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RUDOLF STEINER
LA ATENCIÓN DE LA SALUD COMO CUESTIÓN SOCIAL *
Dornach, 7 de abril de 1920
¡Honorables miembros del público! No cabe duda de que la cuestión social es uno de los asuntos que, en círculos cada vez mas amplios, nos preocupan más hoy en día, y allí donde se tiene un poco de
Es cierto que aún hoy no faltan instrucciones higiénicas, tratados y escritos sobre el cuidado de la salud como asunto público. Pero hay que preguntarse: ¿Cómo encajan estas instrucciones, estas consideraciones sobre la higiene, en la vida social? - Y aquí tenemos que decir: se colocan de tal manera que los discursos individuales sobre el cuidado adecuado de la salud, se publican como el resultado de la
Pero si uno está convencido de que en el transcurso de la historia moderna, en el transcurso de los últimos cuatro siglos, ha surgido en la humanidad un anhelo por el ordenamiento democrático de todos los asuntos, pero hoy en día se enfrenta, aunque a muchos les parezca grotesco, con el carácter completamente antidemocrático de la pura creencia en la autoridad que se exige en el ámbito higiénico. El carácter antidemocrático de esta creencia en la autoridad contrasta con el anhelo de democracia, que en la actualidad ha alcanzado a menudo un punto culminante -aunque, podría decirse, de forma muy paradójica.
Sé muy bien que la frase que acabo de pronunciar es percibida por muchos como paradójica, sencillamente porque la manera en que alguien recibe lo relacionado con la asistencia sanitaria, no se concilia con la exigencia democrática de que la comunidad de estas personas mayores de edad, juzgue también los asuntos públicos que conciernen a toda persona mayor de edad, ya sea directamente o a través de sus representantes. Sin duda hay que decirlo: Puede que no sea posible que algo como un concepto de higiene, un cuidado higiénico de la vida pública, se viva de una manera completamente democrática, porque depende del juicio de aquellos que buscan el conocimiento en un campo concreto. Pero, por otra parte, debe plantearse la siguiente pregunta: ¿No sería posible aspirar a una mayor democratización de la que hoy es posible en las condiciones actuales en un ámbito tan cercano, tan infinitamente cercano a cada persona y, por tanto, a la comunidad humana, como es el de la sanidad pública? No cabe duda de que hoy en día se nos dice mucho sobre la manera en que el hombre debe posicionarse en la vida con respecto al aire y a la luz, con respecto a la alimentación, con respecto a la evacuación de los residuos producidos por el propio hombre o por su entorno, etcétera, etcétera. Pero lo que se impone a la humanidad en forma de reglas sobre estas cosas, es en su mayor parte incomprobable para aquellas personas sobre las cuales se va a aplicar.
Ahora bien, no quiero que se me malinterprete, en el sentido de que estoy adoptando una posición particular a favor de algo en esta conferencia, que se va a dedicar al tema de la "Higiene como cuestión social". No pretendo tomar partido por lo que hoy en día tiende a tratarse desde un punto de vista partidista o desde el punto de vista de una determinada convicción científica. No quiero, -quizá me permitan esta pequeña aparente desviación del papel en la introducción-, no pretendo tomar partido por la vieja superstición de que los diablos y demonios andan por ahí entrando y saliendo de las personas como enfermedades, ni tampoco quiero tomar partido por la superstición moderna de que los gérmenes y bacterias entran y salen de las personas causando enfermedades. Que se trate de una superstición espiritualista de antaño o de una superstición materialista de la actualidad, eso puede preocuparnos menos. Pero me gustaría tocar algo que impregna toda la formación cultural de nuestro tiempo, especialmente en la medida en que esta formación depende de las convicciones científicas básicas de nuestro tiempo.
Aunque muchas personas afirman que hoy el materialismo, tal como se afirmaba a mediados del siglo XIX, y en el último tercio del siglo, ha sido superado científicamente. Pero para aquellos que realmente ven a través de la esencia del materialismo y de su contrario, esta afirmación no puede ser válida, pues este materialismo ha sido superado a lo sumo por algunas personas que ven que los hechos científicos actuales ya no permiten declarar rotundamente: Todo lo que existe es sólo algún proceso mecánico, físico o químico que tiene lugar en la materia. No basta con que algunos hayan llegado a esta convicción, forzados por el peso de los hechos. Pues en contraste con esta convicción está el otro hecho de que ahora, a pesar de esta convicción, incluso los que la tienen, -y los otros con mayor razón-, cuando se trata de explicar algo concretamente, de formarse una opinión sobre algo concreto, adoptan sin embargo la dirección materialista en su modo de pensar. También se dice que los átomos y las moléculas son inofensivas denominaciones técnicas, de las que no se pretende afirmar otra cosa que son cosas del pensamiento. Pero el punto de vista ha seguido siendo por tanto atomista, molecularista. Nos explicamos los fenómenos del mundo a partir del comportamiento y la relación de los átomos o de los procesos moleculares entre sí, y no importa si nos imaginamos que algún pensamiento, algún sentimiento o algún otro proceso está conectado justo con los procesos materiales de los átomos y las moléculas, sino que lo que importa es qué dirección toma toda nuestra constitución anímica, qué dirección toma nuestro espíritu cuando toma como base de sus explicaciones sólo lo que se piensa atomísticamente, lo que surge de lo más pequeño, de lo más pequeño inventado. No depende de si uno está literal o mentalmente convencido de que hay algo distinto de los efectos atomísticos, de los efectos atómicos materiales, sino de si tiene la posibilidad de hacer de otras explicaciones del mundo el principio rector de su espíritu mas que la derivación de los fenómenos a partir de lo atomístico. Lo que importa no es [lo que] creemos, sino cómo explicamos, cómo nos comportamos en el alma. Y aquí, en este lugar, debe mantenerse la convicción de que sólo la verdadera, la auténtica ciencia espiritual, la ciencia espiritual de orientación antroposófica, puede ayudar a superar el mal que puede caracterizarse de este modo, como yo acabo de hacerlo.
Me gustaría demostrar concretamente que esto puede ser así. No hay casi nada que nos resulte más confuso que las diferencias que a menudo se afirman hoy en día entre el cuerpo humano y el alma o el espíritu humano, diferencias entre lo que son enfermedades físicas y lo que son las llamadas enfermedades del alma o espirituales. En relación con la comprensión del modo de concepción materialista-atomista, lo que adolece es precisamente la debida distinción y la debida correlación de tales hechos de la vida humana, tales como el cuerpo enfermo o el alma aparentemente enferma. Después de todo, ¿Cuál es la esencia del materialismo que ha surgido gradualmente como la nueva visión del mundo de muchas personas y que no ha sido superado en absoluto, sino que de hecho está floreciendo en la actualidad? ¿Cuál es la esencia? La esencia del materialismo no es que uno se fije en los procesos materiales, o en qué procesos materiales tienen lugar en el cuerpo humano, ni tampoco que uno estudie con devoción la estructura milagrosa y la actividad milagrosa del sistema nervioso humano y de los demás órganos humanos o del sistema nervioso de los animales o de los órganos de otros seres vivos; Que se estudien estas cosas no lo convierte a uno en materialista, sino que uno se convierte en materialista, cuando en el estudio de los procesos materiales, se abandone el espíritu, que se mire al mundo de la materia, y sólo se vea materia y procesos materiales.
Pero eso es lo que la ciencia espiritual debe afirmar, -hoy sólo puedo hablar de este punto muy someramente-, que en todas partes donde los procesos materiales nos aparecen exteriormente para los sentidos, esos procesos que sólo la ciencia actual quiere aceptar como observables y exactos, que en todas partes allí estos procesos materiales son sólo la apariencia exterior, la revelación exterior de poderes y fuerzas espirituales que trabajan detrás de ellos y en ellos. No es característico de la ciencia espiritual mirar al hombre y decir: Oh, he ahí su cuerpo; este cuerpo es una suma de procesos materiales, pero el hombre no puede existir sólo en él, sino que aparte de su cuerpo, él tiene su alma inmortal independiente de él; y que ahora uno empiece a formarse toda clase de teorías abstractas, toda clase de visiones abstractas de un modo bastante místico sobre esta alma inmortal independiente del
Esto es algo que nos remite de inmediato a la forma social especial en que la ciencia espiritual puede contribuir al ámbito de la higiene. Porque si, en este sentido, el estudioso de la ciencia espiritual, el estudioso de lo que es el ser humano sano y enfermo, y también aquel que se especializa como médico, se integra en la sociedad humana con tal conocimiento, entonces estará en condiciones de aportar esclarecimiento dentro de esa sociedad humana, pues encontrará comprensión. Y no solo se establecerá tal relación del médico con la sociedad que, a menos que se sea precisamente su amigo o pariente, uno pase por delante de su casa y lo llame cuando le duela algo o se haya roto una pierna, sino que se establecerá una relación con el médico tal que en la que el médico sea el maestro y guía permanente del cuidado sanitario preventivo, de modo que, de hecho, exista una intervención continua por parte del médico, no solo para curar a las personas cuya enfermedad ha avanzado hasta el punto de que la noten, sino también para mantener sanas a las personas, en la medida de lo posible. Se producirá una interacción social dinámica entre el médico y el resto de la humanidad. Entonces, la salud que emana de tal conocimiento se reflejará en la propia medicina, pues, precisamente debido a que el materialismo se ha extendido también a la visión médica de la vida, nos hemos visto envueltos en concepciones verdaderamente extrañas.
Por un lado, tenemos las enfermedades físicas. Se estudian detectando las alteraciones de los órganos o lo que se supone que son procesos físicamente perceptibles o concebidos como tales dentro del cuerpo humano, y se presta especial atención a que se puedan subsanar las lesiones que allí se encuentren. En este sentido, se piensa de forma totalmente materialista sobre el cuerpo humano, tanto en su estado normal como en el anormal. Junto a ello aparecen las llamadas enfermedades del alma o mentales. Estas enfermedades del alma o mentales, debido al pensamiento materialista, se han reducido a meras enfermedades cerebrales o, en otros casos, a trastornos del sistema nervioso, y probablemente también se han buscado sus causas en el resto del sistema orgánico del ser humano. Pero como no se había desarrollado en absoluto una visión de cómo actúan el espíritu y el alma en la corporalidad humana, no se pudo llegar a comprender la relación entre las enfermedades mentales, —las llamadas enfermedades mentales—, y lo que, por lo demás, es el ser humano. Y así, diría yo, por un lado están las enfermedades mentales; incluso hoy en día están abarcadas por una extraña ciencia híbrida, el psicoanálisis, que piensa de forma materialista, pero que no comprende en absoluto lo materialista; ahí están, estas enfermedades mentales y del alma, sin que se pueda relacionarlas de manera razonable con lo que realmente ocurre en el organismo humano.
La ciencia espiritual puede demostrar ahora, —y ya lo he señalado—, que lo que aquí expongo no es solo un programa, sino que se lleva a la práctica en detalle, precisamente con motivo de la celebración de un curso para médicos que ha tenido lugar aquí durante estas semanas. La ciencia espiritual puede demostrar, sin lugar a dudas y en detalle, cómo todo lo que se conoce como enfermedades mentales y del alma se basa en trastornos orgánicos, en degeneraciones, agrandamientos o reducciones de órganos en el organismo humano. En algún lugar del corazón, del hígado, de los pulmones, en algún sitio hay algo que no funciona bien cuando, al mismo tiempo o más tarde, se manifiesta lo que se denomina una enfermedad mental. Una ciencia espiritual que llegue a reconocer la actividad del espíritu en un corazón sano, una ciencia espiritual así es también capaz, —y no tiene por qué avergonzarse de ello—, de buscar en la degeneración del corazón, en los fallos del corazón, una causa de lo que se denomina «mente enferma» o «alma enferma».
El error principal del materialismo no consiste, en realidad, en que niegue el espíritu, —en ese caso, la religión podría encargarse de que el espíritu siguiera siendo reconocido—, sino que el error principal del materialismo radica en que no reconoce la materia, porque solo observa su aspecto exterior. Precisamente esa es la carencia del materialismo: que no logra penetrar en la materia, por ejemplo, en el tratamiento meramente psicoanalítico, en la mera observación de algo que ha tenido lugar en el alma y que el psicoanálisis denomina «islas del alma», es decir, un concepto abstracto. Más bien hay que seguir cómo ciertas impresiones anímicas, que el ser humano recibe en tal o cual momento de su vida y que, de manera normal, están vinculadas al organismo normal, chocan con órganos defectuosos, —en lugar de, por ejemplo, con un hígado sano, con uno enfermo—; tal impacto puede manifestarse quizá en un momento totalmente distinto al momento en que el defecto se hizo perceptible a nivel orgánico.
Las ciencias del espíritu no deben rehuir demostrar que las llamadas enfermedades mentales o del alma siempre están relacionadas con algún aspecto del cuerpo humano. La ciencia de la mente debe señalar de manera tajante que, si solo se estudia lo anímico, el complejo anímico, las desviaciones de lo anímico respecto a la llamada vida anímica normal, no se obtiene más que, como mucho, un diagnóstico parcial. Por eso, el psicoanálisis nunca puede ser más que, como mucho, algo diagnóstico; nunca puede conducir a una terapia real en este ámbito. Por esta razón, dado que la terapia de las enfermedades mentales debe comenzar precisamente con el tratamiento corporal, por eso hay que conocer, hasta en sus partes más íntimas, las ramificaciones de lo espiritual en la materia, si se quiere saber dónde hay que intervenir en el cuerpo material, —que, sin embargo, está impregnado de espíritu—, dónde hay que intervenir para curar aquello que, en condiciones psíquicas anormales, solo se manifiesta de forma sintomática. Precisamente esto es lo que la ciencia espiritual debe subrayar con mayor firmeza: que las llamadas enfermedades mentales y del alma deben investigarse hasta llegar a la organología del ser humano. Pero solo se puede penetrar en la organología anómala del ser humano si se es capaz de seguir al espíritu hasta las partes más pequeñas de la materia.
Y a la inversa: Aquello que aparentemente son solo manifestaciones de la vida relacionadas con lo anímico o que actúan en lo anímico, —es decir, aquello que se manifiesta en los temperamentos y en la actividad de los temperamentos del ser humano, lo que se manifiesta en toda la forma en que el ser humano juega cuando es un niño pequeño, en cómo camina, en lo que hace, todo aquello que hoy en día solo se entiende desde el punto de vista espiritual y anímico—, también tiene su lado corporal. Y un error en relación con algunos aspectos de la educación del niño puede manifestarse más adelante en forma de una enfermedad física totalmente común. Sí, en ciertos casos, cuando nos enfrentamos a enfermedades mentales, nos vemos literalmente llevados a fijarnos en lo físico para investigar allí lo que realmente importa, y en el caso de las enfermedades físicas, a fijarnos en lo espiritual para investigar allí lo que realmente importa. Porque eso es lo esencial de la ciencia espiritual: que no habla en abstracciones de un mundo espiritual nebuloso, como hacen los místicos o los teósofos unilaterales, sino que persigue al espíritu hasta sus efectos materiales, que en ningún caso concibe lo material tal y como lo concibe la ciencia exterior actual, sino que, al observar lo material, penetra en todo momento hasta el espíritu y así puede observar también dónde se manifiesta una vida anímica anómala a través de una vida corporal anómala, aunque esta pueda estar oculta exteriormente.
Hoy en día, hasta en los círculos más amplios, se tienen ideas totalmente erróneas sobre la ciencia espiritual de orientación antroposófica, tomada en serio; quizá a veces con razón, cuando se oye hablar a quienes no quieren abordar verdaderamente de qué se trata en realidad, y solo hablan de teorías abstractas, de que el ser humano está compuesto por tal y tal, y de que existen vidas terrenales repetidas, etcétera. Estas cosas son, por supuesto, de suma importancia y muy hermosas. Pero cuando se trata de trabajar con especial seriedad en este movimiento de ciencias espirituales, hay que abordar los distintos capítulos, los distintos ámbitos de esta vida. Y, en el sentido más amplio, esto conduce a su vez a una convivencia entre las personas con vocación social. Porque cuando se observa cómo el alma que parece enferma irradia sus impulsos hacia el organismo, cuando se puede sentir esta relación entre el organismo y el alma que parece enferma, —sentirlo con comprensión—, si, por otro lado, se sabe cómo influyen las instituciones sociales también en la salud física del ser humano, cómo lo espiritual, que en las instituciones sociales parece existir solo de manera externa, incide en el cuidado de la salud física del ser humano, si se tiene una visión de conjunto de todo ello, entonces se está inmerso en la sociedad humana de una manera completamente diferente. De este modo, se empieza a adquirir una verdadera comprensión del ser humano y se trata a los demás de forma muy diferente; se observa su carácter de manera muy distinta. Se sabe que ciertos rasgos están relacionados con esto o aquello, se sabe cómo comportarse ante esos rasgos y, sobre todo cuando se tienen tareas relacionadas con ellos, se sabe cómo integrar correctamente los temperamentos de las personas en la sociedad y, sobre todo, cómo desarrollarlos de la manera adecuada.
Un ámbito social se verá especialmente influido, desde el punto de vista higiénico, por ese conocimiento del ser humano así adquirido: se trata del ámbito de la educación, el ámbito de la enseñanza. En realidad, sin conocer a fondo al ser humano, es imposible comprender lo que significa que los niños se sienten en el colegio con la espalda encorvada, de modo que su respiración se ve constantemente alterada, o que no se les anime a hablar en voz alta y clara, articulando bien las vocales y las consonantes. Toda la vida posterior depende, en esencia, de si el niño respira correctamente en la escuela y de si se le anima a hablar en voz alta, con claridad y de forma articulada.
En este tipo de cuestiones, —solo voy a citar algunos ejemplos, pues se podría aplicar algo similar a otros ámbitos—, se pone de manifiesto la especialización de la higiene general en el ámbito escolar, y precisamente ahí se revela toda la importancia social de la higiene, pero también se pone de manifiesto cómo la vida nos exige que no sigamos especializándonos, sino que reunamos lo especializado en una visión global. No solo necesitamos aquello que capacita al profesor para saber que, según ciertas normas pedagógicas, hay que educar a un niño de una forma u otra, sino que necesitamos aquello que capacita al profesor para formarse una opinión sobre lo que significa que haga que el niño pronuncie tal o cual frase de forma clara y articulada, o que, después de haber dicho media frase, le permita ya volver a respirar, y así sucesivamente, en lugar de velar por que se agote el aire mientras se pronuncia la frase. Ciertamente, también hay muchos puntos de referencia y reglas al respecto, pero la forma correcta de reconocimiento mutuo y la aplicación adecuada de estas cosas solo calan en nuestro corazón cuando valoramos todo su significado para la vida humana y para la salud social, pues solo entonces la cuestión se convierte en un impulso social.
Estas consideraciones fueron las que me sirvieron de base cuando, en los inicios de la fundación de la escuela Waldorf de Stuttgart, impartí el curso pedagógico-didáctico a los profesores de allí; esa consideración de que se necesitan profesores que puedan trabajar desde toda la profundidad de una cosmovisión que comprenda al ser humano para la educación y la enseñanza de los niños. Todo lo que se ha plasmado en las frases que se han expresado como «arte pedagógico-didáctico» tiene como objetivo convertir a los niños que son educados e instruidos en personas en las que, más adelante, —gracias a que se les anima a desempeñar correctamente las funciones vitales desde la infancia—, los pulmones, el hígado, el corazón y el estómago estén en buen estado, porque el alma ha trabajado en ello de la manera correcta.
Esta visión del mundo nunca interpretará de forma materialista el viejo dicho: «En un cuerpo sano vive un alma sana». —Desde una perspectiva materialista, esto significaría que, si se tiene un cuerpo sano, si se le ha curado con todos los medios físicos posibles, entonces se convertiría por sí mismo en portador de un alma sana. Eso es una tontería. Lo que tiene sentido es lo siguiente: «En un cuerpo sano vive un alma sana» solo si se procede de la siguiente manera, es decir, si uno se dice a sí mismo: «Tengo ante mí un cuerpo sano, lo que me demuestra que ha sido construido, moldeado y sanado por la fuerza de un alma sana». A partir de este cuerpo, reconozco que en él ha actuado un alma sana y autónoma. —Ese es el sentido de la frase. Pero solo así esta afirmación puede servir de base para una higiene saludable; en otras palabras: no necesitamos, además de los profesores que trabajan únicamente desde una ciencia pedagógica abstracta, un médico escolar que, como mucho, pase por el colegio una vez cada catorce días y que tampoco sepa qué hacer de forma sensata; no, necesitamos una conexión viva entre la ciencia médica y el arte pedagógico. Necesitamos un arte pedagógico que, en todas sus medidas, eduque e instruya a los niños de manera higiénicamente correcta. Eso es lo que convierte a la higiene en una cuestión social, pues la cuestión social es, en esencia, una cuestión educativa, y la cuestión educativa es, en esencia, una cuestión médica, pero solo una cuestión de aquella medicina que se nutre de las ciencias espirituales, de una higiene que se nutre de las ciencias espirituales.
Estas cuestiones apuntan además a algo que reviste una importancia extraordinaria, precisamente en relación con el tema «La higiene como cuestión social». Porque, estimados asistentes, cuando se cultivan las ciencias espirituales y estas suponen algo concreto para el ser humano, entonces este sabe que en lo que recibe de ellas reside algo que se distingue de lo que encuentra en el mero intelectualismo, —y también la ciencia natural actual es mero intelectualismo —, de lo que tiene en el mero intelectualismo, o en las ciencias naturales formadas de manera meramente intelectualista, o en la historia o el derecho de hoy en día, formados de manera meramente intelectualista. Todas las ciencias son hoy intelectualistas; si afirman ser ciencias empíricas, ello se debe únicamente a que interpretan de manera intelectualista los resultados empíricos observados sensorialmente. Lo que se ofrece en la ciencia espiritual se distingue de manera muy esencial de esos resultados de las ciencias naturales u otros, interpretados de manera intelectualista. Sería incluso bastante triste que lo que vive en nuestra cultura intelectualista no fuera solo una imagen, sino un poder real que actuara más profundamente sobre el ser humano. Y es que todo lo intelectualista se queda únicamente en la superficie del ser humano. Esta afirmación tiene un sentido totalmente amplio.
Quien aborda la ciencia espiritual de forma meramente intelectualista, es decir, quien se limita a tomar notas: que existe un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral, un «yo», vidas terrenales repetidas, un karma, etcétera, —y que anota todo ello tal y como se hace en las ciencias naturales o en las ciencias sociales actuales—, no practica la ciencia espiritual en serio, pues se limita a trasladar la forma de pensar que tiene habitualmente a lo que se le presenta en la ciencia espiritual. Pero lo esencial de la ciencia espiritual es que debe pensarse de otra manera, sentirse de otra manera y vivirse anímicamente de una forma totalmente distinta a la intelectualista. Por eso, la ciencia espiritual es algo que, por sí misma, mantiene una relación viva con el ser humano sano y con el enfermo, aunque de una manera algo diferente a como a menudo se nos hace creer. Seguramente la gente ya se habrá convencido lo suficiente de lo impotente que resulta lo que, ya sea como advertencia o como persuasión, se intenta hacer en la cultura puramente intelectualista frente al llamado enfermo mental. El enfermo mental afirma que oye voces que le hablan; usted le dice todo lo que se le ocurre basándose en su razón intelectual, pero es en vano, pues él le plantea todo tipo de objeciones. Esto ya podría indicar que no se trata de una enfermedad de la vida anímica consciente ni tampoco de la subconsciente, sino de una enfermedad del organismo.
La ciencia del espíritu enseña a reconocer que, sin embargo, tampoco por un camino como ese, —que se supone que es el llamado «espiritual», en el que se recurre, por ejemplo, a la hipnosis y la sugestión—, se pueden tratar las llamadas enfermedades mentales o del alma, sino que hay que abordarlas por la vía denominada «física», es decir, mediante curaciones orgánicas, para lo cual, sin embargo, se necesita más que nunca un conocimiento espiritual del ser humano. El conocimiento del espíritu sabe que, precisamente en el ámbito de las llamadas enfermedades mentales, en realidad no debería intervenir con meros procedimientos espirituales o anímicos, porque la enfermedad mental consiste precisamente en que el miembro espiritual del ser humano se ve expulsado, como solo ocurre normalmente mientras se duerme, y se encuentra débil en ese estado de exclusión, sino que hay que curar el órgano para que vuelva a acoger al alma y al espíritu de manera sana. En cambio, aquello que no surge del intelecto, de la cabeza, sino de todo el ser humano como resultado de la ciencia espiritual, —cuando se manifiesta como imaginación, inspiración o intuición, y cuando es asimilado por el ser humano—, incide en todo su organismo. Lo que realmente es la ciencia espiritual interviene de forma sanadora en la organización física del ser humano.
Por el contrario, no es ninguna prueba de que algunos soñadores de las ciencias espirituales se sientan incómodos dentro de estas o que, precisamente, demuestren lo contrario de lo que acabo de expresar. Hay, precisamente, un número infinito de personas que no son científicos espirituales, sino recopiladores intelectualistas de resultados de las ciencias espirituales. Pero difundir realmente las ciencias espirituales en su esencia es, en sí mismo, una forma de higiene social, pues actúa sobre el ser humano en su totalidad y normaliza, a su vez, su organología cuando esta amenaza con desarrollar, a raíz de sueños o de algún otro aspecto, tal o cual tendencia hacia una desviación hacia lo anormal. Esa es la enorme diferencia entre lo que se ofrece en las ciencias espirituales y lo que se da en la ciencia meramente intelectualista: que los conceptos que destacan en el ámbito del intelectualismo son demasiado débiles, —porque son meramente figurativos—, para incidir en el ser humano y poder ejercer sobre él un efecto sanador. Los conceptos de las ciencias espirituales, en cambio, se extraen del ser humano en su totalidad. En la configuración de los conceptos de las ciencias espirituales no ha intervenido únicamente el cerebro, sino también los pulmones, el hígado, el corazón y el ser humano en su totalidad; y, si se me permite decirlo así, lo que estos conceptos obtienen de la fuerza del ser humano en su totalidad los impregna en una configuración plástica. Y cuando uno se impregna de estos conceptos de la ciencia espiritual, cuando los asimila de forma consciente a través del sentido común, estos, a su vez, repercuten de manera higiénica en el ser humano en su totalidad. Esto es lo que, partiendo de la ciencia espiritual, puede influir de manera determinante en el ámbito de la higiene como cuestión social.
Pero también de muchas otras maneras, —solo puedo citar algunos ejemplos—, la ciencia espiritual influirá de forma orientadora en toda la vida de la salud de la humanidad, cuando esta ciencia espiritual se afiance realmente entre la humanidad con toda su seriedad. Solo quiero señalar una cosa. Entre los capítulos que deben estudiarse una y otra vez a través de la ciencia espiritual se encuentra la relación entre el ser humano despierto y el ser humano dormido, así como la enorme diferencia que existe entre la organización humana en estado de vigilia y la organización humana en el estado dormido. Cómo se comportan el espíritu y el alma en el estado de vigilia, cuando la corporeidad, lo espiritual y lo anímico del ser humano se interpenetran; cómo se comportan cuando están temporalmente separados entre sí, como ocurre durante el estado dormido: esto es precisamente lo que se estudia minuciosamente a través de la ciencia espiritual.
Ahora bien, puedo, —y diría que solo a título de referencia—, citar una afirmación que, sin embargo, constituye un resultado totalmente contrastado de la ciencia espiritual. En la vida vemos aparecer las llamadas enfermedades epidémicas, enfermedades que afectan a multitudes enteras y que, por lo tanto, son sin duda alguna, al mismo tiempo, un asunto social. La ciencia materialista convencional las estudia en el organismo físico humano. Desconoce la enorme importancia que reviste, precisamente para las epidemias y para la predisposición a las enfermedades epidémicas, el comportamiento anormal del ser humano en lo que respecta a la vigilia y al dormir. Lo que ocurre en el organismo humano durante el estado dormido es algo que, si se produce en exceso, por ejemplo, predispone en gran medida a las llamadas enfermedades epidémicas. Las personas que, al dormir demasiado, provocan en el organismo humano procesos que no deberían producirse, —pues el dormir no debería interrumpir la vida de vigilia durante tanto tiempo—, están predispuestas de una manera muy diferente a las enfermedades epidémicas y, además, se ven afectadas por las epidemias de una forma totalmente distinta.
Ahora puede valorar por sí mismo lo que significa concienciar a la gente sobre el equilibrio adecuado entre el dormir y estar despierto. Eso no se consigue con normas. A lo sumo, puede obligar a la gente a que no envíe a sus hijos al colegio si tienen escarlatina; no puede dar charlas cuando hay una epidemia de gripe: la gente se resiste, —porque hoy en día el ser humano tiende a la libertad, quiero decir, porque el sentido de la autoridad no es tan grande como en épocas anteriores—, así que la gente se resiste. No digo que no tengan razón al resistirse, no tengo nada en contra de lo que ocurre de esta manera, pero es imposible imponer a la gente de la misma forma: «Tenéis que dormir siete horas». —Sin embargo, es más importante que las demás normas que las personas que lo necesiten duerman siete horas, que las demás, que no lo necesiten, puedan dormir mucho menos, y así sucesivamente. Sin embargo, este tipo de cuestiones, que están tan íntimamente relacionadas con lo más personal de la vida humana, tienen un impacto social enorme. De hecho, depende de lo más íntimo del ser humano cómo se producen esas repercusiones sociales, por ejemplo, si un número mayor o menor de personas se ve apartado de tal o cual profesión, lo que, en determinadas circunstancias, puede tener un efecto en un lugar completamente diferente. De hecho, la higiene interviene de manera tremenda en la vida social. Al margen de lo que se piense sobre el contagio o el no contagio, en caso de epidemias este elemento interviene en la vida social. En este ámbito no se puede actuar mediante normas externas, sino que solo se puede actuar si se introduce en la sociedad un público no especializado que, sin embargo, con comprensión humana, se enfrente al médico que actúa de forma esclarecedora en materia de profilaxis, siempre que, para la preservación de la salud, pueda producirse una interacción viva entre el médico experto y el profano con comprensión humana.
Si analizamos todas estas cuestiones, nos diremos a nosotros mismos: aquí hemos descrito una faceta de la higiene como cuestión social que, en el sentido más eminente, depende de que tengamos una vida espiritual libre, de que tengamos de hecho una vida espiritual en la que, dentro del ámbito espiritual, aquellos que se dedican al cuidado de la vida espiritual, —incluso en la medida en que esta se extienda a sus distintos ámbitos prácticos, como, por ejemplo, la higiene—, sean totalmente independientes de todo lo demás que no sea el conocimiento puro, de todo lo que no sea el propio cuidado de la vida espiritual. Lo que cada individuo puede aportar para el bien de sus semejantes debe surgir exclusivamente de sus propias capacidades; no debe haber normas estatales al respecto, ni debe existir dependencia alguna de los poderes económicos; debe situarse en la esfera de la dependencia personal de cada individuo y, además, debe basarse en la confianza comprensiva que las personas que necesitan la aplicación de sus capacidades pueden depositar en el individuo capaz.
Para ello se necesita una vida espiritual que sea totalmente independiente de toda autoridad, tanto estatal como económica, y que actúe de forma competente basándose exclusivamente en las fuerzas espirituales. Precisamente cuando reflexione sobre lo que la higiene puede aportar realmente, algo que está íntimamente ligado a un conocimiento profundo del ser humano y a un comportamiento social sensato, cuando aborde con pericia cada rama concreta, como la higiene, entonces llegará a la conclusión, —y esto es precisamente lo que exige cada ámbito concreto—, y al igual que en el caso de la higiene, podría demostrarse también para otros ámbitos—, que el espíritu debe ser gestionado por quienes participan en su cuidado. Por mucho que las teorías abstractas se opongan a la autonomía de la vida espiritual, cada ámbito concreto exige que los administradores de lo espiritual no sean meros especialistas que trabajan como expertos en los ministerios, sino que quienes actúan en la vida espiritual sean también los administradores de dicha vida espiritual, y precisamente los únicos administradores de la misma. Entonces, cuando exista una higiene que sea realmente una institución social, surgida de la vida espiritual libre y basada en una visión social, se podrá trabajar de manera económica para esta higiene de una forma totalmente diferente, precisamente en una vida económica independiente, en una vida económica estructurada tal y como la he descrito en mi obra «Puntos clave de la cuestión social», tal y como se ha descrito en repetidas ocasiones en las revistas que defienden esta idea de la tripartición del organismo social, por ejemplo, en la revista suiza «Soziale Zukunft», editada por el Dr. Boos.
Si, de hecho, aquello que está latente, lo que yace en el seno de la sociedad humana en forma de fuerzas destinadas al cuidado de la higiene, si la sociedad lo acoge con comprensión humana, si se convierte en norma general, entonces podrá incorporarse a la vida económica, a la vida económica independiente, todo aquello que, partiendo de esa vida económica independiente, sin tener en cuenta ninguna dependencia de los impulsos lucrativos o de los impulsos estatales, pueda surgir puramente de esa vida económica independiente: aquello que debe cultivarse al servicio de una higiene auténtica y verdadera. Solo entonces —y únicamente entonces— podrá introducirse en la vida económica ese sentido elevado que es necesario para que se pueda cuidar la higiene en la vida humana. Si predomina el mero afán de lucro en nuestra vida económica —que tiende cada vez más a integrarse en el Estado unitario— y si la opinión general es que hay que producir aquello con lo que más se gana, entonces tampoco podrán imponerse los impulsos autónomos de una vida espiritual libre cultivada en este ámbito de la higiene; entonces esta vida espiritual se vuelve dependiente de lo extraspiritual, de lo estatal o de lo económico, y lo económico se convierte en señor de lo espiritual. Lo económico no debe convertirse en señor de lo espiritual. Esto se pone de manifiesto sobre todo cuando se trata de generar aquello que el espíritu exige en la vida económica, cuando se trata de servir a una higiene auténtica y verdadera.
Las fuerzas de la vida económica, de la vida económica libre, se sumarán, en el organismo social tripartito, a la visión que se convierte en un asunto público y a la comprensión del ser humano que se convierte en un asunto público. Y si, por un lado, las personas se sumergen en una vida espiritual libre, en la que se pueda cultivar una higiene verdaderamente basada en fundamentos objetivos, y si, por otro lado, las personas desarrollan ese sentido elevado, gracias al cual, en la vida económica, cada uno se acercará a la producción con comprensión —pero con una comprensión que no provenga meramente del afán de lucro, sino de las percepciones que surgen de la actividad espiritual libre—, entonces, cuando exista ya esta comprensión social del ser humano basada en la perspicacia, las personas podrán reunirse democráticamente en los parlamentos o en otros foros, pues entonces se forjará, a partir de la vida espiritual libre, la comprensión de la necesidad de la higiene como fenómeno social. Y lo que es necesario para el cuidado de la higiene vendrá determinado por la vida económica, sustentada en lo objetivo y lo técnico, a través del sentido elevado que se desarrollará en ella. Entonces, las personas que hayan alcanzado la madurez podrán negociar, en el marco de la vida jurídica, por un lado, desde su perspicacia y su comprensión del ser humano y, por otro, desde sus relaciones con la vida económica, que está al servicio de la higiene. Entonces, las personas podrán negociar en pie de igualdad, en el marco de la vida estatal o jurídica, sobre las medidas que puedan adoptarse en materia de higiene y de salud pública. Entonces, sin embargo, no serán los legos ni los diletantes quienes curen, pero, con comprensión, la persona madura se enfrentará en pie de igualdad a quien le diga esto o aquello: el médico experto. Al profano, en cambio, su comprensión de la naturaleza humana le permite, en el marco de lo que se cultiva junto con el médico en la vida social, acoger con comprensión los conocimientos especializados, de tal manera que, en un parlamento concebido democráticamente, pueda decir «sí» no solo por autoridad, sino basándose en una cierta comprensión.
Precisamente cuando analizamos objetivamente, en un ámbito tan específico como este, cómo interactúan los tres miembros del organismo social, entonces, estimados asistentes, encontramos toda la justificación de esta idea de la tripartición del organismo social. Solo se puede rechazar esta idea de la tripartición del organismo social si, en un primer momento, se ha entendido de forma meramente abstracta.
* existe otra versión de esta conferencia incluida en la GA314
Traducida por J.Luelmo sept 2026