CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA073a Dornach, 7 de abril de 1920 - La atención de la salud como cuestión social

Índice

RUDOLF STEINER


LA ATENCIÓN DE LA SALUD COMO CUESTIÓN SOCIAL *


Dornach,  7 de abril de 1920

¡Honorables miembros del público! No cabe duda de que la cuestión social es uno de los asuntos que, en círculos cada vez mas amplios, nos preocupan más hoy en día, y allí donde se tiene un poco de corazón para lo que surge en el presente del desarrollo de la historia humana, para los impulsos que amenazan o que hay que tratar para el futuro, esto se puede resumir bajo el nombre de cuestión social. Hay que decir, sin embargo, que la consideración y el tratamiento de esta cuestión social en el presente adolece del mal fundamental del que adolecen tantas cosas en nuestra vida cognoscitiva, en nuestra vida moral, de hecho en toda nuestra vida civilizada, a saber, del intelectualismo de nuestro tiempo, que adolece del hecho de que sus problemas se sitúan tan a menudo meramente en la perspectiva de una visión intelectualista. La cuestión social se debate desde este o aquel punto de vista, que está más a la derecha o a la izquierda. El intelectualismo de tales debates se evidencia en el hecho de que se basan en ciertas teorías, en la suposición de que esto o aquello debe ser de tal o cual manera, que esto o aquello debe ser abolido. Al hacerlo, se tiene poco en cuenta a las personas en sí mismas. Se trata a las personas como si existiera algo genérico como "ser humano", como si no existiera algo que se desarrolla individualmente en cada persona en un determinado aspecto. No dirigimos nuestra atención a la peculiaridad e idiosincrasia del ser humano individual. Por tanto, toda nuestra consideración de la cuestión social adquiere también algo abstracto, algo que hoy tan poco pasa a los sentimientos sociales, a las actitudes que intervienen entre persona y persona. Lo que se evidencia aquí como una deficiencia de la consideración social, lo percibimos más claramente cuando dirigimos nuestra atención a un ámbito concreto, un ámbito que quizá sea más adecuado que muchos otros para ser sometido a la consideración social, por ejemplo, cuando nos fijamos en el ámbito de la higiene, en la medida en que la higiene es un asunto público que no concierne al individuo, sino a la comunidad humana.

Es cierto que aún hoy no faltan instrucciones higiénicas, tratados y escritos sobre el cuidado de la salud como asunto público. Pero hay que preguntarse: ¿Cómo encajan estas instrucciones, estas consideraciones sobre la higiene, en la vida social? - Y aquí tenemos que decir: se colocan de tal manera que los discursos individuales sobre el cuidado adecuado de la salud, se publican como el resultado de la ciencia médica, fisiológica, medicinal, por lo que se supone que la confianza que uno tiene en un tema cuya esencia interna no está en condiciones de examinar, constituye en cierta medida la base para la aceptación de tales normas.  Sólo sobre la base de la autoridad pueden los círculos más amplios, a los que sí concierne, -porque concierne a todas las personas-, aceptar lo que surge de las cámaras de estudio y de las salas de examen, de los laboratorios de examen de la profesión médica acerca de la higiene. 

Pero si uno está convencido de que en el transcurso de la historia moderna, en el transcurso de los últimos cuatro siglos, ha surgido en la humanidad un anhelo por el ordenamiento democrático de todos los asuntos, pero hoy en día se enfrenta, aunque a muchos les parezca grotesco, con el carácter completamente antidemocrático de la pura creencia en la autoridad que se exige en el ámbito higiénico. El carácter antidemocrático de esta creencia en la autoridad contrasta con el anhelo de democracia, que en la actualidad ha alcanzado a menudo un punto culminante -aunque, podría decirse, de forma muy paradójica. 

Sé muy bien que la frase que acabo de pronunciar es percibida por muchos como paradójica, sencillamente porque la manera en que alguien recibe lo relacionado con la asistencia sanitaria, no se concilia con la exigencia democrática de que la comunidad de estas personas mayores de edad, juzgue también los asuntos públicos que conciernen a toda persona mayor de edad, ya sea directamente o a través de sus representantes. Sin duda hay que decirlo:  Puede que no sea posible que algo como un concepto de higiene, un cuidado higiénico de la vida pública, se viva de una manera completamente democrática, porque depende del juicio de aquellos que buscan el conocimiento en un campo concreto. Pero, por otra parte, debe plantearse la siguiente pregunta: ¿No sería posible aspirar a una mayor democratización de la que hoy es posible en las condiciones actuales en un ámbito tan cercano, tan infinitamente cercano a cada persona y, por tanto, a la comunidad humana, como es el de la sanidad pública? No cabe duda de que hoy en día se nos dice mucho sobre la manera en que el hombre debe posicionarse en la vida con respecto al aire y a la luz, con respecto a la alimentación, con respecto a la evacuación de los residuos producidos por el propio hombre o por su entorno, etcétera, etcétera. Pero lo que se impone a la humanidad en forma de reglas sobre estas cosas, es en su mayor parte incomprobable para aquellas personas sobre las cuales se va a aplicar. 

Ahora bien, no quiero que se me malinterprete, en el sentido de que estoy adoptando una posición particular a favor de algo en esta conferencia, que se va a dedicar al tema de la "Higiene como cuestión social". No pretendo tomar partido por lo que hoy en día tiende a tratarse desde un punto de vista partidista o desde el punto de vista de una determinada convicción científica. No quiero, -quizá me permitan esta pequeña aparente desviación del papel en la introducción-, no pretendo tomar partido por la vieja superstición de que los diablos y demonios andan por ahí entrando y saliendo de las personas como enfermedades, ni tampoco quiero tomar partido por la superstición moderna de que los gérmenes y bacterias entran y salen de las personas causando enfermedades. Que se trate de una superstición espiritualista de antaño o de una superstición materialista de la actualidad, eso puede preocuparnos menos. Pero me gustaría tocar algo que impregna toda la formación cultural de nuestro tiempo, especialmente en la medida en que esta formación depende de las convicciones científicas básicas de nuestro tiempo.  

Aunque muchas personas afirman que hoy el materialismo, tal como se afirmaba a mediados del siglo XIX, y en el último tercio del siglo, ha sido superado científicamente. Pero para aquellos que realmente ven a través de la esencia del materialismo y de su contrario, esta afirmación no puede ser válida, pues este materialismo ha sido superado a lo sumo por algunas personas que ven que los hechos científicos actuales ya no permiten declarar rotundamente: Todo lo que existe es sólo algún proceso mecánico, físico o químico que tiene lugar en la materia. No basta con que algunos hayan llegado a esta convicción, forzados por el peso de los hechos. Pues en contraste con esta convicción está el otro hecho de que ahora, a pesar de esta convicción, incluso los que la tienen, -y los otros con mayor razón-, cuando se trata de explicar algo concretamente, de formarse una opinión sobre algo concreto, adoptan sin embargo la dirección materialista en su modo de pensar. También se dice que los átomos y las moléculas son inofensivas denominaciones técnicas, de las que no se pretende afirmar otra cosa que son cosas del pensamiento. Pero el punto de vista ha seguido siendo por tanto atomista, molecularista. Nos explicamos los fenómenos del mundo a partir del comportamiento y la relación de los átomos o de los procesos moleculares entre sí, y no importa si nos imaginamos que algún pensamiento, algún sentimiento o algún otro proceso está conectado justo con los procesos materiales de los átomos y las moléculas, sino que lo que importa es qué dirección toma toda nuestra constitución anímica, qué dirección toma nuestro espíritu cuando toma como base de sus explicaciones sólo lo que se piensa atomísticamente, lo que surge de lo más pequeño, de lo más pequeño inventado. No depende de si uno está literal o mentalmente convencido de que hay algo distinto de los efectos atomísticos, de los efectos atómicos materiales, sino de si tiene la posibilidad de hacer de otras explicaciones del mundo el principio rector de su espíritu mas que la derivación de los fenómenos a partir de lo atomístico. Lo que importa no es [lo que] creemos, sino cómo explicamos, cómo nos comportamos en el alma. Y aquí, en este lugar, debe mantenerse la convicción de que sólo la verdadera, la auténtica ciencia espiritual, la ciencia espiritual de orientación antroposófica, puede ayudar a superar el mal que puede caracterizarse de este modo, como yo acabo de hacerlo. 

Me gustaría demostrar concretamente que esto puede ser así. No hay casi nada que nos resulte más confuso que las diferencias que a menudo se afirman hoy en día entre el cuerpo humano y el alma o el espíritu humano, diferencias entre lo que son enfermedades físicas y lo que son las llamadas enfermedades del alma o espirituales. En relación con la comprensión del modo de concepción materialista-atomista, lo que adolece es precisamente la debida distinción y la debida correlación de tales hechos de la vida humana, tales como el cuerpo enfermo o el alma aparentemente enferma.  Después de todo, ¿Cuál es la esencia del materialismo que ha surgido gradualmente como la nueva visión del mundo de muchas personas y que no ha sido superado en absoluto, sino que de hecho está floreciendo en la actualidad? ¿Cuál es la esencia? La esencia del materialismo no es que uno se fije en los procesos materiales, o en qué procesos materiales tienen lugar en el cuerpo humano, ni tampoco que uno estudie con devoción la estructura milagrosa y la actividad milagrosa del sistema nervioso humano y de los demás órganos humanos o del sistema nervioso de los animales o de los órganos de otros seres vivos; Que se estudien estas cosas no lo convierte a uno en materialista, sino que uno se convierte en materialista, cuando en el estudio de los procesos materiales, se abandone el espíritu, que se mire al mundo de la materia, y sólo se vea materia y procesos materiales. 

Pero eso es lo que la ciencia espiritual debe afirmar, -hoy sólo puedo hablar de este punto muy someramente-, que en todas partes donde los procesos materiales nos aparecen exteriormente para los sentidos, esos procesos que sólo la ciencia actual quiere aceptar como observables y exactos, que en todas partes allí estos procesos materiales son sólo la apariencia exterior, la revelación exterior de poderes y fuerzas espirituales que trabajan detrás de ellos y en ellos. No es característico de la ciencia espiritual mirar al hombre y decir: Oh, he ahí su cuerpo; este cuerpo es una suma de procesos materiales, pero el hombre no puede existir sólo en él, sino que aparte de su cuerpo, él tiene su alma inmortal independiente de él; y que ahora uno empiece a formarse toda clase de teorías abstractas, toda clase de visiones abstractas de un modo bastante místico sobre esta alma inmortal independiente del cuerpo, no se puede caracterizar en absoluto por una cosmovisión espiritual. Ciertamente, puede decirse que, además de su cuerpo, que consiste en procesos materiales, el hombre también posee un alma inmortal que después de la muerte es llevada a algún reino espiritual. Por lo tanto, todavía no es un científico espiritual en el sentido de la ciencia espiritual de orientación antroposófica. 

Sólo se es un científico espiritual cuando uno se da cuenta de que este cuerpo material con sus procesos materiales es obra de la labor del alma, cuando uno comprende en detalle cómo trabaja esa alma, que ya  estaba allí antes del nacimiento o digamos antes de la concepción del hombre, en cómo va dándole  forma, cómo se plastifica en la construcción, es más, en la sustanciación del cuerpo humano. Si uno es capaz de comprender realmente en todas partes la unidad inmediata de este  cuerpo y de lo anímico, y si es capaz de comprender cómo, mediante la acción de lo espiritual-anímico en el cuerpo, este  cuerpo como tal se va desgastando, cómo este cuerpo muere parcialmente  cada minuto y cómo, entonces, en el momento  de la muerte, solo, me gustaría decir que tiene lugar la configuración radical de aquello que ocurre en cada instante por la influencia de lo anímico-espiritual sobre el cuerpo, si se comprende esta interacción viva, esta acción continua del alma en el cuerpo, se comprende en lo concreto y detallado, si uno se esfuerza por decir: lo  anímico se desglosa en procesos muy concretos, así se traslada a los procesos de  la actividad hepática, así se traslada a los procesos  de la  respiración, así a los procesos de la actividad cardíaca, así como en los procesos de la actividad cerebral; en resumen, cuando, al describir lo material en el ser humano, uno sabe presentar lo corporal del ser humano como el resultado de lo espiritual, entonces es un científico de lo espiritual.

Esto es lo que importa por un lado. Por otro lado, es importante que uno se proteja de todas las habladurías abstractas y chismosas sobre un tipo de alma independiente del ser humano [físico], sobre la cual sólo se puede fantasear en la medida en que la vida, -y por tanto las vivencias-, tiene lugar entre el nacimiento y la muerte. Pues entre el nacimiento y la muerte, con excepción del período en que se duerme, lo anímico-espiritual está tan entregado a los efectos corporales que vive en ellos, vive a través de ellos, se presenta en ellos. Debe uno llegar a ser capaz de estudiar lo anímico-espiritual fuera del curso humano de la vida y aceptar el curso humano de la vida entre el nacimiento y la muerte como resultado de lo anímico-espiritual. Entonces uno observa la unidad real y concreta de lo anímico-espiritual con el cuerpo físico. Entonces uno impulsa la ciencia espiritual de orientación antroposófica, porque entonces uno tiene la perspectiva de que este ser humano con todas sus estructuras individuales se presenta ante uno como resultado de lo anímico-espiritual, también para la cognición. El punto de vista teosófico místico, que plantea bellas teorías de toda clase de espiritualidades sin cuerpo, no puede servir a las ciencias concretas de la vida, no puede servir a la vida en absoluto, sólo puede servir a la lujuria intelectualista o psíquica, que quiere acabar con la vida, con la vida exterior lo más rápidamente posible y luego, para tener una satisfacción interior, para poder entregarse a una lujuria interior, teje toda clase de fantasías sobre e lo anímico-espiritual. 

Aquí, en este movimiento espiritual de orientación antroposófica, se trata de trabajar muy seriamente para cultivar una ciencia espiritual que sea capaz de vivificar la física, las matemáticas, la química, la fisiología, la biología y la antropología. De modo que no se trata aquí de afirmar religiosa o filosóficamente por un lado que el hombre lleva en sí un alma inmortal, y luego practicar antropología, biología, física y química como si sólo se tuvieran ante sí procesos materiales, de lo que se trata aquí es de aplicar a los detalles de la vida, lo que se puede obtener en el conocimiento sobre lo anímico-espiritual, de indagar en la estructura milagrosa del propio cuerpo. Se puede decir ciertamente, aunque a algunos les suene paradójico, que algunos quieren ser buenos místicos o buenos teósofos y quieren hablar todo tipo de cosas sobre cómo el ser humano consta de cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, yo y demás, pero ni siquiera tienen idea de lo que es una expresión del alma, por ejemplo, cuando te suenas la nariz. Es importante no ver la materia como materia, sino ver la materia como la manifestación del espíritu. Entonces también se obtienen puntos de vista sanos y llenos de contenido del espíritu, pero entonces también se obtiene una ciencia espiritual que puede ser fructífera para las ciencias de la vida. 

Pero con ello se consigue también algo más. Esto nos permitirá superar aquello que en los últimos tiempos, precisamente por el carácter materialista del conocimiento científico, nos ha empujado a la especialización. Realmente no quiero hacer una critica contra la especialización, porque conozco muy bien su justificación.  Sé que ciertas cosas hoy en día hay que perseguirlas desde la especialización simplemente porque requieren una técnica especializada. Pero la cuestión es que el que se aferra a lo material, cuando se convierte en especialista, nunca puede adquirir una visión del mundo que pueda aplicarse en la vida, porque los procesos materiales son un campo infinito. Son un campo infinito tanto fuera en la naturaleza como en el hombre. Si sólo se estudia el sistema nervioso humano de acuerdo con todo lo que hoy está disponible, se puede dedicar mucho tiempo a ello, al menos tanto tiempo como el que los expertos suelen querer dedicar a sus estudios especializados. Pero si, de lo que ocurre en el sistema nervioso, sólo tienes ante ti lo que son los procesos materiales, sólo lo que se expresa en los conceptos abstractos que hoy son objeto de la ciencia, entonces nada te lleva a lo universal que pueda convertirse en la base de una visión del mundo. En el momento en que se empieza a considerar el sistema nervioso humano en términos de ciencia espiritual, digamos, no es posible considerar este sistema nervioso en absoluto sin que lo que se encuentre activo en él como espíritu les conduzca inmediatamente a lo que ahora pertenece al sistema muscular, al sistema óseo. El sistema sensorial se basa en lo anímico-espiritual, pues lo espiritual no es algo que esté dividido en partes individuales como lo material, sino que lo espiritual es algo, -al menos sólo se caracteriza por esto-, que se extiende como un miembro, como un organismo. Y del mismo modo que no puedo mirar a una persona limitándome a observar sus cinco dedos y cubriéndola de otro modo, tampoco puedo mirar a una individualidad espiritualmente sin que aquello que percibo en esta individualidad como anímico espiritual me conduzca a una totalidad. Si somos conducidos a tal totalidad, -aunque tal vez también sólo pueda ser un especialista en la investigación del cerebro o de los nervios-, entonces podremos, no obstante, obtener una imagen global del ser humano observando esta parte individual del organismo humano; entonces seremos conducidos a la posición de obtener ahora realmente algo universal para una visión del mundo, y entonces existe la peculiaridad de que entonces también podemos empezar a hablar de algo que puede ser comprensible para todas las personas que tienen una mente sana y un entendimiento totalmente sano. 

Esta es la gran diferencia entre cómo puede hablar del hombre la ciencia espiritual y cómo debe hablar del hombre la ciencia especializada, materialista.  Veamos, tomemos el simple caso de cómo la ciencia especializada, materialista, se les presenta a ustedes en cualquiera de los manuales en uso hoy en día. Si ustedes, como personas corrientes que no han aprendido mucho sobre el sistema nervioso, cogen un manual sobre el sistema nervioso, - bueno, probablemente pronto dejarán de leer de nuevo, o en todo caso no obtendrán mucho que pueda darles una base para mirar al hombre como un verdadero ser humano en su valor, en su dignidad. Pero si desde los cimientos de la ciencia espiritual, ustedes escuchan lo que se puede decir sobre el sistema nervioso humano, entonces en todas partes tal discusión es seguida por aquella que luego conduce al ser humano completo, que confiere tal iluminación sobre el ser humano completo, que en la idea que les llega está presente algo del valor, naturaleza y dignidad del ser humano con quien ustedes están tratando. Y en nada es esto más evidente que cuando consideramos no sólo al hombre sano en relación con cualquiera de sus miembros, sino que es particularmente evidente cuando consideramos al hombre enfermo, a este hombre enfermo con sus tantas desviaciones de lo llamado normal, especialmente cuando estamos en condiciones de considerar al hombre completo cuando está bajo la influencia de tal o cual enfermedad. Lo que la naturaleza pone ante nuestras almas en el ser humano enfermo, es adecuado para conducirnos profundamente a las conexiones del mundo, para mostrarnos cómo está organizado este ser humano y cómo, debido a su organización, las influencias atmosféricas, incluso extraterrestres, pueden afectar a este ser humano, cómo este organismo humano está conectado con estas o aquellas sustancias de la naturaleza, que luego resultan ser remedios y así sucesivamente. 

Somos guiados a amplios contextos, y uno puede decir: Si uno complementa lo que puede ser reconocido de esta manera acerca de la persona sana, con lo que uno puede reconocer a través de la persona enferma, entonces uno obtiene una visión profunda de todo el contexto y el significado más profundo de la vida. Pero todo lo que se abre es la base de un conocimiento de la naturaleza humana, la base de algo que luego se puede llevar a formas de expresión que se puedan decir a todas las personas. Por supuesto, hoy todavía no estamos en esa fase, porque la ciencia espiritual en el sentido que aquí se entiende sólo ha podido trabajar durante poco tiempo. Por eso las conferencias que se dan aquí, como dijo antes el Dr. Boos en sus observaciones introductorias, a menudo sólo pueden considerarse como un comienzo. Pero la tendencia de esta ciencia espiritual, es elaborar lo que está presente en las ciencias individuales en tal forma que lo que cada hombre debe saber sobre el hombre, pueda realmente ser llevado a cada hombre.  Y ahora imaginen, si la ciencia espiritual tiene primero tal efecto transformador sobre la ciencia y si esta ciencia espiritual logra entonces conformar formas de conocimiento para el ser humano sano y enfermo, que puedan hacerse accesibles a la conciencia humana general, si esto tiene éxito, -cuán diferente será la posición del hombre frente al hombre en la vida social, cuán diferente será la confrontación del hombre individual con el otro hombre de una manera comprensiva que hoy, donde cada uno pasa al lado del otro y no tiene comprensión para la individualidad especial de este otro hombre. La cuestión social sólo saldrá de su intelectualismo cuando surja de la experiencia en los más diversos ámbitos de la vida, cuando se base en las experiencias concretas de la vida. Esto es especialmente evidente en el ámbito de la asistencia sanitaria. Pues piensen en el efecto social de dar a las personas una comprensión de lo que es sano en otras personas y de lo que es enfermo en otras personas; piensen en lo que significa: la asistencia sanitaria se lleva de la mano con la comprensión por parte de toda la humanidad. Por cierto, con esto no se pretende fomentar un diletantismo científico o médico, -eso debe ser válido-, sino pensar que simplemente se despierta una simpatía, no sólo un sentimiento, sino una comprensión de lo que está sano y enfermo en nuestros semejantes, una comprensión basada en una visión del ser humano. Piensen en el efecto social de tal cosa, y tendrán que decirse a sí mismos: Aquí ven que la reforma social, la reconstrucción social debe surgir de la pericia en las áreas individuales, no de teorías generales, sean marxistas, sean teorías de Oppenheimer, sean teorías de un tipo u otro, que miran más allá del ser humano, que quieren modelar el mundo a partir de conceptos abstractos.  La salvación no puede surgir de esto, sino del reconocimiento devoto de las áreas individuales. Y el cuidado de la salud, la higiene, es un campo tan especial, porque nos acerca, quisiera decir, a todo lo que nuestro prójimo tiene de alegría a través de su modo de vida sano y normal o de dolor y sufrimiento, de restricciones a través de lo que reposa en él como más o menos enfermo. 

Esto es algo que nos remite de inmediato a la forma social especial en que la ciencia espiritual puede contribuir al ámbito de la higiene. Porque si, en este sentido, el estudioso de la ciencia espiritual, el estudioso de lo que es el ser humano sano y enfermo, y también aquel que se especializa como médico, se integra en la sociedad humana con tal conocimiento, entonces estará en condiciones de aportar esclarecimiento dentro de esa sociedad humana, pues encontrará comprensión. Y no solo se establecerá tal relación del médico con la sociedad que, a menos que se sea precisamente su amigo o pariente, uno pase por delante de su casa y lo llame cuando le duela algo o se haya roto una pierna, sino que se establecerá una relación con el médico tal que en la que el médico sea el maestro y guía permanente del cuidado sanitario preventivo, de modo que, de hecho, exista una intervención continua por parte del médico, no solo para curar a las personas cuya enfermedad ha avanzado hasta el punto de que la noten, sino también para mantener sanas a las personas, en la medida de lo posible. Se producirá una interacción social dinámica entre el médico y el resto de la humanidad. Entonces, la salud que emana de tal conocimiento se reflejará en la propia medicina, pues, precisamente debido a que el materialismo se ha extendido también a la visión médica de la vida, nos hemos visto envueltos en concepciones verdaderamente extrañas.

Por un lado, tenemos las enfermedades físicas. Se estudian detectando las alteraciones de los órganos o lo que se supone que son procesos físicamente perceptibles o concebidos como tales dentro del cuerpo humano, y se presta especial atención a que se puedan subsanar las lesiones que allí se encuentren. En este sentido, se piensa de forma totalmente materialista sobre el cuerpo humano, tanto en su estado normal como en el anormal. Junto a ello aparecen las llamadas enfermedades del alma o mentales. Estas enfermedades del alma o mentales, debido al pensamiento materialista, se han reducido a meras enfermedades cerebrales o, en otros casos, a trastornos del sistema nervioso, y probablemente también se han buscado sus causas en el resto del sistema orgánico del ser humano. Pero como no se había desarrollado en absoluto una visión de cómo actúan el espíritu y el alma en la corporalidad humana, no se pudo llegar a comprender la relación entre las enfermedades mentales, —las llamadas enfermedades mentales—, y lo que, por lo demás, es el ser humano. Y así, diría yo, por un lado están las enfermedades mentales; incluso hoy en día están abarcadas por una extraña ciencia híbrida, el psicoanálisis, que piensa de forma materialista, pero que no comprende en absoluto lo materialista; ahí están, estas enfermedades mentales y del alma, sin que se pueda relacionarlas de manera razonable con lo que realmente ocurre en el organismo humano.

La ciencia espiritual puede demostrar ahora, —y ya lo he señalado—, que lo que aquí expongo no es solo un programa, sino que se lleva a la práctica en detalle, precisamente con motivo de la celebración de un curso para médicos que ha tenido lugar aquí durante estas semanas. La ciencia espiritual puede demostrar, sin lugar a dudas y en detalle, cómo todo lo que se conoce como enfermedades mentales y del alma se basa en trastornos orgánicos, en degeneraciones, agrandamientos o reducciones de órganos en el organismo humano. En algún lugar del corazón, del hígado, de los pulmones, en algún sitio hay algo que no funciona bien cuando, al mismo tiempo o más tarde, se manifiesta lo que se denomina una enfermedad mental. Una ciencia espiritual que llegue a reconocer la actividad del espíritu en un corazón sano, una ciencia espiritual así es también capaz, —y no tiene por qué avergonzarse de ello—, de buscar en la degeneración del corazón, en los fallos del corazón, una causa de lo que se denomina «mente enferma» o «alma enferma».

El error principal del materialismo no consiste, en realidad, en que niegue el espíritu, —en ese caso, la religión podría encargarse de que el espíritu siguiera siendo reconocido—, sino que el error principal del materialismo radica en que no reconoce la materia, porque solo observa su aspecto exterior. Precisamente esa es la carencia del materialismo: que no logra penetrar en la materia, por ejemplo, en el tratamiento meramente psicoanalítico, en la mera observación de algo que ha tenido lugar en el alma y que el psicoanálisis denomina «islas del alma», es decir, un concepto abstracto. Más bien hay que seguir cómo ciertas impresiones anímicas, que el ser humano recibe en tal o cual momento de su vida y que, de manera normal, están vinculadas al organismo normal, chocan con órganos defectuosos, —en lugar de, por ejemplo, con un hígado sano, con uno enfermo—; tal impacto puede manifestarse quizá en un momento totalmente distinto al momento en que el defecto se hizo perceptible a nivel orgánico.

Las ciencias del espíritu no deben rehuir demostrar que las llamadas enfermedades mentales o del alma siempre están relacionadas con algún aspecto del cuerpo humano. La ciencia de la mente debe señalar de manera tajante que, si solo se estudia lo anímico, el complejo anímico, las desviaciones de lo anímico respecto a la llamada vida anímica normal, no se obtiene más que, como mucho, un diagnóstico parcial. Por eso, el psicoanálisis nunca puede ser más que, como mucho, algo diagnóstico; nunca puede conducir a una terapia real en este ámbito. Por esta razón, dado que la terapia de las enfermedades mentales debe comenzar precisamente con el tratamiento corporal, por eso hay que conocer, hasta en sus partes más íntimas, las ramificaciones de lo espiritual en la materia, si se quiere saber dónde hay que intervenir en el cuerpo material, —que, sin embargo, está impregnado de espíritu—, dónde hay que intervenir para curar aquello que, en condiciones psíquicas anormales, solo se manifiesta de forma sintomática. Precisamente esto es lo que la ciencia espiritual debe subrayar con mayor firmeza: que las llamadas enfermedades mentales y del alma deben investigarse hasta llegar a la organología del ser humano. Pero solo se puede penetrar en la organología anómala del ser humano si se es capaz de seguir al espíritu hasta las partes más pequeñas de la materia.

Y a la inversa: Aquello que aparentemente son solo manifestaciones de la vida relacionadas con lo anímico o que actúan en lo anímico, —es decir, aquello que se manifiesta en los temperamentos y en la actividad de los temperamentos del ser humano, lo que se manifiesta en toda la forma en que el ser humano juega cuando es un niño pequeño, en cómo camina, en lo que hace, todo aquello que hoy en día solo se entiende desde el punto de vista espiritual y anímico—, también tiene su lado corporal. Y un error en relación con algunos aspectos de la educación del niño puede manifestarse más adelante en forma de una enfermedad física totalmente común. Sí, en ciertos casos, cuando nos enfrentamos a enfermedades mentales, nos vemos literalmente llevados a fijarnos en lo físico para investigar allí lo que realmente importa, y en el caso de las enfermedades físicas, a fijarnos en lo espiritual para investigar allí lo que realmente importa. Porque eso es lo esencial de la ciencia espiritual: que no habla en abstracciones de un mundo espiritual nebuloso, como hacen los místicos o los teósofos unilaterales, sino que persigue al espíritu hasta sus efectos materiales, que en ningún caso concibe lo material tal y como lo concibe la ciencia exterior actual, sino que, al observar lo material, penetra en todo momento hasta el espíritu y así puede observar también dónde se manifiesta una vida anímica anómala a través de una vida corporal anómala, aunque esta pueda estar oculta exteriormente.

Hoy en día, hasta en los círculos más amplios, se tienen ideas totalmente erróneas sobre la ciencia espiritual de orientación antroposófica, tomada en serio; quizá a veces con razón, cuando se oye hablar a quienes no quieren abordar verdaderamente de qué se trata en realidad, y solo hablan de teorías abstractas, de que el ser humano está compuesto por tal y tal, y de que existen vidas terrenales repetidas, etcétera. Estas cosas son, por supuesto, de suma importancia y muy hermosas. Pero cuando se trata de trabajar con especial seriedad en este movimiento de ciencias espirituales, hay que abordar los distintos capítulos, los distintos ámbitos de esta vida. Y, en el sentido más amplio, esto conduce a su vez a una convivencia entre las personas con vocación social. Porque cuando se observa cómo el alma que parece enferma irradia sus impulsos hacia el organismo, cuando se puede sentir esta relación entre el organismo y el alma que parece enferma, —sentirlo con comprensión—, si, por otro lado, se sabe cómo influyen las instituciones sociales también en la salud física del ser humano, cómo lo espiritual, que en las instituciones sociales parece existir solo de manera externa, incide en el cuidado de la salud física del ser humano, si se tiene una visión de conjunto de todo ello, entonces se está inmerso en la sociedad humana de una manera completamente diferente. De este modo, se empieza a adquirir una verdadera comprensión del ser humano y se trata a los demás de forma muy diferente; se observa su carácter de manera muy distinta. Se sabe que ciertos rasgos están relacionados con esto o aquello, se sabe cómo comportarse ante esos rasgos y, sobre todo cuando se tienen tareas relacionadas con ellos, se sabe cómo integrar correctamente los temperamentos de las personas en la sociedad y, sobre todo, cómo desarrollarlos de la manera adecuada.

Un ámbito social se verá especialmente influido, desde el punto de vista higiénico, por ese conocimiento del ser humano así adquirido: se trata del ámbito de la educación, el ámbito de la enseñanza. En realidad, sin conocer a fondo al ser humano, es imposible comprender lo que significa que los niños se sienten en el colegio con la espalda encorvada, de modo que su respiración se ve constantemente alterada, o que no se les anime a hablar en voz alta y clara, articulando bien las vocales y las consonantes. Toda la vida posterior depende, en esencia, de si el niño respira correctamente en la escuela y de si se le anima a hablar en voz alta, con claridad y de forma articulada.

En este tipo de cuestiones, —solo voy a citar algunos ejemplos, pues se podría aplicar algo similar a otros ámbitos—, se pone de manifiesto la especialización de la higiene general en el ámbito escolar, y precisamente ahí se revela toda la importancia social de la higiene, pero también se pone de manifiesto cómo la vida nos exige que no sigamos especializándonos, sino que reunamos lo especializado en una visión global. No solo necesitamos aquello que capacita al profesor para saber que, según ciertas normas pedagógicas, hay que educar a un niño de una forma u otra, sino que necesitamos aquello que capacita al profesor para formarse una opinión sobre lo que significa que haga que el niño pronuncie tal o cual frase de forma clara y articulada, o que, después de haber dicho media frase, le permita ya volver a respirar, y así sucesivamente, en lugar de velar por que se agote el aire mientras se pronuncia la frase. Ciertamente, también hay muchos puntos de referencia y reglas al respecto, pero la forma correcta de reconocimiento mutuo y la aplicación adecuada de estas cosas solo calan en nuestro corazón cuando valoramos todo su significado para la vida humana y para la salud social, pues solo entonces la cuestión se convierte en un impulso social.

Estas consideraciones fueron las que me sirvieron de base cuando, en los inicios de la fundación de la escuela Waldorf de Stuttgart, impartí el curso pedagógico-didáctico a los profesores de allí; esa consideración de que se necesitan profesores que puedan trabajar desde toda la profundidad de una cosmovisión que comprenda al ser humano para la educación y la enseñanza de los niños. Todo lo que se ha plasmado en las frases que se han expresado como «arte pedagógico-didáctico» tiene como objetivo convertir a los niños que son educados e instruidos en personas en las que, más adelante, —gracias a que se les anima a desempeñar correctamente las funciones vitales desde la infancia—, los pulmones, el hígado, el corazón y el estómago estén en buen estado, porque el alma ha trabajado en ello de la manera correcta.

Esta visión del mundo nunca interpretará de forma materialista el viejo dicho: «En un cuerpo sano vive un alma sana». —Desde una perspectiva materialista, esto significaría que, si se tiene un cuerpo sano, si se le ha curado con todos los medios físicos posibles, entonces se convertiría por sí mismo en portador de un alma sana. Eso es una tontería. Lo que tiene sentido es lo siguiente: «En un cuerpo sano vive un alma sana» solo si se procede de la siguiente manera, es decir, si uno se dice a sí mismo: «Tengo ante mí un cuerpo sano, lo que me demuestra que ha sido construido, moldeado y sanado por la fuerza de un alma sana». A partir de este cuerpo, reconozco que en él ha actuado un alma sana y autónoma. —Ese es el sentido de la frase. Pero solo así esta afirmación puede servir de base para una higiene saludable; en otras palabras: no necesitamos, además de los profesores que trabajan únicamente desde una ciencia pedagógica abstracta, un médico escolar que, como mucho, pase por el colegio una vez cada catorce días y que tampoco sepa qué hacer de forma sensata; no, necesitamos una conexión viva entre la ciencia médica y el arte pedagógico. Necesitamos un arte pedagógico que, en todas sus medidas, eduque e instruya a los niños de manera higiénicamente correcta. Eso es lo que convierte a la higiene en una cuestión social, pues la cuestión social es, en esencia, una cuestión educativa, y la cuestión educativa es, en esencia, una cuestión médica, pero solo una cuestión de aquella medicina que se nutre de las ciencias espirituales, de una higiene que se nutre de las ciencias espirituales.

Estas cuestiones apuntan además a algo que reviste una importancia extraordinaria, precisamente en relación con el tema «La higiene como cuestión social». Porque, estimados asistentes, cuando se cultivan las ciencias espirituales y estas suponen algo concreto para el ser humano, entonces este sabe que en lo que recibe de ellas reside algo que se distingue de lo que encuentra en el mero intelectualismo, —y también la ciencia natural actual es mero intelectualismo —, de lo que tiene en el mero intelectualismo, o en las ciencias naturales formadas de manera meramente intelectualista, o en la historia o el derecho de hoy en día, formados de manera meramente intelectualista. Todas las ciencias son hoy intelectualistas; si afirman ser ciencias empíricas, ello se debe únicamente a que interpretan de manera intelectualista los resultados empíricos observados sensorialmente. Lo que se ofrece en la ciencia espiritual se distingue de manera muy esencial de esos resultados de las ciencias naturales u otros, interpretados de manera intelectualista. Sería incluso bastante triste que lo que vive en nuestra cultura intelectualista no fuera solo una imagen, sino un poder real que actuara más profundamente sobre el ser humano. Y es que todo lo intelectualista se queda únicamente en la superficie del ser humano. Esta afirmación tiene un sentido totalmente amplio.

Quien aborda la ciencia espiritual de forma meramente intelectualista, es decir, quien se limita a tomar notas: que existe un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral, un «yo», vidas terrenales repetidas, un karma, etcétera, —y que anota todo ello tal y como se hace en las ciencias naturales o en las ciencias sociales actuales—, no practica la ciencia espiritual en serio, pues se limita a trasladar la forma de pensar que tiene habitualmente a lo que se le presenta en la ciencia espiritual. Pero lo esencial de la ciencia espiritual es que debe pensarse de otra manera, sentirse de otra manera y vivirse anímicamente de una forma totalmente distinta a la intelectualista. Por eso, la ciencia espiritual es algo que, por sí misma, mantiene una relación viva con el ser humano sano y con el enfermo, aunque de una manera algo diferente a como a menudo se nos hace creer. Seguramente la gente ya se habrá convencido lo suficiente de lo impotente que resulta lo que, ya sea como advertencia o como persuasión, se intenta hacer en la cultura puramente intelectualista frente al llamado enfermo mental. El enfermo mental afirma que oye voces que le hablan; usted le dice todo lo que se le ocurre basándose en su razón intelectual, pero es en vano, pues él le plantea todo tipo de objeciones. Esto ya podría indicar que no se trata de una enfermedad de la vida anímica consciente ni tampoco de la subconsciente, sino de una enfermedad del organismo.

La ciencia del espíritu enseña a reconocer que, sin embargo, tampoco por un camino como ese, —que se supone que es el llamado «espiritual», en el que se recurre, por ejemplo, a la hipnosis y la sugestión—, se pueden tratar las llamadas enfermedades mentales o del alma, sino que hay que abordarlas por la vía denominada «física», es decir, mediante curaciones orgánicas, para lo cual, sin embargo, se necesita más que nunca un conocimiento espiritual del ser humano. El conocimiento del espíritu sabe que, precisamente en el ámbito de las llamadas enfermedades mentales, en realidad no debería intervenir con meros procedimientos espirituales o anímicos, porque la enfermedad mental consiste precisamente en que el miembro espiritual del ser humano se ve expulsado, como solo ocurre normalmente mientras se duerme, y se encuentra débil en ese estado de exclusión, sino que hay que curar el órgano para que vuelva a acoger al alma y al espíritu de manera sana. En cambio, aquello que no surge del intelecto, de la cabeza, sino de todo el ser humano como resultado de la ciencia espiritual, —cuando se manifiesta como imaginación, inspiración o intuición, y cuando es asimilado por el ser humano—, incide en todo su organismo. Lo que realmente es la ciencia espiritual interviene de forma sanadora en la organización física del ser humano.

Por el contrario, no es ninguna prueba de que algunos soñadores de las ciencias espirituales se sientan incómodos dentro de estas o que, precisamente, demuestren lo contrario de lo que acabo de expresar. Hay, precisamente, un número infinito de personas que no son científicos espirituales, sino recopiladores intelectualistas de resultados de las ciencias espirituales. Pero difundir realmente las ciencias espirituales en su esencia es, en sí mismo, una forma de higiene social, pues actúa sobre el ser humano en su totalidad y normaliza, a su vez, su organología cuando esta amenaza con desarrollar, a raíz de sueños o de algún otro aspecto, tal o cual tendencia hacia una desviación hacia lo anormal. Esa es la enorme diferencia entre lo que se ofrece en las ciencias espirituales y lo que se da en la ciencia meramente intelectualista: que los conceptos que destacan en el ámbito del intelectualismo son demasiado débiles, —porque son meramente figurativos—, para incidir en el ser humano y poder ejercer sobre él un efecto sanador. Los conceptos de las ciencias espirituales, en cambio, se extraen del ser humano en su totalidad. En la configuración de los conceptos de las ciencias espirituales no ha intervenido únicamente el cerebro, sino también los pulmones, el hígado, el corazón y el ser humano en su totalidad; y, si se me permite decirlo así, lo que estos conceptos obtienen de la fuerza del ser humano en su totalidad los impregna en una configuración plástica. Y cuando uno se impregna de estos conceptos de la ciencia espiritual, cuando los asimila de forma consciente a través del sentido común, estos, a su vez, repercuten de manera higiénica en el ser humano en su totalidad. Esto es lo que, partiendo de la ciencia espiritual, puede influir de manera determinante en el ámbito de la higiene como cuestión social.

Pero también de muchas otras maneras, —solo puedo citar algunos ejemplos—, la ciencia espiritual influirá de forma orientadora en toda la vida de la salud de la humanidad, cuando esta ciencia espiritual se afiance realmente entre la humanidad con toda su seriedad. Solo quiero señalar una cosa. Entre los capítulos que deben estudiarse una y otra vez a través de la ciencia espiritual se encuentra la relación entre el ser humano despierto y el ser humano dormido, así como la enorme diferencia que existe entre la organización humana en estado de vigilia y la organización humana en el estado dormido. Cómo se comportan el espíritu y el alma en el estado de vigilia, cuando la corporeidad, lo espiritual y lo anímico del ser humano se interpenetran; cómo se comportan cuando están temporalmente separados entre sí, como ocurre durante el estado dormido: esto es precisamente lo que se estudia minuciosamente a través de la ciencia espiritual.

Ahora bien, puedo, —y diría que solo a título de referencia—, citar una afirmación que, sin embargo, constituye un resultado totalmente contrastado de la ciencia espiritual. En la vida vemos aparecer las llamadas enfermedades epidémicas, enfermedades que afectan a multitudes enteras y que, por lo tanto, son sin duda alguna, al mismo tiempo, un asunto social. La ciencia materialista convencional las estudia en el organismo físico humano. Desconoce la enorme importancia que reviste, precisamente para las epidemias y para la predisposición a las enfermedades epidémicas, el comportamiento anormal del ser humano en lo que respecta a la vigilia y al dormir. Lo que ocurre en el organismo humano durante el estado dormido es algo que, si se produce en exceso, por ejemplo, predispone en gran medida a las llamadas enfermedades epidémicas. Las personas que, al dormir demasiado, provocan en el organismo humano procesos que no deberían producirse, —pues el dormir no debería interrumpir la vida de vigilia durante tanto tiempo—, están predispuestas de una manera muy diferente a las enfermedades epidémicas y, además, se ven afectadas por las epidemias de una forma totalmente distinta.

Ahora puede valorar por sí mismo lo que significa concienciar a la gente sobre el equilibrio adecuado entre el dormir y estar despierto. Eso no se consigue con normas. A lo sumo, puede obligar a la gente a que no envíe a sus hijos al colegio si tienen escarlatina; no puede dar charlas cuando hay una epidemia de gripe: la gente se resiste, —porque hoy en día el ser humano tiende a la libertad, quiero decir, porque el sentido de la autoridad no es tan grande como en épocas anteriores—, así que la gente se resiste. No digo que no tengan razón al resistirse, no tengo nada en contra de lo que ocurre de esta manera, pero es imposible imponer a la gente de la misma forma: «Tenéis que dormir siete horas». —Sin embargo, es más importante que las demás normas que las personas que lo necesiten duerman siete horas, que las demás, que no lo necesiten, puedan dormir mucho menos, y así sucesivamente. Sin embargo, este tipo de cuestiones, que están tan íntimamente relacionadas con lo más personal de la vida humana, tienen un impacto social enorme. De hecho, depende de lo más íntimo del ser humano cómo se producen esas repercusiones sociales, por ejemplo, si un número mayor o menor de personas se ve apartado de tal o cual profesión, lo que, en determinadas circunstancias, puede tener un efecto en un lugar completamente diferente. De hecho, la higiene interviene de manera tremenda en la vida social. Al margen de lo que se piense sobre el contagio o el no contagio, en caso de epidemias este elemento interviene en la vida social. En este ámbito no se puede actuar mediante normas externas, sino que solo se puede actuar si se introduce en la sociedad un público no especializado que, sin embargo, con comprensión humana, se enfrente al médico que actúa de forma esclarecedora en materia de profilaxis, siempre que, para la preservación de la salud, pueda producirse una interacción viva entre el médico experto y el profano con comprensión humana.

Si analizamos todas estas cuestiones, nos diremos a nosotros mismos: aquí hemos descrito una faceta de la higiene como cuestión social que, en el sentido más eminente, depende de que tengamos una vida espiritual libre, de que tengamos de hecho una vida espiritual en la que, dentro del ámbito espiritual, aquellos que se dedican al cuidado de la vida espiritual, —incluso en la medida en que esta se extienda a sus distintos ámbitos prácticos, como, por ejemplo, la higiene—, sean totalmente independientes de todo lo demás que no sea el conocimiento puro, de todo lo que no sea el propio cuidado de la vida espiritual. Lo que cada individuo puede aportar para el bien de sus semejantes debe surgir exclusivamente de sus propias capacidades; no debe haber normas estatales al respecto, ni debe existir dependencia alguna de los poderes económicos; debe situarse en la esfera de la dependencia personal de cada individuo y, además, debe basarse en la confianza comprensiva que las personas que necesitan la aplicación de sus capacidades pueden depositar en el individuo capaz.

Para ello se necesita una vida espiritual que sea totalmente independiente de toda autoridad, tanto estatal como económica, y que actúe de forma competente basándose exclusivamente en las fuerzas espirituales. Precisamente cuando reflexione sobre lo que la higiene puede aportar realmente, algo que está íntimamente ligado a un conocimiento profundo del ser humano y a un comportamiento social sensato, cuando aborde con pericia cada rama concreta, como la higiene, entonces llegará a la conclusión, —y esto es precisamente lo que exige cada ámbito concreto—, y al igual que en el caso de la higiene, podría demostrarse también para otros ámbitos—, que el espíritu debe ser gestionado por quienes participan en su cuidado. Por mucho que las teorías abstractas se opongan a la autonomía de la vida espiritual, cada ámbito concreto exige que los administradores de lo espiritual no sean meros especialistas que trabajan como expertos en los ministerios, sino que quienes actúan en la vida espiritual sean también los administradores de dicha vida espiritual, y precisamente los únicos administradores de la misma. Entonces, cuando exista una higiene que sea realmente una institución social, surgida de la vida espiritual libre y basada en una visión social, se podrá trabajar de manera económica para esta higiene de una forma totalmente diferente, precisamente en una vida económica independiente, en una vida económica estructurada tal y como la he descrito en mi obra «Puntos clave de la cuestión social», tal y como se ha descrito en repetidas ocasiones en las revistas que defienden esta idea de la tripartición del organismo social, por ejemplo, en la revista suiza «Soziale Zukunft», editada por el Dr. Boos.

Si, de hecho, aquello que está latente, lo que yace en el seno de la sociedad humana en forma de fuerzas destinadas al cuidado de la higiene, si la sociedad lo acoge con comprensión humana, si se convierte en norma general, entonces podrá incorporarse a la vida económica, a la vida económica independiente, todo aquello que, partiendo de esa vida económica independiente, sin tener en cuenta ninguna dependencia de los impulsos lucrativos o de los impulsos estatales, pueda surgir puramente de esa vida económica independiente: aquello que debe cultivarse al servicio de una higiene auténtica y verdadera. Solo entonces —y únicamente entonces— podrá introducirse en la vida económica ese sentido elevado que es necesario para que se pueda cuidar la higiene en la vida humana. Si predomina el mero afán de lucro en nuestra vida económica —que tiende cada vez más a integrarse en el Estado unitario— y si la opinión general es que hay que producir aquello con lo que más se gana, entonces tampoco podrán imponerse los impulsos autónomos de una vida espiritual libre cultivada en este ámbito de la higiene; entonces esta vida espiritual se vuelve dependiente de lo extraspiritual, de lo estatal o de lo económico, y lo económico se convierte en señor de lo espiritual. Lo económico no debe convertirse en señor de lo espiritual. Esto se pone de manifiesto sobre todo cuando se trata de generar aquello que el espíritu exige en la vida económica, cuando se trata de servir a una higiene auténtica y verdadera. 

Las fuerzas de la vida económica, de la vida económica libre, se sumarán, en el organismo social tripartito, a la visión que se convierte en un asunto público y a la comprensión del ser humano que se convierte en un asunto público. Y si, por un lado, las personas se sumergen en una vida espiritual libre, en la que se pueda cultivar una higiene verdaderamente basada en fundamentos objetivos, y si, por otro lado, las personas desarrollan ese sentido elevado, gracias al cual, en la vida económica, cada uno se acercará a la producción con comprensión —pero con una comprensión que no provenga meramente del afán de lucro, sino de las percepciones que surgen de la actividad espiritual libre—, entonces, cuando exista ya esta comprensión social del ser humano basada en la perspicacia, las personas podrán reunirse democráticamente en los parlamentos o en otros foros, pues entonces se forjará, a partir de la vida espiritual libre, la comprensión de la necesidad de la higiene como fenómeno social. Y lo que es necesario para el cuidado de la higiene vendrá determinado por la vida económica, sustentada en lo objetivo y lo técnico, a través del sentido elevado que se desarrollará en ella. Entonces, las personas que hayan alcanzado la madurez podrán negociar, en el marco de la vida jurídica, por un lado, desde su perspicacia y su comprensión del ser humano y, por otro, desde sus relaciones con la vida económica, que está al servicio de la higiene. Entonces, las personas podrán negociar en pie de igualdad, en el marco de la vida estatal o jurídica, sobre las medidas que puedan adoptarse en materia de higiene y de salud pública. Entonces, sin embargo, no serán los legos ni los diletantes quienes curen, pero, con comprensión, la persona madura se enfrentará en pie de igualdad a quien le diga esto o aquello: el médico experto. Al profano, en cambio, su comprensión de la naturaleza humana le permite, en el marco de lo que se cultiva junto con el médico en la vida social, acoger con comprensión los conocimientos especializados, de tal manera que, en un parlamento concebido democráticamente, pueda decir «sí» no solo por autoridad, sino basándose en una cierta comprensión.

Precisamente cuando analizamos objetivamente, en un ámbito tan específico como este, cómo interactúan los tres miembros del organismo social, entonces, estimados asistentes, encontramos toda la justificación de esta idea de la tripartición del organismo social. Solo se puede rechazar esta idea de la tripartición del organismo social si, en un primer momento, se ha entendido de forma meramente abstracta.


*  existe otra versión de esta conferencia incluida en la GA314

Traducida por J.Luelmo sept 2026

GA199 Berlín 17 de septiembre de 1920 - Sobre el escrito «Pensamientos en tiempos de guerra

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RUDOLF STEINER
Las ciencias espirituales como conocimiento 
de los impulsos básicos de la estructura social 

 Sobre el escrito «Pensamientos en tiempos de guerra

Berlín, 17 de septiembre de 1920

discurso

Después de un período relativamente largo, hoy puedo volver a dirigirme a ustedes. La importancia de la asamblea general que se celebrará hoy y la oportunidad de mi breve estancia actual en Alemania hacen esto posible. Nos encontramos en un tiempo cuyo contexto con mi prolongada ausencia seguramente ya han considerado. La relación entre los acontecimientos de este tiempo y la escasa actividad —si es que se puede hablar de tal— que puedo desarrollar para la rama de Berlín, es evidente para ustedes.

Antes de que entremos en el tratamiento conforme a la orden del día de nuestro día de hoy, solo quisiera anticipar unas pocas palabras. Primero quiero recordar cómo, a principios de la primavera de 1914, durante un ciclo de conferencias en Viena, pronuncié palabras que deberían insinuar lo que luego sucedió. En aquel entonces pronuncié exactamente esas palabras, que desde entonces se han publicado impresas en los escritos del ciclo. En aquel entonces pronuncié las palabras de que la humanidad civilizada vive en una especie de proceso patológico social, en una especie de carcinoma social o enfermedad cancerígena; que toda la manera en que se desarrollan las relaciones espirituales, estatales y económicas es tal que necesariamente debía producirse un estallido de esta enfermedad cancerígena lenta, que debía pasar de un estado crónico a uno agudo. Naturalmente, en aquel entonces personas muy inteligentes consideraron tal afirmación, que surgía de un alma sangrante y apuntaba al futuro próximo, como una especie de fantasía, como una forma de reformular con frases un estado de ánimo pesimista. Por supuesto, en aquel entonces se solía escuchar más en los amplios círculos del mundo voces como las que un poco más tarde, por ejemplo, fueron expresadas incluso por una autoridad oficial aquí en el Reichstag alemán, donde se dijo que las relaciones de los gobiernos de Europa Central con los gobiernos de otros países europeos eran completamente satisfactorias y que se esperaba una relajación general en el futuro cercano. Quizás todavía recuerden la otra palabra que en aquel entonces se dijo aquí en Berlín durante una sesión pública del Reichstag: que las relaciones amistosas con la corte de Petersburgo se estaban desarrollando cada vez mejor, que también existían buenas relaciones con Londres, y así sucesivamente. Así hablaron entonces los prácticos, mientras que quienes hablaban desde el mundo espiritual tenían que hablar de una enfermedad, de un carcinoma silencioso. En esencia, todavía se habla así hoy en día, y bastante a fondo, por aquellos que todavía se consideran a sí mismos prácticos, a pesar de que esta práctica ha dado los resultados de los últimos años. Todavía se habla así. Y aquello que se obtiene de las investigaciones espirituales, así como también de los conocimientos sociales, o se ignora por completo o, como ocurre en Alemania, se ataca con la mayor hostilidad; además, lo que es peor, se persigue y calumnia por todos los medios posibles de manera secreta, de la peor manera posible, de modo que la ciencia espiritual orientada a la antroposofía, y todo lo relacionado con ella, hoy quizás pertenece a lo más difamado que existe en el mundo. Y, sin embargo, se debe suponer que hoy ya existe un número de almas que han recibido, de toda la actitud de esta ciencia espiritual orientada hacia la antroposofía, la sensación de que de ella sola puede surgir aquello que puede llevar a la salvación del declive general. Hay que decir esto hoy, incluso si la humanidad necia o malintencionada hablara de alguna vanidad o ambición de la que tales cosas podrían decirse.

Puedo decir, —quiero resumir estas palabras introductorias—, que toda la actitud y toda la forma de los debates, tal y como tuve que cultivarlas durante la guerra propiamente dicha, no han sido comprendidas. En 1914 comenzó una época en la que las consideraciones en el sentido habitual del término tuvieron que cesar y en la que lo que debía suceder a través de las palabras tuvo que convertirse en hechos. Pero la humanidad está acostumbrada a tomar las palabras en el sentido del estilo periodístico, y no en el sentido que precisamente la ciencia espiritual quiere introducir en la humanidad. Así, precisamente durante los llamados años de guerra, muchas cosas fueron malinterpretadas. Sobre todo, no se prestó atención a algo que yo consideraba importante en el sentido más eminente. Antes de que terminara el primer año de guerra, como la mayoría sabrá, publiqué un pequeño escrito: «Pensamientos durante el tiempo de guerra». Este escrito se vendió relativamente rápido. Y si se hubieran considerado las cosas desde ese punto de vista, desde el que lamentablemente aún hoy se consideran, a pesar de que la necesidad se ha vuelto tan grande, habría sido obvio, por razones externas, hacer una nueva edición de la primera gran edición. Me he opuesto a esta nueva edición por la sencilla razón de que este escrito no ha cumplido su cometido. Este escrito, —pueden volver a leerlo hoy, si aún lo tienen—, era una pregunta dirigida al pueblo alemán. Este escrito no debía ser recibido de tal manera que se cayera en el mismo tono en el que cayeron muchos miembros de los países de Europa Central durante la guerra y que hoy en día es el tono habitual precisamente allí donde se difama la antroposofía con un veneno sigiloso y insidioso. Pero nada de lo que yo esperaba de este escrito, en cuanto a comprensión, se ha cumplido en lo más mínimo. Solo si se hubiera cumplido, habría tenido sentido publicar una nueva edición de este escrito. Por lo tanto, no se publicó, desapareció de la vida pública y, en mi opinión, tenía que desaparecer de la vida pública. La prueba de incomprensión que esto supuso debía tomarse muy en serio de alguna manera. Así, se ha malinterpretado profundamente algunas cosas que se dijeron para elevar los espíritus, para encender los espíritus, para poner de relieve lo que precisamente en Europa Central podría haber cobrado importancia: un renacimiento de aquella vida espiritual que se extendió por Europa Central a finales del siglo XVIII y principios del XIX. En el fondo, la ciencia espiritual es el renacimiento de esa vida espiritual en la forma en que debe ser transmitida a los seres humanos de hoy. 

Tomen lo que se escribe hoy en los periódicos de todas las tendencias, en los escritos populares, incluso en los escritos científicos populares, tomen lo que se escribe en Königsberg o Berlín, en Viena o Graz, en Múnich o Stuttgart, y compárenlo con lo que se escribe hoy en París, Roma, Londres, Chicago o Nueva York: encontrarán una gran similitud, encontrarán el mismo tono básico, un espíritu que hay que superar. Si, por el contrario, buscamos otra similitud, si buscamos la similitud que existe entre lo que se escribe hoy en Berlín, Viena, Dresde, Leipzig, Stuttgart, Múnich, Hamburgo y Bremen, y lo que en su día proclamaron mentes como Herder, Goethe, Fichte o Schiller, entonces debemos decir: es completamente diferente.  Y todas las declamaciones que han ocupado espacio con citas de Fichte o incluso de Goethe, todo lo que se ha producido allí se parece más a lo que se escribe en Chicago, Nueva York, Londres, París o Roma que al espíritu de Herder, Fichte, Schiller o Goethe. La marea que ha inundado la vida centroeuropea desde Occidente también ha arrastrado lo que debía vivir en nosotros, y nada de lo que se ha vivido en las últimas décadas ha dejado rastro del antiguo espíritu. Esto tuvo que ser mostrado al mundo cuando la catástrofe se abatió sobre Europa Central, y se desprendió de mi alma cuando redacté mi «Llamamiento al pueblo alemán y al mundo cultural». Lo que estaba relacionado con ello no podía simplemente continuar como se había hecho anteriormente, en la forma que ustedes conocen, hasta el año 1914. 

En aquel entonces no podía apelar a algo que se creía que se podría apelar después de 1918. No se podía apelar a lo que era la prueba del declive de la civilización en general, a la miseria. Desde 1918 había que creer que la miseria que se había apoderado de Europa Central despertaría las almas, las haría receptivas al lenguaje que se pretendía transmitir en el «Llamamiento al pueblo alemán y al mundo cultural». Sin duda, no podía seguir siendo como antes, cuando se cultivaba el movimiento antroposófico. Antes había que prestar el servicio que, por supuesto, siempre ha de prestarse en el movimiento antroposófico, y que también ha de prestarse hoy y en el futuro: cultivar lo eterno en el alma humana, aquello que trasciende el nacimiento y la muerte, que va más allá del mundo meramente sensual y apunta al mundo suprasensible. Y había que esperar a ver si de entre las almas, de entre las almas dormidas de la civilización moderna, surgían aquí o allá aquellas almas que realmente comprendían lo que significa la ciencia espiritual. Todavía no se podía apelar a la prueba externa a través de la necesidad. Pero ahora, después de 1918, había llegado el momento en que había que poner ante el ojo espiritual algo completamente diferente como requisito previo. La humanidad podría haber comprendido adónde la había llevado el predominio del materialismo. Porque lo que hemos vivido y lo que seguimos viviendo, y lo que viviremos de manera aún más contundente en el futuro, es el karma externo del materialismo en el ámbito espiritual, estatal y económico. Es la consecuencia de la omisión, que consiste en que los seres humanos no han querido encontrar en sí mismos la fuerza activa para cultivar la vida espiritual en el alma. Entonces llegó el momento, tras la redacción de este «Llamamiento al pueblo alemán y al mundo cultural», en el que lo más importante era trabajar de forma positiva para conseguir algo concreto. Esto se derivaba puramente de las posibilidades que ofrecía la vida. Tuve que agarrarme a las primeras manos que se me presentaron, porque cada momento era urgente. Tuve que agarrar las primeras manos que se me presentaron: eran las que me esperaban en Stuttgart. En primer lugar, se trataba de cuidar y mimar lo que se podía cuidar y mimar gracias a la iniciativa de algunos amigos de allí. Si en aquel entonces la humanidad hubiera comprendido de qué se trataba, si no hubiera fracasado ella misma bajo la lección de la necesidad, habría bastado con hacer algo así desde un centro, porque eso podría haber tenido un efecto ejemplar. Pero, ¿qué pasó? 

Para que vean cómo hay que entender las cosas, me gustaría mencionar algo. Antes de partir de Suiza hacia Stuttgart en la primavera de 1919 para mi primera gira de conferencias, se me acercó un pacifista de renombre mundial que quería firmar el «Llamamiento al pueblo alemán y al mundo cultural», pero que dudaba un poco y quería obtener más información sobre este llamamiento. Me dijo entonces: «¿Con qué cuenta usted realmente en Alemania?». Creo que dijo: «Usted cuenta con la segunda revolución». Era la primavera de 1919 y en Alemania se contaba entonces con la segunda revolución, tras la primera del otoño de 1918. Él creía que lo que iba a surgir en el mundo gracias a la triarticulación del organismo social debía utilizarse como una especie de vehículo, como una especie de camino para lo que se encontraba en los impulsos de una segunda revolución. Yo le respondí: «¡No! Esa no es en absoluto mi opinión».  No es en absoluto mi opinión, en primer lugar porque no creo en absoluto que de aquellas personas que llevarían a cabo la segunda revolución en Alemania pudiera surgir directamente una comprensión de la triarticulación del organismo social en el sentido verdadero, mientras sigan ahí los antiguos líderes, y en segundo lugar, dije, porque no creo en absoluto en una segunda revolución. Más bien creo que esta segunda revolución consistirá en una enfermedad crónica y no llegará a un estallido agudo. Lo único con lo que cuento es que, para lo que nace de los fundamentos espirituales, se encuentren tantas almas como sea posible que lo acepten sin prejuicios, por las necesidades del momento, independientemente de lo que suceda por las intenciones de los antiguos líderes. — Por lo tanto, no contaba con aquellas cosas con las que muchos creían que contaba. Cuando llegué a Stuttgart, era lógico, en cierto sentido, que primero me dirigiera a las grandes masas populares. Estas grandes masas populares, aunque en muchos casos paralizadas por los acontecimientos de la guerra, eran las que primero debían escuchar algo. En lo más profundo de mi alma sabía cómo estaban las cosas, porque sabía que mientras los líderes que se alzaban desde los viejos tiempos, —ya fueran los líderes de los partidos de derecha o de izquierda, incluso los más izquierdistas—, mantuvieran un firme control sobre los partidos y sobre el pueblo, no se podría hacer nada con la gente. Pero piensen en lo que habría pasado si hubiera dicho que no estaba a favor de dirigirme a los amplios círculos del pueblo. Nadie habría tenido por qué creerme, pero si no lo hubiera hecho, después se habría dicho: «¡Si se hubiera dirigido a los amplios círculos del pueblo, todo habría sido muy diferente!». Cuando se trata de realidades, hay que demostrarlo también con realidades. Y primero hubo que demostrar con realidades que todos los partidos de izquierda, los difamadores y los héroes de pacotilla se alzaron contra lo que, gracias a la triarticulación, empezaba a ser comprensible para las amplias masas populares. Íbamos por buen camino. Se puede decir que ganábamos miles de personas cada tres días. Pero precisamente la comprensión que las amplias masas populares mostraban hacia la triarticulación fue lo que llevó a los antiguos líderes a sus calumnias y a su retórica, y así fue como, en un primer momento, pareció que se nos escapaba el suelo bajo los pies en este lado.

¿Y qué se podía esperar del otro lado? Bueno, no sirve de nada engañarse a uno mismo en estas cosas, sino que lo único que nos ayuda en el presente es decir la verdad. En aquel entonces, una personalidad destacada, que había surgido del partido que se llamaba y se llama a sí mismo «Partido Democrático Alemán» debido a una extraña interpretación de la palabra, y que apareció en una de las reuniones que se celebraron en aquella época, me dijo: Sí, ya sabe, si pudiéramos hacer que más gente hablara ante las grandes masas populares y les hiciera comprender las cosas de esta manera, entonces bien, entonces se podría participar. Pero eso no puede hacerse a escondidas y, por eso, por el momento confiamos más en las armas, en la fuerza, y seguiremos reprimiendo a las grandes masas populares con ellas durante los próximos quince o veinte años. Esa era, en esencia, la mentalidad dominante de la burguesía; la otra era la economía proletaria. 

Así pues, no queda más remedio que defender lo que se ha extraído de los fundamentos espirituales, de tal manera que cada vez más personas comprendan el asunto. Pero detrás de ello debe estar, sobre todo, lo que ha surgido y debería haberse cultivado, lo que ya antes de la guerra se colocó en la frontera entre Suiza, Francia y Alemania, para que desde Europa Central mirara hacia el amplio mundo, especialmente hacia Occidente, y que luego recibió el nombre que debía tener: el nombre de Goetheanum. Porque hoy nos enfrentamos a tareas mundiales en el ámbito espiritual. Hoy nos enfrentamos a cuestiones espirituales, no como si se tratara de meros asuntos personales.  Porque enfrentarnos a cuestiones espirituales como si fueran asuntos personales nos llevaría a la ruina. En definitiva, eso es lo que ha tenido que limitar mi actividad últimamente al sur de Alemania y Suiza. Anhelo sinceramente que llegue otro tiempo en el que el horizonte de la acción pueda volver a ampliarse. Pero eso no depende solo de mí, depende sobre todo de la comprensión que se tenga hacia el asunto. Quizás en estos días tenga la oportunidad de señalar algo sobre ese tipo de comprensión que emana de ciertos círculos que trabajan más en la clandestinidad mediante falsificaciones de cartas, falsificaciones de entrevistas, calumnias y mentiras.

Por ahora, lo que acabo de decir solo sirve para indicar las razones que nos obligaron a abandonar temporalmente nuestra actividad en Berlín, para señalar las circunstancias que hicieron necesario apelar también en Berlín a lo que era necesario apelar en ese momento. ¿Acaso no hemos impulsado la antroposofía durante casi dos décadas en un amplio territorio? ¿No era lógico esperar que se encontraran personas que continuaran trabajando de forma independiente? Y se han encontrado. Se han encontrado aquí, en Berlín, y con la ayuda de estos amigos hay que intentar, en primer lugar, continuar el trabajo berlinés. Con este fin nos hemos reunido aquí. En esta asamblea general se decidirá sobre la continuación del trabajo aquí, en Berlín.

Traducido por J.Luelmo jun, 2025

GA199 Dornach, 20 de agosto de 1920 - El ser humano en el campo de tensión entre «dentro y fuera», entre fenómenos espirituales y sensoriales

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RUDOLF STEINER
Las ciencias espirituales como conocimiento 
de los impulsos básicos de la estructura social 

 El ser humano en el campo de tensión entre «dentro y fuera», entre fenómenos espirituales y sensoriales

Dornach, 20 de agosto de 1920

sexta conferencia

Hoy me gustaría resumir algunas de las cosas que se han dicho aquí últimamente. Hemos hablado del mundo sensorial exterior en relación con el mundo interior humano, y señalé con especial énfasis dos cosas. Señalé que el mundo sensorial exterior debe entenderse como un mundo de apariencias, y que uno de los prejuicios de nuestro tiempo es no interpretar correctamente esta visión del mundo de las apariencias. Ciertamente, aquí y allá surge una cierta conciencia de que el mundo sensorial exterior es un mundo fenomenológico, es decir, un mundo de apariencias, y no de realidades materiales. Pero entonces se buscan realidades materiales detrás de este mundo de apariencias externas, por ejemplo, átomos, moléculas y cosas por el estilo. Esta búsqueda de átomos, moléculas, en definitiva, de un mundo de realidad material que se esconde tras el mundo fenoménico, es exactamente igual que si alguien buscara, por ejemplo, en el arco iris, que aparentemente es solo un fenómeno, todo tipo de entidades moleculares, de materialidades moleculares que tendrían que estar detrás. Esta búsqueda de la realidad material frente al mundo exterior es, como nos muestra la ciencia espiritual desde los más diversos ángulos, algo completamente infundado. Debemos tener claro que a nuestro alrededor, en lo que es el mundo sensorial, nos enfrentamos a un mundo de apariencias, y no debemos percibir el sentido del tacto de manera diferente a los demás sentidos. Del mismo modo que vemos el arco iris con los ojos y no buscamos detrás de él una realidad material, sino que lo aceptamos como una apariencia, debemos aceptar todo el mundo exterior tal y como es, en el sentido que expuse hace décadas en mi introducción al volumen sobre la teoría del color de los escritos científicos de Goethe. Y entonces se nos plantea la pregunta: ¿qué hay detrás de este mundo de apariencias? Detrás no hay átomos materiales, sino seres espirituales, hay espiritualidad. Reconocer esto significa mucho, porque significa que admitimos que no estamos en un mundo material, sino en un mundo de realidades espirituales.

Así pues, cuando nos orientamos hacia el exterior como seres humanos, —si eso (véase el esquema) es, en cierto modo, el límite de nuestro cuerpo—, tenemos el mundo sensorial y, detrás de él, el mundo de las realidades espirituales, de los seres espirituales (a la derecha).

Si ahora nos adentramos en el interior del ser humano, es decir, si nos volvemos hacia nuestro interior, lo primero que encontramos, cuando nos adentramos en nuestro interior a partir de nuestros sentidos, es el contenido de nuestro mundo imaginario, el contenido de nuestro mundo espiritual. Si llamamos al mundo sensorial el mundo de los fenómenos sensoriales, de las apariencias sensoriales, entonces, cuando nos adentramos en nuestro interior a partir de nuestros sentidos, nos encontramos con el mundo de los fenómenos espirituales (izquierda). Porque, naturalmente, tal y como están en nosotros, nuestros pensamientos, nuestras ideas no son realidades, sino fenómenos espirituales. Y ahora todo depende de que, cuando nos adentramos aún más en nuestro interior desde este mundo del alma, no creamos que llegamos a lo que los soñadores místicos presuponen, a un mundo especial superior, sino que llegamos al mundo de nuestro organismo, llegamos precisamente al mundo de las realidades materiales. Por eso es importante no creer que meditando se puede encontrar algo espiritual, sino que hay que buscar precisamente la constitución del organismo material humano. No hay que buscar en uno mismo todas las realidades místicas posibles, como he destacado desde diferentes puntos de vista, sino que hay que buscar detrás de lo que se impone en el alma, es decir, lo que se convierte en fenómeno espiritual, precisamente cuanto más y más profundamente se penetra en uno mismo, la interacción del hígado, el corazón, los pulmones, etc., y también de otros órganos que los místicos no quieren que se mencionen. Así conocemos lo realmente material de nuestra existencia terrenal. Y muchos, —como he destacado a menudo—, que creen adentrarse en lo más profundo de su interior y encontrar realidades místicas, solo encuentran lo que incuban su hígado, su vesícula biliar y otros órganos similares. Así como el sebo se convierte en llama, lo que incuban el hígado, los pulmones, el corazón y el estómago se convierte en lo que se manifiesta a la conciencia como apariciones místicas.

Eso es precisamente lo que hace la verdadera ciencia espiritual: lleva al ser humano más allá de cualquier tipo de ilusión. Es una ilusión de los materialistas pensar que detrás del mundo sensorial no hay realidades espirituales, sino realidades físicas y materiales. La ilusión de los místicos es que creen que, al descender a su propia esencia, pueden encontrar no el mundo de los órganos corpóreos, sino alguna chispa divina especial y cosas por el estilo.

Para la verdadera ciencia espiritual es importante que no busquemos lo material en el mundo exterior, ni que busquemos lo espiritual en el mundo interior tal y como se obtiene inicialmente a través de la incubación interior.

Lo que acabo de decir tiene consecuencias importantes para toda nuestra cosmovisión. Piensen que debemos explicar que, desde que uno se duerme hasta que se despierta, uno se encuentra con su cuerpo astral y su yo fuera del cuerpo físico y del cuerpo etérico. ¿Dónde está entonces? Debemos plantearnos la pregunta: ¿dónde está entonces? Si suponemos que ahí fuera está el mundo que describen los físicos, entonces no tiene ningún sentido hablar de una existencia del cuerpo astral o del yo fuera del cuerpo físico. Pero si sabemos que más allá del mundo sensorial se encuentra el mundo de las realidades espirituales, del cual brota el mundo sensorial, entonces tenemos la posibilidad de imaginar que el cuerpo astral y el yo se adentran en el mundo espiritual que se encuentra detrás del mundo sensorial. Están realmente en la parte del mundo espiritual que subyace al mundo sensorial, de modo que se puede decir que, al dormir, el ser humano penetra en ese mundo espiritual que subyace al mundo sensorial. Al despertar, sin embargo, penetra con su yo y con su cuerpo astral en lo que es, en primer lugar, una entidad etérica y lo que es el mundo del orden material.

Solo se pueden tener ideas claras sobre lo que se puede entender como cosmovisión antroposófica si se tienen ideas claras sobre estas cosas. Porque, sobre todo, entonces no se caerá en el engaño de pensar que de alguna manera se puede buscar lo divino o lo espiritual que subyace a nuestro ser humano detrás del entorno sensorial. Solo existe lo espiritual que este mundo sensorial produce a partir de sí mismo. Nosotros mismos, como seres humanos, tenemos nuestras raíces en el mundo espiritual. Pero, ¿en qué mundo espiritual? En aquel mundo espiritual que abandonamos al encarnarnos en nuestro cuerpo físico. Venimos de aquel mundo espiritual que vivimos entre la muerte y un nuevo nacimiento; entramos en esta existencia física a través del nacimiento o la concepción. Pero el mundo en el que estamos entre la muerte y un nuevo nacimiento, el que abandonamos, es un mundo espiritual diferente a este; es un mundo espiritual y, por lo tanto, está relacionado con este. Pero ese mundo espiritual da lugar a nuestro mundo sensorial. El mundo espiritual del que hablamos, —lo he tratado en el ciclo «La esencia interior del ser humano y la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento» , ese mundo que vivimos entre la muerte y un nuevo nacimiento, que nos impulsa, que nos engendra, no lo comprendemos si lo buscamos detrás del mundo sensorial, tampoco lo comprendemos si lo buscamos en nosotros mismos. Allí solo encontramos lo material de nuestro propio organismo. Lo comprendemos cuando salimos del espacio. No está en el espacio. Solo se puede hablar de ello, como he subrayado a menudo, si nos basamos únicamente en el tiempo, si lo concebimos como algo temporal. Por lo tanto, todas las descripciones que tenemos de este mundo entre la muerte y un nuevo nacimiento son, por supuesto, solo imaginación, solo imágenes. Y no debemos confundir estas imágenes, con las que necesariamente tenemos que expresarnos, con las realidades en las que vivimos entre la muerte y un nuevo nacimiento.  Es tan necesario que, desde la perspectiva antroposófica, no solo se hable de todo tipo de cosas fantásticas que se describen con palabras antiguas, sin que estas palabras antiguas realmente describan nada nuevo, sino que es necesario enriquecer el mundo conceptual e imaginativo si se quiere enviar a ese mundo los pensamientos y las ideas que experimentamos entre la muerte y un nuevo nacimiento. De modo que podamos adquirir una idea que es extraordinariamente importante, que también puede ser motivo de una profunda reflexión, aunque sea una reflexión incómoda. Esa idea es la siguiente: cuando hemos vivido la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, nos encarnamos aquí en el espacio. Penetramos en el espacio partiendo de algo que no es espacial. El espacio solo tiene significado para lo que experimentamos aquí entre el nacimiento y la muerte. Y, a su vez, cuando atravesamos la puerta de la muerte, no solo salimos de nuestro cuerpo con nuestra alma, sino que salimos del espacio; esto es importante. 

Esta idea, que era tan común entre las personas hasta los siglos IV, V y VI de nuestra era, e incluso entre personas que vivieron en el siglo IX, como Escoto Erígena, esta idea de que lo espiritual que subyace al ser humano, que él vive, como se creía entonces, solo después de la muerte, —como ahora debemos decir: en todo caso entre la muerte y un nuevo nacimiento —, esta idea se ha perdido por completo en los tiempos modernos. Los tiempos modernos están orgullosos, altivos de su pensamiento, pero en realidad solo pueden pensar lo espacial. Viven cada pensamiento solo pensando también el espacio. Pero hay que esforzarse por pensar lo espiritual, por superar el espacio mismo en el pensamiento. De lo contrario, nunca llegaremos a lo realmente espiritual y, sobre todo, nunca llegaremos ni siquiera a una ciencia natural aproximadamente correcta, y mucho menos a una ciencia espiritual. Precisamente en nuestra época es de infinita importancia familiarizarse con estas sutiles distinciones del conocimiento científico-espiritual. Porque lo que adquirimos a través de tales conceptos no es solo una cosmovisión cualquiera, un contenido de pensamiento cualquiera. Esta adquisición de un contenido de pensamiento es, en definitiva, lo mínimo que podemos obtener de la ciencia espiritual orientada a la antroposofía. Porque da igual si alguien cree que el mundo está compuesto por moléculas y átomos, o si cree que el ser humano está compuesto por el cuerpo físico, luego por algo más sutil, el cuerpo etérico, luego por algo aún más sutil, más nebuloso, el cuerpo astral, algo aún más sutil, quién sabe qué vendrá después: del cuerpo mental, y lo que venga después, cada vez más sutil, más sutil, más sutil, mientras que el cuerpo etérico ya ni siquiera se menciona cuando se habla de sutileza. Al fin y al cabo, da lo mismo ser materialista e imaginar el mundo como átomos, o albergar esta idea materialista burda, que es precisamente el patrimonio común de las llamadas doctrinas teosóficas sociales, o como quiera llamarse. Lo importante es algo muy diferente, y es que seamos capaces de transformar todo nuestro estado de ánimo, que nos esforcemos por pensar de otra manera para lo espiritual, diferente a como estamos acostumbrados a pensar para el mundo sensorial exterior. Cuando pensamos en algo diferente al mundo sensorial como espiritual, no es que entremos en la ciencia espiritual, sino cuando pensamos de manera diferente sobre lo espiritual que cuando pensamos sobre el mundo sensorial. Pensamos sobre el mundo sensorial de manera espacial. Sobre lo espiritual podemos pensar, como mucho, dentro de ciertos límites temporales, porque debemos pensar en nosotros mismos en este mundo espiritual. Y, en cierto modo, también estamos condicionados espiritualmente por el tiempo, ya que en un momento determinado de la vida entre la muerte y el nacimiento somos trasladados a la vida entre el nacimiento y la muerte.

Esta transformación del estado de ánimo es lo que he señalado a menudo y lo que la humanidad actual necesita tanto. ¿Cómo hemos llegado a las calamidades del presente? Hemos llegado a las calamidades del presente porque, con los llamados avances modernos, la humanidad ha olvidado por completo cómo incorporar lo espiritual en sus ideas. Lo que constituye la enseñanza teosófica de la llamada «Sociedad Teosófica» es precisamente el intento de caracterizar lo espiritual con formas de pensamiento materialistas, es decir, de llevar el materialismo hasta lo espiritual. Al llamar a algo espiritual, no se tiene una concepción espiritual, sino que solo se transforma el pensamiento adecuado para lo sensorial.

Si los seres humanos deben convivir, entonces no se encuentran en meras relaciones espaciales, no se encuentran en relaciones que puedan concebirse con lo que hoy en día se ha convertido en pensamiento general gracias a las ciencias naturales. Por eso ya no podemos desarrollar ideas sociales en la cosmovisión actual, porque el pensamiento al que la humanidad se ha acostumbrado gracias a las ciencias naturales no conduce en absoluto a caracterizar la convivencia de los seres humanos. De ahí esas desviaciones que hoy experimentamos como todo tipo de concepciones sociales del mundo y que solo se deben a que es imposible pensar realmente en lo social a partir de las ideas con las que hoy consideramos algo correcto o incorrecto. Solo cuando nos dispongamos a adentrarnos en las ciencias espirituales será posible volver a pensar en lo social tal y como debe pensarse, si no queremos que continúe el declive, sino que se produzca un ascenso. La educación que nos brinda la ciencia espiritual es mucho más importante que el contenido de la ciencia espiritual. De lo contrario, acabaremos exigiendo cada vez más que las cosas espirituales, como se dice, se expongan de forma popular, es decir, de forma burda y realista. Se llega a considerar poco ilustrativo aquello que simplemente debe expresarse de cierta manera para no caer en fantasías, sino para decir realidades, como ha tenido que suceder, por ejemplo, tanto en nuestras representaciones antroposóficas como en mi libro «Die Kernpunkte der sozialen Frage» (Los puntos centrales de la cuestión social). Sí, «ilustrativo» es algo que hoy en día la humanidad entiende como algo muy extraño. Hoy en día hay personas que especulan con este anhelo de los seres humanos de obtener todo de forma burdamente ilustrativa. Y especulan en todo el mundo, no solo en territorios concretos.

Por ejemplo, encuentro un pasaje interesante en un libro publicado recientemente, «Les forces morales aux Etats-Unis», escrito por una francesa. Las subdivisiones son: l’élise, l’école, la femme. En este libro hay un pequeño episodio interesante que muestra cómo desde ciertos ámbitos se intenta ilustrar las cosas relacionadas con la relación del ser humano con el mundo espiritual. La autora cuenta: Una noche, paseaba con una amiga por Broadway. Llegué a una iglesia. Al echar un vistazo, vimos que la plaza estaba llena solo de hombres. Indignadas por lo que veíamos, evitamos adentrarnos en el interior. Un sacerdote con sotana nos vio, se acercó y nos invitó a entrar. Como dudábamos, nos preguntó por nuestra confesión religiosa. «No somos católicas», le respondí.  Nos instó vivamente a entrar en su iglesia y nos invitó con el dedo índice levantado: «Vengan aquí», dijo con convicción, «escúchenme. Si quieren ir a Chicago, por ejemplo, ¿cómo lo hacen? Para llegar allí pueden ir a pie, en coche, en barco o en tren. Lógicamente, elegirán el medio más rápido y cómodo. En este caso, el tren. Por supuesto, si quieren llegar al jardín de Dios, elegirán igualmente la religión que les llevará allí de la forma más rápida y segura. Esa es la religión católica, que es el tren expreso al paraíso. La informante solo añade que estaba tan perpleja que ni se le ocurrió decirle que, en su vívida comparación, se había olvidado del avión, que podría haber mencionado como un medio aún más rápido para llegar al paraíso.

Como pueden ver, aquí alguien que quiere satisfacer los prejuicios de la gente elige ideas ilustrativas. Para la religión católica, es una idea ilustrativa que sea «el tren expreso al cielo». Esa es la tendencia actual, las ideas ilustrativas, es decir, buscar ideas que no exijan a la gente ningún esfuerzo mental. Pero ahí es donde ya tenemos que ver la seriedad de la vida actual, que consiste en que tenemos que salir de esa claridad que se convierte en banalidad y trivialidad y que, por ello, arrastra precisamente al ser humano al materialismo por aquellas cosas que precisamente deberían ser comprendidas espiritualmente. También hay que buscar en esos síntomas lo que es más necesario para nuestra época. Y hay que repetirlo una y otra vez: no debemos pasar por alto esos síntomas, no debemos ir con los ojos vendados por nuestro mundo, que es un organismo que quiere ser reconocido precisamente a través de sus síntomas, porque en esos síntomas reside lo que hay que comprender si queremos salir de nuestro declive general y ascender.

Sin embargo, es necesario ver algunas cosas en su justa medida en este punto. Lo que realmente se ha extraído de los documentos de la ciencia espiritual en los «Puntos fundamentales de la cuestión social» no ha surgido de ninguna teoría, sino de la vida en su amplitud, solo que esta vida se ha contemplado desde un punto de vista espiritual. Y la humanidad no puede avanzar hoy en día si no se adapta a esta forma de contemplar la vida.

Me gustaría reunir dos aspectos de la vida que, en estos días, me han vuelto a demostrar lo necesario que es guiar a la humanidad actual hacia esta comprensión vital de la realidad, pero al mismo tiempo hacia una comprensión espiritual de la realidad. Verán, ayer leí un artículo de un periodista que, según me han dicho, René Marchand y que durante mucho tiempo fue periodista de «Le Figaro», «Le Petit Parisien», etc., y que luego participó en la guerra en el frente ruso, que era un enemigo acérrimo de los bolcheviques, que luego tuvo que ver con el general de la contrarrevolución, fue su partidario y que luego, en un momento dado, se convirtió al pensamiento de los consejos, al bolchevismo. De ser un enemigo del bolchevismo, —dice aquí—, se convirtió en un defensor, en un incondicional admirador de sus líderes y de la idea de los consejos. Es interesante observar cómo una persona que pertenece al mundo intelectual, ya que es periodista, que vive con una concepción más profunda de la vida, con una sensibilidad más profunda por la vida, que vive según las antiguas tradiciones en las que viven hoy en día la mayoría de las almas dormidas, que una persona así llega de repente a la conclusión de que eso conduce sin duda alguna a la perdición. Y entonces le parece que el único objetivo posible es el bolchevismo. Es decir, la persona ve ahora que todo lo que no es bolchevismo conduce a la ruina. Ya les he mostrado cómo lo describió Spengler. Marchand solo ve el bolchevismo, y al principio creía que el bolchevismo era solo un asunto ruso. Pero luego descubrió algo completamente diferente, descubrió que el bolchevismo es un asunto internacional que debe extenderse por todo el mundo, y:  Ahora me quedó claro que la paz solo podrá restablecerse y que los principios que hasta ahora solo han sido proclamados por los gobiernos burgueses para engañar a las masas solo se harán realidad cuando este nuevo imperialismo, —el de la Entente—, se haya derrumbado a su vez y cuando los pueblos de todos los países tomen libremente las riendas de su destino en sus propias manos, etcétera. Y luego cuenta cómo ha llegado a la conclusión de que solo cuando el mundo se bolchevice por completo reinará la justicia, la concordia, la paz y el derecho, y solo así podrá producirse la reconstrucción. Este hombre se ha dado cuenta de que todo lo demás conduce a la ruina. Y, en el fondo, dice con toda razón: si se quiere seguir cultivando lo que hay aparte del bolchevismo, tendrá que ser la dictadura del viejo capitalismo, de la burguesía o de lo que ello conlleva. Tiene que ser la dictadura de Lloyd George, Clemenceau, Scheidemann y demás. Si no se quiere eso, si no se quiere caer en la ruina, no hay otra opción que la dictadura, la dictadura del bolchevismo. Y ahí es donde ve la única salvación. 

Como pueden ver, este hombre es, en cierto modo, sincero, mucho más sincero que todos los demás, que ven acercarse el bolchevismo y creen que se le puede oponer el antiguo régimen. Al menos, él comprende que todo lo antiguo está maduro para desaparecer. Pero hay una pregunta que se impone precisamente cuando se está en el terreno de las ciencias humanas, cuando se vive algo así; porque una persona como este Rene Marchand es una excepción. La pregunta que se impone es: ¿de dónde saca este hombre todo su conocimiento?, — Lo sabe de donde lo sabe la mayoría de la gente de hoy en día, lo sabe por los periódicos, por los libros. No conoce la vida. Porque la gente que vive hoy en día, en su mayor parte, solo conoce la vida por los periódicos, por los libros. Precisamente las clases dirigentes solo conocen la vida por los periódicos. ¡Cuántas cosas hemos vivido en esta relación a través de los periódicos, de los libros! Hemos visto cómo hace décadas la gente se formaba su visión del mundo a partir de comedias francesas, cómo conocían mejor la literatura que aparecía en una comedia que lo que ocurría en la vida real, cómo pasaban por alto las realidades de la vida y, en realidad, solo se informaban a través de lo que veían desde el escenario. Más tarde hemos visto cómo las personas se han formado su visión del mundo a partir de Ibsen, Dostoievski o Tolstói, que no conocían la vida, que tampoco podían juzgar los libros según la vida, sino que, en el fondo, solo asimilaban la vida derivada, la que estaba escrita en el papel. Y ahí desarrollan sus lemas, fundan sus asociaciones para todo tipo de reformas, sin conocer la vida real, que solo conocen a través de Ibsen o Dostoievski, o la conocen tal y como a menudo debía resultar repugnante en la época en que, por ejemplo, se representaba «Los tejedores» de Hauptmann en todas las grandes ciudades de Europa.  El modo de vida de los tejedores, que apareció en el teatro. Aquellas personas que no tenían ni idea de lo que ocurría en la vida, cuya caricatura aparecía aquí en el escenario, ahora contemplaban, porque era la «época social», la miseria de los tejedores desde las tablas y también hablaban de todo tipo de cuestiones sociales, ya que solo conocían las cosas de esa manera. En el fondo, son todas personas que no conocen la vida, que solo la conocen por lo que se deriva de los periódicos, de los libros, de lo que son hoy en día los libros. No estoy en contra de los libros, hay que conocerlos; pero hay que leerlos de tal manera que se pueda ver la vida a través de ellos.Pero lo cierto es que hoy en día vivimos en una época de abstracciones, de reivindicaciones abstractas de los partidos, de reivindicaciones abstractas de las asociaciones, etcétera. Y por eso me resulta interesante que, por un lado, se nos acerque un hombre tan realista como este René Marchand, que al mismo tiempo es un oráculo para muchos, porque es un periodista que no se plantea en absoluto la pregunta: ¿se puede llegar a una forma de vida viable a partir de este bolchevismo?, — Porque él no conoce la vida, solo sustituye lo que ha conocido y lo que considera maduro para la ruina por una nueva fórmula abstracta, por nuevas teorías. Y entonces tuve que comparar estas omisiones de un intelectual con una carta que recibí esta mañana, en la que me escribe alguien que ha estado dentro de la vida, que ha experimentado en la vida precisamente lo que hoy se puede experimentar para juzgar la situación social, cómo el libro «Die Kernpunkte der sozialen Frage» (Los puntos clave de la cuestión social) se ha convertido en una especie de redención, un profesional que ha trabajado en la tejeduría y conoce a fondo la práctica. Solo entonces se tendrá una idea de lo que se entiende por «los puntos centrales de la cuestión social» como un libro de realidad, pero sacado del mundo espiritual, como todo lo que hoy debe servir a la vida debe ser sacado del mundo espiritual. solo entonces se sabrá lo que significa, si se juzga desde el punto de vista de la práctica de la vida, si se sabe que en todas partes, en cada línea, en cada palabra, no es teoría, sino que se ha extraído de la práctica de la vida, cuando se comprenda que es un libro para aquellos que quieren intervenir activamente en la vida, no para aquellos que quieren especular sobre la vida y charlar sobre socialismo.

Son estas cosas las que hoy causan tanto dolor, que aquellos que no tienen ni idea de la realidad llaman utópico a un libro realista, que aquellos que no tienen ni idea de la realidad de la vida y que ellos mismos padecen literatitis, también consideran un libro literario a un libro que se ha extraído de la vida. Y hoy en día lo que importa es el cómo, no el qué. Lo que importa es que adquiramos formas de pensamiento que sean adecuadas para servir de instrumentos para comprender la vida espiritual, porque en realidad la vida espiritual está en todas partes. En nuestro entorno, aquí o más allá del mundo sensorial, existen realidades espirituales, y a partir de estas realidades espirituales debe construirse la nueva estructura social, no a partir de esa charlatanería que aparece en el leninismo y el trotskismo y que no es más que el limón exprimido de antiguas concepciones burguesas occidentales que no tienen ningún poder para generar ninguna idea social.  Hay que preguntarse dónde están las personas que hoy en día quieren comprender la vida de esta manera con la suficiente intensidad. No se puede comprender si no se hace desde el espíritu. No se puede comprender la vida entre el nacimiento y la muerte si no se está dispuesto a comprender la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Porque o bien se es un materialista descarado, si no se quiere ir a la vida espiritual, o bien se es un intelectual que vive en teorías que solo le permiten comprender la vida después de haberla escuchado representar dramáticamente por Ibsen, o por Dostoievski, o por alguien así. Pero lo importante es que sepamos entender todo lo que nos encontramos en la literatura como una especie de ventana a través de la cual contemplamos la vida. Solo lo conseguiremos si, más allá del mundo sensorial, contemplamos el mundo espiritual, el mundo de las entidades espirituales, y cuando finalmente nos despidamos de esas fantasías de átomos y moléculas con las que la física actual quiere construir un mundo, y de las que se deduciría que todo el mundo actual, en el fondo, consiste realmente solo en átomos y moléculas, y con ello se descarta todo lo espiritual y, por lo tanto, también todo ideal moral y religioso. Mañana seguiré hablando de ello.

Traducido por J.Luelmo jun, 2025