CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA073a Dornach, 7 de abril de 1920 - La atención de la salud como cuestión social

Índice

RUDOLF STEINER


LA ATENCIÓN DE LA SALUD COMO CUESTIÓN SOCIAL *


Dornach,  7 de abril de 1920

¡Honorables miembros del público! No cabe duda de que la cuestión social es uno de los asuntos que, en círculos cada vez mas amplios, nos preocupan más hoy en día, y allí donde se tiene un poco de corazón para lo que surge en el presente del desarrollo de la historia humana, para los impulsos que amenazan o que hay que tratar para el futuro, esto se puede resumir bajo el nombre de cuestión social. Hay que decir, sin embargo, que la consideración y el tratamiento de esta cuestión social en el presente adolece del mal fundamental del que adolecen tantas cosas en nuestra vida cognoscitiva, en nuestra vida moral, de hecho en toda nuestra vida civilizada, a saber, del intelectualismo de nuestro tiempo, que adolece del hecho de que sus problemas se sitúan tan a menudo meramente en la perspectiva de una visión intelectualista. La cuestión social se debate desde este o aquel punto de vista, que está más a la derecha o a la izquierda. El intelectualismo de tales debates se evidencia en el hecho de que se basan en ciertas teorías, en la suposición de que esto o aquello debe ser de tal o cual manera, que esto o aquello debe ser abolido. Al hacerlo, se tiene poco en cuenta a las personas en sí mismas. Se trata a las personas como si existiera algo genérico como "ser humano", como si no existiera algo que se desarrolla individualmente en cada persona en un determinado aspecto. No dirigimos nuestra atención a la peculiaridad e idiosincrasia del ser humano individual. Por tanto, toda nuestra consideración de la cuestión social adquiere también algo abstracto, algo que hoy tan poco pasa a los sentimientos sociales, a las actitudes que intervienen entre persona y persona. Lo que se evidencia aquí como una deficiencia de la consideración social, lo percibimos más claramente cuando dirigimos nuestra atención a un ámbito concreto, un ámbito que quizá sea más adecuado que muchos otros para ser sometido a la consideración social, por ejemplo, cuando nos fijamos en el ámbito de la higiene, en la medida en que la higiene es un asunto público que no concierne al individuo, sino a la comunidad humana.

Es cierto que aún hoy no faltan instrucciones higiénicas, tratados y escritos sobre el cuidado de la salud como asunto público. Pero hay que preguntarse: ¿Cómo encajan estas instrucciones, estas consideraciones sobre la higiene, en la vida social? - Y aquí tenemos que decir: se colocan de tal manera que los discursos individuales sobre el cuidado adecuado de la salud, se publican como el resultado de la ciencia médica, fisiológica, medicinal, por lo que se supone que la confianza que uno tiene en un tema cuya esencia interna no está en condiciones de examinar, constituye en cierta medida la base para la aceptación de tales normas.  Sólo sobre la base de la autoridad pueden los círculos más amplios, a los que sí concierne, -porque concierne a todas las personas-, aceptar lo que surge de las cámaras de estudio y de las salas de examen, de los laboratorios de examen de la profesión médica acerca de la higiene. 

Pero si uno está convencido de que en el transcurso de la historia moderna, en el transcurso de los últimos cuatro siglos, ha surgido en la humanidad un anhelo por el ordenamiento democrático de todos los asuntos, pero hoy en día se enfrenta, aunque a muchos les parezca grotesco, con el carácter completamente antidemocrático de la pura creencia en la autoridad que se exige en el ámbito higiénico. El carácter antidemocrático de esta creencia en la autoridad contrasta con el anhelo de democracia, que en la actualidad ha alcanzado a menudo un punto culminante -aunque, podría decirse, de forma muy paradójica. 

Sé muy bien que la frase que acabo de pronunciar es percibida por muchos como paradójica, sencillamente porque la manera en que alguien recibe lo relacionado con la asistencia sanitaria, no se concilia con la exigencia democrática de que la comunidad de estas personas mayores de edad, juzgue también los asuntos públicos que conciernen a toda persona mayor de edad, ya sea directamente o a través de sus representantes. Sin duda hay que decirlo:  Puede que no sea posible que algo como un concepto de higiene, un cuidado higiénico de la vida pública, se viva de una manera completamente democrática, porque depende del juicio de aquellos que buscan el conocimiento en un campo concreto. Pero, por otra parte, debe plantearse la siguiente pregunta: ¿No sería posible aspirar a una mayor democratización de la que hoy es posible en las condiciones actuales en un ámbito tan cercano, tan infinitamente cercano a cada persona y, por tanto, a la comunidad humana, como es el de la sanidad pública? No cabe duda de que hoy en día se nos dice mucho sobre la manera en que el hombre debe posicionarse en la vida con respecto al aire y a la luz, con respecto a la alimentación, con respecto a la evacuación de los residuos producidos por el propio hombre o por su entorno, etcétera, etcétera. Pero lo que se impone a la humanidad en forma de reglas sobre estas cosas, es en su mayor parte incomprobable para aquellas personas sobre las cuales se va a aplicar. 

Ahora bien, no quiero que se me malinterprete, en el sentido de que estoy adoptando una posición particular a favor de algo en esta conferencia, que se va a dedicar al tema de la "Higiene como cuestión social". No pretendo tomar partido por lo que hoy en día tiende a tratarse desde un punto de vista partidista o desde el punto de vista de una determinada convicción científica. No quiero, -quizá me permitan esta pequeña aparente desviación del papel en la introducción-, no pretendo tomar partido por la vieja superstición de que los diablos y demonios andan por ahí entrando y saliendo de las personas como enfermedades, ni tampoco quiero tomar partido por la superstición moderna de que los gérmenes y bacterias entran y salen de las personas causando enfermedades. Que se trate de una superstición espiritualista de antaño o de una superstición materialista de la actualidad, eso puede preocuparnos menos. Pero me gustaría tocar algo que impregna toda la formación cultural de nuestro tiempo, especialmente en la medida en que esta formación depende de las convicciones científicas básicas de nuestro tiempo.  

Aunque muchas personas afirman que hoy el materialismo, tal como se afirmaba a mediados del siglo XIX, y en el último tercio del siglo, ha sido superado científicamente. Pero para aquellos que realmente ven a través de la esencia del materialismo y de su contrario, esta afirmación no puede ser válida, pues este materialismo ha sido superado a lo sumo por algunas personas que ven que los hechos científicos actuales ya no permiten declarar rotundamente: Todo lo que existe es sólo algún proceso mecánico, físico o químico que tiene lugar en la materia. No basta con que algunos hayan llegado a esta convicción, forzados por el peso de los hechos. Pues en contraste con esta convicción está el otro hecho de que ahora, a pesar de esta convicción, incluso los que la tienen, -y los otros con mayor razón-, cuando se trata de explicar algo concretamente, de formarse una opinión sobre algo concreto, adoptan sin embargo la dirección materialista en su modo de pensar. También se dice que los átomos y las moléculas son inofensivas denominaciones técnicas, de las que no se pretende afirmar otra cosa que son cosas del pensamiento. Pero el punto de vista ha seguido siendo por tanto atomista, molecularista. Nos explicamos los fenómenos del mundo a partir del comportamiento y la relación de los átomos o de los procesos moleculares entre sí, y no importa si nos imaginamos que algún pensamiento, algún sentimiento o algún otro proceso está conectado justo con los procesos materiales de los átomos y las moléculas, sino que lo que importa es qué dirección toma toda nuestra constitución anímica, qué dirección toma nuestro espíritu cuando toma como base de sus explicaciones sólo lo que se piensa atomísticamente, lo que surge de lo más pequeño, de lo más pequeño inventado. No depende de si uno está literal o mentalmente convencido de que hay algo distinto de los efectos atomísticos, de los efectos atómicos materiales, sino de si tiene la posibilidad de hacer de otras explicaciones del mundo el principio rector de su espíritu mas que la derivación de los fenómenos a partir de lo atomístico. Lo que importa no es [lo que] creemos, sino cómo explicamos, cómo nos comportamos en el alma. Y aquí, en este lugar, debe mantenerse la convicción de que sólo la verdadera, la auténtica ciencia espiritual, la ciencia espiritual de orientación antroposófica, puede ayudar a superar el mal que puede caracterizarse de este modo, como yo acabo de hacerlo. 

Me gustaría demostrar concretamente que esto puede ser así. No hay casi nada que nos resulte más confuso que las diferencias que a menudo se afirman hoy en día entre el cuerpo humano y el alma o el espíritu humano, diferencias entre lo que son enfermedades físicas y lo que son las llamadas enfermedades del alma o espirituales. En relación con la comprensión del modo de concepción materialista-atomista, lo que adolece es precisamente la debida distinción y la debida correlación de tales hechos de la vida humana, tales como el cuerpo enfermo o el alma aparentemente enferma.  Después de todo, ¿Cuál es la esencia del materialismo que ha surgido gradualmente como la nueva visión del mundo de muchas personas y que no ha sido superado en absoluto, sino que de hecho está floreciendo en la actualidad? ¿Cuál es la esencia? La esencia del materialismo no es que uno se fije en los procesos materiales, o en qué procesos materiales tienen lugar en el cuerpo humano, ni tampoco que uno estudie con devoción la estructura milagrosa y la actividad milagrosa del sistema nervioso humano y de los demás órganos humanos o del sistema nervioso de los animales o de los órganos de otros seres vivos; Que se estudien estas cosas no lo convierte a uno en materialista, sino que uno se convierte en materialista, cuando en el estudio de los procesos materiales, se abandone el espíritu, que se mire al mundo de la materia, y sólo se vea materia y procesos materiales. 

Pero eso es lo que la ciencia espiritual debe afirmar, -hoy sólo puedo hablar de este punto muy someramente-, que en todas partes donde los procesos materiales nos aparecen exteriormente para los sentidos, esos procesos que sólo la ciencia actual quiere aceptar como observables y exactos, que en todas partes allí estos procesos materiales son sólo la apariencia exterior, la revelación exterior de poderes y fuerzas espirituales que trabajan detrás de ellos y en ellos. No es característico de la ciencia espiritual mirar al hombre y decir: Oh, he ahí su cuerpo; este cuerpo es una suma de procesos materiales, pero el hombre no puede existir sólo en él, sino que aparte de su cuerpo, él tiene su alma inmortal independiente de él; y que ahora uno empiece a formarse toda clase de teorías abstractas, toda clase de visiones abstractas de un modo bastante místico sobre esta alma inmortal independiente del cuerpo, no se puede caracterizar en absoluto por una cosmovisión espiritualCiertamente, puede decirse que, además de su cuerpo, que consiste en procesos materiales, el hombre también posee un alma inmortal que después de la muerte es llevada a algún reino espiritual. Por lo tanto, todavía no es un científico espiritual en el sentido de la ciencia espiritual de orientación antroposófica. 

Sólo se es un científico espiritual cuando uno se da cuenta de que este cuerpo material con sus procesos materiales es obra de la labor del alma, cuando uno comprende en detalle cómo trabaja esa alma, que ya  estaba allí antes del nacimiento o digamos antes de la concepción del hombre, en cómo va dándole  forma, cómo se plastifica en la construcción, es más, en la sustanciación del cuerpo humano. Si uno es capaz de comprender realmente en todas partes la unidad inmediata de este  cuerpo y de lo anímico, y si es capaz de comprender cómo, mediante la acción de lo espiritual-anímico en el cuerpo, este  cuerpo como tal se va desgastando, cómo este cuerpo muere parcialmente  cada minuto y cómo, entonces, en el momento  de la muerte, solo, me gustaría decir que tiene lugar la configuración radical de aquello que ocurre en cada instante por la influencia de lo anímico-espiritual sobre el cuerpo, si se comprende esta interacción viva, esta acción continua del alma en el cuerpo, se comprende en lo concreto y detallado, si uno se esfuerza por decir: lo  anímico se desglosa en procesos muy concretos, así se traslada a los procesos de  la actividad hepática, así se traslada a los procesos  de la  respiración, así a los procesos de la actividad cardíaca, así como en los procesos de la actividad cerebral; en resumen, cuando, al describir lo material en el ser humano, uno sabe presentar lo corporal del ser humano como el resultado de lo espiritual, entonces es un científico de lo espiritual.

Esto es lo que importa por un lado. Por otro lado, es importante que uno se proteja de todas las habladurías abstractas y chismosas sobre un tipo de alma independiente del ser humano [físico], sobre la cual sólo se puede fantasear en la medida en que la vida, -y por tanto las vivencias-, tiene lugar entre el nacimiento y la muerte. Pues entre el nacimiento y la muerte, con excepción del período en que se duerme, lo anímico-espiritual está tan entregado a los efectos corporales que vive en ellos, vive a través de ellos, se presenta en ellos. Debe uno llegar a ser capaz de estudiar lo anímico-espiritual fuera del curso humano de la vida y aceptar el curso humano de la vida entre el nacimiento y la muerte como resultado de lo anímico-espiritual. Entonces uno observa la unidad real y concreta de lo anímico-espiritual con el cuerpo físico. Entonces uno impulsa la ciencia espiritual de orientación antroposófica, porque entonces uno tiene la perspectiva de que este ser humano con todas sus estructuras individuales se presenta ante uno como resultado de lo anímico-espiritual, también para la cognición. El punto de vista teosófico místico, que plantea bellas teorías de toda clase de espiritualidades sin cuerpo, no puede servir a las ciencias concretas de la vida, no puede servir a la vida en absoluto, sólo puede servir a la lujuria intelectualista o psíquica, que quiere acabar con la vida, con la vida exterior lo más rápidamente posible y luego, para tener una satisfacción interior, para poder entregarse a una lujuria interior, teje toda clase de fantasías sobre e lo anímico-espiritual. 

Aquí, en este movimiento espiritual de orientación antroposófica, se trata de trabajar muy seriamente para cultivar una ciencia espiritual que sea capaz de vivificar la física, las matemáticas, la química, la fisiología, la biología y la antropología. De modo que no se trata aquí de afirmar religiosa o filosóficamente por un lado que el hombre lleva en sí un alma inmortal, y luego practicar antropología, biología, física y química como si sólo se tuvieran ante sí procesos materiales, de lo que se trata aquí es de aplicar a los detalles de la vida, lo que se puede obtener en el conocimiento sobre lo anímico-espiritual, de indagar en la estructura milagrosa del propio cuerpo. Se puede decir ciertamente, aunque a algunos les suene paradójico, que algunos quieren ser buenos místicos o buenos teósofos y quieren hablar todo tipo de cosas sobre cómo el ser humano consta de cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, yo y demás, pero ni siquiera tienen idea de lo que es una expresión del alma, por ejemplo, cuando te suenas la nariz. Es importante no ver la materia como materia, sino ver la materia como la manifestación del espíritu. Entonces también se obtienen puntos de vista sanos y llenos de contenido del espíritu, pero entonces también se obtiene una ciencia espiritual que puede ser fructífera para las ciencias de la vida. 

Pero con ello se consigue también algo más. Esto nos permitirá superar aquello que en los últimos tiempos, precisamente por el carácter materialista del conocimiento científico, nos ha empujado a la especialización. Realmente no quiero hacer una critica contra la especialización, porque conozco muy bien su justificación.  Sé que ciertas cosas hoy en día hay que perseguirlas desde la especialización simplemente porque requieren una técnica especializada. Pero la cuestión es que el que se aferra a lo material, cuando se convierte en especialista, nunca puede adquirir una visión del mundo que pueda aplicarse en la vida, porque los procesos materiales son un campo infinito. Son un campo infinito tanto fuera en la naturaleza como en el hombre. Si sólo se estudia el sistema nervioso humano de acuerdo con todo lo que hoy está disponible, se puede dedicar mucho tiempo a ello, al menos tanto tiempo como el que los expertos suelen querer dedicar a sus estudios especializados. Pero si, de lo que ocurre en el sistema nervioso, sólo tienes ante ti lo que son los procesos materiales, sólo lo que se expresa en los conceptos abstractos que hoy son objeto de la ciencia, entonces nada te lleva a lo universal que pueda convertirse en la base de una visión del mundo. En el momento en que se empieza a considerar el sistema nervioso humano en términos de ciencia espiritual, digamos, no es posible considerar este sistema nervioso en absoluto sin que lo que se encuentre activo en él como espíritu les conduzca inmediatamente a lo que ahora pertenece al sistema muscular, al sistema óseo. El sistema sensorial se basa en lo anímico-espiritual, pues lo espiritual no es algo que esté dividido en partes individuales como lo material, sino que lo espiritual es algo, -al menos sólo se caracteriza por esto-, que se extiende como un miembro, como un organismo. Y del mismo modo que no puedo mirar a una persona limitándome a observar sus cinco dedos y cubriéndola de otro modo, tampoco puedo mirar a una individualidad espiritualmente sin que aquello que percibo en esta individualidad como anímico espiritual me conduzca a una totalidad. Si somos conducidos a tal totalidad, -aunque tal vez también sólo pueda ser un especialista en la investigación del cerebro o de los nervios-, entonces podremos, no obstante, obtener una imagen global del ser humano observando esta parte individual del organismo humano; entonces seremos conducidos a la posición de obtener ahora realmente algo universal para una visión del mundo, y entonces existe la peculiaridad de que entonces también podemos empezar a hablar de algo que puede ser comprensible para todas las personas que tienen una mente sana y un entendimiento totalmente sano. 

Esta es la gran diferencia entre cómo puede hablar del hombre la ciencia espiritual y cómo debe hablar del hombre la ciencia especializada, materialista.  Veamos, tomemos el simple caso de cómo la ciencia especializada, materialista, se les presenta a ustedes en cualquiera de los manuales en uso hoy en día. Si ustedes, como personas corrientes que no han aprendido mucho sobre el sistema nervioso, cogen un manual sobre el sistema nervioso, - bueno, probablemente pronto dejarán de leer de nuevo, o en todo caso no obtendrán mucho que pueda darles una base para mirar al hombre como un verdadero ser humano en su valor, en su dignidad. Pero si desde los cimientos de la ciencia espiritual, ustedes escuchan lo que se puede decir sobre el sistema nervioso humano, entonces en todas partes tal discusión es seguida por aquella que luego conduce al ser humano completo, que confiere tal iluminación sobre el ser humano completo, que en la idea que les llega está presente algo del valor, naturaleza y dignidad del ser humano con quien ustedes están tratando. Y en nada es esto más evidente que cuando consideramos no sólo al hombre sano en relación con cualquiera de sus miembros, sino que es particularmente evidente cuando consideramos al hombre enfermo, a este hombre enfermo con sus tantas desviaciones de lo llamado normal, especialmente cuando estamos en condiciones de considerar al hombre completo cuando está bajo la influencia de tal o cual enfermedad. Lo que la naturaleza pone ante nuestras almas en el ser humano enfermo, es adecuado para conducirnos profundamente a las conexiones del mundo, para mostrarnos cómo está organizado este ser humano y cómo, debido a su organización, las influencias atmosféricas, incluso extraterrestres, pueden afectar a este ser humano, cómo este organismo humano está conectado con estas o aquellas sustancias de la naturaleza, que luego resultan ser remedios y así sucesivamente. 

Somos guiados a amplios contextos, y uno puede decir: Si uno complementa lo que puede ser reconocido de esta manera acerca de la persona sana, con lo que uno puede reconocer a través de la persona enferma, entonces uno obtiene una visión profunda de todo el contexto y el significado más profundo de la vida. Pero todo lo que se abre es la base de un conocimiento de la naturaleza humana, la base de algo que luego se puede llevar a formas de expresión que se puedan decir a todas las personas. Por supuesto, hoy todavía no estamos en esa fase, porque la ciencia espiritual en el sentido que aquí se entiende sólo ha podido trabajar durante poco tiempo. Por eso las conferencias que se dan aquí, como dijo antes el Dr. Boos en sus observaciones introductorias, a menudo sólo pueden considerarse como un comienzo. Pero la tendencia de esta ciencia espiritual, es elaborar lo que está presente en las ciencias individuales en tal forma que lo que cada hombre debe saber sobre el hombre, pueda realmente ser llevado a cada hombre.  Y ahora imaginen, si la ciencia espiritual tiene primero tal efecto transformador sobre la ciencia y si esta ciencia espiritual logra entonces conformar formas de conocimiento para el ser humano sano y enfermo, que puedan hacerse accesibles a la conciencia humana general, si esto tiene éxito, -cuán diferente será la posición del hombre frente al hombre en la vida social, cuán diferente será la confrontación del hombre individual con el otro hombre de una manera comprensiva que hoy, donde cada uno pasa al lado del otro y no tiene comprensión para la individualidad especial de este otro hombre. La cuestión social sólo saldrá de su intelectualismo cuando surja de la experiencia en los más diversos ámbitos de la vida, cuando se base en las experiencias concretas de la vida. Esto es especialmente evidente en el ámbito de la asistencia sanitaria. Pues piensen en el efecto social de dar a las personas una comprensión de lo que es sano en otras personas y de lo que es enfermo en otras personas; piensen en lo que significa: la asistencia sanitaria se lleva de la mano con la comprensión por parte de toda la humanidad. Por cierto, con esto no se pretende fomentar un diletantismo científico o médico, -eso debe ser válido-, sino pensar que simplemente se despierta una simpatía, no sólo un sentimiento, sino una comprensión de lo que está sano y enfermo en nuestros semejantes, una comprensión basada en una visión del ser humano. Piensen en el efecto social de tal cosa, y tendrán que decirse a sí mismos: Aquí ven que la reforma social, la reconstrucción social debe surgir de la pericia en las áreas individuales, no de teorías generales, sean marxistas, sean teorías de Oppenheimer, sean teorías de un tipo u otro, que miran más allá del ser humano, que quieren modelar el mundo a partir de conceptos abstractos.  La salvación no puede surgir de esto, sino del reconocimiento devoto de las áreas individuales. Y el cuidado de la salud, la higiene, es un campo tan especial, porque nos acerca, quisiera decir, a todo lo que nuestro prójimo tiene de alegría a través de su modo de vida sano y normal o de dolor y sufrimiento, de restricciones a través de lo que reposa en él como más o menos enfermo. 

Esto es algo que nos remite de inmediato a la forma social especial en que la ciencia espiritual puede contribuir al ámbito de la higiene. Porque si, en este sentido, el estudioso de la ciencia espiritual, el estudioso de lo que es el ser humano sano y enfermo, y también aquel que se especializa como médico, se integra en la sociedad humana con tal conocimiento, entonces estará en condiciones de aportar esclarecimiento dentro de esa sociedad humana, pues encontrará comprensión. Y no solo se establecerá tal relación del médico con la sociedad que, a menos que se sea precisamente su amigo o pariente, uno pase por delante de su casa y lo llame cuando le duela algo o se haya roto una pierna, sino que se establecerá una relación con el médico tal que en la que el médico sea el maestro y guía permanente del cuidado sanitario preventivo, de modo que, de hecho, exista una intervención continua por parte del médico, no solo para curar a las personas cuya enfermedad ha avanzado hasta el punto de que la noten, sino también para mantener sanas a las personas, en la medida de lo posible. Se producirá una interacción social dinámica entre el médico y el resto de la humanidad. Entonces, la salud que emana de tal conocimiento se reflejará en la propia medicina, pues, precisamente debido a que el materialismo se ha extendido también a la visión médica de la vida, nos hemos visto envueltos en concepciones verdaderamente extrañas.

Por un lado, tenemos las enfermedades físicas. Se estudian detectando las alteraciones de los órganos o lo que se supone que son procesos físicamente perceptibles o concebidos como tales dentro del cuerpo humano, y se presta especial atención a que se puedan subsanar las lesiones que allí se encuentren. En este sentido, se piensa de forma totalmente materialista sobre el cuerpo humano, tanto en su estado normal como en el anormal. Junto a ello aparecen las llamadas enfermedades del alma o mentales. Estas enfermedades del alma o mentales, debido al pensamiento materialista, se han reducido a meras enfermedades cerebrales o, en otros casos, a trastornos del sistema nervioso, y probablemente también se han buscado sus causas en el resto del sistema orgánico del ser humano. Pero como no se había desarrollado en absoluto una visión de cómo actúan el espíritu y el alma en la corporalidad humana, no se pudo llegar a comprender la relación entre las enfermedades mentales, —las llamadas enfermedades mentales—, y lo que, por lo demás, es el ser humano. Y así, diría yo, por un lado están las enfermedades mentales; incluso hoy en día están abarcadas por una extraña ciencia híbrida, el psicoanálisis, que piensa de forma materialista, pero que no comprende en absoluto lo materialista; ahí están, estas enfermedades mentales y del alma, sin que se pueda relacionarlas de manera razonable con lo que realmente ocurre en el organismo humano.

La ciencia espiritual puede demostrar ahora, —y ya lo he señalado—, que lo que aquí expongo no es solo un programa, sino que se lleva a la práctica en detalle, precisamente con motivo de la celebración de un curso para médicos que ha tenido lugar aquí durante estas semanas. La ciencia espiritual puede demostrar, sin lugar a dudas y en detalle, cómo todo lo que se conoce como enfermedades mentales y del alma se basa en trastornos orgánicos, en degeneraciones, agrandamientos o reducciones de órganos en el organismo humano. En algún lugar del corazón, del hígado, de los pulmones, en algún sitio hay algo que no funciona bien cuando, al mismo tiempo o más tarde, se manifiesta lo que se denomina una enfermedad mental. Una ciencia espiritual que llegue a reconocer la actividad del espíritu en un corazón sano, una ciencia espiritual así es también capaz, —y no tiene por qué avergonzarse de ello—, de buscar en la degeneración del corazón, en los fallos del corazón, una causa de lo que se denomina «mente enferma» o «alma enferma».

El error principal del materialismo no consiste, en realidad, en que niegue el espíritu, —en ese caso, la religión podría encargarse de que el espíritu siguiera siendo reconocido—, sino que el error principal del materialismo radica en que no reconoce la materia, porque solo observa su aspecto exterior. Precisamente esa es la carencia del materialismo: que no logra penetrar en la materia, por ejemplo, en el tratamiento meramente psicoanalítico, en la mera observación de algo que ha tenido lugar en el alma y que el psicoanálisis denomina «islas del alma», es decir, un concepto abstracto. Más bien hay que seguir cómo ciertas impresiones anímicas, que el ser humano recibe en tal o cual momento de su vida y que, de manera normal, están vinculadas al organismo normal, chocan con órganos defectuosos, —en lugar de, por ejemplo, con un hígado sano, con uno enfermo—; tal impacto puede manifestarse quizá en un momento totalmente distinto al momento en que el defecto se hizo perceptible a nivel orgánico.

Las ciencias del espíritu no deben rehuir demostrar que las llamadas enfermedades mentales o del alma siempre están relacionadas con algún aspecto del cuerpo humano. La ciencia de la mente debe señalar de manera tajante que, si solo se estudia lo anímico, el complejo anímico, las desviaciones de lo anímico respecto a la llamada vida anímica normal, no se obtiene más que, como mucho, un diagnóstico parcial. Por eso, el psicoanálisis nunca puede ser más que, como mucho, algo diagnóstico; nunca puede conducir a una terapia real en este ámbito. Por esta razón, dado que la terapia de las enfermedades mentales debe comenzar precisamente con el tratamiento corporal, por eso hay que conocer, hasta en sus partes más íntimas, las ramificaciones de lo espiritual en la materia, si se quiere saber dónde hay que intervenir en el cuerpo material, —que, sin embargo, está impregnado de espíritu—, dónde hay que intervenir para curar aquello que, en condiciones psíquicas anormales, solo se manifiesta de forma sintomática. Precisamente esto es lo que la ciencia espiritual debe subrayar con mayor firmeza: que las llamadas enfermedades mentales y del alma deben investigarse hasta llegar a la organología del ser humano. Pero solo se puede penetrar en la organología anómala del ser humano si se es capaz de seguir al espíritu hasta las partes más pequeñas de la materia.

Y a la inversa: Aquello que aparentemente son solo manifestaciones de la vida relacionadas con lo anímico o que actúan en lo anímico, —es decir, aquello que se manifiesta en los temperamentos y en la actividad de los temperamentos del ser humano, lo que se manifiesta en toda la forma en que el ser humano juega cuando es un niño pequeño, en cómo camina, en lo que hace, todo aquello que hoy en día solo se entiende desde el punto de vista espiritual y anímico—, también tiene su lado corporal. Y un error en relación con algunos aspectos de la educación del niño puede manifestarse más adelante en forma de una enfermedad física totalmente común. Sí, en ciertos casos, cuando nos enfrentamos a enfermedades mentales, nos vemos literalmente llevados a fijarnos en lo físico para investigar allí lo que realmente importa, y en el caso de las enfermedades físicas, a fijarnos en lo espiritual para investigar allí lo que realmente importa. Porque eso es lo esencial de la ciencia espiritual: que no habla en abstracciones de un mundo espiritual nebuloso, como hacen los místicos o los teósofos unilaterales, sino que persigue al espíritu hasta sus efectos materiales, que en ningún caso concibe lo material tal y como lo concibe la ciencia exterior actual, sino que, al observar lo material, penetra en todo momento hasta el espíritu y así puede observar también dónde se manifiesta una vida anímica anómala a través de una vida corporal anómala, aunque esta pueda estar oculta exteriormente.

Hoy en día, hasta en los círculos más amplios, se tienen ideas totalmente erróneas sobre la ciencia espiritual de orientación antroposófica, tomada en serio; quizá a veces con razón, cuando se oye hablar a quienes no quieren abordar verdaderamente de qué se trata en realidad, y solo hablan de teorías abstractas, de que el ser humano está compuesto por tal y tal, y de que existen vidas terrenales repetidas, etcétera. Estas cosas son, por supuesto, de suma importancia y muy hermosas. Pero cuando se trata de trabajar con especial seriedad en este movimiento de ciencias espirituales, hay que abordar los distintos capítulos, los distintos ámbitos de esta vida. Y, en el sentido más amplio, esto conduce a su vez a una convivencia entre las personas con vocación social. Porque cuando se observa cómo el alma que parece enferma irradia sus impulsos hacia el organismo, cuando se puede sentir esta relación entre el organismo y el alma que parece enferma, —sentirlo con comprensión—, si, por otro lado, se sabe cómo influyen las instituciones sociales también en la salud física del ser humano, cómo lo espiritual, que en las instituciones sociales parece existir solo de manera externa, incide en el cuidado de la salud física del ser humano, si se tiene una visión de conjunto de todo ello, entonces se está inmerso en la sociedad humana de una manera completamente diferente. De este modo, se empieza a adquirir una verdadera comprensión del ser humano y se trata a los demás de forma muy diferente; se observa su carácter de manera muy distinta. Se sabe que ciertos rasgos están relacionados con esto o aquello, se sabe cómo comportarse ante esos rasgos y, sobre todo cuando se tienen tareas relacionadas con ellos, se sabe cómo integrar correctamente los temperamentos de las personas en la sociedad y, sobre todo, cómo desarrollarlos de la manera adecuada.

Un ámbito social se verá especialmente influido, desde el punto de vista higiénico, por ese conocimiento del ser humano así adquirido: se trata del ámbito de la educación, el ámbito de la enseñanza. En realidad, sin conocer a fondo al ser humano, es imposible comprender lo que significa que los niños se sienten en el colegio con la espalda encorvada, de modo que su respiración se ve constantemente alterada, o que no se les anime a hablar en voz alta y clara, articulando bien las vocales y las consonantes. Toda la vida posterior depende, en esencia, de si el niño respira correctamente en la escuela y de si se le anima a hablar en voz alta, con claridad y de forma articulada.

En este tipo de cuestiones, —solo voy a citar algunos ejemplos, pues se podría aplicar algo similar a otros ámbitos—, se pone de manifiesto la especialización de la higiene general en el ámbito escolar, y precisamente ahí se revela toda la importancia social de la higiene, pero también se pone de manifiesto cómo la vida nos exige que no sigamos especializándonos, sino que reunamos lo especializado en una visión global. No solo necesitamos aquello que capacita al profesor para saber que, según ciertas normas pedagógicas, hay que educar a un niño de una forma u otra, sino que necesitamos aquello que capacita al profesor para formarse una opinión sobre lo que significa que haga que el niño pronuncie tal o cual frase de forma clara y articulada, o que, después de haber dicho media frase, le permita ya volver a respirar, y así sucesivamente, en lugar de velar por que se agote el aire mientras se pronuncia la frase. Ciertamente, también hay muchos puntos de referencia y reglas al respecto, pero la forma correcta de reconocimiento mutuo y la aplicación adecuada de estas cosas solo calan en nuestro corazón cuando valoramos todo su significado para la vida humana y para la salud social, pues solo entonces la cuestión se convierte en un impulso social.

Estas consideraciones fueron las que me sirvieron de base cuando, en los inicios de la fundación de la escuela Waldorf de Stuttgart, impartí el curso pedagógico-didáctico a los profesores de allí; esa consideración de que se necesitan profesores que puedan trabajar desde toda la profundidad de una cosmovisión que comprenda al ser humano para la educación y la enseñanza de los niños. Todo lo que se ha plasmado en las frases que se han expresado como «arte pedagógico-didáctico» tiene como objetivo convertir a los niños que son educados e instruidos en personas en las que, más adelante, —gracias a que se les anima a desempeñar correctamente las funciones vitales desde la infancia—, los pulmones, el hígado, el corazón y el estómago estén en buen estado, porque el alma ha trabajado en ello de la manera correcta.

Esta visión del mundo nunca interpretará de forma materialista el viejo dicho: «En un cuerpo sano vive un alma sana». —Desde una perspectiva materialista, esto significaría que, si se tiene un cuerpo sano, si se le ha curado con todos los medios físicos posibles, entonces se convertiría por sí mismo en portador de un alma sana. Eso es una tontería. Lo que tiene sentido es lo siguiente: «En un cuerpo sano vive un alma sana» solo si se procede de la siguiente manera, es decir, si uno se dice a sí mismo: «Tengo ante mí un cuerpo sano, lo que me demuestra que ha sido construido, moldeado y sanado por la fuerza de un alma sana». A partir de este cuerpo, reconozco que en él ha actuado un alma sana y autónoma. —Ese es el sentido de la frase. Pero solo así esta afirmación puede servir de base para una higiene saludable; en otras palabras: no necesitamos, además de los profesores que trabajan únicamente desde una ciencia pedagógica abstracta, un médico escolar que, como mucho, pase por el colegio una vez cada catorce días y que tampoco sepa qué hacer de forma sensata; no, necesitamos una conexión viva entre la ciencia médica y el arte pedagógico. Necesitamos un arte pedagógico que, en todas sus medidas, eduque e instruya a los niños de manera higiénicamente correcta. Eso es lo que convierte a la higiene en una cuestión social, pues la cuestión social es, en esencia, una cuestión educativa, y la cuestión educativa es, en esencia, una cuestión médica, pero solo una cuestión de aquella medicina que se nutre de las ciencias espirituales, de una higiene que se nutre de las ciencias espirituales.

Estas cuestiones apuntan además a algo que reviste una importancia extraordinaria, precisamente en relación con el tema «La higiene como cuestión social». Porque, estimados asistentes, cuando se cultivan las ciencias espirituales y estas suponen algo concreto para el ser humano, entonces este sabe que en lo que recibe de ellas reside algo que se distingue de lo que encuentra en el mero intelectualismo, —y también la ciencia natural actual es mero intelectualismo —, de lo que tiene en el mero intelectualismo, o en las ciencias naturales formadas de manera meramente intelectualista, o en la historia o el derecho de hoy en día, formados de manera meramente intelectualista. Todas las ciencias son hoy intelectualistas; si afirman ser ciencias empíricas, ello se debe únicamente a que interpretan de manera intelectualista los resultados empíricos observados sensorialmente. Lo que se ofrece en la ciencia espiritual se distingue de manera muy esencial de esos resultados de las ciencias naturales u otros, interpretados de manera intelectualista. Sería incluso bastante triste que lo que vive en nuestra cultura intelectualista no fuera solo una imagen, sino un poder real que actuara más profundamente sobre el ser humano. Y es que todo lo intelectualista se queda únicamente en la superficie del ser humano. Esta afirmación tiene un sentido totalmente amplio.

Quien aborda la ciencia espiritual de forma meramente intelectualista, es decir, quien se limita a tomar notas: que existe un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral, un «yo», vidas terrenales repetidas, un karma, etcétera, —y que anota todo ello tal y como se hace en las ciencias naturales o en las ciencias sociales actuales—, no practica la ciencia espiritual en serio, pues se limita a trasladar la forma de pensar que tiene habitualmente a lo que se le presenta en la ciencia espiritual. Pero lo esencial de la ciencia espiritual es que debe pensarse de otra manera, sentirse de otra manera y vivirse anímicamente de una forma totalmente distinta a la intelectualista. Por eso, la ciencia espiritual es algo que, por sí misma, mantiene una relación viva con el ser humano sano y con el enfermo, aunque de una manera algo diferente a como a menudo se nos hace creer. Seguramente la gente ya se habrá convencido lo suficiente de lo impotente que resulta lo que, ya sea como advertencia o como persuasión, se intenta hacer en la cultura puramente intelectualista frente al llamado enfermo mental. El enfermo mental afirma que oye voces que le hablan; usted le dice todo lo que se le ocurre basándose en su razón intelectual, pero es en vano, pues él le plantea todo tipo de objeciones. Esto ya podría indicar que no se trata de una enfermedad de la vida anímica consciente ni tampoco de la subconsciente, sino de una enfermedad del organismo.

La ciencia del espíritu enseña a reconocer que, sin embargo, tampoco por un camino como ese, —que se supone que es el llamado «espiritual», en el que se recurre, por ejemplo, a la hipnosis y la sugestión—, se pueden tratar las llamadas enfermedades mentales o del alma, sino que hay que abordarlas por la vía denominada «física», es decir, mediante curaciones orgánicas, para lo cual, sin embargo, se necesita más que nunca un conocimiento espiritual del ser humano. El conocimiento del espíritu sabe que, precisamente en el ámbito de las llamadas enfermedades mentales, en realidad no debería intervenir con meros procedimientos espirituales o anímicos, porque la enfermedad mental consiste precisamente en que el miembro espiritual del ser humano se ve expulsado, como solo ocurre normalmente mientras se duerme, y se encuentra débil en ese estado de exclusión, sino que hay que curar el órgano para que vuelva a acoger al alma y al espíritu de manera sana. En cambio, aquello que no surge del intelecto, de la cabeza, sino de todo el ser humano como resultado de la ciencia espiritual, —cuando se manifiesta como imaginación, inspiración o intuición, y cuando es asimilado por el ser humano—, incide en todo su organismo. Lo que realmente es la ciencia espiritual interviene de forma sanadora en la organización física del ser humano.

Por el contrario, no es ninguna prueba de que algunos soñadores de las ciencias espirituales se sientan incómodos dentro de estas o que, precisamente, demuestren lo contrario de lo que acabo de expresar. Hay, precisamente, un número infinito de personas que no son científicos espirituales, sino recopiladores intelectualistas de resultados de las ciencias espirituales. Pero difundir realmente las ciencias espirituales en su esencia es, en sí mismo, una forma de higiene social, pues actúa sobre el ser humano en su totalidad y normaliza, a su vez, su organología cuando esta amenaza con desarrollar, a raíz de sueños o de algún otro aspecto, tal o cual tendencia hacia una desviación hacia lo anormal. Esa es la enorme diferencia entre lo que se ofrece en las ciencias espirituales y lo que se da en la ciencia meramente intelectualista: que los conceptos que destacan en el ámbito del intelectualismo son demasiado débiles, —porque son meramente figurativos—, para incidir en el ser humano y poder ejercer sobre él un efecto sanador. Los conceptos de las ciencias espirituales, en cambio, se extraen del ser humano en su totalidad. En la configuración de los conceptos de las ciencias espirituales no ha intervenido únicamente el cerebro, sino también los pulmones, el hígado, el corazón y el ser humano en su totalidad; y, si se me permite decirlo así, lo que estos conceptos obtienen de la fuerza del ser humano en su totalidad los impregna en una configuración plástica. Y cuando uno se impregna de estos conceptos de la ciencia espiritual, cuando los asimila de forma consciente a través del sentido común, estos, a su vez, repercuten de manera higiénica en el ser humano en su totalidad. Esto es lo que, partiendo de la ciencia espiritual, puede influir de manera determinante en el ámbito de la higiene como cuestión social.

Pero también de muchas otras maneras, —solo puedo citar algunos ejemplos—, la ciencia espiritual influirá de forma orientadora en toda la vida de la salud de la humanidad, cuando esta ciencia espiritual se afiance realmente entre la humanidad con toda su seriedad. Solo quiero señalar una cosa. Entre los capítulos que deben estudiarse una y otra vez a través de la ciencia espiritual se encuentra la relación entre el ser humano despierto y el ser humano dormido, así como la enorme diferencia que existe entre la organización humana en estado de vigilia y la organización humana en el estado dormido. Cómo se comportan el espíritu y el alma en el estado de vigilia, cuando la corporeidad, lo espiritual y lo anímico del ser humano se interpenetran; cómo se comportan cuando están temporalmente separados entre sí, como ocurre durante el estado dormido: esto es precisamente lo que se estudia minuciosamente a través de la ciencia espiritual.

Ahora bien, puedo, —y diría que solo a título de referencia—, citar una afirmación que, sin embargo, constituye un resultado totalmente contrastado de la ciencia espiritual. En la vida vemos aparecer las llamadas enfermedades epidémicas, enfermedades que afectan a multitudes enteras y que, por lo tanto, son sin duda alguna, al mismo tiempo, un asunto social. La ciencia materialista convencional las estudia en el organismo físico humano. Desconoce la enorme importancia que reviste, precisamente para las epidemias y para la predisposición a las enfermedades epidémicas, el comportamiento anormal del ser humano en lo que respecta a la vigilia y al dormir. Lo que ocurre en el organismo humano durante el estado dormido es algo que, si se produce en exceso, por ejemplo, predispone en gran medida a las llamadas enfermedades epidémicas. Las personas que, al dormir demasiado, provocan en el organismo humano procesos que no deberían producirse, —pues el dormir no debería interrumpir la vida de vigilia durante tanto tiempo—, están predispuestas de una manera muy diferente a las enfermedades epidémicas y, además, se ven afectadas por las epidemias de una forma totalmente distinta.

Ahora puede valorar por sí mismo lo que significa concienciar a la gente sobre el equilibrio adecuado entre el dormir y estar despierto. Eso no se consigue con normas. A lo sumo, puede obligar a la gente a que no envíe a sus hijos al colegio si tienen escarlatina; no puede dar charlas cuando hay una epidemia de gripe: la gente se resiste, —porque hoy en día el ser humano tiende a la libertad, quiero decir, porque el sentido de la autoridad no es tan grande como en épocas anteriores—, así que la gente se resiste. No digo que no tengan razón al resistirse, no tengo nada en contra de lo que ocurre de esta manera, pero es imposible imponer a la gente de la misma forma: «Tenéis que dormir siete horas». —Sin embargo, es más importante que las demás normas que las personas que lo necesiten duerman siete horas, que las demás, que no lo necesiten, puedan dormir mucho menos, y así sucesivamente. Sin embargo, este tipo de cuestiones, que están tan íntimamente relacionadas con lo más personal de la vida humana, tienen un impacto social enorme. De hecho, depende de lo más íntimo del ser humano cómo se producen esas repercusiones sociales, por ejemplo, si un número mayor o menor de personas se ve apartado de tal o cual profesión, lo que, en determinadas circunstancias, puede tener un efecto en un lugar completamente diferente. De hecho, la higiene interviene de manera tremenda en la vida social. Al margen de lo que se piense sobre el contagio o el no contagio, en caso de epidemias este elemento interviene en la vida social. En este ámbito no se puede actuar mediante normas externas, sino que solo se puede actuar si se introduce en la sociedad un público no especializado que, sin embargo, con comprensión humana, se enfrente al médico que actúa de forma esclarecedora en materia de profilaxis, siempre que, para la preservación de la salud, pueda producirse una interacción viva entre el médico experto y el profano con comprensión humana.

Si analizamos todas estas cuestiones, nos diremos a nosotros mismos: aquí hemos descrito una faceta de la higiene como cuestión social que, en el sentido más eminente, depende de que tengamos una vida espiritual libre, de que tengamos de hecho una vida espiritual en la que, dentro del ámbito espiritual, aquellos que se dedican al cuidado de la vida espiritual, —incluso en la medida en que esta se extienda a sus distintos ámbitos prácticos, como, por ejemplo, la higiene—, sean totalmente independientes de todo lo demás que no sea el conocimiento puro, de todo lo que no sea el propio cuidado de la vida espiritual. Lo que cada individuo puede aportar para el bien de sus semejantes debe surgir exclusivamente de sus propias capacidades; no debe haber normas estatales al respecto, ni debe existir dependencia alguna de los poderes económicos; debe situarse en la esfera de la dependencia personal de cada individuo y, además, debe basarse en la confianza comprensiva que las personas que necesitan la aplicación de sus capacidades pueden depositar en el individuo capaz.

Para ello se necesita una vida espiritual que sea totalmente independiente de toda autoridad, tanto estatal como económica, y que actúe de forma competente basándose exclusivamente en las fuerzas espirituales. Precisamente cuando reflexione sobre lo que la higiene puede aportar realmente, algo que está íntimamente ligado a un conocimiento profundo del ser humano y a un comportamiento social sensato, cuando aborde con pericia cada rama concreta, como la higiene, entonces llegará a la conclusión, —y esto es precisamente lo que exige cada ámbito concreto—, y al igual que en el caso de la higiene, podría demostrarse también para otros ámbitos—, que el espíritu debe ser gestionado por quienes participan en su cuidado. Por mucho que las teorías abstractas se opongan a la autonomía de la vida espiritual, cada ámbito concreto exige que los administradores de lo espiritual no sean meros especialistas que trabajan como expertos en los ministerios, sino que quienes actúan en la vida espiritual sean también los administradores de dicha vida espiritual, y precisamente los únicos administradores de la misma. Entonces, cuando exista una higiene que sea realmente una institución social, surgida de la vida espiritual libre y basada en una visión social, se podrá trabajar de manera económica para esta higiene de una forma totalmente diferente, precisamente en una vida económica independiente, en una vida económica estructurada tal y como la he descrito en mi obra «Puntos clave de la cuestión social», tal y como se ha descrito en repetidas ocasiones en las revistas que defienden esta idea de la tripartición del organismo social, por ejemplo, en la revista suiza «Soziale Zukunft», editada por el Dr. Boos.

Si, de hecho, aquello que está latente, lo que yace en el seno de la sociedad humana en forma de fuerzas destinadas al cuidado de la higiene, si la sociedad lo acoge con comprensión humana, si se convierte en norma general, entonces podrá incorporarse a la vida económica, a la vida económica independiente, todo aquello que, partiendo de esa vida económica independiente, sin tener en cuenta ninguna dependencia de los impulsos lucrativos o de los impulsos estatales, pueda surgir puramente de esa vida económica independiente: aquello que debe cultivarse al servicio de una higiene auténtica y verdadera. Solo entonces —y únicamente entonces— podrá introducirse en la vida económica ese sentido elevado que es necesario para que se pueda cuidar la higiene en la vida humana. Si predomina el mero afán de lucro en nuestra vida económica —que tiende cada vez más a integrarse en el Estado unitario— y si la opinión general es que hay que producir aquello con lo que más se gana, entonces tampoco podrán imponerse los impulsos autónomos de una vida espiritual libre cultivada en este ámbito de la higiene; entonces esta vida espiritual se vuelve dependiente de lo extraspiritual, de lo estatal o de lo económico, y lo económico se convierte en señor de lo espiritual. Lo económico no debe convertirse en señor de lo espiritual. Esto se pone de manifiesto sobre todo cuando se trata de generar aquello que el espíritu exige en la vida económica, cuando se trata de servir a una higiene auténtica y verdadera. 

Las fuerzas de la vida económica, de la vida económica libre, se sumarán, en el organismo social tripartito, a la visión que se convierte en un asunto público y a la comprensión del ser humano que se convierte en un asunto público. Y si, por un lado, las personas se sumergen en una vida espiritual libre, en la que se pueda cultivar una higiene verdaderamente basada en fundamentos objetivos, y si, por otro lado, las personas desarrollan ese sentido elevado, gracias al cual, en la vida económica, cada uno se acercará a la producción con comprensión —pero con una comprensión que no provenga meramente del afán de lucro, sino de las percepciones que surgen de la actividad espiritual libre—, entonces, cuando exista ya esta comprensión social del ser humano basada en la perspicacia, las personas podrán reunirse democráticamente en los parlamentos o en otros foros, pues entonces se forjará, a partir de la vida espiritual libre, la comprensión de la necesidad de la higiene como fenómeno social. Y lo que es necesario para el cuidado de la higiene vendrá determinado por la vida económica, sustentada en lo objetivo y lo técnico, a través del sentido elevado que se desarrollará en ella. Entonces, las personas que hayan alcanzado la madurez podrán negociar, en el marco de la vida jurídica, por un lado, desde su perspicacia y su comprensión del ser humano y, por otro, desde sus relaciones con la vida económica, que está al servicio de la higiene. Entonces, las personas podrán negociar en pie de igualdad, en el marco de la vida estatal o jurídica, sobre las medidas que puedan adoptarse en materia de higiene y de salud pública. Entonces, sin embargo, no serán los legos ni los diletantes quienes curen, pero, con comprensión, la persona madura se enfrentará en pie de igualdad a quien le diga esto o aquello: el médico experto. Al profano, en cambio, su comprensión de la naturaleza humana le permite, en el marco de lo que se cultiva junto con el médico en la vida social, acoger con comprensión los conocimientos especializados, de tal manera que, en un parlamento concebido democráticamente, pueda decir «sí» no solo por autoridad, sino basándose en una cierta comprensión.

Precisamente cuando analizamos objetivamente, en un ámbito tan específico como este, cómo interactúan los tres miembros del organismo social, entonces, estimados asistentes, encontramos toda la justificación de esta idea de la tripartición del organismo social. Solo se puede rechazar esta idea de la tripartición del organismo social si, en un primer momento, se ha entendido de forma meramente abstracta.


*  existe otra versión de esta conferencia incluida en la GA314

Traducida por J.Luelmo sept 2026

GA100 Kassel, 19 de junio de 1907 - Los destinos posteriores del hombre en los mundos espirituales El Reino de los Cielos

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Evolución humana y conocimiento de Cristo
RUDOLF STEINER

Los destinos posteriores del hombre en los mundos espirituales El Reino de los Cielos

Kassel, 19 de junio de 1907


4 conferencia, 

Dado que hoy tenemos la tarea de seguir el destino de los seres humanos a través del mundo espiritual, sería bueno que antes nos hiciéramos una idea de lo que se entiende por mundo en el sentido de la ciencia espiritual.

La percepción del mundo que nos rodea depende de las capacidades y órganos que tenemos para percibirlo. Si tuviéramos otros órganos, el mundo también sería muy diferente para nosotros. Si, por ejemplo, el ser humano no tuviera ojos para ver la luz, sino un órgano con el que pudiera percibir, digamos, la electricidad, entonces no percibiría esta sala como luminosa, inundada de luz, sino que vería fluir la electricidad por los cables que atraviesan la sala; entonces vería chispas, destellos y corrientes por todas partes. Así es como lo que llamamos nuestro mundo depende de nuestros órganos sensoriales.

Así, el mundo astral no es más que la suma de las apariencias que el ser humano experimenta a su alrededor cuando se separa de sus cuerpos físico y etérico, y cuando puede utilizar estas fuerzas en su interior para ver lo que de otro modo no podría ver. Esto es precisamente lo que ocurre cuando se despoja del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Los órganos de percepción del mundo astral son los órganos del cuerpo astral, análogos a los órganos sensoriales del cuerpo físico. Consideremos ahora el mundo astral.

El que tiene visión espiritual puede percibir este mundo astral, incluso aquí en el cuerpo físico, mediante los métodos que discutiremos más adelante. Este mundo astral difiere considerablemente de nuestro mundo físico. En primer lugar, pueden hacerse una idea de lo que les rodea en el mundo astral si evocan ante su alma el último vestigio que el ser humano conserva de su antigua clarividencia en tiempos pasados, es decir, la vida onírica. Todos ustedes conocen esta vida onírica por experiencia y la conocen como un mundo de imágenes caóticas. ¿De dónde viene que el ser humano sueñe? Sabemos que durante esta vida onírica, el cuerpo físico y el cuerpo etérico permanecen en la cama, mientras que el cuerpo astral flota sobre ellos. En el dormir profundo y sin sueños, el cuerpo astral se eleva completamente del cuerpo etérico; en el dormir con sueños, los filamentos sensoriales del cuerpo astral permanecen dentro del cuerpo etérico, y por eso el ser humano percibe las imágenes más o menos confusas del mundo astral. El mundo astral es tan permeable como las imágenes oníricas, está tejido a partir de los sueños. Pero estos sueños se diferencian de los sueños comunes en que estas imágenes son una realidad, tan real como el mundo físico. El tipo de percepción es muy similar a la percepción onírica: también es simbólica. Todos saben que el mundo onírico es simbólico. Todo lo que se absorbe del mundo exterior mientras se duerme se simboliza en los sueños. Les daré algunos ejemplos típicos de sueños, y así podrán ver fácilmente cómo el sueño se simboliza a partir de una simple impresión externa. 

Por ejemplo, sueñan que estás atrapando una rana arbórea. Sienten perfectamente la textura resbaladiza de la rana: al despertar, sienten que están agarrando la fría esquina de la sábana con la mano. O sueñan que están en un sótano oscuro lleno de telarañas; se despiertan con dolor de cabeza. O ve serpientes en sueños y, al despertar, nota que le duelen los intestinos. O un académico sueña una larga historia sobre un duelo, desde el comienzo del enfrentamiento hasta el final de la disputa con pistolas: se produce el disparo y entonces se despierta y se da cuenta de que la silla se ha caído. A partir del desarrollo completo de esta última imagen onírica, también se puede ver que las relaciones temporales son completamente diferentes. No solo se construye el tiempo hacia atrás, por así decirlo, sino que todo el concepto de tiempo pierde su significado en la experiencia onírica. En una fracción de segundo se sueña toda una vida, al igual que en el momento de un accidente o de un ahogamiento toda nuestra vida pasa ante nuestros ojos. Pero lo que ahora importa especialmente en todas las imágenes oníricas mencionadas es precisamente que representan imágenes de lo que las provoca. Así es en general en el mundo astral. Y tenemos motivos para interpretar estas imágenes. La misma experiencia astral siempre aparece como la misma imagen, en la que hay regularidad y armonía, mientras que las imágenes oníricas habituales son caóticas. Al fin y al cabo, uno puede orientarse en el mundo astral tan bien como en el mundo sensorial.

El mundo astral está tejido de este tipo de imágenes, pero a través de estas imágenes se expresan las entidades espirituales. Después de la muerte, todos los seres humanos se envuelven en imágenes de este tipo, algunas de las cuales son muy ricas en colores y formas. Así, cuando una persona se duerme, su cuerpo astral se puede ver en formas y colores fluidos y cambiantes. Todas las entidades astrales aparecen en colores. Si el ser humano es capaz de ver astralmente, percibe estas entidades astrales en un mar de colores fluidos.

Ahora bien, este mundo astral tiene una peculiaridad que a quien lo oye por primera vez le parece extraña: en el mundo astral todo existe como en un espejo, y por eso, como discípulos, primero deben acostumbrarse poco a poco a ver correctamente. Por ejemplo, ven el número 365, que corresponde al número 563. Así ocurre con todo lo que se percibe en el mundo astral. Todo lo que emana de mí, por ejemplo, parece venir hacia mí. Es muy importante tener esto en cuenta. Porque cuando, por ejemplo, estas imágenes astrales se producen debido a enfermedades, hay que saber qué pensar de ellas. En el delirio, estas imágenes aparecen con mucha frecuencia, y estas personas pueden ver todo tipo de muecas y figuras que se les acercan, ya que en estos estados patológicos el mundo astral está abierto para el ser humano. Por supuesto, estas imágenes parecen como si las cosas se abalanzaran sobre el ser humano, cuando en realidad emanan de él. Los médicos deben saber esto en el futuro, porque este tipo de cosas serán cada vez más frecuentes debido al anhelo religioso reprimido. Una experiencia astral de este tipo es también la base del motivo de la famosa pintura «La tentación de San Antonio». Si lo piensan detenidamente hasta el final, ya no les parecerá extraño que también el tiempo se invierta en el mundo astral. Las experiencias del sueño ya les dan una idea de ello. Recuerden el ejemplo del duelo soñado que acabamos de mencionar. Aquí todo transcurre al revés, incluido el tiempo. Así, en la experiencia astral se puede seguir primero el fruto, luego la flor y finalmente la semilla en el árbol.

 Y por eso, tras la muerte, —que es el momento de desprenderse—, toda la vida transcurre al revés por el mundo astral, y se vuelve a recorrer la vida de atrás hacia adelante, concluyendo con las primeras impresiones de la infancia. Sin embargo, esto transcurre mucho más rápido que aquí, en el mundo físico, y dura aproximadamente un tercio de la vida terrenal. Ahora se experimentan muchas otras cosas durante este recorrido inverso de la vida. Supongamos que ha fallecido a los ochenta años y ahora revive su vida hasta los cuarenta. Por ejemplo, en una ocasión le dio una bofetada a alguien, lo que le causó dolor en ese momento. Ahora bien, en el mundo astral, esta sensación de dolor se produce, por así decirlo, como en un espejo; es decir: ahora usted experimenta el dolor que la otra persona sintió en su momento por su bofetada. Y lo mismo ocurre, por supuesto, con todos los acontecimientos felices. Y solo cuando el ser humano ha revivido toda su vida, entra en el mundo celestial. Los documentos religiosos son siempre verdades que deben tomarse al pie de la letra. Si tienen presente lo que acabo de decir, comprenderán sin dificultad que el ser humano solo puede entrar realmente en el mundo espiritual, —y por mundo espiritual se entiende lo que en la Biblia se denomina «reino de los cielos» o «el reino de los cielos»—, cuando ha vivido antes toda su vida de forma regresiva hasta llegar a la infancia. Y esto es, en realidad, lo que subyace en las palabras de Cristo: «Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». Porque cuando el ser humano ha vuelto retrocediendo al nivel de su infancia, se despoja del cuerpo astral y entra en el mundo espiritual.

Ahora debo describirles este mundo espiritual de forma narrativa. Este reino de los cielos es aún más diferente del mundo físico que el mundo astral. Pero como, naturalmente, solo se puede describir todo con expresiones tomadas de este mundo físico, se hace mas evidente que estas descripciones solo pueden ser comparativas incluso mas que para la descripción anterior del mundo astral. 

También en este reino de los cielos existe una triplicidad, al igual que aquí en la Tierra. Del mismo modo que aquí tenemos los tres estados de la materia: sólido, líquido y gaseoso, y diferenciamos la Tierra en continentes, océanos y atmósfera, también en el mundo de los espíritus se pueden distinguir tres áreas similares, aunque, como ya se ha dicho, solo de forma comparativa; solo que la zona de los continentes está compuesta por algo diferente a nuestras rocas y piedras. Lo que allí es el suelo sólido del reino de los espíritus son los arquetipos de todo lo físico. Todo lo físico tiene sus arquetipos, también el ser humano. Estos arquetipos se ven para el clarividente como una especie de negativo, es decir, se ve el espacio como una especie de figura en sombra, y a su alrededor hay una luz resplandeciente. Sin embargo, esta sombra, al igual que la sangre y los nervios, por ejemplo, no es uniforme, mientras que una piedra o un mineral en el arquetipo muestran un espacio uniformemente vacío, alrededor del cual también se puede ver un haz de luz. Al igual que en la Tierra caminan sobre rocas sólidas, allí caminan sobre los arquetipos de las cosas físicas. De ello se compone la tierra de este mundo espiritual. Cuando el ser humano pisa por primera vez esta tierra, siempre tiene una visión muy concreta: es el momento en el que ve el arquetipo de su propio cuerpo físico. Allí ve claramente su propio cuerpo. Porque él mismo es espíritu. Esto ocurre en una vida terrenal normal unos treinta años después de la muerte; y entonces se tiene la sensación básica: «Eso eres tú». A partir de este conocimiento, la filosofía Vedanta acuñó el «Tat tvam asi — Eso eres tú» como un principio fundamental del conocimiento. Todas las expresiones de este tipo provienen profundamente del conocimiento espiritual.

 La segunda zona del mundo espiritual es la zona oceánica. Todo lo que aquí, en el mundo físico, es vida, es decir, todo lo que posee un cuerpo etéreo, en el mundo espiritual es como un elemento fluido. La vida fluida y desbordante recorre así el mundo espiritual. Se acumula también como en una cuenca marina, como el agua en el mar, o mejor dicho, como la sangre que fluye por las venas y se acumula en el corazón.

Y en tercer lugar, tenemos el espacio aéreo del mundo espiritual, que está formado por todas las pasiones, instintos, sentimientos, etc. Todo ello lo perciben ustedes allí arriba como una percepción externa, al igual que se perciben los fenómenos atmosféricos aquí en la Tierra. Todo ello recorre la atmósfera del Devacán. Como videntes, pueden percibir así en el mundo espiritual lo que se sufre aquí en la Tierra y la alegría que aquí reina. Cada pasión, cada odio y similares tienen un efecto en el mundo espiritual como una tormenta. Una batalla, por ejemplo, tiene el efecto de que el vidente experimenta una tormenta en el mundo del Devacán. Así, todo el ámbito espiritual está impregnado tanto de maravillosas alegrías como de terribles pasiones. Y así también se puede hablar de oídos espirituales. Cuando se ha avanzado tanto que se ha logrado la visión de este mundo devacánico, entonces se pueden ver y oír estos fenómenos ondulantes, y lo que se oye es la armonía de las esferas.

Así hemos caracterizado el ámbito de lo espiritual hasta este nivel. Pero hay aún un cuarto ámbito en el Devacán. Hasta ahora hemos visto:

del Devacán:

los arquetipos de todas las formas físicas = continente
toda la vida = mar
toda la vida del alma, los sentimientos, etc. = ámbito del aire

Hay algo en la vida humana que no puede crearse en el mundo exterior, y cuyo contenido espiritual constituye el cuarto ámbito del Devacán. A él pertenecen todas las ideas originales, hasta la creatividad del genio. Todo lo que es original, es decir, todo lo que el ser humano crea en este mundo y que lo enriquece, todos estos arquetipos conforman el cuarto ámbito del Devacán. Con esto concluimos la descripción de las partes inferiores del Devacán.

Además, hay tres reinos superiores, pero el ser humano solo puede alcanzarlos durante su vida mediante una iniciación superior, es decir, solo los iniciados, y después de la muerte solo son perceptibles para las individualidades más desarrolladas. Pero cuando un iniciado tan avanzado es capaz de entrar en este reino superior siguiente, el Devacán, ¿qué experimenta allí? En primer lugar, algo que en la ciencia secreta se denomina la Crónica Akáshica. Todo lo que sucede y ha sucedido en el mundo se conserva como una impresión en una materia sutil que es imperecedera. Me gustaría explicárselo con un ejemplo: ahora les estoy hablando, pero ustedes no me oirían si mi voz no pudiera hacer vibrar el aire.  Así pues, todo lo que se dice de mí se expresa aquí en el aire en forma de sutiles movimientos. Estos movimientos, naturalmente, desaparecen; pero en esa sutil materia espiritual que experimentamos cuando llegamos a ese mundo superior, todo lo que ocurre aquí queda impreso y permanece eternamente. Cada palabra, cada pensamiento, todo lo que ha sucedido en la humanidad puede leerse en esta crónica Akáshica. Para ello se requiere la iniciación o ese momento en el que el ser humano llega a este ámbito del devacán después de la muerte, es decir, cuando se ha desarrollado lo suficiente como para poder percibir este ámbito del devacán, que es muy elevado, después de la muerte. Entonces puede ver el pasado. Esta crónica Akáshica es una escritura en la que se conserva todo lo que ha sucedido alguna vez. En realidad, no es una escritura en el sentido físico, sino que son imágenes. Por ejemplo, ven a César en todas las situaciones de su vida; no lo que realmente hizo, sino los impulsos internos que lo llevaron a actuar. Estas imágenes Akáshica tienen un alto grado de vida y, si no se saben interpretar correctamente, pueden dar lugar a grandes engaños. Así, por ejemplo, son fuente de muchos extravíos espiritistas, cuando aparece una imagen akáshica en las sesiones. Si, por ejemplo, citan a Goethe y aparece la imagen akáshica del 25 de noviembre de 1797 y les da información sobre una pregunta: la responde de la manera en que Goethe habría respondido en aquel momento, si le hubieran hecho la pregunta el 25 de noviembre de 1797. Solo el conocedor exacto del mundo espiritual puede reconocer si en tal caso se trata de realidad o de esquemas. A partir de estas descripciones, pueden deducir cómo son estos ámbitos superiores de los mundos espirituales.

La primera experiencia es, por tanto, la percepción del propio cuerpo; todas las demás experiencias tienen su origen en esta. El ser humano siente entonces con intensidad la liberación de las envolturas corporales, pues es el momento dichoso en el que se ha despojado también del último de los cadáveres, el cadáver astral. Al igual que una planta atrapada en una grieta de la roca sentiría una gran felicidad al ser liberada, este sentimiento de felicidad se convierte en un sentimiento básico del ser humano. Esta felicidad impregna y transfigura también los sentimientos que antes se vivían de forma más terrenal, como por ejemplo los de amistad, que aquí quizá estaban sujetos a ciertos cambios y que allá se profundizan y se purifican. El amor de la madre por su hijo también experimenta tal purificación, y viceversa: el sentimiento originalmente animal de unión, que ya aquí se convirtió en moral, se desarrolla en el Devacán hasta alcanzar un poder moral aún mayor. Todos los lazos establecidos aquí en la Tierra se profundizan en el ámbito espiritual, impregnándose mutuamente. A través del amor, el ser humano ya aquí se eleva desde la estrechez del egoísmo hacia la amplitud de la experiencia del mundo. Allí, sin embargo, nada está separado, aislado, uno trabaja para el otro, porque también allí el trabajo es el elemento que sostiene y promueve las almas, que las une, y el amor es la fuente inagotable de toda vida.

Traducido por J.Luelmo dic,2025

GA181 Berlín, 5 de febrero de 1918 - El significado de la vigilia y el dormir en la vida humana. Sobre la unión de los vivos con los muertos.

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RUDOLF STEINER

EL SIGNIFICADO DE LA VIGILIA Y EL DORMIR.

SOBRE LA UNIÓN DE LOS VIVOS CON LOS MUERTOS


Berlín, 5 de febrero de 1918

Lo que hemos analizado repetidamente, lo que hemos discutido aquí a menudo desde los más diversos puntos de vista: que ese estado de cambio entre la vigilia y el dormir tiene un significado más profundo en la vida humana de lo que parece a simple vista, algo que debería tenerse en cuenta para una visión global del mundo, para una postura práctica en el mundo en el sentido más ideal. Para la observación habitual, existe el hecho aparente de que el ser humano alterna con su conciencia entre el estado de vigilia y el estado dormido. Sabemos que esto es solo un hecho aparente. Porque hemos discutido a menudo desde los más diversos puntos de vista que el llamado estado dormido no solo dura entre el momento de conciliar el sueño y el de despertar, sino que para una cierta parte de nuestro ser también perdura en el tiempo desde el despertar hasta el momento de conciliar el sueño. Debemos decir que nunca estamos completamente despiertos con todo nuestro ser. El estado dormido se extiende a nuestro estado despierto. Con una parte de nuestro ser dormimos continuamente. Ahora podemos preguntarnos: ¿con qué parte de nuestro ser estamos realmente despiertos de forma continua durante el llamado estado despierto?

Estamos despiertos en lo que respecta a nuestras percepciones, en lo que respecta a todo lo que percibimos del mundo sensorial a través de nuestros sentidos desde que nos despertamos hasta que nos dormimos. Esto es precisamente lo característico de la percepción habitual, que al despertar pasamos de no estar conectados con el mundo sensorial exterior a estar conectados con él, que muy pronto nuestros sentidos comienzan a estar activos y esto nos saca de ese estado de letargo que en la vida cotidiana conocemos como el estado dormido. Así pues, con nuestras percepciones sensoriales estamos despiertos en el verdadero sentido de la palabra. Menos despiertos, ya, —una observación cuidadosa de uno mismo puede revelárselo a cualquiera, lo hemos mencionado a menudo y pueden encontrar más detalles al respecto en mi libro «Von Seelenrätseln» (De los enigmas del alma)—, menos despiertos, pero de tal manera que podemos describir el estado como un verdadero estado de vigilia, estamos en relación con nuestra vida imaginativa. Debemos distinguir entre la vida perceptiva y la vida real del pensar y la vida representativa. Cuando pensamos alejados de la percepción sensorial, es decir, sin dirigirnos hacia el exterior, estamos despiertos en el sentido habitual de la palabra y también en el sentido más elevado, aunque este estado de vigilia en la mera vida representativa tenga un matiz onírico, más pronunciado en unas personas que en otras. Aunque en algunas personas la vida representativa puede mezclarse con lo onírico, en general podemos decir que estamos despiertos, incluso cuando imaginamos.

Pero cuando sentimos no estamos despiertos. Es cierto que los sentimientos surgen de una vida anímica indeterminada e indiferenciada, y al imaginar los sentimientos, al mezclar siempre las ideas, es decir, las actividades conscientes, con los sentimientos, creemos que también estamos despiertos cuando sentimos. Sin embargo, en realidad no es así. En realidad, la actividad de nuestra alma en el sentir es exactamente la misma que en el «soñar» habitual. Existe una profunda relación entre el estado de sueño y el estado emocional propiamente dicho. Si fuéramos capaces en todo momento de iluminar con la imaginación lo que soñamos, —la mayor parte de la vida onírica se nos escapa-, del mismo modo que iluminamos nuestra vida emocional, conoceríamos la vida onírica con el mismo grado de precisión que la vida emocional, ya que los sentimientos propiamente dichos no están presentes en el alma de forma diferente a los sueños. Los sentimientos, los afectos e incluso, en cierto sentido, la vida pasional están tan presentes en nuestra alma como los sueños. Ningún ser humano puede decir, a través de su vida despierta, lo que realmente ocurre cuando siente o en lo que siente. Como ya se ha dicho, esto surge de una vida anímica indeterminada e indiferenciada, y luego se ilumina con la luz de la imaginación. Pero es una vida onírica. Esta relación entre la vida afectiva y emocional y la vida onírica también ha sido reconocida por personas ajenas al ocultismo, como por ejemplo el excelente esteta Friedrich Theodor Vischer, quien a menudo ha destacado la profunda relación que existe en la vida anímica del ser humano entre los sentimientos y los sueños.

Más abajo aún en la vida del alma se encuentra la verdadera vida volitiva. ¿Qué sabe el ser humano sobre lo que realmente ocurre en su interior cuando dice: «Quiero coger un libro», y cuando el brazo se extiende y coge el libro? Lo que ocurre entre el músculo y el nervio, lo que ocurre en el organismo y también en el alma para que un impulso de la voluntad se convierta en movimiento, en acción, es tan desconocido por el ser humano como los acontecimientos del dormir profundamente sin sueños. De hecho, es así: la verdadera esencia de nuestra vida volitiva vuelve a ser iluminada por nuestra vida imaginativa. Esto hace que parezca que somos conscientes de ella, pero la verdadera esencia de la vida volitiva se encuentra en realidad en un estado de sueño completo, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos.

Así pues, vemos que solo estamos realmente despiertos, en el sentido estricto de la palabra, en lo que respecta a nuestra percepción del mundo sensorial y nuestra vida imaginativa; que en lo que respecta a la vida emocional, estamos dormidos, que incluso en relación con el estado de vigilia, en realidad soñamos, y más aún en lo que respecta a nuestra vida volitiva, que en realidad dormimos continuamente. Así pues, el estado dormido se extiende al estado de vigilia. Imaginemos, pues, cómo caminamos por el mundo: lo que vivimos con nuestra conciencia despierta es en realidad solo la percepción del mundo sensorial y nuestro mundo de representaciones; y enmarcado en esta experiencia del ser humano hay un mundo en el que flotan nuestros sentimientos e impulsos volitivos, un mundo que nos rodea al igual que el aire nos rodea, pero que no entra en la conciencia ordinaria. Quien aborda el tema de esta manera, verdaderamente no estará muy lejos de reconocer a su alrededor un mundo llamado suprasensible.

Ahora bien, todo lo que acabo de decir tiene consecuencias más significativas. Detrás de lo que he mencionado se esconden hechos importantes de la vida en su conjunto. Quien conoce la vida que lleva el alma humana entre la muerte y un nuevo nacimiento, —solo tiene que familiarizarse con esta vida de forma más abstracta a través del ciclo de conferencias «La esencia interior del ser humano y la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento», que se impartió en Viena en la primavera de 1914 y que está impreso—, quien se familiarice con ello verá que en este mundo, por el que vagamos dormidos, convivimos con los llamados muertos. Los muertos están continuamente ahí. Se mueven y se comportan en un mundo suprasensible. No estamos separados de ellos por nuestra realidad, solo estamos separados de ellos por el estado de conciencia. No estamos separados de los muertos más de lo que lo estamos de las cosas que nos rodean cuando dormimos: dormimos en una habitación y no vemos las sillas ni quizá otras cosas que hay en ella, aunque estén ahí. Pues bien, en el llamado estado de vigilia, dormimos con respecto a los sentimientos y la voluntad, y lo hacemos en medio de los llamados muertos, —solo que no los llamamos así—, del mismo modo que no percibimos los objetos físicos que nos rodean cuando dormimos. Por lo tanto, no vivimos separados del mundo en el que reinan las fuerzas de los muertos; compartimos un mundo común con los muertos. Solo nos separa de ellos el estado de conciencia para la conciencia ordinaria.

Este conocimiento de la convivencia con los muertos será uno de los componentes más importantes que la ciencia espiritual deberá inculcar en la conciencia general de la humanidad, en la cultura general de la humanidad para el futuro. Porque las personas que creen que lo que sucede solo sucede porque actúan las fuerzas que se perciben en la vida sensorial, no saben nada de la realidad; no saben que en la vida que se desarrolla aquí actúan continuamente las fuerzas de los muertos, que están continuamente presentes. Y si ahora recuerdan lo que dije en la primera conferencia, donde expliqué que, en el fondo, en la época materialista actual se tiene una visión completamente errónea de la vida histórica, que en realidad soñamos o dormimos la historia en sus impulsos reales, entonces podrán hacerse una idea de que en lo que soñamos o dormimos de la vida histórica pueden vivir las fuerzas de los muertos. En el futuro surgirá una visión de la historia que tendrá en cuenta las fuerzas de aquellos que han atravesado la puerta de la muerte y viven con sus almas en el mundo entre la muerte y un nuevo nacimiento. Una conciencia con toda la humanidad, incluso con la llamada humanidad muerta, dará un matiz completamente nuevo a la cultura humana.

La perspectiva que se le presenta al investigador espiritual, que ahora puede aplicar de manera práctica lo que acaba de decirse, muestra algunos detalles concretos sobre esta convivencia de los llamados vivos con los llamados muertos. Si el ser humano pudiera iluminar con su imaginación hasta lo más profundo de sus sentimientos y de sus impulsos volitivos, entonces tendría una conciencia viva y continua de la existencia de los muertos. Sin embargo, no es así. Y la conciencia ordinaria no lo tiene porque las cosas se distribuyen de manera extraña dentro de nuestra vida consciente. Se podría decir que, para comprender una relación mundial superior, hay una tercera cosa que es mucho más importante que la visión del estado de vigilia y del estado dormido. ¿Qué es esta tercera cosa?

Lo tercero es lo que se encuentra entre medias, lo que para el ser humano actual no es más que un instante en el que pasa de largo: es el despertar y el dormirse. El ser humano actual no presta mucha atención al despertar y al dormirse. Y, sin embargo, el despertar y el dormirse son extraordinariamente importantes en la conciencia global del ser humano. Su importancia se hace evidente cuando se comparan las experiencias de la conciencia ordinaria, impregnadas de inconsciencia, con las experiencias de la conciencia clarividente. Después de tantos años de preparación para algo así, podemos ahora, con toda imparcialidad, arrojar luz sobre estas cuestiones a partir de los hechos suprasensibles.

Existe la posibilidad de que la conciencia clarividente no solo se familiarice en general con los hechos del mundo suprasensible, con el mundo en el que nos encontramos, por ejemplo, entre la muerte y el nuevo nacimiento, sino que existe la posibilidad de que la conciencia clarividente, —aunque esta posibilidad no es tan fácil como la que acabamos de mencionar y caracterizar—, en particular, si quiero expresarme de manera burda, entrar en contacto, en correspondencia con el alma individual desencarnada. Ustedes ya lo saben. Solo quiero añadir: más difícil, —difícil para la comprensión científica general de las relaciones suprasensibles—, es la observación solo por la razón de que hay muchos más obstáculos que superar. Por muy poco que logren actualmente muchas personas obtener resultados científicos generales sobre el mundo suprasensible, no se puede decir que esto sea extraordinariamente difícil, pues no es algo que esté tan lejos de la capacidad habitual del alma humana. . Pero es más difícil entrar en contacto con estas almas, por la sencilla razón de que la conexión real y concreta entre el alma humana que vive aquí en el cuerpo y el alma desencarnada presupone que quien aspira a tal conexión, quien llega a estar en condiciones de tenerla, es decir, que pueda tener contacto con almas desencarnadas individuales, que realmente pueda vivir en un cierto grado superior en lo puramente espiritual, sin dejarse influir por el hecho de que tal vida concreta en lo puramente espiritual puede despertar muy fácilmente los instintos inferiores del ser humano, por razones que he mencionado a menudo: que las capacidades superiores de los seres suprasensibles no tienen parentesco con los instintos inferiores de los seres humanos, como los instintos inferiores de los seres suprasensibles tienen parentesco con las cualidades espirituales superiores de los seres humanos. Lo describo como un misterio importante en la comunicación con el mundo suprasensible, un misterio en cuyo contenido uno u otro puede fracasar muy fácilmente. Pero si se supera este escollo, si el ser humano puede tener una relación suprasensorial sin que ello le distraiga del mundo de las experiencias espirituales, entonces dicha relación es perfectamente posible. Sin embargo, es muy, muy diferente de lo que estamos acostumbrados a considerar como relación aquí, en el mundo sensorial.

Quiero hablar de manera muy concreta: cuando uno habla aquí, en el mundo sensorial, de persona a persona, uno habla y la otra persona le responde. Uno sabe que produce sus palabras mediante su órgano vocal; las palabras provienen de sus pensamientos. Se siente que es el creador de sus palabras. Uno sabe que se escucha a sí mismo mientras habla y, mientras el otro responde, escucha al otro y entonces sabe que está en silencio, que ahora escucha al otro. Como ven, uno se acostumbra profundamente a esta relación al ser consciente de que en el mundo físico se relaciona con otros seres. Pero la relación con las almas desencarnadas no es así. Por extraño que parezca, la relación con las almas desencarnadas es exactamente al revés. Cuando uno mismo comunica sus pensamientos al desencarnado, no es uno quien habla, sino él. Es exactamente como si estuviera hablando con alguien y lo que uno piensa, lo que quiere comunicar, no lo dice uno, sino el otro. Y lo que le responde el llamado muerto no le llega desde fuera, sino que surge de su interior, lo experimenta como vida interior. La conciencia clarividente debe acostumbrarse primero a esto, debe acostumbrarse a que uno mismo es el que pregunta en el otro y que el otro es el que responde en uno. Este completo cambio de perspectiva es necesario.

Quien está familiarizado con este tipo de cosas sabe que tal cambio radical no es fácil. Porque contradice todo lo que el ser humano está acostumbrado; pues los hábitos se forman a lo largo de la vida; pero no solo eso, sino que incluso contradice todo lo que se le ofrece al ser humano. Porque creer que uno mismo habla cuando pregunta y que el otro está callado cuando responde es algo innato en el ser humano. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que ocurre en la comunicación con los seres suprasensibles. Sin embargo, esta inversión del ser que experimenta la conciencia clarividente le hará darse cuenta de que gran parte de la imperceptibilidad de los muertos se debe precisamente a que se relacionan con los vivos de una manera que a estos no solo les resulta desconocida, sino totalmente imposible. Los vivos simplemente no oyen lo que los muertos les dicen desde lo más profundo de su ser; y los vivos no prestan atención cuando otro dice lo mismo que ellos mismos piensan, lo que ellos mismos quieren preguntar.

Ahora bien, la cuestión es que, de los dos estados intermedios de conciencia que atraviesa el ser humano actual, —el despertarse y el adormecerse-—, solo uno es adecuado para preguntar y el otro solo para responder. Lo curioso es que, cuando nos dormimos, ese momento de conciliar el sueño es especialmente propicio para hacer preguntas a los muertos, es decir, para escuchar desde ellos las preguntas que les hacemos. Cuando nos dormimos, estamos especialmente dispuestos a escuchar desde los muertos lo que queremos preguntarles. Sin embargo, en el estado de conciencia habitual nos dormimos inmediatamente después, y el resultado es que, de hecho, hacemos cientos de preguntas a los muertos, hablamos de cientos de cosas a los muertos al quedarnos dormidos, pero no sabemos nada de ello porque nos dormimos después.  Este momento transitorio del dormirnos es un momento de enorme importancia para nuestra comunicación con los muertos. Y, a su vez, el momento del despertar: nos predispone de manera especial a escuchar las respuestas de los muertos. Si no pasáramos inmediatamente a la percepción sensorial, sino que pudiéramos detenernos en el momento del despertar, estaríamos en ese momento muy receptivos para recibir mensajes de los muertos. Solo que estos mensajes nos parecerían como si surgieran de nuestro propio interior.

Como ven, hay dos razones por las que la conciencia común no presta atención al contacto con los muertos. La primera es que, al despertarnos y al dormirnos, entramos inmediatamente en un estado que borra lo que experimentamos en esos momentos; la segunda es que las cosas nos parecen, digamos, extrañas o incluso imposibles. Cuando nos dormimos: las cien preguntas que podemos dirigir a los muertos y que realmente les dirigimos se pierden en la vida onírica porque no estamos acostumbrados a escuchar lo que preguntamos y no a decirlo. Y, a su vez, lo que nos dice el difunto al despertar no lo juzgamos como si proviniera del difunto, porque no lo reconocemos, lo consideramos algo que surge de nosotros mismos. Esta es la segunda razón por la que el ser humano no se encuentra a sí mismo en la comunicación con los muertos.

Sin embargo, estas manifestaciones generales se interrumpen en ocasiones, y lo hacen de la siguiente manera. Lo que el ser humano experimenta al dormirse como un cuestionamiento espontáneo a los muertos continúa, en cierto modo, a través del estado dormido. Mientras seguimos durmiendo, miramos inconscientemente hacia atrás, al momento de conciliar el sueño, y este hecho puede dar lugar a sueños. Esos sueños pueden ser, de hecho, reproducciones de las preguntas que hacemos a los muertos. Lo cierto es que, en los sueños, nos acercamos mucho más a los muertos de lo que creemos, les hablamos, aunque lo que se experimenta en el sueño ya se haya dicho inmediatamente al quedarnos dormidos. Pero el sueño lo rescata de las profundidades indiferenciadas del alma. Sin embargo, el ser humano lo malinterpreta fácilmente; cuando más tarde recuerda los sueños, no suele tomarlos por lo que son. En realidad, los sueños son siempre una convivencia con los muertos que surge de nuestra vida emocional. Nos hemos acercado a ellos y, a menudo, el sueño nos plantea preguntas que hemos hecho a los muertos.  El sueño nos transmite nuestra experiencia subjetiva, pero como si viniera de fuera. El difunto nos habla, pero en realidad somos nosotros mismos quienes hablamos. Solo que pareciera que es el difunto quien habla. Por lo general, lo que nos encontramos en los sueños no son mensajes que provienen de los muertos, sino que el sueño que tenemos sobre los muertos es la expresión de la necesidad de estar con ellos, de haber logrado reunirnos con ellos en el momento de conciliar el sueño.

El momento del despertar nos trae los mensajes de los muertos. Este momento del despertar es borrado por la vida sensorial posterior. Pero también ocurre que, al despertar, como si surgiera del interior del alma, tenemos algo que, si nos observamos con mayor atención, podemos saber muy bien que no proviene de nuestro yo habitual. A menudo se trata de mensajes de los muertos.

Podrán lidiar con estas ideas si no piensan mal de una relación que ahora se habrá apoderado de su alma. Dirán: entonces, el momento de conciliar el sueño es adecuado para hacer preguntas al difunto; el momento de despertar es adecuado para recibir las respuestas del difunto. Por lo tanto, son dos momentos distintos. Solo lo juzgarán correctamente si contemplan adecuadamente las relaciones temporales en el mundo suprasensible. Allí es cierto lo que Richard Wagner expresó en una extraña intuición en la frase: «El tiempo se convierte en espacio». — En el mundo suprasensible, el tiempo se convierte realmente en espacio, de modo que un punto espacial está allí y otro está allí. Por lo tanto, el tiempo no ha pasado, sino que un punto espacial se encuentra solo a una distancia mayor o menor. El tiempo se convierte realmente en espacio de forma suprasensible. Y el difunto solo da las respuestas alejándose un poco más de nosotros.  Por supuesto, esto vuelve a ser algo desconocido. Pero el pasado no ha desaparecido en el mundo suprasensible; está ahí, permanece ahí. Y en relación con el presente, solo se trata de enfrentarse al pasado en otro lugar. El pasado no ha desaparecido en el mundo suprasensible, al igual que no ha desaparecido la casa de la que ustedes han salido esta noche para venir aquí. Sigue en su lugar, y lo mismo pasa con el pasado, éste no ha desaparecido en el mundo suprasensible, está ahí. Y si está cerca o lejos del difunto, eso depende de ustedes mismos, de lo lejos que hayan llegado con el difunto. Puede estar muy lejos, pero también puede estar muy cerca.

Así pues, vemos que no solo al dormir y despertar, sino también al despertarnos y dormirnos, estamos en constante correspondencia, en constante contacto con los muertos. Ellos están siempre entre nosotros, y nosotros realmente no actuamos solo bajo la influencia de aquellos que viven a nuestro alrededor como seres humanos físicos, sino que también actuamos bajo la influencia de aquellos que han cruzado la puerta de la muerte y tienen una conexión con nosotros.

Hoy me gustaría destacar aquellos hechos que nos llevan cada vez más y más profundamente al mundo suprasensible desde un cierto punto de vista.

Ahora bien, una vez que se ha comprendido que existe un contacto continuo con los muertos, podemos distinguir entre las diferentes almas que han atravesado la puerta de la muerte. Si en realidad siempre atravesamos el campo de los muertos, ya sea haciendo preguntas a los difuntos cuando conciliamos el sueño o recibiendo respuestas de ellos al despertarnos, por consiguiente también nos afectará cómo nos relacionamos con los muertos, dependiendo de si estos han cruzado el umbral de la muerte siendo jóvenes o ancianos. Sin embargo, los hechos que subyacen a esto solo se revelan a la conciencia clarividente. Pero eso es solo el conocimiento de ello, la realidad tiene lugar continuamente. Cada persona está conectada con los muertos tal y como lo expresa la conciencia clarividente. Cuando personas más jóvenes, —niños o adolescentes—, cruzan la puerta de la muerte, se manifiesta claramente que sigue existiendo una cierta conexión entre los vivos y estos muertos, una conexión que es de otro tipo que cuando se trata de personas mayores que han cruzado la puerta de la muerte en el ocaso de su vida. Hay una diferencia radical. Cuando perdemos a nuestros hijos, cuando los jóvenes se alejan de nosotros, en realidad no se alejan del todo, sino que permanecen con nosotros. Esto se manifiesta en la conciencia clarividente a través de los mensajes que recibimos al despertar, que son vivos y animados cuando se trata de niños o jóvenes que han fallecido. Existe una conexión entre los que se quedan y los fallecidos, que se puede describir diciendo que, en realidad, no se ha perdido a un niño o a un joven, sino que siguen estando ahí. Y permanecen allí sobre todo porque, tras la muerte, muestran una necesidad viva de influir en nuestro despertar, de enviar mensajes a nuestro despertar. Es muy curioso, pero es cierto que todo lo relacionado con el despertar tiene mucho que ver con los niños que fallecieron en la juventud. Para la conciencia clarividente resulta especialmente interesante cómo se debe agradecer a las almas fallecidas en la juventud cuando las personas sienten en su vida física exterior una cierta piedad, una cierta inclinación a la devoción. Porque eso es lo que les dicen las almas fallecidas prematuramente. Los mensajes de las almas fallecidas prematuramente tienen un efecto enorme en lo que respecta a la devoción.

Es diferente cuando las almas fallecen por vejez, por edad física. En ese caso, podemos representar de otra manera lo que se muestra a la conciencia clarividente. Podemos decir: no nos pierden, permanecemos con ellos con nuestras almas. — Observen la contradicción: no perdemos a las almas jóvenes, ellas permanecen entre nosotros; las almas que fallecen en la vejez no nos pierden, ellas se llevan consigo, en cierto modo, algo de nuestras almas. — Es solo una comparación, si se me permite expresarme de manera comparativa. Las almas que fallecen en la vejez nos atraen más hacia ellas, mientras que las que fallecen jóvenes se acercan más a nosotros. Por eso, incluso en el momento de conciliar el sueño, tenemos mucho que decir a las almas fallecidas en edades avanzadas, y podemos tejer un vínculo con el mundo espiritual, especialmente al hacernos aptos para dirigirnos a las almas fallecidas en edades avanzadas en el momento de conciliar el sueño. En relación con estas cosas, el ser humano realmente puede hacer algo.

Vemos, pues, que estamos en constante comunicación con los muertos; tenemos una especie de preguntas y respuestas, una interacción con ellos. Para hacernos especialmente aptos para las preguntas, es decir, para acercarnos a los muertos, lo correcto es lo siguiente. Los pensamientos abstractos comunes, es decir, los pensamientos que provienen de la vida materialista, nos acercan poco a ellos. Los muertos también sufren por nuestras distracciones en la vida puramente material, si de alguna manera nos pertenecen. Por el contrario, si mantenemos y cultivamos lo que nos une emocional y voluntariamente a los muertos, nos preparamos bien para dirigirles las preguntas adecuadas, nos preparamos bien para entrar en relación con ellos en el momento de conciliar el sueño.  Estas relaciones existen principalmente porque los difuntos en cuestión estuvieron relacionados con nosotros en vida. La relación en vida es la base de lo que sigue después de la muerte. Por supuesto, hay una diferencia entre hablar con alguien con indiferencia o con interés, entre hablar con él como una persona habla con otra cuando la quiere, o entre hablar con indiferencia. Hay una gran diferencia entre hablar con alguien como si fuera la hora del té de las cinco y estar especialmente interesado en lo que puedo aprender del otro. Cuando se crean relaciones más íntimas en la vida entre alma y alma, relaciones basadas en sentimientos e impulsos de la voluntad, y cuando, después de que un alma ha atravesado la puerta de la muerte, se pueden mantener preferentemente esas relaciones emocionales, ese interés por el alma, esa curiosidad por las respuestas que dará, o cuando tal vez se tiene el impulso de ser algo para ella, si se puede vivir en esos recuerdos del alma, recuerdos que no fluyen del contenido de la vida imaginaria hacia el alma, sino de las relaciones entre alma y alma, entonces se está especialmente capacitado para acercarse al alma con preguntas en el momento de conciliar el sueño. Para obtener respuestas y mensajes en el momento del despertar, uno se vuelve especialmente apto si es capaz y está dispuesto a reconocer la esencia del difunto en cuestión durante su vida. Piensen en cómo, especialmente en la actualidad, pasamos junto a las personas sin llegar a conocerlas realmente. ¿Qué saben realmente las personas unas de otras hoy en día? Hay, —si se me permite citar este ejemplo un tanto extraño y sorprendente—, matrimonios que duran décadas sin que los dos cónyuges lleguen a conocerse en absoluto. Así es. Pero es perfectamente posible, —lo cual no depende de un talento, sino más bien del amor—, comprender la esencia del otro y, de ese modo, llevar dentro de uno mismo una imagen real del otro. Esto nos prepara especialmente bien para recibir respuestas del difunto en el momento del despertar. Por eso, en realidad, también se tiende más a recibir respuestas al despertar de un niño o un joven, porque a los jóvenes aún se les conoce mejor que a los que se han interiorizado y han envejecido.

De este modo, las personas pueden hacer algo para establecer de manera adecuada la relación entre los vivos y los muertos. En realidad, toda nuestra vida está impregnada de esta relación. Como almas, estamos inmersos en la esfera en la que también se encuentran los muertos. El grado de piedad que tenemos, como ya he dicho antes, está muy relacionado con la influencia que ejercen sobre nosotros las personas fallecidas en la juventud. Y si las personas fallecidas en la juventud no influyeran en la vida, probablemente no existiría la piedad. Por eso, la mejor manera de comportarse con las almas fallecidas en la juventud es mantener su recuerdo de forma más general. Los funerales de niños o jóvenes fallecidos siempre deberían tener algo de ritual, algo más general. Debería haber una especie de ritual cuando fallecen jóvenes.  La Iglesia católica, que lo matiza todo en función de la vida juvenil e infantil, que solo quiere ocuparse de los niños, que quiere administrar las almas infantiles, por lo tanto, rara vez solicita que se pronuncien discursos individuales por la vida infantil que ha concluido con la muerte. Eso es especialmente bueno. El duelo que sentimos por los niños es diferente al que sentimos por las personas mayores. Me gustaría llamar al duelo por los niños «duelo compasivo», porque el duelo que sentimos por un niño que ha fallecido es, en realidad, en muchos casos un reflejo de nuestra propia alma frente a la esencia del niño, que en realidad ha permanecido cerca de nosotros. Vivimos la vida del niño con él, y el ser del niño comparte nuestro dolor. Es un dolor compartido. Por el contrario, cuando el duelo se produce especialmente por personas mayores fallecidas, no se puede calificar de duelo empático; en ese caso, siempre se debe calificar de egoísta, y se soporta mejor si se tiene en cuenta que el difunto nos lleva consigo cuando ha envejecido; no nos pierde si intentamos prepararnos para reunirnos con él. Por eso podemos personalizar más el recuerdo del difunto de mas edad, llevarlo más en nuestros pensamientos, permanecer unidos en nuestros pensamientos con lo que solíamos compartir con él, si intentamos no comportarnos como un compañero incómodo. Él nos tiene, pero nos tiene de una manera extraña, cuando tenemos pensamientos que él no puede aceptar en absoluto. Nos quedamos con él, pero podemos convertirnos en una carga para él si tiene que arrastrarnos sin que alberguemos en nuestro interior pensamientos que él pueda unir a los suyos, que pueda contemplar espiritualmente de manera adecuada.

Piense en lo concreto que resulta ser nuestra relación con los muertos cuando realmente podemos iluminarla desde el punto de vista de las ciencias espirituales, cuando realmente somos capaces de contemplar toda la relación de los vivos con los muertos. Para la humanidad del futuro será importante contemplar esto. Por trivial que parezca, —porque se puede decir que toda época es una época de transición—, nuestra época es una época de transición. Nuestra época debe dar paso a una época más espiritual. Debe saber lo que viene del reino de los muertos, debe saber que aquí estamos rodeados por los muertos como por el aire. En el futuro será simplemente una sensación real: cuando alguien ha fallecido siendo mayor, no debe uno convertirse en su pesadilla; cosa que hacemos si llevamos en nuestro interior pensamientos que él no puede asimilar. Piensen en cómo puede enriquecerse la vida si asimilamos esto. Solo así se hará real la convivencia con los muertos.

Lo he dicho a menudo: la ciencia espiritual no pretende fundar una nueva religión, ni crear algo sectario en el mundo, de lo contrario se la malinterpretaría por completo. Por el contrario, he subrayado a menudo que puede profundizar la vida religiosa de las personas, creando bases reales. El recuerdo de los muertos, el culto a los muertos, tiene su lado religioso. En este aspecto de la vida religiosa se crea una base cuando se ilumina la vida desde el punto de vista de la ciencia espiritual. Las cosas se sacan de lo abstracto haciendo lo correcto. Por ejemplo, no es indiferente para la vida que se celebre un funeral adecuado para un joven o para una persona mayor. Porque estas cosas, si se celebra un funeral correcto o incorrecto por un difunto, es decir, una ceremonia que no surge de la conciencia de lo que es una persona fallecida joven y lo que es una persona fallecida mayor, —este hecho, si se celebra un funeral correcto o incorrecto-, es mucho más importante para la convivencia de las personas que una decisión del consejo municipal o una decisión parlamentaria, por extraño que parezca. Porque los impulsos que actúan en la vida provienen de los propios individuos cuando las personas tienen una relación correcta con el mundo de los muertos. Hoy en día, las personas quieren organizarlo todo mediante una estructura abstracta del orden social. Las personas se alegran cuando no tienen que pensar mucho en lo que deben hacer. Muchos incluso se alegran de no tener que pensar mucho en lo que deben pensar. Pero esto es muy diferente cuando se tiene una conciencia viva, no solo de una convivencia panteísta con un mundo espiritual, sino una conciencia viva de una convivencia concreta con un mundo espiritual. Se puede prever una impregnación de la vida religiosa con ideas concretas, si precisamente a través de la ciencia espiritual se profundiza esta vida religiosa. El espíritu fue abolido, —como ya he mencionado en varias ocasiones—, en el año 869 para la humanidad occidental en el octavo concilio ecuménico de Constantinopla. En aquel entonces se elevó a dogma que los católicos no debían considerar al ser humano como compuesto de cuerpo, alma y espíritu, sino solo de cuerpo y alma, y se atribuyó al alma que también tenía «cualidades espirituales». Esta abolición del espíritu tiene una importancia enorme. El hecho de que en el año 869 se decidiera en Constantinopla que el ser humano no debía considerarse dotado de «anima» y «spiritus», sino que solo poseía «unam animam rationalem et intellectualem», es dogma. «El alma tiene propiedades espirituales», esto ha ensombrecido la vida espiritual de Occidente desde el siglo IX. Hay que superar esto de nuevo. Hay que volver a reconocer el espíritu. Lo que en la Edad Media se consideraba una herejía en el sentido más elevado, es decir, reconocer la tricotomía —cuerpo, alma y espíritu—, debe volver a considerarse una visión correcta y auténtica del ser humano. Para ello se necesitará algo más para las personas que hoy en día rechazan por supuesto toda autoridad y juran que el ser humano solo está compuesto por cuerpo y alma, y no se trata solo de personas de una determinada confesión religiosa, sino también de aquellos que escuchan a profesores, filósofos y otros. Y los filósofos, como se puede leer en todas partes, solo distinguen entre cuerpo y alma, dejando de lado el espíritu. Esa es su visión «imparcial» del mundo, que, sin embargo, solo se deriva del hecho de que, en el año 869, en un concilio eclesiástico, se tomó la decisión de no reconocer el espíritu. Pero eso no se sabe. Filósofos que se han hecho mundialmente famosos, como Wilhelm Wundt, un gran filósofo por gracia de su editor, pero mundialmente famoso, también dividen naturalmente al ser humano en cuerpo y alma, porque lo consideran ciencia imparcial, y no saben que solo están siguiendo la decisión del concilio de 869. Hay que fijarse en los hechos reales si se quiere comprender lo que ocurre en el mundo de la realidad. Si en este ámbito, que hoy hemos tratado especialmente, nos fijamos en los hechos reales, entonces se nos abre la conciencia de una conexión con ese mundo que se sueña y se duerme en la historia. La historia, la vida histórica, solo se podrá ver bajo la luz adecuada si se puede desarrollar una conciencia adecuada sobre la conexión entre los llamados vivos y los llamados muertos. Seguiremos hablando de ello cuando nos volvamos a ver aquí.

Traducción revisada por j.Luelmo nov.2025