RUDOLF STEINER
La continuación de las reflexiones que planteamos aquí la última vez nos lleva hoy, en primer lugar, a algo que servirá de preparación para las dos próximas conferencias. Nos lleva a echar un vistazo a la relación del ser humano, es decir, del ser humano en su totalidad, con nuestro planeta Tierra. Ya he señalado en numerosas ocasiones y en diversos contextos que el ser humano sufre una especie de engañosa ilusión cuando, separándose del planeta Tierra, se atribuye una existencia total y especial, en primer lugar como ser humano físico. El ser humano es, en efecto, autónomo e individual en su calidad de ser espiritual y anímico. Pero, como ser físico terrestre, forma parte de la Tierra en su totalidad orgánica y, en cierta medida, también a través de su cuerpo etérico.
Hoy quiero empezar describiendo cómo puede, la visión suprasensorial, percibir esta unión del ser
Cuando el ser humano se acerca a esta roca primitiva con su conciencia habitual, lo cierto es que, en un primer momento, puede admirarla desde fuera; le llaman la atención sus formas, toda esa escultura maravillosamente primitiva, que, sin embargo, es extraordinariamente elocuente. Pero cuando el ser
Lo grandioso, lo majestuoso del manto de nieve, —pero aún más de los copos de nieve que caen—, es que en cada uno de esos copos hay un reflejo de una gran parte del cosmos; es decir, que, en realidad, con el agua cristalizada caen sobre la Tierra por todas partes reflejos de partes del cielo estrellado.
No hace falta que mencione que el cielo estrellado también está ahí durante el día, solo que, como la luz del sol es más intensa, no se ve durante el día. Si en algún lugar tiene la oportunidad de bajar a un sótano profundo sobre el que se eleva una torre abierta en la parte superior, podrá ver las estrellas incluso de día, ya que mirará desde la oscuridad y la luz del sol no le deslumbrará. Esa posibilidad existe, por ejemplo, en una torre de Jena, donde se pueden ver las estrellas de día. Lo menciono solo de pasada para que comprendan que este reflejo de las estrellas en los copos de nieve, —y, en general, en todo lo cristalizado—, también se da, como es lógico, durante el día. Y no se trata de un reflejo físico, sino de un reflejo espiritual. La impresión que el ser humano puede obtener de ello debe transmitirse interiormente.
Pero esto, a su vez, hace que el ser humano se sienta conectado con la Tierra. Porque, —y esto lo explicaré con más detalle en los próximos días—, este nacimiento de la Tierra a partir del cosmos, tuvo lugar cuando el propio ser humano era todavía un ser primitivo, no físico, sino espiritual. Pero lo mismo que vivió la Tierra después de haber surgido del cosmos, lo vivió también el ser humano en su propia esencia conjuntamente con la Tierra. Lo que ocurre realmente con la Tierra es que, en otro tiempo, tuvo con el cosmos que la rodeaba por todas partes una afinidad tan íntima como la que tiene el feto humano, aún no nacido, con el cuerpo de la madre. Pero luego el niño comienza a independizarse. Así se desarrolló la Tierra de forma independiente, después de haber estado, sobre todo en la primera era de Saturno, más unida al universo. Y el ser humano ha participado en este desarrollo autónomo, de tal manera que uno aprende a decirse: el dedo que tengo en mi cuerpo solo es un dedo mientras forma parte de mi organismo; en el momento en que lo separo del organismo, deja de ser un dedo, se atrofia, se degenera. - Así pues, basta con imaginar al ser humano como un ser físico separado tan solo unas millas del organismo terrestre para que se atrofie, igual que el dedo que me corto. Y la ilusión del ser humano de que, como ser físico, tiene una existencia propia frente a la Tierra, se debe únicamente a que el ser humano puede moverse libremente por la superficie de la Tierra, mientras que el dedo no puede desplazarse por el resto del organismo. Si el dedo pudiera desplazarse por el resto del organismo, caería precisamente en la misma ilusión respecto al ser humano que la que tiene el ser humano respecto a la Tierra como ser físico. Precisamente a través del conocimiento superior se hace ahora evidente esta pertenencia del ser humano físico a la Tierra.
En primer lugar, a través de la conciencia
Incluso quien mediante la visión imaginativa ya ha alcanzado un cierto nivel superior de conocimiento, aún no se orienta del todo cuando experimenta las rocas de cuarzo y otras formaciones de las montañas
Pero la primera sensación de lo que quiero decir ya se puede adquirir, o al menos es así con especial intensidad en las minas metalíferas. Ya los mineros de metales, —ahora ya no es así, pero hace unas pocas décadas aún lo era—, que están íntimamente ligados a su profesión, muestran algo de lo que yo llamaría un profundo sentido de lo espiritual en lo metálico. Porque los metales no solo contemplan el entorno del cosmos, sino que hablan: hablan de manera espiritual, pero cuentan, hablan. Y hablan de tal manera que ese lenguaje que emplean es muy similar al que, en otros ámbitos, aún se percibe como una impresión.
Verán, cuando se llega a establecer una conexión espiritual con personas que se encuentran en fase evolutiva entre la muerte y un nuevo nacimiento, —ya lo he mencionado aquí en varias ocasiones—, se necesita para ello un lenguaje especial. En este ámbito las afirmaciones de los espiritistas son infantiles, lo son porque los muertos no hablan el idioma de los seres humanos terrenales. Los espiritistas se aferran a la idea de que el difunto habla de tal manera que se puede transcribir lo que dice, como si se tratara de una carta de un contemporáneo que viviera en la Tierra. Es cierto que, en la mayoría de los casos, lo que sale de las sesiones espiritistas resulta más grandilocuente, pero a veces también los contemporáneos que viven en la Tierra escriben cosas tan grandilocuentes. Pero no es así. En primer lugar, es necesario, por así decirlo, sumergirse por completo en ese lenguaje que habla el difunto, que no tiene ninguna semejanza con ninguna de las lenguas terrenales, es cierto que tiene un carácter vocálico-consonántico, pero que no se asemeja al lenguaje terrenal. Ese mismo lenguaje, que solo puede percibirse con el oído espiritual, es el mismo que hablan los metales en el interior de la Tierra. Y ese mismo lenguaje, a través del cual uno puede acercarse a las propias almas que viven entre la muerte y un nuevo nacimiento, es el mismo que narra los recuerdos de la Tierra, las cosas que la Tierra ha vivido en su paso por Saturno, el Sol, la Luna, etc. Hay que dejar que los metales nos cuenten cuáles fueron los destinos de la Tierra. Los destinos de todo el sistema planetario, —ya lo he mencionado—, nos cuentan lo que Saturno tiene que comunicar al sistema planetario en el que nos encontramos. Nos cuentan lo que la Tierra vivió durante ese proceso, de eso nos hablan los metales de la Tierra.
No obstante, el lenguaje que hablan los metales de la Tierra también puede adoptar dos formas. Cuando este lenguaje tiene, por así decirlo, su forma habitual, sale a la luz precisamente aquello que la Tierra ha experimentado a lo largo de su evolución, desde la era de Saturno en adelante. Lo que pueden leer en mi obra «Ciencia Oculta» sobre esta evolución se desarrolló en su mayor parte precisamente de la manera que ya he descrito en numerosas ocasiones. Ha surgido a través de la observación directa de los procesos de manera espiritual. Se trata de una forma algo diferente de explorar los procesos terrestres a la que me refiero ahora. Porque los metales hablan más, —si se me permite expresarlo así, aunque, naturalmente, sea una forma un tanto extraña de decirlo—, los metales hablan más de las experiencias personales de la Tierra, osea de lo que la Tierra ha vivido como una persona del cosmos. Y así, si tuviera más en cuenta los relatos de los metales, —que se pueden percibir mediante la penetración espiritual en el interior de la Tierra—, tendría que describir además muchos detalles de la era de Saturno, de la era del Sol, de la era de la Luna, y así sucesivamente.
Así, lo primero que se deduciría, por ejemplo, es que en estas formaciones de Saturno, —que, como ya sabe, se describen en mi obra «Ciencia Oculta»—, formaciones que consisten en diferencias térmicas, surgirían seres térmicos poderosos y gigantescos, seres térmicos que ya durante la antigua era de Saturno alcanzaban una cierta densidad. Así pues, si quisiera expresarme de forma simplificada, podría decir: si pudiera suceder —aunque, claro está, no puede suceder—, pero si pudiera suceder que un ser humano de la Tierra se encontrara con estos seres, los percibiría y podría tocarlos. Así pues, en una determinada época, en la era media de Saturno, no son meros seres espirituales, sino seres que manifiestan una existencia física; solo que, si se les atacara, se producirían ampollas por quemadura. Sería un error creer que tuvieran una temperatura de millones de grados; no es así, pero tienen en su interior una temperatura tal que, al atacarlos, se producirían ampollas por quemadura.
Después habría que hablar de la Época del Sol, de cómo aparecen otras entidades, en las formas que he descrito para esa época en mi «Ciencia Oculta», entidades que muestran maravillosas transformaciones, metamorfosis. Y ya solo con la observación, con la contemplación de estas entidades en metamorfosis, se tiene la impresión de que, por ejemplo, aquella metamorfosis que describieron los escritores clásicos, —por poner un ejemplo, Ovidio—, tiene algo que ver con esta experiencia de las comunicaciones de los metales; ciertamente no de forma directa ni inmediata. Ovidio no fue, sin duda, quien comprendió directamente el lenguaje de los metales, y lo que describe en sus «Metamorfosis» tampoco se corresponde plenamente con la impresión que uno recibe; pero, en cierto modo, se deriva de ello. E incluso se puede insinuar, en gran medida, el proceso que subyace a ello.
Verán, incluso Paracelso, —una personalidad que vivió mucho más tarde que aquella a la que me refiero ahora—, no fue a la universidad para aprender lo más importante que quería aprender. No digo que no fuera a la universidad; sí que fue, ni pretendo en absoluto poner ninguna objeción a que se vaya a la universidad. Pero para aprender lo más importante, lo que él quería aprender, Paracelso no recurrió a la universidad, sino que acudió a todos los lugares donde le pudieran transmitir algo más significativo. E incluso acudió a personas como, por ejemplo, los mineros metalúrgicos, y de ese modo adquirió gran parte de su conocimiento.
Hay que decir que quien esté familiarizado con la técnica de la adquisición del conocimiento sabe lo tremendamente esclarecedora que puede resultar la sencilla observación de un campesino que se dedica a sembrar y cosechar, y a todo lo que ello conlleva. Dirán: «Sí, pero él no lo entiende». No tiene por qué importarle si quien lo cuenta lo entiende; lo importante es que usted lo entienda al escucharlo. Eso es lo que cuenta. Ciertamente, en muy pocos casos quien lo cuenta lo entiende también; es una intuición. Y se puede aprender algo aún más profundo de seres que no entienden en absoluto lo que nos cuentan: de los escarabajos y las mariposas, de los pájaros y demás.
Pues bien, lo que se pudo investigar, sobre todo en las minas de Oriente Próximo, en cuanto al lenguaje de los metales, lo estudió muy, muy bien, por ejemplo, Pitágoras en sus viajes, y a partir de ahí se incorporó mucho, mucho a lo que luego se convirtió en la cultura grecorromana. Y luego aparece, de forma atenuada, en obras como las «Metamorfosis» de Ovidio. Esa es, pues, una de las formas del lenguaje de los metales en el interior de la Tierra.
La otra forma, —por muy grotesco que suene, es una verdad—, es aquella en la que el lenguaje de los metales comienza a desarrollar una poesía cósmica, en la que se transforma en algo poético. Es entonces cuando, efectivamente, surge la fantasía cósmica en el lenguaje de los metales. Y de esa poesía cósmica resuena lo que constituyen las relaciones más íntimas entre los metales y las personas. Esas relaciones tan íntimas entre los metales y los seres humanos existen, sin duda. Las relaciones más generales que conoce la fisiología se refieren, en realidad, solo a unos pocos metales. Se sabe que el hierro desempeña un papel importante en la sangre humana; pero, de este tipo de metales, en realidad solo es el hierro. Además, el potasio, el calcio, el sodio y el magnesio desempeñan cierto papel, es decir, un número determinado de metales. Sin embargo, un mayor número de metales importantes, —importantes para la estructura de la Tierra, importantes para su funcionamiento—, no parecen desempeñar ningún papel en el organismo humano, a juzgar por la observación externa superficial. Pero eso es solo aparente. Si uno se adentra en la Tierra y aprende allí el lenguaje de los metales, entonces también aprenderá a reconocer que los metales no se encuentran únicamente en el interior de la Tierra, sino que están, —aunque en una distribución inmensamente fina, si se me permite expresarlo así, en una distribución «suprahomeopática»—, por todas partes, incluso en el entorno de la Tierra.
Y verán, en un sentido amplio, no podemos contener plomo en nuestro interior, pero en un sentido más sutil, no podemos prescindir del plomo. Porque, ¿qué sería del ser humano si el plomo del cosmos, de la atmósfera, no actuara sobre él; si el plomo, en una distribución infinitamente fina, no penetrara en su piel a través de los ojos junto con el rayo solar; si el plomo no penetrara en nuestro interior a través de la respiración y, en una distribución infinitamente fina, a través de los alimentos? ¿Qué sería del ser humano sin la acción del plomo en su interior?
El ser humano si que podría tener percepciones sensoriales sin el plomo; pero percibiría los colores, percibiría los sonidos, viviría esa percepción de los colores y los sonidos como si se saliera un poco de sí mismo, como si con cada percepción se desmayara un poco. El ser humano nunca podría tomar distancia respecto a sus percepciones ni reflexionar, en pensamientos e ideas, sobre aquello que ha percibido. Si no incorporáramos plomo, como se ha dicho, en diluciones suprahomeopáticas precisamente en nuestro sistema nervioso y, sobre todo, en nuestro cerebro, estaríamos a merced de todas las percepciones sensoriales como si fueran algo ajeno a nosotros. No podríamos imaginar estas percepciones sensoriales, ni tampoco podríamos conservar en nuestro interior las imágenes de la memoria sin las percepciones sensoriales. Eso es lo que hace el plomo finamente distribuido en nuestro cerebro.
El plomo, cuando se introduce en grandes cantidades en el organismo humano, provoca la terrible intoxicación por plomo. Pero quien conoce la relación entre ambos puede deducir precisamente de la intoxicación por plomo que el plomo, al ser introducido en grandes cantidades en el organismo humano, tiene un efecto extraordinariamente nocivo, en su forma más sutil, en una distribución superior a la homeopática, es precisamente lo que hace que el ser humano muera en cada instante tanto como necesita morir para poder ser un ser consciente y no quedarse continuamente sin fuerzas en el continuo brotar, crecer y prosperar. Porque al brotar, al surgir, al verse abrumado por las fuerzas puras del crecimiento, el ser humano cae precisamente en el desmayo.
Así pues, el ser humano tiene una relación con todos los metales, incluso con aquellos de los que no habla la fisiología general. El conocimiento de estas relaciones es la base de una terapia real, auténtica y verdadera. Y solo el lenguaje, —que es el lenguaje poético de los metales en la tierra—, puede instruir íntimamente sobre las relaciones de los metales con el ser humano. De modo que se puede decir: el lenguaje habitual de los metales nos instruye sobre el propio destino de la tierra; los metales nos instruyen sobre las relaciones curativas de los metales con el ser humano cuando su lenguaje se vuelve poético, cuando adquiere carácter poético.
En realidad, se trata de una relación curiosa. Desde el punto de vista cósmico, la medicina es poesía cósmica, ya que muchos de los misterios del mundo consisten precisamente en que aquello que, en un nivel del mundo, es algo patológico o conduce a lo patológico, en otro nivel es lo más elevado, lo más perfecto, lo más bello. —Pues bien, esto se pone de manifiesto cuando el conocimiento inspirado se acerca a las vetas metálicas de la Tierra, a lo metálico de la Tierra.
Ahora bien, podemos establecer otra relación con los metales. Con los metales podemos entrar en la relación que se nos revela cuando estos se someten a las fuerzas de la naturaleza, por ejemplo, al fuego o a fuerzas naturales similares. Fíjense tan solo en la curiosa forma que tiene el llamado «Grauspießglanz», un mineral. Está compuesto por agujas individuales y, a través de su estructura, muestra que sigue ciertas direcciones de fuerza en su formación, direcciones de fuerza que actúan en el cosmos. Este «Grauspießglanz», o reflejo de antimonio, tiene además la propiedad de que, por ejemplo, en determinados procesos se convierte en «espejo de antimonio», donde, de una manera peculiar, tras haber pasado por un proceso de fuego o de calor, se adhiere a un cristal, se vuelve reflectante y desarrolla una fuerza especial en ese reflejo.
También presenta otras propiedades, como, por ejemplo, explosiones cuando se le aplica un tratamiento eléctrico de cierta manera y luego se lleva al cátodo. Todas estas propiedades del "Grauspießglanzes" nos muestran cómo se comporta una sustancia metálica de este tipo frente a las fuerzas de la Tierra y del entorno terrestre. Pero esto se puede observar en todos los metales. Todos los metales pueden observarse en el fuego, y precisamente en el fuego se desarrollan, a temperaturas cada vez más altas, de tal manera que primero pasan a ese estado «suprahomeopático» del que he hablado. Solo que no permanecen a esa alta temperatura, sino que adoptan una forma completamente diferente. En este sentido, lo que imaginan nuestros físicos es lo más esquemático que uno pueda concebir. El físico se imagina que, al fundir el plomo, este se vuelve cada vez más blando. En un primer momento, eso es cierto; se vuelve cada vez más blando, la temperatura sube cada vez más, el plomo se calienta cada vez más y la placa también, volviéndose al mismo tiempo cada vez más volátil, hasta que se producen vapores de plomo y así sucesivamente. Pero no se sabe que hay algo que se deposita constantemente, algo que se desprende y que ya no supera en absoluto una determinada temperatura. Precisamente lo más sutil, lo «suprahomeopático» del plomo, se transforma continuamente en, —me atrevería a decir—, la vida invisible común y corriente, y es precisamente eso lo que actúa sobre el ser humano.
Y, en realidad, esto es así constantemente. Si uno imagina la Tierra: ahí abajo hay metales de lo más variados, pero en estado finamente disperso, esos metales también están por todas partes ahí arriba; diría que los metales se evaporan de forma sutil. Así pues, ahí abajo, bajo la Tierra, los metales se encuentran en contornos delimitados, en una forma cerrada en sí misma; aunque, a medida que descendemos, adoptan una forma líquida y ardiente; pero en el entorno de la Tierra se encuentran en estado finamente disperso, y allí se manifiestan en una radiación continua, de modo que, en realidad, esa radiación se extiende hacia el espacio cósmico. Los metales irradian hacia el espacio cósmico.
Pero lo cierto es que en el espacio cósmico existe una elasticidad interna. Las fuerzas que se proyectan hacia fuera no se extienden sin límites hacia todas partes, con los rayos de luz, como imaginan los físicos, sino que llegan solo hasta un cierto límite y luego regresan. Y las fuerzas de reflexión de los metales se pueden considerar como si regresaran desde la periferia del universo, llegando a todas partes. Y se observa que estas fuerzas reflectantes actúan allí donde, en el seno de la vida humana, nos encontramos con lo más glorioso y maravilloso: cuando el niño aprende a caminar, a hablar y a conocer el mundo en los primeros momentos de su vida terrenal.
En concreto, la forma en que el niño pasa de gatear a erguirse para orientarse en el mundo es una de las cosas más maravillosas que se pueden observar en la vida terrenal: ese «encontrarse a sí mismo» del niño, del ser humano. En el interior, en las fuerzas que ya he descrito a menudo para esta orientación del niño, actúan las fuerzas de reflexión de los metales. Y a medida que el niño aprende a erguirse desde su posición horizontal al gatear, es irradiado por la fuerza de reflexión metálica. En realidad, es esta la que endereza al niño. Si se comprende esta relación, se llega al mismo tiempo a otro aspecto: el de conocer la conexión del ser humano, —tal y como vive aquí en la Tierra, en sus acciones y en su esencia—, con sus vidas terrenales anteriores. Son las mismas capacidades las que permiten comprender el modo de actuar de los metales en el cosmos y la conexión kármica entre las sucesivas vidas terrenales. Una cosa va de la mano de la otra, y una no existe sin la otra. Se trata de las mismas capacidades. Y por eso fue por lo que, en una ocasión, en un contexto totalmente diferente, les dije más o menos lo siguiente: en esta capacidad de orientación, en este proceso de erguirse del niño, desde gatear hasta caminar y mantenerse de pie, en este aprendizaje del habla y del pensamiento, reside aquello que influye desde vidas terrestres anteriores. En aquel entonces lo expresé así: Quien tenga sensibilidad para ello, verá en la forma en que el niño da sus primeros pasos, en cómo pisa, si tiende a apoyar primero los dedos de los pies o los talones, si flexiona las rodillas de una u otra manera con mayor o menor intensidad; en todo ello, quien tenga ojo para ello verá una determinación kármica procedente de una vida terrenal anterior; esto se manifiesta, en primer lugar, en la forma de andar. Ya lo describí en una ocasión. Esto se debe a que, junto con la capacidad de percibir las propiedades reflectantes de los metales, surge también la capacidad de comprender la relación del ser humano en su vida terrenal actual con sus vidas terrenales anteriores.
Es cierto que resulta realmente infundado que la gente diga: «La antroposofía no se puede demostrar». Están acostumbrados a demostrar las cosas de tal manera que en todas partes se presenta la percepción sensorial como prueba. Es exactamente como cuando alguien dice: «¿Qué? ¿Me estás diciendo que la Tierra se mueve libremente en el espacio? Eso no es posible; tiene que tener un soporte, tiene que estar apoyada en algo, si no, se caería». —Sí, los cuerpos celestes se sostienen mutuamente. Y solo en lo que respecta a las condiciones de la Tierra se puede decir que todo debe tener un soporte. Así pues, solo para las verdades que pertenecen a la conciencia común se puede decir que hay que desarrollar pruebas, tal y como se exige que se demuestren. Las verdades que se refieren al espíritu se sostienen mutuamente. Pero solo hay que percibir también este sostenimiento mutuo.
Hace semanas les dije que, por la forma en que camina un niño, —o cualquier persona—, si levanta primero los dedos de los pies o el talón, si pisa con fuerza o con suavidad, si dobla mucho la rodilla o tiene más costumbre de mantenerse erguido, etc., se puede ver en ello la materialización de su karma de vidas terrenales anteriores. Hoy les mostraré cómo la fuerza radiante de los metales nos permite reconocer cómo deben considerarse conjuntamente las vidas terrenales. De ello se desprenden dos verdades que se sostienen mutuamente. Pero siempre ocurre que, cuando escuchamos una verdad por primera vez, se interponen otras cosas; luego volvemos a escuchar la misma verdad desde otro punto de vista, quizá incluso una tercera vez, y así se sostienen las verdades de la antroposofía, al igual que en el cosmos, sin necesidad de soportes, los cuerpos celestes se sostienen y se mantienen mutuamente. Así debe ser cuando se asciende de las verdades que solo son válidas para la conciencia común a aquellas verdades que se encuentran en el mundo de forma esencial por sí mismas. Y lo que se encuentra en el mundo de forma esencial es precisamente aquello que debe ser comprendido en el conocimiento antroposófico.
Hay que mantener unida toda aquella información que se ha expresado en los momentos más diversos y que, en realidad, se sustenta mutuamente, se atrae entre sí y, quizá, también se repele, para que así se manifieste la vida interior del conocimiento antroposófico. Porque el conocimiento antroposófico vive de sí mismo. Los demás conocimientos, que hoy en día son habituales, viven a través de otra cosa, a través de los fundamentos sobre los que se asientan. Los conocimientos antroposóficos se sostienen a sí mismos.
¡Queridos amigos! Hoy solo quiero anunciar que el próximo domingo a las 5 de la tarde tendremos de nuevo una representación eurítmica, y será, una vez más, como las que hacíamos cuando estábamos en Holanda, interpretada a partes iguales por las señoras y por los amigos más jóvenes de aquí. Y, una vez más, estará vinculada a ello la loable intención de destinar la recaudación a la confección gradual de trajes de euritmia para hombres, etc., de modo que los hombres puedan disponer de sus trajes de euritmia adecuados y que, poco a poco, el mundo se vaya acostumbrando a una especie de euritmia masculina. Así pues, será el domingo a las 5 en punto. Mañana a las 8:00 y el domingo a las 8:00 tendrán lugar las dos próximas conferencias.
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