CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA182 Berna, 29 de noviembre de 1917 Los tres reinos de los muertos: Vida entre la muerte y un nuevo nacimiento

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LOS TRES REINOS DE LOS MUERTOS

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner

 Berna, 29 de noviembre de 1917


Conferencia I

Retomo las reflexiones que hice aquí en una conferencia anterior, en cierto modo para continuar con estas reflexiones, que están en línea con lo que estoy convencido de que debemos discutir entre nosotros precisamente ahora. Porque, al igual que tengo la opinión de que ahora, en las conferencias públicas que se dan desde el punto de vista antroposófico, hay que decir cosas muy concretas, exigidas por los signos de nuestros tiempos difíciles, que deben llegar a los oídos de las personas, también soy necesariamente de la opinión de que entre nosotros mismos hay que discutir ahora verdades espirituales muy concretas.

En una conferencia anterior se trató el tema de la entrada en la vida terrenal de las almas que han atravesado la puerta de la muerte. Hemos reflexionado sobre la forma en que los impulsos de los llamados muertos siguen actuando en lo que los seres humanos realizan aquí en la Tierra, sobre cómo se crean conexiones entre las fuerzas de los llamados muertos y los vivos. Y hoy queremos añadir algunas cosas que están íntimamente relacionadas con este tema.

Ante todo, es necesario tener claro que esta vida entre la muerte y un nuevo nacimiento solo puede ser representada, en cierto sentido, con imágenes tomadas de la vida terrenal sensual y física, las ideas que nos formamos dentro de esta vida física terrenal, pero que la vida en el reino de los muertos es tal que resulta muy difícil de comprender con los conceptos e ideas que nos formamos en la vida terrenal. Por lo tanto, hay que intentar acercarse a esta vida desde diferentes perspectivas.

Quiero decir que se hizo un intento justo antes de que estallara esta catástrofe mundial de la guerra, en aquel ciclo vienés, ( GA153), en el que hablé de la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento en relación con las fuerzas internas del alma. Hoy quiero llamar la atención sobre todo sobre el hecho de que un ámbito que, en cierta relación, es y debe ser lo principal para el ser humano en la vida terrenal, un cierto ámbito, queda excluido de las experiencias, de los acontecimientos vividos por las almas que han atravesado la puerta de la muerte.

Piensen solo en cuánto tenemos como seres humanos terrestres gracias a las ideas que nos llegan del mundo mineral y vegetal. A estas ideas del mundo mineral y vegetal debemos añadir todo lo que nos llega del espacio celeste en forma de ideas, impresiones y percepciones: el cielo estrellado sobre nosotros, el sol, la luna, que nos permiten tener imágenes físicas como percepciones durante nuestra vida terrenal, pertenecen sin duda a lo que ahora considero naturaleza mineral. Esta naturaleza mineral y, en esencia, —digo: en esencia también la naturaleza vegetal como naturaleza—, están excluidas de lo que se percibe en el tiempo entre la muerte y un nuevo nacimiento. Lo que se puede destacar como especialmente característico en este sentido en relación con las experiencias de los llamados muertos es que, cuando nos enfrentamos a la naturaleza mineral o vegetal, los seres humanos aquí en la Tierra tenemos una conciencia muy determinada.  Ya hemos hablado en otra ocasión de que es una ilusión hablar de la ausencia de dolor o de apatía en el reino mineral y vegetal. Sin embargo, con nuestras acciones, los seres humanos causamos impresiones en el reino mineral y también en el reino vegetal, de las que podemos decir con cierta razón que, sin tales impresiones, sin tales efectos, no se propagarían el dolor o el placer, el sufrimiento o la alegría. Sabemos que cuando nosotros, como seres humanos, rompemos una piedra, ciertos seres elementales sienten tal placer, tal sufrimiento, pero eso no llega a nuestra conciencia cotidiana habitual; de modo que, dentro de la experiencia del ser humano terrenal común, se puede decir que debe tener la sensación de que cuando rompe piedras, cuando realiza cualquier tarea dentro de lo que es de naturaleza mineral y, en esencia, también vegetal, esto no causa ni placer ni dolor a su entorno.

Pero nada de eso existe en el reino al que accede el ser humano cuando atraviesa la puerta de la muerte. Hay que tener claro, ante todo, que lo más mínimo que el ser humano realiza allí, —tenemos que utilizar las palabras de nuestro lenguaje terrenal—, por ejemplo, cuando solo toca algo, está relacionado en ese reino espiritual con el placer o el dolor, y también provoca de alguna manera simpatía o antipatía.

Así pues, deben imaginarse este reino de los muertos de tal manera que, cuando lo tocan, por así decirlo, no pueden realizar ese contacto sin que aquello que tocan sienta placer o dolor, pero también desarrolle algún tipo de simpatía o antipatía. Esto ya se insinúa en mi «Teosofía», donde se habla del reino de las almas y donde las fuerzas más importantes de este reino se buscan precisamente en las fuerzas de la simpatía y la antipatía. Pero hay que incorporar estas cosas a nuestras ideas vivas. Al tomar conciencia de la interacción entre el reino de los muertos y el reino de los llamados vivos, hay que ser consciente también de que los muertos, en cierto modo, gobiernan y mandan en su reino. Gobierna de tal manera que, en cierto modo, siempre debe ser consciente: provoca simpatía o antipatía, dolor o alegría, todo lo que hace provoca, si se me permite decirlo así, esta resonancia, esta sensación viva. Algo que en el sentido de nuestro reino vegetal y animal podríamos llamar insensibilidad, no existe más allá de la puerta de la muerte.

En cierto modo, esa es la característica del reino más bajo al que entra el ser humano cuando atraviesa la puerta de la muerte; así como, al atravesar aquí la puerta del nacimiento, entra en el reino físico, en el reino mineral, más bajo, allí, al tocar el reino espiritual, entra en un reino de sensibilidad general, en un reino de simpatía y antipatía reinantes. Dentro de este reino desarrolla sus fuerzas; dentro de este reino actúa. Cuando nos imaginamos que actúa allí, debemos imaginar al mismo tiempo que de estas acciones emanan fuerzas continuas portadoras de sensibilidad, fuerzas portadoras de simpatías y antipatías.

¿Qué significan estas fuerzas portadoras de sensaciones en el contexto global del universo? Verán, aquí llegamos a un capítulo que, en realidad, solo la ciencia espiritual puede resolver para la vida física en la Tierra, un capítulo cuya importancia comprenderán de inmediato cuando reflexionen sobre todo su alcance. Muchas cosas suceden precisamente en la época actual de tal manera que el ser humano, que cada vez más solo quiere aceptar como explicación del mundo lo que encuentra dentro del mundo físico, renuncia a una explicación, se abstiene de buscarla.

Algo que se ha descartado en los tiempos modernos es el principio evolutivo para los seres animales que habitan la Tierra con nosotros. Solo tengo que llamar su atención sobre todo lo que ha ocurrido en los tiempos modernos para respaldar lo que se denomina la teoría de la evolución. Hoy en día se habla con cierta razón de la evolución del mundo animal, suponiendo que este mundo animal ha evolucionado de seres imperfectos a seres más perfectos. Sería mejor decir que ha evolucionado de seres indiferenciados a seres cada vez más diferenciados, hasta llegar a la naturaleza humana, en la medida en que el ser humano es un ser físico.  Esta teoría de la evolución ya se ha incorporado en gran medida a la conciencia popular de la humanidad; en cierto sentido, incluso se ha convertido en parte integrante de la religión secular de la humanidad, y las propias religiones y confesiones se esfuerzan por tenerla en cuenta. Al menos sus representantes más importantes ya no tienen el valor que tenían hace poco tiempo para oponerse a esta teoría de la evolución. En cierto modo, la han aceptado y se han resignado a ella.

Pero ahora bien, si nos preguntamos: ¿qué es lo que realmente influye en la evolución de los seres animales, cuando estos seres animales pasan de ser imperfectos a ser más perfectos, qué es lo que influye en todo lo que se puede observar en el mundo animal, no solo en la evolución, sino en general en la existencia del mundo animal? Por extraño que le parezca al ser humano actual: lo que uno encuentra cuando realmente entra con la conciencia contemplativa en el reino habitado por los muertos, lo que domina en el mundo animal a lo largo de gran parte de este mundo animal, son fuerzas que emanan de los muertos. El ser humano está llamado a ser co-dominador de los impulsos en el cosmos. En el reino mineral solo tiene que hacer lo que fabrica con su tecnología en máquinas y similares, según las leyes del reino mineral; en el reino vegetal, lo que cultiva como jardinero o plantador. Por lo tanto, en el tiempo que transcurre entre el nacimiento y la muerte solo tiene que ver con estos reinos de forma secundaria. Sin embargo, tiene que ver con el reino que se refleja aquí en la Tierra en la existencia animal, ya que inmediatamente después de la muerte le crecen fuerzas y entra de inmediato en un ámbito de fuerzas que dominan este reino animal. Allí trabaja. En cierto modo, eso es para él la base, el fundamento de su actividad, como lo es para nosotros el mundo mineral; es el suelo y la tierra sobre la que se pisa allí.

 Se eleva, tal y como para nosotros, durante nuestra existencia en el mundo físico, el reino vegetal se eleva sobre la base del reino mineral, sobre la base de este reino de simpatías y antipatías dominantes, que luego continúan en la vida del reino animal terrenal, un segundo reino que ahora no actúa en el muerto de tal manera que este solo sienta placer y dolor, que solo emita impulsos impulsados por sensaciones que luego continúan, que luego actúan, sino que este segundo reino que se eleva actúa esencialmente junto con lo que se podría llamar el fortalecimiento y el debilitamiento de las fuerzas volitivas propias del muerto después de la muerte. Si quieren informarse correctamente sobre estas fuerzas de la voluntad, deben leer algo en el ciclo vienés mencionado, donde he caracterizado cómo la voluntad que es propia del alma humana entre la muerte y un nuevo nacimiento no es exactamente igual a lo que aquí, en la vida física, llamamos voluntad; pero podemos hablar de voluntad, aunque allí sea muy diferente, impregnada de elementos emocionales y de otro elemento que no existe aquí en la Tierra. Pero esta voluntad, tras la muerte, se encuentra en un continuo flujo y reflujo para las almas humanas. Cuando se trata con un difunto, se experimenta su vida espiritual de tal manera que en un instante se percibe lo siguiente: se siente fortalecido en sus impulsos volitivos, se siente más fuerte en sí mismo; en otro momento, la voluntad se paraliza un poco, se adormece en cierto modo. Así, entre el fortalecimiento y el debilitamiento, esta voluntad fluye. Y este fluir entre el fortalecimiento y el debilitamiento de la voluntad es una parte importante, esencial, de la vida del difunto.

Este fortalecimiento y debilitamiento de la voluntad son impulsos que no solo inundan la base del reino de los muertos, sino que también inundan el reino humano aquí en la Tierra, no en los pensamientos de la conciencia ordinaria, sino en todo aquello que los seres humanos experimentan aquí, —mañana hablaré de ello en una conferencia pública—, como impulsos de voluntad, pero también como impulsos emocionales.

Lo peculiar es que, en su conciencia habitual como ser humano físico terrenal, el ser humano solo experimenta realmente sus percepciones sensoriales y sus pensamientos. La conciencia despierta solo existe en relación con esta percepción y este pensamiento; los sentimientos solo se sueñan, y la voluntad permanece dormida. Nadie sabe, como sabe de sus pensamientos, lo que ocurre cuando solo levanta una mano, es decir, cuando la voluntad interviene en su corporeidad. También el dominio de los sentimientos, aunque está algo más presente en la conciencia que el dominio de la voluntad, es oscuro, no es más claro que lo que tenemos ante nosotros en forma de imágenes en los sueños. Las pasiones, los afectos, los sentimientos, en realidad solo se sueñan, no se viven ni se experimentan en la claridad de la conciencia, en las representaciones y en las percepciones sensoriales; y la voluntad, mucho menos.  En esto, lo que se manifiesta en la vida cotidiana como sueño, como ensoñación, vive el difunto. Vive con las almas que se encarnan en la Tierra en cuerpos físicos, vive en ellas tal y como nosotros vivimos en el mundo vegetal, solo que nosotros no estamos íntimamente conectados con el mundo vegetal, mientras que el difunto está íntimamente conectado con nuestros sentimientos, afectos e impulsos volitivos; él sigue viviendo en todo ello.

Ese es su segundo reino. Y mientras nosotros desarrollamos aquí nuestros sentimientos, nuestras sensaciones en la vida humana, el muerto sigue viviendo en esta vida con alma, y de tal manera que precisamente esa oleada que he descrito como el fortalecimiento y el debilitamiento de la voluntad, como el fortalecimiento y el entumecimiento de la voluntad del difunto, es, en cierta relación, uno con lo que aquí en la Tierra se sueña y se duerme como sentimientos e impulsos de voluntad de los llamados vivos.

De ello se desprende lo poco que el reino de los muertos está realmente separado de nuestro reino terrenal, lo íntima que es la conexión entre ambos reinos. Como ya he dicho, en circunstancias normales, el difunto no tendrá nada que ver, —con las excepciones que comentaré más adelante—, con el reino mineral y vegetal, pero sí tendrá que ver con lo que ocurre en el reino animal. En cierto modo, ese es el terreno en el que se encuentra. Pero también tiene que ver con lo que ocurre en el reino humano de los sentimientos y la voluntad. En este reino no estamos separados en absoluto de los muertos. Pero la cuestión es la siguiente: cuando se atraviesa la puerta de la muerte, al experimentar estos fortalecimientos y debilitamientos de la voluntad, se puede vivir con los llamados vivos en el cuerpo físico, pero no con todos, ni con cualquiera.  Más bien existe una ley determinada según la cual solo se puede vivir con aquellos con los que se tiene algún tipo de vínculo kármico. Por lo tanto, un completo desconocido kármico que vive aquí no es perceptible para un muerto, no existe en absoluto. El mundo que experimenta el muerto está delimitado por el karma que se ha tejido aquí en la vida. Pero este mundo no se limita a las almas que están aquí en la Tierra, sino que se extiende también a aquellas almas que ya han atravesado la puerta de la muerte.

Este segundo reino abarca, por tanto, todas las conexiones que el ser humano ha establecido kármicamente con aquellos que aún están en la Tierra y con aquellas almas que, al igual que él, han atravesado la puerta de la muerte. Se eleva, por tanto, sobre un reino que es común a los muertos, sobre un reino de la existencia animal, aunque no debemos imaginarnos tanto a los animales terrenales. He dicho expresamente que estos animales terrenales reflejan lo que existe en el mundo espiritual, el alma genérica del animal. En relación con los muertos, debemos pensar más en lo espiritual de lo animal, en este terreno común se eleva entonces, en un sentido muy diferente al que es el caso aquí en nuestro reino terrenal, un reino kármico individual para cada muerto; porque uno ha establecido esta conexión, el otro aquella. Porque solo existe aquello del reino humano con lo que se han establecido conexiones kármicas.

Y hay otra ley que nos muestra cómo se construye realmente este segundo reino. En primer lugar, lo que en este reino actúa sobre los muertos de tal manera que refuerza o debilita sus fuerzas volitivas, se limita inicialmente a un círculo que está formado esencialmente por la última vida terrenal o incluso quizás solo por partes de la última vida terrenal. Aquellos que le eran especialmente cercanos, aquellos con los que el difunto tenía una relación especialmente estrecha, son con quienes él vive de manera especialmente intensa. Y solo gradualmente este círculo se expande a aquellos con quienes ha establecido conexiones kármicas más amplias.

Y todo esto no dura lo mismo para todos, sino que para algunos es más corto y para otros más largo. Es difícil deducir del transcurso terrenal de la vida cómo será después de la muerte. Algunas personalidades, algunas almas aparecen, sin que uno lo espere, en el ámbito de los muertos, porque es muy fácil sacar conclusiones erróneas de la vida física. Pero hay una ley fundamental: que el círculo se amplía gradualmente. Y toda la adaptación a este círculo se produce tal y como describí en aquel ciclo de conferencias que trata de la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento; lo que ocurre en esta vida de los muertos, tal y como la describí allí, es precisamente esta vida en expansión de los impulsos de la voluntad, que ahora están en los muertos exactamente igual que las ideas en los vivos, a través de las cuales el muerto sabe, a través de las cuales el muerto tiene su conciencia. Es extraordinariamente difícil hacer comprender al ser humano terrenal que el muerto conoce esencialmente a través de la voluntad, mientras que el ser humano terrenal conoce esencialmente a través de la idea. Por supuesto, esto también dificulta la comunicación con el muerto.

Se puede decir que el reino en el que el difunto se integra como en un segundo reino se amplía cada vez más. Más tarde, —pero este «más tarde» es siempre relativo, para unos llega antes, para otros llega después—, a las conexiones kármicas directas se suman las indirectas.

Lo que quiero decir es lo siguiente: cuando un difunto ha pasado un cierto tiempo en el reino entre la muerte y un nuevo nacimiento, el círculo de sus experiencias se ha ampliado y se extiende a aquellas almas, —ya estén en la Tierra o al otro lado—, con las que ha entrado en conexión kármica directa. Pero ahora estas almas tienen a su vez conexiones kármicas que no son al mismo tiempo conexiones kármicas del difunto al que me refiero. Quiero decir lo siguiente: la personalidad A tiene una conexión kármica con la personalidad B, pero no con la personalidad C. Así se ve cómo el difunto amplía sus experiencias a través de la personalidad B, cómo vive con ella de la manera descrita. Más tarde, B se convierte en mediador con C. A no tiene ninguna relación con C, pero obtiene una relación indirecta a través de la conexión kármica que B tiene con C. De este modo, este segundo reino se expande lentamente, pero gradualmente, sobre un campo muy, muy grande. En cierto modo, uno se enriquece cada vez más con esas experiencias internas, con esas vivencias que son un fortalecimiento y un debilitamiento de la voluntad, que deben hacernos entrar en el reino de las almas muertas o vivas, cuando nosotros mismos hayamos atravesado la puerta de la muerte.

Y una parte esencial de la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento consiste precisamente en que nosotros, como almas, —si se me permite expresarlo de forma trivial—, hacemos cada vez más y más amistades. Así como aquí, en la existencia terrenal, ampliamos nuestras experiencias entre el nacimiento y la muerte, así como aquí conocemos cada vez más el mundo que nos rodea, allí vivimos cada vez más experiencias relacionadas con el hecho de sentir la existencia de otras almas, de saber que a través de algo en esas almas experimentamos un fortalecimiento de la voluntad, y a través de otra cosa, un debilitamiento de la voluntad. Una parte esencial de la experiencia consiste en eso.

De ello se desprende lo que esto significa realmente para la existencia en su conjunto, para toda la existencia cósmica. Significa que no solo existe ese difuso vínculo de unidad entre toda la humanidad, del que hablan con entusiasmo y sueñan los panteístas y los místicos fantásticos, sino que, de hecho, en una cierta relación entre la muerte y un nuevo nacimiento, se establecen vínculos espirituales entre una gran parte de la humanidad en toda la Tierra. Cuando contemplamos lo que experimentamos entre la muerte y un nuevo nacimiento, realmente no estamos tan lejos de los seres humanos terrenales. No es un vínculo abstracto, sino realmente concreto.

Así como aquí en la Tierra el reino animal se erige como un tercer reino por encima del reino mineral y del reino vegetal, allí existe como tercer reino el reino de ciertas jerarquías, que contemplamos como un reino de seres que nunca experimentan la encarnación terrenal, pero con los que entramos en relación entre la muerte y un nuevo nacimiento. Este reino de las jerarquías es, al mismo tiempo, lo que nos da la plena intensidad de nuestra experiencia del yo entre la muerte y un nuevo nacimiento. A través de los dos primeros reinos experimentamos el otro; nos experimentamos a nosotros mismos a través de las jerarquías. Y con esto ya queda dicho que el ser humano, como ser espiritual, se experimenta a sí mismo dentro de las jerarquías como hijo, como niño de las jerarquías. Se sabe conectado con las otras almas humanas, como he descrito, pero al mismo tiempo se sabe hijo de las jerarquías. Así como aquí debe sentirse como la confluencia de las fuerzas naturales externas del cosmos circundante cuando se reconoce a sí mismo en el cosmos, allí se siente, diría yo, organizado a partir de la interacción de las diferentes jerarquías como ser espiritual.

Cuando nos contemplamos como seres humanos, —sin que ello nos lleve a la arrogancia—, miramos hacia los llamados reinos inferiores y nos vemos a nosotros mismos, en cierto modo, situados en la cima de estos reinos de la naturaleza. Atravesamos la puerta de la muerte y nos encontramos al otro lado como el más bajo de los reinos jerárquicos, pero como la confluencia, —solo que la confluencia desciende desde arriba, tal como aquí asciende desde abajo—, de los impulsos de las jerarquías. Así como aquí nuestro yo está sumergido en nuestra corporeidad, de modo que es un extracto del resto de la naturaleza, allí nuestra espiritualidad está sumergida en las jerarquías, un extracto de las jerarquías, en aquello de lo que se puede decir: allí está nuestra espiritualidad, como aquí nuestra corporeidad es aquello con lo que nos revestimos cuando atravesamos la puerta del nacimiento.

Así, el conocimiento imaginativo puede formarse una idea sobre el esquema de la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Sería muy triste para el ser humano no poder formarse tales ideas. Porque piensen que con nuestra vida emocional y volitiva no estamos separados del todo del reino de los muertos. Lo que se escapa a nuestra vista solo ha desaparecido de nuestra imaginación y de nuestras percepciones sensoriales. Supondrá un enorme avance en la evolución de la raza humana en la Tierra, para la parte de la vida terrenal que esta raza aún tiene que vivir, cuando los seres humanos asimilen aquí la conciencia de que ¡En sus impulsos emocionales, en sus impulsos volitivos, son uno con los muertos! La muerte solo puede robarnos la visión física de los muertos. Pero no podemos sentir nada sin que los muertos estén presentes en la esfera en la que sentimos, ni querer nada sin que los muertos estén igualmente presentes en la esfera en la que ejercemos nuestra voluntad.

Antes he hablado de excepciones en relación con el reino mineral y vegetal. Tales excepciones se aplican especialmente a nuestro período, a nuestra época. No se aplicaban a épocas anteriores, pero ahora no es necesario hablar de ello. En nuestra época, en la que una cierta mentalidad materialista se extiende necesariamente por toda la Tierra, los seres humanos descuidan muy fácilmente la adquisición de ideas espirituales durante su vida terrenal. Ayer mismo, en una conferencia pública, señalé cómo el ser humano, cuando no adquiere ideas espirituales durante su vida terrenal, se encadena a la vida terrenal, no puede salir de ella, en cierto modo, y se convierte así en un centro destructivo. Gran parte de las fuerzas destructivas que actúan dentro de la esfera terrenal provienen de esos muertos atrapados en ella.  Hay que compadecerse de estas almas humanas, en lugar de juzgarlas críticamente. Porque después de la muerte no es fácil tener que permanecer en un reino que en realidad no es adecuado para los muertos. Y este reino es, en este caso, el reino mineral y vegetal, también el reino mineral que los animales llevan en sí mismos, que el propio ser humano lleva en sí mismo. Porque estos seres están impregnados del reino mineral. Para aquellos que no han asimilado ideas espirituales, la cuestión es que después de la muerte se estremecen ante esta experiencia que provoca sensaciones por todas partes: no pueden entrar en el reino que reina en la espiritualidad animal y en la humana; solo pueden entrar en el que es de naturaleza mineral, de naturaleza vegetal. No puedo imaginar de qué se trata; porque, en primer lugar, el lenguaje no tiene palabras para ello y, en segundo lugar, solo se puede abordar de forma lenta y gradual lo que realmente hay detrás, ya que este acercamiento tiene, en un primer momento, algo realmente aterrador.

No hay que pensar que estos muertos están completamente alejados de la vida que he descrito anteriormente; pero se acercan a esta vida solo con cierta timidez, con cierto temor, y vuelven a caer una y otra vez en el reino vegetal y mineral, porque preferentemente solo se han formado ideas que tienen un cierto significado para este último reino, para el reino mortal, para el reino del mecanismo físico.

Lo que hoy considero mi tarea principal es despertar, a través de estas ideas, la conciencia de cómo contribuyen los muertos al desarrollo humano. En realidad, hoy en día se querría anunciar estas cosas también en conferencias públicas, pero no se puede, porque las personas aún no están preparadas para aceptar estas ideas si no han experimentado ya algo de lo que se ha comunicado en nuestras ramas. Pero al describir así la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, y al describir en particular su relación con la vida terrenal, se satisface, o mejor dicho, se cumple con las exigencias de nuestra época. Porque nuestra época ha abandonado desde hace relativamente mucho tiempo las antiguas ideas instintivas sobre el reino de los muertos, y nuestra humanidad debe adoptar nuevas ideas. Debe salir de las abstracciones sobre los mundos superiores y no limitarse a hablar en general de espiritualidad, sino llegar a comprender realmente lo que actúa como espiritualidad. Debe tener claro que los muertos no han fallecido, sino que siguen viviendo y actuando en el proceso histórico de la humanidad, que las fuerzas espirituales que nos rodean son, por un lado, las fuerzas de las jerarquías superiores, pero también las fuerzas de los muertos. La mayor ilusión a la que podría entregarse la humanidad del futuro sería creer que lo que los seres humanos desarrollan entre sí como vida social, como convivencia aquí en la Tierra con sus sentimientos y su voluntad, se produce con exclusión de los muertos, solo con instituciones terrenales. No puede suceder solo a través de las instituciones terrenales, porque los muertos ya participan en los sentimientos y en la voluntad.

Ahora bien, la cuestión es la siguiente: ¿cómo será posible, bajo los impulsos de los tiempos modernos, desarrollar de manera adecuada la conciencia de este tipo de relación con el mundo espiritual? El desarrollo de la humanidad es tal que, con su conciencia habitual aquí en el cuerpo físico, el ser humano se aleja cada vez más del mundo espiritual. Ahora bien, con el fin de que el ser humano, como ser físico, vuelva a encontrar la entrada correcta al mundo espiritual, se produjo el misterio del Gólgota dentro del desarrollo terrestre.

Este misterio del Gólgota no es solo el acontecimiento único y, como tal, el más grande de la evolución de la Tierra, sino que es un acontecimiento que sigue actuando, es un impulso que sigue actuando. Y la humanidad debe hacer algo para que este impulso siga actuando de la manera correcta. Desde hace mucho tiempo he subrayado una y otra vez cómo la tarea de nuestra ciencia espiritual está relacionada precisamente con el impulso del Gólgota, cómo la ciencia espiritual debe estar presente de cierta manera para comprender este impulso del Gólgota de la manera correcta para nuestra época y para el futuro próximo. Pueden estar seguros de esto: como ciencia terrenal, que al mismo tiempo será una religión secular, la ciencia natural ganará cada vez más influencia. Tonterías como la acusación que se me hace, por ejemplo, de que soy hostil a las ciencias naturales, incluso en su desarrollo radical, pertenecen a los prejuicios más anticuados del pensamiento; porque quien comprende el curso de la evolución de la Tierra sabe que las ciencias naturales no pueden ser refutadas, sino que, por el contrario, seguirán expandiéndose cada vez más. Y lo que se considera una especie de creencia religiosa sobre el mundo de las ciencias naturales no se puede detener de ninguna manera, vendrá; vendrá con seguridad, por un lado, y será una bendición para la humanidad. Y no tardará mucho, tal vez solo unas décadas, en que ninguna confesión podrá oponerse a que incluso los seres humanos más simples y primitivos alcancen una conciencia de la existencia pura de la naturaleza, tal y como la cultivan las ciencias naturales. Por un lado, eso es seguro.

Pero, por otro lado, hay otra cosa segura. Lo que es seguro, por otro lado, es que, a medida que esta visión del mundo puramente científica se apodere de las mentes, lo espiritual será cada vez menos cultivado por esta misma ciencia natural. Lo espiritual debe obtenerse desde otro lado, aunque sea igualmente científico, del mismo modo que la ciencia natural reconoce la existencia natural desde un lado, porque el conocimiento de la existencia natural será cada vez más necesario para el cumplimiento de las tareas que el ser humano tendrá que realizar en el futuro entre el nacimiento y la muerte. Desde otro lado tendrá que venir aquello que lo eleve al mundo espiritual.

 Un impulso fundamental para los círculos más amplios ya se ha anunciado en la forma actual de comprender el misterio del Gólgota, y se manifiesta especialmente en nuestra época. Hoy ya se puede decir que los enemigos más acérrimos de la comprensión del impulso crístico son los párrocos de las diferentes confesiones, por extraño que parezca; pero lo que más aleja a los seres humanos del impulso crístico es la forma en que los clérigos de las diferentes confesiones y los teólogos representan este impulso crístico. Porque, en realidad, las confesiones están hoy muy, muy lejos de comprender lo que realmente es este impulso crístico.

Ahora bien, hoy no tengo la intención de decir todo lo esencial sobre el impulso crístico. A lo largo del tiempo hemos recopilado diversas cosas al respecto y seguiremos haciéndolo. Pero hay algo que me gustaría destacar, algo que hoy en día cobra especial relevancia en relación con el impulso crístico. Se trata de que las personas deben comprender que el impulso crístico, en el sentido más intenso, debe tratarse de forma diferente a otros impulsos históricos. Las personas lo comprenden, pero siguen haciendo concesiones. Hacen las cosas a medias, no tienen el valor de ir hasta el final. Lo que hay que comprender sobre el impulso crístico es que es imposible decir nada sobre él utilizando los métodos de la historia convencional. Teólogos importantes afirman que no se puede hablar de que los Evangelios sean auténticos en el sentido histórico habitual; lo que se puede citar como prueba histórica de que Cristo existió se puede resumir en una página, dicen los famosos teólogos. Así pues, los teólogos famosos de la actualidad ya admiten hoy en día que no se puede confiar en los evangelios si solo se quieren tratar como fuentes históricas. No hay forma de demostrar que representen hechos históricos. Esto es algo que hoy en día se da por sentado. Pero lo que se puede aportar como confirmación histórica, al igual que existen documentos históricos sobre otras personalidades de la historia mundial, se puede escribir en una página, según afirman famosos teólogos. Lo significativo es que lo que figura en esa página tampoco es cierto en el sentido histórico habitual.

La humanidad tendrá que admitir que no existen razones históricas, como las que justifican la existencia de Sócrates o César, para la existencia de Cristo Jesús en la Tierra, sino que esta existencia debe entenderse espiritualmente. Eso es precisamente lo esencial del asunto. La humanidad debería obtener del misterio del Gólgota algo en lo que, si solo quiere basarse en testimonios físicos, se equivocará, ya que no tiene nada en relación con los testimonios físicos, o bien debe comprenderlo de manera espiritual.

En relación con todo lo demás, la humanidad es libre de buscar testimonios históricos, pero en lo que respecta al misterio del Gólgota, los testimonios históricos en el sentido más intenso nunca le servirán de nada al ser humano, sino que la humanidad debería verse obligada a comprender este importante acontecimiento de la Tierra no de manera físico-histórica, sino con una comprensión espiritual. Quien no quiera comprender el misterio del Gólgota sin atenerse a los documentos históricos, sino solo a través de la comprensión espiritual de la evolución de nuestra Tierra, no lo comprenderá. Esa es la voluntad, se puede decir, la voluntad de los dioses. La humanidad debe verse obligada a la espiritualidad en relación con el asunto más importante de la Tierra. Solo puede comprender el misterio del Gólgota, —de lo contrario, siempre será refutable históricamente—, elevándose a la comprensión espiritual del mundo.

Solo la ciencia espiritual como tal puede hablar de la realidad del misterio del Gólgota. Se puede decir que todo lo demás es anticuado. Si leen el notable libro de un teólogo que desarrolla todas las teorías sobre Jesús de la época moderna, desde Lessing hasta Wrede, encontrarán que tal exposición demuestra que, en realidad, la historia debe superarse en este ámbito, que debe producirse una nueva comprensión. Y esta nueva comprensión solo puede encontrarse por la vía de la ciencia espiritual.

Comprendamos esto, queridos amigos, y en nuestra época ha llegado precisamente el tiempo en que los seres humanos solo podrán experimentar la continuación del misterio del Gólgota de manera espiritual. Por eso he hablado también de la reaparición etérico-espiritual de Cristo en el siglo XX, y lo he representado en el primer misterio. Pero será una experiencia espiritual, aunque sea una experiencia espiritual clarividente, una experiencia espiritual.

El misterio del Gólgota está íntimamente relacionado con la necesaria elevación de la humanidad hacia la espiritualidad de nuestro tiempo. Así como la humanidad debe elevarse a partir de nuestro tiempo hacia una cierta espiritualidad, también es cierto que debe comprender a partir de nuestro tiempo que el misterio del Gólgota solo puede ser comprendido en la espiritualidad, que el cristianismo debe experimentar esencialmente una continuación espiritual, no una continuación histórica, en el sentido externo de la investigación histórica o la tradición histórica. Pero se trata solo de que no se interprete lo que acabo de decir en sentido abstracto, que no se crea que con los pocos conceptos para comprender el significado del misterio del Gólgota, tal y como se suelen utilizar, ya se ha hecho todo. No, estas cosas hay que abordarlas con toda concreción; no basta con formarse ideas sobre Cristo y su obra, sino que hay que ser capaz, en cierto modo, de encontrar el reino de Cristo en nuestro reino terrenal. Cristo ha entrado en el reino terrenal y hay que ser capaz de encontrar su territorio.

La ciencia natural, cuando se desarrolle hasta alcanzar la máxima perfección, dará una imagen del mundo tal y como podría ser sin la ayuda del misterio del Gólgota; la ciencia natural por sí sola nunca llegará tan lejos durante la evolución terrenal como para que el físico o el biólogo hable del misterio del Gólgota desde sus propios supuestos. Pero toda la ciencia, en la medida en que se ocupa de lo que sucede a nuestro alrededor desde el nacimiento hasta la muerte, se convertirá cada vez más en ciencia natural. Junto a ella, la ciencia espiritual tendrá que crear a partir del reino espiritual.

Pero ahora se trata de lo siguiente: ¿cómo encontrar en el reino espiritual, no solo una ciencia, sino también una presencia de modo que no encontremos solo naturaleza? Porque en la naturaleza nunca encontraremos el impulso crístico. ¿Cómo se puede buscar la entrada en el reino espiritual, y no solo el conocimiento del mismo? Bueno, por lo que he dicho ya se habrán dado cuenta de que a la conciencia debe añadirsele otra conciencia, esa conciencia que en la humanidad moderna y especialmente en la futura se convertirá en una mera conciencia natural, una conciencia de los hechos de la naturaleza,. Debe añadirse una conciencia completamente diferente. Para esta conciencia, la necesidad de comprender el misterio del Gólgota como un hecho espiritual será, en cierto modo, solo la punta más alta. Pero lo que es necesario frente al misterio del Gólgota, es decir, comprenderlo como algo espiritual, deberá extenderse también al resto de la vida. Esto no significa otra cosa que, además de la pura contemplación natural, debe entrar en la conciencia humana una contemplación completamente diferente de las cosas.

 Y esta contemplación de las cosas que vendrán y deben venir se produce cuando el ser humano aprende a mirar el mundo con la misma conciencia con la que mira el mundo sensorial a través de sus percepciones sensoriales, es decir, el curso de su destino en lo grande y en lo pequeño. ¿Qué quiero decir con esto? Hoy en día, el ser humano presta poca atención al curso de su destino. Pero consideremos casos extremos. Les voy a contar un caso que nos puede llevar a lo que realmente quiero decir, un caso entre miles. Se podrían contar miles de casos así, miles e innumerables.

Un hombre sale de su casa y recorre un sendero por el que ha caminado muchas veces. Este le lleva por la ladera de una montaña hasta una meseta rocosa desde la cual se divisa una vista muy hermosa. Ha disfrutado de esta vista en numerosas ocasiones; es, por así decirlo, su paseo habitual. Un día, mientras daba este paseo, de repente le viene a la mente un pensamiento: ¡Cuidado, ten cuidado! Y oye en su mente, no como una alucinación, sino en su mente, una voz que le dice: ¿Por qué vas por este camino? ¿No puedes dejar de lado tu placer por una vez? Lo oye en su mente. Esto le hace reflexionar; se aparta un poco, piensa un momento y, en ese momento, una enorme roca cae justo en el lugar por donde habría pasado si no se hubiera apartado, y que sin duda le habría matado.

Ahora les pido que se planteen la pregunta de qué papel juega aquí el destino. Algo está pasando. El hombre sigue vivo. La vida de muchas personas en esta tierra está relacionada con su vida. Todo habría sido diferente si la roca hubiera matado a este hombre. Algo está sucediendo. Si ustedes intentan explicar este algo según las leyes de la naturaleza, naturalmente no llegarán a lo que es el destino en este caso. Por supuesto, pueden explicar mediante las leyes de la naturaleza por qué se desprendió la roca y por qué murió el hombre después de que la roca ya hubiera caído una vez, etc. Pero en todo lo que se puede decir sobre el asunto de manera natural, el destino no tiene nada que ver, no tiene nada que ver con ello.

Les he contado un caso extremo. Pero, queridos amigos, nuestra vida se compone de este tipo de cosas, en la medida en que nuestra vida es un ser del destino. Solo que el ser humano no presta atención a ello, no se fija; no presta tanta atención a estas cosas como a lo que le transmiten sus sentidos como hechos naturales. Día tras día, hora tras hora, momento tras momento, suceden cosas que solo se han descrito en un caso extremo con lo que acabo de indicar. Piense por un momento en cuántas veces, —hay que considerar estas cosas también en pequeña escala—, uno quiere salir de casa y se ve retenido durante media hora. Cosas como estas y similares ocurren miles de veces en la vida. Uno solo ve lo que sucede cuando se ha visto retenido durante media hora; ¡no se plantea en absoluto lo que habría sucedido si hubiera salido media hora antes!

Es así como un reino completamente diferente interviene continuamente en nuestras vidas, el reino del destino, al que el hombre actual aún no presta atención, porque en realidad solo se fija en lo que está sucediendo y no en lo que se mantiene continuamente alejado de su vida. Ustedes no pueden saber si hace tres horas podrían haber hecho algo que se les impidió hacer y que ahora les impediría estar aquí sentados, o incluso les impediría estar vivos. Solo ven lo que ha sido necesario que ocurriera, para lo cual se han necesitado impulsos espirituales de múltiples maneras. En su mayoría, no dan por sentado, con la conciencia habitual, que lo que hacen en la vida es el resultado de impulsos espirituales que intervienen. Si se dan cuenta de ello, si comprenden que existe un reino del destino, al igual que existe un reino de lo natural, entonces encontrarán que este reino del destino no es en absoluto más pobre en contenido que el reino de lo natural. Pero en este reino del destino, que yo diría, solo en casos especiales, cuando se dan situaciones extremas como la que les he contado, se presenta de forma clara y nítida ante la mente humana, en este reino del destino influye lo que he descrito anteriormente. Influyen los impulsos de los muertos, que actúan sobre los sentimientos y los impulsos de la voluntad, a través de los cuales se manifiesta lo fatídico. Y aunque la persona que dice algo así siga siendo considerada hoy en día por los «completamente cuerdos» como un tonto supersticioso, es cierto que... con la misma exactitud con la que hoy se enuncia una ley natural, se puede afirmar que a aquel hombre al que se le ha concedido una voz, le ha concedido esa voz tal o cual difunto por orden, a su vez, de alguna jerarquía, y que continuamente, desde la mañana hasta la noche y, en particular, desde la noche hasta la mañana, mientras dormimos, actúan en nosotros los impulsos de los muertos y los impulsos de las jerarquías espirituales que actúan sobre el destino.

Ahora bien, quiero llamar su atención sobre algo. Seguramente habrán oído hablar del demonio socrático, del demonio de Sócrates: de cómo Sócrates, el sabio griego, decía que todo lo que hacía estaba bajo la influencia de un demonio. He hablado de este demonio socrático en mi pequeño escrito «Die geistige Führung des Menschen und der Menschheit» (La guía espiritual del hombre y de la humanidad). En mi nuevo escrito «Von Seelenrätseln» (De los enigmas del alma), cuyo segundo capítulo trata sobre el erudito Dessoir, se puede ver cómo Dessoir también aborda estas cuestiones; he hecho referencia a este demonio de Sócrates. Sócrates solo tomó conciencia de lo que actuaba en todos los seres humanos. Hasta el misterio del Gólgota, eran ciertas entidades las que orientaban lo que los muertos influían en la vida humana. Estas entidades perdieron su poder en la época del misterio del Gólgota, y en su lugar entró el impulso crístico. Y ahora ha relacionado el impulso crístico con el destino del ser humano desde el punto de vista de la ciencia espiritual. Tal y como he descrito, las fuerzas, los impulsos de los muertos actúan en nuestra esfera volitiva y emocional. Los muertos actúan, pero también experimentan fortalecimientos y debilitamientos de la voluntad. Y todo este reino es un reino terrenal, es un reino terrenal al igual que el reino natural. Pero el impulso que vive desde el misterio del Gólgota es, desde el misterio del Gólgota, el impulso crístico. Cristo es la fuerza directriz en este reino que les he descrito. Así pues, no solo se fundará una ciencia del misterio del Gólgota, sino que en el futuro habrá que saber que nuestro mundo, al igual que el mundo de los hechos naturales, está atravesado por un reino del destino como polo opuesto. Este reino del destino aún recibe poca atención hoy en día. Habrá que prestarle tanta atención como al reino de lo natural. Pero al mismo tiempo se sabrá que en este reino del destino se está en contacto con los muertos, se sabrá que en este reino que compartimos con los muertos está incluido al mismo tiempo el reino de Cristo, que Cristo ha descendido a la Tierra a través del misterio del Gólgota para actuar, para compartir con nosotros, los seres humanos en la Tierra, lo que compartimos con los muertos, en la medida en que los muertos actúan en el ámbito terrenal; no me refiero ahora al caso excepcional, sino al caso normal.

Si esto no fuera solo una verdad abstracta, no solo una verdad conceptual, una verdad dominical que uno recuerda de vez en cuando porque se le ocurre que algo así es cierto, sino que el ser humano caminara en este reino del destino tan conscientemente como camina en el reino de las percepciones sensoriales, si, en cierto modo, al igual que recorre el mundo y lo hace con sus ojos, también se siente entretejido en este reino del destino, y en este reino del destino siempre siente las fuerzas de Cristo junto con las fuerzas de los muertos, entonces, mis queridos amigos, la humanidad desarrollará una vida real, concreta y sensible con los muertos. Cuando uno mismo sienta esto o aquello, cuando uno mismo provoque esto o aquello, experimentará cómo está unido a los seres queridos que ya no están. La vida se enriquecerá infinitamente.

Ahora quizá olvidemos, en el sentido en que lo llamamos así, a nuestros muertos; conservamos su recuerdo. Pero una vida intensa —y esa será la verdadera vida, porque de lo contrario se pasa uno la vida dormido, en la medida en que es fatídica—, una vida intensa se apoderará de la humanidad, y eso llevará a que no solo se conserve el recuerdo de los muertos, sino que se sepa: si haces esto, si das este paso, si emprendes aquello, si lo consigues: tal o cual difunto colabora en ello. Los lazos con los muertos no se rompen, permanecen. Este enriquecimiento de la vida es lo que le espera a la humanidad en el futuro de la Tierra. Y si ahora estamos en el quinto período postatlante, este quinto período postatlante actúa esencialmente en la educación de la humanidad en la dirección que acabamos de anunciar, y la humanidad no podrá sobrevivir al sexto período postatlante si no se dispone a sentir estas cosas de la manera correcta: aceptar en la conciencia la realidad del destino, del mismo modo que ahora la humanidad solo acepta la realidad de lo natural.

Lo que quería señalar hoy es la relación concreta entre el misterio del Gólgota y el problema de la muerte. Esto también está íntimamente relacionado con lo que ahora debe tomar conciencia la humanidad. Porque entre las muchas cosas que le faltan a la humanidad, está precisamente el hecho de que los seres humanos han perdido, en sus impulsos emocionales y volitivos, la capacidad de experimentar las verdaderas realidades. Los seres humanos se están acostumbrando poco a poco a las grandes ilusiones: que pueden moldear la vida terrenal según las leyes terrenales, la mayor ilusión a la que pueden entregarse los seres humanos. Una gran ilusión que encuentra su extremo, su extremo radical, por ejemplo, en el socialismo puramente materialista, que, naturalmente, nunca permitirá que, cuando los seres humanos hacemos lo más mínimo entre nosotros, los muertos participen, sino que lo ordena todo según leyes económicas, es decir, según leyes puramente físicas. Ese es un extremo. En el otro extremo se encuentra el sueño de todos los llamados idealistas: crear en todo el mundo organizaciones puramente programáticas, internas e intergubernamentales, que prescinden de todo lo espiritual y que supuestamente acabarán con las guerras. Las personas se convencerán, al acostumbrarse a tal ilusión, de que precisamente con ello no eliminan lo que quieren eliminar, sino que más bien provocan lo que quieren eliminar. Hay buena voluntad en estas cosas. Es lo que debe surgir de la conciencia materialista de la época, diría yo, como una punta política de todo el ser terrestre, pero que conducirá precisamente a lo contrario de lo que se pretende conseguir con ello. De lo que se trata es de que se extienda por toda la Tierra la comprensión de lo que es el destino, que esta comprensión del destino también debe impregnar las legislaciones y las organizaciones políticas, ya que estas constituyen la base de la estructura de las relaciones sociales. Todo lo que no quiera seguir el ritmo de este desarrollo espiritual de la humanidad simplemente se desintegrará, se deteriorará, se desgastará. Por eso está íntimamente relacionado con lo que significan hoy los signos de los tiempos. No necesitamos aquí, por decirlo de manera burda, hacer nada político; naturalmente, no lo haremos. Pero las exigencias de la época deben ser vistas precisamente por aquellos que quieren dirigir su mirada hacia el desarrollo espiritual de la humanidad. 

Y hay que comprenderlo: en el camino que hoy se recorre casi en todas partes, solo se puede perder a Cristo; solo se le puede ganar como único rey y señor de la Tierra verdaderamente legítimo mediante la elevación de la humanidad a la espiritualidad. Pueden estar seguros de esto: si no se busca a Cristo como lo buscan hoy las distintas confesiones, —que últimamente se han visto envueltas de manera extraña en todo tipo de compromisos sobre la concepción de Cristo, que saben celebrar al Cristo como dios de la batalla aquí y allá , sino que se le busca allí donde se le puede encontrar en su realidad, cuando los seres humanos comprendan el reino del destino como una realidad, cuando encuentren a Cristo tal y como lo hemos indicado hoy, entonces se creará esa organización interestatal que significa la expansión del cristianismo verdadero por todo el mundo.

Con solo reflexionar un poco es algo que se puede ver lo lejos que estamos de este objetivo. Imagínense que uno se enfrentara a todas esas personas que ahora hablan de cómo quieren traer la paz al mundo, que presentan todos esos programas, —¡quién no habla de ello!—, y ustedes les opusiera el programa de hacer accesible a la humanidad al Cristo. entonces vendría la paz, una paz duradera, en la medida en que sea posible en la Tierra. ¡Imagínense lo que dirían las diferentes asociaciones que parten de la «buena voluntad» si se les presentara esto! Incluso hemos visto cómo el representante de Cristo en la Tierra ha presentado un programa de paz. ¡Pero no habrán leído mucho sobre Cristo en él!

Sé que estas cosas no se toman lo suficientemente en serio en la actualidad. Pero si no se toman en serio, la humanidad no podrá emprender un camino saludable. Así como es necesario comprender el misterio del Gólgota de manera espiritual, también es necesario que los seres humanos comprendan los signos de los tiempos, que vean realmente en la ciencia espiritual algo sin lo cual la configuración social externa del futuro ya no podrá prescindir. Incluso en la conferencia pública de mañana tendré que abordar estas cuestiones, aunque de otra manera.

Esto es lo que me gustaría añadir como segunda reflexión a la anterior, que hicimos entonces sobre la convivencia de los llamados muertos con los vivos. 

Y ahora me gustaría concluir con el comentario desagradable que he hecho en otras ramas. La mayoría de mis queridos amigos lo conocen bien, y solo lo digo por completar. No sé si saben que las calumnias más increíbles, que suenan tan extrañas que uno se sorprende de cómo la maldad en los impulsos de las mentes puede llegar a tales extremos, circulan por el mundo, y que el movimiento científico-espiritual debe protegerse contra estas calumnias, que ya se pueden calificar de infames. De ello se deriva la necesidad de que, en el futuro inmediato, sin perjuicio de que todo se haga por el desarrollo esotérico que buscan nuestros amigos, ya no puedan tener lugar las conversaciones privadas en el sentido habitual. Porque es precisamente a partir de estas conversaciones privadas que se recopilan estas calumnias. Por lo tanto, lo primero que debo pedirles a nuestros amigos es que comprendan que, en primer lugar, estas conversaciones privadas no pueden tener lugar. Pero no sería completo si solo dijeran eso; hay que añadir otra cosa necesaria: que quien quiera, —¡por supuesto, solo quien quiera!—, puede contar sin reservas todo lo que se ha dicho y sucedido en esas conversaciones privadas. Si se dice la verdad, no hay nada que deba ocultarse de alguna manera dentro de nuestro movimiento.

Me veo obligado a tomar estas dos medidas. Denme un poco de tiempo; se encontrarán otros medios y formas para que todos puedan ejercer su derecho a la ciencia espiritual. Pero el movimiento científico-espiritual no debe verse frenado por cosas que no tienen nada que ver con él. Y por eso, precisamente aquellos que se adhieren fiel y honestamente a nuestro movimiento deben comprender que estas conversaciones ya no pueden tener lugar en el sentido habitual y que, por otra parte, yo libero a cada uno de cualquier promesa. Cada uno puede comunicar lo que quiera, —nadie está obligado, por supuesto—, por mi parte, en cualquier lugar, porque no hay nada que no se pueda decir si se cuenta de acuerdo con la realidad, con la verdad. Pero para que esto quede claro, deben tomarse estas dos disposiciones.  Lamento mucho tener que hacer estas comunicaciones, pero sé que precisamente aquellos de nuestros amigos que están más comprometidos con nuestro movimiento comprenden perfectamente la necesidad de hacerlo y que lo entenderán perfectamente.

Ahora solo tenemos que ser conscientes de la gravedad de la situación en la que nos encontramos en estos momentos. Y por eso, precisamente para mí, una reunión como esta es siempre, diría yo, un acontecimiento especialmente importante y serio; y especialmente ahora, en estos tiempos catastróficos, me gustaría que nos impregnáramos de forma sincera y auténtica de la conciencia de la necesidad de mantenernos unidos en relación con nuestro principio antroposófico de la unión en el espíritu. Aunque temporalmente no podamos encontrarnos físicamente, permanecemos unidos en espíritu. En ello veo el mejor saludo que puedo ofrecerles, ya que hemos vuelto a estar juntos y quizá durante algún tiempo solo podamos estarlo en espíritu.

Traducido por J.Luelmo, feb 2026

GA175 Berlín, 3 de abril de 1917 - Los Misterios Paganos, el alma humana y la Resurrección de Cristo

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LOS MISTERIOS PAGANOS, EL ALMA HUMANA Y LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner



Berlín, 3 de abril de 1917


Conferencia IX

El Misterio del Gólgota será el tema de nuestra reflexión en este momento. Esta reflexión se ha ido preparando conforme a lo que expuse en las últimas conferencias.

Recordemos lo más importante que hay que tener en cuenta. La última vez les mencioné que cualquier conocimiento real del mundo que satisfaga al alma humana requiere la comprensión de que tanto la clasificación del mundo como la clasificación de la humanidad, la clasificación de la esencia del hombre, deben llevarse a cabo según los tres principios de cuerpo, alma y espíritu. Esto es lo que debe ser reconocido más intensamente en el presente, especialmente en nuestro ámbito antroposófico. Por eso quiero llamar la atención de ustedes sobre el hecho de que en mi «Teosofía», incluso en su primera edición, el nervio de toda la discusión se basa en esta triple estructura. Todos ustedes habrán leído esta «Teosofía» y sabrán que el armazón, por así decirlo, de todo el libro radica en esta triple estructura, que luego se expresa en particular en las palabras:

«El espíritu es inmortal; el nacimiento y la muerte tienen lugar en la corporeidad conforme a las leyes del mundo físico; la vida anímica, sujeta al destino, actúa como mediadora en la relación entre ambos durante el transcurso de la vida terrenal.»

En otras palabras, en aquella época se consideraba necesario subrayar lo más claramente posible esta triple estructura. Pues al poner un énfasis, yo diría, muy especial en esta estructura tripartita, en realidad sólo se está en el terreno en el que hay que estar si en nuestro tiempo se quiere comprender el mundo y, dentro de esta comprensión del mundo, comprender el acontecimiento central de nuestro desarrollo terrenal, o esforzarse por comprenderlo: el acontecimiento central del Misterio del Gólgota. Ahora bien, acabo de exponerles la última vez qué es lo que se opone al esfuerzo de nuestra época por reconocer el mundo y al hombre de tal manera que la división en cuerpo, alma y espíritu no se mencione simplemente de pasada, sino que se lleve a cabo como si apuntara a una idea central. Ya les expliqué lo que se opuso a esto en el desarrollo occidental del espíritu, y en cómo en este desarrollo occidental, se perdió el concepto de espíritu. Les mencioné que a través del Octavo Concilio Ecuménico de Constantinopla, el espíritu o más bien la idea del espíritu, fue virtualmente eliminada del pensamiento occidental, y que esta eliminación de la idea del espíritu no sólo ha ejercido su influencia en el desarrollo de las ideas y sentimientos religiosos, sino que ha tenido un profundo efecto en todo el pensamiento de los tiempos modernos, de modo que hasta cierto punto no existe todavía hoy una filosofía oficial que pueda distinguir adecuadamente entre alma y espíritu. Y en todas partes se encuentra, la afirmación prejuiciosa, incluso entre las personas que creen sin prejuicios, provocada sólo por el octavo concilio general, de que el hombre se compone de cuerpo y alma. Quien conoce realmente la vida espiritual, no sólo tal como se encuentra en los ámbitos filosóficos más superficiales, sino tal como ha anidado en el pensar y en el sentir de todas las personas, incluso de aquellas que no piensan preocuparse en absoluto por las ideas filosóficas, quien conoce realmente esta vida espiritual de Occidente, verá en todas partes la influencia de la eliminación de la idea del espíritu. Y cuando en el último período surgió la tendencia a tomar algunas cosas de la sabiduría oriental, con el fin de corregir algunas cosas de allí dentro de la sabiduría occidental, entonces lo que se tomó se presentó bajo una luz en la que difícilmente se puede adivinar que el mundo y la humanidad se basan en la división: cuerpo, alma, espíritu. Pues en la división del hombre en cuerpo denso, cuerpo etérico, cuerpo astral, sthula sharira, linga sharira - präna, como se le llamaba entonces, -käma, käma-manas, y todas las cosas que han llegado de Oriente a Occidente-, en todas estas clasificaciones, que aglutinan de manera tan poco escrupulosa siete principios, no se advierte nada de lo que sería lo más importante: impregnar nuestra visión del mundo con la clasificación en cuerpo, alma y espíritu.

Casi se podría decir que esta clasificación en cuerpo, alma y espíritu ha quedado enterrada. Ciertamente, hoy se sigue hablando mucho del espíritu, pero lo que se dice son palabras. Pero la gente de hoy ya no sabe distinguir las palabras de las cosas. Por eso se toman en serio explicaciones que consisten en meras, yo diría, caleidoscópicas combinaciones de palabras, como es el caso de la filosofía de Eucken.

Ahora bien, si se pretende renunciar a la triple división en cuerpo, alma y espíritu, no se puede comprender la esencia del Misterio del Gólgota. Como expliqué la última vez, con el Octavo Concilio General la renuncia al espíritu se convirtió en un dogma; pero el asunto llevaba tiempo preparándose. Y el hecho de que haya llegado está básicamente relacionado con un desarrollo necesario de la vida espiritual occidental. Tal vez la manera más fácil de acercarse al Misterio del Gólgota, de comprender el Misterio del Gólgota, sea visualizar de qué modo Aristóteles, que estaba en la cumbre del pensamiento griego, formó su imagen del alma. Pues Aristóteles fue al mismo tiempo el filósofo más importante de toda la Edad Media, y el pensamiento actual sigue alimentándose de conceptos medievales, por poco que la gente quiera admitirlo. Además, vemos que lo que se desarrolló en la historia de la humanidad apareció en Aristóteles unos siglos antes del Misterio del Gólgota, y que luego se intentó comprender el Misterio del Gólgota con la ayuda de las ideas de Aristóteles entre los espíritus dirigentes de la Edad Media. Hay algo tan extraordinariamente significativo en estas cosas que realmente hay que tomarse la molestia de mirarlas con imparcialidad.

¿Qué piensa Aristóteles sobre el alma humana? Sin más preámbulos, explicaré simplemente cómo piensa Aristóteles sobre el alma humana, es decir, lo que el pensamiento griego de Aristóteles sobre el alma humana revelaba en una mente ilustrada. Aristóteles, -y así tenemos aproximadamente lo que pensaba sobre el alma el europeo más importante unos siglos antes del Misterio del Gólgota-, Aristóteles piensa: Cuando un ser humano entra en el desarrollo del mundo, lo hace a través del nacimiento o, digamos, a través de la concepción, entonces debe su existencia física en primer lugar a su padre y a su madre. Pero según Aristóteles, del padre y de la madre sólo puede proceder lo que constituye la existencia corporal; el ser humano completo nunca podría llegar a existir por la mera unión del padre y la madre. Así que en el sentido de Aristóteles, el ser humano completo no puede nacer de la unión del padre y la madre, porque este ser humano completo tiene un alma. Y esta alma tiene una parte, -entendamos por esto que Aristóteles distingue inicialmente dos partes en el alma-, toda esta alma tiene una parte que está completamente ligada al cuerpo, que se expresa a través del cuerpo, que recibe sus impresiones del mundo exterior a través de la actividad sensorial del cuerpo. Esta parte del alma surge como fruto necesario del co-desarrollo gracias al desarrollo material del ser humano, que proviene del padre y de la madre. No ocurre así con la parte espiritual del alma, o, -como Aristóteles acuña aún las palabras-, con la parte pensante del alma, con aquella parte del alma que participa en la vida espiritual general del mundo a través del pensar, que participa en el «nus», en el pensar del mundo. Para Aristóteles esta parte del alma es inmaterial, no material, y nunca podría surgir de lo que surge para el hombre del padre y de la madre, sino que sólo puede surgir para el hombre por el hecho de que Dios. -«lo divino» sería un término más adecuado si nos atenemos a las expresiones aristotélicas-, coopere en el surgimiento del hombre a través del padre y de la madre, que lo divino coopere.

Así es como nace el ser humano, el ser humano en su totalidad. Para Aristóteles es muy importante que la palabra se acuñe de esta manera: el ser humano completo nace de la cooperación de Dios con el padre y la madre. A través de Dios, el hombre recibe su parte espiritual o, en el sentido de Aristóteles, también se podría decir mental del alma. Esta parte mental del alma, que surge así a través del Dios en cada desarrollo del ser humano físico individual, surge gracias a la cooperación del Dios, está en desarrollo durante la vida entre el nacimiento y la muerte. Cuando el ser humano atraviesa la puerta de la muerte, lo físico es entregado a la tierra, y junto con lo físico aquella parte del alma que está ligada a los órganos del cuerpo; en cambio, lo que es la parte espiritual del alma se conserva. Ésta, que ahora es la parte espiritual del alma, vive espiritualmente en el sentido de Aristóteles, vive espiritualmente de tal manera que es, por así decirlo, llevada a otro mundo distinto de aquél con el que uno está conectado a través de los órganos corporales, y ahora vive una existencia inmortal. Vive una existencia inmortal en el sentido de Aristóteles, de modo que la persona que se ha entregado en vida, en el cuerpo, a tal o cual bien, es capaz de mirar hacia atrás a este bien, que ha insertado en la estructura del mundo, que está dentro de la estructura del mundo, pero que en esta estructura del mundo en la que ha sido colocado no puede modificarse. De hecho, Aristóteles sólo puede entenderse correctamente si se interpretan sus ideas en el sentido de que él pensaba que después de la muerte, el alma tiene que mirar hacia atrás, por toda la eternidad, hacia algún bien o algún mal que hubiera cometido.

Fue precisamente en el siglo XIX cuando se hizo el mayor esfuerzo imaginable desde diversos frentes para comprender claramente esta idea en Aristóteles, a veces difícil de entender por su forma de expresarse. Y puede decirse que Franz Brentano, recientemente fallecido, en su disputa con Eduard Zeller, intentó a lo largo de su vida reunir todos los elementos que pudieran conducir a una idea clara de lo que pensaba Aristóteles sobre la relación de la parte espiritual del alma humana con todo el ser humano. Pero lo que Aristóteles pensaba de este modo pasó a la filosofía, que se ha enseñado durante toda la Edad Media hasta los tiempos modernos, y se sigue enseñando en ciertos ámbitos de la vida eclesiástica. Franz Brentano, que realmente estudió intensamente estas ideas en la medida en que proceden de Aristóteles, se dio cuenta de lo siguiente.

Se dio cuenta de que debido a su pensamiento interior, Aristóteles era una mente verdaderamente elevada por encima del materialismo y por lo tanto no podía caer en la creencia de que la parte espiritual del alma es algo material; ni podía caer en la tonta creencia de que la parte espiritual del alma se desarrolla a partir de lo que el hombre recibe de su padre y de su madre. Por lo tanto, según Brentano, para Aristóteles sólo había dos maneras de pensar en la parte espiritual del alma. Una posibilidad era ésta: dejar que la parte espiritual del alma se desarrollara a través de una creación directa de Dios en cooperación con lo que procede del padre y de la madre, de modo que la parte espiritual del alma se desarrolla a través de la influencia de Dios en el embrión humano; solo que esta parte espiritual del alma no perece en la muerte, sino que, atravesando la puerta de la muerte, entra en una vida eterna. ¿Qué habría quedado de Aristóteles, dice Brentano, si no hubiera desarrollado esta idea? Y Brentano considera correcto que Aristóteles adoptara esta idea para sí mismo. ¿Qué habría quedado para él, dice, si no hubiera desarrollado esta idea? Sólo una segunda posibilidad. No hay una tercera posibilidad, dice Brentano. Y esta segunda posibilidad es la siguiente: suponer que el alma del hombre pre-existe, no meramente post-existe, sino que pre-existe; existe en lo espiritual antes del nacimiento, o antes de la concepción. Pero entonces, a partir del momento en que se admite, -y Brentano lo reconoce muy claramente-, que el alma preexiste de algún modo antes de la concepción, entonces no hay otra opción, cree Brentano, que suponer que esta alma no sólo se encarna una vez en la vida, sino que aparece una y otra vez en repetidas vidas terrenales. No existe ninguna otra posibilidad. Y puesto que, según Brentano, Aristóteles en su época de madurez rechazó la palingenesia, es decir, las vidas terrenas repetidas, no le queda más que el creacionismo, la creación del alma humana, la recreación completa del alma humana con cada generación embrionaria del ser humano, lo que no contradice la postexistencia, pero sí la preexistencia. Franz Brentano era originalmente un sacerdote y todavía era, me gustaría decir, uno de los últimos espíritus en pie de lo que se había desarrollado como el lado bueno de la filosofía escolástica aristotélica, debido a lo cual le parecía sobre todo razonable que Aristóteles rechazara la doctrina de las vidas terrenales repetidas y permitiera que se aplicara el creacionismo sólo en lo que se refiere a la postexistencia.

Y sin embargo, a pesar de todas las variantes, este punto de vista constituye el centro neurálgico básico de toda la filosofía cristiana, en la medida en que esta filosofía cristiana se dirige contra las repetidas vidas terrenales. Es extraño, yo diría que inquietantemente irritante, ver cómo un pensador tan eminentemente sensato como Franz Brentano, que se despojó de sus vestiduras sacerdotales, se esfuerza por ser cada vez más claro acerca de este creacionismo del alma, y cómo no hay para él ninguna posibilidad de tender un puente hacia la doctrina de las vidas terrenas repetidas. ¿Por qué? Esto se debe a que, a pesar de la profunda capacidad intelectual de Brentano, a pesar de su pensamiento enérgico y perspicaz, el concepto de espíritu le estaba vedado, nunca pudo llegar al concepto de espíritu y a su separación del concepto de alma. No hay forma de llegar al concepto de espíritu sin antes llegar al concepto de vidas terrenales repetidas. Sólo se puede perder la doctrina de las vidas terrenas repetidas si se pierde por completo el concepto de espíritu. Y básicamente, incluso en la época de Aristóteles, el concepto de espíritu era, yo diría, ya inestable. Se puede ver en los pasajes decisivos de los escritos de Aristóteles cómo éstos siempre se vuelven confusos cuando habla de la preexistencia. Siempre se vuelven confuso.

Pero todo esto está relacionado con algo tremendamente significativo y profundo; está relacionado con el desarrollo real de la humanidad. Está relacionado con el hecho de que en los siglos anteriores al Misterio del Gólgota la humanidad había entrado en una etapa de desarrollo en la que, digamos, había algo así como neblina alrededor del alma cuando se hablaba del espíritu. En aquella época todavía no había tanta niebla alrededor del alma del hombre como la que hay hoy cuando hablamos del espíritu, pero todo el proceso de corrupción del pensamiento en relación con el espíritu ya estaba comenzando en aquel tiempo. Y esto, mis queridos amigos, está relacionado con el hecho de que en el transcurso del tiempo, la humanidad ha experimentado un desarrollo que en cierto sentido el alma se ha convertido en algo diferente de lo que era en los tiempos primitivos del desarrollo humano en la tierra. En estos tiempos primitivos había una experiencia directa del espíritu debido a la existencia de la clarividencia atávica. No se podía dudar del espíritu. No se podía dudar del espíritu más de lo que se puede dudar del mundo sensorial exterior. Siempre es sólo una cuestión de si la gente debe llegar más o menos al conocimiento del espíritu. Pero que el camino del alma humana hacia el espíritu es posible, nadie podría dudarlo en ciertas épocas más antiguas del desarrollo humano. Tampoco nadie podría dudar de que durante la vida en la tierra, entre el nacimiento y la muerte, el espíritu vive dentro del alma humana, de modo que a través de este contenido espiritual el alma humana participa de la vida divina. Nadie podría dudar de esto. Y esta convicción, basada en la conciencia directa del espíritu, se expresaba por doquier en los Misterios y en su culto. Pero es curioso que ya uno de los filósofos griegos más antiguos, el viejo Heráclito, habla de los Misterios de tal manera que se ve que sabe que en tiempos aún más antiguos los Misterios eran algo tremendamente significativo para el hombre, pero que en el fondo ya habían descendido de su altura. Así que muy pronto, los griegos ilustrados hablan del hecho de que los Misterios ya habían descendido de sus alturas.

En estos misterios se practicaban muchas cosas diferentes. En nuestro contexto de hoy, sin embargo, sólo podemos interesarnos particularmente por la idea central de estos misterios. Detengámonos un momento en esta idea central de los Misterios, tal como se practicaban hasta la época del Misterio del Gólgota, tal como se seguían practicando en tiempos del emperador Juliano el Apóstata. Pues algunos aspectos del culto de estos misterios han sido enfatizados una y otra vez en los últimos tiempos, yo diría enfatizados en un sentido anticristiano. Se ha señalado que lo que se cuenta como la leyenda de Pascua, como el Misterio del Gólgota, es decir, la leyenda central real del sufrimiento, muerte y resurrección de Cristo, vivía por doquier en los Misterios. Y de esto se sacó entonces la conclusión de que el misterio pascual del cristianismo era básicamente sólo una especie de transferencia de antiguas costumbres mistéricas paganas, hacia la persona de Jesús de Nazaret. Y a algunas personas les parecen tan elocuentes las cosas que se pueden decir que no dudan de la verdad de la idea que intentan expresar: Esta gente dice, Aquello que los cristianos dicen sobre el hecho de que el Dios Cristo sufrió, fue liberado de la muerte, resucitó de entre los muertos, que esta resurrección está ligada a la esperanza y el anhelo de salvación de la gente, lo que los cristianos han formado como tales ideas, ya vivía en los misterios, en los más diversos cultos mistéricos. Las costumbres paganas fueron reunidas y fundidas en la leyenda pascual y transferidas a la personalidad de Jesús de Nazaret.

En tiempos más recientes, se ha ido aún más lejos, curiosamente incluso en zonas oficialmente cristianas, al considerar indiferente, -basta recordar ciertas corrientes de Bremen-, la existencia histórica de Jesús de Nazaret y afirmar que las diversas leyendas mistéricas y cultos mistéricos se habían unido a través de la vida social, se habían centralizado, por así decirlo, y que en la comunidad cristiana original la leyenda de Cristo había surgido de la antigua leyenda pagana. En una discusión que tuvo lugar aquí en Berlín hace años, -como resultado de estos dolorosos últimos años, lo que ha pasado antes se ha convertido a menudo en un mito y parece terriblemente lejano en el pasado, pero la discusión fue hace sólo unos años-. En esta discusión, uno podía ver cómo los representantes oficiales del cristianismo sostenían la opinión de que en realidad no podía tratarse de un Jesús de Nazaret histórico, sino sólo de una «idea del Cristo», que había surgido como idea, por así decirlo, en la primitiva comunidad cristiana a través de todo tipo de impulsos sociales.

Puede decirse que hay algo infinitamente seductor en la contemplación de los cultos mistéricos paganos y su comparación con lo que ha surgido como el misterio pascual cristiano. Pues basta con tomar en consideración lo que puede calificarse de descripción fiel de los cultos frigios. Y así como se pueden citar los cultos frigios, también se pueden citar otras fiestas; pues estas fiestas estaban muy extendidas de forma similar. Firmicus, por ejemplo, en una carta a los hijos de Constantino, habla del culto frigio: la imagen de Attis, es decir, de un dios determinado, -no es necesario entrar en qué dios-, la imagen del dios era atada a un tronco de árbol, llevada solemnemente con este tronco en procesión en un ritual de medianoche, y luego se celebraban también los sufrimientos del dios; se colocaba un cordero junto al árbol. Al día siguiente se proclamaba la resurrección del dios. Y mientras que el día anterior, cuando el dios había sido clavado en el tronco del árbol, es decir, entregado a la muerte por así decirlo, el pueblo prorrumpía ritualmente en las más terribles lamentaciones, al día siguiente, cuando se celebraba la resurrección del dios, las lamentaciones se convertían de repente en la más exuberante alegría. En otro lugar, cuenta Firmicus, se enterraba la imagen del dios Atis. Por la noche, cuando el duelo había alcanzado su punto culminante, se encendió de repente una luz, se abría la tumba y el dios resucitaba. Y el sacerdote pronunciaba las siguientes palabras: «Estad tranquilos, piadosos, puesto que el dios se ha salvado, vosotros también recibiréis lo que necesitáis, la salvación.

¿Quién podría negar que estas celebraciones rituales, que se celebraban en todas partes siglos y siglos antes de que tuviera lugar el Misterio del Gólgota, son muy similares a lo que incluía el Misterio Pascual dentro del cristianismo? Como era tan tentador pensar así, la gente lo creyó: Pues bien, estas visiones del Dios sufriente, moribundo y resucitado se difundieron por todas partes, y se centralizaron, por así decirlo, entre los cristianos y se transfirieron a Jesús de Nazaret.

Ahora bien, es importante comprender de dónde proceden realmente todas estas celebraciones de cultos, estos cultos paganos, estos cultos precristianos. Pues se remontan muy atrás, muy atrás, a aquellos tiempos en que los misterios se formaban de tal manera que se desarrollaban a partir de las más profundas percepciones originales sobre la naturaleza del hombre y su conexión con el mundo, como era el caso de la clarividencia atávica. Ciertamente, en la época en que las ceremonias frigias se realizaban de esta manera, la gente sabía tanto sobre el significado real de este asunto como sabemos hoy en ciertos templos masónicos sobre las ceremonias que allí se realizan. Pero sin embargo, estas cosas se remontan a un conocimiento originalmente grande sobre el mundo y las personas, a un conocimiento que realmente es extremadamente difícil de comprender hoy en día. Porque piénsenlo, el hombre realmente no vive en su entorno sólo con su cuerpo físico exterior, no es meramente dependiente de su entorno con respecto al cuerpo físico, sino que el hombre también vive con su alma y con su espíritu en el entorno exterior. Absorbe las ideas y concepciones de este medio exterior, se le hacen familiares, se le hacen habituales, y por las diversas consideraciones no puede apartarse de ellas. De modo que uno puede tener mucha buena voluntad y aun así tener dificultades para comprender ciertas cosas que se han perdido por las razones ya mencionadas y por otras más del desarrollo espiritual de la humanidad.

Lo que es la ciencia hoy, -no necesito decir en cada oportunidad que la admiro, ciertamente la admiro, pero sin embargo-, se aferra a la superficie más externa de las cosas; se aferra en el más mínimo grado a lo que conduce a la esencia. El hecho de que, a pesar de todo, se haya llegado muy lejos con esta ciencia en determinados ámbitos sólo se debe a que a veces se entiende que «llegar lejos» significa -bueno, esto o aquello. Ciertamente, se puede admirar el hecho de que esta ciencia haya llegado a la telegrafía sin hilos y a muchas otras cosas que desempeñan un papel importante en nuestros días, y se puede plantear la pregunta: ¿Qué tendríamos si no hubiéramos llegado a eso? Si entráramos en la discusión de estas cuestiones, ya nos toparíamos con lo que hoy está prohibido discutir. Eso que es tan actualmente ciencia es, por supuesto, sabiduría, que ha tenido sus últimos retoños, sus retoños ya corrompidos en las ya mencionadas costumbres mistéricas, simplemente tonterías, simplemente necedad. Tal vez sea así. San Pablo ya mencionó que lo que la gente considera necedad a menudo puede ser sabiduría ante Dios.

Un verdadero conocimiento de la naturaleza de la humanidad y del mundo tiene como resultado, entre otras muchas cosas, -hoy quiero hacer hincapié en los aspectos que nos resultan importantes para comprender el Misterio del Gólgota-, una determinada visión del organismo humano, que, por supuesto, a la ciencia actual le parece completamente descabellada. Este organismo humano difiere bastante sustancialmente del organismo del animal. Pues bien, ya hemos mencionado muchas diferencias; hoy queremos mencionar la que debe interesarnos en el Misterio del Gólgota. El organismo humano difiere bastante esencialmente del organismo animal, pues el organismo animal, si realmente se le estudia con los medios de la ciencia espiritual, lleva en sí mismo el impulso natural de la muerte. En otras palabras: Si se llega a conocer realmente el organismo animal con los medios de la ciencia espiritual, entonces se puede explicar a partir de la naturaleza del organismo animal que tal organismo deba pasar por la muerte en la forma en que lo hace, que el animal un día se descompondrá y será entregado a los elementos de la tierra. La muerte del animal no es algo incomprensible, sino que a partir del estudio del organismo animal es tan comprensible como lo puede ser, a partir del estudio del mismo, que el animal deba comer y beber. La naturaleza del organismo animal da lugar a la necesidad de la muerte del animal.

No ocurre lo mismo con la naturaleza del organismo humano. Aquí, por supuesto, llegamos al área que debe permanecer completamente incomprensible para la ciencia moderna. Si se estudia el organismo humano con todos los medios de la ciencia espiritual, no hay nada en el propio organismo humano que explique, explique absolutamente, la necesidad de la muerte. No hay nada que explique la necesidad de la muerte. En el caso del ser humano, la muerte debe ser aceptada como algo que simplemente se experimenta, y es imposible explicar por qué el ser humano realmente muere. Pues el hombre no nació originalmente para la muerte, ni nació como organismo externo para la muerte. El hecho de que la muerte ocurra en el hombre desde dentro no puede explicarse desde el ser del hombre mismo. El ser interior como tal no proporciona ninguna explicación de la muerte.

Sé muy bien que hoy en día esto es considerado una completa tontería por todos aquellos que quieren situarse en el terreno científico. Por lo general, es bastante difícil discutir todas estas cosas, porque en realidad están relacionadas con áreas de los más profundos misterios. E incluso hoy en día, si se quieren explicar estas cosas en su contexto, se sigue encontrando algo que no puede expresarse de otra manera que no sea la forma en que Saint-Martin, de quien hablé aquí la última vez, se expresa varias veces en su libro «Des erreurs et de la verite». Así, en un pasaje importante, en el que habla de las consecuencias para el desarrollo de la humanidad del hecho de que un cierto proceso tuviera lugar en el reino espiritual antes de que el hombre se encarnara físicamente por primera vez, Saint-Martin dice, cuando quiere hablar de este proceso sobrenatural-espiritual, palabras que todos los que están más íntimamente familiarizados con tales cosas comprenden:

«Pero por mucho que me gustaría llegar allí, mis obligaciones me prohíben la menor explicación sobre este punto; y por cierto, por mi propio bien, prefiero ruborizarme ante las ofensas del hombre que hablar de ellas».

En este caso, Saint-Martin tendría que hablar de una infracción cometida por el hombre antes de entrar en su primera encarnación en la tierra. No puede hacerlo. Ahora bien, por ciertas razones, -no porque la gente haya mejorado desde la época de Saint-Martin, sino por muchas otras razones-, hoy es posible decir algunas cosas que Saint-Martin aún no podía decir. Pero si se quisiera hablar de una verdad como la de que el hombre no ha nacido realmente para la muerte, en relación con todo lo que entra en consideración, entonces habría que tocar cosas que todavía no pueden ser oídas por los oídos de hoy en general. El hombre no ha nacido para la muerte y, sin embargo, ¡muere! Esto expresa algo que, por supuesto, es una tontería para los muy sabios de la ciencia actual, pero que para los que quieren penetrar en una comprensión real del mundo, es uno de los misterios más profundos. El hombre no ha nacido para la muerte y, sin embargo, muere.

Como ven, esta conciencia de que el hombre no nace para la muerte y sin embargo muere, eso es básicamente algo que, como un impulso oculto, corre a través de esos antiguos Misterios, incluyendo los Misterios de Attis a los que he aludido. En estos misterios se buscaba, por así decirlo, una posibilidad de comprender esto: El hombre no nace para la muerte y, sin embargo, muere. - En cierto modo, se suponía que los misterios proporcionaban una respuesta a este misterio. ¿Por qué se celebraban estos misterios? Se celebraban para que cada año se les dijera algo nuevo. Algo que se quería oír, algo que se quería sentir, algo que se quería recorrer en el alma, algo que se pretendía que se contara de nuevo cada año. Querían que se les dijera que aún no había llegado el momento en que el hombre tuviera que considerar seriamente su inexplicable muerte. ¿Qué esperaba tal creyente del sacerdote de Atis? Tal creyente tenía la certeza instintiva: llegará un momento para la tierra en que será serio, muy serio, mirar hacia la muerte inexplicable. Pero ese momento aún está por llegar. Y mientras el sacerdote celebraba los sufrimientos de Dios y la resurrección de Dios, esta celebración se convertía en un consuelo: aún no ha llegado el momento en que tengamos que ponernos serios para comprender la muerte.

En la antigüedad todos sabían que el acontecimiento descrito en la Biblia justo al principio del Antiguo Testamento, bueno para mí, llamémoslo «simbólico», apunta hacia una realidad. Aquellos antiguos lo sabían instintivamente. Sólo el materialismo moderno ha ido más allá de sentir instintivamente que la representación de la tentación de Lucifer apunta a un hecho real. Ciertamente, el pensamiento perverso que yace en la interpretación materialista del darwinismo es muy diferente de lo que debe considerarse como verdad en tal contexto. Porque este pensamiento pervertido que piensa: En la antigüedad, existían animales de un determinado tipo, que evolucionaron gradualmente hasta convertirse en los humanos actuales. En esta interpretación materialista del darwinismo, no hay lugar para la historia de la tentación del paraíso. Pues se necesitaría una mente muy degenerada para creer que un simio primitivo o un mono primitivo pudieran haber sido tentados por Lucifer.

Pues bien, existía la certeza instintiva de que detrás de lo que se contaba en el punto de partida del Antiguo Testamento, había un hecho pasado. ¿Y cómo se percibía este hecho? Este hecho se percibía de tal manera que uno se decía a sí mismo: Tal como el hombre estaba en realidad originalmente organizado físicamente, así no era mortal; pero a través de este hecho se ha añadido algo a su organización original que corrompe su organismo, y que significa que ahora también hay en él un impulso de mortalidad. A través de un proceso moral el hombre se hizo mortal, a través de lo que reside, -volveremos a esto-, en la misteriosa expresión de "pecado original".  El hombre no se volvió mortal de la misma manera en que otros seres naturales se han vuelto mortales, no se volvió mortal mediante ningún proceso natural, ni ningún proceso material, sino que el hombre se volvió mortal mediante un proceso moral. El hombre se hizo mortal a partir del alma.

El alma animal como alma que es de la especie, se encarna en el animal individual, que es mortal a causa de sus órganos. El alma de la especie sale del animal mortal tal como se había encarnado en él. Pero el organismo animal como tal, está destinado desde el principio a morir. No ocurre lo mismo con el organismo humano. El organismo humano es tal que lo que subyace a este organismo como alma de la especie, como alma grupal humana, se expresa en el ser humano individual y lo hace inmortal como organismo humano exterior. El hombre sólo podría hacerse mortal desde el alma mediante un acto moral. El alma debe estar constituida de una determinada manera para que el hombre sea mortal. Tan pronto como se toman tales cosas hoy al igual que se toman conceptos abstractos, no se comprende todo el asunto. Sólo cuando uno se eleva a una comprensión concreta, real del asunto, se comprenden estas cosas.

Ahora bien, en los tiempos antiguos, -en los tiempos incluso poco antes del Misterio del Gólgota, cuando se celebraban estos antiguos misterios-, la gente tenía los conocimientos más intensos: Es la propia alma del hombre la que hace que el hombre muera. Esta alma del hombre está en continuo desarrollo a lo largo de las épocas. ¿En qué consiste este desarrollo? Este desarrollo consiste en que cada vez más esta alma corrompe el organismo, estropea el organismo y participa cada vez más en la corrupción a través de la cual tiene un efecto destructivo sobre el organismo. El hombre miraba hacia la antigüedad y se decía a sí mismo: «Ha tenido lugar un acontecimiento moral por el cual el alma se ha vuelto tal que, cuando ahora mora en el cuerpo mediante el nacimiento, corrompe este cuerpo, pero al corromper el cuerpo no vive entre el nacimiento y la muerte como viviría si lo dejara incorrupto. Esto ha ido empeorando a lo largo de los siglos y milenios. ¡El alma corrompe el cuerpo cada vez más! Eso decían. - Pero esto significa que el alma encuentra cada vez menos oportunidades de encontrar su camino de regreso al espíritu. Cuanto más avanza el desarrollo de la humanidad, más y más corrompe el cuerpo; así inocula la muerte cada vez más intensa e intensamente al cuerpo. Y tiene que llegar un momento en que las almas, habiendo pasado tanto tiempo entre el nacimiento y la muerte, ya no puedan encontrar el camino de regreso al mundo espiritual.

Este tiempo era esperado con pavor y horror en la antigüedad. Se decían a sí mismos: «Pasará generación tras generación, y llegará la generación que tendrá almas que corromperán sus cuerpos y les inocularán la muerte tan intensamente que ya no será posible encontrar el camino de regreso a lo divino. ¡Esta generación llegará! - Eso decían. Y querían comprobar por sí mismos si el momento se acercaba ya más o menos. Por eso tenían el Attis y otras costumbres. Intentaban ver si todavía había tanta divinidad en las almas humanas que aún no había llegado el momento en que las almas humanas se habrían despojado de toda divinidad y ya no podrían encontrar el camino de vuelta a Dios. Por eso tenía un significado tremendo cuando el sacerdote decía: «¡Tened buen ánimo, piadosos; puesto que el Dios se ha salvado, la salvación necesaria os llegará también a vosotros! - Con esto quería decir: «¡Veis, el Dios que aún tiene influencia en el mundo, las almas aún no han llegado tan lejos como para haberse separado completamente del Dios; el Dios que aún resucita! - Esto es lo que el sacerdote quería proclamarles; era reconfortante lo que el sacerdote proclamaba. ¡El Dios todavía está en vosotros! - eso es lo que les decía.

Cuando se tocan estas cosas, tiene efecto sobre sentimientos y emociones tan infinitamente profundos que una vez estuvieron presentes en el desarrollo de la humanidad, que el hombre de hoy, que ha exteriorizado completamente sus intereses, ya no tiene ni idea de lo que la gente luchaba antaño. Puede que no supieran nada de lo que hoy se llama cultura, puede que fueran analfabetos, pero tenían esos sentimientos. Y en las escuelas de los sacerdotes, donde se conservaban las últimas tradiciones procedentes de la antigua sabiduría clarividente, se decía a los alumnos que iban a ser iniciados lo siguiente: Si el desarrollo continuara como lo hizo bajo la impresión de aquel acontecimiento moral al principio del desarrollo de la Tierra, entonces habría que estar preparado para el hecho de que las almas de los hombres encontrarían su camino lejos de Dios, hacia el mundo que ellos mismos crean corrompiendo el organismo humano hacia la muerte, hacia una muerte cada vez más intensa. Las almas conectarían con la tierra y a través de la tierra con lo que se llama el inframundo. Las almas se perderían. Pero como estas escuelas todavía tenían la sabiduría del espíritu, por supuesto, sabían que el hombre se compone de cuerpo, alma y espíritu. Esto que les estoy diciendo ahora se decía del alma, no del espíritu. Pues el espíritu es eterno en sí mismo y tiene sus propias leyes. Se sabía del espíritu lo que hizo necesario decir: Las almas desaparecerán en el inframundo, pero el espíritu humano reaparecerá en repetidas vidas terrenales. Y sería inminente un futuro de desarrollo terrenal, en el que los espíritus humanos se encarnarían de nuevo, pero mirarían hacia atrás, hacia toda el alma perdida que una vez estuvo en el devenir terrenal. Las almas se perderían. Las almas ya no vendrían. Los espíritus volverían a encarnar, lo que movería el cuerpo humano como si fuera automáticamente, sin que la forma en que mueven el cuerpo humano se sintiera, ni se percibiera en la experiencia del alma.

¿Cuál era, en cambio, el sentimiento de los que exhortaban al Misterio Pascual Cristiano? El sentimiento de los que insistieron en el Misterio de la Pascua Cristiana era el siguiente: Si en la tierra no ocurre nada más que lo que ha ocurrido desde tiempos inmemoriales, en el futuro surgirán personas sin alma en repetidas vidas terrenales. - Por eso esperaban lo otro. Esperaban lo que no podía formarse dentro de la propia vida terrenal, lo que iba a entrar en esta vida terrenal desde fuera. En otras palabras, esperaban el Misterio del Gólgota. Esperaban que entrara en el devenir terreno un ser que salvara de nuevo el alma, que arrebatara el alma de la muerte. El espíritu no necesitaba ser rescatado de la muerte, pero sí el alma. Este ser, que ahora se había insertado en el desarrollo terrenal desde fuera por medio del cuerpo de Jesús de Nazaret, era percibido como el Cristo que había aparecido para la salvación de las almas. Para que en el Cristo el hombre tenga algo con lo que pueda conectarse en el alma, para que a través de esta conexión con el Cristo el alma pierda su poder corruptor para el cuerpo y gradualmente se pueda recuperar todo lo que se había perdido. Por eso el Misterio del Gólgota se sitúa en el centro del desarrollo terrenal. Desde el comienzo de la evolución terrena hasta el Misterio del Gólgota, se pierde cada vez más, a medida que el poder corruptor se apodera cada vez más del alma para convertir a los hombres en autómatas del espíritu. Y desde el Misterio del Gólgota hasta el fin de la existencia terrena es el tiempo en el que lo que se perdió hasta el Misterio del Gólgota se vuelve a recuperar gradualmente. De modo que, cuando la tierra haya llegado al final de su evolución, los espíritus humanos se encarnarán en los últimos cuerpos, en esos cuerpos que vuelven a ser inmortales. Que a su vez son inmortales. Así se sentía el Misterio Pascual.

Pero para ello era necesario vencer el poder que hace posible la corrupción moral del alma. Este poder fue vencido en lo que el cristianismo percibe como el acontecimiento real del Gólgota. Los cristianos primigenios que estaban realmente familiarizados con las cosas. ¿Cómo les sonaba cierta frase importante? Ellos esperaban un acontecimiento exterior a través del cual pudiera surgir la posibilidad de que el poder que corrompía el alma perdiera su poder. Entonces resonó para ellos la última frase de Cristo: «¡Consumado es!» como testimonio de que ahora comienza el tiempo en que el poder corruptor del alma ha terminado.

Un acontecimiento extraño, un acontecimiento que alberga tremendos e insospechados misterios. Pues tan tremendos interrogantes surgen ante el Misterio del Gólgota. Veremos, a medida que avancemos en nuestra contemplación, que el misterio del Gólgota no puede pensarse sin Cristo resucitado. Cristo resucitado, ¡esa es la esencia! Y una de las palabras más profundas es la de Pablo: «Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra predicación y vana también vuestra fe». Cristo resucitado pertenece al cristianismo. Y sin Cristo resucitado, no puede haber cristianismo. La muerte también pertenece a el, la muerte de Cristo. ¿Pero piensen en cómo se presenta? ¿Y cómo debe presentarse? Un inocente es conducido a la muerte, conducido al sufrimiento, conducido a la muerte. Aquellos que lo llevan a la muerte están obviamente cargados con una pesada culpa. Pues un inocente es conducido a la muerte con lo que incurren en una pesada culpa. Sin embargo, ¿Qué significa para la humanidad esta culpa? Representa la salvación de la humanidad. Porque si Cristo no hubiera muerto, la salvación de la humanidad no se habría materializado. Ante el acontecimiento del Gólgota, nos encontramos ante el acontecimiento único que debemos decirnos a nosotros mismos: La mayor salvación que le ha sucedido a la humanidad en la tierra es que el Cristo fue inmolado. La mayor culpa en la que se ha incurrido es que el Cristo fuese inmolado. Aquí la más alta salvación coincide con la más profunda culpa.

Ciertamente, con un sentido superficial se pueden pasar por alto estas cosas. Para quienes no se aferran a lo superficial de las cosas, se trata de un profundo misterio. ¡El asesinato más monstruoso en la evolución de la humanidad se cometió para la salvación de la humanidad! Sientan ustedes este enigma. Si queremos comprender el misterio del Gólgota, debemos al menos intentar comprender este enigma. Y suena, aunque sea con palabras paradigmáticas, el impulso a la solución también viene de la cruz: «¡Padre Perdónalos, porque no saben lo que hacen!». Veremos que en la correcta comprensión de esta expresión está la respuesta al enigma significativo: del por qué el asesinato más monstruoso es la salvación del desarrollo humano.

Si consideran ustedes todo esto, empezarán a comprender que el misterio del Gólgota debe abordarse con los conceptos de cuerpo, alma y espíritu. Porque Cristo murió por las almas de los hombres. Él devuelve las almas de los hombres al mundo espiritual, del que habrían sido separadas si él no hubiera venido. La moral habría desaparecido del mundo. El espíritu habría sido conducido en el cuerpo automático por una necesidad sin moral. Esto habría hecho imposible experimentar nada en el alma. El Cristo debería volver las almas de nuevo. ¿Es de extrañar que tres siglos antes del Misterio del Gólgota el griego más ilustrado, Aristóteles, no supiera hablar correctamente sobre el alma ni sobre su conexión con el espíritu, ya que la crisis del alma era inminente? ¿Es necesario preguntarse, cuando esto era inminente para las almas, y Aristóteles no podía saber que el Salvador de las almas vendría, que estaba hablando falsamente sobre el alma? No hay por qué preguntárselo. Sin embargo, será necesaria otra explicación para el hecho de que Aristóteles se equivocara durante tanto tiempo acerca de la conexión entre el alma y el espíritu. Lo que Cristo significa para el alma humana nos enfrenta a la luz que nos muestra de nuevo al hombre en su naturaleza tripartita como cuerpo, alma y espíritu, y en la íntima conexión que existe entre el acontecimiento real objetivo y el acontecimiento moral; conexión que nunca será reconocida en su verdadera forma si no se reconoce la naturaleza tripartita del hombre, cuerpo, alma y espíritu.

Hoy sólo he podido ofrecerles una preparación para la discusión sobre las profundidades del alma humana a las que hay que descender si se quiere comprender hasta cierto punto el misterio del Gólgota. Creo que debe ser muy obvio para nosotros, muy cercano a nosotros, especialmente en nuestro tiempo, hablar de estas cosas y tal vez utilizar esta Pascua en particular para profundizar en estas cosas, en la medida en que sea posible para las personas en el tiempo presente. De esta manera, tal vez se pueda hablar de algunas cosas a nuestros sentimientos al principio, que pueden ser una semilla que sólo puede brotar en tiempos futuros dentro del desarrollo de la humanidad. Porque debemos pensar en muchas cosas de tal manera que sólo gradualmente llegamos a estar plenamente despiertos, que vivimos en una época en la que no captamos algunas cosas en plena vigilia, algunas de éstas y algunas de aquéllas. Esto se puede ver incluso en lo difícil que se le hace hoy a la gente captar los acontecimientos que nos llegan directamente cuando estamos plenamente despiertos. Desgraciadamente, no es posible indicar, ni siquiera con unos pocos trazos de pluma, cómo se visualizaría el doloroso acontecimiento, del que la humanidad de Europa, o al menos de Europa Central, sólo ha recibido conocimiento hoy entre nuestros acontecimientos contemporáneos, en alusión a la I guerra mundial que está teniendo lugar en esos mismos momentos. Tales cosas se viven hoy a menudo como dormidas. Pero no es posible decir aquí más sobre tales cosas.

Hoy sólo quería plantear algunas cuestiones para que la próxima vez podamos hablar del misterio del Gólgota.
Traducido por J.Luelmo may,2025