CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 24

GA232 Dornach, 8 de diciembre de 1923 -La esencia de los misterios de Hybernia-

    ver ciclo

 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

La esencia de los misterios de Hybernia

Dornach, 8 de diciembre de 1923

Habrán observado que la iniciación en los misterios de Hibernia que describí ayer, tiene como objetivo una comprensión auténtica de los misterios del mundo y del ser humano, pues las experiencias internas del alma de las que he tenido que hablar, fueron decisivas para la vida del alma y del espíritu humanos. Y en realidad, todo lo que debe conducir hacia el camino del mundo espiritual, se basa en que el ser humano, a partir de experiencias internas especiales y decisivas, logre superar ciertos obstáculos, refuerce considerablemente su fuerza en esa superación, y de este modo, penetre de una u otra forma en el mundo espiritual.

Ahora bien, en la iniciación en Hybernia ya hemos visto que, el iniciado se encuentra frente a dos estatuas simbólicas, —no hay que malinterpretar la palabra—. Y en primer lugar les describí cómo eran esas estatuas, y en segundo lugar, a través de qué sentimientos y experiencias espirituales internas se guiaba al discípulo, al contemplar dichas estatuas.

Ahora bien, deben tener claro lo siguiente: la impresión que uno tiene de esas majestuosas estatuas en las circunstancias que les he descrito, obviamente no es en absoluto la misma que la que se tiene al escuchar una descripción de ellas, sino que es una impresión interior extraordinariamente poderosa. Y por eso era posible que los iniciadores, después de que el alumno hubiera pasado por todo lo que describí ayer, estuvieran en condiciones de hacer que lo vivido ante cada una de las estatuas, resonara durante un largo tiempo en el alumno. Simplemente se instaba al alumno a que lo que había experimentado ante la estatua masculina y ante la femenina resonara en su interior.

A los alumnos se les instaba durante semanas, —esto varía en función del karma de cada persona, a veces incluso más tiempo, en algunos casos menos—, a sentir primero en su interior la resonancia de la estatua masculina. Las pruebas de las que hablé ayer se realizaron primero con ambas estatuas, pues se pretendía que, también en la vida espiritual más profunda del alumno, confluyera aquello que emanaba de ambas estatuas en conjunto. No obstante, se instaba al alumno a que, en un primer momento, dejara resonar en su interior, de forma muy intensa, la impresión que le había causado la estatua masculina. Y ahora les describiré cómo resonaba esa impresión. Por supuesto, para ello hay que utilizar palabras que no están concebidas para este tipo de experiencias iniciáticas; por eso, mucho de lo que se expresa con estas palabras deberá, en realidad, sentirse en su verdadero significado interior.

Lo que el alumno experimentaba en un primer momento, al dejarse llevar por la impresión que le causaba la estatua masculina que describí ayer, era una especie de entumecimiento anímico, un auténtico entumecimiento anímico que se iba intensificando cada vez más a medida que el alumno se veía transportado a aquellos momentos en los que debía dejar que las cosas resonaran así: un entumecimiento anímico que se percibía también como un entumecimiento físico. El alumno podía, sin duda, ocuparse entretanto de lo necesario para la vida, pero una y otra vez se veía transportado en su alma a ese retardo y experimentaba entonces ese entumecimiento. Ese entumecimiento, —se trataba sin duda de una iniciación que aún recordaba muy intensamente, aunque ya no del todo, al antiguo estilo de los misterios primigenios—; ese entumecimiento le llevaba a un cambio en su conciencia. No se podía decir que su conciencia se viera atenuada, pero se producía tal cambio que el alumno sentía: «El estado de conciencia al que estoy entrando me resulta totalmente desconocido». En realidad, al principio no sé cómo manejarlo, no sé qué hacer con él. Y por eso el alumno solo sentía que todo ese estado de conciencia estaba impregnado de una sensación de entumecimiento. Pero después era como si el alumno sintiera que aquello que se había paralizado en su interior, —es decir, él mismo—, fuera acogido por el universo; se sentía como transportado a las inmensidades del universo. Y podía decirse a sí mismo: «El universo me acoge».

Pero entonces ocurría —no era una pérdida de conciencia, sino más bien un cambio en ella—; entonces ocurría algo muy especial. Cuando el alumno había pasado suficiente tiempo, —y los iniciadores se encargaban de que fuera precisamente el tiempo suficiente—, sumido en ese tipo de rigidez, en esa absorción por parte del universo, se decía más o menos lo siguiente: «Los rayos del sol, los rayos de las estrellas me atraen, me empujan hacia todo el universo, pero, en realidad, sigo manteniéndome unido en mi interior». Cuando el alumno había pasado por ello el tiempo suficiente, entonces tenía una visión extraordinaria. Solo entonces sabía realmente para qué servía esa conciencia que ya había surgido durante el estado de rigidez, pues ahora recibía, según sus experiencias, resonando en esto o aquello, las más variadas impresiones de paisajes invernales. Los paisajes invernales se presentaban ante él en su mente: paisajes en los que contemplaba copos de nieve arremolinándose y llenando el aire, —todo ello, como ya se ha dicho, visto en su mente—, o paisajes en los que contemplaba bosques donde la nieve yacía pesadamente sobre los árboles o algo similar; cosas que, como ya se ha dicho, le recordaban lo que había visto aquí y allá en la vida, pero que siempre le daban la impresión de ser reales. De modo que, tras haber sido absorbido por el universo entero, se sentía como si su propia conciencia le evocara largos viajes en el tiempo a través de paisajes invernales. Y al mismo tiempo sentía como si en realidad, no estuviera en su cuerpo, sino en sus órganos sensoriales; sentía su esencia en sus ojos, sentía su esencia en sus oídos, sentía su esencia también en la superficie de su piel. Allí, precisamente, cuando sentía todo su sentido del tacto, todo su sentido del tacto extendido por su piel, allí percibía también: me he vuelto semejante a la estatua elástica, pero hueca. Y sentía una íntima comunión, por ejemplo, entre sus ojos y esos paisajes. Sentía como si en cada ojo estuviera presente todo ese paisaje que contemplaba, como si este actuara por todas partes en el ojo, como si el ojo fuera un espejo interior de lo que aparecía ahí fuera.

Pero lo que aún sentía era lo siguiente: no se sentía como una unidad, sino que, en el fondo, sentía que su yo se multiplicaba tantas veces como sentidos tenía. Sentía que su yo se multiplicaba por doce. Y del hecho de que sintiera ese yo multiplicado por doce, se derivaba para él esa experiencia tan extraña, que se decía a sí mismo: «Hay un yo que ve a través de mis ojos». Hay un «yo» que actúa en mi sentido del pensar, en mi sentido del habla, en mi sentido del tacto, en mi sentido de la vida. En realidad, estoy dividido en el mundo. - De ahí surgía un anhelo vivo de unión con un ser de la jerarquía de los Ángeles, para, con esa unión, poder obtener la fuerza y el poder necesarios para dominar la fragmentación del yo en las distintas experiencias sensoriales. Y de ahí, de todo ello surgía en el yo la experiencia siguiente: ¿Para qué tengo mis sentidos?

En mi mágico deambular invernal por los misterios, he vivido aquello que realmente ha pasado en el universo. Las masas de nieve y hielo de mis inviernos mágicos me han mostrado qué tipo de fuerzas destructoras actúan en el universo. He conocido los impulsos de destrucción en el universo. Y mi entumecimiento, cuando me dirigía a mi paseo invernal de los misterios, era precisamente el presagio de que debía asomarme a las fuerzas presentes en el universo, que llegan desde el pasado al presente, pero que en el presente se manifiestan como fuerzas cósmicas muertas.

Esto se transmitía inicialmente al alumno a través del eco de sus experiencias junto a la estatua masculina.

Luego sentía el impulso de guardar en su interior el eco de sus experiencias con la estatua plástica, no elástica. Y entonces le parecía como si ahora no cayera en un entumecimiento interior, sino en un ardor interior, como en un estado febril del alma, un estado febril que surtía tal efecto que las cosas que pueden influir tan intensamente en el alma, —precisamente porque son así en su interior—, comenzaban a manifestarse en forma de complejos de síntomas físicos. El alumno lo percibía como si se sintiera oprimido interiormente, como si todo le oprimiera con demasiada fuerza: la respiración le oprimía con demasiada fuerza, la sangre le oprimía con demasiada fuerza por todas partes. El alumno caía en una gran angustia, prácticamente en una profunda aflicción interior del alma. Y en esa profunda angustia interior se le revelaba entonces lo segundo que debía experimentar. Y eso consistía en que de esa angustia interior surgía para él, algo que podría expresarse más o menos con las siguientes palabras:

Hay algo en mi interior que se ve exigido por mi naturaleza física en la vida terrenal cotidiana. Hay que superarlo. Hay que superar mi yo terrenal. —Esto estaba muy presente en la conciencia del alumno.

Entonces, cuando hubo soportado durante un tiempo suficientemente largo ese ardor interior, esa angustia interior, esa sensación de tener que superar el yo terrenal, surgía en él algo que sabía que no era el estado de conciencia de antes, sino un estado de conciencia que le resultaba muy familiar: el estado de conciencia del sueño. Mientras que en la primera experiencia, que surgió de su estado de entumecimiento, tenía claramente la sensación de encontrarse en un estado de conciencia que no conocía en la vida cotidiana, ahora reconocía su estado de conciencia: una especie de sueño. Soñaba; pero, a diferencia de lo que había soñado antes, volvía a soñar, en consonancia con lo que había vivido, los paisajes veraniegos más maravillosos. Pero sabía que eran sueños, sueños que le conmovían interiormente con una alegría intensa o con un sufrimiento intenso, según si lo que le llegaba desde la esencia veraniega era doloroso o alegre, pero precisamente con esa conmoción con la que nos conmueven los sueños. Solo tienen que recordar lo que es capaz de hacer un sueño que, en un primer momento, se presenta en imágenes, del que se despiertan con el corazón palpitante, acalorados, con miedo. Esa conmoción interior se la interpretaba el alumno de una manera muy elemental y natural, de tal forma que se decía a sí mismo: «Mi esencia interior me ha traído el verano a la conciencia en forma de sueño: el verano como sueño».

Al mismo tiempo, el alumno sabía ahora que aquello que, como un verano mágico, se encontraba o se presentaba ante su conciencia en una transformación continua, es algo así como los impulsos que se dirigen hacia el lejano futuro del universo. Pero ahora no se sentía como antes, como si estuviera fragmentado y multiplicado en sus sentidos; no, ahora se sentía, precisamente, reunido interiormente en una unidad; se sentía reunido en su corazón. Y esa es la culminación, la máxima intensificación de lo que estaba viviendo: ese estar reunido en su corazón, ese abarcarse interiormente y sentirse en comunión, en lo más íntimo de la naturaleza humana, no con el verano tal y como se ve exteriormente, sino con el sueño de ese verano. Y, con toda razón, el alumno se decía a sí mismo: «En lo que me ofrece el sueño del verano, en lo que experimento interiormente en mi ser humano, ahí reside el futuro».

Y cuando el alumno había pasado por esto, se daba cuenta de que ambos estados se sucedían. Contemplaba, por ejemplo, un paisaje formado por prados, estanques y pequeños lagos. Contemplaba el hielo y la nieve, que se transformaban en copos de nieve que giraban y caían, como una niebla de copos de nieve, que se diluían cada vez más hasta desvanecerse en la nada. En el instante en que se desvanecía en la nada, cuando se sentía, por así decirlo, en el espacio vacío del universo, en ese mismo instante surgían en su lugar los sueños de verano. Y el alumno tenía la conciencia de que, en ese momento, el pasado y el futuro se tocaban en su propia vida anímica.

Y a partir de ese momento, el alumno había aprendido a observar el mundo exterior y a extraer de él una verdad que le acompañaría para siempre: en este mundo que nos rodea, en este mundo del que proviene nuestra corporeidad exterior, en este mundo, algo muere continuamente. Y en los cristales de nieve del invierno tenemos los signos externos del espíritu que se va muriendo continuamente en la materia. Como seres humanos, aún no estamos preparados para sentir plenamente este espíritu que va muriendo, —simbolizado acertadamente en la nieve y el hielo de la naturaleza exterior—, a menos que nos haya precedido la iniciación. Pero si esta nos precede, entonces sabemos que el espíritu muere continuamente en la materia, y se manifiesta en la naturaleza que se solidifica y en la ya solidificada. Allí está siempre la nada. Y de esa nada surge, en un primer momento, algo parecido a los sueños de la naturaleza. Y esos sueños de la naturaleza contienen las semillas del futuro del mundo. Pero la muerte y el nacimiento del mundo no se tocarían si el ser humano no se encontrara en medio. Porque si el ser humano no se encontrara en medio, —como ya he dicho, simplemente les describo las experiencias que vivía interiormente el discípulo de la iniciación de hybernia—, si el ser humano no se encontrara en medio, entonces los procesos reales en los que el discípulo se adentraba a través de la nueva conciencia nacida del estado de rigidez, serían una verdadera muerte de los mundos, y el sueño no seguiría a la muerte de los mundos. No habría futuro frente al pasado. Estarían allí Saturno, el Sol, la Luna y la Tierra; no habría Júpiter, ni Venus, ni Vulcano. Para que este futuro del cosmos se uniera al pasado, el ser humano tenía que situarse entre el pasado y el futuro. El discípulo lo sabía simplemente por lo que había vivido.

Y lo que hasta entonces había vivido el alumno, ahora sus iniciadores se lo resumían. Concretamente, el primer estado por el que había pasado, en el que se sentía como absorbido por el universo, le era resumido por sus iniciadores en unas palabras que puedo transmitirles, más o menos, de la siguiente manera:

En las inmensidades aprenderás,
cómo, en el azul de las lejanías etéreas,
primero se desvanece la existencia del mundo
y vuelve a encontrarse en ti.

En estas palabras se resumían, de hecho, las sensaciones que había experimentado.

A continuación, se le resumían las sensaciones del segundo estado bajo el efecto residual de la segunda estatua:

En las profundidades deberás liberarte
del mal ardiente y febril,
mientras la verdad se enciende
y, a través de ti, se adentra en el ser.

Queridos amigos, piensen que en la etapa de la que hablé ayer al final de la exposición, el alumno era despedido con las palabras que ocupaban el lugar de las dos estatuas: «Ciencia» y «Arte». Y la Ciencia ocupaba el lugar de la estatua que en realidad decía: «Yo soy el conocimiento, pero me falta el ser». Y el Arte se situaba en el lugar de la estatua que decía: «Soy la imaginación, pero me falta la verdad». Y el alumno había atravesado toda esa pesadez, esa terrible pesadez interior, hasta el punto de que, en realidad, con un anhelo interior y anímico, ya había elegido otra cosa en lugar del conocimiento. Porque le había quedado muy claro que al conocimiento que se adquiere en la Tierra solo le son propias las ideas, solo las imágenes; le falta el ser. Ahora había vivido a fondo las repercusiones. Y a partir de ellas había comprendido que el ser humano debe encontrar el ser para aquello que tiene en el conocimiento, perdiéndose en la inmensidad del mundo:

En las inmensidades aprenderás,
cómo, en el azul de las lejanías etéreas,
primero se desvanece la existencia del mundo
y vuelve a encontrarse en ti.

Porque esa era, en efecto, la sensación: uno se lanza, por así decirlo, hacia las lejanías etéreas, delimitadas por el azul de las inmensidades; uno se funde, al fin, con ese azul de las vastas lejanías. Pero lo que antes era la Tierra se ha dispersado tanto en las inmensidades que parece haberse transformado en la nada. Y uno ha aprendido a sentir la nada al contemplar el mágico paisaje invernal. Y ahora sabe que solo el ser humano puede mantenerse erguido, en estas extensiones que se extienden hasta las lejanías azules del éter.

Y en el segundo, el ser humano indaga cómo encontrar en lo más profundo de sí mismo aquello que debe superar, aquello que debe contemplar como el mal que precisamente tiene su raíz y su origen en el ser humano, y que debe ser superado mediante los impulsos del bien en la naturaleza humana, para que el mundo tenga un futuro:

En las profundidades deberás liberarte
del mal ardiente y febril,
mientras la verdad se enciende
y, a través de ti, se adentra en el ser.

La tendencia de la imaginación a no tener la verdad, incluso la tendencia a conformarse con una relación con el mundo que no abarca la verdad, sino que discurre por imágenes arbitrarias de la subjetividad: el alumno había pasado por esa tendencia. Pero ahora, a partir de aquella experiencia veraniega onírica y mágica, había llegado a la siguiente conclusión: puedo llevar al mundo lo que surge en mi interior, como la fantasía que crea en mí. De mi interior, al igual que las imágenes de la fantasía, brotan las imaginaciones, las imaginaciones de las plantas. Si solo tengo las imágenes de la fantasía, entonces estoy alejado de lo que me rodea. Si tengo las imaginaciones, entonces de mi propio interior brota aquello que luego encuentro en esta planta, en aquella planta, en este animal, en aquel animal, en esta persona, en aquella persona. Todo lo que encuentro en mi interior coincide con algo que hay en el exterior. Y para todo lo que encuentro en el exterior, también puedo hacer surgir de lo más profundo de mi propia vida anímica algo que esté relacionado con ello, que coincida con ello.

Esa doble conexión con el mundo era precisamente lo que, como eco de las dos estatuas, se presentaba ante el alumno con una sensación interior grandiosa. Y el alumno había aprendido realmente de esta manera a expandir su alma, por un lado, hacia los confines del mundo, me atrevería a decir que espiritualmente, y había aprendido a adentrarse profundamente en su interior, allí donde ese interior no actúa con esa apatía con la que actúa en la conciencia ordinaria, sino donde actúa como si estuviera estremecido, sacudido y encantado por una realidad a medias, es decir, por los sueños. El alumno había aprendido a poner en relación toda esta intensidad de impulsos internos con toda la intensidad de los impulsos externos. A partir de su afinidad con el paisaje invernal y con el paisaje veraniego, había obtenido conocimientos sobre la naturaleza exterior y sobre su propio yo. Y había llegado a sentir una profunda afinidad con la naturaleza exterior y con su propio yo.

Entonces estaba bien preparado para pasar, por así decirlo, por una especie de repetición. En esa repetición, sus iniciadores le hicieron ver con toda claridad en su alma: «Debes detenerte interiormente, con el alma en estado de rigidez». Debes detenerte en este salir hacia lo lejano del mundo. Y, en tercer lugar, debes detenerte sintiéndote como derramado y multiplicado en tus sentidos. Debes tener claro interiormente cómo es cada uno de estos estados. Debes ser capaz de distinguir con precisión cada uno de estos tres estados de los demás. Debes tener una experiencia interior etérea de cada uno de estos tres estados. —Y cuando el alumno volvía a evocar ante su alma, desde la plena conciencia, el estado de rigidez interior, entonces se presentaba ante su alma todo lo que había vivido antes de descender de los mundos espirituales a la Tierra, antes de la concepción terrenal de su cuerpo, cuando había reunido desde las inmensidades de los mundos los impulsos y las fuerzas etéricas para rodearse de un cuerpo etérico. Así, el discípulo de los misterios de Hybernia era iniciado en la contemplación del último estado anterior al descenso a un cuerpo físico.

Y entonces debía tener muy claro cómo se desarrolla esa experiencia interior cuando se adentra en la inmensidad del universo. En esta segunda ocasión, en esta repetición, ya no sentía como si fuera absorbido por los rayos del sol y de las estrellas, sino que sentía, en esta repetición, como si algo viniera hacia él, como si desde todas las direcciones de las inmensidades le vinieran al encuentro las jerarquías, como si le vinieran al encuentro también otras experiencias. Y sentía  aquello que se remontaba más atrás en su vida preterrenal. Y entonces debía hacerse una idea muy clara del estado en el que se encontraba cuando se derramaba hacia los sentidos y se veía como dividido en el mundo sensorial. Porque allí había llegado al centro de la existencia, entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Como ven, aquello que permite al iniciado adentrarse en esos mundos ocultos, —a los que, sin embargo, el ser humano pertenece por su propia naturaleza—, puede alcanzarse de las formas más diversas. Y si observamos la situación tal y como la he insinuado ayer y en otras ocasiones, ya podrán decirse a sí mismos: En los distintos centros de misterios, la contemplación de este mundo suprasensible se alcanzaba de las formas más variadas. Por qué se buscaba tal diversidad, por qué no se había establecido un camino espiritual único para todos los misterios, de eso hablaremos ya en conferencias posteriores. Hoy solo quiero mencionar este hecho. Pero todos estos diversos caminos de los misterios estaban destinados a desvelar los aspectos ocultos de la existencia del mundo y del ser humano, a los que nos hemos referido una y otra vez desde los más diversos puntos de vista en estas reflexiones, aquí y en otras conferencias y otros escritos.

Y entonces se le explicaba al alumno que ahora debía revivir interiormente, por separado, los demás estados que había experimentado tras la experiencia con la otra estatua, de modo que tuviera siempre, para cada uno de ellos, un conocimiento interior claro y basado en la sensación de cómo los atravesaba, y que luego lo evocara con plena conciencia. Y así lo hacía. Y en lo que he descrito como una especie de angustia del alma, sentía de forma inmediata lo que seguía a la muerte en la experiencia del alma.

Luego llegaba la visión a través de lo que experimentó a continuación, donde la naturaleza exterior se mostraba como un paisaje veraniego, pero como el sueño de un paisaje veraniego. Entonces se le revelaba, al revivirlo repetidamente y al separar ahora, con plena conciencia, este estado del otro estado de conciencia, lo que constituía el curso posterior de su vida postterrenal. Y cuando se hacía muy claro y vivo para él lo que era la reunión en la esencia del corazón, entonces, al mantenerlo vivo y presente en su conciencia, podía llegar hasta el centro de la existencia, entre la muerte y un nuevo nacimiento. Y el iniciador podía decirle:

Aprende a contemplar espiritualmente el invierno
y se te revelará la visión de lo preterrenal.
Aprende a soñar espiritualmente con el verano
y se te revelará la experiencia de lo posterrenal.

Por favor, presten mucha atención a las palabras que utilizo, pues en esta relación entre la visión de lo preterrenal y la experiencia de lo posterrenal, y entre soñar y ver, se basa la enorme diferencia que existía entre estas dos experiencias para los iniciandos en los Misterios de Hybernia.

Mañana expondré cómo se inscribía esta iniciación en todo el contexto histórico de la humanidad, en toda la evolución humana; qué importancia tuvo para dicha evolución y en qué medida tenía un sentido más profundo el hecho de que, precisamente en la etapa en la que concluí ayer, surgiera en el discípulo de Hybernia algo así como una visión de Cristo.

Traducido por J.Luelmo sep.2026

No hay comentarios: