CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 23

GA232 Dornach, 23 de noviembre de 1923. -La experiencia del pensar, la experiencia de la memoria-

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

La experiencia del pensar, la experiencia de la memoria

Dornach, 23 de noviembre de 1923

Ahora, queridos amigos, queremos aprovechar el tiempo que nos queda aquí en el Goetheanum, para las conferencias antes de las semanas de Navidad, de tal manera que aquellos de ustedes que pueden vivir aquí en Dornach con la esperanza de que llegue la semana de Navidad, puedan asimilar en sí mismos, en la medida de lo posible, todo lo que el movimiento antroposófico puede aportar a los corazones de las personas. De modo que, precisamente aquellos que permanecerán aquí sentados hasta Navidad tengan realmente algo que decir en sus pensamientos sobre aquello que ahora, —me atrevería a decir—, aún puede suceder en el último momento. No es que vaya a hablar, por ejemplo, de la Sociedad Antroposófica Internacional; eso se tratará en unas horas en la propia asamblea, pero voy a intentar ahora estructurar estas reflexiones de tal manera que también puedan contribuir al estado de ánimo que entonces debe reinar. Y así, queridos amigos, intentaré abordar lo que ya he expuesto aquí en las últimas semanas desde un punto de partida diferente; hoy comenzaré por llegar ante ustedes, partiendo de la propia vida anímica del ser humano, a una comprensión de los secretos del mundo.

Partamos hoy, en primer lugar, de algo lo más sencillo posible. Consideremos la vida anímica del ser humano tal y como se presenta cuando este profundiza en la introspección un poco más allá del punto que tenía preferentemente en mente cuando escribí los artículos sobre «La vida anímica» en el «Goetheanum». Así pues, profundicemos ahora en nuestras reflexiones sobre la vida anímica un poco más allá de lo que se hizo en el «Goetheanum». Para ello, lo que figura en el «Goetheanum» en esos cuatro artículos sobre la vida anímica constituye precisamente una especie de introducción, una preparación para lo que ahora queremos examinar.

Si practicamos la introspección de una manera amplia y global en un primer momento, llegamos a comprender cómo puede intensificarse, en cierto sentido, esta vida anímica. Todo comienza, en efecto, cuando dejamos que el mundo exterior actúe sobre nosotros, —lo hacemos desde la infancia—, y a continuación, cuando experimentamos lo que el mundo interior produce en nosotros, es decir, el pensamiento. De hecho, lo que nos convierte en seres humanos es precisamente que dejamos que lo que el mundo exterior produce en nosotros siga viviendo en nuestros pensamientos, que lo visualicemos interiormente en nuestros pensamientos, creando un mundo de representaciones que, en cierto modo, refleja aquello que nos impresiona desde el exterior. Quizá no le hagamos ningún bien a la vida del alma si nos dedicamos precisamente a reflexionar mucho sobre cómo se refleja el mundo exterior en nuestra alma. Al fin y al cabo, no llegamos a nada más que, diría yo, a una imagen atenuada del mundo de las representaciones que hay en nuestro interior. Practicamos una mejor introspección cuando nos centramos más, —me atrevería a decir—, en el momento de la fuerza, de modo que intentamos, por una vez, expresarnos plenamente a través de los elementos del pensamiento, sin fijarnos en el mundo exterior; de modo que seguimos explorando mentalmente aquello que se nos ha presentado como impresiones del mundo exterior. Una persona, según su predisposición, se adentra más en pensamientos abstractos. Crea sistemas cósmicos o no, elabora esquemas sobre todo lo posible en el mundo y cosas por el estilo. La otra persona, al reflexionar sobre las cosas que le han causado impresión y luego desarrollar esos pensamientos, sigue quizá más bien ciertas representaciones imaginarias. No vamos a profundizar más en cómo, este pensamiento, dependiendo del tipo de temperamento, el carácter y demás predisposiciones del ser humano, se desarrolla en nuestro interior sin impresiones externas, pero sí queremos ser conscientes de que, para nosotros, resulta algo especial cuando nos alejamos del mundo exterior en lo que respecta a nuestros sentidos y vivimos por una vez en nuestros pensamientos, en nuestras ideas, desarrollándolas, quizá a veces solo en la dirección de las posibilidades.

Hay quien considera innecesario explorar mentalmente, por ejemplo, las posibilidades de la existencia. De hecho, incluso hoy en día, en estos tiempos difíciles, es frecuente encontrarse con personas que se han pasado todo el día ocupadas en sus quehaceres, realizando todo tipo de tareas que, por supuesto, son necesarias para el mundo, y que luego se reúnen en pequeños grupos para jugar a las cartas, al dominó o a cualquier otra actividad similar, con el fin de, como se suele decir, pasar el rato. Sin embargo, no es muy frecuente que la gente se reúna en grupos similares y, por ejemplo, intercambie sus ideas sobre todo lo que podría haber resultado de esas mismas cosas que han sucedido durante el día, en las que se han visto envueltos, si esto o aquello hubiera sido un poco diferente. En ese caso, la gente no se divertiría tanto como jugando a las cartas; pero sería una reflexión en profundidad. Y si al hacerlo uno conserva el sentido común suficiente respecto a la realidad, entonces ese dar rienda suelta a la imaginación no tiene por qué convertirse en algo fantástico.

Esta vida en el pensar es, en última instancia, lo que se le presenta cuando quiere leer de la manera correcta la «Filosofía de la libertad». Si quiere leer de la manera correcta la «Filosofía de la libertad», debe conocer precisamente este sentimiento: vivir en el pensar. La «Filosofía de la libertad» es algo que se vive a partir de la realidad; pero, al mismo tiempo, es algo que ha surgido por completo del pensar real. Y por eso se percibe un sentimiento fundamental precisamente en esta «Filosofía de la libertad». Esta «Filosofía de la libertad», la concebí en los años ochenta, la escribí a principios de los noventa, y puedo decir sin temor a equivocarme: entre aquellas personas que en aquel entonces habrían tenido, en realidad, la tarea de captar de alguna manera, al menos, la esencia de esta «Filosofía de la libertad», encontré por todas partes incomprensión hacia esta «Filosofía de la libertad». Y eso se debe a un punto concreto. Se debe a lo siguiente: las personas, incluso las llamadas personas pensantes de la actualidad,  en realidad con su pensar, solo llegan a experimentar en él un reflejo del mundo exterior sensible. Y entonces dicen: quizá en el pensar también pudiera llegar algo de un mundo suprafísico; pero tendría que ser así: del mismo modo que la silla y la mesa están ahí fuera, y el pensar da por sentado que están ahí dentro, este pensar que está ahí dentro también tendría que poder experimentar de alguna manera lo suprasensible que se puede percibir fuera del ser humano, tal y como la mesa y la silla están ahí fuera. - Así es más o menos como Eduard von Hartmann concebía la función del pensar.

Entonces se encontró con este libro, la «Filosofía de la libertad». En él, el pensar se vive de tal manera que, en el seno de la experiencia del pensar, se llega a la conclusión de que no se puede concebir de otra forma: si vives plenamente inmerso en el pensar, vives, —aunque al principio de manera indeterminada—, en el universo. El nervio central de la «Filosofía de la libertad es, en la experiencia más íntima del pensar, precisamente esta conexión con los misterios del mundo». Y por eso figura en esta «Filosofía de la libertad» la frase: «En el pensar se toma por un extremo el secreto del mundo».

Quizá esté expresado de forma sencilla, pero lo que quiere decir es que, cuando el pensar se vive realmente, no se puede hacer otra cosa que sentirse ya no fuera del misterio del mundo, sino dentro de él; ni sentirse tampoco fuera de lo divino, sino dentro de lo divino. Cuando uno capta en sí mismo el pensar, está captando lo divino en sí.

Este punto no se podía comprender. Porque si realmente se comprende, si uno se ha esforzado por tener esa experiencia del pensar, entonces ya no se está dentro del mundo en el que antes se estaba, sino que se está dentro del mundo etérico. Uno se encuentra en un mundo del que sabe que no está condicionado por este o aquel lugar del espacio físico terrestre, sino que está condicionado por toda la esfera cósmica. Uno se encuentra en la esfera etérica cósmica. Cuando el pensar se ha comprendido tal y como se expone en la «Filosofía de la libertad», ya no se puede dudar de la regularidad de la esfera etérica del mundo. De modo que se alcanza aquello que se puede llamar experiencia etérica. Por eso, cuando uno entra en esta experiencia, da un paso peculiar en toda su vida.

Me gustaría caracterizar este paso de la siguiente manera: cuando se piensa en el estado de conciencia habitual, si uno está aquí, en esta sala, piensa en mesas, sillas, por supuesto en personas, y así sucesivamente; quizá también piense en algo más, pero piensa en las cosas que están fuera. Así pues, digamos que hay diversas cosas ahí fuera y que, en cierto modo, con el pensar, partiendo del centro de nuestro ser, abarcamos esas cosas. De ello es consciente todo ser humano: quiere abarcar con su pensar las cosas del mundo.

Pero cuando uno llega a tener esta experiencia del pensar que acabamos de describir, no se aprecia el mundo, ni tampoco se queda uno, diría yo, simplemente encerrado en su punto del yo, sino que ocurre algo muy distinto. Se tiene la sensación, la experiencia emocional totalmente acertada, de que con el pensar, —que en realidad no se encuentra en ningún lugar concreto—, se abarca todo desde lo más profundo. Uno siente: palpa al ser interior. Del mismo modo que con el pensar habitual, diría yo, se extienden hilos sensoriales espirituales hacia el exterior, con este pensar, —que se experimenta a sí mismo en sí mismo—, uno se adentra continuamente en su propio interior. Uno se convierte en objeto, se convierte en objeto de sí mismo.

Se trata precisamente de una experiencia muy importante que se puede vivir, al darse cuenta de que antes siempre captabas el mundo; ahora, al tener la experiencia del pensar, debes captarte a ti mismo. En el transcurso de esta intensa experiencia de captarse a sí mismo, se acaba por rebasar los límites de la propia piel. Y del mismo modo que uno se comprende a sí mismo interiormente, así comprende desde dentro todo el éter cósmico, no en sus detalles, por supuesto, pero llega a la certeza de que este éter se extiende por toda la esfera cósmica en la que uno se encuentra, en la que uno está a la vez junto a las estrellas, el Sol, la Luna, etcétera.

Pues bien, una segunda cosa que el ser humano puede desarrollar en su vida interior es no seguir hilando y tejiendo inicialmente los pensamientos que le llegan del exterior, sino dejarse llevar por sus recuerdos. Cuando el ser humano se deja llevar por sus recuerdos y lo hace de verdad, desde lo más profundo de su ser, esto da lugar, a su vez, a una experiencia muy concreta. La experiencia del pensar que acabo de describir nos lleva, en realidad, en un primer momento hacia uno mismo; nos comprendemos a nosotros mismos. Y se obtiene una cierta satisfacción al comprenderse a uno a sí mismo. Cuando se pasa a la experiencia del recuerdo, si se aborda de forma verdaderamente íntima, acaba sucediendo que la experiencia emocional más importante no es llegar a uno mismo. Eso es lo que ocurre al pensar; por eso, en el transcurso de este pensar, se encuentra la libertad, que depende por completo de la personalidad del ser humano. Y por eso una filosofía de la libertad debe partir de la experiencia del pensar, pues a través de ella el ser humano se acerca a sí mismo y se descubre como personalidad libre. Con la experiencia del recuerdo no es así. Lo que ocurre con la experiencia del recuerdo es que, al final, si uno es capaz de tomársela muy en serio, si es capaz de sumergirse por completo en dicha experiencia, llega a tener la sensación de liberarse, de alejarse de sí mismo. Por eso, los recuerdos que nos hacen olvidar el presente son los más satisfactorios. No quiero decir que sean siempre los mejores, pero en muchos casos son los más satisfactorios.

Uno se hace una idea clara del valor del recuerdo cuando es capaz de tener recuerdos que le transportan al mundo, a pesar de que podría estar totalmente insatisfecho con el presente y, de hecho, quisiera escapar de él. Si uno es capaz de desarrollar recuerdos tales que le hagan sentir una mayor intensidad en su forma de vivir al entregarse a ellos, eso le proporciona, diría yo, una preparación emocional para lo que el recuerdo puede llegar a ser cuando se vuelve aún más real.

Verán, el recuerdo puede volverse más real si uno se acerca, con la mayor realidad posible, a algo que realmente vivió hace años o décadas. Solo quiero expresarlo tal y como es. Supongamos que revisan sus viejas pertenencias e intentan, digamos, buscar cartas que hayan escrito de forma continuada en alguna ocasión. Colocan esas cartas ante ustedes y, a partir de ellas, se sumergen en el pasado. O, mejor aún, no utilicen cartas que hayan escrito ustedes mismos o que les hayan escrito otros, porque ahí siempre interviene demasiado lo subjetivo; sería aún mejor si pudieran, por ejemplo, coger sus viejos libros de texto y hojearlos tal y como lo hacían en aquella época, cuando aún eran un escolar sentado frente a esos libros; es decir, si realmente sacan a relucir en su vida algo que ya fue. Y es que resulta muy curioso: cuando uno hace algo así, cambia por completo el estado de ánimo de uno, tal y como es en ese momento. Es muy curioso. Y verán, solo tiene uno que ser un poquito ingenioso en este sentido; cualquier cosa puede servir para ello. Quizá una señora encuentre en algún rincón un vestido que se puso hace veinte años, o algo parecido, y se lo ponga y, de ese modo, se transporte por completo a la situación en la que se encontraba entonces; es decir, cualquier cosa que traiga el pasado al presente con la mayor realidad posible. De este modo, consigue uno separarse claramente de la experiencia actual.

Cuando se vive con la conciencia habitual, en realidad uno está demasiado cerca de la experiencia como para sacarle partido, diría yo. Hay que poder distanciarse de ella. Pues bien, el ser humano se encuentra más alejado de sí mismo cuando duerme que cuando está despierto; pues entonces su yo y su cuerpo astral se encuentran fuera del cuerpo físico y del cuerpo etérico. A ese cuerpo astral, que mientras dormimos se encuentra fuera del cuerpo físico, es al que se acercan cuando evocan en el presente experiencias pasadas de una forma tan real como la que he descrito. Ahora bien, al principio no lo creerán, porque no atribuirán un efecto tan fuerte a algo tan insignificante como evocar experiencias pasadas, —por poner un ejemplo, con una ropa vieja—. Pero de lo que se trata realmente es de que uno haga una prueba con estas cosas. Y si hace la prueba y realmente evoca experiencias pasadas al presente, de modo que pueda vivir en ellas y olvidarse por completo del presente, verá que se está acercando a su cuerpo astral, a su cuerpo astral dormido.

Pero si espera que baste con mirar a derecha o izquierda y ver allí una figura difusa como su cuerpo astral, se equivocará; las cosas no suceden así. Sin embargo, debe prestar atención a lo que realmente ocurre. Algo que realmente ocurre en un caso así es, por ejemplo, que, poco a poco, a través de esas experiencias, veáis el amanecer de una forma muy diferente a como lo veíais antes, que percibáis un amanecer de una forma muy diferente a como lo percibíais antes. Poco a poco, por este camino, llegarás a percibir el calor del amanecer como algo que anuncia algo, que encierra, en cierto sentido, una fuerza profética, una fuerza profética propia de la naturaleza. Empezarán a percibir el amanecer como algo espiritualmente poderoso, y podrán asociar un significado interior a esta fuerza profética, al tener la sensación, —que al principio quizá consideren una ilusión—, de que el amanecer tiene algo que les es propio. Precisamente gracias a experiencias como las que he descrito, podrán llegar a sentir, al contemplar el amanecer: sí, este amanecer no me deja solo. No está simplemente allí, y yo no estoy simplemente aquí. Estoy íntimamente unido a este amanecer. Es una cualidad de mi alma; en este momento, yo mismo soy el amanecer. - Y cuando se hayan unido de tal manera al amanecer que, en cierto sentido, experimenten ustedes mismos el resplandor y el brillo de colores, el desarrollo progresivo del sol a partir de ese resplandor y brillo de colores, de tal forma que en su corazón surja un sol hecho de amanecer en una sensación viva, entonces también tendrá la sensación de que recorre la bóveda celeste junto con el sol, de que el sol no le deja solo, de que el sol no está allí y usted aquí, sino de que su existencia se extiende, en cierto modo, hasta la existencia del sol; de que camina con la luz a lo largo del día.

Pero si desarrollan esa sensación que, —como ya he dicho—, no surge del pensar, pues es así como se llega a las personas—, pero que sí se puede desarrollar a partir del recuerdo de la manera indicada; si desarrolla estas experiencias a partir del recuerdo, o mejor dicho, a partir de la fuerza del recuerdo, entonces las cosas que antes percibía con sus sentidos físicos comienzan a adquirir un aspecto diferente: las cosas empiezan a volverse transparentes desde el punto de vista espiritual y anímico. Es como cuando, una vez que se ha alcanzado la sensación de caminar con el sol, de haber adquirido en el amanecer la fuerza para caminar con el sol, se ven entonces de otra manera todas las flores del prado. Las flores no se limitan a mostrarnos sus colores amarillos o rojos, que se encuentran en su superficie, sino que comienzan a hablar, a dirigirse de manera espiritual a nuestra alma. La flor se vuelve transparente. En su interior se despierta lo espiritual de la planta, y la floración se convierte en algo así como un habla; y de este modo, de hecho, uno conecta entonces su alma con la existencia natural exterior. De este modo, se tiene la impresión de que detrás de esta realidad natural hay algo más, de que la luz con la que uno se ha unido está sostenida por entidades espirituales. Y, poco a poco, se reconocen en estas entidades espirituales los rasgos de lo que describe la antroposofía.

Reunamos ahora las dos etapas de sensaciones que acabo de describir. Tomemos la primera sensación, aquella que se puede experimentar internamente a través del pensar; entonces, gracias a esta experiencia, se amplía; desaparece por completo la sensación de estar encerrado en un espacio reducido. La experiencia del ser humano se amplía; se siente con toda certeza que, en nuestro interior hay un punto que se extiende hacia todo el mundo, que es de la misma sustancia que el mundo entero. Uno se siente uno con el mundo entero, con lo etérico del mundo. Pero también se siente que, al estar aquí en la Tierra, la gravedad terrestre tira hacia abajo del pie y de la pierna; se siente que todo nuestro ser está atado a esta Tierra. En el momento en que se tiene esta experiencia del pensar, ya no se siente la conexión con la Tierra, sino que uno se siente dependiente de las inmensidades de la esfera cósmica. Todo llega desde las inmensidades (dibujo: flechas); no desde abajo hacia arriba, en cierto modo desde el centro de la Tierra hacia arriba, sino que todo llega desde las inmensidades. Y ya se percibe en el ser humano: precisamente cuando se quiere comprender al ser humano, también debe estar presente esta sensación de que todo llega desde las inmensidades. (Véase la parte sup. izda. del dibujo)

Esto se extiende precisamente hasta la representación de la figura humana. Si quiero representar la figura humana mediante la escultura o la pintura, en realidad solo puedo representar esta parte inferior de la cabeza de tal manera que la conciba como si surgiera del interior espacial, del interior corporal del ser humano. No lograré infundir el espíritu adecuado a la obra si no soy capaz de plasmar la parte superior de tal manera que la conciba como algo que viene del exterior. Todo esto va de dentro hacia fuera (véanse las flechas); pero aquello (la parte superior de la cabeza) se forma de fuera hacia dentro.

Nuestra frente, la parte superior de nuestra cabeza, está en realidad siempre colocada sobre ello. Quien haya contemplado con sensibilidad artística las pinturas de la pequeña cúpula del Goetheanum, ahora en ruinas, habrá observado siempre cómo esto se aplicaba en todas partes: la parte inferior del rostro, en cierto sentido, como algo que ha surgido del ser humano; la parte superior de la cabeza, como algo que el cosmos le ha otorgado. En épocas en las que se percibían estas cosas, esto era especialmente intenso. Nunca comprenderán una forma plástica griega de cabeza que surta efecto si no saben imbuirla de esta percepción, pues los griegos creaban a partir de tales percepciones.

Y así es como uno se siente, precisamente, conectado con el entorno en la experiencia del pensar.

experiencia de pensar 3ª jerarquía

Y ahora se podría creer que esto simplemente continuara así, que si uno siguiera avanzando desde el pensar, desde la experiencia del pensar, hasta la experiencia del recuerdo, llegara aún más lejos. Pero no es así, sino que es diferente. Si realmente desarrollan en su interior esta experiencia del pensar, a través de ella tendrán finalmente la impresión de la tercera jerarquía: Ángeles, Arcángeles, Arcais. Del mismo modo que puede imaginarse la experiencia física humana aquí en la Tierra en lo que respecta a la pesadez, a la transformación de los alimentos mediante la digestión, etc., así puede imaginarse las condiciones en las que viven los seres de la tercera jerarquía cuando, a través de esta experiencia del pensar, en lugar de moverse por la Tierra, se siente sostenido por fuerzas que le llegan desde los confines del mundo.

Ahora bien, cuando se pasa de la experiencia del pensar a la experiencia del recuerdo, no es como si, por ejemplo, cuando esto fuera el fin de la esfera del mundo (véase el dibujo, arco superior), se pudiera experimentar hasta ese punto. Se puede alcanzar ese confin del mundo si uno se adentra en la realidad de esa experiencia del pensar; entonces no se llega más allá, sino que la cosa se presenta de otra manera. Entonces hay, por ejemplo, algún objeto aquí: un cristal, una flor, un animal. Si se pasa de la experiencia del pensar a todo lo que la experiencia del recuerdo puede aportar, entonces se mira dentro de esa cosa.

experiencia de recuerdo : 2ª jerarquía
experiencia gestual 1ª jerarquía

La mirada que ha llegado hasta los confines del universo, cuando se prolonga a través de la experiencia del recuerdo, penetra en las cosas. Es decir, no se trata de que uno se adentre aún más en extensiones abstractas e indefinidas, sino de que esa mirada prolongada penetra en las cosas; ve lo espiritual en todas las cosas. En la luz, ve por ejemplo, a las entidades espirituales que actúan en ella, y así sucesivamente; en la oscuridad ve a las entidades espirituales que actúan en ella. De modo que podemos decir: la experiencia del recuerdo nos conduce a la segunda jerarquía.

Y ahora bien, hay algo en la vida anímica del ser humano que va más allá del recuerdo. Aclaremos de una vez qué es lo que va más allá de los recuerdos. Verán, el recuerdo es lo que da color a nuestra alma. Cuando uno se encuentra con una persona que juzga todo de forma despectiva, puede saber con total certeza, que verte su atmósfera agria sobre todo lo que se le diga, que, cuando se le cuenta algo realmente bonito, él a su vez cuenta algo realmente feo, y así sucesivamente; uno puede saber con total certeza: en su caso, eso está relacionado con su recuerdo. El recuerdo da color al alma.

Pero, fíjense: hay algo más aparte de ese matiz emocional. Nos encontramos con una persona. Esta siempre nos muestra las comisuras de los labios irónicamente curvadas hacia abajo, sobre todo cuando le decimos algo, o frunce el ceño formando arrugas, o pone una expresión trágica. O bien nos mira con amabilidad, de modo que nos sentimos elevados no solo por lo que nos dice, sino también por su mirada. Sí, verán, resulta interesante observar, con una sola mirada, todas las caras durante algún momento importante de una conferencia: fijarse en las comisuras de los labios ante cualquier cosa, observar las frentes, la rigidez de algunos rostros, la expresividad de otros, y así sucesivamente. Allí no solo se expresa aquello que ha quedado grabado en el alma y que le ha conferido un matiz concreto, sino que también se expresa aquello que, partiendo del recuerdo, se ha trasladado a la fisonomía, a los gestos y modales, y a toda la actitud de la persona. Pues bien, también ocurre lo mismo cuando en una persona no se transmite nada, cuando muestra un rostro que no ha asimilado nada de lo que ha atravesado a lo largo de su vida en cuanto a sufrimientos, dolores y alegrías: eso también es característico. Si su rostro ha permanecido liso como una losa, resulta tan característico como cuando su rostro expresa, en sus profundos surcos, la tragedia de la vida, la seriedad de la vida o, quizá, también algunas satisfacciones de la vida. Ahí es donde lo que, por lo general, permanece en el ámbito anímico y espiritual como resultado de la capacidad de recuerdo, se traslada a la configuración de lo físico. Y se traslada con tanta fuerza que, de hecho, más adelante el ser humano adquiere, hacia el exterior, sus gestos y su fisonomía, y, hacia el interior, su temperamento. Porque en la vejez no siempre tenemos el mismo temperamento que teníamos de niños. El temperamento de la vejez es, en muchos casos, el resultado de lo que hemos vivido y de lo que se ha convertido en recuerdo interior y anímico.

Lo que se va acumulando en el interior de las personas puede trasladarse ahora a la realidad, aunque esto resulte más difícil. Todavía es relativamente fácil traer a la luz de nuestra alma algo que hayamos vivido en la infancia o hace años, para, en cierto modo, hacer realidad el recuerdo. Sin embargo, ya resulta más difícil, por ejemplo, ponernos en la piel del temperamento que teníamos en la infancia o, en general, de nuestro temperamento anterior. Pero la realización de un ejercicio de este tipo, puede precisamente aportar algo inmensamente significativo para el ser humano. Y, en realidad, se consigue más si somos capaces de profundizar en ello interiormente, en el alma, que si lo hacemos de forma externa.

Ya se logra algo en el ser humano cuando, digamos, a los cuarenta o cincuenta años, —por supuesto, dentro de los límites que estas cosas requieren—, se dedica exteriormente a sus juegos infantiles; salta como saltaba de niño y cosas por el estilo, cuando intenta volver a poner la misma cara que ponía cuando su tía le daba un caramelo cuando tenía ocho años y cosas así. Este «transportarse al pasado», que llega hasta el gesto y la actitud, aporta a su vez algo a nuestra vida que nos lleva por completo a la sensación de que el mundo exterior es el mundo interior, y el mundo interior es el mundo exterior.

Entonces nos adentramos, por ejemplo, con todo nuestro ser en la flor y experimentamos aquello que, además de la experiencia del pensar y la experiencia del recuerdo, me gustaría denominar «experiencia gestual» en el mejor sentido de la palabra. Y a través de ello llegamos a una idea de cómo actúa lo espiritual de forma inmediata en todo lo físico.

No pueden ustedes llegar a comprender interiormente, con plena conciencia, cómo se comportaron, —por poner un ejemplo—, hace veinte años en un gesto ante cualquier ocasión externa, sin que, si se toman el asunto realmente de forma profunda, seria y enérgica en su interior, lleguen también a comprender la unión entre lo espiritual y lo físico en todas las cosas. Entonces habrán llegado a la experiencia de la primera jerarquía.

La experiencia del recuerdo nos convierte a nosotros mismos en el amanecer cuando nos encontramos frente a él. Nos permite sentir toda la calidez del amanecer, vivirla en nuestro interior. Pero cuando ascendemos a la experiencia del gesto, aquello que se nos presenta en el amanecer se unirá con todo lo que, en lo objetivo, nos permite experimentar el color y el sonido.

Si nos limitamos a observar los objetos que están iluminados por el sol y que nos rodean, los vemos tal y como se presentan a la luz. Así no vemos el amanecer, sobre todo cuando pasamos gradualmente de la experiencia del recuerdo a la experiencia del gesto: ahí se desprende de todo ser material aquello que es la experiencia del color. La experiencia del color cobra vida, se vuelve anímica, se vuelve espiritual, abandona el espacio en el que se nos presenta el amanecer físico exterior, y el amanecer comienza a hablarnos del misterio de la relación entre el Sol y la Tierra. Y experimentamos cómo actúan los seres de la primera jerarquía.

Aprendemos a reconocer, cuando aún dirigimos la mirada hacia el amanecer, cuando aún nos parece casi igual que antes, en el mero recuerdo, cómo son los tronos. Y entonces el amanecer se desvanece. Lo colorido se convierte en ser, cobra vida, se vuelve anímico, se vuelve espiritual, se convierte en ser, nos habla de cómo es la relación del Sol con la Tierra, de cómo era antaño en la antigua era solar, nos habla de tal manera que experimentamos lo que son los querubines. Y entonces, cuando, entusiasmados y llenos de reverencia, cautivados por esta doble revelación del amanecer, —la revelación de los tronos y la revelación de los querubines—, seguimos viviendo en el alma, entonces penetra en nuestro propio interior, desde este amanecer que se ha vuelto vivo y esencial, aquello que constituye la esencia de los serafines.

Experiencia de pensar. 3.ª jerarquía
Experiencia de recordar. 2.ª jerarquía
Experiencia de gesticular.1.ª jerarquía

Pues bien, todo lo que les he expuesto hoy se lo he contado para darles una idea de cómo, mediante el simple seguimiento de lo anímico, —desde el pensar hasta el gesto reflexivo e impregnado de alma—, el ser humano puede adquirir en su interior sensaciones, —que, en un primer momento, son solo sensaciones—, sobre los fundamentos espirituales del mundo, hasta llegar a la esfera de los serafines.

Eso es lo que quería plantear hoy a modo de introducción a las reflexiones que nos llevarán desde la vida anímica hacia las inmensidades del cosmos espiritual.

Traducido por J.Luelmo