CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA316 Dornach, 21 de abril de 1924 Guía para la meditación; sobre la esencia de la meditación

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Guía para la meditación; sobre la esencia de la meditación

Dornach, 21 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

En aquella reunión que celebramos aquí tras el curso de Navidad, nos dejamos impregnar, por así decirlo, por aquello que la medicina puede profundizar desde el punto de vista esotérico. Y tratamos de obtener, naturalmente dentro de las posibilidades que ofrece una reunión tan breve, una introducción lo más sólida posible al esoterismo de la medicina, tal y como parece adecuado hoy en día, especialmente para los jóvenes que se dedican a la medicina. También hemos ido asimilando, en forma de fórmulas concretas, aquello que puede suscitar en nosotros una mentalidad médica para seguir trabajándolo, subrayando lo necesario que es tener esa mentalidad médica. Ahora imagino, queridos amigos, que habéis reflexionado interiormente sobre estas cosas durante un tiempo. Por supuesto, no me imagino este trabajo como algo en lo que uno se sienta a analizar estas cosas de forma teórica, sino que, de vez en cuando, cuando surge la necesidad interior, se deja que las cosas surtan efecto en el alma y se permita que esta siga desarrollándose. Pues bien, precisamente por la forma en que estas cosas se nos presentaron en aquel entonces, tuvo que ponerse de manifiesto un hecho muy concreto que, en mi opinión, ahora reviste importancia para esta reunión. Debido a la intensa concentración de los temas esotéricos que se nos presentaron en aquel entonces, en cierto sentido tuvo que surgir, en mayor o menor medida, en unos u otros, la necesidad de abordar ciertas dificultades internas. Las cosas que se nos transmiten de forma esotérica no siempre están ahí para hacernos la vida lo más fácil posible, sino que, en cierto modo, ocurre más bien lo contrario. También están ahí para complicarnos la vida, para sumirnos en dificultades a la hora de comprender el mundo, de percibirlo y de percibir a las personas, de modo que, cuando nos damos cuenta de esas dificultades, tomemos el camino opuesto al que hoy en día se sigue con tanta frecuencia en nuestra civilización, es decir, el camino opuesto a uno superficial. Solo cuando uno toma conciencia de las dificultades existentes entre el mundo exterior y el ser humano puede profundizar en el alma, y por eso creo que, en esta ocasión, el mejor camino que podemos recorrer será que reflexionéis sobre estas dificultades internas, las planteéis en forma de preguntas y que, a continuación, tomemos como objeto de debate aquello que realmente favorece el desarrollo ulterior de nuestra causa. En primer lugar, os pediría que me dijerais, desde vuestro propio círculo, qué dificultades internas o externas han surgido. Al profesional le habrán surgido dificultades, al estudiante le habrán surgido dificultades. Hay algunos entre nosotros que se encuentran ahora a punto de concluir sus estudios, a los que les habrán surgido dificultades muy particulares. Lo resolveremos precisamente porque es posible buscar esa solución. Todos habéis recibido ya el primer boletín y habréis visto que, a raíz de cuestiones muy concretas, hay mucho que decir al respecto. Me gustaría preguntaros si surge alguna pregunta, ya sea concreta o general; a partir de ella, ya llegaremos a más cosas. Pero, cuando surgen este tipo de preguntas, pasamos de un enfoque más teórico a una experiencia más viva.

Ernst Harmstorf: Pregunta por el transcurso del año, el calendario de las almas y determinadas constelaciones de las estrellas.

Eso no es necesario. ¿Se refiere a las observaciones de las constelaciones de las estrellas? —Sí.— Bueno, ¿no es cierto que resulta de ayuda poder incorporar a la conciencia la constelación observable de las estrellas? Pero, si le he entendido bien, usted se refiere a cómo funciona realmente la cosa cuando dejamos que lo que hemos recibido en forma de fórmulas actúe sobre el alma. Esto actúa gracias a su propio poder mantrico, y orientarse en el mundo exterior de las estrellas puede ser, sin duda, una ayuda, pero debe tener en cuenta lo siguiente. ¿No es así? Tome el ejemplo más evidente de una relación entre lo humano y lo cósmico que aún hoy se puede observar. Se trata del ciclo menstrual. Este se desarrolla de tal manera que muestra claramente que está condicionado cósmicamente, pero no en la época actual, sino que lo estuvo en una etapa mucho más antigua de la evolución cósmica, en la que también participó nuestra Tierra. Luego, con el paso del tiempo, se han cerrado en sí mismas, emancipándose del cosmos exterior, de modo que ahora no existe una dependencia inmediata, por lo que ya no se puede decir: fases lunares = menstruación. No se puede afirmar eso. En cambio, sí se puede decir lo siguiente: hubo un tiempo en el que una cosa era idéntica a la otra, pero luego se separaron. Las fases lunares son una cosa, y la menstruación es otra. Esa es una forma de clasificarlas. La otra se basa no en las fases lunares más amplias, sino en las fases lunares diarias. La marea baja y la marea alta eran idénticas a lo que ocurre por influencia de la Luna. De nuevo, se han separado. La Luna sigue su curso, la marea baja y la marea alta siguen el suyo. Estas cosas también son determinantes para el efecto de lo mántrico. Lo mántrico existe de tal manera que lo que ocurre en el ser humano a través de él fue en su día idéntico al proceso que tiene lugar en el cosmos, y la separación se ha producido precisamente así, de modo que primero hay que tener la orientación correcta. Si ahora se quiere contar con este apoyo desde el exterior, primero hay que decirse a uno mismo: lo que debe ocurrir en el interior está escrito en el cosmos. - Pero, al reflexionar sobre ello, hay que alcanzar la independencia interior y ser capaz de experimentar ese mismo proceso en el interior de uno mismo, emancipado del curso cósmico. Por eso no es absolutamente necesario que, al actuar un mantra, se tengan en cuenta las constelaciones estelares, del mismo modo que no cabe en absoluto que la menstruación pueda regularse según la posición exterior de la Luna, ya que se ha convertido en un proceso natural. Del mismo modo, hoy en día ya ocurre que todo nuestro proceso interior, condicionado por los mantras, debe desarrollarse emancipado del cosmos exterior. Esto es lo que ya he tenido que explicar en numerosas ocasiones, en otros ámbitos, como la diferencia entre el esoterismo oriental y el occidental. El oriental parte totalmente del punto de vista de que el ser humano ha salido del cosmos, debe volver a él y debe volver a unirse a él. Adopta la postura de Buda. Es un retorno a condiciones anteriores. Esto se pone de manifiesto en toda la postura de Buda, en el cruce de las piernas, en la exclusión de las extremidades. La posición de los brazos también es tal que se paraliza toda la relación con la tierra. Lo que se emancipa del cosmos queda paralizado. Se ve cómo el ser humano se reincorpora al cosmos. Retrocede. Y en realidad, así es todo el esoterismo oriental. Es un retroceso. Nuestro esoterismo occidental solo puede ser un avance, una emancipación cada vez mayor. Por eso no resulta tan cómodo interiormente y, sobre todo, cuando debe aplicarse a determinados ámbitos, no resulta tan cómodo interiormente. Por supuesto, si usted, digamos, padece una patología concreta y observa la constelación de estrellas, y ve que el caso se ha manifestado de forma clara cuando, por ejemplo, Saturno está en oposición a la Luna, eso, naturalmente, ya tiene un cierto significado. Porque si ahora te acercas con una actitud curativa con Saturno-Luna —es decir, en términos terrenales: plomo-plata —¿verdad? Saturno = plomo, Luna = plata— y te dices a ti mismo: «Utilizo el plomo de forma cósmica, tal y como se ha convertido en cósmico en la Tierra, y utilizo la plata de forma terrenal, intentando pulverizarla, intentando disolverla; es decir, la transformo en algo terrenal y, con ello, provoqué la misma constelación que, expresada de forma celestial, se manifiesta a través de la oposición a la Luna», entonces podrá curar en el sentido de las fuerzas cósmicas. Pero, al mismo tiempo, sitúan al ser humano en una situación que lo hace retroceder a etapas anteriores de su desarrollo, mientras que, si parten directamente de lo que se da en lo terrenal —la relación del ser humano con el plomo y con la plata—, ya se encuentran inmersos en un proceso de emancipación del ser humano y no miran hacia el pasado, sino hacia el futuro. En este caso, haréis algo muy similar, pero lo conseguiréis desde dentro, al conocer la naturaleza del plomo y de la plata, al saber que el plomo actúa de forma sustancial, y la plata a través de lo que realmente se convierte cuando se tritura, se disuelve, es decir, cuando se descompone en átomos. Pero usted lo compara con la naturaleza humana ya emancipada, no con el cosmos. Es así como hay que encontrar la actitud adecuada; por eso puede resultar de ayuda reflexionar sobre las constelaciones estelares reales, pero, en primer lugar, habrá que dedicar todas las fuerzas a dejar que actúe en uno el impulso interior del alma de aquello que hemos tenido como fórmulas mántricas, y buscar más bien todo desde el interior.

Ilse Knauer: ¿Qué debo hacer desde el «yo» cuando practico la meditación?

¿Se refiere a desde el «yo»? Bueno, ¿no es cierto que la meditación consiste en lo siguiente? Como persona moderna, cada vez que oye una frase tiene la sensación de que debe entenderla. Esa es una actividad manifiesta del «yo» en la encarnación actual. Todo el quehacer intelectual es una actividad manifiesta del yo. El intelecto es predominante en la encarnación actual, y todo lo demás queda oculto por el yo, es inconsciente y como mucho actúa de forma onírica. Por el contrario, meditar significa ahora: desactivar esa búsqueda intelectual y aceptar el contenido de la meditación, en un primer momento, tal y como se presenta, en su estado puro; diría que, en un primer momento, según su letra, de modo que, si aborda el contenido de la meditación de forma intelectual antes de asimilarlo en su interior, pone en movimiento su yo, pues reflexiona sobre el contenido de la meditación y lo tiene fuera de sí. Si deja que el contenido de la meditación esté presente en su conciencia tal y como se le presenta, sin reflexionar sobre él en absoluto, sino simplemente dejándolo estar presente en la conciencia, entonces no es su «yo» de la encarnación actual el que actúa en su interior, sino el de la encarnación pasada.

Silencias el intelecto; simplemente te sumerges en el contenido de las palabras, que escuchas interiormente, no exteriormente, como contenido de las palabras. Se sumergen en ello y, al hacerlo, en el contenido de la meditación actúa su ser interior, que no es el de la encarnación actual. De este modo, el contenido de la meditación no se convierte en algo que deban comprender, sino en algo que actúa realmente en su interior y lo hace con tal intensidad que, al final, se dan cuenta de que acaban de experimentar algo que antes no podían experimentar. Toma un contenido de meditación sencillo, que he dado muchas veces: «La sabiduría vive en la luz». Bueno, ¿verdad? Si lo piensas, puedes sacar de ello muchísimas cosas sensatas, pero también otras tantas que son una auténtica tontería. Está ahí para ser escuchado interiormente: «La sabiduría vive en la luz». Cuando lo escuchas así en tu interior, se despierta en ti aquello que está ahí, no de la encarnación actual, sino lo que has traído contigo de vidas terrenales anteriores. Y eso piensa y siente, y al cabo de un tiempo se ilumina en tu interior algo que antes no sabías, algo que tampoco puedes concebir a partir de tu propio intelecto. Interiormente estás mucho más allá de lo que alcanza tu intelecto. Este solo contiene una pequeña parte de lo que hay. Hay que tomar las cosas que, por lo general, se dan en la antroposofía de forma bastante concreta, bastante objetiva. Piense, por ejemplo, en lo siguiente: con el cambio de dientes, el ser humano renueva, en realidad, todo su cuerpo físico. Este hecho debe considerarse como un hecho fundamental. Que el ser humano tenga una segunda dentición no es más que el síntoma más evidente, solo una parte de lo que está ocurriendo. Del mismo modo que se sustituyen los llamados dientes de leche, se renueva todo el organismo humano, de modo que, tras el cambio de dentición, el ser humano es, en cuanto a su sustancia física, una persona completamente nueva en comparación con la que era cuando nació. La visión actual, que lo mezcla todo, piensa que el ser humano nace, pasa por el cambio de dentición como una metamorfosis y luego sigue desarrollándose. No es así. La cuestión es la siguiente: el ser humano, incluyendo los llamados dientes de leche, cuando nace físicamente, tiene un cuerpo que es el resultado del desarrollo hereditario. Ha recibido un cuerpo que es el resultado de lo que se encuentra en toda la línea de sus antepasados. De ahí proviene el cuerpo físico de los primeros siete años, si lo expresamos en cifras. Desde los siete hasta los catorce años, el ser humano también tiene un cuerpo, pero este no ha surgido de una transformación del primero, sino que aquí ha intervenido aquello que el ser humano ha traído consigo a la Tierra. Ahora bien, deben imaginarse el asunto de la siguiente manera. El ser humano ha tenido su cuerpo. Este cuerpo, que proviene de la línea hereditaria, es un modelo, lo tiene como modelo. Ahora bien, incorpora la sustancia terrenal en ese cuerpo. Esa sustancia terrenal que el ser humano incorpora a su cuerpo durante los primeros siete años la transformaría en una forma completamente diferente si trabajara únicamente según las fuerzas que trae consigo de su existencia preterrenal. Crearía una forma de ser completamente diferente. Al nacer, no viene con la tendencia a configurar a un ser humano con ojos, oídos y nariz tal y como es el que se encuentra en la Tierra. Llega con la tendencia a configurar al ser humano de tal manera que, en el fondo, su esencia preterrenal influye muy poco en la formación de su cabeza. En cambio, se dedica el mayor esmero al resto. Lo que se atrofia en la vida embrionaria se desarrolla en el plano astral, en la organización del «yo», de modo que, cuando se tiene el embrión físico, hay que decir: «Esta parte física del embrión está, sin duda, maravillosamente desarrollada, pero el ser humano preterrenal tiene, en un primer momento, la mínima participación en ella». —En cambio, el ser humano, el ser humano preterrenal, tiene la mayor participación en todo lo que lo rodea. Allí vive el ser humano preterrenal, en aquello que, en realidad, se degrada en lo físico y, una vez degradado —el corion, el amnios, etc.—, se elimina. Ahí vive el ser humano preterrenal. Ahora bien, si se lo imaginan de forma esquemática, pueden imaginárselo así: en un primer momento se reproduce lo cósmico. Eso es, en realidad, lo que el ser humano quiere hacer cuando desciende de la existencia preterrenal a la terrenal. ¿Por qué no lo hace? Porque ya existe un modelo. Y, siguiendo este modelo, durante los primeros siete años transforma lo preterrenal con las sustancias que ha asimilado. En realidad, le gustaría dar forma a algo más esférico y crear un ser humano organizado de manera esférica. Esto se transforma según el modelo. Y así es como lo preterrenal da forma a este segundo ser humano físico, que está presente desde los siete hasta los catorce años, a partir de las fuerzas preterrenales, aunque en un primer momento siguiéndose el modelo que proviene de las fuerzas hereditarias.

Ahora verá que en el ser humano hay dos entidades de fuerza realmente diferenciables. ¿Cómo puede comprender estas entidades de fuerza? Tome ahora, con la mirada y la sensibilidad del médico, la «Ciencia Oculta en líneas generales» y lea en ella, allí donde se habla de la evolución de la Tierra, cómo primero hubo una evolución de saturno, luego una evolución solar, después una evolución lunar, una evolución terrestre y así sucesivamente. Si sigue allí la descripción de esta evolución, tendrá que decirse a sí mismo: hasta la evolución Solar, todo es uno; allí, el Sol, la Luna y la Tierra son un mismo cuerpo, están unidos en uno. La separación entre la Tierra y el Sol, y entre la Tierra y la Luna, no se produce hasta ese momento, de modo que, hasta la mitad de esta evolución, el ser humano vive en el cosmos. Vive en el Sol y en la Luna, así como también en la Tierra. Tras la separación del Sol, vive fuera del Sol; tras la separación de la Luna, vive fuera de la Luna. Pues bien, hasta la separación del Sol, las fuerzas cósmicas —incluidas aquellas que hoy se encuentran fuera de la Tierra, tanto en la Luna como en el Sol— actuaban sobre la naturaleza humana. Actuaban en el ser humano porque este pertenecía a ese mundo en el que aún se encontraban el Sol y la Luna. Luego se produjo una evolución para el ser humano que discurrió de tal manera que el Sol y la Luna quedaron fuera.

Pero la cuestión es la siguiente: supongamos que hay una evolución que contiene en sí misma todo lo que hoy es terrenal, así como también lo que es solar y lunar; más adelante, lo que no es terrenal se emancipa de lo que es terrenal. Lo terrenal siguió entonces su propio camino; se secó, se endureció, se fijó, y eso es lo que se encuentra hoy en la corriente hereditaria, que se ha vuelto burda en dicha corriente. Tras la separación del Sol y la Luna, lo que el ser humano ha asumido, lo encontrarán en aquello que proviene de la acción de las fuerzas procedentes del cosmos, —esa es la cuestión—, de modo que así obtienen un modelo para desarrollar su segundo ser humano, un modelo que, en realidad, representa algo artístico ancestral, lo que les dan el padre y la madre, y que pudo surgir cuando el Sol y la Luna aún estaban unidos a la Tierra. Allí se formaron las fuerzas que, en realidad, dan al ser humano su configuración terrenal, pues comprenderán fácilmente que esta configuración humana es terrenal. Imagínese por un momento alejado de la Tierra con el ser humano. ¿Qué haría entonces con él? Sería sumamente infeliz si, tras la muerte, tuviera que utilizar algo como las piernas. Las piernas solo tienen sentido si a través de ellas fluyen las fuerzas de atracción de la Tierra, si las introducimos en las fuerzas de atracción de la Tierra; las piernas solo tienen significado para la Tierra, al igual que los brazos y las manos. Así pues, toda una parte de la organización solo tiene sentido, tal y como se configura, si somos seres terrestres. Lo que somos como seres terrestres no tiene sentido frente al cosmos. Por eso, al llegar a la Tierra como seres anímico-espirituales queremos formar precisamente una organización completamente diferente. Queremos formar un círculo, queremos provocar en ese círculo todo tipo de configuraciones, pero no queremos a ese ser humano con el que no se podría hacer nada en el cosmos. Ese ser nos es dado ahora como modelo y conforme a ese modelo configuramos al segundo ser humano.

Por eso, en esta primera etapa de la vida del ser humano nos encontramos ante una lucha constante entre aquello que nos viene de la vida anterior y aquello que proviene del desarrollo hereditario. Ambos luchan entre sí. Las enfermedades infantiles son la manifestación de esta lucha. Y piensen solo en lo íntimamente vinculado que está todo el ser interior, anímico-espiritual del ser humano durante la primera infancia con su organización física. Tal y como se ve cuando salen los dientes definitivos, cómo el segundo diente aún empuja al primero, cómo interactúan entre sí, así interactúa todo el segundo ser humano con el primero. Solo en el segundo ser humano se encuentra el ser sobrenatural; en el primero, un modelo terrenal ajeno. Ambos interactúan entre sí. Y si observan esta interacción de la manera correcta, verán entonces cómo el ser interior, que existía como ser espiritual y anímico en la existencia preterrenal, cuando durante un tiempo tiene una ventaja demasiado grande, cómo interviene con especial fuerza en lo físico, cómo debe orientarse fuertemente según el modelo y cómo acaba por perderlo, al atacar por todas partes y decir: «Quiero liberarme de esta forma»; entonces, la lucha se manifiesta como escarlatina. Si el ser humano es tan delicado que retrocede constantemente, que quiere moldear a su antojo las sustancias que absorbe, y si lucha contra el modelo, esa lucha se manifiesta en forma de sarampión. Y así, precisamente lo que es una lucha recíproca se expresa en las enfermedades infantiles. Y solo se comprende de manera adecuada lo que ocurre más adelante si se tienen en cuenta estas cuestiones como corresponde.

Por supuesto, para el materialista es tremendamente fácil decir: «Bah, todo eso son tonterías». Porque se ve claramente que los niños no solo se parecen a sus padres y antepasados hasta el cambio de dientes, sino que más adelante también siguen pareciéndose. Eso es una tontería. Uno es simplemente más débil, se rige más por las fuerzas hereditarias, hace que su «segunda persona» se parezca más al modelo, y por eso, naturalmente, se ve así; pero él mismo lo ha provocado al guiarse más por el modelo. Por el contrario, también hay personas que, tras el cambio de dientes, se vuelven muy diferentes de lo que eran antes. En ese caso, lo que proviene de la vida anímico-espiritual preterrenal es más fuerte, y se ciñen menos al modelo. Por eso se trata simplemente de considerar estas cosas en su contexto adecuado. Se llega a esta conclusión porque todo lo que debe asimilarse tiene que ser, en un primer momento, asimilado y procesado interiormente por el niño de tal manera que el yo y el cuerpo astral entren en un contacto íntimo con los alimentos. Más adelante, esto ya no tiene por qué ser así. El ser humano nunca vuelve a encontrarse en la situación de poder elaborar algo independiente a partir de un modelo con tanta intensidad como durante los primeros siete años de vida. En esa etapa, debe asimilar todo lo que capta en su yo y en su cuerpo astral, de tal manera que pueda reproducir el modelo. Por eso hay que facilitarle esta tarea, y el cosmos lo ha dispuesto así, de modo que la leche pueda acercarse lo más posible a la formación etérica. Se trata de una sustancia que, en realidad, aún posee un cuerpo etérico, y dado que la sustancia, al ser asimilada por el niño, sigue ejerciendo un efecto organizador hasta el nivel etérico, el cuerpo astral puede captar la leche de inmediato, de modo que surge un contacto íntimo entre lo que se asimila y lo que constituye la organización astral y del yo. Por eso existe una relación muy íntima entre los alimentos externos y la organización interior, anímico-espiritual del niño. Y vea, ahora usted, como médico, debe lograr asimilar todo lo que acabo de decir, esta particularidad. Se aprecia, de hecho, en toda la forma en que el niño bebe la leche, se ve cómo su cuerpo astral y su yo la captan. Esto se puede ver realmente. Por un lado, medite con mantras, dejando que el mantra surta efecto en usted y liberando sus fuerzas anímicas; por otro lado, simplemente medite sobre el niño. Imagínese cómo lo que desciende desde lo anímico-espiritual, al formarse el modelo, se aproxima primero a los alimentos físicos y, a continuación, lo que ocurre allí entre lo anímico-espiritual y los alimentos se orienta ahora según las formas del modelo. Si se lo imagina bien, el trabajo excesivo de lo anímico-espiritual se contrae en usted en forma de erupciones escarlatinas. La actividad demasiado débil de loanímico-espiritual, que retrocede ante el modelo, se condensa en la formación del sarampión. Si se lo imaginan de forma meditativa, traspasarán la meditación habitual hacia la meditación médica. Lo más espantoso es que hoy en día la gente quiera comprenderlo todo con el intelecto. En medicina no se puede comprender absolutamente nada con la razón. Con la razón solo se podrían comprender, como mucho, las enfermedades de los minerales, y estas, como es sabido, no se curan. Todo lo que es médico hay que captarlo con la percepción directa, para lo cual esta debe estar primero entrenada.

En una persona adulta esto no se percibe. El tracto digestivo se encarga de los alimentos, —se trata de un proceso que tiene lugar en el interior—, mientras que en el niño son el cuerpo astral y el yo los que se encargan de ellos; aún hay que moldear y formar personas que están por completar según el modelo. Si meditan sobre el niño, verán cómo se produce una poderosa metamorfosis. Verán allí cómo, en cierto sentido, se ilumina lo anímico-espiritual y cómo lo que entra en forma de alimento lo oscurece y lo ensombrece cada vez más; verán cómo, a partir de la luz y la oscuridad, se forma, por así decirlo, como en colores, lo que constituye el segundo ser humano. De hecho, ves cómo en la luminosidad se manifiesta lo preterrenal en el ser humano, y cómo en la oscuridad se manifiesta lo que se ingiere como alimento externo. En el niño, una luminosidad procedente de lo preterrenal se impone sobre la oscuridad; la leche entra como oscuridad: esto forma los colores más diversos entre sí. Lo que en lo físico es blanco, en lo espiritual es negro. Siempre ocurre lo contrario. Esto le brinda la posibilidad de poner en acción su «yo» de una manera totalmente diferente a como lo hace habitualmente en la vida. ¡Qué actividad tan débil es la que llevamos a cabo en el acto intelectual habitual! Esa es la mayor debilidad del ser humano: actuar intelectualmente. Allí solo va encadenando un concepto tras otro. Sin embargo, si observas al niño tal y como acabo de explicar, meditarás de tal manera que tu «yo» colabore plenamente. Esto es lo que también debe tenerse en cuenta en nuestra pedagogía a medida que avancemos. En un colegio como el Waldorf, los niños tienen entre siete y catorce años: ahí es donde se produce el cambio, ahí es donde el ser humano ha desarrollado su «segundo yo». Tengo ante mí a un niño que ha sido moldeado a partir de la existencia preterrenal según el modelo que se ha descartado, y ahora, naturalmente, en ese niño han permanecido fuerzas hereditarias. Estas se han incorporado al modelo, a la imitación del modelo. Ahora el niño es demasiado sobrenatural. Porque ahora lo sobrenatural ha actuado con especial intensidad en el niño; ahora, en realidad, la oscilación se inclina hacia el lado opuesto. Antes eso también era visible exteriormente en el ser humano, era totalmente producto de la herencia; ahora, lo que es visible exteriormente ha surgido, en realidad, por completo desde dentro. Ahora hay que adquirir el mundo exterior. Ahora, aquello que ha trabajado sin miramientos para el mundo terrenal, teniendo en cuenta únicamente el propio modelo humano, debe orientarse hacia el mundo exterior. Ahora entre los siete y los catorce años, entra en juego que el cuerpo astral y la organización del yo, deban trabajar de tal manera que este ser sobrenatural se adapte de nuevo a las condiciones terrenales externas. Esto culmina con la madurez sexual.

Allí el ser humano se integra plenamente en las condiciones terrenales, allí establece sus relaciones con ellas, allí lo terrenal se integra en el ser humano, y así, en realidad, lo principal en el desarrollo del segundo ser humano, entre los siete y los catorce años, es lo que trae consigo de su existencia preterrenal; después, lo terrenal comienza a actuar. Esto llega a su culminación con la madurez sexual y es entonces cuando se forma el tercer ser humano. Por eso, el karma propio no comienza a actuar hasta después de la madurez sexual.

El segundo ser humano es descartado sustancialmente y se forma el tercer ser humano. Este no llega hasta la forma, sino solo hasta la vida. Si llegara hasta la forma, tendríamos una tercera dentición, porque ahora el ser humano se rige por las circunstancias externas. En las circunstancias externas ocurre que el ser humano vuelve a asimilar lo extrahumano. Al orientarse según el modelo, se ha orientado por completo según el ser humano. Mientras el ser humano se oriente según el modelo, se orienta según algo heredado. Pero en su interior descansa, en realidad, aquello que se ha marchitado. Desde la separación del Sol está fuera, en realidad separado de la raíz de su existencia; se ha marchitado, se ha desolado. Por eso, en las fuerzas hereditarias residen la mayoría de las fuerzas patológicas, de modo que al orientarse según el modelo, el ser humano absorbe de hecho, una cantidad enorme de causas internas de enfermedad. Sin embargo, absorbe poco en el periodo anterior a la madurez sexual, porque se orienta hacia el mundo exterior; el clima y demás, todo lo que se encuentra en el aire exterior, es menos nocivo. El ser humano goza de buena salud entre los siete y los catorce años; después vuelve a comenzar el periodo en el que se vuelve vulnerable. Todas estas circunstancias deben observarse teniendo presente la imagen del ser humano. Si tiene presente la imagen del ser humano, entonces también meditará correctamente. Así podrá unir lo que aprende con lo que medita. De este modo, lo aprendido no se queda en teoría, sino que se convierte en práctica, porque pone de manifiesto la fuerza que se lo hace comprender. Eso es precisamente lo que tanto se necesita hoy en día. No se puede llegar a ninguna parte en medicina si se piensa una y otra vez que existe un avance tan lineal en el desarrollo. El ser humano está compuesto, en realidad, por corrientes de desarrollo discontinuas que transcurren de siete en siete años, y lo posterior siempre se vincula con lo anterior; no se trata de una continuación unidireccional, sino que siempre intervienen otras circunstancias. Una verdadera continuidad del desarrollo de este tipo, en la que lo anterior es siempre la causa de lo posterior, solo se encuentra en el reino mineral, en menor medida en el reino vegetal y, sobre todo, no en el reino humano.

Empiece por imaginarse las plantas correctamente. ¿Qué hace hoy en día el ser humano cuando se imagina las plantas correctamente? Ahí está el suelo. Ahora el ser humano se imagina que allí se planta la semilla y que de ahí crece la planta. Tiene la ingenuidad de limitarse a pensar: «Bueno, el hidrógeno es una molécula muy sencilla, formada por dos átomos». Se inventa todo tipo de cosas. El alcohol ya es una molécula más compleja. Ahí el carbono está unido al hidrógeno y al oxígeno, ahí ya tenemos algo más complejo. Ahora llegan, pues, las sustancias más complejas con las moléculas más complejas. Hubo una época, en los años ochenta y noventa, en la que se hacían tesis doctorales con títulos tan complicados que ocupaban dos o tres líneas. Ahí la molécula es increíblemente complicada. Ahora se vuelve aún más complicada. Luego se convierte en una semilla, un compuesto muy complicado. A continuación, de la semilla brota la planta. —Eso es una tontería. La formación de la semilla se basa en que la materia terrenal se desprende de toda estructura en el interior de la semilla y pasa al caos, se vuelve caótica, de modo que ya no encierra en sí misma las fuerzas de la materia. Entonces, cuando ya no existe ninguna estructura terrenal, desde el cosmos puede manifestarse plenamente lo que actúa. Se muestra dispuesto a reflejar lo cósmico, la estructura cósmica, en lo minúsculo, de modo que, en la formación de la semilla, la nada se impone frente a lo terrenal y lo cósmico actúa en la nada. Verán, la doctora Kolisko podría contarles una anécdota muy interesante que confirma precisamente esto. Durante los estudios sobre la función del bazo, tuvimos que utilizar conejos y extirparles el bazo. A pesar de ello, los conejos se encontraban perfectamente bien. Tampoco murieron a causa de la operación, sino mucho tiempo después, a causa de un resfriado. Se pudo observar claramente cómo se desenvolvían los conejos sin bazo. Cuando uno de los conejos murió, pudimos comprobar qué había sucedido con el bazo. Y he aquí que, en el lugar donde estaba el bazo, se pudo encontrar un tejido verdaderamente esférico. ¿Qué había sucedido allí? Habíamos extirpado el bazo físico del conejo; con ello, habíamos empujado artificialmente lo terrenal-sustancial hacia el caos, lo habíamos hecho accesible a las fuerzas cósmicas y surgió algo similar a la formación de la semilla. Surgió algo que se asemeja a la forma más primitiva de la formación de la semilla: es una imagen del cosmos. A través de esta vivisección tan inocente se ha confirmado algo importante, pues así se deduce de la observación de la ciencia espiritual.

Coge un cristal de cuarzo. Sí, es algo terrenal. Sí, ¿por qué es algo terrenal? El cristal de cuarzo es algo que mantiene su forma de manera pedante. El cuarzo debe su forma a una fuerza interna; y si lo rompe con un martillo, las distintas partes siguen teniendo la tendencia a ser pirámides hexagonales prismáticas, cerradas, pero hexagonales. Esa tendencia está ahí. No se puede eliminar esa tendencia del cuarzo, del mismo modo que no se puede eliminar la pedantería de algunas personas que son pedantes. Aunque atomices a una persona pedante, seguirá siendo pedante. El cuarzo no se deja llevar hasta el punto de que el cosmos pueda hacer algo con sus fuerzas. Por eso no está vivo. Si se pulverizara el cuarzo hasta tal punto que sus partículas ya no tuvieran la tendencia a orientarse según sus propias fuerzas, surgiría del cuarzo algo vivo y cósmico. Así ocurre en la formación de las semillas. Allí, la materia se expulsa hasta tal punto que el cosmos puede intervenir con sus fuerzas etéricas. Hay que contemplar el mundo como un entrar y salir continuo del caos. Lo que hay en el cuarzo también surgió en su día del cosmos, pero se ha quedado ahí, se ha vuelto ahrimánico. Ya no se expone a las fuerzas cósmicas. En cuanto entra en lo vivo, hay que atravesar el caos una y otra vez.

Así volverás a tener un punto de referencia para meditar desde el punto de vista médico. Obtendrás un punto de referencia que te permitirá imaginar la planta desarrollada, cómo crece allí, hoja a hoja, y así sucesivamente. Ahora llega el momento de la formación de semillas en el fruto; imagínate que, mientras normalmente te imaginas las plantas con semillas de forma luminosa, aquí todo se vuelve muy oscuro, muy tenebroso. Luego vuelve la luminosidad, al ser captada de nuevo desde el exterior. Así podrá volver a formarse una imagen imaginativa a partir de la vida vegetal; si tiene la conciencia de que «esto es la planta», entonces se trata de una meditación imaginativa. No debe hacerlo de forma intelectual, sino que debe permanecer en lo concreto y lo imaginativo. Lo intelectual solo sirve para representar en el pensamiento lo que uno sabe.

¿No es así? Puede, por ejemplo, escribir la palabra «niño». - Bueno, eso es una representación de una imagen mental. Bien. Cuando oye la palabra «niño», le viene a la mente la imagen de un niño. Pero si ahora te pones a decir: «Me gusta la I, la pongo al principio; me gusta la N, la pongo aquí; me gusta la Ñ, y así sucesivamente», puedes recomponer la palabra de otra manera, pero no saldrá nada diferente con lo que puedas hacer algo. Sin embargo, eso es lo que la gente hace constantemente con los conceptos. El concepto no es más que la palabra intelectual que designa la percepción. Las personas separan y combinan conceptos y piensan dentro del pensamiento. Lo hacen también cuando observan el mundo exterior. Superponen al pensamiento sobre la observación, y así es como el ser humano vive hoy al margen de la realidad. Esto es posible mientras se trabaje con la ciencia, que se sitúa al margen de la realidad, con la geometría y la aritmética. Pero si se quiere ejercer la medicina, no se puede estar fuera de la realidad; de lo contrario, también la práctica médica se sitúa fuera de la realidad.

Traducido por J.Luelmo

GA316 Dornach, 5 de enero de 1924 -El conocimiento exotérico y la forma de adquirirlo como base para la parte esotérica del curso

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

El conocimiento exotérico y la forma de adquirirlo como base para la parte esotérica del curso

Dornach, 5 de enero de 1924

Pues bien, queridos amigos, en las tres clases anteriores hemos intentado esbozar una especie de conocimiento que el médico debe adquirir como base, un conocimiento que solo ha podido esbozarse a grandes rasgos, tal y como ha sido posible en el poco tiempo disponible. Pero habrán podido comprobar que, si ahora quisiéramos ofrecer una exposición detallada de estas tres clases, se necesitaría mucho tiempo. Ese tiempo, por supuesto, estaría disponible en los estudios de medicina.

Los verdaderos estudios de medicina deberían estar estructurados de tal manera que los estudiantes dispusieran de un primer curso, —que durara al menos un año y, a ser posible, más tiempo—, en el que se adquiriesen esos conocimientos como base de la esencia de la medicina. No puedo ofrecerles más que una especie de descripción de cómo debería ser eso. Y por eso me gustaría que consideraran lo que hasta ahora les he impartido en tres clases, como una especie de boceto a carboncillo de lo que el médico debe asimilar. Me gustaría denominarlo la parte exotérica del conocimiento médico. A continuación, en los estudios de medicina debería seguir la parte esotérica del conocimiento médico, de la que ahora queremos hablar. Esta parte esotérica debe construirse sobre la base de la parte exotérica. Pero no deben desdeñar, en los estudios de medicina, el hecho de apropiarse primero, con toda seriedad, de la parte exotérica, en la medida en que sea posible conocerla. En la actualidad esto resulta difícil. Pero, como veremos en las siguientes clases, se puede lograr mucho precisamente en esta dirección, gracias a la creación en nuestra Escuela Superior de Dornach, de la Sección Médica. Y hoy ya existe la posibilidad de que lo que se insinúa en un breve esbozo se desarrolle a partir de numerosos detalles que se recogen en mis ciclos y escritos. Esto hasta ahora solo se ha llevado a cabo en una mínima parte y solo encontrará una ampliación acorde con la medicina antroposófica, cuando este trabajo que estoy preparando con la ayuda de la Dra. Wegman, se haga público en un futuro próximo. Entonces se verá que la antroposofía puede servir de inspiración para la medicina y los estudios médicos en general.

Pero deben tener claro que la carrera de Medicina es una carrera muy peculiar, que tiene unos requisitos muy especiales, una carrera en la que no se puede prescindir en absoluto de los resultados de las ciencias espirituales. No puede haber Medicina sin que en ella estén presentes los resultados de las ciencias espirituales. La situación caótica que aún nos encontramos en este ámbito se debe precisamente a que predominan una orientación académica y una línea de conocimiento que no son en absoluto adecuadas para el saber médico. La realidad actual es que disponemos de un conocimiento de las ciencias naturales, —también dentro del campo de la teología—, que solo es adecuado para fines técnicos, pero en modo alguno para el conocimiento relacionado con el ser humano. Para proporcionar conocimientos sobre el ser humano, no es adecuado. Porque, verán, el verdadero conocimiento médico requiere precisamente algo peculiar, y esto les quedará claro cuando hable de cómo surge realmente el ser humano.

Ayer ya hice hincapié sobre esto desde un punto de vista exotérico, y hoy, y en las siguientes clases, quiero dar el salto hacia lo esotérico: las sustancias externas son, en realidad, procesos. La sal no es más que el precipitado de procesos; los procesos del magnesio y del hierro son procesos que tienen lugar en la naturaleza. Los procesos del plomo y del mercurio son procesos que el ser humano no debe albergar en su interior, sino que tienen lugar en la naturaleza. Pero eso de que el ser humano no porta en su interior estos procesos, es solo aparente. ¿Cómo se forma el ser humano? En primer lugar, la estructura física se crea mediante la fecundación; esta estructura física debe unirse al cuerpo etérico del ser humano. Pero el cuerpo etérico del ser humano no surge inicialmente por medio de la fecundación, sino que se forma en torno a aquello que más tarde se convertirá en la organización del yo y la organización astral, en torno a lo espiritual-anímico que desciende de los mundos espirituales y que ya existía en la vida preterrenal. Nos encontramos, pues, ante el núcleo auténtico del ser humano, es decir, lo espiritual-anímico, que está presente, en primer lugar desde encarnaciones anteriores y que, en segundo lugar, sigue estando presente desde el periodo comprendido entre la muerte y el nuevo nacimiento, mucho antes de que se produzca la fecundación. Este núcleo espiritual-anímico del ser humano, antes de establecer una conexión con lo que surge como célula germinal física a raíz de la fecundación, forma en primer lugar el cuerpo etérico. Y aquello que se une a lo que está predispuesto en el embrión físico, —el yo, la organización astral, la organización etérica—, esta tríada se une a lo que surge de la fecundación física. Deben considerar el cuerpo etérico como algo que se forma a partir del cosmos. Ahora bien, este cuerpo etérico, que se forma a partir del cosmos, en el momento en que se une por primera vez a la organización física, contiene en sí mismo, las fuerzas que luego no se aplican a la organización física: las fuerzas del plomo y las del estaño. Solo es aparente que el ser humano no sea un microcosmos por el hecho de no contener ciertas sustancias. Las sustancias que el ser humano no posee en su cuerpo físico son las más importantes para la constitución del cuerpo etérico, de modo que en el cuerpo etérico, antes de que se una al cuerpo físico, tienen lugar, de hecho, procesos relacionados con el plomo, el estaño, el mercurio, etc.

Luego, el cuerpo etérico se une al cuerpo físico. Las demás partes, por supuesto, también. Y, en menor medida durante la etapa embrionaria, pero en mayor medida cuando comienza la respiración, es decir, en el momento del nacimiento, cuando se inicia la verdadera respiración externa, ocurre lo siguiente: Entonces, todas las fuerzas que el cuerpo etérico obtenía de las sustancias no ancladas en el cuerpo físico, pasan al cuerpo astral, y el cuerpo etérico adopta aquellas formas de fuerza que el cuerpo físico procesa en su interior. Así pues, el cuerpo etérico experimenta una metamorfosis muy significativa: la metamorfosis por la cual asume el contenido y la constitución del cuerpo físico, y cede su propia constitución, —su relación con el entorno del ser humano—, al cuerpo astral. El cuerpo astral está ahora íntimamente relacionado con lo que el ser humano puede conocer. Y en el momento, queridos amigos, en que empiecen a asimilar no solo conocimientos médicos teóricos, sino también reales y asimilados interiormente, en ese momento darán vida en su interior a aquellos contenidos que el cuerpo astral ya posee, que simplemente permanecen en el inconsciente y que representan las relaciones con el entorno.

Quiero poner un caso concreto. Tomemos, por ejemplo, una zona geográfica que se caracteriza por su melancolía, y ello se debe a que el sustrato, según la constitución actual de la Tierra, es de gneis, y en el gneis hay mica, un mineral que ustedes conocen. En primer lugar, la mica ejerce una influencia muy fuerte sobre la constitución física local que tiene una persona en una zona determinada. El cuerpo físico de una persona cambia si nace en una zona donde hay mucha mica. Lo que actúa sobre el cuerpo físico desde el suelo, desde la tierra, es la mica. Ahora bien, observarán que precisamente en las zonas donde hay mucha mica crece mucho rododendro. La planta se encuentra con frecuencia en los Alpes y en Siberia, entre otros lugares. La sustancia del rododendro es aquello que está íntimamente relacionado con el cuerpo etérico antes de que este se incorpore al cuerpo físico en tales zonas. El cuerpo etérico transmite esta afinidad con el rododendro al cuerpo astral. Y cuando en una zona de este tipo surgen enfermedades que se deben precisamente a un efecto preponderante de la mica a través de las aguas subterráneas entre los habitantes, el cuerpo etérico ha transmitido al cuerpo astral aquello que ha recibido del rododendro. Esto se encuentra ahora en el exterior, en la planta del rododendro. De ahí se deduce que en la planta del rododendro hay una savia que es curativa para esta enfermedad. De ello se deriva que, en muchos casos, —aunque no en todos—, el remedio se encuentre en las zonas en las que se producen enfermedades específicas, como remedio específico.

Ahora bien, deben ustedes tener en cuenta lo siguiente: cada noche, cuando se duermen, si son ustedes médicos, se sumergen con su cuerpo astral en el entorno que antes estaba relacionado con el cuerpo etérico y que ahora está relacionado con el cuerpo astral. Si ustedes adquieren conocimientos médicos y saben cuáles son las fuerzas curativas en el entorno humano, experimentarán continuamente el poder curativo mientras duermen. Aún estando dormidos, siguen experimentando la confirmación de aquello que pueden aprender en el exterior a través de la dialéctica. Y esto hay que tenerlo en cuenta en los estudios de medicina, porque todo aprendizaje dialéctico externo de la medicina no sirve de nada, nunca sirve. Se produce una disociación, se genera desorden, si no puede tener lugar cada vez durante el estado dormido la confirmación necesaria dentro del cuerpo astral y del entorno. Porque, si los estudios de medicina no se adquieren de tal manera que el cuerpo astral, en su diálogo con el entorno, pueda dar el «sí» al médico respecto a lo que ha aprendido, es exactamente como si escuchara algo que no puede comprender, que solo le confunde, de modo que, de hecho, el conocimiento médico está íntimamente relacionado con aquello que, en la vida del ser humano, le conduce al estado dormido. Y verán, es realmente así: precisamente de estas cosas debe surgir la convicción de que los estudios de medicina deben adquirirse a través del ser humano en su totalidad, y concretamente a través del ser humano vivo y sensible. Porque en este contacto nocturno con los ingredientes curativos, surge algo más que nunca puede adquirirse mediante la dialéctica: el impulso de prestar una ayuda real. Sin ese impulso, sin el sentimiento del médico, sin esa conexión con la persona a la que debe curar, sin ese impulso de ayudar personalmente, en el fondo no hay curación.

Verán, tengo que decirles algo que quizá les resulte muy extraño y paradójico, pero, dado que quieren aprender qué es lo que falta hoy en día y qué es lo que debe venir, también tengo que decir esto, pues desde Dornach trabajamos a partir de impulsos esotéricos. Verán, a menudo me han dicho que podría ocurrir que los medicamentos que fabricamos, —les parecerá paradójico, pero hay cosas que deben aceptar como paradójicas—; que habría que custodiar cuidadosamente los medicamentos que producimos en el laboratorio farmacéutico para que no puedan ser imitados. Una vez respondí a eso diciendo que, en realidad, no tengo tanto miedo a las imitaciones si logramos introducir impulsos verdaderamente esotéricos en nuestra corriente. Entonces se comprenderá que los productos se fabrican con un trasfondo esotérico, que no es lo mismo que se fabriquen aquí con todo lo que hay detrás de lo esotérico, con lo que se aporta, o que los imite cualquier fábrica. Puede que esto les parezca paradójico, pero es así. Precisamente es necesario, —mucho más que el hecho de que algo se consiga mediante elementos externos o artimañas comerciales—, que surja un cierto ambiente que realmente apunte a lo siguiente: hay algo detrás que hace que las cosas tengan propiedades curativas procedentes de lo espiritual. Esto no es superstición, es algo que, como verán más adelante, puede fundamentarse de manera estrictamente científica desde el punto de vista de las ciencias humanas. Por eso, las personas sensatas llegarán a la conclusión de que, al tomar los remedios que aquí se elaboran, ya se está dando el primer paso hacia lo que realmente hay que hacer.

Las objeciones de este tipo que ya se me han planteado pueden deberse a que hoy en día la gente no tiene ni idea de que, precisamente en el ámbito de la medicina, hay que tomarse mucho más en serio lo que es la vida esotérica y espiritual. Si, ante todo, comprenden esto, verán ya cómo debería crearse aquí, de forma realmente real —y no solo formal, como suele ocurrir—, una escuela superior, un centro de formación para los estudios de medicina. Ahora bien, también comprenderán que al primer curso exotérico de medicina debe seguir, ante todo, un segundo curso que se acerque al ser humano de la manera más eminentemente esotérica, que integre el conocimiento médico en aquello que en el ser humano se convierte en actitud, en actitud médica.

Sin duda, instintivamente siempre ha habido algunas personalidades que han buscado esa mentalidad médica. Y en el último tercio del siglo XIX, cuando en realidad había tan poco de lo que pudiera generar esa mentalidad médica, solo se podía observar, en algunas personalidades que entonces se consideraban excéntricas, cómo se había generado, de forma esporádica, esa mentalidad médica. En el fondo, la reputación de la escuela médica vienesa, con la que, en realidad, crecí, se había fortalecido tanto que esta escuela médica vienesa se basó esencialmente en aquella parte de la medicina en la que la terapia tiene menor importancia, a saber, la neumonía, donde menos se puede atender la enfermedad central, lo terapéutico. De ahí surgió lo que seguramente ya habrán oído mencionar: el llamado «nihilismo». Precisamente los médicos vieneses más destacados defendieron de forma totalmente consciente el nihilismo médico, es decir, partían del punto de vista de que «¡ningún remedio cura en absoluto!». En cierto sentido, Virchow también compartía este punto de vista. Su postura era la siguiente: de cada cien pacientes supuestamente curados, cabe suponer que, en el 50 % de los casos, habría sido totalmente irrelevante si se les hubiera administrado el medicamento, ya que se habrían recuperado incluso sin él. Y en el 30 % de los casos, se puede afirmar que el medicamento les causó un daño directo. En cuanto al resto, a veces puede haber sido el azar lo que hizo que precisamente los remedios que se eligieron y seleccionaron resultaran eficaces. —No lo digo yo, sino Virchow, que fue una figura destacada de la medicina del siglo pasado, quien lo afirmó. Aún hoy conozco a personalidades ilustres que defienden esta opinión con firmeza, a pesar de que quizá sean precisamente defensores de la terapia. En ello no hay precisamente una actitud médica, pero esta tampoco puede ser algo de lo que se hable meramente como una formalidad. Debe generarse en la realidad, y para ello se requiere precisamente ese aspecto humano, en el segundo curso, que debe construirse sobre lo exotérico. Para ello se necesita ese aspecto humano que actúa tal y como, aunque de forma degenerada, pero aún así, —diría yo—, a veces de manera magnífica y encantadora, estaba presente en una personalidad como la de Paracelso. Es cierto que se le pueden reprochar muchas cosas en uno u otro aspecto. Pero esta mentalidad médica estaba presente en él de manera magnífica. Siempre sabía que, cuando llegaba a una zona donde el «Rotliegende» resultaba repulsivo al salir a la superficie como tierra, una serie de enfermedades se debían simplemente a ello, —en concreto, enfermedades derivadas de afecciones de la sangre—, a que el suelo contenía «Rotliegende». La evolución del proceso patológico es muy característica. Cuando se llega a una zona con abundante «Rotliegendes», se observa que la población local se ha acostumbrado a él y, simplemente por su temperamento, muestra ciertas peculiaridades. Se observa que estas personas tienen una actividad del bazo muy intensa. Y cuando uno llega como forastero a esta zona, encuentra muy poco afecto; la gente es terriblemente testaruda, dogmática, ingenua; te consideran tonto si consideras que algunas de las cosas que hacen son una tontería. Sí, así es, la gente se acostumbra al Rotliegende. Pero cuando llega un forastero que quiere montar un negocio, no tolera el Rotliegende, sobre todo el agua. Empieza a presentar ciertos síntomas de enfermedad. Paracelso afirma que esas enfermedades que se originan allí se transmiten también a las personas que las padecen. Paracelso dijo: «Seguramente debe haber algo en el ámbito del cuerpo etérico; él lo llamó “Archeo”. Seguramente el Archeo debió de pasar por algo antes de entrar en el embrión». Ahora bien, siempre se observa que en esas zonas crece maravillosamente la acacia. Es muy fácil encontrar en la acacia, en las flores, en las hojas y, en determinadas circunstancias, también en las raíces, un jugo que puede constituir un remedio muy eficaz, dependiendo de la constitución de cada persona.

Se trata de que, gracias a esta mentalidad médica, se adquiere una visión de la naturaleza completamente diferente. Y así fue como —por aquel entonces yo aún era un niño— conocí a un médico. A menudo se le veía en los prados, en los campos y en las labranzas, donde se dedicaba a observar las plantas, las flores, los insectos y demás. En la zona donde ejercía como médico sin pretensiones vivían tres o cuatro eminencias. Se puede decir que la labor de este médico sin pretensiones, que tanto amaba las flores de los prados, resultaba mucho más fructífera para los enfermos que la de los médicos del Estado y las demás eminencias. Porque ellos obtenían su sabiduría de la escuela y de todo lo que se relacionaba con ella. Él, en cambio, obtenía realmente su sabiduría sobre los remedios del contacto directo con la naturaleza, lo cual, sin embargo, solo conduce al conocimiento médico si se es capaz de amar la naturaleza también en sus detalles. Ya no se la ama cuando se la observa bajo el microscopio. Hay que amarla, hay que ser capaz de observarla a simple vista. Verán, ahí se les señala lo necesario que es llevar a la vida consciente del cuerpo astral, precisamente para el conocimiento médico, y hacerlo de forma adecuada. Ahora bien, no pretendo en absoluto resucitar ante ustedes viejos temas médicos que ya han quedado obsoletos, sino solo decir aquello que se desprende de la observación directa del presente. Pero, dado que el lenguaje actual —incluida la terminología médica— carece de expresiones adecuadas, no queda más remedio que recurrir a una terminología que se ha transmitido de generación en generación. De lo contrario, habría que inventar una terminología. Quizá sería más conveniente para la difusión de nuestras ideas inventar una. Pero entonces tendríamos que dedicar años al estudio de esa terminología. Y como ustedes ya quieren escucharla, utilizaré las expresiones antiguas con algunas variaciones.

Por eso es bueno que, en primer lugar, nos fijemos en el mundo vegetal, no tanto porque yo pretenda recomendar los remedios a base de plantas de forma universal, sino porque se puede aprender mucho de ellos y, sobre todo, se puede obtener un beneficio inmenso para la profundización esotérica. Ahora bien, para la tradición médica es de fundamental importancia que se tengan en cuenta tres aspectos, pero no tal y como los consideramos hoy en día con nuestros conocimientos y habilidades comunes, sino de una manera diferente.

Si hoy un estudiante ha aprendido algo, lo sabe, y entonces piensa: «Qué bien, lo sé y puedo aplicarlo». - Sin embargo, la persona que es piadosa y religiosa aprende el «Padre Nuestro», también lo sabe, pero no piensa que basta con saberlo, sino que lo reza cada día; lo que sabe, lo reza a diario. Deja que lo que sabe recorra su alma cada día. Esa es una concepción totalmente diferente del asunto, es algo completamente distinto. O tomemos como ejemplo a un iniciado. De él se da por sentado, sin duda, que conoce los elementos del conocimiento oculto. A él no le importa en absoluto que los conozca, que los haya asimilado en su momento; para él es mucho más importante que, de vez en cuando, deje que los elementos más básicos y los siguientes fluyan con fe a través de su alma, de modo que pueda recibir en ella fuerzas impulsoras siempre nuevas. La persona con inclinación religiosa tiene experiencias muy diferentes a las de quien solo ve en la naturaleza algo que se asimila en el mundo físico. Debemos reencontrarnos una y otra vez en el ritmo de la naturaleza si queremos adquirir un conocimiento vivo y no muerto. El conocimiento, la actividad cognitiva, debe repetirse una y otra vez de forma rítmica. A eso me refiero cuando digo que la actitud médica debe servir de base para el conocimiento médico. Adquirir conocimiento médico a partir de la naturaleza del ser humano y de su entorno es especialmente importante en la relación terapéutica. Por eso es de suma importancia que se den cuenta de cómo hacen que la planta renazca una y otra vez en su alma.

Hay tres aspectos de la planta que revisten especial importancia. Uno de ellos —que destaca de manera muy particular en ciertas plantas— es el aroma de la planta, relacionado con los aceites esenciales que contiene. El aroma de la planta es lo que atrae a ciertos espíritus elementales que desean descenderse a las plantas. Y dado que lo que subyace al aroma —en la actividad, no en la sustancia— se encuentra en su forma más concentrada en el ámbito mineral, concretamente en el azufre, se puede decir, siguiendo la medicina antigua, que ese extracto espiritual de la planta, activo en su aroma, que despierta una especie de anhelo en los espíritus elementales que descienden atraídos por el aroma, a eso se le puede llamar el «azufrado» de la planta. Se puede decir que, ya solo al observar el «azufrado» de las plantas, se adquiere una comprensión correcta del aroma de las plantas, cuando se reconoce que allí tiene lugar un proceso espiritual, tanto en lo alto como en lo bajo, a través del cual la planta desprende su aroma. Esto es lo primero.

Una segunda cosa, que se adquiere, es una sensibilidad interior hacia lo que crece en la hoja. Se tienen tantas oportunidades de relacionar las flores con el aroma de las plantas, y las hojas con la forma de las plantas. Las hojas tienen formas muy variadas: dentadas, suaves, puntiagudas, romas, articuladas, etcétera. ¿No es así? Para ello hay que adquirir una sensibilidad sutil hacia ese carácter foliar de la planta, pues con ello cobran vida aquellas entidades espirituales que descienden a través del aroma. Y en ello resplandece desde la periferia del cosmos, por todas partes, el afán de dar forma de gota. Verán, hay algo que les permite adquirir un maravilloso sentimiento por aquello que, en realidad, forma parte del cosmos y está contenido en las hojas: si simplemente desarrollan amor por contemplar las hojas, cuando por la mañana las plantas están salpicadas de brillantes gotas de rocío. Porque estas gotas de rocío, en su esencia, reflejan sencillamente el afán de la periferia, del cosmos, por generar en lo vegetal lo esférico, lo que tiene forma de gota. Es la gota la que subyace por completo a todo lo frondoso de la planta. Y si en la planta solo actuara espiritualmente lo periférico, lo cósmico, la planta siempre adoptaría esta forma esférica. Se observa que en las plantas lo esférico aparece especialmente cuando lo cósmico toma la delantera, en la formación de algunas bayas y demás, también en la formación de algunas hojas, pero esta formación de gotas es inmediatamente aprovechada por las fuerzas terrestres.

La gota se extiende en todas las direcciones posibles, dando lugar a las formas más variadas. Esta tendencia a adoptar la forma de gota se encuentra concentrada, en su forma mineral, en el mercurio. Por eso, en la medicina antigua se denominaba «mercurial» a esta tendencia a adoptar la forma de gota. En la medicina antigua, Mercurio no era el mercurio, sino la tendencia a adoptar la forma de gota, la tendencia dinámica hacia la gota. Allí donde existe la tendencia a adoptar la forma de gota, allí está lo «mercurial». El mercurio es el metal que en la Tierra tiene forma de gota, porque allí se dan las condiciones para ello. El mercurio tiene en la Tierra la forma que tiene la plata en la Luna, donde también debería presentarse en forma de gota. Se trata de que la medicina antigua denominaba «mercurio» a todo lo que tenía forma de gota. Para los médicos de la antigüedad, todos los metales eran también mercurio. Esto es precisamente lo que hay que tener en cuenta: que la medicina antigua se basaba en lo móvil, en lo vivo. Tendremos que volver a ese carácter móvil y vivo. Entonces deberá llegar a comprender que se siente tan atraído por lo móvil, lo vivo, que se dice a sí mismo: «Cuando por la mañana recorro los pasillos y veo las perlas plateadas del rocío sobre las hojas, esas perlas plateadas del rocío me revelan lo que vive en el espíritu de las propias hojas: la aspiración hacia la forma esférica cósmica». - Pero esto hay que sentirlo para poder comprender la planta. Deben aprender a comprenderla en su forma esférica. Aprendan entonces a comprender la planta de tal manera que establezcan una relación con su aspiración hacia la forma de gota, y luego, ascendiendo a través de lo perfumado, alcanzarán poco a poco una comprensión sutil de todo aquello que actúa de forma centrífuga en el ser humano. Actúan fuerzas centrífugas cuando el ser humano puede cortarse las uñas. Han vuelto a crecer: se trata de fuerzas centrífugas que atraviesan al ser humano. Durante los primeros siete años, las fuerzas que culminan con la aparición de los dientes definitivos fluyen continuamente de forma centrífuga a través del ser humano. Se manifiestan sobre todo en la sudoración. Aquello que en el aroma de las plantas se eleva hacia arriba y atrae allí a los espíritus de la naturaleza, también vive en el aroma del sudor, que tiene una dirección centrífuga, de modo que, de hecho, si quieren buscar lo vegetal en el ser humano, deben dirigir la mirada hacia allí y suponerlo en su profundo anhelo de ascender. De este modo, se obtiene una comprensión profunda e íntima de la relación entre lo que hay en el exterior y lo que hay en el ser humano. Porque, verán, cuando el cuerpo etérico cede sus características al cuerpo astral, todo el proceso se invierte. El cuerpo etérico desea desarrollar hacia arriba aquello que toma del entorno. Al cederlo al cuerpo astral, se desarrolla de forma centrífuga hacia el exterior [¿hacia abajo?], de modo que el ser humano, de hecho, lleva en su interior, en esa dirección, lo que se convertirá en vegetal.

Observen cómo la planta se hunde en el suelo con su raíz, cómo establece con ella una conexión íntima con las sales del suelo en el sentido más amplio. Allí tiene lugar un proceso que es exactamente opuesto al fenómeno que acompaña a los procesos sensoriales, que son los procesos salinos. Tomen sal de cocina, que en solución tiene sabor salado, e imaginen este proceso invertido polarmente, es decir, que se anula la disolución, se produce una aglutinación y el olor y el sabor se vuelven latentes. Entonces tendrá el proceso que tiene lugar entre el suelo y la raíz de la planta. Eso es lo que en la medicina antigua se denomina «proceso salino». La medicina tradicional no se refería a la sal tal y como se la conoce hoy en día —es decir, la sal de carbonato de sodio y demás—, sino a aquella sal que, en la planta y en la raíz que se estrecha hacia abajo, establece una unión con las sustancias de la tierra. Eso es lo salino.

Al dirigir de forma rítmica y continuada su atención hacia estos maravillosos misterios de la naturaleza, usted da vida, en la práctica, a sus conocimientos médicos. Es decir, si intenta de esta manera dar vida a sus conocimientos médicos, comenzará a observar la naturaleza y al ser humano de tal forma que la curación surja del fuerte impulso de ayudar del que les he hablado anteriormente. En verdad, solo puede surgir de una base así, incluso de forma muy concreta. Esto debe estimularse de manera concreta mediante un aprendizaje exotérico, diligente, ambicioso y activo; de lo contrario, solo se harán cosas confusas. Pero es necesario saber que, de hecho, la verdadera base del conocimiento médico reside precisamente en esta inmersión rítmica en el entorno natural del ser humano, no en el aprendizaje médico teórico, sino en lo que acabo de intentar caracterizar y que ustedes pueden vivir rítmicamente.

Lo que ahora escribo en la pizarra «1» no es para que lo sepáis, sino para que estimule en vosotros, una y otra vez, esa revitalización de vuestro sentido médico. Es algo así:

Vosotros, espíritus sanadores,
Vosotros os unís
A la bendición del azufre
Del aroma del éter;
Vosotros os revitalizáis
En el ascenso del Mercurio
hacia la gota de rocío
de lo que crece,
de lo que se está formando.
Vosotros os detenéis
en la sal de la tierra
que nutre la raíz
en el suelo.

Esto es, en cierto modo, lo que el alma adquiere al contemplar el entorno, despertando el sentido interior para lo que la rodea. El ser humano puede entonces responder:

Quiero unir el saber de mi alma
al fuego
del aroma de las flores;
Quiero avivar la vida de mi alma
con la gota centelleante
de la mañana entre las hojas;
Quiero fortalecer el ser de mi alma
con la sal que endurece,
con la que la tierra
cuida con esmero la raíz.

Pues bien, queridos amigos, lo que se puede adquirir al interiorizar esto una y otra, tal y como hacen los piadosos con la oración, es precisamente lo que despierta en el alma aquellas fuerzas que pueden actuar de forma curativa. Porque las fuerzas habituales que hoy en día se utilizan en la escuela no pueden despertar el conocimiento médico. Este debe extraerse primero del alma. Por eso siempre pongo al principio de las reflexiones esotéricas que queremos cultivar lo siguiente: cómo hay que pensar que las fuerzas del alma deben avivarse primero para que se active en el alma aquello que puede conducir al conocimiento médico.

Traducido por J.Luelmo

GA316 Dornach, 3 de enero de 1924 El «yo» y la forma terrenal. El «yo» y la muerte

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

El «yo» y la forma terrenal. El «yo» y la muerte

Dornach, 3 de enero de 1924

¡Queridos amigos! Ya que al fin y al cabo vamos a aprovechar esas ocho lecciones o  charlas, puedo ir un poco más despacio de lo que habríamos ido si hubiéramos tenido que apresurarnos. Sin duda, eso redundará en beneficio del asunto.

Hoy me gustaría, en cierto modo, continuar con el tema de ayer hablándoles de las particularidades de cada uno de los miembros del ser humano. Como saben, ayer les señalé que solo podemos considerar al ser humano en su totalidad, destacando en él, el cuerpo físico, pero relacionándolo de forma directa con todo aquello que en el ser humano puede representarse con contornos definidos. Luego tenemos lo que me gustaría llamar el organismo líquido. Este organismo líquido está impregnado, atravesado por las fuerzas del cuerpo etérico, las cuales, sin embargo, se unen al cuerpo físico como componentes originarios. Por tanto, este ser humano líquido, está impregnado de las fuerzas etéricas. Esas fuerzas son las que actúan de forma periférica, las fuerzas que actúan desde todas partes. Luego tenemos el cuerpo astral, al que debemos considerar de tal manera que no podemos limitarnos a una visión espacial, sino que debemos tener claro que debemos considerar el cuerpo astral de forma puramente cualitativa, ya que una visión cuantitativa no nos aporta absolutamente nada. Debemos imaginárnoslo realmente situado en un mundo que no es el mundo espacial tal y como lo conocemos a primera vista, sino que se encuentra fuera de ese mundo espacial.

Y en el caso de la organización del «yo», debemos tenerlo en cuenta con mayor razón. Ahora bien, la cuestión resultará más clara si partimos directamente de la organización del «yo». ¿En qué consiste esta organización del «yo»? En el mundo físico, esta organización del «yo» se percibe en la forma del cuerpo físico. Por supuesto, en el mundo físico solo puede percibirse en la forma interna y externa del cuerpo físico. Pero si observamos el cuerpo físico del ser humano, debemos tener claro que, tal y como se presenta como cuerpo físico en el mundo físico, no tiene nada en común con las fuerzas que actúan en el mundo físico. Porque en el instante en que el ser humano atraviesa la puerta de la muerte, —es decir, cuando la organización del «yo» abandona el cuerpo físico—, se produce para el cuerpo físico el hecho de que comienza a sucumbir a las fuerzas del mundo exterior, lo que significa que se destruye, no que se construye. Si tienen en cuenta que el cuerpo físico es destruido por las fuerzas que se encuentran en la naturaleza exterior, comprenderán sin lugar a dudas que, en su configuración, el cuerpo humano no puede sucumbir de ningún modo a las fuerzas del mundo físico. Así pues, cuando la organización del «yo» configura y da forma al cuerpo físico, esto significa que lo arranca de las fuerzas que, de otro modo, se encontrarían en el entorno terrenal del ser humano.

En otras palabras, la organización del «yo» es algo completamente distinto de lo que encontramos en el mundo físico. Ahora bien, esta organización del «yo» está sin duda relacionada, verdaderamente relacionada con la muerte. Es decir, aquello que nos ocurre cuando de repente se produce la muerte, también está teniendo lugar de forma continua y constante a lo largo de la vida terrenal, por medio de la organización del «yo». En realidad, el ser humano muere continuamente, solo que esta muerte se ve compensada. Para que se hagan una idea del asunto, imagínense, por ejemplo, que se enfrentan a un problema inverso al de Penélope. Imagínense que cada día se dedican a retirar un montón de tierra que hay cerca de su casa y que, por la noche, cuando ustedes no están, alguien vuelve a amontonarlo allí; y mientras dicho montón de tierra se pueda amontonar, ustedes no tendrán mas remedio que seguir retirándolo. Pero, en cuanto ese montón de tierra empiece a hacerse cada vez más pequeño gracias a la acción de quien lo amontona, hasta que finalmente desaparezca por completo, ya no tendrán nada que ver con él. Así es, más o menos, la organización del «yo» en su relación con el cuerpo físico. Piénsenlo: cuando alimentan el cuerpo físico, le aportan sustancias procedentes del entorno terrenal. Estas sustancias que le aportan tienen sus propias fuerzas internas, tienen una determinada configuración de fuerzas, y así, por ejemplo, cuando ingieren sal de cocina como complemento de la alimentación, esta sal, al proceder del exterior, posee inicialmente el mismo impulso de actividad interna que tiene en el exterior como sal de cocina, Sin embargo, ya desde la boca se la empiezan a privar de esas propiedades y luego se le van quitando cada vez más, de modo que, al final, cuando la organización del yo ha actuado lo suficiente, en el interior del ser, ya no queda nada de la sal de cocina tal y como era cuando estaba en el exterior. La sal de cocina se ha convertido en algo completamente distinto. Precisamente la actividad de la organización del «yo», consiste en transformar los alimentos que uno ingiere. Cuando en el cuerpo físico, ya no se tenga la posibilidad de ingerir alimentos, el «yo» ya no tendrá ninguna función, del mismo modo que ustedes ya no tienen ninguna función cuando nadie vuelve a amontonar tierra delante de su casa. Entonces, precisamente debido a la incapacidad de ingerir alimento, se produce para el yo la imposibilidad de actuar en el cuerpo físico a partir de las condiciones térmicas. Se puede decir que aquello que provoca la imposibilidad de transformar las sustancias externas de tal manera que ya no tengan nada de lo que tienen dichas sustancias externas, sino que estén por completo al servicio de la organización del yo, provoca la muerte.

¿Qué hace realmente la organización del «yo» con el cuerpo físico? Lo destruye continuadamente; hace lo mismo que hace la muerte, solo que debido al hecho de que el cuerpo físico es capaz de absorber sustancias externas como alimento, este efecto se ve compensado siempre, de modo que entre la organización del «yo» y la alimentación se da una polaridad opuesta. Pero para el ser humano, la organización del «yo» significa exactamente lo mismo, en cierto modo resumido, que lo que significa la muerte definitiva, solo que en una actividad continuada y constante. Debido a su organización del «yo»,  uno se va muriendo de modo constante; es decir, va destruyendo su cuerpo físico desde dentro, mientras que, por el contrario, cuando pasa por la muerte, es la naturaleza exterior quien destruye su cuerpo físico desde fuera. El cuerpo físico es susceptible de destrucción en dos direcciones diferentes, y la organización del yo es simplemente la suma de las fuerzas destructoras hacia el interior. Se podría decir que la organización del yo tiene la tarea de provocar la muerte, —ya veremos más adelante por qué es así—, pero, en un primer momento, nos parece realmente que esta organización del yo, no tiene otra función, que la de provocar continuamenteen el ser humano la muerte, lo cual solo se evita gracias a que se produce un nuevo aporte, y esta actividad de provocar la muerte siempre acaba de comenzar, de modo que tenemos: la organización del «yo» es, en realidad, cualitativamente idéntica a la muerte, y la organización física es, en realidad, idéntica a la alimentación. Esto es lo que hay que esbozar en un primer momento; lo discutiremos con más detalle más adelante.


Estos dos procesos, que actúan en el ser humano como procesos polares, albergan entre sí el cuerpo etérico y el cuerpo astral. Entre la organización del «yo» y el organismo físico se encuentran los cuerpos astral y etérico. Verán, el cuerpo astral solo actúa directamente sobre la parte gaseosa del organismo humano y, desde allí, de forma indirecta a través del cuerpo etérico, sobre el organismo líquido y el organismo nutritivo o físico. En cada órgano humano concreto se produce una interacción entre el organismo etérico y el astral. Si se observa la acción del organismo etérico sobre cualquier órgano, se aprecia que dicha acción consiste en que el órgano recibe de este organismo etérico una vida que brota y florece. Todo lo que existe como fuerza vital en un órgano concreto o en el organismo proviene del organismo etérico.

Si se observa el organismo astral, en todo momento se aprecia que este organismo astral tiene la tendencia constante de paralizar el crecimiento, la vida que brota y florece; paralizarla pero no matarla. La organización del «yo» tiene la tendencia a matar el organismo y los órganos individuales continuamente, y a ello debe oponerse aquello que, al igual que la sustancia nutritiva absorbida del exterior, actúa como un estímulo que, en realidad, vivifica continuamente los órganos, algo que es especialmente activo en la infancia y la juventud del ser humano.

A los impulsos etéricos se opone la actividad del cuerpo astral, que, en realidad, inhibe continuamente la actividad etérica. Imaginen que en su organismo solo hubiera actividad etérica, vida que brota y germina: nunca llegarían a tener una vida anímica, nunca podrían desarrollar una conciencia. Tendrían que vegetar en una existencia vegetal. Todo quiere crecer, brotar, florecer, pero con el mero hecho de crecer, brotar y florecer, no se desarrolla la conciencia. Para que ésta se desarrolle, es necesario que se paralice la vida etérica, ese continuo brotar y florecer. Y con ello, en un órgano que se ve frenado, ya tenemos, en la vida humana normal, en realidad, el comienzo continuo de la enfermedad. Uno no puede desarrollar una conciencia en su interior sin desarrollar al mismo tiempo, de forma continua, la tendencia a la enfermedad. Porque si uno solo pretendiera estar sano, podría estarlo, pero a costa de vegetar. Si quieren desarrollar una vida anímica, si quieren alcanzar la conciencia, primero deben pasar por la fase de vegetación, pero eso si, luego deben ustedes atenuarla. Y así es como se contraponen de forma polar, -aunque no con tanta intensidad como el organismo físico y la organización del yo, sino en un sentido atenuado-, el organismo etérico y el astral, debiendo el organismo astral atenuar continuamente aquello que es provocado por el organismo etérico. Por eso, lo que el organismo astral hace día tras día en la vida del ser humano es, en realidad, una tendencia constante hacia la enfermedad. Lo que hace el organismo etérico es rebosar salud. Y por eso se puede decir, del mismo modo que se puede afirmar de manera abstracta que el ser humano está compuesto por el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y la organización del yo, que el ser humano está compuesto por los procesos de nutrición, por los procesos de curación que brotan y florecen, por los procesos de enfermedad que actúan continuamente en su interior, y de lo que es una muerte continua, que se frena una y otra vez, hasta que, por así decirlo, los procesos de muerte se suman, formándose una especie de integral de ellos y se produce la muerte.

Tomemos este organismo astral, que tiene la tendencia constante a provocar de alguna manera la enfermedad en el ser humano, ya sea en un órgano concreto o en su conjunto. Sí, basta, por supuesto, con que practiquen una introspección verdaderamente sana para darse cuenta de que así es, pues si no existiera este organismo astral, no podría surgir ningún sentimiento en ustedes. Imagínense esto: el organismo etérico está ahí, desarrollándo la vida; el organismo astral está ahí, paralizándola. Ahora bien, en la vida despierta, —ya hablaré más adelante del dormir—, debe producirse un vaivén continuo, en un equilibrio inestable, entre lo etérico y lo astral. Gracias a ello, el ser humano siente. Si ese vaivén no existiera no sentiríamos nada. Pero imaginen ahora que la actividad astral no es contrarrestada de inmediato por la actividad etérica. Cuando se contrarresta, es decir, cuando en el status nascendi lo astral es rechazado de inmediato por la actividad etérica, surge el sentimiento normal. Veremos en el plano físico cómo se relacionado esto con la actividad glandular. Pero si la organización astral se vuelve más poderosa, de modo que el órgano no puede contrarrestarla lo suficiente mediante su actividad etérica, entonces el órgano queda demasiado dominado por la actividad astral y, en lugar de que se produzca un vaivén, se produce una deformación del órgano, y, simplemente debido al hecho de que el cuerpo astral inhibe más allá de lo que le corresponde, —es decir, de lo que se reequilibra en el status nascendi—, la causa de la enfermedad se encuentra en el cuerpo astral. De hecho, la enfermedad está tan relacionada con los sentimientos que podemos afirmar que la vida emocional del ser humano no es más que el reflejo anímico de la vida de la enfermedad. Si se produce un vaivén a lo largo del tiempo, la vida emocional se basa siempre, en su inicio, en su status nascendi, en el momento de su surgimiento, en el mismo proceso que, cuando lo astral toma el predominio, indica un proceso patológico. Ahora bien, también puede ocurrir que lo astral quede rezagado y lo etérico se imponga, en cuyo caso surge una proliferación, es decir, una enfermedad que se inclina hacia el otro lado. Si ven el predominio de lo astral en la aparición de estados inflamatorios, verán el predominio de lo etérico en la aparición de proliferaciones. Y hay que decir que, en la vida emocional totalmente normal, existe un equilibrio continuamente inestable entre los crecimientos anómalos y los procesos inflamatorios. La vida normal del ser humano necesita la posibilidad de enfermar. Pero debe producirse un equilibrio continuo. Verán, esto hace posible que, en la vida emocional del ser humano, se pueda percibir una cantidad extraordinaria de cosas, si se es capaz de ver correctamente lo que representan los procesos patológicos. Si se observan estas cosas, se puede constatar la llegada de la enfermedad en el mal funcionamiento de la vida emocional mucho antes de que la enfermedad sea diagnosticable físicamente. La enfermedad no es más que una vida emocional anómala del ser humano.

La vida emocional permanece en el plano anímico, porque en el plano etérico sigue existiendo un equilibrio. En cuanto deja de existir ese equilibrio, la vida emocional desciende hacia el cuerpo físico y se une a él. Así pues, en cuanto la vida emocional se precipita hacia un órgano, aparece la enfermedad. Por lo tanto, si el ser humano es capaz de mantener normalmente el sentimiento en el alma, goza de buena salud; si no puede hacerlo y el sentimiento se precipita hacia algún órgano, surge la enfermedad.

Digo esto a modo de introducción porque así podrán ver lo necesario que es que el médico tenga realmente un buen ojo también para la vida anímica del ser humano. Y, en el fondo, no se puede desarrollar el sentido del diagnóstico si no se tiene una mirada aguda para la vida anímica del ser humano. Hablaremos más adelante de los detalles, y entonces esto quedará más claro.

Pero, ¿Qué ocurre si se tienen en cuenta la organización del yo y el organismo físico? Fíjense, en primer lugar, en el proceso de alimentación. Este proceso de alimentación destruye continuamente lo que constituyen las sustancias del mundo exterior. El organismo astral paraliza aquello que es el ser humano internamente debido a su organismo etérico; se trata de establecer un equilibrio interno entre el organismo astral y el etérico. Se establece un equilibrio entre el «yo» y el organismo físico, entre el mundo exterior y el mundo interior, de modo que se puede decir: la sal, tal y como la conocemos, pertenece al mundo exterior. Si la sal es absorbida por la alimentación y la organización del «yo», esta última debe ser capaz de no dejar nada de lo que la sal es en el exterior, sino de transformarlo todo. Si deja algo, eso significa que hay un cuerpo extraño en el organismo humano. Pero no deben concebir este cuerpo extraño en el organismo humano simplemente como un cuerpo extraño de contornos nítidos; ese es, en la mayoría de los casos, el último de los casos. Sino que ese cuerpo extraño también puede ser el calor externo. En el organismo no debe haber calor en absoluto, a menos que este calor sea procesado  por ustedes mismos mediante la organización del yo. Imagínense que tienen a una persona y que debe observar en ella que se ve afectada en algún punto por un estado de calor externo que no genera por sí misma, al igual que un trozo de madera se ve afectado por un estado de calor externo. Supongamos que el estado de calor externo no fuera para el ser humano solo un estímulo para generar, como reacción o efecto, un calor propio, sino que el calor externo, —o el frío—, se acercara directamente al ser humano, y que este percibiera ese frío o calor externo también como un cuerpo extraño en su interior, de modo que se pueda decir: El equilibrio interno entre la enfermedad y la salud viene determinado por el organismo astral y el etérico; el equilibrio entre el ser humano y el mundo, por la oposición polar entre el cuerpo físico y la organización del yo. Se trata de adquirir realmente una visión de la eficacia de estos cuatro miembros del organismo humano. Porque, como ven, desde el organismo físico externo no se puede reconocer en absoluto la enfermedad. Lo que es la enfermedad se desarrolla íntegramente en lo suprasensible. Es necesario tener una idea del organismo astral si se quiere abordar la enfermedad enteramente. 

Y ustedes también lo comprenderán, si hoy, a modo de introducción, nos permitimos abordar conceptos tan triviales, partiendo de un hecho diferente. En un órgano se produce dolor. Sí, cuando el cuerpo astral es demasiado poderoso, el órgano se deforma y se produce dolor. Cuando el órgano compensa inmediatamente la influencia del cuerpo astral, en el «status nascendi», entonces surge la sensación. Pero, en el fondo, el dolor es una sensación, solo que una sensación intensificada, derivada de la deformación, de modo que se comprende por qué la enfermedad va acompañada de dolor. De lo contrario, es muy fácil llegar a preguntarse: ¿por qué surge el dolor en los síntomas de la enfermedad? Es muy fácil comprender por qué surge el dolor cuando se sabe que esta enfermedad se nutre únicamente de una manifestación tan intensa de la sensación, que esta vida sensorial ejerce un efecto deformador sobre el órgano. Comprenderán que todas las manifestaciones sensoriales pueden evaluarse realmente a partir de una observación profunda de la vida anímica humana. Ahora bien, solo podemos ver estas cosas bajo la luz adecuada si nos decimos a nosotros mismos: Por supuesto, varía de una persona a otra si un órgano u otro se ve afectado de alguna manera por una actividad desmesurada del cuerpo astral. —Supongamos, por ejemplo, como ocurre en un caso concreto, que el cuerpo astral afecta al hígado. El hígado se comporta de manera diferente, muy diferente a la de otros órganos. Puede verse deformado en gran medida por el cuerpo astral sin provocar dolor, sin que se produzca dolor directamente en el propio órgano. Por eso las enfermedades hepáticas son tan ocultas, tan insidiosas, porque no se anuncian mediante el dolor. Esto se debe a que el hígado es el órgano que, en realidad, debido a su constitución, constituye un enclave dentro de la organización humana. En el hígado tienen lugar procesos que, de entre todos los que se producen en el organismo humano, son los más similares a los del mundo exterior, de modo que, de hecho, en el hígado es donde el ser humano deja de serlo en mayor medida. En el hígado deja de ser humano. Se convierte en mundo exterior; tiene en su interior un pedazo del mundo exterior. Esto es muy interesante. Tenemos el mundo exterior (véase el dibujo), tenemos al ser humano y, a su vez, en el ser humano hay algo que es como un fragmento del mundo exterior. Es como si, en cierta medida, se hubiera abierto una especie de agujero en el organismo humano. Y del mismo modo que no dolería si el cuerpo astral se hundiera en este paño, tampoco dolería si el cuerpo astral se hundiera en el hígado. El cuerpo astral puede destruir, pero no puede causar dolor, en lo que respecta al hígado, porque el hígado es el órgano que está exento, en el que, internamente, como en un enclave, aparece una parte del mundo exterior dentro del organismo humano.


Nunca se comprenderá el organismo humano sin abordar estas cuestiones. En la literatura habitual sobre fisiología y anatomía encontrarán los datos más variados sobre el hígado. Los comprenderán si saben que el hígado es lo que, en el interior del ser humano, le resulta más ajeno al propio ser humano. ¿Y por qué es el hígado, en el interior del ser humano, lo que más ajeno le resulta? Si observan un ojo humano, —o cualquier órgano sensorial—, es como una cavidad que se adentra desde el mundo exterior hacia el interior del ser humano. En el ojo tienen lugar procesos que casi podemos comprender mediante la física. En el caso del ojo, en realidad resulta fácil ser, ante el ser humano, un mero físico. ¿No es así? Uno dibuja una imagen, traza unas líneas que, en realidad, son un terrible disparate, pero que le permiten visualizar el proceso de refracción de la luz y formación de la imagen en una lente común. La gente hace exactamente el mismo dibujo cuando se trata del ojo. Dibujan un rayo de luz cualquiera que atraviesa una lente, se refracta, forma una imagen en el fondo del ojo, etcétera. En lo que respecta al ojo, la gente se ha convertido por completo en físicos, y al fin y al cabo desde la época de Helmholtz, el oído también se ha convertido casi en un piano. Así pues, en los órganos sensoriales se está extendiendo bastante esa visión que, desde un punto de vista externo, es aplicable a la naturaleza. Allí, algo del exterior se prolonga hacia el interior. Una parte del mundo exterior se prolonga hacia el interior. Esto incluso se ajusta a la historia del desarrollo. En ciertos animales inferiores se observa cómo mediante un invaginado y un relleno desde el exterior, se forma el ojo de modo que el ojo se forma, por así decirlo, dentro del organismo, no crece desde él, de modo que en los órganos sensoriales tenemos una parte del mundo exterior dentro del organismo. Pero están abiertos hacia el exterior; a través de los órganos sensoriales, el mundo exterior penetra en el organismo como en oleadas. Ahora bien, el hígado está cerrado inicialmente por todos los lados, pero es como un órgano sensorial, aquel órgano sensorial que, de hecho, en el inconsciente muestra una gran sensibilidad hacia el valor nutricional de las distintas sustancias que ingerimos. Y hay que decir que, cuando no se atribuyen al hígado únicamente esos procesos físicos que hoy en día se le suelen atribuir, solo entonces se comprende lo que ocurre en la digestión y en la nutrición. Estos no son más que la expresión de lo espiritual y lo anímico. Debemos considerar que para los procesos alimentarios, el hígado es un órgano sensorial interno. Y piénsenlo, está mucho más cerca de las sustancias terrestres que nuestros órganos sensoriales habituales. Con el ojo estamos expuestos, en primer lugar, al éter como efecto; con el oído, al aire; el hígado, en cambio, está expuesto directamente a las cualidades materiales del mundo exterior y debe percibirlas.

Otro órgano sensorial es el corazón. Pero mientras que el hígado está expuesto, con su capacidad de percepción, a las sustancias externas que penetran en el ser humano, el corazón es un órgano sensorial destinado a percibir enteramente el interior del ser humano. Es absurdo, —como quizá hayan podido deducir de algunas explicaciones que he dado—, que el corazón sea una especie de bomba que impulsa la sangre a través de las venas. El movimiento de la sangre se produce a través del «yo» y del cuerpo astral. Y en el corazón tenemos simplemente un órgano sensorial que percibe la circulación, concretamente la circulación que va desde la parte inferior hacia la parte superior del ser humano.

Sí, verán, el hígado tiene que determinar, por así decirlo, en el proceso digestivo, cuál es el valor de, digamos, cualquier hidrato de carbono en el ser humano. El corazón tiene que determinar cómo actúan el cuerpo astral y el Yo en el ser humano. El corazón es, por tanto, un órgano sensorial totalmente espiritual, mientras que el hígado es un órgano sensorial totalmente material. Y debemos establecer esta distinción. Debemos llegar a un conocimiento de los órganos que sea cualitativo. ¿Cómo procede hoy en día la ciencia natural en la que se basa la medicina? Se extrae, con gran indiferencia, un tejido de una parte del organismo, digamos del corazón o del hígado. Este tejido se examina en cuanto a su estructura y constitución físicas externas. Pero con eso no se ha dicho absolutamente nada sobre el órgano en cuestión dentro del organismo humano. Tengo aquí un cuchillo y aquí otro, y los examino. Este es un cuchillo y este es un cuchillo. Si los examino por su forma, es decir, por cómo se ve un cuchillo, —que tiene un filo en la parte trasera, un filo en la parte delantera, que va encajado en un mango, etcétera—, solo saco una conclusión: esto es un cuchillo y esto es un cuchillo. Tengo que salir de este tipo de análisis, tengo que referirlo a un todo y solo entonces puedo encontrar la diferencia entre un cuchillo de mesa y una navaja de afeitar. Desde un punto de vista externo, una navaja de afeitar también podría ser un cuchillo de mesa. Por lo tanto, no puedo reconocerla únicamente por su forma exterior. Así pues, no puedo saber nada sobre la importancia de un órgano a partir de la mera observación del mismo, tal y como se hace hoy en día; debo considerarlo siempre en su contexto global. El mero estudio de la estructura y las características de un órgano no aporta absolutamente nada. En primer lugar, hay que partir de una visión del ser humano totalmente diferente a la que proviene de la química y que solo analiza las afinidades químicas y las fuerzas químicas.

En este sentido, la gente de hoy en día es realmente terriblemente ingenua. En cierto instituto de fisiología se han realizado experimentos para ver cómo se puede alimentar a los ratones con leche. Se les puede alimentar muy bien. Crecen de maravilla. Engordan y se vuelven gordos. Sí, pues bien, al mismo tiempo, para demostrar que, después de todo, en la leche hay algo más que sus componentes, se tomaron dichos componentes y se los administraron a los ratones. Se llevaron a cabo estos experimentos. Los ratones murieron en tres o cuatro días; no se les pudo mantener con vida. ¿Qué hicieron las personas? Dijeron: «Así pues, la leche no solo contiene los componentes que conocemos, sino que además tiene una sustancia más: la vitamina». Tuvieron que constatar la existencia de una sustancia muy sutil: la vitamina. Se inventó una sustancia de ese tipo. Pero no se trata de eso, sino de que, cuando se tienen los componentes de la leche, se tienen tal y como si alguien dijera: «Aquí hay un reloj con cadena; ahora voy a conocer el oro, la plata, los demás metales que hay en el reloj, el cristal y así sucesivamente». Sí, cristal, oro, plata, los demás metales: eso todavía no es un reloj. El reloj reside, al fin y al cabo, en lo que el pensamiento del mecánico hace con ello. Y el pensamiento del mecánico, en este caso, cuando contemplo la leche y sus componentes, es que en los componentes se encuentran las cualidades terrestres, las cualidades que los componentes individuales tienen procedentes de la Tierra. Junto a estos componentes, hasta cierto momento, siguen estando presentes las fuerzas periféricas que provienen del cuerpo etérico.

Hay que decidirse a aceptar de una vez por todas estas cosas como algo más que su mera existencia. En realidad, no es por el hecho de que algo esté oculto por lo que se inventa, sino que cosas como las vitaminas son inventos mediante los cuales simplemente se constata lo que ya existe. Debe imponerse una forma de ver las cosas completamente diferente.

Si se comen demasiadas patatas, no servirá de nada intentar determinar el efecto de las patatas en el organismo humano a través de la cantidad de hidratos de carbono; eso no servirá de nada. Los demás hidratos de carbono, que se encuentran, por ejemplo, en las hojas, —y no en el tubérculo—, o si se quiere, en las frutas, se procesan en el tracto digestivo. La patata es algo extraordinariamente curioso. Sus propiedades penetran tan profundamente en el organismo humano que lo que, por ejemplo, en el caso de la alubia aún ocurre dentro del tracto digestivo, en el caso de la patata ocurre, en realidad, en el cerebro. En el cerebro también tienen lugar continuamente procesos nutricionales. Quiero insinuar estas cosas para desarrollarlas más adelante. Así pues, quien come demasiadas patatas puede, en determinadas circunstancias, exigir demasiado a su cerebro. Traslada al cerebro procesos que deberían tener lugar fuera de él. Esto nos brinda la oportunidad de recuperar algo de la medicina para nuestra higiene y, en general, para toda la vida social, al aprender de este modo a conocer las relaciones del ser humano con la materia que le rodea, no a partir de la composición química, sino desde el contexto del mundo.

Hay una diferencia fundamental entre que una sustancia se encuentre en la hoja o en el rizoma. Mucho más importante que saber si contiene hidratos de carbono es saber de qué parte de la planta procede. Los rizomas están más relacionados con la organización de la cabeza del ser humano, mientras que las flores y las hojas están más vinculadas a la parte inferior del ser humano. Y, en realidad, la composición química no desempeña en absoluto un papel decisivo. Hay que conocer las relaciones del ser humano con el entorno a partir de aspectos totalmente distintos si se quiere evaluar realmente lo que cura y lo que enferma, es decir, el verdadero agente patógeno y el remedio. Prestar atención a los indicios que proporciona la química abstracta es algo que, poco a poco, ha socavado en realidad todos los conocimientos del ser humano, porque, en realidad, el hecho de conocer la composición química de algo no permite saber qué relación tiene realmente el ser humano con el entorno.

Tomemos otro ejemplo. El enfoque basado únicamente en la química muestra que el oxígeno es necesario en el aire, pero el nitrógeno no lo es en la misma medida. Y, a juzgar por lo que la gente piensa hoy en día sobre el oxígeno y el nitrógeno, se podría creer, —así se podría pensar—, que, en lo que respecta a la respiración, no sería tan importante que un aire cualquiera tuviera poco nitrógeno, siempre y cuando tuviera suficiente oxígeno. Sin embargo, se ha demostrado que, cuando hay muy poco nitrógeno en el aire, el ser humano libera nitrógeno para reponerlo en el aire circundante.

El ser humano depende de que exista una cierta proporción entre su contenido de nitrógeno y el del aire que le rodea, al margen de la respiración.

Todas estas cuestiones revisten una importancia capital para el conocimiento del ser humano. Pero todas ellas, aunque sean investigadas o comprendidas por unos u otros, carecerán de utilidad para el mundo científico actual si no se dispone de los fundamentos necesarios para integrar al ser humano en todo su entorno. Eso es lo que queremos hacer en nuestras reflexiones, con el fin de arrojar luz tanto sobre el ser humano sano como sobre el enfermo.


Traducido por J.Luelmo