CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA204 Dornach 24 de abril de 1921- El siglo XIX como culminación en la historia de la espiritualidad abstracta y el materialismo desde el siglo IV.

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RUDOLF STEINER

PERSPECTIVA DE DESARROLLO DE LA HUMANIDAD

EL MATERIALISMO Y LA TAREA DE LA ANTROPOSOFÍA


Dornach 24 de abril de 1921

El siglo XIX como culminación en la historia de la espiritualidad abstracta y el materialismo desde el siglo IV. Dogma y ritual. Antes: la vida en el cuerpo que así experimentaba la espiritualidad cósmica; hoy: la vida en el espíritu que se vuelve a la materia y no se reconoce a sí misma. Diferente en el caso de Leibnitz. El poder de comprensión de los conceptos científicos espirituales que el intelecto moderno puede crear de sí mismo como posibilidad de transformación y vivificación de la inteligencia rígida e interiormente indolente. Las tres formas de indolencia: el neocatolicismo, que conserva el antiguo contenido en los dogmas, el protestantismo con su compromiso entre tradición e intelecto, y el intelectualismo ilustrado sin contenido espiritual. Futura polarización en tradicionalismo católico e intelectualidad ilustrada.

En el transcurso de la última semana hemos reflexionado sobre una serie de consideraciones adecuadas para arrojar luz sobre la condición espiritual del presente y del futuro inmediato. Recientemente, nos hemos referido en particular al decisivo punto de inflexión del desarrollo de la humanidad en Europa en el siglo IV. Anteriormente, al menos en el sur de Europa, la gente entendía el Misterio del Gólgota hasta cierto punto sobre la base de la sabiduría oriental. Todavía entendían con cierta comprensión algo que hoy es visto con tanta antipatía por algunos círculos, a saber, la Gnosis. La Gnosis era, en efecto, el último remanente de la sabiduría oriental primigenia, esa sabiduría primigenia que, si bien procedía de las fuerzas instintivas de la cognición humana, penetraba profundamente en la naturaleza de la configuración del mundo. Con la ayuda de las concepciones y los sentimientos adquiridos a través del conocimiento gnóstico, la gente pudo tener una visión de lo que había ocurrido en el Misterio del Gólgota. Pero la corriente cristiana que se introdujo cada vez más en el sistema político romano y adoptó su forma, participó activamente en la destrucción de esta concepción gnóstica del mundo. Salvo algunos restos bastante insignificantes de los que poco se puede sacar, esta corriente cristiana erradicó todo lo que antes existía como Gnosis. Y, como hemos visto, no quedó nada de la antigua sabiduría oriental en la conciencia de la humanidad en Europa, salvo las simples narraciones, revestidas de hechos materiales, sobre lo que ocurrió en Palestina en la época del Misterio del Gólgota.

Para empezar, estas narraciones estaban revestidas de la forma que se originó en el paganismo antiguo, como se puede ver en la Heliand. Fueron adoptadas por la civilización europea. Pero cada vez se sentía menos que estas historias debían ser penetradas con una cierta fuerza cognitiva. La gente perdió cada vez más el sentimiento de que había que buscar un enigma y un secreto mundial profundo en el Misterio del Gólgota. Pues en relación con el que se había unido a Jesús como Cristo se habían establecido dogmas determinados por decisiones conciliares. Se había planteado la exigencia de que la gente creyera en estos dogmas establecidos; así, poco a poco, todo el conocimiento vivo que aún existía hasta la época del cuarto siglo cristiano pasó al sistema de doctrinas sólidamente estructurado de la Iglesia estatal romana.

Entonces, si tenemos una visión general de todo este sistema de la corriente eclesiástica cristiana occidental, vemos que la naturaleza del Misterio del Gólgota fue envuelta en ciertas doctrinas firmes, rígidas y cada vez más incomprensibles, y que todo conocimiento espiritual vivo fue de hecho erradicado.

Nos encontramos ante un extraño factor de la evolución europea. Se podría decir que la fértil y viva sabiduría oriental fluyó hacia las doctrinas adoptadas por la Iglesia romana y se volvió rígida. En el dogma, continuó a través de los siglos siguientes. Este dogma existía. Hay que recordar que había algunas personas que hasta cierto punto sabían qué hacer con estos dogmas, pero se había vuelto imposible que la conciencia general de la humanidad recibiera algo más que una forma muerta. Ciertamente, nos encontramos con una serie de mentes espléndidas. Basta con recordar a algunos de los que procedían de los centros irlandeses del saber; basta con recordar a Escoto Erigena, que vivió en la corte de Carlos el Calvo. En individuos como él, tenemos a personas que recibieron las doctrinas y todavía intuían el espíritu en ellas, o lo descubrían más o menos. Luego tenemos la escolástica, a menudo mencionada aquí en cierta conexión, que intentó en forma más abstracta penetrar las doctrinas con su pensamiento. Nos enfrentamos al hecho de que un amplio sistema de contenido religioso estaba presente en las doctrinas rigidizadas y se transmitía de generación en generación; sobrevivía como un sistema de dogmas. Por un lado, estaban los dogmas teológicos, por otro, las narraciones relativas a los acontecimientos de Palestina revestidas de imágenes materialistas.

Ahora bien, si queremos comprender nuestra época moderna, no debemos olvidar en qué consisten fundamentalmente estos dogmas católico-romanos redactados en conceptos políticos romanos. Entre ellos hay doctrinas de gran importancia, doctrinas espléndidas. Está, sobre todo, la doctrina de la Trinidad, que, en otra terminología de tiempos posteriores, señala al Padre, al Hijo y al Espíritu. En esta doctrina se congeló una antigua y profunda sabiduría primordial, algo grande y poderoso que la percepción humana poseía antaño instintivamente. Sin embargo, sólo la brillante e inspirada perspicacia de unos pocos podría comprender lo que contiene tal doctrina.

A lo largo de las diversas resoluciones del concilio, estaba lo que finalmente se rigidizó en el dogma de las dos personas de Cristo y Jesús en un solo hombre. Había dogmas sobre el nacimiento, la naturaleza de Cristo Jesús, la muerte, la resurrección y la ascensión. Finalmente, había dogmas que establecían las diversas fiestas; y todo esto era básicamente el esqueleto, la silueta de una maravillosa y antigua sabiduría. Ahora bien, esta imagen sombría, este esqueleto, continuó a través de los siglos. Una razón particular por la que pudo continuar fue que asumió una determinada forma de cultos antiguos. El contenido de lo que se expresaba así en los dogmas, en los dogmas más sublimes, como el dogma de la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, pudo difundirse porque se revistió de la forma de un culto antiguo y sagrado, a saber, el Sacrificio de la Misa. El antiguo culto sólo se alteró un poco, pero como tal continuó. Las diversas metamorfosis de las fiestas cristianas continuaron durante todo el año eclesiástico. Los aspectos que se conocen como sacramentos continuaron. Tenían como objetivo elevar al ser humano fuera de la vida material ordinaria a través de la actuación de la Iglesia, por así decirlo, a una esfera superior y espiritual. Por todo ello y por su vinculación con el impulso del cristianismo, este contenido perduró a lo largo de los siglos de desarrollo histórico en Europa. Junto a esto, como he dicho, existía la humilde narración de los acontecimientos en Palestina, pero revestida de fórmulas materialistas.

Debido a su contenido significativo y a que la gente básicamente no tenía otra cosa con la que establecer una relación con los mundos suprasensibles, todas estas doctrinas juntas eran algo que afectaba a las mentes que se esforzaban por ese conocimiento superior. Sin embargo, debido al ritual y a la sencilla narración del Evangelio, estas doctrinas también podían desplegar esa forma de actividad que ganaba influencia sobre las amplias masas de la población europea.

Además de esto, se extendió otro sistema de culto separado y diferente, que contaba menos con el cristianismo como tal, pero que lo aceptaba con frecuencia. Básicamente no estaba conectado orgánicamente con el cristianismo, sino que procedía más bien de cultos más antiguos. Este otro sistema culminó en el dogma de la masonería actual, que, de hecho, tenía y sigue teniendo sólo una relación superficial con el cristianismo. Como se sabe, el elemento que se revestía de la forma del dogmatismo católico-romano y el elemento que en la tradición masónica está vinculado a otros cultos y simbolismos luchan entre sí con uñas y dientes hasta el día de hoy.

Este desarrollo puede ser rastreado más o menos con sólo enfocar nuestra alma en los hechos históricos con algún sentido. Pero lo que se presenta sólo se puede comprender plenamente si nos fijamos en ese punto de inflexión de la evolución europea en el siglo IV cristiano que, en cierto modo, hundió en una especie de abismo toda la antigua sabiduría espiritual y sus secuelas. Debido a ello, la gente en Europa conoció poco de la sabiduría oriental primigenia a lo largo de los siglos siguientes.

Como señalé ayer, las facultades internas que permitían a los seres humanos en la antigüedad experimentar el peso, el número y la medida en su propio ser habían desaparecido gradualmente. La medida, el número y el peso se convirtieron entonces en abstracciones. Con estas abstracciones, los hombres establecieron entonces en la quinta época postatlante lo que hoy se ha convertido en nuestra visión científica natural del mundo, algo que no podía incluir a los seres humanos en su esfera y se detenía ante ellos, incapaz de comprenderlos de ningún modo. Sin embargo, mediante las abstracciones del peso, el número y la medida, captó con cierta excelencia los fenómenos naturales externos y llegó a una especie de punto culminante en el siglo XIX.

La gente de hoy no tiene todavía la suficiente distancia con respecto a estas cuestiones; no se da cuenta de que a mediados del siglo XIX se alcanzó realmente un punto muy especial en el desarrollo europeo. El esfuerzo intelectual, el esfuerzo racional puro, alcanzó su mayor y más completo despliegue en esa época. Fue la tendencia resultante de esas mismas fuentes de las que fluyen los modernos puntos de vista científicos naturales desde el primer tercio del siglo XV. Pero, al mismo tiempo, era la tendencia que, en última instancia, ya no podía hacer nada con el culto que se había extendido; de hecho, esta tendencia básicamente había sido incapaz durante mucho tiempo de hacer algo con las fórmulas rituales y dogmáticas establecidas por los concilios de la Iglesia. Sólo habían sobrevivido algunos vestigios, algunos restos; por ejemplo, el vestigio del Concilio de 869, en el que se había resuelto que el ser humano no se compone de cuerpo, alma y espíritu, sino simplemente de cuerpo y alma, poseyendo esta última algunas cualidades espirituales. Este vestigio permaneció y pervivió en las visiones filosóficas modernas que se creían objetivas, pero que en realidad sólo reiteraban lo que se había originado en este dogmatismo católico.

El ambiente moderno de la civilización europea, que tiende cada vez más a una visión puramente intelectual y racional del universo, se formó a partir de todas estas direcciones. Este estado de ánimo, que se había preparado durante siglos, alcanzó su culminación a mediados del siglo XIX. ¿Cómo podemos entender esta culminación si observamos al ser humano desde el punto de vista anímico-espiritual? Tenemos que centrarnos en la naturaleza humana, tal y como era en la antigüedad y tal y como ha cambiado gradualmente. Ya lo hemos hecho desde varios puntos de vista y hoy lo haremos de nuevo desde otro punto de vista.

Pongamos ante nosotros al ser humano de forma esquemática. Tomemos, en primer lugar, el cuerpo físico del hombre (rojo). Como he dicho, estoy haciendo un dibujo esquemático.

Este es el cuerpo etérico del hombre (azul); este es el cuerpo astral humano (amarillo); aquí tenemos el yo del hombre. Consideremos primero al ser humano tal como era en los tiempos antiguos, aquellos tiempos antiguos en los que todavía existía la clarividencia instintiva, que luego se desvaneció, se marchitó y desapareció gradualmente. El yo es básicamente un producto de la tierra y tenemos que darle menos importancia. Pero debemos tener claro que todo el mundo habita realmente en los cuerpos físico, etérico y astral del hombre. Podemos decir que en este cuerpo físico vive el elemento que representa el mundo entero. La corporeidad nace de él y continúa reconstruyéndose a través de la ingesta de alimentos. En el cuerpo etérico vive también el mundo entero; de las más diversas maneras, en él entran constantemente influencias que envían sus efectos al ser humano de manera superfísica, efectos que se expresan en las fuerzas de crecimiento, por ejemplo en la circulación de la sangre, en la respiración, etc. No son en absoluto idénticas a las fuerzas que están presentes en la ingesta de alimentos y en la digestión. Además, están todas las influencias que viven en nuestro cuerpo astral y que reciben impresiones del mundo a través de los sentidos, etc. Es así hasta hoy y era así en los días en que el ser humano todavía vivía con su antigua clarividencia instintiva, pero en aquella época, estaba más íntimamente conectado con su cuerpo físico, su cuerpo etérico y su cuerpo astral que hoy. Cuando se despertaba por la mañana, se sumergía con su yo y su cuerpo astral en sus cuerpos físico y etérico. Se desarrollaba una estrecha conexión entre su yo y su cuerpo astral y su cuerpo etérico y físico. Y no sólo habitaba en su cuerpo físico, sino que también vivía en las fuerzas que actuaban dentro de este último.

Permítanme darles una vívida descripción de esto. Imaginen que una persona que posee una clarividencia antigua se come una ciruela. Parece casi grotesco para un ser humano de hoy en día cuando se describe algo así, pero es profundamente cierto. Supongamos que tal clarividente antiguo comiera una ciruela; esta ciruela contiene fuerzas etéricas. Si una persona come una ciruela hoy en día, no es consciente de lo que ocurre dentro de esta ciruela. El antiguo clarividente comía una ciruela; entonces estaba en su estómago, era digerida, y experimentaba cómo las fuerzas etéricas de la ciruela pasaban a su cuerpo. Participaba cósmicamente en esta experiencia. Cuando hacía comparaciones internas entre las diversas cosas que ingería en su estómago, veía que todas las relaciones del mundo exterior continuaban dentro del ser humano, y las percibía interiormente. Desde que se despertaba por la mañana hasta que se iba a dormir por la noche, tal persona estaba llena de la vívida percepción interior de la vida vivida en el exterior por las ciruelas, por las manzanas y por muchas otras cosas que comía. En su interior, a través del proceso de respiración, era consciente del ser esencial y espiritual del aire. A través del calor que corría por su proceso de circulación, estaba familiarizado con las fuerzas cálidas del cosmos en su entorno. No se limitaba a percibir la luz en sus ojos. Sentía cómo los rayos de luz entraban por los nervios de sus ojos; cómo, en su propio cuerpo etérico, se encontraban con los miembros físicos y habitaban en ellos.
Tal persona se experimentaba a sí misma de forma bastante concreta dentro del elemento cósmico. Aunque era una conciencia atenuada, estaba presente. Durante el día, estaba silenciada por lo que una persona percibía exteriormente incluso en aquellos días. Pero incluso en los primeros tiempos de la civilización griega, era cierto que los seres humanos aún conservaban una secuela de lo que hoy sólo poseen las criaturas distintas del hombre. Ya he mencionado varias veces que es muy interesante mirar con mirada espiritual un prado donde las vacas están acostadas y haciendo la digestión. Toda esta actividad de la digestión es una experiencia cósmica para las vacas. En el caso de las serpientes, es aún más cierto; se acuestan y hacen la digestión y, en efecto, experimentan los acontecimientos cósmicos. De su organismo florece y brota algo que es "mundo" para su percepción. De su interior surge algo que es mucho más bello que todo lo que somos capaces de ver con nuestros ojos desde el exterior. Algo así estaba presente como un estado de ánimo subyacente en los seres humanos que aún poseían una clarividencia antigua e instintiva. Aunque estaba silenciada durante la mayor parte del día por las percepciones externas, cuando estas personas se dormían, llevaban consigo lo que habían experimentado y recibido en su cuerpo astral y en su yo. Luego, cuando su yo estaba solo con su cuerpo astral, estas experiencias surgían poderosamente en forma de sueños verdaderos. Entonces, en forma de sueños verdaderos, estas personas experimentaron después lo que sólo habían experimentado tenuemente durante el día.

Como ven, me refiero a la manera de experimentar interiormente con el alma y el cuerpo por parte de los seres humanos de la antigüedad; porque eran capaces de experimentar de esta manera, tenían experiencias cósmicas. Era en esto en lo que encontraban su percepción cósmica, suprasensible. Entonces, cuando la gente de Oriente bebía la bebida de Soma, conocía la naturaleza del Espíritu de las Alturas. Esta bebida de Soma impregnaba, surgía y tejía su ser interior, avivando su sangre. Cuando estas personas se dormían posteriormente y el yo y el cuerpo astral, que habían estado activos en la sangre, tomaban las formas que habían surgido a través de la digestión de la bebida de Soma, entonces su ser se ampliaba en las anchuras del espacio y, en su experiencia nocturna, sentían a los seres espirituales del cosmos.

Tal experiencia todavía estaba presente en aquellos entre los que el antiguo Zaratustra encontró oyentes dispuestos en la antigua época persa. Si uno no es consciente de estas cosas, no entiende lo que finalmente nos llegó de las escrituras orientales que han sobrevivido. Esta percepción cósmica viva se extinguió gradualmente. Ya en la época histórica egipcia, poco de ella se puede encontrar, sólo sus secuelas están todavía presentes. Y salvo los últimos vestigios que siempre se han conservado entre los seres humanos primitivos, desapareció luego en el siglo IV cristiano. A partir de entonces, el intelecto, el elemento racional, luchó cada vez más por pasar a primer plano en el ser humano, el elemento que está completamente ligado al mero cuerpo físico en su aislamiento del mundo.

Si poseen ustedes una imaginación pictórica y entran en su cuerpo, no pueden evitar experimentar algo cósmico. Si ustedes han retenido algo de la cualidad interna de los números y entran en su cuerpo con ella, no pueden evitar experimentar el elemento numérico del cosmos. Lo mismo ocurre con las relaciones de peso. Sin embargo, si entran en el organismo humano con el poder del yo, que está activo como elemento puramente racional e intelectual, entonces se sumergen sólo en el cuerpo humano aislado, en lo que el cuerpo humano es en virtud de su propia naturaleza, sin su relación con el cosmos. Entran en el cuerpo humano terrenal en su total aislamiento. Por lo tanto, si tratara de esbozar esto desde el punto de vista del intelecto, tendría que hacerlo así:
El cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo (ver arriba, azul, amarillo y forma en el centro) también están presentes allí. Pero el yo ya no experimenta nada del elemento cósmico aquí dentro del ser humano. Sólo tiene una tenue experiencia de su propia existencia, de su propia inmersión en el organismo humano aislado. Por lo tanto, cuando este yo puramente intelectual va a su entorno en el sueño, no se lleva nada. El hecho de que no se lleve nada es la razón por la que, a lo sumo, pueden surgir en el ser humano reminiscencias, imágenes oníricas de tipo irreal, y por la que este yo no puede impregnarse en modo alguno de nada del cosmos. Básicamente, desde el momento en que se duerme hasta que se despierta, el ser humano no experimenta nada significativo, porque toda su manera de experimentar está calculada para el organismo humano aislado, que a su vez afecta al yo con aquellas fuerzas que no tienen nada que ver con el cosmos. Por eso el yo está embotado desde que se duerme hasta que se despierta.

De hecho, debe ser así, ya que aunque los antiguos seres humanos instintivamente clarividentes poseían la visión cósmica y habitaban en imaginaciones, inspiraciones e intuiciones instintivas, no poseían un pensamiento racional independiente. Si este pensamiento racional independiente, este pensamiento intelectual real, ha de desarrollarse, tiene que hacer uso del instrumento del cuerpo humano aislado. Tiene que estar embotado durante el sueño y, por lo tanto, no aporta nada cuando se despierta. El antiguo ser humano, por el contrario, habiendo llevado sus experiencias en el cuerpo hacia el cosmos, traía consigo lo que había experimentado en el encuentro de las secuelas cósmicas con los sucesos espirituales-cósmicos reales de ahí fuera. Una vez más, traía de vuelta las secuelas de lo que había experimentado allí y disfrutaba así de una relación viva con el cosmos. Lo que el ser humano consigue mediante el pensamiento intelectual lo adquiere en el periodo que va desde que se despierta hasta que se duerme y se atenúa cuando comienza el sueño. El ser humano tiene que depender ahora del tiempo en que está despierto.

Nos encontramos con el extraño fenómeno de que en la antigüedad el ser humano estaba más ligado a su cuerpo que en la actualidad, pero que experimentaba en este cuerpo el aspecto espiritual del cosmos. El hombre moderno ha perdido esta experiencia en el cuerpo. El ser humano de hoy es más espiritual, pero tiene el espíritu más enrarecido; vive en el intelecto y sólo puede habitar en el espíritu desde que se despierta hasta que se duerme. Cuando entra en el mundo espiritual con su espíritu intelectual completamente enrarecido, su conciencia se atenúa.

¿Por qué hemos desarrollado el materialismo? ¿Y por qué la humanidad antigua no tenía materialismo? Los antiguos no lo tenían porque habitaban en la materia del cuerpo; los hombres modernos tienen materialismo porque habitan sólo en el espíritu, porque están completamente libres de una conexión cósmica con su cuerpo. El materialismo surge en realidad porque el ser humano se volvió espiritual, pero espiritual de una manera enrarecida. La gente era más espiritual durante la mitad del siglo XIX. Pero se mentían a sí mismos de manera ahrimánica en la medida en que no reconocían que era el espíritu enrarecido en el que habitaban. En el elemento más espiritual posible para el ser humano, sólo absorbió el concepto de materialidad. El ser humano se había convertido en un recipiente completamente espiritual, pero en este recipiente sólo dejaba fluir los pensamientos de la existencia material. El secreto del materialismo es que el ser humano se volvió hacia la materia a causa de su espiritualidad. Esta es la negación del hombre moderno de su propia espiritualidad. El punto de culminación de esta condición espiritual fue a mediados del siglo XIX, pero los seres humanos no captaron esta condición de espiritualidad.
Como he dicho, esto se desarrolló lentamente a lo largo de los siglos. La antigua espiritualidad instintiva se había apagado lentamente en el cuarto siglo cristiano; a partir del primer tercio del siglo XV, surgió la nueva espiritualidad; el tiempo que media es en cierto modo un episodio de experiencia puramente humana. Sin embargo, después de este momento en el primer tercio del siglo XV y después de ese siglo en su conjunto, esta dependencia del hombre de su cuerpo físico aislado se hizo sentir. Ahora ya no desarrollaba ninguna relación con lo que estaba congelado en doctrinas conciliares dogmáticas y que, aunque rigidizado, seguía poseyendo un contenido grandioso. Ahora, también, los seres humanos básicamente ya no podían encontrar ninguna relación con las humildes narraciones de Palestina. Durante un tiempo aún, se obligaron a conectar algún significado con ellas. Sin embargo, el significado sólo puede conectarse con ellas cuando son penetradas por el conocimiento. En particular, los seres humanos modernos ya no podían conectar ningún significado con los cultos, el ritual en sí mismo. El sacrificio de la misa, un acto religioso de la mayor importancia cósmica, se convirtió en un acto externo y simbólico porque ya no se comprendía. El sacramento de la Transubstanciación, que había sobrevivido a la Edad Media y que tiene un profundo significado cósmico, pasó a formar parte de disputas puramente intelectuales. Ciertamente, no hace falta decir que cuando los hombres empezaron a preguntarse con su intelecto aislado cómo podía estar contenido el Cristo en los sacramentos del altar, no pudieron comprenderlo, pues estos asuntos no son aptos para la comprensión del intelecto. Pero ahora los seres humanos empezaron a intentar comprenderlos por medio del intelecto.
De ahí surgieron debates de gran importancia en la historia del mundo, conocidos como la "Disputa de la Eucaristía", y vinculados a nombres como Hus y otros. Los individuos más progresistas de Europa, los más avanzados en la comprensión racional del mundo, llegaron entonces a las diversas formas de protestantismo. Es la reacción del intelecto contra algo que había surgido de un poder de cognición mucho más amplio e intenso que el propio intelecto. Las potencias que se habían desarrollado en el alma moderna como facultades intelectuales y lo que habitaba en los rígidos dogmas que contenían, sin embargo, algo grande y poderoso, ¡estos dos se enfrentaron como dos puntos de vista ajenos! Las confesiones protestantes más variadas surgieron como compromisos entre el intelecto y las antiguas tradiciones. Pasaron los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, y a mediados del siglo XIX el ser humano alcanzó la culminación de su desarrollo intelectual. Se convirtió en un ser espiritual hasta la médula.

Con esta espiritualidad, podía comprender lo que existe en el mundo exterior, sensorial, pero no se comprendía a sí mismo como espíritu. La gente ya no tenía ni idea del significado de una frase como la de Leibnitz que dice: "Nada habita en el intelecto que no haya habitado antes en los sentidos, excepto el propio intelecto". Los modernos omiten por completo la frase del final y sólo reconocen la frase: "Nada habita en el intelecto que no haya habitado antes en los sentidos", mientras que Leibnitz discernía claramente que el intelecto es algo totalmente espiritual que actúa en el ser humano con total independencia de todos los aspectos de la corporeidad física.

Como he dicho, el intelecto estaba activo pero no se reconocía a sí mismo. Así, según nuestra experiencia, el ser humano se encuentra ahora en la transición a otra fase de desarrollo de su vida y, por así decirlo, no lleva nada consigo a la noche. Porque lo que se adquiere intelectualmente se logra a través del cuerpo y no tiene relación con lo que está fuera del cuerpo. La gente tiene que trabajar de nuevo en el mundo espiritual. Existe claramente la posibilidad de mirar en este mundo espiritual. Lo que la gente antes había alcanzado desde sus cuerpos físico y etérico, así como desde su cuerpo astral, en lo que respecta a una visión instintiva del cosmos, puede ser alcanzado de nuevo hoy. Podemos llegar a las imaginaciones y por medio de ellas podemos describir la evolución del mundo desde Saturno, el Sol, la Luna, hasta la Tierra, etc. Podemos contemplar lo que habita en la naturaleza de los números, es decir, el ser de los números. A través de las inspiraciones, podemos recibir una visión de cómo el mundo se forma a partir de la espiritualidad cósmica de acuerdo con las leyes de los números. Es totalmente posible que podamos tener una visión del mundo de esta manera a través de la Imaginación, la Inspiración y la Intuición.

La mayoría de la gente dirá: Si no nos hemos convertido en clarividentes, a lo sumo podemos estudiar estas cuestiones. Bien, pero uno puede estudiarlos, y se ha dicho una y otra vez que el intelecto ordinario puede captarlos. Hoy añadiré la razón por la que el intelecto ordinario es capaz de captar estas cuestiones. Supongamos que ustedes están leyendo algo así como un Esquema de la Ciencia Oculta. Imaginen que tratan de situarse en estas descripciones con su intelecto ordinario. Ustedes lo toman con el intelecto, que sólo está ligado al cuerpo humano aislado. Pero toman ustedes algo que no podrían recibir a través de este intelecto, ya que a lo largo de los últimos siglos este intelecto no se comprendió a sí mismo. Ahora toman ustedes algo que es incomprensible sobre la base de los conceptos que el intelecto deriva del mundo sensorial externo. Sin embargo, se vuelve comprensible cuando el intelecto se esfuerza por sí mismo en comprenderlo, sin estar inicialmente de acuerdo ni en desacuerdo, sino sólo comprendiendo. Al fin y al cabo, el énfasis está en comprender estas cosas.
Al principio, basta con comprenderlos. Si lo hacen, entonces, con la percepción que el yo ha obtenido, crean algo que se extiende hasta la noche. Entonces, durante la noche, ya no permanecerán embotados como es el caso de la actitud meramente intelectual hacia el mundo; entonces, desde el momento en que ustedes se duermen hasta que se despiertan, moran en un contenido diferente en la espiritualidad delicadamente filtrada. Después, se despiertan y descubren que se ha añadido la posibilidad -por pequeña que sea cada vez- de adquirir interiormente lo que se han esforzado en comprender intelectualmente. Con cada noche que pasa, cada vez que dormimos, se añade algo de una relación interior, adquirimos una conexión interior. Cada vez que nos dormimos, llevamos con nosotros las secuelas de nuestra comprensión diurna al mundo más allá de la corporalidad. De este modo, adquirimos una relación con el mundo espiritual, una relación adquirida completamente fuera de la realidad. Esto, sin embargo solo es así, si el ser humano no arruina esta relación por medio de algo con lo que hoy la arruina tan frecuentemente. He mencionado estos medios para arruinar la espiritualidad con bastante frecuencia. Como ustedes saben, muchas personas se empeñan en adquirir un cierto estado de somnolencia antes de irse a dormir; consumen tantos vasos de cerveza como sea necesario para tener el grado de somnolencia necesario. Esta es una práctica bastante común, especialmente entre las personas "inteligentes". En ese caso, las facultades que acabo de mencionar ciertamente no pueden desarrollarse.

Sin embargo, la espiritualidad puede ser investigada, y esta espiritualidad también puede ser experimentada de la manera que acabo de describir. El ser humano se ha alejado de la espiritualidad. Es capaz de volver a crecer hacia ella. Hoy en día, sólo estamos al principio de este proceso de crecimiento hacia la espiritualidad. En los últimos siglos, desde el siglo XV hasta el siglo XIX, cuando el intelecto ha alcanzado su nivel más alto, se ha desarrollado una cierta espiritualidad, en particular entre las personas más progresistas de Europa, aunque una espiritualidad que todavía no tiene contenido. Pues sólo cuando nos dirigimos a la Imaginación, esta espiritualidad recibe su primer contenido. Esta espiritualidad, filtrada hasta el extremo, debe recibir primero su contenido.

En este momento, este contenido es rechazado por la mayoría de la gente. El mundo desea permanecer con la espiritualidad filtrada; desea producir un contenido derivado del mundo material exterior. La gente no desea esforzarse con su intelecto para comprender los resultados de la visión del mundo espiritual que se ofrece. Las confesiones que siguen al Evangelio son, al fin y al cabo, compromisos entre el intelecto y las antiguas tradiciones; han perdido el vínculo de unión. El ritual no significa nada para ellos. Por ello, éste ha ido desapareciendo en el seno de estas confesiones. Se llegó a conceptos abstractos en lugar de una comprensión viva de, por ejemplo, la Transubstanciación. A lo sumo, se pueden contar las historias simples, pero no se puede relacionar con ellas ningún otro significado que el compatible con una teología materialista, es decir, que se trata de sucesos que se pueden relacionar con el humilde hombre de Nazaret, etc. Todo esto ya no puede conducir a un contenido; es algo que pierde toda conexión con la espiritualidad.

En consecuencia, la situación en el mundo actual es tal que existe, en primer lugar, una fe que ha rechazado el intelecto y no ha llegado a ningún compromiso. Debido a esto, en vastos segmentos de la población se ha conservado una relación, aunque sea instintiva, con las doctrinas y los dogmas, cuyo contenido ya no es accesible a los seres humanos, pero sí desembocó en estos dogmas. Este segmento de la población también ha conservado su relación viva con el culto, con el ritual ceremonial; ha conservado su vínculo con los sacramentos. Por muy agotado que esté todo esto, la antigua espiritualidad -la espiritualidad con la que todavía hay una conexión a través de los dogmas- habitó alguna vez en lo que se ha convertido en un esqueleto, una sombra. Entre las confesiones protestantes más recientes, en las que se intenta un compromiso, tal conexión ya no está viva. Y luego tenemos a los que se llaman a sí mismos bastante iluminados y que habitan sólo en el intelecto, que es espiritual pero no desea captar el espíritu.
Estas son las tres corrientes a las que nos enfrentamos. De cara al futuro, no podemos contar con la fecundidad de aquellas corrientes que sólo intentaron hacer un compromiso externo; no podemos contar con la mera intelectualidad que no puede llegar a ningún contenido y que, por tanto, sólo puede perderse a sí misma ya que no quiere entenderse a sí misma. Sólo podemos contar con la dirección en la que estas corrientes se dirigen poco a poco, y se dirigen cada vez más claramente hacia allí, es decir, podemos contar con lo que se ha vertido en las antiguas doctrinas y que está representado en la Iglesia católico-romana superviviente. Podemos contar con la actitud que toma en serio la nueva intelectualidad y la profundiza imaginativa, inspiradora e intuitivamente, llegando así a una nueva espiritualidad. El mundo moderno se está dividiendo y distanciando en estas dos direcciones contrastantes. Por un lado están las personas con su intelecto. Son interiormente perezosos y no desean utilizar este intelecto, pero necesitan un contenido. Así que se remiten a los dogmas muertos. Sobre todo entre las personas inteligentes, pero mentalmente indolentes, que son en cierto modo intelectuales y dadaístas, se está haciendo sentir un movimiento neocatólico que trata de apoderarse de las antiguas tradiciones que se han rigidizado en dogmas y que trata de recibir un contenido desde fuera, a través de fenómenos históricos pero que se rigidizan en formas históricas. Basándose en el intelecto, esta tendencia trata desesperadamente de dar algún sentido a los antiguos contenidos; así tenemos batallas intelectuales que, por medio de los antiguos contenidos, tratan de preparar sus doctrinas rigidizadas de una manera nueva para el uso de los seres humanos.

Por citar un ejemplo, en muchas páginas de la más reciente edición de la revista Tat, podemos observar una tendencia intelectual, acartonada, hacia las doctrinas rigidificadas. Al fin y al cabo, el editor, Diederichs, lo hace todo; lo pone todo en categorías y en papel. Así, ahora ha dedicado toda una edición de Tat al movimiento neocatólico. Nos permite discernir lo encorsetado que está el pensamiento de la gente hoy en día, cómo la gente está desarrollando un pensamiento encorsetado hacia dentro para no tener que despertarse y poder permanecer mentalmente perezoso para captar con el intelecto lo que avanza más indolentemente.

Para poder rechazar este esfuerzo vital de la intelectualidad moderna hacia la espiritualidad, con todo esto, la gente experimenta un esfuerzo que puede y debe ser captado. Cada vez más, las cosas llegarán a un punto álgido de tal manera que un poderoso movimiento con un efecto fascinante, sugestivo e hipnótico sobre todos aquellos que desean permanecer perezosos dentro del intelecto impregna el mundo. Una ola católica está impregnando incluso el mundo de las personas inteligentes que desean, sin embargo, seguir siendo perezosas dentro de su inteligencia. Las almas somnolientas simplemente no se dan cuenta. Pero debe seguir siendo infructuoso esforzarse por lo que Oswald Spengler describió tan vívidamente en su Decadencia de Occidente. Se puede convertir al Occidente en católico, pero con ello se matará su civilización. Este Occidente tiene que preocuparse por despertar, por activarse interiormente. Su inteligencia no debe permanecer perezosa, porque esta inteligencia puede despertarse a sí misma; puede llenarse interiormente de una comprensión para la nueva visión del espíritu.

Esta batalla está en preparación; de hecho, está aquí - y es el punto principal. En el futuro, todo lo demás que concierne a las visiones del mundo se verá aplastado entre estas dos corrientes. Debemos prestar atención a esto, ya que lo que está llegando a expresarse se oculta en cualquier número de fórmulas y formas. Nadie vive plenamente en el presente que crea que puede progresar con algo con lo que tal vez todavía se soñaba a principios de este siglo. Sólo vive plenamente en el presente quien desarrolla un ojo para lo que habita en las dos corrientes descritas anteriormente. Tenemos que ser conscientes de ello. Pues todo lo que he comentado hace una semana, cuando dije que hoy en día un gran número de personas aman el mal y, por su pura tendencia al mal, se entregan a la calumnia de la manera que he descrito, todo esto es lo que debe presentarse ante nuestras almas. Debemos tener en cuenta esa falsedad interior, que se expresa en los hechos -como les dije- de que personas, que se supone que están fortalecidas en su fe católica, son enviadas a la iglesia católica de Stuttgart para asistir a una conferencia del general von Gleich, ¡y que este general católico concluye con un himno de Lutero! Allí se juntan las dos tendencias que no se preocupan por las confesiones, sino que sólo intentan confluir en la proliferación de mentiras.

Estas cosas deben ser advertidas hoy en día. Si no se hace, se está dormido y no se participa en lo único que puede hacer al ser humano de hoy verdaderamente humano.
Traducido por J.Luelmo.jul.2022


GA204 Dornach 3 de abril de 1921 Errores en el mero pensamiento y errores arraigados en la actualidad

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RUDOLF STEINER

PERSPECTIVA DE DESARROLLO DE LA HUMANIDAD

EL MATERIALISMO Y LA TAREA DE LA ANTROPOSOFÍA


Dornach 3 de abril de 1921

Errores en el mero pensamiento y errores arraigados en la actualidad. Estos últimos, por ejemplo el materialismo teórico, pueden tener un lado beneficioso para la humanidad. Las fuerzas estructurales de la cabeza se reconocen por la imaginación; las del sistema rítmico por la inspiración, las del sistema metabólico por la intuición. La naturaleza de la imaginación; la esencia del pensamiento reflexivo; la percepción objetiva. El conocimiento y la muerte.

Antes de comenzar, permítanme subrayar que esta conferencia no forma parte de la secuencia de conferencias presentadas en el contexto de los cursos, sino que en cierto sentido pretende relacionarse con lo que expuse ayer por la tarde. Allí nos ocupamos de estudiar esa forma particular de desarrollo dentro de la evolución histórica de la humanidad que se produjo a mediados y también en la segunda mitad del siglo XIX; el impulso evolutivo del materialismo. Dije que en estas consideraciones nuestra atención no debía dirigirse tanto al materialismo en general, que exige otros puntos de vista, sino al materialismo teórico, al materialismo como visión del mundo. Llamé la atención sobre el hecho de que este materialismo debe ser confrontado con una mente suficientemente crítica, pero que, por otra parte, el materialismo ha sido una fase necesaria de la evolución en la historia de la humanidad.


No podemos hablar simplemente de rechazarlo y decir que es una aberración; el materialismo debe ser comprendido. Pues lo uno no excluye lo otro. Especialmente en estas reflexiones es importante ampliar el ámbito de los pensamientos relacionados con la verdad y el error más allá de lo que es habitual. Generalmente se dice que en la vida lógica de los pensamientos es posible errar o encontrar la verdad. Lo que no se menciona es que, en determinadas circunstancias, la mirada que lanzamos sobre el mundo exterior puede descubrir errores en la realidad exterior. Por muy difícil que sea para el pensamiento moderno admitir errores en los acontecimientos de la naturaleza -algo que tiene que hacer la ciencia espiritual- es obvio para la gente de hoy admitir que hay errores reales en los resultados que surgen en el curso del desarrollo histórico y se manifiestan, por así decirlo, en la esfera comunal, social. Estos errores no pueden ser corregidos por la mera lógica, sino que exigen una comprensión basada en las condiciones que les dieron origen.


Al pensar, lo único que tenemos que hacer es rechazar el error. Hay que salir del error y, superándolo, llegar a la verdad. Pero en el caso de los errores arraigados en el ámbito fáctico debemos decir siempre que también tienen un aspecto positivo y son valiosos en cierto sentido para el desarrollo de la humanidad. Por lo tanto, el materialismo teórico del siglo XIX no debe ser condenado simplemente de manera estrecha y unilateral, sino que debemos captar su importancia en la evolución humana.


El materialismo teórico consistía -y lo que queda de él sigue consistiendo- en que el hombre se dedica a una investigación concienzuda y exacta de los hechos materiales externos, que en cierto sentido se pierde en este mundo de hechos. Entonces, partiendo de esta investigación de los hechos, llega a una visión de la vida que tiende a la conclusión de que no hay otra realidad que el mundo de los hechos, y que todo lo que pertenece al alma y al espíritu es, después de todo, un mero producto del curso material de los acontecimientos. Incluso una concepción de la vida como ésta fue necesaria durante una determinada época, y el único peligro sería una rígida adhesión a ella para que pudiera influir en el desarrollo posterior de la humanidad en una época en la que tienen que entrar en la conciencia humana otros contenidos.


Intentemos hoy investigar la base real de este impulso evolutivo que conduce al materialismo teórico. Llegamos a él cuando, desde cierto punto de vista, nos imaginamos una vez más la triple naturaleza del organismo humano. 2 Lo he caracterizado en muchas ocasiones. He dicho: Debemos distinguir dentro de toda la organización del ser humano la parte que, con respecto a su ser físico, puede designarse como la organización de los sentidos y los nervios. Ésta se concentra principalmente en la cabeza humana, pero en cierto sentido se extiende por todo el organismo humano, penetrando también en las demás partes del mismo. Como segundo miembro tenemos la organización rítmica. La encontramos principalmente en el ritmo de la respiración y en la circulación de la sangre. La tercera parte, en un sentido más amplio, es la organización metabólica del ser humano, que incluye todo el sistema de las extremidades humanas. El sistema de extremidades humanas es un sistema de movimiento, y toda forma de movimiento es básicamente una expresión de nuestros procesos metabólicos. Un día, cuando la gente investigue más de cerca lo que realmente ocurre en los procesos metabólicos cada vez que el ser humano se mueve, descubrirá la íntima conexión entre el sistema de extremidades y el sistema metabólico.

Al considerar estos tres sistemas en el ser humano, hemos señalado, en primer lugar, la diferencia fundamental entre ellos. Ya llamé ayer la atención de ustedes sobre el hecho de que, por medio del mismo dibujo, dos hombres con visiones del mundo totalmente diferentes quisieron aclarar cuestiones relativas a la organización de la cabeza humana, así como a los procesos del pensamiento humano. Le indiqué que en una ocasión estuve presente en una conferencia pronunciada por un materialista extremo. Quería describir la vida del alma, pero en realidad describía el cerebro humano, las secciones individuales del cerebro, las fibras de conexión, etc. Llegó a una determinada imagen, pero esta imagen que dibujó en la pizarra era, para él, sólo la expresión de lo que ocurre material y físicamente en el cerebro humano. Al mismo tiempo, vio en él la expresión de la vida del alma, en particular la vida conceptual. Otro hombre, un filósofo de la escuela de Herbart, hablaba de los pensamientos, de las asociaciones de pensamientos, del efecto que un pensamiento tiene sobre otro, etc., y decía que podía utilizar el mismo cuadro de la pizarra. Aquí, de forma bastante empírica, diría yo, nos encontramos con algo de lo más interesante. Se trata de que alguien para quien la observación de la vida anímica es algo muy real, al menos en sus pensamientos -esto hay que añadirlo siempre en el caso del herbartianismo- se aclara a sí mismo la actividad de la vida anímica utilizando el mismo cuadro empleado por el otro conferenciante, que describe la vida anímica tratando de exponer sólo los procesos en el cerebro humano.

Ahora bien, ¿en qué se basa esto? El hecho es que, en su configuración plástica, el cerebro humano es una réplica extraordinariamente fiel de lo que conocemos como vida del pensamiento. En la configuración plástica del cerebro humano, se expresa realmente la vida del pensamiento, casi podríamos decir que de manera adecuada. Sin embargo, para seguir este pensamiento hasta su conclusión, se necesita algo más. Lo que la psicología ordinaria y también la de Herbart designan como cadenas de pensamientos, como asociaciones de pensamientos en forma de juicios, conclusiones lógicas, etc., no debe quedarse en una mera idea. Al menos en nuestra imaginación -aunque no podamos elevarnos a imaginaciones clarividentes- deberíamos permitir que culminara en una imagen; el tapiz de la lógica, el tapiz que nos presenta la psicología de la vida del pensamiento, la enseñanza de la vida anímica, debería poder culminar en una imagen. Si de hecho somos capaces de transformar la lógica y la psicología de forma plástica en una imagen, entonces surgirá la configuración humana del cerebro. Entonces habremos trazado una imagen, cuya realización es el cerebro humano.

¿En qué se basa esto? Se basa en que el cerebro humano, en realidad todo el sistema nervioso y sensorial, es una réplica de un elemento imaginativo. Sólo comprendemos completamente la maravillosa estructura del cerebro humano cuando aprendemos a investigar con la imaginación. Entonces, el cerebro humano aparece como una Imaginación humana realizada. La percepción imaginativa nos enseña a familiarizarnos con el cerebro externo, el cerebro que conocemos a través de la psicología y la anatomía, como una Imaginación realizada. Esto es significativo.

Otro hecho no es menos importante. Tengamos en cuenta que el cerebro humano es una Imaginación humana real. En efecto, nacemos con un cerebro, si no totalmente desarrollado, al menos con un cerebro que contiene las tendencias de crecimiento. Intenta desarrollarse hasta el punto de ser un mundo imaginativo realizado, de ser la impresión de un mundo imaginativo. Este es, por así decirlo, el aspecto ya hecho de nuestro cerebro, es decir, que es la réplica de un mundo Imaginativo. En esta impresión del mundo imaginativo construimos después las experiencias conceptuales alcanzadas durante el tiempo que transcurre entre el nacimiento y la muerte. Durante este período tenemos experiencias conceptuales; concebimos, transformamos las percepciones sensoriales en pensamientos; juzgamos, concluimos, etc. Todo esto lo encajamos en nuestro cerebro. ¿Qué tipo de actividad es ésta?

Mientras vivamos en la percepción inmediata, mientras permanezcamos en la interacción con el mundo exterior, mientras abramos los ojos a los colores y habitemos en esta relación con los colores, mientras abramos nuestros órganos del oído a los sonidos y vivamos en ellos, el mundo exterior vive en nosotros penetrando en nuestro organismo a través de los sentidos como a través de canales. Con nuestra vida interior, abarcamos este mundo exterior. Pero en el momento en que dejamos de tener esta experiencia inmediata del mundo exterior -algo sobre lo que ya llamé su atención ayer-, en el momento en que apartamos la vista del mundo de los colores, en el que dejamos que nuestro oído se desentienda del resonar del mundo exterior, en el momento en que dirigimos nuestros sentidos hacia otra cosa, esta concreción -nuestra interacción con el mundo exterior al percibir- penetra en las profundidades de nuestra alma. Luego, la memoria puede volver a sacarla a la superficie en forma de imágenes. Podemos decir que durante nuestra vida entre el nacimiento y la muerte, en lo que respecta a nuestra vida del pensar, nuestra interacción con el mundo exterior consta de dos partes: la experiencia inmediata del mundo exterior en forma de percepciones y los pensamientos transformados. Nos entregamos, por así decirlo, completamente al presente; nuestra actividad interior se pierde en el presente. Sin embargo, esta actividad inmediata continúa. Para empezar, no es accesible a nuestra conciencia. Se hunde en el subconsciente, pero puede volver a salir a la superficie en la memoria. Entonces, ¿en qué forma existe en nosotros?

Este es un punto que sólo puede ser explicado por una visión directa alcanzable en la Imaginación. Una persona que sigue honestamente su camino en su esfuerzo científico no puede dejar de admitir ante sí misma que en el momento en que el enigma de la memoria le enfrenta no puede avanzar un paso más en su investigación. Porque debido al hecho de que las experiencias del presente inmediato se hunden en el subconsciente, se vuelven inaccesibles a la conciencia ordinaria; no pueden ser rastreadas más allá.

Pero cuando trabajamos de manera correspondiente sobre el alma humana por medio de los ejercicios anímicos-espirituales de los que se ha hablado frecuentemente en mis conferencias, llegamos a una etapa en la que ya no perdemos de vista las continuaciones de nuestra vida directa de percepciones y pensamientos en concepciones que hacen posible los recuerdos. A menudo os he explicado que el primer resultado de un ascenso al pensamiento imaginativo es tener ante el alma, como un poderoso cuadro de vida, todas las experiencias desde el nacimiento. La corriente de la experiencia fluye normalmente en el inconsciente, y las representaciones individuales, que surgen en la memoria, surgen de esta corriente inconsciente o subconsciente a través de una actividad medio soñadora. A los que han desarrollado la percepción imaginativa se les ofrece la oportunidad de examinar la corriente de experiencias como en una imagen. Se podría decir que el tiempo transcurrido desde el nacimiento adquiere entonces la apariencia de espacio. Lo que normalmente está en el subconsciente se ve entonces en forma de imágenes interconectadas. Cuando las experiencias que de otro modo se escapan al subconsciente se elevan a la visión directa, podemos observar esta continuación de las experiencias perceptivas y de pensamiento presentes e inmediatas hasta llegar a las concepciones que se pueden recordar. Es posible rastrear lo que ocurre en nosotros con cualquier tipo de experiencia que tengamos en nuestra mente, desde el momento en que la perdemos de vista hasta el momento en que la recordamos de nuevo. Al fin y al cabo, entre la experiencia de algo y el recuerdo de nuevo algo está ocurriendo continuamente en el organismo humano, algo que se hace visible a la percepción imaginativa. Es posible verlo en las imaginaciones, pero ahora se revela de una manera muy especial.

Los pensamientos que se han perdido, por así decirlo, en la región subconsciente una actividad relacionada con nuestros impulsos de vida, nuestros impulsos de crecimiento; estimulan una actividad en nosotros que está relacionada con nuestro impulso de muerte. El resultado significativo que se revela a la percepción imaginativa de la manera a la que hoy sólo podría aludir es el siguiente: Los seres humanos no conectan la actividad de la memoria, que conduce a la renovación del pensamiento, de las experiencias perceptivas, con lo que nos llama a la vida física y mantiene la digestión en esta vida, de modo que las sustancias que se han vuelto inútiles son sustituidas por otras utilizables, y así sucesivamente. El poder de la memoria que desciende en el ser humano no está relacionado con este sistema de vida ascendente en el hombre. Está relacionado con algo que también llevamos dentro desde nuestro nacimiento, algo con lo que nacemos al igual que nacemos con las fuerzas a través de las cuales vivimos y crecemos. Está relacionado con lo que entonces se nos aparece, concentrado en un momento, respecto a todo el organismo al morir.

La muerte sólo aparece como un gran enigma mientras no se observe dentro de la secuencia continua de la vida desde el nacimiento hasta la muerte. Expresándome paradójicamente, podría decir que no sólo morimos cuando morimos. En realidad, morimos en cada momento de nuestra vida física. Al desarrollar en nuestro organismo la actividad que conduce a la memoria como pensamiento recoleto -y en la vida física ordinaria toda forma de cognición está en realidad ligada a la memoria-, en la medida en que se desarrolla esta cognición, morimos continuamente. Una forma sutil de muerte, procedente de la organización de nuestra cabeza, está siempre en marcha dentro de nosotros. Al llevar a cabo esta actividad que continúa en la memoria, comenzamos constantemente el acto de morir. Pero las fuerzas de crecimiento existentes en los demás miembros del organismo humano contrarrestan este proceso de muerte; superan las fuerzas de muerte. Así mantenemos la vida. Si sólo dependiéramos de nuestra organización craneal, del sistema de nervios y sentidos, cada momento de la vida se convertiría realmente en un momento de muerte para nosotros. Como seres humanos vencemos continuamente a la muerte, que sale, por así decirlo, de nuestra cabeza hacia el resto del organismo. Este último contrarresta esta forma de muerte. Sólo cuando el organismo restante se debilita, se agota por la edad o por algún tipo de daño, impidiendo así la contra reacción contra las fuerzas portadoras de muerte de la cabeza humana, sólo entonces se produce la muerte para todo el organismo.

En efecto, en nuestro pensamiento moderno, en el pensamiento de la civilización actual, trabajamos realmente con conceptos que yacen uno al lado del otro como bloques erráticos, sin poder reconocer correctamente su interrelación. La luz debe entrar en este caos de bloques erráticos que constituyen nuestro mundo de conceptos y pensamientos. Por un lado, tenemos la cognición humana que está tan íntimamente ligada a la facultad de la memoria. Observamos esta cognición humana y no tenemos idea de su parentesco con nuestra concepción de la muerte. Y como ignoramos por completo esta relación, lo que de otro modo podría descifrarse en la vida sigue siendo tan enigmático. Somos incapaces de conectar las experiencias de la vida cotidiana con los grandes momentos extraordinarios de la experiencia. La insuficiente visión espiritual sobre lo que se encuentra alrededor como bloques fragmentarios en nuestro mundo conceptual hace que, a pesar de los espléndidos logros del siglo XIX, la vida se haya vuelto gradualmente tan oscura.

Consideremos ahora el segundo sistema, el segundo miembro de la organización humana, la organización rítmica. También está presente en la organización de la cabeza humana. El interior de la cabeza humana respira junto con el organismo que respira. Este es un hecho fisiológico externo. Pero el proceso de respiración de la cabeza humana se encuentra, por así decirlo, más adentro; se oculta al sistema de nervios y sentidos. Está cubierto por lo que constituye la tarea principal de la organización de la cabeza. Sin embargo, la cabeza humana tiene su propia actividad rítmica oculta. Esta actividad se hace evidente principalmente en la organización del pecho humano, en aquellos procesos del organismo humano que se centran en los órganos de la respiración y en el corazón.

Cuando observamos la apariencia externa de esta organización, a diferencia de lo que ocurre con la organización de la cabeza, no podemos ver en ella una especie de imagen plástica de lo que existe como su contrapartida en el alma, es decir, la vida del sentir. Cuando observamos las experiencias del alma, nuestros sentimientos se manifiestan como algo más o menos indefinido. En nuestros pensamientos tenemos contornos nítidos. También tenemos conceptos claros de las asociaciones de pensamientos. En los detalles relativos a nuestra vida de sentimiento no tenemos esos contornos nítidos. Allí, todo se interpenetra, se mueve y vive. No encontrarán a un herbartiano que, al hacer un esquema de la vida de la emoción, lo caracterice en un bosquejo que podría parecerse al que hace un anatomista o un fisiólogo para los pulmones o el corazón y el sistema circulatorio. En este caso, se encuentra que no existe tal relación entre el elemento interno del alma y los aspectos externos. Esta es también la razón por la que la cognición imaginativa no basta para traer ante el alma esta relación entre la vida anímica del sentimiento y el sistema rítmico. Para ello necesitamos lo que he caracterizado en mis libros como Inspiración, percepción inspiradora. Esta forma especial de percepción a través de la Inspiración llega a la comprensión de que nuestra vida emocional tiene una relación directa con el sistema rítmico. Al igual que el sistema de los nervios y los sentidos está vinculado a la vida conceptual, la vida rítmica está vinculada a la vida de los sentimientos.

Pero, metafóricamente hablando, el sistema rítmico no es la impresión de cera de la vida emocional del mismo modo que la configuración del cerebro es la impresión de cera de la vida conceptual. En consecuencia, no podemos decir que nuestro sistema rítmico sea una réplica imaginativa de nuestra vida de sentimientos. Debemos decir, en cambio, que lo que se despliega y vive en nosotros como sistema rítmico ha surgido por Inspiración cósmica, independientemente de cualquier conocimiento humano. Se inspira en nosotros. La actividad que se desarrolla en la respiración y en la circulación de la sangre no es simplemente algo que vive en nosotros encerrado en nuestra piel; es un acontecimiento cósmico, como el rayo y el trueno. Al fin y al cabo, a través de nuestro sistema rítmico, estamos conectados con el mundo exterior. El aire que está ahora dentro de mí estaba antes fuera; volverá a estar fuera en el momento siguiente. Es una ilusión creer que sólo vivimos encerrados en nuestra piel. Vivimos como un miembro del mundo que nos rodea, y la forma de nuestro sistema rítmico, que está estrechamente relacionada con nuestros movimientos, se inspira en nosotros desde este mundo.

Resumiendo, podemos decir: Como base de la cabeza humana tenemos, en primer lugar, la realización de un mundo Imaginativo. Luego, por así decirlo, por debajo de lo que se realiza como mundo imaginativo, tenemos el reino del sistema rítmico, un mundo inspirado. Con respecto a nuestro sistema rítmico, sólo podemos decir: En él se realiza un mundo Inspirado.

¿Cuál es la situación de nuestro sistema metabólico, de nuestro sistema de extremidades? El metabolismo forma parte del sistema de las extremidades, como ya he señalado. Nuestros procesos metabólicos están en relación directa con nuestra actividad volitiva. Pero esta relación no se revela ni a la percepción imaginativa ni a la inspirativa. Sólo se revela a la cognición intuitiva, a lo que he descrito en mis libros como "conocimiento intuitivo". Esto explica la dificultad de ver en los procesos físicos externos del metabolismo la realización de una Intuición cósmica. Este metabolismo, sin embargo, también está presente en el sistema rítmico. El metabolismo del sistema rítmico se oculta tras el ritmo vital, al igual que el ritmo vital se oculta tras la actividad nervioso-sensorial de la cabeza humana.

En el caso de la cabeza humana tenemos un mundo imaginativo hecho realidad; detrás de él se esconde un mundo inspirativo hecho realidad con respecto al ritmo en la cabeza. Más allá de esto, está el metabolismo de la cabeza, por lo tanto, un elemento intuitivo realizado. Así podemos comprender nuestra cabeza, si vemos en ella la confluencia de los elementos imaginativos, inspirados e intuitivos realizados. En el sistema rítmico humano se omite lo Imaginativo; allí sólo tenemos la realización de los elementos Inspirado e Intuitivo. Y en el sistema metabólico también se omite la Inspiración; allí sólo se trata de la realización de una Intuición cósmica.

En el triple organismo humano llevamos, pues, en primer lugar, la organización de la cabeza, réplica de lo que pretendemos en la cognición mediante la Imaginación, la Inspiración y la Intuición. Al tratar de comprender la cabeza humana, deberíamos admitir realmente que con el mero conocimiento externo y objetivo obtenido a través de la observación del mundo sensorial exterior, que ni siquiera es Imaginación y no se eleva al elemento Intuitivo, deberíamos detenernos en la cabeza humana. Porque el ser interior de la cabeza humana comienza a revelarse sólo al conocimiento Imaginativo; detrás de éste se encuentra algo aún más profundo que se revela a la Inspiración. A su vez, detrás de ésta, se encuentra algo que se da a conocer al conocimiento Intuitivo. El sistema rítmico ni siquiera es accesible a la Imaginación. Sólo se revela a la cognición inspirativa, y lo que se oculta bajo ella es el elemento intuitivo. Dentro del organismo humano, ciertamente deberíamos encontrar el metabolismo incomprensible. El verdadero punto de vista con respecto al metabolismo humano no puede ser otro que el siguiente. Sólo podemos decir que observamos los procesos metabólicos del mundo externo; tratamos de penetrar en ellos con la ayuda de las leyes de la percepción objetiva. Así alcanzamos el conocimiento del metabolismo externo en la naturaleza. En el momento en que este metabolismo exterior se transforma y metamorfosea en nuestro metabolismo interior, se convierte en algo muy diferente; se convierte en algo en lo que habita el elemento que sólo se revela a la Intuición.

Por lo tanto, tendríamos que decir: En el mundo que se nos presenta como reino sensorial, el más incomprensible de todos los problemas incomprensibles es lo que las sustancias, con las que nos familiarizamos externamente a través de la física y la química, realizan dentro de la piel humana. Tendríamos que admitirlo: debemos elevarnos a la más alta comprensión espiritual si queremos saber lo que realmente ocurre dentro del organismo humano con respecto a las sustancias que conocemos tan bien en sus aspectos externos en el mundo exterior.

Así vemos que en la estructura de nuestro organismo hay, para empezar, tres actividades diferentes. En primer lugar, algo que se revela al conocimiento intuitivo está activo en la estructura del organismo humano, construyéndolo a partir de las sustancias del mundo. Además, algo está activo en este organismo que se revela al conocimiento Inspirativo; encaja el sistema rítmico en el organismo metabólico. Finalmente, algo está activo en el organismo humano que se revela al conocimiento Imaginativo; construye en el sistema nervioso. Y cuando este organismo humano entra, por medio del nacimiento, en el mundo físico exterior, todo lo que está preparado, por así decirlo, en virtud de su propia naturaleza, sigue evolucionando en la medida en que el ser humano desarrolla el conocimiento objetivo entre el nacimiento y la muerte.

En cuanto a este conocimiento objetivo, hemos visto que está ligado a la actividad de la memoria; no está relacionado con las fuerzas constructivas sino con las destructivas. Hemos visto que esta forma de conocimiento es una muerte lenta que procede de la cabeza. Por lo tanto, podemos decir que el organismo humano se construyó a través de lo que podía ser comprendido por medio de la Intuición, la Inspiración y la Imaginación. Esto habita en este organismo humano de una manera inaccesible a la cognición actual. Por otro lado, lo que se construye en nuestro organismo entre el nacimiento y la muerte por medio de nuestras percepciones objetivas, rompe y destruye este organismo. En realidad, pensamos y formamos conceptos sobre la base de esta destrucción cuando desplegamos nuestra vida conceptual, la vida de los pensamientos.

Realmente no podemos ser materialistas cuando comprendemos en qué consiste este conocimiento, tan íntimamente ligado a la facultad de la memoria. Pues si quisiéramos ser materialistas, tendríamos que imaginarnos que estamos construidos por fuerzas de crecimiento; que son fuerzas activas las que absorben las sustancias y las transmiten a los diversos órganos para realizar, en un sentido más amplio, los procesos digestivos dentro de nuestro organismo. Tendríamos que imaginarnos esta facultad, inherente al crecimiento, a la digestión y a las fuerzas constructivas en general, continuando y culminando en algún lugar del proceso conceptual, en el pensamiento que llega al conocimiento objetivo. Pero no es así. El organismo humano se construye a través de algo que es accesible a la Intuición, a la Inspiración y a la Imaginación. Nuestro organismo se construye cuando ha absorbido estas fuerzas en sí mismo. Pero entonces comienza la regresión, el proceso de decadencia, y lo que provoca esta decadencia es el conocimiento ordinario entre el nacimiento y la muerte.

A través de los procesos de percepción ordinaria no construimos nada en las fuerzas constructivas; más bien, al destruir lo que se ha construido, creamos, en primer lugar, las bases para un elemento continuo de muerte en nosotros mismos. En este elemento continuo de muerte colocamos nuestro conocimiento. No nos sumergimos en elementos materiales cuando pensamos; no, destruimos el elemento material. Lo entregamos a las fuerzas de la muerte. Pensamos nuestro camino hacia la muerte, hacia la destrucción de la vida. El pensamiento, la percepción ordinaria, no está relacionada con el crecimiento, con la vida en ciernes. Está relacionado con la muerte, y cuando observamos la percepción humana, no encontramos una analogía para ella en las formaciones naturales, incluyendo el cerebro humano. Sólo encontramos una analogía en el cadáver que se descompone después de la muerte. Pues lo que representa el cadáver que se descompone, podría decir, intensamente, en una cierta grandeza, debe tener lugar continuamente dentro de nosotros cuando percibimos objetivamente en el sentido ordinario de la palabra.

Miren la muerte si quieren comprender el proceso cognitivo. No miren la vida de manera materialista; miren lo que representa la negación, la eliminación de la vida. Entonces se llega a la comprensión del pensar. Ciertamente, lo que llamamos muerte adquiere entonces un significado totalmente distinto; basado en la vida, alcanza un significado diferente.

Incluso los fenómenos externos nos permiten comprender tales cosas. Ayer les dije que la culminación de la visión materialista del mundo se sitúa a mediados o en el último tercio del siglo XIX. Esta culminación consideraba la muerte como algo que debía rechazarse absolutamente. En cierto sentido, la gente de aquella época se sentía noble al ver la muerte de esta manera, como el fin de la vida. Sólo querían considerar la vida y deseaban verla como algo que terminaba con la muerte. A menudo se mira con cierto desdén la "conciencia popular infantil". Tomemos la palabra "verwesen" (descomponer), que señala el proceso de lo que ocurre después de la muerte. El prefijo "ver" siempre indica un movimiento hacia lo que la palabra expresa. "Verbruedern" (asemejarse a los hermanos, confraternizar) significa moverse en la dirección de convertirse en hermanos; "versammeln" (reunirse) indica moverse en la dirección de reunirse, de encontrarse. En la lengua vernácula, "verwesen" no significa descomponerse, dejar de ser; significa moverse en la dirección del Wesen, del ser, de la vida. Tales formaciones de palabras, relacionadas con una forma espiritual de captar el mundo durante la época del conocimiento instintivo, se han vuelto extremadamente raras. En el siglo XIX la gente lo materializaba todo; ya no vivía en la esencia espiritual que impregnaba la palabra. Se podrían citar muchos ejemplos para demostrar que la culminación del materialismo se hizo evidente incluso en el habla.

Podemos entender, por lo tanto, que después de que el ser humano se desarrollara, como dije ayer, hasta un punto de culminación por fuerzas que se revelan a la Inspiración, a la Intuición y a la Imaginación, alcanzó entonces la más alta culminación en el siglo XIX, seguida a su vez por una decadencia. Podemos comprender que el ser humano se alejó, por así decirlo, del poder que le permite comprenderse a sí mismo interiormente, desarrollando en la mayor medida las fuerzas que, como fuerzas conceptuales, son más afines a la muerte, las fuerzas de la abstracción. A partir de este punto es posible, partiendo de la conferencia de hoy, avanzar hacia lo que constituye el impulso real y esencial dentro de lo que podemos llamar el impulso materialista del conocimiento en la historia humana.

Traducido por J.Luelmo jul.2022



GA204 Dornach 17 de abril de 1921 La mente oriental vivía en el mundo espiritual y basándose en él tenía que comprender el reino material.

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RUDOLF STEINER

PERSPECTIVA DE DESARROLLO DE LA HUMANIDAD

EL MATERIALISMO Y LA TAREA DE LA ANTROPOSOFÍA


Dornach 17 de abril de 1921

La mente oriental vivía en el mundo espiritual y basándose en él tenía que comprender el reino material. Los europeos viven en el mundo material y en base a él deben tratar de comprender el dominio espiritual. Transición de uno a otro en la cultura griega. El problema del gnosticismo para comprender a Cristo en Jesús. Suspensión de esta lucha debido al cristianismo romano nacionalizado. "Humanización" del cristianismo en Europa. La epopeya de Heliand. Insensibilidad respecto a la sabiduría superior. Búsqueda del Grial. Peligro de quedar atrapado en el materialismo desde el siglo XV. Llamada de Soloviev a un estado cristianizado. Fuerzas que obstaculizan el camino de la activación espiritual; el amor al mal.

Durante los últimos días, he tratado de mostrar cómo se originó la civilización occidental y que en el siglo IV cristiano se puede observar un punto de inflexión significativo y poderoso en la evolución general de la humanidad. También era necesario señalar cómo Grecia se desarrolló gradualmente en la dirección de este crepúsculo, por así decirlo; cómo surgió, sobre la base de impulsos bastante diferentes, la civilización de la cultura europea central y occidental, y cómo, bajo estas influencias, se desarrolló la comprensión del cristianismo. Para empezar, tratemos de referirnos a los hechos que estamos considerando una vez más desde un punto de vista diferente.

El cristianismo se originó en el Oriente occidental a partir del Misterio del Gólgota. En lo que respecta a su naturaleza específica, la cultura oriental ya estaba ciertamente en decadencia. La antigua sabiduría primordial existía en sus últimas fases en lo que se desarrolló en Asia Menor y Grecia como gnosticismo. La Gnosis, al fin y al cabo, era una forma de sabiduría que combinaba, de las más diversas maneras, lo que se presentaba al ser humano como fenómenos del cosmos y de la naturaleza. No obstante, en comparación con la percepción directa e instintiva del mundo espiritual, que era la base del desarrollo oriental, el gnosticismo tenía ya un carácter más, digamos, intelectual y racional. La vida espiritual que impregnaba toda la percepción humana en el antiguo Oriente ya no estaba presente. En realidad, fue a partir de los últimos vestigios de la antigua sabiduría que se buscó encajar la visión filosófica y humanista que se empleaba entonces como cuerpo de sabiduría para comprender el Misterio del Gólgota. La sustancia inherente al Misterio del Gólgota se revistió de la sabiduría retenida de Oriente en Grecia.

Consideremos ahora esta sabiduría desde el punto de vista de la ciencia espiritual. Si vemos a los seres humanos tal como se dedicaron en otro tiempo a esta sabiduría, encontramos que lo principal en el antiguo Oriente era que las personas veían el mundo con lo que estaba activo en su cuerpo astral, con lo que podían experimentar en su alma a través de su cuerpo astral - aunque su alma sensible y su alma racional o intelectual ya se habían desarrollado. Era el cuerpo astral el que trabajaba en estos miembros del alma y permitía a las personas apartar su mirada de los fenómenos terrenales y percibir aún con bastante claridad lo que entraba en la esfera espiritual, suprasensible, del cosmos. Hasta ahora, los seres humanos no tenían una visión del mundo basada en el yo. Su yo se expresaba sólo tenuemente. Para el ser humano el yo todavía no era una cuestión real. El ser humano habitaba en el elemento astral, y en él vivía todavía en una cierta armonía con los fenómenos del mundo que le rodeaban. En cierto sentido, el mundo realmente desconcertante para ellos era el que contemplaban con sus ojos, el que transcurría a su alrededor. Para ellos, el mundo comprensible era el mundo suprasensible de los dioses, el mundo en el que los seres espirituales tenían su existencia. Los seres humanos miraban a estos seres espirituales, a sus acciones, a sus destinos. De hecho, la característica esencial de la visión del antiguo Oriente era que la atención de la gente se dirigía hacia estos mundos espirituales. La gente deseaba comprender el mundo sensorial sobre la base de estos mundos espirituales.

Hoy en día, al encontrarnos dentro de nuestra civilización, adoptamos el punto de vista contrario. Para nosotros, el mundo físico-sensorial nos viene dado. A partir de él, de un modo u otro, intentamos comprender el mundo espiritual, si es que lo intentamos, si no rechazamos hacerlo, si no nos quedamos estancados en el puro materialismo. El mundo material es visto como algo que nos es dado. Los antiguos orientales veían el mundo espiritual como algo dado. Sobre la premisa del mundo físico, tratamos de descubrir algo con lo que comprender la maravilla de los fenómenos, el propósito de la estructura de los organismos, etc.; basándonos en este mundo físico, sensorial, tratamos de probarnos a nosotros mismos la existencia del mundo suprasensorial. Los antiguos orientales trataban de comprender el entorno físico y sensorial sobre la base del mundo suprafísico y suprasensorial que se les había dado. De él querían recibir la luz; de hecho, la recibían, y sin ella, el mundo físico y sensorial era para ellos sólo oscuridad y turbación. Por lo tanto, también experimentaban lo que percibían como su ser más íntimo como si todavía estuviera completamente iluminado por el cuerpo astral, como si hubiera surgido de los mundos espirituales. La gente no decía entonces: "He salido de la vida terrenal". Más bien decían: He crecido y descendido de los mundos divino-espirituales; y lo mejor que llevo dentro de mí es el recuerdo de estos mundos divino-espirituales. Incluso Platón, el filósofo, habla de que el ser humano tiene percepciones, recuerdos, de su vida prenatal, la vida que llevaba antes de descender al mundo material físico. El ser humano veía ciertamente su yo como un rayo que emergía de la luz del mundo suprasensible. Para él, el mundo material, y no el mundo suprasensible, era desconcertante.

Esta visión del mundo tuvo entonces sus ramificaciones en Grecia. Los griegos ya se experimentaban a sí mismos dentro del cuerpo, pero en él no descubrían nada que pudiera explicarles este cuerpo. Todavía poseían las tradiciones del antiguo Oriente. Se veían a sí mismos en cierto sentido como un ser que había descendido de los mundos espirituales, pero que en cierto modo ya había perdido la conciencia de estos mundos espirituales. En realidad, fue la fase final de la vida oriental de la sabiduría la que apareció en Grecia, y sobre la base de esta visión del mundo debía entenderse el Misterio del Gólgota. Después de todo, este Misterio presentó al ser humano el profundo y tremendo problema de la vida, con la pregunta de cómo el ser suprasensible y cósmico de otros mundos, el Cristo, pudo haber encontrado su camino hacia una corporeidad humana. La impregnación de Jesús por el Cristo fue el gran problema. Lo vemos iluminado por todas partes en los esfuerzos gnósticos. Los hombres no tenían una visión propia sobre el vínculo entre el aspecto suprasensible de su propia naturaleza y el elemento sensorial-físico de su ser, y como no tenían ninguna percepción de la conexión entre lo anímico-espiritual y lo corpóreo-físico en referencia a ellos mismos, el Misterio del Gólgota se convirtió en un problema irresoluble para el pensamiento influenciado por la cosmovisión griega. Sin embargo, fue un problema con el que la cultura griega luchó y al que dedicó sus mejores recursos de sabiduría. La historia registra muy poco de las luchas espirituales que tuvieron lugar entonces.

He llamado la atención sobre el hecho de que el conjunto de la literatura gnóstica fue erradicado. Si todavía estuviera disponible, podríamos discernir esta trágica lucha por la comprensión de la unión viva del Cristo suprasensible con el Jesús perceptible por los sentidos; observaríamos el desarrollo de este problema extraordinariamente profundo. Esta lucha se extinguió, sin embargo, se le puso fin con la actitud prosaica y abstracta originada por el romanismo, que sólo es capaz de llevar la devoción interior a sus abstracciones por medio de fustigar las emociones. La Gnosis fue encubierta y se puso en su lugar el dogmatismo y las decisiones de los Concilios de la Iglesia. Las visiones profundas de Oriente que no contenían ningún elemento jurídico se saturaron con una forma asumida por el cristianismo en el mundo más occidental, el mundo occidental de aquella época, el mundo romano.

El cristianismo surgió de este romanismo imbuido, por así decirlo, del elemento jurídico; en todas partes, los conceptos jurídicos se trasladaron a medida que los conceptos políticos romanos se extendían sobre el cristianismo. El cristianismo asumió la forma del cuerpo político romano, y de lo que fue la capital del mundo, Roma, vemos el surgimiento de la capital cristiana de Roma. Vemos cómo esta Roma cristiana adopta de la antigua Roma los puntos de vista especiales sobre cómo deben gobernarse los seres humanos, cómo debe extenderse el dominio sobre los hombres. Observamos cómo una especie de imperialismo eclesiástico gana terreno porque el cristianismo se vierte en la forma de gobierno romana. Lo que había sido moldeado en formas de concepción espiritual se transformó en una política jurídica y humana. Por primera vez, el cristianismo y la ciencia política externa se forjaron juntos y el cristianismo se extendió en esa forma. En el cristianismo habitan fuerzas e impulsos tan poderosos que, por supuesto, pudieron ser eficaces y sobrevivir a pesar de que se vertieron en el molde del sistema político romano. Y mientras el sistema político romano se apoderaba del mundo occidental, junto a él, continuaban las humildes narraciones, los informes fácticos sobre lo que había ocurrido en Palestina.

En este mundo occidental, sin embargo, la gente había sido preparada de una manera muy especial para el cristianismo. Esta preparación consistía en que el ser humano era consciente de sí mismo a partir de su naturaleza física; percibía su yo por medio de su ser físico. Aquí se hizo evidente la diferencia entre la forma en que el cristianismo había pasado, por así decirlo, por el mundo griego, que luego declinó, y la forma de cristianismo que luego se convirtió en el cristianismo realmente político, el cristianismo gubernamental, romano. Luego, más desde las regiones del norte, surgió otra forma de cristianismo que se vertió en los pueblos del norte, llamados bárbaros por los griegos y romanos. Se vertió en esos pueblos del norte que debido a su naturaleza y al concentrar su propio ser, por así decirlo, sintieron su yo. De la totalidad del hombre en el ámbito físico-sensorial, de la encarnación del yo físico y sensorial humano, llegaron a la autocomprensión. Ahora también trataron de captar lo que les llegaba como una simple historia sobre los acontecimientos de Palestina. Así, en este mundo bárbaro, el humilde relato de los sucesos de Palestina se encontró con el sentimiento del yo, me gustaría decir, con el sentimiento del yo de la sangre, particularmente en el ámbito del centro y norte de Europa. Estos dos aspectos se unieron. Sobre la base de esta comprensión del yo del hombre, la gente trató de captar el simple informe de los acontecimientos en Palestina. No querían comprender su contenido más profundo. No trataron de impregnarlo de sabiduría. Sólo trataron de atraerlo a la esfera física-sensorial, humana.

En la Heliand, podemos observar cómo estos relatos relativos a los acontecimientos de Palestina aparecen arrastrados completamente al nivel humano, al mundo de los europeos, al mundo del yo. Vemos cómo todo se baja al nivel humano; a diferencia de lo que ocurría en Grecia, la gente no tuvo más tarde la capacidad de penetrar con sabiduría en el Misterio del Gólgota. Se desarrolló el impulso de imaginar incluso la actividad de Cristo Jesús como una humilde actividad humana, sin mirar hacia lo suprasensible, y de impregnar cada vez más estos relatos con el elemento meramente humano. Además, en esto encajaron las resoluciones de los Concilios de la Iglesia que se extendieron dogmáticamente desde el Imperio Romano-Cristiano. Como dos mundos ajenos entre sí, estos dos se fusionaron: el cristianismo que en cierto modo había europeizado el informe de Palestina y el cristianismo que representaba el espíritu griego en forma jurídica, romanizada y abstracta. Esto es lo que luego vivió a través de los siglos.

Sólo unos pocos individuos pudieron situarse en esta corriente de la manera que describí ayer, cuando hablé de los sabios que desarrollaron la concepción del Grial. Señalaron que el impulso del cristianismo había sido, en efecto, formulado en la sabiduría oriental, pero que el portador de esta visión oriental, el vaso sagrado del Grial, sólo podía ser traído a Europa por medio de espíritus divinos que se cernían sobre la tierra, aferrándose a él. Sólo entonces, según decían, se construyó un castillo oculto para él, el Castillo del Grial en el Monte Salvat. A esto se añadía que un ser humano sólo podía acercarse a los milagros del Santo Grial a través de regiones inaccesibles. Entonces estos sabios no dijeron que la región circundante intransitable que una persona tiene que penetrar para llegar a los milagros del Grial es de sesenta millas de ancho. Lo expresaron de una manera mucho más esotérica cuando describieron este camino hacia el Santo Grial. Decían: "Oh, esta gente de Europa no puede llegar al Santo Grial, porque el camino que deben recorrer para llegar al Santo Grial es tan largo como el camino desde el nacimiento hasta la muerte. Sólo cuando los seres humanos lleguen al portal de la muerte, después de haber recorrido el camino, intransitable para los europeos, el camino que se extiende desde el nacimiento hasta la muerte, sólo entonces llegarán al Castillo del Grial en el Monte Salvat.

Este era básicamente el secreto esotérico que se transmitía al alumno. Dado que aún no había llegado el momento en que los seres humanos fueran capaces de discernir con una conciencia clara cómo podría descubrirse de nuevo el mundo espiritual, se les dijo a los alumnos que sólo podrían entrar en el sagrado Castillo del Grial a través de ocasionales vislumbres de luz. En particular, se les dio la estricta orden de que debían preguntar, que había llegado el momento en el desarrollo humano en el que el ser humano que no pregunta -que no desarrolla su ser interior y no busca el impulso de la verdad por sí mismo, sino que permanece pasivo- no puede llegar a una experiencia de su propio yo. Pues el hombre debe descubrir su yo por medio de su organización física. Este yo, que se descubre a sí mismo a través de la organización física, debe a su vez elevarse por su propia fuerza para contemplarse allí donde, incluso en la primitiva cultura griega, este yo se contemplaba todavía, en los mundos suprasensibles. El yo debe elevarse primero para reconocerse como algo suprasensible.

En el antiguo Oriente, la gente veía lo que ocurría en el cuerpo astral; las consecuencias de las vidas terrestres anteriores se contemplaban en él. Por eso se hablaba de karma. En Grecia, esta concepción ya estaba oscurecida. Los acontecimientos cósmicos se observaban sólo con una tenue visión astral. Por eso se hablaba vagamente del destino, de la suerte. Esta visión del destino no es más que una forma atenuada, más débil, de la concepción plenamente concreta que tenía el antiguo Oriente sobre el paso del hombre por repetidas vidas terrestres, cuyas consecuencias se dan a conocer a la experiencia dentro del cuerpo astral, aunque sólo instintivamente. Así, los antiguos orientales podían hablar del karma que se desarrollaba en las encarnaciones sucesivas en la tierra, cuyas consecuencias estaban simplemente presentes en la experiencia astral.

Ahora el desarrollo se trasladó hacia el oeste, a la experiencia del yo. Esta experiencia del yo estaba inicialmente ligada al cuerpo físico. Estaba egoístamente encerrada en sí misma. La primera experiencia del yo vivía en la oscuridad, incluso cuando contenía un fuerte impulso hacia los mundos suprasensibles. Parsifal, que emprendió su peregrinaje hacia el Santo Grial, es descrito como un hombre embotado. Hay que entender claramente que cuando el culto a Mitra se extendió por Occidente desde Oriente, fue rechazado por Occidente; no fue comprendido. Porque el que se sentaba sobre el toro, que debía convertirse en el vencedor de las fuerzas inferiores, se experimentaba a sí mismo, después de todo, como surgido de estas fuerzas inferiores. Si el hombre occidental contemplaba a Mitra montado en el toro, no comprendía a este ser, pues este ser no podía ser el que el yo sentía y experimentaba desde su propia organización física. La comprensión de este Mitra montado se desvanecía y desaparecía.

Puede decirse que todo esto tenía que suceder, pues el yo tenía que experimentar su impulso en la organización física. Tenía que conectarse firmemente con la organización física, pero no debía permitirse a sí mismo fijarse en esta firme experiencia dentro de la organización física.

Fue una profunda reacción a los tesoros de sabiduría de Oriente, cuando Occidente apuntaba cada vez más a lo que se desarrollaba fuera del elemento puramente físico. Esta reacción era una necesidad. En Europa confluyeron numerosos puntos de vista para que esta reacción fuera muy fuerte. Pero no era apropiado que se extendiera a este esfuerzo espiritual durante más de unos pocos siglos. Desde entonces, en el primer tercio del siglo XV, surgió una nueva espiritualidad, pero fue una espiritualidad abstracta, una espiritualidad sublimada, filtrada.

Los seres humanos se apoderaron de la astronomía física y de la medicina física, y, para empezar, debían tener este estímulo basado en el impulso del yo que se siente en el elemento físico. Pero no debe seguir afianzándose en la civilización europea si esta cultura europea quiere evitar su decadencia. En verdad, están presentes más que suficientes fuerzas de decadencia, vestigios que sólo deberían ser vestigios y que deberían ser reconocidos como tales.

Basta recordar de qué manera la teología más actual -lo he subrayado a menudo- ha perdido la facultad de comprender a Cristo; cada vez más ha llegado al punto de convertir a Cristo Jesús completamente en un ser terrestre, en un ser humano. Ha puesto al "humilde hombre de Nazaret" en el lugar de Cristo Jesús. A partir del romanismo, por un principio de autoridad orientado materialmente, se perdió cada vez más la espiritualidad viva, por medio de la cual el ser humano puede familiarizarse realmente con el Misterio del Gólgota. Y observad cómo en los tiempos modernos se está desarrollando una ciencia que trata de comprender todo lo externo, pero que no quiere penetrar hasta el ser humano. Como resultado de esta ciencia, ved cómo surgen en la sociedad impulsos que sólo tratan de llevar a cabo un orden humano, físico, pero que no quieren penetrar en las estructuras humanas, físicas, con ningún principio divino-espiritual, suprasensorial, espiritual.

Durante todo esto es como si en las almas humanas, en unas pocas almas humanas, quedara un destello individual de luz. Cuando un rayo del elemento astral que aún habita en ellos se combinó con el yo, estos individuos recibieron tales vislumbres de luz. Es parte de los fenómenos más impresionantes de la Europa moderna cuando observamos cómo, desde Oriente, resuena una poderosa advertencia en la filosofía religiosa de Soloviev, una filosofía religiosa impregnada, por así decirlo, de la dulzura oriental. Pero algo resuena desde allí en el sentido de que un elemento suprasensible y espiritual debe impregnar el orden social terrenal. En cierto sentido, vemos cómo Soloviev sueña con una especie de Estado Crístico. Es capaz de ello porque en él están los últimos vestigios de una experiencia astral subjetiva que ilumina al yo.

Comparen estos sueños de un estado crístico con lo que se ha establecido en Oriente, acompañado de la negación de todos los elementos espirituales, algo que sólo alberga fuerzas de decadencia: ¡qué contraste tan abrumador y colosal! El mundo debería prestar atención a un contraste tan colosal. Si la gente tuviera ya hoy la suficiente objetividad para observar estas cosas, sería capaz de ver, por un lado, a quien plantea la exigencia del estado impregnado de Cristo, de la estructura social impregnada de Cristo, Soloviev. Lo verían como alguien todavía estimulado por el elemento oriental y que lanza, por así decirlo, una última chispa a esta Europa cada vez más tórrida, para reanimarla de nuevo desde este punto de vista. Por otra parte, el zar Nicolás o sus predecesores bien podrían situarse junto al zar Lenin; el hecho de que den rienda suelta a diferentes ideas en el desarrollo histórico de la humanidad no constituye una diferencia fundamental entre ellos. Lo que importa son las fuerzas que viven en ellos y dan forma al mundo, y en Lenin habitan las mismas fuerzas que en el zar ruso; realmente no hay ninguna diferencia fundamental. Naturalmente, es difícil encontrar el camino dentro de este tumulto de fuerzas que se extienden en la civilización europea desde tiempos anteriores. En un principio, se trata efectivamente de un cuerpo a cuerpo y hay que buscar una dirección firme. Esta dirección firme no puede encontrarse de otra manera que elevando el yo a una comprensión espiritual del mundo. A través de una comprensión espiritual del mundo, el impulso cristiano debe renacer. Lo que se ha tratado de conseguir en relación con el mundo exterior desde el primer tercio del siglo XV, debe tratarse de conseguir en relación con la totalidad del ser humano; todo el ser humano debe ser comprendido a partir del conocimiento del mundo.

La comprensión del mundo debe verse en armonía con la comprensión de la humanidad. Debemos entender la evolución de la tierra en fases, en metamorfosis. Tenemos que mirar a las encarnaciones anteriores de nuestra tierra, pero no debemos considerar una nebulosa primordial desprovista de seres humanos. Tenemos que mirar a Saturno, al sol y a la luna como si ya estuvieran impregnados de la actividad de los seres humanos; debemos observar cómo la estructura actual del ser humano se originó a partir de las metamorfosis anteriores del planeta tierra y cómo la forma humana en una fase temprana estaba igualmente activa allí. Debemos reconocer al ser humano en el mundo, y de este conocimiento del hombre en el mundo puede surgir de nuevo la comprensión del Misterio del Gólgota. Los seres humanos deben aprender a comprender por qué una región infranqueable rodea el Castillo del Grial, por qué el camino entre el nacimiento y la muerte es un terreno difícil. Cuando comprendan por qué es difícil, cuando comprendan que el yo se experimenta a sí mismo en base a la organización física, cuando perciban lo imposible que es una astronomía meramente física, una medicina meramente física, entonces ellos mismos despejarán los caminos. Entonces la gente traerá algo a este terreno, hasta ahora difícil, entre el nacimiento y la muerte, que surge a través de los esfuerzos de su propia alma.

A partir de la sustancia anímico-espiritual, los seres humanos tienen que fabricar las herramientas con las que abrirse camino en el campo anímico que conduce al Castillo del Grial, al Misterio del Pan y la Sangre, al cumplimiento de las palabras "Haced esto en memoria mía" [Lucas 22:19]. Puesto que este recuerdo se ha olvidado; la gente ya no es consciente de lo que encierran las palabras: "Haced esto en memoria mía". Porque esto se hace verdaderamente en recuerdo del poderoso momento del Gólgota si se entiende el símbolo del pan, que es lo que se desarrolla fuera de la tierra mediante la síntesis de las fuerzas cósmicas. Se hace correctamente si entendemos de nuevo cómo comprender el mundo a través de una cosmología y una astronomía espiritualizadas, y si aprendemos a comprender al ser humano a partir de lo que es su extracto, es decir, el elemento en el que lo espiritual interviene directamente en él - si captamos el Misterio de la Sangre. A través del trabajo en el interior de las almas humanas hay que descubrir el camino que conduce al Santo Grial. Esta es una tarea de conocimiento, es una tarea social. También es una tarea que, en la medida de lo posible, se aborrece en el presente

Ya que, debido a su ubicación dentro de la educación del yo de la civilización occidental, los seres humanos desarrollan sobre todo un anhelo de permanecer pasivos en el interior de su alma, de no permitir que la existencia terrenal les dé lo que podría aportar progreso a sus almas. El apoderamiento activo de las fuerzas del alma, la experiencia interior, y esto no significa necesariamente el desarrollo oculto, sino simplemente la experiencia de la naturaleza del alma en general; sin embargo, esto es algo que a la humanidad europea le disgusta. En cambio, desea continuar lo que era natural para la época que la precede directamente, es decir, el desarrollo del yo, que, sin embargo, conduce al egoísmo más descarado, a la furia más ciega de los instintos, cuando se extiende más allá de su propia época. Este sentimiento del yo, que se extiende más allá del tiempo que le corresponde, ha penetrado en primer lugar en los sentimientos del chovinismo nacional. Aparece en el chovinismo nacional; de estos sentimientos surgen los espíritus que desean mantener el camino hacia el Santo Grial en una condición intransitable. Pero nuestra obligación es hacer todo lo posible para llamar a las almas humanas a la actividad tanto en el ámbito del conocimiento como en el social. Sin embargo, todas esas fuerzas llenas de odio contra tal actividad del alma surgen en oposición a tal llamado. Al fin y al cabo, ¿no se ha condicionado a las personas lo suficiente como para que lleguen a la conclusión de que hay que considerar heréticos todos los esfuerzos propios del alma para liberarse de la culpa; hay que cultivar adecuadamente la conciencia del pecado y de la culpa, pues no debemos progresar por medio de nuestros propios esfuerzos, sino que debemos ser redimidos en la pasividad por medio de Cristo?

No entendemos a Cristo si no lo reconocemos como el poder cósmico que se une completamente a nosotros cuando a través de las preguntas y la actividad interior nos abrimos camino hacia Él. Hoy en día, en todas partes, desde las denominaciones, desde la teología y los que siempre estuvieron relacionados con la teología, desde los militares y la ciencia - de todo esto vemos surgir esos poderes hoy en día que tratan de obstruir el camino de la actividad interior.

Durante mucho tiempo, he tenido que llamar la atención sobre el hecho de que esto es así, y he tenido que decir una y otra vez: los poderes opuestos que surjan serán cada vez más vehementes. De hecho, hasta el día de hoy esto se ha hecho realidad. Definitivamente, no se puede decir que la oposición haya alcanzado ya su mayor fuerza. Ni mucho menos ha alcanzado su culminación. Esta oposición tiene un fuerte poder organizador al concentrar juntos todos los elementos que, aunque en realidad están destinados a declinar, pueden obstruir en su misma declinación por el momento todo lo que trabaja con las fuerzas del progreso ascendente. Las fuerzas que fomentan la actividad de las almas son hoy débiles en comparación con los elementos opuestos. Son débiles las fuerzas que, basándose en la comprensión del mundo espiritual, tratan de convertir las fuerzas progresistas en fuerzas de su propia alma. El mundo ha adquirido un carácter ahrimánico. Pues era inevitable que el yo, habiéndose incluido en el elemento físico, sea tomado por las fuerzas ahrimánicas si permanece en el elemento físico y no se eleva en el momento oportuno a una comprensión espiritual de sí mismo como ser espiritual. En efecto, vemos este proceso de usurpación por parte de las fuerzas ahrimánicas; lo observamos en el hecho de que, por poco que las almas adormecidas estén dispuestas a admitirlo, una tendencia real hacia el mal se hace sentir hoy en todas partes.

Es claramente perceptible una inclinación hacia el mal, por ejemplo, en la forma en que los opositores luchan contra la ciencia espiritual antroposófica y todo lo relacionado con ella. De las fuentes más cuestionables provienen los medios con los que los individuos luchan hoy en día contra la ciencia espiritual, incluso los individuos que gozan de una posición prestigiosa en el mundo en los círculos científicos o teológicos. La verdad no es lo que preocupa a la gente. Sólo se trata de la calumnia que más conviene a estos individuos y que más les gusta. Es realmente una cuestión de que la humanidad está fuertemente poseída por las fuerzas del mal, por el amor al mal. Aquellos que no son capaces hoy de contar con esta tendencia al mal, con este amor al mal cada vez mayor en la batalla contra la antroposofía, no podrán desarrollar un sentimiento, una conciencia del tipo de fuerzas y poderes opuestos que aún surgirán en el futuro. Desde hace años se hace referencia a este desarrollo cada vez mayor. Si no se puede conseguir nada más que un sentimiento claro de ello, entonces este sentimiento claro, que al fin y al cabo es también una fuerza, debe al menos mantenerse. Tenemos que mirar al mundo y ser conscientes de cómo nos rodea. Con una mente sobria debemos darnos cuenta de lo que realmente tenemos enfrente en la sucia calumnia que surge ahora de entre nuestros oponentes y que es tanto más impresionante cuanto más empañada sea su fuente.

Es realmente necesario familiarizarse con esta tendencia particular, con este amor al mal, que se hará cada vez más frecuente. Es realmente necesario no regodearse en las excusas de que los opositores están convencidos de lo que dicen. ¿Creen realmente que en individuos como el que ha surgido como el más reciente opositor contra la ciencia espiritual antroposófica está presente siquiera la posibilidad de una fuerza interior de convicción? Ni siquiera la posibilidad de convicción está presente en él. Actúa por motivos profundos muy diferentes. En efecto, es una maniobra inteligente buscar especialmente en esta dirección, buscar la manera de ver las cosas que se basa en engañar al adversario. ¿Quién es el mejor comandante? El que mejor puede engañar al enemigo. Pero cuando este principio se traslada a los medios de lucha contra la verdad, entonces tal batalla es una batalla de la mentira, de la mentira personificada contra la verdad. Debemos darnos cuenta de que esta batalla de la mentira personificada contra la verdad es capaz de todo, que intentará definitivamente arrebatarnos lo que hemos intentado y seguimos intentando conseguir en forma de apoyos externos para encontrar portadores de la verdad en esta civilización. No es exagerado decir que existe el deseo más profundo y minucioso de privarnos de la Escuela Waldorf y de este edificio. Y si no prestamos atención a esto; si ni siquiera desarrollamos en nosotros un sentimiento respecto a los caminos y medios de esta oposición, entonces seguimos siendo almas dormidas. Entonces no nos apoderamos con una alerta interior de lo que trata de brotar de la ciencia espiritual antroposófica.

En el fondo, no debemos sorprendernos ahora de que los opositores hayan podido resultar como lo han hecho, ya que eso se podía saber desde hace tiempo. La impresión abrumadora para nosotros hoy es ciertamente que hay muy pocos individuos que puedan ser representantes activos de nuestro movimiento espiritual. Por lo general, sigue siendo más fácil ser eficaz entre los seres humanos por medio de la fuerza, el control y la injusticia que por medio de la libertad. La verdad que debe ser proclamada a través de la ciencia espiritual antroposófica sólo puede contar con la libertad humana. Debe encontrar personas que se hagan preguntas. Ciertamente no se puede decir: ¿Por qué esta verdad no posee en sí misma la fuerza de obligar a las almas humanas en virtud del poder divino-espiritual? No desea hacerlo; no puede hacerlo. La razón es que siempre considerará la libertad interior, la libertad del ser humano en general, como algo absolutamente inviolable. Si el ser humano ha de llegar a la antroposofía desde su propio juicio, debe convertirse en alguien que pregunte; desde la más íntima libertad de juicio debe convencerse a sí mismo. La palabra de la verdad espiritual se le dirá; convencerse de ella es algo que debe hacer por sí mismo. Si desea cooperar y ser activo en la sociedad, debe hacerlo por el impulso más íntimo de su corazón. Los que pertenecen en el sentido más estricto de la palabra a la ciencia espiritual antroposófica deben convertirse en personas que se hacen preguntas.

¿Qué encontramos en el lado de la oposición? No creas que sólo los que se agrupan que son de alguna manera unilateral en cualquier credo. No, en una iglesia católica de Stuttgart, un sermón dice a sus oyentes: "Vayan a la conferencia de Herr von Gleich. Allí podréis vigorizar vuestras almas católicas y podréis vencer a los adversarios de vuestras almas católicas. Y estas almas católicas van allí; el católico, el general von Gleich, da una conferencia y concluye con una canción de Martín Lutero. Una bonita unión de un bando y otro: ¡los adversarios se organizan como uno solo! Ciertamente no importa si coinciden en algo en su fe, en sus convicciones.

Para nosotros, lo que importa es la fuerza para mantenernos firmes en el terreno de lo que reconocemos como correcto. Sí, no se dejará de hacer nada para socavar este terreno; de esto pueden estar seguros. Tenía que sacar esto a colación una vez más, sobre todo en relación con las consideraciones relativas al rumbo que ha tomado la civilización europea; porque es necesario que al menos se desarrolle la intención de situarse firmemente en el terreno que debemos reconocer como el correcto. También es necesario que entre nosotros no nos entreguemos a las ilusiones populares sobre las distintas oposiciones. Su objetivo es socavar el terreno que pisamos. Nos corresponde trabajar tanto como sea humanamente posible, y entonces, si el suelo bajo nosotros se socava y nos deslizamos hacia el abismo, nuestros esfuerzos habrán sido, sin embargo, tales que encontrarán su camino espiritual a través del mundo. Porque lo que aparece ahora son las últimas convulsiones de un mundo moribundo. Pero aunque esté en sus últimos estertores de muerte, este mundo todavía puede arremeter como un maníaco delirante, y uno puede perder la vida debido a este frenético arrebato. Por ello, debemos reconocer al menos qué tipo de impulsos dan lugar a este loco arrebato. No se puede lograr nada con lo que es tímido; debemos apelar a lo que es audaz. Intentemos estar a la altura de tal llamamiento.

Tenía que incluir esto para que percibieran que nos enfrentamos a un momento importante, significativo y decisivo, y que tenemos que considerar cómo vamos a encontrar la fuerza para perseverar.

Traducido por J.Luelmo jul.2022