CRISTO EN EL SIGLO XX
Rudolf Steiner
Cristo y el siglo XX
Köln, 6 de mayo de 1912
¡Estimados presentes!
Quien hoy en día habla de Cristo se encuentra con diversas opiniones que, -de una u otra manera-, se defienden. Estas pueden clasificarse principalmente en dos perspectivas, con las que debe contar especialmente quien hable de la cuestión de Cristo en el sentido en que lo haremos esta noche, quien hable desde el punto de vista que ya he tenido ocasión de defender aquí en varias ocasiones en relación con otras cuestiones, con otros problemas de la vida; me refiero al punto de vista de las ciencias espirituales o teosófico.
En primer lugar, nos encontramos con aquel punto de vista que, en su esencia, se asienta firmemente en la visión de Cristo; es decir, el punto de vista según el cual Cristo es una fuerza vital auténtica y real. Se trata del punto de vista religioso, el punto de vista de las distintas confesiones religiosas. Si lo analizamos detenidamente, vemos que, en la mayoría de los casos, —por muy tolerante y liberal que se muestre en cierta dirección—, en el fondo no está dispuesto a admitir que se pueda hablar de Cristo de otra manera que no sea la que él mismo utiliza. El punto de vista religioso, en sus más diversas variantes, simplemente no admite que sea posible un avance en lo que respecta a las ideas sobre Cristo.
El otro punto de vista con el que uno se encuentra, es aquel que también defienden en la actualidad, quienes buscan la verdad con auténtica seriedad; es el punto de vista que, partiendo de los criterios de una determinada corriente científica, afirma: Si se investiga el acontecimiento de Cristo, —es decir, lo que se supone que ocurrió en Palestina al comienzo de nuestra era—, con los mismos métodos de investigación estrictamente histórica que se aplican a otros acontecimientos, la interpretación del acontecimiento de Cristo, tal y como se defiende, no puede sostenerse. - Se sabe que este punto de vista se ha ido gestando desde hace mucho tiempo; se sabe que, a lo largo de los últimos siglos, las personas han llegado a comparar cada vez más los Evangelios, y que creían tener que deducir, a partir de las
Y después de haber intentado durante mucho tiempo extraer de los Evangelios, por así decirlo, algo que pudiera constituir una imagen de Cristo Jesús, hoy en día ya hay, —no solo en Alemania, sino también en otros países—, mucha gente que cree, por así decirlo, que su conciencia científica les obliga a admitir que, en realidad, no se debería hablar de un Jesús histórico, de un evento Crístico.
Así pudo surgir la opinión de que hoy en día solo se puede encontrar a Cristo entre las personas religiosas, quienes a través de la fe, creen elevarse hasta Cristo, pero que ante una ciencia cada vez más avanzada, la idea de Cristo, el pensamiento de Cristo, debe desaparecer. Y son muchos los que ya sueñan hoy con que lo que es el poder de Cristo, dejará, sin duda, de tener importancia en el futuro. Sin embargo, estos no creen en absoluto que la religión pueda desaparecer alguna vez de la humanidad.
Sin embargo, ante ciertos hechos de la actualidad, parece que esta fe no puede mantenerse. En nuestra época observamos, en efecto, el fenómeno peculiar de que, no solo los creyentes, ni tampoco solo aquellos que, desde lo más profundo de su corazón, han acogido los Evangelios como un medio de edificación y formación, hablan de algo que, en definitiva, se corresponde con la idea de Cristo, sino que personas serias, cultas y que buscan la verdad señalan, con toda su sensibilidad espiritual, algo a lo que solo se le puede atribuir el nombre de Cristo. En cualquier caso, resulta característico que un librepensador de la actualidad, -que no es más que uno de los muchos, el estadounidense Ferguson-, sea capaz de decir:
Cristo se ha convertido de nuevo en el pionero de una nueva era, que unirá a América con Europa en el futuro, capaz de penetrar hasta lo más profundo del alma de cada persona.
Este hombre es sin duda, el hombre del presente por excelencia. Un hombre que, por lo demás, difunde ideas librepensadoras, habla de Cristo como si este se moviera hoy de persona en persona, como si Cristo caminara directamente entre nosotros. Así pues, incluso las personas librepensadoras comienzan a sentir la presencia de Cristo como algo que tiene una relación directa con los seres humanos. Aunque hoy en día se le preste aún menos atención, esa tendencia se abrirá camino hacia una fuerza, la búsqueda de esa fuerza que solo puede designarse con el nombre de Cristo. El hombre que más se distinguió por la
Todas las religiones afirman dos verdades. La primera es que todas las cosas están relacionadas entre sí; todas las religiones proclaman esta verdad, que para cualquier persona que reflexione es innegable. La segunda verdad es que lo que llamamos bien o mal guarda alguna relación con un poder que se encuentra fuera del espíritu humano.
Cito expresamente las palabras de personalidades que, con todo su pensamiento y sus sentimientos, se sitúan plenamente en el terreno del presente, pero que han logrado abrirse camino desde una visión exterior hasta las fuerzas más profundas de la existencia. Estas fuerzas no son solo de naturaleza física y química, sino también de naturaleza espiritual. La idea de Cristo, tal y como se acaba de describir, se presenta, —como un amanecer, como una especie de preparación para algo completamente diferente—, ante quien se asienta en el terreno de la cosmovisión teosófica. No quisiera que se me malinterpretara cuando hablo de la idea de Cristo tal y como previsiblemente se configurará en el siglo XX. La ciencia espiritual debe estar lo más alejada posible de todo sectarismo, de todo aquello que no pertenece a nuestra época. Y cuando el científico espiritual habla de lo que está por venir en la evolución de la humanidad, no se siente de otra manera que cuando el científico natural predice un eclipse solar
Así, en el gnosticismo, hacia el que la teosofía no pretende en absoluto volver, sino que lo estudia como un fenómeno del pasado, vemos, en diversos matices, esbozos de pensamiento de la más alta calidad sobre la idea de Cristo. En esencia, se podría caracterizar de la siguiente manera: este gnosticismo, este anhelo de formar la idea de Cristo a partir de los conceptos más elevados, es un desarrollo espiritual de lo más maravilloso. Sin embargo, para el ser humano que, desde el presente, se ha formado la idea de que todo en el ser humano se ha desarrollado única y exclusivamente a partir de criaturas subordinadas, a partir de los animales, paso a paso, desde los animales cada vez más inferiores hasta los más imperfectos, para ese ser humano la doctrina gnóstica no es más que una ensoñación, una fantasía.
El gnóstico también remonta el origen de la evolución, pero mucho más atrás que el naturalista actual. Según él, en tiempos inmemoriales encontramos una época en la que las formas animales ya existían en la Tierra de tal manera que, si hubiera habido un ser humano en aquel entonces, este habría podido contemplar las formas animales, hasta las más elevadas. El gnóstico se refiere así a una época de la evolución en la que el reino humano aún no existía. Pero de ello no deduce que el reino humano se haya desarrollado a partir de los animales, sino que haya descendido del mundo espiritual. También lo animal, lo vegetal y lo mineral habrían descendido en su día del mundo espiritual, se habrían densificado a partir de él, de modo que debemos suponer que para el gnóstico, también los animales, las plantas y los minerales tienen su origen en el mundo espiritual.
Y el gnóstico continúa diciendo: Pero hubo un tiempo en el que el ser humano aún no había adoptado una forma física, sino que esperaba en el mundo espiritual hasta el momento en que se dieran otras condiciones de vida en la Tierra. No es que no existieran los seres humanos en aquellos tiempos: existían, pero no como seres visibles, sino como seres espirituales. Vivía en el entorno espiritual de la Tierra; no había descendido a ella, porque las condiciones de aquellos tiempos eran tales que aún no habrían permitido el desarrollo humano. Así pues, el gnóstico considera que el momento más importante es aquel en el que el ser humano, —más tarde que los demás reinos—, descendió a la Tierra.
Pero ahora el gnóstico se dice a sí mismo: si el ser humano hubiera pasado por su encarnación física de la misma manera que el resto de los reinos de la naturaleza, entonces no habría podido desarrollarse algo que, sin embargo, tenía que desarrollarse, a saber, el pensamiento autónomo y libre del ser humano; en definitiva, todo aquello que llamamos el yo auténtico, el yo interior del ser humano, que actúa desde lo más profundo y que entre el nacimiento y la muerte experimenta una evolución. El desarrollo de un
Pues bien, partiendo de estas premisas, el gnóstico dirige su mirada hacia la aparición de Cristo, y para él cobra especial importancia el momento que en la Biblia se denomina «el bautismo de Juan». El gnóstico afirma que, hasta ese momento, en Jesús se había desarrollado un ser humano extraordinario, pero solo un ser humano. Pero cuando se le administró el bautismo de Juan, ocurrió algo que resulta difícil de comprender en la actualidad. Sin embargo, pensemos en lo siguiente: para algunas personas existe ese momento en el que tienen que decirse a sí mismas: «Algo ha entrado en mi alma, gracias a lo cual he experimentado un cambio en toda mi vida». - Muchas personas pueden decirse a sí mismas: Si repaso mi vida desde el nacimiento hasta un momento determinado, me doy cuenta de que, en ese instante, algo entró en mi alma que me hizo renacer espiritualmente. - Si se imagina esto, —lo que puede sucederle a cada persona—, llevado al extremo, como algo único, entonces se piensa lo mismo que pensaban los gnósticos sobre el bautismo de Juan en el Jordán.
Precisamente aquello que había permanecido en el mundo espiritual, aquello que había estado esperando, pero que desde el principio formaba parte del ser humano, descendió del mundo espiritual como una corriente y se instaló en ese ser humano singular, Jesús de Nazaret. Y ahora, durante tres años, este Jesús de Nazaret no es un ser humano transformado, sino un ser humano que lleva en su interior, de toda la humanidad, aquello que había permanecido en los albores de los tiempos y que ahora se hundió en este Jesús para impregnar fecundamente a la humanidad: durante tres años, Jesús de Nazaret se convirtió en el portador del Cristo suprahumano. Y ahora el gnóstico dice: lo que hasta entonces estaba en el mundo espiritual se sumergió una vez en el cuerpo humano, del mismo modo que sumergimos la semilla en la tierra. Y así como la semilla perece, lo mismo ocurrió con este impulso espiritual; tuvo que sumergirse en la tierra, tuvo que perecer en ella para resurgir cien y mil veces como semilla en todo el proceso terrestre. Lo espiritual tuvo que pasar por la muerte, igual que la semilla debe pasar por la muerte. Y no quedó infructuoso, sino que se derramó en las corrientes de desarrollo espiritual de la Tierra. Está ahí, sigue viviendo en múltiples frutos.
Así, según la gnosis, hay que distinguir entre una historia de la humanidad anterior a Cristo y una historia posterior al acontecimiento del Gólgota: una historia de la humanidad en la que el impulso crístico actúa de forma viva, de tal manera que Cristo se introduce en las almas. Para los gnósticos, ¡el impulso crístico se ha convertido en el contenido de la historia, del devenir histórico! Aunque esto pueda resultar extraño para el hombre de hoy, hay que decir que, precisamente, las ideas de las ciencias naturales actuales, —que, al fin y al cabo, solo han adoptado un carácter materialista en su punto de partida—, nos impulsarán cada vez más a comprender una idea gnóstica de este tipo y, posteriormente, a captarla en su realidad. Para demostrar que, precisamente desde el presente, nos estamos acercando a lo que la gnosis ofrecía en su día, basta con citar lo siguiente.
Sin embargo, hay que decir que esto solo parece algo elemental, un primer paso. ¿No es cierto? ¿Durante cuánto tiempo creyeron las ciencias naturales que pisaban terreno firme? ¿Durante cuánto tiempo, basándose en el darwinismo, —que, sin duda, puede calificarse de grandioso—, creyó tener que afirmar que todo en el ser humano se había desarrollado a partir de orígenes animales, y que el verdadero motor fuera algo así como, por ejemplo, la lucha por la existencia? Así se decía: todos los seres posibles habían sido, por así decirlo, lanzados a la vida, pero surgía la lucha por la existencia, y no era de extrañar que, tras un cierto tiempo, los más perfectos hubieran vencido a los más imperfectos. De este modo, los seres se habrían perfeccionado cada vez más, hasta alcanzar finalmente el nivel del ser humano. «Lucha por la existencia» se convirtió en el lema. Hoy, sin embargo, existe otra idea que ciertos investigadores se ven obligados a aceptar por un sentido puro y sincero de la verdad. Dicen: si hoy observamos al ser humano y lo comparamos con los animales más perfectos, no podemos en absoluto suponer que el ser humano se haya desarrollado en línea recta a partir de esos animales. Más bien debemos suponer que el ser humano se remonta a una forma primigenia que hoy ya no se encuentra. Y ahora estos investigadores suponen que existió una forma primigenia de la que, por un lado, se desarrolló el ser humano y, por otro, los animales. Y estos destacados investigadores añaden otro dato más. Se preguntan: ¿cómo pudo el ser humano desarrollarse de una manera tan diferente, mientras que los animales también se desarrollaron? —Y, curiosamente, no mencionan en absoluto la lucha por la existencia. Defienden la opinión de que el ser humano, en su forma, se encontraba en un lugar especialmente protegido, donde pudo mantener las condiciones de la forma primigenia, mientras que los demás seres entraron en decadencia. Así pues, hoy ya tenemos la reducción del ser humano a una forma primigenia que ya no es visible, la cual solo pudo desarrollarse gracias a que estaba protegida en un lugar donde el ser humano no tuvo que entrar en la lucha por la existencia. Lo único que limita a estos investigadores es una única ficción: que buscan ese lugar protegido en el ámbito de la existencia sensible y real. También el gnosticismo parte de una forma primigenia, pero no la sitúa en el mundo sensible, sino allí donde, de hecho, está mejor protegida: en el mundo espiritual. Y si ya se parte de la idea de que el ser humano entró más tarde en la vida, entonces también se puede partir de la otra; es decir, también se puede decir: Si observamos el curso de la historia, vemos cómo toda la humanidad está, en cierto modo, dividida en naciones y razas distintas; vemos cómo existen muchas confesiones religiosas que se configuran según las diferentes tribus. Antiguamente, la humanidad solo podía desarrollar aquello que estaba arraigado en una tribu, lo que se había inculcado a cada persona a través de su pertenencia a la tribu. Pero aquella fuerza espiritual y aquella esencia que hacen del ser humano un ser humano en primer lugar, que hacen que el ser humano encuentre en el ser humano al ser humano, y no lo tribal, que le pertenece por herencia genética, esa fuerza tenía que volver a ser concedida al ser humano. La humanidad no pudo asimilar este impulso hasta que estuvo madura para ello. Así pues, en los primeros siglos del cristianismo nos encontramos con ideas de desarrollo de un carácter especial y elevado, de modo que debemos decir: lo que hoy vemos en las ciencias naturales como un comienzo que primero debe despojarse de su caparazón de crisálida, ya había sido anticipado en la gnosis en grandiosas concepciones intelectuales. Esto solo pudo ser así porque la evolución, el desarrollo, de hecho está presente en la historia de la humanidad.
Si nos remontamos a los tiempos, a las épocas en las que el ser humano descendió a la vida, nos encontramos con una vida anímica completamente diferente. Si queremos compararla con la vida anímica actual, debemos decir: esta depende de la percepción a través de los sentidos; [solo puede, mediante los sentidos] experimentar y conocer aquello que está vinculado al cerebro. De tiempos antiguos nos han llegado maravillosos conocimientos en forma de imágenes. Esto es también, exteriormente, una imagen de lo que la ciencia espiritual reconoce con sus medios, a saber, que el alma del ser humano no siempre percibía su entorno como lo hace hoy, sino que existía la clarividencia. El ser humano aún no se sentía tan inmerso en su yo; aún se sentía fundido con las cosas: estados de conciencia oníricos le conducían a lo más profundo de las cosas. La clarividencia onírica era el tipo de conocimiento a través del cual se revelaban al hombre primitivo los misterios de las cosas. Era una experiencia similar a la que se tiene hoy en día cuando se vive un sueño. Así, el hombre primitivo, que había descendido de las alturas espirituales, experimentaba los misterios del mundo espiritual como sueños clarividentes. Sin embargo, el progreso de la evolución consistió en que los seres humanos descendieron cada vez más profundamente en la existencia física y, de este modo, fueron perdiendo cada vez más la antigua clarividencia. No hay que considerar esto como algo triste, pues si el ser humano no hubiera perdido la antigua clarividencia, nunca habría alcanzado la libre conciencia de sí mismo. Solo así fue posible que el ser humano pudiera convertirse en protagonista de su propia vida. La pérdida de ese antiguo conocimiento clarividente, con el que se había penetrado en los misterios del mundo espiritual, se produjo de forma lenta y gradual.
En una época en la que la humanidad ya estaba, en realidad, totalmente conectada con el mundo exterior, este conocimiento clarividente seguía conservándose en lugares que tenían su origen en los círculos de discípulos de los antiguos misterios. Estos habían protegido ese patrimonio de sabiduría ancestral, que se había transmitido de generación en generación. Y después de que se produjera el acontecimiento crístico en la evolución de la Tierra, los gnósticos siguieron conservando ese antiguo
Ahora vemos cómo, en los siglos siguientes, una vez que la gnosis se había perdido para la humanidad, las personas también querían comprender la aparición de Cristo, pero partiendo del conocimiento y el entendimiento humanos propiamente [externos], desde la ciencia humana. Así vemos cómo, para comprender a Cristo, las mentes más iluminadas de la Edad Media aplicaron, en lugar de la gnosis, la doctrina del antiguo filósofo
Pero Aristóteles va más allá. Tiene una cualidad que, en realidad, es bastante rara de encontrar en la actualidad: saca las verdaderas consecuencias de sus investigaciones y reflexiones. Se dice a sí mismo: si el alma cruza la puerta de la muerte, entonces es un ser real que existe por sí mismo; entonces asciende al mundo espiritual. Mientras que antes del nacimiento no era un ser particular, tras la muerte sigue existiendo en el mundo espiritual como un ser individual e independiente. ¿Qué puede experimentar entonces tras la muerte? Allí ya no puede experimentar nada, pues para ello tendría que estar envuelta en un cuerpo; su único contenido es la retrospectiva de su vida terrenal. El alma humana vive eternamente; contempla su vida terrenal, el bien o el mal que ha hecho, y vive en esta imagen de su propia vida terrenal. - En realidad, es aquí donde, a través de Aristóteles, se sentaron las bases de la doctrina de la eternidad del castigo infernal; a partir de este punto, dicha doctrina se integró en la doctrina católica de la Edad Media. Cabe señalar desde el principio que Aristóteles no podía hacer otra cosa que mantener al alma así, inmutable a lo largo de todos los futuros eternos, en la contemplación de lo que había realizado en su vida terrenal.
La ciencia espiritual moderna, o teosofía, reconoce ahora que, tras la muerte, el alma tiene en sí misma la posibilidad de mirar atrás hacia la vida terrenal, —como en un recuerdo—; pero no tiene por qué permanecer en ese estado; más bien, el ser humano se lleva de esta vida, como fruto más hermoso, la posibilidad de desarrollar o transformar en el mundo espiritual aquello que aquí ha realizado, ya sean buenas o malas acciones. Así, no tiene por qué permanecer para toda la eternidad en el mundo espiritual, sino que, al entrar en una nueva vida, al volver a la existencia a través del nacimiento, puede superar por sí mismo, mediante el equilibrio kármico, aquello que hizo o dejó de hacer en vidas anteriores. Así pues, el alma atraviesa la puerta de la muerte y se lleva consigo los impulsos para volver una y otra vez a la existencia, con el fin de lograr un equilibrio en las vidas posteriores.
Aristóteles no podía aceptar una idea así, porque desde el principio él afirmaba que antes del nacimiento, el alma era separaba de la sustancia espiritual. La ciencia del espíritu, por el contrario, debe afirmar: la vida
La era moderna dio un tercer paso. Poco a poco, la devoción por la fe fue desapareciendo cada vez más entre las personas. Se volcaron cada vez más en lo meramente sensorial y tangible. Ahora vemos que, para la idea de Cristo, el resultado fue que Cristo pasó cada vez más a un segundo plano y la visión de Cristo se volvió cada vez más materialista. En lugar del principio espiritual de los gnósticos, en lugar del Cristo de la Edad Media, al que se podía experimentar en el sentimiento de fe más puro, la época moderna no situó en el punto de partida de nuestro calendario a un ser humano imbuido de algo cósmico, sino, cada vez más, al «hombre sencillo de Nazaret», un ser humano igual que los demás. Ya no se sabía lo que los gnósticos ya habían comprendido. Se prefería entender a Cristo de forma material, como cualquier otro fenómeno histórico común. Y al concebirlo únicamente como humano, uno se veía obligado a examinar su figura con los medios de la historia común. Sin embargo, se podría haber tenido en cuenta lo siguiente: tomar todo el asunto desde un punto de vista histórico es, de hecho, lo más fácil que hay, pues ¿qué puede ser más fácil que examinar los Evangelios y demostrar que contienen contradicciones? El núcleo de esta investigación es lo más elemental que puede existir. Además, en realidad habría que suponer que todos los que vivieron en el pasado eran tan ignorantes que ni siquiera se percataron de las contradicciones tan evidentes. No se interpretaban los Evangelios como una formación del alma, a través de la cual esta pudiera elevarse hasta la visión espiritual de Cristo. No es de extrañar, pues, que se aplicara a los Evangelios el criterio de la historia; no es de extrañar que surgiera un movimiento que, en Alemania, se vincula al nombre de Drews y que ha llegado a la negación total de Cristo. ¡Esto ocurre precisamente en la misma época, en el mismo presente, en el que surge la ciencia espiritual! Y la ciencia espiritual revela precisamente lo que ya se ha caracterizado, a saber, que el ser humano no vive con lo que lleva en su interior únicamente en esta vida, sino que lo ha traído consigo de otras vidas que han transcurrido. En otro tiempo, el ser humano vivía en un mundo espiritual. Luego descendió de ese mundo espiritual, pero no se encarnó en un cuerpo físico solo una vez, sino que, tras haber asimilado los frutos de cada vida individual en un estado intermedio espiritual, volvió a descender una y otra vez a la existencia física. Esta ley ya se ha mencionado en numerosas ocasiones en este mismo lugar. Nos muestra cómo vive el ser humano a lo largo de toda la evolución histórica del mundo. Pero la vida solo cobra sentido de forma evidente si partimos de la base de que todos hemos vivido en la Tierra para asimilar lo que la prehistoria podía ofrecernos, con el fin de seguir desarrollándonos en las épocas posteriores, más perfectas. Si se examina esto con más detenimiento, surge algo bastante peculiar; surge, precisamente, lo que podríamos llamar: la misión del ser humano en la Tierra.
Como ya he señalado en otras ocasiones, hoy también debo recordar que aquello que ha surgido como la conciencia actual —[ordinaria]— del ser humano no es algo que pueda constituir la única forma de conciencia. El ser humano puede, de hecho, desarrollarse; puede elevarse hasta alcanzar la clarividencia mediante un auténtico entrenamiento espiritual; puede hacerlo si aplica a su alma el [método de] la meditación. Del mismo modo que, cuando contemplamos un objeto que brilla intensamente, podemos entrar en un estado que excluye todo lo demás de la vida —aunque esto no debe tomarse como ejemplo a seguir—, nos colocamos en un —aunque no tan limitado— — cuando, por nuestra propia voluntad, situamos en el centro de nuestra conciencia únicamente lo espiritual y anímico que nos hemos adquirido y hacemos caso omiso de todo lo demás. Entonces irradian en nuestra alma fuerzas a través de las cuales se hace realidad para nosotros lo que se podría expresar más o menos así: el ser humano se libera de su cuerpo. El ser humano experimenta realmente lo que se puede expresar así: ya no percibo a través del ojo, ya no pienso a través del cerebro, sino que experimento como un ser espiritual independiente de su cuerpo; percibo lo que vive y se teje en un mundo espiritual. Esta elevación hacia lo espiritual puede alcanzarse mediante el entrenamiento, y sus estrictas leyes se describen en algunas de mis obras.
Aquel que ha vivido emocionalmente algo que podría describirse más o menos así: quien se altera con facilidad, quien se deja llevar en gran medida por sus afectos y sensaciones, no podrá ascender fácilmente al mundo espiritual; pero quien se enfrenta al mundo exterior con una cierta ecuanimidad de calma y serenidad interior, en él vive, por así decirlo, una reserva, un depósito de sensaciones y sentimientos —y es precisamente allí donde irradia la luz espiritual que encendemos en nuestro interior mediante la meditación. Una persona que se centra mucho en sí misma no puede convertirse fácilmente en un clarividente entrenado. Pero quien es capaz de empatizar fácilmente con los demás, quien puede desarrollar un amor desinteresado, quien no vive únicamente de sus sensaciones, esa persona posee un plus en el alma que puede impregnar con las fuerzas que adquiere mediante el entrenamiento espiritual. El poder clarividente del ser humano brota de un sentimiento que no se consume en el egoísmo.
Cuando el ser humano ha llegado al punto en que le es posible vivir en el mundo espiritual, lo que allí experimenta, puede ir trasladándolo poco a poco a los conceptos habituales y comunicarlo de tal manera
Lo que el investigador de las ciencias espirituales alcanza hoy en la supra conciencia, en el futuro podrá
Si observamos al ser humano en toda la Tierra con una visión amplia, destacan en él dos cualidades que en tiempos remotos no poseía. Basta con examinarlo para comprobar que no las tenía. Estas dos cualidades son la compasión y la conciencia. A medida que el
La compasión es una de las dos cosas a través de las cuales el ser humano sale de sí mismo sin perder la conciencia; la otra es la conciencia moral. Nos habla desde dentro. El ser humano se somete a una voz que le habla desde su yo; al hacerlo, somete su yo a otro que va más allá de sí mismo. La compasión y la conciencia son las fuerzas que desarrolla el ser humano. Y la conciencia, basándose en las formas que han adoptado la compasión y la conciencia, desarrollará aquello que, de otro modo, solo era posible en una conciencia anómala: la clarividencia. Esto no es una profecía, es algo que se deriva de un riguroso enfoque científico.
Gracias al conocimiento de lo que la compasión y la conciencia provocan en el alma humana, en el siglo XX, el ser humano podrá llegar a una experiencia [espiritual] inmediata, incluso en su conciencia cotidiana,. Podrá comprender algo de lo que se dirá: por un lado, vemos cómo el ser humano, al entrar en la existencia mediante el nacimiento, hereda algo de sus antepasados; como ser espiritual, debe integrarse en una familia y se ve revestido de cualidades que le han sido transmitidas. Los seres humanos conocían esta herencia mucho antes de que existiera nuestra ciencia natural; simplemente le daban otro nombre, a saber, «pecado original». Quien conozca el [significado del] pecado original en el Antiguo Testamento sabe que debe entenderse en un sentido mucho más amplio de lo que aún hoy lo hace la ciencia natural, es decir, que también debe aplicarse a las cualidades morales. Sin embargo, aquel en quien la compasión y la conciencia han dado fruto se dirá a sí mismo: «Del mismo modo que, por mi nacimiento, estoy ligado a unas predisposiciones de las que no puedo escapar, también hay en mí algo que me libera de la materia y me permite trascenderme a mí mismo para adentrarme en un mundo espiritual». - Habrá una clarividencia inmediata en un ámbito: el de la propia alma. El ser humano se dirá a sí mismo: del mismo modo que algo me encadena a la materia exterior, por otro lado surge en mi alma un ayudante luminoso que puede elevarme por encima de mí mismo. Este sentimiento podría compararse, por ejemplo, con lo siguiente: si alguien no cree que el aire que hay en el exterior pueda entrar en un espacio vacío, solo tiene que vaciarlo; entonces el aire entrará por sí solo, de modo que podrá comprobarlo perfectamente. Pero a través de la compasión y la conciencia, —que, al fin y al cabo, separan nuestro «yo» de nosotros mismos—, se crea en el alma ese espacio vacío, y en él fluye entonces lo espiritual, aquello que llamamos la presencia de Cristo. Entonces, el ser humano sabrá por experiencia propia que puede acoger en su interior a Cristo, que se encuentra en la atmósfera espiritual, del mismo modo que el aire está presente en la atmósfera física y fluye hacia todos los espacios vacíos que encuentra.
En esta elevada área, la conciencia normal ya puede volverse clarividente. Y la persona entonces no verá esta experiencia como algo meramente subjetivo, sino que reconocerá que debe existir como algo real. Reconocerá que esto no siempre estuvo ahí, que en algún momento se incorporó a la humanidad, es decir, que sabrá que lo que experimenta alguna vez descendió a la Tierra y se unió a ella como impulso de Cristo. Para el ser humano del siglo XX, el impulso de Cristo tendrá que ser algo que alguna vez ingresó en el desarrollo humano como un hecho real e histórico. Entonces llegará el momento en que no tendrá sentido decir que Cristo es solo una idea, sino que se dirá: se podría suponer que esta experiencia solo se vivía en el alma del individuo, como sostienen ciertos filósofos: sin ojo no hay color. Pero eso no hace que exista un color externo simplemente porque hay ojos, sino que el ojo fue creado desde el mundo de la luz. Así que habría que decir: sin luz, no hay ojo; entonces, sin Cristo histórico, no hay Cristo interno, ni fuerza interna de Cristo en el ser humano. Por eso, la persona reconocerá a Cristo como un ser espiritual; sabrá que este mismo ser estuvo históricamente en la Tierra y se unió a ella mediante su sacrificio. En general, uno podrá adentrarse en el mundo espiritual y entonces también descubrirá a Cristo.
Así como Goethe a menudo dijo la frase correcta sobre un asunto, ahora se podría conectar con una de sus frases, tomando lo que él quiere expresar como una metáfora de lo que hoy quisiéramos expresar, una frase que pueda ser para nosotros como una directiva. Goethe dijo: El ojo se ha formado para la luz a partir de la luz. — A partir de órganos originalmente indiferentes, la luz ha hecho surgir el ojo. Y ahora Goethe señala, con otras palabras, el impulso interno de ver a Dios en uno mismo:
la propia luz del sol nunca podría verlo;
si no tuviera en nosotros la fuerza propia de Dios,
¿cómo podría deleitarnos lo divino?
Así como el ojo ha surgido como por arte de magia de la luz, también en el ser humano la capacidad de contemplar a Dios ha surgido como por arte de magia del propio Dios, que teje y da vida. Quien, en su esencia cristiana interior, sea capaz de experimentar a Cristo a partir de los más bellos sentimientos, emociones y conocimientos de su alma, sabrá que esto solo es posible porque Cristo descendió una vez a la Tierra, porque el Cristo histórico vivió en su momento. Así como el sol, con su luz, ha hecho surgir el ojo del cuerpo humano, así también el Cristo histórico ha hecho surgir de las almas humanas la vida [interior] de Cristo. Si el alma no fuera «cristiana», ¿cómo podría experimentar a Cristo? Si Cristo no hubiera vivido históricamente, ¿cómo podría el alma tener esta sensación tan hermosa, la sensación de Cristo? —Así se hablará en el siglo XX. En la época en que la ciencia exterior haya llegado a negar al Cristo histórico, la ciencia espiritual, sin necesidad de documentos, llegará a afirmar: «Puesto que el ser humano puede experimentar a Cristo, sabe que este vivió históricamente como fuerza vivificadora, como el sol en el reino espiritual del desarrollo de la humanidad».
Traducido por J.Luelmo

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