo para adentrarme en un mundo espiritual». - Habrá una clarividencia inmediata en un ámbito: el de la propia alma. El ser humano se dirá a sí mismo: del mismo modo que algo me encadena a la materia exterior, por otro lado surge en mi alma un ayudante luminoso que puede elevarme por encima de mí mismo. Este sentimiento podría compararse, por ejemplo, con lo siguiente: si alguien no cree que el aire que hay en el exterior pueda entrar en un espacio vacío, solo tiene que vaciarlo; entonces el aire entrará por sí solo, de modo que podrá comprobarlo perfectamente. Pero a través de la compasión y la conciencia, —que, al fin y al cabo, separan nuestro «yo» de nosotros mismos—, se crea en el alma ese espacio vacío, y en él fluye entonces lo espiritual, aquello que llamamos la presencia de Cristo. Entonces, el ser humano sabrá por experiencia propia que puede acoger en su interior a Cristo, que se encuentra en la atmósfera espiritual, del mismo modo que el aire está presente en la atmósfera física y fluye hacia todos los espacios vacíos que encuentra.

En esta elevada área, la conciencia normal ya puede volverse clarividente. Y la persona entonces no verá esta experiencia como algo meramente subjetivo, sino que reconocerá que debe existir como algo real. Reconocerá que esto no siempre estuvo ahí, que en algún momento se incorporó a la humanidad, es decir, que sabrá que lo que experimenta alguna vez descendió a la Tierra y se unió a ella como impulso de Cristo. Para el ser humano del siglo XX, el impulso de Cristo tendrá que ser algo que alguna vez ingresó en el desarrollo humano como un hecho real e histórico. Entonces llegará el momento en que no tendrá sentido decir que Cristo es solo una idea, sino que se dirá: se podría suponer que esta experiencia solo se vivía en el alma del individuo, como sostienen ciertos filósofos: sin ojo no hay color. Pero eso no hace que exista un color externo simplemente porque hay ojos, sino que el ojo fue creado desde el mundo de la luz. Así que habría que decir: sin luz, no hay ojo; entonces, sin Cristo histórico, no hay Cristo interno, ni fuerza interna de Cristo en el ser humano. Por eso, la persona reconocerá a Cristo como un ser espiritual; sabrá que este mismo ser estuvo históricamente en la Tierra y se unió a ella mediante su sacrificio. En general, uno podrá adentrarse en el mundo espiritual y entonces también descubrirá a Cristo.

Así como Goethe a menudo dijo la frase correcta sobre un asunto, ahora se podría conectar con una de sus frases, tomando lo que él quiere expresar como una metáfora de lo que hoy quisiéramos expresar, una frase que pueda ser para nosotros como una directiva. Goethe dijo: El ojo se ha formado para la luz a partir de la luz. — A partir de órganos originalmente indiferentes, la luz ha hecho surgir el ojo. Y ahora Goethe señala, con otras palabras, el impulso interno de ver a Dios en uno mismo:

Si el ojo no fuera como el sol,
la propia luz del sol nunca podría verlo;
si no tuviera en nosotros la fuerza propia de Dios,
¿cómo podría deleitarnos lo divino?

Así como el ojo ha surgido como por arte de magia de la luz, también en el ser humano la capacidad de contemplar a Dios ha surgido como por arte de magia del propio Dios, que teje y da vida. Quien, en su esencia cristiana interior, sea capaz de experimentar a Cristo a partir de los más bellos sentimientos, emociones y conocimientos de su alma, sabrá que esto solo es posible porque Cristo descendió una vez a la Tierra, porque el Cristo histórico vivió en su momento. Así como el sol, con su luz, ha hecho surgir el ojo del cuerpo humano, así también el Cristo histórico ha hecho surgir de las almas humanas la vida [interior] de Cristo. Si el alma no fuera «cristiana», ¿cómo podría experimentar a Cristo? Si Cristo no hubiera vivido históricamente, ¿cómo podría el alma tener esta sensación tan hermosa, la sensación de Cristo? —Así se hablará en el siglo XX. En la época en que la ciencia exterior haya llegado a negar al Cristo histórico, la ciencia espiritual, sin necesidad de documentos, llegará a afirmar: «Puesto que el ser humano puede experimentar a Cristo, sabe que este vivió históricamente como fuerza vivificadora, como el sol en el reino espiritual del desarrollo de la humanidad».

Traducido por J.Luelmo