CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 23

GA069c Karlsruhe, 4 de octubre de 1911 - De Jesus a Cristo - El culto a Mitra, a Dionisos, a Isis-Osiris

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

 De Jesus a Cristo - El culto a Mitra, a Dionisos, a Isis-Osiris

Karlsruhe, 4 de octubre de 1911


¡Estimados presentes!

El tema del que hoy vamos a hablar aquí, ha suscitado un interés generalizado en nuestro presente más inmediato; por eso parece justificado abordar este tema desde un punto de vista teosófico, desde el cual yo mismo he tenido ocasión de hablar en esta ciudad en diversas ocasiones sobre uno u otro tema. Sin embargo, la forma en que este tema se debate hoy en día en todas partes y se ha popularizado difiere mucho del punto de vista teosófico. Si, por un lado, hay que reconocer que la teosofía, como tal, sigue siendo hoy en día una cuestión poco comprendida y poco apreciada, por otro lado quizá haya que señalar que precisamente la visión teosófica del tema que nos ocupa hoy es extraordinariamente compleja. Pues si al ser humano de hoy le resulta ajeno sintonizar su mente y su alma de tal manera que pueda comprender y apreciar plenamente las verdades teosóficas, sobre aspectos relativamente cercanos de la vida espiritual, resulta un auténtico conflicto el que invade esta conciencia del presente, cuando hay que abordar, desde el punto de vista de la teosofía o de la ciencia espiritual, un tema que realmente nos obliga a aplicar esta ciencia espiritual o teosofía de la manera más íntima a los objetos más difíciles y también más sagrados de la reflexión humana. Y entre estos últimos se encuentra precisamente lo que hoy vamos a tratar.

Por supuesto, se puede partir de la base de que esa entidad, que va a ser el centro de nuestras reflexiones, lleva muchos siglos siendo el centro de todos los sentimientos y pensamientos de la humanidad; pero no solo eso, sino que también ha suscitado, en el seno de la vida anímica humana, las más variadas valoraciones, sensaciones y puntos de vista. Porque, por muy inquebrantable que haya sido durante siglos para innumerables personas aquello que se engloba bajo el nombre de Cristo o también bajo el de Jesús, tan variada es la imagen de Cristo y también la de Jesús, tal y como ha conmovido las almas y ha ocupado a los pensadores a lo largo de los siglos desde los acontecimientos de Palestina. Y siempre ha sido así: la imagen de Cristo se ha visto modificada por la cosmovisión general, por lo que en cada época se sentía, se percibía y se consideraba verdadero. Así ha sucedido que, a lo largo del siglo XIX, —preparado ya por diversas ideas y corrientes intelectuales del siglo XVIII—, lo que en el espíritu puede captarse como Cristo, ha pasado a un segundo plano frente a lo que en los siglos XIX y XX se denomina el «Jesús histórico». Y es precisamente en torno al Jesús histórico donde se ha desatado hoy en día una controversia muy extendida, que cuenta precisamente en esta ciudad, en Karlsruhe, con sus representantes más destacados y sus defensores más acérrimos. Por eso conviene, sin duda, dedicar unas palabras a explicar en qué consiste esta controversia antes de entrar en el tema de Cristo Jesús.

Cabría decir que, bajo la influencia de aquella corriente de pensamiento que considera todo lo relacionado con la vida espiritual de manera meramente externa, basándose en lo que puede determinarse a través de documentos externos, bajo la influencia de esta corriente de pensamiento surgió lo que el siglo XIX consideró el Jesús histórico. ¿Qué se debía considerar, pues, como tal Jesús histórico? Lo que debería considerarse válido es aquello que pueda demostrarse como tal a partir de documentos históricos externos: que la figura en cuestión, de la que se habla al comienzo de nuestra era, vivió en Palestina, murió y resucitó para los creyentes. En consonancia con el carácter y la naturaleza de nuestra época, que ahora llega a su fin, la fe en la investigación teológica siempre se ha limitado a lo que se creía poder determinar a partir de los documentos históricos, del mismo modo que se determina cualquier acontecimiento de la historia universal a partir de otros documentos históricos. ¿Qué documentos históricos se tuvieron en cuenta en un primer momento? No necesito entrar aquí en detalles, —pues precisamente en Karlsruhe, aquí tuvo su origen la investigación histórica sobre Jesús—, sobre el hecho de que todas las tradiciones históricas, en la medida en que no figuran en el Nuevo Testamento, pueden, según el juicio de uno de los mayores expertos en la materia, resumirse cómodamente en una página de formato Quart. Y lo que se dice sobre el Jesús histórico en cualquier otro documento, —ya sea en Josefo o en Tácito—, puede descartarse fácilmente; pues en modo alguno puede servir desde el punto de vista de la ciencia histórica, tal y como se entiende hoy en día. Así pues, para la investigación sobre Jesús solo quedan los Evangelios del Nuevo Testamento y lo que figura en las cartas de Pablo.

Ahora, la investigación histórica del siglo XIX se ha centrado en los Evangelios. Desde un punto de vista puramente externo, ¿qué aspecto presentan estos Evangelios? Si se consideran como cualquier otro documento, como, por ejemplo, los que relatan una batalla o algo similar, resultan ser documentos físicos contradictorios, cuya unidad no puede explicarse a partir de criterios externos. Y estos documentos se desmoronan ante lo que se denomina «crítica histórica». Porque hay que decir que todo lo que una investigación diligente y esmerada del siglo XIX recopiló de los propios Evangelios para obtener una imagen fiel de Jesús de Nazaret se ha desvanecido a manos de los representantes de aquella investigación representada por el profesor Drews. En lo que respecta a todo lo que se puede decir contra el historicismo de los Evangelios, en realidad se podría dar por cerrado el asunto, en la medida en que queda claro que precisamente la ciencia rigurosa y la crítica rigurosa nos muestran que, en lo que respecta a la forma en que se establecen por lo general los hechos históricos, no se puede obtener absolutamente nada sobre la persona de Jesús de Nazaret; y debe considerarse un diletantismo científico no reconocerlo hoy en día frente a la ciencia.

Ahora bien, aquí se trata de un punto de vista completamente diferente. Y en primer lugar, se trata de plantear la cuestión de si tal vez, aquellos que defendieron la doctrina de Jesús de Nazaret en el siglo XIX, y que querían llegar a una imagen histórica de Jesús de Nazaret, no habrán interpretado los Evangelios de forma totalmente errónea, si no existe aquí un gran malentendido. ¿Qué pretendían realmente los Evangelios? ¿Pretendían ser documentos históricos en el sentido del siglo XIX? Mientras no se responda a esta pregunta sobre qué pretendían ser los Evangelios, no se podrá resolver en absoluto la otra cuestión, respecto a si se les puede considerar, en absoluto, documentos históricos.

Lo que rige en este sentido ya intenté exponerlo hace muchos años en mi obra «El cristianismo como hecho místico». Y en este sentido, la respuesta a la pregunta que se ha planteado ahora, —¿qué pretendían ser realmente los Evangelios?—, debería estar dada no solo en el contenido, sino ya en el propio título de este libro. Porque el título de este libro no es «La mística del cristianismo» ni «El contenido místico del cristianismo», —no se trata en absoluto de eso—, sino de que en el libro se mostrara que el cristianismo, desde su origen y en toda su esencia, no es un hecho externo como otros hechos externos, sino un hecho del mundo espiritual que solo puede comprenderse mediante la contemplación de los acontecimientos de la vida espiritual, mediante la mirada a un mundo que se encuentra más allá del mundo sensorial externo y más allá de lo que pueden constatar los documentos históricos. Se debe demostrar que las fuerzas y las causas que han provocado los acontecimientos de Palestina no se encuentran en absoluto en el ámbito en el que tienen lugar los acontecimientos históricos externos; que por lo tanto, no es que el cristianismo solo pueda tener un contenido místico, sino que la mística, la visión espiritual, es necesaria si se quieren desentrañar los hilos que, —no en los documentos externos, sino en el misterioso proceso espiritual—, se han entretejido tras los acontecimientos para hacer posibles los sucesos de Palestina.

Para comprender qué es el cristianismo y qué puede y debe ser en el alma del ser humano actual, —si el alma se comprende a sí misma correctamente—, es necesario señalar un poco hasta qué punto las palabras de un cristiano tan bueno como Agustín están arraigadas en los hechos espirituales de la evolución de la humanidad, cuando dice:

Lo que hoy se denomina religión cristiana ya existía en la Antigüedad y no faltaba en los inicios de la humanidad, y cuando Cristo se manifestó en la carne, la verdadera religión, que ya existía anteriormente, recibió el nombre de cristiana.

Así, una autoridad tan destacada nos señala que, con los acontecimientos de Palestina, no ha surgido en la humanidad algo nuevo en todos los sentidos, sino que, en cierto modo, ha sufrido una transformación aquello que, desde tiempos inmemoriales, han buscado las almas de los seres humanos y a lo que estos han aspirado como conocimiento. ¿Qué significa, pues, una afirmación como la de Agustín? En esencia, quiere decir que, con los acontecimientos de Palestina, se le ha dado, se le ha regalado a la humanidad algo que, de cierto modo, ya podía encontrarse antes de ese acontecimiento, pero de una manera distinta a la del camino cristiano. Y si queremos examinar la otra forma en que se ha podido llegar a las verdades y sabidurías del cristianismo en otra época, la trayectoria histórica de la humanidad nos señala algo que se resume en una palabra que hoy en día aún encuentra poca comprensión, pero que irá encontrando cada vez más, a medida que la cosmovisión de la ciencia espiritual vaya calando en las personas. Es lo que se resume con la expresión «los misterios de la Antigüedad». No debemos fijarnos en las meras religiones externas de los pueblos de la Antigüedad, sino en lo que se llevaba a cabo en la época precristiana en aquellos lugares misteriosos que se denominaban «misterios».

¿Qué eran esos misterios en la Antigüedad? Si se fijan en lo que digo en mi obra «La ciencia oculta en esbozo», encontrarán una explicación desde el punto de vista de las ciencias espirituales. Pero también hay numerosos escritores profanos que revelaron públicamente lo que para los pueblos de la Antigüedad era un secreto. Se nos cuenta que solo un reducido número de personas era admitido en los centros de enseñanza que se denominaban «misterios» y que eran lugares de culto. Siempre fue un círculo reducido el que era admitido por los sabios sacerdotes en estos misterios; un círculo reducido que se aislaba del mundo exterior en la medida en que los miembros de este círculo de misterios se decían a sí mismos: «Para alcanzar lo que se nos va a revelar en los Misterios, debemos adoptar un modo de vida diferente al que se practica habitualmente en público; sobre todo, debemos acostumbrarnos a pensar de otra manera». De hecho, entre quienes eran discípulos de los misterios, existía cierto aislamiento respecto al público en general. Los misterios estaban presentes en todas partes. Se pueden encontrar entre los griegos, los romanos y otros pueblos. Hoy en día ya existe una abundante bibliografía al respecto, de modo que lo que aquí se expone puede corroborarse mediante la investigación externa. Si a esos discípulos de los misterios se les permitía acceder a lo que allí se enseñaba, se puede decir que lo que asimilaban podría compararse con lo que hoy se denomina ciencia o conocimiento, —pero no se asimilaba de la misma manera en que hoy se asimilan los conocimientos—. El discípulo de los misterios vivía una experiencia y, a través de lo que experimentaba, se convertía en una persona completamente diferente. Sentía en grado sumo algo que puede describirse con las siguientes palabras: en cada ser humano vive, profundamente oculto en su interior y latente, de tal manera que la conciencia ordinaria no lo percibe, un ser humano superior. Y así como el ser humano común contempla el mundo a través de sus ojos y puede reflexionar sobre lo vivido mediante su pensar, este ser humano, —desconocido en un primer momento para el conocimiento externo, pero que puede ser despertado desde lo más profundo de la naturaleza humana—, es capaz de percibir otro mundo que no es accesible a los ojos externos ni al pensar externo. A eso se le llamaba «el nacimiento del ser interior». Es una expresión que todavía se utiliza hoy en día. Sin embargo, tal y como se emplea actualmente, tiene un carácter sobrio y abstracto, y se acepta con demasiada facilidad. Sin embargo, cuando el discípulo de los misterios la aplicaba a sí mismo, era la denominación de algo grandioso, que solo podría compararse, por ejemplo, con el nacimiento del ser humano en el sentido físico. Así como lo que es el ser humano en el mundo físico, nace de un sustrato oscuro, —ya sea un subsuelo natural según la visión materialista o un subsuelo espiritual según la visión de las ciencias espirituales—, y se convierte así, en sentido externo, en el ser humano físico, de igual modo lo que antes no existía, —al igual que el ser humano físico no existía antes del nacimiento o la concepción—, nace realmente como un ser humano superior a través de los procesos de los misterios. El discípulo de los misterios se convertía en un ser humano recién nacido, en un ser humano renacido.

Lo que hoy se entiende por concepción del conocimiento, lo que se ofrece en todas partes como respuesta a una pregunta profundamente filosófica, es precisamente lo contrario de lo que constituía la esencia misma de toda la actitud y la concepción de los misterios. Hoy en día, el ser humano se pregunta, en el sentido kantiano o schopenhaueriano: ¿Dónde están los límites del conocimiento? ¿Cuanto puede conocer el ser humano?  Basta con coger un periódico para encontrarnos siempre con la misma respuesta: aquí y allá están los límites del conocimiento, y el ser humano no puede ir más allá. Esto es exactamente lo contrario de lo que se pretendía en los misterios. Es cierto que se decía que el ser humano no puede resolver tal o cual problema, que no puede ver más allá de tal o cual límite. Pero nunca se habría dicho, en el sentido de una teoría del conocimiento kantiana o schopenhaueriana, que esto o aquello no se puede conocer; sino que se habría dicho que hay que apelar a que el ser humano es capaz de desarrollarse, a que en él hay fuerzas que están latentes y que deben ser despertadas; y cuando se despiertan, el ser humano asciende a una capacidad de conocimiento superior. La pregunta kantiana: «¿Dónde están los límites del conocimiento?», no habría tenido sentido para la antigua visión de los misterios, sino únicamente la pregunta: «¿Cómo se hace para superar lo que en la vida cotidiana son los límites del conocimiento?». «¿Cómo se buscan y se desarrollan fuerzas más profundas de la naturaleza humana para contemplar lo que no se puede contemplar con las fuerzas habituales?».

Y hay algo más que es necesario para percibir todo el encanto de los misterios, que, por otra parte, también se refleja en los relatos de los escritores externos, —Platón, Aristides, Plutarco, Cicerón—. Debemos tener claro que, entre los discípulos de los misterios, existía una condición anímica totalmente distinta a la que tiene el ser humano actual ante las verdades científicas. Lo que hoy llamamos verdades científicas puede ser asimilado por cualquiera, independientemente de condición de su alma o de su  disposición anímica. Precisamente en ello se ve hoy el rasgo distintivo de la verdad: que es independiente de lo que llevamos en el alma como disposición anímica. Sin embargo, lo más importante para el discípulo de los misterios, antes de ser iniciado en las grandes verdades, era pasar por un proceso que transformara el alma en lo que respecta al sentir y a la percepción. Y lo que hoy nos parece lo más sencillo del conocimiento científico, no se le habría presentado al alumno de los misterios de tal manera que pudiera verlo externamente con el entendimiento; sino que había que preparar la disposición de su alma de tal forma que se acercara con tímido respeto a lo que pudiera llegar a él. Por eso, la preparación para asimilar lo que los misterios podían transmitir no consistía en un aprendizaje, sino en una reeducación radical del alma. Lo que importaba era que el alma se enfrentara ante las grandes verdades y sabidurías, y qué sentía ante ellas. Y de ahí surgía para el alma la convicción de que: A través de lo que se nos da en los misterios, estamos unidos con los fundamentos mismos de los mundos, con lo que fluye en las fuentes de todos los orígenes del mundo.

Así se preparaba al discípulo de los misterios para que viviera algo de lo que también nos habla Aristides. Y tal y como se describe en mi obra, «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», quien revive lo que vivieron los discípulos de los antiguos misterios, y confirma así la veracidad de tales experiencias, sabe hasta qué punto se ajusta a la realidad lo que dice Aristides:

Yo creía tocar al dios, sentir su proximidad, y me encontraba entonces entre la vigilia y el dormir; mi espíritu era tan ligero que ningún ser humano que no esté iniciado puede describirlo ni comprenderlo.

Así pues, existía un camino hacia los fundamentos divinos del mundo que no era ciencia, ni tampoco religión unilateral, sino que se basaba en que el alma se preparara adecuadamente para percibir los pensamientos de la evolución del mundo, como los pensamientos de los dioses que lo impregnan, y para estar cerca de Dios en los fundamentos espirituales del mundo. Y así como al respirar absorbemos el aire exterior convirtiéndolo en parte integrante de nuestro cuerpo, así el discípulo de los misterios sentía que absorbía en su propia alma, aquello que late espiritualmente a través del mundo y lo unía a su alma, de modo que se convertía en un ser humano nuevo, impregnado de divinidad.

Sin embargo, en cuanto a lo que era posible en aquella antigüedad, la teosofía o ciencia espiritual nos muestra precisamente que no fue más que un fenómeno histórico dentro de la evolución de la humanidad. Y si nos preguntamos: «¿Aquellos misterios que eran posibles en la época precristiana, son posibles hoy en día de la misma manera?», entonces debemos decir: Por mucho que toda la investigación espiritual histórica demuestre que existió realmente lo que se acaba de describir, —en la misma forma en que existía en la época precristiana—, hoy ya no existe. El mismo tipo de iniciación que era posible en la época precristiana ya no lo es hoy en día. Solo quien sea tan miope y crea que el alma humana es la misma en todas las épocas, solo ese puede creer que el camino espiritual de los tiempos antiguos sigue siendo válido hoy en día. ¡El camino hacia las fuentes divinas del mundo se ha transformado ahora! Y la investigación histórica espiritual nos muestra que, en esencia, se transformó en el momento en que la tradición sitúa los acontecimientos de Palestina. Estos acontecimientos de Palestina marcan un punto de inflexión profundo en la evolución de la humanidad. En la naturaleza humana de la era poscristiana, ha surgido algo muy distinto de lo que existía en ella en la era precristiana. En la Antigüedad precristiana no existía ese tipo de pensamiento, digamos, de acercarse al mundo a través de ideas científicas, tal y como es posible hoy en día. Los misterios no habían guiado a las personas hacia las sabidurías más elevadas de la manera descrita, simplemente porque se quisiera mantener el secreto o se quisiera algo especial para un pequeño círculo de personas, sino porque en la antigüedad, ese camino era necesario y porque nuestra forma de pensar sobre el mundo, a través de la lógica y los conceptos, aún no era posible en aquella época. Quien examine un poco la historia de la humanidad sabe que, a lo largo de unos cuantos siglos, —en la época de la filosofía griega—, nuestro pensar se fue preparando lenta y gradualmente, y solo ahora ha logrado abarcar la naturaleza exterior con los pensamientos humanos de una manera tan admirable. Así pues, la forma misma de la conciencia con la que hoy creamos nuestras representaciones del mundo, es diferente a la de la época precristiana. 

Con esto no pretendemos ver nada más que el hecho de que la naturaleza humana ha cambiado en la época poscristiana. Una reflexión profunda sobre la evolución de la humanidad, —en mi obra «La Ciencia Oculta» encontrarán cómo ha cambiado la conciencia humana, a lo largo de la evolución de la humanidad. Los antiguos contemplaban y pensaban las cosas de manera diferente a como lo hacemos hoy nosotros con nuestros sentidos y con nuestro entendimiento. Los antiguos no poseían una clarividencia como la que se describe en mi obra «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», sino otra clarividencia, de carácter más difuso y onírico, en lugar de la percepción de las cosas basada en el entendimiento y los sentidos. Ese es precisamente el sentido de la evolución: que una antigua clarividencia, que en tiempos primitivos se extendía por toda la humanidad, haya dado paso a la forma de contemplar las cosas que tenemos ahora. La población común de todos los países poseía tal capacidad clarividente; y en los misterios se impartía una formación para elevar esa capacidad clarividente a niveles superiores. De este modo se desarrollaban las capacidades generales del alma humana. Ahora bien, a lo largo de la evolución de la humanidad, esta capacidad clarividente fue dando paso a lo que hoy llamamos la contemplación racional del mundo. La antigua clarividencia ya no es una percepción natural de las cosas. Sin embargo, el período en el que se perdió la antigua forma de percepción se prolongó durante mucho tiempo, a lo largo de las épocas históricas, y alcanzó su punto álgido en la época que denominamos la época cultural griega o latina, en la que situamos el acontecimiento de Cristo Jesús. Para entonces, la humanidad en su conjunto había avanzado tanto en su desarrollo en todas partes que la antigua clarividencia había llegado a su fin y los antiguos misterios ya no eran posibles. Si nos preguntamos ahora: «¿Qué sustituyó a los antiguos misterios?», debemos familiarizarnos primero con lo que el ser humano alcanzaba a través de los misterios.

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Había dos tipos de misterios. Uno de ellos tenía su origen, por así decirlo, en el centro cultural que más tarde fue ocupado por el antiguo pueblo persa; el otro se vivía en su forma más pura en Egipto y en Grecia. Estos dos tipos de misterios eran totalmente distintos en la Antigüedad. Todos los misterios tenían como objetivo llevar al ser humano a una ampliación de sus fuerzas anímicas. Sin embargo, esto ocurría de manera diferente en los misterios griegos y egipcios, y de otra forma aún en los misterios persas. 

MISTERIOS GRIEGOS Y EGIPCIOS (Dioniso, Isis y Osiris)

¿Cómo era, pues, esa iniciación en los misterios a la que se aspiraba en Grecia? —Y este tipo de iniciación coincidía, en lo esencial, con lo que se buscaba en Egipto.

Lo que se pretendía lograr en Grecia y en Egipto para el discípulo de los misterios era una transformación de sus fuerzas anímicas. Pero esta transformación se producía bajo una determinada condición, y esa condición es lo que hay que comprender ante todo. Se decía: en lo más profundo del alma humana descansa otro ser, un ser divino. De las mismas fuentes de las que vemos surgir la roca para convertirse en cristal, de las que brotan las plantas en primavera, de esas mismas fuentes ha surgido también el ser oculto, el ser interno. Solo que la planta aprovecha realmente todo lo que tiene en su interior, mientras que el ser humano, tal y como se comprende a sí mismo y trabaja con sus propias fuerzas, se ha mantenido incompleto y solo con gran esfuerzo ha surgido en él todo cuanto es. En los misterios se apelaba a un ser humano espiritual y divinamente interior, y al hacer referencia a este ser humano divino interior, también se aludía a las fuerzas que se encuentran en el interior de la Tierra. Y es que, según la visión de los misterios, la Tierra no se concebía únicamente como un cuerpo cósmico inerte, tal y como lo hace la astronomía actual, sino que se consideraba un ser planetario espiritual. Cuando en Egipto, se quería contemplar los orígenes y las fuentes de aquello que puede experimentarse como una revelación en el ser interior del ser humano, se hacía referencia a las extraordinarias fuerzas espirituales y naturales que se denominaban Isis y Osiris. Y cuando en Grecia, se quería señalar el origen del que surgió el ser interior del hombre, se hacía referencia al nombre de Dioniso. Por eso, los escritores profanos contaban que se buscaba la naturaleza y la esencia de las cosas, y que lo que se hallaba en los misterios griegos, en cuanto a las fuerzas de la naturaleza humana, se denominaba también la parte subterránea del ser humano, y no la sobrenatural. También se hablaba de la naturaleza de los grandes demonios, y por demonios se entendía todo aquello que actúa sobre la Tierra en forma de fuerzas espirituales. Se buscaba la naturaleza de estos demonios a través de lo que el ser humano debía generar desde su interior. Entonces, el ser humano debía experimentar, en cuanto a sentimientos y sensaciones, todo lo que pudiera experimentar a lo largo de su desarrollo. Debía experimentar lo que significa descender a lo más profundo de la propia alma, debía experimentar la manera en que un sentimiento fundamental domina todo el ser anímico, —de tal manera que en la vida cotidiana ni siquiera se tiene idea de ello—: el sentimiento del egoísmo profundo, del egoísmo casi invencible en el interior del ser humano. El discípulo de los misterios, al combatir y vencer todo aquello que se puede llamar egoísmo, debería experimentar algo para lo que hoy solo tenemos una palabra abstracta: el sentimiento de amor abarcante, de compasión por todos los seres humanos y todas las entidades. La compasión, en la medida en que el alma humana sea capaz de ella, debería sustituir al egoísmo. Y todos tenían claro que, si se sacaba a la luz esa compasión, —que, en un primer momento, forma parte de las fuerzas ocultas del mundo de los sentimientos—, esta, al igual que una ola del mar puede arrastrar objetos desde las profundidades, sacaba a la superficie, desde lo más profundo del alma, las fuerzas divinas que allí yacían dormidas. Y además se decía: cuando el ser humano mira más allá del conocimiento habitual hacia el mundo, pronto se da cuenta de lo impotente que es frente a él; cuanto más quiere ampliar sus conceptos e ideas, más impotente se ve a sí mismo, —y, finalmente, puede llegar a desesperarse ante lo que se puede llamar «conocimiento». Pero entonces algo debe apoderarse de su alma, como la sensación de un vacío, y la impresión de perder el suelo firme bajo los pies cuando intenta abarcar el mundo con sus ideas. Y ante esa sensación de vacío, uno siente miedo y angustia. Por eso, el discípulo griego de los misterios debía, ante todo, descargar en su alma el temor hacia todo lo desconocido del mundo; de modo que, al desarrollar esa compasión, el sentimiento de temor hiciera aflorar de su alma las fuerzas divinas y, de este modo, aprendiera a transformar el temor en reverencia. Se tenía claro que, entonces, ese respeto, ese temor supremo y esa devoción reverente hacia todos los fenómenos del mundo, penetran en todas las sustancias y conceptos; y lo que el conocimiento ordinario no puede abarcar, lo pueden abarcar las fuerzas más profundas, desarrolladas mediante la transformación del miedo en respeto.

Así, en los misterios griegos, el ser humano podía extraer de lo más profundo de su alma aquello que sabía muy bien que descansaba en lo más profundo de su alma: el ser humano divino. Tanto los misterios griegos como los de Isis y Osiris actuaban desde el interior del ser humano y, de este modo, buscaban guiarlo hacia el mundo espiritual. Se trataba de una comprensión viva de lo que es el «dios en el ser humano», un verdadero conocimiento del ser humano con el dios. Y la inmortalidad no se consideraba meramente ni una doctrina ni una filosofía abstractas, sino una experiencia tan segura como la percepción de los colores externos y que se vivía con tanta certeza como se experimentaba la conexión con las cosas externas.

MISTERIOS PERSAS (Mitra)

Pero esto también se experimentaba con igual certeza en los misterios persas o de Mitra. Mientras que en los misterios griegos y egipcios se guiaba al ser humano hacia el dios mediante la liberación de las fuerzas de su alma, en los misterios de Mitra se le enfrentaba al mundo mismo. De modo que el mundo no solo actuaba a través de la gran y poderosa naturaleza, que el ser humano suele pasar por alto cuando mira hacia el mundo de lo cotidiano, sino que los discípulos de los misterios de Mitra contemplaban en la naturaleza más íntima precisamente aquello que no es alcanzado por el conocimiento humano: Al discípulo se le mostraban, desde los espacios cósmicos, mediante métodos que se podían desarrollar en aquella época, las fuerzas más sobrecogedoras y grandiosas de la existencia natural. Y al igual que el discípulo de los misterios griegos se familiarizaba con el sentimiento de reverencia ante el gran universo, así el discípulo de Mitra se familiarizaba primero con las fuerzas más sobrecogedoras y grandiosas de la existencia natural, de modo que se sentía infinitamente pequeño frente a la gran naturaleza; permanecía allí y el universo, en su gloria y majestad, le causaba tal impresión que, debido a su lejanía de las fuentes originarias de la existencia, no podía sino esperar: «¡Estoy aquí, y el mundo, en su inmensidad, puede aniquilarme en cualquier momento!».

Esas ideas se transmitían al alma del alumno. El primer impulso surgía al hacer referencia, a través de una astronomía integral y de una ciencia exhaustiva de las cosas externas, a la grandeza de los fenómenos del cosmos. Y lo que el ser humano desarrolló posteriormente en los misterios de Mitra fue, más bien, una consecuencia de la veracidad, cuando la naturaleza, con todos sus detalles,—lo que en el sentido antiguo se entendía por «cientificidad»—, actuaba sobre el alma. Así como los discípulos de los misterios griegos se volvían intrépidos al liberar las fuerzas del alma, a los discípulos de los misterios de Mitra se les llevaba a asimilar en el alma la grandeza de los pensamientos del universo; de este modo fortalecían el alma y la hacían valiente, y adquirían conciencia del valor y la dignidad humanos, pero también del sentido de la verdad y la lealtad, y aprendían a reconocer que el ser humano siempre debe mantenerse a raya en la existencia. Esos fueron los logros que surgieron, en particular, de los misterios de Mitra. Mientras que los misterios griegos y egipcios se extienden por los países que ya su propio nombre indica, vemos cómo los misterios de Mitra se extienden desde las regiones de Persia, subiendo por el mar Caspio, a lo largo del Danubio hasta nuestras tierras, e incluso hasta el sur de Francia, España e Inglaterra: ¡Europa está salpicada por doquier de los misterios de Mitra! Y en todas partes los discípulos de Mitra lo tenían claro: cuando conocemos el mundo, algo del gran mundo fluye hacia nuestro interior, como el aire fluye hacia nosotros desde la atmósfera; ¡acogemos a Mitra, el dios, el dios que inunda el mundo! El discípulo de Mitra se sentía impregnado por el dios que vive en todos los mundos. Y como esto estimulaba la energía y el valor, los guerreros, en particular los soldados del ejército romano, estaban profundamente imbuidos del culto a Mitra. Tanto los comandantes como los soldados estaban iniciados en los misterios de Mitra, tal y como se extendían por el mundo conocido en aquella época.

Así, por un lado, se buscaba a Dios dando rienda suelta a las propias fuerzas del mar, y se tenía claro que, al hacerlo, desde las profundidades del mar afloraba algo; pero, por otro lado, también se tenía claro que, cuando el ser humano busca a Dios entregándose a los grandes procesos del mundo, fluía  hacia el alma algo, como el extracto, como la mejor savia que recorre el mundo. Se tenía claro que lo que allí se encontraba eran las fuerzas primigenias del mundo, que, por así decirlo, Dios entraba en las moradas humanas, entraba en las almas humanas a través de este desarrollo de los misterios. Se veía un proceso real en el desarrollo de los misterios. Cada alma era una puerta para la entrada de la divinidad en la evolución humana en la Tierra. 

Pero consideremos el sentido del conjunto, tal y como se nos presenta hoy: fueron unos pocos los que pudieron pasar por tal desarrollo, y para ello se precisaba una preparación especial. ¿Qué se les concedía a quienes pasaban por tal preparación? Se les concedía el conocimiento de que lo que está oculto tanto en la naturaleza exterior como en la propia naturaleza humana, que fluye por el mundo como una corriente divina de sabiduría. Por eso, al desarrollo de los misterios se le denominaba también «iniciación». Pero hemos podido señalar que la evolución de la humanidad cambió y que toda la iniciación tuvo que transformarse. ¿Cual fue el motivo para este cambio? Aquí llegamos a lo que debemos llamar: el hecho místico del acontecimiento de Cristo. Y un análisis profundo de la historia muestra que entre los antiguos, los primeros cristianos, existía una conciencia más o menos difusa de este hecho: que lo mismo que, por lo general, solo fluía hacia el alma humana a través de la entrega a los misterios, al fundamento divino del mundo; lo que fluía desde el mundo como Mitra o brotaba desde lo más profundo del alma como Dioniso, se desarrollaba como proceso de una deidad cósmica unificada, en un hecho, también dentro de nuestra evolución terrenal. Lo que de otro modo se buscaba en los misterios, lo que no podía encontrarse sin que el ser humano, en los misterios, se alejara de la vida exterior, fue incorporado por la deidad que impregna el mundo en un momento determinado de la Tierra, de tal manera que no se requirió ningún esfuerzo humano, sino que la deidad se derramó una vez en la existencia terrenal. Y aunque los seres humanos hubieran perdido la posibilidad de adentrarse en el fundamento divino del mundo, ese derramamiento de la deidad en la existencia terrenal,  hizo que  pudieran acercarse a ese fundamento divino a su manera. Y el Dios que ahora, —ya no a la manera de Mitra ni a la de Dioniso—, podía penetrar en el alma humana, que era una fusión de Mitra y Dioniso y que, al mismo tiempo, está profundamente emparentado con la naturaleza humana, ese es el Dios al que se le atribuye el nombre de Cristo. ¡El ser que penetró en la humanidad con el acontecimiento de Palestina era a la vez Mitra y Dioniso, y el cristianismo fue una fusión de los cultos a Mitra y a Dioniso! Y el pueblo hebreo fue elegido para proporcionar el cuerpo necesario para que este acontecimiento pudiera tener lugar. Este pueblo había conocido tanto el culto a Mitra como el de Dioniso, pero se mantenía alejado de ambos. Porque el miembro del pueblo hebreo no sentía lo mismo que el griego, que decía: «Tal y como estoy, soy un ser humano débil que si quiere penetrar en lo más profundo de su propia alma, debe desarrollar fuerzas más profundas». Tampoco pensaba como el hombre de Mitra, que se decía a sí mismo: «¡Debo dejar que todo el entorno del aire actúe sobre mí, para que las cualidades divinas más profundas del mundo se unan a mí!». Por el contrario, el hebreo se decía: «Lo que constituye la naturaleza humana más profunda, lo que en ella se oculta, eso existía antaño en el hombre primigenio». A este hombre primigenio, el antiguo pueblo hebreo lo llamaba Adán. Según la concepción hebrea antigua, en ese Adán existía originalmente aquello que el ser humano puede buscar para que le una a la divinidad. Pero a lo largo de la evolución, a medida que la humanidad se fue desarrollando a través de generaciones y generaciones, los seres humanos se han ido alejando cada vez más de las fuentes del ser debido a la sucesión hereditaria de la sangre. El hecho de que el ser humano haya cambiado por ello, de que no haya permanecido tal y como era, expulsado de la esfera de la divinidad, es lo que el antiguo pueblo hebreo denominaba estar «manchado por el pecado original». Así pues, el miembro del antiguo pueblo hebreo se consideraba a sí mismo en un nivel inferior al del hombre primigenio, Adán, y buscaba la causa de ello en el pecado original. Eso es lo que hace que el ser humano sea menos de lo que vive en lo más profundo de la naturaleza humana. Y si es capaz de unirse a las fuerzas más profundas de la naturaleza humana, queda así vinculado a las fuerzas que lo elevan de nuevo. Así, el miembro del antiguo pueblo hebreo sentía que antes se encontraba en un nivel superior y que, debido a las cualidades ligadas a la sangre, había perdido algo y, por eso, ahora se encontraba en un nivel inferior. De este modo, el seguidor de la antigüedad hebrea se situaba en un punto de vista histórico. Lo que el seguidor de los misterios de Mitra veía en toda la humanidad, el seguidor de la antigüedad hebrea lo veía en todo su pueblo, del que era consciente: había perdido el origen del que había surgido. Así pues, mientras que entre los persas existía una especie de formación de la conciencia, en el pueblo hebreo encontramos la conciencia de un desarrollo histórico: Adán había caído inicialmente en el pecado, había descendido de las alturas en las que se había situado. Por eso, este pueblo era también el más preparado para la idea de que lo que ocurrió en el punto de partida del desarrollo de la humanidad y provocó un deterioro de la misma, solo puede ser revocado mediante un acontecimiento histórico —¡lo que ocurre, ocurre en los fondos espirituales de la existencia terrenal! —. Así, el defensor de la antigüedad hebrea, si comprendía correctamente el sentido de la evolución del mundo, estaba preparado para decirse a sí mismo: «El Dios, —tanto el dios Mitra como el Dios que se extrae de las profundidades del alma humana—, puede descender sin que el ser humano tenga que pasar por un desarrollo de los misterios».

Así vemos cómo, dentro del antiguo pueblo hebreo, surgió la conciencia de que, —en primer lugar en Juan el Bautista—, aquello mismo que los misterios habían transmitido como Dioniso y como Mitra, nacía al mismo tiempo en un ser humano. Y aquellos que ahora volvían a comprender este acontecimiento en un sentido más profundo se decían a sí mismos: Del mismo modo que a través de Adán se produjo el descenso del ser humano al mundo, y que los seres humanos descienden de un antepasado que les legó todas aquellas fuerzas más profundas que conducen al pecado y al error, así debe crearse, a través de Aquel que desciende de los mundos espirituales como unión de Mitra y Dioniso, debe crearse el punto de partida hacia el que los seres humanos puedan dirigir su mirada cuando deban elevarse de nuevo. Así pues, mientras que los misterios, —mediante el desatar de las fuerzas más profundas del alma o mediante la contemplación del cosmos—, desarrollaban la naturaleza humana, los miembros del pueblo hebreo veían ahora en el Dios que había descendido, —que ahora había descendido al plano histórico como entidad histórica—, aquello hacia lo que el alma debe dirigir su mirada, hacia lo que el alma debe desarrollar el amor más profundo, en lo que debe creer y lo que, al contemplar este gran modelo, puede reconducir al alma hacia aquello de donde partió.

Pablo se convirtió en el mayor conocedor de este cristianismo al comprender que, gracias al impulso de Cristo, el ser humano, —al igual que señala a Adán como su origen físico—, puede señalar a Cristo como su gran modelo, a través de cuya mirada se puede alcanzar aquello a lo que se aspiraba en los misterios y lo que debe nacer si el ser humano quiere reconocer su naturaleza original. Lo que en los misterios estaba encerrado en las profundidades de los templos, y a lo que el ser humano solo podía llegar tras esfuerzos ascéticos, se presentó, no a través de documentos externos, sino también para aquel que ve más allá de los fundamentos espirituales y es capaz de reconocer lo que ha sucedido no solo como un hecho externo, sino como un hecho místico: ¡que la deidad que impregna el mundo se ha manifestado en una figura concreta! Así hay que imaginárselo. Lo que los discípulos de los misterios de Mitra alcanzaban al contemplar el mayor modelo a seguir, ahora debía alcanzarse a través de Cristo. Los discípulos de Mitra alcanzaron valor, autocontrol y energía; eso es lo que, de ahora en adelante, deberían alcanzar aquellos que ya no podían ser iniciados en el sentido de los antiguos misterios de Mitra; a través de la visión y el ejemplo del Cristo histórico, debería depositarse ahora en el alma aquello que conduce a ese valor.

Así como en los misterios de Mitra, en cierto modo, todo el universo nacía en el alma del discípulo y el alma ardía valientemente con todas las fuerzas internas de la energía activa, así también, en el bautismo de Juan, se derramó algo de lo que la naturaleza humana puede hacerse portadora. Y cuando uno se impregna de la idea de que la naturaleza humana es capaz de asimilar la ley más profunda del universo, entonces, al contemplar el bautismo de Juan, ha comprendido: ¡En la naturaleza humana puede nacer Mitra! Pero lo que ocurrió fue que los discípulos de los misterios, que comprendían el sentido original del cristianismo, admitieron: Ha llegado el fin de los antiguos misterios. El Dios que antes se infundía en los sagrados misterios, para el cual las almas individuales de los discípulos de los misterios constituían las puertas, se ha infundido de una vez por todas en la existencia terrenal a través de la personalidad que se encuentra en el punto de partida de nuestra era. Este es también el sentido de la concepción de Pablo, según la cual ya no es posible alcanzar a esta entidad en el sentido antiguo como Mitra. El dios ha desaparecido en el sentido antiguo y vivía en la naturaleza de un solo ser humano. Ha descendido a través de un fenómeno natural. Así, aquellos que comprendieron el surgimiento del cristianismo tuvieron que admitir al mismo tiempo el fin del culto a Mitra, la desaparición de la divinidad exterior de los misterios de Mitra en el interior de la naturaleza humana.

¿Y qué hay de los misterios griegos, de los misterios de Dioniso? Al dirigir la mirada humana hacia Jesús de Nazaret, en quien vivía Mitra y que luego pasó por la muerte, se señaló que ese Mitra, —el que, cuando las almas se unían a él, les infundía valor, energía y autocontrol—, ¡había muerto él mismo con la muerte de Jesús de Nazaret! La muerte de Mitra debía verse como una definición de lo que se considera la muerte de Jesús, el Cristo. Pero ahora la atención se centró en otro hecho: al desaparecer el dios Mitra en Jesús de Nazaret, y precisamente por el hecho de haber desaparecido, lo que el ser humano encuentra en lo más profundo de la naturaleza, —lo que antes había alcanzado a través de los misterios de Dioniso—, se ha convertido, en ese mismo Jesús de Nazaret, en un vencedor inmortal sobre la muerte. Este es el sentido de la resurrección en el verdadero sentido cristiano, si la abordamos desde la ciencia espiritual. Al contemplar el bautismo de Juan en el Jordán, quedó claro de una vez por todas que el antiguo Mitra se había instalado en los seres humanos; y al lograr esta naturaleza humana la victoria sobre la muerte, había creado una imagen con la que el alma podía unirse en el amor más profundo para llegar a lo que realmente vive en lo más profundo del alma, aquello que los griegos buscaban en Dioniso. En el Cristo resucitado debía verse el hecho de que el ser humano, cuando revive ese acontecimiento histórico único, trasciende la humanidad común.

Así, en el centro de la historia universal se situó un acontecimiento histórico, en lugar de aquello que, por lo demás, se había buscado innumerables veces en los misterios. La gran sorpresa de Pablo fue, que la naturaleza humana se había transformado y eso es lo que se esconde tras lo que se denomina el «acontecimiento de Damasco». ¿Qué experimentó Pablo, si nos fijamos en las propias palabras del apóstol, antes de llegar a Damasco? Él había comprendido, no a través de acontecimientos externos, ni de documentos externos, sino mediante una experiencia puramente espiritual, clarividente, que ya había llegado el momento en que aquello que antes solo se manifestaba, dentro del círculo de los discípulos de los misterios, como la naturaleza divina del ser humano en el propio ser humano, se había encarnado en un ser humano histórico. Que el Cristo estaba presente en un ser humano real, eso nunca pudo experimentarlo a través de un hecho externo. Lo que pudo experimentar en Palestina no le causó ninguna impresión; eso no logró convencerle de que en Jesús de Nazaret hubiera vivido el Cristo, la fusión de Mitra y Dioniso. Pero cuando, ante Damasco, se le abrió la visión espiritual, comprendió que un Dios al que se podía denominar «Cristo» no solo actúa en el mundo como una entidad suprasensible, sino que ese Dios estuvo una vez presente en un ser humano y salió victorioso sobre la muerte. Por eso predica que la historia, la historia en constante fluir, se ha encontrado en la Tierra para lo que antes solo era una sustancia fluida para los iniciados. Esto subyace en las palabras de Pablo:

«Pero si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación es vana, y también vana es vuestra fe».

Así fue el camino por el que Pablo llegó a Jesús, —dando un rodeo a través de Cristo—, porque tenía claro que en Palestina había ocurrido algo que antes solo se podía experimentar en los misterios. Y, en el fondo, hoy sigue siendo así; no ha cambiado nada. Puesto que Cristo es el centro de todo el desarrollo de la humanidad y el modelo supremo para las fuerzas más íntimas del alma, el vínculo que se establece con Cristo debe ser también el más íntimo. Y así como se exige que el ser humano menosprecie su propia vida para ser discípulo de Cristo, también hoy debe parecernos insignificante el hecho de que tengamos que renunciar a todos los documentos y actas históricas para llegar a Cristo. Habría que estar agradecidos de que no existan documentos que permitan determinar que hubo un Cristo Jesús histórico; pues jamás se podría demostrar mediante documentos que Cristo es lo más importante que ha influido en la humanidad.

Ahí nos queda claro hasta qué punto Cristo está relacionado con los antiguos misterios. Si echamos un vistazo a los antiguos misterios, tenemos la oportunidad de investigar qué tenían que hacer los discípulos de los misterios para llegar, de una forma u otra, hasta el Dios. Lo que ellos vivían era algo que podría llamarse «procesos íntimos del alma». El alma tenía que experimentar ciertas cosas. Así, por ejemplo, una vez que había dado el primer paso, una vez que se había sumergido en sí misma, tenía que experimentar los sentimientos y sensaciones internas de tal manera que se volvieran más vívidos e intensos de lo que suelen ser en el ser humano. De este modo, el ser humano tomaba conciencia de cómo se encuentra sumido en una naturaleza inferior que le impide llegar a las fuentes de la existencia. 

En resumen: solo así el ser humano se dio cuenta de que la naturaleza inferior es una tentación para quien aspira a elevarse, y de que aquello que lo ha alejado de las fuentes originarias de la existencia se ha convertido también en su propia naturaleza inferior. Esa era la tentación a la que se enfrentaba todo discípulo de los misterios. En el momento en que el dios despertó, el discípulo tomó conciencia de lo que es la naturaleza inferior de los deseos en el ser humano, que le decía, como si fuera un ser ajeno: «¡No sigas las alturas etéreas y vaporosas del mundo espiritual, sino sigue las cosas materiales y burdas que tienes cerca!». Todo el mundo tuvo que pasar por eso: darse cuenta de cómo, desde el punto de vista común, todo lo espiritual resulta irreal, y de lo tentador que resulta todo lo sensorial frente a la aspiración espiritual. En otra etapa del desarrollo de los misterios, vemos cómo el discípulo superaba esas fuerzas tentadoras y cómo, mediante el desarrollo de las fuerzas fortalecidas, —el valor, la intrepidez, etc.—, ascendía de nuevo a un nivel superior. Todo ello se plasmó en unas normas concretas para el discípulo de los misterios, y puede volver a percibirse en lo que transmitieron los escritores externos, así como en los métodos de iniciación que la ciencia espiritual puede ofrecer y tal y como se describen en el libro «Ciencia Oculta». Así pues, existían diversos métodos: unos para los misterios griegos y otros para los misterios de Mitra. Finalmente, el discípulo experimentaba la unión con lo que era el ser humano divino. Pero los métodos para ello eran diversos, y se puede observar que en las más diversas regiones existían las más variadas normas de iniciación.

Esto es precisamente lo que quería demostrar en mi obra «El cristianismo como hecho místico»: que en los Evangelios no encontramos más que una renovación de las antiguas normas de iniciación, lo que los discípulos debían hacer para alcanzar la unión con la Divinidad. Lo que ocurrió externamente se desarrolló de manera similar al proceso de los misterios. Así, por ejemplo, la entidad divina que residía en Jesús de Nazaret tuvo que pasar por la tentación después de que la entidad de Mitra se hubiera introducido en él. Al igual que el tentador se había acercado al discípulo de los misterios a pequeña escala, encontramos al tentador enfrentándose al Dios que se hace hombre. Lo que era cierto en los misterios, lo encontramos reflejado en los escritos evangélicos.

Así, los Evangelios constituyen una renovación de los antiguos relatos de iniciación, de las antiguas normas de iniciación, y los autores de los Evangelios se dijeron a sí mismos: dado que lo que antes solo tenía lugar en las profundidades de los misterios se ha desarrollado una vez en el gran plan de la historia del mundo, por eso se puede describir con las mismas palabras con las que están redactadas las normas de iniciación. Por eso, sin embargo, los Evangelios nunca se concibieron como biografías externas del portador de Cristo. Ese es precisamente el malentendido de la investigación moderna sobre los Evangelios: que se quiera buscar en ellos una biografía externa de ese tipo sobre Jesús de Nazaret. En la época en que se escribieron los Evangelios, ni siquiera se pensaba en ofrecer una biografía externa de Jesús de Nazaret; en los Evangelios se quería representar algo que pudiera conducir al alma humana a amar verdaderamente al gran Alma como origen de la existencia en el mundo. Para eso estaban los Evangelios: para ser caminos, escritos a través de los cuales el alma pudiera encontrar a Cristo. Y, curiosamente, hasta casi finales del siglo XVIII encontramos una clara conciencia de que los Evangelios forman parte de esos caminos. En algunos escritos, que resultan extraordinariamente interesantes, se afirma que los Evangelios, cuando el ser humano se deja penetrar por ellos, transforman el alma, de modo que el ser humano puede encontrar a Cristo. De hecho, las personas experimentaban algo así al dejar que los Evangelios surtieran efecto en ellas, sin plantearse en absoluto la pregunta: ¿deben ser una biografía de Jesús de Nazaret? El maestro Eckehart alude a ello cuando dice:

Hay quienes quieren mirar a Dios con los ojos con los que miran a una vaca, y quieren amar a Dios como aman a una vaca. Así pues, aman a Dios por la riqueza exterior y por el consuelo interior; pero estas personas no aman a Dios de verdad... Muchas personas creen que deben mirar a Dios como si Él estuviera allí y ellas aquí. No es así. Dios y yo somos uno en el conocimiento.

Y en otro pasaje dijo:

Un maestro dice: «Dios se ha hecho hombre, y por ello toda la raza humana ha sido exaltada y honrada». Podemos alegrarnos de que Cristo, nuestro hermano, haya ascendido por sus propios méritos por encima de todos los coros de ángeles y se siente a la derecha del Padre. Este maestro ha hablado bien; pero, en verdad, no le doy mucha importancia. ¿De qué me serviría tener un hermano que fuera rico, si yo fuera pobre? ¿De qué me serviría tener un hermano que fuera sabio, si yo fuera necio? ... El Padre celestial engendra a su Hijo unigénito en sí mismo y en mí. ¿Por qué en sí mismo y en mí? Yo soy uno con él; y él no puede excluirse a sí mismo. En la misma obra, el Espíritu Santo recibe su esencia y procede de mí, al igual que de Dios. ¿Por qué? Yo estoy en Dios, y si el Espíritu Santo no recibe su esencia de mí, tampoco la recibe de Dios. No estoy excluido de ninguna manera.

De eso se trata: que el ser humano, a través del desarrollo místico, sin depender de misterios externos, mediante un desarrollo puro del alma en el tiempo futuro, pueda experimentar lo que en los tiempos antiguos se vivía en los misterios. Pero esto solo es posible porque el acontecimiento de Cristo tuvo lugar, porque Cristo estuvo en un cuerpo físico. Y si no hubiera Evangelios, si no existieran documentos y tradiciones: para quien experimenta a Cristo en sí mismo, al penetrar el Cristo interior, —igual que para Pablo—, se tiene al mismo tiempo la certeza de que al inicio de nuestra era, Cristo se encarnó en un cuerpo físico. Así que a Jesús solo se puede encontrar a través de Cristo. ¡Y nunca se puede deducir una biografía histórica de Jesús de Nazaret, a partir de los Evangelios; más bien, el ser humano debe elevarse mediante el desarrollo correcto de sus fuerzas del alma hacia Cristo, —y a través de Cristo hacia Jesús. Solo entonces entendemos lo que los Evangelios quisieron transmitir, y lo que fue erróneo en toda la investigación sobre Jesús del siglo XIX. Se dejó el ideal de Cristo en segundo plano para mostrar, de forma meramente externa, a un Jesús tangible a partir de documentos históricos. Se malinterpretaron los Evangelios, —y por ello los métodos de la investigación sobre Jesús terminaron autoanulándose. Así se desmoronó el método de estudio de los Evangelios, y justamente los métodos que querían sacar a la luz la imagen histórica de Jesús llevaron a su destrucción.

De este modo, se ha abierto al mismo tiempo el camino para lo que persigue la ciencia espiritual. Esta pretende mostrar cuáles son, desde la llegada de Cristo, las fuerzas más profundas que residen en cada ser humano y que este puede desarrollar. De este modo, el ser humano alcanza, —no en la profundidad de misterios organizados externamente, sino en la intimidad de su corazón, a través de la contemplación de lo que ocurrió en Palestina y de la entrega a este acontecimiento—, aquello que alcanzaban los discípulos de los misterios en los misterios, y lo que alcanzaban los seguidores del culto a Mitra. Al experimentar al Cristo en su interior, el ser humano experimenta aquello que hace crecer su valor y su energía activa, aquello que hace crecer la conciencia de su dignidad humana, de modo que sabe cómo integrarse en la humanidad en el sentido correcto. Y experimenta al mismo tiempo lo que podían experimentar los seguidores de los misterios griegos: el amor universal. Porque lo que vive en el cristianismo como amor universal abarca todas las entidades externas. Y experimenta al mismo tiempo la intrepidez y sabe, gracias a ello, que nunca tiene por qué tener miedo, que no tiene por qué desesperarse ante el mundo, y reconoce, —lleno de libertad y, al mismo tiempo, con humildad—, la entrega a los misterios del universo.

Esto es lo que el ser humano puede reconocer cuando se impregna de aquello que ha sustituido a los antiguos misterios: el cristianismo como un hecho místico. Y, simplemente mediante una elaboración conceptual de esta idea fundamental, el Jesús histórico se convierte en un hecho para todo aquel que conoce a Cristo. - En la filosofía occidental se ha dicho que el ser humano nunca podría ver los colores si no tuviera ojos, ni oír los sonidos si no tuviera oídos; el mundo sería entonces oscuro y mudo para él. Pero así como es cierto que sin ojos no se pueden percibir los colores y sin oídos no se pueden percibir los sonidos, igualmente cierta es la otra afirmación según la cual: sin la luz no habría surgido el ojo. Así como el ser humano sin ojos no podría tener percepciones luminosas, también es cierto, por otro lado, lo que dice Goethe:

Si el ojo no fuera como el sol,
nunca podría contemplar al sol
,

O cuando dice en otro pasaje:

¡El ojo es una criatura de la luz!

Así es el Cristo místico en nosotros, — el Cristo del que también habla el clarividente, como lo vio Pablo a través del poder clarividente —, que no siempre ha estado en el ser humano. En los tiempos precristianos no se podía alcanzar a través de ningún desarrollo de los misterios, como se puede alcanzar después del Misterio de Gólgota. Que pueda existir un Cristo interior, que pueda nacer el hombre superior, para eso era necesario un Cristo histórico, la encarnación del Cristo en Jesús. Y si no existieran documentos que de alguna manera certificaran una biografía de Jesús de Nazaret, habría que decir: así como un ojo solo puede formarse gracias a la acción de la luz, es necesario para un Cristo místico que el Cristo verdadero, el histórico, exista. La figura de Jesús no se reconoce por documentos externos. Esto se reconoció durante mucho tiempo en el desarrollo de Occidente y se volverá a reconocer. La ciencia espiritual organizará lo que pueda extraer de sus círculos de manera que pueda conducir a un verdadero conocimiento del Cristo, —y por ende también de Jesús. Y mientras se ha dado a entender que, en realidad, Jesús ha sido alienado del mundo, y que los métodos de la investigación sobre Jesús se han disuelto por sí mismos, la profundización en la esencia de Cristo conducirá a reconocer de nuevo la grandeza de Jesús de Nazaret.

El camino que consiste en que primero se reconoce al Cristo a través de experiencias interiores del alma, conduce, por lo que se desarrolla desde el alma humana, realmente a entender el hecho místico del cristianismo y a comprender la evolución de la humanidad de tal manera que el acontecimiento de Cristo debe entrar en ella como el acontecimiento más importante del desarrollo humano. Así, el camino a través de Cristo nos lleva a Jesús. Y la idea de Cristo llevará en sí misma las semillas fecundas para llevar a la humanidad no solo a la concepción de un espíritu universal y panteísta del mundo, sino también a que el ser humano conciba su propia historia de la siguiente manera: así como siente que su tierra está unida a todo el ser del mundo, así sentirá que su historia está unida a un acontecimiento suprasensible y suprahistórico. Y este acontecimiento consiste en que el ser de Cristo, como hecho suprasensible y místico, ocupa el centro de la evolución de la humanidad y será reconocido por la humanidad del futuro, independientemente de cualquier investigación histórica externa y de todos los documentos. Cristo seguirá siendo la piedra angular del desarrollo de la humanidad, incluso admitiendo que todos los documentos para una biografía de Jesús resultaran insuficientes; y el ser humano sacará de sí mismo las fuerzas para dar a luz de nuevo su historia, —y con ella también la historia del desarrollo del mundo—.
Traducido por J.Luelmo

GA232 Dornach, 1 de diciembre de 1923 - La creación mineral y la creación vegetal-animal. La atmósfera terrestre primitiva.-

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

La creación mineral y la creación vegetal-animal
La atmosfera terrestre primitiva

Dornach, 1 de diciembre de 1923

Lo que dije ayer nos brinda la oportunidad de analizar con mayor detalle algunos de esos acontecimientos que han tenido lugar a lo largo de la evolución de la Tierra y que han dado lugar a la forma actual de nuestro planeta. Recordarán que dije que, mediante la observación y el conocimiento, se puede establecer una cierta relación con los componentes metalicos de la Tierra, con todo aquello que es esencial en ella por el hecho de que está atravesada por vetas metálicas, y que, en general, esta Tierra lleva en su interior lo metálico, lo metálico en sus diversas formas. Esta relación que se puede establecer con la metalicidad de la Tierra nos brinda la posibilidad de echar la vista atrás y contemplar lo que ha sucedido con ella.

Ahora bien, resulta especialmente interesante fijarse en lo que ocurrió en la evolución de nuestra Tierra aproximadamente en los tiempos que precedieron a la evolución atlante, —que, de manera un tanto superficial, he denominado «era lemúrica»—, y también en lo que tuvo lugar en el período inmediatamente anterior, en el que la Tierra repitió la etapa solar. Durante la era lemúrica, repitió la etapa lunar. Es interesante repasar todos estos acontecimientos, pues así uno se hace una idea de lo cambiante que es todo en el ámbito de la existencia terrestre.

Hoy en día estamos acostumbrados a considerar la Tierra, en cierto modo, como un sistema cerrado, tal y como se presenta ante el ser humano. Vivimos como seres humanos en los continentes, rodeados de todo lo que la Tierra es capaz de sustentar: plantas, animales terrestres, aves y demás. Sabemos que vivimos en una especie de mar de aire, la atmósfera que rodea a la Tierra; que de ese mar de aire absorbemos el oxígeno, pero que también nuestra relación con el nitrógeno desempeña un cierto papel. Sin embargo, en general nos imaginamos que nos rodea simplemente la atmósfera, compuesta por oxígeno y nitrógeno. Luego miramos hacia los océanos, hacia los mares, y obtenemos, —sin necesidad de entrar en más detalles—, una imagen de lo que nos imaginamos como el planeta que habitamos en el universo. Ahora bien, tal y como es la Tierra actualmente, no siempre ha sido así, sino que ha sufrido transformaciones muy profundas y violentas. Si retrocedemos a los períodos a los que acabo de aludir, si nos remontamos a la era lemúrica y un poco más atrás, encontraremos una configuración de la Tierra completamente diferente a la actual.

Partamos de la atmósfera en la que vivimos ahora y que nosotros mismos consideramos inerte, sin vida. Ya esta atmósfera se nos presenta como algo completamente diferente. Y si retrocedemos aún más, vemos que incluso en esa época más antigua de la evolución de la Tierra ya se podía observar algo parecido a lo que hoy es, en cierto sentido, el núcleo sólido de la Tierra, alrededor del cual se encuentra la atmósfera. Se obtendría un esquema similar también para esas épocas más antiguas; pero no cabe en absoluto hablar de que, en esas épocas más antiguas, exista de algún modo en la gran esfera que he dibujado algo parecido al aire que respiramos hoy en día. En el aire que respiramos hoy en día, el oxígeno y el nitrógeno desempeñan el papel más destacado; el carbono y el hidrógeno desempeñan un papel menor; y el azufre, o incluso el fósforo, desempeñan un papel aún más insignificante.

En realidad, no es posible hablar de oxígeno, nitrógeno, carbono, azufre y demás en relación con esas épocas antiguas, simplemente porque lo que hoy en día los químicos denominan con esos nombres ni siquiera existía en aquella época.

Fíjense: cualquier ser espiritual de aquella época, ante el cual se presentara un químico actual y le hablara de carbono, oxígeno, nitrógeno y demás, diría: «Eso no existe». Porque, por mucho que hoy sea posible hablar de estas cosas, en aquella época no había forma alguna de hacerlo. El oxígeno, el nitrógeno y el carbono, tal y como los entendemos hoy, solo son posibles como tales cuando la Tierra ha alcanzado una densidad determinada y posee las fuerzas que tiene hoy en día. El oxígeno, el nitrógeno, el potasio, el sodio y demás, —todos los llamados metales menos pesados—, ni siquiera existían en aquella época más antigua. En cambio, en ese entorno terrestre, aquí en ese círculo que entonces formaba lo que hoy denominamos atmósfera, existía algo que era tremendamente fluido, a medio camino entre nuestra agua actual y el aire; era fluido, pero en su fluidez se asemejaba a la clara de huevo. De modo que, en realidad, la Tierra estaba entonces completamente rodeada por una atmósfera de clara de huevo. La clara de huevo actual del huevo de gallina es mucho más gruesa, pero ya se puede comparar con ella.

Este entorno terrestre era de tal naturaleza que, cuando más tarde la Tierra se volvió más densa, de ese entorno se separaron y se diferenciaron lo que hoy denominamos carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, etc. Pero no era así en su interior, en el sentido de que se pudiera decir que la atmósfera proteica de entonces estuviera compuesta por tales elementos; pues no contenía esas sustancias individuales como partes. Hoy en día se piensa, en general, que todo está compuesto; pero eso es una tontería. Lo que se conoce como ciertas sustancias de naturaleza superior no siempre está compuesto por lo que aparece cuando se analiza; sino que en la sustancia superior esas cosas dejan de estar presentes. El carbono que hay ahí dentro no es carbono, el oxígeno no es oxígeno, y así sucesivamente; sino que se trata de una sustancia de naturaleza superior. Y, como ya he dicho, en cuanto a sus propiedades, podría describirla como una proteína muy, muy líquida. Pero toda esa sustancia que rodeaba entonces a la Tierra estaba impregnada, desde el espacio cósmico, de éter cósmico, que  vitalizaba toda esa sustancia. De modo que debemos imaginarnos el éter cósmico penetrando en esta sustancia y vitalizándola.

Gracias a que este éter cósmico se adentraba en ella, esta sustancia cobraba vida. Pero no solo cobraba vida, sino que se diferenciaba de una manera peculiar. Así, en un lugar apareció una vez una formación más grande, en la que uno podía asfixiarse; en otro lugar apareció una formación más grande, en la que se habría podido vivir con especial vitalidad, si ya se hubiera podido estar allí como ser humano, y así sucesivamente. No había en ella elementos químicos en el sentido actual, pero surgieron formaciones que recuerdan a los efectos de los elementos químicos de hoy en día. Además, todo ello estaba impregnado de reflejos de luz, destellos de luz, resplandores de luz. Y, por último, todo estaba calentado por el éter cósmico.

Todas esas eran características de la atmósfera terrestre de aquella época, si se me permite utilizar el término actual. Lo primero que se formó procedente del cosmos fue lo que describí ayer: las primeras montañas primigenias. Se formaron a partir del cosmos. De modo que los cuarzos que se encuentran ahí fuera, en las montañas primigenias, con su hermosa forma y su relativa transparencia, se han formado, por así decirlo, desde el universo hacia la Tierra. Por eso, cuando quien observa con imaginación se sumerge hoy en estas rocas de las montañas primigenias, en estas formaciones que hoy son las más duras de la Tierra, estas se convierten para él en ojos que miran hacia el universo. Pero el universo también ha implantado estos ojos en la Tierra; ahora se encuentran allí dentro. El universo los ha implantado en la Tierra. Solo que el material cuarzilloso, similar al ácido silícico, que penetró en toda la atmósfera y se depositó poco a poco formando las montañas primigenias, no era tan duro como lo es hoy. Solo más tarde, debido a las condiciones posteriores, se produjo ese endurecimiento que hoy caracteriza a las montañas primigenias. Todo lo que se depositó allí procedente del universo, en aquella época era apenas más duro que la cera.

Pues bien, si hoy vas a las montañas primigenias y ves un cristal de cuarzo tan duro, —ya he dicho hoy en otro lugar: aunque el cráneo se rompería, el cuarzo no, si lo golpearas contra él—, todo aquello era en aquel entonces, gracias a la vida que se extendía por todas partes, blando como la cera, realmente blando como la cera, de modo que se podría decir: Las rocas de las montañas primigenias provienen del cosmos como cera que gotea. Y todo ello es transparente; tal y como se abre paso desde el cosmos hasta aquí, su dureza relativa, su dureza de cera, solo puede describirse recurriendo al sentido del tacto: si pudiéramos tocarlo, lo notaríamos igual que notamos la cera.

Así, pues, la cordillera primigenia se forma a partir de la cera que ha ido goteando desde el cosmos y que luego se endurece. El ácido silícico adopta la forma de la cera en el momento en que se traslada desde el cosmos hacia la Tierra.

Y aquello que hoy está presente de forma más espiritual, y que les describí ayer, —que, al sumergirse en esta roca densa, se perciben imágenes del cosmos—, en aquella época estaba allí de forma muy vívida, y de tal manera que, —perdónenme por utilizar esta expresión, pero en realidad describe lo correcto—, cuando se acercaba una parte de, —un guijarro de cera—, se acercaba en su transparencia, se podía distinguir en él algo parecido a una especie de imagen vegetal. Quien haya observado la naturaleza sabrá que, como si se tratara de un vestigio de tiempos antiguos, algo así se encuentra ya hoy en día en el mundo mineral. Se encuentran rocas, se cogen en la mano, se observan, y en ellas se aprecia algo como si en su interior hubiera una imagen vegetal. Pero aquello era en aquel entonces algo muy habitual: lo que entraba en la atmósfera, en esa atmósfera proteica, era arrastrado, por así decirlo, como imágenes que no solo se veían, sino como imágenes que estaban plasmadas en el interior de ese cuerpo ceroso, pero plasmadas físicamente, de modo que esas imágenes eran arrastradas desde el cosmos.

Y entonces se puso de manifiesto algo peculiar: la proteína líquida que había allí rellenaba esas imágenes; con ello, estas se volvieron de nuevo algo más duras, algo más densas; ya no eran imágenes. La materia silícea se desprendió de ellas, se dispersó en el resto de la atmósfera, y en la época lemúrica más antigua tenemos las imponentes formaciones vegetales flotantes, que recuerdan a nuestras algas actuales, que no estaban arraigadas en el suelo, —ya que aún no existía tal suelo—, que en esa proteína líquida formaban su propia sustancia, con la que se impregnaban, que flotaban en el interior de esa proteína líquida, pero no solo flotaban, sino que lo que ocurría era que brillaban, diría yo, resplandecían, luego volvían a desaparecer, volvían a aparecer, volvían a desaparecer. Eran mutables; mutables hasta tal punto que surgían y desaparecían.

Imagínense eso bien. En el fondo, es una imagen que se diferencia mucho de lo que vemos hoy en día a nuestro alrededor. Si una persona de hoy pudiera trasladarse a aquella época, digamos que pudiera colocar en algún lugar una caseta de guardia como esa y sentarse en ella a observar, tal y como hacen hoy nuestros amigos que montan guardia aquí en el Goetheanum, y pudiera asomarse a ese mundo antiguo, vería por todas partes: aparece una imagen vegetal, una imagen vegetal imponente, como ya se ha dicho, parecida a nuestras algas actuales o incluso a las palmeras, pero brota de golpe, —no crece de la tierra en primavera para marchitarse en otoño, sino que brota de golpe, apareciendo en la primavera—, la primavera es mucho más corta y entonces alcanza su imponente tamaño, para luego desaparecer de nuevo en el elemento líquido similar a la proteína. Esta sería la visión que tendría un observador así: la de algo que siempre reverdece y que siempre vuelve a reverdecer. Y no hablaría de las plantas que cubren la Tierra, sino de aquellas que, como nubes de aire, surgen del cosmos, se densifican y se disuelven: un reverdecimiento en la atmósfera proteica. Y de lo que equivaldría, por ejemplo, a nuestro verano actual, se diría: es la época en la que el entorno terrestre reverdece. Pero se miraría más hacia arriba que hacia abajo para contemplar ese verdor. De modo que, de esta manera, se obtiene la idea de cómo lo silíceo de la atmósfera terrestre se adentra en lo terrenal y atrae hacia sí la fuerza vegetal, que en realidad se encuentra ahí fuera, en el cosmos; cómo el mundo vegetal desciende del cosmos a la Tierra. Pero en el período del que hablo, es precisamente así: hay que decir que este mundo vegetal surge y se desvanece en la atmósfera.

Y hay que añadir algo más: cuando hoy en día uno es un ser humano y, precisamente por su afinidad con la metalicidad de la Tierra, se traslada a aquellos tiempos, tiene la sensación de que todo eso le pertenece, de que tiene algo que ver con lo que allí, sobre todo en la atmósfera, brotaba y se volvía verde. De verdad, cuando hoy uno recuerda su propia infancia, se trata del recuerdo de un breve lapso de tiempo. Pero cuando recuerda un dolor que sufrió en la infancia, eso es algo que le pertenece. Así, en este recuerdo cósmico estimulado por la metalicidad de la Tierra, este proceso de brotar y reverdecer se convierte en algo que le pertenece a uno mismo. En aquella época, el ser humano ya estaba unido a la Tierra, que vivía en esa atmósfera acuosa y blanquecina, pero de tal manera que, como ser humano, aún era completamente espiritual. Sin embargo, se expresa algo cierto cuando se dice que hay que adquirir al mismo tiempo la idea de que estas plantas que se ven allí en la atmósfera son, para aquella época, segregaciones, exudaciones de lo humano. El ser humano las expulsa de su propia esencia, que aún forma un todo con toda la Tierra. Y debe tener una idea completamente diferente de lo que está expulsando. Y es que también ocurre lo siguiente. Todo lo que he descrito hasta ahora se debe a que, ya anteriormente, la sustancia similar al ácido silícico se había depositado en la atmósfera en forma de cera, de la que he hablado. Pero, por lo demás, esta atmósfera proteica está presente en todas partes. Sobre ella actúa el cosmos; sobre ella actúan las fuerzas infinitamente variadas que irradian desde el cosmos hacia toda la Tierra, esas fuerzas de las que nuestro conocimiento actual no quiere saber nada. Por eso, nuestro conocimiento actual no es en absoluto un conocimiento real, porque la mayor variedad de lo que ocurre en la Tierra no ocurriría si no estuviera provocada en todas partes por impulsos y fuerzas cósmicas. Al no hablar en absoluto de estas fuerzas cósmicas, el erudito actual no habla en absoluto de la realidad. En ningún momento tiene en cuenta aquello que realmente vive. Incluso en el preparado más pequeño que se observa a través de cualquier microscopio, no solo viven fuerzas terrenales, sino también fuerzas cósmicas. Y sin tenerlas en cuenta, no se tiene la realidad.

Así actuaban, pues, en aquella época las fuerzas cósmicas sobre esa proteína líquida en el entorno terrestre. Y esas fuerzas cósmicas actuaban sobre algunas partes de esa proteína de tal manera que la hacían cuajar, de modo que por todas partes se veía proteína cuajada cósmicamente. Eso flotaba allí dentro: proteína cuajada cósmicamente. Pero esas no eran simples nubes de esa proteína coagulada cósmicamente, sino seres vivos con formas determinadas. En realidad eran animales formados por esa proteína coagulada, que había alcanzado la densidad de una gelatina, sí, incluso la densidad de nuestra masa cartilaginosa actual. Esos animales gelatinosos se encontraban en esa atmósfera líquida de proteína. Tenían la forma que, a pequeña escala, se da en nuestros reptiles, en nuestras lagartijas y similares; pero no tenían esa densidad, sino que se encontraban en esa masa gelatinosa y podían moverse por sí mismos. A veces tenían extremidades largas, otras veces las extremidades se retraían de nuevo; en resumen, todo en ellos era como en el caracol, que puede retraer sus antenas.

Ahora bien, mientras se formaba aquello que está ahí fuera, en la Tierra ya se había depositado, además del material silíceo procedente del espacio cósmico, aquello que hoy encontramos como componentes calcáreos de la Tierra. Si no se adentra en las montañas primigenias, sino que simplemente se dirige al Jurásico, encontrará esta roca calcárea. Esta roca calcárea llegó más tarde a la Tierra, pero también lo hizo desde el cosmos, al igual que el silíceo, de modo que, en segundo lugar, tenemos aquí en la Tierra el componente calcáreo.

Pero este componente calcáreo se va filtrando continuamente, y, en esencia, provoca que la Tierra se vuelva cada vez más densa en su núcleo. Y, en determinados lugares, el silíceo se integra en el calcáreo. Pero este calcáreo conserva las fuerzas cósmicas. La cal es algo muy distinto de la materia burda tal y como se la conciben los químicos actuales. La cal contiene en todas partes fuerzas formativas que, en proporción, no pueden liberarse.

Y ahora viene lo curioso: si nos trasladamos a una época algo posterior a la que les he descrito en relación con la llegada del reverdecimiento, vemos que toda esta atmósfera proteica presenta, en realidad, un continuo movimiento ascendente y descendente de la cal. Se forma vapor de cal y, a su vez, lluvia de cal. La Tierra tiene una época en la que lo que hoy no es más que agua evaporada y lluvia que cae, es una sustancia calcárea que asciende y vuelve a descender, elevándose y hundiéndose. Y ahí surge lo peculiar: esta cal tiene una fuerza de atracción especial hacia esa gelatina, hacia esas masas cartilaginosas. Las penetra, las impregna de sí misma. Y a través de las fuerzas terrestres que hay en ella, —ya les dije que las fuerzas terrestres están en ella—, disuelve toda la masa gelatinosa que se ha formado allí como proteína coagulada. La cal le quita al cielo lo que este ha formado en la sustancia proteica y lo acerca más a la Tierra. Y de ahí surgen entonces, poco a poco, los animales que tienen huesos calcáreos. Esto es algo que se desarrolla en la época lemúrica tardía.

De modo que, en las plantas, en su forma más primitiva, debemos ver puros dones del cielo, y en los animales y en toda la estructura animal debemos ver algo que la Tierra, después de que el cielo le hubiera dado la cal, le quitó al cielo, —¡se lo robó de verdad!—, y lo convirtió en una estructura terrestre. Estas son las cosas que nos llaman tanto la atención de esa época más antigua y con las que uno se siente absolutamente conectado, de tal manera que ahora también percibimos todo este proceso como un proceso del ser humano, por así decirlo, extrapolado al cosmos.

Por supuesto, este tipo de cosas suenan paradójicas, porque tocan una realidad de la que el ser humano actual no suele hacerse una idea, pero encierran toda la verdad. ¿No es cierto que hoy en día se corresponde con una realidad absoluta decir, recordando el pasado: «Cuando era un niño o una niña de nueve años, a veces le daba una buena paliza a mi amigo o a mi amiga»? Es algo que surge de lo más profundo del ser. Uno puede alegrarse por ello o no, puede sentir dolor al respecto, pero surge, sencillamente, desde lo más profundo. Así surge en esta conciencia humana, ampliada por su afinidad con lo metálico y que se convierte en una conciencia terrestre: al formar todo tu ser desde el cielo hasta la Tierra, al descender has separado de ti a las plantas. Estas son una separación de ti. También has separado al ser animal; en forma de gelatina coagulada o masa cartilaginosa, quisiste en un primer momento que se convirtiera en un producto de separación de ti. Pero entonces tuviste que darte cuenta de cómo las fuerzas terrestres anteriores ya te lo habían quitado y habían moldeado las formas animales en otra configuración, en la que son un resultado de la formación de la Tierra. - Así pues, se puede ver esto en un recuerdo cósmico como una experiencia propia, del mismo modo que se puede ver lo otro que he mencionado como una experiencia de la breve vida terrenal. Uno se siente, como ya se ha dicho, vinculado a ello como ser humano.

Pero todo esto está relacionado con otros procesos diversos; les describo, por así decirlo, a grandes rasgos los procesos más importantes. Ocurren muchas otras cosas. Mientras, por ejemplo, sucedía lo que acabo de describir, toda la atmósfera seguía estando llena de azufre finamente disperso. Este azufre finamente disperso se combina con otras sustancias, y de esta combinación del azufre finamente disperso con otras sustancias surgen, por así decirlo, los «padres» o las «madres» de todo lo que hoy se encuentra en los minerales en forma de pirita, galena, blenda y demás. Así pues, todo ello se forma en aquella época en una forma más antigua, en una forma blanda, aún densa y cerosa. De este modo, el cuerpo terrestre queda impregnado de tales elementos. Y luego, cuando precisamente estos minerales, esta naturaleza metálica, emergen de la sustancia general similar a la proteína y forman la corteza terrestre sólida, los metales no tienen en realidad mucho más que hacer en su interior, —a menos que el ser humano haga algo con ellos—, que reflexionar sobre lo que ha sucedido. Y eso es precisamente lo que se observa en ellos. Se las encuentra en un estado en el que, para la visión interior, nos presentan todo lo que ha sucedido en la Tierra. Pero ahora uno se dice, al vivirlo como una experiencia cósmica propia o, al menos, telúrica: al haberte desprendido de todo eso, al haberte desprendido de aquello que existía como la forma vegetal más antigua, —que, de hecho, se convirtieron en las formas vegetales posteriores—, al haberte desprendido de lo que se presenta de manera más compleja como la evolución hacia lo animal, —tal y como lo he descrito—, te has desprendido de aquello que antes te impedía tener una voluntad en tu propio ser humano.

Todo lo que les he descrito aquí era necesario; el ser humano tenía que desprenderse de ello, del mismo modo que hoy tiene que desprenderse del sudor o de otras secreciones. El ser humano tenía que desprenderse de ello para dejar de ser un ser en el que solo los dioses activasen la voluntad, y poder convertirse en un ser con voluntad propia, para que pudiera tener una voluntad propia, aunque aún no fuera libre. Todo ello fue, pues, necesario para la preparación de la naturaleza terrenal del ser humano.

Pues bien, al suceder muchas otras cosas, todo eso cambió. Por supuesto, cuando aparecieron los minerales, aislados en el interior de la Tierra, también cambió toda la atmósfera. Se transformó por completo, y pasó a contener mucho menos azufre. El oxígeno fue ganando poco a poco terreno al azufre, mientras que en la antigüedad el azufre tenía una importancia muy grande para la atmósfera terrestre. Toda la atmósfera terrestre cambió.

En este entorno renovado, el ser humano pudo volver a expulsar de sí mismo otras cosas, a segregar otras cosas. Lo que ahora segregaba parece ser el descenso de las plantas y los animales primitivos. Poco a poco se fueron formando las formas vegetales posteriores, que echaban una especie de raíz, pero en una sustancia terrestre aún completamente blanda. Y a partir de lo que eran reptiles, animales parecidos a las lagartijas, se formaron animales más complejos, aquellos que la geología actual aún encuentra en huellas y similares. De lo más antiguo, de lo que he hablado aquí, ya no se encuentra nada. Solo lo que surgió luego, en la época posterior, en la que el ser humano, —por así decirlo, por segunda vez—, generó formas más complejas a partir de sí mismo; solo entonces existió lo que les he descrito aquí, lo que, me gustaría decir que eran formaciones nubosas que surgían y desaparecían continuamente, formas que se volvían verdes y que verdecían, figuras de masa blanda parecidas a animales, pero que eran animales reales, que a veces se contraían y tenían vida propia, y otras veces se perdían de nuevo en una vida terrenal general, pues así ocurría con todas estas entidades. De todo ello surgió algo que pasó a estar más consolidado en sí mismo.

Y así surgieron animales como aquel que, si quisiéramos dibujarlo de forma un poco esquemática, tenía este aspecto para aquella época: poseía un órgano muy grande parecido a un ojo con una especie de aura; a continuación, una especie de hocico que, por cierto, se prolongaba hacia delante; y luego algo parecido al cuerpo de un lagarto, pero con poderosas aletas. Así surgió, pues, una especie de estructura que ya poseía una mayor solidez en sí misma. Tenemos animales de este tipo que tienen algo parecido a, —podría decir tanto alas como aletas—. Porque el animal no era precisamente un animal marino; en aquella época aún no existía el mar; era una masa terrestre blanda y el elemento circundante, aún blando, del que solo se había separado un poco el azufre. Pero allí dentro volaba o nadaba, —era una actividad a medio camino entre volar y nadar—, un animal de este tipo (véase el dibujo).

Además, había otros animales que no tenían ese tipo de extremidades, sino extremidades que ya se habían formado en mayor medida a partir de las fuerzas de la propia Tierra, que ya recordaban a las extremidades de los mamíferos inferiores actuales, etcétera.

Así, a una persona que, partiendo de la actualidad, en lugar de viajar por el espacio, viajara a través del tiempo, retrocediendo hasta aquella época que une la época lemúrica con la atlante, se le presentaría una visión singular: enormes lagartos voladores con una linterna en la cabeza que iluminaba y calentaba; y, debajo, algo parecido a una tierra blanda y pantanosa, que, sin embargo, tiene algo extraordinariamente acogedor, ya que ofrecería al visitante de hoy una especie de aroma a medio camino entre el olor a humedad y el aroma de las plantas verdes que crecen en su interior. Esa tierra blanda y fangosa ofrecería algo seductor, por un lado, y extraordinariamente agradable, por otro. Y allí dentro, moviéndose a su vez como animales de pantano, se encuentran estos otros animales, que ya tienen más extremidades, que recuerdan a los mamíferos inferiores actuales, pero que están tan ensanchados hacia abajo que tienen en esa parte unas extremidades tan poderosas (se anota), —más poderosas, naturalmente, que las de los patos —, con las que se desplazan por este pantano, pero con las que también se balancean hacia arriba y hacia abajo.

Verán, la humanidad tuvo que pasar por todo ese proceso de separación para que el ser humano pudiera desarrollar una sensibilidad autónoma que le preparara para su existencia en la Tierra.

Así pues, nos encontramos primeramente con una creación vegetal-animal que, en realidad, consiste en productos de secreción del ser humano y que preparó el terreno para que, como ser humano terrenal, pudiera convertirse en un ser dotado de voluntad. Si todo eso se hubiera quedado en su interior, habría dominado su voluntad. Su voluntad se habría convertido en un proceso totalmente físico. Al haberlo segregado, lo físico se separó de él, y la voluntad adquiere un carácter anímico. Del mismo modo, gracias a esta segunda creación, el sentir adquiere un carácter anímico. Y no es hasta la época atlante posterior, más concretamente a mediados de la época atlante, cuando surgen los mamíferos y estas plantas, plantas-animales que ya se asemejan a los nuestros. En ese momento, la Tierra ya se configura de tal manera que su aspecto es muy similar al que tiene ahora. De ahí que ya existan las sustancias químicas, las sustancias que conoce el químico actual. Así se va formando poco a poco lo que es el carbono, el oxígeno, los metales alcalinos, los metales pesados y similares. Todo eso ya surge en ese momento. Pero con ello, el ser humano puede separar de sí mismo lo tercero, aquello que hoy encuentra en su entorno como mundo vegetal y animal. Y al separar esto, al surgir a su alrededor la creación que le rodea, se prepara para su existencia terrenal como ser pensante.

Así pues, se puede decir que, en aquella época, la humanidad no estaba tan dividida como lo están hoy en día las personas, en individuos aislados; era una humanidad universal, de naturaleza espiritual y anímica aún, que se sumergía en el éter. Porque, junto con el éter que afluía a la Tierra desde el universo, llegaba precisamente esa humanidad universal procedente del universo. A continuación, también pasó por aquellos procesos que he descrito en la «Ciencia Oculta»: llegó, se marchó de nuevo hacia los demás planetas y volvió de nuevo en la época atlante. Eso sucedía, por así decirlo, de forma paralela. Porque cada vez que se producía algo así, la humanidad no podía permanecer en la Tierra, tenía que marcharse para, por así decirlo, fortalecer primero las fuerzas internas, que ahora eran de una naturaleza mucho más sutil y anímica. Luego regresaba de nuevo. Y así, estos procesos son precisamente lo que describe con mayor detalle lo que puede leer en mi «Ciencia Oculta». Estos procesos son, pues, tales que el ser humano, la humanidad, pertenece en realidad al universo y se prepara su propio entorno enviando al ámbito terrestre sus excreciones, que pertenecen a otros reinos de la naturaleza. Una vez allí, en el ámbito terrestre, rodean al ser humano. Y entonces el ser humano puede decir: Al enviar estos desechos al ámbito terrestre, ha desarrollado gradualmente en su interior aquello que le dota, como ser humano terrestre, de voluntad, sentimiento y pensamiento. Porque lo que el ser humano es hoy, —ese ser pensante, sintiente y volitivo que descansa sobre una base orgánica y física durante el transcurso de la vida, entre el nacimiento y la muerte—, se ha desarrollado a lo largo del tiempo y está relacionado con los seres que, en aras del desarrollo de la humanidad, se han separado de lo humano a lo largo del tiempo y, en esa separación, se han transformado a su vez en sus formas actuales.

Como pueden ver: es cierto que no se habla únicamente de manera general y abstracta de esta afinidad con lo metálico de la Tierra. Sino que, cuando uno entra en afinidad con ese aspecto metálico, —que, como he dicho, encierra en sí mismo el recuerdo de los acontecimientos terrestres—, entonces sí que se puede hablar realmente de aquello que se recuerda; que realmente se encuentra lo que les he contado hoy.

Y si ahora ustedes piensan que nos remontamos a épocas aún más remotas, todo ello se vuelve aún más fugaz, aún más etéreo. Fíjense tan solo en la grandiosa y majestuosa estampa que les he descrito antes: esas formaciones de ácido silícico que fluyen como cera, en las que aparecen imágenes del mundo vegetal, que se empapan de la suave albúmina, de la suave sustancia proteica, que de este modo aportan un matiz verde y un aspecto reverdeciente al entorno terrestre; uno alza la vista hacia ellas. Piensen en esta imagen y podrán decirse a sí mismos: en comparación con las plantas actuales, que crecen de la tierra a partir de raíces firmes y hojas sólidas, o incluso en comparación con los árboles actuales con sus troncos robustos, todo esto no es más que una formación efímera. ¡Qué efímero resulta esto en comparación con un roble actual, que, aunque no se enorgullece por sí mismo de su esencia de roble, sí que suele ser motivo de orgullo para quienes lo rodean, pues en su frecuente debilidad se confunden con la esencia misma del roble! Si comparan esa «esencia de roble» del roble actual con aquellas, —me atrevería a decir—, formas vegetales que surgen y se desvanecen con ligereza, que cobran vida en la atmósfera como sombras, que se densifican y luego desaparecen; o si comparan, —tomemos casos extremos—, un hipopótamo actual o un elefante actual, con su gruesa piel, u otros seres que viven en la carne, con los seres de aquella época, que emergían como clara de huevo coagulada de esa clara general, para luego ser capturados por la cal y, de un modo algo más denso, ser transformados en esbozos óseos y arrastrados hacia lo animal de la Tierra, —tengo que emplear este término más que como adjetivo: en lo «animal» de la Tierra—, si observan todo esto, si observan la densidad actual, en comparación con lo que hubo en su día, entonces ya no podrán dudar de que, si se retrocede aún más, se llega precisamente a algo aún más efímero.

Entonces se vuelve a aquel lugar donde solo hay formaciones de color que se agitan, se entrelazan y cobran vida, que surgen y se desvanecen. Y si luego toman la descripción del antiguo Sol, el predecesor de la Tierra, o del antiguo Saturno, tal y como la he expuesto en «La ciencia Oculta», dirán: «Todo eso es evidente, si se sabe que hay que retroceder desde lo que hay aquí hacia algo más lejano». Allí, la estructura vegetal, la estructura vegetal en formación, absorbe la sustancia proteica y se convierte ella misma en una especie de formación nubosa. Aún antes, nos encontramos con formaciones que, en realidad, se configuran únicamente a partir de procesos cromáticos aparentes, tal y como las he descrito para la existencia del Sol y la de Saturno.

Y así, poco a poco, al remontarse por lo físico, se vuelve precisamente desde lo mastodóntico, pasando por lo físico más sutil, hacia lo espiritual. Y de esta manera, al fijarse con la debida atención en lo concreto, se llega de nuevo al origen espiritual de todo lo que pertenece a lo terrenal. La Tierra tiene su origen en lo espiritual. Esto da lugar a una verdadera visión. Y creo que también es una idea hermosa poder decirse a uno mismo: si te adentras en el interior de la Tierra y dejas que los metales duros te cuenten lo que recuerdan, te dirán: «En otro tiempo estábamos tan extendidos en la inmensidad que no éramos en absoluto sustancias físicas, sino colores que flotaban en el espíritu, que se entretejían en el universo». - Y así, el recuerdo de los metales de la Tierra es lo que se remonta al estado en el que cada metal era un color cósmico que impregnaba a los demás; en el que el cosmos era, en esencia, una especie de arcoíris interior, una especie de espectro que luego se diferenció y se convirtió en algo físico.

Y ahí es donde la mera impresión, —diría yo—, teóricamente compartida que uno tiene de la metalicidad de la Tierra se transforma en una impresión moral. Porque cada metal nos dice al mismo tiempo: «Provengo de las inmensidades del espacio y de lo lejano de la Tierra. Provengo del reino celestial, y aquí me he concentrado en el interior de la Tierra, he sido atraído mágicamente hacia aquí». Pero espero mi liberación. Porque, una vez más, llenaré con mi esencia el universo. —Y cuando uno aprende así el lenguaje de los metales, entonces el oro habla del Sol, el plomo de Saturno, el cobre de Venus, y entonces estos metales nos dicen: «Así como en otro tiempo nos extendíamos, —el cobre hasta Venus, el plomo hasta Saturno—, hoy estamos aquí encantados y cuando la Tierra cumpla su misión,  nos extenderemos de nuevo hacia allá para que el ser humano alcance en la Tierra precisamente aquello que solo podía alcanzar en la Tierra». Porque por eso nos sometimos a este encantamiento, para que el ser humano pudiera convertirse en un ser libre en la Tierra. Una vez que el ser humano haya conquistado la libertad, entonces podrá comenzar de nuevo nuestro desencantamiento.

Y, en el fondo, este proceso de desmitificación ya se ha iniciado hace tiempo. Solo hay que comprenderlo. Hay que comprender cómo seguirá evolucionando la Tierra de cara al futuro, a su vez conjuntamente con el ser humano.