CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 22

GA069c Bremen, 10 de enero de 1914 - El Cristo del siglo XX -

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

 El Cristo del siglo XX

Bremen, 10 de enero de 1914


¡Estimados presentes!

Dado que en esta ocasión también he tenido la oportunidad de hablar en varias ocasiones sobre las ciencias espirituales y sus resultados, permítanme esta noche abordar un tema concreto que, sin duda, a muchas almas les resultará infinitamente cercano: la cuestión de Cristo, no solo porque en amplios círculos de nuestra época existe una necesidad cada vez mayor de acercarse a esta cuestión, sino también porque precisamente la ciencia espiritual tiene algo que decir al respecto, sobre cómo debe plantearse la cuestión de Cristo en nuestra cultura. La ciencia espiritual no pretende ser la semilla de ninguna nueva religión, sino mostrar el camino para adentrarse en ámbitos que no son accesibles a los sentidos ordinarios ni a las ciencias modernas. No podríamos hablar de lo que nos ocupa, sin antes hacer una breve referencia a los numerosos cambios que han experimentado los corazones humanos en relación con esta cuestión. Para ello es necesario echar una breve mirada retrospectiva.

Si nos limitamos a imaginar el surgimiento del cristianismo en el mundo, en primer lugar podremos afirmar que, al comienzo de nuestra era tuvo lugar algo que dio un nuevo impulso, un giro ascendente, a toda la evolución de la humanidad. Incluso el no creyente tendrá que admitir, aunque solo sea por razones históricas, que el impulso que trajo consigo el cristianismo fue poderoso. En la época en que el impulso de Cristo se hizo presente en el mundo, el alma humana se encontraba en un estado muy diferente al actual, y en el futuro se producirá un cambio en ese estado simplemente porque despertarán en el alma humana nuevas fuerzas de conocimiento. Hay un hecho de gran importancia histórica que se nos presenta: los espíritus más ilustrados de Occidente, dotados del conocimiento más profundo, tuvieron que reconocer, —tras una máxima tensión de sus facultades cognitivas y empleando toda la agudeza intelectual de que eran capaces—, que algo grandioso había irrumpido en la vida de la humanidad a través del impulso de Cristo. Consideremos en primer lugar la concepción de los gnósticos, a quienes los eruditos más destacados y eminentes de la actualidad denominan «genios religiosos». No queremos hablar del valor cognitivo de la gnosis, sino que queremos preguntarnos: ¿Qué pensaban los gnósticos sobre Cristo? —Intentaremos caracterizar la actitud gnóstica hacia Cristo. La gnosis es una teoría de la evolución que a la gente de hoy en día debe parecerle fantástica. Cuando hoy se habla de la evolución [humana], se pregunta: ¿Cómo se ha desarrollado el cuerpo humano a lo largo de las distintas etapas? - El gnóstico, en cambio, decía: cuando se piensa con imparcialidad, no se llega a un origen material, sino a uno espiritual; si se contempla el momento en que el ser humano descendió de lo espiritual a la materia, se descubre que en las alturas puramente espirituales quedó algo preservado, para que pudiera penetrar más tarde en la evolución de la humanidad. Solo así pudo el ser humano [en un primer momento] progresar, enredándose cada vez más en la materia. Si no lo hubiera hecho, nunca habría llegado al desarrollo de la libertad: tuvo que alejarse de lo espiritual para encontrar en la materia su posibilidad de libertad. Fue después, en el momento en que el ser humano se encontraba más profundamente enredado en lo material, cuando tuvo que derramarse en la evolución de la Tierra aquello que anteriormente se había retenido en el mundo espiritual en los orígenes de la humanidad, para salvar al ser humano de hundirse por completo en lo material. Aquello que fluyó entonces desde los mundos espirituales está, desde entonces, unido a la Tierra, y Cristo sigue viviendo desde entonces junto con la evolución de la humanidad.

Si recurrimos a los medios de la ciencia espiritual, y nos preguntamos, cómo llegaron los gnósticos a tales ideas, al examinarlo detenidamente vemos que estas ideas, que los gnósticos extrajeron de la tensión de las fuerzas espirituales más profundas, proceden de una época en la que aún existía una visión directa, pues en tiempos anteriores el alma humana tenía una disposición muy diferente. De este conocimiento originario se desarrollaron ideas como las gnósticas. La gnosis actúa como una herencia de un antiguo conocimiento. Aquí se nos presenta un concepto elevado de Cristo, algo que incluso quien considere que la gnosis es fantasiosa, debe reconocer: la idea gnóstica es audaz y grandiosa. Podemos pasar rápidamente por alto a los primeros Padres de la Iglesia, que trabajaron en la consolidación de los dogmas [cristianos]. Más tarde, la humanidad se alejó por completo de lo que los Padres se atrevían a afirmar en aquella época. A mediados de la Edad Media, esta concepción se abandonó por completo. Entonces se decía: el conocimiento humano no alcanza las alturas en las que podría revelarse la entrada de Cristo en la esfera terrenal. En lugar del conocimiento real, se impuso la fe. Así vemos cómo la concepción de Cristo cambia a lo largo de los siglos, al igual que el carácter de las épocas cambia con la cultura.

En el siglo XVI entramos en la era de los grandes avances en las ciencias naturales. Para ello era necesario que surgiera un [nuevo] conocimiento: una [nueva] forma de conocer que se centrara, sobre todo, en comprender el mundo material y sus leyes. Este conocimiento surgió como un importante factor de desarrollo que transformó por completo la vida comercial e industrial [externa]. La humanidad medieval aún se entregaba plenamente a la fe; la Edad Media creía lo que los gnósticos habían reconocido en su día. El mundo exterior, que es nuestro entorno físico, marcó el carácter de la nueva época. Así se transformó toda la concepción de Cristo: si los gnósticos podían hablar de un ser divino que simplemente había morado en un ser humano, en la época más reciente se hizo cada vez más imposible imaginar a un Dios encarnado. Sería interesante mostrar cómo, en las distintas fases, la concepción anterior fue cediendo terreno cada vez más en favor de un Cristo [externamente] tangible. Debido a su estado interior, las personas se vieron obligadas a dejar de lado al Dios que había descendido a la carne y en lugar de ver a Cristo-Dios, ver cada vez más al ser humano, aunque fuera un ser humano de la más destacada naturaleza. Hoy en día se busca en un alma humana, en el hombre de Nazaret, el punto de partida del cristianismo, en lugar de ver en este ser humano únicamente la puerta por la que Cristo entró [en la esfera humana].

Mentes ilustradas han luchado, al margen de toda teología, por encontrar una respuesta a la pregunta: ¿Cómo puede el ser humano moderno hacer frente al acontecimiento Crístico? —Al menos resulta interesante que estas tres personalidades, nacidas todas en el mismo año hace algo más de cien años, se esforzaran por abordar este acontecimiento de Cristo. Otto Ludwig, (alrededor de 1814), se enfrentó a este tema para convertirlo en una obra dramática; Friedrich Hebbel, (1813), anotó el guion de un drama sobre Cristo. En lo que ambos escribieron se aprecia que no lograron resolver el problema, que les resultaba demasiado grande. También sabemos que Richard Wagner trabajó, (1813), en esta tarea y no logró llevarla a buen término.

En cuanto a esta visión materialista del sencillo ser humano Jesús, hay que decir que no ha sido infructuosa; la teología de Jesús también ha dado frutos hermosos. Basta con mencionar el pequeño librito «Jesús», de Rittelmeyer: es una obra capaz de conmover profundamente el corazón y el alma. La teología moderna ha dado lugar a muchas obras de este tipo. Un poeta contemporáneo muy apreciado, y con razón, Peter Rosegger, se ha inventado a su propio Jesús. Si imaginamos al propio Rosegger, idealizado al máximo con todas sus hermosas y simpáticas cualidades, obtendremos su idea del Jesús de Nazaret.

A pesar de todos los grandes logros que ha alcanzado la teología en los últimos tiempos, se ha hecho un descubrimiento curioso: que, si se contemplan los Evangelios con imparcialidad, Jesucristo [en realidad] no pudo haber sido un ser humano. Así, Benjamin Smith afirmó que todas las interpretaciones de Cristo como el sencillo hombre de Nazaret contradecían abiertamente cualquier rigor científico, que eso no era posible, que era incompatible con toda la tradición querer ver en Cristo solo a un ser humano, por muy ideal que fuera; por lo tanto, se comprende que Jesucristo debe de ser un dios. Esta constatación surge en plena época en la que la humanidad ya no puede tener la más mínima idea de lo que es un dios. Y ahora se saca la conclusión: dado que en la Tierra solo puede haber seres humanos, pero Cristo debe ser un dios, no puede haber existido en la Tierra. — En tales circunstancias, partiendo de tales premisas, se ha producido lo que lleva años causando tanto revuelo: la negación total de la personalidad de Jesús de Nazaret.

Con esto queda esbozado a grandes rasgos la evolución de la concepción de Cristo a lo largo de los siglos. ¿Cuál es, pues, la relación de la ciencia espiritual con el acontecimiento Crístico? ¿Cómo puede abordar el problema más importante del desarrollo de la humanidad? La ciencia espiritual parte de la premisa de que el ser humano no solo posee el conocimiento basado en la observación del mundo exterior, sino que, mediante el desarrollo de fuerzas latentes, también puede ascender a un conocimiento superior.

Al igual que el químico, al separar el hidrógeno y el oxígeno, crea algo completamente nuevo a partir del agua, extrayendo de ella una sustancia con propiedades totalmente diferentes, así también el ser humano puede convertirse en algo completamente nuevo mediante métodos adecuados. Del mismo modo que no podemos deducir por el aspecto del agua lo que hay en su interior, tampoco podemos deducir por el aspecto del ser humano qué fuerzas encierra en su interior. Mediante una especie de química espiritual, a través de ejercicios que se detallan en mis libros, se puede desarrollar algo nuevo en el ser humano; el alma puede actuar más allá del cuerpo y tomar conciencia de sí misma en el mundo espiritual. Esto sigue siendo algo totalmente desconocido para amplios círculos y solo se irá imponiendo poco a poco. Hoy, en el punto de partida de una época en la que este conocimiento se irá convirtiendo poco a poco en patrimonio común, es posible conocer el mundo espiritual, [tal y como ocurrió en su día con la] cosmovisión copernicana, que al principio también fue objeto de burlas, pero que, sin embargo, acabó imponiéndose. Hoy en día ya no se quema a los herejes que hablan de una percepción del alma independiente del cuerpo, pero se les ridiculiza y se les hace burla.

Si nos acercamos a la gnosis desde este punto de vista, surge algo que no es solo un desarrollo o un repaso de la gnosis: se descubre, en efecto, que el alma humana traslada a las [vidas] posteriores aquello que se ha logrado en épocas anteriores. Si se asimila la doctrina de las vidas terrenales repetidas, se llega a una caracterización más precisa de las propias épocas terrestres. El curso de la historia debe observarse con medios propios de las ciencias espirituales. Entonces se pone de manifiesto que el ser humano, del mismo modo que [de forma natural] experimenta el hambre y la sed, en tiempos antiguos llegaba a reconocer, a partir de su propia organización, los misterios internos de la existencia a través de imágenes y visiones. Posteriormente, el alma humana perdió esta capacidad; el ser humano tuvo que evolucionar para generar conceptos por sí mismo. Esta capacidad surgió [más tarde], a partir de representaciones [de carácter pictórico y visionario]. Solo desde la miopía se puede negar que también el reconocimiento conceptual haya tenido que desarrollarse primero.

La época en la que el alma humana experimentó esta transformación fue el tiempo en que Cristo entró en la evolución; de este modo, el alma humana se convirtió en algo distinto de lo que era antes del acontecimiento crístico. En tiempos antiguos, el ser humano percibía a través de imágenes aquello que se ocultaba tras la existencia sensible. Lo característico de la antigua cosmovisión es que el ser humano alcanzaba, en forma de imágenes, el conocimiento de cómo estaba vinculado al cosmos y a los dioses. Esta es aún la visión de la época hebrea antigua, en la que, por así decirlo, a través de los profetas y videntes existía una conexión entre el mundo espiritual y el mundo sensible. Sin embargo, esta conexión se percibía cada vez con menos intensidad a medida que se acercaba el momento del Misterio del Gólgota. Si en aquella época no se hubiera producido un impulso especial en la evolución de la Tierra, el alma humana se habría sentido cada vez más aislada, pues, a partir de ese momento, el ser humano quedó abandonado a su suerte, pero al mismo tiempo también aislado. 

Decir que nos dirigimos hacia la era del individualismo, no es una simple frase. Pero con ello surgió la posibilidad de descubrir algo nuevo que las almas aún no habían podido encontrar en la época precristiana: la presencia de Cristo. Desde los orígenes del cristianismo, lo que antes se encontraba en la naturaleza se puede encontrar ahora en el espíritu. [Antes del acontecimiento de Cristo] el ser humano ya no podía recuperar la conexión con las fuerzas divinas que había tenido en la antigüedad. La evolución del cristianismo hasta ahora no es más que una preparación [para el cristianismo del futuro]; los seres humanos verán que, ya al cabo de un tiempo [relativamente] breve, la situación mundial cambiará por completo.

Puede que haya muchos que se den por satisfechos con lo que les ofrecen la Biblia y la tradición; ese es un punto de vista egoísta. Las almas evolucionarán a una velocidad tan vertiginosa que ya no podrán acercarse a Cristo como lo hacían antes. El ser humano se sentirá cada vez más solo con los conceptos e ideas [tradicionales]. Antiguamente, el ser humano se sentía un espíritu entre espíritus; el hombre moderno solo puede sentirse como un cuerpo entre cuerpos. Sin embargo, las almas que anhelan llegar a lo inexplicable en su interior se preguntarán: ¿Cómo estoy yo, cómo está mi yo, relacionado con un mundo espiritual? Si contemplamos estos procesos con sensibilidad y comprensión, se nos impone una comparación: cuando ciertos animales se preparan para algo especial, suelen ayunar. De este modo, se producen en su interior procesos tales que las fuerzas del organismo [que quedan así liberadas] fluyen hacia otro lado. [Y si observamos] a los seres humanos [vemos que] se han ido adquiriendo cada vez más conceptos sobre la materia y sus leyes, pero espiritualmente han pasado hambre en lo que respecta al conocimiento del alma. Al mismo tiempo, se ha ido preparando la percepción directa de Cristo en el mundo espiritual. Durante siglos el alma humana se ha privado del alimento espiritual y, de este modo, mediante el ayuno, ha desarrollado aquellos órganos que se desplegarán en el futuro.

Los seres humanos avanzan hacia un objetivo evolutivo en el que encontrarán a Cristo, del mismo modo que [hoy] encuentran una ley de la naturaleza. Pero no lo encontrarán como una ley muerta, sino como una entidad [viva], y sabrán que, desde el Misterio del Gólgota, ha [entrado] en la evolución de la Tierra una entidad que antes no existía. - Las leyes no pueden consolar ni aliviar el dolor, pero sí puede hacerlo la unión con Cristo, que se sentirá en el alma como una fuerza. No se podrá encontrar a Cristo por vías dogmáticas, sino de una manera totalmente diferente; de una manera totalmente diferente se encontrará la verdad de la palabra: «Estaré con vosotros hasta el fin de los días de la Tierra». Llegará un tiempo en el que, desde el punto de vista de las ciencias naturales, no se considerará imposible que, desde el Misterio del Gólgota, el espíritu de Cristo viva en la Tierra, en el desarrollo terrenal de la humanidad. Hasta ahora solo se ha reconocido como cristiano a quien sabe tal o cual cosa sobre Cristo. En el futuro se sabrá que Cristo no solo vino a la vida terrenal para traer una enseñanza, sino para realizar una obra. Entonces también se podrá encontrar [en los no cristianos], en los hindúes, en los japoneses y en los musulmanes, la semilla de Cristo.

Soy plenamente consciente de que no hablo desde un punto de vista medieval, sino desde uno que reconoce plenamente todo lo que la ciencia ha logrado. Pero del mismo modo que se comprenden las leyes de la electricidad, la radiactividad, etc., se comprenderá que el misterio del Gólgota es una cuestión suprafísica. Para que los seres humanos pudieran encontrar a Cristo, este tuvo que pasar por el nacimiento, el bautismo y la muerte, y al vencer a la muerte, se ha derramado en la evolución de la Tierra.

Hemos atravesado una época preparatoria en la que el cristianismo se consideraba [meramente] una doctrina. Llegará un tiempo en el que Cristo podrá ser encontrado por aquellas almas que lo busquen, porque está en la Tierra. Él ha actuado [siempre] a lo largo de su existencia, y se descubrirá que su existencia es algo que puede volver a unir a la humanidad, pues él será el Único [para todos los seres humanos], para cada [uno de] los seres humanos, ya que los seres humanos se individualizan cada vez más. Esa es la idea de Cristo [en una época en la que] el ser humano se encamina hacia un futuro aún mucho más desdivinizado de lo que el monismo pueda siquiera imaginar.

Del mismo modo que nos relacionamos con los elementos externos a través de la alimentación física, así, a través de nuestra vida anímica, lo hacemos con el espíritu de Cristo. Un gran espíritu, un pensador destacado de la actualidad, Eliot, ha dicho que la antigua religión es triste y dolorosa; en el futuro surgirá una religión que traiga alegría. Es innegable que el dolor y la muerte están presentes en el mundo, y, dado que estos se ciernen sobre el ser humano, este necesita un impulso fuerte para superarlos: [el impulso de Cristo]. La filosofía moderna adolece precisamente de no encontrar un equilibrio frente al dolor y la muerte. Y la humanidad avanzará desde el Cristo erudito, el Cristo como maestro del mundo, hacia el Cristo contemplado. Desde el ámbito de la ciencia espiritual, no se temerá ser tildado de [dámico]; no es monista quien niega el espíritu, sino quien reconoce al espíritu como el origen del ser, quien encuentra lo [monon] en el espíritu.

El ser humano es inmortal en lo espiritual y lo anímico. En la época precristiana, se consideraba que el alma aún estaba en conexión con los dioses de la naturaleza. No será hasta el siglo XX cuando se tomará conciencia de la conexión espiritual del alma con el mundo espiritual, con Cristo. Es totalmente cierto lo que dice Angelus Silesius:

Aunque Cristo nazca mil veces en Belén y no en ti, seguirás perdido para siempre.

Sin embargo, el Cristo místico, [del que habla Angelus Silesius], solo ha sido posible gracias al Cristo histórico. [Tal y como dice Goethe:] «Si el ojo no fuera como el sol, ¿cómo podríamos ver la luz?», [así que se puede decir:] «Si Cristo no estuviera ahí para nuestras almas, ¿cómo podríamos elevarnos hacia él, cómo podría surgir en nuestra alma el sentido de Cristo?». —Tan real es el Cristo Jesús histórico como lo es el sol en el universo. Sin menospreciar las tradiciones [bíblicas], no se puede pasar por alto que Cristo es un Dios. En cambio, según la teoría de la evolución de los darwinistas, el ser humano no es más que un eslabón en la cadena evolutiva de los seres vivos. Sin embargo, los darwinistas tienen un gran adversario, el propio Darwin, quien escribe que es innegable que un Dios infundió la vida a los seres en el principio. De hecho, escribe:

Considero que todos los seres orgánicos que han vivido alguna vez en esta Tierra descienden de una forma primigenia a la que el Creador insufló la vida.

Esto es algo que al darwinista moderno le gustaría negar; de hecho, esta frase no aparece en las traducciones al alemán. Pero quien afirmó esto no es otro que Charles Darwin.

Si se reflexiona sobre estas cuestiones, se puede llegar a una conclusión sorprendente: la filosofía monista de la naturaleza tenía que negar, en realidad, la existencia del espíritu, porque [según ella] todo depende de las leyes de la naturaleza. Pero entonces, en el fondo, la distinción entre el bien y el mal deja de existir. En realidad, esa debería ser la conclusión lógica, pero no se saca. Pero, independientemente de lo que se piense sobre el gran símbolo [de la escena de la tentación] del Génesis, donde Lucifer le dice al hombre: «Seréis como Dios y sabréis lo que es el bien y el mal», lo cierto es que con esas palabras se expresa algo significativo. No importa si calificamos nuestra época como una época de transición; lo importante es reconocer en qué sentido lo es. Si la humanidad no llegara a la comprensión de que Cristo es la fuerza más significativa de la evolución de la Tierra, acabaría creyendo que las experiencias del alma humana no son más que fuerzas anímicas animales elevadas al máximo grado. Con ello, si se fuera hasta el final, la capacidad del alma para distinguir entre el bien y el mal dejaría de existir. Hay otro tentador que habla en nuestra época, pero no se tiene el valor de escuchar su susurro: «Seréis como los animales y ya no distinguiréis entre el bien y el mal».

Sin embargo, existe algo así como el impulso crístico, que vive para mostrarnos que procedemos del mundo espiritual y que estamos en conexión con los seres espirituales, que nuestro orden moral está íntimamente ligado a Cristo, ya que con él llegó a la Tierra el principio del amor. Y su voz dice: «No seréis como los animales, estaréis conmigo, y conmigo distinguiréis el bien del mal».

Se percibirá de forma efectiva la filiación. Que el Hijo provenga del Padre tiene su fundamento en las ciencias naturales. Pero el Padre no necesita [necesariamente] tener al Hijo. El mundo moral se relaciona con [el orden natural] como el Hijo con el Padre. Así como el Padre no tiene por qué tener al Hijo, tampoco [se deduce por sí sola la moralidad del dominio de las leyes naturales]. Precisamente con el concepto de «Hijo» queda patente de manera maravillosa [la transformación del orden natural en un orden moral a través de Cristo].

Las Ciencias del Espíritu se sienten en sintonía con lo que ha inspirado a las mentes más brillantes y destacadas de la humanidad. Schiller, a quien hoy en día ya no se aprecia tanto como antes, pero a quien se volverá a apreciar, dijo una vez:

Entonces cayó la sorda barrera de la bestialidad,
¡y la humanidad se alzó sobre la frente despejada!
Y el sublime forastero, el pensar,
surgió del cerebro asombrado.

El pensar encontrará el camino hacia aquel a quien [aquí] se alude: hacia el Cristo del siglo XX.

Traducido por J.Luelmo 

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