CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA034 Lucifer-Gnosis, 31 de diciembre de 1907 - Memorándum sobre Friedrich August Wolf

 Indice


Revista Lucifer - Gnosis  diciembre de 1907

RUDOLF STEINER

MEMORANDUM SOBRE FRIEDERICH AUGUST WOLF

31 de diciembre de 1907

En relación con los hechos expuestos en el ensayo sobre «La educación del niño desde el punto de vista de la ciencia espiritual», puede resultar interesante conocer los tímidos intentos de un hombre que, hace más de cien años, sin la ayuda de la ciencia espiritual, se esforzó por formarse una idea sobre las diferentes etapas de la vida del ser humano en crecimiento. Nos referimos al famoso filólogo Friedrich August Wolf, contemporáneo de Goethe. Su intento de describir las «etapas de desarrollo del individuo masculino» resulta un tanto grotesco. Pero al mismo tiempo demostró que una mente que investiga la esencia de la educación debe sentir la necesidad de resolver las cuestiones pertinentes no con frases generales, como las que se encuentran tan a menudo en la pedagogía, sino, como él mismo debe suponer, con una visión general de la esencia de las diferentes etapas de la vida en detalle. La necesidad de la ciencia espiritual para sustituir las clasificaciones arbitrarias y las ideas fantásticas en este campo por conocimientos basados en la realidad queda claramente demostrada en este intento de Friedrich August Wolf, sin duda bienintencionado, pero emprendido sin ningún fundamento real. Dice así:

1. Edad de oro, armoniosa y apacible. Indios americanos e isleños del Pacífico Sur desde el primer hasta el tercer año; infancia sin divisiones.

2. Lucha asiática. Condición de los salvajes norteamericanos y otros. Época heroica de los griegos. Primeros ejercicios de fuerza, formación de conceptos. Edad infantil hasta los seis años.

3. Época griega desde Homero hasta Alejandro. Aún sin reflexión, pero inventiva y poética. Juventud hasta aproximadamente los nueve años.

4. Época romana. Transición a la llamada edad de la rebeldía (pero ennoblecida por la época romana). — Aproximadamente hasta los doce años.

5. Edad Media. Espíritu caballeresco, crecimiento de la fuerza. Hasta los quince años. Ennoblecimiento a través de la religión, el amor espiritual, la caballería, el respeto hacia el sexo femenino, las empresas audaces y entusiastas.

6. Renacimiento de las artes y las ciencias con espíritu reflexivo y crítico. En el instituto. Escuela de lucha intelectual, ennoblecida por el estudio de los antiguos, pero con el posterior ejercicio del espíritu inventivo y descubridor, la interpretación, la crítica, —desde lo más bajo hasta lo más alto—, en el corazón a través de la delicada época caballeresca de los trovadores y el amor petrarquista. Otro periodo de descubrimientos. — Hasta los dieciocho años.

7. Época de la Reforma y del conocimiento sistemático, ennoblecida por una libertad más noble, un despertar más cálido hasta el sacrificio por la verdad y la justicia. Época universitaria. — Hasta los veintiún años.

8. Educación para el tiempo presente. Período para experimentos prácticos en los asuntos de la vida. Defensa de lo noble. Aspiración a elevarse por encima del tiempo. — Hasta los veinticuatro años.

9. Elevación por encima del tiempo. Hasta los treinta años.

10. Ahora aparece el ser humano perfecto y actúa, grande como un dios.

Se parte de la idea de que el individuo volverá a vivir en breve las etapas que la humanidad en su conjunto ha atravesado hasta su época. Aparte de que Friedrich August Wolf parece tener menos en cuenta al «ser humano» como tal que al «filólogo», su ensayo está plagado de errores de observación en lo que respecta al desarrollo humano. Solo la ciencia espiritual puede proporcionar las herramientas necesarias para una observación real en este campo.

GA068d Eisenach, 2 de julio de 1907 - La esencia del ser humano

  contenido de la GA


LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

La esencia del ser humano

 Eisenach, 2 de julio de 1907

Hoy queremos hablar sobre las cuestiones fundamentales del ser humano en su totalidad, sobre esa pregunta entre todas las preguntas, cuya respuesta se busca en la exploración del propio ser, de la naturaleza más íntima del ser humano. Está íntimamente relacionada con todo lo que afecta al ser humano, no solo en teoría, sino con todo lo que abarca y evoca su alma, con todo lo que está relacionado con la felicidad y el sufrimiento de nuestra existencia, con todo lo que en el mundo confiere fuerza y poder a la voluntad.

Si queremos encontrar la respuesta a estas preguntas, si hablamos de la esencia del ser humano, no solo debemos saber lo que hay físicamente del ser humano.

En cierto sentido, el animal es más feliz que el ser humano, ya que vive su existencia dentro de los límites de las fuerzas que le han sido inculcadas y no necesita preguntarse por el objetivo y el propósito de su existencia, pero el ser humano debe plantearse estas preguntas, que le son planteadas por la vida misma. Toda la seguridad y toda la esperanza en la vida deben surgir de cómo se plantea el alma humana esta pregunta de todas las preguntas. En ella se encierra el misterio de la vida y de la muerte. Lo efímero y lo imperecedero, lo temporal y lo eterno se engloban en ella en la vida del ser humano.

Si observamos el cuerpo físico, vemos que se desvanece con la muerte, se fragmenta en miles y miles de partículas que desaparecen en el ciclo de la materia. Entonces surge espontáneamente la pregunta: cuando el ser humano desaparece, ¿se agota todo lo que él significa en el mundo? Y si observamos nuestra vida cultural, si vemos cómo el ser humano crea y actúa en el mundo, si vemos cómo los grandes maestros del arte, como Miguel Ángel o Rafael, crean sus obras maestras, cómo transforman lo físico, lo corporal, terrenal, y las plasman en la pared, cuando vemos todo esto y sabemos que estas obras de los grandes genios, que alegran y elevan a los seres humanos, también desaparecerán algún día, se desvanecerán, de modo que ningún ojo humano las verá más, ninguna alma humana se deleitará [más] con ellas, entonces esta pregunta se presenta de nuevo ante nuestra alma.

Todo lo que el ser humano incorpora a lo temporal, lo vemos desaparecer; ¿qué queda entonces del ser humano y de sus creaciones? ¿Hay algo que perdure de él mismo? ¿Hay algo eterno en la vida humana? Lo que ha ocupado a los seres humanos a lo largo de los tiempos como un sentimiento profundo en estas cuestiones, siempre se ha satisfecho de múltiples maneras. Aquellos que estaban llamados a ello han dado la misma respuesta en las diferentes religiones a los diferentes pueblos cuando surgía esta pregunta sobre la vida y la muerte. Sin embargo, en nuestra época actual vemos un destino peculiar en muchas personas. Una profunda grieta atraviesa sus almas, atraviesa toda su vida.

Echemos la vista atrás, a tiempos pasados. En aquella época, cuando la imprenta aún no era popular, las almas obtenían más fácilmente una respuesta satisfactoria de aquellos que estaban llamados a ello, pero hoy, en nuestra época, vemos cómo incluso las almas más pensantes y ambiciosas se enfrentan a esta pregunta sin saber qué hacer. Han aprendido mucho en su juventud, han ejercitado la mente, han entrenado la inteligencia, y entonces se les plantean las cuestiones de la religión. A través de la llamada ciencia moderna, a través de mil otros canales, han recibido una gran cantidad de conocimientos, y al alma le resulta difícil aferrarse a lo que la religión le ofrece como alimento espiritual. Son aquellos que más anhelan la verdad los que se descarriarán. El ser humano ya no puede satisfacerse con la información que le proporciona la religión. La ciencia tampoco le ofrece una visión del mundo que fortalezca en su actuar a un corazón que aspira seriamente.

Y así vemos cómo el alma se desmorona en sí misma, a menudo ya en la primera juventud, vemos una profunda contradicción en aquellos que se esfuerzan más seriamente; y eso se transmite a la vida. Muchos desarrollan más tarde una cierta indiferencia hacia estas cuestiones; tratan de mantenerse alejados de ellas para no sentirse inquietos. De ello se deriva una superficialidad en la vida, y eso es quizás aún peor que en otras personas, en las que el anhelo de obtener respuesta a estas cuestiones suscita continuamente nuevas dudas que difícilmente pueden satisfacerse con nada. ¡Es una profunda tragedia en la vida interior del ser humano!

Ese es el estado de ánimo de nuestra época. El ser humano necesita algo que alimente su alma, que le dé certezas a sus preguntas. Eso es lo que necesita la humanidad. Quien sabe interpretar los signos de los tiempos, sabe también que todo esto se agudizará aún más, sabe también cuán necesaria es para la humanidad la ciencia espiritual o la cosmovisión teosófica.

Algunos asocian la «teosofía» con una visión extraña. No se trata en absoluto de algo nuevo, al contrario: la humanidad siempre ha tenido, en cierta forma, lo que es la teosofía. De la misma manera que el ser humano investiga teóricamente los hechos de la naturaleza, la teosofía busca investigar los hechos de la vida eterna.

Los hechos de la vida eterna no han surgido de una fantasía infantil, ni de una etapa de desarrollo obsoleta de la humanidad, sino que la teosofía contiene la sabiduría espiritual más profunda, que transmite a los seres humanos, en forma de conocimiento, lo que la religión [en forma de sentimiento] responde a estas preguntas. Por lo tanto, no debemos imaginar que la teosofía es una nueva religión; no lo es. Tampoco se opone a las religiones, sino que las aclara, explica las verdades de la religión misma, de modo que puedan resistir las exigencias más estrictas de la ciencia. Es el instrumento para sacar a la superficie las verdades de la religión. No quiere fundar una nueva religión, sino aclarar las antiguas. En la teosofía prevalece el mismo pensamiento científico, exactamente el mismo método que en la ciencia.

Por supuesto, algunas de las cosas que se dirán hoy parecerán grotescas y fantásticas para las mentes materialistas, pero no debemos pasar por alto que, cuando se escuchan estas verdades en su forma original, primero hay que familiarizarse con ellas, y eso no se puede hacer en una hora, ¡pues la teosofía abarca las cuestiones más importantes y profundas de la humanidad! Todas las cosas surgieron en un momento dado y, al principio, se consideraron fantasías, pero, si realmente tenían su fundamento en la vida y en la verdad, con el tiempo se convirtieron en algo natural, y del mismo modo, las enseñanzas teosóficas, que ahora aún son objeto de una fuerte oposición, pronto se darán por sentadas.

Ahora queremos responder desde el punto de vista de la ciencia espiritual a las preguntas sobre la esencia del ser humano. No es fácil hablar de ello, porque el ser humano es un ser muy complejo, y solo si nos imponemos la incomodidad de profundizar en las razones de la existencia podremos encontrar la respuesta.

El ser humano se manifiesta en primer lugar a los sentidos externos de las personas. Podemos tocarlo, verlo, oír lo que dice; es perceptible para los sentidos externos. La mente puede combinar todo esto; el anatomista puede investigar el interior del ser humano. A partir de todo ello, podemos hacernos una idea de lo que es el ser humano. En el fondo, no hay una gran diferencia entre lo visible y lo tangible del ser humano y lo que el anatomista, el fisiólogo, encuentra cuando disecciona al ser humano. Todo ello lo comprendemos en conjunto como lo que podemos saber del ser humano. Algunos dicen: no hay nada más en el ser humano que lo que captan los sentidos, lo que la ciencia puede investigar. Otros dicen: hay muchas otras cosas, pero no podemos investigarlas, debemos limitarnos a los hechos sensoriales. Sin embargo, la ciencia espiritual no dice eso; para ella, todo eso es solo una parte del ser humano. El cuerpo físico es solo una parte del ser humano, que es muy complejo.

El ciego comprende entonces que no tenía derecho a decir que no hay formas ni colores. — En el mismo sentido, la teosofía habla de los mundos superiores. No son mundos nuevos, están a nuestro alrededor, estamos en medio de ellos, solo que al ser humano le faltan los órganos, las capacidades para percibirlos. — La teosofía dice: El mundo que perciben nuestros sentidos físicos no es el único; podemos ampliar nuestras percepciones, podemos percibir otros mundos. No se encuentran en un más allá inconcebible, ni en un castillo en el aire, sino a nuestro alrededor. La teosofía no habla de estos mundos en un sentido mágico, sino en el mismo sentido que Johann Gottlieb Fichte.

La teosofía permite adquirir los sentidos necesarios para percibir otros mundos. Los iniciados y los iluminados siempre han podido dar testimonio de lo que ellos mismos han visto y experimentado en esos mundos. Estos sentidos espirituales se encuentran en cada ser humano y pueden ser desarrollados mediante el método científico-espiritual. Si el ser humano tiene la paciencia y la energía suficientes para someterse a estos métodos durante el entrenamiento, entonces puede ver los otros mundos, como el ciego ve los colores después de ser operado. [Sin embargo, esta operación no ayuda al ciego de nacimiento, pero cualquiera puede lograr esta operación espiritual mediante el entrenamiento].

Todas las religiones del mundo han surgido de lo que los iniciados han visto en los mundos espirituales que nos rodean. Ellos han dado a conocer esto al mundo, y lo que los videntes han visto está registrado en los documentos sagrados. Ahora nos encontramos en una época en la que la humanidad está recibiendo de nuevo una corriente de vida espiritual procedente de estos mundos espirituales. Por eso, la teosofía transmite esta sabiduría de los mundos suprasensibles en conferencias populares [a gran parte del mundo]. Esta es la razón por la que hoy en día se difunden públicamente estas enseñanzas, que antes solo podían recibir un pequeño círculo de personas preparadas.

Ante una persona así, que ve dentro de los mundos espirituales, se encuentran, tan reales y verdaderos como el cuerpo físico, los miembros superiores de la naturaleza humana. Hoy solo puedo darles algunas pistas y una visión general de lo que la teosofía tiene que decir sobre estos temas.

El cuerpo físico es el miembro de la naturaleza humana que comparte las sustancias con todo el mundo mineral inerte. Todas las sustancias del medio ambiente, todos los metales de la Tierra contienen las mismas sustancias que este cuerpo. Sin embargo, se diferencia de los llamados seres inanimados. Tiene las mismas sustancias en su interior, pero se descompondría si no fuera por una cierta complicación, otro principio, otro miembro que lo mantiene unido. Un cristal de roca existe por sí mismo. El cuerpo físico humano no puede hacerlo.

El segundo eslabón del mismo, que tiene en común con las plantas y los animales, pero no con el reino mineral, es el cuerpo etérico. [No se trata del éter hipotético que supone la ciencia física]. Tiene la tarea de impedir la descomposición del cuerpo físico en cada momento de la vida. Solo la muerte separa este cuerpo etérico del cuerpo físico, entonces se convierte en un «cadáver» y se descompone cuando queda a merced de las sustancias que contiene. En cada momento de la vida, el cuerpo vital lucha contra la descomposición del cuerpo físico.

Hasta el siglo XIX se daba por sentado, incluso en la ciencia externa, que existía algo así en los seres vivos, lo que se denominaba «principio vital». No fue hasta mediados del siglo XIX cuando se empezó a rechazar todo lo que no se podía ver con los ojos, y se consideraba tonto a quien seguía creyendo en ello. Los eruditos materialistas, como [Vogt] y Moleschott, crearon una cosmovisión que solo quería explicar la vida como una combinación de átomos. Hoy en día, algunos llegan a admitir que debe haber algo más allá de eso.

Para la teosofía, este éter o cuerpo vital se encuentra en las plantas, los animales y los seres humanos, y es tan real para quien puede ver los mundos espirituales como el cuerpo físico; se puede ver con lo que Goethe llama los ojos espirituales.

Este es el segundo eslabón. El tercero lo podemos evocar ante nuestra alma si pensamos que el ser humano que tenemos delante no se compone solo de lo que vemos de él, no de colores y formas, sino que dentro de la piel que envuelve lo físico vive algo que solo la inconsciencia puede ignorar. Y eso es algo mucho, mucho más importante que el cuerpo físico. Todo lo que no podemos percibir, los instintos, la alegría, el placer, el dolor, el deseo, que viven en el ser humano desde el nacimiento hasta la muerte, todo eso es tan real como el color de sus mejillas. Todo eso no son consecuencias de procesos en los tejidos del cuerpo. La teosofía dice: este portador de deseos, pasiones, etc., en el ser humano es un ser que existía antes, que es el origen del cuerpo físico.

Aclaremos esto con el agua y el hielo. El hielo es agua, solo que en otra forma. Así como es cierto que el hielo puede volver a convertirse en agua y que originalmente es agua, la ciencia espiritual demuestra que toda la materia, toda la sustancia, no es más que lo espiritual solidificado. Tan cierto como que el hielo es agua, es cierto que todo lo que vive en el ser humano como instinto, deseo, placer y dolor se ha condensado, se ha cristalizado, por así decirlo, en el cuerpo físico. Este es una creación del cuerpo astral, el tercer miembro de la naturaleza humana. El ser humano ya no lo comparte con las plantas, sino solo con los animales.

De modo que, compartimos el cuerpo físico con los minerales, las plantas y los animales; el cuerpo etérico con las plantas y los animales; y el cuerpo astral solo con los animales. Sin embargo, algunos investigadores afirman que algunas plantas también muestran sensibilidad, ya que responden a los estímulos, pero es una opinión diletante decir que las plantas tienen sensibilidad. Quien dice eso no sabe lo que se entiende por sensibilidad. Solo un ser que refleja este estímulo externo en su interior, solo ese es un ser al que se le puede atribuir sensación, solo un ser así tiene un cuerpo astral. Si se quisiera decir eso de las plantas, entonces se podría decir lo mismo del papel tornasol azul, que en determinadas circunstancias, que ejercen un cierto estímulo, se vuelve rojo.

Ahora tenemos tres miembros de la esencia humana y llegamos al cuarto. ¡No se asuste por tantos miembros! El ser humano es una entidad muy compleja. Llegamos a este cuarto miembro mediante una simple reflexión. Lo entendemos más fácilmente si seguimos el siguiente razonamiento: en todo el ámbito del lenguage hay una palabra que se diferencia de todas las demás. Todo lo demás que nos rodea se puede nombrar, pero nadie puede dirigirse a uno con el término, solo uno mismo puede decírselo a sí mismo, ¡esa palabra es «yo»! Esta palabra debe resonar desde el alma de cada uno, todas las demás son para usted un «tú»; ¡solo para usted mismo es un «yo»! No se percibe de inmediato la gran importancia de este hecho. El yo nunca puede llegar a nuestros oídos desde fuera, [debe resonar en el alma misma], el alma debe pronunciarlo como su nombre más íntimo. Los antiguos fundadores de religiones que basaron su religión en la ciencia espiritual lo sabían muy bien. Lo que comienza a hablar en el interior del ser humano se llamaba el espíritu en el ser humano, se llamaba el nombre inefable de Dios. ¡El yo, el Dios en el ser humano, se anuncia en esta palabra!

Nadie puede decir que la teosofía afirma que Dios está en el ser humano, como a menudo se afirma superficialmente, pero del mismo modo que cuando se toma una gota del mar no se puede decir: «Esta gota es el mar», aunque se sabe que esta gota es en esencia lo mismo que el mar, tampoco se puede decir que cuando alguien se refiere a su alma como «yo» se refiere al espíritu universal. No lo es, al igual que la gota no es el mar, y sin embargo es la misma esencia que el espíritu divino universal. En este sentido deben entenderlo. En este sentido, los antiguos hebreos llamaban Yahvé, Jehová, al nombre inefable de Dios, que significa la esencia, el yo. Por eso, un profundo y reverente escalofrío recorría las filas del pueblo cuando, una vez al año, el llamado pronunciaba este nombre sagrado: Yahvé, que significa: ¡Yo soy el que es, el que era y el que será!

Por eso, las naturalezas más profundas sienten como un acontecimiento decisivo cuando, en el transcurso de la vida, entran en contacto interior con este espíritu eterno de la vida, cuando despierta en ellas: Yo soy un yo. Jean Paul, por ejemplo, cuando se dio cuenta de esto, —solo era un niño de siete años—, lo percibió como un acontecimiento trascendental, como si estuviera mirando dentro del santuario velado de su interior, y en sus últimos años recordaba con agrado las circunstancias externas en las que se le reveló.

Y nosotros también miramos dentro de este santuario velado cuando pronunciamos conscientemente por primera vez esta palabrita «yo». Eso es lo que convierte al ser humano en la corona de la creación terrenal, este yo que impregna y atraviesa el cuerpo, ¡lo convierte en el ser más sagrado de la Tierra! Con ello designamos el cuarto miembro de su esencia. Esto es lo que en la escuela pitagórica se entiende como la santa cuádruple naturaleza. Cuando esto aparece en el ser humano, entonces ha ascendido a un nivel superior de conocimiento, que expresa misteriosamente lo más profundo de la naturaleza humana. Pero eso no es todo.

En lo que respecta a esta cuádruple naturaleza, todos los seres humanos son iguales. Debe haber otra diferencia entre ellos. Veamos claramente la diferencia entre un caníbal, una persona normal y corriente y un gran idealista, como Schiller o Francisco de Asís. ¡Vemos una gran diferencia entre este tipo de personas!

Darwin cuenta que, en uno de sus viajes, llegó a una zona habitada por una tribu de caníbales. A través de su intérprete, le explicó al jefe tribal lo malo que era comer personas. Pero el «salvaje» miró al europeo con asombro y respondió ingenuamente que no podía saber si era bueno o malo antes de haber comido él mismo a un ser humano. Solo se refería a si algo era bueno o malo para él, es decir, si le gustaba.

Pero ese tipo de persona también tiene los cuatro miembros de los que les hablé. ¿En qué se diferencia entonces el europeo medio de un «salvaje» así? Él se dice a sí mismo sobre algunos instintos: puedes dejarte llevar por ellos, pero otros se los prohíbe. Tiene conceptos morales que le prohíben unos y le permiten otros; ha purificado y limpiado sus instintos y pasiones y, si está un poco más elevado, tiene ciertos ideales a los que aspira. ¿En qué se diferencia del «salvaje»? Ha trabajado su cuerpo astral, el cuerpo que es portador de deseos y pasiones. El «salvaje» aún no lo ha hecho, aún no ha trabajado en ello, aún vive según sus instintos y deseos, y la parte de su cuerpo, el yo, vive en él tal y como le ha sido transmitido por los dioses. Cuanto más elevado es el ser humano, más actúa en él esta herencia divina y transforma los otros cuerpos. El idealista ha transformado aún más en sí mismo, ha sometido aún más al dominio del yo; y aquel ser humano que controla sus instintos y pasiones de tal manera que no ocurre nada que él mismo no reconozca como correcto y bueno, que nunca más se deja llevar por sus instintos y deseos, ha purificado y ennoblecido completamente su cuerpo astral.

Así, tenemos cinco miembros de la naturaleza humana: la cuádruple naturaleza del cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral, en el que se encuentra el yo, y luego la parte que el yo ha elaborado por sí mismo, a la que llamamos yo espiritual o manas, que es un producto de la transformación del cuerpo astral. Y cuanto más haya transformado el ser humano en su cuerpo astral, más tendrá en sí mismo del yo espiritual o manas.

El ser humano también puede trabajar su cuerpo etérico o cuerpo vital. Este no solo es el portador de la nutrición, el crecimiento y las fuerzas de reproducción, sino también el portador de los hábitos permanentes, el carácter, la conciencia y el temperamento. Que un ser humano sea bueno o malo, —en el sentido normal—, depende del cuerpo astral, pero que sea melancólico o colérico depende del cuerpo etérico. Piensen en lo poco que sabían cuando tenían ocho años. Desde entonces han aprendido mucho, pero si eran niños irascibles, la ira seguirá aflorando en ustedes de vez en cuando; si eran niños melancólicos, seguirán luchando contra la tristeza en ocasiones. Todo lo que está en el cuerpo astral cambia rápidamente, todo lo que está anclado en el cuerpo etérico cambia lentamente, de modo que se podría comparar la transformación del cuerpo astral con el minutero del reloj y la del cuerpo etérico con la manecilla de las horas.

Por eso, el yo tiene muchas más dificultades cuando debe actuar sobre el cuerpo etérico. El arte elevado y puro, que permite intuir y contemplar lo eterno, proporciona fuertes impulsos para su transformación, al igual que la grandeza y la gloria de la naturaleza y las creaciones de Dios, pero los impulsos religiosos son los que más influyen en la transformación del cuerpo vital; no las instrucciones morales con conceptos abstractos, sino la profundización en el contenido eterno del ser, la inmersión en lo que las grandes religiones nos dan como sabiduría, lo que desencadena impulsos que tienen un fuerte efecto ennoblecedor sobre el cuerpo etérico del ser humano y, por lo tanto, la gran importancia [de los mismos] para la humanidad.

Aquí es donde comienza la formación y la educación del iniciado. Este tiene que aprender y experimentar otras cosas distintas a las que se denominan «aprendizaje» en el sentido escolar. Por supuesto, también debe aprender lo que vive y se puede captar en el cuerpo astral, lo que se denomina «aprendizaje» en el sentido habitual, pero eso no es lo principal. El alumno ha avanzado más en el camino de la iniciación cuando ha combatido una inclinación, cuando ha abandonado conscientemente un hábito. Por eso, en las escuelas de iniciación se trabaja especialmente en ello; el alumno debe realizar ejercicios que le permitan cambiar su temperamento, superar su carácter; y este trabajo le conduce a mundos superiores. Todo lo que se logra transformar en el cuerpo etérico, de modo que el yo lo domine, se denomina espíritu vital o budhi. Así, la sexta parte del ser humano es el cuerpo etérico transformado o cuerpo vital.

Si vamos más allá, llegamos al nivel más alto, donde el iniciado comienza a trabajar en su cuerpo físico; ese es el séptimo eslabón del futuro. Puede parecer extraño que lo más elevado trabaje sobre lo más bajo del ser humano, el cuerpo físico, pero debemos tener en cuenta que, de este modo, el ser humano también es capaz de actuar en el mundo físico, del que el propio cuerpo humano ha tomado su materia. ¡El iniciado en este nivel puede actuar en el cosmos! Este nivel se alcanza mediante una transformación del proceso respiratorio y se denomina Atma, —Atma, que significa respirar, porque está relacionado con la respiración—, o también hombre espíritu.

Así tenemos la cuádruple naturaleza del ser humano y la llamada trinidad superior, que surge de la cuádruple naturaleza, que es un proceso de transformación de la cuádruple naturaleza. Ahora echemos un vistazo al funcionamiento de estos miembros en el ser humano, observemos al ser humano tanto en la vida como en la muerte.

¿Qué es dormir? El dormir produce un cambio en la relación entre los elementos de la naturaleza humana que acabamos de describir. Mientras el ser humano está despierto, desde la mañana hasta la noche, estos elementos están entrelazados y forman un sistema vivo de fuerzas que interactúan entre sí. Pero cuando duerme, la situación cambia. El placer y el sufrimiento, la alegría y el dolor se desvanecen cuando el ser humano se sumerge en un dormir profundo y sin sueños. Que todo esto desaparezca para el ser humano se debe a que su cuerpo astral, portador del placer y el sufrimiento, lo ha abandonado mientras duerme. En la cama solo yace el cuerpo físico del ser humano conectado con el cuerpo etérico. El cuerpo astral está fuera del ser humano tan pronto como se queda dormido. ¿Qué hace entonces este cuerpo astral durante la noche? ¿Descansa en algún lugar de lo inmaterial? ¡No! Precisamente cuando sabemos lo que hace el cuerpo astral durante la noche, entonces echamos una mirada profunda al interior del ser humano.

Mientras el cuerpo astral permanece dentro del cuerpo físico durante el día, percibe a través de los órganos físicos. A través del ojo recibe luz y colores, a través del oído sonidos, y así sucesivamente. El cuerpo astral percibe estas cosas, porque la percepción reside en él. Pero al estar dentro del cuerpo físico, también percibe las desarmonías del entorno, a su alrededor no hay armonía, y [eso] lo desgasta continuamente. Este desgaste del cuerpo astral se manifiesta en el cansancio del ser humano. Mientras el cuerpo astral está dentro, se ocupa del mundo exterior, pero tan pronto como sale, trabaja en la reparación del cuerpo físico, se ocupa durante la noche de eliminar las sustancias que causan fatiga. Esa es su tarea durante la noche. El ser humano moriría mucho antes si el cuerpo astral no hiciera esto cada noche y no enviara sus fuerzas al cuerpo físico para ponerlo en el estado en el que debe estar para continuar con la vida.

Debemos imaginárnoslo así: pensemos que estamos encerrados en un mar de astralidad, como en un gran recipiente lleno de agua. Cada persona absorbe de él, como si fuera una esponja, una gota durante el día y la libera de nuevo por la noche. Y así, por la noche, el cuerpo astral se sumerge en su lugar de origen, vuelve a su hogar nocturno. Solo un clarividente puede decirnos cómo es ese mundo. El ser humano común no tiene ninguna idea al respecto, pero para el clarividente es diferente, ya que durante la noche, en su dormir consciente, se le abre un mundo de luz y colores, y vive conscientemente en el mundo de la armonía de las esferas, en el que también vive inconscientemente el cuerpo astral de cada ser humano. Y este mundo no es una fantasía, ¡esta armonía de las esferas es una realidad! Es el origen de todas las cosas, es lo mismo que en la religión cristiana se denomina los reinos de los cielos. Los iniciados siempre lo han sabido. Puede que a muchos les parezca increíble cuando digo que Goethe también lo sabía. Cuando el ser humano es elevado al cielo, oye esas armonías de las esferas de las que surgió todo el mundo, y Goethe lo expresa cuando dice:

El sol resuena según la antigua costumbre,
Cantando a coro en las esferas fraternas,

y así sucesivamente. Si miramos este pasaje de forma superficial, no podemos explicarlo. ¡El sol físico no resuena! Pero el sol tiene su espíritu, y es esta entidad espiritual la que resuena en el canto de las esferas. Y Goethe se refiere a este espíritu, que puede percibir quien es capaz de percibir en los mundos espirituales. Y además, el final del drama Fausto, [la escena de Ariel, lo que dice allí]:

Resuena para los oídos espirituales
el nuevo día que nace;
suena la trompeta, suena la trompeta,

y así sucesivamente. Debido a que el alma vive en este mar astral sonoro, en esta armonía de las esferas durante la noche, Paracelso la llama con razón el cuerpo astral, ya que cada noche es trasladada a su hogar original, al mundo de las estrellas.

En tanto este cuerpo astral aún no se haya separado por completo de los cuerpos etérico y físico, es el período en el que los sueños surgen de la oscuridad inconsciente de la noche. Mientras el cuerpo astral aún no haya roto por completo su conexión con el ser humano, este sueña. Cuando el cuerpo astral está completamente dentro del ser humano, este vive en la conciencia diurna despierta.

Cuando el ser humano muere, se producen otros cambios. Tras la muerte, solo queda del ser humano el cuerpo físico, ya que el cuerpo astral se ha ido con el cuerpo etérico. [Solo en casos muy excepcionales ocurre que el cuerpo astral se lleve consigo al cuerpo etérico]. Por lo general, tras la muerte se produce algo especial para el ser humano.

Entonces ante el alma del ser humano, se presenta como un gran cuadro, toda la vida anterior , como un panorama cambiante, pero de una manera muy peculiar, porque todo lo que le ha alegrado y le ha causado sufrimiento en su vida falta en este cuadro; el ser humano observa su vida de forma totalmente objetiva. Esto es así mientras el cuerpo etérico está conectado con el cuerpo astral y el yo. Luego, el cuerpo astral se separa y queda atrás el segundo cadáver del ser humano, el cadáver etérico. Este se disuelve en el éter cósmico general, al igual que se disuelve el cadáver físico, solo que mucho más rápido. Sin embargo, queda una esencia, un centro de energía de este cuadro de la vida, en cierto modo una suma de las experiencias. Como cuando se añade una nueva hoja a un libro, cada vez se añade el contenido de la última vida en esta visión clarividente después de la muerte. Esto puede durar horas, pero también días, dependiendo de la individualidad de la persona.

En la vida humana hay momentos similares a este. Cuando una persona sufre un gran susto, por ejemplo, al sufrir una caída durante una excursión por la montaña o al estar en peligro de ahogarse, entonces toda su vida pasa ante sus ojos como un cuadro, y hasta personas de pensamiento materialista lo han experimentado y manifestado, como por ejemplo el antropólogo criminalista Benedikt en Viena. ¿Cuál es la causa de esta experiencia? Todos conocen la sensación que tenemos cuando se nos duerme un miembro, esa sensación de hormigueo que los niños describen diciendo: «Es como si tuviera agua con gas en los dedos». Como clarividente, se ve que en una extremidad dormida como esa, el cuerpo etérico se ha relajado, de modo que la mano etérica, por ejemplo, cuelga hacia un lado cuando la mano está dormida, y lo mismo ocurre con la cabeza cuando la persona está hipnotizada. Si la persona sufre un susto así, todo el cuerpo etérico se relaja por un breve instante. Dado que el cuerpo etérico es el portador de la memoria y, por lo demás, permanece continuamente dentro del cuerpo físico, en la vida cotidiana solo puede recordar lo que le permite el cuerpo físico. Pero en esos momentos en los que el cuerpo etérico se libera, es decir, cuando el cuerpo físico ya no es un obstáculo, la memoria se manifiesta plena y completamente.

Hace poco alguien me contó que estuvo a punto de ahogarse, pero que no tuvo el cuadro de recuerdos porque estaba inconsciente. Esto es precisamente la prueba de ello, ya que cuando el ser humano está inconsciente, es decir, cuando el cuerpo astral, que es el portador de la conciencia, también está fuera, naturalmente no puede producirse este recuerdo.

Ahora bien, tras la muerte, cuando el cuerpo astral se libera del cuerpo físico y del cuerpo etérico, que quedan como dos cadáveres y devuelven sus sustancias al entorno, comienza una cierta época para el cuerpo astral: el llamado tiempo del kamaloka. El kamaloka no es un lugar lejano de nosotros. Las personas que han fallecido están siempre a nuestro alrededor. La mirada clarividente siempre puede verlas.

Podemos entenderlo mediante una lógica sencilla. ¿En qué situación se encuentra el ser humano después de la muerte? Pensemos, por ejemplo, en un gourmet que durante su vida sentía pasión, digamos, por los filetes. El placer no lo disfrutaba el cuerpo físico, sino el cuerpo astral, que es el portador de los deseos, las pasiones, las sensaciones, etc., pero necesita el cuerpo físico para obtener ese placer; es, en cierto modo, su instrumento. Ahora, tras la muerte, ha abandonado el cuerpo físico, por lo que ya no tiene instrumento, pero sigue teniendo exactamente el mismo anhelo de satisfacer sus deseos.

Es la misma situación en la que se encuentra una persona que no encuentra agua en una hermosa región y sufre una sed ardiente. Del mismo modo, el anhelo insatisfecho arde en el cuerpo astral por los placeres físicos. Mientras el ser humano no se haya desacostumbrado a ellos, mientras siga existiendo su ansia por satisfacerlos, durará su período de kamaloka. Solo cuando ya nada le atraiga a este mundo, podrá ascender al mundo espiritual propiamente dicho, al mundo celestial.

Se podría preguntar: ¿Es consciente el ser humano de este estado de kamaloka? Sin duda, porque las mismas fuerzas que el ser humano tiene en su cuerpo astral y que cada noche salen al espacio cósmico, viven allí en la armonía del infinito y renuevan así una y otra vez las fuerzas agotadas del cuerpo físico, son precisamente las que ahora utiliza en sí mismo en este estado. Por lo tanto, el ser humano debe ser consciente después de la muerte.

Ahora el ser humano asciende a los mundos espirituales y lleva consigo esa esencia de la que les he hablado, procedente de su cuerpo etérico, y una esencia similar procedente de su cuerpo astral.

La esencia que ha desarrollado en su cuerpo etérico a lo largo de su vida influye en su vida emocional en relación con la moral, y lo que ha desarrollado en su cuerpo astral influye en su vida de deseos e instintos. Ahora vive un cierto número de años en los mundos espirituales, luego vuelve a descender al mundo, equipado con lo que ha adquirido de esta manera, con un cuerpo etérico y astral más o menos purificado, y cada nueva vida que lleva es, por así decirlo, una nueva página en el libro de su vida. Cuantas más encarnaciones haya experimentado y mejor las haya aprovechado para ennoblecerse y aspirar a lo más alto, más rica será la nueva vida, [y así el ser humano asciende de vida en vida] y se perfecciona cada vez más. No está separado en una vida, nada es un mero juego del azar, sino que sus vidas están relacionadas entre sí. Del mismo modo que en la vida cotidiana el trabajo de un día prepara e influye en el del día siguiente, nuestro pasado está relacionado con el futuro, y así creamos nuestro propio futuro a través de nuestro comportamiento en el presente. Esta es una ley que se aplica a toda la naturaleza, tanto a la inerte como a la viva.

Y esta relación entre los acontecimientos que suceden más tarde y los que sucedieron anteriormente se denomina [«Krma», no «Karma»]. De cada trayectoria vital se desprende un cierto [krma] para cada persona. Esto tiene algo profundamente reconciliador, si se considera de la manera correcta; porque cuando en la vida vemos a menudo a personas buenas y competentes condenadas a la pobreza y la miseria, y a otras, aparentemente sin méritos, viviendo en la felicidad y la alegría, nos preguntamos en vano cómo puede ser algo que parece tan injusto. Pero si conocemos la ley del [krma], si sabemos que cada uno prepara su propio destino, que el [krma] es una ley de la vida, si sabemos que todo lo que hago da sus frutos, si hago algo tonto, malo, los frutos serán los mismos, si hago el bien, la consecuencia será la felicidad y la alegría, entonces esta ley será algo profundamente reconciliador para todos, y cuando ilumine la vida del ser humano, no solo en teoría, sino en la realidad, entonces desarrollará nuevas fuerzas en él, le dará confianza, capacidad de orientación y seguridad en la vida.

La ley también se puede combinar perfectamente con la redención de Cristo, siempre y cuando se entienda correctamente. Los teólogos dicen: «Nosotros hablamos de la redención a través de Jesucristo, pero vosotros habláis de que uno debe redimirse a sí mismo. ¡No creéis en la idea de la redención!». — No es así. Al igual que el comerciante puede hacer balance en cualquier momento y, sin embargo, anotar nuevas partidas en cualquier momento, también en la vida se pueden anotar nuevas partidas en el libro de la vida en cualquier momento. [Krma] es totalmente compatible con la libertad de voluntad, podemos anotar partidas malas, podemos anotar partidas buenas. Ahora bien, si somos lo suficientemente fuertes, podemos ayudar a un semejante. [Si somos aún más poderosos, podemos ayudar a dos personas], y así sucesivamente, pero un ser todopoderoso, como Cristo Jesús, que apareció en la humanidad, puede ayudar a innumerables personas con una sola acción que ilumina los tiempos. Bien entendida, la ley [Krma] concuerda completamente con la idea cristiana de la redención, y también es compatible con toda la doctrina cristiana.

Cuando la doctrina sobre la naturaleza y la esencia del ser humano penetre gradualmente en la humanidad, cuando esta se impregne y se espiritualice con ella, entonces también una nueva vida, un nuevo devenir la inundará. Porque la humanidad necesita ahora estas enseñanzas. Las almas de los seres humanos se secarían en las condiciones que se han indicado al principio. La teosofía tenía que llegar, era una necesidad vital para la humanidad. Aunque ahora todavía se le hostigue, ¿qué importa? Todo lo que parece nuevo e incomprensible ha sido hostigado al principio y después se ha convertido en algo natural. Pensemos en el sello postal: a ningún administrador postal se le ocurrió esta sencilla idea y, cuando surgió por primera vez, se la tachó de «descabellada». ¡Eso fue hace solo 70 años! Y lo mismo ocurrió con los primeros ferrocarriles. Se decía que quien viajara en ellos sufriría inevitablemente graves trastornos nerviosos.

La teosofía señala cosas, y lo importante es que estas demuestren su validez en la vida cuando se aplican; y una vez que la teosofía haya demostrado su veracidad, se abrirá camino por sí sola en las almas de las personas. [¡Porque es el remedio espiritual para la humanidad!] No con palabras, no con discusiones, sino con hechos se puede encontrar la curación de la vida espiritual. Y aquellos que saben lo que la teosofía debe ser para la humanidad en los tiempos venideros esperan esta prueba. Necesitamos conocimientos que se apliquen a la vida, conocimientos que no puedan ser encontrados solo por las débiles fuerzas de nuestra mente, sino que deben fluir de mundos superiores para revitalizar nuestra cultura, que nos den fuerza y seguridad en la vida, que nos conviertan en personas fuertes y creativas.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA068d Múnich, 27 de febrero de 1907 - La fiebre de la salud a la luz de la ciencia espiritual

 contenido de la GA


LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

La fiebre de la salud a la luz de la ciencia espiritual

 Múnich, 27 de febrero de 1907


La opinión popular habitual es que hay tantas enfermedades como se quiera, pero solo una salud. Sin embargo, esta es una opinión sin sentido, ya que, en realidad, hay tantas formas de salud como personas hay. La salud es algo totalmente individual y, en última instancia, diferente para cada persona. Sin embargo, solo se tiene una imagen muy general de lo que es una persona sana, y lo que no encaja en esta imagen se considera una enfermedad. Se debería procurar que una persona, a pesar de la anomalía de la enfermedad, pudiera llevar la mejor y más cómoda vida posible, como si no tuviera esa anomalía. Pero no se le debe querer devolver a ese patrón general que de alguna manera se ha creado y que ahora se quiere imponer a todo el mundo.

Es cierto que algunas personas necesitan cierta anormalidad. Esto no significa que debamos dejar que las enfermedades sigan su curso. Si queremos tomarnos en serio el concepto de «salud», debemos tener en cuenta otro concepto de desarrollo en toda su profundidad y significado.

Los animales, en su entorno natural, nunca comen en exceso, pero esto suele ocurrir cuando se incorporan a la civilización. En este entorno, contraen diversas enfermedades. Los animales también contraen ciertas enfermedades tan pronto como son capturados, mientras que en la naturaleza salvaje no las conocían. Ciertas enfermedades mentales son consecuencia directa de la cultura de un determinado nivel.

Desde el punto de vista físico y químico, el cuerpo animal es una mezcla imposible. Por lo tanto, el cuerpo vital es un eslabón necesario para su conservación. El cuerpo astral contiene las causas de lo que ocurre en los cuerpos físico y etérico. Sin embargo, el cuerpo astral del animal no tiene tantas posibilidades de desarrollo individual como el del ser humano. Existe un círculo cerrado de instintos, deseos y pasiones animales. El animal se adapta completamente a sus circunstancias, tanto con su cuerpo físico como con su cuerpo etérico y astral. Al animal cautivo solo se le pueden enseñar otras circunstancias en relación con su cuerpo físico y su cuerpo etérico, pero no se puede influir en su cuerpo astral. Por eso, el animal no puede integrarse de forma saludable en nuevas circunstancias, porque esto tendría que partir de su cuerpo astral.

También en los seres humanos se producen profundos cambios que parten del cuerpo astral. Si queremos mantenernos sanos al pasar de circunstancias más sencillas a otras más complicadas, primero debemos adaptarnos a esas nuevas circunstancias desde nuestro interior, desde el yo y desde el cuerpo astral. Esta adaptación es un trabajo del yo sobre el cuerpo astral, y solo ella aporta salud también al cuerpo etérico y al cuerpo físico.

El ser humano está predispuesto a este desarrollo hasta en su cuerpo físico. No todas las manifestaciones significan lo mismo en todos los reinos de la naturaleza, como sostiene el pensamiento materialista. Así ocurre, por ejemplo, con el ablandamiento de los huesos, el raquitismo. El ser humano se encuentra en un desarrollo progresivo con todas sus partes y miembros. El cuerpo ha evolucionado desde formas anteriores muy diferentes hasta su forma actual. El yo y el cuerpo astral seguirán transformando el organismo humano. En su sistema óseo, el ser humano debe conservar la posibilidad de ablandamiento para poder seguir desarrollándose también en ese ámbito. En el ser humano existen, por un lado, tendencias al ablandamiento y, por otro, tendencias al endurecimiento, para que no tenga que permanecer en un estado estacionario. El ser humano interior, su yo y el cuerpo astral correctamente dirigido por este deben dirigir tales transformaciones. El raquitismo es una transformación prematura de los huesos, porque no está correctamente dirigida por el yo.

La ciencia espiritual debe intervenir en el ámbito de las predisposiciones a las enfermedades, corregir aquí a la medicina y encauzarla por el camino correcto. Cada persona tiene su lugar determinado en la existencia y debe, en consecuencia, remodelar sus órganos a su manera individual para su salud personal.

Paracelso enseñó profundas verdades al respecto y se adelantó mucho a su tiempo. La salud, decía, es un asunto totalmente individual y no puede considerarse y corregirse de manera estereotipada cuando se produce una alteración.

¿Qué criterio utiliza el yo para mantener la salud? Esto no se puede estudiar empíricamente. Se trata de reconocer el criterio adecuado para la salud en el bienestar armonioso, en el placer de existir, en la alegría de vivir sin nubes ni perturbaciones. Este estado de ánimo de bienestar vale mucho más que cualquier ungüento externo y que broncearse al sol. Cuando uno disfruta de las flores, los árboles y el sol, cuando aumenta su alegría de vivir y se fortalece su amor por la vida, entonces se mantiene sano o puede recuperar el equilibrio de una salud alterada. Un alma sana también crea un cuerpo sano. Por el contrario, las mezclas y procedimientos externos pueden privar al ser humano de su salud. Por lo tanto, lo más importante es mantener la salud del alma. «¡Mens sana in corpore sano!»

Solo así se entiende correctamente esta frase. De un cuerpo sano se puede deducir también un alma sana. Por el contrario, nunca se puede crear un alma más sana mediante una transformación externa del cuerpo.

Pero, ¿cómo se concilia esta actitud con la doctrina de la ascética, tal y como se le reprocha a la teosofía? Se malinterpreta completamente la teosofía si se cree que predica el mortificarse. El teósofo no se mortifica; al contrario, se mortificaría si tuviera que participar en todo el bullicio social, por ejemplo, sentarse a cenar o ir al teatro. Desde el punto de vista de la teosofía correctamente entendida, no tiene sentido decir que se le prescribe al ser humano esto o aquello, que debe vivir de tal o cual manera. En este sentido, la teosofía no tiene dogmas ni promueve el vegetarianismo. Sin embargo, algunos teósofos, por sus sentimientos y sensaciones, llegan a no comer carne.

Para otros, sin embargo, comer carne sigue siendo una necesidad. También se puede llegar a la conclusión, en un sentido aún más elevado, de no comer más carne. Un médico, que no era teósofo, respondió a la pregunta de por qué no comía carne que simplemente le daba asco, al igual que a la mayoría de la gente, comer carne de gato o de caballo. Para aquellos que avanzan en su desarrollo espiritual, el deseo por ciertas cosas desaparece por sí solo. Su instinto por ciertos alimentos simplemente ha cambiado. A quienes aún se aferran a las frivolidades hay que dejarlos allí, y quienes no sienten deseo por ellas, no deben ir. Es el refinamiento de los instintos y los deseos lo que mantiene sanos y los hace sanos a los órganos físicos.

Así, la cosmovisión de las ciencias espirituales quiere dar al ser humano algo que le permita dirigir su cuerpo astral de tal manera que este entre en armonía con la ley del progreso de la humanidad. No solo nos detenemos ocasionalmente en el conocimiento, sino también en la experiencia de nuestra vida.

El yo de muchas personas suele seguir luces engañosas y genera así egoísmo, espíritu de mentira y error, y produce temperamentos y pasiones erróneos. Cuando el yo no está en armonía con el orden del mundo, vaga sin rumbo fijo y sigue todas las luces engañosas que se le presentan. Es importante familiarizarse con los temperamentos y rasgos de carácter erróneos. Pocas personas en la actualidad pueden ser más sinceras y amantes de la verdad. Pero esta carencia genera enfermedad y debilidad. Por lo tanto, a algunas personas ya no se les puede ayudar en algunos aspectos, porque están atrapadas en relaciones demasiado complicadas con la comunidad, de modo que no pueden liberarse de ellas. A menudo, en una comunidad en la que conviven enfermos y sanos, las causas reales de la enfermedad se encuentran en los sanos y no en los enfermos. Y las naturalezas más receptivas absorben estas enfermedades, que en el fondo han sido causadas por las naturalezas fuertes. Por lo tanto, mantenerse sano es un deber para con todos los semejantes. Muchos llevan en su interior una enfermedad de otra persona, sin ser culpables de la causa de dicha enfermedad.

Al mantener sano nuestro yo, tenemos la posibilidad de armonizarnos con las grandes leyes del mundo y, con ello, hacer desaparecer nuestras propias enfermedades y las ajenas. Para ello, sin embargo, es necesaria una verdadera colaboración entre las personas. Solo así es posible garantizar la salud general. 

La miopía, por ejemplo, se debe a que en nuestro sistema educativo actual el ojo tiene que comportarse de forma demasiado pasiva, ya que solo recibe impresiones del exterior, pero no es impulsado por el alma a mirar y contemplar la naturaleza libre al aire libre, donde hay objetos cercanos y lejanos. Esta adaptación debe ser provocada por el alma. Cuando esto no ocurre, el ojo pierde su capacidad de adaptación.

Una cosmovisión que se deja dictar por todo lo externo es sumamente insalubre, mientras que una que impulsa desde dentro y tiene un efecto creativo es una cosmovisión verdaderamente saludable. La recepción de impresiones que siempre se produce desde el exterior provoca lo mismo que hemos descrito como miopía en el ojo.

En el amor revelador hay que formarse una visión del mundo. Muchos de nuestros libros actuales están escritos de tal manera que las verdades se le dan a la gente en bandeja, por así decirlo. Sin embargo, aquellos libros que hay que estudiar y meditar durante mucho tiempo para comprender su contenido son los verdaderamente buenos en el sentido teosófico. Están concebidos de tal manera que estimulan la productividad interior.

Para los niños, se pueden descomponer las plantas en el aula, pero al aire libre, en la naturaleza, se debe acercar a los jóvenes toda la naturaleza viva al corazón. Analizar y destruir sería inapropiado. El amor, en cualquiera de sus formas, tiene un efecto sanador en las personas, porque produce sentimientos nobles y da algo de sí mismo. También es saludable la producción en el arte y la ciencia o en comportamientos similares. Todo lo que estimula la actividad propia del ser humano es saludable. La teosofía quiere ennoblecer y armonizar la vida emocional interior de las personas, mostrándoles los desarrollos del mundo exterior y señalándoles la armonía que reina en él. Esto hace que nuestra mente sea productiva y genera salud en el alma y el cuerpo. Una cosmovisión de este tipo hace que el ser humano sea capaz de crear contrapesos internos a todo lo externo, con los que se arma contra la hipocondría y la histeria. Cuando se desarrolla este punto firme en el interior, el ser humano se fortalece para cualquier situación externa. Entonces puede entregarse al placer sin sufrir ningún daño. Este se convierte en una manifestación de una salud profunda y verdadera.

Si la teosofía se introduce así en la vida, demuestra su valía en nuestra existencia y, con ello, queda también demostrada su legitimidad, sin que sea necesario refutar lógicamente las objeciones en su contra.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA068d Leipzig,15 de febrero de 1907 - El curso del desarrollo humano desde la perspectiva de la ciencia espiritual

 contenido de la GA


LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

El curso del desarrollo humano desde la perspectiva de la ciencia espiritual

 Leipzig,15 de febrero de 1907


Todos conocen el lema del templo griego «Conócete a ti mismo». Contiene la sabiduría más profunda de la vida y se transmite a las personas una y otra vez. Aunque puede tomarse como una guía beneficiosa para la vida, también puede malinterpretarse. «Conócete a ti mismo» es una verdad. No debe entenderse en el sentido de que el ser humano debe encerrarse en sí mismo y pensar que ya es un ser humano completo, sino que es una invitación al desarrollo personal de las fuerzas del alma que yacen dormidas en nuestro interior, a elevarlas y ampliarlas, a desarrollar las aptitudes y los gérmenes. El esfuerzo y la búsqueda son herramientas mucho mejores para el autoconocimiento que creer que todo está ya completo en nosotros.

Veamos cómo se desarrolla el ser humano desde el nacimiento hasta la muerte, tal y como es en realidad.

Quien escucha hablar sobre la naturaleza del ser humano desde el punto de vista de las ciencias espirituales, ve estas cosas rodeadas de múltiples dudas y objeciones. Aquí solo puedo ofrecerles un breve esbozo. Lo que el sentido materialista considera, para el investigador espiritual es solo un eslabón de la esencia humana. A esto lo llamamos cuerpo físico. Está compuesto de las mismas sustancias y fuerzas que los minerales y las piedras. Sin embargo, una piedra, un mineral, estos cuerpos inanimados, tienen la capacidad y la fuerza de mantenerse por sí mismos. El cuerpo físico del ser humano no tiene esa capacidad. Precisamente por sus fuerzas físicas y químicas, le es imposible; como cadáver, se descompone. Podemos entender el principio real de la vida como una entidad que lucha a cada momento para impedir la descomposición del cuerpo físico. A esta entidad la llamamos cuerpo etérico, es como el arquitecto del cuerpo físico, ordena las sustancias químicas y físicas. En el pasado, era habitual en las ciencias naturales referirse a este principio de la vida como «fuerza vital». A partir de mediados del siglo XIX, se puso de moda hablar de las sustancias vivas como si se compusieran por sí mismas, del mismo modo que una casa se construye por sí sola a partir de madera y ladrillos. Así como la casa se construye según el plano del arquitecto, las fuerzas del cuerpo etérico se utilizan para construir el cuerpo físico. El cuerpo etérico es, por tanto, el segundo eslabón del ser humano.

El tercero es el cuerpo astral. Es el portador de todos los deseos, pasiones, placeres y sufrimientos, alegrías y dolores. Pero lo que convierte al ser humano en la corona de la creación es la fuerza de decir «yo», que es el cuarto miembro del ser humano. Estos cuatro miembros del ser humano se han considerado durante milenios y en todas partes como la expresión de las fuerzas que construyen al ser humano divino. En todas las escuelas de iniciados se explican estas cuatro partes. Pitágoras primero les dejó claro a sus alumnos que el ser humano está compuesto por estas cuatro partes, y solo entonces les permitió conocer los niveles superiores. Para ello, debían hacer un voto: querer recibir los misterios superiores con seriedad, dignidad y fervor. Esta fórmula, similar a un juramento, dice así: «Juro por aquel que ha grabado en nuestro corazón la sabiduría sagrada, el símbolo sublime y puro, la fuente original de la naturaleza y toda la creación de los dioses».

El ser humano que se encuentra en el nivel más bajo, el «salvaje», ya posee estas cuatro entidades, al igual que el europeo medio, un idealista como Schiller y también un hombre espiritual como Francisco de Asís. Se diferencian en que el «salvaje» sigue primero sus instintos y pasiones y se abandona a ellos. El que ya ha avanzado en su desarrollo, en el que su yo, el centro de su esencia, ya ha trabajado en el desarrollo de los tres miembros y, por lo tanto, ya ha refinado sus deseos y pasiones, ya se ha dado cuenta de que puede seguir ciertas cosas y otras no. Ha desarrollado un segundo miembro en su cuerpo astral, es decir, un quinto, su yo espiritual, el manas.

Pero el ser humano también puede trabajar en el cuerpo etérico o vital a través de todos los impulsos del arte, y allí forma un segundo miembro, que es el sexto miembro del ser humano: el budhi, que es el espíritu vital, son los impulsos religiosos que transforman el cuerpo etérico en el inconsciente. Esta transformación ha tenido lugar desde que existe la raza humana. El cuerpo etérico es el portador de la memoria, los hábitos y lo que se llama conciencia. Esta transformación se produce más lentamente que en el cuerpo astral; y estas actividades se pueden comparar, en el último caso, con el minutero de un reloj y, en el primero, con la manecilla de las horas.

 Retrocedan en el tiempo hasta cuando tenían ocho años y comparen lo que ha aprendido desde entonces en cuanto a conceptos y experiencia vital. Es muchísimo. Ese es el cambio en su cuerpo astral. Pero si de niño era irascible, eso no ha cambiado tanto. Nuestro yo solo puede trabajar lentamente el cuerpo vital. Eso ocurre de forma inconsciente. Sin embargo, el alumno superior trabaja conscientemente en el cambio. Recibe instrucciones para cambiar sus hábitos, su temperamento. Si el alumno ha aprendido a transformar conscientemente ciertas pautas básicas, por ejemplo, a convertir lo autoritario en humilde, entonces tiene la esperanza de ascender cada vez más alto, y se le abrirán puertas más elevadas. Esto es relativamente difícil, pero aún más difícil es trabajar en su cuerpo físico. ¿Qué poder tiene sobre su pulso, su respiración, sobre las funciones de su cuerpo físico? Lo que el alumno aprende a desarrollar para un desarrollo superior es el séptimo miembro, el hombre espiritual, Atma. Así, el ser humano consta entonces de siete miembros.

Veamos ahora cómo se desarrollan estos siete miembros desde el nacimiento hasta la muerte. El ser humano comienza su existencia con el nacimiento físico; en realidad, solo continúa la vida en el útero materno, pero incluso esto no es más que una continuación de la vida anterior. Antes del nacimiento físico, el ser humano estaba completamente rodeado por el cuerpo de la madre, que también le proporcionaba fuerzas y nutrientes. Al salir del cuerpo físico, rechaza el envoltorio materno; mientras que antes estaba protegido, ahora entra en el mundo físico. Se le habían formado los ojos y los oídos, pero el ser humano no podía percibir la luz ni el sonido; eso lo aprende primero en el mundo físico. Con el nacimiento ha cambiado de escenario.

Sin embargo, con este nacimiento solo nace un miembro, el cuerpo físico. Ahora bien, hay un segundo y un tercer nacimiento para el ser humano. Cuando el ser humano nace, sigue estando rodeado por una envoltura etérica y astral invisible. Al igual que en el útero materno y al nacer se repele este cuerpo [físico], al cambiar los dientes se desprende la envoltura etérica y nace completamente el cuerpo etérico. Este es el segundo nacimiento. Se produce lentamente y acompaña al periodo en el que los dientes de leche son sustituidos por otros. Cuando el ser humano ha abandonado su cuerpo etérico, sigue rodeado por el cuerpo astral. El tercer nacimiento tiene lugar en la madurez sexual. Entonces, la envoltura astral se retira y el ser humano se vuelve receptivo a las influencias astrales. Son momentos importantes que deben tenerse en cuenta. Del primer al séptimo año: primera época. La segunda época, del séptimo al decimocuarto año, es muy diferente, al igual que la tercera, del decimocuarto al vigésimo primer año. Entonces, el ser humano desarrolla su cuerpo astral de forma libre a través del yo que hay detrás.

 En la primera etapa, los órganos físicos deben desarrollarse hasta cierto punto. Es cierto que el ser humano sigue creciendo después, pero hay una gran diferencia entre el crecimiento hasta los siete años y el posterior. El cambio de dientes es una especie de año de transición. Hasta entonces, el ser humano ha tomado la dirección que mantendrá, la base de su forma permanece. Por lo tanto, lo que el ser humano no ha desarrollado hasta los siete años ya no se puede recuperar. Solo hay que tener en cuenta un aspecto. Hasta los veintiún años, el desarrollo será más de naturaleza educativa, luego adquirirá otro carácter. ¿Qué hace que los órganos del ser humano adquieran la forma correcta? Lo hace el mundo que lo rodea. Goethe dice que el ojo es formado por la luz misma. La luz es el creador, el diseñador. El sonido forma el oído, y así sucesivamente. Lo que la luz y el aire pueden crear en el ser humano se forma de manera más intensa en la primera época, hasta el cambio de dientes. Un entorno adecuado es creativo para el cuerpo físico del ser humano.

Por ejemplo, no es indiferente que un niño esté rodeado de colores estimulantes o apagados. Por lo tanto, un niño nervioso y excitado debe estar rodeado de colores vivos, rojizos y amarillo rojizos. Depende de lo que tenga un efecto creativo en el niño. He aquí un ejemplo. Si se mira fijamente un paño blanco con manchas rojas y luego apartan la vista, percibirán el color opuesto y verán manchas verdes. Este verde tiene un efecto beneficioso. Por eso, un niño excitado debería llevar un vestido rojo, y un niño tranquilo debería vestir con colores apagados. Lo importante es estimular las fuerzas internas. Una muñeca perfecta le hace un flaco favor al niño, porque la imaginación ya no tiene nada que hacer con ella. Y el niño disfruta creando los órganos internos, y eso se le priva con ella. El niño debe disfrutar de su entorno. Nunca se hace lo suficiente por el placer y la alegría en la primera etapa de la vida. Pero nada de ascetismo.

Otra cosa es el amor. El amor que rodea al niño se mezcla con su envoltura etérica y astral. Incluso le aporta instintos favorables.

Aquí me gustaría mencionar la alimentación. No crean que se debe sobrealimentar a los niños con huevos. Este alimento corrompe los instintos alimenticios favorables. Cuanto menos se sobrealimente a un niño con huevos, más sano será su instinto para alimentarse. La ciencia espiritual se considera algo práctico que le guía de forma práctica en la vida.

En la segunda etapa, desde el cambio de dientes hasta la madurez sexual, nace realmente el cuerpo astral. Hasta entonces, el cuerpo vital, —el cuerpo etérico—, está envuelto; ahora debe salir todo lo que es memoria y hábito, para que se convierta en un miembro útil de la sociedad humana. Si antes quisieran influir en el niño con algo parecido, sería como si quisieran introducir luz y sonido en el útero desde el exterior. No pueden hacerlo. Sin embargo, es el momento, hasta los siete años, en el que la alegría y el placer, el deseo y el instinto se encauzan por el camino correcto. Debe grabar dos palabras mágicas en su corazón: imitación y ejemplo. Esas son las dos fuerzas que actúan. Hay que dar un ejemplo, no una orden.

He aquí un ejemplo. Los padres de un niño bien educado descubrieron que les había robado dinero. Los padres lo llamaron robo. Pero el niño había comprado regalos para niños pobres. Había hecho lo que veía hacer a sus padres. En el entorno físico no se debe hacer nada que el niño no pueda imitar. Las enseñanzas no sirven de nada, no surten efecto a esa edad, solo surten efecto cuando el cuerpo etérico está expuesto. Jean Paul llama al ejemplo el mayor lema de la educación. Podéis preguntarle a un trotamundos y os dirá que aprendió más de su madre o su niñera en los primeros años de vida que en todos sus viajes. Bajo la protección del entorno físico exterior, que infunde amor en la envoltura exterior, se desarrollan fuerzas infinitas. También en este caso, Jean Paul dice: mirad al niño, aprende el lenguaje y también el espíritu del lenguaje en la formación interior. ¿Qué habría logrado el ser humano en cuanto al desarrollo posterior del lenguaje si hubiera conservado ese poder? El niño tiene el poder de crear lenguaje, por ejemplo, llama «fabricante de botellas» al que fabrica botellas, y otras cosas más. Lo peor es no seguir el orden correcto en la educación. Jean Paul dice: «Fíjense en las palabras que utiliza el niño y pregúntenle si su padre puede explicárselas filosóficamente». Así surge el talento para imitar las letras, pero el niño no aprende a comprender el significado de las letras hasta después de los siete años.

 Entre los siete años y la madurez sexual se transforman la memoria, las inclinaciones y el carácter. Hay que tener en cuenta tres aspectos: el pensar, la voluntad y el sentir. Estos son alimentados por diferentes maestros. El pensar, que ha desarrollado instintivamente a través del cuerpo etérico, debe transformarse. Ha aprendido el lenguaje, pero ahora hay que enseñarle el significado de lo que se dice, el significado de lo que ha imitado en formas. Por lo tanto, no se debe comenzar demasiado pronto con la enseñanza visual, sino solo cuando el niño la haya interiorizado. Luego hay que influir en el sentir y el ánimo con cosas que se denominan historia. Intente que el niño mire hacia arriba, hacia las grandes personalidades de la historia mundial. La religión debe convertirse en la base indispensable de la educación. El ser humano pasa por un proceso de formación de la voluntad que le parece ser la esencia primordial de la divinidad. La asimilación de ideas figurativas debe formar conceptos, no formas abstractas. Hoy en día no es fácil para el maestro encontrar una comparación para la muerte, como la de la crisálida y la mariposa: la crisálida se abre y sale volando la mariposa. Así, en la muerte, el alma se separa del cuerpo. Lo que uno mismo cree tiene un efecto en el niño. Goethe dice: «Todo lo efímero es solo una parábola». Esa es la imagen de la mariposa. Hay un punto de vista en el que el ser humano espiritual realmente cree en ello. Entonces, a través de una imagen sensorial, se le explica al niño una imagen suprasensorial.

Desde este punto de vista, me gustaría hablar de un tema que hoy en día se presenta de una manera muy extraña. ¿Qué preocupación suscita el tema del «de la cigüeña»? Nuestros contemporáneos, tan ilustrados, dicen hoy que no debemos enseñarles esas mentiras a los niños. Pero no es así. Dentro de quinientos años, nuestros descendientes dirán de nosotros: «Qué gente tan extraña, que presentaban el acontecimiento físico de forma tan burda». Eso es mucho más mentira. La imagen de la cigüeña proviene de una época en la que se sabía que con ella se expresaba espiritualmente el proceso. Desde el mundo espiritual desciende el alma, y eso es lo más importante de este proceso. Todo descenso y todo ascenso se relaciona con seres voladores. Así era también el ser volador, la cigüeña.  La cancioncilla «Vuela, escarabajo, vuela» y así sucesivamente —«Pommerland» significa «país de los niños»— nos habla del escarabajo volador que la madre saca del país de los niños. Todos los cuentos de hadas transmiten la verdad espiritual de una forma que el niño puede entender. Se trata de desarrollar las fuerzas. Si en la primera época deben actuar las dos palabras mágicas «imitación» y «modelo», en la segunda época deben hacerlo «seguimiento» y «autoridad». La cuestión de la escuela se convertirá en una cuestión de maestros. Cada uno debe elegir al maestro que le permita recorrer los caminos hacia el Olimpo. Lo que el niño cree es lo que importa. La verdad debe expresarse en persona, hacerse carne. La autoridad es la palabra mágica en la que la conciencia, el carácter y el temperamento del niño se reflejan vívidamente en el maestro.

Con la madurez sexual nace el cuerpo astral. Entonces se revela en el ser humano lo que se le presenta en el mundo. La toma de conciencia de la separación entre los sexos es el momento del nacimiento del cuerpo astral; él mismo aprende a conocer y a distinguir la relación entre lo masculino y lo femenino. Por eso, en ese momento hay que moverse lo menos posible en la teoría. Es un error pensar que el ser humano necesita, a partir de los catorce años, un tiempo en el que el mundo debe influir en él hasta que madure y sea capaz de juzgar por sí mismo. El cuerpo astral debe madurar bajo la autoridad del mundo, que debe añadir lo que tiene que darle.  Y entonces entra en juego lo que provoca la maduración, las fuerzas. Entre los quince y los dieciséis años deben desarrollarse las fuerzas ideales, las fuerzas vitales y los deseos vitales. Lo que él tiene como ideal es fuerza para él. Con la maduración del cuerpo astral se fortalece el sistema muscular. Y así como la madurez sexual marca el final de la etapa escolar, el vigésimo primer año marca el final del aprendizaje. Tras el aprendizaje, llega el nacimiento del yo libre. Es entonces cuando el ser humano entra en el mundo como trabajador independiente, cuando comienza el tiempo de peregrinaje. Debe aprender a trabajar de forma independiente antes de madurar y poder influir en la vida como maestro.

Durante todo este tiempo, el ser humano está en proceso de crecimiento y, al igual que hasta los veintiocho o incluso los treinta años sigue creciendo en sus órganos externos, también experimenta un crecimiento interno, ya que el cuerpo es la expresión del alma. Así, el ser humano se forma una base. Primero, el niño se forma imitando un modelo, luego siguiendo la autoridad durante el aprendizaje y, en los años de viaje, en la libre circulación. Luego llega un momento en el que todo en el ser humano se pone de manifiesto, que es la verdadera edad adulta. A partir de ahí, la influencia externa cesa en cierta medida. A los treinta años comienza la acumulación de grasa en el cuerpo, el ser humano se ensancha. Es una señal de que las fuerzas han disminuido para actuar en el interior.

En el trigésimo quinto año, el ser humano comienza a procesar bendecidamente las fuerzas que hay en su interior. Hasta entonces, su alma trabaja en lo temporal [lo que trajo consigo de encarnaciones anteriores]; para lo eterno, el ser humano comienza ahora a trabajar hacia dentro. Por eso, todo lo que hemos aprendido solo madura a partir de los treinta y cinco años para convertirse en algo que dar al mundo. Es el momento en el que se consolida en sí mismo, en el que adquiere peso en sí mismo. Si hasta entonces el ser humano debe aprender a través del mundo y de la vida, a partir de los treinta y cinco años es cuando el mundo puede aprender de él. Hay que aconsejar a los jóvenes, pero solo puede aconsejar quien se ha elevado por encima de la altura del sol. Entonces puede dar más de lo que recibe de ellos. Esto se debe a que el cuerpo astral sale con la madurez sexual, y entonces puede trabajar interiormente en su cuerpo etéreo.  Mientras los músculos sigan creciendo, esto no es posible. Cuando los músculos ya no dependen del cuerpo, el cuerpo vital, —el cuerpo etérico—, se vuelve cada vez más sólido y transmite al entorno lo que se ha desarrollado en él. Las personas especialmente dotadas pueden hacerlo antes de los treinta y cinco años, pero solo tiene importancia a partir de los treinta y cinco. Los antiguos griegos nunca habrían permitido que una persona pudiera aconsejar antes de esa edad. Hacer el bien, sí, pero aconsejar, no. En todas las escuelas secretas, todos los alumnos menores de treinta y cinco años solo podían acceder a los estudios preparatorios.

Solo cuando las fuerzas se liberaron pudieron ascender más alto. Cuando el ser humano envejece en este mundo, solo entonces se vuelve joven para el mundo inmortal. Es una gran suerte: un ser humano que se ha desarrollado de forma saludable tendrá algo modesto a su alrededor y, hasta entonces, elegirá a su héroe, al que imitará en su Olimpo. Esto debe ser motivo de especial precaución cuando, en el más alto conocimiento del mundo, la juventud ya quiere actuar en el mundo. Esto exige madurez, permanecer en el mundo espiritual. El ser humano se interioriza cada vez más, no hay períodos determinados. Quien pasa por una cierta formación, aunque ya tenga el pelo canoso y la piel arrugada y marchita, puede ser quizás el más joven. Aquellos que tienen la juventud del alma adquirirán las mayores fuerzas incluso en la vejez. Incluso cuando la memoria disminuye, la fuerza formativa comienza a debilitarse y la fuerza de los ideales se extingue, entonces se ahorran las fuerzas para todo eso y se dedican al cuidado de lo inmortal. La vejez se marchita exteriormente y deja que lo eterno en el ser humano cobre vida.

Es también una prueba de la continuidad humana. Lo que crece y se forma es la esencia indestructible e imperecedera del ser humano. Cuanto más pierde interés el entorno para él, más importante es para el mundo lo que el ser humano dice y piensa a esa edad. Por eso los ancianos tomaban a los más viejos como sus líderes, también para el orden social. Ellos tenían que decir y pensar lo que debía permanecer, lo imperecedero en lo perecedero.

Por eso, la ciencia espiritual nos permite ver esta vida bajo la luz adecuada. No solo nos da teorías, sino algo que nos da fuerza y seguridad en la vida, confianza en todo el gran futuro del mundo. Entonces, el curso de la vida del ser humano, con su ascenso y su muerte, tiene algo muy significativo, si sabemos cómo vivir con esta sabiduría, según la sublime frase: Conócete a ti mismo. Le muestra cómo el mundo lo crea y cómo él se abre camino desde sí mismo. Nos muestra cómo le debemos nuestra existencia al mundo, pero también que podemos dar. Este camino nos muestra la felicidad de recibir y dar.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA068d Berlín, 10 de enero de 1907 - La educación del niño desde el punto de vista de la ciencia espiritual

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LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

La educación del niño desde el punto de vista de la ciencia espiritual

 Berlín, 10 de enero de 1907


En otras ocasiones se ha subrayado aquí que lo que se denomina ciencia espiritual o, en tiempos más recientes, teosofía, no son en absoluto teorías que flotan en mundos lejanos, que la teosofía no solo quiere satisfacer la curiosidad por los mundos superiores. La teosofía no debe ser nada ajena al mundo, nada ajena a la realidad. Si quiere cumplir su tarea, su misión, debe obtener las fuerzas y los impulsos para su trabajo de los mundos superiores, y su trabajo para alcanzar su objetivo y su misión debe realizarse bajo la autoridad de estas fuerzas. Solo entonces podrá contribuir al desarrollo y la salvación de la humanidad. Sería un conocimiento bastante inútil sobre los mundos superiores si no se quisiera aprovecharlo de forma práctica, si no se quisiera aplicar a la vida. Porque nadie puede comprender la vida si no conoce las fuerzas más profundas que la sustentan. Estas fuerzas no se encuentran en la superficie, sino que están ocultas en las profundidades. Al igual que el hierro, cuando se observa desde fuera como una sustancia, no revela que contiene electricidad, que solo se hace notar al frotarlo, al igual que estas fuerzas yacen dormidas en el hierro y primero deben ser extraídas de él, también debemos saber que existen fuerzas superiores, entidades espirituales, que actúan detrás del mundo sensorial. Si quisiéramos trabajar en el servicio del progreso de la humanidad sin conocer estas realidades ocultas, nuestro trabajo solo podría ser superficial. Solo es posible un trabajo provechoso si investigamos las fuerzas y entidades más profundas.

Por supuesto, también debemos reconocer los objetivos de nuestro trabajo. ¿Para qué trabaja el ser humano? ¡Para el futuro! Pero nada de lo que está por venir está en el futuro sin que esté ya presente en el presente. Veamos la planta. Todavía no tiene flores ni frutos. Los producirá en el futuro. Pero las fuerzas para estas flores, para estos frutos, ya duermen en la planta. En ella ya se prefigura de manera invisible lo que sucederá en el futuro. Y solo porque el ser humano suele recordar cómo otras plantas similares han dado flores y frutos, puede decir que esta planta florecerá así y no de otra manera, que dará frutos así y no de otra manera. Pero si el ser humano pudiera ver el interior de la planta, podría ver las fuerzas que actúan en ella y que producirán precisamente esas flores y esos frutos.

Hay algo que descansa en el futuro y que no se puede conocer, cuyo desarrollo no se puede prever, y eso es el cuerpo humano. Lo que algún día estará presente en el mundo físico ya dormita hoy en la humanidad, al igual que la flor y el fruto ya dormitan en la planta. Si no somos capaces de sumergirnos en lo que hoy yace dormido en el seno de la humanidad, no podremos dominar las fuerzas que solo se desarrollarán en el futuro. Quien quiera colaborar en el desarrollo de la humanidad, actúa así sobre algo que aún no ha existido, y quien quiera alcanzarlo, debe descender bajo la superficie. La cosmovisión teosófica debe enfrentarse a esta tarea, debe llevarla a la práctica.

En ningún ámbito se manifiesta más la eminente practicidad de la cosmovisión teosófica que en el ámbito de la educación infantil. En el niño tenemos ante nosotros, por así decirlo, el enigma que se esconde en el futuro. Y cada día tenemos que resolver ese enigma de nuevo. Porque el niño de siete años no es el mismo que era a los seis, y el de catorce o dieciséis años no es el mismo que el de doce. Solo cuando estemos en armonía con las fuerzas profundas que actúan en lo oculto, solo entonces podremos abordar las numerosas cuestiones del ámbito pedagógico que son tan candentes para la humanidad actual. Solo será posible una orientación real en todas estas cuestiones cuando la visión teosófica domine la mente de los seres humanos.

Hoy queremos examinar más detenidamente la misión que tiene la teosofía en la cultura moderna en relación con las cuestiones educativas. Para ello es necesario que conozcamos toda la estructura de la naturaleza humana. Sabemos que, en el sentido de la ciencia espiritual, el ser humano es una estructura compleja. Para quien lo observa más profundamente, el cuerpo material es solo una parte del ser humano. Este cuerpo físico reúne en sí mismo las mismas sustancias que también están presentes en la naturaleza exterior. En el cuerpo humano se unen en una interacción sumamente compleja. La ciencia natural nos dice: cuando observamos una máquina, vemos en ella el funcionamiento de las sustancias que la componen; pero cuando observamos un ser vivo, no vemos una mera estructura de sustancias muertas, sino un cuerpo impregnado de vida, que regula las fuerzas físicas y las llama a la vida.

Esta vitalidad era denominada en la ciencia antigua como «fuerza vital». Sin embargo, la ciencia materialista actual afirma que no existe una «fuerza vital», sino que las materias desarrollan la vida en sí mismas. No obstante, en los últimos tiempos se está volviendo a abandonar este punto de vista. Se ve que con esta teoría no se llega muy lejos, que hay que contar con una especie de fuerza vital para explicar lo vivo. Pero tampoco en este sentido de las ciencias naturales más recientes se expresa la visión teosófica cuando habla del segundo miembro del ser humano, el cuerpo etérico o vital. No se ocupa de meras teorías, no especula, sino que su camino es desarrollar en el propio ser humano la visión superior. Así como para el ser humano otras entidades solo existen en el mundo si el ser humano posee los órganos para percibirlas, así como solo percibe la luz y el color si posee los ojos para ello, así como solo percibe los sonidos si posee los oídos para ello, las entidades superiores solo están presentes para el ser humano si ha desarrollado en sí mismo los órganos para percibirlas mediante el entrenamiento del que se ha hablado aquí con frecuencia.

Si existiera un ser humano que no tuviera ojos, pero sí órganos para percibir, por ejemplo, la electricidad, si ese ser humano pudiera ver las fuerzas que encienden la luz aquí en la sala, que juegan fuera en los cables telegráficos, ¡qué diferente le parecería el mundo a ese ser humano! Con cada nuevo órgano surgen nuevos mundos para el ser humano, y en él yacen latentes los órganos que le permiten percibir los mundos superiores. Estos pueden desarrollarse. Nadie puede afirmar con razón que esos mundos no pueden existir. Sería como decir que no hay mundos superiores porque no puedo verlos, sería lo mismo que si un ciego quisiera decir que los colores no existen porque no puede percibirlos.

Pero si mediante el entrenamiento, el ser humano se ha desarrollado, entonces el cuerpo etérico es una experiencia para él; entonces puede verlo. En cuanto a su tamaño, es casi igual que el cuerpo físico. A menudo se imagina el cuerpo etérico como si estuviera hecho de una materia más fina, como una especie de niebla, pero eso no se corresponde con la realidad. Más bien consiste en fuerzas y corrientes de naturaleza espiritual que interactúan entre sí.

El tercer miembro, el cuerpo astral, se diferencia del cuerpo etérico en que, mientras que en este último actúan las fuerzas del crecimiento, la reproducción, etc., la esencia del cuerpo astral es que siente, tiene conciencia. El cuerpo astral es el portador del placer y el dolor, de los deseos y las pasiones.

Más allá de estos tres miembros se encuentra lo que convierte al ser humano en la corona de la creación terrenal: el yo consciente de sí mismo, el centro del ser humano, la fuerza más íntima del ser humano. Así pues, cuando tenemos ante nosotros a un ser humano plenamente desarrollado, nos encontramos ante una estructura de cuatro miembros.

Sin embargo, solo se puede actuar como educador si se comprende correctamente esta estructura del ser humano, si se sabe que no desempeña el mismo papel en un niño recién nacido que en un niño de siete o catorce años, si se sabe que el desarrollo de estas estructuras es diferente en cada etapa de la edad del ser humano joven. Solo cuando se sabe todo esto se puede resolver el enigma que nos plantea el niño día tras día. Y la mejor manera de comprender todo esto es partir de la base de que vemos cómo vive el ser humano antes de nacer.

Antes del nacimiento del niño, tenemos el cuerpo físico del niño encerrado, rodeado por el cuerpo de la madre. Nada puede llegar al niño sin pasar por el cuerpo de la madre. Ningún rayo de luz, ninguna influencia externa alcanza directamente al niño. Descansa encerrado en otro cuerpo; un cuerpo físico descansa en otro. El nacimiento consiste en despojarse de la envoltura física de la madre. Sin embargo, en ese momento, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, no nace aún el ser humano completo, sino solo el cuerpo físico. El segundo nacimiento tiene lugar gradualmente, no en un solo instante como el físico, sino que se produce esencialmente cuando al niño le cambian los dientes. En ese momento, en el ámbito espiritual ocurre algo similar a lo que ocurre en el nacimiento físico.

Hasta los siete años, el niño está rodeado por una envoltura etérica, al igual que antes del nacimiento físico estaba rodeado por una envoltura física, el útero materno. Por lo tanto, se podría decir que hasta los siete años el niño está rodeado por una madre etérica. Del mismo modo que antes del nacimiento físico no se puede acceder al niño más que a través del cuerpo de la madre, tampoco se puede acceder al cuerpo etérico del niño antes de los siete años. Y al igual que antes del nacimiento físico, si se quiere cuidar al niño hay que cuidar a la madre, también para cuidar y desarrollar el cuerpo etérico del niño hasta los siete años hay que alejar todo lo que pueda perjudicarlo y proporcionarle todo lo que pueda favorecer su desarrollo. En el séptimo año, la envoltura etérica se retrae y nace el cuerpo etérico del ser humano, de forma muy similar al nacimiento físico del cuerpo físico.

Y más tarde tiene lugar un tercer nacimiento, el nacimiento del cuerpo astral. Cuando el ser humano, al cumplir los siete años, se ha despojado de su envoltura etérica, aún no ha desarrollado completamente su cuerpo astral, ya que, para la visión espiritual, todavía está rodeado por una envoltura astral externa. Este le envuelve hasta la madurez sexual; entonces también se despoja de él: nace el verdadero cuerpo astral del ser humano.

El educador debe saber todo esto. Debe conocer el nacimiento físico, etérico y astral del ser humano, ya que las distintas etapas educativas se orientan en función de ello. Debe saber que, al igual que no tiene sentido querer influir en el niño físico en el vientre de la madre, tampoco tiene sentido querer influir mediante la educación hasta los siete años en algo que afecta al cuerpo etérico, o hasta la madurez sexual en algo que afecta al cuerpo astral. Los miembros del ser humano son portadores de fuerzas anímicas muy especiales. El cuerpo físico es el portador de los órganos sensoriales físicos; el cuerpo etérico es, en primer lugar, el portador de las fuerzas de crecimiento y reproducción. Pero eso no es todo, porque todos estos diferentes cuerpos son trabajados desde dentro por el yo humano. Esto actúa desde dentro. Y así, los cuerpos del ser humano tienen una relación especial con las fuerzas del alma. Así, el cuerpo etérico es el portador de la memoria, de todos los hábitos y tendencias permanentes, del temperamento.

Los conceptos intelectuales, las imágenes de los objetos externos, etc., los encontramos en el cuerpo astral. Pero cuando la imagen es al mismo tiempo un símbolo, una parábola, cuando se eleva a la imaginación artística, cuando se vuelve productiva en el alma, entonces el portador es el cuerpo etérico. Lo que llamamos juicio, crítica, actividad intelectual, depende del cuerpo astral.

Si sabemos todo esto, podremos aplicarlo en relación con la aparición de estos miembros a lo largo del desarrollo del niño. Si sabemos que hasta los siete años el cuerpo etérico está encerrado, también sabemos que hasta entonces no debemos influir en las características de este cuerpo etérico. Solo cuando se libera mediante el segundo nacimiento, podemos influir en él con nuestra educación. Hay una frase que puede arrojar luz y que debería servir como principio básico para la educación del niño hasta los siete años. Aristóteles pronuncia estas palabras cuando dice: «El hombre es imitador de los animales». Imitar es lo que le es propio al niño hasta los siete años. El niño debe ver lo que tiene que aprender, debe verlo y oírlo. En su entorno debe estar presente aquello que debe influir en él. No se le debe enseñar nada de la noche a la mañana, sino mostrarle y darle ejemplo de lo que debe imitar.

El ejemplo y la imitación son las dos palabras mágicas para los niños hasta los siete años. No importa qué lecciones se le den, qué principios se tengan, sino solo lo que se hace en presencia del niño. Eso es lo único que importa. El ejemplo es lo realmente eficaz. Lo que el niño debe aprender debe introducirse en el mundo físico. Se debe evitar en la medida de lo posible que el niño interiorice algo que no debe imitar. Mil buenas enseñanzas no le sirven de nada al niño a esta edad, el niño debe imitar lo que experimenta con su cuerpo físico en el mundo físico. Una pequeña historia le mostrará hasta dónde puede llegar esta imitación. Un niño de cinco años, que hasta entonces había sido bien educado, de repente sacó dinero de la caja fuerte de sus padres. Estos se quedaron muy consternados. El niño había robado y le había dado el dinero a otro niño. Los padres no podían entender cómo su hijo había llegado a robar. La explicación es sencilla. El niño había visto cómo sus padres sacaban dinero de la caja fuerte y simplemente lo imitó.

De ello se desprende hasta qué punto hay que evitar todo aquello que no se desea que el niño imite, aunque a los adultos se les permita hacerlo. Quien observe un poco verá que los niños copian letras, como signos, sin comprender su significado. El significado de lo escrito solo se le puede transmitir al niño cuando nace el cuerpo etérico; sin embargo, puede imitar los trazos de las letras incluso antes. Se debería comenzar a enseñar a escribir dejando que el niño primero copie las formas de las letras. Más tarde se le puede explicar lo que ya es capaz de hacer.

Hoy en día se da demasiada importancia al hecho de que el sentido debe intervenir en todo lo que se enseña al niño. Sin embargo, se debería velar más bien por que todo el entorno del niño esté organizado de tal manera que las fuerzas externas que lo rodean actúen sobre su cuerpo etérico de forma estimulante y vivificante. — Recordemos aquí la frase de Goethe: «El ojo está formado por la luz para la luz». El animal que se ve obligado a vivir en cuevas oscuras pierde gradualmente la vista, se vuelve ciego. La luz tiene un efecto creador y formador en el ojo. Las fuerzas de la naturaleza crean órganos, los forman. Cuando nace, el ser humano aún no está completo. Cada rayo de luz sigue actuando formando el ojo. Y así, lo que se encuentra en el entorno del niño puede actuar sobre él despertando la vida o atrofiándola.

La ciencia espiritual ilumina hasta los detalles más pequeños. Por ejemplo, no es indiferente si los colores rojos o azules están presentes en el entorno del niño. A un niño que es vivaz, quizás incluso nervioso, no le conviene en absoluto el mismo color que a un niño que es tranquilo o incluso apático. Para este último, el azul es el color adecuado, para el primero, el rojo. Así, incluso la ropa puede tener un efecto beneficioso o paralizante en el niño. De este modo, se influye hasta en el cerebro y el corazón, estas herramientas del alma. El entorno del niño determina si estos órganos se marchitan o maduran hasta alcanzar la vitalidad, si se desarrollan de forma lenta y perezosa o si se despiertan a una vida activa.

La educación debe velar por que se tenga en cuenta lo que es un indicador del desarrollo interior: el placer y la alegría. No están ahí por casualidad; no deben reprimirse, especialmente en la infancia. No deben reprimirse, sino refinarse. Por ejemplo, la necesidad del cuerpo de un determinado alimento se manifiesta en el deseo de consumirlo. De este modo, el cuerpo indica que lo necesita para su desarrollo. Todo lo que produce alegría y despierta interés tiene un efecto creador de órganos. Los órganos cobran vida y se regulan gracias a ello.

Pero cuando un niño se aburre, se mata algo, se produce un efecto debilitador en sus órganos, y eso es muy grave. Porque lo que no se ha desarrollado hasta los siete años se pierde para siempre. Hasta entonces, toda la orientación, la tendencia al crecimiento, está dada. Se puede intentar, —o mejor dicho, es mejor no intentarlo—, comprobar la veracidad de estas afirmaciones de la ciencia espiritual, por ejemplo, dando de comer muchos huevos a un niño y muy pocos a otro. El segundo niño mostrará unos instintos curiosamente saludables por lo que su cuerpo necesita como alimento; el primero, en cambio, no. Porque un exceso de proteínas anula los instintos alimenticios saludables.

En el séptimo año nace el cuerpo etérico del niño. El cuerpo que es portador de los hábitos, el temperamento y la memoria se libera. Todas estas cualidades deben cultivarse hasta la madurez sexual. Esta es la época en la que se aborda al niño con el material de aprendizaje. Durante este periodo no solo es válido lo que existe en el mundo físico. Imitar es la palabra mágica hasta los siete años; ahora también hay un lema para el periodo comprendido entre el cambio de dientes y la madurez sexual, es decir: sucesión y autoridad. Al igual que antes el niño imitaba, ahora, por usar una palabra de Goethe, debe elegir a su héroe y seguirle el camino hasta el Olimpo. Si se desarrollan los principios morales más bellos o los juicios más severos ante el niño, se descubrirá que tales enseñanzas no tienen ningún sentido.Sin embargo, si se coloca a una personalidad con autoridad en el entorno del niño, entonces funciona. No se le deben inculcar principios morales, sino una moral encarnada. El alma y la conciencia del niño no se desarrollan mediante meras enseñanzas, sino porque el niño se dice a sí mismo, cuando se encuentra ante una personalidad así: lo que hace es correcto. Y aprende a mirar con reverencia a una personalidad así.

No hay nada más beneficioso para la vida futura que el respeto que se cultiva en la infancia, nada más fructífero para toda la vida. Cuando un niño oye decir de alguien: «Es una persona a la que todos miran con respeto», y luego ve a esa persona por primera vez y siente cómo un escalofrío de respeto le recorre el corazón, eso es una base educativa maravillosa. Respeto y autoridad, estas palabras deben cobrar significado si se quiere tener una base sólida para la educación.  

El niño solo puede seguir correctamente los principios cuando antes ha visto cómo se aplican en una personalidad. Solo entonces los principios pasan a formar parte de su ser, o más bien de su cuerpo etérico. Permanecen en su memoria. Lo que se descuida en esta etapa, se descuida para toda la vida. Para ejercitar la memoria, el niño también debe asimilar mucho material; más adelante podrá penetrarlo con su propio juicio; ahora primero debe ejercitar la memoria. Más adelante necesitará material para poder juzgarlo. Es malo para el ser humano en formación que se le exija criticar demasiado pronto. Primero debe conocer el mundo, debe aprender de los grandes ejemplos históricos, debe sentir reverencia. Hay que describir al niño con palabras e imágenes lo que han logrado las grandes personalidades. En esta etapa hay que cultivar la imaginación pictórica.

En este sentido, la mentalidad materialista actual deja mucho que desear. Hay que comparar dos cosas. Hasta los siete años solo se desarrollan los órganos físicos, luego el carácter y el temperamento; y hemos visto cómo la educación puede tener un efecto estimulante o atrofiador sobre la vida. Un niño sano en cuerpo y alma siempre preferirá un juguete que haya creado él mismo a cualquier objeto ya fabricado, por muy bonito y complejo que sea. Su muñeca de trapo, a la que ha dibujado los ojos, la nariz y la boca con manchas de tinta, le resultará un juguete más querido que la muñeca más bonita que se pueda comprar. ¿Por qué? Porque cuando el niño mira a su querida muñeca de trapo, tiene que hacer algo, tiene que completar con su fantasía e imaginación lo que tiene delante. La imaginación tiene que trabajar, de lo contrario se atrofia.

Hay una gran diferencia entre dejar que un niño se desarrolle de tal manera que componga estructuras artificiales a partir de piezas individuales, o tener ante sí algo vivo. Llegará un momento en que ya no se adorará el juego de construcción. Es cierto que el ocultista no debe volverse sentimental, pero aquí hay un punto en el que se ve tentado a hacerlo. Ve cómo se desarrolla la mentalidad materialista en los delicados seres humanos que están creciendo y sabe que se debe a que en la infancia han ensamblado algo muerto a partir de cosas individuales muertas. Así como los bloques de construcción forman algo inerte, la visión materialista logra un desarrollo mundial inerte. El cerebro del materialista está atrofiado, no puede ser guiado hacia lo vivo, no puede ser señalado.

Por eso hay que dar al niño cosas vivas, para que su cerebro cobre vida. Hay que darle los juguetes sencillos de la feria rural, donde, por ejemplo, dos figuras ponen en movimiento el martillo de herrero, o un libro ilustrado en el que se pueden mover figuras suspendidas de hilos. Eso es mucho mejor, eso es vida. Es mucho más beneficioso para el niño que si compone cosas muertas a partir de figuras muertas. Allí el niño ve vida, allí busca la razón del movimiento. Eso forma las fuerzas del alma infantil. Todo el dolor del mundo se deposita en el alma del investigador espiritual cuando tiene que ver cómo no se llevan las cosas adecuadas al entorno del niño. El investigador espiritual ve cómo se marchitan las fuerzas en los órganos de los seres humanos en formación y sabe que permanecerán marchitas.

En el período posterior al cambio de dientes del niño, comienza a desarrollarse aquello de lo que el cuerpo etérico es portador: un conjunto permanente de hábitos. Si se quiere educar al niño en la tranquilidad, la seguridad, la sencillez y la rectitud, es necesario que una personalidad que posea estos rasgos de carácter camine ante él como un ser humano vivo hasta los catorce o dieciséis años. El niño debe aprender a formarse a partir de ella, adquiriendo esas cualidades al observarla. Pero el cuerpo etérico es también el portador de todas las facultades artísticas. Hay que tener claro qué se le debe aportar al niño en este periodo en el ámbito artístico. Si el gusto infantil se corrompe en esta etapa por malas imágenes y demás, permanecerá corrompido. A partir de los siete años, el niño también es receptivo a las comparaciones. En este sentido, en nuestra época reina la mayor incomprensión. Por ejemplo, se investiga el significado de las canciones infantiles. Se supone que todo debe tener un significado. Pero las canciones infantiles, como por ejemplo «¡Vuela, escarabajito, vuela! ... Tu madre está en Pommerland» —es decir, en el país de los niños—, no pretenden tener ningún significado; en parte son símbolos, en parte solo pretenden ser melodiosas.

Se trata de que, a partir de los siete años, el sonido y el color se transforman de lo sensual a lo espiritual. Nuestra época materialista no es precisamente adecuada para ello. No está dispuesta a hacerse entender de forma simbólica. Si, por ejemplo, se quiere mostrar la salida de la mariposa de la crisálida como un símbolo de la salida del alma del cuerpo, hay que creer uno mismo en esa parábola como realidad. ¿Quién lo hace realmente hoy en día? Se dice con cierta compasión que el niño, con su mente aún sin desarrollar, no puede comprender lo que quiero decir, así que se lo explicaré simbólicamente. Pero si nos adentramos en el espíritu de las cosas, entonces una parábola como esa es un profundo misterio, es un proceso profundamente misterioso; entonces, lo que nos muestran la crisálida y la mariposa en un ámbito subordinado es el mismo proceso que se repite en un nivel superior como la salida del alma del cuerpo.

Si uno se da cuenta de esto, lo siente de forma viva, si uno no toma este proceso solo como una comparación, sino como la expresión figurativa de una verdad superior, entonces la fuerza de esta idea fluye hacia el alma infantil. En todas partes, en todo, el educador debería ver una parábola de lo eterno y verter la fuerza de esta parábola en el alma del niño. Solo entonces podrá actuar de manera fructífera. Y esto no es solo asunto de alguien especialmente dotado o elegido para ello, sino que cualquier educador puede actuar así, cualquier educador puede transmitir estas cosas de alma a alma y así despertar una vida productiva en el cuerpo etérico del niño.

Con la llegada de la madurez sexual se elimina la última capa protectora. Solo entonces llega para el niño el momento en el que despiertan la crítica y la capacidad de discernimiento, solo entonces se le pueden impartir enseñanzas abstractas, no antes. Y es injusto llevar a una persona a formarse su propio juicio antes de ese momento. Es esencial que entre los siete y los catorce años se vivifiquen también las ideas religiosas. La educación religiosa es tan necesaria en esta etapa como lo fue el entorno físico adecuado en la etapa anterior. El niño no debe limitarse a escuchar lo que hay en los mundos más allá, sino que se le debe inculcar la fe como algo natural.

Pero nada es peor que cuando el ser humano es llamado a juzgar antes de que su cuerpo astral haya despertado. Primero debe aprender a venerar, luego a juzgar. Primero debe poseer un gran bagaje de conocimientos memorísticos antes de poder penetrar en ellos con su entendimiento. Pero llamarlo a juzgar y confesar antes de que pueda distinguir es la mayor ruina. Primero debe estar imbuido de un sentido de la autoridad, solo entonces se puede recurrir a su capacidad de juicio. Esta no existe antes, aún no se ha desarrollado. Solo se desarrolla en los años previos y posteriores a la madurez sexual. Por lo tanto, es grotesco que jóvenes de dieciocho años se presenten y emitan sus juicios, e incluso escriban gruesos libros en los que quieren derribar lo que se ha creado a lo largo de milenios. En este sentido, la ciencia espiritual podrá cambiar muchas cosas. Mediante una educación adecuada, el juicio puede formarse y guiarse de manera correcta.

En general y en particular, se debe mostrar cómo se puede llegar a ser un buen educador mediante un conocimiento más profundo del desarrollo de los distintos miembros del ser humano. Si alguien dice que eso es imposible de saber, hay que responderle: intente educar a las personas en este sentido, según estos tres nacimientos, y encontrará en la vida y en la práctica las pruebas de las verdades teosóficas. No se trata de establecer teorías o principios, sino de llevarlos de la cabeza a la mano. Los principios son buenos, resultan beneficiosos en la vida y, cuando se aplican en ella, demuestran su influencia en la cultura de manera positiva. Lo que promueve la cultura, lo que da vida, es verdadero.  Cuando se aplican las enseñanzas relacionadas con lo suprasensible, se obtiene la prueba de su veracidad. Se reconoce que la teosofía es algo eminentemente práctico, que no es ajena a la vida ni está alejada de ella, sino que la alegra y la despierta, que da fuerza y seguridad al ser humano. ¿Y qué es más importante que eso en la educación de un niño? La educación debe reducir a lo visible, a lo sensual, lo que se esconde en lo suprasensible. Ahí está la clave de lo que ocurre en la infancia del ser humano. Todo el significado de la cuestión de la educación se revela cuando tenemos claro que cada ser humano es un enigma que, como educadores, debemos resolver profundizando realmente en su interior.

Respuesta a la pregunta

Pregunta: ¿Espíritu de contradicción en los niños?

Respuesta: La mejor manera de contrarrestarlo y erradicarlo es dejar que el niño consiga lo que quiere conseguir con ese espíritu de contradicción, para que experimente que lo que ha conseguido es incorrecto y que le perjudica. Prohibir, sermonear, etc., no sirve de mucho, sino que, por el contrario, suele incitar aún más a la rebeldía. El niño aprende mejor a través de su propia experiencia.

Pregunta: ¿Cómo se explica la influencia de los colores en los niños?

Respuesta: Tomemos el siguiente ejemplo: si miramos una superficie blanca con cuadrados rojos y, al cabo de un rato, miramos una superficie blanca vacía, veremos que los cuadrados que antes veíamos rojos ahora se ven verdes sobre la superficie blanca vacía. El rojo que se veía se ha transformado en verde en la persona. El verde es un color agradable y relajante. Incluso los niños demasiado activos y nerviosos que tienen mucho rojo en su entorno transforman este rojo en un verde agradable y relajante.

Pregunta: ¿El espíritu de contradicción en los niños?

Pregunta: La cuestión sexual: ¿debemos educar sexualmente a los niños?

Respuesta: A menudo, cuando se plantea la cuestión tan frecuente en los debates actuales de si se debe explicar a los niños los procesos sexuales, se dice: no quiero ni debo decirle mentiras al niño. — Bueno, no hay que decirle mentiras al niño, hay que decirle toda la verdad, pero una verdad que se encuentra en un ámbito completamente diferente al de la descripción banal de los procesos físicos de la fecundación y el nacimiento. Nuestros antepasados tampoco les decían mentiras a sus hijos cuando les decían: «Tu madre está en Pommerland, vuela, pequeño escarabajo, vuela». Pommerland es el país de los niños, el país natal del alma. 

Respuesta: Es tan perjudicial para los jóvenes porque provoca empobrecimiento en años posteriores. La persona entonces no comprende ciertas cosas. Solo se puede juzgar lo que se ha experimentado personalmente. La capacidad de juicio desarrollada demasiado pronto bloquea toda la amplitud de la realidad de la vida. La vida se empobrece, porque solo quien sabe puede juzgar. De ahí el rápido empobrecimiento de los escritores de nuestro tiempo.

En «volar» también hay algo espiritual. Se sabía más que la gente de hoy en día, se conocían los procesos espirituales que tienen lugar desde el nacimiento físico del niño, se sabía que estos procesos son lo más importante, que el nacimiento no es solo un acto físico. Y en este sentido, también hoy deberíamos hablar con los niños cuando les surge la pregunta sobre el origen del ser humano. Deberíamos contarles, con las imágenes poéticas más bellas, sobre el alma que desciende para nacer, deberíamos llenar su alma con imágenes llenas de belleza espiritual y pureza, santidad y reverencia. No podemos alcanzar lo suficientemente alto, no podemos ser lo suficientemente poéticos para colocar estas imágenes en su alma. Y cuando llegue el momento en que, con la madurez sexual, comprendan los procesos físicos de la fecundación y el nacimiento, estos les parecerán a los niños precisamente lo que son, algo secundario. Su alma, llena de ideas e imágenes elevadas, sagradas e impresionantes, considerará el nacimiento del cuerpo como algo secundario.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025