CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

Landin, 19 de septiembre de 1906 - Fuerza y sustancia

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 RUDOLF STEINER. 

NOTAS DE MATHILDE SHOLL 1904 - 1906
   
FUERZA Y SUSTANCIA
 

Landin, 19 de septiembre de 1906

El origen de todas las cosas, la propia fuerza primigenia, es una unidad indiferenciada. Es a la vez infinitamente grande e infinitamente pequeña. Es el centro y la periferia, y la plenitud de la vida infinita que lo impregna todo, que conecta el centro y la periferia. Es al mismo tiempo la mayor quietud y la mayor actividad. Es la fuerza que actúa sin cesar, que no conoce interrupción en su efecto. Es tanto luz sin sombra como oscuridad sin luz; es tanto todo como nada. No podemos comprender la acción del Uno, pero a partir de las leyes reveladas podemos formarnos una idea de las leyes según las cuales se manifiesta la fuerza primigenia en el mundo.

Observamos lo siguiente: cuanto más gruesa es una sustancia, menos fuerza propia tiene para manifestarse. Cuanto más fina es una sustancia, más fuerte es su efecto sobre el medio ambiente. Un trozo de hielo ejerce menos efecto sobre el medio ambiente que la misma sustancia cuando se refina mediante calor, es decir, el agua. El agua, como todo líquido, tiende a actuar en el medio ambiente. Cuando el agua se expande y se refina aún más mediante grados de calor más elevados, entonces, en forma de vapor, tiene un efecto aún mayor en el medio ambiente.

Tras esta observación pues, podemos concluir lo siguiente: cuanto más fina es la sustancia, mayor es su fuerza en el medio ambiente; las sustancias en estados más finos son las fuerzas que actúan en las sustancias en estados más gruesos, que penetran en los espacios entre los átomos de las demás sustancias, estiran los átomos, los refinan, los acercan entre sí, de modo que el refinamiento de la sustancia también hace que sea más continua que antes. En lo sólido no hay sustancias que realmente se toquen entre sí. Todos los átomos físicos están dispuestos de tal manera que oscilan en un campo libre y no se tocan en ningún punto. Todos vemos lo divisibles que son las sustancias sólidas en cada proceso en el que separamos partes de sustancias sólidas mediante intervenciones mecánicas o las desprendemos de objetos sólidos. Del mismo modo, no podemos separar partes de sustancias líquidas o gaseosas.  Si saco una parte de agua de una cantidad determinada, el hueco que queda se rellena inmediatamente con el agua restante, que fluye para llenarlo. El líquido no tolera la separación de la misma manera que lo sólido, sino que tiene la capacidad de rellenar un hueco, algo que lo sólido no puede hacer por sí mismo. Si retiro algo sólido y lo traslado a otro lugar, lo sólido que rodea el hueco resultante no tiende a rellenarlo. Pero sabemos que el agua sí tiene ese afán. Y es sabido que toda el agua de la Tierra está en constante movimiento, por un lado, mediante el flujo o la evaporación y, por otro, mediante la condensación. Si se produce un hueco en algún lugar del líquido, todo el líquido del entorno tiende a llenarlo. En ello se basa todo el trabajo con la energía hidráulica.

Según nuestras observaciones, podemos concluir que todo lo líquido de la Tierra tiende siempre a llenar los huecos que se producen en el líquido. La fuerza que ejerce el líquido se aprecia en el hecho de que empapa, disuelve y arrastra lo sólido, abriéndose camino a través de él.

En lo gaseoso observamos las mismas leyes que en el líquido, éste tampoco tolera huecos. Los huecos en las sustancias gaseosas son rellenados inmediatamente por las sustancias circundantes del entorno. Lo gaseoso tiene una fuerza aún mayor que lo líquido. Las partículas individuales de lo gaseoso son aún más pequeñas que las partículas individuales de lo líquido. Además, no están tan alejadas entre sí como las partículas de lo líquido y tienen una mayor tensión.

Lo gaseoso está impregnado de sustancias aún más finas, el éter en sus distintos grados de densidad; y este éter tiene a su vez fuerzas mayores que lo gaseoso y tiene aún más tendencia a llenar todos los huecos. Es aún más continuo que lo gaseoso y tiene una tensión aún mayor.

Si seguimos profundizando en las propiedades de las sustancias, encontramos lo siguiente: las sustancias más sólidas son las menos potentes y tienen la composición más gruesa, y las partículas individuales están más alejadas entre sí y tienen menos tensión. Cuanto más fina es la sustancia, más pequeñas son las partículas individuales, más se acercan entre sí, mayor es la tensión de la sustancia y mayor es su potencia. La fuerza que mantiene en tensión una sustancia más gruesa es la sustancia más fina. En comparación con una sustancia más gruesa, una sustancia más fina es la fuerza, y en comparación con una sustancia aún más fina, que se manifiesta en ella como fuerza, lo mismo que actúa como fuerza en la sustancia más gruesa es la sustancia para la fuerza más fina. Por lo tanto, la sustancia más fina es siempre la fuerza que da ciertas formas a la sustancia más gruesa. La sustancia más gruesa está integrada en la sustancia más fina. Todos los espacios intermedios entre los átomos de la sustancia más gruesa están llenos de sustancias más finas.

Así como las sustancias sólidas están llenas y penetradas por las líquidas, las líquidas están penetradas por las gaseosas, las gaseosas por las etéreas, y así sucesivamente. De este modo, las sustancias más finas penetran a las más gruesas. Si seguimos este razonamiento hacia las sustancias cada vez más finas, llegaremos a una sustancia que es la más fina, que es totalmente continua, de modo que las partículas individuales se tocan completamente, se funden entre sí, que es al mismo tiempo la más fina, pero también la más continua, la que posee la mayor tensión y, al mismo tiempo, la mayor fuerza, la que lleva en sí a todas las demás y las impregna. Y esta es la fuerza y la sustancia primigenias que contiene y une todas las sustancias y fuerzas, que mantiene en tensión todo lo que existe y, por lo tanto, da fuerza y vida a todo lo que existe. Es a la vez lo más pequeño, según las partículas individuales, pero también lo más grande, porque todas las partes individuales forman un todo uniforme, porque su sustancia es continua. Su reflejo es el átomo físico, porque allí también han penetrado todas las fuerzas hasta la fuerza primigenia, porque contiene todas las fuerzas en estado embrionario.

Mientras que esta fuerza y sustancia primigenias han dado origen a todas las sustancias y fuerzas, por otro lado también viven en todo lo que existe y descienden hasta el plano físico, donde se concentran en los átomos individuales. Por lo tanto, el plano físico está impregnado de todas las fuerzas superiores, del mismo modo que la fuerza primigenia contiene en sí misma todas las fuerzas inferiores. La fuerza primigenia, que lo abarca todo, ha separado todo lo demás de sí misma mediante la condensación de las partículas individuales, la reducción de la tensión y la disminución de la continuidad, hasta que finalmente alcanzó en el plano físico el punto en el que la tensión casi había desaparecido, donde las partículas individuales eran las más gruesas, donde estaban más alejadas unas de otras, donde tenían menos fuerza propia. Pero precisamente por eso, el plano físico es aquel en el que todas las fuerzas, hasta la fuerza primigenia, pueden expresarse en formas objetivas. Cuanto menos fuerza propia tiene una sustancia, más dependiente es de otras fuerzas, más fácilmente pueden actuar otras fuerzas en ella. El plano físico, —y especialmente el reino mineral—, era aquel en el que las fuerzas superiores podían actuar y expresarse más fácilmente, porque allí encontraban menos fuerza propia, menos resistencia. Las sustancias sólidas del plano físico poseen muy poca elasticidad. Pero una mayor elasticidad se manifiesta también en lo físico en el magnetismo, la electricidad y la radiactividad. La radiactividad es una fuerza de tensión mayor que separa los átomos físicos, los refina y, por lo tanto, les confiere una mayor fuerza de tensión, el impulso de llenar su entorno, y por eso se produce una emisión continua de partículas tan finas que apenas se nota una disminución del volumen del cuerpo radiactivo. El cuerpo radiactivo se ve sometido a una tensión que supera la tensión de lo líquido y lo gaseoso. Por lo tanto, deben ser corrientes etéricas muy finas las que provocan esta tensión.

En el magnetismo también observamos un aumento de la fuerza tensora, de tal manera que el hierro magnético sometido a dicha tensión atrae partículas sólidas de hierro y similares. La fuerza tensora de un imán estimula la fuerza tensora en sustancias afines y, de este modo, se supera la gravedad. La gravedad es la falta de fuerza tensora propia. El aire es menos pesado que el agua y los sólidos, porque tiene una fuerza tensora mayor. Si en algún punto del sólido se produce una fuerza tensora mayor, se supera la gravedad, como ocurre con la atracción del hierro, que de otro modo sería pesado, por el imán.

La electricidad es también la manifestación de una fuerza que se encuentra en mayor tensión, una sustancia cuyas partículas individuales están mucho más cerca entre sí que las partículas incluso de la forma gaseosa. Es una expresión de la fuerza tensora y la continuidad de una sustancia mucho más fina que impregna todo lo físico. Debido a que esta sustancia posee una tensión mucho mayor, tiene mucha más fuerza y es tan continua que no necesita ninguna otra conexión. Llegará un día en que se podrá hacer uso de esta fuerza mayor, que reside en la sustancia más fina y continua, de tal manera que todas las sustancias sólidas se considerarán superfluas para su transmisión. Si todavía conducimos la electricidad a través de cables, es porque aún no sabemos cómo influir directamente en la sustancia más fina ni cómo generar la mayor fuerza, sino solo de forma indirecta a través de otras sustancias en las que es más fácil despertarla. Keely debe haber comprendido cómo buscar esta sustancia más sutil y esta fuerza mayor, por así decirlo, en su propia casa, es decir, cómo conectarse directamente con esta fuerza, mientras que los demás solo pueden acceder a ella de forma indirecta y a través de intermediarios, y estimularla para que surta efecto. El uso de la telegrafía inalámbrica es una aproximación a la verdadera, sin los medios intermediarios de otras sustancias.

Para que el ser humano pueda operar con las fuerzas más sutiles, debe refinarse a sí mismo. Debe adaptar cada vez más las fuerzas más burdas a las más sutiles. Mediante el refinamiento del cuerpo físico, el alma humana pudo expresarse cada vez más en él. Mediante el refinamiento del alma, el espíritu pudo conectarse cada vez más con el alma. Este refinamiento de las sustancias transforma la sustancia misma en la fuerza que actúa en ella. El descenso del desarrollo cósmico fue la transformación de la fuerza en sustancias cada vez más densas, mediante la reducción de la fuerza, la disminución de la tensión y la continuidad. El ascenso del ser humano, que es un germen de las fuerzas cósmicas, consiste en la transformación de las sustancias en fuerzas, mediante el refinamiento de las sustancias, el aumento de la tensión y el incremento de la continuidad. Tal y como es ahora la sustancia física, no es continua; del mismo modo, el alma del ser humano tampoco es continua, ni tampoco lo es su conciencia.

 Cuando el ser humano refina su sustancia física, transforma esta sustancia en fuerza; cuando refina la sustancia de su alma, esta también se transforma en fuerza; se acerca cada vez más a la sustancia espiritual, que actúa en ella como fuerza. El refinamiento de la sustancia del alma se logra mediante la purificación y la transformación de la pasión, del fuego kámico en el ser humano. La pasión debe espiritualizarse, al igual que el fuego se transforma en luz mediante su conversión en sustancias más refinadas. Al actuar la sustancia aún más elevada, el espíritu divino, como fuerza en el alma, la sustancia del alma se transforma, se eleva un nivel más alto; su fuerza de tensión se intensifica; se vuelve más continua y, por lo tanto, sus manifestaciones como fuerzas también se vuelven más continuas. La vida del alma discurre en líneas más amplias; se vuelve más rítmica y, por lo tanto, la conciencia también puede discurrir de forma más rítmica, volverse más continua. Debido a que la sustancia del alma se ha vuelto más similar a la sustancia del espíritu, la fuerza superior, que se manifiesta como conciencia en las diferentes sustancias del ser humano, puede pasar ininterrumpidamente de una sustancia a otra, mientras que esto no es posible mientras existan diferencias tan grandes entre el alma del ser humano y el espíritu divino en él, que la conciencia solo puede descender de una esfera superior a una inferior, o viceversa, de forma interrumpida y arrítmica. Así, la sustancia refinada y transformada de una esfera de existencia forma el puente, el vínculo con la siguiente sustancia superior. Todo nuestro ascenso a mundos superiores está en nuestras manos; lo logramos mediante la purificación, que transforma la sustancia en fuerza, del mismo modo que nuestro descenso se produjo mediante la transformación de la fuerza en sustancia. La fuerza que nos ganamos a nosotros mismos mediante esta transformación de la sustancia nos capacita entonces para conectar con todas las partes relacionadas con esta fuerza. Si transformamos la sustancia de nuestra alma en una fuerza superior, la fuerza espiritual adquirida nos permitirá acceder a todas las fuerzas espirituales del mundo. Si transformamos nuestros pensamientos inferiores en una vida mental superior, los pensamientos del mundo fluirán hacia nosotros. Si transformamos nuestra fuerza vital en una vida superior, más pura y desinteresada, entramos en contacto con la vida superior del mundo. Podemos hacerlo porque todas las fuerzas y sustancias se han reunido en nosotros para construirnos. Vivimos y descansamos en la fuerza y la sustancia primigenias y en todo lo que estas han creado a partir de sí mismas en forma de sustancias y fuerzas. Y en cada átomo de nuestro cuerpo físico se produce una confluencia de todas las fuerzas cósmicas. Y cada átomo de nuestro cuerpo físico está rodeado y atravesado por todas las sustancias cósmicas. Por lo tanto, no hay nada que el ser humano no pueda alcanzar alguna vez. Los medios para todo ello le han sido entregados en la construcción de todo su ser; en él está inmersa la fuerza a través de la fuerza primigenia misma. El ser humano toma conciencia de ello por primera vez cuando su yo despierta, tras el primer contacto de la fuerza primigenia con la sustancia sólida más débil formada a partir de ella. A partir de ese momento, la fuerza primigenia pudo comenzar a trabajar a través de los yos individuales de los seres humanos en la materia sólida. A través de las individualidades humanas comenzó entonces la transformación externa del cosmos. Ellos transforman la forma sólida de la Tierra a través de las inspiraciones de la fuerza espiritual divina que hay en ellos. En la naturaleza que nos rodea debemos reconocer las leyes según las cuales todo surge y se desarrolla, y según estas leyes el ser humano también debe participar conscientemente en el todo. Todas las sustancias necesarias para el desarrollo están en él, en cada átomo, la fuerza está inmersa en él y está conectado para siempre con la fuerza primigenia; reconoce en los reinos de la naturaleza que le rodean las leyes según las cuales esta fuerza debe actuar en él con las sustancias que le han sido otorgadas. Está llamado a reinar en estos reinos de la naturaleza; pero para poder actuar en ellos con todas sus fuerzas, primero debe convertirse en el soberano de sus fuerzas. Una vez que ha ordenado todo lo que hay en él y lo ha integrado en el ritmo de la fuerza primigenia, también puede ayudar a transformar todo el entorno y llevarlo a una armonía cada vez mayor.

Traducido por J.Luelmo nov.2025


GA091 Landin, 14 de septiembre de 1906 - La conexión entre los mundos espirituales

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 RUDOLF STEINER. 

NOTAS DE MATHILDE SHOLL 1904 - 1906
   
LA CONEXIÓN ENTRE LOS MUNDOS ESPIRITUALES

 
Landin, 14 de septiembre de 1906



Tal y como se nos presenta el ser humano, en su interior contiene tres seres; es ciudadano de tres mundos: el físico, el anímico y el espiritual. Sin embargo, el ser humano solo en el mundo físico es consciente de sí mismo. Mientras que él es autoconsciente en el mundo físico como individuo singular, los demás seres de la naturaleza no tienen esta autoconciencia en el mundo físico como individuos singulares. Los seres que ha dejado atrás como etapas de su ascenso no tienen autoconciencia en sus manifestaciones individuales. Él ser jumano ha alcanzado su autoconciencia a costa de estos otros seres. Su desarrollo es un desarrollo hacia la libertad a costa de los otros reinos de la naturaleza sin libertad que ha dejado atrás.

Cada uno de estos reinos naturales posee una o varias propiedades y fuerzas que lo hacen afín al ser humano. Con el reino mineral comparte la existencia mineral, la aparición tridimensional independiente mediante la condensación en la existencia mineral, el hecho de hacerse objetivo en comparación con el entorno, la forma física, que es mineral en su composición, la sustancia física y la corporeidad. Todo lo que le sobraba de esta sustancia física y mineral y de esta corporeidad, lo dejó atrás, y de ahí surgió el entorno mineral. Observamos este proceso de eliminación de la sustancia física superflua y su paso al mundo mineral también en los seres humanos. Si toda su corporeidad física se ha vuelto superflua u obstaculiza su desarrollo, se desprende completamente de él; se produce la muerte y el cuerpo físico es devuelto al mundo mineral del que fue tomado.

En segundo lugar, el ser humano, al igual que el reino vegetal que lo rodea, posee la capacidad de crecer y reproducirse, lo que lo eleva por encima del reino mineral. Él adquirió la capacidad de crecer al absorber nutrientes de su entorno y añadirlos a su cuerpo para darle nuevas fuerzas. El hecho de que pudiera absorber algo nuevo, —a través de los alimentos—, también estaba relacionado con el hecho de que pudiera producir algo nuevo, —la fuerza de reproducción-—, que en él aparecía inicialmente como fuerza física de autoproducción. La fuerza reproductora es, en el fondo, solo el polo opuesto de la ingesta de alimentos. Cuando el ser humano aún llevaba una existencia vegetal, por un lado, absorbía alimento del entorno, como las plantas, y, por otro, crecía desde su interior hacia el entorno. En aquel entonces, la ingesta de alimentos era una inhalación del medio ambiente, y la exhalación significaba crecer en el medio ambiente, auto-reproducirse, como ahora se observa en las plantas. Las sustancias superfluas en esta reproducción permanecían en el mundo mineral. El mundo vegetal que nos rodea es un reflejo de estas fuerzas de ingesta de alimentos y de la transformación completa de los alimentos ingeridos en crecimiento y reproducción. Es un nivel que el ser humano ha superado y que ha dejado atrás como segundo paso en su camino evolutivo. Pero también es un nivel al que deberá volver a alcanzar en el futuro. Es un modelo a seguir para él. Debe aprender una vez más cómo la planta absorbe sin pasión las fuerzas del medio ambiente y luego, después de dejarlas pasar a través de sí misma y entregando su esencia más íntima, impregnada de estas fuerzas, las devuelve al medio ambiente elevadas a un nivel superior. Con las fuerzas del entorno en su interior, debe realizar la alquimia que las armoniza todas, transformando incluso lo vil en oro puro y limpio. Puede hacerlo cuando ha alcanzado el punto en el que se reconoce a sí mismo como una fuerza en el cosmos necesaria para el desarrollo del cosmos; cuando ya no quiere su fuerza para sí mismo, para construirse físicamente a partir del entorno, para satisfacer sus deseos y también para propagarse con el fin de satisfacer sus propios deseos. Es una fuerza especial que reside en su individualidad. Ser individualidad no significa otra cosa que ser una fuerza cósmica especial e indivisa. Todas las fuerzas cósmicas son individualidades. Los minerales, las plantas y los animales no son individualidades. Pero hay individualidades superiores que actúan a través de ellas y en ellas. Todas las fuerzas de la naturaleza son manifestaciones conscientes de individualidades. Cuantas más fuerzas cósmicas de este tipo se desarrollen, más bello y armonioso será el universo. Era perfecto desde el principio, pero la evolución del universo es tal que conduce a la diversidad y la belleza. La belleza debe coronar la existencia cósmica.

El ser humano debe aprender del reino vegetal, al que en otro tiempo perteneció sin conciencia propia ni voluntad propia, dependiente de poderes superiores, pero desinteresado y casto, sin deseos, cómo el desarrollo puede y debe ser desinteresado y armonioso, bellamente diseñado y beneficioso para el medio ambiente. Ahora debe entrar en el estado de la existencia vegetal en un nivel superior, con conciencia de sí mismo, dotado de voluntad propia, con una fuerza creadora purificada y casta. La planta está firmemente arraigada en el suelo; no puede vivir sin el suelo en el que tiene sus raíces; por ello depende del mundo físico. El ser humano debe echar raíces en lo espiritual; de ahí debe obtener su alimento. Debe echar raíces, revivir y florecer en lo espiritual, independientemente del mundo físico.

El suelo firme en lo espiritual es su yo; en él tiene sus raíces; debe vivir en la luz espiritual y florecer a través de la sabiduría, y dar fruto a través de su propia voluntad divina. El desarrollo debe liberarlo, darle su propia voluntad, pero finalmente la voluntad propia para la vida espiritual. Allí lleva una existencia similar a la de las plantas, pero independiente y libre, en armonía con el plan de desarrollo de las individualidades y fuerzas cósmicas. En un nivel superior, el reino vegetal representa lo que debe aspirar como su vida, su obra en el mundo. Es el símbolo de la vida superior. Y el reino mineral, en su quietud y falta de deseos, representa todo lo que es necesario para esta vida y sus manifestaciones, la sustancia moldeable en la que luego vivirá el ser humano, de la que se construirá a sí mismo, de la que tomará fuerzas y material para transformarlo en algo vivo mediante la alquimia.  Todo lo mineral volverá a pasar a través de él y surgirá de él en forma vegetal. Él dará vida a lo muerto. Liberará del hechizo al reino mineral, que permanece paralizado y congelado. Mientras que ahora vive de lo vivo y destruye lo vivo para construirse a sí mismo, y solo produce minerales, entonces se nutrirá de minerales y producirá vida. Mientras que ahora trae dolor y desarmonía al mundo con su vida, entonces difundirá alegría y armonía a su alrededor.

El ser humano solo puede hacerlo cuando domina completamente su cuerpo etérico y todas las fuerzas de su cuerpo etérico se han liberado. Entonces puede llevar esta existencia vegetal a un nivel superior. Entonces vive en su propio cuerpo vital, es vida, la Palabra, Cristo, Budhi. Entonces puede volcar su vida hacia el exterior, entregarla continuamente al entorno, del mismo modo que ahora envía sus deseos al entorno. Su cuerpo físico es ahora un reflejo de su cuerpo de deseos. En épocas anteriores lo era aún más. Los órganos sensoriales son los deseos volcados hacia el exterior que lo conectan con lo físico. La voluntad del ser humano descansa ahora en sus deseos y se manifiesta a través de ellos en el entorno. Por eso, el cuerpo físico sigue siendo ahora una imagen, una expresión de la voluntad que vive en el deseo. Más tarde, el cuerpo físico será una imagen, una expresión de la voluntad que habita en la vida.

Ahora el ser humano percibe el entorno a través de los sentidos, que son los órganos del cuerpo astral, el cuerpo de deseos, y utiliza su fuerza reproductora únicamente para la procreación en el plano físico. Más tarde, cuando se haya vuelto desinteresado, tras la purificación del cuerpo astral, se producirá en él una inversión de las fuerzas. Lo que ahora se utiliza para la reproducción en lo físico se elevará a la fuerza reproductora espiritual a través de la palabra, el tono creador; y los órganos que servían para la reproducción se transformarán en órganos que absorben la vida del entorno. El cuerpo físico será entonces una imagen de la vida, del cuerpo etérico. Será entonces vivo, vegetal. El deseo trajo la muerte al ser humano; el deseo es precisamente lo que mata. La entrega le trae la vida. Le construye el cuerpo inmortal, que se genera a sí mismo. Todo el desarrollo es un desarrollo hacia la vida. Desarrollo significa vida.

Todo lo que se acumula en el reino animal nos muestra el nivel que era necesario para introducir al ser humano en la existencia física. El reino animal es el deseo acumulado del ser humano. En la medida en que supera sus deseos, ejerce un efecto liberador sobre el reino animal. La fuerza acumulada en el reino animal, la pasión que se intensificó en el ser humano hasta convertirse en pasión consciente, debe completarse gradualmente mediante la purificación de la naturaleza humana, utilizarse allí como fuerza y transformarse en vida. Entonces, mediante la alquimia interior, crea la vida armoniosa del reino vegetal a partir de la pasión del reino animal y la tranquilidad del reino mineral. A partir de la inactividad y el caos, cristaliza en formas vivas lo vivo, lo armonioso, lo bello.

En el reino mineral se encarna la sabiduría, el pensamiento sabio; en el reino animal se encarna la fuerza; en el reino vegetal, la fuerza y la sabiduría deben florecer unidas en belleza.

Por eso, el ser humano tuvo que separar primero todos estos reinos, para poder luego, como individualidad, como fuerza cósmica libre, crear un hermoso cosmos a partir de estos reinos, que son al mismo tiempo medios para su ascenso, modelos y campos de acción. Entonces, la sabiduría del reino mineral y la fuerza del reino animal se integrarán por completo en la vida vegetal. El ser humano será entonces el arquitecto que utilice estas fuerzas y las transforme en un hermoso templo espiritual lleno de vida y armonía.

Traducido por J.Luelmo nov,2025


GA091 Landin, 18 de septiembre de 1906 - Sustancia y fuerza

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 RUDOLF STEINER. 

NOTAS DE MATHILDE SHOLL 1904 - 1906
   
SUSTANCIA Y FUERZA
 

Landin, 18 de septiembre de 1906

La fuerza primigenia y la sustancia primigenia son una unidad. A partir de esta unidad surge todo lo que se manifiesta. Fue la conciencia de esta fuerza y sustancia primigenias, lo que la impulsó a manifestarse, del mismo modo que la conciencia del ser humano es lo que lo impulsa a encarnarse físicamente. Esta conciencia también descansa en el origen primigenio, pero se expresa emergiendo de este origen primigenio. Para que pueda emerger, necesita una parte de la fuerza primordial, la vida, y de la sustancia primordial, el ser. Así pues, al principio emergió la conciencia, el pensamiento de Dios, basándose en las otras partes de la unidad divina, en la fuerza y la sustancia o la vida y el ser. La conciencia es el espíritu, la vida es el hijo, la voluntad es el padre. La conciencia es lo deseado, la fuerza es lo que desea; la vida ejecuta la voluntad de la fuerza primigenia.

Para observarse a sí misma, la conciencia de la fuerza primigenia se elevó sobre las olas de la vida desde esta fuerza primigenia. Así surgió la conciencia, como los rayos de luz del interior de un cuerpo luminoso. Fue transportada por el ritmo de la vida que brotaba desde el interior. El portador de la conciencia permanece oculto, al igual que el núcleo de un cuerpo luminoso permanece oculto. No vemos el centro del sol radiante, el centro, el núcleo de una llama permanece oscuro; la fuerza de la manifestación humana en el interior del ser humano, que irradia el aura, parece incluso para el ojo del vidente como el núcleo oscuro de una llama.

La conciencia de la fuerza primigenia es el espacio infinito, y en este espacio se nos presentan como figuras los pensamientos de la fuerza primigenia. Mientras que en las figuras vemos la máxima expresión de la conciencia de la fuerza primigenia, en el cambio de la apariencia vemos la expresión de la vida de la fuerza primigenia; pero la fuerza suprema en sí misma descansa en la unidad, de la que surge la diversidad. En el mundo hay dos polos de la fuerza primigenia; un polo está donde la fuerza y la sustancia aparecen como una sola cosa, como indivisibles; y el otro polo es aquel donde tanto la  fuerza como la sustancia aparecen como muchos detalles, en la manifestación física. Pero al igual que la fuerza y la sustancia primigenias, alcanzan también el grado más elevado de conciencia en esta división suprema, esta estructura suprema de la fuerza y la sustancia forma también parte de la perfección del ser divino. La perfección del lado consciente de lo divino, reside en la posibilidad de contemplarse a sí mismo conscientemente a través del cosmos estructurado. La grandeza del poder reside en la unidad, la grandeza de la conciencia en la diversidad, la grandeza de la vida en el mantenimiento constante de la conexión entre el poder primigenio y la manifestación.

En el Uno, la fuerza y la sustancia están juntas en eterno reposo; en la vida, la fuerza y la sustancia están en movimiento, en ritmo; en la conciencia, la fuerza y la sustancia se enfrentan. La conciencia se enfrenta a lo que se expresa a través de ella misma. Solo entonces entra en juego la objetividad del mundo, frente a la subjetividad de la conciencia. 

A partir de la sustancia y la fuerza primordiales, se va elevando la conciencia a lo largo de la vida. Ahora puede ver los dos polos, la fuerza y la sustancia, en lo que se ha manifestado; pero en lo que está por venir, la vida, reconoce su unión y, con ello, también reconoce su unidad original. Así se une la trinidad de todo el ser.

Existe una ley según la cual el efecto de una fuerza disminuye en la misma medida en que aumentan los cuadrados de la distancia que la separa de ella. En el cosmos físico vemos la manifestación de la divinidad, la configuración de su conciencia. En esta configuración de la conciencia divina, en la manifestación más intensa de los pensamientos de Dios, vemos también la mayor distancia de la fuerza primigenia. Por eso, en el mundo exterior visible podemos reconocer mejor la diversidad de los pensamientos que surgen de la fuerza primigenia, pero la grandeza de la fuerza nos parece allí menor, porque la fuerza se ha entregado allí al manifestarse en muchos fenómenos individuales. Lo que reconocemos en el mundo físico, lo que reconocemos en las formas, es la estructura de la fuerza primigenia. Solo cuando consideramos el espacio como la conciencia de la divinidad, y las formas que hay en él como los pensamientos de la divinidad, es cuando podemos reconocer el significado del mundo físico que se nos presenta en el espacio. Todo lo que nos rodea en el espacio son pensamientos en la conciencia de la fuerza primigenia eterna y divina. Mientras que la fuerza y la sustancia primigenias son una y lo llenan y abarcan todo lo que existe y vive, ellas dan forma a sus pensamientos en el espacio y les transmiten una parte de su fuerza, una parte de su sustancia, como en el caso de los minerales; además, una parte de su vida, como en el caso de las plantas; y, por último, una parte de su conciencia, como en el caso de los animales y los seres humanos. Además, le dio al ser humano el poder de la libertad, es decir, de tomar conciencia de sí mismo. A través del ser humano, la divinidad se contempla a sí misma. Y por ello le transmitió al ser humano el poder de reconocer a la divinidad; [de reconocer que los seres humanos, al igual que todo lo creado, son los pensamientos de Dios hechos realidad y que reciben su vida de la divinidad y que su poder, su voluntad, descansa en la voluntad de la divinidad].

Cada pensamiento de Dios encarnado es un reflejo de la unidad original. La más grande objetividad del mundo es el reflejo de la más grande subjetividad. Del Uno surgieron muchas figuras individuales por medio de la vida que emanaba de él, y todas estas figuras individuales expresan una parte de las fuerzas del Uno. Cada figura en el mundo es perfecta cuando expresa la parte de la fuerza original que debe expresar, para lo cual ha sido destinada esta fuerza original.

El mundo mineral debe expresar sobre todo la esencia primordial, la sustancia primordial en múltiples seres individuales. El mundo vegetal debe expresar la vida singular en múltiples formas vivientes; el reino animal debe expresar la sensibilidad en múltiples seres individuales. El ser humano debe convertirse en un reflejo de toda la fuerza primigenia, y para ello se le ha dado la posibilidad de la autoconciencia y la emancipación. Se ha convertido en un hijo de la divinidad, dotado de todos los poderes divinos, de modo que puede desarrollarse libremente hasta alcanzar la semejanza con Dios. Todos los seres físicos son pensamientos de Dios, pero el ser humano es un pensamiento de Dios que se vuelve hacia la vida y la voluntad de la divinidad. Surgido de la voluntad y la vida de la divinidad como pensamiento, vuelve en pensamiento a la vida y la voluntad, y así cierra el ciclo del poder divino, devolviendo a su origen primigenio aquel poder divino articulado y emergido.

En el mundo físico de las formas reconocemos la estructura superior de la divinidad, tanto en lo que respecta a la fuerza como a la sustancia, ya que, en el fondo, la fuerza y la sustancia siempre están conectadas. La estrecha relación entre las partículas individuales en todo lo mineral es solo una ilusión. Así como las formas individuales solo son reconocibles para nuestros sentidos porque están separadas, las partículas individuales del mundo mineral solo son reconocibles para nosotros porque hay espacios entre todos los átomos. Así como la separación de las formas individuales dio lugar a la luz y la sombra, haciéndolas visibles al ojo físico, todas las sustancias minerales son visibles al ojo físico porque la separación de los átomos produce luz y sombra. Si todo lo mineral fuera una unidad indiferenciada y nosotros también fuéramos indiferenciados dentro de esa unidad, no podríamos reconocer objetivamente nada en el entorno.  Entonces no habría separación, pero tampoco habría luz ni sombra, ni percepción física externa mediante los sentidos físicos. Para que los objetos pudieran destacar, —individualmente —, tenía que producirse una separación, tenía que haber luz entre nosotros y los objetos. Lo que ocurrió con la configuración de los pensamientos divinos, que se nos presentan como  seres individuales especiales, también ocurrió en toda la sustancia; los átomos individuales se separaron. No podríamos cortar un cuerpo si su sustancia formara una masa continua. No se puede cortar el agua, no se puede cortar el aire, porque las partículas del agua y del aire están más unidas que las partículas de las sustancias sólidas. Pero aún así se pueden separar las partículas de agua y aire mediante sustancias sólidas que se introducen continuamente en ellas. Sin embargo, sabemos que tanto las partículas de agua como las de aire tienden a agruparse continuamente. Encontramos algo similar en algunas sustancias sólidas, por ejemplo, en el hierro magnético, que también tiende a aglutinarse. Cuanto más fina y menos perceptible para nuestros sentidos físicos es una sustancia, más íntima es su conexión, menos podemos separar las partículas aisladas, más rápido se llenan los huecos y mayor es la fuerza que mantiene unidas las partículas aisladas. La sustancia primigenia no puede ser dividida por otra fuerza, es una en sí misma, indiferenciada; y cuando se produce algún hueco en las otras sustancias que han surgido de ella, lo llena por sí misma o mediante las sustancias que se han separado de ella. Así, todo está constantemente lleno de la plenitud de la divinidad.

Al descender, la sustancia primordial se vuelve cada vez menos densa. La materia sólida es en realidad la menos densa, porque es la menos continua, la más cambiante, la más desigual, la expresión de la mayor separación y el polo opuesto más fuerte de la sustancia primordial. El origen, en el que la sustancia y la fuerza son completamente uno, es el origen de toda la vida. La vida es la interacción de la fuerza y la sustancia. De lo inamovible surge un movimiento que transcurre rítmicamente. Este movimiento surge por voluntad del origen divino, y toda la vida proviene de este movimiento. Los dos polos se forman a partir de la unidad divina, la sustancia y la fuerza; lo que los mantiene unidos es la vida. En la vida, la sustancia y la fuerza están unidas. La vida es como una cuerda tensada entre el polo de la fuerza y el de la sustancia; y al igual que una cuerda, vibra rítmicamente entre estos dos polos, poniendo así todo lo que existe en movimiento rítmico.  Este movimiento rítmico, que es a la vez sustancia y fuerza, que surge de la tensión entre sustancia y fuerza, es lo que se expresa en todo lo vivo. Cuanto mayor es la tensión, más intensa es la vida; cuanto menor es la tensión, menos vida hay. Pero la vida solo puede manifestarse en la tensión menos intensa. En una cuerda muy tensa, casi no notamos las vibraciones. En una cuerda menos tensa, reconocemos más claramente el vaivén. El movimiento de la cuerda infinitamente tensa no se puede ver en absoluto, porque es demasiado rápido y el ritmo es tan ininterrumpido que equivale a la inmovilidad. Solo podemos percibir la vida cuando entre la fuerza y la sustancia, se produce donde la tensión es menos intensa. La tensión más débil se encuentra en lo físico, donde vemos el movimiento de la vida en el pasar y el surgir de las formas. Son las vibraciones más lentas, las ondas más grandes de la vida, pero también las que tienen menos fuerza, las que más destacan, pero también las que más se alejan. La tensión más fuerte de la vida concentra la vida en sí misma; no se destaca tanto y, por lo tanto, tampoco se retira con tanta fuerza. Permanece más en sí misma, a pesar de que la fuerza y la rapidez del ritmo son significativamente mayores. La mayor rapidez coincide con la mayor calma, la mayor fuerza reside en el cierre completo, [en el] no salir de sí mismo.

Así pues en la existencia exterior, reconocemos la estructura de la conciencia divina en pensamientos individuales; y en los fenómenos que fluyen y refluyen reconocemos las mayores olas de la vida divina. Solo en el hecho de que las formas individuales se presentan ante nosotros de manera objetiva, y en el hecho de que la vida fluye y refluye, reconocemos la voluntad divina. La voluntad divina se manifiesta en la construcción y la destrucción. Existe la fuerza que hace que la vida fluya y refluya, y la fuerza que hace que las figuras surjan del mar de la vida. Que todo surja y vuelva a desaparecer es la expresión de la voluntad divina. La voluntad de Dios es siempre una, eterna, imperecedera, totalmente indiferenciada, pero su reflejo es la sucesión de la vida y la muerte.  Lo que dio vida a las figuras, también las retira de la vida, del mismo modo que el yo del ser humano lo empuja a la encarnación y lo retira de ella. La conciencia del ser humano se expresa en los pensamientos, la conciencia de Dios en las figuras. Lo que les da forma, lo que les hace crecer, es la vida divina. Pero el hecho de que la conciencia se forme de manera viva proviene de la voluntad divina.

En todo el mundo vemos los pensamientos plasmados de la divinidad. Que los pensamientos de la divinidad pudieran hacerse visibles exteriormente es posible gracias al sacrificio de la vida en el reino mineral. Allí, la vida se ha entregado para expresar el pensamiento. La vida se retira completamente detrás de la expresión del pensamiento. Nuestros pensamientos deben purificarse de todo lo que se mezcla con ellos, al igual que el cristal, que es transparente y uniforme, cerrado en sí mismo y sin deseos, expresa un pensamiento divino. El cristal es la expresión perfecta de un pensamiento divino.  La sustancia se ha ordenado según las líneas del pensamiento emitido por la conciencia divina. Los cristales son una expresión de las formas de los arquetipos de la vida, pero no están impregnados de vida. Cuando los ritmos vitales de la divinidad fluyen hacia esos pensamientos puros de Dios, cobran vida ante nuestros ojos. Como pensamientos divinos vivos, el mundo vegetal surge ante nosotros. Expresa el ritmo puro de la vida. La planta tampoco tiene deseos. Es pensamiento y vida, pero sin pasión, sin voluntad propia.

Cuando una parte de la voluntad divina fluye hacia las formas vivientes, surge un reino de pasión, tal y como lo vemos en el reino animal y en la naturaleza humana inferior. Ya nada se arraiga en el todo. Se separa del todo como algo especial. En su movimiento exterior, se independiza del todo. Esto es lo que provoca la voluntad divina que se manifiesta en él. Representa la voluntad propia separada de la conciencia de Dios. La pasión es también una fuerza de la divinidad que ha dado lugar a la independencia en las figuras creadas. El deseo es, en primer lugar, la expresión de la independencia así obtenida. Pero entonces la voluntad divina se sumergió en el ser humano de tal manera que la vida divina y la conciencia divina pudieron convertirse en su propia posesión, y gracias a la conciencia divina se reconoció a sí mismo como parte de la divinidad, como procedente de la divinidad. Pudo unirse de nuevo con la divinidad, primero mediante la conciencia, con lo que se superó la separación. Luego tuvo que unirse también con él en el reino del que se le había arrebatado la vida, y después en el reino que lo había impulsado a la existencia, en el reino de la voluntad divina, el poder del Padre.

 El reino del pensar es igual a la periferia; el reino de la voluntad es igual al centro; el reino de la vida es igual al movimiento rítmico entre el centro y la periferia. En el reino del pensar, el ser humano se vuelve independiente; a través del ritmo de la vida, se deja llevar de nuevo al origen del que surgió. En el reino de las manifestaciones individuales, se convierte en individualidad, en yo; al regresar al reino de la vida sobre las olas de la vida junto con otras individualidades, encuentra el camino de vuelta al poder del padre.

Según la ley, que se manifiesta con mayor intensidad en los mundos superiores que en el físico, la cual establece que no puede existir el vacío, según esta ley, el ser humano se renueva en la medida en que se entrega a la vida superior. Cuanto más se entrega, más fuertemente fluye hacia él la vida superior. Debe morir para llegar a ser. Cuanto más muere, más llega a ser, hasta que finalmente entra en la vida, donde ya no se percibe ninguna diferencia entre el devenir y el perecer, donde el devenir se produce tan rápidamente a partir del perecer que todo es una única vida duradera.

Así como en el reino mineral reconocemos el ámbito de los pensamientos divinos, en el reino vegetal reconocemos el ámbito de la vida. Es el ámbito intermedio entre la configuración del pensamiento divino y la voluntad divina en los seres individuales. El reino vegetal transmite las corrientes de vida en el mundo. Sin el oxígeno que proporciona el reino vegetal, los reinos animal y humano no podrían vivir, y todo lo vegetal sirve para construir el cuerpo animal y humano. El reino mineral no contiene vida, de él el ser humano no puede obtener su vida; en el reino animal vemos la vida en la acumulación; lo que el ser humano utiliza del reino animal como alimento tampoco fomenta la vida en él, sino la acumulación de vida, la pasión. El reino vegetal es aquel en el que el ser humano respira y que también constituye su alimento natural, el que favorece su desarrollo vital. Así, por un lado, el reino mineral se construye a partir del reino vegetal muerto y, por otro, el reino animal y el reino humano se mantienen vivos a partir del reino vegetal vivo. En cuanto a la sustancia, el reino de la vida sirve para la construcción continua del reino mineral, y en cuanto a la fuerza, sirve para el desarrollo continuo del reino animal y humano. Así, los dos polos de la sustancia y la fuerza se nos presentan en la vida y el tejido del reino vegetal, el reino de la vida propiamente dicho.

Esto también representa la instauración de la Santa Cena. En la vida del mundo están contenidos ambos, la sustancia y la fuerza. El pan simboliza la planta muerta, que construye lo mineral en el mundo y también el cuerpo del ser humano; el vino simboliza la fuerza vital, que infunde la vida del mundo a la sustancia. Mientras el ser humano permanezca en la existencia mineral, debe tomar sustancia del reino de la vida para construirse y tomar fuerza para vivir. Cuando él mismo pasa del reino del mundo mineral, del devenir y el perecer, al reino de la vida, entonces encuentra en sí mismo la sustancia y la fuerza como los dos polos de su ser, entre los que transcurre su vida. Entonces ya no necesita desarrollarse mineralmente, sino que adquiere forma en los mundos superiores, en la vida misma. La forma y la vida se unen entonces en él, y él conduce a toda la Tierra de forma permanente al ritmo eterno de la vida.

Para que el ser humano alcance este nivel de desarrollo, debe dejar que en su interior surjan las fuerzas que actúan en el reino mineral y vegetal. Las formas ideales minerales y sin deseos de los cristales representan para él lo que debe llegar a ser su pensamiento. El cristal es la expresión del pensamiento puro, casto y divino. Así como la planta entrega toda su vida para expresar la voluntad divina, sin deseos propios, sin pasiones propias, también el ser humano debe vivir y crecer en el mundo solo como expresión del poder divino que la deidad ha depositado en él.

En el reino animal reconoce a qué conduce vivir una vida de pasión. Allí ve cómo la pasión trae sufrimiento, porque hace que los seres se aparten de la luz de la sabiduría. El reino animal es la expresión de la pasión, el reino del placer y el dolor. En el reino animal se manifiesta la fuerza no purificada. A través de la fuerza no purificada, el ser humano también es empujado hacia el placer y el dolor. Pero mediante la purificación de la fuerza, crece más allá del gozo y el dolor. Para purificar la fuerza, tiene como modelo la calma y la cohesión del reino mineral y la vida sin deseos del reino vegetal. Sus pensamientos deben concentrarse como las formas de un cristal; su vida debe transcurrir tan rítmicamente como la vida de las plantas, entonces plasmará la divinidad en su ser. Entonces, la fuerza en él ya no se expresará como pasión, sino como la más alta felicidad y como expresión del descanso dichoso en la voluntad de la divinidad, y lo que hay de sustancia en él solo le servirá para dar forma a una expresión sublime de la fuerza divina.

Traducido por J.Luelmo nov,2025