CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA010 la iluminación - control del pensar y del sentir

LA ILUMINACION

La iluminación es el resultado de ejercicios preparatorios muy sencillos. En este caso también, se trata de apelar a determinados pensamientos y sentimientos que dormitan en el hombre, en estado latente, y que deben ser despertados. Pero, al igual que en todo los tramos de la vida espiritual, solamente quien realiza esos ejercicios con una paciencia rigurosa y una perseverancia total puede desembocar en la percepción de la luz interior.
Los primeros pasos consisten en observar de una manera muy particular ciertos fenómenos y ciertos seres naturales; por ejemplo, un cristal transparente bellamente pulimentado, a continuación una planta, después un animal.... Se puede comenzar por ejemplo por concentrar toda la atención en la comparación de la piedra con el animal de la manera que se va a describir a continuación.
Los pensamientos indicados aquí deben apoderarse de toda el alma, acompañándose de sentimientos muy vivos. Ningún otro pensamiento, ningún otro sentimiento debe mezclarse con ellos ni perturbar la intensidad de la observación. Hay que decirse a uno mismo algo como esto: “La piedra tiene una forma. El animal también tiene una forma. La piedra permanece inmóvil en su sitio. El animal cambia de sitio. Es el deseo, el instinto el que impulsa al animal a cambiar de sitio, y es también a la satisfacción de sus instintos a lo que sirve la forma del animal; en efecto, los órganos y los miembros que le sirven de instrumento están conformados de acuerdo con esos instintos por el deseo, mientras que la forma de la piedra es la resultante de unas fuerzas de las que no forma parte ningún deseo”. *
Si uno se sumerge intensamente en estos pensamientos y, al hacerlo, considera la piedra y el animal con una atención sostenida, surgen en el alma dos clases de sentimientos muy diferentes: el primero inspirado por la piedra, el segundo inspirado por el animal. Naturalmente, la cosa no resultará exitosa desde el principio, sino poco a poco, mediante ejercicios muy pacientes y constantes; es la única forma de que esos dos sentimientos se aclimaten en el alma. Para ello, insisto, sólo es preciso continuar el ejercicio sin relajarse, concentrado completamente toda la atención. Al principio, estos sentimientos no se mantienen más que el tiempo que dura la observación; más tarde, subsisten más allá de esta duración, y finalmente podríamos decir que se instalan, que toman un camino en el que persistirán. Cuando se logra esto, en adelante ya solamente hace falta recordarlos para que estos dos sentimientos crezcan, inclusive sin el auxilio de la observación aplicada a un objeto exterior. De estos sentimientos y de los pensamientos ligados a ellos nace lo que podríamos llamar “órganos de la clarividencia”.
Si a esta observación se añade la de la planta, se constata entonces que el sentimiento que inspira, tanto por su naturaleza como por su grado de intensidad, se mantiene en el término medio entre el sentimiento que hace nacer la piedra y el que provoca el animal.
Los órganos que se forman de esta manera son los “ojos espirituales”. Progresivamente, se aprende a percibir a su través los colores del mundo del alma y del mundo del espíritu.
Mientras que solamente se ha asimilado lo que ha sido descrito para la “preparación”, el mundo espiritual, sus líneas y sus figuras permanecen obscuras. Mediante la iluminación, ese mundo se aclara; sus líneas y figuras se tornan nítidas. Pero también en este caso, hagamos notar que las palabras “claro” y “oscuro”, al igual que las demás expresiones que hemos empleado, no expresan nuestro pensamiento más que aproximadamente. Desde el momento en que no hay más remedio que servirse del lenguaje común, no podía lógicamente ser de otra manera. Porque nuestro lenguaje corriente sólo está hecho para describir las condiciones físicas.
La ciencia secreta califica de “azul” o “azul rojizo” los rayos que los órganos de la clarividencia ven irradiar de la piedra, y de “rojo” o “rojo amarillento”, lo que se percibe como emanante del animal.
En realidad, los colores percibidos de esta forma son de “naturaleza espiritual”. El que surge de la planta es “verde”, de un verde que progresivamente tiende hacia un color claro, rojo rosado, etérico. Porque, de todos los seres vivientes, la planta es el único que, en los mundos superiores, recuerda en su forma el aspecto que tiene en el mundo físico. Algo muy distinto a lo que ocurre en el caso de la piedra o del animal.
Pero es necesario que se comprenda bien que los colores indicados aquí designan simplemente el matiz fundamental de los reinos mineral, animal y vegetal. En realidad, todos los matices intermedios existen también. Cada piedra, cada planta, cada animal posee su color particular, su color propio, dentro de la coloración de su reino. Por otra parte, los seres de los mundos superiores, que no revisten jamás de un cuerpo físico, tienen también unos colores a menudo admirables, aunque también, en ocasiones, feos, horripilantes. De hecho, en estos mundos superiores, la riqueza de colorido es infinitamente más variada que en el mundo físico.
Si el hombre ha podido llegar a adquirir la facultad de ver con “los ojos del espíritu”, más pronto o más tarde se encuentra con seres, los unos más altos, los otros más bajos que él, que no penetran jamás en la realidad física.
Cuando llega a este punto, muchas rutas se abren ante él. Pero no se debe aconsejar a nadie ir más lejos sin observar atentamente lo que dice el investigador espiritual, esto es, lo que él ha prescrito y enseñado. Inclusive para los ejercicios precedentes, esta dirección esclarecedora resulta excelente; y si el investigador tiene en sí la fuerza y la tenacidad suficiente para franquear los primeros grados de la iluminación, no dejará de encontrar la dirección apropiada.
En todo caso, se hace completamente necesario tomar una precaución, y quién no quiera tomarla hará mejor en renunciar a todo tipo de progresión dentro del ocultismo. Quien quiera de verdad comprometerse en esta vía no debe en modo alguno perder sus cualidades de nobleza, de bondad y de sensibilidad con respecto a todas las realidades físicas. Todavía más: su fuerza moral, su pureza interior, sus facultades de observación deben no sólo mantenerse, sino crecer en el curso del aprendizaje de lo oculto.
Por ejemplo, durante los primeros ejercicios de iluminación, debe tener cuidado, vigilar atentamente para procurar desarrollar por todos los medios su compasión y su simpatía hacia los animales y los hombres, su sentido de las bellezas de la naturaleza. Si no tuviera cuidado de hacer esto, sus sentimientos podrían extinguirse, su sentido de la belleza embotarse, perdiendo facultades bajo la acción de estos ejercicios. Su corazón se endurecerá, su sensibilidad se bloqueará, y de ello le pueden sobrevenir consecuencias lamentables.
¿Cómo se presenta la iluminación cuando se le eleva a través de la piedra, la planta y el animal hasta el hombre? Después de la iluminación, ¿cómo se va a cumplir la comunión del alma con el mundo espiritual y, a través de todos los obstáculos, desembocar en la iniciación? Esto es lo que vamos a exponer a continuación en la medida de lo posible.
En nuestra época, muchas personas buscan el camino de la ciencia secreta, pero lo llevan a cabo de diversas maneras; y es el caso que muchos recurren a procedimientos peligrosos e inclusive reprensibles. Es por esto precisamente por lo que aquellos que están seguros de poseer la verdad en este dominio deben ofrecer a los demás la posibilidad de conocer determinados rasgos de la disciplina oculta.
Por nuestra parte, no vamos a hablar aquí de tema más que dentro de los límites de esta posibilidad; pero es necesario que alguna parte de la verdad sea revelada, para que el error no llegue a causar demasiados estragos.
El lector puede estar seguro de que, a través de los medios que indicamos aquí, nadie puede sufrir el menor daño, si no intenta, sobre todo, forzar las cosas.
Pero hagamos notar muy claramente por otra parte, que nadie debe consagrar a los ejercicios más tiempo ni más fuerzas de las que sus deberes y la situación que ocupa en la vida pongan a su disposición. Nadie debe, por el hecho de estar siguiendo el sendero, cambiar por el momento su vida; ni siquiera en el más insignificante de sus rasgos o características. Si se persiguen resultados serios, basta con que paciencia, ser capaz, después de unos minutos de aplicación, de interrumpir el ejercicio y volver tranquilamente a su trabajo acostumbrado. Es más: hay que tener buen cuidado de no mezclar ni siquiera el pensamiento, el recuerdo de los ejercicios con ese trabajo ordinario. El que no haya aprendido a esperar, en el mejor y más elevado sentido de la palabra, es que no vale para el entrenamiento y, por consiguiente, no alcanzará jamás resultados de valor apreciable.
En lo que concerniente a la contemplación de un cristal, el ejercicio aquí descrito es interpretado completamente del revés, por aquellos que no conocen más que el lado exterior (exotérico) de las cosas. Estas malas interpretaciones son las que han dado lugar a prácticas poco serias como la “lectura en una bola de cristal”, que evidentemente reposa sobre un malentendido. Hay muchas obras donde se encuentran descripciones de este tipo de “lecturas”, a las que se da un valor extraordinario. Hay que decir claramente que este tipo de prácticas no puede constituir el objeto de una verdadera enseñanza esotérica.

CONTROL DE LOS PENSAMIENTOS Y DE LOS SENTIMIENTOS
Si se busca el acceso a la ciencia oculta de la manera descrita en los capítulos precedentes, es absolutamente necesario fortificarse durante el curso del trabajo mediante un pensamiento particularmente estimulante. Es preciso tener continuamente en la mente la idea de que se pueden realizar progresos muy serios sin que tales progresos sean visibles precisamente bajo la forma que se esperaba. Si no se tiene en cuenta este hecho, se corre un alto riesgo de perder la paciencia y abandonar, al cabo de poco tiempo, todo tipo de tentativa. Las fuerzas y las facultades que se trata de desarrollar son el los comienzos de una naturaleza muy delicada y su esencia difiere completamente de todo cuanto el hombre se ha podido representar con anterioridad. Hasta aquí, él no conocía más que el contacto con el mundo físico. Las realidades del espíritu y del alma escapaban a su mirada como escapaban a sus conceptos. No hay pues nada de asombroso en el hecho de que no se advierta inmediatamente la presencia de las fuerzas espirituales y psíquicas que han hecho su aparición en él.
Hay un gran riesgo de error para el que penetre en el sendero sin tener en cuenta el cúmulo de experiencias amontonadas por investigadores expertos. Un ocultista constata los progresos experimentados por el discípulo mucho tiempo antes de que el propio interesado tenga conciencia plena de ellos. El sabe de qué manera se forma el ojo del espíritu en su delicada estructura, antes de que el discípulo sepa nada de ello. Una de las partes más importantes de las indicaciones que da consiste precisamente en expresar las reglas que permiten al estudiante no perder la confianza, la paciencia y la tenacidad, antes de haber obtenido el conocimiento. A decir verdad, el maestro no puede dar nada al alumno, si éste no lo posee ya, ni siquiera de una manera escondida, latente. En realidad, no se le puede conducir más que hacia el despertar de las facultades que yacen en él como dormidas. Pero la descripción del camino a través del cuál él mismo ha pasado ya puede servir de apoyo a quien quiera ir desde la oscuridad a la luz.
Se da el caso de muchos que abandonan el sendero de la ciencia oculta después de poco tiempo, porque sus progresos no le parecen al principio lo suficientemente notables. E inclusive cuando sobrevienen las primeras experiencias superiores de las que el alumno tiene conciencia, a menudo considera ilusiones, porque se había imaginado que era una cosa completamente distinta la que debía sentir. Entonces se desanima, bien porque considera estas primeras experiencias como carentes de valor, o porque las encuentra demasiado pequeñas, insignificantes, como para que le conduzcan pronto a un resultado serio.
Ahora bien, el ánimo y la confianza en sí son dos luces que no se deben dejar extinguir en ningún momento cuando se transita el sendero del ocultismo. Si no se es capaz de repetir con paciencia y sin cansarse un ejercicio en el que se ha fracasado un incalculable número de veces, no se irá muy lejos.
Mucho antes de que se pueda tener una percepción neta de los progresos realizados, un confuso sentimiento advierte de que se está sobre el buen camino. Pues bien, hay que cultivar, alimentar este sentimiento porque se puede convertir en una segura guía.
Ante todo importa extirpar es sí la superstición de que se puede acceder al conocimiento superior con la ayuda de procedimientos extraños y misteriosos. Por el contrario, hay que tener bien claro que se pueden tener, que se pueden tomar como punto de partida los sentimientos y los pensamientos de la vida cotidiana, sólo que imprimiéndoles una nueva dirección. Cada uno puede decirse: en la esfera de mis sentimientos personales y de mis ideas se encuentran escondidos los más augustos misterios; pero hasta aquí no los he logrado percibir.
El problema reside pues finalmente en esto: el hombre lleva consigo por todas partes su cuerpo, su alma y su espíritu, pero no es consciente más que de su cuerpo, y no de su alma ni de su espíritu. Por el contrario, el ocultista llega a ser tan consciente de su alma y de su espíritu como el hombre normal lo es de su cuerpo.
Es por esto por lo que resulta tan importante orientar los sentimientos y los pensamientos en la buena dirección. Entonces se desarrollará en la vida ordinaria la facultad de percibir las cosas invisibles. Nosotros vamos a dar aquí uno de los medios de lograrlo. Se trata de un método de extremada sencillez, como casi todos los que hemos descrito hasta el momento, pero produce los más grandes efectos cuando se le pone en práctica con continuidad y se le sabe acompañar de las disposiciones interiores necesarias.
Póngase delante de sí una pequeña semilla. Entonces se trata de hacer nacer con intensidad en uno mismo, en presencia de aquel minúsculo objeto, todos cuantos sentimientos se puedan relacionar con él y, a través de estos pensamientos, despertar ciertos sentimientos.
Antes que nada, hay que darse cuenta con mucha claridad, con absoluta nitidez, lo que perciben los ojos. Hágase después una buena descripción de la forma, el color y de todas las demás características de la semilla. A continuación, reflexione sobre esto: si esta semilla se introduce en la tierra, de ella nacerá una planta muy compleja. Represéntese uno esta planta con el mayor número de detalles posibles. Evóquesela en la imaginación. Y dígase uno a sí mismo entonces: lo que yo evoco actualmente en mi imaginación, las fuerzas de la tierra y de la luz lo van a hacer surgir con plena realidad, algún día, del seno de este grano; si lo que yo tuviese delante de mi fuese una imitación artificial del grano de semilla, que lo reprodujese con tanta exactitud que mis ojos no fuesen capaces de distinguirlo del verdadero, de hecho no existirá ninguna fuerza, ni en la tierra ni el la luz, que fuese capaz de hacer surgir de ella una planta.
Cáptese muy claramente este pensamiento, vívaselo en sí mismo, y se llegará a ser capaz de concebir lo que sigue añadiéndole el sentimiento apropiado.
Hay que decirse lo siguiente: en este grano reposa ya, aunque de una manera oculta, toda la planta en potencia, absolutamente todo el organismo que de ella surgirá más tarde. Esta fuerza no reside en la imitación de grano de semilla. Sin embargo, ante mis ojos, los dos resultan idénticos. En el grano real existe pues algo de invisible que no se encuentra en el objeto artificial. Pues bien, es sobre este algo invisible sobre lo que hay que dirigir ahora los pensamientos y los sentimientos. *
Represéntense ustedes bien esto: es este algo invisible lo que, más tarde, se transformará en la planta visible que yo podré contemplar en su forma y su color. Y tengan presente este pensamiento “lo invisible se convertirá en visible”. Si yo no fuera capaz de pensar lo que no será visible sino más tarde no podría dárseme a conocer desde ahora mismo.
Pero hay que precisar muy bien un punto: lo que se piensa debe ser intensamente sentido. En medio de una auténtica calma, sin dejarse distraer por ningún otro pensamiento, se vive en uno mismo lo que acabamos de describir; y hay que darse el tiempo necesario por ligar los pensamientos y el sentimiento, a fin de que ellos dejen en el alma una profunda huella. Si se consigue de la forma conveniente, se llegará, después de un cierto tiempo, quizá solamente después de una gran cantidad de intentos, a tomar conciencia de una fuerza, una fuerza que propiciará una visión nueva de las cosas: la semilla aparecerá como situada en el centro de una ligera nube luminosa. A esta nube, se la puede sentir, de un modo sensorial y espiritual, como una especie de llama. Lo que se siente ante el centro de esta llama es lo mismo que se siente delante del color lila—malva, en tanto que el borde evoca la impresión que suele comunicar un color azulado. Entonces aparece lo que nunca se ha visto antes, pero que es lo que ha hecho nacer la fuerza del pensamiento y de los sentimientos despiertos en nosotros por la meditación. Una cosa, invisible para los sentidos físicos y que, en su estado de planta, no debería aparecer sino más tarde, se nos revela en el presente espiritualmente visible.
Es evidente que la mayoría de las personas considerarán este tipo de revelaciones como una pura ilusión. Muchas de estas personas se preguntarán: ¿qué significan estas visiones, estos fantasmas? Y más de uno se desanimará y no proseguirá transitando el sendero. La dificultad mayor está justamente en atravesar estas etapas tan arduas de la evolución humana sin confundir la imaginación con la realidad espiritual, y en encontrar además el valor necesario para continuar la marcha hacia delante sin temores ni aprehensiones.
Por otra parte, es preciso no dejar un solo instante de reforzar el buen sentido, esa capacidad tan importante que es la que faculta para distinguir la verdad de la ilusión.
Durante todos estos ejercicios, hay que tener cuidado de no perder, ni un solo instante, el pleno dominio consciente de uno mismo. Se debe pensar con tanta seguridad como si se tratara de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana. Porque sería verdaderamente lamentable que se cayera en un estado próximo a la alucinación. Las ideas deben permanecer claras, por no decir frías, y esto, además, sin el menor desfallecimiento. Si estos ejercicios llegaran a hacer perder el equilibrio interior de tal manera que impidiesen juzgar sana y claramente las cosas y los acontecimientos de la vida ordinaria, como se venía haciendo hasta ese momento, ello significaría un gran fallo. El discípulo debe en tal caso examinarse a sí mismo concienzudamente, para verificar si este equilibrio permanece intacto y si él sigue siendo él mismo en el seno de las condiciones en que vive. Una calma inconmovible, un claro sentido de todas las cosas y acontecimientos: he aquí lo que hay que saber conservar. Por otra parte, hay que tener mucho cuidado de no dejarse arrastrar a ningún tipo de vagabundeo de las ideas y no entregarse al primer ejercicio que a uno se le ocurra. Las directrices que hemos dado aquí respecto a la mejor forma de llevar a cabo la meditación han sido experimentadas y practicadas desde la más remota antigüedad en las escuelas de ocultismo, y éstas y solo éstas son las que nosotros comunicamos. Por tanto, nada de improvisaciones ni de iniciativas personales. Quien quiera aplicar métodos de otra naturaleza, forjarse para sí mismo su propia manera de hacer las cosas o tomar de este o aquel libro, de noticias fragmentarias que le llegan al azar, quien haga esto, caerá fatalmente en el error y no tardará en dejarse arrastrar por divagaciones sin fin.
El ejercicio que acabamos de describir tiene que ser completado por otro.
Se trata de ponerse delante de una planta en estado de pleno desarrollo y penetrarse del pensamiento de que llegará un día en que esa planta perecerá; de que eso que yo veo ahora tan plenamente delante de mí un día ya no existirá. Pese a esto, esa planta habrá madurado en sí semillas capaces de dar vida a otras plantas nuevas.
Heme aquí pues llegado de nuevo a la constatación de que, en el seno de todo cuanto veo, existe algo que yo no veo, algo oculto que no se hace presente a mis sentidos.
Yo lleno mi espíritu con el pensamiento de que esta planta, con su forma y sus colores, morirá un día; pero la representación intensa que ella lleva consigo de un germen de futuro me enseña que no desaparecerá absolutamente en la nada. Lo que la preserva del aniquilamiento total escapa por completo a mi visión como anteriormente escapaba la planta que existe en potencia en la semilla. Hay pues en esta planta algo que yo no veo con mis ojos. Si yo hago vivir en mí este pensamiento, uniéndolo al sentimiento que le corresponde, después de un cierto tiempo se desarrollará en mí una fuerza que provocará un nuevo modo de visión. Veré entonces cómo sale de la planta una especie de forma espiritual semejante a una llama. Pero esta llama es naturalmente más grande que la que hemos descrito con anterioridad; puede dar una impresión semejante a la del azul verdoso en su parte media y al rojo amarillento en sus bordes exteriores.
Subrayemos aquí expresamente que no se ven estos que hemos llamado colores de la misma manera que los ojos físicos ven los colores de las cosas; lo que queremos decir es que la percepción espiritual comunica una impresión análoga a la que se siente ante un color físico. En este orden de ideas, tener la percepción espiritual del “azul” significa lo siguiente: sentir una impresión análoga a la que el color azul transmite por mediación del ojo físico. Hay que tener mucho cuidado con esto, si se quiere realmente llegar a conseguir un progreso en la percepción espiritual. En otro caso, no se alcanza de lo espiritual más que una repetición del fenómeno físico, lo que puede llegar a proporcionar decepciones verdaderamente amargas.
Si se llega a adquirir esta facultad de ver en espíritu, se habrá dado un gran paso hacia delante, porque las cosas se revelan entonces, no sólo en su existencia presente, sino en sus fases de crecimiento y de decadencia.
Se comienza a ver por todas partes el espíritu, de que los sentidos físicos no pueden saber nada. Se cumplen los primeros pasos hacia la contemplación de un misterio: el misterio del nacimiento y de la muerte. Para los sentidos exteriores, los seres aparecen con el nacimiento y desaparecen con la muerte. Si esto es así, es porque los sentidos no saben percibir el espíritu oculto de los seres. Para el espíritu, el nacimiento y la muerte no son más que una metamorfosis, como la floración que, a partir del capullo, hace surgir la flor, es igualmente una metamorfosis que se opera ante nuestros ojos. Pero si se quiere penetrar por sí mismo en la esencia que se transforma, hay que trabajar en el despertar de los sentidos superiores mediante el método que hemos indicado.
Con ideas de soslayar enseguida otra objeción que se nos podría hacer por parte de personas dotadas de alguna experiencia psíquica añadamos todavía lo siguiente: no se puede negar que existen caminos más cortos y más sencillos, ni, por otra parte, que existen personas que, por sí mismas, adquieren el sentido del crecimiento y la decadencia, del nacimiento y de la muerte, sin necesidad de haber practicado ninguno de los ejercicios que acabamos de describir. Hay en efecto, seres humanos que poseen naturalmente disposiciones y facultades psíquicas muy notables, personas a las que les basta un ligero impulso para desarrollarse espiritualmente. Pero, hay que decirlo; son las excepciones. No es normal encontrarse con esta posibilidad de desarrollo espiritual; en cambio, el camino que nosotros hemos indicado es seguro y está abierto a todos. Tampoco es absolutamente imposible adquirir por ejemplo nociones de química por medios excepcionales. Por supuesto, pero si uno quiere llegar a convertirse en un químico no tiene más remedio que transitar la ruta común y verificada.
Se cometería un gran error, de graves consecuencias, si se pensara que se puede alcanzar la meta más fácilmente contentándose con representarse, con imaginar la semilla o la planta. Procediendo de esta manera, se puede también obtener un resultado, pero con menos seguridad que mediante al método señalado. En la mayoría de los casos, la visión que se obtenga no será más que una especie de espejismo de la imaginación, y será preciso esperar a que se transforme en una visión verdaderamente espiritual. Porque lo esencial es no inventarse para sí mismo, a la medida del propio capricho, percepciones nuevas, sino de dejar a la realidad que las cree en sí. La verdad debe brotar de las profundidades de mi alma, ciertamente, pero no es a mi yo ordinario al que le corresponde representar el papel de mago que extrae esta verdad de la nada. Los mismos seres, cuya realidad espiritual yo quiero contemplar, son los que deben cumplir la función de este mago.
Si, mediante esta disciplina, se ha hecho nacer en sí los rudimentos de la percepción espiritual, se podrá llegar a conseguir elevarse hasta la contemplación del ser humano mismo, eligiendo de él, en primer lugar, las manifestaciones más sencillas de la vida humana.
Pero, antes de llegar a esto, es necesario trabajar enérgicamente en la completa purificación del propio ser moral. Hay que vencer, apartar de sí toda tentación de utilizar para el provecho personal el conocimiento así adquirido. Es preciso comprometerse con uno mismo a no hacer jamás un mal uso del poder, sobre los semejantes, que se puede llegar a adquirir. Igualmente, todos aquellos que buscan penetrar por sí mismos en los secretos de la naturaleza humana deben observar la “regla de oro” del verdadero ocultismo, una regla que se expresa del siguiente modo: “Cuando se intente dar un paso hacia delante en el conocimiento de las verdades ocultas, debe darse al mismo tiempo tres pasos en orden al perfeccionamiento del carácter en el sentido del bien”. El que observa esta regla puede emprender ejercicios del género del que acabamos de describir.
Evoquen ustedes la imagen de un hombre que, un día ha observado que deseaba, que codiciaba la posesión inmediata de un objeto, y concentren su observación sobre ese deseo, sobre esa ansia posesiva. Es preferible evocar el momento en que ese deseo alcanzaba en su más alto grado de intensidad, pero cuando todavía se podía uno preguntar si el hombre podría realmente llegar a satisfacerlo. Y ahora entréguense todos enteros a la representación de lo que les evoca su recuerdo. Hagan reinar en su alma una tranquilidad, una calma tan absoluta como sea posible; intentad convertiros en ciegos y sordos ante todo cuanto os rodea; vigilad atentamente para que la representación evocada os despierte un sentimiento en el alma. Dejad que este sentimiento ascienda por vuestro ser como una nube asciende en el horizonte de un cielo perfectamente límpido. Naturalmente, por regla general, la observación será suspendida por el hecho de que no se pueda observar durante el tiempo necesario, en su estado de deseo, al hombre sobre el que se dirige la atención. Es preciso recomenzar cien veces, si hace falta este ejercicio, si no se obtienen resultados; pero no hay que perder la paciencia. Finalmente, sentid cómo asciende en vuestro interior el sentimiento correspondiente al estado de ánimo de aquél a quien están observando. Después de un cierto tiempo, advertirán que este sentimiento desarrolla en vuestra alma una fuerza que dará nacimiento a la “visión espiritual” de los estados interiores. Verán aparecer en su campo visual una imagen que produce una impresión luminosa; esta imagen luminosa, de naturaleza espiritual, constituye la manifestación “astral” del estado del deseo observado. También en esta ocasión podemos comparar esta imagen con una llama que experimentada como de una coloración roja amarillenta en el centro y azul rojiza o lila en su contorno. Todo depende a continuación del tacto con que se rodeen estas visiones espirituales. En primer lugar, lo mejor es no hablar de ellas a nadie, salvo, eventualmente, al propio guía, si es que se tiene un guía. Porque se intenta describir torpemente, mediante palabras, un fenómeno de este género, a menudo se puede ser presa de muy crueles desilusiones. Porque se emplean palabras corrientes que no convienen en absoluto a semejantes temas, a cuyo respecto resultan demasiado groseras. Por consiguiente, al intentar describir así estas experiencias, se siente uno tentado a mezclar visiones auténticas con espejismos de toda laya.
Una vez más, se impone el discípulo, en este punto, una regla importante: aprende a guardar silencio sobre tus visiones. Sí, has de saber callarte incluso delante de ti mismo. Lo que hayas visto en espíritu, no intentes ni expresarlo en palabras ni interpretarlo mediante torpes razonamientos. Entrégate sin prejuicios a tu visión espiritual, y cuida de no turbarla con demasiadas reflexiones. Piensa que, en efecto, tus reflexiones no estarán al principio, en modo alguno, en armonía con lo que hayas visto. Hasta este momento, no han sido alimentadas más que por impresiones limitadas al mundo de lo físico. Ahora bien, tus experiencias actuales superan con mucho esos límites. No intentes pues aplicar a estas nuevas y más elevadas experiencias una medida adaptada a las antiguas. Es necesario haber adquirido mucha firmeza y seguridad en la experiencia interior para poder hablar de ella de una forma que resulte provechosa para los demás.
A este ejercicio, debe venir a unirse otro que lo completa. Es preciso observar de la misma manera cómo se comporta un hombre que acaba de satisfacer uno de sus deseos, de colmar una de sus esperanzas.
Si se observan las mismas reglas y las mismas precauciones que hemos aconsejado para el caso precedente, se accederá igualmente a una visión espiritual del fenómeno. Se observará una forma espiritual semejante a una llama, que comunica el sentimiento de ser amarilla en el centro y verdosa en su contorno.
Mediante una observación de este tipo, aplicada a los semejantes, se puede fácilmente caer en una falta moral grave: se puede volver uno insensible, incapacitado para el amor. Evitar a toda costa que ocurra así. Para llevar a cabo semejantes observaciones, es preciso haber alcanzado el punto de evolución en que se posee una certidumbre absoluta: el punto en el que los pensamientos son realidades.
Si se está convencido de esto, ya no se debe uno permitir tener, con respecto a los demás, pensamientos que no sean conciliables con el más profundo respeto por la dignidad y la libertad humana. La idea de que un hombre pueda convertirse para nosotros en nada más que un objeto de observación no debe poseernos un solo instante. La educación de uno mismo debe siempre caminar pareja con la observación ocultista del ser humano. Esta educación es la que nos permitirá afirmar sin reserva el derecho de cada hombre a ser él mismo; consideraremos el alma de otro como un santuario, inviolable por nosotros tanto en pensamiento como en sentimiento; un sentimiento de respeto sagrado nos penetra con respecto a todo fenómeno humano, inclusive cuando sólo es evocado a través del recuerdo.
Por el momento, todavía no es posible dar aquí más que dos ejemplos de lo que se debe a la iluminación en lo concerniente la naturaleza humana; ello basta, por otra parte, para demostrar el camino por el que hay que avanzar.
Quien pueda asegurarse ese silencio y esa calma interior que son indispensables para llevar a cabo con éxito estos ejercicios, logra ya, por esto sólo, operar una gran transformación en sí. Y esta transformación enriquece hasta tal punto su vida interior que confiere tranquilidad y seguridad hasta en el comportamiento externo, que, a su vez, tiene su repercusión sobre el alma.
Será así como esta persona avanzará, y como encontrará los medios de descubrir cada vez más los aspectos de la naturaleza humana que permanecen ocultos para los sentidos externos. Y alcanzará un día la madurez requerida para sumergir su mirada hasta en aquellas relaciones misteriosas que ponen al hombre en armonía con todo cuanto existe en el universo.
Situado en esta vía, el hombre no deja de aproximarse al momento en que va a poder dar sus primeros pasos en al iniciación. Pero, antes de que pueda darlos, todavía es necesaria otra cosa; una cosa cuya necesidad el discípulo es posible que no comprenda hasta más tarde. Pero llegará a comprenderla, eso es seguro.
En efecto, lo que el candidato a la iniciación debe llevar consigo es un valor perfecto y, en una cierta medida, una ausencia total del miedo. Por tanto, se deben buscar las ocasiones favorables para el desarrollo de estas virtudes. Deben ser sistemáticamente cultivadas en el curso del entrenamiento oculto. De hecho, la vida misma es una excelente escuela para esto, tal vez la mejor. Saber mirar de frente al peligro, intentar superar las dificultades sin vacilación, de todo esto hay que ser capaz.
Por ejemplo, frente a un peligro, él debe inmediatamente aferrarse a un sentimiento como éste: “Mi angustia no servirá para nada; tengo que liberarme de ella para concentrarme en lo que debo hacer”. Debe llegar por este medio a un estado que le permita, frente a situaciones que antes le causaban ansiedad, sentir en lo más profundo de su ser que la ansiedad y el desánimo se han convertido para él en algo completamente imposible. Mediante esta educación de sí mismo, el discípulo despierta en sí determinadas fuerzas de las que tiene necesidad para ser iniciado en los misterios más elevados. De la misma manera que el hombre físico tiene necesidad de fuerza nerviosa para emplear sus sentidos físicos, el hombre psíquico tiene necesidad de una fuerza que no se desarrollaba más que en las naturalezas intrépidas y animosas. Aquel que penetra en los misterios superiores ve un cierto número de cosas que las ilusiones de los sentidos ocultan a la visión ordinaria. Y, precisamente, cuando los sentidos físicos nos impiden ver las verdades superiores, estas trabas constituyen un beneficio para el hombre ordinario. Gracias a ellas, efectivamente, permanecen ocultas determinadas cosas que podrían producir perturbaciones sin límites en aquellos que, por no estar preparados, no podrían soportar su vista.
El investigador espiritual debe volverse capaz de soportar estos espectáculos. Pierde un cierto número de apoyos en el mundo exterior. El era justamente deudor de estos apoyos en la ilusión sensible que le cautivaba. Las cosas pasan literalmente como si se le señalara bruscamente a alguno un peligro al que se encontrase expuesto desde hacia mucho tiempo pero sin saberlo. Anteriormente, no temblaba; pero, ahora que lo sabe, el miedo le sobrecoge, aunque el peligro no haya empeorado por el hecho de que se haya tomado conciencia de él.
Las fuerzas del universo son una naturaleza que a la vez destruye y edifica; el destino de todo cuando existe exteriormente es nacer y morir. Quien posee el conocimiento debe sumergir su mirada en el juego de las fuerzas, el movimiento de este destino. Para esto es preciso que aparte el velo que habitualmente oscurece su visión espiritual. Pero el hombre mismo está mezclado a la acción de estas fuerzas y de este destino. Estas fuerzas, constructivas y destructivas, las encuentra en su propia naturaleza. Tan desnuda como se le aparezca al vidente la vida, se le aparecerá también su propia alma. Frente a este conocimiento de sí mismo, el estudiante no debe perder sus fuerzas. Para que no le falten, es necesario que las tenga sobreabundantemente; y a tal fin debe aprender a conservar la calma y la tranquilidad interiores en las circunstancias más difíciles de la vida. Debe edificar en sí mismo una confianza inconmovible en las fuerzas positivas, buenas, de la existencia, y tomar la determinación de perder un cierto número de impulsos que hasta entonces le hacían actuar. Se da cuenta de que a menudo ha pensado y actuado por pura ignorancia y que los móviles que antes le impulsaban en adelante le faltan.
Por ejemplo: a menudo ha actuado por vanidad y por amor propio; ahora constata que ni la vanidad ni el amor propio tienen ningún valor para el que sabe. A menudo ha actuado por codicia y ambición y ahora constata que tal tipo de deseos y motivaciones causan verdaderos estragos. Necesitará pues de nuevos móviles para sus acciones, para sus pensamientos, y es en estos momentos cuando deben intervenir el valor y la ausencia total del miedo.
Principalmente conviene cultivar este valor y esta intrepidez en lo más profundo de la vida de los pensamientos. Nunca un fracaso debe arrastrar al desánimo. Cada vez, debe recurrir a este pensamiento: “Olvidaré que a menudo he fracasado ya en esta empresa y voy a recomenzar mi tentativa como si nunca lo hubiese intentado hasta ahora”. De este modo, adquiere la convicción de que la fuente de la que puede sacar fuerzas es inagotable en el universo. Aspira al mundo espiritual que está dispuesto a ayudarle, a sostenerle, tan pronto como se haya revelado a sí mismo la debilidad de su ser terreno. Se vuelve capaz de encaminarse hacia el porvenir y no se deja turbar en su marcha hacia delante por el recuerdo de ninguna experiencia del pasado.
Si alguno posee, hasta cierto grado, las cualidades que acabamos de describir, es señal de que está maduro para entender los verdaderos nombres de las cosas que constituyen la clave del conocimiento superior. Porque la iniciación consiste en conocer las cosas del universo por el nombre que ellas tienen en el espíritu de sus divinos autores. En estos nombres residen los misterios de las cosas. Si los iniciados hablan una lengua distinta a la de los profanos es porque pueden dar a los seres el apelativo que sirvió para crearlos.
Nuestro próximo capítulo tratará de la iniciación misma, en la medida, naturalmente, en que esto es posible.
*- Si se objetase por alguien que, al examen microscópico, el objeto real llega a distinguirse de la imitación, con ellos se demostraría solamente que no se ha comprendido el verdadero objetivo de estos ejercicios; lo esencial no es tanto el objeto real, sensible, que se tiene ante sí, cuanto el impulso de desarrollar a partir de él las fuerzas latentes en el alma y en el espíritu.

GA010 los grados de iniciación

LOS GRADOS DE INICIACION I

Las consideraciones que vamos a hacer a continuación constituyen los elementos de una disciplina espiritual cuyo nombre y naturaleza se presentarán claramente a todos aquellos que sepan aplicarlos como es debido.
Se relacionan con los tres grados que la escuela de la vida espiritual hace franquear para llevar a un cierto nivel de iniciación. Naturalmente, aquí sólo se encontrará lo que puede ser expuesto al público.
Se trata de indicaciones que han sido extraídas de un aprendizaje íntimo, mucho más profundo. El propio entrenamiento de lo oculto hace pasar por una formación muy precisa. Determinados ejercicios tienen por finalidad poner el alma del discípulo conscientemente en relación con el mundo espiritual. Estos ejercicios se relacionan con el contenido de este libro casi como la enseñanza de una escuela superior, cuyo reglamento es muy severo, se relaciona con los conocimientos elementales impartidos ocasionalmente en una escuela preparatoria. Y sin embargo, si se ponen en práctica con conciencia y perseverancia las indicaciones que aquí se encontrarán, el resultado será que se desembocará en una auténtica formación oculta, mientras que un intento prematuro, emprendido sin poseer estas cualidades de conciencia y perseverancia, no daría lugar al menor resultado apreciable.
El trabajo oculto no puede tener éxito más que si se tienen en cuenta las condiciones descritas más arriba y se continúa avanzando según estas premisas.
Los grados establecidos por la tradición a la que nos hemos referido son los tres siguientes:
1- La preparación.
2- La iluminación.
3- La iniciación.
No es absolutamente necesario que estos tres grados se sigan en un orden riguroso; no hace falta que el primero sea franqueado enteramente antes que el segundo, y éste antes que el tercero. En ciertos aspectos, se puede participar ya en la iluminación, inclusive parcialmente en la iniciación, mientras que en otros se encuentre uno todavía en la etapa de la preparación. Sin embargo, es necesario haber consagrado un cierto tiempo a la preparación antes de que pueda apuntar siquiera una iluminación. Y esta iluminación debe haberse producido por lo menos sobre ciertos puntos si se quiere abordar la iniciación. Pero, para simplificar la descripción, describiremos aquí los tres grados, uno a continuación del otro.

La preparación.

La preparación consiste en un entrenamiento muy particular de la vida de los sentimientos y de los pensamientos. Este entrenamiento dota al “cuerpo” del alma y al “cuerpo” del espíritu de instrumentos, es decir, de sentidos y de órganos de actividad de naturaleza superior, de la misma manera que las fuerzas de la naturaleza extraen de la materia viva indiferenciada los órganos de los que está provisto el cuerpo físico.
Para comenzar, hay que dirigir la atención hacia ciertos fenómenos del mundo que nos rodea. Estos fenómenos son, de una parte, los de la vida en estado de germinación, de crecimiento y de expansión; de otra parte, los que presentan una vida que se marchita, se mustia, languidece. Por todas partes por donde se mire aparecen semejantes fenómenos. Por todas partes despiertan naturalmente sentimientos y pensamientos. Pero, en las circunstancias ordinarias, el hombre no se entrega suficientemente a estos sentimientos y a estos pensamientos; experimenta con demasiado apremio la necesidad de pasar de una sensación a otra. Ahora bien, se trata ahora de dirigir su atención sobre estos fenómenos con intensidad y con plena conciencia. Allí donde encuentra el crecimiento y la floración bajo una forma bien caracterizada, el hombre debe desterrar de su alma toda impresión extraña y, durante algunos instantes, abandonarse exclusivamente a esta sensación única. Pronto constatará que un sentimiento que en otras circunstancias, anteriormente, no habría hecho más que atravesar su alma, crece dentro de él y adopta una forma poderosa y segura; que él deja ahora vibrar en sí con la calma requerida el eco de este sentimiento y que logre que se instale en su alma un silencio perfecto; que se aísle del resto del mundo para seguir únicamente los que brotan en él como respuesta al fenómeno del crecimiento y de la expansión.
Pero que sobre todo no crea que el progreso consiste en embotar sus sentidos respecto al mundo. Por el contrario, antes que nada debe observar con toda intensidad y tanta exactitud como sea posible el objeto exterior. A continuación, sólo que se entregue a los sentimientos así despiertos, a los nuevos pensamientos que ascienden a su alma. El objeto del ejercicio es concentrar la atención simultáneamente sobre las dos cosas: el fenómeno exterior y su eco interior, y esto en un perfecto equilibrio de fuerzas. Si se encuentran la calma necesaria y con el tiempo, se abandona a los movimientos suscitados de esta forma en el alma, se tendrá la experiencia siguiente: se verá germinar en sí todo un nuevo orden de sentimientos y de pensamientos que nunca, antes, se había conocido. Cuanto más se dirija la atención, tanto sobre las cosas que se marchitan, languidecen y mueren, más también estos sentimientos adquirirán vitalidad. Gracias a estos sentimientos y a estos pensamientos se edificarán los órganos de la clarividencia, al igual que los oídos y los ojos del cuerpo físico se construyen, bajo la acción de las fuerzas de la naturaleza, con la sustancia que deviene materia viviente. Sentimientos de una forma completamente particular van unidos al crecimiento y al devenir; otros sentimientos no menos precisos van unidos al decrecimiento y al ajamiento, pero sólo cuando el cultivo de estos sentimientos se ha procurado de la manera descrita.
Es posible ofrecer una descripción aproximada de ellos. Cualquiera puede hacerse personalmente una representación completa de cómo son, si ha pasado por estas experiencias. Si usted ha aplicado a menudo su atención a los fenómenos del devenir, de la expansión, de la floración, experimentará algo que presenta analogías lejanas con la impresión que produce una salida del sol. Y, a la vista de lo que se marchita, languidece y se mustia, se experimentará un sentimiento que recuerda el lento ascenso de la luna por encima del horizonte. Estos dos sentimientos son dos fuerzas que, mediante un entrenamiento apropiado, mediante una práctica cada vez más viva, conducen a resultados espirituales de la mayor importancia.
El que se entrega a este entrenamiento con perseverancia, regularidad y método, ve abrirse ante él un mundo nuevo: el mundo psíquico, lo que se llama el mundo astral, comienza a levantarse, a iluminarse como una aurora. El crecimiento y el decrecimiento no son ya para él, como anteriormente, unos hechos que le despiertan unas sensaciones vagas, sino realidades que se expresan en líneas y en figuras espirituales, cuya existencia no se había sospechado con anterioridad. Además, estas líneas y estas figuras adquieren nuevos aspectos para cada nuevo fenómeno: una flor en el momento de abrirse hace surgir mágicamente una figura precisa, de la misma manera que un animal en vías de crecimiento, o un árbol que se está marchitando, tienen también su figura correspondiente.
Poco a poco, el mundo psíquico (o astral) se despliega lentamente delante de él. En estas líneas y estas figuras no hay nada de arbitrario. Dos investigadores que se encuentren en el mismo grado de entrenamiento percibirán líneas y figuras idénticas para el mismo fenómeno. Del mismo modo que, con toda certeza, dos hombres que estén dotados de una visión normal ven redonda una mesa redonda y no es posible que uno la vea redonda y el otro cuadrada; del mismo modo, digo, podemos estar seguros de que la misma figura espiritual se le aparece a dos almas que contemplan una flor que se abre.
De la misma manera que la historia natural describe las formas de las plantas y los animales, un hombre versado en la ciencia de lo oculto describe o dibuja las formas espirituales de los seres en vías de crecimiento o de extinción.
Cuando es estudiante ha llegado al punto de poder contemplar bajo su forma espiritual fenómenos igualmente perceptibles por sus ojos físicos, no está ya muy lejos de poder ver cosas que no tienen ninguna existencia física y que, por consiguiente, permanecen íntegramente escondidas (ocultas) para todo aquel que ignora la ciencia secreta.
Es preciso insistir sobre un punto: el investigador no debe perderse en reflexionar respecto al significado de lo que ve. Este trabajo intelectual no le serviría más que para apartarle del buen camino. Lo que tiene que hacer es abrirse al mundo sensible sin prevención, con buen sentido, con penetración, y abandonarse después a sus propios sentimientos. En cuanto a lo que significan las cosas no es a él a quien le toca deducirlo con sus especulaciones; que intente más bien comprender lo que le dicen estas cosas en su lenguaje *.
Otro punto importante es el que la ciencia secreta denomina orientación en los mundos superiores. A ella se accede penetrándose enteramente de la conciencia de que los sentimientos y los pensamientos son hechos reales, con el mismo derecho que las sillas, las mesas u otros objetos lo son en el mundo físico. En el mundo de las almas y en el mundo de las ideas se produce una reciprocidad de acciones y de reacciones como en el mundo sensible se producen entre las cosas físicas. Mientras no se esté completamente penetrado de esta convicción no se podrá creer que un pensamiento erróneo puede hacer tanto mal a los otros pensamientos que animan el espacio mental como el disparo de luna bala a ciegas sobre los objetos físicos que alcance con su impacto. Muchas personas que quizá no podrían jamás llevar a cabo una acción que consideren como contrarias a la razón, no verán ningún mal en alimentar pensamientos o sentimientos falsos que creen que no tienen ningún efecto sobre el resto del mundo. Sin embargo, no se progresará en la ciencia oculta si no se vigilan los propios pensamientos y sentimientos con tanta atención como en el mundo físico se tiene cuidado de dónde se pone el pie. Si usted ve un muro, con seguridad que no intentará avanzar a su través, sino que lo rodeará, dirigiendo sus pasos según las leyes que rigen el mundo físico
LOS GRADOS DE INICIACIÓN-II
Ahora bien, existen leyes semejantes en el mundo de las almas y los espíritus. Pero allí ellas no se imponen desde el exterior, sino que deben emanar de la vida del alma. La forma de observar esas leyes es abstenerse en todo momento de pensamientos y de sentimientos deformados. En adelante, hay que prohibirse pues dejarse llevar por las ensoñaciones, ceder al juego de la imaginación, al capricho de los sentimientos. No empobrecerse de ese modo la sensibilidad o, de lo contrario, se constatará que los sentimientos no se hacen lo suficientemente ricos y la imaginación no se hace verdaderamente creadora; esto sólo se consigue si se controla el curso de la vida interior. En lugar de un sentimentalismo pueril y de arbitrarias asociaciones de ideas, surgen sentimientos llenos de sentido y pensamientos fecundos. Estos sentimientos y estos pensamientos disciplinados permiten al hombre orientarse en el mundo espiritual. Aprender a establecer relaciones justas entre sí mismo y las realidades del espíritu. Esta disciplina tiene las consecuencias precisas. Del mismo modo que, en la vida física, se encuentra el camino a través de cosas físicas, ahora debe saberse orientar entre los fenómenos de crecimiento y de marchitamiento que acaba de profundizar de la manera descrita con anterioridad. En adelante se observara todo cuanto brota y se extingue, todo lo que florece y muere, como lo exige el propio bien del hombre y el del universo.
El investigador debe después cultivar las relaciones con el mundo de los sonidos. Hay que distinguir entre los sonidos debidos a objetos inanimados (un cuerpo que cae, el repicar de una campana, el sonido de un instrumento musical) y los sonidos emitidos por un ser viviente, animal y hombre. Oír el repique de una campana es percibir únicamente el sonido y experimentar por su causa un sentimiento agradable; pero oír el grito de un animal es, además de este sentimiento, discernir también, detrás de ese sonido, la manifestación de lo que el animal siente en su interior, placer o sufrimiento.
Es de este segundo tipo de sonidos de los que se debe ocupar el discípulo. Debe aplicar toda su atención para recibir, de aquel sonido que oye, una información sobre un acontecimiento que ocurre fuera de él mismo; debe sumergirse en un elemento extraño; debe ligar estrechamente su sentimiento al dolor o a la alegría que ese sonido le revela, hacer abstracción de sí mismo sin buscar si para él el sonido es o no agradable, placentero o antipático. Solamente una cosa debe ocupar al alma: lo que ocurre en el interior del ser que emite el sonido. Mediante estos ejercicios, concebidos metódicamente, se adquiere la facultad de vibrar, por así decir, al unísono con otro ser.
Un hombre dotado de sentido musical encontrará que este cultivo de su sensibilidad le resulta más fácil que para aquél que no lo está; pero, sobre todo, no hay que creer que el sentido musical reemplaza por sí solo la necesaria disciplina.
El estudiante debe aprender a experimentar, a sentir de este modo la naturaleza entera. Por este medio, siembra gérmenes nuevos en el mundo de ideas y de sus sentimientos. La naturaleza comienza entonces a revelar sus misterios por mediación de los sonidos que expresan la vida. Así, lo que con anterioridad no era para el alma más que un ruido ininteligible se convierte en un lenguaje pleno de sentido. Allí donde antes no se creía percibir más que un sonido— las resonancias de los cuerpos llamados inanimados — el discípulo comienza a percibir ahora un nuevo lenguaje del alma; si se progresa en este cultivo de los sentimientos, pronto se constatará que se pueden oír determinados sonidos cuya existencia ni siquiera se había sospechado antes. Es que se comienza a oír con el alma.
Para aquellos que alcanzan la cima de lo que se puede obtener en este dominio, hay que añadir un nuevo progreso. Para ellos, resulta muy importante la manera cómo escucha a los demás. Es preciso que se acostumbren a hacerlo de tal suerte que, durante el tiempo que están escuchando a quienes les hablan, todo se calle en su interior.
Por ejemplo, si alguien expresa una opinión y se le está escuchando, por lo general, en uno se despierta una reacción, sea de aprobación, de objeción, o de rechazo, y mucha gente se sentirá impulsada a expresar, su acuerdo, su crítica, o su total desacuerdo. Es necesario llegar a reducir al silencio tanto la expresión de asentimiento, como de refutación o de simple comentario.
Naturalmente, no se trata de cambiar completamente y de golpe la propia manera de ser, ni de intentar continuamente hacer reinar en el fondo de sí ese perfecto silencio interior. Hay que comenzar por observarlo en ciertos casos particulares, elegidos con discernimiento. Después, poco a poco, esta manera de escuchar se implantará entre las costumbres de uno.
Este ejercicio se practica metódicamente en la investigación espiritual. Uno se obliga primero, a plazo fijo, a prestar oído atento a los pensamientos más contradictorios y a abstenerse, cuando se les está escuchando exponer, de todo juicio reprobador. Pero, entiéndase bien: no se trata solamente —y eso es lo verdaderamente importante— el prohibirse expresar un juicio razonado; es absolutamente necesario reprimir toda impresión de disgusto, de alejamiento e inclusive de atracción. El estudiante debe en particular observarse a sí mismo con penetración, a fin de evitar que estas tendencias, que quizá, aparentemente, han desaparecido, no persistan muy en el trasfondo del alma. Deberá, por ejemplo, oír hablar a personas que en un cierto sentido, le son muy inferiores (en preparación cultural, en especialización sobre un determinado tema), y reprimir durante todo ese tiempo cualquier sombra de sentimiento de superioridad, de suficiencia. En este orden de ideas, para todos resultará útil escuchar de esta manera a los niños. Hasta el hombre más sabio puede aprender de los pequeños una inmensa lección.
Así, el hombre llega a saber escuchar a otro con un desasimiento perfecto, un desprendimiento completo, una abstracción total de su propia persona, de su manera de ver y de sentir.
Si de este modo se ejercita en escuchar sin espíritu crítico, entonces, aunque se exprese delante de él la opinión más contraria a la que él pueda tener sobre una determinada materia, la idea más descabellada, la hipótesis más extravagante, poco a poco aprende a fundirse enteramente con la individualidad de otro ser, a penetrar completamente dentro de él.
A través de las palabras, pueden oírse la voz interior de otra alma. Si se perseverase en un ejercicio de este género, el sonido se convertiría para él en el mejor agente para percibir el alma y el espíritu. Para ello es preciso sin duda un gran dominio de sí mismo, y se termina siendo conducido a un fin elevado. Sobre todo, cuando este ejercicio se lleva a cabo, alcanzan a escuchar a la naturaleza mediante el arte de escuchar, un nuevo sentido del oído se despierta: se vuelve uno capaz de captar informaciones que emanan del mundo espiritual y que no logran expresarse a través de los sonidos exteriores, perceptibles por el oído físico. Entonces se oye “el verbo interior” y se revelan a uno progresivamente verdades de origen espiritual. Se escucha “en espíritu” *.
Todas las más altas verdades son accesibles a este “verbo interior”; es de esta manera como se puede llegar a tener conciencia de las enseñanzas que se pueden recoger de todo verdadero investigador.
Esto no quiere decir que sea inútil entregarse al estudio de obras concernientes a la ciencia oculta antes de haber logrado percibir este lenguaje interior. Por el contrario, leyendo estos escritos, escuchando la enseñanza de los Maestros, se prepara uno para acoger en sí mismo el conocimiento.
Todo elemento de ciencia oculta que se oye está hecho para dirigir hacia el objetivo, hacia la meta, una meta que se alcanzará si el alma hace verdaderos progresos.
A todo lo que llevamos dicho debe pues añadirse lo más pronto posible el estudio celoso de la ciencia comunicada por los ocultistas. En todo entrenamiento, este estudio forma parte de la preparación; y se haría muy bien en emplear todos los demás medios, pues no se lograría nada si no se lograra asimilar las enseñanzas ocultas. Porque ellas proceden del “verbo interior” viviente, ya que ellos vienen impulsados hacia las fuentes vivas de la revelación directa; por todo esto, digo, ellos poseen en efecto una vida espiritual.
Y éstas no son simples palabras, sin fuerzas de vida. Mientras que se sigan las palabras de un Iniciado, mientras que se lea un libro inspirado en una verdadera experiencia interior, una serie de fuerzas actuaran en cada uno, las cuales pueden hacernos clarividentes con tanta seguridad como las fuerzas de la naturaleza física han sacado de la substancia viviente los ojos y los oídos.
*-1 Es necesario hacer notar que la sensibilidad artística, si va unida a una naturaleza meditativa y concentrada, es la mejor condición para el desarrollo de las facultades espirituales. La sensibilidad artística tiene, en efecto, el poder de penetrar bajo las apariencias para descubrir el misterio de las cosas.
*-2 Sólo se puede oír la voz de los Seres superiores de los que habla la ciencia de lo oculto si se ha vuelto uno capaz de escuchar así, desde el interior, en medio de un total silencio, sin la menor ráfaga de opinión personal, lo que se dice delante de nosotros. Estos seres del mundo espiritual se callan también durante tanto tiempo como se logra proyectar todavía sobre todos los sonidos que se oyen, la reacción de los sentimientos personales.

GA234 Dornach, 19 de Enero de 1924 Introducción a la Antroposofia ¿Que anhela el ser humano hoy?


Antroposofía, Introducción


Índice

¿QUE ANHELA EL SER HUMANO HOY?

GA 0234 Conferencia I Dornach 19 de Enero de 1924


Al intentar dar una especie de introducción a la Antroposofía, procuraré indicar, en la medida de lo posible, la forma en que puede presentarse al mundo de hoy. Permítanme comenzar, sin embargo, con algunas observaciones preliminares. Por lo general no tenemos suficiente consideración para con lo espiritual como realidad viviente; Y una realidad viviente debe ser comprendida en la plenitud de la vida. Al sentirnos miembros de la Sociedad Antroposófica y portadores del Movimiento, no debemos actuar cada día suponiendo que el Movimiento Antroposófico acaba de comenzar. De hecho, ha existido durante más de dos décadas, y el mundo ha tomado una actitud hacia ella. Por lo tanto, sea cual sea la postura que tomen ante el mundo como antropósofos, deben tener esto en mente. La sensación de que el mundo ya ha adoptado una actitud hacia la antroposofía debe dejarse en segundo plano. Si no tienen esa sensación y piensan que pueden simplemente presentar el asunto en un sentido absoluto -como uno podría haberlo hecho hace veinte años- se encontrarán cada vez más presentando la Antroposofía con un tinte falso. Esto se ha hecho bastante a menudo, y es hora de que se detenga. Nuestra reunión de Navidad deberá marcar un comienzo en la dirección opuesta; No debe permanecer ineficaz, como ya he indicado en muchas direcciones diferentes.
Por supuesto, no podemos esperar que cada miembro de la Sociedad desarrolle, de una u otra manera, nuevas iniciativas, si así no está constituido. Podría decirlo de esta manera: Todo el mundo tiene derecho a seguir siendo un miembro pasivamente interesado, contento de recibir lo que se le da. Pero cualquiera que comparta, de cualquier manera, la antroposofía ante el mundo, no puede ignorar lo que acabo de explicar. Desde ahora en adelante la verdad completa debe gobernar en palabras y hechos.
Sin duda repetiré muchas veces tales comentarios preliminares. Comenzaremos ahora una especie de introducción a la visión antroposófica del mundo.
Quien decida hablar de Antroposofía debe asumir, en primer lugar, que lo que quiere decir es realmente justo lo que el corazón de su oyente se está diciendo. De hecho, ninguna ciencia basada en la iniciación ha tenido la intención de proferir nada excepto lo que realmente ya estaba hablando en el corazón de aquellos que deseaban oírlo. Satisfacer las necesidades más profundas de los corazones de aquellos que requieren la antroposofía debe ser, en el sentido más pleno, la nota fundamental de toda presentación de esta.

Si observamos hoy a aquellos que superan el aspecto superficial de la vida, encontramos que los antiguos sentimientos, presentes en cada alma humana de época en época, han revivido. En su vida subconsciente, los hombres y mujeres de hoy albergan serias preguntas. Ni siquiera pueden expresarlas en pensamientos claros, y mucho menos encontrar respuestas en lo que el mundo civilizado les pueda ofrecer; Pero estas preguntas están ahí, y un gran número de personas las sienten profundamente. De hecho, estas preguntas están presentes hoy en todos los que realmente piensan. Pero cuando las formulamos con palabras aparecen, al principio, extravagantes. A pesar de, estar tan cerca, tan íntimamente cerca del alma de todo hombre pensante.
Podemos comenzar con dos preguntas elegidas de entre todos los enigmas que abruman al hombre hoy. La primera se presenta ante el alma del hombre cuando contempla el mundo que le rodea y su propia existencia humana. Ve a los seres humanos entrar en la vida terrenal a través del nacimiento; Ve transcurrir la vida entre el nacimiento (o concepción) y la muerte física, y sujeta a múltiples experiencias, interiores y exteriores; Y ve la naturaleza externa con toda la plenitud de impresiones a las que se enfrenta el hombre y que gradualmente llenan su alma.
Tenemos un alma humana en un cuerpo humano. Hay una cosa que el alma ve antes que todas las demás cosas: que la naturaleza recibe para sí misma todo lo que alma humana percibe de la existencia física, terrenal. Cuando el hombre ha pasado por el portal de la muerte, la naturaleza recibe el cuerpo humano ¿Y qué hace la naturaleza con este cuerpo físico? Disgrega sus elementos uno tras otro (no hace diferencia si a través del entierro o la cremación), lo destruye. No solemos estudiar los caminos que toman las sustancias individuales del cuerpo. Pero si hacemos observaciones en lugares donde se ha practicado un tipo peculiar de entierro, profundizamos esta impresión mediante el estudio de lo que la naturaleza hace con la parte física y sensible del hombre cuando ha pasado por el portal de la muerte. Ustedes saben que hay bóvedas subterráneas donde los restos humanos que se han mantenido aislados, se secan. ¿Y qué queda después de cierto tiempo? Una forma humana distorsionada que consiste en carbonato de cal, que está desintegrado interiormente. Esta masa de carbonato de cal todavía se asemeja, en una forma distorsionada, al cuerpo humano, pero si se le sacude un poco, se vuelve polvo.
Esto nos ayuda a comprender vívidamente la experiencia del alma al ver lo que sucede con el instrumento físico con el cual el hombre hace todas las cosas entre el nacimiento y la muerte. Luego nos dirigimos a la Naturaleza, a la que debemos todo nuestro conocimiento y discernimiento, y decimos: La naturaleza, que produce en su seno las más maravillosas formas de los cristales, que cada primavera hace brotar las plantas, aun en ciernes despues de un largo invierno, que mantiene durante décadas los árboles con su corteza y cubre la tierra con especies animales de los más diversos tipos, desde las bestias más grandes hasta los bacilos más pequeños, que eleva sus aguas a las nubes y sobre las cuales las estrellas envían sus misteriosos rayos - ¿Cómo se relaciona este reino de la Naturaleza al cual el hombre, como parte de ella, lleva consigo entre el nacimiento y la muerte? Ella lo destruye, lo reduce a polvo sin forma.
Para el hombre, la naturaleza con sus leyes es la destructora. Aquí, por un lado, está la forma humana; La estudiamos en todo su esplendor. Es, de hecho, maravillosa, porque es más perfecta que cualquier otra forma, que se pueda encontrar en la tierra. Allí, por otra parte, está la Naturaleza con sus piedras, plantas, animales, nubes, ríos y montañas, con todo lo que irradia desde ese mar de estrellas, con todo lo que desciende, como luz y calor, del sol a la tierra. Sin embargo, este mismo reino de la naturaleza no puede sostener la forma humana dentro de su propio sistema de leyes. [1] El ser humano ante nosotros se reduce a polvo cuando se le deja a su cargo. Vemos todo esto. No nos formamos ideas al respecto, pero esa imagen, está profundamente arraigada en nuestra vida de sentimientos. Cada vez que estamos en presencia de la muerte, este sentimiento se arraiga firmemente en la mente y en el corazón.
No es por un sentimiento meramente egoísta ni por una esperanza meramente superficial de supervivencia, que tome forma en la mente y el corazón una pregunta subconsciente -una pregunta de significación infinito para el alma, que determina su felicidad y su infelicidad, aun cuando no se exprese en palabras. Para nuestra vida consciente, todo lo que hace la felicidad o la infelicidad de nuestro destino en la tierra, es trivial en comparación con la incertidumbre del sentimiento engendrado por la visión de la muerte. Pues entonces la pregunta toma forma: ¿De dónde viene esta forma humana?
Miro el cristal maravillosamente formado, las formas de las plantas y los animales. Veo los ríos serpenteando sobre la tierra, veo las montañas, y todo lo que las nubes revelan y las estrellas envían a la tierra. Veo todo esto -dice el hombre-, pero la forma humana no puede venir de ninguna de estas. Éstas sólo tienen fuerzas destructivas para la forma humana, fuerzas que la convierten en polvo.
De esta manera la angustiosa pregunta se presenta a la mente y al corazón humanos: ¿Dónde está, entonces, el mundo del cual proviene la forma humana? Y al ver la muerte también surge la angustiosa pregunta: ¿Dónde está el mundo, ese otro mundo, del cual proviene la forma humana?
No digan, queridos amigos, que todavía no han oído esta pregunta formulada de esta manera. Si sólo escuchan lo que la gente pone en palabras de la conciencia de sus cabezas, no la escucharán. Pero si se acercan a la gente y esta les expone las quejas de sus corazones, si entienden el lenguaje del corazón, pueden escuchar la pregunta surgiendo desde su vida inconsciente: ¿Dónde está el otro mundo del cual proviene la forma humana? - porque el hombre, con su forma, no pertenece a este. La gente a menudo revela las quejas de sus corazones embargados por alguna trivialidad de la vida, considerándola desde varios puntos de vista y permitiendo que tales consideraciones coloreen toda la cuestión de su destino.
Así, se enfrenta el hombre al mundo que ve, a los sentidos y a los estudios, y sobre el cual construye su ciencia. Este, le proporciona la base para sus actividades artísticas y los fundamentos para su culto religioso. Se enfrenta a él; erguido sobre la tierra, sintiendo en lo profundo de su alma: Yo no pertenezco a este mundo; Debe haber otro de cuyo vientre mágico he nacido en mi forma actual. ¿A qué mundo pertenezco? Esto suena en los corazones de los hombres hoy. Es una pregunta integral; Y si los hombres no están satisfechos con lo que las ciencias le dan, es porque esta pregunta está ahí y las ciencias están lejos de tocarla. ¿Dónde está el mundo al que el hombre realmente pertenece? - porque no es el mundo visible.
Mis queridos amigos, sé muy bien que no soy yo quien ha pronunciado estas palabras. Sólo he formulado lo que dicen los corazones humanos. Ese es el punto. No se trata de aportar a los hombres algo desconocido a sus propias almas. Una persona que hace esto puede funcionar sensacionalmente; Pero para nosotros sólo puede ser cuestión de poner en palabras lo que las propias almas humanas están diciendo. Lo que percibimos de nuestros propios cuerpos, o en los de los demas, en la medida en que se hace visible, no tiene lugar apropiado en el resto del mundo visible. Podríamos decir: Ningún dedo de mi cuerpo pertenece realmente al mundo visible, puesto que éste solo contiene fuerzas destructivas para cada dedo.
Por lo tanto, para empezar, el hombre se encuentra ante el gran Desconocido, pero debe considerarse como parte de él. Con respecto a todo lo que no es el hombre, hay - espiritualmente - luz alrededor de él; En el momento en que mira hacia sí mismo, el mundo entero se oscurece, y él tantea en la oscuridad, llevando consigo el enigma de su propio ser. Y es lo mismo cuando el hombre se observa desde fuera, encontrándose como un ser externo dentro de la Naturaleza; No puede, como ser humano, entrar en contacto con este mundo.
Además: no son nuestras cabezas, sino las profundidades de nuestra vida subconsciente las que ponen las preguntas subsidiarias a la pregunta general que acabo de debatir. Al contemplar su vida en el mundo físico, que es su instrumento entre el nacimiento y la muerte, el hombre se da cuenta de que no podría vivir en absoluto sin tomar prestado continuamente este mundo visible.
Cada pedazo de comida que pongo en mi boca, cada sorbo de agua viene del mundo visible al que no pertenezco en absoluto. Yo no puedo vivir sin este mundo; Y sin embargo, si acabo de comer un bocado de alguna sustancia (que debe ser, por supuesto, una parte del mundo visible) e inmediatamente después paso a través del portal de la muerte, este bocado se convierte enseguida en parte de las fuerzas destructivas del mundo visible. Esto no me pasa mientras estoy vivo; Por consiguiente mi propio ser debe conservarlo ahí dentro. Sin embargo, mi propio ser no se encuentra en ninguna parte del mundo visible. Entonces, ¿Qué hago con el bocado de comida, con el trago de agua, que tomé en mi boca? ¿Quién soy yo que recibe las sustancias de la Naturaleza y las transforma? ¿Quién soy? Esta es la segunda pregunta y surge de la primera.
Cuando entro en relación con el mundo visible, no sólo camino en la oscuridad, sino que actúo en la oscuridad sin saber quién actúa, o quién es el ser que designo como yo. Me someto al mundo visible, pero no pertenezco a él.


Todo esto eleva al hombre por encima del mundo visible, lo que le hace aparecer como miembro de un mundo completamente distinto. Pero el gran enigma, la duda angustiosa se enfrenta a él: ¿Dónde está el mundo al que pertenezco? Cuanto más ha avanzado la civilización humana y más los hombres han aprendido a pensar intensamente, mas angustiosamente han sentido esta pregunta. Está profundamente arraigada en los corazones de los hombres de hoy, y divide el mundo civilizado en dos clases. Hay quienes reprimen esta pregunta, la ahogan, no la sacan de sus adentros. Pero sin embargo, sufren por ello, como un terrible anhelo por resolver este enigma del hombre. Otros se evaden frente a esta cuestión, dopándose a sí mismos con todo tipo de cosas de la vida exterior. Pero al mitigar este anhelo, matan en ellos el sentimiento de seguridad de su propio ser. El vacío viene sobre sus almas. Este sentimiento de vacío está presente en la subconsciencia de innumerables seres humanos de hoy.
Este es uno de los aspectos - la gran pregunta con la pregunta subsidiaria mencionada. Se presenta cuando el hombre se mira desde afuera, y sólo de manera oscura, subconsciente, percibe su relación con el mundo, como ser humano entre el nacimiento y la muerte.
La otra pregunta se presenta cuando el hombre mira a su propio ser interior. Aquí está el otro polo de la vida humana. Aquí los pensamientos, están copiando la naturaleza externa y el hombre través de ellos se forma representaciones. Desarrolla sensaciones y sentimientos sobre el mundo exterior y actúa sobre él a través de su voluntad. En primer lugar, dirige su mirada atrás a ese ser interior suyo, para enfrentarse a oleadas de pensamientos, de sentimientos y de impulsos de voluntad. Así se sitúa con su alma en el presente. Pero, además, están los recuerdos de experiencias sufridas, los recuerdos de lo que ha visto con anterioridad en su vida presente. Todo esto llena su alma. Pero, ¿Qué son? Pues bien, el hombre no suele formarse ideas claras de lo que retiene en su interior, sino que en su subconsciente se forman tales ideas.
Si bien es cierto, que un simple ataque de migraña disipa sus pensamientos, hace que su ser interior de inmediato sea un enigma. Su estado cada vez que se duerme, tendido inmóvil e incapaz de relacionarse, a través de sus sentidos, con el mundo exterior, hace que su ser interior se vuelva de nuevo un enigma. El hombre siente que su cuerpo físico debe estar activo pues entonces los pensamientos, los sentimientos y los impulsos de la voluntad surgen en su alma. Me aparto de la piedra que acabo de observar y que quizás tiene tal o cual forma cristalizada; Después de un intervalo de tiempo vuelvo a mirarla otra vez. Permanece tal como estaba. Sin embargo, surge mi pensamiento y aparece como una imagen en mi alma, y ​​se desvanece. Siento que es infinitamente más valiosa que los músculos y huesos que llevo en mi cuerpo. Sin embargo, es una mera imagen efímera; Mejor dicho, es menos que el cuadro pintado de una pared, porque este persistirá por un tiempo hasta que su sustancia se desmorone. Mi pensamiento, sin embargo, revolotea - entre imágenes que van y vienen continuamente. Y cuando miro el ser del interior de mi alma, no encuentro nada más que estas imágenes (o representaciones mentales). Debo admitir que mi vida del alma consiste en ellos.
Miro la piedra de nuevo. Está ahí fuera en el espacio; continua estando ahi. Me la imagino ahora, dentro de una hora, dentro de dos horas. Durante este tiempo, el pensamiento desaparece y debe renovarse siempre. La piedra, sin embargo, permanece afuera. ¿Qué sostiene la piedra de hora en hora? ¿Y qué es lo que permite a ese pensamiento fluctuar de hora en hora? ¿Qué mantiene la piedra de hora en hora? Por otra parte ¿Qué aniquila ese pensamiento una y otra vez para que se encienda nuevamente por la percepción exterior? Nosotros decimos que la piedra 'existe'; La existencia debe atribuirse a ella. La existencia, sin embargo, no puede ser atribuida al pensamiento. El pensamiento puede captar el color y la forma de la piedra, pero no por lo cual la piedra existe como piedra. Eso permanece externo a nosotros, sólo entra en el alma la mera imagen.
Lo mismo ocurre con cada cosa de la naturaleza externa en relación con el alma humana. En su alma, que el hombre puede considerar como su propio ser interior, se refleja toda la Naturaleza. Sin embargo, sólo tiene imágenes fugaces, una fina capa, como si se tratara de las superficies de las cosas; En estas imágenes el ser interior de las cosas no entra. Con mis imágenes mentales (o representaciones) paso por el mundo, apenas rozando por todas partes la superficie de las cosas. Lo que las cosas son, sin embargo, permanece fuera. El mundo externo no entra en contacto con lo que hay dentro de mí.
Ahora bien, cuando el hombre, a la vista de la muerte, se enfrenta al mundo que lo rodea de esta manera, debe decir: Mi ser no pertenece a este mundo, porque no puedo entrar en contacto con él mientras viva en un cuerpo físico. Además, cuando mi cuerpo entra en contacto con este mundo exterior después de la muerte, a medida que transcurre el tiempo, significa destrucción. Ahí, afuera, está el mundo. Si el hombre entra en el completamente, es destruido; No sufre su interior dentro de él. Tampoco puede entrar el mundo exterior en el alma del hombre. Los pensamientos son imágenes y permanecen fuera de la existencia real de las cosas. El ser de las piedras, el ser de las plantas, de los animales, las estrellas y las nubes - éstos no entran en el alma humana, el hombre está rodeado por un mundo que no puede entrar en su alma sino que permanece fuera.
Por un lado, el hombre permanece fuera de la Naturaleza. Esto deviene claro para el ser humano cuando traspasa el portal de la muerte. Por otro lado, la Naturaleza permanece externa a su alma.
En lo concerniente a sí mismo como objeto, el hombre se enfrenta a la inquietante pregunta sobre otro mundo. Contemplando lo que es más íntimo en su propio ser interior -sus pensamientos, imágenes mentales, sensaciones, sentimientos e impulsos de voluntad- ve que la Naturaleza, en la que vive, permanece externa a todos ellos. No la posee, ni le pertenece.
Aquí está el nítido límite entre el hombre y la naturaleza. El hombre no puede acercarse a la Naturaleza sin ser destruido; La naturaleza no puede entrar en el ser interior del hombre sin convertirse en una mera apariencia. Cuando el hombre se proyecta con el pensamiento en la naturaleza, se ve obligado a imaginar su propia destrucción; Y cuando mira dentro de sí mismo, preguntando: ¿Cómo está relacionada la Naturaleza con mi alma? Sólo encuentra la apariencia vacía de la Naturaleza.
Sin embargo, mientras el hombre lleva en sí todas estas apariencias de minerales, plantas, animales, estrellas, sol, nubes, montañas y ríos, mientras lleva grabada en su memoria la apariencia de las experiencias a las que se ha visto sometido con estos reinos de la Naturaleza, experimentando todo esto en su fluctuante mundo interior, su propia razón de ser emerge en medio de todo.
¿Cómo es esto? ¿Cómo experimenta el hombre esta razón de su propia existencia? Lo experimenta como algo así. Tal vez sólo puede expresarse en una imagen:
Imagínense que estamos mirando un vasto océano. Las olas se levantan y caen. Aquí hay una ola, allá otra ola; Hay olas por todas partes, debido a la agitación del mar. Una ola en particular, sin embargo, llama nuestra atención, porque vemos que algo está viviendo en ella, que no es meramente el agitarse del agua. Sin embargo, el agua rodea a este algo viviente por todos lados. Sólo sabemos que algo está viviendo en esta ola, aunque incluso aquí sólo podemos ver el agua que lo envuelve. Esta ola se parece a las otras; Pero la fuerza de su agitación, la fuerza con la que se eleva, da una impresión de algo especial viviendo en su interior. Esta ola desaparece y reaparece en otro lugar; y de nuevo el agua esconde lo que lo anima desde dentro.
Así es con la vida del alma del hombre. Las imágenes, los pensamientos, los sentimientos y los impulsos de la voluntad se agitan; Olas por todas partes. Una de las olas emerge en un pensamiento, en un sentimiento, en un impulso de la voluntad. El yo está dentro, pero oculto por los pensamientos, o sentimientos, o impulsos de la voluntad, como el agua esconde lo que está viviendo en la ola. En el lugar donde el hombre sólo puede decir: «Allí mi propio yo se agita», se enfrenta a meras apariencias; Él no sabe lo que él es. Su verdadero ser está ciertamente allí y es sentido y experimentado interiormente, pero estas "apariencias" en el alma lo ocultan, como el agua de la ola, al desconocido objeto vivo de las profundidades del mar. El hombre siente su verdadero ser escondido por las imágenes irreales de su propia alma. Es más, es como si quisiera aferrarse continuamente a su propia existencia, como si quisiera apoderarse de ella en algún momento, porque sabe que está allí. Sin embargo, en el mismo momento en que lo pudiese agarrar, este le esquivase. El hombre no es capaz, dentro de la vida fluctuante de su alma, de captar el ser real que sabe que es. Y cuando descubre que esta agitada vida irreal de su alma tiene algo que ver con ese otro mundo representado por la naturaleza, se queda más que nunca perplejo. El enigma de la naturaleza es, al menos, solo lo que está presente en la experiencia; El enigma de la propia alma del hombre no está presente en la experiencia porque está viva. Es, por así decirlo, un enigma viviente, porque a la pregunta constante del hombre: "¿Qué soy yo?" Responde poniendo una mera apariencia ante él.
Al contemplar su propio ser interior, el hombre recibe la respuesta constante: sólo te muestro una apariencia de ti mismo; Y si te atribuyes un origen espiritual, solo te muestro una apariencia de esta existencia espiritual dentro de tu vida del alma.
Así, la búsqueda de preguntas se enfrentan al hombre hoy a partir de dos direcciones. Una de estas preguntas surge cuando se da cuenta de que:
La naturaleza existe, pero el hombre sólo puede acercarse a ella dejándose destruir; La otra cuando ve: Que el alma humana existe, pero la Naturaleza sólo se puede acercar a esta alma humana convirtiéndose en mera apariencia.
Estas dos verdades viven en la subconsciencia del hombre de hoy. Por un lado, tenemos el mundo desconocido de la Naturaleza, la destructora del hombre; Por el otro, la imagen irreal del alma humana a la que la naturaleza no puede acercarse, a pesar de que el hombre sólo pueda completar su existencia física cooperando con ella. El hombre se sitúa, por así decirlo, en esa doble oscuridad, y surge la pregunta:
¿Dónde está el otro mundo al que pertenezco?
El hombre se vuelve, ahora, a la tradición histórica, a lo que ha sido transmitido desde tiempos antiguos y sigue en vigor. Aprende que hubo una vez una ciencia que hablaba de este mundo desconocido. Mira a la antigüedad y siente profunda reverencia por lo que nos trataron de enseñar sobre el otro mundo dentro del mundo de la Naturaleza. Si uno sabe cómo tratar con la naturaleza de la manera correcta, este otro mundo se revela a la mirada humana.
Pero la conciencia moderna ha descartado este conocimiento antiguo. Ya no se considera válido. Se nos ha sido transmitido, pero ya no se cree en ello. El hombre ya no puede sentirse seguro de que el conocimiento adquirido por los hombres de una época antigua como su ciencia, puede responder hoy a su propia pregunta angustiosa que surge de los mencionados hechos subconscientes.
Así que volvamos al arte.
Pero también aquí encontramos algo significativo. El tratamiento artístico de la materia física - la espiritualización de la sustancia física - nos viene desde la antigüedad. Gran parte de este tratamiento se ha conservado y se puede aprender de la tradición. Sin embargo, es justo el hombre con una naturaleza subconsciente realmente artística quien se siente más insatisfecho hoy; Porque ya no puede entender lo que Raphael todavía podía plasmar en la forma terrenal humana, el reflejo de otro mundo al que el hombre pertenece verdaderamente. ¿Dónde está hoy el artista que puede manejar la sustancia física y terrenal de una manera tan artística?
En tercer lugar, existe la Religión. Esta, también, se nos ha transmitido a través de la tradición desde tiempos antiguos. Ella dirige el sentimiento y la devoción del hombre hacia ese otro mundo. Se originó en una edad pasada a través de las revelaciones que el hombre recibió de ese reino de la naturaleza que es realmente tan extraño para él. Porque si volvemos nuestra mirada espiritual a lo largo de miles de años, encontramos seres humanos que también sentían: La naturaleza existe, pero el hombre sólo puede acercarse a ella permitiendola que nos destruya. De hecho, los hombres que vivieron hace miles de años sentían esto en lo profundo de sus almas. Miraban cómo el cadáver pasaba a la naturaleza exterior como a un vasto Moloch ( Dios de la antiguedad al que se hacian sacrificios humanos), y veían cómo era destruido. Pero también veían el alma humana pasar por ese mismo portal más allá del cual el cuerpo es destruido. Hasta los egipcios vieron esto, o nunca habrían embalsamado a sus muertos. Vieron al alma ir aún más lejos. Estos hombres de la antigüedad sentían que el alma crecía cada vez más y pasaba al cosmos. Y entonces vieron el alma, que se disolvía en los elementos, volviendo de los espacios cósmicos, de las estrellas. Vieron que el alma humana se desvanecía al morir -al principio a través de la puerta de la muerte, luego en el camino hacia el otro mundo, luego volviendo de las estrellas. Tal era la antigua religión: una revelación cósmica - la revelación cósmica desde la hora de la muerte, la revelación cósmica desde la hora del nacimiento. Las palabras se han mantenido; Se ha mantenido la creencia, pero ¿Tiene su contenido todavía alguna relación con el cosmos? Esto se conserva aun en la literatura religiosa, en las tradiciones religiosas extrañas al mundo.
El hombre de nuestra civilización actual ya no puede ver ninguna relación entre lo que la tradición religiosa le ha transmitido y la inquietante pregunta a la que se enfrenta hoy. Mira a la Naturaleza y sólo ve el cuerpo físico humano atravesando la puerta de la muerte y cayendo presa de la destrucción. Ve, además, la forma humana entrar por la puerta del nacimiento, y se ve obligado a preguntar de dónde viene. Donde quiera que mire, no puede encontrar la respuesta. Ya no lo ve venir de las estrellas, como ya tampoco puede verlo después de la muerte. Así que la religión se ha convertido en una palabra vacía.
Así, en su civilización, el hombre tiene a su alrededor lo que en los tiempos antiguos poseían como ciencia, arte y religión. Pero la ciencia de los antiguos ha sido descartada, su arte ya no se siente en su interioridad, y lo que ocupa su lugar hoy es algo que el hombre no es capaz de elevar por encima de la materia física, haciendo de éste un vehículo para la radiante expresión de lo espiritual.
El elemento religioso ha permanecido desde tiempos antiguos. Sin embargo, no tiene ningún punto de contacto con el mundo, ya que, a pesar de ello, permanece el enigma de la relación del mundo con el hombre. El hombre mira su ser interior, y oye la voz de la conciencia; Pero en tiempos antiguos era la voz de aquel Dios quien guiaba al alma a través de aquellas regiones en las que el cuerpo era destruido, y lo conducía nuevamente a la vida terrenal, dándole su forma apropiada.
Era este Dios el que hablaba en el alma como la voz de la conciencia. Hoy incluso la voz de la conciencia se ha convertido en externa, y las leyes morales ya no le quedan trazas de los impulsos divinos. El hombre examina la historia, para empezar; Estudia lo que se nos ha transmitido desde tiempos antiguos y, a lo sumo, puede sentir vagamente: Los antiguos experimentaron los dos grandes enigmas de la existencia de manera diferente a como los siento hoy. Por esta razón podían responderlos de una cierta manera. Yo ya no puedo responderlos. Ellos se ciernen ante mí y oprimen mi alma, porque sólo me muestran mi destrucción después de la muerte y la apariencia de la realidad durante la vida.
Así es como el hombre se enfrenta al mundo hoy. De ese estado de ánimo surgen las preguntas que la Antroposofía tiene que responder. Los corazones humanos están hablando de la manera que hemos descrito y preguntando dónde pueden encontrar ese conocimiento del mundo que satisfaga sus necesidades.
La antroposofía surge como tal conocimiento y habla del mundo y del hombre para que tal conocimiento pueda surgir nuevamente; el conocimiento que puede ser entendido por la conciencia moderna, como la ciencia antigua, el arte y la religión fueron entendidos por la conciencia antigua. La antroposofía recibe su poderosa tarea desde la voz del propio corazón humano, y esto es sin más lo que la humanidad anhela hoy en día. Debido a esto, la Antroposofía tendrá que vivir. Responde a lo que el hombre anhela más fervientemente, tanto para su vida exterior como para la interior. Uno puede preguntar. "¿Puede haber tal concepción del mundo hoy?" La Sociedad Antroposófica tiene que dar la respuesta. Debe encontrar el camino para dejar que los corazones de los hombres hablen desde sus anhelos más profundos; Entonces experimentarán el anhelo más profundo por las respuestas.



Notas:
[1.] Esta oración y el resto del párrafo en el que se produce deben, por supuesto, ser leídos en el contexto de la conferencia en su conjunto. Tomado por sí mismo puede despertar la objeción: "La forma humana está tanto dentro del sistema de leyes de la Naturaleza como las plantas y los animales. Ciertamente la Naturaleza la destruye después de la muerte; Pero es que acaso no es tambien ella, quien nos lleva a nacer? "Puede ser útil recordar al lector que el Dr. Steiner está en esta etapa simplemente poniendo en palabras un sentimiento que, dice expresamente, surge cuando estamos en presencia de la muerte. Más adelante en el libro, cuando trata de la relación en la que el cuerpo humano se alza al mundo de la naturaleza, muestra cómo la forma humana, de hecho, tiene un origen muy diferente de los de otras criaturas vivientes.




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