CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA069d Stuttgart, 19 de febrero de 1912 - El hombre y su relación con los mundos suprasensibles

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MUERTE  E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

El hombre y su relación con los mundos supersensibles

 Stuttgart, 19 de febrero de 1912


En cierta ocasión se le preguntó a un filósofo griego sobre la función de la filosofía, y él respondió [de la siguiente manera]: Supongamos que es un día de feria. Algunas personas tienen diferentes cosas que vender; junto a ellas hay otras personas que van a ver todo; [intereses diversos, entrelazados entre sí]: así es la vida en la feria. No es la tarea más noble la de los filósofos, que lo observan todo sin participar ellos mismos en la feria. Pero a veces, el mero hecho de investigar las cosas puede no parecer útil, pueden surgir remordimientos ante tal conocimiento, ante el saber por el saber. [¿Debería ser realmente la tarea más noble la de hacer de «espectador»? ¿Justifica la vida el saber por el saber?] Esto parece preocupar a muy pocos. Pero se trata de un asunto general de la humanidad. Todo ser humano siente la necesidad de saber algo [sobre las cosas de la vida] sin principio de utilidad. ¿Por qué el ser humano, tal y como vive, debería tener algo más que el mero conocimiento? [Esta es una pregunta que se ha planteado en todas las épocas].Existe un mundo superior, suprasensible [que subyace a la realidad del mundo exterior], y el ser humano tiene ciertas relaciones con este mundo, que puede reconocer cuando se eleva a él, lo cual es posible a través de la fe religiosa. La necesidad religiosa, el anhelo, no es menor ahora que antes. Pero este mundo en el que se deposita la fe también puede explorarse a través del conocimiento. [Por lo tanto, no hay límites al conocimiento]. El prejuicio de que solo se puede creer en él ya no tiene fundamento. Otros prejuicios se encuentran entre aquellos que piensan de forma monista [creen que el conocimiento humano nunca puede penetrar en estos mundos. No debe decir nada al respecto]. Pero el ser humano debe ser modesto y reconocer que existe un mundo suprasensible. Una parte de ello es el tema de nuestra reflexión de esta noche: [mostrar la relación del ser humano con el mundo suprasensible].

El mundo exterior se acerca al ser humano desde dos frentes. En primer lugar, a través de la percepción de los sentidos; en segundo lugar, cuando el ser humano intenta mirar dentro de sí mismo: sufrimientos, alegrías, instintos, deleites, etc. En la vida cotidiana, esto suele estar mucho más cerca que el mundo exterior. La vida nos obliga a fijarnos en ello. Pero, si lo pensamos detenidamente, vemos que tenemos enormes obstáculos en ambos lados. Es como una frontera de formas y colores en el mundo exterior, pero podemos superarla. Nos topamos con un muro cuando dirigimos nuestras observaciones hacia el mundo; nos encontramos en una situación difícil al observar el mundo exterior. Porque es difícil escucharnos a nosotros mismos durante esta observación. Precisamente entonces nos vemos impedidos de separarnos del mundo exterior. Crecemos junto con el exterior, ya no podemos distinguir entre lo externo y lo interno, por ejemplo, ante un hermoso amanecer. Es inútil querer separar: eso somos nosotros y eso es el mundo exterior. O ante la compasión que sentimos por alguien, —[toda nuestra fuerza espiritual se ve arrastrada por ello]—, ante la devoción o la indiferencia hacia los demás. Sabemos que algo brota de lo más profundo del alma, pero es inútil intentar separar los pensamientos internos del mundo exterior, [de lo que se presenta en el exterior y lo sobrenatural en el interior].

En nuestro interior, el conocimiento objetivo de nuestra propia esencia es difícil, incluso mucho más difícil. El amor propio es un obstáculo constante. En esta relación somos buenas personas, en aquella otras malas. La complacencia se interpone como un segundo muro frente a nosotros, impidiéndonos formularlo así: somos ese tipo de personas. Los estados semiconscientes nos muestran muy claramente adónde llegamos cuando no nos controlamos del mundo exterior [al mundo de los sueños]. Es una ley natural al conciliar el sueño; las imágenes oníricas deben juzgarse con imparcialidad. Esto es característico: alguien sueña que está con varias personas; estas personas tienen relaciones muy específicas con él, por ejemplo, antipáticas. Pero el soñador no se lo imagina como personas, sino como un perrito que ladra, y los ladridos se convierten en peleas. El perrito dice algo así como: «Ah, fue un malentendido, ya está todo bien».

El carácter lógico abandona al ser humano. ¿Qué ocurre cuando nos imaginamos al ser humano como un perrito? Nos emancipamos del control del mundo exterior. El estado de ánimo se transforma [en una imagen correspondiente], tal y como [la persona no amada] vive en el ánimo del ser humano. Esa es la ley real, [la característica] del mundo de los sueños. Las personas se imaginan que son pintores. Eso le resultaría agradable al interesado. Cada idea está sujeta a un estado de ánimo. Lo que prevalece en los sueños es nuestra propia voluntad, nuestro amor propio, ese es el principio determinante. En estado de vigilia, esta voluntad propia debe poder controlarse, [debe romperse. Todo nuestro organismo depende de cómo actúa nuestra voluntad en la vida exterior].

[Consideremos la fatiga.] La fatiga: ¿qué es, por qué se produce? No son los músculos ni los órganos los que se fatigan. Si el músculo cardíaco tuviera que descansar, el ser humano estaría en una situación grave. Estos no se fatigan, tampoco nos fatigamos cuando dejamos vagar nuestros pensamientos. [Todo lo que se deriva del organismo humano no se cansa.] Pero cuando pensamos en un problema matemático o algo por el estilo, nos cansamos; también cuando un músculo no es controlado desde el interior, sino por la voluntad consciente del ser humano. La voluntad inconsciente, la fuerza que activa el corazón, los pulmones, el diafragma, etc., no se cansa cuando el impulso proviene del interior; solo cuando actúan la voluntad propia, el amor propio y la vida propia, entonces interfieren de forma perturbadora en el organismo.  Estos tres libran una batalla constante contra el resto del mundo; deben someterse al orden universal y luchar contra él. La voluntad propia [el amor propio] nos impide conocernos a nosotros mismos, hay que romperla para descubrir lo que hay detrás. Si el ser humano pudiera mirar dentro de sí mismo, descubriría lo espiritual y lo anímico. Los sueños nos muestran cómo nos construimos a través de la voluntad propia. [En estado de vigilia estamos fusionados con el mundo exterior. Al someternos a la voluntad propia surge el cansancio] - El cansancio es una rebelión constante contra la actividad del organismo.

La relación entre el alma humana y el mundo exterior debe establecerse en otro lugar. [Una cita de Goethe dice:

Cuando la naturaleza sana del ser humano actúa como un todo, cuando se siente en el mundo como en un gran, bello, digno y valioso todo, cuando el armonioso bienestar le proporciona un puro y libre deleite, entonces el universo, si pudiera sentir por sí mismo, exultaría por haber alcanzado su objetivo y admiraría la cima de su propio devenir y esencia. Porque, ¿para qué sirve todo el esfuerzo de los soles y los planetas y las lunas, de las estrellas y las vías lácteas, de los cometas y las nebulosas, de los mundos creados y en formación, si al final no hay un ser humano feliz que disfrute inconscientemente de su existencia?]

 ¿Cómo se puede encontrar lo que vive en el interior si no se puede separar del mundo exterior? Es posible hacerlo cuando el ser humano trasciende lo habitual, cuando se eleva por encima de su entorno inmediato, cuando se entrega a la contemplación de cómo ha llegado a ser lo que es, cuando reflexiona sobre sí mismo, sobre el yo, lo permanente en medio del cambio. Pero hay que tener escrúpulos si se piensa que el yo se borra una y otra vez. Fichte, el filósofo del yo, quiere construir todo un mundo a partir del yo. ¿Deja de existir el mundo durante horas mientras dormimos? [Debemos tener claro que] durante el día no tenemos el yo, sino la imagen del yo, como una figura en el espejo. El reflejo en el espejo indica que hay algo que solo se percibe en el espejo. ¿Dónde está la eficacia del yo mismo? A medida que hemos crecido de época en época, nuestro desarrollo particular se debe al color especial que tiene el yo. Por consiguiente hay que superar la aniquilación del yo. Se aniquila la idea, pero no la actividad del yo. El núcleo del yo está presente tanto en la vigilia como cuando dormimos, [ahí se nos muestra en su realidad]. Debemos ascender hasta la comprensión real del yo; así crecerá y se enriquecerá nuestra vida anímica. El yo debe contemplarse como si fuera un proceso en un laboratorio químico. Debemos aprender a sentir. La tarea es difícil, pero al final puede conducir a la comprensión del yo. Es difícil superar la idea de obtener una impresión de nosotros mismos. Luego, lo segundo que debe guiarnos: recordamos hasta cierto punto; no podemos ir más allá del principio. Pero es absurdo creer que el yo no estaba allí [antes]. La vida, el carácter del alma, está predeterminado en el niño cuando viene al mundo (Schopenhauer). El niño repelerá, atacará; la esencia del niño permanece incluso más allá del punto en el que se recuerda. ¿Cómo se puede encontrar el yo tal y como era antes?

Con estas ideas llegamos a este punto. Pero hay que dar un salto más allá de esas ideas. Con nuestro estado de ánimo, con nuestra voluntad, vamos más allá de nuestra propia voluntad. Nos vemos inmersos en determinadas comunidades étnicas y lingüísticas. Hay que aceptarlo con serenidad, como si yo mismo no me hubiera puesto allí. No se basa en el conocimiento, sino en la decisión de la voluntad. Así, nuestra mirada retrospectiva nos lleva aún más atrás. Entonces ocurre algo curioso, como si tuviéramos dos vasos y echáramos agua de uno al otro, y el vaso del que se echa nunca se vaciara [o como gases que luego se convierten en agua]. Surge algo completamente nuevo. [El sentimiento y la voluntad se unen y dicen: ahí tienes, tú mismo has forjado tu destino].  Mediante una decisión voluntaria, se acepta con serenidad el destino «en el que me encuentro», una sensación de estar inmerso en el propio destino. Así se llega a la sensación de lo permanente, salimos de nosotros mismos y nos situamos detrás del mundo físico y sensorial, estamos impregnados, animados por nuestro propio yo. Así se derriba el muro. En el mundo de las ideas es como un muro, pero nuestro destino está construido por nuestro propio yo, desde el mundo suprasensible: hoy lo más importante no es contemplar el exterior, sino experimentar en uno mismo la sensación: «Tú eres».

[Mientras el ser humano se abandona a la voluntad en sus sueños, es guiado por un mundo de imágenes. Hay símbolos que actúan sobre el alma, no por voluntad propia, sino por ciertas necesidades:] La imaginación del amor es llenar un recipiente desde otro recipiente, sin que el que se utiliza para llenarlo se vacíe nunca. Así es el amor. Imaginarlo de forma abstracta no ayuda mucho. No es a través de definiciones, sino a través de ideas simbólicas y comprensibles [triángulo] como nuestra alma avanza. Si dejamos que esas imágenes surtan efecto en nosotros, llegamos a separarnos del mundo exterior. Así crecemos interiormente junto con el mundo suprasensible, tendemos un puente hacia él y obtenemos la seguridad de que «existe». Esto tiene un efecto inmediato en la vida.

Una reflexión más profunda lleva a la conclusión de que hay que aceptar como necesarias las vidas anteriores, en las que se sientan las bases para las vidas posteriores.

Las naturalezas heroicas se dirán: lo que conseguimos con nuestro esfuerzo lo legamos a nuestros descendientes. [Eso sería] lo más íntimo que podemos experimentar; [si lo legáramos] a las generaciones [futuras], se perdería [para nosotros].

Cuando lo físico disminuye, lo espiritual se fortalece y se percibe que algo crece dentro de nosotros que dará lugar a una nueva vida. El ser humano aprende a experimentar en su interior el núcleo espiritual y anímico. De este modo, el ser humano experimenta la eternidad. [Es como un] elixir de vida. De tales reflexiones brotan en él la fuerza vital y la confianza. El destino es la ley suprasensible del karma. El ser humano aprende a experimentar el mundo suprasensible y siente que se conecta interiormente con estos pensamientos y que luego será útil en una nueva vida que debe construir, por lo que no será un «espectador». Son fuerzas que impulsan al ser humano hacia adelante, como el vapor en la locomotora. Nuestros pensamientos son fuerzas vivas que tejen el universo. El alma, que se entiende a sí misma como parte del universo, siente su conexión con él.

Respuesta a una pregunta Pregunta: Sobre Nietzsche.

Rudolf Steiner: [No se deben] dejar influir los propios juicios cuando se quiere hablar de determinadas personalidades. Como fenómeno cultural, es especialmente interesante, se acerca a Schopenhauer, Wagner, [a] la cultura griega. Nietzsche no es un espíritu creativo. Cargó el destino cultural sobre su propia alma. Sufre el positivismo de la época. El destino del corazón hará que otros lo vean como algo más que [es decir, ¿algo más que una mera?] teoría. Darwinismo: ídem, aplicado a la vida de Nietzsche.

La vida imaginativa debe ser fecundada desde dentro. Nietzsche lo intenta; [él] no llega al camino del conocimiento, busca lo suprasensible en el ser humano, en la contemplación [?] de la voluntad. Resulta cautivador por la tragedia de su vida. Tal y como uno se posiciona ante la ciencia espiritual, —de forma objetiva—, así debería posicionarse ante Nietzsche.

Pregunta: [no transmitida].

Rudolf Steiner: La entrega a un ser superior sin egoísmo fomenta el desarrollo del alma. Lo mismo ocurre con la oración o la meditación; deben estar impregnadas del sentimiento primigenio: «No se haga mi voluntad, sino la tuya».

Juntar las manos: tiene un efecto estimulante si el pensamiento es serio. Es una especie de unión, acorde con la fisiología humana. La naturalidad, sin artificios, ya se consigue con el movimiento de las manos del orador.

GA181 Berlín, 25 de junio de 1918 - Los sueños son imágenes de la realidad cotidiana, que a su vez es imagen de la realidad suprasensible.

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RUDOLF STEINER

LOS SUEÑOS SON IMÁGENES DE LA REALIDAD COTIDIANA,

QUE A SU VEZ ES IMAGEN DE LA REALIDAD SUPRASENSIBLE


Berlín, 25 de junio de 1918

Hoy me gustaría volver sobre varios temas y ampliar lo que se ha debatido aquí a lo largo del tiempo, porque quiero sentar las bases para algunas otras consideraciones fundamentales que queremos abordar aquí en un futuro próximo.

En la investigación en ciencias espirituales, a las dos formas de conciencia que todo ser humano conoce, —la conciencia onírica y la conciencia diurna habitual, en la que vivimos desde que nos despertamos hasta que nos dormimos—, se añade una tercera, la que llamamos conciencia contemplativa. Sin embargo, en la vida cotidiana solo conocemos la conciencia onírica como una especie de interrupción de la conciencia continua. Pero esto se debe únicamente a que el ser humano solo recuerda una pequeña parte de sus sueños. En realidad, sueña continuamente desde que se duerme hasta que se despierta, y lo que solemos llamar el contenido de nuestra conciencia onírica no es más que aquellas partes de nuestras experiencias oníricas totales que el ser humano recuerda en su vida diaria despierto. Desde el punto de vista de la ciencia espiritual, debemos decir que conocemos tres niveles o tres tipos de conciencia: la conciencia onírica, la conciencia diurna habitual y la conciencia contemplativa, que está abierta al mundo suprasensible.

Ahora les resultará fácil familiarizarse con una característica de cada uno de los siguientes estados de conciencia en relación con el anterior, si empezamos por arriba, por la conciencia observadora. Basta con pensar en la conciencia onírica: ésta nos proporciona imágenes. Sabemos que las experiencias oníricas son imágenes. Si se es prudente, no podrá clasificar fácilmente estas experiencias oníricas en el contexto causal de la vida cotidiana. Si lo hiciera, mezclaría la vida onírica con la vida cotidiana y se convertiría en un fantasioso. Por lo tanto, en las experiencias oníricas nos enfrentamos a imágenes, en contraposición a la realidad. Llamamos realidades a las experiencias cotidianas.

Pero si buscamos la relación entre las experiencias cotidianas habituales y el contenido de la conciencia contemplativa, encontramos algo muy similar. Porque lo que la conciencia contemplativa experimenta como realidad espiritual y suprasensible, es una imagen de lo que experimentamos en la vida cotidiana habitual, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos. Así pues, en la medida en que el ser humano se encuentra en la conciencia contemplativa, es decir, en un estado despierto, puede decir sin duda alguna, aunque debe hacerlo con prudencia: en esta conciencia contemplativa experimento una realidad verdadera, y frente a esta realidad, lo que normalmente se denomina realidad no es más que una suma de imágenes.

Expresado de forma tan abstracta, no tiene mucho valor. Sin duda, muchas personas se sienten bastante satisfechas cuando expresan estas cosas de forma abstracta. Creen que con estas expresiones abstractas resuelven los enigmas del mundo. Pero no es así. Algo así solo tiene valor si se aborda lo concreto, lo inmediato de la práctica de la vida. Sin embargo, esto solo es posible en determinados ámbitos.

A lo largo del tiempo, les he llamado la atención sobre un ámbito que debemos considerar una y otra vez si queremos avanzar en las ciencias espirituales. Se trata del ámbito, —el más cercano a nosotros, pero a menudo tan lejano a nuestro conocimiento—, del ser humano mismo. Por lo general, se cree que se conoce al ser humano físico, pero no al ser humano suprasensible. Pero esto solo es cierto hasta cierto punto. Lo que en la vida cotidiana llamamos anatomía y fisiología está envuelto en innumerables ilusiones. Hoy queremos partir, aunque solo sea aparentemente, de la forma exterior del ser humano: del ser humano físico. Para ello nos referiremos a la tripartición del ser humano físico que ya he mencionado en otras ocasiones.

Si consideramos al ser humano en su relación con el mundo suprasensible, es decir, tal y como es en imagen, y no como una realidad en el sentido de la anatomía y fisiología convencionales, se divide en tres partes estrictamente diferenciadas, también en lo que respecta a su forma física externa: el ser humano cefálico, el ser humano que se concentra preferentemente en la cabeza, el ser humano del tronco y el ser humano de las extremidades o de los miembros, solo que debemos imaginar que este tercer ser humano no solo está formado por brazos y piernas, sino que estos miembros continúan sus «entradas» en contraposición a las «salidas», y que esto es el ser humano completo. Consideremos estos tres. En realidad, no se podría hablar realmente de tres seres humanos sin pecar contra la realidad de lo suprasensible, porque en relación con lo suprasensible del ser humano, estos tres miembros mencionados tienen una diferencia muy considerable entre sí.Las diferentes fuerzas, o digamos corrientes de fuerza, que participan en la formación de estos miembros de la figura humana, se dirigen hacia direcciones muy diferentes. Si se examina la figura humana con conocimiento suprasensible, se ve que la cabeza está realmente formada de tal manera que hay que buscar sus fuerzas formativas antes del nacimiento o la concepción. Hay que retroceder al mundo espiritual, no a la corriente física de la herencia. Tal como está formada la cabeza del ser humano, —hay que entrar entonces, sin duda, en la formación más sutil—, en esta formación participa preferentemente todo lo que en el mundo espiritual impregna las fuerzas del alma humana antes de que, a través del nacimiento o la concepción, se haya unido a la corriente física de la herencia. Y lo que más influye en la formación de la cabeza no es tanto lo que el ser humano ha vivido en su vida terrenal anterior, no en cuanto a su apariencia, sino en cuanto a su comportamiento, sus actos y, en parte, sus sentimientos. Cuando el conocimiento extrasensorial ha llegado tan lejos que ha despertado en sí mismo el sentido de tal forma, entonces mira desde la configuración de la cabeza hacia lo que se denomina la encarnación anterior. Allí se tocan secretos extraordinariamente significativos del desarrollo humano. Y más de lo que suelen suponer los iniciados de menor rango, la forma de la cabeza humana está relacionada con el karma, tal y como se desarrolla a partir de la encarnación anterior.

Omitamos ahora al hombre del torso y centrémonos en el hombre de las extremidades, pero con sus prolongaciones hacia el interior. En este hombre de las extremidades tenemos algo que no se nos presenta de una forma tan marcada y tan individual como en la cabeza humana. Cada persona tiene su cabeza formada individualmente, porque la cabeza se remonta a vidas terrenales anteriores. En lo que respecta al organismo de las extremidades, con la cual están esencialmente relacionados los órganos sexuales, el ser humano apunta a sus vidas terrenales posteriores. Allí todo está aún indiferenciado. El correlato anímico de este organismo apunta a las vidas terrenales posteriores. También es muy importante tener en cuenta la organización del tronco. Es una interacción de fuerzas que actúan en la vida espiritual humana antes del nacimiento o la concepción y después de la muerte, es decir, entre la muerte y el siguiente nacimiento. Así pues, lo que ha rodeado al alma entre la última muerte y esta concepción o este nacimiento actúa junto con lo que la rodea entre esta muerte y la siguiente muerte o concepción. Se entrelaza. Y este entrelazamiento de fuerzas actúa en el organismo del tronco humano, de tal manera que se manifiesta principalmente en lo que es más destacado en la actividad de la organización del tronco, osea en el proceso respiratorio, de modo que la exhalación es preferiblemente una imagen, —ahora también llego aquí a la expresión «imagen»—, de lo que ha sucedido con el alma desde la última muerte hasta esta concepción; y la inspiración es una imagen de lo que sucederá en torno al alma y dentro de ella entre la muerte que nos sobrevendrá tras esta encarnación y la próxima concepción o nacimiento. 

Aquí tienen un ejemplo concreto en este ámbito. Lo que la anatomía y fisiología convencionales consideran en la forma humana, lo consideran de tal manera que colocan las cosas una al lado de la otra: aquí la cabeza, el tronco y las extremidades son, de la misma manera, una suma de nervios y vasos sanguíneos. El conocimiento suprasensible debe distinguir las cosas; para él, los diferentes miembros de la forma tienen valores diferentes. Así es como la anatomía y la fisiología comunes ven las realidades inmediatas. Nuestra ciencia espiritual ve en la forma de la cabeza la imagen de los actos y sentimientos de la encarnación anterior; ve en la exhalación, tal y como se configura individualmente en cada persona, —pues cada uno tiene, en la medida en que su cabeza está diferenciada, también diferenciado el proceso respiratorio—, una imagen de las fuerzas que rodeaban al alma entre la última muerte y el próximo nacimiento, y el proceso de inspiración es una imagen de las fuerzas que rodearán al alma entre la muerte actual y el próximo nacimiento. Y en el proceso de las extremidades ya tenemos una imagen de la próxima vida terrenal. Así, de hecho, al igual que en los sueños la vida cotidiana se entreteje con imágenes, la vida suprasensible, magníficamente extensa, que se abre a la conciencia contemplativa, se entreteje con imágenes. Pero estas imágenes son nuestra realidad dada, dada en la vigilia. Llegamos así a la conclusión de que cada mundo fenoménico sucesivo, comenzando por la conciencia contemplativa, lo encontramos como imágenes de los siguientes fenómenos. Nuestra realidad prosaica es imagen de la realidad suprasensible, y nuestra realidad onírica es imagen de la realidad ordinaria que se capta en la vida cotidiana.

Lo que digo aquí solo se hace realmente evidente para la conciencia observadora, por la sencilla razón de que en la forma exterior por sí sola no se puede encontrar lo que acabo de mencionar. Supongamos que alguien tuviera un grado bajo de clarividencia, precisamente aquella clarividencia en la que se intuye más de lo que se capta con plena lucidez, entonces podría llegar a intuir lo que acabo de decir a partir de la percepción de la cabeza, el torso y las extremidades. Ni siquiera sería especialmente difícil para un grado bajo de clarividencia. Pero no se tendría certeza; apenas se estaría convencido de ello si no se pudiera examinar críticamente mediante esa clarividencia que ahora también capta los estados de conciencia correspondientes a lo que acabo de mencionar como miembros de la forma humana. Porque esta cabeza no solo es tal en su forma exterior que remite a vidas anteriores, sino que también, en lo que respecta a su alma, se diferencia bien de las otras partes del ser humano, pero también se diferencia de manera notable en sí misma. El asunto solo se oculta a la conciencia ordinaria. Porque esta o bien sueña, o bien, durante el contenido de la realidad cotidiana, —pero sin darse cuenta—, tiene algo diferente para la cabeza del ser humano, si se me permite utilizar esta expresión: subyacente. Lo que quiero decir es lo siguiente: en la conciencia despierta, atravesamos nuestras experiencias cotidianas; a través de la conciencia que nos transmite nuestra cabeza, nos llenamos de percepciones externas, de imágenes que nos llegan a través de los sentidos y de lo que nos imaginamos sobre estas imágenes sensoriales. Todo esto es tan vívido, tan intenso para la conciencia despierta habitual, que una conciencia más sutil, que fluye continuamente por debajo, —por eso dije que está subyacente—, una conciencia profunda, que no resuena tanto como la conciencia diaria, pasa desapercibida.

Nuestra cabeza sueña continuamente aún cuando estemos despiertos. Lo importante es que nuestra cabeza, más allá de la conciencia diaria, tiene un sueño continuo. Se puede llegar a este sueño continuo; no es necesario realizar ejercicios muy complejos para ello. En realidad, solo hay que intentar entrar en ese estado de la vida anímica en el que se tiene una conciencia vacía, en el que la conciencia está despierta, pero no tiene percepciones ni pensamientos. En la vida cotidiana, las cosas suceden de tal manera que o bien estamos orientados de alguna manera hacia el mundo exterior de las percepciones, o bien tenemos imágenes memorísticas de estas percepciones, o bien pensamientos emergentes que también están relacionados con estos recuerdos. Más a menudo de lo que creemos, nos entregamos a la mera conciencia despierta, pero no nos damos cuenta. Es algo confuso. Pero si intentan tener en su estado de ánimo lo que yo llamaría «nada más que estar despiertos», nada que provenga ni de percepciones externas ni de recuerdos de ellas, ni de pensamientos recordatorios, si simplemente intentan estar despiertos, pronto surgirán percepciones que no estarán tan bien vestidas con ideas.  Estas ideas que surgen tienen algo de vago y emocional. Se podría decir que parecen imágenes, pero no tienen el peso de las imágenes. A menudo nos encontramos con personas que se encuentran en este estado. Dicen: Hay un estado de ánimo en mí en el que percibo algo que no puedo describir; lo percibo, pero no es una percepción como la que se tiene del mundo exterior. No es incorrecto que las personas hablen así, y hay muchas más personas de lo que se cree que, una vez que se les conoce, pueden comunicar este tipo de cosas.

Lo que surge es el tejido de esa conciencia subyacente de la que he hablado. Y esa conciencia subyacente es una especie de sueño. Pero, ¿qué se sueña? Se sueña, realmente se sueña, con la encarnación anterior, con la vida terrenal anterior. Solo que entonces la interpretación resulta difícil. Pero lo que se encuentra en la conciencia, en la conciencia de la cabeza, es el sueño de la vida terrenal anterior. De esta manera subjetiva que he descrito, se puede encontrar el sueño de la vida terrenal anterior, aunque la interpretación sea difícil. Hablaremos de ello más adelante.

Así, lo que describí como la cabeza humana es también algo complicado desde el punto de vista psíquico, ya que en realidad confluyen dos conciencias: la conciencia habitual del estado de vigilia y la conciencia onírica subyacente, que es una especie de reflejo de la encarnación anterior.

Podemos dar otra característica interesante del alma si nos fijamos en otro polo del ser humano: el ser humano de las extremidades, el ser humano de los miembros. Este ser humano de los miembros también es anímico, es decir, en su correlato anímico, lo que le corresponde anímicamente, es en realidad complicado. A menudo he señalado que dormimos en lo que respecta a este ser humano de las extremidades, mientras que estamos despiertos en lo que respecta a nuestra cabeza. Y nuestra voluntad realmente parece estar dormida. Solo tenemos la idea de lo que nuestra voluntad lleva a cabo. Cuando alguien lleva a cabo la idea «muevo la mano», nadie es consciente de cómo se relaciona esto con todo el aparato orgánico. Es tan subconsciente como los procesos mientras se duerme. El dormir impregna continuamente la conciencia diurna de este ser humano de las extremidades, y lo hace sumergiendo la voluntad del ser humano en un estado dormido.

Pero lo curioso es que cuando por la noche, mientras se duerme, el ser humano sale de su cuerpo físico, es decir, cuando el yo y el cuerpo astral abandonan los cuerpos físico y etérico, cuando la conciencia y la autoconciencia no funcionan o solo lo hacen de forma embotada, entonces, en cierto modo, este ser humano extremadamente físico se despierta. Solo que el ser humano, tal y como se encuentra ahora en su desarrollo, no tiene la posibilidad de descubrirlo con su conciencia habitual. Como solo puede ejercer su conciencia de forma embotada mientras duerme, no puede seguir con su conciencia lo que el ser humano de las extremidades, que duerme durante el día, realmente realiza por la noche, cuando la autoconciencia no se encuentra dentro del cuerpo físico. También es una forma de soñar. Este ser humano de las extremidades sueña por la noche. Al igual que la cabeza sueña durante el día bajo la conciencia diurna clara, el ser humano de las extremidades sueña mientras duerme bajo la conciencia somnolienta, se podría decir que en paralelo a la conciencia adormecida. ¿Y qué sueña? Sueña con la próxima encarnación terrenal. Como seres humanos, no solo llevamos en nosotros el pasado y el futuro en relación con nuestra forma física exterior, sino que también llevamos en nosotros, en nuestra vida anímica, en forma de sueños normalmente imperceptibles, en forma de todo tipo de conciencia subyacente, vidas terrenales pasadas y futuras.

Y es que en el ser humano torácico, los procesos de inhalación y exhalación no son seguidos con claridad por la conciencia ordinaria, sino que las funciones orgánicas están más estrechamente vinculadas a tales procesos. Precisamente estos procesos de inspiración y espiración son seguidos por los orientales, —lo que ya no nos resulta adecuado, debemos entrar en la conciencia contemplativa de otra manera—, de tal manera que se elevan a la conciencia. El oriental, como buscador espiritual, intenta adormecer y suprimir la conciencia de la cabeza y, en cambio, estimular e iluminar la conciencia torácica. Realmente intenta llevar a cabo el proceso de respiración de tal manera que surja la conciencia en la respiración. Se trata de una conciencia diferente. Al seguir el aire inhalado a medida que se expande por el organismo y al seguir el aire exhalado a medida que sale y abandona el cuerpo, eleva a la conciencia lo que de otro modo permanecería inconsciente. Esto le lleva a tener una conciencia muy clara de lo que representa el proceso respiratorio, es decir, de la vida en el mundo espiritual entre la muerte y el nacimiento. El conocimiento claro, del que el occidental en realidad no tiene ni idea, que hoy en día sigue estando mucho más extendido en Oriente de lo que se piensa, —por eso los orientales y los occidentales a menudo tienen tantas dificultades para entenderse—, la clara conciencia de que antes del nacimiento hay una vida espiritual y anímica, y después de la muerte una vida anímico-espiritual, no es una teoría, sino una certeza, igual que para usted es una certeza cuando ha recorrido un camino, se detiene, mira atrás y contempla lo que ha recorrido y luego mira hacia atrás. Así como para ustedes es una certeza que está a su lado, que el camino anterior y el camino posterior contienen esto y aquello, para los orientales no es una teoría, no es algo a lo que llegan mediante una conexión imaginativa, sino algo que ven, pero que, a través de su proceso de respiración elevado a la conciencia, ven lo que hay antes del nacimiento o la concepción y lo que hay después de la muerte.

 Esta parte del ser humano, podríamos decir que es el tronco humano, sueña continuamente. No se despierta del todo aún estando despiertos, ni se duerme del todo cuando dormimos. Sin embargo, hay una diferencia entre estos dos momentos. La conciencia, la conciencia onírica de este ser humano troncal durante el día es más apagada que su conciencia onírica en estado dormido, que es algo más clara; la diferencia no es muy grande, pero existe un matiz.

Así vemos que no solo somos seres humanos tripartitos en nuestra forma exterior, sino que también llevamos dentro de nosotros estados de conciencia complejos. En eso consiste nuestra vida anímica. Estos estados de conciencia interactúan entre sí, se reflejan entre sí. La conciencia diurna de nuestra cabeza da lugar principalmente a lo que llamamos nuestra vida imaginativa y pensante; mediante la conciencia onírica continua de nuestro tronco humano se produce lo que llamamos nuestra vida emocional, y mediante la conciencia onírica del ser humano de las extremidades, que duerme durante el día y está despierta durante la noche, se produce lo que llamamos nuestra voluntad.

Ahora solo queda una cosa. Si nos fijamos únicamente en el aspecto exterior del ser humano, no solo nos encontramos ante el organismo físico visible, sino que también llevamos dentro un organismo sutil, etéreo y suprasensorial que, para evitar malentendidos, he denominado «cuerpo de fuerzas formativas» en los últimos artículos publicados en la revista «Das Reich». Este organismo suprasensible está menos diferenciado en relación con el organismo físico exterior, es en realidad más una unidad; y solo mediante una observación superficial atribuimos una unidad a la forma exterior del ser humano. La unidad real del ser humano reside en su cuerpo etérico. Este cuerpo etérico está estructurado igual que el cuerpo físico, pero no de tal manera que los miembros estén uno al lado del otro; sino que en el cuerpo etérico hay que establecer la estructura tal y como lo he hecho últimamente con respecto a los estados de conciencia. Este cuerpo etérico también se encuentra en una conciencia siempre cambiante, de tal manera que en la vida diaria, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, tiene una conciencia diferente a la que tiene desde que nos dormimos hasta que nos despertamos. Con este cuerpo suprasensible llevamos dentro algo muy significativo. Cuando algunos teóricos teósofos creen haber hecho algo especial al dividir al ser humano en cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, etc., en realidad se trata de una especie de autoengaño. Es una especie de sistematización, y las sistematizaciones nunca tienen realmente ningún valor. Solo se obtienen conocimientos cuando se examina más de cerca lo que realmente ocurre en este cuerpo etérico. Porque si solo se dice: «En nosotros vive el cuerpo etérico», el ser humano solo tiene una palabra, se engaña a sí mismo, cree tener algo al imaginarse una niebla lo más fina posible, etc. Pero eso es autoengaño. Lo importante es que en este cuerpo etérico tenemos algo muy esencial, solo que el ser humano no puede percibirlo en la vida cotidiana. Pero lo que siempre teje y vive en este cuerpo etérico en la vida diaria, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, es el karma de vidas terrenales anteriores, eso es lo que él ve. De hecho, en nuestro subconsciente teje este cuerpo etérico, y su tejido es la visión de nuestro karma de encarnaciones anteriores. El hecho de que el clarividente conozca algo del karma se basa en que aprende a utilizar el cuerpo etérico como normalmente utiliza el cuerpo físico. Si se aprende a utilizarlo, es inevitable ver el karma como una realidad. Porque desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, el cuerpo etérico es concreto, se percibe como una realidad, y ve el karma, concretamente, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, el karma de vidas terrenales anteriores, y desde que nos dormimos hasta que nos despertamos, el karma que está por venir. Esto se describe de nuevo desde el punto de vista clarividente.

Así pues, en nuestro interior no solo soñamos con lo que hemos vivido entre la última muerte y este nacimiento, no solo contemplamos el pasado de esta manera, sino que también contemplamos lo que éste nos impone como karma, que bajo nuestra conciencia habitual, a través de la función del abdomen, es contemplado por el cuerpo etérico como karma pasado, como ante un ojo espiritual. Y mediante nuestra conciencia de las extremidades, al inhalar, no solo vemos lo que está relacionado con una encarnación posterior, sino que nuestro cuerpo etérico se convierte en el ojo espiritual a través del cual vemos el karma que está por venir de una manera inconsciente para la vida ordinaria. No es fácil para el ser humano actual llevar tan lejos los ejercicios de su alma, aunque es absolutamente necesario que cada persona contemple realmente todo lo que acabo de describir. Esto plantea ciertas dificultades, sobre las que se habla con más detalle en el libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». Esto era mucho más fácil en la época que corresponde a la edad pasada de la humanidad terrestre. Porque la vida histórica es más diferenciada de lo que se piensa, y un punto especialmente importante en la vida histórica de la humanidad, que también se caracteriza en mi «Ciencia oculta en líneas generales» y en otros escritos, es aquel en el que el cuarto período cultural postatlante sustituyó al tercero, cuando comenzó lo que llamamos la cultura grecolatina. Este período es aquel en el que se ha vuelto tan difícil para la humanidad cultural penetrar en estos mundos que acabo de describir. Antes era relativamente más fácil, y los orientales han conservado algo de esta naturaleza más fácil. Los occidentales no la han conservado, por lo que no pueden realizar los ejercicios descritos por los orientales, sino solo aquellos que se describen, por ejemplo, en el libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». La era que comenzó en los siglos VII y VIII antes del misterio del Gólgota es ya aquella en la que el ser humano fue expulsado más hacia el mundo físico. Volverá otra era, —aproximadamente el tercer milenio será el comienzo claro de esta era—, y hay que prepararse para ella. Entonces en cada alma surgirá algo indefinido de la naturaleza humana; no se podrá interpretar si no se conoce la ciencia oculta, si no se aborda con la ciencia espiritual. Lo que la ciencia espiritual debe preparar y fundamentar para el próximo milenio no es en realidad solo un ideal subjetivo o una tendencia subjetiva, sino que corresponde a una necesidad en el desarrollo de la humanidad. La mitad del tercer milenio será un punto de inflexión significativo en el desarrollo cultural, porque entonces llegará el tiempo en que la naturaleza humana habrá llegado a un punto en el que reaccionará de forma malsana si los seres humanos no han asimilado para entonces la idea de las vidas terrenales repetidas y del karma, que se perdió en el tiempo desde los siglos VII y VIII antes de Cristo. Antes, la naturaleza humana reaccionaba de forma sana, ya que el conocimiento brotaba de ella misma. Después, parecerá enferma si los seres humanos no le aportan la enseñanza. Solo comprendemos nuestra época si tenemos en cuenta que estamos encerrados entre dos polos. Uno de ellos se encuentra detrás de los siglos VII y VIII, antes del misterio del Gólgota. Era la época en la que la naturaleza humana transmitía el conocimiento de las experiencias suprasensoriales del alma humana. El otro polo será el tercer milenio, en el que el alma humana, tal y como se describe en el libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?», , de manera espiritual, para que el cuerpo, en el que entonces debe irradiarse la salud, no reaccione con la enfermedad. Solo se puede comprender nuestra época en sus manifestaciones externas e internas si se tiene esto en cuenta. Por supuesto, esto se desarrolla de forma lenta y gradual. Y para aquellas personas que no quieren soñar embotadas, como dormidas, con las cosas más importantes de su época, sino que quieren vivir despiertas y conscientes de sí mismas, es conveniente que en nuestro tiempo presten atención a lo que quiere entrar en la vida. Esto no se manifestará plenamente hasta mediados del tercer milenio. Pero poco a poco quiere entrar, y la humanidad debe ahora tomar conciencia de todo, debe preparar conscientemente lo que quiere entrar. Hay que aprender a observar la vida; entonces se manifestará también en las apariencias externas, —en primer lugar en las apariencias de la vida humana—, una visión superficial de que es cierto lo que acabo de decir. En el desarrollo cerebral burdo, que hoy en día es lo normal en la humanidad, no es fácil comprender lo que hay que adquirir en sentido figurado, tal y como lo describimos en la ciencia espiritual. Pero me gustaría decir: de manera trágica, se puede ver, en cierto modo, lo que las fuerzas desconocidas, —de las que hablaré en la próxima conferencia—, realmente quieren de la humanidad. En la actualidad hay ciertas naturalezas enfermizas, por eso dije «de manera trágica»; son enfermizas para el presente; sin embargo, en ellas se anuncia todo aquello que le sucederá al ser humano en los días saludables del futuro.

A menudo he mencionado el nombre de un personaje contemporáneo muy peculiar, cuya vida osciló entre la salud y la enfermedad: Orzo Weininger, autor del curioso libro «Sexo y carácter». Weininger es, en general, una persona muy peculiar. Imagínese a alguien que, a principios de sus veinte años, escribe su tesis doctoral sobre el primer capítulo de este libro, un libro que ha entusiasmado a algunos y molestado a otros, sin que ninguna de las dos reacciones estuviera justificada, sino que se habría necesitado algo más objetivo. Luego, cada vez más, una curiosa identificación con los problemas planteados en «Geschlecht und Charakter». A continuación, viaja a Italia, anota sus experiencias y ve cosas muy diferentes a las que ven otras personas en Italia. Hay muchas cosas en este diario italiano de Weininger que me parecen muy extrañas.  Saben que les describo algunas cosas que solo se pueden describir con la imaginación: de la época atlante, de la época lemúrica, y cómo era en tiempos que hoy en día ya no se pueden seguir con la conciencia exterior, ni siquiera con la conciencia histórica. Para ello hay que utilizar ciertas ideas y conceptos para presentar ante la conciencia humana lo que se describe en términos conceptuales. Cuando leo las notas de Weininger, algunas cosas me parecen una caricatura artística lograda de la verdad. La vida de Weininger es, en general, muy curiosa. A los veintitrés años, le asalta una idea que le hipnotiza terriblemente: que debe suicidarse, porque de lo contrario tendrá que matar a otra persona, la idea de que en su alma habita un asesino, un criminal. Un fenómeno que se puede explicar muy bien desde el punto de vista ocultista. En esta vida se mezcla lo grandioso y lo exacto con la coquetería. Abandona la casa de sus padres, alquila una habitación en la Casa Beethoven de Viena, pasa allí una noche y, a la mañana siguiente, se suicida de un disparo.

Esta alma tiene la peculiaridad de que nunca estuvo completamente unida al cuerpo. Para el psiquiatra externo, Weininger era un histérico; para quien veía más allá de las apariencias, existía una conexión irregular entre su parte anímico-espiritual y su cuerpo físico. Lo que normalmente ocurre, que la parte anímico-espiritual se separan de lo físico-corporal al dormir y se vuelven a unir al despertar, en Weininger era diferente. Podría citarles los pasajes que muestran cómo, a veces, lo anímico-espiritual se separan un poco de lo físico-corporal, para luego volver a sumergirse rápidamente, y al sumergirse se le ilumina una idea, que entonces escribe, a menudo de forma seca; pero al sumergirse se vuelve imaginativo y muy extraño. Así, a quien comprende la cuestión le parece que existe una conexión irregular entre lo espiritual y lo físico, y en esta conexión irregular entra de manera extraña, pero muy especial, un conocimiento que la humanidad tendrá que adquirir en el futuro.  Piénsenlo: en una persona que, para un psiquiatra muy torpe, es histérica, aparece un conocimiento que la humanidad tendrá que tener en el futuro, pero que ahora también se caricaturiza. Después de lo que he dicho hoy, pueden ustedes imaginarse fácilmente que, debido a alguna anomalía, aparecen entre nosotros algo así como precursores de un futuro, —así como hay rezagados del pasado—, un futuro en el que los seres humanos tendrán que saber de las repetidas vidas terrenales, del karma y de los sueños del karma. Y como esas personas se presentan como adelantados de esos tiempos futuros, el conocimiento no cura el organismo, sino que lo enferma. Entonces, de una manera algo caricaturesca, con la ayuda del organismo enfermo, saldrá a la luz lo que algún día será un conocimiento de la humanidad. Tomemos, por ejemplo, un pasaje como el siguiente del libro «Über die letzten Dinge» (Sobre las últimas cosas) de Weininger, publicado por su amigo Rappaport: «Quizás no sea posible recordar nuestro estado antes del nacimiento porque hemos caído tan profundamente con el nacimiento: hemos perdido la conciencia y nacemos completamente impulsados por instintos, sin decisión racional y sin conocimiento, y por eso no sabemos nada de ese pasado».

Una cosa está clara, aunque el conocimiento que se ha revelado sea caricaturesco, y es que alguien vuelve a escribir este conocimiento cuando se convierte en una certeza absoluta para él: al nacer, pasé de un estado de vida espiritual que había vivido anteriormente. Si alguien hubiera escrito esto en el siglo X o XII antes de Cristo, o incluso en la época de Orígenes, no habría que sorprenderse; pero en nuestra época, alguien lo escribe de una manera impregnada de sentimientos; es algo que se ilumina directamente en la conciencia, no algo teorizado.

Podría citar muchos fenómenos de este tipo. ¿Qué revelan estos fenómenos? Nada más que el anuncio de ese conocimiento suprasensible que ahora quiere entrar en la naturaleza humana; y como aún no se busca en la vía de la ciencia espiritual de orientación antroposófica, entra en forma de cataclismos, de tal manera que sacude la naturaleza humana, la enferma en la misma medida en que enfermó a la persona de Weininger. Digo enfermar, sin entender nada filisteo, sino solo lo que es realmente cierto, que de hecho hay algo enfermizo en que un hombre de veintitrés años se pegue un tiro porque encuentra en sí mismo a un asesino oculto y quiere salvarse del asesinato mediante el suicidio.

Se podría demostrar con cientos, con miles de ejemplos: ¡este conocimiento quiere entrar! Y sería bueno que se dieran cuenta el mayor número de personas posibles de que así es. En el subconsciente de las personas existe un deseo enormemente extendido de adquirir ese conocimiento. Fuerzas externas, que ya he descrito en otras ocasiones, lo retienen. Debemos tener muy en cuenta lo que se desprende de la observación que hice al final de mi ensayo sobre Christian Rosenkrentz en la revista «Das Reich». Debemos tener en cuenta lo que se anunciaba en el siglo XVII, en realidad ya desde el siglo XV, aunque cada vez con más fuerza. Pero ahora hay que hablar de ello a nuestros contemporáneos utilizando la formulación científica habitual. Sin embargo, en aquel entonces sucedió lo que describí en el último «Reich», donde demostré que este Johann Valentin Andreae escribió Las bodas químicas de Christian Rosenkreutz. Esto ha causado muchos quebraderos de cabeza a los filólogos: este Johann Valentin Andreae escribe Las bodas químicas, en las que en realidad se esconde un profundo conocimiento oculto, y después se comporta de una manera muy extraña. No solo se le ocurre interpretar ciertas palabras que pronunció en relación con escritos que escribió en la época en que escribió Las bodas químicas, sino que, a pesar de haber escrito esta gran obra, se muestra como una persona de la que se puede decir con certeza: no entiende nada de lo que ha escrito. El pastor pietista, que posteriormente escribió todo tipo de cosas, no entiende nada de Las bodas químicas ni tampoco de los otros escritos que redactó al mismo tiempo. Solo tenía diecisiete años cuando escribió Las bodas químicas. Ahora no ha cambiado, sigue siendo el mismo, solo que un poder completamente diferente ha hablado a través de él. Los filólogos se devanan los sesos y comparan todo tipo de pasajes de cartas. Su mano lo escribió, su cuerpo estaba allí sentado, pero a través de su ser humano, un poder espiritual que en aquel entonces no estaba encarnado en la Tierra quiso anunciarlo a la humanidad, de la forma en que se anunció entonces.

Luego vino la Guerra de los Treinta Años, que enterró gran parte de lo que debía llegar a la humanidad en aquella época. Durante la Guerra de los Treinta Años se debería haber comprendido lo que no se comprendió, lo que se acababa de enterrar. La «Boda química» ya había sido escrita por quien se hacía llamar Johann Valentin Andreae, y se sabe que ya estaba escrita en 1603; pero no se le prestó atención, porque en 1618 comenzó la Guerra de los Treinta Años. Antes de que comiencen las guerras, a veces suceden cosas así. Entonces lo correcto es leer en los signos de los tiempos que uno sabe: ¡lo que se ha sembrado como germen también debe florecer y dar fruto!

Esto forma parte de lo que acabo de insinuar, de lo que hay que leer en los signos de los tiempos de nuestra época tan catastrófica. Continuaremos con esto la semana que viene.

 Traducido por J.Luelmo nov,2025


GA181 Berlín, 5 de marzo de 1918 - Pensamiento realista - La conexión de los vivos con los muertos

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RUDOLF STEINER

PENSAMIENTO REALISTA.

LA CONEXIÓN DE LOS VIVOS CON LOS MUERTOS


Berlín, 5 de marzo de 1918

En una de las últimas reflexiones que hemos compartido aquí, hablé de la relación que las almas humanas encarnadas en el cuerpo pueden tener, o más bien siempre tienen, con las almas humanas desencarnadas, con los llamados muertos. Hoy me gustaría continuar con estas reflexiones con algunas observaciones más.

Sabemos por diversas fuentes, que han llegado a nuestras almas a través de la ciencia espiritual, que el espíritu humano también experimenta su propio desarrollo a lo largo de la evolución terrestre. Sabemos además que el ser humano solo puede auto-conocerse planteándose de manera provechosa la siguiente pregunta: ¿Cómo se relaciona el ser humano en una determinada encarnación, en esta encarnación en la que se encuentra, con los mundos espirituales, con los reinos espirituales? ¿Qué nivel de desarrollo ha alcanzado la humanidad en general cuando nosotros mismos vivimos en una determinada encarnación?

Sabemos que una observación más detallada de esta evolución general de la humanidad nos lleva a comprender que en épocas anteriores, en épocas anteriores de la evolución humana, se había vertido sobre la humanidad una cierta clarividencia, que hemos llamado atávica, que en tales épocas anteriores de la evolución humana el alma humana estaba, por así decirlo, más cerca de los mundos espirituales. Mientras entonces estaba más cerca de los mundos espirituales, más lejos estaba de su propia libertad, de su propio libre albedrío, al cual, por el contrario, está más cerca en nuestra época, en la que, en general, se encuentra más alejado de los mundos espirituales. Si se conoce realmente la esencia del ser humano en el presente, hay que decir que, en el inconsciente, en lo verdaderamente espiritual del ser humano, existe naturalmente la misma relación con todo el mundo espiritual. Pero en el conocimiento, en la conciencia, el ser humano de hoy en día no puede, en general, visualizar esta relación de la misma manera; algunos individuos pueden hacerlo, pero en general el ser humano no puede visualizarlo como era posible en épocas anteriores. Si nos preguntamos por qué el ser humano actual no es consciente de la relación de su alma con el mundo espiritual, que por supuesto sigue existiendo con la misma intensidad que siempre, aunque de otra manera, se debe a que ya hemos superado la mitad del ciclo evolutivo terrestre, nos encontramos, por así decirlo, en la corriente descendente de la existencia terrenal, y que con nuestro organismo físico, —aunque esto no sea perceptible en la anatomía y fisiología externas—, nos hemos vuelto más físicos de lo que éramos antes, y que, por lo tanto, durante el tiempo que transcurre entre el nacimiento o la concepción y la muerte, ya no disponemos de la organización necesaria para tomar plena conciencia de nuestra conexión con el mundo espiritual. Hoy en día experimentamos realmente, —y debemos ser muy conscientes de ello—, en las regiones subconscientes del alma, por muy materialistas que seamos, mucho más de lo que generalmente podemos percibir.

Pero esto va más allá. Y aquí se llega a un punto muy importante en la actual evolución de la humanidad. Se llega al extremo de que, en general, el ser humano actual no es capaz de pensar, sentir y experimentar realmente todo lo que podría pensar, sentir y experimentar en su interior. El ser humano de hoy está predispuesto a pensamientos, sentimientos y sensaciones mucho más intensos de lo que puede tener debido a la, diría yo, burda materialidad de su organismo. Esto tiene una cierta consecuencia, a saber, que en la actual etapa evolutiva de la humanidad no somos capaces de completar el desarrollo de nuestras facultades en nuestra vida terrenal. En el fondo, poco influye si morimos jóvenes o viejos. Tanto para los que mueren jóvenes como para los que mueren viejos, lo cierto es que el ser humano actual, debido a la densidad de su organismo, no puede vivir plenamente lo que viviría si estuviera organizado de forma más sutil e íntima en relación con su cuerpo. Y por lo tanto, ya sea que crucen la puerta de la muerte los jóvenes o los ancianos, como se ha dicho, durante nuestra organización terrenal queda un cierto residuo de pensamientos, sensaciones y sentimientos no procesados que, por la razón indicada, realmente no podemos procesar. Hoy en día, todos morimos, en cierto modo, dejando pensamientos, sentimientos y sensaciones sin procesar. Estos pensamientos, sentimientos y sensaciones, —y debo insistir una y otra vez en que, aunque muramos jóvenes o viejos, el resultado es el mismo—, permanecen sin procesar, y cuando hemos atravesado la puerta de la muerte, en realidad todos seguimos teniendo el impulso de seguir pensando en lo terrenal, de seguir sintiendo en lo terrenal, de seguir percibiendo en lo terrenal.

 Pensemos por un momento en lo que esto implica. Después de la muerte, seremos libres para desarrollar ciertos pensamientos, sentimientos y sensaciones. Lograríamos mucho más en la Tierra si pudiéramos vivir plenamente estos pensamientos, sentimientos y sensaciones durante nuestra vida física. Pero no podemos. De hecho, cada ser humano podría lograr mucho más en la Tierra de lo que realmente logra, en función de las aptitudes que tiene. Esto no era así en épocas anteriores del desarrollo de la humanidad, cuando los organismos eran más delicados y existía una cierta visión consciente del mundo espiritual, y los seres humanos podían actuar desde el espíritu. En general, las personas realizaban todo lo que podían según sus aptitudes. Aunque hoy en día el ser humano esté tan orgulloso de sus aptitudes, la situación es la descrita.

Siendo así las cosas, también se podrá reconocer la necesidad, en la época actual, de que lo que los muertos llevan consigo sin haberlo procesado a través de la puerta de la muerte no se pierda para la vida terrenal. Esto solo puede ser así si, en el sentido mencionado anteriormente, cultivamos y mantenemos realmente la conexión con los muertos según las instrucciones de la ciencia espiritual, si nos esforzamos por hacer que la conexión con los muertos con los que estamos vinculados kármicamente sea consciente, plenamente consciente. Entonces, los pensamientos no vividos de los muertos se introducen en el mundo a través de nuestra alma, y a través de esta introducción, estos pensamientos más fuertes, —los pensamientos que el muerto puede tener porque está liberado del cuerpo—, pueden actuar en nuestras almas. Tampoco podemos llevar nuestros propios pensamientos a su plena formación, pero estos pensamientos pueden actuar.

De ello deducimos lo siguiente: lo que nos ha aportado el materialismo debería hacernos conscientes al mismo tiempo de lo necesario, de lo absolutamente necesario que es buscar una relación concreta y real con los espíritus de los muertos, tanto para el presente como para el futuro próximo. La pregunta es: ¿cómo podemos acoger en nuestras almas los pensamientos, las sensaciones y los sentimientos que quieren entrar desde el reino en el que se encuentran los muertos? También sobre esto ya hemos dado algunos puntos de vista, y en una última reflexión hablé aquí de los momentos importantes que el ser humano debería tener en cuenta: el momento de dormirse y el momento de despertar. Hoy quiero caracterizar con más detalle algunos aspectos relacionados con ello.

El muerto no puede entrar directamente en este mundo en el que vivimos nuestra vida cotidiana, que percibimos desde fuera y en el que actuamos según nuestra voluntad, basada en nuestros instintos. Al atravesar la puerta de la muerte, se ha alejado de este mundo. Pero aún así podemos tener un mundo en común con los muertos si, impulsados por la ciencia espiritual, hacemos el intento, —que, sin embargo, en nuestra época materialista actual es un intento difícil—, de disciplinar tanto el mundo interior de nuestro pensamiento como el mundo de nuestra vida y no dejarlos correr libremente, como estamos acostumbrados a hacer. Podemos desarrollar ciertas habilidades que nos asignen un terreno común con los espíritus que han atravesado la puerta de la muerte. Por supuesto, en la actualidad existen muchos obstáculos en la vida cotidiana para encontrar este terreno común. El primer obstáculo es aquel que quizá haya abordado menos. Pero lo que hay que decir al respecto ya se desprende de otras consideraciones que también se han planteado aquí. El primer obstáculo es que, en general, en nuestra vida somos demasiado derrochadores con nuestros pensamientos. Hoy en día, en nuestro presente, todos somos derrochadores en lo que respecta a nuestra vida pensante, o podría decir también: somos excesivos en lo que respecta a la vida pensante. ¿Qué se quiere decir con esto?

 El hombre actual vive casi por completo bajo la influencia del proverbio: «Los pensamientos son libres». Esto significa que, en realidad, uno debe dejar pasar por la mente casi todo lo que quiera pasar por ella. Piensen por un momento que el habla es un reflejo de nuestra vida pensante, y piensen en qué tipo de vida pensante se deduce del habla de la mayoría de las personas hoy en día, cuando parlotean, pasan de un tema a otro, dejan que los pensamientos fluyan tal y como vienen, es decir: ¡desperdician la fuerza que se nos ha concedido para pensar! Y seguimos desperdiciándola, somos muy disolutos en nuestra vida pensante. Nos permitimos cualquier pensamiento. Queremos algo que se nos ocurre en ese momento, o lo omitimos insertando otro pensamiento. En resumen, somos reacios a controlar nuestros pensamientos en cierta medida. Por ejemplo, qué desagradable resulta a veces que alguien empiece a hablar, le escuches durante uno o dos minutos y, de repente, cambie de tema. Pero tú sigues teniendo ganas de seguir hablando de lo que habías empezado. Puede ser importante. Entonces hay que llamar la atención: ¿de qué estábamos hablando? Esto sucede hoy en día a cada momento, de modo que, si realmente se quiere llevar la vida con seriedad, hay que recordar la conversación que se ha iniciado. Este desperdicio de la fuerza del pensar, esta dispersión de la fuerza del pensar, impide que desde lo más profundo de nuestra vida anímica surjan aquellos pensamientos que no son nuestros, sino que compartimos con lo espiritual, con el espíritu que reina en general. Esta urgencia de pasar de un pensamiento a otro de cualquier manera nos impide esperar, en estado de vigilia, a que los pensamientos surjan de las profundidades de nuestra vida anímica, nos impide esperar las inspiraciones, si se me permite expresarlo así. Pero esto es algo que, especialmente en nuestra época, por las razones indicadas, debería cultivarse, cultivarse de tal manera que realmente se forme en el alma esa disposición que consiste en ser capaces de esperar despiertos hasta que los pensamientos surjan, por así decirlo, de las profundidades del alma, anunciándose claramente como lo que se nos ha dado, lo que no hemos creado nosotros. No hay que creer que crear tal estado de ánimo sea algo que se pueda hacer rápidamente. No es así. Es algo que hay que cultivar. Pero si se cultiva, si realmente nos esforzamos por estar simplemente despiertos, y no por excluir los pensamientos involuntarios, por quedarnos dormidos, sino simplemente por estar despiertos y esperar lo que se nos inspira, entonces poco a poco se va formando este estado de ánimo. Entonces se forma en nosotros la posibilidad de recibir en nuestra alma pensamientos que provienen de lo más profundo del alma y, por lo tanto, del mundo que va más allá de nuestro egoísmo. Si realmente desarrollamos algo así, percibiremos que en el mundo no solo existe lo que vemos con los ojos, oímos con los oídos, percibimos con los sentidos externos y cómo nuestra mente combina estas percepciones, sino que existe una red objetiva de pensamientos en el mundo. Hoy en día, muy pocas personas tienen esta experiencia como algo propio. Esta experiencia de la red general de pensamientos en la que realmente se encuentra el alma no es una experiencia significativa u oculta; es algo que cualquier persona puede tener si desarrolla en sí misma el estado de ánimo indicado. Entonces puede tener la experiencia de decirse a sí mismo: En la vida cotidiana, estoy en el mundo que percibo a través de mis sentidos y que he combinado con mi mente. Pero entonces me encuentro en una situación como si, estando de pie en la orilla, me sumergiera en el mar y nadara en el agua ondulante. Así, estando de pie en la orilla de la existencia sensorial, puedo sumergirme en el mar ondulante de los pensamientos; entonces estoy realmente como dentro de un mar ondulante. — Entonces se puede tener la sensación de que se intuye al menos una vida más fuerte e intensa que la mera vida onírica, pero que, sin embargo, tiene entre sí y la realidad sensorial exterior una frontera similar a la que tiene la vida onírica para la realidad sensorial.

Si se quiere, se puede decir que tales experiencias son sueños. ¡Pero no son sueños! Porque el mundo en el que nos sumergimos, ese mundo de pensamientos ondulantes que no son nuestros pensamientos, sino los pensamientos en los que nos sumergimos, es el mundo del que surge nuestro mundo físico-sensorial, que en cierto modo se condensa y asciende. Nuestro mundo físico-sensorial es como los bloques de hielo, los trozos de hielo en el agua: el agua está ahí, los trozos de hielo se endurecen y flotan en ella. Al igual que el hielo está compuesto por la materia del agua, solo que en otro estado de agregación, nuestro mundo físico-sensorial surge de este mar de pensamientos ondulantes y agitados. Ese es el verdadero origen. La física solo habla de su «éter», de los átomos que giran, porque no sabe cuál es la verdadera materia primigenia. Shakespeare se acercó más a esta verdadera inmaterialidad cuando hizo decir a uno de sus personajes: «El mundo de la realidad está tejido de sueños». Los seres humanos se dejan engañar con demasiada facilidad por este tipo de cosas. Quieren encontrar un mundo atomístico y tosco detrás de la realidad física. Pero si se quiere hablar de algo «detrás de la realidad física», hay que hablar del tejido objetivo de los pensamientos, del mundo objetivo de los pensamientos. Sin embargo, solo se llega a ello si se pone fin al despilfarro y al derroche en relación con los pensamientos y se desarrolla ese estado de ánimo que surge cuando se es capaz de esperar lo que popularmente se denomina inspiración.

 Para aquellos que se dedican a las ciencias espirituales, no es tan difícil desarrollar el estado de ánimo aquí descrito. Porque el tipo de pensamiento que hay que desarrollar cuando se practican las ciencias espirituales de orientación antroposófica guía al alma a desarrollar tal disposición. Y cuando se practican seriamente estas ciencias espirituales, surge la necesidad de desarrollar en uno mismo ese íntimo entramado de pensamientos. Pero esta trama de pensamientos nos ofrece la esfera común en la que, por un lado, estamos nosotros y, por otro, los llamados muertos. Ese es el terreno común donde uno puede encontrarse con los muertos. Los muertos no entran en el mundo que percibimos con nuestros sentidos y combinamos con nuestra mente, sino que entran en el mundo que acabo de caracterizar.

Hay un segundo ejemplo en lo que comenté el año pasado: la observación de las relaciones sutiles e íntimas de la vida. Ustedes recordarán que, para explicar lo que quiero decir, mencioné un ejemplo que se puede encontrar en la literatura psicológica. Schubert también lo señala; es de la literatura antigua, pero se pueden encontrar ejemplos similares una y otra vez en la vida. — Una persona está acostumbrada a dar un paseo diario. Un día, al hacerlo, al llegar a un punto determinado del camino, tiene la sensación de que debe detenerse, apartarse a un lado, y se le ocurre la idea de si realmente es correcto pasar el tiempo dando este paseo. En ese momento, una piedra que se ha desprendido de la roca cae sobre el camino y le habría golpeado con toda seguridad si sus pensamientos no le hubieran llevado a apartarse a un lado. 

Es una experiencia dura que llama la atención de cualquiera a quien le suceda algo así en la vida. Pero este tipo de experiencias, aunque sean más sutiles, se cuelan a diario en nuestra vida cotidiana. Por lo general, no les prestamos atención. Solo contamos con lo que sucede en la vida, pero no con lo que podría haber sucedido y no sucedió porque ocurrió algo que nos impidió hacer esto o aquello. Contamos con lo que ha sucedido cuando nos hemos retrasado un cuarto de hora en casa y ahora salimos un cuarto de hora más tarde de lo previsto. A menudo, si pensáramos en todo lo que habría cambiado si no nos hubiéramos retrasado y hubiéramos salido de casa un cuarto de hora antes, se nos ocurrirían cosas muy curiosas.

Intente observar sistemáticamente en su vida lo que habría cambiado si, en el último momento, cuando estaba a punto de marcharse, no hubiera aparecido alguien con quien quizá estaba muy enfadado y que le retuvo unos minutos. Todo lo que podría haber sido diferente se impone continuamente en la vida humana según su predisposición. Buscamos una relación causal entre lo que realmente sucede en la vida. No pensamos en atravesar la vida con la sutileza que implicaría la suposición de una interrupción de las cadenas de acontecimientos predeterminadas, de modo que, digamos, continuamente se derrama sobre nuestras vidas una atmósfera de posibilidades.

Si tenemos esto en cuenta, siempre tenemos la sensación de que, cuando hacemos algo a las doce del mediodía, después de haber sido retenidos durante diez minutos por la mañana: lo que hacemos a las doce del mediodía a menudo, —aunque también puede ser al contrario—, no solo está influenciado por los acontecimientos anteriores, sino también por las innumerables cosas que no han sucedido, de las que nos han impedido hacer. Al relacionar lo posible, y no solo lo real exterior y sensible, con nuestra vida, llegamos a intuir cómo nos encontramos realmente en la vida, de modo que es una forma bastante parcial de ver la vida buscar conexiones entre lo que sigue y lo que precede.  Cuando realmente nos hacemos este tipo de preguntas, se despierta en nuestra mente algo que, de otro modo, permanecería inactivo. Llegamos, por así decirlo, a leer entre las líneas de la vida; llegamos a conocer la vida en toda su ambigüedad. Llegamos, en cierto modo, a vernos a nosotros mismos dentro del entorno, a ver cómo nos moldea, cómo nos hace avanzar poco a poco en la vida. Por lo general, prestamos muy poca atención a esto. La mayoría de las veces solo prestamos atención a las fuerzas internas que nos guían de un nivel a otro. Tomen cualquier ejemplo sencillo y común en el cual puedan ver cómo relacionan lo externo con lo interno de una manera muy fragmentaria.

Traten de fijarse en la forma en que suelen imaginar cómo se levantan por la mañana. Si tratan de aclararlo, en la mayoría de los casos tendrán una idea muy clara: la idea de cómo se ven impulsados a levantarse, pero quizá también se lo imaginen de forma bastante difusa. Pero traten de pensar durante unos días en el pensamiento que realmente le impulsa a levantarse de la cama; traten de aclarar completamente qué pensamiento concreto le impulsa a levantarse de la cama, es decir, traten de aclarar: Ayer te levantaste porque oíste que se estaba preparando el café en la habitación de al lado; eso te llamó la atención y te hizo sentir la necesidad de levantarte; hoy te ha pasado algo diferente. Me refiero a que se aclaren concretamente, no lo que les ha impulsado a levantarse de la cama, sino cuál ha sido el impulso externo.  El ser humano suele olvidarse de buscarse a sí mismo en el mundo exterior, por eso encuentra tan poco de sí mismo en él. Quien preste un poco de atención a esto, volverá a desarrollar fácilmente ese estado de ánimo ante el que las personas de hoy en día sienten un temor casi sagrado, no, «profano», ese estado de ánimo que consiste en tener al menos un pensamiento secundario sobre toda la vida, algo que en realidad no se tiene en la vida cotidiana. Por ejemplo, el ser humano entra en una habitación, se traslada a algún lugar, pero piensa poco en ello: ¿Cómo cambia el lugar cuando entra? Otras personas tienen a veces una idea de ello, pero incluso esta idea desde fuera no está muy extendida hoy en día. No sé cuántas personas tienen la sensación de que, cuando un grupo de personas se encuentra en una habitación, una persona está a menudo doblemente presente que otra; una está muy presente, la otra débilmente. Es algo que depende de los imponderables. Es fácil comprobarlo: una persona entra en una sociedad, se cuela rápidamente y vuelve a salir, y uno tiene la sensación de que ha sido un ángel el que ha entrado y salido rápidamente. Otros, en cambio, tienen una presencia tan fuerte que no solo están allí con sus dos piernas visibles, sino también con todo tipo de piernas invisibles, por así decirlo. Los demás suelen prestarle muy poca atención, aunque para ellos puede ser muy perceptible, pero la persona en sí misma no le presta ninguna atención. El ser humano no suele tener ese matiz que se puede tener del cambio que provoca con su presencia en el entorno; uno se queda en sí mismo, no pregunta al entorno qué cambio está provocando. Pero se puede educar la intuición para percibir el eco de la propia existencia en el entorno. Y piensen solo en cómo la vida exterior ganaría en intimidad si esto se enseñara de forma más sistemática, si las personas no solo poblaran los lugares con su presencia, sino que tuvieran una sensación de lo que significa estar en un lugar, hacerse valer allí, provocar un cambio por el simple hecho de estar allí.

Esto es solo un ejemplo. Se podrían citar ejemplos similares para todas las situaciones posibles de la vida. En otras palabras, se puede densificar el medio de la vida de una manera muy saludable, —no pisándose constantemente a uno mismo, sino de una manera muy saludable—, para sentir lo que uno mismo hace como un corte en la vida. De esta manera se aprende el comienzo de lo que es la sensación del karma, la sensación del destino. Porque si uno sintiera plenamente lo que ocurre al hacer esto o aquello, al estar aquí o allá, si tuviera siempre ante sí, por así decirlo, la imagen que produce en su entorno con sus «actos», con su «ser», entonces tendría una clara sensación de su karma, ya que el karma se teje a partir de lo que se vive conjuntamente.

Pero ahora solo quiero señalar cómo se enriquece la vida con la incorporación de tales intimidades, cuando observamos entre las líneas de la vida, cuando aprendemos a mirar la vida de tal manera que, en cierto modo, nos damos cuenta de que estamos ahí, cuando estamos ahí con «conciencia». Entonces, a través de tal conciencia, desarrollamos a su vez algo de la esfera común con los muertos. Y si desarrollamos tal conciencia, que puede mirar hacia estos dos pilares que acabo de caracterizar: el seguimiento concienzudo de la vida y la austeridad, no el despilfarro en los pensamientos; si desarrollamos tal estado de ánimo interior, entonces estará acompañado por el éxito, el éxito necesario para el presente y el futuro, cuando nos acerquemos a los muertos de la manera descrita. Cuando desarrollamos pensamientos que nos vinculan, no solo con la presencia racional de un difunto, sino con una presencia emocional e interesada, cuando continuamos desarrollando esos pensamientos sobre situaciones de la vida con el difunto, pensamientos sobre cómo vivimos con él, de modo que se creó un vínculo emocional entre nosotros, si nos vinculamos así no a una convivencia indiferente, sino a momentos en los que nos interesaba cómo pensaba, vivía y actuaba, y en los que a él le interesaba lo que le estimulábamos, entonces podemos aprovechar esos momentos para continuar, en cierto modo, la conversación de los pensamientos. Y cuando se puede dejar reposar este pensamiento, de modo que se pasa a una especie de meditación, en la que este pensamiento se ofrece, por así decirlo, en el altar de la vida espiritual interior, entonces llega el momento en el que, en cierto modo, recibimos una respuesta del difunto, en el que él puede volver a comunicarse con nosotros. Solo tenemos que tender un puente entre lo que desarrollamos en el difunto y aquello gracias a lo cual él, por su parte, puede volver a acercarse a nosotros. Sin embargo, esto será especialmente útil si somos capaces de desarrollar realmente en lo más profundo de nuestra alma una imagen de la esencia del difunto. Esto es algo que está muy lejos de la época actual porque, como ya he dicho en reflexiones anteriores, las personas se cruzan sin prestarse atención, a menudo conviven en el círculo más íntimo de su vida y luego se separan sin conocerse. Conocerse no tiene por qué basarse en el análisis. Quien se sabe analizado por quienes conviven con él, si es un alma sensible, se siente también maltratado. Por lo tanto, no es importante analizarse. La mejor forma de conocer al otro es cuando los corazones están en sintonía; no es necesario analizarse de ninguna manera.

He partido de la base de que, en nuestra época, es especialmente necesario cuidar la relación con los llamados muertos, precisamente porque no vivimos en la era del materialismo por capricho, sino simplemente por la evolución de la humanidad, porque no somos capaces, antes de atravesar la puerta de la muerte, de desarrollar y dar forma a todas nuestras aptitudes en cuanto a pensamientos, sentimientos y sensaciones. Porque algo permanece cuando hemos atravesado la puerta de la muerte, es necesario que los vivos mantengan la comunicación con los muertos, para que la vida cotidiana de las personas se enriquezca con esta comunicación con los muertos. ¡Ojalá se pudiera inculcar a las personas de hoy en día que la vida se empobrece cuando se olvida a los muertos! Y solo aquellos que de alguna manera estaban vinculados kármicamente con los muertos pueden desarrollar un recuerdo adecuado de ellos.

Si aspiramos a una comunicación directa con los muertos, que se configure como la comunicación con los vivos, —también he hablado de que las cosas suelen percibirse como especialmente difíciles porque no son conscientes; pero no todo lo que es real es consciente, y no todo lo que no se percibe es por ello irreal; si cultivamos la comunicación con los muertos de esta manera, entonces existe, entonces los pensamientos de los muertos, no desarrollados en vida, influyen en esta vida. Es cierto que lo que se dice aquí es una exigencia excesiva para nuestra época. Sin embargo, se dice algo así cuando se está convencido, por los hechos espirituales, de que nuestra vida social, nuestra vida ética y nuestra vida religiosa se verían infinitamente enriquecidas si los vivos se dejaran aconsejar por los muertos. Hoy en día ya se es reacio a dejar que las personas lleguen a cierta edad para poder aconsejarlas. Piense solo por un momento que hoy en día se considera lo más adecuado que las personas se incorporen lo más jóvenes posible a las tareas municipales y estatales, porque cuanto más jóvenes son, más maduras están para todo tipo de cosas, según la opinión actual. En épocas en las que se tenía un mejor conocimiento de la naturaleza humana, se esperaba a que las personas alcanzaran una cierta edad para formar parte de tal o cual consejo. Ahora, sin embargo, se espera a que los demás mueran para poder recibir su consejo. Sin embargo, precisamente nuestra época debería estar dispuesta a escuchar los consejos de los muertos. Solo se podrá alcanzar la salvación cuando se esté dispuesto a escuchar los consejos de los muertos de la manera indicada.

 Las ciencias espirituales exigen al ser humano una gran energía. Esto hay que entenderlo, hay que comprenderlo. Las ciencias espirituales exigen una cierta orientación, que el ser humano busque realmente la coherencia y la claridad. Y hoy nos enfrentamos a la necesidad de buscar la claridad en medio de nuestros catastróficos acontecimientos, ya que esta búsqueda de la claridad es lo más importante. Más de lo que se cree, las cosas que se han vuelto a discutir hoy están relacionadas con las grandes exigencias de nuestro tiempo. Ya este invierno señalé aquí cómo, muchos años antes de que se desatara esta catástrofe mundial, intenté insinuar en mis ciclos de conferencias sobre las almas de los pueblos europeos algunas cosas que hoy se pueden encontrar en el contexto general de la humanidad. Si consultan el ciclo sobre «La misión de las almas individuales en relación con la mitología germánica-nórdica», que impartí una vez en Kristiania, podrán comprender en cierta medida lo que está sucediendo en los acontecimientos actuales. No es demasiado tarde, y sucederán muchas cosas que podrá comprender gracias a este ciclo, incluso en los próximos años.

Tal y como se relacionan hoy en día los seres humanos en la Tierra, solo aquellos que son capaces de percibir los impulsos espirituales pueden comprender verdaderamente sus relaciones. Y cada vez se acerca más el momento en el que será necesario que los seres humanos se planteen la siguiente pregunta: ¿cómo se relacionan, por ejemplo, el sentir y el pensar de Oriente con el pensar y el sentir de Europa, concretamente de Europa Central? ¿Y cómo se relaciona esto a su vez con el pensamiento de Occidente, con el pensamiento de América? Esta pregunta debería plantearse al alma humana en todas las variantes posibles. Ya ahora deberíamos preguntarnos un poco: ¿cómo ve hoy Europa el oriental? El oriental, que mira mucho a Europa, tiene hoy la sensación de que la vida cultural europea se encamina hacia un callejón sin salida, se ha conducido a un abismo. El oriental tiene hoy la sensación de que no debe perder la espiritualidad que ha acumulado desde tiempos antiguos si quiere aprovechar lo que Europa puede ofrecerle.  El oriental no desprecia las máquinas europeas, por ejemplo, pero hoy se dice a sí mismo, y estas son las palabras de un famoso oriental, lo que yo expreso aquí: «Aceptemos lo que los europeos han creado en forma de máquinas y herramientas, pero pongámoslo en los cobertizos, no en los templos ni en las casas, como hacen los europeos». El oriental dice que el europeo ha perdido la capacidad de contemplar el espíritu en la naturaleza, de contemplar la belleza en la naturaleza. Al fijarse el oriental en lo que solo él puede ver, mientras que el europeo solo quiere quedarse en lo mecánico exterior, en lo sensual exterior en la acción y en la contemplación —pues eso es lo único que puede ver—, el oriental cree que está llamado a despertar de nuevo la antigua espiritualidad, a salvar la antigua espiritualidad de la humanidad terrenal. El oriental, que habla de manera concreta de seres espirituales —Rabindranath Tagore lo ha hecho recientemente, por ejemplo—, dice: los europeos han incorporado a su cultura aquellos impulsos que solo pueden incorporarse atando a Satanás a su carro cultural; utilizan el poder de Satanás para avanzar. Los orientales están llamados —opina Rabindranath Tagore— a eliminar de nuevo a este Satanás y «traer la espiritualidad a Europa».

Se trata de un fenómeno que, lamentablemente, hoy en día se pasa por alto con demasiada frecuencia. Hemos vivido muchas cosas, —de las que hablaré próximamente—, pero, por ejemplo, en nuestra evolución hemos dejado de lado muchas cosas que habríamos incorporado a ella si, por ejemplo, la sustancia espiritual tal y como la entiende Goethe, —por citar solo un nombre—, estuviera realmente viva en nuestra evolución cultural. Ahora bien, alguien podría decir: el oriental puede mirar hoy a Europa y saber que Goethe vive en esta vida europea. Puede saberlo. ¿Lo ve? Se puede decir que los alemanes han fundado, por ejemplo, una sociedad, la «Goethe-Gesellschaft», no me refiero a la «Goethe-Verein». Y supongamos que el oriental quisiera conocerla, —la gran cuestión de Oriente y Occidente ya se ha puesto en marcha, pero en última instancia depende de impulsos espirituales—, quisiera informarse sobre la Goethe-Gesellschaft y afrontar la realidad. Entonces se diría a sí mismo: Goethe tuvo tal influencia que incluso en la década de 1880 se presentó la oportunidad de aprovechar de una manera excepcional a Goethe para la cultura alemana, una circunstancia favorable, por así decirlo, que se presentó gracias a que una princesa con todo su entorno, como fue la gran duquesa Sofía de Sajonia-Weimar, se hizo cargo del legado de Goethe en los años ochenta del siglo XIX para cuidarlo como nunca antes se había cuidado. Eso está ahí. Pero consideremos como instrumento externo la Sociedad Goethe. También está ahí. Hace unos años, el puesto de presidente de esta Sociedad Goethe volvió a quedar vacante. En toda la amplitud de la vida intelectual, solo se encontró a un exministro de Finanzas, al que se nombró presidente de la Sociedad Goethe. Eso es lo que se ve desde fuera. Estas cosas son más importantes de lo que realmente se cree. Lo que sería más necesario es que, por ejemplo, los orientales, apasionados y entendidos en espiritualidad, tuvieran la oportunidad de saber que dentro de la cultura europea también existe algo como una ciencia espiritual de orientación antroposófica. Pero él no puede saberlo. No puede llegar a él porque no puede atravesar lo que hay por otra parte, y no solo en una manifestación, por supuesto. Es solo sintomático que el presidente de la Sociedad Goethe sea un antiguo ministro de Finanzas, etc. Podría seguir con muchos ejemplos más.

Esto es, diría yo, una tercera exigencia: un pensamiento radical y vinculado a la realidad, un pensamiento con el que no nos quedemos estancados en ambigüedades, en compromisos vitales poco claros. En mi último viaje, alguien me entregó un documento sobre un hecho que ya conocía bien. Solo les daré un breve extracto del asunto: «Quien haya pisado alguna vez las aulas de un instituto recordará con nostalgia las horas en las que «disfrutaba» de las conversaciones entre Sócrates y sus amigos en Platón, nostalgia por el fabuloso aburrimiento que desprendían esas conversaciones.  Y quizá se recuerde que las conversaciones de Sócrates se consideraban realmente estúpidas, pero, por supuesto, nadie se atrevía a expresar esta opinión, porque, al fin y al cabo, se trataba de Sócrates, el «filósofo griego». El libro «Sócrates, el idiota», de Alexander Moszkowski (editorial Dr. Eysler & Co., Berlín), acaba con esta sobrevaloración totalmente injustificada del buen ateniense. El polígrafo Moszkowski se propone en esta pequeña y entretenida obra nada menos que despojar a Sócrates casi por completo de su dignidad filosófica. El título «Sócrates, el idiota» debe entenderse en sentido literal. No es descabellado suponer que el libro dará lugar a debates científicos.

Lo siguiente que le viene a la mente al ser humano cuando se entera de algo así es decirse: «¿Qué es eso tan extraño de que alguien como Alexander Moszkowski quiera demostrar que Sócrates era un idiota?». Eso es lo más obvio que siente la gente. Pero se trata de una sensación de compromiso que no proviene de un pensamiento claro y profundo, que no proviene de una confrontación con la verdadera realidad.

Quiero comparar esto con otra cosa. Hoy en día ya hay libros escritos desde el punto de vista psiquiátrico sobre la vida de Jesús. En ellos se examina todo lo que hizo Jesús desde el punto de vista de la psiquiatría actual y se compara con todo tipo de actos patológicos, y luego los psiquiatras modernos demuestran a partir de los Evangelios que Jesús debía de ser un enfermo, un epiléptico, que todos los Evangelios solo pueden entenderse desde el punto de vista paulino, etcétera. Hay informes detallados sobre este tema.

 Una vez más, es muy fácil pasar por alto estas cosas con ligereza. Pero la cuestión es algo más profunda. Si uno se adhiere completamente al punto de vista de la psiquiatría actual, si acepta este punto de vista de la psiquiatría actual tal y como está oficialmente reconocido, entonces, al reflexionar sobre la vida de Jesús, debe llegar a la misma conclusión que los autores de estos libros. No puede pensar de otra manera, porque de lo contrario estaría mintiendo, no sería un psiquiatra moderno en el verdadero sentido de la palabra. Y no es un psiquiatra moderno en el verdadero sentido de la palabra, según la opinión de Alexander Moszkowski, si no piensa que Sócrates era un idiota. Y Moszkowski se diferencia de aquellos que también son partidarios de estas teorías y no consideran a Sócrates un idiota, solo en que estos últimos son falsos, y él es verdadero; no hace concesiones.  Porque no hay forma de ser sincero, de defender el punto de vista filosófico de Alexander Moszkowski y no considerar a Sócrates un idiota. Si se quiere ambas cosas, si se quiere ser partidario de la visión científica moderna del mundo y, al mismo tiempo, aceptar a Sócrates sin considerarlo un idiota, se está siendo falso. Es un hombre moderno, un psiquiatra y un psiquiatra moderno. Pero el hombre moderno no quiere llegar a esta clara postura, porque entonces tendría que plantearse la cuestión de una manera muy diferente. Más información: Bien, no considero a Sócrates un idiota, lo conozco mejor, pero eso me exige también rechazar una cosmovisión como la de Moszkowski; y veo en Jesús al mayor portador de ideas que jamás haya entrado en contacto con la vida terrenal; pero eso requiere que rechace la psiquiatría moderna, ¡que no la acepte!

De eso se trata: de un pensamiento realista y claro, que no acepta los compromisos perezosos habituales que existen en la vida, pero que solo pueden eliminarse de ella si se comprenden en su verdad. Es fácil pensar o indignarse cuando hay que reconocer la prueba de que, según Moszkowski, Sócrates es un idiota. Pero lo correcto es sacar las consecuencias de la cosmovisión moderna, que desde su punto de vista ve a Sócrates como un idiota. Pero la gente no quiere sacar esas consecuencias: rechazar algo como la cosmovisión moderna. Porque, de lo contrario, podrían encontrarse en una situación aún más desagradable: habría que hacer concesiones y tal vez darse cuenta de que Sócrates no es un idiota; pero entonces, ¿quizás se llegaría a la conclusión de que Moszkowski es un idiota? Él no es un hombre poderoso, pero si se trata de personas más poderosas, ¡podrían suceder todo tipo de cosas mucho peores!

Sí, para penetrar en el mundo espiritual es necesario «pensar» de forma realista. Por otro lado, esto requiere tener una visión clara de cómo son las cosas. Los pensamientos son realidades, y los pensamientos falsos son realidades malignas, inhibidoras y destructivas. No sirve de nada ocultarse tras una niebla de falsedad, queriendo aceptar tanto la cosmovisión de Moszkowski como la de Sócrates. Porque es un pensamiento falso colocar ambas cosmovisiones una al lado de la otra en el alma, como hace el hombre moderno. Solo se es verdadero cuando se tiene presente que o bien se está en el punto de vista del puro mecanismo científico como Moszkowski, en cuyo caso hay que considerar a Sócrates como un idiota; entonces se es verdadero. O bien se sabe por otras fuentes que Sócrates no era un idiota; entonces es necesario aclarar hasta qué punto hay que rechazar lo contrario. La veracidad es un ideal que el alma del ser humano actual debería tener ante sí. Porque los pensamientos son realidades. Y los pensamientos verdaderos son realidades sanadoras. Y los pensamientos falsos, por mucho que se cubran con el manto de la indulgencia hacia el propio ser, los pensamientos falsos, concebidos en el interior del ser humano, son realidades que hacen retroceder al mundo y a la humanidad.

Traducido por J.Luelmo nov.2025 

GA350 Dornach, 30 de mayo de 1923 - El retorno del ser humano: gimnasia, danza y deporte

     índice

 RUDOLF STEINER

 
 El retorno del ser humano: gimnasia, danza y deporte

Dornach, 30 de mayo de 1923

 

CONFERENCIA -1 : 

¡Buenos días, señores! Como hoy no están todos presentes, tal vez hable de tal manera que los que no están aquí no se pierdan gran cosa. ¿Quizás tengan alguna pregunta?

Una persona (el señor Burle) desea información sobre la reencarnación. ¡Hoy en día hay mucha más gente en la Tierra que antes!

Otra pregunta: le ha llamado la atención muchas veces que a las personas les guste tanto girar, ya sea bailando o en otras situaciones. Incluso cuando un perro corre, siempre vuelve al mismo lugar. Incluso si uno se pierde en el bosque o con niebla, vuelve al mismo lugar.

Dr. Steiner: ¡Es una pregunta muy interesante!

En primer lugar, la pregunta que se ha planteado en relación con las encarnaciones. Si tenemos en cuenta la ciencia espiritual antroposófica, llegamos a la conclusión de que cada ser humano que vive ahora tiene tras de sí toda una serie de vidas terrenales y aún le quedan otras por delante, de modo que el alma humana siempre regresa. No hay que pensar que esto tiene algo que ver con lo que se creía antiguamente, que el ser humano pasaba por cuerpos animales y cosas por el estilo. Eso es lo que nos achacan nuestros detractores. No puede ser así. Pero se pueden plantear dos objeciones contra la reencarnación del ser humano. La primera la menciona ahora el Sr. Burle.

La opinión habitual es que la población de la Tierra aumenta constantemente, por lo que hoy en día hay en Europa muchas más personas que, por ejemplo, hace unos ciento cincuenta años. ¿No es así? Si se rastrearan las vidas terrenales anteriores de todas las personas que hoy forman parte de una gran población, ¿no saldrían demasiadas? Entonces habría que decir: antes vivían muchas menos personas y hoy viven muchas más. ¿Cómo es posible entonces que las personas de antes aparezcan en los cuerpos actuales? Esa es la pregunta. Esta pregunta se plantea muy a menudo. Habría entonces demasiadas personas hoy en día como para poder decir que todas ellas ya habían existido antes.

Bueno, hay que tener en cuenta varias cosas. En primer lugar, las estadísticas que se elaboran solo se refieren a determinadas zonas en las que la población está aumentando de forma extraordinaria, lo que da la impresión de que la población mundial ha aumentado continuamente, como si, por ejemplo, hace tres o cuatro mil años hubiera habido muy pocas personas en la Tierra y hoy en día hubiera una cantidad enorme. Se calcula así. Se dice, por ejemplo, que en Europa la población se ha duplicado en los últimos ciento cincuenta años. Ahora se sigue calculando y se dice que hace dos o tres mil años debía de haber muy poca gente en la Tierra.

Pero, señores, esto contradice por completo los hechos que conocemos. Solo quiero llamar su atención sobre lo siguiente. Si nos remontamos a antes del nacimiento de Cristo, digamos unos dos mil años, vemos que en la región del Nilo, en África, en Egipto, se construyeron las pirámides más gigantescas; se reguló todo el Nilo. Y si piensan en la cantidad de gente que se necesitó para construir esos edificios gigantescos, por ejemplo, solo las esfinges, que son enormes, en la gran cantidad en que se construyeron, llegarán a la conclusión de que es totalmente incorrecto que en aquella época Egipto tuviera una población escasa, sino que debió de haber una población densa en Egipto, mucho más densa que, por ejemplo, la población actual de Sajonia o Bélgica. Por lo tanto, el hecho de que al retroceder en la evolución de la Tierra nos encontremos con cada vez menos personas contradice rotundamente los hechos históricos.
pizarra 1


Además, si nos desplazamos mucho más hacia Asia, encontramos enormes construcciones de canales. ¿No es cierto que si aquí tenemos Europa (se dibuja), ya se lo he dibujado antes, entonces allí tenemos África? Allí estaría el Nilo y Egipto, y aquí tenemos Asia. Es un continente enorme que se extiende hasta allí. Y aquí tenemos esta población bulliciosa que construyó las pirámides y demás. Allí tenemos la antigua tierra caldea en Asia. Ya saben que en la Biblia se dice que Abraham vino de Ur, en Caldea. Esa tierra caldea existía en aquella época. Y en esta tierra, en la antigüedad, —de lo cual aún quedan restos hoy en día—, se construyeron enormes canales, para lo cual se necesitaron, a su vez, enormes masas de personas. Así que deben imaginar que, como lo demuestran los hechos, miles y miles de años antes del nacimiento de Cristo, en África y Asia había enormes masas de población.

Además, hay que tener en cuenta que cuando los europeos llegaron a América, se establecieron allí. Pero América no estaba deshabitada en aquella época. Esa antigua población indígena de la que les he hablado, de piel tan cobriza, se ha extinguido por completo. Si observamos los restos, algunos de ellos enterrados, llegamos a la conclusión de que allí había una enorme población con la que los europeos no llegaron a entrar en contacto.

Que antes hubiera mucha menos gente en la Tierra, es simplemente algo que no es cierto. Piénsenlo: ni siquiera sobre la población actual hay datos exactos, solo se pueden dar datos sobre un determinado espacio. ¿Qué sabe hoy el estadístico europeo sobre la población china actual y la de hace mil años? Todo lo que cuentan los viajeros al respecto indica que la población no siempre ha disminuido a medida que se retrocede en el tiempo, como se suele suponer, sino que ha habido épocas en las que la Tierra estaba extraordinariamente poblada. Es cierto que ha habido épocas en las que ciertas regiones han estado menos pobladas, pero enseguida veremos que eso no tiene nada de especial. Así pues, en general, incluso frente a lo que se puede conocer a través de la ciencia externa, se puede descartar por completo la objeción de que hoy en día hay demasiadas personas que son reencarnaciones de épocas anteriores.

Pero hay algo más que hay que tener en cuenta. Verán, si observamos a los seres humanos actuales, llegamos a la conclusión de que uno, digamos, ha pasado mil años entre la muerte y el nacimiento actual, otro quizá solo quinientos años, y otro quizá mil quinientos años en el mundo espiritual antes de volver a bajar. Así que las personas que viven hoy en día no han estado todas allí al mismo tiempo, sino en momentos diferentes. Cuando había menos población en la Tierra, las almas esperaban arriba hasta que volvía a haber más población.

Es cierto, por lo tanto, que lo que se puede decir sobre la encarnación y la reencarnación, la reencarnación, concuerda perfectamente con los hechos. A menudo he dicho, —y esta es una objeción que se ha planteado repetidamente a lo largo de los muchos años en los que he dado conferencias—: eso no es más que un ejemplo matemático. Supongamos que en el año 800 d. C. hubiera existido una persona en algún lugar; ahora, en el año 1000 d. C., habría existido otra persona (se dibuja). Ahora estamos en 1923. Es muy posible que el de allí se reúna con el que está aquí, porque recorre un camino más corto. Ahora ya tiene aquí [1923] dos, y aquí [800 y 1000 d. C.] siempre tiene uno en cada uno de esos momentos diferentes. Por lo tanto, no es necesario que todos estén allí al mismo tiempo y vuelvan al mismo tiempo. De modo que, incluso en aquellos momentos en los que la Tierra está menos poblada, se aplica que menos almas bajan a la Tierra.

Es cierto que, si se piensa con sensatez y no con fantasía, hay que tener claro que no fue así, que no hubo primero dos personas, luego cuatro, luego seis, y así sucesivamente, sino que cuanto más se retrocede en la población de la Tierra, más se llega a la conclusión de que todo transcurrió de forma muy rítmica. Hay épocas en las que hay mucha gente en la Tierra y épocas en las que hay menos gente en la Tierra. Y nunca volveremos a tener una sola pareja, como dice la Biblia. No es eso lo que quiere decir. No se puede hablar de «una pareja» en el sentido en que se expresa allí. Así que habría que decir que, si se supone que en un momento dado había dos personas, siempre tendrían que haber dos y, entretanto, ninguna. Pero no es así. La ciencia real contradice lo que cree hoy la ciencia fantasiosa.

Pero ahora otra cosa. Verán, hay que tener claro que tiene que pasar un cierto tiempo hasta que el ser humano vuelve a bajar a la Tierra. Y entonces pueden preguntar: ¿Cuándo baja? Si se investiga a fondo este asunto, se llega a la siguiente conclusión: quien se ha ocupado mucho aquí en la Tierra del mundo espiritual, se integra más fácilmente en el mundo espiritual después de la muerte. En ese caso, debido a que se ha ocupado mucho del mundo espiritual, necesitará relativamente mucho tiempo entre la muerte y un nuevo nacimiento. Quizás les sorprenda que diga «mucho tiempo». Puede permanecer mucho tiempo en el mundo espiritual porque ya ha aprendido mucho aquí sobre el mundo espiritual. Las personas que se han ocupado mucho del mundo espiritual aquí pueden desarrollarse mejor allí, permanecer allí más tiempo y volver más tarde. Por el contrario, quien solo se ocupa del mundo material, regresa relativamente pronto. Y así es como cambian las cosas.

Esta es una objeción. Pero hay otra muy diferente. Ya se la he señalado. Es la siguiente: ¿por qué no se recuerdan las encarnaciones anteriores? Sí, vean, señores, es así: si alguien dice que el ser humano sabe calcular, no hay duda de ello, el ser humano sabe calcular. Ahora bien, alguien dice: «Pero yo te demostraré que el ser humano no sabe calcular». —¿Y cómo lo haces? —Entonces trae a un niño pequeño que no sabe calcular. «Pero eso también es un ser humano», dice.

Así ocurre con las vidas terrenales anteriores. El ser humano puede aprenderlo poco a poco, y aprenderá a recordar sus vidas terrenales anteriores a medida que siga desarrollándose en la Tierra. Esto es precisamente algo de lo que la ciencia espiritual dice que el ser humano aún no está preparado en el presente para recordar lo que ha vivido en vidas anteriores. Pero lo que podemos decir en la ciencia espiritual concuerda perfectamente con esto. Fíjense, señores, ustedes están despiertos desde la mañana hasta la noche. Experimentan todo lo que les rodea y, cuando recuerdan, solo recuerdan lo que han vivido estando despiertos. Piensen en lo rápido que se olvidan los sueños, que no significan nada especial, como les he dicho. Así pues, el ser humano recuerda lo que ha vivido aquí estando despierto. Pero hay otra cosa que no recuerda aquí en la Tierra. Es lo que ha vivido en estado de sueño. Y en estado de sueño experimentamos muchísimo más de lo que experimentamos en estado de vigilia, solo que el ser humano, con su conciencia actual, aún no puede comprender las experiencias del sueño. Una vez que se ha adquirido la capacidad para ello, —lo que el ser humano puede adquirir—, entonces se sabe que mientras duerme se experimentan muchas cosas. Pero, en general, el ser humano aún no lo sabe. Entonces, el ser humano muere y lo que experimentó estando despierto desaparece al cabo de dos o tres días. Es como si todos los pensamientos que se experimentaron estando despierto simplemente desaparecieran al cabo de dos, tres o cuatro días. Y entonces surgen todas las cosas que se experimentaron estando dormido. Estas necesitan, como ya les he dicho, un tercio de toda la vida terrenal. Así pues, lo que el ser humano experimenta en su interior, aún no lo sabe aquí en la Tierra. Lo sabrá cuando se adentre cada vez más en la ciencia espiritual.

Por lo tanto, no debemos sorprendernos de que en la vida terrenal actual aún se desconozcan las cosas que sucedieron en vidas terrenales anteriores. Hace poco les comenté la diferencia que hay entre dejar un botón de camisa sin ser consciente de ello, —en cuyo caso puedo pasarme toda la mañana buscándolo, buscando y buscando—, y recordar expresamente: «Has dejado este botón aquí», en cuyo caso no voy a andar buscando, sino que voy directamente a por él. Depende de si se piensa en algo.

En la antigüedad, las personas sabían que vivían repetidamente en la Tierra, pero a lo largo de los milenios no lo consideraban como algo espiritual. Por eso no pueden recordarlo en su vida terrenal actual. Pero llegará un momento en que lo recordarán, al igual que llega un momento en que un niño de cuatro años es capaz de calcular.

Ahora viene la otra pregunta: el ser humano tiene esa tendencia a dar vueltas en círculo. Es una observación muy acertada. Debo señalar lo siguiente. Como ya hemos destacado en varias ocasiones, de niños primero aprendemos a estar de pie y a caminar, aprendemos a movernos correctamente en posición erguida, etc. Ahora imagínense que están acostados en la cama durmiendo y se despiertan con un sueño, entonces el sueño no solo puede ser que ustedes estén girando allí, —en el sueño, por supuesto, eso es lo primero—, sino que incluso pueden volar. Y los sueños en los que el ser humano vuela, al principio, por supuesto, espiritualmente, no son tan infrecuentes. Que el ser humano vuele en sueños se debe, por regla general, a que se despierta. Cuando está despierto, está acostumbrado a sentir el suelo bajo los pies o el asiento de la silla debajo de él, a tener algo debajo sobre lo que se sienta en posición vertical, en resumen, a sentir siempre algo debajo de él cuando está despierto. Cuando el ser humano está acostado, es muy raro que sus pies toquen el suelo de la cama, sino que los tiene libres. Por lo tanto, se despierta en una posición a la que no está acostumbrado. Cree que está en el aire y que vuela. Esa es, en primer lugar, su creencia.
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Pero ahora deben considerar lo siguiente. Cuando, en la infancia, aprendemos a caminar y a mantenernos erguidos, es decir, a estar de pie, nos damos cuenta de que la capacidad de erguirnos no es innata, sino que la aprendemos. Entonces nos preguntamos: ¿de dónde viene esta capacidad de erguirnos? ¿Qué hacemos cuando caminamos erguidos? Solo tienen que pensar detenidamente en lo que hacen. Imaginemos que existe la superficie de la Tierra (dibujo n.º 2). Si soltamos una piedra aquí, caerá hacia la Tierra. ¿Por qué? Decimos que es porque la Tierra la atrae. Habría que comprender primero si esto es exactamente así, si la Tierra la atrae como si estuviera sujeta a un hilo o no. Podríamos hablar de ello en otra ocasión. Pero, en cualquier caso, hay una fuerza que la atrae hacia abajo, de lo contrario no caería. Y, independientemente de dónde se encuentre la piedra, caerá verticalmente hacia la Tierra.
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Ahí es donde tenemos que aprender a colocarnos. Si somos seres humanos terrestres, tenemos que aprender a colocarnos en la línea vertical. Así que nos adaptamos a esta línea vertical. Todo nuestro cuerpo físico no tendría ningún sentido si no nos adaptáramos a la posición vertical. Fíjese en los animales, que no caminan en posición vertical, sino a cuatro patas: ¡sí, sus dedos están diseñados de forma muy diferente a nuestros dedos! Por lo tanto, si queremos que nuestro cuerpo físico tenga sentido, debemos adaptarnos a la posición vertical; es absolutamente necesario.

Pero, ¿lo que necesita el cuerpo físico también lo necesita el cuerpo etérico? Ya les he dicho que no solo tenemos este cuerpo físico que vemos con los ojos cuando miramos a una persona, que podemos tocar con las manos, sino que también tenemos un cuerpo etérico sutil. Sí, este cuerpo etérico no necesita adaptarse. Mantiene otros hábitos. ¿Qué hábitos? Bueno, señores, ustedes saben que la Tierra es redonda, que el día y la noche se alternan. ¿Por qué se alternan el día y la noche? Es cierto, el sol está aquí (pizarra 2), y cuando los rayos del sol inciden así sobre la Tierra, entonces es de día en ese lado. Si la Tierra no girara, siempre sería de día. Cuando esta mitad, la que está aquí, la roja, llega aquí, entonces es de noche en esta mitad y en la otra mitad, que llega aquí, es de día.

Así pues, el día y la noche se producen porque la Tierra gira. Ahora piensen en lo siguiente: el cuerpo etérico del ser humano, ese cuerpo sutil que también tiene el ser humano, no se acostumbra de niño a la posición vertical, sino que siempre quiere seguir el movimiento giratorio de la Tierra. Este cuerpo etérico siempre quiere moverse alrededor de la Tierra; así es como quiere ser siempre, siempre quiere realizar este movimiento. Si el cuerpo etérico no quisiera realizar este movimiento, entonces, al caminar en la dirección de la Tierra, debido a que la Tierra realiza este movimiento, usted querría girar continuamente, porque todo le dolería por el golpe que recibiría. Debe haber algo en usted que siempre acompañe el movimiento de la Tierra, de lo contrario, todo le dolería continuamente.

De ahí se puede deducir lo irreflexiva que es la ciencia actual. Sabe muy bien que la Tierra gira, que no solo realiza el movimiento que hace el cuerpo físico, que se ha adaptado a esta posición vertical. ¡Pero ahora no tenemos un cuerpo que realice este movimiento! Ese es el tema.

Ahora imagínense que se desmayan. Cuando se desmayan, algo sale de sus cuerpos físico y etérico, ese algo es el yo y el cuerpo astral, es decir, lo espiritual y lo anímico propiamente dicho. Y al hacerlo, uno siente que el cuerpo etérico quiere girar. Entonces, uno gira primero espiritual y anímicamente, igual que por la mañana cuando sueña y siente que el suelo no está debajo de él. Así que, cuando uno se desmaya, primero gira espiritualmente. Cuando una persona tiene vértigo, por ejemplo, solo quiere girar lo que es anímico. Pero imagínese que ahora se aleja sin pensar. Sí, cuando se aleja sin pensar, mueve mecánicamente el cuerpo físico. No piensa en absoluto en su caminar, y especialmente cuando hay niebla en el bosque, no puede pensar en su caminar; no sabe de dónde viene, ni adónde va. Cuando camina con el cuerpo físico, se orienta hacia un punto determinado. A veces ni siquiera lo sabe, pero el camino mismo le guía hacia un punto determinado. Pero cuando hay niebla, no ve nada; entonces su cuerpo físico no sabe dónde está. Luego viene su cuerpo etérico, que solo quiere realizar su movimiento, y ese es un movimiento circular. Entonces sigue el movimiento circular y arrastra consigo al cuerpo físico. Cuando solo está soñando o tiene vértigo, es el cuerpo astral el que realiza el movimiento. Pero cuando uno camina, el cuerpo etérico arrastra el movimiento físico hacia el cuerpo físico, y uno lo sigue. De ello se deduce que el cuerpo etérico no está ligado a la Tierra. El cuerpo etérico del ser humano no participa, por tanto, de lo que ocurre en la Tierra.

Ahora piensen en esto: el ser humano, como tal, es un ser terrenal entre el nacimiento y la muerte. Por eso tiene que trabajar. Pero ya saben que no siempre es posible trabajar. El cuerpo físico se desgastaría, etc. El ser humano quiere mover su cuerpo físico, pero no quiere moverlo tal y como se ha adaptado a la Tierra, sino que quiere orientarse según el cuerpo etérico. Pero el cuerpo etérico quiere hacer movimientos circulares, y entonces el ser humano baila. Y el baile habitual consiste simplemente en que el ser humano no quiere seguir a su cuerpo físico, sino a su cuerpo etérico. El deseo de bailar existe precisamente para que el ser humano pueda olvidar su cuerpo físico y sentirse como un ser que pertenece al mundo.

Sin embargo, según su sentimiento interior, el ser humano querría pertenecer demasiado al mundo y seguir a su cuerpo etérico. En realidad, el ser humano no suele querer moverse como la Tierra quiere que él se mueva, sino que en realidad quiere seguir a su cuerpo etérico. Y podría gustarle mucho moverse mucho en círculos, tal y como el cuerpo etérico quiere moverse. Por eso, el ser humano debe acostumbrarse a los movimientos que pertenecen a la Tierra. Y estos movimientos habituales también los hemos incorporado a la educación: se hace gimnasia. ¿Por qué se hace gimnasia? La gimnasia consiste en que el ser humano se adapta aún más a la Tierra de lo que normalmente puede hacerlo. El ser humano se aleja más de su cuerpo etérico, no sigue siempre a su cuerpo etérico, por eso hace gimnasia. Pero, naturalmente, para no alejarse por completo del gran mundo, del mundo exterior, el ser humano también debe realizar movimientos que no lo aten a la Tierra.

Bueno verán, hoy en día vivimos en la era del materialismo. Las personas que más anhelan el materialismo son las que viven en Occidente. Los orientales, que tienen una cultura antigua, los asiáticos, no tienen un gran anhelo de pertenecer a la Tierra. Consideran la Tierra como un verdadero valle de lágrimas, mucho más que los cristianos, y los que viven en Oriente, en Asia, quieren marcharse de allí lo antes posible.

Pero a los occidentales les gusta mucho la Tierra, les gusta muchísimo. No es que lo digan, pero en realidad siempre quieren quedarse en la Tierra. Por eso también quieren lo siguiente. Y ahora tengo que decirles algo: el cuerpo etérico quiere moverse según el cielo. Los planetas se mueven en círculo, por lo que la Tierra se mueve en círculo. El cuerpo etérico quiere moverse en círculo, el cuerpo físico quiere salir de ese círculo. Cuando tiene mucho trabajo, sale de ese círculo; pero supongamos que las clases altas de Occidente, que no tienen nada que hacer, ¿cómo se sienten? Les resulta algo extraño, se sienten incómodos porque el cuerpo etérico los molesta constantemente. Cuando una persona que come filetes de ternera va por el mundo, el cuerpo etérico la molesta, la atormenta constantemente, y ella quiere hacer movimientos circulares. Y esta persona que come filetes de ternera quiere entonces seguir estos movimientos circulares del cuerpo etérico. ¡Caramba, qué desagradable! El cuerpo etérico quiere bailar sin cesar, hacer movimientos redondos, bonitos y redondos, y el que come filetes no puede seguirle el ritmo. Ahora quiere acostumbrar a su cuerpo físico a que sea lo suficientemente fuerte como para no dejarse arrastrar continuamente por el cuerpo etérico. Ahora hace deporte; no solo gimnasia, sino deporte. Y este deporte tiene como resultado que el ser humano sale completamente de su cuerpo etérico y sigue únicamente los movimientos físicos terrenales. De este modo, el ser humano se vuelve cada vez más amigo de la Tierra y se aleja del mundo espiritual.

No deben creer que uno se aleja del mundo espiritual simplemente por no pensar en él, sino también por cosas como estas: cuando se practica demasiado deporte, es decir, cuando se aleja por completo el cuerpo físico del cuerpo etérico. Esto es terrible para el ser humano, y es incluso algo que, diría yo, es muy preocupante. Cuanto más deporte se practica, más se olvidan las personas de lo espiritual y, tras su muerte, regresan inmediatamente, en muy poco tiempo, del mundo espiritual. De modo que, si todo lo que hay en Occidente no recibiera algo de espíritu, poco a poco la Tierra solo estaría habitada por personas que ya no querrían volver al mundo espiritual. Pero entonces, poco a poco, solo habría en la Tierra personas que la destruirían por completo. Ya estamos empezando a hacerlo un poco. Eso ya es bastante fuerte para las personas de hoy en día. Pero cuando las personas empiezan a guiarse únicamente por su cuerpo físico y dejan de hacerlo por su cuerpo etérico, eso es algo que provocará situaciones terribles en la Tierra. Y ahí es donde hay que intervenir con la ciencia espiritual. Esto solo se puede hacer contrarrestando los movimientos que están totalmente orientados a empujar al ser humano hacia su cuerpo físico, a convertirlo en un ser humano terrestre.

Ahora los seres humanos ya están tan convencidos de que lo más importante es convertirse en seres humanos terrenales. Después de tantas conferencias que les he dado, ya comprenderán que, sin ser un filisteo, estas cosas nos duelen en el corazón.

Verán, el verano pasado también estuve en Inglaterra. Justo cuando nos íbamos, toda Inglaterra estaba llena de emoción, esperando los periódicos que saldrían por la noche con la noticia más importante. Todos esperaban con ansias los periódicos vespertinos. ¿Qué esperaban? ¡El resultado del partido de fútbol!

Ahora acabamos de llegar de Noruega. Cuando subimos al tren, había mucha gente que nos acompañaba. El andén estaba lleno de gente. Y cuando el tren se puso en marcha, se oyó un grito: ¡Hurra! ¡Hurra! Y en la siguiente estación gritaron: ¡Viva! Sí, por supuesto que no lo hicieron por nosotros, pero cabe preguntarse qué estaba pasando allí. Apenas pude averiguar que se trataba de futbolistas que habían venido desde Europa Central y ahora regresaban.

Sí, ¿qué es lo que le interesa a la gente hoy en día? Mucho más que cualquier acontecimiento que tenga que ver con el bienestar y la desgracia de millones de personas, a la gente de hoy le interesan aquellas cosas que poco a poco alejan el cuerpo físico del cuerpo etérico, de modo que el ser humano se convierte en un simple animal terrenal.

Esa es la razón por la que los movimientos que se realizan hoy en día en todo el mundo y que se extienden cada vez más deben ser contrarrestados por otros: los movimientos eurítmicos. Estos se orientan hacia el cuerpo etérico. Cuando vean euritmia, verán todos los movimientos que realiza el cuerpo etérico. Cuando vean deporte, verán todos los movimientos que realiza el cuerpo físico.

Sí, señores, eso es extremadamente importante, porque al mismo tiempo existe el anhelo por el deporte. No quiero hablar en contra del deporte en general. El deporte es, por supuesto, muy bueno cuando lo practican personas que además trabajan, porque en el trabajo hay que acostumbrarse a movimientos más antinaturales; si luego se introducen en el deporte movimientos naturales, más adaptados al ser humano físico, entonces el descanso en el deporte es bueno. Pero esta práctica actual del deporte, en la que participan muchas personas que no necesitan descansar, ¿qué es esto? Sí, hoy en día hay deportistas que, en determinadas circunstancias, —por supuesto, no todos, pero sí algunos—, van rápidamente a la iglesia por la mañana y rezan: «Creo en un Dios en el cielo», etc. Luego van al campo de deportes. Sí, no lo expresan con palabras, pero lo que hacen allí, si lo expresamos con palabras, significa: «No creo en un Dios en el cielo». Él me ha dado el cuerpo etérico, pero no quiero saber nada de él. Creo en la carne y los huesos, esa es mi única felicidad. — Verán, eso es, por supuesto, la consecuencia necesaria e inconsciente de lo que se hace hoy en día. No solo se es materialista por decir que no se quiere saber nada de lo espiritual, sino por cosas como esas, por las que se separa al ser humano completo de lo espiritual.

Así que, en relación con su pregunta anterior, se puede decir lo siguiente: si alguien va al bosque y hay niebla, y se pierde, puede ocurrir que se aleje de su cuerpo etérico. No es tan grave, ya que volverá al mismo lugar. Si uno da vueltas, no pasa nada, hay mucho vaivén, una vez hacia el cuerpo etérico, otra vez hacia el cuerpo físico. Esto se debe a que el ser humano tiene los dos y debe desarrollar los dos. Eso está incluido ahí dentro. Pero el hecho de que hoy en día, en Occidente, exista una tendencia general a separarse por completo del cuerpo etérico y a cultivar únicamente el cuerpo físico, da lugar al terrible materialismo, que es el materialismo realmente dañino. Porque el materialismo de los pensamientos ni siquiera es el más dañino. El más dañino es el materialismo en el que todo el ser humano se reduce a un animal. Eso es lo que hay que tener en cuenta.

Es muy fácil que la gente te diga: «Sí, es un filisteo, ¡critica el deporte!». El deporte es algo extraordinariamente útil. Pero yo no critico el deporte. La gente debe practicar deporte, son seres libres. Pero se arruinarán por completo como personas si solo se dedican a las actividades deportivas.

En este sentido, hay que tener claro que lo que dije en el primer capítulo de «Puntos clave» es válido en el sentido más amplio. Por supuesto, cuando escribí «Puntos clave», pensé que escribiría de tal manera que la gente reflexionara sobre ello. ¡Pues bien, no les ha importado lo más mínimo! No han reflexionado en absoluto y los «puntos clave» no se han entendido en absoluto. He dicho: es cierto que tenemos un gran movimiento democrático y proletario, pero si nos fijamos, la mayoría de los proletarios de hoy imitan lo que la burguesía les enseñó en el pasado, imitan todo lo que hace la ciencia y creen en lo que se les enseña en las universidades. A veces, los partidos proletarios son los primeros en aprobar leyes, —recuerdo la libertad de prensa—; los socialistas suelen ser los primeros en decir: sí, debe haber un colegio de expertos y cosas por el estilo.  Y en lo que respecta al deporte: el deporte es, por supuesto, un invento burgués, ¡que posiblemente también se imite! Por supuesto, no será del todo posible, pero al menos, en la mentalidad, se imita y se considera como algo que es lo único saludable, mientras que, en realidad, el movimiento proletario solo puede llegar a ser algo si recibe su propio impulso, si no imita lo que han hecho las clases anteriores. Por eso he escrito precisamente este primer capítulo. Por todas partes se podía ver cómo, lamentablemente, el movimiento proletario caía bajo la influencia de la creencia en la autoridad. Por eso he escrito este primer capítulo en los «Puntos fundamentales» y he pensado que se reflexionara sobre ello.

Pero, por supuesto, pensar es algo que a las personas que practican deporte no les gusta en absoluto; porque cuando alguien practica deporte de verdad, deja de pensar. Solo se puede pensar con el cuerpo etérico. Por mucho que se esfuercen, no pueden pensar con el cuerpo físico. Por eso, cuando se pregunta: ¿hay que comer carne o solo vegetales para poder pensar mejor?, solo se puede responder: no se puede cultivar el pensamiento a través de la alimentación; eso hay que hacerlo a través del cuerpo etérico. Hay que entrar en el cuerpo etérico.

Así pues, como ven, el cuerpo etérico muestra su presencia en el ser humano a través de estos movimientos circulares que el ser humano quiere hacer, a través del deseo de bailar o de este extravío y de este ir en círculos.

Sí, señores, si alguna vez han vivido en Viena, sabrán que los vieneses son gente despreocupada. Lo son, sin duda; son tranquilos, pero también despreocupados. En Viena está el Prater. Es un gran parque de atracciones, un parque de atracciones enorme. El Prater es un lugar al que se va los domingos, a menos que se sea un holgazán que va al Prater todos los días. En el Prater hay salchichas, bajazzi y todo tipo de cosas. Pero los caminos del Prater están dispuestos de una manera peculiar. Debido a ello, siempre se llega al mismo lugar. Se camina por una larga calle, se entra en algún lugar del bosque; sí, ¡al cabo de un rato se vuelve al mismo lugar donde se estaba! Si se estaba en un puesto de salchichas, ahora se vuelve allí. Los caminos están diseñados así. Verán, naturalmente no se dijeron: Vamos a atraer a los vieneses para que se diviertan, sino que lo han sentido, lo han percibido, y por eso han diseñado los caminos de tal manera que la gente no necesita la niebla para volver al mismo lugar, sino que han creado caminos circulares, tal y como quiere el cuerpo etérico, donde el ser humano se siente completamente alejado del cuerpo físico. Uno también puede sentirse transportado, de modo que se entra en un estado de auténtico bienestar. Cuando uno no tiene orientación, da vueltas en círculo. Pero si los caminos están diseñados de tal manera que uno da vueltas sin darse cuenta, también se siente bien. Y eso es lo que querían provocar en los vieneses las personas que crearon el Prater: que su cuerpo etérico se sintiera realmente bien cuando volvieran una y otra vez a una caseta de salchichas como esa. Es un diseño muy ingenioso. Todavía existe. Pueden verlo, cómo siempre siguen los caminos. Si uno se pierde, vuelve a encontrar el camino, pero da vueltas. Y esas vueltas son algo que, sobre todo cuando se hacen durante toda la tarde del domingo, provocan una auténtica sensación de bienestar.

Ahora bien, se trata de una sensación de bienestar mucho más inocente que otras. Ya saben que también en otros casos se pierde la orientación, ya les he contado esta historia alguna vez: cuando uno llega tarde a casa por la noche y no sabe muy bien si está borracho o no, se pone el sombrero de copa sobre la cama. Si lo ves una vez, no estás borracho; si lo ves doble, estás borracho. Esto se debe a que gira. Vean, ahí también gira algo: el cuerpo astral. Si el que está acostado en la cama está borracho, su cuerpo astral gira. Pero si alguien, de una manera más espiritual, al caminar por caminos circulares, introduce el cuerpo etérico, entonces el cuerpo etérico gira. Esa es la forma más inocente de girar.

Beber afecta al cuerpo astral, girar afecta más al cuerpo etérico. Así se entiende la diferencia que hay entre ambos. Porque si miro a alguien que está borracho, veo que no gira como alguien que camina en círculos, sino que todo gira a su alrededor, como si su cuerpo astral se hubiera convertido en el globo terráqueo. Gira como gira la Tierra. Es el cuerpo astral el que gira.

Pero cuando la gente baila o da vueltas en el «Wurstl-Prater» de Viena, entonces es el cuerpo etérico el que gira. Este lleva consigo al cuerpo físico; eso es lo más inocente. Se puede decir que, cuando alguien baila, gira el cuerpo etérico, y cuando alguien está borracho, gira el cuerpo astral. Por lo tanto, en la vida se puede distinguir, por lo que hace el ser humano, si es el cuerpo etérico el que lo hace o el cuerpo astral.

Verán, la ciencia actual aún no aborda este tipo de cuestiones. Por eso no puede responder a las grandes preguntas de la civilización, porque la gente no sabe cómo organizar las cosas para que el ser humano no se vuelva completamente inhumano. La humanidad se volverá cada vez más animal si la actual adicción al deporte sigue como hasta ahora.

Es necesario que entre algo espiritual en la humanidad. Y estoy convencido de que aquellas personas que, por un lado, conocen la Tierra a través del trabajo, por otro lado también tendrán el anhelo de entrar en lo espiritual y poco a poco aprenderán a comprender que también hay que cultivar lo espiritual, que es necesario.

Bueno, eso es lo que quería decirles en primer lugar. Queremos seguir hablando mucho más de estas cosas para que todo quede claro para todos.
Traducido por J.Luelmo ago, 2025