CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 26

GA316 Dornach, 2 de enero de 1924 - Ilusión de la imagen humana presentada de manera contorneada

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Ilusión de la imagen humana presentada de manera contorneada

Dornach, 2 de enero de 1924

¡Queridos amigos! Lo primero de lo que me gustaría hablarles, es de lo referente a los propios estudios de medicina. Hoy en día, los estudios de medicina se cursan de tal manera que se basan en una cosmovisión de las ciencias naturales, —o, mejor dicho, en una interpretación de las ciencias naturales—, que no llega hasta el ser humano y que, en la actualidad, no es en absoluto adecuada para decir nada sobre el ser humano. Y en realidad, así es como los jóvenes médicos se acercan al enfermo, y llegan hasta él sin poder tener una idea real del ser humano sano. Porque, verán, cuando se aprende en un primer momento la anatomía y la fisiología de tal manera que se tiene la idea de que lo esencial del organismo humano son los órganos y los sistemas orgánicos que se presentan con contornos fijos, como el sistema óseo, el sistema muscular, y si uno se ha acostumbrado a ver estos sistemas precisamente con esos contornos definidos con los que se suelen dibujar, se acaba adquiriendo una visión totalmente errónea del ser humano. Porque aquello que se dibuja de esta manera y que también se imagina dibujado, lo que en realidad se obtiene como contenido de su conocimiento, se encuentra en un proceso continuo de devenir, en una construcción y desintegración continuas, en un devenir constante, en un surgimiento y una desaparición continuos. Y cuando empezamos a considerar este surgir y desaparecer, nos damos cuenta de inmediato de que, en lo que respecta al organismo humano, debemos pasar de lo contorneado a lo fluido, lo no contorneado, que necesitamos imaginarnos al ser humano como el resultado, por así decirlo, de una corriente que perdura en determinados puntos, y debemos añadir a lo que, en realidad, es la parte más insignificante del ser humano, al «ser humano líquido», si se me permite expresarlo así, al ser humano que ya no está sujeto a aquellas leyes a las que están sujetos los cuerpos nítidamente contorneados. Hoy en día, basándose en conceptos anatómico-fisiológicos, se suele pensar que, cuando se ingiere líquido para saciar la sed, y luego se sigue ingiriendo cada vez más de ese mismo líquido, dicho líquido, —que, digamos, tras haber bebido un vaso de agua, viene a continuación como cuarto o quinto vaso—, pasa por el organismo el mismo proceso que el primero. Pero eso no es cierto. El primer vaso de agua recorre un proceso complejo hasta saciar la sed; el segundo vaso de agua, cuando la sed ya no es tan intensa, atraviesa el organismo mucho más rápido que el primero, sin pasar por ese proceso. No recorre en absoluto los complicados caminos que ha recorrido el primer vaso, y en el caso del segundo vaso de agua se trata más bien de una especie de simple flujo continuo en el ser humano como ser líquido, si se me permite expresarlo de forma un tanto simplista.

Y así, debemos decir que un verdadero conocimiento del ser humano debe tener en cuenta, en primer lugar, los órganos de contornos bien definidos, pero también aquello que está en constante movimiento dentro del organismo. Ciertamente, también se hace referencia a eso, a lo que está en movimiento, pero de tal manera que se pretende comprender más a fondo los fluidos que se encuentran en movimiento, —y, en general, la configuración líquida del organismo humano—, únicamente según las leyes de la dinámica o de la mecánica. Pero no es cierto que estas leyes sean aplicables; más bien, en el momento en que se tiene en cuenta al ser humano como ser líquido, interviene en él el llamado cuerpo etérico del ser humano.

El cuerpo físico del ser humano es simplemente aquello que se corresponde con los dibujos anatómicos que se pueden ver en los atlas y libros de anatomía. Sin embargo, hay que dejar de lado lo que constituye la circulación de fluidos en el organismo humano. La circulación de fluidos en el organismo humano no depende de fuerzas terrenales; las fuerzas terrestres también intervienen, pero en su esencia no depende de ellas, sino de aquellas fuerzas planetarias de las que he hablado en la conferencia, por lo que debemos decir lo siguiente: mientras tengamos que ver con órganos y sistemas orgánicos claramente definidos, solo entran en juego las fuerzas terrestres. En el momento en que nos ocupamos de lo que circula, ya sea la circulación del jugo alimenticio o del jugo alimenticio ya transformado en sangre, las fuerzas que lo dirigen no son terrestres, sino planetarias. Profundizaremos en el tema con más detalle. Por ahora, solo se trata del principio.

Así, hemos asignado esencialmente al ser humano sólido el cuerpo físico, y al ser humano líquido el cuerpo etérico. Ahora bien, en el organismo humano también interviene lo aéreo, lo gaseoso, y más de lo que muchos creen. En la medida en que lo gaseoso está presente en nuestro organismo de forma constitutiva y vivificante, depende totalmente del cuerpo astral, de modo que, por ejemplo, la respiración del ser humano, en su manifestación física, debe entenderse como una función del cuerpo astral.

Y precisamente en el caso del cuarto ser humano, el ser térmico, —me refiero, pues, al ser físico, que está asociado al cuerpo físico; al ser líquido, que está asociado al cuerpo etérico; al ser gaseoso, es decir, de la actividad de todo lo gaseoso o aéreo, que está asignado al cuerpo astral—, en lo que respecta al ser térmico, no cabe duda alguna de que en el espacio que el ser humano ocupa físicamente, e incluso más allá de él, existe un calor diferenciado. Si miden detrás de la oreja o bajo la axila, encontrarán un organismo térmico muy diferenciado. Los grados de calor varían en cada lugar. Del mismo modo que se puede decir que en un lugar determinado del ser humano se encuentra el hígado, también se puede afirmar que los órganos intestinales se encuentran en un lugar muy concreto; ambos tienen temperaturas muy diferentes. La temperatura del hígado es muy distinta, ya que el hígado tiene una organización térmica muy especial. Esta organización térmica está asignada originalmente a la organización del «yo». Pero ahora es cuando, en realidad, tienen la posibilidad de imaginarse al ser humano, en la medida en que este lleva en su interior las sustancias que, por lo demás, se encuentran en la Tierra en estado sólido, líquido, gaseoso y térmico. Lo térmico está dirigido desde la organización del «yo». Ahora bien, cuando algo presenta un determinado estado térmico, dicho estado actúa sobre aquello que ese calor en cuestión impregna, y aquí es donde se entra en el estado real de la organización del yo. Por lo general, lo que hace la organización del yo en el organismo humano, lo hace de forma indirecta a través de la organización térmica. Supongamos, pues, que camino, que simplemente camino. Al caminar, intervengo desde mi organización del «yo» en la organización térmica de mi organismo. Lo que hace el calor, —en la medida en que las piernas están llenas de líquidos que rellenan los componentes sólidos de las piernas—, aunque es indirectamente una consecuencia de la organización del «yo», la organización del «yo» solo interviene directamente en el organismo térmico. Así pues, en todo el organismo, —en la organización sólida, líquida, gaseosa y térmica—, observamos en todas partes la intervención de la organización del «yo», pero solo de forma indirecta, a través de la organización térmica. Por otra parte, en todo el organismo observamos la intervención del cuerpo astral, pero el cuerpo astral solo interviene directamente en la organización del aire que tenemos, y así sucesivamente. Ya pueden imaginarse el resto.

Bueno verán, de esta manera, sin embargo, se le abre la posibilidad de algo completamente distinto. Si toman lo que hoy se les ofrece en fisiología y anatomía, lo que allí se dibuja tan bien y se considera que representa al ser humano en su totalidad, si toman eso, nunca tendrán la oportunidad de pasar de ese ser humano, —que en realidad no puede existir—, a lo anímico, y mucho menos a lo espiritual. ¿Qué relación podría tener, por Dios, algo anímico o espiritual con ese ser humano que hoy describen la fisiología o la anatomía? De ahí que hayan surgido todo tipo de teorías, aparentemente bien elaboradas, sobre la interrelación entre lo anímico-espiritual y lo corporal. La más ingeniosa, porque es la más absurda, —algo que en nuestra época suele ir de la mano—, es la del paralelismo psicofísico. Se dice que ambas cosas discurren al mismo tiempo y van en paralelo, sin que se busque en absoluto un puente entre ellas. Pero en el momento en que se llega a la diferenciación térmica organizada y se observa la intervención de la organización del «yo» en dicha diferenciación, uno se ve llevado a decirse: Sí, en el éter térmico es perfectamente concebible que la organización del «yo» intervenga y, de este modo, a través del camino indirecto de la organización térmica, llegue a todo el ser humano hasta la organización física, de contornos bien definidos. - La razón por la que no se podía encontrar el puente entre lo físico y lo anímico en el ser humano era simplemente que no se tenía en cuenta que el ser humano posee esta organización sucesiva, en la que interviene la organización espiritual-anímica. De hecho, es cierto que, si por ejemplo tiene miedo, el simple hecho anímico puede actuar en un primer momento sobre su naturaleza térmica. Por supuesto, no puede imaginar que el hecho anímico de experimentar el miedo haga que le tiemblen las extremidades; eso es inconcebible, por lo que debe recurrir a algo así como el paralelismo psicofísico. Pero sí puede imaginar que, a través del miedo, la organización anímica, que está anclada en el éter térmico, se ve afectada, y que el miedo se manifiesta en el cambio correspondiente del estado térmico. De este modo, el organismo del calor se transmite a la respiración, al cuerpo líquido y, desde allí, hasta el cuerpo sólido del ser humano. Solo así encuentran la posibilidad de tender un puente entre lo físico y lo anímico.

Sin embargo, nunca se podrá pasar de la comprensión del ser humano sano a la comprensión del ser humano enfermo si no se adquiere primero esta visión del ser humano. Porque, verán, si tomamos cualquier órgano de la organización humana, digamos el hígado o el riñón, que en la denominada organización normal reciben de una manera determinada los impulsos de la organización del yo, —puesto que estos impulsos de la organización del yo intervienen primero en el organismo térmico y luego descienden hasta el hígado o el riñón, de contornos bien definidos, y así sucesivamente—, si consideramos esto, entonces, naturalmente, existe la posibilidad de que esta intervención de la organización del yo, a través del rodeo de la organización térmica, intensifique el comportamiento cotidiano o se desvíe de él; es decir, que la organización del yo del hígado o del riñón actúe con demasiada intensidad sobre la organización térmica, de una forma en la que no debería hacerlo, y en el mecanismo que debe existir en el organismo humano para que la organización del «yo» pueda actuar en él, cuando este mecanismo se manifiesta de una manera errónea, —por así decirlo, desplazada—, existe precisamente la posibilidad de que este organismo humano enferme. De hecho, si uno se imagina el organismo humano tal y como lo conciben hoy en día la anatomía o la fisiología, este no puede enfermar. ¿De dónde vendría entonces el estado de enfermedad? Debe existir de alguna manera en el organismo la posibilidad de que surja la enfermedad. Ahora bien, la organización del «yo» debe actuar de una manera bastante intensa, por ejemplo, sobre el corazón, es decir, sobre el corazón a través de la organización del calor. Si ahora, por cualquier circunstancia, —también en el mundo exterior se puede desviar lo que es estado térmico hacia otro lugar de forma indeseada y desarmónica—, lo que debería ocurrir en el corazón a través de la organización térmica ocurre en el riñón o en el hígado, entonces sucede en el organismo algo que tiene que suceder. Simplemente se desvía, se desvía, y ahí está la posibilidad de enfermar.

Solo teniendo en cuenta algo así se llega a comprender la posibilidad de que surja una enfermedad; de otro modo, no. Debe decirse a sí mismo: todo lo que ocurre en el organismo humano es un proceso natural. —Pero la enfermedad también es un proceso natural. ¿Dónde termina el proceso sano? ¿Dónde empieza el proceso patológico? ¿Cómo se transforma el proceso sano en patológico? Estas preguntas son absolutamente imposibles de responder si uno se limita a lo que ofrecen la fisiología y la anatomía convencionales. Solo cuando se sepa que lo que está enfermo en el hígado es sano en el corazón y debe estar allí para que el ser humano esté completo, podrá uno hacerse una idea de la posibilidad de la enfermedad. Porque si el organismo humano, partiendo de la organización del yo, no pudiera, por ejemplo, generar la organización del calor, que debe estar en la zona del corazón, este organismo humano no podría, por ejemplo, pensar ni sentir. Pero si interviene en la organización del hígado o de los riñones, surge la necesidad de expulsarlo de allí, es decir, de devolverlo, por así decirlo, a sus límites originales. Y vean, queridos amigos, para eso existen precisamente en la naturaleza sustancias y actividades sustanciales que pueden asumir, órgano por órgano, la actividad del cuerpo etérico, la actividad del cuerpo astral y la actividad de la organización del yo. Digamos, pues, que la organización del yo interviene de forma incorrecta en el riñón, —todo esto solo pretende servir hoy como introducción, en los próximos días trataremos el tema con mayor profundidad—, supongamos que la organización del «yo» interviene de forma demasiado intensa en los riñones; entonces, al administrar Equisetum arvense de una manera determinada, se le da al riñón la posibilidad de hacer lo que, en ese estado anormal y enfermo, haría normalmente la organización del «yo». Así pues, lo que ocurre es que, en el estado de enfermedad, la organización del «yo» interviene en la organización renal, pero de una forma en la que solo debería intervenir en el corazón, no en el riñón. Se trata de una actividad que no debería estar presente allí y que se ejerce porque el organismo del «yo» ejerce su actividad de forma demasiado intensa. Solo se consigue eliminarla si se introduce en el riñón, de forma artificial, una actividad que equivalga a esta actividad del organismo del yo. Eso es precisamente lo que se puede aportar al riñón si se consigue administrar el Equisetum arvense de la forma adecuada, en su función y en su actividad sobre el riñón. El riñón tiene una gran afinidad con el Equisetum arvense. En ese mismo instante, la actividad se refleja en el riñón y se recupera la organización del «yo». Pero entonces, cuando el órgano enfermo puede llevar a cabo su actividad patológica de otra manera y se le devuelve, por así decirlo, la organización del «yo» a su función propia, esta organización del «yo» actúa a partir de ese momento de forma curativa. Se pueden invocar los llamados cuerpos superiores para que desarrollen una actividad curativa si se los expulsa del órgano enfermo y se los vuelve a asignar a su función. Entonces, este cuerpo, mediante una fuerza reactiva que surge, actúa de hecho de forma curativa sobre el órgano enfermo. Pero si se quiere penetrar en tales fuerzas, tal y como son, si se quiere conocer la organización humana en su relación con la estructura del cosmos, con la estructura de los tres reinos de la naturaleza que rodean al ser humano en la Tierra, entonces hay que practicar una ciencia natural diferente a la que se practica con frecuencia hoy en día.

Quiero ponerles un ejemplo. Todos conocen un hormiguero; ustedes saben que de las hormigas se extrae el ácido fórmico. Hoy en día se habla del ácido fórmico como lo haría un químico, —incluso un químico farmacéutico, si se quiere—, pero hay algo que se desconoce. No se sabe, por ejemplo, que un bosque en el que no hay hormigas que realicen su labor sufre un daño terrible debido a lo que se descompone en los rizomas y demás. Esto supone un daño terrible para el desarrollo de la Tierra. La Tierra se está pudriendo, por así decirlo, a causa de sus restos orgánicos en descomposición. Pero imagínese, —esto es solo a modo de introducción, en términos generales—: la madera de la que procede la vegetación, que, por así decirlo, ha pasado a una especie de estado mineral, pulverizada, en descomposición. Debido a la actividad de las hormigas, siempre hay una concentración extraordinariamente elevada de ácido fórmico en el suelo y en el aire de la zona del bosque. Este ácido fórmico penetra en la materia en descomposición, y de lo que surge de la interacción entre la acción del ácido fórmico y la materia en descomposición, se salva de nuevo el desarrollo posterior, de modo que el polvo no se dispersa en el espacio cósmico, sino que puede aportar material para el desarrollo de la Tierra; así, esas sustancias que aparentemente no son más que secreciones de insectos u otros animales, si se reconocen correctamente sus funciones, son en realidad las salvadoras del desarrollo de lo terrenal.

Verán, el hecho de analizar las sustancias tal y como lo hace hoy en día el químico nunca conduce a reconocer las funciones cósmicas de las sustancias. Pero sin reconocer las funciones cósmicas de las sustancias, tampoco se pueden reconocer las funciones de las sustancias que se introducen en el interior del ser humano. Lo que ocurre de forma totalmente imperceptible con el ácido fórmico en la naturaleza, ocurre continuamente en el organismo humano con el ácido fórmico. Así, como ya pude destacar en otra conferencia, el organismo humano depende de mantener siempre en su interior una determinada cantidad de ácido fórmico, ya que este restaura las sustancias humanas que, de otro modo, se deteriorarían debido al proceso de envejecimiento. Ahora bien, en determinados casos puede tratarse de constatar que el ser humano tiene muy poco ácido fórmico en su organismo. Lo que hay que saber es que los distintos órganos contienen cantidades diferentes de ácido fórmico. Ahora bien, se trata de averiguar en qué órgano el ser humano tiene muy poco ácido fórmico. A continuación, se trata de aportar ese ácido fórmico al organismo. Se encontrarán casos en los que, al administrar ácido fórmico, este no surta efecto, y otros en los que resulte de gran ayuda. Se da el caso de que el organismo se defiende directamente contra la ingesta directa de ácido fórmico, pero que, cuando aumenta su contenido de ácido triptico, tiende en gran medida a producir ácido fórmico a partir del propio ácido triptico. En los casos en los que no se logra controlar la situación con ácido fórmico, a menudo es necesario iniciar un tratamiento con ácido oxálico, ya que en el organismo humano, el ácido oxálico se transforma en ácido fórmico. Esto no es más que una indicación de lo necesario que es conocer no solo los órganos bien definidos, sino también los procesos de los jugos y los fluidos, tanto en el cosmos como en el interior del organismo humano, y ello en todos sus detalles.

Verán, hay ciertos procesos que tienen lugar en la naturaleza y que el ser humano provoca: se pueden observar, pero su significado completo no puede comprenderse mediante la interpretación de las ciencias naturales.

Quiero mostrarles un fenómeno muy sencillo. En las regiones del sur hay higueras. Hay higueras que producen higos silvestres y otras que producen higos cultivados, higos dulces. La gente es bastante ingeniosa a la hora de obtener higos dulces. Hacen lo siguiente: inducen a una determinada especie de avispa a que ponga sus huevos en un higo, en un higo que haya crecido de forma natural. De este modo, del embrión de la avispa surge una larva que se transforma en crisálida. Los agricultores interrumpen este proceso y hacen que la joven generación de avispas ponga huevos por segunda vez al año. De este modo, al producirse una segunda puesta de huevos por parte de la generación de avispas generada ese mismo año, se consigue que el higo en el que la segunda generación deposita sus huevos adquiera un dulzor notable. La gente del sur lo hace así: primero cogen higos que ya están casi maduros, los atan de dos en dos con fibra de líber y los cuelgan de la rama. Así, se deja que las avispas piquen los higos; al estar ya cortados, la maduración del fruto se acelera considerablemente. De este modo, la primera generación de avispas se desarrolla muy rápidamente, pasa al otro higo, que no se ha recogido, y este se endulza considerablemente gracias a ello.

Este proceso es muy importante, queridos amigos, porque en el seno de la propia naturaleza, en la sustancia continua de la higuera, ocurre lo mismo: lo que se separa se vuelve a unir cuando la avispa, —o, por qué no, la abeja—, extrae el néctar de las flores, lo lleva a la colmena y produce la miel. De hecho, lo que en la abeja se desarrolla en el proceso que va desde las flores, de las que las abejas absorben el néctar, hasta la producción de miel en la colmena, tiene lugar dentro de la propia higuera. Al provocar este proceso, el habitante del sur desencadena en el higo, —que hace que la joven generación de avispas pique—, un proceso de producción de miel. Este higo, picado por la joven generación, inicia en su interior un proceso de producción de miel. Aquí tenemos la metamorfosis de dos procesos naturales, uno de los cuales se desarrolla de forma separada, ya que las abejas recogen el néctar de flores lejanas y lo transforman en miel dentro de la colmena. El otro se desarrolla en el mismo árbol en el que se colgaron los dos higos: los que maduran más rápido dan lugar a una generación de avispas más rápida, que a su vez pican a otro higo. Al picar a los demás higos, aparecen higos dulces por todas partes. En realidad, habría que estudiar estos procesos, pues son los fenómenos naturales que hay que tener en cuenta. En el ser humano tienen lugar procesos de los que la fisiología y la anatomía actuales simplemente no tienen ni idea, porque no amplían su análisis a procesos naturales como los que acabo de describir. Se trata precisamente de observar los procesos más sutiles de la naturaleza; solo así se llegará a un verdadero conocimiento del ser humano.

Pero todo ello requiere un sentido de la naturaleza verdaderamente innato, la capacidad de observar en su conjunto el calor, las corrientes de aire, el calentamiento y el enfriamiento del aire, la participación de los rayos del sol en el calentamiento y el enfriamiento del aire, el vapor de agua en la atmósfera, el maravilloso efecto del rocío matutino sobre las flores y en todas las plantas, los maravillosos procesos que tienen lugar, digamos, en una manzana de gallo, que, al fin y al cabo, también surge de una picadura de avispa y de la deposición de un huevo. Pero hay que ser capaz de observar todo eso con la vista macroscópica. Para ello se necesita un sentido de la naturaleza. Y ese sentido de la naturaleza ciertamente no existe cuando se hace que todo dependa, como ocurre en la observación actual, del encierro en el preparado que se obtiene mediante la microscopía. Así se le quita el objeto a la naturaleza. Verán, ahí hay una terrible ilusión. ¿Qué se busca realmente al observar con el microscopio? Se busca ver lo que no se ve a simple vista. Al ampliar el objeto hasta dimensiones gigantescas, se cree que tendrá el mismo efecto que tiene en su forma más pequeña. Pero lo que se observa es un objeto totalmente falso, se observa un objeto irreal. La microscopía solo tiene sentido si uno mismo posee tal sentido de la naturaleza que, tras haberlo observado en el microscopio, sea capaz de modificar interiormente el objeto en cuestión hasta alcanzar la minúscula dimensión correspondiente. Entonces la cosa cambia por completo; ya se ve una cosa totalmente diferente. Cuando se ve algo ampliado, hay que ser capaz de reducirlo de nuevo en tu interior, simplemente mediante tu interioridad. Normalmente no se hace eso. En la mayoría de los casos, no se tiene ni idea de que las proporciones de los objetos naturales no son en absoluto relativas. La teoría de la relatividad es algo realmente hermoso y grandioso, sencillamente incuestionable en la mayoría de los ámbitos. ¡Pero el organismo humano! Hace tres años participé en un debate entre profesores. La gente no entendía lo más mínimo cuando se les decía que el organismo humano no puede, por ejemplo, ser el doble de grande de lo que es, ya que no podría sobrevivir; el tamaño que tiene no está condicionado de forma relativa por el cosmos, sino de forma absoluta. Y ante un tamaño superior a la norma, como en el caso de un gigante, o inferior a la norma, como en el de un enano, ya entramos en el ámbito de las enfermedades. Y por eso hay que decir que, cuando se observa algo bajo el microscopio, lo primero que se ve es una mentira y hay que ser capaz de reducirla a la verdad. Pero solo se puede reducir a la verdad si se tiene un sentido innato de lo que ocurre ahí fuera, en la naturaleza.

Por eso es importante fijarse en algo como la colmena y aprender que la abeja por separado no es sabia sino mas bien estúpida. Tiene instintos, pero es estúpida; sin embargo, la colmena en su conjunto es extraordinariamente sabia. Verán, hace poco tuvimos unas charlas muy interesantes con los trabajadores de arriba, a quienes, cuando hay horarios fijos, imparto dos charlas a la semana. Estábamos hablando del reino de las abejas cuando surgió una pregunta muy interesante. El apicultor conoce muy bien su importancia. Cuando hay un «padre de las abejas» muy querido por la colonia y este enferma o muere, toda la colonia se desorganiza de hecho. Así es. Entonces, alguien que pensaba muy en la línea de la visión actual dijo: «Pero la abeja no ve con tanta claridad, no tiene ninguna idea del apicultor, del padre de la colmena, ¿cómo va a surgir de alguna manera un sentimiento de pertenencia?». Pero hay mucho más. Supongamos que el apicultor se ocupa de la colmena este año; al año siguiente hay una colonia completamente diferente en su interior, se ha renovado por completo salvo por la reina, y solo hay abejas jóvenes. ¿Cómo va a surgir entonces el sentimiento de pertenencia? —Respondí lo siguiente: quien conoce el organismo humano sabe que, en determinados períodos, este renueva todas sus sustancias. Supongamos que alguien conoce hoy a una persona que se va a América y regresa al cabo de diez años. Se encuentra con una persona completamente diferente a la que conoció hace diez años. Se encuentra con que todas las sustancias se han renovado, se encuentra con una composición totalmente diferente. Pues en la colmena no ocurre nada diferente a lo que sucede donde las abejas se han renovado, pero se mantiene la unión entre la colmena y el zángano. Esta unión se basa en que en la colmena habita una sabiduría inmensa; no es solo ese pequeño grupo de abejas individuales, sino que la colmena tiene realmente un alma propia y concreta.


Eso es precisamente lo que hay que asimilar en nuestro sentido de la naturaleza: esta idea de que la colmena tiene un alma. Así podremos extender a muchos otros ámbitos esas ideas, que se basan en un sentido de la naturaleza verdadero y real. Y solo con ese tipo de conocimiento, sustentado por un sentido de la naturaleza capaz no solo de observar al microscopio, sino también a simple vista, —si se me permite la expresión—, podremos acercarnos tanto a las personas sanas como a las enfermas. Eso es lo que haremos en los próximos días, prestando especial atención a lo que me gustaría denominar la moral de los estudios de medicina y de la ciencia médica. Eso es lo que haremos en los próximos días.

Traducido por J.Luelmo