CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 26

GA316 Dornach, 7 de enero de 1924 Conocimiento a través del pensar, a través de la imaginación, a través de la inspiración

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Conocimiento a través del pensar,  a través de la imaginación, a través de la inspiración
Dornach, 7 de enero de 1924

¡Queridos amigos!

Por motivos que no voy a explicar ahora, la clase de carácter más esotérico que tenía previsto impartir hoy, la impartiré al final de este curso.

Hoy me gustaría hablarles de otra cosa. Si recordamos lo que se dijo ayer, quizá nos sorprenda un poco descubrir que, detrás de las manifestaciones de lo sólido y terrenal, hay algo conceptual; que, por ejemplo, si queremos acercarnos a las realidades, hay que ver más allá de la valentía, que es algo etéreo.

Ahora bien, de hecho también reviste cierta importancia, me refiero desde el punto de vista de la historia de la medicina, que se preste la debida atención a cómo se debe relacionar el pensar, —lo abstracto—, precisamente con lo sólido, lo terrenal, es decir, con aquello que se presenta ante nuestra percepción con contornos definidos; pues así se llega inmediatamente a decirse a uno mismo: El pensar no debe vincularse a lo líquido —es decir, a lo que se manifiesta en el organismo humano como circulación de fluidos u otras formas de circulación—, ni debe verse el pensar como la fuerza que hay detrás de ello; lo mismo ocurre con lo aéreo y con lo térmico. Ya hemos visto cómo hay que considerar lo aéreo y lo térmico en el cosmos. Pero en el ser humano todo, absolutamente todo, está presente a su vez de una manera especial. En el ser humano ocurre que, en realidad, solo aquello que se presenta con contornos —es decir, lo que, aunque sea suave, digamos burdo o trivial, tiene, no obstante, por su contorneado, el carácter de lo sólido; solo eso puede penetrar realmente en el pensar, y lo fluido, del cual hemos hablado de tal manera que, en un primer momento, cuando uno se enfrenta simplemente al plano físico habitual y quiere captar lo espiritual que hay detrás de él, debe tener claro que, detrás de lo fluido, debe ver algo sensorial. Pero en el ser humano todo, absolutamente todo, está presente a su vez de una manera especial.

Así pues, hay que considerar de manera especial lo «sensorial» en el organismo humano, pues, por lo general, cuando se habla de lo «sensorial», se hace referencia a la sensación subjetiva que el ser humano tiene debido a su constitución psíquico-física. Pero en el ser humano la sensación no es solo aquello que se experimenta de forma inmediata, sino que en él la sensación tiene un carácter constructivo; y dado que el cuerpo líquido, como manifestación del fluido cósmico general, contiene ya en su propia esencia lo sensorial, hay que tener claro que esto que actúa en el cuerpo líquido, ese impulso etérico, también debe ser aprehendido por medio del conocimiento; pero no puede ser aprehendido de la misma manera que se aprehende cualquier cosa ajena al ser humano, porque en el organismo humano todo lo que se nos presenta como sustancias o procesos se transforma de manera diferente respecto al entorno del ser humano. Así pues, se trata de reconocer que, en el momento en que comienza el organismo líquido, —es decir, cuando se trata de una parte de la organización humana que se encuentra en circulación líquida, aunque en el curso de esta circulación estén integrados órganos vasculares o cualquier otro elemento—, todas las facultades cognitivas que se aplican a lo que existe fuera del ser humano en el mundo físico ya no sirven para conocer la realidad.

Por eso ha sucedido que la medicina, como último eslabón de la organización humana, ha perdido, como pueden ver, al «hombre de los fluidos». Se podría decir, sin más, que hasta mediados de la década de 1840, en medicina se tenía al menos una vaga idea del «hombre de los fluidos». Se hablaba de los humores, de la circulación de los jugos, de la mezcla y separación de los jugos. No solo se disponía de una fisiología y una patología celular, sino que se tenía realmente una visión de la mezcla y separación de los jugos. Solo que, en el siglo XIX, todo eso era, naturalmente, tradición. Pero esta tradición se remontaba a épocas anteriores al siglo XVI y al siglo XV, en las que no solo se contaba con la tradición, sino también con el conocimiento, un conocimiento del tipo que hoy, en la antroposofía, debemos alcanzar y recuperar a través de la imaginación. Aquella época tenía un carácter imaginativo, pero se trataba de imaginaciones instintivas. Y se sabía que el organismo humano no puede conocerse simplemente mediante la mera observación sensorial y pensando racionalmente. Los pensamientos y la observación sensorial solo revelan las partes del organismo con contornos definidos; todo lo que se encuentra en la circulación de los fluidos, en el ser humano líquido, debe conocerse a través de la imaginación. Por lo tanto, no es de extrañar en absoluto que se haya perdido la visión de este ser humano líquido, pues la antigua imaginación instintiva se ha perdido. Esta visión solo volverá a estar presente cuando se alcancen de nuevo imaginaciones de manera plenamente consciente. Recapitulemos pues, lo que hemos comentado y lo que debe vislumbrarse para el conocimiento.

Verán, al formarse el esqueleto óseo a partir del conjunto del organismo humano —me gustaría decir que, al cristalizarse el ser humano en el esqueleto, (no es una buena expresión, pero la entenderán)—, los pensamientos del cosmos se entretejieron en él. Y los órganos estrictamente delimitados también lo están únicamente en la medida en que, —pronto conoceremos sus fuerzas propias—, se someten a las mismas fuerzas a las que se somete la estructura ósea, de modo que se puede decir: solo la estructura ósea es de naturaleza mental en sentido físico, y los demás órganos, que tienen límites fijos, están construidos mentalmente a partir de lo etérico. Pero, al tener contornos fijos, están construidos de forma «pensada», y lo que hoy se conoce en fisiología y patología en relación con la forma del organismo humano está sometido a lo «pensado». Pero eso no es más que un eslabón de la organización humana, y debe quedar fuera de ella si no se asciende a la imaginación. La imaginación nos conduce entonces hacia el ser humano líquido y hacia la forma en que, a partir del líquido, se forma el músculo y el ser humano se proyecta en él. Esta peculiar unión entre el músculo, que parece sólido —aunque solo lo parezca—, y la sangre; ahí ya se pasa de lo óseo a lo sanguíneo, y ahí hay que recurrir a la imaginación para reconocer al ser humano, de modo que se puede decir: El pensar, que naturalmente se apoya en la percepción sensorial, en realidad solo llega hasta el sistema óseo, y todo lo demás que se pueda decir sobre el ser humano mediante el pensar, aparte del sistema óseo, es fantasía. Hay que ascender del pensar a la imaginación. Y cuando se asciende a la imaginación, se llega al ser humano líquido y a cómo este, en realidad, se proyecta hacia el sistema muscular. Y comprender los músculos en su esencia solo es posible mediante la imaginación. ¿Por qué?

Sí, verán, cuando se aplican los conceptos, también hay que aplicar las leyes en las que se basa ese concepto; esa es la ley mecánica. Hay que aplicar la estática y la dinámica. Y eso solo se puede hacer con el sistema óseo. Pero traten de aplicar la estática y la dinámica al sistema muscular; intenten calcular, partiendo de cualquier principio estático, por qué es capaz de masticar un hueso de cereza o incluso uno de melocotón. Intenten calcularlo. Intenten realizar el experimento para averiguar cuánta presión es necesaria, —simplemente colocando un peso sobre un hueso de cereza—, para aplastarlo. Lo muerdes; quizá no todos podamos hacerlo, pero hay quienes incluso son capaces de morder huesos de melocotón. Calculen si, según las leyes mecánicas, resulta que un músculo es capaz de aplastar huesos de cereza. Con lo que ofrece el pensar, nunca llegarán a comprender el sistema muscular. No se puede. La mecánica se convierte en un sinsentido en el momento en que se aborda el músculo, y hay que ser capaz de pasar ahora a un conocimiento que deje atrás las leyes mecánicas, por tanto, que capte la imagen completa del músculo mediante la imaginación, en la que la gravedad habitual no existe en absoluto. Porque en el momento en que se adentra en el medio líquido, se enfrenta exclusivamente a fuerzas de empuje, y realiza las acciones que lleva a cabo con su cuerpo etérico no en función de las relaciones de peso, sino de aquello que, en gran medida, supera dichas relaciones, de modo que ya a partir de esto comprenderán: En el momento en que se aborda el sistema muscular, hay que aplicar un tipo de conocimiento completamente diferente, que es la imaginación, de modo que se puede decir, —solo a título representativo, pues hay transiciones por todas partes—, que el sistema muscular se comprende mediante la imaginación, (vean lámina 6). Y nadie comprende en absoluto el sistema muscular sin concebirlo, en cierto modo, como la imagen que no ha surgido por la misma via que el sistema óseo, sino que se ha formado, en cierto modo, mediante la coagulación de la sangre. Por supuesto, es una expresión tan poco acertada como si dijera «se cristaliza en el sistema óseo», pero, comparativamente, es correcta. Ahora piensen lo siguiente: si tienen cualquier hueso, por ejemplo, el cúbito, el radio o el húmero, y le aplican las leyes de la palanca: sí, los huesos lo soportan con toda paciencia. Pero consideren lo siguiente: aunque puedan comprender bastante bien, gracias a las leyes de la palanca y otras leyes mecánicas, lo que ocurre con el radio o el húmero, piénsese si también podrán comprender lo que ocurre con cualquier músculo. En ese caso, las imágenes deben adoptar una estructura flexible, deben transformarse. Esa es precisamente la esencia de la imaginación: que puede adaptarse a todo y que abarca aquello que, a través de su metamorfosis, constituye su esencia. Eso es lo que tiene el músculo: el músculo vive en su metamorfosis. El hueso se somete pacientemente a las leyes mecánicas, el músculo no. Es tan móvil como las imágenes metamórficas, —imágenes, no pensamientos—, que tenemos en la imaginación para seguirlas en lo que se mueve interiormente. Y fíjense, con esto nos situamos, en el caso del ser humano sólido, en el sistema óseo; en el ser humano sólido, terrenal. Nos situamos, en el ser humano fluido, en el sistema muscular; el ser humano acuoso.

Pero si ahora ascendemos de la imaginación a la inspiración, llegamos ya al ser humano de naturaleza etérea, a aquello que es de naturaleza etérea en el ser humano. Y al acercarnos a la inspiración, llegamos a una forma de percepción muy similar a la de escuchar tonos musicales, armonías y melodías; muy similar a la audición musical. La inspiración ya no tiene nada que ver con algo conceptual, sino con algo que, en su percepción, es también una especie de elemento musical. Lo musical no tiene por qué escucharse siempre; al ser espiritual, también se le puede percibir. Pero, en el fondo, toda inspiración tiene algo de musical. Ahora bien, lo peculiar aquí es que la forma de los órganos internos humanos, —esos órganos que, en realidad, se encargan durante la vida del organismo en desarrollo, en lo referente a la alimentación, la respiración, etc., es decir, los órganos que constituyen la base—, es que todas estas formas orgánicas no pueden explicarse, por ejemplo, a partir de ninguna ley mecánica. Pero tampoco pueden explicarse mediante la imaginación. Es sencillamente absurdo, una tontería, intentar explicar la forma del pulmón o del hígado, por ejemplo, basándose únicamente en la disposición de las células o en las relaciones de peso. Intenten ustedes de investigar si alguien ha logrado ya explicar la forma del hígado o del pulmón como tal. Nadie lo ha conseguido. Porque estos órganos, que nutren la vida en gestación durante su existencia terrenal, están presentes en sus esbozos desde muy temprano, aunque estén muy transformados. Todos ellos proceden de las fuerzas formadoras de lo etéreo. El científico actual dice: el aire es oxígeno, nitrógeno y algunas otras sustancias; y se trata de una sustancia aérea más o menos homogénea, diferenciada únicamente por el movimiento mecánico interno que se manifiesta en el viento. Pero ese aire, tal y como lo describe hoy el físico, no existe; solo existe el aire concreto que rodea nuestra Tierra. Pero, queridos amigos, el aire que rodea nuestra Tierra está impregnado por doquier de puras fuerzas formadoras. Estas fuerzas formadoras las inhalamos junto con la sustancia física del aire. Cuando nuestros órganos están formados, cuando tenemos un pulmón completamente desarrollado, ocurre que las fuerzas formadoras que inhalamos junto con la sustancia del aire, por así decirlo, se fusionan con la forma del pulmón, de modo que, una vez que nacemos, ya no tienen gran importancia, salvo para el crecimiento. Pero durante la etapa embrionaria, mientras se produce la separación física del aire exterior, las fuerzas formadoras del aire actúan en primer lugar a través del cuerpo materno. Estas construyen los pulmones, al igual que se construyen a partir de ellas todos los órganos del ser humano, con excepción de los músculos y los huesos. Todos los órganos internos que sustentan la vida en formación están construidos a partir de las fuerzas formadoras del aire. 

Lo que ocurre allí puede compararse, —aunque se trate de una comparación aproximada—, con la formación de las figuras sonoras de Chladni. Es decir, se fijan unas placas cubiertas de polvo en un punto y se rozan con el arco del violín de una manera determinada; entonces, ese polvo adopta ciertas formas, dependiendo de cómo se aplique el arco. Las figuras de polvo se forman a partir de las fuerzas formadoras que se provocan en el aire. Del mismo modo, los órganos internos del ser humano se forman a partir de las fuerzas formadoras generales del aire. Se forman a partir de las fuerzas configuradoras del aire. De hecho, los pulmones se forman a partir de las fuerzas respiratorias, pero lo mismo ocurre con los demás órganos. Solo que, en el caso de los demás órganos, esto ocurre de forma más o menos indirecta, mientras que los pulmones se forman directamente. Pero este hecho, —que los órganos del ser humano se formen a partir de las oscilaciones del aire en proceso de configuración—, solo puede comprenderse mediante la inspiración. Aquello que se forma a partir de lo aéreo, aquello que acaba tomando forma, es conceptualmente, similar a lo musical, del mismo modo que las figuras sonoras también tienen un fundamento musical.

En la fisiología actual hay tantas cosas fundamentalmente erróneas, que a veces uno se avergüenza de decir lo correcto, cuando difiere de forma tan grotesca de lo que afirma la fisiología. Cuando el ser humano oye, todos sus órganos vibran al unísono con las vibraciones del aire, no solo los órganos auditivos internos. Todo el ser humano vibra con ellas, aunque sea de forma suave, y el oído no es un órgano auditivo porque vibre, sino porque, gracias a su organización interna, lleva a la conciencia lo que ocurre en el resto del organismo. Hay una gran diferencia, aunque sutil, entre decir que el ser humano oye a través del oído y decir que el ser humano lleva a la conciencia, a través del oído, lo que ha oído. Porque el ser humano está construido a partir del sonido, —aunque no del sonido audible—, de modo que hay que decir: la inspiración se apodera de los órganos internos del ser humano. La organización de los órganos internos del ser humano, del ser humano gaseoso, debe conocerse a través de la inspiración. Verán, no es de extrañar que ya en la Antigüedad se perdiera la verdadera comprensión de los órganos humanos, porque se perdió la inspiración, ya que la inspiración es la única vía a través de la cual se pueden comprender los órganos internos; de lo contrario, solo se pueden dibujar a partir de un cadáver, pero no se pueden comprender.

Bueno, como ven, en realidad todo el organismo humano vive en el trasfondo del mundo físico. Cuando hablamos como lo he hecho en mi libro «¿Cómo se adquieren conocimientos de los mundos superiores?», la gente siempre tiene la idea de que aquí está el mundo físico y, detrás de él, se encuentran los mundos espirituales de forma escalonada. Se accede al mundo espiritual más cercano a través de la imaginación, a otro mundo espiritual más allá mediante la inspiración, y a otro más allá mediante la intuición. Pero la gente no se imagina que, de todo lo que hay en el ser humano, solo el sistema óseo es construido por los espíritus elementales, mientras que el sistema muscular es construido por entidades espirituales de una jerarquía superior. Esto hay que reconocerlo ahora. Hay que poder dirigirse a estas entidades mediante la imaginación si se quiere comprender el sistema muscular. Del mismo modo, hay que dirigirse mediante la inspiración a entidades espirituales aún más elevadas si se quieren comprender los órganos internos. Al erigir un esqueleto, solo parece que se ha adaptado a las formas. Sin embargo, un esqueleto, en cuanto a su estructura interna, solo puede explorarse por la vía inspirativa.

Lo que quiero decir es que hay que verlo así: ¿no es cierto que el pensador de la naturaleza, el naturalista de hoy en día, estudia una planta analizando aquello que tiene frente a sí, aquello que puede alcanzar como elemento sustancial, y la examina, en general, según los métodos habituales de los que se dispone hoy en día? Pero fíjense, eso no es en absoluto la planta. La planta está constituida tal y como dije ayer. Está construida a partir del cosmos, y solo la raíz está formada por fuerzas terrestres. Toda la forma de la planta es realidad espiritual, es realidad suprasensible; solo que lo suprasensible está relleno de materia. Y quien se limita a examinar esta materia física de la planta… pues bien, es como si una persona que tiene ante sí un escrito mojado, que ha cubierto con arena suelta, y que luego cree que la arena suelta es lo esencial del escrito. Hoy en día, al examinar la planta, se procede de la misma manera que quien tiene ante sí un escrito, lo cubre con arena porque aún está demasiado húmedo. La arena lo cubre todo; él la raspa y dice: «Examino la arena, leo lo que está escrito a partir de la arena». . - Así es más o menos como se suele explicar qué es una planta, cuando en realidad se trata de un ser espiritual que simplemente está relleno de sustancia física dentro de su espacio. Y así ocurre que también los sistemas de órganos humanos solo están rellenos de sustancias físicas. En realidad, lo físico es únicamente el sistema óseo, lo etérico, el sistema muscular, y lo astral, el sistema de órganos.

Y si ascendemos hacia la verdadera intuición, llegamos al ser térmico , a la organización que, en su interior, es un espacio de calor diferenciado. He dicho que, en el calor, uno realmente se experimenta a sí mismo desde dentro, que no se enfrenta al calor como se hace con el carbono o el nitrógeno, sino que el calor está ahí, el calor está en uno, y al experimentarlo uno está en el calor. Es precisamente lo que se experimenta con mayor intensidad. Por eso, el ser humano actual no puede negar que experimenta el calor, mientras que no tiene ni idea de que experimenta el aire, el agua o la tierra. No tiene ni idea de ello porque ha crecido alejado de ello. Pero la experiencia del calor es precisamente la aplicación inmediata de la intuición al organismo humano; solo que ahora no hay que experimentar el calor de forma aproximada, como es necesario para el uso cotidiano, sino de manera diferenciada, ya que está muy finamente diferenciado en las formas de los propios órganos. Cuando, mediante la intuición, se puede contemplar este organismo térmico a lo largo de todo el cuerpo, se llega, a través de este tipo de conocimiento, a comprender no los órganos internos, sino la actividad de los órganos internos. 

Toda la actividad de los órganos internos debe comprenderse a través de la comprensión de su organización en el éter térmico. Todo lo demás es totalmente inadecuado para comprender la actividad de los órganos. La percepción, o mejor dicho, la percepción intuitiva de la actividad del éter térmico, es decir, del calor humano, es lo que debe reconocerse mediante la intuición. En otras palabras, no basta con tener simplemente la opinión de que existe un mundo físico; hay que dotarse de imaginación, inspiración e intuición para acceder a otros mundos. Los otros mundos están ahí. El mundo etérico existe porque el ser humano tiene un sistema muscular; el mundo astral existe porque el ser humano tiene un sistema de órganos; y el mundo devachánico, el mundo espiritual, existe porque el ser humano térmico está ahí. Lo espiritual se mueve continuamente entre nosotros. Está ahí. El ser humano es, en realidad, un espíritu; este espíritu está simplemente lleno de sustancia física. Por eso nos entregamos a la ilusión de que el ser humano es un ser físico. El ser humano es, incluso, espíritu en sí mismo, que, gracias a su organización térmica, llega incluso hasta el mundo más elevado al que aún se puede acceder. Por eso resulta tan extraño que entre ocho y diez espiritistas se sienten alrededor de una mesa y invoquen a espíritus que son mucho, mucho más inferiores que los ocho o diez que están sentados alrededor de la mesa, lo cuales simplemente no saben que ellos mismos son espíritus. Eso es lo que hay que grabar muy, muy profundamente, queridos amigos, en el corazón; solo así se puede ascender.

lámina 6

Verán, si mediante la intuición se ha comprendido la actividad, —esa maravillosa actividad—, que se desarrolla en todo el organismo humano, de órgano a órgano, y que tiene lugar en el éter térmico, se llega en realidad a dos tipos de calor. Y es que el éter térmico es un elemento muy especial. Si se produce cualquier proceso que provoque un cambio en el éter térmico, siempre surge una reacción contraria. Las corrientes de calor siempre fluyen, en realidad, en sentido contrario: acción y reacción. El éter térmico está diferenciado en sí mismo. Siempre hay una sustancia etérica más burda a la que se opone una sustancia etérica más fina. Pero solo así es posible que se produzcan esos fenómenos que, en un primer momento, podemos comprender a partir de una manifestación burda. Imagínense que se hallan, en un primer momento, en una habitación a una temperatura agradable, que está bien calentita; resulta placentera. La calientan tanto que ya no pueden soportarlo. No se trata solo de un estado físico, sino también de un estado anímico. Ese calor, el calor más sutil, lo experimenta especialmente el alma. En realidad, siempre experimentamos el calor de dos maneras: el calor que experimentamos anímicamente y el calor en el que vivimos, que está fuera de nuestra alma; el calor que hay en nuestro organismo térmico y el calor que hay en el exterior. Podemos decir que hay un calor físico y un calor anímico.

Pero si nos centramos en los órganos internos, en el ser humano de naturaleza aérea, que se reconoce a través de la inspiración, ahí encontramos en primer lugar lo aéreo en su forma principal. Pero en este ser etéreo actúa, —no como el calor más sutil sigue actuando en el propio calor—, en la forma etérea actúa la luz, de modo que se puede decir: para la intuición, el calor se hace evidente en el calor; el calor sigue siendo calor al diferenciarse en su propio elemento. Pero no es así en el caso del aire. El aire real no es el aire fantasioso de los físicos, que rodea nuestra Tierra como si fuera otra piel; eso no existe. El aire real no es concebible sin algún estado de luz, —pues la oscuridad es también un estado de luz—, de modo que el aire y la luz son una diferenciación que va de la mano, es decir, que en todo organismo aéreo la luz participa en su organización. Ahora se adentra aún más en lo anímico. No solo existe la luz exterior, sino también una luz interior metamorfoseada que impregna a todo el ser humano, que vive en él. Junto con el aire, la luz vive en él.

Y del mismo modo, junto con el agua, con el elemento líquido, vive en vosotros el quimismo. Ahí residen las fuerzas químicas. Concebir el agua como agua física, es decir, el agua de los físicos, es una fantasía. En el momento en que el agua aparece en algún lugar de forma organizada, no lo hace sin el quimismo. Imaginar lo líquido en el ser humano sin la química equivale a imaginar un organismo humano sin cabeza. Se puede incluso dibujarlo, se puede incluso eliminar todo lo anímico, pero ya no hay realidad alguna. Si le cortan la cabeza a su cuerpo, este ya no puede vivir; deja de ser un organismo. Del mismo modo, el líquido del ser humano no es aquello que el físico describe fantásticamente como agua, sino que, al igual que el organismo humano forma un todo con la cabeza de principio a fin, este líquido está ligado al quimismo, el quimismo está presente en todas partes.

Y lo sólido o terrenal en el organismo humano solo está presente, en general, en estatus nascendi, del mismo modo que el agua solo está presente en el ser humano de esa manera; se transforma de inmediato. Lo terrenal solo está presente en el ser humano en la medida en que está vinculado al mismo tiempo a la vida.

Y ahora fíjense: tracen aquí una línea, —vertical—; así tendrán aquí el cuerpo físico y aquí el cuerpo etérico correspondiente. Pero ambos forman un todo, son, en cierto sentido, uno solo, visto desde dos perspectivas. Tienen los estados etéricos que son: éter térmico, éter lumínico, éter químico y éter de vida, y tienen los estados físicos de calor, aire, agua y tierra. Ahora bien, si describiéramos de forma abstracta los estados etéricos, nos fijaríamos en primer lugar en el éter térmico, —si partimos de lo líquido, lo sólido, etc.— como el éter más bajo; el éter más elevado sería el éter vital. Pero cuando describimos al ser humano, debemos proceder de tal manera que la intuición conozca al ser humano térmico, la actividad interna de los órganos. Al descender hacia lo más burdo, desde el calor hasta lo terrenal en el organismo físico, ascendemos en el cuerpo etérico desde el calor hacia la vida. ¿Qué significa esto? Piensen solo en lo que esto implica: el ser humano invierte, en realidad, las cualidades del ser humano. Aplica el éter térmico únicamente al organismo térmico, el éter lumínico al organismo aéreo, el éter químico al organismo líquido y el éter vital a su organización sólida. Si realmente comprenden algo así, entonces no pueden pensar como se suele pensar. Si quieren quedarse en esa forma de pensar habitual, en realidad solo podrán comprender al hombre de hueso, al hombre terrenal. Necesitan pasar del pensamiento habitual a una forma de comprender el mundo que les conmueva verdaderamente en su interior, como ya he dicho en otra ocasión.

Y verán, queridos amigos, esto está relacionado con el hecho de que, en última instancia, el conocimiento médico tiene ya cierta peculiaridad. ¿No es cierto que en los antiguos misterios, donde se tenían ciertas ideas sobre el tratamiento del ser humano, el conocimiento médico era un elemento destacado del sistema de los misterios? De hecho, los médicos se formaban en los misterios y no eran solo médicos, sino también, al mismo tiempo, sabios que se ocupaban de los cultos religiosos. Por eso resultaba relativamente natural que el médico mantuviera en secreto, en cierto sentido, su conocimiento, al igual que el conocimiento de los misterios en general. Porque, verán, si uno quiere saber algo, debe revestir ese conocimiento de pensamientos; de lo contrario, se quedaría flotando en lo indefinido. Por lo tanto, también hay que revestir de pensamientos el conocimiento de imágenes en la imaginación, tanto el que se ha captado mentalmente como el que se ha vislumbrado intuitivamente. Ahora bien, los pensamientos, al igual que los de la antroposofía actual, son tales que la gente dice que uno se expresa con mal estilo. - La gente tenía claro que hay que transformar el conocimiento médico en pensamientos. Al transformar el conocimiento médico en pensamientos, cuando este se convierte en conocimiento terapéutico, se le resta parte de su eficacia. Con esto abordo algo que está relacionado con cuestiones profundas. No se puede negar que el conocimiento de los remedios les resta, en cierto sentido, su poder, y que es necesario que el médico que se tome en serio su profesión renuncie, en realidad para sí mismo, en mayor o menor medida, a la eficacia de aquellos medios terapéuticos que aplica a sus pacientes y observe para sí mismo otros tipos de curación. Por favor, reflexionen sobre lo que se quiere decir con esta frase; así llegarán a la conclusión de que, en un sentido aún mucho más profundo de lo que se ha dicho hasta ahora, el médico debe desarrollar una actitud personal de ayuda. En lo que respecta a los remedios que aplica a sus pacientes, debe, en realidad, renunciar a los poderes curativos en sí mismo. Si uno atribuye de forma simplista la eficacia de los remedios a las fuerzas químicas, si cree que los remedios actúan como el vapor en una locomotora, entonces no está sujeto a tales leyes espirituales. Pero si se observa cómo se adentra el ser humano en lo espiritual, no se dudará ni por un momento de que las leyes espirituales son la base de lo que, en los distintos medicamentos, es específico para el ser humano. La medicina, en su máxima expresión, cuando se comprende en su verdadera esencia, es el medio más maravilloso para la educación en el altruismo. Por eso, en cierto sentido, es un malentendido grave, colosalmente grave, que hoy en día se exija siempre que toda la terapia se enseñe como si fuera mecánica o algo por el estilo. Al fin y al cabo, en el caso de la mecánica también es cierto que podemos aplicarla al ser humano, pero eso se refiere entonces a toda la humanidad. En el caso del médico, todo es individual, y si se dispone de un conocimiento realmente profundo de cualquier remedio, existe, en gran medida, la necesidad de que el médico renuncie a curarse a sí mismo con ese remedio. Esa es la gran enseñanza del altruismo. Más adelante daré algunas pistas sobre cómo el médico puede, a pesar de todo, ayudarse a sí mismo. Pero lo que subyace a tales hechos debería calar en vuestro corazón. Si os tomáis en serio cosas como las que he mencionado al final de mi intervención de hoy, entonces, simplemente por las leyes del mundo, surge la necesidad de introducir en la medicina no el egoísmo, sino el altruismo. Ya está presente en su esencia; y el altruismo, la abnegación, es el elemento fundamental de la medicina. La ética médica no es algo meramente inventado, sino que se deriva de las leyes más propias del cielo, de leyes que el cosmos ha creado para dar forma a los remedios a partir de su propia regularidad.

Cuanto más seria sea una comunicación de este tipo, más podrá contribuir a captar la esencia misma de los remedios en general.

Traducido por J.Luelmo



GA316 Dornach, 5 de enero de 1924 -El conocimiento exotérico y la forma de adquirirlo como base para la parte esotérica del curso

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

El conocimiento exotérico y la forma de adquirirlo como base para la parte esotérica del curso

Dornach, 5 de enero de 1924

Pues bien, queridos amigos, en las tres clases anteriores hemos intentado esbozar una especie de conocimiento que el médico debe adquirir como base, un conocimiento que solo ha podido esbozarse a grandes rasgos, tal y como ha sido posible en el poco tiempo disponible. Pero habrán podido comprobar que, si ahora quisiéramos ofrecer una exposición detallada de estas tres clases, se necesitaría mucho tiempo. Ese tiempo, por supuesto, estaría disponible en los estudios de medicina.

Los verdaderos estudios de medicina deberían estar estructurados de tal manera que los estudiantes dispusieran de un primer curso, —que durara al menos un año y, a ser posible, más tiempo—, en el que se adquiriesen esos conocimientos como base de la esencia de la medicina. No puedo ofrecerles más que una especie de descripción de cómo debería ser eso. Y por eso me gustaría que consideraran lo que hasta ahora les he impartido en tres clases, como una especie de boceto a carboncillo de lo que el médico debe asimilar. Me gustaría denominarlo la parte exotérica del conocimiento médico. A continuación, en los estudios de medicina debería seguir la parte esotérica del conocimiento médico, de la que ahora queremos hablar. Esta parte esotérica debe construirse sobre la base de la parte exotérica. Pero no deben desdeñar, en los estudios de medicina, el hecho de apropiarse primero, con toda seriedad, de la parte exotérica, en la medida en que sea posible conocerla. En la actualidad esto resulta difícil. Pero, como veremos en las siguientes clases, se puede lograr mucho precisamente en esta dirección, gracias a la creación en nuestra Escuela Superior de Dornach, de la Sección Médica. Y hoy ya existe la posibilidad de que lo que se insinúa en un breve esbozo se desarrolle a partir de numerosos detalles que se recogen en mis ciclos y escritos. Esto hasta ahora solo se ha llevado a cabo en una mínima parte y solo encontrará una ampliación acorde con la medicina antroposófica, cuando este trabajo que estoy preparando con la ayuda de la Dra. Wegman, se haga público en un futuro próximo. Entonces se verá que la antroposofía puede servir de inspiración para la medicina y los estudios médicos en general.

Pero deben tener claro que la carrera de Medicina es una carrera muy peculiar, que tiene unos requisitos muy especiales, una carrera en la que no se puede prescindir en absoluto de los resultados de las ciencias espirituales. No puede haber Medicina sin que en ella estén presentes los resultados de las ciencias espirituales. La situación caótica que aún nos encontramos en este ámbito se debe precisamente a que predominan una orientación académica y una línea de conocimiento que no son en absoluto adecuadas para el saber médico. La realidad actual es que disponemos de un conocimiento de las ciencias naturales, —también dentro del campo de la teología—, que solo es adecuado para fines técnicos, pero en modo alguno para el conocimiento relacionado con el ser humano. Para proporcionar conocimientos sobre el ser humano, no es adecuado. Porque, verán, el verdadero conocimiento médico requiere precisamente algo peculiar, y esto les quedará claro cuando hable de cómo surge realmente el ser humano.

Ayer ya hice hincapié sobre esto desde un punto de vista exotérico, y hoy, y en las siguientes clases, quiero dar el salto hacia lo esotérico: las sustancias externas son, en realidad, procesos. La sal no es más que el precipitado de procesos; los procesos del magnesio y del hierro son procesos que tienen lugar en la naturaleza. Los procesos del plomo y del mercurio son procesos que el ser humano no debe albergar en su interior, sino que tienen lugar en la naturaleza. Pero eso de que el ser humano no porta en su interior estos procesos, es solo aparente. ¿Cómo se forma el ser humano? En primer lugar, la estructura física se crea mediante la fecundación; esta estructura física debe unirse al cuerpo etérico del ser humano. Pero el cuerpo etérico del ser humano no surge inicialmente por medio de la fecundación, sino que se forma en torno a aquello que más tarde se convertirá en la organización del yo y la organización astral, en torno a lo espiritual-anímico que desciende de los mundos espirituales y que ya existía en la vida preterrenal. Nos encontramos, pues, ante el núcleo auténtico del ser humano, es decir, lo espiritual-anímico, que está presente, en primer lugar desde encarnaciones anteriores y que, en segundo lugar, sigue estando presente desde el periodo comprendido entre la muerte y el nuevo nacimiento, mucho antes de que se produzca la fecundación. Este núcleo espiritual-anímico del ser humano, antes de establecer una conexión con lo que surge como célula germinal física a raíz de la fecundación, forma en primer lugar el cuerpo etérico. Y aquello que se une a lo que está predispuesto en el embrión físico, —el yo, la organización astral, la organización etérica—, esta tríada se une a lo que surge de la fecundación física. Deben considerar el cuerpo etérico como algo que se forma a partir del cosmos. Ahora bien, este cuerpo etérico, que se forma a partir del cosmos, en el momento en que se une por primera vez a la organización física, contiene en sí mismo, las fuerzas que luego no se aplican a la organización física: las fuerzas del plomo y las del estaño. Solo es aparente que el ser humano no sea un microcosmos por el hecho de no contener ciertas sustancias. Las sustancias que el ser humano no posee en su cuerpo físico son las más importantes para la constitución del cuerpo etérico, de modo que en el cuerpo etérico, antes de que se una al cuerpo físico, tienen lugar, de hecho, procesos relacionados con el plomo, el estaño, el mercurio, etc.

Luego, el cuerpo etérico se une al cuerpo físico. Las demás partes, por supuesto, también. Y, en menor medida durante la etapa embrionaria, pero en mayor medida cuando comienza la respiración, es decir, en el momento del nacimiento, cuando se inicia la verdadera respiración externa, ocurre lo siguiente: Entonces, todas las fuerzas que el cuerpo etérico obtenía de las sustancias no ancladas en el cuerpo físico, pasan al cuerpo astral, y el cuerpo etérico adopta aquellas formas de fuerza que el cuerpo físico procesa en su interior. Así pues, el cuerpo etérico experimenta una metamorfosis muy significativa: la metamorfosis por la cual asume el contenido y la constitución del cuerpo físico, y cede su propia constitución, —su relación con el entorno del ser humano—, al cuerpo astral. El cuerpo astral está ahora íntimamente relacionado con lo que el ser humano puede conocer. Y en el momento, queridos amigos, en que empiecen a asimilar no solo conocimientos médicos teóricos, sino también reales y asimilados interiormente, en ese momento darán vida en su interior a aquellos contenidos que el cuerpo astral ya posee, que simplemente permanecen en el inconsciente y que representan las relaciones con el entorno.

Quiero poner un caso concreto. Tomemos, por ejemplo, una zona geográfica que se caracteriza por su melancolía, y ello se debe a que el sustrato, según la constitución actual de la Tierra, es de gneis, y en el gneis hay mica, un mineral que ustedes conocen. En primer lugar, la mica ejerce una influencia muy fuerte sobre la constitución física local que tiene una persona en una zona determinada. El cuerpo físico de una persona cambia si nace en una zona donde hay mucha mica. Lo que actúa sobre el cuerpo físico desde el suelo, desde la tierra, es la mica. Ahora bien, observarán que precisamente en las zonas donde hay mucha mica crece mucho rododendro. La planta se encuentra con frecuencia en los Alpes y en Siberia, entre otros lugares. La sustancia del rododendro es aquello que está íntimamente relacionado con el cuerpo etérico antes de que este se incorpore al cuerpo físico en tales zonas. El cuerpo etérico transmite esta afinidad con el rododendro al cuerpo astral. Y cuando en una zona de este tipo surgen enfermedades que se deben precisamente a un efecto preponderante de la mica a través de las aguas subterráneas entre los habitantes, el cuerpo etérico ha transmitido al cuerpo astral aquello que ha recibido del rododendro. Esto se encuentra ahora en el exterior, en la planta del rododendro. De ahí se deduce que en la planta del rododendro hay una savia que es curativa para esta enfermedad. De ello se deriva que, en muchos casos, —aunque no en todos—, el remedio se encuentre en las zonas en las que se producen enfermedades específicas, como remedio específico.

Ahora bien, deben ustedes tener en cuenta lo siguiente: cada noche, cuando se duermen, si son ustedes médicos, se sumergen con su cuerpo astral en el entorno que antes estaba relacionado con el cuerpo etérico y que ahora está relacionado con el cuerpo astral. Si ustedes adquieren conocimientos médicos y saben cuáles son las fuerzas curativas en el entorno humano, experimentarán continuamente el poder curativo mientras duermen. Aún estando dormidos, siguen experimentando la confirmación de aquello que pueden aprender en el exterior a través de la dialéctica. Y esto hay que tenerlo en cuenta en los estudios de medicina, porque todo aprendizaje dialéctico externo de la medicina no sirve de nada, nunca sirve. Se produce una disociación, se genera desorden, si no puede tener lugar cada vez durante el estado dormido la confirmación necesaria dentro del cuerpo astral y del entorno. Porque, si los estudios de medicina no se adquieren de tal manera que el cuerpo astral, en su diálogo con el entorno, pueda dar el «sí» al médico respecto a lo que ha aprendido, es exactamente como si escuchara algo que no puede comprender, que solo le confunde, de modo que, de hecho, el conocimiento médico está íntimamente relacionado con aquello que, en la vida del ser humano, le conduce al estado dormido. Y verán, es realmente así: precisamente de estas cosas debe surgir la convicción de que los estudios de medicina deben adquirirse a través del ser humano en su totalidad, y concretamente a través del ser humano vivo y sensible. Porque en este contacto nocturno con los ingredientes curativos, surge algo más que nunca puede adquirirse mediante la dialéctica: el impulso de prestar una ayuda real. Sin ese impulso, sin el sentimiento del médico, sin esa conexión con la persona a la que debe curar, sin ese impulso de ayudar personalmente, en el fondo no hay curación.

Verán, tengo que decirles algo que quizá les resulte muy extraño y paradójico, pero, dado que quieren aprender qué es lo que falta hoy en día y qué es lo que debe venir, también tengo que decir esto, pues desde Dornach trabajamos a partir de impulsos esotéricos. Verán, a menudo me han dicho que podría ocurrir que los medicamentos que fabricamos, —les parecerá paradójico, pero hay cosas que deben aceptar como paradójicas—; que habría que custodiar cuidadosamente los medicamentos que producimos en el laboratorio farmacéutico para que no puedan ser imitados. Una vez respondí a eso diciendo que, en realidad, no tengo tanto miedo a las imitaciones si logramos introducir impulsos verdaderamente esotéricos en nuestra corriente. Entonces se comprenderá que los productos se fabrican con un trasfondo esotérico, que no es lo mismo que se fabriquen aquí con todo lo que hay detrás de lo esotérico, con lo que se aporta, o que los imite cualquier fábrica. Puede que esto les parezca paradójico, pero es así. Precisamente es necesario, —mucho más que el hecho de que algo se consiga mediante elementos externos o artimañas comerciales—, que surja un cierto ambiente que realmente apunte a lo siguiente: hay algo detrás que hace que las cosas tengan propiedades curativas procedentes de lo espiritual. Esto no es superstición, es algo que, como verán más adelante, puede fundamentarse de manera estrictamente científica desde el punto de vista de las ciencias humanas. Por eso, las personas sensatas llegarán a la conclusión de que, al tomar los remedios que aquí se elaboran, ya se está dando el primer paso hacia lo que realmente hay que hacer.

Las objeciones de este tipo que ya se me han planteado pueden deberse a que hoy en día la gente no tiene ni idea de que, precisamente en el ámbito de la medicina, hay que tomarse mucho más en serio lo que es la vida esotérica y espiritual. Si, ante todo, comprenden esto, verán ya cómo debería crearse aquí, de forma realmente real —y no solo formal, como suele ocurrir—, una escuela superior, un centro de formación para los estudios de medicina. Ahora bien, también comprenderán que al primer curso exotérico de medicina debe seguir, ante todo, un segundo curso que se acerque al ser humano de la manera más eminentemente esotérica, que integre el conocimiento médico en aquello que en el ser humano se convierte en actitud, en actitud médica.

Sin duda, instintivamente siempre ha habido algunas personalidades que han buscado esa mentalidad médica. Y en el último tercio del siglo XIX, cuando en realidad había tan poco de lo que pudiera generar esa mentalidad médica, solo se podía observar, en algunas personalidades que entonces se consideraban excéntricas, cómo se había generado, de forma esporádica, esa mentalidad médica. En el fondo, la reputación de la escuela médica vienesa, con la que, en realidad, crecí, se había fortalecido tanto que esta escuela médica vienesa se basó esencialmente en aquella parte de la medicina en la que la terapia tiene menor importancia, a saber, la neumonía, donde menos se puede atender la enfermedad central, lo terapéutico. De ahí surgió lo que seguramente ya habrán oído mencionar: el llamado «nihilismo». Precisamente los médicos vieneses más destacados defendieron de forma totalmente consciente el nihilismo médico, es decir, partían del punto de vista de que «¡ningún remedio cura en absoluto!». En cierto sentido, Virchow también compartía este punto de vista. Su postura era la siguiente: de cada cien pacientes supuestamente curados, cabe suponer que, en el 50 % de los casos, habría sido totalmente irrelevante si se les hubiera administrado el medicamento, ya que se habrían recuperado incluso sin él. Y en el 30 % de los casos, se puede afirmar que el medicamento les causó un daño directo. En cuanto al resto, a veces puede haber sido el azar lo que hizo que precisamente los remedios que se eligieron y seleccionaron resultaran eficaces. —No lo digo yo, sino Virchow, que fue una figura destacada de la medicina del siglo pasado, quien lo afirmó. Aún hoy conozco a personalidades ilustres que defienden esta opinión con firmeza, a pesar de que quizá sean precisamente defensores de la terapia. En ello no hay precisamente una actitud médica, pero esta tampoco puede ser algo de lo que se hable meramente como una formalidad. Debe generarse en la realidad, y para ello se requiere precisamente ese aspecto humano, en el segundo curso, que debe construirse sobre lo exotérico. Para ello se necesita ese aspecto humano que actúa tal y como, aunque de forma degenerada, pero aún así, —diría yo—, a veces de manera magnífica y encantadora, estaba presente en una personalidad como la de Paracelso. Es cierto que se le pueden reprochar muchas cosas en uno u otro aspecto. Pero esta mentalidad médica estaba presente en él de manera magnífica. Siempre sabía que, cuando llegaba a una zona donde el «Rotliegende» resultaba repulsivo al salir a la superficie como tierra, una serie de enfermedades se debían simplemente a ello, —en concreto, enfermedades derivadas de afecciones de la sangre—, a que el suelo contenía «Rotliegende». La evolución del proceso patológico es muy característica. Cuando se llega a una zona con abundante «Rotliegendes», se observa que la población local se ha acostumbrado a él y, simplemente por su temperamento, muestra ciertas peculiaridades. Se observa que estas personas tienen una actividad del bazo muy intensa. Y cuando uno llega como forastero a esta zona, encuentra muy poco afecto; la gente es terriblemente testaruda, dogmática, ingenua; te consideran tonto si consideras que algunas de las cosas que hacen son una tontería. Sí, así es, la gente se acostumbra al Rotliegende. Pero cuando llega un forastero que quiere montar un negocio, no tolera el Rotliegende, sobre todo el agua. Empieza a presentar ciertos síntomas de enfermedad. Paracelso afirma que esas enfermedades que se originan allí se transmiten también a las personas que las padecen. Paracelso dijo: «Seguramente debe haber algo en el ámbito del cuerpo etérico; él lo llamó “Archeo”. Seguramente el Archeo debió de pasar por algo antes de entrar en el embrión». Ahora bien, siempre se observa que en esas zonas crece maravillosamente la acacia. Es muy fácil encontrar en la acacia, en las flores, en las hojas y, en determinadas circunstancias, también en las raíces, un jugo que puede constituir un remedio muy eficaz, dependiendo de la constitución de cada persona.

Se trata de que, gracias a esta mentalidad médica, se adquiere una visión de la naturaleza completamente diferente. Y así fue como —por aquel entonces yo aún era un niño— conocí a un médico. A menudo se le veía en los prados, en los campos y en las labranzas, donde se dedicaba a observar las plantas, las flores, los insectos y demás. En la zona donde ejercía como médico sin pretensiones vivían tres o cuatro eminencias. Se puede decir que la labor de este médico sin pretensiones, que tanto amaba las flores de los prados, resultaba mucho más fructífera para los enfermos que la de los médicos del Estado y las demás eminencias. Porque ellos obtenían su sabiduría de la escuela y de todo lo que se relacionaba con ella. Él, en cambio, obtenía realmente su sabiduría sobre los remedios del contacto directo con la naturaleza, lo cual, sin embargo, solo conduce al conocimiento médico si se es capaz de amar la naturaleza también en sus detalles. Ya no se la ama cuando se la observa bajo el microscopio. Hay que amarla, hay que ser capaz de observarla a simple vista. Verán, ahí se les señala lo necesario que es llevar a la vida consciente del cuerpo astral, precisamente para el conocimiento médico, y hacerlo de forma adecuada. Ahora bien, no pretendo en absoluto resucitar ante ustedes viejos temas médicos que ya han quedado obsoletos, sino solo decir aquello que se desprende de la observación directa del presente. Pero, dado que el lenguaje actual —incluida la terminología médica— carece de expresiones adecuadas, no queda más remedio que recurrir a una terminología que se ha transmitido de generación en generación. De lo contrario, habría que inventar una terminología. Quizá sería más conveniente para la difusión de nuestras ideas inventar una. Pero entonces tendríamos que dedicar años al estudio de esa terminología. Y como ustedes ya quieren escucharla, utilizaré las expresiones antiguas con algunas variaciones.

Por eso es bueno que, en primer lugar, nos fijemos en el mundo vegetal, no tanto porque yo pretenda recomendar los remedios a base de plantas de forma universal, sino porque se puede aprender mucho de ellos y, sobre todo, se puede obtener un beneficio inmenso para la profundización esotérica. Ahora bien, para la tradición médica es de fundamental importancia que se tengan en cuenta tres aspectos, pero no tal y como los consideramos hoy en día con nuestros conocimientos y habilidades comunes, sino de una manera diferente.

Si hoy un estudiante ha aprendido algo, lo sabe, y entonces piensa: «Qué bien, lo sé y puedo aplicarlo». - Sin embargo, la persona que es piadosa y religiosa aprende el «Padre Nuestro», también lo sabe, pero no piensa que basta con saberlo, sino que lo reza cada día; lo que sabe, lo reza a diario. Deja que lo que sabe recorra su alma cada día. Esa es una concepción totalmente diferente del asunto, es algo completamente distinto. O tomemos como ejemplo a un iniciado. De él se da por sentado, sin duda, que conoce los elementos del conocimiento oculto. A él no le importa en absoluto que los conozca, que los haya asimilado en su momento; para él es mucho más importante que, de vez en cuando, deje que los elementos más básicos y los siguientes fluyan con fe a través de su alma, de modo que pueda recibir en ella fuerzas impulsoras siempre nuevas. La persona con inclinación religiosa tiene experiencias muy diferentes a las de quien solo ve en la naturaleza algo que se asimila en el mundo físico. Debemos reencontrarnos una y otra vez en el ritmo de la naturaleza si queremos adquirir un conocimiento vivo y no muerto. El conocimiento, la actividad cognitiva, debe repetirse una y otra vez de forma rítmica. A eso me refiero cuando digo que la actitud médica debe servir de base para el conocimiento médico. Adquirir conocimiento médico a partir de la naturaleza del ser humano y de su entorno es especialmente importante en la relación terapéutica. Por eso es de suma importancia que se den cuenta de cómo hacen que la planta renazca una y otra vez en su alma.

Hay tres aspectos de la planta que revisten especial importancia. Uno de ellos —que destaca de manera muy particular en ciertas plantas— es el aroma de la planta, relacionado con los aceites esenciales que contiene. El aroma de la planta es lo que atrae a ciertos espíritus elementales que desean descenderse a las plantas. Y dado que lo que subyace al aroma —en la actividad, no en la sustancia— se encuentra en su forma más concentrada en el ámbito mineral, concretamente en el azufre, se puede decir, siguiendo la medicina antigua, que ese extracto espiritual de la planta, activo en su aroma, que despierta una especie de anhelo en los espíritus elementales que descienden atraídos por el aroma, a eso se le puede llamar el «azufrado» de la planta. Se puede decir que, ya solo al observar el «azufrado» de las plantas, se adquiere una comprensión correcta del aroma de las plantas, cuando se reconoce que allí tiene lugar un proceso espiritual, tanto en lo alto como en lo bajo, a través del cual la planta desprende su aroma. Esto es lo primero.

Una segunda cosa, que se adquiere, es una sensibilidad interior hacia lo que crece en la hoja. Se tienen tantas oportunidades de relacionar las flores con el aroma de las plantas, y las hojas con la forma de las plantas. Las hojas tienen formas muy variadas: dentadas, suaves, puntiagudas, romas, articuladas, etcétera. ¿No es así? Para ello hay que adquirir una sensibilidad sutil hacia ese carácter foliar de la planta, pues con ello cobran vida aquellas entidades espirituales que descienden a través del aroma. Y en ello resplandece desde la periferia del cosmos, por todas partes, el afán de dar forma de gota. Verán, hay algo que les permite adquirir un maravilloso sentimiento por aquello que, en realidad, forma parte del cosmos y está contenido en las hojas: si simplemente desarrollan amor por contemplar las hojas, cuando por la mañana las plantas están salpicadas de brillantes gotas de rocío. Porque estas gotas de rocío, en su esencia, reflejan sencillamente el afán de la periferia, del cosmos, por generar en lo vegetal lo esférico, lo que tiene forma de gota. Es la gota la que subyace por completo a todo lo frondoso de la planta. Y si en la planta solo actuara espiritualmente lo periférico, lo cósmico, la planta siempre adoptaría esta forma esférica. Se observa que en las plantas lo esférico aparece especialmente cuando lo cósmico toma la delantera, en la formación de algunas bayas y demás, también en la formación de algunas hojas, pero esta formación de gotas es inmediatamente aprovechada por las fuerzas terrestres.

La gota se extiende en todas las direcciones posibles, dando lugar a las formas más variadas. Esta tendencia a adoptar la forma de gota se encuentra concentrada, en su forma mineral, en el mercurio. Por eso, en la medicina antigua se denominaba «mercurial» a esta tendencia a adoptar la forma de gota. En la medicina antigua, Mercurio no era el mercurio, sino la tendencia a adoptar la forma de gota, la tendencia dinámica hacia la gota. Allí donde existe la tendencia a adoptar la forma de gota, allí está lo «mercurial». El mercurio es el metal que en la Tierra tiene forma de gota, porque allí se dan las condiciones para ello. El mercurio tiene en la Tierra la forma que tiene la plata en la Luna, donde también debería presentarse en forma de gota. Se trata de que la medicina antigua denominaba «mercurio» a todo lo que tenía forma de gota. Para los médicos de la antigüedad, todos los metales eran también mercurio. Esto es precisamente lo que hay que tener en cuenta: que la medicina antigua se basaba en lo móvil, en lo vivo. Tendremos que volver a ese carácter móvil y vivo. Entonces deberá llegar a comprender que se siente tan atraído por lo móvil, lo vivo, que se dice a sí mismo: «Cuando por la mañana recorro los pasillos y veo las perlas plateadas del rocío sobre las hojas, esas perlas plateadas del rocío me revelan lo que vive en el espíritu de las propias hojas: la aspiración hacia la forma esférica cósmica». - Pero esto hay que sentirlo para poder comprender la planta. Deben aprender a comprenderla en su forma esférica. Aprendan entonces a comprender la planta de tal manera que establezcan una relación con su aspiración hacia la forma de gota, y luego, ascendiendo a través de lo perfumado, alcanzarán poco a poco una comprensión sutil de todo aquello que actúa de forma centrífuga en el ser humano. Actúan fuerzas centrífugas cuando el ser humano puede cortarse las uñas. Han vuelto a crecer: se trata de fuerzas centrífugas que atraviesan al ser humano. Durante los primeros siete años, las fuerzas que culminan con la aparición de los dientes definitivos fluyen continuamente de forma centrífuga a través del ser humano. Se manifiestan sobre todo en la sudoración. Aquello que en el aroma de las plantas se eleva hacia arriba y atrae allí a los espíritus de la naturaleza, también vive en el aroma del sudor, que tiene una dirección centrífuga, de modo que, de hecho, si quieren buscar lo vegetal en el ser humano, deben dirigir la mirada hacia allí y suponerlo en su profundo anhelo de ascender. De este modo, se obtiene una comprensión profunda e íntima de la relación entre lo que hay en el exterior y lo que hay en el ser humano. Porque, verán, cuando el cuerpo etérico cede sus características al cuerpo astral, todo el proceso se invierte. El cuerpo etérico desea desarrollar hacia arriba aquello que toma del entorno. Al cederlo al cuerpo astral, se desarrolla de forma centrífuga hacia el exterior [¿hacia abajo?], de modo que el ser humano, de hecho, lleva en su interior, en esa dirección, lo que se convertirá en vegetal.

Observen cómo la planta se hunde en el suelo con su raíz, cómo establece con ella una conexión íntima con las sales del suelo en el sentido más amplio. Allí tiene lugar un proceso que es exactamente opuesto al fenómeno que acompaña a los procesos sensoriales, que son los procesos salinos. Tomen sal de cocina, que en solución tiene sabor salado, e imaginen este proceso invertido polarmente, es decir, que se anula la disolución, se produce una aglutinación y el olor y el sabor se vuelven latentes. Entonces tendrá el proceso que tiene lugar entre el suelo y la raíz de la planta. Eso es lo que en la medicina antigua se denomina «proceso salino». La medicina tradicional no se refería a la sal tal y como se la conoce hoy en día —es decir, la sal de carbonato de sodio y demás—, sino a aquella sal que, en la planta y en la raíz que se estrecha hacia abajo, establece una unión con las sustancias de la tierra. Eso es lo salino.

Al dirigir de forma rítmica y continuada su atención hacia estos maravillosos misterios de la naturaleza, usted da vida, en la práctica, a sus conocimientos médicos. Es decir, si intenta de esta manera dar vida a sus conocimientos médicos, comenzará a observar la naturaleza y al ser humano de tal forma que la curación surja del fuerte impulso de ayudar del que les he hablado anteriormente. En verdad, solo puede surgir de una base así, incluso de forma muy concreta. Esto debe estimularse de manera concreta mediante un aprendizaje exotérico, diligente, ambicioso y activo; de lo contrario, solo se harán cosas confusas. Pero es necesario saber que, de hecho, la verdadera base del conocimiento médico reside precisamente en esta inmersión rítmica en el entorno natural del ser humano, no en el aprendizaje médico teórico, sino en lo que acabo de intentar caracterizar y que ustedes pueden vivir rítmicamente.

Lo que ahora escribo en la pizarra «1» no es para que lo sepáis, sino para que estimule en vosotros, una y otra vez, esa revitalización de vuestro sentido médico. Es algo así:

Vosotros, espíritus sanadores,
Vosotros os unís
A la bendición del azufre
Del aroma del éter;
Vosotros os revitalizáis
En el ascenso del Mercurio
hacia la gota de rocío
de lo que crece,
de lo que se está formando.
Vosotros os detenéis
en la sal de la tierra
que nutre la raíz
en el suelo.

Esto es, en cierto modo, lo que el alma adquiere al contemplar el entorno, despertando el sentido interior para lo que la rodea. El ser humano puede entonces responder:

Quiero unir el saber de mi alma
al fuego
del aroma de las flores;
Quiero avivar la vida de mi alma
con la gota centelleante
de la mañana entre las hojas;
Quiero fortalecer el ser de mi alma
con la sal que endurece,
con la que la tierra
cuida con esmero la raíz.

Pues bien, queridos amigos, lo que se puede adquirir al interiorizar esto una y otra, tal y como hacen los piadosos con la oración, es precisamente lo que despierta en el alma aquellas fuerzas que pueden actuar de forma curativa. Porque las fuerzas habituales que hoy en día se utilizan en la escuela no pueden despertar el conocimiento médico. Este debe extraerse primero del alma. Por eso siempre pongo al principio de las reflexiones esotéricas que queremos cultivar lo siguiente: cómo hay que pensar que las fuerzas del alma deben avivarse primero para que se active en el alma aquello que puede conducir al conocimiento médico.

Traducido por J.Luelmo

GA316 Dornach, 3 de enero de 1924 El «yo» y la forma terrenal. El «yo» y la muerte

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

El «yo» y la forma terrenal. El «yo» y la muerte

Dornach, 3 de enero de 1924

¡Queridos amigos! Ya que al fin y al cabo vamos a aprovechar esas ocho lecciones o  charlas, puedo ir un poco más despacio de lo que habríamos ido si hubiéramos tenido que apresurarnos. Sin duda, eso redundará en beneficio del asunto.

Hoy me gustaría, en cierto modo, continuar con el tema de ayer hablándoles de las particularidades de cada uno de los miembros del ser humano. Como saben, ayer les señalé que solo podemos considerar al ser humano en su totalidad, destacando en él, el cuerpo físico, pero relacionándolo de forma directa con todo aquello que en el ser humano puede representarse con contornos definidos. Luego tenemos lo que me gustaría llamar el organismo líquido. Este organismo líquido está impregnado, atravesado por las fuerzas del cuerpo etérico, las cuales, sin embargo, se unen al cuerpo físico como componentes originarios. Por tanto, este ser humano líquido, está impregnado de las fuerzas etéricas. Esas fuerzas son las que actúan de forma periférica, las fuerzas que actúan desde todas partes. Luego tenemos el cuerpo astral, al que debemos considerar de tal manera que no podemos limitarnos a una visión espacial, sino que debemos tener claro que debemos considerar el cuerpo astral de forma puramente cualitativa, ya que una visión cuantitativa no nos aporta absolutamente nada. Debemos imaginárnoslo realmente situado en un mundo que no es el mundo espacial tal y como lo conocemos a primera vista, sino que se encuentra fuera de ese mundo espacial.

Y en el caso de la organización del «yo», debemos tenerlo en cuenta con mayor razón. Ahora bien, la cuestión resultará más clara si partimos directamente de la organización del «yo». ¿En qué consiste esta organización del «yo»? En el mundo físico, esta organización del «yo» se percibe en la forma del cuerpo físico. Por supuesto, en el mundo físico solo puede percibirse en la forma interna y externa del cuerpo físico. Pero si observamos el cuerpo físico del ser humano, debemos tener claro que, tal y como se presenta como cuerpo físico en el mundo físico, no tiene nada en común con las fuerzas que actúan en el mundo físico. Porque en el instante en que el ser humano atraviesa la puerta de la muerte, —es decir, cuando la organización del «yo» abandona el cuerpo físico—, se produce para el cuerpo físico el hecho de que comienza a sucumbir a las fuerzas del mundo exterior, lo que significa que se destruye, no que se construye. Si tienen en cuenta que el cuerpo físico es destruido por las fuerzas que se encuentran en la naturaleza exterior, comprenderán sin lugar a dudas que, en su configuración, el cuerpo humano no puede sucumbir de ningún modo a las fuerzas del mundo físico. Así pues, cuando la organización del «yo» configura y da forma al cuerpo físico, esto significa que lo arranca de las fuerzas que, de otro modo, se encontrarían en el entorno terrenal del ser humano.

En otras palabras, la organización del «yo» es algo completamente distinto de lo que encontramos en el mundo físico. Ahora bien, esta organización del «yo» está sin duda relacionada, verdaderamente relacionada con la muerte. Es decir, aquello que nos ocurre cuando de repente se produce la muerte, también está teniendo lugar de forma continua y constante a lo largo de la vida terrenal, por medio de la organización del «yo». En realidad, el ser humano muere continuamente, solo que esta muerte se ve compensada. Para que se hagan una idea del asunto, imagínense, por ejemplo, que se enfrentan a un problema inverso al de Penélope. Imagínense que cada día se dedican a retirar un montón de tierra que hay cerca de su casa y que, por la noche, cuando ustedes no están, alguien vuelve a amontonarlo allí; y mientras dicho montón de tierra se pueda amontonar, ustedes no tendrán mas remedio que seguir retirándolo. Pero, en cuanto ese montón de tierra empiece a hacerse cada vez más pequeño gracias a la acción de quien lo amontona, hasta que finalmente desaparezca por completo, ya no tendrán nada que ver con él. Así es, más o menos, la organización del «yo» en su relación con el cuerpo físico. Piénsenlo: cuando alimentan el cuerpo físico, le aportan sustancias procedentes del entorno terrenal. Estas sustancias que le aportan tienen sus propias fuerzas internas, tienen una determinada configuración de fuerzas, y así, por ejemplo, cuando ingieren sal de cocina como complemento de la alimentación, esta sal, al proceder del exterior, posee inicialmente el mismo impulso de actividad interna que tiene en el exterior como sal de cocina, Sin embargo, ya desde la boca se la empiezan a privar de esas propiedades y luego se le van quitando cada vez más, de modo que, al final, cuando la organización del yo ha actuado lo suficiente, en el interior del ser, ya no queda nada de la sal de cocina tal y como era cuando estaba en el exterior. La sal de cocina se ha convertido en algo completamente distinto. Precisamente la actividad de la organización del «yo», consiste en transformar los alimentos que uno ingiere. Cuando en el cuerpo físico, ya no se tenga la posibilidad de ingerir alimentos, el «yo» ya no tendrá ninguna función, del mismo modo que ustedes ya no tienen ninguna función cuando nadie vuelve a amontonar tierra delante de su casa. Entonces, precisamente debido a la incapacidad de ingerir alimento, se produce para el yo la imposibilidad de actuar en el cuerpo físico a partir de las condiciones térmicas. Se puede decir que aquello que provoca la imposibilidad de transformar las sustancias externas de tal manera que ya no tengan nada de lo que tienen dichas sustancias externas, sino que estén por completo al servicio de la organización del yo, provoca la muerte.

¿Qué hace realmente la organización del «yo» con el cuerpo físico? Lo destruye continuadamente; hace lo mismo que hace la muerte, solo que debido al hecho de que el cuerpo físico es capaz de absorber sustancias externas como alimento, este efecto se ve compensado siempre, de modo que entre la organización del «yo» y la alimentación se da una polaridad opuesta. Pero para el ser humano, la organización del «yo» significa exactamente lo mismo, en cierto modo resumido, que lo que significa la muerte definitiva, solo que en una actividad continuada y constante. Debido a su organización del «yo»,  uno se va muriendo de modo constante; es decir, va destruyendo su cuerpo físico desde dentro, mientras que, por el contrario, cuando pasa por la muerte, es la naturaleza exterior quien destruye su cuerpo físico desde fuera. El cuerpo físico es susceptible de destrucción en dos direcciones diferentes, y la organización del yo es simplemente la suma de las fuerzas destructoras hacia el interior. Se podría decir que la organización del yo tiene la tarea de provocar la muerte, —ya veremos más adelante por qué es así—, pero, en un primer momento, nos parece realmente que esta organización del yo, no tiene otra función, que la de provocar continuamenteen el ser humano la muerte, lo cual solo se evita gracias a que se produce un nuevo aporte, y esta actividad de provocar la muerte siempre acaba de comenzar, de modo que tenemos: la organización del «yo» es, en realidad, cualitativamente idéntica a la muerte, y la organización física es, en realidad, idéntica a la alimentación. Esto es lo que hay que esbozar en un primer momento; lo discutiremos con más detalle más adelante.


Estos dos procesos, que actúan en el ser humano como procesos polares, albergan entre sí el cuerpo etérico y el cuerpo astral. Entre la organización del «yo» y el organismo físico se encuentran los cuerpos astral y etérico. Verán, el cuerpo astral solo actúa directamente sobre la parte gaseosa del organismo humano y, desde allí, de forma indirecta a través del cuerpo etérico, sobre el organismo líquido y el organismo nutritivo o físico. En cada órgano humano concreto se produce una interacción entre el organismo etérico y el astral. Si se observa la acción del organismo etérico sobre cualquier órgano, se aprecia que dicha acción consiste en que el órgano recibe de este organismo etérico una vida que brota y florece. Todo lo que existe como fuerza vital en un órgano concreto o en el organismo proviene del organismo etérico.

Si se observa el organismo astral, en todo momento se aprecia que este organismo astral tiene la tendencia constante de paralizar el crecimiento, la vida que brota y florece; paralizarla pero no matarla. La organización del «yo» tiene la tendencia a matar el organismo y los órganos individuales continuamente, y a ello debe oponerse aquello que, al igual que la sustancia nutritiva absorbida del exterior, actúa como un estímulo que, en realidad, vivifica continuamente los órganos, algo que es especialmente activo en la infancia y la juventud del ser humano.

A los impulsos etéricos se opone la actividad del cuerpo astral, que, en realidad, inhibe continuamente la actividad etérica. Imaginen que en su organismo solo hubiera actividad etérica, vida que brota y germina: nunca llegarían a tener una vida anímica, nunca podrían desarrollar una conciencia. Tendrían que vegetar en una existencia vegetal. Todo quiere crecer, brotar, florecer, pero con el mero hecho de crecer, brotar y florecer, no se desarrolla la conciencia. Para que ésta se desarrolle, es necesario que se paralice la vida etérica, ese continuo brotar y florecer. Y con ello, en un órgano que se ve frenado, ya tenemos, en la vida humana normal, en realidad, el comienzo continuo de la enfermedad. Uno no puede desarrollar una conciencia en su interior sin desarrollar al mismo tiempo, de forma continua, la tendencia a la enfermedad. Porque si uno solo pretendiera estar sano, podría estarlo, pero a costa de vegetar. Si quieren desarrollar una vida anímica, si quieren alcanzar la conciencia, primero deben pasar por la fase de vegetación, pero eso si, luego deben ustedes atenuarla. Y así es como se contraponen de forma polar, -aunque no con tanta intensidad como el organismo físico y la organización del yo, sino en un sentido atenuado-, el organismo etérico y el astral, debiendo el organismo astral atenuar continuamente aquello que es provocado por el organismo etérico. Por eso, lo que el organismo astral hace día tras día en la vida del ser humano es, en realidad, una tendencia constante hacia la enfermedad. Lo que hace el organismo etérico es rebosar salud. Y por eso se puede decir, del mismo modo que se puede afirmar de manera abstracta que el ser humano está compuesto por el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y la organización del yo, que el ser humano está compuesto por los procesos de nutrición, por los procesos de curación que brotan y florecen, por los procesos de enfermedad que actúan continuamente en su interior, y de lo que es una muerte continua, que se frena una y otra vez, hasta que, por así decirlo, los procesos de muerte se suman, formándose una especie de integral de ellos y se produce la muerte.

Tomemos este organismo astral, que tiene la tendencia constante a provocar de alguna manera la enfermedad en el ser humano, ya sea en un órgano concreto o en su conjunto. Sí, basta, por supuesto, con que practiquen una introspección verdaderamente sana para darse cuenta de que así es, pues si no existiera este organismo astral, no podría surgir ningún sentimiento en ustedes. Imagínense esto: el organismo etérico está ahí, desarrollándo la vida; el organismo astral está ahí, paralizándola. Ahora bien, en la vida despierta, —ya hablaré más adelante del dormir—, debe producirse un vaivén continuo, en un equilibrio inestable, entre lo etérico y lo astral. Gracias a ello, el ser humano siente. Si ese vaivén no existiera no sentiríamos nada. Pero imaginen ahora que la actividad astral no es contrarrestada de inmediato por la actividad etérica. Cuando se contrarresta, es decir, cuando en el status nascendi lo astral es rechazado de inmediato por la actividad etérica, surge el sentimiento normal. Veremos en el plano físico cómo se relacionado esto con la actividad glandular. Pero si la organización astral se vuelve más poderosa, de modo que el órgano no puede contrarrestarla lo suficiente mediante su actividad etérica, entonces el órgano queda demasiado dominado por la actividad astral y, en lugar de que se produzca un vaivén, se produce una deformación del órgano, y, simplemente debido al hecho de que el cuerpo astral inhibe más allá de lo que le corresponde, —es decir, de lo que se reequilibra en el status nascendi—, la causa de la enfermedad se encuentra en el cuerpo astral. De hecho, la enfermedad está tan relacionada con los sentimientos que podemos afirmar que la vida emocional del ser humano no es más que el reflejo anímico de la vida de la enfermedad. Si se produce un vaivén a lo largo del tiempo, la vida emocional se basa siempre, en su inicio, en su status nascendi, en el momento de su surgimiento, en el mismo proceso que, cuando lo astral toma el predominio, indica un proceso patológico. Ahora bien, también puede ocurrir que lo astral quede rezagado y lo etérico se imponga, en cuyo caso surge una proliferación, es decir, una enfermedad que se inclina hacia el otro lado. Si ven el predominio de lo astral en la aparición de estados inflamatorios, verán el predominio de lo etérico en la aparición de proliferaciones. Y hay que decir que, en la vida emocional totalmente normal, existe un equilibrio continuamente inestable entre los crecimientos anómalos y los procesos inflamatorios. La vida normal del ser humano necesita la posibilidad de enfermar. Pero debe producirse un equilibrio continuo. Verán, esto hace posible que, en la vida emocional del ser humano, se pueda percibir una cantidad extraordinaria de cosas, si se es capaz de ver correctamente lo que representan los procesos patológicos. Si se observan estas cosas, se puede constatar la llegada de la enfermedad en el mal funcionamiento de la vida emocional mucho antes de que la enfermedad sea diagnosticable físicamente. La enfermedad no es más que una vida emocional anómala del ser humano.

La vida emocional permanece en el plano anímico, porque en el plano etérico sigue existiendo un equilibrio. En cuanto deja de existir ese equilibrio, la vida emocional desciende hacia el cuerpo físico y se une a él. Así pues, en cuanto la vida emocional se precipita hacia un órgano, aparece la enfermedad. Por lo tanto, si el ser humano es capaz de mantener normalmente el sentimiento en el alma, goza de buena salud; si no puede hacerlo y el sentimiento se precipita hacia algún órgano, surge la enfermedad.

Digo esto a modo de introducción porque así podrán ver lo necesario que es que el médico tenga realmente un buen ojo también para la vida anímica del ser humano. Y, en el fondo, no se puede desarrollar el sentido del diagnóstico si no se tiene una mirada aguda para la vida anímica del ser humano. Hablaremos más adelante de los detalles, y entonces esto quedará más claro.

Pero, ¿Qué ocurre si se tienen en cuenta la organización del yo y el organismo físico? Fíjense, en primer lugar, en el proceso de alimentación. Este proceso de alimentación destruye continuamente lo que constituyen las sustancias del mundo exterior. El organismo astral paraliza aquello que es el ser humano internamente debido a su organismo etérico; se trata de establecer un equilibrio interno entre el organismo astral y el etérico. Se establece un equilibrio entre el «yo» y el organismo físico, entre el mundo exterior y el mundo interior, de modo que se puede decir: la sal, tal y como la conocemos, pertenece al mundo exterior. Si la sal es absorbida por la alimentación y la organización del «yo», esta última debe ser capaz de no dejar nada de lo que la sal es en el exterior, sino de transformarlo todo. Si deja algo, eso significa que hay un cuerpo extraño en el organismo humano. Pero no deben concebir este cuerpo extraño en el organismo humano simplemente como un cuerpo extraño de contornos nítidos; ese es, en la mayoría de los casos, el último de los casos. Sino que ese cuerpo extraño también puede ser el calor externo. En el organismo no debe haber calor en absoluto, a menos que este calor sea procesado  por ustedes mismos mediante la organización del yo. Imagínense que tienen a una persona y que debe observar en ella que se ve afectada en algún punto por un estado de calor externo que no genera por sí misma, al igual que un trozo de madera se ve afectado por un estado de calor externo. Supongamos que el estado de calor externo no fuera para el ser humano solo un estímulo para generar, como reacción o efecto, un calor propio, sino que el calor externo, —o el frío—, se acercara directamente al ser humano, y que este percibiera ese frío o calor externo también como un cuerpo extraño en su interior, de modo que se pueda decir: El equilibrio interno entre la enfermedad y la salud viene determinado por el organismo astral y el etérico; el equilibrio entre el ser humano y el mundo, por la oposición polar entre el cuerpo físico y la organización del yo. Se trata de adquirir realmente una visión de la eficacia de estos cuatro miembros del organismo humano. Porque, como ven, desde el organismo físico externo no se puede reconocer en absoluto la enfermedad. Lo que es la enfermedad se desarrolla íntegramente en lo suprasensible. Es necesario tener una idea del organismo astral si se quiere abordar la enfermedad enteramente. 

Y ustedes también lo comprenderán, si hoy, a modo de introducción, nos permitimos abordar conceptos tan triviales, partiendo de un hecho diferente. En un órgano se produce dolor. Sí, cuando el cuerpo astral es demasiado poderoso, el órgano se deforma y se produce dolor. Cuando el órgano compensa inmediatamente la influencia del cuerpo astral, en el «status nascendi», entonces surge la sensación. Pero, en el fondo, el dolor es una sensación, solo que una sensación intensificada, derivada de la deformación, de modo que se comprende por qué la enfermedad va acompañada de dolor. De lo contrario, es muy fácil llegar a preguntarse: ¿por qué surge el dolor en los síntomas de la enfermedad? Es muy fácil comprender por qué surge el dolor cuando se sabe que esta enfermedad se nutre únicamente de una manifestación tan intensa de la sensación, que esta vida sensorial ejerce un efecto deformador sobre el órgano. Comprenderán que todas las manifestaciones sensoriales pueden evaluarse realmente a partir de una observación profunda de la vida anímica humana. Ahora bien, solo podemos ver estas cosas bajo la luz adecuada si nos decimos a nosotros mismos: Por supuesto, varía de una persona a otra si un órgano u otro se ve afectado de alguna manera por una actividad desmesurada del cuerpo astral. —Supongamos, por ejemplo, como ocurre en un caso concreto, que el cuerpo astral afecta al hígado. El hígado se comporta de manera diferente, muy diferente a la de otros órganos. Puede verse deformado en gran medida por el cuerpo astral sin provocar dolor, sin que se produzca dolor directamente en el propio órgano. Por eso las enfermedades hepáticas son tan ocultas, tan insidiosas, porque no se anuncian mediante el dolor. Esto se debe a que el hígado es el órgano que, en realidad, debido a su constitución, constituye un enclave dentro de la organización humana. En el hígado tienen lugar procesos que, de entre todos los que se producen en el organismo humano, son los más similares a los del mundo exterior, de modo que, de hecho, en el hígado es donde el ser humano deja de serlo en mayor medida. En el hígado deja de ser humano. Se convierte en mundo exterior; tiene en su interior un pedazo del mundo exterior. Esto es muy interesante. Tenemos el mundo exterior (véase el dibujo), tenemos al ser humano y, a su vez, en el ser humano hay algo que es como un fragmento del mundo exterior. Es como si, en cierta medida, se hubiera abierto una especie de agujero en el organismo humano. Y del mismo modo que no dolería si el cuerpo astral se hundiera en este paño, tampoco dolería si el cuerpo astral se hundiera en el hígado. El cuerpo astral puede destruir, pero no puede causar dolor, en lo que respecta al hígado, porque el hígado es el órgano que está exento, en el que, internamente, como en un enclave, aparece una parte del mundo exterior dentro del organismo humano.


Nunca se comprenderá el organismo humano sin abordar estas cuestiones. En la literatura habitual sobre fisiología y anatomía encontrarán los datos más variados sobre el hígado. Los comprenderán si saben que el hígado es lo que, en el interior del ser humano, le resulta más ajeno al propio ser humano. ¿Y por qué es el hígado, en el interior del ser humano, lo que más ajeno le resulta? Si observan un ojo humano, —o cualquier órgano sensorial—, es como una cavidad que se adentra desde el mundo exterior hacia el interior del ser humano. En el ojo tienen lugar procesos que casi podemos comprender mediante la física. En el caso del ojo, en realidad resulta fácil ser, ante el ser humano, un mero físico. ¿No es así? Uno dibuja una imagen, traza unas líneas que, en realidad, son un terrible disparate, pero que le permiten visualizar el proceso de refracción de la luz y formación de la imagen en una lente común. La gente hace exactamente el mismo dibujo cuando se trata del ojo. Dibujan un rayo de luz cualquiera que atraviesa una lente, se refracta, forma una imagen en el fondo del ojo, etcétera. En lo que respecta al ojo, la gente se ha convertido por completo en físicos, y al fin y al cabo desde la época de Helmholtz, el oído también se ha convertido casi en un piano. Así pues, en los órganos sensoriales se está extendiendo bastante esa visión que, desde un punto de vista externo, es aplicable a la naturaleza. Allí, algo del exterior se prolonga hacia el interior. Una parte del mundo exterior se prolonga hacia el interior. Esto incluso se ajusta a la historia del desarrollo. En ciertos animales inferiores se observa cómo mediante un invaginado y un relleno desde el exterior, se forma el ojo de modo que el ojo se forma, por así decirlo, dentro del organismo, no crece desde él, de modo que en los órganos sensoriales tenemos una parte del mundo exterior dentro del organismo. Pero están abiertos hacia el exterior; a través de los órganos sensoriales, el mundo exterior penetra en el organismo como en oleadas. Ahora bien, el hígado está cerrado inicialmente por todos los lados, pero es como un órgano sensorial, aquel órgano sensorial que, de hecho, en el inconsciente muestra una gran sensibilidad hacia el valor nutricional de las distintas sustancias que ingerimos. Y hay que decir que, cuando no se atribuyen al hígado únicamente esos procesos físicos que hoy en día se le suelen atribuir, solo entonces se comprende lo que ocurre en la digestión y en la nutrición. Estos no son más que la expresión de lo espiritual y lo anímico. Debemos considerar que para los procesos alimentarios, el hígado es un órgano sensorial interno. Y piénsenlo, está mucho más cerca de las sustancias terrestres que nuestros órganos sensoriales habituales. Con el ojo estamos expuestos, en primer lugar, al éter como efecto; con el oído, al aire; el hígado, en cambio, está expuesto directamente a las cualidades materiales del mundo exterior y debe percibirlas.

Otro órgano sensorial es el corazón. Pero mientras que el hígado está expuesto, con su capacidad de percepción, a las sustancias externas que penetran en el ser humano, el corazón es un órgano sensorial destinado a percibir enteramente el interior del ser humano. Es absurdo, —como quizá hayan podido deducir de algunas explicaciones que he dado—, que el corazón sea una especie de bomba que impulsa la sangre a través de las venas. El movimiento de la sangre se produce a través del «yo» y del cuerpo astral. Y en el corazón tenemos simplemente un órgano sensorial que percibe la circulación, concretamente la circulación que va desde la parte inferior hacia la parte superior del ser humano.

Sí, verán, el hígado tiene que determinar, por así decirlo, en el proceso digestivo, cuál es el valor de, digamos, cualquier hidrato de carbono en el ser humano. El corazón tiene que determinar cómo actúan el cuerpo astral y el Yo en el ser humano. El corazón es, por tanto, un órgano sensorial totalmente espiritual, mientras que el hígado es un órgano sensorial totalmente material. Y debemos establecer esta distinción. Debemos llegar a un conocimiento de los órganos que sea cualitativo. ¿Cómo procede hoy en día la ciencia natural en la que se basa la medicina? Se extrae, con gran indiferencia, un tejido de una parte del organismo, digamos del corazón o del hígado. Este tejido se examina en cuanto a su estructura y constitución físicas externas. Pero con eso no se ha dicho absolutamente nada sobre el órgano en cuestión dentro del organismo humano. Tengo aquí un cuchillo y aquí otro, y los examino. Este es un cuchillo y este es un cuchillo. Si los examino por su forma, es decir, por cómo se ve un cuchillo, —que tiene un filo en la parte trasera, un filo en la parte delantera, que va encajado en un mango, etcétera—, solo saco una conclusión: esto es un cuchillo y esto es un cuchillo. Tengo que salir de este tipo de análisis, tengo que referirlo a un todo y solo entonces puedo encontrar la diferencia entre un cuchillo de mesa y una navaja de afeitar. Desde un punto de vista externo, una navaja de afeitar también podría ser un cuchillo de mesa. Por lo tanto, no puedo reconocerla únicamente por su forma exterior. Así pues, no puedo saber nada sobre la importancia de un órgano a partir de la mera observación del mismo, tal y como se hace hoy en día; debo considerarlo siempre en su contexto global. El mero estudio de la estructura y las características de un órgano no aporta absolutamente nada. En primer lugar, hay que partir de una visión del ser humano totalmente diferente a la que proviene de la química y que solo analiza las afinidades químicas y las fuerzas químicas.

En este sentido, la gente de hoy en día es realmente terriblemente ingenua. En cierto instituto de fisiología se han realizado experimentos para ver cómo se puede alimentar a los ratones con leche. Se les puede alimentar muy bien. Crecen de maravilla. Engordan y se vuelven gordos. Sí, pues bien, al mismo tiempo, para demostrar que, después de todo, en la leche hay algo más que sus componentes, se tomaron dichos componentes y se los administraron a los ratones. Se llevaron a cabo estos experimentos. Los ratones murieron en tres o cuatro días; no se les pudo mantener con vida. ¿Qué hicieron las personas? Dijeron: «Así pues, la leche no solo contiene los componentes que conocemos, sino que además tiene una sustancia más: la vitamina». Tuvieron que constatar la existencia de una sustancia muy sutil: la vitamina. Se inventó una sustancia de ese tipo. Pero no se trata de eso, sino de que, cuando se tienen los componentes de la leche, se tienen tal y como si alguien dijera: «Aquí hay un reloj con cadena; ahora voy a conocer el oro, la plata, los demás metales que hay en el reloj, el cristal y así sucesivamente». Sí, cristal, oro, plata, los demás metales: eso todavía no es un reloj. El reloj reside, al fin y al cabo, en lo que el pensamiento del mecánico hace con ello. Y el pensamiento del mecánico, en este caso, cuando contemplo la leche y sus componentes, es que en los componentes se encuentran las cualidades terrestres, las cualidades que los componentes individuales tienen procedentes de la Tierra. Junto a estos componentes, hasta cierto momento, siguen estando presentes las fuerzas periféricas que provienen del cuerpo etérico.

Hay que decidirse a aceptar de una vez por todas estas cosas como algo más que su mera existencia. En realidad, no es por el hecho de que algo esté oculto por lo que se inventa, sino que cosas como las vitaminas son inventos mediante los cuales simplemente se constata lo que ya existe. Debe imponerse una forma de ver las cosas completamente diferente.

Si se comen demasiadas patatas, no servirá de nada intentar determinar el efecto de las patatas en el organismo humano a través de la cantidad de hidratos de carbono; eso no servirá de nada. Los demás hidratos de carbono, que se encuentran, por ejemplo, en las hojas, —y no en el tubérculo—, o si se quiere, en las frutas, se procesan en el tracto digestivo. La patata es algo extraordinariamente curioso. Sus propiedades penetran tan profundamente en el organismo humano que lo que, por ejemplo, en el caso de la alubia aún ocurre dentro del tracto digestivo, en el caso de la patata ocurre, en realidad, en el cerebro. En el cerebro también tienen lugar continuamente procesos nutricionales. Quiero insinuar estas cosas para desarrollarlas más adelante. Así pues, quien come demasiadas patatas puede, en determinadas circunstancias, exigir demasiado a su cerebro. Traslada al cerebro procesos que deberían tener lugar fuera de él. Esto nos brinda la oportunidad de recuperar algo de la medicina para nuestra higiene y, en general, para toda la vida social, al aprender de este modo a conocer las relaciones del ser humano con la materia que le rodea, no a partir de la composición química, sino desde el contexto del mundo.

Hay una diferencia fundamental entre que una sustancia se encuentre en la hoja o en el rizoma. Mucho más importante que saber si contiene hidratos de carbono es saber de qué parte de la planta procede. Los rizomas están más relacionados con la organización de la cabeza del ser humano, mientras que las flores y las hojas están más vinculadas a la parte inferior del ser humano. Y, en realidad, la composición química no desempeña en absoluto un papel decisivo. Hay que conocer las relaciones del ser humano con el entorno a partir de aspectos totalmente distintos si se quiere evaluar realmente lo que cura y lo que enferma, es decir, el verdadero agente patógeno y el remedio. Prestar atención a los indicios que proporciona la química abstracta es algo que, poco a poco, ha socavado en realidad todos los conocimientos del ser humano, porque, en realidad, el hecho de conocer la composición química de algo no permite saber qué relación tiene realmente el ser humano con el entorno.

Tomemos otro ejemplo. El enfoque basado únicamente en la química muestra que el oxígeno es necesario en el aire, pero el nitrógeno no lo es en la misma medida. Y, a juzgar por lo que la gente piensa hoy en día sobre el oxígeno y el nitrógeno, se podría creer, —así se podría pensar—, que, en lo que respecta a la respiración, no sería tan importante que un aire cualquiera tuviera poco nitrógeno, siempre y cuando tuviera suficiente oxígeno. Sin embargo, se ha demostrado que, cuando hay muy poco nitrógeno en el aire, el ser humano libera nitrógeno para reponerlo en el aire circundante.

El ser humano depende de que exista una cierta proporción entre su contenido de nitrógeno y el del aire que le rodea, al margen de la respiración.

Todas estas cuestiones revisten una importancia capital para el conocimiento del ser humano. Pero todas ellas, aunque sean investigadas o comprendidas por unos u otros, carecerán de utilidad para el mundo científico actual si no se dispone de los fundamentos necesarios para integrar al ser humano en todo su entorno. Eso es lo que queremos hacer en nuestras reflexiones, con el fin de arrojar luz tanto sobre el ser humano sano como sobre el enfermo.


Traducido por J.Luelmo