RUDOLF STEINER
Ahora, queridos amigos,
Si buscamos la transición a la
Ahora bien, todo el proceso de entrada de una persona a la vida terrenal implica la comprensión de lo
Surge entonces la pregunta: Así como la memoria solo remite a sucesos ocurridos dentro del transcurso de la vida terrenal, ¿Podemos nosotros, -desde la perspectiva de la vida humana-, remontarnos aún más atrás? ¿Podemos rememorar aquello que existía antes de la entrada de una persona a la vida terrenal?
Ahora llegamos a dos aspectos: por un lado, a lo que el ser humano ha experimentado a nivel espiritual y anímico en su existencia preterrenal. Dejemos eso, por el momento, para una reflexión posterior. Pero hay algo más, algo relacionado con la corporeidad física, que el ser humano, como ser individual, trae consigo al entrar en la corporeidad física. Ese algo es todo aquello que, partiendo de las concepciones habituales de las ciencias naturales, denominamos herencia. El ser humano lleva en su interior, hasta en sus predisposiciones temperamentales, —que, por tanto, ya influyen fuertemente en lo anímico—, peculiaridades e impulsos que se vinculan a lo que era propio de sus antepasados físicos.
Sin embargo, la humanidad actual trata estas cosas de manera algo superficial, se podría incluso decir, algo despreocupada. Esta misma mañana, leyendo un libro durante un viaje, leí sobre un gobernante de una familia gobernante conocida, ahora pasada, y que trataba la cuestión de la herencia en esa familia gobernante. Allí se mencionan características que se transmitieron de generación en generación hasta el siglo VII. Pero en este libro hay una frase bastante curiosa sobre esa herencia. Dice algo así: En esta familia gobernante hay personas que muestran de manera notable que tienden a extravagancias, a paradojas de la vida, a excesos y demás, pero también hay miembros de esta familia que no tienen nada de eso. Vean ustedes, una manera peculiar de ver las cosas. Porque en realidad uno debería asumir que alguien que nota algo así debería decirse: De tales premisas no se puede sacar ninguna conclusión. Pero si revisan ustedes muchas de las cosas que hoy en día llevan a lo que se llaman opiniones seguras, encontrarán muchas cosas similares.
Pero aunque las ideas que prevalecen hoy en día sobre la herencia parezcan bastante superficiales, hay que decir que el ser humano lleva en sí mismo los rasgos heredados. Esa es una cara de la moneda. De hecho, el ser humano a menudo tiene que luchar contra esos rasgos heredados. Debe, por así decirlo, liberarse de ellos para alcanzar aquello para lo que está predestinado por su vida, antes de haber entrado en la existencia terrenal.
Lo segundo a lo que se nos remite es aquello que el ser humano adquiere a través de la educación, del trato con sus semejantes, pero también del contacto con la naturaleza exterior. A partir de los hábitos de observación de los reinos de la naturaleza subordinados, a esto se le denomina la adaptación del ser humano a las circunstancias que le rodean. Y ya saben que la ciencia natural moderna considera que, para cualquier ser vivo, estos dos impulsos, —la herencia y la adaptación—, son lo más importante.
Pero precisamente cuando uno se adentra en estas cuestiones, si se entrega a ellas con imparcialidad, siente que, sin el camino hacia el mundo espiritual, no puede obtener ninguna aclaración sobre ellas. Por eso precisamente, hoy queremos abordar estas cuestiones, con las que nos encontramos a cada paso en la vida, a la luz del conocimiento espiritual.
Para ello debemos recurrir a algo que nos ha ocupado repetidamente en las reflexiones anteriores. Ya hemos tenido que señalar, también en estas reflexiones, la separación de la Luna del planeta Tierra. Se puede señalar que la Luna estuvo en su día unida al planeta Tierra y que, en un momento determinado, se separó de él para influir en este desde la distancia. Pero también he señalado qué aspecto espiritual subyace a esta salida de la Luna. He señalado cómo en otro tiempo vivieron en la Tierra seres verdaderamente sobrehumanos, que fueron los primeros grandes maestros de la humanidad, y de los cuales proviene aquello que, en el fondo de nuestro pensamiento humano en la Tierra, puede denominarse «sabiduría primigenia», aquello que se encuentra por doquier como una impronta original, que es profundamente significativo, que inspira reverencia y que, incluso entre las ruinas en las que se encuentra, suscita reverencia, y que en su día constituyó el contenido mismo de la enseñanza de los grandes maestros sobrehumanos en los albores del desarrollo de la humanidad en la Tierra.
Estas entidades han encontrado su camino hacia la existencia lunar y hoy en día están vinculadas a ella. Pertenecen, en cierto modo, a la población de la Luna. Ahora bien, se trata de que el ser humano, una vez que ha atravesado la puerta de la muerte, recorra por etapas aquello que está vinculado al mundo planetario que pertenece a nuestra Tierra. Ya hemos visto que el ser humano, una vez que ha atravesado la existencia terrenal, entra primero en el ámbito de las influencias lunares, y luego pasa al ámbito de las influencias de Venus, Mercurio, el Sol, y así sucesivamente. Hoy nos interesará, en primer lugar, cómo llega el ser humano a ese ámbito de las influencias lunares.
Desde este mismo lugar ya he señalado, que la vida del ser humano puede ser seguida con la percepción imaginativa más allá de la puerta de la muerte, y que de hecho, aquello que permanece del ser humano, aparece en lo espiritual después de que éste haya dejado el cuerpo físico y lo haya entregado a los elementos de la tierra. Después de que su cuerpo etérico ha sido recibido por la esfera etérica, que está conectada con nuestro planeta, lo que permanece del ser humano es lo anímico-espiritual, el Yo, el cuerpo astral, lo que luego se une al Yo y al cuerpo astral. Pero si uno contempla con percepción imaginativa lo que ha pasado por la puerta de la muerte, aún se presenta en una forma. Es la forma que da a la verdadera forma la materia física que el ser humano lleva en sí. Esta forma permanece frente a la robusta corporalidad física como una sombra, pero frente a la percepción y sensación del alma se siente con una impresión fuerte e intensa. La cabeza del ser humano en esta forma ha desvanecido su impresión sobre el alma; lo demás es fuerte, y durante el paso por la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento, se transforma gradualmente en la cabeza de la siguiente encarnación. Pero algo hay que decir sobre esta forma, que puede ser observada mediante la percepción imaginativa. Después de que el ser humano ha pasado por la puerta de la muerte: tiene una cierta expresión fisiognómica. Es, por así decirlo, un retrato fiel de la manera en que el ser humano fue bueno o malo aquí en la vida terrenal física. En la vida terrenal física, el ser humano puede ocultar si en su alma obra el mal o el bien. Después de la muerte, no puede ocultarlo. Si se observa la figura espiritual que queda tras la muerte, esta lleva la expresión fisiognómica de lo que el ser humano fue en la tierra.
Aquél que lleva en el alma un mal moral a través de la puerta de la muerte, lleva una expresión fisionómica, a través de la cual se vuelve exteriormente, por así decirlo, similar a las formas ahrimaníacas. Y es así durante el primer tiempo después de la muerte, que toda sensación y percepción del ser humano está vinculada a lo que el ser humano puede recrear dentro de sí mismo. Si el ser humano lleva en sí mismo la fisionomía de Ahrimán porque ha llevado el mal moral en su alma a través de la puerta de la muerte, entonces sólo puede recrear lo que es similar a Ahrimán, es decir, percibirlo, y en cierto modo, es espiritualmente ciego ante aquellas almas humanas que han pasado por la puerta de la muerte con buen ánimo, con buena disposición moral. Esto incluso pertenece al juicio más severo al que se introduce al ser humano después de encontrar el paso por la puerta de la muerte, que mientras sea malvado, solo puede ver a los de su misma clase, porque sólo puede recrear en sí mismo lo que es la fisionomía de otros seres humanos malvados.
Ahora el ser humano, al haber atravesado la puerta de la muerte, llega al ámbito de la luna. Allí, quien lleva el mal a través de la puerta de la muerte se encuentra con seres suprasensoriales, suprafísicos, pero siempre también con aquellos que se parecen a él fisonómicamente, es decir, cerca de figuras ahrimanicas. Este atravesar un mundo ahrimanico por ciertos seres humanos tiene un significado muy específico en todo el contexto del acontecer del mundo. Y vamos a comprender lo que realmente sucede allí, si ahora consideramos el sentido verdadero de la migración de los antiguos maestros hacia la colonia lunar del cosmos.
Verán, además de con las entidades de las jerarquías superiores, a las que comúnmente llamamos ángeles, arcángeles y demás, también están conectadas con todo ese desarrollo universal aquellas otras entidades que pertenecen al reino ahrimánico y al luciférico; estas entidades actúan en todo el contexto del mundo de la misma manera que las que se desarrollan normalmente. Las entidades luciféricas actúan continuamente tratando de desviar aquello que tiende a avanzar hacia la materialidad física. En el ámbito humano, las entidades luciféricas actúan de manera que aprovechan cualquier oportunidad para alejar al ser humano de su corporeidad física. Las entidades luciféricas tienen el objetivo de hacer del ser humano un ser puramente espiritual, y etérico. Las formas ahrimánicas buscan separar del ser humano todo aquello que lo lleva a lo anímico-espiritual, tal como debe desarrollarse en el reino humano. Ellas quieren transformar lo subhumano, -aquello que está en los instintos, impulsos, y demás-, es decir transformar en espiritual aquello que se expresa en la corporeidad. Transformar al ser humano hacia lo
Así, por un lado, el ser humano se encuentra frente a las entidades de las jerarquías que se desarrollan normalmente, pero al estar entrelazado con todo, con la existencia total, también se encuentra frente a las figuras luciféricas y ahrimánicas.
Y ahora bien, se trata de que, cada vez que las figuras luciféricas se esfuerzan por acercarse al ser humano, ello va acompañado de la intención de que el ser humano se vuelva, en realidad, ajeno a la Tierra y cada vez más alejado de ella; por el contrario, cuando las figuras ahrimánicas se esfuerzan por apoderarse del ser humano, pretenden hacerlo cada vez más terrenal, aunque también quieran espiritualizar la Tierra mediante una sustancia espiritual densa y con fuerzas espirituales densas.
Cuando se tratan asuntos espirituales, hay que recurrir, en cierto modo, a expresiones que quizá parezcan grotescas en comparación con dichos asuntos espirituales. Pero, al fin y al cabo, primero debemos valernos del lenguaje humano. Por eso, queridos amigos, permítanme que utilice palabras humanas comunes para referirme a algo que tiene lugar en lo puramente espiritual. Ya me entenderán. Ustedes mismos elevarán hacia lo espiritual aquello que yo exprese de esta manera.
Precisamente aquellas entidades que, en los albores de la existencia terrenal, transmitieron al ser humano la sabiduría primigenia en calidad de grandes maestros, se retiraron del mundo para, en la medida en que les era posible dentro de su ámbito, restablecer la relación correcta entre lo luciférico y lo ahrimánico por una parte y el ser humano por otra. ¿Por qué era necesario? ¿Por qué tuvieron que optar estos seres tan sublimes, como lo eran estos Maestros Primordiales, por abandonar lo terrenal, —en cuyo ámbito habían actuado durante un tiempo—, y dirigirse hacia la Luna, fuera de la Tierra, para restablecer, en la medida de lo posible, el equilibrio adecuado entre lo luciférico y lo ahrimánico en relación con el ser humano?
Verán, cuando el ser humano desciende de la existencia preterrenal al mundo terrenal, —como entidad anímico-espiritual—, recorre un camino que he descrito en el curso sobre «Cosmología, religión y filosofía». Tiene una determinada existencia anímico-espiritual; esta existencia la une con lo que le es transmitido a través de la línea hereditaria pura por parte de su padre y su madre, es decir, con la existencia física embrionaria. Ambas, la física-embrionaria y la espiritual, se entrelazan, se unen entre sí, y de este modo el ser humano entra en la existencia terrenal. Pero en lo que ahora se encuentra en la línea hereditaria, en lo que pasa de los antepasados a los descendientes en forma de rasgos hereditarios, ahí está contenido precisamente aquello que proporciona a las entidades ahrimánicas los puntos de ataque contra la naturaleza humana. En las fuerzas hereditarias residen las fuerzas ahrimánicas. Y al llevar el ser humano en su interior gran parte de estos impulsos hereditarios, tiene una corporalidad a la que el yo no puede acceder fácilmente. De hecho, ese es el secreto de algunas entidades humanas: que llevan en sí demasiados impulsos hereditarios. Hoy en día se denomina «tener una carga hereditaria». Esto tiene como consecuencia que el «yo» no pueda penetrar plenamente en la corporeidad, que el «yo» no pueda llenar por completo todos y cada uno de los órganos de la corporeidad, y que el cuerpo desarrolle, en cierto modo, una acción propia junto a la impulsividad del «yo», que en realidad forma parte de esa corporeidad. De modo que las fuerzas ahrimánicas, al esforzarse por introducir lo máximo posible en la herencia genética, logran que el «yo» quede solo vagamente asentado en el ser humano. Eso es lo primero.
Pero el ser humano también está sujeto a la adaptación a las circunstancias externas. Basta con pensar en hasta qué punto el ser humano está sujeto a la adaptación a las circunstancias externas al observar qué influencia tienen el clima y otras condiciones geográficas sobre él. Esta influencia del entorno natural puro reviste, sin duda, una importancia extraordinaria para el ser humano. Hubo incluso épocas en las que esta influencia del entorno natural fue aprovechada de manera especial por los sabios guías de la humanidad.
Si nos fijamos, por ejemplo, en algo muy curioso de la antigua Grecia, en la diferencia entre espartanos y atenienses, debemos decir: esta diferencia entre espartanos y atenienses, que en realidad se describe de manera bastante superficial en nuestros manuales de historia habituales, se basa en algo que se remonta a prácticas de antiguos misterios, que surtieron efectos distintos en los espartanos y en los atenienses.
En Grecia se daba mucha importancia a la gimnasia. La gimnasia era el elemento principal en la educación del niño, porque, de forma indirecta a través de la actividad física, —al orientar y dirigir esta actividad de una manera determinada—, se influía también en lo espiritual y lo anímico, precisamente al estilo griego. Pero entre los espartanos esto se hacía de manera diferente que entre los atenienses. En el caso de los espartanos, lo más importante era permitir que los muchachos se desarrollaran de tal manera que, a través de sus ejercicios gimnásticos, lograran, en la medida de lo posible, desarrollar plenamente, —y únicamente a través del cuerpo—, aquello que el cuerpo trabaja internamente. Por eso se exigía al muchacho espartano que realizara sus ejercicios gimnásticos independientemente de las condiciones meteorológicas.
En el caso de los atenienses, la situación era diferente. Los atenienses daban mucha importancia a que los ejercicios gimnásticos se adaptaran a las condiciones meteorológicas; también consideraban muy importante que el niño que realizaba sus ejercicios gimnásticos estuviera expuesto a la luz del sol de manera adecuada. A los espartanos les daba igual que los ejercicios se realizaran bajo la lluvia o bajo el sol. Los atenienses exigían que el ser humano recibiera estímulos, en particular los que proporcionaban los efectos del sol.
Al niño espartano se le trataba de tal manera que se le endurecía la piel, para que todo lo que desarrollara procediera de su constitución física interna. Al niño ateniense no solo se le aplicaba arena y aceite en la piel, sino que además se le exponía a la acción del sol.
De este modo, en los muchachos atenienses se transmitía aquello que puede penetrar en el ser humano desde el exterior, a través de los efectos del sol. Se estimulaba al muchacho ateniense a ser locuaz; se le estimulaba a expresarse con palabras bellas. Al niño espartano se le aislaba por completo mediante todo tipo de fricciones con aceites, e incluso mediante el tratamiento de la piel con arena y aceite, para que desarrollara todo en su interior, de forma independiente de la naturaleza exterior. De este modo, se incitaba al niño espartano a canalizar hacia su interior todas las fuerzas que la naturaleza humana puede desarrollar, en lugar de manifestarlas exteriormente.
Esto no le hacía ser tan locuaz como el muchacho ateniense; al contrario, le llevaba precisamente a ser parco en palabras, a hablar poco, a permanecer en silencio. Y cuando decía algo, tenía que ser significativo, tenía que tener contenido. Las expresiones espartanas, —que se pronunciaban en contadas ocasiones—, se caracterizaban por su riqueza de contenido, mientras que las expresiones atenienses se distinguían por la belleza de sus formulaciones lingüísticas. Esto estaba relacionado con la adaptación del ser humano a su entorno a través del sistema educativo correspondiente.
Esto también se puede observar en la relación que se establece entre el ser humano y su entorno. Las personas del sur, que están expuestas a la acción del sol, se vuelven muy gesticulantes y también habladoras; en ellas se desarrolla un lenguaje melodioso, porque su desarrollo térmico está relacionado con el desarrollo térmico exterior.
Las personas del norte, por su parte, se desarrollan de tal manera que no se vuelven locuaces, porque deben conservar en su interior el calor corporal como impulsos. Fíjense en las personas del norte. Son conocidas por su silencio; pasan tardes enteras sentadas juntas sin sentir la necesidad de decir muchas palabras. Uno pregunta; el otro le responde con un «no» o un «sí» al cabo de dos horas o incluso a la noche siguiente. Esto tiene que ver, sin duda, con que estas personas del norte se ven obligadas a tener impulsos internos más fuertes para generar calor en su interior, ya que el calor no les llega desde el exterior.
Ahí tenemos lo que ya se puede llamar, en el ámbito natural, la adaptación del ser humano a las circunstancias externas. Observen entonces cómo todo esto actúa en la educación y en el resto de la vida espiritual y anímica. Del mismo modo que las entidades ahrimánicas ejercen su influencia esencial sobre lo que reside en la herencia, las entidades Luciféricas ejercen su influencia esencial sobre lo que es la adaptación. Así pueden acercarse al ser humano cuando este establece sus relaciones con el mundo exterior. Enredan el yo humano en el mundo exterior. Pero con ello, a menudo sumen a este yo en una confusión respecto al karma.
Así pues, mientras que las entidades ahrimánicas sumen al ser humano en una confusión respecto a su yo frente a sus impulsos físicos, las entidades Luciféricas lo sumen en una confusión respecto a su karma. Porque lo que proviene del mundo exterior no siempre forma parte del karma, sino que primero debe integrarse en él a través de diversos hilos y conexiones, para que en el futuro pueda formar parte del karma.
Así pues, lo ahrimánico y lo luciférico están íntimamente relacionados con la vida humana. Esto debe regularse; debe regularse en el desarrollo global del ser humano. Por eso se había hecho necesario que estos sabios primigenios de la humanidad se marcharan de la Tierra, donde no habrían podido llevar a cabo esta regulación, ya que no puede realizarse durante la vida humana en la Tierra, y el ser humano, fuera de la vida terrenal, simplemente no se encuentra en la Tierra; por eso era necesario que estos sabios primigenios de la humanidad tuvieran que marcharse de la Tierra y continuaran su existencia en la Luna. Porque ahora, después de que se hubieran trasladado a la Luna, —y aquí llego al punto de tener que utilizar precisamente el lenguaje humano para algo que, en realidad, uno preferiría expresar con otras imágenes—, estas entidades, es decir, estos maestros primigenios, llegaron a buscar, durante su existencia lunar, acuerdos con las fuerzas ahrimánicas y con las luciféricas. Y para el ser humano resultaría especialmente perjudicial la intervención de las fuerzas ahrimánicas en su existencia tras la muerte, si estas entidades ahrimánicas pudieran realmente ejercer influencia sobre él. Porque, verán, cuando el ser humano atraviesa la puerta de la muerte y lleva consigo algo malo en las secuelas de su alma, se encuentra, como ya les he dicho, completamente inmerso en un entorno ahrimánico, incluso en concepciones ahrimánicas. Él mismo tiene una fisonomía ahrimánica. Solo es capaz de percibir a aquellas entidades humanas que también presentan una fisonomía ahrimánica. Esto debe seguir siendo así, de modo que sea únicamente una experiencia anímica del ser humano. Si Ahriman pudiera intervenir ahora, si pudiera influir en el cuerpo astral, esto se convertiría en una fuerza que Ahriman podría impulsar en el ser humano, una fuerza que no solo se equilibraría poco a poco a través del karma, sino que haría que el ser humano se sintiera muy cercano a la Tierra, que lo llevaría a una relación demasiado estrecha con lo terrenal. Eso es también lo que persiguen las fuerzas ahrimánicas. Quieren, en aquellos seres humanos en los que sea posible, establecer tras la muerte, —cuando el ser humano, en su forma espiritual, aún se asemeja a la forma terrenal— aquello que llevan consigo en forma de impulsos malignos a través de la puerta de la muerte. De este modo, pretenden penetrar con sus fuerzas en esa forma espiritual, atraer al mayor número posible de esas entidades hacia la existencia terrenal y, por así decirlo, fundar una humanidad terrenal ahrimánica.
Por eso, los sabios maestros de la humanidad, los actuales habitantes de la Luna, han celebrado un pacto con las fuerzas ahrimánicas, —un pacto que estas últimas se vieron obligadas a aceptar por razones que explicaré más adelante—, un pacto por el que, en el sentido más estricto de la palabra, en la medida de lo posible, a las fuerzas ahrimánicas ejercer influencia sobre la vida humana antes de que el ser humano descienda a la existencia terrenal. Así pues, cuando el ser humano, en su descenso a la existencia terrenal, atraviesa de nuevo la esfera lunar, entonces, según los acuerdos entre los sabios maestros primigenios de la humanidad y las fuerzas ahrimánicas, estas últimas pueden ejercer una determinada influencia sobre el ser humano. Y esta influencia se manifiesta precisamente en que la herencia se ha hecho posible. En cambio, una vez que se les había asignado, en cierto modo, este ámbito de la herencia gracias a los esfuerzos de los antiguos maestros de la humanidad, las entidades ahrimánicas tuvieron que renunciar a aquello que perdura en el desarrollo humano tras la muerte.
Por el contrario, con las entidades luciféricas se ha establecido un pacto según el cual estas solo podrán ejercer influencia sobre el ser humano una vez que haya atravesado la Puerta de la Muerte, y no antes de que descienda a la existencia terrenal.
De este modo, se estableció una regulación de las influencias extraterrestres de lo ahrimánico y lo luciférico precisamente a través de los grandes maestros primigenios de la humanidad. Pero ya lo hemos visto y, si lo reflexionamos un poco, queda claro de inmediato: así es como el ser humano se acerca a la naturaleza. Al poder actuar sobre él las entidades ahrimánicas antes de su descenso a la Tierra, el ser humano queda expuesto a los efectos de los impulsos hereditarios. Al poder actuar sobre él las entidades luciféricas, el ser humano queda expuesto a aquellos impulsos que se encuentran en el entorno físico, —en el clima y similares—, así como en el entorno espiritual, anímico y social, a través de la educación, la vida y demás. El ser humano entra, pues, en relación con su entorno natural, y en este entorno natural pueden actuar tanto lo ahrimánico como lo luciferico.
Ahora me gustaría hablar, desde una perspectiva totalmente diferente, sobre la existencia de las entidades ahrimánicas y luciféricas, precisamente en el entorno natural. Ya señalé esas cuestiones durante la reunión en la que se trató el problema de Michael. Ahora quiero profundizar aún más en ello. Imagínense por un momento ese cambio que se produce en la naturaleza que nos rodea, cuando nos encontramos ante las nieblas ascendentes. Los vapores acuosos de la Tierra se elevan. Quizá vivamos incluso dentro de la atmósfera, que está llena de este ascenso de los vapores acuosos de la Tierra. En este ascenso de los vapores acuosos de la Tierra, quien haya alcanzado la visión espiritual descubre que en este fenómeno natural puede vivir algo que eleva lo terrenal en dirección centrífuga, hacia arriba.
Verán, no en vano cuando las personas viven en la niebla tienden a volverse melancólicas, pues hay algo en la experiencia de lo brumoso que agobia nuestra voluntad. En lo brumoso experimentamos una carga sobre la voluntad.
Ahora bien, entre otros ejercicios, uno puede entrenar su imaginación de tal manera que ejerza presión sobre su propia voluntad. Esto se puede lograr mediante ejercicios que consisten en provocar, a través de la concentración interior en determinados órganos del cuerpo, —concretamente, en los músculos—, una especie de sensación muscular interna, una percepción de los músculos. Cuando se somete a esfuerzo la voluntad provocando esta sensación muscular interna, —es diferente sentir los músculos al caminar que tensarlos mediante la concentración mientras se está de pie—, si esto se convierte en un ejercicio constante, si se realiza tal y como he descrito en otros ejercicios que he expuesto en «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores? », entonces se somete a la voluntad a una carga mediante la propia actividad. Y entonces uno se percata de lo que hay en la niebla ascendente, de lo que puede hacer que uno se sienta abatido y melancólico en la niebla ascendente; entonces uno se percata, a nivel espiritual y anímico, de cómo ciertos espíritus ahrimánicos viven en la niebla ascendente. De modo que, con conocimiento espiritual, hay que decir: en la niebla ascendente se elevan desde la Tierra hacia el espacio cósmico espíritus ahrimánicos, que de esta manera amplían su existencia en relación con lo terrenal.
Otra cosa muy distinta es cuando, —algo para lo que aquí, precisamente en el Goetheanum, se tienen tantas y maravillosas oportunidades—, se dirige la mirada al atardecer o al amanecer hacia las inmensidades y se ven en ellas las nubes, pero con la luz del sol posada sobre esas nubes. Hace unos días pudieron ver aquí, a última hora de la tarde, cómo una especie de oro rojo del sol se materializaba en las nubes y daba lugar a las más diversas formas de una manera maravillosa. Fue la misma tarde en la que la luna brillaba con una intensidad especial. Pero también en otras ocasiones se puede ver cómo se alzan las nubes y, sobre ellas, se posa, —casi se diría—, el resplandor en un juego de colores maravillosamente resplandeciente. Por supuesto, se puede ver en todas partes, pero yo me refiero precisamente a lo que aquí, en Dornach, se puede contemplar de forma especialmente bella.
En esa luz que se extiende sobre las nubes en la atmósfera habitan los espíritus luciféricos, del mismo modo que en la niebla ascendente habitan los espíritus ahrimánicos. Y, en el fondo, para quien sea capaz de contemplar algo así de forma consciente y adecuada mediante la imaginación, ocurre lo siguiente: si consigue que su pensar habitual se deje llevar por las nubes que transforman las formas y los colores, si, por así decirlo, da a sus pensamientos la posibilidad de metamorfosearse y transformarse en lugar de tener contornos nítidos, cuando los propios pensamientos se ensanchan y se estrechan de nuevo, cuando se dejan llevar por las formaciones nubosas, cuando participan de la forma y los colores de las formaciones nubosas: entonces ocurre que el ser humano comienza realmente a contemplar este juego de colores sobre las nubes, especialmente en el cielo del atardecer y del amanecer, como un mar de colores en el que se mueven figuras Luciféricas. Y cuando en el ser humano la niebla ascendente despierta estados de ánimo melancólicos, entonces ocurre que sus pensamientos, —y con ellos también su ánimo—, aprenden, en cierto modo, a respirar en una libertad sobrehumana ante la visión de este mar de luz que fluye con carácter luciférico. Se trata de una relación especial que el ser humano puede establecer con su entorno, pues allí puede elevarse realmente hasta sentir que su pensamiento es como una respiración en la luz. El ser humano siente el pensamiento como una respiración, pero como una respiración en la luz. Precisamente si desean experimentar esto, comprenderán mejor aquel pasaje de mis «Misterios» en el que se habla de los seres que pueden respirar luz. El ser humano ya puede tener una idea previa de lo que son esos seres, como seres que respiran la luz, cuando experimenta algo como lo que he descrito.
Así, vemos cómo lo ahrimánico y lo luciférico también están integrados en los fenómenos de la naturaleza exterior. Y cuando observamos la herencia y los fenómenos de adaptación en el ser humano, vemos que, a través de ellos, el ser humano acerca su naturaleza espiritual y anímica a la naturaleza. Cuando contemplamos fenómenos naturales como la niebla ascendente y las nubes, bañadas por una luz fluida, vemos cómo las entidades ahrimánicas y luciferinas se unen a lo natural. Pero el acercamiento de lo espiritual y anímico del ser humano, a través de la herencia y la adaptación a la naturaleza, no es más que un acercamiento a lo luciférico y lo ahrimánico, tal y como les he mostrado hoy. Y así, cuando observamos lo natural en el ser humano, encontramos lo luciférico y lo ahrimánico; y en aquellos fenómenos naturales que encierran algo que no tiene por qué ser asunto del físico, encontramos de nuevo lo luciférico y lo ahrimánico, Y vean, ese es el punto al que podemos llegar: a un efecto de lo natural sobre el ser humano que trasciende la existencia terrenal.
Fijémonos primero hoy en esto: encontramos a Ahriman y a Lucifer en la herencia humana y en la adaptación humana. Encontramos a Ahriman y a Lucifer en la niebla ascendente y en la luz que desciende sobre las nubes y que estas detienen y captan. Y encontramos en el ser humano un afán por crear equilibrio y ritmo entre la herencia y la adaptación. Pero también encontramos en la naturaleza exterior el afán por crear un ritmo entre las dos fuerzas que acabo de señalar en lo natural como las ahrimánicas y las luciféricas.
Si observan todo el proceso en la naturaleza, al aire libre, se encontrarán, en el fondo, ante un espectáculo maravilloso. Observen la niebla que se eleva y, en su interior, cómo los espíritus ahrimánicos se lanzan desde esa niebla ascendente hacia la inmensidad del universo. En el instante en que la niebla ascendente se condensa en lo alto formando una nube, deben abandonar sus aspiraciones y regresar de nuevo a la Tierra. En la nube, la presuntuosa aspiración ascendente de Ahriman encuentra sus límites. En la nube, lo nebuloso cesa, pero con ello también cesa lo propio de Ahriman en lo nebuloso. Sin embargo, en la nube comienza la posibilidad de que lo luminoso se asiente por encima de ella: Lucifer, asentado por encima de las nubes.
Comprendan esto en toda su profundidad. Imaginen la niebla que se eleva con las figuras amarillentas de Ahriman, aglutinadas en su interior formando nubes; y en aquello que se forma como luz desbordante sobre la nube, las figuras Luciféricas que se precipitan hacia abajo; entonces habrán plasmado en la naturaleza lo ahrimánico y lo luciférico, y entonces comprenderán también que, en aquellos tiempos en los que se tenía una sensibilidad por lo que se esconde más allá del umbral, por lo que se teje y vive en la nube luminosa, por lo que vive y se teje en la niebla que se agolpa, que en aquellos tiempos, por ejemplo, los pintores se encontraban en una situación muy diferente a la de épocas posteriores. Entonces, lo que ellos conocían como lo espiritual también contribuía a que el color llegara a su lugar adecuado en el lienzo. El poeta podía decir, consciente de que lo divino, lo espiritual hablaba en su interior: «Canta, oh musa, de la ira de Aquiles, el Peleida» o: «Cántame, oh musa, del hombre que tanto viajó»; así comienzan los poemas homéricos. Klopstock, en una época en la que ya no estaba tan vivo el sentido de lo divino y lo espiritual, lo sustituyó por: «Canta, alma inmortal, la redención de los hombres pecadores»; ya he hablado de ello en otras ocasiones. Del mismo modo que lo había expresado el poeta en la antigüedad, —él podía plasmarlo en palabras y comenzar así sus poemas—, también los pintores antiguos, incluso los de la escuela de Leonardo da Vinci y Rafael, podrían haberlo dicho y, de hecho, lo sintieron a su manera: Píntame, oh musa, píntame, oh fuerza divina, ponme las manos, ponme el alma en las manos, para que puedas guiar el pincel en mis manos.
Se trata, en realidad, de comprender esta conexión del ser humano con lo espiritual en todas las situaciones de la vida, y sobre todo en las más importantes.
Así pues, dejemos claro que, por un lado, a través de la herencia y la adaptación, acercamos lo humano a lo ahrimánico y lo luciférico; pero que, por otro lado, al comprender la naturaleza, también podemos acercar lo luciférico y lo ahrimánico a la naturaleza exterior. Mañana continuaremos nuestras reflexiones partiendo de este punto de vista.
Traducido por J.Luelmo
