CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 23

GA232 Dornach, 1 de diciembre de 1923 - La creación mineral y la creación vegetal-animal. La atmósfera terrestre primitiva.-

   ver ciclo

 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

La creación mineral y la creación vegetal-animal
La atmosfera terrestre primitiva

Dornach, 1 de diciembre de 1923

Lo que dije ayer nos brinda la oportunidad de analizar con mayor detalle algunos de esos acontecimientos que han tenido lugar a lo largo de la evolución de la Tierra y que han dado lugar a la forma actual de nuestro planeta. Recordarán que dije que, mediante la observación y el conocimiento, se puede establecer una cierta relación con los componentes metalicos de la Tierra, con todo aquello que es esencial en ella por el hecho de que está atravesada por vetas metálicas, y que, en general, esta Tierra lleva en su interior lo metálico, lo metálico en sus diversas formas. Esta relación que se puede establecer con la metalicidad de la Tierra nos brinda la posibilidad de echar la vista atrás y contemplar lo que ha sucedido con ella.

Ahora bien, resulta especialmente interesante fijarse en lo que ocurrió en la evolución de nuestra Tierra aproximadamente en los tiempos que precedieron a la evolución atlante, —que, de manera un tanto superficial, he denominado «era lemúrica»—, y también en lo que tuvo lugar en el período inmediatamente anterior, en el que la Tierra repitió la etapa solar. Durante la era lemúrica, repitió la etapa lunar. Es interesante repasar todos estos acontecimientos, pues así uno se hace una idea de lo cambiante que es todo en el ámbito de la existencia terrestre.

Hoy en día estamos acostumbrados a considerar la Tierra, en cierto modo, como un sistema cerrado, tal y como se presenta ante el ser humano. Vivimos como seres humanos en los continentes, rodeados de todo lo que la Tierra es capaz de sustentar: plantas, animales terrestres, aves y demás. Sabemos que vivimos en una especie de mar de aire, la atmósfera que rodea a la Tierra; que de ese mar de aire absorbemos el oxígeno, pero que también nuestra relación con el nitrógeno desempeña un cierto papel. Sin embargo, en general nos imaginamos que nos rodea simplemente la atmósfera, compuesta por oxígeno y nitrógeno. Luego miramos hacia los océanos, hacia los mares, y obtenemos, —sin necesidad de entrar en más detalles—, una imagen de lo que nos imaginamos como el planeta que habitamos en el universo. Ahora bien, tal y como es la Tierra actualmente, no siempre ha sido así, sino que ha sufrido transformaciones muy profundas y violentas. Si retrocedemos a los períodos a los que acabo de aludir, si nos remontamos a la era lemúrica y un poco más atrás, encontraremos una configuración de la Tierra completamente diferente a la actual.

Partamos de la atmósfera en la que vivimos ahora y que nosotros mismos consideramos inerte, sin vida. Ya esta atmósfera se nos presenta como algo completamente diferente. Y si retrocedemos aún más, vemos que incluso en esa época más antigua de la evolución de la Tierra ya se podía observar algo parecido a lo que hoy es, en cierto sentido, el núcleo sólido de la Tierra, alrededor del cual se encuentra la atmósfera. Se obtendría un esquema similar también para esas épocas más antiguas; pero no cabe en absoluto hablar de que, en esas épocas más antiguas, exista de algún modo en la gran esfera que he dibujado algo parecido al aire que respiramos hoy en día. En el aire que respiramos hoy en día, el oxígeno y el nitrógeno desempeñan el papel más destacado; el carbono y el hidrógeno desempeñan un papel menor; y el azufre, o incluso el fósforo, desempeñan un papel aún más insignificante.

En realidad, no es posible hablar de oxígeno, nitrógeno, carbono, azufre y demás en relación con esas épocas antiguas, simplemente porque lo que hoy en día los químicos denominan con esos nombres ni siquiera existía en aquella época.

Fíjense: cualquier ser espiritual de aquella época, ante el cual se presentara un químico actual y le hablara de carbono, oxígeno, nitrógeno y demás, diría: «Eso no existe». Porque, por mucho que hoy sea posible hablar de estas cosas, en aquella época no había forma alguna de hacerlo. El oxígeno, el nitrógeno y el carbono, tal y como los entendemos hoy, solo son posibles como tales cuando la Tierra ha alcanzado una densidad determinada y posee las fuerzas que tiene hoy en día. El oxígeno, el nitrógeno, el potasio, el sodio y demás, —todos los llamados metales menos pesados—, ni siquiera existían en aquella época más antigua. En cambio, en ese entorno terrestre, aquí en ese círculo que entonces formaba lo que hoy denominamos atmósfera, existía algo que era tremendamente fluido, a medio camino entre nuestra agua actual y el aire; era fluido, pero en su fluidez se asemejaba a la clara de huevo. De modo que, en realidad, la Tierra estaba entonces completamente rodeada por una atmósfera de clara de huevo. La clara de huevo actual del huevo de gallina es mucho más gruesa, pero ya se puede comparar con ella.

Este entorno terrestre era de tal naturaleza que, cuando más tarde la Tierra se volvió más densa, de ese entorno se separaron y se diferenciaron lo que hoy denominamos carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, etc. Pero no era así en su interior, en el sentido de que se pudiera decir que la atmósfera proteica de entonces estuviera compuesta por tales elementos; pues no contenía esas sustancias individuales como partes. Hoy en día se piensa, en general, que todo está compuesto; pero eso es una tontería. Lo que se conoce como ciertas sustancias de naturaleza superior no siempre está compuesto por lo que aparece cuando se analiza; sino que en la sustancia superior esas cosas dejan de estar presentes. El carbono que hay ahí dentro no es carbono, el oxígeno no es oxígeno, y así sucesivamente; sino que se trata de una sustancia de naturaleza superior. Y, como ya he dicho, en cuanto a sus propiedades, podría describirla como una proteína muy, muy líquida. Pero toda esa sustancia que rodeaba entonces a la Tierra estaba impregnada, desde el espacio cósmico, de éter cósmico, que  vitalizaba toda esa sustancia. De modo que debemos imaginarnos el éter cósmico penetrando en esta sustancia y vitalizándola.

Gracias a que este éter cósmico se adentraba en ella, esta sustancia cobraba vida. Pero no solo cobraba vida, sino que se diferenciaba de una manera peculiar. Así, en un lugar apareció una vez una formación más grande, en la que uno podía asfixiarse; en otro lugar apareció una formación más grande, en la que se habría podido vivir con especial vitalidad, si ya se hubiera podido estar allí como ser humano, y así sucesivamente. No había en ella elementos químicos en el sentido actual, pero surgieron formaciones que recuerdan a los efectos de los elementos químicos de hoy en día. Además, todo ello estaba impregnado de reflejos de luz, destellos de luz, resplandores de luz. Y, por último, todo estaba calentado por el éter cósmico.

Todas esas eran características de la atmósfera terrestre de aquella época, si se me permite utilizar el término actual. Lo primero que se formó procedente del cosmos fue lo que describí ayer: las primeras montañas primigenias. Se formaron a partir del cosmos. De modo que los cuarzos que se encuentran ahí fuera, en las montañas primigenias, con su hermosa forma y su relativa transparencia, se han formado, por así decirlo, desde el universo hacia la Tierra. Por eso, cuando quien observa con imaginación se sumerge hoy en estas rocas de las montañas primigenias, en estas formaciones que hoy son las más duras de la Tierra, estas se convierten para él en ojos que miran hacia el universo. Pero el universo también ha implantado estos ojos en la Tierra; ahora se encuentran allí dentro. El universo los ha implantado en la Tierra. Solo que el material cuarzilloso, similar al ácido silícico, que penetró en toda la atmósfera y se depositó poco a poco formando las montañas primigenias, no era tan duro como lo es hoy. Solo más tarde, debido a las condiciones posteriores, se produjo ese endurecimiento que hoy caracteriza a las montañas primigenias. Todo lo que se depositó allí procedente del universo, en aquella época era apenas más duro que la cera.

Pues bien, si hoy vas a las montañas primigenias y ves un cristal de cuarzo tan duro, —ya he dicho hoy en otro lugar: aunque el cráneo se rompería, el cuarzo no, si lo golpearas contra él—, todo aquello era en aquel entonces, gracias a la vida que se extendía por todas partes, blando como la cera, realmente blando como la cera, de modo que se podría decir: Las rocas de las montañas primigenias provienen del cosmos como cera que gotea. Y todo ello es transparente; tal y como se abre paso desde el cosmos hasta aquí, su dureza relativa, su dureza de cera, solo puede describirse recurriendo al sentido del tacto: si pudiéramos tocarlo, lo notaríamos igual que notamos la cera.

Así, pues, la cordillera primigenia se forma a partir de la cera que ha ido goteando desde el cosmos y que luego se endurece. El ácido silícico adopta la forma de la cera en el momento en que se traslada desde el cosmos hacia la Tierra.

Y aquello que hoy está presente de forma más espiritual, y que les describí ayer, —que, al sumergirse en esta roca densa, se perciben imágenes del cosmos—, en aquella época estaba allí de forma muy vívida, y de tal manera que, —perdónenme por utilizar esta expresión, pero en realidad describe lo correcto—, cuando se acercaba una parte de, —un guijarro de cera—, se acercaba en su transparencia, se podía distinguir en él algo parecido a una especie de imagen vegetal. Quien haya observado la naturaleza sabrá que, como si se tratara de un vestigio de tiempos antiguos, algo así se encuentra ya hoy en día en el mundo mineral. Se encuentran rocas, se cogen en la mano, se observan, y en ellas se aprecia algo como si en su interior hubiera una imagen vegetal. Pero aquello era en aquel entonces algo muy habitual: lo que entraba en la atmósfera, en esa atmósfera proteica, era arrastrado, por así decirlo, como imágenes que no solo se veían, sino como imágenes que estaban plasmadas en el interior de ese cuerpo ceroso, pero plasmadas físicamente, de modo que esas imágenes eran arrastradas desde el cosmos.

Y entonces se puso de manifiesto algo peculiar: la proteína líquida que había allí rellenaba esas imágenes; con ello, estas se volvieron de nuevo algo más duras, algo más densas; ya no eran imágenes. La materia silícea se desprendió de ellas, se dispersó en el resto de la atmósfera, y en la época lemúrica más antigua tenemos las imponentes formaciones vegetales flotantes, que recuerdan a nuestras algas actuales, que no estaban arraigadas en el suelo, —ya que aún no existía tal suelo—, que en esa proteína líquida formaban su propia sustancia, con la que se impregnaban, que flotaban en el interior de esa proteína líquida, pero no solo flotaban, sino que lo que ocurría era que brillaban, diría yo, resplandecían, luego volvían a desaparecer, volvían a aparecer, volvían a desaparecer. Eran mutables; mutables hasta tal punto que surgían y desaparecían.

Imagínense eso bien. En el fondo, es una imagen que se diferencia mucho de lo que vemos hoy en día a nuestro alrededor. Si una persona de hoy pudiera trasladarse a aquella época, digamos que pudiera colocar en algún lugar una caseta de guardia como esa y sentarse en ella a observar, tal y como hacen hoy nuestros amigos que montan guardia aquí en el Goetheanum, y pudiera asomarse a ese mundo antiguo, vería por todas partes: aparece una imagen vegetal, una imagen vegetal imponente, como ya se ha dicho, parecida a nuestras algas actuales o incluso a las palmeras, pero brota de golpe, —no crece de la tierra en primavera para marchitarse en otoño, sino que brota de golpe, apareciendo en la primavera—, la primavera es mucho más corta y entonces alcanza su imponente tamaño, para luego desaparecer de nuevo en el elemento líquido similar a la proteína. Esta sería la visión que tendría un observador así: la de algo que siempre reverdece y que siempre vuelve a reverdecer. Y no hablaría de las plantas que cubren la Tierra, sino de aquellas que, como nubes de aire, surgen del cosmos, se densifican y se disuelven: un reverdecimiento en la atmósfera proteica. Y de lo que equivaldría, por ejemplo, a nuestro verano actual, se diría: es la época en la que el entorno terrestre reverdece. Pero se miraría más hacia arriba que hacia abajo para contemplar ese verdor. De modo que, de esta manera, se obtiene la idea de cómo lo silíceo de la atmósfera terrestre se adentra en lo terrenal y atrae hacia sí la fuerza vegetal, que en realidad se encuentra ahí fuera, en el cosmos; cómo el mundo vegetal desciende del cosmos a la Tierra. Pero en el período del que hablo, es precisamente así: hay que decir que este mundo vegetal surge y se desvanece en la atmósfera.

Y hay que añadir algo más: cuando hoy en día uno es un ser humano y, precisamente por su afinidad con la metalicidad de la Tierra, se traslada a aquellos tiempos, tiene la sensación de que todo eso le pertenece, de que tiene algo que ver con lo que allí, sobre todo en la atmósfera, brotaba y se volvía verde. De verdad, cuando hoy uno recuerda su propia infancia, se trata del recuerdo de un breve lapso de tiempo. Pero cuando recuerda un dolor que sufrió en la infancia, eso es algo que le pertenece. Así, en este recuerdo cósmico estimulado por la metalicidad de la Tierra, este proceso de brotar y reverdecer se convierte en algo que le pertenece a uno mismo. En aquella época, el ser humano ya estaba unido a la Tierra, que vivía en esa atmósfera acuosa y blanquecina, pero de tal manera que, como ser humano, aún era completamente espiritual. Sin embargo, se expresa algo cierto cuando se dice que hay que adquirir al mismo tiempo la idea de que estas plantas que se ven allí en la atmósfera son, para aquella época, segregaciones, exudaciones de lo humano. El ser humano las expulsa de su propia esencia, que aún forma un todo con toda la Tierra. Y debe tener una idea completamente diferente de lo que está expulsando. Y es que también ocurre lo siguiente. Todo lo que he descrito hasta ahora se debe a que, ya anteriormente, la sustancia similar al ácido silícico se había depositado en la atmósfera en forma de cera, de la que he hablado. Pero, por lo demás, esta atmósfera proteica está presente en todas partes. Sobre ella actúa el cosmos; sobre ella actúan las fuerzas infinitamente variadas que irradian desde el cosmos hacia toda la Tierra, esas fuerzas de las que nuestro conocimiento actual no quiere saber nada. Por eso, nuestro conocimiento actual no es en absoluto un conocimiento real, porque la mayor variedad de lo que ocurre en la Tierra no ocurriría si no estuviera provocada en todas partes por impulsos y fuerzas cósmicas. Al no hablar en absoluto de estas fuerzas cósmicas, el erudito actual no habla en absoluto de la realidad. En ningún momento tiene en cuenta aquello que realmente vive. Incluso en el preparado más pequeño que se observa a través de cualquier microscopio, no solo viven fuerzas terrenales, sino también fuerzas cósmicas. Y sin tenerlas en cuenta, no se tiene la realidad.

Así actuaban, pues, en aquella época las fuerzas cósmicas sobre esa proteína líquida en el entorno terrestre. Y esas fuerzas cósmicas actuaban sobre algunas partes de esa proteína de tal manera que la hacían cuajar, de modo que por todas partes se veía proteína cuajada cósmicamente. Eso flotaba allí dentro: proteína cuajada cósmicamente. Pero esas no eran simples nubes de esa proteína coagulada cósmicamente, sino seres vivos con formas determinadas. En realidad eran animales formados por esa proteína coagulada, que había alcanzado la densidad de una gelatina, sí, incluso la densidad de nuestra masa cartilaginosa actual. Esos animales gelatinosos se encontraban en esa atmósfera líquida de proteína. Tenían la forma que, a pequeña escala, se da en nuestros reptiles, en nuestras lagartijas y similares; pero no tenían esa densidad, sino que se encontraban en esa masa gelatinosa y podían moverse por sí mismos. A veces tenían extremidades largas, otras veces las extremidades se retraían de nuevo; en resumen, todo en ellos era como en el caracol, que puede retraer sus antenas.

Ahora bien, mientras se formaba aquello que está ahí fuera, en la Tierra ya se había depositado, además del material silíceo procedente del espacio cósmico, aquello que hoy encontramos como componentes calcáreos de la Tierra. Si no se adentra en las montañas primigenias, sino que simplemente se dirige al Jurásico, encontrará esta roca calcárea. Esta roca calcárea llegó más tarde a la Tierra, pero también lo hizo desde el cosmos, al igual que el silíceo, de modo que, en segundo lugar, tenemos aquí en la Tierra el componente calcáreo.

Pero este componente calcáreo se va filtrando continuamente, y, en esencia, provoca que la Tierra se vuelva cada vez más densa en su núcleo. Y, en determinados lugares, el silíceo se integra en el calcáreo. Pero este calcáreo conserva las fuerzas cósmicas. La cal es algo muy distinto de la materia burda tal y como se la conciben los químicos actuales. La cal contiene en todas partes fuerzas formativas que, en proporción, no pueden liberarse.

Y ahora viene lo curioso: si nos trasladamos a una época algo posterior a la que les he descrito en relación con la llegada del reverdecimiento, vemos que toda esta atmósfera proteica presenta, en realidad, un continuo movimiento ascendente y descendente de la cal. Se forma vapor de cal y, a su vez, lluvia de cal. La Tierra tiene una época en la que lo que hoy no es más que agua evaporada y lluvia que cae, es una sustancia calcárea que asciende y vuelve a descender, elevándose y hundiéndose. Y ahí surge lo peculiar: esta cal tiene una fuerza de atracción especial hacia esa gelatina, hacia esas masas cartilaginosas. Las penetra, las impregna de sí misma. Y a través de las fuerzas terrestres que hay en ella, —ya les dije que las fuerzas terrestres están en ella—, disuelve toda la masa gelatinosa que se ha formado allí como proteína coagulada. La cal le quita al cielo lo que este ha formado en la sustancia proteica y lo acerca más a la Tierra. Y de ahí surgen entonces, poco a poco, los animales que tienen huesos calcáreos. Esto es algo que se desarrolla en la época lemúrica tardía.

De modo que, en las plantas, en su forma más primitiva, debemos ver puros dones del cielo, y en los animales y en toda la estructura animal debemos ver algo que la Tierra, después de que el cielo le hubiera dado la cal, le quitó al cielo, —¡se lo robó de verdad!—, y lo convirtió en una estructura terrestre. Estas son las cosas que nos llaman tanto la atención de esa época más antigua y con las que uno se siente absolutamente conectado, de tal manera que ahora también percibimos todo este proceso como un proceso del ser humano, por así decirlo, extrapolado al cosmos.

Por supuesto, este tipo de cosas suenan paradójicas, porque tocan una realidad de la que el ser humano actual no suele hacerse una idea, pero encierran toda la verdad. ¿No es cierto que hoy en día se corresponde con una realidad absoluta decir, recordando el pasado: «Cuando era un niño o una niña de nueve años, a veces le daba una buena paliza a mi amigo o a mi amiga»? Es algo que surge de lo más profundo del ser. Uno puede alegrarse por ello o no, puede sentir dolor al respecto, pero surge, sencillamente, desde lo más profundo. Así surge en esta conciencia humana, ampliada por su afinidad con lo metálico y que se convierte en una conciencia terrestre: al formar todo tu ser desde el cielo hasta la Tierra, al descender has separado de ti a las plantas. Estas son una separación de ti. También has separado al ser animal; en forma de gelatina coagulada o masa cartilaginosa, quisiste en un primer momento que se convirtiera en un producto de separación de ti. Pero entonces tuviste que darte cuenta de cómo las fuerzas terrestres anteriores ya te lo habían quitado y habían moldeado las formas animales en otra configuración, en la que son un resultado de la formación de la Tierra. - Así pues, se puede ver esto en un recuerdo cósmico como una experiencia propia, del mismo modo que se puede ver lo otro que he mencionado como una experiencia de la breve vida terrenal. Uno se siente, como ya se ha dicho, vinculado a ello como ser humano.

Pero todo esto está relacionado con otros procesos diversos; les describo, por así decirlo, a grandes rasgos los procesos más importantes. Ocurren muchas otras cosas. Mientras, por ejemplo, sucedía lo que acabo de describir, toda la atmósfera seguía estando llena de azufre finamente disperso. Este azufre finamente disperso se combina con otras sustancias, y de esta combinación del azufre finamente disperso con otras sustancias surgen, por así decirlo, los «padres» o las «madres» de todo lo que hoy se encuentra en los minerales en forma de pirita, galena, blenda y demás. Así pues, todo ello se forma en aquella época en una forma más antigua, en una forma blanda, aún densa y cerosa. De este modo, el cuerpo terrestre queda impregnado de tales elementos. Y luego, cuando precisamente estos minerales, esta naturaleza metálica, emergen de la sustancia general similar a la proteína y forman la corteza terrestre sólida, los metales no tienen en realidad mucho más que hacer en su interior, —a menos que el ser humano haga algo con ellos—, que reflexionar sobre lo que ha sucedido. Y eso es precisamente lo que se observa en ellos. Se las encuentra en un estado en el que, para la visión interior, nos presentan todo lo que ha sucedido en la Tierra. Pero ahora uno se dice, al vivirlo como una experiencia cósmica propia o, al menos, telúrica: al haberte desprendido de todo eso, al haberte desprendido de aquello que existía como la forma vegetal más antigua, —que, de hecho, se convirtieron en las formas vegetales posteriores—, al haberte desprendido de lo que se presenta de manera más compleja como la evolución hacia lo animal, —tal y como lo he descrito—, te has desprendido de aquello que antes te impedía tener una voluntad en tu propio ser humano.

Todo lo que les he descrito aquí era necesario; el ser humano tenía que desprenderse de ello, del mismo modo que hoy tiene que desprenderse del sudor o de otras secreciones. El ser humano tenía que desprenderse de ello para dejar de ser un ser en el que solo los dioses activasen la voluntad, y poder convertirse en un ser con voluntad propia, para que pudiera tener una voluntad propia, aunque aún no fuera libre. Todo ello fue, pues, necesario para la preparación de la naturaleza terrenal del ser humano.

Pues bien, al suceder muchas otras cosas, todo eso cambió. Por supuesto, cuando aparecieron los minerales, aislados en el interior de la Tierra, también cambió toda la atmósfera. Se transformó por completo, y pasó a contener mucho menos azufre. El oxígeno fue ganando poco a poco terreno al azufre, mientras que en la antigüedad el azufre tenía una importancia muy grande para la atmósfera terrestre. Toda la atmósfera terrestre cambió.

En este entorno renovado, el ser humano pudo volver a expulsar de sí mismo otras cosas, a segregar otras cosas. Lo que ahora segregaba parece ser el descenso de las plantas y los animales primitivos. Poco a poco se fueron formando las formas vegetales posteriores, que echaban una especie de raíz, pero en una sustancia terrestre aún completamente blanda. Y a partir de lo que eran reptiles, animales parecidos a las lagartijas, se formaron animales más complejos, aquellos que la geología actual aún encuentra en huellas y similares. De lo más antiguo, de lo que he hablado aquí, ya no se encuentra nada. Solo lo que surgió luego, en la época posterior, en la que el ser humano, —por así decirlo, por segunda vez—, generó formas más complejas a partir de sí mismo; solo entonces existió lo que les he descrito aquí, lo que, me gustaría decir que eran formaciones nubosas que surgían y desaparecían continuamente, formas que se volvían verdes y que verdecían, figuras de masa blanda parecidas a animales, pero que eran animales reales, que a veces se contraían y tenían vida propia, y otras veces se perdían de nuevo en una vida terrenal general, pues así ocurría con todas estas entidades. De todo ello surgió algo que pasó a estar más consolidado en sí mismo.

Y así surgieron animales como aquel que, si quisiéramos dibujarlo de forma un poco esquemática, tenía este aspecto para aquella época: poseía un órgano muy grande parecido a un ojo con una especie de aura; a continuación, una especie de hocico que, por cierto, se prolongaba hacia delante; y luego algo parecido al cuerpo de un lagarto, pero con poderosas aletas. Así surgió, pues, una especie de estructura que ya poseía una mayor solidez en sí misma. Tenemos animales de este tipo que tienen algo parecido a, —podría decir tanto alas como aletas—. Porque el animal no era precisamente un animal marino; en aquella época aún no existía el mar; era una masa terrestre blanda y el elemento circundante, aún blando, del que solo se había separado un poco el azufre. Pero allí dentro volaba o nadaba, —era una actividad a medio camino entre volar y nadar—, un animal de este tipo (véase el dibujo).

Además, había otros animales que no tenían ese tipo de extremidades, sino extremidades que ya se habían formado en mayor medida a partir de las fuerzas de la propia Tierra, que ya recordaban a las extremidades de los mamíferos inferiores actuales, etcétera.

Así, a una persona que, partiendo de la actualidad, en lugar de viajar por el espacio, viajara a través del tiempo, retrocediendo hasta aquella época que une la época lemúrica con la atlante, se le presentaría una visión singular: enormes lagartos voladores con una linterna en la cabeza que iluminaba y calentaba; y, debajo, algo parecido a una tierra blanda y pantanosa, que, sin embargo, tiene algo extraordinariamente acogedor, ya que ofrecería al visitante de hoy una especie de aroma a medio camino entre el olor a humedad y el aroma de las plantas verdes que crecen en su interior. Esa tierra blanda y fangosa ofrecería algo seductor, por un lado, y extraordinariamente agradable, por otro. Y allí dentro, moviéndose a su vez como animales de pantano, se encuentran estos otros animales, que ya tienen más extremidades, que recuerdan a los mamíferos inferiores actuales, pero que están tan ensanchados hacia abajo que tienen en esa parte unas extremidades tan poderosas (se anota), —más poderosas, naturalmente, que las de los patos —, con las que se desplazan por este pantano, pero con las que también se balancean hacia arriba y hacia abajo.

Verán, la humanidad tuvo que pasar por todo ese proceso de separación para que el ser humano pudiera desarrollar una sensibilidad autónoma que le preparara para su existencia en la Tierra.

Así pues, nos encontramos primeramente con una creación vegetal-animal que, en realidad, consiste en productos de secreción del ser humano y que preparó el terreno para que, como ser humano terrenal, pudiera convertirse en un ser dotado de voluntad. Si todo eso se hubiera quedado en su interior, habría dominado su voluntad. Su voluntad se habría convertido en un proceso totalmente físico. Al haberlo segregado, lo físico se separó de él, y la voluntad adquiere un carácter anímico. Del mismo modo, gracias a esta segunda creación, el sentir adquiere un carácter anímico. Y no es hasta la época atlante posterior, más concretamente a mediados de la época atlante, cuando surgen los mamíferos y estas plantas, plantas-animales que ya se asemejan a los nuestros. En ese momento, la Tierra ya se configura de tal manera que su aspecto es muy similar al que tiene ahora. De ahí que ya existan las sustancias químicas, las sustancias que conoce el químico actual. Así se va formando poco a poco lo que es el carbono, el oxígeno, los metales alcalinos, los metales pesados y similares. Todo eso ya surge en ese momento. Pero con ello, el ser humano puede separar de sí mismo lo tercero, aquello que hoy encuentra en su entorno como mundo vegetal y animal. Y al separar esto, al surgir a su alrededor la creación que le rodea, se prepara para su existencia terrenal como ser pensante.

Así pues, se puede decir que, en aquella época, la humanidad no estaba tan dividida como lo están hoy en día las personas, en individuos aislados; era una humanidad universal, de naturaleza espiritual y anímica aún, que se sumergía en el éter. Porque, junto con el éter que afluía a la Tierra desde el universo, llegaba precisamente esa humanidad universal procedente del universo. A continuación, también pasó por aquellos procesos que he descrito en la «Ciencia Oculta»: llegó, se marchó de nuevo hacia los demás planetas y volvió de nuevo en la época atlante. Eso sucedía, por así decirlo, de forma paralela. Porque cada vez que se producía algo así, la humanidad no podía permanecer en la Tierra, tenía que marcharse para, por así decirlo, fortalecer primero las fuerzas internas, que ahora eran de una naturaleza mucho más sutil y anímica. Luego regresaba de nuevo. Y así, estos procesos son precisamente lo que describe con mayor detalle lo que puede leer en mi «Ciencia Oculta». Estos procesos son, pues, tales que el ser humano, la humanidad, pertenece en realidad al universo y se prepara su propio entorno enviando al ámbito terrestre sus excreciones, que pertenecen a otros reinos de la naturaleza. Una vez allí, en el ámbito terrestre, rodean al ser humano. Y entonces el ser humano puede decir: Al enviar estos desechos al ámbito terrestre, ha desarrollado gradualmente en su interior aquello que le dota, como ser humano terrestre, de voluntad, sentimiento y pensamiento. Porque lo que el ser humano es hoy, —ese ser pensante, sintiente y volitivo que descansa sobre una base orgánica y física durante el transcurso de la vida, entre el nacimiento y la muerte—, se ha desarrollado a lo largo del tiempo y está relacionado con los seres que, en aras del desarrollo de la humanidad, se han separado de lo humano a lo largo del tiempo y, en esa separación, se han transformado a su vez en sus formas actuales.

Como pueden ver: es cierto que no se habla únicamente de manera general y abstracta de esta afinidad con lo metálico de la Tierra. Sino que, cuando uno entra en afinidad con ese aspecto metálico, —que, como he dicho, encierra en sí mismo el recuerdo de los acontecimientos terrestres—, entonces sí que se puede hablar realmente de aquello que se recuerda; que realmente se encuentra lo que les he contado hoy.

Y si ahora ustedes piensan que nos remontamos a épocas aún más remotas, todo ello se vuelve aún más fugaz, aún más etéreo. Fíjense tan solo en la grandiosa y majestuosa estampa que les he descrito antes: esas formaciones de ácido silícico que fluyen como cera, en las que aparecen imágenes del mundo vegetal, que se empapan de la suave albúmina, de la suave sustancia proteica, que de este modo aportan un matiz verde y un aspecto reverdeciente al entorno terrestre; uno alza la vista hacia ellas. Piensen en esta imagen y podrán decirse a sí mismos: en comparación con las plantas actuales, que crecen de la tierra a partir de raíces firmes y hojas sólidas, o incluso en comparación con los árboles actuales con sus troncos robustos, todo esto no es más que una formación efímera. ¡Qué efímero resulta esto en comparación con un roble actual, que, aunque no se enorgullece por sí mismo de su esencia de roble, sí que suele ser motivo de orgullo para quienes lo rodean, pues en su frecuente debilidad se confunden con la esencia misma del roble! Si comparan esa «esencia de roble» del roble actual con aquellas, —me atrevería a decir—, formas vegetales que surgen y se desvanecen con ligereza, que cobran vida en la atmósfera como sombras, que se densifican y luego desaparecen; o si comparan, —tomemos casos extremos—, un hipopótamo actual o un elefante actual, con su gruesa piel, u otros seres que viven en la carne, con los seres de aquella época, que emergían como clara de huevo coagulada de esa clara general, para luego ser capturados por la cal y, de un modo algo más denso, ser transformados en esbozos óseos y arrastrados hacia lo animal de la Tierra, —tengo que emplear este término más que como adjetivo: en lo «animal» de la Tierra—, si observan todo esto, si observan la densidad actual, en comparación con lo que hubo en su día, entonces ya no podrán dudar de que, si se retrocede aún más, se llega precisamente a algo aún más efímero.

Entonces se vuelve a aquel lugar donde solo hay formaciones de color que se agitan, se entrelazan y cobran vida, que surgen y se desvanecen. Y si luego toman la descripción del antiguo Sol, el predecesor de la Tierra, o del antiguo Saturno, tal y como la he expuesto en «La ciencia Oculta», dirán: «Todo eso es evidente, si se sabe que hay que retroceder desde lo que hay aquí hacia algo más lejano». Allí, la estructura vegetal, la estructura vegetal en formación, absorbe la sustancia proteica y se convierte ella misma en una especie de formación nubosa. Aún antes, nos encontramos con formaciones que, en realidad, se configuran únicamente a partir de procesos cromáticos aparentes, tal y como las he descrito para la existencia del Sol y la de Saturno.

Y así, poco a poco, al remontarse por lo físico, se vuelve precisamente desde lo mastodóntico, pasando por lo físico más sutil, hacia lo espiritual. Y de esta manera, al fijarse con la debida atención en lo concreto, se llega de nuevo al origen espiritual de todo lo que pertenece a lo terrenal. La Tierra tiene su origen en lo espiritual. Esto da lugar a una verdadera visión. Y creo que también es una idea hermosa poder decirse a uno mismo: si te adentras en el interior de la Tierra y dejas que los metales duros te cuenten lo que recuerdan, te dirán: «En otro tiempo estábamos tan extendidos en la inmensidad que no éramos en absoluto sustancias físicas, sino colores que flotaban en el espíritu, que se entretejían en el universo». - Y así, el recuerdo de los metales de la Tierra es lo que se remonta al estado en el que cada metal era un color cósmico que impregnaba a los demás; en el que el cosmos era, en esencia, una especie de arcoíris interior, una especie de espectro que luego se diferenció y se convirtió en algo físico.

Y ahí es donde la mera impresión, —diría yo—, teóricamente compartida que uno tiene de la metalicidad de la Tierra se transforma en una impresión moral. Porque cada metal nos dice al mismo tiempo: «Provengo de las inmensidades del espacio y de lo lejano de la Tierra. Provengo del reino celestial, y aquí me he concentrado en el interior de la Tierra, he sido atraído mágicamente hacia aquí». Pero espero mi liberación. Porque, una vez más, llenaré con mi esencia el universo. —Y cuando uno aprende así el lenguaje de los metales, entonces el oro habla del Sol, el plomo de Saturno, el cobre de Venus, y entonces estos metales nos dicen: «Así como en otro tiempo nos extendíamos, —el cobre hasta Venus, el plomo hasta Saturno—, hoy estamos aquí encantados y cuando la Tierra cumpla su misión,  nos extenderemos de nuevo hacia allá para que el ser humano alcance en la Tierra precisamente aquello que solo podía alcanzar en la Tierra». Porque por eso nos sometimos a este encantamiento, para que el ser humano pudiera convertirse en un ser libre en la Tierra. Una vez que el ser humano haya conquistado la libertad, entonces podrá comenzar de nuevo nuestro desencantamiento.

Y, en el fondo, este proceso de desmitificación ya se ha iniciado hace tiempo. Solo hay que comprenderlo. Hay que comprender cómo seguirá evolucionando la Tierra de cara al futuro, a su vez conjuntamente con el ser humano.




No hay comentarios: