CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA091 Landin, 16 de septiembre de 1906 - Evolución e involución

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 RUDOLF STEINER. 

NOTAS DE MATHILDE SHOLL 1904 - 1906
   
EVOLUCIÓN E INVOLUCIÓN
 

Landin, 16 de septiembre de 1906


El reino vegetal es el símbolo de la evolución. Es el verdadero reino de la vida, del segundo Logos, del principio crístico. Cómo se desarrollan la evolución y la involución en el cosmos y en todas las partes del cosmos, lo vemos a diario ante nosotros en el reino vegetal. Una planta se desarrolla ante nuestros ojos. Partiendo de una sola semilla brota una nueva vida que antes dormía en su interior. Las fuerzas del mundo rodean la semilla, la humedad, el calor y la luz actúan sobre ella; las fuerzas vitales contenidas en la semilla responden y emergen; se revelan, pasan de la unidad a la pluralidad, al número. Las fuerzas ocultas se desarrollan cada vez más y surgen hojas y flores. Así brota ante nosotros la vida de la planta. Así es como la vida se nos revela en su forma exterior.

En esta configuración de la vida y en esta transformación de la vida en la forma externa, llega un momento en el que parece que la fuerza vital se ha agotado, ya que la planta deja de crecer, ya que aparentemente se detiene en su crecimiento; y a continuación la vemos incluso marchitarse y morir, quedarse sin vida. Pero su vida no se ha perdido, ya que deja atrás una semilla viable. Esta contiene todo lo necesario para dar lugar a una nueva forma de vida. Las fuerzas vitales de la planta muerta no han desaparecido, sino que se han incorporado a la semilla. Allí se han reunido todas las fuerzas vitales de la planta y allí descansan hasta que llega el momento de despertar de nuevo.

Así, ante nuestros ojos se desarrolla cada día el misterio de la evolución y la involución. Al igual que en las plantas, también podemos observar la evolución y la involución físicas en los animales y los seres humanos. Todas las fuerzas del animal y del ser humano, tras alcanzar la madurez en el individuo, confluyen en las semillas para dar lugar a nuevos seres físicos.

Si elevamos nuestra mirada hacia la evolución cósmica, también vemos allí cómo la evolución y la involución se suceden. La divinidad creó esta Tierra a partir del caos. Antes, la Tierra era desierta y vacía; es decir, no había vida. El espíritu de Dios se cernía sobre las aguas. Descansaba sobre las semillas de la vida para despertarlas, para que se desarrollaran y cobraran vida, para que la vida oculta en ellas pudiera manifestarse. Y así, el poder divino despertó de las semillas de vida dormidas forma tras forma, al igual que hoy el sol despierta las semillas que descansan en la tierra y las lleva a la vida.

También en el cosmos se suceden épocas de manifestación, de vida, y otras en las que la vida se retrae en sí misma. El sabio indio denomina a estos grandes períodos cósmicos «los días y las noches de Brahma», su exhalación e inhalación; también en la doctrina religiosa hebrea se habla de los días de la creación. Son grandes períodos cósmicos de revelación de la vida. Tampoco aquí se suceden los días sin interrupción, sino que entre ellos hay noches en las que la vida se retira de nuevo en sí misma para manifestarse con mayor fuerza en un nuevo día. Al igual que en matemáticas se produce el proceso de potenciación, en el cosmos y en todo lo que vive se desarrolla la vida. Del mismo modo que en matemáticas se realiza la raíz cuadrada, también en el cosmos la vida vuelve a converger en un punto. Por un lado, reconocemos la máxima manifestación, el desarrollo, la transición al número; por otro lado, la máxima acumulación de fuerza, la contracción en un punto, el desbordamiento hacia la unidad.

La expresión del máximo desarrollo de la fuerza es la mayor diversidad; sin embargo, la posibilidad de desarrollo reside en la sola raíz de la que surge toda revelación, en el 1, que es el origen de todos los números, aunque él mismo no sea un número. El 1 es la raíz de todos los números; lo no revelado es la raíz de toda revelación; la quietud es la raíz de todo movimiento; la oscuridad es la raíz de la luz, la nada es la raíz de todo ser. Que podamos observar la vida se debe a la revelación, al desarrollo, al crecimiento que nos rodea. Pero el hecho de que la vida se renueve constantemente, que su fuerza nunca se agote, se debe a la confluencia de la vida en un punto, al abandono de la periferia y al retiro al centro. Durante un día del mundo, un manvantara, la vida vive en la periferia, mientras que durante los estados intermedios, durante los pralayas, la vida vive en el centro del cosmos. Mientras vive en la periferia, se manifiesta; en el centro, se oculta. Pero aunque en la periferia muestra su máximo despliegue de fuerza, es en el centro donde posee la mayor fuerza. Al fluir hacia fuera, la vida se entrega; y al fluir hacia el centro, se recoge de nuevo para poder renovarse más tarde en mayor medida. Es precisamente esta confluencia de la vida en un centro, en un punto, lo que condiciona las nuevas y superiores posibilidades de manifestación. Así, la fuerza más elevada descansa finalmente en el punto, el átomo, en el que toda la vida se retira de la manifestación, en el que todas las fuerzas vitales manifestadas vuelven a fluir. La fuerza suprema no descansa en las hojas y flores de la planta, sino en la semilla, donde se han concentrado las fuerzas vitales. El desarrollo es una expresión de fuerza, pero la concentración es una acumulación de fuerza. Ahí reside el secreto de toda posibilidad de evolución. En cada evolución, la vida ejerce sus fuerzas y despliega todas las posibilidades de su poder. Al reunirlas de nuevo en un punto, surge una nueva fuerza mucho mayor, que ahora une todas las posibilidades de poder desplegadas en una fuerza mayor. Toda la evolución de la Tierra está organizada según este plan y se desarrolla según este plan.

Las estaciones del año también ayudan a mantener la vida. Una estación es un tiempo de desarrollo de la vida, la otra un tiempo de concentración de la vida. En pleno invierno tiene lugar la fiesta de la concentración de la vida. En primavera tiene lugar la fiesta de la dispersión de la vida, de la resurrección. Así como en invierno las semillas de la vida duermen bajo tierra y en primavera se desarrollan y brotan, toda la vida del mundo pasa por períodos de ocultamiento y acumulación de fuerza, y períodos en los que se manifiesta.

 Este misterio de la evolución y la involución de la vida lo reconocemos en todo el proceso vital que se desarrolla ante nuestros ojos en el mundo, pero aún debía ser implantado especialmente en la conciencia del ser humano mediante la aparición de Cristo Jesús en la Tierra. En él confluye la vida de todo el mundo, y de él vuelve a emanar. Él contiene todo lo que significa vida. Que está en él, que la vida descansa en Cristo y que también emana de él, quedó demostrado al mundo mediante su muerte y la superación de la muerte en la resurrección. Allí se repitió todo el proceso del mundo, toda la involución y toda la evolución, en tres días.

Cristo es el Yo del mundo, la vida del mundo. Esto ha vivido visiblemente entre los seres humanos. Con su muerte y resurrección, tuvieron que reconocer que esta vida del mundo en realidad no desaparece, sino que solo se retira en sí misma, en lo oculto, para resurgir de lo oculto con nueva fuerza. El proceso de involución y evolución del mundo, que por lo demás transcurre de forma imperceptible, se desarrolló aquí ante los ojos de los seres humanos. Basándose en esta ley, la vida en el mundo se renueva continuamente; podemos observarlo en el reino vegetal, animal y humano. Pero lo que surge allí nuevo son nuevas formas físicas. Con nuestros ojos solo vemos el crecimiento de lo físico.

La vida espiritual se desarrolla según las mismas leyes que rigen la vida física. El hecho de que el espíritu del ser humano viva, se manifieste y aumente su fuerza, se basa en que todo el desarrollo de la fuerza del ser humano en las distintas encarnaciones físicas, donde se expresa su vida en el mundo, se manifiesta y se reincorpora a su yo, al centro de la vida espiritual interior. Lo que Cristo es para el mundo, lo es el yo para el ser humano. Su yo es parte de Cristo, todas las fuerzas surgen de su yo; pero para que puedan crecer y aumentar, deben converger una y otra vez en su yo. Esta convergencia de las fuerzas humanas en el yo tiene lugar en los intervalos entre las encarnaciones. Allí se acumulan las fuerzas desarrolladas durante la vida de un ser humano y se consolidan para surgir con más fuerza en una nueva encarnación. Pero cuando el ser humano alcanza un nivel de desarrollo algo más elevado, aprende cada vez más a llevar a cabo este proceso de forma consciente durante su vida terrenal. Desarrolla conscientemente sus fuerzas al servicio del mundo y transfiere conscientemente las experiencias adquiridas a su yo, al centro de su ser. Estas se implantan en el yo ya durante la vida terrenal; de este modo, se adelanta al trabajo de muchos años entre sus encarnaciones, en los que la acumulación de las fuerzas desarrolladas en el yo se produce con la ayuda de seres superiores.

 Tan pronto como el ser humano comienza a acumular y desarrollar conscientemente fuerzas de esta manera durante su vida, su espíritu crece en el mundo espiritual y transforma cada vez más todo su ser en uno inmortal. Porque lo que él mismo incorpora a su ser permanece como parte permanente de su esencia.

En los ejercicios que realiza el estudiante de yoga, aprende primero a concentrar sus pensamientos. De este modo, su espíritu adquiere nuevas fuerzas. De cada concentración de pensamientos surgen nuevas fuerzas, como de un punto focal. Así, en una etapa posterior, aprende también a concentrar su vida. Al reunir todas las fuerzas vitales de la periferia en un punto, despierta allí una fuerza vital superior. Y al aprender a concentrar toda su voluntad, hace que esta crezca.

De este modo, el ser humano se vuelve cada vez más fuerte en su pensar, en su vida y en su voluntad. Cuanto más irradia todas estas fuerzas al servicio del mundo, por un lado, y las concentra en su interior, por otro, más actúa como colaborador de la divinidad, porque de este modo se integra cada vez más en el proceso evolutivo. Todo lo que el ser humano experimenta puede utilizarse para su crecimiento. Debe participar en la vida en la periferia de la existencia para actuar y adquirir experiencia. Pero debe dejar que su pensar, su vida y su voluntad fluyan una y otra vez desde la periferia de la existencia hacia su yo, y allí unirlos con lo divino y divinizar todas las experiencias, para que puedan fluir de él como fuerzas nuevas y superiores.

De este modo, el alumno se adelanta al trabajo del devachán y, cuando se ha integrado completamente en el proceso evolutivo, ya no necesita el tiempo del devachán para su transformación. Entonces puede vivir permanentemente para el mundo. Este es el proceso mediante el cual el ser humano incorpora la vida del mundo, mediante el cual se vuelve uno con la vida del mundo; entonces él mismo se convierte en la palabra, porque todas sus fuerzas se han vuelto rítmicas y armoniosas.

Todas las desarmonías de la vida que le invaden confluyen en lo más profundo de su ser, y allí las transforma en armonía, que devuelve al mundo. Transforma el mal en bien, lo impuro en puro, la oscuridad en luz, la pasión en entusiasmo, el dolor en alegría, el odio en amor y la muerte en vida.

Por lo tanto, nuestro desarrollo depende mucho menos del lugar donde vivimos, de cómo nos tratan las personas, de cómo son las circunstancias, sino más bien de que sepamos, en cualquier entorno, en todas las circunstancias, con cualquier tipo de personas, sepamos acumular y aprovechar las experiencias adecuadas, que con todas estas experiencias llevemos a cabo de la manera correcta el proceso de transformación que conduce a nuestro propio crecimiento y al enriquecimiento de nuestro entorno, al ennoblecimiento del entorno.

El ser humano que comprende correctamente cómo llevar a cabo esta alquimia espiritual con todas las corrientes de la vida que se le presentan, independientemente de dónde viva, se convierte en un centro de paz para el mundo. Sin que su entorno sea consciente de ello, esta transformación se lleva a cabo en su interior. Gracias a él, se evita una mayor discordia, un mayor dolor y sufrimiento, porque él está ahí. Aunque a menudo sea incomprendido y menospreciado, este tipo de persona aprende a transformar todo en armonía y a transfigurar el dolor en nuevas y superiores fuerzas en su interior, que luego vuelve a irradiar a su entorno para ayudar a los demás.

Así, el mundo siempre ha sido preservado de las mayores desarmonías por aquellas personas que han aprendido a convertirse en colaboradores conscientes de la obra de la divinidad y a integrarse conscientemente en el desarrollo del mundo.

El ascenso del ser humano depende de la transformación y el aprovechamiento de las fuerzas del entorno. Cuanto más comprende el ser humano cómo hacer suyas todas las fuerzas que le llegan del entorno, más alto asciende. Son las fuerzas del entorno que confluyen en él las que lo elevan. Así podemos aprender a construirnos a partir de las fuerzas que fluyen hacia nosotros, de las fuerzas de la naturaleza que nos rodea, pero en mayor medida aún de las fuerzas de las personas que nos rodean. En el entorno, y especialmente en nuestros semejantes, reside nuestro futuro, nuestro ascenso. A través de ellos fluyen hacia nosotros fuerzas superiores. Cada individuo es, en mayor o menor medida, la expresión particular de una determinada fuerza cósmica. Si aprendemos a absorber esta fuerza y a concentrarla en nosotros, se convertirá en nuestra propiedad, como si la hubiéramos desarrollado nosotros mismos. El hecho de que vivamos entre personas también tiene la gran importancia de que acumulamos fuerzas de ellas y las incorporamos a nuestro propio ser.  Quien comprenda esto de la manera correcta, aprenderá a unir en sí mismo todas las fuerzas cósmicas que representan las personas que le rodean. Así, Cristo unió en sí mismo todas las fuerzas individuales que se manifestaban en sus doce discípulos. Él como el decimotercero, era el centro en el que confluían todas estas fuerzas para surgir de él como una fuerza superior. Así, la Tierra, como expresión del segundo Logos, es el centro que une en sí todas las fuerzas de las doce imágenes del zodíaco y que, en su momento, surgirá como algo superior a partir de estas fuerzas. En el Manvantara atraviesa siete niveles de conciencia, y en el Pralaya, cinco.

Somos los ladrillos que se utilizan para construir un templo mundial. Pero cuanto más capaces seamos de construirnos a nosotros mismos a partir de todas las fuerzas del mundo, más hermoso será este templo mundial. Debemos aprender a absorber en nosotros las fuerzas de las otras individualidades, para que podamos convertir estas fuerzas acumuladas en una fuerza superior y, en unión con nuestros hermanos, dejarlas fluir para construir seres cada vez más elevados. De esta manera se construye el templo mundial viviente. A nuestro alrededor, en los reinos de la naturaleza, vemos los escalones por los que hemos ascendido; en nuestros semejantes se esconden las fuerzas para nuestro ascenso superior; y en nuestros hermanos mayores, los maestros y guías de la humanidad, se encuentra nuestro futuro, la meta a la que debemos aspirar.

Traducido por J.Luelmo nov,2025



GA091 Landin, 24 de septiembre de 1906 - El zodíaco y el hombre

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 RUDOLF STEINER. 

NOTAS DE MATHILDE SHOLL 1904 - 1906   

EL ZODÍACO Y EL HOMBRE


 Landin, 24 de septiembre de 1906

Si observamos las doce imágenes del zodíaco en su secuencia y con sus referencias al ser humano, el signo de Aries se encuentra junto al de Piscis. Aries es el signo de la cabeza, Piscis el signo de los pies. En el signo de Aries apareció Cristo, llamado el Cordero; solo él pudo conducir a la humanidad al signo de Piscis. Él era el yo humano.

Solo después de que Cristo entrara en la humanidad, el yo, y enviara su espíritu al mundo, Manas, pudo consolidarse el kama del ser humano y expresarse el momento principal del desarrollo de la quinta raza raíz en su quinta subraza, la raza de la personalidad libre. Toda nuestra quinta raza raíz es el desarrollo del kama-manas, el desarrollo del yo. Con Cristo, entró completamente en la humanidad en la cuarta subraza, pero en la quinta subraza se expresó plenamente por primera vez, en la raza de la personalidad libre.

Solo después de que el yo se hubiera instalado en el ser humano bajo el signo del cordero o del carnero, en la raza de la personalidad, el ser humano pudo realmente valerse por sí mismo bajo el signo de Piscis, la raza de la personalidad libre. Ahora todo el ser humano estaba predispuesto. En la primera raza, la india, el ser humano vivía en sus sentimientos y en la unidad (Tao, Brahma, etc.) — Atma (cuerpo físico). En la segunda raza, la persa, vivía en la dualidad (Ormuzd y Ahriman, el bien y el mal, etc.) - Atma (cuerpo físico) y Budhi (cuerpo etérico). En la tercera raza, la egipcio-babilónico-asiria, la caldea, vivía en la trinidad (Isis, Osiris, Horus; Padre, Hijo, Espíritu, etc.) - Atma (cuerpo físico), Budhi (cuerpo etérico), Manas (cuerpo astral). En la cuarta raza (romanos, griegos, semitas), vivió en el yo, la cuádruple naturaleza: cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral y el yo. El signo de Aries significa que se produjo un descenso que debía conducir al ascenso, un punto de inflexión en toda la evolución de la humanidad, el comienzo de una nueva época.

Es el mismo símbolo que el ángulo V formado por el compás: el símbolo del yo. Cuando el yo del ser humano se libera y él se convierte en cisne, se produce también el desarrollo de la flor de loto de dos pétalos en la parte superior de la cabeza, que se insinúa mediante los dos cuernos del carnero, el símbolo del yo.

El ser humano está, por tanto, íntimamente relacionado con el zodíaco. Después de ponerse de pie bajo el signo de Piscis, pudo comenzar a desarrollarse hacia la libertad, primero mediante la formación completa del manas. Tuvo que hacer manásico su cuerpo astral. En el siguiente signo, el signo de Acuario, el ser humano desarrollará, en su evolución normal, el budhi, que entonces impregnará su cuerpo etérico. Esto será posible gracias a una nueva influencia del Yo del mundo a partir de su segunda fuerza, el budhi. Sin embargo, esta fuerza budhi solo se completará en el mundo con la raza que descienda de la sexta subraza de la sexta raza raíz.

La sexta subraza es la raza del signo de Acuario, de Juan, que anuncia a Cristo. Al igual que en su día, como Juan el Bautista, anunció la aparición del Cristo personal Jesús, en la sexta subraza anuncia la impregnación de la humanidad con el principio crístico, con Budhi, que inicialmente llega a su plenitud en la sexta raza raíz.

Las fuerzas del ser humano se desarrollan de acuerdo con los signos del zodíaco y la evolución de las razas. El ser humano solo pudo alcanzar la formación consciente de estas fuerzas después de haber adquirido la autoconciencia en nuestra quinta subraza, la raza de la personalidad libre, bajo el signo de Piscis, el signo de la independencia, donde el ser humano fue puesto por completo por su cuenta en la existencia física. Piscis es el signo de que el ser humano ahora puede moverse libremente en el astral (el agua).

Piscis es el signo de Kama-Manas, que hace al ser humano independiente.

Imagen tomada del blog de la cocinera de Matrix
En el desarrollo normal del mundo, el ser humano también adquirirá las fuerzas superiores. Pero aquel que quiere ayudar al mundo, el discípulo que se pondrá al servicio de la humanidad, se adelanta al desarrollo posterior de la raza. Desarrolla con confianza las fuerzas que, de otro modo, solo aparecerían más tarde. Para expresar estas fuerzas más rápidamente, debe seguir un camino determinado que le conduzca a ellas. El ser humano es en sí mismo el microcosmos que contiene todas las fuerzas cósmicas en potencia. Con las fuerzas desarrolladas, que tienen su centro en su yo, debe ahora adquirir las otras fuerzas que le faltan. El yo debe recorrer en su organismo el mismo camino que la Tierra al moverse alrededor del Sol. En su cabeza se encarna la fuerza de la Tierra, que se expresa allí con mayor intensidad, el yo; con este yo debe encontrar el camino que debe seguir para recibir siempre nueva fuerza vital del centro que hay en él y que contiene la fuerza del sol. Para ello, el yo debe primero conectarse conscientemente con su propia fuerza kama y transformarla en el centro del corazón. Cuando esta fuerza kama se ha purificado, el yo puede conectarse con el centro solar, el plexo solar, o más bien recibir fuerza de allí. Una vez que estas tres fuerzas se han unido —el yo con la fuerza kama transformada y la fuerza solar, budhi, la fuerza vital propiamente dicha—, el ser humano puede realizar el ciclo de la vida en sí mismo. Cuando el yo se sumerge en el centro del corazón, se acerca al sol y desde allí encuentra el camino a través de los doce signos del zodíaco, que han sumergido sus fuerzas en la médula espinal. Una vez en el cerebro, el yo derrama las fuerzas adquiridas en el mundo. Para comprender el ciclo del yo, debemos imaginar la columna vertebral y las piernas curvadas, de modo que los pies toquen la cabeza; entonces, las partes individuales del ser humano se encuentran en la misma disposición que los doce signos del zodíaco. Al principio, el ser humano era una espiral en reposo, de la que se elevó y desarrolló simétricamente su ser interior. El desarrollo posterior del ser humano interior sigue esta espiral, cuyas partes individuales están relacionadas con los signos del zodíaco en los centros correspondientes de la médula espinal. Mediante el desarrollo de estas fuerzas, el ser humano alcanza la independencia espiritual. En un desarrollo normal, esto ocurriría cuando alcanzara la sexta subraza de la sexta raza raíz, cuando la constelación de Virgo (centro solar) pasara a la constelación de Leo (centro cardíaco).

Pero cuando el ser humano prepara él mismo esta transformación de su pasión desde el centro del corazón para recibir la fuerza solar, se convierte en un león capaz de conquistar a la virgen. Por eso Cristo era el león de la tribu de Judá: podía traer al mundo la fuerza purificada de Kama y Budhi, tal y como la llevó a la perfección en la sexta subraza de la sexta raza raíz.

Goethe describe esta conquista del poder budhi en su cuento. El joven (el ser humano) tuvo que alcanzar primero el descenso más profundo, a este lado del río, purificar primero el kama, para luego poder volver a la cima, al otro lado, y adquirir el hermoso lirio que ahora viene a su encuentro.

Traducido por J.Luelmo nov.2025

GA091 Landin, 27 de agosto de 1906 - La cuarta dimensión (4)

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 RUDOLF STEINER. 

NOTAS DE MATHILDE SHOLL 1904 - 1906   

LA CUARTA DIMENSION 4


 Landín,  27 de agosto de 1906

Solo es infinito aquello que no encuentra su fin en otro, sino que vuelve sobre sí mismo, aquello que solo encuentra su fin en sí mismo. Por eso, solo la línea es una línea recta infinita que encuentra su fin en sí misma, es decir, la que forma un círculo. Es recta la línea que mantiene siempre la misma dirección. La línea circular es la única línea que mantiene siempre la misma dirección. Porque tiene la dirección hacia su punto de partida. Toda línea que mantiene esta dirección hacia su punto de partida forma un círculo al volver a este punto de partida.

Así pues, si trasladamos las condiciones finitas de los cuerpos al infinito, encontramos una transformación de todas las cosas. El ser humano se encuentra en el infinito. Lo que podemos ver del ser humano es como un momento recortado de su ciclo infinito, el momento en el que el pasado y el futuro se encuentran. Si seguimos con la imaginación, el ser humano debe volver al pasado en el futuro. Pero este retorno es enriquecedor. Ha crecido, trae consigo todas las experiencias que ha acumulado en el camino. El círculo, la serpiente que se muerde la cola, no es solo una representación de la línea recta infinita, sino de toda la infinidad.

El ejemplo de la tira de papel pegada nos enseña lo siguiente. Primero: si se superponen los extremos de la tira y se corta a lo largo, en la dirección de la línea, se obtienen dos tiras circulares del mismo tamaño. Imaginemos esto trasladado al espacio. Al dividir un objeto que se encuentra en el espacio tridimensional, se obtienen dos partes de un cuerpo que antes formaba un todo.

Segundo: si la tira se gira una vez y media sobre sí misma (180 grados) y luego se corta, se obtiene una tira dos veces más grande si se corta en la dirección de la línea. Así, cada línea circular en el espacio que se gira una vez y media sobre sí misma, cuando se divide, da lugar a otra dos veces más grande. Ese es el secreto del crecimiento.

Para ello, un cuerpo debe vivir en la cuarta dimensión, en el tiempo. En el espacio, la división provoca la separación, mientras que en el tiempo, en la cuarta dimensión, la división provoca el crecimiento.

Tercero: al seguir girando la tira de papel, la división da lugar a nuevas formas. Estas representan los diversos fenómenos de crecimiento que se dan en la naturaleza: con una sola vuelta (360 grados): los dos círculos entrelazados; con una vuelta y media (540 grados): el lazo; con dos vueltas (720 grados): un círculo y un segundo círculo que se enrolla completamente, formando un lazo por el que se puede pasar el otro círculo.

Todos estos procesos ilustran las posibilidades de la cuarta dimensión, la dimensión del tiempo, del crecimiento, del cambio desde dentro, de la vida, del movimiento, de lo fluido, de lo que vuelve a sí mismo y surge de sí mismo, de la corriente del tiempo que da lugar a algo nuevo.

Traducido por J.luelmo nov,2025