CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA181 Berlín, 22 de enero de 1918 - La relación de la ciencia espiritual con las tareas de nuestro tiempo

 Indice


RUDOLF STEINER

LA RELACIÓN DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

CON LAS TAREAS DE NUESTRO TIEMPO


Berlín, 22 de enero de 1918

Queridos amigos, no hace falta decir que es para mí un gran placer poder estar aquí de nuevo con ustedes en estos tiempos difíciles y llenos de pruebas. Y ahora que, después de mucho tiempo, podemos volver a hablar aquí sobre temas relacionados con la ciencia espiritual, nos resulta especialmente fácil recordar, en estos tiempos difíciles, que la ciencia espiritual debe estar lejos de ser una mera teoría, sino que debe ser más bien un sólido apoyo firme que une las almas de los seres humanos, que une no solo las almas de aquellos que están aquí en el plano físico, sino también las almas de aquellos que viven en los mundos espirituales. Esto nos resulta tan cercano, especialmente en estos momentos, en los que innumerables almas han abandonado el plano físico en circunstancias de las que hemos hablado tan a menudo, en estos momentos en los que tantas almas están expuestas a las pruebas más duras que quizás la historia del mundo haya impuesto jamás a los seres humanos. Dejando de lado las ideas generales que fluyen a través de nuestras almas al comienzo de estas conferencias aquí y en otros lugares, intentemos hoy, de forma individual, dirigir nuestros sentimientos, nuestras sensaciones, hacia aquellos que están fuera, así como hacia aquellos que ya han pasado por la puerta de la muerte como consecuencia de estos acontecimientos.

Vosotros que veláis por las almas terrenales,
Vosotros que tejéis en las almas terrenales,
Espíritus que protegéis las almas humanas
Actuando con amor desde la sabiduría del mundo,
Escuchad nuestra petición,
Contemplad nuestro amor,
Que quiere unirse
con vuestros rayos de energía auxiliadora
Intuyendo el espíritu, irradiando amor.

Y con respecto a aquellos que ya han atravesado la puerta de la muerte en este tiempo:

Vosotros que veláis por la esfera de las almas,
Vosotros que tejéis en la esfera de las almas,
Espíritus que protegéis a los seres humanos
Desde la sabiduría del Universo con amor,
Escuchad nuestra petición,
Contemplad nuestro amor,
Que quiere unirse
con vuestros rayos de energía auxiliadora
Intuyendo el espíritu, irradiando amor.

Y el Espíritu, al cual procuramos acercarnos a lo largo de los años mediante el conocimiento espiritual al que aspiramos, que quería llevar la salvación a la Tierra y la libertad y el progreso a la humanidad a través del misterio del Gólgota, ¡que Él esté con vosotros y con vuestras difíciles tareas! * 

Quizás el difícil momento de pruebas por el que atraviesa la humanidad sea uno de esos que cada vez más sugieren a las almas humanas la importancia de la profundización espiritual; entonces, este difícil momento de pruebas no habrá pasado en vano en el presente y para el futuro de la humanidad. Hoy se tiene la sensación, —y estas cosas no se dicen para criticar a nadie, sino precisamente para apelar a los sentimientos justos y correctos—, de que aún no ha llegado el tiempo en que los seres humanos hayan aprendido lo suficiente de la gravedad de los acontecimientos actuales. Se tiene la sensación de que es necesario seguir hablando cada vez con mayor claridad desde el espíritu de la época a las almas y los corazones de las personas. Porque hoy en día no son solo las voces humanas las que pueden hablar, sino también las voces que resuenan misteriosamente desde los hechos graves y, más allá de su gravedad, tan significativos.

Todo lo que hoy puedo decirles, de forma balbuceante e insuficiente, se me presenta ante los ojos, sobre todo porque este viaje a Suiza me ha mostrado muchas cosas relacionadas con la vinculación de nuestro movimiento espiritual con las tareas de nuestro tiempo. Quien haya leído con atención el ciclo de conferencias que di en Viena antes de la guerra sobre las experiencias del ser humano entre la muerte y un nuevo nacimiento y sobre lo que allí se pudo analizar en relación con la vida humana en general, sabe cómo se señaló entonces, antes de la guerra, las causas más profundas, los fundamentos más profundos de los acontecimientos históricos que posteriormente se desarrollaron de forma tan terrible. Y se puede decir que todo lo que ahora se puede experimentar entre las líneas de la vida debe considerarse, en realidad, como una prueba viva de la veracidad de lo que se dijo entonces. Con una palabra radical se describía entonces, diría yo, la enfermedad generalizada de la época, como ustedes saben. Aquí y allá se nota que se ha aprendido algo de los grandes acontecimientos. Sin embargo, por otro lado, también se nota claramente, sobre todo cuando se observan en su contexto detalles de cosas aparentemente insignificantes, lo inmóvil que se ha vuelto el pensamiento humano en el plano físico a lo largo de los últimos siglos, lo lentos que son los seres humanos a la hora de tomar cualquier decisión o medida que deban adoptar. Hoy me gustaría comenzar hablando de algunas cosas que se han podido experimentar durante este viaje a Suiza, porque me parece necesario que aquellos que se interesan por nuestro movimiento puedan tener una idea general de todo el contexto. Pero solo se presentarán algunas cosas, de forma resumida.

Durante mi estancia en Suiza, tuve la gran satisfacción de que, entre los círculos de jóvenes académicos de la Universidad de Zúrich, se encontraran personas que quisieron organizar un ciclo de conferencias mías en Zúrich, con el fin de establecer vínculos entre las diferentes ciencias académicas. Di entonces cuatro conferencias en Zúrich, la primera de las cuales trató de la relación de la ciencia espiritual antroposófica con la psicología, con la ciencia del alma; la segunda, de la relación de esta ciencia espiritual con la historia; la tercera, de la relación de la ciencia espiritual con las ciencias naturales, y la cuarta, de su relación con las ciencias sociales, con los grandes problemas sociales, jurídicos de los pueblos, en nuestros días. Quizás no sea erróneo afirmar que, aunque por supuesto muy lejos de lo que se desearía, en aquel momento se podía observar un cierto interés por esta conexión con las ciencias académicas.

Se ha podido demostrar que las ciencias académicas esperan en todas partes ese complemento, se podría decir también, esa realización, que solo puede venir de la ciencia espiritual orientada hacia la antroposofía, y que las ciencias parciales del presente seguirán siendo medias, quizá incluso cuartas partes, si no pueden contar con ese complemento. En todos los lugares de Suiza en los que se me ha permitido dar conferencias, no he cesado de mostrar lo que realmente le falta a nuestro presente en este sentido y lo que nuestro presente debe alcanzar para incorporar las tendencias que lo conducirán hacia un futuro adecuado. Se puede decir que, al fin y al cabo, se podía percibir que, tras la fuerte, curiosamente fuerte resistencia inicial en Suiza contra nuestros esfuerzos, últimamente se ha ido desarrollando gradualmente, —y sin duda la resistencia no ha disminuido, sino que incluso se ha intensificado—, un interés más vivo junto a la resistencia; y podría ser que, dado que el karma nos ha traído a Suiza, precisamente el trabajo en este país pueda tener una gran importancia. Especialmente si se configura como yo me he esforzado por configurarlo: que nuestro trabajo dé testimonio al mismo tiempo de aquellas fuentes de investigación espiritual que, lamentablemente, en muchos aspectos permanecen ocultas y desatendidas, precisamente en la vida espiritual alemana. Es un sentimiento que hoy en día nos conmueve, por un lado, con cierta melancolía y de forma trágica, pero, por otro lado, también con una profunda satisfacción. Se puede decir que quien contemple con toda su gravedad el hecho de que, junto con todo lo demás, también esta vida espiritual alemana es actualmente condenada, realmente condenada, por cuatro quintas partes del mundo, tal y como ellos mismos se jactan, quien tenga presente toda la gravedad de este hecho, cosa que no siempre se hace , podrá, por un lado, albergar esperanzas melancólicas y, por otro, esperanzas satisfactorias de que tal vez precisamente desde la ciencia espiritual de orientación antroposófica se ofrezca de nuevo la posibilidad, también hacia el exterior del mundo, de dar a esta vida espiritual alemana la voz que debe tener si no se quiere perjudicar el desarrollo de la Tierra. Siempre se encuentra y se encontrará la posibilidad de hablar a todas las personas, sin distinción de nacionalidad, cuando se les habla en el verdadero sentido del espíritu, es decir, cuando se les habla desde las verdaderas fuentes de la vida espiritual.

También podría ser cierto, con cierta melancolía, que, por un lado, se vea que estos esfuerzos en el ámbito de las ciencias humanas están ganando terreno, pero, por otro lado, se haga evidente que incluso un país como Suiza tiene cada vez más dificultades para mantenerse firme frente a lo que hoy se avecina. No es fácil formarse una opinión libre frente a la presión de cuatro quintas partes del mundo; y no es fácil encontrar las palabras para decir todo lo que hay que decir en un país así, que es neutral, pero en el que las cuatro quintas partes del mundo desempeñan un papel importante. La situación mundial se ha agravado mucho.

Ahora bien, en este terreno nos beneficia el hecho de que la mera palabra, la mera enseñanza, se vea respaldada precisamente por las formas y creaciones de nuestro edificio de Dornach, que también presenta ante los ojos externos lo que nuestra ciencia espiritual quiere y así puede demostrar que esta ciencia espiritual, allí donde se le permite intervenir en la vida práctica, donde no se la rechaza brutalmente, es capaz de dominar y manejar la vida, que en la actualidad exige tanto al ser humano.

Cuando hoy se habla de la relación entre la ciencia espiritual de orientación antroposófica y el resto de conocimientos y voluntades del mundo, se trata realmente de acercar a las personas ideas completamente nuevas y desconocidas. En general, las personas están profundamente convencidas, en lo más recóndito de su conciencia, de que algo nuevo tiene que surgir de algún sitio. Pero también son increíblemente inflexibles en su forma de pensar, increíblemente lentos en asimilar. Se puede decir que una característica fundamental de nuestra época tan acelerada es que las personas piensan con una lentitud terrible. Esto se nota en las pequeñas cosas. En Zúrich se ha logrado establecer vínculos entre la ciencia espiritual antroposófica y las ciencias académicas.  En Basilea hablé en público antes que en Zúrich. Poco antes de tener que abandonar Suiza, también recibí una invitación de Basilea para hablar, en un contexto totalmente académico, sobre las relaciones entre la ciencia espiritual antroposófica y las demás ciencias. Pero, naturalmente, ya era demasiado tarde para profundizar en el tema. Menciono esto por dos razones: en primer lugar, porque habría sido muy importante hablar de nuestra ciencia espiritual directamente en un espacio dedicado exclusivamente a la ciencia académica, organizado por el cuerpo estudiantil de Basilea; por otro lado, lo menciono porque la gente fue tan lenta que llegó demasiado tarde. Es característico que las personas siempre se decidan, antes de que se cierre la puerta, por aquello a lo que la flexibilidad mental y la capacidad de asimilar rápidamente podrían conducir antes. Es necesario discutir estas cosas entre nosotros para poder actuar en consecuencia. Hoy basta con considerar uno solo de los temas de los que he hablado últimamente para ver lo importante que está por suceder.

En Zúrich hablé, entre otras cosas, sobre los vínculos que deben establecerse entre la ciencia espiritual de orientación antroposófica y la ciencia histórica, la vivencia histórica de la humanidad. Hoy en día tenemos una historia. Se enseña, se enseña a los niños, se enseña a los académicos. Pero, ¿qué es esta historia? Es algo que ni siquiera tiene una idea de las fuerzas que rigen la vivencia histórica de la humanidad, por la sencilla razón de que toda la vida intelectual actual se basa en poner en movimiento la mente del ser humano, en poner en movimiento los conceptos e ideas comunes, llamados plenamente conscientes, y en comprender todo a partir de ahí.

Sí, así se puede entender la naturaleza exterior perceptible por los sentidos, así se puede entender ese pensamiento que ha cosechado tantos triunfos en el campo de las ciencias naturales; pero al aplicar este pensamiento a la historia, se ha querido convertir la historia en una ciencia natural. En el siglo XIX se intentó considerar la historia de la misma manera que se consideran las cosas sensibles en las ciencias naturales. Sin embargo, esto es imposible, por la sencilla razón de que los hechos históricos se relacionan con la vida de una manera muy diferente a los hechos científicos. ¿Qué tienen en cuenta las personas en la vivencia histórica? ¿Cuáles son los impulsos históricos?

Quien crea poder comprender los impulsos históricos con ese entendimiento que se puede aplicar muy bien en las ciencias naturales, nunca alcanzará los impulsos históricos, pues estos actúan en el desarrollo humano como los sueños en nuestra propia vivencia onírica. Los impulsos históricos no actúan en la conciencia ordinaria con la que dominamos la vida cotidiana o las ciencias naturales; sino que lo que ocurre en la historia actúa como tales impulsos, como lo que solo interviene en nuestra vivencia onírica. Se puede decir que el devenir histórico es un gran sueño de la humanidad. Pero lo que aparece en los sueños como imágenes fugaces se vuelve claro y evidente en las imaginaciones de la ciencia espiritual. Por lo tanto, no hay historia que no sea una ciencia espiritual; y la historia que se enseña hoy en día no es historia.

Herman Grimm se dio cuenta de que el historiador Gibbon, al describir los primeros tiempos de la era cristiana, solo narraba la caída del Imperio romano, y no el surgimiento gradual del cristianismo, su crecimiento y su prosperidad. Pero Herman Grimm, por supuesto, no sabía la razón por la que un buen historiador puede describir bien una decadencia, pero no un crecimiento y un devenir. La razón es que, tal y como se quiere comprender la historia hoy en día, solo se puede comprender lo que se destruye, no lo que se crea, no lo que crece. Esto se integra en el desarrollo humano de la misma manera que los sueños se integran en la vida individual. Por lo tanto, solo puede ser descrito por aquellos que tienen imaginación. Y quien no tiene imaginación, ya sea un Ranke o un Lamprecht, solo describe el cadáver de la historia, no la realidad del devenir histórico. Porque los impulsos del devenir histórico solo son soñados por la conciencia; y cuando la conciencia ordinaria intenta comprender lo que se convierte en historia, solo puede comprenderlo cuando ya está en el subconsciente.

La época actual también nos ofrece ejemplos interesantes de ello. Quienes han seguido los acontecimientos recientes han visto cómo, en las últimas décadas, el interés de las personas por las grandes cuestiones del contexto mundial ha desaparecido casi por completo o se ha academizado, —lo que es casi sinónimo de desaparición—, se ha escolarizado, sí, se ha escolarizado. Existe una profunda conexión entre la escolarización de la época y el hecho de que un maestro de escuela quiera actualmente dar la consigna para la humanidad desde la cima de la república más importante. Si nos preguntamos: ¿dónde estaba en las últimas décadas el sentido de las grandes conexiones humanas, de las ideas que, por así decirlo, tenían un carácter religioso, aunque fuera un carácter brutalmente religioso, mientras todo lo demás estaba más o menos muriendo? ¿Dónde estaba algo así?  por lo tanto, si se analizan bien las circunstancias, se puede decir lo siguiente: fue durante el socialismo. Había ideas, pero eran ideas que nunca se orientaban hacia la vida espiritual, sino solo hacia la vida material brutal. Pero, lamentablemente, estas ideas no se contraponían a otro mundo de ideas. Si conocemos las ideas del socialismo que han salido a la superficie, nos damos cuenta de que son, en cierto modo, ideas históricas, son sueños de la humanidad. Pero, ¿qué tipo de sueños? Hay que tener sentido para estos sueños de los acontecimientos históricos de la humanidad. En las conferencias que di en Suiza intenté explicárselo a la gente de la siguiente manera: intentemos convertir a aquellas personas que son muy inteligentes, pero que no comprenden en absoluto lo que ahora llamo impulsos oníricos, en personalidades dirigidas y líderes; ya veremos hasta dónde llegamos. Intentemos responder a la pregunta de forma práctica: ¿cómo se puede destruir sistemáticamente una comunidad lo más rápido posible? —Organicemos las cosas de tal manera que se establezca un parlamento sobre esta comunidad y se incorpore a este parlamento a un grupo de eruditos y profesores: esta es una forma segura de destruir sistemáticamente una comunidad. No es necesario que sean profesores asalariados, también pueden ser líderes socialistas, entre los cuales el movimiento cuenta con suficientes profesores. Hay que tener sensibilidad para estas cosas, entonces uno se preguntará: ¿cómo ha surgido toda esta amplia «teoría del socialismo»? Si se quisieran llevar a la práctica las teorías socialistas, —quizás la humanidad pueda hoy ser testigo de una triste prueba de ello en Oriente, si no se detiene antes e intenta seguir adelante—, solo podrían causar destrucción. ¿Cómo es posible que estas ideas socialistas hayan calado en la mente de las personas? ¿Qué son en realidad estas teorías?

Quien quiera saberlo, debe conocer desde dentro la historia de los últimos cuatro siglos, pero especialmente la de los siglos XVIII y XIX. Debe saber que la historia de los últimos cuatro siglos es muy diferente de lo que se cuenta en los libros de historia; debe saber que la historia de los últimos cuatro siglos, y en particular la de los dos últimos, es en realidad un reflejo de las luchas entre clases y estamentos sociales. Y Karl Marx, por ejemplo, no hizo otra cosa que teorizar sobre lo que la humanidad había soñado a lo largo de los últimos cuatro o dos siglos, lo que realmente existió, pero que ahora ha dejado de ser un sueño y debe dar paso a una nueva era, en el momento en que ya había dejado de ser un sueño. El socialismo, que se planteó en sus teorías en el momento en que el hecho ya se había desvanecido, muestra que la razón necesita lo que ya se ha perdido, lo que ya se ha convertido en cadáver, cuando se aborda el tema con los medios de conocimiento que, por ejemplo, pueden ser muy válidos en las ciencias naturales. Precisamente a partir de tales conocimientos habrá que reconocer que ahora el mundo se encuentra realmente en un punto de inflexión, en el que debe reaprender la concepción del devenir histórico de la humanidad, —y el presente también se ha convertido en historia, y cuando se vive en el futuro, también se vive en el devenir histórico—; habrá que comprender que este devenir histórico no puede entenderse de otra manera que no sea desde la ciencia espiritual. Si se deja de lado la ciencia espiritual, ni siquiera se obtiene una imagen correcta de los acontecimientos más recientes. Les pondré un ejemplo que he citado a menudo últimamente.

 Un acontecimiento importante que tuvo lugar en la vida europea en la Edad Media, que pasó inadvertido, —aquí estamos entre nosotros, por lo que podemos decir estas cosas, aunque la humanidad que está fuera a menudo se ría de ellas; pero no siempre se reirá—, este consistió en que en el transcurso de la Edad Media se perdió el conocimiento, el saber, de la parte occidental del mundo de la humanidad europea. Siempre hubo conexiones, especialmente entre Irlanda e Inglaterra y la zona que hoy se conoce como América. Desde Irlanda e Inglaterra siempre se mantuvieron ciertas conexiones con Occidente, y solo en el siglo en que se produjo el llamado descubrimiento de América se prohibió mediante un documento papal ocuparse de América. Por supuesto, en aquella época no se llamaba «América». La conexión con América desapareció en realidad en el momento en que los españoles descubrieron América; pero la historia externa es tan confusa que hoy en día la gente tiene la sensación de que antes de 1492 en Europa no se conocía América en absoluto. Casi todo el mundo cree eso. Y se podrían citar muchos hechos similares que la ciencia espiritual debería hacer valer a partir de sus fuentes. Hoy nos encontramos ante un punto de inflexión en el tiempo en el que la vivencia histórica debe considerarse precisamente desde el punto de vista de la ciencia espiritual. Quizás se dirá ahora: pero si la ciencia espiritual, tal y como la consideramos, solo puede florecer en nuestra época, ¿qué pasa entonces con los tiempos anteriores?

Si nos remontamos a épocas anteriores, encontramos algo diferente que, en cierto modo, ya puede compararse con lo que hoy llamamos la imaginación de las ciencias humanas; encontramos los mitos, las leyendas y, a partir del poder de los mitos, del poder de las leyendas, que eran imágenes, se podían extraer impulsos verdaderamente más reales, más acordes con la realidad, —también políticos—, que de las enseñanzas abstractas de la actualidad: la historia, la socioeconomía o similares. Porque lo que une a las personas, lo que condiciona la convivencia entre ellas, no necesita ser concebido en términos abstractos. En el pasado se expresaba en los mitos. Ahora bien, hoy en día no podemos volver a componer mitos, sino que debemos recurrir a la imaginación y, con ella, comprender la vida histórica y volver a forjar impulsos políticos que serán verdaderamente diferentes de los impulsos fantásticos con los que sueñan hoy en día tantas personas o, como podríamos decir, de los impulsos pedantes.

Hoy en día es sin duda difícil decirle a la gente que la vivencia histórica es algo que, en realidad, transcurre en el subconsciente, al margen de la imaginación habitual. Pero, por otro lado, esta vivencia oculta al ser humano llama con fuerza a las puertas de los acontecimientos, a las puertas de los impulsos humanos en general. Se puede decir, —y esto se puso de manifiesto precisamente en las conferencias de Zúrich—, que hoy en día se quiere reunir en todas partes los esfuerzos de conocimiento que también aspiran al espíritu, pero con medios totalmente insuficientes. En Zúrich se conoce especialmente la psicología analítica, que ya se ha convertido en una disciplina académica, el llamado psicoanálisis, y precisamente mis conferencias han dado lugar a las discusiones más curiosas sobre las relaciones entre la ciencia espiritual de orientación antroposófica y el psicoanálisis. Pero los psicoanalistas se acercan a este mundo de la ciencia espiritual con los ojos vendados, por así decirlo, y no pueden encontrar su lugar en él. Sin embargo, este mundo llama a la puerta de lo que hoy debe abrirse al ser humano.

Por ejemplo, en Zúrich hay un profesor llamado Jung que recientemente ha vuelto a escribir un folleto sobre psicoanálisis, —ha escrito muchos textos sobre este tema—, y en el que aborda algunos problemas; pero con ello demuestra precisamente que solo puede abordar todo con medios insuficientes. Quiero citar un hecho que, al mencionarlo, comprenderán inmediatamente a qué me refiero. Jung cita un ejemplo que muchos psicoanalistas suelen citar.

A una mujer le sucede lo siguiente. Una noche está invitada a una reunión social y debe quedarse a cenar en una casa. La señora de la casa, a la cual ha sido invitada, debe viajar a un balneario inmediatamente después de la cena, porque no se encuentra del todo bien de salud. La cena transcurre, la señora de la casa se marcha y los invitados también se van. Con un grupo de invitados se va también la invitada a la que me refiero. La gente, como se suele hacer a veces al salir de una reunión por la noche, no caminaba por la acera, sino por el centro de la calle. De repente, un carruaje dobla la esquina. La gente se aparta hacia las aceras, pero la señora mencionada no lo hace. Sigue caminando por el centro de la calzada, justo delante de los caballos.  El cochero la regañó, pero ella siguió corriendo de la misma manera hasta que llegó a un puente que cruzaba un río. Entonces, para escapar de esa desagradable situación, decidió tirarse al río desde el puente. Lo hizo, y las personas que la acompañaban y que la habían seguido pudieron salvarla por los pelos. Y como lo más lógico para los acompañantes era llevarla de vuelta a la casa de la mujer que se había marchado, de donde habían venido, la llevaron allí. Allí encontró al marido de la mujer que se había marchado y pudo pasar unas horas con él en su casa.

Ahora imagínense lo que una persona con medios insuficientes puede hacer con un acontecimiento así. Si se aborda el asunto al estilo de los psicoanalistas, se descubren esas misteriosas regiones del alma que nos indican que, ya a los siete años, el alma tuvo alguna experiencia relacionada con los caballos, de modo que la mujer, al salir de la vida de sociedad, al ver los caballos de los carruajes, revivió esa experiencia anterior de su subconsciente y quedó tan perpleja que no saltó a un lado, sino que huyó del carruaje. De esta forma, para el psicoanalista, todo el proceso es el resultado de la conexión entre experiencias actuales y «enigmas del alma sin resolver» del ámbito de la educación, etc.  Pero todo esto es perseguir las cosas con medios insuficientes, porque el psicoanalista en cuestión no sabe que este subconsciente que domina al ser humano es más esencial de lo que él supone, que es incluso mucho más sofisticado y mucho más inteligente que lo que el ser humano tiene en su mente consciente. A menudo, este subconsciente es también mucho más valiente y audaz. Porque el psicoanalista no sabe que un demonio se había apoderado del alma de aquella mujer que se había marchado, o mejor dicho, que ya se había ido con el pensamiento subconsciente de estar a solas con el hombre cuando la mujer se hubiera marchado. Todo esto se organiza con los medios más sofisticados del subconsciente, porque se hace todo con mucha más seguridad cuando no se está presente con la conciencia. La señora simplemente corrió delante de los caballos para ser interceptada cuando llegara el momento, y actuó en consecuencia. Pero el psicoanalista no ve estas cosas, porque no da por sentado que existe un mundo espiritual y anímico con el que el alma humana está relacionada. Pero Jung intuye algo así. A partir de las numerosas cosas que le suceden, intuye que el alma humana está relacionada con muchas otras almas. Pero tiene que ser materialista, porque de lo contrario no sería una persona inteligente del presente. Entonces, ¿qué hace? Dice: en todas partes, el alma humana, —lo vemos en las cosas que suceden con el alma humana—, está relacionada con hechos espirituales externos al alma. — ¡Pero eso no existe! Entonces, ¿cómo se puede ayudar en este caso? Bueno, el alma tiene un cuerpo que proviene de otros cuerpos, y estos a su vez de otros; luego está la herencia, y Jung construye la idea de que, según la herencia, el alma revive todo lo que se ha experimentado, por ejemplo, en relación con los dioses paganos. Eso sigue estando en uno, la herencia está en uno, y se convierten en «provincias aisladas del alma» que primero hay que catequizar si se quiere liberar el alma humana de ellas. Él incluso reconoce que el alma humana necesita tener una relación con ello y que, si no se lleva a la conciencia, se arruina el sistema nervioso. Por eso pronuncia la frase, que está totalmente justificada desde la cosmovisión moderna: el alma humana no puede estar sin relación con un ser divino sin perecer interiormente. Esto es tan cierto como lo es, por otro lado, que no existe ningún ser divino. La cuestión de la relación del ser humano con Dios no tiene nada que ver con la cuestión de la existencia de Dios.

Así lo dice en su libro. Por lo tanto, pensemos en lo que realmente hay aquí: se afirma científicamente que el alma humana debe construir una relación con Dios, pero que es igualmente cierto que sería una tontería aceptar a un Dios; por lo tanto, el alma está condenada, por su propio bien, a mentirse a sí misma sobre la existencia de un Dios. ¡Mentiros a vosotros mismos diciendo que hay un Dios, o enfermaréis! Eso es lo que realmente dice el libro.

Sin embargo, se ve que los grandes enigmas llaman a las puertas y que el presente solo se opone a estas cosas. Si se tuviera el valor suficiente, hoy en día se descubriría algo similar a cada paso. ¡Pero no se tiene el valor suficiente! Porque no digo todo esto para criticar al profesor Jung, sino porque creo que él ya es más valiente que todos los demás en su forma de pensar. Dice lo que tiene que decir según las premisas del presente. Los demás no lo dicen, son aún menos valientes.

Hay que tener en cuenta todas estas cosas si se quiere comprender realmente lo que significa la ciencia espiritual con una verdad como esta: Lo que ocurre en la vida histórica de la humanidad y, por consiguiente, también en la vida de los impulsos políticos, no tiene nada que ver con la conciencia ordinaria, no puede tener nada que ver con la conciencia ordinaria; solo puede entenderse y manejarse realmente cuando interviene la conciencia imaginativa. También se podría decir, en relación con el representante más característico de la concepción antisocial de la historia en la política, como he dicho a menudo últimamente, que el wilsonianismo debe ser sustituido por un reconocimiento imaginativo de la realidad.  Sin embargo, el wilsonianismo está muy extendido y algunas personas son wilsonianas sin saberlo. No importa el nombre, sino los hechos que viven entre las personas. En cierto sentido, puedo hablar de Wilson con mayor imparcialidad, porque siempre puedo subrayar que ya antes de la guerra, en el ciclo de conferencias que di en Helsingfors, -GA146 1 de junio de 1913-, emití un juicio sobre Wilson y no necesité que Woodrow Wilson me enseñara durante la guerra qué tipo de persona ocupaba el trono de Estados Unidos. Sin embargo, se podrían citar fácilmente las voces aduladoras que se alzaron por todas partes en torno a Woodrow Wilson y que no han dejado de hacerlo hasta hace muy poco tiempo. Ahora se sabe mucho. Ahora se sabe incluso que este señor, que ocupa el «trono de América», para redactar sus documentos republicanos más eficaces toma antiguos mensajes del difunto emperador Dom Pedro de Brasil del año 1864 y simplemente copia las frases que contienen, solo que en los lugares donde Dom Pedro decía: «Debo defender los intereses de Sudamérica», ahora pone: «Debo defender los intereses de los Estados Unidos de América», y así sucesivamente, con la correspondiente reformulación.

Cuando los dos libros de Wilson, «Die neue Freiheit» (La nueva libertad) y «Nur Literatur» (Solo literatura), se publicaron en nuestro territorio, no faltaron las voces elogiosas; no hace mucho tiempo, solo cinco o seis años. En este ámbito del wilsonianismo, la gente ha aprendido bastante. Pero en relación con muchas otras cosas, sería necesario aprender y seguir aprendiendo de los acontecimientos tan profundamente trascendentales del presente. Para ello, sin embargo, es necesario que se tomen muy en serio algunas cosas que solo pueden florecer en el terreno del conocimiento científico-espiritual. Se acusa muy fácilmente a esta ciencia espiritual de orientación antroposófica de ser teórica y se le reprocha que otras corrientes actúan de forma inmediata, que no agobian a las personas con la necesidad de comprender la evolución del mundo, sino que les hablan del amor, del amor universal, de lo que hay que amar y de cómo hay que amar.  Bueno, durante milenios se ha hablado del amor de esta manera, tal y como mucha gente quiere que sea ahora; sin embargo, el amor se vive tal y como se vive ahora. Dejen que la ciencia espiritual se apodere de las almas humanas durante un tiempo mucho más breve y verán que, cuando realmente se apodere de ellas, esta ciencia espiritual ya florecerá en los corazones humanos como amor. Porque el amor no se puede predicar. El amor solo puede crecer si se cultiva adecuadamente. Pero entonces crece. Y es un hijo del espíritu. También en el ser humano es un hijo del conocimiento real, ese conocimiento que no se basa en la mera materia, sino en el espíritu.

Con ello, lo único que he querido hacer hoy en esta conferencia introductoria es señalar algunas sensaciones que quizá sean importantes para nosotros precisamente en estos tiempos. Pero he indicado cómo pretendo proceder en las próximas conferencias de esta serie. Tengo que hablar precisamente de todo aquello que hoy puede despertar fuerza, valor y esperanza en el alma humana. Quiero hablar de todo lo que la ciencia espiritual puede aportar a la humanidad, aparte de lo que le han aportado los siglos, y quiero hablar de la ciencia espiritual como algo vivo, que en nosotros no es teoría, sino que da a luz en nosotros a un segundo ser humano, un ser espiritual, que sostiene y mantiene al otro en el mundo. Y creo, sobre todo, que eso es lo que necesita el presente. Hubo una época en la Edad Media, todos ustedes la conocen, en la que muchas personas tenían el impulso, a veces muy fantástico, de fabricar oro. ¿Por qué querían fabricar oro? Querían algo que no se puede realizar en las condiciones terrenales habituales. ¿Por qué? Porque comprendieron que las condiciones terrenales habituales, sin estar impregnadas de espiritualidad, sin estar atravesadas por impulsos espirituales, no pueden proporcionar a los seres humanos una verdadera satisfacción. Al fin y al cabo, ese es también el contenido de la enseñanza del Evangelio. Pero los seres humanos suelen pasar por alto lo más importante y critican la visión de los Evangelios de que el Reino de Dios ha descendido. Sí, pero ¿no está ahí? ¡Está ahí! Solo que no se manifiesta en los gestos externos. Debe ser captado interiormente. Solo hay que no negarlo, como se niega en nuestra época. Y también hablaremos próximamente de este descenso del reino del espíritu.

Hoy solo quería, por así decirlo, sentar las bases. Nuestra época también depende de ello, —el número de personas que han cruzado la puerta de la muerte se cuenta por millones—: tender un puente hacia el reino en el que viven los muertos. Viven entre nosotros y podemos encontrarlos. También queremos volver a hablar de una manera renovada sobre cómo podemos encontrarlos.

Traducido por J.Luelmo nov. 2025


* Las palabras conmemorativas anteriores fueron pronunciadas durante la guerra, de esta forma o de otra similar, por Rudolf Steiner antes de cada conferencia que impartió dentro de la Sociedad Antroposófica en los países afectados por la guerra.

GA066 Berlín, 17 de marzo de 1917 - Los enigmas del alma y los enigmas del mundo

   índice

RUDOLF STEINER

LOS ENIGMAS DEL ALMA Y LOS ENIGMAS DEL MUNDO


Conferencia 5

Berlín, 17 de marzo de 1917

En la última conferencia intenté mostrarles que los malentendidos deben atribuirse al hecho de que en la cultura espiritual contemporánea hay tan poca comprensión, tanto entre los que dirigen su investigación, su atención al alma y sus procesos, como los que dirigen su atención a los procesos materiales en el organismo humano, que tienen lugar, -bueno, como quieran llamarlos-, como fenómenos acompañantes o también, como cree el materialismo, como causas necesarias para los acontecimientos espirituales. E intentaba mostrar cuáles son las razones de tal malentendido. Hoy sobre todo, quisiera llamar su atención sobre el hecho de que, dondequiera que se busque el conocimiento real, verdadero, tales malentendidos saldrán, y también inevitablemente malentendidos en otras direcciones, si no se tiene en cuenta una cosa en el propio proceso de conocer, y es que con la investigación más íntima, sobre todo con la investigación más prolongada, se impone al investigador espiritual cada vez más como una experiencia directa, como una experiencia interior. Es algo que al principio parece muy extraño cuando se dice: En los ámbitos de la cosmovisión, es decir, en los ámbitos del conocimiento de lo espiritual-real o en general del conocimiento de las fuentes de la existencia, si uno se enreda demasiado, quiero decir, en ciertas ideas, en ciertos conceptos, tiene que surgir necesariamente una visión del alma humana que se puede refutar sin falta, y que igualmente se puede demostrar de forma natural.

Por lo tanto, en cuestiones de cosmovisión, el investigador espiritual deberá alejarse cada vez más de lo que es habitual, a saber, de presentar esto o aquello en apoyo de un punto de vista u otro, lo que sería similar a lo que se llama en la vida ordinaria una prueba o una refutación. Porque en este campo, como ya he dicho, todo se puede demostrar, todo se puede refutar sobre ciertas bases. El materialismo puede ser estrictamente probado en su totalidad, y puede ser estrictamente probado cuando trata de cuestiones concretas de la vida o de la existencia. Y lo que un materialista puede citar en apoyo de sus puntos de vista no puede ser fácilmente descartado si uno simplemente los quiere refutar desde puntos de vista opuestos. Lo mismo ocurre con los que representan una existencia espiritual. Por lo tanto, cualquiera que realmente quiera investigar en áreas espirituales no sólo debe conocer lo que se opina a favor de una cosa, sino que también debe conocer todo lo que se opina en contra de una cosa. Porque el curioso resultado es que la verdad real sólo emerge cuando uno permite que lo que sabe a favor de una cosa y lo que sabe en contra tengan efecto en el alma. Y quien deja que su espíritu, digamos, se instale tan fijamente en alguna trama conceptual o imaginativa de una visión unilateral del mundo, siempre cerrará su mente al hecho de que en el alma también puede afirmarse lo contrario, que incluso lo contrario debe parecer correcto hasta cierto punto. Y, por tanto, estará en la misma posición que alguien que quiera afirmar que la vida humana sólo puede sostenerse mediante la inhalación. La inhalación presupone la exhalación, ambas van juntas. 

Pues bien, así es como se comportan siempre nuestros conceptos, nuestras ideas relacionadas con cuestiones de cosmovisión. Podemos proponer un concepto para algo que afirme la cosa, o podemos proponer un concepto que niegue la cosa; lo uno exige lo otro, igual que la inhalación exige la exhalación, y viceversa. Y del mismo modo que la vida real sólo puede aparecer, sólo puede revelarse a través de la espiración y la inspiración, cuando ambas están presentes, lo espiritual sólo puede cobrar vida en el alma si uno es capaz de responder de forma igualmente positiva a favor y en contra de una cosa. 

El concepto afirmativo, la idea afirmativa, está dentro del todo viviente del alma, por así decirlo, al igual que una exhalación, y el concepto negativo al igual que una inhalación; y sólo en su interacción viviente se revela lo que se relaciona con la realidad espiritual. Por lo tanto, a la ciencia espiritual no le conviene en absoluto aplicar los métodos habituales de la literatura cotidiana, a los que uno está tan acostumbrado, donde se demuestra o refuta esto o aquello. El científico espiritual se da cuenta de que lo que se plantea de forma positiva siempre puede encontrar cierta justificación si se relaciona con cuestiones de cosmovisión, pero también puede encontrarla el fenómeno contrario. Sin embargo, si en cuestiones de cosmovisión uno progresa hacia esa vida inmediata que vive en conceptos positivos y negativos, tal como la vida física vive en exhalación e inhalación, entonces se llega a conceptos que realmente absorben el espíritu directamente, conceptos que son iguales a la realidad. No obstante, en tales casos hay que expresarse a menudo de forma diferente a como uno se expresa según los hábitos de pensamiento de la vida ordinaria. Pues la forma en que uno se expresa es resultado de la experiencia interior vivamente activa del espíritu. Y el espíritu sólo puede experimentarse interiormente, no percibirse exteriormente a la manera de la existencia material.

Ahora bien, ustedes saben que una de las cuestiones más importantes de la cosmovisión es la que también se trató en las primeras conferencias que di aquí este invierno, la cuestión de la materia o la sustancia. Y desde el punto de vista que acabo de indicar, hoy a modo de introducción me gustaría referirme brevemente a esta cuestión.

LA NATURALEZA

Es imposible llegar a un acuerdo sobre la cuestión de la sustancia o la materia si uno se empeña en formarse ideas o conceptos sobre lo que es realmente la materia; al pretender entender qué es la materia, qué es la sustancia. Quien quiera que en verdad se haya esforzado anímicamente con tales cuestiones, que para muchas personas son remotos enigmas, sabe de qué tratan tales cuestiones. Porque si durante un tiempo se ha esforzado sin ceder a ningún prejuicio, llega a un punto de vista completamente distinto respecto a tal cuestión. Llega a un punto de vista que hace que el modo en que uno se comporta en el alma en general, le parezca más importante cuando uno se forma un concepto tal como el concepto de materia. Este esfuerzo de la propia alma se eleva a la conciencia. Y entonces se llega a un punto de vista precisamente sobre estas cuestiones desconcertantes, que yo podría expresar de la siguiente manera. 

Aquel que pretende comprender la materia, la sustancia, tal y como se entiende habitualmente, es como aquel que dice: ahora quiero tener la impresión de la oscuridad, de una habitación oscura. ¿Qué hace? Enciende una luz y considera que esa es la forma correcta de tener la impresión de una habitación oscura. Error, eso será lo más equivocado que puede hacer. Del mismo modo, también es lo más erróneo que se puede hacer, -sólo hay que tomar conciencia de ello a través de la lucha descrita anteriormente-, que uno se entrega a la creencia de que alguna vez reconocerá la materia, si pone el espíritu en movimiento para iluminar la materia, la sustancia, con el espíritu, por así decirlo. Únicamente allí donde el espíritu puede permanecer en silencio en nuestro propio cuerpo, en la percepción sensorial, allá donde cesa la vida de la representación, sucede que un proceso externo penetra en nuestro ser interior. Allí podemos, -dejando callar al espíritu y experimentando este silencio del espíritu-, tener la materia, la sustancia, realmente representada en nuestra alma, por así decirlo.

A tales conceptos no se llega por la lógica ordinaria; o si se llega a ellos por la lógica ordinaria, entonces resultan ser, podría decirse, demasiado débiles para producir una verdadera convicción. Sólo cuando uno lucha con ciertos conceptos en su alma de la manera indicada es cuando estos nos conducen a un resultado como el que he indicado.

EL ESPÍRITU

Ahora bien, también ocurre lo contrario. Supongamos que alguien quiere comprender el espíritu. Si lo busca, por ejemplo, en el organismo puramente material externo del cuerpo humano, es como la persona que, para comprender la luz, la apaga. Pues éste es el secreto de la materia, que la propia naturaleza sensual externa no es mas que la refutación del espíritu, la que provoca que se extinga. Ésta, (la naturaleza), reproduce el espíritu, del mismo modo que los objetos iluminados reflejan la luz. Pero en ninguna parte, a menos que captemos el espíritu en la actividad viva, podremos encontrarlo jamás en ningún proceso material. Pues esa es precisamente la naturaleza de los procesos materiales, que en ellos es en lo que se ha transformado el espíritu. Y si entonces tratamos de reconocer el espíritu a partir de ellos, nos malinterpretamos a nosotros mismos.

A modo de introducción, quería comenzar para que cada vez haya más claridad sobre cuál es realmente la actitud cognitiva del investigador espiritual, y que para penetrar en las cosas en las que es necesario penetrar, el investigador espiritual necesita una cierta amplitud y flexibilidad de la vida espiritual. Con tales conceptos es posible, pues, arrojar luz sobre las importantes cuestiones a las que me referí aquí la última vez, y que sólo insinuaré brevemente para pasar a nuestras consideraciones presentes.

Decía que la evolución de la educación espiritual reciente ha llevado a una visión cada vez más unilateral de la relación de lo anímico-espiritual con lo físico-corporal, que se manifiesta en el hecho de que hoy en día lo anímico-espiritual sólo se busca en la parte del cuerpo humano que se encuentra en el sistema nervioso o en el cerebro. Hasta cierto punto, lo anímico-espiritual se asigna únicamente al cerebro y al sistema nervioso, y el resto del organismo, cuando se habla de lo anímico-espiritual, se lo considera más o menos sólo como una especie de añadido al cerebro y al sistema nervioso. Ahora he intentado aclarar los resultados de la investigación espiritual en este campo, señalando que sólo se puede llegar a una visión verdadera de la relación entre el alma humana y el cuerpo humano, si se pone toda el alma humana en relación con todo el cuerpo. Pero entonces queda claro que hay una razón más profunda para diferenciar la totalidad del alma humana en vida imaginativa real, la vida emocional y la vida de la voluntad. Pues sólo la vida imaginativa real del alma está ligada al sistema nervioso del modo que supone la moderna psicología fisiológica. Por otra parte, la vida emocional, -ojo, no en la medida en que es imaginada, sino en la medida en que surge-, está relacionada con el organismo respiratorio del hombre, con todo lo que es respiración y está relacionado con la respiración, del mismo modo que la vida imaginativa está relacionada con el sistema nervioso. De modo que debemos asignar la vida emocional del alma al organismo respiratorio. Más aún: lo que llamamos la vida de la voluntad está en la misma relación con lo que físicamente debemos llamar el metabolismo en el cuerpo; naturalmente hasta sus más finas ramificaciones. Y si tenemos en cuenta que los sistemas por separado en el organismo se entrelazan, -el metabolismo naturalmente también tiene lugar en los nervios-, entonces me gustaría decir que las cosas se interpenetran en estos extremos más externos. 

Sin embargo, sólo es posible una comprensión correcta si uno mira las cosas de esta manera, si uno sabe que los impulsos de la voluntad deben asignarse a los procesos metabólicos de la misma manera que las experiencias de la imaginación deben asignarse a los procesos en el sistema nervioso humano o en el cerebro. Naturalmente, tales cosas sólo pueden insinuarse en un primer momento. Y por la misma razón de que sólo pueden insinuarse, se pueden plantear objeciones y más objeciones. Pero lo sé con certeza: Si realmente abordamos lo que acabamos de discutir no considerando meras partes de los hechos de la investigación científica actual, sino considerando todo el ámbito de la investigación anatómico-fisiológica, es decir, si consideramos todo lo que es la investigación anatómico-fisiológica, entonces habrá completa armonía entre las afirmaciones científico-espirituales que he hecho y las afirmaciones científicas. Hablando superficialmente, -permítanme plantear esta objeción sólo como una particularmente característica-, se pueden plantear, por supuesto, objeciones y más objeciones contra una verdad tan completa. Alguien podría decir: Ahora, convengamos primero en que ciertos sentimientos están relacionados con el organismo respiratorio; pues nadie puede dudar realmente de que esto puede demostrarse muy plausiblemente para ciertos sentimientos. Pero alguien podría decir: Sí de acuerdo, pero, cómo se relaciona entonces el hecho de que percibamos melodías, por ejemplo, que tales melodías aparezcan en nuestra conciencia; ¿Está ligado el sentimiento de placer estético  a las melodías? ¿Podemos hablar aquí de alguna relación entre el organismo respiratorio y lo que surge evidentemente en la cabeza, -la cual según los resultados fisiológicos, está tan evidentemente conectada con el sistema nervioso? Tan pronto como uno considera el asunto correctamente, la corrección de mi afirmación se hace inmediatamente evidente con total claridad. A saber, hay que considerar entonces que con cada espiración tiene lugar paralelamente en el cerebro un proceso importante: que el cerebro se elevaría durante la espiración si no estuviera sujeto por el casquete craneal, -la respiración se propaga en el cerebro-, y viceversa; Cuando inhalas, el cerebro se hunde. Y como no puede subir y bajar porque el cráneo lo impide, ocurre lo que es bien conocido por la fisiología: hay un cambio en el flujo sanguíneo, se produce lo que la fisiología conoce como respiración cerebral, es decir, que paralelamente al proceso respiratorio, tienen lugar en el ámbito nervioso ciertos procesos. Y en este encuentro del proceso respiratorio con lo que vive en nosotros como sonidos a través de nuestro oído, tiene lugar lo que indica que el sentir en esta zona también está conectado con el organismo respiratorio del mismo modo que la mera vida de las representaciones está conectada con el sistema nervioso.

Quiero insinuar esto porque es algo particularmente remoto y, por tanto, plantea una objeción obvia. Si pudiéramos ponernos de acuerdo con alguien sobre todos los detalles de los resultados fisiológicos, ninguno de estos detalles contradiría lo que se dijo aquí la última vez y se ha vuelto a repetir hoy.

Ahora me corresponderá ampliar nuestras consideraciones de un modo similar al de la última conferencia. Y aquí debo entrar un poco más en detalle sobre la forma en que el hombre desarrolla la vida de la percepción sensorial para mostrar cuál es la relación real entre la facultad sensorial de la percepción, que conduce a las ideas, y la vida del sentir y de la voluntad, en general la vida del hombre como alma, como cuerpo y como espíritu.

A través de nuestra vida sensorial entramos en contacto con nuestro entorno sensorial. Dentro de este entorno sensorial, la ciencia natural distingue entre determinadas sustancias, o más bien formas-sustancia -porque éstas son las que importan ahora; si quisiera hablar con un físico, tendría que decir estados agregados: Sólido, líquido, aeriforme. Pero ahora, como todos ustedes saben, la investigación física y científica llega a suponer algo más además de estas formas materiales. Si la ciencia natural quiere explicar la luz, no se contenta con aceptar estas formas materiales que acabo de mencionar, sino que recurre entonces a lo que en principio parece más sutil que estos tipos de materia; recurre a lo que se suele llamar el éter. El concepto del éter es extraordinariamente difícil, y se puede decir que los diversos conceptos que se han formado acerca de lo que hay que decir sobre el éter son concebiblemente diferentes, múltiples. Por supuesto, no es posible entrar en todos estos detalles. Sólo hay que señalar que la ciencia natural se siente obligada a establecer el concepto de éter, es decir, a pensar que el mundo no sólo está lleno de la percepción sensorial directa de sustancias más densas, sino a pensar que está lleno de éter. Lo característico es que la investigación natural no llega con sus métodos a lo que es realmente el éter. Pues la investigación natural necesita siempre fundamentos materiales para su actividad real. El propio éter, sin embargo, siempre elude en cierta medida los fundamentos materiales. Aparece en conexión con procesos materiales, evoca procesos materiales; pero no puede ser captado, por así decirlo, con los medios que están ligados a los fundamentos materiales. Por eso, en los últimos tiempos ha surgido un concepto peculiar de éter, que en realidad es sumamente interesante. El concepto de éter, que ya se puede encontrar entre los físicos actuales, consiste en decir: el éter debe ser aquello, -sea lo que sea-, que en cualquier caso no tiene propiedades como las de la materia ordinaria. Así, la ciencia natural apunta más allá de sus propios fundamentos materiales al decir del éter que tiene aquello que no puede encontrar con sus propios medios. La ciencia natural sólo llega a la suposición de un éter, pero no a la concreción de este concepto de éter con algún contenido por sus medios.

Pues bien, la investigación espiritual tiene como resultado lo siguiente. La investigación natural parte de la base material, la investigación espiritual parte de la base anímico-espiritual. El investigador espiritual, si no se detiene arbitrariamente en un cierto límite, es llevado ahora al concepto de éter de la misma manera que el investigador natural, sólo que desde el otro lado. El investigador espiritual trata de incluir en su saber lo que está activo y actúa dentro del alma. Si se detuviera en lo que puede experimentar interiormente en la vida ordinaria del alma, entonces ni siquiera llegaría tan lejos en este campo como el científico natural que acepta el concepto del éter. Pues el científico natural al menos establece el concepto de éter, lo acepta. El investigador del alma, si no llega por sí mismo al concepto de éter, es como el científico natural que dice: «¡Qué me importa lo que está vivo! Asumo las tres formas básicas: cuerpos sólidos, líquidos, aeriformes; no me importa lo que se supone que es aún más sutil. De hecho, así es como suele actuar la enseñanza del alma.

Sin embargo, no todos los que han estado activos en el campo de la investigación del alma lo hacen de esta manera; y en particular dentro de ese desarrollo científico extraordinariamente significativo, uno encuentra que se construye sobre la base del idealismo alemán que surgió en el primer tercio del siglo XIX, -no en este idealismo en sí, sino en lo que luego se convirtió de este idealismo-, aproximaciones al concepto del éter desde el otro lado, desde el lado anímico-espiritual, al igual que la investigación de la naturaleza asciende al éter desde el lado material. Y si realmente se quiere tener el concepto de éter, hay que abordarlo desde dos lados. No hay otra manera de tratar este concepto. Ahora, lo interesante es que los grandes idealistas filosóficos alemanes, Fichte, Schelling, Hegel, a pesar de su vívida imaginación y pensamiento, que a menudo he caracterizado aquí, todavía dejaron el concepto del éter por ahí. No pudieron, por así decirlo, fortalecer la vida interior del alma hasta tal punto que el concepto del éter se les hubiera rendido. Pero en aquellos que se dejaron fecundar por este idealismo, que hasta cierto punto permitieron que los pensamientos que se generaron entonces siguieran trabajando en sus almas, aunque no fueran tan grandes genios como sus predecesores idealistas, este concepto de éter surgió de esta investigación del alma. Encontramos por primera vez este concepto de éter en Immanuel Hermann Fichte, el hijo del gran Johann Gottlieb Fichte, que también fue alumno de su padre, en el sentido de que permitió que lo que Johann Gottlieb Fichte y sus sucesores, Schelling y Hegel, habían hecho en sus almas continuara trabajando en él. Pero condensándolo, por así decirlo, en una mayor eficacia interior, llegó a decirse a sí mismo: «Si uno mira la vida anímica-espiritual, si uno la mide, digamos, a través en todas direcciones, entonces llega a decirse a sí mismo: hacia abajo esta vida anímica-espiritual debe fluir hacia el éter, igual que las cosas sólidas, líquidas, aeriformes fluyen hacia arriba hacia el éter.  En cierto sentido, lo más bajo del alma debe fluir hacia el éter del mismo modo que lo más alto de la materia fluye hacia arriba, hacia el éter. Y son características ciertas ideas que Immanuel Hermann Fichte se formó al respecto, y a través de las cuales llegó realmente desde el reino espiritual del alma hasta el límite del éter. Leemos en su «Antropología» de 1860 - encontraréis el pasaje citado en mi último libro «Vom Menschenrätsel» -: «En los elementos materiales... no se encuentra lo verdaderamente persistente, ese principio unificador de la forma del cuerpo, que se muestra eficaz a lo largo de toda nuestra vida.» « Por lo tanto en el cuerpo, se nos señala una segunda causa esencialmente diferente.» « En la cual» esta «contiene lo que realmente persiste en el metabolismo, es el cuerpo verdadero, interior, invisible, pero presente en toda materialidad visible. lo otro, la apariencia exterior del mismo, formado a partir del metabolismo incesante, puede llamarse en adelante lo que verdaderamente no persiste y nos es ajeno, el mero efecto o imagen posterior de esa corporalidad interior que lo arroja al mundo cambiante de la materia, al igual que, por ejemplo, la fuerza magnética prepara un cuerpo aparentemente denso a partir de las partes de polvo de limadura de hierro, pero que se atomiza en todas direcciones cuando se le retira la fuerza aglutinante.»

Ahora bien, para I. H. Fichte en el cuerpo ordinario compuesto de materia externa, vivía un cuerpo invisible y a este cuerpo invisible podríamos llamarlo también cuerpo etérico; un cuerpo etérico que lleva las partículas individuales de materia de este cuerpo visible a sus formas, las moldea, les da forma. E I. H. Fichte tiene tan claro que este cuerpo etérico, al que desciende del alma, no está sujeto a los procesos del cuerpo físico, que para él la comprensión de la existencia de tal cuerpo etérico ya es suficiente para superar el enigma de la muerte. Pues I. H. Fichte dice en su «Antropología»: «Pues apenas hay necesidad de preguntarse cómo se comporta el propio hombre en el proceso de la muerte. Incluso después del último acto visible del proceso vital, él sigue siendo en su esencia el mismo en espíritu y fuerza organizadora que era antes. Su integridad se conserva, pues no ha perdido absolutamente nada de lo que era y de lo que pertenecía a su sustancia durante la vida visible. Sólo regresa al mundo invisible en la muerte, o mejor dicho, puesto que nunca lo había abandonado, ya que es lo que realmente persiste en todo lo visible, -sólo se ha despojado de una cierta forma de visibilidad. Estar muerto» sólo significa dejar de ser perceptible para la concepción ordinaria de los sentidos, del mismo modo que lo realmente real, las causas últimas de los fenómenos corporales, son imperceptibles para los sentidos.»

En I. H. Fichte les he mostrado que él avanza de lo espiritual a tal cuerpo invisible. Es interesante observar que en muchos lugares del florecimiento posterior de la vida intelectual idealista alemana ha surgido lo mismo. Hace algún tiempo llamé la atención sobre un pensador solitario que fue director de escuela en Bromberg y que se ocupó de la cuestión de la inmortalidad: Johann Heinrich Deinhardt, que murió en los años sesenta del siglo XIX. Al principio se ocupó de la cuestión de la inmortalidad como los demás, tratando de llegar detrás de esta cuestión de la inmortalidad a través de ideas y conceptos. Pero para él surgió algo más que para los que se limitan a vivir en conceptos. Y así, el editor de ese tratado sobre la inmortalidad, escrito por J. H. Deinhardt, pudo citar un pasaje de una carta que le escribió el autor, en la que J. H. Deinhardt dice que, aunque todavía no había llegado a comunicar el asunto a un libro, su investigación interior le había mostrado claramente que durante su vida entre el nacimiento y la muerte el hombre trabaja en la formación de un cuerpo invisible, que se libera en el mundo espiritual al morir.

Y otros tantos fenómenos de la vida intelectual alemana podrían citarse en favor de esta dirección de investigación y contemplación. Todos ellos demostrarían que en esta dirección de investigación había un deseo no de detenerse en lo que puede producir la mera especulación filosófica, el mero vivir en conceptos, sino de fortalecer la vida interior del alma de tal manera que alcance la densidad que alcanza el éter.

Por supuesto, el verdadero misterio del éter aún no se resolverá desde adentro siguiendo los caminos que estos investigadores han tomado, pero se puede decir, por así decirlo, que estos investigadores están en el camino hacia la ciencia espiritual. Porque este misterio del éter se resolverá a medida que el alma humana experimente esos procesos internos a través de la práctica, que a menudo he caracterizado aquí y que se describen con más detalle en mi libro "Cómo conocer los mundos superiores". Sin embargo, el hombre alcanza gradualmente llegar realmente al éter desde adentro al pasar por estos procesos internos del alma. Entonces el éter estará directamente allí para él. Pero sólo entonces es capaz de captar lo que realmente es una percepción sensorial, lo que está realmente presente en la percepción sensorial.

Para presentar esto hoy, debo, por así decirlo, abordar la cuestión desde un ángulo diferente. Acerquémonos a lo que realmente ocurre en los procesos metabólicos de los seres humanos. A grandes rasgos, podemos pensar que los procesos metabólicos en el organismo humano tienen lugar de tal manera que esencialmente tienen que ver con el elemento líquido de la sustancia. Esto será fácil de ver si uno está mínimamente familiarizado con las ideas científicas más viables en este campo. Lo que es un proceso metabólico vive, por así decirlo, en el elemento líquido. Lo que es la respiración, vive en el elemento aéreo; En la respiración tenemos una interacción entre los procesos del aire interior y exterior, al igual que en el metabolismo tenemos una interacción entre los procesos materiales que han tenido lugar fuera de nuestro cuerpo y los que tienen lugar dentro de nuestro cuerpo. ¿Qué sucede cuando percibimos con nuestros sentidos y lo seguimos con nuestra imaginación? ¿A qué corresponde eso realmente? De la misma manera que los procesos fluidos corresponden al metabolismo y los procesos aéreos a la respiración, ¿qué corresponde a la percepción? Los procesos perceptivos corresponden a los procesos etéricos. Así como vivimos, por así decirlo, con el metabolismo en el líquido, vivimos con la respiración en el aire, vivimos con la percepción en el éter. Y los procesos etéricos internos, los procesos etéricos internos, que tienen lugar en el cuerpo invisible del que acabamos de hablar, entran en contacto con los procesos etéricos externos en la percepción sensorial. Si se objeta: ¡Sí, pero ciertas percepciones sensoriales son procesos metabólicos tan manifiestos! Es particularmente notable en el caso de las percepciones sensoriales que corresponden a los llamados sentidos inferiores - olfato, gusto - un examen más atento mostraría que lo material pertenece al metabolismo mismo, y que en cada uno de esos procesos, incluso en la degustación, por ejemplo, tiene lugar un proceso etérico a través del cual entramos en relación con el éter exterior, del mismo modo que entramos en relación con el aire a través del cuerpo físico mediante la respiración. Sin una comprensión del mundo etérico no es posible entender las percepciones sensoriales.

¿Y qué está ocurriendo realmente? Bueno, básicamente, sólo se puede ver a través de lo que está sucediendo cuando se ha llevado el proceso interior del alma tan lejos que el interior etérico y espiritual se ha convertido en una realidad. Este será el caso cuando se haya logrado lo que recientemente he llamado visualización imaginativa. Cuando, a través de los ejercicios que puedes encontrar en el libro que he mencionado, las representaciones se han coloreado tanto que ya no son las representaciones abstractas que de otro modo tenemos, sino que están llenas de vida, entonces pueden llamarse imaginaciones. Cuando estas representaciones se han vuelto tan llenas de vida que son imaginaciones, entonces viven directamente en el etérico, mientras que cuando son representaciones abstractas sólo viven en el alma. Se derraman en lo etérico. Y entonces, cuando uno ha llegado tan lejos, por así decirlo, en la experimentación interior que experimenta el éter como algo vivo y real dentro de uno mismo, entonces puede experimentar lo que ocurre en la percepción sensorial. La percepción sensorial consiste, - hoy sólo puedo mencionarlo como resultado-, en que el ambiente externo envía lo etérico de lo material a nuestros órganos sensoriales, haciendo esos golfos de los que hablé anteayer, de modo que lo que está afuera también se vuelve interno dentro de nuestro reino sensorial, por ejemplo, tenemos un sonido, por así decirlo, entre la vida sensorial y el mundo externo. Entonces, como el éter exterior penetra en nuestros órganos de los sentidos, este éter exterior se extingue. Y a medida que el éter exterior penetra en nuestros órganos sensoriales en un estado amortiguado, es revitalizado por el éter interior del cuerpo etérico que trabaja contra él. Esta es la esencia de la percepción sensorial. Del mismo modo que en el proceso de respiración la muerte y la revitalización surgen cuando inhalamos oxígeno y exhalamos ácido carbónico, existe una interacción entre el éter que ha sido muerto y el éter que ha sido revitalizado en la percepción sensorial.

Este es un hecho extraordinariamente importante que surge de la ciencia espiritual. Pues lo que ninguna especulación filosófica puede encontrar, lo que la especulación filosófica de los últimos siglos ha fracasado tantas veces en encontrar, sólo puede hallarse en el camino de la ciencia espiritual. La percepción sensorial puede así reconocerse como una interacción sutil entre el éter exterior y el éter interior; como una vitalización del éter extinguido en el órgano sensorial a partir del cuerpo etérico interior. De modo que lo que los sentidos captan de nuestro entorno es revitalizado interiormente por el cuerpo etérico, y así llegamos a lo que es la percepción del mundo exterior.

Esto es extraordinariamente importante, pues muestra que el hombre, incluso cuando se dedica a la percepción de los sentidos, vive no sólo en el organismo físico, sino en lo etérico suprasensible, que toda la vida de los sentidos es un vivir y un tejer en lo etérico invisible. Esto es lo que los investigadores más profundos siempre han sospechado en el período caracterizado, pero que será elevado a la certeza a través de la ciencia espiritual. Entre los que reconocieron esta importante verdad, quisiera mencionar al casi completamente olvidado J. P. V. Troxler. Ya lo he mencionado aquí en conferencias anteriores, en años anteriores. En sus «Conferencias sobre Filosofía» dijo: 

«Ya en épocas anteriores los filósofos distinguían un cuerpo anímico fino y noble del cuerpo más tosco... un alma que tenía en sí misma una imagen del cuerpo, a la que llamaban esquema, y que era para ellos el hombre superior interior... En tiempos recientes, hasta Kant, en sueños de vidente espiritual, sueña en serio y en broma con todo un hombre espiritual interior que lleva en su cuerpo espiritual todos los miembros del exterior; Lavater escribe y piensa lo mismo.... »

Pero estos investigadores también se dieron cuenta de que en el momento en que se asciende de la visión material ordinaria a la visión de este organismo supersensible que llevamos dentro, hay que pasar de la antropología ordinaria a un tipo de conocimiento que llega a sus resultados a través de una exploración del ser interior. Por eso es interesante cómo, por ejemplo, tanto I. H. Fichte como Troxler tienen claro que la antropología si quiere captar al ser humano en su totalidad debe ascender a algo más. I. H. Fichte dice en su «Antropología»:

«La conciencia de los sentidos... con toda la vida de los sentidos, también humana, no tiene otro significado que el de ser sólo el lugar en el que tiene lugar esa vida suprasensible del espíritu, en la que introduce el contenido espiritual de otro mundo de las ideas en el mundo de los sentidos a través de su propia acción libremente consciente....». Esta comprensión cabal del ser humano eleva ahora el resultado final a .»

Vemos en esta corriente de la vida espiritual alemana, que, me atrevería a decir, lleva al idealismo de su abstracción a la realidad, el indicio de la antroposofía. Y Troxler dice que hay que asumir un sentido supraespiritual en unión con un espíritu suprasensible, y que así se puede captar al ser humano de tal manera que ya no se trata de una antropología ordinaria, sino de algo superior:

«Si ahora es muy gratificante que la última filosofía, que... ...en toda antroposofía... ...que debe revelarse en toda antroposofía, no puede pasarse por alto que esta idea no puede ser fruto de la especulación, y que la verdadera individualidad del ser humano... ...individualidad del hombre no debe confundirse con aquello que postula como espíritu subjetivo o yo finito, ni con aquello que contrapone a él como espíritu absoluto o personalidad absoluta.»

La antroposofía no es cualquier cosa que aparezca hasta cierto punto por arbitrariedad, sino algo a lo que necesariamente conduce la vida espiritual, que a su vez se permite experimentar conceptos e ideas no sólo como conceptos e ideas, sino condensarlos hasta tal punto, —y me gustaría usar la expresión de nuevo—, que conducen a la realidad. que se saturen de realidad.

Pero uno no se lleva bien, y este es el defecto de esta investigación, si uno simplemente se eleva del cuerpo físico al etérico; pero sólo se llega a un cierto límite, que, sin embargo, hay que cruzar; Porque más allá de lo etérico está el alma-espiritual. Y lo esencial es que es precisamente este elemento alma-espiritual el que sólo puede entrar en una relación con lo físico a través de la mediación de lo etérico. Por lo tanto, tenemos que buscar primero el alma real del hombre en lo que ahora trabaja y se fortalece en lo etérico de una manera completamente supra etérica, de modo que lo etérico a su vez forma lo físico, como él mismo forma, es permeado, vivido por el alma.

Intentemos ahora captar al ser humano en el otro polo, el polo de la voluntad: Ya hemos dicho que el tamiz de la voluntad está relacionado con el metabolismo. Como el impulso de la voluntad vive en el metabolismo, no sólo vive en el metabolismo físico exterior, sino que, como todo el ser humano está en todas partes dentro de los límites de su ser, lo etérico también vive en aquello que toma forma como metabolismo cuando se produce un impulso de la voluntad. Ahora bien, la ciencia espiritual muestra que en el impulso de la voluntad está presente justamente lo contrario de la percepción sensorial. Mientras que en la percepción de los sentidos el éter exterior es animado hasta cierto punto por el éter interior, es decir, el éter interior se vierte en el éter muerto, en el impulso de la voluntad, cuando surge del alma-espiritual, es siempre a través del metabolismo y todo lo que está conectado con él que el cuerpo etérico se suelta, es expulsado del cuerpo físico por aquellas zonas en las que tiene lugar el metabolismo. Así que aquí tenemos lo contrario: el cuerpo etérico se retira hasta cierto punto de los procesos físicos. Y ahí reside la esencia de los actos de voluntad, que en ellos el cuerpo etérico se retira del cuerpo físico.

Ahora bien, aquellos distinguidos oyentes que hayan escuchado las conferencias anteriores recordarán que, además de la cognición imaginativa, he distinguido entre la cognición inspirada y la cognición intuitiva real. Y así como el conocimiento imaginativo es una elaboración tal de la vida del alma que uno llega a la vida etérica de la manera indicada anteriormente, así el conocimiento intuitivo viene dado por el hecho de que en la vida del alma uno aprende, por así decirlo, a participar a través de poderosos impulsos de la voluntad, e incluso a provocar lo que puede llamarse la retirada del cuerpo etérico de los procesos físicos. Así, en esta esfera, lo anímico-espiritual sobresale en lo físico-corporal. Si un impulso volitivo penetra originalmente desde lo anímico-espiritual, se encuentra con el etérico, y la consecuencia es que este etérico se retira de alguna zona metabólica del cuerpo físico. Y de esta acción de lo anímico-espiritual, a través del etérico, sobre el cuerpo, surge lo que puede llamarse la transición de un impulso volitivo a algún movimiento corporal, a un manejo corporal. Pero sólo entonces, cuando uno considera al hombre entero de esta manera, llega a su verdadera parte inmortal. Porque tan pronto como uno aprende a reconocer cómo lo anímico-espiritual se teje en el éter, también se hace claro para uno que este tejido de lo anímico-espiritual en el éter también es independiente de los procesos del cuerpo físico que están incluidos en el nacimiento, la concepción y la muerte. Y de esta manera es posible elevarse realmente a lo inmortal en el ser humano, a aquel que se une con el cuerpo que es preservado por la corriente de la herencia, y que es preservado cuando el hombre pasa de nuevo por la puerta de la muerte. Porque lo que nace y muere aquí está conectado con lo eternamente espiritual por medio de lo etérico.

Hasta ahora ha resultado que las ideas a las que llega la ciencia espiritual están muy en desacuerdo con los hábitos de pensamiento actuales, que a la gente le resulta difícil encontrar su camino hacia estas ideas. Se puede decir que un obstáculo para esta aceptación es, entre otras cosas, el hecho de que se haga tan poco esfuerzo por buscar la conexión real entre lo anímico-espiritual y lo físico en la forma indicada hoy en día. La mayoría de la gente anhela algo muy diferente de lo que la investigación espiritual puede ofrecer en realidad. ¿Qué es lo que realmente ocurre en el hombre cuando visualiza? Un proceso etérico que sólo interactúa con un proceso etérico externo. Sin embargo, para que el hombre tenga una vida espiritual y física sana en esta dirección, por así decirlo, es necesario que se dé cuenta de dónde está el límite en el que se encuentran el éter interno y el externo. En la mayoría de los casos, esto sucede de forma inconsciente. Se hace consciente cuando el ser humano asciende al conocimiento imaginativo, cuando experimenta interiormente la lluvia y el movimiento del éter, y su encuentro con el éter exterior, que muere en el órgano de los sentidos. En esta interacción entre el éter interior y exterior tenemos, por así decirlo, el límite exterior del efecto del éter sobre el organismo humano. Pues lo que hay en nuestro cuerpo etérico actúa sobre el organismo principalmente durante el crecimiento, por ejemplo. Allí sigue actuando desde dentro, formando el organismo. Poco a poco organiza nuestro organismo para que se adapte al mundo exterior de la misma manera que vemos cuando el niño crece. Pero este apoderamiento interior formador del cuerpo físico por el éter debe alcanzar un cierto límite. Si traspasa este límite a través de algún proceso patológico, entonces ocurre que lo que vive y se teje en el éter, pero que se supone que debe permanecer en lo etérico, se vierte en el organismo físico, de modo que éste recibe entretejido en sí mismo, por así decirlo, lo que se supone que debe permanecer como movimiento etérico. ¿Qué ocurre entonces? Lo que en realidad sólo debe experimentarse interiormente como una representación, surge como un proceso en el cuerpo físico. Entonces es lo que se llama una alucinación. Cuando el proceso etérico sobrepasa su límite hacia lo físico, porque el cuerpo no le opone la resistencia adecuada debido a su naturaleza patológica, entonces surge lo que se llama una alucinación. Ahora bien, muchas personas que quieren penetrar en el mundo espiritual desean alucinaciones por encima de todo. Esto, naturalmente, no puede ofrecérselo el investigador espiritual; pues la alucinación no es otra cosa que la reproducción de un proceso puramente material, un proceso que tiene lugar, en relación con el alma, más allá de los límites del cuerpo, es decir, dentro. En cambio, lo que conduce al mundo espiritual consiste en que, desde este límite, se vuelve al alma y, en lugar de alucinaciones, se llega a la imaginación, y la imaginación es una experiencia puramente espiritual. Y porque es una experiencia puramente espiritual, el alma vive en la imaginación en el mundo espiritual. De este modo, sin embargo, el alma también vive en la penetración plenamente consciente de la imaginación. Y es importante darse cuenta de que la imaginación, es decir, la vía legítima para alcanzar el conocimiento espiritual, y la alucinación son opuestas y también mutuamente destructivas. Quien llega a la alucinación a través de un organismo enfermo, obstruye el camino hacia la imaginación real; y quien llega a la imaginación real, se salva con toda seguridad de toda alucinación. La alucinación y la imaginación son mutuamente excluyentes, mutuamente destructivas.

Pero lo mismo ocurre en el otro polo del ser humano. Así como el cuerpo etérico puede derramarse en lo físico, puede hundir su poder formativo en lo físico, y causar así alucinaciones, es decir, procesos puramente físicos, así también, por otra parte, a través de ciertas formaciones patológicas del organismo o por fatiga inducida u otros estados del organismo, lo etérico puede surgir de manera irregular, tal como fue caracterizado en el acto de voluntad. Entonces puede suceder que, en lugar de que lo etérico salga realmente del área metabólica física en un acto de voluntad correcto, permanezca dentro, y el área metabólica física alcance a lo etérico en su actividad puramente física, de modo que lo etérico se vuelva dependiente de lo físico, mientras que en el desenvolvimiento normal de la voluntad lo físico depende de lo etérico, que a su vez está determinado por lo anímico-espiritual. Si esto sucede a través de procesos como los que he indicado, entonces, me gustaría decir, al igual que la contraimagen patológica de la alucinación, surge la acción compulsiva, que consiste en el hecho de que el cuerpo físico con sus procesos metabólicos se fuerza a sí mismo hacia lo etérico, se empuja a sí mismo hacia el cuerpo etérico, por así decirlo. Y si la acción compulsiva es causada como un fenómeno patológico, entonces se puede decir de nuevo que excluye lo que se llama intuición en la cognición científico-espiritual. La intuición y el comportamiento compulsivo se excluyen mutuamente, del mismo modo que la alucinación y la imaginación se excluyen mutuamente. De ahí que no haya nada más desalmado que, por un lado, los alucinadores, pues las alucinaciones son sólo insinuaciones de estados corporales que no deberían serlo; y por otro lado, por ejemplo, los derviches danzantes. 

La danza del derviche surge del hecho de que lo físico-corpóreo se empuja a sí mismo hacia lo etérico, de modo que no es lo etérico lo que se hace efectivo a partir de lo anímico-espiritual, sino que en el fondo sólo se producen acciones compulsivas regulares. Y quien crea que recibe revelaciones del alma en el derviche danzante, sólo debe meterse en la ciencia espiritual para darse cuenta de que el derviche danzante es la prueba de que el espíritu, lo anímico-espiritual ha salido de su cuerpo; por eso baila de esta manera. La danza artística debe consistir precisamente en que cada movimiento individual corresponda a un impulso de la voluntad, que también puede llegar a la conciencia del interesado, de modo que nunca se trate de un mero forzamiento de procesos físicos en procesos etéricos. La danza impregnada de imaginación no es más que danza artística. La danza del derviche sólo es una negación de la espiritualidad. Algunos objetarán: ¡Pero indica el espíritu! - Sí, pero ¿Cómo? Bueno, puedes estudiar una concha si coges la concha viva y la miras; pero también puedes estudiarla cuando la concha viva está fuera, mirando la concha: la forma de la concha, la forma nacida de la vida, se reproduce en la concha. Pero así es también, a grandes rasgos, como se tiene una réplica de lo espiritual, una réplica muerta de lo espiritual, cuando se trata de la escritura automática o del derviche danzante. Por eso se parece tanto a lo espiritual, como la concha de una caracola, y por eso puede confundirse fácilmente. Pero sólo cuando se penetra realmente en lo verdaderamente espiritual se puede tener una comprensión correcta de estas cosas.

Si partimos de lo físico y ascendemos a través de la percepción sensorial hasta la imaginación, que luego se traslada a lo anímico-espiritual, llegamos así a reconocer espiritual y científicamente que lo que despierta la percepción sensorial se deposita, por así decirlo, en un punto determinado y se convierte en memoria. La memoria surge del hecho de que la impresión sensorial continúa en el cuerpo, de modo que no sólo en las impresiones sensoriales mismas puede el éter trabajar desde dentro, sino que en lo que la impresión sensorial ha dejado atrás en el cuerpo, el éter ahora se vuelve activo. Entonces, lo que ha entrado en la memoria vuelve a salir de ella.

Por supuesto, no es posible profundizar en estas cosas en el breve tiempo de una conferencia de una hora. Pero nunca se llegará a una comprensión real de lo que son la imaginación y la memoria, y de cómo se relacionan con lo anímico espiritual, si no se avanza en el sentido científico-espiritual por el camino que se ha indicado.

Ahora bien, en el otro polo se encuentra toda la corriente que fluye desde los impulsos de lo anímico-espiritual de la voluntad hasta lo físico-corporal, a través de la cual se realizan las acciones. En la vida humana ordinaria la situación es tal que la vida sensorial llega hasta la memoria, se detiene, por así decirlo, en la memoria. La memoria se coloca, por así decirlo, delante de lo anímico-espiritual, de modo que ésta no se da cuenta de cómo crea y fuerza teniendo percepciones sensoriales. Sólo surge un indicio, un indicio confuso, de que el alma teje y vive en lo etérico cuando esta alma que vive y teje en lo etérico aún no está tan fortalecida en este tejer etérico que todo tejer etérico se rompe en el límite de lo físico. Cuando lo anímico-espiritual entreteje el cuerpo etérico de tal manera que lo que expresa en el cuerpo etérico no irrumpe inmediatamente en el cuerpo físico, sino que se conserva en el cuerpo etérico de tal manera que alcanza los límites del cuerpo físico, por así decirlo, pero sigue siendo percibido en el cuerpo etérico, entonces surge el sueño. Y la vida onírica, si se estudia realmente, se convertirá en la prueba de la forma más baja de la experiencia suprasensible del hombre. Pues en los sueños el ser humano experimenta que no puede desplegar lo anímico-espiritual en impulsos de voluntad dentro de lo que está presente en las imágenes oníricas porque parece demasiado impotente. Y puesto que faltan los impulsos de la voluntad, puesto que el espíritu y el alma intervienen tan poco en lo etérico en el sueño, el alma misma se hace consciente de estos impulsos de la voluntad, se forma el tejido caótico que representa el sueño.

Lo que son por una parte los sueños, son por otra, aquellos fenómenos en los que la voluntad, que procede de lo anímico-espiritual, interviene en el mundo exterior a través del cuerpo etérico, pero es tan poco consciente de lo que allí sucede realmente, como puede llegar a ser consciente en el sueño, debido al débil funcionamiento de lo anímico-espiritual, de que el ser humano está tejiendo y viviendo en lo espiritual. Así como el sueño representa, por así decirlo, el conocimiento sensorial debilitado, otra cosa representa el efecto intensificado de lo anímico-espiritual, el efecto intensificado de los impulsos de la voluntad; y eso es lo que llamamos destino.

Nosotros no vemos las conexiones en el destino, del mismo modo que no vemos en los sueños lo que realmente se teje y vive allí como lo real. Del mismo modo que los sueños se basan siempre en procesos materiales que surgen en el éter, así también lo anímico-espiritual arraigado en la voluntad surge en el mundo exterior. Pero en la vida ordinaria, lo anímico-espiritual no está tan organizada como para que el espíritu mismo pueda verse en su actividad en lo que nos sucede como la sucesión de las llamadas experiencias fatídicas. En el momento en que captamos esta sucesión, aprendemos a reconocer la trama del destino, aprendemos a reconocer que así como en la vida ordinaria el alma oculta lo espiritual a través de la representación, en el destino oculta lo espiritual a través del afecto, a través de la simpatía y la antipatía, con que recibe los acontecimientos que le llegan como sucesos de la vida. A partir del momento en que uno ve mediante la ciencia espiritual mediante la simpatía y la antipatía, es decir, cuando uno capta realmente el curso de los acontecimientos de la vida objetiva y serenamente, se da cuenta de que todo lo que sucede fatídicamente en nuestra vida entre el nacimiento y la muerte es, o bien la secuela de vidas terrenales anteriores, o bien la preparación para vidas terrenales siguientes. Del mismo modo que, por un lado, cuando la ciencia natural externa busca las relaciones entre el mundo material y la representación, no penetra hasta lo anímico-espiritual, ni siquiera hasta lo etérico, así tampoco hoy la ciencia natural en el otro polo puede hacer frente a sus esfuerzos. Del mismo modo que, por un lado, se aferra a los procesos materiales del sistema nervioso en la vida de la representación, en el otro polo se aferra a una oscuridad que, me gustaría decir, flota nebulosamente entre lo físico y lo espiritual.

Precisamente en estos ámbitos es donde uno debe darse cuenta de cómo los conceptos de la cosmovisión pueden ser tanto probados como refutados. Y para aquellos que insisten en la prueba, lo positivo tiene mucho en sí mismo; pero también hay que ser capaz de experimentar lo negativo de una forma interiormente cognitiva, igual que la inhalación lo es para la exhalación. Ahora, en los últimos tiempos, ha surgido lo que se llama psicología analítica. Esta psicología analítica está, me gustaría decir, inspirada por buenos presentimientos. Porque, ¿qué es lo que quiere? Esta psicología analítica, o como suele llamarse hoy, psicoanálisis, quiere descender de la vida ordinaria del alma a aquello que ya no está contenido en la vida ordinaria presente del alma, sino que es residual de la experiencia anímica anterior. El psicoanalista supone que la vida anímica no se acaba en la experiencia anímica actual, en la experiencia anímica consciente, sino que la conciencia se sumerge en el subconsciente. Y en mucho de lo que aparece en la vida anímica como perturbación, como confusión, como tal o cual deficiencia, el psicoanalista ve un efecto de lo que surge en el subconsciente. Pero es interesante lo que el psicoanalista ve ahora en este subconsciente. Si se escucha lo que enumera en este subconsciente, se trata inicialmente de una esperanza de vida engañada. El psicoanalista encuentra alguna persona que sufre de tal o cual depresión. Esta depresión no tiene por qué tener su origen en la vida consciente actual del alma, sino en el pasado. En algún momento de esta vida, algo ocurrió en la experiencia emocional. El hombre ha superado esto, pero no completamente, pues en el subconsciente permanece un residuo. Él ha experimentado decepciones, por ejemplo. Ha superado estas decepciones a través de la educación, a través de otros procesos, con la vida consciente del alma, pero en el subconsciente siguen viviendo. Desde allí surge esta decepción hasta la frontera de la conciencia, por así decirlo. Allí crea la depresión mental poco clara. Así pues, el psicoanalista busca en todo tipo de decepciones, en las esperanzas de vida frustradas que han sido arrastradas hasta el subconsciente, aquello que determina de forma oscura la vida consciente. También lo busca en lo que tiñe la vida anímica como temperamento. En aquello que tiñe la vida del alma a partir de ciertos impulsos nacionales, el psicoanalista busca un subconsciente que, por así decirlo, sólo golpea la conciencia. Pero entonces llega a una amplia zona, -sólo me refiero a esto-, que el psicoanalista resume diciendo: «El fango básico animal del alma interviene en la vida consciente». Ahora bien, no hay que negar que este lodo básico esté presente. Yo mismo ya he señalado en estas conferencias que algunos místicos tienen experiencias en las que algo, ya sea el erotismo, por ejemplo, se refina y se reproduce en la conciencia, de modo que se creen tener procesos particularmente sublimes, mientras que sólo se reproduce el erotismo, «el lodo animal básico del alma», y a veces se interpreta en un sentido profundamente místico. Incluso en una mística tan poéticamente refinada como Matilde de Magdeburgo, es posible demostrar que el sentimiento erótico se extiende hasta los detalles de la representación. Estas cosas deben entenderse claramente para evitar cometer errores en el campo de la ciencia espiritual. Pues quien quiere penetrar en el espíritu depende especialmente de conocer todos los caminos del error, no para seguirlos, sino para evitarlos. Pero quien habla de este fango básico animal del alma, quien sólo habla de esperanzas de vida frustradas y cosas por el estilo, no profundiza lo suficiente en la vida del alma: es como un hombre que camina sobre un campo en el que aún no se ve nada, y que cree que en él sólo está contenida la tierra o incluso el abono, mientras que en este campo ya están contenidos todos los frutos que pronto brotarán en forma de grano u otra cosa. Cuando hablamos del lodo básico del alma, deberíamos hablar también de lo que está incrustado en él. Ciertamente, en este lodo básico están contenidas las esperanzas frustradas; pero, al mismo tiempo, lo que allí está incrustado alberga una fuerza germinal que representa lo que, -cuando la persona ha atravesado la puerta de la muerte hacia la vida que discurre entre la muerte y un nuevo nacimiento, y luego entra en una nueva vida en la tierra-, hace de las esperanzas frustradas algo muy distinto de la depresión, lo que luego conduce a la decepción y a la regeneración en la próxima vida. En lo que el psicoanalista busca en las esperanzas de vida frustradas en el subsuelo del alma se encuentra, a poco que profundice en ello, lo que se prepara en una vida presente para intervenir fatalmente en una vida próxima.

Así que en todas partes, si se escarba en el fango animalista básico, -sin ensuciarse las manos, como desgraciadamente ocurre tan a menudo con los psicoanalistas-, se encuentra el entretejer anímico-espiritual del destino que va más allá del nacimiento y la muerte con la vida espiritual y anímica del alma. La psicología analítica en particular es un área en la que realmente podemos aprender cómo todo está bien y todo está mal cuando se trata de cuestiones de visión del mundo, a saber, de un lado o del otro. Pero hay mucho que decir a favor de las afirmaciones unilaterales de los psicoanalistas, por lo que una refutación no impresionará mucho a los que se la tienen jurada a estos conceptos. Pero si uno aprende a reconocer lo que dice a favor y en contra con la actitud de cognición que se caracterizó al principio de esta conferencia, a partir de los pros y los contras del alma, es precisamente entonces cuando uno experimentará lo que realmente funciona. Pues, quiero decir, entre lo que sólo se puede observar en el alma, como hacen los psicólogos, que se limitan a ir a la conciencia, y lo que el psicoanalista encuentra abajo, en el fango básico animal del alma, se encuentra la zona que pertenece a lo anímico-espiritual eterno, que pasa por nacimientos y muertes.

La exploración íntegra del ser interior del hombre conduce también a una correcta relación con el mundo exterior. La ciencia natural reciente no sólo ha hablado del éter de forma indeterminada, sino que lo ha hecho de tal manera que se le atribuyen los mayores misterios del mundo: lo que luego tomó formas sólidas, se convirtió en planetas, soles y lunas, etc., se dice que surgió de estados etéricos. Lo que tiene lugar en el ser humano como anímico-espiritual, por así decirlo, sólo se considera como un episodio. Delante y detrás está el éter muerto. Cuando se llega a conocer el éter por un sólo lado, entonces se puede llegar a tal construcción del surgimiento del mundo, a la que el sutil Herman Grimm, -he citado a menudo su dicho, pero es tan significativo que siempre se puede traer de nuevo ante el alma-, dice las siguientes palabras. Familiarizándose con el modo en que se piensa que de la neblina etérica muerta del mundo ha surgido aquello en lo que ahora se desarrollan la vida y el espíritu, y midiéndolo con la visión del mundo de Goethe, llega a la siguiente afirmación: 
«Goethe en su juventud se había apoderado de la gran fantasía de Kant-Laplace sobre la formación y posterior extinción del globo terráqueo. A partir de la nebulosa giratoria del mundo, -los niños ya la traen de la escuela-, se forma la gota central de gas, de la que posteriormente deviene la Tierra, que, como esfera en solidificación, atraviesa todas las fases en periodos de tiempo incomprensibles, incluido el episodio de la habitabilidad por la raza humana, para finalmente volver a sumergirse en el sol como escoria calcinada: un proceso largo, pero totalmente comprensible para el público actual, para cuya consecución no fue necesaria más intervención externa que los esfuerzos de alguna fuerza exterior para mantener el sol a la misma temperatura de calentamiento. No se puede imaginar una perspectiva de futuro más infructuosa que la que se nos quiere imponer hoy en esta expectativa como científicamente necesaria. Un hueso de carroña en torno al cual se divirtiera un perro hambriento sería una pieza refrescante y apetitosa en comparación con este último excremento de la creación, con el que nuestra tierra volvería a caer finalmente al sol, y el afán con que nuestra generación recibe y cree tales cosas es un signo de imaginación enferma, que los eruditos de épocas futuras gastarán algún día mucho ingenio para explicar como un fenómeno histórico de los tiempos.»

Lo que aparece aquí nuevamente, dentro de la vida espiritual alemana, como un sentimiento nacido de una vida anímica sana, muestra en su verdadera luz a la ciencia espiritual. Porque si uno aprende a conocer cómo tiene lugar la animación del éter muerto a través del alma, es decir, a través del éter vivo, entonces, mediante la experiencia interior, uno se aleja de la posibilidad de que nuestra estructura del mundo haya podido surgir de un éter muerto. Y cuando uno se familiariza con el correspondiente enigma del alma, este enigma del mundo toma una forma completamente diferente. Uno conoce ahora el propio éter en su forma viva, conoce que el éter muerto debe surgir primero del éter vivo. De modo que, volviendo al origen del mundo, hay que volver al alma y ver en lo anímico-espiritual el origen de lo que hoy se desarrolla. Pero mientras lo anímico-espiritual siga siendo durante tanto tiempo una mera hipótesis, un mero pensamiento en relación con los enigmas del mundo exterior, mientras no se llegue a conocer, por medio de la ciencia espiritual, toda la vida y el tejer de lo etérico en el encuentro del éter vivo de dentro con el éter muerto de fuera, es precisamente gracias a la ciencia espiritual como la bruma misma del mundo se convierte en algo vivo, en lo anímico-espiritual.

Como ven, los enigmas del alma ofrecen también una perspectiva significativa de los enigmas del mundo. Hoy debo detenerme en esta perspectiva. Ya ven que una contemplación real de la vida exterior e interior desde el punto de vista de la ciencia espiritual conduce a través del éter al reino anímico espiritual, tanto en la propia alma como en el mundo exterior.

Sin embargo, por otra parte, existe una actitud cognitiva como la de un hombre que mencioné la última vez. Hoy podemos al menos conjeturar que desde lo físico, tal como lo concibe la ciencia espiritual, el puente conduce directamente hasta lo espiritual-anímico, en el que están arraigadas la ética, la moral, la moralidad, que se originan en el espíritu, del mismo modo que lo sensual conduce a lo espiritual en general. Pero dentro de la preocupación por lo material puramente externo, la ciencia ha llegado a una actitud que niega en absoluto que la ética esté anclada en lo espiritual. Todavía se tiene vergüenza de negar la ética en sí, pero hoy se dice lo siguiente sobre la ética, que se encuentra al final de la conferencia de Jacques Loeb, que presenté la última vez con referencia al principio. Allí dice que la investigación científica conduce a una negación brutal de la ética:
«Si nuestra existencia se basa en ese juego de fuerzas ciegas y no es más que obra del azar, si nosotros mismos no somos más que mecanismos químicos, ¿cómo puede haber ética para nosotros? La respuesta es que nuestros instintos constituyen la raíz de nuestra ética, y que los instintos son tan hereditarios como los moldes de nuestros cuerpos. Comemos, bebemos y nos reproducimos, no porque los metafísicos hayan llegado a la conclusión de que esto es deseable, sino porque somos como máquinas. Somos activos porque los procesos de nuestro sistema nervioso nos obligan a serlo, y si las personas no son esclavos económicos, el instinto del trabajo exitoso determina la dirección de su actividad. La madre ama a sus hijos y cuida de ellos, no porque a los metafísicos se les haya ocurrido que eso es bello, sino porque el instinto de cuidar de la prole, presumiblemente a través de los dos cromosomas sexuales, está tan firmemente determinado como las características morfológicas del cuerpo femenino. Disfrutamos de la compañía de otras personas porque estamos obligados a ello por condiciones hereditarias. Luchamos por la justicia y la verdad, y estamos dispuestos a sacrificarnos por ellas porque instintivamente deseamos ver felices a nuestros semejantes. Que poseamos ética se debe meramente a nuestros instintos, que están fijados química y hereditariamente en nosotros del mismo modo que las formas de nuestros cuerpos.»

El comportamiento moral remite a los instintos. Los instintos conducen a la acción físico-química. Sin embargo, la lógica es muy endeble. Porque, por supuesto, se puede decir que no hay que esperar a que los metafísicos elaboren ningún principio metafísico para actuar éticamente, pero eso es lo mismo que si alguien quisiera decir: ¿Habría que esperar con la digestión a que los metafísicos o los fisiólogos hayan encontrado las leyes de la digestión? Me gustaría aconsejar al profesor Loeb que no investigue las leyes fisiológicas de la digestión, porque está atacando brutalmente las leyes metafísicas de la vida ética. Pero ya se puede decir: uno puede ser hoy un importante científico natural, - pero los hábitos de pensamiento son tales que le apartan a uno, por así decirlo, de toda vida espiritual, que uno ya no está pendiente de esta vida espiritual. Pero esto siempre va acompañado del hecho de que uno podrá comprobar una especie de defecto en el pensar, de modo que uno nunca tiene todo lo que pertenece a un pensar completamente efectivo.

Se pueden tener experiencias extrañas al respecto. Ya he presentado aquí una experiencia de este tipo hace algún tiempo; pero me gustaría presentarla de nuevo, porque enlaza con las declaraciones de un científico natural contemporáneo muy importante, que es también uno de aquellos contra quienes arremeto, precisamente porque los tengo en muy alta estima en un campo. Este científico natural tiene grandes méritos en el campo de la astrofísica y también en algunos otros campos de la investigación natural. Pero cuando escribió un libro resumiendo la cosmovisión actual y el origen de esta cosmovisión, hizo una extraña afirmación en el prefacio. Él está, por así decirlo, encantado de cómo hemos llegado tan maravillosamente lejos al ser capaces de interpretar todo científicamente, y señala con cierta arrogancia, como es común en tales círculos, a las épocas anteriores que no pudieron hacerlo, y se refiere a Goethe al decir: 
No se puede determinar si realmente se puede decir que vivimos en la mejor de las épocas; pero en cuanto a conocimientos científicos, sí que vivimos en la mejor de las épocas en comparación con épocas anteriores, para esto podemos referirnos a Goethe, que dice: 
Es un gran placer, 
ponerse en el espíritu de la época, 
Ver cómo un hombre sabio pensaba antes que nosotros, 
Y cómo finalmente llegamos tan maravillosamente lejos. 

Así concluye, con una confesión que toma de Goethe, un gran naturalista de la actualidad. Sólo ha olvidado que es Wagner quien hace esta confesión y que Fausto dice a esta confesión cuando Wagner se ha ido de nuevo:
¡Cómo no va a perder la mente toda esperanza,
cuando siempre está atascada con pruebas rancias,
cavando en busca de tesoros con mano codiciosa
y feliz cuando encuentra lombrices de tierra!

Este gran investigador olvidó reflexionar sobre lo que Goethe decía en realidad en el momento en que invocó a Wagner para expresar cómo hemos llegado tan maravillosamente lejos. Ahí se puede, me gustaría decir, interceptar donde el pensamiento se detiene en la búsqueda de la realidad.

Y si profundizamos un poco más en la literatura científica actual podríamos presentar muchos ejemplos de este tipo. Puesto que, como ya he dicho, tengo en gran estima al naturalista mencionado, no se me tomará a mal si afirmo la verdadera actitud goetheana ante tales investigaciones naturales, que se jactan de poder aportar también información sobre el espíritu. Porque aunque podamos perdonar a muchos monistas que no puedan llegar al espíritu desde la debilidad de su pensar, es peligroso cuando la actitud que aparece en Jacques Loeb y en el científico natural descrito anteriormente, que se caracteriza como Wagner pero se cree Goethe, se extiende cada vez más en los círculos más amplios a través de la creencia en la autoridad. Eso es lo que hace. Quien penetra en aquello que puede dar una actitud a partir de la ciencia espiritual, tal vez, aunque a algunos no les parezca suficientemente reverencial, llegue a la genuina actitud goetheana en relación con una afirmación como la del naturalista, si retoma las palabras con las que me gustaría concluir esta conferencia:
Es un gran horror,
ponerse en el lugar de tales almas,
Con qué avidez tocan lo material
Y se precipitan más allá del espíritu.

Traducido por J.Luelmo feb,2025