CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 26

GA316 Dornach, 7 de enero de 1924 Conocimiento a través del pensar, a través de la imaginación, a través de la inspiración

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Conocimiento a través del pensar,  a través de la imaginación, a través de la inspiración
Dornach, 7 de enero de 1924

¡Queridos amigos!

Por motivos que no voy a explicar ahora, la clase de carácter más esotérico que tenía previsto impartir hoy, la impartiré al final de este curso.

Hoy me gustaría hablarles de otra cosa. Si recordamos lo que se dijo ayer, quizá nos sorprenda un poco descubrir que, detrás de las manifestaciones de lo sólido y terrenal, hay algo conceptual; que, por ejemplo, si queremos acercarnos a las realidades, hay que ver más allá de la valentía, que es algo etéreo.

Ahora bien, de hecho también reviste cierta importancia, me refiero desde el punto de vista de la historia de la medicina, que se preste la debida atención a cómo se debe relacionar el pensar, —lo abstracto—, precisamente con lo sólido, lo terrenal, es decir, con aquello que se presenta ante nuestra percepción con contornos definidos; pues así se llega inmediatamente a decirse a uno mismo: El pensar no debe vincularse a lo líquido —es decir, a lo que se manifiesta en el organismo humano como circulación de fluidos u otras formas de circulación—, ni debe verse el pensar como la fuerza que hay detrás de ello; lo mismo ocurre con lo aéreo y con lo térmico. Ya hemos visto cómo hay que considerar lo aéreo y lo térmico en el cosmos. Pero en el ser humano todo, absolutamente todo, está presente a su vez de una manera especial. En el ser humano ocurre que, en realidad, solo aquello que se presenta con contornos —es decir, lo que, aunque sea suave, digamos burdo o trivial, tiene, no obstante, por su contorneado, el carácter de lo sólido; solo eso puede penetrar realmente en el pensar, y lo fluido, del cual hemos hablado de tal manera que, en un primer momento, cuando uno se enfrenta simplemente al plano físico habitual y quiere captar lo espiritual que hay detrás de él, debe tener claro que, detrás de lo fluido, debe ver algo sensorial. Pero en el ser humano todo, absolutamente todo, está presente a su vez de una manera especial.

Así pues, hay que considerar de manera especial lo «sensorial» en el organismo humano, pues, por lo general, cuando se habla de lo «sensorial», se hace referencia a la sensación subjetiva que el ser humano tiene debido a su constitución psíquico-física. Pero en el ser humano la sensación no es solo aquello que se experimenta de forma inmediata, sino que en él la sensación tiene un carácter constructivo; y dado que el cuerpo líquido, como manifestación del fluido cósmico general, contiene ya en su propia esencia lo sensorial, hay que tener claro que esto que actúa en el cuerpo líquido, ese impulso etérico, también debe ser aprehendido por medio del conocimiento; pero no puede ser aprehendido de la misma manera que se aprehende cualquier cosa ajena al ser humano, porque en el organismo humano todo lo que se nos presenta como sustancias o procesos se transforma de manera diferente respecto al entorno del ser humano. Así pues, se trata de reconocer que, en el momento en que comienza el organismo líquido, —es decir, cuando se trata de una parte de la organización humana que se encuentra en circulación líquida, aunque en el curso de esta circulación estén integrados órganos vasculares o cualquier otro elemento—, todas las facultades cognitivas que se aplican a lo que existe fuera del ser humano en el mundo físico ya no sirven para conocer la realidad.

Por eso ha sucedido que la medicina, como último eslabón de la organización humana, ha perdido, como pueden ver, al «hombre de los fluidos». Se podría decir, sin más, que hasta mediados de la década de 1840, en medicina se tenía al menos una vaga idea del «hombre de los fluidos». Se hablaba de los humores, de la circulación de los jugos, de la mezcla y separación de los jugos. No solo se disponía de una fisiología y una patología celular, sino que se tenía realmente una visión de la mezcla y separación de los jugos. Solo que, en el siglo XIX, todo eso era, naturalmente, tradición. Pero esta tradición se remontaba a épocas anteriores al siglo XVI y al siglo XV, en las que no solo se contaba con la tradición, sino también con el conocimiento, un conocimiento del tipo que hoy, en la antroposofía, debemos alcanzar y recuperar a través de la imaginación. Aquella época tenía un carácter imaginativo, pero se trataba de imaginaciones instintivas. Y se sabía que el organismo humano no puede conocerse simplemente mediante la mera observación sensorial y pensando racionalmente. Los pensamientos y la observación sensorial solo revelan las partes del organismo con contornos definidos; todo lo que se encuentra en la circulación de los fluidos, en el ser humano líquido, debe conocerse a través de la imaginación. Por lo tanto, no es de extrañar en absoluto que se haya perdido la visión de este ser humano líquido, pues la antigua imaginación instintiva se ha perdido. Esta visión solo volverá a estar presente cuando se alcancen de nuevo imaginaciones de manera plenamente consciente. Recapitulemos pues, lo que hemos comentado y lo que debe vislumbrarse para el conocimiento.

Verán, al formarse el esqueleto óseo a partir del conjunto del organismo humano —me gustaría decir que, al cristalizarse el ser humano en el esqueleto, (no es una buena expresión, pero la entenderán)—, los pensamientos del cosmos se entretejieron en él. Y los órganos estrictamente delimitados también lo están únicamente en la medida en que, —pronto conoceremos sus fuerzas propias—, se someten a las mismas fuerzas a las que se somete la estructura ósea, de modo que se puede decir: solo la estructura ósea es de naturaleza mental en sentido físico, y los demás órganos, que tienen límites fijos, están construidos mentalmente a partir de lo etérico. Pero, al tener contornos fijos, están construidos de forma «pensada», y lo que hoy se conoce en fisiología y patología en relación con la forma del organismo humano está sometido a lo «pensado». Pero eso no es más que un eslabón de la organización humana, y debe quedar fuera de ella si no se asciende a la imaginación. La imaginación nos conduce entonces hacia el ser humano líquido y hacia la forma en que, a partir del líquido, se forma el músculo y el ser humano se proyecta en él. Esta peculiar unión entre el músculo, que parece sólido —aunque solo lo parezca—, y la sangre; ahí ya se pasa de lo óseo a lo sanguíneo, y ahí hay que recurrir a la imaginación para reconocer al ser humano, de modo que se puede decir: El pensar, que naturalmente se apoya en la percepción sensorial, en realidad solo llega hasta el sistema óseo, y todo lo demás que se pueda decir sobre el ser humano mediante el pensar, aparte del sistema óseo, es fantasía. Hay que ascender del pensar a la imaginación. Y cuando se asciende a la imaginación, se llega al ser humano líquido y a cómo este, en realidad, se proyecta hacia el sistema muscular. Y comprender los músculos en su esencia solo es posible mediante la imaginación. ¿Por qué?

Sí, verán, cuando se aplican los conceptos, también hay que aplicar las leyes en las que se basa ese concepto; esa es la ley mecánica. Hay que aplicar la estática y la dinámica. Y eso solo se puede hacer con el sistema óseo. Pero traten de aplicar la estática y la dinámica al sistema muscular; intenten calcular, partiendo de cualquier principio estático, por qué es capaz de masticar un hueso de cereza o incluso uno de melocotón. Intenten calcularlo. Intenten realizar el experimento para averiguar cuánta presión es necesaria, —simplemente colocando un peso sobre un hueso de cereza—, para aplastarlo. Lo muerdes; quizá no todos podamos hacerlo, pero hay quienes incluso son capaces de morder huesos de melocotón. Calculen si, según las leyes mecánicas, resulta que un músculo es capaz de aplastar huesos de cereza. Con lo que ofrece el pensar, nunca llegarán a comprender el sistema muscular. No se puede. La mecánica se convierte en un sinsentido en el momento en que se aborda el músculo, y hay que ser capaz de pasar ahora a un conocimiento que deje atrás las leyes mecánicas, por tanto, que capte la imagen completa del músculo mediante la imaginación, en la que la gravedad habitual no existe en absoluto. Porque en el momento en que se adentra en el medio líquido, se enfrenta exclusivamente a fuerzas de empuje, y realiza las acciones que lleva a cabo con su cuerpo etérico no en función de las relaciones de peso, sino de aquello que, en gran medida, supera dichas relaciones, de modo que ya a partir de esto comprenderán: En el momento en que se aborda el sistema muscular, hay que aplicar un tipo de conocimiento completamente diferente, que es la imaginación, de modo que se puede decir, —solo a título representativo, pues hay transiciones por todas partes—, que el sistema muscular se comprende mediante la imaginación, (vean lámina 6). Y nadie comprende en absoluto el sistema muscular sin concebirlo, en cierto modo, como la imagen que no ha surgido por la misma via que el sistema óseo, sino que se ha formado, en cierto modo, mediante la coagulación de la sangre. Por supuesto, es una expresión tan poco acertada como si dijera «se cristaliza en el sistema óseo», pero, comparativamente, es correcta. Ahora piensen lo siguiente: si tienen cualquier hueso, por ejemplo, el cúbito, el radio o el húmero, y le aplican las leyes de la palanca: sí, los huesos lo soportan con toda paciencia. Pero consideren lo siguiente: aunque puedan comprender bastante bien, gracias a las leyes de la palanca y otras leyes mecánicas, lo que ocurre con el radio o el húmero, piénsese si también podrán comprender lo que ocurre con cualquier músculo. En ese caso, las imágenes deben adoptar una estructura flexible, deben transformarse. Esa es precisamente la esencia de la imaginación: que puede adaptarse a todo y que abarca aquello que, a través de su metamorfosis, constituye su esencia. Eso es lo que tiene el músculo: el músculo vive en su metamorfosis. El hueso se somete pacientemente a las leyes mecánicas, el músculo no. Es tan móvil como las imágenes metamórficas, —imágenes, no pensamientos—, que tenemos en la imaginación para seguirlas en lo que se mueve interiormente. Y fíjense, con esto nos situamos, en el caso del ser humano sólido, en el sistema óseo; en el ser humano sólido, terrenal. Nos situamos, en el ser humano fluido, en el sistema muscular; el ser humano acuoso.

Pero si ahora ascendemos de la imaginación a la inspiración, llegamos ya al ser humano de naturaleza etérea, a aquello que es de naturaleza etérea en el ser humano. Y al acercarnos a la inspiración, llegamos a una forma de percepción muy similar a la de escuchar tonos musicales, armonías y melodías; muy similar a la audición musical. La inspiración ya no tiene nada que ver con algo conceptual, sino con algo que, en su percepción, es también una especie de elemento musical. Lo musical no tiene por qué escucharse siempre; al ser espiritual, también se le puede percibir. Pero, en el fondo, toda inspiración tiene algo de musical. Ahora bien, lo peculiar aquí es que la forma de los órganos internos humanos, —esos órganos que, en realidad, se encargan durante la vida del organismo en desarrollo, en lo referente a la alimentación, la respiración, etc., es decir, los órganos que constituyen la base—, es que todas estas formas orgánicas no pueden explicarse, por ejemplo, a partir de ninguna ley mecánica. Pero tampoco pueden explicarse mediante la imaginación. Es sencillamente absurdo, una tontería, intentar explicar la forma del pulmón o del hígado, por ejemplo, basándose únicamente en la disposición de las células o en las relaciones de peso. Intenten ustedes de investigar si alguien ha logrado ya explicar la forma del hígado o del pulmón como tal. Nadie lo ha conseguido. Porque estos órganos, que nutren la vida en gestación durante su existencia terrenal, están presentes en sus esbozos desde muy temprano, aunque estén muy transformados. Todos ellos proceden de las fuerzas formadoras de lo etéreo. El científico actual dice: el aire es oxígeno, nitrógeno y algunas otras sustancias; y se trata de una sustancia aérea más o menos homogénea, diferenciada únicamente por el movimiento mecánico interno que se manifiesta en el viento. Pero ese aire, tal y como lo describe hoy el físico, no existe; solo existe el aire concreto que rodea nuestra Tierra. Pero, queridos amigos, el aire que rodea nuestra Tierra está impregnado por doquier de puras fuerzas formadoras. Estas fuerzas formadoras las inhalamos junto con la sustancia física del aire. Cuando nuestros órganos están formados, cuando tenemos un pulmón completamente desarrollado, ocurre que las fuerzas formadoras que inhalamos junto con la sustancia del aire, por así decirlo, se fusionan con la forma del pulmón, de modo que, una vez que nacemos, ya no tienen gran importancia, salvo para el crecimiento. Pero durante la etapa embrionaria, mientras se produce la separación física del aire exterior, las fuerzas formadoras del aire actúan en primer lugar a través del cuerpo materno. Estas construyen los pulmones, al igual que se construyen a partir de ellas todos los órganos del ser humano, con excepción de los músculos y los huesos. Todos los órganos internos que sustentan la vida en formación están construidos a partir de las fuerzas formadoras del aire. 

Lo que ocurre allí puede compararse, —aunque se trate de una comparación aproximada—, con la formación de las figuras sonoras de Chladni. Es decir, se fijan unas placas cubiertas de polvo en un punto y se rozan con el arco del violín de una manera determinada; entonces, ese polvo adopta ciertas formas, dependiendo de cómo se aplique el arco. Las figuras de polvo se forman a partir de las fuerzas formadoras que se provocan en el aire. Del mismo modo, los órganos internos del ser humano se forman a partir de las fuerzas formadoras generales del aire. Se forman a partir de las fuerzas configuradoras del aire. De hecho, los pulmones se forman a partir de las fuerzas respiratorias, pero lo mismo ocurre con los demás órganos. Solo que, en el caso de los demás órganos, esto ocurre de forma más o menos indirecta, mientras que los pulmones se forman directamente. Pero este hecho, —que los órganos del ser humano se formen a partir de las oscilaciones del aire en proceso de configuración—, solo puede comprenderse mediante la inspiración. Aquello que se forma a partir de lo aéreo, aquello que acaba tomando forma, es conceptualmente, similar a lo musical, del mismo modo que las figuras sonoras también tienen un fundamento musical.

En la fisiología actual hay tantas cosas fundamentalmente erróneas, que a veces uno se avergüenza de decir lo correcto, cuando difiere de forma tan grotesca de lo que afirma la fisiología. Cuando el ser humano oye, todos sus órganos vibran al unísono con las vibraciones del aire, no solo los órganos auditivos internos. Todo el ser humano vibra con ellas, aunque sea de forma suave, y el oído no es un órgano auditivo porque vibre, sino porque, gracias a su organización interna, lleva a la conciencia lo que ocurre en el resto del organismo. Hay una gran diferencia, aunque sutil, entre decir que el ser humano oye a través del oído y decir que el ser humano lleva a la conciencia, a través del oído, lo que ha oído. Porque el ser humano está construido a partir del sonido, —aunque no del sonido audible—, de modo que hay que decir: la inspiración se apodera de los órganos internos del ser humano. La organización de los órganos internos del ser humano, del ser humano gaseoso, debe conocerse a través de la inspiración. Verán, no es de extrañar que ya en la Antigüedad se perdiera la verdadera comprensión de los órganos humanos, porque se perdió la inspiración, ya que la inspiración es la única vía a través de la cual se pueden comprender los órganos internos; de lo contrario, solo se pueden dibujar a partir de un cadáver, pero no se pueden comprender.

Bueno, como ven, en realidad todo el organismo humano vive en el trasfondo del mundo físico. Cuando hablamos como lo he hecho en mi libro «¿Cómo se adquieren conocimientos de los mundos superiores?», la gente siempre tiene la idea de que aquí está el mundo físico y, detrás de él, se encuentran los mundos espirituales de forma escalonada. Se accede al mundo espiritual más cercano a través de la imaginación, a otro mundo espiritual más allá mediante la inspiración, y a otro más allá mediante la intuición. Pero la gente no se imagina que, de todo lo que hay en el ser humano, solo el sistema óseo es construido por los espíritus elementales, mientras que el sistema muscular es construido por entidades espirituales de una jerarquía superior. Esto hay que reconocerlo ahora. Hay que poder dirigirse a estas entidades mediante la imaginación si se quiere comprender el sistema muscular. Del mismo modo, hay que dirigirse mediante la inspiración a entidades espirituales aún más elevadas si se quieren comprender los órganos internos. Al erigir un esqueleto, solo parece que se ha adaptado a las formas. Sin embargo, un esqueleto, en cuanto a su estructura interna, solo puede explorarse por la vía inspirativa.

Lo que quiero decir es que hay que verlo así: ¿no es cierto que el pensador de la naturaleza, el naturalista de hoy en día, estudia una planta analizando aquello que tiene frente a sí, aquello que puede alcanzar como elemento sustancial, y la examina, en general, según los métodos habituales de los que se dispone hoy en día? Pero fíjense, eso no es en absoluto la planta. La planta está constituida tal y como dije ayer. Está construida a partir del cosmos, y solo la raíz está formada por fuerzas terrestres. Toda la forma de la planta es realidad espiritual, es realidad suprasensible; solo que lo suprasensible está relleno de materia. Y quien se limita a examinar esta materia física de la planta… pues bien, es como si una persona que tiene ante sí un escrito mojado, que ha cubierto con arena suelta, y que luego cree que la arena suelta es lo esencial del escrito. Hoy en día, al examinar la planta, se procede de la misma manera que quien tiene ante sí un escrito, lo cubre con arena porque aún está demasiado húmedo. La arena lo cubre todo; él la raspa y dice: «Examino la arena, leo lo que está escrito a partir de la arena». . - Así es más o menos como se suele explicar qué es una planta, cuando en realidad se trata de un ser espiritual que simplemente está relleno de sustancia física dentro de su espacio. Y así ocurre que también los sistemas de órganos humanos solo están rellenos de sustancias físicas. En realidad, lo físico es únicamente el sistema óseo, lo etérico, el sistema muscular, y lo astral, el sistema de órganos.

Y si ascendemos hacia la verdadera intuición, llegamos al ser térmico , a la organización que, en su interior, es un espacio de calor diferenciado. He dicho que, en el calor, uno realmente se experimenta a sí mismo desde dentro, que no se enfrenta al calor como se hace con el carbono o el nitrógeno, sino que el calor está ahí, el calor está en uno, y al experimentarlo uno está en el calor. Es precisamente lo que se experimenta con mayor intensidad. Por eso, el ser humano actual no puede negar que experimenta el calor, mientras que no tiene ni idea de que experimenta el aire, el agua o la tierra. No tiene ni idea de ello porque ha crecido alejado de ello. Pero la experiencia del calor es precisamente la aplicación inmediata de la intuición al organismo humano; solo que ahora no hay que experimentar el calor de forma aproximada, como es necesario para el uso cotidiano, sino de manera diferenciada, ya que está muy finamente diferenciado en las formas de los propios órganos. Cuando, mediante la intuición, se puede contemplar este organismo térmico a lo largo de todo el cuerpo, se llega, a través de este tipo de conocimiento, a comprender no los órganos internos, sino la actividad de los órganos internos. 

Toda la actividad de los órganos internos debe comprenderse a través de la comprensión de su organización en el éter térmico. Todo lo demás es totalmente inadecuado para comprender la actividad de los órganos. La percepción, o mejor dicho, la percepción intuitiva de la actividad del éter térmico, es decir, del calor humano, es lo que debe reconocerse mediante la intuición. En otras palabras, no basta con tener simplemente la opinión de que existe un mundo físico; hay que dotarse de imaginación, inspiración e intuición para acceder a otros mundos. Los otros mundos están ahí. El mundo etérico existe porque el ser humano tiene un sistema muscular; el mundo astral existe porque el ser humano tiene un sistema de órganos; y el mundo devachánico, el mundo espiritual, existe porque el ser humano térmico está ahí. Lo espiritual se mueve continuamente entre nosotros. Está ahí. El ser humano es, en realidad, un espíritu; este espíritu está simplemente lleno de sustancia física. Por eso nos entregamos a la ilusión de que el ser humano es un ser físico. El ser humano es, incluso, espíritu en sí mismo, que, gracias a su organización térmica, llega incluso hasta el mundo más elevado al que aún se puede acceder. Por eso resulta tan extraño que entre ocho y diez espiritistas se sienten alrededor de una mesa y invoquen a espíritus que son mucho, mucho más inferiores que los ocho o diez que están sentados alrededor de la mesa, lo cuales simplemente no saben que ellos mismos son espíritus. Eso es lo que hay que grabar muy, muy profundamente, queridos amigos, en el corazón; solo así se puede ascender.

lámina 6

Verán, si mediante la intuición se ha comprendido la actividad, —esa maravillosa actividad—, que se desarrolla en todo el organismo humano, de órgano a órgano, y que tiene lugar en el éter térmico, se llega en realidad a dos tipos de calor. Y es que el éter térmico es un elemento muy especial. Si se produce cualquier proceso que provoque un cambio en el éter térmico, siempre surge una reacción contraria. Las corrientes de calor siempre fluyen, en realidad, en sentido contrario: acción y reacción. El éter térmico está diferenciado en sí mismo. Siempre hay una sustancia etérica más burda a la que se opone una sustancia etérica más fina. Pero solo así es posible que se produzcan esos fenómenos que, en un primer momento, podemos comprender a partir de una manifestación burda. Imagínense que se hallan, en un primer momento, en una habitación a una temperatura agradable, que está bien calentita; resulta placentera. La calientan tanto que ya no pueden soportarlo. No se trata solo de un estado físico, sino también de un estado anímico. Ese calor, el calor más sutil, lo experimenta especialmente el alma. En realidad, siempre experimentamos el calor de dos maneras: el calor que experimentamos anímicamente y el calor en el que vivimos, que está fuera de nuestra alma; el calor que hay en nuestro organismo térmico y el calor que hay en el exterior. Podemos decir que hay un calor físico y un calor anímico.

Pero si nos centramos en los órganos internos, en el ser humano de naturaleza aérea, que se reconoce a través de la inspiración, ahí encontramos en primer lugar lo aéreo en su forma principal. Pero en este ser etéreo actúa, —no como el calor más sutil sigue actuando en el propio calor—, en la forma etérea actúa la luz, de modo que se puede decir: para la intuición, el calor se hace evidente en el calor; el calor sigue siendo calor al diferenciarse en su propio elemento. Pero no es así en el caso del aire. El aire real no es el aire fantasioso de los físicos, que rodea nuestra Tierra como si fuera otra piel; eso no existe. El aire real no es concebible sin algún estado de luz, —pues la oscuridad es también un estado de luz—, de modo que el aire y la luz son una diferenciación que va de la mano, es decir, que en todo organismo aéreo la luz participa en su organización. Ahora se adentra aún más en lo anímico. No solo existe la luz exterior, sino también una luz interior metamorfoseada que impregna a todo el ser humano, que vive en él. Junto con el aire, la luz vive en él.

Y del mismo modo, junto con el agua, con el elemento líquido, vive en vosotros el quimismo. Ahí residen las fuerzas químicas. Concebir el agua como agua física, es decir, el agua de los físicos, es una fantasía. En el momento en que el agua aparece en algún lugar de forma organizada, no lo hace sin el quimismo. Imaginar lo líquido en el ser humano sin la química equivale a imaginar un organismo humano sin cabeza. Se puede incluso dibujarlo, se puede incluso eliminar todo lo anímico, pero ya no hay realidad alguna. Si le cortan la cabeza a su cuerpo, este ya no puede vivir; deja de ser un organismo. Del mismo modo, el líquido del ser humano no es aquello que el físico describe fantásticamente como agua, sino que, al igual que el organismo humano forma un todo con la cabeza de principio a fin, este líquido está ligado al quimismo, el quimismo está presente en todas partes.

Y lo sólido o terrenal en el organismo humano solo está presente, en general, en estatus nascendi, del mismo modo que el agua solo está presente en el ser humano de esa manera; se transforma de inmediato. Lo terrenal solo está presente en el ser humano en la medida en que está vinculado al mismo tiempo a la vida.

Y ahora fíjense: tracen aquí una línea, —vertical—; así tendrán aquí el cuerpo físico y aquí el cuerpo etérico correspondiente. Pero ambos forman un todo, son, en cierto sentido, uno solo, visto desde dos perspectivas. Tienen los estados etéricos que son: éter térmico, éter lumínico, éter químico y éter de vida, y tienen los estados físicos de calor, aire, agua y tierra. Ahora bien, si describiéramos de forma abstracta los estados etéricos, nos fijaríamos en primer lugar en el éter térmico, —si partimos de lo líquido, lo sólido, etc.— como el éter más bajo; el éter más elevado sería el éter vital. Pero cuando describimos al ser humano, debemos proceder de tal manera que la intuición conozca al ser humano térmico, la actividad interna de los órganos. Al descender hacia lo más burdo, desde el calor hasta lo terrenal en el organismo físico, ascendemos en el cuerpo etérico desde el calor hacia la vida. ¿Qué significa esto? Piensen solo en lo que esto implica: el ser humano invierte, en realidad, las cualidades del ser humano. Aplica el éter térmico únicamente al organismo térmico, el éter lumínico al organismo aéreo, el éter químico al organismo líquido y el éter vital a su organización sólida. Si realmente comprenden algo así, entonces no pueden pensar como se suele pensar. Si quieren quedarse en esa forma de pensar habitual, en realidad solo podrán comprender al hombre de hueso, al hombre terrenal. Necesitan pasar del pensamiento habitual a una forma de comprender el mundo que les conmueva verdaderamente en su interior, como ya he dicho en otra ocasión.

Y verán, queridos amigos, esto está relacionado con el hecho de que, en última instancia, el conocimiento médico tiene ya cierta peculiaridad. ¿No es cierto que en los antiguos misterios, donde se tenían ciertas ideas sobre el tratamiento del ser humano, el conocimiento médico era un elemento destacado del sistema de los misterios? De hecho, los médicos se formaban en los misterios y no eran solo médicos, sino también, al mismo tiempo, sabios que se ocupaban de los cultos religiosos. Por eso resultaba relativamente natural que el médico mantuviera en secreto, en cierto sentido, su conocimiento, al igual que el conocimiento de los misterios en general. Porque, verán, si uno quiere saber algo, debe revestir ese conocimiento de pensamientos; de lo contrario, se quedaría flotando en lo indefinido. Por lo tanto, también hay que revestir de pensamientos el conocimiento de imágenes en la imaginación, tanto el que se ha captado mentalmente como el que se ha vislumbrado intuitivamente. Ahora bien, los pensamientos, al igual que los de la antroposofía actual, son tales que la gente dice que uno se expresa con mal estilo. - La gente tenía claro que hay que transformar el conocimiento médico en pensamientos. Al transformar el conocimiento médico en pensamientos, cuando este se convierte en conocimiento terapéutico, se le resta parte de su eficacia. Con esto abordo algo que está relacionado con cuestiones profundas. No se puede negar que el conocimiento de los remedios les resta, en cierto sentido, su poder, y que es necesario que el médico que se tome en serio su profesión renuncie, en realidad para sí mismo, en mayor o menor medida, a la eficacia de aquellos medios terapéuticos que aplica a sus pacientes y observe para sí mismo otros tipos de curación. Por favor, reflexionen sobre lo que se quiere decir con esta frase; así llegarán a la conclusión de que, en un sentido aún mucho más profundo de lo que se ha dicho hasta ahora, el médico debe desarrollar una actitud personal de ayuda. En lo que respecta a los remedios que aplica a sus pacientes, debe, en realidad, renunciar a los poderes curativos en sí mismo. Si uno atribuye de forma simplista la eficacia de los remedios a las fuerzas químicas, si cree que los remedios actúan como el vapor en una locomotora, entonces no está sujeto a tales leyes espirituales. Pero si se observa cómo se adentra el ser humano en lo espiritual, no se dudará ni por un momento de que las leyes espirituales son la base de lo que, en los distintos medicamentos, es específico para el ser humano. La medicina, en su máxima expresión, cuando se comprende en su verdadera esencia, es el medio más maravilloso para la educación en el altruismo. Por eso, en cierto sentido, es un malentendido grave, colosalmente grave, que hoy en día se exija siempre que toda la terapia se enseñe como si fuera mecánica o algo por el estilo. Al fin y al cabo, en el caso de la mecánica también es cierto que podemos aplicarla al ser humano, pero eso se refiere entonces a toda la humanidad. En el caso del médico, todo es individual, y si se dispone de un conocimiento realmente profundo de cualquier remedio, existe, en gran medida, la necesidad de que el médico renuncie a curarse a sí mismo con ese remedio. Esa es la gran enseñanza del altruismo. Más adelante daré algunas pistas sobre cómo el médico puede, a pesar de todo, ayudarse a sí mismo. Pero lo que subyace a tales hechos debería calar en vuestro corazón. Si os tomáis en serio cosas como las que he mencionado al final de mi intervención de hoy, entonces, simplemente por las leyes del mundo, surge la necesidad de introducir en la medicina no el egoísmo, sino el altruismo. Ya está presente en su esencia; y el altruismo, la abnegación, es el elemento fundamental de la medicina. La ética médica no es algo meramente inventado, sino que se deriva de las leyes más propias del cielo, de leyes que el cosmos ha creado para dar forma a los remedios a partir de su propia regularidad.

Cuanto más seria sea una comunicación de este tipo, más podrá contribuir a captar la esencia misma de los remedios en general.

Traducido por J.Luelmo



GA316 Dornach, 21 de abril de 1924 Guía para la meditación; sobre la esencia de la meditación

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Guía para la meditación; sobre la esencia de la meditación

Dornach, 21 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

En aquella reunión que celebramos aquí tras el curso de Navidad, nos dejamos impregnar, por así decirlo, por aquello que la medicina puede profundizar desde el punto de vista esotérico. Y tratamos de obtener, naturalmente dentro de las posibilidades que ofrece una reunión tan breve, una introducción lo más sólida posible al esoterismo de la medicina, tal y como parece adecuado hoy en día, especialmente para los jóvenes que se dedican a la medicina. También hemos ido asimilando, en forma de fórmulas concretas, aquello que puede suscitar en nosotros una mentalidad médica para seguir trabajándolo, subrayando lo necesario que es tener esa mentalidad médica. Ahora imagino, queridos amigos, que habéis reflexionado interiormente sobre estas cosas durante un tiempo. Por supuesto, no me imagino este trabajo como algo en lo que uno se sienta a analizar estas cosas de forma teórica, sino que, de vez en cuando, cuando surge la necesidad interior, se deja que las cosas surtan efecto en el alma y se permita que esta siga desarrollándose. Pues bien, precisamente por la forma en que estas cosas se nos presentaron en aquel entonces, tuvo que ponerse de manifiesto un hecho muy concreto que, en mi opinión, ahora reviste importancia para esta reunión. Debido a la intensa concentración de los temas esotéricos que se nos presentaron en aquel entonces, en cierto sentido tuvo que surgir, en mayor o menor medida, en unos u otros, la necesidad de abordar ciertas dificultades internas. Las cosas que se nos transmiten de forma esotérica no siempre están ahí para hacernos la vida lo más fácil posible, sino que, en cierto modo, ocurre más bien lo contrario. También están ahí para complicarnos la vida, para sumirnos en dificultades a la hora de comprender el mundo, de percibirlo y de percibir a las personas, de modo que, cuando nos damos cuenta de esas dificultades, tomemos el camino opuesto al que hoy en día se sigue con tanta frecuencia en nuestra civilización, es decir, el camino opuesto a uno superficial. Solo cuando uno toma conciencia de las dificultades existentes entre el mundo exterior y el ser humano puede profundizar en el alma, y por eso creo que, en esta ocasión, el mejor camino que podemos recorrer será que reflexionéis sobre estas dificultades internas, las planteéis en forma de preguntas y que, a continuación, tomemos como objeto de debate aquello que realmente favorece el desarrollo ulterior de nuestra causa. En primer lugar, os pediría que me dijerais, desde vuestro propio círculo, qué dificultades internas o externas han surgido. Al profesional le habrán surgido dificultades, al estudiante le habrán surgido dificultades. Hay algunos entre nosotros que se encuentran ahora a punto de concluir sus estudios, a los que les habrán surgido dificultades muy particulares. Lo resolveremos precisamente porque es posible buscar esa solución. Todos habéis recibido ya el primer boletín y habréis visto que, a raíz de cuestiones muy concretas, hay mucho que decir al respecto. Me gustaría preguntaros si surge alguna pregunta, ya sea concreta o general; a partir de ella, ya llegaremos a más cosas. Pero, cuando surgen este tipo de preguntas, pasamos de un enfoque más teórico a una experiencia más viva.

Ernst Harmstorf: Pregunta por el transcurso del año, el calendario de las almas y determinadas constelaciones de las estrellas.

Eso no es necesario. ¿Se refiere a las observaciones de las constelaciones de las estrellas? —Sí.— Bueno, ¿no es cierto que resulta de ayuda poder incorporar a la conciencia la constelación observable de las estrellas? Pero, si le he entendido bien, usted se refiere a cómo funciona realmente la cosa cuando dejamos que lo que hemos recibido en forma de fórmulas actúe sobre el alma. Esto actúa gracias a su propio poder mantrico, y orientarse en el mundo exterior de las estrellas puede ser, sin duda, una ayuda, pero debe tener en cuenta lo siguiente. ¿No es así? Tome el ejemplo más evidente de una relación entre lo humano y lo cósmico que aún hoy se puede observar. Se trata del ciclo menstrual. Este se desarrolla de tal manera que muestra claramente que está condicionado cósmicamente, pero no en la época actual, sino que lo estuvo en una etapa mucho más antigua de la evolución cósmica, en la que también participó nuestra Tierra. Luego, con el paso del tiempo, se han cerrado en sí mismas, emancipándose del cosmos exterior, de modo que ahora no existe una dependencia inmediata, por lo que ya no se puede decir: fases lunares = menstruación. No se puede afirmar eso. En cambio, sí se puede decir lo siguiente: hubo un tiempo en el que una cosa era idéntica a la otra, pero luego se separaron. Las fases lunares son una cosa, y la menstruación es otra. Esa es una forma de clasificarlas. La otra se basa no en las fases lunares más amplias, sino en las fases lunares diarias. La marea baja y la marea alta eran idénticas a lo que ocurre por influencia de la Luna. De nuevo, se han separado. La Luna sigue su curso, la marea baja y la marea alta siguen el suyo. Estas cosas también son determinantes para el efecto de lo mántrico. Lo mántrico existe de tal manera que lo que ocurre en el ser humano a través de él fue en su día idéntico al proceso que tiene lugar en el cosmos, y la separación se ha producido precisamente así, de modo que primero hay que tener la orientación correcta. Si ahora se quiere contar con este apoyo desde el exterior, primero hay que decirse a uno mismo: lo que debe ocurrir en el interior está escrito en el cosmos. - Pero, al reflexionar sobre ello, hay que alcanzar la independencia interior y ser capaz de experimentar ese mismo proceso en el interior de uno mismo, emancipado del curso cósmico. Por eso no es absolutamente necesario que, al actuar un mantra, se tengan en cuenta las constelaciones estelares, del mismo modo que no cabe en absoluto que la menstruación pueda regularse según la posición exterior de la Luna, ya que se ha convertido en un proceso natural. Del mismo modo, hoy en día ya ocurre que todo nuestro proceso interior, condicionado por los mantras, debe desarrollarse emancipado del cosmos exterior. Esto es lo que ya he tenido que explicar en numerosas ocasiones, en otros ámbitos, como la diferencia entre el esoterismo oriental y el occidental. El oriental parte totalmente del punto de vista de que el ser humano ha salido del cosmos, debe volver a él y debe volver a unirse a él. Adopta la postura de Buda. Es un retorno a condiciones anteriores. Esto se pone de manifiesto en toda la postura de Buda, en el cruce de las piernas, en la exclusión de las extremidades. La posición de los brazos también es tal que se paraliza toda la relación con la tierra. Lo que se emancipa del cosmos queda paralizado. Se ve cómo el ser humano se reincorpora al cosmos. Retrocede. Y en realidad, así es todo el esoterismo oriental. Es un retroceso. Nuestro esoterismo occidental solo puede ser un avance, una emancipación cada vez mayor. Por eso no resulta tan cómodo interiormente y, sobre todo, cuando debe aplicarse a determinados ámbitos, no resulta tan cómodo interiormente. Por supuesto, si usted, digamos, padece una patología concreta y observa la constelación de estrellas, y ve que el caso se ha manifestado de forma clara cuando, por ejemplo, Saturno está en oposición a la Luna, eso, naturalmente, ya tiene un cierto significado. Porque si ahora te acercas con una actitud curativa con Saturno-Luna —es decir, en términos terrenales: plomo-plata —¿verdad? Saturno = plomo, Luna = plata— y te dices a ti mismo: «Utilizo el plomo de forma cósmica, tal y como se ha convertido en cósmico en la Tierra, y utilizo la plata de forma terrenal, intentando pulverizarla, intentando disolverla; es decir, la transformo en algo terrenal y, con ello, provoqué la misma constelación que, expresada de forma celestial, se manifiesta a través de la oposición a la Luna», entonces podrá curar en el sentido de las fuerzas cósmicas. Pero, al mismo tiempo, sitúan al ser humano en una situación que lo hace retroceder a etapas anteriores de su desarrollo, mientras que, si parten directamente de lo que se da en lo terrenal —la relación del ser humano con el plomo y con la plata—, ya se encuentran inmersos en un proceso de emancipación del ser humano y no miran hacia el pasado, sino hacia el futuro. En este caso, haréis algo muy similar, pero lo conseguiréis desde dentro, al conocer la naturaleza del plomo y de la plata, al saber que el plomo actúa de forma sustancial, y la plata a través de lo que realmente se convierte cuando se tritura, se disuelve, es decir, cuando se descompone en átomos. Pero usted lo compara con la naturaleza humana ya emancipada, no con el cosmos. Es así como hay que encontrar la actitud adecuada; por eso puede resultar de ayuda reflexionar sobre las constelaciones estelares reales, pero, en primer lugar, habrá que dedicar todas las fuerzas a dejar que actúe en uno el impulso interior del alma de aquello que hemos tenido como fórmulas mántricas, y buscar más bien todo desde el interior.

Ilse Knauer: ¿Qué debo hacer desde el «yo» cuando practico la meditación?

¿Se refiere a desde el «yo»? Bueno, ¿no es cierto que la meditación consiste en lo siguiente? Como persona moderna, cada vez que oye una frase tiene la sensación de que debe entenderla. Esa es una actividad manifiesta del «yo» en la encarnación actual. Todo el quehacer intelectual es una actividad manifiesta del yo. El intelecto es predominante en la encarnación actual, y todo lo demás queda oculto por el yo, es inconsciente y como mucho actúa de forma onírica. Por el contrario, meditar significa ahora: desactivar esa búsqueda intelectual y aceptar el contenido de la meditación, en un primer momento, tal y como se presenta, en su estado puro; diría que, en un primer momento, según su letra, de modo que, si aborda el contenido de la meditación de forma intelectual antes de asimilarlo en su interior, pone en movimiento su yo, pues reflexiona sobre el contenido de la meditación y lo tiene fuera de sí. Si deja que el contenido de la meditación esté presente en su conciencia tal y como se le presenta, sin reflexionar sobre él en absoluto, sino simplemente dejándolo estar presente en la conciencia, entonces no es su «yo» de la encarnación actual el que actúa en su interior, sino el de la encarnación pasada.

Silencias el intelecto; simplemente te sumerges en el contenido de las palabras, que escuchas interiormente, no exteriormente, como contenido de las palabras. Se sumergen en ello y, al hacerlo, en el contenido de la meditación actúa su ser interior, que no es el de la encarnación actual. De este modo, el contenido de la meditación no se convierte en algo que deban comprender, sino en algo que actúa realmente en su interior y lo hace con tal intensidad que, al final, se dan cuenta de que acaban de experimentar algo que antes no podían experimentar. Toma un contenido de meditación sencillo, que he dado muchas veces: «La sabiduría vive en la luz». Bueno, ¿verdad? Si lo piensas, puedes sacar de ello muchísimas cosas sensatas, pero también otras tantas que son una auténtica tontería. Está ahí para ser escuchado interiormente: «La sabiduría vive en la luz». Cuando lo escuchas así en tu interior, se despierta en ti aquello que está ahí, no de la encarnación actual, sino lo que has traído contigo de vidas terrenales anteriores. Y eso piensa y siente, y al cabo de un tiempo se ilumina en tu interior algo que antes no sabías, algo que tampoco puedes concebir a partir de tu propio intelecto. Interiormente estás mucho más allá de lo que alcanza tu intelecto. Este solo contiene una pequeña parte de lo que hay. Hay que tomar las cosas que, por lo general, se dan en la antroposofía de forma bastante concreta, bastante objetiva. Piense, por ejemplo, en lo siguiente: con el cambio de dientes, el ser humano renueva, en realidad, todo su cuerpo físico. Este hecho debe considerarse como un hecho fundamental. Que el ser humano tenga una segunda dentición no es más que el síntoma más evidente, solo una parte de lo que está ocurriendo. Del mismo modo que se sustituyen los llamados dientes de leche, se renueva todo el organismo humano, de modo que, tras el cambio de dentición, el ser humano es, en cuanto a su sustancia física, una persona completamente nueva en comparación con la que era cuando nació. La visión actual, que lo mezcla todo, piensa que el ser humano nace, pasa por el cambio de dentición como una metamorfosis y luego sigue desarrollándose. No es así. La cuestión es la siguiente: el ser humano, incluyendo los llamados dientes de leche, cuando nace físicamente, tiene un cuerpo que es el resultado del desarrollo hereditario. Ha recibido un cuerpo que es el resultado de lo que se encuentra en toda la línea de sus antepasados. De ahí proviene el cuerpo físico de los primeros siete años, si lo expresamos en cifras. Desde los siete hasta los catorce años, el ser humano también tiene un cuerpo, pero este no ha surgido de una transformación del primero, sino que aquí ha intervenido aquello que el ser humano ha traído consigo a la Tierra. Ahora bien, deben imaginarse el asunto de la siguiente manera. El ser humano ha tenido su cuerpo. Este cuerpo, que proviene de la línea hereditaria, es un modelo, lo tiene como modelo. Ahora bien, incorpora la sustancia terrenal en ese cuerpo. Esa sustancia terrenal que el ser humano incorpora a su cuerpo durante los primeros siete años la transformaría en una forma completamente diferente si trabajara únicamente según las fuerzas que trae consigo de su existencia preterrenal. Crearía una forma de ser completamente diferente. Al nacer, no viene con la tendencia a configurar a un ser humano con ojos, oídos y nariz tal y como es el que se encuentra en la Tierra. Llega con la tendencia a configurar al ser humano de tal manera que, en el fondo, su esencia preterrenal influye muy poco en la formación de su cabeza. En cambio, se dedica el mayor esmero al resto. Lo que se atrofia en la vida embrionaria se desarrolla en el plano astral, en la organización del «yo», de modo que, cuando se tiene el embrión físico, hay que decir: «Esta parte física del embrión está, sin duda, maravillosamente desarrollada, pero el ser humano preterrenal tiene, en un primer momento, la mínima participación en ella». —En cambio, el ser humano, el ser humano preterrenal, tiene la mayor participación en todo lo que lo rodea. Allí vive el ser humano preterrenal, en aquello que, en realidad, se degrada en lo físico y, una vez degradado —el corion, el amnios, etc.—, se elimina. Ahí vive el ser humano preterrenal. Ahora bien, si se lo imaginan de forma esquemática, pueden imaginárselo así: en un primer momento se reproduce lo cósmico. Eso es, en realidad, lo que el ser humano quiere hacer cuando desciende de la existencia preterrenal a la terrenal. ¿Por qué no lo hace? Porque ya existe un modelo. Y, siguiendo este modelo, durante los primeros siete años transforma lo preterrenal con las sustancias que ha asimilado. En realidad, le gustaría dar forma a algo más esférico y crear un ser humano organizado de manera esférica. Esto se transforma según el modelo. Y así es como lo preterrenal da forma a este segundo ser humano físico, que está presente desde los siete hasta los catorce años, a partir de las fuerzas preterrenales, aunque en un primer momento siguiéndose el modelo que proviene de las fuerzas hereditarias.

Ahora verá que en el ser humano hay dos entidades de fuerza realmente diferenciables. ¿Cómo puede comprender estas entidades de fuerza? Tome ahora, con la mirada y la sensibilidad del médico, la «Ciencia Oculta en líneas generales» y lea en ella, allí donde se habla de la evolución de la Tierra, cómo primero hubo una evolución de saturno, luego una evolución solar, después una evolución lunar, una evolución terrestre y así sucesivamente. Si sigue allí la descripción de esta evolución, tendrá que decirse a sí mismo: hasta la evolución Solar, todo es uno; allí, el Sol, la Luna y la Tierra son un mismo cuerpo, están unidos en uno. La separación entre la Tierra y el Sol, y entre la Tierra y la Luna, no se produce hasta ese momento, de modo que, hasta la mitad de esta evolución, el ser humano vive en el cosmos. Vive en el Sol y en la Luna, así como también en la Tierra. Tras la separación del Sol, vive fuera del Sol; tras la separación de la Luna, vive fuera de la Luna. Pues bien, hasta la separación del Sol, las fuerzas cósmicas —incluidas aquellas que hoy se encuentran fuera de la Tierra, tanto en la Luna como en el Sol— actuaban sobre la naturaleza humana. Actuaban en el ser humano porque este pertenecía a ese mundo en el que aún se encontraban el Sol y la Luna. Luego se produjo una evolución para el ser humano que discurrió de tal manera que el Sol y la Luna quedaron fuera.

Pero la cuestión es la siguiente: supongamos que hay una evolución que contiene en sí misma todo lo que hoy es terrenal, así como también lo que es solar y lunar; más adelante, lo que no es terrenal se emancipa de lo que es terrenal. Lo terrenal siguió entonces su propio camino; se secó, se endureció, se fijó, y eso es lo que se encuentra hoy en la corriente hereditaria, que se ha vuelto burda en dicha corriente. Tras la separación del Sol y la Luna, lo que el ser humano ha asumido, lo encontrarán en aquello que proviene de la acción de las fuerzas procedentes del cosmos, —esa es la cuestión—, de modo que así obtienen un modelo para desarrollar su segundo ser humano, un modelo que, en realidad, representa algo artístico ancestral, lo que les dan el padre y la madre, y que pudo surgir cuando el Sol y la Luna aún estaban unidos a la Tierra. Allí se formaron las fuerzas que, en realidad, dan al ser humano su configuración terrenal, pues comprenderán fácilmente que esta configuración humana es terrenal. Imagínese por un momento alejado de la Tierra con el ser humano. ¿Qué haría entonces con él? Sería sumamente infeliz si, tras la muerte, tuviera que utilizar algo como las piernas. Las piernas solo tienen sentido si a través de ellas fluyen las fuerzas de atracción de la Tierra, si las introducimos en las fuerzas de atracción de la Tierra; las piernas solo tienen significado para la Tierra, al igual que los brazos y las manos. Así pues, toda una parte de la organización solo tiene sentido, tal y como se configura, si somos seres terrestres. Lo que somos como seres terrestres no tiene sentido frente al cosmos. Por eso, al llegar a la Tierra como seres anímico-espirituales queremos formar precisamente una organización completamente diferente. Queremos formar un círculo, queremos provocar en ese círculo todo tipo de configuraciones, pero no queremos a ese ser humano con el que no se podría hacer nada en el cosmos. Ese ser nos es dado ahora como modelo y conforme a ese modelo configuramos al segundo ser humano.

Por eso, en esta primera etapa de la vida del ser humano nos encontramos ante una lucha constante entre aquello que nos viene de la vida anterior y aquello que proviene del desarrollo hereditario. Ambos luchan entre sí. Las enfermedades infantiles son la manifestación de esta lucha. Y piensen solo en lo íntimamente vinculado que está todo el ser interior, anímico-espiritual del ser humano durante la primera infancia con su organización física. Tal y como se ve cuando salen los dientes definitivos, cómo el segundo diente aún empuja al primero, cómo interactúan entre sí, así interactúa todo el segundo ser humano con el primero. Solo en el segundo ser humano se encuentra el ser sobrenatural; en el primero, un modelo terrenal ajeno. Ambos interactúan entre sí. Y si observan esta interacción de la manera correcta, verán entonces cómo el ser interior, que existía como ser espiritual y anímico en la existencia preterrenal, cuando durante un tiempo tiene una ventaja demasiado grande, cómo interviene con especial fuerza en lo físico, cómo debe orientarse fuertemente según el modelo y cómo acaba por perderlo, al atacar por todas partes y decir: «Quiero liberarme de esta forma»; entonces, la lucha se manifiesta como escarlatina. Si el ser humano es tan delicado que retrocede constantemente, que quiere moldear a su antojo las sustancias que absorbe, y si lucha contra el modelo, esa lucha se manifiesta en forma de sarampión. Y así, precisamente lo que es una lucha recíproca se expresa en las enfermedades infantiles. Y solo se comprende de manera adecuada lo que ocurre más adelante si se tienen en cuenta estas cuestiones como corresponde.

Por supuesto, para el materialista es tremendamente fácil decir: «Bah, todo eso son tonterías». Porque se ve claramente que los niños no solo se parecen a sus padres y antepasados hasta el cambio de dientes, sino que más adelante también siguen pareciéndose. Eso es una tontería. Uno es simplemente más débil, se rige más por las fuerzas hereditarias, hace que su «segunda persona» se parezca más al modelo, y por eso, naturalmente, se ve así; pero él mismo lo ha provocado al guiarse más por el modelo. Por el contrario, también hay personas que, tras el cambio de dientes, se vuelven muy diferentes de lo que eran antes. En ese caso, lo que proviene de la vida anímico-espiritual preterrenal es más fuerte, y se ciñen menos al modelo. Por eso se trata simplemente de considerar estas cosas en su contexto adecuado. Se llega a esta conclusión porque todo lo que debe asimilarse tiene que ser, en un primer momento, asimilado y procesado interiormente por el niño de tal manera que el yo y el cuerpo astral entren en un contacto íntimo con los alimentos. Más adelante, esto ya no tiene por qué ser así. El ser humano nunca vuelve a encontrarse en la situación de poder elaborar algo independiente a partir de un modelo con tanta intensidad como durante los primeros siete años de vida. En esa etapa, debe asimilar todo lo que capta en su yo y en su cuerpo astral, de tal manera que pueda reproducir el modelo. Por eso hay que facilitarle esta tarea, y el cosmos lo ha dispuesto así, de modo que la leche pueda acercarse lo más posible a la formación etérica. Se trata de una sustancia que, en realidad, aún posee un cuerpo etérico, y dado que la sustancia, al ser asimilada por el niño, sigue ejerciendo un efecto organizador hasta el nivel etérico, el cuerpo astral puede captar la leche de inmediato, de modo que surge un contacto íntimo entre lo que se asimila y lo que constituye la organización astral y del yo. Por eso existe una relación muy íntima entre los alimentos externos y la organización interior, anímico-espiritual del niño. Y vea, ahora usted, como médico, debe lograr asimilar todo lo que acabo de decir, esta particularidad. Se aprecia, de hecho, en toda la forma en que el niño bebe la leche, se ve cómo su cuerpo astral y su yo la captan. Esto se puede ver realmente. Por un lado, medite con mantras, dejando que el mantra surta efecto en usted y liberando sus fuerzas anímicas; por otro lado, simplemente medite sobre el niño. Imagínese cómo lo que desciende desde lo anímico-espiritual, al formarse el modelo, se aproxima primero a los alimentos físicos y, a continuación, lo que ocurre allí entre lo anímico-espiritual y los alimentos se orienta ahora según las formas del modelo. Si se lo imagina bien, el trabajo excesivo de lo anímico-espiritual se contrae en usted en forma de erupciones escarlatinas. La actividad demasiado débil de loanímico-espiritual, que retrocede ante el modelo, se condensa en la formación del sarampión. Si se lo imaginan de forma meditativa, traspasarán la meditación habitual hacia la meditación médica. Lo más espantoso es que hoy en día la gente quiera comprenderlo todo con el intelecto. En medicina no se puede comprender absolutamente nada con la razón. Con la razón solo se podrían comprender, como mucho, las enfermedades de los minerales, y estas, como es sabido, no se curan. Todo lo que es médico hay que captarlo con la percepción directa, para lo cual esta debe estar primero entrenada.

En una persona adulta esto no se percibe. El tracto digestivo se encarga de los alimentos, —se trata de un proceso que tiene lugar en el interior—, mientras que en el niño son el cuerpo astral y el yo los que se encargan de ellos; aún hay que moldear y formar personas que están por completar según el modelo. Si meditan sobre el niño, verán cómo se produce una poderosa metamorfosis. Verán allí cómo, en cierto sentido, se ilumina lo anímico-espiritual y cómo lo que entra en forma de alimento lo oscurece y lo ensombrece cada vez más; verán cómo, a partir de la luz y la oscuridad, se forma, por así decirlo, como en colores, lo que constituye el segundo ser humano. De hecho, ves cómo en la luminosidad se manifiesta lo preterrenal en el ser humano, y cómo en la oscuridad se manifiesta lo que se ingiere como alimento externo. En el niño, una luminosidad procedente de lo preterrenal se impone sobre la oscuridad; la leche entra como oscuridad: esto forma los colores más diversos entre sí. Lo que en lo físico es blanco, en lo espiritual es negro. Siempre ocurre lo contrario. Esto le brinda la posibilidad de poner en acción su «yo» de una manera totalmente diferente a como lo hace habitualmente en la vida. ¡Qué actividad tan débil es la que llevamos a cabo en el acto intelectual habitual! Esa es la mayor debilidad del ser humano: actuar intelectualmente. Allí solo va encadenando un concepto tras otro. Sin embargo, si observas al niño tal y como acabo de explicar, meditarás de tal manera que tu «yo» colabore plenamente. Esto es lo que también debe tenerse en cuenta en nuestra pedagogía a medida que avancemos. En un colegio como el Waldorf, los niños tienen entre siete y catorce años: ahí es donde se produce el cambio, ahí es donde el ser humano ha desarrollado su «segundo yo». Tengo ante mí a un niño que ha sido moldeado a partir de la existencia preterrenal según el modelo que se ha descartado, y ahora, naturalmente, en ese niño han permanecido fuerzas hereditarias. Estas se han incorporado al modelo, a la imitación del modelo. Ahora el niño es demasiado sobrenatural. Porque ahora lo sobrenatural ha actuado con especial intensidad en el niño; ahora, en realidad, la oscilación se inclina hacia el lado opuesto. Antes eso también era visible exteriormente en el ser humano, era totalmente producto de la herencia; ahora, lo que es visible exteriormente ha surgido, en realidad, por completo desde dentro. Ahora hay que adquirir el mundo exterior. Ahora, aquello que ha trabajado sin miramientos para el mundo terrenal, teniendo en cuenta únicamente el propio modelo humano, debe orientarse hacia el mundo exterior. Ahora entre los siete y los catorce años, entra en juego que el cuerpo astral y la organización del yo, deban trabajar de tal manera que este ser sobrenatural se adapte de nuevo a las condiciones terrenales externas. Esto culmina con la madurez sexual.

Allí el ser humano se integra plenamente en las condiciones terrenales, allí establece sus relaciones con ellas, allí lo terrenal se integra en el ser humano, y así, en realidad, lo principal en el desarrollo del segundo ser humano, entre los siete y los catorce años, es lo que trae consigo de su existencia preterrenal; después, lo terrenal comienza a actuar. Esto llega a su culminación con la madurez sexual y es entonces cuando se forma el tercer ser humano. Por eso, el karma propio no comienza a actuar hasta después de la madurez sexual.

El segundo ser humano es descartado sustancialmente y se forma el tercer ser humano. Este no llega hasta la forma, sino solo hasta la vida. Si llegara hasta la forma, tendríamos una tercera dentición, porque ahora el ser humano se rige por las circunstancias externas. En las circunstancias externas ocurre que el ser humano vuelve a asimilar lo extrahumano. Al orientarse según el modelo, se ha orientado por completo según el ser humano. Mientras el ser humano se oriente según el modelo, se orienta según algo heredado. Pero en su interior descansa, en realidad, aquello que se ha marchitado. Desde la separación del Sol está fuera, en realidad separado de la raíz de su existencia; se ha marchitado, se ha desolado. Por eso, en las fuerzas hereditarias residen la mayoría de las fuerzas patológicas, de modo que al orientarse según el modelo, el ser humano absorbe de hecho, una cantidad enorme de causas internas de enfermedad. Sin embargo, absorbe poco en el periodo anterior a la madurez sexual, porque se orienta hacia el mundo exterior; el clima y demás, todo lo que se encuentra en el aire exterior, es menos nocivo. El ser humano goza de buena salud entre los siete y los catorce años; después vuelve a comenzar el periodo en el que se vuelve vulnerable. Todas estas circunstancias deben observarse teniendo presente la imagen del ser humano. Si tiene presente la imagen del ser humano, entonces también meditará correctamente. Así podrá unir lo que aprende con lo que medita. De este modo, lo aprendido no se queda en teoría, sino que se convierte en práctica, porque pone de manifiesto la fuerza que se lo hace comprender. Eso es precisamente lo que tanto se necesita hoy en día. No se puede llegar a ninguna parte en medicina si se piensa una y otra vez que existe un avance tan lineal en el desarrollo. El ser humano está compuesto, en realidad, por corrientes de desarrollo discontinuas que transcurren de siete en siete años, y lo posterior siempre se vincula con lo anterior; no se trata de una continuación unidireccional, sino que siempre intervienen otras circunstancias. Una verdadera continuidad del desarrollo de este tipo, en la que lo anterior es siempre la causa de lo posterior, solo se encuentra en el reino mineral, en menor medida en el reino vegetal y, sobre todo, no en el reino humano.

Empiece por imaginarse las plantas correctamente. ¿Qué hace hoy en día el ser humano cuando se imagina las plantas correctamente? Ahí está el suelo. Ahora el ser humano se imagina que allí se planta la semilla y que de ahí crece la planta. Tiene la ingenuidad de limitarse a pensar: «Bueno, el hidrógeno es una molécula muy sencilla, formada por dos átomos». Se inventa todo tipo de cosas. El alcohol ya es una molécula más compleja. Ahí el carbono está unido al hidrógeno y al oxígeno, ahí ya tenemos algo más complejo. Ahora llegan, pues, las sustancias más complejas con las moléculas más complejas. Hubo una época, en los años ochenta y noventa, en la que se hacían tesis doctorales con títulos tan complicados que ocupaban dos o tres líneas. Ahí la molécula es increíblemente complicada. Ahora se vuelve aún más complicada. Luego se convierte en una semilla, un compuesto muy complicado. A continuación, de la semilla brota la planta. —Eso es una tontería. La formación de la semilla se basa en que la materia terrenal se desprende de toda estructura en el interior de la semilla y pasa al caos, se vuelve caótica, de modo que ya no encierra en sí misma las fuerzas de la materia. Entonces, cuando ya no existe ninguna estructura terrenal, desde el cosmos puede manifestarse plenamente lo que actúa. Se muestra dispuesto a reflejar lo cósmico, la estructura cósmica, en lo minúsculo, de modo que, en la formación de la semilla, la nada se impone frente a lo terrenal y lo cósmico actúa en la nada. Verán, la doctora Kolisko podría contarles una anécdota muy interesante que confirma precisamente esto. Durante los estudios sobre la función del bazo, tuvimos que utilizar conejos y extirparles el bazo. A pesar de ello, los conejos se encontraban perfectamente bien. Tampoco murieron a causa de la operación, sino mucho tiempo después, a causa de un resfriado. Se pudo observar claramente cómo se desenvolvían los conejos sin bazo. Cuando uno de los conejos murió, pudimos comprobar qué había sucedido con el bazo. Y he aquí que, en el lugar donde estaba el bazo, se pudo encontrar un tejido verdaderamente esférico. ¿Qué había sucedido allí? Habíamos extirpado el bazo físico del conejo; con ello, habíamos empujado artificialmente lo terrenal-sustancial hacia el caos, lo habíamos hecho accesible a las fuerzas cósmicas y surgió algo similar a la formación de la semilla. Surgió algo que se asemeja a la forma más primitiva de la formación de la semilla: es una imagen del cosmos. A través de esta vivisección tan inocente se ha confirmado algo importante, pues así se deduce de la observación de la ciencia espiritual.

Coge un cristal de cuarzo. Sí, es algo terrenal. Sí, ¿por qué es algo terrenal? El cristal de cuarzo es algo que mantiene su forma de manera pedante. El cuarzo debe su forma a una fuerza interna; y si lo rompe con un martillo, las distintas partes siguen teniendo la tendencia a ser pirámides hexagonales prismáticas, cerradas, pero hexagonales. Esa tendencia está ahí. No se puede eliminar esa tendencia del cuarzo, del mismo modo que no se puede eliminar la pedantería de algunas personas que son pedantes. Aunque atomices a una persona pedante, seguirá siendo pedante. El cuarzo no se deja llevar hasta el punto de que el cosmos pueda hacer algo con sus fuerzas. Por eso no está vivo. Si se pulverizara el cuarzo hasta tal punto que sus partículas ya no tuvieran la tendencia a orientarse según sus propias fuerzas, surgiría del cuarzo algo vivo y cósmico. Así ocurre en la formación de las semillas. Allí, la materia se expulsa hasta tal punto que el cosmos puede intervenir con sus fuerzas etéricas. Hay que contemplar el mundo como un entrar y salir continuo del caos. Lo que hay en el cuarzo también surgió en su día del cosmos, pero se ha quedado ahí, se ha vuelto ahrimánico. Ya no se expone a las fuerzas cósmicas. En cuanto entra en lo vivo, hay que atravesar el caos una y otra vez.

Así volverás a tener un punto de referencia para meditar desde el punto de vista médico. Obtendrás un punto de referencia que te permitirá imaginar la planta desarrollada, cómo crece allí, hoja a hoja, y así sucesivamente. Ahora llega el momento de la formación de semillas en el fruto; imagínate que, mientras normalmente te imaginas las plantas con semillas de forma luminosa, aquí todo se vuelve muy oscuro, muy tenebroso. Luego vuelve la luminosidad, al ser captada de nuevo desde el exterior. Así podrá volver a formarse una imagen imaginativa a partir de la vida vegetal; si tiene la conciencia de que «esto es la planta», entonces se trata de una meditación imaginativa. No debe hacerlo de forma intelectual, sino que debe permanecer en lo concreto y lo imaginativo. Lo intelectual solo sirve para representar en el pensamiento lo que uno sabe.

¿No es así? Puede, por ejemplo, escribir la palabra «niño». - Bueno, eso es una representación de una imagen mental. Bien. Cuando oye la palabra «niño», le viene a la mente la imagen de un niño. Pero si ahora te pones a decir: «Me gusta la I, la pongo al principio; me gusta la N, la pongo aquí; me gusta la Ñ, y así sucesivamente», puedes recomponer la palabra de otra manera, pero no saldrá nada diferente con lo que puedas hacer algo. Sin embargo, eso es lo que la gente hace constantemente con los conceptos. El concepto no es más que la palabra intelectual que designa la percepción. Las personas separan y combinan conceptos y piensan dentro del pensamiento. Lo hacen también cuando observan el mundo exterior. Superponen al pensamiento sobre la observación, y así es como el ser humano vive hoy al margen de la realidad. Esto es posible mientras se trabaje con la ciencia, que se sitúa al margen de la realidad, con la geometría y la aritmética. Pero si se quiere ejercer la medicina, no se puede estar fuera de la realidad; de lo contrario, también la práctica médica se sitúa fuera de la realidad.

Traducido por J.Luelmo

GA316 Dornach, 5 de enero de 1924 -El conocimiento exotérico y la forma de adquirirlo como base para la parte esotérica del curso

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

El conocimiento exotérico y la forma de adquirirlo como base para la parte esotérica del curso

Dornach, 5 de enero de 1924

Pues bien, queridos amigos, en las tres clases anteriores hemos intentado esbozar una especie de conocimiento que el médico debe adquirir como base, un conocimiento que solo ha podido esbozarse a grandes rasgos, tal y como ha sido posible en el poco tiempo disponible. Pero habrán podido comprobar que, si ahora quisiéramos ofrecer una exposición detallada de estas tres clases, se necesitaría mucho tiempo. Ese tiempo, por supuesto, estaría disponible en los estudios de medicina.

Los verdaderos estudios de medicina deberían estar estructurados de tal manera que los estudiantes dispusieran de un primer curso, —que durara al menos un año y, a ser posible, más tiempo—, en el que se adquiriesen esos conocimientos como base de la esencia de la medicina. No puedo ofrecerles más que una especie de descripción de cómo debería ser eso. Y por eso me gustaría que consideraran lo que hasta ahora les he impartido en tres clases, como una especie de boceto a carboncillo de lo que el médico debe asimilar. Me gustaría denominarlo la parte exotérica del conocimiento médico. A continuación, en los estudios de medicina debería seguir la parte esotérica del conocimiento médico, de la que ahora queremos hablar. Esta parte esotérica debe construirse sobre la base de la parte exotérica. Pero no deben desdeñar, en los estudios de medicina, el hecho de apropiarse primero, con toda seriedad, de la parte exotérica, en la medida en que sea posible conocerla. En la actualidad esto resulta difícil. Pero, como veremos en las siguientes clases, se puede lograr mucho precisamente en esta dirección, gracias a la creación en nuestra Escuela Superior de Dornach, de la Sección Médica. Y hoy ya existe la posibilidad de que lo que se insinúa en un breve esbozo se desarrolle a partir de numerosos detalles que se recogen en mis ciclos y escritos. Esto hasta ahora solo se ha llevado a cabo en una mínima parte y solo encontrará una ampliación acorde con la medicina antroposófica, cuando este trabajo que estoy preparando con la ayuda de la Dra. Wegman, se haga público en un futuro próximo. Entonces se verá que la antroposofía puede servir de inspiración para la medicina y los estudios médicos en general.

Pero deben tener claro que la carrera de Medicina es una carrera muy peculiar, que tiene unos requisitos muy especiales, una carrera en la que no se puede prescindir en absoluto de los resultados de las ciencias espirituales. No puede haber Medicina sin que en ella estén presentes los resultados de las ciencias espirituales. La situación caótica que aún nos encontramos en este ámbito se debe precisamente a que predominan una orientación académica y una línea de conocimiento que no son en absoluto adecuadas para el saber médico. La realidad actual es que disponemos de un conocimiento de las ciencias naturales, —también dentro del campo de la teología—, que solo es adecuado para fines técnicos, pero en modo alguno para el conocimiento relacionado con el ser humano. Para proporcionar conocimientos sobre el ser humano, no es adecuado. Porque, verán, el verdadero conocimiento médico requiere precisamente algo peculiar, y esto les quedará claro cuando hable de cómo surge realmente el ser humano.

Ayer ya hice hincapié sobre esto desde un punto de vista exotérico, y hoy, y en las siguientes clases, quiero dar el salto hacia lo esotérico: las sustancias externas son, en realidad, procesos. La sal no es más que el precipitado de procesos; los procesos del magnesio y del hierro son procesos que tienen lugar en la naturaleza. Los procesos del plomo y del mercurio son procesos que el ser humano no debe albergar en su interior, sino que tienen lugar en la naturaleza. Pero eso de que el ser humano no porta en su interior estos procesos, es solo aparente. ¿Cómo se forma el ser humano? En primer lugar, la estructura física se crea mediante la fecundación; esta estructura física debe unirse al cuerpo etérico del ser humano. Pero el cuerpo etérico del ser humano no surge inicialmente por medio de la fecundación, sino que se forma en torno a aquello que más tarde se convertirá en la organización del yo y la organización astral, en torno a lo espiritual-anímico que desciende de los mundos espirituales y que ya existía en la vida preterrenal. Nos encontramos, pues, ante el núcleo auténtico del ser humano, es decir, lo espiritual-anímico, que está presente, en primer lugar desde encarnaciones anteriores y que, en segundo lugar, sigue estando presente desde el periodo comprendido entre la muerte y el nuevo nacimiento, mucho antes de que se produzca la fecundación. Este núcleo espiritual-anímico del ser humano, antes de establecer una conexión con lo que surge como célula germinal física a raíz de la fecundación, forma en primer lugar el cuerpo etérico. Y aquello que se une a lo que está predispuesto en el embrión físico, —el yo, la organización astral, la organización etérica—, esta tríada se une a lo que surge de la fecundación física. Deben considerar el cuerpo etérico como algo que se forma a partir del cosmos. Ahora bien, este cuerpo etérico, que se forma a partir del cosmos, en el momento en que se une por primera vez a la organización física, contiene en sí mismo, las fuerzas que luego no se aplican a la organización física: las fuerzas del plomo y las del estaño. Solo es aparente que el ser humano no sea un microcosmos por el hecho de no contener ciertas sustancias. Las sustancias que el ser humano no posee en su cuerpo físico son las más importantes para la constitución del cuerpo etérico, de modo que en el cuerpo etérico, antes de que se una al cuerpo físico, tienen lugar, de hecho, procesos relacionados con el plomo, el estaño, el mercurio, etc.

Luego, el cuerpo etérico se une al cuerpo físico. Las demás partes, por supuesto, también. Y, en menor medida durante la etapa embrionaria, pero en mayor medida cuando comienza la respiración, es decir, en el momento del nacimiento, cuando se inicia la verdadera respiración externa, ocurre lo siguiente: Entonces, todas las fuerzas que el cuerpo etérico obtenía de las sustancias no ancladas en el cuerpo físico, pasan al cuerpo astral, y el cuerpo etérico adopta aquellas formas de fuerza que el cuerpo físico procesa en su interior. Así pues, el cuerpo etérico experimenta una metamorfosis muy significativa: la metamorfosis por la cual asume el contenido y la constitución del cuerpo físico, y cede su propia constitución, —su relación con el entorno del ser humano—, al cuerpo astral. El cuerpo astral está ahora íntimamente relacionado con lo que el ser humano puede conocer. Y en el momento, queridos amigos, en que empiecen a asimilar no solo conocimientos médicos teóricos, sino también reales y asimilados interiormente, en ese momento darán vida en su interior a aquellos contenidos que el cuerpo astral ya posee, que simplemente permanecen en el inconsciente y que representan las relaciones con el entorno.

Quiero poner un caso concreto. Tomemos, por ejemplo, una zona geográfica que se caracteriza por su melancolía, y ello se debe a que el sustrato, según la constitución actual de la Tierra, es de gneis, y en el gneis hay mica, un mineral que ustedes conocen. En primer lugar, la mica ejerce una influencia muy fuerte sobre la constitución física local que tiene una persona en una zona determinada. El cuerpo físico de una persona cambia si nace en una zona donde hay mucha mica. Lo que actúa sobre el cuerpo físico desde el suelo, desde la tierra, es la mica. Ahora bien, observarán que precisamente en las zonas donde hay mucha mica crece mucho rododendro. La planta se encuentra con frecuencia en los Alpes y en Siberia, entre otros lugares. La sustancia del rododendro es aquello que está íntimamente relacionado con el cuerpo etérico antes de que este se incorpore al cuerpo físico en tales zonas. El cuerpo etérico transmite esta afinidad con el rododendro al cuerpo astral. Y cuando en una zona de este tipo surgen enfermedades que se deben precisamente a un efecto preponderante de la mica a través de las aguas subterráneas entre los habitantes, el cuerpo etérico ha transmitido al cuerpo astral aquello que ha recibido del rododendro. Esto se encuentra ahora en el exterior, en la planta del rododendro. De ahí se deduce que en la planta del rododendro hay una savia que es curativa para esta enfermedad. De ello se deriva que, en muchos casos, —aunque no en todos—, el remedio se encuentre en las zonas en las que se producen enfermedades específicas, como remedio específico.

Ahora bien, deben ustedes tener en cuenta lo siguiente: cada noche, cuando se duermen, si son ustedes médicos, se sumergen con su cuerpo astral en el entorno que antes estaba relacionado con el cuerpo etérico y que ahora está relacionado con el cuerpo astral. Si ustedes adquieren conocimientos médicos y saben cuáles son las fuerzas curativas en el entorno humano, experimentarán continuamente el poder curativo mientras duermen. Aún estando dormidos, siguen experimentando la confirmación de aquello que pueden aprender en el exterior a través de la dialéctica. Y esto hay que tenerlo en cuenta en los estudios de medicina, porque todo aprendizaje dialéctico externo de la medicina no sirve de nada, nunca sirve. Se produce una disociación, se genera desorden, si no puede tener lugar cada vez durante el estado dormido la confirmación necesaria dentro del cuerpo astral y del entorno. Porque, si los estudios de medicina no se adquieren de tal manera que el cuerpo astral, en su diálogo con el entorno, pueda dar el «sí» al médico respecto a lo que ha aprendido, es exactamente como si escuchara algo que no puede comprender, que solo le confunde, de modo que, de hecho, el conocimiento médico está íntimamente relacionado con aquello que, en la vida del ser humano, le conduce al estado dormido. Y verán, es realmente así: precisamente de estas cosas debe surgir la convicción de que los estudios de medicina deben adquirirse a través del ser humano en su totalidad, y concretamente a través del ser humano vivo y sensible. Porque en este contacto nocturno con los ingredientes curativos, surge algo más que nunca puede adquirirse mediante la dialéctica: el impulso de prestar una ayuda real. Sin ese impulso, sin el sentimiento del médico, sin esa conexión con la persona a la que debe curar, sin ese impulso de ayudar personalmente, en el fondo no hay curación.

Verán, tengo que decirles algo que quizá les resulte muy extraño y paradójico, pero, dado que quieren aprender qué es lo que falta hoy en día y qué es lo que debe venir, también tengo que decir esto, pues desde Dornach trabajamos a partir de impulsos esotéricos. Verán, a menudo me han dicho que podría ocurrir que los medicamentos que fabricamos, —les parecerá paradójico, pero hay cosas que deben aceptar como paradójicas—; que habría que custodiar cuidadosamente los medicamentos que producimos en el laboratorio farmacéutico para que no puedan ser imitados. Una vez respondí a eso diciendo que, en realidad, no tengo tanto miedo a las imitaciones si logramos introducir impulsos verdaderamente esotéricos en nuestra corriente. Entonces se comprenderá que los productos se fabrican con un trasfondo esotérico, que no es lo mismo que se fabriquen aquí con todo lo que hay detrás de lo esotérico, con lo que se aporta, o que los imite cualquier fábrica. Puede que esto les parezca paradójico, pero es así. Precisamente es necesario, —mucho más que el hecho de que algo se consiga mediante elementos externos o artimañas comerciales—, que surja un cierto ambiente que realmente apunte a lo siguiente: hay algo detrás que hace que las cosas tengan propiedades curativas procedentes de lo espiritual. Esto no es superstición, es algo que, como verán más adelante, puede fundamentarse de manera estrictamente científica desde el punto de vista de las ciencias humanas. Por eso, las personas sensatas llegarán a la conclusión de que, al tomar los remedios que aquí se elaboran, ya se está dando el primer paso hacia lo que realmente hay que hacer.

Las objeciones de este tipo que ya se me han planteado pueden deberse a que hoy en día la gente no tiene ni idea de que, precisamente en el ámbito de la medicina, hay que tomarse mucho más en serio lo que es la vida esotérica y espiritual. Si, ante todo, comprenden esto, verán ya cómo debería crearse aquí, de forma realmente real —y no solo formal, como suele ocurrir—, una escuela superior, un centro de formación para los estudios de medicina. Ahora bien, también comprenderán que al primer curso exotérico de medicina debe seguir, ante todo, un segundo curso que se acerque al ser humano de la manera más eminentemente esotérica, que integre el conocimiento médico en aquello que en el ser humano se convierte en actitud, en actitud médica.

Sin duda, instintivamente siempre ha habido algunas personalidades que han buscado esa mentalidad médica. Y en el último tercio del siglo XIX, cuando en realidad había tan poco de lo que pudiera generar esa mentalidad médica, solo se podía observar, en algunas personalidades que entonces se consideraban excéntricas, cómo se había generado, de forma esporádica, esa mentalidad médica. En el fondo, la reputación de la escuela médica vienesa, con la que, en realidad, crecí, se había fortalecido tanto que esta escuela médica vienesa se basó esencialmente en aquella parte de la medicina en la que la terapia tiene menor importancia, a saber, la neumonía, donde menos se puede atender la enfermedad central, lo terapéutico. De ahí surgió lo que seguramente ya habrán oído mencionar: el llamado «nihilismo». Precisamente los médicos vieneses más destacados defendieron de forma totalmente consciente el nihilismo médico, es decir, partían del punto de vista de que «¡ningún remedio cura en absoluto!». En cierto sentido, Virchow también compartía este punto de vista. Su postura era la siguiente: de cada cien pacientes supuestamente curados, cabe suponer que, en el 50 % de los casos, habría sido totalmente irrelevante si se les hubiera administrado el medicamento, ya que se habrían recuperado incluso sin él. Y en el 30 % de los casos, se puede afirmar que el medicamento les causó un daño directo. En cuanto al resto, a veces puede haber sido el azar lo que hizo que precisamente los remedios que se eligieron y seleccionaron resultaran eficaces. —No lo digo yo, sino Virchow, que fue una figura destacada de la medicina del siglo pasado, quien lo afirmó. Aún hoy conozco a personalidades ilustres que defienden esta opinión con firmeza, a pesar de que quizá sean precisamente defensores de la terapia. En ello no hay precisamente una actitud médica, pero esta tampoco puede ser algo de lo que se hable meramente como una formalidad. Debe generarse en la realidad, y para ello se requiere precisamente ese aspecto humano, en el segundo curso, que debe construirse sobre lo exotérico. Para ello se necesita ese aspecto humano que actúa tal y como, aunque de forma degenerada, pero aún así, —diría yo—, a veces de manera magnífica y encantadora, estaba presente en una personalidad como la de Paracelso. Es cierto que se le pueden reprochar muchas cosas en uno u otro aspecto. Pero esta mentalidad médica estaba presente en él de manera magnífica. Siempre sabía que, cuando llegaba a una zona donde el «Rotliegende» resultaba repulsivo al salir a la superficie como tierra, una serie de enfermedades se debían simplemente a ello, —en concreto, enfermedades derivadas de afecciones de la sangre—, a que el suelo contenía «Rotliegende». La evolución del proceso patológico es muy característica. Cuando se llega a una zona con abundante «Rotliegendes», se observa que la población local se ha acostumbrado a él y, simplemente por su temperamento, muestra ciertas peculiaridades. Se observa que estas personas tienen una actividad del bazo muy intensa. Y cuando uno llega como forastero a esta zona, encuentra muy poco afecto; la gente es terriblemente testaruda, dogmática, ingenua; te consideran tonto si consideras que algunas de las cosas que hacen son una tontería. Sí, así es, la gente se acostumbra al Rotliegende. Pero cuando llega un forastero que quiere montar un negocio, no tolera el Rotliegende, sobre todo el agua. Empieza a presentar ciertos síntomas de enfermedad. Paracelso afirma que esas enfermedades que se originan allí se transmiten también a las personas que las padecen. Paracelso dijo: «Seguramente debe haber algo en el ámbito del cuerpo etérico; él lo llamó “Archeo”. Seguramente el Archeo debió de pasar por algo antes de entrar en el embrión». Ahora bien, siempre se observa que en esas zonas crece maravillosamente la acacia. Es muy fácil encontrar en la acacia, en las flores, en las hojas y, en determinadas circunstancias, también en las raíces, un jugo que puede constituir un remedio muy eficaz, dependiendo de la constitución de cada persona.

Se trata de que, gracias a esta mentalidad médica, se adquiere una visión de la naturaleza completamente diferente. Y así fue como —por aquel entonces yo aún era un niño— conocí a un médico. A menudo se le veía en los prados, en los campos y en las labranzas, donde se dedicaba a observar las plantas, las flores, los insectos y demás. En la zona donde ejercía como médico sin pretensiones vivían tres o cuatro eminencias. Se puede decir que la labor de este médico sin pretensiones, que tanto amaba las flores de los prados, resultaba mucho más fructífera para los enfermos que la de los médicos del Estado y las demás eminencias. Porque ellos obtenían su sabiduría de la escuela y de todo lo que se relacionaba con ella. Él, en cambio, obtenía realmente su sabiduría sobre los remedios del contacto directo con la naturaleza, lo cual, sin embargo, solo conduce al conocimiento médico si se es capaz de amar la naturaleza también en sus detalles. Ya no se la ama cuando se la observa bajo el microscopio. Hay que amarla, hay que ser capaz de observarla a simple vista. Verán, ahí se les señala lo necesario que es llevar a la vida consciente del cuerpo astral, precisamente para el conocimiento médico, y hacerlo de forma adecuada. Ahora bien, no pretendo en absoluto resucitar ante ustedes viejos temas médicos que ya han quedado obsoletos, sino solo decir aquello que se desprende de la observación directa del presente. Pero, dado que el lenguaje actual —incluida la terminología médica— carece de expresiones adecuadas, no queda más remedio que recurrir a una terminología que se ha transmitido de generación en generación. De lo contrario, habría que inventar una terminología. Quizá sería más conveniente para la difusión de nuestras ideas inventar una. Pero entonces tendríamos que dedicar años al estudio de esa terminología. Y como ustedes ya quieren escucharla, utilizaré las expresiones antiguas con algunas variaciones.

Por eso es bueno que, en primer lugar, nos fijemos en el mundo vegetal, no tanto porque yo pretenda recomendar los remedios a base de plantas de forma universal, sino porque se puede aprender mucho de ellos y, sobre todo, se puede obtener un beneficio inmenso para la profundización esotérica. Ahora bien, para la tradición médica es de fundamental importancia que se tengan en cuenta tres aspectos, pero no tal y como los consideramos hoy en día con nuestros conocimientos y habilidades comunes, sino de una manera diferente.

Si hoy un estudiante ha aprendido algo, lo sabe, y entonces piensa: «Qué bien, lo sé y puedo aplicarlo». - Sin embargo, la persona que es piadosa y religiosa aprende el «Padre Nuestro», también lo sabe, pero no piensa que basta con saberlo, sino que lo reza cada día; lo que sabe, lo reza a diario. Deja que lo que sabe recorra su alma cada día. Esa es una concepción totalmente diferente del asunto, es algo completamente distinto. O tomemos como ejemplo a un iniciado. De él se da por sentado, sin duda, que conoce los elementos del conocimiento oculto. A él no le importa en absoluto que los conozca, que los haya asimilado en su momento; para él es mucho más importante que, de vez en cuando, deje que los elementos más básicos y los siguientes fluyan con fe a través de su alma, de modo que pueda recibir en ella fuerzas impulsoras siempre nuevas. La persona con inclinación religiosa tiene experiencias muy diferentes a las de quien solo ve en la naturaleza algo que se asimila en el mundo físico. Debemos reencontrarnos una y otra vez en el ritmo de la naturaleza si queremos adquirir un conocimiento vivo y no muerto. El conocimiento, la actividad cognitiva, debe repetirse una y otra vez de forma rítmica. A eso me refiero cuando digo que la actitud médica debe servir de base para el conocimiento médico. Adquirir conocimiento médico a partir de la naturaleza del ser humano y de su entorno es especialmente importante en la relación terapéutica. Por eso es de suma importancia que se den cuenta de cómo hacen que la planta renazca una y otra vez en su alma.

Hay tres aspectos de la planta que revisten especial importancia. Uno de ellos —que destaca de manera muy particular en ciertas plantas— es el aroma de la planta, relacionado con los aceites esenciales que contiene. El aroma de la planta es lo que atrae a ciertos espíritus elementales que desean descenderse a las plantas. Y dado que lo que subyace al aroma —en la actividad, no en la sustancia— se encuentra en su forma más concentrada en el ámbito mineral, concretamente en el azufre, se puede decir, siguiendo la medicina antigua, que ese extracto espiritual de la planta, activo en su aroma, que despierta una especie de anhelo en los espíritus elementales que descienden atraídos por el aroma, a eso se le puede llamar el «azufrado» de la planta. Se puede decir que, ya solo al observar el «azufrado» de las plantas, se adquiere una comprensión correcta del aroma de las plantas, cuando se reconoce que allí tiene lugar un proceso espiritual, tanto en lo alto como en lo bajo, a través del cual la planta desprende su aroma. Esto es lo primero.

Una segunda cosa, que se adquiere, es una sensibilidad interior hacia lo que crece en la hoja. Se tienen tantas oportunidades de relacionar las flores con el aroma de las plantas, y las hojas con la forma de las plantas. Las hojas tienen formas muy variadas: dentadas, suaves, puntiagudas, romas, articuladas, etcétera. ¿No es así? Para ello hay que adquirir una sensibilidad sutil hacia ese carácter foliar de la planta, pues con ello cobran vida aquellas entidades espirituales que descienden a través del aroma. Y en ello resplandece desde la periferia del cosmos, por todas partes, el afán de dar forma de gota. Verán, hay algo que les permite adquirir un maravilloso sentimiento por aquello que, en realidad, forma parte del cosmos y está contenido en las hojas: si simplemente desarrollan amor por contemplar las hojas, cuando por la mañana las plantas están salpicadas de brillantes gotas de rocío. Porque estas gotas de rocío, en su esencia, reflejan sencillamente el afán de la periferia, del cosmos, por generar en lo vegetal lo esférico, lo que tiene forma de gota. Es la gota la que subyace por completo a todo lo frondoso de la planta. Y si en la planta solo actuara espiritualmente lo periférico, lo cósmico, la planta siempre adoptaría esta forma esférica. Se observa que en las plantas lo esférico aparece especialmente cuando lo cósmico toma la delantera, en la formación de algunas bayas y demás, también en la formación de algunas hojas, pero esta formación de gotas es inmediatamente aprovechada por las fuerzas terrestres.

La gota se extiende en todas las direcciones posibles, dando lugar a las formas más variadas. Esta tendencia a adoptar la forma de gota se encuentra concentrada, en su forma mineral, en el mercurio. Por eso, en la medicina antigua se denominaba «mercurial» a esta tendencia a adoptar la forma de gota. En la medicina antigua, Mercurio no era el mercurio, sino la tendencia a adoptar la forma de gota, la tendencia dinámica hacia la gota. Allí donde existe la tendencia a adoptar la forma de gota, allí está lo «mercurial». El mercurio es el metal que en la Tierra tiene forma de gota, porque allí se dan las condiciones para ello. El mercurio tiene en la Tierra la forma que tiene la plata en la Luna, donde también debería presentarse en forma de gota. Se trata de que la medicina antigua denominaba «mercurio» a todo lo que tenía forma de gota. Para los médicos de la antigüedad, todos los metales eran también mercurio. Esto es precisamente lo que hay que tener en cuenta: que la medicina antigua se basaba en lo móvil, en lo vivo. Tendremos que volver a ese carácter móvil y vivo. Entonces deberá llegar a comprender que se siente tan atraído por lo móvil, lo vivo, que se dice a sí mismo: «Cuando por la mañana recorro los pasillos y veo las perlas plateadas del rocío sobre las hojas, esas perlas plateadas del rocío me revelan lo que vive en el espíritu de las propias hojas: la aspiración hacia la forma esférica cósmica». - Pero esto hay que sentirlo para poder comprender la planta. Deben aprender a comprenderla en su forma esférica. Aprendan entonces a comprender la planta de tal manera que establezcan una relación con su aspiración hacia la forma de gota, y luego, ascendiendo a través de lo perfumado, alcanzarán poco a poco una comprensión sutil de todo aquello que actúa de forma centrífuga en el ser humano. Actúan fuerzas centrífugas cuando el ser humano puede cortarse las uñas. Han vuelto a crecer: se trata de fuerzas centrífugas que atraviesan al ser humano. Durante los primeros siete años, las fuerzas que culminan con la aparición de los dientes definitivos fluyen continuamente de forma centrífuga a través del ser humano. Se manifiestan sobre todo en la sudoración. Aquello que en el aroma de las plantas se eleva hacia arriba y atrae allí a los espíritus de la naturaleza, también vive en el aroma del sudor, que tiene una dirección centrífuga, de modo que, de hecho, si quieren buscar lo vegetal en el ser humano, deben dirigir la mirada hacia allí y suponerlo en su profundo anhelo de ascender. De este modo, se obtiene una comprensión profunda e íntima de la relación entre lo que hay en el exterior y lo que hay en el ser humano. Porque, verán, cuando el cuerpo etérico cede sus características al cuerpo astral, todo el proceso se invierte. El cuerpo etérico desea desarrollar hacia arriba aquello que toma del entorno. Al cederlo al cuerpo astral, se desarrolla de forma centrífuga hacia el exterior [¿hacia abajo?], de modo que el ser humano, de hecho, lleva en su interior, en esa dirección, lo que se convertirá en vegetal.

Observen cómo la planta se hunde en el suelo con su raíz, cómo establece con ella una conexión íntima con las sales del suelo en el sentido más amplio. Allí tiene lugar un proceso que es exactamente opuesto al fenómeno que acompaña a los procesos sensoriales, que son los procesos salinos. Tomen sal de cocina, que en solución tiene sabor salado, e imaginen este proceso invertido polarmente, es decir, que se anula la disolución, se produce una aglutinación y el olor y el sabor se vuelven latentes. Entonces tendrá el proceso que tiene lugar entre el suelo y la raíz de la planta. Eso es lo que en la medicina antigua se denomina «proceso salino». La medicina tradicional no se refería a la sal tal y como se la conoce hoy en día —es decir, la sal de carbonato de sodio y demás—, sino a aquella sal que, en la planta y en la raíz que se estrecha hacia abajo, establece una unión con las sustancias de la tierra. Eso es lo salino.

Al dirigir de forma rítmica y continuada su atención hacia estos maravillosos misterios de la naturaleza, usted da vida, en la práctica, a sus conocimientos médicos. Es decir, si intenta de esta manera dar vida a sus conocimientos médicos, comenzará a observar la naturaleza y al ser humano de tal forma que la curación surja del fuerte impulso de ayudar del que les he hablado anteriormente. En verdad, solo puede surgir de una base así, incluso de forma muy concreta. Esto debe estimularse de manera concreta mediante un aprendizaje exotérico, diligente, ambicioso y activo; de lo contrario, solo se harán cosas confusas. Pero es necesario saber que, de hecho, la verdadera base del conocimiento médico reside precisamente en esta inmersión rítmica en el entorno natural del ser humano, no en el aprendizaje médico teórico, sino en lo que acabo de intentar caracterizar y que ustedes pueden vivir rítmicamente.

Lo que ahora escribo en la pizarra «1» no es para que lo sepáis, sino para que estimule en vosotros, una y otra vez, esa revitalización de vuestro sentido médico. Es algo así:

Vosotros, espíritus sanadores,
Vosotros os unís
A la bendición del azufre
Del aroma del éter;
Vosotros os revitalizáis
En el ascenso del Mercurio
hacia la gota de rocío
de lo que crece,
de lo que se está formando.
Vosotros os detenéis
en la sal de la tierra
que nutre la raíz
en el suelo.

Esto es, en cierto modo, lo que el alma adquiere al contemplar el entorno, despertando el sentido interior para lo que la rodea. El ser humano puede entonces responder:

Quiero unir el saber de mi alma
al fuego
del aroma de las flores;
Quiero avivar la vida de mi alma
con la gota centelleante
de la mañana entre las hojas;
Quiero fortalecer el ser de mi alma
con la sal que endurece,
con la que la tierra
cuida con esmero la raíz.

Pues bien, queridos amigos, lo que se puede adquirir al interiorizar esto una y otra, tal y como hacen los piadosos con la oración, es precisamente lo que despierta en el alma aquellas fuerzas que pueden actuar de forma curativa. Porque las fuerzas habituales que hoy en día se utilizan en la escuela no pueden despertar el conocimiento médico. Este debe extraerse primero del alma. Por eso siempre pongo al principio de las reflexiones esotéricas que queremos cultivar lo siguiente: cómo hay que pensar que las fuerzas del alma deben avivarse primero para que se active en el alma aquello que puede conducir al conocimiento médico.

Traducido por J.Luelmo