CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA139 Basel, 16 de septiembre de 1912 evangelio de s. Marcos EL ELEMENTO DE LOS PROFETAS JUDIOS

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Rudolf Steiner

EL ELEMENTO DE LOS PROFETAS JUDIOS LA COMPOSICION ARTISTICA DE LA BIBLIA

2ª conferencia

Basel, 16 de septiembre de 1912

Si recordamos la finalidad principal de la conferencia anterior, podemos tener presente la enorme diferencia de lo más íntimo de la naturaleza humana en los tiempos antes y después del Misterio de Gólgota. He tratado de dar no una característica, sino ejemplos tomados de la ciencia espiritual con respecto a almas de los tiempos antiguos y de la época moderna; ejemplos característicos que nos hacen comprender cómo en los tiempos modernos determinadas almas de tiempos pasados vuelven a presentarse cambiadas, metamorfoseadas. La causa de semejante enorme transformación no se nos revelará sino a través de todo el sentido de este ciclo de conferencias. En forma introductora podemos señalar lo que a menudo en consideraciones parecidas ha sido mencionado, esto es que para el hombre sólo por el Misterio de Gólgota se le hizo posible adquirir la plena conciencia de su yo cuyo cabal desarrollo es la misión de nuestro planeta. Aproximadamente, podemos decir que si nos remontamos a tiempos muy antiguos de la evolución de la humanidad, encontraremos que las almas humanas no tienen individualidad, sino que dependen del alma grupal. El estar comprendidas en el alma grupal es justamente lo que ocurre en las figuras extraordinarias, por lo que se puede decir: un Héctor, un Empédocles son representantes típicos de los hombres que viven dentro del alma grupal; Héctor, un brote del alma de Troya, trasunto del alma grupal del pueblo troyano, especializado en una forma bien definida, pero enraizado en el alma grupal, lo mismo que Empédocles. Al reencarnarse en la época poscristiana, se hallan ante la necesidad de desarrollar la conciencia del yo. La transición de la vida en el alma grupal a la vida como alma individual, es lo que les da un poderoso impulso hacia adelante. De ello resulta que en tiempos poscristianos un alma tan firme como la de Héctor aparezca vacilante, sin la capacidad de hacer frente a la vida, como lo fue, por ejemplo, el alma de Hamlet; por otra parte que un alma como la de Empédocles, al reencarnarse en el Fausto del siglo XVI de nuestra era, aparentemente se convierte en una especie de aventurero, siendo conducido a situaciones de las que apenas puede arrancarse, situaciones no comprendidas por los demás, ni por toda la posteridad.

Muchas veces hemos dicho que lo alcanzado hasta ahora, desde el Misterio de Gólgota, significa muy poco en cuanto a lo que ha de esperarse de toda la evolución a que nos hemos referido. Todo está aún en su comienzo, y los grandes impulsos del cristianismo no darán sus resultados sino en la futura evolución terrestre. Siempre de nuevo hemos de subrayar que el gran desarrollo del cristianismo sólo se halla en su comienzo. Pero es necesario acompañar este gran desarrollo con la debida comprensividad en concordancia con las nuevas revelaciones y los impulsos desde la fundación del cristianismo. Ante todo habrá que aprender a leer la Biblia de una manera totalmente nueva, ya que esto formará un buen comienzo de una nueva comprensión del cristianismo. Todavía hay muchos obstáculos que lo impiden. En parte, la causa estriba en que mucha gente entiende y emplea la Biblia de una, manera sentimental; por otra parte, en que se la emplea como una especie de manual para toda clase de estados anímicos personales, en vez de considerarla como un libro para buscar el conocimiento. En los últimos decenios —o más bien en el curso de todo el siglo XIX— la erudición causó gran dificultad para la comprensión de la Biblia porque la desarticuló y sostuvo, por ejemplo, que el Nuevo Testamento habría sido combinado por cuantas cosas imaginables, y que el Antiguo Testamento igualmente sería una combinación de las cosas más diversas, añadidas en distintas épocas; en fin, una suma de fragmentos “cosidos” unos a otros en el curso del tiempo. Semejante erudición se populariza y se generaliza en deterioro de una seria lectura de la Biblia que deberá desarrollarse de aquí en adelante. Tal lectura de la Biblia conducirá a comprender mejor incluso lo que desde el punto de vista antroposófico puede conocerse acerca de los misterios de las Escrituras bíblicas. Habrá de familiarizarse, por ejemplo, con la idea de que el conjunto del Antiguo Testamento (hasta donde éste termina en las ediciones corrientes) debe considerarse como un todo absoluto, y no habrá de dejarse desorientar por todas las objeciones contra la unidad del Antiguo Testamento. Cuando se llegue a sentir esta unidad y si también se toma en cuenta lo que la ciencia espiritual puede decirnos al respecto, combinado con cierto sentido espiritual-artístico en cuanto a la composición, no tanto exteriormente sino precisamente en su profundo aspecto realmente artístico, entonces se verá en qué enorme fuerza espiritual-dramática se basa toda la composición del Antiguo Testamento. Únicamente en estas condiciones la vista abarcará el magnífico cuadro dramático como una unidad, como un todo; en fin, se apreciará el espíritu armonioso de la Biblia, sin pensar en que las distintas partes hubiesen sido tomadas una de un lado, otra de otro lado. Se verá, antes bien, que todo progresa gobernado por un espíritu uniforme, comenzando con el tiempo de la Génesis, prosiguiendo a través de la era de los patriarcas, después la época de los Jueces, la de los Reyes, para convergir y culminar en los maravillosos y dramáticos Libros de los Macabeos, hijos de Matatías y hermanos de Judas, en su guerra contra el rey Antioco de Siria. Esto termina y encuentra su culminación con una íntima fuerza dramática. Se comprenderá que no es mera fraseología si al investigador oculto lo invade un sentimiento espontáneo cuando al final de esos libros se habla de los siete hijos de la madre de los Macabeos y los cinco hijos de Matatías: cinco más siete, nos da un significativo total de doce; el número doce que también en otros casos aparece, cuando se trata de los misterios de la evolución. ¡Es importante ver que también aparece en el punto culminante al terminar el Antiguo Testamento! Por de pronto habla a nuestro sentimiento el relato del martirio y la muerte de los siete macabeos; la tortura que ellos sufren, uno tras otro, pero que cada uno también eleva el espíritu. El relato es realmente dramático. El primero simplemente alude a lo que en el séptimo encuentra su expresión como confesión de la inmortalidad del alma, al echarle en la cara del rey la palabra: “¡infame que no quieres saber nada del redespertar de mi alma!” Este acrecentar dramático de uno al otro de los siete hijos nos hace comprender qué fuerzas hay en la Biblia. Si en vez de la contemplación sentimental, se considera este efecto dramático-artístico, la Biblia suscitará en nosotros fervor religioso, y el arte se hace religión. Además, nos conducirá a observaciones muy singulares.

Recordemos lo expuesto en las conferencias sobre el Evangelio de Lucas de que toda la grandiosa figura del Cristo Jesús se formó gracias a la unión de dos almas, las almas de dos niños Jesús. Una de las dos no fue otra que la de Zoroastro, el fundador del zaratustrismo. El alma de Zoroastro vivió en el niño Jesús que se describe en el Evangelio de Mateo.

¿Qué es lo que se nos presenta en este hecho? El fundador del zaratustrismo, el gran iniciado de la antigua cultura persa quien en su obrar pasa por la evolución de la humanidad hasta un punto determinado, y reaparece dentro del antiguo pueblo hebreo; por el camino que toma el alma de Zoroastro pasa, dicho con otras palabras, de la primitiva cultura persa al elemento del antiguo pueblo hebreo. Ciertamente, lo externo de lo que ocurre dentro de la historia universal y en la vida humana, no es sino la revelación, la manifestación de procesos y fuerzas espirituales interiores. En verdad es así que podemos estudiar lo que relata la historia exterior, considerándolo como expresión de lo interior espiritual, es decir, de los hechos en que obra el espíritu.

Tengamos bien presente que Zoroastro pasa de la cultura persa al antiguo elemento hebreo, y consideremos entonces al Antiguo Testamento, empezando con los títulos de los distintos libros o capítulos. Lo expuesto en aquella oportunidad con relación a Zoroastro es un resultado de la investigación clarividente que se obtiene al seguir la evolución de su alma. Comparemos con este resultado no sólo el contenido de la Biblia sino también las pruebas correspondientes de la investigación exterior.

El antiguo pueblo hebreo funda su reino en Palestina; este reino primitivo se divide; primero se produce el cautiverio de Asiria; después el de Babilonia; más tarde la sumisión por los persas. ¿Qué significa todo esto? Hemos de contestar que los hechos de la historia universal no dejan de tener sentido; estos hechos corresponden a los sucesos espiritual-anímicos. Volvamos a preguntar: ¿ Por qué ocurrió todo eso; por qué los antiguos pueblos hebreos son guiados de tal manera que desde Palestina se los lleva a los elementos caldeo, asirio, babilonio; después al elemento persa, y que finalmente son liberados por Alejandro el Grande? Sencillamente se podría decir que detrás de todo eso se halla el paso de Zoroastro de la cultura persa al elemento judío. Los judíos lo llamaron; fueron guiados a encontrarse con él, incluso a través de la sumisión al elemento persa, por el solo hecho de que Zoroastro quiso venir para unirse con ellos. La historia exterior es un maravilloso trasunto de estos sucesos; y a la ciencia espiritual se le revela que la historia exterior no es sino el medio corpóreo para el paso de Zoroastro desde el elemento persa, el que como primer paso abraza y envuelve al antiguo elemento hebreo y, después de haberlo envuelto lo bastante, es liberado por Alejandro el Grande. Lo que resultó de todo lo relatado fue el ambiente apropiado y necesario para Zoroastro. Fue un traspaso de un pueblo a otro.

Sólo podemos referirnos a puntos escogidos; pero si echamos una mirada sobre todo el tiempo de la historia hebrea: el tiempo de los reyes, de los profetas, del cautiverio de Babilonia, la conquista por los persas hasta el tiempo de los macabeos y, si buscamos la comprensión del Evangelio de Marcos que comienza con una palabra del profeta Isaías, entonces salta a la vista el elemento de los profetas judíos. Diríamos: partiendo de Elías, reencarnado en Juan el Bautista, se nos presentan los profetas en su maravillosa grandeza.

Sin referirnos, por ahora, a Elías y el Bautista, consideremos primero a los profetas entre aquél y éste, diciéndonos: la ciencia espiritual nos permite considerar los profetas judíos de una manera singular. Si nos referimos a los antiguos grandes guías espirituales de todo el orbe, estamos hablando de los iniciados de los tiempos pasados. Sabemos que estos iniciados habían alcanzado un alto nivel espiritual porque habían pasado por los más diversos sitios sagrados para elevarse de grado en grado hacia el conocimiento y la Visión espiritual. Además, que a través de la iniciación pudieron unirse con el actuar de los impulsos espirituales en el mundo, de modo que ellos mismos pudieron hacer fluir en la vida física los impulsos recibidos en el mundo espiritual. Por consiguiente, si se nos presentan iniciados de los pueblos persa, indio o egipcio, preguntaremos ¿Cómo pudieron elevarse, dentro de sus respectivos pueblos, por los escalones de la iniciación, y cómo se convirtieron en guías espirituales de esos mismos pueblos? Sin embargo, esta pregunta no se justifica con respecto a los profetas judíos. Existen, por cierto, núcleos teosóficos donde se habla de los antiguos profetas hebreos de la misma manera como de los iniciados de otros pueblos pero esto no conduce a nada. Si estudiamos lo que la Biblia misma (y ella representa precisamente un fiel elemento) dice de los profetas desde Elías hasta Malaquías, pasando por Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, veremos que no es posible considerarlos según el esquema general de la iniciación. ¿Dónde se dice que los profetas judíos hubiesen pasado por el riguroso camino de la iniciación como aquellos de los demás pueblos? Se nos dice que ellos aparecieron dotados en su alma de la Voz del Cielo la que los capacitaba para percibir más que el hombre común y para vaticinar el futuro destino de su pueblo como asimismo el curso de la historia universal. Fueron dones elementales de los profetas. Nada se dice de que ellos hubiesen sido iniciados de la misma manera que los demás profetas; para estos últimos existen pruebas de cómo obtuvieron la iniciación. Los profetas judíos aparecen como genios, con la visión espiritual con respecto a lo que tuvieron que anunciar a su pueblo y a la humanidad; así también invocan sus dones proféticos. Tal profeta, cuando tiene que hablar, dice que el Dios se lo ha comunicado a través de entidades espirituales, o bien que lo ha recibido espontáneamente como una verdad elemental. Esto nos hace preguntar: ¿Quienes son estos profetas judíos que exteriormente se nos presentan al lado de los iniciados de los demás pueblos (dejando aparte a Elías y el Bautista)? Si investigamos, mediante la ciencia espiritual, lo que fueron las almas de esos profetas, llegamos a un resultado sorprendente. Y si se trata de examinar este resultado, comparándolo con lo que dicen al respecto la historia y la tradición religiosa, se verificará que es exacto.

Si se investiga el desarrollo de las almas de los profetas judíos se descubre que se trata de reencarnaciones de iniciados que en otros pueblos habían l1egado a ciertos grados de la iniciación. Remontándonos de la vida de un profeta judío a tiempos pasados, llegamos, pues, a un alma que durante mucho tiempo había vivido, como iniciado, en otro pueblo y que, después de haber pasado por el portal de la muerte, volvió a encarnarse dentro del pueblo judío. Si buscamos las almas de todas estas figuras —Jeremías, Isaías, Daniel, etc.— en sus encarnaciones anteriores, hemos de remontarnos a su existencia dentro de otros pueblos. Es, realmente, como un reunirse, paso a paso, de los iniciados de otros pueblos, en el pueblo judío, donde aparecen en las figuras de los “profetas”. Así se explica que el espíritu profético aparezca en ellos cual una manifestación elemental de su interioridad; es el recuerdo de lo adquirido como iniciados en otra existencia. Esto se manifiesta, pero también puede aparecer de tal manera que no tenga la misma forma armoniosa de las encarnaciones anteriores. El alma que estuvo encarnada en un cuerpo persa o egipcio, tendrá que acostumbrarse a la corporeidad del pueblo judío, y una u otra cualidad del pasado no podrá desenvolverse. No es así que al pasar el hombre de encarnación a encarnación reapareciese invariablemente lo que él antes poseía, sino que, debido a los estorbos que provienen de la corporalidad, las propiedades de antes pueden aparecer discordantes y caóticas. De esta manera ocurre que los profetas judíos dan a su pueblo impulsos espirituales que muchas veces constituyen reminiscencias grandiosas, pero desordenadas, de la iniciación del pasado. ¿Por qué ocurre tal cosa en los profetas judíos? Sucede por ningún otro motivo sino porque toda la evolución de la humanidad tuvo que pasar por la transición de que lo conquistado en sitios dispersos debió reunirse como en un centro y renacer de la sangre del antiguo pueblo hebreo - Es por tal motivo que en su historia (como en la de ningún otro pueblo) se haga constar la unidad y el fluir de la sangre por las generaciones- Toda la misión universal del antiguo pueblo hebreo se basa en la continuidad del fluir de la sangre por las generaciones; y es por esta razón que para expresar que un hombre realmente forma parte del pueblo judío, siempre se lo llama “hijo de Abraham, Isaac, Jacob”, quiere decir, del elemento que primero se manifestaba en la sangre de esos patriarcas. Fue en esta sangre que fluía por las generaciones en que debieron encarnarse los elementos provenientes de los iniciados de los demás pueblos. Cual irradiaciones provenientes de distintos lados y convergentes en un centro, así también convergieron, como en un centro, los rayos de la iniciación habida en los distintos pueblos, en la sangre del antiguo pueblo hebreo. El elemento psíquico de la evolución de la humanidad debió pasar una vez por ese centro. Es importante que tengamos presente este hecho oculto, puesto que sólo así se comprenderá por qué el Evangelio de Marcos desde un principio se basa en el elemento del Antiguo Testamento.

Más adelante veremos lo que significa aquel “concentrarse” de los distintos elementos de la iniciación de otros pueblos. Si se toma en consideración el desarrollo dramático del Antiguo Testamento, se notará que a raíz de ese elemento de la iniciación de los distintos pueblos se va formando, dentro de dicho desarrollo, la idea de la inmortalidad la que en su culminación aparece precisamente en el libro de los Macabeos. Pero en cierto sentido es preciso contemplar esta idea de la inmortalidad en toda su primordial importancia, teniendo presente la relación del hombre con el mundo espiritual.

Al respecto, quiero llamar la atención sobre lo siguiente. Tratemos de buscar los pasajes del Antiguo Testamento en los cuales se trata de que el elemento divino penetra en la vida humana. A menudo se relata, como por ejemplo en el Libro de Tobías, donde Tobías manda a su hijo a cumplir un encargo y, apareciendo como hombre, viene y le ayuda el arcángel Rafael. En otros pasajes vienen otras entidades de las jerarquías superiores. Se trata de un penetrar en el mundo humano del elemento divino espiritual un penetrar que se realiza de manera tal que al hombre se presenta claramente ese elemento divino-espiritual como algo del mundo exterior. En el Libro de Tobías, Rafael aparece en el mundo exterior como un hombre que sale al encuentro de otro hombre al cual ha de guiar. Si estudiamos el Antiguo Testamento veremos que frecuentemente las relaciones con el mundo espiritual se constituyen de esa misma manera. Hay muchos pasajes en que se trata de tales hechos; pero en los distintos libros del Antiguo Testamento se nota un dramático evolucionar, y éste culmina en el martirio y la muerte de los siete hijos macabeos. Ellos hablan del reunirse e incluso del despertar de sus almas en el elemento divino. En los hijos de los macabeos y asimismo en los hermanos de Judas los que hasta el último momento defienden a su pueblo contra el rey Antioco de Siria, se nos presenta el certero convencimiento de la inmortalidad de sus almas. El elemento espiritual habla a la interioridad del alma. Y el desarrollo dramático se nos presenta aún más si lo contemplamos a partir de la aparición de Dios en el zarzal ardiente (donde este aparecer también se produce en la existencia externa) hasta aquel brotar en los hijos de los macabeos de la íntima certeza de que, al morir en el martirio, serán redespertados en el reino de su Dios, por las fuerzas que en ellos viven.

Este grandioso desarrollo evidencia la unidad interior del Antiguo Testamento. Empero, con relación a la conciencia de que, en cierto sentido, Dios quita al hombre de la tierra y lo eleva a formar parte de la divinidad, nada dice al principio el Antiguo Testamento de que esta alma humana realmente será despertada. No obstante, todo el desarrollo se realiza de tal manera que la conciencia se afirma cada vez más de que el alma humana, por las fuerzas que le son inherentes, va penetrando en el elemento espiritual. La actitud pasiva frente al dios Yavé o Jehová, paulatinamente se convierte en la íntima conciencia activa de la naturaleza del alma. Este desarrollo progresa página por página a través del Antiguo Testamento, y paso a paso nace la idea de la inmortalidad. Es notable que en los profetas se evidencia el mismo progreso. De profeta en profeta la historia y las promisiones se tornan más íntimas; esto es otro elemento dramático y de maravilloso acrecentar. Cuanto más nos remontemos al pasado, tanto más se habla de hechos de la evolución exterior; en cambio, al progresar el tiempo, los profetas hablan cada vez más de la fuerza y de la esperanza interiores y del sentimiento de unidad. De tal manera todo va acrecentando hasta que finalmente el Antiguo Testamento va conduciéndonos al Nuevo Testamento; y el Evangelio de Marcos se enlaza directamente con lo que acabamos de exponer, cuando ya al principio dice que quiere concebir el advenimiento de Cristo Jesús, enteramente en el sentido de los antiguos profetas, y que se comprenderá ese acontecimiento si se toman en consideración las palabras del profeta Malaquías o las del profeta Isaías: “He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí. Voz del que dama en el desierto: aparejad el camino del Señor, enderezad sus veredas”. Con esto se señala el advenimiento del Cristo como por medio de un tono fundamental que aparece a través de la historia del Antiguo Testamento. Después dice el Evangelio de Marcos (las palabras lo indican claramente para quien quiera leer): Igual a como hablaron los profetas, vuelve a hablar otro: el Bautista. Así se presenta firme y grandiosamente la figura del Bautista, si la concebimos de esta manera: los antiguos profetas hablaron de un mensajero de Dios quien en la soledad indicará el camino que el Cristo Jesús deberá tomar a través de la evolución del mundo.

El Evangelio sigue: “aparecía Juan el Bautista en el desierto y predicaba el bautismo para el reconocimiento de la propensión al pecado en el hombre” — es así como hay que traducir adecuadamente esas palabras. Resumiendo, se nos dice: Dirigid la mirada hacia los antiguos profetas quienes desarrollaban en sí mismos una nueva relación con Dios y una nueva idea de la inmortalidad; después mirad cómo aparecía la figura de Juan el Bautista y hablaba de cómo se llega a conocer la propensión al pecado en el hombre. De esta manera se señala a la grandiosa figura del Bautista.

A continuación: ¡la maravillosa figura de Cristo Jesús mismo, que en el Evangelio de Marcos se nos presenta en forma tan sencilla y tan grandiosa y dramática a la vez, como en ningún otro documento en el mundo! ¡Hay que contemplarlo con toda la atención del alma! El Evangelio comienza diciendo: mirad la figura del Bautista; no la comprenderéis sino en su relación con los antiguos profetas judíos cuya voz ha tomado vida en él. Todo el pueblo judío fue a recibir de él el bautismo. Esto significa que muchos reconocían que por la boca de Juan hablaban los antiguos profetas. Después entra en el escenario la figura de Cristo Jesús mismo. Dejemos, por ahora, de lado el bautismo en el Jordán y todo lo demás hasta después de la escena de la tentación, y tratemos de contemplar el dramático acrecentar que precisamente se nos presenta en el Evangelio de Marcos.

Después de haber presentado la figura del Bautista, y habiendo expuesto la relación en que se hallan los hombres con él y su misión, se introduce la figura de Cristo Jesús mismo. Pero hemos de ver ¿cómo? El Cristo aparece, pero a El le reconocen no solamente los hombres, sino también otros seres. ¡Esto es lo que importa! Al lado del Cristo hay hombres quienes piden ser curados, librados de los demonios, pues en ellos hay demonios. Ahí están los hombres en los cuales no sólo habitan almas humanas, sino son poseídos de seres suprasensibles los que actúan a través de aquéllos; y en un pasaje significativo se nos dice: estos espíritus reconocen al Cristo Jesús. Los hombres reconocen al Bautista y quieren ser bautizados; los espíritus suprasensibles reconocen al Cristo, de modo que tiene que ordenarles que enmudezcan y que no hablen de El.

Los seres del mundo suprasensible reconocen al Cristo. Aparece un ser que es reconocido no sólo por los hombres, sino que por su modo de actuar es reconocido y considerado peligroso por seres suprasensibles. Esto es el grandioso acrecimiento que se nos presenta al comienzo del Evangelio de Marcos: por un lado Juan el Bautista reconocido y venerado por los hombres; por el otro lado Aquel que es reconocido y temido por seres suprasensibles los que, no obstante, tienen que ver con la tierra; de modo que ellos se dan cuenta que ahora deben irse. ¡Este otro ser es el Cristo! En ningún otro documento existe un acrecimiento tan sencillo y tan dramático a la vez.

Quien lo tenga presente, sentirá la realidad de ciertas cosas las que, de otro modo, le quedarían inadvertidas. Al respecto, llamo la atención sobre un pasaje particular el que —en vista de lo sencillo y grandioso de este Evangelio— salta singularmente a la vista. En el tercer capítulo del Evangelio de Marcos donde se habla del establecer de los doce y se mencionan sus nombres, El se refiere especialmente a dos de ellos y los llama “Hijos del Trueno”. Esto es algo que no se debe pasar por alto, sino que debe tenerse muy en cuenta, si se quiere comprender el Evangelio. Los llama hijos del trueno porque, para que sean sus servidores, les quiere impregnar un elemento que no es de la Tierra sino que proviene de fuera de la Tierra; puesto que se trata del Evangelio que se origina en los reinos de los Ángeles y Arcángeles, algo totalmente nuevo que hace necesario hablar no sólo de los hombres sino del yo que es un elemento celeste, sobrenatural. Los llama hijos del trueno para evidenciar que también los Suyos se hallan en relación con el elemento sobrenatural. El mundo que inmediatamente linda con el nuestro, es el mundo elemental sin el cual no sería comprensible lo que influye sobre nuestro mundo; por ello, el Cristo da a sus discípulos nombres que hacen ver que inmediatamente contiguo a nuestro mundo existe un mundo suprasensible; les da nombres calificativos del mundo elemental. Lo mismo ocurre cuando a Pedro le llama el “Hombre de la Roca” lo que también alude a algo suprasensible De esta manera se anuncia a través de todo el Evangelio el penetrar del “Angelio”: los impulsos desde el mundo espiritual.

Para comprenderlo basta leer correctamente, diciéndose que el Evangelio es, a la vez, un libro en el que podemos encontrar la más profunda sabiduría. El progreso que se ha producido consiste en que las almas se individualizan y que su relación con el mundo suprasensible ya no se establece tan sólo por medio del alma grupal sino por el elemento del alma individual. Y El quien entra en el mundo de la humanidad; siendo reconocido dentro de la naturaleza terrena —pero también reconocido por los seres suprasensibles— necesita el mejor elemento humano para enraizar en las almas que han de servirle, un elemento suprasensible. El tiene que recurrir a los hombres que en el sentido de las condiciones anteriores ya habían alcanzado el máximo progreso de sus almas. Es sumamente interesante observar el desarrollo anímico de los doce que el Cristo reúne en torno suyo, quienes en su sencillez habían cumplido de la manera más grandiosa lo que en la conferencia anterior se ha caracterizado con respecto a encarnaciones más distanciadas unas de las otras. El hombre tardará en adaptarse a la individualización. Al principio, le cuesta orientarse cuando del elemento anímico, característico de todo un pueblo, pasa a apoyarse en las fuerzas del alma propia. Los doce estaban hondamente arraigados en el elemento de su pueblo el que, justamente en esa época, grandiosamente había vuelto a sentir su nacionalidad; y ellos se hallaban, por así decirlo, con alma desnuda y sencilla, cuando el Cristo los encontró. En este caso se trataba de intervalos irregulares entre las encarnaciones pasadas y ¡as nuevas, y la mirada del Cristo se dirigía justamente sobre los doce: las almas reencarnadas de los siete hijos macabeos y los cinco hijos de Matatías, hermanos de Judas, los que en su conjunto formaban el apostolado. Hallábanse allí, reencarnados dentro del elemento de los pescadores y gente sencilla; sin embargo, en la época en que el elemento judío había ascendido a un punto culminante, estaban conscientes de que este elemento representaba entonces máxima potencia —pero sólo potencia— y que se individualizó al reunirse en torno del Cristo. Alguien, sin ser creyente, podría contemplar lo artístico del relato de que al final del Antiguo Testamento aparecen siete y cinco y que al principio del Nuevo Testamento hay otra vez doce y, considerando solamente esta composición artística, quedaría impresionado por la sencillez grandeza de la Biblia, sin contar el hecho de que los “doce” son los mismos que los cinco hijos de Matatías más los siete hijos de madre macabea. Habrá que aprender a tomar la Biblia en su grandeza, incluso como obra de arte.

Voy a llamar la atención sobre otra cosa más. Uno de los cinco hijos de Matatías, ya en el Antiguo Testamento, se llama “Judas”; él es el más sobresaliente en la lucha por su pueblo, al que se entrega con toda su alma. También consigue hacer un pacto con los romanos contra el rey Antioco de Siria. Este Judas es el mismo que más tarde tiene que padecer la tribulación de hacer la traición, porque él, hallándose en lo más íntimo ligado con el elemento específico del Antiguo Testamento, tarda en encontrar la transición al elemento cristiano y debe pasar primero por la severa prueba de la traición. Considerando lo puramente artístico de la composición, se nos presenta maravillosamente la grandiosa figura de aquel Judas hacia el final del Antiguo Testamento; y después en el Nuevo Testamento la figura del otro Judas. En este hecho sintomático es notable que el Judas del Antiguo Testamento hace un pacto con los romanos; en cierto sentido prepara lo que más tarde sucederá sea, el camino que el cristianismo toma a través del romanismo, para establecerse en el mundo. Esto es, diríamos, el ulterior desarrollo. Si agregáramos otros hechos que no pueden exponerse ante un auditorio tan grande, veríamos que a través de Judas, reencarnado posteriormente, se produce la síntesis de los elementos romano y cristiano, y que justamente él es el primero quien, en cierto sentido, tiene gran éxito en la divulgación del cristianismo latinizado; de modo que el pacto con los romanos, celebrado por el Judas del Antiguo Testamento, es el augurio profético de lo que más tarde realiza quien reaparece al reencarnarse el Judas que debió pasar por la dura prueba de la traición. Lo que surge como resultado de su posterior actuar: el cristianismo dentro del romanismo que es, a la vez, el romanismo dentro del cristianismo; esto es algo que aparece como una renovación, convertida en un hecho espiritual, del pacto con los romanos de Judas del Antiguo Testamento.

Contemplando semejantes hechos, se va llegando a la conclusión que, espiritualmente comprendida y sin tomar en consideración todo lo demás, la evolución de la humanidad como tal, es la obra de arte más grande de todos los tiempos. Sólo hace falta mirarlo bien; y esto es lo que debe exigirse al alma humana. Cuando alguien ve una obra dramática con su bien comprensibles peripecia y desenlace, puede, si no es capaz de comprender su composición, describir simplemente la sucesión de los procesos. Así también procede la historiografía exterior. Esto, naturalmente, no da ninguna obra de arte, sino meramente la sucesión de hechos. Sin embargo, ahora comienza una nueva época en que debemos comprender el aspecto interior y la progresiva configuración de los hechos, la peripecia y el enlace en el transcurso de la evolución de la humanidad. Así veremos cómo en este o aquel punto aparecen las individualidades que dan los impulsos, conducen a enlaces y desenlaces; y de esta manera se aprende a comprender el obrar del hombre den- [ro de la evolución histórica. Esto también requiere considerarlo todo como un organismo y hasta más que un organismo; poner cada cosa en su lugar y diferenciarlo todo de la misma manera de como lo hacemos en otras esferas. A ningún astrónomo se le ocurrirá equiparar al sol con los demás planetas ya que le es lo más natural considerar al sol como “monon” frente a los planetas. Así también, para el que comprende la evolución de la humanidad, es “lo más natural” hablar de un “sol” en medio de los grandes conductores de la humanidad. Y así como sería absurdo hablar del Sol de nuestro sistema planetario de la misma manera como de Júpiter, Marte, etc., así también sería absurdo hablar del Cristo como se habla de los Bodisatvas y los demás conductores de la humanidad. Por la misma razón es absurdo hablar de una reencarnación del Cristo, algo totalmente imposible si realmente se consideran los hechos. Pero es necesario comprender las cosas en su verdad, no en forma dogmática ni tampoco sectaria; y si hablamos de cristología en el verdadero sentido cosmológico, tampoco hay motivo para dar preferencia al cristianismo sobre cualquier otra religión. Esto sería lo mismo que si en las Escrituras de alguna religión figurase el sol como un planeta igual a los demás, y alguien dijese: “hay que distinguir el sol del total de los planetas”, contra lo cual los demás protestarían, diciendo que con eso se daría preferencia al sol. En realidad, esto sería simplemente un reconocimiento de la verdad. Lo mismo ocurre con el cristianismo; únicamente se trata de reconocer la verdad, una verdad que cualquier religión puede adjudicarse, con tal de que realmente lo desee. Y si otras religiones seriamente admiten la idea de reconocer indistintamente todas las confesiones, sin usarla de puro rótulo, entonces tampoco pondrán reparo en que el Occidente tenga un Dios que nada tiene que ver con la nacionalidad de cada pueblo, sino un Dios que es una entidad cósmica. En la India se habla de dioses de la nación, y por eso es lo más natural que el hindú se exprese de otra manera que aquellos que no reconocen a un dios nacional germánico sino a una entidad que se había encarnado, no en su territorio, sino lejos de ellos, dentro de otro pueblo. Se podría hablar de una distinción del principio cristiano occidental frente al principio indio- oriental, si alguien quisiera poner a Wotan por encima de Krishna. En cuanto al Cristo, es muy distinto: desde un principio, El no pertenece a determinado pueblo, sino que el Cristo realiza lo más hermoso de los postulados de la ciencia espiritual, esto es, reconocer algo sin distinción entre color, raza, pueblo, etcétera.

Hemos de considerar estas cosas objetivamente; y si Comprendemos los Evangelios por lo que son sus fundamentos, comprenderemos verdaderamente de qué se trata. Por lo expuesto en esta conferencia sobre el Evangelio de Marcos en su sublime sencillez y el acrecentar dramático desde la personalidad de Juan Bautista a la del Cristo Jesús, se concibe su verdadero contenido.

GA139 Basel, 15 de septiembre de 1912 evangelio de s. Marcos EL FIN DEL TIEMPO ANTIGUO Y EL PRINCIPIO DEL TIEMPO NUEVO

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Rudolf Steiner

EL FIN DEL TIEMPO ANTIGUO Y EL PRINCIPIO DEL TIEMPO NUEVO

1ª conferencia

Basel, 15 de septiembre de 1912

El Evangelio de Marcos comienza, como es sabido, con las palabras: “Esto es el principio del Evangelio de Jesucristo”. Mirándolo bien, estas primeras palabras ya contienen tres enigmas que se presentan a quien, en nuestros tiempos, trata de comprender este Evangelio. El primer enigma reside en las palabras: “Esto es el principio. “¿El principio de qué? ¿Cómo hemos de comprenderlo? El segundo enigma: “. . .el principio del Evangelio...” ¿Qué nos dice la palabra “Evangelio” en sentido antroposófico? El tercer enigma encierra lo que muchas veces hemos mencionado: la comprensión de la figura de Cristo Jesús mismo.

Quien trate de profundizar el conocimiento del propio ser tiene que ser consciente de que la humanidad está evolucionando y progresando de modo que la comprensión de estos o aquellos hechos, de esta o aquella revelación, no puede ser algo definitivo a que se llega en determinada época, sino que esa comprensión también progresa. Esto significa, si los términos “evolución” y “progreso” se toman en serio, que con el correr del tiempo los hechos más profundos de la humanidad exigen necesariamente una comprensión cada vez más exacta y más profunda. Para la comprensión de un documento como lo es el Evangelio de Marcos, hemos llegado en nuestro tiempo —la contemplación de los tres enigmas nos permitirá corroborarlo— a un punto en que comienza una nueva época: lenta y paulatinamente y, no obstante, en forma bien definida, ha venido preparándose lo que podrá conducirnos a la verdadera comprensión de este Evangelio, como asimismo a comprender lo que significa la palabra: el Evangelio comienza. ¿Cómo se explica esto?

Sólo hace falta echar una mirada retrospectiva sobre lo que en las almas vivía en tiempos pasados relativamente cercanos, para verificar que la característica de la comprensión puede haber cambiado; más aun, tiene que haber cambiado con relación a semejante asunto. Si nos remontamos más allá del siglo

XIX, encontraremos que, pasando por los siglos XVIII y XVII, nos acercamos, cada vez más, a un tiempo en que los hombres que en su vida cultural tenían que ver con los Evangelios, podían partir, para comprenderlos, de bases totalmente distintas que los hombres de ahora. ¿Qué visión pudo formarse un hombre del siglo XVIII acerca de toda la evolución de la humanidad, si él no pertenecía a los pocos que de alguna manera se relacionaban con una u otra categoría de iniciación, o bien con cierta revelación oculta, quiere decir, si semejante persona vivía en base a lo que la vida exterior le ofrecía? El horizonte de los hombres más cultos, en la cumbre de la cultura de aquella época, en cierto modo no abarcaba más que la vida de la humanidad dentro de un límite de tres milenios: uno precristiano que para la visión ya se perdía en las tinieblas; y cerca de dos milenios transcurridos desde la fundación del cristianismo. Mirando atrás al primero de estos tres milenios, se le presentaban al historiador los tiempos de la antigua Persia cual una místicamente sombría época prehistórica de la humanidad, época que, aparte de ciertos conocimientos acerca de la cultura egipcia, figuraba como tiempo precedente a la historia propiamente dicha la que comenzó con la cultura griega. En cierto modo, el helenismo formaba la base de la ilustración de la época, es decir, del siglo XVIII. Del

helenismo partían todos quienes trataban de profundizar la comprensión de la vida humana, y dentro del helenismo se presentaba todo lo relacionado con los tiempos remotos de ese pueblo y su trabajo para la evolución de la humanidad, todo lo cual tiene su origen en Homero, en los poetas trágicos y todos los demás escritores griegos. Después se veía que paulatinamente el helenismo se acercó a su decadencia y que exteriormente fue dominado por los romanos. Pero tan sólo exteriormente, porque en el fondo el romanismo no venció al helenismo sino únicamente en sentido político, mientras que en realidad adoptó la cultura y la esencia griega; de modo que también se podría decir: políticamente los romanos vencieron a los griegos; espiritualmente los griegos vencieron a los romanos. En el transcurso de este proceso en que el helenismo espiritualmente vencía al romanismo, volcando a este último, a través de cientos y cientos de conductos, los frutos de su producción cultural los que, a su vez, se transmitían a toda otra cultura del mundo; durante este proceso el cristianismo fluyó en la cultura greco-romana y luego se transformó esencialmente cuando los pueblos nórdicos-germanos participaron en el progreso de aquella cultura. Con este confundirse del helenismo, romanismo y cristianismo, transcurrió el segundo milenio de la historia de la humanidad como ésta se veía en el siglo

XVIII, y con ello el primer milenio del cristianismo. Para el concepto del hombre del siglo XVIII comienza entonces el tercer milenio de la cultura de la humanidad, o sea, el segundo del cristianismo. Si lo concebimos más profundamente, vemos que, a pesar de que aparentemente, todo sigue su mismo curso, éste se encauza de un modo muy distinto en dicho tercer milenio. Basta remitirnos a dos figuras, un pintor y un poeta, los que, si bien aparecen unos pocos siglos solamente después del comienzo del nuevo milenio, dan prueba, no obstante, de que en el segundo milenio se nota un bien definido impulso para la cultura occidental, el que siguió obrando en la ulterior evolución. Se trata de Giotto, como pintor, y Dante, como poeta. Estas dos figuras representan el principio de todo lo que les sigue; y lo que ellas dieron a la humanidad, se transformó en la civilización occidental. Con esto hemos caracterizado los tres milenios que la visión abarcaba.

Empero, después llegó el siglo XIX. Sólo un profundo concepto de toda la cultura de nuestros tiempos podrá comprender lo que sucedió en el siglo XIX y lo que debió cambiar. Todo esto vive en las almas, pero muy pocos hombres llegan a comprenderlo. Hemos dicho que el horizonte de la humanidad del siglo XVIII sólo abarcaba al helenismo; el tiempo anterior a éste ya se presentaba como algo indefinido. Lo que sucedió en el siglo XIX, comprendido por pocos y, hasta ahora, apenas apreciado en lo justo, consiste en que el Oriente penetró —y eso de una manera muy intensa— en la cultura occidental. Esto es lo que hemos de tener bien presente si queremos comprender la transformación que se operó en la civilización del siglo XIX. En verdad, este penetrar del Oriente arrojó sombras y luces sobre todo lo que, paso a paso, fluyó en la cultura y seguirá influyéndola, cada vez más. Esto requiere una nueva comprensión de las cosas que hasta ahora la humanidad había concebido de un modo totalmente distinto. Si consideramos diversas figuras e individualidades que influyeron sobre la civilización de Occidente, individualidades en que se podrá encontrar todo lo que vivía en un alma del principio del siglo XIX, interesada en la vida espiritual, podemos nombrar a las que siguen: el rey David, Homero, Shakespeare y finalmente, Goethe quien entonces penetraba en la vida cultural. La futura historiografía tendrá bien presente que a fines del siglo XVIII y principios del XIX el tesoro espiritual de la gente de la época estaba determinado por las referidas cinco figuras. Mucho más de lo que podría suponerse, vivían hasta en los más sutiles sentimientos del alma, los afectos y las verdades de los salmos; vivía lo que en realidad ya se encuentra en Homero y que en Dante tomó forma tan grandiosa; vivía, además, lo que en Shakespeare — si bien indirectamente— había encontrado su expresión, tal como vive en el hombre del tiempo moderno. A todo esto se suma el aspirar a la verdad del alma humana el que encontró su expresión en el “Fausto” de Goethe, y que muchas veces se ha caracterizado, diciendo: todo hombre que aspira a la verdad, lleva en sí mismo algo que se parece a la naturaleza de Fausto. Sobrevino entonces una perspectiva totalmente nueva que trascendió el contorno de esos tres milenios con las referidas cinco figuras. A través de caminos, por de pronto insondables por la historia exterior, se añadió a la vida espiritual europea un Oriente interior. No solamente se juntó a las obras anteriormente mencionadas lo proveniente de las Vedas y de la Bhagavad Gita, poesías orientales que suscitaron sentimientos muy distintos de los creados por los salmos o las obras de Homero y Dante, sino que también surgió algo que penetró por caminos misteriosos, manifestándose cada vez más en el curso del siglo XIX. Basta hacer recordar un solo nombre que a mediados de dicho siglo causó sensación, y se verá claramente lo que acabamos de exponer. Me refiero a Schopenhauer. Si en vez de limitarnos a lo teórico de su sistema, consideramos lo que como fuerza de sentimientos impregna todo su pensar, se nos revelará la profunda afinidad de este hombre del siglo XIX con el modo de pensar en sentido oriental-ario. En todas sus expresiones y en el matiz de sus sentimientos vive lo que podría llamarse el elemento oriental en el Occidente; y esto se transmitió en la segunda parte del siglo XIX a Eduard von Hartmann.

Los caminos misteriosos a que acabamos de referirnos se comprenden mejor, si se toma en cuenta que por la evolución del siglo XIX, efectivamente resultó una total transformación, cierta metamorfosis del pensar y del sentir humanos; pero no en un solo lugar, sino en la vida cultural de todo el orbe. Para comprender lo sucedido en Occidente basta comparar cualquier cosa que en el siglo XIX se escribió sobre religión, filosofía u otra materia de la cultura, con lo que al respecto pertenece a los primeros tiempos del siglo XVIII. Se verá entonces que se ha producido una transformación y metamorfosis fundamentales de manera tal que en los hombres se formularon todos los problemas de los más profundos enigmas del universo; todo tendió a plantear nuevos problemas, a crear un modo de sentir; y todo cuanto la religión y lo relativo a ella le habían dado al hombre, ya no pudo darse de la misma manera al alma humana. En todos los problemas de la religión se buscó algo más profundo, más escondido. Pero no solamente en Europa, sino que lo característico reside en el hecho de que al principiar el siglo XIX, surge en la gente de todos los países civilizados el impulso interior de pensar de otra manera que antes. Para ver más claramente de qué se trata, hay que darse cuenta de que se produce un mutuo acercamiento de los pueblos como asimismo de sus culturas y confesiones. De una manera rara, hombres pertenecientes a las más diversas confesiones empiezan a comunicarse unos con otros. Daremos un ejemplo característico que señala plenamente lo aludido.

En la cuarta década del siglo XIX apareció en Inglaterra un brahmín quien, dentro de su religión, sostenía como verdadera la filosofía de la Vedanta: Ram Mohun Roy, fallecido en Londres en 1836. Esta individualidad impresionó e influyó sobre gran parte de sus coetáneos quienes se interesaron por semejantes problemas. Lo notable de su actuar reside en que, por un lado, fue un —no comprendido— reformador del hinduismo y, por el otro lado, bien comprendido por todos los europeos quienes, en ese campo, se hallaban a la altura de su tiempo; él no les dio ideas que sólo hubiesen sido comprensibles en base al orientalismo, sino realmente concebibles en base al sentido común. ¿Cómo actuaba Ram Mohun Roy? Decía aproximadamente lo que sigue: Vivo dentro de la esfera del hinduismo, en que se veneran ciertos dioses, las más diversas figuras divinas. Si se pregunta a las gentes de mi patria por qué adoran a esos dioses, responden: es una vieja costumbre; no sabemos de otra cosa; así lo hacían nuestros padres, nuestros abuelos, etc. Y Ram Mohun Roy explicaba que, no habiendo otro motivo, surgió en mi patria la más grosera y más vituperable idolatría que deshonra o lo que fue la primitiva grandeza de la religión de mi patria. Hubo otrora una confesión, así decía, la que —en forma parcialmente contradictoria— se encuentra en las Vedas, pero que más tarde en su forma más pura para el pensar humano, fue insertada por Viasa en el sistema vedanta. Y agregaba que esto es lo que él reconoce. Para tal fin, de los idiomas inaccesibles, no sólo había hecho traducciones al lenguaje corriente de la India, sino también compendios de lo que él consideraba como la doctrina genuina, repartiéndolos entre el público. Ram Mohun Roy estaba convencido de que detrás de esos dioses y de aquella idolatría había una diáfana sabiduría de un primitivo único Dios, de un Dios espiritual que vive en todas las cosas, un Dios que la idolatría ya no vuelve a conocer, el cual, sin embargo, deberá nuevamente penetrar en el alma humana. Cuando este brahmín de la India hablaba de lo que él consideraba como la Vedanta genuina y la verdadera confesión india, no fue así como si se escuchara algo extraño, sino que la gente le comprendió correctamente; fue como una especie de fe concebible con el intelecto y asequible a toda persona que en base a la razón se dirigiera al único Dios universal. Hubo también sucesores de Ram Mohun Roy: Rabindranath Tagore y otros. Es particularmente interesante que uno de ellos, como indio, pronunciara en el año 1870 una conferencia sobre “Cristo y el cristianismo”. Es sumamente interesante oír a un indio hablar sobre el Cristo y sobre el cristianismo. No toca el tema del misterio del cristianismo, pues está lejos de comprenderlo. Toda la conferencia demuestra que él no es capaz de concebir el hecho fundamental, quiere decir, que el cristianismo no parte de un maestro personal sino, precisamente, del Misterio de Gólgota, de un hecho histórico-universal, de la muerte y la resurrección. Por otra parte, concibe y comprende que en Cristo Jesús vivió una entidad eminentemente significativa para todo corazón humano, entidad que debe considerarse como figura ideal para la historia universal. Es bastante llamativo oír lo que el indio dice del Cristo: al profundizar nuestra contemplación acerca del cristianismo, hemos de decirnos que en el Occidente mismo el cristianismo deberá experimentar una ulterior evolución, puesto que el cristianismo que los europeos traen a mi patria, no lo es, a mi parecer, verdaderamente.

Estos ejemplos nos indican que no solamente las almas europeas empezaron, por así decirlo, a considerar lo que existe detrás de las distintas religiones, sino que también en la lejana India —y ciertamente en muchos otros lugares del orbe— empezaron a moverse los eruditos para contemplar, desde un nuevo punto de vista, lo que se había poseído durante siglos y milenios. No se comprenderá totalmente esta metamorfosis de las almas del siglo XIX, sino en el curso del tiempo venidero. Y sólo la futura historiografía reconocerá que a través de semejantes procesos debió producirse una total renovación y transformación de todos los problemas y de toda manera de comprender las concepciones antiguas. Son procesos que, si bien aparentemente interesaban a pocos, fluían, no obstante, en los corazones y las almas a través de miles y miles de conductos, y que actualmente se hacen notar en todas las almas que de alguna manera participan de la vida espiritual. Así existe realmente en todas partes del mundo una grandiosa y profunda contemplación de los problemas.

Responder a estas preguntas es la tarea de nuestro movimiento espiritual. Este movimiento está convencido de que a través de las antiguas tradiciones no es posible responder a las referidas preguntas, ni tampoco por la ciencia natural moderna, o concepción del mundo que sólo trabaje con los factores de dicha ciencia, sino que esto requiere el trabajo de la ciencia espiritual y la investigación de los mundos espirituales. Con otras palabras: que todo el curso de la evolución conduce a que sólo la investigación de los mundos superiores puede contestar las preguntas de la humanidad de nuestros tiempos. De la vida espiritual en Occidente también volvieron a surgir, lenta y paulatinamente, las cosas que tienen que ver con las más bellas tradiciones orientales. Siempre hemos destacado que la ley de la reencarnación surge como resultado de la vida espiritual de Occidente, y que no hace falta encontrarla, como un hecho histórico, en el budismo, como tampoco es necesario recurrir a la tradición histórica con respecto al teorema de Pitágoras. Empero, por haber surgido en el alma moderna la idea de la reencarnación, se ha construido el puente para la comprensión de aquellos tres milenios (dentro de los cuales la idea de la reencarnación no figuraba como punto principal del pensamiento) abarcando asimismo la figura del Buda. Así se amplió el horizonte y también la perspectiva más allá de esos tres milenios; y con ello se suscitaron nuevas preguntas que sólo la ciencia espiritual puede contestar.

Empecemos con la pregunta que resulta de las primeras palabras del Evangelio de Marcos: que se da el “principio del Evangelio de Jesucristo”. Recordemos, además, que a estas primeras palabras sigue, no solamente la caracterización del pasaje bíblico del antiguo profeta, sino el anunciamiento del Cristo por Juan el Bautista, anunciamiento que se expresa con estas palabras: “El tiempo es cumplido; el reino de Dios se extiende sobre la existencia terrestre”. ¿Qué significa todo esto? Tratemos, con la luz de la moderna investigación científico-espiritual, de contemplar los tiempos en cuyo medio se produce el “cumplirse”; tratemos de comprender lo que significa: un tiempo antiguo es cumplido, comienza un tiempo nuevo.

Será fácil comprenderlo si dirigimos la mirada hacia algo de tiempos antiguos, y después hacia algo de los tiempos modernos, de tal manera que en medio, poco más o menos, se halle el Misterio de Gólgota. Consideremos, pues, algo de antes y algo que se halla después del Misterio de Gólgota y tratemos de profundizar en qué consiste la diferencia, con el fin de reconocer en qué sentido se había cumplido un tiempo antiguo y comenzado un tiempo nuevo; pero sin extendernos en abstracciones, sino considerando lo concreto.

Consideremos, a tal fin, algo que pertenece al primer milenio, según lo anteriormente caracterizado. De los primeros tiempos de aquel primer milenio se perfila la figura de Homero, el poeta y rapsoda griego. Apenas algo más que su nombre es lo que sabemos de esa personalidad a la cual se le atribuyen las poesías que son de las más grandiosas de la humanidad: la Ilíada y la Odisea; y hasta su nombre se ha puesto en duda en el siglo XIX. Homero es una figura a la que tanto más se admira cuanto más se llega a conocerla; y las figuras creadas por él en la Ilíada y la Odisea aparecen ante nuestra alma como personajes más vivientes que cualesquiera de hombres puramente políticos de Grecia. Las más diversas personas conocedoras de Homero se han formado la opinión que por lo preciso y por toda la manera de presentar las cosas, se puede deducir que Homero fue médico; otros piensan que fue escultor, e incluso una especie de artesano. Napoleón admiró la táctica estratégica en la descripción que da Homero. Otros le consideran mendigo que anduvo vagando por doquiera. Estas diversas opiniones de sus críticos hacen resaltar, al menos, lo singular de la individualidad de Homero. Nos ocuparemos de una sola de sus figuras, la de Héctor. Consideremos cómo la Ilíada caracteriza a Héctor y que él se nos presenta como personalidad de contornos fijos y bien definidos; consideremos, además, su relación con su ciudad natal, con su esposa Andrómaca, con Aquiles, como asimismo con el ejército troyano y la conducción de éste. Tratemos de representarnos a este hombre con su ternura como marido, su amor, típico de aquel tiempo, a la ciudad de Troya, como ciudad natal; pero también susceptible de hacerse ilusiones —pensemos, al respecto, en su relación con Aquiles— como sólo puede suceder a grandes personalidades. Homero nos describe en Héctor a un hombre de grandiosa y universal humanidad. Así se perfila como figura de tiempos antiquísimos; pues se entiende que lo relatado por Homero pertenece a tiempos más antiguos, de modo que para el hombre moderno se halla aún más en las tinieblas del pasado. Esta es una de las figuras a que me refiero. Escépticos y filólogos pueden poner en duda que un Héctor haya vivido, al igual que dudan de la existencia de Homero. No obstante, quien tome en consideración lo que nos dice lo puramente humano, podrá convencerse de que Homero describe hechos realmente históricos, y que Héctor lo mismo que Aquiles y los demás, son figuras que anduvieron en Troya. Ellas se nos presentan como figuras reales con vida terrenal, pero como hombres de naturaleza bien distinta y apenas comprensible; los que, no obstante, aparecen para nosotros, con todos los pormenores, gracias al relato del poeta. Representémonos a Héctor, quien fue vencido por Aquiles, como figura real y uno de los principales héroes del ejército troyano. En él se nos presenta una típica figura de los tiempos precristianos y que nos permite apreciar lo característico de los hombres de la época en que el Cristo aún no había venido.

Contemplemos ahora a otra figura: un gran filósofo del quinto siglo precristiano quien gran parte de su vida estuvo en Sicilia, una figura singular: Empédocles. No solamente fue el primero en hablar de los “cuatro elementos” —fuego, agua, aire, tierra— como asimismo de que todo lo que sucede en lo material, a través del mezclar y desmezclar de estos cuatro elementos, se produce en virtud de los principios del odio y del amor los que imperan en dichos elementos, sino que, ante todo, actuó en Sicilia creando importantes instituciones y yendo de unos lugares a otros para conducir a la gente a la vida espiritual. Se nos presenta en

Empédocles una vida aventurera al igual que profundamente espiritual. Por más que otros lo pongan en duda, la ciencia espiritual sabe que Empédocles vivió y actué en Sicilia como estadista, iniciado y mago, lo mismo que Héctor vivió en Troya, tal como Homero lo describe. Caracterizando la posición peculiar de Empédocles en el mundo, se nos presenta el hecho, no inventado, sino verdadero, de que, con el fin de reunirse con toda la existencia en torno suyo, puso fin a su vida arrojándose al cráter del Etna y pereciendo abrasado. Esta es la segunda figura de los tiempos precristianos.

Ahora las contemplaremos valiéndonos de los medios de la ciencia espiritual moderna. Ante todo sabemos que las almas de semejantes figuras han de volver a vivir. Si las buscamos en los tiempos de la era cristiana, sin tomar en consideración encarnaciones intermedias, tendremos algo que nos permitirá comprender los cambios que se producen en el curso del tiempo y cómo el Misterio de Gólgota repercute en la evolución de la humanidad. Si podemos decir que semejantes figuras como las de Héctor y Empédocles reaparecieron, y si preguntamos: ¿Cómo viven y actúan ellas entre los hombres de la era poscristiana?, esas mismas almas nos darán una idea de cómo repercute el Misterio de Gólgota en el tiempo pasado y en el comienzo de un tiempo nuevo. Basándonos en la Antroposofía, no vacilaremos en dar los resultados de la genuina ciencia espiritual, resultados que podrán verificarse por lo que exteriormente se percibe.

Para tal fin hemos de dirigir la mirada sobre un hecho de la era cristiana. En este caso también se podría argüir que se trata de una figura de la poesía. Pero esta

“figura de la poesía” representa una personalidad de la vida real, una figura creada por Shakespeare en su obra dramática “Hamlet”. Quien conoce la vida y el desarrollo de Shakespeare, en la medida en que exteriormente es posible conocerlo; más aun, quien lo conoce a través de la ciencia espiritual, sabrá que el Hamlet de Shakespeare es la imagen poética del príncipe danés que realmente vivió. No puedo entrar en pormenores acerca de la figura histórica que corresponde a la figura poética de Shakespeare, pero sí daré el resultado de la ciencia espiritual para evidenciar, a través de un caso significativo, cómo reaparece en la época poscristiana un espíritu de la antigüedad. La individualidad real que corresponde a “Hamlet”, como figura creada por Shakespeare, es Héctor. El alma que vivió en Hamlet, es la misma que también vivió en Héctor. Justamente un ejemplo tan característico que evidencia la gran diferencia en el manifestarse de un alma, nos permite ver claramente qué es lo que sucedió en el tiempo transcurrido entre una época y la otra. Allí está una personalidad como la de Héctor, perteneciente a los tiempos precristianos. En la evolución de la humanidad ocurre el gran acontecimiento del Misterio de Gólgota; y la chispa que penetra en el alma eterna de Héctor, suscita en ella la imagen primitiva de Hamlet. Goethe le caracterizó así: “un alma que no es capaz de hacer frente las situaciones que se le presenten, ni tampoco las hay que le satisfagan; un alma que tiene a su cargo una tarea la que no puede cumplir”. Podemos preguntar: ?Por qué Shakespeare lo describe de tal manera? El no lo sabía. Pero quien lo considera guiado por la ciencia espiritual, conoce las fuerzas que se hallaban detrás. El poeta todo lo crea inconscientemente porque en cierto sentido primero tiene ante sí mismo la figura a crear, y luego, cual un cuadro —sin ser consciente de ello— toda la individualidad correspondiente. ¿Por qué hace resaltar Shakespeare ciertas cualidades características de Hamlet y las destaca decididamente, cualidades que quizá ningún observador de la época hubiera notado en la figura de Hamlet? Hemos de contestar que él las observa dentro del cuadro de la época; él siente cuán diferente ha devenido un alma al pasar de la vida antigua a la nueva. El acierto y la precisión en el carácter de Héctor se ha convertido, por de pronto, en el escepticismo y la vacilación de Hamlet, el que no sabe orientarse en las situaciones de la vida.

Consideremos ahora a otra figura del tiempo moderno la que también primero se conoció a través de una obra poética, cuya fi. gura principal ciertamente aún sobrevivirá cuando en el recuerdo de la posteridad el poeta mismo vivirá como hoy lo tenemos a Homero y Shakespeare: de aquél no sabemos nada, de éste bastante poco. No obstante el arte de la imprenta y todos los demás medios modernos, habrá quedado en el olvido lo que los coleccionistas de datos y los biógrafos nos comunican sobre Goethe, cuando todavía existirá en su viviente grandeza y plasticidad la figura por él creada: la del Fausto. Así como actualmente no se sabe nada de Homero, pero muchísimo acerca de Héctor y Aquiles, así tampoco se sabrá entonces mucho de la personalidad de Goethe (y esto será lo mejor!) pero siempre se sabrá de la figura del “Fausto”.

Fausto también es una figura la cual, como se nos la presenta en la literatura en la obra de Goethe, y en ella aparece, en cierto sentido, en su última forma, se basa, no obstante, en un ser real. Fausto vivió como hombre del siglo XVI; no existió, por cierto, tal como Goethe lo describe en su obra dramática. Sin embargo, cabe preguntar: ¿Por qué lo describe Goethe de esa manera? Goethe mismo no lo sabía; pero cuando él contemplaba al Fausto de la tradición, como ya lo conocía del teatro de títeres de su infancia, entonces obraban en él fuerzas provenientes de una encarnación precedente: la de Empédocles, el antiguo filósofo griego. Y esto irradiaba en la figura del Fausto. Podríamos decir: Si Empédocles se arroja en el Etna, uniéndose con el elemento fuego de la Tierra: ¡Qué espiritualización más maravillosa de la precristiana mística naturalista se nos presenta en el cuadro final del drama de Goethe, al ascender Fausto al elemento fuego celestial a que le conduce el Padre Seráphicus! Lenta y paulatinamente surge un nuevo espíritu en lo que el hombre profundamente aspira. Desde hace tiempo se hace valer en los genios de la humanidad (sin que conozcan nada de reencarnación y karma) el hecho de que, al contemplar y describir un alma universal, desde los fundamentos de su vida propia, ellos describen lo que resplandece desde encarnaciones anteriores. Así como Shakespeare describió a Hamlet, tal como lo conocemos, sin saber nada de que en Héctor y en Hamlet vivió la misma alma, así también describió Goethe al Fausto como si detrás de éste se hallara el alma de Empédocles con todas sus peculiaridades, precisamente porque en Fausto vivió el alma de Empédocles. Lo característico reside en que de esa manera se produce el desarrollo y el progreso del género humano.

Hemos escogido dos figuras características que nos hacen ver que grandes personalidades de la antigüedad se hallan tan hondamente afectadas por lo que vivencian en los tiempos modernos pos cristianos que el orientarse en la vida les resulta sumamente difícil. Al contemplar, por ejemplo, a Hamlet, se siente que en él existe toda la fuerza de Héctor, pero se siente igualmente que en el tiempo poscristiano esa fuera no puede manifestarse, ya que de pronto se encuentra obstaculizada, porque algo ha ejercido su efecto sobre el alma, lo cual significa un principio, mientras que en las figuras de la antigüedad se trataba de un fin. Tanto Héctor como Empédocles se nos presentan plásticamente concluidos. Empero, lo que en la humanidad prosigue evolucionando, tiene que tomar nuevos caminos a través de las nuevas encarnaciones. Así ocurrió con Héctor en Hamlet, con Empédocles en Fausto. Este último tiene en sí mismo todo el elemento de Empédocles, todo el abismo del aspirar hacia las profundidades de la naturaleza, y sólo por esta hondura de su ser pudo decir: “por un tiempo voy a dejar a un lado la biblia; no quiero ser teólogo, sino naturalista y médico”; él tuvo el deseo de tratar con seres demoníacos, y esto le hace andar vagando por el mundo como asimismo asombrarse; pero él mismo es hombre no comprendido. El elemento proveniente de Empédocles ejerce su influencia en todo esto, pero no consigue orientarse en lo que ha de ser el hombre de los tiempos nuevos.

Lo expuesto anteriormente nos hace comprender que en almas significativas, con relación a las cuales cada uno puede informarse, se evidencia un grandioso cambio; y esto se comprueba, precisamente, al profundizarse la contemplación. Y si preguntamos: ¿Qué es lo que sucedió entre una y la otra encarnación de semejante individualidad?, siempre se recibe la respuesta: el Misterio de Gólgota, lo que el Bautista anunció, diciendo: “el tiempo es cumplido; los reinos del espíritu —o los reinos de los cielos— se convierten en el reino humano”. ¡Ciertamente, los reinos de los cielos compenetraron vigorosamente el reino humano! Quienes lo toman exteriormente, no lo comprenden. La compenetración fue tan vigorosa que grandes, sólidos y fuertes hombres antiguos tuvieron que adaptarse a una nueva evolución en la Tierra, de modo que precisamente en ellos se evidencia que al llegar al Misterio de Gólgota, se ha concluido y cumplido algo que hace aparecer a esos hombres como personalidades concluidas en sí mismas. Después ocurrió lo que requirió de las almas generar en sí mismas un comienzo, porque todo debió formarse de nuevo, refundirse, de manera que las almas que en la antigüedad eran grandes, aparecen como almas pequeñas pues deben transformarse en el estado de infancia, porque comienza algo totalmente nuevo. De esto hemos de compenetramos si queremos comprender el sentido de las primeras palabras del Evangelio de Marcos: un principio. Un principio, por cierto, que conmueve las almas en lo más hondo de su ser y que a la evolución de la humanidad da un nuevo impulso: es un principio del “Evangelio”.

¿Qué es el Evangelio? Es lo que desciende desde los reinos de las jerarquías de entidades superiores, Ángeles, Arcángeles. Lo que desciende a través del mundo que se eleva por encima del “mundo de los hombres”. Esto nos abre la perspectiva al profundo sentido de la palabra “Evangelio”, que equivale al impulso que a través del reino de los Arcángeles, de los Ángeles, desciende a la humanidad. En el fondo, todas las traducciones abstractas son muy poco adecuadas. En verdad, ya la palabra “Evangelio” indica que en un momento dado empieza a fluir a la Tierra lo que antes sólo fluía en el reino de los Ángeles y los Arcángeles, y que sobre la Tierra sacude a las almas, principalmente a las más fuertes. Se establece el principio que tendrá su “continuación”; quiere decir que el Evangelio perdura. En aquel momento comenzó, y veremos que, bien mirado, toda la evolución de la humanidad, desde aquel tiempo, es la continuación del “principio”, de un descender desde el reino de los Ángeles del impulso que puede llamarse “Evangelio”.

Sólo la profunda investigación nos permite caracterizar los Evangelios, y veremos que precisamente el Evangelio de Marcos no se comprende sino contemplando la evolución de la humanidad en su verdadero sentido con todos sus impulsos y todo lo sucedido en el curso de la misma. Traté de caracterizarlo no exteriormente, sino a través de las almas y en base al hecho de la reencarnación, la que, si realmente forma parte de la investigación, nos hace comprender el desarrollo de un alma como la de Héctor o de Empédocles, como asimismo la importancia del impulso dado por el acontecimiento de Palestina. El significado de este impulso sólo es comprensible si detrás de la historia exterior se arroja luz sobre la vida por medio de la investigación espiritual, no solamente sobre la vida en sus pormenores, sino en la sucesión de las encarnaciones. Hay que acoger seriamente la idea de la reencarnación y aplicarla a la historia de manera tal que ella se convierta en su elemento vivificante. Esto nos permitirá comprender, principalmente en las almas, el efecto del impulso más grande, el acontecimiento de Gólgota.

GA157 Berlín, 6 de julio de 1915 -Los destinos individuales y nacionales-El significado cósmico de nuestras percepciones sensoriales - Nuestra actividad de pensar, sentir y voluntad

 Los destinos individuales y nacionales

El significado cósmico de nuestras percepciones sensoriales -
Nuestra actividad de pensar, sentir y voluntad

Décimo cuarta conferencia
Berlín, 6 de julio de 1915
Queridos amigos, una vez más recordemos a quienes están en el frente, en el gran escenario de los acontecimientos actuales:
Espíritus de sus almas, guías guardianes,
Que sobre tus alas le llegue
La oración de amor de nuestras almas
A aquellos que custodias aquí en la tierra.
Para que, unidos a vuestra fuerza,
Nuestra oración sea un rayo de ayuda
Para las almas que buscan con amor.
Y para aquellos que ya han pasado por la puerta de la muerte:
Espíritus de sus almas, guías guardianes,
Que sobre tus alas le llegue
La oración de amor de nuestras almas
A aquellos que custodias aquí en la tierra.
Para que, unidos a vuestra fuerza,
Nuestra oración sea un rayo de ayuda
Para las almas que buscan con amor.
Que el espíritu que buscamos mientras trabajamos por el conocimiento espiritual, el espíritu que ha pasado por el Misterio del Gólgota por el bien de la tierra, por la libertad y el progreso del hombre, esté con vosotros y con los duros deberes que tenéis que cumplir!
Hay una serie de cosas que quiero recordar en esta sesión extra de hoy, temas tratados en diferentes conferencias que reuniremos y consideraremos desde un punto de vista particular hoy. Los rayos de luz que surjan se dirigirán entonces a los temas que hemos considerado anteriormente desde un ángulo u otro. Hay un prejuicio particular, un sentimiento que tiene la gente, que le impide aceptar la ciencia espiritual en la época actual. La gente tiene tan poca idea de cuán pequeña es la proporción de lo que un ser humano logra en cualquier hora, en cualquier momento, básicamente dentro de su conciencia ordinaria de ser un individuo humano en el mundo físico. Consideren lo poco que podríamos funcionar como seres humanos si fuéramos plenamente conscientes de todo lo que necesitamos para vivir como seres humanos. A menudo se subraya, y con razón, que el hombre moderno sabe muy poco -tomando en primer lugar las funciones puramente físicas de la vida- cómo funcionan realmente su cerebro, hígado, corazón, etc., para lograr lo que el hombre tiene que lograr para poder vivir en esta tierra como una entidad física. Todas las cosas que el hombre tiene que lograr simplemente para dejar que su vida física externa progrese - todas esas cosas que simplemente tiene que lograr. Pero consideren lo poco que el hombre es capaz de seguirlo con su mente consciente. Sólo se necesita considerar algunas cosas menores que suceden en la vida diaria e inmediatamente se verá que el hombre como una entidad en este mundo, una entidad en la tierra, es una cosa, y lo que se puede llamar "hombre consciente" es algo muy diferente. En relación con lo que el hombre es en toda su extensión, este hombre consciente es pequeño, muy pequeño en realidad. Por lo tanto, no debería sorprender que el hombre sienta un impulso natural de extender este pequeño hombre consciente cada vez más en la región que se abre cuando consideramos al hombre como parte del cosmos. Lo haremos hoy volviendo a los aspectos considerados en conferencias anteriores y considerándolos en un contexto diferente.
Nuestra existencia consciente como seres humanos comienza, en cierto modo, con la percepción sensorial, con todo lo que nuestros sentidos perciben del mundo exterior. La percepción sensorial, el hecho de que se produzcan impresiones en nuestros sentidos, con esas impresiones que surgen en base a ciertos procesos, es algo muy diferente a que seamos conscientes de ello. Imagina que estás durmiendo con los ojos abiertos, no cerrados. Las liebres son capaces de esto. A menos que estuviera muy oscuro, el ambiente dejaría constantemente impresiones en el ojo, sólo que usted no sería consciente de esas impresiones. Nuestros oídos están siempre abiertos, y cada sonido, todas las cosas de las que somos conscientes durante el día cuando estamos despiertos, también se procesan en el oído cuando dormimos. Nuestros órganos sensoriales pueden estar siempre ocupados en todo el proceso de la vida terrestre; sin embargo, cualquier significado que puedan tener para nosotros depende de que sigamos este proceso en los órganos sensoriales en la conciencia consciente' Sólo las cosas que tomamos en la conciencia consciente son realmente nuestras en esta vida en la tierra.

Estas percepciones sensoriales, como las llamamos, la capacidad de nuestros ojos, oídos, etc., para percibir, ¿tienen significado sólo para nosotros como seres humanos que vivimos en la Tierra, o tienen también un significado más amplio, cósmico?
Para responder a esta pregunta necesitamos usar la visión clarividente para tener una opinión sobre lo que realmente vemos de las estrellas en el universo. Creo que podemos decir que la gente que toma el punto de vista de la física materialista diría: "Bueno, cuando vemos un planeta, la luz del sol ha caído sobre él y se ha reflejado, y así es como vemos el planeta". Esa es, de hecho, la forma en que se ven los objetos en la Tierra. Por lo tanto, los físicos concluyeron, sobre la base de la mera analogía, que los planetas se ven de la misma manera. No hay ninguna razón por la que algo aplicable en la tierra - la conclusión de que la luz cae sobre los objetos y estos objetos se hacen visibles a través de esa luz que se refleja - debería aplicarse también a los cuerpos celestes. No hay absolutamente ninguna razón para decir que esta conclusión también se aplica al universo. En cuanto a las estrellas fijas, bueno, los físicos dicen que éstas emiten su propia luz. Recuerdo que, siendo muy joven, le pregunté a un antiguo compañero de la escuela de nuestro pueblo: "¿Qué te enseñan sobre la luz? Incluso en aquellos días había escuchado con cierto escepticismo juvenil lo que se decía del "verdadero" origen de la luz, de todas las diminutas partículas danzantes del éter y de las ondas de luz. El otro muchacho, que había seguido su educación en un seminario, no había oído nada de esto hasta ahora. Me dijo: "Cuando se planteaba la cuestión de la naturaleza de la luz, simplemente se nos decía: "La luz es lo que hace a los cuerpos luminosos". Bueno, eso es decir algo muy brillante sobre la luz, decir que la luz es lo que hace a los cuerpos luminosos. Sin embargo, los físicos materialistas modernos no dicen mucho más que eso cuando dicen que vemos los cuerpos celestes porque irradian luz. En principio es muy parecido.
En otra ocasión mencioné que los físicos materialistas se sorprenderían mucho si pudieran viajar al sol para ver cómo es realmente. Dije eso porque de hecho no hay nada en absoluto en el lugar donde está el sol. Lo que encontraríamos sería un compuesto de entidades y energías puramente espirituales. No hay nada material en absoluto.

Si usamos la conciencia clarividente para investigar las estrellas e indagar en la razón de su luminosidad encontramos que lo que realmente está allí, eso que llamamos su luminosidad, realmente consiste en la habilidad de percibir, una habilidad que es bastante burda en el hombre y más desarrollada en otras entidades. Si algún ente mirara a la tierra desde Venus o Marte y la encontrara luminosa, tendría que decirse a sí mismo: "Esta tierra es luminosa no porque refleje los rayos del sol, sino porque hay hombres en la tierra que la perciben con sus ojos". El proceso de percepción visual tiene importancia no sólo para nuestra propia conciencia, sino que se irradia a todo el espacio exterior. La luz de este cuerpo celeste en particular consiste en lo que los hombres hacen para ver. No sólo vemos para ser conscientes de los resultados de la percepción visual, también vemos para que debido a este proceso la tierra se convierta en radiante en el espacio exterior. Y es un hecho que cada uno de nuestros órganos sensoriales tiene la función no sólo de ser lo que es para nosotros sino que también tiene una función dentro del universo. A través de la percepción sensorial el hombre es una entidad dentro del cosmos. No es simplemente la entidad que su mente consciente le presenta como un ser humano en la tierra, es también una entidad cósmica.
Considerando la configuración interna del alma a un nivel más profundo, llegamos a nuestra actividad del pensar. Nos inclinamos aún más a considerar nuestros pensamientos como propios. No sólo los "pensamientos están libres de peaje", como dice el dicho, indicando que los pensamientos realmente tienen significado sólo para la persona individual, sino que se piensa ampliamente que la gente simplemente pasa por un proceso interno cuando piensa y que esta actividad del pensar más o menos sólo tiene un significado personal para ellos. La verdad es muy diferente. La actividad del pensar es, de hecho, un proceso que ocurre en el cuerpo etérico. Y la gente sabe muy poco de lo que realmente ocurre cuando están pensando. Es muy poco lo que entra en la conciencia del hombre cuando está pensando. Mientras piensa, es consciente de parte de lo que está pensando. Sin embargo, infinitamente más actividad de pensamiento se asocia con esto, incluso cuando pensamos durante el día. Es más, seguimos pensando durante la noche, cuando estamos dormidos. No es cierto que dejemos de pensar cuando nos dormimos y comencemos de nuevo al despertar. La actividad de pensar es continua. Hay muchos procesos de sueño diferentes, procesos en nuestra vida de sueño, y parte de todo esto es que el ego y el cuerpo astral del hombre entran en su cuerpo etérico y físico al despertar. Él entra con estos dos principios y se encuentra en las oleadas de algo muy activo y vivo. Dando un poco de consideración a esto, se darán cuenta de que estos son pensamientos entretejidos y que se está sumergiendo en un océano que consiste enteramente en pensamientos entretejidos. La gente a menudo se dice a sí misma al despertar: "Si tan sólo pudiera recordar lo que acabo de pensar". Esas eran ideas muy sensatas, algo que podría ayudarme enormemente si tan sólo pudiera recordar". Y no se equivocan. Realmente hay algo así como un océano ondulante ahí abajo. Es el mundo etérico que se ondula, se entrelaza, y no es simplemente una forma más sutil de materia, como a los teósofos ingleses les gusta presentarlo, sino el mundo de los pensamientos que se entrelazan, algo genuinamente espiritual. Nos sumergimos en un mundo de pensamientos entretejidos.
Como seres humanos somos mucho más sensibles e inteligentes que los seres humanos conscientes. Esto es algo que debe ser admitido. De hecho, sería muy lamentable que no fuéramos más sensibles en el nivel inconsciente de lo que somos en el nivel consciente. Porque en ese caso no podríamos hacer otra cosa que repetirnos en el mismo nivel de inteligencia vida tras vida. De hecho, ya tenemos dentro de nosotros durante nuestra vida presente el potencial para nuestra próxima vida; este será el fruto. Si siempre fuéramos capaces de agarrar este elemento en el que estamos inmersos, agarraríamos mucho de lo que seremos en nuestra próxima vida. Así que hay una vida ondulante, tejida ahí abajo. Es el germen de nuestra próxima encarnación y esto es lo que llevamos dentro de nosotros mismos. De ahí la naturaleza profética de nuestra vida de ensueño.

El pensamiento es un proceso inmensamente complicado y el hombre sólo toma en su conciencia una pequeña proporción de lo que implica. Un pensamiento implica algo que es un proceso en el tiempo. Nuestras percepciones sensoriales hechas en la conciencia también nos hacen parte del cosmos. La actividad de ver hace que la tierra se vuelva luminosa y esto nos hace parte del espacio cósmico. Los procesos involucrados en la actividad de pensar nos hacen parte del tiempo cósmico; todo lo que sucedió antes de que naciéramos y todo lo que va a suceder después de la muerte juega su parte en esto. A través de nuestro pensamiento, entonces, participamos en todo el proceso cósmico del tiempo, a través de nuestra percepción sensorial en todo el proceso cósmico del espacio. Sólo el proceso de percepción sensorial basado en la Tierra es para nosotros mismos.
Pasemos a los sentimientos. Somos incluso menos conscientes de la actividad de los sentimientos que de la percepción sensorial y de la actividad del pensar. Sentir es un proceso muy profundo. Para descubrir el verdadero significado del pensar, para encontrar la verdad real - que el pensar tiene un significado cósmico - es necesario progresar hacia la percepción imaginativa, como se describe en el Conocimiento de los Mundos Superiores. [ Nota 85 ] Despojando a nuestro pensamiento de la naturaleza abstracta que asociamos conscientemente con él, y entrando en ese océano de pensamientos entretejidos, nos encontramos con la necesidad de tener no sólo los pensamientos abstractos que tenemos como habitantes de la tierra, sino de concebir imágenes en ella. Porque todo se crea a partir de imágenes. Las imágenes son el verdadero origen de las cosas; las imágenes están detrás de todo lo que nos rodea; y es en estas imágenes en las que entramos cuando nos sumergimos en el océano de pensamientos entretejidos. Esas son las imágenes de las que habló Platón; son las imágenes que todos los que han hablado de causas primarias espirituales tenían en mente, las imágenes que Goethe tenía en mente con su planta arquetípica. Estas imágenes se encuentran en el pensamiento imaginativo. Este pensamiento imaginativo es una realidad y nos sumergimos en ella cuando entramos en el mundo de pensamientos que se mueven con el flujo del tiempo.
Solo nos sumergimos en el sentimiento cuando llegamos a la así llamada inspiración, que es el tipo de conocimiento superior en comparación con la imaginación. Todo lo que subyace a nuestros sentimientos es en realidad una ola de inspiración. Y así como la imagen que arroja el espejo es solo una imagen de lo que está presente afuera en el mundo como un objeto, así nuestros sentimientos son solo reflejos de las inspiraciones que nos llegan del universo, arrojadas por nuestro propio organismo. Pero así como el espejo no es capaz de reproducir todo, solo puede reproducir formas externas, solo refleja lo inorgánico, no la vida, así nuestros sentimientos no pueden reproducir lo que está en el elemento del mundo como inspiración, pero sí son una imagen de espejo que solo se relaciona con lo que fluye en el mundo, de la misma manera que una imagen muerta en el espejo se relaciona con la criatura viva que está reflejando. Cada una de esas imágenes refleja los atributos de entidades pertenecientes a jerarquías superiores que se expresan en el mundo a través de la Inspiración. Si no nos detenemos en sentir la actividad sino que progresamos hacia la percepción clariaudiente, percibimos el mundo como la actividad unida de una gran multitud de entidades dentro de las jerarquías. El mundo es esta entidad que surge de las acciones unidas de entidades de las jerarquías. Las acciones de las jerarquías superiores están produciéndose en el mundo. Y nosotros estamos involucrados. Somos el espejo. Y las acciones de las jerarquías superiores se reflejan en nuestro espejo. Entonces percibimos lo que se ha reflejado - a través de la conciencia. Como seres humanos activos en el sentimiento, vivimos en el vientre de los atributos de las jerarquías, percibiendo esos atributos porque tenemos conciencia.
Cuando se trata de ser consciente de sus sentimientos, el hombre es aún más pequeño comparado con lo que realmente es en cuanto a su capacidad de sentir que lo que es comparado con sus percepciones sensoriales y su actividad del pensar. Al sentir los seres humanos también somos parte de las jerarquías, también estamos trabajando en la esfera donde las jerarquías están trabajando. Estamos activos en la urdimbre del tejido. Realizamos actos que no son sólo para nosotros, actos a través de los cuales compartimos la gran labor de construir el mundo. A través de nuestros sentimientos somos los sirvientes de las entidades superiores que son los constructores del mundo. Podemos pensar, como estamos ante la Virgen Sixtina por ejemplo, que esto sólo satisface ciertas necesidades emocionales en nosotros. El hecho, sin embargo, es que cuando un ser humano está ante la Virgen Sixtina y responde emocionalmente a la pintura, es un proceso completamente real. Si no hubiera ningún elemento emocional, ningún elemento de sentimiento, las entidades que un día compartirán el trabajo de construir Venus como un cuerpo celeste carecerían de los poderes que necesitan para hacer este trabajo. Nuestros sentimientos son necesarios para el mundo que los dioses están construyendo, de la misma manera que se necesitan ladrillos para construir una casa. Una vez más, sólo tenemos un conocimiento parcial de nuestros sentimientos. Conocemos la alegría que experimentamos al estar ante la Madonna Sixtina, sin embargo lo que está sucediendo allí es un elemento dentro del todo universal, independientemente de si tenemos conciencia de esto o no.
En cuanto a nuestra actividad de la voluntad, ésta también es sólo un espejo, aunque en este caso se refleja la naturaleza esencial de los miembros individuales de las jerarquías. También somos una entidad dentro de las jerarquías pero a un nivel diferente. Nuestra realidad reside en nuestra voluntad. Damos sustancia al mundo dejando que nuestra voluntad viva en la realidad. De nuevo es cierto que, en la medida en que seguimos nuestra actividad de voluntad en la conciencia, esto tiene significado sólo para nosotros como seres humanos. Pero aparte de esto, nuestra actividad de voluntad es una realidad que es el material que los dioses usaron para construir el mundo.
Por tanto puede verse cómo nuestras percepciones sensoriales, nuestro pensar, sentir y actividad de la voluntad, tienen un significado cósmico; que son una parte integral de toda la vida cósmica. Parece que el hombre moderno debería tener un buen grado de comprensión y debería, con algo de buena voluntad, ser capaz de aceptar estas cosas. Ocasionalmente nos encontramos con la evidencia de que alguien es consciente de que hay un pequeño ser humano - el ser humano consciente - y un gran ser humano que es la realidad cósmica. Friedrich Nietzsche hablaba de esto en su Zaratustra, porque tenía alguna idea de ello. Lo mismo ocurre con muchas otras personas, excepto que no hacen el esfuerzo de seguir los caminos que mostrarán cómo progresamos de ser un pequeño ser humano a ser el más grande. Sin embargo, es realmente necesario que un buen número de personas se den cuenta de que han pasado los tiempos en los que era posible arreglárselas sin tal visión.
En el pasado, todavía quedaba algo de la antigua clarividencia que permitía a la gente ver el mundo espiritual. En aquellos tiempos eran capaces de ver como lo hace el hombre cuando está fuera de sus cuerpos físico y etérico con su cuerpo astral y su ego y ahí fuera en el cosmos. El hombre nunca habría alcanzado la completa libertad como individuo y la dependencia habría sido su suerte si la antigua clarividencia hubiera persistido. Era necesario que el hombre tomara posesión, por así decirlo, de su ego físico. La forma de pensar que desarrollaría si percibiera el océano de actividad de pensar, sentir y querer que existe debajo de la conciencia sería una forma celeste de pensar, pero no un pensamiento independiente. ¿Cómo logra el hombre un pensamiento independiente?
Bueno, imaginen que es de noche y que están durmiendo en su cama. Son los cuerpos físico y etérico los que están en la cama. Al despertar el ego y el cuerpo astral entran desde el exterior. La actividad del pensar continúa en el cuerpo etérico. Y ahora el ego y el cuerpo astral entran, lo primero que hacen es tomar el cuerpo etérico. Esto no requiere mucho tiempo, sin embargo, ya que en ese mismo instante el pensamiento puede destellar: "¿Qué he estado pensando? Esos eran pensamientos sensatos". Sin embargo, el ser humano tiene un fuerte deseo de apoderarse del cuerpo físico también, y en el instante en que lo hace todo se desvanece. Ahora el ser humano está totalmente dentro de la esfera de la vida terrestre. Debido a que el hombre se apodera inmediatamente de su cuerpo físico, no puede ser consciente de la sutil oleada de pensamiento etérico. Para tener la conciencia de que "soy yo el que piensa", el hombre simplemente tiene que apoderarse de su cuerpo físico y convertirlo en su instrumento; de lo contrario no sentiría que "soy yo el que piensa" sino que "es el ángel que me protege el que piensa". El pensamiento consciente "Yo estoy pensando" es posible sólo si el cuerpo físico es tomado. Por lo tanto, el hombre debe ser capaz de usar su cuerpo físico. En el tiempo que queda por delante tendrá que hacer uso de lo que la tierra le da y apoderarse de su cuerpo físico cada vez más. Su egoísmo justificable crecerá y crecerá. Esto tendrá que ser contrarrestado por la toma de las ideas proporcionadas a través de la ciencia espiritual. Estamos ahora en el comienzo de esta era. La gente podría decir:
No hay necesidad de preocuparse por esto. ¿Qué nos importan las intenciones de los dioses? No tenemos ningún deseo de investigar la voluntad de los dioses. Aceptaremos lo que nos ofrezcan en el curso de la vida en esta tierra; nos dan el cuerpo físico para ser un instrumento cada vez más poderoso para el pensar físico. Pero sentirse preocupado de que deberíamos empezar a ganar algo más que el poder, es demasiado esfuerzo. Y realmente no tenemos que hacerlo. Los dioses podrían tomar otro rumbo.
Eso también es lo que la gente dice, sólo que lo dicen inventándose filosofías y demás.
Hay que entender claramente que en el mundo no depende de si decidimos poner un límite a lo que va a suceder, un límite que se adapte a nuestra reticencia a involucrarnos personalmente. Es imposible que la medida designada para el hombre se reduzca. Si el hombre tiene la intención de desarrollar ciertos poderes en una época determinada y sólo desarrolla una parte de ellos, el resto surgirá no obstante. No es cierto que no surjan. Cuando se calienta un motor, el exceso de calor suministrado no desaparece, sino que se irradia desde el motor. De la misma manera, nada de lo que existe en la vida humana puede desaparecer. No es cierto, por lo tanto, que los poderes místicos, tan despreciados por el hombre moderno, no existan. El hombre es capaz de negarlos, pero siguen existiendo como parte de este mundo. Puede negarlos, puede ser un gran materialista en su mente consciente, pero no puede ser un materialista con todo su ser. Lo que sucede es que esos poderes, desconocidos para el hombre, se desarrollarán de tal manera que ofrecerá a Lucifer y a Ahriman lo que de otro modo habría ofrecido a los dioses legítimos. Todo lo que suprimes en tu mente consciente, todo lo que no permites que se desarrolle, se lo ofreces a Ahriman y Lucifer.
Ninguna cultura de la época actual, queridos amigos, puede haber sido más intensamente materialista hasta la última fibra del alma que la cultura italiana. La cultura italiana actual, la cultura de la nación italiana, se ha desarrollado por medio de la influencia del alma del pueblo en el alma sensible. La misión actual de la cultura inglesa es desarrollar el materialismo. El materialismo estará en la superficie, pero será como debe ser. La tierra necesita un cierto materialismo y esto se está desarrollando allí. La misión de los británicos es llevar el materialismo a la evolución de la Tierra. Con ellos no puede echar raíces en el alma tan profundamente como con los italianos. Un italiano siente todo profundamente y en él el materialismo se arraiga en el nivel más profundo. Por eso la cultura italiana actual entra en el frenesí positivo del materialismo nacionalista y lo hace con toda su alma, cuando en realidad el materialismo no puede ser aceptado con toda el alma. Podemos ser sus protagonistas en el mundo, pero no podemos desarrollar un verdadero entusiasmo por él, a menos que formemos parte del alma del pueblo italiano. Es cierto que la época actual es la más materialista de todos los tiempos. Es igualmente cierto que entre los pueblos que viven en el sur de Europa las actitudes más materialistas de todas surgen del alma sensible. Fichte dijo: "Cualquiera que crea en la libertad dentro de la vida del espíritu es realmente uno de nosotros. Su concepción del nacionalismo estaba completamente determinada por el espíritu. No hay nada de esto en el concepto italiano de nacionalismo. En su caso es un asunto de sustancia sanguínea - su nacionalismo es completamente naturalista. La idea que tiene un hombre de lo que constituye una nación es muy diferente a la de otro. Un materialismo completamente nacionalista está vivo entre el pueblo italiano. Por supuesto, todo esto solo se relaciona con el tiempo actual (1915).
Debéis comprender que cuando el alma aspira tan decididamente al materialismo naturalista en lo que pretende una nación, el sentido de lo místico no puede perderse por ello, sino que éste persiste. Simplemente es expulsado de la conciencia y pasa a posarse en otro lugar. No es expulsado del verdadero e íntimo ser del hombre. Ahora sirve a los poderes a los que nos referimos con los términos técnicos de Lucifer y Ahriman. Esas facultades humanas no se dirigen entonces en provecho del camino de las deidades progresivas, sino al camino de los poderes ahrimánicos y luciféricos.
Se podría suponer que algo tendrá que surgir en esas naciones cuando los poderes de naturaleza mística sean lanzados a la vida pública. ¿Podemos encontrar algo de este tipo en el Sur, una corriente de voluntad mística que haya sido expulsada?
Fue en mayo de 1347, en Pentecostés, que Cola di Rienzi [Nota 87] subió al Capitolio de Roma a la cabeza de una gran procesión. Llevaba una antigua armadura romana, que estaba de acuerdo con los sentimientos de la época, y tenía cuatro estandartes. El Capitolio es el lugar desde el que los discursos sobre la civilización de Roma se dirigían tradicionalmente a los romanos. Rienzi proclamó que había venido a hablar en nombre de Jesucristo, como un hombre obligado a hablar a los romanos en nombre de la libertad del mundo entero. La retórica estaba a la orden del día en aquel tiempo. Tenía un cierto significado entonces - en 1347 - pero no una realidad. El conjunto era algo así como una bocanada de humo. Pero ese no es realmente mi punto. Quiero llamar su atención sobre el hecho de que esto ocurrió en un Pentecostés, el 20 de mayo de 1347. Fue entonces cuando el hombre que representaba a toda esta corriente se llamó a sí mismo embajador de Cristo. Más tarde, cuando había elaborado su mensaje, también se autodenominó un hombre inspirado por el Espíritu Santo.
También fue en Pentecostés cuando se declaró la guerra contra Austria. Inmediatamente antes, un hombre que no se llamaba a sí mismo embajador de Cristo, pero que sin embargo dejó que apareciera en lo que decía que estaba lleno del Espíritu Santo, había caminado a la cabeza de una gran procesión e hizo discursos en Roma. No había ningún vestigio en el alma de este hombre del misticismo del que Rienzi había hablado anteriormente. Sin embargo, y aquí tenemos un elemento de misticismo que ha sido expulsado, las palabras fueron pronunciadas de nuevo en un Pentecostés. Sin embargo, fueron pronunciadas al servicio de esos otros poderes. El impulso de Cristo había sido expulsado de la conciencia. Y que era en gran medida el elemento Ahrimánico, un elemento que por supuesto debemos esperar en la era actual, es evidente por unas pocas palabras que se dijeron en ese momento. Un orador del siglo XX no podía, por supuesto, llegar con armadura romana y con cuatro estandartes, así que llegó en un coche. Ese es el tipo de sacrificio que uno tiene que hacer en esta era materialista. Pero de alguna manera tuvo que expresar - quizás inconscientemente - que un elemento de poder místico expulsado por el hombre había sido cedido a otro poder y ahora estaba en movimiento en el mundo exterior, habiendo sido convertido en su opuesto. Este hombre que se hace llamar d'Annuncio - en realidad se le llama de otra manera [ Nota 89 ] - hablaba de tal manera que la gente podría haber creído que todos los grandes discursos llameantes de Rienzi volvían a la vida - es fácil hacer esto en italiano - haciendo deliberadamente que cada frase recordara a él. Después de su discurso, que para la mente centroeuropea sólo consiste en palabras vacías, tomó una espada ceremonial y la besó para indicar que el poder de su oratoria debía pasar a esta espada. La espada era propiedad del editor de una revista que se ve comúnmente cuando uno va a Italia. El editor de una revista había presentado la espada al alcalde de Roma como una reliquia sagrada en esta ocasión. La espada pertenecía al editor del periódico cósmico Asino. En el tiempo venidero, un mundo que juzgue estas cosas sobre una base diferente a la que prevalece hoy en día, se dará cuenta de que muchas de las cosas que suceden en la actualidad tienen que ser juzgadas desde el punto de vista que he presentado - que mucho de lo que está presente en el hombre por medio de los poderes místicos es expulsado, entregado al proceso mundial, pero no se pierde. Se convierte en el botín de los poderes Ahrimánicos y Luciféricos. Rara vez la ironía inherente a la historia del mundo es tan obvia a los ojos como en el caso que acabo de presentar.
Utilicemos todo lo que hemos podido absorber del trabajo que hemos estado haciendo estos últimos años y tratemos de entender claramente que hay una cierta medida de poder espiritual que se le da a la naturaleza humana. La espiritualidad mística tiene que ser expulsada de la conciencia humana para que la humanidad pueda crecer libremente al apoderarse del cuerpo físico. Por otro lado, esta espiritualidad mística debe formar parte de nuestra vida consciente, de lo contrario los poderes artimánicos y luciféricos se apoderarán de lo que ha sido expulsado de la conciencia. Una y otra vez quiero recordarles, queridos amigos, que habiendo hecho tales esfuerzos durante muchos años para absorber esto en nuestra mente consciente, también tenemos la sensación de que algo tendrá que surgir del derramamiento de sangre de la época actual que conducirá a la humanidad hacia la espiritualidad, hacia el reconocimiento del espíritu. Esto significa, como he dicho a menudo, que tendrá que haber almas que han crecido capaces, a través de la ciencia espiritual, de mirar hacia el mundo espiritual donde están presentes todos los cuerpos etéricos que han venido de los jóvenes. Éstos han llegado al mundo espiritual y continuarán estando presentes porque en ese plano, también, los poderes no se pierden. Debemos mirar hacia ellos. Se unirán a los poderes que brillan para nosotros desde el mundo espiritual y lo que los muertos tienen que decir formará los impulsos del futuro - si las almas están presentes y entienden su lenguaje. Es en este espíritu que una vez más decimos estas simples palabras:


Por el valor mostrado en la batalla,
Por la sangre derramada en la guerra,
Por el dolor de los que quedan,
Por las obras de sacrificio del pueblo.
Los frutos espirituales vendrán a crecer.
Si las almas con conocimiento del espíritu.
Dirigen su mente a los reinos espirituales.