CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA232 Dornach, 9 de diciembre de 1923 -Los grandes misterios de Hibernia -

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Los grandes misterios de Hibernia

Dornach, 9 de diciembre de 1923

Sobre la naturaleza de los misterios de Hybernia a habido que contar varias cosas, y ayer pudieron ustedes comprobar, que ese peculiar proceso de desarrollo que tuvieron que experimentar las personas en la isla de Irlanda, les llevó a comprender en primer lugar, lo que es capaz de experimentar el alma humana en general, a través de su propia actividad interior. Solo tienen que pensar que, gracias a todos los preparativos que eran llevados a cabo para los futuros iniciados, hicieron posible que, como por arte de magia, se hicieran aparecer ante sus sentidos paisajes que, por lo general, solo se despliegan ante los sentidos humanos; no se trataba de impresiones religiosas, fantasiosas ni alucinatorias, sino que aquello a lo que ya estaban acostumbrados a ver, era presentado ante sus almas como un velo, un velo que ocultara aquello de lo que sabían muy bien que había algo detrás. Y lo mismo ocurría con la mirada hacia el propio interior humano, al contemplar, como por arte de magia, el onírico paisaje veraniego. Así pues, el alumno estaba preparado para tener imaginaciones, imaginaciones que, en un primer momento, se vinculaban con lo que el alumno solía ver con los sentidos externos. Pero, al tener estas imaginaciones ante sí, ya sabía que si las atravesaba, penetraría más allá, hacia algo completamente diferente.

Ya les he mostrado cómo llegaba el alumno a contemplar el tiempo anterior a la existencia terrenal y el tiempo posterior a ella, el tiempo tras la muerte hasta el punto medio entre la muerte y un nuevo nacimiento, y, al mirar hacia adelante, el tiempo que precedió inmediatamente al descenso, hasta volver de nuevo al punto medio entre la muerte y un nuevo nacimiento. Pero surgió algo más. A medida que se guiaba al alumno para que se sumergiera de verdad en lo que había vivido, su alma se fortalecía al contemplar la vida preterrenal y la posterrenal, y había adquirido una visión de la naturaleza que muere y renace, y entonces podía profundizar, con una fuerza y una energía interiores aún mayores, en cómo era el momento de la rigidez, de ser acogido por la inmensidad del universo, en cierto modo al flotar hacia las azules lejanías del éter, y, de nuevo, cómo era entonces sentirse únicamente como personalidad inmersa en los sentidos, cuando, por así decirlo, no se percibía nada del resto del ser humano, sino que solo se percibía algo de la existencia en el ojo, de la existencia en todo el tracto del oído, del tacto y así sucesivamente; es decir, cuando uno era por completo un órgano sensorial.

El alumno había aprendido a revivir en sí mismo esos estados con una fuerte energía interior y, a partir de ellos, a dejar que llegara hasta él aquello que ahora seguía más allá. Cuando se le indicaba, de forma totalmente voluntaria y desde lo más profundo de su ser, tras haber pasado por todo lo que he descrito, que restableciera de nuevo el estado de rigidez interior, de modo que, en cierto sentido, sintiera su propio organismo como una especie de mineral, es decir, en el fondo como algo bastante ajeno; cuando sentía su exterior, su cuerpo, como algo ajeno, y el alma, en cierto modo, solo como algo que flotaba alrededor y envolvía a ese mineral, entonces, en el estado de conciencia que se derivaba de ello, obtenía una visión clara de la existencia lunar que precedió a la terrestre.

LUNA

Y recordarán, queridos amigos, en este momento, tal y como lo he descrito en mi «Ciencia Oculta» y en las más diversas conferencias, esa existencia lunar. Lo que allí se describe cobraba vida en la conciencia del alumno; simplemente estaba ahí para él. A él le parecía que aquella antigua existencia lunar era una existencia planetaria que, en realidad, al principio solo tenía el estado acuoso, el estado líquido, pero no como el agua actual, sino, diría yo, más bien gelatinosa, como algo coagulado, por así decirlo. Y él se sentía a sí mismo en medio de ello. Pero se sentía organizado dentro de esa masa semiblanda. Y sentía que de su organismo fluía todo el organismo del planeta.

Solo hay que tener clara la diferencia entre cómo se vivía en aquella época y cómo se vive hoy en día. Hoy en día, en cierto sentido, nos sentimos limitados por nuestra piel, y no decimos otra cosa que no sea afirmar que como seres humanos, somos lo que hay dentro de la piel. Por supuesto, se trata de una afirmación errónea enorme, pues en cuanto llegamos a lo que hay en el ser humano en forma de aire, se hace evidente lo absurdo de sentirnos limitados dentro de nuestra piel. Ya lo he dicho muchas veces: la masa de aire que ahora tengo en mi interior hace poco aún no estaba en mí, y la masa de aire que dentro de poco tiempo estará en mí, aún sigue fuera. De modo que, incluso hoy, solo nos sentimos de manera correcta como seres humanos cuando, en lo que respecta a la «naturaleza aérea», no nos consideramos aislados del mundo exterior. Estamos en todas partes donde está el aire exterior. En el fondo, no hay ninguna diferencia entre que ahora tenga un terrón de azúcar en la boca, que al instante siguiente estará en el estómago y habrá recorrido un cierto trayecto, o que en este momento haya una masa de aire ahí fuera y al instante siguiente esté en sus pulmones. El terrón de azúcar recorre este camino (se dibuja); el aire recorre precisamente ese otro camino a través del aire y de los órganos respiratorios. Y quien no se considere parte de esto, que tampoco se considere parte de su boca, sino que haga que su cuerpo comience en el estómago. Así pues, para el ser humano actual es, en realidad, un disparate considerarse a sí mismo como algo encerrado dentro de la piel humana.

Pero en la existencia lunar, la posibilidad de considerarse encerrado dentro de la piel, no existía en absoluto. En aquella época no existían muebles como los que hay por ahí, a los que uno se acerca y toca, sino que todo lo que había era simplemente un producto de la naturaleza. Y si extendía el órgano que tenía entonces, —que, por cierto, era tal que se puede hablar de algo similar a lo que hoy llamamos dedos—, podía retraerlo hasta que desapareciera por completo, y podía retraer el brazo, podía hacerse muy delgado y cosas por el estilo. Pues bien, hoy, cuando se agarra la pizarra, no se siente que esa pizarra le pertenezca. Si en aquel entonces se extendía la mano hacia algo, simplemente se sentía que eso le pertenecía, igual que ahora la masa de aire todavía nos pertenece. De modo que, de hecho, el propio organismo se percibía como una mera parte de toda el organismo planetario y lunar.

Y todo esto era presentado ante la conciencia del alumno de hibernia. Y entonces tenía la impresión de que esa sustancia gelatinosa y fluida no era más que un estado del organismo lunar de aquella época; de que en aquel antiguo organismo lunar, hubo ciertas épocas en las que, dentro de esa sustancia gelatinosa, aparecía algo que era físicamente mucho más duro que nuestros objetos duros de hoy en día. Sin embargo, no era mineral en el sentido en que lo son hoy la esmeralda, el corindón o el diamante, sino que se trataba precisamente de algo duro, de naturaleza córnea. No había nada mineral en el sentido actual de cristalizado y similares, sino que lo que había de similar a un mineral, de duro y córneo, tenía sin duda formas en las que se apreciaba que estaba separado de lo orgánicamente activo, del mismo modo que hoy en día no se habla de la forma cristalina de un cuerno de vaca, sino que se sabe que el cuerno de vaca solo existe porque ha surgido de un organismo, o la cornamenta de ciervo o similares. Por cierto, con los huesos ocurre lo mismo; pero estos son de naturaleza mineral. Así pues, en aquella época existía ese material de naturaleza similar a la mineral que se había formado a partir de lo orgánico.

Y aquellas entidades que en aquel entonces ya habían vivido en parte su humanidad, a las que solo les quedaba por completar una parte de esa humanidad durante su existencia terrenal, son precisamente aquellas individualidades de las que he hablado como los grandes y sabios maestros primigenios de la humanidad en la Tierra, que hoy se encuentran en la colonia lunar.

Todo esto le era revelado al discípulo de hibernia durante ese estado de letargo. Y cuando hubo completado todo ello de la manera adecuada, —es decir, de la forma que a sus iniciadores les pareció plausible—, se le indicaba que debía avanzar de nuevo, avanzar repetidamente, para dejar que su estado de rigidez fluyera y se derramara hasta las lejanías del éter, hasta allí donde pudiera sentir que: los caminos de las alturas me llevan hacia las lejanías del éter azul, hasta los límites de la existencia espacial.

SOL

Y entonces, al pasar por esto una y otra vez, sentía todo lo que allí se podía sentir, moviéndose, por así decirlo, desde la Tierra hacia las lejanías etéricas. Pero al desplazarse hacia las lejanías etéricas, después de que las alturas lo hubieran acogido y lo hubieran llevado hacia las azules lejanías etéricas, allí fuera sentía, en cierto modo, que al final del mundo espacial penetraba aquello que lo atravesaba de nuevo, lo que hoy llamaríamos lo astral, algo que se experimentaba interiormente y que se unía al ser humano, de forma mucho más significativa, mucho más enérgica; aunque, sin embargo, no se podía percibir con tanta intensidad como hoy se percibe algo similar, pero que se unía así al alma humana, solo que de una manera más enérgica, más potente y más viva, como, por ejemplo, hoy se uniría el sentimiento al interior humano si el ser humano se expusiera a la luz solar que fluye, que fluye de forma refrescante, hasta el punto de que le penetre interiormente con un elemento vivificante que le haga sentir su organismo con todo detalle. Porque si presta un poco de atención, podrá sentirlo: cuando te expones al sol con total libertad, cuando dejas que el sol te inunde, pero no de tal manera que el sol te resulte desagradable, que te resulte desagradable en tu sentir interior; cuando te expones al sol de tal manera que dejas que su luz y su calor fluyan con cierto bienestar hacia tu cuerpo, hacia tu organismo, entonces sentirás: le sucederá como si ahora sintiera cada uno de sus órganos de forma ligeramente diferente a como lo hacía antes. Entrará literalmente en un estado en el que podrá describirse a sí mismo interiormente.

Que se sepa tan poco sobre estas cosas no es más que una carencia en la capacidad de atención del ser humano actual. Si hoy no existiera esta carencia de capacidad de atención, las personas podrían, de hecho, ofrecer al menos indicios oníricos de lo que se les ha revelado en su percepción interior, bajo la luz del sol que inunda su ser. Y, de hecho, antes se enseñaba al alumno sobre el interior del organismo humano de una manera diferente a como se hace hoy en día. Hoy en día se disecciona el cadáver y, para ello, se elaboran los atlas anatómicos. Esto no requiere mucha atención, aunque hay que admitir que algunos estudiantes tampoco prestan esa atención; pero no requiere mucha atención. Pero antiguamente se le enseñaba al alumno de tal manera, que se le colocaba al sol y se le guiaba para que sintiera su interior en respuesta a la agradable luz solar que le inundaba, y a partir de ahí ya podía dibujar el hígado, el estómago y demás. Existe esta afinidad interior del ser humano con el macrocosmos, siempre que se den las condiciones para ello. Por supuesto, se puede ser ciego y, aun así, percibir la forma de cualquier objeto mediante el tacto. De este modo, incluso cuando un órgano de su organismo se vuelve sensible al otro gracias a la atención prestada a la luz, podrá describir los órganos internos, de modo que al menos pueda captar siluetas de los mismos en su conciencia. Pero precisamente a los discípulos de los misterios de hybernia se les inculcaba en gran medida que, al fluir hacia la lejanía azul del éter, al fluir hacia dentro de la luz astral, ante todas las cosas, no se sintieran a sí mismos; sino que sintieran en su conciencia un mundo poderoso, un mundo del que ahora se dijeran lo siguiente: Vivo por completo en un elemento junto con otras entidades. Este elemento es, en el fondo, pura bondad de la naturaleza. Pues desde todas partes siento cómo fluye hacia mí desde este elemento, —y perdónenme por emplear una expresión que solo será posible más adelante—, en el cual me muevo nadando, como el pez en el agua, pero yo mismo, compuesto únicamente de elementos ligeros y volátiles, en todos los elementos planetarios siento cómo llega desde todos los lados esa agradable corriente. En realidad, el alumno sentía cómo fluía por todo su ser la luz astral, dándole forma y configurándolo. Este elemento es pura bondad natural, podría haber dicho, pues me aporta algo en todas partes. En realidad, estoy rodeado de pura bondad. Bondad, bondad por todas partes, pero una bondad natural que me rodea. Pero esta bondad natural no es solo bondad, es bondad creadora, pues es ella la que, con sus fuerzas, hace que yo sea y me da la forma que me sostiene, en la medida en que nado, floto y me muevo en este elemento. Y así, en el fondo, las impresiones que surgían allí eran de carácter moral y natural.

Si quisiéramos establecer una comparación con algo de la actualidad, solo podríamos decir: Si una persona pudiera tener una rosa ante sí, olerla y, desde la sinceridad y la honestidad más profundas, decir: «La bondad divina, que se extiende por todo el planeta Tierra, fluye también hacia la rosa, y al transmitir la rosa su esencia a mi sentido del olfato, percibo la bondad divina que habita en el planeta», —si hoy un ser humano pudiera decirse a sí mismo con honestidad interior algo así al oler el aroma de la rosa, entonces reviviría algo así como una débil sombra de lo que en aquel entonces se experimentaba interiormente como el elemento vital completo de cada ser humano. Y eso, queridos amigos míos, fue la experiencia de la existencia solar que precedió a nuestra Tierra. De modo que el alumno pudo experimentar la existencia solar y la existencia lunar, tal y como precedieron a nuestra Tierra.

SATURNO

Y además, cuando se había guiado al alumno a sentirse únicamente en sus sentidos, cuando había experimentado algo parecido a despojarse de todo su organismo, de modo que, en realidad, solo vivía en su ojo, en su conducto auditivo, en toda su sensibilidad, entonces percibía aquello que he descrito en mi «Ciencia Oculta» como el ser de Saturno, como el estado en el que uno flotaba y tejía en el elemento del calor, en los elementos de calor diferenciados en su interior. Allí uno se encontraba de tal manera que no se sentía a sí mismo como carne y sangre, ni como huesos y nervios, sino que se sentía simplemente como un organismo de calor, pero este calor dentro de otro calor, como el calor planetario de Saturno. Se percibía el calor cuando el calor exterior tenía un grado diferente al del calor interior. Un tejer en el calor, una vida a través del calor, una sensación de calor sobre calor: eso era, en definitiva, la existencia saturnal.

Y eso era lo que experimentaba el alumno cuando se sumergía en sus sentidos. Y esos sentidos aún no estaban tan diferenciados como hoy en día. Esa percepción del calor a través del calor, la vida a través del calor, la vida en el calor, eso era lo más importante. Pero había momentos en los que, al acercarse uno mismo, —en cierto modo, como un organismo de calor—, a otro proceso de calor o a otro cuanto de calor, al entrar en contacto con él se sentía algo en el interior, como un resplandor de llamas, y uno se encontraba entonces en un elemento, —no solo calor que fluye, que se entreteje y se ondula—, sino que, en cierto momento, uno era algo así como una llama, o también algo que se asemejaba a una sensación gustativa que se entretejía, —un sabor no solo en la lengua, que por supuesto entonces no existía, sino un sabor que uno mismo sentía, pero que se encendía en otro, que también cedía algo de sí mismo a otro, y así sucesivamente—. En el alumno se despertaba la existencia saturnal.

Como pueden ver, en estos misterios de hibernia se iniciaba al alumno en lo que constituye el pasado de su propia existencia planetaria en la Tierra. Conocía la existencia saturnal, la solar y la lunar como las sucesivas metamorfosis de la existencia terrestre.

JÚPITER

Y luego se le animaba una y otra vez a revivir aquello que ahora le conducía a su interior; en primer lugar, a revivir de nuevo lo que les he descrito como la sensación de una presión interna, como si uno se viera presionado por la sensación de tener un centro propio, como si el aire se condensara en su interior, de modo que, si se quisiera comparar ese estado con algo propio del ser humano actual, solo se podría comparar con la sensación de no poder expulsar el aire, de que este se comprime y se empuja hacia todos los lados. Ese era, en efecto, el primer estado, y el alumno debía ahora evocarlo de nuevo en su alma mediante la voluntad externa. Y cuando lo hacía, cuando realmente experimentaba ese estado que se asemeja a un sueño, —gracias al cual ya antes había sido capaz incluso de soñar, estando despierto, la existencia natural como un paisaje veraniego—, cuando había llegado a ese estado, entonces, en algún momento, tenía de repente una experiencia muy peculiar. Me gustaría decir que, para poder caracterizar esta experiencia, debo hacerlo desde el punto de vista opuesto; debo caracterizarla de la siguiente manera. Piénsenlo: hoy, como ser humano terrenal, entran en una habitación cálida y sienten el calor; salen cuando hay 5 o 10 grados bajo cero y sienten allí el frío; sienten la diferencia entre el calor y el frío, pero lo perciben como algo físico. Eso no se une con su mundo anímico. Y, como ser humano terrenal, no se le ocurre a uno que, al entrar en una habitación cálida, tengas siempre la sensación de que allí, en esa habitación, se extiende algo como un gran espíritu que te envuelve con amor. Percibes ese calor como algo físicamente agradable, pero no lo percibes como algo anímico. Lo mismo ocurre con el frío. Tienes frío, tienes frío físicamente, pero no tienes la sensación de que, ahí fuera, debido a las condiciones climáticas particulares, se te acerquen demonios que te susurren algo tan gélido que te enfríe también el alma. El calor físico no es al mismo tiempo algo espiritual para vosotros, porque, como seres humanos terrenales con una conciencia ordinaria, no percibís lo espiritual natural en toda su intensidad. Como ser humano terrenal, uno puede enternecerse ante la calidez de otras personas, ante su amistad, ante su amor; puede enfriarse ante su frialdad, quizá también ante su estrechez de miras, pero con ello se refiere a algo espiritual. Pero piénsese solo en lo poco que el ser humano terrenal de hoy en día se siente inclinado, cuando sale al aire cálido y bochornoso del verano, a decir: «¡Los dioses me aman mucho ahora!». O qué poco se inclina el hombre de hoy, al salir al frío invernal, a decir: «Pero ahora solo vuelan por el aire aquellas silfas que son filisteos gélidos en el mundo de las silfas». Son expresiones que hoy en día ya no se oyen en absoluto.

Bueno, verán, esa sensación a la que quiero aludir, —por eso dije que tenía que explicar el asunto por el camino contrario—, era algo que, precisamente para el alumno, cuando experimentaba esa sensación de presión interior, se le presentaba como algo evidente. Todo lo que sentía como calor, lo sentía al mismo tiempo como algo anímico, pero, a su vez, también como calor físico, y podía sentirlo porque su conciencia se había trasladado al ser de Júpiter, que habrá de surgir de la Tierra. Porque solo nos convertiremos en seres de Júpiter uniendo lo físico-calórico con lo anímico-calórico, de modo que, como seres de Júpiter, cuando acariciemos con amor a una persona o a un niño por el simple hecho de hacerlo, seremos al mismo tiempo una verdadera fuente de calor para el niño. El amor y la emisión de calor no estarán en absoluto separados. De hecho, llegaremos a irradiar anímicamente en nuestro entorno el calor que experimentamos.

El discípulo de los misterios de hibernia era llevado a experimentar esto, —aunque no en el mundo terrenal, sino transportado a otro mundo—, y, de este modo, se le presentaba la existencia de Júpiter, naturalmente no en la realidad física terrenal, sino en forma de imagen.

VENUS

Y el siguiente paso fue que el alumno sintiera de verdad esa angustia interior de la que les hablé ayer, cuando llegaba a comprender realmente la necesidad de superar su propio yo, ya que, de lo contrario, este yo puede devenir en fuente del mal. Cuando el alumno hacía presente en sí mismo ese estado interior del alma, experimentaba algo tal que no solo sentía el calor anímico y el calor físico como uno solo, sino que lo que allí sentía como uno solo, ese calor anímico-físico, comenzaba a resplandecer, se manifestaba tal y como empieza a resplandecer. El secreto del resplandor de la luz, del resplandor anímico de la luz, se revelaba al alumno. De este modo, era transportado hacia aquel futuro en el que la Tierra se transformará en el planeta Venus, en el futuro planeta Venus.

VULCANO

Y entonces, cuando el alumno sentía en su corazón cómo todo lo que había vivido anteriormente convergía, tal y como se lo describí ayer, se le revelaba que todo lo que experimentaba en su alma se manifestaba al mismo tiempo como una experiencia del planeta. Uno tiene un pensamiento; el pensamiento no permanece dentro de la piel del ser humano, sino que comienza a resonar; el pensamiento se convierte en palabra. Aquello que el ser humano vive se configura en palabra. La palabra se expande por el planeta vulcano. Todo en el planeta vulcano es un ser vivo que habla. La palabra resuena en la palabra, la palabra se aclara en la palabra, la palabra habla a la palabra, la palabra aprende a comprender a la palabra. El propio ser humano se siente como la palabra que comprende el mundo, como la palabra que comprende el mundo de las palabras. Al presentarse esto en forma de imagen ante el iniciando de hibernia, este sabía que se encontraba en el planeta vulcano, en el estado metamórfico más avanzado del planeta Tierra.

Como pueden ver, los misterios de hibernia formaban parte, en efecto, de lo que en la ciencia espiritual se denomina con razón los grandes misterios. Y es que aquello en lo que se iniciaba a los alumnos les proporcionaba una visión general, una perspectiva de la vida humana antes de la vida terrenal y después de ella. Al mismo tiempo, les proporcionaba una visión general de la vida cósmica en la que el ser humano está entretejido y de la que, a lo largo de los tiempos, nace. Así pues, el ser humano llegaba a conocer el microcosmos, es decir, a sí mismo como ser espiritual, anímico y corporal, en relación con el macrocosmos. Pero también llegaba a conocer el devenir, el entretejido, el surgimiento y la desaparición, así como la transformación metamórfica del macrocosmos. Estos misterios de hibernia eran grandes misterios.

Y alcanzaron su verdadero apogeo en la época que precedió al misterio del Gólgota. Pero una característica propia de los grandes misterios, era precisamente que en ellos se hablara de Cristo como de alguien que aún habría de venir, del mismo modo que más tarde se hablaría de Cristo como alguien que había atravesado los acontecimientos del pasado. Y, en realidad, tras la primera iniciación, se quería mostrar al discípulo, presentándole al salir la imagen de Cristo, que todo el curso de los mundos en la Tierra tiende hacia el acontecimiento del Gólgota. En aquella época, esto aún se representaba como algo futuro.

En esta isla, que más tarde pasó por tantas pruebas, existía, de hecho, un lugar de los grandes misterios, un lugar de los misterios cristianos anteriores al Misterio del Gólgota, en el que, de manera legítima, también se dirigía la mirada espiritual del ser humano, —que existía antes del Misterio del Gólgota—, hacia el Misterio del Gólgota.

Y cuando se produjo el misterio del Gólgota, mientras en Palestina tenían lugar los singulares acontecimientos que acabamos de describir al exponer la experiencia de Cristo Jesús en el Gólgota y sus alrededores, en el seno de los misterios de hibernia y su comunidad, —es decir, el pueblo que pertenecía a los misterios de hibernia—, se celebraban grandes fiestas. Y lo que realmente ocurrió en Palestina era representado de forma pictórica, multiplicado por cien, en la isla de Hybern, sin que la imagen fuera un recuerdo del pasado. En la isla de Hybern se vivió el misterio del Gólgota a través de imágenes al mismo tiempo que el misterio del Gólgota estaba teníendo lugar históricamente en Palestina. Cuando más tarde, en los templos y las iglesias, se vivía el misterio del Gólgota a través de imágenes, se mostraba al pueblo mediante imágenes, se trataba de imágenes que recordaban algo que había pasado en la Tierra, algo que, por tanto, se había extraído de la conciencia ordinaria como un recuerdo histórico. En la isla de Hybern , estas imágenes ya existían cuando aún no podían extraerse del pasado a través de la memoria histórica, sino que solo podían extraerse del propio espíritu. En la isla Hybern se contempló espiritualmente aquello que, para el ojo físico, tuvo lugar en Palestina a principios de nuestra era. Y así, en realidad, en la isla de Hybernia la humanidad vivió espiritualmente el misterio del Gólgota. Y eso es lo que significa la grandeza de todo aquello que más tarde partió precisamente de esta isla de Hybernia hacia el resto de la civilización, pero que desapareció en épocas posteriores.

Y ahora les pido que presten atención a una cosa. Quien se limite a estudiar la historia exterior puede encontrar muchas cosas grandiosas, bellas, inspiradoras y reveladoras de sentido cuando mira retrospectivamente, desde una perspectiva histórica, hacia el antiguo mundo oriental, a la antigua Grecia o a la antigua Roma; y, a su vez, puede descubrir muchas cosas cuando se adentra, digamos, en la época de Carlomagno, por ejemplo, y recorre la Edad Media. Pero fíjense tan solo en lo escasas que se vuelven las noticias históricas externas en el periodo que comienza unos siglos después del surgimiento del cristianismo y termina aproximadamente en los siglos IX y X d. C. Eche un vistazo a las obras históricas; en todas las obras históricas más antiguas y fidedignas encontrará, en realidad, en todas partes solo descripciones muy breves, muy poca información sobre esos siglos. Solo entonces las cosas vuelven a empezar a ser más detalladas.

Sin embargo, los historiadores más recientes, que en cierto modo se avergüenzan, con un aire un tanto profesoral, de distribuir tan mal el material, —al no describir lo que no saben—, inventan todo tipo de construcciones fantásticas que ahora se sitúan en esos siglos. Pero todo eso son tonterías. Si se presenta el tema con honestidad histórica, la descripción histórica de aquella época en la que la antigua Roma se derrumba y llegan las devastadoras oleadas de las migraciones de los pueblos, —que, por cierto, ni siquiera fueron tan terriblemente llamativas en apariencia como se imaginan las personas de hoy en día, sino que solo lo fueron en comparación con la calma que reinaba antes y después—, resulta bastante escasa. Pero si simplemente calculara hoy, o si lo hubiera hecho en la época anterior a la guerra, cuántas personas, digamos, se trasladan cada año de Rusia a Suiza, obtendría una cifra mayor que la de personas que recorrieron esa misma distancia en Europa durante la época de las migraciones de los pueblos. Todas estas cosas son relativas. De modo que, en realidad, si se quisiera seguir hablando en el mismo estilo que se aplica a la descripción de las migraciones de los pueblos, habría que haber dicho: «Hasta la época anterior a la guerra, todo en Europa se encontraba en una migración continua de pueblos, incluso hacia América». Y las oleadas migratorias hacia América eran más numerosas que los flujos de las migraciones de los pueblos. Pero esto es algo de lo que no nos damos cuenta del todo.

Pero, a pesar de todo, lo cierto es que, a medida que transcurre este periodo —descrito como la época de las migraciones y como el periodo posterior a las migraciones—, las noticias históricas se vuelven escasas. No se sabe mucho de él. Se describirá poco de lo que ocurrió, por ejemplo, aquí en esta región, de lo que ocurrió en Francia, en Alemania, etcétera; se describirá poco de ello. Pero fue precisamente allí donde aún se dejaban sentir los ecos de lo que se había contemplado en los misterios de Hybernia, que aún se extendían por Europa, aunque solo fuera como un débil eco, donde por todas partes los efectos y los impulsos de los grandes misterios de Hybernia ya se estaban infiltrando en la civilización.

Pero entonces se encontraron dos grandes corrientes. Verán, todo lo que voy a decir ahora es, en realidad, solo una cuestión de terminología, no para dar a entender ni la más mínima sombra de simpatía o antipatía hacia nada, sino para describir la necesidad histórica. Se encontraron dos corrientes. Una, que llegó desde Oriente dando un rodeo por Grecia y Roma, y que contaba con la capacidad que se imponía cada vez más a la humanidad, orientada exclusivamente hacia el entendimiento y los sentidos, donde se trabajaba con lo que existía como recuerdo histórico de acontecimientos visibles desde fuera y vividos exteriormente. Desde Palestina, pasando por Grecia y Roma, se difundió la noticia, —que luego fue acogida por las personas en su vida religiosa—, sobre algo que había tenido lugar en el mundo físico-sensorial a través del Dios Cristo en Palestina. Esto estaba adaptado a la comprensión de las personas, que ya solo se basaba en lo que hoy llamamos la conciencia ordinaria, dependiente del entendimiento y de los sentidos. Y, de hecho, se difundió de la manera más grandiosa. Pero eso acabó por desplazar lo que llegó desde Occidente, desde Hybernia, y que, como último eco de la antigua sabiduría instintiva de la Tierra, se basaba en las antiguas sabidurías espirituales de la humanidad, que solo ahora se revelaban en la nueva conciencia. Desde Hybernia se extendió por Europa algo que, en lo que respecta a la iluminación, no se basaba en la sabiduría derivada de la percepción sensorial, ni en la demostración de algo mediante la evidencia de que eso había ocurrido históricamente. Más bien se extendieron cultos, enseñanzas de sabiduría como cultos hibernios, como enseñanzas de sabiduría hibernias, que contaban con algo que ilumina al ser humano desde el mundo espiritual, incluso cuando, como el misterio del Gólgota, tiene lugar al mismo tiempo en la realidad física en otro rincón de la Tierra. En Hybernia se contemplaba de manera espiritual la realidad física de Palestina.

Pero aquello que solo podía vincularse a la realidad física eclipsaba a aquello otro que apostaba por la elevación espiritual del ser humano, por su interiorización espiritual, por su impregnación espiritual. Y poco a poco, por una necesidad que ya se ha comentado con frecuencia en relación con otros puntos de vista, lo que se vinculaba a la existencia sensorial y física fue ganando terreno sobre aquello que se vinculaba a la visión espiritual. Y las noticias sobre el Redentor que habitaba en la Tierra en un cuerpo físico se impusieron a las maravillosas imágenes imaginativas que llegaban desde Hybernia y que podían representarse en los cultos, sobre las grandiosas imágenes imaginativas que anunciaban al Redentor como una entidad espiritual y que, en la representación de su culto y en sus descripciones, no tenían en cuenta que se trataba también de un acontecimiento histórico. Menos aún se podía tener esto en cuenta en la época en que aún no era un acontecimiento histórico, pues los cultos ya estaban establecidos antes del misterio del Gólgota,

Y llegó la época en la que las personas se volvían cada vez más receptivas únicamente a lo que se podía observar físicamente, en la que, por así decirlo, llegaron a dejar de considerar como verdad aquellas cosas que no guardaban relación con lo que se podía observar físicamente. Y así, la sabiduría que llegó desde Hybernia dejó de percibirse en su sustancialidad. Y así, el arte que llegó desde Hybernia dejó de percibirse en su verdad cósmica. Así fue surgiendo, cada vez más, no una ciencia hiberniana, sino una ciencia que se basaba únicamente en lo externo y sensorial; y no un arte hiberniano, sino un arte, —el de Rafael no es otro—, que necesitaba lo sensorial y visible como modelo, mientras que el arte hiberniano tenía como objetivo realizar lo anímico-espiritual de manera inmediata a través de los medios artísticos.

Así llegó entonces una época en la que, en cierto sentido, se cernió un eclipse sobre la vida espiritual, en la que solo se hacía hincapié en la razón y los sentidos, y se fundamentaban filosofías que pretendían demostrar cómo la razón y los sentidos podrían, de alguna manera, llegar al ser o alcanzar la verdad.

Y entonces ocurrió precisamente aquello tan curioso: que las personas ya no eran receptivas a las influencias espirituales. Y ¿dónde se podría ver con mayor precisión, diría yo, cómo las personas, con su conciencia, ya no eran accesibles a las influencias espirituales, que en lo que se les dio, —ya lo expuse en la revista «Das Reich»—, como por ejemplo la forma en que se les entregó la «Boda Química de Christian Rosencreutz» En su momento llamé la atención sobre lo extraño que resultó todo lo relacionado con estas «Bodas Químicas». Valentín Andrea es el autor material de estas «Bodas Químicas»; en el año inmediatamente anterior al estallido de la Guerra de los Treinta Años, Valentín Andrea escribió estas «Bodas Químicas». Pero nadie que conozca la biografía de Valentín Andrea tendrá la menor duda de que Valentín Andrea, —que más tarde se convirtió en un pastor filisteo y escribió otros libros untuosos—, no escribió las «Bodas Químicas». Es una auténtica tontería creer que Valentín Andrea escribió las «Bodas Químicas». Basta con comparar «Las bodas químicas», «La reforma del mundo entero» o los demás escritos de Valentín Andrea, —físicamente se trataba de la misma persona—, con el estilo empalagoso, untuoso y grasiento que el pastor Valentín Andrea, que solo comparte el mismo nombre, escribió en su etapa posterior.

¡Es un fenómeno de lo más curioso! Tenemos a un joven que apenas ha terminado la escuela y que escribe cosas como «La Reforma del mundo entero» o «Las bodas químicas de Christian Rosencreutz», y nosotros tenemos que esforzarnos por desentrañar el sentido oculto de estos escritos. Él mismo no entiende nada de ello, como demostrará más tarde: se convertirá en un pastor untuoso y adulador. ¡Es la misma persona! Y basta con tener en cuenta este hecho para que resulte plausible lo que en su momento expuse al respecto: que, precisamente, las «Bodas Químicas» no fueron escritas por un ser humano, o solo lo fueron en la medida en que, bueno, el secretario secreto de Napoleón, siempre lleno de miedo, escribía sus cartas. Pero Napoleón era, al fin y al cabo, un ser humano que tenía los pies y las piernas firmemente plantados en el suelo, es decir, era una personalidad física. Quien escribió «Las bodas químicas» no era una personalidad física, y se sirvió de este «secretario», que más tarde se convirtió en el pastor untuoso Valentín Andrea.

Imagínese este maravilloso acontecimiento que precedió a la Guerra de los Treinta Años: ¡un joven, un joven muy joven, da la mano a un ser espiritual que escribe algo así como las «Bodas Químicas»! Y lo que en este caso solo se manifiesta en un ejemplo concreto, ocurrió a menudo en aquella época. Pero es que las cosas no se han reconocido ni conservado tan bien. Lo que en aquella época se entregó a la humanidad como algo importante se le entregó de tal manera que las personas no eran capaces de comprenderlo con su entendimiento. Esa era la espiritualidad que seguía actuando, que aún se les revelaba abiertamente, que las propias personas representaban, pero que ya no podían experimentar en su interior.

Y así es como, en esta época en la que, en realidad, si los libros tuvieran el grosor correspondiente, los libros de historia estarían llenos de páginas en blanco, la humanidad vive como en dos corrientes: en aquella corriente que discurre abajo, en el mundo físico, donde las personas creen cada vez más y más solo en lo que les dice su razón y lo que les dicen los sentidos; pero por encima de ello tiene lugar continuamente una revelación espiritual que se produce a través del ser humano, pero que este no comprende. Y precisamente entre los ejemplos más característicos de esta revelación espiritual se encuentran obras como «Las bodas químicas de Christian Rosencreutz».

Pero todo aquello que allí se revelaba pasaba, a pesar de todo, por las mentes de las personas, aunque estas no lo entendieran; pasaba por las mentes de las personas, se atenuaba, se distorsionaba. Esos susurros y balbuceos se convirtieron en algo grandiosamente poético, en algo inmensamente poético, como lo son a veces los versos de la «Boda química de Christian Rosencreutz». Y, sin embargo, son revelaciones de algo grandioso: imágenes macrocósmicas imponentes, experiencias inmensas entre el ser humano y el macrocosmos, que se presentan de forma majestuosa. Cuando se lee la «Boda Química» con la mirada actual, se aprenden a comprender estas imágenes de la «Boda Química»; se disuelven, pues, en el fondo, siguen estando teñidas por las mentes por las que han pasado, y tras ellas aparece lo grandioso.

Este tipo de cosas son precisamente una prueba de que, en el subconsciente, lo que en su día vivió la humanidad ha perdurado en realidad. Y se desvaneció por completo en los primeros tiempos de la devastadora Guerra de los Treinta Años. En la primera mitad del siglo XVII se va desvaneciendo aquello que en su día fue una gran y majestuosa verdad espiritual. Y solo los místicos conservan la huella emocional de ello. Pero la sustancia propiamente dicha, la sustancia espiritual, se pierde por completo. El intelecto triunfa en un primer momento y allana el camino para la era de la libertad.

Y hoy echamos la vista atrás a estas cosas y contemplamos precisamente los misterios hybernia , diría que con una vida interior bastante profunda, pues son, en el fondo, los últimos grandes misterios, esos últimos grandes misterios a través de los cuales pudieron expresarse los secretos humanos y cósmicos. Y cuando hoy se vuelven a indagar estos misterios, es entonces cuando los misterios de hybernia nos parecen verdaderamente grandiosos. Pero, en realidad, no se pueden comprender del todo si antes no se han indagado las cosas de forma autónoma. E incluso cuando se han indagado de forma autónoma, ocurre entonces algo especial.

Cuando, en la evolución akáshica, uno se acerca a las imágenes de estos misterios de hybernia , siente algo que le repele. Es como si una fuerza le frenara, como si no pudiera acercarse con el alma. Y cuanto más se acerca uno, más se oscurece aquello a lo que se quiere llegar con el alma, y se experimenta una especie de entumecimiento anímico. Hay que abrirse camino a través de ese entumecimiento anímico. No hay otra forma de hacerlo que dejando que resurja en uno todo lo que ya se sabe sobre temas similares, sobre lo que uno mismo ha descubierto y lo que ha contemplado por sí mismo. Y entonces uno se da cuenta de por qué es así. Entonces uno se da cuenta de que, con estos misterios de hybernia, las fuerzas divinas y espirituales de la humanidad dieron sin duda el último resquicio de lo antiguo; pero que, en el momento en que los misterios de hybernia se sumieron en la penumbra, quedaron al mismo tiempo rodeados espiritualmente por un muro impenetrable, de modo que el ser humano no puede desentrañarlos de manera pasiva, ni contemplarlos, y que no puede acercarse a ellos más que despertando en sí mismo su actividad espiritual, es decir, convirtiéndose en un verdadero ser humano de la época moderna. Me gustaría decir: el acceso a los misterios de hybernia se ha cerrado al mismo tiempo para que los seres humanos no puedan acercarse a los misterios a la antigua usanza, sino que se vean impulsados a que aquello que, en la época de la libertad, los seres humanos deben encontrar en su interior, se experimente realmente también en la actividad de la conciencia, y no a través de una visión histórica, —ni tampoco de una visión clarividente e histórica—, de antiguos, maravillosos y grandes misterios, antes de haber emprendido el camino para llegar a esos misterios a partir de la propia actividad interior.

De este modo, los grandes misterios de Hybernia insinúan de la forma más intensa cómo comienza una nueva era en la época en la que los misterios de hybernia se hunden en la tierra de las sombras. Pero también hoy pueden ser contemplados de nuevo, en toda su gloria y majestad, por el ser anímico sostenido por la libertad interior, pues a través de una verdadera actividad interior es posible acercarse a ellos, se puede superar lo que se nos opone, lo que pretende adormecernos, aquello que para el alma representa lo que hasta los tiempos más tardíos se revelaba aún a los iniciados de entre los grandes y antiguos misterios de la sabiduría espiritual de antaño, —instintiva, sí, pero no por ello menos elevada—, que en su día se derramó sobre la humanidad de la Tierra como una fuerza primigenia del alma. Los monumentos más bellos y significativos de la época posterior a la sabiduría primigenia de los seres humanos, a la gracia primigenia de las entidades divinas y espirituales, tal y como se revelaban en los estados primigenios de la humanidad; los monumentos espirituales y anímicos más bellos de esta época son aquellas imágenes que pueden revelarse ante nosotros al dirigir nuestra mirada hacia los misterios de Hybernia.

Traducido por J.Luelmo 



GA227 Penmaenmawr, 28 de agosto de 1923 La vida del hombre después de la muerte en el cosmos espiritual

   Índice

    RUDOLF STEINER 

Conocimientos de Iniciación

LA VIDA DEL HOMBRE DESPUES DE LA MUERTE EN EL COSMOS ESPIRITUAL

 Penmaenmawr, 28 de agosto de 1923

décima conferencia

Si queremos mostrar a nuestras almas la naturaleza de nuestras experiencias entre la muerte y el renacimiento, debemos ante todo captar la gran diferencia que existe entre ellas y las de la vida terrenal. Aquí en la Tierra llevamos a cabo todo lo que hacemos de tal manera que, una vez hecho, se separa de nosotros, ya no nos pertenece. Por ejemplo, fabricamos diversas cosas y éstas se desprenden de nosotros. La mayoría de la gente se libera de ellas vendiéndolas. De ahí que nos encontremos con que todo lo que un hombre hace en la Tierra, como resultado de su voluntad, sale al mundo de tal manera que siente relativamente, -digo expresamente, relativamente-, poca conexión con ello. Y los pensamientos a partir de los cuales crea algo en la Tierra se deslizan de nuevo dentro de él, hacia su ser interior, donde permanecen meramente pasivos o se convierten en recuerdos, hábitos, aptitudes.

Entre la muerte y un nuevo nacimiento hay una diferencia. Allí, todo lo que el hombre realiza vuelve a él, en cierto sentido.

Ahora bien, debemos recordar que aquí en la Tierra ejercemos nuestros impulsos volitivos sobre las cosas que pertenecen a los reinos de la naturaleza mineral, vegetal y  animal. Más o menos los moldeamos, los movemos e incluso ponemos en movimiento a otras personas.

En el mundo espiritual, entre la muerte y el renacimiento, nos movemos entre Seres puramente espirituales, en parte con aquellos cuya existencia entera ha transcurrido en el mundo espiritual, que nunca han estado encarnados en la sustancia terrenal. Entre tales Seres se cuentan las Jerarquías superiores: los Ángeles, los Exusiai, los Serafines y los Querubines. Pueden preferirse otros nombres; pero tampoco aquí hay necesidad de discutir sobre terminología. Estos nombres particulares son antiguos y venerables; bien pueden utilizarse ahora para lo que estamos redescubriendo en los reinos espirituales.

Por consiguiente, entre su muerte y su renacimiento, el hombre habita en parte entre estos Seres, y en parte con las almas de aquellos hombres que se han despojado de sus cuerpos terrestres y han tomado cuerpos espirituales; o con aquellas almas que están esperando su próximo reingreso en la Tierra. A decir verdad, esta coexistencia depende un poco de que estemos relacionados con tales almas, de que hayamos formado un lazo con ellas en la vida terrestre. Pues aquellas personas con las que no hemos estado en estrecho contacto en la Tierra, poco tienen que ver con nosotros en el mundo espiritual. Tendré más que decir sobre esto.

Además, el hombre está en relación con otros seres que nunca se han incorporado tan directamente a la vida terrena como lo ha hecho él, pues se encuentran en un estadio inferior y no están preparados para adoptar la forma humana. Estos seres son los elementales que viven en los reinos de la naturaleza, en el reino vegetal, en el reino mineral, así como en el de los animales. Así, entre la muerte y el renacimiento, el hombre crece junto con todo el mundo poblado de espíritus.

Debo añadir que estos seres son perceptibles para la conciencia Inspirada, Intuitiva e Imaginativa, pues con estas formas de conciencia se puede ver en el mundo en el cual vivimos entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Porque entonces un hombre vive de una manera muy diferente, todo su estado de ánimo y su condición cambian. Cuando aquí en la Tierra, por ejemplo, -vuelvo sobre este tema tan importante-, fabricamos una máquina, nuestra acción, la manipulación y el encaje de las piezas, fluyen de nuestra voluntad y de nuestro pensar. Pero todo esto se desprende de nosotros. Cuando entre la muerte y un nuevo nacimiento estamos en el mundo espiritual, -donde como almas estamos continuamente activos, siempre haciendo algo-, de nuestras acciones resplandece algo que reconocemos como pensamientos que viven en la luz. Aquí en la Tierra un pensamiento permanece con nosotros; allí, brilla en todo lo que hacemos, resplandeciendo como un ser de luz. De modo que en el mundo espiritual nunca podemos hacer nada sin que de ello brote un pensamiento. Este pensamiento no es como el de un ser humano terrenal, que a menudo puede ocultar, por muy dañino que sea, pues se trata de un pensamiento personal, individual. Pero en la vida entre la muerte y el renacimiento, el pensamiento que brota de las cosas es un pensamiento cósmico, que expresa la respuesta de todo el mundo cósmico espiritual a lo que estamos haciendo.

Ahora imagínense esto vívidamente. En la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento, el hombre está activo. A través de su actividad, toda acción del alma, todo gesto, podría decirse que cada toque, se transforma inmediatamente en un pensamiento cósmico, de modo que al hacer cualquier cosa la imprimimos en el mundo espiritual. Entonces resuena por todas partes una respuesta del Cosmos; de aquello que hacemos surge lo que el Cosmos dice de ello, y este veredicto cósmico es definitivo. Pero eso no es todo. En este destello del pensamiento del mundo cósmico, resplandece algo más, otros pensamientos que no podemos decir que se originen en el Cosmos. Así encontramos los pensamientos brillantemente destellantes impregnados por toda clase de pensamientos oscuros, que destellan en nuestro entorno.

Mientras que los pensamientos del Cosmos que brillan intensamente nos llenan de un profundo sentimiento de placer, los que destellan, -muy a menudo, aunque no siempre-, conllevan algo extraordinariamente inquietante; porque son pensamientos que aún siguen actuando desde nuestra vida en la Tierra. Si durante la vida terrenal hemos cultivado buenos pensamientos, después de la muerte éstos resplandecen en el radiante entorno cósmico. Si hemos cultivado malos pensamientos, pensamientos malvados, puede decirse que resplandecen hacia nosotros desde los pensamientos resplandecientes del veredicto cósmico.

De este modo, contemplamos tanto lo que el Cosmos nos dice como lo que nosotros mismos hemos traído al Cosmos. No se trata de un mundo que se desprende de la persona, sino que permanece íntimamente ligado a ella. Después de la muerte, lleva consigo su existencia cósmica y, como recuerdo, su última existencia en la Tierra. Su siguiente tarea es dejar a un lado esta vida terrenal y acostumbrarse a una forma de vida diferente, para convertirse en un ser cósmico en el verdadero sentido. Mientras estemos en esa región de experiencia espiritual que en mi libro Teosofía llamé el mundo del alma, estamos pre-ocupados con esta secuela de pensamientos terrenales relucientes, modos de vida terrenales, aptitudes terrenales. Debido a esto, convertimos en grotescas lo que creemos que podrían ser bellas formas cósmicas, y así, bajo la guía de estas formas cósmicas distorsionadas durante nuestro paso por el mundo del alma, vagamos por el Cosmos hasta que nos liberamos de todo lo que nos ata a la Tierra. Entonces podemos encontrar nuestro camino en la esfera llamada tierra de los espíritus en mi libro, Teosofía. Entonces hemos dejado atrás el estado de alma habitual para nosotros en la vida física en la Tierra, y somos capaces de actuar en perfecta conformidad con las admoniciones de aquellos Seres espirituales en cuya esfera tenemos que entrar como el único en el que nos es posible estar.

Como verán, un hombre no se lleva consigo al mundo después de la muerte nada de lo que vive en sus cuerpos físico y etérico. Eso es desechado y se hunde en el Cosmos. Sólo se lleva consigo lo que, como Yo y cuerpo astral, ha experimentado dentro de sus cuerpos físico y etérico.

De esto se desprende algo de extraordinaria significación e importancia. Mientras un hombre anda por la Tierra, considera su cuerpo físico y su cuerpo etérico, -del que sabe poco, pero al menos lo siente en sus facultades de crecimiento, etc.-, como su propio cuerpo, aunque no tiene derecho a hacerlo. Sólo su Yo y su cuerpo astral son suyos. Todo lo que está presente en su cuerpo físico y en su cuerpo etérico, -incluso mientras está en la Tierra-, es propiedad de los Seres divino-espirituales que viven y tejen en ellos, y continúan su labor mientras el hombre está ausente durmiendo. Mal le iría a cualquiera si tuviera que cuidar de sus propios cuerpos etérico y físico en continua vigilia entre el nacimiento y la muerte. Una y otra vez se ve obligado a entregar sus cuerpos físico y etérico a los dioses, especialmente durante la infancia, pues entonces dormir es lo más importante de todo. Más tarde en la vida, el sueño sólo actúa como un corrector; el sueño realmente provechoso es el que le llega al niño en los primeros años de su vida. Así pues, el ser humano tiene que ceder continuamente sus cuerpos físico y etérico al cuidado de los Dioses.

En épocas pasadas de la evolución humana esto se percibía tan claramente que al cuerpo se le llamaba el templo de los dioses, pues así se experimentaba su maravillosa estructura. Y en todas las obras arquitectónicas, -esto puede verse mejor en los edificios orientales, pero también en los de Egipto y de Grecia-, se seguían las leyes del cuerpo físico y del cuerpo etérico. En la forma misma en que se colocan los Querubines en los templos de Oriente, en la actitud de una esfinge, o en la colocación de los pilares, -en todo esto se ha hecho revivir la obra de los Seres divino-espirituales en los cuerpos físico y etérico humanos. En el curso de la evolución, la conciencia de esto se ha perdido; y hoy en día nos referimos al cuerpo físico como nuestro, - sin noción de lo injustificado que es esto-, mientras que como creación terrenal pertenece en realidad a los Dioses. Por eso, cuando alguien habla hoy de "mi cuerpo", cuando dice que el buen funcionamiento de su cuerpo se debe a él mismo, no es más que un ejemplo de la prodigiosa arrogancia del hombre moderno; un orgullo subconsciente, ciertamente, expresado sin tener conciencia de ello, pero no por ello menos deplorable. Demuestra cómo, al hablar de su cuerpo como si fuera suyo, la gente en realidad reclama la propiedad de los dioses, y este orgullo se encarna en su propio discurso.

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La Ciencia Espiritual debe llamar de nuevo la atención sobre todas estas cosas; debe mostrar cómo en nuestra vida naturalista ordinaria, está ya mezclado un elemento moral -y verdaderamente, como hemos visto en el caso que acabamos de referir, puede tomar una forma nada saludable. Estos asuntos muestran cómo, a través del genuino conocimiento espiritual, toda nuestra vida de sentimientos puede transformarse de tal manera que, si la Ciencia Espiritual ha sido realmente comprendida, incluso las maneras de hablar pueden llegar a ser diferentes de la manera en que a la gente le gusta hablar bajo la influencia del pensar puramente materialista.

Para comprender la experiencia ulterior que tenemos entre la muerte y el renacimiento, debemos ser capaces de recordar lo que se dijo ayer, - que, al acostumbrarse al mundo espiritual, el hombre pierde el aspecto físico de las estrellas y en su lugar surge la contraparte espiritual del brillo de sus rayos que se encuentran físicamente con el ojo. Así como la Tierra es la morada de los hombres que, con su Yo y su cuerpo astral, viven en ella como seres espirituales, ciertos Seres espirituales habitan en cada una de las estrellas. Y durante su vida física, el hombre está conectado también con los seres elementales que moran en los reinos de los minerales, las plantas y los animales. También está conectado a través de su vida corporal ordinaria con otras almas humanas. Entonces, entre la muerte y un nuevo nacimiento, está en conexión con los moradores de otras estrellas, y su vida transcurre realmente experimentando el mundo de las estrellas a través de su contraparte espiritual, a través de la vida en común con los otros Seres divino-espirituales que allí moran.

Ya hemos visto cómo, inmediatamente después de la vida terrena, pasamos por la existencia en el mundo de las almas, y cómo es esencialmente una retrospectiva viviente a través de todo lo que hemos dormido en imágenes inconscientes durante nuestras noches en la Tierra. Un tercio de la duración de la vida terrena de un hombre se emplea, pues, en desprenderse de lo que sus pensamientos centelleantes llevan a los pensamientos del Cosmos. Quien haya vivido hasta la edad de sesenta años, digamos, en la Tierra, atravesará, pues, el mundo de las almas en veinte años, mientras se desprende de todo lo que le une a la existencia física. Interiormente, durante este tiempo después de la muerte, experimenta su entrada en relación con el mundo de las estrellas, y especialmente con la Luna. Ayer hablé de un hombre que describía un círculo, por así decirlo, completando la primera mitad entre el nacimiento y la muerte, y la mitad de vuelta en un tercio de ese tiempo. Añadiré ahora que, según él, este círculo tiene lugar alrededor de la existencia lunar y de los espíritus que le pertenecen. Como señalé ayer, él no es consciente de volver a su nacimiento, por lo que su movimiento no es realmente un círculo, sino una espiral, una espiral progresiva.

La razón por la que no nos limitamos a dar vueltas alrededor de la Luna, sino que avanzamos para acercarnos a otro estado de existencia, es en parte la fuerza impulsora hacia adelante de los seres de Mercurio. Estos seres son bastante más fuertes que los de Venus. La existencia es impulsada hacia adelante por los seres de Mercurio, mientras que a través de los seres de Venus se detiene, como si estuviera terminada. De ahí que el transcurso esencial del paso del hombre por el mundo de las almas sea tal que se sienta absorbido por la actividad de Luna, Mercurio y Venus.

Debemos hacernos una idea bastante clara de esta forma de existencia. Aquí en la Tierra decimos: "Como hombre tengo una cabeza", activada principalmente por lo que podría llamarse el cerebro medio, la glándula pineal y así sucesivamente. "En medio de mi cuerpo está mi corazón, y en todo mi sistema renal el organismo para el metabolismo y el movimiento". En el mundo del alma todo esto no tendría sentido; lo hemos dejado todo de lado. Después de la muerte decimos: "Como hombre estoy constituido por lo que proviene de los espíritus lunares en la Luna". Esto corresponde a decir en la Tierra: "Tengo una cabeza". Y mientras que en la Tierra decimos: "Tengo un corazón en el pecho" -que abarca todo el sistema respiratorio y circulatorio, en el mundo de las almas decimos: "Llevo dentro de mí las fuerzas de Venus". Mientras que en la Tierra decimos: "Tengo un sistema metabólico-motor con todos sus órganos", de los cuales el principal es el sistema renal, después de la muerte tenemos que decir: "Las fuerzas procedentes de los seres de Mercurio viven en mí". Por lo tanto en la Tierra debemos decir: "Como hombre soy cabeza, pecho, parte inferior del cuerpo y extremidades"; y después de la muerte: "Como hombre soy Luna, Venus y Mercurio".

Esto se corresponde totalmente con nuestra verdadera existencia interior durante la vida. Pues toda nuestra existencia física aquí en la Tierra depende del funcionamiento conjunto de la cabeza, el corazón y el aparato digestivo: todo gira en torno a ello. El más mínimo movimiento de la mano implica la acción de la cabeza, el corazón y el aparato digestivo, pues entran en juego continuos cambios en las sustancias relevantes. Toda nuestra existencia terrenal sigue su curso en la cabeza, el corazón y las extremidades, por decirlo de forma muy resumida. Así pues, en el mundo del alma, la actividad de las fuerzas de la Luna, Mercurio y Venus en nuestro interior llena toda nuestra existencia. Y a través de esto somos transportados de hecho a una época en la que los seres humanos experimentaban la existencia natural en épocas muy pasadas de la evolución humana, épocas a las que he aludido a menudo durante estas conferencias.

En aquellos tiempos la gente tenía una especie de visión instintiva, y ya he hablado aquí de ciertos tipos de ésta que todavía se pueden encontrar. Incluso en la Tierra, un hombre de entonces tenía un presentimiento de su conexión, en la vida más allá de la Tierra, con Luna, Mercurio y Venus. ¿Por qué ha desaparecido hoy esta conciencia? Cuando alguien habla de estas cosas profundamente significativas que se ocultan tras el velo del mundo físico y de las que sólo se puede hablar desde el reino más allá del umbral, naturalmente se despiertan malos sentimientos o, por decirlo de un modo más elegante, se despierta la crítica contemporánea. En efecto, hoy en día es particularmente difícil expresar con palabras las verdades de la Iniciación. O bien hay que hacerlo con conceptos tan abstractos que la gente de hoy en día no se da cuenta de lo que se quiere decir, o bien hay que utilizar términos que realmente pertenecen a esas verdades, y eso enfada a mucha gente. Es comprensible, pues se les habla de un mundo del que quieren librarse, al que temen y odian. Pero esto no debe ser obstáculo para que se empiece a hablar honestamente de estos asuntos en círculos civilizados. Si tuviéramos una gran consideración, -aunque no nos ayudaría mucho-, hacia las personas que odian el conocimiento iniciático -no, por supuesto, ninguno de los que están aquí sentados, sino los que están en el mundo exterior-, tendríamos que decir: A medida que el hombre se acostumbra a la vida en el mundo de las almas, se encuentra en condiciones parecidas a una condición anterior en la Tierra, cuando tenía un conocimiento espiritual instintivo de la verdad y, en este conocimiento, vivía las fuerzas de la Luna. De este modo, tal vez se habría llegado a medio camino, muy respetablemente, hacia los conceptos materialistas de hoy en día; pero se habría planteado de un modo demasiado abstracto. Si uno no tiene miedo de las críticas que, por supuesto, vendrán de los pensadores materialistas, tiene que hablar de otra manera y decir: Cuando los hombres atravesaban una lejana época prehistórica de la evolución terrestre, -de la que se hablará más adelante-, incluso en la Tierra se encontraban en compañía de seres espirituales que estaban en conexión directa con el Cosmos más que con la Tierra misma. Podemos decir que los Maestros divinos, y no los terrestres, dirigían los Misterios e instruían a los seres humanos que se encontraban entonces en la Tierra.

En épocas tan remotas estos Maestros no tomaban cuerpos físicos de carne, sino que trabajaban en sus cuerpos etéricos sobre los hombres. De modo que los Maestros más elevados de los Misterios, para quienes los hombres encarnados físicamente eran meros servidores, eran etéricos y divinos; pero moraban entre los hombres de la Tierra. De ahí que estemos expresando algo muy real cuando decimos: Una vez, en un largo período pasado de la evolución humana, los Seres divino-espirituales moraron en la Tierra junto con los hombres. No siempre hacían notar su presencia si alguien, digamos, simplemente iba de paseo, pero se revelaban si una persona era conducida a ellos por el camino correcto a través de los servidores de los Templos de Misterios. Esto sólo ocurría en los Misterios, y a través de los Misterios estos Seres se convertían en compañeros de los hombres terrenales. Desde entonces se han retirado de la Tierra a la Luna, donde ahora moran como en una ciudadela cósmica, no perceptible desde la existencia terrestre, dentro del ser interior de la Luna. Así, al considerar esta existencia interior de la Luna, tenemos que verla como una reunión de aquellos Seres que una vez, en cuerpos etéricos, fueron los grandes Maestros de los hombres sobre la Tierra. Y realmente nunca debemos mirar a la Luna sin decir: Nuestros antiguos Maestros en la Tierra están ahora reunidos allí.

Nada de lo que llega a los hombres terrestres desde la Luna es inherente a ella, sino sólo lo que es reflejado por la Luna desde el resto del Cosmos. Pues la Luna refleja toda la actividad cósmica del mismo modo que refleja la luz. De ahí que cuando miramos a la Luna y vemos su luz más claramente, ésta es en realidad la menor parte de ella. Estamos viendo un espejo de las actividades cósmicas, no la vida interior de la Luna.

Dentro de la Luna habitan aquellos Seres que una vez vivieron en la Tierra, y sólo durante la vida del hombre en el mundo de las almas, después de la muerte, vuelve a estar bajo su influencia. Son estos Seres los que, de acuerdo con el juicio del pasado lejano, actúan correctoramente sobre lo que el hombre ha hecho en la Tierra. Después de la muerte, por lo tanto, en nuestra época, un hombre realmente vuelve a entrar en relación con estos Seres que anteriormente, como Seres divino-espirituales, le educaron e instruyeron a él y a toda la humanidad en la Tierra.

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Cuando el ser humano ha atravesado este reino de la Luna, su tarea en el Cosmos es entrar en la existencia del Sol. Mientras que el primer círculo, la primera espiral completada, tiene como punto central la existencia en la Luna, este movimiento espiral lleva ahora al hombre un paso más adelante, y al salir del reino de la Luna, entra en el reino del Sol.

Cualquier diagrama espacial que ilustre este proceso no puede ser más que ilusorio, pues todo sigue su curso en lo unidimensional, lo suprasensible. Sin embargo, dado que debemos usar palabras terrenales, podemos decir: Cuando un hombre ha completado la primera revolución en el reino de la Luna, llega al reino del Sol, y el Sol, el Sol espiritual, se encuentra entonces en la misma relación con él que la Luna ocupaba anteriormente. El hombre tiene que convertirse ahora en un ser que, al entrar en lo que en mi libro Teosofía llamé el país de los espíritus, el reino espiritual del Sol, debe transformar su anterior existencia lunar, venusiana o mercuriana. De hecho, debe convertirse en un ser diferente. En la vida terrenal dice: Soy un ser de cabeza, corazón, pecho; un ser de metabolismo y extremidades. Inmediatamente después de la muerte dice: Soy un ser de Luna, Mercurio, Venus. Pero entonces ya no puede decir esto, porque significaría que se ha detenido en el mundo espiritual, entre el mundo del alma y el mundo real del espíritu. Ahora tiene que pasar por una metamorfosis especial incluso de su ser alma-espíritu y convertirse en lo que puedo describir así: El Sol debe ser su piel. Todo alrededor debe ser Sol. Como aquí en la Tierra nuestro cuerpo físico está envuelto en nuestra piel, así ahora, al entrar en la vida del espíritu, tenemos que estar vestidos con una piel que consiste enteramente en las fuerzas espirituales del Sol.

No es fácil imaginárselo, porque en la Tierra pensamos: "Ahí está el Sol, brillando sobre nosotros; el Sol está en el centro y derrama sus rayos por todas partes". Al entrar en el reino del Sol espiritual, descubrimos que el Sol ya no está en un lugar definido, sino que está en todas partes. El hombre está entonces dentro del Sol, que lo ilumina desde la periferia y es, en realidad, la piel espiritual de la entidad en que se ha convertido. Además, en el ámbito del Sol espiritual, tenemos lo que debe describirse como órganos. De la misma manera que en la vida terrestre tenemos cabeza, corazón, miembros, e, inmediatamente después de la muerte, Luna, Mercurio, Venus, así, después, tenemos órganos que debemos atribuir a Marte, Júpiter, Saturno.

Estos son entonces nuestros órganos internos, como lo son en la Tierra el corazón, la glándula pineal, los riñones. Todo esto ha pasado por una metamorfosis en lo espiritual y estos nuevos órganos, no completamente formados cuando por primera vez dejamos el mundo del alma y entramos en el mundo del espíritu, ahora tienen que desarrollarse gradualmente. Para ello no describimos un solo círculo en la existencia solar, como en nuestra existencia lunar, sino tres. En el primer círculo se desarrolla el órgano espiritual Marte; en el segundo, el órgano Júpiter, y el órgano Saturno en el último círculo. Si los comparamos con los períodos de tiempo terrestres, encontramos que estos tres círculos se recorren mucho más lentamente, unas doce veces más lentamente que el círculo lunar, relativamente rápido. Y durante todo este recorrido, mientras el hombre vive en el mundo de las esferas espirituales y participa de sus fuerzas, está continuamente activo. Así como aquí estamos activos con las fuerzas de la naturaleza, allí estamos activos con las fuerzas, los Seres, de las Jerarquías superiores, cuya manifestación física en los cielos estrellados circundantes es sólo un reflejo exterior, como ocurre con el Sol y la Luna.

Sin embargo, para que el hombre encuentre su camino desde el reino de la Luna al del Sol, debe tener la guía a la que ya me he referido. Hemos visto cómo, en las épocas más antiguas de la humanidad, vivían en la Tierra Seres que desde entonces se han retirado, atrincherándose, por así decirlo, en la fortaleza cósmica de la Luna. Son los Seres con los que el hombre, después de la muerte, entra por primera vez en relación. Pero estos Seres han tenido sucesores que, en las épocas posteriores al antiguo período hiperbóreo, aparecieron en la Tierra de vez en cuando. En Oriente se les ha llamado Bodhisattvas. Aunque siempre han hecho su aparición encarnados como hombres, son los sucesores de los Seres ahora atrincherados en la Luna, y su vida transcurre en comunidad con estos Seres. Allí se encuentran los manantiales de su fuerza, las fuentes de sus pensamientos. Y ellos fueron los Seres que una vez actuaron como guías de la humanidad. Gracias a las enseñanzas que impartían en la Tierra, los hombres, al final de su viaje por la esfera lunar, tenían la fuerza necesaria para pasar al reino del Sol.

En futuras conferencias veremos cómo, en el curso de la evolución terrestre del hombre, esto se ha vuelto imposible, y cómo el Ser Crístico tuvo que descender del Sol para llevar a cabo el Misterio del Gólgota, a fin de que la humanidad, por medio de las enseñanzas de ese Misterio, recibiera la fuerza suficiente para hacer la travesía del mundo del alma a la tierra de los espíritus, de la esfera lunar a la esfera solar.

En los antiguos días de la evolución de la Tierra, la influencia de la Luna estaba estrechamente conectada con la Tierra, y cuidaba de su elemento espiritual, con la participación, directa o indirecta, de los Bodhisattvas. Luego, cuando el tiempo estuvo maduro, después de que hubiese expirado el primer tercio de la cuarta época post-atlante, entraron los efectos del Misterio del Gólgota, la acción del Cristo. Esta labor del Cristo estuvo rodeada por la actividad de los Bodhisattvas, indicada, -aunque de hecho era una realidad-, en los doce Apóstoles. Así, el Cristo, incorporado en el cuerpo de Jesús, es el poder que, procedente de la existencia espiritual en el Sol, se ha unido ahora con la Tierra.

Si miramos a la Luna con el deseo de comprenderla, en lugar de limitarnos a contemplarla con el alma y el espíritu nublados por el materialismo, y si nos damos cuenta de que es la manifestación de un conjunto de seres que apuntan a la evolución pasada de la Tierra, entonces debemos mirar de la misma manera al Sol. El Sol es una reunión de aquellos Seres que apuntan al futuro de la evolución de la Tierra y ahora también al presente, y cuyo gran representante es el Cristo, que pasó por el Misterio del Gólgota. 

Por cuanto los seres humanos absorben en la Tierra en su relación con ese Misterio, así se facilitará su entrada en la tierra espiritual del Sol, de modo que estén capacitados para tomar interiormente el órgano de Marte en la esfera de Marte, el órgano de Júpiter en la esfera de Júpiter, y en la esfera de Saturno el correspondiente órgano de Saturno. Esto se realiza en tres círculos que siguen su curso mucho más lentamente que el de la Luna; sin embargo, esto también subyace a la evolución del mundo. La realización completa de lo que acabo de describir, -el desarrollo hacia el hombre de Marte, el hombre de Júpiter y el hombre de Saturno-, sólo tendrá lugar en el futuro. Durante nuestra época actual sólo podemos hacer el círculo de la región de Marte después de la muerte, a través de la actividad de las fuerzas del mundo; después de eso no podemos hacer más que tocar la región de Júpiter. Tenemos que pasar por muchas vidas terrestres antes de poder. -entre la muerte y el renacimiento-, entrar plenamente en la región de Júpiter y, más tarde aún, en la de Saturno.

Para que el hombre, aunque no pueda entrar todavía en la región de Júpiter, pueda recibir, entre la muerte y un nuevo nacimiento, algo de las fuerzas de Júpiter y también de Saturno, muchos planetoides están intercalados entre Marte y Júpiter; en su aspecto exterior están siendo constantemente descubiertos por los astrónomos. Constituyen la región que en su aspecto espiritual experimenta el hombre después de la muerte, porque aún no puede llegar a Júpiter. Tienen la notable característica de ser colonias espirituales, por decirlo así, de seres de Júpiter y Saturno que se han retirado allí. Y antes de que un hombre esté maduro para la existencia en la Tierra, puede encontrar en esta región de los planetoides, que están allí para ese fin, una especie de sustituto preparatorio, antes de que pueda entrar en la región de Júpiter y Saturno. En la actualidad, por lo tanto, en el momento en que un hombre ha pasado por la muerte y el renacimiento, ha logrado su organización marciana, y ha absorbido las fuerzas de Júpiter y Saturno que se encuentran en las regiones colonizadas de los planetoides. Con las secuelas de ello -que aún tenemos que conocer- el ser humano se embarca en otra vida terrenal.

Mañana oiremos cómo puede caracterizarse esta vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, que acabo de describir en relación con el mundo de las estrellas.

Traducido por J.Luelmo ago,2023

GA110 Düsseldorf, 15 de abril de 1909 Los Hijos de Venus o de Mercurio encarnaron en la Lemuria o en la Atlántida para convertirse en maestros de los hombres

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 RUDOLF STEINER

LAS JERARQUÍAS ESPIRITUALES Y SU REFLEJO EN EL MUNDO FÍSICO

 Los Hijos de Venus o de Mercurio encarnaron en la Lemuria o en la Atlántida para convertirse en maestros de los hombres. Los Hijos de Venus fueron Espíritus de la Personalidad, Dyani Buddhas que guiaron a la humanidad en Lemuria. Los Hijos de Mercurio guiaron naciones y razas, son los seres de Mercurio.

 

SEXTA CONFERENCIA

Düsseldorf, 15 de abril de 1909

Ayer vimos cómo los hechos del Cosmos proceden de la vida espiritual de los Seres que están por encima del hombre. Especialmente un fenómeno como el que introdujimos hacia el final de nuestra última conferencia, la lucha en el cielo, que ha dejado, por así decirlo, tantos "cadáveres" en el campo de batalla entre Júpiter y Marte, que como planetoides siguen siendo descubiertos por la ciencia física en número cada vez mayor; tal fenómeno debe ser de particular importancia para nosotros, y tendremos que volver a él: Veremos cómo este acontecimiento se refleja también en ciertos procesos de la evolución terrestre, y cómo precisamente en el comienzo del Bhagavad Gita encontramos el reflejo terrenal de esta lucha en el cielo.

Pero hoy continuaremos nuestros estudios para describir, aunque de manera somera, a esos otros seres de las Jerarquías espirituales, que ya hemos indicado, pero que ayer omitimos. Estos Seres son los que, contando hacia arriba, están más cerca del hombre, y se llaman en el esoterismo cristiano Ángeles, Arcángeles, Principados o Fuerzas Primigenias; también Ángeles, Arcángeles y Archai. En la literatura teosófica los Arcángeles son llamados también Espíritus de Fuego, y los  Principados, espíritus de la Personalidad.

Estos Seres que se sitúan, por así decirlo, entre el hombre y aquellos otros a los que nos referimos ayer como llegando hasta Júpiter, Marte, etc., se sitúan naturalmente en una relación más cercana al hombre en la tierra misma. Primero tenemos a los Ángeles o Angeloi. Ellos pasaron por su etapa humana durante la evolución de la antigua Luna, y fundamentalmente hablando, sólo están tan lejos durante nuestra actual evolución terrestre como lo estará el hombre durante la evolución de Júpiter. Están en una etapa superior a la del hombre. ¿Cuál es la tarea de estos Seres? Su tarea puede ser visualizada si tenemos en cuenta el desarrollo del hombre en la tierra.

De encarnación en encarnación, el hombre se va desarrollando. Nuestra evolución humana, tal como es ahora, se remonta a la antigua época atlante, a la época lemúrica y comienza realmente en la antigua época lemúrica. Esta evolución a través de todas estas encarnaciones continuará durante mucho tiempo todavía, hasta el final de la evolución terrestre en la que habrán llegado otras formas de desarrollo humano. Ahora sabéis que lo que llamamos el núcleo eterno o núcleo del ser humano, la individualidad, continúa de encarnación en encarnación. Pero también sabéis que la mayor parte de las personas no tienen hoy en día ningún recuerdo, ninguna conciencia, de sus encarnaciones, y los hombres no recuerdan todavía lo que les ocurrió durante sus encarnaciones anteriores. Sólo aquellos que han desarrollado un cierto grado de clarividencia pueden mirar sus encarnaciones pasadas.

¿Qué tipo de correspondencia habría entre las encarnaciones de un hombre en la tierra, (dado que éste no puede recordar sus encarnaciones anteriores), si no existieran ciertos seres que vincularan las encarnaciones separadas y vigilaran el progreso del individuo de una encarnación a la otra? A cada hombre hay que asignarle uno de esos Seres, un ser que, estando en una etapa superior, pueda conducir a la individualidad de una encarnación a otra. Estos seres no son los que rigen el Karma, sino los que conservan la memoria de una encarnación a otra, mientras el hombre no sea consciente de ello. Estos Seres son los Ángeles. Cada hombre es una personalidad en cada encarnación, y sobre cada hombre vela un ser que tiene una conciencia que pasa de una encarnación a otra. Esto hace posible que en ciertos grados inferiores de la iniciación, el hombre sea capaz, aunque él mismo no sepa nada de sus encarnaciones pasadas, de preguntar a su Ángel sobre ellas. Esto es muy posible en ciertos grados inferiores de iniciación. Los Seres que están, como Ángeles que son, una etapa más elevada que los hombres, tienen que vigilar todo el hilo de la vida humana, que se hilvana para cada individualidad de una encarnación a otra.

Ahora pasamos al siguiente grupo de Seres, a los Arcángeles - Archangeloi o Espíritus del Fuego. Estos no se ocupan de los hombres por separado, del ser humano individual, sino que tienen una tarea más amplia; llevan las vidas individuales a un orden armonioso con la vida de grupos humanos más amplios, como, por ejemplo, las naciones, las razas, etc. Dentro de la evolución de nuestra tierra, la tarea de los Arcángeles es poner en cierta relación armoniosa cada alma individual con el alma nacional o racial. Para aquellos que penetran en el conocimiento espiritual, las almas de las razas son algo muy diferente de lo que son para los amantes de lo abstracto en la ciencia de hoy, o para la cultura actual en general. En un determinado territorio (tomemos Alemania, Francia o Italia) viven tantos y tantos pueblos, y como el ojo físico sólo ve tantas formas humanas externas, tales amantes de lo abstracto pueden imaginar lo que se llama el Alma de una nación o el Espíritu de una nación sólo como una idea general amplia de una nación. Para el amante de las abstracciones sólo es real el hombre separado, no el alma de la nación, no el espíritu de la nación. Para quien ve verdaderamente en el funcionamiento interno de la vida espiritual, lo que se llama alma o espíritu de la nación 1, es una realidad. En el alma de una nación vive y se teje lo que llamamos un espíritu de fuego o un Arcángel; él regula, por así decirlo, la relación entre los hombres separados y la nación o las razas en su conjunto.

Luego nos elevamos a esos seres que designamos como Espíritus de la Personalidad, Principados, o Archai. Se trata de Seres aún más elevados, que tienen una tarea todavía más elevada en la continuidad de la existencia humana. Fundamentalmente, regulan las relaciones terrenales de generaciones humanas enteras en la tierra, y viven de tal manera que, en las olas del tiempo, de época en época, se transforman en ciertos períodos definidos, asumen otros cuerpos espirituales. También en este caso, todos ustedes conocen algo de lo que para los amantes de lo abstracto, no es más que una idea, pero que es una realidad para los que pueden mirar la existencia espiritual real; es lo que recibe un nombre verdaderamente feo: el espíritu del tiempo. Se trata de aquello que representa el sentido y la misión de una época de la humanidad; imagínense que podríamos describir el sentido y la misión de, por ejemplo, los primeros miles de años inmediatamente posteriores a la catástrofe atlante. Este "Espíritu de la Era" comprende algo que va más allá de las naciones individuales, más allá de las razas individuales. Tal espíritu no se limita a tal o cual nación, sino que va más allá de los límites de las naciones. Lo que realmente se llama "Zeit geist" o Espíritu de una época es el cuerpo espiritual de los Archai o de los Principados o Espíritus de la Personalidad. Es a estos Espíritus de la Personalidad a los que hay que atribuir el hecho de que en ciertas épocas aparezcan en nuestra tierra ciertas personalidades definidas. Comprendéis que las tareas terrenales deben ser resueltas por personalidades terrenales; en una época determinada, ha tenido que aparecer alguna personalidad que haga época. Se produciría un extraño embrollo en la evolución de la tierra si todo se dejara al azar, y se colocara a Lutero o a Carlomagno dentro de cualquier época, no importa cuál. Esto debe ser pensado primero, la conexión con toda la evolución de la humanidad sobre toda la tierra, tiene que ser pensada; el alma correcta tiene que aparecer en armonía con el significado de todo el desarrollo de la tierra. Esto está regulado por los Espíritus de la Personalidad, los Archai o Principados.

Y cuando llegamos más allá de los Archai, llegamos a esos Seres que tocamos ayer, los llamados Potestades, - Exusiai, a quienes también llamamos los Espíritus de la Forma. Aquí nos enfrentamos a tareas que van más allá de la tierra. En el curso del desarrollo humano diferenciamos una evolución de Saturno, Sol, Luna, Tierra, Júpiter, Venus y Vulcano. Ahora hemos visto cómo todo lo que ocurre dentro de la propia tierra está regulado por los Ángeles en lo que respecta a los hombres individuales, por los Arcángeles en lo que respecta a la relación entre los individuos y las grandes masas de la humanidad, y por los Espíritus de la Personalidad para todo el conjunto del desarrollo del hombre, desde el período Lemúrico hasta el período en que el hombre volverá a estar tan ampliamente espiritualizado que apenas pertenecerá a la tierra. Pero hay algo más que aún debe ser regulado. La humanidad tendrá que ser guiada de una condición planetaria a otra. También deben existir Seres Espirituales, cuyo cometido, durante toda la evolución terrestre, es velar para que, cuando esa evolución haya llegado a su fin, la humanidad pueda pasar de manera correcta a través de un Pralaya y encontrar su camino hacia la siguiente meta, hacia la meta de Júpiter. Estos son las Potestades o Espíritus de la Forma; ayer describimos su tarea de arriba hacia abajo, ahora la describiremos de abajo hacia arriba. Los espíritus que se encargan de que toda la humanidad sea conducida de una condición planetaria a otra, son las Potestades, Exusiai o Espíritus de la Forma.

Ahora debemos hacer una cierta revelación sobre la posición cósmica de estos Seres. En la ciencia espiritual, en la que se desea continuar hoy en la Antroposofía, y que es en el fondo [de] la Sabiduría de los Misterios, siempre se ha hablado de estos diferentes Seres de las Jerarquías celestes como lo hemos hecho hoy. Oímos ayer que el actual Saturno representa el límite hasta el que llegaba la acción de los Tronos o Espíritus de la Voluntad; Júpiter, el límite hasta el que actuaban las Dominaciones, Espíritus de la Sabiduría; y Marte, la línea fronteriza hasta la que llegaba la influencia de las Mights, Dynamis o Virtudes, o Espíritus del Movimiento.

Ahora podemos describir de manera similar cómo los Seres que nombramos hoy dividieron especialmente los reinos sobre los que ejercían su dominio dentro de nuestro sistema solar. Debemos tocar aquí algo que tal vez provoque cierto asombro, incluso en ustedes, que ya son en cierto modo antropósofos instruidos, pero que está absolutamente de acuerdo con la verdad. En el plan de estudios de la escuela actual se indica que hace tiempo, en la gris antigüedad, antes de Copérnico, existía una concepción de nuestro sistema solar que se conoce como Sistema Ptolemaico. La gente de entonces creía que la Tierra estaba en el centro de nuestro sistema, y que los planetas giraban alrededor de ella, tal como parecen hacerlo a nuestra visión física ordinaria. Desde Copérnico se sabe -al menos eso dice la gente- lo que antes no se sabía, que el Sol está en el centro y que los planetas giran a su alrededor, en sus respectivas elipses. Pero lo que debería quedar bien claro y preciso para la gente mediante tal descripción de nuestro sistema solar, si uno lo expone sincera y honestamente en el sentido actual, es todavía algo muy diferente. Habría que decir: hasta Copérnico, la gente sólo conocía ciertas formas de movimiento en el espacio universal, y según éstas, interpretaban cómo podía ser con nuestro sistema solar. Lo que hizo Copérnico no es que se sentara, por así decirlo, en una silla y mirara al espacio para ver cómo el sol se sitúa en algún punto de un círculo o elipse y cómo los planetas giran a su alrededor; sino que hizo un cálculo, y este cálculo permite explicar lo que se ve de una manera más sencilla que el cálculo anterior. El sistema mundial copernicano no es más que el resultado, el producto, del pensamiento. Veámoslo una vez desde el punto de vista del ptolemaico. Consideremos que el Sol está en el centro, calculemos dónde deben estar los lugares de los planetas, y luego busquemos si coincide con la experiencia. Ciertamente, para la mera observación física, coincide al principio completamente. Ciertamente se han construido sobre ella toda clase de sistemas del mundo, el sistema de Kant-Laplace, por ejemplo; pero ahí se llega a un punto en el que se produjeron continuos descubrimientos, un punto que ya no es científicamente honesto. Porque más tarde, por observación puramente física, se le han añadido dos planetas -aún no los hemos tocado, pero más tarde mostraremos lo que significan para nuestro sistema-, que son Urano y Neptuno. Cuando se describe este sistema mundial, hay que llamar la atención de la gente sobre el hecho de que, en realidad, estos dos planetas, Urano y Neptuno, perjudican mucho la verdad del cálculo. Si se acepta el sistema de Kant-Laplace, entonces, según éste, Urano y Neptuno deberían moverse con sus lunas como las otras lunas se mueven alrededor de los otros planetas. Pero no es así; incluso tenemos entre esos planetas exteriores, estos dos planetas recientemente descubiertos, uno que se comporta de forma muy extraña. En realidad, si el sistema de Kant-Laplace es correcto, alguien debe, después de haber separado el resto de los planetas, [haber] girado el eje de tal manera que girara a 90°, pues su curso es diferente al de los otros planetas. Estos dos difieren mucho de los demás planetas de nuestros sistemas solares. Más adelante veremos cómo es con ellos, pero ahora simplemente llamamos la atención sobre el hecho de que con el sistema copernicano sólo tenemos que ver con un cálculo, con algo establecido como una hipótesis, como una suposición, en una época en la que el hombre había quedado completamente a la deriva de la percepción de las correlaciones espirituales y de lo que se encuentra espiritualmente en la base de los acontecimientos externos. Pero el antiguo sistema ptolemaico no es un sistema meramente físico, sino que todavía se deriva de la observación espiritual, cuando se sabía que los planetas son marcas fronterizas para ciertos reinos donde los Seres superiores ejercen su dominio. Debemos diseñar todo nuestro sistema planetario solar de una manera diferente si queremos caracterizar correctamente estos reinos de control. Les dibujaré este sistema planetario tal como se exponía en las Escuelas de Misterio de Zaratustra. Podríamos igualmente acudir a otros Misterios en busca de consejo, pero seleccionaremos especialmente este sistema para la explicación de nuestro sistema solar con sus planetas, con respecto a los Seres espirituales que están activos en su interior.

En el Sistema de Zaratustra se aceptó algo que difiere de nuestra observación de los cielos. Sabéis que se puede observar un cierto progreso del Sol -llámese aparente o de otro modo: - a través del Zodíaco en el curso de largos años. Se dice generalmente -y es correcto- que desde el año 270 a.C. aproximadamente, el Sol en primavera salía en el primer punto de la primavera en el signo zodiacal de Piscis. Pero cada año el sol avanzaba un poco más, de modo que en el curso de largas épocas recorre, en cuanto a su punto de salida, la totalidad de un signo zodiacal. Antes del 270 a.C. no salía en Piscis sino en Aries, con su punto de salida en primavera, recorría todo el signo de Aries durante 2150 años. Antes de eso, Tauro había sido la constelación zodiacal en primavera durante el período anterior de 2150 años. Y si nos remontamos a cinco o seis mil años antes de Cristo, encontramos el punto primaveral en el signo zodiacal de Géminis. Esa fue la época en que florecieron las Escuelas de Misterios de Zaratustra.

En la antigüedad florecieron estas Escuelas y, al hablar de la apariencia de los cielos, calculaban todo de acuerdo con la constelación de Géminis, de modo que si quisiéramos dibujar el Zodíaco en la forma en que lo caracterizamos ayer, tendríamos que colocar la constelación de Géminis aquí en la parte superior. Luego habría que dibujar, en conexión directa con el Zodíaco, lo que limita el reino de los Tronos o Espíritus de la Voluntad, cuyo límite es Saturno. Luego llegamos al límite del reino de esos Seres espirituales que llamamos los Espíritus de la Sabiduría, cuyo límite máximo es Júpiter. Luego llegamos al límite del reino de los Espíritus del Movimiento, cuyo límite es Marte. Hemos visto que entre estos se encuentra el campo de batalla que la lucha en el Cielo ha dejado atrás. Ahora bien, si queremos dividir correctamente los reinos del poder, debemos trazar la línea límite del Sol. Así, de la misma manera que dibujamos a Marte como el punto límite hasta el cual se encuentra el dominio regido por los Espíritus del Movimiento, debemos dibujar al mismo Sol como marcando el límite hasta el cual se extiende el dominio regido por los Espíritus del Movimiento. Así, de la misma manera que dibujamos a Marte como el punto límite hasta el cual se encuentra el dominio regido por los Poderes y los Espíritus del Movimiento, debemos dibujar al mismo Sol como marcando el límite hasta el cual se extiende el Señorío de las Potestades o Espíritus de la Forma. Y entonces llegamos al límite que designamos con el signo de Venus. El reino de los Espíritus de la Personalidad o Archai llega hasta Venus. A continuación llegamos al límite del reino, cuyo límite está marcado por el signo de Mercurio, y es el reino de esos Seres, a los que llamamos Arcángeles o Espíritus del Fuego. Y ahora nos acercamos mucho a la tierra. Ahora podemos designar el reino que tiene la Luna como punto de referencia, y aquí dibujamos la tierra.

Hay que considerar la tierra como el Punto de Partida rodeado por una región bajo el dominio de ciertos Seres que llega hasta la Luna. Luego viene una región que se extiende hasta Mercurio, luego una que se extiende hasta Venus, y luego una hasta el Sol.

Puede que os sorprenda la secuencia en la que he colocado los planetas. Cuando la Tierra está aquí, y el Sol allí, habrías pensado que debería dibujar a Mercurio en la proximidad del Sol, y a Venus aquí. Pero no. Porque estos planetas han tenido sus nombres intercambiados, en la Astronomía posterior. Lo que hoy se llama Mercurio se llamaba Venus en todas las enseñanzas antiguas, y lo que se llama Venus se llamaba Mercurio. Por lo tanto, nótese bien, no se entienden los escritos antiguos cuando se toma lo que en ellos se llama Venus o Mercurio por el Venus o Mercurio de la actualidad. Lo que se dice de Venus tiene que aplicarse al Mercurio de hoy, y lo que se dice de Mercurio a Venus. Pues esas dos denominaciones se intercambiaron posteriormente. En la ocasión en que el hombre puso el sistema mundial patas arriba, cuando se privó a la Tierra de su posición central, no sólo se cambió la perspectiva, sino también las denominaciones de Mercurio y Venus.

Ahora, podréis armonizar muy fácilmente lo que aquí se dibuja con la teoría física o copernicana. Sólo tenéis que pensar: aquí está (), el Sol; alrededor de él gira Venus; más allá da vueltas Mercurio. Luego la Luna gira alrededor de la Tierra. Luego Júpiter gira alrededor de ella, luego Saturno. Debéis pensar en los movimientos físicos de cada planeta que gira alrededor del Sol; pero podéis imaginar una posición tal cuando la tierra (), por así decirlo, está aquí y los otros planetas han girado de tal manera, que en su camino se encuentran detrás del Sol. Por lo tanto, si lo dibujara, sería así; dibujamos nuestro sistema físico habitual, dibujamos el Sol como el único punto ardiente, y dejamos que Venus, Mercurio y la Tierra con su Luna giren alrededor de él. Estos son la Tierra, Venus y Mercurio, según la antigua designación. El siguiente es Marte, después de los Planetoides viene Júpiter, y luego Saturno. Ahora imaginaos de modo que mientras (), la tierra está abajo, y Mercurio y Venus siguen, que entonces Marte (), está allí arriba, Júpiter (), allí, y así sucesivamente. Ahora tenéis el Sol, y Mercurio, y el Venus actual (), aquí. Es plausible, que si esos planetas pueden tomar todo tipo de posiciones hacia los demás, también podrían haber estado alguna vez así. Así es como se dibuja el sistema copernicano, sólo se elige un punto del tiempo, cuando la Tierra, Mercurio y Venus están a un lado del Sol, Marte, Júpiter y Saturno, los otros planetas, a su otro lado.

Esto es lo que he dibujado, y nada más. Aquí están la Tierra, Mercurio y Venus, por un lado, y por el otro, Marte, Júpiter y Saturno. Por lo tanto, sólo tenemos que hacer con un cambio de perspectiva. Este sistema es muy posible, pero sólo cuando esta constelación estaba allí. Es un hecho que estaba allí en una época determinada, cuando Géminis estaba por encima de Saturno. Entonces se podía observar clarividentemente con particular exactitud las conexiones entre las regiones en las que las Jerarquías Espirituales ejercen su dominio. Entonces se reveló que alrededor de la Tierra, hasta la Luna, estaba la esfera de los Ángeles. De hecho, cuando no se utiliza el sistema físico como base, se obtiene alrededor de la Tierra hasta la Luna, la esfera de los Ángeles, hasta Mercurio la esfera de los Arcángeles, hasta Venus la de los Archai o Espíritus de la Personalidad, y por último hasta el Sol está el reino de los Exusiai o Espíritus de la Forma. Luego viene la esfera -como la caractericé ayer- de las Virtudes o Espíritus del movimiento, después la esfera de las Dominaciones, y luego la de los Tronos.

Cuando se habla del sistema copernicano y del ptolemaico, hay que tener claro que en el sistema ptolemaico todavía queda algo de la constelación de los Espíritus regentes, y ahí hay que tomar la Tierra como punto de partida de la perspectiva. Llegará un futuro en el que este sistema mundial volverá a ser el correcto; porque el Hombre volverá a conocer el Mundo Espiritual. Es de esperar que los hombres sean entonces menos fanáticos que hoy en día

Hoy en día se dice: "Antes de Copérnico, todos hablaban sin sentido, todos tenían un sistema mundial primitivo. Desde Copérnico por fin sabemos lo que es correcto. Todo lo demás es falso, y como el sistema copernicano es el correcto, se enseñará en todas las épocas, aunque sea durante millones de años'. Esto es más o menos lo que se dice hoy en día. Casi nunca existieron personas tan supersticiosas como los teóricos astrónomos modernos; y casi nunca hubo tanto fanatismo como el que existe en este dominio de la ciencia. Es de esperar que las generaciones futuras sean más tolerantes y que digan: "A partir del siglo XV o XVI los hombres dejaron de ser conscientes de la existencia del mundo espiritual, y que hay que tener otras perspectivas en los mundos espirituales, que allí hay que ordenar los cuerpos celestes de forma diferente a como se observa de forma meramente física". Antiguamente eso se hacía, pero llegó el momento en que los hombres consideraban el orden y la regulación de los cuerpos celestes sólo desde el punto de vista físico. 'Nosotros también podemos hacer esto', gritarán los hombres del futuro, y a partir del siglo XVI era bastante correcto. Los hombres tuvieron durante un tiempo que pasar por alto el mundo espiritual, pero luego la gente recapacitó y recordó que había un mundo espiritual, entonces volvieron a la perspectiva espiritual original". Es de esperar que los hombres del futuro comprendan que también hubo una vez una Mitología astronómica, y no miren nuestros tiempos con el mismo desdén con el que los hombres de las supersticiones modernas miran a sus antepasados.

Vemos que el sistema copernicano se volvió diferente, simplemente porque se tomaron en cuenta puntos de vista meramente físicos en relación con él. Antes de eso, en el sistema ptolemaico, aún quedaban restos de un punto de vista espiritual. Sólo teniendo en cuenta el otro sistema, puede uno formarse una idea del gobierno y la acción de los Seres espirituales dentro de nuestro sistema solar-planetario. Nos atenemos a las condiciones físicas cuando decimos: Hasta la Luna los Ángeles ejercen su poder, hasta Mercurio los Arcángeles, hasta Venus los Espíritus de la Personalidad, hasta el Sol las Potestades, hasta Marte las Virtudes. Luego vienen los Seres que llamamos Dominaciones, y por último los Tronos. Sólo tenemos que trazar otras líneas para designar el sistema físico, entonces tenemos en estas líneas los límites de los reinos de poder de las Jerarquías. En cuanto a las actividades espirituales, no es nuestro Sol el que se encuentra en el centro del sistema, sino la Tierra. Por lo tanto, todas las épocas que han considerado el desarrollo espiritual como la parte más esencial, han dicho: Ciertamente, el Sol es un cuerpo celeste mucho más noble, sobre él han evolucionado seres más elevados que el hombre; pero lo que concierne a la evolución es el hombre, que vive sobre la tierra. Y cuando el Sol se retiró de la Tierra, lo hizo para que el hombre se desarrollara de forma correcta. Si el Sol hubiera permanecido unido a la Tierra, el hombre nunca habría podido progresar al ritmo adecuado. Esto sólo fue posible porque el Sol se retiró junto con aquellos seres que podían soportar condiciones muy diferentes. Dejó la tierra para sí misma, por así decirlo, para que el hombre pudiera encontrar su tempo para su propio desarrollo. Un sistema mundial se convierte en esto o aquello según el punto de partida, la perspectiva elegida. Si uno se pregunta dónde está el centro de nuestro sistema del mundo, viendo en él sólo lo que los sentidos puramente físicos pueden observar, entonces se encuentra en el sistema copernicano. Si se pregunta por la disposición de nuestro sistema solar en función de las regiones gobernadas por las Jerarquías espirituales, hay que situar a la Tierra como su centro, entonces se obtienen otras líneas limítrofes; los planetas se convierten entonces en algo muy diferente, se convierten en límites de la región sobre la que cada Jerarquía espiritual ejerce su dominio.

Y ahora podréis ver fácilmente la correspondencia entre lo que se acaba de decir sobre la distribución espacial de cada esfera de influencia, con lo que se ha dicho sobre la tarea y la misión de cada grupo de Seres.

Los Seres más cercanos a la tierra, que dominan en el entorno inmediato de la tierra hasta la Luna, son los Ángeles. Desde esa región guían la vida de cada Individuo a medida que avanza de encarnación en encarnación.

Pero se necesita algo más para que masas enteras de naciones se distribuyan de acuerdo con su misión en la tierra. Un poco de reflexión revelará que la cooperación con el cosmos es aquí necesaria. Realmente depende de las condiciones cósmicas, y no de las terrenales, el que una nación tenga un tipo de carácter u otro. Sólo hay que pensar en cómo una raza con cualidades diferentes, por ejemplo en el pelo y en la piel, actúa de manera diferente a como lo haría otra raza; aquí tenemos las interacciones de las condiciones que deben ser reguladas desde los espacios celestiales. Esto se hace desde una región cuyo señorío se extiende hasta Mercurio, hasta el límite de la esfera de acción del Arcángel.

Además, cuando toda la humanidad, a medida que se desarrolla en la tierra, tiene que ser guiada y conducida, esto tiene que efectuarse desde espacios celestiales aún más amplios, desde el que se extiende hasta Venus por el Archai.

Cuando además, la tarea de la propia tierra tiene que ser conducida y guiada, esto debe hacerse desde el centro de todo el sistema. He dicho que nuestra humanidad evoluciona a través de Saturno, Sol, Luna, Tierra, Júpiter, Venus y Vulcano. Los Seres de las Jerarquías espirituales, que dirigen la misión de la humanidad llevándola de un planeta a otro, son las Potestades, los Espíritus de la Forma, los exusiai. Deben morar en un lugar muy especial, son de tal naturaleza que su esfera de poder llega hasta el Sol. El Sol ya existía como un globo especial, particular, junto a la antigua Luna; ahora está cerca de la Tierra, en el futuro estará cerca de Júpiter. Su ámbito de poder se extiende más allá de los planetas individuales. Por lo tanto, la existencia del Sol debe estar ligada a esos Seres espirituales cuyo reino de acción también se extiende más allá de los planetas individuales. El Sol es un globo muy especial y perfecto por esta razón, que hasta él se extiende ese reino de poder que alcanza más allá de los planetas individuales.

Por lo tanto, vemos que, en realidad, no encontramos las esferas exteriores o las moradas de las Jerarquías tanto en los planetas individuales como en las regiones limitadas por las órbitas de los planetas. Si se piensa en todo el espacio circundante desde la Tierra hasta la Luna, está lleno de actividades angélicas; y si se piensa en las esferas desde la Tierra hasta Mercurio, está lleno de actividades de los Arcángeles, y así sucesivamente.

Por lo tanto, se trata de las esferas del espacio; y los planetas son los puntos de referencia para los reinos de las actividades espaciales de los Seres superiores. Vemos que hay que buscar una línea de perfección continua y progresiva desde el hombre hacia arriba. El hombre mismo está encadenado a la tierra. La parte eterna de él que va de encarnación en encarnación es guiada por Seres que no están atados sólo a la tierra, sino que atraviesan el aire circundante y lo que hay más allá hasta la Luna. Y así sucesivamente.

Ahora bien, el hombre ha estado comprometido en su evolución sobre la tierra desde los tiempos primitivos, y su relación hacia toda su evolución sobre la tierra, es exactamente similar a la relación entre el niño pequeño y la persona adulta. Este último enseña al niño pequeño. Lo mismo ocurre con las Jerarquías en el cosmos. El hombre, que está encadenado a la tierra, sólo se esfuerza gradualmente por alcanzar el conocimiento que necesita, la inteligencia que le es necesaria en la tierra. Seres superiores deben enseñarle. ¿Qué debe suceder para que este objeto pueda ser alcanzado? En los comienzos de la existencia de la tierra, los Seres que no estaban ligados a la tierra, tuvieron que bajar de las esferas superiores. Y eso ocurrió realmente. Seres que, de otro modo, sólo necesitaban vivir en el entorno de la tierra, tuvieron que bajar para comunicar a los hombres lo que ya conocían como miembros más antiguos y perfectos de las Jerarquías. Tuvieron que encarnarse en cuerpos humanos, no para su propio desarrollo, pues no lo necesitaban, al igual que un hombre adulto no estudia el A.B.C. para su propio progreso, sino para enseñárselo a esos niños pequeños. De ahí que nos remontemos a los antiguos tiempos atlantes y lemúricos, cuando los Seres descendían de los reinos circundantes de la tierra a la que pertenecían y se encarnaban en cuerpos humanos y se convertían en los maestros de la humanidad. 

Se trata de Seres que pertenecían a Jerarquías superiores, a Mercurio y a Venus. Los hijos de Venus y de Mercurio descendieron de lo alto y se convirtieron en los maestros de la joven humanidad, de modo que estos hombres, errantes en medio de esa joven humanidad, representaban realmente a Maya o la ilusión. Tales hombres han existido. Supongamos, para explicarlo con más precisión: algún hombre normalmente desarrollado de los tiempos lemúricos se encontró con un hombre así. Externamente no parecía muy diferente de los demás, pero había entrado en él un espíritu cuyo reino se extendía hasta Mercurio o Venus. Así, el exterior de tal hombre representaba en realidad Maya, una ilusión. Se parecía a otros hombres, pero era algo muy diferente: era un hijo de Mercurio, o de Venus. En los primeros albores de la humanidad hubo tales apariciones. Los hijos de Mercurio o de Venus bajaban y vagaban entre los hombres, de modo que ahora recibían en ellos el carácter de los Seres de Mercurio y de Venus. Hemos dicho que los Seres de Venus son los Espíritus de la Personalidad. Tales Seres caminaban por la tierra como hombres, estando limitados exteriormente a estrechas personalidades humanas, pero que con su poderoso poder guiaban a la humanidad. Estas fueron las grandes condiciones de liderazgo en los tiempos lemúricos, cuando los hijos de Venus guiaban a toda la humanidad. Los hijos de Mercurio guiaban partes de ella. Eran tan poderosos como lo son ahora los que llamamos espíritus de las naciones o de la raza.

La maya o ilusión no sólo existe en el mundo, sino también en lo que respecta a los hombres. Un hombre, tal como se presenta ante nosotros, puede tener una apariencia externa que es una verdad, que corresponde precisamente a su alma; o bien puede ser una maya; tiene en realidad una tarea, que corresponde a la tarea de los hijos de Mercurio o de los hijos de Venus. Esto es lo que se quiere decir, cuando se dice, que fundamentalmente las grandes individualidades rectoras de los tiempos antiguos, cuando andaban por la tierra con sus nombres ordinarios, representaban una maya, y eso era lo que H. P. Blavatsky quería decir cuando señalaba que los Budas representaban mayas. Se puede encontrar esta misma palabra en la Doctrina Secreta. Estas cosas se derivan en todo sentido de las enseñanzas de los santos Misterios: sólo tenemos que comprenderlas.

Ahora estamos obligados a preguntar: ¿Cómo es que un hijo de Venus desciende a nosotros? ¿Cómo es que un Bodhisattva puede vivir en la tierra? El Ser de un Bodhisattva, el Ser de un hijo de Mercurio, forma un capítulo importante en la evolución de nuestra tierra que tiene que ver con su conexión con el Cosmos mismo. Por lo tanto, mañana tendremos que considerar la naturaleza de los hijos de Mercurio y de Venus, de los Bodhisattva o Dhyani-buddhas.

Traducido por J.Luelmo julio2021