CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 22

GA069c Stuttgart, 22 de febrero de 1912 - Cristo y el siglo XX -

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

 Cristo y el siglo XX

Stuttgart, 22 de febrero de 1912




¡Estimados presentes!

La cuestión sobre Cristo hoy despierta interés en los más amplios círculos. En nuestra era tan ilustrada, esta cuestión se dispone a convertirse en una de las más importantes. Si se observa la huella de toda nuestra cultura, este interés es comprensible. La figura de Cristo fue tal que durante muchos siglos dio a la cultura occidental el impulso más profundo. En la actualidad, en ciertos análisis, esta figura parece desvanecerse, como si se cayera de las manos. Ante la mirada de la investigación histórica, la figura de Cristo se desmorona, por así decirlo. Frente a esto, existe la tendencia de buscar simplemente un entendimiento más profundo de la esencia de Jesús de Nazaret. Pero incluso se pone en duda la existencia histórica de esta figura. «¿Vivió Jesús?» - Así se pregunta con frecuencia hoy. Tal pregunta toca profundamente todos los espíritus. Al igual que con todos los demás fenómenos históricos, se puede preguntar si Cristo Jesús fue una entidad histórica. Pero los Evangelios no son documentos como otros, como los documentos históricos comunes. Desde el punto de vista de la investigación histórica moderna, con cierto derecho, la fe en la figura de Cristo en quienes buscan un sustento histórico, debe ser simplemente sacudida. Esta es una de las razones por las que en el pasado el impulso fue tan significativo para las personas y por la que hoy esta investigación debe recibir tanto interés: precisamente por el miedo de la gente a perder una fe fundamentada en la figura de Cristo.

Sobre este problema recién señalado se va a decir ahora, desde un punto de vista científico-espiritual, algo, aunque solo sea de manera esquemática. Pero lo que estas ciencias espirituales tienen que decir es tal que de ello se desprende la esperanza fundamentada: el Cristo, que fue arrebatado a los humanos de manera irreparable, puede serles devuelto. La figura de Cristo, tal como se deriva de las ciencias espirituales, es algo que va en contra de las confesiones y juicios generales, es prácticamente repugnante para ellos. Lo que se dirá esta noche no solo encontrará oposición, sino que también se tomará como un sueño o una fantasía. Dentro del marco de una sola conferencia no es posible recopilar todo sobre esta cuestión, pero al compartir lo que las ciencias espirituales han encontrado, tal vez surjan aún algunas cosas más después. En realidad, la cuestión solo se hace transparente si miramos hacia atrás a las distintas concepciones de los seres humanos sobre Cristo a lo largo de los siglos.

Debe admitirse que la concepción de Cristo en los primeros siglos tiene algo desconcertante para nosotros los humanos actuales; ya era así en aquel entonces, y con el tiempo lograr una comprensión se volverá más y más imposible. Así se ha desarrollado el punto de vista actual: la ciencia espiritual llega en relación con Cristo a algo similar a lo que en su momento la ciencia gnóstica de los primeros siglos alcanzaba. A los gnósticos les gusta que se les llame sectas, pero se elevaron a las más altas alturas del pensar y el sentir humanos, por lo que el ser humano de hoy no puede tener mucho interés. Los adeptos de la gnosis estaban Muy lmejos de adoptar concepciones monistas, una palabra elegante para «materialista». El gnóstico no encuentra al ser humano primordial en el reino animal, sino que para él es un ser aún espiritual; este no ha asumido exteriormente un cuerpo de carne en el reino animal, sino que progresivamente se ha integrado, como ser humano espiritual, con las leyes del cuerpo físico. La encarnación ha colocado al hombre en la posición en la que se encuentra ahora.

Y así preguntaban los gnósticos: ¿Cómo encontramos al proto-hombre? ¿Cada uno en sí mismo? Por un lado encontramos lo que también hemos llegado a ser en relación con la vida del alma, por otro lado un afán, una fe en una naturaleza humana superior. De esto, el hombre puede liberar ciertas fuerzas en su interior, de modo que puede auto elevarse. Descubre su naturaleza superior. Así, está oculta una suma de fuerzas en la naturaleza humana superior. Esta es la visión de los gnósticos: El hombre está destinado a una vida en esferas superiores; su vida en la Tierra es más baja, está por debajo de lo que podría ser según su espíritu. La vida corporal del hombre no coincide con su naturaleza superior; pero no se pierde; solo es importante para el progreso físico en la Tierra. Lo Superior se ha conservado en el mundo espiritual. Finalmente, este ser supra-humano pudo descender y actuar en la naturaleza humana; en cierto momento pudo descender, por así decirlo, un ser proto-humano y actuar en la naturaleza humana, que hasta entonces se había conservado en el mundo espiritual. Los gnósticos concebían esta entidad como el Cristo. Él contiene en sí mismo el impulso hacia lo más alto que el hombre puede alcanzar. Este momento del descenso coincide, -simbólicamente hablando-, con el bautismo de Juan.

Desde la perspectiva de la Gnosis los seres humanos están en parte más o menos avanzados. La Gnosis veneraba a Jesús de Nazaret como el ser humano más elevado, como el más destacado en la evolución de la Tierra. Lo que le sucedió a él a los treinta años, podemos caracterizarlo sin provocar un shock en los demás: un ser humano crece, muestra este o aquel desarrollo, hasta un cierto punto en la vida, en el que tiene lugar un quiebre, en la vida del alma entra algo completamente nuevo, algo que no parecía estar preparado. Algunos lo presentan como algo imposible, pero en la vida humana hay cambios radicales, quiebres profundos. Imagínese un cambio de este tipo, –llevado al máximo–, aunque este cambio se produzca solo en lo más pequeño, el ser humano se siente como un ser nuevo, que antes no era. De un cambio así parten los gnósticos cuando hablan de lo que le ocurrió a Jesús de Nazaret a los treinta años.

El hombre primordial se estableció en el alma de Jesús de Nazaret. Esta alma era como un recipiente exterior; en el sentido de los gnósticos, se la considera, como la portadora de Cristo. Por lo tanto, no se puede afirmar que Cristo fuese idéntico a Jesús de Nazaret. Pero no se trató de una nueva etapa evolutiva en la vida de Jesús de Nazaret: aquello que siempre había estado en las alturas celestiales, aquello que se había conservado desde el principio, descendió a la Tierra y vivió durante tres años en el cuerpo de Jesús. Esa es la infinita profundidad espiritual de la idea: la evolución de la humanidad ha ascendido hasta lo Más Alto junto con Dios, y se ha visto, por así decirlo, saciada por esta fuerza de lo Más Alto. Un pequeño círculo de gnósticos pudo comprender la gran importancia del acontecimiento, que a la humanidad se le restituyó lo que se había preservado.

No podemos pasar por todas las etapas individuales de las visiones que se tenían de Cristo, pero podemos mencionar algunas, por ejemplo, en los pensadores profundos de la Edad Media. En ellos predominaba la fe más intensa, pero no les era posible elevarse a conceptos gnósticos. En la Edad Media era imposible pensar sobre la gnosis cristiana. Tal pensamiento habría parecido fantasioso. En la Edad Media, la mirada se limitaba a lo que estaba por debajo de la esfera de los gnósticos. Ellos se nutrían de Aristóteles, cuya cosmovisión fue creada cuatrocientos años antes de Cristo; Aristóteles era entonces el «marcador de pautas». El vuelo espiritual se atribuía al ámbito de la fe. Aristóteles decía: todo lo que subyace en los reinos de la naturaleza es espiritual; solo que él no aceptaba la reencarnación del núcleo del alma humana. A él le interesaba lo que podía reconocerse de manera regular, solo le interesaba un Dios unitario. Según su concepto, en cada nacimiento la esencia del alma humana se desprende de la sustancia divina unitaria. Pero después de la muerte, el alma no vuelve a lo divino, sino que permanece como individuo en el mundo espiritual. Para Aristóteles, todo el mundo suprasensible es puramente cognoscible. Tras su muerte, el ser humano mira su vida terrenal y encuentra entonces su recompensa o su tormento, castigo y recompensa eternos. Esto está relacionado con la ciencia de Aristóteles, — Franz Brentano, un gran conocedor de Aristóteles, se expresó extensamente sobre ello en sus obras. Los eruditos medievales señalaban que existía un conocimiento sobre el mundo espiritual, pero para ellos estaba excluido el acceso cognoscitivo a lo espiritual, -el ámbito de la gnosis-, al que uno puede acceder mediante el conocimiento.

Así pues, cabe preguntarse: ¿Qué le falta a la fe del hombre medieval? Pues bien, lo que le falta es la conciencia, el reconocimiento consciente, de que el ser humano ha cometido también intelectualmente una caída en el pecado. La ciencia espiritual quiere elevarlo por encima de este inconsciente; esto constituye entonces una nueva conciencia crística, al margen de todo lo mitológico y legendario. La imbuición que se produjo en Jesús de Nazaret con el Espíritu dominante, no era más que fe, pero no conocimiento. Así, la humanidad llegó a un punto en el que ya no podía imaginarse lo que significa que Cristo se apoderase de Jesús; para el pensamiento materialista de la nueva era, es un disparate que desde las alturas espirituales, haya descendido hasta los seres humanos la esencia de Cristo como algo real. Así pues, solo queda el Jesús de Nazaret como un ser humano excepcional.

Pues bien, cuando se buscó aclaración en los cuatro documentos, -los Evangelios-, surgieron contradicciones con facilidad y se encontraron diferencias. Es realmente muy fácil demostrar que -en muchos aspectos- no coinciden. Y uno se pregunta: ¿Es que antes no se había notado esto? A los antepasados se les atribuye fácilmente cualquier tontería, se actúa como si nunca hubieran leído los Evangelios. De este modo, Jesús de Nazaret se ha ido desdibujando cada vez más; para muchos en la época moderna no es más que una persona especialmente buena. Esto resulta halagador para el hombre moderno, para quien Jesús de Nazaret es un ser humano como cualquier otro, solo que un poco superior: como Platón o Sócrates. Así, Jesús se convirtió en el «hombre sencillo de Nazaret». Cuanto más sencilla y común se hacía su imagen, más se apreciaba y más se creía que se correspondía con la verdad histórica. A eso se le llama «investigación imparcial». Solo se considera objetivo aquello que aparentemente se reconoce como tal. Los teólogos más destacados opinaban que había que abordar el tema sin prejuicios, sin dar nada por cierto, pero  ¿qué hacen?  Simplemente van y tachan en los Evangelios  lo que no les resulta comprensible. De ahí surge entonces la pregunta: «¿Existió Jesús?». No era posible ningún otro resultado con tal forma de pensar. Externamente, desde el punto de vista histórico, la existencia de Jesús no es demostrable. El profesor Drews y los suyos tienen toda la razón en la forma en que lo plantean. Cualquier otra cosa sería como dar vueltas en torno a algo que, al fin y al cabo, no se puede demostrar.

La ciencia espiritual se inserta en la cultura; llega a conocimientos sobre el curso espiritual de la evolución de la humanidad mediante ciertos métodos, como se ha expuesto en el libro «El cristianismo como hecho místico». Este título no se eligió al azar: no se trata de misticismo cristiano en sí, sino de que el impulso de Cristo debe entenderse como la fuerza motriz de aquello que se encuentra en la realidad externa y física. El impulso más importante en el desarrollo de la Tierra es el impulso de Cristo; es el eje de todo este desarrollo histórico. La ciencia espiritual retoma lo que la gnosis buscaba, pero lo hace de manera completamente independiente. El alma humana funcionaba en tiempos precristianos de manera muy diferente a como lo hace hoy. Es un mal hábito no reconocer que el alma humana era diferente. [...] Antes, la clarividencia onírica era un tercer estado entre dormir y despertar. La persona sabía entonces que existen seres espirituales, lo mismo que hoy da por sabido que existen plantas y animales. Los antiguos cuentos y mitos son imágenes de lo que el ser humano percibía. Los mitos son experiencias clarividentes antiguas traducidas a historias. Pero esta clarividencia tuvo que perderse, porque era un preludio para la formación del yo en el desarrollo evolutivo de la humanidad, para la formación del yo completo del ser humano en el mundo físico, del ser construido sobre sí mismo del ser humano.

Este es el curso de la evolución de la humanidad: partiendo de la clarividencia difusa debe llegar a la clarividencia clara y consciente, que en el futuro estará firmemente consolidada. En la antigüedad no existía ningún conocimiento sobre los fundamentos de la existencia que se hubiera adquirido de otra forma que no fuera a través de la clarividencia. Aunque Deussen afirme lo contrario, hay que decir: solo a partir de la época griega surgió el conocimiento racional del mundo exterior, en realidad, solo con Tales; Tales fue el primero. Lo que proviene de la clarividencia atávica no es filosofía. Los lugares donde el ser humano traspasaba el estado ordinario eran, en la Antigüedad, los centros de los misterios, desde la perspectiva actual, una mezcla entre universidad e iglesia. En estos centros de los misterios, las personas podían alcanzar la iniciación]. Los iniciados comprendieron que el espíritu solo se revela en el yo, no en las fuerzas del alma; el yo es el centro del ser anímico. Pero al principio el espíritu solo se revelaba como Dios, que vivía en todo el pueblo, como ocurría entre los antiguos hebreos. La esencia más profunda del ser humano es directamente divina; el cuerpo y el alma solo lo son de forma indirecta. Mediante ciertas normas y ejercicios, la vida del alma puede independizarse del cuerpo. Lo divino vive en el ser humano común tal y como es en la vida; se revela desde el núcleo de su ser, el «yo». Existían diversas normas de iniciación, cuatro en esencia. en el Misterio del Gólgota, los misterios se convierten en un hecho histórico: ¡ese fue el impulso crístico! Cristo es el Espíritu universal; su vida se desarrolló ante toda la humanidad en el plano físico, no se vivió a pequeña escala, —de forma insignificante, ante unos pocos, ante los apóstoles y otros—, sino de manera representativa ante toda la humanidad. Así, se produjo una sustitución de los antiguos misterios por el Único. En el «Yo», en lo más íntimo del ser del alma, reside la fuerza más elevada de la humanidad. Así podemos levantarnos de nuevo de la caída en el pecado.

El momento en que el «yo» pasó a depender de sí mismo precedió al impulso de Cristo en solo seiscientos años. A partir de ese momento, el ser humano se encuentra plenamente sumergido en el mundo, que él percibe únicamente a través de los sentidos externos. En la evolución natural nos encontramos en todas partes con saltos, y esto también se aplica a la evolución de la humanidad. Así, cada época es una época de transición, y la nuestra lo es de manera muy especial.

Algunas formas antiguas, tanto morales como intelectuales, están desapareciendo. El ser humano se encuentra en la cúspide de su propia personalidad. Hasta ahora ha sido un tiempo de preparación, se podía tomar en serio o no; pero en la naturaleza humana, ahora deben entrar en juego fuerzas superiores. Las almas están experimentando una elevación de sus fuerzas. La última vez que esto ocurrió fue en la época griega, seiscientos años antes de Cristo; entonces se introdujo en el desarrollo de la humanidad, aquel impulso que dio lugar al inicio del pensamiento autónomo]. Hoy nos encontramos en un momento similar al de seiscientos años antes de Cristo. Pero en aquel entonces el alma humana era guiada hacia el exterior, hacia el mundo físico; ahora su único punto de apoyo es su «yo»; y en ese «yo» del ser humano debe instalarse la presencia de Cristo. Es una especie de repetición, pero ahora hacia el interior, interiorizada.

En este «yo» se encuentra el centro del mundo. Con nuestra interiorización surgirán los impulsos más elevados capaces de existir en el ser humano: se trata de un retorno espiritual de Cristo en nuestro interior; se desarrollarán fuerzas del alma capaces de percibir a Cristo en una nueva forma; experimentable para la contemplación espiritual, no en el mundo físico. Esta experiencia no es idéntica a la vivencia del Cristo interior y místico, es decir, de algo que ya estaba ahí. La ciencia espiritual nos muestra al Cristo interior y místico y al Cristo histórico. Quien solo quiera creer en el Cristo interior y místico, y no en el Cristo histórico, va por mal camino. También se necesita al Cristo histórico, pues no habría Cristo interior y místico sin el Cristo histórico. El sentir de Cristo en nosotros depende del sol espiritual lo mismo que el ojo depende de la luz: depende del Cristo histórico. Sin él no existe la posibilidad del Cristo interior; es el Cristo histórico quien creó el órgano para la experiencia de Cristo en los corazones de los seres humanos.

Traducido por J.Luelmo

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