CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 27

GA316 Dornach, 2 de enero de 1924 - Ilusión de la imagen humana presentada de manera contorneada

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Ilusión de la imagen humana presentada de manera contorneada

Dornach, 2 de enero de 1924

¡Queridos amigos! Lo primero de lo que me gustaría hablarles, es de lo referente a los propios estudios de medicina. Hoy en día, los estudios de medicina se cursan de tal manera que se basan en una cosmovisión de las ciencias naturales, —o, mejor dicho, en una interpretación de las ciencias naturales—, que no llega hasta el ser humano y que, en la actualidad, no es en absoluto adecuada para decir nada sobre el ser humano. Y en realidad, así es como los jóvenes médicos se acercan al enfermo, y llegan hasta él sin poder tener una idea real del ser humano sano. Porque, verán, cuando se aprende en un primer momento la anatomía y la fisiología de tal manera que se tiene la idea de que lo esencial del organismo humano son los órganos y los sistemas orgánicos que se presentan con contornos fijos, como el sistema óseo, el sistema muscular, y si uno se ha acostumbrado a ver estos sistemas precisamente con esos contornos definidos con los que se suelen dibujar, se acaba adquiriendo una visión totalmente errónea del ser humano. Porque aquello que se dibuja de esta manera y que también se imagina dibujado, lo que en realidad se obtiene como contenido de su conocimiento, se encuentra en un proceso continuo de devenir, en una construcción y desintegración continuas, en un devenir constante, en un surgimiento y una desaparición continuos. Y cuando empezamos a considerar este surgir y desaparecer, nos damos cuenta de inmediato de que, en lo que respecta al organismo humano, debemos pasar de lo contorneado a lo fluido, lo no contorneado, que necesitamos imaginarnos al ser humano como el resultado, por así decirlo, de una corriente que perdura en determinados puntos, y debemos añadir a lo que, en realidad, es la parte más insignificante del ser humano, al «ser humano líquido», si se me permite expresarlo así, al ser humano que ya no está sujeto a aquellas leyes a las que están sujetos los cuerpos nítidamente contorneados. Hoy en día, basándose en conceptos anatómico-fisiológicos, se suele pensar que, cuando se ingiere líquido para saciar la sed, y luego se sigue ingiriendo cada vez más de ese mismo líquido, dicho líquido, —que, digamos, tras haber bebido un vaso de agua, viene a continuación como cuarto o quinto vaso—, pasa por el organismo el mismo proceso que el primero. Pero eso no es cierto. El primer vaso de agua recorre un proceso complejo hasta saciar la sed; el segundo vaso de agua, cuando la sed ya no es tan intensa, atraviesa el organismo mucho más rápido que el primero, sin pasar por ese proceso. No recorre en absoluto los complicados caminos que ha recorrido el primer vaso, y en el caso del segundo vaso de agua se trata más bien de una especie de simple flujo continuo en el ser humano como ser líquido, si se me permite expresarlo de forma un tanto simplista.

Y así, debemos decir que un verdadero conocimiento del ser humano debe tener en cuenta, en primer lugar, los órganos de contornos bien definidos, pero también aquello que está en constante movimiento dentro del organismo. Ciertamente, también se hace referencia a eso, a lo que está en movimiento, pero de tal manera que se pretende comprender más a fondo los fluidos que se encuentran en movimiento, —y, en general, la configuración líquida del organismo humano—, únicamente según las leyes de la dinámica o de la mecánica. Pero no es cierto que estas leyes sean aplicables; más bien, en el momento en que se tiene en cuenta al ser humano como ser líquido, interviene en él el llamado cuerpo etérico del ser humano.

El cuerpo físico del ser humano es simplemente aquello que se corresponde con los dibujos anatómicos que se pueden ver en los atlas y libros de anatomía. Sin embargo, hay que dejar de lado lo que constituye la circulación de fluidos en el organismo humano. La circulación de fluidos en el organismo humano no depende de fuerzas terrenales; las fuerzas terrestres también intervienen, pero en su esencia no depende de ellas, sino de aquellas fuerzas planetarias de las que he hablado en la conferencia, por lo que debemos decir lo siguiente: mientras tengamos que ver con órganos y sistemas orgánicos claramente definidos, solo entran en juego las fuerzas terrestres. En el momento en que nos ocupamos de lo que circula, ya sea la circulación del jugo alimenticio o del jugo alimenticio ya transformado en sangre, las fuerzas que lo dirigen no son terrestres, sino planetarias. Profundizaremos en el tema con más detalle. Por ahora, solo se trata del principio.

Así, hemos asignado esencialmente al ser humano sólido el cuerpo físico, y al ser humano líquido el cuerpo etérico. Ahora bien, en el organismo humano también interviene lo aéreo, lo gaseoso, y más de lo que muchos creen. En la medida en que lo gaseoso está presente en nuestro organismo de forma constitutiva y vivificante, depende totalmente del cuerpo astral, de modo que, por ejemplo, la respiración del ser humano, en su manifestación física, debe entenderse como una función del cuerpo astral.

Y precisamente en el caso del cuarto ser humano, el ser térmico, —me refiero, pues, al ser físico, que está asociado al cuerpo físico; al ser líquido, que está asociado al cuerpo etérico; al ser gaseoso, es decir, de la actividad de todo lo gaseoso o aéreo, que está asignado al cuerpo astral—, en lo que respecta al ser térmico, no cabe duda alguna de que en el espacio que el ser humano ocupa físicamente, e incluso más allá de él, existe un calor diferenciado. Si miden detrás de la oreja o bajo la axila, encontrarán un organismo térmico muy diferenciado. Los grados de calor varían en cada lugar. Del mismo modo que se puede decir que en un lugar determinado del ser humano se encuentra el hígado, también se puede afirmar que los órganos intestinales se encuentran en un lugar muy concreto; ambos tienen temperaturas muy diferentes. La temperatura del hígado es muy distinta, ya que el hígado tiene una organización térmica muy especial. Esta organización térmica está asignada originalmente a la organización del «yo». Pero ahora es cuando, en realidad, tienen la posibilidad de imaginarse al ser humano, en la medida en que este lleva en su interior las sustancias que, por lo demás, se encuentran en la Tierra en estado sólido, líquido, gaseoso y térmico. Lo térmico está dirigido desde la organización del «yo». Ahora bien, cuando algo presenta un determinado estado térmico, dicho estado actúa sobre aquello que ese calor en cuestión impregna, y aquí es donde se entra en el estado real de la organización del yo. Por lo general, lo que hace la organización del yo en el organismo humano, lo hace de forma indirecta a través de la organización térmica. Supongamos, pues, que camino, que simplemente camino. Al caminar, intervengo desde mi organización del «yo» en la organización térmica de mi organismo. Lo que hace el calor, —en la medida en que las piernas están llenas de líquidos que rellenan los componentes sólidos de las piernas—, aunque es indirectamente una consecuencia de la organización del «yo», la organización del «yo» solo interviene directamente en el organismo térmico. Así pues, en todo el organismo, —en la organización sólida, líquida, gaseosa y térmica—, observamos en todas partes la intervención de la organización del «yo», pero solo de forma indirecta, a través de la organización térmica. Por otra parte, en todo el organismo observamos la intervención del cuerpo astral, pero el cuerpo astral solo interviene directamente en la organización del aire que tenemos, y así sucesivamente. Ya pueden imaginarse el resto.

Bueno verán, de esta manera, sin embargo, se le abre la posibilidad de algo completamente distinto. Si toman lo que hoy se les ofrece en fisiología y anatomía, lo que allí se dibuja tan bien y se considera que representa al ser humano en su totalidad, si toman eso, nunca tendrán la oportunidad de pasar de ese ser humano, —que en realidad no puede existir—, a lo anímico, y mucho menos a lo espiritual. ¿Qué relación podría tener, por Dios, algo anímico o espiritual con ese ser humano que hoy describen la fisiología o la anatomía? De ahí que hayan surgido todo tipo de teorías, aparentemente bien elaboradas, sobre la interrelación entre lo anímico-espiritual y lo corporal. La más ingeniosa, porque es la más absurda, —algo que en nuestra época suele ir de la mano—, es la del paralelismo psicofísico. Se dice que ambas cosas discurren al mismo tiempo y van en paralelo, sin que se busque en absoluto un puente entre ellas. Pero en el momento en que se llega a la diferenciación térmica organizada y se observa la intervención de la organización del «yo» en dicha diferenciación, uno se ve llevado a decirse: Sí, en el éter térmico es perfectamente concebible que la organización del «yo» intervenga y, de este modo, a través del camino indirecto de la organización térmica, llegue a todo el ser humano hasta la organización física, de contornos bien definidos. - La razón por la que no se podía encontrar el puente entre lo físico y lo anímico en el ser humano era simplemente que no se tenía en cuenta que el ser humano posee esta organización sucesiva, en la que interviene la organización espiritual-anímica. De hecho, es cierto que, si por ejemplo tiene miedo, el simple hecho anímico puede actuar en un primer momento sobre su naturaleza térmica. Por supuesto, no puede imaginar que el hecho anímico de experimentar el miedo haga que le tiemblen las extremidades; eso es inconcebible, por lo que debe recurrir a algo así como el paralelismo psicofísico. Pero sí puede imaginar que, a través del miedo, la organización anímica, que está anclada en el éter térmico, se ve afectada, y que el miedo se manifiesta en el cambio correspondiente del estado térmico. De este modo, el organismo del calor se transmite a la respiración, al cuerpo líquido y, desde allí, hasta el cuerpo sólido del ser humano. Solo así encuentran la posibilidad de tender un puente entre lo físico y lo anímico.

Sin embargo, nunca se podrá pasar de la comprensión del ser humano sano a la comprensión del ser humano enfermo si no se adquiere primero esta visión del ser humano. Porque, verán, si tomamos cualquier órgano de la organización humana, digamos el hígado o el riñón, que en la denominada organización normal reciben de una manera determinada los impulsos de la organización del yo, —puesto que estos impulsos de la organización del yo intervienen primero en el organismo térmico y luego descienden hasta el hígado o el riñón, de contornos bien definidos, y así sucesivamente—, si consideramos esto, entonces, naturalmente, existe la posibilidad de que esta intervención de la organización del yo, a través del rodeo de la organización térmica, intensifique el comportamiento cotidiano o se desvíe de él; es decir, que la organización del yo del hígado o del riñón actúe con demasiada intensidad sobre la organización térmica, de una forma en la que no debería hacerlo, y en el mecanismo que debe existir en el organismo humano para que la organización del «yo» pueda actuar en él, cuando este mecanismo se manifiesta de una manera errónea, —por así decirlo, desplazada—, existe precisamente la posibilidad de que este organismo humano enferme. De hecho, si uno se imagina el organismo humano tal y como lo conciben hoy en día la anatomía o la fisiología, este no puede enfermar. ¿De dónde vendría entonces el estado de enfermedad? Debe existir de alguna manera en el organismo la posibilidad de que surja la enfermedad. Ahora bien, la organización del «yo» debe actuar de una manera bastante intensa, por ejemplo, sobre el corazón, es decir, sobre el corazón a través de la organización del calor. Si ahora, por cualquier circunstancia, —también en el mundo exterior se puede desviar lo que es estado térmico hacia otro lugar de forma indeseada y desarmónica—, lo que debería ocurrir en el corazón a través de la organización térmica ocurre en el riñón o en el hígado, entonces sucede en el organismo algo que tiene que suceder. Simplemente se desvía, se desvía, y ahí está la posibilidad de enfermar.

Solo teniendo en cuenta algo así se llega a comprender la posibilidad de que surja una enfermedad; de otro modo, no. Debe decirse a sí mismo: todo lo que ocurre en el organismo humano es un proceso natural. —Pero la enfermedad también es un proceso natural. ¿Dónde termina el proceso sano? ¿Dónde empieza el proceso patológico? ¿Cómo se transforma el proceso sano en patológico? Estas preguntas son absolutamente imposibles de responder si uno se limita a lo que ofrecen la fisiología y la anatomía convencionales. Solo cuando se sepa que lo que está enfermo en el hígado es sano en el corazón y debe estar allí para que el ser humano esté completo, podrá uno hacerse una idea de la posibilidad de la enfermedad. Porque si el organismo humano, partiendo de la organización del yo, no pudiera, por ejemplo, generar la organización del calor, que debe estar en la zona del corazón, este organismo humano no podría, por ejemplo, pensar ni sentir. Pero si interviene en la organización del hígado o de los riñones, surge la necesidad de expulsarlo de allí, es decir, de devolverlo, por así decirlo, a sus límites originales. Y vean, queridos amigos, para eso existen precisamente en la naturaleza sustancias y actividades sustanciales que pueden asumir, órgano por órgano, la actividad del cuerpo etérico, la actividad del cuerpo astral y la actividad de la organización del yo. Digamos, pues, que la organización del yo interviene de forma incorrecta en el riñón, —todo esto solo pretende servir hoy como introducción, en los próximos días trataremos el tema con mayor profundidad—, supongamos que la organización del «yo» interviene de forma demasiado intensa en los riñones; entonces, al administrar Equisetum arvense de una manera determinada, se le da al riñón la posibilidad de hacer lo que, en ese estado anormal y enfermo, haría normalmente la organización del «yo». Así pues, lo que ocurre es que, en el estado de enfermedad, la organización del «yo» interviene en la organización renal, pero de una forma en la que solo debería intervenir en el corazón, no en el riñón. Se trata de una actividad que no debería estar presente allí y que se ejerce porque el organismo del «yo» ejerce su actividad de forma demasiado intensa. Solo se consigue eliminarla si se introduce en el riñón, de forma artificial, una actividad que equivalga a esta actividad del organismo del yo. Eso es precisamente lo que se puede aportar al riñón si se consigue administrar el Equisetum arvense de la forma adecuada, en su función y en su actividad sobre el riñón. El riñón tiene una gran afinidad con el Equisetum arvense. En ese mismo instante, la actividad se refleja en el riñón y se recupera la organización del «yo». Pero entonces, cuando el órgano enfermo puede llevar a cabo su actividad patológica de otra manera y se le devuelve, por así decirlo, la organización del «yo» a su función propia, esta organización del «yo» actúa a partir de ese momento de forma curativa. Se pueden invocar los llamados cuerpos superiores para que desarrollen una actividad curativa si se los expulsa del órgano enfermo y se los vuelve a asignar a su función. Entonces, este cuerpo, mediante una fuerza reactiva que surge, actúa de hecho de forma curativa sobre el órgano enfermo. Pero si se quiere penetrar en tales fuerzas, tal y como son, si se quiere conocer la organización humana en su relación con la estructura del cosmos, con la estructura de los tres reinos de la naturaleza que rodean al ser humano en la Tierra, entonces hay que practicar una ciencia natural diferente a la que se practica con frecuencia hoy en día.

Quiero ponerles un ejemplo. Todos conocen un hormiguero; ustedes saben que de las hormigas se extrae el ácido fórmico. Hoy en día se habla del ácido fórmico como lo haría un químico, —incluso un químico farmacéutico, si se quiere—, pero hay algo que se desconoce. No se sabe, por ejemplo, que un bosque en el que no hay hormigas que realicen su labor sufre un daño terrible debido a lo que se descompone en los rizomas y demás. Esto supone un daño terrible para el desarrollo de la Tierra. La Tierra se está pudriendo, por así decirlo, a causa de sus restos orgánicos en descomposición. Pero imagínese, —esto es solo a modo de introducción, en términos generales—: la madera de la que procede la vegetación, que, por así decirlo, ha pasado a una especie de estado mineral, pulverizada, en descomposición. Debido a la actividad de las hormigas, siempre hay una concentración extraordinariamente elevada de ácido fórmico en el suelo y en el aire de la zona del bosque. Este ácido fórmico penetra en la materia en descomposición, y de lo que surge de la interacción entre la acción del ácido fórmico y la materia en descomposición, se salva de nuevo el desarrollo posterior, de modo que el polvo no se dispersa en el espacio cósmico, sino que puede aportar material para el desarrollo de la Tierra; así, esas sustancias que aparentemente no son más que secreciones de insectos u otros animales, si se reconocen correctamente sus funciones, son en realidad las salvadoras del desarrollo de lo terrenal.

Verán, el hecho de analizar las sustancias tal y como lo hace hoy en día el químico nunca conduce a reconocer las funciones cósmicas de las sustancias. Pero sin reconocer las funciones cósmicas de las sustancias, tampoco se pueden reconocer las funciones de las sustancias que se introducen en el interior del ser humano. Lo que ocurre de forma totalmente imperceptible con el ácido fórmico en la naturaleza, ocurre continuamente en el organismo humano con el ácido fórmico. Así, como ya pude destacar en otra conferencia, el organismo humano depende de mantener siempre en su interior una determinada cantidad de ácido fórmico, ya que este restaura las sustancias humanas que, de otro modo, se deteriorarían debido al proceso de envejecimiento. Ahora bien, en determinados casos puede tratarse de constatar que el ser humano tiene muy poco ácido fórmico en su organismo. Lo que hay que saber es que los distintos órganos contienen cantidades diferentes de ácido fórmico. Ahora bien, se trata de averiguar en qué órgano el ser humano tiene muy poco ácido fórmico. A continuación, se trata de aportar ese ácido fórmico al organismo. Se encontrarán casos en los que, al administrar ácido fórmico, este no surta efecto, y otros en los que resulte de gran ayuda. Se da el caso de que el organismo se defiende directamente contra la ingesta directa de ácido fórmico, pero que, cuando aumenta su contenido de ácido triptico, tiende en gran medida a producir ácido fórmico a partir del propio ácido triptico. En los casos en los que no se logra controlar la situación con ácido fórmico, a menudo es necesario iniciar un tratamiento con ácido oxálico, ya que en el organismo humano, el ácido oxálico se transforma en ácido fórmico. Esto no es más que una indicación de lo necesario que es conocer no solo los órganos bien definidos, sino también los procesos de los jugos y los fluidos, tanto en el cosmos como en el interior del organismo humano, y ello en todos sus detalles.

Verán, hay ciertos procesos que tienen lugar en la naturaleza y que el ser humano provoca: se pueden observar, pero su significado completo no puede comprenderse mediante la interpretación de las ciencias naturales.

Quiero mostrarles un fenómeno muy sencillo. En las regiones del sur hay higueras. Hay higueras que producen higos silvestres y otras que producen higos cultivados, higos dulces. La gente es bastante ingeniosa a la hora de obtener higos dulces. Hacen lo siguiente: inducen a una determinada especie de avispa a que ponga sus huevos en un higo, en un higo que haya crecido de forma natural. De este modo, del embrión de la avispa surge una larva que se transforma en crisálida. Los agricultores interrumpen este proceso y hacen que la joven generación de avispas ponga huevos por segunda vez al año. De este modo, al producirse una segunda puesta de huevos por parte de la generación de avispas generada ese mismo año, se consigue que el higo en el que la segunda generación deposita sus huevos adquiera un dulzor notable. La gente del sur lo hace así: primero cogen higos que ya están casi maduros, los atan de dos en dos con fibra de líber y los cuelgan de la rama. Así, se deja que las avispas piquen los higos; al estar ya cortados, la maduración del fruto se acelera considerablemente. De este modo, la primera generación de avispas se desarrolla muy rápidamente, pasa al otro higo, que no se ha recogido, y este se endulza considerablemente gracias a ello.

Este proceso es muy importante, queridos amigos, porque en el seno de la propia naturaleza, en la sustancia continua de la higuera, ocurre lo mismo: lo que se separa se vuelve a unir cuando la avispa, —o, por qué no, la abeja—, extrae el néctar de las flores, lo lleva a la colmena y produce la miel. De hecho, lo que en la abeja se desarrolla en el proceso que va desde las flores, de las que las abejas absorben el néctar, hasta la producción de miel en la colmena, tiene lugar dentro de la propia higuera. Al provocar este proceso, el habitante del sur desencadena en el higo, —que hace que la joven generación de avispas pique—, un proceso de producción de miel. Este higo, picado por la joven generación, inicia en su interior un proceso de producción de miel. Aquí tenemos la metamorfosis de dos procesos naturales, uno de los cuales se desarrolla de forma separada, ya que las abejas recogen el néctar de flores lejanas y lo transforman en miel dentro de la colmena. El otro se desarrolla en el mismo árbol en el que se colgaron los dos higos: los que maduran más rápido dan lugar a una generación de avispas más rápida, que a su vez pican a otro higo. Al picar a los demás higos, aparecen higos dulces por todas partes. En realidad, habría que estudiar estos procesos, pues son los fenómenos naturales que hay que tener en cuenta. En el ser humano tienen lugar procesos de los que la fisiología y la anatomía actuales simplemente no tienen ni idea, porque no amplían su análisis a procesos naturales como los que acabo de describir. Se trata precisamente de observar los procesos más sutiles de la naturaleza; solo así se llegará a un verdadero conocimiento del ser humano.

Pero todo ello requiere un sentido de la naturaleza verdaderamente innato, la capacidad de observar en su conjunto el calor, las corrientes de aire, el calentamiento y el enfriamiento del aire, la participación de los rayos del sol en el calentamiento y el enfriamiento del aire, el vapor de agua en la atmósfera, el maravilloso efecto del rocío matutino sobre las flores y en todas las plantas, los maravillosos procesos que tienen lugar, digamos, en una manzana de gallo, que, al fin y al cabo, también surge de una picadura de avispa y de la deposición de un huevo. Pero hay que ser capaz de observar todo eso con la vista macroscópica. Para ello se necesita un sentido de la naturaleza. Y ese sentido de la naturaleza ciertamente no existe cuando se hace que todo dependa, como ocurre en la observación actual, del encierro en el preparado que se obtiene mediante la microscopía. Así se le quita el objeto a la naturaleza. Verán, ahí hay una terrible ilusión. ¿Qué se busca realmente al observar con el microscopio? Se busca ver lo que no se ve a simple vista. Al ampliar el objeto hasta dimensiones gigantescas, se cree que tendrá el mismo efecto que tiene en su forma más pequeña. Pero lo que se observa es un objeto totalmente falso, se observa un objeto irreal. La microscopía solo tiene sentido si uno mismo posee tal sentido de la naturaleza que, tras haberlo observado en el microscopio, sea capaz de modificar interiormente el objeto en cuestión hasta alcanzar la minúscula dimensión correspondiente. Entonces la cosa cambia por completo; ya se ve una cosa totalmente diferente. Cuando se ve algo ampliado, hay que ser capaz de reducirlo de nuevo en tu interior, simplemente mediante tu interioridad. Normalmente no se hace eso. En la mayoría de los casos, no se tiene ni idea de que las proporciones de los objetos naturales no son en absoluto relativas. La teoría de la relatividad es algo realmente hermoso y grandioso, sencillamente incuestionable en la mayoría de los ámbitos. ¡Pero el organismo humano! Hace tres años participé en un debate entre profesores. La gente no entendía lo más mínimo cuando se les decía que el organismo humano no puede, por ejemplo, ser el doble de grande de lo que es, ya que no podría sobrevivir; el tamaño que tiene no está condicionado de forma relativa por el cosmos, sino de forma absoluta. Y ante un tamaño superior a la norma, como en el caso de un gigante, o inferior a la norma, como en el de un enano, ya entramos en el ámbito de las enfermedades. Y por eso hay que decir que, cuando se observa algo bajo el microscopio, lo primero que se ve es una mentira y hay que ser capaz de reducirla a la verdad. Pero solo se puede reducir a la verdad si se tiene un sentido innato de lo que ocurre ahí fuera, en la naturaleza.

Por eso es importante fijarse en algo como la colmena y aprender que la abeja por separado no es sabia sino mas bien estúpida. Tiene instintos, pero es estúpida; sin embargo, la colmena en su conjunto es extraordinariamente sabia. Verán, hace poco tuvimos unas charlas muy interesantes con los trabajadores de arriba, a quienes, cuando hay horarios fijos, imparto dos charlas a la semana. Estábamos hablando del reino de las abejas cuando surgió una pregunta muy interesante. El apicultor conoce muy bien su importancia. Cuando hay un «padre de las abejas» muy querido por la colonia y este enferma o muere, toda la colonia se desorganiza de hecho. Así es. Entonces, alguien que pensaba muy en la línea de la visión actual dijo: «Pero la abeja no ve con tanta claridad, no tiene ninguna idea del apicultor, del padre de la colmena, ¿cómo va a surgir de alguna manera un sentimiento de pertenencia?». Pero hay mucho más. Supongamos que el apicultor se ocupa de la colmena este año; al año siguiente hay una colonia completamente diferente en su interior, se ha renovado por completo salvo por la reina, y solo hay abejas jóvenes. ¿Cómo va a surgir entonces el sentimiento de pertenencia? —Respondí lo siguiente: quien conoce el organismo humano sabe que, en determinados períodos, este renueva todas sus sustancias. Supongamos que alguien conoce hoy a una persona que se va a América y regresa al cabo de diez años. Se encuentra con una persona completamente diferente a la que conoció hace diez años. Se encuentra con que todas las sustancias se han renovado, se encuentra con una composición totalmente diferente. Pues en la colmena no ocurre nada diferente a lo que sucede donde las abejas se han renovado, pero se mantiene la unión entre la colmena y el zángano. Esta unión se basa en que en la colmena habita una sabiduría inmensa; no es solo ese pequeño grupo de abejas individuales, sino que la colmena tiene realmente un alma propia y concreta.


Eso es precisamente lo que hay que asimilar en nuestro sentido de la naturaleza: esta idea de que la colmena tiene un alma. Así podremos extender a muchos otros ámbitos esas ideas, que se basan en un sentido de la naturaleza verdadero y real. Y solo con ese tipo de conocimiento, sustentado por un sentido de la naturaleza capaz no solo de observar al microscopio, sino también a simple vista, —si se me permite la expresión—, podremos acercarnos tanto a las personas sanas como a las enfermas. Eso es lo que haremos en los próximos días, prestando especial atención a lo que me gustaría denominar la moral de los estudios de medicina y de la ciencia médica. Eso es lo que haremos en los próximos días.

Traducido por J.Luelmo

GA316 Dornach, 8 de enero de 1924 - Respuestas a diversas preguntas que le formularon al Dr. Steiner

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Respuestas a diversas preguntas que le formularon al Dr. Steiner

Dornach, 8 de enero de 1924

¡Queridos amigos!

Dedicaremos la primera parte de la clase de hoy a responder aquellas preguntas que no estén incluidas en la pregunta general que ya he tratado y que aún se va a tratar. A continuación, hoy pasaremos a seguir con lo que dejamos ayer, para concluir mañana con la parte esotérica.

En realidad, la mayoría de las preguntas encajan en lo que, en general, tengo que decirles. Solo hay algunas preguntas aisladas que requieren una respuesta específica, y lo haremos de tal manera que las abordaremos más o menos sin seguir un orden concreto.

Pregunta: ¿Existen ejercicios concretos para reforzar en uno mismo las llamadas fuerzas magnéticas curativas? ¿Y en qué consisten esos ejercicios?

Bueno, eso requiere, por supuesto, que hablemos brevemente de las fuerzas magnéticas curativas en general. Las fuerzas magnéticas curativas son, en esencia, fuerzas que actúan entre el cuerpo etérico de una persona y el cuerpo etérico de otra. Deben pues imaginarse, que el efecto del llamado magnetismo curativo se basa en lo siguiente. Supongamos que alguien tiene un carácter fuerte, es decir, que tiene la capacidad de desarrollar una voluntad firme, y que, partiendo de ciertas condiciones, puede recibir unas instrucciones. Digamos, por ejemplo, que si padece tal o cual dolencia puedo decirle: «Debes pensar en el sol cada mañana a las once e imaginar que el sol te calienta primero la cabeza, que luego el calor de tu cabeza se transmite a tus brazos, antebrazos y manos, de modo que así, refuerces tu fuerza real y, una vez que la hayas reforzado, intentes visualizar con total claridad lo que sientes de tu estado de enfermedad para, a continuación, eliminarlo mediante el poder de tu voluntad». - Puede ser —y digo que puede ser, no tiene por qué ser así, estas cosas siempre plantean algún problema—, si la enfermedad no está relacionada con una lesión orgánica concreta —si bien, naturalmente, dicha lesión orgánica puede extenderse a las cuatro partes del cuerpo elemental: la sólida, la líquida, la gaseosa y la térmica—, este procedimiento que he descrito puede resultar de gran ayuda. Entonces ocurrió lo siguiente: al darle estas instrucciones, el afectado recibió un estímulo para su cuerpo astral. Mis instrucciones, que él llevó a cabo, —esa visualización del sol, el calor en su cabeza, etc.—, esas instrucciones que él siguió y que reforzaron en cierta medida su voluntad, que es susceptible de ser fortalecida, surtieron efecto en su cuerpo astral; el cuerpo astral ha actuado sobre su cuerpo etérico, y el cuerpo etérico, a su vez, ha actuado de forma curativa sobre su cuerpo físico y ha sido capaz de compensar y paralizar el daño de este, que no es de naturaleza orgánica profunda. No se puede afirmar que tales curaciones solo puedan darse en lo que la medicina actual considera trastornos funcionales, frente a los trastornos orgánicos, en los que existe una alteración real del órgano. Esta distinción es muy imprecisa. No se puede decir en absoluto dónde terminan las alteraciones funcionales y dónde comienzan las orgánicas. Las alteraciones funcionales son siempre también pequeñas alteraciones orgánicas que simplemente no pueden detectarse con los medios rudimentarios de que disponemos hoy en día en fisiología y patología. Como ven, en un caso así no se aplican fuerzas magnéticas curativas, sino que se recurre a la autocuración del paciente. Esto es, sin duda, lo mejor en todas las circunstancias, siempre que sea aplicable. De este modo se refuerza la voluntad del paciente, se la fortalece al curarlo.

También se puede hacer lo siguiente: desde el propio cuerpo astral, sin que la persona en cuestión haga un esfuerzo de voluntad, se puede influir en el propio cuerpo etérico de tal manera que este actúe sobre el cuerpo etérico del paciente igual que antes lo había hecho el cuerpo astral. En eso consiste el magnetismo curativo; el magnetizador terapéutico lo hace de forma inconsciente: influye en su propio cuerpo etérico desde el cuerpo astral. Las fuerzas que desarrolla entonces las puede dirigir instintivamente para que refuercen las fuerzas del paciente, transmitiéndolas a este. Hay que tener claro que, cuando se trata de una curación, el magnetizador debe emplear todo lo que pueda conducir a la curación. Cuando se trata de un paciente que simplemente está débil, al que no se le puede exigir nada en lo que respecta a su voluntad, también se pueden aplicar en alguna ocasión las fuerzas del magnetismo curativo. Pero quiero señalar expresamente que las fuerzas del magnetismo curativo son algo realmente bastante problemático, que no se pueden aplicar exactamente de la misma manera en un caso y en otro. Esta capacidad instintiva que he descrito, en la que se pone en actividad el propio cuerpo astral para influir así en el cuerpo etérico y encontrar el paso hacia el cuerpo etérico del paciente, es una capacidad individual. Hay personas que la tienen muy desarrollada, otras que la tienen poco desarrollada y otras que no la tienen en absoluto, por lo que ya existen magnetizadores terapéuticos dotados de esta capacidad por su predisposición natural. Pero lo importante es que esta capacidad suele ser temporal. Los magnetizadores terapéuticos con esta predisposición poseen lo que se denomina «magnetismo». Al empezar a aplicarlo, funciona muy bien; al cabo de un tiempo, va disminuyendo y, posteriormente, a menudo se producen casos de charlatanería, precisamente entre los magnetizadores terapéuticos, debido a que, aunque la capacidad haya disminuido, siguen actuando como si aún la tuvieran. Esto es lo preocupante cada vez que el magnetismo terapéutico se convierte en una profesión. En realidad, este tipo de curación no puede, en el fondo, convertirse en una profesión. Esto es lo que hay que decir al respecto. A saber: el proceso magnético curativo, —si es que uno está capacitado para ello—, solo es absolutamente eficaz cuando se lleva a cabo con una compasión sincera hacia el paciente, que penetra hasta lo más profundo del propio organismo. Si se practica el magnetismo curativo con verdadero amor hacia el paciente, entonces no se puede ejercer como profesión. Si existe verdadero amor, esto conducirá en cualquier caso a algo bueno, siempre que no se produzca un daño por parte de terceros. Pero solo puede llevarse a cabo de forma ocasional, cuando el karma te lleva a encontrarte con una persona a la que puedes ayudar con amor. El signo externo puede ser la imposición de manos o una caricia; lo que actúa entonces es que el cuerpo astral transmite su fuerza al cuerpo etérico, que a su vez actúa sobre el cuerpo etérico de la otra persona.

Hay que explicar desde otro punto de vista lo que ocurre en un caso así. Lo cierto es que la curación siempre parte del cuerpo astral, ya sea del propio cuerpo astral o, en última instancia, del cuerpo astral del magnetizador. El proceso inverso es la base de la terapia farmacológica. En la terapia farmacológica tampoco se hace otra cosa que introducir en el cuerpo físico sustancias que, en parte de acuerdo con las fuerzas internas y en parte con el ritmo del cuerpo físico, actúan de tal manera que influyen en el cuerpo etérico del paciente. La curación siempre parte del cuerpo etérico. El hecho de que, en un caso, se influya en el cuerpo etérico desde el cuerpo astral, eso es la curación psíquica, a la que pertenece el magnetismo curativo, que, sin embargo, tiene algo problemático o, más bien, diría yo, algo humanitario, algo social, algo que abarca las relaciones entre las personas. O bien está la terapia racional, que debe partir de intervenciones farmacológicas; estas se transmiten en primer lugar desde el cuerpo físico hacia el cuerpo etérico. Pero la curación siempre debe partir del cuerpo etérico. Es pura fantasía pensar que el cuerpo físico, cuando ha enfermado, pueda provocar algún tipo de curación. El cuerpo físico contiene precisamente la causa de la enfermedad; la causa de la curación debe provenir siempre del cuerpo etérico.

Pregunta: ¿Qué relación existe entre el corazón y el útero femenino, su ubicación y las experiencias anímicas, el dolor y la alegría?

Existen experiencias que están íntimamente relacionadas. En primer lugar, aunque no estén en contacto físico directo, el corazón y el útero son dos órganos que van de la mano, tan unidos como el sol y la luna. El sol y la luna están tan unidos que ambos proyectan la misma luz sobre algo; en un caso, el sol ilumina directamente algún objeto; en el otro, de forma indirecta, al dirigirse primero hacia la luna y ser reflejada desde allí. El corazón es un órgano que ejerce impulsos inmediatos y directos sobre el organismo humano. Es el órgano sensor de la circulación sanguínea que tiene lugar en el organismo humano normal. El útero femenino está constituido de tal manera que es el órgano de percepción de la circulación que se produce tras la fecundación. Para eso está ahí; es exactamente igual que la Luna refleja la luz del Sol: así refleja el útero femenino la percepción del corazón en la circulación sanguínea. 

Él las refleja. Siempre van unidas, como el sol y la luna, ya que sus percepciones se comportan como una influencia directa y otra reflejada. Cuando una persona está presente, necesita la fuerza del corazón; cuando nace, necesita la fuerza del corazón reflejada, que proviene del útero femenino.

Ahora bien, estos órganos, junto con algunos otros, —el pulmón es el que más se aproxima al cuerpo etérico-físico—, estos órganos, el corazón y el útero femenino, no son otra cosa, desde el punto de vista físico, que lo que, desde la perspectiva espiritual, constituye el alma del ser humano. Quizá pueda expresarlo de la siguiente manera: imaginen que desarrollan el conocimiento imaginativo. Cuando desarrollan el conocimiento imaginativo, al mirar a una persona obtienen realmente la imagen del sol y la luna al fijarse en el corazón y el útero. Eso es, de hecho, lo espiritual correspondiente que el ser humano experimenta en su alma, de modo que realmente se corresponden entre sí aquellas cosas que tienen lugar en el corazón y en el útero, y que, por supuesto, tienen lugar en el ámbito semiconsciente de lo anímico, porque, de lo contrario, lo anímico se vería influido por los pensamientos. Y así queda oculto un proceso sutil: la íntima conexión entre el corazón y el útero. Pero quien sea capaz de observar aunque sea un poco, podrá constatar hasta qué punto depende de cómo, de forma semiconsciente debe desarrollarse la actividad cardíaca bajo la influencia del entorno físico. Verán, quien, lleva su vida de tal manera que sufre continuamente un impacto, —ya sea por su profesión o lo que sea—, tiene ya en su subconsciente una imagen psíquica muy precisa de la actividad cardíaca que se genera allí; y eso se refleja en el útero. Podemos ver cómo ocurre esto, cómo se transmite a la constitución del embrión.

Ahora bien, hay una pregunta que resulta difícil de responder, porque o bien hay que responderla de forma superficial, es decir, limitándose a dar una simple indicación, o bien hay que abordarla en profundidad:

¿Cómo influye el uso de perlas y piedras preciosas en los distintos órganos?

Sí que surte efecto, pero de tal manera que, en realidad, solo se puede evaluar su modo de actuar si se observa en los mundos espirituales, y que ese modo de actuar solo se puede evaluar de forma individual. Se puede decir, por ejemplo, que el zafiro actúa sobre un determinado temperamento, sobre una persona colérica, pero en realidad siempre solo en el caso concreto de cada individuo. Los efectos están ahí, pero si se quisiera responder a la pregunta de forma exhaustiva, habría que profundizar en aspectos más complejos de lo que es posible hoy aquí.

A la pregunta sobre cómo se puede llegar a comprender el karma en relación con determinadas enfermedades, solo puedo responder basándome en lo que dije en la clase. Seguramente ya se habrá desprendido algo de lo dicho, y otras cosas vendrán en lo que aún me queda por decir.

Ahora bien, aquí hay una serie de preguntas, entre las que se incluyen también las preguntas generales, que, de hecho, se responden con las observaciones esotéricas que he hecho. Pero veamos esto:

Pregunta: ¿Existen relaciones paralelas válidas entre el grado y la duración de los procesos de descomposición post mortem y el destino de la individualidad correspondiente en el mundo espiritual?

En realidad, no existen relaciones que tengan un significado que nos concierna a los seres humanos. Lo cierto es que el proceso de descomposición no es un proceso meramente físico, como se suele considerar en química. Está vinculado a algo profundamente espiritual. Esto ya se intuía en el antiguo conocimiento instintivo. Se dice que lo que constituye el núcleo más íntimo de una cosa es su esencia, y el prefijo «ver» siempre significa un movimiento hacia algo. Así, por ejemplo, si dice «conmover», se trata de un movimiento; si dice «extasiar», se trata de un movimiento hacia la conmoción. Si dice: «ver-esen», se trata de un movimiento hacia la esencia, de una fusión con la esencia. El ser humano no es una entidad cerrada en sí misma, sino que hay entidades espirituales que actúan en él. Tenemos ciertas entidades en el cuerpo físico, en el etérico y en el astral; solo en la organización del «yo» somos libres. Estas entidades, que están vinculadas al cuerpo físico, al etérico y al astral, están relacionadas con lo que ocurre con el cuerpo físico tras la muerte. La cuestión de la descomposición o la cremación está íntimamente relacionada con ello. Pero todas estas cosas están íntimamente ligadas al karma humano. Solo se puede decir que, para el ser humano como tal, —para el ser humano individual—, la cuestión no tiene, en realidad, una importancia tan grande.

Pregunta: ¿Influye la sección en el destino del difunto a partir de un momento determinado tras la muerte?

No tiene ninguna influencia en el destino del difunto.

La mayoría de las preguntas son precisamente aquellas que ya se han respondido en las conferencias generales. Sí, hay otra pregunta que reviste cierta importancia.

Pregunta: Me gustaría saber si las capacidades curativas del médico son de carácter puramente personal o si están condicionadas por vínculos comunitarios; es decir, no por vínculos entre el médico y los pacientes, sino por las comunidades de médicos. ¿Sería concebible que, a través de tales comunidades, los médicos individuales recibieran fuerzas que tal vez no pudieran tener por sí mismos, como ocurre también en la comunidad sacerdotal?

Eso es cierto, pero ocurre en cualquier comunidad humana. En toda comunidad humana, el individuo recibe fuerzas de la propia comunidad, pero para ello la comunidad debe ser una comunidad auténtica. Hay que sentirla, percibirla y vivirla. Y lo que les he descrito, —y que mañana describiré con mayor claridad—, en definitiva, es que entre ustedes y nosotros aquí presentes puede formarse una comunidad, aunque al principio solo pueda ser una comunidad por correspondencia. Sí, debe unirlos de tal manera que, cuando estén solos, sientan que, a través de esa comunidad, les llegan fuerzas no solo por vía intelectual, sino también por vía espiritual.

Un grupo más reducido plantea esta cuestión como tema central común:

El entrenamiento de la mirada del médico. ¿Tienen algún valor el diagnóstico del iris, la grafología y la quiromancia?

Bueno, en el caso ideal, quien sea capaz de observar lo que está interrelacionado, —por ejemplo, a partir de un pequeño trozo de uña que usted corte—, podría deducir muchísimas cosas sobre el estado general de la persona. Eso es perfectamente posible. Del mismo modo que a partir de un cabello de una persona se pueden deducir muchísimas cosas; solo hay que tener en cuenta lo individual, lo diferente que es, por ejemplo, un cabello en relación con una persona. Basta con pensar en cómo las personas se diferencian, diría que de forma bastante marcada, en lo que respecta a su cabello. Entre ustedes hay rubios y hay morenos. ¿A qué se debe esto? Los que son morenos deben el color de su pelo a un proceso relacionado con el hierro que tiene lugar en el cabello; los que son rubios deben su rubio a un proceso relacionado con el azufre que tiene lugar en el cabello, un proceso relacionado con el azufre que es especialmente intenso en aquellas personas que tienen el pelo pelirrojo. Y hay que señalar que estas cosas revisten un interés extraordinario. De verdad que he conocido a personas de las que se podía decir que su ardiente cabello rojo brillante significaba algo. En él tiene lugar un proceso de azufre extraordinariamente intenso y real, mientras que el cabello negro encierra en sí mismo un proceso de hierro relativamente intenso. Ahora bien, piensen que esto es la manifestación de todo el organismo humano. En un caso, el ser humano es alguien que genera continuamente algo que es un combustible intenso, el azufre, de modo que impregna su cabello con él; en otro caso, segrega algo que es hierro, que en realidad no arde en absoluto, sino que es otra cosa. De ahí se desprende una profunda diferencia entre ambos tipos de personas en lo que respecta a todo su organismo. Pues bien, lo que ocurre de manera muy general y aproximada es lo que ocurre individualmente en cada persona en lo que respecta a su cabello, de modo que se puede reconocer a la persona en su totalidad a partir de la naturaleza de su cabello. ¿Cómo no se iba a poder entonces reconocer a la persona a partir de la naturaleza de su iris? Pero ahora hay que tener en cuenta que entre estas cosas se incluye el conocimiento más elevado, no ese conocimiento absurdo que tienen los especialistas en diagnóstico con respecto al iris. Eso es, por supuesto, diletantismo. Precisamente en estas cuestiones, que se basan en fundamentos reales, el camino solo conduce al final al verdadero conocimiento, del mismo modo que, en el caso de la astrología, el camino solo conduce al final al conocimiento espiritual, mientras que antes es terriblemente diletante. Lo mismo ocurre con la quiromancia y la grafología.

La grafología requiere, entre otras cosas, tener una verdadera inspiración. La forma de escribir de cada persona es totalmente individual; como mucho, se pueden dar unas pautas al respecto. Pero estas pautas son, en ese caso, extremadamente generales. Así que también en este caso ocurre lo que he dicho. Se necesita inspiración para poder deducir algo sobre una persona a partir de su grafología. Ahora bien, lo peculiar de la grafología es que, a partir de la letra de una persona en el presente, se obtiene su estado tal y como era hace aproximadamente siete años. A esto se suma que quien quiera sacar conclusiones sobre el presente de esa persona tiene que dar, a su vez, un rodeo: debe recorrer de nuevo todo el desarrollo. Llega a los estados internos de hace siete años y, si es capaz de observar, puede, a partir de lo que percibe de entonces, trazar el camino y obtener así un conocimiento más profundo del que tendría de otro modo. Así pues, sí es posible lograr algo con ello.

Algo similar a lo que ocurre con el cabello y el iris se da también en lo que la quiromancia tiene en cuenta, pero incluso en ese caso hay que tener inspiración, y no limitarse a las reglas superficiales que suelen darse. Se requiere, una vez más, una predisposición especial, muy especial, que pueden tener unas personas u otras, para poder interpretar las líneas de la mano; estas están íntimamente relacionadas con el desarrollo humano. Solo tiene que comparar sus propias manos para ver cómo son las líneas de la mano izquierda y de la derecha. ¿No es cierto que, en la vida cotidiana, esto se manifiesta en que la persona escribe con la mano derecha, pero no con la izquierda? Existe una diferencia. En lo que respecta a las líneas de la mano, ocurre que en la mano izquierda se ve todo el karma de la persona, si se tiene la inspiración para ello. En la mano derecha se ve la capacidad personal que la persona ha adquirido en esta vida. Su destino ha creado esta vida terrenal, y su capacidad le conduce hacia el futuro. Todas estas cosas tienen su fundamento, pero es sumamente peligroso defenderlas en público, porque ahí entramos en ámbitos donde la seriedad y la charlatanería se confunden en grado sumo. Algunas cosas se irán revelando en su contexto natural a medida que avancemos en nuestras reflexiones.

Verán, queridos amigos, según lo que expuse ayer al final de la clase, la profesión médica, por la propia naturaleza de los procesos del mundo, tiene que ver con estados morales del alma realmente profundos. Porque les he mostrado que el conocimiento real de un remedio le quita al que lo conoce el poder de ese mismo remedio, que precisamente en el conocimiento del remedio hay algo que hace que la persona en cuestión se excluya a sí misma de la curación mediante ese remedio. Ahora bien, naturalmente, el mero conocimiento químico no lo excluye, porque, en realidad, no es conocimiento. Pero el conocimiento real sí lo excluye.

Entonces, tengan en cuenta lo siguiente. El sistema muscular del ser humano se aprehende mediante la imaginación; se comprende, como demostré ayer, a través de la imaginación. Se aprende a reconocer lo que actúa en el músculo al pasar a un conocimiento imaginativo y figurativo. Pero si se quiere saber qué puede tener un efecto curativo en un órgano de naturaleza muscular, también en ese caso el conocimiento terapéutico debe ser imaginativo. Los verdaderos conocimientos sobre un órgano interno son de carácter inspirador; estos son los únicos conocimientos reales, no los conocimientos químicos. Pero supongamos ahora que usted sabe que algún remedio actúa sobre el sistema muscular humano de alguna manera; en ese caso, usted posee ese conocimiento de forma imaginativa. Sí, pero el conocimiento imaginativo no es como el que habitualmente se concibe hoy en día. El conocimiento que hoy en día se suele imaginar no penetra muy profundamente en el ser humano; en realidad, solo está presente en la mente, mientras que todo conocimiento imaginativo afecta al mismo tiempo al sistema muscular del ser humano. También el conocimiento terapéutico imaginativo, queridos amigos, es tal que lo sentís en vuestros músculos. Solo tenéis que tomaros estas cosas realmente en serio.

Para que me entiendan perfectamente, me gustaría hablar incluso de algo paradójico en relación con este asunto. Pero lo paradójico aquí es la verdad. Mi «Filosofía de la libertad» ha sido poco comprendida porque la gente no ha sabido leerla. La han leído como se lee cualquier otro libro, pero mi «Filosofía de la libertad» no está concebida como los demás libros. Mi «Filosofía de la libertad» vive, en primer lugar, en los pensamientos, pero en pensamientos vividos de verdad. Los pensamientos no vividos, los pensamientos abstractos y lógicos, tal y como se entienden hoy en día de manera general en la ciencia, se experimentan en el cerebro. Los pensamientos como los que he expresado en mi «Filosofía de la libertad», —y aquí viene lo paradójico—, se experimentan como persona íntegra en su sistema óseo. Realmente como persona íntegra en su sistema óseo. Y me gustaría señalar algo aún más paradójico, —lo cual, por supuesto, ha ocurrido de forma evidente, solo que usted no se ha dado cuenta porque no lo ha relacionado con eso—: cuando las personas han comprendido mi «Filosofía de la libertad», han soñado con esqueletos en varias ocasiones a lo largo de la lectura y, sobre todo, al terminar de leerla. Esto guarda una relación moral con toda la postura de la «Filosofía de la libertad» frente a la libertad del mundo. La libertad consiste precisamente en que, partiendo de los huesos, se mueven los músculos del ser humano en el mundo exterior. El que no es libre se deja llevar por sus impulsos e instintos. El libre se rige por las exigencias y necesidades del mundo, al que primero debe amar. Debe establecer una relación con este mundo. Esto se expresa en la imaginación del sistema óseo. Interiormente, el sistema óseo es aquello que experimenta los pensamientos vividos. Así pues, los pensamientos vividos se experimentan con el sistema óseo, con todo su ser humano, es decir, con todo su ser humano, que en realidad está arraigado a la tierra. Ha habido gente que ha querido pintar cuadros basados en mis libros; me han mostrado todo tipo de cosas. Han querido representar las ideas de la «Filosofía de la libertad» en forma de imágenes. Si se quiere plasmar así su contenido, hay que representar escenas dramáticas interpretadas por esqueletos humanos. Del mismo modo que la libertad en sí misma es algo para lo que hay que despojarse de todo lo meramente instintivo, lo que el ser humano experimenta al tener los pensamientos de la libertad es algo para lo que debe despojarse de su carne y su sangre. Debe convertirse en esqueleto, debe volverse terrenal; los pensamientos deben volverse realmente terrenales. Eso significa, precisamente, que uno ha de forjarse a sí mismo.

Menciono esto para que vean que ya en el pensamiento común se produce algo que conmueve a todo el ser humano. Cuando se pasa del pensamiento a la imaginación, se experimenta la imaginación en el sistema muscular. La inspiración se experimenta al participar interiormente con los propios órganos. Pero, cuando se trata de inspiraciones, no hay que olvidar la frase: «naturalia non sunt turpia». Porque, en determinadas circunstancias, las inspiraciones más maravillosas se experimentan a través de los riñones o de otros órganos inferiores. Así pues, lo que constituye un conocimiento superior abarca realmente al ser humano en su totalidad; y quien no sabe que imaginar es un trabajo equiparable al trabajo físico, porque exige un esfuerzo muscular, de modo que imaginar de verdad es como trabajar físicamente de verdad, no percibe las impresiones de la imaginación y la inspiración. Por eso existe también una correlación entre el trabajo físico y la imaginación; por ejemplo, si se me permite mencionar algo personal, siempre he considerado que el hecho de haber cortado leña, pelado patatas, trabajado con la pala, sembrado y cosas por el estilo cuando era niño ha contribuido enormemente a mi capacidad de imaginar.  Bueno, no es que quiera presumir de estas cosas, pero el hecho de haberlas hecho alguna vez facilita que los músculos las recuperen, un esfuerzo que hace que imaginar sea más fácil, igual que cuando uno está acostumbrado a algo. Así es: si ha ejercitado los músculos precisamente en la juventud, podrá imaginar más adelante. Pero fíjense, los movimientos que no son trabajo no sirven de nada. De hecho, jugar no sirve de nada para la imaginación. No quiero decir nada en contra del juego en sí; solo tienes que acercarte a mis ideas pedagógicas y verás que no tengo nada en contra del juego, pero la imaginación lleva al músculo en reposo —pues, naturalmente, debe realizarse en reposo— a una experiencia similar a la de un trabajo físico real.

Pero ahí lo verán: cuando, al emprender el camino del médico, conozcan aquí con nosotros, en este contexto, estas cosas ciertamente extrañas, verán cómo el conocimiento de estos aspectos terapéuticos incide en su sistema muscular, y eso será algo que tendrá importancia en su karma. Tomemos, por ejemplo, el caso de que conozcan, —quiero plantear ahora un caso totalmente ideal—, por ejemplo, la verdadera terapia de la viruela negra. La viruela negra real provoca una inspiración muy fuerte, incluso con intuición, y lo que de verdad saben de esta manera, queridos amigos míos, si son verdaderos terapeutas en estos ámbitos, les afecta más, —si se trata de un conocimiento auténtico—, que una vacuna. Surte un efecto mucho más intenso en otro sentido, y al estudiar la terapia de la viruela como médico, provocaréis en vosotros mismos una especie de curación anticipada, de carácter profiláctico, y, al comprender la relación, os haréis capaces de acercaros a los enfermos de viruela sin miedo y con amor absoluto. Pero todas estas cosas tienen, a su vez, su lado opuesto, su reverso, porque, verán, lo que se adquiere como conocimiento del remedio, incluso cuando se trata de un conocimiento verdaderamente imaginativo o inspirado, —ni siquiera tiene por qué ser fruto de la propia imaginación, sino simplemente de la de otra persona, y eso lo puede hacer cualquiera, como siempre he repetido—, eso es un remedio auténtico, que encierra en sí mismo poderes curativos. Tener la idea de un remedio que funciona, pero que solo funciona mientras no se tenga miedo. Y es que el miedo es el polo opuesto del amor. Si entran en una sala de enfermos con miedo, toda la terapia que haya puesto en marcha no servirá de nada. Si entran con amor, si es capaz de olvidarse de sí mismo, sí, si puede dedicar toda su alma a aquellos a quienes debe curar, si puede vivir en el amor, en su conocimiento imaginativo e inspirado, entonces, verá que no se situará en el proceso de curación simplemente como esa cualidad personal, ni como esa personalidad temerosa del que conoce, sino como la personalidad amorosa del que conoce, de modo que la medicina no solo se introduzca desde fuera en lo moral, sino también desde dentro.

Y así, precisamente en el ámbito de la medicina se da en gran medida lo que ocurre en todos los ámbitos en los que se trata del conocimiento espiritual: hay que desarrollar valor. Ya saben, el valor es lo que nos rodea por todas partes. El aire es una ilusión; es el valor lo que nos rodea por todas partes. Si queremos vivir en el mundo en el que respiramos, necesitamos valor. Si somos cobardes de alguna manera, no vivimos con el mundo, nos aislamos; solo respiramos en apariencia. Lo que necesitan ante todo para los estudios de medicina es valor, es valor para curar. De hecho, si ante una enfermedad tienen el valor de curar, eso ya es la orientación correcta, que en el noventa por ciento de los casos conduce a lo correcto. Y es que estas cualidades morales están íntimamente ligadas al proceso de curación. Por eso debería ser así: la primera asignatura para los estudiantes de Medicina: lo que he expuesto en las tres primeras lecturas, la creación de una base, en mayor o menor medida, a través del conocimiento de la naturaleza y del ser humano, del conocimiento cósmico y del ser humano. A continuación, el segundo curso: la profundización esotérica en el efecto de las fuerzas médicas, considerar la medicina tal y como lo hice en la cuarta clase y como hablaré mañana. Después debe venir un último curso, que, en esencia, debe centrarse en considerar el aspecto terapéutico en relación con el desarrollo de las capacidades morales adecuadas del médico, pues lo uno debe sustentar lo otro. Y si existe esa cualificación moral en el último curso de medicina, entonces las enfermedades se convertirán realmente para el médico en lo contrario de lo que son para el paciente. Se convertirán en algo que él ama, pero no para cuidarlas y atenderlas con el fin de que el enfermo permanezca enfermo el mayor tiempo posible, sino que las ama porque la enfermedad solo alcanza su sentido cuando se cura. ¿Qué significa esto?

Verán, queridos amigos, estar sano significa poseer en uno mismo las cualidades espirituales, las llamadas cualidades espirituales y anímicas normales. Estar enfermo, padecer cualquier enfermedad, significa, en realidad, estar bajo la influencia de una cualidad espiritual. Sé, por supuesto, que si alguna de las personas inteligentes de la actualidad oye lo que voy a decir ahora, dirá: «Ah, aquí viene la vieja doctrina de la posesión». —Bueno, aún queda por ver si es peor la vieja doctrina de la posesión o la nueva, si uno está poseído por espíritus o por gérmenes. Eso es algo que, en cuanto a su valor, primero hay que examinar. Los médicos modernos siempre se adhieren en su doctrina médica a una forma de posesión, solo que, según su forma de entenderlo, les resulta más adecuado enseñar una posesión materialista. Pero lo cierto es que, cuando uno padece una enfermedad, tiene en su interior una cualidad espiritual que no está presente en el curso habitual de la vida humana. Pero se trata de una cualidad espiritual.


Tengo que señalar otra paradoja. Supongamos que quieren comprender la relación, —se trata de un hecho totalmente real sobre el que me estoy refiriendo aquí—, entre lo que hay en el zodíaco: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Ahora bien, existe una diferencia colosal entre estas siete constelaciones (arriba) y estas cinco constelaciones (abajo). Si elevan ustedes su imaginación, obtendrán para estas siete constelaciones aquí en el cosmos una entidad de apariencia masculina, y para estas cinco constelaciones una entidad de apariencia femenina, de modo que, de hecho, lo masculino y lo femenino se extienden en una forma cerrada de serpiente a lo largo del zodíaco en la visión imaginativa. Sí, ningún ser humano puede alcanzar esta imaginación sin pasar por lo siguiente. Piensen en la viruela, la cual se manifiesta a través de síntomas en el cuerpo físico. Pero imaginen que uno fuera capaz de lo siguiente. Imagínense a una persona enferma de viruela. Esa persona tendría, en su cuerpo astral y en su yo, la fuerza para extraer hoy mismo toda la enfermedad de la viruela y experimentarla únicamente en el cuerpo astral y en el yo, de modo que, en ese momento, su cuerpo físico y su cuerpo etérico se curaran. Supongamos hipotéticamente que fuera así. Lo que he descrito aquí no puede ocurrir, pero si quieren tener esta imaginación, deben pasar por lo mismo que he expuesto hipotéticamente en el caso de la viruela, sin que su cuerpo físico ni su cuerpo etérico contraigan la enfermedad. Tienen que pasar por la viruela en el cuerpo astral y en la organización del «yo», libres del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Es decir, tienen que experimentar espiritualmente un correlato espiritual de la enfermedad física. La viruela, queridos amigos, es la imagen física del estado en el que se encuentran la organización del «yo» y el cuerpo astral cuando tienen tal imaginación. Ahora comprenderán que, en el caso de la viruela, esta influencia se produce simplemente en el propio ser humano, de la cual surge, en el conocimiento espiritual, la imaginación celestial.

Pero ahí ven ustedes cuán estrechamente está relacionada la enfermedad con la vida espiritual, no con el cuerpo físico; la enfermedad está estrechamente relacionada con la vida espiritual. La enfermedad es la imaginación física de la vida espiritual. Y como la imaginación física está ahí indebidamente, ya que no debería imitar ciertos procesos espirituales, por eso lo que en el mundo espiritual puede ser, en determinadas circunstancias, lo más elevado, en la organización física puede ser, en determinadas circunstancias, una enfermedad.

Por lo tanto, hay que entender la enfermedad de tal manera que uno se diga a sí mismo: si ciertas cosas, —que veremos mañana—, no pudieran atraer a ciertas entidades espirituales a un lugar al que no pertenecen, estas tampoco existirían en el mundo espiritual. Pero esto pone de manifiesto lo estrechamente relacionado que está el verdadero conocimiento espiritual con la enfermedad. En realidad, al reconocer lo espiritual, ya se reconoce la enfermedad. No puede ser de otra manera. Cuando uno tiene una imaginación celestial de este tipo, entonces sabe lo que es la viruela, porque no es más que la proyección física de lo que se vive espiritualmente. Así es, en el fondo, todo el conocimiento sobre la enfermedad. Se podría decir que, cuando el cielo, —o también el infierno, por supuesto—, se apodera con demasiada fuerza del ser humano, este enferma; cuando solo se apoderan de su alma y de su espíritu, se vuelve sabio, inteligente o perspicaz.

Estas son cosas que ustedes, queridos amigos, deben asimilar primero en lo más profundo de su alma. Entonces verán cuál es la misión de la antroposofía frente a la profesión médica, ya que la antroposofía muestra precisamente cuáles son los arquetipos divinos auténticos de sus imágenes demoníacas: las enfermedades. Pero esto es precisamente lo que puede llevarles cada vez más y más profundamente al reconocimiento de que es en el terreno antroposófico donde hay que buscar realmente lo que hoy se necesita como reforma de los estudios de medicina.

Traducido por J.Luelmo

GA316 Dornach, 6 de enero de 1924 «El camino esotérico o bien es difícil, o bien no es tal camino»

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

«El camino esotérico o bien es difícil, o bien no es tal camino»

Dornach, 6 de enero de 1924

¡Queridos amigos!

A raíz de lo dicho ayer, he estudiado ahora vuestras preguntas. Estas preguntas, como es lógico, están todas relacionadas con los temas que se trataron ayer. Ahora bien, las preguntas que se han planteado —me gustaría decir que las que pertenecen a la primera categoría— se han formulado todas desde una especie de inquietud del corazón. Algunas preguntas se resolverán a lo largo de las conferencias. Otras preguntas, que en el fondo son más o menos todas iguales, no podrán encontrar una respuesta teórica, sino solo a través de los resultados que puedan surgir de este curso. Porque, en realidad, todas estas preguntas apuntan a cómo, tras Dornach, podrán encontrar el camino médico los queridos participantes en este curso. Y hoy hablaremos de estas cuestiones, que, en cierto modo, se sitúan entre lo que ayer expuse desde el punto de vista esotérico y lo que mañana tendré que exponer desde el mismo punto de vista sobre el efecto real y duradero del impulso, que, naturalmente, solo puedo transmitir de forma muy limitada en tan pocas conferencias. Ese efecto real y duradero deberá constituir, en primer lugar, la base de lo que mañana podremos seguir discutiendo desde el punto de vista esotérico.

En primer lugar, quiero añadir algunas consideraciones generales a lo dicho ayer. No basta, queridos amigos, con indicar al ser humano en general —o con que él mismo se oriente— desde lo sensorial-físico hacia lo espiritual. Esta orientación general hacia lo espiritual responde, naturalmente, en todos los ámbitos de la vida —y hay que decir que, en el ámbito médico y para el médico que hoy busca su camino, con mayor intensidad aún—, esta orientación general hacia el espíritu, también a través de lo que vive en el alma, responde a una necesidad íntima. Pero esta necesidad es, en muchos aspectos, de tal naturaleza que realmente debe encontrar primero en sí misma una mayor determinación, una mayor claridad interior y también —lo que quizá sea incluso lo principal— una mayor fuerza interior que la que suele manifestar. Todo esto, queridos amigos, está en vosotros como un anhelo. Pero hay que trazar un camino. Por mi parte, puedo dar el impulso inicial para este camino, pero luego vosotros debéis iniciar, con este impulso, una verdadera búsqueda en relación con Dornach.

Aquellos que se plantean esto como una tarea —y de las preguntas se desprende con toda claridad la importancia de esta tarea— deben saber que la simple búsqueda general de lo espiritual no basta. Se trata de que esta búsqueda de lo espiritual se manifieste de forma realmente concreta en los distintos ámbitos de la vida. Y por eso es necesario volver a integrarse en una convivencia con toda la esencia del mundo, más o menos con toda la esencia del cosmos exterior. El ser humano de hoy en día no experimenta el cosmos, y como no lo experimenta, tampoco experimenta lo espiritual. Porque lo espiritual solo se alcanza por el camino indirecto que pasa por el cosmos.

Considerar cualquier conocimiento médico tal y como se presenta en un primer momento —en su forma, en su desarrollo, en su apariencia exterior— no proporciona, en realidad, ningún conocimiento espiritual sobre la existencia. Solo cuando uno es capaz de situar las cosas y los seres en el contexto cósmico global, es capaz de ver más allá del velo de la naturaleza y percibir las fuerzas espirituales que se ocultan tras él.

Ahora bien, es cierto que las dificultades que pueden surgir al abordar la vida espiritual han podido estudiarse y experimentarse con gran precisión en el movimiento antroposófico desde hace ya más de veinte años. Y quizá, a primera vista, parezca incluso un poco trivial explicar en pocas palabras en qué consistían esas dificultades. Consistían simplemente en que aquellos que, en un principio, querían dedicarse a lo esotérico en cualquier ámbito, al mismo tiempo querían tomarse las cosas con demasiada ligereza, querían que les resultara demasiado cómodo. El camino esotérico es, sencillamente, o bien difícil, o bien no es tal. Y no se puede alcanzar un desarrollo esotérico por un camino cómodo. Hay que tomarse con total, diría yo, sagrada seriedad esa observación tan común que se hace tan a menudo: que se trata de superar dificultades, de que el ser humano debe primero superarse a sí mismo. Y a partir de este momento, a partir del momento cuyo punto de partida se encuentra en nuestro encuentro de Navidad en Dornach, a partir de este momento debería producirse una especie de cambio radical en la concepción general del movimiento antroposófico, también en los distintos ámbitos. Y al buscar en primer lugar vuestro camino médico, debéis participar interiormente, desde el principio mismo, en este cambio real, de tal manera que, por así decirlo, el camino esotérico no pueda ser un mero complemento, sino que solo pueda ser un cumplimiento pleno del camino de la vida con los impulsos esotéricos. Todo lo que se pueda hacer al respecto se hará en las conferencias. Pero, como diré al final de la exposición de hoy, debe seguir algo más.

Echemos ahora un vistazo a un detalle más, pues si no tenéis la voluntad, queridos amigos míos, de profundizar realmente en los detalles de las reflexiones espirituales, no podréis encontrar el camino hacia lo espiritual. No hay que creer que se llega realmente a lo espiritual como un soñador o como una persona que se entrega a todo tipo de inspiraciones difusas y cosas por el estilo. Hoy en día hay que alcanzar lo espiritual de verdad, con un esfuerzo interior muy serio. Y solo se puede alcanzar a partir de los contextos que se derivan del mundo espiritual.

Y, en primer lugar, centrémonos en un detalle. Ya he dicho que podemos aprender mucho del mundo vegetal. Pero ahora observemos una planta de este tipo. Hoy en día, el ser humano la percibe simplemente observando la raíz, el tallo, luego las hojas, después la flor, el pistilo en el centro, los estambres y la semilla. La semilla se desarrolla en el ovario, y se describe lo que se ve en la planta de esa manera, más o menos como se describe un sillón, añadiendo además en la descripción del sillón que a veces también uno se sienta en él. Así es más o menos como se describe la planta. Se describe cómo se asientan las raíces en el suelo, cómo absorben fuerzas físicas, fuerzas químicas y sustancias, cómo suben los jugos a través de capilares o similares. Se considera un error, una desviación, hablar de una disposición espiral de las hojas; en cualquier caso, no se sabe que eso tenga relación alguna con el cosmos. Se describen además las flores; como mucho, se piensa en una fuerza cuando se quiere reconocer los colores de las flores multicolores y sus sustancias, o la fecundación. Se describe todo esto del mismo modo que se describe que una persona se sienta en un sillón, sin ningún otro propósito, se describe de forma totalmente externa.

Ahora bien, la esencia de lo que hay que captar no se capta en modo alguno de esta manera, sino que hay que tener claro que, al observar una planta así, el hecho de que esté hundida con la raíz en el suelo apunta a un misterio maravilloso; y, a su vez, el tallo con las hojas apunta a otro misterio, y lo que ocurre arriba, en la flor, apunta a otro misterio más.

Mirad, queridos amigos, contemplamos la raíz tal y como se hunde en el suelo; es, en cierto modo, el cese de la existencia vegetal hacia la tierra, hacia la tierra firme. Pero esta raíz no podría obtener nada del suelo si este no estuviera sometido primero a la influencia del entorno cósmico. El entorno cósmico —y no solo el calor y la luz del sol, sino también aquello que emana del resto del sistema planetario al que pertenece nuestra Tierra— influye en la Tierra desde la superficie hacia el interior. Y aquellas fuerzas que se despiertan de este modo en las sustancias de la Tierra son las que dan a la raíz la posibilidad de estar dentro de la Tierra. 

Ahora podemos buscar dónde volvemos a encontrar esas mismas fuerzas. Pues bien, esas mismas fuerzas que, al observar con atención, vemos que rodean las raíces de las plantas, las encontramos en la cabeza humana, pero las encontramos en la cabeza humana de una manera totalmente diferente a como se encuentran alrededor de las raíces de las plantas en el suelo. Y no se puede comprender con una visión interior lo que aquí se presenta si uno se limita a lo que la ciencia natural puede ofrecer hoy en día. Y eso es precisamente a lo que muchos de vosotros os referís en vuestras preguntas como el caos que la ciencia natural actual ha introducido en vuestras almas. Es necesario volver a familiarizarse con los agentes sustanciales externos, volver a familiarizarse con lo que en su día se denominó lo terrenal, lo líquido-acuoso, lo aéreo y lo ígneo. Porque si solo habláis siempre de hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, azufre y fósforo en el sentido en que lo hace la química, estas cosas siempre os resultarán algo externo. Nunca podréis pensar en ello de otra manera que no sea que vosotros, como seres humanos, estáis ahí y, en algún lugar exterior, hay oxígeno y nitrógeno. Lo que captáis del oxígeno y del nitrógeno a través de la fisiología o la química actuales es algo totalmente indirecto. A través de la fisiología sabéis que el nitrógeno está presente en el organismo humano, pero no lo experimentáis en él. Se trata de partir de lo que se puede experimentar. Y lo que se puede experimentar debe conectarse profundamente con todo el ser humano si se quiere ponerse al servicio de la configuración del mundo. Y eso es lo que se hace cuando se quiere sanar.

Pues bien, algo que forma parte de los elementos antiguos se da de tal manera que todo el mundo puede saberlo: lo experimenta. Es, por ejemplo, el calor, el calor como cualidad de la naturaleza. Lo experimentamos: sentimos calor, sentimos frío. No nos enfrentamos al calor de forma tan externa como lo hacemos con el oxígeno o con el nitrógeno. Lo peculiar de la antigua contemplación de la naturaleza es que se basaba, desde el punto de vista de la experiencia, en aquello en lo que uno puede estar inmerso, y no en aquello ante lo que uno debe situarse al margen. Por ahora nos quedaremos con este elemento del calor, del fuego, porque es aquel en el que, por así decirlo, la experiencia es más tangible, si se me permite emplear esta expresión paradójica. Se sabe que, como seres humanos, experimentamos el calor. Ahora bien, ocurre que lo mismo que la tierra, lo terrenal, es para la raíz de las plantas, lo es el calor para la cabeza humana. Y si ahora se imaginan alejarse de la tierra que les parece firme, —si tienen aquí la tierra (se dibuja), —lo terrenal en sí mismo, lo líquido, lo gaseoso que hay en su interior— y piensa ahora que lo que queda es el calor, de modo que tienes un suelo de calor, —pueden imaginártelo—, y cogen el conjunto (véase el dibujo II), cuando está aquí abajo y aquí arriba, y le das la vuelta, de modo que tienes ahí abajo y ahí arriba (I). Así se tiene una verdadera oposición polar. Por un lado, se puede imaginar que, cuando hay «abajo» y «arriba» (II) y el calor se ha liberado hasta lo terrenal, la raíz de la planta se encuentra ahí dentro. Pero cuando el calor está ahí por sí solo (I), y lo aéreo, lo líquido y lo terrenal han desaparecido, y a la inversa, ahí (II) está el suelo del que se ha ido el calor, entonces, si aquí (II) está lo que se asemeja a una raíz, lo vegetal, ahí (I) está lo que emana de la propia mente humana.


¿Y qué significa esto? Queridos amigos míos, significa que pueden decirse a sí mismos: «Contemplo la raíz de la planta, que se encuentra en el suelo terroso; contemplo la cabeza humana, que se encuentra en el suelo cálido; solo que el suelo está invertido». Esto se debe a que lo que ocurre aquí (I arriba) se sitúa cuatro etapas más atrás que esto (II). Si llamáis «acontecimiento terrestre» a lo que ocurre con la raíz de la planta, entonces debéis llamar «acontecimiento saturnal» a lo que hoy en día sigue ocurriendo con la cabeza humana, y concretamente a partir del calor. Entre ambos se encuentran los acontecimientos solares y lunares. Y si ahora eliminas de la cabeza humana todo lo que se ha incorporado posteriormente —lo terrenal, lo líquido, lo aéreo— y te imaginas únicamente el calor que actúa en la cabeza humana, el que abastece al resto del organismo con diferenciación térmica; si te imaginas únicamente el organismo térmico presente en la cabeza, entonces tienes hoy un pequeño Saturno en la cabeza humana.

En la actualidad, en la cabeza humana se encuentra la antigua organización de Saturno. Y si comprenden la relación, se dirán a sí mismos: en el cosmos hubo una vez, hace incontables años, una formación que anticipó todo aquello que hoy se encuentra en forma de calor en la cabeza humana. Y la raíz de las plantas crea hoy, en lo terrenal, una imagen de lo que sucedió anteriormente.

Ahí tienen una conexión. Contemplan el antiguo Saturno en la organización térmica de la cabeza humana. Pero tal contemplación, si se lleva a cabo correctamente, debe estar verdaderamente vinculada, no solo a ideas teóricas, sino también a impulsos morales internos. Hay que ser capaz de mirar la cabeza humana de tal manera que uno se diga: ¡Cómo nos conmueve contemplar la cabeza humana, que se erige como el recuerdo vivo y encarnado de la antiquísima época de formación del cosmos, de la era saturniana! —Imbuirse por un momento del sentimiento: por un lado, soy un ser humano que ha alcanzado cierta edad; mi infancia se presenta ante mí y afloran los recuerdos de la infancia. 

A medida que voy envejeciendo, me sumerjo en los recuerdos de mi infancia. —Esto ya supone una cierta experiencia interior ante la que uno puede mantenerse firme con fuerza moral. Y ahora amplíe ese sentimiento, esa sensación, hasta el punto en que se diga a sí mismo: «Yo ya existía como ser humano en la antigua era de Saturno»; si comprendo correctamente mi cabeza en el presente, es como un recuerdo vivo de la época original de la formación del cosmos. Y me gustaría decir que me parece infinitamente multiplicado aquello que puede formarse en mí a través de los recuerdos de la infancia, cuando, a través de esos recuerdos, a través de la cabeza humana viva, se llega hasta la antigua era de Saturno —hasta allí atrás—. Todo este conocimiento solo tiene valor si se hunde directamente en el ánimo moral, si uno puede experimentar un estremecimiento interior al sumergirse de esta manera, a través de la actividad del ser humano, en un sentimiento por el cosmos. Y meditar, especialmente para el médico, no consiste simplemente en darle vueltas a los pensamientos, sino que meditar consiste precisamente en presentar ante el alma tales relaciones y, en ellas, experimentar sentimientos internos diferenciados que puedan provocar conmovimientos interiores de todo tipo.

Verán, veo a una persona a la que quizá no haya visto desde hace cuarenta años. Al presentarse ante mí con la apariencia que tiene ahora, ante mi alma surge la imagen de su infancia; lo veo ante mí como un niño, y siento una cierta conmoción interior. Hoy dirijo mi mirada hacia el sistema radicular de las plantas. Al contemplar el sistema radicular de las plantas, adquiero la capacidad de relacionarlo con la cabeza humana, y la cabeza humana me lleva de vuelta a la antigua era de Saturno. La meditación debe penetrar en todo el ser anímico del ser humano; debe estimular una vida interior profunda.

Con ello se pretende marcar una dirección: una vez sentadas las bases mediante una especie de curso exotérico, en lo esotérico todo debe orientarse, en realidad, hacia una vivencia sensorial del cosmos en su totalidad, en relación con el ser humano en su conjunto. Porque, del mismo modo que podéis comprender la existencia saturniana mediante la observación de la relación entre la cabeza humana y el crecimiento de las raíces de las plantas, también podéis comprender la existencia solar mediante la observación de la relación entre el corazón humano y el desarrollo del tallo y las hojas de la planta. Y, a su vez, el desarrollo del tallo y las hojas de la planta es el recuerdo hecho vida de la antigua existencia solar.


Y si ascendemos hasta la flor, donde se forma la semilla en la planta, llegamos a lo que guarda relación con el sistema metabólico humano y con el sistema de las extremidades. Y cuando se observa esta relación entre lo que ocurre en la flor y el sistema metabólico o el sistema de las extremidades del ser humano, surge algo parecido a un recuerdo de la antigua era lunar. Y si tomáis esta experiencia de percepción interior, queridos amigos, si realmente, en la meditación más profunda, sentís interiormente estas conexiones, entonces experimentaréis aún más.

Entonces surge en vuestra alma algo muy significativo; al dirigir vuestra alma hacia la raíz de las plantas con esta profundización de la percepción, empezaréis a sentir como si ninguna raíz estuviera quieta. Ante cada raíz de planta tendréis la sensación de que se mueve. Aprenderéis a reconocer este movimiento; yo solo puedo esbozarlo todo, esta vez solo puedo señalar una idea, la forma en que debe construirse la experiencia interior, la transformación del conocimiento de la naturaleza en sabiduría. Experimentaréis este movimiento en las raíces de las plantas. Si las observáis así, os sentiréis como si estuvierais recorriendo el espacio cósmico junto con la raíz de la planta. Ya, en cierto modo, a través de esta experiencia —al haber subido, por así decirlo, al carro que viaja por el cosmos y al avanzar vosotros a la velocidad de la raíz de la planta—, experimentaréis que, en realidad, estáis viviendo el movimiento de todo nuestro sistema planetario a través del espacio cósmico. En la raíz de la planta experimentáis el movimiento de todo nuestro sistema planetario a través del espacio cósmico. Y cuando seguís el crecimiento de las hojas y lo experimentáis tal y como lo he descrito ahora, experimentáis de nuevo un movimiento conjunto. Y ese es el verdadero movimiento, el movimiento de la Tierra vivido interiormente.

Movimiento del sistema planetario: la raíz.
Movimiento de la tierra: es aquello que constituye la unión entre el tallo y la hoja.

Todo eso son, en realidad, construcciones que el sistema copernicano ofrece sobre la rotación de la Tierra alrededor del Sol. El verdadero movimiento de la Tierra se percibe cuando uno se adentra en cómo se relacionan entre sí el tallo y las hojas. Con el tallo y las hojas, os movéis con la Tierra hacia el Sol, de modo que la Tierra parece tal y como se describe en el sistema copernicano. Pero, en realidad, se trata de un movimiento mucho más complejo. Si alzáis la vista hacia lo que ocurre en la flor —donde se encuentran los estambres y el pistilo—, si presenciáis eso, entonces experimentáis ese movimiento lunar que la Luna realiza alrededor de la Tierra, junto con lo que tiene lugar allí, en la flor:

Experimentar, pues, el movimiento lunar [en aquello] que ya está separado de la Tierra. Todo el sistema planetario, que incluye a la Tierra, se experimenta en la planta a través de la raíz; el movimiento terrestre se experimenta en el tallo y las hojas. El movimiento lunar, es decir, aquello que ya está separado, aislado, se experimenta en la producción de semillas de la planta.

Os digo esto, queridos amigos, para que aprendáis a comprender, en primer lugar, aquello de lo que hoy en día la ciencia convencional no tiene en cuenta en absoluto, porque se considera que estas cosas no son ni cognoscibles ni dignas de ser conocidas. Pero son precisamente lo que hay que saber; de lo contrario, no se sabe nada en absoluto. Y lo digo también por otra razón. No creo que lo que uno pueda aprender sobre las plantas pueda conmover a nadie. Le resulta indiferente. Lo asimila como algo que le es indiferente. No le produce ningún impacto. Pero si, en el transcurso de un segundo curso de medicina —que ya podéis cursar—, al estudiar las plantas —lo que, en el caso de los minerales, se manifiesta de una manera ligeramente diferente— y, al mismo tiempo, al estudiar al ser humano, conocéis el movimiento de los planetas, el movimiento de la Tierra y el movimiento de la Luna, eso no os resultará indiferente.

Sí, queridos amigos, hoy nos vemos ante la necesidad de aplicar nuestro trabajo de conocimiento a este tipo de cuestiones, y el corazón siente que los caminos del conocimiento deben discurrir así. Pero lo que se ofrece a los corazones es algo didáctico, no contiene nada de las realidades; se cree tener las realidades en aquello que se puede captar en pequeños fragmentos. ¿Qué hace realmente la ciencia hoy en día? La ciencia hace, en realidad, lo siguiente. Verán, siempre me parece como si alguien fuera a Dresde a contemplar la Virgen de la Capilla Sixtina y un naturalista se le acercara y le dijera: «Bah, la Virgen de la Capilla Sixtina no es más que una impresión exterior». —Y entonces empezaría a sacar la Virgen del marco, a dividirla en trocitos cada vez más pequeños, hasta tener un montón de trocitos que se irían haciendo cada vez más pequeños, hasta dar lugar a formaciones atomísticas. Entonces diría: «Bien, ahora tienes el verdadero conocimiento de la Virgen». - Eso no es cierto; si se quiere alcanzar el verdadero conocimiento de la Virgen, hay que, a través de lo que ofrece la religión, situarse primero en las intenciones de lo religioso, luego en lo que del espíritu de Rafael se ha plasmado en la Virgen, y también en muchas otras cosas, pero eso es lo siguiente.

Y así hay que intentar ponerse en el lugar de las intenciones de los dioses, de las entidades divinas y espirituales que están detrás de lo físico. Esto es lo que hay que transmitir a las personas en el segundo curso. Y solo así es posible acercar a las personas a las realidades.

Ahora bien, si tomáis lo que acabo de decir como una sugerencia, comprenderéis —me gustaría decir— que las dos inmersiones meditativas, tal y como las describí ayer, despertarán en vosotros la capacidad de conocimiento médico. Y esta meditación puede desarrollarse de tal manera que, en primer lugar, os sumergáis simplemente en la apariencia exterior del fuego, del fuego que calienta, y que os deis cuenta realmente, con profunda seriedad, de que esta apariencia exterior del fuego es maya exterior, apariencia, ilusión. Detrás del fuego hay algo completamente diferente. Detrás del fuego hay voluntad activa, voluntad activa.

Podéis preguntaros: «Sí, ¿cómo reconozco que detrás del fuego actúa la voluntad?». Siempre ha sido así: en las corrientes esotéricas y en lo que proviene de ellas, se debe apelar a los propios alumnos. Si simplemente dejáis que lo que he dicho hoy penetre en vuestro corazón, os daréis cuenta interiormente, del mismo modo que os dais cuenta, cuando veis la forma de un rostro humano, de una figura humana, de que allí hay espíritu y alma, así os daréis cuenta de que, dondequiera que haya fuego, hay voluntad activa. Dondequiera que encontréis fuego, incluso en la cerilla más pequeña, hay voluntad activa. Desde el principio, dondequiera que haya fuego, hay voluntad activa. Y debéis llegar a tal punto que podáis penetrar en las demás sustancias de la naturaleza, de modo que una cerilla encendida no sea para vosotros solo la apariencia exterior tal y como se describe hoy, sino que sea para vosotros voluntad activa. Porque si lográis transformar vuestra mente de esta manera, en cierto sentido, transformarla correctamente, entonces descubriréis que vuestra alma aprende a sentir de forma muy diferente, aprende a situarse de manera muy diferente ante el entorno en el que os encontráis. Entonces no solo surgirá una experiencia como la que se alcanza al vivirla en la realidad. Os sentiréis unidos, con vuestra propia voluntad activa, a lo que es el fuego. Os iréis integrando en el mundo, a partir de vuestro ser humano, tal y como se describe en la Tabla 5, y podréis percibir el fuego de una forma mucho más sutil que antes, porque surge una afinidad con vuestra propia voluntad. Allí donde aparece el fuego, percibís esa afinidad. Debéis aprender: «Yo estoy dentro de este fuego, pues es voluntad en acción; forma parte de mí como mi propio dedo».

Solo experimentaréis el aire en vuestra esencia si lo vivís como valor. Dondequiera que haya viento, viento que sopla en la naturaleza, lo sentiréis en vuestra propia alma como valor. Así pues, lo que veis en la naturaleza exterior como aire, eso es valor. El valor es aire. Eso es lo que debéis experimentar en vuestra alma.

El agua es la manifestación exterior de la sensación. Donde surge la sensación, actúa interiormente lo mismo que donde aparece el agua exteriormente. El agua es sensación.

Y donde hay tierra, tierra firme: lo firme es lo mismo que el pensamiento. En el pensamiento, la vida se congela.

Si podéis asimilar meditativamente estos cuatro pensamientos, podréis aprender a conocer el fuego es voluntad activa; si podéis considerar la apariencia exterior del fuego como una revelación de la voluntad activa; si podéis enfrentaros al fuego de tal manera que veáis en él la voluntad activa, del mismo modo que veis el espíritu y el alma en una figura humana; si podéis percibir que la forma exterior del fuego es maya; si podéis percibir en el viento que sopla y en las nubes que son manifestaciones que revelan el valor; si podéis enfrentaros al agua de tal manera que sea la sensación que se manifiesta en todas partes del mundo; si podéis enfrentaros a la tierra de tal manera que veáis en ella, en todas partes, algo que es igual a vuestros pensamientos, entonces encontraréis el camino para reconocer también en vosotros mismos aquello de lo que podemos hablar en los ocho días: que el proceso orgánico que se produce en vosotros como formación de la tierra, que partiendo de la cabeza se extiende hacia abajo, que este proceso orgánico es una formación continua de la tierra, la unión de un elemento sustancial de la formación de la tierra, que es pesado, y que este es la esencia del pensamiento.

Si os adentráis en la esencia de la respiración, si sentís cómo en ella circula el elemento aéreo del ser humano, entonces comprenderéis todo aquello que constituye la actividad en el ser humano, aquello que le conduce al mundo exterior para afirmarse en él, eso lo reconoceréis en lo aéreo, en la acción de lo aéreo en el ser humano. Y trataréis de aprender, a partir de diversas manifestaciones de la naturaleza, lo que ocurre con el aire en el propio ser humano.

Y os daréis cuenta de que todo lo que ocurre en el ámbito acuoso —lo que constituye el organismo acuoso del ser humano, el organismo líquido del ser humano con sus movimientos internos— es aquello en lo que vive la sensación, esa sensación que discurre de forma centrífuga y centrípeta. Lo que es el movimiento del aire lo reconoceréis cuando tengáis, por así decirlo, un movimiento semicircular, un movimiento de arriba hacia abajo. Reconoceréis que lo que vive en lo líquido se encuentra en el ser humano como movimiento centrípeto y centrífugo, y trata de mantener el equilibrio en todas partes. Aprenderéis, a partir de la observación de lo que hace la naturaleza en el exterior, a establecer la transición hacia lo que ocurre con estos elementos en el ser humano. Pero la condición fundamental es que no nos quedemos en una observación ordinaria, pues toda observación ordinaria nos convierte a nosotros mismos en tierra, nos reseca y nos endurece; en ella perdemos la movilidad.

Habéis captado mucho de lo que hoy he esbozado, aunque se han omitido muchos eslabones intermedios. Pero no puedo daros todos los detalles, eso llevaría demasiado tiempo. Solo puedo ofreceros algunas ideas. De ellas podréis deducir que toda la forma de abordar el estudio debe cambiar. Ahora veréis, pues, que lo que aquí os sugiero puede dar verdaderos frutos en vosotros. Para ello es necesario que respondáis a gran parte de las preguntas que habéis planteado con el corazón apesadumbrado —y que yo he leído con el corazón apesadumbrado, porque apuntan tan profundamente a lo que la época necesita— manteniéndoos en contacto permanente con el Goetheanum. De este modo, dondequiera que curséis vuestros estudios de medicina, podréis experimentar un enriquecimiento continuo de los mismos. Ahora bien, para ello es necesario, naturalmente, que tengáis realmente la sensación de que hay que esforzarse y aprender con seriedad. Hay que trabajar con seriedad. Y debéis tener un segundo sentimiento, que debe brotar de vosotros mismos con total sinceridad y honestidad; es algo por lo que debéis decidiros o no, pero debéis tener la sensación de que, en un futuro próximo, el enriquecimiento de los estudios de medicina debe partir de Dornach. Y en Dornach se fomenta el enriquecimiento de los estudios de medicina tal y como debe ser hoy en día, de modo que en medicina realmente haya que elegir el camino que hay que seguir.

Por un lado, estará la cuestión del karma. Porque, evidentemente, todo aquel que quiera sanar debe tener precisamente una relación íntima con el karma del mundo. Bueno, hablaré más sobre esto en las próximas horas. No se puede sanar en contra del karma. Solo se puede sanar en consonancia con el karma. Pero el karma no es algo sobre lo que se pueda decir de forma trivial: «Si alguien está enfermo, debe seguir estándolo, ese es su karma, y si se recupera, es su karma el que le concede la recuperación». No se debe juzgar así. La forma concreta en que actúa el karma en la vida humana es una cuestión que requiere realmente una profundización cósmica exhaustiva. Desde Dornach se ocuparán de estas cuestiones para quien las busque.

Ya he dicho que, en el futuro, los impulsos provendrán realmente de fuentes esotéricas. Porque es imprescindible que se tengan en cuenta aquellas cosas que simplemente son realidades y con las que se ha contado en gran medida en el Congreso de Navidad, en la fundación de la Sociedad Antroposófica Universal. Y esto es lo que se aplica al ámbito de la medicina: se trata, ¿verdad?, de que, en un sentido aún mucho más profundo de lo que dije ayer, no tengo ningún temor en lo que respecta a los remedios si otros los imitan, siempre y cuando en el futuro se comprenda correctamente que, en un sentido aún mucho más profundo, el estudio esotérico de la medicina debe llevarse a cabo en relación con Dornach. Para ello será necesario que, en el futuro, el estudio de la medicina se lleve a cabo, en realidad, de la misma manera que las demás ramas de la vida espiritual de Dornach. Verán, en la vida de la Sociedad Antroposófica siempre ha sido así: de todas las personalidades que han querido convertirse en esotéricos en la Sociedad Antroposófica, no se han respetado con suficiente rigor las condiciones de la vida esotérica, es decir, simplemente las condiciones internas de la vida esotérica. Y así, dentro del movimiento antroposófico, a lo largo de los años solo hemos logrado alcanzar lo necesario en dos ámbitos: en el ámbito de la antroposofía general y en el de la euritmia y la oratoria. Pero aquello que en estos ámbitos se ha desarrollado como actividad interior, como actividad interior autónoma, debe desarrollarse realmente en todas las secciones que ahora se van a crear. Y para ello es necesario que uno se someta con verdadera confianza a las condiciones que se establecen desde aquí. Entre estas condiciones se encuentra la de que, en un primer momento, yo me encargaré de todos los asuntos relacionados con el ámbito médico junto con la Dra. Wegman, quien se ha preparado para la medicina a lo largo de todo el movimiento antroposófico y ahora está tan inmersa en esta corriente médica que tendrá que dirigirla junto a mí. Y así, solo quien se una con confianza a la Dra. Wegman podrá encontrar su camino partiendo de Dornach. Por ello, en los próximos tiempos habrá que tomar las medidas necesarias para que quienes deseen mantener un contacto permanente con la Sección para la Revitalización de la Medicina se dirijan a la Dra. Wegman con sus inquietudes, con plena y absoluta confianza, en la forma que aún se podrá discutir más adelante. Periódicamente, más o menos cada mes, responderemos en un boletín a las preguntas pertinentes de aquellos que, al finalizar este curso, se hayan entregado, por así decirlo, como alumnos del Goetheanum de Dornach. Así será en esta sección y también en otras. Estos boletines responderán a las preguntas que plantee cada uno, y todos aquellos que participen en la sección correspondiente recibirán las respuestas. Pero sin confianza interior no será posible. De este modo se creará una relación real, y todos vosotros habréis satisfecho vuestras necesidades médicas humanas también de cara al futuro próximo. En un primer momento, hay que organizar el asunto de tal manera que, hasta que podamos pasar a otras medidas, se cree así una conexión.

El gran error que se ha cometido hasta ahora en la vida esotérica es que, con una falta de modestia exagerada, las personas pensaban que siempre debían recibir de mí sus ejercicios esotéricos. Todos quieren tratar conmigo, pero no con otros. ¡En eso ha fracasado hasta ahora el esoterismo! Solo es posible, partiendo de una base oculta interna, que aquello que vive en la fuente del esoterismo sea transmitido a través de las personalidades adecuadas. Esta transmisión, en un primer momento a través de las personalidades destinadas a ello por el destino, forma parte del esoterismo. Esto se ha rechazado debido a la falta de modestia de la gente. Si eso no ocurre, naturalmente tampoco avanzaremos en el marco de la recién fundada Sociedad Antroposófica. Tiene que ocurrir.

Esto es lo que he esbozado en un primer momento. Voy a explicar con más detalle en qué debe consistir ahora la esotería activa. Solo quería plantearos esto y continuar mañana con la reflexión esotérica. Entonces me gustaría responder realmente a la mayor parte de las preguntas que se han planteado y que siempre se reducen a lo siguiente: ¿Cómo encuentro una formación que parta de Dorn? - Podéis encontrarla, pero debéis tener confianza. No se trata de una fe ciega en la autoridad, sino de construir de forma sensata sobre una base, una base interior, aceptando las condiciones que el destino ha creado. Bueno, esto es todo por hoy; mañana continuaremos. Ya abordaré algunas preguntas concretas, en la medida en que la respuesta deba aceptarse de esta manera.


Traducido por J.Luelmo