RUDOLF STEINER
| Alejandro Magno |
A partir de lo que expuse ayer al hablar de Aristóteles, —el sintetizador de todo el conocimiento y toda la sabiduría de la Antigüedad en el siglo IV a. C.—, quizá resulte comprensible que diga, que a pesar de que en realidad solo difundió una especie de sistema lógico por Europa Central, se asentaba, no obstante, en el terreno de la esencia de los misterios griegos y, en realidad, de todos los misterios de aquella época. Sí, incluso habrá que decir que quien sea capaz de asimilar cosas como las cosmovisiones no solo con la razón, sino también con el corazón, podrá intuir, a partir de las exposiciones lógicas de Aristóteles, que en la base de la lógica y la filosofía aristotélicas subyace también una cierta conexión íntima con los misterios de la naturaleza. El destino de Aristóteles fue, más que su propio proceso de desarrollo, —si se me permite expresarlo así—, difundir un sistema lógico por toda Europa. Porque, al fin y al cabo, para ilustrar este hecho peculiar que nos ocupa, se puede decir que tal vez habría sido impensable que Platón pudiera convertirse en el maestro de Alejandro, mientras que Aristóteles sí pudo hacerlo.
Sin duda, Platón, a su manera, no hizo más que dar continuidad a los antiguos misterios en una forma más ideal. Pero precisamente por su carácter ideal se convirtió en la figura que se alejó más de los misterios de la naturaleza, mientras que Aristóteles, por su parte, volvió a acercarnos a ellos, como ya se puede deducir de mis breves exposiciones en mis «Enigmas de la filosofía». Pero solo se llega a conocer el panorama completo cuando uno puede hacerse una idea de cuál fue, en realidad, el contenido de los siete años de enseñanza que Aristóteles impartió a Alejandro. Resumiré brevemente cuál fue el contenido de esa enseñanza, extraído del sistema de misterios de la Antigüedad.
De hecho, si es que en aquellos tiempos antiguos se hablaba de la naturaleza de manera válida, era de tal forma que por «naturaleza» no se entendía lo que entiende hoy la ciencia natural, basada en los meros fenómenos terrenales, a partir de los cuales se deduce de manera superficial la existencia de fenómenos celestes extraterrenales; sino que se vinculaba al ser humano con la naturaleza en su sentido más amplio, y eso solo era posible si también se buscaba el espíritu en la naturaleza, pues en aquellos tiempos antiguos no se aceptaba en absoluto considerar al ser humano como un ser desprovisto de alma y de espíritu. Y así, en realidad, la enseñanza de los misterios sobre la naturaleza siempre consistía en extenderla mucho más allá, hacia lo cósmico, hasta donde el cosmos pudiera ser accesible al ser humano gracias a su afinidad con él.
Bueno, en aquellos tiempos antiguos, toda enseñanza que pudiera ser considerada seria, no era ni una invocación a la razón humana ni a la capacidad de observación externa del hombre. Lo que hoy consideramos conocimiento, en realidad en aquellos tiempos antiguos, incluso en la época de Aristóteles, no tenía un papel importante. Y si hoy los historiadores de las distintas ciencias quieren presentar su propio pensamiento científico, en realidad deberían empezar con Copérnico o Galileo; porque intentar retroceder más atrás no es realmente correcto. Y si incluso se fijan en el conocimiento griego, lo que presentan es pura fantasía: es una especie de continuación del presente hacia épocas anteriores, que nunca fue real. Porque también en los tiempos de Aristóteles, y por el propio Aristóteles, toda enseñanza tomada en serio se daba de manera que estaba ligada a una transformación de toda la naturaleza humana, no solo recurriendo al pensamiento y la observación humanos, sino a toda la vida humana. Mediante el conocimiento, el ser humano debía convertirse en un ser diferente de cómo es sin dicho conocimiento. Eso era lo esencial en los misterios, que el ser humano se transformara mediante el conocimiento en un ser totalmente distinto de lo que era antes. Y precisamente en los tiempos de Aristóteles, se intentaba lograr esta transformación del ser humano ante todo haciendo que dos sentimientos opuestos actuaran sobre el alma humana.
A la persona que debía ser instruida, se la exhortaba a que poco a poco debía llegar al conocimiento y al entendimiento, a que se identificara de manera verdaderamente humana con su entorno natural. Por ejemplo, —se le decía—, Observa, respiras el aire, pero respiras un aire que en verano es cálido y en invierno, frío. Respiras el aire de tal manera que, en invierno, puedes percibir tu propio aliento en forma de vapor, en forma de neblina. Se vuelve invisible cuando respiras aire cálido en verano.
Y se conectaba con tal aparición. No se conectaba inicialmente con la naturaleza diciendo algo como: Mira, aquí un cuerpo tiene tal o cual temperatura; lo caliento en un matraz, y sufre tal o cual cambio. No, se conectaba con el ser humano, con el ser humano tal como se siente internamente en aquella relación que representa el proceso de la respiración. Y poco a poco se dejaba que el ser humano, por un lado, sintiera, percibiera el aire calentado: Imagina bien lo que significa aire calentado. Quiere ascender, y tú debes sentir, mientras el aire calentado se acerca a ti, que algo en realidad quiere llevarte hacia las alturas. Y siente, en contraste, el agua fría, el agua fría de alguna forma; solo siéntela. En ella realmente no te sientes a gusto. En el aire cálido te sientes a gusto, tan a gusto que el aire cálido quiere llevarte a las vastedades del cosmos. En el agua fría te sientes extraño, no a gusto. Pero cuando te alejas del agua fría, y dejas que el agua fría haga fuera de ti lo que quiere hacer: entonces este hecho se vuelve algo para ti; entonces, cuando dejas que el agua fría haga fuera de ti lo que quiere hacer, por ejemplo, ella misma forma los cristales de nieve que caen sobre la tierra. Observando fuera de ti los cristales de nieve, te sientes en tu lugar correcto. El aire cálido realmente solo puedes sentirlo dentro de ti, y quieres dejarte llevar con el aire cálido que asciende a las vastedades del mundo. El agua fría solo realmente puedes sentirla fuera de ti, y quieres que, para tener una relación con ella, la observes a través de tus sentidos, en sus resultados.
Esos eran los dos polos opuestos a los que se nos acercaba en aquella época: sentir que, en realidad, «fuera y dentro del ser humano» es una expresión vacía. «Fuera» y «dentro» no quieren decir, en realidad, nada en particular. Lo que sí significa mucho es: calidez y ligereza, frialdad y humedad. Son contraposiciones a través de las cuales el ser humano se sitúa en el mundo según su esencia más íntima. Porque el «fuera» es tal solo por ser frío y húmedo, y el «dentro» es tal solo por ser cálido y aireado. Se percibía cualitativamente esta contraposición y, de igual modo, se percibía cualitativamente la forma en que el ser humano se situaba en el mundo.
Hoy en día, el químico estudia el hidrógeno y, tras sus investigaciones, le atribuye ciertas propiedades. A continuación, observa el espacio cósmico, ve allí algo que revela las mismas propiedades que el hidrógeno en el laboratorio y afirma que el hidrógeno también se encuentra en las inmensidades del espacio. Una explicación así habría sido una locura incluso en tiempos de Aristóteles. Pero en aquella época se procedía de otra manera.
Cuando la experiencia interior se había profundizado gracias a lo que acabo de insinuar, se guiaba al alumno hacia la observación de lo que realmente vive en la flor que se abre y se expande hacia las inmensidades del mundo. El conocimiento de las plantas, hacia eso era a lo que se guiaba al alumno, el conocimiento de las plantas: mira en el interior de la corola que se abre, observa cómo te impresiona aquello que irradia hacia las inmensidades del mundo.
Y mientras el alumno, con esas profundas sensaciones de las que les he hablado, contemplaba las flores que se abrían, se le revelaba un conocimiento interior, una iluminación interior. Las flores allá fuera, en la Tierra, se convertían para él en heraldos de los misterios del mundo en las inmensidades. Las flores le hablaban de las inmensidades del mundo. Y de una manera intensa, aunque solo insinuante, el maestro guiaba al alumno para que descubriera por sí mismo ese misterio que, desde las inmensidades del mundo, fluye hacia el ser de la flor. Y así, poco a poco, el alumno era llevado a responder a la pregunta del maestro: «¿Qué es lo que realmente percibes cuando miras dentro del cáliz de la flor que se abre, en la corola que se abre, de donde surgen los estambres y te irradian, ¿qué es lo que realmente percibes?». Entonces, el alumno era llevado a decir: Las plantas me cuentan que, en realidad, se ven obligadas por la tierra pesada y fría a ocupar su lugar en la Tierra, pero que, en realidad, no han surgido de la tierra firme, sino que solo se han afianzado en ella; que, en verdad, son seres nacidos del agua, y que en esta vitalidad suya como seres nacidos del agua, en el estado anterior de la existencia terrenal, —me refiero al estado descrito en mi «Ciencia Oculta», como estado lunar—, tuvieron su verdadera y auténtica existencia. Verán, para ello se le hacía decir al alumno: «Lo que en realidad son los misterios de la Luna, que surgió de la Tierra y aún conserva algo de su estado lunar preterrenal, eso es lo que me reflejan las flores». Porque las flores no le decían lo mismo al alumno todas las noches. Cuando la Luna se encontraba frente a Leo, las flores decían algo diferente a cuando la Luna se encontraba frente a Virgo o frente a Escorpio. Porque lo que la Luna experimentaba en su recorrido por el zodíaco, eso era lo que contaban las flores en la Tierra. Las flores en la Tierra hablaban de los misterios del universo exterior. Y era así cómo, gracias a lo que se le había transmitido, el discípulo decía desde lo más profundo de su corazón:
revelan su parentesco con la esencia lunar;
ahora están sujetas a la tierra, pues nacieron del agua.
El alumno podía sentirlo, porque ya había sido iniciado en lo que le proporcionaba el agua que se enfriaba. Tenía la certeza de que estaba vivo y, a través de esa experiencia, llegaba a ese conocimiento al contemplar la flor.
Y cuando el alumno se había familiarizado lo suficiente con el misterio lunar que revelaban las plantas que brotaban de la tierra, se le introducía a continuación en los metales de la tierra, en los metales principales: plomo, estaño, hierro, oro, cobre, mercurio y plata, tal y como se los mostré ayer en otro contexto. Y cuando poseía una vida sensorial tan profunda como la que acabo de esbozar, entonces descubría precisamente a través de los metales, —al familiarizarse con lo que estos le revelaban misteriosamente—, los secretos de todo el sistema planetario. Pues el plomo le revelaba lo relativo a Saturno, el estaño lo relativo a Júpiter, el hierro lo relativo a Marte, el oro lo relativo al Sol, el cobre lo relativo a Venus, el mercurio lo relativo a Mercurio y, a su vez, la plata lo relativo a la Luna, en la medida en que la Luna no mantiene una relación más estrecha con la Tierra, sino que también forma parte del universo entero. Y así como el discípulo se reveló a sí mismo el secreto de las flores, también se reveló el secreto de los metales. Así pues, lo primero fue el secreto de las plantas y lo segundo, el secreto de los metales.
Este secreto del metal, que en los misterios de Eleusis se revelaba a través del imponente planiglobium de la estatua masculina que les describí ayer, este secreto del metal se entretejía en las enseñanzas incluso en la época de Aristóteles, y a través de este secreto del metal se revelaba el secreto de los planetas. No se percibía de forma tan burda como hoy en día; al acercarse al plomo, se percibía que este no solo se presentaba a la vista con su color gris plomo, sino que ese gris plomo causaba una impresión peculiar en el ojo interior. En cierto sentido, ese gris plomo del metal fresco de plomo borraba los demás colores, y se sentía una fusión con la metalicidad gris plomo. Se entraba en un cierto estado de conciencia y se accedía a la experiencia de algo completamente distinto de lo que es el presente. Realmente se entraba en un estado de ánimo como si toda la prehistoria de la Tierra se alzara ante uno, al verse el presente ofuscado por el gris plomizo. La naturaleza de Saturno se revelaba.
En cuanto al oro, a juzgar por las analogías externas, se supone que los antiguos veían en él un símbolo del sol. En realidad, no se trataba solo de un juego de analogías externas el hecho de que se considerara al sol como algo valioso en el cielo y al oro como algo valioso en la tierra. En el fondo, al hombre moderno no le parece nada absurdo considerar a los antiguos como estúpidos. Al contemplar el oro en su color amarillo brillante, cerrado en sí mismo, con esa sencillez y ese orgullo hacia el exterior, se sentía, de hecho, algo que en un primer momento se percibía como emparentado con toda la circulación sanguínea del ser humano. Frente a la cualidad del oro se sentía lo siguiente: ahí estás dentro, ahí te sientes integrado. Y a través de esta sensación se llegaba a comprender la naturaleza de lo solar. Se sentía la afinidad de la cualidad del oro con lo que el sol actuaba en la sangre del ser humano.
Y así, a través de cada uno de los metales, se percibía todo el sistema planetario. Y el alumno llegaba a aplicar el pensamiento sobre las cosas, —que no es tan abstracto como el pensamiento actual—, de la siguiente manera:
ellos revelan su parentesco con los planetas;
están ligados a la Tierra, pues nacen del aire.
De hecho, los metales, tal y como se encuentran hoy en la Tierra, procedían del cosmos en forma gaseosa y se fueron volviendo líquidos poco a poco durante la etapa lunar. Llegaron en forma gaseosa cuando la Tierra se encontraba en su antiguo estado solar, adquirieron la forma líquida durante la etapa lunar y, al someterse a la influencia de la Tierra, adoptaron la forma sólida precisamente durante la etapa terrestre. Ese era el segundo secreto que se le revelaba al discípulo.
El tercer secreto debía revelarse al alumno al aprender a observar cómo varían los seres humanos y los pueblos a lo largo de la Tierra. Si nos dirigimos a la cálida África, con su clima peculiar, encontraremos allí a personas que, ya solo por el color de la piel, se diferencian de los griegos. Si nos dirigimos a Asia, volveremos a encontrar personas diferentes. Y es que los griegos tenían una gran sensibilidad hacia las diferencias externas de las personas.
Uno de los tratados más interesantes que nos ha legado Aristóteles es el tratado sobre la fisonomía, en el que, sin embargo, no se entendía únicamente la fisonomía facial, sino que se estudiaba la fisonomía del ser humano en su totalidad, con la pretensión de que, de este modo, se pudiera conocer la verdadera naturaleza del ser humano, según si este tenía el pelo rizado o liso, en función de los distintos climas en los que se encontraba, y cómo cambiaba no solo el tono de su piel, sino también la expresión general de su ser, según hubiera nacido en uno u otro clima.
Si en las flores se aprendía a reconocer el reflejo del misterio de la Luna, y en los metales el reflejo de los planetas, ahora, a través de esta tercera enseñanza, se llegaba a conocer el verdadero misterio del ser humano en la Tierra. Y en este sentido, las ciencias naturales de la época contribuyeron enormemente a asimilar la diversidad de la naturaleza humana en la Tierra y a dar respuesta a la pregunta: ¿qué forma primigenia del ser humano subyace realmente a los designios de los dioses?
Y fue a través de las formas, de la fisonomía de los seres humanos repartidos por toda la Tierra, tal y como se presentaban, tal y como se mostraban de forma viva, cuando el alumno comprendía por primera vez en su interior el misterio del zodíaco. Porque, del mismo modo que este zodíaco actúa sobre los elementos de la Tierra, y de cómo, en relación con el sistema planetario y con la Luna, el zodíaco impulsa los vientos en una dirección determinada en una estación del año y en otra dirección en otra estación, trayendo a veces aire cálido a una región y otras veces barriendo una zona con frías ráfagas, lo que influye profundamente en la vida humana, por ello, los naturalistas de la época buscaban el origen de estos fenómenos en las influencias que irradiaban hacia la Tierra las estrellas del zodíaco, modificadas por los planetas, el Sol y la Luna.
Y resultaba de especial interés para la historia natural de aquella época decir: He aquí un ser humano: cabello negro y rizado, tez enrojecida, nariz de tal o cual forma, etcétera; se trata de un ser humano que me remite al signo de leo,♌ pues el león irradiaba sus fuerzas, atenuadas o potenciadas por los demás planetas, según la posición que estos ocuparan. Se trata de un ser humano que, interiormente, según su karma, porta en su hígado tal o cual cualidad. Una cualidad de este tipo en el hígado, que, por ejemplo, introduce un atisbo de melancolía en la vida anímica, se producía porque, en un momento determinado, Venus se situaba en una relación concreta con Júpiter, lo que confería un carácter determinado a la radiación del Leo. Contemplo en la constitución particular del temperamento, en relación con la constitución del hígado, esta determinación cósmica, este destino cósmico del ser humano. Extiendo esto a las cualidades de los pueblos de la Tierra. Contemplo, en aquello que el ser humano experimenta conjuntamente con el entorno atmosférico, el misterio del zodíaco.
sometidos a la Tierra; son seres nacidos del calor.
Los nacidos del éter térmico bajo la influencia de los signos del zodíaco: son los nacidos del calor. Así se sentía el ser humano en su fisonomía como el «nacido del calor», que solo ha sufrido transformaciones durante la existencia lunar y la existencia terrestre, pero que, sin embargo, adquirió su disposición original en la antigua etapa de Saturno, del mismo modo que percibía la metalicidad de la Tierra como «nacido del sol y del aire», y lo floral y lo vegetal como «nacido de la Luna y del agua». Podía percibirlo así porque estaba preparado para ello, al «tocar», por así decirlo, las cosas con las sensaciones que se habían despertado en él para lo cálido-aéreo y para lo frío-acuoso.
Se observaba al ser humano de tal manera que se tenía la sensación de que este actúa sobre lo cálido-aéreo en una cierta mezcla con lo frío-acuoso; en la época de Aristóteles se observaba al ser humano fijándose en su fisonomía, de tal forma que uno se respondía a la pregunta: ¿Cuánto aporta esta persona de lo cálido-aéreo, y cuánto de lo frío-acuoso? Se contemplaba al ser humano con lo que así se había desarrollado en el alma, y poco a poco se aprendía a contemplar así toda la naturaleza. Eso fue la preparación para aquello que, desde África luego llegó a España y se extendió por algunas partes de Europa Central como la antigua alquimia, la verdadera alquimia: contemplar todo lo que hay en la naturaleza, en el mundo, —cada flor, cada animal, pero también cada nube, cada formación de neblina, la arena y las piedras, el mar y los ríos, los bosques y los prados—, tal y como causan la impresión de lo cálido y lo frío-húmedo.
Y así se desarrolló, en relación con la naturaleza, una capacidad de percepción sutil para cuatro cualidades. Se formó al percibir lo cálido y aireado, la sensación de calor, pero al mismo tiempo, en el aire, tal y como el calor se correspondía precisamente con lo aireado. Y se formó, a partir de lo frío, la sensación de lo húmedo y lo seco. Para estas distinciones, para estas diferenciaciones, se adquirió una capacidad sensorial muy fina, pues, gracias a estas capacidades sensoriales, el ser humano se sumergía con todo su ser en lo que el mundo le ofrecía.
Desde el punto de vista que ahora adoptaba el discípulo de Aristóteles, Alejandro Magno, resultaba natural, en realidad, entender en un primer momento toda la región en la que ambos vivían desde esa perspectiva. Y cuando Alejandro se vio imbuido de lo que surgía precisamente de esa capacidad de percepción, percibió, en realidad, toda la esencia griega, tal y como se manifestaba en Macedonia, bajo las dos cualidades de lo húmedo y lo aéreo, y eso configuró su estado de ánimo durante una determinada etapa de su vida. Y lo que él percibía, —me atrevería a decir que a través de una forma especial de iniciación que había recibido de Aristóteles—, como el carácter fundamental de su mundo inmediato, tal y como lo experimentaba, lo consideraba solo como una mitad. «Esto solo puede ser la mitad del mundo», se decía a sí mismo. —Como ven, en aquella época todo lo natural se acercaba por completo al ser humano, de modo que este experimentaba realmente lo natural, y a partir de lo natural se podía extraer la siguiente enseñanza:
Aquí el viento soplaba del noroeste; si estuviéramos, por ejemplo, en Macedonia, el viento soplaría del suroeste, del noreste o del sureste.
Pues bien, por sí mismo, el discípulo de Aristóteles, Alejandro, había aprendido a percibir, concretamente, lo que traían consigo las influencias climáticas y los vientos del gráfico: del noroeste, lo húmedo y frío; del suroeste, lo cálido y húmedo. Eso constituía para él la mitad de la percepción del mundo. En clase se le completaba esta visión, y comprendía también en su interior que a ello se sumaba lo siguiente: lo que soplaba desde el noreste irradiaba frío seco, y lo que fluía desde el sureste, calor seco. Así, a partir de los cuatro puntos cardinales, había aprendido a percibir el frío seco, el calor seco, el calor húmedo y el frío húmedo. Como auténtico hombre de su época, quería reconciliar los opuestos: aquí, en Macedonia, solo se experimenta lo húmedo y frío, lo húmedo y cálido; esto debe combinarse con lo seco y frío, con lo seco y ardiente, con lo que sopla desde el norte de Asia, con lo que sopla desde el sur de Asia a través de Asia.
De ahí surgió entonces ese irresistible impulso hacia los rasgos asiáticos. Y con este ejemplo podrán ver que en aquella época las cosas eran diferentes a como lo fueron más tarde. Piensen en la educación de un príncipe hoy en día, en lo que allí se enseña; imagínense a un príncipe así, educado para las campañas militares. Intenten hacerse una idea de cuánta relación hay entre la enseñanza de la física que cualquier tutor de príncipes imparte a alguien y lo que luego se vive en la campaña militar: ¡qué relación hay! Por regla general, lo que se hace en las campañas militares no surge de los laboratorios. —En ejemplos como estos se puede ver de manera muy especial lo lejos que está hoy en día lo que es el conocimiento, —lo que debe transmitirse al ser humano para formar su yo interior— ,de lo que el ser humano es en la vida exterior. Aquí tienen aún una época en la que, precisamente a partir del conocimiento, se podía aspirar a una unidad completa entre lo que forma y configura al ser humano interiormente y aquello que determina cómo situarse él mismo en el mundo y cómo actúa y se comporta en él. La historia antigua ya surge de la aula. Pero el aula estaba precisamente relacionada con los misterios, era mistérica, y lo mistérico significaba el mundo, y el mundo se manifestaba como el resultado de las fuerzas que había en los misterios.
Esto sirvió de impulso para llevar a Asia lo que era la ciencia natural antigua. Tras pasar por múltiples filtros, llegó a Europa a través de España. Aún se aprecia en lo que expresaron Paracelso, Jakob Böhme, Gichtel y otras personas que, a su vez, se inspiraron en figuras como Basilius Valentinus. Pero, en un primer momento, prevaleció lo que se había sumergido en la mera forma del pensamiento, lo que se había sumergido en la mera lógica, y lo demás tuvo que esperar.
Pero hoy ha llegado el tiempo en que ese «otro» ha cumplido su misión de espera, en que debe ser redescubierto como la suma de los conocimientos sobre la naturaleza. Alejandro tuvo que enterrar, en el fondo, esos misterios de la naturaleza allá en Asia, pues solo sus nombres fueron traídos a Europa. Pero no son esos nombres los que deben revitalizarse, sino que hoy hay que redescubrir lo vivo que les es propio. El entusiasmo necesario para ello, sin duda, solo podrá surgir en esencia si existe también un cálido sentimiento por lo que una vez existió en el cambio de era, y si se desarrolla una sensación viva de que aquellas expediciones de Alejandro, que en apariencia parecían campañas de conquista, no eran más que un viaje desde un lado de la rosa de los vientos hacia el otro, que se dirigían a desentrañar, en lo que solo podía ser la mitad de la Tierra, la otra mitad. Y era, sin duda, también la búsqueda de una experiencia personal. La experiencia personal consistía precisamente en que existía una cierta insatisfacción y malestar internos en el entorno de lo meramente frío-húmedo y húmedo-cálido, y en que la otra sensación debía venir a completarlo.
En qué medida esto tuvo, en el sentido más elevado, una gran importancia histórica en el desarrollo de todo Occidente, es algo que analizaré en las conferencias que se celebrarán próximamente, durante la Asamblea de Delegados, sobre los fundamentos ocultos de la vida histórica de los seres humanos en la Tierra.
I. El misterio de las plantas
revelan su parentesco con la naturaleza lunar;
ahora están sometidas a la tierra, pues nacen del agua.
II. El misterio de los metales
revelan su parentesco con los planetas;
están sometidos a la tierra, pues nacen del aire.
III. El misterio del ser humano
en la diversidad de los seres humanos;
La relación de esta diversidad de los seres humanos
con las estrellas fijas se presenta ante mi alma;
Pues los seres humanos viven con esta diversidad
sometidos a la tierra; son seres nacidos del calor.
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