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GA068d Munich, 9 de enero de 1909 - Los temperamentos a la luz de la ciencia espiritual

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Los temperamentos ✻↓ a la luz de la ciencia espiritual 

 LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

Rudolf Steiner

 Munich, 9 de enero de 1909


¡Estimados asistentes! Es una opinión muy repetida y justificada que el mayor misterio del ser humano dentro de nuestra vida física es el propio ser humano. Y podemos afirmar que gran parte de nuestra actividad científica, de nuestras reflexiones y de muchas otras cavilaciones del ser humano se refieren a resolver este misterio del ser humano, a comprender un poco en qué consiste la esencia de la naturaleza humana.

Las ciencias naturales y, como ya hemos visto en estas conferencias, también las ciencias espirituales, buscan desde diferentes ángulos resolver el gran enigma que encierra la palabra «ser humano». Sin embargo, cuando se habla del enigma del ser humano, se suele tener en mente al ser humano en general, al ser humano sin distinción en cuanto a tal o cual individualidad, y sin duda se nos plantean muchas tareas cuando queremos conocer al ser humano en general en su esencia. Pero hay otro enigma del ser humano; podemos decir que hay muchos, muchos otros enigmas del ser humano. Porque, además de que el ser humano en general es un gran enigma para el ser humano, ¿no nos parece que cada ser humano individual que encontramos es en sí mismo un enigma? ¡Qué difícil es comprender a las personas con las que nos encontramos, comprender los diferentes aspectos de su naturaleza, y cuánto depende en la vida de comprender a las personas con las que entramos en contacto!

Ahora bien, solo muy gradualmente podemos acercarnos a la solución de los enigmas individuales que cada persona nos plantea, pues existe una gran diferencia entre lo que se denomina la naturaleza humana en general y lo que encontramos en cada persona en particular. Y en ese espacio vemos también algunas cosas que son comunes a grupos enteros de personas. Entre estas cosas comunes se encuentran aquellas características de la esencia humana que hoy son objeto de nuestra consideración, lo que normalmente se denomina el temperamento del ser humano. En el fondo, es cierto que cada persona se nos presenta con un temperamento propio, pero podemos distinguir ciertos grupos de temperamentos.

Hablamos principalmente de cuatro temperamentos humanos: el sanguíneo, el colérico, el flemático y el melancólico. Y aunque la clasificación no sea del todo correcta cuando la aplicamos a individuos concretos, en general queremos separar a las personas en cuatro grupos según su temperamento. El mero hecho de que el temperamento humano, por un lado, se manifieste como algo que tiende a lo individual, como algo que diferencia a las personas, y, por otro lado, las vuelva a unir en grupos, nos demuestra que el temperamento debe ser algo que, por un lado, tiene que ver con la esencia más íntima del ser humano y que, por otro, debe estar en consonancia con la naturaleza humana en general. El temperamento humano es algo que apunta en dos direcciones. Por lo tanto, si queremos desentrañar el misterio, será necesario preguntarnos, por un lado: ¿en qué medida el temperamento apunta a lo que reside en la naturaleza humana general? Y, por otro lado: ¿cómo apunta al núcleo del ser humano, a su interior más auténtico?

Cuando planteamos esta pregunta, es natural que la ciencia espiritual parezca estar llamada a dar una respuesta. Porque la ciencia espiritual debe guiarnos al núcleo más íntimo del ser humano. En la medida en que el ser humano se nos presenta en la Tierra, nos parece que se despliega en una generalidad y, al mismo tiempo, como un ser independiente. Son dos las líneas que se encuentran cuando un ser humano entra en la existencia terrenal. Y ahí nos encontramos en medio de la contemplación espiritual de la naturaleza humana. Vemos al descendiente de sus padres, de sus antepasados y así sucesivamente; el ser humano se inserta en lo que podríamos llamar la línea hereditaria, y ustedes saben que el ser humano lleva en sí mismo, hasta lo más profundo de su esencia, características que sin duda debemos atribuir a la herencia. Goethe también dijo de sí mismo:


De mi padre heredé la estatura,
la seriedad en la vida,
de mi madre, el carácter alegre
y la pasión por contar historias.

Aquí vemos cómo Goethe, gran conocedor del ser humano, tiene que referirse a las cualidades morales del ser humano cuando quiere señalar las cualidades heredadas. Esto confluye con lo que es nuestra propia naturaleza. Esa es la otra corriente en la que se sitúa al ser humano, de la cual la cultura actual no quiere saber mucho. La ciencia espiritual nos muestra lo que confluye con lo que nos ha sido dado en la línea hereditaria; nos lleva ante el gran hecho de la llamada reencarnación y del karma. Nos muestra el modo en que el núcleo más íntimo del ser humano se conecta con algo que nos ha sido dado por la línea hereditaria. Para el científico espiritual, este núcleo esencial está envuelto en capas externas que provienen de la línea hereditaria. Y así como para comprender las características externas del ser humano debemos remontarnos a su padre y a su madre, mientras que si queremos comprender su esencia más íntima, debemos remontarnos a algo completamente diferente: a una vida anterior del ser humano.

Cuando un ser humano entra en la vida física, ya tiene una serie de vidas a sus espaldas. Y esto no tiene nada que ver con lo que se encuentra en la línea hereditaria. Si quisiéramos investigar cuál fue su vida anterior, cuando atravesó la puerta de la muerte, tendríamos que retroceder bastantes siglos. Después de atravesarla, vive en otras formas de existencia en el mundo espiritual. Y cuando llega de nuevo el momento de vivir una vida en el mundo físico, busca a sus padres. Y cada persona trae consigo ciertas características de su vida anterior. El ser humano se lleva consigo, hasta cierto punto, ciertas características, su destino. Después de haber realizado tal o cual acción, provoca la reacción contraria y se siente así rodeado de nuevas vidas. De este modo, se lleva consigo un núcleo esencial de su ser de encarnaciones anteriores y lo envuelve con lo que le ha sido dado por herencia.

Esto es importante mencionarlo, ya que en realidad nuestra época actual tiene poca inclinación a reconocer esta esencia interior, a considerar la idea de la reencarnación como algo más que una idea fantástica. La idea de ese núcleo interior, debe ir integrándose poco a poco en la cultura humana, al igual que la doctrina del gran erudito Redi, quien, en contra de la teoría dominante en aquella época de que los peces se originaban a partir del lodo de los ríos, demostró que lo vivo solo puede surgir de lo vivo. Y hoy en día se dice de manera similar que todo lo que hay en el ser humano se origina a través de la herencia.

Los estudiosos de las ciencias espirituales también pueden señalar este hecho, y así se ha hecho. Por ejemplo, en las familias de músicos, el talento musical se hereda, etc., todo lo cual sirve de apoyo a la línea hereditaria. También se dice, refiriéndose al genio, que rara vez aparece al principio de una generación, sino solo al final. En cuanto a las peculiares habilidades del genio, se remonta al pasado, se selecciona aquí y allá, se encuentra esta o aquella característica en uno u otro, y así sucesivamente, y luego se muestra cómo finalmente confluyeron en el genio que surgió al final de la generación. ¿Qué se pretende demostrar con esto? Nada más que el hecho de que la esencia del ser humano puede manifestarse según las capacidades del instrumento que es el cuerpo. Tal argumento no es más ingenioso que cuando alguien quiere llamarnos especialmente la atención sobre el hecho de que, si una persona cae al agua, se moja. Es natural que absorba el elemento en el que se encuentra. Lo que se pretende presentar como prueba podría considerarse más bien una prueba de que no es hereditario. Porque si el genio fuera hereditario, tendría que manifestarse al principio de la generación, entonces se podría demostrar que el genio es hereditario, pero no al final de la generación.

Vemos pues en el ser humano que se nos presenta en el mundo, la confluencia de dos corrientes. Vemos por un lado, lo que ha heredado de su familia y, por otro, lo que ha desarrollado a partir de su esencia más íntima: una serie de aptitudes, características, capacidades internas y destino externo. Estas dos corrientes confluyen; cada ser humano está compuesto por estas dos corrientes. Así, encontramos que el ser humano, por un lado, debe adaptarse a su esencia más íntima y, por otro, a lo que le ha sido transmitido por su línea hereditaria. Vemos que el ser humano lleva en gran medida la fisonomía de sus antepasados, podríamos decir que el ser humano es el resultado de la suma de sus antepasados.

Dado que, en un primer momento, la esencia del ser humano no tiene nada que ver con lo que se hereda, sino que solo tiene que adaptarse a lo que más le conviene, también comprenderemos que es necesario que, para aquello que quizá haya vivido durante siglos en un mundo completamente diferente y sea trasladado a otro mundo, exista una cierta mediación; que la esencia del ser humano debe tener algo en común con lo inferior, que debe existir un eslabón intermedio, un vínculo entre el propio ser humano individual y lo general, es decir lo que él incorpora mediante la familia y la raza. El eslabón que, por un lado, transmite todas las cualidades internas que trae consigo de su encarnación anterior mas lo que le aporta la línea hereditaria, se engloban bajo el concepto de temperamento. Éste ahora se interpone entre las cualidades heredadas y lo que ha absorbido en su esencia interior. Es como si, al descender, este núcleo esencial se envolviera en una especie de matiz espiritual de lo que le espera allí abajo, de modo que, en la medida en que el núcleo esencial se adapta mejor al envoltorio del ser humano, el núcleo esencial del ser humano se tiñe del color del entorno en el que nace y de una cualidad que trae consigo.

De modo que podremos decir, al contemplar al ser humano completo: este ser humano completo está compuesto por el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo. Lo que en primer lugar es el cuerpo físico, lo que el ser humano lleva consigo de tal manera que es visible a los ojos sensoriales, lleva en sí, visto desde fuera, en primer lugar, los signos claros de la herencia. También aquello que vive en el cuerpo etérico del ser humano, en ese luchador contra la descomposición del cuerpo físico, en cuanto a características, es algo que se encuentra en la línea hereditaria. Luego llegamos a su cuerpo astral, que en sus características está mucho más ligado al núcleo esencial del ser humano. Y cuando llegamos al núcleo más íntimo del ser humano, es decir, al yo propiamente dicho, encontramos lo que pasa de encarnación en encarnación, lo que aparece como un mediador interno que irradia sus características esenciales al exterior. Características que al tener que conectarse, han de adaptarse al entrar el ser humano en el mundo físico.

Los temperamentos surgen a través de esta interacción en la naturaleza humana, entre el cuerpo astral y el yo, entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico, a través de esta interrelación entre las dos corrientes. Por lo tanto, deben ser algo que depende de la individualidad del ser humano, de lo que se integra en la línea hereditaria general. Si el ser humano no pudiera configurar su esencia interior, cada descendiente sería solo el resultado de sus antepasados. Y lo que se configura en él, lo que lo hace individual, es la fuerza del temperamento; ahí reside el secreto de los temperamentos.

Pues bien, en toda la naturaleza humana, todos los miembros individuales interactúan entre sí; están en interacción. Cuando el núcleo del ser ha teñido el cuerpo físico y el cuerpo etérico, lo que ha surgido de ese teñido actúa sobre todos los demás elementos, de modo que depende de cómo se nos presente el ser humano con sus características si el núcleo del ser actúa con más fuerza sobre el cuerpo físico o si es el cuerpo físico el que actúa con más fuerza. Dependiendo de cómo sea el ser humano, puede influir en uno de los cuatro miembros, y la reacción en los otros miembros da lugar al temperamento. Cuando el núcleo del ser humano se reencarna, es capaz de integrar un cierto exceso de actividad en uno u otro de sus miembros gracias a esta peculiaridad. Así, puede integrar un cierto exceso de fuerza en su yo, o bien, el ser humano puede influir en sus otros miembros a través de determinadas experiencias vividas en su vida anterior.

Cuando el yo del ser humano se ha fortalecido tanto a través de sus destinos que sus fuerzas dominan de manera excelente en la naturaleza cuádruple del ser humano, entonces surge el temperamento colérico. Si está sometido a la influencia del cuerpo astral, surge el temperamento sanguíneo. Si el cuerpo etérico influye con exceso sobre los demás miembros, surge la naturaleza flemática. Si el cuerpo físico influye sobre los demás miembros del cuerpo, de modo que el núcleo del ser no ha sido capaz de superar ciertas durezas en el cuerpo físico, predomina el temperamento melancólico.

Así como consideramos que gran parte del cuerpo físico es la expresión inmediata del principio vital físico del ser humano, debemos considerar que el sistema glandular es la expresión física del cuerpo etérico; el sistema nervioso, concretamente la parte activa del mismo, debe considerarse la expresión física del cuerpo astral, y la fuerza pulsante de la sangre es la expresión del yo propiamente dicho. Por lo tanto, lo que ha caracterizado al yo se manifestará como la cualidad predominante. 

TEMPERAMENTO COLÉRICO

El temperamento colérico se manifestará como activo en una sangre que late con fuerza; así se manifiesta el elemento de fuerza en el ser humano, al tener una influencia especial sobre su sangre. En una persona así, en la que el yo actúa espiritualmente y la sangre actúa físicamente, vemos cómo la fuerza más íntima mantiene firme y fuerte la organización. Y tal como se enfrenta al mundo exterior, así querrá imponerse la fuerza de su yo. Esa es la consecuencia de ese yo.

TEMPERAMENTO SANGUÍNEO

 Cuando en el ser humano predomina el cuerpo astral, entonces la expresión física se manifestará en las funciones del sistema nervioso, y lo que produce el cuerpo astral es la vida en pensamientos, en imágenes, de modo que el ser humano dotado de temperamento sanguíneo tendrá la predisposición a vivir en las imágenes de su vida imaginativa. Debemos comprender claramente la relación del cuerpo astral con el yo. Si solo existiera el temperamento sanguíneo, se produciría un caos de imágenes ascendentes y descendentes. Lo que evita que las imágenes se mezclen de manera fantástica son las fuerzas del yo. Y en lo físico, es la sangre la que, en esencia, limita la actividad del sistema nervioso, por así decirlo.

Sería demasiado extenso mostrarles con todo detalle cómo se relacionan entre sí el sistema nervioso y la sangre, y que la sangre es el regulador de esta vida imaginativa, Cuando la sangre no es el regulador del sistema nervioso, cuando la sangre del ser humano se vuelve demasiado tenue, anémica, entonces aparecen también las construcciones fantásticas, hasta llegar a la ilusión y la alucinación. Si el cuerpo astral tiene un cierto exceso de actividad, la vida humana se presenta de tal manera que el ser humano no puede aferrarse a una idea, y la consecuencia es que tal persona puede entusiasmarse por todo lo que se le presenta en el mundo exterior, pero como no se aplica el freno para hacerlo de forma duradera en su interior, el interés que se ha despertado se desvanece rápidamente. Vemos cómo el sanguíneo pasa rápidamente de una idea a otra, cómo muestra un sentido voluble.

TEMPERAMENTO FLEMÁTICO

Cuando en una persona predomina el cuerpo etérico en sí mismo y la expresión de este cuerpo etérico, el sistema que determina el bienestar y el malestar en el ser humano, entonces la persona se verá tentada a querer permanecer cómodamente en su interior. Cuanto más cómodo se sienta el ser humano en su interior, más armonía creará entre el interior y el exterior. Si este es el caso, si incluso se cuida en exceso, entonces todas las aspiraciones del ser humano se dirigen hacia el interior, nos encontramos ante una persona flemática.

TEMPERAMENTO MELANCÓLICO

Y cuando el ser humano tiene un exceso de actividad en su sistema físico, es una señal de que el ser interior no puede hacer nada contra su sistema físico. Así es como se manifiesta el sistema físico endurecido cuando hay un exceso. El ser humano no puede mover lo que debería mover; siente obstáculos internos. Estos obstáculos se manifiestan porque el ser humano tiene que dirigir su fuerza hacia ellos. Lo que no se puede superar es lo que causa sufrimiento y dolor, lo que impide que el ser humano pueda mirar sin prejuicios al mundo que le rodea. Esta fijación es una fuente de dolor interior. Ciertos pensamientos e ideas comienzan a volverse permanentes, y el ser humano se vuelve melancólico y taciturno.

Y si comprendemos el temperamento a través de un ser sano, entonces muchas cosas de la vida nos resultarán claras; pero también nos será posible manejar de manera práctica lo que antes no podíamos. ¡Dirijamos nuestra mirada a muchas cosas que se nos presentan directamente en la vida! Tomemos, por ejemplo, al colérico, que tiene un centro fuerte y firme en su interior. Este yo es el que lo controla. Esas imágenes son imágenes de la conciencia. El cuerpo físico está formado según su cuerpo etérico, y el cuerpo etérico según su cuerpo astral. Él moldearía al ser humano de las formas más diversas, por así decirlo; al oponerse al crecimiento del yo en sus fuerzas sanguíneas, se mantiene el equilibrio entre la plenitud y la variedad del crecimiento. Pero si el yo tiene un exceso, puede frenar el crecimiento. Las personas coléricas suelen mostrarse como si tuvieran un crecimiento reprimido. Se pueden encontrar ejemplos y más ejemplos en la vida, por ejemplo, en la historia intelectual del filósofo Fichte. Por su aspecto exterior, era lo que se podría llamar una persona de crecimiento reprimido, había fuerzas en él que estaban reprimidas por el exceso del yo. ¡Tomemos a Napoleón! Ahí tenemos la imagen típica del crecimiento reprimido del colérico. Ahí podemos ver cómo actúa esta fuerza del yo desde el espíritu, cómo actúa esta fuerza del yo, de modo que la esencia más íntima del ser humano se manifiesta en la apariencia exterior. ¡Observen la fisonomía del colérico! Tomen, en cambio, al flemático. ¡Qué borrosos son sus rasgos! ¡Qué poco se puede decir que esa forma de frente se adapte al colérico!

Esto se manifiesta con especial intensidad en un órgano en el que el cuerpo astral o el yo ejercen su influencia formadora: en el ojo, en la mirada firme y segura del colérico. En el colérico encontrarán ustedes un ojo negro, negro azabache, porque, por una cierta ley, el colérico atrae hacia su interior precisamente aquello que su fuerza del yo, porque no deja que el cuerpo astral tiña aquello que se tiñe en otra persona. Observen también al ser humano en todo su comportamiento. Quien sea experto, puede casi ver desde atrás si [alguien] es colérico. El paso firme anuncia, por así decirlo, al colérico. Todo el ser humano es una huella de este ser más íntimo, que se nos revela de esta manera.

¡Tomemos al sanguíneo! El temperamento sanguíneo se manifiesta con especial intensidad en la infancia. ¡Observen cómo se expresa la plasticidad! Y del mismo modo, en el niño sanguíneo se nos presenta una cierta posibilidad interna de cambiar su fisonomía, mientras que en el colérico los rasgos son más marcados. Un ojo morado es muy a menudo la expresión de un temperamento sanguíneo.

¡Y sigamos adelante! Cuando nos acercamos al flemático, sabemos por su andar tembloroso que es incapaz de controlar las formas de su interior. Se puede ver en toda su persona. El melancólico se revela pronto por su cabeza inclinada hacia adelante y sus ojos bajos. Esto muestra que hay algo limitado.

CÓMO ENFRENTARSE A LOS TEMPERAMENTOS EN LA EDUCACIÓN

Aquí solo podemos insinuarlo todo, pero la vida del ser humano nos resultará mucho más comprensible si vemos que el espíritu actúa sobre las formas, de modo que el exterior del ser humano puede convertirse en una expresión de su interior. ¿Acaso no vemos cómo todo lo grande en la vida puede lograrse precisamente gracias a la unilateralidad de los temperamentos, cómo estos pueden degenerar en la unilateralidad? ¿No nos preocupa el niño porque vemos que el colérico puede degenerar hasta la malicia, el sanguíneo hasta la frivolidad, el melancólico hasta la tristeza, etcétera? ¿No será el conocimiento y la evaluación del temperamento de un valor esencial para el educador, especialmente en la cuestión de la educación y también en la autoeducación?

No debemos dejarnos llevar por la tentación de subestimar el valor del temperamento por ser una característica unilateral. Debemos tener claro que el temperamento conduce a la unilateralidad, que lo más radical del temperamento melancólico es la locura, lo del flemático, la debilidad mental, lo del sanguíneo, la demencia, y lo del colérico, todos esos arrebatos de naturaleza humana enfermiza que llegan hasta la furia, etc. El temperamento produce una gran y hermosa diversidad, porque los opuestos se atraen; sin embargo, la idolatría de la parcialidad del temperamento causa fácilmente daños entre el nacimiento y la muerte. Es importante que el educador pueda decirse a sí mismo: ¿qué haces, por ejemplo, con un niño sanguíneo? Hay que intentar aprender, a partir del conocimiento de todo el ser del temperamento sanguíneo, cómo hay que comportarse. Si se habla de la educación del niño en relación con otros puntos de vista, también es necesario hablar individualmente del temperamento en la educación del niño.

Tenemos ante nosotros a un niño de temperamento sanguíneo, que fácilmente podría degenerar en inquietud, desinterés por las cosas importantes y, por el contrario, interesarse rápidamente por otras cosas; esto puede convertirse en una terrible parcialidad y se puede percibir el peligro cuando se profundiza en la naturaleza humana; entonces uno se dirá: El hecho de intentar inculcarle inmediatamente a este niño cualquier cualidad opuesta no cambia estas cualidades. En estas cosas, que están arraigadas en la naturaleza más íntima del ser humano, hay que tener en cuenta que solo se pueden moldear. En el caso de un sanguinismo que se ha vuelto unilateral, hay que insistir en su temperamento sanguíneo. Si se quiere comportarse correctamente con este niño, hay que prestar atención a algo, porque por muy sanguíneo que sea el niño, siempre hay algo que le interesa. Y aquello que se encuentra y que le interesa especialmente, debe tenerse en cuenta. Y aquello que para el niño es algo que no pasa desapercibido, hay que intentar mostrárselo como un hecho especial, de modo que su temperamento se extienda más allá de lo que le es indiferente; hay que intentar presentarle lo que para él es una afición bajo una luz especial, hay que enseñarle a aplicar su sanguinarismo. Se puede actuar de tal manera que, ante todo, se aproveche lo único que siempre se puede encontrar, es decir, las fuerzas que tiene el niño. Mediante castigos y reprimendas, no será capaz de interesarse permanentemente por algo. Mientras que si se despierta en él el interés, el amor por una persona, entonces ese amor por la persona hace que se produzca un auténtico milagro. Este puede curar el temperamento unilateral del niño. Hay que desarrollar un apego personal, hay que hacerse querido por el niño, esa es la tarea que hay que realizar con el niño sanguíneo. Depende de quien educa al niño que el niño sanguíneo aprenda a amar la personalidad.

Supongamos que una persona teme que su hijo tenga un temperamento colérico que se manifiesta de manera unilateral. Sin embargo, no se puede aplicar la misma receta que con un niño sanguíneo, ya que el colérico no podrá ganarse fácilmente el amor de los demás. Hay que llegar a él de otra manera, de persona a persona. Hay que ser apreciable y respetable en el sentido más elevado de la palabra para el niño colérico. Hay que procurar que el niño colérico nunca note que no puede obtener información ni consejo sobre lo que debe hacer. Hay que asegurarse de mantener las riendas de la autoridad en las manos y no mostrar nunca debilidad, como por ejemplo no saber qué consejo dar. Entonces es necesario que, cuando el niño colérico amenaza con degenerar en la parcialidad, se le enseñe especialmente aquello que es difícil de superar, que se le haga consciente de las dificultades de la vida proporcionándole cosas que le resulten lo más difíciles posible de superar. Hay que crear obstáculos para que el temperamento colérico no se reprima, sino que se exprese enfrentando al niño a ciertas dificultades que debe superar.

Con un niño flemático tendremos muchas dificultades si la educación nos impone la tarea de comportarnos con él de la manera adecuada. Es difícil influir en un flemático, pero hay una forma de lograrlo. No hay nada en un niño flemático a lo que se pueda apelar; hay que llevarlo a relacionarse con niños de su misma edad. Así como el sanguíneo debe tener apego a una personalidad, el flemático debe tener amistad y relación con tantos niños de su edad como sea posible. Esa es la única manera de despertar la fuerza que yace dormida en él. No podrá interesar al pequeño flemático con un tema de la escuela o de casa, pero podrá lograrlo a través del rodeo de otras almas de su misma edad.

También es muy difícil tratar al niño melancólico. ¿Qué debemos hacer? ¿Y si sentimos horror ante la amenaza de la unilateralidad del temperamento melancólico del niño, ya que no podemos inculcarle lo que no tiene? Debemos tener en cuenta que tiene la fuerza para aferrarse a sus inhibiciones, para resistirse. Si queremos encauzar esta peculiaridad de su temperamento, debemos desviar esta fuerza del interior hacia el exterior. Para el educador de un niño melancólico será especialmente necesario que se dé importancia a cómo se trata al niño, a que se le muestre que hay sufrimiento en el mundo. El niño melancólico es sensible al dolor; si quiere divertirlo, lo empujará de vuelta a su propio encierro. ¡Distraiga al niño mostrándole que hay sufrimiento! El melancólico más feliz es aquel que puede crecer junto a una persona que, por haber vivido experiencias difíciles, tiene mucho que decir, ya que así el alma actúa sobre el alma de la manera más feliz. En general, es bueno intentar curar al joven melancólico no rodeándolo de compañía divertida, sino dejándole experimentar el dolor justificado.

Por lo tanto, podemos decir que lo mejor para el sanguíneo es crecer con mano firme, que alguien externo le muestre aspectos de su carácter que le permitan desarrollar el amor personal, ya que el amor hacia una persona es lo mejor para el sanguíneo. No solo amor, sino también respeto y aprecio por lo que una persona es capaz de lograr, eso es lo mejor para el colérico.

Un melancólico puede considerarse afortunado si puede crecer de la mano de una persona que tiene un destino amargo. En la distancia adecuada que se crea a partir de la nueva visión, de la compasión que surge hacia la autoridad, en la empatía hacia el doloroso destino justificado, ahí está lo que necesita el melancólico. Crecen bien cuando pueden entregarse menos al apego a una persona, menos al respeto y la estima por los logros de una persona, y más a la empatía por el sufrimiento y el destino doloroso justificado.

El flemático es una persona a la que se puede llegar mejor si le enseñamos a interesarse por los demás, si le enseñamos a entusiasmarse por los intereses de otras personas.

  • El sanguíneo debe poder desarrollar el amor y el apego.
  • El colérico debe poder desarrollar el aprecio y el respeto por los logros de la persona.
  • El melancólico debe poder desarrollar un corazón compasivo por el destino ajeno.
  • Y al flemático se le deben mostrar como ejemplo los intereses de los demás.

Y cuando se trata de tomar las riendas de nuestra propia educación, pueden resultar especialmente útiles. Nos damos cuenta con nuestra mente de que nuestro temperamento sanguíneo nos juega malas pasadas, que corremos el riesgo de caer en un estilo de vida inestable, que vamos corriendo de un objeto a otro. Esto se puede contrarrestar si se toman las medidas adecuadas. Por mucho que el ser humano se repita a sí mismo: «Ahora mantén una cosa firme», su temperamento sanguíneo le jugará malas pasadas una y otra vez. Solo puede contar con la fuerza que tiene. Detrás de la razón deben estar otras fuerzas. ¿Puede un sanguíneo contar con algo más que con su temperamento sanguíneo? Y también en la autoeducación es necesario intentar hacer lo que la razón podría hacer de forma indirecta. Hay que intentar no interesarse por ciertas cosas que nos interesan. Hay que intentar ponerse artificialmente en esa situación, poner en su camino tantas cosas como sea posible que no le interesen. Entonces, si uno lo hace durante el tiempo suficiente, notará que este temperamento desarrolla la fuerza para cambiar.

Si nos damos cuenta de que la melancolía puede conducirnos a la parcialidad, debemos intentar crear obstáculos externos justificados y querer comprender estos obstáculos externos justificados en toda su forma, de modo que podamos desviar hacia objetos externos el dolor y la capacidad de sentir dolor que tenemos. La mente es capaz de hacerlo.

Del mismo modo, el colérico puede curarse a sí mismo de una manera especial, si consideramos el asunto desde el punto de vista de la ciencia espiritual. Cuando nota que su interior enfurecido quiere desahogarse, debe intentar buscar, en la medida de lo posible, cosas que requieran poco esfuerzo para ser superadas; debe intentar provocar hechos externos fácilmente superables y debe intentar siempre descargar su fuerza de la manera más intensa en acontecimientos y hechos insignificantes. Si busca cosas insignificantes que no le ofrezcan resistencia, entonces volverá a encauzar su temperamento colérico unilateral en la dirección correcta.

El flemático hace bien en pensar que debe interesarse por algo, que debe buscar objetos que merezcan su atención, que el ser humano no se preocupa por ello. Debe buscar una ocupación en la que el flemático tenga razón y pueda dar rienda suelta a su flemático. De este modo, superará su flema, incluso si esta amenaza con degenerar en parcialidad.

Los realistas creen, por ejemplo, que lo mejor para un melancólico es proporcionarle lo contrario de lo que necesita. Sin embargo, quien piensa de forma verdaderamente realista apela a lo que ya hay en él.

Así vemos que es precisamente la ciencia espiritual la que no nos aleja de la vida real y verdadera, sino que nos ilumina a cada paso hacia las verdades y nos puede guiar en la vida para tener en cuenta lo real en todas partes. Porque son fantásticos aquellos que creen aferrarse a las apariencias externas. Debemos buscar razones más profundas si queremos adentrarnos en esta realidad, y si nos involucramos en tales consideraciones adquiriremos una comprensión de la diversidad de la vida. Nuestro sentido práctico se volverá cada vez más individual si no nos vemos obligados a aplicar una receta general, —no debes expulsar la frivolidad con seriedad—, sino a ver: ¿qué cualidades hay en el ser humano que deben estimularse? Y debemos ir hacia la individualidad.

Y ahí también podemos dejar que la ciencia espiritual actúe desde lo más profundo de nuestro ser, convertir la ciencia espiritual en el mayor impulso de la vida. Mientras siga siendo solo teoría, no vale nada. Debe aplicarse en la vida del ser humano. El camino para ello es posible, pero es largo. Se ilumina cuando conduce a la realidad. Entonces nuestras opiniones cambian y nos damos cuenta de ello, los conocimientos se transforman. Es un prejuicio creer que los conocimientos deben permanecer abstractos; pero cuando entran en lo espiritual, impregnan toda nuestra obra vital, impregnan toda nuestra vida, y entonces nos enfrentamos a la vida con conocimientos sobre la individualidad que llegan hasta los sentimientos y las sensaciones y se expresan en ellos, que tienen un gran respeto y aprecio. Las plantillas son fáciles de reconocer. Y pretender dominar la vida según patrones es fácil, pero no se puede tratar como un patrón. Entonces basta con un solo conocimiento, que se transforma en un sentimiento que hay que tener hacia la individualidad del ser humano, hacia la individualidad en toda la vida. Entonces, nuestro concienzudo conocimiento intelectual fluirá, por así decirlo, hacia nuestros sentimientos, de modo que podamos evaluar adecuadamente el enigma que se nos presenta en cada ser humano.

Pero esa es la verdadera razón que puede dar lugar al amor humano verdadero, fructífero y genuino. Esa es la razón por la que nos damos cuenta de lo que debemos buscar como esencia más íntima en cada ser humano. Y cuando nos impregnemos así del conocimiento espiritual, nuestra vida social de persona a persona se regulará de tal manera que cada individuo, al enfrentarse a los demás con aprecio, respeto y comprensión del enigma «ser humano», aprenderá a encontrar y regular su comportamiento hacia los demás. Solo aquel que vive desde el principio en abstracciones puede hablar de conceptos sobrios, pero quien busca el conocimiento auténtico lo encontrará y en su propio comportamiento, en su propia conducta, hallará el camino hacia el otro ser humano, encontrará la solución al enigma del otro ser humano. Así resolvemos el enigma individual de cómo nos comportamos con el otro. Solo encontramos la esencia del otro con una visión de la vida que proviene del espíritu. La ciencia espiritual debe ser una práctica de vida, un factor espiritual de la vida, totalmente práctica, totalmente vida, y no una teoría gris.

Respuestas a preguntas [Extractos]

Pregunta: También hay personas en las que no se manifiesta ningún temperamento. ¿Qué es lo que predomina en ellas?

Respuesta: Es cierto. Hay personas en las que, por así decirlo, un matiz particular del temperamento no se manifiesta con excesiva intensidad. Sin embargo, el observador atento podrá descubrir que, en cierta medida, ese temperamento está presente. Debemos tener claro que, cuando se desarrolla un tema como este, no se puede decir todo lo que se podría decir. Así, si quisiera explicarles ciertos fenómenos que se dan en la vida, tendría que explicarles los distintos y complicados temperamentos, tendría que mostrarles cómo, sin embargo, en cada persona destacan ciertas características de uno de sus miembros, es decir, tienen un temperamento destacado. Pero también puede ocurrir que otro aspecto de la esencia humana influya en otros aspectos del ser humano. Así, cualquiera que estudie la disposición temperamental de Napoleón podría descubrir que debió de comportarse de manera muy flemática en relación con ciertas cosas, por lo que debemos decir: en cada ser humano se encuentran matices de los cuatro temperamentos, y lo que destaca es precisamente lo que proviene de un exceso especial.

Cuando se dice que el cuerpo astral actúa en exceso, —lo cual no es lo mismo que decir que ejerce un dominio absoluto sobre los demás—, significa que en esa persona actúa más de lo que sería normal. Puede ser que el cuerpo astral actúe en exceso, que no encuentre la armonía adecuada, al igual que ocurre con el cuerpo físico. Entonces, los excesos pueden neutralizarse y puede aparecer algo parecido a la absoluta falta de temperamento. Esto se debe a que se equilibran las cosas que están presentes en uno u otro lado. Siempre se podrá observar un temperamento destacado en una persona con una buena capacidad de observación anímica.

Pregunta: ¿Qué temperamento indica un ojo gris?

Respuesta: Debo apelar un poco a su benevolencia. No se puede discutir esto con tanta precisión aquí, se necesitarían muchas horas. Solo puedo responder sin poder darle la explicación. Por eso quiero decirle que, si me pregunta sobre la correspondencia entre los ojos grises y el temperamento, debe tener en cuenta que los ojos grises suelen tener un cierto matiz de uno u otro color. Hay ojos gris verdosos, gris marrones y gris azulados. Por lo general, los ojos gris azulados pueden indicar un temperamento melancólico, mientras que los ojos gris verdosos pueden indicar un temperamento flemático. Sin embargo, esto no se puede generalizar.

Traducido por J.Luelmo oct,2025

 Ver mas conferencias sobre los temperamentos en el siguiente enlace <Los temperamentos>

GA056 Berlín, el 16 de abril de 1908 - El Infierno-

 Índice

    RUDOLF STEINER. 


LA MISIÓN DE LA CIENCIA OCULTA EN NUESTROS DIAS

 Berlín, el 16 de abril de 1908

décimo cuarta conferencia

Tenemos que remontarnos muy atrás en los esfuerzos humanos por resolver los enigmas del mundo si queremos vislumbrar el origen de las dos ideas que pronto se imponen al ser humano si aborda los enigmas del mundo en un sentido más profundo, sobre todo en un sentido espiritual: las ideas del mal y del bien.

El pensamiento humano siempre intentará elevarse a las fuerzas misteriosas que causan nuestro desarrollo desde el mundo espiritual. Todo el tiempo notamos el intento en las formas más diferentes de relacionar las fuerzas benéficas y progresivas de la vida con las fuerzas destructoras, las reacias, las que se oponen. Sin embargo, el ser humano se enfrenta repetidamente a la íntima relación entre ambas fuerzas, que existe para el observador preciso a pesar del aparentemente fuerte contraste. Basta pensar en las palabras de Schiller sobre el fuego ya mencionadas en otra oportunidad:

Benévola es la fuerza del fuego
Si el hombre lo domestica y vigila,
Pues lo que construye, lo que crea,
se lo debe a este poder celestial,
Pero terrible es este poder celestial,
Si esta fuerza, despojándose de sus grilletes,
Camina por sus propios senderos
Esta libre hija de la naturaleza.

Podría decirse que en tales palabras reside la cuestión que ha de ocuparnos hoy y en la siguiente charla. La cuestión se ha revestido en distintos momentos con las palabras infierno y cielo. No hay que imaginarse en absoluto que estas palabras aparezcan donde tienen ese significado supersticioso que les añaden muchos seguidores de estas ideas, aunque tampoco son menos numerosos los que quisieran combatirlas hoy sin conocer su significado más profundo.

Si miramos sólo brevemente a nuestro alrededor, veremos que nuestra pregunta surge ya en la antigua cultura persa, donde se contraponen agudamente los reinos de las fuerzas del bien, de Ormuzd, y de las fuerzas del mal, de Ahriman. Si vemos cómo en una extraña imagen mental las fuerzas que odian, las fuerzas impeditivas se mezclan en las fuerzas ocultas que penetran en el mundo en el buen sentido y finalmente el poder de la luz sale victorioso, tenemos ante nosotros uno de los grandes escenarios en los que la imaginación humana viste nuestro problema. Desde el Tartaros griego hasta la mitología nórdica se nos presenta un reino del infierno; oímos nombres con los que se relaciona el concepto "infierno". Es esa región en la que están condenados todos los que no tuvieron una muerte honorable en el mundo físico.
Una peculiaridad puede llamarnos la atención si recordamos esta leyenda del infierno. Sigámosla exactamente, porque hay que decir desde el principio, en el vestido de la mitología se encuentra a veces una sabiduría más profunda que la que se halla con abstracciones en nuestro tiempo.
Es curioso cómo la antigua mitología nórdica deriva la condición actual del mundo de un nebuloso y frío "Niflheim", la tierra del norte que era ajena al sol según la idea germánica en la antigüedad, y de otro reino, "Muspelheim", el reino cálido. Mediante la cooperación de ambos reinos se originó la condición actual de la tierra. Del frío y nebuloso Niflheim, y no del cálido Muspelheim, se derivaron las fuerzas más importantes que sirven ahora a la humanidad. Allí se desarrollaron primero las fuerzas superiores subyacentes a la cultura actual. Sin embargo, al mismo tiempo, -y esto es lo extraño que toca nuestra pregunta de manera milagrosa-, se nos dice que Hel que recibe a los muertos indignos es exiliado por los dioses a este hogar nebuloso donde llegan los que murieron de muerte no honorable. Es extraño que el reino y las fuerzas del ascenso se junten con el lugar y la personalidad que representa la fuerza de la muerte, de la decadencia.

Acercándonos a nuestros tiempos, encontramos a quienes se hacen la imagen mental de un mundo en el que se concentra el mal y quieren explicar nuestra existencia desde las profundidades de la existencia del mundo. ¡Cuán magnífica y grandemente describe Dante este mundo inmediatamente al comienzo de su sobrecogedor poema que muestra la purificación y el desarrollo del ser humano hacia los mundos espirituales superiores! También cuando Goethe escribió su Fausto, se instó a un poeta a tomar estas imágenes mentales para mostrar las fuerzas que viven en el alma humana. De ahí que contrapusiera lo que debía conducir a Fausto a las potencias luminosas con el representante de las potencias infernales, con Mefistófeles.

En el Fausto de Goethe se pueden encontrar muchas observaciones importantes que describen la peculiar relación de Fausto con Mefistófeles y de ambos con la existencia del mundo. Me gustaría mencionar dos de ellas en este contexto en el que Goethe pone ambos conceptos extrañamente uno al lado del otro y en cierto modo recuerda a la leyenda nórdica. La primera cita es aquella en la que Mefistófeles es llamado "una parte de esa fuerza que, queriendo siempre el mal, produce siempre el bien". En una coherencia muy íntima con toda la existencia del mundo, se ponen ahí los conceptos del bien y del mal. Y no debe dejar de mencionarse otra cita de Goethe que por un lado nos conduce profundamente al alma de Goethe, por otro lado, sin embargo, también bastante profundamente a nuestro problema; pues trata de toda la relación de las fuerzas buenas en Fausto con aquello que Mefisto, el maligno, quiere alcanzar con él. Muy típicamente, Goethe deja que Fausto diga las palabras cuando debe hacer el pacto con Mefisto que determina bajo qué condiciones pertenece a Mefisto:

Si alguna vez dijera a cualquier momento:
Quédate, eres tan hermosa.
Entonces puedes ponerme tus grilletes,
entonces con gusto seré destruido.
Entonces pueden tocar la campana que pasa,
tus obligaciones terminarán...
el reloj puede detenerse, su mano puede caer,
y se acabe para mí el tiempo.

(Versos 1699-1706)

"Si alguna vez dijera a algún momento: Quédate - ¡eres tan bella!" es una expresión con la que Goethe nos hace comprensible que Mefistófeles no lo ha entendido en su totalidad. Sin embargo, Fausto sabe que sólo puede enamorarse de los poderes infernales si se encuentra en situación de decir al momento: "¡Quédate - eres tan justo!"

Quiero poner esto al principio de nuestra consideración de hoy porque puede mostrar en qué dirección se vuelve lo que hoy nos ocupa, por un lado, desde el mundo de las leyendas, por otro lado, desde un profundo pensamiento humano, revestido de un ropaje poético. En efecto, quienes hoy creen poder construir toda una cosmovisión a partir de algunos conceptos desmenuzados del mundo material, se aprestan muy fácilmente con los conceptos infierno y cielo. No les importa lo que hemos puesto ahora a la cabeza de nuestra consideración. Uno simplemente dice, sólo tenemos que retroceder en el camino de desarrollo de las diferentes religiones y cosmovisiones infantiles. Entonces nos damos cuenta de que los pueblos o algunos seres humanos inventaron algo en su miseria que se denomina cielo e infierno, en parte para consolar a los pueblos por el dolor que sufren en la tierra, en parte para animarles por el miedo al infierno a transformar sus deseos egoístas en el bien.

Quien habla así no sabe nada de los verdaderos motivos por los que se introdujeron ideas como el cielo y el infierno en las almas y los corazones de los seres humanos.

Hoy buscamos una respuesta a esta pregunta no en cualquier observación accidental, en cualquier imagen, juicio y conclusión, sino que queremos obtener imágenes mentales de lo que hay que decir sobre esta cuestión.

Recordamos la conferencia sobre el tema "El hombre, la mujer y el niño". Podríamos hablar allí del gran desarrollo del ser humano en la tierra e impartir conocimiento de varias fuerzas que están activas en la evolución humana. Si observamos este desarrollo humano en el sentido de la ciencia espiritual, entonces tomamos el camino para alcanzar una relación con él como el observador científico-espiritual mira al niño en crecimiento que se acerca a nosotros desde los primeros momentos de su vida y desarrolla sus fuerzas y habilidades cada vez más.
Quien, con la vista aguzada por la ciencia espiritual, observa a este ser humano en crecimiento, ve cómo las capacidades del niño se desarrollan a partir de los rudimentos de un modo encantador. Una ciencia de mentalidad materialista querría hacernos creer que lo que gradualmente se abre camino de forma tan atractiva debe retrotraerse a los atributos meramente heredados de los padres, abuelos u otros antepasados. La palabra "herencia" juega un gran papel en esta cuestión en la actualidad. A menudo he llamado su atención sobre el hecho de que la ciencia espiritual tiene que jugar un papel que antes de no mucho tiempo, -300 años no han pasado todavía-, jugó un gran científico, el naturalista italiano Francesco Redi (1626-1697). Él pronunció por primera vez algo que hoy es propiedad común de cualquier conocimiento no profesional y académico. En su época, no sólo era una fe no profesional, sino también la fe de todos los naturalistas que de algo inerte, del lodo del río, pueden originarse no sólo seres animales inferiores, sino también lombrices de tierra, peces. Hoy se cree que se trata sólo de prejuicios religiosos, que impidieron al ser humano reconducir todas las cosas a un orden mundial totalmente mecánico. Sin embargo, no sólo los pocos eruditos mundanos que vivían en aquella época suponían que a partir de algo inanimado podía originarse la vida, sino que también San Agustín representaba este punto de vista. De este hecho se deduce que no contradecía en absoluto la piedad de San Agustín representar tal concepción.
Pero, ¿qué es lo que contradice tal suposición? Una verdadera observación exterior e interior adentrándose en las profundidades de la existencia cósmica, experiencia física y no sobrenatural de las cosas.. Las experiencias físicas y no sobrenatural forzaron la cita sobre los seres humanos gradualmente que entonces Redi hizo: la vida puede originarse sólo de la vida.

La ciencia espiritual moderna se encuentra hoy en la misma posición en la que se encontraba en aquellos días el naturalista Redi, que escapó por los pelos del destino de Giordano Bruno (1544-1600, monje y filósofo italiano, quemado en la hoguera). La sentencia, que hoy se niega, se aplica al ámbito espiritual: lo espiritual sólo puede originarse en lo espiritual. - No podemos reconducir a procesos físicos lo que vemos desarrollarse primero a partir de las disposiciones del embrión. Lo reconducimos a lo espiritual como reconducimos la vida a la vida. Entonces lo espiritual nos devuelve a lo espiritual-mental. Si vemos este espiritual-mental revestido, por así decirlo, de aquellos atributos relacionados con el físico o las otras cubiertas del ser humano, entonces sólo reconducimos este físico a toda la línea de herencia que colorea y matiza las capacidades y peculiaridades espirituales-mentales. Si se quiere llamar nuestra atención repetidamente sobre la forma en que las cualidades se suman en la línea de herencia gradualmente que aparecen entonces por último con un descendiente, no nos sorprende en absoluto desde el punto de vista de la ciencia espiritual. Para nosotros es algo natural que en los cuerpos en los que aparece el germen espiritual aparezcan los atributos de la herencia física. Pues, ¿Cómo vemos esta herencia física? Elegimos el siguiente ejemplo:
Tomamos una semilla de planta y la depositamos en tierra fértil con todo tipo de sustancias que pueden dotar a la planta de abundancia. Y luego depositamos la misma semilla en otra tierra que sólo contiene escasas sustancias que la planta necesita. Las plantas llevan en sí las cualidades de la tierra de la que brotaron. Así vemos a la planta desplegando lo que es su propio origen más profundo, su germen vegetal, y por otro lado vemos lo que desarrolla y despliega este germen vegetal, en el que está envuelto, lo que está como adherido y relleno de la tierra y el suelo del que ha brotado la planta. Y así el ser humano, como la planta de una planta anterior, ha brotado de un alma espiritual del pasado. Ha crecido en un suelo que fue preparado en la línea de la herencia, y este germen de alma espiritual también contiene cualidades que trae consigo del suelo de la línea de la herencia. No nos sorprende que todo el proceso sea así, y que se presente al observador externo y físico del mundo de tal manera que pueda caer en los errores aludidos. Cuando se dice que hay que observar cómo se suman las cualidades de los antepasados en una personalidad especialmente dotada y que un músico procede de una familia de músicos y un matemático de una familia de matemáticos, el científico espiritual no tiene por qué negar estas cosas ni presentarlas bajo una luz diferente. Para la ciencia espiritual, la situación es la siguiente: 
Hay largos periodos de tiempo en los que lo que es nuestra alma espiritual emerge una y otra vez. En la investigación espiritual hablamos de vidas terrenales repetidas diciendo que lo que es la existencia del alma espiritual en nosotros nos remite a vidas anteriores en las que se pusieron los gérmenes espirituales para la vida presente. Todo lo que ahora contenemos, y lo que ahora alcanzamos, se desplegará y hará su trabajo en el tiempo futuro. Este germen espiritual no tiene nada que ver con lo que se reproduce en la línea física. Cuando el ser humano viene a la existencia, este germen espiritual-anímico entra en el cuerpo físico, y este cuerpo físico, que habita, es construido por las fuerzas que se heredan en la familia. De este modo, se construye realmente en el hombre una dualidad, una de las cuales, el alma espiritual, se remonta a una línea de evolución meramente espiritual, mientras que la otra, la física, debe remontarse a la línea de evolución hereditaria. La herencia y la reencarnación son las dos cosas que juegan entre sí aquí, lo cual es bastante obvio a partir de cualquier observación sensata. Pero vean -se dice entonces- que en un antepasado están presentes estas cualidades y en el otro aquellas otras. Al final estas cualidades se reúnen y se convierten en un Goethe o un Beethoven. Y normalmente los genios aparecen al final de una larga línea.
Veamos esta frase: El genio aparece al final de una serie generacional.  - Es extraño que el genio se atribuya a la herencia porque tiene un cuerpo organizado para el genio.
Si los BernoulH se convierten siempre en matemáticos, está claro que necesitan cuerpos especiales para ello. No es maravilloso que cuando el germen espiritual-anímico se sumerge en lo que es el linaje hereditario, en lo que es el substrato para la cabeza matemática, traiga también consigo estas cualidades. ¿O acaso es de extrañar que quien entra en el agua salga mojado? Así que también es natural que cuando alguien nace de una familia, lleve consigo las cualidades de la familia. 
Lo que puede significar realmente la frase anterior, entonces, es algo evidente, algo fundamentalmente trivial. ¿Pero cómo habría que demostrar que el genio en sí es hereditario? ¡Por el hecho de que se encuentra al principio y no al final de una serie de generaciones! Si está al final, ¡eso es prueba de que las cualidades mismas del genio no son hereditarias! Es una extraña manera de razonar cuando se dice que uno puede ver que las cualidades son hereditarias, y cuando se hace la afirmación de que el genio se encuentra al final de una serie.  La sana lógica sólo puede decir que el genio, al reencarnarse, no puede heredar cualidades espirituales, pues de lo contrario tendría que situarse al principio de la serie de generaciones. Llegamos a dos líneas de desarrollo, una espiritual y otra física. Si no aceptamos esto, no podemos llevarnos bien con la sana lógica.
Vemos a un niño que ha vivido otra vida siglos atrás desplegar y utilizar las cualidades que ahora se le presentan. Así es como vemos al niño que entra en la vida. ¿Y cómo vemos al ser humano saliendo de la vida? Ya nos hemos referido a ello. Consideremos ahora los acontecimientos que tienen lugar cuando lo que ha entrado en la existencia física a través del nacimiento, sale de nuevo de la vida atravesando la puerta de la muerte.
Aquí no sólo debemos considerar la muerte, sino algo que ya consideramos en la última observación, el estado alternante de sueño y vigilia, y los estados alternantes de vida y muerte.
Sabemos por la última observación que cuando el hombre se hunde por la noche en lo que se llama dormir sin sueños, ciertos miembros de su ser se separan de lo que llamamos el verdadero ser interior humano, el ser más íntimo, la esencia del hombre.
En tal ser humano dormido distinguimos, en el sentido de la ciencia espiritual, lo que yace en la cama, por así decirlo, de este núcleo del ser. En la cama yace el cuerpo físico, que en la muerte es entregado a los elementos de la tierra. Pero cuando el ser humano yace en la cama, el cuerpo físico no es como es cuando se entrega a la tierra. El cuerpo físico sigue impregnado por el cuerpo etérico o vital.
El cuerpo físico está vivo, las funciones vitales se mantienen, de modo que el cuerpo físico y el cuerpo etérico o vital yacen en la cama. En primer lugar encontramos al portador del placer y del sufrimiento, de la alegría y del dolor y de todas las sensaciones que suben y bajan durante el día: Calor y frío, olor y sabor, el portador de toda la vida del pensamiento y la imaginación, empezando por los instintos y las pasiones y terminando con los ideales morales. esto es lo que se hunde en una oscuridad indefinida cuando nos dormimos. Pero esto es también lo que vuelve a estar ahí por la mañana como un torrente de luz. Es la luz de la conciencia.
Hay algo más que debemos distinguir precisamente dentro de lo que se eleva fuera del cuerpo humano, tanto el cuerpo físico como el etérico en la noche: es la autoconciencia humana y su portador, el yo humano. Al portador del deseo y el sufrimiento, de los instintos y las pasiones, de las sensaciones sensuales que suben y bajan, lo llamamos cuerpo astral, y al portador de la autoconciencia, el cuarto miembro del ser humano, el yo. Estos dos miembros, el portador del yo y el portador del placer y del dolor, se desprenden del cuerpo físico y etérico durante el dormir sin sueños.
Ahora bien, ¿por qué no se puede percibir en ese mundo? Hemos encontrado la respuesta a estas preguntas en nuestras conferencias porque, tal como está ahora el desarrollo del hombre, el yo y el cuerpo astral del hombre no tienen órganos. El hombre percibe su entorno físico por tener órganos, ojos y oídos. Sólo por la mañana, cuando el yo y el cuerpo astral están inmersos en el cuerpo físico y utilizan estos órganos, el ser humano percibe el entorno. Así que tenemos un ser de cuatro miembros: un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral y un cuerpo del yo. - Esta es la esencia de los estados alternos de vigilia y sueño.
Ahora, sin embargo, visualicemos el momento de la muerte. Podemos hacerlo refiriéndonos a lo que está disponible como un hecho para tal hombre que ha aplicado los métodos de iniciación a sí mismo y ha aprendido a usar los sentidos superiores que yacen latentes en el hombre. Pero incluso la lógica ordinaria puede ver esto, porque estos hechos están revestidos de tal manera que pueden mostrarnos el camino del hombre a través de la muerte. En la muerte ocurre algo que durante toda la vida entre el nacimiento y la muerte sólo se produce en casos excepcionales. Durante toda la vida el cuerpo etérico permanece unido al cuerpo físico. Sólo en el momento de la muerte se separa de él, con lo que el cuerpo físico se convierte en cadáver. Ahora sigue a las fuerzas meramente físico-químicas de las que se separó entre el nacimiento y la muerte a través de la morada del cuerpo etérico. Este cuerpo etérico, como se ha dicho a menudo, es un fiel luchador durante toda la vida contra la decadencia del cuerpo físico; porque el cuerpo físico tiene dentro de sí las fuerzas químicas y físicas. Esto se hace evidente cuando se le deja solo después de la muerte: se descompone, es una mezcla imposible. El cuerpo etérico se separa del cuerpo físico y permanece durante un tiempo junto con el cuerpo astral y el yo.
Este vínculo es de gran importancia. Ahora, en este momento de la muerte, aparece ante el ser humano un amplio cuadro-memoria de la vida hasta ahora vivida entre el nacimiento y la muerte. Es como si un enorme panorama de esta vida que hemos vivido estuviera ante nuestra alma. Esta visión, este panorama de la memoria, va acompañado de un sentimiento de expansión, de que el ser humano se engrandece. Es como si el ser humano se expandiera y en el interior, como en un panorama maravilloso, aparecieran las imágenes de la vida pasada.
¿De dónde viene esto? Viene del hecho de que el cuerpo etérico es el portador de la memoria. Mientras está en el cuerpo físico, está ligado al cuerpo físico, y sólo puede examinar lo que ha experimentado en el cuerpo físico entre el nacimiento y la muerte. El cuerpo físico es un obstáculo. Debido a que el cuerpo etérico es un portador puro y sin nubes de la memoria, es por lo que después de la muerte todo el pasado aparece en una sola imagen. Las personas que estuvieron cerca de la muerte en un ahogamiento o en un derrumbe y recibieron un shock recuerdan que en un momento toda su vida se presentó ante su alma. Podría contarles mucho sobre esto, pero sólo quiero mencionar lo que está escrito en un libro al que me he referido antes. El antropólogo criminalista Moritz Benedikt, un hombre que consideraría todo lo demás que se ha dicho aquí un completo disparate y una fantasía -pero eso no importa-, nos cuenta que cuando una vez estuvo a punto de ahogarse, toda su vida se puso delante de su alma como un gran cuadro. ¿Qué ocurre en un caso así? Se produce un desprendimiento espontáneo entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico, que se anula inmediatamente. El resultado es que el contenido de la memoria de toda la vida se presenta ante el alma humana durante muy poco tiempo. 
Así, al principio, esta imagen de la memoria se presenta ante el alma del hombre. Luego llega el momento en que el cuerpo etérico se separa de nuevo del cuerpo astral y del yo.
Pero un resto del cuerpo etérico permanece ligado al ser humano, algo que se podría llamar el extracto de la última vida, algo así como un breve extracto.
Piensa en este corto extracto, esta esencia de vida, como si pudieras resumir ingeniosamente el contenido de un grueso libro en una página, pero de tal manera que un ser humano pudiera reconstruir el contenido del libro a partir de este extracto. Algo así como esa esencia vital se incorpora al ser humano para todo el futuro, después de que haya desechado lo que no puede utilizar para su evolución ulterior. Recordemos esto en particular. Lo que se incorpora al ser humano para su evolución futura es el fruto de la última vida. Cada vida forma algo así como una hoja en el gran libro de la vida, y todas nuestras vidas en la tierra están inscritas con una hoja así. Se incorporan a nuestro ser.
Llevamos tal fruto de una vida con nosotros a todas las vidas futuras. venideras. Este fruto tiene un gran significado para el desarrollo ulterior del ser humano. 
Pero antes de que podamos adentrarnos en el significado de este extracto de la vida, debemos echar un vistazo más de cerca al curso ulterior del ser humano después de la muerte. Después de un tiempo muy corto de esta panorámica de la vida, transcurre otro tiempo para el ser humano después de la muerte, que podemos caracterizar de la siguiente manera. Ahora el hombre tiene su yo, su cuerpo astral y este extracto del que acabo de hablar. Consideremos ahora cómo puede funcionar el cuerpo astral, portador de pulsiones, deseos y pasiones. Podemos formarnos una idea de este funcionamiento del cuerpo astral a partir de consideraciones lógicas. Tomemos una de las experiencias ordinarias, la experiencia de un gourmet que disfruta de una deliciosa comida. ¿Cómo se produce este disfrute?
Sería fácil atribuirlo únicamente al cuerpo físico. Pero eso sería absurdo. No es el cuerpo físico sino el cuerpo astral el portador de los deseos, del placer y del sufrimiento. El cuerpo astral tiene el placer, y es también el cuerpo astral el que desarrolla el deseo por la comida deliciosa. 
El cuerpo físico es un aparato de sustancias físicas, de fuerzas físicas y químicas. Él proporciona las herramientas para que el cuerpo astral satisfaga estos deseos. Este es el vínculo que existe en la vida entre el cuerpo astral y el cuerpo físico. El cuerpo astral clama por la satisfacción de sus deseos, y el cuerpo físico le suministra las herramientas, el paladar, la lengua, etc., por medio de las cuales puede satisfacer sus deseos. ¿Qué ocurre ahora en la muerte? El cuerpo físico es desechado y con él todos los instrumentos de disfrute. El cuerpo astral, sin embargo, sigue allí, y es fácil ver que este cuerpo astral no desecha tan fácilmente su ansia de placer, sus deseos, cuando se le quita el instrumento físico. Después de la muerte, el cuerpo astral conserva el deseo, la adicción, aunque carezca del instrumento físico mediante el cual puede ser satisfecho. Así, el cuerpo astral desarrolla el ansia por la comida deliciosa, etc., pero carece del paladar. O es como cuando un hombre que sufre sed ardiente se encuentra en un ambiente que no tiene agua ni de lejos.
Por ninguna otra razón se encuentra en la imposibilidad de satisfacer el deseo después de la muerte salvo porque no tiene órganos para ello. Así que sufre dolor por el deseo hasta que, al no satisfacerlo, lo ha erradicado de raíz.
Este es el tiempo que el hombre tiene que pasar después de la muerte en el llamado Kamaloka. Kama significa deseo, Loka significa lugar. Es un símbolo. El tiempo de sufrimiento cesa sólo cuando el hombre ha erradicado el deseo y la adicción, que están arraigados en el cuerpo astral y sólo pueden satisfacerse en el mundo físico. Es un tiempo de desapego, de purificación. 
Pero si ahora nos preguntamos si este tiempo de purificación no puede darse en todos los grados posibles, debemos responder: ¡Sí! - Tomemos a dos personas, una que está completamente absorbida por los placeres sensuales, cuya vida está llena desde la mañana hasta la noche de toda clase de placeres que sólo pueden obtenerse en el mundo físico, donde dispone de los instrumentos para su satisfacción. Identifica todo su ser interior con lo que es su cuerpo físico. Una persona que se identifica de este modo con el cuerpo físico tendrá una existencia más difícil después de la muerte que otra que ya en esta vida ve a través de las cosas sensuales lo que es extrasensorial, espiritual-anímico. Tomemos, por ejemplo, al observador de un bello paisaje o de una obra musical. En la cosa más pequeña, más insignificante, el hombre puede ver una manifestación del espíritu. A uno le gusta elegir como ejemplo un hermoso paisaje o una buena pieza musical, porque es más fácil ilustrar el asunto. Quien oye en las armonías y melodías de una obra musical los enigmas de lo eterno en el mundo, quien puede dejar que las armonías y relaciones espirituales actúen sobre su alma en el bello paisaje, se arrebata a sí mismo como ser anímico-espiritual ya en esta vida entre el nacimiento y la muerte de lo que está ligado a lo físico. Y lo que así resplandece a través de lo físico, lo que así se siente resonar a través de lo físico, es una posesión que permanece con nosotros y por la que no tenemos que pasar por ninguna purificación, ninguna retirada; pues lo que se desprende de nosotros no es más que el ropaje exterior.  Piensa por un momento en lo más íntimo de tu ser cómo algo que es puramente espiritual se manifiesta en la obra musical. No difiere de las manifestaciones sensuales en que está oculto en ellas y penetra en ti a través de los medios de la manifestación sensual.
Esto es algo que pertenece al espíritu, al alma, y de lo que el ser humano no necesita desprenderse después de la muerte.
Así que ya ves que hay grados de lo que hay que soportar, y estos grados dependen de lo fuertemente que el ser humano se haya identificado con lo que sólo puede experimentar y disfrutar a través de sus órganos en el mundo físico.
Ahora existe, por así decirlo, una perspectiva que no tiene por qué ser una realidad inmediata para el ser humano actual, porque no hay nadie con quien las condiciones se ajusten completamente a esta perspectiva. Sin embargo, existe. Tomemos un ser humano que entrega su yo completamente a lo que sólo el cuerpo físico y sus órganos en conexión con el mundo exterior físico pueden disfrutar y que no tiene interés en nada que forme la base como contenido anímico-espiritual de este mundo exterior sensual. Brevemente, tomemos a un ser humano que sólo mira la tierra y se identifica sólo con aquello que forma su cuerpo. ¿Cuál será el resultado? Podemos reconocerlo si investigamos los enigmas del ser humano con mayor exactitud.

Tenemos que adherirnos si queremos hacer esto a aquello que el ser humano toma como esencia vital de su cuerpo etérico. ¿Qué se origina de esta esencia vital? A partir de este fruto de la vida precedente, el ser humano construye su siguiente encarnación, el cuerpo de su siguiente vida. Para ello, lo que el ser humano desarrolla gradualmente es un producto de la herencia. Sin embargo, este producto de la herencia es elástico en cierto modo.

El ser humano no puede construirse sólo con los atributos de la herencia, sino -como en una corporeidad elástica- que trabaja y teje lo que ha traído de vidas anteriores. Así, vemos los frutos incorporados de la vida anterior y de todas las vidas anteriores en el ser humano, excepto los atributos heredados. Si nos preguntamos, ¿Qué implica esto si el ser humano vive de encarnación en encarnación de tal manera? Entonces podemos decir que es el camino de la perfección por las vidas terrenas. El ser humano entró en su primera vida con fuerzas que eran primitivas en relación con las fuerzas que trabajan con la mayoría de los seres humanos hoy en día. Cuando entró en su primera encarnación, tenía poco poder mental mediante el cual podía dirigir lo mental a los cuerpos físico y etérico. Entonces disfrutó de los frutos de la primera vida, tomó los frutos de la primera vida y el resultado de ello fue que la siguiente vida pudo convertirse en una vida más perfecta. Como el ser humano puede añadir las experiencias de las vidas siguientes a las de la primera vida, crea una existencia terrestre armoniosa, cada vez más perfecta y autosuficiente. Toda nueva vida se nos presenta en un nivel superior. Sin embargo, se ven dos fuerzas que actúan la una sobre la otra. Ves, después de que el ser humano ha pasado la puerta de la muerte, la esencia vital, las fuerzas de la vida anterior que se conservan para el futuro, las fuerzas que pueden hacer al ser humano cada vez más perfecto. Así, el poder del ser humano aumenta de vida en vida.
Sin embargo, cuando el yo abandona el cuerpo físico, se ven las fuerzas que lo encadenan repetidamente a la existencia física pasada. En efecto, después de la muerte, la existencia humana se compone de fuerzas de avance y de fuerzas retardadoras.

Ahora mira de nuevo brevemente estas fuerzas retardadoras de las que hemos hablado, de las que el ser humano debe desprenderse de raíz después de la muerte. Si no se añadiera nada más, el ser humano sólo dispondría de las fuerzas fértiles de su vida pasada para la existencia futura. En efecto, el ser humano rompe con todo aquello que le encadena, por así decirlo, a las vidas anteriores, rompe con todos los deseos. Sin embargo, no puede romper con una sola cosa. Le queda un resto. Este resto se prepara entre el nacimiento y la muerte. No existe cuando el ser humano entra en la vida. Después de entrar en la vida, crece en el mundo físico, y su adhesión al deseo del mundo físico es algo que el ser humano causa sólo en el curso de esta vida que sólo esboza en su ser. Ahora podemos formarnos la imagen mental de que lo que el ser humano atrae gradualmente en su ser es algo que no contribuye a su desarrollo ulterior que haría este desarrollo ulterior incluso imposible si estuviera expuesto únicamente a estas fuerzas. Porque trae todo esto a su vida y porque tiene la posibilidad de ser absorbido por la vida, es la vida misma entre el nacimiento y la muerte la que trae las fuerzas inhibidoras al ser humano. Por un lado, nos da experiencia vital, que nos llevamos como fruto, y por otro, nos forja junto con el mundo físico, que luego llevamos dentro continuamente. Es lo que, por una parte, quiere elevarnos más allá de la corporeidad y, por otra, nos trae una y otra vez a este mundo, hasta que estemos tan avanzados que hayamos superado por completo todo lo que nos une al mundo físico al final de nuestra existencia. Así pues, el hombre tiene constantemente en su interior una fuerza que le hace avanzar, y otra que es una fuerza inhibidora, retardadora. Vemos la existencia humana como compuesta de estas dos fuerzas, una fuerza que nos hace avanzar y una fuerza inhibidora. 
Se puede ver en detalle cómo interactúan estas fuerzas que avanzan y las que se retrasan.
Tomemos de la vida ordinaria, lo aparentemente físico, el ojo del hombre. El ojo está, como dice Goethe, "formado a la luz para la luz". Si no tuviéramos ojo, no veríamos la luz.
Pero si no existiera la luz, tampoco existiría el ojo. Es la luz la que ha desarrollado el ojo. Al crear el ojo, la luz crea al mismo tiempo una inhibición del desarrollo y de la corriente de desarrollo que lo precedió. En un pasado tenue y lejano, la luz tuvo un efecto sobre el cuerpo humano, y este ojo fue extraído de él.
Para ello, primero tuvo que inhibir la fuerza que de otro modo habría sido la fuerza vital que brotaba en otra dirección.  Después de que las otras fuerzas hayan actuado durante mucho tiempo, el ojo sólo estará maduro para convertirse en un órgano que haga avanzar de nuevo el desarrollo. Así que ves en este ejemplo que las inhibiciones, las fuerzas repulsivas, son esencialmente necesarias. 
Ahora vemos cuán maravillosamente sabiamente está dispuesto en esta vida humana, en que por un lado está la fuerza de empuje hacia adelante de la evolución, y por el otro lado las fuerzas de retroceso. Son estas fuerzas de repulsión las que forjan al hombre junto con el mundo físico, las que le proporcionan en el mundo físico entre el nacimiento y la muerte los órganos a través de los cuales adquiere de nuevo el poder para el progreso.
Si no existieran las fuerzas de restricción, el hombre no entraría en la vida entre el nacimiento y la muerte, y no crecería en las envolturas a través de las cuales se le aparece lo anímico espiritual. Ahora trabaja a través de la vida que se crea a partir de las fuerzas inhibidoras. Así el hombre debe los frutos del progreso a las fuerzas inhibidoras. 
Esto oculta un gran enigma, que en la vida las fuerzas progresivas deben trabajar junto con las inhibidoras. Ahora puede suceder que el ser humano en su ser mantenga el equilibrio entre las fuerzas progresivas y las inhibidoras, o que en una vida se una completamente con las fuerzas inhibidoras, que una vez crezca completamente junto con las fuerzas que sólo se producen en el cuerpo físico como medio de progreso, pero no las considere como un medio, sino como un fin en sí mismas, como algo para sí mismas. En este caso, el alma espiritual del hombre se arrancaría a sí misma de todo progreso.
Se caería y lo que sería el tiempo Kamaloka, el tiempo del acostumbramiento, de la purificación, que consiste en que el ser humano se desprenda de lo que le conecta en pequeño con el mundo físico, este tiempo se convertiría en algo absoluto. Ese es el extremo que tenemos ante nosotros.
Pero puesto que el hombre nunca crece enteramente junto con el "mundo" sensual, puesto que es capaz de retirarse de esta perspectiva exterior en su alma, en su ser interior, escapará de lo exterior. Pero si él fuera de tal manera que su interés nunca se adhiriera a lo que brilla como alma espiritual - que está allí como una perspectiva, pero no se alcanza en esta vida - entonces esto se forzaría en las fuerzas de trabajo de la vida y estaría de tal manera que el ser humano se apartaría de todo lo anímico-espiritual a través de su crecimiento junto con el mundo físico-sensual. Supongamos este caso. Ahora el hombre debe ser transferido al mundo anímico-espiritual después de la muerte. No lleva consigo para el mundo anímico-espiritual nada más que un invencible apego, un invencible apego por y con el mundo físico-sensual. Esta imagen de la memoria se aferra ahora a él y le pesa como un peso de plomo.
La materia endurecida, transpuesta a lo espiritual, arrastra al ser humano al mundo espiritual. Está inseparablemente conectado con las fuerzas que detienen e inhiben todo desarrollo y toda evolución. Este es el pensamiento de la existencia infernal. Por lo tanto, en la última perspectiva, el tiempo de purificación se expande hasta ese estado en el que, carente de comprensión del mundo anímico espiritual, el yo se ha apegado a lo puramente físico-sensual y no lleva consigo nada más que la comprensión de lo físico-sensual. Esta comprensión de lo físico-sensual es la agonía del infierno en lo espiritual, aunque tal vez sea un goce sensual infinitamente satisfactorio en la existencia sensual. 
Y ahora tratemos de comprender las palabras de Fausto antes mencionadas. Si el Enviador del Infierno lo quiere, ¿Qué debe lograrse? Debe lograrse que Fausto no succione de los momentos de existencia corporal el germen de un desarrollo ulterior, sino que debe comerse a estos momentos de existencia corporal de tal modo que quiera retenerlos en esta sensualidad suya. Si le digo a un momento: "Espera, eres tan hermosa..." - ¡entonces me tienes a mí! Esta es la alianza que el hombre puede hacer con los poderes del infierno, que se une a los poderes que impiden el progreso. Pero al mismo tiempo vemos que no había otro camino en la evolución de la humanidad que el de estas fuerzas inhibidoras.
La próxima vez examinaremos lo que era el hombre en aquella época, cuando apareció por primera vez en el cuerpo físico, y de dónde procedía. Ahora sabemos que el ser humano se compone de fuerzas que se impulsan hacia adelante y fuerzas que se impulsan hacia atrás. Si el hombre no hubiera tenido fuerzas inhibidoras cuando entró por primera vez en el cuerpo físico, habría permanecido en la forma espiritual en la que estaba antes de la encarnación. Debido a que los órganos inhibidores se desarrollaron en él, el espíritu penetró en lo sensual y pudo traer consigo los frutos de lo sensual, pudo enriquecerse cada vez más. Las fuerzas de las que brota el progreso son las que deben crear primero los órganos del progreso. Deben inhibir un desarrollo anterior para que sea posible un desarrollo posterior. Nadie tiene derecho a quejarse de las inhibiciones de la vida. Lo que es una bendición, el elemento conservador, mientras está al servicio de la humanidad, se convierte en un obstáculo cuando se convierte en un fin en sí mismo. Lo mismo ocurre después de la vida, en la muerte. El obstáculo, considerado al servicio del espíritu, es el vehículo más elevado del progreso. Pero si es considerado como un fin en sí mismo, o utilizado egoístamente, entonces es el elemento semilla del infierno. Así, aquello de lo que brotan todas las facultades humanas de esta tierra, si el hombre se conecta con ello en un momento inoportuno, puede convertirse en un fin en sí mismo, en la semilla del infierno.
Ahora comprendemos la saga nórdica. El germen espiritual para la cultura actual ha brotado del Nebelheim. Tuvo que pasar por las antiguas culturas, pero también tuvo que ir más allá de ellas trayendo los frutos a la encarnación presente. Aquellas personas que no utilizan la encarnación actual en el sentido espiritual se condenan a sí mismas a retroceder a una etapa que fue beneficiosa a su manera, que fue un medio de progreso en su tiempo, pero que ahora tiene un efecto inhibidor. Así, lo que en su tiempo es un medio de progreso, si se mantiene en la existencia humana, se convierte en un elemento infernal. Nebelheim no siempre estuvo dominado por el infierno. Los elementos buenos del hombre mantuvieron el Nebelheim hasta el momento en que evolucionaron hacia fuera.
Así que realmente vemos el bien y el mal, lo infernal y lo celestial, trabajando juntos en la vida humana y derramándose juntos, como dice el poema citado de Schiller: Lo benévolo se convierte en un elemento inhibidor y consumidor si no se usa de la manera correcta. — así como el fuego es benéfico cuando el hombre lo controla, mientras que puede volverse terrible cuando "se libera de sus ataduras y sigue su propio camino". Del mismo modo, los poderes infernales aparecen cuando siguen "su propio rastro" en la vida humana.
Así comprendemos por qué los grandes espíritus que pensaron o sintieron conexiones tan profundas pensaron y sintieron las mismas cosas que la ciencia espiritual pone ante nuestras almas. Si hoy hemos reconocido el elemento infernal como algo esencial para nuestra vida, la próxima vez conoceremos aún mejor ese elemento que nos iluminará sobre el todo. A la luz de la verdadera ciencia espiritual también llegaremos a conocer el elemento luz del cielo. Pero ya podemos ver en la conferencia de hoy que lo que dice Dante sobre el infierno en la última línea de su canción es correcto. Dante también creía que primero debe considerar las fuerzas fuertes e inhibidoras de la vida antes de formarse una idea de esas fuerzas progresivas en las que reside toda salvación y todo desarrollo humano. Obtendremos pista tras pista para la vida ordinaria y cotidiana también, si podemos equilibrar el retroceso con el progreso. Se mostrará dónde lo que inhibe al hombre amenaza con volverse infernal, y dónde se muestra benéfico elevándose a las potencias que verdaderamente avanzan, como lo describe Dante cuando, bajo la dirección de Virgilio, se ve seducido por las potencias infernales, pero luego emerge victorioso sobre todos los poderes restrictivos y para él, cuya alma está "hinchada de lujuria", las estrellas brillantes aparecen en el lejano firmamento.
Traducido por J.Luelmo jun.2023